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7.9.25 Renunciar a todo. Ser Rey sin torre ni soldados (Lc 14, 28-33) DOM 23

domingo, 7 de septiembre de 2025
Comentarios desactivados en 7.9.25 Renunciar a todo. Ser Rey sin torre ni soldados (Lc 14, 28-33) DOM 23

Del blog de Xabier Pikaza:

Si un rey quiere declarar una guerra, si un rico quiere construir una torre han de empezar calculando los costes de la empresa, en clave de soldados y dinero. Pues bien, de un modo abrupto, rompiendo esa lógica, de tipo utilitario, Jesús afirma que, para ser discípulo suyo, en camino de Reino hay que renunciar a todos los bienes (cf. motivo de Lc 12, 33 y 18, 22). 

| X. Pikaza

Dinero y torre, ejército y guerra (Lc 14, 28-33)

 Éste es uno de los pasajes más significativos de la enseñanza de Jesús, centrado en el signo de la torre, que puede ser símbolo del templo de Jerusalén, y de un ejército como el de Roma o el del mismo rey Herodes el grande, vasallo de Roma, pero dueño también de un inmenso ejército.

Una torre se construye con dinero, y así acababa de ser reconstruida con la torre/templo de Jerusalén,  inmensa fortuna de Herodes eel Grande, el más famoso constructor de torres del oriente romano antiguo. Para construir una torre/templo como aquella hacía falta muchísimo dinero.

Un ejército para ganar guerras se forma con soldados, lo que exige también muchísimo dinero para alistarlos, formarlos, alimentarlos y dotarlos con armas pertinentes para ganar guerras. Jesús alude aquí, posiblemente al ejército de Herodes el Grande o quizá al del Rey/Emperador de Roma. No era fácil tener un ejército como el suyo, pero el emperador lo pagaba, lo entrenaba, lo tenía y ganaba así caso todas las guerras.

Pero Jesús no quiere construir una torre como la del templo de Jerusalén, ni tener un ejército como el Herodes o de Roma. Quiere algo mucho mayor, quiere el Reino de Dios… ¿Cómo lo conseguirá? ¿Cuánto dinero necesitará? Pues bien, cuando esperamos una respuesta hiperbólica. Millones de millones de dinero, cientos de miles de soldados…Jesús responde: ¡No necesito nada! No neceito tener, sino “no tener”. Tengo que desprenderme de todo y así, sin tener nada propio, para mí, sino dándole todo, podré abrir un camino de reino.

Lc 14, 25-33. Parábola de la torre,  ejercito y «reino»

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, si sale para combatir contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 28-33) [1].

 Comentario textual

La cuestión de fondo está en el paso de las dos primeras comparaciones, que son como premisas, en línea de cálculo económico-militar, a la tercera, que es la conclusión.

El oyente o lector está esperando también en el tercer momento un tipo de “crescendo” en la línea de los anteriores (más dinero, más soldados…), pues seguir a Jesús es más costoso y arriesgado que edificar una torre o ganar una guerra, que son sin duda empresas de gran coste; más costoso debería ser por tanto el seguimiento de Jesús, de modo que cada uno tendría qua calcular muy bien los bienes o medios que tiene para decidirse a favor de Jesús (de su Reino). Pero, de un modo sorprendente, rompiendo la lógica anterior, la tercera frase afirma que el seguimiento de Jesús no implica monetaria ni socialmente ningún coste, sino todo lo contrario: Abandonarlo todo,dejar los bienes (los medios económico-militares) y los honores, pues sólo así se puede seguir a Jesús.

El primer contraste lo ofrece el dinero de la torre, que puede entenderse como castillo de defensa o como ciudad amurallada frente a todos los peligros (pyrgos, Gen 11, 4: la torre de Babel). Quien pretenda construirla ha de sentarse y calcular los gastos… En cierto sentido, todos nosotros seguimos siendo constructores de torres, como sabe el relato de Babel. Cada uno la suya, todos juntos la gran torre de la cultura mundial capitalista, que sólo se puede edificar con muchísimo dinero. ¿Tenemos suficiente para edificarla?

El segundo es de tipo militar, y está representado por un rey que para ganar una guerra y ensanchar su imperio ha de sentarse y calcular si tiene soldados y medios suficientes para culminarla. Entre esos “reyes” estaban entonces los tetrarcas como el de Galilea (Herodes, Antipas) o el emperador de Roma (Augusto, Tiberio), siempre dispuestos a ensanchar su territorio,  siempre con dinero y con soldados.

‒ Pero, en tercer lugar, tras decir “de ese manera (houtôs)”, Jesús rompe el esquema y dice: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Los dos signos anteriores llevaban a pensar que  él iba a pedir un tercer gesto aún más activo que los anteriores. Una torre sólo pueden construirla hombres muy ricos.

Una guerra sólo pueden ganarla reyes o caudillos militares también ricos. Pues bien, en contra de eso, en este último caso, Jesús supera y rompe el plano de esas exigencias (dinero, soldados…), e invierte el proceso (la relación lógica entre causas y efectos), pidiendo a sus seguidores que renuncien a todos los bienes (a todo lo que tienen, con su mismo honor personal o de grupo) para así seguirle.

 Del plano de los ricos (hacedores de torres) y los reyes (promotores de guerras) Jesús nos lleva al plano de la vida concreta, de todos: El Reino de Dios no es cuestión de ricos o de reyes, ni de personas de honor, sino de los que son capaces de desprenderse de todo.

Este cambio de plano respecto de los modelos anteriores marca la novedad de su proyecto. Todos los principios precedentes cesan, tanto en un plano militar como económico. No se trata de construir una torre, ni de ganar una guerra, sino de vivir plenamente en gratuidad, superando un tipo de poder y de tener (construir torres y ganar batallas para descubrir la gratuidad de la vida, en línea de comunión humana, desde los más pobres, superando una carrera de méritos, honores o riquezas.

Jesús no pone ninguna condición (riqueza o poder, honor, conocimiento o nobleza…), sino una: Renunciar a todos las posesiones (pasin tois yparkhousin), a todas las cosas (propiedades), todos los honores que uno tiene y que le tienen. No hay que hacer ni poseer nada especial, sino vivir en gratuidad, recibiendo gratuitamente el Reino [2].

Enseñanza para la iglesia del siglo XXI. Renuncia a todas las torres

   Para proponer e iniciar su «guerra de paz», en forma de transformación gratuita de, la vida, Jesús utilizó  un lenguaje fuerte de espada que se planta en la tierra, de fuego que se enciende en amor, a diferencia de Mahoma, que rechazó el mensaje y proyecto de los cristianos, porque Jesús no había vencido a sus “adversarios”, ni había tomado Jerusalén por armas. Jesús empezó diciendo a los hombres y mujeres  especialmente a los más amenazados:

Renuncia a toda posesión, no construyas ninguna torre de defensa, no busques ningún ejército que te defienda, Acéptate como eres,  quiérete a ti mismo y quiere a los demás como te quieres, de forma que ellos vivan en ti y tú en ellos, desde el Dios que es amor (cf. Lev 19, 18; Mc 12, 28-32; Rom 13, 8-9 par). Vive, espera, ama, descubre en tu existencia la gracia del Dios-Amor, amando a los demás como te amas a ti mismo, para que vivas y viváis  en comunión, resucitando  unos en otros.

 De esa forma vincula Jesús los tres  amores (a Dios, a sí mismo y a los otros), insistiendo de un modo especial en los otros. Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12, 31 par, Rom 13, 8-9).Con este proyecto y compromiso subió a Jerusalén para ofrecer la «alternativa» de su gracia, es decir, su evangelio.

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“Anticampaña electoral”. Domingo 23 ciclo C

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quedase completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

El problema

            El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús. La mayoría no son discípulos, sino simples interesados, en busca de un milagro o una enseñanza. Es lógico que alguno desease unirse más estrechamente al grupo de Jesús. Él, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 

            En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

Dijo a sus padres: No os hago caso;
a sus hermanos: No os reconozco;
a sus hijos: No os conozco.
Cumplieron tus mandatos
y guardaron tu alianza.

(Deuteronomio 33,9)

            Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

            En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

            Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.

            Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

            La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

            El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

            Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento. «Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo.»

¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

            ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Lo mismo vosotros.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

            El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

            A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al rico: Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme. Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

            Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

                957Mientras iban de camino, uno le dijo:

            ‒ Te seguiré adonde vayas.

                58Jesús le contestó:

            ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

                59A otro le dijo:

            ‒ Sígueme.

            Le contestó:

            ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

                60Le replicó:

            ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

                61Otro le dijo:

            ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

                62Jesús le replicó:

            ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

            En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

            El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

            Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente tuvieron que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, cuando los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús suponía en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

            Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

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XXIII Domingo Ordinario. 7 septiembre, 2025

domingo, 7 de septiembre de 2025
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“Le seguía una gran multitud. Él se volvió y les dijo:…”

(Lc 14, 25-33)

Renunciar, no está de moda, ni mucho menos. Es una palabra que no resuena bien en nuestro interior y por tanto no la utilizamos en nuestras conversaciones. Parece que el hecho de renunciar a algo es similar a perder la libertad, esa que te permite hacer lo que quieres, sientes o piensas. Sin embargo cada día hacemos renuncias, aunque no pongamos atención en ellas o no las consideremos importantes. De hecho, por aquello de que todo el mundo lo hace, nos conformamos con seguir inercias que nos vacían o nos hieren profundamente. Lo diferente asusta, llama la atención, crea crítica y provoca nerviosismo….

Pero Jesús nos habla de renuncia en el Evangelio. No lo dice de pasada, se detiene, se vuelve a quienes le siguen, hacia quienes le queremos seguir, y, con claridad, explica lo que significa el seguimiento. Habla a mucha gente y no se deja seducir por los números, no pone “paños calientes” a la multitud. Invita a cambiar sus esquemas y a tomar una decisión, a re-enunciar, o re-elaborar, o re-pensar las relaciones, la  propia vida, las posesiones… para poder ser discípulo o discípula en verdad y autenticidad.

