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Eleno de Céspedes, un transexual en tiempos de Felipe II

Lunes, 11 de diciembre de 2017

eleno_de_cespedesPor Carla Gómez

Se dice que su ejercicio como cirujano le ayudó a demostrar su identidad masculina

Nació siendo Elena y murió siendo Eleno. El caso –muy conocido en la época- del transexual Eleno de Céspedes demuestra que incluso en tiempos de Felipe II ya existía la transexualidad.

Su historia también demuestra que la persecución al colectivo ya se daba también desde hace siglos. Eleno (cuando todavía era una mujer) se casó primero con un hombre, con el que tuvo un hijo, y después de que su marido muriese, comenzó su transformación y se llegó a casar con una mujer.

Su condición de transexual le llevó a ser condenado por la Inquisición, que le acusó de “desprecio al Matrimonio y tener un pacto con el Demonio”.

Fue precisamente el tribunal de la Inquisición quien hizo famosa la vida y obra de Eleno de Céspedes, ya que todo lo que se sabe procede de las más de 300 páginas de su proceso inquisitorial. Se sabe que nació en torno a 1545 en la localidad granadina de Alhama y que su llegada al mundo fue fruto de una relación extramatrimonial de su padre con una esclava negra.

Esta condición materna convirtió automáticamente a Eleno en esclavo, una condición que mantuvo hasta los 8 años cuando fue liberado y aprendió el oficio – por aquel entonces femenino- de tejedora. Siendo adolescente y todavía haciendo su vida como mujer, se casó con un hombre, un albañil con el que, según el acta inquisitorial de acusación “hizo vida maridable como tres meses” hasta que abandonó el hogar conyugal cuando ya esperaba a su primer y único hijo.

 Al bebé lo dio en adopción y estuvo recorriendo numerosas ciudades de España en un momento en el que también inició su proceso de reasignación sexual, que por aquel entonces se reducía simplemente a vestir con ropa masculina. Según la Inquisición, después de su marido, nunca más volvió a tener sexo con un hombre. Se dice que era bastante promiscua y que actuaba así aún sabiendo que los vecinos la denunciarían a la Inquisición.

Tras esta vida de amantes y cambios de residencia, Eleno se alistó como soldado para luchar en el levantamiento contra los moriscos y después de la batalla, se mudó a Madrid y empezó a ejercer como cirujano, primero sin licencia y después con una licencia, según dicen, fraudulenta –cabe recordar que por aquel entonces el oficio de cirujano era exclusivo de hombres-.

Eleno de Céspedes se casó finalmente con una mujer, después de que un examen genital ordenado por el cura ante la sospecha de que fuese “lampiño o capón” certificase erróneamente que podría engendrar hijos, es decir, se le vio dotado de genitales masculinos. Hizo vida conyugal poco más de un año, hasta que un antiguo compañero del ejército lo denunció. Eleno y su mujer fueron detenidos y él fue sometido a juicio por el tribunal de la Inquisición de Toledo, donde le condenaron a 200 azotes y diez años de ingreso en un hospital.

El transexual, como es obvio, sufría estigma social, un estigma que se vio reflejado en la petición del director del centro donde fue recluido de que lo trasladasen por “el grande estorbo y embarazo” que causaba su presencia.

Se dice que su ejercicio como cirujano le ayudó a demostrar su identidad masculina gracias a la implantación de genitales de algún cadáver, y a la obturación de su vagina. El acta inquisitorial habla de una especie de consolador llamado baldrés como instrumento para las relaciones sexuales con su mujer.

