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Cuando des una comida,… ( 22 DOM TO). Hambre en Gaza y en el mundo

domingo, 31 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

31.8.25. En un mundo en el que sobra dinero y alimentos mueren de hambre miles de personas cada día, por mala distribución y por cuestiones político-militares y sociales, como las de Gaza, Sudán  y otras regiones.

En ese contexto resuena como voz de alarma, denuncia y llamada al compromiso este evangelio

| Xabier Pikaza

Texto  Lc 14, 7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola:

+ «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.«

El evangelio y la inversión de los hambrientos

La Biblia no contiene unos códigos legales sobre el hambre y la alimentación, pero ofrece unos caminos para interpretarla, de manera que con ella pueda trazarse un mapa de territorios del hambre, y una guía práctica para superarla. La Biblia sabe que “el hambre es la primera cosa que se aprende… Reaparece la fiera, recobra sus instintos, sus patas erizadas, sus rencores, su cola” (M. Hernández, Poesías completas, Buenos Aires 1976, 326-327); pero sabe, además, que esa posible animalidad reactiva del hambriento responde a la hartura codicia diabólica de los ricos que crean el hambre de los pobres.

La Biblia no incluye códigos impositivos sobre el hambre, pero abre unos caminos de comprensión y cambio mucho más valiosos, para trazar un mapa de territorios del hambre, ofreciendo unos medios para superarla, como indiqué en Fiesta del Pan, Fiesta del Vino (Estella, 1999) y especialmente en No podéis servir a Dios y al dinero. La economía en la Biblia (Sal Terrae 191),como indicaré Dios mediante, en otro libro titulado Historia  

1. Éxodo, rebelión de los hambrientos. La historia bíblica empieza con la abundancia de la tierra (Gen 1), un paraíso, regalo de Dios y objeto del cuidado/trabajo de los hombres (Gen 2). Pero el hambre aparece muy pronto, con la historia concreta de los hombres. No dice por qué ha venido el hambre, pero trazando el camino de la primera persona histórica, ella recuerda: “Hubo entonces hambre en la tierra (de Israel); y descendió Abrahán a Egipto para vivir allí, porque era mucha el hambre en la tierra” (Gen 12,10).

El texto supone que (a diferencia de lo que sucede en Israel) los egipcios han logrado racionalizar la producción y reparto de alimentos, de forma que en esa tierra no existía hambre. La Biblia supone, con cierto orgullo, que fue un israelita (José) el que inventó los sistemas de seguridad imperial alimenticia, de manera que los pobres de otros países venían allí en busca de pan (ajos y cebollas), aunque después solían ser esclavizados (cf. Gen 37-41). En esa línea, los clanes de Israel bajaron a Egipto por hambre, pero allí se volvieron esclavos de un sistema opresor que les utilizaba para construir grandes obras de seguridad nacional. Éste es el primer argumento del final del Génesis y del principio del Éxodo.

2. Ana, utopía de la saciedad. Ana, matriarca israelita, ha creado un canto (1 Sam 2, 1-10) de inversión del hambre. Frente a los que dicen que no pueden cambiar las condiciones actuales de la vida, ella proclama (e inicia) la rebelión de los hambrientos, abriendo una utopía de solidaridad y abundancia que sigue siendo ejemplar todavía:

Se rompen los arcos de los fuertes guerreros, mientras los antes oprimidos se ciñen de valor. Los hartos deben trabajar duramente por su pan, mientras se sacianlos hambrientos (1 Sam 2, 4-5).

Estas palabras proclaman la utopía de la liberación de los hambrientos. El viejo sistema imperial, dirigido por militares y propietarios ricos que oprimen a los pobres (condenándoles al hambre), empieza a quebrarse en Israel, y de esa forma surge en la tierra prometida una experiencia política más alta, fundada en la solidaridad de los hambrientos y oprimidos, que se unirán creando estructuras de solidaridad abiertas a todos (incluso a los opresores antiguos).

3. Ley fundamental: forasteros, huérfanos y viudas. Había en Israel diversas instituciones al servicio del reparto de bienes y para saciar el hambre de los pobres (jubileo y año sabático: cf. Ex 23, 10-12; Lev 25), pero la más significativa es la proto-ley que manda sostener (ayudar) a los hambrientos, que en aquella sociedad son sobre todo huérfanos, viudas y extranjeros:

Cuando siegues la mies de tu campo… no recojas la gavilla olvidada; déjasela al forastero, al huérfano y la viuda… Cuando varees tu olivar, no repases sus ramas; déjaselas al forastero, al huérfano y la viuda. Cuando vendimies tu viña… (Dt 24, 19-22; Cf. Ex 20, 22-23; Dt 10,12-18)).

Esta proto-ley de los alimentos “sobrantes” reaparece en otros lugares del Pentateuco y de la tradición profética para garantizar la comida de los no propietarios de tierra, siempre amenazados de hambre. Por encima de la propiedad privada existía en Israel una ley fundante de solidaridad con los hambrientos.

4. Ayuno profético: dar de comer al hambriento. En su origen, el ayuno ocupa en Israel un lugar parecido al que tenía en los pueblos del entorno. Pero la tradición profética añade que su esencia (como gesto religioso) está en dar de comer al hambriento:

¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero: doblegar como junco la cabeza, vestirse de sayal, dormir sobre ceniza?… ¿No será que compartas tu pan con el hambriento, que a los pobres errantes albergues en casa, que viendo al desnudo lo cubras y no te escondas de tu hermano?… (cf. Is 58, 6-10).

Ésta es la esencia del ayuno entendido en forma de justicia (mishpat,eleemosyne), como ha puesto de relieve Mt 6, 1-18, retomando elementos fundamentales de la tradición profética del judaísmo. El ayuno se identifica así con la limosna, que no es dar “por caridad” algo sobrante, sino compartir por justicia aquello que somos y tenemos, para que puedan comer los hambrientos.

5. A los hambrientos los colma de bienes. María, la madre de Jesús, retoma de manera clásica el Canto de Ana, proclamando de manera más intensa la inversión de los hambrientos. Ésta es gran revolución de la historia humana: tiene que caer y caerá el sistema dominante de los potentados y ricos (política y economía satánica), para que puedan saciarse los hambrientos (y con ellos todos los seres humanos):

Derribó del trono a los potentados y exaltó a los oprimidos, a los hambrientos les colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos (Lc 1, 51-53).

Estas palabras anuncian y despliegan (como verdad ya cumplida) la profecía mesiánica de Israel, que culmina en el nacimiento de Jesús. Ellas proclaman la victoria de María, que se centra en el destino salvador de Jesús, anunciando la derrota de los poderes diabólicos personificados en los soberbios (potentados, ricos) con la inversión de los hambrientos. La única victoria verdadera de la humanidad es la superación del hambre, que va unida a la derrota de los ricos, que han de quedar vacíos, no por venganza, sino para compartir la comida con los otros seres humanos.

6. Jesús: No sólo de pan vive el hombre. Esta es la respuesta de Jesús en su primera tentación (Mt 4, 1-4 par), un relato simbólico que nos sitúa ante el tema radical de la comida. Mientras ayuna con los penitentes y pobres de su pueblo, buscando la voluntad de Dios, después que ha sido bautizado por Juan (Mt 3), Jesús escucha la palabra del Diablo que le dice: “Si eres Hijo de Dios, di que esas piedras se conviertan en pan…”.

Este Diablo tentador puede suscitar pan material, pero no sabe compartirlo. Produce pan para dominar y someter a todos, no para saciar a los hambrientos (como quería María). Hay, según eso, un pan que siendo en sí bueno, puede ponerse y se pone al servicio de la opresión, como supieron los hebreos antiguos (el pan de la economía egipcia servía para mantener sometidos a los pobres). Este Diablo de Mt 4 aparece así como un Faraón universal, que garantiza un tipo de pan material para saciar el hambre exterior de los pobres, pero que lo hace para tenerles de esa forma sometidos.

El pan, en sí bueno, se vuelve Capital opresor, como muestra el capitalismo actual, peor que el Diablo de la tentación de Jesús, pues no alimenta a todos, sino a sus privilegiados (y a los que necesita para producir y vender sus productos), dejando morir a otros muchos (los prescindibles en una economía de consumo). Pues bien, Jesús rechaza no solo el pan del capitalismo actual, sino el pan del diablo de las tentaciones, que parece bueno (da de comer a muchos), pero impone su dictadura sobre todos. Por eso dice Jesús: “no sólo de pan vive el hombre”, sino de toda palabra… Un pan material sin palabra compartida se vuelve esclavitud.

7. Hambre de pan y de justicia. Para superar el pan del Diablo y dar de comer a todos no hace falta más dinero de tipo diabólico/capitalista (que sigue creando hambrientos), sino una experiencia nueva de solidaridad, como indican las bienaventuranzas de Jesús, que son una proclama de felicidad y solidaridad compartida:

Felices los pobres, porque es vuestro el reino de Dios, felices los que ahora estáis hambrientos, porque seréis saciados, felices los que ahora lloráis, porque reiréis (Lc 6, 20-21).

Jesús dirige estas palabras, de manera muy concreta, a los pobres campesinos galileos, en el límite del hambre. Pero en vez de lamentarse de (o con) ellos (los hambrientos), les ofrece la felicidad del Reino (Dios), diciéndoles que asuman y desplieguen precisamente ahora ese camino de felicidad, saciando así el hambre, sin esperar que las cosas se resuelvan mágicamente en el futuro. Ésta es la revolución de los hambrientos, que no necesita más dinero o comida de ricos (en línea de Diablo), pues ese pan/dinero sirve para crear más opresiones

El camino del Reino se expresa como rebelión de los hambrientos, no para volverse fieras (patas erizadas, rencores…, como decía M. Hernández), sino para transformar desde abajo las condiciones de la historia. No quiere Jesús más riqueza opresora (más de lo mismo), sino un cambio de vida desde los pobres/hambrientos, a quienes ofrece y con quienes inicia un camino de felicidad que se expresa en la comunión del Reino (el pan compartido). El evangelio de Mateo retoma, traduce y promueve ese motivo diciendo: “Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia porque ellos serán saciados…” (Mt 5, 6). Sólo a partir de los pobres y hambrientos se puede iniciar el verdadero camino de humanidad solidaria.

8. El hambre importa más que toda ley y religión. Éste es el argumento de Mc 2, 23-28 par. Unos discípulos caminan un día de sábado y, como tienen hambre, recogen y desgranan espigas, para así comerlas, cometiendo dos “pecados”: Roban espigas de un campo que no es suyo y además lo hacen (trabajan) en sábado. Los fariseos que lo ven les critican, sobre todo porque “trabajan” para saciar el hambre en sábado. Pero Jesús les defiende, diciendo que el hambre es anterior a las leyes de propiedad particular y religión: Ante el hambre todas las cosas son comunes, por hambre deben superarse las mismas leyes religiosas.

En la línea anterior se sitúa la escena de disputa de Mc 7, 24-30 par donde el mismo Jesús empieza diciendo no puede darse a los perros (de otro grupo social, nación o cultura) el “pan de los hijos” (de la buena familia de Dios) para transformar luego de forma sorprendente esa sentencia. Sin duda, en un sentido externo, ese pasaje no trata del hambre y del pan material, sino de un tipo de comida religiosa. Pero en un sentido radical viene a ponernos ante todo alimento que sirve para la vida.

Precisemos la escena. Un mujer siro-fenicia, pagana, pide a Jesús que cure a su hija, y Jesús le responde con la doctrina oficial del judaísmo cerrado: “No es bueno tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros”, es decir, a los gentiles. Pero la mujer pagana rebate ese argumento, diciendo que ante el hambre y la enfermedad no hay distinción entre buenos hijos y malos perros, de manera que si él, Jesús, viene de Dios tiene que curar también a su hija. Jesús descubre así, al escucharla, que no hay dos tipos de hambre y comida (una de hijos, otra de perros), sino que el hambre es igual en todos: en USA o España, en Congo o Brasil. El hambre (la necesidad) nos iguala a todos.

9. Tenían hambre, les dio de comer. En ese fondo se entienden las multiplicaciones (Mc 3, 35-44; 8, 1-9 par), en especial la segunda que insiste en el hambre de la gente, de la que Jesús se compadece, pues llevan tres días con él y no tienen qué comer. Dos son los temas que destacan en estos relatos. (a) Jesús, mesías de Dios, se ocupa del hambre. Ciertamente, él sabe que el hombre no vive solo de pan (Mt 4, 4), pero sin pan compartido el hombre muere, y toda religión o cualquier teoría económico-política se vuelve ideología. (b) El hambre no se arregla solo con dinero, para que compre pan y coma aquel que pueda (mientras los pobres sin dinero pasan hambre), sino compartiendo en igualdad los panes. El Diablo de Mt 4, 1-4 podía producir pan, pero no compartirlo.

Proclamar el evangelio y no compartir el pan es una mentira y también una “blasfemia” (un insulto contra Dios). Pues bien, como hombre de comida compartida, Jesús despidió a sus amigos prometiéndoles: “Tomaremos juntos la próxima copa en el Reino” (Mc 14, 25). Desde ese fondo, la primitiva comunidad cristiana ha simbolizado la presencia de la vida y obra de Jesús entre los suyos (en la historia de los hombres) a través de la Eucaristía (comida compartida, en nombre de Jesús).

10. Pan compartido, la verdad del evangelio. Pablo, Santiago. En el primer plano de la experiencia de Jesús, tal como ha sido asumida en diversas perspectivas por la Iglesia, sigue estando la comida compartida, entre comunidades y grupos, de tal forma que Pablo ha podido afirmar que la verdad del evangelio consiste en “synesthiein” (comer juntos: Gal 2, 5.14). No se trata de comer cada uno en su mesa (saciando solo el hambre material), sino de hacerlo juntos, compartiendo el pan y la palabra, es decir, la humanidad. En esa línea, con elementos distintos de los que ha puesto de relieve Pablo, pero con una misma inspiración de fondo, Santiago ha podido recuperar la experiencia profética de Israel, diciendo:

Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe y no tiene obras?… Si un hermano o hermana están desnudos y tienen necesidad de la comida de cada día, y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», pero sin darle las cosas que necesita para el cuerpo ¿de qué aprovecha eso? (Sant 2, 14-16, cf. 1 Jn 3, 13.17).

La oración de Jesús (Padre nuestro) nos situaba ante el pan nuestro de cada día, que sacia el hambre de todos (¡nosotros!). Ante la misma exigencia nos sitúa Santiago, el “hermano” de Jesús, insistiendo en la comida de cada día, que hemos de compartir con los hambrientos. Quien se cierra ante el hambre del prójimo (de cualquier hombre o mujer del mundo) no puede llamarse cristiano.

11. Tuve hambre y me disteis de comer (Mt 25).Todos los hilos anteriores de la trama del pan y del hambre, en el Antiguo y el Nuevo Testamento culminan para los cristianos en el juicio de Jesús, que dirá el último día: Tuve hambre y me disteis (o no me disteis) de comer (cf. Mt 25, 31- 46). Ésta es la norma central, el único “código” de conducta que permanece hasta el fin, vinculando a los seguidores de Jesús con todos los hambrientos del mundo.

Jesús, Cristo de Dios, viene a revelarse en los hambrientos, de manera que la forma de “ayudar a Dios” (confesar la fe en el Cristo) es darles de comer, en gesto básico de solidaridad humana (que es divina). La Biblia no defiende con ello ningún tipo de pauperismo, creando así una “república de hambrientos”, sino todo lo contrario: Quiere que los hombres tengan pan y casa, pero no para dominar a los demás, sino para compartirlo todos.

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“Banquete, enseñanza y consejo”. Domingo 22 ciclo C

domingo, 31 de agosto de 2025
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«Cuando des una comida invita a los pobres»

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de varios domingos con evangelios complicados y densos de contenido, el de hoy resulta extrañamente fácil de entender. Tan fácil, que suscita sospecha. Un sábado, uno de los principales fariseos invita a Jesús a comer y él acepta la invitación.

Primera parte: una enseñanza (Lc 14,7-11)

            Se supone, aunque no se cuenta, que todos los invitados corren a ocupar los primeros puestos. Hace veinte siglos, conseguir uno de ellos era importante, no sólo por el prestigio social, sino también porque se comía mejor. Marcial, el poeta satírico nacido en Calatayud el año 40, que vivió parte de su vida en Roma, ironizó sobre esas tremendas diferencias. Jesús aprovecha para ofrecer una lección.

Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste. «Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

            Estas palabras resultan desconcertantes en boca de Jesús: aconseja un comportamiento puramente humano, una forma casi hipócrita de tener éxito social. Por otra parte, la historieta no encaja en nuestra cultura, ya que cuando nos invitan a una boda nos dicen desde el primer momento en qué mesa debemos sentarnos.

            Sin embargo, lo que nos puede parecer una historieta anticuada y poco digna en boca de Jesús, reflejaba para los lectores antiguos una realidad cotidiana divertida, que los llevaba, casi sin darse cuenta, a la gran enseñanza final: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. El uso de la voz pasiva (“será humillado, será enaltecido”) es un modo de evitar nombrar a Dios, pero los oyentes comprendían muy bien el sentido de la frase: “Al que se enaltece, Dios los humillará, al que se humille, Dios lo enaltecerá”. Naturalmente, ya no se trata de la actitud que debemos adoptar cuando nos inviten a una boda, sino de una actitud continua en la vida y ante Dios. Pocos capítulos más adelante, Lucas propondrá en la parábola del fariseo y del publicano un ejemplo concreto, que termina con la misma enseñanza.

