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La autoconciencia de Jesús.

Jueves, 13 de febrero de 2020

jesus orandoEstos días la liturgia nos propone los textos del Bautismo de Jesús, después de un tiempo de catecumenado en la escuela de Juan Bautista, y después de un discernimiento entre la enseñanza de su maestro, y lo que él iba experimentando.

Los textos del Bautismo resumen un proceso en la vida de Jesús: su toma de conciencia de quién era y de cómo responder a esa identidad des-velada procesualmente.

La figura central es el Espíritu que revela, comunica, conduce. Y ese Espíritu-Ruah actúa dentro de la persona. Los cambios de vida que puedan producirse fuera: compromisos, estilo de vida…son fruto de una luz y fuerza interior que impulsa hacia el proyecto de Dios, liberando de las cargas que los humanos nos ponemos, incluida la carga de la religión cuando esta desplaza al Espíritu para emplazar a personas que dicen hablar en su nombre. ¡Ojo!

Tal vez una anécdota personal aligere lo que acabo de describir:

Tenía 27 años, humildemente empoderada por una formación teológica encauzada a enseñarnos a orar y a que esta oración junto con sólida teología-biblia… nos impulsara a comunicar, predicar lo amasado en el corazón.

Con este sólido bagaje me destinan a Sydney, Australia, donde se nos pide organizar, en nuestra Parroquia, una Eucaristía en Español para la enorme cantidad de gente huyendo de Uruguay, Argentina, Chile, Perú y muchos españoles que emigraron antes del boom turístico en nuestro país. Venía gente de toda la ciudad. Los curas no hablaban español y leían, como podían, la misa.

La homilía nos la encargaron a nosotras, cuyo carisma era: “oración y predicación”. Una experiencia preciosa de comunicación de vida, y de organizar eventos con las familias, organizar un coro con los adolescentes, y siempre pizza en casa de alguien al final de la Eucaristía, disfrutando con las riquezas de nuestros diferentes países.

Cada Eucaristía venía precedida por un tiempo de formación profunda que impartíamos en nuestra casa con todos los que lo deseaban, ofreciendo servicio de guardería y chocolatadas a los niños…

Un buen amigo que hacía de acólito un día, entre risa y bocado de pizza casera, nos dice: hermanas, uno de los padres, el canonista, siempre me pregunta qué dicen ustedes en la homilía y le llama la atención que la gente está a gusto con la predicación…  A los pocos días aparece el “tal padre”, hoy obispo, claro, con la homilía escrita para que la tradujéramos y leyéramos en “su” misa.

Sentí que se me concedió el don de lenguas porque apenas chapurreaba el inglés, pero la argumentación me salió de dentro, lo cual no cambió su actitud, al contrario y nosotras tuvimos que aparentar que leíamos “su homilía” porque acogiendo lo que nos parecía apropiado para la gente, que él no conocía, incluíamos lo que el Espíritu y la comunidad nos susurraban por dentro.

Fue mi primer paso hacia la separación institución de mi propia conciencia.  Ahí sentí en mis entrañas que se rompía la inocencia de una mujer joven, llena de vida y fuerza y capacidad para comunicar… y que “ellos” decían que no. Pero resulta que la Ruah me sigue dando la fuerza, la vocación, el fuego para comunicar…

¿A quién escucho?

Jesús escucha en su interior esa voz que día a día le es luz y fuerza para seguir. El Bautismo se da una vez pero no la experiencia de toma de conciencia, de manera más clara: a veces incluso podemos ubicarla, otras lo vivimos como proceso, que de pronto nos hace descubrir  que estamos en otro momento.

Estudiar Teología en USA, con otro método diferente al de memorizar, fue un potente foco que me sigue acompañando.

El curso sobre la “Nueva Historia” en Irlanda, luz que me sigue iluminando y ayudando a vivir el momento presente de Crisis Climática con esperanza y sin descanso en un intento de que cambiemos nuestro modo de vivir y convivir, porque todo es sagrado.

Pronto hará dos años, otro momento de mucha luz  fue al encontrar la comunidad, por años buscada, y de la que ya hemos compartido.

Y el regalo, de las 8 personas que vamos dando pasos hacia esa toma de conciencia, de escucha al Espíritu dentro y vivir desde esa conciencia plena, en España, paso a paso con gran ilusión y realismo. Comunidad abierta. No-canónica, profética, empoderadora de mujeres y hombres, que, cada uno, a su paso, con rigor y alegría, recorremos ese tramo de nuestro camino. Siempre en continua e inmediata comunicación con toda la comunidad en los cinco continentes.

Es un honor y un gozo escuchar al Espíritu en ell@s, más allá de cánones…como Jesús, en el río, en el monte, en el mar, en las casas, en las redes sociales.

Hay tantas maneras de hacer y ser comunidad. Ayer llega un wApp de Holanda, nos unimos a las 7 de la mañana, 20 ms en meditación para traer paz y bondad a la humanidad…inmediatamente un grupo de personas confirmamos y hoy al orar, de un modo especial se me hacía gráfico que tenemos un inmenso poder: espiritual, mental, afectivo… capaz de transformar la oscuridad en luz, el ruido en silencio habitado.

Dejémonos empapar por esas aguas del Jordán del corazón, donde la conciencia emerge nítida. Un grupo en el norte nos reunimos este sábado para profundizarlo, y luego en Febrero en Haro… y siempre, siempre abiertas a escuchar, acoger, empoderar.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

Fuente Fe Adulta

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Celebrando una eucaristía en comunidad.

Jueves, 30 de enero de 2020

03-disposición1Poner los bancos en corro o círculo de forma que seamos y nos sintamos comunidad. Saludamos al Señor y nos saludamos unos a otros. Intentamos llenar los bancos de manera que sintamos que somos pueblo de Dios.

En alguna parroquia, la presidencia del presbítero no está fija, sino que ocupa distinto lugar.

Empecemos cantando todos a una y con entusiasmo. Si es preciso, unos avisos relativos a la celebración.

Unos apuntes para celebrar de una forma más viva y comunitaria la eucaristía.

Empezamos por el principio. Sería bueno el juntarnos antes de la Eucaristía, Para eso está el pórtico y charlar: saludos, noticias, necesidades, experiencias relacionadas con la comunidad

Y cantamos con entusiasmo. Puede ser con unas hojas delante o con un PowerPoint en la pantalla. Un canto, como todas, que esté elegido para ese día por el tema de la celebración,

Acogemos la bienvenida del presbítero y hacemos silencio para celebrar el perdón que Dios nos da. Gloria recitado o cantado por todos. Y un silencio para orar antes de que el cura lo haga colectivamente.

Buenos altavoces, lectores preparados, lectura lenta, sosegada, viva, con entonación. Y un poco de silencio. Canto del salmo y evangelio. Sin prisas, remarcando, con viveza y creatividad. Silencio. Y comentario de la Palabra. Será estupendo el que los fieles manifiesten la evocación de ese Mensaje, no para discutirlo, sino para hacernos eco de su contenido. Homilía corta, fresca y que recoja el sentido de las lecturas. Que se noten las horas de preparación. Silencio.

Podemos manifestar nuestra fe. Sería ideal responder cada uno a esta pregunta “en quién creo”. O por lo menos hacer preguntas colectivas y que todos respondamos.

