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La sabiduría de no reaccionar.

Lunes, 2 de septiembre de 2019

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Una persona sabia realmente no intenta cambiar nada.
Se vuelve tranquila. Tiene paciencia. Trabaja en sí misma.
Observa sus pensamientos, observa sus acciones
y se observa a sí misma cuando se enoja,
se observa cuando se deprime,

se observa cuando siente celos y envidia, y todo lo demás.

Poco a poco llega a reconocer: “Esto no soy yo. Esto es hipnosis,
esto es una mentira”.
Esta persona no reacciona ante su condición.

En la medida en que no reacciona ante su condición, en esa misma medida se vuelve libre. Ya no le importa lo que los demás hagan. No se compara con nadie. No compite con nadie. Simplemente se observa a sí misma.

Observa la confusión mental. Nunca va por ahí gritando:
“Soy la realidad absoluta. Soy Dios. Soy Consciencia”.
Más bien reconoce de dónde viene y deja a los demás en paz.

Este tipo de ser se desarrolla a un ritmo acelerado.
No importa en qué clase de aprieto se encuentre.

No importa, porque este ser ya está libre
Cuando la mente descansa en el corazón,
cuando la mente no va allá afuera para identificarse con el mundo,
cuando la mente descansa en el corazón,
hay paz, hay armonía, hay puro ser.

Cuando permites que tu mente salga de tu Ser,
ésta empieza a comparar, empieza a juzgar,
empieza a sentirse ofendida
y ahí no hay paz. No hay descanso.

*

Robert Adams

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Boletín Semanal, Enrique Martínez Lozano

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Hay sabiduría en ayunar

Jueves, 4 de abril de 2019

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“No es que el alimento sea un mal, ni que las satisfacciones naturales sean algo que Dios nos concede de mala gana, prefiriendo privarnos de ellas cuando puede. Ayunar es bueno porque el mismo alimento es bueno. Pero las cosas buenas de este mundo tienen eso, que son buenas en su momento y no fuera de él. El alimento es bueno, pero comer constantemente es malo, y en realidad ni siquiera es agradable. El hombre que se atiborra de alimento y de bebida disfruta con su hartura mucho menos que quien ayuna con su frugal colación.

Aun el ayuno mismo, en moderación y conforme a la voluntad de Dios, es cosa agradable. Hay saludables goces naturales en la contención de sí mismo: goces del espíritu, que comparte su ligereza aun con la carne. Feliz el hombre cuya carne no carga a su espíritu sino que sólo se apoya ligeramente en su brazo como graciosa compañera.

Por eso hay sabiduría en ayunar. La cabeza clara y el andar ligero de quien no come en exceso le permiten ver su camino y caminar por la vida con una alegría más sabia. Incluso hay una profunda justicia natural en este ayuno en primavera.

Estas razones son verdaderas en lo que pueden valer, pero no son por sí mismas una explicación suficiente del ayuno cuaresmal. Ayunar no es meramente una disciplina natural y ética para el cristiano. Es cierto que San Pablo evoca la comparación clásica del atleta que se entrena, pero el propósito del ayuno cristiano no es sencillamente tonificar su sistema, quitarse grasas inútiles y poner en forma el cuerpo, igual que el alma, para la Pascua. El significado religioso de la Cuaresma llega más hondo que eso. Nuestro ayuno ha de verse en el contexto de la vida y la muerte, y San Pablo puso en claro que él sometía al cuerpo a sujeción no sólo por el bien del alma, sino para que el hombre entero no fuese arrojado fuera.

Dicho de otro modo, el ayuno cristiano es algo esencialmente diferente de una disciplina filosófica y ética para el bien del ánimo. Tiene parte en la obra de la salvación, y por tanto en el misterio pascual. El cristiano debe negarse a sí mismo, sea con el ayuno o de algún otro modo, para poner en claro su participación en el misterio de nuestra sepultura con Cristo para resucitar con Él a una nueva vida. Eso no puede ser meramente cuestión de actos interiores y buenas intenciones. No se entiende que haya de ser algo puramente mental y subjetivo. Por eso el ayuno le está propuesto al cristiano por una larga tradición y por la Biblia misma, como un modo concreto de expresar la negación de sí mismo imitando a Cristo y participando de sus misterios.

Es cierto que la actual disciplina de la Iglesia, por serias razones, ha aliviado la obligación de ayunar, y en algunos países, la ha suprimido del todo. Pero, ciertamente, el cristianismo debería desear, si es capaz de ello, participar en esa antigua observancia cuaresmal, tan necesaria para una autentica comprensión del significado del Misterio Pascual”.

*

Thomas Merton,
Tiempos de Celebración,
Pág. 127-128

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El viejo sabio

Martes, 24 de julio de 2018

Del blog Pays de Zabulon:

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“El viejo sabio dijo:

el joven camina más rápido que el viejo,

pero el viejo conoce el camino.

*

(Proverbio africano)

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Fuente de la foto: “Memento”, 2016, © Philip Gladstone

Foto y texto: en la página de Facebook de At N’go

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“Sabiduría desde la cocina”

Sábado, 14 de abril de 2018

cuento-3Gabriel Mª Otalora
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 26/02/18.- De la manera menos pensada, encontramos a veces puertas que nos abren a la iluminación. Buscaba yo una información en internet, cuando de pronto aparece una reflexión que conocía, pero a la que no le había hecho caso cuando me la enviaron. Y ahora, sin buscarla, me ha puesto a meditar en el contexto de la Cuaresma. Y como este blog pretende ser un punto de encuentro, la comparto. Si a una sola persona le resulta gratificante, me doy por satisfecho. Es un cuento muy sencillo, que no simple:

Una joven fue a ver a su padre. Le contó sobre los momentos que estaba viviendo y lo difícil que le resultaba salir adelante. No sabía cómo iba a hacer para seguir luchando y que estaba punto de darse por vencida. Ya estaba cansada de luchar desde la impresión de que tan pronto lograba encontrarle la solución a un problema, inmediatamente surgía otro.

