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En busca de la paz

Sábado, 14 de septiembre de 2019

9788415809548Pedro Zabala,
Logroño.

ECLESALIA, 02/09/19.- En la Colección Sinergia, editada por el Instituto Emmanuel Mounier, el profesor Federico Velázquez de Castro González ha publicado una obra pequeña de tamaño, mas enjundiosa de contenido. Su título: Persona y naturaleza.

En su Introducción, señala que vivimos una crisis con muchas facetas: ambiental, económica, de valores, alimentaria… Esto puede llevarnos a un colapso, si no reaccionamos ante las evidentes señales de alerta. Urge despertar, individual y colectivamente. Con tres ejes: Unidad, Espiritualidad y Compromiso.

Sigue diciendo que “la paz no es tanto un valor a conseguir, sino un fruto que procede del espíritu y de la comprensión de la realidad. En nuestra experiencia diaria observamos cómo la paz es inestable, cómo hay momentos en los que, a través de ella, nos sentimos unificados y otros en los que la perdemos, bien por agitación interior o por los estímulos externos”.

Sólo desde la serenidad, podemos conseguir paz, pues es fruto de la confianza. ¿Confianza en qué, en Quién? En que la vida -a pesar de sus sinsabores- tiene un sentido. Somos amados, por eso y para eso existimos. Enseña el profesor que  para la resolución de los problemas, el método de las tres “I”. puede servirnos de ayuda.

La primera “I” es la Impregnación: el examen de los problemas desde todos los ángulos. La siguiente es la Incubación, en ella parece que descansamos del agobio, durante ella el cerebro coloca cada pieza en su sitio. La tercera “I” es la Iluminación, el momento crucial en que nos aparece súbitamente la solución.

La meditación y la atención generan importantes cambios personales que nos sitúan en el camino hacia la paz. Pues, si no la hemos interiorizado, difícilmente podremos laborar por la paz en el mundo.

¿Cuándo somos instrumentos de la consecución de la paz?:

  • “Cada vez que ofrecemos sentido a la vida, transmitiendo valores y esperanza.
  • Cuando somos instrumentos de conversión.
  • Cada vez que intervinimos constructivamente en los conflictos de la vida.
  • Cuando no avasallamos, ni somos desconsiderados, respetamos y escuchamos.
  • Cuando sabemos absorber la violencia, frenándola, deteniéndola.
  • En el amor y en el perdón”.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Gabriel Mª Otalora: “Algo falla en las procesiones de Semana Santa”

Jueves, 18 de abril de 2019

Cristo-Legionarios_2112698737_13518162_660x371“Las procesiones se quedan en el hecho mismo del dolorismo de Jesús y de María”

“La Semana Santa no termina el Viernes Santo como puede parecer a la vista del contexto procesional”

“Todo está centrado en los días más trágicos y amargos de Jesús cuando nuestra fe lo que celebra es la Pasión y Resurrección de Cristo. Sin la segunda, no tienen sentido la primera”

Fui cofrade en mis tiempos mozos y soy una persona que disfruta de la imaginería religiosa, como arte que es y que evoca a la mejor inteligencia espiritual del ser humano, en unas fechas de honda significación cristiana. Las procesiones pueden tener varias connotaciones -religiosa, turística, cultural, las tres a la vez- pero es innegable el sustrato básico religioso. Ojalá que la impresión que dejan cada año en cientos de miles de personas, sea más evangélica que artística o cultural.

Dicho lo preliminar, traigo a la consideración de los lectores una reflexión que lleva tiempo rondando por mi cabeza. Se trata del contexto procesional, precisamente a la luz de la Buena Noticia que vive en el mensaje evangélico. Si observamos la dinámica que siguen todas las cofradías, sin excepción, recrean de alguna manera la pasión y muerte de nuestro Señor Jesús. Pero yo me pregunto ahora cuál es el sentido de la Semana Santa procesional que se remonta al judaísmo anterior a Cristo en Pascua, Pentecostés y las Fiestas de los Tabernáculos. Más recientemente, tuvo un motivo penitencial de los penitentes que desfilan para limpiar sus pecados y mostrar su arrepentimiento.

Lo importante de verdad es enmarcar las procesiones en el contexto de la Semana Santa evangélica. Por una parte, nuestra sociedad sigue reproduciendo, en grado y condiciones diversas, la misa trama que en tiempo de Jesús y que hoy lo llevaría de nuevo a ser crucificado. La muerte violenta de Jesús, su crucifixión, es una consecuencia de su modo de vivir y quienes le asesinaron -nunca se utiliza esta palabra, ¿por qué?- lo hicieron calumniosamente bajo una capa hipócrita de piedad y respeto a la ley de Dios.

Las procesiones no tocan para nada este tema y se quedan en el hecho mismo del dolorismo de Jesús y de María. Por otra parte, la Semana Santa no termina el Viernes Santo como puede parecer a la vista del contexto procesional. Existen algunas procesiones minoritarias en la madrugada del Sábado Santo y desde hace poco tiempo se procesiona en algunos lugares el domingo de Resurrección. Pero todo está centrado en los días más trágicos y amargos de Jesús cuando nuestra fe lo que celebra es la Pasión y Resurrección de Cristo. Sin la segunda, no tienen sentido la primera.

Una Semana Santa de cofradías y pasos penitenciales que no remarcan nuestro compromiso por la unidad, la justicia, la fraternidad, el amor, el cuidado por los más pobres. Y, como digo, tampoco le dan la importancia troncal debida a lo más importante de la Santa Semana: la victoria de Cristo sobre la muerte, del amor sobre la maldad, de lo bueno frente a lo malo. Una Semana Santa procesional debiera equilibrar y compensar la importancia de la Resurrección respecto al resto de días previos; aquella da luz a estos. El sufrimiento y el fracaso de la cruz, como un apestado, tiene pleno sentido a la luz del Resucitado. Pero quienes asisten a los desfiles procesionales, sacarán una imagen muy poco en consonancia con la Buena Notica ni con el compromiso personas que ella encierra.

Qué oportunidad desperdiciada ante los miles de turistas y cristianos de bien que asisten cada año a la representación de los pasos de la Pasión para enfocar estas manifestaciones hacia la reflexión completa del misterio de la Muerte y la Resurrección de Cristo, el llamado Triduo Pascual, que mantiene en las procesiones el sábado como un día de luto y se conmemora también la Soledad de María después de llevar a Cristo al sepulcro, cuando la noche de Pascua de Resurrección –o el Domingo de Gloria- debiera ser la manifestación más importante del año cristiano. Sin embargo, en la Iglesia Ortodoxa, por ejemplo, se trata del Gran Sábado, conmemorando el descanso de Cristo.

Tanto esfuerzo y movilización para quedarnos con lo esencial en el tintero. Ciertamente que algo falta, algo esencial que desfigura el verdadero sentido de nuestra fe, esperanza y amor en un acontecimiento de masas que mostrará, otro año más, a la Semana Santa desenfocada en lo esencial.

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“Tiempo de esperanza y compromiso”, por Gabriel Mª Otalora

Martes, 18 de diciembre de 2018

gre201613597-e1544262494779Gabriel Mª Otalora
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 14/12/18.- El término “Adviento” viene del latín adventus, que significa venida, un tiempo de preparación espiritual y celebración del nacimiento del Niño Dios. Su duración incluye a los cuatro domingos más próximos a la liturgia de la Navidad (la Natividad), aunque en el caso de la iglesia Ortodoxa llega hasta los 40 días. Curiosamente, lo que debería ser un tiempo para los cristianos de hacer sitio a la Palabra, es la época del año en la que respondemos mejor al bombardeo por tierra, mar y aire de la publicidad para gastar y comprarlo todo.

Esta grave inconsecuencia adquiere unos tintes muy poco festivos cuando reflexionamos el Adviento al calor del mandamiento de amar a Dios sobre todo, y al prójimo como a nosotros mismos. Dicho de otra manera, el Aviento litúrgico está inseparablemente unido al adviento de los millones de refugiados que vienen a nosotros, y sus hermanos en el Señor, es decir nosotros, no les recibimos. Mansamente nos vamos olvidando del drama que tenemos ahí, en la puerta de una Europa oficial que ha echado sus valores solidarios por la borda.

Mientras no toca de cerca, no reaccionamos. Lo plasma muy bien el poema del P. Martin Niemöller con el que denunciaba la cobardía de los intelectuales alemanes ante los nazis:

“Cuando vinieron a buscar a los comunistas, yo no dije nada porque no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera alzar la voz para protestar”.

Atrás quedó la proclama ética “Indignaos” de Stéphane Hessel ante la indolencia generalizada de una Unión Europea cada vez más autocomplaciente dando la espalda al adviento de quienes huyen de la guerra y el hambre a base de hurtarles el derecho internacional de refugiado de guerra.

El Adviento tradicional llega viciado por el absurdo materialismo consumista e indiferente a la realidad de los que huyen de esta guerra. (Etimológicamente, absurdo viene de “sordo de oído”). El contrapunto a las conciencias adormecidas son los movimientos solidarios, cristianos o no, comprometidos con el otro adviento de los refugiados actuales y de los que siguen llegando por el Mediterráneo cuestionando nuestras actitudes. De momento, no parece que las proclamas del Papa Francisco y de las ong´s hacen mella en los dirigentes europeos. Aun así, yo mantengo la esperanza porque muchos, en silencio, trabajan por un mundo mejor.

