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“Cuántos, cómo y quienes se salvan”. Domingo 21 ciclo C

domingo, 24 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Durante siglos, a los israelitas no les preocupó el tema de la salvación o condena en la otra vida. Después de la muerte, todos, buenos y malos, ricos y pobres, opresores y oprimidos, descendían al mundo subterráneo, el Sheol, donde sobrevivían sin pena ni gloria, como sombras. Quienes se planteaban el problema de la justicia divina, del premio de los buenos y castigo de los malvados, respondían que eso tenía lugar en este mundo. Sin embargo, la experiencia demostraba lo contrario, y así lo denuncia el autor del libro de Job: en este mundo, los ladrones y asesinos suelen vivir felizmente, mientras los pobres mueren en la miseria.

            Con el tiempo, para salvar la justicia divina, algunos grupos religiosos, como los fariseos y los esenios, trasladan el premio y el castigo a la otra vida. Dentro de los evangelios, la parábola del rico y Lázaro refleja muy bien esta idea: el rico lo pasa muy bien en este mundo, pero su comportamiento injusto y egoísta con Lázaro lo condena a ser torturado en la otra vida; en cambio, Lázaro, que nada tuvo en la tierra, participa de la felicidad eterna.

            Entre los judíos que creen en la resurrección cabe otra postura, importante para comprender el comienzo del evangelio de hoy: sólo los buenos resucitan para una vida feliz, los malvados no consiguen ese premio, pero tampoco son condenados.

Una pregunta absurda: cuántos

            Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó:

            Señor, ¿serán pocos los que se salven?

            Bastantes cristianos actuales habrían formulado la pregunta de manera distinta: ¿serán muchos los que se condenen? Sin embargo, el personaje del que habla Lucas parece formar parte de ese grupo que sólo cree en la salvación. Jesús podría haber respondido con otra pregunta: ¿qué entiendes por “pocos”? ¿Cuatro mil? ¿Veinte millones? ¿Ciento cuarenta y cuatro mil, como afirman los Testigos de Jehová? La pregunta sobre pocos o muchos es absurda, aunque hay gente que sigue afirmando con absoluta certeza que se condena la mayoría o que se salvan todos.

Una enseñanza: “entrar por la puerta estrecha

            Jesús no entra en el juego. Ni siquiera responde al que pregunta, sino que aprovecha la ocasión para ofrecer una enseñanza general.

            Jesús les dijo:

            Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

            La imagen, tal como la presenta Lucas, no resulta muy feliz. Quienes no pueden entrar por una puerta estrecha son las personas muy gordas, y eso no es lo que está en juego. El evangelio de Mateo ofrece una versión más completa y clara: “Entrad por la puerta estrecha; porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta, qué angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que dan con ella!” (Mateo 7,13-14).

            En cualquier caso, la exhortación de Jesús resulta tremendamente vaga: ¿en qué consiste entrar por la puerta estrecha? En otros momentos lo deja más claro.

            Al joven rico, angustiado por cómo conseguir la vida eterna, le responde: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Son los mandamientos de la segunda tabla del decálogo, los que regulan las relaciones con el prójimo. Curiosamente (y a muchos judíos les resultaría blasfemo) para conseguir la vida eterna no es preciso observar el sábado.

            En el evangelio de Mateo, la parábola del Juicio Final indica los criterios que tendrá en cuenta Jesús a la hora de salvar y condenar: “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis”. La experiencia demuestra que vivir esto equivale a pasar por una puerta estrecha, pero al alcance de todos.

Un final sorprendente y polémico: quiénes

            La pregunta sobre el número de los que se salvan ha provocado una respuesta sobre cómo salvarse; pero Jesús añade algo más, sobre quiénes se salvarán.

            El libro de Isaías contiene estas palabras dirigidas por Dios a los israelitas: “En tu pueblo todos serán justos y poseerán por siempre la tierra” (Is 60,21). Basándose en esta promesa, algunos rabinos defendían que todo Israel participaría en el mundo futuro; es decir, que todos se salvarían (Tratado Sanedrín 10,1). ¿Y los paganos? También ellos podían obtener la salvación si aceptaban la fe judía.

            Sin embargo, las palabras que pone Lucas en boca de Jesús afirman algo muy distinto. Empalmando con la idea de que muchos intentarán entrar y no podrán, nos sorprende con la siguiente descripción:           

            Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo:
– “Señor, ábrenos”.
-Y él os replicará: “No sé quiénes sois”.
Entonces comenzaréis a decir:
-“Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.
Pero él os replicará:
-“No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

            El amo de la casa es Jesús, y quienes llaman a la puerta son los judíos contemporáneos suyos, que han comido y bebido con él, y en cuyas plazas ha enseñado. No podrán participar del banquete del reino junto con los verdaderos israelitas, representados por los tres patriarcas y los profetas. En cambio, muchos extranjeros, procedentes de los cuatro puntos cardinales, se sentarán a la mesa.

            La conversión de los paganos ya había sido anunciada por algunos profetas, como demuestra la primera lectura (Is 66,18-21) que copio más abajo. Pero el evangelio es hiriente y polémico: no se trata de que los paganos se unen a los judíos, sino de que los paganos sustituyen a los judíos en el banquete del Reino de Dios. Estas palabras recuerdan el gran misterio que supuso para la iglesia primitiva ver cómo gran parte del pueblo judío no aceptaba a Jesús como Mesías, mientras que muchos paganos lo acogían favorablemente.

Moraleja y matización

            Lucas termina con una de esas frases breves y enigmáticas que tanto le gustaban a Jesús (de hecho, el evangelio de Mateo la coloca en otro contexto muy distinto).

            Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.

            En la interpretación de Lucas, los últimos son los paganos, los primeros los judíos. El orden se invierte. Pero los primeros, los judíos como totalidad, no quedan fuera del banquete, también son invitados a él. El mismo Lucas, cuando escriba el libro de los Hechos de los Apóstoles, presentará a Pablo dirigiéndose en primer lugar a los judíos, aunque en generalmente sin mucho éxito.

Primera lectura: Isaías 66, 18-21

            Así dice el Señor:

            Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones. 

            Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi monte santo de Jerusalén dice el Señor, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas dice el Señor.

            El primer párrafo es el que está en relación con el evangelio: habla de la conversión de los paganos desde Tarsis (a menudo localizada en la zona de Cádiz-Huelva) hasta Turquía (Masac y Tubal), y con dos importantes regiones de África (Libia y Etiopía). El punto de vista es distinto al del evangelio: aquí sólo se habla de conversión, no de salvación en la otra vida (tema que queda fuera de la perspectiva del profeta).

Segunda lectura: cuando Dios nos mete por la puerta estrecha (Heb 12,5-7.11-13)

            Este breve fragmento de la carta a los hebreos no tiene nada que ver con el evangelio. Pero es una hermosa exhortación que lo complementa. En el evangelio se nos anima a «entrar por la puerta estrecha». Muchas veces es la vida la que se estrecha en torno a nosotros, como si Dios nos pusiera a prueba. El autor de la carta enfoca esos momentos difíciles como una reprensión o corrección del Señor. Pero es la corrección de un Padre que deseo lo mejor para su hijo, idea que debe consolarnos y fortalecernos.

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Domingo XXI del Tiempo Ordinario. 24 agosto, 2025

domingo, 24 de agosto de 2025
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 “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha.

(Lc 13, 22-30)

El de hoy es un evangelio “peligroso” que nos puede conducir a dos extremos contra puestos.

Por un lado, podemos quedarnos con la imagen de un dios exigente que lleva cuentas pormenorizadas de cada uno de nuestros pecados. Un dios riguroso, lleno de santidad y perfección. Lleno de poder que no se va a dejar manchar o corromper por la oscuridad y debilidad humana.

En el extremo opuesto, podemos caer en la trampa de pensar que al Dios de Jesús no le pega nada eso de “dejar fuera” a nadie y que su misericordia es una especie de salvoconducto que nos permite vivir sin ninguna responsabilidad. Que podemos hacer lo que queramos, lo que nos dé la gana.

Ambas posturas están equivocadas aunque tienen su parte de verdad. El Dios que vino a anunciarnos Jesús no es un juez castigador. No necesita de nosotras un expediente impecable. Pero tampoco podemos convertir la misericordia divina en la excusa perfecta para vivir de cualquier manera, porque en el Reino del Amor no vale todo. Por eso Jesús dice: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha.

El evangelio de hoy apela a nuestra responsabilidad personal. Solo aquello que nos hace crecer en amor y libertad nos abre las puertas del Reino, porque solo esas actitudes nos ponen en camino.

No es que Dios nos vaya a cerrar la puerta, pero tampoco nos va a obligar a entrar. La puerta del Reino es estrecha porque tenemos que acertar con ella desde nuestra propia libertad. Y la libertad nos da siempre a escoger, aunque no siempre lo más apetecible es realmente mejor.

Oración

Repite, Trinidad Santa, en nuestros corazones ese:

Esforzaos por entrar por la puerta estrecha”,

recuérdanos que necesitas de nosotras para llevarnos a tu Reino. Amén.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Mi ego inflado se atascará en la puerta.

domingo, 24 de agosto de 2025
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DOMINGO 21 (C)

Lc 13,22-30

La salvación es el tema central de todas las religiones y no me duelen prendas al decir que todas lo han planteado mal. La salvación que nos ofrecen está orientada al falso yo. Los únicos salvados fueron los místicos y todos lo hicieron a pesar de sus propias religiones.

Jesús no responde a la pregunta, porque está mal planteada. La salvación no es una línea que hay que cruzar, sino un proceso de descentración del yo. Nos han convencido de que tenemos que ser salvados. ¿De qué? ¿Del dolor, de la enfermedad, del pecado, de la muerte? Esas limitaciones son esenciales al hombre. Sin ellas dejaríamos de ser humanos.

Infinidad de preguntas sobre la salvación: ¿Para cuándo? ¿Aquí o más allá? ¿Material o espiritual? ¿Nos salva Dios, Jesús o nosotros? ¿Salvan las obras o la fe? ¿Salva la religión, los sacramentos, la oración, la limosna, el ayuno? ¿Nos salva la Escritura? ¿Individual o comunitaria? ¿Es la misma para todos? ¿Podemos saber si estamos salvados?

Las preguntas están mal planteadas. Todas dan por supuesto que hay un yo que está perdido y debe ser salvado. La salvación no consiste en alcanzar la seguridad para mi yo individual, sino en superar toda idea de individualidad. La religión ha fallado al proponer la salvación de nuestro falso yo, que es el anhelo más hondo de todo ser humano.

Todos se salvan de alguna manera, porque todo ser humano despliega algo de esa humanidad por muy mínimo que sea. Y nadie alcanza la plenitud de salvación porque las posibilidades de ser más humano no tienen límite. Todos estamos salvados y necesitados de salvación. Esta idea nos desconcierta, porque no satisface los deseos del yo.

Lo de la puerta estrecha lo hemos entendido mal y nos ha metido por un callejón sin salida. El esfuerzo no debe ir encaminado a potenciar un yo para asegurar su permanencia incluso en el más allá. No tiene mucho sentido que esperemos una salvación para cuando dejemos de ser auténticos seres humanos, es decir para después de morir.

La salvación no consiste en la liberación de las limitaciones. La salvación consiste en alcanzar una plenitud sin pretender dejar de ser criatura y limitada. La verdadera salvación es posible a pesar de mis carencias porque se tiene que dar en otro plano. Ni la enfermedad ni la muerte ni el pecado restan un ápice a mi condición de ser humano.

Debemos desechar la idea de un umbral que debemos superar. No debemos hacer hincapié en la puerta sino en el que debe atravesarla. No es que la puerta sea estrecha, es que se cierra automáticamente en cuanto ‘alguien’ (un yo) pretende atravesarla. Solo cuando tomemos conciencia de que somos ‘nadie’, se abrirá de par en par.

No sé quiénes sois. Esta advertencia es más seria de lo que parece. Pero no tenemos que esperar a un más allá para descubrir si hemos acertado o hemos fallado. Nuestro grado de salvación se manifestará en la calidad humana de nuestras relaciones con los demás.

No se trata de prácticas ni de creencias sino de humanidad manifestada en el servicio a todos los hombres. Lo que creas hacer directamente por Dios no tiene ninguna importancia. Lo que haces cada día por los demás es lo que determina tu grado de plenitud humana, que es la verdadera y efectiva salvación para el hombre.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Ligeros de equipaje.

domingo, 24 de agosto de 2025
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«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha»

En los diálogos que Platón dedica a la República, Sócrates, su protagonista, analiza el proceso de formación de un Estado partiendo de su origen, es decir, de la impotencia de cada individuo para atender por sí mismo todas sus necesidades.

