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Orgullo gay y Evangelio», por Jesús Espeja

viernes, 7 de julio de 2017
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Jesus_HomosexualityLeído en su blog la Iglesia se hace diálogo:

«Los derechos humanos tienen algo de divino»

Reflexiones en misa durante la manifestación del sábado

(Jesús Espeja).- Se oía un poco de lejos el griterío festivo en las carrozas que desfilaban por el Paseo de Prado, cuando una comunidad cristiana celebrábamos la eucaristía.

El evangelio no da soluciones inmediatas a los problemas de la vida humana, pero sí una luz para discernir la presencia de Dios en todos los acontecimientos. Por eso nos fijamos en una frase del evangelio que leímos en nuestra celebración: «el que guarde su vida, la pierde; mientras el que pierde la vida, la gana». En otras palabras: el que acapara para sí, desentendiéndose de los demás, no se realiza , mientras sí crece en humanidad, quien pensando qué será del otro, es capaz de arriesgar sus seguridades. Y desde este evangelio tratamos de discernir el significado del orgullo gay. Como resumen quedaron tres sugerencias.

Primera. Según el evangelio, los derechos humanos tienen algo de divino. El derecho a ser uno mismo pertenece a la dignidad de la persona. Debemos celebrar que mujeres y hombres, silenciados y hasta despreciados socialmente, puedan ser y manifestarse siendo ellos mismos. Quizás esa manifestación pública rompa esquemas o patrones culturales. El evangelio no define las formas de ser persona sexuada ni da recetas para el ejercicio de la sexualidad. Lo natural y lo humano va emergiendo a lo largo de la historia; lo que pareció humano en un tiempo -pensemos por ejemplo en la esclavitud o el sometimiento de la mujer al varón- hoy lo vemos como aberración de la humanidad. Por otro lado ¿cómo nos atrevemos a juzgar al diferente sin la misericordia con que nosotros somos juzgados por Dios revelado en Jesucristo? «Perder la vida», esa invitación del evangelio que hoy escuchamos. Es invitación a dejar atrás nuestras seguridades para, en la lógica de la gratuidad, aceptar la singularidad del otro. Eso quiere decir una Iglesia «en salida».

Two young men wearing rainbow colored wings march in the annual gay pride parade, past an evangelical church with a sign that reads in Spanish, "Jesus Christ does miracles," in Lima, Peru, Saturday, June 27, 2015. (AP Photo/Rodrigo Abd) Segunda. En el evangelio no hay recetas para el ejercicio de la sexualidad, pero sí una orientación para realizar la vida de la persona siempre sexuada. Y esa orientación está en la frase: «perder la vida» para realizarnos como personas. Es decir, salir de nosotros mismos en la lógica del amor que se da para que el otro se desarrolle con dignidad y así crecer juntos. Esta lógica que de algún modo responde a la intención comunitaria de la sexualidad, vale para el ejercicio de la misma entre hombre y mujer, o entre personas del mismo sexo.

Tercera. En estas manifestaciones públicas del orgullo gay se pide la igualdad a la hora de satisfacer los derechos fundamentales de las personas. Es laudable que las autoridades políticas den cobertura y apoyo a esta manifestación. Pero esa igualdad la están pidiendo también miles de ciudadanos desvalidos que, durante los últimos meses, sin carrozas aplaudidas por gobernantes políticos, desde la pobreza y la impotencia, reclaman un trabajo digno para vivir como personas. Cuando el evangelio dice «quien guarde su vida, la pierde» está sugiriendo que la lógica de la comercialización y la fiebre posesiva de acaparar dinero, no es camino para el verdadero desarrollo humano. Hay que introducir la lógica de la gratuidad«perder la vida», salir de las falsas seguridades – para que todos puedan vivir con dignidad.

manifestacion-del-orgullo-gay-en-madrid

Y estas sugerencias no salieron sólo del presbítero que presidía la eucaristía. Era lo que pensaba y sentía la comunidad al escuchar a la vez el evangelio y el estruendoso reclamo del orgullo gay.

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“Estancados”. 18 de junio de 2017. Cuerpo y Sangre de Cristo. Juan 6, 51-58.

domingo, 18 de junio de 2017
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34-CorpuschristiAEl Papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia… pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación “La alegría del Evangelio” llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en “espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”.

Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿ Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas, o seguimos instalados en ese “estancamiento infecundo” del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?

Una de las grandes aportaciones del Concilio fue impulsar el paso desde la “misa”, entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, hacia la “eucaristía” vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo.

Sin duda, a lo largo de estos años, hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote “decía” la misa y el pueblo cristiano venía a “oír” la misa o “asistir” a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?

Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.

Sin duda, todos, pastores y creyentes, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”. Pero, ¿basta la buena voluntad de las parroquias o la creatividad aislada de algunos, sin más criterios de renovación?

La Cena del Señor es demasiado importante para que dejemos que se siga “perdiendo”, como “espectadores de un estancamiento infecundo” ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana”. ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?

El problema es grave. ¿Hemos de seguir “estancados” en un modo de celebración eucarística, tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

José Antonio Pagola

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Dom 14.5.17. Yo soy la Verdad.

domingo, 14 de mayo de 2017
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 5 Pascua. Juan 14,1-12. El evangelio de este domingo, tomado de Juan, igual que el del anterior, no presenta una aparición del resucitado, sino al mismo Resucitado, que se presenta y habla en la Iglesia, diciendo yo soy el camino, la verdad y la vida.

En un primer momento resulta insoportable que alguien diga yo de esa manera, añadiendo soy el camino, la verdad y la vida. ¿Quién puede hablar así en un mundo de relativismos y de post-verdades? ¿Quién puede identificar la verdad con su vida?

Éste es un texto insoportable, pero a medida que vamos entrando en su movimiento interior descubrimos que quien habla no es un hombre ya muerto del pasado, ni un fantasma de mentira, sino aquel que ha muerto por los demás (lo ha dado todo, no se reserva nada…), de manera que entonces, sin tener nada, puede decir «yo» (el yo de alguien que no es para sí, sino que se entrega…), añadiendo: «soy el camino, la verdad, vida…

images-1Ésta no es una voz de ultratumba (de un muerto aparecido), ni una voz de dominio, la voz de la Intra-Vida, la voz de aquel es es al darse todo.

Algunos de los temas de este evangelio del Camino, la Verdad y la Vida del Cristo Pascual son los más importantes de la historia cristiana, vinculados a las figuras de Tomás y de Felipe, pero no quiero ni puedo desarrollarlos aquí sino fijarme sólo en Jesus como Verdad.

Hoy que hablamos de verdades y mentiras, de ortodoxias y heterodoxias, de ideologías y engaños… hoy que hablamos de la post-verdad, hay Alguien que puede decirnos y nos dice: Yo soy la Verdad.

imagesImagen 3, en hebreo: emunah, verdad.

Texto

En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?

Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.» (Jn 14, 1-12).

Temas

Quizá nunca se han dicho las cosas que aquí se están diciendo, condensadas, luminosas, palabras como rayos que rasgan la oscuridad e iluminan la noche de la vida. Éstos son algunos de los temas:

Las moradas del Padre. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas o estancias…”. Todos los caminos llevan no a Roma, sino al Padre, a las Moradas del amor, que supo describir Santa Teresa. Del Padre/Madre venimos y al Padre/Madre vamos… Esa es la experiencia suprema de la vida.

Jesús, el Camino. Caminantes somos (¡ayer dije: navegantes!), caminantes somos y todos los caminos se centran y condensan para los creyentes en el Cristo. Por eso, quien toma su camino, que es camino de Evangelio, está ya en manos del Padre.

Los maestros que preguntas. En este evangelio aparecen dos voces que preguntan: una es de Tomás, otra de Felipe. Significativamente, ellos aparecen más tarde como autores de los dos evangelios apócrifos más significativos de la Iglesia. Pues bien, aquí no actúan como autores des evangelios, sino como discípulos del único Cristo

El “yo” de Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida… Éste es el Jesús pascual que se atreve a decir “yo”, como el Dios del Antiguo Testamento (¡Yo soy el que soy!), pero no un yo aislado en sí, sino abierto al Padre (un yo-camino) y dirigido a todos los que quieran acogerle (un yo-ensanchado, que se hace verdad y vida para todos).

El que me ve a mí ve al Padre… Ésta es la experiencia de los cristianos: ver a Jesús resucitado es ver a Dios. No hay un “más allá” de Jesús en un sentido de verdad o vida más alta. En Jesús, abierto al Padre, en Jesús que es Camino, está la verdad, está la vida.

El que cree en mí hará las “obras que yo hago”. Jesús no está cerrado, como maestro exclusivo, sino como maestro que ofrece y comparte, que enseña y promueve. Por eso, sus seguidores, que somos nosotros, podemos hacer no sólo sus obras, sino aún mayores… La obras del Espíritu de Dios.

Una aplicación. Yo soy la Verdad.

Resulta imposible desarrollar todos los temas de este evangelio. Por eso voy a centrarme en la verdad, distinguiendo algunos de sus tipos (siguiendo un esquema que solía emplear X. Zubiri).

1. En griego, verdad se dice aletheia:

desvelamiento del Ser (de Dios), que rompe el velo del engaño y olvido, para desplegarse en desnudez fundamental, en todo su misterio. Dos son sus aspectos o momentos principales:

– Dios es voluntad y poder de manifestación: no se oculta primero y luego viene a desvelarse de manera caprichosa; no se esconde para burlar a los humanos, ofreciéndoles un rostro que varía según las circunstancias, de manera que ellos nunca pueden conocerle plenamente; no es esfinge indescifrable que jamás conoceremos porque nunca desvela totalmente su misterio. En contra de eso, Dios es verdad manifestada: descorre el velo de su rostro y nos deja penetrar en el misterio de su vida (cf. 2 Cor 3, 12-18).

– El humano aparece en muchos mitos como viviente superior que puede desvelar enigmas, penetrando de esa forma en el misteri¬o de las cosas. Pues bien, el ser humano puede conocer el gran Misterio no por ser más hábil, sino porque Dios mismo ha querido desvelarlo. El conocimiento ofrece a este nivel un signo religioso: no es dominio técnico del mundo, ni pensamiento caprichoso que inventamos según las conveniencias, sino aletheia: desvelamiento más profundo del misterio de Dios en nuestra vida.

Ciertamente, en un nivel de ciencia conocemos solamente aquello que nosotros mismos vamos construyendo con la mente. Pero, en el nivel más alto, conocemos a Dios porque Él mismo hace presente su Verdad en nuestra vida: su presencia es verdadera, porque Él mismo ha querido desnudarse en amor y claridad ante nosotros, en actitud fontal de gracia.

