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“Mística entre pucheros”, por José Ignacio González Faus

Martes, 3 de noviembre de 2015

tumblr_nmoyreqig31rkuhmio1_500Leído en Cristianismo y Justicia:

J. I. González Faus. Es conocida la frase de Teresa de Jesús: “también entre los pucheros anda el Señor” (Fundaciones 5,8). Pero la entenderemos mal si pensamos que eso le ocurría a ella sola, porque debía ser de otra pasta.

Pues no: antes que santa, doctora de la Iglesia o mística, Teresa era simplemente un ser humano de carne y hueso, como todos nosotros. Decir esto parece una perogrullada. Pero, si olvidamos esa perogrullada, todas las grandezas de Dios parecen no pertenecer a esta tierra nuestra. Y acabamos creyendo que no nos atañen a nosotros, sino a seres de otra galaxia.

Por eso creo que no es bueno leer a Teresa olvidando sus cartas: ellas tienen una espontaneidad que no podían tener sus otros escritos, expuestos al ojo escrutador de inquisidores y teólogos. En ellas se permite referirse al Nuncio como “Melquisedec”, a los miembros de la inquisición como “los ángeles”, o a los calzados como “los del paño”. Allí confiesa también que “a una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios”. Cuando hacen provincial a un fraile que ha tratado mal a sus monjas comenta con sorna: “debe ser porque tiene más cualidades que otros para hacer mártires”. Y cuando ve a otro fraile muy seguro sobre la admisión de una postulanta, porque cree que “en viéndola la conocerá”, le para los pies diciéndole que “no somos tan fáciles de conocer las mujeres”

Otras cartas reflejan su lucha para conseguir que no se impusieran a las monjas confesores obligados: “que yo temo más que pierdan el gran contento con que nuestro Señor las lleva…”. O expresan su alegría por “que mande nuestro padre que coman carne las dos de mucha oración”: pues considera que todo eso de los arrobamientos “no me parece más oración”. Reconoce también que “mozas con viejas no se pueden hallar bien”; por eso dice a su querido Jerónimo Gracián que se espanta de “cómo no se cansa de mí”. Pero se tranquiliza pensando que eso es una gracia que Dios le concede, para que “pueda pasar la vida que me da con tan poca salud y contento, si no es en esto”. Sus complicidades afectivas con Gracián (con pseudónimos y todo) darían para análisis más detenidos. Pero al menos apuntemos que a veces se pone hasta pesada quejándose porque le escribe poco; otras veces le explica cuánto le apena que tenga dolor de muelas “porque tengo harta experiencia de cuán sensible dolor es” y si tienes una sola dañada “suele parecer que lo están todas”; o le pregunta “si ha caído en ponerse más ropa, que hace ya frío”. Hacia el fin de su vida reconocerá que ha aprendido a gobernar y no es la que antes era: ahora “todo va con amor”, aunque no sabe si ello se debe “a que no me hacen por qué” (no me crean problemas) o a que, por fin, “ha entendido que así se remedia mejor”.

Baste como conclusión que la más profunda experiencia mística no es incompatible ni con el sentido común, ni con la ironía o la lucha por lo que se cree justo, ni con un carácter enérgico o una afectividad difícil de controlar y con tendencia posesiva… En una palabra: no es incompatible con ser como somos todos. Una amiga, maestra en grafología, me contó que, cuando vio por primera vez la letra de Teresa, su impresión fue de susto porque traslucía “gran sexualidad y afán de poder”. Después comprendí -me explicó- que las personas no somos nuestro carácter ni nuestras pasiones, sino lo que cada cual hace con esos materiales, y que ahí está la grandeza de nuestra libertad. De hecho, con ese temperamento, Teresa escribe en sus reglas que “la priora sea la primera en barrer”, en aquella época en que tantas prioras (hijas naturales de nobles discretamente camufladas), tenían sus sirvientas que les barrían la celda mientras ellas “contemplaban”. ¿Qué contemplarían?…

Esto permite comprender que “los pucheros” no están sólo fuera de nosotros, sino que el Señor anda también en ese complejo puchero que cada uno somos, donde se puede cocer una humanidad de muy buen sabor. Decir que entre los pucheros anda el Señor no significa sacralizar los pucheros, sino divinizar el trabajo hecho con ellos: simplemente porque ese trabajo servirá para alimentar a otros. De hecho, Teresa se lo dice a las hermanas que han de trabajar en la cocina.