Es tiempo de esperanza pero también de compromiso. No podemos ningunear el Adviento pasando sin pena ni gloria por encima de estas cuatro semanas y plantarnos ante las llamadas fiestas navideñas cada vez más centradas en el gran al dios Mamón y acudiendo a las celebraciones litúrgicas como guindas del sinsentido y de la contradicción de fe. Los católicos del Primer Mundo participamos de la actitud consumista sin que se nos pueda reconocer muchas veces como tales cristianos al comportarnos como los que no lo son.

Si la Navidad ha perdido su significado es porque nos hemos quedado en la celebración en lugar de centrarnos en la experiencia. Teresa de Calcuta lo expresó muy bien: Es Navidad cada vez que doy el amor de Dios a través de mí. Sí, es Navidad cada vez que sonrío a mi hermano y le ofrezco mi mano. Sobre todo esto tenemos que reflexionar y orar en las semanas que tenemos por delante.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“No-dualidad, meditación y compromiso (I)”, por Enrique Martínez Lozano.

Miércoles, 21 de noviembre de 2018

biblia-jovenI. Meditación y compromiso

Deseo abordar brevemente algunas cuestiones que me parecen básicas, de cara a seguir creciendo en comprensión para vivir cada vez más lo que somos.

Me ha surgido el movimiento interior a hacerlo cuando he leído una crítica sobre el modo en que hablo de la no-dualidad.

No busco polemizar, tampoco discutir afirmaciones que malinterpretan radicalmente lo que digo, ni siquiera detenerme en las descalificaciones, algunas de ellas graves (se me acusa de “miopía”, “enfermedad zen o quietismo”, “narcisismo espiritual”, “errónea comprensión de la nodualidad”; incluso de negar la transcendencia (¡!), cuando todo lo que expreso se basa en la certeza de que toda forma está transida por el Misterio que, siendo la dimensión profunda de lo real, nos transciende…), sino solo ofrecer algún elemento para clarificar aquellas cuestiones a las que me refería. (Con todo, no dejo de preguntarme por qué resulta tan difícil ofrecer el propio planteamiento sin descalificar a quien propone otro diferente. Me entristece la superficialidad con que se deforma y desfigura el planteamiento ajeno, ignorando matices decisivos y, finalmente, no deja de sorprenderme la prontitud con la que alguien se arroga el derecho a otorgar credenciales de “no-dualidad” o de “pseudonodualidad” a tenor de su propio mapa mental).

1. Meditación. La meditación no es un medio para alcanzar la iluminación. En realidad, hablando con rigor, “meditación” es un estado de consciencia caracterizado por la no-dualidad. Y la práctica meditativa no es un fin en sí misma, tampoco un medio para iluminarse, ni mucho menos para alcanzar un bienestar sensible o alguna paz cómoda en un refugio hecho a medida. No. La práctica meditativa es un entrenamiento para vivir lo que somos, en todas las dimensiones de nuestra existencia. Pero lo realmente importante no es la práctica, sino la vida. Como le gusta decir al monje vietnamita Thich Nhat Hanh, “no practicamos por el futuro, ni para renacer en un paraíso, sino para ser paz, para ser compasión, para ser gozo en este instante”.

2. Compromiso.“La justicia y la compasión–se afirma en esa crítica– no son valores relativizables”. Totalmente de acuerdo. Pero, a no ser que caigamos en la arrogancia de identificar la justicia y la compasión con nuestro modoparticular de entenderlas, habremos de admitir que nuestras ideas acerca del compromiso son inexorablemente relativas. De lo contrario, nos veríamos abocados a un absolutismo –ahora en nombre de algo tan sagrado como el “compromiso”, la justicia o la compasión– siempre indigesto y al final peligroso. Es necesario relativizar el modo como lo entendemos y el “lugar” desde donde lo vivimos. Porque el compromiso –nuestro modo de plantearlo– también puede ser profundamente tramposo. Lo es cuando, consciente o inconscientemente, nace del ego y lo alimenta. En ese caso no hará sino perpetuar la ignorancia y aumentar la locura del mundo. El compromiso genuino nace de la comprensión y se vive en la desapropiación. Por eso, el simple hecho de pensar que “yo tengo razón” o de arrogarme el poder de dictaminar qué es y qué no es compromiso, tendría que hacerme ver dónde estoy y desde dónde hablo.

Aparte de constituir un rasgo claro de narcisismo, la necesidad de “tener razón”, aunque se disfrace de “preocupación por la defensa de la verdad o del bien”, como suele hacer el poder religioso, oculta un doloroso sentimiento de inseguridad afectiva.

Por lo demás, el compromiso que tiene al “yo” como sujeto puede caer en equívocos peligrosos. Porque, como decía no sin humor Antonio Blay, “líbrete Dios de mi idea de bien para ti”.

II. Compromiso y desapropiación

El compromiso fluye del amor desapropiado. Y este solo es posible en la comprensión experiencial de que somos uno.

Tal como los sabios nos han enseñado –recuerda Marià Corbí–, “la ley suprema del amor es el olvido del ego”[1]. Si no quiere caer en mistificaciones –trampas diversas y sutiles con las que el ego busca, de manera consciente o inconsciente, autoafirmarse–, el compromiso reclama la meditación para comprender que no somos el yo que nuestra mente piensa. Porque mientras perviva la creencia en el yo no será posible la desapropiación, ni el amor ni el compromiso gratuito. Como sigue desarrollando el propio Corbí en la obra citada, el compromiso no nace del yo, sino que “pasa” a través de él, porque está brotando del Amor que somos.

Al final, todo se ventila en la comprensión: desde el estado mental todo parece nacer del yo; por el contrario, en el estado de presencia se descubre que todo surge de la misma Presencia que somos y que el yo –que era considerado como la instancia central en el estado anterior– es únicamente un pensamiento o, dicho con más rigor, el resultado que se obtiene cuando la mente se apropia de la consciencia.

La sabiduría ha insistido siempre en la desapropiación o gratuidad como el signo de identidad del auténtico compromiso, como modo de prevenir la apropiación egoica con todas las trampas y engaños en los que introduce.

Vuelvo a recoger lo que escribía en una entrega anterior, hace apenas unas semanas: Tanto el taoísmo (“Nadie hace nada y, sin embargo, nada queda sin hacer”; “es el Tao quien actúa en los diez mil seres”) como el budismo zen (“En todo lo que hagas, no hagas nada”) lo han expresado de manera contundente. Se está diciendo ahí que si eres “tú” el que (cree que) lo hace, la acción nacerá contaminada por la apropiación y, lo que es más grave, por la ignorancia que sostiene la creencia errónea de que hay un “yo” hacedor.

Y es aquella misma sabiduría la que trasluce en las palabras de Jesús de Nazaret: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”. Palabras que no inducen a ningún tipo de falsa humildad –que suele esconder un orgullo soterrado–, sino que invitan a la comprensión de que “tú” no haces nada, que no hay “nadie” que haga nada; todo, sencillamente, se hace y, cuando no caemos en la trampa primera de identificarnos con el ego, fluye a través de nosotros.

Pero la mente no puede captar la verdad de la paradoja, puesto que la ve como mera contradicción. Es en el silencio de la mente –en el estado de presencia que nos regala la meditación o contemplación–, en el que germina la comprensión, donde se ve que la paradoja era solo una “contradicción aparente” y que aquellos que parecían polos opuestos son en realidad complementarios. Con lo cual, somos remitidos a una cuestión decisiva: ¿qué experiencia tengo de Silencio mental? Otra paradoja: silencio y palabra van unidos; el silencio sin palabras (sin mente) deriva fácilmente en mutismo inane, pero la palabra (mente) sin Silencio se reduce a mero blablablá.

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal

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Intercesión es compromiso.

Miércoles, 5 de septiembre de 2018

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Practicamos con una gran frecuencia la intercesión; oramos por nuestros padres, por aquellos que nos aman. Sin embargo, nuestra intercesión se limita, con excesiva frecuencia, a una llamada dirigida a Dios, aunque se trate de una llamada afligida y sincera: «¡Mira, Señor!», «¡Señor, ten piedad!», «¡Señor, ayúdanos! ¡Ven en ayuda de los que están necesitados!» […]. Lo que hacemos es una especie de recordatorio, dirigido a Dios, de lo que sigue siendo imperfecto en este mundo. Pero ¿cuántas veces estamos dispuestos a hablar como hace Isaías cuando oye preguntar a Dios: «¿A quién enviaré?» (Is 6,8)? ¿Cuántas veces estamos dispuestos a levantarnos y a decir: «Aquí estoy, Señor, envíame»? Sólo de este modo puede convertirse nuestra intercesión en lo que es por naturaleza.

