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“Metáforas de la no-dualidad. Señales para ver lo que somos”, por “Enrique Martínez Lozano

Jueves, 18 de octubre de 2018

biblia-jovenDesde joven me ha movido el anhelo y la determinación por llegar a comprender qué somos y, posteriormente, la invitación y el gusto por compartirlo. Podría decir que todo lo que escribo y todo lo que hablo no busca otro objetivo, sino el de ayudar a comprender y a vivir lo que somos. Por escrito y de palabra me apasiona ofrecer claves teóricas y herramientas psicológicas y meditativas que faciliten tal comprensión.

¿Cómo favorecer la comprensión de lo que somos y, en último término, la comprensión de lo real?

Desde la antigüedad, los sabios han mostrado que la clave se hallaba contenida en la respuesta a la primera y decisiva cuestión: ¿quién soy yo?  Y han propuesto una aproximación no-dual a lo real.

Ambas cuestiones constituyen dos pilares fundamentales de la llamada sabiduría o filosofía perenne: la centralidad de la pregunta “¿quién soy yo?” y la afirmación de la naturaleza no-dual de lo real.

Ambas claves sostienen también la estructura de este nuevo libro, cuya novedad radica en el recurso a la metáfora como vehículo pedagógico. A través de ella intento expresar, del modo más sencillo posible, la naturaleza no-dual de lo real y responder a la cuestión decisiva: ¿Quiénes somos?, ¿qué es lo realmente real?

Tal como indica su propia etimología, la metáfora (meta = más allá, pherein = llevar), gracias a su capacidad evocadora, posee la virtualidad de trasladarnos más allá de lo que aparece a primera vista, más allá de lo que puede ser captado por la mente. A partir de una imagen sencilla, nos abre la puerta para acceder a la dimensión más profunda de nuestro ser.

Al mismo tiempo, la metáfora facilita la comprensión de conceptos que, por su novedad, podrían resultar no fáciles de entender. Por ese motivo, me parece que el libro puede resultar asequible incluso para quienes nunca se hayan aproximado a estas cuestiones.

Presento setenta metáforas que abordan temas vitales: nuestros miedos y nuestras certezas, el camino de la liberación del sufrimiento, la comprensión de lo que somos, la raíz de nuestra ignorancia y la fuente de toda confianza, las creencias y la verdad, nuestras ideas acerca del “bien” y del “mal”, el funcionamiento de la mente, la confusión entre lo real y lo aparente, el falso dilema entre libre albedrío y determinismo, el elogio de la libertad, la comprensión y vivencia del amor, la fuente de la transformación…

Todas ellas, sin embargo, orbitan en torno al eje siempre central: ¿quién soy yo? Este es el verdadero trasfondo de todas las metáforas, porque es el único camino de la auténtica indagación. El camino de la verdad empieza por la indagación rigurosa y lúcida acerca de nuestra verdadera identidad. Porque de la respuesta a esta primera cuestión dependerán absolutamente todas las demás. Según el modo como me vea a mí mismo, así veré a los otros y al conjunto de lo real.

Las metáforas quieren ser un medio que despierte la búsqueda y aliente la sabiduría: operan, así, como puertas que abren a la comprensión, recordatorios de lo que hemos olvidado, en definitiva vehículos que nos trasportan más allá de lo que aparece a primera vista para mostrarnos lo que somos.

Así nos muestran, por ejemplo, que somos el cielo y que todo lo demás es el clima; que somos un remolino que ha olvidado que es agua, que somos a la vez la ola y el mar, el baile y el bailarín… Y que la realidad es, al mismo tiempo, vida y seres vivos, lo que es y lo que pasa, dulzor y miel, estación y trenes que circulan…

Al tratarse de metáforas, el libro ofrece diferentes niveles de lectura: puede leerse como una primera aproximación a la no-dualidad, o como medio para profundizar en lo comprendido. Incluso como material susceptible de ser utilizado para trabajar en grupo o con jóvenes que se inician en la comprensión.