La oración de los fieles, que sea eso, de los fieles. Y que todos nos impliquemos. No rezar por la paz en el mundo, sino para que seamos constructores de paz. Y así con las necesidades sentidas pero sabiendo que Dios ya las conoce y necesita nuestras manos.

Unas ofrendas vivas: de los dones que ofrecemos a la comunidad para los pobres. Que sean dones premeditados y que reflejen nuestra entrega generosa.

Ofrecemos al Padre los dones de la vida, las realidades de este momento con el pan y el vino, como ofrendas y compromisos. Bonito momento para expresar lo que podemos ofrecer a la comunidad y lo que necesitamos de ella: horas de visita, favores, servicios, acompañamientos.

Toda la celebración la hacemos en positivo: Señor, tú nos das, tú nos salvas, tú nos concedes como algo ya dado. No se trata de recordarle a Dios nuestras necesidades que ya las conoce sino tomar conciencia de las posibilidades de nuestra colaboración…

Y un canto que manifiesta nuestra actitud de entrega.

Caemos en la cuenta de que estamos reunidos con Jesús para vivir su entrega, sus comidas, sus mensajes, sus sanaciones. Y su entrega de muerte y resurrección.

Vamos a levantar, no tanto nuestro cuerpo, sino nuestro espíritu, entrega para vivir con Él, su actitud de servicio. Alabanza a Jesús y aclamación como en la entrada de Jerusalén,

Damos gracias por muchos motivos, por nuestra experiencia de vida y salvación y nos disponemos a celebrar con Él su Presencia Salvadora que se entrega por todos los hombres.

Nos sentimos unidos a toda la humanidad a todos los creyentes, presididos por el Papa y nuestro Obispo.

Y anunciamos que Jesús nos recuerda a todos los difuntos y confesamos nuestra fe en su plenitud y resurrección .Ya están con Dios. Por supuesto sin que el recuerdo cueste ningún dinero y sin que nosotros se lo recordemos a Dios, sino que confesamos que Él los tiene presentes consigo.

Todos a una brindamos por Cristo, toda alabanza al Padre con el Espíritu.

Un Padre nuestro –como si fuese el primero de nuestra vida–, escuchando las peticiones y las exigencias que vamos a vivir para hacer realidad esos deseos.

Constatamos que Jesús nos libera de todo mal, de todo pecado y de toda perturbación. Y acogemos la paz para nosotros y la distribuimos con todos los cristianos.

Y compartimos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, de los que somos dignos porque la Palabra de Cristo nos ha dado esa dignidad. Comulgamos en las dos especies.

Y silencio, acogida, contemplación, compromiso. En acción de gracias. Pero no necesitamos estar un rato después de misa para dar gracias, porque eso ha sido toda la eucaristía. No comemos chucherías después del banquete.

Unos avisos que concreticen nuestro compromiso comunitario y un canto de acción de gracias. Comentarios y sería estupendo tomar un vino o alguna cosilla toda la comunidad unida. Y realizar la misión que Jesús nos ha pedido.

Gerardo Villar

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El ideal de servicio. “A esto he venido, a servir” (Mt 20.28), por Ramón Hernández

Jueves, 16 de enero de 2020

lavatorio-5La coincidencia circunstancial de que hoy (19 de Noviembre) la Iglesia católica celebre la “jornada mundial de los pobres” encuadra a las mil maravillas el tema de esta reflexión. ¿Somos conscientes los cristianos de que seguimos a un líder que se hace comida y bebida para compartir?  El pobre, y todo hombre lo es, es la diana a que apunta el cristianismo y la piedra angular de su fortaleza, pues el Verbo se encarnó para enriquecernos.

La palabra clave del cristianismo no hace referencia a una “idea” y a su universo conceptual sino a una “acción” y a su contexto de esfuerzo. Esa palabra es claramente “amar” como acción exigente que, al llevarse a efecto, genera una gran libertad y abre una panorámica espectacular.

Dependemos unos de otros

La naturaleza hace que los seres vivos dependamos unos de otros. Los seres humanos, más incluso que nuestros congéneres. Frente a animales que, al nacer, se echan a correr, los humanos viviríamos pocas horas de no recibir cuidados vitales especiales en ese preciso instante.

Por muy autosuficientes que lleguemos a sentirnos, a lo largo de la vida seguimos siendo casi tan dependientes como al nacer. De hecho, cuando en una pesadilla del sueño me veo solo en el mundo, de la conciencia de mi abisal impotencia nace la angustia de que mi propia andadura vital será triste y corta. Aterrado por la soledad, me veo como un torpe Robinson incapaz de sobrevivir.

La idea troncal de servicio

La idea cristiana de servicio (el “he venido a servir”, de Jesús de Nazaret) hace posible nuestra andadura humana porque, amén de mostrar nuestras severas carencias y limitaciones, nos asigna la misión de comportarnos conforme a un orden moral que, al regular nuestra conducta, asegura nuestra supervivencia. Nuestra conciencia propugna la vida humana, esa gran maravilla que es fruto de la valiosa y misteriosa cooperación de lo que hemos dado en llamar reinos mineral, vegetal y animal.

El ideal de servicio, piedra angular del cristianismo, inspira y encuadra las actuaciones de otras organizaciones internacionales de gran renombre, tales como, por ejemplo, el Rotary International, organización a la que dediqué unos años de intensa actividad y de la que salí escaldado al constatar la distancia infranqueable que a veces media entre la idea y su plasmación. Su sublime eslogan básico de “dar de sí antes de pensar en sí” ilumina y enamora. Los rotarios, profesionales ávidos de comunicación, siguen la estela de un ideal que les alumbra, les seduce y les emociona al obligarse los clubes a realizar cada año cinco precisos proyectos de servicio en cinco campos diferentes: el del propio grupo, el de la sociedad en general a través de la profesión de cada cual, el de la propia demarcación territorial del grupo, el de la comunidad internacional y el de las nuevas generaciones.

Hermoso ideal que entronca, más allá de lo meramente social y profesional, con las aspiraciones más genuinas del evangelio cristiano y de la conciencia de humanización. Sin duda, es el ideal que inspira las actuaciones de la mayoría de las ONG, nacidas en nuestro tiempo de la necesidad de atender con premura las carencias de determinados grupos humanos o de todo un territorio. Reconforta saber que donde los seres humanos padecen necesidades inaplazables para la subsistencia y para cuya satisfacción no se bastan por sí mismos, allí acuden otros con capacidad profesional y económica para hacerlo.

Ojalá que, conforme a la más persuasiva propaganda que hacen los partidos políticos en las campañas electorales, este ideal impregne de verdad la acción política. El ideal de servicio es uno de los pilares más sólidos que sustentan la sociedad, una razón irrefutable que hace que la humanidad entera sea, a pesar de tantas conductas depredadoras, acreedora a una larga supervivencia sobre la tierra.

En la Iglesia católica

Como ocurre en otros ámbitos, también en este merece una mención especial la Iglesia católica, muchas veces denostada merecidamente por su arcaica estructura jurisdiccional y dogmática y por un bagaje moral que carga pesados fardos de obligaciones sobre las espaldas de sus fieles, pero se vuelve flexible y permisiva ante las deplorables conductas de dirigentes que claudican ante las exigencias del servicio que dicen prestar.