2. En hebreo verdad es «emuna» o fidelidad:

verdadero es lo firme, aquel que ofrece garantía y da confianza, tanto en plano activo como receptivo. Pues bien, Dios nos ofrece la máxima confianza; por eso nos sentimos seguros en su presencia. La verdad ha de entenderse así en clave personal: es fidelidad de Dios que asiste a los humanos a lo largo del camino; es fidelidad de los humanos que se fían de su gracia de Dios, viviendo su presencia. Por eso, ella es siempre dialoga¬da:

– La Verdad es Presencia fiel de Dios, que ofrece su palabra y la mantiene por encima de las dificultades y rechazos del humano. Dios es Verdadero, pues se afirma como Roca firme en la que pueden asentarse los creyentes. No es una ilusión de ensueño, un espejismo que nos deja vacíos cuando le queremos tocar con nuestras manos. No es mentira que va y viene, que se dice primero sin firmeza y después se niega o se retira, cuando llega el tiempo malo. La Verdad de Dios es Fidelidad, Presencia amistosa para siempre.

– La Verdad ha de expresarse como Presencia fiel de los humanos, confianza entre personas. Sólo ellas, las personas, pueden ser en ese plano verdaderas. Así lo certifica la Biblia Hebrea cuando dice que el conocimiento más perfecto surge a nivel de relación interhumana, allí donde el varón y la mujer se encuentran y conocen como tales, en amor enamorado.

Pues bien, Dios y el humano se vinculan en un tipo de Verdad de matrimonio, en Presencia de alianza, como sabe la tradición profética (Os, Jer, Is). Este es el Dios que se preocupa de los pobres, los perdidos y pequeños de su pueblo, siendo fiel, portador de emuna.

Sólo conoce quien ama, haciéndose presente. Dios conoce en verdad: se fía de los humanos, siendo Presencia para ellos. El humano conoce en verdad cuando, apoyado en la promesa de Dios, acoge su presencia y se acerca en amor a los hermanos. En este plano, la Presencia de Dios está ligada al despliegue de su propia Verdad como confianza creadora, susci¬tando para los humanos un camino fiable de existencia compartida.

3. En latín verdad es «veritas»:

es la justicia en las relaciones interhumana. Para convivir sobre la tierra, los humanos tienen que aceptar la ley y respetarse mutuamen¬te. Ésta es la verdad de la justicia que se aplica a todos, por encima de cada uno, como expresión de un orden social…Ésta es la verdad que ha querido expresarse en el proceso político y social de occidente, pero que ha corrido el riesgo de caer en manos de las diversas ideologías….

Marx ha demostrado que la verdad económica y social de la justicia se ha hecho ideologías. Esa pretendida verdad ha servido (y sirve) para tapar la boca a los pequeños. La misma estructura religiosa de los pueblos triunfadores se utiliza para sacralizar el poder establecido. Ellos dicen “yo tengo la verdad”, pero oprimen a los vencidos.

Nietzsche ha descubierto los mecanismos de proyección vengativa de algunos oprimidos que tienden a satanizar a los triunfadores, haciendo de la religión principio de venganza. Por eso, cuando ellos dicen “yo soy la verdad” están imponiendo su propia envidia y su resentimiento…
Freud ha hablado también de una verdad que es “mentira”, la verdad de un amor que es proyección de las propias envidias

Jesús, el Jesús muerto y resucitado, dice: Yo soy la verdad

Cuando Jesús dice “yo soy la verdad” está diciendo lo que es el camino de Dios, que es camino de vida. Jesús no descubre los secretos del cosmos, ni los grados del ser, ni la profunda experiencia de las almas que descienden a la tierra; no nos introduce en un camino de ascética o mística de tipo intelectual. Interpretado en un millar de variaciones, su tema es siempre el mismo: él proviene del Padre y Dios mismo es, por lo tanto, quien le envía. Así puede presentarse a los humanos como pan de vida, luz del mundo, puerta, camino, verdad y vida, resurrección y viña verdadera. El Jesús de los sinópticos proclama la llegada del reino. El de Juan habla del Padre como testigo y signo de su gracia (cf. 6, 35; 8, 12; 10, 9. 11. 14; 11, 25; 14, 6; 15, 1).

Esta es la verdad de Jesús: Dios es Padre universal. Este su programa: vincular a todos los humanos partiendo desde el Padre, superando así el antiguo exclusivismo; como enviado del Padre ha realizado su obra sobre el mundo, enseñando lo que manda (12, 48-49), cumpliendo lo que quiere (6, 38). Revelándose a sí mismo, Jesús revela al Padre. Pero él no se limita a cumplir una función impersonal y pasajera: no es un medio que se emplea un momento y que después se deja, un camino que se corre y se abandona. Jesús mismo pertenece al misterio de Dios, de manera que ambos se vinculan en encuentro permanente. Así podemos afirmar que la verdad del Padre es su amor hacia Jesús y la de Jesús su amor al Padre:

– Está conmigo aquel que me ha enviado (Jn 8, 16; cf. 8, 18).
– Como el Padre me conoce y yo conozco al Padre… (10, 15).
– Yo y el Padre somos uno (10, 30).

Esta verdad de amor (presencia, comunión, conocimiento mutuo) constituye la entraña y mensaje superior del evangelio, su buena nueva: Dios ama a Jesús, Jesús ama a Dios y en su mutuo amor (Espíritu Santo) se funda todo lo que existe. Ese conocimiento y entrega fundante del Padre y el Hijo es el misterio del ser, la verdad de la existencia. Ser es amarse. Existir es entregarse, habitar uno en otro; por eso, Jesús puede afirmar «quien que me ha visto, ha visto al Padre” (14, 9; cf. 14, 10). Esta inhabitación amorosa constituye el principio y meta de toda verdad, es la verdad del Espíritu santo, entendido como vida compartida y donación recíproca (14, 20).

– El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos… (Mc 3, 35)
Como el Padre me ha amado, también Yo os he amado a vosotros (15, 9).
Si alguien me ama cumplirá y mi Padre le amará
y vendremos a él haremos en él una morada” (14, 23).
– Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en tí…
para que sean uno como Nosotros somos uno; Yo en ellos y Tú en mí…
para que el mundo conozca que Tú me has enviado
y que les amas como a mí me has amado (17, 20-23).

Esta verdad es el camino de la vida

— Si el Padre envía al Hijo, lo hace para salvar al mundo (3, 16-18).
— Si el Hijo cumple la voluntad del Padre, lo hace también para salvar (juzgar) al mundo (5, 19-27).
De esa forma se expande y expansiona su camino de amor: como el Padre me amó, os amo yo a vosotros; permaneced en mi amor (15, 9). Lo que Dios y el Hijo viven en amor, encuentro poderoso de entrega creadora, ha de expresarse en la existencia de todos los humanos (cf. 16, 26), que penetran en el círculo de amor de lo divino, pudiendo así compartir su vida y realizar sus obras:

– El que crea en mí realizará el también las obras que Yo hago (14, 12).
– Como el Padre me ha enviado así os envío Yo a vosotros (20, 21).
– Como Tú me has enviado al mundo también Yo les he enviado al mundo (17, 18).

En la entraña más profunda de su ser, los elegidos de Jesús (discípulos, cristianos) tienen un origen y existencia trascendente: nacen de Dios, son enviados con su Hijo (cf. 1, 12-13). No son ya esclavos del mundo, ni siervos de Dios, ni extranjeros. Se llaman y son hijos de Dios, amigos del Cristo y amigos entre sí, para realizar en la tierra el nuevo mandamiento: amaos unos a los otros, es decir, «vivid en comunión de amor, como el Padre y el Hijo son en comunión» (cf. 15, 1-17):

– Que sean uno como Tú, Padre, en mí y Yo en ti;
que también ellos sean uno
y el mundo conozca que Tú me has enviado (17, 21).

Una aplicación, una comparación

He presentado a Jesús como verdad. Sería bueno comparar su postura con la del budismo, centrado en la cuatro nobles verdades de Gautama, el Iluminado. Pero con eso entraríamos en otro tema. Por hoy basta recordar y situar en su contexto pascual, dentro de todo su evangelio, lo que Jesús ha dicho “yo soy la verdad”.

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Iglesia naciente, sufriente, creyente. Domingo 5º de Pascua

domingo, 14 de mayo de 2017
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Caminando-con-Jesus-300x300Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Como indiqué el domingo pasado, las tres lecturas de los domingos de Pascua nos hablan de los orígenes de la Iglesia, de las persecuciones de la Iglesia, y de nuestra relación con Jesús.

Iglesia naciente

La primera lectura nos cuenta la institución de los diáconos y el aumento progresivo de la comunidad, subrayando el hecho de que se uniesen a ella incluso sacerdotes.

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:

No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

La comunidad de Jerusalén estaba formada por judíos de lengua hebrea y judíos de lengua griega (probablemente originarios de países extranjeros, la Diáspora). Los problemas lingüísticos, tan típicos de nuestra época, se daban ya entonces. Los de lengua hebrea se consideraban superiores, los auténticos. Y eso repercute en la atención a las viudas. Lucas, que en otros pasajes del libro de los Hechos subraya tanto el amor mutuo y la igualdad, no puede ocultar en este caso que, desde el principio, se dieron problemas en la comunidad cristiana por motivos económicos.

Los diáconos son siete, número simbólico, de plenitud. Aunque parecen elegidos para una misión puramente material, permitiendo a los apóstoles dedicarse al apostolado y la oración, en realidad, los dos primeros, Esteban y Felipe, desempeñaron también una intensa labor apostólica. Esteban será, además, el primer mártir cristiano.

Iglesia sufriente

La primera carta de Pedro recuerda las numerosas persecuciones y dificultades que atravesó la primitiva iglesia. Lo vimos el domingo pasado y lo veremos en los siguientes. Pero este domingo, aunque se menciona a quienes rechazan a Jesús y el evangelio, la fuerza recae en recordar a cristianos difamados e insultados la enorme dignidad que Dios les ha concedido: «Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa».

Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.» Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Iglesia creyente

El evangelio nos sitúa en la última cena, cuando Jesús se despide de sus discípulos. Sabe el miedo que puede embargarles a quedar solos. Y los anima a no temblar, insistiéndoles en que volverán a encontrarse y estarán definitivamente juntos.

Aparece en este texto una de las mejores definiciones de Jesús, de las más adecuadas para presentar su persona: «Yo soy el camino, la verdad y la vida.»

Camino para llegar al Padre (el evangelio parece sugerir que para llegar a Dios hay muchos caminos, pero para llegar a Dios como Padre el único camino es Jesús).

Verdad en medio de las dudas y frente al escepticismo que mostrará poco más tarde Pilato preguntando: «¿Qué es la verdad?»

