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Francisco de Asís, vestido de Evangelio

Viernes, 4 de octubre de 2019

En la fiesta del cristiano por excelencia, Francisco, el Poverello de Asís… Siguiendo su ejemplo, se nos invita a despojarnos  de todo lo superfluo y revestirnos con la desnudez del Evangelio:

S.Francesco'StripBenedetto

Francisco, hijo de un rico comerciante de Asís, nació en 1181 (o 1182). Disuadido de sus ideales de gloria caballeresca a raíz de las experiencias decisivas de su encuentro con los leprosos y de la oración ante el crucifijo en la iglesia de San Damián, Francisco abandonó su familia y comenzó una vida evangélica de penitencia. Con los numerosos compañeros que muy pronto se unieron a él, comprendió que estaba llamado a vivir el Evangelio sine glossa, como fraternidad de menores a ejemplo de Jesús y de sus discípulos. Al año siguiente a la aprobación de la Regla y vida de los hermanos menores en  1223 por el papa Honorio III, Francisco recibió los estigmas del Crucificado, sello de la conformidad con su único Señor y Maestro. Cuando murió, en 1226, Francisco era un hombre extenuado por la fatiga y por las enfermedades y, al mismo tiempo, un hombre reconciliado con el sufrimiento, consigo mismo y con toda criatura. Fue canonizado en 1228 y es patrono de Italia y de los ecologistas.

***

“Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad…”

*

San Francisco de Asís.
Cántico de las Criaturas

lumic3a8redepaques

***

Su vida estuvo enteramente caracterizada -hasta el momento de la conversión- por la búsqueda de un modelo que pudiera educar y plasmar su natural propensión al canto.

Lo encontró de repente en el Señor Jesús, en la belleza de su vida narrada por el Evangelio y, en particular, en el luminoso canto nuevo de su muerte en la cruz.

Dejó que la pasión marcara cada uno de sus pasos y afinara de manera progresiva todas las fibras de su persona con la humanidad del Hijo de Dios, que se entregó por completo a sí mismo por nosotros.

Francisco oró así: «Te ruego, oh Señor, que la ardiente y dulce fuerza de tu amor arrebate mi mente de todas las cosas que hay bajo el cielo, para que muera yo de amor por tu amor, como tú te dignaste morir por amor a mi amor» (oración Absorbeat).

Su camino estuvo siempre acompañado por confirmaciones y consuelos. Su predicación y su ministerio tocaron el corazón de las personas y suscitaron decisiones de conversión y de reconciliación.

Su manera de seguir radicalmente al Señor se volvió, cada vez más, casa hospitalaria para otros muchos hermanos y hermanas, que encontraron en su itinerario personal una modalidad radical y actual de interpretar y vivir el Evangelio de la nueva estación histórica que avanzaba. Sin embargo, en el tiempo del monte Alverna, parece apagarse el canto fluente.

En esta estación encuentra Francisco la prueba más terrible: las fatigas originadas por un movimiento que se institucionaliza -que pierde en intensidad evangélica y llega incluso a dudar sobre la posibilidad de que sea integralmente practicable su estilo de vida- repercuten en su misma fe.

La pregunta sobre la verdad de sus intuiciones más profundas y la duda sobre el origen divino de su proyecto de vida resuenan en un silencio opresor en el que Dios no parece hablarle ya, a pesar de haberlo buscado con tanta tenacidad.

Francisco experimenta el abandono de Dios y se retira de los hermanos para no mostrar su semblante, que ha perdido la serenidad habitual. El canto nuevo, por consiguiente, no le fue dado en un momento de paz y consolación, sino en un momento en el que -como dice el salmista- «fallan los cimientos» (Sal 11,3) y todas las seguridades parecen hundidas

*

C. M. Martini – R. Cantalamessa,
La cruz como raíz de la perfecta alegría,
Verbo Divino, Estella 2002, pp. 15-16).

***

Leer también: “Francisco de Asís, en quien el ser humano resultó bien”, por Leonardo Boff

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

“De vuestro hermano Francisco ”, por José Arregi.

Viernes, 4 de octubre de 2019

22Mensaje del Poverello de Asís para hoy 

A todas las mujeres y hombres del mundo, mis hermanos: Paz y bien.

Era un luminoso atardecer de otoño, el 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula, al pie de mi querido Asís. Me dolían terriblemente los ojos, hasta el punto de no poder soportar la luz ni consolarme con los colores del cielo y del valle de Umbría, mi cielo y mi valle. Me dolían el bazo, el hígado y el estómago. Pero aun más me dolían todos los menores del campo y de los burgos, los campesinos pobres y mis hermanos leprosos, con los que quise convivir fuera de los muros de Asís. Y me dolía la Iglesia, estancada en el pasado, instalada en palacios, amiga de los señores, atada al poder, impulsora de cruzadas. Nunca la quise juzgar ni criticar, ni a ella ni a nadie, pero con toda mi alma deseaba otra Iglesia, al estilo del movimiento itinerante de Jesús.

Me dolían sobre todo mis propios hermanos, que se habían alejado de nuestro primer sueño, cuando queríamos ser simplemente los hermanos menores con los menores de la sociedad cambiante de aquel siglo XIII. Yo había soñado una fraternidad de hombres y de mujeres, yendo de aldea en aldea, sin casas de piedra ni morada fija ni propiedad ni privilegio, mensajera de la paz. Pero los hermanos aumentaron muy pronto y se convirtieron en Orden clerical, se volvieron mayores en la sociedad y en la Iglesia. Fue para mí un golpe mortal, pero no me enfrenté –no sé si hice bien, pero fue mi opción–, los quise aun más, y me retiré al monte Alverna con el hermano León y otros soñadores de la primera hora para vivir como ermitaño. Y acabé de despojarme del todo por dentro y por fuera, hasta ser pobre del todo, y libre de todo. Descubrí la verdadera alegría, la plenitud en el total vacío. Recuperé la paz que nada me podría quitar.

Los hermanos no me entendían, pero me querían y reverenciaban hasta el exceso como su “padre Francisco”, y sobre un asnillo me bajaron de mi eremitorio en la montaña para hacerme cuidar. El médico me dijo: “Vas a morir”. Tenía 45 años. El saberlo me llenó de pena, porque amaba la vida. Y lloré. Pero había aprendido que cada forma de vida nace de la muerte, y que cada muerte es paso a la Vida en formas nuevas, y que todos los vivientes son uno en la Vida. De modo que le dije a la muerte: “Bienvenida, hermana. Despójame de todo y hermáname con todo”. Y pedí que me pusieran desnudo sobre la tierra desnuda. Y, apagada mi conciencia individual, pasé al Todo Otro y no-Otro, me fundí en la Conciencia Universal o en el Alma de toda vida, llamadlo como queráis. Yo lo llamaba “Dios omnipotente”, pero lo contemplaba y adoraba con inmensa ternura en el hombre Jesús pobre y humilde, amigo de los últimos.

Perdonad que me haya extendido con el relato de mi tránsito de esta vida a la Vida, del tiempo al Presente, del fragmento al Todo. No quería hablaros tanto de mí, sino solamente dirigiros una palabra de aviso y de ánimo en este momento crítico de esta especie humana que llamáis Homo Sapiens, la época más crítica de toda su historia, larga o brevísima según se mire. Nunca el clamor de la Tierra y de los pobres –el mismo clamor– fue tan desgarrador debido a la codicia humana. Tened compasión.

También el tiempo que me tocó vivir a mí fue de enormes cambios, de transición del mundo antiguo al mundo moderno. Pero hoy os halláis inmersos en una verdadera mutación, que nadie pudo imaginar hasta hace bien poco: eso que llamáis inteligencia artificial y tecnología genética pueden mejorar a la humanidad de manera decisiva o convertirla en más esclava que nunca. En vuestras manos está. Despertad, hermanos.

Yo no podía soportar que se pisara a un gusano ni que se arrancara una flor, aunque bien sé ahora que también entonces matábamos sin cesar para vivir. Y pensábamos ingenuamente que el ser humano es el centro y el fin de toda la creación. Me felicito de que ya no penséis así, pero me duele en el alma ver cómo el ser humano se ha convertido en el peor enemigo de la hermana Madre Tierra. Solo la fraterno-sororidad os salvará.

La institución eclesial me sigue doliendo incluso más que en mi tiempo, pues soy más consciente de cuán lejos se halla de lo que soñó Jesús y de lo que el mundo reclama de ella: ser profecía de otra humanidad necesaria y posible. Solo si desmonta su estructura clerical y sus alianzas con el poder lo logrará.

A nadie puedo juzgar, pero a todos os ruego: sed hermanos, vivid en paz.

Vuestro pequeñuelo hermano, el poverello.

