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Lo que perdemos será redimido, incluso nuestras familias

lunes, 8 de septiembre de 2025
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La reflexión de hoy es de de Mark Guevarra, colaborador de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Vigésimo Tercer Domingo del Tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

La enseñanza de Jesús en el evangelio de hoy es “odiar a nuestro padre y a nuestra madre, a nuestra mujer y a nuestros hijos, a nuestros hermanos y hermanas, e incluso a nuestra propia vida” para ser su discípulo. Esta enseñanza nos toca profundamente. En nuestros tiempos, sería difícil odiar estas relaciones primarias. Y en la antigüedad, odiar al padre era rechazar el sistema patriarcal sobre el que se construyen las familias. Y así, entonces como ahora, esta desafiante enseñanza llega al corazón.

Para quienes hemos declarado ser LGBTQ+ y hemos experimentado el dolor del rechazo de amigos y familiares, el odio hacia nuestros seres queridos puede resultar más fácil. Y además del odio, algunos podemos sentir frustración, traición, dolor o incluso lástima. Entonces, ¿cómo nos dice la enseñanza de Jesús?

La clave de esta enseñanza se encuentra más adelante en el mismo evangelio, en Lucas 18:29-30. Jesús enseña: «De cierto os digo que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el reino de Dios, recibirá mucho más en este mundo, y en el siglo venidero la vida eterna». Nos dice que lo que hemos perdido será redimido. Todo será restaurado, correcto, justo y bueno.

Perder a la familia, lo cual interpreto como un código, perder las estructuras humanas, familiares y cómodas, que brindan al egoísta una seguridad superficial, es difícil. Pero cuando nos alejamos de eso o nos vemos empujados a alejarnos de lo familiar, encontramos gracia. Y permitir que esa gracia nos penetre profundamente puede ser transformador. Me ha ayudado a ser, ver y vivir de manera diferente en el mundo.

Mi antiguo yo, encerrado en el armario, que vivía con ansiedad y miedo, ahora vive con más valentía y confianza. Mi antiguo yo, encerrado en el armario, que usaba máscaras para representar roles, ahora se siente más cómodo y vulnerable para quitárselas.

Pero incluso estos son sólo un paso en el camino de toda la vida para ser un seguidor de Jesucristo. La obra transformadora de la Gracia para refinar mi verdadero ser implica cultivar la compasión conmigo mismo y con los demás, profundizar la comunión con la tierra y con los más pequeños, fortalecer mi seguridad en Dios y en mi identidad divina, y rechazar los falsos ídolos que solo brindan alegría superficial y paz pasajera. Para mí, esto es lo que significa llevar la cruz: no deleitarme en mis emociones, sino reconocer la gracia abundante, incondicional y perdurable de Dios que ya corre por nuestras venas.

Es cierto que la vida después de declararme LGBTQ+ no es todo color de rosa. Aún llevo las cicatrices del miedo, la ansiedad y el rechazo. Además, está el miedo a llegar a fin de mes, las dificultades de las citas, el dolor de la decepción amorosa y el trabajo de autoaceptación y de enseñar a mi mente, corazón y cuerpo a apegarse más firmemente. Pero la buena noticia es que todo será y está siendo redimido.

Para mí, una señal de esta redención es la familia elegida, que me ama y me apoya incondicionalmente. Y junto con ella, está la gran familia queer que abarca el espacio y el tiempo. Nuestra gran y hermosa familia queer es un signo de esperanza. Me muestran que Dios sí devuelve lo que perdí y más. Su acogida, solidaridad, heridas compartidas y vidas audaces de alegría y esperanza son signos del reino de Dios en medio de mí.

Claro, no es una familia perfecta. Hay odio, discriminación e ignorancia, pero también es una obra en progreso con la gracia de Dios. Lo mismo ocurre con toda la iglesia.

Creo que este es el corazón del Año Jubilar de la Esperanza. Todos necesitamos seguir esperando que la gracia de Dios en nuestras vidas nos transforme, transforme nuestras relaciones, nuestros dolores y penas, nuestros rechazos y nuestras formas de ser habituales. Y esta transformación no puede ocurrir solo en nuestras mentes. De hecho, para que la transformación ocurra, necesita estar conectada con nuestros cuerpos. Jesús sabía que la Buena Nueva no solo podía tocar la mente, sino que necesitaba tocar el cuerpo para transformarnos. Creo que por eso la enseñanza actual sobre el odio es tan visceral.

En este Año de la Esperanza, se nos invita a cruzar las Puertas Santas del Jubileo. Es un acto corporal que lleva nuestros cuerpos, agobiados por las emociones, a la gracia y la misericordia de Dios. Sentir que las cargas se alivian físicamente permite que la gracia nos penetre profundamente. Ya sea que lo hagamos en la Basílica de San Pedro en Roma, en nuestras parroquias o incluso en un bosque, debemos poner nuestros cuerpos en contacto con la gracia interior de Dios.

—Mark Guevarra, 7 de septiembre de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Ídolos privados”. 23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Hay algo que resulta escandaloso e insoportable a quien se acerca a Jesús desde el clima de autosuficiencia que se vive en la sociedad moderna. Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su persona. Su discípulo ha de subordinarlo todo al seguimiento incondicional.

No se trata de un «consejo evangélico» para un grupo de cristianos selectos o una élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Todos sentimos en lo más hondo de nuestro ser el anhelo de libertad. Y, sin embargo, hay una experiencia que se sigue imponiendo generación tras generación: el ser humano parece condenado a ser «esclavo de ídolos». Incapaces de bastarnos a nosotros mismos, nos pasamos la vida buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más fundamentales.

Cada uno buscamos un «dios» para vivir, algo que inconscientemente convertimos en lo esencial de nuestra vida: algo que nos domina y se adueña de nosotros. Buscamos ser libres y autónomos, pero, al parecer, no podemos vivir sin entregarnos a algún «ídolo», que determina nuestra vida entera.

Estos ídolos son muy diversos: dinero, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad, felicidad a toda costa… Cada uno sabe el nombre de su «dios privado», al que rinde secretamente su ser. Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad» hacemos algo «porque nos da la gana», hemos de preguntarnos qué es lo que en aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.

La invitación de Jesús es provocativa. Solo hay un camino para crecer en libertad, y solo lo conocen quienes se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente, colaborando con él en el proyecto del Padre: construir un mundo justo y digno para todos.

 

José Antonio Pagola

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“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. Domingo 7 de septiembre de 2025. 23º Ordinario

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Leído en Koinonia:

Sabiduría 9, 13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?  .
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Filemón 9b-10. 12-17: Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.
Lucas 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Para ser cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos “llegado el caso”, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera (“si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío”), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda (“quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío”), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición (“todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío”) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

En su Carta a Filemón, Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado. Este ejemplo ilustra también lo que indica el libro de la Sabiduría de acuerdo al dicho popular que reza: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es tarde para sentarnos a reflexionar sobre las cosas más importantes de nuestra vida… Sea para confirmar las opciones realizadas, sea para reconocer con humildad que nos hemos equivocado. Si meditamos las palabras del evangelio… ¿qué diría nuestro corazón? Leer más…

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7.9.25 Renunciar a todo. Ser Rey sin torre ni soldados (Lc 14, 28-33) DOM 23

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Si un rey quiere declarar una guerra, si un rico quiere construir una torre han de empezar calculando los costes de la empresa, en clave de soldados y dinero. Pues bien, de un modo abrupto, rompiendo esa lógica, de tipo utilitario, Jesús afirma que, para ser discípulo suyo, en camino de Reino hay que renunciar a todos los bienes (cf. motivo de Lc 12, 33 y 18, 22). 

| X. Pikaza

Dinero y torre, ejército y guerra (Lc 14, 28-33)

 Éste es uno de los pasajes más significativos de la enseñanza de Jesús, centrado en el signo de la torre, que puede ser símbolo del templo de Jerusalén, y de un ejército como el de Roma o el del mismo rey Herodes el grande, vasallo de Roma, pero dueño también de un inmenso ejército.

Una torre se construye con dinero, y así acababa de ser reconstruida con la torre/templo de Jerusalén,  inmensa fortuna de Herodes eel Grande, el más famoso constructor de torres del oriente romano antiguo. Para construir una torre/templo como aquella hacía falta muchísimo dinero.

Un ejército para ganar guerras se forma con soldados, lo que exige también muchísimo dinero para alistarlos, formarlos, alimentarlos y dotarlos con armas pertinentes para ganar guerras. Jesús alude aquí, posiblemente al ejército de Herodes el Grande o quizá al del Rey/Emperador de Roma. No era fácil tener un ejército como el suyo, pero el emperador lo pagaba, lo entrenaba, lo tenía y ganaba así caso todas las guerras.