Llama la atención cómo este texto tan incisivo llega hasta nuestros días, a nuestra cultura, fresco como una lechuga; lo entendemos perfectamente, no hacen falta interpretaciones. Lo que sí hace falta es tomar esa decisión que te hace doblar la espalda para tomar la propia miseria, y con ella, ponerse en camino.

El primer paso es desearlo:

¿Quieres ser discípula de Jesús? ¿Reorientar tu vida, tus afectos, tus bienes tu todo hacia su Todo?

Oración

Para este camino una oración de la Madre Teresa de Calcuta:

Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser amada,
del deseo de ser alabada,
del deseo de ser honrada,
del deseo de ser venerada,
del deseo de ser preferida,
del deseo de ser consultada,
del deseo de ser aprobada,
del deseo de ser popular,
del temor a ser humillada,
del temor de ser despreciada,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniada,
del temor de ser olvidada,
del temor de ser ofendida,
del temor de ser ridiculizada,
del temor de ser acusada…

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El mensaje no va dirigido a la razón.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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DOMINGO 23 (C)

Lc 14,25-33

Ningún lenguaje sobre Dios podemos entenderlo al pie de la letra. Jesús nunca se predicó a sí mismo. Su oferta fue el Reino de Dios. En los relatos de hoy podemos apreciar, con toda claridad, que ya se ha dado el paso del Jesús que predica al Cristo predicado. Hoy estamos en condiciones de revertir este paso equivocado y atender al mensaje de Jesús.

1.- Posponer a la familia. Es un lenguaje que sigue considerando a Dios (a Jesús divinizado) como un Ser separado, sujeto de acciones y pasiones como los humanos. Dios no es un ser que ama a la manera humana, ni alguien a quien podemos amar como amamos a una madre. Son realidades distintas que no se oponen ni se interfieren.

Un auténtico amor a la familia me llevaría al amor de Dios. Y un verdadero amor a Dios me llevaría a amar más y mejor a mis familiares. La propuesta del evangelio, tal como está planteada, nos llevaría a la esquizofrenia absoluta. Debemos amar a la familia con toda el alma, con tal de que ese amor no sea la manifestación de un egoísmo amplificado.

2.- Cargar con la cruz. Hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de una condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Esta frase refleja el sentido que los primeros cristianos dieron a la cruz de Jesús. No es nada probable que pudiera ser dicha por Jesús.

La frase está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús todo lo que pueda impedirlo, hay que superarlo. Cuando se escribió este evangelio, la comunidad llevaba ya décadas afrontando la oposición del judaísmo y del imperio.

3.- Renunciar a todos sus bienes. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos pensando en renuncia, no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro ser.

Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran lo que tenían a disposición de todos. No se tiraban por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos, pero hecho con plena libertad.

Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo, puede ser causa de miseria para otros.

Sobre las dos parábolas. Si me pongo a construir o declaro la guerra a otro y no calculo bien mis fuerzas, está claro que el que va a salir perdiendo soy yo. No solo no conseguiré el objetivo, sino que perderé todo lo que he empleado en el intento. Los cristianos nos hemos conformado con rodar por la pista sin levantar el vuelo nunca.

Lo que propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. No tenemos más remedio que elegir; si no lo hacemos, ya hemos elegido.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pero si la sal se vuelve insípida.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Lc 14, 25-33

«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos … e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío»

Jesús no se lanza a los caminos de Galilea para conseguir la raquítica salvación de media docena de perfectos, sino para cambiar el mundo. Aspira a una humanidad de Hijos que se realice amándose como hermanos, y eso no se logra con gente tibia, sino con personas comprometidas que tiren para adelante sin mirar lo que dejan atrás. No pide otra cosa que lo que él ya ha aceptado en grado superlativo, y esto da a su propuesta un valor especial.

Los primeros cristianos, unidos por la fe en Jesús resucitado y animados por el Espíritu, tienen conciencia clara de que su tarea misionera es fruto de la voluntad expresa de Jesús y la desarrollan con arrojo y valentía. Y es tal la fuerza con que lo hacen, que despiertan el recelo de las autoridades y llegan las persecuciones. Pero a pesar de ello forman comunidades fértiles que contagian su modo convincente de vivir; primero a los ciudadanos de Jerusalén, luego a los de Samaría y finalmente a todo el Oriente Medio.

Pedro y Pablo establecen las primeras comunidades cristianas en Roma. Cuando ambos reciben martirio sobre el año 67, esas comunidades se enfrentan al reto de continuar adelante sin su magisterio y en medio de atroces persecuciones que se desatan contra ellos. Pero es tal su determinación y compromiso, que los criterios de Jesús se van introduciendo en la sociedad romana empapando todos sus estratos sociales. Solemos pensar que la evangelización de Roma es fruto del edicto de Milán promulgado por Constantino, pero es justo al revés. Primero es la evangelización, y es Constantino quien la aprovecha para cohesionar la sociedad en torno a ella.

Por tanto, gracias a su compromiso con la misión, aquel puñado de seguidores de Jesús que la abraza tras su muerte, se multiplica de tal forma que al final del siglo tercero hay cristianos por todos los rincones del mundo; y no sólo dentro del Imperio, sino también en la Alta Mesopotamia, Edesa, Persia y Armenia. Y lo que esto significa es que la Palabra de Jesús, la sabiduría de Dios, es está extendiendo por todo el mundo tal como lo había pedido Jesús.

¿Pero cuáles son las causas de esta rápida conversión?…

Ante todo porque su espíritu misionero les mueve a proclamar el evangelio por todo el mundo, pero también, porque el modo de vida que ofrecen los cristianos, más interior y con una elevada moral, atrae a la gente honrada y piadosa. Así mismo, la aceptación de las clases bajas y los esclavos a los que devuelve la dignidad de personas humanas, juega un papel muy importante en este proceso. De esta forma, poco a poco el cristianismo se va convirtiendo en una alternativa a la forma de pensar y vivir de la sociedad grecorromana, las ideas básicas del cristianismo van influyendo cada vez más fuera de los círculos cristianos, y llega un momento en el que las actitudes cristianas son consideradas lo “correcto”, en detrimento de las costumbres paganas…

Y hoy nos enfrentamos a una situación similar a aquella: una sociedad imbuida de criterios mundanos que provoca injusticia, desigualdad y opresión, y una minoría de seguidores de Jesús viviendo en su seno. Pero hay varias diferencias con aquellos primeros cristianos. La primera, que ellos se veían a sí mismos como enviados por Jesús con su misma misión (proclamar el Reino), y en la actualidad la misión sólo es abrazada por una minoría de cristianos, ignorada por la mayoría y denostada por las “vanguardias”.

La segunda, que a pesar de ser minoría y vivir en un ambiente hostil fruto de una cultura radicalmente opuesta a la suya, aquellos cristianos no se dejaron absorber por la mayoría y fueron sal y fueron luz, mientras que nosotros nos hemos mimetizado de tal modo con la cultura dominante, que hemos hecho el milagro de compatibilizar el cristianismo con la sociedad de consumo. Parafraseando el evangelio, hemos hecho el milagro de hacer pasar el camello por el ojo de la aguja.

Ni somos sal ni somos luz, pero en general vivimos mucho más confortablemente que aquellos cristianos a los que debemos que Jesús haya llegado hasta nosotros. No van a tener la misma suerte nuestros nietos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¿A qué estoy dispuesto/a a renunciar?

domingo, 7 de septiembre de 2025
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DOMINGO 23º T.O. (C)

Lc 14,25-33

Mucha gente va acompañando a Jesús en su camino hacia Jerusalén. Ayer como hoy, para evitar entusiasmos facilones, superficiales, nos invita a dejar la ley del cumplimiento, ir más allá de normas y preceptos que hemos observado siempre, para entrar en la dinámica del auténtico seguimiento. Solo en ese contexto podemos entender las exigencias que Jesús nos propone: preferirle a él, tomar la cruz y renunciar a los bienes, que se resumen en una sola: total disponibilidad. Un camino que no termina nunca y en el que es necesario dejar todo tipo de méritos, servidumbres, para depender solo de Dios, llevarle como la única pertenencia.

Jesús no se dirige a unos pocos, hoy, tal vez cristianos bautizados, sino a una multitud que le sigue, pero lo hace personalmente: “Si alguno/a se viene conmigo…” porque la respuesta en todo caso es personal, adulta. El cristiano no se define como una persona que ha optado por una ideología, una doctrina, unos principios, ni siquiera por un comportamiento ético. Cristiano/a es el que sigue a Jesús prefiriéndole a todo lo demás. Sin esa disponibilidad no puede haber auténtico seguimiento. Es una decisión personal que puede ser tímida, ambigua, con reservas al comienzo, pero seguirá fortaleciéndose en la medida en que me deje cautivar por el amor incondicional de Jesús.

La clave de esa primera exigencia está en la frase “incluso a sí mismo/a”, porque ese amor puede ser una trampa que nos lleva al más puro egoísmo. El seguir a Jesús está basado en el amor, pero no tiene por qué estar reñido con el amor al padre, a la madre, a la familia… Sería algo absurdo y mal planteado. Seguirle implica amar más y mejor a nuestros seres queridos, a las personas cercanas y aun lejanas, como comunidad fraterna que somos.

Otra cosa es que el seguimiento provoque en los familiares o en nuestro entorno relacional, oposición y rechazo como le ocurrió al mismo Jesús. Aunque es sabido que el rechazo que padeció Jesús estuvo mucho más vinculado a los dirigentes políticos y religiosos que a la familia. Si alguien te quiere apartar de tu verdadero ser, de tus convicciones más genuinas, está claro que no se puede ceder ante ese ‘amor’ o autoridad mal entendida y engañosa. De ahí viene la cruz, las cruces que cada día se nos muestran ante nuestros ojos.

En Gaza no solo hay una emergencia humanitaria, hay un colapso humano total. Hay hambre, sed y trauma colectivo. Hay familias atrapadas entre los escombros de su propia historia, buscando a tientas la dignidad que Israel y una comunidad internacional inerte les ha negado. Lo que ocurre no es una catástrofe natural, ni una consecuencia inevitable de un conflicto: es el resultado de la violencia extrema ejercida por Israel sobre la población palestina y el resultado de decisiones políticas sostenidas que impiden deliberadamente la supervivencia de una población entera” (Informe UNRWA)

En un mundo injusto con un orden mundial establecido de acuerdo con los intereses de las grandes potencias y en contra de la mayoría de los países pobres, el mensaje de Jesús provoca rechazo, división y persecución. De ahí el pasar como él por la agonía y la cruz.