José Arregi

 

Espiritualidad ,

Clara de Asís, la Dama pobre…

Sábado, 10 de agosto de 2019

Mañana es su fiesta pero al ser domingo, la recordamos hoy…

Clara de Asís, mujer fuerte, fundadora de las Damas Pobres (Clarisas), espejo en el que Francisco de Asís se reflejaba como un igual… Que nos acompañe hoy en su fiesta y nos enseñe a vivir  siendo más humanos, con una mirada compasiva abierta al hermano sufriente…

san-francesco-liliana-cavani-1989-01

(Helena Bonham Carter en la película Francesco, de Liliana Cavani)

Clara nació en Asís el año 1193 (o 1194). Hija de noble familia, fue educada por su madre en la fe cristiana, pero al escuchar y ver a su conciudadano Francisco en la nueva vida evangélica que éste había emprendido  comprendió que quería llevar la misma forma de seguimiento de Jesús. Con su hermana, que la seguirá quince días después de su huida del palacio, vive en el monasterio de San Damián, situado fuera de los muros de Asís, «según la forma del santo Evangelio», obteniendo de los papas el singular «privilegio de la pobreza». Fueron muchas las compañeras que la imitaron. Juntas constituyeron la primera comunidad de «Hermanas pobres», para las cuales, y ya en sus últimos años, escribió Clara -primera mujer que lo hizo en la historia de la Iglesia- una Regla. Esta fue aprobada por Inocencio IV en 1254, pocos días antes de la muerte de Clara. Se conserva el Proceso de su canonización, que tuvo lugar en 1255. Es un documento de excepcional valor para conocer la experiencia de la «plantita de Francisco».

*

200px-simone_martini_047

***

Tanto para Clara como para Francisco, el primado se lo lleva el señorío de Dios sobre toda la vida y todas las cosas; la centralidad de toda la vida, la voluntad y la acción está constituida por Cristo; la dinámica de la vida de penitencia o de conversión sólo la da y sólo hemos de buscarla en el Espíritu Santo; pero esto es más que suficiente para definir la contemplación auténticamente cristiana […].

Clara no hace coincidir nunca contemplación y clausura, la contemplación como conocimiento amoroso de Cristo y un hecho material como la clausura. Tanto para Clara como para Francisco (es cierto, no obstante, que los acentos de Clara son femeninos), la contemplación es asiduidad con la palabra leída en las sagradas Escrituras, aunque también escuchada y recibida por los hermanos como comida y alimento de la fe y del alma; la contemplación es oración continua atendiendo al Señor y a todas las criaturas.

Es propio y específico de Clara haber dado a la contemplación una dimensión propiamente evangélica: no era para ella una actividad extraordinaria, reservada a una élite, a los privilegiados de la cultura, sino una actitud cotidiana en el ámbito de la humilde realidad de las cosas, de las labores cotidianas. La contemplación, para Clara, es vida en Cristo, es sacrificio vivo y espiritual ofrecido al Señor. Es significativo que la única referencia que hace Clara a la página del encuentro de Jesús con María y Marta [cf. Lc 10,38-42), que se había convertido en su tiempo en un lugar clásico para afirmar el primado de la vida contemplativa sobre la activa, determina lo único necesario de este culto de la vida a Dios [cf. Rom 12,1) y no entrevé ninguna oposición entre acción y contemplación.

La contemplación, por tanto, para Clara y Francisco, no es sólo conocer a Dios, sino también ver a los hombres y a las criaturas como los ve Dios. Clara llama a Inés «alegría de los ángeles » [Carta tercera 3, 11) y registra de un modo nuevo las cosas de Dios, las criaturas de las que siempre ve brotar una alabanza, una acción de gracias al Dios altísimo y creador

*

E. Bianchi,
La contenplazione in Francesco e Chiara d’Assisi,
Magnano 1995

***

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

Francisco de Asís, vestido de Evangelio

Jueves, 4 de octubre de 2018

En la fiesta del cristiano por excelencia, Francisco, el Poverello de Asís… Siguiendo su ejemplo, se nos invita a despojarnos  de todo lo superfluo y revestirnos con la desnudez del Evangelio:

S.Francesco'StripBenedetto

Francisco, hijo de un rico comerciante de Asís, nació en 1181 (o 1182). Disuadido de sus ideales de gloria caballeresca a raíz de las experiencias decisivas de su encuentro con los leprosos y de la oración ante el crucifijo en la iglesia de San Damián, Francisco abandonó su familia y comenzó una vida evangélica de penitencia. Con los numerosos compañeros que muy pronto se unieron a él, comprendió que estaba llamado a vivir el Evangelio sine glossa, como fraternidad de menores a ejemplo de Jesús y de sus discípulos. Al año siguiente a la aprobación de la Regla y vida de los hermanos menores en  1223 por el papa Honorio III, Francisco recibió los estigmas del Crucificado, sello de la conformidad con su único Señor y Maestro. Cuando murió, en 1226, Francisco era un hombre extenuado por la fatiga y por las enfermedades y, al mismo tiempo, un hombre reconciliado con el sufrimiento, consigo mismo y con toda criatura. Fue canonizado en 1228 y es patrono de Italia y de los ecologistas.

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“Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad…”

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San Francisco de Asís.
Cántico de las Criaturas

lumic3a8redepaques

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Su vida estuvo enteramente caracterizada -hasta el momento de la conversión- por la búsqueda de un modelo que pudiera educar y plasmar su natural propensión al canto.

Lo encontró de repente en el Señor Jesús, en la belleza de su vida narrada por el Evangelio y, en particular, en el luminoso canto nuevo de su muerte en la cruz.

Dejó que la pasión marcara cada uno de sus pasos y afinara de manera progresiva todas las fibras de su persona con la humanidad del Hijo de Dios, que se entregó por completo a sí mismo por nosotros.

Francisco oró así: «Te ruego, oh Señor, que la ardiente y dulce fuerza de tu amor arrebate mi mente de todas las cosas que hay bajo el cielo, para que muera yo de amor por tu amor, como tú te dignaste morir por amor a mi amor» (oración Absorbeat).

Su camino estuvo siempre acompañado por confirmaciones y consuelos. Su predicación y su ministerio tocaron el corazón de las personas y suscitaron decisiones de conversión y de reconciliación.

Su manera de seguir radicalmente al Señor se volvió, cada vez más, casa hospitalaria para otros muchos hermanos y hermanas, que encontraron en su itinerario personal una modalidad radical y actual de interpretar y vivir el Evangelio de la nueva estación histórica que avanzaba. Sin embargo, en el tiempo del monte Alverna, parece apagarse el canto fluente.

En esta estación encuentra Francisco la prueba más terrible: las fatigas originadas por un movimiento que se institucionaliza -que pierde en intensidad evangélica y llega incluso a dudar sobre la posibilidad de que sea integralmente practicable su estilo de vida- repercuten en su misma fe.

La pregunta sobre la verdad de sus intuiciones más profundas y la duda sobre el origen divino de su proyecto de vida resuenan en un silencio opresor en el que Dios no parece hablarle ya, a pesar de haberlo buscado con tanta tenacidad.

Francisco experimenta el abandono de Dios y se retira de los hermanos para no mostrar su semblante, que ha perdido la serenidad habitual. El canto nuevo, por consiguiente, no le fue dado en un momento de paz y consolación, sino en un momento en el que -como dice el salmista- «fallan los cimientos» (Sal 11,3) y todas las seguridades parecen hundidas

*

C. M. Martini – R. Cantalamessa,
La cruz como raíz de la perfecta alegría,
Verbo Divino, Estella 2002, pp. 15-16).

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Leer también: “Francisco de Asís, en quien el ser humano resultó bien”, por Leonardo Boff

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“Francisco de Asís, signo del futuro”, por José Arregi.

Jueves, 4 de octubre de 2018
san-francisco-de-asc3ads-y-el-hermano-leproso6El próximo día 4 es la fiesta de Francisco de Asís, el bendito Poverello. Lo celebraré. Me gustaría que también tú, quien quiera que seas, te acuerdes de él y lo mires de cerca. Te hará bien. Su figura nos devuelve la fe en lo mejor que llevamos como frágil tesoro, la fe en nuestra pobre arcilla, en la humanidad, en la Tierra, en la santa materia, en el poder de la bondad para transformar el mundo.

Todo lo que fue y enseñó se resume en una palabra: hermano. O hermana, pues estoy seguro de que el género (el masculino, el femenino y todas sus variantes y gamas, con permiso de nuestros obispos) no era para él exclusivo ni excluyente. Llamaba hermanas a todas las personas, a todas las criaturas. Las sentía y las hacía ser hermanas. Hay que ser muy humilde para ser tan hermano, tan humano, y poner perdón donde hay ofensa, amor donde hay odio, verdadera alegría donde hay tristeza. Hay que ser muy pobre de sí y creer en sí mismo para poder hacerlo.