Pero Jesús no quiere construir una torre como la del templo de Jerusalén, ni tener un ejército como el Herodes o de Roma. Quiere algo mucho mayor, quiere el Reino de Dios… ¿Cómo lo conseguirá? ¿Cuánto dinero necesitará? Pues bien, cuando esperamos una respuesta hiperbólica. Millones de millones de dinero, cientos de miles de soldados…Jesús responde: ¡No necesito nada! No neceito tener, sino “no tener”. Tengo que desprenderme de todo y así, sin tener nada propio, para mí, sino dándole todo, podré abrir un camino de reino.

Lc 14, 25-33. Parábola de la torre,  ejercito y «reino»

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, si sale para combatir contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 28-33) [1].

 Comentario textual

La cuestión de fondo está en el paso de las dos primeras comparaciones, que son como premisas, en línea de cálculo económico-militar, a la tercera, que es la conclusión.

El oyente o lector está esperando también en el tercer momento un tipo de “crescendo” en la línea de los anteriores (más dinero, más soldados…), pues seguir a Jesús es más costoso y arriesgado que edificar una torre o ganar una guerra, que son sin duda empresas de gran coste; más costoso debería ser por tanto el seguimiento de Jesús, de modo que cada uno tendría qua calcular muy bien los bienes o medios que tiene para decidirse a favor de Jesús (de su Reino). Pero, de un modo sorprendente, rompiendo la lógica anterior, la tercera frase afirma que el seguimiento de Jesús no implica monetaria ni socialmente ningún coste, sino todo lo contrario: Abandonarlo todo,dejar los bienes (los medios económico-militares) y los honores, pues sólo así se puede seguir a Jesús.

El primer contraste lo ofrece el dinero de la torre, que puede entenderse como castillo de defensa o como ciudad amurallada frente a todos los peligros (pyrgos, Gen 11, 4: la torre de Babel). Quien pretenda construirla ha de sentarse y calcular los gastos… En cierto sentido, todos nosotros seguimos siendo constructores de torres, como sabe el relato de Babel. Cada uno la suya, todos juntos la gran torre de la cultura mundial capitalista, que sólo se puede edificar con muchísimo dinero. ¿Tenemos suficiente para edificarla?

El segundo es de tipo militar, y está representado por un rey que para ganar una guerra y ensanchar su imperio ha de sentarse y calcular si tiene soldados y medios suficientes para culminarla. Entre esos “reyes” estaban entonces los tetrarcas como el de Galilea (Herodes, Antipas) o el emperador de Roma (Augusto, Tiberio), siempre dispuestos a ensanchar su territorio,  siempre con dinero y con soldados.

‒ Pero, en tercer lugar, tras decir “de ese manera (houtôs)”, Jesús rompe el esquema y dice: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Los dos signos anteriores llevaban a pensar que  él iba a pedir un tercer gesto aún más activo que los anteriores. Una torre sólo pueden construirla hombres muy ricos.

Una guerra sólo pueden ganarla reyes o caudillos militares también ricos. Pues bien, en contra de eso, en este último caso, Jesús supera y rompe el plano de esas exigencias (dinero, soldados…), e invierte el proceso (la relación lógica entre causas y efectos), pidiendo a sus seguidores que renuncien a todos los bienes (a todo lo que tienen, con su mismo honor personal o de grupo) para así seguirle.

 Del plano de los ricos (hacedores de torres) y los reyes (promotores de guerras) Jesús nos lleva al plano de la vida concreta, de todos: El Reino de Dios no es cuestión de ricos o de reyes, ni de personas de honor, sino de los que son capaces de desprenderse de todo.

Este cambio de plano respecto de los modelos anteriores marca la novedad de su proyecto. Todos los principios precedentes cesan, tanto en un plano militar como económico. No se trata de construir una torre, ni de ganar una guerra, sino de vivir plenamente en gratuidad, superando un tipo de poder y de tener (construir torres y ganar batallas para descubrir la gratuidad de la vida, en línea de comunión humana, desde los más pobres, superando una carrera de méritos, honores o riquezas.

Jesús no pone ninguna condición (riqueza o poder, honor, conocimiento o nobleza…), sino una: Renunciar a todos las posesiones (pasin tois yparkhousin), a todas las cosas (propiedades), todos los honores que uno tiene y que le tienen. No hay que hacer ni poseer nada especial, sino vivir en gratuidad, recibiendo gratuitamente el Reino [2].

Enseñanza para la iglesia del siglo XXI. Renuncia a todas las torres

   Para proponer e iniciar su «guerra de paz», en forma de transformación gratuita de, la vida, Jesús utilizó  un lenguaje fuerte de espada que se planta en la tierra, de fuego que se enciende en amor, a diferencia de Mahoma, que rechazó el mensaje y proyecto de los cristianos, porque Jesús no había vencido a sus “adversarios”, ni había tomado Jerusalén por armas. Jesús empezó diciendo a los hombres y mujeres  especialmente a los más amenazados:

Renuncia a toda posesión, no construyas ninguna torre de defensa, no busques ningún ejército que te defienda, Acéptate como eres,  quiérete a ti mismo y quiere a los demás como te quieres, de forma que ellos vivan en ti y tú en ellos, desde el Dios que es amor (cf. Lev 19, 18; Mc 12, 28-32; Rom 13, 8-9 par). Vive, espera, ama, descubre en tu existencia la gracia del Dios-Amor, amando a los demás como te amas a ti mismo, para que vivas y viváis  en comunión, resucitando  unos en otros.

 De esa forma vincula Jesús los tres  amores (a Dios, a sí mismo y a los otros), insistiendo de un modo especial en los otros. Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12, 31 par, Rom 13, 8-9).Con este proyecto y compromiso subió a Jerusalén para ofrecer la «alternativa» de su gracia, es decir, su evangelio.

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“Anticampaña electoral”. Domingo 23 ciclo C

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quedase completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

El problema

            El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús. La mayoría no son discípulos, sino simples interesados, en busca de un milagro o una enseñanza. Es lógico que alguno desease unirse más estrechamente al grupo de Jesús. Él, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 

            En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

Dijo a sus padres: No os hago caso;
a sus hermanos: No os reconozco;
a sus hijos: No os conozco.
Cumplieron tus mandatos
y guardaron tu alianza.

(Deuteronomio 33,9)

            Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

            En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

            Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.

            Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

            La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

            El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

            Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento. «Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo.»

¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

            ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Lo mismo vosotros.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

            El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

            A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al rico: Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme. Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

            Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

                957Mientras iban de camino, uno le dijo:

            ‒ Te seguiré adonde vayas.

                58Jesús le contestó:

            ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

                59A otro le dijo:

            ‒ Sígueme.

            Le contestó:

            ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

                60Le replicó:

            ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

                61Otro le dijo:

            ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

                62Jesús le replicó:

            ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

            En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

            El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

            Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente tuvieron que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, cuando los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús suponía en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

            Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

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XXIII Domingo Ordinario. 7 septiembre, 2025

domingo, 7 de septiembre de 2025
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“Le seguía una gran multitud. Él se volvió y les dijo:…”

(Lc 14, 25-33)

Renunciar, no está de moda, ni mucho menos. Es una palabra que no resuena bien en nuestro interior y por tanto no la utilizamos en nuestras conversaciones. Parece que el hecho de renunciar a algo es similar a perder la libertad, esa que te permite hacer lo que quieres, sientes o piensas. Sin embargo cada día hacemos renuncias, aunque no pongamos atención en ellas o no las consideremos importantes. De hecho, por aquello de que todo el mundo lo hace, nos conformamos con seguir inercias que nos vacían o nos hieren profundamente. Lo diferente asusta, llama la atención, crea crítica y provoca nerviosismo….

Pero Jesús nos habla de renuncia en el Evangelio. No lo dice de pasada, se detiene, se vuelve a quienes le siguen, hacia quienes le queremos seguir, y, con claridad, explica lo que significa el seguimiento. Habla a mucha gente y no se deja seducir por los números, no pone “paños calientes” a la multitud. Invita a cambiar sus esquemas y a tomar una decisión, a re-enunciar, o re-elaborar, o re-pensar las relaciones, la  propia vida, las posesiones… para poder ser discípulo o discípula en verdad y autenticidad.

Llama la atención cómo este texto tan incisivo llega hasta nuestros días, a nuestra cultura, fresco como una lechuga; lo entendemos perfectamente, no hacen falta interpretaciones. Lo que sí hace falta es tomar esa decisión que te hace doblar la espalda para tomar la propia miseria, y con ella, ponerse en camino.

El primer paso es desearlo:

¿Quieres ser discípula de Jesús? ¿Reorientar tu vida, tus afectos, tus bienes tu todo hacia su Todo?

Oración

Para este camino una oración de la Madre Teresa de Calcuta:

Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser amada,
del deseo de ser alabada,
del deseo de ser honrada,
del deseo de ser venerada,
del deseo de ser preferida,
del deseo de ser consultada,
del deseo de ser aprobada,
del deseo de ser popular,
del temor a ser humillada,
del temor de ser despreciada,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniada,
del temor de ser olvidada,
del temor de ser ofendida,
del temor de ser ridiculizada,
del temor de ser acusada…

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El mensaje no va dirigido a la razón.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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DOMINGO 23 (C)

Lc 14,25-33

Ningún lenguaje sobre Dios podemos entenderlo al pie de la letra. Jesús nunca se predicó a sí mismo. Su oferta fue el Reino de Dios. En los relatos de hoy podemos apreciar, con toda claridad, que ya se ha dado el paso del Jesús que predica al Cristo predicado. Hoy estamos en condiciones de revertir este paso equivocado y atender al mensaje de Jesús.

