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“A todos los trabajados y cansados. La felicidad de Jesús “

Viernes, 13 de agosto de 2021

f964ddc910acbc5c426350c1b152e08d_XLDel blog de Xabier Pikaza:

Ésta fue su misión: Que hombres y mujeres pudieran ser felices, a pesar de cansancio, hambre y pobreza, en mutuo amor, en gozo esperanzado. Por eso comenzó su misión diciendo: Venid conmigo todos los trabajados y cansados, felices vosotros… (Mt 11, 28-30; Lc 6, 20).

A pesar de ellos, muchos han criticado al cristianismo no sólo por injusto (Marx), neurótico (Freud) o retrógrado (Comte), sino por enemigo de la felicidad, como puso de relieve F. Nietzsche, Así habló Zaratustra (1883, cf. cap. Los sacerdotes):           ¡Contemplad las tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia… ¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho!… Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba dolor… ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz! Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor.

En contra de eso, sobre la felicidad de Jesús  hablaré esté fin de semana (30 de Julio-1 de Agosto) en el Cites, Ávila, en un curso presencial y on line. 

No fue profesional de la religión[1]:, como los sacerdotes de Jerusalén o los rabinos, sino un hombre del campo, heredero de las tradiciones populares; y en ese contexto, desde el fondo de un mundo cambiante (lleno de contradicciones) pudo trazar un camino de humanidad reconciliada por la felicidad[2].

Bautismo de felicidad: En ti me he complacido[3]:

             Y sucedió en aquellos días que llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. 1200px-Piero,_battesimo_di_cristo_04En cuanto salió del agua vio los cielos rasgados y al Espíritu descendiendo sobre él como paloma. Se oyó entonces una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo Querido, en ti me he complacido (Mc 1, 9‒11; cf. Lc 3, 21‒22)

            Ésta fue la revelación iniciática de Jesús, una experiencia de felicidad y misión   que transformó y marcó su vida, tras haber recibido el bautismo que Juan impartía a los penitentes que venían a “confesar sus pecados”, para vivir de esa manera arrepentidos.

            El protagonista de la escena es Dios llamando a Jesús, declarándole su Hijo y añadiendo que en el se ha complacido (esto es, que Jesús le ha complacido). Según la Biblia, en otro tiempo, Dios había ido ofreciendo su palabra y asistencia a ciertos hombres y mujeres, para que recorrieran un tramo  de vida arrepentidos, penitentes.  Pero a Jesús le dijo:: ¡Tú eres mi Hijo, en ti me he complacido!

Esto que Dios dijo a Jesús lo dice a todos y cada uno de los hombres: “Tú eres mi Hijo querido, en ti me he complacido”: En ti (en vosotros) tengo mi felicidad. Este es el Dios que mira y mirando crea, a través de su felicidad, diciendo que los hombres no son simplemente buenos sino muy queridos, destinatarios y portadores de su felicidad. Por eso, antes que libro de las bienaventuranzas de los hombres, el evangelio es testimonio de la bienaventuranza de Dios, pues en la base de la felicidad de los hombres está la que Dios lo sea[4].

            Jesús había ido al Jordán como penitente, para recibir un bautismo de perdón e iniciar así un camino de arrepentimiento, pero, al salir del agua, cumplido el bautismo, descubrió que Dios no le quería penitente sino Hijo, portador de su paz (shalom). Esas palabras de Dios a Jesús (¡Tú eres mi Hijo…!) forman la introducción del evangelio de la felicidad en el comienzo de la historia cristiana. No son ley de conversión, ni absolución de un pecador, sino buena nueva de vida, esto es, evangelio.

            El principio de la vida de los hombres no es la guerra, como dijo Heráclito: “La Guerra es padre y rey de todos: a unos ha acreditado como dioses, a otros como hombres; a unos ha hecho esclavos, a otros libres” (cf. Hipólito, Refutatio IX, 9, 4). En contra de eso, Jesús sabe que el origen y padre de los hombres y los dioses (en el sentido que les daba Heráclito) no es la guerra, ni un deseo de poder que todo lo devofa, sino el Dios de la felicidad de amor, que dice a Jesús (a cada hombre y mujer): “Tú eres mi Hijo”.

 Buena nueva de felicidad, empezando por los niños

Jesús entendió así las palabras centrales del Antiguo Testamento. Supo que Dios le decía:

Súbete a un monte elevado, grita con voz fuerte, evangelizador de Jerusalén;grita con fuerza, no temas…  (Is 40, 9-10).

 Ésta es la buena nueva de la libertad que resuena poderosa sobre un mundo de opresión y cautiverio. Dios quiere que él sea evangelizador, mensajero de gozo entre los hombres. Este evangelio no anuncia una victoria militar, sino el triunfo de la gracia de la vida, la alegría y plenitud para los hombres[5].  Siente así que la voz añade:

d1adcb480d11c8c63c60e721654415d80487eaeer1-552-848v2_uhq¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del evangelizador que anuncia la paz,del evangelizador bueno que anuncia salvación! (cf. Is 52, 7-10

 Evangelizar signi­fica proclamar e instaurar la buena nueva de la felicidad. Dios ha permitido  que dominen por un tiempo los poderes de opresión, tristeza y muerte (hambre, sufrimiento), pero él viene y se manifiesta ya como salvador para su pueblo, empezando por los pobres y oprimidos, los que lloran, los hambrientos.  como sigue diciendo la tradición de este “profeta” de buenas noticias, que es el Siervo de Yahvé (Is 52, 9-11).

             Éste ha sido el atrevimiento de Jesús, su osadía de Reino, cuando empieza  a decir con su vida: Felices vosotros, bienaventurados los pobres, los hambrientos (Lc 6, 20-21), añadiendo::

 ¡Felices vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque escuchan! Porque os digo que muchos profetas y reyesQuisieron ver lo que veis y no vieron,escuchar lo que escucháis y no escucharon (Mt 13, 16‒17; Lc 10, 23‒24).

 Ésta es la palabra clave de la felicidad (makarioi…), propia de los ojos que ven, de los oídos que escuchan. Éste es el gozo inmenso, el gran tesoro de aquellos, llegando a las fronteras de la vida nueva, descubren y disfrutan la alegría desbordante de Dios sobre el pasado y presente de opresión y pobreza de los “condenados” de la tierra.

Ésta es la felicidad que Jesús empieza ofreciendo ante todo a los niños, pues toda alegría comienza acogiendo y alegrando a los niños, alegrándose con los niños…Ellos son la raíz y garantía de la felicidad, como repite de un modo atrevido y desbordante el evangelio, cf. Mc 9, 3; 10, 13-16.

 Siguiendo por los mayores.

 Jesús reconoce y acepta la felicidad de los niños, la acoge, y con ellos quiere ser feliz, para así para los mayores diciendo

 El Espíritu del Señor…  me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos, para dar la vista a los ciegos, para liberar a los atribulados,para anunciar el año agradable del Señor (Lc 4, 18-19).

 Esta felicidad del evangelio es posible porque Jesús la está viviendo. No viene como rey guerrero, sacerdote de templo, rabino de escuela, ni maestro de penitencia, como Juan Bautista, sino simplemente hombre de pueblo, laico de Dios, que se ha sabido vinculado a las promesas de evangelio (felicidad) del libro de Isaías, apareciendo así como testigo y promotor de su obra entre los más pobres de su tierra. Juan Bautista, su maestro, encerrado en la cárcel por Herodes, manda a sus discípulos para que le pregunten:

 Habiendo oído… las obras del Cristo, Juan envió desde la cárcel a unos discípulos para preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro? Jesús les respondió: Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena noticia, ¡y bienaventurado aquel que no se escandalice de mí! (Mt 11, 2‒6; cf. Lc 4, 17‒18)[6].

       Estas son las obras de la felicidad de Jesús. No son “obras” de pura bienaventuranza intimista, propias de “expertos religiosos” separados del mundo, ni obras de ley y cumplimiento externo, sino experiencias de vida total, abiertas de un modo particular a los enfermos, pobres y excluidos de la tierra.

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− Felicidad de los ojos: Que los ciegos vean (Mt 11, 5). En esta palabras late y se expresa el recuerdo de algunas “curaciones” integrales de Jesús, que han recogido con mucho interés los evangelios (cf. Mc 8, 22-26; Mc 10, 46-52; Mt 9, 27-30; 20, 30-34; Jn 9, 1-41. Pues bien, esas palabras expresan y ratifican al mismo tiempo la experiencia superior de un conocimiento liberador del Reino de Dios (cf. Mt 13, 10-17) tal como aparece en la controversia de Jesús con un tipo de rabinismo judío del entorno.

La primera felicidad es que los hombres “vean”, que descubran por sí mismos el don y tarea de la vida, que se dejen transformar por la gracia y libertad del Reino, que sean felices y se amen mutuamente. En esa línea hablará Mt 5, 8 de la bienaventuranza de los limpios de corazón, que verán a Dios, interpretando así el corazón como sede de la visión más profunda. Pero el mundo en general no quiere la felicidad de los hombres, sino que se sometan, que sean “súbditos” del estado, cumplidores de sus leyes, productores y consumidores de sus bienes.

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Buda y Cristo. Dos caminos, una felicidad

Jueves, 12 de agosto de 2021

buddha_and_jesus1Del blog de Xabier Pikaza:

El futuro no será de los más ricos, ni de los más fuertes en armas, ni de los expertos en manipular dichas compradas, sino de los que son realmente felices y enseñan a serlo a los demás. Entre ellos destacan Gautama (Buda: Iluminado) y Jesús (Cristo, Mesías). A ellos se les puede garantizar futuro y con ellos a la humanidad.

| X. Pikaza Ibarrondo

Vivo en el interior de Salamanca, en un pueblo de cristianos viejos. Hay misa dominical, con respetable asistencia, pero en mi barrio no encuentro ya signos cristianos.

Nadie ha puesto una cruz frente a su casa, mientras dos vecinos han plantado en su jardín dos grandes budas signos de felicidad. No tengo nada contra Buda, sino mucho a favor, pero la cosa me extraña.

Este signo oriental de felicidad me hace pensar, y por eso he querido que el cursillo de este fin de semana en el CITES de Ávila (del 30.7 al 1.8) empiece con una comparación entre dos modelos de felicidad: el de Buda y el de Cristo.

Buda, felicidad sobre el deseo

         Al norte de la India, bajo el Himalaya, habitaba un príncipe llamado Gautama Sakyamuni. No era un brahmán, contemplativo, experto religioso, sino rey en busca de felicidad [1].

     No era feliz, y por eso dejó dejó reino y palacio para hallarla.   Busco y buscó felicidad, pero sólo encontró tres sufrimientos:

‒ Primero: enfermedad. El hombre es un animal enfermo,  en riesgo de enfermedad constante, envuelto en sufrimientos.

‒ Segundo:vejez. El hombre es un esclavo del paso del tiempo. Lo más hermoso (vivir muchos años) es en el fondo lo más doloroso (una vejez más extensa).

‒ Tercero:muerte.   No hace falta morir por guerra o por asesinato. A todos alcanza la muerte inexorable.