Obviando tan deleznables lacras, propias de las sociedades que se fundamentan en el poder, el más corrosivo de los cuales es el eclesial, la realidad es que la Iglesia católica viene avalada por una gigantesca obra en beneficio del hombre.  Desde la perspectiva de la acción humanitaria, es posible que nunca haya existido o pueda existir una institución equiparable. De ahí que no sea el poder eclesiástico sino la caridad cristiana lo que sostiene una compleja estructura que requiere una piedra angular consistente.

Horizonte de humanización

Si desde la mera crónica de las calamidades de unos hombres, a las que otros prestan socorro, saltamos al hombre en sí, sea como problema humano o como fuerza de solución, el pesimismo sobre el destino fatídico de la humanidad se desvanece a impulsos de la fuerza inconmensurable que brota del hecho de que los seres humanos nos conmovemos ante las catástrofes públicas y el dolor ajeno hasta redoblar o triplicar nuestras fuerzas y nuestras capacidades en beneficio de los damnificados.

Nunca sabremos si somos héroes o cobardes hasta el día en que nos veamos en una situación de peligro extremo en la que la rapidez de intervención pueda salvar la vida de un hombre. En frío, seguro que nos acobardaría adentrarnos en una casa en llamas para rescatar a un niño o lanzarnos a un río desbordado para tenderle la mano. Pero, llegado el momento, puede que una fuerza interior, superior a nosotros mismos, nos fuerce a emprender acciones tan arriesgadas sin medir sus secuelas. La fuerza que dimana del sentido de humanidad que atesoramos nos hace humanos y nos mantiene en pie en una sociedad tan egoísta como la nuestra.

El faro del ideal de servicio alumbra el camino de humanización del hombre. Nuestra categoría no se mide por las riquezas acumuladas o por el poder acaparado, sino por convertir nuestros haberes en fuente abierta y por la disposición a servir a nuestros semejantes.

Ávidos de dinero, poder y fama, hemos entronizado la más pura depredación humana creyendo que no se puede ser alguien sin ningunear a otros, rico sin empobrecerlos o señor sin esclavizarlos. La crudeza de la vida, que no permite muchos señores ricos, nos obliga afortunadamente a comportarnos como auténticos seres humanos que se ayudan a vivir.

El ideal de servicio sitúa el poder y el señorío en el servicio. El cristianismo habla de ser el último para ser el primero, de un Dios benefactor.  El servicio deifica. Cuando el señor sirve al esclavo es cuando consolida y transfiere su propio señorío.

Ramón Hernández Martín

Fuente Fe Adulta

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Escuchar

Martes, 17 de septiembre de 2019

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La misión de los futuros líderes cristianos no es contribuir humildemente a la solución de las penas y tribulaciones de su tiempo, sino identificar y anunciar los caminos por los que Jesús está guiando al pueblo de Dios, liberándolo de la esclavitud, a través del desierto hacia la nueva tierra de la libertad. Los líderes cristianos tienen la difícil tarea de responder a los conflictos personales y familiares, a las calamidades nacionales y a las tensiones internacionales con una fe articulada en la presencia real de Dios.

Tienen que decir «no» a toda forma de fatalismo, derrotismo, accidentalismo e incidentalismo, que hacen creer a las personas que las estadísticas nos dicen la verdad. Tienen que decir «no» a toda forma de desesperación en las que la vida humana es vista como una pura cuestión de buena o mala suerte. Tienen que decir «no» a todos los intentos sentimentales de hacer que las personas desarrollen un espíritu de resignación o de indiferencia estoica frente a lo ineludible del dolor, el sufrimiento y la muerte […]. Los líderes cristianos del futuro tienen que ser teólogos, personas que conozcan el corazón de Dios y que estén preparadas, por medio de la oración, el estudio y un análisis cuidadoso, para manifestar la tarea salvadora de Dios en medio de los acontecimientos aparentemente fortuitos de nuestro tiempo.

La reflexión teológica consiste en meditar sobre las penosas y gozosas realidades de cada día con la mente de Jesús y, de ese modo, hacernos conscientes de que Dios nos guía con cariño. Es una disciplina dura, puesto que la presencia de Dios es una presencia escondida, que necesita ser descubierta. Los ruidos fuertes, tempestuosos, del mundo nos dejan sordos para escuchar la voz suave, amable y amorosa de Dios. El líder cristiano está llamado a escuchar esa voz y a ser animado y consolado por ella.

*

H. J. M. Nouwen,
En el nombre de Jesús. Un nuevo modelo de responsable de la comunidad cristiana,
PPC, Madrid 1 994, pp. 70-73 passim).

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“Oír misa entera”, por Gerardo Villar

Jueves, 12 de septiembre de 2019

CATHOLICVS-Santa-Misa-Fieles-Difuntos-Bedminster-All-Souls-Holy-Mass-1¿Existe comunidad de cristianos? Eso me lo pregunto al salir de una eucaristía de domingo. Participo en una misa de una capital de España. Unas cien personas pero ocupando por lo menos 90 bancos. Hay un precioso cartel en la entrada del templo: “se ruega pasen a los primeros bancos.”

Sí que hay una contestación más o menos a las oraciones. Pero me he fijado que nadie se ha saludado al entrar en el templo. Y cada uno ha acudido decididamente al lugar que ya tiene establecido por costumbre. Escuchamos la homilía sin que nadie intervenga más que el cura y pasamos a recitar a coro el credo. Unas bolsas recogen el dinero por todo el templo y prosigue la celebración sin más participación que algún canto propio de la misa. Y nos vamos a la calle.

Hay un aviso respecto de la eucaristía del próximo domingo y cada uno a su casa.

Hoy me toca a mí estar de feligrés. Pero me doy cuenta de que así son también mis celebraciones. Me recuerda el “cumplir”, “oír misa entera” ¿Somos comunidad? ¿Qué nos traemos entre manos todos juntos? Pienso que nada menos que el reino de Dios. Pero para eso, necesitamos dialogar, ver cómo estamos y nos sentimos, cómo están las personas de nuestra comunidad, especialmente los enfermos, que problemas hay, qué experiencias de fe hemos vivido esa semana, que interrogantes nos plantea la situación política y económica de la sociedad del mundo, qué ocurre en otras comunidades….

No hay tiempo porque a continuación hay otras eucaristías, una cada hora.

Cuando celebro, necesito ser consciente de cada palabra, de cada frase y saborearlo. Luchar contra la rutina. Por eso, me permito cambiar algunas palabras y algunas expresiones, para que sean un poco creación, no repetición.

He comprobado que las letras de las canciones no dicen casi nada porque las repetimos rutinariamente. Y a veces cantamos auténticos disparates. En cuantas procesiones se cantó el “sois todo piedra y mal que arrasa el corazón” en lugar de “sois todo piedra imán, que arrastra el corazón” Podríamos hacer una antología del disparate cantado. Ganaría el concurso la salve cantada en latín.

El credo lo recitamos sin ser conscientes de lo que decimos. Me gusta cuando se hace con preguntas y respuestas.

Las ofrendas. Se pasa el cestaño o la bolsa todos los días aunque solamente haya seis personas en misa. Por lo menos, podíamos pagar entre todos el bocadillo de la persona que pide a la entrada del templo.

Las plegarias, tenemos la suerte de que hay diversas fórmulas y esto nos ayuda a la atención personalizada. No recemos siempre la segunda fórmula porque ya la sabemos y es más corta.