            “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador. El fariseo, en pie, oraba así en voz baja: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto poseo. El recaudador, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. Os digo que éste volvió a casa absuelto y el otro no. Porque quien se enaltece será humillado, quien se humilla será enaltecido” (Lucas 18,10-14).

Segunda parte: un consejo (Lc 14,12-14)

            A continuación, dirigiéndose al que lo ha invitado, le dice:

            Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 

                 Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos.

           Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

            Esta segunda intervención de Jesús resulta también atrevida y desconcertante. En las sociedades agrarias, como la del imperio romano, «pobres, lisiados, cojos y ciegos», al no poder trabajar, formaban parte del estrato más bajo, la clase de los despreciables. Y, desde un punto de vista religioso, estas personas quedaban excluidas en Israel de ciertas funciones sacerdotales o de la pertenencia a la comunidad de Qumrán.

Por consiguiente, Jesús se manifiesta en contra de las normas sociales y religiosas vigentes. Pero hay otro aspecto fundamental en sus palabras: lo importante no es lo que obtenemos en esta vida, sino lo que nos darán en la otra. Lo mismo que dice a propósito de la limosna, la oración y el ayuno en el Sermón del monte, cuando contrapone la recompensa efímera que se consigue en la tierra con la perenne que Dios da (Mateo 6,1-18).

La referencia a la «resurrección de los justos» no significa que solo ellos vayan a resucitar. La expresión solo aparece otras dos veces, y en ambas ocasiones va acompañada de la resurrección y castigo de los malvados. Pablo dice al gobernador Félix que «habrá resurrección de justos e injustos» (Hechos 24,15). Y el cuarto evangelio: «los que obraron bien obtendrán una resurrección de vida, los que obraron mal una resurrección de juicio» (Juan 5,29).

Primera lectura (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29)

            Contiene cuatro consejos; los dos primeros empalman directamente con el tema del evangelio.

            Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso.

            Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. 

            No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. 

            El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará. 

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 31 agosto 2025

domingo, 31 de agosto de 2025
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“Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar principal no sea que llegue otro invitado más importante que tú,  y el que os invitó a los dos venga a decirte: ‘Deja tu sitio a este otro. Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento.”

(Lc 14, 1.7-14)

El puesto de nuestro Corazón.

Al leer este evangelio me llama la atención el gran conocimiento que tenía Jesús de las sombras que habitan el corazón humano. Su  explicación es certera y práctica utilizando nuestras categorías humanas para hacerse comprender.

Me llama la atención que Jesús no explique que no es bueno ocupar el primer lugar, porque es un endiosamiento y es un vivir fuera de quienes somos, moviéndonos por la apariencia, la posición social, el qué dirán, y que eso no otorga la paz.

En cambio hace un paralelismo…y dice si llega otro invitado más importante que tú, el dueño de la casa te dirá que dejes ese lugar”, y esa es la explicación que entendemos porque nos movemos dentro de categorías de bueno, mejor, más poder, más tener…

A mi entender actuamos así porque funcionamos desde nuestra mente. Dentro de unos patrones culturales aprendidos, marcados por nuestra sociedad y familia. Sin embargo ello no nos otorga la felicidad, sino la esclavitud de vivir según los roles establecidos.

Funcionamos según la “idea”, “el concepto mental”  de lo que nos otorgará la felicidad. Sin embargo, Jesús nos habla de vivir en el interior donde la idea no tiene poder. De sentirnos a gusto con quienes somos, disfrutando el instante, sin categorías, siendo nosotros. Y para disfrutar de nosotros no necesitamos ocupar puestos “especiales” según las clases sociales. Necesitamos ocupar el puesto de vivir en nuestro corazón, donde quien otorga “el poder” es nuestra capacidad de amar.

Quien ama no se mueve por categorías humanas, las del endiosamiento, si no por “desaprendizajes” egoícos, que conllevan la entrega y el servicio, entonces somos en la medida que dejamos a los demás ser un@  en nosotr@s. “ El Padre y yo somos uno” ( Jn 10,30).

Oración

Jesús, maestro de la desidentificación de patrones mentales,

enséñanos la sabiduría de descubrirnos plen@s en nosotr@s mism@s,

sin tener que representar ningún papel, ocupando puestos que nos descentren de Ti.

Te lo presentamos a Ti, Padre de la Vida, por medio de Jesús tu Hijo,

y mediante la fuerza y la ternura de la Santa Ruah.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Hacer algo para que te lo paguen es una trampa.

domingo, 31 de agosto de 2025
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DOMINGO 22 (C)

Lc 14,1.7-14

Hoy tiene importancia el contexto. Un fariseo invita a Jesús. Los judíos hacían los sábados una comida especial. Aprovechaban para invitar a personas importantes y así presumir ante los demás invitados. Jesús era una persona muy conocida y discutida.

Jesús aconseja no buscar los honores y el prestigio ante los demás como medio de hacerse valer. Condena toda vanagloria como contraria a su mensaje. El texto conecta con el domingo: Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

La segunda encierra un matiz diferente. No quiere decir Jesús que hagamos mal cuando invitamos a familiares o amigos. Quiere decir que esas invitaciones no van más allá del egoísmo amplificado. Esa actitud no es signo del amor evangélico. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá del puro instinto, del interés personal del ego.

La demostración de que se ha entrado en la dinámica del Reino está en que se busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. La frase “dichoso tú porque no pueden pagarte”, puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen más allá.

Jesús trastoca comportamientos que tenemos por normales, para entrar en una dinámica nueva, que nos debe llevar a cambiar la escala de valores del mundo. Ser cristiano es ser diferente. No se trata de renunciar a ser el primero. Se trata de desplegar al máximo lo que realmente eres y no quedarte en el falso yo.

La falsa humildad es demoledora en el orden espiritual. Existen dos clases de falsa humildad. Una es estratégica y se da cuando nos humillamos ante los demás con el fin de arrancar de ellos una alabanza. Otra es sincera, pero también nefasta. Se da en la persona que se desprecia a sí misma porque no encuentra nada positivo en ella.

Ser humilde es reconocer que eres lo que eres, sin más. Ni siquiera tendríamos que hablar de ello, bastaría con rechazar todo orgullo, vanidad, jactancia, vanagloria, soberbia, altivez, arrogancia, etc. «Humildad es andar en verdad» (Sta. Teresa). Se trata de conocer la verdad de lo que uno es, y además vivir (andar en) esa realidad.

Siempre que se violenta la verdad, sea por defecto sea por exceso, se aleja uno de la humildad. No se trata de que nos convenzan de que somos una mierda. Se trata de descubrir nuestro auténtico ser. Humildad es aceptar que somos criaturas limitadas.

Si sientes la necesidad de parecer humilde es que no lo eres. Constantemente estamos engañándonos a nosotros mismos al creernos más que los demás, incluido más humildes. La mentira más común es la que nos decimos a nosotros mismos.

En los evangelios encontramos rabotazos que nos despistan. Parece que se vieron obligados a responder a los intereses egoístas para ratificar el mensaje. Jesús nunca pudo decir que te pongas el último para que te hagan subir y así ‘quedar muy bien’.

Lo mismo en la segunda propuesta; ‘te lo pagarán cuando resuciten los justos’. El ser humano es capaz de remover cielo y tierra para salirse con la suya, para potenciar su falso yo. Nuestro ego es tan sutil que se mete hasta en la vida más espiritual.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Criterios de felicidad.

domingo, 31 de agosto de 2025
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Lucas 14, 7-14

«Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»

José E. Ruiz de Galarreta entiende a Jesús como «sabiduría de Dios ofrecida a los seres humanos»; una sabiduría que manifiesta en su profundo mensaje teológico, pero también en los consejos prácticos de mera sabiduría de la vida que menudean en el evangelio. Entre ellos caben destacar los recogidos en los capítulos quinto y sexto de Mateo (y en el sexto de Lucas), donde se muestran los criterios de Jesús en materia de felicidad: «Cuánto más felices seríais si…»

Vamos a detenernos a hablar de felicidad. Según afirman los eudemonistas (con Aristóteles y Tomás de Aquino a la cabeza), la felicidad es el fin último del ser humano, pero debemos tener en cuanta que cuando hablan de felicidad no se están refiriendo a aquellas sensaciones a las que nosotros les damos tal rango sin tenerlo (como el bienestar, el confort o cualquier situación de satisfacción y contento”, como reza el diccionario), sino que la entienden como un estado de plenitud y armonía del alma (o si lo prefieren, del animo”).

La felicidad así concebida es algo que sólo sentimos circunstancialmente; algo que no somos capaces de abarcar ni comprender, que no sabemos cuándo se va a presentar o dónde buscarla, y que, aún en el momento en que nos sentimos felices, no sabemos en qué consiste ni cuánto va a durar. Esta singularidad nos mueve a pensar que se trata de una realidad ontológica que nos supera; muy por encima del resto de nuestros atributos como pueden ser la inteligencia o la conciencia; un eslabón que nos une a algo muy superior en ciertos momentos de nuestra vida; un adelanto de la realidad del ser humano libre de sus limitaciones. Sin duda, en esos momentos estarán actuando sobre nuestro cerebro un aluvión de estímulos, pero ésa no puede ser la causa de la felicidad, sino la consecuencia; la respuesta somática a un estado del ánimo superior provocado por causas que se nos escapan.

¿Pero dónde buscarla?…

El mundo me dice que seré feliz si soy rico, si tengo poder o prestigio social, si no me dejo avasallar, si soy más listo que los demás para los negocios, si voy de diversión en diversión, si no me meto en líos, si no me insultan ni me persiguen… Jesús, en cambio, me propone un código de felicidad radicalmente distinto e inverosímil: ¿Quieres ser feliz…? –nos dice–, pues confórmate con poco, comparte lo que tienes con los que no tienen, aprende a sufrir, di siempre la verdad, no seas violento, trabaja para que prevalezca la justicia, no trates de aprovecharte de nadie… y no te preocupes si te insultan y te persiguen por ello, pues a la larga serás mucho más dichoso.

¿Creo en él? ¿Le creo a él? ¿Me fío de él? ¿Estoy dispuesto a vivir compartiendo, perdonando, sembrando la paz, trabajando por la justicia, actuando siempre con sinceridad y sin temor al sufrimiento? ¿Me lo juego todo apostando por unos criterios de locos; viviendo de acuerdo a unos valores tan estrafalarios como poco evidentes?… Decir que sí, que me la juego, que cambio de vida, es tener fe en Jesús; lo demás será otra cosa. Creeré en Jesús si es él quien manda en mis criterios y mis valores; si es él quien da sentido a mi vida; si creo que sus criterios pueden salvar el mundo del desastre y me comprometo con la tarea de hacer realidad su sueño…

Pero, como decía Jon Sobrino: «A eso es a lo que tenemos miedo; a ser felices a lo cristiano».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¿Dispuestos a colocarnos en el último lugar e invitar a los que no pueden pagarnos?

domingo, 31 de agosto de 2025
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Lucas 14, 1. 7-14

Nos encontramos este domingo con un texto que, si lo escuchamos seriamente, nos sorprenderá e incluso nos hará sonreír pensando, ¿qué está diciendo este? Porque lo que en él se afirma no tiene nada que ver con lo que solemos pensar o decir. Ojalá nos despierte y zarandee de verdad. Encontramos en él tres partes:

Primero nos pone en situación, nos sitúa: Jesús está en la casa de un fariseo “importante” que le ha invitado a comer y el resto de los fariseos le están “espiando”. Es decir, él sabe que sus gestos y palabras van a ser analizadas y juzgadas con lupa, incluso que van a alimentar la polémica.

En segundo lugar una parábola sugerida por el comportamiento que observa en los invitados. Es importante que nos demos cuenta de que estamos ante una parábola, mucho más sugerente y comprometedora que una simple norma de cortesía e incluso de moral. Bajo la imagen del banquete, tan repetida en los evangelios, Jesús nos habla de nuestras actitudes en la vida, ¿Qué puesto o lugar buscamos? ¿Qué puesto creemos que nos merecemos o nos corresponde? ¿Qué lugar queremos que nos reconozcan los demás en la familia, en el trabajo, entre los amigos…? Actitud que responde también a la imagen que tenemos de nosotros mismos, a cómo nos juzgamos a nosotros y cómo juzgamos a los demás.

Vete a sentar en el último puesto afirma tajantemente la parábola. ¿Qué provoca esto en nosotros/as si escuchamos profundamente? ¿Podemos imaginárnoslo como slogan publicitario o como consigna para ganar seguidores? Sin duda no. Va en contra de lo que casi siempre pensamos, deseamos o buscamos. Y sin embargo hay otros muchos textos del evangelio muy parecidos porque contiene algo esencial del mensaje de Jesús: quien quiera entrar en el Reino de Dios, ha de ser pequeño, ha de hacerse último, no debe formular falsas pretensiones teniéndose por justo. Pequeño como los niños (Mt 19, 14), conscientes de su nuestra pequeñez y carencias, e incluso del propio pecado, como el publicano en el templo (Lucas 18, 9-14). Último como el que sirve, no el que aspira a ser servido, como Jesús recuerda con su actuar y sus palabras en la última cena. Por eso queda fuera de lugar, entre los seguidores de Jesús la discusión por quien será el primero (Lc 22, 24-27), o quien trabaja más por el reino o se lo merece más.

Pero la parábola no habla solo de banquetes, habla de nuestras actitudes en el templo, es decir de nuestro modo de relacionarnos con Dios y con los demás. Buscar el último puesto es tomar conciencia de la propia realidad reconociendo que la salvación, el “tener un puesto” en el reino es siempre un don de Dios, no algo que nos corresponde porque nos lo ganamos a base de esfuerzo. Es relacionarnos desde ahí con Dios, el que por encima de todo nos ama y nos invita continuamente. Y es relacionarnos así con los demás, como servidores, como hermanos, nunca como jueces o señores. ¿Estamos dispuestos/as a sentarnos en el último puesto? ¿Estamos dispuestos/as a servir a los demás? ¿Es nuestra actitud ante el Señor la del hijo necesitado que se siente perdonado y amado, sin meritos propios? Porque entonces, solo entonces, recibiremos de Dios el verdadero reconocimiento, el “primer puesto” aquel que corresponde a los hijos y con el que ni nos atrevíamos a soñar… Y quizá como María, como Isabel, exclamemos algo parecido a “¿Cómo puede ser esto si yo…?” o “¿Quién soy yo para que me…?

Y hay una tercera parte, una invitación a ser anfitriones al estilo de Jesús. Nos plantea, ¿a quién solemos invitar a los banquetes, a los “momentos” de vida que protagonizamos, a nuestras fiestas, a  nuestras tareas, a nuestros espacios de ocio? O dicho de otra forma, ¿por quienes nos preocupamos, quienes ocupan nuestro tiempo y nuestra atención? ¿A quién dirigimos nuestros cuidados como buenos anfitriones? ¿A los nuestros, a aquellos que queremos, con los que nos sentimos a gusto, con los que compartimos ideas, intereses, etc.?  Y otra vez Jesús nos sorprende con una norma “rara”, absolutamente distinta a lo que solemos pensar: Invitad a los pobres, a los enfermos, a los que no pueden devolvernos la invitación, a los que no pueden pagarnos el favor, a los que no son como vosotros…  A aquellos de los que no podemos esperar nada. ¿De verdad estamos dispuestos/as a hacer esto? ¿Qué cambiaria en nuestra vida? Esa norma tan afianzada, aun de forma inconscientes, de primero yo y los míos y luego los demás, ¿sabremos descubrirla en hechos y actitudes cotidianas y cambiarla? ¿Es posible vivir de esa manera tan desinteresada?

La gratuidad como distintivo cristiano nos invita a dar sin esperar nada a cambio, a perdonar sin exigencias, a acercarnos y ser agradables también con las personas que no lo son con nosotros, a ayudar y servir a aquellos que no son de los nuestros. Es un camino sorprendente y difícil pero es el que Jesús afirma que nos hará felices: “Dichoso tú si no pueden pagarte” algo tan chocante como el resto de la bienaventuranzas.

Podemos terminar diciendo que en este último domingo de agosto, cuando muchos estamos ya haciendo planes para el nuevo curso, el evangelio nos sorprende y nos da dos criterios muy serios: Colocaos en el último lugar el que nos corresponde, el único que nos permitirá ser, pensar y obrar como Jesús e Invitad a los que no pueden pagaros abrid vuestra vida a ellos, dedicarles vuestra atención y vuestro tiempo, invitadlos a vuestra casa y a vuestra fiesta…   Y en esta dinámica que es la del Reino, donde los últimos serán los primeros, donde la humildad y la gratuidad son los criterios que nos distinguen, experimentaremos la felicidad, la bienaventuranza que Jesús nos promete, que Él mismo nos da.

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp.

Fuente Fe Adulta

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Cuando hacemos las cosas “para quedar bien” o la trampa del yo ideal.

domingo, 31 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 31 agosto 2025

Lc 14, 1.7-14

La motivación que propone la parábola para no ocupar “los primeros puestos” esconde una trampa sutil en la que solemos caer, siempre que hacemos algo para “quedar bien”. En ese intento, no solo abdicamos de nuestra capacidad de autonomía, sino que nos instalamos en un “yo ideal” que, tras una fachada de “perfección”, esconde falsedad y cae en brazos de la hipocresía o “falsa humildad”: colocarse en el último lugar con el fin de quedar bien, no es humildad. Y que sea algo tan habitual nos revela que se trata de un mecanismo psicológico muy enraizado en nuestra condición.

