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“Eucaristía cósmica”, por Fernando Bermúdez López

jueves, 4 de septiembre de 2025
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De su blog Por un mundo más humano:


La Eucaristía se vive y se extiende más allá del templo. Se proyecta en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se prolonga en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas, presentes y futuras de creyentes y no creyentes.

Esta reflexión es fruto de ocho días de silencio, meditación y contemplación en  torno a «La Misa sobre el mundo» de Teilhard de Chardin, jesuita, doctor en Ciencias Naturales, filósofo, místico y poeta, científico y pensador.  Teilhard había vivido de lleno los horrores de la primera guerra mundial, trabajando de camillero, recogiendo heridos, prestándoles los primeros auxilios físicos y espirituales y conduciéndolos al hospital de campaña.

En 1923 se encontraba en el desierto de Gobi entre China y Mongolia. En medio de su trabajo como paleontólogo, en un arrebato místico, redacta el texto “La Misa sobre el Mundo”. Deseaba celebrar la Eucaristía. No tiene ni pan ni vino. No tiene altar ni mesa. Sentado en una roca celebra la eucaristía sobre el mundo.  Ofrece como víctima, en el altar de la tierra entera, el trabajo y el dolor de toda la humanidad.

Contempla en su imaginación la hostia consagrada como una presencia que se extiende y se adentra en toda la creación. El mundo se convierte en una gran hostia. Teilhard sentía que todo se transforma en el cuerpo y sangre de Cristo.

La Misa sobre el mundo es una Eucaristía cósmica. Es la celebración que se extiende más allá del templo. Se proyecta en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se prolonga en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas, presentes y futuras de creyentes y no creyentes, como señala mi amigo Juan Fernández de la Gala. Toda la Naturaleza, todo el universo es templo de Dios, un templo inmensamente más bello que las artísticas catedrales y basílicas que los hombres puedan construir. El corazón de la naturaleza es el templo de Dios.

Y vio Dios que todo los que había hecho era bueno” (Gn 1,31). Todo fue creado por él con sabiduría infinita. De ahí, el canto y el encanto y el agradecimiento de todo cuanto existe. Seres humanos y animales del campo, aves y peces, plantas, árboles y flores, montañas y nubes, ríos, lagos y mares. Toda la creación canta a su Creador. “Laudato si”, entonaba el papa Francisco.

Canta de día el hermano sol y de noche la hermana luna. Y todas las estrellas, galaxias y planetas del universo lanzan sin fin cánticos de alabanza al Creador, Espíritu eterno que todo lo recrea. La belleza de infinidad de estrellas flotando en el universo refleja la presencia de Dios. El cosmos no es polvo de elementos inconscientes sino algo profundamente vivo y dinámico. Tiene alma. En él late la eternidad de Dios, la plenitud del Amor, reflejado en el Cristo cósmico. “En el principio era el Verbo… Todo se hizo por él” (Jn1,1-2) y es la plenitud de todo lo creado. En su muerte en la cruz da sentido al sufrimiento y muerte de todos los seres de la creación y en su resurrección los resucita a una nueva vida (Rm 8, 20-23).

Cuando Jesús dice: “Tomad, amigos míos, esta es mi carne, esta es mi sangre. Comed y bebed”. Este pedazo de pan es el cuerpo de todo el universo. “Si Cristo es el cuerpo de Dios, el pan que ofrece es también el cuerpo del cosmos. Mira profundamente y descubrirás en la luz del sol el pan. Verás en el pan el cielo azul, en las nubes, en los árboles, en las montañas verás el pan. En el acto eucarístico hay una divinización del universo entero. El universo se hace carne y sangre de Cristo”.

El Universo, inmensa Hostia, se ha convertido misteriosa y realmente en el cuerpo de Cristo. Todo lo que existe se ha encarnado en Dios”. Teilhard de Chardin consideraba a Dios como el infinito inabarcable, pero al mismo tiempo tan cercano como un Padre y Madre. Los seres humanos y toda la creación vivimos en el medio divino sostenido por el Amor, que es el Alfa y Omega del universo, el Cristo cósmico, encarnado en la creación entera. Cristo está enraizado en el mundo hasta el corazón del átomo más pequeño.

La Eucaristía trasciende el rito y la liturgia. “La Eucaristía es, sobre todo, la existencia en comunión con el cosmos, celebrada sobre el altar del mundo, porque la Hostia es semejante a un hogar encendido desde donde se irradia y propaga la llama divina”. Participamos de una gran Eucaristía cósmica, que culminará en cada uno de nosotros cuando, en el Punto Omega de nuestra historia individual, nos acerquemos a la comunión definitiva. Una comunión cósmica que atraviesa la evolución de la humanidad y el sentido del tiempo y se abre a la esperanza escatológica.

La Eucaristía contiene una dimensión profundamente comunitaria. Es comunión con los hermanos y hermanas. En toda celebración eucarística sobre el mundo nunca estamos solos aunque físicamente lo estemos. Porque al faltar la presencia física de la comunidad, nos abrimos a toda la humanidad y a todo lo creado. Es una comunión cósmica.

En el contexto de un mundo en guerra contra la vida, necesitamos más que nunca la sabiduría y la mística de comunión que abraza la materia en su más profunda hondura y se compromete con ella para poner en el centro la Vida, con toda su plenitud y su misterio”, señala la teóloga Pepa Torres.

La custodia que contiene el cuerpo de Cristo es el Universo y dentro de éste, la humanidad sufriente. Cristo está enraizado en el mundo hasta el corazón del átomo más pequeño y, sobre todo, en el ser humano más excluido y olvidado. Es por eso que cuando contemplamos la sagrada Hostia en una resplandeciente custodia de oro, podemos sentir que Cristo nos dice: Sacadme de aquí. Este no es mi lugar. Yo estoy en los pobres, en los niños hambrientos, en los migrantes y refugiados, en las víctimas de las guerras y en los que luchan por una nueva humanidad de justicia, paz y fraternidad. Ahí es donde yo estoy.

Hoy, en la Eucaristía sobre el mundo, contemplamos el cuerpo y sangre de Cristo, no en una custodia dorada como un sol radiante, sino entre escombros y llantos en la asolada Gaza. Es ahí donde encontramos el cuerpo del Cristo, mutilado, ensangrentado, hambriento y asesinado. Yo me pregunto si los cristianos logramos descubrir la presencia real de Cristo en esta realidad.

La “Misa sobre el mundo” de Teilhard de Chardin me enseña que la celebración de la Eucaristía no es un acto cultual sino una realidad permanente que se vive interiormente en la vida. La Eucaristía no se oye. “Oír misa”, dicen algunos. La Eucaristía se vive. Abarca toda la actividad del día y hasta el descanso. Aquel gesto histórico-teológico de Jesús de Nazaret en la noche de jueves santo, hoy es una realidad vivencial mística y cósmica. En esa Cena se concentra y revela el contenido salvador de toda su existencia: su amor y fidelidad al proyecto de Dios Padre y su compasión y amor hacia todos los seres humanos, abriéndose a toda la Creación.

Sentado a la sombra de la higuera o de la morera del huerto percibo en silencio, en profundo silencio, que no hay palabras para describir la presencia eterna de Cristo dándonos el pan y el vino para compartirlo en comunión con los pobres de este mundo. Y nos dice:  «Haced esto en memoria mía«. Hacer memoria de Cristo Jesús consiste en adentrarse en sus sentimientos más profundos, en una memoria permanente, no como recuerdo sino como presencia y compromiso.

No necesitamos cálices ni copones, ni incienso, ni agua bendita, ni velas, ni ropajes romanos. Es una predisposición del alma que abraza el pasado, el presente y el futuro con todas nuestras debilidades y nuestras luchas por un mundo nuevo, en el seguimiento de Jesús. La Eucaristía es una presencia existencial que abarca toda la vida y traspasa la inmensidad del universo. Todo cuanto existe evoluciona hacia el Punto Omega, plenitud del reino eterno de Dios.

Esta es la Eucaristía sobre el mundo. La única. No hay muchas misas. Es una sola, la de Cristo. Todo bautizado, esté donde esté, puede adentrarse y vivir la Eucaristía sobre el mundo. El cuerpo y sangre de Cristo están encarnados en la humanidad. Toda nuestra vida es una Eucaristía en la medida que somos uno con Cristo, glorificando a Dios.

Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre y Madre creador del Universo, en unidad         del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria.

Pablo, en un éxtasis de acción de gracias y de adoración, exclama: “De Cristo, por Él y para Él existe todo. A Él la gloria eterna” (Rm 11,36).

En la Eucaristía percibo que Dios todo lo hace nuevo y encuentra sentido el sufrimiento humano. La sangre de Cristo es la sangre de las víctimas inocentes y de los mártires. La muerte de todos aquellos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia cayeron víctimas de la injusticia o soñando en un mundo más justo y fraterno, encuentra sentido en la muerte de Cristo Jesús. Su resurrección es la resurrección de la humanidad, la resurrección de la verdad, de la vida y del amor.

En medio de los ruidos de este mundo neocapitalista que ahogan el espíritu, en medio de las ambiciones de poder y de riqueza, en medio de las guerras y genocidios y de la deshumanización en la que vivimos, escuchamos en el silencio del alma el himno de la creación. Entrar en la naturaleza y sentirse parte del universo es entrar en el templo de Dios y en este templo percibimos que la última palabra sobre este mundo no la tiene la muerte sino el Dios de la vida. Esta vivencia es el sostén de nuestra esperanza. Y desde esta experiencia esperanzadora percibimos a cada criatura cantando el himno de su existencia.

Todo canta al Espíritu Creador. Canta a Dios la vida de la naturaleza, el silencio del desierto y la música del viento. Descubrimos su presencia en el canto de la fuente que brota al pie de la montaña y en el río que discurre por la vega buscando el mar. Descubrimos su presencia en los pájaros que saltan entre las ramas de los árboles, mirlos, gorriones y ruiseñores. Y en todos los animales de la tierra. También en las culebras que salen de entre los cañaverales del río. Todos los seres viven y quieren vivir y viviendo cantan al Creador.

Y sobre todo, descubrimos a Dios en la humanidad sufriente, en los niños y niñas bombardeados en Gaza y en las madres palestinas abrazando a sus hijos muertos, ametrallados y en todos los hambrientos de la tierra. Descubrimos a Dios en los migrantes y refugiados que abandonan su tierra en busca de una vida digna, arriesgando sus vidas atravesando desiertos y metidos en cayucos donde muchos mueren ahogados en el mar. ”Fui forastero y me acogisteis”, dice Dios. Proclamamos con el arzobispo emérito de Tánger, Santiago Agrelo, que los que llaman a nuestras puertas no son extraños, son hermanos, son Cristo Jesús, quien dijo que lo que se haga con uno de ellos con él se hace (Mt 25, 31 y ss). Por eso nos duele y no nos deja indiferentes los discursos de odio de aquellos políticos de la ultraderecha criminalizando a los llaman a nuestras puertas.

Descubrimos al Dios Padre y Madre de misericordia, ofreciendo perdón a los que reconocen sus pecados y debilidades y se comprometen por un cambio personal y estructural.

Dios se nos hace presente en todo. En el silencio, lejos de los ruidos, escuchamos y saboreamos los cánticos del universo y la presencia resucitada del Cristo cósmico, sentido de la historia humana y plenitud de la creación.

Toda la creación, con todos los seres humanos, estamos en el corazón de Dios. En él vivimos, nos movemos y existimos. Su presencia nos envuelve, encendiendo en nosotros un estado permanente y profundo de adoración y acción de gracias.  Así vivimos la Eucaristía cósmica.

¡Laudate omnes gentes, laudate Deum!

Julio 2025 [U1]

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El catolicismo se desmorona en España, aunque la Iglesia mantiene una «gigantesca obra social»

lunes, 11 de agosto de 2025
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Descienden las vocaciones, la práctica religiosa y los sacramentos, según un informe del CEU
La Iglesia católica en España se enfrenta a un «desplome» general, según el último informe publicado por el Observatorio Demográfico del Centro CEU ‘Demografía de la Iglesia Católica, a las puertas de su tercer milenio

«Solo» el 18,7% de los españoles se declara católico practicante, y aunque más de la mitad de la población se identifica como católica, «es una minoría la que asiste regularmente a misa o participa activamente en la vida parroquial«

El informe también revela una fuerte caída de bautizos, por debajo del 50%. Y de vocaciones, un 40% menos que en 1971; menos misioneros, religiosos y religiosas

Pese a este retroceso, el informe subraya una «gigantesca» obra social, caritativa y educativa de la Iglesia

La Iglesia católica en España se enfrenta a un «desplome» de vocaciones, práctica religiosa y sacramentos, aunque mantiene una «gigantesca obra social«, según el último informe publicado por el Observatorio Demográfico del Centro CEU de Estudios, Formación y Análisis Social (CEU-CEFAS), titulado ‘Demografía de la Iglesia Católica, a las puertas de su tercer milenio’.

