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“María Magdalena, pionera de la igualdad”, por Juan José Tamayo

Jueves, 11 de agosto de 2016

mary-magdalene-6e5a131d0dc85e1439fe556313b910251421f22f-s6-c30A las mujeres y a las organizaciones feministas que luchan por la emancipación de las mujeres en una sociedad patriarcal, con mi solidaridad fraterno-sororal y en sintonía

Durante las últimas décadas se está produciendo un importante movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena por parte de especialistas del Nuevo Testamento, preferentemente mujeres, que leen los textos fundantes de la fe cristiana en perspectiva de género, de historiadores e historiadoras de los orígenes del cristianismo, que llevan a cabo una reconstrucción no patriarcal de los primeros siglos de la religión cristiana, y de la teología feminista, que aplica a los textos la hermenéutica de la sospecha..

Papel fundamental han jugado en esta recuperación los evangelios llamados “apócrifos”, sobre todo los de carácter gnóstico, entre los que cabe citar el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, El Evangelio de María (del que me ocupé en EL PAÍS-BABELIA, 13 de mayo de 2006) y Pistis Sofía, a quienes algunos investigadores conceden gran importancia por la información que proporcionan sobre las distintas tendencias del cristianismo naciente. Para un conocimiento de estos y otros textos gnósticos recomiendo la obra Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, 3 vols., Trotta, 1997-2000, editada por Antonio Piñero, catedrático de Filología del Nuevo Testamento en la Universidad Complutense de Madrid.

Resulta difícil una reconstrucción histórica de la figura de María Magdalena, por la falta de datos, ya que los evangelios, tanto los llamados canónicos como los apócrifos, ofrecen pocos datos sobre ella y constituyen un género literario muy peculiar. En este intento de reconstrucción vamos a empezar por una aproximación  el movimiento de Jesús, del que María Magdalena formó parte y fue una figura relevante.

Un movimiento igualitario de hombres y de mujeres

Las actuales investigaciones sociológicas, de historia social, de antropología cultural y de hermenéutica feminista sitúan el grupo de seguidores y seguidoras de Jesús en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo del siglo I, junto con los esenios, terapeutas, penitenciales y otros. Lo ubican asimismo dentro de los movimientos que lucharon contra la explotación patriarcal en las distintas culturas: griega, romana, asiática y judía. En la historia de Israel hubo intensas luchas protagonizadas por mujeres que jugaron un papel político y cultural muy importante.

Las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas que se reunían para comidas comunes, eventos de oración y encuentros de reflexión religiosa con el sueño de liberar a ls mujeres en Israel Es precisamente esa corriente emancipatoria del dominio patriarcal la que posibilitó el nacimiento del movimiento de Jesús como movimiento igualitario de hombres y mujeres en el que éstas jugaron un papel central. Su presencia y protagonismo en dicho movimiento, reconoce la teóloga feminista Elisabeth Schüssler Fiorenza, son de la mayor importancia para la praxis de solidaridad desde abajo.

El movimiento de Jesús se torna así una corriente de protesta contra la teoría y la práctica patriarcales entonces vigentes. La actividad de las mujeres fue determinante para que el movimiento de Jesús continuara después de la ejecución de Jesús y se extendiera fuera del entorno judío. Ellas fueron las primeras en argumentar teológicamente a favor de la participación de los paganos en el banquete mesiánico.

Desde Galilea. Amigas y discípulas

Las diferentes tradiciones evangélicas coinciden en hablar de la existencia de un grupo numeroso de discípulas que acompañaron y siguieron a Jesús de Nazaret desde Galilea hasta el momento de su ejecución en el Gólgota. La mayoría de las veces se citan algunos nombres de mujeres dentro de un conjunto más amplio: María Magdalena, Juana (Lc 8,2-3). Es la misma tendencia seguida en el caso de los varones (Pedro, Santiago y Juan). Con ello se pretende mostrar el lugar destacado que unas y otros ocupaban en el grupo.

La mujer que aparece casi siempre citada en primer lugar entre las amigas de Jesús es María Magdalena, que toma el nombre de de su lugar de origen, Magdala, ciudad pesquera floreciente de la costa oriental del lago de Galilea, entre Cafarnaún y Tiberíades. Ella es discípula de primera hora, pertenece al grupo más cercano a Jesús, ocupa un lugar preeminente en él y hace el mismo camino que el Maestro hasta Jerusalén. En otras palabras, comparte su causa y su destino. Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en referencia a un varón, por ejemplo, Juana, “la mujer de Cusa”; María Magdalena, no: una prueba más de su independencia de toda estructura patriarcal.

