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Hacer sagrado.

Lunes, 15 de mayo de 2017

Del blog Nova Bella:

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Del amor se enfrenta al mundo y transforma lo que ve, lo transciende: “Detenerse a mirar,/ hacer sagrado” y esto es decisivo. Si ya lo es el detenerse en la vorágine de la vida, lo es mucho más el hecho de que lo mirado se transmuta en sagrado, en una de sus acepciones ‘digno de veneración o culto.

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De la poética de Juan Antonio González Iglesias

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Antinoo, Museo de Pérgamo

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“Uso profano de lo religioso”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Lunes, 1 de febrero de 2016

1000ateosbisLeído en su blog Nihil Obstat:

Religión es una palabra con muchas vertientes. Puede significar “relación con Dios”. Es religiosa la oración. Pero puede tener también el sentido de “modo de expresión”. Es religiosa una procesión. Entendida como modo de expresión, la religión no puede absolutizarse, porque los modos de expresión son múltiples y dependen de los gustos de cada uno. Pero los modos de expresión, las formas y maneras, pueden utilizarse con intenciones distintas, a veces contrarias: una procesión puede ser expresión de una vivencia religiosa seria que tiene que ver con mi relación con Dios. Pero una procesión puede caricaturizarse, convertirse en burla de quienes la realizan con el propósito de expresar su fe en Dios (la imagen que acompaña al post es una de las más pudorosas de una procesión atea realizada precisamente en Jueves Santo).

En nuestra cultura actual han aparecido modos de utilizar lo religioso de forma profana. Hay expresiones artísticas (o pseudo-artísticas) que utilizan lo religioso con intenciones poco religiosas o anti-religiosas. Se publican viñetas irónicas, que se quieren humorísticas, con tema religioso. Ese uso profano de lo religioso provoca, en algunos que se consideran muy religiosos, reacciones violentas. Pero la misma violencia de la reacción es la expresión más señalada de un mal uso de lo religioso. La religión, defendida violentamente, se degrada y se pervierte hasta el punto de dejar de ser religiosa. O en todo caso, esta defensa violenta hace de la religión una realidad diabólica u odiosa. El uso profano de la religión puede, en ocasiones, provocar un uso criminal de la religión. En cualquiera de los dos casos, la religión ha perdido su esencia. Con una diferencia: el uso criminal no puede, bajo ningún concepto, justificarse por el uso profano.

No es fácil ser un buen creyente. Pero la dificultad que proviene de la debilidad humana, encuentra en Dios comprensión y misericordia. Por eso, el creyente pide a Dios que no le tenga en cuenta sus pecados. Hay otras dificultades para ser un buen creyente que son consecuencia de ideologías fanatizantes, que dan lugar a fundamentalismos e intransigencias. Las intransigencias que terminan en violencia física no son las más frecuentes. También conviene estar atentos a la violencia verbal. Las palabras pueden herir. El que haya que tomar en serio la religión no tiene que conducir a posturas fundamentalistas. Cuando la afirmación de lo fundamental se convierte en fundamentalismo y la vivencia radical en radicalismo, entramos en una pendiente peligrosa que provoca descalificaciones, rechazos y divisiones.

¿Las religiones dividen? En cierto modo sí: no es lo mismo ser cristiano que ser budista. Por otra parte, las religiones unen: un buen cristiano es una persona que no pone límites al amor. Y en la base de toda buena religiosidad está la humanidad común y la fraternidad sin fronteras. Una religión que no llama a la hermandad es, por principio, falsa.

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“El elemento que divide”, por José Mª Castillo

Martes, 19 de enero de 2016

religion-dividesDe su blog Teología sin Censura:

El elemento extraño a la realidad tangible, visible, palpable, demostrable, que es el hecho religioso, es además un elemento que divide. Porque rompe la homogeneidad de lo real. En cuanto que fractura, divide y separa “lo sagrado” de “lo profano”. Por eso, hay espacios sagrados (los templos…) y espacios profanos (la calle, la casa, el campo…). Como también hay tiempos sagrados (tiempo de oración, tiempo de celebración, cuaresma, Pascua, Ramadán…) y tiempos profanos (tiempo de trabajo, de descanso, de diversión…). Hay, además, personas sagradas (sacerdotes…) y personas profanas (los laicos). Hay objetos sagrados (un crucifijo, una patena…). Y objetos profanos (un vaso, una silla…).