Apasionada y dueña de sí, doméstica y entrañable, perseguida y de buen humor, contemplativa y activa, fue también suficientemente sabia como para entender que si a un rico le dicen que modere su plato para que puedan comer los pobres “sacará mil razones para no entender eso sino a su propósito”: porque a los ricos “sus hechos les tienen ciegos”.

Antaño tuve la paciencia de leerme todas las acusaciones que contra ella se presentaron a la inquisición (aquel famoso Orellana que creía jugarse su salvación eterna si no la acusaba…). Hoy disfruto pensando qué es lo que (en esa otra dimensión del más-allá) sentirá aquel acusador viendo a Teresa doctora de la Iglesia y quedando él como analfabeto teológico. Que es lo que son tantos afanes inquisitoriales, de ayer y de hoy.

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“Tiempo para todo”, por Gema Juan, OCD

Miércoles, 5 de agosto de 2015

20124888145_cf884c4699_mDe su blog Juntos Andemos:

La sabia palabra del libro del Eclesiastés dice: «Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol». Como si se hiciera eco de esa palabra, Teresa de Jesús escribía a su gran amigo Antonio Gaytán diciéndole: «Sepa que como en este mundo hay tiempos diferentes, así en el interior, y no es posible menos… y vaya mirando a lo que le inclina más su espíritu». Hay tiempos diferentes… y tiempo para todo.

Teresa había experimentado la prisa y la calma, los agobios de los mil asuntos de la vida y el descanso de la amistad, tanto la divina como la humana. Conocía los humores que zarandean a los seres humanos y lo que el cansancio puede hacer en un buen espíritu, agostándolo y haciéndolo tambalear.

También había disfrutado el regalo de la naturaleza y en el Libro de la Vida decía: «Aprovechábame a mí también ver campo o agua, flores. En estas cosas hallaba yo memoria del Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro».

No solo le acercaban a Dios todas esas cosas, sino que entendía que son un descanso para el cuerpo y el alma. Por eso, ponía mucho interés en que las casas que iba fundando tuvieran huerta y buenas vistas, porque –decía– «para nuestra manera de vivir es gran negocio». Y así, tratando de la casa en la que convenía estar en Sevilla, escribía a su querida María de San José: «Siempre advierta que es menester vistas más que estar en buen puesto, y huerta si pudieren».

Inclinada a la discreción y enemiga de los excesos, dirá a Gracián, su descalzo más protegido, en un momento en que se le iba la mano en esfuerzos y penitencias: «Yo digo, mi padre, que será bien que vuestra paternidad duerma. Mire que tiene mucho trabajo, y no se siente la flaqueza hasta estar de manera la cabeza que no se puede remediar, y ya ve lo que importa su salud». Así de sabia y humana era.

En la misma línea, decía a su hermano Lorenzo: «No piense le hace Dios poca merced en dormir tan bien, que sepa es muy grande; y torno a decir que no procure que se le quite el sueño, que ya no es tiempo de eso».

Teresa era poco amiga de las ñoñerías y le disgustaba que había quienes pensaban que «todo nos ha de matar y quitar la salud» y con esa excusa dejaban de esforzase en el amor y el servicio. Por eso avisaba de la necesidad de «vencer estos corpezuelos» para que no lleven las riendas de la vida.

Pero sabía que muchas dificultades venían, sencillamente, de «indisposición corporal (y de) las mudanzas de los tiempos y las vueltas de los humores». Por eso, era contraria a forzar a las personas, porque eso solo provoca desazón, un «afligimiento –decía– que no sirve de más de inquietar el alma».

Invitaba a la creatividad, a la amplitud de miras y a buscar modos de estar con Dios, cuando no se puede orar, por cansancio u otros motivos: «Sirva entonces al cuerpo por amor de Dios, porque otras veces muchas sirva él al alma, y tome algunos pasatiempos santos de conversaciones que lo sean, o irse al campo».

Teresa animaba a descubrir la propia disposición y lo necesario en cada ocasión, y a comprender que «en todo se sirve Dios», cuando se entra en el camino del amor. Por eso, añadía: «Suave es su yugo, y es gran negocio no traer el alma arrastrada, como dicen, sino llevarla con suavidad para su mayor aprovechamiento».

Dar descanso al cuerpo y al alma, porque el corazón también necesita solaz. A la misma María de San José, por ejemplo le decía: «Para descansar de otras ocupaciones cansosas sería bien vuestra merced no dejase de escribirme alguna vez, que cierto cuando veo su letra me es gran merced y alivio».