En cuanto a las posturas: hay una generalidad que está de pie, y unas pocas personas que celebran de rodillas por “respeto”, que lo hacen muy convencidas.

En las misas normales, comulga la mayor parte. En los entierros y misas masificadas, funerales y bodas comulgan muy pocas personas. Yo suelo preguntar alguna vez “¿quién quiere manzanilla?”. Porque se supone que los que no comulgan están mal, no les va ese Alimento…

En casi todos los templos hay un pórtico. Es una pena que no lo usemos como lugar de encuentro, saludo y diálogo.

Es una misa “dicha” en cadena. Vamos a ir descubriendo en días sucesivos las posibilidades de una eucaristía celebrada en comunidad.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Una Comunidad…

Sábado, 31 de agosto de 2019

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El reflejo de una comunidad evangélica y evangelizadora:

Una comunidad dice mucho cuando es de Jesús.

Cuando habla de Jesús y no de sus reuniones.

Cuando anuncia a Jesús y no se anuncia a sí misma.

Cuando se gloría de Jesús y no de sus méritos.

Cuando se reúne en torno a Jesús y no entorno a sus problemas.

Cuando se extiende para Jesús y no para sí misma.

Cuando se apoya en Jesús y no en su propia fuerza.

Cuando vive de Jesús y no vive de sí misma.

Una comunidad dice poco cuando habla de sí misma.

Cuando comunica sus propios méritos.

Cuando da testimonio de su compromiso.

Cuando se gloría de sus valores.

Cuando se extiende en provecho propio.

Cuando vive para sí misma.

Cuando se apoya en sí misma.

Una comunidad no se tambalea por sus fallos, sino por la falta de fe.

No se debilita por los pecados, sino por la ausencia de Jesús.

No se rompe por las tensiones, sino por el olvido de Jesús.

No se ahoga por falta de aire fresco, sino por asfixia de Jesús.

*

Patxi Loidi.

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Testimonio

Martes, 27 de agosto de 2019

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San Mateo refiere esta promesa de Jesús: «Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Aquí no hemos de pensar sólo en la asamblea litúrgica, sino en toda situación en la que dos o más cristianos están unidos en el Espíritu, en la caridad de Jesús. Y tampoco hemos de pensar sólo en la simple omnipresencia del Cristo resucitado en todo el cosmos.

Escribe un exégeta de nuestros días: «Mateo piensa en una presencia “personalizada”. Jesús está presente como crucificado resucitado, es decir, en la apertura de donación total vivida en la cruz, donde él, con toda su humanidad, se abre a la acción divinizante del Padre y se entrega totalmente a nosotros, comunicándonos su espíritu, el Espíritu Santo. La presencia del Resucitado no es, pues, una presencia estática, un estar-aquí y nada más, sino una presencia relacional, una presencia que reúne y unifica y que, en consecuencia, espera nuestra respuesta, la fe.

Brevemente, la proximidad de Cristo reúne a “los hijos de Dios dispersos” para hacer de ellos la Iglesia». Desde la alianza sellada en el Sinaí con Israel, Yahvé se revela como el que interviene eficazmente en la historia. El liberó a los hebreos de la esclavitud de Egipto, hizo de ellos su pueblo. «Yo estoy en medio de vosotros», es la palabra que identifica la primera alianza: una presencia que protege, guía, consuela y castiga…

Con la llegada del Nuevo Testamento, esta presencia adquiere una densidad especial y nueva. La promesa de la presencia definitiva de Dios, o sea, la promesa ae la Alianza definitiva, halla su cumplimiento en la resurrección de Jesús. En la comunidad cristiana, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, es «el salvador de su Cuerpo», la Iglesia (cf. Ef 5,23). Presente en medio de los suyos, él convoca y reúne no sólo a Israel, sino a toda la humanidad [cf. Mt 28,19-20). Vivir con Jesús «en medio», según la promesa de Mt 1 8,20, significa actualizar desde ahora el designio de Dios sobre toda la historia de la humanidad. Pero ¿cómo hacer visible la presencia permanente del Resucitado?

Cuando, tras la caída del Muro de Berlín, se reunió la primera asamblea especial del Sínodo de Obispos para Europa y se preguntó sobre la nueva evangelización del continente, un religioso húngaro subrayó que la única Biblia que leen los llamados «alejados» es la vida de los cristianos. Y podríamos añadir: somos nosotros, es nuestra vida, la única eucaristía de la que se alimenta el mundo no cristiano. Por la gracia del bautismo, y especialmente por la eucaristía, estamos injertados en Cristo, pero es en la fraternidad vivida donde la presencia de Jesús en la Iglesia se manifiesta y resulta operante en la existencia cotidiana.

En el silencio, dos o tres creyentes pueden testimoniar en el amor recíproco lo que constituye su identidad profunda: ser Iglesia en la atención a los débiles, en la corrección fraterna, en la oración en unidad, en el perdón sin límites.

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F. X. Nguyen Van Thuan,
Testigos de esperanza,
Ciudad Nueva 52001, pp. 155-157.

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Imagen Cerezo Barredo

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Escalera

Sábado, 17 de agosto de 2019

Hombre-subiendo-escaleras-corriendoA una casa de pueblo puedo subir por algún medio extraordinario como por ejemplo una grúa. Pero lo normal es subir por la escalera. Se trata de subir poco a poco, peldaño a peldaño.

Así pasa con la fe cristiana. Partimos muchas veces de pensar que las personas ya son cristianas. Y puede ocurrir que sí, tienen un barniz, unas costumbres religiosas, un lenguaje eclesiástico, unas costumbres piadosas. Pero falta lo fundamental: conocer a Jesús, enamorarse de Él, dejarse poseer por Él; Realizar sus obras, escucharle, conocerle, acogerle; Que el Evangelio nos cautive.

Hay Pablos que viven una conversión de repente al descubrir a Jesús y tienen una experiencia creyente fuerte. Pero lo más normal es ir subiendo poco a poco las escaleras de la fe.

No soy psicólogo ni cosa por el estilo. Pero vivo la experiencia de que hay un Camino que recorrer. Primero es preciso encontrarse con las personas: su vida, sentimientos, alegrías, penas… A la vez, profundizar en la propia vida, vivir en intensidad mi realidad con sus logros, fracasos, miedos… Y preguntarnos muy hondo los porqué de nuestra existencia.

Luego creo que es preciso de alguna forma escuchar la Palabra de Dios. A través de la Biblia, a través de testigos de Dios, a través de acontecimientos religiosos, celebraciones, lecturas…

Un papel muy importante lo desempeñan en este proceso los Testigos: personas que me reflejan a Jesús con sus obras, palabras y testimonios.

Caminamos con el valor muy importante del grupo o comunidad. Entre varios es más fácil captar a Jesús. Las palabras trasmitidas por otras personas calan profundamente en mi interior.

Necesitamos conocer, acoger, el Evangelio: el Mensaje de Jesús; su Persona, su anuncio, su Reino, su vida, su muerte y Resurrección. Dejarme enganchar por Él. No se trata de amarle a Él, sino sobre todo, dejarme amar por Él.

Y no puede faltar la oración. Mejor la contemplación; escuchar, acoger, meditar, vivir la Presencia y la acción de Jesús.

