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Entradas Etiquetadas ‘Eucaristía’

Doctrina de la Fe impide que católicos y protestantes compartan misa en Alemania

Miércoles, 23 de septiembre de 2020

ecumenismo1¿De verdad creen en este mandato del señor?

Las diferencias en la comprensión de la Eucaristía y el ministerio son “todavía tan importantes”, según Doctrina de la Fe

Ladaria escribió al presidente de los obispos alemanes, Georg Bätzing, para explicar la negativa a esta práctica ecuménica

El año pasado, el Grupo de Trabajo Ecuménico abogó por la participación recíproca en las celebraciones de la Eucaristía y la Cena del Señor. Doctrina de la Fe se muestra crítica con el acuerdo y descarta a comunión conjunta por el momento

“Una apertura para una comunión de comida eucarística con la Iglesia Evangélica en Alemania abriría necesariamente nuevas fisuras en el diálogo ecuménico con las Iglesias ortodoxas”

‘Tomad y comed todos de él’… pero no si eres católico en una iglesia protestante, o protestante en un templo católico. Esta es la conclusión de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que ha escrito al presidente de la Conferencia Episcopal alemana, Georg Bätzing, mostrando su negativa a que ambas confesiones cristianas compartan la Eucaristía (o ‘Cena del Señor’), como había acordado el pasado año el Grupo de Trabajo Ecuménico y las iglesias protestantes iban a comenzar a hacer en breve.

Tal y como recoge Katolisch.de, el dicasterio presidido por monseñor Ladaria considera que las diferencias en la comprensión de la Eucaristía y el ministerio son “todavía tan importantes” que excluyen la participación de cristianos católicos y protestantes en las celebraciones de la otra confesión. Tampoco hay fundamento para una “decisión individual de conciencia”, precisa Doctrina de la Fe.

Un jarro de agua fría

La carta ha sido recibida como un jarro de agua fría, otro más, lanzado desde el Ex Santo Oficio contra el Camino Sinodal‘ alemán, que mantiene abiertas toda una serie de discusiones, que van desde la intercomunión al acceso de las mujeres al sacerdocio o el diaconado. El portavoz del Episcopado alemán, Mattias Kopp, confirmó la recepción de la carta, al tiempo que informó que los obispos la debatirán en su Asamblea Plenaria, prevista para la semana próxima.

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¿Para cuándo la intercomunión con protestantes?

Para Doctrina de la Fe, el documento aprobado el pasado septiembre por teólogos protestantes y católicos contiene cuestiones no suficientemente aclaradas acerca de la Eucaristía o la ordenación sacerdotal. “Una apertura para una comunión de comida eucarística con la Iglesia Evangélica en Alemania abriría necesariamente nuevas fisuras en el diálogo ecuménico con las Iglesias ortodoxas”, más allá de las fronteras de Alemania. ‘Que todos sean uno’… o

Fuente Religión Digital

Iglesia Católica, Iglesia Luterana , , , , , ,

En el corazón… que partes y repartes…

Viernes, 11 de septiembre de 2020

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Te observé sabiendo ya que eras un hombre -la cabeza
Del pelícano doblado
El pico que te rasgaba hacia afuera

Enfermé como bombilla que se funde
la corona de espinas sobre mí -el recuerdo

Me doblé en tus alas
En las llagas aún calientes

En el vuelo como gota de sangre en el pecho
Que vive. En el corazón

Que partes y distribuyes con las manos.

*

pelican

Daniel Faria
De los líquidos
Ediciones Sígueme

*

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***

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Celso Alcaina: “Jesús no instauró un determinado rito en la Última Cena”

Lunes, 17 de agosto de 2020

Compartir_el_pan“Dejó a sus seguidores un proyecto de vida en igualdad, justicia, libertad y amor”

“Toledo y su Corpus Christi, Lugo y su Sacramento, las Adoraciones Nocturnas, los Congresos Eucarísticos Internacionales, miles de presbíteros sin excluir altos jerarcas que ‘dicen’ Misa y, finalmente, los crédulos cristianos que aceptan y defienden la presencia real de Jesús en la Eucaristía. A estos se unirán los que en torno al templo han constituido sus negocios: restaurantes, tiendas textiles y otras”

“No sólo les metemos en sus cabecitas un absurdo integral y un trágala porque lo digo yo. Les obligamos, además, a pasar previamente por el confesionario, suscitando en ellos, inocentes, el sentimiento de culpa”

“Los cristianos primitivos eran conocidos por su estilo de vida, por cómo se comportaban con los demás y no por congregarse en templos”

“Entre los siglo IX y XV, los teólogos especulan sobre la presencia real de Jesús en el pan y el vino. Surge el término ‘transustanciación’: el pan y el vino se convierten en el cuerpo y sangre de Jesús”

Comprenderé el desagrado de personas e instituciones al leer este artículo. Intolerable, dirán. Toledo y su Corpus Christi, Lugo y su Sacramento, las Adoraciones Nocturnas, los Congresos Eucarísticos Internacionales, miles de presbíteros sin excluir altos jerarcas que “dicen” Misa y, finalmente, los crédulos cristianos que aceptan y defienden la presencia real de Jesús en la Eucaristía. A estos se unirán los que en torno al templo han constituido sus negocios: restaurantes, tiendas textiles y otras.

El que esto escribe se cree con derecho y obligación de desenmascarar una práctica secular que ha de ser calificada como falsa. Me avalan mis títulos académicos, mi actividad en el Vaticano, el estudio y la reflexión de medio siglo.

“El día más feliz de mi vida”. Es la frase que padres y educadores ponen en boca de sus inocentes niños el día de su primera comunión. Les hacen creer que el cuerpo de Jesús entra en su estómago cuando comen un pedacito de pan, la hostia, que el cura les entrega. Que beben sangre de Jesús al tomar unas gotas de vino. Habéis leído bien. El cuerpo vivo de Jesús de Nazaret, todo su cuerpo. La sangre borboteante de Jesús. No, no puede ser. Eso no puede ser. Es absurdo.

Los responsables eclesiásticos, incluidos Concilios y Papado, disfrazan esa tomadura de pelo con la palabra “mística”. Es decir, misteriosa, incomprensible, sin posible explicación. Lo mismo que la Trinidad, que la divinidad de Jesús o que el pecado original. Lo crees porque lo digo yo, aunque sea irracional y absurdo.

Limitándonos a los niños, cabe invocar la expresión “abuso de menores”. No sólo les metemos en sus cabecitas un absurdo integral y un trágala porque lo digo yo. Les obligamos, además, a pasar previamente por el confesionario, suscitando en ellos, inocentes, el sentimiento de culpa, de pecado. Y, lo más sorprendente y repugnante. Ese lavado de cerebro se protrae, incuestionado perezosamente, a la adolescencia y adultez. Incrustado durante toda la vida de los cristianos.

No haría falta recurrir a la historia del Cristianismo para ratificar el fraude que entraña la “transustanciación” o conversión del pan y vino en cuerpo y sangre. Siendo un absurdo, toda mente humana podría y debería rechazarla. Ello, independientemente de los pretendidos fundamentos históricos o bíblicos. Pero es que la historia y el movimiento cristiano avalan cuanto aquí denunciamos.

En el siglo I de nuestra era, años 50 – 100, los pocos seguidores de Jesús solían reunirse para conmemorar la vida de su Cristo. Lo hacían en casas particulares: cenas fraternales y solidarias. Todavía vivían apóstoles y discípulos directos de Jesús. Reproducían la última cena jesuánica. Ya entonces se observaron disfunciones. Excesos en el beber, segregación de los pobres. De las casas particulares se pasó a lugares comunes, embriones de las iglesias. A partir del siglo II, en sinagogas o centros comunitarios, las cenas declinaron y desaparecieron. Las reuniones se limitaban a oraciones, cánticos, homilías.

Todo cambió o se aceleró a partir del año 313. El emperador Constantino dio carta de naturaleza al Cristianismo, albergó en sus basílicas a los cristianos, se impuso el latín como lengua común y mandó construir iglesias tan espaciosas como necesario para dar cabida al creciente número de creyentes..

Del siglo IV al VIII, la Eucaristía (acción de gracias) sufre un importante cambio de significado. En base al dogma de la divinidad de Jesús proclamado en Nicea, se pasa a considerarla sacrificio como valor central, lo que provoca temor, distanciamiento y nula disposición a comulgar.

Entre los siglo IX y XV, los teólogos especulan sobre la presencia real de Jesús en el pan y el vino. Surge el término transustanciación: el pan y el vino se convierten en el cuerpo y sangre de Jesús. La Misa es la reproducción del “sacrificio”, el que Jesús culminó en la cruz. Se celebra en el “altar”, como los antiguos sacrificios judíos. Los sacerdotes son los funcionarios sagrados encargados de realizar ese sacrificio. Son los líderes de las comunidades que ya no dejarán de llamarse “sacerdotes”. Los fieles acuden pasivamente a esa Misa y se limitan a adorar al Señor en esa Eucaristía. Pero no comulgan, acaso por reverente temor. En el siglo XIII, el Concilio Lateranense IV tuvo que disponer y obligar a comulgar una vez al año por Pascua Florida…

A partir de ese siglo, surgen multitud de devociones y manifestaciones eucarísticas. Elevación del cáliz y de la hostia, exposición del Santísimo, fiesta del Corpus Christi, congresos eucarísticos, etc.

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Aclarar que la cultura judía prohibía consumir sangre de cualquier animal, más aún si era sangre humana. Por el contrario, otros ritos paganos daban sentido al “comer el cuerpo y la sangre de sus dioses”. Durante un milenio, a nadie se le ocurrió hablar de la “transustanciación” o presencia real de Jesús en el pan y vino. La Eucaristía, el recuerdo de la última cena, se limitaba a recordar y vivir el estilo de vida de Jesús. Los cristianos primitivos eran conocidos por su estilo de vida, por cómo se comportaban con los demás y no por congregarse en templos.

Jesús no pudo dejar en herencia bienes temporales. No los poseía. Tampoco instauró un determinado rito en la Última Cena. Dejó a sus seguidores un proyecto de vida en igualdad, justicia, libertad y amor. Por ese “Reino de Dios” luchó hasta entrar en conflicto con las autoridades políticas y religiosas. El resultado, la crucifixión.

Fuente Religión Digital

Biblia, Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad , , ,

Dadles vosotros de comer…

Domingo, 2 de agosto de 2020

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“Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos…
(Me acuerdo muy bien de El.
A todas horas.
Me acuerdo de El, buscándolo;
sintiéndome buscado por sus ojos gloriosamente humanos).

“En él, nuestras penas…”
(La soledad innata, donde crezco
como un tallo de menta.
El complejo indecible que me envuelve
las raíces del alma más profundas,
abiertas sólo a Dios, como al océano…
La durísima cruz de esta esperanza
donde cuelgo seguro y desgarrado.
La infinita ternura que me abrasa
como un viejo rescoldo
de montañas nativas.

La impaciencia sin citas y sin puertos…
“En El, nuestra Paz…”
(La Paz pedida siempre.
La Paz nunca lograda.
La extraña Paz divina que me lleva
como un barco crujiente y jubiloso.
La Paz que doy, sangrándome de ella,
como una densa leche).

«¡En El, la Esperanza, y en El la Salvación!”
(...Y entretanto celebro su Memoria,
a noche abierta, cada día…).

*

Pedro Casaldáliga
Clamor elemental
Editorial Sígueme, Salamanca 1971

***

 

Jesús, al enterarse de lo sucedido, se retiró de allí en una barca a un lugar tranquilo para estar a solas. La gente se dio cuenta y lo siguió a pie desde los pueblos.

Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos que traían.

Al anochecer sus discípulos  se acercaron a decirle:

– El lugar está despoblado y es ya tarde; despide a la gente para que vayan a las aldeas y se compren comida.

Pero Jesús les dijo:

– No necesitan marcharse; dadles vosotros de comer.

Le dijeron:

– No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.

El les dijo:

Traédmelos aquí.

Y después de mandar que la gente se sentase en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos  y éstos a la gente.

Comieron todos hasta hartarse, y recogieron doce canastos llenos de los trozos sobrantes.  Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

*

Mateo 14,13-21

***

[El autor, un médico alemán, recuerda la experiencia vivida en las minas de Vorkuto, un campo de concentración soviético, el número 9/IO].