A partir de su propia necesidad de sentirse reconocido, el niño se ve obligado, desde muy temprano, a dar una imagen de sí mismo que resulte “aceptable” para los demás. Lo cual le llevará, inevitablemente, a crear su propia sombra en la que, con frecuencia de manera inconsciente, recluir aquellos aspectos de sí mismo que no tengan cabida en la imagen que trata de ofrecer.

Ese mecanismo inicial es tan poderoso que puede seguir imperando a lo largo de toda nuestra existencia, de manera que, en todo lo que hagamos, busquemos -de manera automática- “quedar bien”, con el fin de obtener el reconocimiento ansiado.

Se trata de una tarea ardua, agotadora y desgastante. Porque el afán de ofrecer una imagen idealizada se asienta en la mentira sobre nosotros mismos y exige un enorme derroche de energía para sostenerla. No en vano, la distancia que sostenemos entre nuestro yo real y el yo ideal es fuente de neurosis.

Desactivar la trampa del yo ideal requiere -como siempre que queremos salir de cualquier trampa- amar la verdad por encima de cualquier otro interés. Y será la propia verdad, reconocida y aceptada, la que, bajándonos de cualquier pedestal ideal -falso, arrogante, hipócrita y siempre egoico-, nos reconcilie con nuestra humanidad: es el camino de la humildad.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Humildad viene de humus: barro

domingo, 31 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- v 1. Mal comienzo

        Con cierta ironía solemne, el evangelio de hoy sitúa la escena en sábado, un día importante. Uno de los principales fariseos, recibe a comer en su casa a Jesús, pero la élite de la sociedad le estaba espiando.

        Jesús había discutido mil veces y por mil cuestiones con los fariseos: el eterno problema de la ley y la libertad, la curación de los enfermos en sábado, la pureza o impureza de los alimentos, de las enfermedades, el mandamiento principal, el templo, etc. ¿Para qué le invitan ahora a comer?

02.-  Humildad: humus

        Nunca está demás acudir a la etimología de las palabras. Humildad viene de humus, es decir: tierra, barro, la tierra fértil.

Para comprender lo que pueda significar humildad, tenemos un primer elemento: caer en la cuenta de que somos tierra, barro. El ser humano más grande -o quien se cree grande- es, como todos, tierra, barro. Adán, (Adamah) significa barro

Somos barro, pero la tierra es fértil, da vida. Todo humus da vida. Desplegar las cualidades (los talentos, los carismas) que Dios nos haya podido dar y ponerlas al servicio de los demás es vivir humildemente: humus: vida.

03.- La humildad es vivir entendiéndose desde dios.

La humildad es entendernos desde Dios. Somos humildes cuando nos sentimos creados por Dios y vivimos en referencia a Él.

Cuando yo me siento como proveniente de Dios Padre, creado por el buen alfarero que es Dios, vivo agradecido por lo que Dios y la vida me han dado ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? (1Co 4,7).

Desde Dios yo no soy un “Dios más que nadie”. No soy el “faraón”, ni “Herodes”. No soy un “hamalau”, un creído político, o un capitalista dueño de medio mundo, todavía menos soy un sutil maquiavélico déspota religioso. Mi raza, mi pueblo, mi iglesia no son más que los de al lado.

Desde Dios, veo -me veo- con los demás como criaturas y hermanos, no como siervos o inferiores. Desde Dios, no desprecio a nadie, “no piso a nadie”. Todos hemos sido creados por Dios, todos somos sus hijos, todos iguales, todos queridos.

Cuando nos entendemos desde Dios, no miro a mis hermanos como arios y judíos, como palestinos, vascos y españoles, blancos y negros, hutus y tutsis: todos somos hijos, imagen de Dios.

Es muy valiosa la actitud que nace de lo que dice el salmo 130:

Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.

La actitud de la parábola del publicano que humildemente se ponía debajo del coro de la parroquia es infinitamente más noble y razonable que la actitud farisaica de creerse por encima de los demás.

04.- v 8 Invitados a una boda.

        El evangelio de hoy nos habla de “cuando te inviten a una boda”… La boda es uno de los símbolos más utilizados por Jesús y por el NT para hablarnos de lo que pueda ser el Reino de los cielos, el futuro absoluto. (El Reino significa cómo Dios concibe y sueña la vida y la convivencia entre los hombres y los pueblos).

Boda

        Una boda si es algo, es amor, afecto, encuentro, ilusión, familia.

        La historia de la salvación es la historia de un amor apasionado de Dios a su pueblo, a la humanidad. El amor atraviesa toda la Biblia:

Banquete

Dios imagina y desea las relaciones humanas como un banquete, como un encuentro donde hay amistad y diálogo, una cierta satisfacción y alimento para todos. Es decir, la convivencia que Dios imagina y desea para la humanidad son las antípodas a como las imagina el egoísmo nacional y económico en el que vivimos.

Invitados

        Todos estamos invitados, llamados a vivir y convivir en un clima de amabilidad, encuentro, de respeto y servicio.

        Así vivió Jesús:

  • Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve, (Lc 22,27 / Jn 13,1-20).
  • Sin puesto en la vida: ni tuvo posada para nacer, ni tuvo dónde reclinar la cabeza, ((Lc 9,58).
  • El más pequeño es el más grande en el Reino, (Lc 9,48).

Estamos invitados a una mesa de amor: diálogo, escucha del que sufre, encuentro, limosna, banco de alimentos, pacificación de relaciones y pueblos.

05.- El poder no crea igualdad, el amor, sí.

El poder no crea igualdad.

        El evangelio de hoy no es un manual de protocolo o normas de urbanidad dignas de la “jet society” o del mundo episcopal -eclesiástico, político, científico, etc.

Al papa Francisco le traía a mal traer el carrerismo eclesiástico… Sin embargo en la Iglesia hay “parroquias y diócesis término”. Muchos curas y obispos aspiran a un cargo, a una parroquia o una diócesis más importante. Por otra parte los políticos suspiran por un cargo mayor.

A la gente le gusta presumir de “apellido o de familia bien” en la vida social. Es muy prepotente, poco sensato y nada cristiano eso que se suele decir: “Tal persona es de familia bien”. ¿Hay familias mal?

Las personas humildes, la humildad hacen bien en la vida, que harto daño hacen personas “creídas”, prepotentes y altivas. La prepotencia. Una persona sencilla y humilde hace mucho bien en la familia, en la comunidad, en la diócesis, en la vida social.

06.- Quien se enaltece será humillado y quien se humilla, será enaltecido.

        La pretensión de ser como dioses y la prepotencia es casi connatural al ser humano. La pasión, la pulsión más fuerte del ser humano es el poder: en la familia, en las comunidades religiosas, en la vida de la Iglesia, en política.

        Quien se humilla, será ensalzado.

        Es el caso de Jesús: fue humillado hasta la muerte y una muerte en cruz. Por eso Dios lo elevó hasta la vida. (Filip 2, 5-11). Lo más alto que estuvo Jesús en la vida fue en la cruz.

Todos seremos elevados, porque todos somos barro, humus y Dios levanta del barro, del polvo: no dejará nuestras vidas en el sheol.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón

(Mt 11,29)

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“ Hacer realidad el banquete del reino ”, por Consuelo Vélez.

domingo, 31 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XXII Domingo del Tiempo Ordinario 31-08-2025

Los banquetes para el pueblo de Israel mostraban la familiaridad con los que son iguales a uno y constituía un “deshonor” sentarse a la mesa con alguien que no fuera de su misma categoría o se considerara pecador. Por eso las cenas que Jesús realiza con pecadores y publicanos son un escándalo para sus contemporáneos.

Jesús les relata una parábola para hablar de los puestos de importancia, pero no como se señalan en la sociedad, sino en la lógica del reino: los que creemos menos importantes ocupan los primeros puestos

¿Habremos entendido esta lógica del reino? Una Iglesia sinodal la haría posible pero aún falta mucho para hacerla realidad.

 

En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:

+ «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

(Lucas 14, 1.7-14)

El domingo pasado hablábamos de la imagen del banquete como una imagen muy diciente del reino de Dios. Conviene recordar que los banquetes para el pueblo de Israel mostraban la familiaridad con los que son iguales a uno y constituía un “deshonor” sentarse a la mesa con alguien que no fuera de su misma categoría o se considerara pecador. Por eso las cenas que Jesús realiza con pecadores y publicanos son un escándalo para sus contemporáneos. En el evangelio de hoy, Jesús es invitado a comer por uno de los principales fariseos y el texto nos dice que lo espiaban los otros fariseos, tal vez por el significado que las cenas tenían para ellos y la forma contracultural como Jesús se portaba muchas veces. Pero Jesús aprovecha la ocasión para seguirles explicando en qué consiste la buena noticia que él les ofrece, sin que lleguen a entenderlo, como sabemos, por el desenlace de su vida.

Jesús aprovecha lo que está sucediendo en el banquete y les dice una parábola para interpelar a aquellos que estaban escogiendo los primeros puestos: cuando les conviden, no se sienten en los primeros puestos para que no les vayan a pedir que le cedan su puesto a alguien más importante. En tiempos de Jesús, como también en el nuestro, hay banquetes en que se invita a diferentes tipos de personas, pero cada cual ocupa su lugar según el rango de importancia o de cercanía con el que da el banquete. De ahí, el ejemplo de Jesús, de no ocupar los primeros puestos. Pero en este caso no es para preservar la escala de importancia con las que el mundo marca las diferencias sociales. Es para hablar del reino de Dios donde los que creemos menos importantes ocupan los primeros puestos. Para reforzar esta enseñanza, Jesús se dirige al dueño de la casa, proponiéndole que, al hacer un banquete, invite a los que no pueden pagarle. Es decir, le exhorta a comprender la lógica del reino, lejana a las pretensiones de honor e importancia de nuestro mundo. Desde la propuesta de Jesús, lo que cuenta es la igualdad fundamental de todos los hijos e hijas de Dios, todos con derecho a sentarse en la mesa del reino, todos sin sufrir ninguna exclusión y, mucho menos, sin excluir a nadie.

Sería importante preguntarnos si nosotros hemos entendido la lógica del banquete del reino de los cielos. Si nuestra escala de valores responde al amor incondicional de nuestro Dios por todos, sin dejar a nadie por fuera, o funcionamos a partir de honores, poderes, orgullos, vanaglorias de nuestro mundo. La propuesta de una iglesia sinodal sería una ocasión propicia para recuperar esa igualdad fundamental. Sin embargo, el sínodo, como tantas otras realidades eclesiales, no ha logrado una conversión de fondo hacia una iglesia donde quepan todos, hacia una iglesia donde títulos honoríficos y posiciones de poder, sean solo un recuerdo del pasado. Aún el clericalismo sigue vigente y la sinodalidad parece más una utopía. Ojalá que pudiéramos hoy, comprometernos con asumir esta lógica del evangelio tan bellamente expresada en la imagen del banquete. De esa manera nuestra iglesia daría mejor testimonio y la haría más creíble para nuestros contemporáneos.

(Foto tomada de: https://www.reflexionyliberacion.cl/ryl/2018/06/30/el-papa-francisco-cena-con-280-pobres/)

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“Humildad – San Lucas 14.1.7-14 -“, por Joseba Kamiruaga Mieza.

domingo, 31 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Se grita, siempre. Cada vez más a menudo, cada vez más fuerte.

Y, finalmente, sin reparos, sin vergüenza, sin hipocresías bienpensantes.

Digámoslo, por fin, revelemos el secreto a voces: el hombre es también una cloaca putrefacta.

Es inútil jugar a ser demócratas, tolerantes, dialogantes, buenistas ingenuos.

En todo el mundo crece el deseo de demostrar el poder, entre los poderosos, entre las naciones. Nada de diálogo, nada de mundo pacificado, nada de justicia y sostenibilidad. No nos engañemos.

Viva el hombre fuerte, las palabras fuertes, las decisiones fuertes.

Viva la opinión gritada, las decisiones claras, las frases asertivas.

Poco importa si la realidad es compleja y debe ser aceptada y comprendida para poder ser cambiada: los que están, están, y los demás, que se aguanten.

El mundo es una jungla que impone una lucha sin cuartel.

Para ser visibles, para ser notados, o incluso solo para sobrevivir.

O tal vez formamos parte del otro bando, el de los que querrían y no pueden.

El de los que, diría el filósofo Nietzsche, al no poder estar del lado de los vencedores, exaltan a los vencidos diciendo «bienaventurados los pobres».

Pero nos gustaría, o sí, si quisiéramos, ser visibles. Nos agotamos con los selfies, nos inquietamos si no tenemos suficientes «me gusta», seguimos a los distintos influencers pensando que son los nuevos modelos que seguir. 

Uno de cada mil lo consigue, de acuerdo. ¿Y los otros novecientos noventa y nueve?

Y sobre este guiso que hierve, sobre estos tiempos turbios y conflictivos, irrumpe una Palabra susurrada.

Una Palabra capaz de orientar. De revelar. De hacer comprender. De iluminar.

De quien dice que no existe una clasificación, si todos somos únicos.

Y que revela que todos, cada uno de nosotros, somos hijos del gran Rey.

Emerger

No buscamos la salvación, sino salvadores.

Alguien que resuelva por nosotros, sin que nos cueste demasiado esfuerzo, si es posible.

Jesús observa la realidad, muy parecida a la nuestra.

Ve cómo, durante un banquete oficial, en presencia de personas importantes, muchos se empujan para acceder a los primeros puestos, para acercarse a la estrella, real o presunta, de la fiesta. Y, lleno de sentido común, advierte: cuidado con no hacer figura mezquina.

Una actitud que llevamos incrustada en el corazón.

El deseo de destacar, de aparecer, de contar.

En el mundo y en la Iglesia, que quede claro.

Lo cual conlleva una fragilidad desconcertante: hacer que el valor de lo que somos dependa de los demás. 

Colgados

Demasiadas veces estamos colgados del juicio que los demás hacen de nuestras acciones.

Dependemos del juicio: ¿seré capaz? ¿Lo habré hecho bien?

Nos esforzamos por ser como los demás esperan que seamos. Buenos padres, buenos hijos, buenos …

Esperamos, tarde o temprano, recibir un diploma de colores y sellado que certifique nuestra valía.

Y si esto no ocurre, nos hundimos en la depresión o montamos una escena terrible por no haber visto reconocidos nuestros esfuerzos: «¡Después de todo lo que he hecho por ti!».

Mendigamos un poco de aprecio, imploramos una palmadita en la espalda.

Porque basamos nuestra autoestima fuera de nosotros mismos.

Somos obras maestras. Dios nos ha creado así. Piezas únicas.

Es inútil pensar que somos fotocopias.

Volvamos la mirada hacia el Único que realmente sabe quiénes somos.

Y en qué podemos convertirnos. 

Ve a ti mismo

Jesús nos revela otro mundo: no necesitas mostrarte, aparecer, aparentar, …, tú vales.

La autoestima que nace en tu corazón no se mide por tus habilidades, no, sino por el hecho de que eres pensado, querido y amado por tu Dios. Aunque no ganes ninguna medalla. Aunque tu vida esté hecha de pequeños pasos.

Tú eres amado. No lo dudes.

Tú vales, este es el mensaje de la Escritura: eres precioso a los ojos de Dios.

No importa tu límite, ni la medida de tu miedo.

No importa lo que los demás piensen de ti: tú vales, eres valioso a los ojos de Dios. Por eso no necesitas alardear, buscar obsesivamente una visibilidad que el mundo te niega o reserva a unos pocos elegidos.

Tú vales, aunque nunca ganes ninguna medalla de oro y tu pequeña vida se pierda en los recuerdos de una generación. 

Tú vales, no malvendas tu dignidad, cultiva tu interior y, si cultivas tu exterior, cultívalo para que sea siempre y solo transparencia del interior.

¿Tus límites? Un recinto que delimita el espacio en el que realizarte.

¿Tus pecados? La experiencia de la finitud y de la libertad aún por purificar, por acoger como adulto y por poner en manos de Dios.

No necesitas ponerte en los primeros puestos: solo Dios conoce tu corazón, lo conoce más que tú, no te dejes llevar por los falsos profetas de nuestro tiempo.

Y, en el corazón de Dios, ya estás en el primer puesto. Junto con todos los demás, porque el amor no se divide, se multiplica hasta el infinito.

Estamos llamados

Mi nombre está escrito en los cielos, es decir, en el corazón de Dios. Me he acercado a la asamblea de los santos, hermanos y hermanas que, como yo, han sido tocados por la presencia del Misterio.

No necesito gritar, solo clamar con mi vida lo mucho que somos amados. Y vivir como salvado. No, no grito, no discuto, no pienso que soy más listo o mejor.

Soy arcilla en las manos del alfarero.

De ahí nace la humildad.

Término que deriva de humus, la tierra, que se vuelve fértil.

Una concreción que da vida, esto es la humildad.

Que no es la depresión sino la experiencia gozosa y fecunda de lo que podemos ser realísticamente. Sabemos que somos preciosos a los ojos de Dios. Hemos conocido nuestra sombra, pero, infinitamente más, la luz de su presencia.

Eso es lo que queremos contar y vivir.

Porque experimentamos que somos amados en totalidad, y este amor nos impulsa a superar todos los obstáculos.

¿De verdad nos siguen interesando los primeros puestos?

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 31 de agosto de 2025

 

1.- La propuesta de Jesús: dar con gratuidad.  

2.- Ponerse en el último lugar: el de Dios

3.- El lugar de Dios está siempre entre los últimos de la fila.

4.- Dios da alegría a quienes producen amor.

5.- El amor sin cálculos, motor de la vida.