Sócrates –en realidad, Platón– considera que las necesidades básicas del hombre son el alimento, la habitación y el vestido, y partiendo de esta premisa, afirma que en principio bastarían tres hombres para formar un Estado: un agricultor, un constructor y un sastre. Cuando avanza más en su reflexión, advierte también otras necesidades, pero el fondo del razonamiento sigue invariable.

Llegado a este punto, contempla la vida apacible y feliz que llevan sus habitantes, y concluye: «De esta manera, llenos de gozo y salud, llegarán a una avanzada vejez, y dejarán a sus hijos herederos de una vida semejante».

Su contertulio, Glaucón, muestra su desacuerdo con la vida austera que propone Sócrates, a lo que éste contesta: «Muy bien, ya te entiendo. No es solamente el origen de un Estado lo que buscamos, sino el de un Estado que rebose placeres. Quizás no obremos mal planteándolo, porque de esta forma podremos saber por dónde se ha introducido la injusticia en la sociedad. Sea como sea, el verdadero Estado, el Estado sano, es el que acabamos de describir. Si ahora quieres que echemos una mirada al Estado enfermo y lleno de pústulas, nada hay que nos lo impida» …

En definitiva, el diálogo continúa mostrando que la abundancia provoca avaricia, y que la avaricia acarrea guerras, corrompe a los ciudadanos, complica sobremanera la estructura del Estado y es la primera causa de opresión e injusticia…

Si aplicamos este diálogo a nuestros días, resulta que para garantizar hoy una existencia digna bastaría atender el alimento, el vestido, la vivienda, la educación y la salud, y siguiendo un razonamiento similar al de Platón, llegaríamos a definir una sociedad austera cuyos ciudadanos se habrían sacudido el yugo del consumo, basarían su existencia en unos valores que les liberan (y no en unos afanes que les someten), no tendrían el corazón endurecido por la avaricia y serían más libres y por tanto más humanos.

Y esto puede parecer una utopía, pero quizá sea la única vía para librarnos del desastre al que estamos abocando a este mundo. No es casual que la práctica totalidad de los tratados de sabiduría de la historia propugnen el mismo principio: «Huid del estado que rebosa placeres», «Viajad por la vida ligeros de equipaje», «No acumuléis tesoros en la Tierra», «Entrad por la puerta estrecha»

Hoy, ante la evidencia irreversible del cambio climático, este principio cobra especial relevancia, y así lo refleja Jon Sobrino, sacerdote jesuita, en una de las frases más lúcidas de nuestro tiempo y que no nos cansaremos de repetir: «Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Iniquidad. Ayer, hoy, mañana… ¿Siempre?

domingo, 24 de agosto de 2025
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Lucas 13, 22-30

Cuántas veces habrán pasado mis ojos leyendo esta palabra en el texto del evangelio de Lc 13, 22-30: Iniquidad.

Cuántas lo habré escuchado en la lectura de la misa del domingo o de cualquier otro día: Iniquidad.

Cuántas veces habré meditado estos versículos sin percibir la presencia de esta palabra: Iniquidad.

En esta ocasión, cuando con tiempo me puse a leer el relato que nos dejó Lucas, la palabra se encendió; se iluminó como antorcha, como hoguera en la noche. Frené y leí detenidamente las palabras que la acompañaban: No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.

No es palabra al uso en nuestros tiempos y sin embargo después de hacer un rastreo por Google, desgraciadamente la iniquidad fluye a sus anchas en nuestro mundo sin complejos.

Aquí pongo un par de textos que nos orientan sobre el significado de una palabra con toque siniestro (por lo menos a mí me lo parece), que no es habitual pero que lo que significa está a la orden del día.

Del Diccionario de la RAE: “Maldad o injusticia muy grande. Se refiere a una acción o situación que viola la justicia y la moral, mostrando una gran falta de rectitud y equidad. En esencia es una forma extrema de injusticia”.

Quise avanzar más sobre esto y busqué el significado bíblico: En la Biblia, la iniquidad (en hebreo “avon”) se refiere a la maldad, la injusticia y la culpa que son resultado de la rebelión contra Dios y sus leyes. Implica una desviación intencional de la norma moral y un rechazo a la autoridad divina, a menudo resultando en consecuencias negativas tanto para el individuo como para la comunidad”.

Por lo que podemos ir viendo esto ha sucedido desde el ayer de los tiempos, en el presente actual y, por la cantidad de frentes abiertos, parece que mañana seguirá estando en nuestras vidas de forma sibilina y cancerosa. Me pregunto: ¿Siempre va a ser igual? ¿Es la enfermedad del Mal?

Dinos, Jesús, quién es comensal en tu mesa, la del Padre, la del reino de Dios, hoy.

Una voz interior preocupada y sufriente susurra: “Los niños, las mujeres y los hombres de Gaza que han perdido todo menos la dignidad humana, aunque los maten con bombas, drones y tiro al blanco en las colas para recibir alimentos. Los periodistas que han silenciado con muertes violentas. Los sanitarios que ya no tienen los mínimos para poder ayudar a sanar o bien morir. Todos los que denuncian la injusticia de un genocidio televisado y en las redes. Porque como ya dije y sigo diciendo los últimos serán los primeros.

Un largo silencio dio paso a duras palabras envueltas en una tristeza infinita: “Y los que se consideran los primeros y se siente alabados y consentidos en la política transgresora, en los negocios abusivos que causan pobreza y deterioro en la naturaleza; los que gobiernan como si el mundo fuera de su propiedad; quienes tienen la enfermedad obsesiva del poder y el dinero; los que provocan guerras pero ellos no van; los que esquilman recursos en países pobres; los que echan por tierra los derechos humanos que tanto costó que tuvieran presencia jurídica, aunque no para todos; los que expulsan de mala manera a emigrantes; los que miran hacia otro lado… esos primeros, en el mundo, serán los últimos en la mesa del reino de Dios.

Tras haber leído y meditado el texto de Lucas creo entender que la iniquidad es la sofisticación de la excelencia del Mal en estado puro. Utilizo la palabra “excelencia” que siempre se entiende por algo bueno, digno, sobresaliente, superior, etc. porque quiero que quede claro que el refinamiento del Mal puede llegar a unas alturas que esos adjetivos cuadran traducidos en negativo. No hacen falta más explicaciones, lo vemos a diario.

Pero no agachemos la cabeza. Mirémonos a los ojos, unamos las manos sintiendo la fuerza de la comunidad y enfrentemos al Mal con la fuerza de tres pacíficas e invencibles “herramientas” (que no armas, demasiado bélico) que puestas a funcionar serán invencibles: Fe, Esperanza y Amor.

¡Despertemos, unámonos, seamos creativos! Sabemos cuál es el Camino, conocemos la Verdad que nos hace libres y queremos vivir la Vida con la cabeza alta y la fuerza de la comunidad, como nos dice Jesús (Jn 14, 6-17)

Hay mucho que hacer. La iniquidad está normalizada y habrá que desnormalizarla hasta que desaparezca incluso del diccionario.

Mari Paz López Santos

FEADULTA, Domingo 24 agosto 2025

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Si comprendiéramos

domingo, 24 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 24 agosto 2025

Lc 13, 22-30

El yo, con su tendencia a apropiarse de todo lo que puede alimentarlo, llega al extremo de pretender garantizarse y atrapar la “salvación”. Sin embargo -advierte Jesús-, la puerta que conduce a la vida es estrecha: ningún ego apropiador cabe en ella.

Basta un poco de atención para advertir que no se trata de ninguna exigencia arbitraria: a la vida únicamente puede entrar la vida. Todo lo que no sea vida -todo lo que no sea amor- supone una carga o lastre que actúa como bloqueo que impide el paso a la vida.

La palabra sabia de Jesús invita de manera inmediata a una pregunta elemental: ¿vivo en la consciencia de ser vida, más allá de la forma (persona) en la que me estoy experimentando?, ¿hay en mí algo que no sea vida, a lo que permanezco aferrado o de lo que me quiero apropiar?

En la práctica, la consciencia de ser vida se plasma en la actitud de vivirse como cauce o canal de la misma, que permite que la vida sea y fluya a través de esta persona. Lo cual, en la práctica, se traduce en amor.

Por tanto, decir que a la vida únicamente puede entrar la vida, significa que por su puerta solo cabe el amor. Todo lo que no sea amor no cabe por esapuerta estrecha”. 

Reconocerse como vida es sabiduría o comprensión. Lo contrario -pensar que estamos separados de la vida- es ignorancia o -como decíamos hace algunas semanas-necedad”. Es necio -del latín nescio: no sé”- quien ignora lo que somos en profundidad.

Esa ignorancia radical nos desconecta de nosotros mismos, de los otros y de la vida. Vivimos, en consecuencia, desconectados y egocentrados, girando, de manera narcisista, en torno a los intereses y los miedos del propio ego, y provocando sufrimiento a nuestro alrededor.

¿Qué pasaría si Netanyahu se enterara de que es hermano de los gazatíes o si Trump cayese en la cuenta de que es hermano de los inmigrantes? ¿Qué pasaría si el arzobispo de Oviedo supiera –¡qué raro que un arzobispo no sepa esto y prefiera seguir rigiéndose por la ley del Talión, que Jesús quiso derogar!- que aquellos a quienes llama “moritos” son todos hermanos suyos? ¿Qué pasaría si yo mismo viviera sabiendo, de manera consciente en todo momento, que soy hermano de todos los seres? Dejaríamos de ser “necios”, la comprensión nos transformaría… y se abriría ante nosotros la puerta de la vida.

Algo parece claro: lo que nos transforma, nos hace mejores personas y construye un mundo mejor no es el moralismo, ni el voluntarismo, ni las creencias religiosas, ni la exigencia ética, ni -siendo imprescindible- el compromiso sociopolítico. Solo la comprensión -experiencial, profunda y sentida-, que posibilita el cambio en nuestro nivel de consciencia -el paso de una consciencia egoica a la consciencia transpersonal- hará posible la transformación de nuestra realidad, personal y colectiva.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Si el infierno existe, está por estrenar (H.U. von Balthasar)

domingo, 24 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

¿Serán pocos los que se salven?

01.- Esto de la salvación de la que hablan los eclesiásticos produce mucha cansera.

La salvación, tal y como nos la ofrece la moral en la que hemos sido educados termina por producir una gran cansera además de tener poca credibilidad.

  • Pareciere como que Dios nos hubiese creado, pero en realidad esta creación, esta existencia tiene poco interés. Esta vida es como los partidos de fútbol de “pretemporada”: vamos a ver cómo lo hacéis en verano y, el que juegue bien, el que se porte bien, ese tendrá el premio de jugar la temporada, tendrá una buena “ficha”.
  • Además está el agravante de que Dios crea bien, pero le sale mal la cosa y por una manzana se le estropea a Dios todo el designio salvífico, todo su plan de salvación. Enseguida vendrán Caín y Abel, la torre de Babel hasta Gaza… El mismo Dios se dio cuenta de que algo no funcionaba y “se arrepintió Dios de haber creado al hombre, (Gn 6).
  • La vida eterna y la salvación son concebidas como un premio. Dios premia y castiga. Dios funciona como la Kutxa o las entidades bancarias: al que ahorre, al que tenga los “números en orden”, se le da un premio. El cielo y la salvación son como un viaje de fin de estudios.

02.- El primer acto salvífico de Dios es la creación.

El primer acto salvífico de Dios es la creación. Cuando Dios crea, salva. No es que Dios cree y luego veremos a ver qué pasa, y según pase, veré cómo os trato, porque tengo preparado un infierno espléndido…

Dios no ha creado ningún infierno.

Dios nos hace para la vida (salvación), no para la muerte.

Podríamos comparar esto a los padre-madre de este mundo: cuando tienen un hijo lo tienen para la vida. No es que los padres piensen: vamos a ver cómo se porta el hijo, y según se comporte, le daremos más o menos o nada de vida, incluso lo castigaremos…

Dios quiere que todos los hombres (todos significa: todos) se salven (vivan) y lleguen a vivir plenamente. (1Tim 2,4-5).