«Actualmente, aunque la gran mayoría de los españoles fueron bautizados y son ‘culturalmente católicos’, los católicos practicantes son minoritarios en España, como evidencian el desplome de las bodas por la Iglesia, la mucha menor asistencia a misa, los datos de las encuestas sobre sentimiento religioso, la caída de las vocaciones al sacerdocio o el número de bautismos en relación con el de nacimientos«, subrayan los autores del informe, consultado por Europa Press.

Según señala el estudio, citando datos de la Santa Sede, el número total de católicos en el mundo superó en 2023 los 1.400 millones si bien el crecimiento se concentra en África y América, mientras que en Europa, muestra signos de «envejecimiento«, con menos bautizos, sacerdotes y vocaciones religiosas.

En concreto, en España, indica, citando datos del CIS, que «sólo» el 18,7% de los españoles se declara católico practicante, y aunque más de la mitad de la población se identifica como católica, «sólo una minoría asiste regularmente a misa o participa activamente en la vida parroquial«. En 2023, 8,2 millones de personas asistieron a misa con regularidad, una cifra, según los autores del estudio, «muy significativa en términos absolutos, pero muy inferior a la de hace solo medio siglo, cuando más del 70% de los adultos asistía cada domingo«.

Por otra parte, el porcentaje de bebés bautizados y niños que hacen la Primera Comunión ha caído por debajo del 50%, cuando en 1971 era del 99%, y la tendencia sigue a la baja; y las bodas religiosas se han «desplomado» de forma que, en 2023, hubo más de cuatro matrimonios civiles por cada uno religioso.

El estudio también pone de relieve la caída de las vocaciones al sacerdocio y precisa que en 2023 había 15.285 sacerdotes en activo en España, un 40% menos que en 1971, a pesar de que la población nacional se ha duplicado desde entonces.

Además, revela que la edad media del clero supera los 65 años, frente a los 35 años de media en 1960, y apunta que en el curso 2023-24, ingresaron 143 seminaristas en todo el país, y se ordenaron 79 nuevos sacerdotes, cuando se necesitarían al menos 300 anuales para compensar bajas y fallecimientos. En 1965 había más de 8.000 seminaristas mayores y hoy son 950.

Asimismo, el documento indica que en 2023 había un 24% menos de misionerosespañoles que en 2015, la mayoría mujeres y personas de edad avanzada, y también avisa de que ha disminuido el número de religiosos y religiosas, pues en 2023 había 32.531 religiosos en España, un 11% menos que ocho años antes.

Pese al retroceso en la práctica religiosa, el informe destaca la «gigantesca» obra social, caritativa y educativa de la Iglesia con más de 1,5 millones de alumnos en los más de 2.500 centros educativos de ideario católico; con 148.000 estudiantes en 17 universidades católicas españolas; y «miles» de centros de atención a mayores, personas con discapacidad, enfermos, inmigrantes y personas en exclusión.

A nivel mundial, la Iglesia gestiona más de 227.000 centros educativos, 5.400 hospitales, 15.000 centros para ancianos y discapacitados, y 8.700 orfanatos.

Por otra parte, el informe también hace un análisis del papado en los últimos 2.000 años y señala que los 267 papas oficialmente reconocidos por la Iglesia Católica, desde San Pedro a León XIV, son «uno de los grupos humanos más singulares e influyentes de la Historia de la humanidad«. Aunque no hay papas italianos desde 1978, el 80% de los que ha habido desde San Pedro nacieron en el territorio de la actual Italia.

Fuente Religión Digital

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“Vivimos una memoria selectiva del olvido”, por Jesús Lozano Pino.

martes, 8 de julio de 2025
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ÉRASE UNA VEZ TRES ANCIANOS QUE DISCUTÍAN QUIEN DE ELLOS TENÍA BUENA MEMORIA.

Comparto con todos vosotros la homilía que hizo el Padre Crisanto Ebang SJ. en la Misa del Corpus. Crisanto, al que entrevisté en otra ocasión en Religión Digital, es compañero de Pastoral y de mil batallas en el colegio San José de Málaga en el que ha estado acompañándonos durante ocho años.

Este cuento está elaborado a través de un chiste que escuché hace ya tiempo, me hizo mucha gracia y lo adapté a mis homilías (Crisanto Ebang SJ):

… Érase una vez tres ancianos que discutían quien de ellos tenía una buena memoria. El primero dice: Ayer me quedé parado al final de las escaleras… y no podía recordar si acababa de subir… o si estaba a punto de bajarlas. El segundo respondió: ¡Eso no es nada! Esta mañana me senté al borde de la cama y no sabía si acababa de despertarme… o si me estaba preparando para dormir. Y el tercero, con una sonrisa, se burla de los otros dos: ¡Mi memoria está tan bien como siempre! Golpea dos veces la mesa con los nudillos mientras hablaba con sus amigos… y de repente, se queda mirando al techo con cara de susto y pregunta a sus amigos: ¿¡Quién está tocando la puerta!?

Nos reímos del cuento, de esta historia porque, en el fondo, nos vemos reflejados en ella. Pero estamos viviendo una pérdida de memoria colectiva, una amnesia grupal. Todos en algún momento hemos perdido el hilo de lo que hacemos o decimos. La memoria es frágil. Pero no solo cuando envejecemos, sino también a lo largo de nuestras vidas. En realidad, olvidamos mucho… y rápido lo importante, lo esencial. Se nos escapa entre las prisas, las notificaciones del móvil, las preocupaciones del día a día. Y sin darnos cuenta, vivimos en compartimentos estancos: el trabajo, por un lado, la familia por otro, la fe y las obras por otro y olvidamos de integrar todas las cosas.

Y así vamos viviendo con una memoria selectiva del olvido. Olvidamos promesas, olvidamos personas, olvidamos quiénes somos… Y sí: también olvidamos a Jesús.

Olvidamos que estuvo con nosotros ayer, que camina hoy a nuestro lado, y que nos espera mañana. Se nos escapa su presencia como el agua entre los dedos. Escuchamos el Evangelio y al salir de misa, ya no recordamos de qué iba. Comulgamos… pero muchas veces como quien pasa por una cola y recibe un trozo de pan sin saber lo que realmente está tomando. Y no es por maldad. Es por la pérdida de la memoria. Por olvido. Porque nuestro corazón se llena de muchas cosas… y a veces no queda espacio para lo esencial. Jesús, sabiendo esto, nos dice: Haced esto en memoria mía.” No para que lo recordemos con nostalgia, como quien hojea un álbum de fotos viejo del pasado, sino para que su vida siga viva en la nuestra. Para que cada vez que partimos el pan, algo se parta dentro de nosotros mismos.

Celebramos la Eucaristía y después seguimos igual. Sin mirar al que sufre, sin compartir lo que tenemos, sin dejarnos tocar por lo que pasa a nuestro alrededor. Vivimos la misa como un momento aislado, como si la fe fuera una isla en medio de la semana. Y sin embargo, la Eucaristía no es solo para “recordar” a Jesús… es para aprender a vivir como Él, con Él. Para que su entrega nos transforme, para que su pan nos impulse a compartir el nuestro con los demás. Para que no nos acostumbremos nunca a olvidar el hambre del otro, ni a la soledad del que está al lado. Para que miremos el mundo como lo mira Dios: con compasión, con ternura, con justicia, sobre todo con memoria.

Porque quien come del Cuerpo de Cristo no puede vivir con el corazón cerrado olvidando a los que viven a su alrededor. No puede decir “Amén” y después pasar de largo ante el hermano herido. No puede pedir “el pan nuestro de cada día” sin preguntarse si todos tienen realmente pan sobre la mesa.

La Eucaristía nos recuerda que Jesús no se ha olvidado de nosotros. Que sigue aquí. Que se parte y se reparte. Que su amor no se acaba. Que su entrega sigue viva. Que su cuerpo somos nosotros. Y que su memoria, cuando se guarda en el corazón, no se borra nunca. Tal vez hoy sería bueno preguntarnos: ¿De qué me acuerdo cuando salgo de misa? ¿A quién llevo en el corazón cuando comulgo? ¿Vivo como quien recuerda… o como quien ha olvidado?

Ojalá que, como esos ancianos del cuento, podamos reírnos de nuestras pequeñas confusiones. Pero que nunca, nunca lleguemos a olvidar quién golpea nuestra puerta, quién nos alimenta con su pan, y quién sigue amándonos hasta el extremo. Sobre todo, No olvidemos a Jesús: no vivamos como si lo hubiéramos olvidado.

Jesús Lozano Pino

Fuente Fe Adulta

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La Eucaristía

jueves, 26 de junio de 2025
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Lc 9, 51-62

«El que echa mano del arado y sigue mirando atrás no sirve para el Reino»

Hoy, octava de la fiesta del Corpus Christi celebrada el domingo pasado, me van a permitir unas consideraciones sencillas respecto a la eucaristía.

Cuando Jesús dijo a sus discípulos: «Haced esto en memoria mía»… sabía muy bien lo que hacía, porque esa invitación iba a ser el motor que impulsase su obra una vez que a su muerte pasase a nuestras manos. Los primeros cristianos así lo entendieron, y dieron la máxima importancia a la Fracción de Pan o Cena del señor, que les hacía sentirse comunidad, escuchar a los Testigos, practicar la caridad, atender la misión y soportar las persecuciones. Sin ellas hubiese sido imposible lograr esa unión y esa motivación que les hizo sobrevivir y acometer la misión a la que se sentían llamados.

Pero el gran crecimiento del número de miembros de las comunidades cristianas hizo imposible mantener esta tradición, y desde la época apostólica la Cena del Señor fue sustituida por la eucaristía. Y ese cambio fue a peor; a mucho peor. La eucaristía perdió su carácter de asamblea de fieles y tomó un marcado sentido de sacrificio. Los fieles pasaron a la categoría de oyentes y aquella celebración se convirtió en un rito obligatorio so pena del infierno… Aquello parecía su fin, pero a pesar de ello, a pesar de que se celebraba en latín con el oficiante de espaldas al pueblo, a pesar de que en ella se introdujeron elementos míticos fruto de la insensatez de los teólogos, la eucaristía ha pervivido y ha sido la correa de trasmisión de la Palabra que ha hecho el milagro de hacerla llegar hasta nosotros.

Gracias a ella, hoy Jesús forma parte de nuestras vidas, y por eso nos atrevemos a afirmar que si unos la arrinconan porque ya no es obligatoria y han perdido el miedo al infierno, y otros porque no ven más allá del rito que la envuelve, los cristianos corremos el riesgo de convertirnos en grupos marginales en extinción que nada representen en la marcha del mundo.

En la eucaristía se reúnen los fieles, se confortan y se motivan mutuamente con su simple presencia, se sienten necesitados de Dios y lo manifiestan, escuchan la Palabra (posiblemente, el único sitio donde la escuchan), recuerdan el entrañable momento en que Jesús se sintió alimento del mundo poco antes de morir, rezan conjuntamente la oración que nos enseñó, comulgan con él y salen al mundo bien alimentados y bien motivados para proclamar el Reino; para ejercer de cristianos. José Enrique Ruiz de Galarreta al final de las eucaristías que él presidía solía decir: «Ya nos hemos alimentado, ahora a trabajar»… José Enrique trascendía el rito y la consideraba el corazón de las comunidades cristianas.

Sería estupendo que los cristianos nos sintiésemos necesitados de la eucaristía como nos sentimos necesitados del alimento; que al levantarnos el domingo por la mañana pensásemos ¡Que bien, hoy es domingo; hoy tengo eucaristía; voy a estar con el resto de mi comunidad, voy a escuchar la Palabra, voy a comulgar con Jesús; voy a coger fuerzas para afrontar la semana! Y esto no es una utopía irrealizable, sino la consecuencia en una eucaristía bien celebrada que trasmita la buena Noticia y nos comprometa con ella. Como decía Lope de Vega: «Quien lo probó, lo sabe»…

Por tanto la respuesta al estado catatónico de la eucaristía no es su paulatino abandono, sino el empeño de todos en trabajar para que resulte cada vez más valorada por los cristianos. Más imprescindible. Y hay muchas cosas que mejorar para que este deseo tome visos de realidad, empezando por la trasmisión fidedigna de la Palabra. Un buen predicador llena su iglesia cada domingo… pero hay muy pocos. Es lamentable ver la poca cultura evangélica que muestran muchos de quienes tienen la misión de trasmitirla, y si la jerarquía no cuenta entre sus clérigos con el suficiente números de ellos capaces de enganchar a los fieles con una interpretación fidedigna del evangelio, que eche mano de las laicas o los laicos que son capaces de hacerlo; que hay muchos. Y quizá sea éste el camino: la participación y el compromiso.

