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“Pascua en pandemia”, por José Arregi

Miércoles, 15 de abril de 2020

01ca3b7b9933e2c1f1685b7279d1711aCristo del Corcovado. Homenaje al personal sanitario

Leído en su blog:

Adoro el misterio inmortal de la Vida en todos los vivientes, también en ti, amiga, amigo. La primera luna de la primavera aún está llena, el bosque reverdece, los lirios florecen, el cuco y el mirlo cantan. Levanta la vista y mira, abre los oídos y escucha. Es la Pascua de la Vida, tan débil y fuerte, vulnerable y poderosa. El misterio de la energía vital de la que venimos. De la Tierra venimos y de más allá de la tierra y del cosmos, del origen eterno de todo. Al Infinito presente volvemos.

Es la Pascua de la pandemia, pero dime: ¿no brota toda Pascua de alguna pandemia convertida en travesía fecunda, del arte de revertir el veneno en vacuna, la pasión en parto, la pérdida en libertad, el egoísmo en compasión, el yo en nosotros? Es la Pascua del confinamiento, pero observa: en el silencio de tu casa cerrada resuena y se revela el universo infinito, todo se abre. Es la Pascua de la alarma general, pero créeme: la Paz lo sostiene todo y lo fecunda, a pesar de todo.

Es la Pascua o el “Paso” de Jesús, que es mi manera de decir todas las pascuas: todas las cruces, todos los cantos, el respiro profundo de todos los seres, de todas las mujeres y hombres, de toda la tierra, de todos los astros, desde el primer cuanto de energía hasta la última galaxia. Todo y más allá de todo. Pero advierte: cuando digo Jesús, no me refiero al hombre divino y humano, sino al hombre divino en lo humano, como tú y como yo en la medida, humilde medida, en que somos de verdad humanos, humildes, hermanos. Jesús lo fue, sin tener que ser perfecto.

En su corta, intensa vida, conoció muchas pandemias: la miseria de los campesinos asfixiados por las deudas, enajenados de sus tierras por ricos latifundistas, la opresión romana, los impuestos abusivos de Herodes y del templo, el hambre y las enfermedades y la desesperación violenta del pueblo empobrecido. Y de esas pandemias hizo Jesús que brotara la vida, como brotan las yemas en las cepas dormidas. Se volverán sarmientos cargados de racimos y, cuando den su fruto, se dejarán podar. Pasó la vida haciendo el bien, denunciando el mal, curando heridas, comiendo con gente impura, arriesgando la vida ante el Pretorio y el Templo, dando su vida hasta exhalar su último aliento, uno con el Aliento primero, inmortal de la Vida.

Fue crucificado por su vida, y en su vida y en la Cruz resucitó. Lo primero es un hecho histórico, lo segundo es mi confesión cristiana desnuda, sin tumbas vacías ni apariciones “milagrosas”. Resucitó en su libertad profética, en su palabra provocadora, en su esperanza subversiva, en su praxis sanadora, en su comensalía transgresora, en su bondad feliz, en su bienaventuranza solidaria con todos los crucificados. Y así, el Hermano Herido se hizo, en lenguaje cristiano, primicia o anticipo, icono y sacramento, profecía y revelación de la Pascua universal. Dilo tú en tu propio lenguaje. Dilo.

Y déjame que insista: la resurrección que confieso no es una prerrogativa única y exclusiva de Jesús, sino mi manera de expresar –más allá de la ciencia y de toda filosofía y religión–, entre dudas y preguntas, como Santo Tomás o como el mismo Jesús, mi confianza última en esta pobre humanidad contradictoria, en la vida que era y será, en la Tierra que nos engendró, en el Cosmos infinito, en el Fondo del Ser, en el Aliento que todo lo anima eternamente: que todo se transforma en todo, como el grano de trigo que muere, que la llama de la vida es inextinguible, que solo el amor la mantiene encendida, que solo la bondad es invencible, que solo en la comunión universal de los vivientes hallaremos la dicha, y que podemos y merece la pena intentarlo cada día, aunque parezca que fracasamos, porque quien da la vida se hace uno con la Vida, y cada día es el primer día de la creación en que todo es bueno.

Cada día es el primer día de la Pascua, en el que Jesús se une a los incontables mártires o testigos de la vida, en medio de tanto panorama desolador, desde el fondo luminoso de sus llagas, se te acerca y te dice: “No temas. Seas quien fueres, estés como estés, creas o dejes de creer, acoge la Paz que te recrea, que todo lo crea. La Paz que hace que las criaturas se desahoguen y fluyan en el amor y se vuelvan cada una un sostén para la otra: compasión, proximidad, compañía. Entra más adentro y ensancha tu presencia. Más adentro, hasta abrazar el secreto de la Vida en su centro universal.

Espiritualidad , , , , ,

Sí: ¡Feliz Pascua!

Martes, 14 de abril de 2020

c457cfecf568833b31446172d881-1588685.jpg!dJuan Zapatero Ballesteros
Sant Feliú de Llobregat (Barcelona).

ECLESALIA, 12/04/20.- Qué bien que la Pascua nos llegue siempre en primavera. Y, a pesar de que este año la primavera huela un tanto a “moho”, seguirá siendo la primavera que tanto nos anima y que nadie nunca nos podrá quitar ni arrebatar. Sí, porque no existe otro momento como este para celebrar que los campos, los jardines, los árboles, las flores, todas las plantas huelen a vida que empuja, que pide salir hacia fuera porque ya no aguanta por más tiempo la oscuridad y la muerte forzada que trajo el invierno. Porque, siendo primavera, la Pascua nos quiere decir con ello que solamente entiende de vida que, por lo mismo, no es exclusiva de unos pocos ni de nadie, sino que les pertenece a todos los hombres y mujeres. Sí, a todas y a todos, independientemente de cualquier tipo de condición y diferencia. También del “credo” o de la “fe” que puedan profesar y, en su caso, de la ausencia de ambos; más aún, incluso de su rechazo o indiferencia hacia ellos. Por tanto, la primavera nos hace a todos los hombres y mujeres testigos de vida y, por lo mismo, nos invita a disfrutarla y a contagiarla como la mejor de las epidemias por la que vale la pena que todo esté contagiado. Para quienes creemos en Jesús, o al menos nos esforzamos porque así sea, nos obliga a ser hombres y mujeres de vida; una obligación que no tiene nada que ver con imposición forzada ni con ultimátum despótico, sino con una invitación cariñosa y casi pordiosera a seguir siendo testigos de la mejor de las “noticias” que no es otra que la vida.

Quiero comenzar, pues, felicitando la Pascua a todas las personas que preñan de un mínimo de ilusión y de esperanza la vida de tantas/os que arrastran su alma, carentes de al menos un pequeño horizonte por el que puedan llegar a otear que, a pesar de todo, vale la pena seguir caminando. Son esas víctimas de una inercia dañina que no sabemos a quién, o quizás sí, al menos lo intuimos, le interesa muy mucho que vayan viviendo y mal llevando el caminar de cada día sin rumbo ni razón. Pues, con ello, ese “quien” pretende impedir que todas esas masas de hombres y mujeres se conviertan en conflicto punzante contra sus intereses y los de quienes, dirigidos por él “a distancia”, se encuentran, detrás o delante, moviendo los hilos como si las otras y los otros fueran marionetas inertes y carentes de vida.

Feliz Pascua, a quienes se dejan su vida, la que la gente entiende que es de verdad, es decir: la del placer, la del disfrutar; la del comer y beber sin pensar en quienes no pueden hacerlo; la del crecer y escalar, aunque sea a costa del bajar, descender y hundirse en la más profunda de las miserias de una gran mayoría. Sí, ellas y ellos: los que tienen un sitio más que minúsculo en los informativos de última hora; las y los que no ocupan ni siquiera aquel rincón tan pequeño, porque su compromiso no engorda las estadísticas ni los porcentajes que, a la postre, es lo que acostumbra a generar interés en las masas. Son todas y todos, cuantas y cuantos, han hecho realidad, desde el conocimiento o la ignorancia, las palabras de aquel “galileo” de hace veinte siglos: “Nadie ama más que quien da la vida”.

Feliz Pascua, a quienes la han dado toda, llegando a “perderla” totalmente a los ojos de la gente que los miraba; aunque, para ellas y ellos la hayan “ganado”, porque se fiaron a pie juntillas de lo que un día dijera Él o intuyeron que solamente ese podía ser el resultado. Son los mártires de todos los tiempos y de todos los lugares. Algunos o muchos, creyentes en religiones importantes y de prestigio, cuyos dirigentes les levantaron un día altares y monumentos; no dudando tampoco en proclamar en voz alta que estaban muy cerca de Dios; ¡mira tú! Otras y otros, en cambio, sin religión reconocida y menos aún de prestigio; sin creer en lo que mandan los “cánones”, pero creyentes a pie juntillas en la vida, ¡que ya es y cuesta a veces! Y en su caso también y seguro, a pesar de que ellas y ellos no lo intuyeran en ningún momento, muy cerca, pero que muy cerca de Dios; ¡solo faltaba! No importa que nadie se lo reconociera en su momento y que, muy posiblemente, nunca se lo lleguen a reconocer. Pues, a decir verdad, ya tuvieron el mejor y el más grande de los reconocimientos, que no es otro que el de su conciencia que, al fin y al cabo, es lo más sagrado e importante que puede o debiera tener toda persona.

Feliz Pascua, a todas las personas, cuya vida les ha sido arrebata de forma impune; tantas veces de manera cruel y violenta; siempre de manera irracional y absurda, pues no hay nunca razón y sentido que pueda justificar una sola muerte.

Feliz Pascua, a todas y todos vosotros quienes, desde gestos bien sencillos de vuestra vida diaria, hacéis cuanto está en vuestras manos de cara a preservar el medio ambiente y favorecer toda clase de vida que pulula en el planeta que habitamos; impidiendo con ello que acabe convirtiéndose en un lugar donde la muerte se imponga a la habitabilidad de las personas y a todo tipo de vida.

Feliz Pascua, finalmente, a quienes, por vivir en el hemisferio norte, estamos en primavera, celebrando que renace y rebrota la vida. También a quienes viven en el hemisferio sur y ya se están preparando para sembrar nuevas simientes que, meses más tarde, se convertirán en frutos abundantes. Eso sí: a unos y a otros en medio del dolor y del sufrimiento provocado por un “virus” que, vete tú a saber, por qué tuvo que llegar “ahora” y con qué “intenciones” lo hizo.

Amigas y amigos, humanidad entera: nos encontramos en un momento difícil, pero, a pesar de todo, preñado de una gran esperanza, la misma que nos recuerda que estamos ante la mejor de las oportunidades para hacer el brindis más esperanzador-

¡FELIZ PASCUA!

¡VIVA LA VIDA!

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“Jesucristo Verdaderamente Vive”

Domingo, 12 de abril de 2020

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Cristo, resucitado y glorioso
es la fuente profunda de nuestra esperanza.
Su resurrección no es algo del pasado;
Entraña una fuerza de vida
que ha penetrado el mundo.

Donde parece que todo ha muerto,
por todas partes vuelven a aparecer
Brotes de la resurrección.
Es una fuerza imparable.

Verdad que muchas veces
parece que Dios no existiera:
Vemos injusticias, maldades, indiferencias
y crueldades que no ceden.

Pero también es cierto
que en medio de la oscuridad
siempre comienza a brotar algo nuevo,
que tarde o temprano produce un fruto.

En un campo arrasado
Vuelve a aparecer la vida,
tozuda e invencible.
Habrá muchas cosas negras,
Pero el bien siempre tiende
A volver a brotar y difundirse.

Cada día en el mundo renace la belleza,
Que resucita transformada
A través de los tormentos de la historia…
esta es la fuerza de la resurrección
y cada evangelizador
es un instrumento de este dinamismo.

*

Papa Francisco

 Exhortación Apostólica  “La alegría del Evangelio” n.276.

Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales

***

¡Cristo verdaderamente ha resucitado!

¡Feliz Pascua!

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***

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y le dijo:

– “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.”

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

*

Juan 20, 1-9

***

En el fluir confuso de los acontecimientos hemos descubierto un centro, hemos descubierto un punto de apoyo: ¡Cristo ha resucitado!

Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado!

Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato hubiera tenido razón cuando preguntó con desdén: «¿Qué es la verdad?». Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, todas las cosas más preciosas se habrían vuelto indefectiblemente cenizas, la belleza se habría marchitado de manera irrevocable. Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, el puente entre la tierra y el cielo se habría hundido para siempre. Y nosotros habríamos perdido la una y el otro, porque no habríamos conocido el cielo, ni habríamos podido defendernos de la aniquilación de la tierra. Pero ha resucitado aquel ante el que somos eternamente culpables, y Pilato y Caifas se han visto cubiertos de infamia.

Un estremecimiento de júbilo desconcierta a la criatura, que exulta de pura alegría porque Cristo ha resucitado y llama junto a él a su Esposa: «¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!».

Llega a su cumplimiento el gran misterio de la salvación. Crece la semilla de la vida y renueva de manera misteriosa el corazón de la criatura. La Esposa y el Espíritu dicen al Cordero: «¡Ven!». La Esposa, gloriosa y esplendente de su belleza primordial, encontrará al Cordero.

*

Pavel Florenskij,
Il cuore cherubico,
Cásale Monferrato 1999, pp. 172-174, passim

***

***

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Ante la Cruz…

Viernes, 10 de abril de 2020

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ANTE LA CRUZ

Ante la cruz me llamas
en tu agonía.
Ante la cruz me llamas.
Y he aquí que tropiezo
con las palabras.

Porque si dices ante
¿no me pides, Señor,
sino que mire
frente a frente la cruz
y que la abrace?

Si te miro, Señor,
y Tú me miras,
es un horno de amor
lo que en ti veo,
y lo que veo en mí,
Señor, no es nada,
nada, nada, Señor,
sino silencio.

Un silencio vacío:
si Tú lo llenas
se habrá hecho la luz
en las tinieblas.

Y si en la cruz te abrazo
y Tú me abrazas,
el silencio, Señor,
es más palabra.

Ante la cruz, Señor,
aquí me tienes,
ante la cruz, Señor,
pues Tú lo quieres.

II

VÍA DOLOROSA

I

PARA DECIR LO QUE PASÓ AQUEL VIERNES…

…a Jesús, en cambio, lo hizo azotar
y lo entregó para que fuese crucificado.
(Mt.27,26)

Para decir lo que pasó aquel viernes
en los palacios de Jerusalén y en sus afueras
no bastan las palabras.
Por eso no hay
en las avenidas del relato
-Mateo, Marcos, Juan- sino una capa
de misericordia, un leve
y condensado recuerdo a los azotes.
Para decir lo que pasó aquel viernes
en los palacios de Jerusalén: la sangre,
los insultos, los golpes, la corona
de espinas,
los gritos, la locura, la ira desatada
contra el más bello y puro de los hombres,
contra el más inocente…
para decir lo que pasó aquel viernes
solo valen las lágrimas.

II

SIMÓN DE CIRENE SE ENCUENTRA CON LA CRUZ

Al salir encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón,
y le obligaron a que cargara con la cruz de Jesús.
(Mt. 27, 32)

Pesan los días y pesan los trabajos
y en las venas el cansancio es veneno
que apresura los pasos hacia el dulce
reposo del hogar;
los pasos hacia el dulce
abrazo del amor y del sueño.
Ni siquiera
hay espacio en el alma para el canto
de un pájaro. Tampoco para el sordo
rumor que empieza a arder
sobre el polvo en la plaza.
Viene Simón el de Cirene convertido
en pura sed, en pura
materia de fatiga.
Esa cruz
le sobreviene como un alud de asombro
y rebeldía.
Pero
entre la náusea de la sangre sabe
que siempre hay un dolor que añadir al dolor.
Entre la náusea de la sangre mira
y encuentra esa mirada como un pozo
encendido,
como un pozo
donde se funde el Galileo
con el dolor del mundo.
Apenas un instante y el abrazo
del corazón y la madera hasta la cima.
Vuelve Simón el de Cirene. Queda
una cruz en su piel.
Y una mirada.

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III

MUJER EN JERUSALÉN

Lo seguía muchísima gente, especialmente
mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
(Lc. 23, 27)

Mis ojos suben por las calles de Jerusalén
bajo una lluvia de dolor,
bajo una lluvia
que va a lavar el mundo.
Mis ojos suben arrimados
a la cal de las paredes
mientras todo el fragor del sufrimiento
se hace eco en mis párpados.
Puedo sentir tu sed,
la quemazón de tus rodillas rotas
sobre los filos de la tierra.
Toma mi corazón, toma mis lágrimas,
déjalas que ellas laven tus heridas
ahora que soy
mujer en Jerusalén y que te sigo.
Mis ojos se adelantan
por los empedrados de Jerusalén
para encontrar los tuyos.
Y no hay en ellos
rebeldía.
Bajo la cruz
Tú eras una antorcha
de mansedumbre. Derramabas
una piedad universal con cada aliento.

Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí
(Lc.23,28)

¿Y cómo no llorar, Señor?
Déjame, al menos,
si no llorar por Ti, llorar contigo.