Alcanzamos la plenitud cuando somos capaces de desplegar el amor auténticamente humano, sin limitaciones, sin condicionamientos egoístas. La cruz simboliza todas las dificultades y obstáculos, personales y comunitarios, que vamos a encontrar en el camino del seguimiento.

En cuanto a la renuncia de los bienes, hay que recordar que los que entraban a formar parte de la comunidad ponían en común los bienes que tenían. Se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en ella no hubiera necesidad, pobres ni ricos (Hch 4,32-36).

Quienes hemos tenido/tenemos la suerte de pertenecer a una comunidad cristiana hemos vivido esa rica y fecunda experiencia. Pero también en otros grupos o asociaciones. Hoy día no es fácil llevar a la práctica esa vivencia. En todo caso, es evidente que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Lo que yo poseo en demasía es causa de pobreza y miseria para otros/as.

Debemos tener en cuenta también que el seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, en un sacrificio, en algo negativo como se ha insistido tantas veces. Es una oferta de plenitud, de gozo. Se trata de elegir lo mejor para mí, para los hermanos/as. Aceptar con alegría los riesgos y las exigencias que se derivan de ese seguimiento, exigencia de mi/nuestro verdadero ser. La profunda experiencia interior que vivió Jesús le impulsó a practicar un despliegue de libertad y de humanidad que toda persona puede realizar. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación.

En definitiva, ¿a qué estoy dispuesto/a a renunciar? ¿Qué experiencia de liberación gozosa, fecunda, comprometida, verdadera, estoy viviendo como cristiano/a?

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

 Fuente Fe Adulta

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El lugar de la renuncia.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 7 septiembre 2025

Lc 14, 25-33

Insistir en la renuncia por la renuncia, aun con la mejor voluntad, introduce en el dolorismo, actitud que considera el dolor bueno y valioso por sí mismo, dando lugar a planteamientos y comportamientos desajustados que, antes o después, terminarán pasando factura, tal como recuerda el conocido dicho: quien se empeña en vivir como un ángel, termina comportándose como una bestia.

La renuncia solo tiene sentido cuando se vive en función de un bien mayor. El propio Jesús lo plantea así en la parábola del tesoro escondido. Solo porque ha encontrado un gran tesoro, el labrador es capaz de desprenderse de todo lo que posee, con tal de hacerse con él. Y lo hace -subraya Jesús- “lleno de alegría”.

Quien así renuncia a algo no tiene los ojos puestos en la renuncia misma ni pretende dar una imagen “ideal” de sí. Se siente sostenido, fortalecido y dinamizado por el tesoro que ha descubierto y que, sin embargo, vive en todo momento como un regalo. Esto no significa que la renuncia no le resulte costosa, pero la vive con limpieza porque se halla anclado en el lugar adecuado.

Grande tiene que ser el tesoro del que habla Jesús en esta parábola para que alguien esté dispuesto a renunciar a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos… e incluso a sí mismo. ¿Qué tesoro es ese? Jesús lo nombra como “ser discípulo” suyo. Si se entiende bien, tal expresión no tiene que ver con la imitación ni con el seguimiento, tal como habitualmente se ha entendido. “Ser discípulo” significa llegar a ese “lugar” donde está Jesús, donde es posible ver el tesoro que somos y vivirnos desde él. El mayor tesoro no es otro que comprender experiencialmente lo que somos. Cuando esto se comprende, cesa el sufrimiento, se accede a la libertad completa y la vida se convierte en gozo profundo.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Quién conoce el designio de Dios? ¿La vida tiene sentido?

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.09.2025

01.- La vida es un misterio.

La primera lectura de hoy -tomada del libro de la Sabiduría- nos lanza un misil a la línea de flotación de la existencia humana:

¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? ¿Quién puede descifrar el misterio de la existencia humana? ¿Quién puede conocer el sentido de la vida, si es que tiene algún sentido? ¿Quién puede conocer lo que nos aguarda en la vida?

Con otro lenguaje y otras preocupaciones estas preguntas se plantean hoy en la consulta del psiquiatra: ¿Qué sentido la vida? ¿Por qué no tengo ganas de seguir viviendo?

        Son las grandes cuestiones del ser humano: ¿Quién puede conocer de dónde viene y a dónde va todo esto que nos traemos entre manos?

        El ser humano por sí mismo no tiene respuesta a esta gran cuestión de la vida. Es cierto que la psiquiatría, la medicina, la psicología se esfuerzan con buena voluntad por responder a estas cuestiones pero sin lograrlo.

        El ser humano no tiene la respuesta a las últimas cuestiones de la existencia.

02.- ¿Conocer?

        Nosotros, ciudadanos de Occidente, somos hijos de la Ilustración del siglo XVIII, que propuso la razón como la única forma de conocer y de vivir. Por eso nosotros, occidentales europeos tenemos un “Windows” instalado que nos dice que todo se resuelve con la ciencia; de ahí que confiemos y recurramos apasionadamente a los científicos, a la Universidad, a la tecnología…

        Creemos que podemos (o podremos en el futuro) conocerlo y solucionarlo todo con la inteligencia, quizás ahora con la inteligencia artificial. Sin embargo la ciencia y los logros científicos no desvelan (no revelan) el horizonte de nuestra vida, ni la ética o valores.

El ser humano, la ciencia no tienen la respuesta al misterio de la vida, de la existencia humana.

Somos un misterio para nosotros mismos.

03.- Recurramos a la Sabiduría.

        No es lo mismo conocer que saber.

        Estamos comenzando el curso escolar. Los niños y jóvenes acudirán a las aulas y recibirán un montón de información y conocimientos, pero probablemente no recibirán mucha sabiduría.

Y unos planes de educación, una universidad que se limite a transmitir meros conocimientos es como un almacén de datos, pero sin sabiduría. La Universidad debiera responder a la “universalidad” de los problemas de la sociedad y momento en que viven.

        Los conocimientos son necesarios, pero no son suficientes.

        Sabiduría viene de sabor, saber, saborear, sabroso, saber vivir. Y eso no lo da la ciencia. No es lo mismo conocer que la sabiduría del saber vivir.

        Nos hemos reducido a cultivar la razón, la ciencia, pero no la sabiduría, la confianza, la fe. Y lo que es peor nos reímos y descartamos de la vida y de la educación el pensamiento, la sabiduría.

Con alguna “retranca” decía el científico del Centro de Investigaciones científicas de Madrid que hace unos años pronunció la de la lección inaugural del curso de la  Facultad de Teología de Vitoria, que entre los científicos algunos piensan…

Uno puede tener muchos datos y conocimientos y no tener sabiduría, no sabe vivir.

El hombre rural, incluso el hombre primitivo estaba mejor dotado para esta cuestión del misterio y sentido de la vida, que el científico de bata blanca del parque tecnológico de Aiete.

        Por otra parte, la verdad la hemos reducido a la ciencia, es verdad lo que dice la ciencia, y la ciencia se ha convertido en tecnología y la tecnología se vende en el supermercado de la esquina.

04.- ¿Quién rastreará lo que está en el cielo?

        ¿Quién será capaz de mostrar el sentido de la vida?

En el País Vasco hay un suicidio cada dos días. Los trastornos mentales de ansiedad y depresión van aumentando notablemente.

        ¿Quién podrá responder a esta cuestión?

        La medicina y la psiquiatría hacen lo que pueden y bien hecho está. Pero no es lo mismo estar sedado, dormido, que estar en paz.

¿Quién conocerá el designio de Dios? ¿Quién sabe cómo camina y termina la vida? No el que conoce, sino el que confía y tiene sabiduría.

        Los grandes convencimientos existenciales no nos vienen por vía científica, sino por el corazón, la cercanía, la confianza (fe), la serenidad.

En unos de los cursos de verano de la EHU decía el neurólogo José F Martí Massó, que la salida al problema de la depresión, ansiedad, intentos de suicidio, etc. se basa en tres puntales: la farmacopea, la logoterapia y alguna apertura (confianza) al misterio (alguna fe)…

Vivir es un acto de confianza.

Lo inicial es la experiencia de fe: la acogida libre del evangelio en nuestras vidas, lo cual es un descubrimiento de algo bueno.

Como cristianos nuestra vida descansa en el Señor. Cuando uno reposa su vida en Cristo halla una paz inmensa en la profundidad de su alma.

Esta honda serenidad no proviene de la farmacia, del sedante, ni tan siquiera del último chascarrillo eclesiástico del obispado. La confianza y serenidad tampoco brotan de lo que se rumorea en los “aledaños del templo”, ni en el cumplimiento de los ritos o leyes, sino que es fruto del encuentro con quien es el fundamento de nuestra existencia, con JesuCristo.

En este momento cultural en el que todo es light, mediocre, blando, líquido, fácil, narcotizado, relativo y casi todo da igual, nos hace bien saber -sabiduría- que el designio, el sentido de la vida es Dios.

Descubramos en nuestra vida la razón por la que vale la pena vivir.

Esta semana celebrábamos el día de San Agustín. Termino con aquello que decía este santo: Nuestro corazón está inquieto, Señor, y solamente descansará cuando te encuentre.

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“ La radicalidad del discipulado es para todos y todas”, por Consuelo Vélez

domingo, 7 de septiembre de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Domingo XXIII del TO 7-09-2025.

Tradicionalmente el discipulado se reservaba a la vida consagrada. Actualmente entendemos que es una llamada para todos y todas

La vocación cristiana se ofrece a todos y cada uno responde desde su estilo particular de vida, pero, con la misma radicalidad

El centro del reino está en las personas, no en las cosas, en la dignidad humana y no en la cosificación de las relaciones, en el compartir y no en el acaparamiento de todo para sí mismo

 

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:

+ «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

(Lc 14, 25-33).