Termino. Mirando la historia, da pánico pensar que la eucaristía pueda acabar por desaparecer, porque su papel en la vertebración de la Iglesia y la trasmisión de la Palabra ha sido decisivo. Evitarlo es tarea de todos, y por eso se me ocurre pensar que hoy que está tan de moda la sinodalidad, se podría organizar un sínodo con este objetivo específico, pero con el mismo espíritu con el que se reúne el estado mayor de un ejército para plantear una batalla decisiva.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

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Hacia un idolatría de la Eucaristía.

domingo, 22 de junio de 2025
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[…] El mismo Cristo  debe asfixiarse en nuestros ostensorios de oro, en nuestros cálices incomparables, en nuestros copones incrustados de joyas, Él quiso sólo la paja del Pesebre o la madera de la cruz. El culto exagerado de la Eucaristía tiende a hacer de nuestras iglesias templos paganos.

*

Louis Evely

***

Condúceme de lo irreal a lo real, condúceme de las tinieblas a la luz, condúceme de la muerte a la inmortalidad.

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Brihadaranyaka Upanishad

***

Una liturgia sin compromiso místico

Los faraones de Egipto han sido divinizados y los monumentos no dejan de representar su investidura divina. Cuando, más tarde, Alejandro el Grande conquistó Egipto, no creyó que pudiera asegurar su dominación sobre las colonias sin hacerse reconocer como Dios. Del mismo modo los emperadores romanos, para consolidar la unidad de su imperio, aceptaron, luego finalmente impusieron, esta divinización de Roma y de su persona.

Pero esta divinización del faraón provocaba también, casi necesariamente, la “faraonización” de dios. Había una simbiosis, una suerte de comunidad de vida en la que las reacciones eran recíprocas y, finalmente, la imagen de la divinidad se amoldaba a la del faraón divinizado.

¿Hasta qué punto esta situación ha sido reproducida a lo largo de los siglos, incluso en el pensamiento de Israel? ¿En qué medida nuestra liturgia no guarda vestigios de este intercambio ambiguo entre la realeza terrestre y la realeza divina? ¿Hasta qué punto incluso el concepto de la realeza divina no es simplemente una emanación de la realeza humana?

¿En qué medida, en Bizancio, la liturgia de Palacio y la liturgia de Santa Sofía no coincidían en una misma imagen, donde la realeza divina y la realeza humana se confundían de nuevo?

Y en qué medida nuestra liturgia no es todavía una supervivencia de las liturgias reales que no comprometen nunca el fondo del alma? ¿No podemos pensar, a veces, que en nuestra misma liturgia, se trata de rendir homenaje a un soberano, de procesiónar alrededor de su altar, de erigirle un santuario dedicado a él, y una vez hecho esto, queda con Dios, todo esto que puede realizarse y celebrar sin ninguna especie de compromiso místico?

Algo extremadamente peligroso

Es evidente que, si el hombre de la calle es tan a menudo completamente extraño a lo que pasa en nuestras iglesias, es porque no pasa allí ningún acontecimiento susceptible de tocarlo aunque sea un poco. El no se siente allí de ninguna manera alcanzado y concernido a lo más íntimo de él mismo.

Hay una religión aparente que  no asume compromiso profundo. Esto es extremadamente grave, y podemos preguntarnos hasta qué punto esto no es a causa de la Eucaristía que llegamos a una confusión tan radical sobre la esencia misma del mensaje de Jesús.

Una especie de materialismo religioso, el peor de todos; puede trágicamente establecerse alrededor de la Eucaristía; tenemos un catalizador de paladio, un pararrayos celeste, sobre la casa, podemos dormir tranquilo, Dios está allí en su cajita y lo tenemos constantemente a nuestra disposición.

¿Nos hemos cuestionado suficientemente sobre  el valor de nuestras comuniones? ¿sobre elvalor de esos niños? ¿Qué producen? ¿Qué cambian?

En las comuniones sin compromiso, donde se cuenta con el opus operatum (un efecto producido infaliblemente por el hecho de que se recibe el sacramento), en las comuniones donde mecánicamente se debe ser santificado porque se abrió la boca o se tendió la mano para recibir la hostia: hay allí algo extremadamente peligroso porque no se ve en absoluto toda la exigencia que está en la base de una conversión verdadera, y que supone a un nuevo nacimiento; no vemosen absoluto la exigencia de la comunión que implica esta transformación radical donde se pasa del mí posesivo al mi oblativo. Incluso, ¿cuántos sacerdotes  que celebran la misa cada día todavía pueden, quizá, estar todavía allí?

Resituar la Eucaristía en la perspectiva evangélica

Debemos pues resituar la Eucaristía, hay que situarla allí dónde la vida de la Iglesia debe encontrar su unidad, hay que situarla en su sitio, es decir en la perspectiva evangélica que se nos impone en los últimos encuentros del Señor con sus discípulos.

La última consigna que resuena en todas las páginas delrelato joánico, es que os améis unos a otros como yo os he amado. Y esta consigna es también el criterio que hace reconocer a los discípulos de Jesús: ” en esto os reconocerán que sois mis discípulos, si os amais los unos a los otros.

Y para dar una lección a sus discípulos, Jesús les lavó los pies. “Esto es lo que es amar a tu prójimo: lo que he hecho es para que hagáis vosotros lo mismo los unos a los otros”.

Por extraño que pueda parecer, la Eucaristía parece haber desaparecido, ni siquiera se nombra en este lugar, ¿por qué? Debido a que está implícita en esta mandato (lavatorio de los pies). Está implícitamente contenida en el mandato y en la consigna final del Señor: “Amaos los unos a los otros”, ya que es exactamente la misma cosa.

“Os conviene que yo me vaya “

Recordemos las trágicas palabras de Jesús en el discurso después de la Última Cena: “Es bueno que yo me vaya porque, si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo, no vendrá a a vosotros”. ¿Cómo no ver en estas palabras la confesión de un fracaso? Jesús nunca convirtió a nadie … ¡a nadie! Ni la muchedumbre, ni los sacerdotes, ni las autoridades, ni Herodes ni sus discípulos, ni incluso el discípulo amado que se dormirá como los otros enseguida en el Jardín de la Agonía: no ha convertido a nadie.

Y la llamada suprema que les dirige  a sus discípulos en el lavatorio de los pies se quedará sin eco: no comprenden que el reino de Dios está dentro de ellos mismos.

No comprenderán que es para hacer nacer este reino interior que Jesús se arrodilla delante de ellos para lavarles los pies, y no comprenden  que es para arrancar la piedra de nuestros corazones que Jesús muere sobre la cruz. Y la última pregunta que le harán a Jesús justo antes de la Ascensión será significativa de esta total  incomprensión.

¡La humanidad de Jesús debe pues desaparecer! Y es sólo en lo invisible, en el fuego del Pentecostes, como encontrarán a su Maestro como una presencia interior, no lo verán en lo sucesivo ya más delante de ellos sino dentro de ellos, y es en aquel momento cuando lo reconocerán. ¿Podemos desde entonces imaginar un solo instante que Nuestro Señor nos haya dado la Eucaristía para que refabriquemos con este sacramento un culto idolátrico, para que pudiéramos poseerlo allí, al alcance de nuestra mano, encerrándole en una caja para que nos pertenezca? ¿ Podemos concebir un materialismo igual por parte del Señor? ¿Cómo podemos imaginar que les hubiera robado su presencia visible a los Apóstoles para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si pudiéramos disponer de Dios como el resultado de un objeto? Es absolutamente imposible, es exactamente lo contrario que sucede cuando Jesús nos da la Eucaristía.

*

Maurice Zundel

La Rochette, 1963

(Fuente)

***

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

“Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.”

Él les contestó:

“Dadles vosotros de comer.”

Ellos replicaron:

“No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.”

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

“Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.”

Lo hicieron así, y todos se echaron.

Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

*

Lucas 9, 11b-17

***

El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde en el pueblo de Dios se escucha la Escritura cuya exégesis mesiánica nos proporcionó Jesús, y, por consiguiente, allí donde se respeta la Escritura y se obedece su Palabra, que encuentra su expresión actual en la asamblea de la comunidad.

Eso significa: allí donde se vive la vida cotidiana bajo el lema de la voluntad de Dios […]. El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se celebra el banquete mesiánico, al que Jesús quiso invitarnos precisamente a todos, a los justos y a los pecadores, a los sanos y a los enfermos, a los invitados de la primera hora y a los que se quedan mirando los toros desde la barrera, es decir, allí donde se ha hecho posible, a continuación, la integración y la unanimidad de aquellos que quieren ponerse al servicio ae la construcción del pueblo de Dios. Eso significa: allí donde al convivium, o sea, al banquete de la eucaristía, le corresponde de nuevo el convivir, o sea, la convivencia de los creyentes que precede y sigue a la eucaristía, y encuentra su síntesis festiva en la celebración de semana en semana, de una fiesta a la otra.

El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se vuelve vital la fe en que el hombre no vive sólo de pan, sino que vive, en primer lugar, de la Palabra de Dios, de su promesa y de la voluntad de aquel que se ha creado un pueblo al que debe llevar a una tierra que mana leche y miel. Eso significa que el milagro tiene lugar asimismo allí donde los creyentes se atreven a dar pruebas de su propia fe y a ponerla a prueba.

*

R. Pesch,
El milagro de la multiplicación de los panes. ¿Hay solución al hambre mundial?,
Brescia 1997, pp. 182ss, passim.

***

***

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«Presencia viva y subversiva», por Miguel Ángel Mesa.

jueves, 15 de mayo de 2025
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De su blog Otro mundo es posible:

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«Encontrar la vida divina en la profundidad doliente de la humana realidad, es una misión de esperanza que la Eucaristía nos confía» (Xavier Quinzà Lleó).

La Eucaristía es un sacramento de la Iglesia que procede directamente de Jesús. Él nos invitó a conmemorar esos últimos momentos de su vida, como una completa donación de sí por amor durante toda su vida, para que nos sirviera de recuerdo, de presencia actualizada de su vida y sentimientos en nuestra realidad, como comunión con Dios y con los demás.

 En la Eucaristía entramos en la escuela del don gratuito, de la acción de gracias permanente por todo lo que somos y tenemos, de la admiración ante la acción de Dios en quienes emplean su vida por la liberación de los demás, haciendo presentes en la celebración a los crucificados de nuestra historia y también las acciones y momentos de resurrección que esa misma historia nos ofrece.

Si pensamos que la Eucaristía debería vivirse así, o de una forma similar, comprobaremos lo poco que tienen que ver las Misas que se celebran normalmente en las diversas iglesias del mundo, con la última cena de Jesús o con esta vivencia de la misma. Las celebraciones según las normas que marcan los misales, están marcadas por ritos rígidos, preguntas y respuestas, oraciones ya conocidas.

¿Dónde queda la libertad del cristiano, la respuesta libre alentada por el Espíritu, el espíritu de fraternidad, de alegría, de diálogo…? Nuestras iglesias están cada vez más vacías, en parte por el alejamiento del pensamiento de la jerarquía eclesial de la vida concreta de los hombres y mujeres de hoy (excepción hecha de algunos pocos obispos y de la libertad que mantiene el Papa Francisco). Y, en el aspecto celebrativo, la gente por lo general no encuentra ningún motivo para ir a celebrar algo que no comprende, que es triste, que no hace presente la realidad de su existencia.

Y es que la Eucaristía es un misterio diáfano de amor, de gozo, de entrega. Un encuentro fraterno donde la vida en todas sus facetas se hace presente, y un recuerdo se actualiza, haciéndolo presente, donde se perciben los contornos de una Presencia real, que motiva y reaviva las brasas en cada uno de nuestros corazones.

La Eucaristía debe cambiar radicalmente, para que sea expresión de lo que celebra, desterrando las palabras incomprensibles y mágicas, la frialdad de los ritos y la rigidez de una ortodoxia, que debe dar paso a la libertad del Espíritu y al auténtico don de la comunión.

La comunidad es la base de quienes celebran la Eucaristía. Sin una comunidad de hermanos y hermanas que se conozcan, que vibren al unísono, que se comprometan contra las injusticias desde la ternura de la solidaridad, que alaben a Dios desde un estilo de vida diferente, no consumista, ecológico, no-violento… no podrá haber verdadera Eucaristía, pues esta se convierte en Presencia por la fe y el compromiso de la comunidad.

Entonces se podrá contemplar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el sufrimiento y en el dolor de los crucificados del mundo. Y cómo se transforma la realidad y brota la esperanza cuando surgen signos de resurrección a nuestro alrededor.

Solo así, quienes comulgan con el pan y el vino de la fraternidad, y se encarnan en el mundo de la alegría y las lágrimas, la fe y la incredulidad, el odio y la compasión, la injusticia y la solidaridad, mostrarán en sus actuaciones la presencia viva y subversiva del Resucitado.

«Felices quienes recrean, actualizan, sugieren, vivifican cada Eucaristía que celebran».