Vida que todos anhelamos que no termine nunca, la vida eterna, que empieza ya en este mundo y que consiste «en que te conozcan a ti, único dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo».

Como ocurre siempre en el cuarto evangelio, el texto supone también un reto para la fe. Nos invita a creer en Jesús como se cree en Dios; a creer que, quien lo ve a él, ve al Padre; quien lo conoce a él, conoce al Padre; que él está en el Padre y el Padre en él. Y al final, el mayor desafío: creer que nosotros, si creemos en Jesús, haremos obras más grandes que las que él hizo. Parece imposible. El padre del niño epiléptico habría dicho: «Creo, Señor, pero me falta mucho. Compensa tú a lo que en mí hay de incrédulo».

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice:
-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde:
-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice:
-«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Jesús le replica:
-«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

    

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Quinto Domingo de Pascua. 14 Mayo, 2017

domingo, 14 de mayo de 2017
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pascua

Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y todavía no me conoces, Felipe?”.

(Jn 14, 1-12)

Así, de primeras, ¿cómo te imaginas a Jesús en este momento?

Sí, sí, así… me refiero a eso que percibes que puede haber detrás de sus palabras, de esta frase; además, sin reparar en el contexto. Más bien tal vez te suene algo así como “Llevo taaaaaaanto tiempo…, ¡¡¿y todavía no me conoces, Felipeee?!!”, a modo mosqueo in crescendo. Aunque también se me ocurre que tal vez, solo tal vez, te lo imagines desanimado; Jesús desanimado, frustrado, triste, encontrándose con sus límites y su ser de barro. En definitiva, Jesús humano.

Pero vamos a entrar en el contexto. Este evangelio nos sitúa en la que llamamos última cena. Jesús ha hecho un gesto de servicio a sus discípulos, les ha lavado los pies; un servicio en esa época asignado a las mujeres y a los esclavos. Y ahí se ha encontrado con la objeción de Pedro, un tanto fanfarrón: “no me lavarás los pies”, pero también con su seguimiento incondicional cuando le responde: “Señor, no sólo los pies, también las manos y la cabeza”. En definitiva, Pedro humano.

Cenan, y al terminar Jesús parte un pan y se lo reparte, toma una copa de vino y se la pasa. Hace un gesto de entrega. Y ahí, se encuentra con que otro discípulo, Judas, sale del lugar en el que están porque ha quedado con las autoridades religiosas para llevarles, a cambio de unas monedas, hasta Jesús. Judas el oportunista, el “por interés te quiero Andrés”, el negociante. Judas humano, al fin y al cabo.

Y ahora, después de estos gestos tan significativos y culmen de su vida, ahora que les está hablando del Padre, que se reconoce Hijo y Hermano… es aquí cuando descubre que otro de los suyos, Felipe, o no se ha enterado de nada o de muy poco. Felipe el despistado, distraído, tal vez incluso el “mente embotada”. Felipe humano, claramente humano.

Ahora sí. Ahora, ¿cómo te imaginas a Jesús en este momento? Adéntrate a verlo, apostando por los suyos una vez más, dándoles otra oportunidad a pesar de todo. En definitiva… Jesús humano.

Oración

Abre nuestros ojos, Señor.

Y abre nuestro corazón, Señor.

Abre nuestra escucha a tu susurro “no temáis, soy yo”.

Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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En Jesús se manifiesta Dios-Vida.

domingo, 14 de mayo de 2017
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homiliaJn 14, 1-12

El contexto de este evangelio es el discurso de despedida después de la cena. En el capítulo 13, el centro es Jesús. Termina con la despedida, diciendo: a donde yo voy vosotros no podéis venir. En éste (14) el centro es el Padre. El ambiente es de inquietud. La traición de Judas, el anuncio de la negación de Pedro, el anuncio de la partida. Todo es inquietante. Está justificada la invitación a la confianza. La clave del mensaje en este capítulo es la relación de Jesús, y la de sus discípulos, con el Padre.

Aunque Jn pone en boca de Jesús todo el discurso, en realidad se trata de reflexiones de la comunidad a través de muchos años de andadura. Lo que se propone como futuro, es ya presente para el que escribe y para aquella comunidad para la que se escribe. Pero este presente deja entrever un nuevo futuro que el Espíritu irá realizando. Se percibe la dificultad que tiene la comunidad de expresar su experiencia. Esta vivencia pascual está anclada en la presencia viva de Jesús, del Espíritu y del Padre.

Creed en Dios y creed también en mí. “Pisteuete eis”, no significa creer, en el sentido que damos hoy a esa palabra. Sería “creer” en sentido bíblico, es decir, “poned vuestra confianza en…” Jn utiliza esta construcción 30 veces, aplicada a Jesús. Solo dos ocasiones, en 12,44 y aquí, pone como término a Dios, indicando claramente la identidad de ambas adhesiones. La confianza en Jesús y la confianza en Dios son la misma cosa. Si buscan a Dios, están en el buen camino, porque están con él. No tienen nada que temer.

En el hogar de mi Padre, hay muchas estancias. Jesús va al Padre, para procurarles un tipo de relación con Dios, similar a la suya. No hay diferencia entre unas moradas y otras. No se trata de un lugar, sino del ámbito del amor de Dios. En el corazón de Dios, todos tienen cabida. También podría traducirse: en la familia de Dios hay sitio para todos. Todos los seres humanos están llamados a formar parte de la familia del mismo Dios. Jesús está en el seno del Padre y todos pueden sentirse allí.

Todo el lenguaje es mítico-simbólico. Me voy, me quedo, vuelvo, etc. No se puede entender literalmente. Esta teología es clave para entender la marcha de Jesús y a la vez, su permanencia con ellos. Aunque la formulación es mítica, el mensaje sigue siendo válido. Hoy tendríamos que decir que la meta de todo está en Dios. Esa identificación con Dios es la que tenemos que descubrir y vivirla ya aquí. En Jesús, Dios ha manifestado su proyecto para el hombre, que se tiene que realizar en ellos.

Yo soy Camino. Yo soy Verdad. Yo soy Vida. Sin artículo ni determinado ni indeterminado, porque lo que se quiere decir está más allá de ambos. Se trata del texto más profundo de todo el evangelio. Camino, Verdad, Vida hacen referencia al Padre. No se pueden separar los conceptos. La Realidad a la que se refieren, está más allá de tiempo y espacio. Se han dado infinidad de interpretaciones desde los primero padres y siguen hoy los exegetas intentando desentrañar el significado del texto.

Jesús es Camino, que empieza y termina en Dios. En medio está Jesús, pero no significa  espacio ninguno. Desde Dios hasta Dios no puede haber ningún trecho. Jesús es, como todo ser humano, un proyecto ya realizado, porque recorrió el camino que le llevó a la plenitud humana. Ese camino es el amor total que abarca toda su vida. Los que le siguen deben recorrer también ese camino, es decir, ir de Dios que es el origen, hasta Dios que es la meta. En el AT el camino era la Ley. Jesús la sustituye por su persona.

Yo soy verdad, es decir, soy lo que tengo que ser. No se trata de la verdad lógica sino de la verdad ontológica que hace referencia al ser. Jesús es auténtico, hace presente a Dios, que es su verdadero ser. Es lo que tiene que ser. Lo contrario sería ser falso. “Yo soy” es el nombre que se dio a sí mismo Dios en la zarza. Jn repite hasta la saciedad el “yo soy”. El complemento puede ser cualquiera: puerta, pastor, camino, vida, verdad, vid. Si descubro y vivo que Dios está identificado conmigo, ya lo soy todo.

Yo soy Vida, es decir, lo esencial de mi ser está en la energía que hace que sea lo que soy. Recordad: «El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me coma, vivirá por mí.» Está hablando de la misma Vida que es Dios, que se le ha comunicado a él y que se nos comunica a nosotros. De la misma manera que no podemos encontrar la vida biológica independientemente de un ser que la posea, así no podemos encontrarnos con un Dios ahí fuera separado de un ser que lo manifieste.

Nadie va al Padre sino por mí. En c. 6 había dicho: “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae”. Estas aparentes contradicciones deben hacernos pensar. Las dos ideas se complementan. Para el que nace del Espíritu, el Padre no es alguien lejano ni en espacio ni en tiempo, su presencia es inmediata. Hacerse hijo es hacer presente al Padre. La identificación con Jesús, hace al discípulo participar de la misma Vida-Dios.

“Si llegáis a conocerme del todo, conoceréis también a mi Padre”. Una vez más se refleja el “ya, pero todavía no” de la primera comunidad. El seguimiento de Jesús es un dinamismo constante. No se trata de progresar en el conocimiento, sino en la comunión por amor. El conocimiento vivencial de Jesús, hará que el Padre se manifieste en el discípulo. Lo que pide Felipe es una teofanía como las narradas en el AT. Piensa que Jesús es un representante de Dios, no la presencia misma de Dios.

¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre? Esta queja es una clara reflexión pascual. En su vida pública, sus seguidores no entendieron ni jota de lo que era Jesús. Felipe sigue separando a Dios del hombre. No ha descubierto el alcance del amor-Dios ni su proyecto sobre el hombre. No se han enterado de que Dios sólo es visible en el hombre. Desde esta perspectiva, Jesús podía decir: quien me ve a mí, ve a mi Padre. Y: si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre porque el Padre es más que yo.

“Las exigencias que os propongo no lo hablo por cuenta propia”. “Remata” no significa dicho o palabra sino propuesta, exigencia realizada y manifestada a través de la vida. Fíjate que a continuación habla de obras: “el Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras”. Y a continuación: “si no me creéis a mí, creed a las obras”. Las obras son la manifestación de que Dios está en Jesús. El Padre ejerce su actividad creadora a través de Jesús. Él, a partir de su propia experiencia, propone las “exigencias” que Dios le pide a él. Jesús a través de sus obras realiza el designio creador.

Meditación

Jesús era uno con el Padre.
Ésta es la experiencia de los cristianos de finales del s. I.
En Jesús descubrieron la presencia de Dios.
Mi tarea hoy es descubrir en mí, ese Dios-Vida de Jesús.

Para encontrar ese Dios, tengo que abandonar mis ídolos.
Dioses que tengo muy arraigados en lo hondo de mí.
El Dios de Jesús, por ser amor, me exige amar.
Y eso es lo más contrario a mis deseos egoístas.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Camino, verdad y vida.

domingo, 14 de mayo de 2017
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caminoThree things can no hidden: The sun, the moon, and the truth (Buddha)

14 de mayo. V domingo de Pascua

Jn 14, 1-12

Les dice Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6)

¿Os imagináis la cara de póker que pondríamos todos si los representantes oficiales de la Iglesia nos convocaran para decirnos: “No es razonable que nosotros descuidemos la Palabra de Dios para servir a la mesa”, pues nosotros debemos atender a la oración y al ministerio de la palabra”? (Hch 6, 2 y 6, 4) ¿Sería bien recibida la propuesta, como sucedió entonces, y aceptaríamos que se eligiera a siete diáconos para que se encargasen de aquellos otros menesteres? Estoy convencido de la cara de póker que se les pondría cuando vieran la presteza con que todos nosotros saldríamos pitando del sacro auditorio.

