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Agustín Moreno Fernández: Los ejercicios de Ignacio de Loyola.

Miércoles, 29 de septiembre de 2021

F8C69C30-25F8-4C0E-8E4B-0EC2BDA90955Recensión del libro de Juan Antonio Estrada.

Este último libro de Juan Antonio Estrada viene a suponer, una vez más, una referencia ineludible en el panorama de los estudios sobre la religión en general, y entre aquellos que de forma interdisciplinar (concienzuda, fundamentada y sólidamente) entrecruzan la filosofía, la teología y otras disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales, como la historia del cristianismo y la psicología en el volumen que nos ocupa. Muy particularmente, en esta ocasión, esta obra no puede ser obviada por quienes se interesen por la espiritualidad hoy, en concreto la cristiana y, en estas coordenadas, la de Ignacio de Loyola.

Juan Antonio Estrada. Los ejercicios de Ignacio de Loyola. Bilbao, Desclée De Brouwer, 2019

El estudio supone un comentario exhaustivo de sus ejercicios, conjugando la precisión del detalle y la visión panorámica. De la genealogía histórica a los caminos transitados por los ejercicios espirituales de san Ignacio a lo largo de los siglos, hasta llegar a la actualidad. Estos se comprenden en su integridad y en sus diversas versiones; en la plasmación de los debates interpretativos a su respecto; en la concreción de su práctica secular tanto en la Compañía de Jesús como en la Iglesia católica universal; a través de diversas ópticas, propias y ajenas, que el autor hace comunicar entre sí: de su inserción en la biografía de Ignacio y en sus coordenadas socio-históricas, culturales, religiosas, teológicas y espirituales del siglo XVI y sus antecedentes, a las interpretaciones efectuadas por planteamientos como la psicología de Jung, el estructuralismo de Barthes, o la teología de Rahner, en el siglo XX, por nombrar algunos ejemplos. A lo que hay que añadir la propia valoración experta del autor que, sin quedarse en una compilación de puntos de vista, realiza un balance crítico, ponderado, riguroso y ecuánime que posibilita el aggiornamento que él mismo propone para estos ejercicios espirituales como un clásico llamado a pervivir en el futuro más allá del contexto de la espiritualidad cristiana.

El libro Los ejercicios de Ignacio de Loyola es, pues, a un tiempo: un libro de historia, un libro de espiritualidad, un libro de teología, un libro de filosofía, una obra de carácter biográfico, psicológico, literario, amén de actual. Un estudio interdisciplinar que aborda, abarcando con una visión de 360º y de profundidad radiográfica, un texto del siglo XVI, a través de una profusa bibliografía especializada en las principales lenguas modernas, y en el que se ofrece una hermenéutica que poquísimas personas pueden forjar y aplicar, dadas las especialísimas virtudes y condiciones formativas, intelectuales y personales de su autor, como refleja su biografía pública, su trayectoria de indiscutible rigor y repercusión internacional, tanto en docencia como en investigación en filosofía y teología, y que no excluye el ámbito de los ejercicios espirituales. Entre otras virtudes, la honestidad con la verdad, la erudición al servicio de la propia creatividad y la autoexigencia, que aquí se hacen patentes, son dignas de destacar, como el hecho de que no se elude ninguna cuestión, por espinosa o prolija que pueda resultar.

El volumen se compone de siete capítulos: 1. Liberarse para encontrar a Dios. 2. Conciencia de pecado y división interna. 3. La cristología, un proyecto de sentido. 4. Discernir, buscar a Dios y elegir. 5. La crisis final del seguimiento. 6. Otra forma de ver la vida y 7. Las reglas para sentir en la Iglesia. Se va haciendo un recorrido por cada una de las cuatro semanas de las que se componen los ejercicios espirituales, considerando los diversos ejercicios, meditaciones y contemplaciones, estudiando también las reglas para el discernimiento de espíritus más propias para las dos primeras semanas. Se conjugan la exposición, el análisis y la síntesis; las referencias históricas, eruditas y multidisciplinares, que alumbran las consideraciones propias de Estrada al respecto de cada cuestión. El autor recalca que estamos ante un texto muy peculiar, el de Ignacio, que es un método más que una doctrina (aunque no esté exento de presuposiciones doctrinales de todo tipo que se elucidan sin falta); el testimonio de una experiencia espiritual, hecha instrucción y reglas para aquellos que han de dar los ejercicios, que además es sometida al escrutinio de la psicología profunda, a la interpelación de la pregunta filosófica, al cuestionamiento histórico, crítico, teológico, hermenéutico, filológico, en un rico y continuo balance de perspectivas.

Entre las tensiones y dialécticas propias de Ignacio y sus ejercicios, así como en torno a su recepción y críticas (que en ocasiones tornan lo dialéctico en dilemático), podemos subrayar las siguientes entre: antropología y teología, libertad y gracia, orden natural y gracia sobrenatural, praxis y misticismo, teocentrismo y humanismo naturalista… No resultando extrañas consecuentemente, y como se dice reiteradamente en el libro, las acusaciones a Ignacio, ora sospechoso de pelagianismo, ora de iluminismo, o a la vez de ambas cosas. Entre las amplias y diversas evaluaciones de Estrada al respecto del santo de Loyola y el mundo de referencias de su método de ejercitación espiritual, citamos algunas a modo de ejemplo. El cuestionamiento de la teología sacrificial anselmiana de la que es deudor, más paulina que jesuana, y patente tanto en lo referido a la eucaristía como a la Pasión. O los déficits en la consideración ignaciana de la naturaleza intersubjetiva y social de la persona, que no se subraya, y su paradójico prácticamente olvido del Espíritu Santo, salvo alguna excepción, incluso en el discernimiento de espíritus, interpretado por Estrada como posible cautela ante las acusaciones de hereje iluminado en su época. Otro aspecto que se cuestiona, de nuevo no ajeno al tiempo en que vive el personaje, es el de una concepción periclitada de una eclesiología en tanto que jerarcología con “tendencia papalizante”, superada al menos documentalmente por el Concilio Vaticano II. Y, junto con ella, se revisa una concepción de la obediencia en nombre de Dios que va aparejada, y a través de la que se ha ejercido la manipulación legitimando arbitrariedades de la superioridad jerárquica en la orden jesuita y en la Iglesia. Una obediencia revestida de un carácter sacrificial, dolorista y hasta sadomasoquista incluyendo un instrumentalizado sacrificio del intelecto, que confunde la fe con el mantenimiento decisionista de un subproducto ideológico; apuesta ciega, sentimiento irracional y opción irresponsable, opuesta a su carácter personal y dialogal (en términos de W. Kasper, citado en la obra). Como advierte Estrada: “¡Y qué mayor presión que hacer, querer y pensar algo, en contra de las propias evidencias, en nombre de Dios!” (p. 396). Algo de lo que se han servido no pocos corruptores eclesiales hasta en los últimos tiempos protagonizando escándalos con no pocas víctimas. El autor del libro aboga explícitamente por “corregir la regla trece desde un “disentimiento” fiel a la Iglesia, que es lo que practicó Ignacio cuando se sintió movido a dificultar las decisiones del Papa”, en un ejercicio de la libertad (ejemplificado también a continuación con una referencia a la Congregación General 32 y el desacuerdo con Pablo VI al respecto de la discusión del cuarto voto en la orden).

Entre los aspectos que hacen que la espiritualidad ignaciana cobre especial resonancia en la actualidad se encuentran su sintonía con los vigentes planteamientos que enfatizan las inteligencias emocional y espiritual. La particular atención de Ignacio al cuerpo en la dinámica de la oración, con coincidencias con modos y prácticas orientales. El carácter práctico y aplicable a la toma de decisiones de su método de discernimiento espiritual, de nuevo atento a las (e)mociones y a la propia psicología, a la búsqueda y contemplación de Dios a través de todas las cosas. La consideración como “maestro de la sospecha” cristiano, consciente de las trampas y engaños de la subjetividad. La relevancia de la distinción entre medios y fines y su jerarquización para poner los primeros al servicio de los segundos en aras de un proyecto de vida y la clarificación de la propia identidad y el camino personal, donde es clave la noción de “indiferencia”, analizada excepcionalmente por Juan Antonio Estrada.

Quien tenga curiosidad por los debates intelectuales hallará relevantes disputas de contenido ignaciano como las encarnadas por Rahner y Kolvenbach (lectura renovada de acuerdo con coordenadas teológicas actualizadas vs. lectura tradicional), o entre Cusson y Fessard (acento del papel activo de la persona como agente de la historia junto con la gracia vs. relativización de ese papel y desconsideración del valor de las criaturas por sí mismas, solo supeditadas al fin supremo divino (incluso a pesar de ser valiosas para Dios mismo). Quien tenga interés por la filosofía y la teología hallará un variadísimo y enorme plantel de autores de toda la historia del pensamiento que sobrepasa las lindes del pensar filosófico y teológico y que se patentiza de forma dinámica y en diálogo múltiple entre ellos, seña característica del profesor Estrada, tanto en sus publicaciones como en su desempeño docente. Bien hubiera merecido la pena por parte de la editorial la confección de un índice onomástico al respecto al final del volumen.

La mera introducción al libro de Estrada es ya encomiable, como precisa justificación de cómo hemos de situarnos hermenéuticamente ante los clásicos, cual lo es san Ignacio con sus ejercicios, así como muestra de los propósitos y planteamientos que aborda el autor. Pueden resultar especialmente atrayentes los capítulos primero, tercero y cuarto, en tanto que son muy destacables cuestiones fundamentales de los ejercicios y que los trascienden, como la búsqueda de Dios y el discernimiento o la libertad, que se resalta en el insoslayable comentario en torno al texto del Principio y Fundamento (capítulo primero).

Podemos afirmar que estamos ante una nueva, ambiciosa y bien lograda empresa intelectual del catedrático de la Universidad de Granada Juan Antonio Estrada. Y que es ilustrativa de una distinción de Ignacio Ellacuría, citada en el libro, según la cual algo no se conoce si no se integran las tres dimensiones que distingue entre la noética de hacerse cargo de la realidad, la ética de cargar con ella y la praxis de transformarla. En este sentido cabe aseverar que el autor se hace cargo, carga y ayuda a actualizar la realidad práctica de los ejercicios ignacianos, asumiendo toda su complejidad y ambigüedades, que conoce fehacientemente, y que comenta  situando a los lectores ante la perspectiva por él ya ganada al respecto de ellos, haciendo gala de un conocimiento no meramente teórico pero que jamás elude el componente teórico, que otros pretenderían esconder so pretexto de supuestas experiencias o revelaciones espirituales más o menos “puras”. Estrada no nos priva de nada en la exposición de todos los principios, en la letra y en el espíritu. Tanto los fundamentos y pilares de los ejercicios mismos de Ignacio, como los principios hermenéuticos. Tanto los presupuestos explícita e implícitamente asumidos por Ignacio, como los aplicados por él al analizarlos (sin eludir el principio de reflexividad), posibilitando la renovación en su aplicación práctica. Pues el estudio también se nutre –muestra de ello es además la bibliografía– de los ejercicios espirituales en sus desarrollos e interpretaciones a través de sus aplicaciones y ejercitaciones durante cinco siglos hasta llegar a nuestro hoy, en coherencia con la propuesta de la superación de límites y de reafirmación actualizada de su vigencia. Esta sería una de las mayores aportaciones del filósofo y teólogo Juan Antonio Estrada para todas aquellas personas cuya búsqueda espiritual es honesta y no están presas de la idiocia o el sectarismo teológico, espiritual, confesional, o filosófico de dogmas o escuela, incluido el dogmatismo escéptico. En particular, dado que el libro comenta el legado principal del fundador de una de las órdenes más señeras del catolicismo, la Compañía de Jesús, también será de utilidad para esta congregación. Eso sí, para quienes no entiendan que su pertenencia a ella  o a sus instituciones debe ser sinónimo de sacralización y momificación, o acrítica beatería ingenua (o cínica) del legado de los ejercicios espirituales. Su dinamismo interno experiencial, el crítico ejercicio del discernimiento y la apertura mística que no es fuga mundi (sin exención a la tentación de caer en ella), indefectiblemente ligados a la biografía y al método del fundador de los jesuitas, trascienden las coordenadas concretas de su despertar espiritual y de su elaboración creativa e innovadora plasmada en los ejercicios. Si estos superan la tentación de su fetichización o esclerotización por dogmatismos píos o escépticos, ambos en la antítesis de una genuina búsqueda espiritual, pueden seguir siendo un aldabonazo en el primer cuarto del siglo XXI del segundo milenio del cristianismo, para seguir atendiendo a los signos de los tiempos en tantos ámbitos y fronteras y ante tantas cuestiones y retos del mundo actual, dentro y fuera de la órbita ignaciana y cristiana, objeto de estudio y de interés para las humanidades, la filosofía y las ciencias sociales. La contribución de Estrada resulta en este sentido una aportación de primer orden, llamada a ser un clásico en la literatura acerca de los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola.

Agustín Moreno Fernández

Profesor Ayudante Doctor, Universidad de Granada

Gazeta de Antropología, septiembre 2021

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Ignacio de Loyola: volver a Jesús, 500 años después, con Juan de la Cruz

Jueves, 26 de agosto de 2021

CCA77143-ED53-4519-86AA-167A2C16A04DDel blog de Xabier Pikaza:

Ignacio pensó que la Iglesia en conjunto había perdido la humanidad de Jesús… y quiso volver a ella , sabiendo que todo el resto de temas resultan accesorios para el cristianismo. Sólo Jesús, su historia pobre, su llamada al seguimiento, su persona.

El papa Francisco está siguiendo a Francisco de Asís (también centrado en la humanidad de Jesús), pero, al mismo tiempo, quiere volver a Ignacio, a su “ejercicio”  personal de encuentro con Jesús. Así lo indican estas reflexiones, dentro del “año de Ignacio” (medio milenio después de su encuentro con Jesús, entre Pamplona y Loyola: 1521). Como segunda parte presentaré una comparación entre Ignacio y Juan de la Cruz, en su forma de entender y aplicar el Amor de Jesús.

1. IGNACIO, VOLVER A LA HISTORIA DE JESÚS

 Ignacio fue un hombre de mundo: un señor de tierra vasca, guerrero, caballero, convertido, fundador universal, uno de los creadores de la Edad Moderna. Se dejó encontrar por Jesús y quiso caminar a su lado, en libertad. Por eso, sus “Ejercicios espirituales” (tras la primera semana de ajustes) son un ejercicio de encuentro radical con Jesús, a solas con el Evangelio.

4F111976-CBCF-4A10-BCC2-D4705321E955Ignacio de Loyola ha ofrecido (en su libro de los Ejercicios Espirituales, en torno al 1530. el más poderoso e influyente de todos los retablos espirituales (literarios, meditativos) de la vida de Jesús para los tiempos modernos. Su tratamiento de la vida de Jesús es radicalmente bíblico y moderno…  La iglesia actual, con Francisco papa jesuita, experto en Ignacio, Papa necesita volver a la historia de Jesús, con urgencia, con radicalidad… Todo lo demás son añadiduras.