Todo este proceso me lleva a las obras, a realizar el Reino de Dios, a hacer un mundo nuevo en justicia y amor. Un proceso señalado muy por encima pero que es preciso. Muchas veces cuando estoy en una misa dominical, me pregunto cuántas personas han vivido este proceso y cuántas viven el barniz religioso pero sin haberlo profundizado.

Creo que este es el gran problema que tenemos en la comunidad eclesial: personas que participan, algunas muy a menudo, otras circunstancialmente, pero ¿cuántas son capaces de dar razón de su fe? ¿Cuántas viven con una fe personal, consciente, significativa? ¿Hemos dado los pasos? ¿Hemos ido -vamos caminando- por las escaleras de le fe?

La catequesis infantil nos deja con cuatro ideas colgadas de un hilo. Es necesario seguir profundizando, viviendo, creciendo en la comunidad. Pero ¿existe en la realidad esa comunidad de creyentes en Jesús…? Para otro día.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“Los hechos de los apóstoles”, por Gerardo Villar.

Lunes, 3 de junio de 2019

iglesia-en-hechosMe ocurre muy a menudo. Pregunto a las personas por nuestro comportamiento y la respuesta es muy frecuente: “es que nosotros no somos como los buenos cristianos”.

No sabemos valorar el bien que hacemos. Nos fijamos casi siempre en ciertas personas y lo que nosotros hacemos, no lo apreciamos. Y descubro cada día y cada momento maravillas muy ordinarias que hacemos las personas en nuestras propias vidas: son causas humanitarias, ayudas vecinales, colaboraciones en las tareas municipales y de asociaciones.

Y si se trata de servicio o compromiso por los demás, ahí están las horas dedicadas a voluntariado, a comportamientos políticos, dinero que se comparte con ONGs.

A veces no valoramos y lo vemos como lo más normal el adoptar niños como hijos con las dificultades que eso supone.

Me acuerdo siempre de lo que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles respecto de las primitivas comunidades. Y pienso que era una admiración exagerada aquello de “vivían y ponían todo en común”. Parece que tal ideal duró poco porque Ananías y Safira ya quisieron engañar y mintieron a la comunidad.

Es cierto que existe el egoísmo y el interés propio, pero creo que sobresale en la conducta de muchas personas la bondad. Me parece que hemos remarcado y recargado mucho a los cristianos sobre “nuestros pecados” e insistimos demasiado en los fallos.

Me parece que es curativo el ir escribiendo y anotando el bien que hacemos, no para presumir, sino para disfrutar y animarnos a crecer en las buenas obras y los comportamientos. Lo que nos dice San Mateo 25, lo veo en muchísimas ocasiones: “visitar a los enfermos y a los presos, dar de comer al hambriento…

¿Nos imaginamos una procesión en la que participásemos todas las personas que de una u otra a manera estamos ayudando a los demás, con sillas de ruedas, llevando del brazo, pagando los dineros para fines sociales, haciendo la vida más fácil y agradable a quienes sufren…?

Saber descubrir las señales de resurrección que hay hoy en día y darles más importancia que a las señales de muerte. Creo que este es nuestro problema. Y además creo que el mal solo se va a cambiar cuando nos fijemos y demos más importancia al bien. La mejor forma de derretir el hielo es el calor que acercamos.

Nos quedamos abrumados al oír las noticias. Están cargadas de fracasos, tsunamis, muerte, guerras, naufragios… Eso es cierto. Pero también es cierto la bondad que se da en todas las personas del mundo, el bien que se realiza, el amor que se expande. “Todo lo tenían en común”… Igual era una utopía, pero esa utopía empuja a la realidad también hoy.

Me gusta contar la vida al estilo de Los Hechos de apóstoles. “El ángel del Señor abrió la puerta a Pedro en la cárcel”. ¿No sería el herrero del pueblo? ES necesario ver y contar la vida con fantasía. Y estos ángeles funcionan a todas horas en nuestra vida y en nuestro mundo.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“Después de la Pascua, el tiempo del Espíritu”, por Consuelo Vélez .

Jueves, 23 de mayo de 2019

Miedo-libertad_2116598338_13555189_667x375El evangelista Lucas, una vez finaliza su evangelio con la resurrección de Jesús y su aparición a las mujeres y varones que lo siguieron en su vida histórica, continúa en el libro de los Hechos relatando, el tiempo del Espíritu: “Y recibirán la fuerza del Espíritu Santo para que sean mis testigos” (1,8). Y, efectivamente, el Espíritu de Jesús inunda sus vidas y la evangelización se hace un imperativo en el seguimiento. El libro de los Hechos continúa narrando como surgen las diferentes comunidades a las cuales se van uniendo cada vez más personas (Hc 2,47), sin ocultar las dificultades que se iban presentando (Hc 5,1-11).

En otras palabras, ¿en qué radica la vitalidad del seguimiento? En el anuncio que suscita. Cuando no se tiene nada que comunicar, se pierden las fuerzas para el camino. El seguimiento es movimiento, proyecto, esperanza, búsqueda, dinamismo. Y todo eso se muestra en la realidad de “no poder dejar de hablar de lo que se ha visto y oído” (Hc 4,20). Pero muchas veces la vida cristiana no muestra esa articulación, posiblemente porque no se ha dado el encuentro con la persona de Jesús –con el espíritu del Resucitado– sino con sus ideas o normas. Quien sigue las normas pone a prueba su constancia y fuerza de voluntad pero quien se encuentra con la persona de Jesús comunica la alegría que da el encuentro y anuncia el amor que experimenta dentro de sí. La vida ética y el compromiso cristiano es consecuencia de esa experiencia fundamental.

El espíritu de Jesús que se hace presente en sus seguidores es un espíritu de vida y esperanza. Es el espíritu que apuesta por el futuro y por la transformación de las situaciones. Es el que cree posible que las estructuras se muevan, las tradiciones se renueven, la vida se recree y se fortalezca desde dentro. La vida del Espíritu es alegría y paz. Es fortaleza y amor. Es misericordia y un nuevo comienzo (Cfr. Gál 5, 22). Y el tiempo pascual es el despliegue de esta vida del Resucitado en nuestra realidad limitada y pequeña pero inundada de gozo por la fuerza del Señor que se queda para siempre entre nosotros.

Así hemos de vivir este tiempo pascual dejando que el Espíritu del Resucitado inunde nuestra vida y transforme nuestro entorno. ¿Por qué no empeñarnos en ser personas capaces de servir y amar en todos los momentos de nuestra vida? Pero sobretodo ¿por qué no pensar que las cosas sí pueden cambiar y que la sociedad puede encontrar “otra” manera posible de vivir? Muchos son los espacios donde es urgente que la vida del Espíritu se haga realidad. En las propias familias donde nunca sobra el diálogo y el cambio de actitudes. En la realización de nuestras profesiones, que siempre han de repensarse para el bien común y el servicio. En la política que hace posible otras estructuras que garanticen la vida para todos y todas. Y ¿por qué no inventar otros modelos económicos que dejen de enriquecer a unos pocos y reviertan en el bienestar de todos?

El surgimiento del cristianismo parecía imposible en sus orígenes y, sin embargo, el Espíritu del Resucitado transformó la configuración religiosa de ese tiempo. Hoy no tiene menos fuerza ese mismo Espíritu. Sólo necesita personas disponibles a su acción, seguidores que anuncien y anuncios que convoquen. El tiempo de Pascua nos introduce en este tiempo nuevo y es ahora, aquí, en el presente que vivimos, dónde el Espíritu puede actuar si le dejamos, le secundamos y nos disponemos enteramente a su acción.