        Cada mañana, hacia los cuatro, se celebraba la santa misa y se distribuía la comunión. Del grupo que estaba orando, se apartó un minero, vestido como los demás, con un mono, y se acercó al altar improvisado (a unos doscientos metros bajo tierra). Era el sacerdote. Después, de la muchedumbre salió otro: el ayudante. Sobre el altar improvisado, un minúsculo cáliz y un misal pequeño. El ayudante sacó del bolsillo del mono una campanilla minúscula. El cáliz de plata medía unos siete centímetros de alto y cuatro de ancho y había sido hecho por los mismos mineros. Durante la santa misa, muchos se acercaron poro recibir lo comunión. Las hostias venían de Lituania. Los comunistas, que no subían de qué se trataba, les llamaban “pan lituano”. El vino llegaba con enormes dificultades al campo de concentración de Crimea. Durante lo Pascua, más de cuatrocientos pudieron comulgar. A los mineros les entregaban, según lo acordado, una cajetilla de tabaco y, debajo de la primera fila de cigarrillos, les colocaban el Santísimo envuelto en un trocito de cándido lino. La hostia consagrada se partía y era distribuida entre cuatro personas, más o menos.

*

cf J. Scholmer,
Die Toten kehren ziiruck (Los muertos regresan),
Berlin 1954.

 

***

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¡Octogenario! Eucaristía vespertina.

Martes, 28 de julio de 2020

corpuschristiCelebrando la vida, celebrando la fe… Precioso relato  del blog de Ramón Hernández Esperanza radical:

Es este un hermoso día, rozando ya la mitad del verano, en el que los ciudadanos de muchos pueblos y ciudades se honran con la celebración de la Virgen del Carmen, patrona marinera en tantos lugares de habla hispana y bajo cuyo manto este bloguero se siente especialmente protegido por una razón que hoy desea compartir, muy complacido, con todos los lectores de este blog, sean habituales o circunstanciales.

La razón a que aludo queda claramente reflejada en el frontispicio elegido como anuncio del desayuno de hoy, pues, a media tarde, cumpliré ochenta años, una cifra redonda, connotativa de consumación y plenitud: lo primero, por alcanzar con ella la vida media estadística de los hombres en España, y lo segundo, por tratarse de una edad muy propicia para rendir cuentas o hacer balance.

Ni que decir tiene que, con tal motivo, me gustaría invitaros a todos, queridos amigos, a algo que sea significativo y deje huella, aunque, remedando a San Pedro al entrar en el templo (Hechos 3: 6), podría deciros parte de lo que él dijo al cojo que le pedía limosna: “no tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda”). Y ¿qué es lo que yo tengo realmente que pueda compartir con vosotros? Obviamente, no tengo dinero para sacar de apuros a quien esté en ellos y de poco me serviría  tener una botella de licor para brindar con todos vosotros por tantos dones recibidos a lo largo de tanto tiempo de vida. Lo que obviamente sí tengo ya hoy son ochenta años y esos sí que me gustaría compartirlos con todos vosotros en la medida de lo posible.

En los momentos en que no me pesa el fardo de los muchos años que llevo a la espalda y mirar atrás no me produce vértigo, me veo a mí mismo como el niño travieso que, por ejemplo, en los años cuarenta, siendo monaguillo, apenas podía con el atril y el pesado misal a la hora de trasladarlos del lado derecho del altar, del de la epístola, al izquierdo, el del evangelio, o como un renacuajo rebelde y zascandil en la escuela primaria, regentada entonces por buenas y sacrificadas monjitas, o, poco después, como el estudiante juguetón de teología que se divertía metiendo en apuros a algunos de los profesores. La verdad es que el tiempo me parece solo una circunstancia ineludible que, aunque vaya acercando poco a poco la meta final y menguando las escasas fuerzas humanas, no tiene ningún poder para cambiar una mentalidad que sigue siendo inquieta, juvenil  y todavía ilusionada con proyectos a largo plazo. Por todo ello, no deja de ser un serio “contratiempo” sentirse joven de espíritu e incluso de cuerpo y que, de repente, te pase por la mente, como una ráfaga de metralleta, la sima abisal de los ochenta años ya transcurridos.

Tras una larga vida laboral azarosa, con frenazos y acelerones, cuando ahora me asomo a los evangelios me identifico rápidamente con la oveja perdida, trabada en un zarzal, a la que rescata, pinchándose en las manos y en los brazos, el buen pastor. También me identifico con el hijo pródigo, alocado y despilfarrador, metido de hoz y coz en una pocilga para alimentarse de porquerías, cuyo padre no se contenta con esperarlo pacientemente, sino que sale en su busca y se mancha sus ricos vestidos para sacarlo de la pocilga. Ambas parábolas, me parece, son fuentes inagotables de humanidad, muy válidas para llegar solo  a intuir un poquito hasta dónde llega la bondad del Dios que nos regala el ser y la vida.

Pero, sobre todo, me veo como uno de los protagonistas de la parábola de los talentos (Mt 25:14-30), el siervo que, habiendo recibido solo un talento, ni siquiera puede responder lo que aquel mal siervo dijo: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual, tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo”,  porque lo que realmente ha sucedido en mi caso es que malgasté dicho talento y ahora ya ni siquiera puedo devolver el capital recibido. ¡Desoladora sensación de impotencia abisal ante una situación calamitosa sin excusa posible!

Enfrentado por ello a una deuda particular, proporcionalmente mayor que la deuda pública española, y sin apoyo alguno ni tiempo para renegociarla, queriendo saldarla un buen día, no me quedó más remedio que echar mano del ingenio. Si en nuestra sociedad hay personas mayores que, a cambio de la herencia de sus  pisos o viviendas, se granjean la asistencia de jóvenes durante sus últimos años, ¿por qué no podría yo intentar algo parecido? Y así, ni corto ni perezoso, me armé de coraje para proponerle al “hombre duro” de la parábola un canje, el de mi alma por la deuda contraída con él. Me sorprendió la firme convicción de que él aceptó de buen grado mi propuesta. El negocio no tiene nada de novedoso, pues dicen que son muchos los que venden su alma al diablo por auténticas bagatelas. Mi negocio, en cambio, fue muy rentable para mí al quitarme tamaño peso de la conciencia, si bien debió de ser ruinoso para el inversor que buscaba altas rentabilidades, pues no veo qué de bueno pueda sacar él de un alma huraña y, además, envejecida y gastada.

Tras ello o quizá como consecuencia de ello, yo mismo me asombro de enfrentarme cada mañana a una pantalla en blanco para dejar en ella algún sentimiento o pensamiento que pueda ser de alguna utilidad a sus lectores. Si fuera solo por mí, en vez de sentarme al ordenador, saldría corriendo como alma que lleva el diablo, valga la contradicción, pero debe de haber una mano por medio que me clava a la silla y me embarca en la ardua tarea de decir y gritar cada día que hay una providencia amorosa que nos guía en todos nuestros pasos y que nos recuerda a los cristianos la obligación ineludible de transmitir la fuerza de salvación que hay en la vida y obra de Jesús de Nazaret, al margen de cualquier interés particular o gremial, ideológico o social.

Y ahora sí que llega ya el momento de hablar de lo que realmente tengo para compartir con cuantos gentilmente se avienen a desayunar conmigo cada mañana en este blog.  Cuando hace unos años, informado por un amigo de sus publicaciones en RD, comencé a hacer comentarios en este medio, no tardé en proponer a sus lectores la formación de una “comunidad virtual” para reunirse mentalmente a las diez de la noche, hora española, con el único propósito de elevar la mirada al cielo y decir simplemente “gracias”, en una bonita, emotiva y rápida “oración de acción de gracias” por el día transcurrido. Tras comprometerme posteriormente a mantener el blog de “Esperanza radical”, invité al grupo anterior y a los nuevos lectores a dar un paso más: unirse mentalmente a la misma hora, convirtiendo aquella oración en una eucaristía virtual. Se trata de algo muy sencillo y emotivo, que nada tiene que ver con la misa católica, pero sí, y mucho, con la cena del Señor.

¿Cómo lo hago? Tras convertir imaginativamente el globo terráqueo en un altar, pongo sobre él sus siete mil quinientos millones de habitantes, simbolizados en otros tantos granos de trigo y de uva. En esa ofrenda de pan y vino se condensa el amor, la ternura, la solidaridad y el trabajo de toda la humanidad. Y sobre ella digo: “tomad y comed todos este pan de vida y bebed este cáliz de salvación. Son mi cuerpo y mi sangre compartidos, dice Jesús. La paz sea con todos”. Así de escueto y sencillo. Es muy hermoso sentirse comensal en la mesa del Señor, pero lo es mucho más sentirse comida por lo que ello implica, pues si lo primero es fácil y agradable, lo segundo requiere una acción penitencial de profunda conversión ascética: para ser pan los granos de trigo han de ser segados, trillados, molidos, fermentados y cocidos, y algo parecido ocurre con los de uva para transformarse en vino.

Amigos lectores, este es el regalo que hoy me complace haceros de todo corazón. Cada uno de los contenidos de este blog son prueba fehaciente de que deseo ser comida en vuestras propias eucaristías. A los ochenta años la vida se simplifica una barbaridad, pues desaparecen las vanidades y a los egos, en caso de seguir vivos, les quedan pocos resuellos. A tal edad, el paso del tiempo apremia y desaparecen por completo las ganas de seguir haciendo trampas en el propio “solitario”: la verdad reivindica su refulgencia, a la sinceridad le repugnan las rentabilidades fraudulentas, se acortan las posibilidades de seguir dando abrazos y el deseo de hacer el bien debe aprovechar ya las pocas oportunidades que se presenten. Queda ya poco tiempo para lo bueno, y ninguno para lo malo.

Celebro hoy alborozado que el Dios de mi fe, siempre padre, siempre bueno, siempre perdón y siempre mal negociante, debido a que su gracia redimensiona siempre su justicia, haya comprado mi destartalada alma y me obligue cada mañana a sentarme delante del ordenador para haceros llegar, a través de su pantalla, un abrazo de gozosa comunión en el espíritu de Jesús de Nazaret. Celebro también que hoy la Virgen del Carmen me haya invitado a sumergirme en las profundidades del mar de mis propios sentimientos para compartir con vosotros las bellezas y las alegrías que nuestra condición de cristianos nos depara.

Y, como durante el tiempo que he estado escribiendo lo que precede, en Madrid ha tenido lugar una hermosa celebración pública de Estado en homenaje a todas las víctimas del coronavirus, a los muertos y enfermos, los españoles y los de cualquier otro lugar del mundo, en este blog quiero, hoy de forma muy especial porque es algo que debemos hacer todos los días, derramar una lágrima y elevar una acción de gracias al cielo por la vida de todos y cada uno de ellos. Para nosotros, los cristianos, los seres queridos se van de nuestro lado, pero nunca de nuestros corazones, pues estamos convencidos de que la muerte no es el final de nada, sino el principio de todo. Amén.

Espiritualidad ,

Nuevos ritos

Martes, 30 de junio de 2020

iglesiavacia-blog_imagenMuy a menudo nos quejamos de que los ritos en la celebración de la Eucaristía están poco relacionados con la vida, que son poco expresivos.

De repente con el coronavirus nos hemos encontrado con unas eucaristías que han añadido gestos expresivos y significativos. Nos ayudan más a celebrar la entrega de Jesús y nuestra propia entrega.

Como no nos podemos dar la paz con la mano, nos volvemos hacia todos los presentes en el templo y nos miramos con cara sonriente. Es un gesto que resulta expresivo y que crea relación. Antes, al darnos la mano, solamente veíamos al vecino y al de nuestro banco o al de adelante.

Usamos y nos damos repetidas veces gel. No para purificarnos, sino para suavizar nuestras manos y que así nuestra relación con los demás, y el recibir la eucaristía, esté llena de amabilidad, de suavidad. Suavizar nuestras manos para eliminar toda animadversión, envidia o lejanía.

Y sobre todo, llevamos puesta la mascarilla. No podemos hablar, pero durante la celebración somos conscientes de la realidad social que estamos viviendo y lo hacemos presente en la ofrenda de los dones a Dios. También la palaba de Dios recae sobre esa realidad.

Es más fácil ir reflexionando qué nos dice Jesús en su Palabra para nuestras realidades de dolor, de ayuda, de servicio, de entrega. No hacemos ofrenda de dinero sino de algo más importante, que es nuestra vida, ésta que estamos viviendo con dificultades.