Su padre le pidió que la acompañara a la cocina. Llenó tres ollas con agua. En la primera colocó zanahorias, en la segunda huevos y, en la última, colocó granos de café molidos. Sin decir una palabra esperó que el agua de las ollas empezara a hervir. Unos veinte minutos más tarde apagó los fuegos. Retiró las zanahorias, los huevos y café líquido y los colocó en tres recipientes diferentes. Dirigiéndose a su hija, le preguntó: ahora dime lo que ves.

Veo zanahorias, huevos y café, fue la respuesta de la hija, un poco extrañada de la conducta de su padre, que le pidió que se acercara y tocara las zanahorias. Ella comprobó que estaban blandas. Después le invitó a que tomara un huevo y lo pelara. Una vez retirada la cáscara, pudo observar que el huevo se había endurecido. Finalmente, le ofreció un trago del café. La hija sonrió al oler el rico aroma que desprendía la infusión. Entonces la hija le preguntó: ¿A qué viene todo esto?

Su padre le explicó que cada uno de esos productos naturales se había tenido que enfrentar la misma adversidad -el agua hirviendo- pero cada uno había reaccionado de una manera diferente. La zanahoria era dura, resistente en el momento de haber sido colocada en el agua. Sin embargo, al ser sometida al agua hirviendo, quedó blanda y débil. La frágil cáscara exterior había protegido al líquido del interior del huevo. Pero, una vez hervido, el interior se endureció. Sin embargo, los granos de café molidos operaron de forma diferente. Una vez colocados en el agua hirviendo, fue el agua la que cambió.

¿Con cuál de estos elementos te puedes identificar? le preguntó a la hija ¿Cómo le respondes a la adversidad cuando ésta golpea a tu puerta? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café? Piensa en esto: ¿Qué soy, la zanahoria que parece ser fuerte pero, con el dolor y la adversidad me marchito y pierdo mi fuerza? ¿Soy el huevo que al principio tiene un corazón blando, pero cambia con el calor? ¿O la que tengo un espíritu sano pero después de una muerte, una separación, un problema económico o alguna otra situación difícil, me he vuelto duro y rígida? ¿Será que el aspecto de mi cáscara no cambió pero, por dentro, me he convertido en una persona amargada y difícil, con un espíritu rígido y un corazón endurecido?

¿O es que eres como los granos de café? De hecho, el grano hace cambiar al agua caliente, precisamente a la circunstancia que le produce dolor. Cuando el agua se calienta, el grano libera la fragancia y el sabor. Si tú eres como el grano de café entonces, cuando las cosas han llegado a su peor momento, empiezas a mejorar y a cambiar la situación creada alrededor tuyo. Créeme, te puedes elevar a otro nivel en los momentos más sombríos y madurar con fortaleza al enfrentarte a enormes desafíos.

¿Cómo nos enfrentamos a la adversidad cuando llama a la puerta? ¿Como una zanahoria, como un huevo o como unos granos de café?

Pidamos a Dios para que en esta Cuaresma podamos siempre esparcir e irradiar alegría y servicio, el dulce aroma del café.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“Superación del etnocentrismo”, por Enrique Martínez Lozano.

Jueves, 15 de marzo de 2018

etnocentrismoCuando somos capaces de tomar distancia –la observación desapegada es principio de la sabiduría–, no es difícil apreciar la inconsistencia e incluso el infantilismo que se esconde en cualquier actitud etnocéntrica.

Frente a la ignorancia que nos mantiene enjaulados en “lo nuestro” –en la propia tribu–, es urgente reconocer (caer en la cuenta, comprender) que no somos una bandera, no somos una creencia, no somos un país, no somos nuestro pensamiento, no somos nuestro sentimiento, no somos el yo… Somos la misma y única Plenitud que en todo se manifiesta y expresa. Y cada vez que busco afirmarme a través del contraste y de la contraposición con los otros, he caído en las redes del narcisismo y en la ignorancia radical que me desconecta de lo que realmente soy (somos).

Es solo la ignorancia la que nos hace encerrarnos en nuestra “jaula” particular y creernos separados de los demás. Por eso mismo produce aún más tristeza comprobar que grandes corrientes ideológicas que presumen de “progresistas” confundan qué significa exactamente “progreso” y, creyendo avanzar, no hagan sino aferrarse a niveles de consciencia que tendrían que ser superados.

Me parece una verdadera tragedia olvidar que la verdadera revolución es aquella que transforma nuestro “modo de ver”, sacándonos de la estrecha y encapsulada visión egoica y abriéndonos a la comprensión de la unidad que somos.

La sabiduría invita a quitar fronteras, soltar banderas y dejar caer creencias. Al caer las creencias, nos abrimos a la verdad; al abandonar las banderas, es posible reconocer la misma y única realidad compartida; al quitar las fronteras, empezamos a habitar la misma y única “casa” que constituye nuestra identidad.

¿Significa esto una invitación a la resignación, la pasividad o la indolencia? ¿Hay que renunciar a la defensa de lo propio, quizás con frecuencia postergado, ignorado o incluso aplastado? En absoluto. Más allá del “mecanismo acción–reacción”, entre la reactividad egoica que separa y enfrenta y la claudicación que paraliza y aletarga, emerge el camino de la sabiduría que consiste en la defensa irrefrenable de lo propio desde la comprensión de que nuestro horizonte y nuestra meta es la unidad, porque esa es precisamente nuestra identidad.

