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Entradas Etiquetadas ‘Iglesia de los Pobres’

“El ojo de la aguja. Dios rico, exigente y generoso”, por Ramón Hernández

Lunes, 26 de agosto de 2019

pobreza-contravalorSolo glosar los textos de la Biblia sobre el uso y el abuso del dinero daría para unos cuantos artículos. Pero no es ese nuestro propósito de hoy, sino esbozar una sencilla reflexión sobre la riqueza y el dinero. Como arranque, digamos que un cristiano debe “valorar” el dinero, ante todo, como herramienta de proyección o despliegue del propio potencial. Hablo, naturalmente, del dinero ganado con el propio esfuerzo, corporal o mental, no del robado, ni del que pueda depararnos la lotería o el juego, ni del fruto de alguna especulación oportunista. El producto de nuestro trabajo, sea mercancía o servicio, ensancha nuestro ser al abrir nuevas perspectivas. Las riquezas que producimos con nuestro esfuerzo pasan a formar parte de nuestro mismo ser. Podría decirse que yo soy yo, más lo que la naturaleza y la sociedad me dan gratuitamente y lo que yo mismo consigo con mi trabajo.

La riqueza como valor

Frente a tan importante perspectiva, palidece incluso la gran virtualidad mercantil del dinero, pues somos mucho más por lo que producimos que por lo que consumimos. Mientras el de producir es un valor entitativo, constitutivo de nuestra personalidad, el de consumir es un valor efímero y relativo, pues con dinero no se pueden comprar muchas cosas. El poeta lo expone con tino y elegancia al advertirnos que con dinero podemos comprar comida, pero no apetito; medicinas, pero no salud; camas cómodas, pero no sueño; libros, pero no inteligencia; diversión, pero no placer; sirvientes, pero no fidelidad y días tranquilos, pero no paz.

El maestro Chávarri reconoce el extraordinario valor que tienen en nuestra forma de vida actual, la del hombre productor consumidor, los bienes económicos como mercadería. Nunca antes el hombre había conseguido tanto. La verdad es que sin dinero no podemos dar un paso: al venir al mundo ya llevamos gastado mucho y no digamos hasta ganar nuestro primer euro. Ni siquiera podemos ir a misa sin, al menos, unas monedas en el bolsillo para depositar en la cesta de la colecta, por no hablar de lo que hoy cuesta morirse. ¿Cómo podríamos dar una limosna si no tuviéramos dinero?

La naturaleza nos provee gratuitamente de bienes que debemos explotar y multiplicar con esfuerzo e industria. Seguramente, la meta más encomiable de la humanidad es erradicar la pobreza de tal manera que nadie tenga que pasar hambre y pueda llevar una vida digna. Lo cierto es que el ingenio del hombre productor consumidor de nuestro tiempo ha logrado producir alimentos suficientes para los 7.500 millones de habitantes actuales de la tierra. Que haya millones que pasan hambre se debe solo a la insensatez humana. ¡Es una verdadera lástima que haya demasiados acaparadores de riqueza y que, pudiendo hacerlo, no contemos con mejores sistemas de distribución! Frente a tanta hambre, duele ver despilfarros y no poder donar lo que a veces nos sobra.

 

La pobreza es un contravalor

No debemos huir de la riqueza sino de la pobreza. Tenemos la obligación de crear riqueza trabajando para llevar una vida digna. Jesús comía y se preocupaba de dar de comer a otros. Incluso, para expresar la salvación a que había entregado su vida, sacramenta su misión en la eucaristía sirviéndose de pan y vino, productos básicos de la alimentación humana.

Al hablar de la “Iglesia de los pobres”, corremos el riesgo de errar el tiro si consideramos que la riqueza es un contravalor. No debemos invertir los roles de riqueza-pobreza, pues el valor es claramente la riqueza y el contravalor, la pobreza. La denominación “Iglesia de los pobres” no refleja entidad sino misión: la Iglesia debe ocuparse de los pobres precisamente para que dejen de serlo, para que salgan de su “triste” condición, pues si tienen hambre, la orden es “dadles vosotros de comer” (Lc 9:13) y, si están desnudos, “vestidlos” (Mt 25: 31). El voto de pobreza que hacen los religiosos no los despoja más que del afán de poseer al transferir a su comunidad la obligación de velar por sus necesidades materiales.

Al margen de lo anecdótico de la perícopa del camello y del ojo de una aguja (Mc 10:15 y Lc 18:25), interpretado de tantas maneras, a nadie le cabe duda alguna de que uno de los grandes retos de la humanidad y también de la Iglesia católica es la preservación del medio ambiente a efectos de que la vida siga siendo posible en la tierra, objetivo que nos impone la obligación sagrada de multiplicar los bienes que el mismo Creador nos regala para cubrir nuestras necesidades. Hablamos de una obligación más acuciante incluso que la de adorarlo. El cristianismo, para transmitir a los humanos sus preciados dones, ha de descender de las alturas divinas a las bajuras humanas. “Primum, vivere…”. De nada nos serviría quedarnos extasiados mirando al cielo si no logramos, con industria y esfuerzo, habilitar la tierra para que siga albergando la vida humana.