Gautama fue a preguntar a los monjes, pero no supieraon enseñarle nada. Siguiendo su camino, llegó hasta la la higuera del Ganges, en Benarés, y allí le sobrevino la Luz (=fue alcanzado por ella),descubriendo la esencia de la felicidad, que es la esencia de la vida:

1. Esta vida no es felicidad, sino todo sufrimiento. Sufrimiento es nacer y es morir, es dolorosa la enfermedad y dolorosa la vejez, de forma que nunca podemos alcanzar aquello que queremos. No existen diferencias entre clases sociales ni entre sexos: hombres y mujeres, ricos y pobres, brahmanes o parias, todos estamos sometidos a una misma violencia originaria, de forma que somos desdichados (no felices) en el mundo.

2. El sufrimiento nace del deseo. El mismo hecho de vivir como resultado de un deseo es ya doloroso. No es castigo de un pecado anterior, pues el mismo hecho de nacer y vivir es ya un tipo de sufrimiento. En el fondo nacemos porque deseamos sufrir y por eso, para superar el sufrimiento hay que superar  todo deseo, retrocediendo  más allá de la niñez y del mismo sufrimiento a la vida anterior del no-nacido.

3.Sólo cuando el hombre no desea nada emerge (sin desearla) la felicidad. Esa felicidad no se debe desear, ni buscar, pero el hombre tiene que prepararse para ella a través de una vida recta, cumpliendo una serie de normas o consejos que el mismo Buda fue exponiendo a sus seguidores, ofreciéndoles así un programa de respeto vital (no-violencia), dominio sensorial (superación de las pasiones), bondad, compasión, alegría, solidaridad etc.

4.No hay programa activo para alcanzar felicidad, ella viene como don, cuando el hombre supera todos los deseos y programas. Esta es la paradoja: Cuando no desea nada, ni siquiera la felicidad, se tiene todo, con la felicidad. El auténtico budista es un muerto en vida, y de esa forma es un viviente superior, sin pretenderlo, un bienaventurado, sea como rostro de absoluta tranquilidad, sea como cuerpo reconciliado consigo mismo.

 Felicidad bondadosa. El budismo compasivo

 images  En la línea anterior, imitando un título famoso de K. Rahner (Oyente de la Palabra, Hörer des Wortes, 1941), podemos definir al hombre como Oyente de la felicidad, pues la “palabra de felicidad”, no se crea ni conquista, sino que se escucha y acoge, como música más honda de la vida. Por eso, el budista es un iluminado, que reciba, acoge e irradia felicidad, en un proceso en el que suelen distinguirse tres momentos de irradiación de la bienaventuranza:

 ‒ Maitri o benevolencia feliz. Quien ha sido iluminado, rompiendo así la cadena del destino y de la muerte es internamente feliz: dulce y discreto, cordial y afectuoso. Nada consigue perturbarle, nada llenarle de ira. En medio de una tierra dura y fuerte en la que vive, una tierra destrozada por el odio, las pasiones y deseos, el auténtico budista sabe ser y comportarse con benevolencia, siendo así testigo de felicidad entre los hombres y mujeres de su entorno, a quienes ofrece el testimonio de su felicidad, sin exigirles ni imponerles nada.

Dana, nueva vida como regalo de felicidad. El budista sigue sabiendo que en el mundo todo sufre, se retuerce y gime. Ciertamente, él se encuentra liberado por dentro, es feliz, pero al mismo tiempo reconoce que el dolor es destructor para los otros, y así quiere, en lo posible, remediarlo o, por lo menos, no aumentarlo (con un deseo bueno de bienaventuranza compartida). Por eso hace el bien y remedia a quien está necesitado. Su vida ya no es suya, no le pertenece, pues no la desea ni retiene; por eso puede darla, compartiéndola con todos, en gesto de gratuidad.

Karuna, compasión piadosa. En este gesto culmina el camino de felicidad del budismo, la intuición de que el dolor, que todo lo domina, puede superarse. Sin duda, cada uno ha de asumir a solas su camino y alcanzar la libertad por su concentración y desapego (no deseo). Pero, el bien iluminado sabe, además, que su vida no puede separarse de la vida de los demás sufrientes. Por eso, el budista comparte el dolor de todos, y procura acompañarles (ayudarles) en su vía de liberación, ofreciéndoles el testimonio de su felicidad.

 En esta compasión solidaria de felicidad culmina el budismo. Más allá del vacío de la mente y de la voluntad emerge la plenitud de un gozo que se abre hacia los otros. Más allá de la muerte simbólica (nada sentir, nada desear) hay un nuevo continente de vida iluminada, bondadosa, solidaria, de felicidad. Esto es lo que de verdad atrae y da sentido en el camino del budismo. De esa manera, aquello que podía iluminación sin objeto (encuentro con la luz, más allá de todas las circunstancias de la vida de la tierra) se convierte en amor compasivo con objeto, es decir, abierto a cada uno de los hombres y mujeres del entorno.

Budismo y cristianismo. Dos caminos, una bienaventuranza

felices-vosotros-las-bienaventuranzas Budismo y cristianismo son dos creaciones supremas del espíritu, dos caminos básicos de felicidad. Ambos implican un tipo de revelación o iluminación, vinculada en el cristianismo al Dios personal (Padre) que se encarna en un hombre (Jesucristo) y en el budismo al programa de iluminación y transformación personal de Buda.   De esa forma se vinculan (se distinguen y se relacionan) los proyectos Buda y Jesús, que son, a mi juicio, los dos bienaventurados más significativos de la historia humana:

 ‒ Buda no cree (o no insiste) en la existencia de un “Dios personal”, feliz en su amor y en la irradiación de su felicidad al mundo. Según eso, no busca la transformación (salvación) exterior de los hombres ni insiste en el poder creador y transformante de un amor, que puede expresarse en la comunicación de la vida, con el posible nacimiento de nuevos seres humanos (en la línea del Cantar de los Cantares), de forma que es muy “reservado” ante las relaciones sexuales.

No quiere transformar el mundo en amor activo(ni engendrar nuevos seres humanos), sino liberar (sacar) de este mundo de deseos perversos a los “iluminados”, creando para ello una especie de “orden de monjes”, cuya ley básica es no‒desear y cuyo impulso fundamental en el testimonio de la felicidad, abierta a todos, por encima de las divisiones estamentales que sancionaba en general el hinduismo[2].

 Buda quiso superar el deseo que encadena al ser humano en un mundo violento, desgraciado, desgarrado, creando un movimiento de monjes liberados de todo deseo, de forma que ellos, superados sus impulsos y abandonando sus bienes, pudieran formar una shanga o comunidad de liberados. Sólo ellos, los monjes, son auténticos budistas; los otros (los no monjes, aquellos que se casan y administran bienes) sólo son “simpatizantes”, de forma que no pueden alcanzar así el nirvana en esta vida, cosa que harán sólo en nuevas reencarnaciones, cuando vivan plenamente como monjes.

 ‒ Por el contrario, desde su raíz judía, Jesús cree en el Dios personal feliz (que hace feliz al hombre) y en el valor y tarea (acción externa) de felicidad que irradia el hombre iluminado. Por eso ha insistido en presencia de Dios en la vida de los hombres, en medio de sus relaciones sociales y sexuales, insistiendo en el amor de unos a otros, empezando por los niños (cf. Mc 9, 33‒37; 10, 13‒16), como centro y camino de felicidad. Lógicamente, él no ha creado un movimiento de monjes separados (que han surgido mucho más tarde en la Iglesia), sino un “reino” de hombres y mujeres en el mundo, en comunicación integral de felicidad,

Por eso, Jesús no empezó negando el deseo, sino afirmando el amor, que es principio de felicidad compartida por todos los que escuchan y cumplen la palabra de Dios. Por eso, él sino un movimiento universal de bienaventuranza, para célibes y no‒célibes, hombres y mujeres, empezando por los niños. En el principio de la bienaventuranza de Jesús no está la negación (no‒desear), sino el amor positivo, de forma que los hombres pueden gozar viviendo y compartiendo lo que son, en un camino de felicidad, dentro de esta misma tierra.

 En esa línea se distinguen los proyectos. Buda instituyó un movimiento en principio universal, pero de hecho elitista, de superación del deseo, de manera que su despliegue de felicidad quedó reducido básicamente a los monjes. Jesús se atrevió a ofrecer la felicidad de Dios a los sufrientes, en especial a los pobres y necesitados, iniciando con ellos un camino de bienaventuranza en el amor. En esa línea, en principio, los hombres no son felices por lo que ellos hacen, sino por lo que reciben (siendo amados de Dios), como seguiremos viendo en los dos últimos capítulos de este libro sobre las bienaventuranzas.

 Buda concibe la vida del hombre en el mundo como desgracia (caída, pecado), identificando la felicidad con la liberación (salida) del mundo. Jesús io asume y despliega la tradición bíblica de la creación positiva de Dios, de forma que el hombre puede y debe ser feliz en la tierra. Por eso, su felicidad no es no‒vida (¡vivir más allá de los deseos!), sino vida transformada, cumplimiento superior de los deseos.

‒ Buda tomó como punto de partida el dolor, vinculado al deseo, y buscó la liberación, siendo muy sobrio en sus afirmaciones, tanto en relación con una posible divinidad (que resulta en el fondo innecesaria) como en relación con lo nirvana (paz final que es puro no‒deseo).Su experiencia se concretó en un programa de iluminación y felicidad, abierto a todos los que, superando sus deseos, se atrevan a vivir como iluminados, en felicidad superando así el estado de “caída y deseo” en la tierra. Él no aparece así como liberador de los demás, pues no vivió ni murió por ellos, sino como ejemplo o testimonio de feliz liberación sobre la tierra.

‒ Jesús toma como punto de partida el amor de Dios a quien concibe como Padre, de quien brota la liberación del deseo egoísta y la instauración de un estado de no-violencia activa sobre el mismo mundo. En esa línea, más que su doctrina en cuanto tal importa su vida y su muerte, al servicio de la libertad y felicidad de los hombres. Por eso, sus discípulos le presentaron tras su muerte como felicidad encarnada de Dios. En esa línea, estando por un lado más cercano a Buda, su proyecto de felicidad tendrá elementos que se parecen más al de Crisna, en la línea de un encuentro personal de los hombres con Dios.

 Notas.

[1] Para una visión general del tema, cf. H. Bechert y H. Küng, Budismo, en H. Küng (ed.), El cristianismo y las grandes religiones, Cristiandad, Madrid 1987, 359-520; D. Dragonetti, Unada. La palabra de Buda, Barral, Buenos Aires 1971; N. Mahathera, Initiation au Boudhisme, Michel, Paris 1968; J. Masson, Le Bouddhisme, DDB, Paris 1975; G. Menshing, Buda und Christus, Bonn 1952; R. Panikkar, El silencio de Dios, Guadiana, Madrid 1970; W. Rahula, L’Enseignement de Bouddha, Seuil, Paris 1961; L. de la Vallée-Poussin, Nirvana, Beauchesne, Paris 1925; H. von Glaseenapp, El budismo, una religión sin Dios, Barral, Barcelona 1974.