El camino de la sabiduría no es un camino de autoafirmación narcisista –ese el camino del ego, individual y colectivo–, sino de apertura empática y reconocimiento de aquello que somos y que trasciende las diferencias. Porque, en definitiva, tal como afirmaba recientemente el que fuera vicepresidente del primer gobierno sandinista de Nicaragua Sergio Ramírez, premio Cervantes 2017, “la mayor revolución es ver el mundo como lo ve el otro”.

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal

Vía Fe Adulta

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“Ante 2017. Un año por estrenar”, por Enrique Martínez Lozano

Sábado, 7 de enero de 2017

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En contra de lo que nos dice nuestra mente –y el sentido común-, hoy ya sabemos que el tiempo no es la “línea” estable sobre la que discurre la existencia, sino una dimensión más –junto con el espacio, del que es inseparable- del mundo de lo manifiesto. Este es el nivel aparente, el mundo de las formas y del movimiento.

Por “debajo” de él, o mejor, en su “núcleo”, late lo realmente real, aquello que constituye la identidad última de todo lo que es y somos. Y Eso es quietud.

Pero movimiento y quietud no son realidades opuestas o contrarias, sino las dos caras en que se manifiesta lo Real. Como enseña el Tao te King, “el Ser nace en el No-Ser”; o “el Tao es un vacío insondable y está en movimiento incesante que jamás se agota”. La quietud aparece como movimiento, el vacío como forma, la nada como objetos… Y nosotros mismos podemos experimentar la no-contradicción: al silenciar la mente, experimentamos, a la vez, la quietud que somos y el incesante movimiento que se da en nuestro cuerpo.

A esa unidad en la diferencia la llamamos no-dualidad. Y en eso consiste la sabiduría: en vivir la realidad de las formas (el movimiento) desde lo realmente real (la quietud), vivir “lo que tenemos” desde “lo que somos”, vivir el tiempo (en el tiempo) desde la atemporalidad (presencia).

Lo cual requiere conocer quiénes somos y permanecer en conexión con ello. Somos quietud en medio de las formas. Y cuanto más nos atrevemos a vivirlo, más descubrimos su verdad.

Ánclate en la quietud que eres. Cuando aparezca cualquier tipo de inquietud, reconoce que es solo un movimiento en la superficie que no afecta a tu identidad. Como dice Pema Chödrön, “tú eres el cielo, todo lo demás es el clima”. El cielo no se ve afectado por las nubes que aparecen en él. Si la inquietud nos posee y nos arrastra, se debe solo a la ignorancia acerca de quienes somos.

La comprensión de nuestra identidad conduce a la aceptación, y en la aceptación encontramos la paz. Aceptar significa alinearse con lo real y fluir con la corriente de la vida.

Aceptar, por tanto, es lo opuesto a resistir –la resistencia es el arma que tiene el ego para autoafirmarse, aun a costa de generar sufrimiento inútil-, pero es también lo opuesto a resignarse o claudicar.

Alineados con lo real, de nosotros brotará la acción adecuada en cada caso. Visto desde la mente, podría decirse que nos responsabilizamos del mundo de las formas. En realidad, aceptación y responsabilidad vienen unidas en el mismo movimiento en el que nos introduce la sabiduría de la vida. Porque, tanto al aceptar como al responsabilizarte, lo haces en la consciencia de ser uno con ella.

Y precisamente por eso –por saber que eres uno con la vida-, te acompaña siempre la confianza. Porque tu acción no busca un resultado determinado. Porque, en último término, no eres tú el hacedor, sino solo el cauce por el que la propia vida fluye. Es lo que expresaba admirablemente, en un lenguaje teísta, Ignacio de Loyola, en la conocida “paradoja ignaciana”: “Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios”. Es admirable precisamente porque se asienta, consciente o inconscientemente, en la sabiduría de la no-dualidad.

Sabiduría que podría formularse de este modo: “Vive como si todo dependiera de ti; y confía como si nada dependiera de ti”. Responsabilidad y confianza, compromiso decidido y desapropiación completa: es el camino de la gratuidad, que nace de la comprensión. Tal paradoja, que para la mente suena a contradicción irresoluble, contiene la más exquisita sabiduría vital. Pero solo puede ser vivida plenamente en la medida en que salimos de la ignorancia que nos hacía reducirnos al “yo” y permanecemos en conexión con nuestra verdadera identidad. La misma comprensión-vivencia de que somos Vida hará todo lo demás.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Equilibrio y sabiduría

Lunes, 21 de noviembre de 2016

Del blog Pays de Zabulon:

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El equilibrio es la llave de mi serenidad. Alcanzo el equilibrio escuchando mi sabiduría interior y la sabiduría de los demás. No hay situación en la cual no pueda encontrar un punto de equilibrio. No hay ninguna circunstancia en la cual no pueda encontrar la armonía interior. Así como pido ser conducido al equilibrio y la claridad, voy a encontrar que las respuestas vienen a mí. Soy más sabio de lo que creo, y más capaz de tener buenas acciones y actitudes que aún no pensaba. En cualquier caso, busco el punto de equilibrio de la acción de Dios través de mí.”

*

Julia Cameron,
« Heart Steps: Prayers and Declarations for a Creative Life« , p. 20

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Fuente Texto y foto : thewildreed

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¡Más allá de la belleza, su Autor!

Miércoles, 18 de noviembre de 2015

Del blog Pays de Zabulon:

A Worthy Consideration - Nature Au Natural

A Worthy Consideration – Naturaleza al Natural

¡Más allá de la belleza, su Autor!