La afirmación bíblica es de grueso calado:

  • Dios quiere que vivamos (nos salvemos). Es decir: Dios crea y quiere la vida. Nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos, (Lc 20,38). El Dios de JesuCristo es de vida y salvación, no de muerte y condenación.
  • Dios quiere que vivamos todos. Es decir, la voluntad de Dios no es que unos se salven y otros no, que un pueblo (Israel) se salve y otros, no. Ni tan siquiera pone condiciones morales: los buenos viven, los pecadores, no. Salid a los caminos e invitad a todos a la mesa, buenos y malos, (Mt 22,9-10)

La mesa, el banquete está abierto a todos. Dios nos quiere a todos en su casa, a su mesa.

03.- Un apunte sobre el infierno

        Me parece que hará muchos años que no habéis oído hablar del infierno.

        Y conviene pensar y hablar sobre el infierno pero desde la misericordia de Dios Padre de JesuCristo. Solamente quien no cree en el Dios de Jesús afirma el infierno como un lugar de condenación en el que Dios ya no puede intervenir.

Ante todo hemos de pensar que Dios no crea una inmensa sala de torturas, Dios no crea el infierno. Dios quiere que todos nos salvemos.

        Incluso desde un punto de vista filosófico-teológico ¿es pensable que exista un “lugar”, el infierno, en el que Dios ya no puede intervenir? ¿Existe un señor, el diablo, que campea por sus fueros y Dios no le puede decir ni “esta boca es mía”?

        No lo creo.

¿Serán muchos los que se salven?

04.- Desde el lado humano: la libertad.

Desde la libertad hemos de pensar que el ser humano puede optar por el mal y por el mal absoluto (¿) y, por tanto, el ser humano podría optar por su propia destrucción, que eso sería el infierno.

        Recordemos que en la parábola del padre y los dos hijos  el personaje trágico no es el hijo menor, perdido, sino el mayor, que no quería entrar a la celebración de la fiesta familiar por su hermano que había vuelto a la vida.

        La pintura de Rembrandt del padre y el hijo pródigo refleja bien esta situación. El hermano mayor queda a la puerta de casa y no quiere entrar. Eso es el infierno. ¿Qué va a hacer Dios si no quiero entrar?

        Recordemos aquello que decía San Agustín: Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti.

Aunque también hay que preguntarse si alguien -en sus cabales- puede optar por el mal absoluto. Una libertad limitada, como es la humana, ¿puede elegir ante Dios el mal absoluto?

05.- Ante el infierno quedan abiertas muchas cuestiones:

+      Presentar por igual la revelación de la salvación y de la condenación es falsear el cristianismo. Dios nunca creó el infierno. Desde el Evangelio de Jesús no hay “dos estaciones Termini”: “tú verás cuál escoges”.

        Dios solamente quiere y crea vida y salvación. Estamos, pues, en una historia de salvación y no de condenación.

+      Dios es bueno y solamente bueno.

+      Dios quiere que toda la humanidad se salve. (1Tim 2,3).

+      Dios no es neutral sino que quiere especialmente la salvación del pecador. Dios ya sabe quiénes y cómo somos, por eso como padre, busca siempre la vida del hijo perdido.

+      Cuando Dios quiere hacer justicia, lo que hace es misericordia. La justicia de Dios es misericordia. Al menos el Dios de Jesús es pura bondad y en muchos casos es diferente del Dios de la moral eclesiástica.

+      El mismo Dios que nos invita a nosotros perdonar siempre, incluso al enemigo, ¿No será capaz de perdonarnos en esas situaciones límite?

+      Nunca la iglesia ha dicho de nadie que se haya condenado, ni de Judas. Así como ha dicho de muchos que están salvados: los santos, esa muchedumbre inmensa que nadie puede contar, nunca ha dicho de nadie que esté condenado.

+      La posibilidad de un fracaso humano absoluto, ¿no sería el fracaso de la cristología y de la redención?

+      Decía el teólogo H. U. von Balthasar que “si el infierno existe, está por estrenar

+      Todos vivimos y morimos en la misericordia de Dios. Podemos confiar y esperar que en ese tránsito, que es la muerte, todos lo realizamos en la misericordia de Dios.

+      Nos salvamos porque para Dios no hay nada imposible.

+      Mientras exista un condenado, Cristo sigue crucificado, (Orígenes).

06.- JesuCristo es vida.

        El Evangelio de san Juan ve a Jesús como fuente de vida. El Señor es la vida definitiva.

En el principio existía la Vida, (Jn 1,4)

El Señor es el agua de Vida eterna, Jn 4,14)

Cristo es el pan de Vida definitiva, (Jn 6)

Yo soy la resurrección y la Vida, (Jn 11,25)

Yo soy el camino la verdad y la Vida, Jn 14,6)

        Una existencia configurada, estructurada conforme a Cristo, crea vida, realiza la vida.

07.- ¿Cómo vivir y cómo morir?

Respecto al “más allá”, Me quedo en la esperanza de los salmos místicos y la Sabiduría:

Salmo 16 No abandonará mi vida en el sheol (muerte), no dejarás a tu fiel amigo conocer la fosa (corrupción / muerte).

Salmo 49 Dios rescatará mi vida (me llevará consigo) de las garras del sheol (abismo) y me llevará consigo.

Sabiduría 3,1  Nuestra vida está en manos del Señor

Desde el evangelio de JesuCristo que vamos a vivir bien en el “más allá” es evidente, lo que hace falta es vivir bien en el “más acá”.

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“Entrar por la ‘puerta estrecha’ del amor incondicional de nuestro Dios para con todos”, por Consuelo Vélez.

domingo, 24 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XXI Domingo del Tiempo Ordinario 24-08-2025

Una vez más a Jesús le hacen una pregunta sobre quién puede salvarse. Pero él, no la responde directamente sino que aprovecha para dar un mensaje más amplio.

Las imágenes que utiliza Jesús son las de la puerta estrecha y la de los primeros que serán últimos.  Además da el ejemplo del amo que cerrara la puerta y los que no alcanzaron a entrar, quedarán fuera. Todo esto pretende mostrar el momento definitivo, en el que ya no habrá marcha atrás.

La mesa del reino supone algo más que sentarse allí: ha de acoger a todos sin admitir ningún tipo de exclusión. En eso se juega la comunión definitiva con Dios

Preguntémonos, entonces, qué tanto hemos entendido la buena noticia del reino y si, en verdad, nos esforzamos por hacerla vida

 

Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. Uno le preguntó:

– «Señor, ¿son pocos los que se salvan?».

Él les dijo:

+ «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha, pues les digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, se quedarán fuera y llamaran a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; pero él les dirá: “No sé quiénes son”. Entonces comenzaran a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él les dirá: “No sé de dónde son. Aléjense de mí todos los hacedores de iniquidad”. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero ustedes se verán arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Miren: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos»

(Lucas 13, 22-30)

El evangelio de hoy, siguiendo el estilo de Lucas, sitúa a Jesús enseñando de camino a Jerusalén. Una vez más, como en otros textos que hemos comentado, alguien le hace una pregunta. En este caso, la pregunta es si son pocos los que se salvan” y Jesús no contesta puntualmente a la pregunta, sino que ofrece una respuesta más amplia.El lenguaje utilizado por Jesús es del género literario apocalíptico, es decir, un lenguaje lleno de imágenes de sufrimiento, dolor y castigo, con lo cual se quiere mostrar las situaciones límite en las que ya no hay más salida.

 

Las imágenes que utiliza Jesús son las de la puerta estrecha y la de los primeros que serán últimos. Además, pone como ejemplo al amo que al levantase, cerrará la puerta y los que no pasaron por la puerta estrecha, quedarán fuera. De nada servirán los ruegos porque el amo repetirá que no los conoce. Más aún les dictamina su castigo: “llanto y rechinar de dientes” y el ver a los profetas y a otros que vienen de todos los lugares “del norte y del sur, de oriente y de occidente” y se sentarán a la mesa, mientras que ellos serán arrojados fuera. Como vemos es una situación límite en la que se define la suerte definitiva y no tiene marcha atrás. 

Es importante señalar que una de las imágenes más utilizadas por Jesús sobre el reino de Dios es la del banquete al que están invitados todos, comenzando por los últimos.  En este pasaje, Jesús juega con esta imagen para mostrar que no es simplemente sentarse a la mesa sino hacer de ella la mesa del reino, acogiendo a todos sin admitir ningún tipo de exclusión. Preguntémonos, entonces, qué tanto hemos entendido la buena noticia del reino y si, en verdad, nos esforzamos por hacerla vida. Podemos creernos buenos cristianos por cumplir ritos o hacer alguna obra de caridad sin que eso signifique haber acogido el amor incondicional de nuestro Dios que nos compromete con el amor incondicional hacia los hermanos. La puerta estrecha seguramente no se refiere a sacrificios externos sino a la vivencia del mismo amor de Dios y es esto lo que hará que muchos que creemos últimos por no practicar ritos externos, sean los primeros por su coherencia definitiva con el amor que, en realidad, es lo definitivo a los ojos de Dios.

(Foto tomada de: https://www.actualidadcatolica.es/https:/www.actualidadcatolica.es/secciones/sin-categoria/opinion/)

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“Puertas – San Lucas 13, 22-30 -”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 24 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Jesús está subiendo a Jerusalén con paso firme y decidido. Su rostro está serio.

Sabe bien que en la ciudad que mata a los profetas habrá un ajuste de cuentas.

Pero no sube enfadado, resentido, ni se hace la víctima, como a veces hacemos nosotros.

No se pone en el centro, aunque para él es un momento difícil. Al contrario.

Mientras sube, predica en los pueblos, se detiene, anuncia, cura.

Ama.

Ha venido a traer el fuego. Y sigue lanzando chispas con la esperanza de que tarde o temprano enciendan.

No es un gran reformador, no es un innovador, no quiere que lo confundan con un sanador, un santón, un gurú.

Él es el primero en arder. Arde de amor.

De pasión por el Padre, de deseo, de alma.

Por eso no puede entender.

No puede entender a ese que viene a ser tranquilizado.

Que viene a ser aplaudido, a ver su nombre escrito en la lista de los buenos. 

¿Son pocos los que se salvan?

Los demás, claro. Yo no.

Necio.

Salvación

Es curioso hablar de salvación a un mundo que no cree necesitarla.

Oscilando entre un optimismo irracional y un pesimismo catastrófico, nuestro mundo no siente necesidad de salvación.

De salvadores sí, continuamente.

Alguien que haga por nosotros, que sane el planeta, que reparta trabajos, regalos y prebendas, que resuelva todas las disputas. Que aumente los sueldos y las pensiones, que condone los impuestos y dé puestos de trabajo, mejor aún, que dé un sueldo sin siquiera trabajar. Pero que no me pida nada a mí. Que solo salve.

Pero no, sinceramente, no necesitamos salvación.

Porque quien anhela la salvación es quien ha experimentado la pérdida.

Y estamos demasiado saciados para seguir sintiendo ese grito del alma, esa profunda carencia que se convierte en el trampolín para buscar. Demasiado víctimas para ser adultos y arremangarnos.

Demasiado hundidos en el victimismo y el miedo para tomarnos en serio y cuidarnos.

El tipo que se acerca al Señor cree que está en regla.

Observa los preceptos, al menos los principales.

No, claro, no es un santo.

Pero sin duda es mejor que los que le rodean.

Como, a veces, creemos que somos nosotros. ¡No somos tan malos! ¡No somos peores!

Reglas y certificados 

Es la tentación que nos afecta a nosotros, los discípulos, los católicos de toda la vida, cuando perdemos la dimensión de la espera, la ansiedad del discipulado, cuando creemos que los muros de la ciudad son tan sólidos que, en el fondo, no necesitan la vigilancia del centinela.

Nos afecta como un cáncer a nosotros, los discípulos, cuando, después de una experiencia de Dios estruendosa y arrolladora, sentimos de repente que hemos entrado en un grupo aparte, y miramos con suficiencia a «los otros», los que no entienden, los que no conocen, los que han hecho otros caminos en la Iglesia, los que los Domingos, en la Misa, se aburren y no captan la dimensión de la interioridad, los que, fuera, no entienden, nos insultan, nos ofenden, nos juzgan, nos atacan.

En el fondo, también nosotros pensamos que somos los elegidos.

¿Y si nos equivocamos? Mejor preguntarle a Jesús.

Que no le gusta acariciar los oídos… 

Incomprensiones

El riesgo existe, advierte Jesús.

El de invertir gran parte de nuestra vida en buscar a un Dios que, al final, no nos reconoce.

No porque sea caprichoso, sino porque, sencillamente, nunca nos ha encontrado.

Entonces, ¿a quién hemos dirigido nuestras oraciones? ¿En qué Dios creemos realmente?