Quiero señalar también que el libro ha sido enriquecido con unas cuidadas y preciosas ilustraciones, obra del diseñador gráfico Javier Abril del Diego, a quien también aquí quiero expresar mi más cálida gratitud. Si la metáfora nos “traslada más allá”, la imagen le ofrece un plus de evocación y gusto.

Deseo de corazón que la comprensión, de la mano de las metáforas, nos traslade a “casa” de la que, paradójicamente y a pesar de las apariencias, nunca nos habíamos alejado. Porque, tal como escribe Fidel Delgado en el Prólogo, “dichoso quien se sabe en camino y en casa a la vez”.

Metáforas de la no-dualidad. Señales para ver lo que somos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2018.

Enrique Martinez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“No-dualidad: ¿una moda? (II)“, por Enrique Martínez Lozano.

Miércoles, 10 de octubre de 2018

205daac0-dc84-4679-9276-145fa462b950Segunda Clave: No-dualidad y sabiduría perenne.

La no-dualidad pertenece al núcleo de la sabiduría de la humanidad, en sus distintas tradiciones y expresiones. Es, por tanto, lo más opuesto a una moda pasajera. Los sabios –algunos de los cuales se hallan en el inicio de las diferentes tradiciones religiosas– han comprendido la naturaleza no-dual de lo Real.

Las diferencias entre ellos provienen de las distintas representaciones mentales en las que se movían. La vivencia y la comprensión puede ser idéntica y, sin embargo, variar la interpretación que cada persona hace de la misma. Porque toda interpretación o lectura es ya un fenómeno mental que echa mano de los esquemas –sociales, culturales, educacionales…– o “mapas” con los que cada mente se maneja.

Ahora bien, siendo cierto que la comprensión no-dual ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, no lo es menos que, en la actualidad, pareciera que tal comprensión se está “expandiendo”, es decir, alcanza cada vez a más personas y colectivos. Y es esto precisamente lo que permite hablar de una “revolución” de la no-dualidad.

Ante este fenómeno, habrá quien hable de “moda” y hay incluso quien directamente la descalifica, negando valor a estas nuevas –y cada vez más extendidas y frecuentes– expresiones, tachándolas de “superficiales” y negándoles el valor que atribuye a la de aquellos que considera sabios o místicos “oficiales”. No entiendo el motivo, a no ser que se trate únicamente de un pre-juicio, por el que alguien afirma la validez de la experiencia vivida por “Santa Teresa, Ibn Arabi, Hakuin, San Juan de la Cruz (místicos auténticos)” mientras descalifica a “conocidos neoadvaitas (Tony Parsons, Jeff Foster, Eckhart Tolle, David Carse o Yolande Duran)”, con el pretexto de que es una “corriente declarada como pseudoespiritual por los advaitas tradicionales”. El mismo crítico llega a escribir que “si esta moda se impone es de esperar que va a ser muy difícil distinguir la verdadera no dualidad o mística de lo que son «pseudonodualidades»”.

Me resulta llamativa la propensión a conceder “certificados de calidad”, según los cuales se validan determinadas experiencias, mientras se descalifican otras, a tenor de los propios pre-juicios. Más aún cuando eso se repite al otorgar credenciales de “persona comprometida” a quien responde a un determinado cliché sobre lo que tendría que ser el “compromiso”.

Y ya que ha surgido la cuestión del compromiso, me parece relevante señalar que es bueno cuestionar el compromiso que no nace del amor y de la desapropiación del yo. En el modo como a veces se plantea, creo percibir lo que podría designarse como un cierto moralismo mesiánico de corte judeocristiano, con todo lo que tiene de exigencia, autoafirmación egoica (o fariseísmo) y culpabilización (hacia quienes no lo viven de ese modo). No es casual que sea precisamente en esos ámbitos donde se hable de una “espiritualidad política”. El compromiso se plantea ahí, fundamentalmente, como una “exigencia” –por más que luego se le añada el calificativo de “ética” o “moral”–, como algo que “tengo que” o “debemos” hacer, en un planteamiento típicamente mental o egoico, que suele esconder no pocos equívocos peligrosos.