Eran naturalmente vanos
todos los hombres que ignoraban a Dios,
y fueron incapaces de conocer al que es
partiendo de las cosas buenas que están a la vista,
y no reconocieron al artífice fijándose en sus obras,
sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire leve,
a las órbitas astrales, al agua impetuosa,
a las lumbreras celestes, regidoras del mundo.
Si, fascinados por su hermosura, los creyeron dioses,
sepan cuánto los aventaja su Señor,
pues los creó el autor de la belleza;
y si los asombró su poder y actividad,
calculen cuánto más poderoso es quien los hizo;
pues, por la magnitud y belleza de las criaturas,
se descubre por analogía al que les dio el ser.
Con todo, a éstos poco se les puede echar en cara,
pues tal vez andan extraviados
buscando a Dios y queriéndolo encontrar;
en efecto, dan vueltas a sus obras, las exploran,
y su apariencia los subyuga, porque es bello lo que ven.
Sin embargo, no tienen excusa,
porque si lograron saber tanto
que fueron capaces de averiguar el principio del cosmos,
¿cómo no encontraron antes a su Señor?

*

Del  Libro de la Sabiduría
(Sab 13, 1-9)

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Fuente foto : www.nude-soul.com
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4.1.15. Et incarnatus est. “Carne” de Dios

Domingo, 4 de enero de 2015

imageswDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 2. Navidad. Ésta es la palabra más significativa de la historia de occidente, y para nosotros, cristianos, la más importante de la humanidad: Dios se ha “encarnado¨, se ha hecho vida en la “carne/historia” de los hombres, y así le acogemos con fe, y celebramos su misterio en Jesús de Nazaret, que estos días de Navidad nace en la Liturgia. Así lo muestran las dos imágenes de esta postal:

— La primera presenta a unos obispos que celebran, arrodillados, ante los fieles alejados, el nacimiento de Dios, representado en la estrella de mármol frío (estrella de David, de los Magos de Oriente) que está en el suelo.

— La segunda presenta una mano con el niño caliente de vida, la mano del partero/a (o del padre), que recibe al niño del vientre de su madre, ya limpio y sonriente, dispuesto a comenzar la gran carrera de la vida, si le acogemos y amamos como carne de Dios.

Una fe “difícil”

— Muchos hombres y mujeres no lo entienden, no pueden aceptar esta palabra, pues no creen que haya un Dios que pueda y quiera encarnarse (hacerse humano); no creen quizá en Dios, ni tampoco en el hombre como “capaz de ser Dios”. Por eso, un genio de la filosofía como el judío L. Wittgenstein (tan amigo de los cristianos, pero no cristiano) decía que lo más grande que existe es un tipo de filosofía como la de Platón, o un tipo de religión como la de Buda o Mahoma, donde Dios está siempre separado, o no existe, o no se encarna.

— Tampoco muchos “creyentes” de la Iglesia entienden ni aceptan de verdad esta palabra de la “encarnación” (pues son en el fondo más platónicos que cristianos). Dicen que Dios se ha encarnado, pero después entienden esa encarnación de una forma “espiritualista” (¡como rayo de luz por un cristal!), sin aceptar de verdad la “carne” de María (la madre de Jesús), ni la carne de Jesús. K. Rahner decía que en el fondo somos “monofisitas” (no creemos en el hombre); yo añadiría que somos “gnósticos” (no creemos en la carne de Dios, ni por consiguiente en la carne humana)

La fe en el niño, carne de Dios, lo más fácil

Pues bien, sin negar los valores de Buda, de Platón o de Mahoma y los de tantos otros pensadores y profetas (incluidos muchos “platónicos eclesiales”), los cristianos confesamos la encarnación de Dios, tal como fue formulada por el evangelio de Juan (Jn 1, 14) y por el Credo (y se encarnó por obra del Espíritu Santo).

Dios sigue siendo Dios (más Dios que nunca, más misterioso y distinto), y el hombre humano (pequeño y grande…). Pero ese mismo Dios ha querido ser Dios en forma humana, compartir con nosotros su vida, para que nosotros vivamos en la suya.

Eso significa que “todo niño” nace de Dios, con Jesús (Jn 1, 14), como Jesús (Jn 1, 12-13), siendo carne y sangre, deseo de vida, pero carne y sangre de Dios, necesitando la ayuda de otros hombres (mujeres y hombres que le acojan).

1225786_640pxÉste es el misterio central de la “tercera misa” de la Navidad, el evangelio de este Segundo Domingo de Navidad (Jn 1, 1-18), un texto que aún no ha entrado de verdad en la conciencia cristiana, pues somos más monofisitas que mesiánicos, más gnósticos que cristianos.

Decimos sin duda esa palabra (e inclinamos la cabeza cuando se canta en la misa solemne ¡Et incarnatus est!). Pero luego no creemos de verdad en ella (aunque el “segundo evangelio” , Jn 1-18m se haya leído en todas las misas hasta el Vaticano II).

No cuesta ver a Dios en la carne/historia de la historia, en los niños que nacen, en los pobres expulsados de la tierra, como “carne” de hambre o de cañón… Por eso es urgente este evangelio de la carne de Dios que nace y espera (germina) en la debilidad fuerte de la vida de los hombres y mujeres de la tierra. Buen comienzo de año, buen domingo II de Navidad.