Interceder no quiere decir hablar al Señor en favor de aquellos que se encuentran en necesidad; significa dar un paso, un paso que nos lleva al corazón mismo de una situación, que nos leva allí de una manera definitiva y hace que no podamos echarnos atrás de ninguna manera, porque ahora nos hemos entregado y pertenecemos a esta situación. En una situación de máxima tensión, el corazón es el punto donde el choque se vuelve más violento y el tormento más cruel: ahí es donde se sitúa el acto de intercesión. Todo compromiso que se vuelve intercesión implica una solidaridad de la que ya no queremos prescindir.

Esta solidaridad la encontramos en Dios: él se compromete en el mismo instante en que nos llama con su Palabra a la existencia, sabiendo que le abandonaremos, que le perderemos y que será él quien deba encontrarnos de nuevo no allí donde él está, sino allí donde nos encontremos nosotros, con todo lo que eso implica.

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de una conferencia del metropolita A. Bloom,
citado en E. Bianchi [ed.], Letture per ogni giorno, Leumann 1980, pp. 412ss.

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Compromiso

Viernes, 13 de julio de 2018

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“Me doy cuenta que, ahora más que nunca, la dedicación a Dios en la vida religiosa no puede ser un pretexto para intentar la evasión, sino que, por el contrario, ella compromete al hombre mucho más irrevocablemente a tomar una posición y a dar un testimonio en el mundo de su tiempo. Y me parece que estoy obligado, por las circunstancias de mi vida y mis antecedentes, a hacer algo para curar la prodigiosa e imperdonable brecha que ha surgido entre la Iglesia y el mundo intelectual de nuestro tiempo”

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Thomas Merton.
Carta a Victoria Ocampo, 21 de julio de 1958.

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Iglesia verdadera

Martes, 10 de julio de 2018

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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Al escribir acerca de la santidad en uno de sus libros, y tratar la dimensión comunitaria del compromiso cristiano, Thomas Merton hace una distinción importante e iluminadora: cuando hablamos de Iglesia, una cosa es el “andamiaje” y otra “el verdadero edificio”. Dice:

“Demasiado a menudo, las personas que se toman en serio la vida espiritual malgastan sus esfuerzos en el andamiaje, haciéndolo cada vez más sólido, permanente y seguro, sin prestar atención al edificio en sí”.

Esto tiene que ver con el temor y la búsqueda de seguridad, una especie de miedo inconsciente, dice, a las verdaderas responsabilidades humanas. A esto, opone lo contrario:

“El verdadero edificio de la Iglesia es la unión de corazones en amor, sacrificio y trascendencia personal. Y la solidez de este edificio depende de hasta qué punto toma el Espíritu Santo posesión del corazón de cada persona, no de la medida en que nuestra conducta exterior es organizada y disciplinada por el sistema oportuno”.

Esta comparación que hace Thomas Merton entre “andamiaje” y “edificio verdadero” vale para expresar un aspecto importante de la santidad cristiana. La verdadera santidad es aquella que apunta al edificio verdadero, mientras que hay otros elementos “santos” y una “santidad” que busca más sostener el andamiaje, es decir lo estructural, lo secundario. Hay modelos de santidad que buscan canonizar la estructura eclesial más que la Iglesia misma. No es el caso de Merton.

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Una vez respondí que sí…

Lunes, 18 de junio de 2018

… Y eso tiene consecuencias.

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Padre Carlos Múgica, asesinado por su defensa de la Justicia

No sé quién – o qué cosa- planteó la pregunta. No sé cuándo fue planteada. No recuerdo qué respondí. Pero una vez respondí que sí a alguien o a algo. A ese momento se remonta en mí la certeza de que la vida tiene un sentido y de que, por consiguiente, la mía, en sumisión, tiene un fin. Desde ese momento supe qué es «no volverse atrás», «no preocuparse por el mañana».

Guiado en el laberinto de la vida por el hilo de Ariadna de la respuesta, hubo un tiempo y un lugar en el que supe que la vida lleva a un triunfo que es ruina y a una ruina que es triunfo, supe que el precio de apostar la vida es el vituperio y que la posible elevación del hombre es el colmo de la humillación. Más tarde, la palabra coraje perdió su sentido para mí, puesto que no podían quitarme nada.

Más adelantado en el camino, aprendí paso a paso, palabra a palabra, que detrás de cada dicho del Héroe de los evangelios hay un ser humano y la experiencia de un hombre. Incluso detrás de la oración en la que pidió que se apartara de él aquel cáliz y detrás de la promesa de vaciarlo. Incluso detrás de cada palabra que dijo en la cruz.

*

Dag Hammarskjöld,
Marcas en el camino, 
Editorial Seix Barral, Barcelona 1965.

Portrait of Mr. Dag Hammarskjöld, Secretary-General of the United Nations.

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“El abad, el obispo y la que vive con los pobres”, por Mari Paz López Santos.

Viernes, 16 de marzo de 2018

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Madrid

ECLESALIA, 23/02/18.- Ando en reflexión sobre las personas con las que me he ido encontrando a lo largo de mi vida. La mayoría se esfuman dejando algún recuerdo, unas veces es bueno y otras mejor olvidarlo, pero no forman parte de mi vida actual. Otras son mis amigos, con los que he transitado ya varias etapas del camino.

Pero mi reflexión viene por los tres reencuentros que tuve la suerte de disfrutar la pasada semana. ¡Tres en cinco días… una suerte y tres bendiciones!

El primer encuentro fue con el abad. Mi interés por la vida monástica y los mensajes que descubro para ser digeridos en la vida del mundo, hacen que esté expectante y abierta a la escucha del monje que vive dentro del monasterio. Sin darse cuenta, en la conversación, me deja regalos de sabiduría que me llevo puestos para salir al mundo. Luego los desenvuelvo y me ayudan a mirar la vida con una sana distancia aunque esté metida en el remolino del día a día, con toda su complejidad.

El segundo encuentro fue con el obispo que estaba de paso. Vino desde corazón de África y con África en su corazón. Ahora es obispo, pero es misionero casi desde que vino al mundo, sólo hay que restar el tiempo mínimo que necesito para darse cuenta de la misión que Dios le tenía preparada y que es su vocación. Delante de un café fuimos compartiendo palabras, recuerdos, experiencia de África, del país y las gentes africanas que tanto ama y que tantísimo sufren por la violencia y la injusticia; de las maravillas de amor y solidaridad que suceden en esa marabunta. Le pregunto cómo ve este mundo supuestamente rico, le cuento mis enfados con tantas situaciones que están dejando mucha gente en las cunetas. Nos despedimos y, aunque estaremos en contacto con los medios tecnológicos a nuestro alcance, nada es igual que el reencuentro en persona, con animada conversación y un café en una tarde muy fría de invierno. Vuelvo en el coche con más regalos de sabiduría para ir abriendo desde dentro y viendo como compartir hacia fuera.

Por último, el tercer encuentro fue con la que vive con los pobres. A ella la tengo muy cerca hablando en kilómetros, vivimos en la misma ciudad; pero su vida al cuidado de los que no tienen hogar, es complicada para poder estar un rato de sosegada charla. Sucedió la pasada semana después de varios meses. ¿Qué contar?… no conozco a nadie que disfrute tanto de las cosas pequeñas, las más mínimas: una palabra, una foto, contarle un proyecto, una experiencia de viaje, llevarle un escrito… todo es recibido como único, como novedad, haciéndose partícipe de la alegría, la preocupación o lo que traiga para compartir alrededor de su mesa. Le pregunto por los acogidos, por quienes ya no están, por las dificultades de la casa… la vida. Vida de los que no se ven y que es también su vida. Me despide con un abrazo de dos vueltas. Poniendo en marcha el coche me di cuenta de que he recibido más regalos de sabiduría que me ayudarán a no olvidar a los olvidados.

Estas tres personas, a las que quiero, respeto y me ayudan con el testimonio de sus vidas y vocaciones, tienen en común, además del amor a Dios y a los hermanos, que les mantiene vivos y comprometidos en sus respectivas vocaciones, el hecho de vivir en las fronteras. Fronteras diferentes fronteras, pero fronteras.

La vida monástica es una frontera que en estos tiempos parece que atrae a mucha gente necesitada de paz y sosiego, que anda en búsqueda, que quiere encontrar sentido a su propia vida, y en el monasterio encuentra cosas que están echadas a perder en el mundo, como el silencio, la soledad y tantas otras. La vida monástica tiene algo de frontera exótica que atrae, una rara avis que se contempla como una excepción y, dando media vuelta, nos alejamos pensando que los que la viven son raros.

La vida misionera es una frontera con socavón y trincheras donde algunos viven su vocación al lado de hermanos que son los olvidados de la Tierra; dando visibilidad a los que se invisibiliza, palabra a quienes no pueden hablar y amor a quienes continuamente son diana de la violencia. Escuchamos sus testimonios cuando vienen o aparecen en los medios de comunicación y, es verdad que generan admiración, pero para muchos están considerados como locos.

La vida de pobreza con los pobres, los “sin techo”, los que ya no pueden vivir solos ni siquiera en la calle, es la frontera con los vecinos, la tenemos ahí mismo en las grandes ciudades. No hay que viajar, están a nuestro lado. Pero son invisibles. Quienes viven con ellos como opción de vida, se les mira de reojo, con mirada incrédula.