Me parece sensato, al menos, sospechar de los posicionamientos de quienes creen que es el yo quien construye y dirige la historia. Creo que late ahí un disimulado narcisismo y un innegable antropocentrismo, peligroso precisamente por ser falso.

Considero importante mantener el espíritu crítico para prevenir la credulidad o incluso la irracionalidad. Pero no me parece ajustado que, a la hora de ejercitarlo, se recurra a “argumentos de autoridad” o a criterios basados en las propias preferencias. Y eso ocurre cuando se confunde la no-dualidad con la propia idea acerca de ella.

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal

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“No dualidad. Una moda”, por Enrique Martínez Lozano.

Viernes, 5 de octubre de 2018

el-abrazo-1976-juan-genoves-custom2Introducción

Con frecuencia, se recurre a ese calificativo –“es una moda”– para descalificar todo aquello que, extendiéndose en sectores sociales cada vez más amplios, se mira con recelo, desaprobación o rechazo. El término evoca automáticamente algo pasajero, superficial, inconsistente e incluso, en algunos casos, peligroso o dañino.

De la no-dualidad se dice, en algunos ámbitos –generalmente religiosos–, que “es una moda” y que constituye nada menos que “una enfermedad espiritual”.

En síntesis, quienes así se expresan suelen utilizar dos argumentos: por una parte, según ellos, lo que actualmente se llama “no-dualidad” no sería sino un “monismo” vulgar que negaría valor a todo el mundo de las formas (lo personal, lo relacional, lo social…); por otra –se dice– abocaría a una actitud de indiferencia descomprometida, potenciando un “espiritualismo narcisista” engañoso y deshumanizador.

Se trata, sin duda, de trampas que acechan a ciertos planteamientos que se autodenominan “no-duales”, pero no a la genuina comprensión no-dual. Esta es siempre cuidado amoroso, que valora toda forma –¿cómo no lo haría si la reconoce como expresión particular de “lo que es”?– y se expresa como amor compasivo. De hecho –y este es el modo menos inadecuado de nombrarla– no-dualidad es amor.

Es de apreciar la crítica que brota de la búsqueda de la verdad y del amor –verdad y amor no pueden caminar separados–, pero la descalificación suele nacer de la inseguridad afectiva y de la necesidad neurótica de autoafirmación.

Suelo callar ante quienes, expresamente o no, se erigen en guardianes de supuestas “esencias” –en este caso, guardianes de la “auténtica espiritualidad”– porque sospecho que en toda descalificación, aun recurriendo a “nobles” declaraciones, suele esconderse un afán de autoafirmación narcisista y defensa de la propia sensación de seguridad, que se siente amenazada ante opiniones discrepantes.

Solo desde ahí cabe entender a quien juzga y descalifica como “falsa espiritualidad” aquella que no coincide con la idea que él tiene de la misma; y llama “inacción” a todo lo que no sea actuar en la línea que él considera adecuada.

Tal como lo veo, “espiritualidad” es sinónimo de “no-dualidad”. Y me parece que la imagen menos inadecuada para referirnos a ella sea probablemente la del “Abrazo”. Lo que llamamos Realidad es un inmenso “abrazo” y, al alinearnos conscientemente con ella, somos transformados por la comprensión y la compasión hacia todos los seres.

Con todo ello, sin negar las ambigüedades que acompañan nuestra forma de expresarnos, me parece que pueden hacerse, con rigor, estas tres afirmaciones: 1) la realidad es no-dual; 2) la no-dualidad pertenece al núcleo mismo de la llamada “sabiduría perenne”; y 3) la llamada “revolución de la no-dualidad” –en cuanto que está alcanzando una notable dimensión colectiva– constituye una de las mayores aportaciones de este momento histórico.

En las entregas próximas abordaré cada una de estas tres cuestiones.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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“¿Crisis de valores o crisis del modelo dual? Otro modo de ver, para vivir de otro modo (II). “, por Enrique Martínez Lozano.