La avaricia

No obstante, la riqueza oculta un serio peligro. Al igual que el alcohol y la droga crean adicción y dependencia, las riquezas arrastran a la codicia a quienes piensan que van a vivir siempre. El avaro no es dueño sino esclavo de sus riquezas, pues no se puede servir a dos señores, a Dios y a Mammón (Mt 6:24).

El avaro nunca se cansa de contemplar sus bienes. ¡Qué gran delicia psicológica debe de ser para él ver cómo su hucha se llena un poquito más cada día! De niño, conocí a un hombre mayor que se privaba incluso de comer para ahorrar. Tras su muerte, su único heredero, un nieto algo tarambana, tardó poco tiempo en fundir en comilonas y francachelas la copiosa herencia recibida del abuelo. Las riquezas no son sucedáneo o remplazo de Dios, pues, más allá de su funcionalidad instrumental, no tienen entidad alguna.

Dios, rico, exigente y generoso

La canción sitúa las riquezas muy bien en su funcionalidad provechosa: “money, money, money must be funny in the rich man’s world” (el dinero es divertido para el hombre rico). La riqueza es de suyo una gracia y una bendición, pero qué se haga con ella es harina de otro costal. De hecho, los cristianos creemos en un Dios inmensamente rico y tan generoso que reviste a sus criaturas con su propia hermosura. La obligación cristiana de compartir lo que se tiene (bienaventuranzas) no es una invitación a ser pobres, sino a instrumentalizar la riqueza y a vivir con cierta austeridad. La parábola de los talentos (Mt 25: 14-30) es contundente a este respecto: hay que explotarlos y multiplicarlos cuanto sea posible. Dios es exigente con lo que regala. La idea de compartir, tan opuesta a acaparar, es piedra angular del cristianismo. Ahora bien, solo puede compartir quien tiene, quien produce.

Partir y compartir el pan de vida. Compartir es una misión cristiana irrenunciable que nace del amor y se alimenta de él. En el supuesto deseable de que todos fuéramos ricos, compartir seguiría siendo una obligación cristiana debido a que hay muchos ámbitos en la vida en los que, por mucho dinero que tuviéramos, nunca dejaríamos de ser pobres. Me refiero particularmente a la salud y a la soledad. Hay alturas y honduras donde no llegan las riquezas según el poeta: el apetito, la salud, el sueño, la inteligencia, el placer, la fidelidad y la paz, pero hay un cielo de humanización que sí pueden construir aliviando a los pobres.

Ramón Hernández Martín

Fuente Fe Adulta

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La Teología de la Liberación.

Martes, 24 de octubre de 2017

00 jesus_choco_cerezoPerspectivas futuro – La Iglesia ante la Teología de la Liberación. Con algunos casos excepcionales y pasados los años es más fácil de entender las “advertencias vaticanas” a algunos teólogos de la liberación, como es el caso de Juan Pablo II cuando en 1979 declaró que “una concepción de Cristo como político, revolucionario, como el subversivo de Nazaret no corresponde a la catequesis de la Iglesia”.

Se entiende también la del entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe cardenal Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, que llamó al orden a algunos teólogos, a quienes reprochó que aprobaran la “lucha de clases y la violencia revolucionaria”, concepciones que hoy han desaparecido tras el final de la “Guerra fría” y la caída del comunismo. El papa Francisco, defensor de una Iglesia de los pobres -clave de la TdL- siempre ha sido crítico con la tendencia revolucionaria o violenta por las mismas razones pero no con la más normal.

Esa nota fundamental en la TdL relacionando cristianismo y compromiso con los más pobres no es nuevo porque ha sido fundamental para la historia y la difusión del cristianismo en todos los tiempos. Apoyada en unas ocasiones y criticada en otras, la TdL se ha dedicado a difundir este mensaje evangélico tanto en países más desarrollados como aquellos menos favorecidos afirmando “la necesidad de conversión de toda la Iglesia para una opción preferencial por los pobres, con miras a su liberación integral”. Aspira a convertir en “praxis” la “palabra de Dios” encarnada en la realidad que es Jesucristo en los Evangelios. El iniciador de la TdL, Gustavo Gutiérrez, ha vuelto a repetir recientemente “La pobreza es el punto de partida de la teología de la liberación“.

Algunos sectores de la iglesia católica han mantenido una postura reticente frente a la TdL y en alguna ocasión hasta beligerante. Juan Pablo II, encargó al entonces prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe cardenal Ratzinger (que después sería el papa Benedicto XVI) la redacción y publicación de dos documentos: Libertatis nuntius y Libertatis conscientia en los que avisaba del “peligro de un uso de elementos de tipo no compatibles con el Evangelio” pero posteriormente el propio Juan Pablo II se dirigía en una carta al episcopado brasileño (9 abril 1986) señalando que “la teología de la liberación es, no sólo oportuna, sino útil y necesaria”.

