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De importancia: Acoge Adviento.

Miércoles, 2 de diciembre de 2020

acogeadvEmpezamos estos días de “espera de Adviento” con unas palabras casi escalofriantes de Isaías, el profeta del Adviento.

“Canta de gozo, la estéril que no dabas a luz; rompe a cantar de júbilo la que no tenías dolores; porque la abandonada tendrá más hijos que la casada-dice el Señor-.

Ensancha el espacio de tu tienda, despliega sin miedo tus lonas, alarga tus cuerdas, clava bien tus estacas; porque te extenderás a derecha e izquierda, tu descendencia heredará naciones y poblará ciudades desiertas.

No temas, no tendrás que avergonzarte, no te sonrojes, no te afrentarán; …porque el que te hizo te toma por esposa; …Como a mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar, como a esposa de juventud te dice tu Dios: por un instante te abandoné, pero con gran cariño te recogeré, porque con lealtad eterna te quiero” (Is 54, 1-8)

Cada verbo podría ser objeto de parada y meditación, “se me dirige a mí”. Te animo a aplicar el método de “Lectura orante de la Palabra o Lectio Divina” (adjunto) Es palabra actual, viva, que llega a la mente y al corazón del creyente un poco turbado por esas palabras, como María de Nazaret, y a la vez, consternado por la decadencia de la institución de la que todavía quisiéramos conseguir espacio, respeto…y no ocurre.

Adviento es el tiempo de los que esperan contra toda esperanza. De los que confían contra toda evidencia, de los que aman a pesar de tanto desamor, frialdad, indiferencia. Adviento es para espíritus abiertos y almas desencorsetadas.

Por eso necesita preparación interior y exterior. Decimos que es un tiempo de preparación para la Navidad, y se convierte en preparación de tantas cosas…pero este año, la situación hace que podamos tomarnos este tiempo con la calma y densidad que le corresponde.

Así como todo se está tomando un respiro gracias al frenazo del consumo, podemos considerar que la otra cara de la moneda nos indica que además del Covid, frenamos otros virus que se habían instalado para quedarse, y que cuando faltan, se cae la economía: el consumismo.

Este es un tiempo estupendo para desintoxicarnos y como nos cuesta hacerlo voluntariamente, Madre Tierra nos lo impone y sin anestesia. A pocos meses de la vacuna, oremos seriamente a qué mundo y sociedad queremos volver. Para ello estos días, antes de iniciar Adviento te ofrecemos el texto de Isaías como Palabra de Dios: tenemos que gestar un mundo nuevo, una iglesia-comunidad cristiana nueva. Eso supone estar muy atentos y muy dispuestos a echar raíces profundas sin las que nada nuevo durará más allá de la novedad que tantos buscan y que deja de ser novedosa a los pocos meses. Se llama el virus de la superficialidad.

Aprendamos de la Palabra Creada: hoy observamos el bambú japonés. Su historia es muy alentadora: en 6 meses crece 30 metros, ¿sabes por qué? llevaba 7 años, sí años, sin asomar, formando sus raíces en lo escondido de la tierra.

 

El día que el sembrador sembró esa semilla, tal vez no sabía su tiempo y su valor. No conozco nada más parecido al proceso de formación en el discipulado del Maestro de Nazaret. Sólo que para él no fueron 7 años, sino 30.

Trabajemos ese lado impaciente en nosotros, el que demanda resultados y estados de ánimo altos… trabajemos sobre todo el cultivo de esas raíces que se nutren de “agua y abono” solamente: agua de la Vida, abono del Amor, diario, sin pausa.

El día que no oramos bien es como si dejáramos de alimentar el bebé que se está gestando en tí. Si quieres que tu vida sea como el bambú, tendrás que cultivar mucho tiempo, y gran parte del día las raíces. Eso está nuestra mano. La semilla se nos regaló, también el desarrollo, yo tengo que poner la atención y el cuidado. Sin ello, nada crecerá.

Es un momento mágico para las religiones tradicionales. Se les acaba el modelo de asistencia y limosna. “Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el arenal para apagar la sed de mi pueblo” (Is 43,19-20)

Sólo tú puedes abrir ese río en tu desierto, sólo tú puedes alimentar las raíces de tu vida, para que desaparezca la esterilidad y la insignificancia de tu vida. Para que te dejes llamar esposa por un Dios que agota los calificativos mientras nosotros preferimos mirar para el otro lado y dejarnos llevar por la comodidad de la crítica, del no nos dejan hacer nada, no nos dan espacio.