           Estos son los 51 momentos de su “historia de Jesús” a la que tenemos que volver… Es evidente que algunos de los temas de sus meditaciones se pueden y deben actualizar, ajustándolos mejor a la crítica histórica de la Biblia: Pero sería difícil hacer un esquema mejor de las tres semanas de Jesús…, es decir, de los momentos de su historia, con nacimiento, vida pública, pasión y pascua…

Nacimiento (Ejercicios 262-274): 1. Anunciación. 2. Visitación. 3. Nacimiento. 4. Pastores 5. Circuncisión  6. Magos  7. Purificación  8. Huida Egipto  9. Vuelta de Egipto 10. Vida oculta  11. Niño en templo  12. Bautismo 13. Tentación

Vida Pública (Ejercicios 275-287). 14. Llamada apóstoles 15. Caná de Galilea 16. Expulsión  Templo: Jn 2 17. Sermón Monte18. Tempestad calmada19. Andar sobre mar20. Envío apóstoles 21. Conversión Magdalena l:Lc 7 22. Multiplic. Panes 23. Transfiguración 24. Resurrección Lázaro 25. Cena Betania: (Mt 26).  26. Ramos

Pasión (Ejercicios 288-298)   27. Predica. Templo  28. Última Cena  29. Cena-Huerto 30. De Huerto a Anás  31. De Anás a Caifás 32. De Caifás a Pilato  33. Juicio Herodes 34. Vuelta a Pilato 35. De Pilato a Cruz  36. Cruz 37. De Cruz a Sepulcro

Pascua (299-312)  1. Apar. Madre (apócrifa)  2. Ángel pascua (Mc 16)  3. Apar. mujeres (Mt 28) 4. Apar. Pedro (Lc 24, 33) 5. Emaús (Lc 24) 6. Jn 20: Disc. sin Tomás  7. Jn 20: Tomás  8. Jn 21: pesca final  9. Mt 28, 16-20 Misión  10. 1Cor 15, 7: 500 hermanos 11. 1Cor 15: Santiago 12. José de Arimatea (apócrifa)  13. San Pablo  14. Ascensión (Hech 1)

He querido recordar los temas de oración y encuentro con Jesús de Ignacio de Loyola, un hombre de Dios, de uno de los creadores no sólo de la nueva iglesia católica, sino del cristianismo y del pensamiento occidental moderno. Fue un precursor del racionalismo, de la organización eficaz, de la unidad de la empresa misionera de la Iglesia.

Pero fue, al mismo tiempo, un hombre de visiones y experiencias interiores, en contacto personal con el Dios que le hablaba por dentro, sin necesidad de visiones exteriores. Este Ignacio de la experiencia sigue siendo para nosotros un guía y maestro, no para hacer sin más lo que él hizo, sino para buscar al Dios de Jesús como él le buscó. Peregrino fue ignacio, peregrinos seguimos siendo nosotros

(Los textos que cito están tomados San Ignacio de Loyola, Obras completas, BAC, Madrid 1992; hay un desarrollo más extenso de esta vertiente espiritual de Ignacio en mi libro Enquiridion Trinitatis, Sec. Trinitario, Salamanca 2005, y, sobre todo, en Diccionario de Pensadores Cristianos, Verbo Divino, Estella 2011. Imagen 1: Herido en Pamplona. 2: Llega a Loyola. Libro sobre Juan de la Cruz).

 IGNACIO Y JUAN DE LA CRUZ, TESTIGOS FUNDAMENTALES DEL DIOS DE JESÚS

             Era tiempo de recrear el cristianismo, y lo hicieron, de formas distintas y complementarias, dos hombres que habían surgido del dolor y de un impulso superior de gracia, Ignacio de Loyola y Juan de la Cruz. Ambos realizaron su misión a partir de una experiencia personal, y a partir de ella abrieron caminos que aún seguimos recorriendo muchos.

Ignacio, militar de media nobleza, herido en el sitio Pamplona (1521), quiso hacerse soldado de Jesús, aplicando con sus compañeros un proceso de iniciación apostólica llamado Ejercicios Espirituales, con el que acabó asentándose en Roma, para crear, en el centro de la iglesia (1540), una sociedad llamada Compañía de Jesús, para reforma y revitalización católica. Su impulso y estilo misionero han marcado desde entonces la vida del catolicismo.

Caminos XL_ejercicio de amor_PORTADA_5239-4.inddJuan de Yepes, llamado también de la Cruz (= SJC), pobre de solemnidad, apresado en un convento de Toledo (1577/78), descubrió al Jesús amado y salió a buscarle, formulando  su experiencia en treinta canciones, que él mismo explicó y comentó, tras fugarse de la cárcel, a discípulos y amigos, especialmente mujeres, trazando así un tipo de guía (Declaración) que tituló Ejercicio de Amor. No quiso reformar la Iglesia, sino iniciar en ella un proyecto de amor, desde una zona, en apariencia marginal, de Andalucía.

            Los Ejercicios de Ignacio, con su estrategia de seguimiento de Jesús y su organización casi militar, tuvieron un éxito fulgurante y fueron llevados desde Roma a todo el mundo, de la mano de los enviados de su Compañía (SJ), marcando hasta hoy la Contra-Reforma católica. Por el contrario, el Ejercicio de amor de Juan de Yepes, centrado en la experiencia de unión con el Amado, quedó casi oculto en comunidades de monjas, que lo copiaron y extendieron de forma generosa, aunque en privado, por miedo a inquisidores, hasta París y Flandes, donde se publicó primero  (en francés: París 1622; en castellano: Bruselas 1627).

Los Ejercicios de Ignacio se extendieron de un modo abierto, promoviendo una visión universal de Jesús Capitán, en línea de meditación de sus misterios y compromiso apostólico. Por el contrario, el Ejercicio de Juan de Yepes se centró en el misterio único de Jesús Amado, y fue comunicando de un modo silencioso, entre grupos de iniciados (sobre todo religiosas), bajo un aire de sospecha, con riesgo de ser condenado, de manera que sólo apareció como plenamente ortodoxo, en unión con otros libros, en apariencia más ascéticos (Subida, Noche, Llama), cuando SJC, fue beatificado como penitente extremo el mismo año en que M. de Molinos publicó, también en  Roma, su Guía Espiritual (1675), un libro que sería pronto condenada (y su autor encarcelado hasta su muerte, el año 1696, sin poder escaparse como hizo SJC).

A pesar de todo, el Ejercicio de Amor, que recibiría el nombre de Cántico Espiritual(edición de Madrid, 1630) se fue extendiendo a modo de guía espiritual de minorías, como obra de menor calado,  hasta que la misma hondura de su experiencia y mensaje hizo que  se entendiera y expandiera  más tarde, ya en el siglo XX, como itinerario supremo de vida, en la Iglesia y fuera de ella, situándose en el centro de la conciencia y misión cristiana, con los Ejercicios espirituales de Ignacio, los dos testimonios y métodos de vida cristiana más significativos del catolicismo. Por eso he querido volver a comentarlo, en un momento en que el ciclo jesuítico de los Ejerciciosempieza a matizarse.

Es importante unir ambos testimonios, el camino de los Ejercicios espirituales Ignacio (centrado en la vida de Jesús herido y humillado, a pesar de sus ecos marciales) y el Ejercicio de Amor del Cántico Espiritual de SJC, como experiencia y palabra base del evangelio, en este tiempo de crisis, a los quinientos años de la “conversión” de Ignacio (2021).

Ignacio había presentado a Jesús más bien como “sumo y verdadero Capitán”(Ejercicios espirituales, 139).  SJC le llama siempre Amado. Ambos títulos (Capitán y Amado) marcan la experiencia cristiana de la modernidad. Sin duda, el Amado del Ejercicio de Juan es el mismo Capitán de los Ejercicios Ignacio, pero ofrece una experiencia distinta de amor universal (¡mi Amado, las montañas…!), y puede ofrecerse hoy como ejemplo y texto  base de la reforma y recreación universal del cristianismo (año 2021), en línea de evangelio.

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Yo, Ignacio de Loyola…

Sábado, 31 de julio de 2021

Ignacio-Loyola-61“Yo, Ignacio de Loyola, pretendo en estas líneas decir algo acerca de mí y de la tarea de los jesuitas de hoy, supuesto que aún hoy sigan sintiéndose comprometidos con aquel espíritu que en otro tiempo determinó, en mí y en mis primeros compañeros, los comienzos de esta orden.

Ya sabes que, tal como entonces lo expresaba, mi deseo era «ayudar a las almas», es decir, comunicar a los hombres algo acerca de Dios y de su gracia, de Jesucristo crucificado y resucitado, que les hiciera recuperar su libertad integrándola dentro de la libertad de Dios. Yo deseaba expresarlo tal como siempre se había expresado en la Iglesia, y realmente creía (y era una creencia cierta) que eso tan antiguo podía yo decirlo de una manera nueva. ¿Por qué? Porque estaba convencido de que, primero de un modo incipiente durante mi enfermedad de Loyola y luego de manera decisiva durante mis días de soledad en Manresa, me había encontrado directamente con Dios. Y debía participara los demás, en la medida de lo posible, dicha experiencia.

Cuando afirmo haber tenido una experiencia inmediata de Dios, lo único que digo es que experimenté a Dios, al innombrable e insondable, al silencioso y, sin embargo, cercano. Experimenté a Dios, también y sobre todo, más allá de toda imaginación plástica. A El que, cuando por su propia iniciativa se aproxima por la gracia, no puede ser confundido con ninguna otra cosa.

Semejante convicción puede sonar como algo muy ingenuo, pero en el fondo se trato de algo tremendo. Yo había encontrado realmente a Dios, al Dios vivo y verdadero, al Dios que merece ese nombre superior a cualquier otro nombre.

Pero, por de pronto, repito que me he encontrado con Dios, que he experimentado al mismo Dios. Dios mismo. Era Dios mismo a quien yo experimenté; no palabras humanas sobre El. Dios y la sorprendente libertad que le caracteriza. Lo que digo es que sucedió así.

Una cosa sigue en pie: que Dios puede y quiere tratar de modo directo con su criatura; que el ser humano puede realmente experimentar cómo tal cosa sucede; que puede captar el soberano designio de la libertad de Dios sobre su vida.

¿Se trata de algo nuevo o de algo viejo? ¿Es algo obvio o resulta sorprendente? ¿Se trata de algo que haya que relegar a un segundo plano en la Iglesia de hoy y de mañana, debido a que el hombre ya casi no soporta la callada soledad ante Dios y trata de refugiarse en una especie de colectividad eclesial, cuando en realidad dicha colectividad ha de edificarse sobre la base de hombres y mujeres espirituales que hayan tenido un encuentro directo con Dios, y no sobre la base de quienes, a fin de cuentas, utilizan a la Iglesia para evitar tener que vérselas con Dios y su libre incomprensibilidad?

Una cosa, sin embargo, sigue siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios.

El verdadero precio que hay que pagar por la experiencia a la que me refiero es el precio del corazón que se entrega con creyente esperanza al amor del prójimo

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Karl. Rahner,
Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuíta de hoy,
Sal Terrae, Santander 1978; pp. 4-8.

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Hoy hace falta una reforma en la iglesia del mismo talante que la del tiempo de San Ignacio

Sábado, 31 de julio de 2021

ignacioDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. San Ignacio (Azpeitia, 1491- Roma, 1556) y el Padre arrupe (Bilbao, 1907 – Roma, 1991).

Allá en Roma, en la iglesia del Gesù (Jesús), están enterrados san Ignacio de Loiola y el Padre Arrupe.

         Jesuitas, y no jesuitas bien-pensantes consideran a ambos como los dos fundadores de la Compañía de Jesús: Ignacio la crea en el siglo XVI y el Padre Arrupe la reconduce en pleno siglo XX.

         Los dos partieron o volvieron al principio y fundamento de la vida a Dios.

         San Ignacio tras una primera parte más que turbulenta de su vida, vuelve a la piedra angular: al Señor. Ignacio de Loyola con su meditación fundamental que son los Ejercicios.

         El P Arrupe, (Bilbao, 1907-Roma, 1991) hombre creyente y místico a fondo perdido, encauza la Compañía de Jesús hacia los pobres, marginados, (Teología de la Liberación).

         En la ya histórica Congregación General (n 32) de la Compañía de Jesús, celebrada el 2 de diciembre de 1974, entre otras cosas los jesuitas dijeron y aprobaron:

  • o Nuestra Compañía no puede responder a las graves urgencias del apostolado de nuestro tiempo si no modifica su práctica de la pobreza. Los compañeros de Jesús no podrán oír “el clamor de los pobres”, si no adquieren una experiencia personal más directa de las miserias y estrecheces de los pobres» (n. 5)
  • o «Es absolutamente impensable que la Compañía pueda promover eficazmente en todas partes la justicia y la dignidad humana, si la mejor parte de su apostolado se identifica con los ricos y poderosos o se funda en la seguridad de la propiedad, de la ciencia o del poder» (n. 5).
  1. Ser conscientes del momento viviendo desde el principio y fundamento tanto personal como eclesialmente. Reformas y contra-reformas.

      arrupe-thu   No es fácil ser lúcido en el momento histórico -personal y comunitario- en el que nos toca vivir a cada cual, a la sociedad y a la iglesia. Las turbulencias suelen ser grandes, uno no ve por dónde tirar en las variables históricas que requieren discernimiento personal, eclesial, social, político, etc. Pero es bueno ser lúcido, humildemente lúcidos: El Señor es mi luz y mi salvación (salmo 26). Ser consciente, vivir despiertos y con las lámparas encendidas es una actitud muy humana y cristiana.

         Allá por el siglo XVI, tiempos de Lutero, del Concilio de Trento y de San Ignacio, era necesaria una Reforma en la Iglesia que no terminaba de llegar. Finalmente vino del norte de Europa, de Alemania, promovida por Lutero, “padre” del protestantismo naciente, contra el que reaccionará Roma con su Contrarreforma tridentina.

         Como fruto de la Contrarreforma fueron surgiendo diversos movimientos e instituciones católicas con la buena finalidad de elevar un poco el nivel de una iglesia que se encontraba en una situación peor que decadente. Surgen varios movimientos sacerdotales: los jesuitas con S Ignacio, el oratorio de sacerdotes de San Felipe de Neri (1515-1595), un poco más tarde los sacerdotes vicencianos (San Vicente de Paúl, 1576-1660), la Escuela sacerdotal francesa de San Sulpice del padre Olier ya en el siglo XVII, el movimiento sacerdotal promovido por el cardenal Bérulle (1575-1629), a su vez impulsado por San Francisco de Sales.

         Fruto de esta Contrarreforma será una mejoría notable en la vida eclesial, que durará hasta mediados del siglo XIX, más o menos. A partir del s XIX surgirá un movimiento eclesiástico decadente en su teología, antimodernista a carta cabal. Esto llegará hasta nuestros tiempos con el paréntesis del Vaticano II, que supuso un paréntesis de libertad, de creatividad, modernidad.

  1. También hoy la Iglesia necesita una gran reforma.

 El obispo de Roma: Francisco.

         Es evidente que la iglesia actual necesita una Reforma del peso y talante de la del siglo XVI. Buena prueba de ello es la renuncia  de Benedicto XVI. ¿A qué se debe, si no, que Benedicto XVI se retirara? Benedicto fue muy consciente de que la Iglesia necesita una Reforma a fondo para la que ya se sentía sin fuerzas. Y dejó la puerta abierta…

Probablemente la Iglesia se enquistó en el siglo XVIII, se le atragantaron la Ilustración y la modernidad y todavía estamos pagando las consecuencias.