El evangelio de hoy se refiere a la llamada al discipulado y las implicaciones que tiene. Pero tengamos en cuenta lo siguiente. Tradicionalmente, hablar de discipulado era referirse a la vida consagrada o ministerial. En la actualidad hemos entendido que todo cristiano, por su bautismo, está llamado al seguimiento de Jesús, al discipulado. Precisamente, en la Conferencia de Aparecida, celebrada en 2007, ese fue el lema: “Todos discípulos/as misioneros/as” y, con el sínodo de la sinodalidad, se ha seguido impulsado la llamada a la vida cristiana como una vocación que se ofrece a todos y cada uno responde desde su estilo particular de vida, pero, con la misma radicalidad.

En este sentido, el texto de Lucas, comienza diciendo que mucha gente seguía a Jesús y él se dirigió a ellos para proponerles este discipulado. Aquí también conviene hacer una aclaración. No se han de tomar las afirmaciones de Jesús de manera literal, aunque así se han tomado en el contexto de la vida religiosa y, por muchos años, la separación de la familia era total, ni se iba al funeral de los padres y, todavía algunas comunidades, lo viven así. Respetable como cada grupo lo quiera vivir, pero centrándonos en el evangelio, el énfasis no está en las palabras literales sino en la absolutez del reino frente a todo lo demás. Sin duda, la propuesta de Jesús es contracultural, en muchos sentidos y, por eso, resulta difícil de comprender y, por supuesto, de vivir.

Con respecto a la familia no es tanto dejarla o no, sino entender que la familia del reino no se basa en los lazos de sangre sino en la comunidad que se forma con el seguimiento de Jesús. Algo parecido habría que decir de la cruz. No significa que el seguimiento suponga sacrificios y mortificaciones creyendo que esa es la cruz que Jesús nos pide. Cargar la cruz de Jesús es saber que la fidelidad a los valores del reino, trae conflicto y persecución y, quien sigue a Jesús, está abocado a vivir esa misma cruz.

El discipulado implica a toda la persona y Jesús lo plantea con claridad. Por eso pone dos ejemplos: un hombre que quiere construir una torre y ha de calcular si puede terminarla y el rey que va a emprender una batalla y ha de saber si cuanta con el ejército suficiente para ganarla. Así, hemos de tomar conciencia de nuestras propias fuerzas para vivir el discipulado. Este implica a toda la persona y supone correr la misma suerte de Jesús. Por esto conviene preguntarnos: ¿estamos dispuestos a ello?El evangelio concluye con la llamada a renunciar a todos los bienes para ser discípulo de Jesús. Ya hemos comentado en otros pasajes bíblicos que las riquezas siempre constituyen un impedimento para el seguimiento porque el centro del reino está en las personas, no en las cosas, en la dignidad humana y no en la cosificación de las relaciones, en el compartir y no en el acaparamiento de todo para sí mismo. Esta fue la vida que intentaron vivir los primeros cristianos y a la que Jesús nos sigue invitando. Que nuestra generosidad nos permita dar una respuesta positiva, sabiendo que el reino siempre será nuestra mejor ganancia.

(Foto tomada de: https://pnuestrasenoradetorcoroma.arquibogota.org.co/centro-de-informacion/articulos/hemos-encontrado-al-mesias)

 

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“ Más grande – San Lucas 14, 25-33 – ”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Una gran multitud seguía a Jesús.

Todavía hoy, en teoría.

Un poco por convicción, un poco por costumbre, un poco porque nunca se sabe y, en definitiva, el cristianismo tiene en sí mismo una buena dosis de credibilidad. Y además, qué tierno es Jesús. Y un poco así nos lo han enseñado siempre. Y luego, en el fondo, es cómodo.

Es difícil pensar en las cosas de Dios, como ya señala el autor del texto de la Sabiduría, único libro de la Biblia que intenta utilizar un lenguaje y un razonamiento que atraigan a los griegos, los ciudadanos del mundo de la época.

Difícil porque, según una magnífica imagen el cuerpo pesa sobre el alma.

Así que, ¡viva si alguien nos lo resume! Si otros han reflexionado antes que nosotros. Si no tenemos que esforzarnos demasiado por buscar a Dios y nos lo ofrecen ya precocido y masticado.

Jesús es simpático. Además, de vez en cuando cura. Y, en definitiva, poco exigente, ¿qué es eso comparado con el mes de ayuno (tomado en serio) de los musulmanes?

En fin, está bien. Somos cristianos. Bastante, en fin.

Luego Jesús se vuelve hacia la multitud numerosa. Y habla.

Explica lo que quiere decir cuando dice que ha venido a traer el fuego a la tierra.

Lo que significa convertirse en discípulo de alguien como Él. 

Más

Seguir el fuego significa encenderse de amor. Seguir a alguien como Él, dispuesto a entregarse totalmente, a recorrer los cuatro confines de la tierra para contar con palabras y con la vida quién es realmente Dios, significa pasar página, subir a una cima.

Entonces Jesús pide, atrévete. Jesús pide ser amado más.

Pide ser amado porque existe el amor, que todos conocemos, que es epifanía divina, que es experiencia totalizadora y conmovedora de Dios reflejado en las personas y en las situaciones. Y existe un amor más grande, el de dar la vida. El que Jesús nos ha revelado. Y que en Él podemos experimentar.

Es exigente, sí, e incluso presuntuoso, el Señor. Pero porque puede cumplir lo que promete.

Él puede amar más. Puede dar un amor más grande. 

Más grande que el amor más grande que hemos vivido o que jamás podremos experimentar.

Jesús pide porque Él es el primero en dar.

No hay lugar para los tibios. Ni para los superficiales. Ni para los calculadores.

No hay balanza para pesar lo que damos para poder exigir a Dios a cambio, con el Señor.

He aquí que algunos, entre los muchos que le siguen, bajan la mirada, se detienen. No bromeemos. 

La propia cruz

Seguir a Jesús significa llevar la propia cruz.

Y aquí nos tranquilizamos. Víctimas como somos de todas las desgracias, penitentes silenciosos y rechazados, santos in pectore resignados a sufrir como Jesús nos pide…

Hijos de una espiritualidad crucificada, autolesiva, llorosa. Tan felizmente detenidos en el Viernes Santo que casi nos olvidamos de la Pascua. Hijos de la cruz más que del crucificado resucitado.

Solo que no hemos entendido nada de lo que dice Jesús. Nada.

Acaba de hablar de amor. De un amor más grande. Para recibir y devolver.

El amor tiene que ver con la cruz. Es decir, con la entrega total de uno mismo.

El primero en hablar de ello es Marcos (Mc 8, 34-35) cuando, en Cafarnaúm, Jesús explica cómo será el Mesías. Está dispuesto a morir antes que renegar del rostro del Padre. Antes que cambiar de opinión. Y así será.

Entonces pide a los discípulos que también estén dispuestos a seguirlo en esta tarea tan exigente, incluso a costa de su propia muerte.

Esta es la cruz que hay que tomar: el testimonio del rostro del Padre, incluso a costa de la propia vida.

Seguir el fuego, al Amado, significa acercarse al testimonio radical de la entrega de sí mismo.

Por lo tanto Dios no envía cruces. Nunca.

Y, si hubiera podido, Jesús mismo habría evitado gustosamente ese testimonio definitivo y trágico.

Nosotros nos damos las cruces unos a otros, con nuestras vueltas de cabeza, nuestras paranoias, nuestros victimismos. La cruz no es una desgracia aceptada que hace feliz a Dios. Dios no ama el sufrimiento. Nunca.

Si la vida nos pone ante un testimonio de dolor, hay que superarlo, no idolatrarlo.

¡No nos levantemos cada mañana felices de lijar la cruz pensando que alegramos a Dios!

El nuestro es un Dios feliz que nos quiere felices. Y que nos deja libres. Y el amor, al darse, se olvida de sí mismo, se convierte en sacrificio, es decir, ‘sacrum facere’, hace sagrado algo.

Te amo incluso cuando me ignoras o me desprecias, amo a mi hijo recién nacido aunque no me deje dormir. Y ese biberón que preparo en plena noche me pesa, me cuesta, pero lo hago de todos modos, se convierte en un hacer sagrado. 

Hacer cuentas

Las palabras son meridianamente claras, evidentes. Toca… hacer cuentas.

Una religiosidad que se agota en cuatro buenas palabras, en alguna celebración distraída, en una actitud religiosa que se agota ante la primera dificultad, no es el fuego del que habla Jesús.

Hacer cuentas, porque seguir a alguien así significa dar un vuelco a la vida, convertirse de verdad o, al menos, desearlo.

Y estos tiempos amargos están tamizando nuestros corazones. Haciéndonos comprender si estamos siguiendo la lógica conflictiva del mundo o la revolución suave traída por Jesús. 

Sed realistas, pedid lo imposible, como escribía Albert Camus.

Y Jesús, ese loco presuntuoso, se atreve al más difícil todavía, a lo imposible.

Es hermoso amar, ser amado, tener afectos y disfrutar de las alegrías legítimas.

Sin embargo, Jesús es más. Más que la mayor alegría que hemos vivido y que jamás viviremos. 

Cambios

Al hacerlo, nuestra vida, a partir de ahora, cambia de perspectiva.

Poner la búsqueda de todo, la búsqueda de Dios en el centro de nuestra vida nos convierte en personas nuevas.

Filemón, simpático cristiano de los primeros tiempos, a quien Pablo envía una nota acompañando a un esclavo que se había refugiado en casa del Apóstol, sabe algo de esto.

Pablo invita a Filemón a salir de la lógica de este mundo, amo-esclavo, para entrar en la lógica del Reino, hermano-hermano. Pablo no lo sabe, pero en esta pequeña nota planta la semilla que se convertirá en el árbol de la abolición de la esclavitud.

Busquemos a Dios, entonces.

No al Dios pequeño de nuestros miedos, de nuestros delirios, de nuestras obsesiones.

El Dios del sentido común, de la religiosidad popular que no cambia la vida, el que bendice nuestras ideas.

Sino el Dios magnífico y soberano del Señor Jesús.

Más grande que la mayor alegría que somos capaces de vivir.

Descubriéndonos amados.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 7 de septiembre de 2025.

1.- El amor por Jesús que ofrece la vida plena.

2.- Renunciar a lo que nos impide volar.