III

GÓLGOTA

I

EL CORAZÓN DE LAS MUJERES

Muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea
para asistirlo, contemplaban la escena desde lejos.
(Mt 27, 55)

Estirándose sobre la distancia,
el corazón de las mujeres
se hizo cruz en el Gólgota.
¡Oh corazón de las mujeres, cruciforme,
arca lúcida,
oscura estancia del amor y permanente
arcaduz del misterio!
¡Oh corazón de las mujeres,
prodigioso arroyo fiel que mana
desde el mar de Galilea hasta el Calvario!
¡Y más allá del Calvario, hasta los límites
verticales y alzados,
hasta la orilla de la fe donde se trueca
el destino del hombre!
Mujeres, con vosotras he visto
la salvación del mundo,
su rostro ensangrentado, la medida
de sus brazos abiertos,
la extensión de su abrazo,
que acerca hasta nosotros
la dádiva incansable de sus manos
abiertas y horadadas para siempre.
Y he visto su corazón de par en par,
su corazón como una cueva dulce,
su corazón, abrigo
para toda intemperie.
He visto con vosotras
los pies del redentor, nunca cansados
de venir hacia mí, también heridos
de mí, por mí, también clavados
para la eternidad.
¡Oh pies de Cristo
impresos
sobre la arena de mi corazón!
¡Oh Cristo que atrajiste
hasta Ti el corazón de estas mujeres,
déjame ahora
latir en su latido:
contemplarte.

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II

STABAT MATER

Estaba la madre al pie
de la cruz. La madre estaba.
Enhiesta y crucificada,
color de nardo la piel.
En el pecho el hueco aquel
que vacío parecía.
No me lo cierres, María
que quiero encerrarme en él,
que quiero encerrarme y ver
todo lo que tú veías.
Sé tú mi madre, María,
como lo quería Él.

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III

CIERRA EL CIELO LOS OJOS …

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde
la tierra se cubrió de tinieblas.
(Mt. 27, 45)

Cierra el cielo los ojos:
cae
la noche a plomo sobre el mediodía
de aquel viernes de abril en el Calvario.
No puede el cielo ser tan impasible
cuando en la cruz está muriendo un hombre,
ya solo sufrimiento y sangre,
cuando muere
el amado de Dios.
¿O acaso vuelve el rostro el cielo
también
y es abandono
lo que creían sombra?
Pesa, pesa, pesa…
Pesa esta oscuridad
que hace crujir los hombros
mientras el ser se vence
inexorablemente hacia el abismo.
Esta tiniebla tiene
peso, longitud, altura,
y penetra en el alma
y duele y vela
la mirada de Dios en la distancia.
¿No hay otro modo, Señor, no hay otro modo
de morir, de vivir, que hacer a ciegas
esta larga jornada de camino?
Pues si ha de ser así, Señor, te pido
que al menos en la muerte no me falte
un bordón de plegaria: que no olvide
tu nombre dulce con el que llamarte.

IV

EL GRITO

Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito entregó su espíritu
(Mt.27, 50)

Un grito. Luego el silencio.
Y en silencio estoy aquí
mientras resucitas Tú
y resucitan los muertos.
¡Cristo, ten piedad de mí!

Con Cristo

*

Mercedes Marcos Sánchez,

Poeta ante la Cruz (Meditación en Mateo)

***

Hoy la Iglesia nos invita a un gesto que quizás para los gustos modernos resulte un tanto superado: la adoración y beso de la cruz. Pero se trata de un gesto excepcional. El rito prevé que se vaya desvelando lentamente la cruz, exclamando tres veces: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Y el pueblo responde: “Venid a adorarlo.

El motivo de esta triple aclamación está claro. No se puede descubrir de una vez la escena del Crucificado que la Iglesia proclama como la suprema revelación de Dios. Y cuando lentamente se desvela la cruz, mirando esta escena de sufrimiento y martirio con una actitud de adoración, podemos reconocer al Salvador en ella. Ver al Omnipotente en la escena de la debilidad, de la fragilidad, del desfallecimiento, de la derrota, es el misterio del Viernes Santo al que los fieles nos acercamos por medio de la adoración.

La respuesta “Venid a adorarlo” significa ir hacia él y besar. El beso de un hombre lo entregó a la muerte; cuando fue objeto de nuestra violencia es cuando fue salvada la humanidad, descubriendo el verdadero rostro de Dios, al que nos podemos volver para tener vida, ya que sólo vive quien está con el Señor. Besando a Cristo, se besan todas las heridas del mundo, las heridas de la humanidad, las recibidas y las inferidas, las que los otros nos han infligido y las que hemos hecho nosotros. Aun más: besando a Cristo besamos nuestras heridas, las que tenemos abiertas por no ser amados.

Pero hoy, experimentando que uno se ha puesto en nuestras manos y ha asumido el mal del mundo, nuestras heridas han sido amadas. En él podemos amar nuestras heridas transfiguradas. Este beso que la Iglesia nos invita a dar hoy es el beso del cambio de vida.

Cristo, desde la cruz, ha derramado la vida, y nosotros, besándolo, acogemos su beso, es decir, su expirar amor, que nos hace respirar, revivir. Sólo en el interior del amor de Dios se puede participar en el sufrimiento, en la cruz de Cristo, que, en el Espíritu Santo, nos hace gustar del poder de la resurrección y del sentido salvífico del dolor.

*

M. I. Rupnik,
Omelie di pascua. Venerdi santo,
Roma 1998, 47-53

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Viernes Santo. Proceso a Jesús: las diez razones de su muerte

Viernes, 10 de abril de 2020

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Del blog de Xabier Pikaza:

¿Quiénes y por qué mataron a Jesús? ¿Qué hacía Dios mientras le juzgaron?

Diez tesis para un Viernes Santo de la Pandemia

“La “no violencia” de Jesús no puede entenderse de forma intimista (huida a la interioridad), sino de transformación social, que algunos pudieron interpretar en línea de alzamiento militar, ahogado en sangre por Roma”

Introducción

Hoy es el día del Sermón de las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, pero es también día de las Diez Razones de su condena a muerte, y así las quiero exponer sobriamente en las reflexiones que siguen.

047_1No buscó la muerte, sino  la llegada del Reino (que es vida en libertad‒sanación, desde los más pobres); pero su forma de entender el Reino le opuso (y le sigue oponiendo) a un tipo de poderes, que le condenaron a muerte, elevándose así la pregunta clave del cristianismo y quizá de toda la historia humana: ¿Quiénes y por qué mataron a Jesús? ¿Qué hacía Dios mientras le juzgaron?

  Los estudios históricos y teológicos sobre la muerte de Jesús son innumerables. Yo mismo he dedicado gran parte de mi obra a la reflexión sobre tema. Pero hasta hoy,  no me había atrevido a condensar mi estudio y respuesta en 10 tesis centrales y breves y breves como las que siguen.

Aprovecho la ocasión para hacerlo en este Viernes Santo de la Pandemia, pensando que puedo ofrecer alguna ayuda o motivo de  reflexión (¡y evidentemente de discusión o  crítica) a los lectores de este blog. Presento las 10 tesis  de forma expositiva, sin discutir sobre ellas, aunque las notas finales pueden ir en esa línea [1].

Quizá desarrolle este decálogo en otro lugar; aquí lo ofrezco sólo como principio de un mejor conocimiento y de una más honda reflexión en un día de Viernes Santo. Mañana ofreceré, Dios mediante, algunas razones ulteriores.

Imágenes. (1) Visión de Rembrandt  (2) Colina de las Cruces de Vilnius, Lituania. (3)cruz de Kurutziaga, de Durango (anverso y reverso). (4) Cristo de Velázquez.(2)”Historia de Jesús”, donde desarrollo temáticamente estas tesis.

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Diez tesis

  1. La muerte de Jesús fue un hecho histórico, y así lo ha entendido no sólo el NT, sino la Iglesia posterior (hasta el día de hoy), en contra de un tipo de gnosis que tiende a interpretarla de puramente imaginativa. Otras religiones como el hinduismo o el budismo pueden ser “verdaderas” aunque no haya existido Krisna o Buda, pues son símbolos del hombre liberado o perfecto, más que hombres reales. Por el contrario, la verdad del cristianismo, conforme al testimonio y teología del NT, está vinculada a la muerte real de Jesús, asesinado (ajusticiado) de hecho por hombres concretos, no por espíritus celestes o demonios, como se podría afirmar en una línea gnóstica, a partir de 1 Cor 2, 8, donde parece indicarse que los culpables de la muerte de Jesús fueron “espíritus cósmicos”, que ignoraban su verdadera identidad.
  2. Fue condenado y murió a causa de aquello que había proclamado y realizado. No le mataron por casualidad, ni por ignorancia, sino a sabiendas, de forma que la palabra “perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 24) no puede entenderse en sentido histórico sino teológico, pues históricamente aquellos que dictaron, ejecutaron o avalaran su condena (el gobernador romano y en otro sentido los “sumos” sacerdotes) sabían lo que hacían (o permitían), pues tenían datos suficientes para juzgarle culpable de alterar el orden público, poniendo en riesgo el “sistema” de poder en Palestina (Jerusalén), en días de pascua[2].
  3. Fue ajusticiado por el gobernador romano, Poncio Pilato, que en un sentido político cumplió su deber como funcionario del Imperio. Él fue por tanto el responsable de la condena y muerte, y le mandó crucificar, porque descubrió (desde su nivel de jerarca imperial) que era un rebelde político, provocador y peligroso para la “pax romana”, fundada en el “orden” de las armas y en la superioridad económico‒política del imperio (cf. Mc 10, 41‒45). Todo intento de disculparle resulta equivocado y falso. Pilato hizo lo que hacen los imperios, en la línea de lo que han mostrado los capítulos anteriores de esta teología[3].
  4. Pero, en otra línea, los cristianos pusieron de relieve la responsabilidad de los “sumos sacerdotes”, diciendo que “colaboraron” en la condena, al menos por “dejación” de autoridad. A la “provocación” de Jesús, que he detallado en los capítulos anteriores, respondió el rechazo de los sacerdotes, que eran (bajo supervisión de Roma) responsables de un tipo de paz socio‒religiosa en Jerusalén. Ciertamente, ellos no le mataron, pero la tradición cristiana les ha considerado responsables, por no haber acogido el mensaje de Jesús, ni defenderle ante Pilato (aunque más responsables han sido, en línea cristiana, los mismos discípulos, que le abandonaron en la muerte). En ese sentido, la condena de Jesús forma un eslabón (quizá el más importante) de la cadena de enfrentamientos intra‒judíos que jalonan la historia y teología de la Biblia, y su muerte se sitúa en el contexto de la lucha del auténtico Israel frente a las potencias imperiales (¡le ha condenado Roma, tomando así el lugar de la antigua “Babilonia”, cf 1 Ped 5, 13 y Ap 17‒18), siendo, al mismo tiempo, un capítulo clave del “enfrentamiento” de unos judíos con otros, como en la crisis de los macabeos (cf. cap. 12).
  5.  Jesús promovió un movimiento de paz, pero su proyecto estuvo “rodeado” (amenazado) de brotes violencia, en un contexto donde los intereses y motivos se entrecruzan con frecuencia. Él había sido discípulo de Juan Bautista, que esperaba la llegada del juicio de Dios junto al Jordán, sin provocar un tipo de revolución armada, siendo a pesar de ello asesinado por el tetrarca Herodes Antipas, por miedo a que su mensaje levantara en armas al pueblo. Pues bien, Jesús era más peligroso que el Bautista, porque realizó su misión en Galilea, y comenzó a realizar allí sus signos de reino (los ciegos ven, los hambrientos comen, los pobres son evangelizados…), en contra del mismo Antipas, para plantear su alternativa en Jerusalén. Ciertamente, él no promovió un alzamiento militar, y su proyecto de Reino implicaba un programa radical de no violencia activa, partiendo de los pobres y enfermos; pero muchos “israelitas” se irritaron ante su Evangelio, porque se centraba en la acogida a los proscritos, la renuncia al dinero y la superación de un orden sagrado de la nación[4].
  6. Posiblemente, los crucificados, a la izquierda y derecha de Jesús, formaban parte de su movimiento, pues los textos les presentan como como lêstai o bandidos, palabra que entonces se aplicaba a los miembros de la resistencia militar judía contra Roma. Por su parte, la comparación con Barrabás, que era también un “lêstes, aunque pueda ser más simbólica que histórica, sitúa a Jesús en un contexto de “tensión” anti‒romana. Finalmente, el hecho de que los dos lêstai fueran crucificados a su derecha e izquierda supone que, a los ojos de Roma, ellos eran o se tomaban como miembros de su movimiento[5].
  7. El conjunto del NT supone que los discípulos de Jesús le abandonaron y escaparon, aunque no resulta claro que lo hicieran todos, pues el gesto ha sido interpretado a la luz de Zac 13, 7 (“heriré al pastor y se dispersarán las ovejas…”, cf. Mc 14, 27‒28 par.) y de la historia posterior de la Iglesia, como retorno a Jesús tras la traición. Ciertamente, no parece que Pilatos ordenara una persecución sistemática contra los discípulos de Jesús, sino que debió pensar que la muerte del “maestro” y de algunos compañeros bastaría para que se detuviera el movimiento. De todas formas, según la tradición de fondo de los evangelios, es muy probable que buena parte de seguidores directos de Jesús tuvieron miedo y escaparon[6].
  8. El Imperio (Roma) mandó matar a Jesús, pero cierta tradición cristiana ha tendido a exculpar a los romanos y acusar a “los judíos”, aunque sabe y dice siempre que fue el gobernador quien le condenó de hecho, mandando que le ejecutaran, como judío rebelde contra Roma, poniendo en el letrero de la condena “rey de los judíos”. La muerte de Jesús forma parte de la lógica de Roma, era un elemento del orden de su imperio, y no hacía falta resaltarlo (como dice el credo cristiano: Murió bajo Poncio Pilato). A Jesús no le mataron los judíos, sino el Imperio de los césares, ejecutándole precisamente como “rey de los judíos” (es decir, como representante de los judíos, a pesar de la protesta histórica o simbólica de los sacerdotes, que no querían que él apareciera como “rey de los judíos”: Jn 19, 22). Los primeros cristianos no tuvieron duda de la responsabilidad de Roma, pues sabían bien cómo respondía Roma en casos de posible rebelión[7].
  9. De un modo comprensible, la tradición cristiana, a partir de los evangelios, ha insistido en la culpa de las autoridades judías, no por simple resentimiento, sino por exigencia teológica, pues Jesús había presentado su mensaje como sentido y culminación del judaísmo (es decir, del A). La cuestión de fondo de los primeros cristianos se relacionaba con el judaísmo en su conjunto, más que con Roma (aunque Roma esté en el fondo) como vengo indicando en esta Teología. En ese sentido, el primera problema de los cristianos no era que Roma hubiera condenado a muerte a Jesús, sino que las autoridades de Israel (en especial las del templo) no le hubieran creído y acogido, inhibiéndose en el fondo ante su condena[8].
  10. En general, los apocalípticos del AT habían condenado a los imperios como responsables de la muerte de los justos.Pero ya los profetas (con el Pentateuco) habían echado la culpa también (y sobre todo) a los israelitas. Pues bien, en esa línea radicalmente bíblica se sitúan los evangelios que, razonando desde el interior de la tradición judía, insisten en su responsabilidad judía. De un modo consecuente, tanto los sinópticos como Juan, de manera muy bíblica, en perspectiva teológica, insisten en la responsabilidad de un tipo de judaísmo, y lo hacen recogiendo la tradición de Isaías y de Jeremías, de Amós, Oseas y Ezequiel: La muerte de Jesús forma parte de la historia de pecado y gracia del pueblo de Israel, de forma que puede y debe interpretarse desde un tipo de “fuerte conflicto” interior al mismo AT. En esa línea, los evangelios afirman que la clave “teológica” (no simplemente histórica) de la muerte de Jesús ha sido la “traición” (=entrega) de los sacerdotes de Jerusalén, que no le han aceptado, dejándole de hecho en manos de la autoridad romana, que le ha crucificado sin miramiento alguno (por rutina). En esa misma “entrega” incluyen los evangelios la “traición” de los (=de la mayoría de los) discípulos de Jesús[9].

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Conclusión (pinchar las imágenes para agrandarlas)

Durango_-_Museo_Kurutzesantu_(antigua_Ernita_de_la_Vera_Cruz)_y_Cruz_de_Kurutziaga_14zatiak 109 copia_500Conforme a lo anterior, al presentar la muerte de Jesús como lo hicieron, los judeo‒cristianos se enfrentan, desde el fondo de su propia tradición (como judíos radicales), con la autoridad del templo a la que acusan (de forma retórico‒teológica) de haber abandonado a Jesús, y en el fondo de haberle entregado (dejado en manos) de los romanos. Leídos así, paradójicamente, como interpretación de la muerte de Jesús, los relatos de la pasión y muerte de Jesús definen el sentido de la teología bíblica, separando las dos ramas en la que se divide y culmina la teología bíblica judía: la rabínica y la cristiana.

 ‒ Por un lado, la interpretación rabínica (que se ha impuesto desde el siglo II‒III en el judaísmo nacional) puede entender la muerte de Jesús como un acontecimiento muy doloroso de la historia martirial de Israel, pero no como revelación definitiva de Dios y cumplimiento de la misión y teología israelita. En esa línea, el cristianismo ha sido una “desviación” fecunda, pero dolorosa y parcial (=no verdadera) del auténtico y eterno Israel, representado todavía hoy (año 2020) por el pueblo de la alianza.

‒ Por otro lado, los cristianos han interpretado esa muerte como cumplimiento y verdad de la teología de Israel, en la línea de otros acontecimientos, como la destrucción del reino y del templo (año 587 a.C.), que obligan a re‒interpretar toda la teología bíblica. En esa línea, ellos se consideran el auténtico Israel, como saben tanto Pablo como el evangelio de Mateo. De esa manera, desde ese fondo, se dividen y distinguen hasta hoy la interpretación rabínica y la interpretación cristiana de la Teología Bíblica de Israel[10].