Ensancha el espacio de tu tienda, de tu casa, de tu mente, sus clavijas asegura, cuidando esas raíces tan tuyas…

Espero, deseo que recuperes el hábito de aplicar la Lectio Divina a los textos de Adviento. Y si algún día te desmayas de belleza y gozo, compártelo e inicia un grupo de contemplación de la luz de Adviento en tu casa o apartamento, y cuéntales a tus amigos, hijas, vecinas, lo del bambú y luego lo de Isaías y luego lo de María de Nazaret y también lo que te está pasando a ti…ya tienes nueva parroquia, nueva comunidad, nueva iglesia doméstica, al calor de la luz de Adviento y del bizcocho en el horno para después reír y contarnos experiencias. Aunque sea online, pero mejor con 5 personas y tú en casa. Sin romper la norma.

Feliz preparación de Adviento

Magda Bennásar Oliver, sfcc

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad ,

La belleza del poliedro. (El Adviento como tiempo propicio para la cultura del encuentro)

Lunes, 30 de noviembre de 2020

adviento¡Cómo estamos echando en falta en este tiempo de pandemia los encuentros con la familia, las amistades, los mismos hermanos! Nada los suple: ni el móvil, ni los emails, ni los guasaps, ni las videollamadas. Nada es como verse la cara, estrechar las manos, sentir el calor del abrazo y la caricia reconfortante. Nada suple al placer enorme de estar con otro en alegría y comunicación. Por eso, se nos hace angustiante no saber hasta cuándo va a durar esto, cuándo va a llegar el tiempo de los encuentros normales, aquellos sin los que el corazón no sabe vivir.

Lo sabemos: los encuentros son la mejor medicina contra la tristeza, el autodesprecio, los sentimientos de culpa, la falta de fuerza de voluntad. El encuentro despeja la mente, borra de los ojos la niebla que se pega con la soledad, devuelve el gozo de sentirse vivo palpando la vida de los otros. El aislamiento y el desencuentro son enfermedades graves porque roen el alma hasta dejarla vacía.

Podríamos entender y vivir el tiempo de Adviento como un tiempo propicio para incentivar y cultivar el encuentro. Adviento es tiempo de anhelos, de sueños compartidos, de otear el horizonte, de suspirar por lo que se busca, de preguntar con calidez por la presencia de quien se ama. Así se prepara la Navidad que es el tiempo del gran encuentro de un Dios que hambrea encontrarse con quien ama y que ha puesto carne a ese encuentro en la persona del Hermano Jesús, el que nació de María. Una vivencia explícita de la espiritualidad del Adviento como tiempo para el encuentro puede entreabrirnos las puertas de ese misterioso volcarse de Dios al camino humano.

Como luego diremos, el Papa Francisco desarrolla ampliamente en su encíclica Fratelli tutti la espiritualidad del encuentro. Y dice que la cultura del encuentro es como un poliedro de muchos lados: «El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible» (215).

Descubrir una vez más la belleza de este poliedro que es la vida en encuentro, en comunidad, en sociedad, puede ser una hermosa manera de vivir el Adviento 2020 y una forma explícita de apuntar bien al misterio de la Navidad. Que no pase en vano el kairós de este momento.

La razón poética

«La amistad herida por la decepción

es una arquitectura rota para siempre.

Podemos reconstruir catedrales,

podemos reconstruir palacios,

pero no hay andamios suficientes

para elevar de nuevo el edificio invisible

que dos amigos construyeron con lo mejor de sí mismos».

(R. Argullol, Poema, 1020)

Llama la atención este breve poema por su verdad: quien ha experimentado la decepción respecto a una persona amiga se le ha hecho trizas el edificio de su amistad y ha comprobado muchas veces que no tenía sentido reconstruirlo con los materiales del derribo. Es, quizá, una de las más amargas experiencias de la vida. Y no fácil de sobrellevar porque, a la vez que se comprueba esta destrucción, no puede dejarse de amar a aquella persona que fue un día su amor, aunque ahora no lo sea.