Y al final de la misa, limpiamos con gel los asientos en los que hemos estado sentados. Toda una expresión. Lo que hemos oído, hemos celebrado, no es para dejarlo ahí en el banco sino para llevarlo a la vida y con su fuerza transformar nuestra realidad.

Nos tenemos que colocar cada día en un sitio con cierta distancia. Somos peregrinos, caminantes, en busca de Dios. Así nos sentimos celebrando la Cena del Señor.

En el templo donde yo participo, nos sirven las formas consagradas en una bandeja de donde vamos recogiendo cada uno. Un regalo, un don que recibimos de Dios, que nos lo va ofreciendo todos los días.

Es una oportunidad. La realidad del virus nos va ayudando a unas celebraciones vivas, actuales, implicadas. Ojalá seamos capaces de ir creando y viviendo eucaristías con gestos que nos impliquen en nuestra vida y que nos hagan celebrar la vida, muerte y Resurrección de Jesús y también nuestras vidas, con las luchas, los logros, los dones y los esfuerzos.

Jesús nos ayuda a “tomar el pan, a repartirlo y a compartirlo”. Así nos resulta más fácil vivir en positivo el coronavirus.

 

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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También tú eres eucaristía

Viernes, 26 de junio de 2020

eucaristia_260x174Del griego “euxaristos”: decir bien, acción de gracias, la Eucaristía es mucho más que lo que “sabemos, sentimos y hacemos…”. Es lo que Somos.

Reflexionando sobre lo liberador que es vivir la sencillez y pobreza como servicio, la pregunta que emerge es dónde mirar para aprender a Ser, y el pan hecho vida. La vida hecha pan es la genialidad que Jesús nos regala como síntesis y símbolo para que empecemos a despertar al pan que somos esencialmente.

Hemos hablado y escrito tanto del pan que estos días, preparando este texto al “chuf chuf” del silencio oracional, del paseo, del estudio, de la Escucha… Me he sentido invitada a buscar en mi vida alguna experiencia o imagen que también me hable de Eucaristía, sin pretender obviar y menos ser irreverente con el eterno pan de Amor que ES. Tal vez para captar más hondamente otros aspectos de su significado.

Si tuvieras que explicar a alguien tu experiencia, en palabras tuyas, qué es Eucaristía más allá de alimento, presencia, amor…

Te invito a hacer silencio por unos momentos y a sentirlo antes de contárnoslo. Te invitamos,  si quieres, a que nos lo cuentes y junto con lo de otras personas, lo colgaremos aquí.

Yo hice este tiempo de preparación varios días, y ayer, regresando de un paseo largo en silencio, después de unos días convulsos… emergía una imagen que en mi vida es potente: la manera en que Dios se ha hecho pan, también, la veo en la imagen de Éxodo 19,4: “Vosotros visteis como os tomé sobre alas de águila y os he traído a mí…

Nos dicen que el modo que tiene el águila de enseñar a volar a sus polluelos es dándoles la seguridad de su solidez en pleno vuelo; cuando considera que el momento ha llegado, se retira, dejando en el aire a los pequeños,  para que tengan que agitar sus alas en un entrenamiento, sin más protección que la presencia segura del águila volando debajo. Mientras, ell@s hacen todo lo que saben, incluso lo que no sabían que saben, para ejercitar su don, su potencial, su carisma: volar.

Para mí Eucaristía es como la vida que me da Amma águila. Me considera águila como ella, me alimenta y capacita para volar alto, y despertar a otr@s al alto vuelo.

Algo así como el “coaching”: entrenamiento personalizado, acompañamiento personal y confidencial. Presencia que te ayuda a descubrir tus caminos, tus fuerzas y debilidades… pero en nuestro caso mucho más ya que hay una identificación total con la coach.

Piensa en los jóvenes, tal vez lo de lavar pies, o compartir pan no les toca mucho. Pero lo del coaching inspirado en la belleza arrolladora y potente del águila danzando con los polluelos despertándoles… ¡flipante!

Luego está la Eucaristía celebrativa, donde tenemos que reinventar la rueda para que sea como Jesús nos la dejó.  El coach nos dijo que hiciéramos lo que él hacía, claro, hoy.

Por mi parte intento enseñar-compartir como volar, como reconocer la silueta de Amma águila volando debajo, protegiendo, indicando, respetando. Compartir vuelo, es importantísimo, para levantar del suelo a los que quieren volar.

Gracias por compartir tu experiencia.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

Fuente Fe Adulta

Fuente

Espiritualidad

Julio Puente: “Para el cristiano es esencial dar culto a Dios cuidando a su prójimo, no las doctrinas y ritos”

Jueves, 18 de junio de 2020

eucaristia-720_270x250“Dar Misa”. Creo que no es una manera de hablar que haya surgido ahora, debido a la actual situación, sino que ya viene de bastante lejos. Me refiero a un tipo de lenguaje referente a cuestiones religiosas, relacionado fundamentalmente con el cumplimiento de ciertos ritos y preceptos. Referido de una manera muy especial al precepto de la misa dominical, sobre el que la jerarquía eclesiástica insiste siempre que encuentra la mínima ocasión. De hecho, nada más decretarse el “Estado de alarma”, los obispos se apresuraron a informar a sus fieles que, durante el tiempo que durase dicho estado, quedaban dispensados de cumplir con el mencionado precepto.

La “nueva normalidad” afecta también a todas las confesiones religiosas y, por ende, a la Iglesia católica; quizás de manera especial, por ser la más numerosa, sociológicamente hablando; y la más visible a nivel exterior.

“A partir de tal día se puede comenzar a ´dar` misa”, oíamos decir a los informadores o leíamos en los medios de comunicación social, cuando referían lo que se podía hacer dependiendo de la fase en qué nos encontrásemos en un momento dado a nivel de desescalada. Efectivamente: “dar” misa. Para nada se decía ni se insinuaba el concepto “celebrar”; entre otras razones, porque la cultura religiosa es la gran ausente en general en nuestra sociedad y, por ende, aunque resulte lamentable, en las personas que debieran ser más exactas y precisas, por razón de su profesión. No es extraño oír de decir a algunas personas “para el caso es lo mismo”, cuando alguien ha intentado puntualizar o aclarar ambos conceptos: dar y celebrar.

No pretendo con esto acusar a dichos medios y a sus profesionales, aunque me resulta bastante triste constatar cómo a veces utilizan conceptos sin el más mínimo rigor, desinformando a la audiencia o por lo menos no informándola con el rigor que se les debiera exigir.

Y, ¿por qué este ajuste desinformativo referente a estos conceptos? Seguramente que se podrían aducir causas diversas. Pero se me ocurre aplicar en esta ocasión el dicho “De aquellos polvos, estos lodos”. Sí, señores responsables de la Liturgia y obispos en general, por ser ustedes los encargados de aplicar y ayudar a cumplir las normas que dimanan del Dicasterio romano sobre la citada disciplina. Quiero decirles que ustedes han hecho muy poco o, para ser más exactos, han contribuido muy mucho, a que los sacramentos en general, y la misa de manera particular, se hayan convertido en “objetos” de “consumo” (perdonen la expresión; a lo mejor no es muy acertada que digamos). Es decir, la impresión de la inmensa mayoría, profana y versada, cuando se refieren a la misa no dicen, por ejemplo, “voy a celebrar la misa y, menos aún, voy a la celebración de la Eucaristía”, sino sencillamente “voy a misa”. Un “ir” a un lugar, a una iglesia o a un centro de culto.

Considero que es oportuno mencionar, al hilo de lo que estoy refiriendo, la campaña que se lanzó por parte de grupos católicos “integristas” de varios países, que se dirigían a sus respectivos obispos diciéndoles “Devolvednos la misa”. Dicha campaña se desató cuando el tiempo de confinamiento se alargaba más de lo previsto y los templos continuaban cerrados, sin posibilidad de celebraciones ni de ningún tipo de culto. Creo que sobran comentarios.

Quiero matizar en mi caso como “asistente” (quizás como “participante” a la vez; al menos en algunas ocasiones; eso creo yo) ciertos aspectos que, bajo mi punto de vista, sitúan a la misa mucho más cerca del “dar” que del “celebrar”.

Asumo que se me acuse de superficial y de falto de fe en los misterios divinos. ¡Qué le vamos a hacer! Me esforzaré por profundizar en ellos; lo prometo. Pero, mientras tanto, no puedo dejar de manifestar esa especie de devoción que la misa supone para la inmensa mayoría de personas. Sobre todo, en el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de la Consagración. Es entonces cuando para las personas allí congregadas, según les enseñaron y en su mayoría continúan enseñándoles, Jesús se hace presente de manera “real”. Ante misterio tan grande y venerable, solamente les queda la adoración “personal” como la mejor de las respuestas. Claro que, si hacemos un breve repaso, no deja de ser, por lo menos un tanto sospechoso, que la Palabra de Dios y de Jesús “leída” o “proclamada” (vete tú a saber) momentos antes haya pasado muy o totalmente desapercibida y muy poco o nada venerada, al menos por parte de la mayoría de los allí presentes.

A todo esto, podríamos añadir la intención o intenciones que muchas personas llevan o llevamos, cuando vamos a misa. Que está bien y es bueno tener esa especie de recuerdo/rememoración, de hecho la Liturgia también lo prevé, de “mi” vida, de lo “mío” y de los “míos”. Pero, claro, deja de estarlo a partir del momento en que el “mi”, lo “mío” y los “míos” se convierten en centrales, únicos y exclusivos. Dejando prácticamente olvidado y al margen lo “tuyo”, lo del “otro”, los “vuestros”, lo de la “comunidad”, etc.

Todo ello contribuye a que el ambiente que en general se respira en las misas es, como acabo de decir, muy o demasiado individual y poco o nada comunitario. Por ello, pido que se me perdone el símil, tiene mucho de comercio y poco de fiesta celebrada. El primer caso nos recuerda un lugar donde a una persona la da, frente al segundo en el que las personas se juntan para compartir. Este es el sentido que nos sitúa en el “dar” frente al “celebrar”.

Y, si se me permite como anécdota, recordar que, si bajamos al terreno del vulgo no versado (no hablo del versado, aunque a lo mejor nos llevaríamos unas sorpresas mayúsculas), no resulta extraño oír a alguien que ha asistido a una misa por razón de “compromiso”, decir expresiones como, por ejemplo: el cura que “daba” la misa era tal o cual. “Daba la misa”. Quiero interpretar su expresión y su pensamiento como una persona que daba (no sé qué) y el resto de las allí presentes lo recibían.

Ya sé que muchas personas pueden pensar que el tema de “dar” frente a “celebrar” puede pertenecer al campo de lo curioso o poco más; posiblemente sí. Pero tengo la plena convicción de que en el fondo de ello hay una especie de enjundia muy suculenta que los responsables deberían apresurarse cuanto antes a esclarecer. Pero ¡por favor!, en vez de acusar, reñir o yo qué sé a la gente, que bajen y se lo expliquen desde la vida, en vez de hacerlo desde la Liturgia y desde el Dogma.

Juan Zapatero Ballesteros

Fuente Fe Adulta

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Hacia un idolatría de la Eucaristía.

Domingo, 14 de junio de 2020

Del desaparecido blog À Corps… À Coeur:

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[…] El mismo Cristo  debe asfixiarse en nuestros ostensorios de oro, en nuestros cálices incomparables, en nuestros copones incrustados de joyas, Él quiso sólo la paja del Pesebre o la madera de la cruz. El culto exagerado de la Eucaristía tiende a hacer de nuestras iglesias templos paganos.

Louis Evely
*

Condúceme de lo irreal a lo real, condúceme de las tinieblas a la luz, condúceme de la muerte a la inmortalidad.

Brihadaranyaka Upanishad
*

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Una liturgia sin compromiso místico

Los faraones de Egipto han sido divinizados y los monumentos no dejan de representar su investidura divina. Cuando, más tarde, Alejandro el Grande conquistó Egipto, no creyó que pudiera asegurar su dominación sobre las colonias sin hacerse reconocer como Dios. Del mismo modo los emperadores romanos, para consolidar la unidad de su imperio, aceptaron, luego finalmente impusieron, esta divinización de Roma y de su persona.