         Dice Joao Libanio (teólogo jesuita brasileño) que durante treinta años, desde 1978 hasta la elección del papa Francisco hemos tenido dos pontificados en los que se paralizó cualquier avance.

Ahora, el papa Francisco tiene otro modo de entender las cosas, el cristianismo y la Iglesia. Es evidente que Francisco no es Benedicto, mucho menos todavía Juan Pablo II. Podrá hacer mucho o poco, el tiempo, la historia y los contrarios a Francisco dirán. Pero el Magisterio de  y sus gestos, sus símbolos son más evangélicos: los pobres, vivir en Santa Marta y no en las estancias pontificias, reducción de protocolos litúrgicos y políticos, “menos doctrinarismo” y mayor acercamiento a los pobres, viaje a Lampedusa: puerto de las pateras, la empatía con la laicidad del Estado, una firme voluntad de cambio, de renovación y saneamiento de la Curia, de la Iglesia. No hay homilía o discurso en el que no haya una palabra del Dios de misericordia. Un hombre que no ha sacado a relucir los graves pero cansinos temas de los últimos tiempos eclesiásticos: la condena de teólogos, la homosexualidad, divorcios, bioética, etc.

         A esta voluntad de reforma de Francisco se debe el frontal enfrentamiento de un buen puñado de cardenales, obispos y curas, además de laicos.

         Hoy en día, como en tiempos de San Ignacio es necesaria una Reforma en la contrarreforma que surgió después del Concilio Vaticano II, un saneamiento a fondo de tantas cuestiones eclesiásticas que no tiene nada que ver con el Evangelio de Jesús.

  1. Motivos para la esperanza.

         El centro de la Iglesia no es el papa, ni el obispo, sino Cristo y el pueblo de Dios. No perdamos nunca de vista estas referencias. Pero es bueno que el Obispo de Roma sea un hombre que inspire esperanza y ánimo. Un hombre cercano al Evangelio y, por tanto, a los pobres, a los que sufren, etc.

Una Iglesia así es más creíble a la que hemos vivido estos últimos treinta años, más o menos.

         Con Francisco, tal vez comenzamos a asistir a una recuperación de una Iglesia más limpia, más libre y más evangélica. Como diría san Ignacio: para mayor gloria de Dios y bien de la humanidad.

En muchos momentos de la vida nos puede embargar la tristeza, la decepción, él “no saber por dónde tirar”, podemos vivir desarbolados, en un desconcierto. Calma: en tiempos de desolación no hacer mudanza, decía san Ignacio. Es bueno, hace bien volver al principio y fundamento de la vida, que no coincide siempre con las posiciones históricas que se han dado, que nos han llevado  a fundamentalismos fanáticos como los que hemos vivido y todavía conocemos y padecemos. Tanto personal como eclesialmente (incluso social y éticamente) hay que ir a los fundamentos. Ni el Derecho canónico coincide con el Evangelio ni lo eclesiástico con el Reino de Dios.

¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios? (Romanos 8)

         Cuando los vientos arrecian en el orden personal e institucional: crisis, problemas, situaciones, etc., es saludable (salud) permanecer en la roca que nos salva, tomar la mano que nos sostiene (salmo 94), cimentarnos en la piedra angular, en el principio y fundamento que decía San Ignacio.

Vivir superficialmente y huyendo hacia adelante con el peso de un supuesto pasado, no conduce a nada, los problemas siguen y nos persiguen.

         Volvamos al principio y fundamento que es Cristo.

 

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‘Ignatius 500’: la Compañía de Jesús reivindica a Ignacio de Loyola, “el hombre que, aun herido, sintió que no estaba abandonado”

Jueves, 20 de mayo de 2021

59B8D489-FA99-46C7-94EB-A2E2B30606B7«Ver nuevas todas las cosas en Cristo» es salir al camino, para ir descubriendo a ese Dios que habita y trabaja en todas las criaturas, y contemplarlo en todo lo que nos acontece.

“La conversión es un proceso constante. Estamos invitados a afrontar heridas para curarlas; a hacer un camino espiritual profundo; a una aceptación de la diversidad de la propia vida, y de la de otros; y abrirnos a un mundo que sigue sorprendiéndonos, y sigue cambiándonos”, afirma el provincial, Antonio España, sj

Ignacio conecta con toda persona que desee llevar una vida plena, y nos enseña que es necesario pararse y ver quiénes somos, qué nos gusta, qué nos llena, hacia dónde queremos orientar nuestros esfuerzos

“Hoy, la sociedad también está herida. Un virus nos tiene a todos postrados. Lo que va a vivir Ignacio es que, aún herido, se sintió que no estaba abandonado. Podemos estar heridos, pero nunca abandonados”

Deusto arranca las celebraciones del Año Ignaciano

Quinientos años de una herida, de un camino, de una conversión, de unos ejercicios espirituales. Medio milenio del momento en que el joven rico, Íñigo de Loyola, es herido en batalla contra los franceses en Pamplona. “Una herida que lo cambió todo”, señaló esta mañana el provincial de los jesuitas españoles, Antonio España, sj., durante la presentación de los actos de este Año Ignaciano.

Bajo el lema Ignatius 500’, los jesuitas no quieren recordar su fundación, ni quedarse solo en lo que significa la Compañía. Quieren ir mucho más allá, buscando las raíces, en el dolor, el sufrimiento, la soledad y la búsqueda.

B1A61EA8-6BCD-4DE6-9993-F051BE1002C6Ignacio pasó, de gentilhombre, a ser un servidor de Cristo. Vive un proceso de cambio y transformación, para ver todas las cosas nuevas en Cristo. Eso es la conversión, eso son los ejercicios espirituales”, glosó el provincial de la Compañía. Celebramos medio siglo de conversión, y de camino, de Ignacio de Loyola”. Y lo hacen con multitud de actos en el ámbito educativo, social, artístico, juvenil, turístico, religioso… Con Loyola, origen, y Manresa, destino, como ejes de unas celebraciones que arrancarán en la catedral de Pamplona el próximo 20 de marzo, y que tendrán un momento especial con la Eucaristía de celebración mundial, presidida por el Papa Francisco en Il Gesú de Roma. Muerte y vida, pasión, camino y resurrección.

Heridas cerradas, conversión y convocación

El provincial glosó las raíces de este Año Ignaciano en cuatro palabras, cuatro símbolos. En primer lugar, la herida cerrada, porque “uno no queda herido para siempre, hay sanación”. En segundo lugar, un camino espiritual, con “un maestro de un sendero espiritual en quien nos podemos ver estimulados”; una experiencia integral, “la conversión, que le lleva a florecer, y a lanzar una experiencia fundante”; y, finalmente, un ser abierto, porque “el itinerario personal de Ignacio se torna comunitario, lleno de ventanas a otras personas”. Y a la vocación se suma la ‘convocación’.

En este recorrido surge la Compañía de Jesús”, explicó Antonio España, sj., “pero la conversión no es solo para la Compañía, sino para todo el entorno jesuita, para todos los que viven el fondo y el proceso de estos ejercicios”. Y aquellos lugares, las famosas periferias de Arrupe (y de Francisco), adonde llegan los seguidores de Ignacio. Con las víctimas, los niños, los inmigrantes y refugiados, las mujeres maltratadas, la ecología, la educación, la acogida… Y es que, añadió, “la conversión es un proceso constante. Estamos invitados a afrontar heridas para curarlas; a hacer un camino espiritual profundo; a una aceptación de la diversidad de la propia vida, y de la de otros; y abrirnos a un mundo que sigue sorprendiéndonos, y sigue cambiándonos”.

Qué movió a Ignacio

DCDDBB6A-BC1F-40B9-9C81-5E6A49D51CC6-768x768Por su parte, Abel Toraño sj., coordinador de ese Año Ignaciano, recalcó cómo lo importante “no es lo que hizo Ignacio, sino “¿qué le movió?”. “¿Qué movió a Ignacio a abrir una casa para atender a mujeres en situación de abusos, a enviar a compañeros a todo tipo de misiones, a promover una red de instituciones educativas? No es el qué hizo, sino qué le movió por dentro”.

“Al comienzo siempre hay una herida”, añadió. “Hoy, la sociedad también está herida. Un virus nos tiene a todos postrados. Lo que va a vivir Ignacio es que, aun herido, se sintió que no estaba abandonado. Podemos estar heridos, pero nunca abandonados”.

Ojalá viviéramos como sociedad lo que vivió Ignacio: la herida es posibilidad de camino, y encuentro. Justo este hombre quebrado en las piernas, va a ser peregrino”. ¿Una propuesta para hoy?

Lo importante es conocer a Jesús

Sí, respondieron los jesuitas. Porque, en realidad, “que la gente conozca a Ignacio es lo de menos, lo importante es conocer a Jesús. Ignacio no va a cambiar la vida de nadie, tiene que ser el pretexto para llegar a Jesús. Lo importante es que te cambie la vida Jesús”.

Toraño destacó los actos principales en España:

  1. Misa de apertura: 20 de mayo jueves, en la catedral de Pamplona. Ese día hace 500 años cayó herido Ignacio (conmemorar una herida)
  2. Apertura de la puerta santa de Manresa: 31 de julio (Experiencia fundante, ejercicios espirituales, que aconteció en la Cova de Manresa). El padre Rupnik ha renovado toda la iglesia del santuario, las ocho capillas laterales
  3. Clausura en Loyola el 31 de julio de 2022. También Loyola está en una renovación de la santa casa, donde Ignacio, postrado en su lecho, empezó a pensar qué hacer con su vida

Otra fecha, a nivel global: el 12 de marzo de 2022. Ese día fueron canonizados Ignacio, Francisco Javier, Teresa de Jesus, Isidro Labrador y Felipe Neri, y habrá una jornada central de celebración en todo el mundo, con una Eucaristía en Il Gesú, presidida por el Papa Francisco.

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Propuesta de Ignacio, propuesta de Evangelio

Ahora que lo religioso está fuera del mapa, el foco está en Cáritas o en los misioneros. Tenemos que ver cómo lo hacemos, ser creativos”, recalcó el provincial, quien admitió que “la clave de lo que Ignacio puede ofrecer hoy es una integración personal, una experiencia que se da en el Evangelio y en la Iglesia. Esa es nuestra gran propuesta”.

¿Qué nos enseña Ignacio hoy?, cerró Toraño. “Que todos tenemos deseos de plenitud en nuestras vidas. Ignacio conecta con toda persona que desee llevar una vida plena, y nos enseña que es necesario pararse y ver quiénes somos, qué nos gusta, qué nos llena, hacia dónde queremos orientar nuestros esfuerzos”.

Todo el programa de actos, aquí:

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Fuente Religión Digital

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Faus: “Los fascismos aparecen no solo porque hay hombres que quieren ser dictadores sino porque hay gentes que desean ser dictadas”

Viernes, 29 de enero de 2021

tomaron-por-asalto-el-capitolio-1110399De su blog Miradas cristianas:

¿Después de Trump? Del “sueño americano” a la situación actual

Me pregunto si no hay en las mentalidades que se creen progresistas una especie de falsa seguridad ilusoria de que el futuro es infaliblemente suyo.

Las izquierdas desconocen el pecado original y las derechas se aprovechan de él

Grandes autores, creyentes y no creyentes (Dostoievski, Berdiaev, Nietzsche, Sartre…) afirman que al ser humano le pesa tanto la libertad que, en cuanto se le concede, busca cómo cambiarla por un “plato de lentejas” de seguridad.

¿Dice Ignacio de Loyola exactamente eso tan citado de “en la desolación no hacer mudanza”?

Un viejo amigo norteamericano, profesor en una gran escuela de secundaria en EEUU, ha tenido el detalle de comentar mi artículo anterior (“Por el imperio hacia dios, saludo a Trump”), diciéndome que tiene estudiantes que “confían en una monarquía” y que en 22 años que lleva de enseñanza nunca le había ocurrido eso. Son chavales de familias ricas e incluso apelan a Platón (que “la democracia no trabaja y necesitamos un caudillo”). Efectivamente, la República de Platón parece creer que la democracia solo funciona en ese mundo trascendente de “las Ideas” donde está la verdadera realidad de las cosas. Para mayor complejidad confirma mi amigo que buena parte de los votantes de Trump no son gente rica. Y concluye diciéndome que su gran preocupación es que hay personajes aún más peligrosos que Trump que pueden presentarse y ganar unas elecciones (me da nombres concretos que prefiero no citar).

 Le contesté sugiriendo la oportunidad de investigar cómo ha sido posible pasar del precioso “sueño americano” del s. XVIII a la situación actual. Luego he caído en la cuenta de que la pregunta puede generalizarse: cómo el precioso sueño de la revolución francesa (“libertad, igualdad, fraternidad”) pudo acabar en Robespierre y Napoleón… O cómo aquella preciosa revolución sandinista (que cantaba: “nuestro pueblo es el dueño de su historia” y “adelante que es nuestro el porvenir”), ha podido acabar en esa especie de trumpnica que es el señor Ortega.

Hace casi 50 años, tras la primera reunión hispana de “cristianos por el socialismo” (donde estuve presente), escribí una carta en la que aplicaba a las izquierdas la frase de Pablo de Tarso en Fil 2, 12: “realizar la salvación con temor y temblor” (recogida en La teología de cada día, pgs. 358ss). Aquello no gustó a algunos (“si nos quitas la seguridad, ya no nos comprometeremos”…) y, desde entonces, me he preguntado si no hay en las mentalidades que se creen progresistas una especie de falsa seguridad ilusoria de que el futuro es infaliblemente suyo.

En contra de lo que decía una apologética miope, el gran daño que hizo Marx a la causa revolucionaria (a pesar de lo acertado de sus análisis sociales), no fue el ser ateo sino el ser supersticioso. Hay ateísmos muy respetables aunque haya otros risibles o, como decía la ironía sutil de Homero: “no muy dignos de envidia”. Pero en la visión cristiana del mundo, la superstición es mucho más pecado que el ateísmo. Y la superstición de Marx consistió en creer que hay una ley infalible en la materia que conduce la historia hacia el paraíso. Más o menos como creer que la Virgen se aparece de vez en cuando para decirnos lo que hemos de hacer…

Esa superstición marxiana dañó a muchos cristianos haciéndoles creer que la fe consiste en “creer que este mundo tiene remedio” y no en creer que tiene un pleno sentido la lucha para que este mundo tenga remedio: porque ahí “va Dios mismo en nuestro mismo caminar”. Además, esa superstición marxiana abarató fatalmente a las izquierdas y les dio una fe de carbonero en el futuro, azuzada además por la idea de la violencia como “partera” que acelera el nacimiento del paraíso. Creo que esa ilusión ha vuelto ligeras y perezosas a muchas izquierdas, obsesionadas por paladear ya los frutos de la revolución…, mientras que las derechas (que no defienden ideales sino sus propios privilegios), acaban siendo más diligentes y más cuidadosas. Aprendí por aquel entonces que “las izquierdas desconocen el pecado original y las derechas se aprovechan de él”.