[2] En esta línea, el proyecto budista podría compararse con el ideal ético de san Pablo, cuando dice: “No debáis nada a nadie, antes bien amaos mutuamente, pues quien ama al otro ha cumplido la ley. Porque el mandamiento de no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier otro queda asumido (y cumplido) en el amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor al prójimo no hace ningún mal; porque el amor es la plenitud de la ley (Rom 13, 8-10). Este pasaje supone que hay tres “deseos” concretos y un cuarto que los engloba a todos. (1) Un deseo de adulterio en sentido sexual y posesivo (tener lo más grande que otro tiene, para así y dominarle). (2) Un deseo de homicidio, que nace de la violencia y de la envidia, destruir al otro para ser yo mismo. (3) Hay, finalmente, el deseo de robo y apoderarme de todo lo que tiene el otro, negándole así el fundamento de su vida. (4) Tras esas tres prohibiciones particulares Pablo cita al fin el mandamiento abarcador que los condensa a todos, diciendo no desearás (ouk epithymeseis).

El texto del decálogo (Ex 20, 17; Dt 5, 21) citaba el deseo de unos objetos concretos (casa, mujer, siervo, criado, toro, asno); Pablo los condensa y universaliza diciendo «no desearás», presentando así el deseo como “pecado originario”, causa de todos los males, situándose así en una línea cercana a la del budismo, como he venido destacando. Como buen rabino, Pablo ha resumido toda la ley israelita en este último mandato negativo, en una línea cercana al budismo. Pero élsabe que esa barrera del “no desear” resulta insuficiente. Por eso completa el tema y lo plantea en forma positiva, presentando un deseo más alto, no en forma de prohibición o negación, sino de despliegue vital: Amarás a tu prójimo. Más allá de la ley, centrada de forma negativa en el «no desearás», formula Pablo el mandamiento del amor al prójimo, que ocupa de algún modo el lugar del Shema: «Escucha Israel, Yahvé nuestro Dios es un Dios único; amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón…» (Dt 6, 4-5; cf. Mc 12, 29 par).

Allí donde la ley pretendía cerrar con su mandato el camino del deseo, esta exigencia positiva extiende ante los hombres el más alto impulso y camino de un deseo de amor purificado, que les permite realizarse plenamente, siendo lo que son, lo que han de ser en Dios, como invitación y tarea de gracia. En este contexto ha proclamado Pablo la palabra decisiva de la antropología del Nuevo Testamento, que hemos visto ya en el centro de la tradición sinóptica: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Aproximación general al tema del «deseo» en A. Exeler, I dieci comandamenti, Paoline, Roma 1985, 159-169. Sobre Rom 13, 8-10, cf. C. K. Barret, Romans, Black, London 1973, 249-251; O. Michel, Römer, Vandenhoeck, Gottingen 1966, 323-327; H. Schlier, Romani, Paideia, Brescia 1982, 632-635; E. Käsemann, Römer, HNT 8a, Mohr, Tübingen 1974, 344-348; U. Wilckens, Romanos II, Sígueme, Salamanca 1992, 407-415.

Budismo, Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad , ,

Felicidad de Jesús. Por la senda de los muchos sabios (pobres) que en el mundo han sido

Martes, 3 de agosto de 2021

Fray Luis de león_detailDel blog de Xabier Pikaza:

Un poeta de la Nueva Castilla, afincado en la Vieja (Salamanca) escribió un poema sobre la “descansada vida de los pocos sabios que en el mundo han sido” (Luis de León). Jesús, en cambio, ofreció felicidad para multitud de pobres, llamados a escuchar la palabra de dicha de la vida, siendo no sólo felices ellos, sino irradiando felicidad a los ricos.

Para ser feliz, Luis de León se retiró en su casa-huerto rico, del monte en la ladera, junto al río, para cultivar su felicidad a solas, “libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo”, porque se decía: “vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, a solas, sin testigo…”.

Jesús quiso abrir una ancha senda de felicidad en el amor, sin odio ni recelo, pero con celo inmenso de vida, de esperanza. Una felicidad que no decía “vivir quiero conmigo”, sino en medio de otros, mis amigos, recibiendo y dando amor a ríos, con miles y millones de “sabios pobres”.           

La felicidad solitaria del rico que dice hacerse pobre al retirarse al huerto junto al río tiene su valor, como yo mismo he destacado en algún escrito. Ese retiro de ermitaño puede formar parte del camino de la dicha más perfecta, amor de solitarios que convierten su desierto en campo que se abre al gozo compartido. En esa línea, el ideal y camino de la felicidad de Jesús tiene que ser una senda de bienaventuranza desde los más pobres (Imágenes. Fray Luis, en su Salamanca rica; ermita de pobre en la Batuecas; libro… ante una cúpula pobre de la pobre Jerusalén)

FELICIDAD DEL POBRE, UN PRINCIPIO DE EVANGELIO

En la forma actual de división, injusticia económica y opresión política, el rico en cuanto tal no puede ser feliz, a no ser de manera mentirosa, engañándose a sí mismo y engañando (oprimiendo a los demás). Conforme a Jesús, la felicidad se identifica con la gratuidad, esto es, con la fe (confianza en Dios), en medio de una vida de carencia y opresión.

IMG_5020aEsta es la experiencia originaria de Jesús: Él descubre y dice que los pobres y excluidos que pueden ser felices, en contra de un orden social (un mundo) que vive empeñado en tener y poder, en la salud exterior y el dominio sobre los demás. La felicidad implica un tipo de “acogida”, de aceptación. Esto es algo que muchos pobres no saben, y por eso viene Jesús a decírselo, con su vida, con su presencia, con su ayuda.

Entendidas así, las bienaventuranzas constituyen un reto, una apuesta de Jesús, que descubre y expresa su felicidad entre los pobres, de quienes recibe y con quienes comparte la dicha de la vida, hecha de paz interior, de gratuidad y esperanza. En principio, no quiere cambiar nada por la fuerza, por la ley establecida, por un tipo de sacralidad del templo. Acepta las cosas como son, y en ellas descubre la felicidad.

1.En el principio está la felicidad. No somos nosotros los que inventamos (creamos y cultivamos) la dicha, sino que ella empieza siendo un don, un regalo. De la felicidad del amor hemos nacido, los ojos dichosos de una madre han encendido felicidad en nuestros ojos… Por felicidad de Dios (=de la Vida) hemos nacido; partiendo de la felicidad nos vivimos, nos movemos y existimos.

             Ciertamente, en el Antiguo Testamento, la felicidad está vinculado a la justicia de Dios, que protege a huérfanos, viudas y extranjeros, a todos los que en este mundo no pueden (o no quieren) triunfar por sí mismos. Pero esa justicia abierta a los pobres (desde los más pobres) no puede existir sin felicidad precedente. Sin gozo primero no hay nada, sin un día olvidamos (o rechazamos del todo) la felicidad nos mataremos. En los países que se llaman “más adelantados”, el suicidio es ya la primera causa de muerte de los jóvenes.

2.La felicidad de los pobres, ellos nos evangelizan. Los ricos y poderosos de Luis de León en el siglo XVI (y los de ahora, siglo XXI) quieren ser felices por aquello que tienen, por su gran riqueza, sus palacios, sus afanas… pensando que así pueden alcanzar la dicha, pero sin lograr alcanzarla. Entre los más ricos son muchos los que se suiciden, los que sólo viven a base de drogas, analgésicos, mentidas. La felicidad no es algo que se tiene o se puede conseguir a golpe de talonario o palacio, sino un don antecedente, el propio ser, la vida.

 thumb.1bienaventuradoslospobresenespirituporquedeelloseselreinodelo_16_jesusdenazaret           Jesús lo descubre así en los pobres, así lo aprende, así se lo dice. En ese sentido podemos y debemos decir que él ha sido “evangelizado” (ha recibido la buena nueva de Dios) por los pobres. Ellos le han hablado así con su vida del don de Dios que es vida, le han descubierto su tarea: Ellos le dicen que el mismo Dios le ha enviado a proclamar esta buena noticia de la vida y del Reino de Dios que está en los pobres, descubriendo en ellos rostro de Dios, e iniciando desde (con) ellos el camino el camino de la paz mesiánica (Lc 4, 18-19; Mt 11, 5).

3.Bienaventurados los pobres, ellos pueden hacer bienaventurados a los ricos. No son los ricos los que deben ofrecer felicidad (bienaventuranza) a los pobres, pues no la tienen, sino todo lo contrario: Son los pobres los que pueden hacer bienaventurados a los ricos, si es que se dejan amar y acoger por los pobres, que no quieren quitarles nada (ni riqueza, ni poder). No se trata pues de una inversión de peones (que los pobres se hagan ricos, que los ricos se hagan pobres), sino de una elevación de todos.

            Se trata de subir de plano, sino de volver al origen de la creación: Vio Dios que todas las cosas eran buenas, especialmente los hombres.  Jesús descubrió en los pobres y supo por experiencia propia que la felicidad no es la riqueza o poder de algunos, ni un tipo de satisfacción externa, sino la gracia de la misma vida, pero no para encerrarse en ella, como ermitaños, eremitas de huerto junto al río, sino como hermanos, amigos de todos, por todos los caminos. Los pobres felices pueden irradiar esa experiencia, cambiando así no sólo su propia de vida, sino la vida de los mismos ricos, de forma que ellos también (los ricos) descubran y cultiven el gozo de la gratuidad, de la vida como don, felicidad compartida.

4. Los pobres han sido el mesías de Jesús, ellos le han enseñado a descubrir a Dios. Ciertamente, Jesús llama a su lado a los pobres (¡venid todos los cansados y agobiados…!), y lo hace como “mesías de Dios”. Pero han sido ellos los que le revelan el rostro divino de la vida: ellos le han dicho que hay Dios, el Dios que le habla y le llama, le enriquece y transforma por medio de ellos, los pobres.

            Por eso, Jesús ha salido del desierto del río Jordán, donde esperaba, con Juan Bautista, la llegada del juicio de la ira (el hacha, el huracán, el fuego…). Jesús salió de su pequeño huerto junto al río para anunciar a todos la felicidad de Dios, en medio de la misma pobreza y enfermedad del mundo. Alguien ha dicho que “los pobres mueren y no son felices” (cf. A. Camus). Pero Jesús sabe que los mismos pobres pueden ser y son felices, millones de hambrientos, sedientos, desnudos, extranjeros, enfermos y encarcelados (cf. Mt 25, 31-46), descubriendo y reconociendo en su pobreza la chispa de la vida, no para que todo siga igual, sino para transformarlo todo en justicia de amor.

5. Los pobres son evangelizadores, ellos abren un camino universal de la felicidad. No una senda exclusivista de “club VIP” de ricos, sino una “vía magna” de bienaventuranza y victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio. Todos pueden unirse en ese camino de pobres. Para unirse en ese camino universal de vida no hace falta tener nada, sino ojos para admirar, corazón para latir en sintonía con otros, manos para acompañarse.