La fidelidad o infidelidad a una causa y a una persona se demuestran cuando vienen mal dadas, en la hora de la persecución y del sufrimiento. Cuando Jesús es condenado a muerte y ejecutado, los discípulos varones huyen por miedo a ser identificados como miembros de su movimiento y a correr la misma suerte que él.  Sólo las discípulas que le habían seguido desde Galilea le acompañan y están a su lado en la cruz (Mc 15,40; Mt 27,55-56; Lc 23,49.55). Dentro del grupo de mujeres que están junto a la cruz los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) citan a María Magdalena en primer lugar.  Sólo en el evangelio de Juan aparece en último lugar. María funge como discípula fiel no de un Mesías triunfante, sino de un Crucificado por subvertir el orden establecido tanto religioso como político.

Primera testigo de la resurrección

Las distintas tradiciones evangélicas coinciden en presentar a las mujeres como las primeras testigos de la resurrección. Cuando ellas visitan el sepulcro el primer día de la semana, un ángel les comunica que el Crucificado ha resucitado y les pide que vayan a comunicar la noticia a los discípulos (Mt 28, 2-8). Inmediatamente después es Jesús Resucitado quien les sale al encuentro y les hace la misma petición. Tradiciones divergentes coinciden en presentar a María Magdalena como la primera testigo de la Resurrección.

Parece tratarse de una tradición muy antigua. El “final de Marcos” (Mc 16, 9-20) -añadido tardío al evangelio- afirma que Jesús se apareció primero a María Magdalena (Mc 16, 9), quien comunica la noticia a los discípulos que habían compartido su vida con él (Mc 16, 10). La reacción de éstos ante el anuncio de María Magdalena es de incredulidad por creer que se trata de un desatino. El testimonio de las mujeres carecía de valor entonces. ¡Cuánto más en un asunto de tanta trascendencia!

El Evangelio de Juan también presenta la aparición de Jesús a María Magdalena como la primera. La principal discípula y seguidora de Jesús se convierte en la persona que se encuentra con el Resucitado antes que los propios discípulos varones. El primer dato a tener en cuenta en este relato es que, al hallar el sepulcro vacío, Pedro y Juan se retiran, mientras que María Magdalena, según un sermón francés del siglo XVIII descubierto por el poeta Rainer María Rilke en 1911, “busca por doquier a su único, al único objeto de su amor, al único e inalterable apoyo de su corazón exánime”.

En ese encuentro hay una tonalidad íntima. Jesús llama a María por su nombre. Ella lo reconoce al instante y le llama “Rabbonní”, que es la forma de dirigirse los discípulos más cercanos al maestro (Jn 20,16-17). El breve diálogo que se entabla entre ambos brota de la confianza que había caracterizado sus relaciones anteriores. Como observa Schillebeeckx, entre María y Jesús sigue dándose la misma “comunicación vital” que mantuvieran en vida. Más aún: María experimenta a Jesús como Viviente.

Pero ahí no termina todo. Por indicación de Jesús, María comunica a los discípulos su experiencia del Resucitado: “He visto al Señor” (Jn 20,18). Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea (Lc 8, 2-3); haber visto a Jesús resucitado (Jn 20,18); haber sido enviada por él a anunciar la resurrección a sus hermanos (Jn 20,17). Los apóstoles aparecen en las tradiciones evangélicas como testigos secundarios de la resurrección. Acceden a ella a través de la experiencia y del testimonio de las mujeres. Su actitud inicial es reservada, recelosa, más aún, desconfiada.

Según Schillebeeckx, “parece que las experiencias de estas mujeres contribuyeron a que la causa de Jesús se pusiera en movimiento” 1. Opinión compartida y sólidamente fundamentada por la hermenéutica bíblica feminista. En concreto, el reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo.

Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos del Nuevo Testamento el testimonio de las mujeres sobre Jesús resucitado no aparece y María Magdalena es sustituida por Pedro. Ello se debe a la situación jurídica de entonces, unida a una Iglesia sometida al dominio masculino, que muy pronto comenzó a eliminar a las mujeres del protagonismo que tenían en el movimiento de Jesús.