1.- Posponer a la familia. Es un lenguaje que sigue considerando a Dios (a Jesús divinizado) como un Ser separado, sujeto de acciones y pasiones como los humanos. Dios no es un ser que ama a la manera humana, ni alguien a quien podemos amar como amamos a una madre. Son realidades distintas que no se oponen ni se interfieren.

Un auténtico amor a la familia me llevaría al amor de Dios. Y un verdadero amor a Dios me llevaría a amar más y mejor a mis familiares. La propuesta del evangelio, tal como está planteada, nos llevaría a la esquizofrenia absoluta. Debemos amar a la familia con toda el alma, con tal de que ese amor no sea la manifestación de un egoísmo amplificado.

2.- Cargar con la cruz. Hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de una condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Esta frase refleja el sentido que los primeros cristianos dieron a la cruz de Jesús. No es nada probable que pudiera ser dicha por Jesús.

La frase está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús todo lo que pueda impedirlo, hay que superarlo. Cuando se escribió este evangelio, la comunidad llevaba ya décadas afrontando la oposición del judaísmo y del imperio.

3.- Renunciar a todos sus bienes. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos pensando en renuncia, no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro ser.

Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran lo que tenían a disposición de todos. No se tiraban por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos, pero hecho con plena libertad.

Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo, puede ser causa de miseria para otros.

Sobre las dos parábolas. Si me pongo a construir o declaro la guerra a otro y no calculo bien mis fuerzas, está claro que el que va a salir perdiendo soy yo. No solo no conseguiré el objetivo, sino que perderé todo lo que he empleado en el intento. Los cristianos nos hemos conformado con rodar por la pista sin levantar el vuelo nunca.

Lo que propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. No tenemos más remedio que elegir; si no lo hacemos, ya hemos elegido.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pero si la sal se vuelve insípida.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Lc 14, 25-33

«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos … e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío»

Jesús no se lanza a los caminos de Galilea para conseguir la raquítica salvación de media docena de perfectos, sino para cambiar el mundo. Aspira a una humanidad de Hijos que se realice amándose como hermanos, y eso no se logra con gente tibia, sino con personas comprometidas que tiren para adelante sin mirar lo que dejan atrás. No pide otra cosa que lo que él ya ha aceptado en grado superlativo, y esto da a su propuesta un valor especial.

Los primeros cristianos, unidos por la fe en Jesús resucitado y animados por el Espíritu, tienen conciencia clara de que su tarea misionera es fruto de la voluntad expresa de Jesús y la desarrollan con arrojo y valentía. Y es tal la fuerza con que lo hacen, que despiertan el recelo de las autoridades y llegan las persecuciones. Pero a pesar de ello forman comunidades fértiles que contagian su modo convincente de vivir; primero a los ciudadanos de Jerusalén, luego a los de Samaría y finalmente a todo el Oriente Medio.

Pedro y Pablo establecen las primeras comunidades cristianas en Roma. Cuando ambos reciben martirio sobre el año 67, esas comunidades se enfrentan al reto de continuar adelante sin su magisterio y en medio de atroces persecuciones que se desatan contra ellos. Pero es tal su determinación y compromiso, que los criterios de Jesús se van introduciendo en la sociedad romana empapando todos sus estratos sociales. Solemos pensar que la evangelización de Roma es fruto del edicto de Milán promulgado por Constantino, pero es justo al revés. Primero es la evangelización, y es Constantino quien la aprovecha para cohesionar la sociedad en torno a ella.

Por tanto, gracias a su compromiso con la misión, aquel puñado de seguidores de Jesús que la abraza tras su muerte, se multiplica de tal forma que al final del siglo tercero hay cristianos por todos los rincones del mundo; y no sólo dentro del Imperio, sino también en la Alta Mesopotamia, Edesa, Persia y Armenia. Y lo que esto significa es que la Palabra de Jesús, la sabiduría de Dios, es está extendiendo por todo el mundo tal como lo había pedido Jesús.

¿Pero cuáles son las causas de esta rápida conversión?…

Ante todo porque su espíritu misionero les mueve a proclamar el evangelio por todo el mundo, pero también, porque el modo de vida que ofrecen los cristianos, más interior y con una elevada moral, atrae a la gente honrada y piadosa. Así mismo, la aceptación de las clases bajas y los esclavos a los que devuelve la dignidad de personas humanas, juega un papel muy importante en este proceso. De esta forma, poco a poco el cristianismo se va convirtiendo en una alternativa a la forma de pensar y vivir de la sociedad grecorromana, las ideas básicas del cristianismo van influyendo cada vez más fuera de los círculos cristianos, y llega un momento en el que las actitudes cristianas son consideradas lo “correcto”, en detrimento de las costumbres paganas…

Y hoy nos enfrentamos a una situación similar a aquella: una sociedad imbuida de criterios mundanos que provoca injusticia, desigualdad y opresión, y una minoría de seguidores de Jesús viviendo en su seno. Pero hay varias diferencias con aquellos primeros cristianos. La primera, que ellos se veían a sí mismos como enviados por Jesús con su misma misión (proclamar el Reino), y en la actualidad la misión sólo es abrazada por una minoría de cristianos, ignorada por la mayoría y denostada por las “vanguardias”.

La segunda, que a pesar de ser minoría y vivir en un ambiente hostil fruto de una cultura radicalmente opuesta a la suya, aquellos cristianos no se dejaron absorber por la mayoría y fueron sal y fueron luz, mientras que nosotros nos hemos mimetizado de tal modo con la cultura dominante, que hemos hecho el milagro de compatibilizar el cristianismo con la sociedad de consumo. Parafraseando el evangelio, hemos hecho el milagro de hacer pasar el camello por el ojo de la aguja.

Ni somos sal ni somos luz, pero en general vivimos mucho más confortablemente que aquellos cristianos a los que debemos que Jesús haya llegado hasta nosotros. No van a tener la misma suerte nuestros nietos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¿A qué estoy dispuesto/a a renunciar?

domingo, 7 de septiembre de 2025
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DOMINGO 23º T.O. (C)

Lc 14,25-33

Mucha gente va acompañando a Jesús en su camino hacia Jerusalén. Ayer como hoy, para evitar entusiasmos facilones, superficiales, nos invita a dejar la ley del cumplimiento, ir más allá de normas y preceptos que hemos observado siempre, para entrar en la dinámica del auténtico seguimiento. Solo en ese contexto podemos entender las exigencias que Jesús nos propone: preferirle a él, tomar la cruz y renunciar a los bienes, que se resumen en una sola: total disponibilidad. Un camino que no termina nunca y en el que es necesario dejar todo tipo de méritos, servidumbres, para depender solo de Dios, llevarle como la única pertenencia.

Jesús no se dirige a unos pocos, hoy, tal vez cristianos bautizados, sino a una multitud que le sigue, pero lo hace personalmente: “Si alguno/a se viene conmigo…” porque la respuesta en todo caso es personal, adulta. El cristiano no se define como una persona que ha optado por una ideología, una doctrina, unos principios, ni siquiera por un comportamiento ético. Cristiano/a es el que sigue a Jesús prefiriéndole a todo lo demás. Sin esa disponibilidad no puede haber auténtico seguimiento. Es una decisión personal que puede ser tímida, ambigua, con reservas al comienzo, pero seguirá fortaleciéndose en la medida en que me deje cautivar por el amor incondicional de Jesús.

La clave de esa primera exigencia está en la frase “incluso a sí mismo/a”, porque ese amor puede ser una trampa que nos lleva al más puro egoísmo. El seguir a Jesús está basado en el amor, pero no tiene por qué estar reñido con el amor al padre, a la madre, a la familia… Sería algo absurdo y mal planteado. Seguirle implica amar más y mejor a nuestros seres queridos, a las personas cercanas y aun lejanas, como comunidad fraterna que somos.

Otra cosa es que el seguimiento provoque en los familiares o en nuestro entorno relacional, oposición y rechazo como le ocurrió al mismo Jesús. Aunque es sabido que el rechazo que padeció Jesús estuvo mucho más vinculado a los dirigentes políticos y religiosos que a la familia. Si alguien te quiere apartar de tu verdadero ser, de tus convicciones más genuinas, está claro que no se puede ceder ante ese ‘amor’ o autoridad mal entendida y engañosa. De ahí viene la cruz, las cruces que cada día se nos muestran ante nuestros ojos.