Sábado, 15 de septiembre de 2018

valoresIII. Cambio en el modelo de cognición

Pero hay todavía más. A mi parecer, y a tenor de los indicios que parecen cada día más manifiestos, no se trata únicamente de un cambio de paradigma –como otras veces ha ocurrido en la historia-, sino además de un cambio radical en el modo de conocer: lo que se halla en crisis es nada menos que nuestro habitual modelo de cognición. Por lo que, mientras no asumamos el nuevo modelo, con las implicaciones que conlleva, la crisis seguirá sin resolverse adecuadamente.

Dicho más claramente: nos hallamos enredados en una absolutización del modelo mental que –como nos recuerdan las tradiciones de sabiduría– nos mantiene “dormidos” y, por tanto, en la ignorancia, la confusión y el sufrimiento. Sin superar ese modelo, no lograremos “despertar”.

Afrontemos, pues, la cuestión de los modelos de cognición. Y, para empezar, me gustaría reconocer la magnífica labor que, entre nosotros, están llevando a cabo varios filósofos. Me refiero a Mónica Cavallé, Consuelo Martín, Jorge Ferrer, Aitxus Iñarra y José Díez Faixat, entre otros [1].

Pero no es solo en filosofía: en campos tan dispares como la física, las neurociencias, la psicología, la medicina o la educación…, está teniendo lugar una apertura inédita, impensable hace solo unos años, hacia una visión más holística o integral de lo humano en particular y de toda la realidad en general.

Lo que está ocurriendo en todos esos campos, aunque no se haya nombrado de este modo, es la percepción de que el modelo mental es radicalmente limitado y necesita ser complementado por el modelo no-dual.

Existen dos modos básicos de acercarnos a comprender lo real: a través de la mente o través de la experiencia no-mediada. Al primero lo llamamos modelo mental y ofrece un conocimiento por análisis y reflexión. El segundo es el modelo no-dual y hace posible un conocimiento por identidad [2].

El modelo mental se basa en la razón y funciona a través del análisis y de conceptos “claros y distintos”. Es posible gracias a la separación que establece entre sujeto y objeto, perceptor y percibido. Sin tal separación, el modelo no podría funcionar. Pero, como consecuencia inexorable de la misma, sus características no pueden ser otras que estas: dualismo, separatividad y objetivación.

Es decir, la mente fractura la realidad –a partir de aquella dualidad primera–, reduciéndola a la suma de una infinidad de realidades separadas, a las que, también de un modo inexorable, ha reducido previamente a objetos. De hecho, pensar es sinónimo de delimitar y objetivar.

¿Qué significa esto? Por un lado, que el modelo mental funciona admirablemente en el mundo de los objetos, lo cual explica el extraordinario desarrollo de la ciencia y de la tecnología en nuestro medio sociocultural; por otro, sin embargo, que parte de un engaño original que, sin embargo, es incapaz de percibir: da por supuesto que la realidad es tal como el propio modelo la capta, sin advertir que la mente no ve la realidad, sino únicamente su interacción con ella.

Esta trampa, tanto más peligrosa cuanto más inadvertida y dada por supuesta como si de un axioma se tratara, ha sido (es) la causante de los efectos reduccionistas y empobrecedores del modelo. En efecto, los resultados más graves, por engañosos, pueden formularse de este modo:

· La realidad es como la ve nuestra mente.

· Solo existe lo que la mente ve (lo empíricamente demostrable).

Ambos axiomas, aceptados vulgarmente de una forma incuestionada, han dado lugar a un modo de ver reduccionista, que ha hecho de la ciencia una pseudo-religión –con sus dogmas, sus gurús y su exigencia de adhesión ciega–, cayendo en un cientificismo chato cuyas consecuencias todavía estamos padeciendo.

Si la realidad es como la ve nuestra mente, y si solo existe lo que ella ve, está abierto el camino al nihilismo y al vacío existencial. Pero, ¿es realmente así?

El psicólogo italiano Giorgio Nardone afirmaba, en una entrevista reciente, que “es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa todo”. Ha sido necesario llegar al final del callejón sin salida adonde conduce el modelo mental –cuando se absolutiza– para darnos cuenta de que hay vida más allá de la mente; para reconocer lo que siempre nos habían dicho los sabios y los místicos: existe otro modo de acceso a la realidad que es previo a la razón.