¿Al Dios asegurador? ¿Garante del orden moral? ¿Al Dios que existe, pero quién sabe cómo es realmente? ¿Al Dios de los curas?

Sería absurdo llegar a la puerta, con todas las flores que hemos hecho, las (supuestas) buenas acciones que hemos realizado, el respeto (en línea general) de las normas que nos han enseñado, y no reconocer con asombro el rostro del Dios de Jesús.

Que nos alejará si no hemos practicado la justicia (no la coherencia, no la apariencia, no la devoción).

Si no hemos amado al hermano. Y al enemigo. O lo hemos intentado.

Si no hemos perdonado. O lo hemos intentado. 

Estrecheces

La puerta es estrecha.

No es exclusiva, no excluye. Pero porque solo hay una puerta: Jesús. Solo Él nos conduce a Dios.

En las ciudades fortificadas siempre había una puerta principal, cerrada con barrotes durante la noche y vigilada. Y otra más pequeña, escondida, conocida solo por los ciudadanos, para las salidas nocturnas.

El camino estrecho del Evangelio no tiene que ver con el sacrificio o la penitencia, sino con la diversidad.

Todos siguen la corriente, sin plantearse problemas, dejando a otros el esfuerzo de pensar.

Nosotros no. Pensamos antes de actuar. Y rezamos. Y amamos.

Y el Evangelio sigue siendo siempre el último criterio de juicio, aunque no el único.

Se necesita toda la vida para convertirse en cristiano, toda la vida para convertirse en hombre, toda la vida para liberarnos de los demasiados condicionamientos que nos impiden captar lo absoluto de Dios en nosotros.

Cuidado, pues, con el riesgo de la costumbre, con la forma más triste de ser cristianos, que es creer que creemos, confundir nuestra sensibilidad, nuestro estilo de oración, nuestra experiencia en un grupo con la única forma de ser cristianos. Tendremos sorpresas, nos advierte el Señor.

Veremos a personas que juzgamos alejadas de Dios, personas que en nuestro corazón juzgamos devotamente como pecadoras y alejadas de Dios, veremos en la mesa del Señor, veremos a los paganos, a los ateos diríamos hoy, como profetiza Isaías, oficiando en el templo de Jerusalén como sacerdotes.

Porque el hombre mira la apariencia, Dios mira el corazón.

Ánimo, amigos, Dios nos ama y nos toma en serio, nos sacude si es necesario, nos invita, ahora y siempre, a convertirnos verdaderamente en discípulos según su corazón.

Precisamente porque nos ama, nos corrige, invitándonos a superar la tentación de sentirnos realizados.

Jesús arde.

Su amor arde, dejemos que arda.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 24 de agosto de 2025

 

1.- La casa de alegría con la puerta estrecha.

2.- Esa puerta estrecha que nos abre a lo esencial.

3.- La puerta estrecha no es para los mejores, sino para los últimos.

4.- Jesús reconoce a sus hijos en todos los rincones del mundo.

5.- Dios no se merece, pero se acoge.

6.- En el amor, Dios reconoce al hombre.

7.- Puertas – San Lucas 13, 22-30 –.

 

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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«Lo sagrado, cuando se manifiesta, no tranquiliza. Desconcierta», por Antonio Spadaro sj

sábado, 23 de agosto de 2025
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De su blog Una trama divina:

El sábado ha pasado. La espera impuesta por la ley para ese día ha terminado. Ahora se puede volver al cuerpo, a su fragilidad en descomposición, sin que nada imponga la prohibición de hacerlo. María de Magdala, María madre de Santiago y Salomé llevan consigo aceites aromáticos. Han venido a ungir el cuerpo de Jesús. Su única necesidad es cuidar de lo que queda. Buscan la última ternura, que solo puede ser física: solo el tacto puede darla.

El primer día de la semana aún es de noche cuando comienza. El camino es silencioso, cansado. El sol sale cuando llegan al sepulcro. No se dicen nada entre ellas, pero están agitadas por una pregunta: «¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?». Es una preocupación concreta, práctica. Las manos no bastan. La piedra es grande. La muerte pesa. Mantienen la mirada baja, pensativa. Van de todos modos, aunque sea para encontrarse ante una piedra inamovible.

Llegan. Cuando levantan la vista, la piedra ya ha sido movida, a pesar de ser muy grande, como señala Marcos (16, 1-8). La escena está vacía: solo hay una piedra volcada. No hay ningún efecto especial, ninguna explicación metafísica ni escenográfica. No hay nadie que cuente lo que ha sucedido. Solo hay una abertura y un cuerpo ausente.

Entran. No encuentran lo que buscan. En lugar del cadáver, ven a un joven sentado, vestido de blanco. Y tienen miedo. Es allí donde deberían haber encontrado la muerte. Pero él está tranquilo. «No tengáis miedo», dice. Es acogedor, les hace sentir en el lugar adecuado, a pesar de todo.

El joven —es un ángel, claro, pero Marcos no nos lo dice— continúa: «Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado. Ha resucitado. No está aquí». Dice lo que ha pasado, pero sobre todo dice dónde no está. No se ve, no se toca. Se escucha. El cuerpo no es devuelto, sino sustraído. El lugar de la muerte se convierte en lugar de la palabra. La ausencia se llena con la voz de un joven.

Continúa: «Id, decid a sus discípulos y a Pedro que os precede en Galilea. Allí lo veréis, como os ha dicho». No sabemos cuál es la reacción de las mujeres. Habían venido al sepulcro y ahora se les pide que se vayan. El cuerpo de Jesús ya no les ha sido sustraído por la ley, sino por algo que no comprenden. La dirección es Galilea, donde comenzó toda la historia de Jesús. No Jerusalén, el centro. No el templo, sino las calles. ¿Pero por qué? ¿Qué ha pasado?

Las mujeres huyen presas de una inquietud indefinible. Marcos escribe exactamente: «Salieron y huyeron del sepulcro, porque estaban llenas de temor y asombro. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo». Es un final desconcertante. No hay encuentro. No hay alegría explícita. Solo miedo y asombro. Marcos cierra así su Evangelio, de forma indefinida, con sentimientos encontrados.

Las mujeres buscaban un cuerpo y encuentran una palabra. Esperaban pesadez y encuentran ligereza. Su gesto de amor se enfrenta a una ausencia. Y la reacción es el temor. No la incredulidad, sino algo más profundo. Lo sagrado, cuando se manifiesta, no tranquiliza. Desconcierta. El silencio final no es una negación, sino un umbral. Ahí es donde se encuentra el lector: dentro del sepulcro vacío, ante un mensaje que debe llevar a otros. El Evangelio comienza de nuevo. En Galilea, donde todo comenzó. Jesús no espera. Hay que ponerse en marcha. Nunca es momento para un duelo definitivo y absoluto.

Así termina el Evangelio: mostrándonos de espaldas a dos mujeres que huyen presas de sentimientos indefinibles. Y las seguimos hasta que desaparecen de nuestra vista.

Antonio Spadaro sj

Religión Digital

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Bernardo de Claraval: Amo porque amo, amo por amar.

miércoles, 20 de agosto de 2025
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Celebramos hoy la fiesta de San Bernardo,  místico del camino  hacia la unión espiritual con Dios, cantor del amor esponsal… Traemos uno de los textos del Oficio de Lectura preparados para hoy… Excelente meditación.

Amo porque amo, amo por amar

El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.

El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?

Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la creatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.

Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la creatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.

*

De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los Cantares
(Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2 [1958], 300-302)

***

San Bernardo de Claraval
Museo de Dijon – Dijon, Francia

Bernardo, primer abad de Clairvaux (Claraval) y doctor de la Iglesia, nació el año 1090 en el seno de una familia noble de Borgoña. Inflamado por el Espíritu y enardecedor de almas desde su juventud, entró a los 20 años en el monasterio de Cíteaux, conquistando para el ideal monástico a muchos jóvenes nobles.

Tras ser nombrando en 1115 abad de Claraval, convirtió muy pronto su monasterio en un cenáculo de vida espiritual y en un auditorio del Espíritu Santo. Fue llamado por príncipes, obispos y papas, refutó herejías, defendió los derechos de la Iglesia y al papa legítimo. Como doctor de la unión mística con el Verbo y cantor sublime de la Virgen María, es autor de numerosos tratados, cartas y sermones. Murió en 1 153, llorado en Claraval por más de 700 monjes y siendo padre de más de 160 monasterios.

***

 

El fin del hombre es el reconocimiento de la verdad, que es Dios, lo que implica el conocimiento de la relación del hombre con Dios, que es una relación de indigencia. Como el obstáculo es el orgullo, el remedio es la humildad; la condición es la gracia, el encuentro con Dios en Cristo. El resultado es la estima del hombre por su dignidad recuperada de imagen de Dios: mientras que la ignorancia de sí y el orgullo disminuyen el valor del hombre, la humildad, reconocimiento de la necesidad de Dios, pero también de la capacidad de Dios que hay en el hombre, revela a éste lo que él mismo es. De este modo, «sale» de él mismo y se eleva, crece, «se extiende» a nuevas dimensiones, las del amor a Dios y al prójimo. El ser humilde se vuelve manso, misericordioso. Así, la fe vivida y, por así decirlo, transformada en humildad, en caridad, hace, según los modos de hablar de nuestro tiempo, salir al «mí mismo» del «yo»: despierta al yo a la libertad del «mí mismo», le hace convertirse en persona en presencia de Dios, en comunión de solidaridad con todos.

En Bernardo está siempre presente este mensaje de gloria, condicionado por su mensaje de humildad, este realismo extremo en la consideración de la miseria del hombre, y esta confianza indefectible en la gloria que está ya en él y no espera más que manifestar sus efectos. La función de la expresión literaria será hacer ver un poco de esta luz oculta que percibe la mirada de la fe. En Bernardo, como también en otros grandes espirituales que fueron escritores, la intensidad de la experiencia explica el carácter ferviente, apasionado de la expresión y, por consiguiente, la parte de exageración que ésta pueda tener: tanto si evoca las profundidades de nuestra bajeza o la sublimidad de las visitas del Verbo, parece ir a veces demasiado lejos, rebasar los límites de lo razonable y, en todo caso, de lo normal y de lo habitual. A decir verdad, se limita simplemente a revelar, a propósito de él mismo, lo que puede ser el caso de todos.

Sus escritos manifiestan un pensamiento a la vez contemplativo y tan comprometido como es posible. Cada uno de ellos empezó siendo un acto bien preciso, pero en cada uno de ellos alcanza Bernardo lo universal. Cuanto más lúcido es un ser sobre sí mismo, más ilumina a los otros sobre ellos mismos.

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J. Leclercq,
Bernardo de Claraval,
Edicep, Valencia 1991, pp. 212-213.

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San Bernardo de Claraval y San Malaquías: «el doctor melifluo» y el arzobispo a quien amaba

miércoles, 20 de agosto de 2025
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Cristo Abrazando a San Bernardo de Claraval

– obra de Francisco Ribalta

Amado corazón de mi corazón,
llévate hacia ti mis afectos,
esto es lo que más quiero.*

– Bernardo de Claraval –

Bernardo de Claraval, quien escribiera poesía homoerótica sobre Jesús, era un abad francés medieval que mantenía una amistad apasionada con una persona de su mismo sexo: el arzobispo irlandés Malaquías de Armagh. Bernardo es más conocido tanto por haber fundado 70 monasterios por toda Europa como por sus escritos místicos. Su fiesta es el 20 de agosto.

Su primer amor era Jesús, pero inundó a Malaquías con besos durante su vida. Después que Malaquías murió en sus brazos, se intercambiaron la ropa. Malaquías fue enterrado con el hábito de Bernardo. Bernardo se puso el hábito de Malaquías para dirigir el funeral y lo vistió hasta su muerte cinco años más tarde. Bernardo fue enterrado al lado de Malaquías, aún vistiendo el hábito de Malaquías. Malaquías (1094-1148) se convirtió en el primer santo nacido en Irlanda en ser canonizado.

Bernardo (1090-1153) fue consejero de cinco Papas y un reformador monástico que construyó la orden cisterciense de monjes y monjas. Se le conoce como el último de los Padres de la Iglesia. El más famoso dicho que se le atribuye es: «El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones

Bernardo era un hombre de su tiempo, quien se dedicaba a las prácticas ascéticas rigurosas y que apoyaba las enseñanzas de la Iglesia Católica Romana sobre el celibato. La gente de hoy podría decir que tenía una orientación «homosexual» al tiempo que se abstenía de tener contacto sexual. Los místicos y místicas medievales crearon formas alternativas de la sexualidad que desafían incluso las categorías actuales, pero que podrían ser englobadas bajo el término «queer». Estas personas místicas dirigían su sexualidad hacia Dios y experimentaban el amor de Dios a través de la amistad apasionada con otro ser humano.