Eso explica la inevitable amenaza de degeneración que acosa a todas las revoluciones, y que sus protagonistas suelen ignorar. Para decirlo de manera bien simple y concreta, ya que antes aludí a Nicaragua: tras el triunfo de la revolución, conocí conductas de militantes sandinistas que resultaban bien poco ejemplares en el triple campo clásico de “sexo, dinero, poder”. Y oí, como justificación que “después de tantos años de sacrificio en la guerrilla y las montañas, tengo derecho a estas compensaciones”.  Es solo un ejemplo mínimo, pero bien visible, de todo lo antes dicho.

2.- Porque el sujeto de la historia es el ser humano.

Cuando me hago estas preguntas y reflexiones, tropiezo con ese dilema tan humano entre libertad y seguridad. Grandes autores, creyentes y no creyentes (Dostoievski, Berdiaev, Nietzsche, Sartre…) afirman que al ser humano le pesa tanto la libertad que, en cuanto se le concede, busca cómo cambiarla por un “plato de lentejas” de seguridad. Como el Esaú bíblico…

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Tropas nazis desfilan por una calle de Viena

La libertad de los inconscientes es la única soportable; pero acaba convirtiéndose en una esclavitud tácita y manipulada. Mientras que cargar a solas con el riesgo de una decisión libre, produce un vértigo tal que procuramos eludirlo como sea: “no hay para el hombre preocupación más grande que la de encontrar cuanto antes a quién entregar ese don de la libertad con que nace esta desgraciada criatura”, le dice a Jesús el Gran Inquisidor de Dostoievski, consciente de que el mesianismo de Jesús (como enseñó Pablo) es un regalo de libertad y que por eso fue rechazado: “al estimar tanto al hombre le exigiste demasiado; de haberlo estimado en menos le habrías exigido menos y eso habría estado más cerca del amor”, continúa el inquisidor.

Y así es como se puede llegar a la pregunta del bestseller francés (E. Carrère) de cómo es posible que “la doctrina más subversiva que ha existido jamás [que, para él es el mensaje de Jesús, aunque se confiesa no cristiano] se asocie con el conservadurismo” (en Vida Nueva, nº 2998).

La parábola citada de Dostoievski es una parábola cristiana. Pero tiene también una versión laica. Remitiría para eso al capítulo que dedican M. Horkheimer y T. Adorno (en Dialéctica de la Ilustración) a lo que ellos llaman “la personalidad autoritaria”  y que no designa al hombre que quiere mandar, sino al que quiere ser mandado, para conquistar así la tranquilidad y evitarse riesgos. De modo que, según el análisis de estos autores, los fascismos aparecen no solo porque haya hombres que quieren ser dictadores sino porque hay gentes que desean ser dictadas. Lo que parece confirmarse por los fanáticos gritos y entusiasmos delirantes que acompañan y aclaman a esos dictadores.

“La gente quiere estabilidad”, repetía don Mariano Rajoy. Y, no sé por qué, cada vez que se lo oía, recordaba un viejo canto que aún alcancé a oír en mi infancia: “si los curas y frailes supieran, la paliza que les van a dar – subirían al coro cantando: libertad, libertad, libertad”. Ahora parecía que aquella letra se ha cambiado y sugiere que si muchos progresistas supieran los jaleos que van a encontrar, votarían sin duda gritando: “seguridad, seguridad, seguridad”

3.-Y el hombre es una dialéctica que nos es imposible asumir a la vez.

Por verdadero que sea lo que acabo de escribir, hay que afirmar que no es más que una cara de la moneda y que igual de verdadera es la cara contraria: a pesar de todo lo dicho, el ser humano busca tenazmente la libertad y el progreso. La historia avanza así de una manera dialéctica y oscilante dando pasos adelante y otros pasos para atrás. Como la burrita de Pedro Infante…

Personalmente, sigo convencido de que (al menos hoy, y aunque he defendido siempre la necesidad de una izquierda y una derecha) los valores más humanos y más cristianos están del lado de la izquierda. Eso solo supone una responsabilidad histórica mucho más grande para las izquierdas de hoy, que las libere de su aburguesamiento y les ponga delante la figura de Moisés que, después de tantos sudores y sinsabores, se quedó “sin entrar en la tierra prometida”. Por ejemplo: he defendido siempre la necesidad de una despenalización legal del aborto, como mal menor. Pero hablar de un “derecho” al aborto, me parece una traición egoísta de los ideales de la izquierda. El aborto no me es un “derecho humano” sino un “derecho inhumano”, es decir: un egoísmo bien vestido.

Y aún queda un último episodio sobre el que reflexionar: si no me equivoco, este enero se cumplen diez años de lo que se llamó la revolución islámica. Hay cierto consenso en que esa revolución ha fracasado: “salvo en Túnez”, dicen algunos. Pero en Túnez reina un profundo descontento por los resultados de aquella revolución: hubo cambio de presidente pero no de situación. Hoy quizá se podrá criticar a Mahoma; pero el hambre, la pobreza o la vivienda mísera siguen siendo las mismas que hace diez años; y la ilusión de sus jóvenes sigue siendo emigrar a Italia. Sin negar la multitud de causas que suelen alumbrar cada episodio histórico, me parece claro que, en este fracaso, una de ellas ha sido la falta de modelos válidos. Nuestras presuntas democracias, donde caben tanto las fanfarronadas de Trump, como los pequeños holocaustos de Netanyahu, los chantajes de las multinacionales y las personas que mueren de frío por la noche en la calle, no son alicientes para una empresa tan seria.

4.- La noche oscura de la historia.

Exaltacion-fascismo-Plaza-Santiago-Madrid_1849925051_12800281_667x375Exaltación del fascismo en la Plaza de Santiago de Madrid RD

Nuestra historia atraviesa, por tanto, una hora de eso que se llama “desolación”. La globalización de la indiferencia (diagnosticada como nuestro mayor pecado) intentaba ocultarnos esa oscuridad. Hasta que la inesperada pandemia nos ha obligado a reconocer que quizás sí que estamos en una hora oscura de la historia.

Para estos casos es tópico citar la frase de Ignacio de Loyola: “en tiempo de desolación no hacer mudanza”. Pero Ignacio matiza un poco más: no hay que hacer “mudanza de los propósitos y determinación en que estábamos el día antes” (EE 318)”. Pero sí que hay que “mudarse contra la misma desolación”. ¿Cómo?: “en mucho más examinar”, en más oración y “en algún modo conveniente de hacer penitencia” (319).

Este “más examinar” me ha recordado que ya en el que casi fue mi primer libro, aludí a la afirmación de J. J. Rousseau en su Contrato social: el gobierno democrático es una fórmula solo para ángeles, no para hombres. Y añadí a esa cita otra de Graham Greene al final de El poder y la Gloria: “el comunismo sería fantástico si los hombres fueran santos” (La Humanidad Nueva p. 100 de la última edición). Y lo que pasa es que los hombres no son ángeles ni santos pero, para un creyente, son “imagen y semejanza de Dios”.

Sin mudar pues “el propósito” de la democracia, llegaríamos a la percepción de que el problema está en las personas aún más que en los sistemas, que son construidos y utilizados por las personas. Está en ese (tan mal llamado como verdadero) “pecado original”, que lastra y deforma el progreso humano.

Eso por lo que toca el primer consejo ignaciano de “más examinar”. Por lo que hace al segundo, que no habla solo de penitencia sino de una penitencia “conveniente”, creo que la misma mentalidad ignaciana de las “dos banderas” y los llamados “tres binarios” (o formas humanas de conducta) nos lleva a poner la atención en la riqueza: en aquella pasión que impide al hombre salvarse (Mc 10,23) y que “es la raíz de todos los males” (1 Tim 6,10), tanto a niveles individuales como estructurales. Un sistema montado sobre (y para) el enriquecimiento será un sistema perverso; y ello nos permite sospechar que quizá haya sido el capitalismo la causa de la actual crisis de la democracia: porque la persecución del máximo beneficio (contraria a esa civilización de la sobriedad compartida), genera desigualdades cada vez mayores entre las personas, destruyendo la intención igualitaria de la democracia, y dando al dinero  la primacía sobre el trabajo: en “el choque de intereses (que enfrenta a obreros y amos), la ventaja estará siempre de parte de estos que obligarán a aquellos a someterse… Y el legislador toma siempre como consejeros a los amos”. Estas palabras no son de K. Marx sino… ¡de Adam Smith! en su obra más clásica (La riqueza de las naciones, Madrid 1961, p. 75.). Resistir al capitalismo sí que sería una “penitencia conveniente”.

La situación actual nos deja pues la siguiente lección: no es verdad que la historia progrese siempre. Puede progresar pero también puede retroceder (como es posible ver también en la evolución de las especies). Y el progreso solo quedará garantizado cuando se dediquen a la educación las mejores energías de los gobiernos: entendiendo por educación no una mera capacitación técnica, sino el esfuerzo por sacar lo mejor de cada educando y de cada persona. Educación viene del verbo latino “educere”: sacar de dentro. No habrá hoy penitencia “más conveniente” que dedicar a una educación seria, universal y gratuita, buena parte de cuanto dedicamos al consumo, a las armas o a las mil adormideras que han convertido el deporte en mero espectáculo. Porque, como suelo decir: “democracia sin educación es dictadura de algún bribón”.

5.- Un ejemplo de hoy

1850893-2529745Esos dos consejos ignacianos se parecen mucho a lo que se propuso Etty Hillesum, la gran testigo del siglo pasado, en un momento de mayor desolación que la nuestra. Por un lado, ser “el corazón pensante de los barracones” que atentos a la urgencia de tantas necesidades no podían ni reflexionar sobre su situación: por aquí creo que llegaríamos a lo que acabamos de decir sobre el dinero.

Además de eso habla Etty de “ayudar a Dios”, expresión que escandalizó a muchos porque la entendían como si se tratara de ayudar a Dios en el gobierno del mundo. Pero Etty sabía que este mundo tiene su autonomía y no lo gobierna Dios; y que Dios trabaja en nuestros corazones y en nuestra profundidad.  Ayudar a Dios significa trabajar para que no desaparezca de esa dimensión profunda de todos los hombres, casi inasequible a veces. Lo antes dicho al hablar de la educación como el esfuerzo por sacar lo mejor de cada persona, sería una forma de ayudar a Dios.

Finalmente, Etty se propone “ser bálsamo para tantas heridas”. Sin renunciar, por supuesto al cambio del sistema cuando y como esto sea posible, queda la tarea de suavizar las heridas de todos aquellos a los que el sistema maltrata para enriquecer a otros. La palabra bálsamo me parece muy acertada porque no indica protagonismo ni superioridad ni crítica sino simplemente “cuidado”, ese tesoro tan femenino cuyo aprendizaje se nos pide hoy con toda razón a los varones.

En este tercer punto las tareas son tan múltiples y tan variadas que cada cual deberá preguntarse cuál es la que le toca a él. Pero me ha parecido que valía la pena insinuar un posible paralelismo entre los consejos que da Ignacio (a un nivel solo de desolación individual) y los propósitos de Etty (desde una óptica más comunitaria).

 

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Yo, Ignacio de Loyola…

Viernes, 31 de julio de 2020

Ignacio-Loyola-61“Yo, Ignacio de Loyola, pretendo en estas líneas decir algo acerca de mí y de la tarea de los jesuitas de hoy, supuesto que aún hoy sigan sintiéndose comprometidos con aquel espíritu que en otro tiempo determinó, en mí y en mis primeros compañeros, los comienzos de esta orden.

Ya sabes que, tal como entonces lo expresaba, mi deseo era «ayudar a las almas», es decir, comunicar a los hombres algo acerca de Dios y de su gracia, de Jesucristo crucificado y resucitado, que les hiciera recuperar su libertad integrándola dentro de la libertad de Dios. Yo deseaba expresarlo tal como siempre se había expresado en la Iglesia, y realmente creía (y era una creencia cierta) que eso tan antiguo podía yo decirlo de una manera nueva. ¿Por qué? Porque estaba convencido de que, primero de un modo incipiente durante mi enfermedad de Loyola y luego de manera decisiva durante mis días de soledad en Manresa, me había encontrado directamente con Dios. Y debía participara los demás, en la medida de lo posible, dicha experiencia.

Cuando afirmo haber tenido una experiencia inmediata de Dios, lo único que digo es que experimenté a Dios, al innombrable e insondable, al silencioso y, sin embargo, cercano. Experimenté a Dios, también y sobre todo, más allá de toda imaginación plástica. A El que, cuando por su propia iniciativa se aproxima por la gracia, no puede ser confundido con ninguna otra cosa.

Semejante convicción puede sonar como algo muy ingenuo, pero en el fondo se trato de algo tremendo. Yo había encontrado realmente a Dios, al Dios vivo y verdadero, al Dios que merece ese nombre superior a cualquier otro nombre.

Pero, por de pronto, repito que me he encontrado con Dios, que he experimentado al mismo Dios. Dios mismo. Era Dios mismo a quien yo experimenté; no palabras humanas sobre El. Dios y la sorprendente libertad que le caracteriza. Lo que digo es que sucedió así.

Una cosa sigue en pie: que Dios puede y quiere tratar de modo directo con su criatura; que el ser humano puede realmente experimentar cómo tal cosa sucede; que puede captar el soberano designio de la libertad de Dios sobre su vida.

¿Se trata de algo nuevo o de algo viejo? ¿Es algo obvio o resulta sorprendente? ¿Se trata de algo que haya que relegar a un segundo plano en la Iglesia de hoy y de mañana, debido a que el hombre ya casi no soporta la callada soledad ante Dios y trata de refugiarse en una especie de colectividad eclesial, cuando en realidad dicha colectividad ha de edificarse sobre la base de hombres y mujeres espirituales que hayan tenido un encuentro directo con Dios, y no sobre la base de quienes, a fin de cuentas, utilizan a la Iglesia para evitar tener que vérselas con Dios y su libre incomprensibilidad?

Una cosa, sin embargo, sigue siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios.

El verdadero precio que hay que pagar por la experiencia a la que me refiero es el precio del corazón que se entrega con creyente esperanza al amor del prójimo

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Karl. Rahner,
Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuíta de hoy,
Sal Terrae, Santander 1978; pp. 4-8.

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¿A qué se debe que la Iglesia sea irrelevante en la sociedad?

Viernes, 31 de julio de 2020

42301465-947E-4AEF-94BA-6BE54ABEC5A6Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Notas Biográficas de San Ignacio

         S Ignacio nace en Loyola, Azpeitia, en 1491.

Cae herido gravemente en la defensa de Pamplona en 1521 en la defensa de Pamplona. En la larga convalecencia, comienza a fraguarse su conversión, que quedará plasmada en Manresa en 1.522. De esta época data su obra “Ejercicios Espirituales”: especialmente su primera meditación: Principio y Fundamento.

Tras una peregrinación a Tierra Santa estudiará teología en Barcelona, Alcalá, Salamanca y París. Será en París donde se encuentre y capte un grupo de jóvenes compañeros universitarios: Pedro Fabro, Fco. Javier, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás Bobadilla, etc.