El silenciamiento, por parte de Pablo y de otras tradiciones neotestamentarias, de la aparición de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres supuso la exclusión de éstas de los ámbitos de responsabilidad comunitaria. Con la pronta instauración de estructuras patriarcales y de la teología androcéntrica en la vida y organización de la comunidad cristiana se interrumpieron las posibilidades y expectativas que se abrían con el reconocimiento de las mujeres como primeras testigos del Resucitado.

A pesar del silencio de Pablo y de otros escritos del Nuevo Testamento, las mujeres constituyen el eslabón indispensable de la transmisión del mensaje evangélico, más aún, el eslabón esencial para la fe en Cristo resucitado y el nacimiento de la comunidad cristiana. Sin el testimonio de las mujeres quizá no hubiera continuado el movimiento de Jesús y difícilmente hubiera surgido la Iglesia. ¿Quién podría narrar en las asambleas eucarísticas las experiencias de la muerte y de la resurrección de Jesús, sino las mujeres, principales testigos, y quizá las únicas? Ellas fueron testigos de cómo una víctima era rehabilitada y el Crucificado vencía a la muerte por la fuerza del Dios de la vida.

En los orígenes del cristianismo, en varias iglesias cristianas María de Magdala tuvo una importancia tan grande, si no mayor, que Pedro. Con el paso del tiempo fue perdiendo relevancia hasta ser suplantada por la tradición de la maternidad divina de María, que llegó a predominar sobre la figura misma de su hijo Jesús de Nazaret, el iniciador del cristianismo como movimiento igualitario de hombres y mujeres. La mariología desplazó a la cristología.

Evangelios gnósticos: Evangelio de TomásEvangelio de FelipeEvangelio de María y Pistis Sofía: Compañera del Salvador

En los Diálogos de Revelación de los evangelios apócrifos de carácter gnóstico, María Magdalena aparece como interlocutora preferente de Jesús resucitado, hermana de Jesús, discípula predilecta y compañera del Salvador. Tal cercanía del maestro provoca los celos de algunos apóstoles, especialmente de Pedro, quien, según Pistis Sophia, reacciona en estos términos: “Maestro, no podemos soportar a María Magdalena, porque nos quita todas las ocasiones de hablar contigo; en todo momento está preguntando y no nos deja intervenir”.

En dichos evangelios, a las que hoy se les está dando un importante valor, ya que nos permiten un conocimiento más riguroso del cristianismo primitivo y de sus diferentes tendencias, aparecen otras voces y otras interpretaciones, reprimidas por el patriarcado cristiano, que se impuso muy pronto a través de la ortodoxia androcéntrica.

Apóstol de apóstoles es el título que dio a María Magdalena Hipólito de Roma, quien no considera a las mujeres mentirosas, sino portadoras de la verdad y apóstoles de Cristo. Igualmente elogioso es el testimonio de San Jerónimo: “… y sobre todo, cómo María Magdalena recibió el epíteto ‘fortificada con torres’ por su fervor y la fuerza de su fe, y recibió el privilegio de ver a Cristo resucitado, incluso antes que los apóstoles” (Epist. CXXVII).

En el proceso de patriarcalización, clerizalización y jerarquización del cristianismo, María de Magdala fue relegada al olvido; más aún, fue presentada y representada como prostituta arrepentida, sirvienta de Jesús en agradecimiento por haber expulsado de ella los malos espíritus de los que estaba poseída, penitente con los vestidos desgarrados que llora por sus pecados pasados y por los que cometerían en el futuro las mujeres, mujer “de mala vida”. Otra fue la suerte de María de Nazaret, madre de Jesús, declarada Inmaculada, Madre de Dios, elevada a los altares, asunta al cielo en cuerpo y alma, piropeada con miles y miles de advocaciones, tratada casi con honores divinos. Toca ahora bajar a María de Nazaret del pedestal para devolverle su verdadera identidad: hermana nuestra y recuperar el protagonismo de María Magdalena como pionera de la igualdad.

Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones
Universidad Carlos III de Madrid


1 Edward Schillebeeckx, Jesús. La historia de un Viviente, Cristiandad, Madrid 1981, 318.

Fuente Fe Adulta

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Santa María Magdalena

Martes, 26 de julio de 2016

Magdalena

Advertencia: Esta pequeña reflexión fue escrita a mediados mayo, es decir, un poco antes de que nos sorprendiera la noticia el día 10 de junio de que por expreso deseo del Papa Francisco la celebración de Santa María Magdalena haya sido “elevada” a Fiesta. ¿Nos leyó el corazón?

***

¿Humildad? no, más bien hay que llamarlo “invisibilidad” o incluso “ocultamiento”. Las grandes mujeres de nuestra historia cristiana a penas encuentran hueco en nuestra liturgia. Hoy celebramos la “memoria obligatoria” de Santa María Magdalena, la Apóstol de los apóstoles (como se la reconoció en el siglo IX) y ni siquiera se celebra en la liturgia como “fiesta”, solo como “memoria obligatoria”.

Nuestra liturgia hace tiempo que necesita una buena reforma, una que nos muestre a la mujeres, a las que han sido grandes referentes, las modelos de nuestra fe “ocultadas” durante demasiado tiempo.

Hoy deberíamos celebrar la “Solemnidad” (que es más que ‘fiesta’) de Santa María Magdalena y hablar de esta mujer no como de una prostituta penitente (como se ha hecho) sino como lo que fue en verdad: una discípula fiel. La última en marchar al pie de la Cruz y la primera en regresar en la mañana de Resurrección.

Fue a ella y no a otra u otros a quien eligió el Resucitado para anunciar la Buena Noticia de su VIDA con mayúsculas. Fue una mujer la primera testigo de la Resurrección, la primera en reconocer a Jesús en su vida recién estrenada. Ella anunció, aunque la tomaron por loca. Ella anunció, aunque sabía que la palabra de una mujer no era tenida en cuenta.

Y fue ella quien con su desconcierto y con su llanto le robó el primer abrazo al resucitado. Aquella primera mañana de Pascua el duelo y la impotencia le devolvieron la identidad perdida: ¡María! Y al oír su nombre, con el timbre inconfundible de la voz del Maestro, el miedo y el desconsuelo desaparecieron para siempre.

Ella que había sabido acompañar a Jesús por los caminos (Lc 8, 1-3), dejándolo todo, arriesgándolo todo, es también la primera en inaugurar el nuevo camino que amanece en la mañana de Pascua.

No, María Magdalena no es la eterna penitente vestida de saco y cenizas. María Magdalena es la mujer fiel y feliz, arriesgada y con autoridad que emprende la hermosa labor de anunciar a todas las gentes. Ella, como los primeros apóstoles, también contó lo que había vivido con el Maestro y su experiencia, tan rica y tan válida como la de ellos ha sido y es instrumento del Reino.

Sin las mujeres en la Iglesia no habría “mañana de Pascua”, si acaso tarde porque ellos, los varones, no madrugaron para ir al sepulcro.

Ahora te invitamos a leer la noticia del 10 de junio.

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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22.7.16. Apostolorum Apostola, Santa María Magdalena

Domingo, 24 de julio de 2016

apostorum-apostolaComo no pudimos publicarlo el mismo día 22, fiesta de María Magdalena, lo traemos hoy para poderlo meditar en este domingo…

Del blog de Xabier Pikaza:

La Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, por deseo expreso del Papa Francisco, ha elevado la memoria de santa María Magdalena a la categoría de fiesta en el Calendario Romano General (22 de julio), creando para ello, por deseo del mismo papa, un prefacio propio titulado Apostolorum Apostola (Apóstol de los apóstoles), donde se dice que ella ha sido la iniciadora de la misión cristiana, realizando una tarea superior (y anterior) a la de los mismos apóstoles. Cf. texto vaticano, en latín, con el antiguo y nuevo título de Magdalena como apóstol de los apóstoles, en
https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2016/06/10/magdala.html:

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, aclamarte siempre, Padre todopoderoso,de quien la misericordia no es menor que el poder, por Cristo, Señor nuestro.

El cual se apareció visiblemente en el huerto a María Magdalena, pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo.

Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo: Santo, Santo, Santo…

Este prefacio papal pone a María Magdalena por encima de presbíteros, obispos y apóstoles. Según el famoso adagio lex orandi lex credendi (la oración es el principio de fe de la Iglesia), este prefacio ha de tener grandes consecuencias en la visión de la mujer en la Iglesia y en los ministerios de la comunidad. En ese contexto, este día (22.7.16), quiero recordar la obra y figura de M. Magdalena.