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«Cuaresma, no me ocultes tu rostro», por Carmiña Navia

martes, 25 de marzo de 2025
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CUARESMA-OCULTES-ROSTRO_2761833833_17621340_660x371Del blog Tras las huellas de Sophía:

Escúchame oh Dios que te llamo.
No me ocultes tu rostro.
Salmo 26

Continuamos el tiempo de Cuaresma en el que nos preparamos para el paso… La Pascua de la VIDA. Es tiempo de “buscar” … ¿Como creyentes buscamos de verdad el rostro de la Divinidad o nos contentamos con cumplir las “normas” más fáciles? ¿Queremos llegar a ese rostro oculto en nuestros pliegues o ignoramos sus llamados constantes? Tengo en mi retina grabada la imagen de Marco Rubio, Secretario de Estado de Trump, con la cruz de ceniza muy bien puesta en su frente el pasado 5 de Marzo. Quien porta esta cruz es el mismo señor que pretende echar del territorio norteamericano a todos los y las migrantes, el mismo que quiere levantar muros para excluir de su tierra a quien la necesita, el mismo que apuesta por la guerra en Gaza, el mismo que quita las ayudas solidarias que por años Estados Unidos ha ofrecido a otros países más pobres, sin preocuparse de las necesidades que deja al descubierto y cerrando la puerta a una solidaridad mínima…

No se trata de juzgar las conciencias, no soy quién para ello… pero sí me inquieta que se replique por el mundo una religión de formalismos, una religión que cumple preceptos mínimos pero no transforma prácticas y relaciones. Buscar el rostro de la Energía Divina -como nos invita el Salmo- requiere de despojos, desnudeces y sobre todo metanoias… Requiere por parte del creyente una dinámica constante de preguntarse, de avanzar, de corregirse cuando sea necesario. El evangelio nos habla de que Jesús se transfiguró y mostró su rostro a sus discípulos más cercanos… Ese ROSTRO está y es aquí: en mí, en el mundo que nos rodea y se nos mostrará de verdad cuando nos la juguemos en su búsqueda.

Esa búsqueda implica acercarnos a La Palabra, acogerla, interiorizarla y hacerla nuestra. Esa búsqueda supone transformar nuestros sentires, nuestros pensares, nuestros juicios y nuestro actuar desde esa Palabra para sintonizar con la propuesta de vida del Maestro de Galilea. En esa sintonía el rostro de Jesús y de la Divinidad llegará hasta nosotras y nosotros y nos atrapará con su Luz, con su Energía, con su Verdad. Si la Eucaristía no transforma las relaciones humanas, no estamos celebrando la cena del Señor, dice José Ignacio González Faus y eso es válido para todos nuestros acercamientos hasta un altar.

Desde prácticas nuevas la realidad se transfigurará ante nuestros ojos y veremos a Dios en el hermano y hermana vulnerables, en las necesidades, angustias y dolores que nos alcanzan cada día y en la vida que germina en entregas y cuidados por doquier en el mundo… En el nicho ambiental que nos alberga y renueva el vivir cada mañana… En el atardecer, en el camino de la luna y salida del sol…En el cariño y encuentros familiares, vecinales y en nuestras amistades… Ese rostro de Dios nos llegará en forma de demandas, de abrazos, de lloros, de sonrisas. Ese rostro de la Divinidad actuará en nosotras y nosotros en cada momento de justicia, de solidaridad y de hermandad que llevemos a cabo.

Si vivimos nuestro seguir a Cristo en las demandas diarias, tal vez no caigamos en rituales vacíos, en refugios en templos que no albergan la vida, en prácticas que imponen las costumbres sociales aunque hayan dejado hace siglos de portar un sentido real. Que estos días de búsqueda y desierto, nos ayuden a vivir en la entraña de ese Rostro.

Carmiña Navia Velasco

Cali, Marzo de 2025,
en la tercera semana de Cuaresma.

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Así mi cuerpo os doy como alimento…

domingo, 18 de agosto de 2024
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“Corpus Christi”

Todo fue así: tu voz, tu dulce aliento
sobre un trozo de pan que bendijiste
que en humildad partiste y repartiste
haciendo despedida y testamento.

“Así mi cuerpo os doy como alimento…”
¡Qué prodigio de amor! Porque quisiste,
diste tu carne al pan y te nos diste,
Dios, en el trigo para el sacramento.

Y te quedaste aquí, patena viva;
virgen alondra que le nace al alba
de vuelo siempre y sin cesar cautiva.

Hostia de nieve, nube, nardo, fuente;
gota de luna que ilumina y salva.
Y todo ocurrió así, sencillamente.

***

Sencillamente, como el ave cuando
inaugura, de un vuelo, la mañana;
sencillamente, como la fontana
canta en la roca, agua de luz manando:

sencillamente, como cuando ando,
como cuando Tú andabas la besana,
cuando calmabas sed samaritana
cuando te nos morías perdonando.

Sencillamente. Hora de paz. ¡Qué leves
tus manos para el pan, para el amigo!
Cena de doce y Dios. Noche de Jueves.

Y era en Jerusalén la primavera.
Y era blanco milagro ya aquel trigo.
Sencillamente: “Éste es mi cuerpo“. Y era.

***

Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que sólo un soplo de aire le sostiene.

Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni limites, no cesa
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un aro de aire se contiene.

Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma onduleante;
las torres en tropel, campaneando.

Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
-poco de pan, copo de pan- pasando.

*

“Corpus Christi”,
de Antonio Murciano (España, 1929) y Carlos Murciano (España, 1931)

***

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***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

Disputaban los judíos entre sí:

– “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo:

“Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre.”

*

Juan 6, 51-58

***

Decía Agustín: «Oh Dios, mi corazón está inquieto hasta que no repose en ti», pero cuando examino la tortuosa historia de nuestra salvación veo que no sólo nosotros deseamos ardientemente pertenecer a Dios, sino que Dios también anhela pertenecer a nosotros. Parece como si Dios nos estuviera diciendo a grandes voces: «Mi corazón estará inquieto hasta que no pueda reposar en vosotros, mis amadas criaturas» […]. Dios desea comunión: una unidad que sea vital y viva, una intimidad que proceda de ambas partes, un vínculo que sea verdaderamente mutuo […].

        Este intenso deseo que siente Dios de entrar en la más íntima relación con nosotros es lo que constituye el núcleo de la celebración y de la vida eucarística. Dios no sólo quiere entrar en la historia humana convirtiéndose en una persona que vive en una época y en un país específico, sino que quiere llegar a ser nuestro alimento y nuestra bebida diarios en todo tiempo y en todo lugar.

*

H. J. M. Nouwen,
La fuerza de su presencia,
Brescia 2000, pp. 61 ss).

***

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Maná en las ruinas

lunes, 12 de agosto de 2024
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IMG_6753Jim McDermott

La reflexión de hoy es de Jim McDermott, un escritor independiente de Nueva York.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el decimonoveno domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Durante la Cuaresma, volví a ir a la iglesia después de un tiempo de ausencia. Aprendí con los años que, a veces, cuando evito la misa es porque hay algo allí con lo que no quiero lidiar, algún dolor o herida o tal vez una verdad que me espera.

Las primeras dos semanas me trajeron un par de sorpresas felices: momentos de la misa que, por lo general, me dicen mucho, pero que había olvidado. No sé exactamente qué es, pero la presentación de los dones, el levantamiento del cáliz y la patena siempre me brindan mucho alivio.

Sin embargo, con el tiempo, el terreno se volvió más duro: homilías narcisistas, elecciones musicales que no parecían interesadas en lo que la comunidad podía cantar o para lo que estaba allí. El malestar y el desprecio comenzaron a instalarse.

Entonces, un domingo por la noche, en la misa, cuando todos esos problemas comenzaron a aparecer nuevamente, noté algo en la iglesia: una vidriera. No tenía nada de inusual. Era el típico mosaico colorido de un santo. Simplemente, me pareció bonito. Y me hizo mirar a mi alrededor y notar otras cosas en la iglesia: la forma en que la luz del sol caía sobre la sala; las miradas en los rostros de ciertas personas; el fresco en el techo.

De repente, fue como si hubiera dos de mí: el adulto que se sentía atrapado en su asiento, cada vez más frustrado; y el niño que estaba felizmente asimilando las cosas, completamente ajeno a lo que hacían los adultos. Fue una especie de revelación descubrir esa otra parte de mí, recordar que tengo una forma completamente diferente de relacionarme con Dios en la iglesia que puede ser bastante nutritiva incluso si encuentro que algunas cosas que suceden son perturbadoras.

En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús decir que él es “el pan que bajó del cielo”. Fue una afirmación impactante en ese momento, una de las muchas que indignaron tanto a las personas religiosas que realmente querían ver a Jesús muerto. Hoy en día creo que luchamos más a menudo con el problema opuesto: las palabras de Jesús nos resultan tan familiares que no significan gran cosa, o parecen tan totalmente contrarias a nuestra experiencia vivida de la iglesia, a la hostilidad que a menudo encontramos allí o a la ansiedad que sentimos los que somos homosexuales al ir a misa o al tratar con otras personas religiosas (¿cómo nos tratarán? ¿cómo hablarán de nosotros?), que la autodescripción que Jesús hace de sí mismo como si nos ofreciera sustento parece representar alguna otra realidad distante.

IMG_6756Pero últimamente me pregunto si incluso en medio de la ansiedad o la frustración que a veces podemos sentir en la iglesia todavía es posible para nosotros experimentar el alimento que ofrece Jesús un domingo. Y una lectura más atenta de lo que dijo Jesús sugiere que tal vez me he equivocado al suponer que es una cosa o la otra. “El pan que descendió del cielo” es una alusión al maná que Dios proporcionó a los israelitas cuando vagaban por el desierto (lo que hicieron durante 40 años). La promesa que Jesús nos ofrece no es la de alimentarnos cuando estamos sentados en la mesa de un amigo, sino precisamente cuando estamos solos preguntándonos dónde estamos y qué estamos haciendo.

A veces la gente se queja de la forma de la hostia eucarística. Se pega al paladar y casi no parece pan de verdad. Pero esa forma es intencional. Se supone que nos recuerda el maná y la promesa específica que Jesús nos hace, no estar ahí solo en tiempos de abundancia sino en tiempos difíciles, cuando estemos necesitados.

Quiero que la iglesia cambie. Quiero que nos sintamos bienvenidos y seguros. Quiero que no se nos trate como chivos expiatorios convenientes o enfermos, sino como una bendición, como una familia amada. Pero, aunque lucho con el hecho de que todavía no hemos llegado a ese punto, ni siquiera cerca de llegar, ¿puedo acceder al niño que llevo dentro, que tiene un punto de vista tan diferente sobre las cosas, que puede deleitarse con la forma en que brilla el pan de oro en un fresco, el vaivén de las llamas en las velas votivas, la forma en que el lector cuenta la historia de Elías en el desierto?

¿Podría haber todavía una comida esperándonos incluso en este desierto?

—Jim McDermott, 11 de agosto de 2024

Fuente New Ways Ministry

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Escuchar la voz de Dios en la conciencia. 19 Tiempo ordinario – B (Juan 6,41-51)

domingo, 11 de agosto de 2024
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IMG_6628Jesús se encuentra discutiendo con un grupo de judíos. En un determinado momento hace una afirmación de gran importancia: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre». Y más adelante continúa: «El que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí».

La incredulidad empieza a brotar en nosotros desde el mismo momento en que empezamos a organizar nuestra vida de espaldas a Dios. Así de sencillo. Dios va quedando ahí como algo poco importante que se arrincona en algún lugar olvidado de nuestra vida. Es fácil entonces vivir ignorando a Dios.

Incluso los que nos decimos creyentes estamos perdiendo capacidad para escuchar a Dios. No es que Dios no hable en el fondo de las conciencias. Es que, llenos de ruido y autosuficiencia, no sabemos ya percibir su presencia callada en nosotros.

Quizá sea esta nuestra mayor tragedia. Estamos arrojando a Dios de nuestro corazón. Nos resistimos a escuchar su llamada. Nos ocultamos a su mirada amorosa. Preferimos «otros dioses» con quienes vivir de manera más cómoda y menos responsable.

Sin embargo, sin Dios en el corazón quedamos como perdidos. Ya no sabemos de dónde venimos ni hacia dónde vamos. No reconocemos qué es lo esencial y qué lo poco importante. Nos cansamos buscando seguridad y paz, pero nuestro corazón sigue inquieto e inseguro.

Se nos ha olvidado que la paz, la verdad y el amor se despiertan en nosotros cuando nos dejamos guiar por Dios. Todo cobra entonces nueva luz. Todo se empieza a ver de manera más amable y esperanzada.

El Concilio Vaticano II habla de la «conciencia» como «el núcleo más secreto» del ser humano, el «sagrario» en el que la persona «se siente a solas con Dios», un espacio interior donde «la voz de Dios resuena en su recinto más íntimo». Bajar hasta el fondo de esta conciencia, para escuchar los anhelos más nobles del corazón, es el camino más sencillo para escuchar a Dios. Quien escucha esa voz interior se sentirá atraído hacia Jesús.