6.- Vivir como Dios, dar sin recibir.

7.- Humildad – San Lucas 14.1.7-14.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Soy tan solo lo que soy ante Dios. (San Francisco de Asís) – Jesús, hermano mío!

sábado, 30 de agosto de 2025
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Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

| Alfonso Olaz OFS

  Bienaventurado el que no se cree más de lo que es,
porque en la sencillez de su ser ha encontrado el Reino.

Hermano Jesús,

¿Qué soy yo?

Solo lo que soy.

¿Y quién soy?

, que me miras sin esconder nada,
me has revelado que sin Ti soy nada,
vacío sin raíces, sombra sin luz.

Nada poseo… nada soy…
y sin embargo, todo es don,
porque Tú, con tus manos invisibles,
me has dado el mundo entero,
me has dado la vida en cada latido.

Lo que soy ante Dios:
un corazón desnudo que se abre,
que se deja mirar sin miedo,
que se abandona al amor que me habita.

Tú haces maravillas
cuando me dejo amar,
cuando mi corazón se rinde y canta,
cuando, pequeño y humilde,
me vuelvo pájaro de tu cielo,
creatura frágil de tu creación.

Y tanto me has amado,
sin condiciones ni cadenas,
sin preguntas ni límites,
con un amor que desborda,
con un amor que sostiene,
con un amor que basta.

Por eso no me comparo, no me defiendo,
no pretendo ser más ni menos,
solo quiero ser lo que Tú soñaste,
esa luz secreta que guardas en mí.

En ese lugar oculto,
pequeño, invisible a todos los ojos,
donde solo Dios y yo nos sabemos,
ahí, en ese silencio santo,
soy verdad.

Ahí soy hijo merecido,
ahí soy tu hermano,
simplemente lo que soy ante Ti,
y en esa gran verdad, me basta.

(II) Jesús, hermano mío,

Saber que soy tuyo,
y que Tú eres mío,
que somos hermanos en la sangre y en la esperanza,
esa es la locura más hermosa,
esa es la maravilla que me despierta.

Sentir y abrazar la esperanza que Tú eres,
y no guardarla en mí,
sino gritarla al mundo,
para que te conozcan y te amen como yo.

Saber que me acompañas desde el primer aliento,
y en los días más duros,
cuando la vida pesa como una piedra,
sentir tu fuerza que me levanta,
tu consuelo que me abraza.

Que amamos, sentimos y vivimos juntos,
dos amigos que lloran y ríen,
que sufren y se alegran,
que aprenden que sin Ti nada es posible,
que sin Ti no hay camino,
que sin Ti solo queda la soledad.

Y que hoy aprendemos, hermano,
que todo está en Ti,
que solo contigo
vale la pena vivir,
amar, y morir.

Del Evangelio a la vida,
de la vida al Evangelio,
caminamos juntos,
siempre contigo.

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , ,

Tarde te amé…

jueves, 28 de agosto de 2025
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Recordamos hoy, en su fiesta, al converso Agustín de Hipona…

“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en ti”

San Agustín

“¡Tarde te amé,

hermosura tan antigua y tan nueva,

tarde te amé!

Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera,

Y por fuera te buscaba;

Y deforme como era,

Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.

Me retenían lejos de ti aquellas cosas

Que, si no estuviesen en ti, no serían.

Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera:

Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;

Exhalaste tu perfume y respiré,

Y suspiro por ti;

Gusté de ti, y siento hambre y sed;

Me tocaste y me abrasé en tu paz.”

*

San Agustín

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Alessandro Preziosi como Agustín en el filme Sant Agostinho

No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables.

Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos.

Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios .

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Confesiones X, 6,8.

 

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Agustín nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, Mónica, y, como se reveló enseguida como un ¡oven de prometedoras cualidades, fue encaminado a la carrera de retórica. Ya desde los tiempos de estudio en Cartago estuvo marcado por una incomodidad interior que le llevaría lejos. La primera respuesta a esta sed de totalidad fue una vida mundana tejida por varios vínculos, más o menos límpidos. Ahora bien, la inquietud es también sed y búsqueda de la verdad: se apasiona con la lectura del Ortensio de Cicerón, lee la Sagrada Escritura, pero no se entusiasma con ella y acaba por adherirse al racionalismo y al materialismo de la secta de los maniqueos. Tras haber enseñado en Tagaste y en Cartago, se traslada primero a Roma (383) y después a Milán (384). Aquí su viaje espiritual da un viraje decisivo: conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo.

Fue bautizado el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. En el año 391 fue ordenado sacerdote por el obispo Valerio, a quien en el 395 le sucede en la guía de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo a la vida de la Iglesia -ministerio de la Palabra, defensa de la fe-, aunque prosigue con la experiencia de vida común con un grupo de hermanos monjes, a los que traslada al episcopio. Escribió más de doscientos libros y casi un millar de documentos, entre sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430. Hasta tal punto fue hijo de la Iglesia que se convirtió en padre… y doctor.

En Agustín no vivió un solo hombre: vivió en él la criatura de carne y hueso, de nervios y sangre, con su desarrollo misterioso, múltiple; vivió el escritor, conjuntamente sumo escritor, sumo filósofo, sumo teólogo, y sobre cualquier otra cosa poeta sumo de los afectos y de las verdades; vivió el cristiano y el monje, el sacerdote y el obispo, el santo. Recibió de Dios todos los dones más altos: una juventud tempestuosa, la palabra creadora, el silencio inenarrable de la oración, la fuerza necesaria para gobernar su ánimo en la navegación ultraterrena y en el aura de lo divino. Experiencia de hijo y de padre, de pecador desbandado y de obispo muy rígido, de escolar y profesor y, por tanto, de maestro de su pueblo y de todo el Occidente; de mundano y de monje, de escritor y de filósofo, de polemista y de amigo, de pensador y de contradictor y orador.

En todos esos pasajes no perdáis nada de su riquísima y potentísima humanidad: todo lo llevó consigo y lo fundió en el ardor y en la luz única de su santidad doloroso y extática. Amó, y de su experiencia de amor surgirá un amor a Dios, tal vez el más elevado que jamás haya salido de corazón humano […].

Cuando moría Agustín en su ciudad asediada, no moría nada: nacía, para él, en los cielos amados sin paz y deseados sin tregua; nacía, para nosotros, en nuestra historia y en nuestra alma. Desde aquel día hay algo de agustiniano tanto en la historia de todos los hombres como en la historia de cada uno de ellos.

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G. de Luca,
San Agustín. Escritos y traducciones ocasionales

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(l-ll) Predica el Evangelio con el ejemplo, y cuando te pregunten, háblales de Dios. (San Francisco de Asís) ¡Bienaventuranzas de los que caminan de tu mano!

miércoles, 27 de agosto de 2025
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Del blog de Alfonso J Olaz El Rincón del Peregrino:

05.08.2025 | Alfonso Olaz OFS

(I) Se anuncio de la mirada de Cristo
Peregrino de sus ojos, y verás en tus hermanos
los claroscuros en sus corazones.

Paso firme, tranquilo,
como el hermano de la confianza

Predicar sin nada, sin ambición, ni objetivos, ni metas, ni resultados.

Porque nada esperas, aprendiste a agradar a Dios.
Anunciando desde tu pobreza,
Dando gracias a Jesús por todo
que esto le agrada mucho.

Desde la confianza de ser, criatura muy amada,
Para que conozcan el rostro del Amado.

Predicar como vives; si no, no vivas para predicar el Evangelio que no tienes.

Primero ama
Ama a los hermanos
A los más próximos
A los de casa
A los que duelen cerca

Y así podrás amar a Cristo, el cercano
Porque sin los hermanos
No hay Cristo resucitado
sin el Cristo roto
que gime en el pobre
crucificado.

Porque Dios está cerca
pero no más que ellos.

Predica como si estuvieras con el mismo Jesús: Escuchando sin juzgar,
Mirando sin actuar, Consolando sin esperar ser consolado,
Amando sin esperar amor, Perdonando sin esperar perdón.

Porque es Él, el más pobre, el que perdona.
Ya que el que escucha sin juzgar, no será juzgado por su obrar,
Ni dejado de ser consolado, porque ha amado
Siendo su mirada sin fronteras, y así será perdonado con la desmesura de su Amor.

Porque ya lo has recibido todo,
Y así creerán en Dios, te tomarán por testigo,
imaginarán que lo viste con Tus propios ojos.

Del Evangelio a la vida,
de la vida al Evangelio.

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«Mahoma y Jesús», por Xabier Pikaza

miércoles, 27 de agosto de 2025
Comentarios desactivados en «Mahoma y Jesús», por Xabier Pikaza

Mahoma guía a Abraham, Moisés y Jesús (manuscrito persa medieval)

Del blog de Xabier Pikaza:

No toca a los políticos juzgarles,  pero muchos lo están haciendo,  directa o indirectamente, con cara y desparpajo, como si tuvieran patente de corso y formación   decidiendo sobre todo lo decible en tierra y cielo.

Así he visto a más de cuatro pontificar sobre islam y cristianismo, sin haber pasado por la escuela de religiones, naciones e identidades.  No es mucho lo que sé, pero llevo 50 años en el tema y me atrevo a reflexionar (no juzgar) sobre uno y otro (Jesús y Mahoma), desde una perspectiva histórica y cultural.

Soy cristiano y opto con el corazón por Jesús, pero sin condenar en modo alguno a Mahoma (¡Dios le bendiga!), pues tiene muchas cosas que enseñarnos y aportar a cristianos y no cristianos. Sin Mahoma, nuestro cristianismo hispano sería mucho más  infeliz, más pobre.

Mahoma nació en torno  el 570 d.C.)  en La Meca, ciudad sagrada, con un santuario llamado Caaba, donde se mantenía la memoria de Abraham (patriarca del  Dios de los judíos y los árabes),  en la ruta comercial del  norte al sur de Arabia occidental (de Siria a Yemen ) y conocía las religiones del entorno (paganismo árabe, judaísmo,  cristianismo y quizá zoroastrismo). Era caravanero de oficio, poeta, vidente  y conocía  las tradiciones de los diversos pueblos de su entorno

Hacia al 610 sintió la llamada de Dios para anunciar el juicio a su ciudad, cuyos dirigentes se sintieron amenazados por sus denuncias y le condenaron a muerte. Sintiéndose en peligro, pero arropado por un grupo de seguidores, el nuevo profeta Mahoma “rompió” social y militarmente con la ciudad/santuario de la Meca y, saliendo de ella se refugió en Medina, con cuyos habitantes hizo un pacto de solidaridad (Hégira: 622 d. C.).

Tras unos años de exilio y guerras religioso-sociales, habiendo tomado el control de Medina, Mahoma  volvió a la Meca (630), como vencedor, creando entre las tribus árabes la Umma o nación de elegidos, vinculado no sólo por un pacto de fe, sino también de espada vencedora, con mucha prudencia y gran potencial armado, en nombre del Dios de la victoria.

Mahoma no entendió (no aceptó)  la separación que Jesús y Pablo habían establecido entre política imperial (espada, ley, dinero) y compromiso religioso a favor del Reino de Dios en la tierra. En ese sentido, Mahoma identificó el cristianismo con un tipo de estado romano (bizantino) de espada militar, ley judicial y dinero, presentándose así, de hecho, como testigo del fracaso real del cristianismo oficial de su tiempo, que tenía sin duda elementos fuertes de evangelio de Jesús y teología paulina, pero que en su forma externa se había convertido  en “religión de Estado” con una espada al servicio de la “santa iglesia””, con un derecho-ley militar (código de Justiniano) y con una economía/dinero  que no respondía al evangelio, ni a las necesidades reales de gran parte de la población del oriente (entre Egipto-Siria y Mesopotamia).

En ese contexto, lo más hábil e inteligente que pudo hacer Mahoma, desde el contexto religioso, social y militar de las tribus del entorno de la Meca, en el primer tercio del siglo VI d.C., era  vincular la religión profética con un pronunciamiento militar, pues eso era lo que se ha hecho en el contexto cristiano/bizantino y romano, como forma de imitar y seguir el camino de Jesús.

No se le puede acusar ni condenar por unir a Dios con la espada, porque lo mismo hacían los cristianos “romanos” (imperiales, bizantinos) de su entorno. Es normal que algunos pensadores  cristianos, , como Juan Damasceno (675-750), buenos conocedores de movimiento de Mahoma, siguieran considerando al Islam como fracción cristiana (judeo-cristiana).

Mahoma se sintió heredero del judaísmo y cristianismo y pensó que Dios le había elegido para ser profeta (nabi) y enviado (rasul) divino, heredero del profetismo y monoteísmo bíblico, ratificando la tradición religiosa de los monoteístas locales (hanif) y de los judíos y cristianos, cuyas tradiciones quiso vincular y vinculó en un camino sorprendente de  rigor personal, social y militar, jurídico y económica,  insistiendo en las tradiciones de Abraham con Ismael, su hijo (hijo de Agar)  que habrían sido constructores de la Caaba de la Meca, santuario abierto a los monoteístas árabes.

En esa línea, quizá sin quererlo, Mahoma rechazó (o no entendió), la novedad de Jesús  y su evangelio de cruz y presencia pascual (con una norma de vida que culmina en su triple rechazo  del adulterio, homicidio y robo: Rom 13, 8-10). En esa línea, como heredero del un cristianismo histórico, militarizado por los “nuevos romanos” de Bizancio y de un judaísmo tradicional, de tipo brahámico más que mosaico,  pudo optar por la guerra en contra de sus adversarios, para imponer así, desde la Meca, la religión “verdadera” que Dios le iba revelando y que él fue transmitiendo en sus oráculos  o suras que empezaron a ser recopiladas en forma de “Corán”, esto es, de recitación sagrada.

Pactó  con los que pudo pero al fin tuvo que huir de la Meca y, refugiándose en Medina/Yatrib, pudo luchar contra los que no aceptaban su proyecto (que a s juicio era el mismo de los profetas antiguos. Superó las dificultades, tomó primero el control de Medina y después el de la Meca (630 d.C.), y en el momento de su muerte (632) su Islam (religión de sometimiento universal a Dios) comenzaba a extenderse por convencimiento y guerra más allá de Arabia. No fue un dualista (Dios contra el hombre), pero introdujo una fuerte oposición entre  Allah, Dios absoluto de todo poder, y una humanidad que debe obedecerle, con sumisión completa.

Quiso ser profeta de los sometidos o musulmanes, empezando por los árabes del entorno de la Meca, que debían “convertirse” y superar su semi-paganismo semejante al del entorno cananeo de los judíos antiguo (siglos VIII-IV a.C), mientras bizantinos y persas luchaban en su tiempo (entre el siglo V-VII d.C.),  en el entorno de Arabia debilitándose mutuamente, en el momento en que los árabes islamizados se preparaban para una guerra de conquista militar, social y religiosa.

 Mahoma no quiso fundar otra religión, sino re-descubrir y propagar la que a su juicio había sido y era la religión eterna, revelada desde siempre a sus profetas, una religión de sumisión a Dios (como súbditos más que hijos) y de sometimiento humano (aceptar y obedecer el mandato de Dios interpretado  por las autoridades religiosas del Islam político). A su juicio, Dios no es libertad en amor de los hombres, sino sometimiento de todos bajo la autoridad de Dios, que ha revelado su “ley” por los profetas, culminando en el Corán, que ahora debemos aceptar como religión definitiva:

 Decid: Creemos en Dios y en lo que nos ha revelado  por Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y las tribus,  en aquello que Moisés, Jesús y los profetas recibieron de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos y nos sometemos a Él (Corán 2, 136)

Creer no es confiar y dialogar con Dios en libertad (para transformarnos en amor como quería Jesús), sino someternos a Dios. Esa diferencia entre el evangelio (libertad en Dios encarnado) y el Islam (sometimiento bajo el dictado de Dios) puede parecer pequeña, pero es fundamental, pues indica que, según el Islam, el ser humano no es hijo (de la naturaleza de Dios) sino siervo y que ha de inclinarse bajo su dominio conforme a su revelación por el Corán. También los cristianos creen en la revelación de Dios, pero saben que Dios no se revela para tenernos sometidos a su voluntad, sino para encarnarse en nosotros, diciéndonos “sed libres”, vivid en amor mutuo.

Mahoma pensaba que Jesús había sido bueno y que había muerto en el fondo por no luchar, no vencer y no tener que imponerse a los enemigos de  Dios, siendo, por eso, condenado a muerte. Fue bueno pero “blandengue”, no quiso o no supo utilizar el poder de Dios, tuvo quizá miedo de utilizar la “santa violencia”, fue de aquellos a los que F. Nietzsche (1844-1900) llamará más tarde “santos idiotas” en la línea del Santo Idiota de F. Dostoievsky (1821-1881).

Mahoma pensó que Dios le había enviado como profeta final, para completar lo que Jesús no había conseguido realizar, para vencer y someter a todos los enemigos de Dios, transmitiendo sus más hondas “revelaciones”, esto es, a las palabras de Dios que él iba escuchando en su interior y dictando en forma de Corán.

De un modo consecuente, para  cumplir su obra profética, conforme a la voluntad de Dios que él escuchaba en sus revelaciones, Mahoma tuvo que apelar a sus amigos guerreros (Omar, Utman, Alí) y escogió la vía de las armas, para imponer la ley de Dios los enemigos de Dios, de forma que todos pudieran se sometieran a la ley del Islam cumpliera la voluntad de Dios, en contra de los cristianos que, según Pablo, tenían que someterse al “logos” o palabra de la Cruz de Cristo (cf. 1 Cor 1, 18: Ὁ λόγος γὰρ ὁ τοῦ σταυροῦ ), que es necedad para los que “se pierden” a sí mismo, pero que es autoridad o  fuerza de Dios para los que se salvan. Mahoma no buscó como colaboradores a unos “apóstoles o enviados pacíficos” como Jesús (los Doce, Magdalena y las mujeres, el Discípulo amado y los misioneros helsnistas, sino guerreros religiosos para imponer el islam sobre la tierra.