Fue mentor de Aelredo de Rievaulx, el santo patrón de la amistad y también, según algunos, gay. Aelred viajaba de Inglaterra a Francia todos los años para visitar Claraval, donde Bernardo era abad. Según se informa, escribió su libro “The Mirror of Charity” («El espejo de la caridad») a petición de Bernardo.

Tanto monasterios como conventos proporcionaban una estructura social fuera del matrimonio, que atraía a muchas personas que hoy en día se definirían como LGBTI o queer. Los monjes y las monjas medievales que vivían en las comunidades del mismo sexo bajo un voto de celibato desarrollaron formas alternativas de vida y amor entre personas del mismo sexo.

El estricto ascetismo de Bernardo se equilibraba con dulces visiones eróticas, lo que le valió el título de Doctor Mellifluus (“El Doctor Melifluo”, ”boca de miel”). Bernardo optó por utilizar el Cantar de los Cantares, el libro más erótico de la Biblia, como vehículo importante para sus enseñanzas.Comenzó sus «Sermones sobre el Cantar de los Cantares» en 1135 y había completado 86 sermones cuando  murió casi 20 años más tarde, aunque la serie de sermones todavía no había sido terminada.

«Jesús, para mí, es la miel en la boca, la música en el oído, una canción en el corazón», escribió en su decimoquinto sermón sobre el Cantar de los Cantares.

Sus obras menos conocidas incluyen Vida de San Malaquías de Armagh, que es su idealizado tributo al hombre a quien amaba, y «Salve Mundi Salutare» (citado a continuación), un poema de amor a Jesús, cuyo homoerotismo original ha sido suprimido en muchas traducciones contemporáneas. Este poema se convirtió en la base para el popular himno inglésO Sacred Head, Now Wounded.”(«Oh cabeza sagrada, ahora herida.«)

Bernardo fue por desgracia asociado a la Segunda Cruzada, aunque habló en contra del maltrato de los cristianos hacia los judíos y apoyó a otra mística queer, Hildegard de Bingen,, en sus esfuerzos para lograr que sus visiones fueran publicadas.

Bernardo nació en una familia noble en en año 1090 en las afueras de Dijon, en la Borgoña francesa. Según la leyenda, su madre tuvo un sueño durante el embarazo en el cual un cachorro blanco ladraba en su vientre. Esto fue interpretado en el sentido de que daría a luz a un guardián de Dios. La imagen del perro blanco se convirtió en uno de los atributos de Bernardo, un símbolo utilizado en las imágenes del santo.

Malaquías de Armagh, izquierda, y Bernardo de Clairvaux
por Rowan Lewgalon

Bernardo y un perro blanco, ambos con ojos azules, aparecen juntos en este llamativo retrato contemporáneo creado por la pintora Rowan Lewgalon, quien es una artista espiritual que reside en Alemania donde ejerce el sacerdocio como clériga en la Iglesia Católica Apostólica Antigua.

Cuando Bernardo tenía 19 años, su madre murió y él decidió unirse a una pequeña comunidad religiosa de monjes que acababa de ser creada en la zona. Estos monjes fueron llamados «los cistercienses», y su objetivo era la reforma monástica como un retorno a las normas más austeras de San Benito. Al cabo de tres años Bernardo fue enviado a fundar un monasterio cercano en un lugar cuyo nombre pasó a formar parte de su propia identidad: Claraval (Clairvaux en francés).

Unos 25 años más tarde conoció a Bernardo Malaquías, cuyo nombre irlandés era Maelmhaedhoc O’Morgair. Malaquias era primado de toda Irlanda cuando visitó por primera vez el convento de Claraval alrededor del año 1139. Bernardo tenía cerca de 50 años de edad y Malaquías era cuatro años menor. Pronto ambos se convirtieron en devotos y apasionados amigos. Malaquías incluso le pidió al Papa permiso para convertirse en monje cisterciense, pero el Papa se negó a concederle este permiso.

Malaquías viajó para ver a Bernardo por segunda vez en en año 1142. Estaban tan cerca que Bernardo literalmente lo cubrió de besos en una escena que fue descripta así por el sacerdote ortodoxo Richard Cleaver en su libro Know My Name: A Gay Liberation Theology (Conoce mi nombre: Una Teología de la Liberación Gay) (1995): «el relato de Bernardo es una lectura profundamente romántica para una persona gay moderna; ‘Oscula rui‘  dice Bernardo del reencuentro: ‘corrí a besarlo

Su relación había durado casi una década cuando Malaquías se reunió con Bernardo por tercera y última vez. Malaquías cayó enfermo cuando llegó a Claraval en el año 1148 y murió en los brazos de Bernardo en el Día de los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre. Cleaver una vez más nos cuenta los detalles basados en los relatos de Geoffrey, el secretario y compañero de viaje de Bernardo:

Geoffrey de Auxerre nos dice lo que pasó después. Bernardo se puso el hábito tomado del cuerpo de Malaquías ya que estaba siendo preparado para el entierro en Claraval, y lo usó para celebrar la misa de cuerpo presente. Eligió para cantar no una misa de réquiem sino la misa de un obispo confesor: una canonización personal y, de paso, un ejemplo del uso de la liturgia para hacer teología. El mismo Bernardo fue más tarde enterrado junto a Malaquías, en el hábito de Malaquías. Tanto para Bernardo como para nosotros hoy en día, este tipo de amor apasionado por otro ser humano era un canal indispensable para experimentar el amor De Dios”.

Después de la muerte de Malaquías, Bernardo vivió otros cinco años. Las esculturas y pinturas estaban prohíbidas en el monasterio Claraval durante su vida, sin embargo a finales del siglo XV el retablo en la abadía de Claraval exhibía una pintura del bautismo de Jesús y a Bernardo y Malaquías conjuntamente como testigos.

Bernardo murió el 20 de agosto de 1153 a los 63 años. Fue enterrado en la abadía de Claraval junto a Malaquías, vistiendo el hábito de Malaquías. Había vivido durante 40 años en comunidad con otros hombres cuyas relaciones amorosas los llevaron más cerca de Dios.

Bernardo y Malaquías en el retablo de Le Cellier

Bernardo y Malaquías reúnen a otros alrededor del trono de la Virgen y el niño en el Retablo de Le Cellier de 1509 de Jean Bellegambe. Bernard está a la izquierda mientras Malachy está a la derecha. Procede de una capilla de la abadía cisterciense de Clairvaux,

En el libro “Queerly Lutheran” de Megan Rohrer se ofrece una posdata intrigante: Después de la muerte de Bernardo, muchos franceses creyeron que si pasaban bajo el arco iris de San Bernardo, sufrirían una metamorfosis de género.

Una oración escrita por Geoffrey, el secretario de Bernardo muestra cómo la comunidad en Claraval entiende y celebra el amor entre Bernardo y Malaquías. Da las gracias a Dios por estas «dos estrellas de brillo tan sublime» y «tesoro doble

Como monje, Bernardo, naturalmente, dirigió gran parte de su energía erótica hacia Jesucristo.Esta actitud está muy bien expresada en su poema «Salve Salutare Mundi» (Salvador del mundo, te saludo). Escribió siete secciones, cada una dirigida a diferentes partes del cuerpo crucificado de Jesús: los pies, las rodillas, las manos, los laterales, el pecho, la cara y, finalmente, el corazón.

El poema se atribuye tradicionalmente a Bernardo de Claraval, aunque algunos eruditos modernos creen que pudo haber sido escrito por otro abad cisterciense, Arnulfo de Lovaina. También es conocido comoOratio rhythmica ad singula membra Christi un cruce pendentis” (oración rítmica a los sagrados miembros de Jesús colgado en la cruz), o  simplemente como Oratio Rhythmica.

El poema original, en todo su esplendor erótico, generalmente no se incluye en los libros que recogen los «escritos esenciales» de Bernardo. Sigue existiendo en algunas ediciones antiguas, las cuales son difíciles de encontrar. Las versiones y traducciones modernas están editadas de modo que eliminan gran parte del homoerotismo y, a veces incluso agregan referencias heterosexuales que están ausentes en el escrito original en latín. El original también está benditamente libre de términos eclesiales tales como «Señor«, y habla sólo del amor entre «tú»y «yo».

Como se ha dicho anteriormente, ese poema es la base de obras musicales muy importantes tales como el himno “O Sacred Head, Now Wounded” («O sagrada cabeza, ahora herida«) y el oratorio barroco “Membra Jesu Nostri”» (traducido generalmente como «Los miembros de nuestro Señor Jesús «), escrito por el compositor barroco danés Dieterich Buxtehude en 1680, más de 500 años después de la muerte de Bernardo. El ciclo de siete cantatas de Buxtehude se considera como el primer oratorio Luterano. Todo el oratorio se puede escuchar en el vídeo accesible en este enlace.

El clímax de este poema se expresa en el cuadro en la parte superior de este post: «Cristo Abrazando a San Bernardo» del pintor Francisco Ribalta. Este artista barroco español aparentemente pintó esta obra maestra en la Cartuja de Porta Coeli, en Valencia, España en torno al año 1625.

Las referencias a este poema y a numerosas pinturas de Bernardo con Cristo se incluyen en un capítulo completo dedicado a Bernardo en el libro de 2013 “Saintly Brides and Bridegrooms: The Mystic Marriage in Renaissance Art de Carolyn D. Muir, profesora de arte en la Universidad de Hong Kong. 

El sitio web para España del Museo Nacional del Prado en Madrid, donde actualmente se encuentra, dice: «La escena se basa en una de las visiones místicas del santo, extraído de uno de los libros religiosos más populares de la época barroca:  ‘Flos Sanctorum’ o ‘Libro de las Vidas de los Santos’ de Pedro de Ribadeneyra, el cual fuera publicado en 1599″.

Todo el poema contiene 74 versos de cinco líneas cada uno, los cuales son demasiados para reproducir aquí. Gran parte del homoerotismo está implícito en el hecho de que este poema de amor fue escrito por un hombre para otro hombre: de Bernardo a Jesús con amor. Sin embargo, es muy difícil de encontrar, por lo que una selección de los versos más eróticos y menos conocidos se reproducen aquí tanto en el original en Latín como su traducción al castellano, la cual fuera realizada por el Dr. Luis Ángel Sanchez exclusivamente para este blog. La traducción al inglés de Emily Mary Shapcote fue publicada en el libro de 1881 “La vida de San Buenaventura de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. La versión en línea de ese libro contiene el poema completo en su apéndice.


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 A las Manos
Ad Manus

IX.
Manos santas, os abrazo
y gimiendo me deleito;
dando lágrimas con besos
doy las gracias a tantas águilas,
clavos duros y santas gotas.

Manus sanctae vos amplector,
Et gemendo condelector,
Grates ago plangis tantis
Clavis duris, guttis sanctis,
Dans lacrymas cum osculis.

A los Costados
Ad Latus

VII.
Con mi boca te toco
y ardientemente me estrecho junto a ti;
ante ti arrojo mi corazón
y con ferviente pecho paso mi lengua sobre ti,
Llévame todo hacia ti.

Ore meo te contingo,
Et ardenter ad me stringo
In te meum cor intingo,
Et ferventi corde lingo,
Me totum in te traiice.

Al Pecho
Ad Pectus

VIII.
Tú eres el abismo de la sabiduría,
las armonías de los ángeles
a ti te alaban y de ti fluye
lo que Juan, recostado, succionó,
haz que yo habite dentro de ti.

Tu abyssus es sophiae
Angelorum harmoniae
Te collaudant, ex te fluxit
Quod Joannes Cubans suxit,
In te fac ut inhabitem.

Al Corazón
Ad Cor

VI.
Que por el centro de mi corazón
pecador y culpable
tu amor atraviese
hacia donde todo él se arrebata
languideciendo por la herida del amor.

Per medullam cordis mei,
Peccatoris atque rei,
Tuus amor transferatur,
Quo cor totum rapiatur,
Languens amoris vulnere.

VII.
Ensánchate, ábrete,
como una rosa que exhala su perfume milagrosamente,
únete a mi corazón
úngelo y perfóralo.
¿Qué puede sufrir quien te ama?

Dilatare, aperire,
Tanquam rosa fragrans mire,
Cordi meo te conjunge,
Unge illud et compunge,
Qui amat te quid patitur!