Un futuro esperanzador para la TdL

Los teólogos observados ayer con recelo reconocen hoy el resurgimiento de la TdL -que en realidad nunca desapareció- en buen parte gracias a la pastoral y magisterio el papa Francisco. Por eso, los propios teólogos han llegado a decir: “Todo ha cambiado con Francisco” (Jon Sobrino); “El mayor milagro es la aparición del papa Francisco, que está haciendo una revolución en el Vaticano” (Ernesto Cardenal); Leonardo Boff saludaba su llegada con la esperanza de que inaugure “una dinastía de papas del Tercer Mundo”… “una presencia fuerte y profética de la Iglesia latinoamericana en toda la Iglesia”.

Hoy, la postura oficial ante la TdL no es sólo tolerante sino favorecedora como lo demuestran bastantes obispos como es el caso de Rubén Salazar (1942) cardenal-arzobispo de Bogotá, Primado de Colombia y presidente del CELAM que también fue Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, decía recientemente: “Las intuiciones fundamentales de la TdL están apareciendo de nuevo como verdaderas y válidas”. El nuevo superior general de los jesuitas, padre Arturo Sosa Abascal (1948) venezolano, decía recientemente en un viaje a Perú: “Se etiquetó la Teología de la Liberación cuando la verdad fue una bocanada de aire fresco para la Iglesia. Es una manera de hacer teología desde la experiencia de fe compartida con la gente”.

La actitud frente a la teología de la liberación parece haber cambiado notablemente a partir del pontificado del papa Francisco en 2013, quien ha mostrado un fuerte influjo en su pensamiento de la TdL en su vertiente de la teología del pueblo, como lo han hecho notar sus iniciadores: el jesuita Juan Carlos Scannone y Carlos María Galli. Una señal de este cambio de postura del Vaticano ante la TdL fue la reedición en 2014, del libro “Iglesia pobre y para los pobres” del cardenal Müller y G. Gutiérrez conjuntamente, con prólogo del papa Francisco, presentado en un auditorio del Vaticano.

Harvey Cox estadounidense ministro de la Iglesia Bautista es uno de los teólogos más renombrados cuyos libros en los años junto a otros católicos coincidían en muchos presupuestos de la naciente TdL. Es clásico su libro “La ciudad secular. Secularización y Urbanización en Perspectiva Teológica”(1965). En uno de los recientes encuentros de Tdl al que asistió decía: “El único futuro de la teología es la teología del futuro”… Y refiriéndose a G. Gutierrez: “creo que “a teología del futuro deberá ser necesariamente una lectura crítica de la praxis histórica”; o con su clásica definición de la TdL: “la teología es reflexión crítica de la praxis histórica a la luz de la Palabra”. Si la teología no tiene que ver con la vida de los hombres y mujeres, si no les ayuda a una lectura liberadora/salvífica/ iluminadora de la vida de cada día, sobre todo a los más pobres, es una teología inútil, un puro “flactus vocis”. Famoso también en 1985 su libro “Religión en la ciudad secular“.

10 – Antecedentes de la TdL (años 1950) –

Una Iglesia en renovación

Al comienzo de esta presentación en el capítulo titulado “Génesis” adelantábamos dos hechos que fueron los antecedentes más inmediatos que influirían en la TdL : el Concilio Vaticano II y su concreción para América Latina que fue la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano inaugurado por el papa Pablo VI en Medellín (Colombia) en el primer viaje de un Papa al continente americano y los Movimientos seglares en torno al Concilio. Pero hay otros hechos y figuras que pueden considerarse como antecedentes, comenzando por algunos muy remotos y distantes en el tiempo. Dos pioneros como Gustavo Gutierrez y Enrique Dusell encuentran en los primeros momentos de la evangelización en el s.XV importantes “elementos fundantes de la TdL”.

Los primeros evangelizadores

Retrotrayéndonos a ese siglo XV y situados en el contexto de la evangelización en el continente americano hay que destacar a dos religiosos: Antonio de Montesinos (1475-1549) y Bartolomé de las Casas (1474-1566) ambos dominicos españoles o a los jesuitas también españoles misioneros en Cartagena de Indias como san Pedro Claver (1580-1654) y Alonso de Sandoval (1576-1652) o los dos primeros obispos de Popayán Juan del Valle (1548-1653) y su sucesor Agustín de la Coruña (1508-1589) ambos defensores decididos de los indios y marginados.