«Hay tiempos diferentes» y ya que –como decía a su hermano Lorenzo– «siempre suele Dios traer tiempos para cumplir los buenos deseos», hay que saber vivir el descanso.

Recrearse con la naturaleza y en soledad, como le escribía en otra carta, desde Toledo: «Tengo una celdilla muy linda, que cae al huerto una ventana, y muy apartada». Y recrearse con los buenos amigos que, a veces, cuidan mejor que uno mismo, como decía a Gracián: «Dios me libre de mí, que tan poco caso hago de mi descanso. Plega al Señor me dé alguno en que pueda yo descansar mi alma, muy despacio con vuestra paternidad».

Todavía, por si acaso no hay ventanas con vistas, ni espacios más amables ni tiempos largos de descanso, Teresa invitará a descansar en lo profundo, donde habita Dios, y dirá: «Os será consuelo deleitaros en este castillo interior… podéis entrar y pasearos por él a cualquier hora».

Y en una de sus Cuentas de Conciencia, describe el mejor descanso: «Me vino un recogimiento con una luz tan grande interior que me parece estaba en otro mundo, y hallóse el espíritu dentro de sí en una floresta y huerto muy deleitoso tanto, que me hizo acordar de lo que se dice en los Cantares: Veniat dilectus meus in hortum suum».

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“Trascendencia en clave menor: El humor (III)”, por Gema Juan OCD

Martes, 19 de agosto de 2014

14655653442_33f77496cc_mLeído en su blog Juntos Andemos:

Cuando se observa lo que hacía reír a Teresa, se descubre una manera extraordinaria de vivir, de enfrentarse a las dificultades, de encajar los reveses. La risa desvela en ella una madurez espléndida. Porque para reparar en lo cómico es necesario no estar a la defensiva, quitarse el tono importancioso de encima y estar abierto a que las circunstancias descoloquen lo que parece ya fijado.

La percepción de lo cómico que puede haber en una situación desdramatiza y rompe el miedo. Es una idea que aparece, con frecuencia, en Fundaciones. El humor desmitifica, aleja de pensar que se posee toda la verdad en cualquier asunto, es decir, es un buen bastón para la humildad y, puede ser, como hemos visto, un gran liberador. Todo esto tiene mucho que ver con la espiritualidad que promueve Teresa.

No era amiga de «santos encapotados» y explicaba que «hay algunas personas que parece se les ha de ir la devoción si se descuidan un poco», o sea, que tienen que tener todo muy medido y compuesto para que «no se les vaya un poquito de gusto y devoción». También, con cierta sorna, escribía a Gracián que hay quien «pensará, si ha estrujado algunas lágrimas, que aquello es la oración».

La vida espiritual y la oración no son cosas para encerrarse en uno mismo, más bien justo al revés. El ceño fruncido, el gesto serio, la afectación, la poca alegría, el no poder burlarse de uno mismo, en el doble sentido de la palabra, reírse sanamente y así escapar del propio enjaulamiento… Todo eso no pertenece a una espiritualidad sana.

Para Teresa, el sentido del humor y la capacidad de reír están ligados a la santidad. Lo expresa muy claramente en un momento en el que se enfrenta a algo muy desagradable. Se han propagado calumnias contra el P. Gracián, a cuenta de su trato con algunas carmelitas. Primero dirá a María de San José que «son disparates; que lo mejor es reírse de ellos, y dejarlos decir».

Pero irá más lejos. Le disgusta que Gracián caiga en defenderse absurdamente, y escribirá: «Hacer caso de esos desatinos, ni ponerlos en plática; téngolo por mucha imperfección; sino reírse de ellos». Reírse es invertir el orden de las cosas. Cambiarlo, de modo que resulta un orden más liberador.

No deja de sorprender su humor ante graves dificultades. Cuando escribe al Rey, tras el secuestro de Juan de la Cruz y por causa de los malos modos que usa con las monjas, se referirá al fraile que anda tramando todo, diciendo: «Dicen le han hecho vicario provincial, y debe ser porque tiene más partes para hacer mártires que otros».

Y del nuncio Sega, que tantas y tan serias trabas estaba poniendo a la familia descalza, que empezaba a echar a andar, dirá: «Para personas perfectas, no podíamos desear cosa más a propósito que al señor nuncio, porque nos ha hecho merecer a todos».