Pero ocurre que la religión no solamente divide, sino que además privilegia. Es decir, donde se hace presente el hecho religioso, por eso mismo se fractura la homogeneidad de lo real. Y además, la misma creencia que rompe la homogeneidad de la realidad, además de eso, carga la mano a favor de lo sagrado. Y establece una desigualdad insalvable. Porque, en la misma medida en que la creencia se intensifica, en esa misma medida la desigualdad se agranda. Por poner algunos ejemplos muy sencillos: cuando entramos en un templo, bajamos la voz o incluso nos quedamos en silencio; si estamos ante un difunto, ante una imagen sagrada…, callamos, agachamos la cabeza, nos componemos la vestimenta… En las personas que tienen fe, estos comportamientos son inevitables, son “lo que tiene que ser”.

La consecuencia, que todo esto entraña, es que, en los países en los que está fuertemente implantada la religión, por eso mismo en tales países se implantan también no pocas desigualdades. Y la religión reclama privilegios que no están al alcance de quienes se consideran y se declaran laicos. Lo que, en importantes ámbitos de la vida y de la convivencia, es origen de enfrentamientos, rivalidades, conflictos, problemas económicos, políticos, sociales, etc.

Lo más original del cristianismo está en que, según los evangelios, Jesús no quiso nunca privilegios. Ni soportó desigualdades. Y por eso se enfrentó a los “hombres de la religión”, que había en aquel tiempo y en aquel pueblo. Es más, Jesús se puso de parte de los samaritanos, de los extranjeros, de los pecadores, de los publicanos, de los más pequeños, de los últimos, de las mujeres y de los niños. No para darles la limosna que tranquiliza la conciencia, sino para que los menos apreciados por la religión tuvieran la igualdad en dignidad y derechos, que, en nombre de “lo sagrado”, se les había quitado. Cuando la religión divide, eso no es religión, sino “anti-religión”. Y si no hay otra manera de vivir una religión que nos una a todos, habrá que inventar otra manera de poner en práctica el Hecho Religioso.

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Sagrado

Sábado, 3 de octubre de 2015

Del blog Nova Bella:

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“No le tengas miedo a lo sagrado y a los sentimientos, de los cuales el laicismo consumista ha privado a los hombres transformándoles en brutos y estúpidos autómatas adoradores de fetiches”

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Pier Paolo Pasolini

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“En el cielo no hay templos”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Lunes, 11 de mayo de 2015

TeteaTeteDe su blog Nihil Obstat:

Distinguimos entre sagrado y profano. Dentro del templo está lo sagrado, Dios y las realidades que se relacionan con Dios. Fuera del templo está lo profano, identificado muchas veces no sólo como lo que no es sagrado, sino como lo que se opone a lo sagrado. Curiosamente, la última página de la Biblia afirma que en la Jerusalén celeste, o sea, en el cielo, “no se ve ningún templo” (Ap 21,22). Si fuera cierto que dentro del templo está Dios, y fuera del templo no está, este texto del Apocalipsis nos llevaría a la absurda conclusión de que en el cielo, ese lugar dónde Dios todo lo determina, porque es “todo en todas las cosas”, no hay lugar para Él porque no hay templo.

La Escritura nos obliga a revisar nuestros criterios habituales. Es evidente que en el cielo no hay templo porque todo el cielo es un templo. En el cielo, Dios no necesita de ningún lugar especial porque ocupa todo el lugar. ¿Qué ocurre en la tierra, este espacio nuestro en el que sí hay templos? ¿Acaso Dios los necesita porque se le expulsa de los lugares profanos? ¿No será más bien que no se le reconoce? Dios está en todas partes, su presencia es onmiabarcante. No hay nada que no esté determinado por Dios. El ruido de la calle es tan eco de Dios como el silencio del monasterio. Pretender expulsar a Dios de nuestra realidad es pretender lo imposible. Son nuestros ojos cegados los que no alcanzan a ver a Dios en ella.

