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4.1.15. Et incarnatus est. “Carne” de Dios

Domingo, 4 de enero de 2015

imageswDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 2. Navidad. Ésta es la palabra más significativa de la historia de occidente, y para nosotros, cristianos, la más importante de la humanidad: Dios se ha “encarnado¨, se ha hecho vida en la “carne/historia” de los hombres, y así le acogemos con fe, y celebramos su misterio en Jesús de Nazaret, que estos días de Navidad nace en la Liturgia. Así lo muestran las dos imágenes de esta postal:

— La primera presenta a unos obispos que celebran, arrodillados, ante los fieles alejados, el nacimiento de Dios, representado en la estrella de mármol frío (estrella de David, de los Magos de Oriente) que está en el suelo.

— La segunda presenta una mano con el niño caliente de vida, la mano del partero/a (o del padre), que recibe al niño del vientre de su madre, ya limpio y sonriente, dispuesto a comenzar la gran carrera de la vida, si le acogemos y amamos como carne de Dios.

Una fe “difícil”

— Muchos hombres y mujeres no lo entienden, no pueden aceptar esta palabra, pues no creen que haya un Dios que pueda y quiera encarnarse (hacerse humano); no creen quizá en Dios, ni tampoco en el hombre como “capaz de ser Dios”. Por eso, un genio de la filosofía como el judío L. Wittgenstein (tan amigo de los cristianos, pero no cristiano) decía que lo más grande que existe es un tipo de filosofía como la de Platón, o un tipo de religión como la de Buda o Mahoma, donde Dios está siempre separado, o no existe, o no se encarna.

— Tampoco muchos “creyentes” de la Iglesia entienden ni aceptan de verdad esta palabra de la “encarnación” (pues son en el fondo más platónicos que cristianos). Dicen que Dios se ha encarnado, pero después entienden esa encarnación de una forma “espiritualista” (¡como rayo de luz por un cristal!), sin aceptar de verdad la “carne” de María (la madre de Jesús), ni la carne de Jesús. K. Rahner decía que en el fondo somos “monofisitas” (no creemos en el hombre); yo añadiría que somos “gnósticos” (no creemos en la carne de Dios, ni por consiguiente en la carne humana)

La fe en el niño, carne de Dios, lo más fácil

Pues bien, sin negar los valores de Buda, de Platón o de Mahoma y los de tantos otros pensadores y profetas (incluidos muchos “platónicos eclesiales”), los cristianos confesamos la encarnación de Dios, tal como fue formulada por el evangelio de Juan (Jn 1, 14) y por el Credo (y se encarnó por obra del Espíritu Santo).

Dios sigue siendo Dios (más Dios que nunca, más misterioso y distinto), y el hombre humano (pequeño y grande…). Pero ese mismo Dios ha querido ser Dios en forma humana, compartir con nosotros su vida, para que nosotros vivamos en la suya.

Eso significa que “todo niño” nace de Dios, con Jesús (Jn 1, 14), como Jesús (Jn 1, 12-13), siendo carne y sangre, deseo de vida, pero carne y sangre de Dios, necesitando la ayuda de otros hombres (mujeres y hombres que le acojan).

1225786_640pxÉste es el misterio central de la “tercera misa” de la Navidad, el evangelio de este Segundo Domingo de Navidad (Jn 1, 1-18), un texto que aún no ha entrado de verdad en la conciencia cristiana, pues somos más monofisitas que mesiánicos, más gnósticos que cristianos.

Decimos sin duda esa palabra (e inclinamos la cabeza cuando se canta en la misa solemne ¡Et incarnatus est!). Pero luego no creemos de verdad en ella (aunque el “segundo evangelio” , Jn 1-18m se haya leído en todas las misas hasta el Vaticano II).

No cuesta ver a Dios en la carne/historia de la historia, en los niños que nacen, en los pobres expulsados de la tierra, como “carne” de hambre o de cañón… Por eso es urgente este evangelio de la carne de Dios que nace y espera (germina) en la debilidad fuerte de la vida de los hombres y mujeres de la tierra. Buen comienzo de año, buen domingo II de Navidad.