Pero, a la vez, hay resortes en las personas que las hacen capaces de imaginar la posibilidad de un nuevo encuentro tras el ineludible desencuentro. Si esto fuera posible, el nuevo encuentro no podrá basarse en el modo del anterior (el deslumbre del amor), sino que tendrá que tener un nuevo cimiento: la verdad compartida, la pobreza común, la pena acompañada, la tristeza ofrecida. Es otro cimiento, más humilde, pero no menos sólido. Otro edificio, el del encuentro verdadero, se pondrá en pie.

1. La luz de la Palabra: Lc 19,1-10

«Entró en Jericó y empezó a atravesar la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de recaudadores y además rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Entonces se adelantó corriendo y, para verlo, se subió a una higuera, porque iba a pasar por allí. Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús la vista y le dijo: – Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver aquello, se pusieron todos a criticarlo diciendo: -¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador! Zaqueo se puso en pie y dirigiéndose al Señor le dijo: – La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces. Jesús le contestó: – Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo.».

· Leyendo los evangelios, uno cae inmediatamente en la cuenta de que Jesús fue un hombre de encuentros, no un solitario eremita que rehúye el trato con los otros. Necesitaba estos encuentros para hacer visible que el encuentro con el Dios de la compasión era posible. Los necesitaba también para dejar claro que la persona está destinada al encuentro como mayor fuente de dicha, objetivo final del reino Por eso, las páginas evangélicas están plagadas de encuentros, uno de ellos el que tuvo con Zaqueo.

· La problemática del encuentro con Zaqueo pivota sobre el problema del “alojarse”, ya que entrar a casa de un pecador es tener parte en su condición, hacerse cómplice de sus mismos delitos, contraer la misma impureza en la que se mueve tal sujeto. Por eso, uno que entra en casa de un pecador o es uno como él y por eso no tiene inconveniente en entrar o es un ingenuo, con lo que su reputación quedaría igualmente dañada. Jesús entra sabiendo que es un pecador pero pasando por alto su condición de recaudador. Él sabe saltar el muro de lo inmoral para dar con el núcleo de la dignidad.

· El verbo empleado para alojarse es katalyô (eisêlthe katalysai), algo impropio para este caso pero muy plástico. Viene a significar descansar, o hacer un alto en el camino. Propiamente es “desenganchar las bestias de tiro”. Es decir, cuando el viajero llega a un albergue (katalyma) avía las bestias en la cuadra y, una vez arregladas, sube al cuarto de huéspedes para cenar con tranquilidad. Es decir, Jesús se sienta ante Zaqueo como quien ya tiene todo arreglado, como quien tiene todo el tiempo del mundo para el encuentro, como quien se apresta a un diálogo largo y tranquilo. Jesús refleja así una realidad profunda: Dios se encuentra con la persona (aunque sea pecadora) con tranquilidad, sin prisas, con deleite incluso, como quien encuentra placer en la conversación. Un Dios de encuentros reconfortantes, ese es el Dios de Jesús.

· Puede haber aún otro matiz: katalyô puede significar soltar (lyô). El huésped que sube a cenar se “suelta” el ceñidor para estar más cómodo y hablar con mayor tranquilidad y disfrute. “se ha soltado el ceñidor en casa de un pecador…se ha puesto cómodo en casa de un pecador”, algo de eso, del mismo modo que muchas personas, en el intimidad, a la hora de la noche, se ponen cómodas vistiendo ya el pijama con el que van a ir a dormir. Jesús quiere reflejar el tipo de encuentro que la persona puede tener con Dios: un encuentro en la intimidad donde uno se siente cómodo, gozoso, dispuesto al diálogo, abierto a la novedad de la conversación.

· Son muchas las posibilidades de lectura de un relato. Este de Zaqueo ha sido leído tradicionalmente desde la perspectiva de la conversión, pero podría ser leído también desde la perspectiva del encuentro desvelando así la honda espiritualidad del encuentro de la persona con Dios. Desde ahí podría hacer parte del ánimo para el cultivo de la espiritualidad y la cultura del encuentro.