EL EVANGELIO CRISTIANO

Según ese pasaje (Jn 1, 1-18), que se lee y canta de forma solemne en la misa de este domingo, los cristianos afirmamos que Jesús es la encarnación de Dios, es “todo Dios” siendo “todo hombre”, es decir, carne de la historia. Más que eso no se puede decir, ni menos tampoco si se quiere mantener en su plenitud la herencia del evangelio. En esa línea afirmará el concilio de Nicea que Jesús es Dios (de naturaleza divina) y el de Calcedonia que es perfecto Dios y perfecto hombre (de naturaleza divina y de naturaleza humana)… Esas formulaciones conciliares reflejan un tipo de pensamiento quizá abstracto, que puede y debe re-traducirse. Pero en su base sigue estando este evangelio que nos dice que Jesús es “la carne humana” de Dios.

(a) El mismo Jesús histórico, nacido, muerto y resucitado es la Carne de Dios. Por eso, los cristianos buscamos y vemos a Dios en la “carne”, es decir, en la historia (el mensaje, el amor, el camino) de Jesús, a quien llamamos el Hijo de Dios.

(b) Si Jesús es “carne” de Dios, en él y con él son carne de Dios todos sus “hermanos” y de un modo especial los pobres (como sabe y dice Mr 25, 31-46)… En esa línea, conforme al lenguaje más filosófico de los Concilios (Nicea y Calcedonia) hay que decir que toda la “naturaleza” humana es carne de Dios (revelación de su Ser).

(c) Celebrar la encarnación de Dios en Jesús significa celebrar el valor divino de lo humano y comprometerse al servicio del hombre, de todos los hombres, y en especial de los excluidos de esta sociedad imperial de consumo, que son hermanos de Jesús, carne de su carne, sangre de su sangre, para emplear un lenguaja bíblico y eucarístico.

Texto básico (condensado)

[Dios es Palabra] En el principio era la Palabra y la Palabra era junto a Dios, y la Palabra era Dios. Esta era en principio junto (hacia) Dios.

[Palabra Creadora, luz] Todas las cosas fueron hechas por ella, y sin ella no se ha hecho ninguna. Lo que fue hecho era (tenía) vida en ella y la vida era la luz de los hombres (Jn 1,1-4).

[Todos nacemos de Dios] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

[Encarnación plena] Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria de Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad (1, 14).

[Revelación] A Dios nadie le ha visto jamás, el Dios unigénito, que estaba en el seno del Padre, ese nos lo ha revelado (1, 18)

BREVE COMENTARIO, DESDE EL FINAL

– A Dios nadie la ha visto jamás.

Esta frase puede interpretarse en un sentido israelita; han sido precisamente ellos, los judíos, los que han afirmado que nadie puede ver a Dios sin morir; ellos son los que después han añadido que el nombre de Yahvé es silencio, que no puede ni decirse; ellos son los que, conforme a 2 Cor 3-4, han querido poner un velo sobre los ojos para no profanar el misterio de Dios.

A Dios nadie le ha visto: su misterio sigue siendo inaccesible. Esta es la verdad final del más hondo judaísmo que, sin embargo, de forma admirable, siglo tras siglo, ha sabido sacar fuerzas de esa trascendencia divina, para confesar a Dios, a través de la fidelidad a la Ley y tradiciones. No creen los judíos en el Hijo de Dios que es Jesús, pero la confesión del misterio divino les ha hecho vivir en actitud de confesión intensa.

– El Dios (Hijo) Unigénito que estaba en el seno del Padre…

Algunos manuscritos dicen “el Hijo Unigénito”, pero los más significativos mantienen esta lectura más difícil, llamando a Jesús Dios Unigénito (monogenest theou, que habita en el seno del Padre, como Luz y Palabra. Estrictamente hablando, la palabra que traducimos como seno del Padre (kolpon tou patrou) significa pecho y, en algún sentido, corazón. Es como si el Hijo existiera reclinado en el pecho del Padre, como el Discípulo Amado lo estuvo en el pecho de Jesús (Jn 12, 23). Pero esa imagen puede llevarnos a tomar a Dios como “un seno de madre” donde habita y crece el Hijo/Dios unigénito. Esta afirmación paradójica del Dios materno, del Padre en cuyo seno (materno) ha surgido y se mantiene el Hijo, es el culmen de la confesión cristiana.

– Ése nos lo ha revelado.

Habitando en el Seno del Padre, Jesús vive (ha vivido) al mismo tiempo entre los humanos, en una historia bien concreta de amor y entrega en favor de ellos. Sólo aquel que ha vivido en los pechos de Dios puede revelar su amor de Padre. Este es el secreto, este el misterio radical del evangelio, que todo el resto del libro de Juan ha querido describir. Leer más…

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“La Sabiduría y la Palabra: Dos historias parecidas y distintas.” Domingo 2º de Navidad. Ciclo B

Domingo, 4 de enero de 2015

imagesDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En el 2º domingo de Navidad se vuelve a leer el Prólogo del evangelio de san Juan, que asusta a muchos de los que tienen que explicarlo y corre el peligro de aburrir a quienes lo escuchan. Sin embargo, es un texto más fácil de comprender de lo que parece. Basta tener en cuenta que recoge, modificándolas, una serie de ideas del Antiguo Testamento sobre la Sabiduría de Dios. También conviene suprimir los versículos relativos a Juan Bautista, que rompen el himno primitivo.

Historia de la Sabiduría

Las conquistas de Alejandro Magno, en la segunda mitad del siglo IV a.C., supusieron una gran difusión de la cultura griega. En Judea, como en todas partes, los griegos ejercían un influjo enorme: cada vez se hablaba más su lengua, se imitaban sus costumbres, se construían edificios siguiendo su estilo, se abrían gimnasios, se enseñaba la doctrina de sus filósofos. Los judíos, al menos la clase alta, estaban encandilados con la sabiduría de Grecia. Sin embargo, algunos autores no compartían ese entusiasmo. Para ellos, la sabiduría griega era un producto reciente, obra del ingenio humano, y tenía su templo en un lugar pagano, Atenas. La verdadera sabiduría es eterna, procede de Dios, y reside en Jerusalén. Esto puede decirse con palabras vulgares, o poéticamente, presentando a la sabiduría como una mujer y contando su historia. Basándonos en diversos textos bíblicos podemos reconstruir esa historia de la Sabiduría en tres etapas.