El caso fue tan conocido en la época que posiblemente inspirase a Miguel de Cervantes su personaje Cenotia, una especie de maga nacida en Alhama de Granada y huida de la Inquisición que aparece en Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

Fuente Cáscara Amarga

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“De nuevo”, por Gema Juan, OCD

Miércoles, 9 de septiembre de 2015

20720568530_5b84900cf0_mDe su blog Juntos andemos:

Desde muy pronto, Teresa de Jesús mantuvo relación con gentes de todo tipo. Tenía un entorno familiar amplio y después, más allá de los amigos y parientes, tíos, primos…, tendrá ocasión de tratar con gentes de toda condición: monjas y curas, mercaderes y nobles, grandes señoras y algún joven «nonada rico». Si podía escribir a Felipe II, también sabía percibir la santidad de una «labradorcita», entre sus monjas de Valladolid.

Así, Teresa se asomó al pozo humano. Primero al suyo, después a muchos otros. Sufrió la presión a que la sometía su propio contraste de luz y sombra, pero entendió la inmensa posibilidad de recomenzar siempre, de descubrir permanentemente al Dios que quiere obrar el bien en todos. Y a Él dirá: «Que sea tan grande vuestra bondad, que… os acordéis Vos de nosotros, y que… nos tornéis a dar la mano y despertéis».

Llegó a la armonía dejándose en las manos de ese Dios. Teresa se dio cuenta de que Él estaba muy dispuesto –«aparejado», decía ella– a tomarla con amor; solo reclamaba un poco de confianza. A cambio, Teresa iba a descubrir una nueva manera de vivir: «Decir que hay trabajos y penas, y que el alma se está en paz, es cosa dificultosa». La paz en medio de cualquier circunstancia.

Por eso, escribía: «Tan aparejado está este Señor a hacernos merced ahora como entonces, y aun en parte más necesitado de que las queramos recibir, porque hay pocos que miren por su honra». Hay pocos que se fíen de Él y pocos que acepten la mano llagada que tiende Dios –que es la de Jesús– para andar los caminos de la vida.

De ahí su insistencia en renovar la fe y retomar la confianza, que a veces se adormece. Creer de nuevo y así, escribirá: «Creed de Dios mucho más y más». Creer para tener apertura y reconocer al bondadoso, y para poder «con simpleza de corazón y humildad servir a Su Majestad y alabarle por sus obras y maravillas».

Animará a seguir adelante porque –dice– «el Señor da siempre oportunidad, si queremos». Hay que volver a encender el amor y para eso, Teresa siempre pide lo mismo: «Volver los ojos del alma». Siempre y cada vez, eso pide la maestra: mirar.

Lo primero –dirá– «poned los ojos en vos y miraos interiormente». Es necesario asomarse al propio pozo, ver el agua clara y fresca que hay y el lodo que muchas veces se mezcla con ella. Y hacerlo dirigiendo bien la mirada; por eso Teresa afina y dice «poned los ojos en el centro», porque en el centro está Dios.

Hay que «mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped». Mirar hacia dentro para descubrirse habitado. Y hacerlo de su mano, para que la inmersión sea sanadora. Por eso dirá que «nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien tratando a vueltas de sí con Dios».

El exceso de luz puede cegar: «Cuando mira este divino sol, deslúmbrale la claridad», pero cuando se permanece, Él hace «que los tenga abiertos [los ojos] para entender verdades».

Después de sumergirse y descubrir que hay una fuente interior inagotable, que nace de las entrañas del mismo Dios, Teresa dirá que hay que mirar algo más: «Poned los ojos en el Crucificado».

Una mirada necesaria para que el amor descubierto sea el motor de la vida. Para que no se estanque el agua de la fuente y llegue a los demás. Para poder decir: «Juntos andemos, Señor; por donde fuereis, tengo de ir; por donde pasareis, tengo de pasar».

Y para poder entender que andar con el Crucificado es disminuir los infiernos del mundo, donde Cristo sigue presente, y allí «procurar tomar trabajo por quitarle al prójimo». A eso llama Teresa «ser parte»: tener parte en la misión de Jesús, que trae camino nuevo de liberación, quitando trabajo al prójimo, reduciendo su dolor.