NOTAS

[1] Cf. E. Bammel, (ed.), The Trial of Jesus, SCM, London 1970; F. Bermejo, La invención de Jesús, Siglo XXI, Madrid 2018, J. Blinzer, El proceso de Jesús, Litúrgica, Barcelona 1958; S. G. F. Brandon, The Trial of Jesus, Stein and Day, New York 1968; R. E. Brown, La muerte del Mesías I-II, Verbo Divino, Estella 2004/2006; J. Carmichael, The Death of Jesus, Dell, New York 1962; H. Cohn, The Trial and Death of Jesus, KTAV, New York 1977; Der Prozeß und Tod Jesu aus jüdischer Sicht, Insel V., Frankfurt/Main 2001; J. D. Crossan, Who Killed Jesus?, Harper, San Francisco 1996; El nacimiento del cristianismo, Sal Terrae, Santander 2002; A. J. Dewey, The death of Jesus: the fact of fiction and the fiction of fact, Berghaus, Mülheim/Ruhr 2002, 71-82; P. Egger, “Crucifixus sub Pontio Pilato“, NTA, Münster 1997; J. B. Green, The Death of Jesus, WUNT 33, Tübingen 1988; G. D. Kilpatrick, The Trial of Jesus, Oxford UP 1953, S. Legasse, El proceso de Jesús, I-II, Desclée de Brouwer, Bilbao 1995/6; E. Lohse, Märtyrer und Gottesknecht, Vandenhoeck, Göttingen 1963; S. J. Patterson, Beyond the Passion. Rethinking the Death and Life of Jesus, Fortress, Minneapolis 2004; R. Pesch, The Trial of Jesus Continues, Pickwic, Allison Park 1996; X. Pikaza, Historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2015; W. Popkes, Christus, Zwingli V., Zürich 1967; H. Schürmann, ¿Cómo entendió y vivió Jesús su muerte?, Sígueme, Salamanca 1982; O. H. Steck, Israel und das gewaltsame Geschick der Propheten, WMANT 23, Tübingen 1967; P. Winter, El proceso a Jesús, Muchnik, Barcelona 1983.

Editorial Verbo Divino :: Historia de Jesús

[2] La declaración “no saben lo que hacen”, se sitúa en la línea de 1 Cor 2, 8 (ninguno de los “príncipes” de este mundo lo conocieron), pero ha de entenderse en un sentido radical cristiano, como ignorancia del misterio de Dios y de su revelación: Ni los “ángeles cósmicos”, ni los gobernantes del mundo pudieron captar el sentido del mensaje de Jesús, ni lo que Dios estaba realizando en él; no entendieron la verdad (condena y salvación) de su muerte, tal como se expresa en la confesión del NT. Pues bien, en contra de eso, la Teología Bíblica Cristiana (preparada en los capítulos anteriores, y ratificada en los que siguen) es un intento de comprender y de aceptar el sentido radical de la muerte de Jesús.

a20-cristo-crucificado-1631-32[3] No se puede afirmar que le mataron los judíos ni en general ni en particular (no le condenó y ejecutó Caifás, sino Poncio Pilato, como sigue diciendo el credo cristiano). Los sacerdotes del templo y otros grupos de Jerusalén pudieron colaborar, más por omisión que por “comisión directa”, pues ellos no le mataron (no le apedrearon, según ley judía), sino que él fue crucificado por el Imperio (Roma), con una muerte propia de esclavos y rebeldes políticos, como un “lestês”, bandido y jefe de bandidos (no como “hereje” judío). De todas formas, la muerte de Jesús, siendo expresión de su fidelidad mesiánica, fue y sigue siendo un momento clave de una “lucha intraisraelita” que hemos ido descubriendo en el AT, desde el surgimiento de los grupos judíos en torno a la caída de los reinos y el comienzo del exilio, pasando por la restauración del s V‒IV a.C., hasta las disputas intra‒israelitas del tiempo de los macabeos y Daniel (cf. cap. 6 y 12).

[4] El mensaje de Jesús alimentaba, en el contexto social y militar de Palestina, una esperanza de transformación, de manera que parecen haberse alistado en su movimiento partidarios de un tipo de rebelión armada, como deja traslucir la propuesta de Pedro en Cesárea de Felipe (cf. Mc 8, 8, 27‒30) y la de los zebedeos (Mc 10, 35‒40), lo mismo que el gesto de aquellos que quisieron apelar a la espada en el Huerto de los Olivos (Mc 14, 32‒42), con la escena inquietante de los discípulos que dicen “aquí hay dos espadas”, a lo que Jesús responde “basta” (cf. Lc 22, 38). La entrada y proyecto de Jesús en Jerusalén podía desembocar en un enfrentamiento entre sus partidarios y los soldados romanos (con los paramilitares del templo), como temió Poncio Pilato y como supieron Caifás y los sumos sacerdotes (cf. Jn 11, 50). Jesús actuó de un modo pacífico, buscando la llegada del Reino al margen de los imperios (en especial del de Roma), pues él buscaba la transformación del “judaísmo” en línea de comunión y amor a los enemigos (sin apoyarse en la sacralidad del templo); pero su gesto podía suscitar sospechas de diverso tipo, y quizá no todos sus seguidores fueron sin más “pacifistas”.

[5] Según Lucas, uno de los crucificados le acusa de haber “fracasado” (¿No eres el Cristo? ¡Sálvate y sálvanos!), como indicando que él (Jesús) debería haber triunfado, para liberarse y liberarlos de la muerte (a ellos y a sus seguidores o simpatizantes; cf. Lc 23,39). La acusación supone (al menos en la mente del evangelista) que ese crucificado podría haber sido un seguidor de Jesús, que se sintió engañado, acusándole de habeer sido incapaz de vencer. Ése es un tema latente en la huida de los seguidores de Emaús en Lc 24, 13‒32 y en la pregunta de los discípulos de Hch 1, 6). Por su parte, el otro crucificado, que pide a Jesús “que le recuerdo cuando llegue a su Reino”, parece indicar que creído en él, como si hubiera participado de alguna forma en su movimiento (Lc 39, 40‒43). No es seguro que los crucificados con Jesús hubieran sido partidarios de su movimiento, condenados por ello con él (¡como dos seguidores o soldados, uno a su derecha, otro a su izquierda), pero es al menos probable y nos lleva a suponer que algunos de sus partidarios entendieron su propuesta en forma de alzamiento y lucha contra Roma. Según eso, la “no violencia” de Jesús no puede entenderse de forma intimista (huida a la interioridad), sino de transformación social, que algunos pudieron interpretar en línea de alzamiento militar, ahogado en sangre por Roma.

historia jesús 45[6] Pero el tema no es que escaparan, sino “por qué se escaparon”. ¿Porque Jesús se dejó prender? ¿Porque su fracaso era signo de falso mesianismo? Estas preguntas nos sitúan en el centro de la teología bíblica cristiana, que se centra en el paso y continuidad de la propuesta mesiánica de Jesús (mesianismo davídico), a la nueva fe en el Cristo, Hijo de Dios resucitado (Rom 1, 3‒4). Entre un mesianismo como el de Jesús, no armado pero abierto al triunfo de Israel, en línea político‒social, y el fracaso de su muerte, con su nueva presencia pascual, abre la novedad del evangelio.

[7] Sin duda, es posible que, en momentos posteriores, cuando buscaban un lugar donde integrarse en paz en el Imperio, los seguidores de Jesús tendieran a suavizar la culpa de Roma, afirmando que Pilatos no quería matarle, pero que se vio impulsado (casi obligado) por la acusación de los sacerdotes judíos. De todas formas, el mismo hecho de que Pilato le ejecutara, pudiendo no hacerlo, constituye la prueba de su responsabilidad, y muestra que el mensaje‒camino de Jesús (con su muerte) ha de entenderse a la luz de la teología profética de Israel, centrada en la oposición entre el verdadero Israel y los imperios del mundo, desde Egipto y Babel hasta los siro/helenistas de Daniel. En esa línea se puede y debe decir que Jesús murió condenado (vencido) por la “bestia” de Roma, en contra de lo que habían “previsto” Daniel y Zacarías II al afirmar que, en el último momento, la “bestia enemiga” Israel sería derrotada ante Jerusalén (cf. cap. 12).

[8] Para los judeocristianos, el tema no era la violencia de Roma, algo que se daba por sabido, sino la “incredulidad de una parte de Israel” (en especial de los sacerdotes), como Pablo formulará 25 años después de la crucifixión de Jesús, en Rom 8‒11. El argumento central de los evangelios no es “Jesús proclamó su palabra a los romanos, y los romanos no le obedecieron”, sino “vino a los suyos y ellos no le recibieron” (Jn 1, 11‒12). En esa línea, en sentido teológico (no puramente historiográfico), los evangelios han interpretado y narrado la muerte de Jesús no sólo como resultado de su conflicto con la “bestia” de Roma, sino también y sobre todo como expresión de un conflicto intrajudío entre Jesús y los sacerdotes de Jerusalén, a los que presentan como “responsables” (bíblicos) de su condena, pues no le aceptaron como mesías de Israel, dejándole así en manos de la violencia implacable de Roma. Los evangelios han narrado así la muerte de Jesús, como resultado de un “conflicto bíblico”, al interior del judaísmo. A Jesús le mataron, ciertamente, los romanos; pero ése era un “dato” previsto y sabido; los cristianos contaban con él. Pero, al mismo tiempo, su muerte fue consecuencia de un tipo de “dejación” (o incredulidad) de los sacerdotes del templo de Jerusalén. Éste fue para ellos el heco más “sangrante”, desde la perspectiva del AT. La muerte de Jesús nos sitúa, según eso, en el centro de un tipo de “ruptura israelita”, que el NT ha querido interpretar y ha interpretado, de forma dolorosa (y a veces retóricamente exagerada e incluso “falsa”), acudiendo a la rica tradición del AT, con citas y referencias de Isaías y Jeremías, de Zacarías y los Salmos.

[9] Los relatos de la pasión (Mc 14‒15 par.) forman parte de la tradición profética (teológica) de Israel, que ha tendido a culpar al pueblo judío (israelita), más que a los imperios que han sido ciertamente (pero en otro plano) responsables de ella. En otro sentido, esos mismos relatos ofrecen un ejemplo sorprendente de “austeridad” teológica, sin intervención de ángeles y demonios, pues todo sucede como expresión de un conflicto histórico donde actúan intereses y poderes básicamente humanos, vinculados con la autoridad oficial del templo de Jerusalén, que ha dejado morir a Jesús. De esa forma, en la línea de los profetas de Israel, los evangelios han acusado de la muerte a las autoridades de Jerusalén, reinterpretando así toda la Biblia.

[10] La teología bíblica cristiana es una interpretación de la muerte de Jesús, como obra (presencia) de Dios, en una línea comparable al nacimiento del Pentateuco y de la Biblia israelita, como recreación de la historia e identidad de Israel tras la caída del reino y el exilio. En esa línea, los cristianos han debido apelar a una serie de textos y figuras del AT, desde Isaías II (siervo de Yahvé), hasta Sabiduría (justo sufriente), con pasajes de Salmos, Zacarías, Malaquías y el libro de Daniel. Por su parte, Pablo ha vinculado la muerte de Jesús con el “pecado original” de Gen 2‒6 (cf. cap. 2), de manera que la Iglesia cristiana se ha atrevido a decir que ese pecado (y su superación) han culminado y han sido superados en la muerte y resurrección de Jesús.

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Jueves Santo, todos los amores. Cronología del triduo pascual

Jueves, 9 de abril de 2020

29982991_10155174424472714_6940205873409185633_oDel blog de Xabier Pikaza:

Amor de padres, hermanos, amantes, maestros, amigos, enemigos…

Esta postal tiene dos partes.  La primera es una evocación de todos  los amores del Jueves santo… La segunda una cronología del triduo pascual…

Me han pedido que evoque en lo posible el orden de los diversos momentos de la despedida y muerte de Jesús, para recorrer así desde casa el camino del Via-Crucis y las procesiones de Semana Santo. Buen día de Jueves Santo a todos.

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JUEVES SANTO:

AMOR FRATERNO, TODOS LOS AMORES

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“No es sólo el “Día del amor fraterno” como a veces se afirma, sino del amor pleno, en todas sus dimensiones, tal como se ha expresado en la vida y mensaje de Jesús, culminado un día como hoy al menos de cuatro formas:

Amor de Cena, pan y el vino (Eucaristía), en gesto de comunión, con la mesa abierta a todos los hombres y mujeres de la tierra, amor que protesta contra el hambre y marginación de millones de personas. Cena universal

LastSupper John August SwansonAmor de Lavatorio de Pies, servicio o concreto a los demás, en la casa y el hospital, en el trabajo… Lavar los pies, dar dignidad a los cercanos y a los lejanos, en gesto concreto de cercanía y ayuda humana, en servicio de encuentro físico.

Amor de Ministerio, esto es, amor organizado, no por ley externa, sino por libertad… Este e es el día del “sacerdocio”, que no es un orden o rango de poder sobre los otros, sino institución de servicio a los demás, hombres y mujeres, en gesto concreto de amor (como yo os he amado y os he lavado los pies, dice Jesús).

Amor de todos los amores,  norma y modelo de vida de Jesús, que se revela un día como hoy: ¡Sólo os pido una cosa, que os queráis unos a otros!

Amor de amantes que se descubren y miran, mirándose a los ojos en canto de gozo,como Adán cuando canta viendo a su lado a Eva en Gen 2, 23-24, con un cosquilleo de estrellas en el corazón.

Amor de hermanos, amor fraterno y sororal… de hermanos y hermanas que se dan la mano y caminan juntos abriendo espacios y tiempos de vida en la Vida de Dios

Amor de padres, amor de hijos… amor en todas las línea de la vida que confluyen en la mesa de la casa, ante el fuego, desde niños recibidos en la casa, hasta ancianos que se despiden dejando en su muerte un hueco luminoso de presencia

Amor de médico y enfermera, amor maestra y maestro, amor del que aprende… Toda la vida en Jesús es un amor, amor de amores, que no hace nada, haciéndolo todos: Que ya no guardo ganado,pues ya sólo en amor es mi ejercicio…

Amor al enemigo… al que piensa distinto, al que vive de otra forma, al que tiene otra religión… no para que cambie y piense como yo, sino para que sea y viva, pensando distinto. No para que sea como, sino para que sea como él quiere…

Todos los amores... Los que he presentado y otros muchos… Cada uno que aplique el amor de Jesús a su situación y circunstancia… El “cerramiento” del corona-virus nos ha podido privar de muchas cosas secundarias… No nos priva en modo alguno del amor. Amando somo todo, somos todos...

He querido introducir algunas imágenes complementarias, que ilustran la “celebración” cristiana de este día:

Benages

a) La Imagen de una Mujer que Ama a Jesús y le limpia los pies;con ella comienza el relato de la pasión en Marcos 14, 3-9. Jesús se deja querer, aprende a ser amado y servido… un día como hoy, cuando una mujer le unge en la cabeza (textos de Marcos y Mateo) y así marca su camino, y le lava los pies (textos de Lucas y Juan), y de esa forma le enseña en concreto a querer y servir. He tomado como imagen la portada del libro de H. Cáceres, Jesús el varón. Aproximación bíblica a su masculinidad, Verbo Divino, Estella 2011, del que me serviré en las ideas que siguen.

b) La Imagen de Jesús que limpia/lava los pies de los discípulos, al invitarles a comer, en el contexto de la Cena, según el evangelio de Juan. No les ama sólo espiritualmente, sino en concreto, con un amor “físico”, de contacto corporal y de servicio, de ayuda humana y de dignidad. Él no ha querido sólo aconsejar, dar comida, sino acercarse, arrodillarse, lavar… Se trata de amar muy en concreto, en gesto de elevación…, como indica este dibujo infantil, donde los Doce son hombres y mujeres, todos aquellos a los que Jesús “lava” los pies.

 images— María lava los pies de Jesús, con su vida de amor y servicio concreto, con sus lágrimas y fuerte entrega por el Reino.

— Jesús lava los pies de sus discípulos…, expresando y realizando así su amor concreto. Amar es tocar de cerca,ayudar, caminar juntos…

— Jesús pide a los suyos que amen así, que se laven los pies, que se ayuden y sirvan a todos…. Ésta es su Pascua de Jueves Santo.

Buen día a todos, en el Amor de Jesús”.

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 CRONOLOGÍA DE LA SEMANA SANTA, DEL JUEVES AL DOMINGO

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— Algunos dicen que la Semana Santa fue más que una semana…, que la Cena de Jesús no fue el Jueves Santo, sino unos días antes (siguiendo un calendario esenio), y que el tiempo de juicio de Jesús ante el Sanedrín y el Pretorio fue más largo.

— A pesar de los valores de esa tesis, sigo defendiendo la Semana Santa corta, de ocho días, pues me parece que concuerda mejor con los datos que tenemos de Jesús.  Este sería el cronograma:

1. Sábado: Jesús descansa en Jericó antes de iniciar la última jornada (cf. Mc10, 46-52).

2. Domingo: Subida a Jerusalén y entrada real sobre un asno (cf. 10, 46–11, 11).

3. Lunes. Maldición de la higuera (11, 12-14) con purificación del templo (11, 15-18).

4. Martes, gran disputa: Viñadores homicidas, sermón escatológico (11, 20−13, 37).

5. Miércoles: Los sacerdotes deciden prender a Jesús. Cena en Betania (14, 1-11).

6. Jueves: Última Cena, Huerto de los Olivos, prendimiento y juicio (14, 12-72).

7. Viernes: Condenado por Pilato, crucifixión y entierro (15, 1-47)

8. Sábado: Gran pascua judía, los seguidores de Jesús quedaron en silencio.

9. Domingo: Pascua cristiana, con las mujeres en la tumba (16, 1-8).

Visión de detalle, los tres últimos días

l. Noche del jueves al viernes.