Me siento muy afortunada por poder estar cerca del abad, del obispo y de la que vive con los pobres porque sus testimonios son de primera mano. No me cuentan estadísticas, me comparten la esencia de sus vidas y vocaciones, con pocas palabras; pero, si estoy atenta, descubro que quien vive desde su centro, desde lo hondo de su ser, la vocación a que han sido llamados, se destila por sus poros, sus sonrisas, su escucha y sus abrazos.

¡Ah… no quiero dejar de decir que ellos siempre quieren saber de mi vida, de los míos, de mis proyectos! Y les cuento, por supuesto, porque sé que vamos todos juntos y hemos de caminar unidos.

Doy gracias por los tres y por todos los que llevan en sus corazones.

Mari Paz López Santos

20 febrero 2018

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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La señal de la cruz.

Viernes, 23 de febrero de 2018

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En cualquier templo hay multitud de cruces. Los palos de la cruz: muchas en altares, viacrucis con solo los palos de la cruz. Y escasas, muy escasas, imágenes que representen de alguna forma al Resucitado. Me gusta más la cruz con Jesús que solo ella. Lo importante es el amor con que Jesús vivió y murió.

No entiendo lo de llevar sobre el pecho una cruz de oro. Me parece una tergiversación de esa entrega de Jesús. Una cruz ¿pudo ser en algún momento de oro? ¿No era el mayor suplicio para los romanos? Me gustan esas cruces de madera. Me dicen mucho más.

Yo aprendí que la cruz es la señal de los cristianos. Pero leyendo el evangelio escucho a Jesús: “en esto se notará que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros”. La señal de los seguidores de Jesús es el Amor. Por eso, la cruz puede recordarnos hasta dónde llegó el amor de Jesús.

Y siento también que la muerte de Jesús está unida totalmente a su glorificación. ¿Por qué hay tantas imágenes del Crucificado? ¿Por qué en un templo hay tantas cruces y rara vez una imagen del resucitado o que nos traiga la experiencia de Jesús Glorificado?

Percibo que nuestra espiritualidad está más basada en la cruz que en la resurrección. Por eso, el valor del sacrificio y la misma palabra sacrificio que constantemente decimos en la celebración de la Eucaristía.

Es un dato muy positivo que en la comunidad cristiana ha ganado muchísimo la Celebración de la Resurrección de Jesús en la Vigilia pascual. Pero en la espiritualidad y en la vida diaria, me parece que insistimos mucho más en la cruz y en el aspecto sacrificial.

Ha sido costumbre conceder a una persona la cruz de plata o de oro (San Raimundo….) por la trayectoria de su vida. Entiendo el sentido que se quiere dar, pero la cruz para mí no es cumplir el trabajo, ser serviciales con los demás sino complicar mi vida por hacer del mundo un Reino de Dios. La cruz de una enfermedad, de llevar la familia… la veo más como una estupenda misión realizada. Pero más aún, veo en la cruz de Jesús una alternativa por un mundo nuevo, un compromiso voluntario hacia los demás y una consecuencia por esa entrega.

La cruz la llevó Jesús en los hombros. Por eso, me interroga cuando la ponemos en el pecho…

Muchas personas están hoy cargando con la cruz luchando por una sanidad digna, por una justicia universal, por alimentación para todos, por una vida digna para tantos hombres y mujeres… Y por ello reciben la cruz a veces físicamente, otras veces, moralmente. Gracias a su compromiso y su cruz, se va haciendo un mundo más justo, más de hijos de Dios.

Creo que la cruz, además, tiene un sentido político. Jesús murió crucificado por haberse enfrentado al poder político, y religioso de su tiempo.

Siempre la cruz expresa entrega total y rechazo personal. Con palabras de Charles de Foucauld: “Jesús eligió el último lugar y desde entonces nadie se lo podrá quitar”. ¿Nos apuntamos a su cruz?

Gerardo Villar

Fotografía: Cristo de Nestor Basterretxea en la cripta del Santuario guipuzcoano de Arantzazu

Fuente Fe Adulta

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Frei Betto: “Si ya no alberga sueños de un futuro mejor ni se inyecta utopía en vena, le robaron la esperanza”

Lunes, 18 de septiembre de 2017

camino-de-las-estrellas“Sé que no participaré de la cosecha, pero me empeño en morir semilla”

“Sé que el futuro será lo que hagamos en el presente. No espero milagros”

(Frei Betto op, teólogo).- Si ya no avista perspectivas de futuro, desprecia a los políticos y la política, se retira a su esfera privada, es señal de que le robaron la esperanza. Si ya no soporta el noticiero, cree que la especie humana fue un proyecto fallido y que todas las liberaciones terminan en opresiones, sepa que le robaron la esperanza.

Si destila odio en las redes digitales, desconfía de todos los que pronuncian discursos sobre la ética y la preservación del medio ambiente y solo confía en su cuenta bancaria, no le quepa duda, le robaron la esperanza.

Si ya no alberga sueños de un futuro mejor, no se inyecta utopía en vena y no asume su protagonismo como ciudadano, sino que prefiere aislarse en su redoma de cristal, es señal de que le robaron la esperanza.

Los amigos de Job utilizaron todos los argumentos para que abandonara la esperanza. ¿Cómo se obstinaba en mantenerla si había perdido tierras, riquezas y familia? Job no introyectó la culpa, no arrojó sobre hombros ajenos los males que lo afligían, no abominó de los reveses que le ocurrían.

Reza el poema de Franz Wright, inspirado en la plegaria de la poeta persa Rabi’a al-Adawiyya:

“Dios, si proclamo mi amor por ti por miedo al infierno, incinérame en él;
si proclamo mi amor porque ansío el paraíso, ciérramelo ante la cara.
Pero si hablo contigo porque existes, deja
de ocultar de mí tu
infinita belleza.”

Fue en esa gratuidad de la fe, la esperanza y el amor que Job se sintió recompensado al contemplar la infinita belleza: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven(42, 5).

Como escribió Spinoza en su Tratado teológico-político, “un pueblo libre se guía por la esperanza más que por el miedo; el que está oprimido se guía más por el miedo que por la esperanza. El uno ansía cultivar su vida. El otro, soportar al opresor. Al primero le llamo libre. Al segundo le llamo siervo.

Usted, como yo, es víctima de promesas que se trasformaron en espejismos y desembocaron en frustraciones. Ni aun así admito que me roben la esperanza.

¿El secreto? Sencillo. No me aferro al aquí y ahora. Miro las contradicciones del pasado, marcado por retrocesos y avances. ¿Cuántas batallas perdidas no terminaron en guerras victoriosas? ¿Y cuántos emperadores, señores de la vida y de la muerte, desde los césares hasta Atila el huno, desde Napoleón hasta Hitler, no acabaron deshonrados por la historia?

Encaro el futuro a largo plazo. Sé que no participaré de la cosecha, pero me empeño en morir semilla.

No creo en discursos ni ato mi esperanza al paracaídas de algún ser superior que promete salvación a corto plazo. Exijo programas y proyectos, y juzgo a sus portadores según criterios rígidos. Trato de conocer su vida pasada, su compromiso con los movimientos sociales, su ética y sus valores.

Sé que el futuro será lo que hagamos en el presente. No espero milagros. Me arremango la camisa, convencido de que “quien sabe hace ahora, no espera lo que acontezca“.

La esperanza es una virtud teologal. La fe cree; el amor acoge; la esperanza construye. Así como se hace camino al andar, la esperanza se teje como el alba en el poema de João Cabral de Melo Neto:

“Un solo gallo no teje la mañana;
siempre necesitará de otros gallos.
De uno que tome su canto
y lo lance a otro; de otro gallo
que tome el canto que antes lanzó otro gallo
y lo lancé a otro; y de otros gallos
que con muchos otros gallos se cruzan
los rayos de sol de sus cantos de gallo
para que la mañana, desde una tela tenue,
se vaya tejiendo entre todos los gallos.”

Me gusta el verbo esperanzar: desenrollar el hilo de Ariadna que nos conduce a todos hacia afuera del laberinto. Es un esfuerzo colectivo, una acción comunitaria, un trabajo común que nos hermana en la certeza de que de dentro de la piedra mana el hilo de agua que forma el arroyo, hace el riachuelo, se convierte en río y rasga la tierra, riega los campos, alimenta a los pobladores de las riberas, hasta sumarse al lecho del océano.

Como dice Mário Quintana en “Das utopias”:

“Si las cosas son inalcanzables… ¡caramba!
No es motivo para no quererlas…
¡Qué tristes los caminos, si no fuera
Por la mágica presencia de las estrellas!”

Fuente Religión Digital

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“El ego se apropia también del compromiso (IV)”, por Enrique Martínez Lozano.

Miércoles, 31 de mayo de 2017

narcisismo1Decía en la primera entrega de este comentario que me produce tristeza percibir que, incluso hablando de espiritualidad y de compromiso, se caiga en la descalificación del otro y en el dualismo que fragmenta lo real. Frente a lo que considero trampas engañosas que nacen del ego, me parece importante abandonar cualquier mentalidad de “tribu”, superar el dualismo mental y avanzar hacia una integración consciente.