Consuelo Vélez

Fuente Fe y vida

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Fraternidad

Martes, 14 de mayo de 2019

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Una comunidad donde se vive con otros puede representar para el individuo el espacio vital en el que se produce un intercambio vivaz y una experiencia que hace madurar, un lugar de confianza en el que cada uno puede crecer en el amor a sí mismo y al prójimo. Una comunidad de mujeres y de hombres maduros estimula continuamente al individuo para que haga frente a las tareas cotidianas y a los conflictos y, a través de éstos, madure como persona y como cristiano.

La crítica fraterna en un círculo de adultos constituye asimismo una fuerza creativa que sirve para mejorar en el conocimiento de nosotros mismos y en vistas a un proyecto propio de vida. Si la ejercemos con respeto y misericordia, nos ayuda a evitar o a protegernos de la tentación de escondernos en la casa de nuestro propio cuerpo. También los conflictos, inevitables en una comunidad espiritualmente viva, sea entre ancianos y jóvenes, o bien entre personalidades que chocan, podría convertirse en materia fértil para una provechosa cultura del conflicto, necesaria sobre todo en los conventos, donde conviven personas que no se han elegido y que no están unidas por vínculos de parentesco o de amistad. Añádase a esto que, en una comunidad de este tipo, el individuo puede y debe confrontarse también consigo mismo de un modo más radical del que lo haría si viviera solo.

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A. Grün,
A onore del cielo, come segno per la térra,
Brescia 1999, pp. 129ss., passim

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La Comunidad

Lunes, 29 de octubre de 2018

Del blog de Henri Nouwen:

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“Nada es dulce o fácil cuando se trata de la comunidad. La comunidad es la asociación de personas que no esconden sus gozos o sus penas, sino que las hacen visibles unos a otros en un gesto de esperanza. Decimos en comunidad: La vida está llena de ganancias y pérdidas, altos y bajos, pero no tenemos que vivir estos hechos en soledad. Queremos beber nuestra copa juntos y así celebrar la verdad de que las heridas de nuestras vidas individuales, que parecen intolerables cuando las vivimos en soledad, se convierten en fuentes de curación cuando las vivimos como parte de esa asociación de cuidados mutuos”.

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Henri Nouwen,
¿Puedes beber este caliz?
PPC.

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Otro modo de ser Iglesia.

Martes, 18 de septiembre de 2018

iglesia-transparenteQuien haya leído mi último artículo –Dónde está la verdadera crisis de la Iglesia– puede haber quedado desesperanzado. Analizaba ahí la estructura de poder de la Iglesia, centralizada, piramidal, absolutista y monárquica. Este tipo de poder no favorece el ideal evangélico de igualdad, de fraternidad ni la participación de los fieles. Más bien cierra las puertas a la participación y al amor.

Es que tal tipo de poder, por su naturaleza, necesita ser fuerte y frío. Este modelo de Iglesia-poder se presenta como la Iglesia sin más, peor todavía, como querida por Cristo, cuando, como he mostrado, surgió históricamente y es solamente su instancia de animación y dirección, siendo menos del 0,1% de todos los fieles. Por lo tanto, no es toda la Iglesia sino solamente una mínima parte de ella.

Pero la Iglesia-comunidad como fenómeno religioso y movimiento de Jesús es mucho más que la institución. Aquella encuentra otras formas de organización mucho más próximas al sueño de su Fundador y de sus primeros seguidores. Sabiamente, los obispos brasileros en su reunión anual, celebrada en Brasilia del 4 al 13 de enero del presente año, confesaron: «sólo una Iglesia con diferentes modos de vivir la misma fe será capaz de dialogar significativamente con la sociedad contemporánea». Con esto  destruyeron la pretensión de una única manera de ser: la de la Tradición del poder. Sin negarla, hay muchas otras maneras: la de la Iglesia de la liberación, la de los carismáticos, la de los religiosos y religiosas, la de la acción católica, hasta la del Opus Dei, la de Comunión y Liberación y la de la Nueva Canción, para nombrar sólo las más conocidas.

Pero hay una forma toda especial y muy promisoria, nacida en los años 50 del siglo pasado en Brasil y que ha adquirido relevancia mundial, pues ha sido asimilada en muchos países: las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). Los obispos les dedicaron un animador «Mensaje al Pueblo de Dios sobre las CEBs». Curiosamente, ellas surgieron en el momento en que brotó en Brasil una nueva conciencia histórica. En la sociedad: el sujeto popular ansiando más participación política, y en la Iglesia: el sujeto eclesial, ansiando también más participación y corresponsabilidad eclesial. Las CEBs son otro modo de ser Iglesia, cuyo sujeto principal, aunque no exclusivo, son los pobres. Su estilo es comunitario, participativo e insertado en la cultura local. Los servicios son rotativos y la elección, democrática. Articulan continuamente fe y vida, son activas en el campo religioso, creando nuevos servicios y ritos, y activas en el campo social o político, en los sindicatos, en los movimientos sociales como en el MST (Movimiento de los Trabajadores sin Tierra) o en los partidos populares.

No sabemos exactamente cuántas son, pero se calcula unas cien mil comunidades de base en Brasil, involucrando a varios millones de cristianos. Los obispos constatan su alto valor innovador y anti-sistémico. El mercado eliminó las relaciones de cooperación y solidaridad mientras que en las CEBs se viven relaciones fundadas en la gratuidad, en la lógica del ofrecer-recibir-retribuir. Ellas han asumido la causa ecológica, por eso, se entienden también como CEBs = comunidades ecológicas de base. Han desarrollado una fuerte espiritualidad del cuidado de la vida y de la Madre Tierra. El resultado de todo ello ha sido más respeto, veneración y cooperación con todo lo que existe y vive.

Las CEBs muestran cómo la memoria sagrada de Jesús puede recibir otra configuración social, centrada en la comunión, en el amor fraterno y en la alegría de testimoniar la victoria de la vida contra las opresiones. Ese es el significado existencial de la resurrección de Jesús como insurrección contra el tipo de mundo vigente.

Humildemente los obispos declaran que ellas ayudan a la Iglesia a estar más comprometida con la vida y con el sufrimiento de los pobres. Más aún, interpelan a toda la Iglesia llamándola a la conversión, al compromiso para la transformación del mundo en un mundo de hermanos y hermanas.

Este modo de ser Iglesia puede servir de modelo para la inserción en la cultura contemporánea, urbana y globalizada. Si fuese asumido como inspiración para el proyecto del Papa Benedicto XVI de «reconquistar» Europa, seguramente tendría algún éxito. Podrían verse comunidades de cristianos, intelectuales, obreros, mujeres, jóvenes, viviendo su fe en articulación con los desafíos de sus situaciones existenciales. No pretenderían tener el monopolio de la verdad y del camino cierto, pero se asociarían a todos los que buscan seriamente un nuevo lenguaje religioso y un nuevo horizonte de esperanza para la humanidad.

Leonardo Boff

es autor de Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia, Record, 2008, Sal Terrae.