En 1.534, el día de la Asunción, en la iglesia de Montmartre de París hacen los votos, que constituyen prácticamente el nacimiento de lo que será la Compañía de Jesús. Este grupo naciente tiene intención de marchar a Tierra Santa, pero si no pudieran hacer este viaje antes de un año, marcharían a Roma para ponerse a disposición del Papa. En 1.540 el papa Paulo III aprueba solemnemente este nuevo movimiento religioso: La Compañía de Jesús, que junto con los “Ejercicios” es la segunda gran obra de San Ignacio.

S Ignacio muere en Roma, donde está enterrado, en 1.556 (entre la segunda y tercera etapa del Concilio de Trento).

  1. Principio y fundamento

         La primera meditación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio es probablemente la piedra angular y lo más importante de la vida de San Ignacio y de toda existencia humana.

         También esta es la cuestión radical de nuestra vida: ¿Cuál es cimiento de mi vida? ¿Por qué y para qué vivo?

         Quien sabe de dónde viene y hacia dónde va en la vida, ya sabe mucho y definitivo en la existencia.

         Como en los viajes en avión, también en la vida hay muchas turbulencias y -a veces- pasamos por situaciones difíciles: enfermedades, crisis personales, problemas familiares, económicos, noches oscuras de tipo religioso, comunitario, eclesiástico. Pero todo se sobrelleva si tenemos un principio y fundamento, una piedra angular en la que apoyarnos.

         Esto para un creyente, para un cristiano es muy importante, es decisivo.

         El principio y fundamento del ser humano es Dios no la economía, ni el poder, ni unos líderes políticos o eclesiásticos. La roca que nos salva, la piedra angular es Dios (JesuCristo).

         Vivir desde este convencimiento profundo es fuente de una gran serenidad y confianza en la vida.

  1. Europa: Pretender eliminar nuestro propio pasado es destruirnos.

         Con alguna frecuencia ocurre que un presidente o líder político de una nación o de un estado no asiste a un acto religioso (en nuestro caso cristiano) que se celebra. Y la razón que aluden es que somos un estado aconfesional o laico. Estas escenas las hemos visto en Loiola y hace pocas semanas en el funeral por las víctimas de la pandemia celebrado en Madrid.

         Esto es de una cortedad y mala educación mental y cultural infinitas.

         Por una parte, los líderes políticos, más bien los gobernantes, gobiernan un pueblo en el que una gran mayoría son creyentes o de tradición cristiana. Ese pueblo merece un respeto y una dignidad por parte de sus dirigentes.

         Probablemente el estado tiene que ser aconfesional, laico, pero ha de respetar y convivir respetuosa y educadamente con las diversas tradiciones religiosas que existan en ese estado.

Por otra parte, si a mí me invita un amigo a su boda budista, o de otra religión, yo no puedo ser tan corto y tan necio como para no asistir a la celebración y luego que “me echen de comer”. Si no somos buenos, que no lo somos, al menos seamos inteligentes y educados.

         Muy genéricamente podríamos pensar que Europa se ha construido con un “poco” de filosofía griega (pongamos Platón) hace 2500 años), otro poco de ética judía (que eso es el Sinaí), y con una lectura cristiana de la vida desde la hondura de del Evangelio de JesuCristo y desde la ciencia, el pensamiento científico que va fraguando a partir del siglo XVIII.

         Cuando se oye o se lee en los medios de comunicación los juicios que se emiten respecto de nuestro pasado cultural, filosófico, religioso europeo, no es que sea algo malo, sino que muestran una ignorancia infinita. Europa se construyó en torno a un esquema de pensamiento y de valores, que podríamos concretarlo gráficamente en el camino de Santiago. Europa se construyó antes -y mejor- “caminando hacia Santiago que con el euro (pura cuestión económica). Detrás de lo que hoy denominamos comunidad europea no hay más que una comunidad económica: dinero, euros, ahí no hay más.

         ¿De dónde ha surgido la ética, el concepto de persona, los valores como el respeto al ser humano y la libertad, justicia, etc. si no es de nuestra propia traditio cultural-cristiana?

Otra cuestión serán las interpretaciones, adaptaciones del Evangelio a cada momento de la historia. Pero sin memoria no hay futuro.

  1. ¿Momento agnóstico, increyente?

         Tradicionalmente nuestro pueblo ha sido creyente, cristiano. Nuestras gentes eran creyentes, nuestra fe, nuestras costumbres y nuestro techo cultural era cristiano.  Se solía decir que no había un lugar del mundo en el que no hubiera un misionero vasco.

         Pero hoy en día es evidente que la marea cultural en la que vivimos el estado es aconfesional, muchas personas son agnósticas, algunos -los menos- llegan a ser ateos, y la mayor parte frívolos, superficiales y consumistas, que es el modus vivendi actual. También muchas personas -cristianas o no- son serias, honradas, aman la justicia, la paz, la bondad.

         ¿Qué nos ha pasado para que lo que “predica” la Iglesia tenga tan poco valor y vigencia en la sociedad? Las iglesias “están vacías” y tampoco la iglesia está presente en la sociedad. ¿A qué se debe, si no, la ausencia de una Palabra (logos) sensata, con sentido, de la iglesia en este gran problema en la pandemia? ¿A qué se debe que la iglesia haya pasado a ser irrelevante en la vida social, política, cultural?

         Cuando las cosas van mal, hasta los equipos de fútbol hacen “autocrítica”. La Iglesia no tolera una crítica ni se hace autocrítica ¿Qué nos ha pasado en la iglesia? O quizás, ¿qué hemos hecho del Evangelio? Es cierto que en la pandemia muchas parroquias, religiosos y religiosas, ong, etc. han prestado y prestan un gran servicio asistencial, cáritas, comedores sociales, etc. Pero la Iglesia -a excepción del papa Francisco- no sabe decir una palabra de consuelo, de esperanza, de ánimo, de bondad, de alivio sicológico, humano.   Los jerarcas siguen “erre que erre” con su doctrina y sus ritos, pero lejos del espíritu evangélico.

         Ni el mundo entra ya en la iglesia, ni la iglesia entra en el mundo.

         ¿Tal vez es que los eclesiásticos hemos dejado de lado el evangelio?

  1. el que quiera salvar su vida, la perderá.

        Esta expresión de Jesús: el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará, estará después muy presente en la espiritualidad ignaciana.

        Es una gran verdad: cuando nos buscamos siempre a nosotros mismos, terminamos siendo unos ególatras vividores.

        Vivir -humana y cristianamente- no es vegetar, “ni pasárselo bien”, ni tan siquiera ir a Misa según el aforo que nos permitan, vivir es convivir con los demás en el mundo, en familia, trabajo, comunidad eclesial, vivir es hacer, dar vida, sanar, creatividad.

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad , , , , ,

Yo, Ignacio de Loyola…

Miércoles, 31 de julio de 2019

Ignacio-Loyola-61“Yo, Ignacio de Loyola, pretendo en estas líneas decir algo acerca de mí y de la tarea de los jesuitas de hoy, supuesto que aún hoy sigan sintiéndose comprometidos con aquel espíritu que en otro tiempo determinó, en mí y en mis primeros compañeros, los comienzos de esta orden.

Ya sabes que, tal como entonces lo expresaba, mi deseo era «ayudar a las almas», es decir, comunicar a los hombres algo acerca de Dios y de su gracia, de Jesucristo crucificado y resucitado, que les hiciera recuperar su libertad integrándola dentro de la libertad de Dios. Yo deseaba expresarlo tal como siempre se había expresado en la Iglesia, y realmente creía (y era una creencia cierta) que eso tan antiguo podía yo decirlo de una manera nueva. ¿Por qué? Porque estaba convencido de que, primero de un modo incipiente durante mi enfermedad de Loyola y luego de manera decisiva durante mis días de soledad en Manresa, me había encontrado directamente con Dios. Y debía participara los demás, en la medida de lo posible, dicha experiencia.

Cuando afirmo haber tenido una experiencia inmediata de Dios, lo único que digo es que experimenté a Dios, al innombrable e insondable, al silencioso y, sin embargo, cercano. Experimenté a Dios, también y sobre todo, más allá de toda imaginación plástica. A El que, cuando por su propia iniciativa se aproxima por la gracia, no puede ser confundido con ninguna otra cosa.

Semejante convicción puede sonar como algo muy ingenuo, pero en el fondo se trato de algo tremendo. Yo había encontrado realmente a Dios, al Dios vivo y verdadero, al Dios que merece ese nombre superior a cualquier otro nombre.

Pero, por de pronto, repito que me he encontrado con Dios, que he experimentado al mismo Dios. Dios mismo. Era Dios mismo a quien yo experimenté; no palabras humanas sobre El. Dios y la sorprendente libertad que le caracteriza. Lo que digo es que sucedió así.

Una cosa sigue en pie: que Dios puede y quiere tratar de modo directo con su criatura; que el ser humano puede realmente experimentar cómo tal cosa sucede; que puede captar el soberano designio de la libertad de Dios sobre su vida.

¿Se trata de algo nuevo o de algo viejo? ¿Es algo obvio o resulta sorprendente? ¿Se trata de algo que haya que relegar a un segundo plano en la Iglesia de hoy y de mañana, debido a que el hombre ya casi no soporta la callada soledad ante Dios y trata de refugiarse en una especie de colectividad eclesial, cuando en realidad dicha colectividad ha de edificarse sobre la base de hombres y mujeres espirituales que hayan tenido un encuentro directo con Dios, y no sobre la base de quienes, a fin de cuentas, utilizan a la Iglesia para evitar tener que vérselas con Dios y su libre incomprensibilidad?

Una cosa, sin embargo, sigue siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios.

El verdadero precio que hay que pagar por la experiencia a la que me refiero es el precio del corazón que se entrega con creyente esperanza al amor del prójimo

*

Karl. Rahner,
Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuíta de hoy,
Sal Terrae, Santander 1978; pp. 4-8.

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¿Reformas en la Iglesia? ¡Ojalá! Ecclesia semper reformanda

Miércoles, 31 de julio de 2019

42301465-947E-4AEF-94BA-6BE54ABEC5A6Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

 San Ignacio y su tiempo

Allá por el siglo XVI, tiempos de Lutero, del Concilio de Trento y de San Ignacio, era necesaria una Reforma que no terminaba de llegar. Finalmente vino del norte de Europa, de Alemania, promovida por Lutero, “padre” del protestantismo naciente, contra el que reaccionará Roma con su Contrarreforma tridentina.

Como fruto de la Contrarreforma fueron surgiendo diversos movimientos e instituciones católicas con la buena finalidad de elevar un poco el nivel de una iglesia que se encontraba en una situación peor que decadente. Surgen varios movimientos sacerdotales: los jesuitas, el oratorio de sacerdotes de San Felipe de Neri (1515-1595), un poco más tarde los sacerdotes vicencianos (San Vicente de Paúl, 1576-1660), la Escuela sacerdotal francesa de San Sulpice del padre Olier ya en el siglo XVII, el movimiento sacerdotal promovido por el cardenal Bérulle (1575-1629), a su vez impulsado por San Francisco de Sales.

A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, como fruto de la disciplina del Concilio de Trento nace la obligatoriedad de la residencia de los Obispos en sus diócesis, pues eran más señores feudales trotamundos, que pastores. Nacen los seminarios para la formación del clero. Se reestructura la vida pastoral parroquial: comienzan a inscribirse y llevar adelante los libros parroquiales. El sacerdote, es el hombre centrado en los sacramentos y, sobre todo en la Eucaristía, está presente en la parroquia (el modelo, el tipo de sacerdocio será el cura de Ars, 1786-1859).

Fruto de esta Contrarreforma será una mejoría notable en la vida eclesial, que durará hasta mediados del siglo XIX, más o menos. A partir el s XIX surgirá un movimiento eclesiástico decadente en su teología, antimodernista a carta cabal. Esto llegará hasta nuestros tiempos con el paréntesis del Vaticano II, que fueron tiempos de libertad, de creatividad, modernidad.

San ignacio y nuestro tiempo. El obispo de Roma: Francisco.

arrupe-thuSe suele decir, y creo que con buen criterio, que la Compañía de Jesús ha tenido dos fundadores: San Ignacio, lógicamente, y a mediados del siglo XX, el P. Arrupe, místico que dio un golpe de timón e introdujo la Compañía de Jesús en la modernidad, en la Teología de la Liberación (en los pobres).

Es evidente que la iglesia actual necesita una Reforma del peso y talante del siglo XVI. Buena prueba de ello es la renuncia de Benedicto XVI. ¿A qué se debe, si no, que Benedicto XVI se retirara? Benedicto fue muy consciente de que la Iglesia necesita una Reforma a fondo para la que ya se sentía sin fuerzas. Y dejó la puerta abierta…

Probablemente la Iglesia se enquistó en el siglo XVIII, se le atragantó la Ilustración y la modernidad y todavía estamos pagando las consecuencias. Con la excepción y paréntesis del Vaticano II, la Iglesia no ha asumido ni se ha adentrado en la modernidad, que por otra parte no es lo mismo que la moda zafia que esperan algunos católicos.

El papa Francisco es Jesuita y latinoamericano. Posiblemente tenga otro modo de entender las cosas y el cristianismo que nosotros, los europeos. Es evidente que Francisco no es Benedicto, menos todavía Juan Pablo II. El Magisterio de Francisco son sus gestos, sus símbolos: los pobres, vivir en Santa Marta y no en las estancias pontificas, reducción de protocolos litúrgicos y políticos, “menos doctrinarismo”, menos carrerismo eclesiástico y mayor acercamiento a los pobres, viaje a Lampedusa: puerto de las pateras, la empatía con la laicidad del Estado, una firme voluntad de cambio, de renovación y saneamiento de la Iglesia. No hay homilía o discurso en el que no haya una palabra del Dios de misericordia. Un hombre que no ha sacado a relucir los graves pero cansinos temas de los últimos tiempos eclesiásticos: homosexualidad, divorcios, bioética, etc.

Los modos pueden ser de religiosidad popular, pero la Reforma será más profunda y en serio. El Magisterio del Obispo de Roma son sus gestos, más que su teología.

Motivos para la esperanza.

El centro de la Iglesia no es el sistema eclesiástica, la curia, las disposiciones jurídicas, sino Cristo y el pueblo de Dios. No perdamos nunca de vista estas referencias.

Es bueno que el Obispo de Roma sea un hombre que inspira esperanza y ánimo. Francisco es un hombre cercano al Evangelio y, por tanto, a los pobres, a los que sufren, etc. ¿Podrá el papa Francisco llevar adelante la Reforma que hoy necesita también la Iglesia? El sector jerárquico ultraconservador que se está enfrentando a Francisco, saldrá “con la suya”?

Una Iglesia así es más creíble a la que hemos vivido estos últimos treinta años, más o menos.

Tal vez comenzamos a asistir a una recuperación de una Iglesia más limpia, más libre y más evangélica. Como diría san Ignacio: para mayor gloria de Dios y bien de la humanidad.

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Yo, Ignacio de Loyola…

Martes, 31 de julio de 2018

Ignacio-Loyola-61“Yo, Ignacio de Loyola, pretendo en estas líneas decir algo acerca de mí y de la tarea de los jesuitas de hoy, supuesto que aún hoy sigan sintiéndose comprometidos con aquel espíritu que en otro tiempo determinó, en mí y en mis primeros compañeros, los comienzos de esta orden.