La descalificación es un mecanismo característico del ego. Resulta significativo el hecho de que cada grupo tenga la convicción de que cree en la “verdad” –con la que se ha identificado la creencia en la que se ha crecido–, mientras que son únicamente todos los demás los que creen en “supersticiones”. Frente a esta postura, nos hace bien reconocer que la persona que confiesa otra religión piensa exactamente lo contrario: para ella, las creencias fantasiosas o supersticiosas son las nuestras.

Por su parte, el dualismo es igualmente una construcción mental que, mientras la creemos, nos mantiene alejados de la realidad. El ego es simplista porque su perspectiva es sumamente reducida. Al tomar distancia de él, empezamos a abrirnos al amplio e inclusivo horizonte de la verdad.

Tal como lo veo, la integración –de polos opuestos, pero complementarios; de visiones del mundo diferentes a la del propio “catecismo” – no será posible hasta que no avancemos en la respuesta adecuada y experiencial a la pregunta ¿quién soy yo?; respuesta que, según el oráculo de Delfos, nos permite acceder a la comprensión de toda la realidad: “Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás al Universo y a los dioses”. Por mi parte, no conozco pregunta más urgente ni desinstaladora que aquella; en realidad, el narcisismo no es otra cosa que la vivencia que resulta del hecho de habernos quedado instalados en una respuesta equivocada a esa primera cuestión.

La respuesta adecuada me hace ver que no soy el “yo” que mi mente pensaba. Según el autor del escrito que comento, “lo que mejor las caracteriza [a las que denomina “corrientes pseudomísticas”] es el lugar de honor exclusivo que reservan al individuo, al yo, que se erige en el único dios que, según sus criterios, merece entrega absoluta”. No niego que eso pueda darse, e incluso que sea un “paso” por el que transite la persona que va en busca de la verdad. Sin embargo, la genuina espiritualidad no anhela ningún “lugar de honor” para el yo, porque ha descubierto su inexistencia. Y desde la comprensión de su verdadera identidad, la persona espiritual no busca sino quitarse de en medio, “destronarse” a sí misma, para que la Vida se exprese a través de ella.

A partir de ahí, uno ya no “elige” qué hacer, sino que se vive como cauce o canal de la Vida que fluye. Es la Vida la que “toma las decisiones” y a uno no le queda otra cosa que alinearse con ella, en la vivencia de la unidad con todo lo real. Con lo cual, venimos a descubrir que, también en el terreno del compromiso, la pregunta decisiva no es ¿qué hago?, sino ¿desde dónde lo hago?

Si es desde el ego (o estado mental), habrá resistencia, apropiación, comparación, descalificación e incluso arrogancia. Cuando nace de la comprensión (o estado de presencia), hay aceptación, desapropiación, gratuidad y espíritu inclusivo.

El título de este trabajo me parece que no tiene excepciones: El ego se apropia también del compromiso. ¿Existe algún medio para evitar que sea así? Solo uno: comprender que el compromiso genuino no puede nacer nunca del ego y vivir en desapropiación.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“El ego se apropia también del compromiso (III)”, por Enrique Martínez Lozano.

Jueves, 18 de mayo de 2017

narcisismo1Quise hacer el relato que compartía la semana anterior para alertar del riesgo que supone dejarse engañar por hermosas palabras. Detrás de ellas suele haber verdades no dichas ni reconocidas, necesidades psicológicas inconscientes que boicotearán todo camino de crecimiento y de entrega. Con lo cual, vuelvo al punto de origen: ¿qué es –y a quién puede beneficiar– un compromiso que no nace de la consciencia clara de quienes somos? No se niega la “buena voluntad” ni la “entrega” de quien lo vive, pero ¿a qué conduce? Fuera de la consciencia, no es extraño que todos los esfuerzos por mejorar el mundo no consigan sino estropearlo más. “Hasta que no trasciendas el ego –escribe John R. Price–, no podrás sino contribuir a la locura del mundo”.

El compromiso no es el criterio definitivo, por cuanto esa palabra –como cualquier otra- puede encerrar contenidos muy dispares. Tampoco la espiritualidad se libra de ese mismo carácter ambiguo. Solo una comprensión profunda e integradora capacitará y favorecerá un modo de vivir marcado por la unidad y la compasión. No en vano, el que nos dejó la sublime parábola del “juicio final” no fue un moralista –que pusiera la “obligación” del “compromiso” por encima de cualquier otra cosa-, sino un hombre sabio –genuinamente espiritual– que sabía que “el Padre y yo somos uno” y que era igualmente uno con todos los seres, razón por la cual, “lo que hicisteis a cada uno de estos, me lo hicisteis a mí”.  En efecto, cuando sé, de manera experiencial, que el otro es no-separado de mí, he encontrado la clave para vivir el compromiso.

Cuando no es así, suele ocurrir que el compromiso se convierte en otro “objeto” más que el ego se apropia, con el que se alimenta y fortalece. ¡Un ego “comprometido” es un ego que se siente muy vivo! ¿Quién no ha conocido personas que, pregonando la necesidad de compromiso y haciendo de él una referencia permanente –objeto incluso de su enseñanza–, lo estaban usando, en la práctica, para autoafirmarse, descalificar a otros –y de ese modo auparse ellos– y mantener su resistencia ante una realidad frustrante que eran incapaces de aceptar? El narcisismo –como bien reconoce el autor del texto que estoy comentando– consiste en vivir girando en torno al ego (“yo, mí, me, conmigo”). Pero sucede que el ego puede apropiarse también de la “acción” más exigente. Y no es difícil percibir cuánto narcisismo oculta una fachada –y una proclamación– de compromiso.

Por eso, solo cuando se libera de aquellas necesidades antes ocultas que lo condicionaban, el compromiso se vive con gratuidad y desapropiación. Se deja de juzgar el modo como los otros lo viven –el juicio, como la comparación y la descalificación del otro, son muestras de narcisismo– y se comprende que, también aquí, se darán tantas formas como personas. Y tal vez haya que abandonar las etiquetas mentales acerca de lo que es una “persona comprometida” para abrirse a valorar los diferentes modos de vivirlo.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“El ego se apropia también del compromiso (II)”, por Enrique Martínez Lozano

Miércoles, 17 de mayo de 2017

narcisismo1“Espiritualidad” y “compromiso” son, sin duda, hermosas palabras. Y somos conscientes de la facilidad con la que los humanos nos dejamos engañar por palabras que gozan de plausibilidad social. Pero, separadas –desconectadas entre sí–, son fuente de confusión y, en último término, de sufrimiento, porque nos hacen movernos en una “media verdad”.

Tal como lo veo, ambas expresiones únicamente pueden conjugarse y nutrirse mutuamente cuando arrancamos de una respuesta adecuada a la pregunta primera: ¿quién soy yo? Creo comprender lo que el autor (del artículo que comento y que envié la semana pasada) pretende decir al afirmar que la pregunta decisiva para él es “¿dónde está tu hermano?”; sin embargo, me parece que será imposible responder a ella ajustadamente si no sé realmente quién soy. ¿Quién soy yo?: esta es la cuestión de la que pende absolutamente todo lo demás.

El interés por esta pregunta –si es genuino– no solo no es narcisista, sino que nos conduce a la comprensión de quienes somos y, de ese modo, termina pulverizando el narcisismo. Ignorar esa cuestión –atribuyéndola a “modas psicologistas”– equivale a construir sin cimientos sólidos.

En este punto, me parece oportuno aportar algo de mi propia experiencia, con el objetivo pedagógico de clarificar lo que vengo diciendo: creo que la narración de lo vivido puede favorecer la comprensión más que discursos teóricos o razonamientos eruditos sobre el tema.

Recuerdo nítidamente la fuerza que el compromiso social adquirió en mi juventud, hasta el punto de que en todo momento me estaba evaluando a mí mismo a partir de si estaba o no “comprometido”. Una vez llegado a Argentina, adonde me llevó –más allá del detonante concreto que lo provocó– el anhelo de un compromiso mayor, buscaba “entregarme” en los barrios más necesitados de la ciudad donde había aterrizado. Todo en mí giraba en torno al compromiso: el tiempo dedicado, el uso del dinero, el trabajo en el barrio… Me reprochaba incluso no tener el coraje suficiente para dejar la casa donde vivía e irme a vivir a uno más de los “ranchitos” de aquella especie de “villa miseria” que a diario recorría.

Por aquella época no me hacía demasiadas preguntas acerca de lo que hacía. Más adelante, poco a poco, fueron surgiendo, a partir de algo que un día hizo “clic” en mí. Eso ocurrió una mañana cuando, visitando a unos ancianos que malvivían bajo unas latas y cartones, sin otro bien en su interior que una enorme pantalla de televisión, descubrí que eran más felices que yo. Dentro de mí se disparó una especie de alarma: tenía claro que mi objetivo era ayudar a aquellas personas a que fueran felices y, de golpe, descubro que lo eran más que yo. ¿Qué movía realmente mi dedicación?