José Antonio Pagola

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“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Domingo 11 de agosto de 2024. Domingo 19º de tiempo ordinario

domingo, 11 de agosto de 2024
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44-ordinarioB19 cerezoDe Koinonia:

1Reyes 19,4-8: Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios.
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Efesios 4,30-5,2: Vivid en el amor como Cristo.
Juan 6,41-51: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

 La narración del primer libro de los Reyes está sumamente cuidada y llena de detalles que hacen de esta simple huida algo más profundo y simbólico. Para empezar, las alusiones al desierto, a los padres, a los cuarenta días y cuarenta noches de camino, al alimento, al monte de Dios, son demasiado claras y numerosas como para no reconocer en el camino de Elías el camino inverso al que realizó Israel en el éxodo. No se trata sólo de una huida; también hay una búsqueda de las raíces que terminará en un encuentro con Dios. También los grandes héroes como Elías y Moisés (cf. Num 11,15) han sentido nuestra debilidad. Elías, desanimado del resultado de su ministerio huye porque «no es mejor que sus padres» en el trabajar por el reino de Dios y es mejor reunirse con ellos en la tumba (v.4). Cuando el hombre reconoce su debilidad, entonces interviene la fuerza de Dios (2Cor 12,5.9). Con el pan y el agua, símbolos del antiguo éxodo, Elías realiza su propio éxodo (símbolo de los cuarenta días, v.8) y llega al encuentro con Dios. Tal como está narrado este episodio de Elías nos habla del camino, de los empeños, de las tareas demasiado grandes para hacerlas con las propias fuerzas y de la necesidad de caminar apoyados en las fuerzas del alimento que nos mantiene.

La segunda lectura es la continuación de esta exhortación apostólica que desciende a detalles hablando de aquello que el cristiano debe evitar (aspecto negativo) o debe hacer (aspecto positivo). Así, el cristiano puede trabajar en la edificación de la iglesia y no entristecer al Espíritu rompiendo la unidad (4,25-32a; 4,3). Este modo de vivir encuentra su fundamento en aquello que Cristo ha realizado o el Padre ha cumplido por Cristo. Vivir de manera cristiana y vivir en el amor como Cristo y el Padre (cf. Mt 5,48). Como el Padre perdona, así debe hacer el cristiano (v. 32b); Mt 6,12.14-15). Como Cristo ama y se dona en sacrificio, así hace el cristiano. La unidad es fruto del sacrificio personal. El tema de la imitación de Dios, consecuencia y expresión de ser hijos suyos, revela la referencia evangélica de esta exhortación de Efesios (cf. Mt 4,43-48). El Espíritu es el elemento determinante del comportamiento cristiano. En línea con otros pasajes paulinos sobre el Espíritu, en éste su recepción se vincula (indirectamente) al bautismo y se le considera como sello/marca que identificará en la parusía a cuantos pertenecen a Cristo.

El evangelio de Juan que hoy leemos comienza con el escándalo que se produce en los judíos porque Jesús se equipara al pan; pero más aun porque dice que ha “bajado del cielo”. Para ellos esto no tiene explicación, puesto que conocen a Jesús desde su infancia y saben quiénes son sus padres. Para ellos su vecino Jesús, visto en su sola dimensión humana, no guarda relación alguna con las promesas del Padre y con su proyecto de justicia revelado desde antiguo.

Juan utiliza esta figura del escándalo y del no poder ver más allá de la dimensión humana de Jesús, para dar a conocer la dimensión que encierra la persona y la obra del Maestro. En primer lugar, la adhesión a Jesús es obra también de Dios; es él mismo quien suscita la fe del creyente y lo atrae a través de su hijo.

Conocer a Jesús es apenas un primer paso en el cual se encuentran sus paisanos; pero adherir la propia fe a él es el siguiente paso, que exige un despojarse totalmente para poder encontrar en él el camino que conduce al Padre. Sólo este segundo momento permite descubrir que Dios se está revelando en Jesús tal cual es; esto es, un Dios íntimamente comprometido con la vida del ser humano y su quehacer.

Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material.

Así pues, el conocimiento y aceptación de la propuesta de Jesús alimenta esa dimensión trascendente del ser humano, que es la entrega total y absoluta a la voluntad del Padre; y la voluntad del Padre no es otra que la búsqueda y realización de la Utopía de la Justicia en el mundo en todos los ámbitos (Reinado de Dios), para que haya «vida abundante para todos» (Jn 10,10). Leer más…

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11.8.24. Dom 19 TO. Elías y Jesús, con Benedicto XVI. Bajar del monte, compartir la vida

domingo, 11 de agosto de 2024
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IMG_6735Del blog de Xabier Pikaza:

La  eucaristía vincula  este domingo  a Elías con Jesús no sólo por los motivos normales del juicio de Dios y  la transfiguración, sino por las curaciones y el pan compartido. Que todos puedan comer, que haya, dignidad y amor para todos.

En ese contexto, a modo de contrapunto, quiero citar y comentar unas famosas palabras de J. Ratzinger que, sorprendido por la poderosa protesta de la juventud universitaria del año 1968, anunciaba la llegada de unos tiempos duros de rechazo y minorías elitistas en la Iglesia.

La  eucaristía de este domingo vincula a Elías con Jesús no sólo por los motivos normales del juicio de Dios y de la transfiguración,  con las curaciones y el pan compartido, sino con una más honda misión y presencia de vida y paz a favor de la salvación de muchos, si es que los «elegidos «bajan (bajamos) del monte..

IMG_6738En ese contexto, a modo de contrapunto, quiero citar y comentar unas famosas palabras de J. Ratzinger que, sorprendido por la poderosa protesta de la juventud universitaria del año 1968, anunciaba la llegada de unos tiempos duros de rechazo y persecución de la Iglesia. Sobotta me contó el miedo que habia pasado Ratzinger ante la protesta de algunos que habían entrado en el aula, la forma en que le ayudó y sacó del peligro K. Lehman, su ayudante, después Cardenal de Mainz y gran teólogo, etc.

1 Rey 18

1Reyes 19,4-8

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la remata y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.´´

(sigue):´. 9 Allí se introdujo en la cueva y pasó la noche  …  Pasó entonces  Yavé por la boca de la cueva…13Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?», 14y él respondió: «Ardo en celo por el Señor, Dios del universo, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para arrebatármela».

15Le dijo el Señor: «Vuelve a tu camino en dirección al desierto de Damasco. Cuando llegues, unge rey de Siria a Jazael, 16rey de Israel a Jehú, hijo de Nimsí, y profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá…8Dejaré un resto de siete mil en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron…

Juan 6,41-51

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios.» Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi  cuerpo para vida de los hombres.

Comparación general entre Elías y Jesús

2CA919D9-C762-4F16-9232-00C5A2BB45BDElías, profeta del pan, se queja ante Dios diciendo… que han matado a todos los profetas, que queda a solas… Por eso sube al monte de Dios (Horeb) dispuesto a morir…

Pero Dios no se muestra como vengador violento (huracán, terremoto, fuego) sino como brisa suave de vida, diciéndole que vuelva… Que hay muchos que no no han inclinado la rodilla ante Baal, que comience su nueva tarea, no sólo en Israel, sino en el entorno de Siria… una tarea social y política, una tarea religiosa de regeneración, simbolizada por el pan.

Jesús es el profeta del pan de las multiplicaciones… Ha venido a dar su propia vida, su propia carne al servicio de los demás… Uno quieren ungirle rey (porque quieren que se dé mucho pan material),otros le abandonan y quieren perseguirle, pero él sigue ofreciéndoles su carne, esto es su vida… Queda con pocos,  las mayoría de los galileos que le han seguido se marchan porque no quieren su mesianismo, su iglesia, su futuro de reconciliación.

Conversión de Elías: Del Carmelo al Horeb.

  Elías empezó siendo una figura violenta y la  tradición israelita le vincula con al sacrificio del Carmelo, donde debía decidirse la identidad del Dios israelita y su diferencia respecto a los baales de la tierra palestina (cf. 1 Rey 18). Hubo un juicio de Dios, una ordalía, con el fuego de Dios, hecho rayo. Elías vence y manda matar a los profetas de Baal, degollados junto al río.

 «Elías dijo: respóndeme, oh Yahvé; respóndeme, para que este pueblo reconozca que tú, Yahvé, eres Dios, y que tú haces volver el corazón de ellos. Entonces cayó fuego de Yahvé, que consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo; y lamió el agua que estaba en la zanja. Al verlo toda la gente, se postraron sobre sus rostros y dijeron:  ¡Yahvé es Dios! ¡Yahvé es Dios! Entonces Elías les dijo: ¡Prended a los profetas de Baal! ¡Que no escape ninguno de ellos! Los prendieron, y Elías los hizo descender al arroyo de Quisón, y allí los degolló (1 Rey 18, 37-40).

Pero ese recuerdo de muerte, que ha marcado con dureza la historia posterior del judaísmo (y del mismo cristianismo), ha sido recreado (transformado)  por la experiencia de la conversión de Elías, en el monte Horeb,  donde él subió, como nuevo Moisés, para dialogar con Dios, buscándole ante todo como huracán, terremoto y fuego. Él se había opuesto por muchos años a los cultos de Baal, pero un día tuvo que darse por vencido: parecían haber fracaso sus esfuerzos y su lucha. Por eso quiso presentarse ante su Dios y emprendió el camino del Horeb, para morir en la presencia del Señor, que había querido hacerle su profeta.

El camino era duro y en medio de la marcha invocó la muerte: «¡Basta ya, oh Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no soy mejor que mis padres! Se recostó bajo una retama y se durmió (para morir)» (1 Rey 19, 4-5). Pero Dios no respondió a la llamada de la muerte: no quiso acogerle en medio de la marcha y del cansancio, sino que le ofreció comida para que siguiera en su camino. Así siguió caminando hacia la montaña de Dios, cuarenta días y cuarenta noches.

«Allí se metió en la cueva, donde pasó la noche. Y he aquí que vino a él la palabra de Yahvé, que le preguntó: ¿Qué haces aquí, Elías? Y él respondió: He sentido un vivo celo por Yahvé, Dios de los Ejércitos, porque los hijos de Israel han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. Yo solo he quedado, y me buscan para quitarme la vida» (1 Rey 19, 9-10).

Elías quiere justificarse: ha venido ante Dios para pedirle cuentas y ahora está allí los dos, frente a frente: Elías, el hombre del fuego de Dios (cf. 1 Rey 18, 38-39; 2 Rey 1, 10.12) y el Dios que parece haberse olvidado de su fuego. Pero entonces Dios le manda que ponga en pie y que vea, que sienta, que discierna:

«Un grande y poderoso huracán destrozaba las montañas y rompía las peñas delante de Yahvé, pero no Yahvé no estaba en el huracán. Después del viento vino un terremoto, pero Yahvé no estaba en el terremoto. Después del terremoto hubo un fuego, pero Yahvé no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa apacible y delicada. Y sucedió que al oírlo Elías, cubrió su cara con su manto, y salió y estuvo de pie a la entrada de la cueva. Y he aquí, vino a él una voz, y le preguntó: ¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Rey 19, 11-13).

Nueva misión de Elías

En un primer momento se ha manifestado el Dios de Elías, que se expresa en los signos de ira y destrucción que él habría imaginado: este es el Dios del huracán, de terremoto y del fuego. Pues bien, éste no era el Dios verdadero, el que ha guiado a los israelitas lo largo de la historia. El verdadero Dos está en la brisa suave, después que han pasado los signos de la teofanía destructora, del volcán y del incendio en la montaña. Éste es el Dios del viento suave, de la brisa de amor, del agua de la vida. Éste es el Dios que le dice a Elías que vuelva, que empiece de nuevo:

«Ve, regresa por tu camino, por el desierto, a Damasco. Cuando llegues, ungirás a Hazael como rey de Siria. También ungirás como rey de Israel a Jehú hijo de Nimsí; y ungirás a Eliseo hijo de Safat, de Abel-Mejola, como profeta en tu lugar… Pues me he reservado en Israel a siete mil hombres que no han doblado las rodillas ante Baal, ni le han besado con sus labios» (1 Rey 19, 15-18).

Allí donde Elías pensaba que todo se hallaba terminado, tiene que volver para empezar de nuevo, poniendo en marcha nuevos caminos de historia en los reinos de Siria y de Israel que estaban enfrentados. Elías, profeta viejo y cansado, en diálogo con Dios sobre el monte del Horeb, vendrá a ser nuevamente mensajero de Dios en medio de la historia.

            El primer Dios de Elías debía revelarse a través de los signos de la ira y destrucción que él habría imaginado (como hará más tarde Juan Bautista: cf. Mt 3, 7-12). Pero el nuevo Elías de la Montaña sagrada descubrirá que el verdadero Dios, que ha guiado a los israelitas a lo largo de la historia, es brisa suave de amor creador. Si esta presencia del Dios de Elías la historia de Israel sería incomprensible.

Elías sanador.