En Gaza no solo hay una emergencia humanitaria, hay un colapso humano total. Hay hambre, sed y trauma colectivo. Hay familias atrapadas entre los escombros de su propia historia, buscando a tientas la dignidad que Israel y una comunidad internacional inerte les ha negado. Lo que ocurre no es una catástrofe natural, ni una consecuencia inevitable de un conflicto: es el resultado de la violencia extrema ejercida por Israel sobre la población palestina y el resultado de decisiones políticas sostenidas que impiden deliberadamente la supervivencia de una población entera” (Informe UNRWA)

En un mundo injusto con un orden mundial establecido de acuerdo con los intereses de las grandes potencias y en contra de la mayoría de los países pobres, el mensaje de Jesús provoca rechazo, división y persecución. De ahí el pasar como él por la agonía y la cruz.

Alcanzamos la plenitud cuando somos capaces de desplegar el amor auténticamente humano, sin limitaciones, sin condicionamientos egoístas. La cruz simboliza todas las dificultades y obstáculos, personales y comunitarios, que vamos a encontrar en el camino del seguimiento.

En cuanto a la renuncia de los bienes, hay que recordar que los que entraban a formar parte de la comunidad ponían en común los bienes que tenían. Se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en ella no hubiera necesidad, pobres ni ricos (Hch 4,32-36).

Quienes hemos tenido/tenemos la suerte de pertenecer a una comunidad cristiana hemos vivido esa rica y fecunda experiencia. Pero también en otros grupos o asociaciones. Hoy día no es fácil llevar a la práctica esa vivencia. En todo caso, es evidente que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Lo que yo poseo en demasía es causa de pobreza y miseria para otros/as.

Debemos tener en cuenta también que el seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, en un sacrificio, en algo negativo como se ha insistido tantas veces. Es una oferta de plenitud, de gozo. Se trata de elegir lo mejor para mí, para los hermanos/as. Aceptar con alegría los riesgos y las exigencias que se derivan de ese seguimiento, exigencia de mi/nuestro verdadero ser. La profunda experiencia interior que vivió Jesús le impulsó a practicar un despliegue de libertad y de humanidad que toda persona puede realizar. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación.

En definitiva, ¿a qué estoy dispuesto/a a renunciar? ¿Qué experiencia de liberación gozosa, fecunda, comprometida, verdadera, estoy viviendo como cristiano/a?

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

 Fuente Fe Adulta

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El lugar de la renuncia.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 7 septiembre 2025

Lc 14, 25-33

Insistir en la renuncia por la renuncia, aun con la mejor voluntad, introduce en el dolorismo, actitud que considera el dolor bueno y valioso por sí mismo, dando lugar a planteamientos y comportamientos desajustados que, antes o después, terminarán pasando factura, tal como recuerda el conocido dicho: quien se empeña en vivir como un ángel, termina comportándose como una bestia.

La renuncia solo tiene sentido cuando se vive en función de un bien mayor. El propio Jesús lo plantea así en la parábola del tesoro escondido. Solo porque ha encontrado un gran tesoro, el labrador es capaz de desprenderse de todo lo que posee, con tal de hacerse con él. Y lo hace -subraya Jesús- “lleno de alegría”.

Quien así renuncia a algo no tiene los ojos puestos en la renuncia misma ni pretende dar una imagen “ideal” de sí. Se siente sostenido, fortalecido y dinamizado por el tesoro que ha descubierto y que, sin embargo, vive en todo momento como un regalo. Esto no significa que la renuncia no le resulte costosa, pero la vive con limpieza porque se halla anclado en el lugar adecuado.

Grande tiene que ser el tesoro del que habla Jesús en esta parábola para que alguien esté dispuesto a renunciar a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos… e incluso a sí mismo. ¿Qué tesoro es ese? Jesús lo nombra como “ser discípulo” suyo. Si se entiende bien, tal expresión no tiene que ver con la imitación ni con el seguimiento, tal como habitualmente se ha entendido. “Ser discípulo” significa llegar a ese “lugar” donde está Jesús, donde es posible ver el tesoro que somos y vivirnos desde él. El mayor tesoro no es otro que comprender experiencialmente lo que somos. Cuando esto se comprende, cesa el sufrimiento, se accede a la libertad completa y la vida se convierte en gozo profundo.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Quién conoce el designio de Dios? ¿La vida tiene sentido?

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.09.2025

01.- La vida es un misterio.

La primera lectura de hoy -tomada del libro de la Sabiduría- nos lanza un misil a la línea de flotación de la existencia humana:

¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? ¿Quién puede descifrar el misterio de la existencia humana? ¿Quién puede conocer el sentido de la vida, si es que tiene algún sentido? ¿Quién puede conocer lo que nos aguarda en la vida?

Con otro lenguaje y otras preocupaciones estas preguntas se plantean hoy en la consulta del psiquiatra: ¿Qué sentido la vida? ¿Por qué no tengo ganas de seguir viviendo?

        Son las grandes cuestiones del ser humano: ¿Quién puede conocer de dónde viene y a dónde va todo esto que nos traemos entre manos?

        El ser humano por sí mismo no tiene respuesta a esta gran cuestión de la vida. Es cierto que la psiquiatría, la medicina, la psicología se esfuerzan con buena voluntad por responder a estas cuestiones pero sin lograrlo.

        El ser humano no tiene la respuesta a las últimas cuestiones de la existencia.

02.- ¿Conocer?

        Nosotros, ciudadanos de Occidente, somos hijos de la Ilustración del siglo XVIII, que propuso la razón como la única forma de conocer y de vivir. Por eso nosotros, occidentales europeos tenemos un “Windows” instalado que nos dice que todo se resuelve con la ciencia; de ahí que confiemos y recurramos apasionadamente a los científicos, a la Universidad, a la tecnología…

        Creemos que podemos (o podremos en el futuro) conocerlo y solucionarlo todo con la inteligencia, quizás ahora con la inteligencia artificial. Sin embargo la ciencia y los logros científicos no desvelan (no revelan) el horizonte de nuestra vida, ni la ética o valores.

El ser humano, la ciencia no tienen la respuesta al misterio de la vida, de la existencia humana.

Somos un misterio para nosotros mismos.

03.- Recurramos a la Sabiduría.

        No es lo mismo conocer que saber.

        Estamos comenzando el curso escolar. Los niños y jóvenes acudirán a las aulas y recibirán un montón de información y conocimientos, pero probablemente no recibirán mucha sabiduría.

Y unos planes de educación, una universidad que se limite a transmitir meros conocimientos es como un almacén de datos, pero sin sabiduría. La Universidad debiera responder a la “universalidad” de los problemas de la sociedad y momento en que viven.

        Los conocimientos son necesarios, pero no son suficientes.

        Sabiduría viene de sabor, saber, saborear, sabroso, saber vivir. Y eso no lo da la ciencia. No es lo mismo conocer que la sabiduría del saber vivir.

        Nos hemos reducido a cultivar la razón, la ciencia, pero no la sabiduría, la confianza, la fe. Y lo que es peor nos reímos y descartamos de la vida y de la educación el pensamiento, la sabiduría.

Con alguna “retranca” decía el científico del Centro de Investigaciones científicas de Madrid que hace unos años pronunció la de la lección inaugural del curso de la  Facultad de Teología de Vitoria, que entre los científicos algunos piensan…

Uno puede tener muchos datos y conocimientos y no tener sabiduría, no sabe vivir.

El hombre rural, incluso el hombre primitivo estaba mejor dotado para esta cuestión del misterio y sentido de la vida, que el científico de bata blanca del parque tecnológico de Aiete.

        Por otra parte, la verdad la hemos reducido a la ciencia, es verdad lo que dice la ciencia, y la ciencia se ha convertido en tecnología y la tecnología se vende en el supermercado de la esquina.

04.- ¿Quién rastreará lo que está en el cielo?

        ¿Quién será capaz de mostrar el sentido de la vida?

En el País Vasco hay un suicidio cada dos días. Los trastornos mentales de ansiedad y depresión van aumentando notablemente.

        ¿Quién podrá responder a esta cuestión?

        La medicina y la psiquiatría hacen lo que pueden y bien hecho está. Pero no es lo mismo estar sedado, dormido, que estar en paz.

¿Quién conocerá el designio de Dios? ¿Quién sabe cómo camina y termina la vida? No el que conoce, sino el que confía y tiene sabiduría.

        Los grandes convencimientos existenciales no nos vienen por vía científica, sino por el corazón, la cercanía, la confianza (fe), la serenidad.

En unos de los cursos de verano de la EHU decía el neurólogo José F Martí Massó, que la salida al problema de la depresión, ansiedad, intentos de suicidio, etc. se basa en tres puntales: la farmacopea, la logoterapia y alguna apertura (confianza) al misterio (alguna fe)…

Vivir es un acto de confianza.

Lo inicial es la experiencia de fe: la acogida libre del evangelio en nuestras vidas, lo cual es un descubrimiento de algo bueno.

Como cristianos nuestra vida descansa en el Señor. Cuando uno reposa su vida en Cristo halla una paz inmensa en la profundidad de su alma.