(Imagen y 3. Icono tradicional de Magdalena como apóstol de los apóstoles, enseñado a Pedro con los Doce
Imagen 2: María Magdalena, patrona de los dominicos estudiantes; escalera principal del convento de S. Esteban, Salamanca).

La primera historia.

La llamaban Magdalena porque era de Magdala, ciudad de pescadores de la costa del mar de Galilea, entre Cafarnaúm y Tiberíades, con más de doscientos barcos y famosa por sus salazones. Ella formó parte del círculo más íntimo de los discípulos de Jesús, que caminaba con Doce varones, para simbolizar a las tribus de Israel, pero que tenía otros amigos, varones y mujeres, quizá más importantes que los Doce.

Todos los seguidores/itinerantes, varones y mujeres, eran íntimos de Jesús: con él andaban, comían y dormían en los campos y aldeas. Entre ellos se cuenta María de Magdala. El evangelio de Lucas (Lc 8, 2-3; cf. también Mc 15, 40-41) supone que ella, y otras mujeres, sostenían económicamente a Jesús y a su grupo. Pero ese dato es posterior y resulta, por lo menos, ambiguo pues en el grupo de itinerantes de Jesús no parece que hubiera patronos para sostener a unos «clientes» pobres. Magdalena no era una rica patrona sedentaria, sino discípula itinerante de Jesús y así subió con él a Jerusalén, compartiendo los discípulos todo lo que tenía.

La tradición posterior ha pensado que había sido prostituta y que los males de los que Jesús le había liberado eran males de prostitución. Pero los evangelios no dicen nada de eso, a no ser que la identifiquemos con la mujer de Lc 7, 37-39. De todas maneras, aunque hubiera sido prostituta, ello no sería deshonra en sentido cristiano, pues el mismo Jesús dijo a los sacerdotes y presbíteros de Jerusalén: «Las prostitutas os precederían en el Reino de los cielos”» (cf. Mt 21, 31-32).

En realidad, sólo se le llama prostituta desde el siglo II, para destacar la misericordia de Jesús con ella y para rebajar su autoridad. En esa línea se ha dicho también que estuvo endemoniada (Lc 8, 2-3), pero ese dato ha de tomarse en sentido simbólico: Magdalena sería un ejemplo de las mujeres curadas por Jesús. Pero la primera tradición no dice nada de eso.

PARA NO MULTIPLICAR LAS MARÍAS,

AppleMarkA partir del evangelio de Juan, la tradición ha supuesto que María Magdalena era la hermana de Lázaro y de Marta.

Pero María, la hermana de Lázaro y de Marta (cf. Lc 10, 39 y en Jn 11-12), pertenece a un contexto social y familiar diferente. Más sentido tendría identificar a Magdalena con la mujer de la unción (Mc 14, 3-9, pues las dos se vinculan a la muerte y pascua de Jesús, pero tampoco esto es probable.

Podemos afirmar que Magdalena estuvo en la Última Cena, aunque no sabemos cómo fue esa cena, pues los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) la han interpretado de un modo simbólico, para destacar la culminación del camino de Jesús y el fracaso de los Doce. De todas maneras, la importancia de Magdalena no está en su presencia o no presencia en la Cena, sino en el hecho de que ella (con otras mujeres), fue la única «cristiana» que vio morir a Jesús, aunque no pudo «enterrarle» (pues no tenía autoridad para ello; cf. Mc 15, 40. 47; 16, 1-8).

Ella ha sido la primera que ha descubierto, por experiencia de amor personal, que Jesús está vivo, que no se le puede buscar en el sepulcro. En ese sentido, su amor de mujer jugó un papel esencial en el nacimiento de la iglesia cristiana, como lo muestran los textos de la pasión de los cuatro evangelios y de un modo especial el final canónico de Marcos (Mc 16, 9) y Jn 20, 1-18. Así lo supone el comienzo del libro de los Hechos (Hech 1, 13-14), aunque después no hable más de ella.

Celso, el más lúcido de los críticos anticristianos del siglo II, entiende bien los evangelios cuando dice que Magdalena (¡a quien él presenta como una mujer histérica!) fue la fundadora del cristianismo.