Poco a poco me fui abriendo a la verdad de lo que vivía, descubriendo que existían en mí motivaciones de todo tipo, unas confesadas, otras –para mí en aquel momento– inconfesables. Descubrí que en mi compromiso había ciertamente amor a las personas y fidelidad a mi vocación cristiana. Pero se hallaban presentes igualmente otros motivos, en forma de necesidades inconscientes, más o menos ocultas o camufladas: de ser reconocido, aceptado e incluso aplaudido; de sentir mi vida “útil” y con sentido; de creer estar en la verdad y de ser “coherente” con ella; de tener una imagen de persona “comprometida”; de liberarme de la frustración que me suponía el hecho de que la realidad no se ajustara a mis deseos, por lo que estaba instalado en la resistencia a la vida; de compensar culpabilidades reprimidas y de sentirme “digno” ante Dios; de perfeccionismo…

Todo se daba mezclado, en dosis diferentes. Descubrirlo de golpe supuso un zarandeo notable, una sensación de quedar desnudo ante la realidad, un encuentro con mis “demonios interiores” –la parte oscura y oculta de mí–… y el comienzo de una puesta en verdad que no sabía dónde habría de conducirme.

De aquella crisis fui aprendiendo el camino de “vuelta a casa”, de la que, sin ser consciente, había vivido alejado. ¿Cómo podría acompañar a alguien en ese camino si yo mismo no lo recorría? Fui consciente de que muchas de mis “seguridades” anteriores podrían verse amenazadas, pero aún así experimentaba una fuerza interior –hoy sé que era un gratuito anhelo espiritual– que me proveía de determinación para afrontar todo lo que pudiera surgir.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“El ego se apropia también del compromiso (I)”, por Enrique Martínez Lozano

Martes, 16 de mayo de 2017

narcisismo1La lectura del texto de Josean Villalabeitia –que adjunto a este envío– me ha producido una sensación de tristeza, por los motivos que luego referiré. Pero ha sido esa misma sensación la que me ha provocado también un movimiento interior para tratar de comprender su perspectiva.

En realidad, si entiendo bien lo que escribe, creo que no me cuesta demasiado ponerme en su lugar. Hace unos años me hubiera sentido prácticamente identificado con lo que ahí se dice. Es un “idioma” que conozco bien.

Tal como lo veo, me parece que el autor alerta del riesgo de una espiritualidad narcisista –lo que denomina “corrientes pseudomísticas” o “monoteísmo yoico” –, al tiempo que recuerda que, según la tradición bíblica, el lugar del encuentro con Dios es el hermano. Su preocupación parece sintetizarse en la afirmación, según la cual “todo lo que nos distraiga de este objetivo fundamental tendría que resultarnos sospechoso, por lo menos”.

Si esto me resulta evidente, ¿cuál es el motivo de esa sensación de tristeza que me ha producido? Quizás guarde relación con mi propia historia, de la que en entregas posteriores narraré algo que pueda resultar práctico para ilustrar el modo como veo ahora esta cuestión, pero el motivo más importante tiene que ver con una doble actitud que, a mi modo de ver, contamina el escrito, ofuscando el mensaje que busca transmitir.

La primera de esas actitudes puede nombrarse como descalificación de lo diferente…, desde la absolutización de lo propio. Descalificar algo únicamente porque sea “desconocido por estos lares”, metiendo en ese saco “energías, chacras, karmas, reencarnaciones y temas por el estilo”, no parece que sea sino fruto de la ignorancia. El lector parece ser inducido a pensar que todo lo que no sea la visión cristiana que el autor propone cae en una especie de magma “pseudomístico” o “comprensión espiritualista de la religión”. Así planteado, resulta paradójico que quien denuncia el “yo, mí, me, conmigo” caiga sin advertirlo en un juicio tan marcadamente egoico y etnocéntrico.

Tal posicionamiento otorga al texto un aire de “superioridad moral”, en un tono cuasi-dogmático… No es raro que los jóvenes busquen otros ámbitos que les permitan experimentar por sí mismos las respuestas que honestamente andan buscando.

Pero considero más preocupante aún una segunda actitud que parece derivarse del escrito. Me refiero a una suerte de dualismo de base que lee la realidad en disyuntiva: “o… o…”. En este caso, parece contraponerse el compromiso –que se presenta como meritorio en sí mismo, al margen de cómo se viva– con la espiritualidad, que –a no ser que sea cristiana– ya de entrada es puesta bajo sospecha.

Desde mi perspectiva, creo que el dualismo fragmenta lo real que es solo uno. Y, al quedarse con uno de los polos, no solo ignora el valor del otro, sino que deforma incluso la vivencia del que pretende defender. En el caso que nos ocupa, me resulta obvio que espiritualidad y compromiso se requieren mutuamente: una sin otro, otro sin una, deforman lo real y se mutilan a sí mismos. Como consecuencia, se terminará cayendo en una “pseudo-espiritualidad” –con tonos de narcisismo ensimismado- o en un “pseudo-compromiso” –que camuflará un activismo igualmente narcisista–.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Sábado Santo. Descendió a los infiernos, un compromiso en la historia

Sábado, 15 de abril de 2017

17903930_775496642627530_7979820271437443145_nDel blog de Xabier Pikaza:

La confesión pascual fundante del NT incluye la certeza de que Jesús fue sepultado, como indican de formas convergentes tradición paulina (1 Cor, 15, 4) y evangelios (cf. Mc 15, 42-47 par). Pues bien, el Credo de los apóstoles añade que descendió a los infiernos expresando de esa forma un misterio de muerte y de victoria sobre la muerte, que pertenece a la experiencia más honda de la iglesia antigua y de la moderna ortodoxia (icono de la resurrección).

Ese infierno se ha entendido de forma básicamente “moral” (en plano intimista o social), y así lo ha destacado Dante A. en la Divina Comedia, recreando con rasgos cristianos pero también (y sobre todo paganos, e incluso musulmanes) la vida de los condenados, en sus diez círculos, divididos a veces en varios giros. En sentido estricto, Dante no presenta sólo el infierno de más allá, sino el infierno de la historia humana, ofreciendo el retrato más sangrante de los males (de los malos) de este mundo.

Ciertamente, el infierno sigue siendo un tema moral y psicológico…, pero tiene también unos elementos sociales. Y en ese sentido podemos y debemos hablar de diversos círculos de infierno (y compararlos con los 10 círculos del Infierno de Dante):
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1. El infierno del dolor, de la enfermedad y la tortura…
2. El infierno del hambre, de la opresión social, de la exclusión (Mt 25, 31-46)
3. El infierno de la droga, con sus implicaciones personales y sociales
4. El infierno de la trata de niños y mujeres, de las disputas familiares…
5. El infierno del miedo, del miedo al infierno, que a veces han cultivado los mismos que debían superar el infierno de este mundo con su vida y su entrega por los otros.

Al papa Francisco nos habla cada día de la necesidad de descender a los infiernos de la historia humana (cárceles, lugares de opresión, bolsas de hambre, hospitales…) para liberar a los hombres de los infiernos actuales del mundo, esperando la gran liberación final de Dios.

Hablaré quizá otro día de los diversos tipos de infierno… no sólo el de Dante, sino el que vio y sintió Santa Teresa. Hoy quiero detenerme en el infierno de la “muerte” salvadora de Jesús, es decir, a su “descenso” al infierno de la historia, según el Credo de los Apóstoles… para indicar también la forma en que los comprometidos por Jesús han de bajar a los infiernos históricos, para liberar a los que allí sufren oprimidos.

Hablaré en esa línea de los tres infiernos… deteniéndome al final en la posibilidad de un infierno eterno… que desde la perspectiva de Dios es imposible, pero que podría ser posible desde la maldad humana (a pesar de Dios).

1. Muerte e infierno.

Porque asume nuestra vida en finitud, Jesús ha tenido que aceptar nuestro destino, expresando su misterio radical de Hijo de Dios en nuestra propia condición de seres para la muerte. Porque asume nuestra condición de pecado (violencia), ha tenido que penetrar en el abismo de la lucha interhumana, introduciendo el cielo del amor y gracia de Dios en el infierno de conflictividad de nuestra historia, donde envidia y violencia le han matado.

Algunos iconos de Oriente presentan la cuna de Jesús como sepulcro donde el mismo Dios comienza a morir ya cuando nace como humano. Pues bien, invirtiendo esa figura, el evangelio ha interpretado la muerte como nuevo nacimiento y cuna de la historia. Lógicamente, esa muerte puede presentarse como principio de discernimiento: para que se revelen los pensamientos interiores (dialogismoi) de muchos corazones (cf. Lc 2, 35).

– La muerte de Jesús es el momento del máximo pecado, c

omo muestran las palabras de los sacerdotes que pasan y pasan, en torno al patíbulo, diciendo:”Tú, que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, ¡sálvate a ti mismo y baja de la cruz si eres el Hijo de Dios! Ha salvado a otros y a sí mismo no puede salvarse ¡Dice ser rey de Israel! Que baje de la cruz y creeremos en él.

Había puesto su confianza en Dios; que Dios le salve ahora, si es que de verdad le quiere, pues se había presentado como Hijo de Dios “(Mt 27, 42-43). Así ríen de Jesús los que le acusan y expulsan como chivo emisario de sus males. Ellos le entierran en el infierno de la violencia suprema, haciéndose (haciéndole) culpable “de toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la de Zacarías” (Mt 23, 35).