Francisco lo hizo. Todos sus sueños juveniles y medievales de grandeza, riqueza y dominio se le fueron desvaneciendo a medida que miraba los ojos y el cuerpo desnudo de Jesús, tan crucificado y luminoso, en la penumbra de la ermita de San Damián a las afueras de Asís. Y a medida que miraba el rostro y el cuerpo llagados de los leprosos, los más humillados de la sociedad de la época. “Al principio me resultaba muy amargo verlos –escribe en su testamento–, pero tuve compasión de ellos, y lo que me era amargo se me volvió dulzura de alma y de cuerpo”. La mirada y el gusto se le fueron transformando. Jesús le llevó a los leprosos, y los leprosos le llevaron a Jesús. Y así se encontró a sí mismo. Y, libre de sí, pudo hacerse hermano de todos.

Fue hace 800 años. En una época crucial, un cambio de época en la historia de Europa, cuando la sociedad feudal de señores y vasallos tocaba a su fin, cuando en los burgos o ciudades medievales emergían y empezaban a imponerse los mercaderes burgueses como nueva clase de señores, Francisco optó por los más pequeños y sometidos. Rompió con su padre mercader y escogió ser de la clase de los menores, vivir con ellos y como ellos. Hasta al ladrón y al asesino los llamaba hermanos, convencido como estaba de que la violencia de los pobres tiene su origen principal en la violencia institucional que padecen, y de que solo la revolución de la fraternidad y de la ternura podrán vencer la violencia de unos y de otros. De eso nos habla aquella florecilla en la que Francisco amansa al “hermano lobo”, que no mataba sino porque nadie le daba de comer.

En una época en que la institución eclesial –clerical, dogmática, autoritaria– se hallaba corrompida por las riquezas, enredada en conflictos de poder con ejército propio incluido, obsesionada en eliminar todas las herejías y a todos los herejes, obstinada en sus cruzadas contra los pérfidos sarracenos, soñó una Iglesia fraterna-sororal, más allá de la vieja división, hoy todavía tan vigente, entre clérigos y laicos. Una Iglesia humilde, pobre y humana, hermana. Una Iglesia que no condena a nadie y que proclama la misericordia por encima de todos los dogmas y leyes.

Profesaba profunda veneración al clero, sobre todo a los sacerdotes más pobres e ignorantes, por el poder sobrenatural que habían recibido de perdonar los pecados y de hacer presente a Jesús en el pan y el vino. Así se lo habían enseñado, y él lo creía. Pero algo le decía que no. Y de hecho no quiso ser sacerdote, y no se trababa en el fondo de un gesto de humildad, sino de rechazo inconsciente -¿o tal vez consciente?– de aquel modelo de Iglesia que aún sigue en pie. Ni quiso ser monje, bien instalado en un monasterio, muy por encima de la gente pequeña. Quiso ser “hermano menor” de todos.

Tampoco quiso, por eso mismo, fundar una nueva Orden, sino una fraternidad de hermanos (¡y de hermanas!) menores con los menores de la sociedad, caminando por los campos y aldeas, como Jesús, sin conventos y sin propiedad alguna, sin dominio sobre nadie, trovadores de la paz. A aquel movimiento innovador se apuntaron multitudes, y todos admiraban y amaban al Poverello, pero solo un puñado le siguió de verdad. Los demás se convirtieron en Orden clerical poderosa, volvieron al pasado.

Pero Francisco, hermano menor humilde y bueno, sigue ahí señalando el futuro.

José Arregi

Fuente DEIA

Espiritualidad ,

Clara de Asís, la Dama pobre…

Sábado, 11 de agosto de 2018

Clara de Asís, mujer fuerte, fundadora de las Damas Pobres (Clarisas), espejo en el que Francisco de Asís se reflejaba como un igual… Que nos acompañe hoy en su fiesta y nos enseñe a vivir  siendo más humanos, con una mirada compasiva abierta al hermano sufriente…,

san-francesco-liliana-cavani-1989-01

(Helena Bonham Carter en la película Francesco, de Liliana Cavani)

Clara nació en Asís el año 1193 (o 1194). Hija de noble familia, fue educada por su madre en la fe cristiana, pero al escuchar y ver a su conciudadano Francisco en la nueva vida evangélica que éste había emprendido  comprendió que quería llevar la misma forma de seguimiento de Jesús. Con su hermana, que la seguirá quince días después de su huida del palacio, vive en el monasterio de San Damián, situado fuera de los muros de Asís, «según la forma del santo Evangelio», obteniendo de los papas el singular «privilegio de la pobreza». Fueron muchas las compañeras que la imitaron. Juntas constituyeron la primera comunidad de «Hermanas pobres», para las cuales, y ya en sus últimos años, escribió Clara -primera mujer que lo hizo en la historia de la Iglesia- una Regla. Esta fue aprobada por Inocencio IV en 1254, pocos días antes de la muerte de Clara. Se conserva el Proceso de su canonización, que tuvo lugar en 1255. Es un documento de excepcional valor para conocer la experiencia de la «plantita de Francisco».

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200px-simone_martini_047

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Tanto para Clara como para Francisco, el primado se lo lleva el señorío de Dios sobre toda la vida y todas las cosas; la centralidad de toda la vida, la voluntad y la acción está constituida por Cristo; la dinámica de la vida de penitencia o de conversión sólo la da y sólo hemos de buscarla en el Espíritu Santo; pero esto es más que suficiente para definir la contemplación auténticamente cristiana […].

Clara no hace coincidir nunca contemplación y clausura, la contemplación como conocimiento amoroso de Cristo y un hecho material como la clausura. Tanto para Clara como para Francisco (es cierto, no obstante, que los acentos de Clara son femeninos), la contemplación es asiduidad con la palabra leída en las sagradas Escrituras, aunque también escuchada y recibida por los hermanos como comida y alimento de la fe y del alma; la contemplación es oración continua atendiendo al Señor y a todas las criaturas.

Es propio y específico de Clara haber dado a la contemplación una dimensión propiamente evangélica: no era para ella una actividad extraordinaria, reservada a una élite, a los privilegiados de la cultura, sino una actitud cotidiana en el ámbito de la humilde realidad de las cosas, de las labores cotidianas. La contemplación, para Clara, es vida en Cristo, es sacrificio vivo y espiritual ofrecido al Señor. Es significativo que la única referencia que hace Clara a la página del encuentro de Jesús con María y Marta [cf. Lc 10,38-42), que se había convertido en su tiempo en un lugar clásico para afirmar el primado de la vida contemplativa sobre la activa, determina lo único necesario de este culto de la vida a Dios [cf. Rom 12,1) y no entrevé ninguna oposición entre acción y contemplación.

La contemplación, por tanto, para Clara y Francisco, no es sólo conocer a Dios, sino también ver a los hombres y a las criaturas como los ve Dios. Clara llama a Inés «alegría de los ángeles » [Carta tercera 3, 11) y registra de un modo nuevo las cosas de Dios, las criaturas de las que siempre ve brotar una alabanza, una acción de gracias al Dios altísimo y creador

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E. Bianchi,
La contenplazione in Francesco e Chiara d’Assisi,
Magnano 1995

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Francisco de Asís, vestido de Evangelio

Miércoles, 4 de octubre de 2017

En la Fiesta de san Francisco de Asís siguiendo su ejemplo, se nos invita a despojarnos  de todo lo superfluo y revestirnos con la desnudez del Evangelio:

S.Francesco'StripBenedetto

Su vida estuvo enteramente caracterizada -hasta el momento de la conversión- por la búsqueda de un modelo que pudiera educar y plasmar su natural propensión al canto.

Lo encontró de repente en el Señor Jesús, en la belleza de su vida narrada por el Evangelio y, en particular, en el luminoso canto nuevo de su muerte en la cruz.

Dejó que la pasión marcara cada uno de sus pasos y afinara de manera progresiva todas las fibras de su persona con la humanidad del Hijo de Dios, que se entregó por completo a sí mismo por nosotros.

Francisco oró así: «Te ruego, oh Señor, que la ardiente y dulce fuerza de tu amor arrebate mi mente de todas las cosas que hay bajo el cielo, para que muera yo de amor por tu amor, como tú te dignaste morir por amor a mi amor» (oración Absorbeat).

Su camino estuvo siempre acompañado por confirmaciones y consuelos. Su predicación y su ministerio tocaron el corazón de las personas y suscitaron decisiones de conversión y de reconciliación.

Su manera de seguir radicalmente al Señor se volvió, cada vez más, casa hospitalaria para otros muchos hermanos y hermanas, que encontraron en su itinerario personal una modalidad radical y actual de interpretar y vivir el Evangelio de la nueva estación histórica que avanzaba. Sin embargo, en el tiempo del monte Alverna, parece apagarse el canto fluente.

En esta estación encuentra Francisco la prueba más terrible: las fatigas originadas por un movimiento que se institucionaliza -que pierde en intensidad evangélica y llega incluso a dudar sobre la posibilidad de que sea integralmente practicable su estilo de vida- repercuten en su misma fe.