El humor es también una forma de mirar y percibir el mundo. Esa mirada le hace decir: «¡Qué al revés anda el mundo!», al hablar de «honras y mayorías», es decir, del modo de entender el estatus quienes creen ser espirituales. Y escribe con mucha ironía: «Cosa es para reír, o para llorar… que no manda la Orden que no tengamos humildad».

También logra reírse del falso aplauso que a veces se da entre las gentes. Sabe que es engañoso, algo hueco y vacío de verdad. Ella ha logrado, poco a poco, una nueva postura: «Solía afligirme mucho de ver tanta ceguedad en estas alabanzas y ya me río como si viese hablar un loco».

Volverá a usar la ironía para evidenciar situaciones que piden cambio. Así, muestra la incoherencia de quienes inventan penitencias y luego no saben vivir bien en la vida ordinaria, de quienes justifican sus costumbres y «querrían que otros las canonizasen», o comenta en sus cartas que «no parece bien estos mocitos, descalzos y en mulas con sus sillas». Para paliar una contradicción y encaminar hacia la verdadera espiritualidad, mejor un poco de humor que de desprecio.

Su ironía no se convierte en sarcasmo. No quiere ofender, pero tampoco puede evitar que haya quien se resienta. Por ejemplo, cuando dice a sus hermanas que, aunque la Inquisición prohíba libros espirituales, «no os quitarán el paternóster y el avemaría», el censor se molestó mucho, tachó lo escrito y apuntó: «Parece que reprende a los inquisidores, que prohíben libros de oración».

En última instancia, como recomendaba en las Constituciones, procuraba no ser enojosa sino que hasta en las burlas, mantenía la discreción. Aunque, por el ejemplo, en el famoso Vejamen –el pequeño certamen espiritual que organizó–, al responder humorísticamente a las participaciones espirituales, alguno de sus amigos encajara muy mal la ironía.

La «trascendencia en clave menor» deja muchas puertas abiertas y queda para pensar por qué una mujer tan espiritual, maestra y mística, imprime a sus obras este tono, esta mirada especial con tanto humor. Por qué intercala historietas, algunas muy cómicas, en el relato de sus Fundaciones, o bromas y comentarios irónicos en medio de la gran historia de amistad que cuenta en sus libros. Teresa dice algo con todo ello, algo de Dios y de los seres humanos.

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“Trascendencia en clave menor: El humor (II)”, por Gema Juan OCD

Martes, 12 de agosto de 2014

14464939468_ac796bfc5f_mLeído en su blog Juntos Andemos:

Teresa de Jesús era una mujer de gran receptividad. Su vida, sus escritos y sus amistades lo muestran claramente. Tenía gran sensibilidad para comprender y hacerse cargo de los demás, también para percibir su entorno, las posibilidades y las carencias.

Esa es una de las razones por las que el humor era uno de sus grandes aliados. Porque, como decía Carlyle, «la esencia del humor es la sensibilidad; la cálida y tierna simpatía por todos los tipos de existencia». Teresa invita a vivir con sensibilidad y simpatía. Y, de hecho, ella siempre ha procurado «dar contento adondequiera que estuviese» y «sentir con pena las penas» de los demás.

Esa empatía le permite bromear con su hermana y amiga María de San José, diciéndole: «¡Oh, qué vana estará ella ahora con ser medio provinciala!», en una ocasión en que María debe asumir ciertas responsabilidades, o con su hermano Lorenzo: «Riéndome estoy cómo él me envía confites, regalos y dineros, y yo cilicios». Sintoniza con lo que viven ambos y, al mismo tiempo, les deja caer un pequeño mensaje.

Por otra parte, el humor es liberador, permite invertir el orden de las cosas y dar la vuelta a situaciones adversas. Teresa lo utiliza para transformar cosas muy serias y convierte lo que puede ser una amenaza, en un aliado. Así lo hace ante la Inquisición, con la que sabía que podía tener serias dificultades por su condición de mujer espiritual, sus experiencias y sus actividades.

Contaba que le decían, con mucho miedo, que eran tiempos difíciles, «recios», y que podían acusarla a la Inquisición. Ella dirá: «A mí me cayó esto en gracia y me hizo reír, porque en este caso jamás yo temí, que sabía bien de mí que en cosa de la fe contra la menor ceremonia de la Iglesia que alguien viese yo iba, por ella o por cualquier verdad de la Sagrada Escritura me pondría yo a morir mil muertes. Y dije que de eso no temiesen».