Unido a Eliseo, su discípulo, Elías aparece no sólo como profeta del doble juicio de Dios (ordalía del Carmelo, brisa del Horeb; cf. 1 Rey 18-19), sino como profeta popular y carismático carismático, capaz de realizar milagros a favor de los enfermos, incluso más allá de las fronteras de Israel. Así puede decirse que, en conjunto, las historias de Elías y Eliseo (cf. 1 Rey 17-21 y 2 Rey 1-8) son ante todo historias de milagros con enfermos graves, como en el hijo de la viuda de Sarepta:

 «Cayó enfermo el hijo de la mujer… y su enfermedad fue tan grave que se le fue el aliento. Entonces ella dijo a Elías: ¿Qué tengo yo contigo, hombre de Dios? ¿Has venido a mí para traer a la memoria mis iniquidades y hacer morir a mi hijo? Y él le respondió: Dame a tu hijo. Lo tomó de su seno, lo llevó al altillo donde él habitaba y lo acostó sobre su cama… y dijo: ¡Yahvé, Dios mío! ¿Incluso a la viuda en cuya casa me hospedo has afligido, haciendo morir a su hijo?

Luego se tendió tres veces sobre el niño… diciendo: ¡Yahvé, Dios mío, te ruego que el aliento de este niño vuelva a su cuerpo! Yahvé escuchó la voz de Elías, y el aliento del niño volvió a su cuerpo, y revivió. Elías tomó al niño, lo bajó del altillo a la casa y lo entregó a su madre… que dijo a Elías: ¡Ahora reconozco que tú eres un hombre de Dios…! » (1 Rey 17, 17-24).

            Éste es Elías, profeta del juicio y del fuego (como destacará la tradición de Juan Bautista: cf. Mt 3, 9-12), pero también sanador carismático, que resucita al hijo de una viuda extranjera. Su discípulo Eliseo, fiel yahvista, cura la “lepra” de Naamán, general sirio, enemigo oficial de los israelitas (cf. 2 Rey 5). Éstas y otras narraciones circulaban en tiempo de Jesús y alimentaban la imaginación de muchos piadosos. Por eso, no resulta extraño que los cristianos le hayan visto al lado de Moisés (acompañando a Jesús: cf. Mc 9, 1-9 par) y hayan podido pensar que Jesús llamaba a Elías desde el madero del suplicio (Mc 15, 35-36; cf. Mal 3, 23-24; Eclo 48, 1-11).

Jesús, profeta como Elías, profeta de amor y sanación universal, no de juicio   

               Ambos están relacionados con el Norte de Israel (más que con Jerusalén) y no son sacerdotes, aunque Elías aparece como instaurador de una nueva sacralidad sobre el Carmelo (1 Rey 18). Jesús es como Elías un hombre celoso por la identidad de Dios (Yahvé, el Señor, es el único…), y al mismo tiempo es un profeta carismático, un profeta “sanador”, también como Elías, con quien se le compara repetidamente (cf. Mc 6, 15 y 8, 28), y de un modo especial en el momento de su muerte (cf. Mc 15, 35-36).

Quizá podemos suponer que Jesús quiso retomar el signo de Elías, que significativamente aparece al final de la Biblia Hebrea que terminaba con la promesa de Malaquías, diciendo que Elías ha de venir para: (a) restaurar a Israel, (b) convertir los corazones de los hijos a los padres y (c) preparar la llegada de Dios (cf. Ml 3, 1-2. 19. 22-24).

               Ciertamente, hay rasgos de esa profecía de Malaquías (y de la figura de Elías) que se aplican mejor a Juan Bautista (Ml 3, 1-2. 19), pero los más significativos (Malaquías 3, 22-24), parecen más cercanos a Jesús, que ha venido a reconciliar a los hijos con los padres (=restaurar a Israel), preparando la llegada salvadora de Dios. Es muy posible que tanto Juan* como Jesús se hayan sentido vinculados con Elías, pero lo han hecho en líneas distintas: Juan Bautista esperaba un Elías futuro, de juicio; Jesús, en cambio, supone que el signo de Elías se estaba cumpliendo en su mensaje y en sus signos milagrosos, es decir, en la curación de los enfermos.

Las curaciones de Jesús han surgido de su contacto real con los enfermos, pero ellas se inspiran en las historias de Elías y Eliseo, profetas carismáticos, sanadores de enfermos. No sabemos si Jesús había desplegado previamente capacidades sanadoras (antes de haber ido donde Juan Bautista), aunque podemos suponer que no, pues, de lo contrario, no se entendería bien su estancia ante el Jordán, en la línea del primer Elías. Leer más…

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Tres tipos de pan. Domingo 19. Ciclo B

domingo, 11 de agosto de 2024
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La primera lectura y el evangelio nos hablan de tres clases de pan: el que alimenta por un día (maná), el que da fuerzas para cuarenta días (Elías) y el que da la vida eterna (Jesús).

El domingo pasado, Jesús ofrecía un pan infinitamente superior al del milagro de la multiplicación. Ese pan es él, que ha bajado del cielo. El evangelio de este domingo comienza contando la reacción de los judíos ante esta afirmación. ¿Cómo puede haber bajado del cielo uno al que conocen desde niño, que conocen a su padre y a su madre?

Jesús no responde directamente a esta pregunta. Ataca el problema de fondo. Si los judíos no aceptan que ha bajado del cielo es porque no creen en él. Y si no creen en él, es porque el Padre no los ha llevado hasta él. Esta afirmación tan radical sugiere que todo depende de Dios: solo los que él acerca a Jesús creen en Jesús. Por eso, inmediatamente después se añade: «Dios instruye a todos… pero no todos quieren aprender». Solo el que acepta su enseñanza viene a Jesús, lo acepta, y cree que ha bajado del cielo. Ningún judío puede echarle a Dios la culpa de no creer en Jesús.

La idea de que Dios instruye a todos cabe interpretarla como si fuese un profesor sentado delante de sus alumnos, al que pueden ver. No. A Dios no lo ha visto nadie. Solo el que procede de él: Jesús.

Tras este paréntesis sobre la fe, la acción del Padre y la visión de Dios, Jesús vuelve al tema del pan que baja del cielo, el que da la vida, a diferencia del maná, que no la da. Pero termina añadiendo una afirmación más escandalosa aún: «El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». La reacción de los judíos no se hace esperar: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». La solución, el próximo domingo.

En aquel tiempo los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo», y decían: «¿No es este Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

Jesús les dijo:

+ «Dejad de criticar. Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y acepta su enseñanza viene a mí. Esto no quiere decir que alguien haya visto al Padre. Sólo ha visto al Padre el que procede de Dios. Os aseguro que el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo; el que come de él no muere». «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Los judíos discutían entre ellos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».

Tres notas al evangelio

  1. El auditorio cambia. Ya no se trata de los galileos que presenciaron el milagro, sino de los judíos. En el cuarto evangelio, los judíos representan generalmente a las autoridades que se oponen a Jesús. Sin embargo, lo que dicen («conocemos a su padre y a su madre») no encaja en boca de un judío, sino de un nazareno. Esto demuestra que no estamos ante un relato histórico, que recoge los hechos con absoluta fidelidad, sino de una elaboración polémica.
  2. El tema de la fe interrumpe lo relativo a Jesús como pan bajado del cielo, pero es fundamental. Solo quien cree en Jesús puede aceptar eso. Lo curioso, en este caso, es cómo se llega a la fe: por acción del Padre, que nos lleva a Jesús. Normalmente pensamos lo contrario: es Jesús quien nos lleva al Padre. «Yo soy el camino… nadie puede ir al Padre sino por mí». Aquí se advierte, como en todo el evangelio de Juan, la acción recíproca del Padre y de Jesús.
  3. Tras este inciso, Jesús vuelve a contraponer el maná y su pan. En la primera parte (domingo 18), adoptó una actitud muy crítica ante el maná. Cuando los galileos, citando el Salmo 78,24, dicen que Dios «les dio a comer pan del cielo», Jesús responde que el maná no era «pan del cielo»; el verdadero pan del cielo es él. Ahora añade otro dato más polémico: los que comían el maná morían; su pan da la vida eterna.

El pan de Elías (1ª lectura: 1 Reyes 19,4-8).

El siglo IX a.C. fue de profunda crisis religiosa. El rey de Israel, Ajab, se casó con una princesa fenicia, Jezabel, muy devota del dios cananeo Baal. La gente ya era bastante devota de este dios, al que atribuían la lluvia y las buenas cosechas. Pero el influjo de Jezabel y la permisividad de Ajab provocaron que Yahvé dejase de tener valor para el pueblo. A esto se opuso el profeta Elías, denunciando a los reyes y matando a los profetas de Baal, lo que le habría costado la vida si no llega a huir hacia el sur, al monte Horeb (el Sinaí). El viaje es largo, demasiado largo, y Elías se desea la muerte. Un ángel le ofrece una torta cocida sobre piedras; la come dos veces, y con la fuerza de aquel manjar camina cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte en el que tuvo lugar la gran revelación de Dios a Moisés. Este relato se ha usado a menudo en relación con la eucaristía, y por eso se ha elegido para este domingo.

En aquellos días, Elías llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. Él se internó en el desierto una jornada de camino y fue a sentarse bajo una retama, deseándose la muerte y diciendo:

«¡Ya basta, oh Señor! Quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres».

Luego se acostó y se quedó dormido debajo de la retama. Un ángel le tocó y le dijo:

– «Levántate y come».

Miró en derredor, y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras ardiendo y un vaso de agua. Comió, bebió y luego se volvió a acostar. El ángel del Señor volvió por segunda vez, le tocó y le dijo:

– «Levántate y come, pues te resta un camino demasiado largo para ti».

Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel manjar caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.

Tres clases de panes

Las lecturas de hoy sugieren una reflexión.

Antes de la reforma de Pío X, la comunión no era frecuente. Los cristianos más piadosos comulgaban una vez a la semana; normalmente, una vez al mes. La comunión era para ellos como el pan de Elías, que da fuerzas para vivir cristianamente durante un período más o menos largo de tiempo.

Con la reforma de Pío X, a comienzos del siglo XX, se difunde la comunión diaria, aunque no se oiga misa. (Recuerdo de joven, en la iglesia de los franciscanos de Cádiz, la gran cantidad de gente que iba a comulgar en un altar lateral mientras en el altar mayor se decía una misa que muy pocos seguían). Es como el maná, que da fuerzas para ese día, pero conviene repetirlo al siguiente.

El evangelio de Juan nos hace caer en la cuenta de que la eucaristía no solo da fuerzas para un día o un mes. Garantiza la vida eterna. Se comprende que Jesús interrumpa su discurso para hablar de la fe y de la acción del Padre.

La vida eterna en la vida diaria (2ª lectura: Efesios 4,30-5,2)

Se cuenta en el libro del Éxodo que, en la noche de Pascua, los israelitas mojaron con la sangre del cordero el dintel y las dos jambas de la puerta de la casa para que el ángel del Señor, al castigar a los egipcios, pasase de largo ante las casas de los israelitas. Esta costumbre se remonta a los pastores, que al comienzo de la primavera sacrificaban un cordero y untaban con su sangre los palos de la tienda para preservar al ganado de los malos espíritus y garantizar una feliz trashumancia.

El autor de la carta a los Efesios recoge la imagen y la aplica al Espíritu Santo, que nos ha marcado con su sello para distinguirnos el día final de la liberación. Y añade una serie de consejos para vivir esa unidad en la que ha insistido en las lecturas de los domingos anteriores. Sirven para un buen examen de conciencia y para ver cómo podemos vivir, ya aquí en la tierra, la vida eterna del cielo.

Hermanos:

No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, que os ha marcado con su sello para distinguiros el día de la liberación. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor, como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

 

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 11 de agosto de 2024

domingo, 11 de agosto de 2024
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No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre, que me ha enviado”

(Jn 6,41-51)

Podemos comenzar transformando en positivo este versículo: “Bendecid. Solo puede venir a mí quien es atraído por el Padre”.

El seguimiento de Jesús no tiene su origen en nosotras, la iniciativa primera es de Dios. Es Dios quien atrae, quien despierta la sed, quien suscita el deseo… Nuestra parte está en ese ir a Jesús, acercarnos y seguirle, escucharle y dejarnos hacer por Él.

Los judíos que le escuchaban le criticaban porque creían saber quién era, de dónde venía, quiénes eran sus padres… Pero parece que Jesús les pide que vayan más allá, que traspasen ese muro de creer saberlo todo… y se dejen acariciar por el regalo de la novedad de su amor.

Juan, en esta parte del Evangelio, nos propone recordar a los israelitas que, al poco de huir de Egipto, en Éxodo 16, se quejan a Moisés y a Aarón por no tener qué comer.

También se nos invita hoy a mirar nuestras críticas y nuestras murmuraciones. En la Iglesia nos es muy fácil criticar a otras personas que no siguen a Cristo como nosotras, que oran de diferentes maneras, que tienen otros compromisos y otra forma de expresar su fe… Ojalá, cuando lo hagamos, escuchemos a Jesús diciéndonos: todas las personas que vienen a mí han sido atraídas por el Padre. Quizás comencemos a sentirnos realmente hermanadas, nos alegremos al descubrir la riqueza de las seguidoras de Cristo…

Cuando era adolescente, discutía mucho con mi hermano y luego iba quejándome a nuestra madre. Ella intentaba calmarme y me decía: “Pero, ¿por qué discutís tanto? ¡Si en el fondo sois los dos iguales!”. No le entendía nada. Luego me he dado cuenta “de mayor” que nos pasa lo mismo… Nos molesta y criticamos a las demás personas pero, en el fondo (nos guste o no), nos parecemos muchísimo… Hemos sido creadas a imagen y semejanza de Dios, ¿no?