Teresa querrá formar parte de ese nuevo comienzo y anima a todos a entrar. De ahí, su empeño en «tener parte en su reino» y su deseo de «ser parte para que algún alma se llegase más a Dios», de que todo ser humano pueda descubrir al Dios de la vida.

Por eso, importa tanto mirar a Cristo porque así se renueva el corazón con el «grandísimo amor que se cobra de nuevo a quien vemos le tiene tan grande».

Mirar hacia dentro de nuevo. Volver a mirar a Cristo. Ponerse en camino otra vez, sabiendo que para Dios siempre es buen tiempo: tiempo de amar, tiempo de servir, tiempo de vivir. Poder decir con Teresa: «El que os ama de verdad, Bien mío, seguro va por ancho camino… No ha tropezado tantico, cuando le dais Vos, Señor, la mano. No basta una caída ni muchas, si os tiene amor».

Y no olvidar jamás que «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo». Dios siempre da de nuevo la mano.

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“Trascendencia en clave menor: El humor (III)”, por Gema Juan OCD

Martes, 19 de agosto de 2014

14655653442_33f77496cc_mLeído en su blog Juntos Andemos:

Cuando se observa lo que hacía reír a Teresa, se descubre una manera extraordinaria de vivir, de enfrentarse a las dificultades, de encajar los reveses. La risa desvela en ella una madurez espléndida. Porque para reparar en lo cómico es necesario no estar a la defensiva, quitarse el tono importancioso de encima y estar abierto a que las circunstancias descoloquen lo que parece ya fijado.

La percepción de lo cómico que puede haber en una situación desdramatiza y rompe el miedo. Es una idea que aparece, con frecuencia, en Fundaciones. El humor desmitifica, aleja de pensar que se posee toda la verdad en cualquier asunto, es decir, es un buen bastón para la humildad y, puede ser, como hemos visto, un gran liberador. Todo esto tiene mucho que ver con la espiritualidad que promueve Teresa.

No era amiga de «santos encapotados» y explicaba que «hay algunas personas que parece se les ha de ir la devoción si se descuidan un poco», o sea, que tienen que tener todo muy medido y compuesto para que «no se les vaya un poquito de gusto y devoción». También, con cierta sorna, escribía a Gracián que hay quien «pensará, si ha estrujado algunas lágrimas, que aquello es la oración».

La vida espiritual y la oración no son cosas para encerrarse en uno mismo, más bien justo al revés. El ceño fruncido, el gesto serio, la afectación, la poca alegría, el no poder burlarse de uno mismo, en el doble sentido de la palabra, reírse sanamente y así escapar del propio enjaulamiento… Todo eso no pertenece a una espiritualidad sana.

Para Teresa, el sentido del humor y la capacidad de reír están ligados a la santidad. Lo expresa muy claramente en un momento en el que se enfrenta a algo muy desagradable. Se han propagado calumnias contra el P. Gracián, a cuenta de su trato con algunas carmelitas. Primero dirá a María de San José que «son disparates; que lo mejor es reírse de ellos, y dejarlos decir».

Pero irá más lejos. Le disgusta que Gracián caiga en defenderse absurdamente, y escribirá: «Hacer caso de esos desatinos, ni ponerlos en plática; téngolo por mucha imperfección; sino reírse de ellos». Reírse es invertir el orden de las cosas. Cambiarlo, de modo que resulta un orden más liberador.

No deja de sorprender su humor ante graves dificultades. Cuando escribe al Rey, tras el secuestro de Juan de la Cruz y por causa de los malos modos que usa con las monjas, se referirá al fraile que anda tramando todo, diciendo: «Dicen le han hecho vicario provincial, y debe ser porque tiene más partes para hacer mártires que otros».

Y del nuncio Sega, que tantas y tan serias trabas estaba poniendo a la familia descalza, que empezaba a echar a andar, dirá: «Para personas perfectas, no podíamos desear cosa más a propósito que al señor nuncio, porque nos ha hecho merecer a todos».