A ellos podríamos añadir otros misioneros que lograron convencer a los monarcas de que debía de tratarse a los indígenas como personas e incluso que cambiaran las leyes de los países colonizadores. Diríamos que era la tónica general de los misioneros y evangelizadores: Vasco de Quiroga, obispo (14670-1565) Toribio de Benavente o “Motolinia” franciscano (1482-1569), Francisco de Vitoria dominico catedrático Salamanca (1480), José Acosta (1540) jesuita.
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“La heráldica eclesiástica”, por Alejandro Fernández Barrajón

Sábado, 27 de agosto de 2016

Raymond Cardinal Leo Burke visits the Oratory of Ss. Gregory and Augustine to celebrate Benediction of the Blessed Sacrament followed by a Reception. As Archbishop of St Louis, Cardinal Burke canonically established the Oratory on the first Sunday of Advent 2007, the same year as our Holy Father's motu proprio, Summorum Pontificum. This will be his first pastoral visit to the Oratory!De su blog Teselas:

Siempre me ha costado entender muchos signos y símbolos que, con frecuencia, acompañan la vida de la iglesia y a sus “dignatarios”: Capas rojas de terciopelo, escudos, anillos, puntillas, báculos de orfebrería, mitras, solideos… etc

Uno de ellos es el escudo episcopal, que muchos obispos, la mayoría, inmediatamente presentan nada más ser elegidos obispos. (Como si ya lo tuvieran preparado, por si acaso) Me resulta muy chocante que un obispo, pastor de una comunidad eclesial, se rodee de estos signos que sólo indican halos de grandeza, estatus de nobleza y que separan de manera significativa a quien lo exhibe y al pueblo sencillo y fiel al que está enviado a servir. No me imagino a Jesús de Nazaret portando y exhibiendo ante sus discípulos todos estos objetos de museo que resultan, además, sumamente caros. En un tiempo en que la iglesia, más que nunca, ha de volver a Jesús, todo esto debería ser revisado, de manera que los pastores puedan llegar más al pueblo y éste los sienta más suyos. “Pastores con olor a oveja“. No es un tema éste, superficial.

stemma-papa-francescoLa heráldica general y la heráldica eclesiástica surgen en el mismo tiempo, a principios del siglo XIV, y expresan lo mismo: mostrar la identidad familiar de quien lo porta a modo de escudo de armas y de rango superior dentro del escalafón social.

Por eso resulta un anacronismo absurdo mantener en nuestros días los “escudos de armas” de los obispos, así como otros signos que sólo pretenden destacar la grandeza de quien ha de hacerse pequeño para servir a los más pequeños. Mucho más si esos signos son de oro o de piedras preciosas, como báculos, anillos y pectorales, a los que muchos se agarran, como una costumbre, para señalar su condición y no pasar desapercibidos. ¡Penoso!

Eso mismo sucede con los objetos religiosos que usamos a diario para celebrar la Eucaristía: cálices de oro, en ocasiones, con incrustaciones preciosas, signos de un tiempo pasado y piezas más de museo de que exhibición diaria en un momento de tantas miserias humanas como nos rodean y nos cercan: Ahí están los refugiados, llamando ya a las puertas de Europa.

El papa Francisco tuvo el detalle de celebrar con un cáliz de madera la Eucaristía en su viaje a Lampedusa, no sin el escándalo de muchos, más pendientes de las formas que del fondo. Y utilizó también un báculo de madera y no pasó nada.

casal3jpg_EDIIMA20150812_0192_4Todos recordamos el momento en que fue elegido obispo del Mato Grosso, en Brasil, el obispo calaretiano Pedro Casaldáliga, poeta y hombre de Dios, ya sumido en las limitaciones propias de la vejez, pero fuerte y vigoroso en su apuesta por el evangelio de Jesús. Sus símbolos episcopales fueron un sombrero de paja que le regaló un líder campesino, un báculo de madera, elaborado por un indio tapirapé, jefe de una tribu, y un anillo dorado que le regalaron unos amigos de España y que enseguida regaló a su madre. Sus declaraciones fueron entonces muy significativas al respecto: “No tengo ningún capisallo ni pienso llevar ninguna insignia” Y después de una larga vida de entrega a su pueblo esto lo ha cumplido al pie de la letra.

Me pregunto por qué muchos obispos de nuestro tiempo no aprenden un poco de este ejemplo. Me rechinan los dientes de la fe cuando veo fotos de algunos obispos ataviados a la antigua usanza, paseando triunfantes por los pasillos de los palacios episcopales decorados de hermosos cuadros entre ménsulas versallescas doradas y cornucopias al más puro estilo barroco. Una nueva iglesia más sencilla y cercana a los pobres ha de abrirse paso también en lo superficial.

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Como una conspiración… Los cuarenta del Pacto de 1965 (2)

Martes, 17 de noviembre de 2015

basilica_martires_nereo_y_aquileoDel blog de Xabier Pikaza:

Se reunieron unos cuarenta obispos del Concilio, el 16, 11. 1965, casi en secreto, para celebrar una misa en la Catacumba de Domitila (imagen 1) y firmar un Pacto de Pobreza episcopal. No se conoce su número exacto: No tomaron, que se sepa, una “foto de familia”, ni conservamos el documento original…

Sólo se conservan algunas transcripciones, en varias lenguas (publiqué ayer la española), y la memoria de aquella “pequeña” asamblea silenciosa, de la que sólo se ocuparon algunos medios muy especializados, en notas de prensa tardía. Porque la gran Noticia era el Concilio Universal que se estaba celebrando en la Basílica Inmensa de San Pedro, con miles de corresponsales de prensa, con radios y televisiones.