1ª: la Sabiduría está junto a Dios desde el comienzo.

2ª: la Sabiduría acompaña a Dios en el momento de la creación.

3ª: la Sabiduría se instala en Jerusalén.

            La primera lectura de este domingo recoge sólo el último tema, con una visión muy optimista: la Sabiduría se instala en Jerusalén, donde es bien acogida por los israelitas.

La sabiduría se alaba a sí misma, se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de su pueblo será ensalzada, y admirada en la congregación plena de los santos; recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos.

El Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: Habita en Jacob, sea Israel tu heredad. Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia, ofrecí culto y en Sión me establecí; en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder. Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos.

Historia de la Palabra

El autor del Prólogo aplicó las ideas anteriores a Jesús, introduciendo algunos cambios. Ante todo, en vez de llamarlo Sabiduría de Dios, prefirió llamarlo la Palabra.

Primera etapa: la Palabra junto a Dios

Al principio existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios;

ella estaba al principio junto a Dios.

Hay una diferencia notable con la Sabiduría. La Sabiduría es creada por Dios. La Palabra, no; existe con él desde el principio.

Segunda etapa: la Palabra y la creación

Todo fue hecho mediante ella,

y sin ella no se hizo nada de lo hecho.

Lo que surgió en ella fue la vida,

y la vida era la luz de los hombres;

y la luz brilla en la tiniebla,

y la tiniebla no consiguió derrotarla.

Parece un trabalenguas, pero es muy sencillo: todo fue creado por la Palabra de Dios. El sol, la luna, las estrellas, las montañas, el mar…, el mármol, la madera, el cristal… Todo ha sido creado por la Palabra de Dios. Y ella, además de haber creado a los hombres, es también nuestra luz. La única novedad, muy importante, es que desde el principio se entabla una lucha entre la luz y la tiniebla; pero la tiniebla no logra imponerse, no puede derrotarla.

Tercera etapa: el mundo, creado por la Palabra, la ignora.

Hasta ahora todo ha ido bien. Dios y la Palabra pueden estar contentos. De pronto, advierten que la Palabra es ignorada por el mundo.

En el mundo estaba,

y aunque el mundo se hizo mediante ella,

el mundo no la conoció.

            El mundo no se refiere aquí a los seres inanimados sino a las personas que ignoran a Dios, no lo adoran, o prescinden de él. En autor del Prólogo piensa en todos los pueblos paganos, que podrían haber conocido al Dios verdadero, pero que habían caído en diversas formas de idolatría.

            Cuarta etapa: la Palabra decide instalarse en Israel; su pueblo la rechaza

            ¿Qué hará la Palabra cuando se vea ignorada por el mundo? Para un judío, la respuesta es clara: refugiarse en Israel, el pueblo elegido, igual que hacía la sabiduría: “Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad”. Eso mismo hace la Palabra, pero se encuentra con una desagradable sorpresa:

Vino a su casa,

y los suyos no la recibieron.

Quinta etapa: la Palabra decide hacerse carne y habitar entre nosotros. 

La Palabra ha sufrido dos derrotas: el mundo la ignora, su pueblo la rechaza. ¿Qué haría cualquiera de nosotros en su lugar? Quedarse junto a Dios y olvidarse de todos. Afortunadamente, Dios no es así. La Palabra toma la decisión más asombrosa que se puede imaginar.

Y la Palabra se hizo carne

y puso su tienda entre nosotros

y contemplamos su gloria,

gloria de Hijo único del Padre,

pleno de gracia y de lealtad.

Pues de su plenitud todos hemos recibido

gracia tras gracia.

Del optimismo ingenuo al realismo mágico

La historia de la Sabiduría resulta demasiado optimista. El himno puede parecer muy pesimista. Sin embargo, no lo es. Aunque no sea todo el mundo ni todo Israel, hay un grupo, formado por judíos y paganos, dispuestos a acoger a Jesús, a creer en él. Y ésos, todos nosotros, reciben una enorme recompensa.

Pero a los que la recibieron

los hizo capaces de ser hijos de Dios.

            Y este grupo contempla su gloria, y de su plenitud recibe gracia tras gracia.

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“Bienaventurado el que…”, por Gema Juan OCD

Miércoles, 5 de noviembre de 2014

15547308975_fb204e4cdc_mLeído en su blog Juntos Andemos:

A primera vista, a nadie se le antoja que místico sea una persona razonable… o bien que una persona muy razonable, vaya a ser mística. Juan de la Cruz, místico, maestro de espíritu y letras y poeta inmenso, viene a decir que sí, que lo místico y lo razonable están muy unidos. Y que la «sabiduría mística» lleva al amor, al tiempo que libra de ignorancias.

Juan habla de «obras misteriosas», porque misteriosos son los caminos del espíritu y misterio es Dios, término amado del camino. Y se descubre a sí mismo, y a cada ser humano, en Dios. Cada persona –dirá en Cántico– «tiene su vida en Dios» y forma parte de ese misterio insondable de amor que Él es.

Explica, también, que la fe y el amor, cuando son auténticos, abren una fuente de sabiduría que ilumina la vida y por eso dice: «La sabiduría mística (la cual es por amor…) no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma, porque es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios sin entenderle». Pero eso no significa –dice– que se pueda prescindir de la razón para vivir y crecer en el Espíritu, para sumergirse en el misterio.