Esta honda serenidad no proviene de la farmacia, del sedante, ni tan siquiera del último chascarrillo eclesiástico del obispado. La confianza y serenidad tampoco brotan de lo que se rumorea en los “aledaños del templo”, ni en el cumplimiento de los ritos o leyes, sino que es fruto del encuentro con quien es el fundamento de nuestra existencia, con JesuCristo.

En este momento cultural en el que todo es light, mediocre, blando, líquido, fácil, narcotizado, relativo y casi todo da igual, nos hace bien saber -sabiduría- que el designio, el sentido de la vida es Dios.

Descubramos en nuestra vida la razón por la que vale la pena vivir.

Esta semana celebrábamos el día de San Agustín. Termino con aquello que decía este santo: Nuestro corazón está inquieto, Señor, y solamente descansará cuando te encuentre.

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“ La radicalidad del discipulado es para todos y todas”, por Consuelo Vélez

domingo, 7 de septiembre de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Domingo XXIII del TO 7-09-2025.

Tradicionalmente el discipulado se reservaba a la vida consagrada. Actualmente entendemos que es una llamada para todos y todas

La vocación cristiana se ofrece a todos y cada uno responde desde su estilo particular de vida, pero, con la misma radicalidad

El centro del reino está en las personas, no en las cosas, en la dignidad humana y no en la cosificación de las relaciones, en el compartir y no en el acaparamiento de todo para sí mismo

 

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:

+ «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

(Lc 14, 25-33).

El evangelio de hoy se refiere a la llamada al discipulado y las implicaciones que tiene. Pero tengamos en cuenta lo siguiente. Tradicionalmente, hablar de discipulado era referirse a la vida consagrada o ministerial. En la actualidad hemos entendido que todo cristiano, por su bautismo, está llamado al seguimiento de Jesús, al discipulado. Precisamente, en la Conferencia de Aparecida, celebrada en 2007, ese fue el lema: “Todos discípulos/as misioneros/as” y, con el sínodo de la sinodalidad, se ha seguido impulsado la llamada a la vida cristiana como una vocación que se ofrece a todos y cada uno responde desde su estilo particular de vida, pero, con la misma radicalidad.

En este sentido, el texto de Lucas, comienza diciendo que mucha gente seguía a Jesús y él se dirigió a ellos para proponerles este discipulado. Aquí también conviene hacer una aclaración. No se han de tomar las afirmaciones de Jesús de manera literal, aunque así se han tomado en el contexto de la vida religiosa y, por muchos años, la separación de la familia era total, ni se iba al funeral de los padres y, todavía algunas comunidades, lo viven así. Respetable como cada grupo lo quiera vivir, pero centrándonos en el evangelio, el énfasis no está en las palabras literales sino en la absolutez del reino frente a todo lo demás. Sin duda, la propuesta de Jesús es contracultural, en muchos sentidos y, por eso, resulta difícil de comprender y, por supuesto, de vivir.

Con respecto a la familia no es tanto dejarla o no, sino entender que la familia del reino no se basa en los lazos de sangre sino en la comunidad que se forma con el seguimiento de Jesús. Algo parecido habría que decir de la cruz. No significa que el seguimiento suponga sacrificios y mortificaciones creyendo que esa es la cruz que Jesús nos pide. Cargar la cruz de Jesús es saber que la fidelidad a los valores del reino, trae conflicto y persecución y, quien sigue a Jesús, está abocado a vivir esa misma cruz.

El discipulado implica a toda la persona y Jesús lo plantea con claridad. Por eso pone dos ejemplos: un hombre que quiere construir una torre y ha de calcular si puede terminarla y el rey que va a emprender una batalla y ha de saber si cuanta con el ejército suficiente para ganarla. Así, hemos de tomar conciencia de nuestras propias fuerzas para vivir el discipulado. Este implica a toda la persona y supone correr la misma suerte de Jesús. Por esto conviene preguntarnos: ¿estamos dispuestos a ello?El evangelio concluye con la llamada a renunciar a todos los bienes para ser discípulo de Jesús. Ya hemos comentado en otros pasajes bíblicos que las riquezas siempre constituyen un impedimento para el seguimiento porque el centro del reino está en las personas, no en las cosas, en la dignidad humana y no en la cosificación de las relaciones, en el compartir y no en el acaparamiento de todo para sí mismo. Esta fue la vida que intentaron vivir los primeros cristianos y a la que Jesús nos sigue invitando. Que nuestra generosidad nos permita dar una respuesta positiva, sabiendo que el reino siempre será nuestra mejor ganancia.

(Foto tomada de: https://pnuestrasenoradetorcoroma.arquibogota.org.co/centro-de-informacion/articulos/hemos-encontrado-al-mesias)

 

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“ Más grande – San Lucas 14, 25-33 – ”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Una gran multitud seguía a Jesús.

Todavía hoy, en teoría.

Un poco por convicción, un poco por costumbre, un poco porque nunca se sabe y, en definitiva, el cristianismo tiene en sí mismo una buena dosis de credibilidad. Y además, qué tierno es Jesús. Y un poco así nos lo han enseñado siempre. Y luego, en el fondo, es cómodo.

Es difícil pensar en las cosas de Dios, como ya señala el autor del texto de la Sabiduría, único libro de la Biblia que intenta utilizar un lenguaje y un razonamiento que atraigan a los griegos, los ciudadanos del mundo de la época.

Difícil porque, según una magnífica imagen el cuerpo pesa sobre el alma.

Así que, ¡viva si alguien nos lo resume! Si otros han reflexionado antes que nosotros. Si no tenemos que esforzarnos demasiado por buscar a Dios y nos lo ofrecen ya precocido y masticado.

Jesús es simpático. Además, de vez en cuando cura. Y, en definitiva, poco exigente, ¿qué es eso comparado con el mes de ayuno (tomado en serio) de los musulmanes?

En fin, está bien. Somos cristianos. Bastante, en fin.

Luego Jesús se vuelve hacia la multitud numerosa. Y habla.

Explica lo que quiere decir cuando dice que ha venido a traer el fuego a la tierra.

Lo que significa convertirse en discípulo de alguien como Él. 

Más

Seguir el fuego significa encenderse de amor. Seguir a alguien como Él, dispuesto a entregarse totalmente, a recorrer los cuatro confines de la tierra para contar con palabras y con la vida quién es realmente Dios, significa pasar página, subir a una cima.

Entonces Jesús pide, atrévete. Jesús pide ser amado más.

Pide ser amado porque existe el amor, que todos conocemos, que es epifanía divina, que es experiencia totalizadora y conmovedora de Dios reflejado en las personas y en las situaciones. Y existe un amor más grande, el de dar la vida. El que Jesús nos ha revelado. Y que en Él podemos experimentar.

Es exigente, sí, e incluso presuntuoso, el Señor. Pero porque puede cumplir lo que promete.

Él puede amar más. Puede dar un amor más grande. 

Más grande que el amor más grande que hemos vivido o que jamás podremos experimentar.

Jesús pide porque Él es el primero en dar.

No hay lugar para los tibios. Ni para los superficiales. Ni para los calculadores.

No hay balanza para pesar lo que damos para poder exigir a Dios a cambio, con el Señor.

He aquí que algunos, entre los muchos que le siguen, bajan la mirada, se detienen. No bromeemos. 

La propia cruz

Seguir a Jesús significa llevar la propia cruz.

Y aquí nos tranquilizamos. Víctimas como somos de todas las desgracias, penitentes silenciosos y rechazados, santos in pectore resignados a sufrir como Jesús nos pide…

Hijos de una espiritualidad crucificada, autolesiva, llorosa. Tan felizmente detenidos en el Viernes Santo que casi nos olvidamos de la Pascua. Hijos de la cruz más que del crucificado resucitado.

Solo que no hemos entendido nada de lo que dice Jesús. Nada.

Acaba de hablar de amor. De un amor más grande. Para recibir y devolver.

El amor tiene que ver con la cruz. Es decir, con la entrega total de uno mismo.

El primero en hablar de ello es Marcos (Mc 8, 34-35) cuando, en Cafarnaúm, Jesús explica cómo será el Mesías. Está dispuesto a morir antes que renegar del rostro del Padre. Antes que cambiar de opinión. Y así será.

Entonces pide a los discípulos que también estén dispuestos a seguirlo en esta tarea tan exigente, incluso a costa de su propia muerte.

Esta es la cruz que hay que tomar: el testimonio del rostro del Padre, incluso a costa de la propia vida.

Seguir el fuego, al Amado, significa acercarse al testimonio radical de la entrega de sí mismo.

Por lo tanto Dios no envía cruces. Nunca.

Y, si hubiera podido, Jesús mismo habría evitado gustosamente ese testimonio definitivo y trágico.

Nosotros nos damos las cruces unos a otros, con nuestras vueltas de cabeza, nuestras paranoias, nuestros victimismos. La cruz no es una desgracia aceptada que hace feliz a Dios. Dios no ama el sufrimiento. Nunca.