Ciertamente, lo fue, pero no por ser histérica, sino por ser una mujer clarividente, capaz de interpretar desde el amor luminoso la historia de la vida y el misterio de la persona de Jesús. Esto es mucho más escandaloso y profundo que lo que algunos críticos afirman cuando dicen que ella fue amante e incluso esposa de Jesús. Ella estuvo en el comienzo de la experiencia pascual y fue iniciadora de la experiencia de la Iglesia.

Los sinópticos presentan a María entre las discípulas que habían seguido y servido a Jesús en Galilea, llegando con él hasta Jerusalén, donde permanecieron a su lado hasta la cruz, a diferencia de los discípulos varones que escapan (cf. Mc 15, 50-51; cf. Mt 27, 56.61; 28, 1). Ella aparece ante el sepulcro vacío y debe trasmitir el anuncio de pascua (Mc 15, 47; 16, 1). En esa línea avanza el final canónico de Marcos que dice expresamente que Jesús resucitado se apareció primero a ella (en contra de Pablo que dice que se apareció primero a Pedro: 1 Cor 15, 5). Ella es, según eso, la primera portadora del mensaje cristiano y resulta lógico que, en sentido simbólico, haya sido identificada con la mujer de la unción, de la que he tratado antes.

El evangelio de Juan ha mantenido la tradición de la presencia de María Magdalena en la tumba vacía (Jn 20, 1), pero después ha desarrollado de un modo ejemplar su experiencia pascual, presentándola como primer testigo de la resurrección, en clave de amor.

Ella ha estado ante la cruz de Jesús, aunque su papel queda eclipsado por la madre y el discípulo amado (Jn 19, 25-27) y después, en contra de la tradición sinóptica (cf. Mc 15, 47 par), no aparece como testigo de la sepultura (Jn 19, 38-42). Sin embargo, ella va al sepulcro el domingo de pascua (sin llevar perfumes para ungir a Jesús, en contra de Mc 16, 1).

Según el evangelio de Juan, Magdalena viene dos veces al sepulcro de Jesús.

Primero sola; ya no necesita de las compañeras que según la tradición iban con ella. Va sola pero actúa como representante de todos los discípulos, de manera que, cuando encuentra el sepulcro vacío (Jn 20, 1), vuelve a contárselo a Pedro y al discípulo amado, representantes oficiales de la comunidad. Después con dos discípulos, que descubren el sepulcro vacío y se marchan. Los otros discípulos se van, pero ella queda en el huerto del sepulcro, con la intención de recoger a un muerto (a un cadáver) y llevárselo a su casa (para vivir de esa manera, para siempre, con la muerte). Pero Jesús se le muestra como vivo, jardinero del nuevo jardín de la vida y que le llama por su nombre y le dice:

María…Vete a donde mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Vino María Magdalena y anunció a los discípulos: he visto al Señor y me ha dicho estas cosas (Jn 20, 16-18).

Sin duda, en su forma actual, este relato es posterior, y responde a la teología del evangelio de Juan. Pero transmite un elemento clave del principio del cristianismo: la experiencia pascual (es decir, el origen de la Iglesia) es un recuerdo y encuentro de amor.

En un primer momento, María ha ido al sepulcro para honrar a un cadáver, como han a lo largo de los siglos las mujeres (y los hombres) amantes de la historia. Pero su búsqueda de un «cuerpo» se transforma en encuentro de una persona, de la persona amiga que le acoge (se deja tocar) para darle después una tarea: ¡vete! Mirada así, la experiencia pascual no es sentimentalismo ni pura evasión, sino el descubrimiento de una fraternidad viva: «Vete y diles a mis hermanos… Y María fue…». La buscadora de un muerto se convierte así en compañera y animadora de vivos, como fundadora de la Iglesia.

Desde tiempo antiguo (por lo menos desde Celso, siglo II d.C.), se ha criticado a la Iglesia diciendo que el cristianismo es una experiencia visionaria de un grupo de amigos (de amigas) de Jesús y que el testimonio que ellos han dado, diciendo que le han visto, es un testimonio sesgado, pues los amigos/as ven cosas que no son objetivas, desfigurando la realidad. En contra de eso, los testigos de la resurrección de Jesús (los fundadores de la Iglesia) debían haber sido personas «neutrales», políticos como Herodes o Pilato, economistas, filósofos… Leer más…

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