Ya sabes que, tal como entonces lo expresaba, mi deseo era «ayudar a las almas», es decir, comunicar a los hombres algo acerca de Dios y de su gracia, de Jesucristo crucificado y resucitado, que les hiciera recuperar su libertad integrándola dentro de la libertad de Dios. Yo deseaba expresarlo tal como siempre se había expresado en la Iglesia, y realmente creía (y era una creencia cierta) que eso tan antiguo podía yo decirlo de una manera nueva. ¿Por qué? Porque estaba convencido de que, primero de un modo incipiente durante mi enfermedad de Loyola y luego de manera decisiva durante mis días de soledad en Manresa, me había encontrado directamente con Dios. Y debía participara los demás, en la medida de lo posible, dicha experiencia.

Cuando afirmo haber tenido una experiencia inmediata de Dios, lo único que digo es que experimenté a Dios, al innombrable e insondable, al silencioso y, sin embargo, cercano. Experimenté a Dios, también y sobre todo, más allá de toda imaginación plástica. A El que, cuando por su propia iniciativa se aproxima por la gracia, no puede ser confundido con ninguna otra cosa.

Semejante convicción puede sonar como algo muy ingenuo, pero en el fondo se trato de algo tremendo. Yo había encontrado realmente a Dios, al Dios vivo y verdadero, al Dios que merece ese nombre superior a cualquier otro nombre.

Pero, por de pronto, repito que me he encontrado con Dios, que he experimentado al mismo Dios. Dios mismo. Era Dios mismo a quien yo experimenté; no palabras humanas sobre El. Dios y la sorprendente libertad que le caracteriza. Lo que digo es que sucedió así.

Una cosa sigue en pie: que Dios puede y quiere tratar de modo directo con su criatura; que el ser humano puede realmente experimentar cómo tal cosa sucede; que puede captar el soberano designio de la libertad de Dios sobre su vida.

¿Se trata de algo nuevo o de algo viejo? ¿Es algo obvio o resulta sorprendente? ¿Se trata de algo que haya que relegar a un segundo plano en la Iglesia de hoy y de mañana, debido a que el hombre ya casi no soporta la callada soledad ante Dios y trata de refugiarse en una especie de colectividad eclesial, cuando en realidad dicha colectividad ha de edificarse sobre la base de hombres y mujeres espirituales que hayan tenido un encuentro directo con Dios, y no sobre la base de quienes, a fin de cuentas, utilizan a la Iglesia para evitar tener que vérselas con Dios y su libre incomprensibilidad?

Una cosa, sin embargo, sigue siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios.

El verdadero precio que hay que pagar por la experiencia a la que me refiero es el precio del corazón que se entrega con creyente esperanza al amor del prójimo

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Karl. Rahner,
Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuíta de hoy,
Sal Terrae, Santander 1978; pp. 4-8.

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Ignacio de Loyola: El vasco más universal.

Martes, 31 de julio de 2018

ignacioDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. ALGUNOS DATOS BIOGRÁFICOS DE SAN IGNACIO

Celebramos hoy la fiesta de nuestro patrono y paisano: San Ignacio de Loyola.

San Ignacio nace en Loyola, Azpeitia, en 1491. Inicialmente es militar y tras el accidente en 1521 en Pamplona del que queda herido y cojo para toda su vida, comienza a fraguarse su conversión en la larga convalecencia de Azpeitia, que quedaría plasmada en Manresa en 1.522. De esta época data su obra “Ejercicios Espirituales“: especialmente su primera meditación: Principio y Fundamento.

Tras una peregrinación a Tierra Santa estudia teología en Barcelona, Alcalá, Salamanca y París. Será en París donde se encuentre con un grupo de jóvenes compañeros universitarios: Pedro Fabro, Fco. Javier, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás Bobadilla, etc. y en 1.534, el día de la Asunción en una capilla de Montmartre de París hacen los votos ya con la intención de marchar a Tierra Santa, pero si no podía hacer este viaje antes de un año, marcharían a Roma para ponerse a disposición del Papa. En 1.540 el papa Paulo III aprueba solemnemente este nuevo movimiento religioso: La Compañía de Jesús, que junto con los “Ejercicios”, es la segunda gran obra de San Ignacio.
Finalmente S Ignacio muere en Roma, donde está enterrado, en 1.556 (entre la segunda y tercera etapa del Concilio de Trento).

Cuando muere S. Ignacio, la Compañía de Jesús estaba ya bien cimentada: En 1.550 S Ignacio había terminado las Constituciones de la Compañía de Jesús y ésta contaba ya con más de mil miembros. Tras doce años de misionero principalmente en India, Fco Javier había muerto hacía unos pocos años, en 1.552 en Zancón, frente a China. Laínez y Salmerón eran grandes teólogos en aquellos difíciles tiempos. S Fco de Borja fundaba la universidad de Gandía.

01. SAN IGNACIO (AZPEITIA, 1491- ROMA, 1556) Y EL PADRE ARRUPE (BILBAO, 1907 – ROMA, 1991).

arrupe-thuAllá en Roma, en la iglesia del Gesù (Jesús), están enterrados san Ignacio de Loiola y el Padre Arrupe.

Jesuitas, y no jesuitas, bien-pensantes consideran a ambos como los dos fundadores de la Compañía de Jesús: Ignacio la crea en el siglo XVI y el Padre Arrupe la reconduce en pleno siglo XX.

Los dos partieron o volvieron al principio y fundamento de la vida a Dios.

SAN IGNACIO tras una primera parte más que turbulenta de su vida, vuelve a la piedra angular de la vida: al Señor. Ignacio de Loiola con su meditación fundamental que son los Ejercicios.

El P ARRUPE, (Bilbao, 1907-Roma, 1991) hombre creyente y místico a fondo perdido, encauza la Compañía de Jesús hacia los pobres, marginados, (Teología de la Liberación).
En la ya histórica Congregación General (n 32) de la Compañía de Jesús, celebrada el 2 de diciembre de 1974, entre otras cosas dijeron y aprobaron:

o Nuestra Compañía no puede responder a las graves urgencias del apostolado de nuestro tiempo si no modifica su práctica de la pobreza. Los compañeros de Jesús no podrán oír “el clamor de los pobres”, si no adquieren una experiencia personal más directa de las miserias y estrecheces de los pobres» (n. 5)

o «Es absolutamente impensable que la Compañía pueda promover eficazmente en todas partes la justicia y la dignidad humana, si la mejor parte de su apostolado se identifica con los ricos y poderosos o se funda en la seguridad de la propiedad, de la ciencia o del poder» (n. 5).

o Sentimos inquietud a causa de las diferencias en la pobreza efectiva de personas, comunidades y obras (n. 6)

o En este mundo en que tantos mueren de hambre, no podemos apropiarnos con ligereza el título de pobres. Debemos hacer un serio esfuerzo por reducir el consumismo; sentir efectos reales de la pobreza, tener un tenor de vida como el de las familias de condición modesta… examinar capítulos de comidas, bebidas, vestuario, habitación, viajes, vacaciones… (n. 7)

02. SER CONSCIENTES DEL MOMENTO VIVIENDO DESDE EL PRINCIPIO Y FUNDAMENTO TANTO PERSONAL COMO ECLESIALMENTE.

No es fácil ser lúcido en el momento histórico -personal y comunitario- en el que nos toca vivir a cada cual y ala iglesia. Las turbulencias suelen ser grandes, uno no ve por dónde tirar en las variables históricas que requieren discernimiento personal, eclesial, social, político, etc. Pero es bueno ser lúcido, humildemente lúcidos: El Señor es mi luz y mi salvación (salmo 26). Ser consciente, vivir despiertos y con las lámparas encendidas es una actitud muy humana y cristiana.

En muchos momentos de la vida nos puede embargar la tristeza, la decepción, él “no saber por dónde tirar”, podemos vivir desarbolados, en un desconcierto. Calma: en tiempos de desolación no hacer mundanza, decía san Ignacio. Es bueno, hace bien volver al principio y fundamento de la vida, que no coincide siempre con las posiciones históricas que se han dado, que pueden conducir a fundamentalismos fanáticos como los que hemos vivido y todavía conocemos. Tanto personal como eclesialmente (incluso social y éticamente) hay que ir a los fundamentos: ni el Derecho canónico coincide con el Evangelio ni lo eclesiástico con el Reino de Dios.

¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios? (Romanos 8)

Cuando los vientos arrecian en el orden personal: crisis, problemas, situaciones, etc., es saludable (salud) permanecer en la roca que nos salva, tomar la mano que nos sostiene (salmo 94), cimentarnos en la piedra angular. Vivir superficialmente y huyendo hacia adelante con el peso de un supuesto pasado, no conduce a nada, los problemas siguen y nos persiguen.

Por otra parte, volver al principio y fundamento no consiste mantener o recuperar numantinamente unas formas, sino descansar en el Señor: solamente en Dios descansa mi alma, (salmo 61). San Ignacio y el P Arrupe coinciden plenamente en el principio y fundamento, no tanto en las variables históricas. Las circunstancias históricas del siglo XVI, del siglo XX o del siglo XXI son muy diferentes, el principio y fundamento sigue siendo el mismo, pero el puente, la religación (religión) entre Dios y el hombre necesariamente cambia, las modalidades, expresiones, formas culturales cambian, a no ser que nos convirtamos en ultramontanos fanáticos.

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Iluminación del Cardoner

Martes, 20 de febrero de 2018

Del blog Nova Bella:

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Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de Manresa, que creo yo que se llama sant Pablo, y el camino va junto al  río Cardoner; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de co-sas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parescía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes.

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 San Ignacio de Loyola
Autobiografía

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Yo, Ignacio de Loyola…

Lunes, 31 de julio de 2017

Ignacio-Loyola-61“Yo, Ignacio de Loyola, pretendo en estas líneas decir algo acerca de mí y de la tarea de los jesuitas de hoy, supuesto que aún hoy sigan sintiéndose comprometidos con aquel espíritu que en otro tiempo determinó, en mí y en mis primeros compañeros, los comienzos de esta orden.

Ya sabes que, tal como entonces lo expresaba, mi deseo era «ayudar a las almas», es decir, comunicar a los hombres algo acerca de Dios y de su gracia, de Jesucristo crucificado y resucitado, que les hiciera recuperar su libertad integrándola dentro de la libertad de Dios. Yo deseaba expresarlo tal como siempre se había expresado en la Iglesia, y realmente creía (y era una creencia cierta) que eso tan antiguo podía yo decirlo de una manera nueva. ¿Por qué? Porque estaba convencido de que, primero de un modo incipiente durante mi enfermedad de Loyola y luego de manera decisiva durante mis días de soledad en Manresa, me había encontrado directamente con Dios. Y debía participara los demás, en la medida de lo posible, dicha experiencia.

Cuando afirmo haber tenido una experiencia inmediata de Dios, lo único que digo es que experimenté a Dios, al innombrable e insondable, al silencioso y, sin embargo, cercano. Experimenté a Dios, también y sobre todo, más allá de toda imaginación plástica. A El que, cuando por su propia iniciativa se aproxima por la gracia, no puede ser confundido con ninguna otra cosa.

Semejante convicción puede sonar como algo muy ingenuo, pero en el fondo se trato de algo tremendo. Yo había encontrado realmente a Dios, al Dios vivo y verdadero, al Dios que merece ese nombre superior a cualquier otro nombre.

Pero, por de pronto, repito que me he encontrado con Dios, que he experimentado al mismo Dios. Dios mismo. Era Dios mismo a quien yo experimenté; no palabras humanas sobre El. Dios y la sorprendente libertad que le caracteriza. Lo que digo es que sucedió así.

Una cosa sigue en pie: que Dios puede y quiere tratar de modo directo con su criatura; que el ser humano puede realmente experimentar cómo tal cosa sucede; que puede captar el soberano designio de la libertad de Dios sobre su vida.

¿Se trata de algo nuevo o de algo viejo? ¿Es algo obvio o resulta sorprendente? ¿Se trata de algo que haya que relegar a un segundo plano en la Iglesia de hoy y de mañana, debido a que el hombre ya casi no soporta la callada soledad ante Dios y trata de refugiarse en una especie de colectividad eclesial, cuando en realidad dicha colectividad ha de edificarse sobre la base de hombres y mujeres espirituales que hayan tenido un encuentro directo con Dios, y no sobre la base de quienes, a fin de cuentas, utilizan a la Iglesia para evitar tener que vérselas con Dios y su libre incomprensibilidad?

Una cosa, sin embargo, sigue siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios.

El verdadero precio que hay que pagar por la experiencia a la que me refiero es el precio del corazón que se entrega con creyente esperanza al amor del prójimo

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Karl. Rahner,
Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuíta de hoy,
Sal Terrae, Santander 1978; pp. 4-8.

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“Ante 2017. Un año por estrenar”, por Enrique Martínez Lozano

Sábado, 7 de enero de 2017

y9cdorkab-qqervnygockkwbhhidkgyh2emlda0n7xryqunest2a7qzs5twe_rmu1iovt0h4svdqa4na7mawh5qsbwurqf7okekzhtslng3xvuwt-aVivir en la sabiduría de la no-dualidad

En contra de lo que nos dice nuestra mente –y el sentido común-, hoy ya sabemos que el tiempo no es la “línea” estable sobre la que discurre la existencia, sino una dimensión más –junto con el espacio, del que es inseparable- del mundo de lo manifiesto. Este es el nivel aparente, el mundo de las formas y del movimiento.

Por “debajo” de él, o mejor, en su “núcleo”, late lo realmente real, aquello que constituye la identidad última de todo lo que es y somos. Y Eso es quietud.

Pero movimiento y quietud no son realidades opuestas o contrarias, sino las dos caras en que se manifiesta lo Real. Como enseña el Tao te King, “el Ser nace en el No-Ser”; o “el Tao es un vacío insondable y está en movimiento incesante que jamás se agota”. La quietud aparece como movimiento, el vacío como forma, la nada como objetos… Y nosotros mismos podemos experimentar la no-contradicción: al silenciar la mente, experimentamos, a la vez, la quietud que somos y el incesante movimiento que se da en nuestro cuerpo.

A esa unidad en la diferencia la llamamos no-dualidad. Y en eso consiste la sabiduría: en vivir la realidad de las formas (el movimiento) desde lo realmente real (la quietud), vivir “lo que tenemos” desde “lo que somos”, vivir el tiempo (en el tiempo) desde la atemporalidad (presencia).

Lo cual requiere conocer quiénes somos y permanecer en conexión con ello. Somos quietud en medio de las formas. Y cuanto más nos atrevemos a vivirlo, más descubrimos su verdad.

Ánclate en la quietud que eres. Cuando aparezca cualquier tipo de inquietud, reconoce que es solo un movimiento en la superficie que no afecta a tu identidad. Como dice Pema Chödrön, “tú eres el cielo, todo lo demás es el clima”. El cielo no se ve afectado por las nubes que aparecen en él. Si la inquietud nos posee y nos arrastra, se debe solo a la ignorancia acerca de quienes somos.

La comprensión de nuestra identidad conduce a la aceptación, y en la aceptación encontramos la paz. Aceptar significa alinearse con lo real y fluir con la corriente de la vida.