Y, sin embargo, ésta ha sido la historia  durante siglos: marcar  a los demás el camino, la verdad y la vida mientras ellos estaban sentados para el banquete y los demás, prestos a servirles. De modo que la que realmente no es razonable ni justa es su propuesta. Jesús, el Maestro, lo dejó claro en Mt 20, 28: “Y el que de vosotros quiera ser el primero, sea vuestro siervo, así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir”.

A pocas personas como él podríamos aplicarlas lo que uno de los coros de la ópera El barbero de Sevilla, de Gioachino Rossini, entonaba el Conde Almaviva: “È un signor di qualità!” Virtud con la que veremos adornada la figura de Jesús con tan sólo echar una simple mirada al Evangelio. ¿Y esto por qué?, cabría preguntarse. La respuesta, también simple, podríamos encontrarla en Beethoven cuando en palabras de Nicholas Cook, (De Madonna al canto gregoriano. Alianza Editorial 2012) dijo que “La música puede crear la milagrosa impresión de ir directamente, “del corazón… al corazón”, como escribió el sordo genial en el autógrafo de su Missa Solemnis.

Música en estereofonía que escuchamos en el sonido primordial de la existencia, y que nos suena como la radiación del fondo cósmico descubierta por los físicos en 1965, que llena el Universo.  Microondas desprendidas del saber sideral de todos los sabios y los tiempos, y que han sido Camino, Verdad y Vida de la Humanidad entera. Y no sólo de los sabios, sino también de la vida de cada hombre, como insinúa a George Bailey el ángel de la guarda Clarence Oddbody, en la película ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra (1946). Y con tal fuerza que la ciudad entera se vuelve loca. Capacidad dramatúrgica en la que toda la Naturaleza se funde en armonía con el personaje.

Buddha nos lo condensa en una cita muy simple y muy poética: “Three things cannot be hidden: the sun, the moon, and the truth”: No se puede esconder tres cosas: el sol, la luna y la verdad. Y Javier Melloni nos lo trae a la memoria.

ORACIÓN

¡Oh Profundidad infinita que asomas por doquier!,
danos la obertura de la mente y del corazón
para que podamos reconocerte en todo.
Que cada instante sea el camino por el que volvamos a ti
del mismo modo que tú vienes a nosotros en cada situación.
Que todo momento sea la oportunidad y la celebración
de este encuentro que se hace transparente a tu Presencia.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Confiad en mí.

domingo, 14 de mayo de 2017
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publicacionvdomingo-de-pascuaJn 14, 1-12

En este V domingo de Pascua, el evangelio de Juan nos vuelve a situar en el cenáculo, en el momento posterior al lavatorio de los pies. Desde la experiencia pascual y para que ésta se sostenga y reafirme, los primeros creyentes necesitan recordar todas las palabras que habían escuchado en boca de Jesús mientras estaba con ellos y cuyo significado, en aquel momento, eran incapaces de comprender del todo.

Situados en el contexto podemos comprender que las primeras palabras de Jesús sean una invitación a mantener la calma. Igualmente los primeros creyentes, para quienes Juan escribe el evangelio, se ven necesitados de aprender a relacionarse de un modo nuevo con un Jesús no visible, pero Vivo y resucitado. Necesitan escuchar una vez más la invitación que éste tantas veces les hizo: “no perdáis la calma”.

También a nosotros nos llega hoy este llamamiento a no perder la paz. “Creed en Dios y creed también en mí. “Creed plenamente en mí y en mi palabra, porque aunque me voy, no os dejo. Porque el Padre y yo, que somos uno (cf. Jn 10, 30), estamos siempre con vosotros”“Creer”, en este sentido, no es un movimiento meramente intelectual, sino la acción de depositar nuestra absoluta confianza en Jesús y vivir consecuentemente. Sólo de ahí puede brotar la verdadera calma. Aunque la vida siga trayendo dificultades, aunque no nos falten preocupaciones, aunque sigamos sintiendo miedo por tantas cosas… Jesús nos invita a no perder la paz que brota de la confianza plena en Quien, sabemos, no nos abandona.

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.” Hasta once veces (en doce versículos) pone Juan en boca de Jesús el término “Padre”, además de nombrarlo de otras maneras. En un contexto en el que nuestra atención está centrada en lo que Jesús hace y dice, éste desea desviar nuestra mirada y nuestro corazón hacia el Padre para ratificar que él todo lo ha recibido del Padre y que los dos son uno mismo. “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?”, le responde a un Felipe que pronuncia el deseo que todos se hacían: “Muéstranos al Padre y nos basta”.

Eso puede sucedernos también hoy a nosotros. Hemos escuchado y sabemos que Dios está en nosotros, que no hay que buscarle “más allá”… Pero este Misterio nos sobrepasa y nos confunde. Por eso Jesús nos lo recuerda una vez más. “Yo soy el camino hacia el Padre”. En él, con él y por él nosotros somos invitados a entrar en el abrazo de amor de la familia divina. “Conocerle” no es sólo progresar en el conocimiento de su vida, sus gestos y sus palabras. Se trata de un conocimiento vivencial, de entrar en mayor comunión con Jesús, de tener verdadera experiencia de encuentro y amistad con él.

“Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”Jesús repite, como consigna, el mismo imperativo que al principio: “creed”, “creed en mí”, “creedme”. “Creed que yo soy el camino, la verdad y la vida”. En este tiempo en el que miles de hermanos transitan por tantos caminos huyendo del horror; en el que todo lo que nos llega de nuestros líderes parece bañado por la corrupción y la mentira; en el que nos alcanzan continuamente imágenes que muestran cómo la vida es devaluada; la certeza de que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida con mayúsculas alienta nuestra marcha como creyentes, alimenta nuestra esperanza y aviva nuestro compromiso. Si creemos en él, si se nos da vivir cada vez más en comunión con él, nuestro anuncio del Padre y su Reino no será sólo de palabra, sino también –como hacía Jesús- con obras. Obras, gestos, miradas, caricias, acompañamientos… que se convierten en los pequeños milagros cotidianos.

En el comienzo del evangelio Jesús habla de las “muchas estancias en la casa del Padre”. Estamos seguros de que, el día de mañana, cuando pasemos a vivir con él definitivamente, encontraremos su abrazo, su regazo para descansar plenamente. Pero si creemos de verdad que Dios Padre-Madre está aquí, a nuestro lado y que Jesús nos acompaña Vivo y resucitado, sabremos descubrir que nos espera ya en muchas “estancias”: la habitación de quien está enfermo en el hospital, en una residencia o quizás en casa; la de aquella persona conocida que sabemos sufre por alguna causa, o está sola; ese tramo de calle donde alguien suplica atención, ayuda, escucha; tantos espacios en los que levantamos muros y rejas para que el dolor hermano no nos salpique…

En todas estas “estancias” él también nos espera para abrazarnos. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores.” Así sea.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Domingo 5º De Pascua

domingo, 14 de mayo de 2017
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comentarios_desglose_ilustComentarios a las dos primeras lecturas

Hechos 6, 1-7

En aquellos tiempos, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas.

Los apóstoles convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:

– No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la administración, por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra.

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Simón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Alejandría. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.

La Palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

En los relatos de la primera iglesia se nos presenta una iglesia familiar, en la que la autoridad de los Apóstoles no se ejerce de modo monárquico, ni siquiera colegiado. Es la comunidad la que toma las decisiones.

En este texto aparece la designación de los siete primeros diáconos por la comunidad, y la imposición de manos por los apóstoles. Estos relatos dan origen a múltiples consideraciones sobre las formas del ejercicio de autoridad en la iglesia. Indicaremos con brevedad solamente dos:

1)

La imagen un tanto idílica que a veces aparece en Los Hechos, queda un tanto traicionada en estos detalles, Había tensiones y dificultades, había diferencias de opinión…

Y existía en la comunidad el germen de una profunda crisis que se mostrará más adelante: los judaizantes y los helenizantes, dos grupos claramente diferenciados, unos más tradicionales, aún aferrados a la Ley de Moisés: su cabeza visible será Santiago, el hermano del Señor. Otros más abiertos, que entenderán La Nueva Noticia con independencia a la Antigua Ley: su paladín en el futuro será Pablo.

El enfrentamiento de estas dos tendencias se producirá en el llamado «Concilio de Jerusalén», que se relata en el Libro de los Hechos en el capítulo 15, y en el capítulo 2 de la carta a los Gálatas. Vemos pues que Lucas selecciona e interpreta los sucesos, para dejar clara la presencia del Espíritu, pero es fiel a sus fuentes, aunque lo que cuenta no sea perfecto.

2)

En una Iglesia tan pequeña, la autoridad se ejerce de manera paternal, y no sustituye a la comunidad. Los Apóstoles presentan iniciativas a la comunidad y a ésta «les parece bien» y lo aprueban, y es la comunidad la que elige a los diáconos.

Al leer estas cosas sentimos una fuerte añoranza de aquella organización eclesial; nos gustaría que las cosas pudieran funcionar también hoy así, que fueran los fieles los que eligieran….

Hay sin embargo otra consideración que hacer: las formas de gobierno de la Iglesia actual no son las únicas posibles; históricamente la Iglesia ha funcionado también de maneras diferentes, menos monárquicas, y «los primeros obispos» dejaron claro que preferían no encargarse de los aspectos organizativos de la iglesia, para poder dedicarse «a la oración y al servicio de la Palabra».

(Habría otro tema de meditación, muy interesante, pero que solamente vamos a enunciar: la última frase: «incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe». Es decir, que son precisamente los sacerdotes los que más dificultades tenían para aceptar a Jesús… (Dejamos apuntado el tema, sin desarrollarlo)

Pedro 2, 4-9

Acercándoos al Señor, la Piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

Dice la Escritura:

«Yo coloco en Sión una piedra angular,
escogida y preciosa;
el que crea en ella no quedará defraudado».

Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la piedra que desecharon los constructores; esta se ha convertido en piedra angular, en piedra de tropezar y roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra; ese es su destino.

Vosotros, en cambio, sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y entrar en su luz maravillosa.

En el fragmento que leemos hoy se sigue profundizando en la teología de la iglesia. Un pueblo de sacerdotes, que ofrece sacrificios espirituales. Una nación consagrada por Dios, que ha pasado de las tinieblas a la luz, asentada en Cristo, la primera piedra del edificio. La fe en Jesús es la que constituye a la iglesia. Aceptar al crucificado-resucitado, ésta es la piedra angular, que define a la iglesia como una nueva manera de ser y de vivir en relación con Dios y con los hombres.