Si la vida nos pone ante un testimonio de dolor, hay que superarlo, no idolatrarlo.

¡No nos levantemos cada mañana felices de lijar la cruz pensando que alegramos a Dios!

El nuestro es un Dios feliz que nos quiere felices. Y que nos deja libres. Y el amor, al darse, se olvida de sí mismo, se convierte en sacrificio, es decir, ‘sacrum facere’, hace sagrado algo.

Te amo incluso cuando me ignoras o me desprecias, amo a mi hijo recién nacido aunque no me deje dormir. Y ese biberón que preparo en plena noche me pesa, me cuesta, pero lo hago de todos modos, se convierte en un hacer sagrado. 

Hacer cuentas

Las palabras son meridianamente claras, evidentes. Toca… hacer cuentas.

Una religiosidad que se agota en cuatro buenas palabras, en alguna celebración distraída, en una actitud religiosa que se agota ante la primera dificultad, no es el fuego del que habla Jesús.

Hacer cuentas, porque seguir a alguien así significa dar un vuelco a la vida, convertirse de verdad o, al menos, desearlo.

Y estos tiempos amargos están tamizando nuestros corazones. Haciéndonos comprender si estamos siguiendo la lógica conflictiva del mundo o la revolución suave traída por Jesús. 

Sed realistas, pedid lo imposible, como escribía Albert Camus.

Y Jesús, ese loco presuntuoso, se atreve al más difícil todavía, a lo imposible.

Es hermoso amar, ser amado, tener afectos y disfrutar de las alegrías legítimas.

Sin embargo, Jesús es más. Más que la mayor alegría que hemos vivido y que jamás viviremos. 

Cambios

Al hacerlo, nuestra vida, a partir de ahora, cambia de perspectiva.

Poner la búsqueda de todo, la búsqueda de Dios en el centro de nuestra vida nos convierte en personas nuevas.

Filemón, simpático cristiano de los primeros tiempos, a quien Pablo envía una nota acompañando a un esclavo que se había refugiado en casa del Apóstol, sabe algo de esto.

Pablo invita a Filemón a salir de la lógica de este mundo, amo-esclavo, para entrar en la lógica del Reino, hermano-hermano. Pablo no lo sabe, pero en esta pequeña nota planta la semilla que se convertirá en el árbol de la abolición de la esclavitud.

Busquemos a Dios, entonces.

No al Dios pequeño de nuestros miedos, de nuestros delirios, de nuestras obsesiones.

El Dios del sentido común, de la religiosidad popular que no cambia la vida, el que bendice nuestras ideas.

Sino el Dios magnífico y soberano del Señor Jesús.

Más grande que la mayor alegría que somos capaces de vivir.

Descubriéndonos amados.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 7 de septiembre de 2025.

1.- El amor por Jesús que ofrece la vida plena.

2.- Renunciar a lo que nos impide volar.

3.- Ser capaz de un amor así.

4.- Jesús nos enseña a amar más

5.- La felicidad que solo Jesús puede dar.

6.- El valor de seguir lo que se ama.

7.- Más grande – San Lucas 14, 25-33 –.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Hermano Alois: «Llevo varios años pensando en dimitir. El mundo está cambiando mucho»

lunes, 7 de agosto de 2023
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hermano-alois-11-g-200x300El prior de la Comunidad Ecuménica Taizé deja su puesto por decisión propia

El prior de la Comunidad Ecuménica francesa anunció estos días que en diciembre dejará su puesto a su sucesor, el británico y anglicano Hermano Matthew

«Es estimulante que tantos jóvenes vengan a nosotros, nos sentimos muy responsables hacia las nuevas generaciones»

«Estamos entrando en una nueva fase de la comunidad. Hace dos años hablé de ello con todos los hermanos durante una reunión del Consejo. Y para marcar esta nueva etapa, les dije que también sería bueno cambiar de prior»

Asumirá la dirección de la comunidad de Taizé el hermano Matthew, nacido Andrew Thorpe, de 58 años, como anunció el propio hermano Alois en una nota oficial el 23 de julio

(Vatican News).- «Llevo varios años pensando en esto. El mundo está cambiando mucho»: así maduró el hermano Alois, prior de la Comunidad Monástica Ecuménica de Taizé desde hace 18 años, su decisión de dejar la dirección de la realidad fundada por el hermano Roger, asesinado el 16 de agosto de 2005, durante la oración de la tarde, por una mujer trastornada.

A Vatican News, el monje de origen alemán explica que hay varios «hermanos jóvenes en la comunidad que entraron y no conocían al hermano Roger». «Estamos entrando -observa – en una nueva fase de la comunidad. Hace dos años hablé de ello con todos los hermanos durante una reunión del Consejo. Y para marcar esta nueva etapa, les dije que también sería bueno cambiar de prior». Asumirá la dirección de la comunidad de Taizé el hermano Matthew, nacido Andrew Thorpe, de 58 años, como anunció el propio hermano Alois en una nota oficial el 23 de julio. El cambio tendrá lugar el 3 de diciembre, primer domingo de Adviento.

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– ¿Les ha sorprendido este anuncio a los hermanos de Taizé?

– Ha sido un poco inesperado para ellos, sobre todo porque no hay urgencia. Pero pensé que era importante hacer este cambio en este momento. He sido el primer prior, después del fundador, el hermano Roger, en pasar el testigo. Es importante hacerlo sin presiones. Los hermanos lo entendieron muy bien. Les consulté y nombré, tal y como establecen nuestras reglas, al hermano Matthew como nuevo prior.

– Usted se convirtió en prior en circunstancias dramáticas. Recuerda el asesinato del hermano Roger que conmovió al mundo, el 16 de agosto de 2005, era una situación de emergencia. ¿Entrará hoy la comunidad, después de su fundador, después de su primer sucesor, en una dinámica, como hacen muchas comunidades, de cambios en la cúpula?

– No tenemos un límite de tiempo para este ministerio, ni un límite de edad. Pero esta es una cuestión que surgirá en el futuro. La cuestión más profunda es cómo podemos avanzar hacia una mayor corresponsabilidad de todos los hermanos para tomar juntos decisiones importantes. Nuestro fundador, el hermano Roger, tuvo profundas intuiciones que hemos seguido. Nos dejó un legado vivo: relaciones fraternas entre nosotros. Ahora, para este nuevo periodo, se trata también de preguntarnos: ¿existen las estructuras necesarias dentro de la comunidad para aunar aún más esta corresponsabilidad de todos los hermanos? Sentimos que debemos vivir más la sinodalidad dentro de nuestra comunidad.

– ¿Con qué se queda de estos 18 años como prior de la Comunidad Ecuménica de Taizé?

– Siento una gran gratitud. Siento que hemos sido realmente guiados tras la muerte del hermano Roger. Que hemos sido guiados en una continuidad. Estamos muy agradecidos y muy estimulados por la continua presencia y venida de jóvenes aquí. Esto demuestra que aquí encuentran una fuente, y en cierto modo esto va más allá de nosotros. Todo lo que los jóvenes encuentran aquí nos llama a ser muy responsables y atentos con las nuevas generaciones.

Fuente Religión Digital

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La madre siempre es memoria para los hijos

jueves, 8 de septiembre de 2022
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1322758554_madre_adolescente__crop_629x356_thDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Natividad de María, madre de JesuCristo.

En el NT, en los evangelios, no hay ninguna alusión al nacimiento de María, madre de Jesús.

María aparece en algunos momentos decisivos: nacimiento de Jesús, las bodas de Caná, (Jn 2). María está presente al pie de la cruz en la muerte de Jesús, (Jn 19). Por lo demás, María queda siempre en un discreto y creyente segundo plano. Se nos dice que María guardaba en su corazón todo lo que veía y vivía en su hijo, Jesús, ¡y lo meditaba! María pensaba y oraba.

No es crear fantasías pensar que María le daría más de cuatro vueltas en su cabeza y en su corazón a las actitudes, gestos y palabras de Jesús: discutiendo con fariseos, con la gente del Templo, acogiendo a enfermos, conviviendo con gente de “mal vivir”. María no entendería ni palabra a la Palabra, por eso meditaba y pensaba las cosas y por eso María llegó a la fe en su hijo. No es extraño que María llegara a conocer, reconocer y creer en su hijo. Se podría decir que María vive discreta y silenciosamente el camino a la fe en su hijo.

Nos lo pensamos y meditamos.

02.- Una madre (una familia) con entereza. (2 Macabeos)

El contexto de la primera lectura (2 Mac) se sitúa hacia el año 100 a.C., es decir, prácticamente en vísperas de JesuCristo.

Israel, el pueblo, estaba llegando a una fe clara en la “vida más allá” de esta vida, poco a poco, ya va tomando cuerpo la fe en la resurrección.

Políticamente Israel se encuentra bajo el dominio seléucida y los Macabeos [1], es decir, los soldados israelitas luchan contra el dominio opresor.