Aceptar, por tanto, es lo opuesto a resistir –la resistencia es el arma que tiene el ego para autoafirmarse, aun a costa de generar sufrimiento inútil-, pero es también lo opuesto a resignarse o claudicar.

Alineados con lo real, de nosotros brotará la acción adecuada en cada caso. Visto desde la mente, podría decirse que nos responsabilizamos del mundo de las formas. En realidad, aceptación y responsabilidad vienen unidas en el mismo movimiento en el que nos introduce la sabiduría de la vida. Porque, tanto al aceptar como al responsabilizarte, lo haces en la consciencia de ser uno con ella.

Y precisamente por eso –por saber que eres uno con la vida-, te acompaña siempre la confianza. Porque tu acción no busca un resultado determinado. Porque, en último término, no eres tú el hacedor, sino solo el cauce por el que la propia vida fluye. Es lo que expresaba admirablemente, en un lenguaje teísta, Ignacio de Loyola, en la conocida “paradoja ignaciana”: “Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios”. Es admirable precisamente porque se asienta, consciente o inconscientemente, en la sabiduría de la no-dualidad.

Sabiduría que podría formularse de este modo: “Vive como si todo dependiera de ti; y confía como si nada dependiera de ti”. Responsabilidad y confianza, compromiso decidido y desapropiación completa: es el camino de la gratuidad, que nace de la comprensión. Tal paradoja, que para la mente suena a contradicción irresoluble, contiene la más exquisita sabiduría vital. Pero solo puede ser vivida plenamente en la medida en que salimos de la ignorancia que nos hacía reducirnos al “yo” y permanecemos en conexión con nuestra verdadera identidad. La misma comprensión-vivencia de que somos Vida hará todo lo demás.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Tomad, Señor, y recibid…

Viernes, 31 de julio de 2015
En la Fiesta de San Ignacio de Loyola, la pregunta es acuciante: “¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?”
une-c3a9glise-misc3a9ricordieuse

Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad,
todo mi haber
y mi poseer;
Vos me lo diste;
a Vos, Señor, lo torno;
todo es vuestro,
disponed todo a vuestra voluntad;
dadme vuestro amor y gracia,
que esto me basta.

*

San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales,
Cuarta Semana, Contemplación para alcanzar amor, Primer punto.

San_Ignacio

Bibliografía. Hay infinidad de biografías y estudios sobre San Ignacio. Libros de interés

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31.7.15 Ignacio: La meditación cristiana

Viernes, 31 de julio de 2015

Captura_de_pantalla_2013-11-04_a_las_16.47.27_350x234Del blog de Xabier Pikaza:

Se celebra hoy la fiesta de Ignacio de Loyola (1491-1556), maestro y testigo de la meditación, el método o camino de oración (meditación) más empleado en la iglesia moderna. Con esta ocasión quiero distinguir tres formas o momentos de meditación, para desarrollar después, la última, la meditación cristiana:

1. Meditar es pensar con asentimiento interior, no en línea de ciencia objetiva (medible, instrumentalizable, igual para todos), sino de búsqueda y comunión personal, en verdad y armonía con el conjunto de la realidad.Así el que medita busca siempre su equilibrio interior: Saber por qué vive y vivirlo con asentimiento personal. En esa línea se puede situar el buen método de la meditación filosófica, que ha guiado a los grandes pensadores de occidente, desde Platón hasta Descartes y Husserl.

2. En sentido más estricto, meditar es superar todo pensamiento externo, objetivo, en una línea de interiorización oriental (yoga, budismo zen…), para adentrarse así más allá de todos los objetos y deseos en la verdad del absoluto. El que medita deja que en él piense y sea la realidad en sí, eso que algunos llamar lo divino; no se trata de pensar, sino de ser pensado más allá de todo pensamiento. No se trata de salvar el mundo, sino de salvarse uno a sí mismo del mundo.

3. Sin negar lo anterior, la meditación cristiana, tal como la formuló Ignacio de Loyola, es un pensamiento de encuentro con Cristo, esto es, un método de identificación personal con Jesús, para retomar con él (dese él) su camino mesiánico de transformación de la historia, es decir, de salvación humana. El que medita dialoga con Jesús, dejando que él le guía, para realizar así su obra mesiánica de salvación del mundo, es decir, de instauración del mundo en Cristo (instaurare omnia in Christo), según la voluntad y gloria de Dios (AMDG).

11241223_474680446042486_4323225915705169420_nEn las reflexiones que siguen, suponiendo conocidos los dos niveles previos de meditación, quiero fijarme en la de Ignacio de Loyola, para indicar de esa manera lo que significa (lo que tiene de específico) la meditación cristiana.

Buen día a todos (31.7.15). Me gustaría que fuera el día de la meditación cristiana, conforme al modelo de Ignacio de Loyola, estratega y animador de la nueva “compañía” de los amigos de Jesús. Dejo así para los lectores de mi blog tres cuestiones o preguntas radicales:

— ¿Cuál es el sentido esencial de la meditación cristiana? ¿Lo ha entendido y expuesto bien Ignacio de Loyola? ¿Son fundamentales los cuatro momentos que expone?
— ¿Cómo se relaciona la “meditación cristiana”, centrada en Jesús, y la “meditación transcendental” (sin objeto ni persona histórica) de gran parte del hinduismo y budismo?
— ¿Por qué son muchos los que actualmente parecen olvidar la “meditación cristiana”, mientras defienden, practican (e incluso a veces “venden”) un tipo más o menos fino de meditación trascendental?

Ignacio de Loyola

fue ante todo un maestro de oración. Su herencia para la Iglesia Cristiana y para la Cultura de Occidente es el desarrollo de un método de oración personal que se ha llamado y se llama Meditación Cristiana, que consta de cuatro momentos:

• Composición de lugar. Para iniciar el camino de su meditación, el orante ha de evocar y «componer» o recrear en su imaginación el encuadre de una determinada escena evangélica. De esa forma puede concentrarse enteramente en ella.

• Discurso mental. Centrado en la escena, el orante ha de pensar a fondo acerca de ella. Así discurre: organiza y elabora los diversos aspectos del misterio, para descubrir lo que ellos significan. La oración tiene pues un rasgo de razonamiento.

• Participación del corazón. El orante no consigue resolver con su discurso los enigmas que le ofrece el evangelio. Por eso debe introducirse en el misterio. Ya no piensa, no razona. Deja que Dios mismo hable en su hondura, al interior del corazón, y de esa forma participa en el misterio.

• Transformación de la voluntad. La oración se convierte en nuevo compromiso que brota del amor de Cristo, en actitud de entrega radical a la misión del evangelio: no soy yo quien se decide y compromete; el mismo Cristo me ama y actúa con su fuerza salvadora a través de mi existencia.

Así lo he querido desarrollar en las reflexiones que siguen, que ofrezco a mis lectores como ejemplo y guía de oración cristiana, en la línea de Ignacio de Loyola. Buena fiesta a todos en su día.

1. Principio sensible

Ignacio no ha querido fundar en la pura razón su nueva empresa (su “compañía” de voluntarios de Jesús). Sabe que la razón es importante, pero sabe que en su base están la imaginación y los recuerdos, los proyectos y deseos sensibles de la vida.

Por eso no se puede empezar por el pensamiento. La oración ha de fundarse en los principios sensibles de la vida, centrándolos en Cristo; sólo así podrá centrar y dirigir después el pensamiento. Hay otra causa. La meditación cristiana no se ocupa de problemas que se pueden resolver por la teoría: misterios inmutables y verdades eternas de la mente que supera el mundo y se introduce en lo divino. La meditación cristiana ha de enfrentarse con Jesús y con su historia, con aquellos hechos primordiales que suscitan y sostienen nuestra vida de creyentes, arraigándola en el tiempo y espacio de la tierra.

Nótese la diferencia que esto implica con respecto a métodos o técnicas que vienen del lejano oriente. Cierto tipo de yoga y otras técnicas hindúes y budistas quieren que el hombre prescinda en la oración de ese nivel sensible. Para hallarse ante el misterio, les parece necesario superar todo ese plano donde imperan las imaginaciones y deseos de la historia. Sólo en el vacío de mi propio yo interior, cuando la vida externa ya se encuentra silenciada, puede haber lugar para el misterio.

La meditación cristiana sigue un camino diferente. No trata de olvidar nuestro pasado, sino de cimentarlo en Cristo. No trata de borrar nuestros deseos, las imágenes sensibles que parecen dominar la fantasía. Quiere centrar todo eso en Cristo, concentrando nuestra fantasía y sentimiento en los aspectos más visibles y más fuertes de su historia: nacimiento, vida y pascua.

Esta opción ignaciana es teológicamente importante: Dios no se encuentra en el vacío de este mundo, sino allí donde este mundo madura como humano, en apertura hacia el amor y vida plena, en Cristo. Por eso resulta teológicamente peligroso para el cristianismo un método de tipo introspectivo, una meditación trascendental donde no exista lugar para el encuentro con el Cristo que ha venido en carne, haciéndose por tanto historia humana.

En esta perspectiva podemos enfocar el tema psicológico. La meditación trascendental del oriente pone de relieve el aspecto supracósmico de Dios. Por eso, en la oración debemos superar los rasgos que podemos llamar «categoríales», las imágenes y formas concretas de este mundo. Dios emerge en el vacío trascendente de la mente. Por eso, para orar hay que aprender a suscitar ese vacío, superando las pre-ocupaciones de este mundo. Ciertamente, este camino me parece valioso en un primer momento, como medio de lograr autodominio, de tal forma que yo sea dueño de mí mismo. Sin embargo, eso no puede llamarse todavía una oración cristiana. La meditación cristiana debe penetrar en lo sensible, en el recuerdo de Jesús y de su historia, de manera que esa historia se convierte en lugar de Dios y campo de manifestación de su misterio. La misma ley de encarnación nos pone sobre el mundo, iniciando en lo sensible aquel camino que conduce a lo divino.

Veamos un ejemplo. Supongamos que la meditación tiene por lema el nacimiento (cf. Le 2, 1-21). Partiendo del texto evangélico, el orante ha de intentar que sus sentidos y potencias se concentren en la escena: dejará que vayan emergiendo los diversos personajes en su fantasía; se adentrará en los hechos viendo, escuchando, gustando lo que allí sucede. De esa forma, la evocación del pasado se convierte en fuente de experiencia para el presente. El orante no es un simple espectador que mira desde fuera lo que pasa. En su oración se vuelve actor: penetra en la vivencia de la escena y deja que ella misma le penetre, le conforme, le transforme.

Este ejercicio de concentración sensible resulta necesario por la misma forma de actuar de nuestra mente. Nosotros pensamos sintiendo; y muchas veces dejamos que la misma sensación nos lleve y nos transporte a su capricho. Nos hallamos, sobre todo, a merced de una fantasía que va y viene, que vuela y sobrevuela sobre un mundo de fantasmas y deseos que nosotros no podemos dominar del todo. Por eso, la oración implica un ejercicio de dominio de esa fantasía: queremos concentrarla, dirigirla hacia un suceso donde pueda reposar y enriquecerse. No se trata de un control cualquiera, que nosotros ejercemos por decreto; todo lo contrario, dirigimos y centramos la atención sensible en un momento de la vida de Jesús, el Cristo.

Por eso, el mismo ejercicio de concentración implica ya un encuentro religioso. No centramos y aquietamos los sentidos sobre un dato puramente hermoso o agradable de la vida, como quieren ciertas formas de relajación sensible, psicológica. No buscamos una hermosa escena de familia, de mar o de montaña, aunque sepamos que eso pueda ser valioso en un momento, para descargar nuestra atención, como terapia de tipo psicológico. Nosotros queremos concentrarnos en el Cristo, de manera que la fuerza de su vida pueda introducirse de manera creadora y transformante en nuestra vida. Este ejercicio tiene, por tanto, dos finalidades.

Una es de tipo más metódico: para orar es necesario concentrarse, comenzando por la imaginación, por los sentidos exteriores. El verdadero orante es hombre que se esfuerza en dirigir y alimentar su actividad sensible. Por eso, en un momento determinado, sobre todo en el comienzo de la noche, cuando llega el tiempo del descanso, intenta revivir unas escenas de evangelio, llenando así su fantasía. El mismo sueño puede cargarse de esa forma del recuerdo de Jesús y su presencia en los niveles preconscientes de la mente.

Hay una segunda finalidad de tipo más teológico: el creyente es hombre que desea «ver» a Cristo. Por eso le imagina. Ciertamente, ya no conocemos a Jesús en un nivel de carne, como sabe Pablo (cf. 2 Cor 5, 16): no le conocemos con los juicios y principios de este mundo. Pero debemos conocerle en mucha hondura, a partir de la misma sensibilidad y fantasía, en un camino que nos lleva después al pensamiento y decisión creyente. En este aspecto, la oración es ejercicio de hombre pleno: no se cierra en un nivel de pensamiento; quiere encauzar, dirigir, enriquecer todos los planos de la mente, para así fundarlos en Jesús, el Cristo.

2. Reflexión intelectual

Como hemos indicado ya, ciertos métodos de oriente no sólo silencian lo sensible, sino también lo racional. Pero, ¿es posible? Juzgo que no. El hombre es pensante: Dios le ha dado la razón para discurrir, orientándose entre riesgos, arguyendo, investigando, argumentando. Por eso, la meditación cristiana no se puede cerrar en lo sensible, ni abandona de modo «trascendental» el pensamiento. Una vez que el orante se ha dejado enriquecer por la vivencia sensible de Jesús, ha de pasar de un modo riguroso al nivel del pensamiento.

Repetimos. Al hombre no le basta con vivir en el espacio de la fantasía. En un momento dado se pregunta «cómo», «por qué»: el significado y la función de los diversos personajes que intervienen en la vida de Jesús. Volvamos, por ejemplo, al nacimiento, que de un modo tan certero ha presentado Ignacio de Loyola (Ejercicios espirituales, 111-117).

Enriquecido por la fuerza de la escena, sintiéndose integrado en su misterio, con las voces, las figuras y colores de los personajes, el orante ha de pensar. Entonces se pregunta por qué actúan de esa forma los agentes del misterio: animales, pastores, José, María, Jesús, ángeles y Dios. Dentro de ese «por qué» se van centrando todas las preguntas del cielo y de la tierra: el sentido de la naturaleza (gruta) y de la historia, la existencia de los hombres y la gracia de Dios que se revela como niño, en la impotencia de un pequeño y perdido nacimiento.

Una vez que ha comenzado ya la reflexión, y la mente ha penetrado, razonando, en el sentido de la escena, se establece un proceso que pretende ser definitivo. El orante es racional y ha de pensar sin miedo. Por eso discurre de manera rigurosa: investiga, compara, interpreta. En un momento dado quiere resolverlo todo, penetrarlo y comprenderlo con su mente. De esa forma, el nivel de lo sensible queda en un segundo plano. Está allí, se pueden revivir colores y formas de la escena; pero hay algo mucho más valioso que se debe conocer e interpretar por medio de la mente.

De esta forma hemos llegado al corazón de la plegaria meditativa: desde el júbilo sensible, de las formas y colores, intentamos alcanzar el pensamiento. Orar implica pensar sobre Jesús, como lugar de manifestación definitiva de Dios. Frente a todos los intentos antirracionales, frente a todas las tendencias de la mística vacía o sensiblera, la oración se nos presenta en este plano como ejercicio intelectual.