Erasmo de Rotterdam explicaba en su Elogio de la locura que, en ocasiones, una necedad que no se puede desmontar con muchos y buenos argumentos, viene a deshacerse, se «desbarata en un instante», sencillamente, con la risa. Teresa lo sabía y a la hora de enseñar y corregir se apoyó en ella. Una risa cargada de lucidez y bondad, «risa redentora» la llamó Peter Berger.

A su querida María Bautista le dirá: «Yo le digo que me hace reír, como dice que otro día dirá lo que le parece de algunas cosas. ¡A usadas que tiene consejos que dar!». Y valora mucho que las hermanas del convento de la Encarnación escriben versos graciosos para sobrellevar las muchas dificultades que tenían. Se los envía a Gracián, y le escribe: «Para que vuestra paternidad se ría un poco, le envío esas coplas que enviaron de La Encarnación, que más es para llorar cómo está aquella casa; pasan las pobres entreteniéndose».

Se ríe de la simpleza de Ambrosio Mariano, para prevenirle: «En gracia me ha caído el decir vuestra reverencia que en viéndola la conocerá. ¡No somos tan fáciles de conocer las mujeres!». Y con tanto humor como amor reprende a su querido Gracián, en un momento en que él está muy desanimado: «No ande profetizando tanto con sus pensamientos».

Para reír es cuando escribe a María de San José: «Al padre fray Antonio de Jesús y al padre Mariano dé mis encomiendas, y que ya quiero procurar la perfección que ellos tienen de no escribirme». O cuando le habla de su salud: «Para mí ha sido mucho consuelo saber que tienen salud. Yo estoy como suelo, el brazo harto ruin y la cabeza también; no sé qué se rezan».

Esa risa o humor benigno se vuelve ironía en muchas ocasiones. Con ella, señala a los amigos cosas que han de revisar, es como un dedo que apunta pero sin herir. Le sirve, también, para crear complicidad, porque alude a situaciones y dificultades compartidas, como veremos más adelante.

Dirá al P. Mariano que nada de llamarla «reverenda y señora… parece que vuestra reverencia o yo nos hemos tornado calzados». Y le llama «doctor fray Mariano… vuestra merced reverencia», para que reaccione. Más fuerte –porque mayor amistad tiene– escribe a Gracián, cuando andaba tan cabizbajo: «Si con tan buena vida tiene ese cerro (acritud y pesimismo), ¿qué hubiera hecho con la que ha tenido fray Juan?» [que salía entonces de la cárcel].

La usa igualmente con sus hermanas. Por ejemplo, cuando toca el tema de no atarse en exceso al cuidado del cuerpo, dirá: «Algunas monjas no parece que venimos a otra cosa al monasterio sino a procurar no morirnos; cada una lo procura como puede».

Y, con todo, en el humor, como en tantas cosas buenas, es necesario tener mesura y discernimiento. «Aun en lo bueno hemos menester tasa y medida», escribía Teresa. Y por eso, mientras celebraba el buen humor de sus hermanas sevillanas, les avisaba que tuvieran cuidado al escribir a cierto clérigo: «Harto me huelgo que sea de ese humor. Con todo anden recatadas, que es tan perfecto que quizá lo que pensamos le hace devoción le escandalizará».

Con ingenio, pondrá motes divertidos a sus allegados. «Maestra de las ceremonias» llama a la criada de su hermano Lorenzo, o «Padre eterno» al muy querido jesuita Pablo Hernández. Humor e ironía se mezclan ahí, como en tantas ocasiones, creando el clima de amistad y confianza que tan querido era para Teresa.

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“Trascendencia en clave menor: El humor (I)”, por Gema Juan OCD

Martes, 5 de agosto de 2014

fraiche_5Leído en su blog Juntos Andemos:

La experiencia humana tiene una dimensión cómica. Peter Berger, teólogo y sociólogo estadounidense, llamaba «trascendencia en clave menor» a la posibilidad que tiene lo cómico de ser señal de trascendencia. Porque el humor sirve para trascender, para traspasar la realidad ordinaria. Después, esta trascendencia puede tener implicaciones religiosas o no, eso dependerá de cada persona pero, de entrada, el humor abre una puerta a otra dimensión.