La pregunta sobre la verdad de sus intuiciones más profundas y la duda sobre el origen divino de su proyecto de vida resuenan en un silencio opresor en el que Dios no parece hablarle ya, a pesar de haberlo buscado con tanta tenacidad.

Francisco experimenta el abandono de Dios y se retira de los hermanos para no mostrar su semblante, que ha perdido la serenidad habitual. El canto nuevo, por consiguiente, no le fue dado en un momento de paz y consolación, sino en un momento en el que -como dice el salmista- «fallan los cimientos» (Sal 11,3) y todas las seguridades parecen hundidas

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C. M. Martini – R. Cantalamessa,
La cruz como raíz de la perfecta alegría,
Verbo Divino, Estella 2002, pp. 15-16).

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Leer también: “Francisco de Asís, en quien el ser humano resultó bien”, por Leonardo Boff

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El perdón siempre espera “… Se abrazaron y se besaron mutuamente”

Domingo, 17 de septiembre de 2017

hombres-abrazan-conocer-familiar-explosion_milima20140514_0199_11

Después de haber compuesto el bienaventurado Francisco las predichas alabanzas de los creaturas que llamó Cántico del hermano sol, aconteció que se produjo una grave discordia entre el 0bispo y el podestá de la ciudad de Asís. El obispo excomulgó al podestá, y éste mandó pregonar que ninguno tratara de vender ni de comprar nada al Obispo, ni de celebrar ningún contrato con él.

El bienaventurado Francisco, que oyó esto estando muy enfermo, tuvo gran compasión de ellos, y más todavía porque nadie trataba de restablecer la paz, Y dijo a sus compañeros:  “Es para nosotros, siervos de Dios, profunda vergüenza que el obispo y el podestá se odien mutuamente y que ninguno intente crear la paz entre ellos”. Y al instante, y con esta ocasión, compuso y añadió estos versos a las alabanzas sobredichas:

“Loado seas, mi Señor,

por aquellos que perdonan por tu amor

y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,

pues por ti, Altísimo, coronados serán”.

Llamó luego a uno de sus compañeros y le dijo: “Vete al podestá y dile de mi parte que tenga a bien presentarse en el obispado con los magnates de la ciudad y con cuantos ciudadanos pueda llevar”.

Cuando salio el hermano con el recado, dijo a otros dos compañeros: “Id y cantad ante el obispo, el podestá y cuantos estén con ellos el Cántico del hermano sol. Confío en que el Señor humillará los corazones de los desavenidos, y volverán a amarse y a tener amistad como antes”.

Reunidos todos en la plaza del claustro episcopal, se adelantaron los dos hermanos y uno de ellos dijo: “El bienaventurado Francisco ha compuesto durante su enfermedad unas alabanzas del Señor por sus creaturas en loor del mismo Señor y para edificación del prójimo. Él mismo os pide que os dignéis escucharlas con devoci6n”. Y se pusieron a cantarlas.

Inmediatamente, el podestá se levantó y, con las manos y los brazos cruzados, las escuchó con la mayor devoción, como si fueran palabras del evangelio, y las siguió atentamente, derramando muchas lágrimas. Tenía mucha fe y devoción en el bienaventurado Francisco.

Acabado el cántico de las alabanzas, dijo el podestá en presencia de todos: “Os digo de veras que no solo perdono al obispo, a quien quiero y debo tener como mi Señor, sino que, aunque alguno hubiera matado a un hermano o hijo mío, le perdonaría igualmente”. Y, diciendo esto, se arrojó a los pies del obispo y dijo: “Señor, os digo que estoy dispuesto a daros completa satisfacción, como mejor os agradare, por amor a nuestro Señor Jesucristo y a su siervo el bienaventurado Francisco”.

El obispo, a su vez, levantando con sus manos al podestá, le dijo: “Por mi cargo debo ser humilde, pero mi natural es propenso, pronto a la ira: perdóname”. Y, con sorprendente afabilidad y amor, se abrazaron y se besaron mutuamente”

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Espejo de perfección“, X,101,
en san Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 773-774.

francesco-1

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En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:

-“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta:

-“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.”

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Mateo 18, 21-35

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Clara de Asís, la Dama pobre…

Viernes, 11 de agosto de 2017

Clara de Asís, mujer fuerte, fundadora de las Damas Pobres (Clarisas), espejo en el que Francisco de Asís se reflejaba como un igual… Que nos acompañe hoy en su fiesta y nos enseñe a vivir  siendo más humanos, con una mirada compasiva abierta al hermano sufriente…,

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(Helena Bonham Carter en la película Francesco, de Liliana Cavani)

Tanto para Clara como para Francisco, el primado se lo lleva el señorío de Dios sobre toda la vida y todas las cosas; la centralidad de toda la vida, la voluntad y la acción está constituida por Cristo; la dinámica de la vida de penitencia o de conversión sólo la da y sólo hemos de buscarla en el Espíritu Santo; pero esto es más que suficiente para definir la contemplación auténticamente cristiana […].

Clara no hace coincidir nunca contemplación y clausura, la contemplación como conocimiento amoroso de Cristo y un hecho material como la clausura. Tanto para Clara como para Francisco (es cierto, no obstante, que los acentos de Clara son femeninos), la contemplación es asiduidad con la palabra leída en las sagradas Escrituras, aunque también escuchada y recibida por los hermanos como comida y alimento de la fe y del alma; la contemplación es oración continua atendiendo al Señor y a todas las criaturas.

Es propio y específico de Clara haber dado a la contemplación una dimensión propiamente evangélica: no era para ella una actividad extraordinaria, reservada a una élite, a los privilegiados de la cultura, sino una actitud cotidiana en el ámbito de la humilde realidad de las cosas, de las labores cotidianas. La contemplación, para Clara, es vida en Cristo, es sacrificio vivo y espiritual ofrecido al Señor. Es significativo que la única referencia que hace Clara a la página del encuentro de Jesús con María y Marta [cf. Lc 10,38-42), que se había convertido en su tiempo en un lugar clásico para afirmar el primado de la vida contemplativa sobre la activa, determina lo único necesario de este culto de la vida a Dios [cf. Rom 12,1) y no entrevé ninguna oposición entre acción y contemplación.

La contemplación, por tanto, para Clara y Francisco, no es sólo conocer a Dios, sino también ver a los hombres y a las criaturas como los ve Dios. Clara llama a Inés «alegría de los ángeles » [Carta tercera 3, 11) y registra de un modo nuevo las cosas de Dios, las criaturas de las que siempre ve brotar una alabanza, una acción de gracias al Dios altísimo y creador

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E. Bianchi,
La contenplazione in Francesco e Chiara d’Assisi,
Magnano 1995

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Francesco

Sábado, 20 de mayo de 2017

Del blog Nova Bella:

S.Francesco'StripBenedetto

Los pájaros anidan en mis brazos,

en mis hombros, detrás de mis rodillas,

entre los senos tengo codornices,

los pájaros se creen que soy un árbol.

Una fuente se creen que soy los cisnes,

bajan y beben todos cuando hablo,

las ovejas me pisan cuando pasan,

y comen en mis dedos los gorriones;

se creen que soy tierra las hormigas

y los hombres se creen que no soy nada.

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Gloria Fuertes

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“A lesbianas, gais, transexuales y bisexuales”, por José Arregi

Jueves, 24 de marzo de 2016

homosexualidad_560x280Leído en su blog:

Amigas, amigos: gracias por invitarme a vuestro encuentro anual de Creyentes Cristianos LGTB en el Santuario franciscano de Santa María de Regla en Chipiona (Cádiz). Bellísimo lugar de paz acariciado por el mar Atlántico, mecido de día y de noche por el rumor de sus olas. Gracias a los franciscanos por su efusivo abrazo fraterno y, sobre todo, por acogeros cada año con la libertad y la bendición de Francisco de Asís a su hermano León, bendición presente en todos los rincones del santuario: “El Señor te bendiga y te guarde…”. Sí, la Vida os bendice.

No os bendice Dios o la Vida a pesar de ser gais, lesbianas, bisexuales, transexuales, sino por ser lo que sois. Bendecid vuestra vida por ser como sois, por vuestro cuerpo como es –el cuerpo nunca miente–, por vuestra orientación sexual, por vuestra identidad de género. “Gracias porque nos hiciste de todos los colores”, rezaba el lema de vuestro encuentro. Así sea. Que cada una, cada uno, se goce de lo que es. Que dé gracias por el color propio y único de su vida, como el azul del cielo de Chipiona, el verde de sus aguas, el amarillo de su playa, todos los colores del arcoíris.

No os acoge Jesús “con misericordia”, como se dice en los evangelios que acogía a “publicanos y pecadores” y comía con ellos; como recuerdan con la mejor intención algunos buenos teólogos cuando hablan de vosotros u os hablan, admitiendo sin saberlo o insinuando sin quererlo que, por vuestra condición, necesitáis una mirada de indulgencia, un trato de conmiseración. Como si llevarais sobre vosotros un problema, una enfermedad o una culpa.