Mahoma y Jesús. Dos estrategias  de Dios

Conforme a la visión de Mahoma, creer no es vivir en libertad ante Dios y dialogar en amor entre los hombres, sino someterse bajo Dios, inclinándose hasta el suelo, en filas de solitarios sumisos, unos juntos otros, en filas inmensas, en esterillas, inclinados sobre la tierra en mezquitas o plazas públicas,   pero sin hablar entre sí, cada uno cerrado en sí mismo y todos juntos.

Esa fue conforme a Mahoma la esencia de la religión, tal como, a su juicio se había expresado según los profetas de Israel y especialmente según la voluntad que Jesucristo no pudo cumplir en su vida, pues antes de hacerlo le mataron. Así pensó, así propuso Mahoma, pero, en esa línea (conforme a mi visión de Cristiano), no logró captar el mensaje central de Israel (siervo de Yahvé, justo sufriente), ni menos el de Jesús, aunque él no fue ni sigue siendo responsable de ello,  porque aceptó y mantuvo un cristianismo común de su entorno, que seguía y sigue siendo, en una línea algo distinta un cristianismo guerrero.

 -Mahoma pensó y dijo que Jesús había sido precursor suyo, como insinúa un texto del Corán. «Jesús, Hijo de María, dijo: Hijos de Israel, yo soy el que Dios os ha enviado para confirmar la Torá anterior a mí y para anunciar la venida de un Mensajero que vendrá después de mí, llamado Ahmad» (Corán 61, 6).  En esa línea, en sentido profundo, Mahoma tiene razón cuando afirma que Jesús no pudo imponer por ley la voluntad de Dios y conquistar Jerusalén, ciudad sagrada, porque no creía en el Dios de las conquistas, ni convocó a un ejército para hacerlo, sino que vino a presentarse como signo y portavoz de un Dios que no conquista ni se impone, sino que ama y ofrece su vida en gratuidad hasta la muerte.

– A diferencia de  Jesús, que no subió a Jerusalén con un ejército, para conquistar la ciudad de David y sus promesas, sino que entró desarmado en ella,  Mahoma salió primero de la Meca, en gesto de protesta militar, para volver después como profeta de la sumisión a Dios,   con un ejército de fieles, creyentes y seguidores, para tomar la ciudad  e imponer en ella su dictado religioso. Pudo  pensar que en el fondo  estaba siguiendo el camino y mensaje de Jesús,  pero lo que hacía en realidad era muy distinto, aunque (como he dicho) no podemos criticarle, porque muchos cristianos bizantinos pensaban también que eran fieles a Jesús luchando contra persas  y otros tipos de  cristianos e infieles.

–  Mahoma fue justo, en línea de sumisión a Dios, imponiendo su Corán y formando con compañeros musulmanes una comunidad de sometidos a Dios. Supo organizarse bien,  tuvo a su lado un grupo de expertos  soldados, ganó por ellos la guerra  de reconquista de la Meca e inicio una gran campaña de islamización de la humanidad, pero su proyecto no iba en la línea de Jesús.   Pensaba así, y creía  que Dios mismo le había enviado para culminar la obra de Jesús, en la línea de Islam,  pero su camino era distinto,  aunque podía estar cerca de lo que creían muchos  cristianos imperiales (bizantinos y romanos) de aquel tiempo [1].

Mahoma pensó que su mensaje y camino era el mismo mensaje y camino de Jesús y que Dios le había confiado el  encargo de lograr que todos los hombres y mujeres se sometieran al único  Dios, que es Allah  (no hay otro).  Pero, en contra de lo que podía haber dicho Mahoma, Jesús no había querido que los hombres se sometieran, sino que vivieron en libertad de amor, unos con otros, conforme a la voluntad de Dios que es amor en libertad, por encima (en contra) de toda guerra (f. 1 Jn 4, 7-21).

Mahoma pudo creer que el Dios de Jesús había sido un Dios de, sometimiento, pero Jesús no vino con el fin de  que los hombres se sometieran a Dios, sino de que vivieran en libertad de amor en Dios, para amar al prójimo como a sí mismos (Rom 13, 8-10).

 –Jesús había ofrecido un mensaje de futuro, un camino de expansión mesiánica, que el Evangelio  de Juan 14-16 simbolizaba en el Espíritu Santo, que es libertad de amor en Dios y de amor entre los hombres. Conforme a la tradición musulmana, ese “Espíritu Santo”, prometido por Jesús se identifica con Mahoma, y no es Espíritu de libertad en Dios, sino de sometimiento a Dios para extender su religión a todo el mundo.

Mahoma pensó que Dios le enviaba para que todos los seres humanos se sometieran a Dios, conforme a una ley de acatamiento, que puede imponerse de algún modo a través de una guerra Santa, en la línea de un Antiguo Testamento que, como he puesto de relieve en cap. 1 había sido superada ya por los profetas, en especial por Isaías II (Siervo de Yahvé).

Mahoma rechazó la opción y experiencia de libertad de amor de Jesús (que se dejó matar por cumplir la voluntad de Dios, pues no subió a Jerusalén para triunfar, sino para ofrecer amor, aunque fracasar). Pues bien, en contra de Jesús,  como profeta y mensajero final de la voluntad triunfadora de Dios,  Mahoma estaba convencido de que él debía triunfar en la Meca, con guerra y pactos militares, para establecer su comunidad de sometidos  musulmanes (creando con ellos la ‘Umma).

Por eso (como he  dicho), a diferencia de Jesús, en el momento del riesgo, cuando vio que podían matarle, Mahoma planeó y cumplió una estrategia humanamente acertada (estrategia más propia de Pedro y de parte de la iglesia posterior  (cf. Mt 8, 17-31). En esa línea, quiso hizo que algunos de sus discípulos se refugiaran en Etiopía (hacia el 615 d.C.) y después, rompiendo los lazos tribales y sacrales que le unían con la Meca, «emigró» con muchos seguidores a Yatrib/Medina (Hégira, año 622), para fundar allí la primera comunidad estable de sometidos a Dios, políticamente independientes, militarmente poderosos.

Como era lógico, debió superar algunas dificultades de otros grupos de Medina y rechazar los ataques de sus adversarios de la Meca, hasta que, tras varios años de padecimientos, logró volver victorioso a la Meca (630), logrando imponer su visión de Dios y someter a la mayoría de los habitantes del entorno.

Mahoma entró en la Meca al mando del ejército de los sometidos a Dios para establecer su “ley” (que él identifica con, la voluntad de Dios, sobre el conjunto de la población). Jesús,  en cambio, quiso entrar en Jerusalén sin armas, quedándose en manos de sus sacerdotes y solcados, dejándose matar por aquellos que creían en el Dios de la  ley y el orden, no en la gracia.

-Los discípulos/compañeros de Mahoma confiaban en sus dotes militares  y en conjunto le siguieron y lucharon con él por conquistar la Meca, como ejército de fieles de Allah, Dios de guerra santa. Mahoma no quería un Reino interior (aunque destacó la necesidad de someterse a Dios), sino que “impuso” un “reino social”, una”umma” o comunidad o comunidad de sometidos a Dios en  la Meca) y, ciudad que “purificó” de la idolatría, para convertirla en santuario o mezquita universal para todos los creyentes.

– Los discípulos/amigos de Jesús querían también que él encabezara un movimiento mesiánico de guerra y conquista de Jerusalén,  Pero Jesús se opuso al deseo de sus discípulos, y subió a Jerusalén sin armas, dispuesto a que le mataran.  Desde ese fondo se entiende la dificultad que  Jesús tuvo para comunicar a los discípulos lo que él entendía y quería sobre el Reino, de manera que ellos le abandonaron cuando fue condenado a muerte [2].

 El evangelio muestra así la disonancia que hubo entre Jesús y sus discípulos, una incomprensión creciente, que se encuentra también motivada por el hecho de que ni siquiera Jesús podía saber y describir externamente la manera en que iban a desarrollarse los acontecimientos.  Jesús tenía un plan de Reino y conforme a su visión no podía subir a Jerusalén como soldado, para imponerse por la fuerza y tomar con armas la ciudad, sino que debía venir como amigo (representante y portavoz de un Reino de amigos de paz),  para quedar en manos de las “autoridades de Israel” (como sus discípulos itinerantes quedaban en manos de los sedentarios).

Jesús no podía compartir la estrategia de los sacerdotes de Jerusalén y de los políticos de Roma, pues ella se situaba en el plano de la racionalidad social y política, es decir, de “juicio” o talión: de medios y fines, es decir, de intereses, conforme a las guerras normales de este mundo.  Ciertamente, él confiaba en Dios, como poder de gratuidad, a quien llamaba Padre y a quien pedía “venga tu Reino”, pero sin obligarle a que respondiera de un modo o de otro.

 Si Jesús hubiera apelado a las armas, si hubiera “levantado” un ejército para conquistar Jerusalén (como Mahoma para tomar la Meca), si hubiera apoyado su empresa con pactos militares,  no hubiera sido el Cristo del Sermón de la Montaña, ni del conjunto del Nuevo Testamento y de la Iglesia universal del siglo II-III d.C., sino un personaje distinto, fundador de una religión diferente. La visión que Jesús tenía de Dios y de los hombres le impidió subir a Jerusalén con armas para conquistarla. Si hubiera entrado en ella con un ejército hubiera dejar de creer en el Dios de su evangelio y  de la fraternidad universal humana.  Mahoma, en cambio, creyó que Dios le impulsaba a conquistar La Meca y le ayudaría a conseguirlo:

 – Mahoma pensaba que Dios no puede permitir que su Profeta final muriera sin triunfar y  por eso él triunfó: Conquistó La Meca e impuso su paz por la fuerza.Dios es poder absoluto y por eso impone su paz sobre el mundo entero. Eso significa que la voluntad del hombre  es derivada,  pues de hecho sólo existe la de Dios. Por eso, el hombre tiene que abandonar su voluntad y aceptar sólo la de Dios,  ante quien todos deben someterse de manera mística y  social [3].

Jesús, en cambio, pensaba  que Dios es amor en libertad, que no tiene su destino decidido, sino que debe irlo trazando paso a paso,  en amor a los hombres a quienes no toma como sometidos, sino como libres, para que  cumplan su voluntad (la de amarse unos a otros), para que todos sean y compartan el camino, dándose la vida unos  otros. La voluntad de Dios no es el sometimiento, sino la libertad de los hombres Esa voluntad de Dios se expresa   por la voluntad y entendimiento de los hombres que sólo a través de un diálogo en libertad puede ponerse de acuerdo y vivir unos en otros.

 El Dios de Mahoma no habla a través del diálogo entre los hombres (es decir, en la comunicación libre entre ellos); sino como una verdad y destino revelado, impuesto, por encima de todos, a través de Mahoma, su profeta,  como un destino impuesto, decidido de antemano, por predestinación superior. En contra de eso, el Dios de Jesús está implicado en la vida de los hombres, en ellos, se revela y por ellos actúa.

A juicio de Mahoma,  Dios no se encarna, no camina en/con con los hombres y mujeres (como fuente de libertad gratuita, haciendo que ellos sean creadores, sino que permanece separado, decidiéndolo todo de antemano, desde arriba. Por eso, estrictamente hablando, los hombre “no se hacen· (no son libres), sino que es Dios quien hace en ellos. Por el contrario, el Dios de Jesús se encarna en la vida de los hombres, de forma que son los mismos hombres los que deciden lo que es y ha de ser la voluntad de Dios.

-El Dios cristiano se encarna en la historia y mensaje de Jesús, no en un libro dictado desde arriba), sino en un hombre que asume la historia de la humanidad, trazando en ella un camino de curación y diálogo entre todos los hombres en libertad de amor, esto es, en comunión personal, de forma  que la misma razón compartida y la historia de los hombres sea revelación y presencia del Espíritu divino (=Espíritu Santo). El signo máximo de la presencia de Dios no es un libro (Corán), ya escrito de antemano, como piensan los musulmanes, sino la vida/mensaje de Jesús, Hijo de Dios, y la vida/comunión de los creyentes, que son revelación y camino de Dios en la historia.

– Por el contrario, el Dios de Mahoma no tiene historia ni deja en libertad a los hombres, pues todo lo ha dicho y fijado ya en el Corán. Es un Dios que no necesita ni quiere que los hombres sean creadores de sí mismos. Los musulmanes creen en un Corán externo y eterno, con un Dios que ha trazado para ellos, para todos,  el camino de la vida (presencia de Dios) desde arriba. El Islam no es una religión de diálogo  racional y personal, de mesa redonda de comunicación, sino de sometimiento de todos y cada uno de los hombres a la voluntad de Dios. En ese sentido, los musulmanes dicen que los hombres son libres, pero añadiendo que ellos deben someterse a Dios, comprometiéndose a luchar, por obediencia a Dios, sometiéndose libremente ha de ofrecerse, pero que  implica, al mismo tiempo,  para conseguir, a través de esa yihad o guerra santa  que los seres humanos se sometan a Dios [4].

Guerra de Dios (Mahoma),  libertad en amor (Jesús)

  Mahoma y Jesús recorrieron un camino en parte semejante, pues, en un momento crucial, ambos se encontraron ante la opción definitiva: Cómo subir a Jerusalén (Jesús) y volver a la Meca (Mahoma) [5], y lo hicieron lo hicieron de maneras distintas:

–Llegado el momento decisivo,  Mahoma abandonó el camino de riesgo y sufrimiento (muerte) en la Meca, pensando que Dios le ofrecería una victoria social y religiosa, espiritual y militar  en este mismo mundo, si es que se separaba de la “falsa teocracia” de la Meca y creaba la “verdadera”, poder sumo de Allah y de sus sometidos,  según su Corán (lo que Dios le iba revelando) Con esa certeza emigró a Medina y conquistó después la Meca, estableciendo la sharía o ley del triunfo de la umma, pueblo de Dios. Muchas iglesias y naciones que se llaman cristianas han seguido un camino semejante: han creado una fuerza militar para defenderse en nombre de Jesús o imponer su reinado (a veces en nombre de la cruz, pero en contra el evangelio).

En contra de eso, para cumplir su evangelio (su inspiración interior, su experiencia de Dios, Jesús entró sin armas en Jerusalén, dejándose matar por aquellos que creían en el Dios de la violencia de la ley y de las armas, judíos de templo y romanos de imperio y legión. Entró mostrando   que creía en el Dios de la no violencia activa, en la comunión en liberad, en Dios como Padre de los hombres. Entró y murió (le mataron), pero dejó sobre la tierra una semilla de Reino (una espada de transformación personal y social sin guerra),con y un gesto de amor  que es principio de resurrección. Así podemos recordarle como mensajero y testigo de una libertad y camino de cruz, en esperanza, por encima de la guerra (c. 1 Cor 1, 18..

Mahoma pensaba que el auténtico profeta ha de ser siervo de Dios, capaz de padecer persecución, como Jesús, pero añadiendo que esa persecución sufrida puede vincularse con un  comportamiento militante, de guerra santa,  como la de Josué (Jos 5) y la de David matando a Goliat A diferencia de Jesús, Mahoma creyó que un profeta debe triunfar en el mundo, como él triunfó, tomando bajo su control la ciudad (La Meca, año 630 d.C), muriendo dos años después (632), de muerte natural, como triunfador glorioso, no crucificado   como Jesús

Jesús, en cambio, en la etapa decisiva de su vida, desde la “confesión de Cesarea de Felipe”, en contra de la opinión de Pedro y de los Doce, tras sularga misión en Galilea,  proclamó que esa necesario que el Hijo del Hombre padeciera y muriera (Mc 8, 31; 9, 31; 10, 32-34) [6].

-Los cristianos confiesan que Jesús puso su vida en manos de Dios, muriendo por el Reino y que Dios le resucitó de la muerte, instaurando la comunión universal del Reino sobre los poderes de violencia del mundo. El mismo Yahvé-Sin-Nombre (liberador de los hebreos) vino a revelarse por tanto como Padre que acoge a Jesús en su vida y le resucita en su muerte como salvador de los hombres.

–  Mahoma y los musulmanes en general piensan que Jesús debería haber luchado contra los adversarios en vez de dejarse matar por ellos, añadiendo  que no pudo culminar su obra (instaurar el Reino de Dios), pues murió como fracasado en una cruz. Algunos musulmanes añaden que el Dios que le había enviado no pudo  abandonarle al fin  y dejarle morir bajo el poder de “perversos” enemigos. Por eso le libró de la cruz,, llevándole de forma directa hasta su gloria, en resurrección sin muerte (como a Henoc o a Elías).