Fuente Koinonia

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Vivir en comunidad: Saber aceptar el tiempo y amarlo como a un amigo…

Lunes, 27 de agosto de 2018

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La cualidad esencial para vivir en comunidad es la paciencia: reconocer que nosotros mismos, los otros y toda la comunidad necesitamos tiempo para crecer. Nada se hace en un solo día.

Para vivir en comunidad es preciso saber aceptar el tiempo y amarlo como a un amigo. Es terrible ver a algunos jóvenes, entusiastas, que tenían como un gran ideal compartir con los otros y llevar una vida comunitaria, perder en unos cuantos años las ilusiones, sentirse heridos, volverse irónicos, después de perder todo el gusto por entregarse, y quedar encerrados en movimientos políticos o en las ilusiones del psicoanálisis. Eso no quiere decir que la política o el psicoanálisis carezcan de importancia.

Ahora bien, resulta triste que algunas personas se cierren porque se han sentido desilusionadas o porque no han podido aceptar sus límites. Hay falsos profetas entre los que viven en comunidad. Esos tales atraen y estimulan los entusiasmos, pero por falta de sensatez o por orgullo llevan a los jóvenes a la desilusión. El mundo comunitario está lleno de ilusiones, y no siempre resulta fácil distinguir lo verdadero de lo falso, sentir si crecerá el buen grano o si vencerán las malas hierbas.

Si pensáis fundar comunidades, rodeaos de mujeres y de hombres sensatos, que sepan discernir. Pido perdón a todos aquellos que han venido a mi comunidad o a nuestras comunidades del Arca llenos de entusiasmo y se han sentido desilusionados por nuestra falta de apertura, por nuestros bloqueos, por nuestra falta de verdad y por nuestro orgullo.

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Jean Vanier,
La comunidad, lugar del perdón y de la fiesta,
Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998.

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La soledad no querida.

Viernes, 16 de febrero de 2018

shutterstock_321921797Leo que Theresa May se toma en serio la soledad de los suyos. Y no es para menos, ante las escalofriantes cifras de personas que están solas y se sienten solas; las dos cosas a la vez, que no solo las sufren en Gran Bretaña sino en todos los países llamados “civilizados”, incluido el nuestro. Son muchos los millones de personas que se sienten mortalmente solos sin tener a nadie con quien compartir si no es robando conversación a jirones mientras compran el pan o mendigando palabras al vecino coincidente en el ascensor. Y lo peor no es la soledad sino el no saber qué hacer para salir de esa situación ominosa que preside cada minuto de cada día.

Es un agujero negro de nuestro tiempo que corroe y destruye por dentro y que no gusta de ser aireado: depresión, una pena muy grande, una mala temporada… solo los viejos que se han quedado solos no temen las palabras y proclaman su dolor sin ambages en cuanto se les presenta la ocasión. Son muchos los miedos que nos acechan y el de la soledad no querida es uno de los más grandes. Quien pasa por ello sabe bien el mordisco que deja en el alma. A veces es coyuntural, otras  veces son razones de temperamento o predisposición al decaimiento; en ocasiones viene dado por acontecimientos desdichados de la vida que fabrican enfermos crónicos sociales. El estilo de vida que llevamos en el primer mundo contribuye a que el ser humano se sienta solo, esté solo, entre desasosiegos e incertidumbres.

El gran silencio universal es el miedo, acertadas palabras del poeta Luis Rosales. Lo verdaderamente temible, por lo peligroso, es el miedo a la soledad no querida. El desvalimiento y la incomunicación producen temor y resistencia que al final desemboca en angustia. Ignacio Larrañaga repetía a menudo: “el mal del fracaso no es el fracaso en sí, sino el miedo al fracaso. El mal de la muerte no es la muerte, sino el miedo a la muerte”.

El daño que hace esta soledad llega a producir marginados; es la enfermedad del momento capaz de romper el espíritu a cualquiera ante el debilitamiento del consuelo y la fortaleza de la fe en Dios. La caridad (ahora la llaman solidaridad) necesita más que nunca de nuestro tiempo para perder las horas con aquellos que claman compartir con un igual que pide sentirse entre sus semejantes, no sólo estar entre ellos. Qué soledades tuvo que pasar Sartre para decir que “el infierno son los otros”; o Kafka, al escribir que los humanos somos extranjeros sin pasaporte en un mundo glacial.

Sé muy bien de lo que estoy escribiendo pues me tocó experimentar el agujero negro de la soledad como el mayor zarpazo que he recibido de la vida, hasta ahora. Me suenan cercanos los versos de José Luis Martín Descalzo: “Estamos solos, flores, frutas, cosas /  Estamos solos en el infinito / Yo sé muy bien que si en esta noche grito / Continuarán impávidas las rosas”. No son tiempos para huir de uno mismo ni para vivir esperando que otros arreglen mi felicidad derrochando grandes energías. Sentir la soledad no querida es una forma de dolor que obliga a afrontar los hechos con capacidad de espera; y mientras no podamos cambiar el aislamiento que nos machaca, adaptemos los ojos a la oscuridad para seguir viendo, aunque se haya hecho de noche…

El tiempo pasa y solo quedan las cicatrices que duelen como la rotura lejana de un hueso, “cuando hay cambio de tiempo”. También quedan los recuerdos de la pelea por salir adelante y lo que has conseguido crear durante ese tiempo negro con la ayuda de Dios y de algunas personas estratégicamente diseminadas por Él en ese período doloroso de la vida. Martín Descalzo hizo de faro cuando sentenció: “En la manera de sufrir es donde verdaderamente se retrata un ser humano”.

Gabriel Mª Otalora

Fuente Fe Adulta

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Esperanza

Martes, 24 de octubre de 2017

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La postura del cristiano frente a la esperanza es compleja y operante. Nosotros no nos alienamos con las esperanzas terrenas y dirigimos nuestros ojos exclusivamente hacia la esperanza eterna, y ni siquiera nos zambullimos en el efímero olvido de la eternidad. No perdemos de vista el hecho de que el Creador ha confiado al hombre el derecho y el deber de dominar la naturaleza y completar la creación, pero tampoco olvidamos que nosotros somos sólo cocreadores y que nuestras esperanzas ahondan sus raíces en la grandeza y en la generosidad del Padre, que nos ha querido a su imagen y semejanza y nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina.

Nuestra esperanza no es ingenua ni tiene miedo de hacer frente a los obstáculos. Tiene el coraje suficiente para mirarlos de cerca y se esfuerza por superarlos contando con sus propias fuerzas, sin olvidar, no obstante, que el Hijo de Dios se hizo hombre y ha comenzado ya la obra de liberación del hombre, y que a nosotros nos corresponde completarla con la ayuda de Dios. ¿Es acaso una audacia excesiva, un sueño irrealizable, una esperanza vana, pensar en «la esperanza de una comunidad mundial»? Pues sí, ciertamente, es una audacia, es un sueño. Una audacia y un sueño que, sin embargo, según la decisión y el realismo con los que seamos capaces de afrontar los obstáculos que se levanten en el camino, podrán transformarse de esperanza en realidad […].

Cuando esperar nos parezca absurdo o ridículo, acordémonos de que, en la evolución creadora, el hombre brotó de un pensamiento de amor del Padre, ha costado la sangre del Hijo de Dios y es objeto permanente de la acción santificadora del Espíritu Santo.

*

Helder Cámara,
Conferencia pronunciada en Winnipeg el 13 de enero de 1970, en 
La documentación catholique 
del 1 de marzo de 1970, pp. 221 ss y 224.