La Iglesia no os debe comprensión y misericordia, sino reconocimiento. Que reconozca lo que sois como bueno, tan bueno como ser rubio en un país de morenos. Y no basta con decir como el papa Francisco cuando le preguntaron sobre los homosexuales: “Si son así, ¿quién soy yo para juzgarlos?”. Está bien, ya es mucho, pero imagina que un periodista le hubiera preguntado: “Papa Francisco, ¿qué le parece un matrimonio heterosexual?”. ¿Crees que el papa hubiera respondido: “Si la vida les ha hecho así, no soy quién para juzgarlos”? Que pase la Iglesia Católica de trataros con misericordia a trataros con respeto, y de respetaros tolerantemente a reconoceros verdaderamente. El problema es suyo. El problema es nuestro.

Lleváis sobre vosotros el terrible estigma de milenios de cultura machista, de negación de cultura, de desprecio del otro, de maltrato a la vida, de simple ignorancia… Cargáis todavía con el anatema de la institución eclesial, por puro desconocimiento, por la dureza de mente o tal vez también de corazón. Las religiones en general –desde las tradiciones del oriente hasta los grandes monoteísmos– tienen pendiente una revolución cultural y espiritual que les lleve a reconciliarse profundamente con el cuerpo, el sexo, el placer.

En la raíz de la homofobia se halla justamente un problema con el cuerpo, el sexo y el placer. Y no se olvide que la homofobia más agresiva responde casi siempre a la propia homosexualidad mal vivida; la psicología y la sociología (la sociología eclesiástica en particular) lo corroboran.

Algún día la Iglesia os pedirá perdón de lo que aún sostiene falsamente, en nombre de Dios. Y borrará del Catecismo de la Iglesia Católica, como otras cosas, esa absurda afirmación de que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” y abandonará de una vez su argumento preferido: que la Biblia y la tradición “siempre” lo han enseñado así. Es históricamente falso, pues hay que buscar e interpretar mucho para encontrar en la Biblia condenas claras de la homosexualidad; en cuanto a la historia de la Iglesia, abundan testimonios y documentos de que, sobre todo antes del siglo XIV, la práctica homosexual estuvo no solo tolerada, sino que incluso fue bendecida como sacramento.

Pero el argumento de que lo que dicen la Biblia y la tradición es verdad absoluta y ha de ser mantenido para siempre de manera inamovible es, sobre todo, teológicamente falso. Justifica opiniones insensatas solo porque “está escrito”. Absurdo. ¿Acaso no leen los obispos en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que Dios prohíbe comer cerdo, mariscos, conejo o embutidos? ¿No leen en la Carta a Timoteo que los obispos han de ser casados? En realidad, solo leen lo que quieren. Llaman Dios a sus fobias y obsesiones.

Pero el Espíritu se mueve. Las religiones se mueven, a pesar de sus escrituras y tradiciones. Se ha movido el Dalai Lama. Y muchos rabinos liberales. Y muchos obispos anglicanos. ¿Se moverán los obispos católicos? ¿Se moverá el papa Francisco también en esta cuestión? ¿Se reconciliarán con la Vida?

Amigo, amiga homosexual, el ángel de la anunciación te dice como a María: Alégrate de ser como eres, lleno/a de gracia, sacramento del amor en tu propio color bello y santo. Quiere lo que eres y sé lo que quieres.

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“Amor Franciscano”, por Leonardo Boff

Sábado, 10 de octubre de 2015

news_v0nax93066x0n17Leído en Reflexión y Liberación:

¿Alguien hubiera dicho que un hombre que vivió hace más de 800 años vendría a ser referencia fundamental para todos aquellos que buscan un nuevo acuerdo con la naturaleza y sueñan con una confraternización universal?

Ese hombre es Francisco de Asís (+1226), proclamado patrono de la ecología. En él encontramos valores que perdimos, como la capacidad de encantarnos ante el esplendor de la naturaleza, la reverencia delante de cada ser, la cortesía con cada persona, el sentimiento de hermandad con cada ser de la creación, con el sol y con la luna, con el lobo feroz y el leproso al que abraza enternecido.

Francisco realizó una síntesis feliz entre la ecología exterior (medio ambiente) y la ecología interior (pacificación interna) hasta el punto de transformarse en el arquetipo de un humanismo tierno y fraterno-sororal, capaz de acoger todas las diferencias. Como afirmó Hermann Hesse: «Francisco casó en su corazón el cielo con la tierra e inflamó con la brasa de la vida eterna nuestro mundo terreno y mortal». La humanidad puede enorgullecerse de haber producido semejante figura histórica y universal. Él es lo nuevo, nosotros somos lo viejo.

La fascinación que ejerció desde su tiempo hasta el día de hoy se debe al rescate que hizo de los derechos del corazón, a la centralidad que confirió al sentimiento y a la ternura que introdujo en las relaciones humanas y cósmicas. No sin razón, en sus escritos la palabra «corazón» aparece 42 veces frente a «inteligencia», una vez; «amor» 23 veces frente a «verdad», 12; y «misericordia» 26 veces frente a «intelecto», sólo una vez.

Era el «hermano-siempre-alegre» como lo apodaban sus cofrades. Por esta razón, deja atrás el cristianismo severo de los penitentes del desierto, el cristianismo litúrgico monacal, el cristianismo hierático y formal de los palacios pontificios y de las curias clericales, el cristianismo sofisticado de la cultura libresca de la teología escolástica.

En él emerge un cristianismo de jovialidad y canto, de pasión y danza, de corazón y poesía. Él conservó la inocencia como claridad infantil en la edad adulta que devuelve frescura, pureza y encanto a la penosa existencia en esta tierra. En él las personas no aparecen como «hijos e hijas de la necesidad, sino como hijos e hijas de la alegría» (G. Bachelard). Aquí se encuentra la relevancia innegable del modo de ser del Poverello de Asís para el espíritu ecológico de nuestro tiempo, carente de encantamiento y de magia.

Estando cierta vez un 4 de octubre, fiesta del Santo, en Asís, en esa minuscule ciudad blanca al pie del monte Subasio, celebré el amor franciscano con el siguiente soneto que me atrevo a publicar:

Abrazar a cada ser, hacerse hermana y hermano,
Oír el cantar del pájaro en la rama,
Auscultar en todo un corazón
Que palpita en la piedra y hasta en la lama.

Saber que todo vale y nada es en vano,
Y que se puede amar incluso a quien no ama,
Llenarse de ternura y compasión
Por el bichito que por ayuda clama.

Conversar hasta con el fiero lobo
Y convivir y besar al leproso
Y, para alegrar, hacer de bobo,

Sentirse de la pobreza el esposo,
Y derramar afecto por todo el globo:
He aquí el amor franciscano: ¡oh supremo gozo!

Leonardo Boff

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“Florecillas de San Francisco”, por José Arregi, teólogo

Viernes, 9 de octubre de 2015

18benLeído en su blog:

Si nunca has leído las “Florecillas de San Francisco”, hoy (04/10/2015), fiesta entrañable del Poverello de Asís, te animo a leerlas. Descubrirás una joya literaria, escrita hace 750 años a la luz de la Toscana y del recuerdo de Francisco. En seductores relatos sueltos, describen un mundo transfigurado en el que también tú puedes habitar, en el que ya habita y sueña despierto el niño mejor que llevas dentro de ti.

“Este libro contiene –así reza el encabezado– ciertas florecillas, milagros y ejemplos devotos del glorioso pobrecillo de Cristo messer San Francisco y de algunos de sus santos compañeros”.

Cómo un día, por ejemplo, predicó a los pájaros. Y cómo a un joven que llevaba al mercado unas tórtolas silvestres se las pidió, librándolas de una muerte cruel, y las domesticó y vivieron en familia con los frailes en Santa María de los Ángeles.
O cómo, en Gubbio, amansó a un lobo ferocísimo, con solo que la gente le diera de comer, porque la violencia nunca convierte al violento. Y cómo en cierta ocasión, yendo de camino con el hermano Maseo, al llegar a un cruce de caminos le hizo dar vueltas sobre sí y parar en seco, para saber la dirección que hacían de tomar.

Y cómo al hermano Rufino, noble de Asís y muy tímido, le envió una vez a predicar en calzones en una iglesia de Asís, y Francisco, apenado por haber puesto a su hermano en semejante aprieto, le siguió detrás igualmente desnudo y así predicó, y la gente pensó que estaban locos, pero al final todos quedaron muy edificados y consolados.

Hoy no estamos, dirás, para cándidas florecillas, para fábulas milagreras ni cuentos moralistas. Tienes razón, no estamos para eso, pero las Florecillas son otra cosa, lo verás. Rezuman frescura, sencillez, libertad. Irradian, sobre todo, alegría y bondad. Y también mucho inconformismo. Las Florecillas son menos cándidas y más subversivas de lo que parece, pero no hallarás en ellas ni pizca de amargura. Son como el Evangelio de Jesús.