– Pero la muerte de Jesús aparece, al mismo tiempo, como principio de resurrección,

fuente de gracia: “Entonces se rasgó el velo del templo, tembló la tierra, las piedras se quebraron y se abrieron los sepulcros, de tal forma que volvieron a la vida muchos cuerpos de los justos muertos… Al ver lo sucedido, el centurión glorificaba a Dios diciendo: ¡Realmente; este hombre era inocente! Y todas las gentes que habían acudido al espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron a la ciudad golpeándose en el pecho (cf. Mt 27, 51-53; Lc 23, 47-48; Mc 15, 39: ¡Era Hijo de Dios!).

Del infierno de condena, desde el mismo subsuelo de la historia donde Jesús ha descendido brota la esperanza de la vida.

Todos los seres humanos, lo sepan o lo ignoren, se encuentran unidos al Cristo que grita en la noche (¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?: Mc 14, 34) y de un modo igualmente intenso están unidos al Señor de la aurora pascual que abre los sepulcros, ofreciendo esperanza a los humanos (cf. Mt 28, 1-3).

Desde ese fondo queremos evocar la palabra quizá más extraña y misteriosa del Credo: ¡bajó a los infiernos!, al lugar donde todos los humanos estábamos unidos en el destino común de la muerte, como rebaño para de perdición. Jesús ha penetrado en ese abismo, llegando así a lo que la iglesia llama “los infiernos”, el sub-mundo donde mueren los difuntos.

Estos infiernos no son condena anticristiana de aquellos que rechazan la salvación de Jesús, sino perecimiento pre-cristiano de aquellos que mueren aplastados por la finitud de la vida y la violencia de la historia. Conforme a la visión tradicional del judaísmo y de la iglesia antigua, este infierno (scheol, hades, seno de Abrahán…) es el destino de muerte de todos los humanos, a no ser que Dios venga a liberarles por el Cristo. La muerte misma en cuanto destrucción: eso es el infierno. Pues bien, el credo afirma que Jesús “ha descendido” al lugar o estado de ese infierno, para liberar a los humanos de la muerte, ofreciéndoles su resurrección.

2. Bajó a los infiernos. Misterio de pascua.

Diciendo que bajó a los infiernos el credo destaca el abismo de dureza, destrucción y muerte donde Cristo culminó su solidaridad con los humanos. Quien no muere del todo no ha vivido plenamente todavía: no ha experimentado la impotencia poderosa, el total desvalimiento. Jesús ha vivido en absoluta intensidad; por eso muere en pleno desamparo.

Ha desplegado la riqueza del amor; por eso muere en suma pobreza, preguntando por Dios desde el abismo de su angustia. De esa forma se ha vuelto solidario de los muertos. Sólo es solidario quien asume la suerte de los otros. Bajando hasta la tumba, sepultado en el vientre de la tierra, Jesús se ha convertido en el amigo de aquellos que mueren, iniciando, precisamente allí, el camino ascendente de la vida:

– Jesús fue enterrado (cf. Mc 15, 42-47 y par; l Cor 15, 4). Sólo quien muere de verdad puede resucitar “de entre los muertos”: Jesús ha bajado al lugar de no retorno, para iniciar allí el retorno verdadero.

– Como Jonás “que estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches…” (Mt 12, 40), así estuvo Jesús en el abismo de la muerte, para resucitar de entre los muertos (Rom 10, 7-9). Leer más…

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La caja de leche

Lunes, 28 de noviembre de 2016

boy-pouring-milk-1960Cosa curiosa. He sentido hoy que no da igual poner la caja de la leche -el tetrabrik- al echarla al vaso, de una forma u otra. Hagamos la prueba. Si colocamos el agujero de salida en la parte de arriba, sale la leche despacio, pero resulta que no sale toda, se queda una parte dentro, la parte de abajo.

Sin embargo, si pongo el agujero en la parte de abajo, sale a borbotones, salpica, mancha, pero sale toda.

Conclusión: si me entrego, si me doy de verdad, me salpica la vida, me mancha la ropa, la fama.

Así es la vida: se trata de darnos del todo, aunque eso nos salpique y nos complique la vida. De otra forma, la vida es más normal, pero nos quedamos una parte para nosotros.

Ya decimos “das la mano y te cogen el brazo entero”. La caridad, el servicio, si es de verdad, nos tiene que doler, costar. Supone entrega total.

Noto que buscamos una fe inodora, sin complicaciones, muda… lo que hoy decimos “sociedad líquida”. Ocurre como en la naturaleza. Pasamos un verano sin truenos, pero también sin agua. Muchas veces viene la lluvia tras el trueno. Y nos da miedo… pero es necesario.

Muchas veces optamos por estar yo bien, sin problemas, pero si quiero dar todo lo que soy, lo que tengo, es preciso poner mi vida a disposición: que salga todo lo que hay en mí, mi compromiso, aunque eso me salpica.

Lo estamos viendo y viviendo en los refugiados, en los marginados. Es relativamente fácil darles cosas, pero resulta más complicado, nos embarra más el acoger a una persona en casa, el hacerme amigo suyo, el irme 15 días a los campamentos de Grecia.

Me lo ha enseñado un amigo pakistaní. Estuvo tres años conviviendo conmigo y acabamos como amigos. Esta semana, que yo estaba un poco pachucho, le ha dicho a su jefe de trabajo que si le daba permiso tres días para venir a hacerme compañía.

Son gestos que emocionan. Ha puesto la caja de tetrabrik hacia abajo y estaba dispuesto a perder el sueldo y las vacaciones de tres días por acompañarme.

Otro inmigrante no celebra el cumpleaños de su hijo si no estoy yo. Cambia de fecha, porque quiere mi presencia…

Aprender a que me salpiquen las realidades NO es amar de memoria y según los cánones la caja hacia arriba sino mancharme, mojarme. El que ama, da la vida por sus amigos.

En estos pueblos es normal recoger nueces. Y cuando se recogen hay que limpiarlas porque dejan el verdor pegado a las manos y cuesta muchos días y mucho jabón el quitarse. Se han manchado con los cocolones. Y dura la suciedad. Cada vez que pasan a comulgar y veo esas manos ennegrecidas, siento la sensación: “sí que están implicadas con la Vida”.

Gerardo Villar

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“La verdad y la mentira de la Semana Santa.”, por J. A. Estrada. Teólogo.

Domingo, 27 de marzo de 2016

pasorefugiado_nSI hay algo que define a la Semana Santa andaluza es la cruz, incluso más que la última cena, aunque Jueves y Viernes Santo forman una unidad temática, teológica e histórica. Lo que comenzó el Jueves culmina en el Viernes Santo, y la cruz arroja su perspectiva sobre todo lo que ocurrió antes. Se puede hablar del cristianismo como una religión trágica, ya que hace de un crucificado el centro de la revelación de Dios. Es el final de una época, la de la religión del poder, que busca en el omnipotente milagros y mercedes. Los representantes de la religión se lo recuerdan a Jesús: si eres el mesías, mucho más si pretendes ser hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos en ti. Si no lo haces eres un blasfemo, castigado por Dios, porque Él bendice a los que le obedecen y aplasta a los que le ofenden. Su muerte sólo puede entenderse desde dos posturas teológicas: o bien es un pecador, al que Dios castiga; o hay que cambiar la imagen de Dios. Porque la cruz, si Jesús le fue fiel, muestra la debilidad de Dios, que no se impone a la libertad del hombre, que permite impotente el mal en la historia, y que no puede ser el Señor providente que la controla. Por eso, Jesús era inaceptable para la religión y la sociedad judías. 

La vida de Jesús, sus luchas, sus valores y opciones le acarrearon la muerte. Fue más profeta que mesías, porque no vino a traer el triunfo que esperaba el pueblo, sino a ponerse de parte de los pobres, de los marginados sociales, de los extranjeros y de los pecadores. No anunciaba el Dios omnipotente, sino al misericordioso, que se compadece del sufrimiento y llama a luchar contra el mal. Jesús quiso cambiar la sociedad y la religión, para construir en ella el reinado divino. Había que ayudar a Dios, para que su señorío se impusiera en ella. Dios necesita colaboradores para luchar contra el mal humano. Y eso suponía esperanza, fraternidad y buena noticia para las víctimas de la sociedad, para los empobrecidos y para los enfermos, de cuerpo y de espíritu. En un mundo irredento, Dios no abandona a los últimos. Jesús subordinaba las leyes de la religión a las necesidades humanas, y desplazaba el culto y las prácticas religiosas en función de los valores éticos y la solidaridad con los oprimidos. Los valores por los que luchó Jesús son humanos y divinos, porque el amor a Dios pasa por el del prójimo. Ni la religión ni la sociedad soportaron ese planteamiento y se aliaron para acabar con él. Eso es lo que celebramos el Jueves y Viernes Santo. El anuncio posterior de la resurrección fue la confirmación de que Dios estuvo con él en su muerte, porque Jesús había estado con Dios en su vida. Por eso cambia también la imagen de Dios, de la religión y del mismo Jesús.