            Según eso (conforme a la bienaventuranzas y a Mt 15,31-46), privilegiados de Dios no son sólo los pobres-pobres, sino aquellos a quienes los pobres les ayudan a descubrir el gozo de la gratuidad, de forma que ellos, los ricos,  conviertan también su vida en don para los otros. Aquí no se habla ya sólo de pobres materiales, sino los hombres felices, que irradian la felicidad de Dios, según Jesús. De esa manera, unos y otros, pobres y aquellos que les acompañan y aprenden pueden formar y forman una iglesia fraterna de felicidad donde lo que importa es  la experiencia de Dios como vida y  el amor mutuo: amor al lejano y al cercano, al enemigo y al amigo, amor que crea comunión.

EXPERIENCIA DE CRISTO, TAREA DE LA IGLESIA

1.Cómo enriquecerse unos a otros. Los ricos como ricos de bienes materiales pueden dar comida y casa, vestido, un tipo de dignidad externa. Los pobres, en cambio, pueden dar felicidad, experiencia de transformación, de curación personal… (Mt 25, 31-46). Conforme a los mandatos misioneros más antiguos (Mc 6; Mt 10; Lc 9 y 10) Jesús envía a sus discípulos sin bienes materiales (sin alforja ni dinero). Les dice que vayan  y ofrezcan palabra y curación.   Leer más…

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Cómo nacer de nuevo

Viernes, 30 de julio de 2021

nacer-nuevo_2359574032_15653329_660x371Del blog de Pedro Miguel Lamet:

¿Por qué la gente se siente infeliz?

Pese a los grandes logros de la era tecnológica y el desarrollo de los países del mundo occidental en el que nos encontramos, algo falla para que la media de nuestros habitantes arroje un índice tan elevado de infelicidad.

Los maestros espirituales siempre enseñaron la necesidad de nacer de nuevo, cambiar por dentro, alcanzar la luz, lo que redunda inmediatamente en el mundo de fuera.

La condición es saber morir cada noche y nacer al amanecer del día siguiente y tener capacidad de despertar con aires de estreno. Ello supone cambiar nuestra forma de mirar

Sumergirse en este instante, sin preocuparse por lo que ya se fue o lo que va a venir nos permitirá gozar a tope de lo que tenemos entre las manos que es en sí mismo una ventana a la luz total, la única realidad ajena a ese sueño, a esa proyección fugaz.

Y la gran pregunta de Nicodemo que es la pregunta clave de la vida: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo, ¿podrá entrar de nuevo en el vientre materno para nacer?

Solo desde dentro, se puede dar el salto mortal a la vida verdadera. No hay que esperar a ver el otro lado. Saborear lo hondo del ser, sin conceptualizarlo: solo sentirlo desde el silencio

Una encuesta callejera sobre lo opinión que tiene la gente acerca de su vida nos daría un resultado mayoritariamente negativo. Casi nadie está contento con su suerte. O el trabajo no les satisface, su vida afectiva es una fuente de problemas o la economía, la salud física o mental no anda muy bien. Pese a los grandes logros de la era tecnológica y el desarrollo de los países del mundo occidental en el que nos encontramos, algo falla para que la media de nuestros habitantes arroje un índice tan elevado de infelicidad. Porque dependemos de los acontecimientos exteriores, no de nuestro auténtico yo.

Se puede decir que todos morimos y nacemos un poco cada día. Abandonamos algunas cosas y comenzamos otras nuevas. Vamos, casi sin darnos cuenta, cambiando de rostro, de experiencias, de objetos, de ropa, de amigos. Cuando muere una persona conocida, cuando nuestra ocupación evoluciona o visitamos un nuevo lugar, algo cambia en nosotros. Sin embargo es el cambio interior el más importante y del que dependen todos.

 A ese nacimiento me refiero, al que condiciona a todos los demás. Porque “no es fuera, sino dentro donde hace mal o buen tiempo. Si echamos una ojeada atrás percibimos que, aunque un substrato de nuestra personalidad siempre está ahí, ¿en qué nos reconocemos ahora de cuando teníamos ocho, quince, veinte o treinta años? Nuestras células cambiaron al ritmo de nuestras experiencias y etapas.

Pero no se trata de evolucionar sólo a golpe de desengaños, sino de ser autores de nuestra vida. Los maestros espirituales siempre enseñaron la necesidad de nacer de nuevo, cambiar por dentro, alcanzar la luz, lo que redunda inmediatamente en el mundo de fuera.

Cada día puede ser de este modo un descubrimiento y un paso más hacia la felicidad. La condición es saber morir cada noche y nacer al amanecer del día siguiente y tener capacidad de despertar con aires de estreno. Ello supone cambiar nuestra forma de mirar, tirar las viejas gafas llenas del polvo de los años y con ellas los esquemas heredados, los criterios preestablecidos, las normas aprendidas de memoria para redescubrir la vida, las personas, los paisajes y colores.

Que ¿cómo se hace? Sugiero una técnica sin técnica: Estar atentos, permanecer vigilantes, intentar ver la verdad que está detrás de cuanto la llamada la realidad nos ofrece. Así miraron los místicos, santos y algunos poetas. Eso es lo que pedía Juan Ramón Jiménez: “Inteligencia: dame el nombre exacto de las cosas”. Lo que mira el objetivo de un gran cineasta o un consumado pintor. Para él el recodo del árbol junto al río es distinto. Como para Teresa de Calcuta un pobre no era lo que parecía, un ser lleno de llagas y repugnante, o para Luther King un negro no era un miembro de una raza inferior en contra de los racistas de siempre.

Lograr esa mirada limpia, no contaminada, no es patrimonio de unos pocos. Cualquiera que esté atento puede lograrlo, con tal de que no le laven el cerebro los manipuladores de turno. Puede experimentarse mirando los distintos matices de verdes de un árbol o cerrando los ojos para comprender mejor esta película de la vida.

En definitiva nacer de nuevo es la única manera de acercarse a la felicidad y no depender del pasado. Sumergirse en este instante, sin preocuparse por lo que ya se fue o lo que va a venir nos permitirá gozar a tope de lo que tenemos entre las manos que es en sí mismo una ventana a la luz total, la única realidad ajena a ese sueño, a esa proyección fugaz.

Quizás tendría para nosotros una nueva interpretación aquella frase de Jesús. “¡Qué estrecha es la puerta y que angosto el camino que lleva a la vida!” Tan estrecho y angosto como es el sendero del instante presente que nos comunica con lo real, lo que no pueden llevarse los años y está limpio de la culpa del pasado que ya no existe y del miedo al futuro que aún no es. Hay dos vidas, la exterior, el papel que representamos, y la interior, “una fuente que salta a la vida eterna(Jn 4:10-15)

Ese es “el ojo que suministra luz a todo el cuerpo”, ya que cuando miramos con estos ojos nuevos el resto del mundo se ilumina. “Por eso os recomiendo que no andéis angustiados por la comida y la bebida para conservar la vida o por el vestido para cubrir el cuerpo… Fijaos en las aves del cielo”. “No os preocupéis del mañana que el mañana se ocupará de sí. A cada día le basta su problema”.

Y la gran pregunta de Nicodemo que es la pregunta clave de la vida: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo, ¿podrá entrar de nuevo en el vientre materno para nacer?”. La respuesta de Jesús y de cualquier persona realizada seguirá siempre siendo la misma: “De la carne nace carne; del espíritu nace espíritu”.

Solo desde dentro, se puede dar el salto mortal a la vida verdadera. No hay que esperar a ver el otro lado. Saborear lo hondo del ser, sin conceptualizarlo: solo sentirlo desde el silencio.

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Hermoso

Lunes, 22 de febrero de 2021

Del blog Nova Bella:

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“Y lo hermoso

—añade—

es, precisamente,

lo que hace feliz”

*

Ludwig Wittgenstein

***

(Foto Kurt Markus)

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La Felicidad

Lunes, 15 de febrero de 2021

felicidadConsciente o inconscientemente, la búsqueda de la felicidad es el motor que nos mueve a todos en cada uno de los actos que realizamos en nuestra vida, y tanto es así, que no resulta extraño que muchos afirmen que la felicidad es el fin último del ser humano. Pero cada uno concibe la felicidad de forma distinta, y así, encontramos definiciones que llaman felicidad a «cualquier situación de satisfacción y contento», mientras que otras restringen el concepto de felicidad a un «estado deplenitud y armonía del alma».

No cabe duda de que fuera de nosotros podemos encontrar infinidad de cosas capaces de producirnos satisfacción, y que dentro de nosotros podemos generar gozo o contento al sentirnos importantes, virtuosos, listos o eficaces. Pero la experiencia nos dice que la felicidad, entendida como plenitud y armonía del alma —del ánimo—, es fruto exclusivo de la práctica de nuestra humanidad.

La inteligencia, la conciencia de sí mismo, el sentido ético, la libertad, la capacidad para el arte y la capacidad de Dios son atributos netamente humanos, pero la auténtica calidad de lo humano es “la humanidad”. El término humanidad puede aplicarse al conjunto de personas que conforman el género humano, pero aquí lo vamos a referir a nuestra capacidad de afecto, compasión, comprensión y fraternidad hacia los demás; a nuestra inclinación a alegrarnos con sus alegrías y compadecernos con sus desgracias; a nuestra disposición a actuar en favor de quien nos necesita; a preferir dar que recibir…

A este tipo de relación —quintaesencia de lo humano— lo llamamos amor. Se da plenamente y de forma natural en el seno de la familia, y hace que lo obligatorio sea siempre mucho menos que lo que se desea hacer por los otros. Si fuésemos capaces de hacer trascender esta actitud más allá del entorno familiar lograríamos un mundo mucho más humano, lo que nos lleva a pensar que humanidad y amor son conceptos sinónimos.

Por eso, entre la multitud de expresiones que se han formulado para definir la felicidad, nos quedamos con la que afirma que «la felicidad consiste en amar y ser amado». Porque si la felicidad es el fin último del ser humano, en buena lógica debe estar íntimamente ligada a lo que mejor expresa la calidad de lo humano; a su esencia más íntima; al amor. Como afirma Erich Fromm, toda manifestación de amor produce felicidad, y si lo que produce es sufrimiento o desasosiego es que no es amor.

Pero la plena felicidad —tal como aquí la estamos concibiendo— es algo que solo se presenta circunstancialmente. La identificamos cuando la sentimos, pero somos incapaces de comprenderla o definirla; y mucho menos de aprehenderla. Es como un paisaje entre nubes que solo vemos parcialmente. Tratamos de ver el resto, pero se nos resiste, y cuando estamos disfrutando de lo que vemos, cuando esperamos que se abra el cielo para verlo en su conjunto, se cierra todavía más y lo perdemos.

Da la impresión de que tanto la felicidad, como el amor o la belleza son realidades ontológicas muy superiores a nosotros que no terminamos de abarcar desde la razón; que se nos escapan de entre los dedos cuando tratamos de penetrar en ellas. Desde nuestra atalaya en lo más alto de la evolución nos resultan familiares la materia, la vida, la inteligencia, la conciencia y la libertad, pero estos tres conceptos nos resultan insondables. Cabe pensar que se trata de realidades para las que todavía no estamos preparados; que son como eslabones que nos unen con algo muy superior en ciertos momentos de nuestra existencia; como un adelanto de las facultades del ser humano cuando se vea libre de sus limitaciones; cuando se manifieste en él su realidad completa.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad

De verdad.