Unos no ven, otros no quieren ver. Las personas no religiosas no ven la presencia de Dios en la realidad. Pero, la gran desgracia es que los que se consideran creyentes tampoco ven o, mejor, no quieren ver la presencia de Dios en tantos lugares “profanos” en los que Dios está. Los que se consideran religiosos parece que sólo quieren ver a Dios en determinados espacios, en sus iglesias y en sus devociones. Pero Dios está también en tanta gente pobre, necesitada, en las realidades profanas en las que hay amor, aunque quizás no haya ritos o manifestaciones pietistas. Eso de que en el cielo no hay templo nos invita a discernir la presencia de Dios en las realidades mundanas, en lo concreto de la vida, en el trabajo de los hombres, en las protestas de los oprimidos, en las búsquedas y balbuceos de muchas personas, en el ansia de amor que algunos expresan con formas poco convencionales.

A veces pensamos el cielo como un gran templo que debería ocupar todo el espacio. El Apocalipsis dice que en el cielo no hay templo. En consecuencia, el espacio que ocupa Dios no es el sagrado, sino el profano. En el cielo todo lo profano es divino. ¿Será esta imagen del futuro una crítica del presente, de esta separación entre lugares donde pensamos que está Dios y lugares donde pensamos que no está? Jesús dijo que a Dios ya no se le iba a adorar en ningún templo, sino en espíritu y verdad. Allí donde hay espíritu, donde hay verdad, allí está Dios. Este mundo no necesita templos, sino espíritu y verdad.

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“Las tres preocupaciones de Jesús”, por José Mª Castillo

Domingo, 26 de abril de 2015

Multiplicación-panes-y-peces-copiaDe su blog Teología sin censura:

Con frecuencia ocurre que los especialistas y estudiosos de los evangelios afinan tanto en el análisis de los textos, que bien puede ocurrir – y ocurre – que se cumple aquello de que “el árbol tapa el bosque”. Quiero decir, sucede muchas veces que los detalles y discusiones en torno a un episodio, una palabra, la raíz original de un nombre, pueden acaparar la atención de un comentario hasta el extremo de que nos centramos y nos limitamos al detalle, al tiempo que perdemos la visión del conjunto. Con lo cual bien puede ocurrir que lleguemos a saber casi todo de casi nada. Y con el detalle o los detalles, perdemos de vista (o no caemos en la cuenta de) lo más fundamental, que es lo que el gran relato del Evangelio, en su conjunto, nos quiere enseñar. Sin olvidar lo que acertadamente supo formular J. Habermas, siguiendo a Th. Adorno: “el todo no es igual a la suma de sus partes”. Vamos, pues, a pensar brevemente en algo que pertenece a ese “todo” que nos transmiten los evangelios.

Pues bien, si hacemos memoria y pensamos en el conjunto de lo que nos transmiten los relatos evangélicos, pronto se da uno cuenta de que, en esos relatos, se repiten (casi de principio a fin) tres hechos, que sin duda nos revelan las tres preocupaciones fundamentales que vivió y expresó Jesús. En efecto, en los evangelios se habla insistentemente de: 1) curaciones de enfermos; 2) comidas o cuestiones relacionadas con la comida, 3) relaciones humanas, las mejores relaciones que se pueden (y se deben) mantener entre seres humanos. Basta repasar los evangelios, teniendo en cuenta los tres hechos que acabo de apuntar, para tomar conciencia de que, efectivamente, tres temas que aparecen una y otra vez, en el conjunto de los relatos evangélicos, son hechos, situaciones o dichos de Jesús, relacionados con: 1) la salud; 2) la alimentación; 3) las relaciones humanas.

Por supuesto, todos sabemos que estos tres hechos se realizaron y sucedieron de forma que en ellos se implican temas de notable importancia, como es, por ejemplo, la cuestión de la historicidad de los relatos o su significación religiosa, como ocurre – por ejemplo – en el tema de las curaciones de enfermos: ¿son relatos de milagros? ¿son, más bien, un género literario propio de aquel tiempo? Todo esto, y mil cosas más, se pueden discutir. Pero, desde luego, lo que no admite discusión es que Jesús tuvo la enorme fuerza de atracción, que ejerció sobre las gentes más humildes y desamparadas de aquel pueblo, por la sencilla razón de que la gente encontraba en Jesús la respuesta que buscaba para sus carencias y necesidades más básicas y apremiantes.