Va a insistir en lo que importa avanzar, no quedarse atrapado o enredado en nada de lo que se es, se tiene o se encuentra por el camino –«ni eso ni esotro», dirá repetidamente–, sino que hay que andar superando la primera capa de todo, que es «el sentido» y dejarse mover por algo más profundo, «el espíritu».

Pero añade, enseguida, algo capital: el ser humano «ha de ir con todo a Dios». Ese todo incluye el mundo de los afectos y de las inclinaciones personales y, a la vez, toda la racionalidad de la persona. La gran capacidad humana de discernir y aprender, de descubrir y lograr, de pensar. Esa valía que le hace decir que «un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo». Ambas cosas han de ir ordenándose en la persona y ambas son necesarias.

Juan no ata, ni por un lado ni por otro. Entiende que cada quien debe recorrer el camino «según su modo y caudal de espíritu». Sabe que la cosa mística no es un asunto de esquemas y estudios, sino una cuestión de comunicación. Un Dios que «está escondido en lo íntimo del alma», que siempre se comunica y se adelanta en la presencia y en el amor. Y un ser humano que tiene «capacidad infinita» para relacionarse con Él, para adentrarse en el misterio y para realizar la plenitud de vida compartida.

Si la experiencia mística es una experiencia de comunicación y para ello, lo necesario es armonizar y conjugar bien todo y andar con fe, ¿por qué, entonces, reclama Juan con tanta fuerza, atenerse a «la razón y doctrina evangélica»?

Es porque ha visto cuánta confusión hay en gentes buenas y espirituales. Unos porque piensan que «a pura fuerza y operación del sentido, que de suyo es bajo y no más que natural, pueden venir y llegar a las fuerzas y alteza del espíritu sobrenatural» y otros porque «tienen tanta paciencia en esto del querer aprovechar, que no querría Dios ver en ellos tanta».

Si al maestro místico le preocupó la insensibilidad para el misterio, que es –en definitiva– vivir como en letargo, anestesiados para el amor y entumecidos de corazón, todavía le preocupó más que, al despertar, se perdiera la razón, el espíritu de discernimiento y contraste. Porque entonces el ser humano se incapacita a sí mismo para crecer.

Por eso reclama: «Nos habemos de aprovechar de la razón y la doctrina evangélica… y en todo nos habemos de guiar por la ley de Cristo hombre»; y recuerda que «no quiere Dios que ninguno a solas se crea para sí las cosas que tiene por de Dios», debe compartirlas con otro igual para comprender mejor la verdad y no caer en el autoengaño.

Así intenta Juan recuperar al ser humano completo y ayudarle a vivir desde lo mejor y más profundo de sí. Es a esa persona iluminada y restablecida, a la que le puede insinuar la experiencia mística de Jesús y decirle: «¡Bienaventurado el que, dejado aparte su gusto e inclinación, mira las cosas en razón y justicia para hacerlas!».

Para mirar con razón y justicia –dirá el maestro– hay que limpiar los ojos y estos «se limpian e iluminan solo con amor». Por eso añade que, decir «bienaventurados es tanto como decir “enamorados”, pues que la bienaventuranza no se da por menos que amor».

Es una experiencia profunda que echa raíz en el evangelio y sube hasta las cimas humanas. Y será una experiencia mística con mil modos diferentes de realizarse, sublimes y ordinarios, pero Juan la liga, en todo caso, a las bienaventuranzas evangélicas: a tratar a los demás como se quiere ser tratado, para echar raíces, y a llegar a la cima como decía Jesús:

«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. Al que te hiera en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a quien te pida, y a quien te lleva lo tuyo, no se lo reclames».

¿Qué vivencia del misterio puede alumbrar semejante modo de vivir? ¿Qué luz tan clara puede inundar la razón humana para ver así? ¿Qué experiencia mística podría ser más profunda? Eso se preguntaba Juan, y por eso decía, Bienaventurado el que…

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Silencio

Sábado, 23 de agosto de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

silence

 

Si los pensamientos no te aportan las respuestas,

prueba el silencio.

Del silencio surgen todas las respuestas,

en el silencio se resuelven todas las preguntas.

*

Rava Bakou

*

(Nota)

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La sabiduría de la locura.

Jueves, 10 de abril de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

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“… ¿Cómo podemos ver la luz sin la sombra, percibir el silencio sin ruido, alcanzar la sabiduría sin la locura?

Devenir loco no es un arte. Pero extraer la sabiduría de la locura, he aquí sin duda la cumbre del arte. La locura  es la madre de los sabios, jamás la inteligencia. ”

*

C.G. Jung, “El alma y la vida”

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“Sacerdotisa de tí misma”, por Skilpe Apel (Guatemala)

Domingo, 23 de febrero de 2014

Jesus abrazo mujerLeído en Eclesalia

Con Jesús de Nazareth se inaugura una nueva era, un nuevo tiempo, en el cual se manifiesta la absoluta bondad de la divinidad. En él, la Divina Sabiduría adquiere el rostro humano del hermano, de quien acompaña, acoge y libera de cargas impuestas por otros. De ahí que el culto al templo y la mediación de personas especializadas para vincularnos con la divinidad dejan de tener sentido. Los mediadores de lo sagrado quedan sin oficio, porque Jesús recuerda que la sacralidad habita a todo ser humano, indistintamente de su condición social, sexo, raza u opción de vida.