2. La cultura del encuentro en Fratelli tutti

Convencido el Papa a la altura de su existencia de que la vida es un tiempo de encuentro (66.215) y de que uno se realiza transcendiéndose en el encuentro con los otros (87.111) acuña el documento la expresión “cultura del encuentro” que se opone a la “cultura del enfrentamiento”, único camino para devolver la esperanza a la sociedad (32) superando el miedo que bloquea tal encuentro (41) y abriéndose a la escucha (48). Porque la cultura del encuentro «exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común» (232), el Papa está convencido de que «un camino de fraternidad, local y universal, sólo puede ser recorrido por espíritus libres y dispuestos a encuentros reales» (59). La misma política, dirá luego, es cuestión de encuentros (165.190). Por todo esto llega a decir que «hablar de “cultura del encuentro” significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos» con sus diferencias (216-217). De ahí que el documento se anime a proponer «un encuentro social real pone en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población» (219).

Como herramientas necesarias para el logro de esta cultura del encuentro, propone el Papa, en primer lugar, los trabajos por un gran pacto social que ponga «en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población» (219). Ese pacto social ha de incluir, a su vez, un pacto cultural «que respete y asuma las diversas cosmovisiones, culturas o estilos de vida que coexisten en la sociedad» (219). En segundo lugar se necesita emplear exhaustivamente la herramienta del diálogo, paciente y confiado (134). Se necesita una educación para el diálogo (103) para que pueda ser una realidad el diálogo con los diferentes (148). La certeza del valor imprescindible del diálogo se asienta en la certeza de que «un verdadero espíritu de diálogo se alimenta la capacidad de comprender el sentido de lo que el otro dice y hace, aunque uno no pueda asumirlo como una convicción propia» (203). Por eso el diálogo es imprescindible en la tarea política (196). El documento dedica casi un capítulo, el sexto, al diálogo que construye el amor social porque «el auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos» (203.219.262).

Otro elemento necesario para una saludable arquitectura social de encuentro es el de generar procesos de inclusión que tengan a raya la amenaza de la cultura del descarte (188). El Papa tiene una perspectiva clara: «La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos» (69). De ahí que el documento recuerda a la cultura moderna, tan orgullosa de sus logros, que «al crecimiento de las innovaciones científicas y tecnológicas tendría que corresponder también una equidad y una inclusión social cada vez mayores» (31).

Más que en el apartado de la política, quizá haya que situar aquí un tema al que el documento dedica varios números: la memoria que aleja a la venganza. El olvido es inaceptable por lo que se precisa mantener viva la memoria (246). Nunca se avanza sin memoria (249). Pero ni la venganza ni la impunidad resuelven nada (251-252). El perdón resulta así elemento insustituible de la arquitectura de la paz para no caer en una paz aparente (236). Para el Papa la clave es tener controlada la sed de venganza (241-242.251) a la que opondría el arma de la bondad (243) manteniendo la fe de que en los procesos sociales la unidad es superior al conflicto (245).

3. Claves para el encuentro

– Acercarse: no ver al otro o al problema del otro como desde lejos. Intentar acercarse, informarse, preguntar, hacer una idea antes de emitir un juicio. Se trata de mirar con humanidad lo que nos rodea.

– Acoger: lo que significa intentar dejar de lado prejuicios, estereotipos, ideas preconcebidas. Poner en cuarentena experiencias negativas y apoyarse en las que hayan salido mejor.

– Escuchar: antes de hablar, dejar que el otro hable. Escuchar implicativamente, como quien tiene interés en lo que escucha, no como quien oye llover. Tratar de escuchar sin que lo que escucha levante oleadas de indignación interior. Intentar mantener la calma ante lo que se oye y no se está de acuerdo.

– Ofrecer: hacer ofrenda de algo de uno mismo hacia el otro. Creer que sin ofrenda no es fácil encontrar vías comunes de convivencia. Ofrendar no quiere decir renunciar a lo que uno vive y siente; es poner un poco de lo tuyo en la “cesta” del otro.

– Creer: no quizá en el otro, porque eso cuesta mucho aunque esa “fe” es la verdadera esencia del encuentro. Pensar, al menos, que, aun estando en posiciones distintas, se puede tener una parte, siquiera pequeña, en común. Que se pueden encontrar lugares comunes de participación y tramos de camino compartidos.

– Salvarse: nos salvamos todos o no se salva nadie, dice el papa Francisco (FT 137). No ceder al “sálvese quien pueda” del individualismo y de quien se cree más fuerte. Desear el encuentro común que “salve” a todos, sobre todo a quien tiene menos posibilidad de participar en una salvación humanizadora.