Martes, 5 de enero de 2021

CKLU35BRMZ6OH2A3ODPX7PWPJIEstos días suena, de todas las formas posibles “feliz navidad”, “feliz año nuevo”. Perdonad, pero encuentro que decir estas frases es muy sencillo, pero suenan a hueco. Mi pregunta es ¿qué voy a hacer yo para que la vida le sea más feliz a los demás, a quienes se lo deseo, a mí mismo?

Yo diría más bien “que hagas feliz a tal persona.” Me ha gustado la postura del obispo Cañizares. En otras ocasiones me ha disgustado verle con sus ropajes y su capa de cola larga como cardenal. Hoy me alegro y le felicito: porque en su felicitación a los feligreses anuncia que va a dedicar parte de los bienes del patrimonio de su diócesis a los pobres. Obras son amores. Y además invita a los religiosos y religiosas a hacer lo mismo.

Ya es hora de pasar de las palabras a los hechos. Si deseo la paz, la felicidad a otras personas, ¿qué menos puedo hacer que colaborar a ella?

En principio felicitar a una persona es invitarle a reconocer que ya es feliz y por lo tanto a vivirlo. En el fondo, nos ocurre igual que en nuestro saludo litúrgico el Señor esté con vosotros” ¿Cuándo vamos a cambiar y reconocer que ya está?

Me suena hueco muchas veces el hablar de la navidad y los pobres. Podemos contentarnos con expresiones huecas. Una invitación al realismo… Me resuena aquella norma de “pagar diezmos y primicias”. Ante la Covid y las consecuencias tremendas que va a traer a los pobres, bueno será si retomamos esa vieja y sabia costumbre de entregar los diezmos a obras de justicia y caridad.

Partiendo de la clase media, creo que ese mensaje ya lo cumplimos en la realidad o lo podemos cumplir sin gran extorsión. Puede ser el diezmo de nuestro sueldo, de nuestras posesiones, de nuestros ingresos. Y fenomenal si esos ingresos ayudan a crear fuentes de trabajo.

Me encantaría que en lo sucesivo, la iglesia y los cristianos, cuando hablemos de los pobres sea siempre con hechos reales, no solamente con palabras.

Y por supuesto, podemos empezar por quitar aquello que es una muestra de poderío y que no sirve sino para otorgar honores a las personas: mitras, báculos, traje de cardenal capas elegantes, palios… Tenemos ahí un manantial enorme del que sacar fondos para resolver la miseria de los descartados.

Si nos convencemos y empezamos a realizar alguna de estas acciones, vamos a ser felices nosotros mismos con la bienaventuranza que nos anuncia Jesús: “cuánto más felices seríamos si nos contentáramos con poco”.

Comparto mi alegría, que siento estos días, porque alguno de mis “antiguos hijos que vivieron unas temporadas conmigo”, me felicitan y se acuerdan de llamarme y ofrecerme su ayuda.

Que hagamos feliz a alguien.

 

Gerardo Villar

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Tiempo de reflexión

Sábado, 23 de mayo de 2020

hombre-pensandoLos eudemonistas consideran la felicidad como el fin último de nuestra existencia; como la fuerza vital esencial que nos permite realizarnos como personas humanas. En consecuencia, su código ético identifica el bien con todo aquello que nos hace felices y el mal con todo lo que nos produce sufrimiento. Gottfried Leibniz, por ejemplo, dice que «La felicidad es al hombre, lo que la perfección a los entes», lo que significa que la perfección en el hombre consiste en ser feliz. Eudemonistas fueron Aristóteles o Tomás de Aquino, aunque este último remitía a la vida después de la muerte para el logro de la felicidad plena.

Nuestra naturaleza humana incluye un impulso irresistible que nos empuja en todo instante al logro de la felicidad, aunque cada uno de nosotros la busque por cauces diferentes. La persona altruista que se entrega incondicionalmente a los demás está movida por ese impulso, y el asesino que mata por venganza, también. No hay diferencia en la motivación última de las personas, pero sería un disparate mayúsculo equipararlas por esta causa. Actuamos siempre buscando el máximo grado de satisfacción en cada una de nuestras acciones, pero somos propensos a equivocarnos, y a menudo cosechamos sufrimiento. Como decía Sócrates: «Elegimos el mal por su apariencia de bien». El que asesina por venganza cree que matando a su enemigo se va a liberar de una carga insoportable, pero se equivoca y acaba haciendo el mal para sí mismo y para los demás.

Dentro de nuestra cultura occidental, buscamos preferentemente la felicidad a través de la satisfacción de deseos; deseo de tener más cosas, de viajar más lejos, de aparentar una prosperidad que a veces no tenemos, de ser respetados y reconocidos en nuestro trabajo o nuestra comunidad… Nuestros deseos son habitualmente deseos caros que hipotecan nuestra vida, que obligan a trabajar más, a trabajar los dos miembros de la pareja para poder pagar tanta factura, a sofocar el ansia de paternidad porque no llega para todo, a desatender la educación de los hijos, y en definitiva, a complicar nuestra vida y vivir permanentemente agobiados por nuestras cargas.

Pero, así las cosas, un chino se come un murciélago y nos condena (si hemos tenido la suerte de no infectarnos) a pena de confinamiento durante una buena temporada. Y comprobamos —al menos lo hace quien acepta la situación con actitud positiva—, que podemos ser tan felices confinados en nuestra casa como viajando a la Conchinchina o pagando a una multinacional para que nos divierta en su parque. O quizás, mucho más felices. Porque, apartados de la vorágine de nuestro mundo artificial, tenemos ocasión de convivir en familia; de redescubrir el placer de la conversación y el deleite de la lectura o de la música. Tenemos ocasión de volver a comprobar algo casi olvidado; que un libro es siempre mucho más apasionante que una película, y una conversación mucho más gratificante que el mejor programa de televisión. En definitiva, que todo cuanto necesitamos para ser felices lo tenemos dentro de nosotros, y que cuando alguien nos dice lo contrario, es que trata de vendernos algo que no necesitamos.

Entonces… ¿Por qué ese empeño en mantener un tren de vida que nos esclaviza y nos hace renunciar a una existencia centrada en lo importante?… ¿Qué estamos haciendo con nuestra vida y con el mundo en que vivimos?… A veces uno tiene la impresión de que somos como una cuadrilla de excursionistas que se ha perdido en el bosque y camina en círculos sin saber a dónde va, abriéndose paso a machetazos, arrasándolo todo y dejando por el camino un reguero de víctimas que no pueden aguantar el ritmo impuesto por los más fuertes.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Fuente Fe Adulta

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Puritanismo

Lunes, 21 de octubre de 2019

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Puritanismo:

el pavor que provoca pensar que alguien

en algún lugar,

es feliz”.

*

H.L. Mencken
De la felicidad y otros escritos

***

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“El reto de los católicos”, por Gabriel Mª Otalora

Viernes, 20 de septiembre de 2019

Abusos-sexuales-Iglesia_2111498844_13506057_660x371De su blog Punto de Encuentro:

Regularmente leemos cómo va mermando la influencia de la Iglesia Católica entre la población. Ya lo adelantó el sociólogo Javier Elzo cuando pronosticó que esta iglesia va camino de convertirse “en una secta en el sentido sociológico o numéricamente”. Para algunos es una buena noticia constatar que después de tantos años y siglos de ominosa influencia clerical, empieza a abrirse una ventana laicista, pues todo apunta a que la tendencia se agudizará produciendo en la población un alejamiento aún mayor, tanto de las prácticas religiosas como de la influencia social que transmiten los mensajes de la jerarquía eclesiástica.

Para otros, el informe es una mala noticia, una más, preocupados como están por la marea anticlerical y la indiferencia religiosa. Hay un tercer grupo, en fin, que dentro de la turbación, encuentran más motivos de esperanza que de abatimiento porque perciben la situación actual como una invitación a recuperar los genuinos valores del Reino, eclipsados en buena parte por los propios católicos, a menudo irreconocibles en su ejemplo; jerarcas incluidos, por las tantas veces que ni siquiera ven con buenos ojos la laicidad lo cual solo encabrita y aleja al rebaño en lugar de apacentarlo como haría un buen pastor.

No es menos cierto que la indiferencia religiosa posmoderna es un problema de nuestro tiempo, que ha venido a completar el pensamiento dominante de que Dios impide una auténtica humanidad por ser ambas incompatibles ¿Deformación o ignorancia? ¿El mensaje estorba? Se ha llegado a proclamar la muerte de Dios (Nietzsche) y lanzado la sospecha envenenada de que cuando Dios gana, el hombre es el que pierde; y viceversa. Nuestro ambiente está marcado por una cultura de profunda increencia religiosa que ha dado paso a otros dioses como la tecnología, la razón de Estado, el consumismo, etc., que crecen robustos al ser considerados y aceptados como fines en sí mismos junto a creencias espiritistas y ocultistas de muy diverso signo.

Yo me encuentro entre los católicos esperanzados que creen posible hacer más visible el valor de la Buena Nueva evangélica. ¿Qué es lo que nos falta para transmitir la experiencia liberadora de nuestra religión? Nunca es mal momento para que cada uno se haga esta pregunta.

Para empezar, falta experiencia religiosa en los propios católicos, quizá por retozar demasiado en la sociedad de consumo fiado todo a los ritos y plegarias superficiales. Nos falta mucha humildad para reconocer que el Espíritu no es patrimonio nuestro, que Jesús estuvo buscando a los apestados de su época, y no precisamente para condenarlos sino para transmitirles un chorro de amor que transformaba a cuántos tenían la mínima predisposición a abrirse a Él; y que sus palabras más duras las reservó para los soberbios sepulcros blanqueados, grandes profesionales de la historia de la salvación. Nos falta valentía para vivir más solidariamente, y sobre todo, dejarle a Dios que actúe a través de nuestras manos, viviendo a su imagen y semejanza con el ejemplo y cuando hace falta, la denuncia profética.

Para colmo, muchos de los que niegan a Dios, le están afirmando con su actitud y su conducta. No tienen fe, pero sus hechos trabajan en la dirección de los valores del Evangelio, incluso cuando recriminan la tendencia a apoderarnos de Dios para domeñarlo a nuestra horma. No fue un teólogo quien afirmó que “si Dios no es amor, no vale la pena que exista”, sino Henry Miller. Nuestro reto pasa por recuperar la práctica del espíritu de las bienaventuranzas y volver a experimentar la felicidad que viene de Dios alejando las actitudes que se convierten en causa de desconcierto para quienes buscan sinceramente pero se encuentran con la caricatura de la religión que mueve más al escándalo que a la conversión.

Tal vez, uno de los fracasos más graves de la Iglesia católica sea el no saber presentar a Dios como amigo de la felicidad del ser humano. Sin embargo, estoy convencido de que el hombre contemporáneo sólo se interesará por Dios si intuye que puede ser fuente de felicidad. Se nos olvida que el Evangelio es una respuesta a ese anhelo profundo de felicidad que habita en nuestro corazón. Quizá sea por tantos olvidos por lo que aceptamos pasivamente la consideración de “católico practicante” a quien acude a misa los domingos, en lugar de llamarle así al que vive el Evangelio dentro y fuera del templo.