La cuestión de fondo del segundo libro de los Macabeos es que los soldados en el campo de batalla, tienen otra vida en el más allá.

En este marco, esta madre “¿coraje?” sostiene la fe y la esperanza de sus siete hijos que no se postran ante Antíoco Epífanes, ni traicionan sus costumbres, su tradición, su ley. Los siete hijos y la madre mueren por su ideal con la esperanza puesta en el Dios de la vida.

03.- Tres grandes instituciones en crisis.

Si miramos y analizamos nuestra sociología actual, podemos darnos cuenta de que las tres grandes instituciones encargadas de transmitir la tradición, la cultura, la identidad de una fe y de un pueblo, etc., las tres se encuentran en una profunda crisis: la Iglesia, la Familia y la Escuela (mundo de la educación).

La familia.

La madre es como el punto de referencia e identidad, como la memoria y el cordón umbilical en la transmisión de la fe. Pero la familia, en gran medida, se ha venido abajo. No es momento de juzgar ni de culpabilizar nada ni a nadie, pero las cosas son como son y están como están.

La visión de la familia, de la sexualidad, de los hijos es muy distinta a otros tiempos y hacen que la vivencia de la familia sea muy diferente a la de otros tiempos ni lejanos.

Naturalmente que también hoy hay madres y familias que cuidan y transmiten criterios, valores, ideales. Pero la familia, sociológicamente hablando, está como está.

La Iglesia

La Iglesia también va como va. Gracias a Dios, que parece estar cambiando el rumbo de las cosas, aunque en nuestra diócesis sigamos en posiciones ultramontanas, por lo que este sistema eclesiástico transmite poco -más bien nada- de la esperanza de aquella madre de los siete hermanos macabeos y poco o nada de la esperanza de María.

Podríamos pensar que la ultra-ortodoxia no significa que esté en posesión ni de la fe ni de toda la verdad. Los cañonazos doctrinales, causan brechas e incendios, pero no transmiten evangelio ni paz. La “construcción de la ciudad” y el evangelio están en otros esquemas de diálogo, libertad, escucha, hermenéutica, etc.

La escuela

Una universidad que se limite a transmitir conocimientos y no aborde y dé respuesta a los problemas de su tiempo, es un almacén, un hangar de datos o un bachiller a lo bestia, pero no una Universitas.

Pensemos si nuestras ikastolas, colegios, universidades transmiten, lo que aquella madre de los macabeos transmitía a sus hijos: la propia cultura, la fe, aquella madre infundía ánimo y esperanza a sus hijos.

         Tal vez María nos evoque que la vida está compuesta por otros y más importantes elementos de los que habitualmente barajamos hoy en la vida.

04.- María presente en el nacimiento de la Iglesia.

         La madre es siempre la memoria de la familia.

         En la tradición de San Juan, la Iglesia nace al pie de la cruz. Allí están presentes María (la madre) y el Creyente – Discípulo Amado- [2] (hijo).

         Si la Iglesia es algo, es la memoria presente de JesuCristo en esa comunidad que está al pie de la cruz: la madre y todos los “discípulos amados”. La Iglesia no es, -no debe ser- una institución doctrinalmente vociferante, sino la comunidad que al pie de la cruz acoge con la madre (memoria del Hijo) su Espíritu: Jesús inclinando la cabeza, entregó su espíritu, (Jn 19,30), que no es entregar el alma a Dios, sino entregarnos su Espíritu a la Iglesia naciente.

María, la madre -como toda madre- es memoria, referencia hacia el Hijo.

María nos mantiene unidos en familia eclesial.

Ahí tenemos a nuestra madre.

[1] Macabeo significa soldado. El actual equipo de baloncesto de Tel aviv se llama: Maccabi: soldados.

[2] Discípulos amados somos todos.

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¿Cómo deben entender los católicos LGBTQ+ la llamada de Jesús para «llevar su cruz»?

lunes, 5 de septiembre de 2022
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C8F91ADF-FB3B-4574-A744-5B61995A24AFLa reflexión de hoy es de la colaboradora de Bondings 2.0 Yunuen Trujillo, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí. Yunuen es la autora del nuevo libro, LGBTQ Catholics: A Guide to Inclusive Ministry.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 23 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

«Quien no lleve su propia cruz y venga después de mí no puede ser mi discípulo». (Lucas 14:27)

La lectura de hoy a veces puede estar provocando a los católicos LGBTQ, pero se entiende correctamente, es extremadamente rico para nosotros para comprender cuál es la cruz que llevamos realmente.

Durante tanto tiempo, los católicos bien intencionados nos han dicho que, para los católicos LGBTQ, «llevar nuestra cruz» implica mantenerse soltero para toda la vida o conformarse con las nociones tradicionales de género, incluso si hemos discernido que tampoco es nuestra vocación. Las personas nos alientan a esconder quiénes somos o buscar rezar elementos esenciales de la forma en que Dios nos hizo. Muchos de nosotros hemos realizado un viaje en el que, en un momento u otro, creíamos que esta versión de «llevar nuestra cruz» es lo que se requería de nosotros. Pero luego nos encontramos siendo abrazados por Dios que nos dice: te hice exactamente como eres porque te amo.

Si sabemos que esta versión de «llevar nuestra cruz» es falsa, ¿cómo entendemos las lecturas de hoy como católicos LGBTQ? Quizás las siguientes ideas pueden dar una nueva perspectiva.

Primero, el ministerio y las enseñanzas de Jesús no respaldan el dolor como una forma de purificación espiritual. Las personas LGBTQ pueden experimentar el dolor del rechazo familiar, el homo/transfobia, la violencia y la discriminación, y a veces aquellos que ministran con ellos experimentan las mismas situaciones. Jesús tiene claro que es nuestra responsabilidad acompañar a las comunidades vulnerables. Ministramos para que las generaciones futuras puedan experimentar una iglesia renovada, más amorosa, más inclusiva y más parecida a Cristo. Ministraremos para llevar la curación a las relaciones familiares, para que los católicos no sientan que tienen que repudiar a sus hijos, familiares o amigos que son LGBTQ. Y cuando nos centramos en el objetivo final, la resurrección, podemos saber que este sufrimiento no continuará para siempre.

En segundo lugar, debemos interrogar cualquier evangelio donde las palabras de Jesús no parezcan centradas en el amor. A menudo, los pasajes difíciles pueden ser el resultado de variaciones en la traducción. La nueva edición revisada de la Biblia Americana (NABRE) es la versión de la Biblia promovida por los obispos estadounidenses. En esta traducción, la lectura de hoy dice: «Si alguien viene a mí sin odiar a su padre y madre, esposa e hijos, hermanos y hermanas, e incluso su propia vida, él no puede ser mi discípulo». (Lucas 14:26) ¿Jesús realmente nos pide que odiemos nuestra vida y nuestros padres? De nada. Leer este texto en diferentes idiomas nos ayuda a obtener una mejor visión del significado del texto original. Por ejemplo, una versión en español de este texto no se traduce como «odio» sino como «preferencia«. Una mejor comprensión de este pasaje es que si no preferimos nuestro Ministerio de Amor sobre los obstáculos impuestos, incluso por nuestros seres queridos o incluso por nosotros mismos, entonces no podemos ser discípulos.

Finalmente, el ministerio de Jesús es un ministerio donde el amor está en el centro. El amor es lo que debería motivar a los miembros de la Iglesia a escucharse y acompañarse entre sí, a encontrarse y hacerse amigos, abordar las necesidades de nuestras comunidades, ser una iglesia como el único cuerpo de Cristo a pesar de nuestras diferencias. Siempre debemos leer los evangelios a través de esta lente del amor de Jesús.

¿Qué está diciendo realmente Jesús a los católicos y aliados LGBTQ cuando habla de llevar nuestra cruz? A menudo en el ministerio LGBTQ, debemos superar nuestros miedos, nuestras dudas, incluso nuestras deficiencias. Debemos dejar de lado nuestra necesidad de aprobación y, a veces, incluso nuestra necesidad de ser amados y celebrados en el ministerio. Debemos centrarnos más en traer amor al mundo, incluso si el mundo aún no comprende completamente nuestro ministerio.

El discipulado implica un compromiso inquebrantable con el amor, incluso cuando las cosas se ponen difíciles. Este inquebrantable compromiso con el amor es la prueba de fuego del discípulo, y es este compromiso, no nuestras identidades, que es la verdadera cruz que llevamos.

—Yunuen Trujillo (ella/ella), 4 de septiembre de 2022

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“Seguidores lúcidos”. 23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

domingo, 4 de septiembre de 2022
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072D80F3-164B-4A90-83F4-02044769141AEs un error pretender ser «discípulos» de Jesús sin detenernos a reflexionar sobre las exigencias concretas que encierra seguir sus pasos y sobre las fuerzas con que hemos de contar para ello. Nunca pensó Jesús en seguidores inconscientes, sino en personas lúcidas y responsables.