Ni el conocimiento se reduce al pensamiento ni nuestra identidad se reduce al yo. Es claro que, desde la mente, no podemos vernos sino como yoes separados. Pero no porque lo seamos, sino porque el modelo no permite ver otra cosa que objetos.

Desde el modelo no-dual, por el contrario, todo se modifica. Y es que, como ha escrito Consuelo Martín, “mientras estoy pensando creo que veo la verdad de las cosas pero lo único que hago es barajar interpretaciones escuchadas a otros. No descubro sino por serena observación que ver no es pensar [3].

Decía más arriba que el modelo mental nos otorga un conocimiento por reflexión. El modelo no-dual, por el contrario, posibilita el conocimiento por identidad. Esto significa que, basta aprender a silenciar la mente, para que todo ser humano pueda experimentarlo por sí mismo.

En realidad, ese es el único requisito. Se requiere silenciar la mente –tiene toda la razón Vicente Simón cuando escribe que se necesita “calmar la mente, para ver con claridad [4]; y Consuelo Martín cuando indica que “si no hay silencio del pensamiento no sabremos lo que es la verdad [5]–, porque el modelo mental es esencialmente separador, por lo que, mientras no salgamos de la mente, es imposible otro conocimiento que no sea el de objetos.

Acallada la mente, ¿qué ocurre? Que la consciencia se reencuentra consigo misma. Y que, sin negar las diferencias en las que la propia consciencia se manifiesta y expresa, accedemos a ver la unidad que todas comparten. A este abrazo de las diferencias en una unidad mayor es a lo que llamamos “no-dualidad”.

IV. Consecuencias de la absolutización de la mente

Las consecuencias probablemente más nefastas, derivadas del hecho de haber absolutizado el modelo mental, han sido el cientificismo y el individualismo. Por el primero, la realidad se reduce simplemente a lo que se puede tocar: caemos en una visión materialista y pragmática. Por el segundo, nos identificamos con nuestra estructura psico-somática, viviendo en función del “yo” al que hemos asignado nuestra identidad: caemos en una visión egocentrada en todos los ámbitos de la existencia; economía, política, religión…, se convierten en dominios en los que el yo busca fortalecerse a costa de cualquier otra cosa.

Es claro que tal visión tenía que entrar necesariamente en crisis. Y que la crisis, a su vez, puede servir de catalizador para encontrar la salida.

Pero la salida no vendrá por el lado del voluntarismo, sino de la comprensión. Es decir, solo superaremos positivamente la crisis si somos capaces de crecer en consciencia.

En el modelo mental, la consciencia parece identificarse con la mente. No es raro, por tanto, que la persona se perciba a sí misma como un islote separado del resto. La realidad, sin embargo, es ue la mente no es sino una herramienta de la consciencia: mente es lo que tenemos; consciencia es lo que somos. Es esto lo que necesitamos ver para poder implementar los medios operativos que nos lleven a vivir en coherencia con este nuevo modelo. Es decir, solo accediendo a “otro modo” de ver, podremos aprender a vivir de “otro modo”.

Y aquí es donde entra en juego la puesta en práctica de aquellos medios que favorezcan el paso de un modelo al otro, de un modo particularmente especial en el ámbito educativo. Se hace necesario abandonar la rigidez del estrecho modelo mental para, integrándolo, plantear una educación integral, que atienda a todas las dimensiones de la persona. Es lo que, en la última década, aunque con diferentes nombres, se conoce como “inteligencia espiritual”.

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal

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[1] De entre ellos, me parecen de lectura obligada los siguientes libros: M. CAVALLÉ, La sabiduría recobrada. Filosofía como terapia, Kairós, Barcelona 2011; C. MARTÍN, La revolución del silencio. El pasaje a la no-dualidad, Gaia, Madrid 2002; J.N. FERRER, Espiritualidad creativa. Una visión participativa de lo transpersonal, Kairós, Barcelona 2007. J. DÍEZ FAIXAT, Siendo nada, soy todo. Un enfoque no dualista sobre la identidad, Dilema, Madrid 2007.