Allí arriba, en San Pedro, los obispos habían hablado, y mucho, de pobreza, diciendo y publicando cosas memorables, que ha estudiado con toda precisión Joan Planellas en el trabajo central del libro que le dedicamos (El Pacto de las Catacumbas, Verbo Divino, Estella 2015, 81-110 imagen 2, portada del libro. con una pintura de la misma catacumba).

— Pero los 2500 Padres conciliares, en conjunto, no pudieron firmar un compromiso personal y colectivo de pobreza como el de este pacto (como si la pobreza fuera esencial para ellos, como si la iglesia tuviera que ser Una, Santa, Católica y Apostólica, pero no Pobre).el-pacto-de-las-catacumbas-y-la-mision-de-los-pobres-en-la-iglesia

Por eso, estos Cuarenta, en nombre de otros muchos, quizá hasta setecientos dejando por un día la altura de la Basílica de Pedro, bajaron a la Catacumba de Domitila, casi en secreto, sin llamar a la prensa, y rezaron y firmaron este documento admirable, sin obligar a nadie, comprometiéndose ellos mismos.
Se reunieron pues con toda discreción, en un catacumba, para retomar el pulso e impulso de la primera iglesia romana. Faltan muchos que quizá hubieran ido, pero no lo hicieron por “prudencia”. Pero estos cuarenta, muchos de América Latina, estuvieron, rezaron y firmaron.

Querían tener una celebración discreta lejos de la prensa,, para evitar que su gesto de sencillez y compromiso fuera interpretado como una “lección” a los otros obispos.

La primera referencia de la celebración apareció en una nota de Henri Fesquet casi un mes más tarde en Le Monde, el 8.12.1965: “Un groupe d‘ évêques anonymes s’engage à donner le témoignage extérieur d’une vie de stricte pauvreté” (Un grupo de obispos de grupo anónimos se comprometen a dar testimonio exterior de una vida de pobreza estricta (cf. Fesquet, Journal du Concile, Forcalquier, Paris, 1966, 1110-1113).

La misa la celebró Charles M.Himmer, obispo de Tournai, pero el máximo impulsor del documento fue Helder Camara de Recife, Brasil, aunque no se sabe quién lo redactó. Mas tarde se unieron muchos, entre ellos Roger Etchegaray, Presidente del Pontificio Consejo por la Justicia y la Paz. El Papa Francisco lo habría firmado, puede hacerlo el próximo día 16.

Los firmantes del pacto

Referencias en:

http://www.sedosmission.org/web/attachments/article/137/Catacomb%20Pact%20-%20Spanish.pdf
Beozzo, José Oscar (17 de noviembrede 2012). «Nota sobre los participantes en la celebración del Pacto de las Catacumbas, las Catacumbas de Santa Domitila, Roma, 16 de noviembre 1965». Evangelizadoras de los Apóstoles.

Brasil:

Dom Antônio Fragoso (Crateús-CE),
Don Francisco Mesquita Filho Austregésilo (Afogados da Ingazeira – PE),
Dom João Batista da Mota e Albuquerque, arzobispo de Vitória, ES,
P. Luiz Gonzaga Fernandes, que había de ser consagrado obispo auxiliar de Vitória
Dom Jorge Marcos de Oliveira (Santo André-SP),
Dom Helder Camara, obispo de Recife
Dom Henrique Golland Trindade, OFM, arzobispo de Botucatu, SP,
Dom José Maria Pires, arzobispo de Paraíba, PB.

Colombia:

Mons. Tulio Botero Salazar, arzobispo de Medellín
Mons. Antonio Medina Medina, obispo auxiliar de Medellín
Mons. Anibal Muñoz Duque, Obispo de Nueva Pamplona,
Mons. Raúl Zambrano de Facatativá
Mons. Angelo Cuniberti, vicario apostólico de Florencia.

Argentina:

Mons. Alberto Devoto de la diócesis de Goya
Mons. Vicente Faustino Zazpe de la diócesis de Rafaela
Mons. Juan José Iriarte de Reconquista

Otros países de América Latina

Mons. Alfredo Viola, obispo de Salto (Uruguay) y su auxiliar,
Mons. Marcelo Mendiharat, obispo auxiliar de Salto (Uruguay)
Mons. Manuel Larraín de Talca en Chile,
Mons. Gregorio McGrath Marco de Panamá (Diócesis de Santiago de Veraguas),
Mons. Leonidas Proaño en Riobamba, Ecuador

Francia

Mons Guy Marie Riobé, obispo de Orleans,
Mons Gérard Huyghe, obispo de Arras,
Mons. Adrien Gand, obispo auxiliar de Lille

Otros países de Europa

Mons. Charles Marie Himmer, obispo de Tournai, Bélgica,
Mons. Rafael González Moralejo, obispo auxiliar de Valencia, España,
Mons. Julius Angerhausen, obispo auxiliar de Essen, Alemania…
Mons. Luigi Betazzi, obispo auxiliar de Bolonia

África

Dom Bernard Yago, arzobispo de Abidjan, Costa de Marfil
Mons. José Blomjous, obispo de Mwanza, en Tanzania
Mons. Georges Mercier, obispo de Laghouat en el Sahara, África

Asia y América del Norte

Mons. Hakim, obispo melquita de Nazaret,
Mons. Haddad, obispo melquita, auxiliar de Beirut, Líbano
Mons. Gérard Marie Coderre, obispo de Saint Jean de Quebec, Canadá,
Mons. Charles Joseph de Melckebeke, de origen un belga, obispo de Ningxia, China.