Pero esta divinización del faraón provocaba también, casi necesariamente, la “faraonización” de dios. Había una simbiosis, una suerte de comunidad de vida en la que las reacciones eran recíprocas y, finalmente, la imagen de la divinidad se amoldaba a la del faraón divinizado.

¿Hasta qué punto esta situación ha sido reproducida a lo largo de los siglos, incluso en el pensamiento de Israel? ¿En qué medida nuestra liturgia no guarda vestigios de este intercambio ambiguo entre la realeza terrestre y la realeza divina? ¿Hasta qué punto incluso el concepto de la realeza divina no es simplemente una emanación de la realeza humana?

¿En qué medida, en Bizancio, la liturgia de Palacio y la liturgia de Santa Sofía no coincidían en una misma imagen, donde la realeza divina y la realeza humana se confundían de nuevo?

Y en qué medida nuestra liturgia no es todavía una supervivencia de las liturgias reales que no comprometennunca el fondo del alma? ¿No podemos pensar, a veces, que en nuestra misma liturgia, se trata de rendir homenaje a un soberano, de procesiónar alrededor de su altar, de erigirle un santuario dedicado a él, y una vez hecho esto, queda con Dios, todo esto que puede realizarse y celebrar sin ninguna especie de compromiso místico?

Algo extremadamente peligroso

Es evidente que, si el hombre de la calle es tan a menudo completamente extraño a lo que pasa en nuestras iglesias, es porque no pasa allí ningún acontecimiento susceptible de tocarlo aunque sea un poco. El no se siente allí de ninguna manera alcanzado y concernido a lo más íntimo de él mismo.

Hay una religión aparente que  no asume compromiso profundo. Esto es extremadamente grave, y podemos preguntarnos hasta qué punto esto no es a causa de la Eucaristía que llegamos a una confusión tan radical sobre la esencia misma del mensaje de Jesús.

Una especie de materialismo religioso, el peor de todos; puede trágicamente establecerse alrededor de la Eucaristía; tenemos un catalizador de paladio, un pararrayos celeste, sobre la casa, podemos dormir tranquilo, Dios está allí en su cajita y lo tenemos constantemente a nuestra disposición.

¿Nos hemos cuestionado suficientemente sobre  el valor de nuestras comuniones? ¿sobre ell valor de esos niños? ¿Qué producen? ¿Qué cambian?

En las comuniones sin compromiso, donde se cuenta con el opus operatum (un efecto producido infaliblemente por el hecho de que se recibe el sacramento), en las comuniones donde mecánicamente se debe ser santificado porque se abrió la boca o se tendió la mano para recibir la hostia: hay allí algo extremadamente peligroso porque no se ve en absoluto toda la exigencia que está en la base de una conversión verdadera, y que supone a un nuevo nacimiento; no vemosen absoluto la exigencia de la comunión que implica esta transformación radical donde se pasa del mí posesivo al mi oblativo. ¿ Incluso, cuántos sacerdotes  que celebran la misa cada día todavía puede, quizá, estar todavía allí?

Resituar la Eucaristía en la perspectiva evangélica

Debemos pues resituar la Eucaristía, hay que situarla allí dónde la vida de la Iglesia debe encontrar su unidad, hay que situarla en su sitio, es decir en la perspectiva evangélica que se nos impone en los últimos encuentros del Señor con sus discípulos.

La última consigna que resuena en todas las páginas delrelato joánico, es que os améis unos a otros como yo os he amado. Y esta consigna es también el criterio que hace reconocer a los discípulos de Jesús: ” en esto os reconocerán que sois mis discípulos, si os amais los unos a los otros.

Y para dar una lección a sus discípulos, Jesús les lavó los pies. “Esto es lo que es amar a tu prójimo: lo que he hecho es para que hagáis vosotros lo mismo los unos a los otros.

Por extraño que pueda parecer, la Eucaristía parece haber desaparecido, ni siquiera se nombra en este lugar, ¿por qué? Debido a que está implícita en esta mandato (lavatorio de los pies). Está implícitamente contenida en el mandato y en la consigna final del Señor: “Amaos los unos a los otros”, ya que es exactamente la misma cosa.

“Os conviene que yo me vaya “

Recordemos las trágicas palabras de Jesús en el discurso después de la Última Cena: “Es bueno que yo me vaya porque, si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo, no vendrá a a vosotros”. ¿Cómo no ver en estas palabras la confesión de un fracaso? Jesús nunca convirtió a nadie … ¡a nadie! Ni la muchedumbre, ni los sacerdotes, ni las autoridades, ni Herodes ni sus discípulos, ni incluso el discípulo amado que se dormirá como los otros enseguida en el Jardín de la Agonía: no ha convertido a nadie.

Y la llamada suprema que lesdirige  a sus discípulos en el lavamiento de los pies se quedará sin eco: no comprenden que el reino de Dios está dentro de ellos mismos.

No comprenderán que es para hacer nacer este reino interior que Jesús se arrodilla delante de ellos para lavarles los pies, y no comprenden  que es para arrancar la piedra de nuestros corazones que Jesús muere sobre la cruz. Y la última pregunta que le harán a Jesús justo antes de la Ascensión será significativa de estatotal  incomprensión.

¡La humanidad de Jesús debe pues desaparecer! Y es sólo en lo invisible, en el fuego del Pentecostes, como encontrarán a su Maestro como una presencia interior, no lo verán en lo sucesivo ya más delante de ellos sino dentro de ellos, y es en aquel momento cuando lo reconocerán. ¿Podemos desde entonces imaginar un solo instante que Nuestro Señor nos haya dado la Eucaristía para que refabriquemos con este sacramento un culto idolátrico, para que pudiéramos poseerlo allí, al alcance de nuestra mano, encerrándole en una caja para que nos pertenezca? ¿ Podemos concebir un materialismo igual por parte del Señor? ¿Cómo podemos imaginar que les hubiera robado su presencia visible a los Apóstoles para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si pudiéramos disponer de Dios como el resultado de un objeto? Es absolutamente imposible, es exactamente lo contrario que sucede cuando Jesús nos da la Eucaristía.

*

Maurice Zundel

La Rochette, 1963

(Fuente)

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En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

Disputaban los judíos entre sí:

“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Entonces Jesús les dijo:

– “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.”

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Juan 6,51-58

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“¡Sine Dominica non possumus”

Sábado, 13 de junio de 2020

Francisco Javier Nguyên Van Thuân, un buen pastor… un hombre de Dios uno de cuyos libros, Cinco panes y dos peces, os recomendamos vivamente leer…

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Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mi una pregunta angustiosa: “¿Podré seguir celebrando la eucaristía?”. Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuanto me vieron, me preguntaron: “Ha podido celebrar la santa misa?”.

En el momento en que vino a faltar todo, la eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. “El que come de este pan viviré siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo” (Jn 6,51).

¡Cuántas veces me acordé de la frase de los mártires de Abitene (siglo IV), que decían: “¡Sine Dominica non possumus” (“No podemos vivir sin la celebración de la eucaristía”).

En todo tiempo, y especialmente en época de persecución, la eucaristía ha sido el secreto de la vida de los cristianos: la comida de los testigos, el pan de la esperanza.

Eusebio de Cesarea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: “Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar…., ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisi6n…”. El martiriológico del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la eucaristía no podemos vivir la vida de Dios! […].

Cuando me arrestaron, tuve que marcharme en seguida, con las manas vacías. Al día siguiente me permitieran escribir a los míos para pedir lo más necesaria: ropa, pasta de dientes… Les puse: “Por Favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago”. Los fieles comprendieron en seguida. Me enviaron una botellita de vino de misa, con esta etiqueta: “Medicina contra el dolor de estómago”, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó:

– ¿Le duele el estómago?

– Si.

– Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Este era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: “Medicina de inmortalidad, remedio para no morir; sino para vivir siempre en Jesucristo”, como dice Ignacio de Antioquia.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con él el cáliz más amago. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!

*

F. X. Nguyen Van Thuan,

Testigos de esperanza.
Ejercicios espirituales dados en el Vaticano en presencia de Juan Pablo II,
Ciudad Nueva, Roma 72000, 143-146; traducción, Juan Gil Aguilar.

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“Dos experiencias clave”. 26 de abril de 2020. 3 Pascua (A). Lucas 24, 13-35.

Domingo, 26 de abril de 2020

timthumb.phpAl pasar los años, en las comunidades cristianas se fue planteando espontáneamente un problema muy real. Pedro, María Magdalena y los demás discípulos habían vivido experiencias muy «especiales» de encuentro con Jesús vivo después de su muerte. Experiencias que a ellos los llevaron a «creer» en Jesús resucitado. Pero los que se acercaron más tarde al grupo de seguidores, ¿cómo podían despertar y alimentar esa misma fe?

Este es también hoy nuestro problema. Nosotros no hemos vivido el encuentro con el Resucitado que vivieron los primeros discípulos. ¿Con qué experiencias podemos contar nosotros? Esto es lo que plantea el relato de los discípulos de Emaús.

Los dos caminan hacia sus casas, tristes y desolados. Su fe en Jesús se ha apagado. Ya no esperan nada de él. Todo ha sido una ilusión. Jesús, que los sigue sin hacerse notar, los alcanza y camina con ellos. Lucas expone así la situación: «Jesús se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo». ¿Qué pueden hacer para experimentar su presencia viva junto a ellos?

Lo importante es que estos discípulos no olvidan a Jesús; «conversan y discuten» sobre él; recuerdan sus «palabras» y sus «hechos» de gran profeta; dejan que aquel desconocido les vaya explicando lo ocurrido. Sus ojos no se abren enseguida, pero «su corazón comienza a arder».

Es lo primero que necesitamos en nuestras comunidades: recordar a Jesús, ahondar en su mensaje y en su actuación, meditar en su crucifixión… Si, en algún momento, Jesús nos conmueve, sus palabras nos llegan hasta dentro y nuestro corazón comienza a arder, es señal de que nuestra fe se está despertando.

No basta. Según Lucas es necesaria la experiencia de la cena eucarística. Aunque todavía no saben quién es, los dos caminantes sienten necesidad de Jesús. Les hace bien su compañía. No quieren que los deje: «Quédate con nosotros». Lucas lo subraya con gozo: «Jesús entró para quedarse con ellos». En la cena se les abren los ojos.

Estas son las dos experiencias clave: sentir que nuestro corazón arde al recordar su mensaje, su actuación y su vida entera; sentir que, al celebrar la eucaristía, su persona nos alimenta, nos fortalece y nos consuela. Así crece en la Iglesia la fe en el Resucitado.

José Antonio Pagola

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“Lo reconocieron al partir el pan”. Domingo 26 de abril de 2020. 3º Domingo de Pascua

Domingo, 26 de abril de 2020

25-PascuaA3Leído en Koinonia:

Hch 2,14.22-33: No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio
Salmo responsorial 15: señor, me enseñarás el sendero de la vida
1Pe 1,17-21: Los rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto
Lc 24,13-35: Lo reconocieron al partir el pan

En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, encontramos a Pedro pronunciando su primera predicación pospascual, dirigida tanto a los judíos presentes como a todos los habitantes de Jerusalén. El sermón es de tipo kerigmático, con la presentación de tres aspectos de la vida de Jesús, que componen el credo de fe más antiguo del cristianismo: un Jesús histórico, acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales; su muerte a mano de las autoridades judías, y finalmente, su resurrección obrada por Dios para salvación de toda la humanidad. Pedro termina su discurso con un sello de autenticidad: de todo esto, «nosotros somos testigos» (Hch 2,32). Creer en Jesús resucitado era reconocerlo como Mesías, lo que según las Escrituras, abría las puertas para su segunda venida y el fin del mundo. Esto explica las actitudes de recogimiento y miedo que llevan a los discípulos a encerrarse bajo llave. Sin embargo, Pentecostés cambia para siempre las cosas, pues antes que miedo por el fin del mundo, el Espíritu les indica que el mundo apenas comienza, y que la iglesia que acaba de nacer tiene el compromiso de contribuir en la reconstrucción de este mundo con la clave del amor. Así comenzó la Iglesia su misión, cambiando los miedos del fin del mundo, por la alegría, el optimismo y el compromiso de hacer que cada mañana el mundo nazca con más amor, justicia y paz.