El humor es también una forma de mirar y percibir el mundo. Esa mirada le hace decir: «¡Qué al revés anda el mundo!», al hablar de «honras y mayorías», es decir, del modo de entender el estatus quienes creen ser espirituales. Y escribe con mucha ironía: «Cosa es para reír, o para llorar… que no manda la Orden que no tengamos humildad».

También logra reírse del falso aplauso que a veces se da entre las gentes. Sabe que es engañoso, algo hueco y vacío de verdad. Ella ha logrado, poco a poco, una nueva postura: «Solía afligirme mucho de ver tanta ceguedad en estas alabanzas y ya me río como si viese hablar un loco».

Volverá a usar la ironía para evidenciar situaciones que piden cambio. Así, muestra la incoherencia de quienes inventan penitencias y luego no saben vivir bien en la vida ordinaria, de quienes justifican sus costumbres y «querrían que otros las canonizasen», o comenta en sus cartas que «no parece bien estos mocitos, descalzos y en mulas con sus sillas». Para paliar una contradicción y encaminar hacia la verdadera espiritualidad, mejor un poco de humor que de desprecio.

Su ironía no se convierte en sarcasmo. No quiere ofender, pero tampoco puede evitar que haya quien se resienta. Por ejemplo, cuando dice a sus hermanas que, aunque la Inquisición prohíba libros espirituales, «no os quitarán el paternóster y el avemaría», el censor se molestó mucho, tachó lo escrito y apuntó: «Parece que reprende a los inquisidores, que prohíben libros de oración».

En última instancia, como recomendaba en las Constituciones, procuraba no ser enojosa sino que hasta en las burlas, mantenía la discreción. Aunque, por el ejemplo, en el famoso Vejamen –el pequeño certamen espiritual que organizó–, al responder humorísticamente a las participaciones espirituales, alguno de sus amigos encajara muy mal la ironía.

La «trascendencia en clave menor» deja muchas puertas abiertas y queda para pensar por qué una mujer tan espiritual, maestra y mística, imprime a sus obras este tono, esta mirada especial con tanto humor. Por qué intercala historietas, algunas muy cómicas, en el relato de sus Fundaciones, o bromas y comentarios irónicos en medio de la gran historia de amistad que cuenta en sus libros. Teresa dice algo con todo ello, algo de Dios y de los seres humanos.

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De los visigodos a los Reyes Católicos: las primeras leyes antigay en España.

Martes, 18 de marzo de 2014

noticias_file_foto_741885_1395057193Interesante artículo que publica Ragap:

La persecución legal de la homosexualidad ya era una realidad en la Hispania romana. La introducción de las costumbres cristianas acabó con la permisividad de las relaciones homosexuales y empezó castigarla con dureza a partir del siglo IV. La castración para los pasivos y la hoguera eran los castigos habituales en los últimos años del Imperio. Pero las leyes promulgadas en nuestro país no se quedaron atrás y desde la época visigoda a la de los Reyes Católicos no dudaron en promulgar penas de gran dureza para los crímenes ‘contra natura’.

Los Visigodos

El Liber Iudiciorum, también conocido como Lex Visigothorum es el gran tratado legal de la época visigoda en España. Entró en vigor hacia el año 654, ya en época del rey Recesvinto aunque la idea de castrar a los gays ya la había adoptado su padre, Chindasvinto. Este código fue de los primeros en la Europa posterior al Imperio Romano en castigar la homosexualidad. La castración y el destierro eran las penas establecidas para cualquier contacto sexual entre hombres, para el sexo anal de cualquier tipo y para el bestialismo. Los bienes se repartían entre sus herederos. Las lesbianas solo eran castigadas si utilizaban un consolador. Posteriormente, una consulta del rey Égica al Concilio de Toledo, máximo órgano de deliberación de la Iglesia de entonces, añadió cien latigazos a lo anterior, además de especificar que el destierro tenía que ser de por vida.