Esa es la Piedra en la que tropiezan por ejemplo los sacerdotes de Israel, que parecen tener más dificultades que nadie en aceptar a Jesús. Se apunta aquí el tema de Jesús como piedra de escándalo. Jesús crucificado, locura para los griegos, escándalo para los judíos, fuerza de salvación para los creyentes, como dice Pablo en 1 Corintios 1.

En este texto se hace una velada pero clara comparación de la iglesia con el pueblo de Israel tal como aparecía en el Libro del Éxodo: este es el Nuevo Pueblo, llamado de las tinieblas a la luz, «de la esclavitud al servicio», nación consagrada, adquirida por Dios, destinada a La Misión, a proclamar las hazañas del Señor, a ser mensajero de la Salvación.

José Enrique Galarreta, S.J.

Fuente Fe Adulta

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«La fe entra por los sentidos», por José Mª Castillo

lunes, 24 de abril de 2017
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michel-ciry_-incredulite-deDe su blog Teología sin Censura:

El relato de la incredulidad del apóstol Tomás, que se recuerda a los cristianos en el segundo domingo de Pascua (Jn 20, 19-31), nos viene a decir que la fe entra por los sentidos. Mucho antes que el IV evangelio, el apóstol Pablo había dicho que “la fe entra por el oído” (por lo que se escucha, “akoê”: Rom 10, 17). Pero el Evangelio añade que, no sólo por lo que se escucha, sino también por lo que se ve y se palpa. Que es lo que le pasó a Tomás. Cuando los otros apóstoles le dijeron que habían “visto al Señor” (Jn 20, 25), Tomás respondió lo que dice tanta gente: “Si no lo veo y lo toco, no lo creo”. Hasta que, a los ocho días, Jesús resucitado se plantó delante de Tomás y le dijo: “ven acá, mira, toca, palpa… y no seas incrédulo” (Jn 20, 27). Y Tomás no tuvo más remedio que decirle a Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).

La cosa, al menos en principio, está clara: la fe entra, no sólo por lo que oímos, sino además por lo que vemos y palpamos. Pero aquí es donde está el problema. Porque, en realidad, ¿qué es lo que vio y lo que palpó Tomás? Vio y palpó llagas de dolor y muerte. Y entonces creyó. Pero el mismo Jesús añadió: “¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29).

El Evangelio se refiere obviamente a quienes vieron a Jesús resucitado. Pero, ¿y los que no lo vemos, ni podemos verlo? Insisto en que Tomas vio a Jesús. Pero no solo eso. Lo que Tomás dijo es que quería ver las llagas de los clavos y la herida del costado de Jesús. Entonces fue cuando Tomás creyó. No simplemente cuando vio a Jesús, sino cuando palpó sus llagas de sufrimiento y muerte.

Yo me pregunto por qué ahora hay tanta gente a la que no le interesa para nada el asunto de la fe. ¿Porque no vemos a Jesús? Por supuesto, a Jesús no podemos verlo. Pero, ¿y sus llagas de sufrimiento y muerte? ¿dónde las vemos? ¿en quiénes se palpan? Ahí están: en la vergüenza de los que se dejan la vida en las pateras, en las alambradas (con sus concertinas) que les hemos puesto a quienes vienen huyendo de la muerte, en los que se mueren en las hambrunas de África y en las guerras interminables del coltán. Porque nosotros, los “¡creyentes en Cristo!”, los cristianos de los países desarrollados, no soportamos las llagas de los clavos de la muerte de Jesús.

¿Y la Iglesia, que no se cansa de predicar la importancia de la fe? Los “hombres de Iglesia” se preocupan mucho por los que llevan en sus carnes las llagas de Cristo. Pero es que la Iglesia no sólo se preocupa por los que llevan las llagas. Además de eso, necesita mucho dinero para conservar sus templos, sus seminarios, sus palacios y sus curias, para mantener intacta su liturgia y su moral. Y si no, que se lo pregunten al papa Francisco. Este hombre se preocupa tanto por los desgraciados de las llagas, que más que un papa, parece – a veces – un “agitador social”. ¿Y nos vamos a quedar con los brazos cruzados ante semejante desvarío?

Es la pregunta que algunos se hacen. Yo – a lo mejor estoy equivocado – lo que me pregunto es si nos interesa de verdad creer en Jesús. O quizá lo que queremos, a toda costa, es que el solemne montaje religioso que tenemos siga como está. O incluso que, a ser posible, podamos recuperar la solemnidad de antaño.

Por eso, sólo me queda esta pregunta: ¿no nos estará ocurriendo que, en realidad, estamos más cerca de los sacerdotes del templo que de las llagas que tanto anhelaba tocar el apóstol Tomás?

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“Jesús salvará a la Iglesia”. 23 de abril de 2017. 2 Pascua (A). Juan 20, 19-31.

domingo, 23 de abril de 2017
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thomas-et-jesusAterrados por la ejecución de Jesús, los discípulos se refugian en una casa conocida. De nuevo están reunidos, pero no está con ellos Jesús. En al comunidad hay un vacío que nadie puede llenar. Les falta Jesús. ¿A quién seguirán ahora? ¿Qué podrán hacer sin él? “Está anocheciendo” en Jerusalén y también en el corazón de los discípulos.

Dentro de la casa, están “con las puertas cerradas”. Es una comunidad sin misión y sin horizonte, encerrada en sí misma, sin capacidad de acogida. Nadie piensa ya en salir por los caminos a anunciar el reino de Dios y curar la vida. Con las puertas cerradas no es posible acercarse al sufrimiento de las gentes.

Los discípulos están llenos de “miedo a los judíos”. Es una comunidad paralizada por el miedo, en actitud defensiva. Solo ven hostilidad y rechazo por todas partes. Con miedo no es posible amar el mundo como lo amaba Jesús, ni infundir en nadie aliento y esperanza.

De pronto, Jesús resucitado toma la iniciativa. Viene a rescatar a sus seguidores. “Entra en la casa y se pone en medio de ellos”. La pequeña comunidad comienza a transformarse. Del miedo pasan a la paz que les infunde Jesús. De la oscuridad de la noche pasan a la alegría de volver a verlo lleno de vida. De las puertas cerradas van a pasar pronto a la apertura de la misión.

Jesús les habla poniendo en aquellos pobres hombres toda su confianza: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. No les dice a quién se han de acercar, qué han de anunciar ni cómo han de actuar. Ya lo han podido aprender de él por los caminos de Galilea. Serán en el mundo lo que ha sido él.

Jesús conoce la fragilidad de sus discípulos. Muchas veces les ha criticado su fe pequeña y vacilante. Necesitan la fuerza de su Espíritu para cumplir su misión. Por eso hace con ellos un gesto especial. No les impone las manos ni los bendice como a los enfermos. Exhala su aliento sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo”.

Solo Jesús salvará a la Iglesia. Solo él nos liberará de los miedos que nos paralizan, romperá los esquemas aburridos en los que pretendemos encerrarlo, abrirá tantas puertas que hemos ido cerrando a lo largo de los siglos, enderezará tantos caminos que nos han desviado de él.

Lo que se nos pide es reavivar mucho más en toda la Iglesia la confianza en Jesús resucitado, movilizarnos para ponerlo sin miedo en el centro de nuestras parroquias y comunidades, y concentrar todas nuestras fuerzas en escuchar bien lo que su espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores y seguidoras.

José Antonio Pagola

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Domingo II de Pascua. 23 Abril, 2017

domingo, 23 de abril de 2017
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pascua

“Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengáis en él vida eterna.”

(Jn 20, 19-31)

Hoy es fácil hablar de los apóstoles reunidos “a puerta cerrada” o de las dudas de Tomás. También de la insistencia des resucitado en ofrecerles paz a aquellos discípulos amedrantados por el miedo.

Y está muy bien hablar de todas estas cosas. Ya que muchas veces el conocer la experiencia de otras personas nos ayuda a confrontar nuestras vidas.

Pero lo cierto es que al leer el evangelio me han golpeado los dos últimos versículos. Los que la Biblia de la Casa de la Biblia titula: “Finalidad del evangelio”. Los dos versículos con los que hemos empezado este comentario:

“Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengáis en él vida eterna.” (Jn 20, 30-31)

De manera que el evangelio, los evangelios, no pretenden contarnos la vida de Jesús, un Galileo del siglo primero. Tampoco nos quieren contar lo que sucedió en un momento dado, no son una crónica. El evangelio es un despertador.

Su finalidad, lo que quiere conseguir es que CREAMOS y “para que creyendo tengáis en él (en Jesús) vida eterna.”

Por eso no podemos acercarnos a los evangelios buscado una respuesta. Algo así como la receta exacta para la felicidad plena.

No hay recetas. La fe no es una respuesta, es un camino. Casi podríamos decir que la fe es una pregunta. Y creer es tratar de dar respuesta a ese anhelo. Como enamorarse. Cuando te enamoras no encuentras una respuesta, lo que encuentras es un camino lleno de novedad.

Podemos decir que los evangelios fueron escritos para “enamorarnos”. Para mostrarnos un camino lleno de novedad.

Si creemos, si amamos… entonces comenzamos a dar pasos, a entrar en la VIDA eterna, en la vida plena.

Oración

Trinidad Santa, despierta nuestro corazón para que CREAMOS.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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«¿Qué urge más resolver en la Iglesia?», por José Mª Castillo

martes, 28 de febrero de 2017
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32753879911_6e8695e4ec_bLeído en su blog Teología sin Censura:

Los problemas, que hoy más preocupan a clérigos y laicos que actualmente se interesan por los asuntos de la Iglesia, ¿son los problemas más graves que tiene le Iglesia en este momento? ¿son esos los problemas que hay que afrontar cuanto antes?

Creo que es urgente afrontar estas preguntas porque no sé si lo más apremiante, en este momento, es aclarar si los divorciados vueltos a casar pueden o no pueden recibir la comunión. Como tampoco sé si no admite espera posible el hecho de que cuatro cardenales (y algunos grupos integristas) estén en desacuerdo con el papa Francisco. Por supuesto, es un asunto muy grave la cantidad abrumadora de abusos de menores, el hecho de que el Vaticano ni ha firmado, ni pone en práctica, los derechos humanos. Ni los puede poner mientras siga en vigor el actual Derecho Canónico. Con las enormes consecuencias que todo esto entraña.

No sé si estoy en lo cierto al plantear estas preguntas y estas dudas. En cualquier caso, a mí me parece que, debajo de estas cuestiones, hay un problema de fondo que nos asusta. Y nos asusta de verdad. Me refiero a la relación que tiene, mantiene y vive esta Iglesia, que tenemos, con el Evangelio de Jesús.