Es evidente que a todos los seres humanos nos interesa y nos preocupa el tema de la salud. Como nos preocupa también tener asegurado el pan de cada día. Y que a todos nos interesa el hecho de que nos estimen, nos respeten y nos quieran. Como no soportamos el odio, el desprecio, el abandono, la soledad y el desamparo. Estas cosas son tan básicas, que en ellas se juega nuestra felicidad o nuestra desgracia. Y nadie pone en duda que en estas tres preocupaciones coincidimos todos los seres humanos, sea cual sea nuestra cultura, nuestra educación, nuestras creencias, nuestro nivel económico, social o cultural. Es evidente, por tanto, que Jesús dio en el clavo. Y respondió a las demandas fundamentales de nuestra humanidad.

Pero este asunto no acaba aquí. Es capital, al hablar de estas cosas, tener muy presente que, tal como los evangelios presentan y relatan estas tres preocupaciones de Jesús, seguramente lo más llamativo no es que Jesús se interesara por la salud, la alimentación y las relaciones personales de la gente. Lo más chocante de todo es que Jesús antepuso la solución de estos tres problemas a las normas y exigencias de la religión. No puede ser mera coincidencia o casualidad la insistente repetición de las curaciones de enfermos precisamente en el día (el sábado) que eso estaba prohibido por la religión. Como tampoco puede ser una coincidencia ocasional el hecho de comer cuando los más religiosos ayunaban, o saltarse los rituales de lavatorios y purificaciones que imponían los rabinos, como tampoco pudo ser un mero descuido el hecho de ponerse a frotar espigas de trigo arrancadas en día de sábado. Y así sucesivamente.

Como resumen de lo que vengo explicando, se puede recordar el episodio de la curación del manco en la sinagoga (Mc 3, 1-6; Mt 12, 9-14; Lc 6, 6-11), precisamente un sábado. Jesús le dijo al manco que se pusiera de pié y en el centro. Y “echándoles una mirada de ira” , a los que estaban al acecho para denunciarle (Mc 3, 2 par), les hizo esta pregunta: “¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o hacer daño, salvar una vida o matar?” (Mc 3, 4 par). En realidad, lo que Jesús estaba preguntando es esto: “¿Qué permite la religión, curar y dar vida, o causar dolor y quitar la vida? En otras palabras, ¿qué es lo primero: la religión o la vida? Jesús no lo dudó un instante: “Echándoles una mirada de ira y apenado por su obcecación”, le dijo al manco: “Extiende el brazo” (Mc 3, 4 b). Y el hombre quedó curado. El relato termina diciendo que, al salir, los fariseos se fueron en busca de los partidarios de Herodes, para ver cómo podían asesinar a Jesús. Allí, por tanto, la pasión de Jesús por la vida, por la plenitud de la vida que le faltaba al manco, le costó a Jesús la seguridad de su propia vida. O para decirlo más claro, entre el sometimiento a la religión y la defensa de la vida, Jesús optó, sin dudarlo, por la vida, por la plenitud de la vida, por la alegría y la felicidad que nos proporciona el hecho de saber que tenemos nuestra vida bien asegurada.

Y conste que lo que he dicho sobre la salud y la vida, se podría decir igualmente por la comida compartida con todos y para todos. Lo que quedó patente – por poner algún ejemplo – en la multiplicación de los panes, en las comidas con pecadores y gentes de mal vivir o en el banquete del Reino, al que no entraron los invitados oficiales, mientras que allí se metió hasta el último de los mendigos y vagabundos de los caminos. De la misma manera que aquí tendríamos que recordar la inconcebible generosidad, en las relaciones humanas, que subyace a todo el sermón del monte y a los discursos y parábolas de Jesús, de principio a fin de sus enseñanzas. Hasta terminar con el sobrecogedor discurso del juicio de las naciones (juicio final) (Mt 25, 31-46), en el que ya ni se menciona la religión, las creencias o las prácticas sagradas de cada cual. Sólo queda en pie lo que de verdad le interesó a Jesús y lo que quedará en pie en el momento definitivo, a saber: cómo se ha portado cada cual con sus semejantes, sobre todo con quienes más sufren en la vida. Aquí y en esto se centró y concentró la religión de Jesús.