EL EVANGELIO CRISTIANO

Según ese pasaje (Jn 1, 1-18), que se lee y canta de forma solemne en la misa de este domingo, los cristianos afirmamos que Jesús es la encarnación de Dios, es “todo Dios” siendo “todo hombre”, es decir, carne de la historia. Más que eso no se puede decir, ni menos tampoco si se quiere mantener en su plenitud la herencia del evangelio. En esa línea afirmará el concilio de Nicea que Jesús es Dios (de naturaleza divina) y el de Calcedonia que es perfecto Dios y perfecto hombre (de naturaleza divina y de naturaleza humana)… Esas formulaciones conciliares reflejan un tipo de pensamiento quizá abstracto, que puede y debe re-traducirse. Pero en su base sigue estando este evangelio que nos dice que Jesús es “la carne humana” de Dios.

(a) El mismo Jesús histórico, nacido, muerto y resucitado es la Carne de Dios. Por eso, los cristianos buscamos y vemos a Dios en la “carne”, es decir, en la historia (el mensaje, el amor, el camino) de Jesús, a quien llamamos el Hijo de Dios.

(b) Si Jesús es “carne” de Dios, en él y con él son carne de Dios todos sus “hermanos” y de un modo especial los pobres (como sabe y dice Mr 25, 31-46)… En esa línea, conforme al lenguaje más filosófico de los Concilios (Nicea y Calcedonia) hay que decir que toda la “naturaleza” humana es carne de Dios (revelación de su Ser).

(c) Celebrar la encarnación de Dios en Jesús significa celebrar el valor divino de lo humano y comprometerse al servicio del hombre, de todos los hombres, y en especial de los excluidos de esta sociedad imperial de consumo, que son hermanos de Jesús, carne de su carne, sangre de su sangre, para emplear un lenguaja bíblico y eucarístico.

Texto básico (condensado)

[Dios es Palabra] En el principio era la Palabra y la Palabra era junto a Dios, y la Palabra era Dios. Esta era en principio junto (hacia) Dios.

[Palabra Creadora, luz] Todas las cosas fueron hechas por ella, y sin ella no se ha hecho ninguna. Lo que fue hecho era (tenía) vida en ella y la vida era la luz de los hombres (Jn 1,1-4).

[Todos nacemos de Dios] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

[Encarnación plena] Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria de Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad (1, 14).

[Revelación] A Dios nadie le ha visto jamás, el Dios unigénito, que estaba en el seno del Padre, ese nos lo ha revelado (1, 18)

BREVE COMENTARIO, DESDE EL FINAL

– A Dios nadie la ha visto jamás.

Esta frase puede interpretarse en un sentido israelita; han sido precisamente ellos, los judíos, los que han afirmado que nadie puede ver a Dios sin morir; ellos son los que después han añadido que el nombre de Yahvé es silencio, que no puede ni decirse; ellos son los que, conforme a 2 Cor 3-4, han querido poner un velo sobre los ojos para no profanar el misterio de Dios.

A Dios nadie le ha visto: su misterio sigue siendo inaccesible. Esta es la verdad final del más hondo judaísmo que, sin embargo, de forma admirable, siglo tras siglo, ha sabido sacar fuerzas de esa trascendencia divina, para confesar a Dios, a través de la fidelidad a la Ley y tradiciones. No creen los judíos en el Hijo de Dios que es Jesús, pero la confesión del misterio divino les ha hecho vivir en actitud de confesión intensa.