Si Cristo no es un anhelo para millones de desnortados, buena parte de las causas nacen en nosotros. En este sentido, releamos la parábola del fariseo y el publicano. En su texto encontraremos algunas claves de lo que puede que nos esté pasando sin pensar siquiera que sus palabras se dirigen precisamente a nosotros

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Si vives cada momento…

Martes, 13 de agosto de 2019

Del blog Lo que me gusta y no me gusta:

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Si eres feliz,

si vives cada momento,

aprovechando al máximo sus posibilidades,

entonces eres una persona inteligente.

*

Wayne Dyer

***

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“¿Qué tipo de felicidad?”, por Juan Zapatero

Jueves, 2 de mayo de 2019

felicidadMuy mal debían ir las cosas por entonces, en el tema que nos atañe, para que la ONU considerara oportuno, a instancia de una iniciativa del Reino de Bután, que fuera conveniente proclamar “el Día Internacional de la felicidad”. Fue el 28 de junio de 2012 cuando decidió llevar acabo dicha iniciativa, proclamando el 20 de marzo de cada año como día internacional de la felicidad.

No cabe la menor duda de que la causa es buena, pero ello no quita que cree algún interrogante. A bote pronto, el primero que me viene a la mente es el que se refiere al tipo de felicidad en concreto. Muchos pensadores han hablado a lo largo de la historia sobre este tema, haciendo hincapié en aspectos diferentes. Solamente por citar uno de ellos, me gustaría traer a colación lo que ya dijo Aristóteles en el s. IV a. C.: “Sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego”. Mientras unos lo encontrarán acertado y sensato, tengo la convicción de que otros lo verán como una frase que queda muy bien, pero que aporta muy poco o nada al tipo de felicidad que ellos desearían para sus vidas. También el refranero popular se ha manifestado en este sentido: “No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”. Pero no es ahora mi intención plasmar aquí toda una serie de citas, a cual más enjundiosa, sobre este tema, no solamente interesante, sino esencial y clave para la vida de toda persona.

Pienso, a nivel personal, que el enfoque del tema debe hacerse fundamentalmente desde dos vertientes entre las que se mueve la persona y que no son otras que la vertiente interior y la exterior. Tampoco quisiera caer en el error de pretender enfrentar ambas, en el sentido que una fuera la buena y otra la mala. Confieso que no estoy a favor de los dualismos, por lo que a la persona se refiere; en este caso lo espiritual frente a lo material, o lo interior frente a lo exterior. Considero que los seres humanos somos entes en los que ninguna de las dos partes se repele, sino que se complementa. Soy de los que piensan, sin embargo, que, una vez especificado lo que se considera vital e indispensable, por lo que a lo material se refiere, debe ser lo relativo al interior lo que juegue el papel más importante. Claro que el problema está en llegar a un acuerdo sobre lo que se considera “vital e indispensable”; lo cual no debe ser fácil, porque me imagino que en esta cuestión debe haber tantas opiniones como personas. Ahora bien, sin pretender convertirme en adalid de nada, me parece que podríamos concretarlo en lo que ayuda a satisfacer las necesidades básicas de toda persona: educación, sanidad, vivienda y trabajo dignos, remunerado de manera justa este último, y respeto de los derechos humanos en todas sus vertientes.

Cuando todo esto está garantizado, pienso que debe ser todo lo relativo al interior quien tenga la última palabra por lo que a la felicidad verdadera respecta. Aunque tampoco en este caso quiero decir yo la última, por lo que me limitaré a citar solamente algunos de los aspectos que personalmente considero más necesarios e importantes.

En primer lugar, creo que debe resultar muy difícil ser feliz si uno/a no goza de paz interior; es decir del equilibrio que le viene dado por la moderación, la discreción y el autocontrol. Estaríamos hablando de la “sofrosine” para los griegos y de la “sobrietas” (sobriedad) para los romanos. No sé si tiene cabida aquí, pero yo traería también a colación las palabras de la Santa de Ávila “Solo Dios basta” (sin pretender impregnarlo de un sentido religioso, ni mucho menos).

Tampoco creo que debe ayudar mucho a conseguir la felicidad personal el hecho de intentar aislarse de los demás, como si estos fueran mis enemigos o, en el mejor de los casos, como si yo no tuviera que ver nada con ellos. De hecho, es bastante frecuente oír frases como, por ejemplo, “yo ya tengo bastante con lo mío”. En definitiva, es el “Caín” que, en mayor o menor medida, todas personas llevamos dentro de nosotros: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, en respuesta a Yahvé, cuando le preguntó cuál era la suerte de su hermano Abel (Gen 4,9). También, ya en el siglo II a. C., Publio Terencio Africano lo dejaba entrever con las siguientes palabras: “Hombre soy, nada humano me es ajeno”. Y, si nos remontamos al Antiguo Testamento, lo que le dice Yahvé a Moisés al ver la esclavitud de Israel por parte del pueblo egipcio: “Su clamor ha llegado hasta mí” (Ex 3,7-8). Y ya en el Nuevo Testamento, el propio Jesús nos recuerda que no son las creencias, los cumplimientos ni los ritos los que hacen buena, y feliz, por tanto, a la persona; sino la acción solidaria con el dolorido y maltratado (parábola del Buen Samaritano: Lc 10,29-37).

Como última realidad, tampoco creo que el sentido de avaricia y de poseer cuanto más, mejor, sea un factor que nos ayude a ser más felices. También el Evangelio dice algunas cosas sobre esto: “¿De qué le sirve al hombre todo, si pierde su vida? ¿O qué puede dar a cambio de la vida?” (Mt 16,26). O aquella otra parábola del hombre insensato: “Tiraré mis graneros, construiré otros nuevos, almacenaré la cosecha tan grande que he tenido y me dedicaré a vivir…” (Lc 12,18). ¿Qué pasa cuando toda la felicidad la has puesto únicamente en lo económico y de, golpe, te viene un contratiempo muy difícil que no te esperabas?

Por tanto, bienvenido sea el día internacional de la felicidad: pero no cualquier tipo de felicidad ni a cualquier precio.

Juan Zapatero Ballesteros

Fuente Fe Adulta

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¿Las personas religiosas son más felices?

Miércoles, 20 de febrero de 2019

felicidadLo asegura un nuevo estudio del Pew Research Center

Los estudios acreditan que la religión hace que las personas sean más sanas y más comprometidas

“Las personas activamente religiosas son más propensas que sus pares menos religiosos a describirse como “muy felices”». Este es uno de los «5 hallazgos” del Pew Research Center que responden a la pregunta de si las personas religiosas son más felices y más sanas que el resto.

Un nuevo estudio global de este centro de investigación constata que, en 19 de 26 países analizados, las personas muy activas religiosamente que dicen ser “muy felices” superan en buena medida a las de menor religiosidad y a los no afiliados religiosamente, los llamados “nones”.

De ese completo estudio, que se publicó el pasado 31 de enero, surge el informe “Are religious people happier, healthier? Our new global study explores this question” (“¿Son las personas religiosas más felices, más sanas?”), que resume en buena medida los resultados de las encuestas realizadas en los 26 países y que analiza “la relación entre religión y salud, felicidad y compromiso cívico”.

Sobre esta cuestión, cabe recordar que, por ejemplo, en Latinoamérica la religión es clave para explicar la felicidad, como informábamos el 20 de marzo de 2018.

O que, según un estudio de Gallup de 2012, cuanta más religiosidad, mayor bienestar.

El informe recuerda que “los estudios han acreditado a menudo que la religión hace que las personas sean más saludables, más felices y más comprometidas con sus comunidades”.

“Pero, ¿están mejor las personas religiosamente activas que aquellas que están inactivas religiosamente o aquellas que no tienen afiliación religiosa?”, se pregunta a continuación.

Para responder mejor a esta cuestión, los investigadores dividieron a los encuestados en 3 categorías: los “religiosos activos”, que se identifican con una religión y asisten a una casa de culto al menos una vez al mes; los “inactivos religiosos”, que se identifican con una religión, pero asisten con menos frecuencia; y los no afiliados religiosamente, también llamados “nones”.

Al respecto, hay evidencias de que la participación religiosa está relacionada con un mayor nivel de felicidad, aunque “no en todas de estas áreas” se manifiesta esa correspondencia en igual medida, como es el caso de la salud.

Los “5 hallazgos” del informe de Pew Research Center, son: “Religiosos y muy felices”, “Religiosidad y salud, sin conexión clara”, “Pero, fuman y beben menos”, “Más solidarios y participativos” y “Las personas religiosas votan más”.

Fuente Agencias, vía Religión Digital

Budismo, Cristianismo (Iglesias), Hinduísmo, Islam, Judaísmo , ,

La felicidad de los unos y de los otros

Sábado, 2 de febrero de 2019

4c1ef-bienaventuranzasJuan de Burgos Román
Madrid.

ECLESALIA, 18/01/19.- Me pregunto yo, desde mi ingenuidad, si las Bienaventuranza, tal y como se encuentran en los textos evangélicos que hoy manejamos, no estarán expresadas, quizá, sin excesivo cuidado, de manera que, por ello, pudiera ocurrir que viniéramos a entender con algún desacierto, torcidamente, lo que dijera Jesús de Nazaret sobre ellas. Y es que, perdóneseme la osadía, me da por pensar que debieron parecerse a algo como esto: Felices vosotros, a pesar de que ahora sois pobres, porque vais a dejar de serlo; felices vosotros, a pesar de que ahora tenéis hambre, porque vais a ser saciados; felices vosotros, a pesar de que ahora lloréis, porque vais a ser consolados;… Y es que, a lo que creo, de esta manera se expresa más claramente que la felicidad de la que se nos habla no proviene de lo del pasarlo mal (ser pobre, tener hambre, llorar,…), qué disparate, sino que lo que motiva esa ventura es que van a desaparecer los pesares, los lutos, las amarguras de todos los desdichados. Que ha de quedar muy claro que pasarlo mal es una desgracia que Jesús no la quiere para nadie, que él nos quiere a todos felices.

Y digo yo que estas promesas, las promesas del pasar de los padecimientos al bienestar, las que se hacen en las Bienaventuranzas, pues que están tardando bastante en cumplirse, que se hicieron va para más de veinte siglos y aún sigue habiendo muchos pobres, muchas hambres, muchos que lloran,… Así que, como creo que la tal promesa de felicidad ni está hecha a humo de pajas, ni es un engaño y, además, Dios no es un dios tapagujeros, pues que vengo a suponer que el fallo está en que alguien ha debido recibir el encargo de llevar a término lo prometido y ha desatendido su tarea, olvidándose de quienes sufren, que parece haberse desinteresado de todo lo que no fuese su propio ombligo.

Vengo a suponer, y creo que es un suponer universal, que Jesús quiere el bien para todos: quiere que los que están alegres sigan estándolo y que los que andan en infelicidad recuperen el bienestar. También me parece evidente que Jesús espera que los primeros procuren la felicidad de los segundos, de los infelices. De suerte que, así, tanto los unos como los otros, todos, puedan acabar felices: estos a causa de los desvelos de aquellos y aquellos a causa de estos: al percibir como la felicidad inunda a los que carecían de ella, que hay que ser muy duro de corazón para no emocionarse con tal inundación.