[2] Para un estudio detenido de los modelos de cognición, he de remitir a lo que he expuesto en E. MARTÍNEZ LOZANO, Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la no-dualidad, Desclée De Brouwer, Bilbao 2014.

[3] C. MARTÍN, La revolución del silencio. El pasaje a la no-dualidad, Gaia, Madrid 2002, p.41.

[4] V. SIMÓN, Aprender a practicar mindfulness, Sello Editorial, Barcelona 2011, p.28.

[5] C. MARTÍN, La revolución del silencio. El pasaje a la no-dualidad, Gaia, Madrid 2002, p.49.

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“Dios más allá de unidad y dualidad”, por José Arregi

Miércoles, 14 de marzo de 2018

dibzddlwaauhr1eLeído en su blog:

No quiero renunciar a la palabra ‘Dios’ para decir el Misterio más hondo de todo lo real, aunque entiendo muy bien a quienes renuncian a ella por ser tan equívoca, la más equívoca de todo el diccionario. Tanto, que si alguien me pregunta: ‘¿Tú crees en Dios?’, no le respondo ni que sí ni que no, sino que depende de lo que entienda por ‘Dios’. Y lo hago por respeto al Misterio, que habita, sí, en la palabra, pero abriéndola al Infinito más allá de los significados de todas las palabras.

El ‘Dios’ que imaginas, ciertamente no existe. Aun cuando asientas al dogma de su existencia y afirmes que es el Creador del mundo y único y trino a la vez, puedes estar seguro: ese ‘Dios’ en quien piensas no existe. No digo que Dios no sea, sino que el ‘Dios’ de tu mente no existe. Lo dijo San Agustín: “Si comprendes, no es Dios”. El ‘Dios’ en quien piensas es siempre un objeto creado por tu mente.

Y si alguien me pregunta: ‘¿Dios es personal?’, le vuelvo a preguntar: ‘¿Qué significa personal para ti?’. Si ‘personal’ expresa la singularidad de cada individuo, lo que a cada uno le hace único y distinto de todo otro individuo de su especie o de otra, entonces ciertamente Dios no es personal. Si personal significa relación de alteridad hecha de amores y desamores, de heridas y perdones, de emociones positivas y negativas, predilecciones y rechazos propios del ego humano, Dios no es personal. Dios no es una persona en relación con otras personas. Es el Misterio de la Relación. Es compasión universal. No es el Tú de un yo, ni el Yo de un tú. Es Amor creador. Es respiro. Es Alma de todo.

Dios no es Alguien. No es un sujeto contrapuesto a un objeto, algo, ni a un sujeto, alguien. Dios no es un ente entre otros entes, ni el Ente Primero, causa exterior de este mundo. Si Dios fuera Alguien, se opondría a otro alguien o a otro algo, no sería la Realidad Absoluta. Pero Dios no se suma con nada, ni se contrapone a nada, ni se cuenta dentro ni fuera de ninguna serie. Dios no se añade ni se resta a nada. Es sin número ni género. ES.

Por eso escribió el joven teólogo Bonhöffer en una cárcel nazi donde fue ahorcado en 1945: “Un Dios que hay no lo hay”. Otros grandes teólogos de su época, tales como Tillich y Robinson, enseñaron lo mismo. Desgraciadamente, su camino no fue seguido por la teología, ni protestante ni católica.

Aquellos pioneros entendieron y asumieron el diagnóstico de Nietzsche, quien se había limitado a tomar nota de la muerte no del Misterio, sino del ‘Dios’ arcaico de la moral y del dogma. Aquellos teólogos declararon el fin no de Dios, sino del viejo teísmo nacido hace 5.000 años en la imaginación y en los panteones indoeuropeos y semitas. Revisaron a fondo todo el sistema religioso tradicional, y quisieron expresar su aliento liberador originario en los nuevos paradigmas espirituales, científicos y políticos. La evolución del cristianismo y de las demás religiones en Europa y en el mundo hubiese sido seguramente muy distinta, si las propuestas conceptuales y prácticas de aquellos profetas de los años 50 del siglo pasado hubieran sido adoptadas y secundadas. Pero las iglesias y las religiones se aferraron al ’Dios’ del pasado, y cerraron su futuro.