Oración

Gracias, Trinidad Santa, por atraernos hacia Ti.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Si vivimos la misma vida de Dios, somos ya eternos.

domingo, 11 de agosto de 2024
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Jn 6,41-52

Seguimos en el c. 6 de Juan. Aumenta la tensión entre los judíos y Jesús. A medida que Jesús va profundizando en la enseñanza y ellos creen entender lo que quiere decir, se hace más insoportable su mensaje. La propuesta sigue siendo la misma, pero va apareciendo la enorme diferencia que existe entre lo que ellos han aprendido y lo que Jesús les quiere transmitir. El balance final es desolador; de los cinco mil quedaron doce, y uno es Judas.

Lo criticaban porque había dicho: yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Bajar del cielo es una de las claves para comprender a Jesús en este evangelio. Se trata de una metáfora que no podemos entender literalmente, Dios está en todo. Siguen las alusiones al AT. “Criticaban” es el mismo verbo que la versión de los LXX utiliza para hablar de las murmuraciones en el desierto. Los israelitas murmuraron contra Moisés en el desierto por no darles de comer como comían en Egipto. Les recuerda que el pueblo estuvo contra Moisés en los momentos difíciles. Aquellos no confiaron en Moisés y estos no confían en él.

¿No es este el hijo de José? En los sinópticos, hacen el mismo comentario los vecinos de su pueblo. El mayor obstáculo para acercarse a Jesús, es conocerlo demasiado bien. Lo mismo puede pasarnos a nosotros, creemos conocer a Jesús y nos quedamos en ayunas. Para su mentalidad la lógica es aplastante. Si es hijo de José, no puede ser hijo de Dios. Hoy apreciamos el ridículo que supone contraponer la paternidad de Dios a la de José, seguimos en la misma contradicción. Jesús no puede ser hijo de José, porque es hijo de Dios. Son realidades de naturaleza distinta. Hemos caído en la trampa solo que al revés.

Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae. Se trata de una expresión clave en el evangelio de Juan. Dios nos empuja siempre desde dentro. Más de 90 veces hace Juan referencia al Padre. Nuestro concepto de padre tenemos que cambiarlo por el de principio, origen, fundamento, germen, comienzo, razón de ser, realidad última. La última realidad no se puede expresar con palabras ni con imágenes, por eso encontramos en los evangelios tantas aparentes contradicciones. El mismo Jesús dice en otro lugar: “Nadie va al Padre si no es por mí”. Para entenderlo, tenemos que ir más allá de los contrarios.

Y yo lo resucitaré el último día. Debemos tener mucho cuidado con esta frase. Lo que normalmente hemos entendido por resurrección no sirve para descubrir el sentido que aquí quiere darle el evangelio. Es una manera de decir que está tratando de una Vida, a la que no afecta la muerte. “Hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos”. La Vida definitiva tiene también un alimento trascendente. Ese alimento tiene el mismo origen que tiene esa Vida: Dios. “El último día” esa Vida permanecerá idéntica a hoy. La Vida definitiva ya está en nosotros, solo espera ser activada.

Serán todos discípulos de Dios. También Jesús es discípulo, el mejor; por eso puede ser a la vez maestro. Ir a Jesús, ir al Padre es conocerlos, no por vía racional, sino por vía vivencial. La fe es actitud vital y no asentimiento a verdades teóricas. “Esta es la salvación, que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo”. Solo la persona que ha tenido experiencia de Dios, puede comprender lo que otra diga de Él. Ellos estaban incapacitados para comprender a un Dios que está al servicio del hombre. Para ellos Dios es el Soberano, el Señor. La única relación que cabe con Él es un servilismo de toma y da acá.

Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron. Una nueva referencia al maná para dejar clara la diferencia. El maná alimenta el cuerpo que tiene que morir. Jesús alimenta el espíritu, dando una Vida a la que no afecta la muerte. Esa es la diferen­cia. La expresión «pan de Vida» no se encuentra en ninguna otra parte de la Biblia; eso indica la originalidad de Juan. La VIDA (con mayúsculas) es el tema fundamental del evangelio de Juan. Se trata de la misma Vida de Dios. Más adelante nos dirá: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre”. Se trata de la VIDA que es el mismo Dios.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que come este pan vivirá para siempre. Jesús es alimento de la verdadera Vida. Este es el mensaje de Juan. Dios lo es todo para Jesús, y seguirá siéndolo todo para los vivan la misma Vida que vivió Jesús. Debemos tener claro que Jesús no puede suplantar en ningún momento a Dios. En este capítulo, más de quince veces se hace referencia a Dios, para dejar claro que el verdadero protagonista es Él, no Jesús. Ya en las primeras comunidades se pasó del Jesús que predica a Dios y su Reinado, al Cristo predicado. En Juan se ve claro este paso.

El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo. No pueden comprender que su Dios se pueda manifestar en la carne. Recordemos que “carne”, para los judíos, era el mismo ser humano, pero en su aspecto más bajo; lo que le hacía limitado y contingente; aquello por lo que le venían todos sus “males”: dolor, enfermedad, muerte… Es tal vez la afirmación más rotunda sobre la encarnación en todo el NT. Para ellos, Dios era lo contrario de cualquier limitación. Para ellos un Dios-carne, un Dios ‘limitado’ es inaceptable. Jesús quiere hacerles ver que no hay contradicción, el Espíritu se manifiesta siempre en la carne.

La grandeza de la carne consiste en que está informada por el Espíritu sin dejar de ser carne. Desde ahora, solo se puede encontrar al verdadero Dios en la realidad material, no en alguna parte fuera de ella y en el Hombre. Esa diferencia radical es la que trata de manifestar el evangelio de Juan. Pensemos en el diálogo con Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo”. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. La carne es neutral; puede ser la base de lo más bajo y de lo más sublime. Nuestro error es pensar que para acercarse a Dios hay que alejarse de la carne.

Después de dos mil años, seguimos sin comprenderlo. Un Dios involucrado en la carne sigue siendo inaceptable para nosotros. Por eso hemos descarnado la persona misma de Jesús corvirtiéndolo en Cristo. La Escritura dice con toda claridad que el Verbo se hizo carne, pero nosotros nos empeñamos en decir que la carne se hizo Dios. El Dios identificado con la carne no interesa a nadie, y menos a los dirigentes, porque hace imposible la manipulación de los intermediarios. Pero es inaceptable también para los cristianos de a pie, porque nos permite la relación intimista que no pasa por el encuentro con los demás.

Hemos convertido la eucaristía en cosa sagrada, olvidándonos de que es signo de la unidad y del amor. El fin de la eucaristía es descubrir que todo ser humano es sagrado, haciéndole objeto de nuestra adoración. Cada vez que nos arrodillamos ante Dios, estamos creando un ídolo. Dios no es objetivable. Cuando me arrodillo estoy poniendo a Dios de rodillas ante mi falso yo, que intento potenciar. Seguimos empeñados en convertir el pan en Jesús, pero el evangelio dice que Jesús se convierte en pan. No tengo que adorar a Jesús, convertido en pan sino convertirme yo en pan y ser de provecho para todo el que me coma.

 Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pan para el camino

domingo, 11 de agosto de 2024
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Jn 6, 41-52

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo»

Estamos acostumbrados a las grandes síntesis teológicas de Juan; a su empeño en poner en boca de Jesús palabras que en realidad son suyas (de Juan), lo que nos impide saber si alguna vez Jesús dijo esas cosas. No obstante, la idea que recoge el texto de hoy es preciosa y vamos a tratar de desarrollarla brevemente.

Somos caminantes. El libro del Éxodo es una excelente metáfora de nuestra vida: “Desde la cómoda esclavitud de nuestras pasiones, por el desierto de la vida hacia la casa del Padre”. Y es cierto que podemos decidir no caminar, o que, cansados, decidamos quedarnos en algún albergue confortable del camino, pero si decidimos seguir adelante, necesitaremos alimento para reponer las fuerzas.

Unos buscan ese alimento en los sacramentos, en la liturgia, en los ritos. Otros lo buscan en su interior; en la oración, en el silencio, en la meditación. Otros en la propia comunidad de creyentes… Y la experiencia nos dice que todo esto es eficaz, y que nos alimenta, pero lo que aquí dice Juan es que el pan es Jesús mismo: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre…»

Tratando de descifrar el simbolismo de estas expresiones, podemos pensar que nuestro pan, nuestro alimento, es el propio Jesús, su praxis, sus criterios, su proyecto colosal, y esto significa que nos alimentamos cuando perdonamos, cuando compadecemos, cuando damos de comer, cuando trabajamos por la paz y la justicia… Porque el compromiso con el Reino genera un círculo virtuoso que se alimenta a sí mismo, y así, cuanto más compromiso asumimos, mejor alimentados estamos para comprometernos más.

Y, lógicamente, podemos dudar del acierto de esta interpretación, pero tiene a su favor dos factores que casi podríamos calificar de empíricos. El primero viene de fuera de nosotros, pues vemos que las personas que han decidido apostar sin reservas por los criterios del Reino lo hacen cada vez con mayor fuerza y convencimiento. La segunda la encontramos dentro de nosotros, pues cuando actuamos de este modo notamos que nuestro ánimo se conforta y nos sentimos mejor.

Ahora bien, si esto es así, es decir, si es la acción lo que nos alimenta ¿para qué sirven la oración, los sacramentos, el silencio…? Pues siguen siendo cruciales porque evocan al Espíritu, y como decía Ruiz de Galarreta: «El camino de seguir a Jesús no es sin más una decisión humana, sino una obra del Espíritu; del viento de Dios en nosotros».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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La salvación como pan repartido y compartido.

domingo, 11 de agosto de 2024
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eucaristia0Jn 6, 41-51

El lenguaje del evangelio de Juan es, sin duda, difícil de entender para la gente que habitamos el siglo XXI porque tiene conceptos e imaginarios que están ya muy lejos de nuestra cosmovisión y de nuestros referentes religiosos. Sin embargo, cuando intentamos traducir sus conceptos y categorías descubrimos que trasmite un mensaje hondo y de gran sensibilidad.

El relato de hoy nos sitúa en uno de los grandes títulos que el Evangelio da a Jesús: Pan de vida. Después de la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-13), el evangelio desarrolla un extenso diálogo entre Jesús y los presentes sobre el significado del signo que ha realizado. En él se van entrelazando el recuerdo de la memoria liberadora del éxodo, que Israel atesoraba como signo del cuidado y protección que Dios había manifestado con él, y la nueva oferta salvadora que Jesús anuncia y encarna (Jn 6, 28-40).

El maná en el desierto recuperó la vida del pueblo, ahora Jesús, es el nuevo pan que Dios envía y lo hace ya no de forma puntual e histórica sino encarnada en la vida y la palabra de Jesús.

«¿No es este Jesús, el hijo de José?»

Las comunidades que dieron a luz este evangelio vivieron conflictos importantes, se sintieron amenazadas en algunos momentos y necesitaron esforzarse por llegar a consensos que les permitiesen hacer camino como grupo en su fe en Jesús y no perder la comunión con otras comunidades que tenían sensibilidades diferentes.

El texto de este domingo tiene en su trasfondo esta realidad y en él se vislumbra con claridad las dificultades experimentadas con los grupos judíos que no reconocían el mesianismo de Jesús y estaban lejos de entender su mensaje y la entrega de su vida por hacer posible la acción salvadora de Dios. Por eso, Juan recoge la incredulidad de algunos que no podían entender que alguien tan familiar, tan humano pudiese ser portador de un mensaje tan trascendente.

La cotidianeidad, humildad y cercanía de Jesús cuestiona porque, con frecuencia, pensamos que lo de Dios tiene que ser a lo grande. Lo pequeño, lo de la puerta de al lado, lo familiar nos parece que no puede representarlo suficientemente. Eso es lo que pensaron algunos de los paisanos de Jesús cuando le criticaban que se declarara tan familiar con Dios y abriese con su vida un espacio nuevo de salvación.

Jesús, el hijo de José y María, es capaz de ofrecer un nuevo comienzo de liberación, de encuentro con Dios, de esperanza para quien desfallece, de horizonte de futuro. Pero sólo creyendo en Jesús es posible acoger y experimentar la confianza y la vida renovada (Jn 6, 43-50).

Yo soy el pan de la vida

En los versículos anteriores Jesús se había definido a sí mismo como “pan de vida”, una expresión que solo aparece en el evangelio de Juan pero que, sin duda, son el resultado de su reflexión en torno a la celebración de la Eucaristía y de la actualización del recuerdo de las palabras que Jesús pronunció en la última cena.