Pero, como quiera que lo de mirarse el ombligo tira cantidad, muchos son los que, por estar cada vez más pendientes de sí mismos, terminan por no reparar en los que les rodean y, así, ocurre que ni se les pasa por la cabeza lo de echar una mano a los que precisan de ella, porque ellos están necesitando de las dos en su propio beneficio, que alcanzar para sí las mayores cotas posibles de bienestar requiere de mucha dedicación.

Ya sé que lo de andar por la vida solicitando que nos caiga un milagro de lo alto no es lo más acertado que se puede hacer, pero permítaseme observar que, habiendo precedentes, como es el caso, la cosa ya es otra. Me refiero a lo que pudiéramos llamar un prodigio de carácter solidario, como aquel que se ha dado en llamar de la multiplicación de los panes y los peces.

Y es que, para que lo de las Bienaventuranzas llegue a su cumplimiento, vendría de perlas un arranque de solidaridad al estilo del de aquellos que, teniendo panes y peces metidos en el zurrón, al ver que otros tenían hambre, compartieron lo que tenían escondido para ellos solitos, pensando comérselo en un aparte, supongo. Que el encargo que Jesús nos hizo, al presentar las Bienaventuranzas, es él de compartir; compartir, de lo nuestro, con el que precisa de ello para salir de su infortunio. Y esta es una encomienda que a todos nos atañe, sin excepción, que, de seguro, todos tenemos algo a nuestro alcance de lo que otro tiene necesidad.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“El pensamiento positivo”, por Gabriel Mª Otalora.

Miércoles, 24 de octubre de 2018

pensandodPensar en positivo supone elegir la mejor entre las posibilidades que se nos plantean. No suele ser necesariamente la más agradable, sino aquello que resulta útil y conveniente en cada momento de la vida. De hecho, las personas que suelen comportarse positivamente parece irles mejor en sus relaciones sociales y laborales, generan empatía y aguantan mejor el estrés; incluso suelen resultar más creativas.

La mente puede ser la gran aliada o nuestra peor enemiga, depende de la capacidad que tengamos para saber controlarla: no somos nuestros pensamientos, somos mucho más que lo que damos vueltas con la mente. Los pensamientos llegan, pasan o se quedan por un tiempo. Pero si los retenemos y alimentamos cuando son negativos, se hacen fuertes hasta condicionarnos de tal manera que nos hacen sufrir de lo lindo. Que se lo pregunten a los profesionales de la psicología. La mente es la protagonista en las enfermedades llamadas psicosomáticas y pocos dudan de que las personas positivas y alegres, las que sonríen desde el corazón, gozan de mejor salud que las pesimistas y amargadas.

Es muy interesante el ensayo que ha publicado Barbara Ehrenreich (“Sonríe o muere”) criticando al pensamiento positivo, porque lo que ella hace es desenmascarar una ideología extendida en Estados Unidos que propugna ciertas actitudes sociales materialistas para ganar la felicidad, y eso que “no hay una afinidad natural o innata entre el capitalismo y el pensamiento positivo”: cuantas más cosas materiales tienes, las posibilidades de ser feliz aumentan, como si fuera esto lo más natural del mundo. Sin embargo, esta manera materialista de medir la felicidad subjetiva, choca con las encuestas: en el caso de los estadounidenses, aparecen siempre como no demasiado felices, ni siquiera en épocas de bonanza; por algo el consumo de antidepresivos en Estados Unidos representa dos terceras partes de las ventas mundiales. No es de extrañar, señala Ehrenreich, que el pensamiento positivo que se lleva en Estados Unidos, se desplace desde una actitud que ayuda a una obligación social impuesta culturalmente a los estadounidenses.

Alrededor de esta corriente materialista escondida tras el falso pensamiento positivo que ha logrado embaucar a muchas personas, se ha tejido una red de apoyo muy potente para reforzar dicha ideología muy bien empastada al consumismo del bien-estar como moneda que ofrece triunfar en la vida, dejando arrinconado al bien-ser. El tener frente al ser como motor de una sociedad opulenta pero insatisfecha que conocemos y padecemos igualmente en Europa al haberse convertido en cultura individualista y poco humanizada que no acepta el fracaso. Y de paso, convertir al cristianismo en soporte de esta ideología.

El comportamiento individualista e insolidario es un problema con múltiples efectos negativos para la sociedad misma. Quizá esto ayude a explicar la tendencia al alza de los suicidios por falta de sentido vital. Choca el dato de que el número de personas que se quitan la vida duplican a las muertes por accidente de tráfico, es ochenta veces superior a la violencia machista y la segunda causa de muerte en los jóvenes.

El verdadero pensamiento positivo convive con los problemas y la realidad que nos rodea. En lugar de buscar una burbuja idílica, que no existe, valora la realidad adecuadamente, haciéndonos conscientes de que nuestras emociones van acordes con lo que pensamos y hacemos. Y esto, como casi todo, se educa y logra con esfuerzo, no con poseer más cosas ni con desentendernos de nuestras responsabilidades más humanas. Y en la medida que se convierte en una pauta de comportamiento, tiene su reflejo en un signo externo bien visible: la alegría interior que se manifiesta en la sonrisa, la que nace del corazón. Evangelio puro.

Barbara Ehrenreich logra desenmascarar en su ensayo la impostura que se esconde tras el concepto del pensamiento positivo; y lo hace analizando los riesgos y los peligrosos fines que persiguen sus mentores. Lo que resulta menos comprensible es que tras el esfuerzo por desenmascarar esta posverdad, no ponga en valor el verdadero pensamiento positivo, teniendo en cuenta que es uno de los fundamentos de la madurez humana. Cuánto afán ponemos en las causas y qué poco en las soluciones desde las actitudes y conductas, como Jesús de Nazaret.

Gabriel Mª Otalora

Fuente Fe Adulta

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Dar

Jueves, 1 de marzo de 2018

 

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La felicidad es un artículo maravilloso:

cuanto más se da,

más le queda a uno.

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Blaise Pascal

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“Los que aman son felices”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 24 de noviembre de 2017

intouchables-omar-sy-francois-cluzet_lgDe su blog Nihil Obstat:

Tomé buena nota de lo que un día me dijiste: “pasamos la vida hiriendo a las personas sin miramiento. ¡Con las ventajas tan grandes que tiene el Amor! Juzgamos, condenamos y ejecutamos, y parece que así somos felices y dignos. ¡Qué equivocados estamos!”. Te respondí: “Al final, los que aman son felices. Los cobardes viven con remordimiento. Y los que no aman son unos desgraciados”.

Otro día me dijiste: “el tiempo nos dice quién realmente nos ha amado y nos ama”. Te respondí: en efecto, sólo los amores que duran son verdaderos amores. Los que son capaces de atravesar desiertos y tempestades, los que se mantienen a pesar de las inevitables dificultades, esos son los buenos amores. Los que sólo duran un tiempo, son amores interesados. Cuando desaparece el interés, desaparece el amor. Por eso, sólo duran un tiempo.

Fui a visitar a amigo enfermo. Me quedé triste. Al ver tantos aparatos a los que estaba conectado, pensé: “lo que estamos haciendo es prolongarle la vida unos días”. Me respondí a mí mismo: claro que sí, pero un segundo más al lado de las personas queridas es un segundo lleno de sentido. Por eso cada segundo de vida vale la pena. Vale más que todo el dinero del mundo, porque la vida vale por sí misma.

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Carpe Diem

Martes, 29 de agosto de 2017

Del blog de la Comunidad Anawim de Zaragoza:

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La felicidad en ningún otro lugar sino en este. En ningún otro momento sino en este momento. Malgastamos demasiado en nuestras vidas este regalo que Dios nos ha hecho. Nos preocupamos por el futuro. Nos engañamos en el pasado. Tenemos sueños ambiciosos, trazamos grandes planes pero ¿cuantos de nosotros podemos llevarlos a cabo? Esta es la vida que tenemos.  No el ayer, no el mañana ¡el ahora!, esta es la vida que tenemos. Nos merecemos vivirla.

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Grantchester T3 Ep3

felicidad

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Vivir mejor con menos: trece propuestas

Lunes, 29 de mayo de 2017

vivir-mejor-con-menosLa actual crisis ecológica hunde sus raíces en una manera de relacionarnos con la naturaleza y con los demás humanos. En esta relación se priorizan determinados valores, y ello va estructurando una mentalidad que es compartida por muchas personas en todo el planeta. Algunos valores que propone la encíclica Laudato Si’ podrían ayudar a un cambio de mentalidad, a una nueva cultura. Son valores, por desgracia no siempre practicados, que encontramos en la tradición cristiana y también en el humanismo, pero que pueden ser compartidos por muchas otras tradiciones éticas y religiosas.

1. Ser capaz de vivir sabiamente y de pensar en profundidad [nº 47] que se opondría al ruidoso mundo digital y al pensamiento superficial, y que no se consigue con la simple acumulación de información. Muy relacionada con este valor, la capacidad de salir de uno mismo y hacia el otro, una cualidad necesaria también para reconocer el valor del resto de criaturas [nº 208].

2. Ampliar a las futuras generaciones el concepto de prójimo que encontramos en la «regla de oro» de las grandes tradiciones religiosas. Esta ampliación nos haría reparar en que nuestras acciones (y omisiones) tienen consecuencias en el futuro, ya que pueden hipotecar la vida de nuestros descendientes. Hablamos de una hipoteca económica y social, ya que trasladaríamos al futuro la solución del problema. La encíclica lo considera una cuestión de justicia [nº 159]. Pensar en las generaciones venideras implica ser generoso y pensar más allá del corto plazo. Y critica especialmente la inmediatez política que no piensa en el bien común a largo plazo sino en un corto plazo que responde únicamente a intereses electorales [nº 178]. CRISTIANISME I JUSTÍCIA

3. Considerar universalizable lo que hacemos y que tiene un impacto sobre la naturaleza. Preguntarnos, así, qué pasaría si toda la humanidad actuase como hacemos nosotros. Creemos que un imperativo así pondría en cuestión las actuales pautas de consumo de los países ricos y muchas de las pautas de extracción de los recursos naturales.

4. Apostar por un crecimiento que no sea voraz e irresponsable, y, por tanto, redefinir el concepto de progreso. Un desarrollo tecnológico y económico que no conduce a un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no pueden considerarse progreso [nº 194]. La encíclica hace una crítica al discurso del desarrollo sostenible y la responsabilidad social y ambiental de las empresas, un discurso que acostumbra a «convertirse en un recurso diversivo y exculpatorio que diluye valores del discurso ecologista en la lógica de las finanzas y la tecnología, y que al final se reduce a una serie de acciones de marketing e imagen» [nº 194]. Ante esto reivindica la idea «de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo, aportando recursos necesarios para que se pueda crecer sanamente en otras partes» [nº 193].