IX.
A viva voz te llamo,
dulce corazón, pues te amo
inclínate hacia mi corazón
para que él pueda acercarse
hacia ti con devoto pecho.

Viva cordis voce clamo,
Dulce cor, te namque amo;
Ad cor meum inclinare,
Ut se possit applicare,
Devoto tibi pectore.

XI.
Ábrete, rosa del corazón,
cuya fragancia se expande milagrosamente;
llama del deseo,
haz que mi corazón te anhele.

Rosa cordis aperire,
Cujus odor fragrat mire,
Te dignare dilitare,
Fac cor meum anhelare,
Flamma desiderii.

XIII.
Introduce tu corazón adentro de mi seno
Para que esté cerca de ti
en el dolor gozoso,
Porque apenas se cautiva a sí mismo
junto al [dolor] deforme y bello.

Infer tuum intra sinum
Cor, ut tibi sit vicinum,
In dolore gaudioso,
Cum deformi specioso,
Quod vix seipsum capiat.

 

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*El epigrafe en la parte superior de esta entrada es una traducción también realizada por el Dr. Luis Ángel Sanchez del siguiente poema:

Cordis mei cor dilectum,
In te meum fer affectum,
Hoc est quod opto plurimum.

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Enlaces relacionados:
 

San Bernardo de Claraval – Vida de San Malaquías de Armagh (texto completo)

«La oración rítmica a los Sagrados Miembros de Jesús colgado de la cruz«, de Bernardo de Claraval. Texto completo en latín y en Inglés. (Desplácese hacia abajo para encontrar en un apéndice «La vida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de San Buenaventura»)

Sermones sobre el Cantar de los Cantares de Bernardo de Claraval

La vida de San Malaquías por Bernardo de Claraval

Esta entrada es parte de la serie Santos GLBTI  por Kittredge Cherry en el blog Jesus in Love [Jesús enamorado]. Ese blog presenta en las fechas adecuadas durante todo el año tanto santas y santos como mártires, héroes, heroínas y personas consagradas de especial interés para las personas gays, lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales (GLBTI) y sus aliadas y aliados.

Esta entrada es una traducción de «Saints Bernard of Clairvaux and Malachy: Honey-tongued abbot and the archbishop he loved» del blog Jesus in Love. Traducción de Hugo Córdova Quero. Los poemas de Bernardo de Claraval en esta entrada han sido traducidos por el Dr. Luis Ángel Sanchez, Profesor de Latín en las siguientes universidades de Argentina: Universidad de Buenos Aires (UBA), Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y Universidad Nacional de Villa María (UNVM). Agradecemos profundamente que un erudito como el Dr. Sanchez haya tenido la gentileza de realizar estas traducciones para nuestro blog. Las ideas vertidas en esta entrada pertenecen exclusivamente a su autora Kittredge Cherry.

Kittredge Cherry

Fundadora de  Q Spirit

Kittredge Cherry es una autora cristiana lesbiana que escribe regularmente sobre la espiritualidad LGBTQ. Tiene títulos en religión, periodismo e historia del arte. Fue ordenada por las Iglesias de la Comunidad Metropolitana y se desempeñó como su oficial ecuménica nacional, defendiendo los derechos LGBTQ en el Consejo Nacional de Iglesias. y Consejo Mundial de Iglesias.

Copyright © Kittredge Cherry. Todos los derechos reservados.

Qspirit.net presents the Jesus in Love Blog sobre espiritualidad LGBTQ.

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“ Padre Nuestro… ¡De todos, no de unos pocos!”, por José Mª Rojo G

martes, 19 de agosto de 2025
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«Pedimos a Dios lo que más necesitamos, lo que la mayoría necesita para vivir con un mínimo de dignidad»

Ante la insistencia de los que quieren “la fórmula”, Jesús se anima y nos deja ese modelo que todos aprendimos de chicos y del que no nos aburrimos, el que repetimos cada día y el que resume bien todas nuestras necesidades. Vale la pena recordarlo y repasarlo. Es el “padre nuestro

«Quiere que todos tengamos a diario nuestro pan. Y en el pan incluimos todas las condiciones para una vida digna: la salud, la educación, el trabajo, la vivienda, internet hoy… ¡Pero para todos, no para unos pocos

 

En la fuente “Q” (Mt y Lc) encontramos que el propio Jesús, a petición de los suyos, nos enseña una oración. Ya nos lo había dicho, que no eran necesarias fórmulas ni oraciones prefabricadas, que el mismo Padre sabía bien lo que necesitábamos, que bastaba con hacerlo en secreto, sin gritos ni alharacas, sin aspavientos para que nos vean… Pero, ante la insistencia de los que quieren “la fórmula”, Jesús se anima y nos deja ese modelo que todos aprendimos de chicos y del que no nos aburrimos, el que repetimos cada día y el que resume bien todas nuestras necesidades. Vale la pena recordarlo y repasarlo. Es el “padre nuestro”.

Eso, comenzamos por no apropiárnoslo, por llamarlo “nuestro”, de todos, también de los que nos caen mal, de los que no soportamos, de aquellos que nos friegan a diario. Y no es fácil ser hijos del mismo padre y hermanos. Pero lo repetimos a diario, para que nos lo vayamos creyendo, poco a poco: no es una comida fácil de digerir, están duros los frijoles…

Y de golpe, como quien no quiere le endosamos tres peticiones para que Él las vaya haciendo realidad: “que santifiquemos su nombre, que se haga su voluntad y que llegue su Reino”. Las tres son don y tarea, más lo primero que lo segundo. Tenemos que poner nuestra parte, pero Él pone la principal. Y sabemos es su voluntad, que el Reino llegue. Para eso se encarnó, para eso plantó su carpa en nuestro campamento. Y nos lo demostró día a día, curando toda dolencia, creando condiciones para que fuéramos felices. Quiere que el Reino llegue, esa es su voluntad y así es como se va a sentir santificado (muy pronto lo entendió S. Ireneo: “la gloria de Dios es que el hombre viva” y viva con toda dignidad).

De aquella Encarnación han pasado dos milenios y aún no queremos entenderlo, le seguimos dando vueltas los cristianos ¿Más claro tuvo que hablar y actuar? ¡Pero nos cuesta! Esa es su voluntad y no otra, así vamos a santificar su nombre, poniendo nuestra partecita para que el Reino llegue. Es la única forma que tenemos,… ¡no hay otra!

Y eso nos da derecho a pedir que “el pan de cada día nos llegue. A todos, porque Él hace llover y salir el sol para buenos y para malos, para justos y para injustos. Quiere que todos tengamos a diario nuestro pan. Y en el pan incluimos todas las condiciones para una vida digna: la salud, la educación, el trabajo, la vivienda, internet hoy… ¡Pero para todos, no para unos pocos!

Sabemos que son muchos los que en el mundo carecen de pan, de condiciones para vivir con dignidad. Comenzando por el pan físico: mas de 700 millones en el mundo pasan real y verdadero hambre (no solo en Gaza, que ya clama al cielo); Pero unos 4,000 millones de personas (la mitad de la población mundial) viven sin acceso a condiciones elementales de salud; 2,700 millones no tienen agua potable; unos 773 millones de adultos son analfabetos; son millones y millones los que malviven con sueldos de miseria… Y así podríamos seguir. Con razón en el Padre nuestro le pedimos a Dios lo que más necesitamos, lo que la mayoría necesita para vivir con un mínimo de dignidad.

Y a continuación le pedimos a nuestro Dios que nos perdone nuestras ofensas. Pero lo condicionamos fuerte: que nos perdone como nosotros estamos dispuestos a perdonar. De lo contrario que no nos perdone. Es decir, en la práctica muchos le decimos que no nos perdone (¡Cuántos repetimos aquello de “perdono, pero no olvido”! o lo que es lo mismo “no perdono”). Y todos sabemos que el perdón es un proceso, proceso por el que hacemos un largo viaje, pues no es fácil llegar al final.

Somos realistas: le pedimos que “no nos deje caer en la tentación”, no que nos libre de la tentación, no, pues aceptamos ésta como lo más normal y cotidiano (en los sinópticos se nos dice que hasta el propio Jesús fue tentado por el diablo). Le pedimos vencer, no caer en tentación, y eso sí es posible con su gracia y nuestro esfuerzo. Si es lo más cotidiano -tentaciones las tenemos de todo tipo- normal que lo incluyamos en nuestra oración de cada día.

Y remacha Jesús la oración pidiendo “que nos libre del mal”. Y son muchos los males que nos acechan a cada paso. Que sea Él quien nos libre, a pesar de las muchas ocasiones y tentaciones que tengamos.

Seguimos rezando esa oración que a muchos nos enseñaron los respectivos “joaquines y anas” y seguimos diciéndole en ella al buen “Padre Nuestro” que se haga su voluntad, que TODOS tengamos condiciones de vida dignas y que lleguemos al final, a vernos libres de todo lo malo.

José Mª Rojo G

Fuente Religión Digital

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¡Cuánto deseo que ardáis!

lunes, 18 de agosto de 2025
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¡Que pocas hogueras!
Fuegos débiles,
llamas tenues,
rescoldos sin fuerza
que son ya solo ceniza.

No se oye el crepitar,
ni se siente el calor,
ni se ilumina la oscuridad,
ni se acrisolan los tesoros
con este fuego que llevamos dentro.

Pero yo sigo soñando que tu fuego prenda
en nuestros corazones,
en los pueblos,
en las iglesias,
y en la creación entera.

Porque para eso has venido
a nuestro mundo
y te has desvivido,
día a día, entregándote
y comunicando la buena noticia.

¡No me atraen los que se encierran,
los que no se exponen al viento,
los que , por temor, huyen
o se protegen cuando vienes
y soplas suave o fuerte.

Yo anhelo tu fuego
para que este mundo arda,
se acrisole e ilumine.
Deseo que tu fuego nos sorprenda
y que prenda en nuestro corazones

*
Florentino Ulibarri
Fe Adulta

 ***

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Pesimismo, tristeza, catástrofe. ¡Oh, alegría!

lunes, 18 de agosto de 2025
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La reflexión de hoy es de Michaelangelo Allocca, colaborador de Bondings 2.0..

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 20

del Tiempo Ordinario ordinaria se pueden encontrar aquí.

Las lecturas del leccionario de hoy ofrecen una amplia gama de estados de ánimo e imágenes para elegir: una es pesimista, y si no te gusta, otra es pesimista, y si no te gusta, ¿qué tal una catástrofe? El pasaje del Evangelio por sí solo es uno de los fragmentos más concentrados de palabras duras que recibimos de Jesús, con algunas imágenes angustiosas que podrían resultarnos especialmente familiares en la comunidad queer. Si bien el salmo también se hace eco de algunas de las imágenes oscuras, también sugiere la respuesta a la inevitable pregunta: «¿Qué debemos sacar de esta colección. Creo que la respuesta tiene dos partes: 1) hablar la verdad de Dios trae consecuencias negativas, pero 2) Dios siempre nos rescata, sin importar lo mal que se vean las cosas.

La primera lectura de hoy necesita contexto. La razón de la hostilidad hacia Jeremías en este pasaje radica en que Jeremías, hablando en nombre de Dios, anuncia que la única esperanza de Israel para evitar la devastación total a manos de Babilonia es rendirse y suplicar misericordia.

Recibe una recepción bastante típica para quienes traen malas noticias: el rey permite que sus enemigos lo arrojen a una cisterna, donde se hunde en el lodo del fondo. Pero cuando un consejero real siente lástima por Jeremías y pide clemencia, el rey da un giro de 180 grados y ordena que lo rescaten. Lo importante es el patrón del profeta que emerge: «Sigue las instrucciones de Dios, esto irrita a la gente, es atacado, pero al final se salva».

El salmo evoca algunas imágenes de Jeremías, al decir que Dios «me sacó del pozo de la destrucción, del lodo del pantano». Este es solo un ejemplo de su repetido estribillo: «Pasaba por momentos difíciles, y entonces Dios «piensa en mí», «se inclina hacia mí», «pone en mi boca un cántico nuevo» y es «mi ayuda y mi libertador». Como suelen hacer los salmos, este describe una imagen vívida de las aflicciones que podemos sufrir, para ilustrar la firmeza con la que debemos confiar en Dios para que nos rescate.

El pasaje de la Carta a los Hebreos es una confusa mezcla de altibajos. Nos ofrece la memorable y hermosa frase de «estar rodeados de una multitud de testigos», pero también dice, enigmáticamente: «En vuestra lucha contra el pecado, todavía no habéis [cursiva mía] resistido hasta el punto de derramar sangre». Es difícil saber si se trata de una buena o mala noticia, pero sin duda conlleva una fuerte sugerencia de que habrá derramamiento de sangre, en consonancia con las otras imágenes de peligro en las lecturas de hoy.