La expresión “bajado del cielo” traduce ese vínculo profundo entre Jesús y su Abba y su conciencia de ser enviado por él a dar vida y vida en abundancia. Jesús, sale al paso de las críticas de quienes se escandalizan de su osadía al mostrarse tan cercano con el Dios de Israel. Para él, solo quien acoge en confianza su palabra y sus obrar puede entender esa relación, sin embargo, quien no quiere abandonar sus seguridades religiosas tendrá siempre justificaciones suficientes para no creer en la acción salvadora de Dios realizada en Jesús (Jn 6, 43- 46).

Cuando Jesús, en el relato, se identifica como pan de vida, está actualizando en su persona la memoria de la presencia liberadora de Dios entre su pueblo. Yahvé fue pan para el pueblo en el desierto, lo acompañó y lo sostuvo en la prueba (Ex 16, 1-15): Ahora Jesús vuelve a ser ese pan que llena la vida de sentido, que ofrece horizontes de esperanza, que sostiene en la impotencia.  Por eso invita a creer en él, a escucharlo, a entender que él entrega la vida para hacer más humano el mundo.

Carme Soto Varela

Fuente

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El alimento y la catequesis.

domingo, 11 de agosto de 2024
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IMG_6605Domingo XIX del Tiempo Ordinario

11 agosto 2024

Jn 6, 41-51

Uno de los varios glosadores anónimos del cuarto evangelio muestra una particular y reiterada insistencia en presentar la eucaristía como comida de la propia “carne” de Jesús. Mientras el autor original utilizaba la metáfora del “pan de vida” para referirse a la palabra del Maestro como alimento vivificador, este otro glosador más tardío trasciende aquella metáfora -pasando de la «palabra» a la «carne»– en una afirmación que, a pesar de no pertenecer al Jesús histórico, haría fortuna en la historia de la confesión cristiana, llegando a dar lugar a la fórmula de la llamada transubstanciación.

Antes de estas catequesis, nacidas al calor de la euforia de las primeras comunidades y bebiendo probablemente de la práctica de los cultos mistéricos, el mensaje original se refería a Jesús como alimento, pero poniendo el acento en su persona y en su palabra.

A aquellos primeros seguidores les alimentaba la presencia y la palabra de Jesús, exactamente lo mismo que nos sigue alimentando a los humanos en nuestra búsqueda de la verdad. En efecto, lo que nos sostiene y fortalece siempre es la presencia de calidad que nos llega de los otros y la palabra de sabiduría que ilumina, fortalece, consuela y estimula.

La presencia y la palabra nos alimentan porque tienen el poder de despertar nuestra dimensión profunda, situándonos en ella. Es decir, porque nos conectan de manera inmediata con el “alimento” que yace, invulnerable y siempre disponible, en el fondo de todo ser humano.

La catequesis que formula el citado glosador busca “materializar” el alimento, sosteniendo que el discípulo come y bebe nada menos que la misma carne y sangre del Jesús en quien creen. Parece claro que tal formulación catequética es una mera creencia, aunque innecesaria, por otra parte, si lo que se buscaba era reconocer aquello que siempre es alimento para el ser humano en camino.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La vida eterna no es esta vida eternamente larga. Sería tristísimo

domingo, 11 de agosto de 2024
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IMG_6688Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Levántate y come.

En la primera lectura (1 Reyes)  hemos escuchado un momento de la vida del profeta Elías, que vivió en el siglo IX a.C. Por esa época reinaba  el rey Ajaz quien -con su mujer Jezabel- pretendían entremezclar el culto a los dioses paganos de Damasco dejando en un segundo plano a Yahvé, Dios de Israel y las tradiciones judías. (Ajaz mandó suplantar el altar del templo de Jerusalén por otro a las divinidades paganas de Damasco. ¿Más o menos como la representación de la última Cena en plan lgbt en la inauguración de los Juegos olímpicos de París?).

En el fondo el problema era una cuestión de tipo religioso, cultural: el rey Ajaz pretendía disolver lo propio, la fe del pueblo judío con las costumbres, modos y dioses extranjeros.

Elías, profeta y hombre libre, critica duramente con energía la postura del rey Ajaz y de su mujer Jezabel. Elías luchó con todas sus fuerzas por el yahvismo, por la propia fe y por la cultura y tradiciones judías. Pero pudo poco por lo que, -como todos los profetas- fue perseguido. Elías huyó hacia el monte Horeb, hasta que cansado y harto de la vida se sentó bajo una retama y se deseó la muerte. Basta, Señor, quítame la vida…  que esto no vale la pena…

Pueda que en ciertos momentos esta sea nuestra propia situación. En determinados momentos podemos estar cansados de la vida: de la realidad sociopolítica, de cuestiones más personales, de la misma Iglesia. Y podríamos tener la tentación de Elías o la de Jonás: “Más de lo mismo, no…”, que paren el mundo que me bajo…

Sin embargo Dios le anima a Elías a que siga en la brecha, en la vida: Levántate y come que el camino es superior a tus fuerzas…

Levantarse es una expresión de gran significado en la Biblia, en el NT. Es una de las palabras que se emplean para hablar de resurrección. Jesús levantó a la hija de Jairo, Jesús levantó a Lázaro. Dios levantó a Jesús de la muerte.

Dios por medio del ángel le ofrece a Elías pan y agua.

¿No están sonando ya las campanas de la Eucaristía?

02.- Pan de vida: Carne para la vida del mundo.

El Evangelio de San Juan, al que pertenece este capítulo 6º del pan de vida que venimos escuchando estos domingos,  está escrito décadas después de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

En el cristianismo naciente, ya a finales del siglo I, comenzaba a desarrollarse una visión espiritualoide de Jesús (gnosticismo) y del cristianismo. Si Jesús era Dios, no podía haber sido hombre. Es una actitud religiosa de origen griego y nada semita (judía) ni cristiana.

De ahí que los judíos murmuraban sobre Jesús al que consideraban únicamente el hijo de José: ¿No conocemos a su padre y a su madre? Si  Jesús había sido un hombre de Galilea, de Nazaret, hijo de María y José ¿cómo puede venir del cielo?

Los judíos en la tradición de San Juan no son solamente un pueblo, una etnia, sino que representan el lado negativo de la vida, significan lo opuesto a Jesús. Judío en la tradición de San Juan tiene una coloración negativa. En el párrafo del evangelio de hoy dice que los judíos murmuraban... Lo mismo que los judíos en el desierto criticaron y se rebelaron contra Moisés.

        En San Juan Jesús es sarx,  ser humano, debilidad como nosotros. La Palabra se hizo carne (sarx), (Jn 1,1)

Sarx significa todo el ser humano desde la perspectiva de ser débil, frágil. Humanamente Jesús era débil (sarx) como nosotros.

San Juan se esfuerza por mostrarnos a Jesús como expresión, como palabra de Dios. Jesús hombre es la palabra de Dios. Lo que Dios quería decir se llama Jesús. El Verbo, la Palabra se hizo hombre concreto (sarx / carne) en Jesús.

Decía algún místico que “en diciendo Jesús, Dios ya no tiene más que decir al ser humano”. Jesús es la última y salvífica palabra de Dios.

        El “Yo soy” que tantas veces aplica de San Juan a Jesús es una afirmación continua en Jesús como expresión de Dios: Yo soy el agua, el pan, la luz, el camino, la verdad, la resurrección es un continuo decirnos que Jesús es Dios con nosotros

03.- El que coma de este pan vivirá para siempre.

La vida eterna no es una vida muy larga, “eternamente larga”. Hoy solemos decir que se trata de tener “calidad de vida”. Pero por calidad de vida entendemos casi exclusivamente una buenas funciones orgánicas físicas y, si es posible, mentales. Si la vida eterna y la resurrección es alargar hasta el infinito este estado de cosas, mejor quedarse bien muerto. Esta vida eternamente larga  no es la “vida eterna” de Jesús. Osakidetza ayuda a vivir, pero no crea vida eterna.

La resurrección ni fue en Jesús ni será en nosotros una vuelta a esta vida, sino un terminar en la vida de Dios, en el ser, que es difícil de imaginar, pero creemos que es…

Hay muchas dimensiones del ser humano que no mueren sino que viven para siempre. El amor, la amistad, la libertad, todo eso no muere, esa es la vida definitiva, la vida eterna.

Imaginemos por un momento ¿cuándo una persona es libre, querida, feliz, serena, vive en paz? Algo de eso será el cielo, la vida eterna.

No sabemos cómo ni dónde podrán sobrevivir esas dimensiones humanas; desconocemos cuál será su soporte. La ciencia y la teología callan. Y aquí “comienza”, es bueno que comience el pensamiento, la fe y la esperanza, que dan cumplimiento al sentido de la vida.

El pan que os doy es para la vida del mundo, pero no para una vida puramente biológica, sino para que tengáis vida en abundancia.

04    Alimentarse del pan de vida: Levántate y come.

“¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”, le dice Dios a Elías, y a nosotros.

Levantarse, vivir  y comer son cuestiones personales.

Levantémonos -si podemos-  de nuestros cansancios, cuando no de nuestras caídas y depresiones en la vida.

Comamos del pan que alimenta el cuerpo y el espíritu.

Dios nos levantará  -nos levanta- de la muerte.

El cielo, la vida eterna, no son un lugar

sino una situación, un estado personal de plenitud

Levántate y come.

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“Creer que Jesús el hijo de José, es el Hijo de Dios, dador de vida eterna”, por Consuelo Vélez

domingo, 11 de agosto de 2024
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De su blog Fe y Vida:

Comentario al evangelio del domingo XIX del Tiempo Ordinario 11-08-2024

Los judíos hablan del Jesús que conocen entre ellos, el hijo de José, y Jesús habla de su Padre del cielo al que Él muestra con sus signos

Jesús invita a los judíos a que se dejen enseñar por Dios quien les está hablando a través suyo

Con Jesús, el Padre les revela el verdadero pan vivo que da la vida para siempre

Creer en Jesús es entender el signo de Dios que Él nos transparenta con toda su vida.

Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”. Y decían: “¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: ¿He bajado del cielo?”

Jesús les respondió:

+ “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae y; y yo le resucitaré el último día.
Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios ése ha visto al Padre.
En verdad, en verdad les digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”.

(Jn 6, 41-51)

Continuamos este domingo con el discurso del pan de vida del capítulo 6 del evangelio de Juan. Pero aquí, Jesús ya no va a hablar a la multitud -como lo hizo en el evangelio del domingo pasado- sino a los judíos, es decir, especificando quiénes son sus interlocutores.  Y comienza invitándolos a no “murmurar de Él. Jesús conoce que ellos que, aparentemente lo siguen, en el fondo, no acaban de creerle y, lo expresan, con la frase que de distinta manera repiten los cuatro evangelios: “no es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos?”. Recordemos que Mateo (13, 55-56) y Marcos (6, 3) se refieren a “no es este el hijo del carpintero”. En cambio, Lucas (4, 22) y Juan se refieren al hijo de José. Lo que es cierto es que están hablando a dos niveles muy distintos. Los judíos hablan del Jesús que conocen entre ellos, el hijo de José, y no acaban de entender lo que Él les está revelando. Jesús habla de su Padre del cielo al que Él muestra con sus signos.

Jesús continúa refiriéndose a lo que está escrito en los profetas. En realidad, es una cita de Isaías (54,13) que dice: “todos tus hijos serán discípulos de Yahveh y será grande la dicha de tus hijos”. En el texto de Juan, Jesús la interpreta de manera libre, diciendo: “serán todos enseñados por Dios”. Invita con esto a los judíos a que se dejen enseñar por Dios quien ahora les está hablando a través suyo.

El evangelista Juan usa la expresión “en verdad, en verdad les digo” para destacar los dichos importantes de Jesús. En esta ocasión les vuelve a mostrar que el pan que comieron sus padres en el desierto, no era el pan de vida que ahora se les revela porque sus padres, aunque comieron de ese pan, murieron. Con Jesús, el Padre les revela el verdadero pan vivo que da la vida para siempre. Y utiliza una expresión “es mi carne” que abre el significado del signo al pan eucarístico, del que explícitamente nos ocuparemos el próximo domingo.

En conclusión, la fuerza está en el creer en Jesús, siendo capaces de dejarlo de ver simplemente como hijo de alguien que conocen y reconocerlo como el Hijo del Padre del cielo quien es la fuente de vida para siempre. Pero, como dijimos el domingo pasado, un creer que no es una idea, una doctrina, una verdad de fe -como se suele decir- que tantas veces se queda en conceptos abstractos sin ninguna incidencia en la vida. Creer en Jesús y reconocerlo como hijo del Padre es entender el signo que Jesús nos transparenta con toda su vida. Es creer que actuar como Jesús actúo, es ser hijos en el Hijo, hijos del Dios Padre/madre que nos hace hermanos y hermanas a todos los seres humanos. De ahí que el pan de vida es la fraternidad/sororidad real que engendra el creer en el Jesús de la historia, asesinado por las autoridades de su tiempo, pero resucitado por Dios, abriendo para los discípulos que se han dejado enseñar por Jesús, la vida para siempre.

(Foto tomada de: https://www.infoans.org/es/secciones/fotonoticias/item/11108-india-el-dbds-lleva-ayuda-a-11-mil-pobres-en-las-aldeas-de-gujarat)

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