3.- Ser capaz de un amor así.

4.- Jesús nos enseña a amar más

5.- La felicidad que solo Jesús puede dar.

6.- El valor de seguir lo que se ama.

7.- Más grande – San Lucas 14, 25-33 –.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Pero también puedo ser discípulo.

sábado, 6 de septiembre de 2025
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Podría seguir así,
tirando más o menos como hasta ahora,
manteniendo el equilibrio prudentemente,
justificando mis opciones y decisiones,
diciendo sí aunque todo sea a medias…
Pero también puedo ser… discípulo.

Más que nunca quiero ser dueño
de mis hechos, pasos y vida,
no renunciar a la libertad conseguida,
entregarme a los míos con cariño,
y tener esa serena paz del deber bien cumplido…
Pero también puedo ser… discípulo.

Puedo cargar con mi cruz, quizá con la tuya;
también complicarme la vida
y complicársela a otros con osadía,
hablar de tu buena noticia
y sembrar nuevas utopías…
Pero también puedo ser… discípulo.

Anhelo hacer proyectos,
proyectos vivos y sólidos
para un futuro más humano y solidario;
deseo trabajar, ser eficaz,
dar en el clavo y acertar…
Pero también puedo ser… discípulo.

Soy capaz de pararme y deliberar,
escuchar, contrastar y discernir;
a veces, me refugio en lo sensato,
otras, lanzo las campanas al vuelo
y parece que rompo moldes y modelos…
Pero también puedo ser… discípulo.

Puedo entretenerme en cosas buenas,
agradecer, día a día, mi tarea, mi suerte,
mis amigos, mis estudios,
mi vida sana y solvente;
puedo construir torres y puentes…
Pero también puedo ser… discípulo.

No siempre acabo lo que emprendo;
otras arriesgo y no acierto,
o me detengo haciendo juegos de equilibrio;
me gusta dejar las puertas abiertas, por si acaso.
y la agenda con huecos…
Pero también puedo ser… discípulo.

*

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

***

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Padre ¡Me diste la vida para soñar! ¡Cómo te ama Dios! (Con Francisco de Asis y los pobres de la tierra.

viernes, 5 de septiembre de 2025
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Del blog de Alfonso J.Olaz El Rincón del Peregrino:

| Alfonso Olaz OFS

Clamor de tierra y cielo, 
¡Me diste la vida para soñar!

Soñé que te amaba en sueño profundo, 
como el agua que se escapa entre los dedos,
como el pájaro que vuela entre las manos,
libre y frágil a la vez.

Soñé que pintaba tu rostro 
mientras tú me cantabas
la canción antigua de los humildes.

Soñé que sonreías,
que tu alegría era un río desbordado,
y que escuchabas mi grito ahogado:
«¿Por qué el hombre prefiere el odio y se destruye
en guerras que no son tuyas,
en fronteras que tú no dibujaste?».

Y tú me respondiste con voz de quietud y de tormenta: 

«Ya saben lo que tienen que hacer. 
Que sean sencillos. Que sean agua que da vida,
pájaro que canta sin dueño.

Que sean hombres y mujeres
que pinten cada día el arcoíris
sobre el lodo de la historia.
Que no esperen recompensa: 
que sean artesanos de la paz, 
tejedores del bien
en este mundo desgarrado».

Y al despertar,
para que el sueño no se lo llevara el viento de lo cotidiano,
lo eché a andar.
Lo encarné.
Hice del camino tu respuesta.
Y cuando me preguntaron de ti, 
no hablé de doctrinas ni de templos: 
hablé de este sueño urgente. 

Y supe, por fin,
Que tú estás conmigo
que no se trata de soñar solo,
sino de vivir despierto.

Y que la vida 
—esta vida, herida y sagrada— 
es el único lienzo 
donde pintamos, 
con huesos y con esperanza, 
el arcoíris.

***

(II)

¡Cómo te ama Dios!

No a fondo perdido,
sino hasta el fondo, encarnándose en tu camino,
haciéndose uno contigo en el gozo y en la prueba,
en la alegría radiante y en el lamento humilde de tu pobreza.

Cuando eras pequeño,
Él te sostenía con ternura para que no tropezaras.
¡Hoy, con humildad que conmueve el cielo,
te pide que tú lo sostengas en cada hermano que sufre,

para que su Reino no se caiga!

Cuando marchabas por sendas oscuras,
y con misericordia te sacó del callejón de la muerte.

Abre los ojos y contempla: muchos han caído y yacen en el camino.
Pero tú, cuando has caído, con Él te has levantado.
¡Esa es su Gracia!
¡Es la mano fiel que nunca abandona!

¡Si tan solo pudieras sentir cuánto nos ama!

Estuvo ahí, celebrando tu vida:
en el milagro de tu nacimiento,
en el temblor de tu primer amor,
en la promesa de tu matrimonio,
en el regalo puro del nacimiento de tus hijos.
Estuvo en el beso a tu padre
y en el silencio que no entendía a tu madre.
¡En todo estaba Él!

¡Oh, Señor!
Te pido la fuerza de la cruz, toda tu fuerza,
para amar sin medidas, hasta el fondo;
para que, si caigo mil veces,
mil veces me levante con gozo, confiando en tu perdón;
para que, vaciándome de todo egoísmo,
Tú seas en mí fuente de paz;
para salir al encuentro de mi hermano pobre,
y servirte con gozo en su rostro.

Señor, solo te pido una cosa:
Que tu sueño de amor se cumpla en mí ahora,
para que yo también pueda amar la obra que Tú tanto amas.

¡Amén!
¡Alabado sea mi Señor!

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“Eucaristía cósmica”, por Fernando Bermúdez López

jueves, 4 de septiembre de 2025
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De su blog Por un mundo más humano:


La Eucaristía se vive y se extiende más allá del templo. Se proyecta en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se prolonga en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas, presentes y futuras de creyentes y no creyentes.

Esta reflexión es fruto de ocho días de silencio, meditación y contemplación en  torno a «La Misa sobre el mundo» de Teilhard de Chardin, jesuita, doctor en Ciencias Naturales, filósofo, místico y poeta, científico y pensador.  Teilhard había vivido de lleno los horrores de la primera guerra mundial, trabajando de camillero, recogiendo heridos, prestándoles los primeros auxilios físicos y espirituales y conduciéndolos al hospital de campaña.

En 1923 se encontraba en el desierto de Gobi entre China y Mongolia. En medio de su trabajo como paleontólogo, en un arrebato místico, redacta el texto “La Misa sobre el Mundo”. Deseaba celebrar la Eucaristía. No tiene ni pan ni vino. No tiene altar ni mesa. Sentado en una roca celebra la eucaristía sobre el mundo.  Ofrece como víctima, en el altar de la tierra entera, el trabajo y el dolor de toda la humanidad.

Contempla en su imaginación la hostia consagrada como una presencia que se extiende y se adentra en toda la creación. El mundo se convierte en una gran hostia. Teilhard sentía que todo se transforma en el cuerpo y sangre de Cristo.

La Misa sobre el mundo es una Eucaristía cósmica. Es la celebración que se extiende más allá del templo. Se proyecta en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se prolonga en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas, presentes y futuras de creyentes y no creyentes, como señala mi amigo Juan Fernández de la Gala. Toda la Naturaleza, todo el universo es templo de Dios, un templo inmensamente más bello que las artísticas catedrales y basílicas que los hombres puedan construir. El corazón de la naturaleza es el templo de Dios.

Y vio Dios que todo los que había hecho era bueno” (Gn 1,31). Todo fue creado por él con sabiduría infinita. De ahí, el canto y el encanto y el agradecimiento de todo cuanto existe. Seres humanos y animales del campo, aves y peces, plantas, árboles y flores, montañas y nubes, ríos, lagos y mares. Toda la creación canta a su Creador. “Laudato si”, entonaba el papa Francisco.

Canta de día el hermano sol y de noche la hermana luna. Y todas las estrellas, galaxias y planetas del universo lanzan sin fin cánticos de alabanza al Creador, Espíritu eterno que todo lo recrea. La belleza de infinidad de estrellas flotando en el universo refleja la presencia de Dios. El cosmos no es polvo de elementos inconscientes sino algo profundamente vivo y dinámico. Tiene alma. En él late la eternidad de Dios, la plenitud del Amor, reflejado en el Cristo cósmico. “En el principio era el Verbo… Todo se hizo por él” (Jn1,1-2) y es la plenitud de todo lo creado. En su muerte en la cruz da sentido al sufrimiento y muerte de todos los seres de la creación y en su resurrección los resucita a una nueva vida (Rm 8, 20-23).

Cuando Jesús dice: “Tomad, amigos míos, esta es mi carne, esta es mi sangre. Comed y bebed”. Este pedazo de pan es el cuerpo de todo el universo. “Si Cristo es el cuerpo de Dios, el pan que ofrece es también el cuerpo del cosmos. Mira profundamente y descubrirás en la luz del sol el pan. Verás en el pan el cielo azul, en las nubes, en los árboles, en las montañas verás el pan. En el acto eucarístico hay una divinización del universo entero. El universo se hace carne y sangre de Cristo”.

El Universo, inmensa Hostia, se ha convertido misteriosa y realmente en el cuerpo de Cristo. Todo lo que existe se ha encarnado en Dios”. Teilhard de Chardin consideraba a Dios como el infinito inabarcable, pero al mismo tiempo tan cercano como un Padre y Madre. Los seres humanos y toda la creación vivimos en el medio divino sostenido por el Amor, que es el Alfa y Omega del universo, el Cristo cósmico, encarnado en la creación entera. Cristo está enraizado en el mundo hasta el corazón del átomo más pequeño.

La Eucaristía trasciende el rito y la liturgia. “La Eucaristía es, sobre todo, la existencia en comunión con el cosmos, celebrada sobre el altar del mundo, porque la Hostia es semejante a un hogar encendido desde donde se irradia y propaga la llama divina”. Participamos de una gran Eucaristía cósmica, que culminará en cada uno de nosotros cuando, en el Punto Omega de nuestra historia individual, nos acerquemos a la comunión definitiva. Una comunión cósmica que atraviesa la evolución de la humanidad y el sentido del tiempo y se abre a la esperanza escatológica.