La referencia a la primitiva comunidad cristiana nos hace descubrir la importancia que la praxis del amor y de la solidaridad tuvo en el surgimiento del cristianismo. No fue sin más una teoría, sino un cambio de vida, una praxis, una transformación social, lo que estaba en juego. Importante tenerlo presente, cuando tantos piensan que el cristianismo es cuestión de aceptar intelectualmente un paquete de verdades, teorías o dogmas.

En la segunda lectura, el apóstol Pedro hace un llamado a mantener la fidelidad a Dios aún en situaciones de destierro, desplazamiento, marginación o exclusión, porque Dios, en un nuevo Exodo, nos libera de una sociedad sometida a leyes injustas e inhumanas, que protegen sólo al que paga con oro o plata. Esta liberación fue asumida por Jesús con el sello de su propia sangre, como una opción de amor, consciente y voluntaria, por los hombres y mujeres del mundo entero. El precio que debemos pagar a Jesús por tanta generosidad, no es con oro ni plata, sino, dando vida a los hermanos que siguen muriendo, víctimas de la injusticia y la deshumanización. Eso será realmente «devolver con la misma moneda».

En el evangelio, dos discípulos, que no eran del grupo de los once (v.33) se dirigen a Emaús. Probablemente se trata de un hombre y una mujer, casados, (también había mujeres discípulas), que regresaban a su pueblo natal frustrados por los últimos acontecimientos de la capital. Mientras conversaban, Jesús se acerca y comienza a caminar con ellos, al fin y al cabo es el Emmanuel. Pero ellos no pueden reconocerlo, sus ojos están cerrados. ¿Por qué? Porque en el fondo todavía tenían la idea de un mesías profeta-nacionalista, que conquistaría el mundo entero para ser dominado por las autoridades de Israel, un mesías necesariamente triunfador… Por eso, estaban viendo en la cruz y en la muerte del maestro, el fracaso de un proyecto en el cual habían puesto sus esperanzas.

Serán las Escrituras las primeras gotas que Jesús echa en los ojos del corazón de estos discípulos, para que puedan ver y entender que no es con el triunfalismo mesiánico, sino con el sufrimiento del siervo de Yavé, como se conquista el Reino de Dios; un sufrimiento que no es masoquismo, sino un cargar conscientemente con las consecuencias de la opción de amar a la humanidad, actitud difícil de entender en una sociedad dominada por un poder de dominio que mata a quien se interpone en su camino. Por la vida, hasta dar la misma vida, es el testimonio de Jesús ante sus dos compañeros.

El relato de los discípulos de Emaús es una pieza bellísima, evidentemente teológica, literaria. No es, en absoluto, una narración ingenua directa de un hecho tal como sucedió. Es una composición elaborada, simbólica, que quiere dar un mensaje. Y como todo símbolo, que no lleva adjunto un manual de explicación, permanece «abierto», es decir, es susceptible de múltiples interpretaciones. Y desde cada nuevo contexto social, en cada nueva hora de la historia, los creyentes se confrontarán con ese símbolo y extraerán nuevas lecciones… Leer más…

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26.4.2020. Dom 3 de Pascua. Lc 24, 13-35. Emaús: Iglesia en huida, en salida, en retorno (con CELAM, Santo Domingo 1992)

Domingo, 26 de abril de 2020

maestaDel blog de Xabier Pikaza:

Un texto clave en la historia de la Iglesia y teología contemporánea.

Este evangelio de Emaús es una parábola del origen y sentido actual de la Iglesia y debe leerse desde Lc 24 y Hch 1-2. Fue el texto clave de la Conferencia del CELAM de Santo Domingo, a los 500 años del “descubrimiento” de América.

El Papa Juan Pablo II, en el apogeo de su reforma eclesial, quiso imponer en Santo Domingo, para América Latina, un documento que respondiera a su concepción del cristianismo, oponiéndose a todo lo que  fuera libertad y “teología de la liberación”. Hubo una lucha dura en las sesiones y en la redacción del documento.

          Yo estaba por entonces en América y tuve ocasión de seguir casi por dentro el despliegue y redacción final del documento, que pudo hacerse gracias a la inmensa labor pastoral, teológica y eclesial de  Luciano Mendes de Almeida SJ (1930‒2006), que era entonces la voz más autorizada del episcopado brasileño, presidente de la comisión redactora del documento.

 sto_dgo           Antes el impasse y choque entre una visión más romano‒polaca y una más americano‒liberadora, L. Mendes, optó por tomar el pasaje de Emaús  como punto de partida y eje dogmático‒pastoral del documento, balanceando sus diversos elementos, que podían entenderse de diversas formas, desde la perspectiva en que se situaran los lectores:

Los fugitivos de Emaús podían representar una iglesia‒en‒huida,   un “cristianismo de transformación mesiánico‒social”: Habían esperado que llegara el Reino en poder, pero murió Jesús, pasaron tres días y por eso huían (es decir, se desapuntaban). Esta imagen podía aplicarse a los decepcionados por el “fracaso” de los sueños de liberación, pero también a los decepcionados de una Iglesia de Roma que no había entendido plenamente la novedad del evangelio.

‒ Iglesia en salida. Los “fugitivos” de Emaús podían huir según eso de un tipo de teología de Roma (de Jerusalén) cerrada en sí misma. Frente a la iglesia en salida que hoy (año 2020) está pidiendo el papa Francisco, estos dos que iban de vuelta hacia Emaús podían ser una iglesia en huida, quizá por decepción ante Jesús, quizá por decepción de iglesia… Pero esa huida podía entenderse también como salida para retomar el verdadero mesianismo de Jesús (en la línea que el Papa Francisco decía Evangelii Gaudium 2013). Estos “fugitivos” podían ser fermento nuevo, y así tenían que salir de una iglesia (Jerusalén‒Roma) cerrada en sí misma, buscar nuevas y más hondas experiencias.

Iglesia en revelación… Nuevo descubrimiento del evangelio. Los de Jerusalén‒Roma parecían cerrados en su pasivismo… Por el contrario, estos de Emaús podían salir de Jerusalén en protesta, retirándose a Emaús, una zona‒ciudad que los arqueólogos actuales no acaban de fijar, pero que bíblicamente se refiere a la historia de los Macabeos que habían comenzado en aquella zona su alzamiento del 167 a.C. Había que volver allí, para aprender  mejor la historia de Jesús, para compartir su camino de liberaciòn. Significativamente, el evangelio de Lucas ha silenciado la novedad posible de la experiencia pascual de Jerusalén‒Roma, para reiniciar el camino de Jesús desde Emaús.

Iglesia en retorno… Los fugitivos de Emaús vuelven a Jerusalén con su nueva experiencia, su teología, su eucaristía, su ardor… Ellos son para Lucas el fundamento teológico y experiencial de la Iglesia… Así los quiso presentar Mons. Luciano Mendes de Almeida que redactó (según se dice) de un modo personal y apresurado los primeros capítulos del Documento de Santo Domingo, pudiendo iluminar desde ellos todo el resto del documento.

luciano-mendes-de-almeida-e4283af7-d511-4c92-9f00-c5c92e7dda4-resize-750            Los números introductorios de ese Documento de Santo Domingo, retomando los motivos pascuales de Emaús, fueron el gran “milagro” de la conferencia de Santo Domingo, a los 500 años del “descubrimiento” de América.  Son números de un gran jesuita (quizá el más significativo del último siglo, con Mons. Martini y el Papa Francisco), que pueden leerse desde las dos vertientes. (a) Fueron aprobados por el lobby vaticano, no podían ser de otra manera; venían de la Biblia… (b) Fueron también aceptados por el grueso de los obispos de América Latina, que, en aquel tiempo seguían todavía vinculados en gran parte al espíritu de Medellín y a la teología de la liberación.

     Quien quiera entender el texto de Emaús desde  el documento de Santo Domingo: https://www.celam.org/documentos/Documento_Conclusivo_Santo_Domingo.pdf  A continuación, para los que quieran seguir leyendo, ofrezco mi propia interpretación pastoral y teológica. Buen domingo pascual a todos.

LECTURA BÁSICA DEL TEXTO

Experiencia de Emaús. El comienzo. 

El texto es una joya de teología narrativa : la verdad no se argumenta ni demuestra a base de razones; la verdad viene a expresarse en forma de relato; sólo convence quien sepa contar una historia de forma que su verdad (su mensaje) vuelva a hacerse presenta allí donde se cuenta.

Y he aquí que dos de ellos (del grupo de Once y los otros: cf 24,9), en aquel mismo día caminaban hacia una aldea llamada Emaús, que distaba como una sesenta estadios de Jerusalén. Y ellos dialogaban entre sí sobre todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que mientras dialogaban y hablaban el mismo Jesús se acercó y caminaba con ellos. Y sus ojos estaban cerrados, para no reconocerle. Y él les dijo: – ¿Qué son esas palabras que os decís entre vosotros, mientras camináis? Y ellos se pararon, quedando tristes. Y uno, llamado Cleofás, respondiéndole le dijo: – ¿Eres tú el único habitante de Jerusalén que ignoras las cosas que han pasado en ella en estos días? Y les preguntó: ¿Cuáles? Y ellos le dijeron: – Las referentes a Jesús de Nazaret, que fue varón profeta, poderoso en acción y palabra, ante Dios y ante todo el pueblo, cómo le entregaron nuestros sacerdotes y jefes, en juicio de muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera quien debía redimir a Israel, pero con todas estas cosas, han pasado ya tres días… (Lc 24, 13-21)

1 F9lkvcIyzcQBSbKXqrNZKQEstos fugitivos de Emaús son signo de todos los han ido caminando con Jesús pero después se han decepcionado. No pueden entender la cruz, no saben situar su muerte en el esquema salvador del reino: ¡pensábamos que tenía que redimir a Israel! Como fracasados escapan, huyendo de su propia historia, del pasado de su encuentro con Jesús, con la esperanza rota.

Escapan y sin embargo siguen hablando de Jesús, como si tuvieran necesidad de recrear su recuerdo, de recuperar su figura. Uno se llama Cleofás (24, 18). El otro permanece innominado (¿su mujer Maria, una hermana, un amigo?). Si María, la mujer de Cleofás que estaba bajo la cruz (cf. Jn 19, 25) es la misma que ahora acompaña a Cleofás (y este Cleofás es el mismo de aquel texto), tenemos que afirmar que ella no cree, ni ella ni su marido, que vuelven a su casa.

Sea como fuere, ellos abandonan un tipo de comunidad donde sigue reunido el resto de discípulos incrédulos con las mujeres creyentes (cf 24, 9-10.33-35). Parecen el comienzo del fin; empieza a disgregarse el grupo que Jesús había formado a lo largo de su vida. Escapan de Jesús, pero le llevan en su mente y conversación (cf. Lc 24, 14). Pues bien, la misma huida viene a convertirse en principio de un nuevo encuentro.

Muchas veces resulta necesaria la distancia: separarse del lugar de la experiencia inmediata, tomar tiempo para revivir lo que ha pasado. Quien no sufra el choque fuerte del fracaso de Jesús, quien no sienta la tentación de escaparse no podrá entender el evangelio. Ese momento de decepción, ese intento de evadirse de recuperar la tranquilidad de un pasado sin cruz, constituye un elemento integrante de la resurrección cristiana.

Sentido básico

caravaggio-cena-emmausAl principio hallamos dos fugitivos de Jerusalén (que para Lucas es principio y centro de la nueva comunidad).   Son dos, como los ángeles de la tumba vacía, pues sólo así pueden ser testigos oficiales de aquello que han visto y oído. Escapan de la comunidad incrédula (que no ha escuchado el testimonio de las mujeres), pero Jesús les sale al paso y ellos, tras haberle descubierto en la fracción del pan, vuelven a Jerusalén, hallando a la comunidad reunida en confesión creyente: ¡ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón! (Lc 24, 34).

No han ido con las mujeres al sepulcro, para ungir al cuerpo muerto, ni quedan en Jerusalén, como los otros; huyen. Es como si tuvieran más dolor; como si la aventura de Jesús hubiera terminado, como un bello y mentiroso engaño.

Cuanto antes pudieran olvidarla mejor: parecen suponer que la vida no se puede edificar sobre recuerdos vacíos, palabras vanas, como las que dicen las mujeres del sepulcro (cf Lc 24, 11-22). Escapan por los caminos del olvido imposible, y para que Cristo les haga retornar a su mensaje y vida necesitan más razones que la catequesis pascual de las mujeres: a ellas les bastaba el recuerdo de aquello que Jesús había dicho, al borde de su tumba vacía.