Teresa de Jesús tenía especial querencia por esta clave menor para vivir, y no solo por su carácter. Para ella, el humor era un signo de salud humana y espiritual, que proporcionaba la distancia necesaria en la vida cotidiana, para que esta no absorbiese toda la energía sin más. Y significaba, también, saber ocupar el propio lugar: ni diluir el yo en la nada, ni dejar crecer el ego como una mancha de aceite incontenible. El humor es equilibrio y madurez.

Esa distancia le permite escribir en una Cuenta de Conciencia: «En cosas que dicen de mí de murmuración, que son hartas y en mi perjuicio… entre mí me río, porque parecen todos los agravios de tan poco tomo, los de esta vida, que no hay que sentir». No siempre había conseguido esa distancia. Antes, había sido muy «honrosa» y no soportaba equivocarse.

La capacidad de actuar esa clave menor, de mirar con humor cosas que afectan negativamente, no se improvisa. Teresa ha cultivado ese modo de situarse y de percibir lo que sucede. Es consciente de que tomarse demasiado en serio es un problema, y dice: «Como vamos con tanto seso, todo nos ofende». Por eso, propone el humor como una alternativa y puede decir de sí misma, con mucha sorna: «¡Qué seso de fundadora!», porque escribe a su hermano Lorenzo y no acaba de recordar un poema compuesto por ella misma.

Sin ningún reparo, cuando escribe a sus amigos, se llama a sí misma «vejezuela» y se da cuenta de que hay algo cómico en que una mujer de su edad, sesenta y cuatro contaba ya, tenga que emprender un desmesurado viaje –más excesivo en las condiciones de su tiempo– pasando por muchas ciudades. No percibirlo le hubiera hecho vivirlo en clave de queja.

En una carta al P. Doria, dirá: «¡Qué propia de vieja poco humilde va esta [carta] llena de consejos!». Y se ríe de sí, viendo que tiene mucha tarea epistolar y que se le va el tiempo en cosas que no vienen al caso: «Riéndome estoy de verme cargada de cartas y qué despacio me pongo a escribir cosas impertinentes».

Basta, como resumen, un comentario sobre sí misma, que se extiende en su vida: «Algunas veces me río y conozco mi miseria». Teresa se ve a sí misma, con esa mirada cómica que es capaz de percibir las incongruencias y acogerlas. Una mirada que es aguda, benevolente y veraz, porque todo eso incluye el sentido del humor. Un sentido que ha de abrirse hacia uno mismo y hacia los demás.

Esa veracidad, junto a la flexibilidad que conlleva el humor, no permite instalarse en una humildad absurda que causaría un daño mayor, ni en la arrogancia de quien cree que puede prescindir de los demás. Porque hay un tipo de humor mordaz que rompe con el entorno en vez de abrir una grieta positiva.

Por eso, en función de guardar sus fundaciones, Teresa entiende que debe contrarrestar las terribles palabras del nuncio Sega, que la llamó desobediente, contumaz e inventora de malas doctrinas. Escribirá a su amigo el P. Pablo Hernández: «Aunque soy ruin mucho, no tanto que me atreviese a lo que dicen». Pidiéndole que transmita esa idea al confesor del nuncio. El humor no se convierte en soberbia, como si estuviera por encima de todo y nada importara.

Tenía facilidad para ver el lado cómico de las situaciones y, sobre todo, para leerlas desde ese registro. Cultivaba el sentido del humor no solo de cara a sí, también entre sus hermanas y con las gentes que trataba. Y en cierta manera, disfrutaba cuando podía usarlo frente al establishment, es decir, frente a los diversos poderes que la rodeaban. Fueran eclesiásticos, de linajes o económicos. Por eso es tan rica la ironía en su pluma.

Merece la pena dedicar espacio a este tema en Teresa de Jesús porque aporta una visión sobre ella más abierta y porque ahí vuelve a aparecer como maestra. Su postura propone cambios y estrategias para afrontar momentos diversos, apunta intuiciones para gestionar mejor lo interior y aporta nuevos enclaves para vivir. De todo eso trata esta «trascendencia en clave menor».

Cerramos este primer apartado, con una carta a Gracián de la que solo se conserva un fragmento. En ella aparece Teresa, cansada de que la traten de santa: «Me veía desconsolada algunas veces de oír tantos desatinos», a ese respecto. Y en tono burlón, le dice a su amigo: «Allá, en diciendo que es una santa, lo ha de ser sin pies ni cabeza. Ríense porque yo digo que hagan allá otra, que no les cuesta más de decirlo».

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