Eso quiso Francisco: vivir el Evangelio de Jesús, junto con los hermanos que se le fueron uniendo (nunca se le ocurrió, por cierto, hacer eso que hoy llaman “Pastoral vocacional”). Quiso vivir el Evangelio sin glosas y sin reglas complicadas, sin conventos ni moradas estables, sin nada, sin nada, caminando de aldea en aldea, conviviendo con los últimos y trabajando con sus manos, pidiendo limosna solo cuando el trabajo no les daba para comer, e invitando a todos a perdonarse a sí mismos y a los otros, a vivir en paz con todas las criaturas, a ser hermanos y menores, a cuidarse los unos a los otros, a ser felices con poco, y a no querer más. Eso es todo.

De eso hablan las Florecillas, Bienaventuranzas plasmadas en retazos de vida. Son retazos imaginarios, pero de vida muy real. Fueron en su origen y siguen siendo todavía una clara protesta, una provocación profética y pacífica, pacífica y enérgica, contra el poder, la riqueza y todas las convenciones sociales, contra el mundo de los poderosos de entonces y de hoy, contra la Iglesia establecida de entonces y de hoy con sus muchos cánones, catecismos y jerarquías clericales.

Y contra la propia Orden franciscana, que se había vuelto tan numerosa, culta y admirada, y se había establecido dentro de las ciudades en grandes conventos y habían convertido la pobreza en virtud ascética y la mendicidad en forma de vida a costa de los pobres. Las Florecillas protestan.

En cierta ocasión, Francisco iba de camino con el hermano Maseo y, al llegar hambrientos a una aldea, fueron a pedir limosna cada uno por un barrio. A Francisco, que era pequeño y feo, solo le dieron sino mendrugos y desperdicios de pan seco. A Maseo, que era gallardo y de buena presencia, le dieron buenos y grandes trozos. Y se juntaron ambos a la salida del pueblo, junto a una fuente, y sobre una piedra colocaron cada uno la limosna recibida.

Al ver Francisco que los trozos del hermano Maseo eran más numeroso y hermosos que los suyos, no cabía de gozo y exclamó: “Oh hermano Maseo, no somos dignos de un tesoro como éste”. Y como lo repetía una y otra vez, el hermano Maseo le dijo: “Hermano carísimo, ¿cómo se puede hablar de tesoro donde hay tanta pobreza y donde falta lo necesario? Aquí no hay ni mantel, ni cuchillo, ni tajadores, ni platos, ni casa, ni mesa, ni criado, ni criada”.

Y Francisco le repuso: “Esto es precisamente lo que yo considero gran tesoro: estos trozos de pan, esta mesa de piedra, esta fuente tan clara. Es el tesoro de la santa pobreza que al despojarnos de todo nos hace hermanos de los pobres y libres del todo”.

En alabanza de la Vida más plena. Amén.

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Salir a buscar la belleza de la comunidad*

Sábado, 26 de septiembre de 2015

mundo-en-la-caraYolanda Chaves; Mari Paz López Santos; Patricia Paz
Los Ángeles; Madrid; Buenos Aires.

ECLESALIA, 11/05/15.-  “En el principio…” en aquel primer instante, tras crear el cielo, la tierra, el mar y todo lo que allí se contiene, Dios creó al ser humano. Macho y hembra los creó. Ser humano masculino y ser humano femenino. No dice nada el Génesis ni de negros y amarillos, ni de trigueños y apiñonados,  ni dorados y rojizos, ni  pardos ni blancos, sólo dice que los creó. Nada de tonalidades, nada de metros y centímetros, nada de culturas, naciones, religiones… nada de nada.

Sopló en sus narices un aliento de vida, el mismo aliento, la misma vida, la única vida que Dios podía insuflar: la suya propia. Y fue para todos. Ellas y ellos existieron. Sin más. Y Dios miró lo que había hecho y vio que era muy bueno. Miró como respiraban, como se movían, y quedó contemplando aquella diversidad de colores y formas, viendo como se paseaban por la Creación, ese espacio maravilloso que los esperaba para ser habitado. El Creador sonrió viendo que su obra además de buena era bella… ¡era muy hermosa!

Dio por sentado que entendían que todo eso que les regalaba era para ser compartido. Ninguno de los seres humanos había hecho nada para merecer tanta abundancia, tanta diversidad. Ninguno había pensado los mecanismos y ciclos de la naturaleza. No habían diseñado las formas, ni los colores, ni las texturas de cuanta belleza podían admirar sus ojos. El día y la noche, la tierra, el aire y el agua, el frío y el calor, la multiplicidad de vida animal y vegetal que los rodeaba, todo, absolutamente todo, era don gratuito y amoroso del Creador para ser disfrutado y compartido.

¿Cuándo se rompió aquel instante, el primero y único? En el preciso momento en que el ser humano se atribuyó la vida no como Don sino como  propiedad suya. Así se autoexcluyó del Paraíso, iniciando un viaje que parece no tener fin.

Nos hemos apropiado de la tierra excluyendo a muchos de gozar de sus frutos. Millones de personas desplazadas de sus lugares de origen por el hambre, la violencia, las guerras, las persecuciones, esperan en vano ser recibidos como hermanos para poder rehacer sus vidas y gozar de una existencia digna. La Madre Tierra está siendo explotada sin respeto y sin amor causando graves daños que ponen en peligro la subsistencia de la especie a corto plazo. Hemos olvidado por completo que lo recibido es don y que se nos entregó para ser compartido sin distinciones.

Hay razas, países y culturas que se sienten superiores y con derecho sobre los que consideran inferiores. Delimitamos nuestra casa común con fronteras, con muros, con leyes. Los poderosos saquean los recursos de aquellos que no tienen los medios para defender sus ríos, su aire limpio, sus minas, su cielo azul, sus montañas, en definitiva, su hogar. Se gastan fortunas en ejércitos y armamento para sostener toda esta depredación en vez de designar esos recursos para terminar con el hambre y la exclusión.

Que las razas nos distingan pero no nos clasifiquen. Que la diversidad nos enriquezca. Que veamos a través de los ojos del Creador que todo lo que existe es bueno y bello y, por lo tanto, debe de ser respetado y cuidado. Que nadie se quede sin una mesa para comer, un techo para guarecerse, ropa para vestirse y una mano amiga para acompañarlo. El Reino es un banquete donde todos tienen un lugar, donde nadie quede excluido mirando desde fuera.

En la reciente encíclica del Papa Francisco, “Laudato si”, resuena el Cántico de San Francisco a la Hermana Tierra: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra, Madre Tierra”. El Papa llama a “entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común” (3); y también a ir más allá, reflexionando: “No nos servirá descubrir los síntomas si no reconocemos la raíz humana de la crisis ecológica” (101).

Es urgente salir de este paradigma individualista y consumista e iniciar el camino hacia un modelo evangélico donde la solidaridad y el bien común sean la  manifestación de que hemos entendido y aceptado el don gratuito de la Creación para ser compartido en igualdad y fraternidad.

Pero nada de esto podremos conseguir sin una verdadera conversión del corazón, que nos haga mirar a los demás y a la casa común como iguales, y los beneficios y logros sean para todos. Que el bien común sea la ley suprema que rija nuestras comunidades y nadie sea más que nadie. Donde el concepto de éxito no sea tener sino ser con los otros y juntos tener una vida digna.

Ya es tiempo de iniciar el camino de retorno al origen, al instante aquel; dejando el lastre de odios y diferencias, de dolor y frustración, de corrupción y violencia. Ha llegado la hora de salir a buscar la belleza de la comunidad, para la que fuimos creados  y amados

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*Nota de las autoras:  Queremos dedicar este nuevo escrito “a seis manos” a todos los refugiados que han muerto en estos días, a los que han seguido camino intentando llegar a destinos seguros para sus vidas y las de sus hijos. Acabamos este escrito antes de que el pequeño Aylan Kurdi entrara en nuestros corazones como icono, representando a todos los pequeños inocentes que mueren cuando sólo deberían disfrutar una vida digna y feliz.

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“Laudato si”… Cántico de Francisco de Asís, encíclica del Papa.

Miércoles, 17 de junio de 2015

canticosolEl próximo 18 se presentará oficialmente la nueva encíclica de Francisco, firmada el día de Pentecostés (24.5.2015) sobre la ecología y el cuidado de las creaturas (es decir, del mundo), como gesto religioso (de alabanza a Dios) y exigencia de justicia social (que todos los hombres y mujeres puedan compartir y gozar los dones de la tierra).