4. Itinerario para el tiempo de Adviento:

· Semana 1ª (29 nov.6 dic.): fomentar los encuentros cercanos (comunidad, grupo de fe, parroquia, etc.). Tratar de ser mediación explícita de encuentro.

· Semana 2ª: (7-13 dic.): pensar cómo vamos a ser personas de encuentro con los cristianos que no piensan como nosotros, que no tienen la misma sensibilidad. Qué es lo importante y qué es lo relativo.

· Semana 3ª (14-20 dic.): pensar si puedo participar en algún encuentro ciudadano que me hable de mi ser pueblo con otros.

· Semana 4ª: (21-24 dic.): ver si puedo encontrarme con los lejanos, quienes cruzan el Mediterráneo. Mirar la página de Open Arms y sentirse interpelado.

 

Que el Adviento 2020 pueda ser un tiempo hermoso para vivir en el poliedro de la realidad y abrir caminos más anchos al encuentro de corazones, de caminos y de proyectos. Que la humanidad sea, por Jesús encarnado, un hogar para toda persona y la creación un casa común para toda creatura. Que nos encontremos con el Dios del encentro y con toda creatura en el encontradizo Jesús que anda por los caminos.

Fidel Aizpurúa

Fuente Fe Adulta:

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“La religión está más presente de lo que imaginamos cuando los ciudadanos votan”, por J. M. Castillo

Jueves, 7 de noviembre de 2019

hombre-con-camisa-votandoDe su blog Teología sin censura:

El mandamiento de Jesús a los creyentes es que se quieran tanto y de tal manera, que se les distinga del resto de los mortales

El que “acoge” (Mc 9, 37; Mt 18, 15), “recibe” (Mt 10, 40) o “escucha” (Lc 10, 16) a un ser humano, por más despreciable que nos parezca, en realidad es quien acoge, recibe y escucha es a Dios

Por más evidente que sea el creciente abandono de las prácticas religiosas en los países ricos e industrializados, es indudable que la religión sigue desempeñando un papel importante en acontecimientos que pueden ser decisivos para la vida y la convivencia de los ciudadanos. Por ejemplo, cuando se aproximan unas elecciones generales, como es el caso de lo que estamos viviendo actualmente en España.

Por supuesto, en la campaña electoral, no se suele mencionar el tema religioso. Pero es un hecho que la religión está más presente de lo que imaginamos cuando los ciudadanos depositan su voto en las urnas. La relación que cada partido político tiene con la religión es, sin duda alguna, más determinante de lo que seguramente imaginamos. Por la sencilla razón de que el hecho religioso está muy presente en la educación, en la cultura, en la ética y en tantos y tantos asuntos, que son determinantes en la vida y en la convivencia de la ciudadanía.

Por todo esto, aunque no se hable mucho de religión, el hecho es que la religión está más presente de lo que sospechamos en la campaña electoral. El problema está en que de religión habla todo el mundo. Pero de religión, a fondo y en serio, son pocos los que saben. Es como si, en medicina, todos nos pusiéramos a dictaminar lo que se debe o no se debe hacer.

Sea lo que sea, en toda esta cuestión, dado que en España (y en tantos otros países) el cristianismo, en sus diversas formas confesionales, está tan presente, me parece que es de suma importancia dejar muy claro un tema capital. Se trata de tener muy claro quién es cristiano y quién no lo es. Y conste que en esto entramos todos los que nos consideramos cristianos: católicos, protestantes, anglicanos, ortodoxos… A fin de cuentas y cada cual a su manera, todos los cristianos afirmamos que creemos en Cristo.

Pues bien, llegados a este punto capital, mi pregunta es muy simple. Pero tan simple como desconcertante es la respuesta. En efecto, según el Evangelio, cuando llegó el momento de la despedida definitiva de este mundo, Jesús les dijo a sus seguidores: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que vosotros también os améis unos a otros. En esto conocerán que sois mis discípulos, si tenéis amor unos a otros” (Jn 13, 33-35). O sea, según el mandato último y decisivo de Jesús a sus seguidores, aquello por lo que se les tiene que reconocer, como discípulos de lo que enseña el Evangelio, es que se quieran tanto y de tal manera, que se les distinga del resto de los mortales. No porque sean más religiosos que los demás, sino porque quieren a todo el mundo más que nadie.