(Reflexión posterior:
¿Quién no descubre inmediatamente el peso inmenso de algunos de esos cuarenta, verdaderos Padre de la Iglesia del siglo XX, obispos cuyo nombre y memoria nos sigue manteniendo en la línea de la fe y vida cristiana? A modo de ejemplo recordaré sólo a unos pocos:

Mons. Helder Camara, obispo de Recife
Mons. Tulio Botero Salazar, arzobispo de Medellín
Mons. Juan José Iriarte de Reconquista
Mons. Manuel Larraín de Talca en Chile
Mons. Gregorio McGrath Marco de Panamá (Diócesis de Santiago de Veraguas),
Mons. Leonidas Proaño en Riobamba, Ecuador
Mons. Guy Marie Riobé, obispo de Orleans
Mons. Charles Marie Himmer, obispo de Tournai, Bélgica
Mons. Rafael González Moralejo, obispo auxiliar de Valencia
Mons. Luigi Betazzi, obispo auxiliar de Bolonia
Mons. Georges Mercier, obispo de Laghouat en el Sahara
Mons. Hakim, obispo melquita de Nazaret,
Mons. Haddad, obispo melquita, auxiliar de Beirut, Líbano
Mons. Gérard Marie Coderre, obispo de Saint Jean de Quebec

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El Pacto de las Catacumbas (16. 11. 1965)

Lunes, 16 de noviembre de 2015

el-pacto-de-las-catacumbas-y-la-mision-de-los-pobres-en-la-iglesiaTerminando el Concilio Vaticano II, inspirados por el movimiento que se estaba gestando en la Iglesia, unos 40 obispos de todo el mundo se reunieron en las Catacumbas de Domitila para firmar lo que hoy en día se conoce como el Pacto de las Catacumbas.

Eran pocos los que “celebraron” y firmaron aquel día el Manifiesto, de un modo casi secreto, a modo de conspiración cristiana, pero ellos aparecen como representantes de otros muchos obispos del Concilio, que eran en conjunto unos 700, inspirados especialmente por Cardenal G. Lercaro de Bolonia y H. Cámara de Brasil.

Con este Pacto, aquellos obispos se comprometieron a caminar con los pobres y a ser una Iglesia pobre al servicio de los pobres, con ellos y entre ellos. Para lograr eso, se comprometieron a llevar un estilo de vida simple, renunciando no sólo a los símbolos de poder, sino al mismo poder externo, volviendo de esa forma a la raíz del evangelio.

El espíritu de ese Pacto ha guiado desde entonces algunas de las mejores iniciativas de la Iglesia, el Oriente y Occidente, de manera que su texto ha venido a convertirse en una de las páginas mas influyentes y significativas de la historia cristiana de la actualidad, aunque aún no se hayan cumplido todos sus objetivos, como quiere el Papa Francisco, que es “hijo espiritual” de aquel pacto (aunque no pudo firmarlo, no era entonces obispo)

Por eso, al cumplirse los cincuenta años de aquel acontecimiento, hemos querido recoger en este libro no sólo el texto del Pacto y los nombres de aquellos que lo firmaron, sino algunos trabajos más significativos que ayuden a entenderlo y situarlo en su historia pasada, en su actualidad y en su necesaria proyección hacia el futuro. Así nos hemos propuesto estudiarlo y promoverlo en el conjunto de la iglesia y de la sociedad.

Con este motivo, a petición de la Congregación y de la Editorial de los Misioneros del Verbo Divino, custodios de la catacumba de Domitila, J. Antunes de Silva y un servidor, con la colaboración de más de veinte especialistas, hemos preparado este libro, publicado a la vez en cuatro lenguas (castellano, portugués, inglés e italiano), que recoge el origen, impacto y actualidad de aquel manifiesto, como iré indicando en los días que siguen.

Hoy presento el texto del pacto. En días sucesivos presentaré a los firmantes y estudiaré el contenido de su mensaje, presentando también a los más de veinte colaboradores actuales que han estudiado el Pacto, desde una perspectiva actual, con J. A. Da Silva y conmigo. Simplemente acabo dando gracias a la Editorial Verbo Divino por habernos permitido presentar en este libro aquel gran Documento de Pacto, quizá el más importante de la Iglesia Católica del siglo XX.