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Roma, cittá aperta.

Lunes, 23 de octubre de 2017

Del blog Nova Bella:

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“El corazón de una sociedad es la ley,

el de una comunidad es el amor.”

*

Roberto Rossellini

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Algún lugar por donde volver a casa

Lunes, 17 de octubre de 2016

Del blog Pays de Zabulón:

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Todos nosotros aspiramos a volver a casa,
un lugar al que nunca hemos ido,
un lugar mitad recordado y mitad imaginado
del que tenemos sólo atisbos
de cuando en cuando.

Comunidad.

En alguna parte, hay personas
a las que podemos hablar con pasión
sin que las palabras queden pegadas en nuestras gargantas.

En alguna parte un círculo de manos se abrirá para recibirnos,
ojos que se iluminarán a nuestra llegada, voces que celebrarán con nosotros
cada vez que entremos en nuestra propia potencia.

Comunidad significa una fuerza que une nuestra fuerza
para hacer el trabajo que hay que hacer,
brazos para sostenernos
cuando tropezamos.

  Un círculo de curación. Un círculo de amigos.

En algún lugar donde
podemos ser libres.

Starhawk

N.B Starhawk es una escritora estadounidense, activista del neo-paganismo y del ecofeminismo, muy comprometido con la paz y la no violencia. Se define como una bruja, pero para entender de qué manera  usa esta palabra, es mejor ver la interesante crónica publicada en peripheries.net : la bruja, esto es la incomprendida, la que es puesta a distancia debido a su poder o conocimiento que fueron significativos en un mundo que se ha eliminado y ahora asusta o perturba.

Fuente texto : Communification

Fuente foto : grupo de improvisación teatral en youjustmademylist

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El sacramento de la comunidad

Jueves, 6 de octubre de 2016

mi-comunidadMiguel Ángel Mesa Bouzas,
Madrid.

ECLESALIA, 03/10/16.- Una comunidad se recrea cada día en la mesa de la vida, del compartir, de la intimidad, de sentirnos unidos por el anhelo renovado de una auténtica fraternidad y amistad.

La comunidad nace de una llamada que se escucha desde distintas realidades existenciales, que se nos comunica por medio de otros, que se metaboliza y discierne en lo hondo de nosotros mismos.

La comunidad convoca a la oración del corazón  misericordioso, en el que resuenan las súplicas, las alegrías, las lágrimas y las esperanzas de la humanidad, de nuestro mundo.

La comunidad es garantía de la presencia de la Divinidad, por medio del otro que camina a mi lado en cualquier circunstancia, que sé que nunca me faltará cuando le necesite.

Una comunidad verdadera practica el don del perdón liberador, de la revisión fraterna comprensiva, de la autocrítica compasiva y favorece el crecimiento personal de todos sus miembros.

La comunidad nos ayuda a humanizarnos (y, por lo tanto, a divinizarnos), cuando contemplamos la injusticia, el desprecio, el abuso y nos comprometemos a combatirlos, pues no podemos permanecer indiferentes ante los atropellos hacia los más débiles.

La comunidad es un espacio para el encuentro gozoso de unos con otros. Para el encuentro con el otro, que en su diferencia me enriquece, me ayuda a crecer y me invita con cariño a salir de mi comodidad.

La comunidad es el lugar donde se experimenta la gratuidad, la donación desinteresada al otro, como semilla y signo de una nueva sociedad, donde se da el testimonio de que es más importante lo que se es y se ofrece que lo que se tiene.

La comunidad nos ayuda a valorar lo que de verdad es lo más importante, lo que tiene más interés y trascendencia, el tesoro más valioso, el gozo de estar unidos compartiéndolo todo.

La comunidad suaviza y hace llevadera la cruz de cada día, aceptando el carácter propio del otro, ayudándole en sus necesidades, practicando la humildad, dejándose guiar y transformar…

La comunidad es un don y un quehacer diario, que hay que regar, abonar y cuidar para que crezca, se fortalezca, dé frutos y adquiera así su máxima plenitud.

La comunidad es siempre deudora de otras personas que la precedieron y que nos han ofrecido su ejemplo de vida; de otras realidades que se han vivido en común; de experiencias históricas que la ayudan a caminar hacia lo que está llamada a ser.

La comunidad es una escuela de mística, de espiritualidad encarnada, de trascendencia, vislumbrando e intentando hacer realidad la utopía, ese otro mundo posible y necesario, que hoy no es todavía, pero que puede ser si nos empeñamos con esfuerzo, constancia y esperanza.

La comunidad nos enseña a vivir con la mayor naturalidad, sin doblez ni fingimiento, con sinceridad y alegría, tomando con humor nuestra propia vulnerabilidad, nuestros defectos, y con paciencia nuestros avances y retrocesos. Es el templo donde se celebra la vida con sus gozos, esperanzas y tristezas.

La comunidad ayuda a vivirlo todo con sencillez, compartiendo lo que se es y lo que se tiene, para que otros puedan vivir con dignidad, teniendo las puertas de la casa y de cada corazón abiertas.

Una comunidad es cristiana cuando sigue a Jesús de Nazaret, intentando vivir con sus mismos sentimientos, para buscar de su mano una plena humanización y la unión íntima con el Misterio de la Divinidad, el Amor que habita dentro de nosotros, en cada ser humano y en todo el universo. Así Jesús se convierte en modelo y paradigma de una nueva humanidad.

En una comunidad cristiana se intentan vivir las bienaventuranzas, lo contracultural, lo alternativo de la buena noticia de Jesús, en la realidad concreta de nuestro mundo. Por eso nunca podrá ser conservadora, sino abierta, liberadora, en progreso continuo, renovada y comprometida desde las fronteras existenciales de los empobrecidos y excluidos. Solo así se disfrutará de la alegría, la paz y la felicidad verdaderas.

La comunidad que se esfuerza y desea vivir de forma integral su fe y su vida, es un nuevo sacramento que “contiene, visualiza y comunica otra realidad diferente a ella, pero presente en ella… una grieta por la que penetra una luz superior que ilumina las cosas, las hace transparentes y diáfanas” 

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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La comunidad de amor

Lunes, 5 de septiembre de 2016

Del blog Pays de Zabulon:

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Allí dónde hay relación de amor es el espacio de Dios …

Debemos tener en cuenta que la comunidad, como la soledad, esencialmente es una calidad del corazón.

Ciertamente, no sabríamos lo que es una comunidad si nunca nos hubiéramos reunido en un lugar, pero la comunidad  no significa necesariamente estar físicamente juntos. No podemos vivir en comunidad estando solos. Incluso cuando el tiempo y el espacio nos separan, podemos actuar libremente, hablar sinceramente y sufrir pacientemente a causa del vínculo de amor que nos une a los demás.

La comunidad de amor ignora no sólo las fronteras de los países y de los continentes, sino también las de décadas y siglos. Además de la presencia en nuestros corazones de los que están lejos, la memoria de los que vivieron hace mucho tiempo puede introducirnos en una comunidad que nos sana, nos mantiene y nos guía. El espacio de Dios en la comunidad trasciende todos los límites espaciales y temporales.

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Henri J.M. Nouwen
Invitation à la vie spirituelle, Dangles,1995

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Fuente foto : in elegance we trust

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