Si esperabas una nota positiva de aliento al finalmente llegar a las palabras de Jesús en el pasaje del Evangelio de Lucas, quizás aún necesites paciencia. De nuevo, el contexto, lamentablemente a menudo ausente en el leccionario, es crucial. La lectura de hoy forma parte de una larga serie de advertencias y parábolas apocalípticas (algunas escuchadas en domingos recientes) que Jesús pronuncia durante el viaje de Galilea a Jerusalén, con el fin de preparar a sus seguidores para el conflicto que se avecina, incluyendo predicciones de su propia Pasión. Al igual que Jeremías, Jesús no edulcoró la descripción de los males venideros, comenzando con la promesa de que había venido a «incendiar el mundo» y el deseo de que ya estuviera en llamas. Una vez más, necesitamos contexto para ver que esto es para nuestro bien. Así como la Pasión de Jesús condujo a la Resurrección, debemos soportar las tribulaciones con la esperanza del triunfo. Tras la imagen de la conflagración, Jesús promete que su venida traerá conflicto, no paz, a las familias y hogares: «El padre estará dividido contra su hijo, el hijo contra su padre, la madre contra su hija, y la hija contra su madre», y aún más repeticiones innecesarias. Estas divisiones familiares deberían resultarnos familiares a muchos, dadas las frecuentes reacciones de padres u otros familiares cuando nos declaramos gays, bisexuales, transgénero o no binarios. Yo mismo tuve bastante suerte: mis padres estaban un poco desconcertados y preocupados por cierta negación, pero me apoyaron tanto como supieron. Mi hermano estaba totalmente de acuerdo (él y mi cuñada habían asistido a desfiles del Orgullo años antes que yo, así que no me preocupaba mucho contárselo), y ninguno de mis otros familiares ha armado nunca un alboroto.

Pero soy plenamente consciente de que esto me convierte en uno de los afortunados: conozco a personas que fueron completamente rechazadas o repudiadas por sus familias, o que, en cierta medida, experimentaron reacciones mucho más desagradables que yo. Es lógico suponer que algunos de los que leen esto habrán experimentado ese dolor. Pero el mensaje de esperanza de las Escrituras nos invita a confiar en que, con Dios, el bien llegará, ya sea a pesar del conflicto o en su resolución. Muchos hemos podido compartir nuestras propias luchas con otras personas que necesitan validación y aliento, lo que convierte nuestro dolor en un tesoro.

Entonces, ¿dónde está la Buena Noticia? Decir nuestras verdades, en particular sobre nuestra identidad sexual o de género, puede provocar reacciones hostiles. Pero las Escrituras no nos dicen que Dios evitará toda hostilidad, sino que permanecerá con nosotros a través de ella.

Y el Evangelio dice algo aún más importante: que la venida de Cristo y la predicación de su mensaje provocaron el mismo tipo de rechazo y hostilidad. Es reconfortante reconocer esta similitud, y aún más, recordar la Resurrección después de la Pasión.

Michaelangelo Allocca, Ministerio Nuevos Caminos, 17 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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He venido a traer fuego a la tierra.

domingo, 17 de agosto de 2025
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 Creo que la vida no es una aventura que debamos vivir según las modas que corren, sino con un compromiso encaminado a realizar el proyecto que Dios tiene sobre cada uno de nosotros: un proyecto de amor que transforma nuestra existencia.

Creo que la mayor alegría de un hombre es encontrar a Jesucristo, Dios hecho carne. En él, todo -miserias, pecados, historia, esperanza- asume una nueva dimensión y un nuevo significado.

Creo que cada hombre puede renacer a una vida genuina y digna en cualquier momento de su existencia. Cumpliendo hasta el final la voluntad de Dios no sólo puede hacerse libre, sino también derrotar al mal.”

*

Thomas Merton

***

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.”

*

Lucas 12, 49-53

***

 

Los apóstoles, instruidos por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia, los discípulos de Cristo se esforzaron en convertir a los hombres a la fe de Cristo Señor no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la Palabra de Dios. Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, «que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4), pero, al mismo tiempo, respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo «cada cual dará a Dios cuenta de sí» (Rom 14,12), debiendo obedecer a su conciencia.

Al igual que Cristo, los apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades, «la Palabra de Dios con confianza» (Hch 4,31). Pues defendían con toda fidelidad que el Evangelio era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree. Despreciando, pues, todas «las armas de la carne», y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la Palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: «No hay autoridad que no venga de Dios», enseña el apóstol, que, en consecuencia, manda: «Toda persona esté sometida a las potestades superiores…, quien resiste a la autoridad resiste al orden establecido por Dios» (Rom 13,12). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Este camino lo siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo.

La Iglesia, por consiguiente, fiel a la verdad evangélica, sigue el camino de Cristo y de los apóstoles cuando reconoce y promueve la libertad religiosa como conforme a la dignidad humana y a la revelación de Dios. Conservó y enseñó en el decurso de los tiempos la doctrina recibida del Maestro y de los apóstoles.

*

Concilio Vaticano II,
Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, llss.

***

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“El fuego del amor”. 20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-)

domingo, 17 de agosto de 2025
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Da miedo pronunciar la palabra «amor». Está tan prostituida que en ella cabe lo mejor y lo peor, lo más sublime y lo más mezquino. Sin embargo, el amor está siempre en la fuente de toda vida sana, despertando y haciendo crecer lo mejor que hay en nosotros.

Cuando falta el amor, falta el fuego que mueve la vida. Sin amor, la vida se apaga, vegeta y termina extinguiéndose. El que no ama se cierra y se aísla cada vez más. Gira alocadamente sobre sus problemas y ocupaciones, queda aprisionado en las trampas del sexo, cae en la rutina del trabajo diario: le falta el motor que mueve la vida.

El amor está en el centro del Evangelio, no como una ley que hay que cumplir disciplinadamente, sino como el «fuego» que Jesús desea ver «ardiendo» sobre la Tierra, más allá de la pasividad, la mediocridad o la rutina del buen orden. Según el Profeta de Galilea, Dios está cerca de nosotros buscando hacer germinar, crecer y fructificar el amor y la justicia del Padre. Esta presencia de un Dios que no habla de venganza, sino de amor apasionado y de justicia fraterna, es lo más esencial del Evangelio.

Jesús contempla el mundo como lleno de la gracia y del amor del Padre. Esa fuerza creadora es como un poco de levadura que ha de ir fermentando la masa, un fuego encendido que ha de hacer arder al mundo entero. Jesús sueña con una familia humana habitada por el amor y la sed de justicia. Una sociedad que busca apasionadamente una vida más digna y feliz para todos.

El gran pecado de los seguidores de Jesús será siempre dejar que el fuego se apague: sustituir el ardor del amor por la doctrina religiosa, el orden o el cuidado del culto; reducir el cristianismo a una abstracción revestida de ideología; dejar que se pierda su poder transformador. Sin embargo, Jesús no se preocupó primordialmente de organizar una nueva religión ni de inventar una nueva liturgia, sino que alentó un «nuevo ser» (P. Tillich), el alumbramiento de un hombre nuevo movido radicalmente por el fuego del amor y la justicia.

José Antonio Pagola

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“No he venido a traer paz, sino división.”. Domingo 17 de agosto de 2025. 20º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 17 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Jeremías 38, 4-6. 8-10: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país.
Salmo responsorial: 39:Señor, date prisa en socorrerme.
Hebreos 12, 1-4: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos.
Lucas 12, 49-53: No he venido a traer paz, sino división.

Estamos en camino con Jesús y sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, donde sabe que va a morir, y así se lo va diciendo. Esta subida a Jerusalén se alarga en el evangelio de Lucas como en ningún otro, pues aprovecha para situar ahí la mayor parte del material peculiar, sobre todo los discursos, las parábolas y los relatos que conoce por otro lado distinto a Marcos. Las frases que leemos en este domingo aparecen también en el evangelio de Mateo, pero en distinto orden y contexto. Esto hace que el sentido sea algo diverso, pues el contexto forma parte del significado de las frases; pero indica a la vez que muchos dichos de Jesús, como los de cualquier persona, son polivalentes; tienen alcances diversos y aplicaciones distintas según las circunstancias de los lectores u oyentes de los mismos. Así se nos abre también a nosotros el camino y la posibilidad de leerlos, con la libertad de los hijos de Dios, desde nuestra propia situación y para nuestro propósito. No es una traición, sino una fidelidad al Espíritu que inspiró a Jesús y a los evangelistas; pues ellos también se tomaron su libertad para situarlos diversamente y sacar sentidos distintos.

La liturgia, a su vez, nos pone estas frases en otro contexto diverso, al anteponer un episodio de la vida del profeta Jeremías, que suele llamarse “la pasión de Jeremías”; porque le toca sufrir golpes, burlas, acusaciones y prisión en una cisterna llena de fango por causa de la palabra de Dios que tiene que anunciar. El salmo que se nos propone es una súplica y acción de gracias a Dios, porque libra al pobre de la fosa; y parece así reforzar la situación del profeta, y anticipar una situación semejante para las frases del evangelio. Con ello se da un sentido de anuncio de la pasión, que ciertamente parece tener, sobre todo si lo leemos junto con la frase semejante de Marcos 10, 38; pero que no está muy resaltado en Lucas; apenas en la frase del “bautismo” por el que ha de pasar. El resto apunta a las diversas posturas que los hombres toman ante el mensaje de Jesús, como ya le acontecía a Jeremías y a otros profetas. Pero la segunda lectura, que nos presenta a Jesús como modelo germinal y definitivo de nuestra fe, vuelve a insistir en su pasión y cruz, y en la posibilidad de que también los cristianos nos veamos envueltos en la persecución y muerte; y, en todo caso, en la dura lucha contra el pecado, tanto personal como social.

Parece que Jesús cambia aquí radicalmente su mensaje. La Buena Nueva nos parece tan hermosa, tan atenta a los débiles y pequeños, tan llena de amor y solicitud hasta por los pecadores y enemigos, que su mensaje no puede ser otro que el de una gran paz y armonía entre todos los hombres. Eso es lo que proclamaban ya los ángeles en el momento del Nacimiento (Lc 2, 24) y lo que vuelve a proclamar el Resucitado apenas se deja ver por los discípulos atemorizados (Lc 24,20-21). Aquí, sin embargo, Jesús parece decir todo lo contrario. Su mensaje no viene a producir paz y concordia entre todos, sino que lleva a la división incluso entre los miembros más allegados de la familia, padres e hijos, nueras y suegras. Pero no se trata de cualquier mensaje, de cualquier propuesta, sino de la presencia misma del Reino de Dios en sus palabras y sus gestos, en sus milagros y sus actuaciones. No cabe oír esa Buena Nueva del Reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. Por eso nos van a afectar a todos profundamente, más allá incluso de los vínculos familiares, por muy respetables que estos sean. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo (Lc 14, 26).

El episodio de Jeremías nos pone un triste ejemplo de este sufrimiento que acarrea al profeta su fidelidad a la palabra de Dios, cuando el pueblo y sus líderes no la quieren escuchar. Él tenía que anunciar la destrucción del templo, de la dinastía davídica y de la ciudad de Jerusalén, por no querer someterse a Babilonia en ese momento. Era como poner punto final a las solemnes promesas hechas por Natán y otros profetas a David y a su ciudad capital, Jerusalén. Además, este descendiente de sacerdotes, debe predecir la ruina del templo salomónico. No le gustaban para nada esas desgracias que le tocaba anunciar, y sufrió enormemente por causa de esa misma palabra dura que debía predicar; pero lo que pretendía era precisamente que eso no ocurriera, porque le hacían caso, se convertían y se evitaban esas catástrofes. No logró esa conversión del pueblo, y menos aún de los líderes religiosos y políticos. Más bien logró esa división entre unos y otros, pues hasta entre el alto liderazgo político encuentra opositores y ayudantes, mientras el rey se deja llevar del viento político que sopla en cada momento. Pero la palabra de Dios y su profeta no es un viento cambiante, sino una palabra firme y segura, que exige darle fe y cambiar de mente y de conducta; que pide una opción radical de parte de los oyentes.