No estoy dudado de si la Iglesia cree o no cree en el Evangelio. Eso, por supuesto, está fuera de duda. Es más, si el Evangelio ha llegado hasta nosotros, eso se lo debemos a la Iglesia, que lo ha creído y lo ha enseñado a lo largo de los siglos. Pero es que el problema no está en si la Iglesia cree o no cree en el Evangelio. El problema está en si la Iglesia vive o no vive el Evangelio.

Más en concreto, a mí me parece que el problema está en si la Iglesia, tal como la vemos y la vivimos, “sigue” o “no sigue” a Jesús. Porque no olvidemos esto nunca: el problema más grave, que planteó Jesús (según los evangelios) fue el problema del “seguimiento”. De manera que incluso la fe, en Dios y en Jesús, se hace imposible cuando se divorcia y se desentiende del seguimiento de Jesús.

Y lo que yo veo, tanto en la Jerarquía como en los fieles, es que la Iglesia vive preocupada por la fidelidad de los cristianos a la fe. La fidelidad al seguimiento de Jesús no le quita el sueño a nadie. Y conste que, concretamente en los evangelios sinópticos, mientras que la fe se menciona 36 veces, del seguimiento se habla 57 veces.

Y es que la fe, como conjunto de creencias y prácticas religiosas, se puede reducir fácilmente a un asunto privado y a una serie de costumbres que integramos en nuestra vida sin demasiados problemas. Mientras que el seguimiento de Jesús, si nos atenemos a los relatos de los evangelios que lo explican, exige – como punto de partida – fiarse de Jesús hasta tal punto, que se renuncia a lo más fundamental (familia, trabajo, dinero, seguridad, proyectos…) porque asumir la forma de vida de Jesús es más determinante que todo lo demás.

¿No estamos haciendo en la Iglesia una especie de componenda entre fe y seguimiento, que termina no siendo ni lo uno ni lo otro? Me temo que estamos – y vamos a seguir – angustiados por temas marginales, mientras que, al problema capital de la Iglesia, nunca nos atrevemos a hincarle el diente.

Y así, nos interesan una serie de asuntos secundarios, al tiempo que la relación de fondo entre la Iglesia y el Evangelio, ahí está. Y seguirá estando hasta que el “ser o no ser” obligue a tomar en serio el problema que de verdad nos urge. Como urge un salvavidas al que se está ahogando.

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«Lo más importante, ¿los ritos o las personas?», por José Mª Castillo

sábado, 11 de febrero de 2017
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31942992934_f355c55ee8_zDe su blog Teología sin Censura:

No obstante la crisis religiosa, que estamos viviendo, son bastantes los cristianos que se ponen nerviosos si se les habla de innovaciones o cambios en la liturgia de la misa y demás sacramentos.

Esta postura es comprensible. Lo que seguramente no saben quienes defienden esta posición -y la defienden no sólo con energía sino incluso con indignació – es que, sin darse cuenta, quienes adoptan tal postura de forma intolerante, en el fondo, lo que hacen es aceptar y –sin saberlo- reafirmar una de las ideas típicas de Sigmund Freud.

Así lo explica un autor tan documentado como es Gerd Theissen, comentando un texto importante del volumen 7º de las “Gesammelte Werke” (p. 129-131) de Freud. El rito se constituye en un fin en sí, que se contrapone al caos, que es lo más opuesto al orden. Por eso los ritos sirven para defenderse del caos. O, en otras palabras, los ritos sirven para defenderse del miedo, que precipita al individuo en un caos psíquico. Estas ideas han sido desarrolladas por Víctor Turner y Rolf Gehelen.

De ahí que, para no pocas personas, cambiarles los ritos y, sobre todo, quitar el ritual o su lenguaje (por ejemplo, el latín) es quitarles un factor fundamental de su seguridad en la vida o en su relación con Dios.

Pero, es claro, las personas que se meten de lleno en este proceso y, por eso, se aferran a la exacta observancia de los ritos, aparte del miedo inconsciente que eso entraña, tiene una consecuencia religiosa y social que nos aleja del Evangelio más de lo que imaginamos. ¿Por qué Jesús tuvo tantos conflictos con los maestros de la Ley, con los fariseos y con los sacerdotes? Siempre la misma historia: porque no observaba el sábado, no ayunaba, no cumplía los rituales de pureza cultual, andaba con malas compañías (pecadores, publicanos), tenía amistades peligrosas…

Y todo esto, ¿por qué? La respuesta más clara y más directa la dio Jesús cuando explicó lo que será verdaderamente decisivo en el juicio final. No será la observancia de los “ritos” religiosos, sino la relación que cada cual tiene con la felicidad o el sufrimiento de las “personas” (Mt 25, 31-46).

Cuando el Señor de la Gloria venga a pedir cuentas a cada cual, a nadie le va a preguntar si dijo la misa en latín o en otra lengua, si cumplió con las normas litúrgicas al pie de la letra, si ayunó o dejó de ayunar, etc.

O el Evangelio es mentira o la liturgia le preocupa a Dios bastante menos que al clero y sus más fieles adeptos. Lo que al Dios de Jesús le interesa no es la fiel observancia de los ritos, sino que tengamos sensibilidad para dar de comer al que pasa hambre, para estar con el enfermo, para acoger al extranjero, para interesarse por los que están en la cárcel.

Muchas veces me pregunto por qué en el Vaticano hay una Sagrada Congregación que vigila la observancia de los ritos. Y por qué no hay otra Congregación Sagrada que se preocupe por los millones de criaturas que sufren más de lo que humanamente se puede soportar.

Comprendo que todo esto ponga nerviosos y hasta indigne a algunos cristianos. Pero quienes se ponen nerviosos, al leer esto, ¿no se preguntan por qué hay tantas personas en la Iglesia que no tolerarían ver las parroquias y los templos sucios, descuidados, desordenados, abandonados, misas que no las dice el cura, sino el sacristán; o misas que el cura dice en mangas de camisa…, pero resulta que esas mismas personas no pierden el sueño sabiendo que cada día se mueren de hambre más de 30.000 personas? ¿No será verdad que nuestra exactitud en la observancia y en el cumplimiento de los ritos sagrados nos sirve de “calmante espiritual” que tranquiliza nuestra conciencia?

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«El futuro de la Iglesia», por José Mª Castillo

sábado, 4 de febrero de 2017
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sacerdote02De su blog Teología sin Censura:

Tal como se han puesto las cosas, en el momento que vivimos, el futuro de la Iglesia da que pensar. Porque produce la impresión de que la Iglesia, tal como está organizada y tal como funciona, tiene cada día menos presencia en la sociedad, menos influjo en la vida de la gente y, por tanto, un futuro bastante problemático y demasiado incierto.

Cada día hay menos sacerdotes, cada semana nos enteramos de conventos que se cierran para convertirlos en hoteles, residencias o monumentos medio arruinados. El descenso creciente en las prácticas sacramentales es alarmante. Más de la mitad de las parroquias católicas de todo el mundo no tienen párroco o lo tienen nominalmente, pero no de hecho.

Hace pocos días, el papa Francisco decía en una entrevista: “El clericalismo es el peor mal de la Iglesia, que el pastor se vuelva un funcionario”. Y es verdad que hay curas, que se metieron en un seminario o se fueron a un convento, porque no querían pasarse la vida siendo unos “nadies” que no pintan nada en la vida. Esto sucede así, más de lo que imaginamos.

Pero, aunque se trate de personas generosas y decentes, ¿cómo no van a terminar siendo meros “funcionarios” unos individuos, que, para cumplir con sus obligaciones, tienen que ir de un lado para otro, siempre de prisa, sin poder atender sosegadamente a nadie? Y conste que me limito a recordar sólo esta causa de que en la Iglesia haya tantos “clérigos funcionarios”. No quiero ahondar en la raíz profunda del problema, que no es otra que la cantidad de individuos que se hacen curas porque, en el fondo, lo que quieren es tener un nivel de vida, una dignidad o una categoría, que no se corresponden ni con el proyecto de vida que nos presenta el Evangelio, ni con lo que de ellos espera y necesita la Iglesia.

Además – y esto es lo más importante -, ¿es la Iglesia una mera empresa de “servicios religiosos”? ¿cómo puede ser eso la Iglesia, si es que pretende mantener vivo el recuerdo de Jesús de Nazaret, que fue asesinado por los hombres del sacerdocio y del templo, los más estrictos representantes de los “servicios religiosos”?

Ya sé que estas preguntas nos enfrentan a un problema, que la teología cristiana no tiene resuelto. Pero hay cosas, que la Iglesia tuvo muy claras, en tiempos ya lejanos, y que hoy nos vendría muy bien recuperar. Me refiero en concreto a dos asuntos capitales: la “vocación” al ministerio pastoral y la “perpetuidad” de dicho ministerio.

La vocación. Se entiende por “vocación” un “llamamiento”, una llamada. Por eso decimos que se va al seminario o entra en el noviciado el que se siente “llamado” para eso. Pero llamado, ¿por quién? Desde hace siglos, se viene diciendo que el obispo “ordena de sacerdote” al que es “llamado por Dios”. Pero es claro que a cualquiera se le ocurre preguntarse: ¿y por qué será que ahora a Dios se le ocurre llamar a menos gente precisamente en los países más necesitados de buenos párrocos, teólogos, etc? No. Eso de que la vocación es la llamada de Dios, eso no hay quien se lo crea en estos tiempos. ¿Entonces…?

El mejor historiador de la teología de la Iglesia, Y. Congar, publicó en 1966 un memorable estudio (“Rev.Sc.Phil. ey Théol. 50, 169-197) documentado hasta el último detalle, en el que quedó demostrado que la Iglesia, desde sus orígenes hasta el s. XIII, no ordenaba (de sacerdote o de obispo) al que quería ser ordenado y alcanzar la dignidad que eso lleva consigo, sino al que no quería. La vocación no se veía como un llamamiento de Dios, sino de la comunidad cristiana, que era la que elegía y designaba al que la asamblea consideraba como el más capacitado para el cargo. Es lo que se venía haciendo en las primeras “iglesias” ya desde la misión de Pablo y Bernabé, que elegían “votando a mano alzada” (“cheirotonésantes”) (Hech 14, 23) a los ministros de cada comunidad.

¿No ha llegado todavía la hora de ir modificando la actual legislación canónica, para recuperar las sorprendentes intuiciones organizativas que vivió la Iglesia en sus orígenes?