La Eucaristía contiene una dimensión profundamente comunitaria. Es comunión con los hermanos y hermanas. En toda celebración eucarística sobre el mundo nunca estamos solos aunque físicamente lo estemos. Porque al faltar la presencia física de la comunidad, nos abrimos a toda la humanidad y a todo lo creado. Es una comunión cósmica.

En el contexto de un mundo en guerra contra la vida, necesitamos más que nunca la sabiduría y la mística de comunión que abraza la materia en su más profunda hondura y se compromete con ella para poner en el centro la Vida, con toda su plenitud y su misterio”, señala la teóloga Pepa Torres.

La custodia que contiene el cuerpo de Cristo es el Universo y dentro de éste, la humanidad sufriente. Cristo está enraizado en el mundo hasta el corazón del átomo más pequeño y, sobre todo, en el ser humano más excluido y olvidado. Es por eso que cuando contemplamos la sagrada Hostia en una resplandeciente custodia de oro, podemos sentir que Cristo nos dice: Sacadme de aquí. Este no es mi lugar. Yo estoy en los pobres, en los niños hambrientos, en los migrantes y refugiados, en las víctimas de las guerras y en los que luchan por una nueva humanidad de justicia, paz y fraternidad. Ahí es donde yo estoy.

Hoy, en la Eucaristía sobre el mundo, contemplamos el cuerpo y sangre de Cristo, no en una custodia dorada como un sol radiante, sino entre escombros y llantos en la asolada Gaza. Es ahí donde encontramos el cuerpo del Cristo, mutilado, ensangrentado, hambriento y asesinado. Yo me pregunto si los cristianos logramos descubrir la presencia real de Cristo en esta realidad.

La “Misa sobre el mundo” de Teilhard de Chardin me enseña que la celebración de la Eucaristía no es un acto cultual sino una realidad permanente que se vive interiormente en la vida. La Eucaristía no se oye. “Oír misa”, dicen algunos. La Eucaristía se vive. Abarca toda la actividad del día y hasta el descanso. Aquel gesto histórico-teológico de Jesús de Nazaret en la noche de jueves santo, hoy es una realidad vivencial mística y cósmica. En esa Cena se concentra y revela el contenido salvador de toda su existencia: su amor y fidelidad al proyecto de Dios Padre y su compasión y amor hacia todos los seres humanos, abriéndose a toda la Creación.

Sentado a la sombra de la higuera o de la morera del huerto percibo en silencio, en profundo silencio, que no hay palabras para describir la presencia eterna de Cristo dándonos el pan y el vino para compartirlo en comunión con los pobres de este mundo. Y nos dice:  «Haced esto en memoria mía«. Hacer memoria de Cristo Jesús consiste en adentrarse en sus sentimientos más profundos, en una memoria permanente, no como recuerdo sino como presencia y compromiso.

No necesitamos cálices ni copones, ni incienso, ni agua bendita, ni velas, ni ropajes romanos. Es una predisposición del alma que abraza el pasado, el presente y el futuro con todas nuestras debilidades y nuestras luchas por un mundo nuevo, en el seguimiento de Jesús. La Eucaristía es una presencia existencial que abarca toda la vida y traspasa la inmensidad del universo. Todo cuanto existe evoluciona hacia el Punto Omega, plenitud del reino eterno de Dios.

Esta es la Eucaristía sobre el mundo. La única. No hay muchas misas. Es una sola, la de Cristo. Todo bautizado, esté donde esté, puede adentrarse y vivir la Eucaristía sobre el mundo. El cuerpo y sangre de Cristo están encarnados en la humanidad. Toda nuestra vida es una Eucaristía en la medida que somos uno con Cristo, glorificando a Dios.

Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre y Madre creador del Universo, en unidad         del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria.

Pablo, en un éxtasis de acción de gracias y de adoración, exclama: “De Cristo, por Él y para Él existe todo. A Él la gloria eterna” (Rm 11,36).

En la Eucaristía percibo que Dios todo lo hace nuevo y encuentra sentido el sufrimiento humano. La sangre de Cristo es la sangre de las víctimas inocentes y de los mártires. La muerte de todos aquellos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia cayeron víctimas de la injusticia o soñando en un mundo más justo y fraterno, encuentra sentido en la muerte de Cristo Jesús. Su resurrección es la resurrección de la humanidad, la resurrección de la verdad, de la vida y del amor.

En medio de los ruidos de este mundo neocapitalista que ahogan el espíritu, en medio de las ambiciones de poder y de riqueza, en medio de las guerras y genocidios y de la deshumanización en la que vivimos, escuchamos en el silencio del alma el himno de la creación. Entrar en la naturaleza y sentirse parte del universo es entrar en el templo de Dios y en este templo percibimos que la última palabra sobre este mundo no la tiene la muerte sino el Dios de la vida. Esta vivencia es el sostén de nuestra esperanza. Y desde esta experiencia esperanzadora percibimos a cada criatura cantando el himno de su existencia.

Todo canta al Espíritu Creador. Canta a Dios la vida de la naturaleza, el silencio del desierto y la música del viento. Descubrimos su presencia en el canto de la fuente que brota al pie de la montaña y en el río que discurre por la vega buscando el mar. Descubrimos su presencia en los pájaros que saltan entre las ramas de los árboles, mirlos, gorriones y ruiseñores. Y en todos los animales de la tierra. También en las culebras que salen de entre los cañaverales del río. Todos los seres viven y quieren vivir y viviendo cantan al Creador.

Y sobre todo, descubrimos a Dios en la humanidad sufriente, en los niños y niñas bombardeados en Gaza y en las madres palestinas abrazando a sus hijos muertos, ametrallados y en todos los hambrientos de la tierra. Descubrimos a Dios en los migrantes y refugiados que abandonan su tierra en busca de una vida digna, arriesgando sus vidas atravesando desiertos y metidos en cayucos donde muchos mueren ahogados en el mar. ”Fui forastero y me acogisteis”, dice Dios. Proclamamos con el arzobispo emérito de Tánger, Santiago Agrelo, que los que llaman a nuestras puertas no son extraños, son hermanos, son Cristo Jesús, quien dijo que lo que se haga con uno de ellos con él se hace (Mt 25, 31 y ss). Por eso nos duele y no nos deja indiferentes los discursos de odio de aquellos políticos de la ultraderecha criminalizando a los llaman a nuestras puertas.

Descubrimos al Dios Padre y Madre de misericordia, ofreciendo perdón a los que reconocen sus pecados y debilidades y se comprometen por un cambio personal y estructural.

Dios se nos hace presente en todo. En el silencio, lejos de los ruidos, escuchamos y saboreamos los cánticos del universo y la presencia resucitada del Cristo cósmico, sentido de la historia humana y plenitud de la creación.

Toda la creación, con todos los seres humanos, estamos en el corazón de Dios. En él vivimos, nos movemos y existimos. Su presencia nos envuelve, encendiendo en nosotros un estado permanente y profundo de adoración y acción de gracias.  Así vivimos la Eucaristía cósmica.

¡Laudate omnes gentes, laudate Deum!

Julio 2025 [U1]

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Oración al Cristo que habita en mí. – La Humildad que es solo grito de tierra.

miércoles, 3 de septiembre de 2025
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Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

| Alfonso Olaz OFS

Oh, Señor mío!

Que sienta en mi corazón…
y en mi cuerpo…
el fuego de tu amor,
tal como Tú lo sufriste por nosotros. ( S.Francisco de Asis)

Te ruego, Señor…
por dos gracias: presencia y entrega.

¿Por qué te busco en los templos…
si habitas dentro de mí?

Y si te hallo en la calle…

¿Por qué me hago ausente,
sin reconocerte en mi propio corazón?

Hermano mío…

¿Qué guardas en tu interior?

Acudes al templo con prisa…
como quien corre tras un minuto perdido…
como quien enciende luces sin fuego…
como quien da amor sin alma.

¡Y dentro de ti… no me reconoces!

¡Y en la calle… no existo para ti!

Día tras día…

Año tras año…
tu corazón soporta lo que le das…
y lo que le quitas.

¿A qué Cristo dices que buscas…
si ni en la calle ni en el templo lo hallas?

Te pide beber…
y le das vinagre.

Te pide comer…
y le dejas vacío.

Al pobre que se llama Jesús…
que mora en lo más íntimo de ti…
no lo atiendes…
y solo una vez al año le das pan.

Señor…
ayúdame a conocer al pobre que habita en mi interior.

Que pueda mirarlo…
y aceptarlo sin temor.

Para que, amando al pobre que soy…
pueda amar al pobre de Jesús.

Si no amo al pobre dentro de mí…
no podré amar al que no veo.

¿Cómo amar a Dios…
al que no veo…
si antes no amo al pobre que habita en mi alma?

No me dejes engañarme, Señor…

No puedo decir que creo en Jesús…
si no creo en el pobre que mora en mí.

No podemos amar al Jesús de los templos…
si ignoramos al Jesús vivo dentro de nosotros.

Hermano mío…

¿En qué Jesús crees?

¿En el que ignoras?

¿En el que rehúsas buscar con sincero corazón?

¿En el pobre que vive dentro de ti…
o en el que yace crucificado ante ti?

La sombra de la cruz…
nos alcanza más que la cruz misma…

¡Él está!

Y en Él…
¡cuánto mal vivimos cada día!

En nuestro trabajo…
en la familia…
en la vida pública…
en el descanso…
y en el ocio.

Señor…

Enséñame a amar con corazón…
a dar de beber al sediento que habita conmigo
a alimentar al hambriento…
a vestir al desnudo…
pero sobre todo…
a atender primero a Jesús, pobre de mi pobreza.

Dale de beber…

Dale de comer…

Cúbrelo con mi mejor vestido…

Y después de esto, Señor…

Hazme tu amigo…
para seguirte fielmente…
convertido y humilde.

Del Evangelio a la vida…
de la vida al Evangelio.

***

La Humildad que es solo grito de Tierra
Francisco no tenía nada. Y por eso lo tenía todo.

Se hizo pequeño, más pequeño que los granos de arena
que el viento barre sin que nadie los nombre.