Estos necesitan toda la Escritura y la fracción del pan: tendrán que ver a Jesús para creer, aunque no necesitarán fijarse de un modo detallado en sus manos y pies (como la iglesia pascual de Jn 20, 20 y Lc 24, 40). De esa manera, su misma incredulidad se hará motivo de una más honda y larga catequesis. Son muchos los motivos que podemos destacar en esta catequesis de la pascua.

–Hermenéutica. El texto es ya proceso hermenéutico: un camino personal, comprometido, que nos lleva a una nueva comprensión de la Escritura, a partir del Cristo muerto (y a una nueva comprensión de Cristo a partir de la Escritura). Los judíos tanaítas (rabínicos) interpretarán la Biblia de Israel a partir de su nueva experiencia social, desde el fondo de las tradiciones nacionales, que sirven para interpretar la ley antigua. Los cristianos, en cambio, han interpretado la Ley y los Profetas desde el Cristo.

– Teodicea, revelación de Dios. La pascua cristiana es más que interpretación de un libro, es descubrimiento de Dios que se manifiesta por medio de Jesús como vencedor sobre la muerte. Este era el tema clave, esta la tarea del judaísmo: querían reconocer la presencia de Dios, verle del todo. Pues bien, los cristianos afirman que lo han hecho: han visto al Dios de Israel en Jesús crucificado. Por eso, la pascua es una experiencia de iluminación transformadora: los antiguos fugitivos descubren que su vida cambia al ver a Jesús resucitado.

– Experiencia de conversión. La pascua puede y debe interpretarse como experiencia de nuevo nacimiento, transformación humana. En contra de una tendencia normal del judaísmo legalista (y de una práctica normal de los cristianos en la iglesia), la conversión no es aquí el punto de partida o presupuesto para encontrar a Dios, sino al contrario: el encuentro con Dios que funda la conversión de los humanos. Jesús resucitado transforma a los fugitivos de Emaús, haciéndoles volver a la comunidad. Según eso, la pascua es nacimiento de lo humano.

– Eucaristía. El relato ha recibido una forma eucarística, que comienza por la liturgia de la palabra (nuevo conocimiento) y culmina en la celebración sacramental (fracción del pan). Lucas ha narrado así, de un modo insuperable, la primera gran fiesta pascual de la Cena de Jesús, destacando paso a paso sus momentos principales.

El desconocido de pascua. Catequesis del camino.

03788Se suele decir que no existe verdadera conversación si es que no viene “un tercero” para ofrecer nueva luz. Pues así viene Jesús, como un desconocido, que empieza preguntando: se interesa por el dolor de los fugitivos y permite que ellos hablen y digan aquello que esperaban (liberación de Israel) y aquello que ahora sufren (fracaso de Jesús). Para que la conversación resulte verdadera debemos empezar acogiendo la palabra de los otros, no sólo para aprender lo que ellos digan sino también (y sobre todo) para dejar que ellos se expresen y con ello manifiesten su verdad, su intimidad más honda. Como buen dialogante,

Jesús les ha invitado a decir, a recordar otra vez, quizá en nueva perspectiva, aquello que ha sido su deseo, aquello que ahora es su decepción. La experiencia pascual viene a expresarse a través de un diálogo que, de manera casi lógica, termina por centrarse en los grandes argumentos de la historia: el sentido del dolor y la fuerza creadora de la comunión. ¿No sabéis que el Cristo debía padecer? Así empieza el primer argumento del desconocido:

¡Oh faltos de mente y duros de corazón para creer todas las cosas que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara así en su gloria? Y comenzando por Moisés y por todos los profetas les fue interpretando en todas las Escrituras todas las cosas que se referían a él (24, 25-27).

Los fugitivos no entendían el sentido de la muerte de Jesús. Esperaban que acabara (que viniera) como Mesías triunfador, para imponerse con la fuerza de su gloria (con las armas, si es que fuere necesario); pero han visto cómo ha muerto: fracasado, crucificado. Esperaban la restauración nacional, política, del reino de Israel y han asistido a la muerte del pretendiente mesiánico. Sobre esa derrota de Jesús sólo resultan posibles las habladurías fantasmales de “mujeres” que dicen ver al ángel de Dios ante un sepulcro misteriosamente vacío (cf. 24, 22). Leer más…

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Del desencanto al entusiasmo. Domingo 3º de Pascua. Ciclo A.

Domingo, 26 de abril de 2020

20._jesus_appears_at_emmaus-lowresDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Pandemia y esperanza (nota previa)

Los profetas de Israel siempre nadaron contra corriente. Cuando la situación parecía buena desde el punto de vista político, social y económico, denunciaron las injusticias y la corrupción religiosa. Cuando todo iba mal, como después del destierro a Babilonia (en el siglo VI a.C.), transmitieron al pueblo un mensaje de esperanza y consuelo. En estos momentos tan duros, las apariciones de Jesús resucitado desean fomentar nuestra esperanza en un futuro mejor, después de pasar por la trágica experiencia del dolor y la muerte, como le ocurrió a Jesús.

Hay que olvidar lo que sabemos

Para comprender el relato de los discípulos de Emaús hay que olvidar todo lo leído en los días pasados, desde la Vigilia del Sábado Santo, a propósito de las apariciones de Jesús. Porque Lucas ofrece una versión peculiar de los acontecimientos. Al final de su evangelio cuenta solo tres apariciones:

            1) A todas las mujeres, no a dos ni tres, se aparecen dos ángeles cuando van al sepulcro a ungir el cuerpo de Jesús.

            2) A dos discípulos que marchan a Emaús se les aparece Jesús, pero con tal aspecto que no pueden reconocerlo, y desaparece cuando van a comer.

            3) A todos los discípulos, no sólo a los Once, se aparece Jesús en carne y hueso y come ante ellos pan y pescado.

            Dos cosas llaman la atención comparadas con los otros evangelios: 1) las apariciones son para todas y para todos, no para un grupo selecto de mujeres ni para sólo los once. 2) La progresión creciente: ángeles – Jesús irreconocible – Jesús en carne y hueso.

Jesús, Moisés, los profetas y los salmos

            Hay un detalle común a los tres relatos de Lucas: las catequesis. Los ángeles hablan a las mujeres, Jesús habla a los de Emaús, y más tarde a todos los demás. En los tres casos el argumento es el mismo: el Mesías tenía que padecer y morir para entrar en su gloria. El mensaje más escandaloso y difícil de aceptar requiere que se trate con insistencia. Pero, ¿cómo se demuestra que el Mesías tenía que padecer y morir? Los ángeles aducen que Jesús ya lo había anunciado. Jesús, a los de Emaús, se basa en lo dicho por Moisés y los profetas. Y el mismo Jesús, a todos los discípulos, les abre la mente para comprender lo que de él han dicho Moisés, los profetas y los salmos. La palabra de Jesús y todo el Antiguo Testamento quedan al servicio del gran mensaje de la muerte y resurrección.

La trampa política que tiende Lucas

            Para comprender a los discípulos de Emaús hay que recordar el comienzo del evangelio de Lucas, donde distintos personajes formulan las más grandes esperanzas políticas y sociales depositadas en la persona de Jesús. Comienza Gabriel, que repite cinco veces a María que su hijo será rey de Israel. Sigue la misma María, alabando a Dios porque ha depuesto del trono a los poderosos y ensalzado a los humildes, porque a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Los ángeles vuelven a hablar a los pastores del nacimiento del Mesías. Zacarías, el padre de Juan Bautista, también alaba a Dios porque ha suscitado en la casa de David un personaje que librará al pueblo de Israel de la opresión de los enemigos. Finalmente, Ana, la beata revolucionaria de ochenta y cuatro años, habla del niño Jesús a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. Parece como si Lucas alentase este tipo de esperanza político-social-económica.

Del desencanto al entusiasmo

            El tema lo recoge en el capítulo final de su evangelio, encarnándolo en los dos de Emaús, que también esperaban que Jesús fuera el libertador de Israel. No son galileos, no forman parte del grupo inicial, pero han alentado las mismas ilusiones que ellos con respecto a Jesús. Están convencidos de que el poder de sus obras y de su palabra va a ponerlos al servicio de la gran causa religiosa y política: la liberación de Israel. Sin embargo, lo único que consiguió fue su propia condena a muerte. Ahora sólo quedan unas mujeres lunáticas y un grupo se seguidores indecisos y miedosos, que ni siquiera se atreven a salir a la calle o volver a Galilea. A ellos no los domina la indecisión ni el miedo, sino el desencanto. Cortan su relación con los discípulos, se van de Jerusalén.

En este momento tan inadecuado es cuando les sale al encuentro Jesús y les tiene una catequesis que los transforma por completo. Lo curioso es que Jesús no se les revela como el resucitado, ni les dirige palabras de consuelo. Se limita a darles una clase de exégesis, a recorrer la Ley y los Profetas, espigando, explicando y comentando los textos adecuados. Pero no es una clase aburrida. Más tarde comentarán que, al escucharlo, les ardía el corazón.

            El misterioso encuentro termina con un misterio más. Un gesto tan habitual como partir el pan les abre los ojos para reconocer a Jesús. Y en ese mismo momento desaparece. Pero su corazón y su vida han cambiado.

            Los relatos de apariciones, tanto en Lucas como en los otros evangelios, pretenden confirmar en la fe de la resurrección de Jesús. Los argumentos que se usan son muy distintos. Lo típico de este relato es que a la certeza se llega por los dos elementos que terminarán siendo esenciales en las reuniones litúrgicas: la palabra y la eucaristía.

Del entusiasmo al aburrimiento

Por desgracia, la inmensa mayoría de los católicos ha decidido escapar a Emaús y casi ninguno ha vuelto. «La misa no me dice nada». Es el argumento que utilizan muchos, jóvenes y no tan jóvenes, para justificar su ausencia de la celebración eucarística. «De las lecturas no me entero, la homilía es un rollo, y no puedo comulgar porque no me he confesado». En gran parte, quien piensa y dice esto, lleva razón. Y es una pena. Porque lo que podríamos calificar de primera misa, con sus dos partes principales (lectura de la palabra y comunión) fue una experiencia que entusiasmó y reavivó la fe de sus dos únicos participantes: los discípulos de Emaús. Pero hay una grande diferencia: a ellos se les apareció Jesús. La palabra y el rito, sin el contacto personal con el Señor, nunca servirán para suscitar el entusiasmo y hacer que arda el corazón.

Los discípulos de Emaús

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 

Él les dijo:

― ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: 

― ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?

Él les preguntó:

― ¿Qué?

Ellos le contestaron:

― Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.

Entonces Jesús les dijo:

― ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 

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Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: 

― Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron:

― ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: 

― Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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III Domingo de Pascua. 26 de abril, 2020.

Domingo, 26 de abril de 2020

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Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.”

(Lc 24, 13-35)

Nos ponemos en marcha, en camino, como los dos discípulos que iban a Emaus.

Y es que esto de la resurrección es un proceso.

La Vigilia Pascual tiene un día señalado en el calendario pero el encuentro de cada una con el resucitado no tiene por qué coincidir. Tampoco las primeras discípulas de Jesús se encontraron con el resucitado en el mismo momento ni de la misma manera.

Dios es mucho más original, mucho más sorprendente y, sobre todo, mucho más delicado. Nos conduce y sabe lo que necesitamos.

Sabe que hay personas que no pueden esperar a que amanezca y que llegarán al sepulcro al despuntar la aurora, como María Magdalena, sabe que otras correrán y creerán, al mismo tiempo que otras tomarán el camino contrario alejándose de Jerusalén, de Jesús.

Los dos de Emaus se marchan abrumados por una realidad que a sus ojos tiene un único nombre: FRACASO. Mientras caminan comparten sus esperanzas rotas. Conversan y discuten. Se hacen preguntas. Pero andan enredados en un torbellino sin salida.

Así el resucitado se hace presente sin ser reconocido y lo primero que hace es escucharles. Dejar que desahoguen el corazón.

¡Cuánta ternura y delicadeza en este gesto del resucitado! Él, que conoce mejor que nadie lo que ha sucedido, se deja contar la historia por dos discípulos que van abandonando el seguimiento…

Jesús sigue empeñado en que no se pierda ni uno solo y hace con cada una de nosotras el camino. Aun cuando el camino sea equivocado.