Esto mismo y en grado supremo le acontece al oyente de la Palabra que es Jesús. Por eso, el radicalismo con que se expresa en esta ocasión, pues se trata de la urgencia misma del Reino presente. Mateo dice en el pasaje paralelo: “¿cómo es que no son capaces ustedes de interpretar los signos de los tiempos?” (Mt 16, 3). Ver los signos de la gracia de Dios, de la presencia del Reino en las palabras y gestos humanos, en las acciones y hasta maravillas que acontecen en la vida. También en nuestro duro y doloroso presente, pues no existen tiempos sin gracia de Dios, sin presencia y fuerza de su Espíritu en medio de la historia, por oscura que sea. Ciertamente son los santos los que más perciben esto y donde mejor podemos ver los demás esa presencia, misteriosa pero eficaz, de la gracia de Dios en medio de esta empecatada historia humana; pero no faltan mil pequeños gestos, incluso o tal vez precisamente, en pobres y pequeños, en prostitutas y pecadores, en publicanos y hasta en ricos zaqueos y centuriones extranjeros. Hay gestos de solidaridad y simpatía con los pobres y pequeños, con los marginados y despreciados, que nos muestran esa fuerza del Espíritu de Dios y de Jesús actuando ya ese fuego en la tierra. Leer más…

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17.6.25. Que el fuego arda, que corte la espada. Dom 20 TO (Lc 12, 49; Mt 10, 34)

domingo, 17 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

No  son textos fáciles, ni el de Lucas, que presenta a Jesús como gran fuego  (¡Que prenda la tierra, que arda toda  entera!) ni el paralelo de Mt 10, 34-35 donde Jesús aparece como sembrador de una espada que destruye los pactos de opresión, para que  hombres y mujeres de todos los pueblos podamos vivir en libertad.

Que el fuego de Dios arda y queme toda opresión, que su espada corte (rompa) todas las cadenas de unos hombres que encadenan con ellas a otros hombres

| X. Pikaza

LC 12, 49. FUEGO HE VENIDO A PRENDER A LA TIERRA

  • He venido a prender fuego en la tierra (πῦρ ἦλθον βαλεῖν) ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! (τί θέλω εἰ ἤδη ἀνήφθη.)
  • Con  bautismo he de ser bautizado ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
  • ¿Pensáis que he venido a traer paz al mundo? No, sino división.
  • Una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres;
  • El padre contra el y el hijo contra el padre,
  •  la madre contra la hija y la hija contra la madre,
  • la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12, 49-53)

Los primeros cristianos, emocionados, sorprendidos, ardientes, concibieron a Jesús como fuego y su obra como incendio de Dios. Nosotros (2025), mientras  gran parte del mundo está ardiendo por guerras, y enfrentamientos económicos e incendios forestales, damos la impresión de que el fuego de Jesús está apagado. Ese fuego ha de quemas todas las estructuras, estructuras y cadenas familiares, económicas, politicas

Hemos construido un cristianismo y una iglesia de   adaptación y sacralización de lo que hay (de la injusticia, opresión social y guerra). Necesitamos  fuego de Dios, para que arda, destruya el mundo antiguo y suscite un mundo verdadero, eso dice Jesús: “He venido a prender fuego…”.  Sin superar (dejar a un lado) el mal del mundo con sus poderes “fácticos”, la iglesia no es fuego de Dios, no es Pentecostés (lenguas de fuego).Éste es un deseo muy hondo de Jesús que se define a sí mismo como fuego de transformación y vida. Él ha dicho en este contexto: “Yo soy fuego de Dios, he venido para que todo el mundo arda” Los evangelios posteriores, empezando por Marcos, matizan e interpretan esa imagen, pero en el fondo sigue estando la experiencia clave de Jesús que  ha venido a prender fuego al mundo, en una línea de muerte y de resurrección: Sólo destruyendo un mundo anterior de pecado, puede crearse y nacer la vida de Dios.

Bautismo de fuego. Esa experiencia está vinculada de un modo especial al bautismo, entendido como culminación de la vida de Jesús que ha recreado el sacramento de Juan (cf. Mc 1, 1-8). En esa línea, conforme al testimonio del Q  (retomado por Mt y Lc), frente al bautismo de Juan, que era en agua para perdón de los pecados, la iglesia más antigua ha definido su “sacramento” (experiencia inicial de Jesús) como bautismo en Espíritu Santo y Fuego (en el Espíritu  de Dios, hecho palabra de Vida).

Así lo ha mostrado Lucas en su relato de Pentecostés (Hch 2), vinculado al Dios de Jesús que recrea a los hombres con sus “lenguas de fuego”, que reposan sobre cada uno de los creyentes, diciendo. No he venido a traer unión, sino división, no he venido a traer paz, sino espada, pero una espada para crear paz, una división para suscitar comunión más alto.

Jesús es signo y presencia de paz (Shalom) de Dios… Pero esa paz no es simple indiferencia, como si dijéramos “todo está bien, es bueno, démonos sin más un gran abrazo, dejando todo como estaba. Jesús inicia un camino de unión universal entre todos los hombres, pero ella exige una gran división, en forma de superación de un tipo de “familia” entendida como institución de opresión y poder de unos sobre otros. Se trata de “separar” aquello que nos parece unido: Padres e hijos, madres e hijas, suegros hermanos… No todo da lo mismo, no todo es igualmente bueno… La muerte y bautismo de Jesús se define aquí como gran incendio: Todo lo malo del mundo tiene que arder y morir para renacer… a la vida de Dios.

Este mundo, tal como está configurado (en   opresión económico-social y lucha por el poder) tiene que arder  y destruirse, para que llegue el nuevo bautismo, para que emerja el evangelio. Universal de comunión de vida Hemos tendido a “bautizar” (cristianizar) todo lo bautizadle, reyes y tiranos,   ejércitos, conquistas, invasiones…, con imposiciones económicas de muerte.

Por eso tiene que arder el fuego de Jesús (no para después, al fin del mundo),  sino ahora, aquí, como incendio histórico de Cristo.Sin que este fuego prenda no podrá haber nuevo nacimiento. Sin que este mundo arda, por los cuatro costados, no podrá darse de verdad iglesia. Este es un fuego de separación (tema que aparece en los 4 evangelios), fuego que separa y quema todo lo que destruye al hombre, para que pueda construirse mejor.

El fuego de Jesús quema para destruir lo malo (la opresión de unos sobre otros)  y recrear lo nuevo en amor y justicia    (cf. Is 43, 19-21), en una línea que ha puesto de relieve el conjunto del evangelio de Juan, de una forma condensada Pablo (Rom 13, 8-9) y especialmente Efesios (Ef 2).

Ese fuego separa y rompe (destruye) a un tipo de relaciones “familiares” (de padres e hijos, de parientes, pueblos y grupos que se aprovechan de su poder para dominar a otros). En esa línea, la iglesia de Jesús tiene  que separarse de un mundo que se cierra en su egoísmo, con deseo de poder de unos sobre otros… Sin esa separación (persecución), sin ese fuego que quema lo malo, no se puede hablar de  comunidad o cuerpo (sôma) de Jesús.

Antiguo Testamento.El fuego está ligado a lo divino como fuerza creadora y destructora.La revelación de Dios, que transciende y fundamenta los principios y poderes normales de la vida, se halla unida repetidamente al fuego. Hay fuego de Dios en la teofanía del Sinaí (Ex 19. 18), lo mismo que en la visión de la zarza ardiendo (Ex 3, 2) y en la nube luminosa (Ex 13, 21-22: Num 14, 14).

-El fuego va unido a las teofanías apocalípticas de Ez 1, 4.13.27 y Dan 7, 10 y, lógicamente, puede adquirir rasgos destructores para aquellos que se oponen al proyecto de Dios, dentro de de este mundo. En ese plano se sitúa el castigo de las antiguas ciudades pervertidas de la hoya del Mar Muerto (Gen 19, 24-25), lo mismo que la séptima plaga de Egipto (Ex 9, 24). Por eso, no es extraño que se diga que del seno de Dios proviene el fuego que devora a los rebeldes (Lev 10, 2) o destruye a los murmuradores de Israel en el desierto (Num 11, 1-3).

-Éste es el fuego que obedece a Elías, profeta (1 Re 18, 38-39; 2 Re 1, 10-12), castigando a los enemigos de Dios o a los mismos israelitas pervertidos (cf. Am 1, 4-7; 2, 5; Os 8, 14; Jer 11, 16; 21, 24; Ez 15, 7, etc.). Pero el fuego de Mt 25, 41 desborda el nivel histórico y debe situarse en una perspectiva escatológica: en el momento final de la historia, cuando Dios realiza el juicio supremo sobre el mundo.

-En esta línea siguen las formulaciones del profeta  Joel, con su visión del fuego que precede y comienza a realizar el juicio (Jl 2, 3; 3, 3). También es importante el fuego en Ez 38, 22; 39, 6, que presenta el fuego como instrumento de la justicia de Dios, que destruye al último enemigo de los justos, Gog y Magog, antes de que surja un mundo  de inocentes, perdonados. Por su parte, Mal 3, 1–3.9 anuncia la venida escatológica de Elías con el fuego de Dios que purifica y prepara la llegada de Dios. Éste es el fuego de Juan Bautista, que habla del Dios que viene a quemar la paja al lado de la era.

– Moisés, zarza ardiente. Conforme a un esquema usual en muchas tradiciones religiosas de oriente y occidente, la manifestación de Dios se encuentra vinculada al fuego: es llama que arde y calienta, como fuerza divina de eternidad. Moisés observó y vio que la zarza ardía en el fuego, pero la zarza no se consumía. Entonces Moisés pensó: Iré, pues, y contemplaré esta gran visión; por qué la zarza no se consume. Cuando Yahvé vio que se acercaba para mirar, lo llamó desde en medio de la zarza diciéndole: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí» (Ex 3, 2-4).

Este pasaje  de Moisés vincula fuego y zarza (árbol y llama), en paradoja que ilustra el sentido del Dos de Israrl. Moisés ha tenido que salir de Egipto y llegar a la montaña sagrada del Sinaí y allí descubre a Dios en la zarza ardiente. Árbol y arbusto son desde antiguo signos religiosos, como aparece en la historia de Abrahán (encina de Moré: Gen 12, 6) y como sabe la tradición religiosa cananea, combatida por los profetas (con culto a las piedras  y árboles sagrado, de Baal y Ashera).

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“Echando leña al fuego”. Domingo 20 ciclo C

domingo, 17 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Dicen que ha sido la ola de calor más larga desde que existen registros, con incendios en España, Francia, Turquía… En este contexto parece de mal gusto que Jesús se presente como un gran pirómano ansioso de pegar fuego al mundo. Y no para ahí la cosa. Los europeos concebimos el mes de agosto como un momento de vacaciones, de descanso, al menos para muchos. Y las lecturas de este domingo no ayudan a descansar. Comienzan hablando del profeta Jeremías, arrojado a un aljibe para que muera (1ª lectura). Sigue la carta a los Hebreos hablando de Jesús, que soportó la cruz, y nos recuerda que todavía no hemos derramado sangre en nuestra lucha con el pecado (2ª lectura). Y el evangelio, al deseo de Jesús de pegar fuego al mundo, añade que no ha venido a traer paz, sino división, incluso en el ámbito más íntimo de la familia.

Después de las enseñanzas de los domingos anteriores, centradas en lo que nosotros debemos hacer, Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

Presupuesto necesario para entenderlo es conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.

Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

 La misión: prender fuego

He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,

El destino: la muerte

Tengo que pasar por un bautismo.

También esta imagen es enigmática, porquebautizar significa normalmente lavar; por ejemplo, los platos se bautizan, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan (y otros muchos judíos desde el profeta Ezequiel) al pecado: en el bautismo, cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva.         El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

 Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño será una bandera discutida.

Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide a enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días quevenga a nosotros tu reino; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

El ejemplo de Jesús

Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida es fácil de entender para los antiguos cristianos, conocedores de las Olimpiadas griegas: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo. Incluso en una época de descanso y vacaciones, es bueno recordar el ejemplo de Jesús, su entrega plena.

Hermanos:
Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Reflexión final

Estas lecturas no han sido elegidas para amargarnos las vacaciones, pero nos ayudan a pensar en los que no tienen vacaciones, en los perseguidos por su fe y sus denuncias, como Jeremías; en los que han elegido un duro y peligroso trabajo de médico, enfermero, asistente social, ayudante de cualquier tipo, arriesgando su vida en Gaza, Ucrania, Siria, Sudán, Congo…; en las familias que se han roto porque uno o varios de sus miembros han decidido seguir a Jesús. Podemos hacer algo más útil que protestar del calor: pedir por ellos.

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