Se hizo silencio en medio del ruido de los mercaderes,
grieta en los muros de la vanidad,
sombra que se borra al mediodía.

¿Tú? ¿Sigues contando tus méritos como monedas?
¿Sigues midiendo tu santidad con varas de prestigio?

El Poverello se desnudó.
No solo de ropas,
sino de títulos, de seguridades, de ese «yo»
que pesa tanto y vale tan poco.

Se despojó hasta quedar en pura necesidad,
en puro grito de tierra sedienta.
Porque solo el vacío es habitación para el Infinito.

Se inclinó ante los leprosos,
no por virtud,
sino porque sabía
que en los últimos estaban las llaves del Reino.

Besó las manos deformes,
lavó los pies sucios, se sentó en el polvo con los que el mundo escupe.

¿Y tú? ¿Aún temes mancharte?

La humildad
no es una virtud de santorales bien pintados.

Es revolución.

Es subversión del ego.

Es derribar los altares que nos hemos construido-
y dejar que Dios crezca en nuestras ruinas.

Francisco no pidió seguidores.

Quiso hermanos.

No quiso poder, sino servicio.

No quiso ser visto, sino ser puente.

¿Entiendes ahora por qué la verdadera humildad quema tanto?

El humilde no dice «soy nada».

Dice «Dios es todo».

Y se desvanece, como el rocío al amanecer.

¿Te atreves a evaporarte?

***

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Descansar en Ti.

martes, 2 de septiembre de 2025
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Descansar en Ti,
a la sombra,
junto al arroyo,
sintiendo la brisa
y con la cabeza en tu hombro.

Descansar en Ti,
sin temores,
sin nostalgias,
sin sucedáneos,
sin ansias, enamorado.

Descansar en Ti,
gozando el momento,
libre de atillos y cargas,
sin prisas para nada
y soñando esperanzas.

Descansar en Ti,
serenamente,
ahora y a cualquier hora,
hasta habituarme
al gozo y a la gracia que me donas.

¡Descansar en Ti
después del éxito
o del fracaso
y compartir gratuitamente
tus más íntimas emociones!

Descansar en Ti,
y darte gracias,
con palabras o sin ellas,
por tu presencia solidaria
en la gente sencilla y llana.

¡Descansar en Ti!

*

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

***

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Sobre el futuro del cristianismo: la cuarta hipótesis (Maurice Bellet)

martes, 2 de septiembre de 2025
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De su blog Umbrales de Luz:

 ¿Tiene futuro el cristianismo? Este es el tema que desarrolla Maurice Bellet en una obra titulada La cuarta hipótesis. Sobre el futuro del cristianismo (nota 1). Maurice Bellet, sacerdote, teólogo, filósofo y psicoterapeuta, siguió un camino muy original en el universo cristiano. Libro tras libro, trazó nuevos caminos lejos de los debates trillados en los que con demasiada frecuencia se estanca el catolicismo contemporáneo.

Nos invita a una experiencia de amanecer, de conmoción de todo el ser por una ‘buena nueva’ que nos arranca de la tristeza y la muerte. Si la palabra Evangelio tiene algún sentido, solo puede ser el de un acontecimiento nuevo, inesperado, radicalmente ‘bueno’ y no algo aburrido y repetitivo. Ciertas formas de educación religiosa pueden ser el peor obstáculo para que haya ‘buena nueva’, al contribuir a evitar que cada uno experimente personalmente una palabra nueva. Bellet escribe: El Evangelio es por naturaleza lo inaudito, lo aún no escuchado. Es de todos los tiempos. Sin embargo, el nuestro da un vigor particular a este inaudito. Hay una desinstalación con respecto al cristianismo establecido; una confrontación con el poscristianismo; una relación con lo extremadamente extraño (…). La fuerza del Evangelio es anunciar que el camino de cada uno es su camino, porque es a él a quien se dirige la palabra, esa palabra que desata la instalación y lleva a lo lejos: ‘No sabes adónde va’ (nota 2).

Las religiones son las lenguas maternas del sentido de la existencia. No son garantías automáticas. A quienes se proclamaban descendientes de Abraham, Cristo les respondió: De estas piedras, Dios puede hacer hijos de Abraham. Ninguna herencia religiosa, ninguna educación, ningún azar de nacimiento puede dispensar de una conversión. Cristo no es tanto el fundador de una nueva religión como aquel que nos invita a cuestionar radicalmente todas nuestras religiones de nacimiento en una aventura personal. A quienes quieren encerrarlo en la descendencia abrahámica, él responde: Antes de que Abraham existiera, yo soy”. Todo hombre debe pronunciar algún día, a su manera, esta frase con la que no se reduce a su historia y a su geografía para reconocer el don de la filiación divina y de la fraternidad universal.

No hay acceso a lo esencial sin la experiencia de Abraham: abandonar lo que se conoce para ir hacia lo que no se conoce. Desde este punto de vista, Maurice Bellet muestra que la relación crítica que vivieron los primeros cristianos con la institución religiosa de la época es constitutiva del enfoque evangélico. Para quien vive la experiencia nueva de la Palabra, el cristianismo instituido puede aparecer, según Maurice Bellet, como el análogo de lo que fue el judaísmo establecido en la época de los primeros cristianos (nota 3).

Plantea varias hipótesis para el futuro del cristianismo:

1) El cristianismo desaparece, y con él el Cristo de la fe. Se cumple el acontecimiento anunciado por la crítica de los siglos XVIII y XIX. Solo quedan las obras de arte y los trabajos de los historiadores.

2) La disolución del cristianismo. No se destruye propiamente, pero lo que ha aportado a la humanidad se convierte en bien común y se le escapa. El cristianismo se disuelve en los derechos humanos y en un espiritualismo indiferenciado.

3) El cristianismo continúa como antes. Se conserva, se restaura, se restablece. Continúan las disputas internas cuyo objetivo esencial es la institución y su control.

4) Bellet elige una cuarta hipótesis. Sí, hay algo que termina, inexorablemente. Es un determinado sistema religioso histórico. Es, dice Bellet, el fin del cristianismo, si se trata de uno de esos ismos que caracterizan la modernidad: idealismo, marxismo, materialismo, existencialismo, etc. Pero este fin de un sistema histórico abre la posibilidad de un despertar de resurrección: Un hombre vino entre nosotros, uno entre todos los demás, y se le concedió atravesar lo imposible, transgredir lo evidente: la evidencia de la muerte. Así que descendió hasta lo más profundo de lo profundo, hasta perder a Dios: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Murió, lo matamos. Algunos afirman que está vivo. Es la afirmación inaudita de una humanidad que se atreve a preferir la vida a la muerte. (…) ¿Cómo conoceré a este Cristo de forma viva y concreta? ¿Dónde si no es en ese ágape, ese amor entre hermanos del que el apóstol Juan se atreve a decir que quien ama así ha nacido de Dios y conoce a Dios? Asimismo, Pablo declara en la primera epístola a los Corintios (cap. 13) que todo pasará, incluida la fe, solo permanecerá el ágape para la eternidad. Y es por eso que la vida eterna ya está aquí, en esta resurrección en la que hemos pasado del gusto por el asesinato al don de la vida” (nota 4).

Al final de su obra, Maurice Bellet nos indica un camino: Así se sigue lo que he llamado la cuarta hipótesis. Es sin juzgar el camino que otros pueden seguir. La gran Iglesia es la antisecta: hay diversidad de caminos, de estilos, de pensamientos. En cuanto a los maestros… ‘No llaméis a nadie padre o maestro’. Solo es Iglesia la formada por hermanos que se aman y se ayudan unos a otros (…) (nota 5).

La obra de Maurice Bellet es saludable para recordarnos que toda institución religiosa solo tiene sentido si invita a arriesgarse a ese segundo nacimiento del que Cristo hablaba a Nicodemo (Jn 3, 1-12).

Bernard Ginisty

(Publicado el 20 de agosto de 2025 por GARRIGUES ET SENTIERS. Espaces de liberté, de foi et de reflexión chrétiennes)

NOTAS:

1. Maurice BELLET (1923-2018): La quatrième hypothèse. Sur l’avenir du christianisme,  éditions Desclée de Brouwer, 2010.
2. Id. páginas 30-31.
3. Id. página 21.
4. Id. páginas 119-120. Este es el tema de la obra de Emmanuel TOURPE: À l’amour que vous aurez les uns pour les autres… Le dernier mot de Dieu, éditions Artège 2024, que recibió el gran premio católico de literatura 2025 otorgado por la asociación de escritores católicos de lengua francesa.
5. Id. páginas 108-109.

https://www.bernardginisty.com/chroniques-2025/

https://www.garriguesetsentiers.org/2025/08/sur-l-avenir-du-christianisme-la-quatrieme-hypothese-maurice-bellet.html?utm_source=_ob_email&utm_medium=_ob_notification&utm_campaign=_ob_pushmail

Agradezco a Bernard Ginisty este texto publicado el 20 de agosto de 2025 en GARRIGUES ET SENTIERS. Espaces de liberté, de foi et de réflexion chrétiennes, y retomado por Lucienne Gouguenheim en : https://nsae.fr/2025/08/23/sur-l-avenir-du-christianisme-la-quatrieme-hypothese-maurice-bellet/?utm_source=mailpoet&utm_medium=email&utm_source_platform=mailpoet&utm_campaign=newsletter-nsae_97
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Encontrando el Reino de Dios en un bar gay

lunes, 1 de septiembre de 2025
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La publicación de hoy (31 de agosto) es de Jim McDermott, escritor independiente de Nueva York.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 22º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden leer aquí.

Como sacerdote, nunca fui a bares gay. Aunque mi orden, los jesuitas, aceptaba muy bien a los hombres gay, ir a bares siempre me parecía ir demasiado lejos. Aunque solo iba a tomar algo, y no a ligar, ¿qué pasaría si alguien me veía allí? Conocía a hombres que habían sido ignorados para trabajos o tratados como objeto de escándalo simplemente porque los habían visto en algún sitio.