Estrictamente hablando, esa noche (que para los judíos era ya de viernes, pues el día empezaba según ellos tras la puesta del sol), fue una noche de víspera, no de cena pascual, y en ella quiso “adelantar” Jesús los aspectos principales (finales) de su compromiso al servicio del Reino:

– Tras la puesta del sol del jueves (que ya era el viernes de los judíos, pues para ello el día comenzaba con la puesta de sol de día anrerior), Jesús y sus discípulos se reunieron para la Cena de anuncio y preparación para la Pascua del día siguiente que para Jesús marcaría el comienzo del Reino, que él quiso adelantar y prefigurar con su entrega, invitando a los suyos a la próxima Copa pascual en el Reino (Mc 14, 25). Los sacerdotes (avisados por Judas) preparaban su detención.

– Primera vigilia (de seis a diez de la noche, iniciado ya el viernes judío): Cena mesiánica de Jesús, ratificando su entrega y preparando la próxima Pascua del Reino; fue un momento de máxima tensión entre Jesús y sus discípulos: Jesús comparte con ellos el pan, y les promete la próxima copa en el Reino, que comenzará la noche siguiente (con la Pascua). El texto supone que la aceptan (comen y beben con él), pero no comparten su opción mesiánica, su gesto de dar la vida. Por eso esta Cena aparece se vincula a la entrega del Cristo (cf. 1 Cor 12, 23).

– Segunda vigilia (de diez a dos de la noche del jueves al viernes): Oración del Huerto del Monte de los Olivos. Jesús invoca a Dios, pidiendo la llegada del Reino en ese Monte, mientras se estrecha la trama de aquellos que quieren prenderle y matarle. En ese contexto ha de verse la traición de Judas, que le entrega, y el abandono general de los Doce, que huyen. Los sacerdotes y Judas habían preparado cuidadosamente el prendimiento, en medio de la noche, de forma que los galileos no pudieran defenderle. Quizá los demás no habían preparado ni previsto lo que podía suceder. Es posible que el prendimiento de Jesús les cogiera de sorpresa, pero su abandono estaba prefigurado ya en la Cena. Ésta ha sido la gran crisis, la decisión irreparable. Jesús no se no escapa ni se defiende, quedando en manos de aquellos que vienen a prenderle.

Tercera vigilia (de dos a seis de la madrugada del viernes): Juicio informal en casa de Caifás, con negación de Pedro. No sabemos si es histórico el dato de Juan (cf. Jn 18, 12-14. 24), cuando afirma que se reunieron primero en casa de Anás, sacerdote más influyente, para ir después a la de Caifás, su yerno, que era Sumo Sacerdote. Pero resulta claro que el prendimiento y primer juicio de Jesús corrió a cargo de la aristocracia sacerdotal del templo, no del pueblo en cuanto tal. No parece que en este contexto se pueda hablar de una reunión de todo el Sanedrín (visión histórico-teológica de Mc 14, 55), sino más bien de los sacerdotes principales. Jesús les había criticado y ahora queda en sus manos, esperando la respuesta de Dios.

2. Mañana del viernes.

Los partidarios de la cronología “larga” suelen afirmar que los acontecimientos que la tradición “amontona” esa mañana son muchos y no caben en ella; además, suponiendo que ese día fuera mañana de Pascua (en la línea de Marcos), parece difícil que pudiera haberse realizado el juicio público, por impropio del día. Pero, de hecho no parece que fuera día de pascua, sino víspera… y todos los hechos pudieron sucederse con gran rapidez, pues así lo querían los sacerdotes y Pilato:

– Hora prima (de seis a nueve de la mañana): A la salida del sol, juicio rapidísimo en casa de Caifás, quizá con presencia de parte del Sanedrín, aunque parece preferible la visión del evangelio de Juan, que habla sólo de una reunión de sacerdotes, sin participación del tribunal entero (cf. Jn 18, 24). Sigue un juicio sumarísimo ante Pilato, sin que sea necesario suponer que son históricos los diálogos, discusiones y “votaciones” (con Barrabás de fondo) que supone Mc 15, 1-20 par. No es probable que Pilato enviara a Jesús donde Antipas (cf. Lc 23, 6-7); y, aunque lo hiciera, ello pudo realizarse muy rápidamente.

– Hora tercia (de nueve a doce de la mañana): Crucifixión. La escena de la flagelación, que bien puede ser histórica, no necesita mucho tiempo. La distancia entre el pretorio y el Gólgota es corta (unos minutos de camino). Las cruces estaban preparadas, tanto las verticales (en el lugar) como las horizontales, llevadas por los reos. El gesto de Simón de Cirene puede ser histórico, igual que la condena de dos ladrones (lêstai, en sentido social o político), que sitúan a Jesús en su contexto político, aunque con sentido simbólico. El letrero de la cruz (Jesús nazoreo, rey de los judíos), debe ser histórico, aunque no en tres lenguas, sino sólo en una.

3. Tarde del viernes.

Parece que todos querían que la muerte fuera rápida, para que el asunto Jesús quedara resuelto antes que el sol cayera y entrara la noche, con el día siguiente, pues ese día era la Pascua Oficial, día de fiesta (para sacerdotes y pueblo) y de riesgo (se celebraba la liberación del pueblo y Pilato debía estar atento, para evitar levantamientos)

– Hora sexta (en torno a las doce). Éste es el centro del tiempo en que Jesús estuvo crucificado, a pleno día, ante las puertas de la ciudad, de forma que todos pudieron verle, como signo del fracaso de un “falso” movimiento mesiánico. En ese tiempo sitúa el evangelio la burla de los sacerdotes y de parte del pueblo, que muestra el significado de la condena de Jesús y no ha de tomarse en sentido histórico estricto. La oscuridad de Mc 15, 33 parece un signo teológico y también el diálogo de Jesús con los ladrones, igual que con su madre y su discípulo amado (Jn 19, 25-27.

– Hora nona (en torno a las tres de la tarde), grito de Jesús y muerte. Jn 19, 31-37 supone que Jesús murió cuando estaban sacrificando los corderos pascuales en el templo (¡no quebraron sus huesos, no quebraban los huesos de los corderos pascuales!). El grito (¿por qué me has abandonado?) es quizá histórico, aunque las interpretaciones difieren. En ese contexto puede situarse el “abandono” de Dios, que es su presencia más grande, y las implicaciones de la entrega de Jesús, que al fin comprende y comprendiendo muere, como ha interpretado la tradición cristiana. Desde ese fondo han de entenderse los demás símbolos: Velo rasgado, confesión del centurión, terremoto. Entre la crucifixión y la muerte pasan seis horas de las actuales, que son un tiempo largo.

– Opsías (A la caída de la tarde: Mc 15,42)… Entre la hora nona y la puesta de sol (de tres a seis): Bajaron a Jesús de la cruz, le envolvieron en el lienzo y le enterraron, según ley, de forma que cuando el sol se metía José de Arimatea y los sepultureros volvieron a sus labores pascuales y las mujeres amigas de Jesús (que miraban de lejos) a su llanto. Es histórico el entierro, como veremos, y parece también histórico el hecho de que las mujeres miraran de lejos. Todo debió acabar antes que el sol se pusiera del todo y comenzara la fiesta de Pascua, pues después no se podía “trabajar”. Se había cumplido el “tiempo” iniciado con la Última Cena. Fueron sólo veinticuatro horas, toda la historia humana condensada en la condena y muerte de Jesús.

3. Sábado y domingo.

En sentido estricto, la historia de la pasión termina el viernes por la tarde, con muerte y entierro, antes de la puesta del sol. Lo que sucede después pertenece a la memoria cristiana, vinculada a la experiencia (fe) de la iglesia. De todas formas, de un modo general, podemos ordenar así los acontecimientos:

– Sábado, Pascua judía. Desde la puesta de sol del viernes (tras el entierro de Jesús) hasta la nueva puesta de sol pasaron veinticuatro horas, tiempo en que los judíos celebraron la pascua (en la noche) y descansaron (día siguiente). Los sacerdotes pudieron pensar que todo se había resuelto de un modo satisfactorio y Pilato tranquilizarse. Para los cristianos posteriores fue un signo el que Jesús muriera al comienzo de la vigilia y que ese año la pascua cayera en sábado.

Domingo, Pascua cristiana. Según Mc 16, 1-7, las mujeres llegaron a la tumba la mañana de domingo muy tempano, cuando el sol estaba saliendo, pero encontraron la tumba ya abierta y un joven sentado a su derecha (Mc 16, 1-7). De esa forma se indica simbólicamente (¡sin decirlo!) que Jesús habría resucitado a la salida del sol del domingo (como sol verdadero). Habría estado muerto unas treinta y nueve horas, algo más de día y medio: tres horas del viernes – de las tres a las seis de la tarde –, veinticuatro del sábado – de seis a seis de la tarde – y doce del domingo – de la seis de la tarde del día anterior a las seis de la mañana. De todas formas, esas horas (tres días) de muerte de Jesús se computan de diversas formas, según los diferentes textos.

La cronología larga de la pasión (con Última Cena entre martes y miércoles) tenía la ventaja de espaciar los acontecimientos del juicio, de manera que se ordenaban en un transcurso mayor, pero creaba una dificultad mayor: Tanto los sacerdotes como Pilato querían un juicio sumarísimo; a nadie le convenía un Jesús dando vueltas de un lugar a otro, para ser juzgado, durante tres días, por el riesgo que implicaba su condena en un entorno de pascua, con muchos galileos reunidos en Jerusalén para la fiesta.

(He desarrollado este esquema en Historia de Jesús, Estella 2013)

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Soy pan que me parto y me reparto. Soy Vida que me derramo para todos

Jueves, 9 de abril de 2020

cena-del-corderoJn 13,1-15

La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena: el lavatorio de los pies y las palabras y gestos que dieron lugar a la eucaristía. Ni los evangelistas, ni los exégetas se ponen de acuerdo si fue o no fue una cena pascual. No tiene mayor importancia, porque para nosotros lo esencial está en lo que va más allá del rito judío de la cena pascual. Esta Pascua no es ya la pascua de los judíos. Es curioso que los tres evangelistas, que narran la institución de la eucaristía, no hablen del lavatorio de los pies, y Juan, que narra el lavatorio de los pies, no dice nada de la institución de la eucaristía.

Tampoco sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. La protesta de Pedro deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada. Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras, está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. Por eso, la liturgia de hoy es de las más densas de todo el año.

Debemos tomar conciencia de la importancia de los que celebramos, como la toma el evangelista Jn cuando hace esa grandiosa obertura: “Consciente Jesús de que había llegado su “hora”, la de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, les demostró su amor en el más alto grado. Pero no es menos sorprendente el final del relato: “¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el “Maestro” y el “Señor”; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”.

Comenzamos por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor. En ese gesto, Cristo está tan presente como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que solo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como señor. Lo importante no es el hecho físico, sino el simbolismo que encierra. La plenitud de Jesús como ser humano está en el servir a los demás. Fijaos que ese profundo simbolismo es lo que se quiere manifestar en el evangelio de Juan.

El más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundiza en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Sospecho que la eucaristía se había convertido ya en un rito mágico y formal, vacío de contenido, y Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega. Jesús denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder o en el dominio de los demás, pero proclama que la verdadera plenitud humana está en parecerse a Dios, que se da siempre y a todos sin condiciones ni reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaos! No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amar a los demás, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó. Una eucaristía celebrada como una devoción más, que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús. Debemos hacer un verdadero esfuerzo por superar la tentación de seguir oyendo misa y comprometernos en la celebración de la eucaristía.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato del pan partido y del vino derramado; pero en la eucaristía corremos el riesgo de quedarnos en una visión espiritualista y abstracta que no afecta a mi vida concreta. La presencia real de Cristo en el pan y en el vino, entendida de una manera estática y física, nos ha impedido durante siglos descubrir el aspecto vivencial del sacramento y dejarnos al margen de la verdadera intención de Jesús al compartir esos gestos con sus discípulos.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi­cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Recordemos que “cuerpo” en la antropología judía del tiempo de Jesús, quería decir persona, no carne. Como si dijera: meteos bien en la cabeza que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dando mi propio ser a los demás. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos, es decir, que da Vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me bebe. Eso soy yo. Eso tenéis que ser vosotros.

Por haber insistido exclusivamente en la presencia real de Cristo en la eucaristía, nos acercamos al sacramento como a una realidad misteriosa, pero que no tiene valor de persuasión, no me lleva a ningún compromiso con los demás. La presencia real, por el contrario, debía potenciar el verdadero significado del gesto. Nos debía de recordar en todo momento lo que Jesús fue y lo que nosotros, como cristianos, debemos ser. El haber cambiado este sentido dinámico, por una adoración, ha empobrecido el sacramento hasta convertirlo en algo aséptico, que nada me exige y nada me motiva.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir, manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana, solo la alcanzaría cuando llegara a la donación total en la muerte asumida y aceptada. Solo un Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Descubrir que destrozarnos, para que nos puedan comer, es también la meta para nosotros, es el primer objetivo de un seguidor de Jesús. Pero de esto hablaremos mañana, Viernes Santo.

Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, pero en el c. 6 encontramos la explicación de lo que es la eucaristía. “Yo soy el pan de Vida”. “Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que cree, nunca pasará sed”. Queda claro que comer el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre al servicio de los demás hasta deshacerse por ellos. El mayor peligro que tenemos hoy los cristianos es acercarnos al sacramento como medio de unirnos a Dios, olvidándonos de los hombres.

Dice más adelante: “El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me “come” vivirá por mí”. No hay una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también esa misma Vida definitiva, que no se verá alterada por la muerte biológica. Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la “muerte” a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber Vida. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo.

Nota: por motivos de salud pública, en medio de la pandemia por el virus Covid-19, están prohibidos los actos de culto en numerosos países. Por si alguien unirse a una celebración de la Semana Santa, facilitamos el enlace con el audio correspondiente al lavatorio de pies del Jueves Santo, que se grabó el año pasado en la casa de espiritualidad de las Javerianas de Galapagar: Pincha aquí para escuchar la Eucaristía.

 

Meditación

Jesús, al lavar los pies, hace una tarea de esclavo;
Manifiesta con ello su entrega sin límites.
En esa entrega está su plenitud humanidad divina.
Solo en el don total está nuestra plenitud.
La única gloria será servir al otro.
Si pretendemos potenciar nuestro ego, la cagamos.

Para profundizar

Hoy va de AMOR. ¡Para volverse loco!

Los mil significados de la palabra nos despistan

La misma religión nos ha metido

por callejones sin puerta de salida

Con el AMOR, Jesús apuntó al infinito

Y quedamos mirando al simple dedo

El primer cristianismo lo vio claro

Usó el término “ágape” con un significado novedoso

aplicable solo a Dios que nos identifica con Él.

El Amor del que hablamos es Dios mismo.

Ni hay sujeto que ame ni hay amado.

No hay nada fuera de Él. No hay relación.

En Él todo queda unificado, no confundido

Lo poco que entendemos nos asusta.

No queremos ni hablar de sumergirnos

en el agujero negro de la Luz y la Vida.

Merodeamos en el horizonte de sucesos

sin dejarnos caer en lo absoluto

que haría nuestra meta irreversible.

Si no mantengo el ego, no lo acepto.

La salvación que espero es potenciarlo.

Ahora veréis por qué falla el mensaje.

El evangelio está sin estrenar. No es aceptable.

Lo hemos manipulado hasta la nausea.

 Dios no es “caritas” sino “ágape”, UNIDAD absoluta,

que nos permite seguir siendo sin ego.

 Amar no es ir al otro sino al UNO.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jueves Santo.

Jueves, 9 de abril de 2020

Lachapelle1-1-758x474(Juan 13, 1-15)

La compasión solidaria de Jesús se hace gesto y signo sacramental en la Eucaristía. La Eucaristía es la máxima expresión del “darse” de Cristo y de su gratuidad incondicional. Por eso, como ha dicho el papa Francisco, “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles (EG 47). Si en la Pascua judía el signo de la acción liberadora de Dios es la sangre y el sacrificio, en la Última Cena lo es el cuerpo partido y repartido de Jesús, accesible a todos y todas como alimento básico para la vida del mundo. Del mismo modo la Eucaristía no es algo “accidental” en la existencia de Jesús, sino que fue gestándose a lo largo de toda su vida y conduciéndole hacia la entrega total en sus palabras, en sus gestos y encuentros con la gente, especialmente con la más herida y vulnerada.