5. Tomar conciencia del valor de la interdependencia, de que la especie humana depende de las otras especies, en tanto que la comunión entre los seres vivos es fundamental. Nuestro ambiente cultural potencia pensar en primer lugar en nosotros mismos y no facilita el tomar conciencia de la realidad de la interdependencia entre todos los seres. Por desgracia no hemos aprendido a vivir lo que somos como don de los demás –sean personas, animales o plantas– y cuando nos relacionamos los tratamos a menudo como a meros objetos. Así, somos incapaces de acoger lo que piensan, sienten y padecen, como propio y nos limitamos a relacionarnos con ellos como si fueran objetos que observamos o manipulamos, pero que no nos obligan a nada (obligare). Esta conciencia de la interdependencia tendría que conducir a una ética de la compasión universal que promueva que todos los seres vivos, especialmente los más débiles y amenazados, puedan vivir.

6. Vivir y entender nuestra vida como un don, un regalo. El don nos obliga a cuidar de ella, también de las vidas de los demás, sobre todo las de los más vulnerables. Lo que hemos recibido gratuitamente lo damos también gratuitamente. Dar quiere decir ayudar a crear las condiciones para que la vida pueda desarrollarse plenamente. Además de entender la vida como don, también la naturaleza es regalo que nos ayuda a vivir, es el entorno que hace posible nuestra vida, y por ello hay que cuidarla y no reducirla a una simple cosa u objeto de nuestra manipulación [nº 82].

7. Aprender a apreciar las diferentes dimensiones de la felicidad que no pueden reducirse al hecho de tener o poseer. Nuestra sociedad fomenta un estilo de vida que no tiene sentido sin símbolos de posesión o estatus marcado, a su vez, por un acentuado individualismo, un vivir de forma fragmentada y atomizada. Así, tendríamos que apreciar las dimensiones más relacionales de la felicidad que comportarían aprender a vivir de forma más austera y sobria, vivir con lo que realmente necesitamos y así frenar el deseo insaciable y voraz. Esta austeridad de vida quiere decir vivir más sencillamente para que todos puedan vivir… «La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y la capacidad de disfrutar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar las cosas pequeñas» [nº 222]. Necesitamos aprender nuevas pautas de consumo más sostenibles. «La espiritualidad cristiana propone una manera alternativa de entender la calidad de vida, y promueve un estilo de vida profé- tico y contemplativo, capaz de disfrutar profundamente sin obsesionarse por el consumo» [nº 222]. La encíclica advierte de que «la constante acumulación de posibilidades para consumir distrae al corazón e impide valorar cada cosa y cada momento» [nº 222], y constata que «…hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal» [nº 222].

8. Dejarse guiar por el principio de precaución, recogido en la Declaración de Rio (1992). Según este principio, ante la posibilidad de daños graves e irreversibles no hace falta tener una certeza absoluta de éstos para tomar medidas. La encíclica lo relaciona con la opción preferencial por los pobres: «…permite la protección de los más débiles, que disponen de pocos medios para defenderse y para aportar pruebas irrefutables…» [nº 186].

9. Unir estrechamente las cuestiones social y ecológica. Algunos autores del ámbito de la ecología ya habían expresado esta unión con el concepto de justicia medioambiental, que considera a la ecología como parte de la nueva noción compleja de justicia. «Hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteamiento ecológico se convierte siempre en un planteamiento social, que tiene que integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, con tal de escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» [nº 49]. Además, la encíclica entiende la dimensión del respeto a la diversidad cultural como parte de esta noción de justicia compleja, ya que son los más pobres y las minorías culturales quienes más padecen la problemática ecológica. Hace también una crítica a la homogenización de las culturas: «La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal» [nº 144]. Por estas razones, la encíclica habla de ecología integral: «No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una única y compleja crisis socioambiental. Las trayectorias para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para proteger la naturaleza» [nº 139]. La noción de ecología integral incluye la ecología humana, que es inseparable de la noción clásica de bien común, principio que cumple el papel central y unificador de la ética social [nº 156]. Y afina mucho más este principio al afirmar que «en las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde se dan tantas injusticias y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en una llamada a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres» [nº 158], y sigue «…esta opción implica extraer las consecuencias del destino común de los bienes de la tierra» [nº 158].

10. Recuperar una cierta sacralidad de la naturaleza, como parte de las cosmovisiones menos antropocéntricas. Por ejemplo, acercamientos a la realidad desde algunas tradiciones filosóficas y religiosas, como el budismo, el hinduismo, las tradiciones amerindias y el taoísmo, que rompen la marcada dualidad sujeto objeto típicamente occidental. Este valor también puede encontrarse en visiones más pneumatológicas del cristianismo, en que ninguna realidad es estrictamente profana y en las que todo está impregnado del Espíritu, y por ello merece respeto.

11. Retornar a la simplicidad y a la capacidad de disfrutar con poco, que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin aferrarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos [nº 222]. Este valor va en contra del consumismo, reflejo del paradigma tecno económico actual [nº 203] y «que intenta llenar el vacío del corazón humano…» [nº 204]. La sobriedad vivida en libertad y conciencia es liberadora [nº 223]. Y relaciona la sobriedad con el hecho de que no puede vivirse una sobriedad feliz sin estar en paz con uno mismo [nº 225]. Esta paz interior «tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque auténticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida» [nº 225]. «Muchas personas sin esta paz interior muestran un desequilibrio que les mueve a hacer las cosas a toda velocidad y que les lleva a aplastar todo lo que tienen a su alrededor» [nº 225]. Como nos dice magníficamente: «Hablamos de una actitud del corazón, que lo vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después, que se entrega a cada momento como un don divino que ha de ser vivido plenamente» [nº 226].

12. Remarcar el valor de los pequeños gestos cotidianos. «Una ecología integral también está hecha de sencillos gestos cotidianos en que rompemos la ló- gica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo» [nº 230]. Y nos recuerda que «el amor lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor» [nº 231]. Además «no hay que pensar que estos esfuerzos no vayan a cambiar el mundo. Estas acciones vuelcan un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que pueda evidenciarse, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces de forma invisible. Además, el desarrollo de estos comportamientos nos devuelve el sentimiento de la propia dignidad, nos lleva a una mayor profundidad vital, nos permite experimentar que vale la pena pasar por este mundo» [nº 212].

13. Valorar el descanso, la dimensión celebrativa de la vida, una dimensión receptiva y gratuita que es algo diferente al mero no hacer. Y «de esta manera, la acción humana es preservada no únicamente del activismo vacío sino también del desenfreno voraz y de la conciencia aislada que conduce a perseguir solamente el beneficio personal» [nº 237].

Joan Carrera
Miembro del grupo de ética y sostenibilidad de CJ
Fuente Papeles Cristianisme i Justicie

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“Ranking de felicidad”, por José Arregi

Sábado, 8 de abril de 2017

33680600101_6568a61d99_zLeído en su blog:

No sabía que la ONU, hace cinco años, hubiese instaurado el 20 de marzo como día internacional de la felicidad. Un día más dedicado a lo que nos falta, como todos los “días de” algo. El día de la felicidad de la que carecemos y que todos buscamos como el bien más preciado y sin precio. ¿De qué nos sirve tenerlo todo si no somos felices? ¿Y quién no daría gustosamente todo lo que tiene a cambio de serlo?

Claro que la felicidad plena no existe, si bien a veces se encuentran personas que se dicen plenamente felices (¡dichosas ellas!). Quien pretenda ser plenamente feliz se vuelve infeliz y hace infelices a los demás. Pero todos querríamos –y podríamos– ser más felices. Cómo ser suficientemente felices o serlo un poco más: he ahí la cuestión.

Algo puede enseñarnos al respecto el Informe Mundial de Felicidad 2017 que la ONU acaba de publicar, como lo viene haciendo desde 2012, con ocasión del día de la felicidad.

Noruega es el país más feliz, seguido de Dinamarca, Islandia, Suiza y Finlandia; luego vienen Holanda, Canadá, Nueva Zelanda, Australia y Suecia. Junto a ellos, tan cerca y tan lejos, están los países más infelices, por orden descendente, me entristece nombrarlos: Ruanda, Siria, Tanzania, Burundi y República Centroafricana, la más infeliz. España se encuentra en el puesto 34; Francia, en el 31.

No es difícil adivinar los indicadores tenidos en cuenta por la ONU para medir la felicidad: ingreso per cápita, salud, expectativa de vida, libertad y libertades, generosidad, apoyo social, y ausencia de corrupción en las instituciones privadas y públicas. Son cosas bien importantes, y todos los países debieran aspirar y acceder a ellas. Pero no nos revelan el último secreto de la felicidad. Esos factores no son suficientes para que un país o una persona sean felices, y me atrevería a decir que no son esos los elementos más decisivos para serlo de verdad.

De hecho, es muy distinto el último ranking de felicidad elaborado por la Consultora Win/Gallup International Association en 2106, basándose en las respuestas de la gente a una pregunta: “En general, ¿se siente personalmente muy feliz, feliz, ni feliz ni infeliz, infeliz o muy infeliz?”. El país más feliz resultó ser Colombia. Y en el informe elaborado por el Instituto DYM a finales del 2015, el continente más feliz resulta ser ¡África! Y el más infeliz… Europa, sí, Europa con sus países nórdicos y su PIB y su Mediterráneo.

Estos resultados no son más contradictorios que el propio sentimiento de felicidad, tan difícil de precisar y medir. La felicidad es más que la mera euforia vital que pudiéramos sentir inyectándonos serotonina o dopamina. Depende mucho más de las expectativas que de la situación objetiva. Por supuesto, nadie debiera tener que vivir con un euro al día, pero lo cierto es que muchos logran ser felices con eso, y más cierto aun que muchos son más infelices cuanto más poseen. Deberíamos medir el progreso por la Felicidad Nacional Bruta más que por el PIB, como hace Bután, el único país.

Pero me temo que los rankings dificultan más que ayudan la felicidad. Hacen que el de arriba sufra porque puede bajar, y que el de abajo sufra porque no puede subir. No es más feliz quien tiene más, sino quien necesita menos o se conforma con lo que tiene.

Oigo cada día a nuestros gobernantes que debemos ser más competitivos. Es cierto que no podremos crecer y triunfar sin ser competitivos, pero más cierto aun que no podremos ser felices ni hacer una sociedad más feliz mientras sigamos empeñados en competir, crecer y triunfar, siempre a costa de otros, siempre creando rankings de riqueza y de pobreza. ¿Puede alguien ser feliz en Noruega o en España mirando de frente la miseria de África, o esquivando la mirada? No sería una felicidad indecente y cruel. No sería verdadera felicidad, sino violencia o engaño.

Solo la persona que abandona todo anhelo y obra sin intereses, libre del sentido del ‘yo’ y de ‘lo mío’, alcanza la paz, como enseñó el Bhagavad Gîta hindú hace 2300 años. Jesús de Nazaret lo dijo a su manera: “Bienaventurados los humildes, los mansos, los misericordiosos, los artesanos de paz. Bienaventurados los pobres solidarios de los pobres”. Él soñó y creyó en un mundo sin competitividad, y lo llamó “Reino de Dios”: un mundo justo, fraterno y feliz, un mundo sin rankings. ¿Lo soñamos todavía?

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