En retrospectiva, sin embargo, desearía haber salido como sacerdote. Cuando lo hice, a los 50, después de tomarme una excedencia de los jesuitas, con tanta inquietud tuve que obligarme a cruzar las puertas, obligarme a pedir una bebida, obligarme a hablar con alguien. El miedo era enorme. Las primeras veces que alguien coqueteó conmigo, me asusté tanto que prácticamente salí corriendo del bar.

Luego fui a Marie’s Crisis, un piano bar donde cantaban a coro en el West Village de Manhattan. Había descubierto el lugar en Facebook durante la pandemia, así que al entrar reconocía a la gente, al menos por su nombre, por haberlos visto en línea. El pianista a cuyos conciertos asistí durante el confinamiento se detuvo a abrazarme. Toda la experiencia fue como ese momento: yo en un lugar nuevo y, sin embargo, inmediatamente sintiéndome como en casa.

Marie’s y los amigos que hice allí me brindaron un espacio donde pude enfrentar algunas de mis propias ansiedades y homofobia internalizada, y me ayudaron a entender ser gay como motivo de celebración, una aventura feliz y, a menudo, divertidísima. Irónicamente, también me ayudó a encontrar una paz interior que me permitió escuchar y apoyar mejor a los demás, precisamente las habilidades que se buscan en un sacerdote.

Un piano bar gay en Londres.

Tanto la primera lectura como el Evangelio de la liturgia de hoy hablan de buscar la humildad en lugar de la autopromoción. En el Evangelio, Jesús, de hecho, anima a sus oyentes a ocupar siempre el último lugar en la mesa de una fiesta. Pero su objetivo no es la autohumillación. No dice que debamos aceptar que tenemos algo malo, como las personas LGBTQ han escuchado tan a menudo en la iglesia. Más bien, quiere que estemos en la mejor posición para experimentar la bienvenida e invitación de Dios. «Ve y siéntate en el último lugar», dice Jesús, «para que cuando el anfitrión venga a ti, te diga: “Amigo, sube a un lugar más alto».

Consideramos la Misa y otros sacramentos como lugares donde podemos experimentar ese tipo de aceptación y revelación, donde Dios nos llama y nos eleva. Pero podemos saborear los frutos de Sión en muchas otras mesas de nuestra vida, y también en bares, incluyendo algunos que otros podrían no entender o apreciar.

Dios no está atado por nosotros. El Espíritu se mueve donde quiere. Pero lo que está claro es que Dios quiere que nos coloquemos en posiciones y lugares donde podamos ser encontrados, bienvenidos y llamados a la fiesta.

Jim McDermott, 31 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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Amigo, sube más arriba.

domingo, 31 de agosto de 2025
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*

“Nunca hagas alguna cosa solamente por dar ejemplo a otro, o ganar a otros, porque no sacarás de aquí sino pérdidas para ti.

Haz todas las cosas simple y suavemente, sin tener respeto a otra cosas sino a aplacer a Dios en ellas.

*

Juan de Bonilla,
De prudencia que se debe tener en el amor al prójimo

***

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola :

“Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste.”Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.” Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

Y dijo al que lo había invitado:

“Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.

Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

*

Lucas 14, 1. 7-14

***

¿Basta con estar convencidos de la misericordia de un Dios que perdona y de nuestra condición personal de pecadores para que se lleve a cabo la reconciliación? No. Falta aún una disposición, un valor que es nuestro o, al menos, es nuestro en cuanto debemos aceptar una invitación interior que viene de Dios […]. Sin conversión no hay reconciliación. La conversión del corazón, entendida como movimiento del hombre que se dirige hacia Dios, que se convierte, es decir, que se mueve hacia Dios con la conciencia de haberse alejado de Dios.

La conversión es un dar marcha atrás, un cambio de ruta, un cambiar la orientación de nuestra propia vida. El pecador es un fugitivo, alguien que vuelve la espalda al Señor, como un pródigo que se va hacia la ilusión de paraísos terrestres. La conversión es un volver a caminar hacia Dios dejando a nuestra espalda muchas ilusiones que se han vuelto amargas y muchas infidelidades que todavía pueden conservar la atracción de la seducción. Eso significa convertirse. No es, por consiguiente, un gesto que se realiza de una vez por todas, sino una actitud permanente de la vida. No nos convertimos el 25 de julio o el 3 de abril, sino que empezamos a convertirnos para no acabar nunca más. La conversión debe invadir todo el compromiso de la vida para ser realmente una actitud viva, una actitud que no hace la historia de ayer, sino que hace la historia de hoy.

Podríamos decir que la conversión es ese presente misterioso, totalmente animado por la gracia del Señor, que hace que, en nuestra vida, el pecado sea cada vez más un pasado, un pasado próximo, un pasado remoto. Algo superado, algo que hemos dejado a nuestra espalda, algo abandonado con el compromiso de la reconciliación, del misterio de la reconciliación, como lo llama el apóstol Pablo. Es el misterio que brota del designio salvífico de Dios, el reconciliador por excelencia, que quiere vivir de verdad en comunión con su criatura, el hombre.

*

Anastasio A. Ballestrero

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“Gratis”. 22 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,1.7-14)

domingo, 31 de agosto de 2025
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Hay una «bienaventuranza» de Jesús que los cristianos hemos ignorado. «Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú si no pueden pagarte». En realidad se nos hace difícil entender estas palabras, pues el lenguaje de la gratuidad nos resulta extraño e incomprensible.

En nuestra «civilización del poseer», casi nada hay gratuito. Todo se intercambia, se presta, se debe o se exige. Nadie cree que «es mejor dar que recibir». Solo sabemos prestar servicios remunerados y «cobrar intereses» por todo lo que hacemos a lo largo de los días.

Sin embargo, los momentos más intensos y culminantes de la vida son los que sabemos vivir la gratuidad. Solo en la entrega desinteresada se puede saborear el verdadero amor, el gozo, la solidaridad, la confianza mutua. Dice Gregorio Nacianzeno que «Dios ha hecho al hombre cantor de su irradiación», y, ciertamente, nunca el hombre es tan grande como cuando sabe irradiar amor gratuito y desinteresado.

¿No podríamos ser más generosos con quienes nunca nos podrán devolver lo que hagamos por ellos? ¿No podríamos acercarnos a quienes viven solos y desvalidos, pensando solo en su bien? ¿Viviremos siempre buscando nuestro interés?

Acostumbrados a correr detrás de toda clase de goces y satisfacciones, ¿nos atreveremos a saborear la dicha oculta, pero auténtica, que se encierra en la entrega gratuita al que nos necesita? Ese seguidor fiel de Jesús que fue Charles Péguy vivía convencido de que, en la vida, «el que pierde, gana».


José Antonio Pagola

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“El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Domingo 31 de agosto de 2025. Domingo 22º Ordinario

domingo, 31 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios.
Salmo responsorial: 67: Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.
Hebreos 12, 18-19. 22-24a: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo.
Lucas 14, 1. 7-14: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Es humano el afán de ser, de situarse, de sentir querer estar sobre los demás. Parece tan natural convivir con este deseo que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad de “idiotez”. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado a veces de “tonto” en este mundo tan competitivo.

En nuestra sociedad hay un complejo sistema de normas de protocolo por las que cada uno se debe situar en ella según su valía. En los actos públicos, las autoridades civiles o religiosas ocupan uno u otro lugar según escalafón, observando una rigurosa jerarquía en los puestos. Se está ya tan acostumbrado a tales reglas, que parece normal este comportamiento jerarquizado.

Jesús acaba con este tipo de protocolo, invitando a la sensatez y al sentido común a sus seguidores. Es mejor, cuando se es invitado, no situarse en el primer puesto, sino en el último, hasta tanto venga el jefe de protocolo y coloque a cada uno en su lugar.

El consejo de Jesús debe convertirse en la práctica habitual del cristiano. El lugar del discípulo, del seguidor de Jesús es, por libre elección, el último puesto. Lección magistral del evangelio que no suele ponerse en práctica con frecuencia. No hay que darse postín; deben ser los demás quienes nos den la merecida importancia; lo contrario puede traer malas consecuencias. El cristiano no debe situarse nunca por propia voluntad en lugar preferente.

No sólo no darse importancia, sino actuar siempre desinteresadamente. Jesús denuncia la práctica de aquellos que invitan a quienes los invitan, del “do ut des”, del “te doy para que me des”, y anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos, gente a la que nadie invita, cuando se da un banquete; quien actúe así será dichoso, porque no tendrá recompensa humana, sino divina “cuando resuciten los justos”. Las palabras de Jesús son una invitación a la generosidad que no busca ser compensada, al desinterés, a celebrar la fiesta con quienes nadie la celebra y con aquellos de los que no se puede esperar nada. El cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Quien así actúa sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.

Quien esto hace, merece una bienaventuranza que viene a sumarse al catálogo de las ocho del sermón del monte: «Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Para Jesús adquiere el verdadero honor quien no se exalta a sí mismo sobre los demás, sino quien se abaja voluntariamente. Paradójicamente, se adquiere el verdadero honor no exaltándose a sí mismo sobre los demás, sino poniéndose el último a su servicio. La generosidad se debe compartir con los “pobres” que no pueden pagar con la misma moneda, porque no tienen nada. Honor y vergüenza adquieren en boca de Jesús un contenido diferente: el honor consiste en servir ocupando los últimos puestos y esto ya no es motivo de vergüenza sino señal verdadera de que se está ya dentro del grupo de los verdaderos seguidores de un Jesús que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos”.

Las restantes lecturas de este domingo van en la misma línea del evangelio; en la primera, del libro del Eclesiástico, se dan consejos de sentido común: la conveniencia de proceder siempre con humildad, de hacerse pequeño en las grandezas humanas, de no darse demasiada importancia, tan en la línea del comportamiento y los consejos de Jesús que se ha hecho asequible, menos solemne, menos accesible y ya no se manifiesta, como Dios en el Antiguo Testamento, con señales de fuego, nubarrones, tormenta y estruendo, sino como mediador de la Nueva Alianza, como puente entre la comunidad y Dios. Para llegar a Dios, los cristianos tienen que pasar por Jesús, verdadero camino para el Padre y el único sendero que debe practicar la comunidad cristiana. Él se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud cuando está impregnada de amor sin aspavientos ni deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que, como Jesús se propuso, no haya quienes estén arriba y abajo. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.

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