En el contexto cultural contemporáneo a Jesús el imaginario del banquete mesiánico (Is 25, 6-10) como el gran signo de la irrupción de la novedad de Dios en la historia tenía mucha fuerza entre los creyentes judíos. Por eso Jesús desde la experiencia inclusiva del amor compasivo del Abba, lo va a historizar y radicalizar tanto con sus parábolas (Mt 22,4) como con sus hechos: practicando una comensalidad abierta (Lc 15,2). Sus comidas con pecadores, publicanos y prostitutas inauguran un nuevo orden cuyo centro es el amor y la compasión más que la ley y las tradiciones excluyentes. Esta práctica de Jesús sitúa en condiciones de igualdad a todos los seres humanos en su accesibilidad Dios y a los bienes de la tierra. Por eso algunos teólogos y teólogas afirman que a Jesús le mataron por su forma de compartir la mesa y por con quienes eligió hacerlo. Las comidas de Jesús quiebran la imagen de un Dios sólo para selectos y revelan aun Dios cuyo ser y hacer es misericordia en acción, compasión solidaria, cercanía e identificación con los y las excluidas. Pero la Ultima Cena de Jesús no es tampoco una de tantas comidas de Jesús, sino que tiene un carácter de “memorial” de “testamento”. Jesús es consciente que en torno a él se va cerrando un cerco y busca la intimidad con sus discípulos para compartirles los secretos de su corazón y para ratificar su deseo de entrega, de seguir adelante en la misión que el Abba le ha encomendado. Por eso La Última Cena es un compendio de lo que ha sido la vida de Jesús. Su originalidad radica también en que Jesús es el “anfitrión” y se presenta a la vez como “el que sirve”, algo absolutamente inusual en la mentalidad judía donde quienes servían en las comidas eran las mujeres, y los esclavos. Al hacerlo Jesús ocupa su lugar.

Este mismo sentido es el que expresa el texto del Lavatorio. El testamento que Jesús nos deja a sus seguidores y seguidoras es el servicio. Este Jesús “agachado”, con jofaina y toalla en mano, rompe la dialéctica del amo y del esclavo y nos revela a un Dios identificado con los últimos, sirviendo desde abajo, sustentando, igualando, desde ese lugar, ahí, e inaugurando desde ahí la horizontalidad del Reino. Es tan provocador este gesto, en el que alguien ha dicho que «Jesús se mujerizó», y que en la imaginería religiosa apenas se recoge. El arte ha reproducido escenas de Jesús en las que aparece presidiendo la Eucaristía, sin embargo, hay muy pocas en las que Jesús aparece agachado y lavando los pies a sus discípulos, ocupando el último lugar. Esa actitud y ese gesto continúan escandalizándonos.

No hay nada más opuesto al servicio vivido al estilo de Jesús que el servilismo. El primero cuestiona toda forma de poder-dominación, de abuso y de desigualdad en las relaciones personales sociales y estructurales. Es un acto de libertad y de dignidad. El servilismo, por el contrario, idolatra el poder y a quien lo representa y constituye un acto de sumisión acrítica, por parte de quien lo realiza y de opresión por parte de quien lo permite. Sin embargo, a menudo los cristianos y cristianas lo confundimos. Celebrar el Jueves Santo es comprometernos a vivir eucarísticamente identificándonos con la persona de Jesús y su proyecto como servidores y servidoras de la fraternidad y la sororidad humana. “Haced esto en memoria mía”, es seguir actualizando la existencia al modo de Jesús, desde el servicio y contra toda forma de servilismo o poder dominación que genera violencia y exclusión. Por eso la Eucaristía no es un rito sino una dinámica existencial y celebrarla actualizar su memoria transformadora en nuestro mundo, por eso nunca es un tranquilizante, sino más bien un riesgo.

¿A qué riesgos nos invitan hoy nuestras Eucaristías? ¿Cómo hacer histórico hoy el lavatorio de Jesús en nuestros ambientes?

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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¿Dónde quieres poner la mesa este año?

Jueves, 9 de abril de 2020

2209sanjuan9Jueves Santo 2020
Mari Paz López Santos
Madrid

ECLESALIA, 08/04/20.- ¿Dónde quieres poner la mesa para celebrar la Pascua este año? No queremos verte solo y ya conoces la situación de confinación a la que nos vemos sometidos.

Por toda respuesta echó a andar a lo alto de un monte.

“Al atardecer, se puso a la mesa” (Mt 26,20)  una gran piedra como ara de ofrenda y, alzando los brazos dijo:

Esta es la Mesa del Mundo, a la que está invitada toda la Humanidad. Sin distinción de culturas, razas, religiones, sexos o categorías sociales. El status social no cuenta para sentarse en esta mesa. El rico no tendrá sitio preferente, ni el pobre quedará esperando que le digan donde sentarse.

Los niños y niñas estarán en primera fila, para que no se aburran sin ver nada. Me habéis oído decir muchas veces: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Y cuando quieran marcharse a correr, dejadles, ya han tenido bastante encierro en las casas, sin ir al colegio, sin jugar en la calle.

Las personas mayores tendrán asientos especiales, y estarán rodeadas de sus hijos e hijas, nietos y nietas, liberadas del desconsuelo que han vivido sin poder ver a los que quieren y echando de menos a los que se fueron.

Las mujeres agredidas en el encierro por sus parejas, intentando proteger a sus hijos, disfrutarán de la libertad de verse cuidadas y atendidas.

Profesoras y profesores que han trabajado on line con los alumnos. Trabajadores y trabajadoras de tiendas de alimentación y supermercados, transportistas y camioneros, trabajadores de recogida de basura, conductores de autobuses urbanos, bomberos, policías, militares, guardias civiles, voluntarios de organizaciones humanitarias, personal de limpieza de hospitales, empleados de fábricas que han trabajado haciendo mascarillas y trajes de protección sanitarios, trabajadores de los tanatorios y lugares dedicados a resguardar y tratar con dignidad a quienes han muerto a causa de la pandemia.

Científicos trabajando a destajo para encontrar una vacuna que pueda parar tanta muerte. Enfermos, sus familias, vecinos que se han ayudado, todas y cada una de las personas que en el sufrimiento han mostrado solidaridad, han dado consuelo, han tenido empatía, han practicado el cuidado, la cercanía en la distancia con una llamada, un whatsapp, una sonrisa, han acompañado a quienes han vivido solos el tiempo de encierro. Los que han orado, unos por otros… Todos estáis llamados a compartir Mesa del Mundo.

En la Mesa del Mundo, como en la Cena de Pascua con los Doce, también se sientan quienes no acaban de entender la dimensión que tiene la Fraternidad Universal. Toman asiento creyendo que son lo que no son y deseando lo que les impide comprender que todos somos del mismo barro; que desde el día que llegaste al mundo formas parte de  la familia universal y que eres hijo e hija de Dios, le llames como le llames.

Los Doce habían discutido en otros momentos quien era el más importante. Se suscitaban envidias por los puestos que tendrían en el Reino. ¡Qué ingenuos!

Aquella noche, la traición se hizo presente: Judas por su ambición de poder y de dinero, y Pedro por el miedo a las consecuencias de dar testimonio.

Y todos celebraban la misma Cena y estaban sentados en la misma Mesa.

Se hizo un gran silencio y, pasados unos momentos, alguien empezó a aplaudir. Eran las ocho. Todos en pie batiendo las palmas y mirando alrededor… ¡No han venido! ¿Dónde están?

El personal sanitario de todos los hospitales del mundo que había combatido con todas sus fuerzas y su profesionalidad el ataque masivo del bicho invisible, se fue acercando y rodeando la Mesa del Mundo.

Sonrientes y agradecidos por los aplausos de los presentes, las sonrisas se mezclaban con las lágrimas. Poco a poco, los aplausos fueron dejando espacio a un gran silencio.

Entonces, “Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies del personal sanitario y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido”. (Jn 13, 4-5)

Al verlo, muchos de los presentes se acercaron a Jesús y se pusieron a lavar los pies a todos los que habían luchado con su trabajo y desvelo para arrebatar al virus la vida del mayor número de personas, en jornadas maratonianas en los hospitales y sin poder estar con sus familias.

Él mirando a todos dijo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis también entre vosotros”. (Jn 13, 34)

Ya era de noche, se puso en pie y alzando los ojos al cielo, dio gracias al Padre.

No estaba solo porque el Amor lleva a todos en el corazón, aunque nos quedemos en casa.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Hoy el lavatorio de los pies es la ayuda a los demás, el trabajo del personal sanitario, el consuelo a quienes sufren

Jueves, 9 de abril de 2020

icono-del-lavatorio-de-los-pies-40x60-cmDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Meditación para el jueves santo

  1. Sabiendo Jesús que estaba llegando su hora.

         La “hora” llega con la nueva Pascua (no con la de los judíos), que Jesús se dispone a celebrar: pasar de este mundo a Dios Padre.

Se trata del nuevo Éxodo, de la libertad definitiva.

         En nuestra vida también hay muchas “horas”, momentos cruciales, pasos difíciles, la pandemia que estamos sufriendo es uno de los “valles oscuros” que nos ha tocado vivir en nuestra existencia.

         Para Jesús llegaba no tanto la “hora” de la muerte”, sino de la vida. Y esa “hora” es la fuente de la vida. Es fuente de una gran esperanza.

         Es bueno que científicos, médicos, políticos y todos los ciudadanos trabajemos por la vida, por curar o salir de esta pandemia, pero la hora llega, llegará.

         Detrás de los problemas de la ciencia, están los problemas de conciencia. Quiera Dios que salgamos con bien de esta pandemia, pero detrás de ella sigue en pie el problema de la muerte y del sentido de la vida.

         Que nuestra hora sea la de Jesús: la hora de vivir.

  1. Jesús se reúne con los suyos.

         Los “suyos somos todos”: en la misma mesa están Jesús, los discípulos, Pedro: hombre de poder, Judas: traidor, el Discípulo que se siente amado por Jesús.

         Probablemente en nuestra vida ha habido y hay  momentos de todos esos “personajes”. Como a Pedro, también a nosotros nos gusta el poder; tal vez hemos sido algo “Judas” en la vida, en todo caso, todos y siempre somos amados por JesuCristo.

         Nos encontremos como nos encontremos, Dios es amor. Jesús se reúne siempre con los suyos, que somos nosotros. En estos momentos de enfermedad podemos sentir la lejanía de Dios. Sin embargo Jesús no nos deja solos, está reunido con nosotros: No os dejaré huérfanos, (Jn 14,18). Dios permanece, sufriente, con nosotros.

Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios permanece en él. (Jn 4,8)

  1. Lavar los pies.

El relato evangélico tiene un cierto tono solemne. Es una de  esas “ironías” que emplea el evangelista san Juan. Enmarca con gran solemnidad un gesto tan pobre y cotidiano como lavar los pies de los suyos.

El lavatorio no tiene lugar al comienzo de la Cena. No es un rito de purificación judío ni religioso, sino que tiene lugar en el transcurso de la cena. El servicio es una actitud central y fundante de la Iglesia.

Extrañamente en la Última Cena del evangelio de san Juan no hay Eucaristía. El pan de vida lo ha resuelto en el cp 6, en la multiplicación de los panes: Yo soy el pan de Vida.

A lo largo del tiempo de su vida pública, Jesús había comido frecuentemente con pecadores y publicanos, que eran auténticas eucaristías, comidas, encuentros salvíficos.

En la última Cena del evangelio de San Juan, el centro lo ocupa Jesús servidor, esclavo, que lava los pies a los suyos y un Jesús que ama hasta el final: servicio y amor.

  1. Servicio y amor en la iglesia.

Estamos viviendo esta ingente crisis de salud y de vida.

Resulta reconfortante ver tantos gestos de cercanía, de ayuda, de servicio: familias y vecinos que se ayudan, el personal sanitario que se entrega vocacionalmente a salvar vidas, voluntariado, instituciones, etc. Ese es el lavatorio de los pies de nuestro momento: ese es el servicio de hoy

Este año no hay Misas, ni procesiones (la procesión va por dentro). La Iglesia es una comunidad que nace no del poder, ni de la pomposidad de los ritos y procesiones, sino del lavatorio de los pies, del servicio. Hace bien que el obispo de Roma, Francisco, desee y repita con frecuencia el deseo de una “iglesia pobre y para los pobres donde se viva el amor, incluso la ternura” (Francisco).

Esta es la Iglesia del Jueves Santo: Una iglesia de servicio y amor a los débiles, una Iglesia que se quita el manto de Señor, (la muceta pontifical o de poder) y celebra la Eucaristía con los que sufren física o moralmente, una iglesia que sirve y ama, una iglesia que no impone, sino que sirve.

Os he dado ejemplo: haced vosotros lo mismo

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“En el misterio pascual”, por Gabriel Mª Otalora

Jueves, 9 de abril de 2020

MISTERIO-PASCUAL_2212888801_14408692_660x371De su blog Punto de encuentro:

 La semana litúrgica cristiana más importante del año condensa todo el misterio que entraña la Revelación. Casi resuena como un oxímoron pronunciar a la vez “misterio” y “revelación”, pero esto es precisamente lo que sigue siendo de permanente actualidad, siglo tras siglo, gracias a la experiencia de la fe que lo actualiza en cada tiempo.

Mensaje novedoso de entrega y éxito que conoce la persecución y la muerte, pero cree en la resurrección. Sus resultados renuevan la historia cada vez que el Mensaje cala en una sociedad concreta. Ahora que coincide el confinamiento por un virus que pone en jaque a la humanidad y descoloca litúrgicamente a nuestra Cuaresma y Semana Santa, es necesario reflexionar desde la oración sobre nuestra relación con Dios.

Pedid y se os dará, proclama el evangelio; insistid como el que necesita de su amigo a medianoche, hasta que baje a atenderle para que le deje en paz. Quizá es el momento de orar en torno al significado de la verdadera Providencia en estas situaciones tan dolorosas y de tanto desconcierto y tristeza. Ahora que la mayoría tenemos más tiempo a causa del confinamiento, estoy releyendo algunos libros que en su día me hicieron mucho bien espiritual. Y he encontrado una reflexión del jesuita Ladislao Boros que viene muy a cuento de la providencia en este tiempo Pascual.

Para Boros, lo esencial de la providencia divina consiste en la conversión del pensamiento y no tanto en que Dios intervenga milagrosamente en nuestra vida ante las amenazas de la existencia. La providencia es más bien una metamorfosis interior producida por la gracia en todas las vivencias humanas cuando nos fiamos de Dios. Todo puede convertirse en gracia, como dijo Teresa de Lisieux. Es lo que Pablo llama “confiar contra toda esperanza”. No somos cobayas, tenemos a quien seguir. La Semana Santa nos hace revivir la historia fiel del amor de Dios a cada uno de nosotros, por encima de las circunstancias que nos depara la existencia.

Boros se centra en lo primordial entre los momentos más esenciales de la experiencia de la Resurrección están la bondad, la afabilidad, el perdón y el afecto como última medida de la vida; lo esencial una vez despojada toda apariencia. Cualquier gesto de fe y de amor al prójimo es siempre un movimiento hacia Dios que acarrea un paso hacia nuestra plenitud.

Jesús de Nazaret es la senda; seguimos a alguien, no a una idea o a una ideología. Y con su ejemplo y Resurrección queda sentenciado un sí definitivo a toda buena intención del corazón humano, a todo perdón y mansedumbre, a toda bondad y esperanza.

No somos héroes, nuestras vidas son las que son. Pero Dios nos envuelve como al pez el agua de la pecera para insuflar fe en Él, vida solidaria y esperanza. En realidad nuestra paz está ligada a esa aceptación humilde llena de confianza en el Padre con la que Dios opera la metamorfosis interior a la que me refería anteriormente. Algo que a su vez nos capacita para dar esperanza a los demás. Que por algo hemos sido elegidos para el testimonio. Hemos sido llamados a la evangelización.

Si lo esencial se nos da solo como experiencia y el amor posee la consistencia suficiente como para ser lo único digno de fe, la Semana Santa, en especial el Triduo Pascual, es la celebración de la revelación del amor de Dios a cada uno de nosotros. Estamos invitados a cambiar de actitud y vivir conforme a la invitación de Cristo. La Cuaresma ha sido el tiempo de preparación en escucha activa y propicia para vivir ahora este tiempo fuerte pascual que se condensa en el Triduo.

Dios proveerá es más que una frase, es algo cierto que se hace realidad en quienes trabajan la metamorfosis a la que se refiere Ladislao Boros renunciando a lo que impide experimentar la salvación de Dios hoy y aquí; ahora mismo, dentro de mí. Pura Pascua.

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Cuando sanar es peligroso: Mataron a Jesús porque sanaba

Jueves, 9 de abril de 2020

Rembrandt+van+Rijn+-+The+Pilgrims+at+Emmaus+Del blog de Xabier Pikaza:

Una Semana Santa de la Salud

Jesús  profeta anunció a su gente (marginados y enfermos de Galilea) la llegada y presencia del Reino como salud y libertad.

Jesús  terapeuta sanó a los enfermos, y decía que no era él quien curaba, sino la fe de los enfermos, porque creer en Dios esa salud y libertad.

 Fue de esa manera un subversivo: Encendió  una llama de la fe en la oscuridad de muchos, que pudieron ponerse en contacto con la fuente divina de su Vida, renaciendo así en salud de amor, ellos mismos, superando unos poderes de opresión.

Actualmente (primavera 2020) hay miles y miles de profesionales de la salud que arriesgan cada día su vida para acompañar y curar a los enfermos del coronavirus. Muchísimos son como Jesús, a ellos mi homenaje de agradecimiento, mi solidaridad de personas. Pero el sistema sanitario en su conjunto, aún siendo muy bueno en un plano, parece estar al servicio de la pervivencia del poder político-social, más que de las personas (y en especial de las más pobres).  Nos hallamos pues, ante una encrucijada.

(a) Por una parte es muy bueno lo que están haciendo miles y miles de sanitarios en estos tiempos de coronavirus que nos sitúan de nuevo ante el riesgo y tarea de la vida.

(b) Pero muchos pensamos que hace falta un cambio intenso en la forma de entender las prioridades, poniendo el dinero  y la ciencia al servicio de las personas y no del capital y de las instituciones del sistema político-administrativo.