– El Dios (Hijo) Unigénito que estaba en el seno del Padre…

Algunos manuscritos dicen “el Hijo Unigénito”, pero los más significativos mantienen esta lectura más difícil, llamando a Jesús Dios Unigénito (monogenest theou, que habita en el seno del Padre, como Luz y Palabra. Estrictamente hablando, la palabra que traducimos como seno del Padre (kolpon tou patrou) significa pecho y, en algún sentido, corazón. Es como si el Hijo existiera reclinado en el pecho del Padre, como el Discípulo Amado lo estuvo en el pecho de Jesús (Jn 12, 23). Pero esa imagen puede llevarnos a tomar a Dios como “un seno de madre” donde habita y crece el Hijo/Dios unigénito. Esta afirmación paradójica del Dios materno, del Padre en cuyo seno (materno) ha surgido y se mantiene el Hijo, es el culmen de la confesión cristiana.

– Ése nos lo ha revelado.

Habitando en el Seno del Padre, Jesús vive (ha vivido) al mismo tiempo entre los humanos, en una historia bien concreta de amor y entrega en favor de ellos. Sólo aquel que ha vivido en los pechos de Dios puede revelar su amor de Padre. Este es el secreto, este el misterio radical del evangelio, que todo el resto del libro de Juan ha querido describir.

No podemos resumir aquí el mensaje de Jn sobre el Padre, pues ese mensaje se expande en todo el evangelio, de manera que sólo leyéndolo entero podemos conocerlo. Para ello deberíamos escribir, un tratado completo sobre el amor del Padre y del Hijo según Juan. Pero con esto rompemos nuestro esquema. Baste, por tanto, lo ya dicho.

En principio, el cristianismo ha formulado la experiencia cristiana desde una perspectiva pascual, partiendo de la visión del Cristo crucificado y resucitado. Pero, una vez que los cristianos interpretan a Jesús como el Hijo de Dios enviado por el Padre, están ya formulando el tema de su preexistencia y lo hacen ante todo desde las perspectivas y planteamientos que les ofrece el contexto judío o, mejor dicho, judeo-helenista.

‒ Cristianos y gnósticos.

Significativamente, los sinópticos, a partir de Mc, han contado la historia del Jesús Mesías, pero no como encarnación de un ser divino preexistente, sino como camino de entrega y muerte del Cristo humano, que realiza su acción salvadora entregando la vida en favor del reino. Ellos contienen, sin duda, elementos que pueden situarse en línea de preexistencia (en especial desde la visión de Jesús como Sabiduría), pero los re-interpretan desde la perspectiva del misterio pascual: de muerte y resurrección. En ese aspecto, los mismos relatos de la concepción virginal y del nacimiento de Jesús por el Espíritu (Mt 1-2; Lc 1-2) intentan expresar el sentido divino del origen de Jesús (brota del amor del Padre, por medio del Espíritu), pero sin apelar a la preexistencia. Ellos suponen que Jesús es Hijo de Dios en su vida concreta de humano en la historia de su entrega pascual, ratificada por Dios en la resurrección.

En contra de eso, la visión gnóstica defienden la preexistencia de las almas humanas que han caído del plano superior de lo divino y se han mezclado en la materia mala, como chispas de luz perdidas en el mundo; para liberarlas ha descendido también del plano superior divino un salvador preexistente. Sólo porque viene desde arriba y nos enseña a superar el mundo puede liberarnos. Ese mito gnóstico, desarrollado ampliamente en el II d. C., parece destruir el valor de la historia y la independencia de los humanos. Tiempo y eternidad tienden a oponerse como entre los griegos: la preexistencia se vuelve supra-existencia, de manera que Jesús pierde su base histórica y se convierte en signo eterno de una humanidad ya sin tiempo.

Pues bien, en contra del riesgo gnóstico, el evangelio de Juan ha desarrollado la historia biográfica de Dios, partiendo de su encarnación. Éste es su mensaje: Jesús es la carne de Dios. Eso significa que, naciendo de Dios (siendo Dios de Dios), Jesús nace en la historia, en la carne de los hombres, siendo así “carne divina”. Pero no nace aislado, para quedarse separado, sino para mostrar que todos nacemos de Dios, siendo hijos de la carne y de la sangre.