El pueblo andaluz acompaña a los crucificados y a las dolorosas, y se identifica con ellos. Pero no se puede olvidar la vida y la lucha de Jesús, porque entonces se vacía de significado la cruz. Hay que acompañarlo desde la identificación con los crucificados de hoy: con los refugiados que huyen de la guerra y no encuentran asilo; con los inmigrantes que se escapan de la miseria y se agolpan en las fronteras, como la de Melilla; con los millones de parados, que apenas reciben ayudas en una sociedad marcada por la corrupción de muchos que tienen poder e influencias; con los que viven de pensiones miserables y con tantos jóvenes sin esperanza cuando han terminado sus estudios. La cruz no es una realidad del pasado, sino un símbolo de un presente que interpela a los cristianos. La indiferencia, el conformismo, la apoliticidad del que se desentiende de la sociedad y de los más pobres fueron objeto de la crítica de Jesús y siguen siendo las tentaciones del cristiano de hoy. Una religión que se refugia en el ámbito privado y no compromete a sus miembros con las lacras de la sociedad no puede ser cristiana, aunque mantenga los nombres y símbolos que la identifican como tal. La emotividad y la empatía con los Cristos y Vírgenes de nuestras procesiones, carece de hondura y de verdad cuando no corresponde a los valores por los que se crucificó a Jesús. Por eso hay nazarenos que son ateos, y no tanto porque no practiquen ninguna religión, sino porque la han reducido a un mero culto formalista, a una escenificación en las calles de nuestras ciudades, que no corresponde a lo que viven y practican en la vida cotidiana. La mera religión del templo es la que mató a Cristo y persigue a sus seguidores. Estos tienen que cargar con la cruz, la propia y la de las víctimas, para que de verdad puedan llamarse sus discípulos. El culto sin vida está muerto, aunque sea una bella representación estética, una religiosidad espectacular y callejera, y una escenificación que atraiga a los turistas.

Fuente: CCP de Granada

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Es complicado ser cristiano/a de izquierdas

Jueves, 4 de febrero de 2016

sin-hogar“Dar de comer al hambriento es justicia distributiva y exigencia de fe cristiana”

“El bolsillo es un tema tabú”

“Hay que dar hasta que duela, no de las sobras”

(José María García Mauriño, Cristianos de Base de Madrid).- Todo el mundo sabe que ser cristiano o cristiana es mucho más que ir a Misa los domingos y no robar ni matar. “Creer es comprometerse”, y lo complicado es el compromiso de los cristianos. ¿A qué nos comprometemos? Es algo muy personal, no es una obligación impuesta por las normas más o menos dogmáticas de la Iglesia. Lo difícil es el compromiso serio con las personas empobrecidas. Es una característica de los creyentes de izquierdas, el ocuparse y preocuparse por la pobreza, por las desigualdades sociales, por los últimos de la sociedad.

Todos y todas somos muy de izquierdas mientras no nos toquen el bolsillo. Ser de izquierdas es ser solidario con las personas empobrecidas. Es tomarse en serio lo que llamamos “opción por los pobres“. Jon Sobrino decía: No hay opción por los pobres sin decisión a defenderlos. Y por lo tanto, sin una decisión a introducirse en el conflicto histórico. Esto no suele ser muy tenido en cuenta. Ni siquiera teóricamente. Pero, digámoslo una vez más: no hay opción por los pobres sin arriesgar”. Hasta aquí Jon Sobrino.

No cabe duda que la decisión personal y comunitaria de la gente de base es la defensa de las personas empobrecidas. Los defendemos cuando vamos a las mareas blanca y verde, Denunciamos el silencio de la jerarquía ante el drama de los refugiados. Hacemos declaraciones en contra de las desigualdades sociales. Estamos de acuerdo con los partidos más radicales. La mayoría somos antisistema. Escribimos cosas contra el capitalismo. Más todavía, participamos en comprometidas Eucaristías, asistimos a foros sociales, hacemos reflexiones profundas sobre la justicia, buscamos un conocimiento más profundo de los Evangelios, defendemos los Derechos humanos, estamos por una Ecología radical, y mucha solidaridad con América Latina. Todas esas cosas son buenas, necesarias para mantener la tensión de la fe, pero insuficientes, si no llegamos al bolsillo.

¿Qué más podemos hacer? La exigencia fundamental es una exigencia de justicia social, lo mismo para creyentes que para los no creyentes. El punto decisivo, lo mismo para unos que para otros, es el de la propiedad, el del dinero. El problema es el bolsillo.

espana-pobre¿Qué pasa con el bolsillo? Que es un tema tabú. Eso no se puede tocar porque saltan chispas. Tocamos lo más sagrado que hay, la propiedad privada. Es lo propio de la mentalidad capitalista. Mi dinero es mío ha sido fruto del trabajo de toda mi vida y hago con él lo que me da la gana. Y nos cuesta trabajo ver que las necesidades básicas de la mayoría de la gente, no están cubiertas. Cada Ser Humano es igual a otro Ser Humano, las personas empobrecidas tienen la misma piel que tú y que yo. No es fácil exigirnos lo que nos corresponde a cada uno de nosotros, creyentes o no, en conciencia, por estricto deber moral, no por imperativo legal de la hacienda pública.

Nos podíamos preguntar, si queremos ser coherentes con la opción por las personas empobrecidas. ¿Qué es lo que arriesgamos los creyentes de izquierdas? Mientras no nos toquen el bolsillo somos un ejemplo de compromiso sociopolítico. Repito, el punto clave de la ética y de la fe en Jesús es el bolsillo, no solo las tertulias cristianas, la celebración de la eucaristía o las clases de Biblia, y los compromisos sociales, todo eso también es muy conveniente, es necesario, pero no es suficiente.

Jesús dijo claramente, (¿de forma simplista?) “No podéis servir a Dios y al dinero”. “Si quieres ser perfecta, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme”. Darlo a los pobres, dice Jesús, no a la familia o a los amigos y amigas. Servir al dinero es lo que hacen muchos que se identifican con los objetivos del capitalismo liberal, propio de la derecha, como es el deseo de acumular beneficios, no de repartir o de compartir. El dar de comer al hambriento no es sólo un imperativo ético de justicia distributiva, sino que al mismo tiempo, para los creyentes, es una exigencia de fe. Es un postulado evangélico que se preocupa de los últimos. No se puede servir a Dios y al dinero, a la propiedad. Nosotros y nosotras vivimos muy bien, muy cómodamente, pero hay muchísimos millones de personas que no viven, que se mueren cada día de hambre o de miseria o todo junto, o que se van muriendo lentamente. Tenemos de todo, no nos falta de nada, y la mayoría de los Seres Humanos apenas tienen lo necesario para vivir.

En un cartel de la comunidad de Sto Tomás de Aquino, de Madrid, ejemplar en muchos aspectos, dice lo siguiente: “no os canséis de dar, pero no deis de las sobras, dad hasta sentirlo, dar hasta que duela”. Dar de lo que tenemos en la cuenta corriente, dar de la pensión, de lo que tenemos, si es mucho, mucho, si es poco, poco. Pero, siempre dar. Si en el 31 de diciembre tengo más dinero en mi cuenta corriente, que en enero de ese mismo año, se puede decir que me he enriquecido, pero no he compartido nada. Es complicado crecer económicamente y al mismo tiempo ser solidario de verdad con las personas empobrecidas.

Fuente Religión Digital

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Elton John y su marido se comprometen a apoyar a las personas LGBTI en los países ‘menos avanzados’

Lunes, 28 de diciembre de 2015

noticias_file_foto_1026578_1450945250En un post de Instagram para conmemorar su primer aniversario de bodas, la leyenda del pop gay, Elton John, hizo todo un alegato a favor de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en todo el mundo. El cantante y su marido se han comprometido públicamente a apoyar a las personas LGBTI en países donde las leyes no dan garantías. En septiembre os contamos que unos humoristas rusos le gastaron una broma pesada a Elton John haciéndose pasar por el presidente Vladimir Putin, después de que durante una visita a Ucrania, el cantante británico recriminó al primer mandatario ruso sus argumentos “estúpidos” contra la comunidad homosexual y calificó de “ridícula” su actitud, aunque se mostró dispuesto a reunirse con el jefe de Estado. El dirigente ruso llamó al cantante y le dijo: ‘Sé que le gastaron una broma. Estoy dispuesto a discutir sobre derechos LGBTI’.

John y su marido David Furnish registraron su unión civil en 2005 y se casaron el 21 de diciembre del año pasado después de que el Reino Unido legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo.

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Con tal efeméride, la estrella británica de 68 años de edad, es un abierto defensor de los derechos de los homosexuales, escribió en su Instagram el pasado lunes: “Hace diez años hoy fuimos una de las primeras parejas que se embarcan en una Unión Civil en el Reino Unido. Hoy hace un año, renovamos nuestro compromiso de por vida el uno con el otro por conseguir estar legalmente casados. Hoy en día, somos más felices que nunca y queremos dar las gracias a los fans y amigos por apoyarnos con estos corazones abiertos y espíritu alegre. También queremos hacer brillar una luz en todas las partes menos privilegiadas y menos avanzadas del mundo, donde las personas LGBT son criminalizadas y discriminadas. Nos comprometemos con nuestro apoyo y continuaremos ayudando siempre que podamos. davidfurnishejaf #ShareTheLove # “.

¡Gracias, John y David, todos los apoyos cuentan!.

Fotos. Instagram de Elton John

Fuente Ragap

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