Pacto de las Catacumbas
(Catacumba de Domitila, 16 noviembre 1965)

(Contexto) El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, cerca de 40 padres conciliares celebraron una eucaristía en las catacumbas de santa Domitila. Pidieron “ser fieles al espíritu de Jesús”, y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron “el pacto de las catacumbas”. El “pacto” es una invitación a los “hermanos en el episcopado” a llevar una “vida de pobreza” y a ser una Iglesia “servidora y pobre” como lo quería Juan XXIII. Los firmantes -entre ellos muchos latinoamericanos y brasileños, a los que después se unieron otros- se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral.

(Texto)

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.

2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hech 3, 6. Ni oro ni plata.

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc, a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.

4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Mt 10, 8; Hech 6, 1-7.

5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hech 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.

9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.

10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.

11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral -dos tercios de la humanidad- nos comprometemos:

* a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
* a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.
12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,
* nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
* buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
* procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
* nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Mc 8, 34s; Hech 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.
Que Dios nos ayude a ser fieles.

(Para una presentación más amplia del libro:
http://www.verbodivino.es/libro/4209/el-pacto-de-las-catacumbas-y-la-mision-de-los-pobres-en-la-iglesia )

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50 años del Pacto de las Catacumbas

Domingo, 15 de noviembre de 2015

catacumbas-de-la-domitila_560x280(Víctor Codina sj, teólogo).- ¿Qué es el Pacto de las Catacumbas? Durante el concilio Vaticano II (1962-1965) un grupo de obispos, principalmente de América Latina, liderados por Helder Cámara, se reunían periódicamente para reflexionar sobre el lema de la Iglesia de los pobres que Juan XXIII había propuesto para el concilio. Les motivaba a ello un deseo de fidelidad al Jesús pobre de Nazaret y también el testimonio del sacerdote Paul Gauthier y de la carmelita Marie Thérèse Lescase que trabajaban como obreros en Nazaret.

Tras un largo tiempo de diálogo y discusiones, pocos días antes de la clausura del Vaticano II, el 16 de noviembre de 1965, 40 obispos se reunieron en las Catacumbas de Sta Domitila de Roma para celebrar la eucaristía y firmar un compromiso, el llamado Pacto de las Catacumbas, al que se adhirieron otros 500 obispos del concilio.

En este Pacto, los obispos, conscientes de sus deficiencias en su vida de pobreza, con humildad pero también con toda determinación y toda la fuerza que Dios les quiere dar, se comprometen a 13 decisiones. Resumimos brevemente sus principales contenidos.

Procurar vivir al modo ordinario de la población en lo que toca a casa, comida y medios de locomoción; renunciar a signos de riqueza en vestimentas y metales preciosos, ni oro ni plata; no poseer bienes muebles ni inmuebles ni cuentas en el banco a nombre propio, sino, si es necesario, todo a nombre de la diócesis y obras sociales; confiar la gestión financiera a laicos competentes y conscientes de su misión apostólica; rechazar ser llamados con títulos como Eminencia, Excelencia, Monseñor…preferir ser llamados Padres; evitar todo tipo de concesiones de privilegios y preferencias.

A estas decisiones, más de tipo personal, se añaden una serie de opciones apostólicas: dar todo su tiempo, reflexión, corazón y medios al servicio de las personas, de los grupos trabajadores y económicamente débiles, apoyando a todos aquellos que se sienten llamados a evangelizar a los pobres; transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y la justicia; hacer lo posible para que los gobiernos decidan y pongan en práctica las leyes y estructuras necesarias para la justicia, igualdad y desarrollo armónico del hombre y de todos los hombres.

Como obispos comprometerse a ayudar los proyectos de episcopados pobres y pedir a organismos internacionales estructuras que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria; compartir la vida en caridad pastoral con sacerdotes, religiosos y laicos para que el ministerio sea un verdadero servicio, revisando la vida con ellos, procurando ser más animadores de la fe que jefes según el mundo.

Al regresar a sus diócesis se comprometen a dar a conocer estas decisiones a sus diocesanos, pidiendo les ayuden con su colaboración y oraciones.

Han pasado 50 años del Pacto de las Catacumbas, muchas de estas semillas evangélicas han florecido, pero todavía muchos de estos compromisos son tareas pendientes.

Este Pacto de las Catacumbas ahora se actualiza con el Papa Francisco, quien con sus gestos simbólicos y sus exhortaciones nos invita a todos a vivir una vida sencilla y solidaria, donde los ministros no sean faraones, ni príncipes, ni capataces…sino servidores que huelan a oveja, para que toda la Iglesia sea pobre y para los pobres.

Los 50 años del Pacto de las Catacumbas puede ser para todos una ocasión de examen y conversión a una Iglesia más evangélica, a la Iglesia de Jesús, el carpintero de Nazaret.