Desde ese fondo he querido reflexionar sobre la forma de acompañar y curar a los enfermos que tenía Jesús, al que mataron precisamente por la forma en que curaba, partiendo de la disputa de Mc 3, 20-35 sobre el sentido de las curaciones de Jesús.

(a) Muchos dicen que Jesús cura para el Diablo, es decir, para dominar mejor a la gente, para tener sometidos a todos. En esa línea, este sistema curaría también pra el Diablo, para tener a la gente más sometida, más dependiente, más “victimizada”.

(b) Jesús contesta diciendo que él cura para Dios, es decir, para la libertad de los oprimidos y marginados… Ésta es quizá la disputa más importante del evangelio de Marcos, como he puesto de relieve en un comentario que he escrito sobre el tema.

Un sistema de salud muy bueno y problemático

Jesus healing the demoniac boyEvidentemente, hay que mantener un sistema de salud como el que tenemos y mejorarlo todavía más, en investigación, en dotación económica, en asistencia concreta. Pero, al mismo tiempo, puede servirnos de gran ayuda el testimonio de Jesús, que ante todo un terapeuta,un hombre que supo que Dios (el Reino de Dios) se hace presente en la salud y libertad de los hombres y mujeres.

Significativamente, para Jesús, lo contrario a la Vida no es la muerte, sino un tipo de enfermedad sin fe. Lo contrario a la vida es la opresión, la violencia, la mentira organizada.  En  contra de eso, él ofreció a los hombres un camino de verdad, de perdón, de confianza en la vida, entre los enfermos y excluidos, los “endemoniados” a quienes enseñó a creer en la vida y a vivir en libertad.

Nuestro sistema sanitario está al servicio del sistema  económico-social  más que al servicio de los hombres y mujeres como tales, empezando por los pobres. Así sucedía en tiempo de Jesús.  Pero él quiso curar y curó a los hombres para bien de ellos mismos, no para ningún sistema socio-religioso. Y por eso le mataron.

Por eso precisamente le mataron porque enseñó a vivir en dignidad a los oprimidos, en salud personal a los enfermos, porque se rebeló contra un mundo que necesita enfermos y pobres para tenerles sometidos. Por eso, las curaciones que él suscitaba eran peligrosas, porque eran gestos de afirmación y de vida de los pobres, excluidos y enfermos.

Jesús supo y dijo que el Reino de Dios no es tener más dinero en cuanto tal, ni más poder social… El Reino es la Salud para los Pobres y Enfermos… Salud significa dignidad, conciencia del propio valor, confianza creadora…

El reino de Dios (es decir, del hombre) es la salud

  Jesús identificó la llegada del Reino de Dios con la curación de los enfermos, no con el cumplimiento de unas leyes sacrales, ni con penitencias o sacrificios de templo, con un tipo de guerra santa y victoria sobre los enemigos de Dios (que serían en aquel entorno los romanos). Jesús descubrió y mostró con su vida la relación más honda que había entre curación de los enfermos y presencia de Dios.

71JIXJ6MVhLAsí vino a presentarse y actuar como “terapeuta” del Reino de Dios, vinculando la llegada (implantación) del Reino de Dios y la curación de los enfermos, no por un tipo de obras suyas, sino por la fe de los mismos enfermos, es decir, sino con la transformación integral de los enfermos, vinculando de manera inseparable lo que hoy solemos llamar el cuerpo y el alma, que no son dos substancias separadas, como pudo pensar Descartes, sino dos aspectos o momentos de la misma realidad humana.

Jesús no fue médico de cuerpo, en el sentido posterior de la palabra (como si el cuerpo fuera un tipo de máquina independiente del alma o mente humana); tampoco fue médico de almas, en la línea de un espiritualismo posterior que desprecia o deja a un lado el cuerpo. Fue médico o terapeuta de personas, en línea de fe, es decir, de confianza básica en la vida, un terapeuta lógicamente discutido, pues no estaba al servicio del templo de Jerusalén, ni de la ley establecida de los escribas, ni del poder de Roma o de las autoridades políticas de Galilea.

‒ Fue terapeuta discutido y algunos le tomaron como un mago ambiguo, capaz de promover un tipo de “salud” en algunos enfermos, o de impulsar un movimiento de pobres y excluidos sociales, pero en una línea “asocial”, contraria a los principio del orden social imperante de los sacerdotes y escribas (y de los mismos romanos). Por eso es normal que algunos le acusen diciendo que era un “mago” satánico, alguien que cura a los locos y enfermos con poderes dudosos y con resultados aún más dudosos, rompiendo en nombre de Dios el buen orden de la sociedad establecida.

‒ Otros, en cambio, le vieron como un hombre de Dios, profeta poderoso en obras o palabras,  dotado del Espíritu, para anunciar el reino de su vida y de su gracia sobre el mundo, en la línea de Elías y otros profetas antiguos a quienes la tradición de las Escrituras veneraba como santos, profetas y terapeutas. Éstos fueron y siguen siendo sus testigos, continuadores de su obra.

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Jesús Martínez Gordo: “Ante estos dramas, es normal que se asista al derrumbe del imaginario de un Dios todopoderoso”

Martes, 7 de abril de 2020

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“Tenemos, nos guste o no, fecha de caducidad”  

 “La muerte, prematura e injusta, y la que se ceba en los más débiles, nos afecta a todos: seamos deístas y teístas, ateos o agnósticos-ateos”

“Es más sensato reconocer que el cristianismo, no teniendo la respuesta racional a este problema, habilita, sin embargo, para afrontarlo de manera coherente y lúcida”

“Por qué lo hemos mirado como algo ajeno a nosotros mientras campaba por China y otros países y por qué es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros”

“Ahora que nos hemos dado cuenta de que Dios y rezar no sirven para nada, sería la ocasión para dar el presupuesto de la Iglesia a la sanidad”. Así se leía en uno de los whatsapps que he recibido estos días. Más allá de que siempre haya quien, aprovechando que San José era carpintero, quiera hablar de la confesión, me interesa reflexionar en voz alta sobre una vieja cuestión que, formulada hace más de dos milenios por Epicuro, reaparece en estos tiempos con particular fuerza y que se puede reformular en estos términos: “¿Quiere Dios evitar el coronavirus, pero no puede? Entonces es impotente. ¿Puede, pero no quiere? Entonces es malévolo. ¿Sí puede y quiere? Entonces, ¿por qué existe el coronavirus?”.

Cuando hay que enfrentarse con semejante drama (y con la contradicción –existencial y racional– que funda), es normal que se asista no solo al derrumbe del imaginario de un Dios todopoderoso e incluso bondadoso, sino también a la defensa de la mayor consistencia racional del ateísmo o del agnosticismo-ateo frente a las explicaciones deístas o teístas. Uno de los ejemplos, probablemente el que me ha resultado más llamativo estos últimos años, es el testimonio del pastor estadounidense Bart D. Ehrman sobre su tránsito de la fe cristiana a la increencia por no haber podido soportar esta contradicción entre un Dios omnipotente y bueno con la existencia, en su caso, del mal, en general.

 Pero tengo que recordar, como necesario e ineludible contrapunto, no solo la existencia de personas (en el caso de Etty Hillesum) que descubrieron la fe en plena Shoah o exterminio nazi, sino que tampoco faltan en nuestros días las que sostienen que éste -el problema del mal o del Coronavirus y Dios- ha de afrontarse en términos estrictamente racionales. Y así ha de ser porque la muerte, prematura e injusta, y la que se ceba en los más débiles, nos afecta a todos: seamos deístas y teístas, ateos o agnósticos-ateos e incluso antiteístas e indiferentes. Ya no vale, apuntan, criticando a estos últimos, creer haber alcanzado una explicación racional más consistente que la teísta negando la existencia de Dios y quedarse, según los casos, plácida, tranquila o angustiosamente sumidos en el silencio o en el mutismo. Semejante respuesta o ensayo de explicación alternativa –que no acaba de eludir la perplejidad que atenaza a todos, teístas o ateos– no es, cuando se dé, una explicación racionalmente más firme que la creyente. De ninguna manera.

Quizá, por ello, en los últimos años los teólogos han seguido reflexionando sobre la cuestión. En concreto, he encontrado tres ensayos de explicación que merecen la pena ser tenidos en cuenta estos días. Me tomo la libertad de indicar lo que considero más sustancial de sus respectivas aportaciones en estas circunstancias: la de J. A. Estrada; la de J.-B. Metz y la de A. Torres Queiruga.

Juan Antonio Estrada declara “imposible” el intento de armonizar racionalmente el mal con un Dios bueno y omnipotente. No se puede exculpar a Dios. Cuando se intenta, se acaba favoreciendo el imaginario de un ser malvado a costa del sacrificio de las personas. Es más sensato reconocer que el cristianismo, no teniendo la respuesta racional a este problema, habilita, sin embargo, para afrontarlo de manera coherente y lúcida, muy lejos de la indiferencia o la desesperanza: quien, como es su caso, se autocomprende como un cristiano, sabe que el problema le sobrepasa racionalmente pero, a la vez, que también tiene motivos más que sobrados para combatir el mal, en particular, el injusto y antes de tiempo, como lo hizo Jesús de Nazaret, estando al lado de los que lo padecen, curando, acompañando, alentando.

Sin dejar de reconocer el silencio (racional) en el que habitualmente nos adentra la petición de una respuesta congruente por parte de Epicuro, no hay que descuidar los gritos y las demandas de justicia que, a pesar de todo, siguen dirigiendo a Dios las víctimas. He aquí el punto de partida de la explicación ofrecida por J.-B. Metz. La atención a tales demandas le lleva a erigir dichos gritos y lamentos en el principio cognoscitivo de todo y, a la par, a entender la fe cristiana como “memoria de la pasión”, es decir, como memoria de un Crucificado cuyo drama se actualiza en el clamor de todas las víctimas. En nuestro caso, en primer lugar, como principio cognoscitivo: preguntarse por qué irrumpe el Coronavirus; por qué se ceba en los más débiles del mundo y de nuestra sociedad; porqué lo hemos mirado como algo ajeno a nosotros mientras campaba por China y otros países y por qué es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros. Y, en segundo lugar, como actualización en el tiempo presente de la tragedia acontecida hace dos mil años en el Calvario y, por ello, en quienes, como así sucede estas últimas semanas, mueren, porque son ancianos, enfermos, débiles o profesionales de la medicina o trabajadores en servicios imprescindibles para la ciudadanía; y, además, sin poder despedirse de sus seres queridos.

“Entender la fe cristiana como “memoria de la pasión”, es decir, como memoria de un Crucificado cuyo drama se actualiza en el clamor de todas las víctimas”

Andrés Torres Queiruga, prolongando la vía abierta en su día por G. Leibniz, sale críticamente al paso de las explicaciones que subrayan la oscuridad, el silencio o el retraimiento –el “zimzum”– de Dios y sitúa la clave explicativa del mal en la fragilidad en cuanto tal; por tanto, no en Dios mismo: tenemos, nos guste o no, fecha de caducidad, habida cuenta de nuestra constitutiva finitud. Nos somos dioses. La suya es una propuesta dispuesta a mostrar la articulación existente, y sin estridencias de ninguna clase, entre la insuperable idoneidad del amor divino –que caracteriza no tanto como el todopoderoso, sino como el Antimal– y el mal (en nuestro caso, el Coronavirus) que se aloja en la constituyente limitación de lo finito y, sobre todo, en el perecimiento prematuro e injusto. Éste, recuerda, es un problema, ante todo y, sobre todo, racional, propio de la condición humana en cuanto tal; no solo de los creyentes. Por eso, nos atañe a todos y requiere una explicación por parte de todos, más allá de nuestra fe o ausencia de ella, aunque los creyentes tengamos sobrados motivos y razones para no desesperar e implicarnos en su erradicación.

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Finalmente, creo que no está de más traer a colación lo sostenido por Paolo Flores d’Arcais en su debate con J. Ratzinger el año 2008, pocos meses antes de que fuera elegido papa: En lo que toca al “apoyo a los marginados, a los últimos, respecto al deber de la solidaridad”, los creyentes –sostuvo– sacaban a los no creyentes bastantes puntos de ventaja. Y, probablemente, carecer de fe hacía “mucho más difícil la capacidad de renunciar al egoísmo, de sacrificarse por los demás”.

Eso no quería decir, matizó, que lo hiciera imposible. Evidentemente, prosiguió, también se daba entrega y generosidad entre los ateos e increyentes; sobre todo en los momentos más trágicos de la historia de la humanidad. Pero era una entrega que, sin saber muy bien por qué, se mostraba intermitente cuando había que afrontar el compromiso –discreto y paciente– del día a día: “Ni qué decir tiene –indicó– que un ateo puede sacrificar su vida. No obstante –balbució–, tengo la impresión de que resulta más fácil…, o sea, más fácil…, menos difícil, sacrificarla en momentos excepcionales que hacer sacrificios menores, pero cotidianos (para quien no cree que para quien cree o, por lo menos, que para algunos que no creen)”. En síntesis, concluyó, “la piedra donde tropezar es para el ateo la incapacidad de caridad”.

Se agradece poder escuchar (y recordar) un testimonio como el reseñado. Y más, en estos tiempos en los que creyentes e increyentes compartimos la tarea de erradicar algo de tanta desolación en este tiempo de coronavirus; resabios anticlericalistas al margen.

Fuente Religión Digital

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No te rindas

Miércoles, 1 de abril de 2020

Del blog Nova Bella:

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No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas…

*

Mario Benedetti

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Imagen: Médico atendiendo a paciente en un hospital (imagen ilustrativa).

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Espiritualidad benedictina

Martes, 31 de marzo de 2020

Del blog Nova Bella:

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Hay que intentar afrontar la enfermedad y la muerte como dos necesidades integradas en la propia vida, no tanto como una excepción que no debería haber ocurrido, ni mucho menos como un castigo o un destino fatalista. Se trata de vivirlas como una oportunidad única para profundizar en la configuración con Cristo.

*

Ignasi Fossas, osb

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“Yo soy la resurrección y la vida”. Domingo 29 de marzo de 2020. Domingo 5º de Cuaresma.

Domingo, 29 de marzo de 2020

18-CuaresmaA5Leído en Koinonia:

Ez 37,12-14: Les infundiré, mi espíritu, y vivirán
Salmo responsorial 129: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa
Rom 8,8-11: El espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes
Jn 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida

El pueblo, desterrado en Babilonia (su tumba), es llamado a una existencia totalmente nueva. El Espíritu del Señor se posa sobre su realidad (huesos secos) y les reviste de carne, es decir, de vida. Un pueblo nuevo se pone en pie. Dios puede abrir los sepulcros de Israel y darle una nueva vida. Es una “resurrección” que marca el final del destierro y el regreso de la esperanza al pueblo, con el retorno a su tierra. Este es el mensaje que nos regala hoy la profecía de Ezequiel.

El evangelio nos presenta el último de los signos realizados por Jesús, que insiste en que su finalidad es “manifestar la gloria de Dios”. Por su vida y obras, Jesús revela al Padre, y a ello deben corresponder los discípulos confesando su fe en él. En el relato, esta fe de los discípulos, pasa por un proceso de crecimiento, que se deja ver claramente en los diálogos que tienen los doce y las hermanas con Jesús. El gran gestor de este proceso en los discípulos es Jesús, que por su palabra y su propia fe en el Padre, va conduciéndolos de una fe imperfecta a una fe más sólida. La fe de Jesús es confiada, y lo manifiesta en la oración que dirige al Padre: “Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas”. Jesús sabe que el Padre está con él y no le defraudará, y manifiesta esta confianza aun antes de que suceda el signo.

Las hermanas, en cambio, manifiestan una fe limitada y se lamentan de lo mismo. Partiendo de esta fe deficiente, Jesús les conduce a una fe mayor. Cuando le dice a Marta que su hermano resucitará, ella, según el sentir común, piensa en algo que sucederá al final de los tiempos, pero Jesús le rompe todas sus creencias revelándole que ésta es una experiencia ya presente y actuante en él: “Yo soy la resurrección y la vida”. Le revela además que esta resurrección, está ya presente y actuante en todos aquellos que crean en él: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Entonces la obliga a dar un paso adelante en su fe: “¿Crees esto?”. Ella asiente positivamente: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Al resucitar a Lázaro, Jesús revela que “el don de Dios” desborda los cálculos humanos (se esperaba que lo curara, no que lo resucitara), incluso cuando ya no hay esperanza (“Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto”), y anticipa el signo por excelencia de la resurrección de Jesús. A todo el que confié en él, “Dios le ayuda” (esto es lo que significa el nombre Lázaro). A todo discípulo que cree en Jesús, le sucede lo que a Lázaro, no hay que esperar al final de los tiempos para resucitar. La fe cristiana es un camino de vida y de esperanza en el que el Espíritu Santo, desde el bautismo, nos identifica con Cristo que nos ha sacado de nuestras tumbas para que vivamos ya ahora como resucitados.

Muchos pueblos de la tierra, en el pasado y en el presente, se han visto forzados a abandonar su tierra, a marchar al exilio. Sus habitantes forman las legiones de desplazados y refugiados que, hoy por hoy, las Naciones Unidas, a través de su Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR), se esfuerzan por atender. Para un desplazado no hay peor desgracia que morir lejos del paisaje familiar, de la tierra nutricia, del suelo patrio. El profeta Ezequiel, en la primera lectura, afronta esta situación viviéndola con su pueblo de Judá, hace 26 siglos: comienzan a morir los ancianos, los enfermos, los más débiles, lejos de Jerusalén, de la tierra que Dios prometiera a los patriarcas, la tierra a la cual Moisés condujera al pueblo, la que conquistara Josué. Al dolor por la muerte de los seres queridos se suma el de verlos morir en suelo extranjero, el de tener que sepultarlos entre extraños.