Pero no es esto lo más importante. Lo más fuerte de todo es que Jesús, al dar este mandato a sus seguidores, les dijo que esto era “un mandamiento nuevo”. ¿Por qué “nuevo”? ¿En qué estaba la “novedad”? El primero de todos los mandamientos, según la Biblia, es el “amor a Dios”, que va unido al “amor al prójimo” (Mc 12, 28-34; Mt 22, 34-40; Lc 10, 25-28). Lo “nuevo” del mandato de Jesús está en que aquí ya desaparece incluso Dios. Y no queda nada más que el amor que nos tenemos unos a otros (Jean Zumstein, H. Thyen…). Es, en definitiva, lo mismo que Jesús vino a decir cuando explica el juicio final: “Tuve hambre y me disteis de comer…” (Mt 25, 35…).

¿Qué nos viene a decir esto? Los cristianos creemos en un Dios encarnado. Es decir, creemos en un Dios humanizado. A Dios no lo conocemos. Ni podemos conocerlo. Porque es el Trascendente. No está a nuestro alcance. Por eso, Dios “se vació de sí mismo… y se hizo como uno de tantos” (Flp 2, 7). Por eso, el que “acoge” (Mc 9, 37; Mt 18, 15), “recibe” (Mt 10, 40) o “escucha” (Lc 10, 16) a un ser humano, por más despreciable que nos parezca, en realidad es quien acoge, recibe y escucha es a Dios. Porque el Dios de los cristianos se ha fundido con cada ser humano y está en cada ser humano.

Cuando, en unas elecciones, votamos por un gobernante, ¿qué queremos? ¿Una sociedad gobernada por un triunfador que nos somete a quienes estamos divididos y enfrentados? ¿O preferimos una persona sabia que respete y proteja nuestros derechos en la mejor convivencia posible? Esta es la pregunta que tenemos que responder quienes decimos o creemos que somos cristianos.

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“Acoger a los pequeños”. 27 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10, 2-16)

Domingo, 7 de octubre de 2018

27_to_b-600x401Los fariseos plantean a Jesús una pregunta para ponerlo a prueba. Esta vez no es una cuestión sin importancia, sino un hecho que hace sufrir mucho a las mujeres de Galilea y es motivo de vivas discusiones entre los seguidores de diversas escuelas rabínicas: «¿Le es lícito al marido separarse de su mujer?».

No se trata del divorcio moderno que conocemos hoy, sino de la situación en que vivía la mujer judía dentro del matrimonio, controlado absolutamente por el varón. Según la Ley de Moisés, el marido podía romper el contrato matrimonial y expulsar de casa a su esposa. La mujer, por el contrario, sometida en todo al varón, no podía hacer lo mismo.

La respuesta de Jesús sorprende a todos. No entra en las discusiones de los rabinos. Invita a descubrir el proyecto original de Dios, que está por encima de leyes y normas. Esta ley «machista», en concreto, se ha impuesto en el pueblo judío por la dureza del corazón de los varones, que controlan a las mujeres y las someten a su voluntad.

Jesús ahonda en el misterio original del ser humano. Dios «los creó varón y mujer». Los dos han sido creados en igualdad. Dios no ha creado al varón con poder sobre la mujer. No ha creado a la mujer sometida al varón. Entre varones y mujeres no ha de haber dominación por parte de nadie.

Desde esta estructura original del ser humano, Jesús ofrece una visión del matrimonio que va más allá de todo lo establecido por la Ley. Mujeres y varones se unirán para «ser una sola carne» e iniciar una vida compartida en la mutua entrega, sin imposición ni sumisión.

Este proyecto matrimonial es para Jesús la suprema expresión del amor humano. El varón no tiene derecho alguno a controlar a la mujer como si fuera su dueño. La mujer no ha de aceptar vivir sometida al varón. Es Dios mismo quien los atrae a vivir unidos por un amor libre y gratuito. Jesús concluye de manera rotunda: «Lo que Dios unió que no lo separe el hombre».

Con esta posición, Jesús está destruyendo de raíz el fundamento del patriarcado bajo todas sus formas de control, sometimiento e imposición del varón sobre la mujer. No solo en el matrimonio, sino en cualquier institución civil o religiosa.