Las dos imágenes que emplea Jesús son muy concretas. Nadie se pone a «construir una torre» sin reflexionar sobre cómo debe actuar para lograr acabarla. Sería un fracaso empezar a «construir» y no poder llevar a término la obra iniciada.

El Evangelio que propone Jesús es una manera de «construir» la vida. Un proyecto ambicioso, capaz de transformar nuestra existencia. Por eso no es posible vivir de manera evangélica sin detenernos a reflexionar sobre las decisiones que hay que tomar en cada momento.

También es claro el segundo ejemplo. Nadie se enfrenta de manera inconsciente a un adversario que le viene a atacar con un ejército mucho más poderoso sin reflexionar previamente si aquel combate terminará en victoria o será una derrota. Seguir a Jesús es enfrentarse con los adversarios del reino de Dios y su justicia. No es posible luchar a favor del reino de Dios de cualquier manera. Se necesita lucidez, responsabilidad y decisión.

En los dos ejemplos se repite lo mismo: los dos personajes «se sientan» a reflexionar sobre las exigencias, los riesgos y las fuerzas con que cuentan para llevar a cabo su cometido. Según Jesús, entre sus seguidores siempre será necesaria la meditación, el debate, la reflexión. De lo contrario, el proyecto cristiano puede quedar inacabado.

Es un error ahogar el diálogo e impedir el debate en la Iglesia de Jesús. Necesitamos más que nunca deliberar juntos sobre la conversión que hemos de vivir hoy sus seguidores. «Sentarnos» para pensar con qué fuerzas hemos de construir el reino de Dios en la sociedad moderna. De lo contrario, nuestra evangelización será una «torre inacabada».

José Antonio Pagola

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“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. Domingo 4 de septiembre de 2022. 23º Ordinario

domingo, 4 de septiembre de 2022
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48-ordinarioC23 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 9, 13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?  .
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Filemón 9b-10. 12-17: Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.
Lucas 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Para ser cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos “llegado el caso”, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera (“si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío”), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda (“quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío”), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición (“todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío”) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

En su Carta a Filemón, Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado. Este ejemplo ilustra también lo que indica el libro de la Sabiduría de acuerdo al dicho popular que reza: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es tarde para sentarnos a reflexionar sobre las cosas más importantes de nuestra vida… Sea para confirmar las opciones realizadas, sea para reconocer con humildad que nos hemos equivocado. Si meditamos las palabras del evangelio… ¿qué diría nuestro corazón? Leer más…

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Dom 4.10.22 Quien no renuncie a todo no puede ser mi discípulo

domingo, 4 de septiembre de 2022
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asurbanipalDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 23. Tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 14, 25-33. Los hombres necesitan dinero y medios para conseguir sus objetivos: Ganar guerras, conquistar castillos enemigos. Jesús, en cambio, promueve otro tipo de campaña y sólo quien renuncia a todo tipo de ganancia  puede ser discípulo suyo.

            El texto no necesita muchas aclaraciones Principio y final se corresponden (hay que renunciar a todos para seguir a Jesús). En medio quedan los ejemplos de contraste (una torre un rey).

Lucas 14, 25-33.

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

Principio. Dejar todo, todo, todo

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

            Así solía decir Juan de la Cruz: nada, nada, nada… Nada de familia, nada de uno mismo, en pura cruz. Nada de nada, para poder tenerlo luego todo, pero de otra forma: en gratuidad compartida, en libertad gozosa. Nada de nada, para poder disfrutarlo todo (padre y madre, mujer e hijos…), para disfrutar de sí mismo (¡negarse a sí mismo, para así poder gozarse!). Éste es el camino. Vivimos sobre una tierra donde queremos gozar teniendo, poseyendo, con una familia “exclusiva”, hecha de egoísmo, con un deseo que nos cierra en nosotros mismos… Sólo una cruz que rompe ese “cierre” egoísta puede abrirnos al todo.

Primer contraste, la torre

e41b536895224f2c8f0878d7bb81382aAsí, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

            Somos constructores de torres, desde el gran relato de Babel (cf. Gen 10). Cada uno hace su torres, todos juntos queremos hacer la gran torre de la cultura mundial capitalista, que se cuente y mide con dinero. Pero ¿tenemos dinero suficiente para hacer una torre donde resguardarnos para siempre? ¿Nos podemos salvar por lo que hacemos? La vieja tierra está llena de ruinas de torres caídas. Entre ellas caminamos, sin darnos cuenta de que caerá pronto la nuestra.

Segundo contraste, el rey que va a la guerra

7E333A6D-460D-4D69-89E9-795F8524B1A5¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Aquí no se habla sólo de reyes lejanos, emperadores, monarcas, presidentes de grandes naciones o multinacionales, siempre en guerra. Aquí se habla de nosotros: queremos ganar a los demás, cada uno nuestra guerra y después la guerra de nuestros grupo (los blancos, colorados, mikeletes o marines…). Todos queremos hacer la guerra pensando que así podremos mantenernos.

Final. Renunciar a todo

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Ésta es la torre de Jesús, ésta su guerra: no necesita nada más que el amor de la gente, el amor y la vida de aquello que saben renunciar a todo… Sólo así, cuando no se apegan a nada, cuando no quieren nada para sí mismos pueden tenerlo todo… buscando el Reino, que es don y regalo, que es gracia…

            Jesús no pone ninguna condición (saber latín, hacer teología…), no quiere gente que tenga carreras ilustres (para hacer torres, para ganar guerras…). Quiere gente que sea capaz de renunciar, de de-construir torres, de de-sertar de guerras… Gente que renuncie a todo en amor, para tener todo, de forma distinta, en amor de Reino.

SEGUNDA PARTE (Lc 14,28‒33). EL PROYECTO DE JESÚS

  Si un rey quiere declarar una guerra, si un rico quiere construir una torre han de empezar calculando los costes de la empresa, en clave de soldados y dinero. Pues bien, de un modo abrupto, rompiendo esa lógica, de tipo utilitario, Jesús afirma que, para ser discípulo suyo, en camino de Reino hay que renunciar a todos los bienes (cf. motivo de Lc 12, 33 y 18, 22):

 ¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, si sale para combatir contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 28-33) [1].

 La cuestión de fondo está en el paso de las dos primeras comparaciones, que son como premisas, en línea de cálculo económico-militar, a la tercera, que es la conclusión. El oyente o lector está esperando también en el tercer momento un tipo de “crescendo” en la línea de los casos anteriores(más dinero, más soldados…), pues seguir a Jesús es más costoso y arriesgado que edificar una torre o ganar una guerra, que son sin duda empresas de gran coste; más costoso debería ser por tanto el seguimiento de Jesús, de modo que cada uno tendría qua calcular muy bien los bienes o medios que tiene para decidirse a favor de Jesús (de su Reino).

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“Anticampaña electoral”. Domingo 23 ciclo C

domingo, 4 de septiembre de 2022
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852215AD-98BF-4568-9778-67D5020A4886Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quede completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún que ésta. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico es pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

La multitud y los discípulos

            Para entender el evangelio de hoy es importante distinguir entre estos dos grupos. El evangelio de Lucas habla a menudo de la multitud de gente que acude a escuchar a Jesús (5,1.19) y a ser curados (5,15); vienen de todas partes (6,17), lo acompaña a Naín (7,11), lo siguen al zonas descampadas (9,14), lo siguen a miles (12,1). A estas personas les interesa lo que Jesús dice y hace, se benefician de su enseñanza y sus milagros. Pero nada más.

            Existe otro grupo mucho más reducido, el de los discípulos. El término se aplica generalmente a los Doce; pero otras veces se habla de un gran número de discípulos (6,17; 19,37), y de este grupo más amplio escoge a setenta y dos para enviarlos de misión (10,1).

El problema

            El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús sin ser discípulos suyos: En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús. Es posible que por la mente de alguno de ellos pase la idea de entrar a formar parte del grupo de los discípulos. Jesús, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

            Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 

            En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

            Dijo a sus padres: No os hago caso;

            a sus hermanos: No os reconozco;

            a sus hijos: No os conozco.

            Cumplieron tus mandatos

            y guardaron tu alianza.

             (Deuteronomio 33,9)

            Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

            En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

            Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.

            Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

            La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

            El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

            Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento. «Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo.»

            ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.”

            ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Lo mismo vosotros.

            Por consiguiente, antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo. Evidentemente, Jesús no se parecía en nada a esos directores espirituales que animaban a los y las jóvenes a entrar en el seminario o el noviciado sin pensarlo seriamente.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

            El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

            A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al joven rico (aunque Lucas lo presenta como un jefe): Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme.      Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

            Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

   Mientras iban de camino, uno le dijo:

   ‒ Te seguiré adonde vayas.

 Jesús le contestó:

  ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

A otro le dijo:

   ‒ Sígueme.

 Le contestó:

    ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

   Le replicó:

    ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

 Otro le dijo:

    ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

 Jesús le replicó:

 ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

            En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

            El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

            Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente sí tuvieran que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, y en la que los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús supuso en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, e incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

            Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, un padre de la Iglesia que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

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