¿Qué nos vienen a decir estas tres preocupaciones fundamentales de Jesús? Parece que, en sana lógica, de lo dicho se pueden deducir las siguientes conclusiones:

1. Lo que más preocupó a Jesús – y en consecuencia, por lo que más se interesó – no fueron realidades que pertenecen al ámbito de “lo sagrado” (el templo, los rituales, las leyes que dictaban los rabinos…), sino a “lo profano” (la salud de las personas, la comida compartida por todos, las mejores relaciones humanas de todos con todos).

2. Es evidente que, si lo dicho es cierto, de ahí se sigue que Jesús desplazó el centro de la religión. Ese centro, de acuerdo con lo que dice el Evangelio, no está en el templo, sus sacerdotes y sus ceremonias, sino que está en la calle, en el trabajo, en la casa, en la convivencia con los demás, en la profesión y en el descanso, en nuestra conducta y en nuestra forma de vida. Esto es lo central en nuestra relación con Dios, según lo que nos dejó Jesús como recuerdo y memoria de su vida y su destino.

3. En la Iglesia – por causa de un largo proceso histórico que ahora no podemos desentrañar y analizar – hemos cometido el error de pretender armonizar y hacer compatible lo que Jesús vio que era irreconciliable e incompatible, a saber: los rituales sagrados con la ética que nos marcó Jesús. La vida de Jesús fue conflictiva, hasta terminar en su muerte violenta, porque Jesús se dio cuenta de que el obstáculo, que le impedía ponerse de parte de la vida y de la felicidad de la vida (con todas sus consecuencias), era precisamente la sumisión y la observancia religiosa de las normas, los rituales y las prácticas sagradas que imponían los sacerdotes y los maestros de la Ley.

4. De ahí, la incoherencia en que vivimos en la Iglesia. Nos hemos empeñado en mantener las observancias del templo, de los sacerdotes y de la liturgia, con lo cual lo que realmente conseguimos es tranquilizar nuestras conciencias y tener la idea de que somos cristianos creyentes a carta cabal, cuando en realidad lo que hemos conseguido con eso es destrozar la ética que nos marcó Jesús con su forma de vivir y con sus enseñanzas. Y así, ahora nos encontramos con el brutal contraste de tantos cristianos que se confiesan creyentes practicantes, cuando en realidad son ladrones y embusteros que saben armonizar las mejores relaciones posibles con la Iglesia y las peores relaciones imaginables con los pobres, los enfermos, los extranjeros y con todos los que no se someten a lo que a ellos les interesa.

Comprendo que todo esto es duro y difícil de decir. Pero es más duro más difícil tener que sufrirlo.

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

La mesa.

Domingo, 11 de mayo de 2014

Del blog de la Communion Béthanie:

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Hay  días en que la mesa es sagrada,
porque el pan que partimos
tiene el gusto maravilloso
del encuentro y del amor.
Ese día, Dios está en el umbral de tu casa.

Hay días en que el vino es sagrado,
porque provoca la embriaguez,
no la que vuelve loco el espíritu
sino la embriaguez que te coge el corazón.
Ese día, Dios está muy cerca de ti.

Hay días en que la acogida es sagrada,
porque tu hermano está en la puerta,
busca su lugar,
tiene hambre de pan y sed de vino y posiblemente más…
Ese día, Dios está de rodillas para servir .

Hay días en que el pueblo es sagrado,
porque es llamado a compartir en memoria de Jesús…
Y, si tú también, te unes a ellos
para recibir y para dar,
Ese día, Dios, eso es seguro,
está sentado a tu lado.

*

Robert Riber
Mil Textos, Fenêtres Ouvertes

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“Sacerdotisa de tí misma”, por Skilpe Apel (Guatemala)

Domingo, 23 de febrero de 2014

Jesus abrazo mujerLeído en Eclesalia

Con Jesús de Nazareth se inaugura una nueva era, un nuevo tiempo, en el cual se manifiesta la absoluta bondad de la divinidad. En él, la Divina Sabiduría adquiere el rostro humano del hermano, de quien acompaña, acoge y libera de cargas impuestas por otros. De ahí que el culto al templo y la mediación de personas especializadas para vincularnos con la divinidad dejan de tener sentido. Los mediadores de lo sagrado quedan sin oficio, porque Jesús recuerda que la sacralidad habita a todo ser humano, indistintamente de su condición social, sexo, raza u opción de vida.