Como es lógico, los medios vaticanos han querido mantenerla en secreto hasta su presentación, pero Infovaticana ha filtrado el texto, que cualquier internauta encontrará en la red sin dificultad; no publico aquí el link por cortesía al Vaticano, pero adelanto la vinculación de le Encíclica con el Cántico de Francisco de Asís, cosa que por lo demás ya se sabía

Éste es el comienzo de la encíclica (en italiano):

1. Laudato si’, mi’ Signore, cantava san Francesco d’Assisi. In questo bel cantico ci ricordava che la nostra casa comune è anche come una sorella, con la quale condividiamo l’esistenza, e come una madre bella che ci accoglie tra le sue braccia: Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra matre Terra, la quale ne sustenta et governa, et produce diversi fructi con coloriti flori et herba.

Traducción:

((Loado seas, mi Señor”, cantaba San Francisco de Asís. En este bello canto nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la que compartimos la existencia, y como una bella madre, que nos acoge entre sus brazos: Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre tierra que nos sustenta, la cual nos sustenta y gobierna, y ella produce diferentes frutos, con flores de colores y con hierbas”)).

Así comienza el Cántico de Francisco I (Asís) y la Encíclica de Francisco II (Papa). Comentaré el texto del Papa cuando se publique. Hoy presento y comento de nuevo el Cántico de Francisco de Asís, adaptando para ello unas páginas que publiqué en La oración cristiana (VD, Estella 2000; cf. blog el 13, 07, 10). Buen día a todos.

FRANCISCO DE ASÍS. EL CÁNTICO DE LAS CREATURAS

Estrofa 1: Introducción: Dios, el buen Señor

Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloría y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, se pueden dirigir
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

Estas palabras encierran la más honda paradoja de toda la experiencia religiosa. Por un lado, el orante se levanta, eleva manos y mirada y tiende en movimiento irresistible hacia la altura de Dios que se desvela como Altísimo. Ciertamente, Dios es también omnipotente y buen Señor: es el poder que guía cuidadosamente la existencia de los hombres. Pero su atributo original, repetido por la estrofa, es Altísimo: elevado, grande, lleno de sentido. Ante ese Dios, en paradoja primigenia, el hombre siente la necesidad de la palabra y el silencio. Surge por un lado la palabra, en forma de alabanza, gloria, honor y bendición: la palabra desbordante del que ha visto la presencia de Dios y le responde con la voz gozosa, creadora, de su canto. Pero, al mismo tiempo, esa palabra conduce hacia el silencio: pues no hay hombre que pueda hacer de ti mención .

Este silencio, cuajado de deseos de alabanza, es primigenio en la experiencia religiosa y constituye el centro de eso que se suele llamar la teología negativa: conocemos aquello que no es Dios; a Dios mismo le ignoramos. Por eso guardamos silencio en su presencia, a fin de mirar siempre en más hondura. El hombre de la praxis y a veces también el de la estética parece que le tiene pavor a los silencios: debe hablar, llenarlo todo con sus voces, ahuyentar de esa manera el espejismo de su miedo. Pues bien, en contra de eso, Francisco nos invita primero al silencio. Por eso, en gesto de increíble respeto, no se atreve ni siquiera a dar a Dios el nombre de Padre: le ofrece su alabanza-gloria-honor-bendición y queda silencioso ante sus manos de Altísimo-omnipotente-buen-Señor.

Estrofa 2: Hermano sol, hermana luna

Loado seas con toda creatura, mi Señor,
y en especial loado por mosén hermano sol,
el cual es día y por el cual nos iluminas;
él es bello y radiante, con gran esplendor,
y lleva la noticia de ti, que eres Altísimo.
Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas;
en el cielo las formaste luminosas, preciosas y bellas.

El silencio ante Dios se vuelve alabanza por las creaturas. De esa forma, la teología negativa se convierte en la más positiva y expresa de todas las teologías. Para alabar a Dios, en la línea del AT, pero sostenido ya por Cristo, el orante va nombrando y descubriendo cada una de las cosas que aparecen primero condensadas en su propia condición de creaturas: no son Dios, pero reflejan su misterio, como revelación pascual del Altísimo presente en todo el mundo.

En el principio de ese todo, formando la pareja primigenia y sustentante de este cosmos, visto en perspectiva humana, están hermano-sol y hermana-luna, con su séquito de estrellas. Son hermanos del orante, pertenecen a su misma condición de creatura. Este parentesco del hombre con el cosmos no es producto de especulación intelectual, no es signo de algún tipo de panteísmo físico. Es consecuencia de la misma creación, pues como dice Gn 1, Dios nos hizo a todos con su misma palabra y con su espíritu de vida. Esta es una fraternidad gloriosa que vincula nuestra vida a los poderes más altos del cosmos (sol, luna-estrellas). Pero es también fraternidad humilde que confirma nuestra condición de creaturas de Dios sobre la tierra.

El canto nos hace hermanos del sol que nos alumbra en su belleza. El sol es día y nosotros somos día: formamos parte de su luz, en gesto de belleza luminosa. Por eso, porque estamos en el día, recibimos por el sol noticia del Altísimo. En actitud de gozo conmovido, Francisco ha personificado al sol, llamándole “messor lo fratre sole”, que hemos traducido por “mosén hermano sol”. Es como hermano mayor, signo del Padre Dios, que, unido con la hermana madre tierra de la última estrofa cósmica del himno, constituye el espacio de totalidad (amor y bodas) en que Dios ha querido sustentarnos.

Al mismo tiempo somos hermanos de la luna que, simbólicamente, aparece en su rostro femenino, presidiendo el orden de la noche. Nuestra vida es también noche junto al día; es tiniebla y mutación frente al claror y permanencia de la luz. Con gran profundidad, Francisco nos enseña a mirar en la noche, descubriendo en ella un signo de la propia realidad humana: somos cambiantes como la luna, amenazados por la muerte que llevamos dentro; moramos en el centro de una oscuridad donde las cosas pierden sus contornos y se difuminan, de manera que sólo podemos caminar si mantenemos la vista en las estrellas. Leer más…

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“La belleza salvará al mundo”: Dostoyevski nos dice cómo, por Leonardo Boff, teólogo y escritor

Martes, 6 de mayo de 2014

baron113Leído en la página web de Redes Cristianas:

Aprendimos de los griegos, y luego pasó a través de todos los siglos, que todo ser por diferente que sea tiene tres características trascendentales (están siempre presentes poco importa la situación, el lugar y el tiempo): es unum, verum et bonum, es decir, goza de una unidad interna que lo mantiene en la existencia, es verdadero, porque se muestra así como es en realidad, y es bueno porque desempeña bien su papel junto los demás seres ayudándolos a existir y coexistir.

Los maestros franciscanos medievales, como Alexandre de Hales y especialmente San Buenaventura fueron los que, prolongando una tradición venida de Dionisio Aeropagita y de san Agustín, añadieron al ser otra característica transcendental: lo pulchrum, es decir, lo bello. Basados seguramente en la experiencia personal de san Francisco que era un poeta y un esteta de calidad excepcional, que “en lo bello de las criaturas veía lo Bellísimo,” enriquecieron nuestra comprensión del ser con la dimensión de la belleza. Todos los seres, incluso aquellos que nos parecen repugnantes, si los miramos con afecto, en los detalles y en el todo, presentan, cada cual a su modo una belleza singular, si no en la forma, en el modo en que todo viene articulado en ellos con un equilibrio y armonía sorprendentes.

Uno de los grandes apreciadores de la belleza fue Fiodor Dostoyevski. La belleza era tan central en su vida, nos cuenta Anselm Grün, monje benedictino y gran espiritualista, en su último libro Belleza: una nueva espiritualidad de la alegría de vivir (Vier Türme Verlag 2014) que el gran novelista ruso iba todos los años a contemplar la hermosa Madonna Sixtina de Rafael. Permanecía largo rato en contemplación delante de esa espléndida obra. Tal hecho es sorprendente, pues sus novelas penetraron en las zonas más oscuras e incluso perversas del alma humana, pero lo que en verdad lo movía era la búsqueda de la belleza. Nos legó esta famosa frase: “La belleza salvará al mundo”, escrita en su libro El idiota.

En la novela Los hermanos Karamazov profundiza la cuestión. Un ateo, Ippolit, pregunta al príncipe Mischkin: “¿cómo “salvaría la belleza al mundo?” El príncipe no dice nada pero va junto a un joven de 18 años que está agonizando. Y se queda allí lleno de compasión y amor hasta que muere. Con eso quiso decir que belleza es lo que nos lleva al amor compartido con el dolor; el mundo será salvado hoy y siempre mientras ese gesto exista. ¡Y que falta nos hace hoy!

Para Dostoyevski la contemplación de la Madonna de Rafael era su terapia personal, pues sin ella habría desesperado de los hombres y de sí mismo, ante tantos problemas como veía. En sus escritos describió a personas malas y destructivas y otras que se asomaban a los abismos de la desesperación. Pero su mirada, que rimaba amor con dolor compartido, conseguía ver belleza en el alma de los personajes más perversos. Para él, lo contrario de lo bello no era lo feo sino el utilitarismo, el espíritu de usar a los otros y así robarles la dignidad.