TODOS NACEMOS DE DIOS

Existiendo en la eternidad, Dios, la Palabra de todas las palabras, se ha hecho Carne, ser personal, en la historia. Por eso, cuando decimos que «Dios es Palabra», estamos aludiendo de hecho a Jesús, que es el Unigénito (=Hijo) de Dios Padre. Dios es Palabra, pero no una palabra cualquiera (de palabrería y olvido, de imposición y crítica, de envidia y separación), sino una Palabra que escucha y aprende, que se deja iluminar y que de esa forma ilumina… Eso significa que encontramos la Palabra de Dios en la palabra de los hombres. Desde ese fondo quiero comentar el tema central de este evangelio: ¡Todos nacemos de Dios!

Palabras centrales (Jn 1, 12-13)

La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Delimitación y sentido general

Quiero insistir en Jn 1, 12-13, traduciendo sus palabras al pie de la letra:

a. a quienes le recibieron (a la Palabra de Dios) les dio el poder de ser Hijos de Dios
b “los cuales» [o el cual] no han nacido (no han sido engendrados) ni de las sangres, ni del deseo (=voluntad) de la carne, ni del deseo (voluntad) de un varón,
a’. sino que han nacido de Dios

Es evidente que la primera y tercera parte (a y a’) se corresponden: ellas dicen que los que escuchan la Palabra (los que acogen a Jesús) son hijos de Dios, en sentido espiritual. La dificultad está en el centro (en el b), tanto en plano textual (si se refiere a uno o a muchos) y en plano de significado profundo: ¿qué significa no nacer de las sangres y del deseo de varón-carne?

Lectura en singular: el que nace sin deseo de la carne es Cristo.

¿Quién es o quiénes son los que no nacen de las sangres… del deseo de varón? Hay una lectura minoritaria, pero atestiguada en muchos códices antiguos y en diversas tradiciones donde el texto está en singular: no ponen hoi egennethêsan…(los cuales no han nacido… de la carne, sino de Dios), sino hos egennethê (el cual no nace de la carne, sino que ha nacido de Dios).

Si la segunda lectyra es primitiva y se toma al pie de la letra, como hacen muchos,… el texto quiere hablar de Jesús…y contraponerle al resto de los hombres, que nacen de las sangres (sangres menstruales y puerperales de las mujeres y del deseo de la carne/varón). Jesús, en cambio habría nacido de un modo puramente virginal… sin deseo de varón (José), sin sangres de mujer (sin menstruación, sin parto normal). En otras palabras: No había habido en su concepción ningún deseo de varón (el deseo de la mujer no solía contar, en aquel contexto); no había habido sangre menstrual de María…Más aún, ella habría sido virgen en el parto (un parto sin sangre).

Algunos pensamos que, si las cosas fueron así, resulta difícil decir que Jesús fue un hombre verdadero. Pero esta lectura se puede tomar también en sentido simbólico… y decir que Jesús ha nacido del deseo de Dios, no del deseo humano, entendido de un modo radical, no en plano biológico

Lectura en plural…

La mayor parte de los manuscritos tienen el texto en plural y así lo pone el texto litúrgico. En esa línea, todos los que creen en Jesús nacen de Dios, no provienen del deseo de la carne y de la sangre (de la voluntad del varón…). Pues bien, esa lectura plural, que es dominante, puede entenderse desde varias perspectivas:

Perspectiva radical, de tipo gnóstico… Toda generación es mala

Algunos gnósticos antiguos (y algunos cristianos normales) han tomado todo lo relacionado con la sangre menstrual y el deseo de la carne/varón como algo pecaminoso, como puede verse en muchos textos de San Agustín.
Ellos interpretan de un modo literal la palabra de un salmo que diría: “et in peccatis concepit me mater mea”. Los niños nacen del pecado de la madre y del pecado del padre… Los verdaderos gnósticos no nacen de esa forma, sino sólo de Dios, pues todo el proceso de la generación esta manchado por un tipo de pecado original que continúa. Por eso habría que buscar un mundo sin deseo de varones, sin sangre mestrual y deseo de mujeres.