Ciertamente, esta oración no será sólo un ejercicio del discurso, como luego indicaremos. Pero si ella no despliega este nivel, si busca su refugio en el silencio interior o el entusiasmo de una pretendida actuación de Dios que ciega el pensamiento, corre el riesgo de acabar degenerando dentro de sí misma. Volvemos de esa forma a los problemas del método. Ignacio ha presupuesto que el hombre, en su camino de realización cristiana (orante), ha de pasar por cuatro etapas. Las primeras ya las conocemos:

a) el hombre es ser senciente: sólo puede aprehender la realidad por los sentidos, permitiendo que ella le impresione y transfigure; por eso, en el comienzo de toda la oración hallamos el recuerdo y fantasía;
b) el hombre es racional: conoce comparando y discurriendo sobre aquello que impresiona sus sentidos; por eso, al situarse ante Jesús ha de pensar, en el nivel de causas, razones y sentidos. Sólo después podrán venir los aspectos ulteriores de la contemplación del corazón (más allá del pensamiento) y de la nueva voluntad que se compromete con el Cristo. Leer más…

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“El oficio de consolar”, por Gema Juan OCD

Martes, 12 de mayo de 2015

16726558813_1e269c9ca4_mDe su blog Juntos Andemos:

«Este Señor y consolador mío» —así llamaba Teresa de Jesús a Cristo. Había experimentado lo que, poco antes de tomar ella la pluma, había dejado escrito Ignacio de Loyola: que el Resucitado trae el oficio de consolar.

Teresa llamará a este Señor «descanso de todas las penas» y dirá que consuela esforzando y animando, rehaciendo el corazón. Cristo es «consuelo de los desconsolados y remedio de quien se quiere remediar».

Con tanta confianza como amor, escribirá: «¿Será mejor callar mis necesidades?… No, por cierto; que Vos, Señor mío y deleite mío, sabiendo las muchas que habían de ser y el alivio que nos es contarlas a Vos, decís que os pidamos y que no dejaréis de dar». En el Resucitado se descansa, se dejan las necesidades y de Él se puede esperar el consuelo de la paz y la fortaleza.

Cuando se ha hecho experiencia de esta verdad, se deja de buscar «en otra parte su consuelo ni sosiego ni descanso, sino adonde entienden que con verdad le pueden tener». Y quienes lo entienden, «pónense debajo del amparo del Señor; no quieren otro». Teresa aún añadirá: «¡Cuán bien hacen de fiar de Su Majestad, que así como lo han deseado lo cumplen! Y ¡cuán venturosa es el alma que merece de estar debajo de esta sombra!». Bajo la sombra del que vive, se haya la vida.

A punto de terminar las VI Moradas, dirá que Él «da esfuerzo a quien ve que le ha menester» y se ocupa de los que sufren: «En todo defiende a estas almas, y responde por ellas en las persecuciones y murmuraciones».

Además, es un consuelo que ilumina. Teresa dirá que la presencia viva de Cristo «da a entender que es hombre y Dios; no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado». Por eso alumbra el camino: Él es «el verdadero Consolador [que] consuela y fortalece, para que quiera vivir todo lo que fuere su voluntad».

De este Señor, del que Teresa decía: «Olvidará sus dolores por consolar los vuestros, solo porque os vais vos con Él a consolar y volváis la cabeza a mirarle», pedirá a sus hermanas y a todos los que beban en sus escritos que se hagan seguidores. ¿Cómo? Ella lo tiene muy claro: acompañando a Cristo en el oficio de consolar. Haciéndose consoladores como Él.

Cuando Teresa habla de las dificultades que ha tenido en su propio camino, de sus tropiezos y vueltas atrás, lo hace en gran medida, para consolar. Dirá: «Escríbolo para consuelo de almas flacas, como la mía, que nunca desesperen ni dejen de confiar en la grandeza de Dios. Aunque después de tan encumbradas, como es llegarlas el Señor aquí, caigan, no desmayen». Aunque después de un largo camino, se tenga un tropiezo, no hay que abandonar, porque Él jamás deja de dar la mano.

Pocos años antes de su muerte, un grupito de mujeres de Villanueva de la Jara, pedía a Teresa que transformase su beaterio en una comunidad de carmelitas descalzas. Ella se resistía, pero acaba comprendiendo que detrás de la petición está el servicio a Jesús y escribirá: «Paréceme que por muchos trabajos que hubiera de pasar, no quisiera haber dejado de consolar estas almas». Igual que, al concluir su Camino de Perfección, dice: «Consolarme he que os consoléis», leyendo el librito.

Consolar, dice Teresa, es «hacer placer y servir» a los demás. Y advertía a sus hermanas de la necesaria libertad para unirse a Jesús en el oficio de consolar. Por eso, decía: «En otras partes hay libertad para consolarse con deudos; aquí, si algunos se admiten, es para consuelo de los mismos». Pedía, sencillamente, una inversión de intereses, algo que atañe a cualquier seguidor de Cristo: anteponer el bien de los demás.

Así, en una carta a su querido Gracián dejará escrita la razón por la que andaba fundando sus casitas de oración: consolar a los demás. Y, como si no bastara consolar a quienes necesitan remedio, Teresa deja su alegato consolador a favor de las mujeres, una vez más. Porque si su condición la obliga a escribir que «no somos para nada», enseguida añade que esas mujeres reunidas son tan valiosas que podrán conseguir cuanto desean.

«Cada día voy entendiendo más el fruto de la oración y lo que debe ser delante de Dios un alma que por sola su honra pide remedio para otras. Crea, mi padre, que creo se va cumpliendo el deseo con que se comenzaron estos monasterios que fue para pedir a Dios que a los que tornan por su honra y servicio ayude, ya que las mujeres no somos para nada. Cuando yo considero la perfección de estas monjas, no me espantaré de lo que alcanzaren de Dios».

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“La oposición al Papa Francisco”, por Marco A. Velásquez

Domingo, 24 de agosto de 2014

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Papa Francisco: “Me quedan dos o tres años de vida”

Leído en Reflexión y Liberación:

Por un lado están quienes – amparados en el poder de su dinero, de sus privilegios y comodidades – han actuado eficazmente para silenciar la Evangelii gaudium…….
(Marco A. Velásquez).

No hay duda que el papa encuentra una férrea oposición dentro de la Iglesia. Los hechos están a la vista. Mientras unos expresan de manera cada vez más abierta sus diferencias; otros lo hacen sentir de manera menos visible y explícita.

En un comienzo lo criticaron por la sencillez de sus atuendos, luego por su libertad litúrgica, más tarde por su crítica al sistema económico. Ahora les molesta que visite a sus amigos -más bien que tenga amigos, peor aun sin son judíos, musulmanes o pentecostales. No les gusta que ría, que juegue, que sorprenda, que improvise, que dialogue, que telefonee, en resumen, que actúe humanamente.

En un plano más reservado, el descontento se acompaña de la felonía del chisme, donde la indignación con el papa cunde por su crítica y denuncia sistemática contra la corrupción del clero. No le perdonan que exponga públicamente sus debilidades, aunque con ello el papa busque contener el proceso de degradación que experimenta la noble y necesaria función sacerdotal.

En un nivel más elevado, y de manera más orgánica, se estructura una oposición dogmática contra el magisterio del papa Francisco. Silenciosamente va tomando fuerza una corriente teológica que, sin pudor, va enmendando la plana a los anhelos reformistas del papa.

Por un lado están quienes -amparados en el poder de su dinero, de sus privilegios y comodidades- han actuado eficazmente para silenciar la Evangelii gaudium. Sorprende que una exhortación pontificia tan incisiva no sea suficientemente socializada en foros, seminarios, jornadas u homilías; menos aun en tiempos de globalización de las comunicaciones.

Por otro lado, están quienes, convencidos de defender el buen Nombre Dios, advierten públicamente contra todo gesto de apertura o supuesta laxitud moral que pueda desencadenar la misericordia papal. En esta categoría caben los temas relativos a la comunión y confesión de las personas separadas o divorciadas vueltas a casar, los temas de la moral sexual, la ordenación de los viri probati y de las mujeres, así como los nombramientos de obispos, entre otros.

La oposición al papa se articula bajo la misma estructura piramidal de la Iglesia y opera en forma directamente proporcional al poder eclesial. Donde hay más poder, hay mayor oposición. Consecuente con ello, los núcleos de oposición están radicados en la jerarquía, y más precisamente, en no pocos obispos.

Quienes se aglutinan tras la oposición del papa son los obispos que han comprendido su ministerio episcopal bajo una concepción administrativa de ejercicio de poder eclesial. Son quienes han renunciado a asumir la tarea episcopal como un encargo evangélico orientado eminentemente al servicio del Pueblo de Dios. Son los obispos que se han dejado guiar por sus propios miedos y prejuicios, más que por la guía fiable del Espíritu Santo. Son quienes no confían en su clero ni en sus fieles, y que consecuentemente dedican gran parte de su tiempo a controlar, reprimir y sancionar. Son quienes se dejan interpelar más por el Código de Derecho Canónico que por los Evangelios. Son quienes no han asimilado esa gracia divina de la misericordia y que por tanto “dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas pesadas, imposibles de soportar, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo.” (Mt 23, 3b – 4). Son quienes, en definitiva, apagan el Espíritu y quienes han sumido a la Iglesia, de todos, en una crisis de grandes proporciones, habiendo tanto bien que compartir y tanto sufrimiento que contener.

Mientras ayer la Iglesia era remecida por vergonsosos escándalos provocados por algunos de sus ministros, en el presente aflora en la conciencia del Pueblo de Dios esa otra crisis, que persiste a través de la historia, es la crisis que provoca la tentación del ejercicio del poder en la Iglesia. Esta es la crisis que afecta de manera más incisiva al servicio apostólico del papa Francisco y que lo lleva insistentemente a pedir que el Pueblo de Dios lo sostenga con la oración.

El papa, como fiel hijo de san Ignacio de Loyola, con su testimonio actualiza esa Guerra del Reino descrita en los Ejercicios Espirituales. La escena de un campo de batalla donde se enfrentan la vida y la muerte, el bien y el mal, y donde los hombres se disponen a luchar bajo una de Las Dos Banderas, la de Jesucristo o la de Santanás, es una adecuada escenificación para graficar las tensiones que afectan a la Iglesia y al papa. (EE 135-149).

Tan fuerte es la tentación del poder que invade al ministerio episcopal, que San Agustín, como obispo bueno de Hipona, quiso advertir a sus contemporáneos y a sus sucesores de los peligros que encierran el ejercicio del episcopado, diciendo: “Desde que se me impuso sobre mis hombros esta carga, de tanta responsabilidad, me preocupa la cuestión del honor que ella implica. Lo más temible en este cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que reporta a vuestra salvación. Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación.” Sermón 340.

No está lejano el día en que el Pueblo de Dios comience a sustituir sus reverencias por exigencias de conversión a sus pastores, porque nada alienta más a vivir la alegría del Evangelio que el buen ejemplo de esos hombres que están llamados a guiar a los hijos e hijas de la Iglesia. Mientras tanto, ese mismo Pueblo seguirá sosteniendo fielmente al papa Francisco con su modesta y agradecida oración.

Marco Antonio Velásquez Uribe

www.reflexionyliberacion.cl

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“Dios puede más en el mundo que al interior de la Iglesia”, por Marco Antonio Velásquez Uribe

Miércoles, 18 de junio de 2014

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En el día del Espíritu Santo, ese gesto de grandeza humana tendrá los frutos de paz deseados en un abrazo inolvidable que, en la sede de Pedro…

 No hay duda que el Papa Francisco encuentra grandes dificultades al interior de la Iglesia para impulsar un programa de reformas que la conduzca al encuentro con un mundo anhelante de Dios. Él como insigne hijo de Iñigo de Loyola sabe que la impronta ignaciana contiene en sus sabios elementos decisivos para poner a la Iglesia en la senda del futuro. Por ello se le ve disponiendo “todo su haber y poseer” a un ritmo frenético e infatigable, porque bien sabe que hay poco tiempo para dotar a la Iglesia universal de ese rasgo esencial del cristianismo, aquel que le fuera dado como carisma al fundador de la Compañía de Jesús: “en todo amar y servir, para la mayor gloria de Dios”. Francisco sabe que sin ese sello de espiritualidad servidora la Iglesia corre el grave riesgo de convertirse en un gesto insignificante, sin repercusión social.

Como estricto “contemplativo en la acción”, es un pastor modelado en su estilo por esa Iglesia-Pueblo de Dios, donde le ha cabido conducirla por los caminos de la esperanza, primero en su querido Buenos Aires y ahora desde la silla de Pedro. En esa tarea se ha dejado impregnar por la vida de su Pueblo, donde ha descubierto que el primer servicio de la Iglesia se debe a los pobres y sencillos, a los explotados y a las víctimas de un modelo de sociedad esclavizante de multitudes.

Es ahí donde Francisco se estrella con los poderosos, que se constituyen en sus principales adversarios. Y claro, si los ha denunciado en público, dejándolos expuestos en sus vanidades y en sus pomposas ostentaciones. Sus lujosos palacios y sus majares han quedado a la vista de todos, mientras sus ocultas intensiones son reveladas. Como pastores son prestos para condenar y lentos para el perdón y la misericordia, gobiernan con severidad y cargan las espaldas de los débiles con pesos agobiantes, abren las puertas del cielo a sus amigos y las del infierno a sus enemigos, somenten a costa de miedo apagando el Espíritu; con su ejemplo ahuyentan a muchedumbres.

En este contexto, difícil es la tarea del insobornable Francisco con tantos trepas y carreristas en su cercanía, también con la de no pocos dispersos en la amplia geografía de las Iglesias locales que, indiferentes a los consejos del papa, pastorean a sus rebaños ajenos a los vientos que soplan en Roma. Para ellos, nada ha cambiado, sólo esperan con certeza y paciencia la llegada de un nuevo cónclave. Bien podría decirse que ya han jurado venganza por tanta ignominia revelada.

Así, es comprensible la indiferencia eclesial al magisterio del papa Francisco, la resistencia para volver al Concilio Vaticano II, la rebeldía para multiplicar entre los pobres y afligidos la “dulce y confortadora alegría del Evangelio”, en resumen, tanto silencio de la Evangelii Gaudium.

Ésta es la triste historia de la soledad que acompaña al papa Francisco, cuya voz profética y magisterial es despreciada por muchos de sus colaboradores y acogida con admiración por paganos, gobernantes y líderes religiosos. Sin embargo, esa misma historia ya registra en sus anales que, así como un día el papa Francisco denunció la globalización de la indiferencia desde Lampedusa, en el día de Pentecostés de 2014 el mismo papa tendió un puente de plata para construir la paz mundial, reuniendo en Roma a los líderes políticos y religiosos de los judíos, musulmanes y cristianos. En el día del Espíritu Santo, ese gesto de grandeza humana tendrá los frutos de paz deseados en un abrazo inolvidable que, en la sede de Pedro, unió a Simón Peres y Mahmoud Abbas; todo acompañado de la oración silente del patriarca ortodoxo Bartolomé.

Es evidente que Dios puede más en el mundo que al interior de la Iglesia.

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