Sabe que lo mejor para nosotras es que Le sigamos, pero cuando la vida nos llena de dudas y decidimos caminar otro camino, nos acompaña. Pierde el tiempo con nosotras. Nos escucha, nos habla. Se toma tiempo para transformarnos.

Hace arder nuestros corazones.

Oración

Nuestra oración de hoy puede ser la misma súplica de los dos de Emaus: “-¡Quédate con nosotras porque atardece y el día va de caída! ¡Quédate!

Y su respuesta: «entró para quedarse…»

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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A Jesús vivo se le hace presente.

Domingo, 26 de abril de 2020

emmausLc 24, 13-35

Por tercer domingo consecutivo se nos propone un relato enmarcado en el “primer día de la semana”. Estos dos discípulos pasan, de creer en un Jesús profeta pero condenado a una muerte destructora, a descubrirlo vivo y dándoles Vida. De la desesperanza, pasan a vivir la presencia de Jesús. Se alejaban de Jerusalén tristes y decepcionados; vuelven a toda prisa, contentos e ilusionados. El pesimismo les hace abandonar el grupo, el optimismo les obliga a volver para contar la gran noticia.

El relato de los discípulos de Emaús, es un prodigio de teología narrativa. En ella podemos descubrir el verdadero sentido de los relatos de apariciones. El objetivo de todos ellos es llevarnos a participar de la experiencia pascual que los primeros seguidores de Jesús vivieron. En ningún caso intentan dar noticias de acontecimientos históricos. Los dos discípulos de Emaús no son personas concretas, sino personajes. No quiere informarnos de lo que pasó una vez, sino de lo que les está pasando cada día a los discípulos de Jesús.

Es Jesús quien toma la iniciativa, como sucede siempre en los relatos de apariciones. Los dos discípulos se alejaban de Jerusalén decepcionados por lo que le había pasado a Jesús. Solo querían apartar de su cabeza aquella pesadilla. Pero a pesar del desengaño sufrido por su muerte y muy a pesar suyo, van hablando de Jesús. Lo primero que hace Jesús es invitarles a desahogarse, les pide que manifiesten toda la amargura que acumulaban. La utopía que les había arrastrado a seguirlo, había dado paso a la más absoluta desesperanza. Pero su corazón todavía estaba con él, a pesar de su horrible muerte.

En este sutil matiz, podemos descubrir una pista para explicar lo que les sucedió a los primeros seguidores de Jesús. La muerte les destrozó, y pensaron que todo había terminado; pero a nivel subconsciente, permaneció un rescoldo que terminó siendo más fuerte que las evidencias tangibles. En el relato de la conversión de Pablo, podemos descubrir algo parecido. Perseguía con ahínco a los cristianos, pero sin darse cuenta, estaba subyugado por la figura de Jesús y en un momento determinado, cayó del burro.

La manera en que el relato describe el reconocimiento (después de haber caminado y discutido con él durante tres kilómetros) y la instantánea desaparición, nos indican claramente que la presencia de Jesús, después de su muerte, no es la de una persona normal. Algo ha cambiado tan profundamente, que los sentidos ya no sirven para reconocer a Jesús. Estos pormenores nos vacunan contra la tentación de interpretar de manera física los detalles de los relatos que nos hablan de Jesús después de su muerte.

Nosotros esperábamos… Esperaban que se cumplieran sus expectativas. No podían sospechar que aquello que esperaban, se había cumplido. Fijaos bien, como refleja esa frase nuestra propia decepción. Esperamos que la Iglesia… Esperamos que el Obispo… esperamos que el concilio… Esperamos que el Papa… Esperamos lo que nadie puede darnos y surge la desilusión. Lo que Dios puede darnos ya lo tenemos. El desengaño es fruto de una falsa esperanza. Por no esperar lo que Jesús da, la desilusión está asegurada.

No es Jesús el que cambia para que le reconozcan, son los ojos de los discípulos los que se abren y se capacitan para reconocerle. No se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo que tenían delante. No es la realidad la que debe cambiar para que nosotros la aceptemos. Somos nosotros los que tenemos que descubrir la realidad de Jesús Vivo, que tenemos delante de los ojos, pero que no vemos. Hay momentos y lugares donde se hace presente Jesús de manara especial, si de verdad sabemos mirar.

1) En el camino de la vida. Después de su muerte, Jesús va siempre con nosotros en  nuestro caminar. Pero el episodio nos advierte que es posible caminar junto a él y no reconocerlo. Habrá que estar mucho más atento si, de verdad, queremos entrar en  contacto con él. Es una crítica a nuestra religiosidad demasiado apoyada en lo externo. A Jesús ya no lo vamos a encontrar en el templo ni en los rezos sino en la vida real, en el contacto con los demás. Si no lo encontramos ahí, cualquier otra presencia será engañosa.

La concepción dualista que tenemos del mundo y de Dios nos impide descubrirle. Con la idea de un Dios creador que se queda fuera del mundo, no hay manera de verle en la realidad material. Pero Dios no es lo contrario del mundo, ni el Espíritu es lo contrario de la materia. La realidad es una y única, pero en la misma realidad podemos distinguir dos aspectos. Desde el deísmo que considera a Dios como un ser separado y paralelo de los otros seres, será imposible descubrir en las criaturas la presencia de la divinidad.

2) En la Escritura. Si queremos encontrarnos con el Jesús que da Vida, tenemos en las Escrituras un eficaz instrumento. Pero el mensaje de la Escritura no está en la letra sino en la vivencia espiritual que hizo posible el relato. La letra, los conceptos, no son más que el soporte, en el que se ha querido expresar la experiencia de Dios. Dios habla únicamente desde el interior de cada persona, porque el único Dios que existe es el que fundamenta cada ser. Dios solo habla desde lo hondo del ser. Esa experiencia, expresada, es palabra humana, pero volverá a ser palabra de Dios si nos lleva a la vivencia.

3) Al partir el pan: No se trata de una eucaristía, sino de una manera muy personal de partir y repartir el pan. Referencia a tantas comidas en común, a la multiplicación de los panes, etc. Sin duda el gesto narrado hace también referencia a la eucaristía. Cuando se escribió este relato ya había una larga tradición de su celebración. Los cristianos tenían ya ese sacramento como el rito fundamental de la fe. Al ver los signos, se les abren los ojos y le reconocen. Fijaos, un gesto es más eficaz que toda una perorata sobre la Escritura.

4) En la comunidad reunida. Cristo resucitado solo se hace presente en la experiencia de cada uno, pero solo la experiencia compartida me da la seguridad de que es auténtica. Por eso él se hace presente en la comunidad. La comunidad (aunque sean dos) es el marco adecuado para provocar la vivencia. La experiencia compartida, empuja al otro en la misma dirección. El ser humano solo desarrolla sus posibilidades de ser, en la relación con los demás. Jesús hizo presente a Dios amando, es decir, dándose a los demás. Esto es imposible si el ser humano se encuentra aislado y sin contacto alguno con el otro.

El mayor obstáculo para encontrar a Cristo, hoy, es creer que ya lo tenemos. Los discípulos creían haber conocido a Jesús cuando vivieron con él; pero aquel Jesús, que creían ver, no era el auténtico. Solo cuando el falso Jesús desaparece, se ven obligados a buscar al verdadero. A nosotros nos pasa lo mismo. Conocemos a Jesús desde la primera comunión, por eso no necesitamos buscarle. El verdadero Jesús es nuestro compañero de viaje, aunque es muy difícil reconocerlo en todo aquel que se cruza en nuestro camino.

Meditación

Caminó con ellos, discutió con ellos, pero no lo conocieron.
Ni teologías, ni exégesis racionales, te llevarán al verdadero Jesús.
El único camino para encontrarlo es el que conduce al “corazón”.
Tenemos que abrir los ojos, pero no los del cuerpo.
Debemos agudizar la mente, pero no la racional.
Si los ojos de nuestro corazón están abiertos,
lo descubriremos presente en todos y en todo.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Epístola de Pablo a Isidro.

Domingo, 26 de abril de 2020

Arcabas-Emmaus26 de abril. DOMINGO III DE PASCUA

Lc 24, 18-19

Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto

Estimado Isidro en el Señor:

Naciste en el Magerit, cuando su territorio formaba parte de la taifa del Toledo del área dominada por el Al-Andalus, según cuentan las crónicas del tiempo y en las que se relata tu vida de juventud: una mezcla de los modelos de santidad islámica y cristiana.

Te pasaste la vida arando mientras yo recorría caminos por tierra y por mar, aunque ambos sembrábamos semillas evangélicas semejantes.

Y mientras tú rezabas , los ángeles del cielo hacían horas extraordinarias que nadie les pagaba, cuando yo, en cambio, tenía que trabajar en pieles, en casa de Lidia, vendedora de telas de púrpura y originaria de Tiatira, ¿pues acaso no dije yo en Tesalónica que el que no trabaja que no coma?

Te escribo esta Carta en abril, que es época de sementera, aunque ya me han informado de que tus fiestas son en mayo. Y te la escribo de mi puño y corazón, para que todos vean y recuerden el ejemplo laboral que tú y yo les dimos, pues hay mucho desmemoriado y ciego por esos mundos de Dios.

La zona en la que vivías, Isidro Labrador, era militarmente inestable, e hizo que tu familia se trasladase a Torrelaguna, lugar de refugio, donde conociste a la que sería tu esposa, María de la Cabeza.

Tomás de Bretón compuso para ti la zarzuela La verbena de la Paloma, en la que Julián le canta a Susana:

¿Dónde vas con mantón de manila?
¿Dónde vas con vestido chiné?

Y a la que esta le responde con estilo de manola:

A lucirme y a ver la verbena,
y a meterme en la cama después.

Todo esto no es tampoco un invento mío, Isidro, me lo dijeron también las crónicas, y es posible que sea cierto.

En Los Hechos de los Apóstoles 4, 32, me dijo Pedro lo que contó sobre la comunidad de bienes:

“La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. No llamaban a ninguna de sus posesiones, antes lo tenían todo en común”.

Y otro tanto hacías tú, Isidro, con tus vecinos, una de las razones por las que te hicieron santo.

¿Acaso no dijo el Señor: “Dad y se os dará”?

Javier de Granado, un poeta boliviano, describe tu manera de realizar sus diarios quehaceres en un poema. Javier disfrutaba enormemente con los sabores que le ofrecía el campo, el contacto con la naturaleza y la vida campestre: su padre tenía una hacienda en Cochabamba, una bella ciudad rodeada de campos de cultivo, en la que los criados araban la tierra y sembraban semillas.

EL VALLE

Embozado en su poncho de alborada,
la lluvia de oro el sembrador apura,
y el cielo escarcha la pupila oscura
del buey que yergue su cerviz lunada.

Bajo el radiante luminar caldeada,
de agua clara, la tierra se satura,
y la mano del viento en la llanura,
riza de sol la glauca marejada.

Cuaja el otoño las espigas de oro,
y las mocitas en alada ronda
vuelcan su risa en manantial sonoro.

Se curva el indio y en su mano acuna
de un haz de mieses la cabeza blonda,
que siega la guadaña de la luna.

 

 Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Leyendo la narración de Emaús en la comunidad de Lucas.

Domingo, 26 de abril de 2020

CLOFAS~1Cuando Cleofás terminó de narrar en la comunidad su encuentro con el Resucitado en el camino de Emaús, uno de los presentes dijo: “¡Dichosos vosotros, que comisteis y bebisteis con el Señor después de su Resurrección! No ha sido esa nuestra suerte,  sino que lo vamos conociendo de oídas y, aunque creemos en él, no es igual que haber visto su rostro y haber escuchado sus palabras…” Otros hermanos asintieron y todos nos quedamos en silencio.

Era inevitable que llegara aquél momento, y recordé palabras que decían proceder de Jesús en las que llamaba dichosos a los que creyeran en él a pesar de no haberle visto. Era una bienaventuranza difícil, como todas las suyas, que invitaba a los que no le conocimos personalmente a buscarle en el hoy de la comunidad, a contar cada día con su presencia y a seguir abiertos a su acción salvadora.