No hay, pues, ‘Dios’ como hay un sofá en el salón o una prímula o flor de San José en la orilla sombreada del camino o unos ánades reales nadando en el río. Dios no es ninguna forma, aunque no es sino en las formas. Es el Fondo y el Origen permanente de toda forma. No es nada de lo que ‘hay’, sino el Todo de cuanto es. Así lo vieron desde muy antiguo los místicos y místicas de las distintas filosofías y sabidurías, religiosas o no. Dios no es ‘otro’ de nada, ni de ti, ni de mí, ni de la prímula del camino. Dios no es Lo Otro de nada, es ‘Lo no-Otro’, escribió en el siglo XV el teólogo, filósofo y místico, además de cardenal, Nicolás de Cusa. Dios y yo no somos dos. Dios y mundo no son dos. No hay dualidad.

Claro que no-dualidad –cuidado con el malentendido– no significa unidad. Así pues, Dios y mundo tampoco son uno. Dios no es la parte de un todo ni la suma de todas las partes, sino el Todo presente en cada parte. No es un ente, sino el Ser de todo ente, el fuego creador que arde en lo profundo de todos los seres, más allá de la forma, del uno y del dos, que pertenecen a lo que se puede contar. Invócalo si quieres como Tú, pero trasciende esa imagen, trasciéndete en ti, en todo.

Una poderosa corriente espiritual de la no-dualidad, tan antigua y universal como la mística, tanto religiosa como no religiosa, recorre hoy el mundo, y creo que es su única salvación contra la imposición violenta de una única forma global y contra la lucha fratricida de las diversas particularidades. La espiritualidad de la no-dualidad también la única salvación de las tradiciones religiosas, llamadas a liberarse de sus creencias y de sus dioses hechos a imagen humana, y poder así seguir inspirando una praxis liberadora y la comunión de todos los vivientes.

La ciencia nos brinda un conocimiento dual de las partes del Todo por su método basado en el análisis, la medida y la verificación. Necesitamos la ciencia, al servicio del bienestar común. Pero necesitamos aun más la mirada o la conciencia espiritual expandida que nos permite admirar, amar y encarnar en la vida el Misterio más hondo de todos los seres, más íntimo y Real que toda identidad y diferencia.

Ese Misterio o Dios es lo que somos y es nuestra vocación. Es el Bien Común verdadero de todos los seres. Solo nos salvaremos si lo sabemos y si buscamos darle forma política, hacia un Horizonte que trasciende todas las formas.

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“Ante 2017. Un año por estrenar”, por Enrique Martínez Lozano

Sábado, 7 de enero de 2017

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En contra de lo que nos dice nuestra mente –y el sentido común-, hoy ya sabemos que el tiempo no es la “línea” estable sobre la que discurre la existencia, sino una dimensión más –junto con el espacio, del que es inseparable- del mundo de lo manifiesto. Este es el nivel aparente, el mundo de las formas y del movimiento.

Por “debajo” de él, o mejor, en su “núcleo”, late lo realmente real, aquello que constituye la identidad última de todo lo que es y somos. Y Eso es quietud.

Pero movimiento y quietud no son realidades opuestas o contrarias, sino las dos caras en que se manifiesta lo Real. Como enseña el Tao te King, “el Ser nace en el No-Ser”; o “el Tao es un vacío insondable y está en movimiento incesante que jamás se agota”. La quietud aparece como movimiento, el vacío como forma, la nada como objetos… Y nosotros mismos podemos experimentar la no-contradicción: al silenciar la mente, experimentamos, a la vez, la quietud que somos y el incesante movimiento que se da en nuestro cuerpo.