La perpetuidad. Desde la tardía Edad Media, se viene repitiendo en teología que el sacramento del orden “imprime carácter”, un “signo espiritual e indeleble”, que marca al sujeto para siempre (Trendo, ses. VII, can. 9. DH 1609). El concilio no pretendió, en este caso, definir una “doctrina o dogma de fe”. Porque el tema del “carácter” fue introducido en teología por los escolásticos del s. XII. Y, en definitiva, lo único que se veía como seguro es que hay tres sacramentos, bautismo, confirmación y orden, que solo se pueden administrar una vez en la vida, es decir, son irrepetibles, como indica el citado canon de Trento.

Lo importante aquí está en saber que, durante el primer milenio, la Iglesia enseñó y practicó de manera insistente lo que repitieron y exigieron los concilios y sínodos de toda Europa. A saber: los clérigos, incluidos los obispos, que cometían determinadas faltas o escándalos (que detallaban los concilios), eran expulsados del clero, se les privaba del ministerio, perdían los poderes que les había conferido la ordenación sacerdotal y, en consecuencia, quedaban reducidos a la condición de laicos.

Este criterio se repitió tantas veces, durante más de diez siglos, que la Iglesia se comportaba, en aquellos tiempos, como cualquier otra institución que se propone ser ejemplar. Los responsables, que no son ejemplares, no son trasladados a otra ciudad o se les encierra en un convento. Se les pone de patas en la calle. Y que se busquen la vida, como cualquier otro funcionario, que no cumple con sus obligaciones.

Si la Iglesia quiere en serio acabar con los clérigos funcionarios y con los clérigos escandalosos no puede depender de los jueces y tribunales civiles. Tiene que ser la misma Iglesia la que les quite la llamada “dignidad sacerdotal” a los “trepas”, a los “vividores”, a los “aprovechados”, que se sirven de la fe en Dios, del recuerdo de Jesús y su Evangelio, para disfrutar de un respeto o de una dignidad que, en realidad, ni tienen, ni merecen.

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«Unidad de los cristianos ¿Qué unidad?», por José Arregi

lunes, 30 de enero de 2017
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ecumenismo1Como cada año desde 1966, las diferentes iglesias cristianas del mundo celebramos estos días –del 18 al 25 de enero– la semana de oración por la unidad de los cristianos. Este año bajo el lema: “El amor de Cristo nos apremia”. El amor de Cristo, es decir: el amor de Jesús de Nazaret, de su profecía libre, de su sueño de un mundo justo y fraterno, el amor de la Vida bondadosa y feliz, más allá de toda confesión y religión.

Quien oiga o lea “semana de oración por la unidad de los cristianos” seguramente entenderá que pedimos a un Dios omnipotente que nos una a los separados, que haga lo que nosotros no podemos o quizás no queremos lo suficiente para poder. Si orar fuera eso, sería alienante, no deberíamos orar. Ni deberíamos creer en una divinidad que escucha y atiende o deja de atender nuestras oraciones.

Pero orar no es eso. No es rezar ni pedir ni rogar, sino dejar que nuestro ser, hecho de tierra humilde y de espíritu creador, se abra y se exprese desde lo más profundo. Orar es ser, y ser es abrirse a ser más, pues el poder ser más constituye nuestra finitud. Orar es realizar posibilidades latentes en nosotros, pues el barro o la materia que somos es matriz inagotable, capaz de desear, ser y hacer más. Orar es obrar. Orar es abrirse al fondo de sí y del otro, al Fondo de todo o a Dios. Orar por la unidad de los cristianos sería, pues, obrarla, hacerla real, efectiva y siempre más profunda.

Pero no creo en cualquier unidad. Casi diría que no creo en la unidad por la que se nos invita a orar en esta semana. En efecto, quien oye o lee “semana de oración por la unidad de los cristianos” entiende que los cristianos aspiramos a que no haya tantas iglesias diferentes: católicos, ortodoxos, protestantes y anglicanos; ni tantas iglesias diversas en el interior de cada una de ellas: iglesias ortodoxas independientes, anglicanos y episcopalianos, protestantes luteranos, calvinistas o presbiterianos, metodistas, menonitas y bautistas… Que todos debiéramos confesar los mismos dogmas e interpretarlos de la misma manera, y practicar los mismos sacramentos y entenderlos igual, hasta formar entre todos un solo rebaño bajo un solo pastor, un solo papa, como si la Iglesia debiera ser un partido político amarrado y fuerte bajo un secretario general.

No creo en una sola Iglesia bajo un solo papa. Hoy no solo sería imposible sino además indeseable que dejen de existir diversas iglesias, con teologías, ritos y organizaciones diversas. Hace unos meses, en su alocución de la catedral luterana de Lund (Suecia) con ocasión de la apertura del año de Lutero, el papa Francisco pidió perdón porque “nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente”. Eso es. Nos une, sí, la misma fe, pero la profesamos –vivimos– en distintos lenguajes. Todos los dogmas e interpretaciones, no son sino eso: fórmulas y expresiones lingüísticas. La fe es otra cosa.

Y los lenguajes o las teologías no nos dividen sino cuando olvidamos que son constructos humanos, y cuando creemos que el nuestro es el único o el mejor, cuando nos negamos a entender o a aprender o al menos a respetar el lenguaje del otro. No nos dividen las diferencias, por grandes que sean, sino los temores y los prejuicios, por pequeños que sean. Las diferencias solo nos confunden y dividen cuando nos empeñamos en construir una gran torre de poder para conquistar el cielo: Babel. Los católicos no estamos separados de los luteranos porque éstos no entiendan la eucaristía como transustanciación o sacrificio, sino porque los excluimos de nuestra misa y ellos nos excluyen de su cena de Jesús. El día que abramos la mesa, nos sentiremos unidos.

Y como se ha visto en los diálogos inter-eclesiales de los últimos 50 años, hay un escollo último que impide la comunión de todos los cristianos: es la doctrina que afirma al obispo de Roma como autoridad absoluta sobre todas las iglesias. El papa es, como dijo Pablo VI, el gran obstáculo de la comunión. No el papa, sino el papado.

¿Y en qué consiste la fe que nos une? Consiste en el “amor de Cristo”, que es como los cristianos, en la memoria y el seguimiento de Jesús, designamos el amor y el cuidado de la vida. El día que unas iglesias reconozcamos a las otras como son se habrán acabado las divisiones. Entonces, de verdad, oraremos y obraremos la unidad.

José Arregi

Fuente DEIA

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Reforma Eclesial. “Ecclesia semper reformanda”

sábado, 14 de enero de 2017
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iglesia-en-obrasJosé Antonio Revuelta
Palencia

ECLESALIA, 02/12/16.- Reformadores los hubo siempre: civiles, que proponían proyectos a reyes y gobernantes para mejorar la nación. Y religiosos. A modo de ejemplos actuales podríamos señalar a algunos más profundos y radicales, cargados de buena voluntad: Yves Congar (+), Víctor Codina –SJ, John Shelby Spong (episcopaliano y obispo emérito de Newark /USA), José María Vigil –CMF, Comisión Teológica Internacional de la EATWOT /ASETT …y ¡el Papa Francisco!

A vino nuevo, odres nuevos” (Mc 2, 22)

El tópico de que vivimos un cambio de época, un cambio de paradigma global ha penetrado en todos los ámbitos y capas sociales. Sea en su visión pesimista u optimista. En esta coyuntura, la única manera de abrir caminos a la novedad creadora del Reino de Dios, acaso sea dar por terminado aquello que alimenta una religión caduca que no genera la vida que Dios quiere introducir en el mundo. Respetando siempre a aquellos que, teórica o prácticamente, continúan anclados en formas del viejo paradigma. Tal vez les sirva por algún tiempo.

Aunque quedarse corito (sic) para vestirse con la “nueva condición humana” es duro y produce inseguridad y vértigo. Máxime si se ha vivido desde pequeño. Máxime si se lleva siglos reiterando los mismos dogmas, gestos y fórmulas. Máxime si nos movemos entre algo sedicente ‘sagrado’. Pero no hay de otra.

Tampoco se puede cambiar a golpe de ‘gong’. “Natura non facit saltus” –proclamaban los escolásticos.

Dos cambios previos (Con ellos se resuelve el 99% del resto)

1º- Volver a las fuentes cristianas; reemprender el camino desde Jesús de Nazaret. Sin olvidar las intuiciones de los Padres de la Iglesia y de los Santos. Sin renunciar al océano inmenso de obras de arte de contenido e inspiración cristianos.

Vamos a listar unas posibles transformaciones necesarias. Fracasarán si no les precede un cambio de actitud, un cambio de mentalidad. Veo que se emiten homilías, se desarrollan conferencias, se redactan artículos y libros…con el entramado mental de siglos pasados. Así todo va a seguir igual, salvo alguna creatividad puntual o alguna metamorfosis cosmética. Hoy, las nuevas ciencias –sobre todo la cuántica, la cosmología, las del conocimiento- responden mejor que la religión a las grandes preguntas del hombre. Es necesario un nuevo diálogo religión-ciencias.

* Es imprescindible desmontar todo el constructo de dogmas, mitos, sacramentos, fórmulas, gestos…y partir del corazón del cristianismo: Jesús de Nazaret, su vida y sus actitudes; cómo es Dios (Padre-Madre) y su proyecto (el Reino). Sabemos que va a costar, después de milenio y medio de ahondar. Pero es condición sine qua non. Lo que tenemos ahora no es el tronco, sino alargadas ramas y ramitas. Volvamos al tronco.

2º- Desterrar el clericalismo efectivamente: Como con Jesús de Nazaret, los Apóstoles y Pablo, no tiene que haber “ordenación sacerdotal”, sino “asignación ministerial”. En el Nuevo Testamento no aparece por ninguna parte ni el sacerdocio sacramental ni el sacerdocio común de los fieles, propiamente dichos. El clericalismo -contra el sueño de Jesús- ha sido y es el sida, el cáncer de la Iglesia. De base, todos somos laicos, personas iguales, hijos de Dios. Ni tiene sentido el dualismo profano / sagrado.

Algunas reformas concretas (Evidentes; sin comentarios)

  • Desmontar el ministerio petrino.

  • Dejar de ser Jefe de Estado el Papa.

  • Sospechar del poder sagrado de la Iglesia.

  • Desterrar restos históricos que ya sirvieron, como nuncios, cardenales…

  • Participar el pueblo cristiano en la elección de los obispos.

  • Revisar la colegialidad episcopal, hoy solo de nombre.

  • Practicar los derechos humanos con los teólogos, por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

  • Abrirse a la lógica ‘ordenación’ de los casados, con celibato voluntario.

  • Reconocer los derechos humanos de la mujer en la Iglesia: ‘ordenación’, etc.

  • Promocionar al laicado en formación y autonomía.

  • Respetar los carismas de la Vida Consagrada: Religiosas, sacerdotes…

  • Relanzar humildemente el ecumenismo y el diálogo interreligioso.