“Seguramente no podemos vivir sin pan, pero también es imposible existir sin belleza”, repetía. Belleza es más que estética; posee una dimensión ética y religiosa. Veía en Jesús un sembrador de belleza. “Él fue un ejemplo de belleza y la implantó en el alma de las personas para que a través de la belleza todos se hiciesen hermanos entre sí”. Dostoyevski no se refiere al amor al prójimo; al contrario: es la belleza la que suscita el amor y nos hacer ver en el otro un prójimo al que amar.

Nuestra cultura dominada por el marketing ve la belleza como una construcción del cuerpo y no de la totalidad de la persona. Entonces surgen métodos y más métodos de plásticas y botoxs para hacer a las personas más “bellas”. Por ser una belleza construida, no tiene alma. Y si lo miramos bien, estas bellezas fabricadas hacen emerger personas con una belleza fría y con un aura de artificialidad, incapaz de irradiar. Ahí irrumpe la vanidad, no el amor, pues belleza tiene que ver con amor y comunicación. Dostoyevski en Los hermanos Karamazov observa que un rostro es bello cuando se percibe que en él litigan Dios y el Diablo en torno del bien y del mal. Cuando percibe que ha vencido el bien irrumpe la belleza expresiva, suave, natural e irradiante. ¿Qué belleza es mayor, la del rostro frío de una top model o el rostro arrugado y lleno de irradiación de la Hermana Dulce de Salvador de Bahía o de la Madre Teresa de Calcuta? La belleza es irradiación del ser. En las dos hermanas la irradiación es manifiesta, en la top model no tiene fuerza.

El Papa Francisco ha dado especial importancia en la transmisión de la fe cristiana a la via pulchritudinis (la vía de la belleza). No basta que el mensaje sea bueno y justo. Tiene que ser bello, pues solo así llega al corazón de las personas y suscita el amor que atrae (Exhortación La alegría del Evangelio, n 167). La Iglesia no busca el proselitismo sino la atracción que viene de la belleza y del amor cuya característica es el esplendor.

La belleza es un valor en sí mismo. No es utilitarista. Es como la flor que florece por florecer, poco importa si la miran o no, como dice el místico Angelus Silesius. ¿Pero quién no se deja fascinar por una flor que sonríe gratuitamente al universo? Así debemos vivir la belleza en medio de un mundo de intereses, trueques y mercancías. Entonces ella hace realidad su origen sanscrito Bet-El-Za que quiere decir: “el lugar donde Dios brilla”. Brilla por todo y nos hace también brillar por lo bello.

Leonardo Boff escribió La fuerza de la ternura, Editorial Mar de Idéias, Rio 2011.

Traducción de MJ Gavito Milano

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“Cuidar de la Madre Tierra y amar a todos los seres”,por Leonardo Boff, teólogo y escritor.

Domingo, 6 de abril de 2014

aaplac_2Leído en la página web de Redes Cristianas:

El amor es la mayor fuerza que existe en el universo, en los seres vivos y en nosotros los humanos. Porque el amor es una fuerza de atracción, de unión y de transformación. Ya el antiguo mito griego lo formulaba con elegancia: «Eros, el dios del amor, se irguió para crear la Tierra. Antes, todo era silencio, vacío e inmóvil. Ahora todo es vida, alegría, movimiento». El amor es la expresión más alta de la vida que siempre irradia y pide cuidado, porque sin cuidado languidece, enferma y muere.

Humberto Maturana, chileno, uno de los mayores exponentes de la biología contemporánea, mostró en sus estudios sobre la autopoiesis, es decir, sobre la autoorganización de la materia de la cual resulta la vida, cómo el amor surge desde dentro del proceso evolutivo. En la naturaleza, afirma Maturana, se verifican dos tipos de conexiones (él las llama acoplamientos) de los seres con el medio y entre sí: una necesaria, ligada a la propia subsistencia, y otra espontánea, vinculada a relaciones gratuitas, por afinidades electivas y por puro placer, en el fluir del propio vivir.

Cuando esta última ocurre, incluso en estadios primitivos de la evolución hace miles de millones de años, surge ahí la primera manifestación del amor como fenómeno cósmico y biológico. En la medida en que el universo se inflaciona y se vuelve complejo, esa conexión espontánea y amorosa tiende a incrementarse. A nivel humano, gana fuerza y se vuelve el móvil principal de las acciones humanas.

El amor se orienta siempre por el otro. Significa una aventura abrahámica, la de dejar su propia realidad e ir al encuentro del diferente y establecer una relación de alianza, de amistad y de amor con él.

El límite más desastroso del paradigma occidental tiene que ver con el otro, pues lo ve antes como obstáculo que como oportunidad de encuentro. La estrategia ha sido y sigue siendo esta: incorporarlo o someterlo o eliminarlo como hizo con las culturas de África y de América Latina. Esto se aplica también a la naturaleza. La relación no es de mutua pertenencia y de inclusión sino de explotación y de sometimiento. Negando al otro, se pierde la oportunidad de alianza, de diálogo y de mutuo aprendizaje. En la cultura occidental ha triunfado el paradigma de la identidad, con exclusión de la diferencia. Esto ha generado arrogancia y mucha violencia.

El otro goza de un privilegio: permite surgir el ethos que ama. Fue vivido por el Jesús histórico y por el paleocristianismo antes de constituirse en institución con doctrinas y ritos. La ética cristiana estuvo más influenciada por los maestros griegos que por el sermón de la montaña y la práctica de Jesús. El paleocristianismo, por el contrario, da absoluta centralidad al amor al otro, que para Jesús es idéntico al amor a Dios. El amor es tan central que quien tiene amor lo tiene todo. Testimonia esta sagrada convicción de que Dios es amor (1 Jn 4,8), que el amor viene de Dios (1 Jn 4,7), y que el amor no morirá jamás (1Cor 13,8). Ese amor incondicional y universal incluye también al enemigo (Lc 6,35). El ethos que ama se expresa en la ley áurea, presente en todas las tradiciones de la humanidad: «ama al prójimo como a ti mismo»; «no hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti». El Papa Francisco está rescatando al Jesús histórico: para él es más importante el amor y la misericordia que la doctrina y la disciplina.

Para el cristianismo, Dios mismo se hizo otro por la encarnación. Sin pasar por el otro, sin el otro más otro, que es el hambriento, el pobre, el peregrino y el desnudo, no se puede encontrar a Dios ni alcanzar la plenitud de la vida (Mt 25,31-46). Esta salida de sí hacia el otro a fin de amarlo en sí mismo, amarlo sin retorno, de forma incondicional, funda el ethos más inclusivo posible, el más humanizador que se pueda imaginar. Ese amor es un solo movimiento, va al otro, a todas las cosas y a Dios.

En Occidente fue Francisco de Asís quien mejor expresó esta ética amorosa y cordial. Él unía las dos ecologías, la interior, integrando sus emociones y deseos, y la exterior, hermanándose con todos los seres. Comenta Eloi Leclerc, uno de los mejores pensadores franciscanos de nuestro tiempo, sobreviviente de los campos de exterminio nazi de Buchenwald:

«En vez de hacerse rígido y cerrarse en un soberbio aislamiento, Francisco se dejó despojar de todo, se hizo pequeño. Se situó con gran humildad en medio de las criaturas, próximo y hermano de las más humildes entre ellas. Confraternizó con la propia Tierra, como su humus original, con sus raíces oscuras. Y he aquí que “nuestra hermana y Madre-Tierra” abrió ante sus ojos maravillados el camino de una hermandad sin límites, sin fronteras. Una hermandad que abarcaba a toda la creación. El humilde Francisco se hizo hermano del Sol, de las estrellas, del viento, de las nubes, del agua, del fuego, de todo lo que vive, y hasta de la muerte».

Ese es el resultado de un amor esencial que abraza a todos los seres, vivos e inertes, con cariño, ternura y amor. El ethos que ama funda un nuevo sentido de vivir. Amar al otro, sea el ser humano, sea cada representante de la comunidad de vida, es darle razón de existir. No hay razón para existir. El existir es pura gratuidad. Amar al otro es querer que él exista porque el amor hace al otro importante. «Amar a una persona es decirle: tú no podrás morir jamás» (G.Marcel); “tú debes existir, tú no puedes irte».

Cuando alguien o alguna cosa se hacen importantes para el otro, nace un valor que moviliza todas las energías vitales. Por eso cuando alguien ama, rejuvenece y tiene la sensación de comenzar la vida de nuevo. El amor es fuente de suprema alegría.

Solamente ese ethos que ama está a la altura de los desafíos de la Madre Tierra devastada y amenazada en su futuro. Ese amor nos podrá salvar a todos, porque nos abraza y hace de los distantes, próximos y de los próximos, hermanos y hermanas.

Leonardo Boff es autor de El cuidado necesario, Vozes 2013.

Traducción de Mª José Gavito Milano

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