A esa unidad en la diferencia la llamamos no-dualidad. Y en eso consiste la sabiduría: en vivir la realidad de las formas (el movimiento) desde lo realmente real (la quietud), vivir “lo que tenemos” desde “lo que somos”, vivir el tiempo (en el tiempo) desde la atemporalidad (presencia).

Lo cual requiere conocer quiénes somos y permanecer en conexión con ello. Somos quietud en medio de las formas. Y cuanto más nos atrevemos a vivirlo, más descubrimos su verdad.

Ánclate en la quietud que eres. Cuando aparezca cualquier tipo de inquietud, reconoce que es solo un movimiento en la superficie que no afecta a tu identidad. Como dice Pema Chödrön, “tú eres el cielo, todo lo demás es el clima”. El cielo no se ve afectado por las nubes que aparecen en él. Si la inquietud nos posee y nos arrastra, se debe solo a la ignorancia acerca de quienes somos.

La comprensión de nuestra identidad conduce a la aceptación, y en la aceptación encontramos la paz. Aceptar significa alinearse con lo real y fluir con la corriente de la vida.

Aceptar, por tanto, es lo opuesto a resistir –la resistencia es el arma que tiene el ego para autoafirmarse, aun a costa de generar sufrimiento inútil-, pero es también lo opuesto a resignarse o claudicar.

Alineados con lo real, de nosotros brotará la acción adecuada en cada caso. Visto desde la mente, podría decirse que nos responsabilizamos del mundo de las formas. En realidad, aceptación y responsabilidad vienen unidas en el mismo movimiento en el que nos introduce la sabiduría de la vida. Porque, tanto al aceptar como al responsabilizarte, lo haces en la consciencia de ser uno con ella.

Y precisamente por eso –por saber que eres uno con la vida-, te acompaña siempre la confianza. Porque tu acción no busca un resultado determinado. Porque, en último término, no eres tú el hacedor, sino solo el cauce por el que la propia vida fluye. Es lo que expresaba admirablemente, en un lenguaje teísta, Ignacio de Loyola, en la conocida “paradoja ignaciana”: “Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios”. Es admirable precisamente porque se asienta, consciente o inconscientemente, en la sabiduría de la no-dualidad.

Sabiduría que podría formularse de este modo: “Vive como si todo dependiera de ti; y confía como si nada dependiera de ti”. Responsabilidad y confianza, compromiso decidido y desapropiación completa: es el camino de la gratuidad, que nace de la comprensión. Tal paradoja, que para la mente suena a contradicción irresoluble, contiene la más exquisita sabiduría vital. Pero solo puede ser vivida plenamente en la medida en que salimos de la ignorancia que nos hacía reducirnos al “yo” y permanecemos en conexión con nuestra verdadera identidad. La misma comprensión-vivencia de que somos Vida hará todo lo demás.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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¡Eres tú, es nosotros!

Viernes, 8 de abril de 2016

Del blog Pays de Zabulon:

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Este amigo espiritual llamó a mi puerta anoche.
¿Quien esta ahí? “. Pregunté.
Él respondió: “Abre la puerta. ¡Eres tú!
“¿Cómo puedes tú ser yo?“. Pregunté.
Él respondió:
“Somos uno,
Pero el velo de la dualidad nos ha ocultado la verdad. “

Nosotros y yo, él y tú,  todos nos hemos convertido en el velo
¡Y cuánto te ha velado a tí mismo!
Si deseas saber cómo nosotros y él y todos somos sólo uno,
Entonces, ve más allá de este “yo”, de este “nosotros”, y  de este “tú“.

*

Muhammad Shirin Maghribi,
poeta persa, siglo XIV.

***

Fuente foto: Jean-Baptiste Huong, photographe

 

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Trastorno.

Miércoles, 6 de agosto de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

trouble

¡ Qué placer ser trastornado por el otro,  comprobar que  se le trastorna, qué emoción percibir la suya, qué espectáculo exquisito ver que nos mira!

Qué placer de ser dos, tocarse, acariciarse, tomarse mutuamente,  vivir esta intimidad, esta dualidad, esta relación  que no se parece  a ninguna otra…

*

A.C. Sponville

***

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Recordatorio

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