Para ello podemos repetir la plegaria con la que concluye el Pacto: “Que Dios nos ayude a ser fieles”

Fuente Religión Digital

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“La primavera de la Iglesia. Francisco vive retos que recuerdan a los que abordó con tanto acierto Juan XXIII”, por Juan José Tamayo

Viernes, 15 de agosto de 2014

ppfranciscojuanxxiii03052013Leído en la Página web de Redes Cristianas

Pocos días después de la elección de Francisco comenzaron las comparaciones del papa argentino con Benedicto XVI y Juan XXIII: con el primero, destacando las diferencias; con el segundo, los parecidos, que han vuelto a manifestarse con motivo de la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II el próximo 27 de abril. Se refieren a la cálida y espontánea corriente de comunicación de ambos con el público. La campechanía de Juan XXIII rompía con el hieratismo de su predecesor Pío XII. La sencillez de Francisco contrasta con el gusto por el protocolo de Benedicto XVI.

El parecido se aprecia también en la avanzada edad en el momento de la elección papal de ambos: 77 años, que, no obstante, se disimulan por la vitalidad, la creatividad y los gestos llenos de humanidad poco acordes con los títulos que ostentan: sumo pontífice de la Iglesia universal, vicario de Cristo, santo padre, sucesor del príncipe de los apóstoles, soberano del Estado de la ciudad del Vaticano, etcétera. A ello hay que sumar su permanente capacidad de sorpresa. En la Navidad de 1958, Juan XXIII, recién elegido papa, visitó el Hospital del Niño Jesús para niños con poliomielitis y la cárcel Regina Coeli, junto al Tíber, donde abrazó a un preso condenado por asesinato que antes le había preguntado si había perdón para él. Se reunió con un grupo de personas discapacitadas y con otro grupo de chicos de un orfanato. Luego se encontró con el arzobispo de Canterbury, Geoffrey F. Fissher, y recibió a Rada Kruchev, hija del presidente de la URSS, y a su esposo.

Francisco no ha dejado de sorprender desde que abandonó su Buenos Aires querido y fue elegido papa con gestos significativos: renuncia a vivir en el Vaticano; cese de obispos por llevar una vida escandalosamente antievangélica; auditoría externa para investigar la corrupción del Banco Vaticano; disponibilidad a revisar la normativa sobre la exclusión de la comunión eucarística a los católicos divorciados y vueltos a casar; viaje a Lampedusa y grito indignado de “¡Vergüenza!” como denuncia por los cientos de inmigrantes muertos y desaparecidos ante la indiferencia de Europa; respeto a las diversas identidades sexuales, etcétera. Recientemente nos ha vuelto a sorprender al celebrar el día del “Amor fraterno” en un centro de personas discapacitadas de diferentes continentes, religiones, culturas y etnias, donde se ha arrodillado y lavado los pies a 12 de ellas. El ejemplo no es baladí: queda fijado primero en la retina, luego en la mente y debe traducirse en una práctica compasiva y solidaria, si no quiere convertirse en rutina.

Bergoglio es igualmente consciente de estar viviendo un tiempo nuevo

Pero, a mi juicio, las semejanzas entre Juan XXIII y Francisco van más allá de su talante y de sus gestos. La sintonía se manifiesta en su espíritu reformador del cristianismo con la mirada puesta en el Evangelio desde la opción por el mundo de la exclusión y el compromiso por la liberación de los empobrecidos. Juan XXIII y Francisco coinciden en la necesidad de construir una “Iglesia de los pobres”. El papa Roncalli fue el primero en utilizar esta expresión en un mensaje radiofónico el 11 de setiembre de 1962: “De cara a los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta como es y quiere ser: la Iglesia de todos, y, particularmente, la Iglesia de los pobres”. La idea apenas tuvo eco en el aula conciliar, pero se hizo realidad en las decenas de miles de comunidades eclesiales de base que surgieron en América Latina y otros continentes, y en la teología de la liberación, que la convirtió en santo y seña del cristianismo liberador.

Francisco expresó el mismo deseo en una rueda de prensa multitudinaria con periodistas que habían seguido el cónclave, a quienes contó algunas interioridades del mismo. Cuando hubo logrado los dos tercios de los votos, el cardenal Claudio Humes, arzobispo emérito de São Pâulo, le abrazó, le besó y le dijo: “No te olvides de los pobres”. Tras esta confesión y en un arranque de sinceridad, les dijo a los periodistas: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”. Adquiría así públicamente un compromiso que le obligaba a hacer realidad aquel deseo. ¿Lo hará?

Juan XXIII era consciente de que la humanidad estaba viviendo un cambio de era y la Iglesia católica no podía volver a perder el tren de la historia, sino que debía caminar al ritmo de los tiempos. Era necesario poner en marcha un proceso de transformación de la Iglesia universal en sintonía con las transformaciones que se sucedían en la esfera internacional. Francisco es igualmente consciente de estar viviendo un tiempo nuevo, lo que le exige dejar atrás los últimos 40 años de involución eclesial que pesan como una losa y activar una nueva primavera en la Iglesia en sintonía con las primaveras que vive hoy el mundo: la primavera árabe, el movimiento de los indignados, los Foros Sociales Mundiales, etcétera. Bergoglio tiene un compromiso con la historia que no puede eludir: ¡primavera eclesial, ya! ¿Lo cumplirá?

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Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Invitación a la utopía (Trotta, 2102) y Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, 2013).

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