Según Mahoma, Jesús era bueno, era un musulmán de fondo verdadero,   pero no logró realizar la obra de Dios, ni culminar su promesa. No conquistó  Jerusalén para extender (imponer) desde allí la Ley de Dios sobre la tierra. Lógicamente, sus discípulos fracasaron también: no lograron extender su evangelio a todo el mundo. Jesús no pudo ser, por tanto, el profeta final que se esperaba¸ por eso tuvo que venir Mahoma, para culminar la obra anterior de los profetas y en especial la de Jesús, creando en este mundo una religión triunfadora, abierta a la culminación final de musulmanes, es decir, los sometidos al Dios verdadero. Desde ese fondo se entienden las palabras más fuertes del Corán, propias del “período ·de Medina (622-630), tiempo de guerra fundacional, para reconquistar la Meca y comenzar la implantación del Islam en Arabia y en todo el mundo

-Quienes crean, emigren y luchen por Allah con su hacienda y sus personas tendrán una categoría más elevada junto a Dios…Su Señor les anuncia su misericordia y satisfacción, así como Jardines en los que gozarán de delicias sin fin. Dios tiene junto a sí una magnífica recompensa. ¡Creyentes! No toméis como amigos a vuestros padres y hermanos si prefieren la incredulidad a la fe (Corán 9, 20-24).

 El musulmán debe someterse a Dios, dejando los ídolos, saliendo de la Meca  antigua (ciudad de injusticia) para luchar por Allah (esto es, por la nueva familia de Dios y por la expansión y triunfo del Islam. La fe implica así una ruptura familiar y económica una decisión y lucha militar por causa del Islam. Mahoma retoma  de esa desde una nueva perspectiva social y militar el programa de la nueva familia de Jesús, que hemos descrito al comienzo de este libro (cf. Mt 10, 34-39), que podrían traducirse así en perspectiva musulmana: “No penséis que he venido a traer paz, sino espada, separando al hombre de sus padres, hermanos e hijos, creando una nueva comunidad de militantes al servicio de Allah”. El programa de nueva familia de Allah, la de Mahoma, la Umma/Am o pueblo de Dios, retoma muchos elementos programa de Jesús, pero con una diferencia:

-Jesús sembraba el reino de Dios por la palabra y el contacto personal,  llamando a los pobres y excluidos, para regalarles su vida,  de forma que estuvieran  todos dispuestos a servirse unos a otros,  como simiente de trigo de paz que se introduce en la tierra (Mc 4; Mt 13), para que así produzca mucho fruto. El pueblo/familia de Jesús es la comunidad  de aquellos que se aman y comparten la palabra, viviendo y muriendo unos en otros  y por otros, resucitando así en la palabra de la vida, que es Dios, encarnándose en la historia de los hombres.

Mahoma quiso crear y creó un nuevo pueblo, saliendo de la Meca, antigua ciudad de las lealtades económicas y sociales, para crear desde Medina. en seis años de guerra (que pueden compararse con los los seis de los esenios de Qumrán: Milhama)  la nueva comunidad de los liberados de Dios, vencedores de la guerra de la Héjira, formando desde el centro la Meca la nueva comunidad universal de los creyentes [7]. La opción por Dios y su comunidad supera y en un sentido radical anula las restantes opciones y valores de la humanidad: La comunión entre padres e hijos, hermanos y esposos, tribu y hacienda, todos los posibles pactos y valores anteriores, han de transcenderse y ponerse al servicio del Islam.

 Así interpreta y así cumple Mahoma su programa de creación del  pueblo musulmán. Jesús inició y recorrió un camino de paz centrada en el amor mutuo, en la entrega de la vida de unos en (y por) otros, conforme al mandamiento central: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, Lev 19, 18; Mc 12, 31; Rom 13, 8-10. Mahoma, en cambio, apela a los principios y medios de la guerra santa.  Conforme a su mensaje  no hay encarnación de Dios  en la vida humana, pues el Dios del Islam no es amor, sino sometimiento universal,como supone una sura central sobre la guerra santa:

Cuando hayan transcurrido los meses sagrados (de la tregua):

−Matad a los asociadores (=politeístas que asocian otros dioses al único Dios). dondequiera que los encontréis. − ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! − Pero si se arrepienten, hacen la azalá (=oración) y dan el azaque (=tributo), dejadles en paz. Dios es indulgente, misericordioso (Cor 9, 5).

           La estrategia del Islam se concreta en la victoria militar sobre los enemigos… Luchar y vencer y matar a los   que puedan alzarse y responder con arma) para así imponer la paz armada, conforme al principio militar de la antigua Roma: Parcere subiectis, debellare superbos, perdonar a los que se someten, someter a los soberbios  (es decir, a los que rechazan s Roma o al Islam). Éste es el dios de poder, del talión militar y la victoria que se impone por la fuerza, un dios cuyas “proclamas” militares se siguen escuchando (2026).

Excurso. Aportación y riesgo del islam desde una perspectiva bíblica [8].

 En la base del mensaje de Mahoma y de la experiencia musulmana, desarrollada por la tradición posterior, late una mística radical de sometimiento a Dios, que así aparece como aquel que es (hace )Todo. Este Dios superior acoge de un modo especial a los humildes y pequeños pero de tal forma  que, en realidad, ante su Juicio superior, terminan siendo iguales ricos y pobres, opresores y oprimidos. (1) Por eso, el Islam es religión de suma tolerancia: Dios sólo exige que nos sometamos a él, pues posee toda justicia y derecho y nada de lo que hagamos le puede influir, ya que él es quien nos hace, actuando por nosotros. (2) Pero, en otro plano, es una religión  intolerante, pues piensa que la voluntad de Dios, revelada en el Corán, puede y debe aplicarse sobre todo el mundo, utilizando si es preciso métodos de fuerza. En ese fondo distinguimos dos momentos de la vida de Mahoma.

 ‒Período mecano: mensaje universal, sin guerra (612-622 d.C.). En las suras antiguas, que son la raíz del Corán, Mahoma se muestra más cercano a las tradiciones pacificas de judíos y cristianos. No apela a la Yihad o guerra santa, no establece una comunidad militante, sino que va construyendo una comunidad pacífica de sometidos a Dios, en medio de un entorno crecientemente hostil de politeísmo mercantilista. En ese momento, los signos primordiales de la revelación de Dios son la superación de la idolatría, la sumisión a la única divinidad y la justicia social, que se expresa en la ayuda a los pobres. Como prueba de su mensaje, Mahoma apela al juicio futuro de Dios. Éste es el Primer Corán o Islam, sin poder político ni sometimiento social.

Hégira y guerras de Medina: Sumisión a Dios y violencia militar (622-630). Cuando su grupo fue perseguido, Mahoma “recibió” de Dios un mensaje de ruptura y recreación social, que se tradujo en la creación de una comunidad liberada de creyentes (Hégira 622 d.C., año 1 de la era musulmana). En vez de dejarse matar o de seguir anunciando el Mensaje de un modo no violento, Mahoma y los suyos emigraron a Medina, donde respondieron con violencia a la violencia de los enviados del «sistema comercial» politeísta de la Meca. En este contexto se sitúa la intolerancia musulmana, proclamada el Yihad o guerra santa contra los paganos de la Meca, que se expresa en la muerte de los judíos de Medina que no aceptaban su mensaje y en la toma posterior de la Meca [9].

Un Islam fundado en suras del período mecano será tolerante, Islam de creyentes que pueden mantenerse y vivir en el exilio, sin tomar el poder, dialogando en paz con hombres y mujeres del entorno.  Un Islam centrado en las suras de Medina será impositivo, de manera que tenderá a defender (e incluso imponer) su religión ‘verdadera’ y su forma de vida social apelando a la guerra, no sólo contra los infieles o paganos exteriores, sino contra los disidentes interiores, defendiendo ante todo los pretendidos «derechos» de Dios. [10].

En los últimos siglos, muchos musulmanes se han sentido amenazados por una política y religión que ellos vinculan al cristianismo. Varios países de mayoría islámica fueron colonizados entre el siglo XVIII y XX por potencias “cristianas” de occidente (Rusia, Inglaterra, Francia, USA). Además, gran parte de la población de esos países de mayoría musulmana sigue  siendo pobre  y se siente  dominada por la cultura y organización del sistema neo-liberal, que ellos interpretan como propio del cristianismo de occidente. Algunos musulmanes se han dejado vencer por la inquietud (por el temor de que la marea de opresión de occidente les destruya) y, asumiendo interpretaciones extremas del Libro (Corán) y tradiciones de la ‘guerra santa’, parecen llamados a luchar contra un occidente “opresor”.

El sentimiento de fracaso ante el sistema ilustrado de la modernidad, la humillación colonial y la situación de pobreza, hace que algunos busquen la seguridad en una guerra santa, dirigida por líderes musulmanes semejantes a los antiguos  como Saladino, que reconquistó Jerusalén (1187 d.C.)  A pesar de eso, la mayoría de los musulmanes desean la paz y anhelan la concordia social, por razones y experiencias sociales, culturales y religiosas

Los musulmanes asumen expresamente la herencia de Abrahán (Ibrahim) que, acompañado de su hijo Ismael habría peregrinado hasta la Meca para orar ante la piedra sagrada de la Caaba. Ratificando el gesto del patriarca, para imitar su fe y expandir su herencia, los fieles musulmanes se comprometen a peregrinar también hasta la Meca, una vez en la vida, si es que pueden. En ese camino de fe y adoración, se confiesan herederos y garantes de la tradición de Abrahán, fijada en el monoteísmo musulmán y en la piedad que se centra en la Meca. Así se creen herederos del gran patriarca hanif, devoto de Dios, monoteísta, en la línea de una tradición religiosa que se había manifestado ya desde el principio (por Adán, Noé y el resto de los profetas).

  1. Los musulmanes mantienen un monoteísmo cercano al judío. Por eso rechazan la Trinidad cristiana lo mismo que la Encarnación de Dios en Cristo. Dios se presenta para ellos como el Señor siempre transcendente que dirige desde arriba el curso de la historia, de una forma que parece ya predestinada de antemano. De tal modo destacan el poder y acción de ese Dios que tienden a dejar en segundo plano la libertad del hombre. Jesús es para ellos un profeta excelso, hijo María, nacido de forma virginal, predicador del evangelio para los judíos que no le recibieron y por eso quisieron matarle, cayendo de esa forma en gran pecado. Posteriormente, traicionando su mensaje, los cristianos divinizaron a Jesús, cayendo en gran pecado, por introducir la división en Dios y por confesar que un hombre es divino.
  2. Los musulmanes defienden una pacificación intra-histórica de la humanidad, vinculada a la expansión del Islam (que es según ellos, la religión originaria y verdadera) y al establecimiento de la Umma o comunidad de los creyentes. En ese sentido, para ellos resulta esencial el triunfo histórico del Islam. Ciertamente, la unidad sagrada de la Umma se ha roto pronto y los musulmanes se han dividido en grupos a veces enfrentados. Pero la mayoría siguen añorando la unidad sacral islámica que debe extenderse a todos los pueblos (estados) de mayoría musulmana, expandiéndose luego al universo entero. En ese aspecto, la mayoría de los musulmanes esperan extenderse a todos los países, para establecer el Islam en la tierra entera a través de una nueva Yihad o guerra santa (aunque no todos la interpreten de igual forma.
  3. La misión musulmana se establece en forma de sumisión universal a través de un proceso de acatamiento de Dios, conforme se establece en la sharía o legislación sagrada que debe regular la vida de los creyentes. Más que una religión espiritual (una forma interiorizada de encuentro con Dios) y de comunión libre y amorosa entre los hombres, el Islam es un programa de vida social en el que (pareciendo que todo es secular) todo está en el fondo sacralizado. Religioso es el ejercicio del poder y religiosa es la forma de entender la propiedad y la justicia, igual que la manera de fundar y organizar la familia. Por eso resulta difícil una desacralización del Islam en el sentido occidental del término. Lo que Dios ha revelado a Mahoma debe mantenerse de un modo inmutable, de manera que los fieles ratifiquen su total sometimiento a Dios.

 En principio, los musulmanes quieren respetar a los creyentes de las religiones del Libro (judíos, cristianos) y piensan que sólo pueden convertir por fuerza a los paganos. Pero allí donde son mayoría ellos procuran adueñarse de los resortes de la administración judicial, política y económica de los diversos pueblos (como parece pedirlo la sharia), para así ofrecer a todos la «plenitud sagrada», que consiste en la sumisión a Dios, en la forma musulmana.  Por eso los mismos estados musulmanes se sienten obligados a proteger y expandir las normas del Islamn, de forma que la globalización de la humanidad se realice a través de la sharía o ley musulmana.

 Los musulmanes defienden en teoría la libertad de los hombres ante Dios, pero, al mismo tiempo, afirman que  Dios se manifiesta a través de una palabra dominadora (de sometimiento), dirigida a todos. Según el Islam, no hay un pueblo escogido, en el sentido judío del término. No hay tampoco encarnación de Dios (ni en Cristo ni en Mahoma, ni en María o un profeta de otro tiempo). Pero Dios ha revelado su Palabra por Mahoma a todos los pueblos de, suscitando así el Islam, término emparentado con shalam/shalom que significa, al mismo tiempo, sumisión (a la voluntad de Dios) y pacificación (culminación de la historia.

NOTAS

[1] Estos pasajes suponen que Ley y Evangelio habían anunciado a un Profeta Ahmad, Alabado, título incluido en Muhamad (=Mahoma), que sería el Paráclito de Juan. La tradición musulmana supone que Mahoma ha cumplido las promesas de Dt 18 y Jn 14-16. Cf. M. Muhamad Ali, El Sagrado Corán, Ahmadiyyah, Lahore 1986, 1181-1182.Cf. J. Cortés, El Corán, Herder, Barcelona 1995, 644-645.

[2] Así lo ha destacado, por ejemplo, R. M. Fowler, The Gospel of Mark, Fortress, Minneapolis 1991;  cf. M. Navarro, Marcos, Verbo Divino, Estella 2006.

[3] La tradición musulmana considera la muerte de Jesús (si es que murió de verdad) como fracaso (no pudo culminar su obra profética). A su juicio, los cristianos han recaído en un tipo de idolatría: Han divinizado a Jesús y han abandonado la sumisión a Dios y el cumplimiento de su ley, al menos en occidente. Jesús fue un perdedor: no extendió su mensaje, se dejó matar y sus discípulos dijeron que había resucitado. Mahoma, un vencedor: triunfó en su ciudad e inició un camino de cambio mundial. Cf. L. Gardet, L’Islam e i cristiani, Citta’ Nuova, Roma 1988; G. Rizzardi, Il problema della Cristologia Coranica, I. Propaganda, Milano 1982.

[4] La fe musulmana deja poco espacio para la oración como diálogo creador entre los hombres, pues Dios lo hace todo y los hombres sólo someterse a Dios. Por el contrario, los cristianos creen que Dios no obliga a los hombres a vivir de una manera determinada, no les impone una ley acabada que deben cumplir, sino que les abre un camino de fe en gratuidad, para que libremente busquen y pacten, en comunión creadora,  lo que han de ser.

[5] Cf. X. Pikaza, Globalización y monoteísmo, Verbo Divino, Estella 2002

[6] Éste fue, a mi juicio, el descubrimiento mesiánico (teológico) fundamental de Jesús. según Mc 8: “Es necesario” (dei) que el Hijo del Hombre (enviado mesiánico de Dios) asuma un camino de derrota, sufrimiento y muerte, como he puesto de relieve tanto en Historia de Jesús. Cf.S. Vidal, Los tres proyectos de Jesús Sígueme, Salamanca 2002, y Jesús el Galileo, Sal Terrae, Santander 2006.

[7] En este contexto Mahoma  pudo prometer el paraíso como descanso y triunfo del guerrero fiel «Y no digáis que quienes han caído por Allah que han muerto. No, sino que viven» (2, 154). Caídos por Allah son los fallecidos en la guerra contra los infieles de la Meca o los enemigos de la fe. «Allah ama a los que luchan en fila por su causa, como si fueran un sólido muro», edificio sellado con plomo (cf. 4, 94-96; 8, 59-66; 9, 5-6).

[8] Mahoma se sintió heredero de la tradición de Israel, vinculada a la tierra de Palestina, donde Abraham y los patriarcas, los profetas y Jesús habían desarrollado su misión. Pues bien, a los pocos años de su muerte, los guerreros musulmanes conquistaron Jerusalén y consideraron propio el lugar de su templo, donde alzaron su Mezquita Lejana y sagrada, que permanece hasta hoy (en gesto que muchos judíos entienden como imposición y violencia). Los musulmanes se extendieron pronto por gran parte del mundo. Desde su nueva perspectiva de expansión victoriosa, ellos  han dejado en segundo plano los rasgos más sufrientes de Israel (pueblo paria, comunidad de exilados) y del cristianismo, vinculado a la muerte de Jesús para destacar y universalizar un rasgo de unificación social y apertura hacia todos los pueblos. He presentado el  tema en diversas entradas de X. Pikaza y A. Aya, Diccionario de las tres religiones,  Verbo Divino, Estella  2008.

[9] De esa forma se consuma la paradoja musulmana. Mahoma mantiene, por un lado, la tolerancia superior, fundada en el sometimiento a Dios. Por otro, proclama la intolerancia y la guerra contra los enemigos del Islam, en gesto que culmina con la toma de la Meca (630).

[10] Desde nuestra perspectiva cristiana, sería conveniente que el mismo Islam se recreara, de manera que la Hégira se adapte a las nuevas condiciones de la humanidad y, sobre todo, a la experiencia fundante del Dios originario de Mahoma, en el período mecano, en dialogo con judíos y cristianos. Es bueno el recuerdo de la Meca, por historia, por fidelidad al legado de Abraham y de Mahoma. Pero,  al mismo tiempo,vsería importante separar el Islam de la ciudad concreta de la Meca, de manera que los creyentes puedan descubrir a Dios en todos los lugares de la tierra, en todas las comunidades de los hombres, en gesto de reconciliación universal. Sea como fuere, es claro que ese proceso de recreación lo han de realizar los mismos musulmanes, aunque los demás, judíos y cristianos, les podemos acompañar, asumiendo también una tarea paralela y convergente de refundación de nuestras tradiciones.