Pero la voz del profeta se convierte en consuelo de Dios: Él mismo sacará de las tumbas a su pueblo, abrirá sus sepulcros y los hará volver a la amada tierra de Israel. Su pueblo conocerá que Dios es el Señor cuando Él derrame en abundancia su Espíritu sobre los sobrevivientes.

En el Antiguo Testamento no aparece claramente una expectativa de vida eterna, de vida más allá de la muerte. Los israelitas esperaban las bendiciones divinas para este tiempo de la vida terrena: larga vida, numerosa descendencia, habitar en la tierra que Dios donó a su pueblo, riquezas suficientes para vivir holgadamente. Más allá de la muerte sólo quedaba acostarse y «dormir» con los padres, con los antepasados; las almas de los muertos habitaban en el “sheol”, el abismo subterráneo en donde ni si gozaba, ni se sufría.

Sólo en los últimos libros del Antiguo Testamento, por ejemplo en Daniel, en Sabiduría y en Macabeos, encontramos textos que hablan más o menos confusamente de una esperanza de vida más allá de la muerte, de una posibilidad de volver a vivir por voluntad de Dios, de resucitar. Esta esperanza tímida surge en el contexto de la pregunta por la retribución y el ejercicio de la justicia divina: ¿Cuándo premiará Dios al justo, al mártir de la fe, por ejemplo, o castigará al impío perseguidor de su pueblo, si la muerte se los ha llevado? ¿Cuándo realizará Dios plenamente las promesas a favor de su pueblo elegido? Algunas corrientes del judaísmo contemporáneo de Jesús, como el fariseísmo, creían firmemente en la resurrección de los muertos como un acontecimiento escatológico, de los últimos tiempos, un acontecimiento que haría brillar la insobornable justicia de Dios sobre justos y pecadores. Los saduceos por el contrario, se atenían a la doctrina tradicional, les bastaba esta vida de privilegios para los de su casta, y consideraban cumplida la justicia divina en el “status quo” que ellos defendían: el mundo estaba bien como estaba, en manos de los dominadores romanos que respetaban su poder religioso y sacerdotal sobre el pueblo.

La segunda lectura está tomada de la carta de Pablo a los romanos, considerada como su testamento espiritual, redactada con unas categorías antropológicas complicadas, muy alejadas de las nuestras, que nos inducen fácilmente a confusión. El fragmento de hoy está escogido para hacer referencia al tema que hemos escuchado en la 1ª lectura: los cristianos hemos recibido el Espíritu que el Señor prometía en los ya lejanos tiempos del exilio, no estamos ya en la “carne”, es decir -en el lenguaje de Pablo-: no estamos ya en el pecado, en el egoísmo estéril, en la codicia desenfrenada. Estamos en el Espíritu, o sea, en la vida verdadera del amor, el perdón y el servicio, como Cristo, que posee plenamente el Espíritu para dárnoslo sin medida. Y si el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros, para que participemos de la vida plena de Dios.

El pasaje evangélico que leemos hoy, la «reviviscencia» de Lázaro, narra el último de los siete “signos” u “obras” que constituyen el armazón del cuarto evangelio. Según Juan, antes de enfrentarse a la muerte Jesús se manifiesta como Señor de la vida, declara solemnemente en público que Él es la resurrección y la vida, que los muertos por la fe en Él revivirán, que los vivos que crean en Él no morirán para siempre….

Bonita la escena, bien construido el relato, tremendas y lapidarias las palabras de Jesús, rico en simbolismo el conjunto… pero difícil el texto para nosotros hoy, cuando nos movemos en una mentalidad tan alejada de la de Juan y su comunidad. A nosotros no nos llaman tanto la atención los milagros de Jesús como sus actitudes y su praxis ordinaria. Preferimos mirarlo en su lado imitable más que en su aspecto simplemente admirable que no podemos imitar. No somos tampoco muy dados a creer fácilmente en la posibilidad de los milagros. Para la mentalidad adulta y crítica de una persona de hoy, una persona de la calle, este texto no es fácil. (Puede ser más fácil para unas religiosas de clausura, o para los niños de la catequesis infantil).

En la muy sofisticada elaboración del evangelio de Juan, éste es el «signo» culminante de Jesús, no sólo por ser mucho más llamativo que los otros (nada menos que una reviviscencia) sino porque está presentado como el que derrama la gota que rompe la paciencia de los enemigos de Jesús, que por este milagro decidirán matar a Jesús. Quizá por eso ha sido elegido para este último domingo antes de la semana santa. Estamos acercándonos al climax del drama de la vida de Jesús, y este hecho de su vida es presentado por Juan como el que provoca el desenlace final.

La causa de la muerte de Jesús fue mucho más que la decisión de unos enemigos temerosos del crecimiento de la popularidad de un Jesús taumaturgo, como aquí lo presenta Juan. Este puede ser un filón de la reflexión de hoy: «Por qué muere Jesús y por qué le matan» (remitimos para ello a un artículo clásico de Ignacio Ellacuría, en http://servicioskoinonia.org/relat/125.htm). El episodio 102 de la famosa serie «Un tal Jesús» (http://radialistas.net/category/un-tal-jesus) también interpreta este pasaje de Juan en relación con la «clandestinidad» a la que Jesús tendría que someterse sin duda en el último período de su vida.

Otro tema puede ser el de la fe o del creer en Jesús, con tal de que no identificar la «fe» en «creer que Jesús puede hacer milagros» o «creer en los milagros de Jesús». La fe es algo mucho más serio y profundo. Podría uno creer en Jesús y creer que el Jesús histórico probablemente no hizo ningún milagro… No podemos plantear la fe como si un «Dios allá arriba» jugase a ver si allá abajo los humanos dan crédito o no a las tradiciones que les cuentan sus mayores referentes a los milagros que hizo un tal Jesús… La fe cristiana tiene que ser algo mucho más serio.

Y un tercer tema, todavía más complejo para nuestra reflexión, puede ser el de la resurrección. Precisamente porque, la de Lázaro no fue una resurrección. Lógicamente, a Lázaro simplemente se le dio una prórroga, una «propina», un suplemento… de esta misma vida. Un «más de lo mismo». Y el Lázaro «resucitado» -como tantas veces se lo mal llamó- tenía que volver a morir. Porque para nosotros «vivir es morir». Cada día que vivimos es un día que morimos, un día menos que nos queda de vida, un día más que hemos gastado de nuestra vida… Pero «resucitar»… es otra cosa.

Aquí habría que subrayar que es bien probable que en la cabeza de la mayor parte de nosotros, la idea de «resurrección» que hay es una idea equivocada, por esta misma razón por la que decimos que Lázaro era «mal llamado resucitado»: porque pensamos, o mejor dicho, «imaginamos» la vida resucitada un poco como «prolongación, suplemento, continuación…» de ésta de ahora. Y no. No es sólo que la diferencia será que «aquella vida no se acaba», o que «no tiene necesidades materiales» porque «allí serán como los ángeles del cielo»… No. Es que se trata realmente de otra cosa. Es un misterio. Nuestra llamada «fe en la resurrección» no es un creer que hay un «segundo piso» al que subimos tras la muerte y que allí «continuaremos viviendo»… Podríamos decir que todas esas «imágenes» no corresponden al «misterio» en el que creemos, y como tales, pueden ser dejadas de lado. También aquí, yo puedo creer en lo que denominamos «resurrección» sin aceptar la interpretación facilona de que Dios nos creó aquí primero para luego llevarnos a un lugar definitivo… Muchos pueblos primitivos han pensado esto, que fue una forma plausible de interpretación de la vida humana en unos determinados contextos culturales de tiempos pasados. Pero hoy, si no queremos seguir anclados en las «creencias» típicas de las religiones de la edad agraria… es necesario hacer un esfuerzo de purificación, y quizá también haga falta aceptar la ascesis de un «no saber/no poder» expresar bien aquello en lo que «creemos»… Leer más…

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Dom 5 Cuaresma. 29.3.20 Jn 11, 1-45. Si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano

Domingo, 29 de marzo de 2020

athens_lazarosDel blog de Xabier Pikaza:

Que mueran de virus los que mueran, que no pare el “sistema”

Así dice Marta a Jesús, y añadimosmuchos: Si Jesús estuviera con nosotros no habría muerto mi hermano, no habría coronavirus. Pero  Jesús no ha venido para impedir que muramos, sino para que vivamos en amor, dándonos mutuamente vida, para así abrir sobre el mundo (en nosotros, con nosotros) un camino de fraternidad y resurrección sobre la muerte). El evangelio de este domingo tiene dos centros.

(a) Uno es Jesús, que viene a dar vida, para abrir un camino de resurrección; no impide que muramos (sólo vivimos de verdad muriendo, dando vida), en solidaridad dolorosa, en compromiso a favor de la comunión y resurrección de todos.

(b) El otro es Caifás, sumo sacerdote, que vive de la muerte de los demás, y por eso quiere que Jesús muera (que mueran los que dan vida a todos), para vivir él y sus compañeros del negocio de la muerte (como reyes de un dominio de Abbadón, el exterminador de la Biblia).

Ésto no es retórica vacía. Toda la prensa de hoy debate sobre el tema, especialmente en USA, epicentro de un capitalismo de muerte, donde muchos estados, entre ellos el de Texas (donde tengo un sobrino) donde el Gobernador ha dicho, según noticias fidedignas, que es mejor que mueran algunos de virus, pero que no pare el sistema de la economía. Un perfecto “caifás”, como verá quien siga leyendo.

   Si estuviera aquí Jesús (si viviéramos como él) muchos menos morirían de este virus… y los que murieran (al fin todo) lo harían (lo haríamos) en esperanza de vida, en camino de resurrección.

Texto 1: Jesús viene para dar vida (Jn 1, 1-45, resumido)

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado… Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.” Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará…”  

Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban,] sollozó y, muy conmovido, preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?” Le contestaron: “Señor, ven a verlo.” Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: “¡Cómo lo quería!”…  Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: “Quitad la losa.”   Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.” Y dicho esto, gritó con voz potente: “Lázaro, sal fuera.” El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadlo andar.”  

Un comienzo

herencias-cuando-muere-uno-de-los-espososEstamos ante el dolor de Jesús que (en un plano) llora y solloza impotente ante la muerte de su amigo, en un mundo que huele, mundo de asesinos concretos, de mentiras extensas, de llanto y de muerte. Es Hijo de Dios, pero no puede impedir que su amigo muera, porque la muerte pertenece a la ley de la vida. Por eso llora, porque ve al amigo muerto.

Pero le ofrece (a él, a sus hermanas) la esperanza de la resurrección. Lázaro murió de muerte natural y a muchos, en cambio, les matan, de muerte violenta, los diversos tipos de asesinos, traficantes de la muerte, precisamente aquellos que no quieren que Jesús resucite, dé vida a los muertos. … pensando que así pueden obtener ventajas políticas, sociales o de cualquier tipo que sea, ignorando que con la muerte sólo se consigue más muerte.

Parece que Lázaro murió de muerte natural que no podía haberse evitado… Pero muchos mueren por muertes que los hombres podían haber evitado, creando mejores sistemas de salud, en justicia en solidaridad… Jesús no impidió la muerte de Lázaro, pero su forma de vivir, de amar y de morir a favor de los demás puede impedir miles y miles de muertes de todos los días, suscitando redes de solidaridad social, al servicio de la vida.

Esperó tres días antes de venir y Lázaro murió…¿Por qué no vino antes para impedir que Lázaro muriera? Se lo preguntaron las hermanas y lloró. No pudo venir antes, pero lloró. No puede impedir un tipo de muerte en este mundo, pero sufre. También llora aquí, en nuestro día, en los hospitales, en las casas de ancianos que mueren de coronavirus, junto a los enfermos.

¿Por qué no impidió que muriera Lázaro? ¿Por qué impide la muerte del coronavirus? ¿Por qué no detiene la mano de miles de asesinos en el mundo?¿Por qué no detiene al terremoto…?   Y, sobre todo, ¿por qué deja que vivan los que viven del negocio de la muerte,  en un mundo donde el hambre mata mucho más que el coronavirus…?

Nos queda la oración y el llanto y la solidaridad. Una oración que acepta la muerte (porque es condición humana) y que condena a los que trafican con ella, con la guerra y el hambre, con la injusticia y la opresión. Una oración de cercanía, con las hermanos y hermanos de los muertos.

Después debemos ofrecer un gesto de solidaridad a las hermanas y familiares del muerto…  Una solidaridad activa, creadora, al servicio de la justicia y de la solidaridad, del pan para todos en contra de los que viven del negocio de la muerte… como todos aquellos que en este momento ponen primero el triunfo de su economía, de sus negocios, de su política, por encima de la muerte de muchos, por coronavirus o por hambre.

Jesús no hizo un sermón explicando las razones de la muerte de Lázaro. Simplemente lloró. Lázaro ¡Sal fuera! Jesús lloró, pero creía (porque creía) en la resurrección y se esforzó por ella diciendo:  “Sal fuera”. ¡Lázaro sal fuera! Esta palabra hay que decirla desde ahora, con Jesús.

¡Salgamos fuera todos, de manera que no vivamos más de muertes, de manera que no vivamos más aletargados, envueltos en sudarios y vendas, pactando con la violencia y la injusticia, dando cobertura a los que matan.   Tenemos que salir de un mundo en el que, de un modo o de otro, nos hemos acostumbrado a la muerte, de manera que muchos viven (vivimos) de la muerte de los demás.

Salir fuera de la tumba significa vivir para la vida, en justicia y solidaridad. Que los educadores eduquen para la paz, que los políticos gobiernen para la justicia, que los trabajadores trabajen para el bien de todos… que todos podamos vivir para la concordia, condenando la violencia de un modo radical, total…

Aquí se expresa el riesgo de los resucitadores El camino de la resurrección empieza por el llanto, pero lleva a la conversión y a la transformación de las condiciones de vida de este mundo que llevan a la muerte de muchos.

 Éste es un camino en el que intervienen muchos factores, un camino en el que tienen responsabilidad muchas personas, empezando por los políticos, los dueños de la economía, los señores del pensamiento… quizá nosotros mismos, que ponemos nuestros privilegios sociales o personales,de dinero o nación, por encima de la vida de los que mueren de coronavirus o de hambre.

 Este camino de la resurrección es hermoso, pero muy arriesgado. Los que trabajan sin más por la vida, los que sacan a los hombres y mujeres de sus tumbas suelen ser perseguidos, porque hay intereses creados y muchos prefieren que las cosas sigan así. Con una lucidez impresionante, el evangelio de hoy sigue y dice.

Tema 2. Palabra y gesto de Caifás, que vive de la muerte de otros:

 Jn 11, 46. Pero algunos de los que habían visto a Jesús que resucitaba y daba vida a los muertos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho [resucitando a Lázaro]. 47 Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al Sanedrín y decían: –¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. 48 Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación. 49 Entonces uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote en aquel año, les dijo: –Vosotros no sabéis nada; 50 ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación (Jn 11, 46-50).

Inferno_Canto_23_verses_117-120Es peligroso optar por la vida y promover la resurrección en este mundo de muerte. Hay muchos (personas e instituciones) que prefieren mantener las cosas así, traficando con la muerte, a pesar de coronavirus. El evangelio supone que los primeros traficantes de la muerte (¡que Lázaro se pudra!) son los dirigentes religiosos y políticos que controlan el poder desde la muerte. Por eso, para impedir que Lázaro resucite y viva y sea testigo de paz, Caifás y su gente-gente proponen matar al “mensajero” de la vida  Porque un hombre como Jesús que promueve la vida ha sido y sigue siendo “peligroso”.

No quiero trazar ninguna condena general a poderosos sin más, como traficantes de muerte, ni acusar a los dirigentes religiosos (a los que acusa este evangelio), ni a los traficantes de la muerte (vendedores de armas, promotores de una economía que mata, pero…). Al contrario, sé que muchos de ellos se esfuerzan por lograr la paz de la vida,  pero esa paz de la vida implica una fuerte conversión, en línea de solidaridad, de comunicación de bienes, de educación para todos, de ciencia para descubrir y promover vacunas etc. etc.

El argumento de Caifás: Que mueran algunos para que vivamos nosotros

En esa línea hay que seguir diciendo que, nunca, nadie, ningún sistema, ninguna política, ningún tipo de ganancia económica deberá aprovecharse de la muerte de los demás para medrar, para mantener nuestra pretendida justicia.  Que nadie se aproveche de la injusticia para justificar ningún tipo de acción opresora, con el argumento de Caifás (¡matemos a Jesús para vivir todos más tranquilos).

La única verdad es la que abre espacio para todos, en justicia y paz, esto es, la verdad de la vida, abierta a la resurrección . El único valor es la vida, cada vida, por encima de la “santa nación” a la que apelaba Caifás (en pacto con el Santo Imperio de Roma)… Por eso, el evangelio sigue comentando que, en un sentido, Caifás tenía razón, tenía razón al servicio de su sistema,  porque hombres como Jesús, que quieren la vida de todos son peligros para un orden que vive y medra del negocio de la muerte de los demás.

 El camino de la vida comienza allí donde se sabe que no se puede matar a ninguno para “mantener la propia seguridad”. La palabra de Jesús: ¡Lázaro, sal fuera, es un principio de esperanza, pero también de compromiso por la justicia en este mundo.