Perspectiva simbólico… Hay una generación superior (todos venimos de Dios), aunque nazcamos de la carne y sangre de la historia.

La mayoría de los cristianos interpretamos este pasaje en plural: por obra de Dios, como hermanos de Jesús, todos nacemos de Dios. Por eso hay que distinguir (no separar) los dos niveles:

a) En un plano cósmico, los hombres nacemos de las sangres de la mujer (no se conocía antiguamente el ovulo femenino, se pensaba que la madre sólo daba la sangre…) y del esperma del varón)… Nacemos de la sangre de la historia (simbolizada en la mujer) y del deseo de la vida (simbolizado en el esperma del varón, que es deseo de carne…). Dios mismo se ha querido encarnar en ese plano de “carne, expresado en la vida de los hombres y mujeres. Así ha nacido Jesús, así nacemos todos.

b) Pero, en un plano superior, los creyentes nacen de la Palabra, es decir, nacen de la voluntad y de la vida Dios, somos con Jesús la encarnación de Dios… En ese nivel todos nacemos de una forma Inmaculada (es decir, superior al orden biológico)… Hay algo en el hombre que algo que nace de Dios: la Palabra (alguien diría el alma…).

Vinculación creadora: el deseo de Dios en el deseo y amor humano, de hombre y mujeres…

Cuando Juan 1, 14 dice que El Verbo Se Hijo Carne… está diciendo algo más hondo… Dios mismo ha entrado en la carne y en la sangre, en el deseo de varón (y en el deseo de mujer… que sí lo tiene). Desde ese fondo tenemos que reinterpretar el texto, en contra de la letra del mismo Juan, diciendo:

Los que escuchan la Palabra… Nacen no sólo de la sangre-carne-varón… sino que nacen del Dios que actúa como Palabra fundante a través de esa misma sangre-carne-varón… La sangre/deseo de la mujer (biológicamente su óvulo) y el deseo/carne del varón (biológicamente su espermatozoo) pueden ser y son vehículos de la palabra de Dios, de tal manera que toda auténtica concepción humana es concepción inmaculada…

Conclusiones:

a) Creo que el texto de Jn 1, 13 es un texto radical e incluso «peligroso», pues puede llevarnos a una visión gnóstica de Cristo (que habría aparecido en forma humana sin nacer de verdad) y a una visión “puramente carnal” de los cristianos, condenados a una vida de carne/sangre/deseo… sin llegar nunca a Dios, sin ser “encarnación” de Dios.

b) Más aún, este texto ha dado lugar a muchos problemas en la Iglesia… Parte de la condena de la sexualidad (sangre de mujer, deseo de varón, deseo mutuo) está vinculada a una visión errada de este pasaje, separado de Jn 1, 14 donde se dice que la carne es Dios (palabra de Dios). Sólo allí donde unimos Jn 1, 12-13 con Jn 1, 14 podemos afirmar lo más hondo: Dios se ha hecho carne, ha divinizado la carne de nuestra historia, pues Jesús no puede ni quiere separarse de nosotros.

portadas_560x280c) Este pasaje debe ser reinterpretado en la actualidad… desde la nueva perspectiva biológica y humana que se abre desde el evangelio y desde la misma ciencia moderna…. Pero en su fondo sigue siendo ejemplar: El nacimiento humano es lugar muy preciso y muy hondo de experiencia de Dios.

d) Por eso, Jesús ha querido nacer como nacen los hombres, en todo menos en el pecado… Sólo así forma parte de nuestra familia humana. Éste es el mensaje que he querido colocar en el centro de mi libro LA FAMILIA EN LA BIBLIA (Verbo Divino, Esella 2014).

— Este es el principio del compromiso cristiano (no platónico) a favor de la carne, es decir, de la historia concreta de los hombres, como historia de Dios.

(Nota Erudita: Sobre la lectura plural o singular del texto de Jn 1, 12-13…, en sentido erudito, con la gran disputa de fondo que se ha dado desde el principio de la Iglesia he tratado en mi libro sobre la familia).

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