Hemos de escuchar el mensaje de Jesús. No es posible abrir caminos al reino de Dios y su justicia sin luchar activamente contra el patriarcado. ¿Cuándo reaccionaremos en la Iglesia con energía evangélica contra tanto abuso, violencia y agresión del varón sobre la mujer? ¿Cuándo defenderemos a la mujer de la «dureza de corazón» de los varones?

José Antonio Pagola

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La tragedia de la inmigración (Moceop).

Jueves, 22 de marzo de 2018

llegan_a_la_isla_italiana_de_lampedusa__inmigrantes_del_norte_de_frica_594116cc8be4f28c1e7469b17_gUn nuevo mazazo informativo nos ha sacudido a todos, por la noticia de la muerte de 20 inmigrantes en aguas de Melilla y la desaparición de otros 27. En total, 47 vidas humanas que se han perdido. La patera en la que viajaban zozobró y los cuerpos flotantes de 20 de ellos, fueron avistados por pasajeros de un buque que dio el aviso para que las autoridades los rescataran.

¿Hasta cuándo vamos a estar familiarizándonos con estos trágicos hechos que por desgracia tan a menudo suceden?

Desde MOCEOP denunciamos las políticas migratorias de la Unión Europea que provoca estas tragedias. Desde 1997 más de 6.000 personas han perdido la vida intentando llegar a Europa huyendo de las guerras, del hambre, de las enfermedades, de la miseria.

Un fenómeno que aumenta de manera alarmante. En 2016 llegaron a nuestro país 6979 personas. En 2017 fueron 20.757. Un aumento de un 197%.

Basta ya de tantas fronteras abiertas para el libre flujo de productos y capitales, pero cerradas para las personas.

Basta ya de concertinas que destrozan y matan, de vallas, de devoluciones en caliente por las que España ha sido condenada por el Tribunal europeo de Derechos Humanos…

Basta ya de unos CIES donde no se respetan los derechos humanos y donde han muerto ya 8 personas en dependencias de encierro y traslado forzoso y cuya responsabilidad recae sobre el Estado.

Como dice Francisco “Somos hijos de las migraciones y es una obligación ética acoger a las personas migrantes”… con carácter prioritario a quienes huyen de la guerra.

El arzobispo de Tánger Monseñor Agrelo dice: “No creo que haya nadie con capacidad moral de prohibir el paso al pobre”.

Apoyamos a Francisco en su mensaje anticipado con motivo de la Jornada mundial del migrante y del refugiado donde marca las líneas que debemos todos (autoridades y ciudadanos) fomentar con los que llegan a nuestros lugares, a nuestros pueblos, a nuestras ciudades:

ACOGER: que emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro, sin esos riesgos que a miles de ellos les supone la muerte. Se deben conceder visados por motivos humanitarios y de reagrupación familiar. Hay que activar políticas internacionales de asilo y refugio, replanteando las actuales. Apertura de corredores humanitarios…

PROTEGER: “toda una serie de acciones en defensa de los derechos y de la dignidad de los emigrantes y refugiados, independientemente de su estatus migratorio”.

PROMOVER: para que puedan realizarse como personas: derecho a un trabajo, a reagrupación familiar…

INTEGRAR: fomentar la cultura del encuentro intercultural… para enriquecimiento mutuo de las culturas…

Todo nuestro apoyo al papa Francisco y a los colectivos que trabajan desde hace años con los inmigrantes luchando por el reconocimiento de sus derechos y denunciando las injusticias que contra ellos se cometen.

Moceop (Movimiento por el celibato opcional)

9 de Febrero de 2018

Fuente Fe Adulta

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“Acoger a los pequeños”. 27 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,2-16)

Domingo, 4 de octubre de 2015

27-852863-300x198El episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.

Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.

Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.

Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.

La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.

El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.

El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde estos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.

José Antonio Pagola

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“Acoger a Dios”. 2º Domingo después de Navidad – B (Juan 1,1-18). 4 de enero 2015

Domingo, 4 de enero de 2015

08_2_Navidad_BJesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban «cerrados». Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: «Ojalá rasgaras el cielo y bajases».

Los primeros que escucharon el evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su Espíritu.

Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta. El amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.

Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús.

No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual, tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.

José Antonio Pagola

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