Sin embargo, como dice Antonio Machado: caminante, no hay camino, se hace camino al andar. El camino al misterio, a lo sagrado, nadie te lo puede indicar. Sólo tú tienes la llave del sentido de tu vida. Sólo tú tienes acceso al manantial divino que brota de lo más íntimo de tu ser, en donde habita el silencio, en donde te puedes encontrar contigo misma; donde confluyen tu pasado, tu presente, tu futuro.

Descubrir lo sagrado que habita en ti, te lleva a encontrar la vida plena que ofrece Jesús. Ese es el agua viva del cual puedes beber y puedes ofrecer a quienes te rodean (cf. Jn 4,14). Está en tus manos la luz que ilumina las profundas zonas de tu interior para que puedas descubrir la razón de que se haya visto disminuida tu conciencia de divinidad: la imagen de Dios en ti (cf. Gn 1,27).

Resulta que tu miedo más grande no es por tu limitación o incapacidad, sino que temes brillar con tu propia luz y ser absolutamente poderosa, dueña de tu propia vida. Es tu luz, no tu sombra, lo que te aterra, porque nos han enseñado a ocultarla. Tomar el papel de víctima o pequeña no le sirve al mundo. Callar, no anuncia; el inmovilismo no genera; la esterilidad no da a luz.

Viviendo desde tu manantial puedes llegar a sanar tu propia vida. Las enfermedades y padecimientos están vinculados de una u otra manera con la negación de tu ser, de tu pasado, de tus potencialidades o con las sombras que buscan ser iluminadas por tu conciencia sagrada. La salud solamente puede brotar de ti misma (de donde ha brotado también el padecer), de tu habilitación como santa e inmaculada en el Señor (cf. Ef 1,4), siendo coherente con tu interior.

Sólo hay verdadera conversión cuando descubres el misterio que te habita, cuando asumes tu condición divina. Amando, descubres la Presencia Divina en ti y te vinculas con ella. Cuando dejas de responder a las expectativas de otros, dejas de fingir, dejas de seguir caminos de otros, para encaminarte en la búsqueda del sentido de tu propia existencia; entonces serás capaz de asumir el sacerdocio constituido por Jesucristo y asumirás responsablemente tu condición de hija de Dios y hermana de la creación.

Más allá de transmitirse o infundirse, el sacerdocio nace de lo más profundo de la conciencia humana. Cuando se le deja brotar y se tiene el valor, como Jesús, de hablar con la propia voz desde aquello que nos habita, que ve más allá de lo obvio, escucha lo que otros no escuchan, porque se han abierto los ojos y los oídos de la interioridad. Sólo desde lo más profundo del ser, se puede proclamar la Sabiduría Divina iluminando a quienes nos rodean. El sacerdocio sagrado de la Divinidad busca ser anunciado y compartido con quienes aún no han encontrado el camino.

Este trabajo nadie lo puede hacer por ti. Nadie puede ni debe tomar decisiones por ti porque nadie asume ni vive las consecuencias de ellas. Atrévete a dejarte iluminar por la sabiduría de quienes comparten tu camino: maestras, sanadoras, abuelas, tías, hermanas y encamínate.

Cuando ya no te importen los cánones, cuando por ti misma puedas distinguir la verdad de la mentira; cuando ya no le temas a la opinión de los demás y distingas desde tu interior el bien del mal, entonces habrás entrado en consonancia con tu ser divino. No temas, a Jesús le llamaron loco, hereje y lo crucificaron.

Hoy ya no te clavan en una cruz, pero pueden acabar contigo, callar tu alma, tu conciencia, la verdad que te habita. Sin embargo, la verdad y la autenticidad de lo divino no muere nunca, la luz que brilla trasciende los umbrales de los límites humanos y brillará por siempre, porque es sagrada.

Esa es la verdad que te hará realmente libre y sacerdotisa de ti misma.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

silkeapel@gmail.com

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Mensaje aborígen.

Sábado, 22 de febrero de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

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” Si avanzar en edad no es una ocasión de fiesta, ¿qué celebras, entonces?

El hecho de volverse mejor. Celebramos al que, con relación al año precedente, se volvió mejor y más sabio. Así como que cada uno es el único que puede juzgar su progreso, es él quien dice a los demás que ha llegado  el momento de organizar la fiesta. “

” Pero la gran diferencia entre los humanos de nuestra época y los de los orígenes, es que los Mutantes están habitados por el miedo. El Verdadero Pueblo no conoce el miedo. Los Mutantes amenazan a sus hijos. Necesitan sanciones penales y prisiones. Incluso la seguridad de los gobiernos se basa en la amenaza armada hacia otros países. Para la tribu, el miedo es una emoción del reino animal donde desempeña un papel importante en la supervivencia. Pero si los humanos conociesen la Unidad divina y comprendiesen que el universo no es fruto del azar sino un plan en vía de desarrollo, no podrían tener miedo. O tienes fe, o tienes miedo, pero no puedes tener ambas. Las cosas engendran el miedo y cuanto más cosas poseas, más  miedo tendrás. Y, finalmente,  vivirás tu vida para las cosas. “

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Marlo Morgan, en ” Mensaje de los hombres verdaderos al mundo mutante “, Albin Michel

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Marlo Morgan, americana, fue  elegida por una tribu de aborígenes para atravesar el desierto australiano en la indigencia más completa, salvo posiblemente la desnudez justamente que le ha sido ahorrada (Posiblemente ella misma fue  la que deseó ahorrarlo a un público americano puritano). El fin de este periplo se dibuja despacio como una prueba para la elegida “mutante” de nuestro mundo moderno, escogida para ser despertada a la naturaleza e iniciada en los secretos de la sabiduría aborigen. La tribu le entregará un último mensaje para el mundo mutante.

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(Fuente : Réservoir’Blog)

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