Cristianismo (Iglesias), General, Islam , , ,

No sé quiénes sois.

lunes, 25 de agosto de 2025
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Con tantos perfiles y currículos
para hacernos presentes,
lo antes posible,
en los mercados de trabajo,
en los medios y las redes…

Con tantos instrumentos novedosos
para conectarnos al instante,
hablarnos,
exponernos
y conocernos…

Con tantas carpetas repletas
de álbumes de fotos,
instantáneas,
mensajes
y diálogos sobre todo…

Pendientes en todo momento
del móvil y la tablet,
de facebook
de internet,
de instagram y del whatsapp…

Resulta que llegamos a tu casa,
te llamamos…
y nos quedamos descolocados,
porque tú estás -a pesar de nuestras dudas-,
pero no nos conoces…

Insistimos que te hemos visto,
que hemos comido y bebido contigo,
que hemos seguido tus pasos,
que te conocemos desde hace tiempo…
pero tú no nos conoces.

¡Qué chasco!
¡Qué desastre!
Y eso que ya nos lo habías dicho
cómo ibas a reconocernos
si llegábamos tarde o de noche.

*

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

¿Quiénes serán bienvenidos a la fiesta de Dios?

lunes, 25 de agosto de 2025
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La reflexión de hoy es de  Phoebe Carstens, colaboradora de Bondings 2.0..

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 21 del tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

Probablemente solo unos pocos entre nosotros encuentren consuelo en las palabras iniciales de Jesús en el Evangelio de hoy: «Cuando le preguntaron si solo unos pocos se salvarían, respondió: “Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos intentarán entrar, pero no serán lo suficientemente fuertes”» (Lucas 13:24).

Como católicos LGBTQ+ y quienes los acompañan en su ministerio, nos repugna la idea de que nos excluyan y nos digan: “¡Apártense de mí todos ustedes, los que hacen el mal!”. El v. 27 ciertamente no es una imagen cómoda ni parece alinearse con la comprensión de Dios como aquel que abraza a todas las personas con el amor incondicional de un padre. Conozco personalmente a muchos que han tenido dificultades con este pasaje y la forma en que se ha usado como justificación para decirles a las personas que no son dignas o bienvenidas en el reino de Dios.

¿Cómo debemos interpretarlo, entonces? ¿Qué hacemos con este encuentro con Jesús donde dice que no todos serán lo suficientemente fuertes para entrar por la puerta estrecha, que habrá algunos que insistan en conocer a Jesús, pero se encontrarán con una reprimenda para alejarse de él?

Quizás nuestra respuesta se encuentre al final de la lectura de hoy: la desconcertante revelación de que «algunos son últimos que serán primeros, y algunos son primeros que serán últimos (v. 30)». Una inversión de roles, una inversión de expectativas: un sello distintivo de la predicación de Jesús. Jesús a menudo usaba parábolas para socavar y desafiar las expectativas, y con frecuencia se acercaba a lo improbable e inesperado. transeúnte, y también tomó decisiones que desconcertaron tanto a sus compañeros más cercanos como a sus adversarios. Al parecer, sus enseñanzas no estaban destinadas a ser aceptadas ciegamente. Más bien, invitan a la reflexión.

Quizás sea incomodidad lo que este pasaje pretende causar. Las palabras de Jesús no pretenden infundir un miedo abyecto ni hacernos dudar del deseo de Dios para nosotros. En cambio, buscan acercarnos más a nuestro interior, a un contacto más profundo con Dios que mora en nosotros, al pedirnos que consideremos: ¿qué llevaría a Dios a decirnos: «No sé de dónde eres»? (v. 27).

Si nos sentimos seguros, confiados de que, aunque muchos serán rechazados, sin duda nos sentaremos a la mesa del Señor, Jesús nos responde como a quien le pregunta en el Evangelio: nos sorprenderemos al ver a tantos entrar en el reino, pero a nosotros no. Si nos consideramos los primeros, tan seguros de nuestra salvación que nos alegramos de que algunos sean excluidos, de que los parámetros del reino hagan que solo entren quienes piensan, se parecen y actúan como nosotros, entonces, de hecho, somos nosotros quienes nos hemos cerrado la puerta.

Si nosotros, la Iglesia, tenemos la costumbre de cerrar nuestras puertas y rechazar a quienes no conocemos —especialmente al extranjero, especialmente al inmigrante, especialmente a la persona queer marginada—, ¿podemos realmente sorprendernos cuando Dios dice que debemos esperar el mismo trato del Juez Divino?

Entonces, ¿quiénes serán bienvenidos al banquete de Dios? Encontramos la respuesta, una vez más, inesperada: «Vendrán personas de oriente y occidente y Del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios” (v. 29). Es decir: todos los pueblos se reunirán y serán acogidos. No hay una sola dirección desde la cual las personas no sean llamadas, acogidas y abrazadas por Dios.

Si esto es cierto, si la mesa del Señor está en constante expansión y siempre llena de todas las personas, entonces este pasaje, en última instancia, tiene el propósito de animarnos. Cuando tomamos en serio la aleccionadora idea de ser rechazados (como a muchos de nosotros en la comunidad LGBTQ+ se nos ha dicho que nos sucederá), nos damos cuenta de que no debemos rechazar a nadie. Cuando consideramos lo que significaría ser excluido, aprendemos que no podemos excluir a ninguno de nuestros hermanos. Cuando sentimos el dolor de escuchar que Dios puede decirnos que nos vayamos, nos damos cuenta de la crueldad de infligir ese dolor a alguien más. Aprendemos que estas no son las formas de construir el reino de Dios.

En cambio, cuando presenciamos la presencia de Dios dentro de nosotros mismos y dentro de nuestras comunidades e insistimos en abrir la puerta para Si todos nos reunimos, entonces también se nos abrirá la puerta. La mesa estará llena y todos serán bienvenidos.

–Phoebe Carstens, Ministerio New Ways, 24 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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La puerta estrecha: Gracia cara vs. Gracia barata…

domingo, 24 de agosto de 2025
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La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia. Hoy combatimos en favor de la gracia cara

La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que liquidar, es el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado, es la gracia como almacén inagotable de la Iglesia, de donde la toman unas manos inconsideradas para distribuirla sin vacilación ni límites; es la gracia sin precio, que no cuesta nada.

Porque se dice que, según la naturaleza misma de la gracia, la factura ha sido pagada de antemano para todos los tiempos. Gracias a que esta factura ya ha sido pagada podemos tenerlo todo gratis. Los gastos cubiertos son infinitamente grandes y, por consiguiente, las posibilidades de utilización y de dilapidación son también infinitamente grandes. Por otra parte, ¿qué sería una gracia que no fuese gracia barata?

La gracia barata es la gracia como doctrina, como principio, como sistema, es el perdón de los pecados considerado como una verdad universal, es el amor de Dios interpretado como idea cristiana de Dios. Quien la afirma posee ya el perdón de sus pecados.

La Iglesia de esta doctrina de la gracia participa ya de esta gracia por su misma doctrina. En esta Iglesia, el mundo encuentra un velo barato para cubrir sus pecados, de los que no se arrepiente y de los que no desea liberarse. Por esto, la gracia barata es la negación de la palabra viva de Dios, es la negación de la encamación del Verbo de Dios.

La gracia barata es la justificación del pecado y no del pecador.

Puesto que la gracia lo hace todo por sí sola, las cosas deben quedar como antes. «Todas nuestras obras son vanas». El mundo sigue siendo mundo y nosotros seguimos siendo pecadores «incluso cuando llevamos la vida mejor». Que el cristiano viva, pues, como el mundo, que se asemeje en todo a él y que no procure, bajo pena de caer en la herejía del iluminismo, llevar bajo la gracia una vida diferente de la que se lleva bajo el pecado. Que se guarde de enfurecerse contra la gracia, de burlarse de la gracia inmensa, barata, y de reintroducir la esclavitud a la letra intentando vivir en obediencia a los mandamientos de Jesucristo. El mundo está justificado por gracia; por eso -a causa de la seriedad de esta gracia, para no poner resistencia a esta gracia irreemplazable- el cristiano debe vivir como el resto del mundo.

Le gustaría hacer algo extraordinario; no hacerlo, sino verse obligado a vivir mundanamente, es sin duda para él la renuncia más dolorosa. Sin embargo, tiene que llevar a cabo esta renuncia, negarse a sí mismo, no distinguirse del mundo en su modo de vida.

Debe dejar que la gracia sea realmente gracia, a fin de no destruir la fe que tiene el mundo en esta gracia barata.

Pero en su mundanidad, en esta renuncia necesaria que debe aceptar por amor al mundo -o mejor, por amor a la gracia- el cristiano debe estar tranquilo y seguro (securus) en la posesión de esta gracia que lo hace todo por sí sola. El cristiano no tiene que seguir a Jesucristo; le basta con consolarse en esta gracia. Esta es la gracia barata como justificación del pecado, pero no del pecador arrepentido, del pecador que abandona su pecado y se convierte; no es el perdón de los pecados el que nos separa del pecado. La gracia barata es la gracia que tenemos por nosotros mismos.

La gracia barata es la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo sin disciplina eclesiástica, la eucaristía sin confesión de los pecados, la absolución sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado.

La gracia cara

La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es el reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga.

La gracia cara es el Evangelio que siempre hemos de buscar, son los dones que hemos de pedir, es la puerta a la que se llama. Es cara porque llama al seguimiento, es gracia porque llama al seguimiento de Jesucristo; es cara porque le cuesta al hombre la vida, es gracia porque le regala la vida; es cara porque condena el pecado, es gracia porque justifica al pecador. Sobre todo, la gracia es cara porque ha costado cara a Dios, porque le ha costado la vida de su Hijo -«habéis sido adquiridos a gran precio»– y porque lo que ha costado caro a Dios no puede resultamos barato a nosotros. Es gracia, sobre todo, porque Dios no ha considerado a su Hijo demasiado caro con tal de devolvernos la vida, entregándolo por nosotros. La gracia cara es la encarnación de Dios.

La gracia cara es la gracia como santuario de Dios que hay que proteger del mundo, que no puede ser entregado a los perros; por tanto, es la gracia como palabra viva, palabra de Dios que él mismo pronuncia cuando le agrada. Esta palabra llega a nosotros en la forma de una llamada misericordiosa a seguir a Jesús, se presenta al espíritu angustiado y al corazón abatido como una palabra de perdón.

La gracia es cara porque obliga al hombre a someterse al yugo del seguimiento de Jesucristo, pero es una gracia el que Jesús diga: «Mi yugo es suave y mi carga ligera».

*

Dietrich Bonhoeffer
El precio de la Gracia. El Seguimiento
Ediciones Sígueme, Salamanca 2004

***

 

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

Uno le preguntó:

“Señor, ¿serán pocos los que se salven?”

Jesús les dijo:

“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No sé quiénes sois.”

Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.”

Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.”

*

Lucas 13, 22-30

***

Si deseo intentar expresar quién es este «tú» que me busca, que me llama -como se manifiesta en la conciencia de quien cree-, puedo dar algunas de sus características, que son también un intento de descripción de la experiencia de fe, aunque no la agotan, y no son sino el esfuerzo por decir algo que está más allá de nuestras palabras.

El «» que busca al creyente se presenta, en primer lugar, como un misterio indisponible, sobre el que no podemos poner las manos, que está siempre más allá de cuanto pensamos haber comprendido o captado de él. Se presenta asimismo con la característica de don, o sea, algo que no podemos pretender, sino que se da, y cuyo darse nos sorprende, porque tiene siempre la connotación de lo gratuito, de lo no debido.

Se presenta aún como alguien que habla, que dice palabras de consuelo, de aliento, incluso de juicio, pero que siempre levantan y hacen caminar de nuevo. Se presenta como alguien que atrae con una atracción que suscita una búsqueda continua. Quien cree, cuando reflexiona sobre su fe, siente como muy verdaderas las palabras del salmo: «Como busca la cierva corrientes de agua, asi, Dios mío, te busca todo mi ser» (Sal 42), o bien: «Oh Dios, tú eres mi Dios, desde el alba te deseo; estoy sediento de ti» (Sal 63). Y este «tú» misterioso, que se hace buscar, que nos atrae continua y misteriosamente, se presenta también como un aliado, como alguien que está de mi parte, que me permite decir en cualquier circunstancia: «Dios me ama y no temo ningún mal».

Se presenta como alguien que abre siempre nuevas perspectivas, nuevos horizontes de acción, y, por consiguiente, suelta de continuo los lazos de la vida, plantea nuevas vías de salida, nuevos posibles comienzos. Por último, se presenta como alguien que se entrega, que se comunica, que se manifiesta, que ofrece una comunicación de experiencia.

El que conoce un poco la Biblia se da cuenta de que en cada página vibra la presencia de un «tú» que continuamente nos sorprende, nos impulsa, estimula la vida cotidiana y la abre a la novedad. Y el que cree, cuando lee las palabras bíblicas, siente de una manera eficaz su verdad para su vida; vive, por así decirlo, su confirmación.

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Carlo María Martini,
«Las razones por las que creo»,
en Cátedra de los No Creyentes,
Milán 1992

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“¿Qué tolerancia?”. 21 Tiempo ordinario – C (Lucas 13,22-30)

domingo, 24 de agosto de 2025
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La tolerancia ocupa hoy un lugar eminente entre las virtudes más apreciadas en Occidente. Así lo confirman todas las encuestas. Ser tolerante es hoy un valor social cada vez más generalizado. Las jóvenes generaciones no soportan ya la intolerancia o la falta de respeto al otro.

Hemos de celebrar este nuevo clima social después de siglos de intolerancia y de violencia, perpetrada muchas veces en nombre de la religión o del dogma. Cómo se estremece hoy nuestra conciencia al leer obras como la excelente novela El hereje, de Miguel Delibes, y qué gozo experimenta nuestro corazón ante su canto apasionado a la tolerancia y a la libertad de pensamiento.

Todo ello no impide que seamos críticos con un tipo de «tolerancia» que más que virtud o ideal humano es desafección hacia los valores e indiferencia ante el sentido de cualquier proyecto humano: cada cual puede pensar lo que quiera y hacer lo que le dé la gana, pues poco importa lo que la persona haga con su vida. Esta «tolerancia» nace cuando faltan principios claros para distinguir el bien del mal o cuando las exigencias morales quedan diluidas o se mantienen bajo mínimos.

La verdadera tolerancia no es «nihilismo moral» ni cinismo o indiferencia ante la erosión actual de valores. Es respeto a la conciencia del otro, apertura a todo valor humano, interés por lo que hace al ser humano más digno de este nombre. La tolerancia es un gran valor no porque no haya verdad objetiva ni moral alguna, sino porque el mejor modo de acercarnos a ellas es el diálogo y la apertura mutua.

Cuando no es así, pronto queda desenmascarada. Se presume de tolerancia, pero se reproducen nuevas exclusiones y discriminaciones, se afirma el respeto a todos, pero se descalifica y ridiculiza a quien molesta. ¿Cómo explicar que, en una sociedad que se proclama tolerante, brote de nuevo la xenofobia o se alimente la burla de lo religioso?

En la dinámica de la verdadera tolerancia hay un deseo de buscar siempre lo mejor para el ser humano. Ser tolerante es dialogar, buscar juntos, construir un futuro mejor sin despreciar ni excluir a nadie, pero no es irresponsabilidad, abandono de valores, olvido de las exigencias morales. La llamada de Jesús a entrar por la «puerta estrecha» no tiene nada que ver con un rigorismo crispado y estéril. Es una llamada a vivir sin olvidar las exigencias, a veces apremiantes, de toda vida digna del ser humano.

José Antonio Pagola

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“Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Domingo 25 de agosto de 2025. 21º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 24 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Isaías 66, 18-21: De todos los países traerán a todos vuestros hermanos.
Salmo responsorial: 116: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Hebreos 12, 5-7. 11-13: El Señor reprende a los que ama.
Lucas 13, 22-30: Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios

Jesús continua su viaje a Jerusalén, pasando por pueblos y aldeas en los que enseñaba. En este contexto alguien pregunta a Jesús: Señor, ¿son pocos aquellos que se salvarán? La pregunta como se ve, apunta al número: ¿Cuántos vamos a salvarnos, pocos o muchos? La respuesta de Jesús traslada la atención del “cuántos” al “cómo” nos salvamos.

Es la misma actitud que notamos a propósito de la parusía: los discípulos preguntan “cuándo” se producirá el retorno del Hijo del hombre y Jesús responde indicando “cómo” prepararse para ese retorno, qué hacer durante la espera (Mt 24,3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña ni poco cortés; es la forma de actuar de alguien que quiere educar a los discípulos y pasar del plano de la curiosidad al de la sabiduría, de las preguntas ociosas que apasionan a la gente, a los verdaderos problemas que sirven para el Reino. Entonces, en este evangelio Jesús aprovecha la oportunidad para instruir a los discípulos sobre los requisitos de la salvación. La cosa nos interesa naturalmente en sumo grado también a nosotros, discípulos de hoy que estamos frente al mismo problema.

Pues bien, ¿qué dice Jesús respecto del modo de salvarnos? Dos cosas: una negativa, otra positiva; primero, lo que no sirve y no basta, después lo que sí sirve para salvarse. No sirve, o en todo caso no basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes”. En el relato de Lucas, es evidente que los que hablan y reivindican privilegios son los judíos; en el relato de Mateo, el panorama se amplía: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: “Profetizamos en tu nombre (o sea en el nombre de Jesús), hicimos milagros… pero la respuesta de Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de mí! (Mt 7,22-23). Por lo tanto, para salvarse no basta ni siquiera el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa.