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La fe en la vida en tiempos del coronavirus. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo A

Domingo, 29 de marzo de 2020

RESURRECCION_DE_LAZARODel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente, sobre todo en esta época de pandemia. Y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.

En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida halla su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en la mitad del evangelio (cap. 11 de 21).

De nuestro corresponsal en Jerusalén

Gran conmoción ha despertado la orden promulgada por las autoridades de que quien sepa el paradero de Jesús lo denuncie de inmediato para poder apresarlo. La causa no es la pretendida curación de un ciego de nacimiento realizada en sábado, sino un nuevo milagro que se le atribuye, esta vez más sorprendente: la resurrección de un hombre llamado Lázaro, natural de Betania, a quince estadios de la capital. Según dicen, llevaba ya cuatro días muerto cuando Jesús lo hizo salir del sepulcro y le devolvió la vida. Algo más grande que lo realizado por los profetas Elías y Eliseo. Aunque las opiniones sobre este hecho difieren, los fariseos consideran muy peligroso que se extienda la fama de este individuo, sobre todo estando próxima la fiesta de la Pascua, con el riesgo de manifestaciones contra Roma. Hasta el momento nadie ha denunciado su paradero y muchos creen que se ha ido de Jerusalén.

Cinco facetas de Jesús

El relato de la resurrección de Lázaro es otro ejemplo magnífico de narración, con un final tan seco como inesperado, y distintas facetas de la persona de Jesús.

¿Un mal amigo?

El relato comienza hablando de Lázaro de Betania y de sus dos hermanas. No es un simple conocido de Jesús. Es alguien a quien Jesús «ama», como le recuerdan las hermanas. Sin embargo, su reacción ante la noticia no tiene la empatía de un amigo, sino la reacción, aparentemente fría, de un teólogo: «Esta enfermedad no provocará la muerte, sino la gloria de Dios, la gloria del hijo de Dios». La misma reacción que antes de curar al ciego de nacimiento: «Este no ha nacido ciego por culpa suya o de sus padres, sino para que se manifieste la obra de Dios en él». El evangelista añade de inmediato que no se trata de frialdad. «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Pero no acude de inmediato a curarlo. Permanece donde está.

Un amigo decidido y arriesgado.

Al cabo de cuatro días decide subir a Jerusalén. Una decisión arriesgada, porque poco antes han intentado apedrearlo. La objeción de los discípulos no le hace cambiar: debe ir despertar a Lázaro. Expresión desconcertante, que le obliga a decir claramente: Lázaro ha muerto. Jesús piensa en resucitarlo, pero Tomás está convencido de lo contrario: no va a resucitar a nadie, sino que va a morir. Pero habla en nombre de todos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Jesús y Marta: el teólogo

Cuando llegan a Betania, Jesús no se dirige directamente a la casa, permanece en las afueras del pueblo. ¿Una más de sus rareza? No. Será allí, lejos de la multitud que ha acudido a dar el pésame, donde podrá entrevistarse a solas con Marta y transmitirle el mensaje fundamental para todos nosotros, y la reacción que debemos tener ante sus palabras. Marta debe de ser la hermana mayor, porque es a ella a quien dan la noticia de la llegada de Jesús.

Marta comienza con un suave reproche («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»), pero añade de inmediato la certeza de que cualquier cosa que pida a Dios, Dios se la concederá. ¿En qué piensa Marta? ¿Qué pedirá Jesús a Dios y este le concederá? ¿Qué su hermano vuelva a la vida, como el hijo de la viuda de Sarepta que resucitó Elías, o como el niño de la sunamita que revivió Eliseo?

La respuesta de Jesús («Tu hermano resucitará») no parece satisfacerla. Aunque la idea de la resurrección no estaba muy extendida entre los judíos, Marta forma parte del grupo que cree en la resurrección al final de la historia, como profetizó Daniel. Pero eso no le sirve de consuelo en este momento. Ella no quiere oír hablar de resurrección futura sino de vida presente.

Y eso es lo que le comunica Jesús en el momento clave del relato: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». Jesús es resurrección futura y vida presente para los que creen en él. Los que hayan muerto, vivirán. Los que viven, no morirán para siempre. Algo rebuscado, muy típico del cuarto evangelio, pero que deja claro una cosa: quien ha creído o cree en Jesús tiene la vida futura y la presente aseguradas. Todo depende de la fe. Por eso, termina preguntando a Marta: «¿Crees eso?».

Su respuesta nos sorprende, porque no tiene nada que ver con la pregunta: «Sí, Señor. Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo». Esta falta de conexión entre pregunta y respuesta puede esconder un importante mensaje para nosotros. La idea de la resurrección y de la inmortalidad puede provocar dudas incluso en un buen cristiano. Quizá no se atreva a afirmarla con certeza plena. Pero puede confesar, como Marta: «Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo».

Jesús y María: el amigo profundamente humano

Esta escena representa un fuerte contraste con la anterior. El encuentro de Jesús y María no será a solas. Ella acudirá acompañada de todos los que han ido a darle el pésame, y serán testigos de la reacción de Jesús. María dirige a Jesús el mismo suave reproche de Marta («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»). Pero no añade ninguna petición, ni Jesús le enseña nada. El evangelista se centra en sus sentimientos. Dice que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, «se estremeció» (evnebrimh,sato), «se conmovió» (evta,raxen) y «lloró» (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido.

Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

Jesús y Lázaro: la gloria del enviado de Dios

Cuando llegan al sepulcro, Marta demuestra que, a pesar de lo que ha dicho, no cree que su hermano vaya a resucitar. Han pasado ya cuatro días, más vale no abrir la tumba. Jesús le insiste: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».

Cuando se compara este relato con las resurrecciones de la hija de Jairo o del hijo de la viuda de Naín se advierte una interesante diferencia. En esos dos casos, Jesús no reza; no necesita dirigirse al Padre para impetrar su ayuda, como hicieron Elías y Eliseo. En cambio, el cuarto evangelio introduce de forma solemne una oración de Jesús: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas. Pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Esta oración no pretende disminuir el poder de Jesús. Se inserta en la línea del cuarto evangelio, que subraya la estrecha relación de Jesús con el Padre y la idea de que ha sido enviado por él. De hecho, el milagro se produce con una orden tajante suya («¡Lázaro, sal fuera!»).

El relato termina de forma sorprendente. No se cuenta la reacción de las hermanas, el asombro de la gente, la admiración de los discípulos. No vemos a Lázaro liberado de sus vendas, agradeciendo a Jesús su vuelta a la vida. Como si todo fuera un sueño y, al final, solo nos quedara la certeza de que Lázaro resucitó, de que todos resucitaremos un día, aunque ahora no tengamos la alegría de ver y abrazar a los seres queridos.

Nota sobre la fe en la resurrección

La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entiende nada, y se pregunta qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere solo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Primera lectura

Ha sido elegida por la estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.

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Quinto Domingo de Cuaresma, 29 Marzo, 2020

Domingo, 29 de marzo de 2020

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«Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba».

(Jn 11, 1- 45)

Estamos ya muy cerca de nuestro destino final que es la Pascua y que es hacia donde nos lleva el camino de la Cuaresma.

Betania está muy cerca de Jerusalén y es ahí donde vivían estos tres hermanos amigos queridos de Jesús.

La Cuaresma esta semana nos conduce hacia un lugar de amistad, de intimidad y de descanso, pero en un momento de incertidumbre, dolor y muerte.

La enfermedad grave deja al descubierto nuestra vulnerabilidad, tanto si la enfermedad la padecemos nosotras mismas como si es alguien cercano quien está enfermo. Y la muerte… la muerte nos adentra en el misterio. La pérdida de alguien muy querido nos quiebra por dentro. Se lleva algo muy íntimo y valioso y en su lugar abunda la tristeza, el llanto.

En Betania hoy se oye murmullo de llanto. Se entremezclan los silencios con los sollozos y las palabras de consuelo. Pasan los días sin Lázaro y la ausencia parece que crece sin medida. En medio del dolor Marta y María reciben a Jesús.

Marta que es la que siempre toma la iniciativa es capaz de confesar a Jesús como Mesías en medio de su dolor. María, deshecha, se echa una vez más a los pies de Jesús con todo su dolor. Y Jesús llora con sus amigas, se conmueve.

Ahora se acercan todos juntos a la tumba de Lázaro. Y ante el asombro y el desconcierto Jesús lo prepara todo para la vida. “Quitad la losa”. Es necesario quitar aquello que nos separa tanto por dentro como por fuera. Hay que quitar la losa que cierra la entrada de la cueva pero también esas losas que cierran nuestra mente y nuestro corazón.

Y así, sin losas, la vida sale. Lázaro sale, pero no puede apenas moverse. “Desatadlo y dejadlo andar.”

Terminamos nuestro recorrido de Cuaresma con un muerto que vuelve a la vida. Con Jesús que nos devuelve la esperanza y nos ayuda a crecer en confianza. Con un amigo que sabe llorar con nosotras.

Oración

Habita, Trinidad Santa, nuestros duelos, acompaña nuestros llantos y haz crecer en medio de nuestro dolor esa fe que tú has puesto en nosotras. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Ya tengo la verdadera VIDA aquí y ahora.

Domingo, 29 de marzo de 2020

lazaroJn 11,1-45

Lázaro es un personaje simbólico que nos representa en nuestra condición de criaturas limitadas, invitadas a superar los límites. Con la misma palabra “vida”, se hace referencia a conceptos tan diferentes que es difícil interpretarlos bien. De hecho, se puede dar la muerte en una vida fisiológica sana y se puede dar la Vida con una salud deteriorada. No podemos tergiversar el texto hasta hacerle decir lo contrario de lo que quiere decir. Es indispensable que tratemos de dilucidar de qué Vida y de qué muerte estamos hablando.

En el relato de hoy, todo es simbólico. Los tres hermanos representan la nueva comunidad. Jesús está totalmente integrado en el grupo por su amor a cada uno. Unos miembros de la comunidad se preocupan por la salud de otro. La falta de lógica del relato nos obliga a salir de la literalidad. Cuando dice Jesús: “esta enfermedad no acabará en la muerte sino para revelar la gloria de Dios”; y al decir: “Lázaro está dormido: voy a despertarlo”, nos está indicando el verdadero sentido de todo el relato.

Si seguimos preguntando si Lázaro resucitó o no, físicamente, es que seguimos muertos. La alternativa no es, esta vida, solamente aquí abajo u otra vida después, pero continuación de esta. La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida y más allá de ella. Que Lázaro resucite para volver a morir unos años después, no soluciona nada. Sería ridículo que ese fuese el objetivo de Jesús. Es realmente sorprendente, que ni los demás evangelistas, ni ningún otro escrito del NT, mencione un hecho tan espectacular como la resurrección de un cuerpo ya podrido.

Jesús no viene a prolongar la vida física, viene a comunicar la Vida de Dios que él mismo posee. Esa Vida anula los efectos catastróficos de la muerte biológica. Es la misma Vida de Dios. Resurrección es un término relativo, supone un estado anterior de vida física. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina. “Yo soy la resurrección” está indicando que es algo presente, no futuro y lejano. No hay que esperar a la muerte para conseguir Vida.

Para que esa Vida pueda llegar al hombre, se requiere la adhesión a Jesús. A esa adhesión responde él con el don del Espíritu-Vida, que nos sitúa más allá de la muerte física. El término “resurrección” expresa solamente su relación con la vida biológica que ya ha terminado. “Quién escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida definitiva” (5,24). Esto quiere decir que todo aquel que tenga una actitud como la que tuvo Jesús en su vida, participa de esa Vida. Esa Vida es la misma que vive Jesús.

Jesús corrige la concepción tradicional de “resurrección del último día”, que Marta compartía con los fariseos. Para Jn, el último día es el día de la muerte de Jesús, en el cual, con el don del Espíritu, la creación del hombre queda completada. Esta es la fe que Jesús espera de Marta. No se trata de creer que Jesús puede resucitar muertos. Se trata de aceptar la Vida definitiva que Jesús posee y puede comunicar al que se adhiere a él. Hoy seguimos con la fe para el más allá de Marta, que Jesús declara insuficiente.

¿Dónde le habéis puesto? Esta pregunta, hecha antes de llegar al sepulcro, parece insinuar la esperanza de encontrar a Lázaro con Vida. Indica que son ellos los que colocaron a Lázaro en el sepulcro, lugar de muerte sin esperanza. El sepulcro no es el lugar propio de los que han dado su adhesión a Jesús. Al decirles: “Quitad la losa”. Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia. Los muertos no tienen por qué estar separados de los vivos. Los muertos pueden estar vivos y los vivos, muertos.

Ya huele mal. La trágica realidad de la muerte se impone. Marta sigue pensando que la muerte es el fin. Jesús quiere hacerle ver que no es el fin; pero también que sin  muerte no se puede alcanzar la verdadera Vida. La muerte sólo deja de ser el horizonte último de la vida cuando se asume y se traspasa. “Si el grano de trigo no muere…” Nadie puede quedar dispensado de morir, ni el mismo Jesús. Jesús invita a Nicodemo a nacer de nuevo. Ese nacimiento es imposible sin morir antes a todo lo que creemos ser.

Al quitar la losa, desaparece simbólicamente la frontera entre muertos y vivos. La losa no dejaba entrar ni salir. Era la señal del punto y final de la existencia. La pesada losa de piedra ocultaba la presencia de la Vida más allá de la muerte. Jesús sabe que Lázaro había aceptado la Vida antes de morir, por eso ahora está seguro de que sigue viviendo. Es más, solo ahora posee en plenitud la verdadera Vida. “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. La Vida es compatible con la muerte.

Es muy importante la oración de Jesús en ese momento clave. Al levantar los ojos a “lo alto” y “dar gracias al Padre”, Jesús se coloca en la esfera divina. Jesús está en comunicación constante con Dios; su Vida es la misma Vida de Dios. No se dice que haya pedido nada. El sentido de la acción de gracias lo envuelve todo. Es consciente de que el Padre se lo ha dado todo, entregándose Él mismo. La acción de gracias se expresa en gestos y palabras, pero en Jesús manifiesta una actitud permanente.

Al gritar: ¡Lázaro, ven fuera! está confirmando que el sepulcro, donde le habían colocado, no era el lugar donde debía estar. Han sido ellos los que le han colocado allí. El creyente no está destinado al sepulcro, porque aunque muere, sigue viviendo. Con su grito, Jesús quiere mostrar a Lázaro vivo. Los destinatarios del grito son ellos, no Lázaro. Ellos tienen que convencerse de que la muerte física no ha interrumpido la Vida. Entendido literalmente, sería absurdo gritar para que el muerto oyera.

Salió el muerto con las piernas y los brazos atados. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad, por lo tanto, sin posibilidad de desarrollar su humanidad (ciego de nacimiento). El ser humano, que no nace a la nueva Vida, permanece atado de pies y manos, imposibilitado para crecer como tal ser humano. Una vez más es imposible entender la frase literalmente. ¿Cómo pudo salir, si tenía los pies atados? Parecía un cadáver, pero estaba vivo.

Lázaro ostenta todos los atributos de la muerte, pero sale él mismo porque está vivo. La comunidad entera tiene que tomar conciencia de su nueva situación, que escapa a toda comprensión racional. Por eso se utiliza la gran metáfora “Desatadlo y dejadlo que se marche”. Son ellos los que lo han atado y ellos son los que deben soltarlo. No devuelve a Lázaro al ámbito de la comunidad, sino que le deja en libertad. También ellos tienen que desatarse del miedo a la muerte que paraliza. Ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrán entregar su vida con plena libertad como Jesús.

Meditación

El relato nos invita a pasar de la muerte a la Vida.
Se trata de la Vida que no termina, la definitiva.
Es la misma Vida de Dios, comunicada al hombre.
Es la ÚNICA VIDA que lo inunda todo.
No es algo que Dios nos da o deja de darnos.
Es Dios comunicándonos su mismo ser.
Su ser es el fundamento de nuestro verdadero ser.
Jesús nos invita a descubrir y a vivir esa realidad.

 

Para profundizar

Todo discurso sobre Dios es analógico

Entendido literalmente, te llevará al absurdo (piensa en el credo)

“VIDA”, la gran metáfora para tocar al Dios incognoscible

La vida biológica es pálido reflejo de la que a Dios atañe

Confundirlas es arruinar el gigantesco esfuerzo

Con todo, sigue siendo metáfora de aquella Realidad que no abarcamos

La VIDA no es un ser, es movimiento, manifestado en borbotones múltiples

Sin que podamos adivinar su esencia, esa VIDA  nos lanza al infinito

La VIDA (Dios) es total, sin fronteras y puede dar sentido a mi efímera vida

Ni la vida biológica de Jesús ni la de Lázaro merecerían atención alguna

Si no estuviera en juego la otra VIDA

Se trata de la misma VIDA de Dios que es absoluta

A la que ni la muerte puede afectar en nada

El texto quiere decir que estará siempre en el vivo y el muerto

El relato habla de mí, que vivo en la materia,

Para que me esfuerce por descubrir la VIDA,

Creer en Jesús es hacer mía esa VIDA

Y asegurar la eternidad desde este instante.

La palabra “resurrección” nos traicionó en seguida.

Era una metáfora radical y profunda

Y la tomamos en sentido literal biológico.

Así nos alejamos del mensaje pascual

Y nos enfrascamos en la visión carnal del acontecimiento.

Lázaro muerto vive en la auténtica VIDA

Jesús crucificado vive en la VIDA de Dios

Que siempre desplego en su vida caduca.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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