  • Transmutar totalmente el formato “misa” y su sentido.

  • Defender los grandes principios del campo de la sexualidad y género; y abandonar la casuística, que pertenece más a la conciencia de la persona y a las ciencias.

  • Renovar el lenguaje eclesial, anacrónico, repetitivo y fuera de onda. De ese modo es imposible la comunicación.

  • Etc, etc.

“Las nuevas tecnologías y el cambio axial religioso superan el paradigma religioso del neolítico, centrado en el sacerdote, el templo y el sacrificio” [Codina, V. (2014). Revista Latinoamericana de Teología /31, p. 281].

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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500 años después de Lutero

martes, 15 de noviembre de 2016
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imagessVictor Codina. En octubre de 1517, cuando Lutero planta sus 95 tesis sobre las indulgencias en la puerta de la Iglesia de Wittenberg,  se inicia la Reforma protestante, una Reforma que quería que la Iglesia, que vivía una profunda decadencia, volviese al evangelio. Pero por incomprensiones y conflictos mutuos se produjo una ruptura y división en la Iglesia.

Hoy, cuando se inicia la celebración los 500 años de esta Reforma, la presencia del Papa Francisco en Suecia significa un profundo cambio de rumbo. Es pasar de la condena al diálogo, de la confrontación a la reconciliación, es lamentar conjuntamente la división que tantos dolores y desastres ha causado y pedir perdón a Dios por ello, dejando a Dios que sea él el juez de la historia. No nos hemos de resignar a la división sino que hemos de buscar la unidad que Jesús quería para su Iglesia. Pero queremos contar la historia de un modo diferente.

Según Francisco, la experiencia espiritual de Lutero nos interpela: él proclamó que solo la misericordia de Dios nos salva, que Jesús es el único mediador, que la Palabra de Dios ha de tener mayor realce en la Iglesia.

Lo que nos une a católicos y luteranos es mucho más que lo que nos separa: una fe y un bautismo común que deben llevarnos a trabajar por la unidad, para juntos poder proclamar el evangelio al mundo de hoy, para anunciar la misericordia de Dios, para trabajar por la paz, acoger a los refugiados y defender la tierra de las agresiones que dañan la creación de Dios. El trabajo teológico y el diálogo ecuménico deben seguir avanzando.

Se pasa de la confrontación y el odio, del encerramiento mutuo, de la actitud del lobo que quiere matar a las ovejas protestantes… al diálogo y la reconciliación, a pedir juntos al Padre y dueño de la viña el don de la unidad para que el mundo crea que Jesús es el Salvador, sin el cual nada podemos hacer.

En el fondo la Reforma luterana es una invitación constante a la continua Reforma de la Iglesia para que pueda manifestar al mundo la ternura de Dios, ¿No es verdad que también Francisco quiere reformar la Iglesia y anunciar la misericordia de Dios?

Fuente Cristianismo y Justicia

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Jesús y su proyecto.

lunes, 3 de octubre de 2016
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imagesTengo 26 años y soy de Mendoza, Argentina.  Me encantan, o, más bien, me fascinan, los teólogos y filósofos españoles; los leo y  releo con frecuencia, y muchos de ellos han sido, para mí, una maravillosa guía tanto intelectual como espiritualmente. Pero, quizá, me esté yendo del tema…

Soy un apasionado de la figura de Jesús de Nazaret, al cual considero, al decir de Spinoza, “el más grande de los filósofos”; pero reducir su extraordinaria existencia al más grande de los filósofos es una aporía deleznable: es, quizá, el más importante de los hombres, el más sabio, y no necesitó de un lenguaje abstruso ni de revoluciones empuñando las armas para suscitar la más grandes de las insurrecciones: la del amor y la del perdón al prójimo. Jesús, como dice José Antonio Pagola, es patrimonio de la humanidad, y tanto mejor para los creyentes que así sea. ¿Por qué el galileo debería ser propiedad de los cristianos cuando su mensaje sigue removiendo, con el paso de los siglos, tanta admiración y devoción para los que aman sin Dios? ¿Por qué su vida no puede inspirar a los que vivimos sin iglesias y sin dogmas si él nos enseñó, mejor que nadie, que Dios no se encuentra en los templos sino en las personas que sufren? ¿No nos dio a entender, acaso, que aquellos que transitan su existencia de espalda a los que padecen el azote del hambre y la enfermedad son los más desgraciados de los hombres?

Sí: amo su proyecto del Reino de Dios, aunque no sea, estrictamente hablando, creyente. ¿Pero qué importancia tiene? ¿Por qué mi falta de fe, con la que he luchado insistentemente desde mi adolescencia con sus respectivos vaivenes, debería impedirme querer formar parte de ese grandioso proyecto? Con Dios tengo las cuentas claras: si existe, sé que me entendería, que me perdonaría o, quizá, todavía esté esperando el momento propicio para irrumpir inesperadamente en mi vida…

¿Por qué redacto estas líneas? Porque mientras más leo a Jesús y más me embarco en la aventura de su vida, más contradictorio me resulta el binomio inquebrantable entre Jesús y la Iglesia. Por un lado, la sencillez, la humildad, la vida ejemplar itinerante de quien pretendió ver un mundo más justo y feliz; por el otro, esa pomposidad, esa grandilocuencia casi risible, esa  perversa indiferencia (hay gente, dentro de la Iglesia, claro que está,  que realmente se preocupa por la felicidad de las personas) de quienes dicen ser cristianos pero  que no se diferencian, o apenas lo hacen, de quienes no lo son…

Me permito una digresión o, si se quiere, una confesión: la última vez que pisé una iglesia, hace poco más de un año, regresé tan desilusionado que no tuve  intención de volver: más ritos que amor, más aburrimiento que alegría, más protocolo que entusiasmo, discursos vacíos e inverosímiles…; pero la gota que rebalsó el vaso fue observar cómo la gente que salía de la iglesia hizo vista gorda con un niño que pedía comida en la puerta ésta, impasible ante sus piecitos descalzos y sucios, en detrimento con el mensaje de Jesús de Nazaret. ¿De qué sirve ir a la Iglesia si la indiferencia sigue estando? La gente no se divide, en materia religiosa, entre creyentes y no creyentes, sino entre buenas y malas personas. Lo importante son los actos, no las profesiones de fe; todo lo demás es irrisorio.

Si hay algo que la vida me ha enseñado es que no podemos confinarla en doctrinas o en ideologías, pues hay algo más importante que los dogmas: la justicia; y algo más importante, a mi entender, que la fe: el amor.

Bruno Álvarez

Fuente Fe Adulta

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«La heráldica eclesiástica», por Alejandro Fernández Barrajón

sábado, 27 de agosto de 2016
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Raymond Cardinal Leo Burke visits the Oratory of Ss. Gregory and Augustine to celebrate Benediction of the Blessed Sacrament followed by a Reception. As Archbishop of St Louis, Cardinal Burke canonically established the Oratory on the first Sunday of Advent 2007, the same year as our Holy Father's motu proprio, Summorum Pontificum. This will be his first pastoral visit to the Oratory!De su blog Teselas:

Siempre me ha costado entender muchos signos y símbolos que, con frecuencia, acompañan la vida de la iglesia y a sus «dignatarios»: Capas rojas de terciopelo, escudos, anillos, puntillas, báculos de orfebrería, mitras, solideos… etc

Uno de ellos es el escudo episcopal, que muchos obispos, la mayoría, inmediatamente presentan nada más ser elegidos obispos. (Como si ya lo tuvieran preparado, por si acaso) Me resulta muy chocante que un obispo, pastor de una comunidad eclesial, se rodee de estos signos que sólo indican halos de grandeza, estatus de nobleza y que separan de manera significativa a quien lo exhibe y al pueblo sencillo y fiel al que está enviado a servir. No me imagino a Jesús de Nazaret portando y exhibiendo ante sus discípulos todos estos objetos de museo que resultan, además, sumamente caros. En un tiempo en que la iglesia, más que nunca, ha de volver a Jesús, todo esto debería ser revisado, de manera que los pastores puedan llegar más al pueblo y éste los sienta más suyos. «Pastores con olor a oveja«. No es un tema éste, superficial.

stemma-papa-francescoLa heráldica general y la heráldica eclesiástica surgen en el mismo tiempo, a principios del siglo XIV, y expresan lo mismo: mostrar la identidad familiar de quien lo porta a modo de escudo de armas y de rango superior dentro del escalafón social.

Por eso resulta un anacronismo absurdo mantener en nuestros días los «escudos de armas» de los obispos, así como otros signos que sólo pretenden destacar la grandeza de quien ha de hacerse pequeño para servir a los más pequeños. Mucho más si esos signos son de oro o de piedras preciosas, como báculos, anillos y pectorales, a los que muchos se agarran, como una costumbre, para señalar su condición y no pasar desapercibidos. ¡Penoso!

Eso mismo sucede con los objetos religiosos que usamos a diario para celebrar la Eucaristía: cálices de oro, en ocasiones, con incrustaciones preciosas, signos de un tiempo pasado y piezas más de museo de que exhibición diaria en un momento de tantas miserias humanas como nos rodean y nos cercan: Ahí están los refugiados, llamando ya a las puertas de Europa.

El papa Francisco tuvo el detalle de celebrar con un cáliz de madera la Eucaristía en su viaje a Lampedusa, no sin el escándalo de muchos, más pendientes de las formas que del fondo. Y utilizó también un báculo de madera y no pasó nada.

casal3jpg_EDIIMA20150812_0192_4Todos recordamos el momento en que fue elegido obispo del Mato Grosso, en Brasil, el obispo calaretiano Pedro Casaldáliga, poeta y hombre de Dios, ya sumido en las limitaciones propias de la vejez, pero fuerte y vigoroso en su apuesta por el evangelio de Jesús. Sus símbolos episcopales fueron un sombrero de paja que le regaló un líder campesino, un báculo de madera, elaborado por un indio tapirapé, jefe de una tribu, y un anillo dorado que le regalaron unos amigos de España y que enseguida regaló a su madre. Sus declaraciones fueron entonces muy significativas al respecto: «No tengo ningún capisallo ni pienso llevar ninguna insignia» Y después de una larga vida de entrega a su pueblo esto lo ha cumplido al pie de la letra.

Me pregunto por qué muchos obispos de nuestro tiempo no aprenden un poco de este ejemplo. Me rechinan los dientes de la fe cuando veo fotos de algunos obispos ataviados a la antigua usanza, paseando triunfantes por los pasillos de los palacios episcopales decorados de hermosos cuadros entre ménsulas versallescas doradas y cornucopias al más puro estilo barroco. Una nueva iglesia más sencilla y cercana a los pobres ha de abrirse paso también en lo superficial.

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