Sin embargo, como dice Antonio Machado: caminante, no hay camino, se hace camino al andar. El camino al misterio, a lo sagrado, nadie te lo puede indicar. Sólo tú tienes la llave del sentido de tu vida. Sólo tú tienes acceso al manantial divino que brota de lo más íntimo de tu ser, en donde habita el silencio, en donde te puedes encontrar contigo misma; donde confluyen tu pasado, tu presente, tu futuro.

Descubrir lo sagrado que habita en ti, te lleva a encontrar la vida plena que ofrece Jesús. Ese es el agua viva del cual puedes beber y puedes ofrecer a quienes te rodean (cf. Jn 4,14). Está en tus manos la luz que ilumina las profundas zonas de tu interior para que puedas descubrir la razón de que se haya visto disminuida tu conciencia de divinidad: la imagen de Dios en ti (cf. Gn 1,27).

Resulta que tu miedo más grande no es por tu limitación o incapacidad, sino que temes brillar con tu propia luz y ser absolutamente poderosa, dueña de tu propia vida. Es tu luz, no tu sombra, lo que te aterra, porque nos han enseñado a ocultarla. Tomar el papel de víctima o pequeña no le sirve al mundo. Callar, no anuncia; el inmovilismo no genera; la esterilidad no da a luz.

Viviendo desde tu manantial puedes llegar a sanar tu propia vida. Las enfermedades y padecimientos están vinculados de una u otra manera con la negación de tu ser, de tu pasado, de tus potencialidades o con las sombras que buscan ser iluminadas por tu conciencia sagrada. La salud solamente puede brotar de ti misma (de donde ha brotado también el padecer), de tu habilitación como santa e inmaculada en el Señor (cf. Ef 1,4), siendo coherente con tu interior.

Sólo hay verdadera conversión cuando descubres el misterio que te habita, cuando asumes tu condición divina. Amando, descubres la Presencia Divina en ti y te vinculas con ella. Cuando dejas de responder a las expectativas de otros, dejas de fingir, dejas de seguir caminos de otros, para encaminarte en la búsqueda del sentido de tu propia existencia; entonces serás capaz de asumir el sacerdocio constituido por Jesucristo y asumirás responsablemente tu condición de hija de Dios y hermana de la creación.

Más allá de transmitirse o infundirse, el sacerdocio nace de lo más profundo de la conciencia humana. Cuando se le deja brotar y se tiene el valor, como Jesús, de hablar con la propia voz desde aquello que nos habita, que ve más allá de lo obvio, escucha lo que otros no escuchan, porque se han abierto los ojos y los oídos de la interioridad. Sólo desde lo más profundo del ser, se puede proclamar la Sabiduría Divina iluminando a quienes nos rodean. El sacerdocio sagrado de la Divinidad busca ser anunciado y compartido con quienes aún no han encontrado el camino.

Este trabajo nadie lo puede hacer por ti. Nadie puede ni debe tomar decisiones por ti porque nadie asume ni vive las consecuencias de ellas. Atrévete a dejarte iluminar por la sabiduría de quienes comparten tu camino: maestras, sanadoras, abuelas, tías, hermanas y encamínate.

Cuando ya no te importen los cánones, cuando por ti misma puedas distinguir la verdad de la mentira; cuando ya no le temas a la opinión de los demás y distingas desde tu interior el bien del mal, entonces habrás entrado en consonancia con tu ser divino. No temas, a Jesús le llamaron loco, hereje y lo crucificaron.

Hoy ya no te clavan en una cruz, pero pueden acabar contigo, callar tu alma, tu conciencia, la verdad que te habita. Sin embargo, la verdad y la autenticidad de lo divino no muere nunca, la luz que brilla trasciende los umbrales de los límites humanos y brillará por siempre, porque es sagrada.

Esa es la verdad que te hará realmente libre y sacerdotisa de ti misma.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

silkeapel@gmail.com

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