Justamente esta “otra cosa” es la que Jesús pretende revelar con las palabras sobre la “puerta estrecha”. Estamos en la respuesta positiva, en lo que verdaderamente asegura la salvación. Lo que pone en el camino de la salvación no es un título de propiedad (no hay títulos de propiedad para un don como es la salvación), sino una decisión personal. Esto es más claro todavía en el texto de Mateo que contrapone dos caminos y dos puertas –una estrecha y otra ancha– que conducen respectivamente una al vida y una a la muerte: esta imagen de los dos caminos Jesús la toma de Deut 30,15ss y de los profetas (Jer 21,8); fue para los primeros cristianos, una especie de código moral. Hay dos caminos –leemos en la Didaché–, uno de la vida y otro de la muerte; la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien maldice, perdonar a quien te ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras lo opuesto, a los mandamientos y a las bienaventuranzas.

La enseñanza sobre el camino estrecho encuentra un desarrollo muy pertinente en la segunda lectura de hoy: “El Señor corrige al que ama…”. El camino estrecho no es estrecho por algún motivo incomprensible o por un capricho de Dios que se divierte haciéndolo de esa manera, sino que se puesto por medio el pecado, porque ha habido una rebelión, se salió por una puerta; el conflicto de la cruz es el medio predicado por Jesús e inaugurado por él mismo para remontar esa pendiente, revertir esa rebelión y “volver a entrar”

Pero, ¿porqué camino “ancho” y camino “estrecho”? ¿Acaso el camino del mal es siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y cansador? Aquí es importante obrar con discernimiento para no caer en la misma tentación del autor del salmo 73. También a este creyente del primer testamento le había parecido que no hay sufrimiento para los impíos, que su cuerpo está siempre sano y satisfecho, que no se ven golpeados por los demás hombres, sino que están siempre tranquilos amasando riquezas, como si Dios tuviera, además, preferencia por ellos…; el salmista se escandalizó por esto, hasta el punto de sentirse tentado de abandonar su camino de inocencia para hacer como los demás. En este estado de agitación, entró en el templo y se puso a orar, y de repente vio con toda claridad: comprendió “cuál es su fin”, o sea el fin de los impíos, empezó a albar a Dios y a darle gracias con alegría porque todavía estaba con él. La luz se hace orando y considerando las cosas desde el fin, o sea, desde su desenlace.

Volvamos al hilo del discurso; Jesús rompe el esquema y lleva el tema al plano personal y cualitativo no sólo es necesario pertenecer a una determinada “comunidad” ligada a una serie de practicas religiosas que nos dan la garantía de la salvación. Lo importante es atravesar la puerta estrecha es decir el empeño serio y personal por la búsqueda del reino de Dios, esta es la única garantía que nos da la certeza que se está en el camino que nos conduce a la luz de la salvación. Jesús ha repetido muchas veces este concepto: “no todos los que me dicen Señor, Señor entraran en el Reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos”.

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Señor, escuchar su Palabra, multiplicar las oraciones… es importante pero no es suficiente para alcanzar la salvación, porque como afirma Dios por boca del profeta Isaías: “no puedo soportar falsedad y solemnidad” (1,13). Al rito se debe unir la vida, la religión debe impregnar toda la vida la oración debe orientarse a la practica de la caridad, la liturgia debe abrirse a la justicia y al bien de otra manera como han dicho los profetas el culto es hipócrita y es incapaz de llevarnos a la salvación, y escucharemos las palabras de Jesús “aléjense de mí, operarios de iniquidad”. El acento está en las obras, expresión de una vida coherente con la fe que profesamos.

La imagen que Jesús usa inicialmente es aquella de la “puerta estrecha”, que representa muy bien el empeño que es necesario para alcanzar la meta de la salvación, el verbo griego usado por Lucas agonizesthe es traducido por “esforzarse”. Indica una lucha, una especie de “agonía”; incluye fatiga y sufrimiento, que envuelve a toda la persona en el camino de fidelidad a Dios.

La vida cristiana es una vida de lucha diaria por elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al reino de Dios.

Creer es una actitud seria y radical y no se reduce a ciertos actos de devoción. Éstos pueden ser signos de una adhesión radical; finalmente al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón; esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción. Leer más…

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24.8.25 Serán muchos los que se salven? Vosotros sois la puerta, vosotros la respuesta.

domingo, 24 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 21 TO, Lucas 13, 22-30.

Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán…. (Lc 13, 22-30).

Esa pregunta y tema no se refiere sólo a la salvación eterna de las almas tras la muerte  (tema que dejamos ahora en manos de la misericordia de Dios?, sino a la salvación y vida de los hombres en este mundo, tema clave de la apocalíptica judía y de la realidad actual del mundo, presa de fuegos terroríficos (calentamiento global, incendios pavorosos) y de guerras peores que diabólicas en varios lugares del mundo, pues los diablos que yo he conocido estudiando la Biblia y la historia de las religiones son mejores que muchos de traje y corbata, sin cola externa, que andan gobernando este mundo, en nombre de sus dioses falsos. 

Tema general

  Muchos hombres y mujeres han empezado a pensar que la humanidad no tiene futuro. Somos la primera generación de personas que nos enfrentamos ante el riesgo de muerte de la especie humana, ante la posible destrucción de la vida en el planeta tierra por razones bélicas (guerra), sociales (lucha mutua), personales (cansancio general, suicidio colectivo) y ecológicas (degradación y al final aniquilación de la tierra).

En esta situación resulta necesario un gran cambio, como el que pidió Moisés en el Antiguo Testamento (Dt 30, 15-20), como el que anunció Jesús en el Evangelio al decir que llega el Reino de los Cielos (Mc 1, 14-15), pero sabiendo que eso exige que debemos convertirnos, pues de lo contrario nos destruiremos. Esa conversión que pide Jesús no es puramente interior, sino de vida total, personal, social y ecológico, y exige una fuerte renuncia, con un deseo más fuerte de comunicación de vida.

Desde fuera muchas veces se exige a la Iglesia que no se meta en donde no la llaman, que no hable de política, de economía, de relaciones sociales, de cosas que no entiende. La iglesia se tendría que limitar a rezar y punto. Frente a esta postura el Papa es claro: “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos” (Evangelii Gaudium 183).

Renuncia creadora. Hemos pensado a veces que podíamos hacer todo. La modernidad nos ha dicho “atreveos y conquistad”, y nos hemos atrevido, hemos conquistado, hemos creado formas nuevas de ciencia y de técnica, que nos han permitido conquistar todo el mundo, pero con el riesgo de “perder el alma”. Pues bien, ahora descubrimos que no podemos conquistarlo todo, ganar todo, pues al hacerlo podemos secar las raíces personales de nuestra vida, la armonía de la tierra, la convivencia y paz entre todos.

En el día en que queramos comer la “manzana del bien y del mal”, haciéndonos dueños del mundo entero por la fuerza terminaremos matándonos unos a otros. Por eso tenemos que atrevernos a renunciar, no por renunciar sin más, sino para conseguir, cultivar y disfrutar unos bienes más altos, en línea de humanidad, de valores de conocimiento, de arte, de amor, de equilibrio vital. Si no renunciamos a un tipo de violencia atómica, de manipulación genética y de lucha social (con el deseo de tenerlo cada uno todo), acabaremos matándonos todos.

Más justicia, aprender a convivir. Hemos querido conquistarlo todo, dominar a los indios y a los negros, imponer sobre el mundo la razón de los vencedores, como si lo importante fuera poseerlo de un modo egoísta, cada vez más cosas, en un mundo de ricos contra pobres, de un gran capital sobre todos, manipulando así la tierra, al servicio de nuestro poder, es decir, del poder de algunos grupos ricos, mientras se extiende y domina sobre el mundo la pobreza de muchos.

En esa línea, si cada uno de nosotros, cada uno de los pueblos y grupos humanos, busca únicamente su triunfo y razón, el despliegue de su propia verdad particular, aunque los otros tengan que morir, acabaremos matándonos todos. Necesitamos un tipo de sabiduría distinta, una sabiduría que no sea de poder propio y de dominio sobre los demás, sino de riqueza moderada y gozosa y para todos, de diálogo, de pluralidad y enriquecimiento mutuo, en la línea de un despliegue múltiple de la vida. Necesitamos descubrir que nuestro mayor gozo sea el gozo de los otros, que ellos puedan también, que tengan, que disfruten, para así colaborar todos

La ayuda de tradiciones religiosas. Corremos el riesgo de perder nuestras raíces culturales y religiosas, miles de años de aprendizaje para convivir. Pues bien, en este momento, es necesario que recuperemos los modelos religiosos antiguos, pero no tomados al pie de la letra, sino desde su mensaje más profundo, en la línea de un budismo compasivo, de un Islam respetuoso ante Dios y buscador de paz, de un cristianismo abierto al amor al prójimo, etc.

Los hombres de las grandes tradiciones religiosas y culturales han ido explorando caminos de vida muy valiosos, que hoy estamos en riesgo de olvidar. Pues bien, ante los nuevos retos de esta humanidad en riesgo tenemos que recuperar y recrear los recursos religiosos, y en especial los del cristianismo, para aprender de nuevo a renunciar y a crear, a vivir y a convivir, aprendiendo los unos de los otros.

Conversión de corazón, ecológica y de paz  al servicio de la vida

Como he dicho, el problema de fondo es militar (guerra), social (lucha de grupos contra grupos), personal (cansancio, suicidio), pero también ecológico (corremos el riesgo de destruir la vida de la tierra). Por eso, la conversión que Jesús nos pide (Mc 1, 14-15) tiene que ser también una conversión ecológica, como ha dicho el Papa Francisco, Laudato sí (2015):

Un tema científico, conversión de la vida. Sabemos que la vida es limitada y que sólo puede mantenerse y avanzar en el mundo si se asumen, respetan y potencian los diversos equilibrios vegetales y animales, térmicos y climáticos etc. Pues bien, en los dos últimos siglos, la ciencia no ha tenido en cuenta esa exigencia, como si sólo importara un tipo de progreso material, aunque con ello destruyéramos el mundo.

Por eso es necesario un cambio científico, un conocimiento, una ciencia que nos enseñe a respetar la vida: no podemos hacer y deshacer a nuestro antojo el orden del mundo; no podemos cambiar y destrozar a nuestro capricho los tejidos del conjunto de la vida. Sencilla y progresivamente, cada vez con más hondura, la ciencia ecológica tiene que convertirse y convertirnos, al servicio de la vida, en un mundo donde se respete el clima, la naturaleza, la conexión de los diversos sistemas minerales, alimenticios, etc.

La ecología  de la vida es un tema de acogida y producción, de uso y distribución de la energía que está vinculada a las fuentes de la vida. Es preciso que los hombres asuman una actitud positiva de respeto por la vida, con lo que ello implica en los aspectos políticos y económicos, sociales y personales. Actualmente nos hallamos ante un problema de degradación: el consumo egoísta de las energías y formas de vida del presente lleva el riesgo de romper los desarrollos y posibilidades del futuro: la contaminación de la atmósfera, degradación de los mares, polución de las aguas.

Hay un problema de distribución de energía, unos consumen y gastan casi todo, otros carecen de los medios básicos de vida: agua, electricidad, medios de cultivo de la tierra. En ese plano es necesaria una intensa conversión, en línea de justicia y fraternidad. Sólo así podremos orientar la energía, poniéndola al servicio de la vida de todos. Hasta ahora estábamos en manos de la sabiduría de la naturaleza, que nos parecía infinita y pensábamos que podíamos utilizarla de una forma depredadora (cazando y matando sin más animales, manipulando sin conciencia aires, tierras y mares). Ha llegado el momento de orientar el uso de la energía (del agua al carbón, de la electricidad al átomo…) al servicio de la vida de la tierra.

Un tema de política y educación. Escuela ecológica. Para que esto cambie tiene que cambiar de un modo radical la política de la humanidad. No basta la función y empeño de unos pequeños partidos “verdes”. Ha llegado el momento de que todos partidos políticos, todas las naciones, asuman de una forma decidida los valores de la vida, y de la vida para todos, por encima de opciones ideológicas, de formas de organización cultural.

No se trata de un problema de simples ideales estéticos particulares, de gustos o emociones, sino de simple y radical supervivencia. O renunciamos todos al estilo de dominio, al ansia de poder y de consumo… o la llama de la vida que un día recibimos de la evolución cósmica (de Dios), terminará por apagarse en nuestras manos.

En esa línea no basta el cambio energético y político. Es necesario un intenso cambio educativo, que nos lleve a sentir y a querer de un modo nuevo, aceptando a los demás y buscando juntos un futuro de equilibrio sano y de salud física y mental, aprender a querernos, amando y gozando del mundo, en su pluralidad.

Hace falta una escuela ecológica, no de pura renuncia, sino de transformación de los valores de la vida, en la línea de un nuevo Jesús de Nazaret, de un nuevo Juan Bosco. Éste es en el fondo un problema y camino de amor: de disfrutar y compartir la vida, para todos y con todos. En esa línea, amar a Dios significa amar y agradecer su creación. Amar al prójimo significa querer ofrecerle lo mejor, un mundo bueno, con agua limpia, un mundo en el que se respete la belleza y el orden de la naturaleza, al servicio de la vida.

Tres peligros de muerte, abrid la puerta de la vida

 Estamos en un mundo de mal mercado, donde todo se compra y vende, como sabía el Apocalipsis de Jn 17-18. Este mercado nos pone en manos de tres muerte

-Muerte por bomba. En otro tiempo, la violencia parecía limitada en su espacio y posibilidades, de manera que resultaba difícil (casi imposible) que los hombres acabaran destruyéndose todos. Ahora se ha globalizado de modo que formamos un único mundo, con un potencial de destrucción casi inmediato (bomba atómica). Han sido necesarios muchos milenios para nuestro surgimiento; pero somos capaces matarnos en unas breves horas, si algunos (dueños de la bomba), lo deciden. Sólo podemos sobrevivir si queremos (nos queremos) y pactamos (dialogamos, nos respetamos), superando la pura violencia del sistema, buscando formas de administración económica y política al servicio de la humanidad, sobre el terrorismo de los poderes globales y de la respuesta violenta de los marginales o marginados.

–  Muerte por manipulación genética (hombres artificiales). Hasta ahora parecíamos nacer de un modo como inmediato, pues los padres nos han transmitido la vida de forma generosa, gratuita, por amor, en un lenguaje personal, en el cuerpo a cuerpo, cara a cara, palabra a palabra de la comunicación. Pero la ciencia ha puesto en nuestras manos unas posibilidades insospechadas de manipulación e influjo genético y educativo, que parecen capaces de cambiar nuestra forma de concepción y nacimiento. Ciertamente, es buena también en este campo la ayuda de la ciencia. Pero ella podría llevarnos a «fabricar» hominoides en serie, un tipo de híbridos humanos, no sólo condicionados, sino también manejados, dirigidos, controlados desde fuera, como instrumentos al servicio de sus amos. Si así hiciéramos eso nos destruiríamos a nosotros mismos.

– Muerte por angustia, cansancio vital. Hasta ahora, hemos vivido porque nos gustaba, porque en el fondo de la aventura humana (engendrar y convivir) habíamos hallado un estímulo, un placer, vinculado al mismo Dios. Habíamos vivido por gozo y deseo, porque la vida era un don y una aventura, un regalo sorprendente que podíamos agradecer a Dios. Pero muchos sienten ahora que no merece la pena, negándose a engendrar o incluso a vivir. De esa forma emerge un tercer tipo de «suicidio humano»: Tras la bomba y la manipulación genética, puede alcanzarnos la falta de deseo, el cansancio de una vida que parece sin Dios y sin futuro, sin sentido sobre el mundo. El problema ya no es la Voluntad de Poder de Nietzsche, sino la ausencia de una Voluntad de Ser: Que nos falte el Dios del gran deseo de vivir y transmitir la vida, ahogándonos todos,  unos en medio de riquezas materiales (asfixia interna), otros por falta de medios (asfixia externa). Es aquí donde viene a planearse con más fuerza el tema de Dios, el deseo de vida y la resurrección.

 Estos riesgos conforman nuestra forma de vida y determinan el tiempo posmoderno.  Un Dios en general no basta, ni basta una razón entendida en forma de sistema. Necesitamos entrar por la puerta estrecha de la vida en amor, de la que hablaba Jesús… Esa puerta es el Dios de la vida, la Vida que es Dios encarnado en los hombres del mundo, en todos los hombres y mujeres, no en los míos solamente

Dios, la puerta de la vida

Un Dios al que vemos en cada niño que nace, haciéndonos capaces de saltar de gozo y deseo de vida, de amor y de encuentro personal, pues por pura ley de sistema los hombres no viven. En este contexto podemos formular, en un orden inverso, los tres momentos del esquema anterior.

Dios como es amplitud de Vida, contra el cansancio y angustia  de aquellos que piensan y sienten que su vida carece de sentido.

 Dios como origen y latido de vida,  contra de la bomba,  que puede destruirlo todo… un Dios de pan para los hambrientos de Gaza, a la sombre de Jerusalén, Dios de diálogo y camino para todos, a la sombre de Moscú o de USA, mostrarse como puerta de futuro (pueerta estrecha que tenemos que ensanchar con amor y palabra de vida, camino de resurrección. De esa forma definimos a Dios como Don enamorado de la vida (en gratuidad y perdón, en nacimiento y muerte esperanzada.

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