Me di cuenta de que estábamos en una situación grave y me decidí a preguntar:-“Dime, Andreas ¿de dónde venías antes de estar aquí esta noche?” -“Acabo de llegar de Magdala, adonde me enviasteis para conocer a unos galileos que quieren entrar en nuestro camino” -“¿Y tú, Ana?” -“Estuve llevando a Lidia, la viuda, la colecta que hicimos para ella y sus hijos”. Epafras, el presbítero, dijo: “Yo pasé la tarde releyendo en el Profeta Isaías el cuarto canto del Siervo para comentarlo el domingo en la fracción del Pan”.

Volví a tomar la palabra: “Os digo de verdad, hermanos, que cada uno de vosotros, ha tenido en el día de hoy un encuentro con el Señor Jesús: Estaba en esos galileos desconocidos a los que acogiste, Andreas. Estaba en las palabras de Isaías que tú leías, Epafras, y te hablaba en ellas. Y estaba en Lidia, la viuda con la que Ana y todos nosotros, compartimos los bienes.

Está aquí ahora, entre nosotros, que le recordamos al partir el Pan. ¿No veis que son las mismas formas de presencia que acabamos de escuchar a Cleofás? No, no fueron sus primeros discípulos más afortunados que nosotros porque él es el Viviente y se nos hace el encontradizo cada día lo mismo que a los de Emaús.

Han pasado muchos años pero aún recuerdo la alegría que vi en aquellos rostros y la luz que brilló en sus miradas: estaban experimentando, también ellos, el deslumbramiento de reconocer a Jesús y su corazón estaba en ascuas: el Espíritu les había desvelado el misterio del “hoy” y ahora tenían la convicción expectante de que en cada ser humano, en cada palabra de la Escritura en cada gesto de compartir fraterno, el Señor Resucitado, como a los de Emaús, les estaba saliendo al encuentro.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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El camino que vence a la tristeza

Domingo, 26 de abril de 2020

compasion-en-guerra-coreaDomingo III de Pascua

26 abril 2020

Lc 24, 15-35

Parece claro que esta catequesis de Lucas responde a la que era, probablemente, la mayor inquietud de aquellos primeros discípulos: ¿cómo entender que Dios hubiera permitido la muerte violenta de Jesús?; ¿no sería esa una señal de que se trataba de un falso profeta? Si realmente era el “Hijo de Dios”, ¿no habría venido Dios en su ayuda? “Nosotros esperábamos…”, confiesan desde su decepción. Pues bien, a esa frustración y a todos esos interrogantes, la catequesis responde: “era necesario”, ya estaba anunciado en las Escrituras.

         Es sabido que esta lectura sería “elaborada” por la teología posterior, dando lugar a interpretaciones absolutamente deformadas de la muerte de Jesús y del significado de la cruz. Hasta el punto de que cruz y muerte se entenderían como la condición necesaria para que Dios pudiese perdonar el pecado de los “primeros padres”, mostrando la imagen de un Dios ofendido y vengativo que habría exigido “reparar” en Jesús, a través del dolor, la “ofensa” o pecado de Adán y Eva.

        Desde nuestra perspectiva, podemos ver que se trataba sencillamente de una interpretación “intencionada” -en cierto modo, se se entiende bien, “inventada”-, a la que recurrió la primera comunidad para explicarse el “escándalo” de la cruz. Pero el texto no se detiene aquí, sino que parece invitar a los creyentes el camino para encontrarse con el Resucitado: acoger a los desconocidos.

          Y aquí entramos ya en un principio de sabiduría universal: la humanidad se salva de la decepción gracias al encuentro con los demás. Al compartir el camino y acoger a las personas, notamos que nuestro corazón empieza a “arder” y vuelve la alegría. Porque la alegría –como la felicidad– no tiene un sujeto individual; solo es posible en la experiencia de comunión, cuando es compartida.

¿Vivo la acogida y la comunión como gozo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Solamente el que pronunció la primera palabra creadora, tiene la última palabra de vida

Domingo, 26 de abril de 2020

JESÚS - ROSTRO 170 - PEREGRINOS DE EMAÚSDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. una hermosa página del evangelio.

         El relato de los dos discípulos de Emaús (Lc 24,13-35)constituye una de las páginas más hermosas de la Biblia y del Evangelio de San Lucas.

         Podemos sentirnos identificados con los dos de Emaús, al fin y al cabo somos también caminantes, discípulos, que nos vamos del grupo, a veces desesperanzados, muchas veces discutiendo, etc…

         Bueno será que cada uno volvamos al texto y lo leamos, lo meditemos desde nuestra vida, y más en estos momentos que nos tocan vivir.

Vayan algunas consideraciones que, tal vez, puedan ayudarnos.

  1. v 15: Jesús en persona se acercó, iba con ellos.

         Aquellos dos discípulos se marchaban de la comunidad, del grupo e iban discutiendo por el camino de todo lo acontecido…

         Jesús se acerca e iba con ellos dice el texto original.

En el camino de la vida, Cristo -Dios- va siempre con nosotros. Aunque nosotros no le veamos o no le reconozcamos, como los dos de Emaús, Dios está siempre con nosotros; sobre todo en las situaciones personales, sociales, de enfermedad (pandemia) que son fuente de gran cansera y desesperanza. El Señor nos acompaña. Dios nos acompaña siempre, sobre todo cuanto mayor es nuestro fracaso o la dificultad de la vida. No estamos solos, en la vida siempre nos acompaña y nos queda Dios.

  1. v 14: Iban hablando y discutiendo.

         Aunque desilusionados, no habían perdido la memoria de Jesús. Por eso caminaban recordando, evocando, discutiendo y haciéndose preguntas sobre Jesús: lo que le habían escuchado, lo que le habían visto hacer, cómo la gente le quería, la persecución que sufrió sobre todo por parte del poder de los religiosos: fariseos, sacerdotes, etc. Recordarían sobre todo el trágico final de Jesús.

         También nosotros podemos estar cansados y apesadumbrados por el momento que nos toca vivir. Por eso hablamos y discutimos del virus que ha truncado muchos proyectos, ilusiones, que nos hace dudar de si y cómo “saldremos de esta”. Pero quizás “no nos hacemos preguntas”, no surgen las grandes cuestiones de la vida. Nos preguntamos -como mucho- ¿quién tiene la culpa de esto? ¿Por qué no nos dejan salir de casa? ¿Por qué el gobierno, las ideologías, etc…?

         Pero “no está permitido” que surjan las preguntas más hondas del ser humano broten: el sentido de la vida, la muerte como problema humano y no como mera estadística, la bondad de Dios… Ni la ciencia, ni la política, ni la economía tienen respuesta a las grandes cuestiones de la vida; por eso, “mejor no tocarlas”.

         Los creyentes, al menos, no perdamos la memoria, el recuerdo de Jesús.

  1. v 21: Nosotros esperábamos.

Los dos de Emaús se marchan frustrados de todo lo que había ocurrido con Jesús. El fracaso más absoluto. Esperaban que Jesús hubiera liberado a Israel, quizás esperaban algún cargo en el Reino que Jesús iba a instaurar, per todo ha terminado en una decepción espantosa.

         ¡También nosotros esperábamos tantas cosas de la vida!

         Hemos podido trabajar, esforzarnos, hemos tenido proyectos, pero se nos han derrumbado tantas ilusiones y se nos ha venido todo abajo.

         La frustración es una situación muy humana.

Pero incluso en los desengaños, Cristo permanece, sigue caminando y alentando la palabra, el diálogo con los suyos.

         Cristo les fue explicando cordialmente la Escritura, la Palabra, lo que es la vida, lo que iba a acontecer, lo que nos va a suceder en la vida.

         Dos breves consideraciones

  1. Los políticos, sanitarios y colectivos que trabajan por erradicar la pandemia tienen una palabra que decir y tienen mucho mérito; es una palabra necesaria, pero la “última palabra” (“explicar las Escrituras de la vida”) la tiene el que pronunció la “primera palabra” creadora y creativa.

En el principio existía la Palabra (Jn 1,11). In principum erat Verbum. Y la “última palabra” no la podemos decir nosotros, sino solamente Dios. Las nuestras pueden ser palabras intermedias, necesarias pero penúltimas. Solo quien ha pronunciado  la primera palabra, puede decir la última. De otro modo hace unos días lo decía el científico Pedro Miguel Etxenike: No somos Homo Deus, hemos de seguir siendo homo sapiens. Nosotros tenemos “una palabra, pero no la “última Palabra”. Quiera Dios que al menos seamos y vivamos como homo sapiens.

  1. Sería de desear que los cristianos, la Iglesia dijera una palabra sensata, evangélica. Francisco ha tenido, tiene presente en sus homilías de Semana Santa y otros días y momentos ese grave problema.

         Pero gran parte de las diócesis y obispos, se están limitando a poner o quitar preceptos dominicales, procesiones, a decir si vale la misa o confesión por internet o tv, a cuándo celebrar las primeras comuniones o, incluso, los funerales, etc.

         ¿Y la esperanza? ¿Quién sino el cristianismo puede dar un paso más allá de la ciencia y con ello intuir esperanza en estos momentos?

El evangelio de Jesús es una humilde palabra de esperanza  a los anhelos de plenitud que anidan ya en nuestro presente. El evangelio de Jesús nos dice que todo lo que vivimos y padecemos tiene sentido y no está irremisiblemente condenando al olvido o es absurdo y no merece la pena.

  1. v 29: quédate con nosotros, que atardece.

Es una hermosa, una gran oración: vísperas de un acto de fe profundo y ardiente: quédate con nosotros. Quédate conmigo.

La vida tiene muchos atardeceres en los que no vemos la luz ni el camino, porque hemos quedado bloqueados por una mala situación personal moral, de salud, por una ruptura, por un mal momento de salud personal o colectiva, por una situación eclesiástica, diocesana que nos deja el corazón helado… No faltan atardeceres y “noches oscuras” del alma  y del cuerpo, incluida la noche final.

         En muchas situaciones nos hará bien esta nostalgia de que el Señor se quede con nosotros. Pueden fallar familiares, amigos, políticos, obispos, instituciones. Cristo permanece siempre con nosotros

         A veces la oración de nuestra alma dolida puede ser: quédate con nosotros, conmigo, Señor, que atardece.

  1. vv 32.35: ¿No ardía nuestro corazón? le reconocieron al partir el pan

         La fe y la confianza no son cuestiones racionales, al menos únicamente racionales. En la fe hay mucho de sentimiento y amor.

         Son las dimensiones no racionales de la fe.

         En la vida hay dimensiones que no son especialmente racionales, pero son valiosas: el afecto, la emoción estética, sentir misericordia, compartir la pena, la pertenencia a un pueblo-cultura, etc. son aspectos “no lógicos, matemáticos”, no racionales.[1]

         A los dos de Emaús les ardía el corazón.

Las ideas mueven el mundo, y es verdad, porque las ideas mueven el corazón. San Agustín decía que solamente se conoce lo que se ama.

         Jesús no fue un ideólogo, sino que se pasó la vida haciendo el bien: curando enfermos, sanando al que sufre…

         El cristianismo no es solamente cuestión de ideas super-precisas, la Iglesia no es una cuestión de ultraortodoxia, sino que ha de hacer arder el corazón. Probablemente los super-puritanos de la teología, de la liturgia, del clerygman, etc, lo son porque no les arde el corazón.

  1. v 35. le conocieron al partir el pan.

         El relato de los dos de Emaús es la Eucaristía: les explica las Escrituras y le reconocen al partir el pan.

         Gracias a Dios estamos viviendo esta pandemia con muchos gestos de “partir el pan”, es decir, en solidaridad: ayudas, donaciones, voluntariado, etc.

         Es muy cristiano no tanto celebrar una “mini-misa” con cinco personas a dos metros de distancia cada una, sino el gesto del vecino que le hace la compra a una persona anciana, el personal sanitario que entrega su vida, aquel a quien le arde el corazón y ve a Cristo en el necesitado

         Solemos cantar: te conocimos, Señor, al partir el pan. La Eucaristía, la fracción del pan no es un rito, sino es compartir el pan con quien tiene hambre, con quien sufre, cuando intentamos aliviar al que pena, al que está hundido, decepcionado, enfermo. Te conocemos, Señor, al partir el pan.

Quédate con nosotros, que atardece…

[1] En otro orden de cosas, la circulación de la sangre, la digestión, el sueño no son cuestiones que pertenezcan al discurso intelectual, sino que van como van…

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