Las Siete Partidas de Alfonso X El Sabio

La invasión musulmana en 711 y las preocupaciones de la Reconquista dejaron la homosexualidad fuera de las prioridades de los gobernantes durante unos cuantos siglos. La Iglesia seguía insistiendo en la maldad de este pecado y constan algunas condenas aisladas por parte de las autoridades eclesiales, pero no fue hasta la época de Alfonso X El Sabio (1221-1284) que la homosexualidad se volvió a incluir en un texto legal. Las Siete Partidas, además de ser un código de una importancia esencial para la España moderna, mencionaba específicamente las calamidades que Dios podía enviar si se permitía la homosexualidad:

“E debese guardar todo ome deste yerro, proque nacen del muchos males, e denuesta, e deffama asi mismo el q[ue] lo faze […] por tales yerros embia nuestro señor Dios sobre la tierra, hambre e pestilencia, e tormentos, e otros males muchos que non podria contar.”

Esta nueva legislación establece la pena de muerte tanto para el activo como para el pasivo, a menos que este último hubiera sido forzado, o fuera menor de catorce años. Se establecía la misma pena para el bestialismo, estableciendo además que también se debía matar al animal, “para amortiguar la remembranza del hecho”. La ley establecía que cualquiera del pueblo podía denunciar la sodomía ante el juez, que decidía si eran hechos probados.

La Pragmática de los Reyes Católicos

medallon reyes catolicosUna vez acabada la Reconquista con la toma de Granada en 1492 los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, volvieron a considerar la persecución de la homosexualidad como una prioridad política. La pena capital, en opinión de los monarcas, no era suficiente. La Pragmática de 1497 establece la “Pena del delito nefando; y modo de proceder a su averiguación y castigo”. El texto recupera las provisiones de la época romana y reintroduce la muerte en la hoguera. Pero en lugar de repartir los bienes entre los herederos y familiares, como en época visigoda, establece la confiscación por el estado de toda su fortuna y tierras.

“Porque entre los otros pecados y delitos que ofenden a Dios nuestro Señor, e infaman la tierra, especialmente es el crimen cometido contra orden natural; contra el que al las leyes y derechos se deben armar para el castigo deste nefando delito, no digno de nombrar, destruidos de la orden natural, castigado por el juicio Divino; por el qual la nobleza se pierde, y el corazon se acobarda […] y se indigna a dar a hombre pestilencia y otros tormentos en la tierra […] y porque las antes de agora no son suficientes para estirpar, y del todo castigar tan abominable delito […] y en quanto en Nos sera refrenar tan maldita macula y error.”

Como novedad, la Pragmática establece que si no se puede probar el acto contra natura “acabado”, pero se tienen evidencias de que estuvo cerca de consumarse y se tenía intención de ello la pena sea exactamente la misma. La ley, a la hora de los interrogatorios, las pesquisas y las torturas a los detenidos, permitía actuar igual que en los crímenes de herejía y de lesa majestad.

La puntilla a estas disposiciones las puso Felipe II con una Pragmática en 1592. No se trataba ahora de endurecer las penas, sino de evitar que los condenados acabaran escapándose por falta de pruebas. La Pragmática autorizaba expresamente a condenar a un acusado aunque no hubiera testigos, si se podían reunir las suficientes pruebas a juicio del tribunal. En una época en la que las confesiones por tortura eran la norma también era habitual que los supuestos testigos, especialmente si también estaban condenados, no coincidieran en el relato de los hechos. Pero la Pragmática autorizaba la condena también en estos casos. Un solo testigo bastaba aunque otros no concordaran. El rey se basó en la práctica del Tribunal de la Inquisición de Aragón, donde también bastaba un solo testigo, según establecieron en 1530. Curiosamente solo si ese testigo único era la mujer del acusado podía desestimarse.

Foto: Alfonso X el Sabio y Las Siete Partidas y Los Reyes Católicos en la Universidad de Salamanca

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