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“Profesión y vocación”, por José Mª Castillo

Jueves, 7 de marzo de 2019

índiceDe su blog Teología sin Censura:

Como es bien sabido, en su clásico estudio sobre “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Max Weber explicó con claridad cómo y por qué la palabra alemana “profesión” (“Beruf”) tiene un importante matiz religioso, en cuanto que nos lleva a la idea de “una misión impuesta por Dios”. O sea, según la mentalidad de Lutero, el más noble contenido de la propia conducta moral consiste en sentir como un deber el cumplimiento (lo más perfecto posible) de la tarea que entraña nuestra tarea profesional en el mundo. En otras palabras, la vocación que Dios le impone a cada cual, en esta vida, consiste en que se comporte como un buen profesional en su trabajo.

Ahora bien, supuesto lo que acabo de indicar, no hay que ser un lince para darse cuenta de que este planteamiento de la ética protestante ha sido más decisivo de lo que imaginamos en el desigual desarrollo económico de Europa. Los datos son bien conocidos. Mientras que los países del Norte de Europa, más influenciados por la “ética protestante”, son países más ricos y más desarrollados, los países del Sur, desde Turquía a Portugal, son más pobres y soportan economías más desiguales y atrasadas.

Sin duda, en la desigualdad que acabo de apuntar, son determinantes otros factores que no viene al caso estar aquí desentrañando. De este asunto se vienen ocupando sociólogos y economistas desde hace más de medio siglo (cf. J. Matthes…). En todo caso – si nos limitamos a lo que ocurre en Europa – es un hecho que, por lo general, los países de mayoría protestante han alcanzado un nivel y un equilibrio económico del que carecemos en los países en los que predomina una religiosidad más tradicional.

Así pues, es indudable que existe una relación profunda y determinante entre “profesión” y “vocación”. No es lo mismo llevar el trabajo y la profesión como una carga pesada para ganarse la vida, que ver en la propia profesión la tarea a la que Dios me llama y en la que veo el destino trascendente de mi vida. En este caso, la tarea profesional se funde con el sentido más profundo de la existencia humana y genera un etilo de sociedad y de convivencia que no se queda encerrada en los templos, sino que está presente (consciente o inconscientemente) en la familia, en el trabajo, en la gestión política, en la vida entera.

Esto supuesto – y tal como se han puesto las cosas en todo cuanto se refiere a la religión – dada la creciente escasez de sacerdotes, ¿no podemos decir que se acerca el momento en el que lo más razonable sería darle un giro nuevo a la organización y gestión de la Iglesia? Quiero decir: ¿no es ya hora de pensar en serio que, en la Iglesia, clérigos y laicos tenemos todos que pensar y vivir nuestra pertenencia a la Iglesia de otra manera?

Quiero decir lo siguiente: cuando Jesús llamó a los primeros apóstoles, no fundó un “oficio”, una “profesión, una “carrera” en la que la “vocación” era una “profesión” para ganarse la vida. Aquellos hombres eran los responsables en las primeras comunidades. Pero no eran funcionarios profesionales. San Pablo vivía de su trabajo, que era duro y le dejaba huella en las manos (Hech 20, 33-34). Y los pescadores a los que llamó Jesús, siguieron pescando y bregando noches enteras, como lo habían hecho toda su vida (Jn 21, 1-10). Incluso sabemos que, en el movimiento cristiano primitivo, encontramos muchas mujeres que fueron muy activas en todos los ministerios y responsabilidades eclesiales (R. Aguirre).

Es evidente, por tanto, que la “profesión” y la “vocación” se fundían, en la Iglesia naciente, en su actividad, sus reuniones, su apostolado. Y conste que este estado de cosas es el original y el que duró hasta el siglo tercero. No es una cuestión de fe que la Iglesia tenga que seguir siendo gestionada, dirigida y sometida sólo al “clero”. Ni el “clero” tiene por qué seguir siendo una “profesión” que acumula poderes y privilegios. La Iglesia es la comunidad de los “seguidores de Jesús”, que puede y debe organizarse y gestionarse en fidelidad al Evangelio, no en sometimiento a un clero que acumula poderes, dignidades y dinero.

La Iglesia somos todos. Y en todos los creyentes en Jesús, “profesión” y “vocación” se funden en una tarea que es común a todos, en comunión con los Apóstoles y sus sucesores, presididos por el Papa. ¿No tendrían que tener todo esto muy en cuenta los presidentes de las Conferencias Episcopales ahora, cuando se reúnen con el Obispo de Roma, para limpiar y renovar esta Iglesia a la que tanto debemos por tantos motivos?

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Vivir una vida espiritual

Lunes, 9 de julio de 2018

Del blog de Henri Nouwen:

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“Vivir una vida espiritual significa llevar todo mi ser a la morada que le pertenece. Mi tarea espiritual verdadera consiste en dejarme ser amado, plena y completamente y creer que en este amor llegaré al cumplimiento de mi vocación. Sigo intentando llevar mi ser errante, inquieto y ansioso a su hogar para que pueda descansar en el abrazo del Amor”.

*

Henri NOUWEN,
Diario del último año de su vida

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Vocación bella y terrible…

Lunes, 11 de junio de 2018

Dedicado a nuestros hermanos y hermanas en el presbiterado. Del blog de Amigos de Thomas Merton:

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“¡Cuán bella y cuán terrible es a un tiempo la vocación sacerdotal! Un hombre, débil como cualquier otro, imperfecto como cualquiera, tal vez con menos dotes que muchos de aquellos a quienes es enviado, tal vez menos inclinado a la virtud que muchos de ellos, se encuentra dividido sin posibilidad de escape entre la misericordia infinita de Cristo y el casi infinito espanto del pecado del hombre. No puede evitar que en el fondo de su corazón sienta algo de la compasión de Cristo por los pecadores, algo del aborrecimiento del Eterno Padre al pecado, algo del amor inexpresable que lleva al Espíritu de Dios a consumir el pecado en el fuego del sacrificio. Al mismo tiempo puede sentir en sí mismo todos los conflictos de la debilidad, la irresolución y el temor humanos, la angustia de la incertidumbre, el desamparo y el miedo, el fuego ineludible de la pasión. Todo lo que él aborrece en sí mismo se le vuelve más aborrecible a causa de su infinita unión con Cristo. Pero también a causa de su misma vocación él está obligado a encarnar con resolución la realidad del pecado en sí mismo y en otros. Está obligado por vocación a luchar contra ese enemigo. No puede eludir el combate. Un combate que él por sí solo nunca podrá ganar: tiene que dejar que Cristo luche contra el enemigo en él; debe luchar en el terreno escogido por Cristo y no por él. Ese terreno son la cumbre del Calvario y la Cruz. Pues, para decirlo de una vez, el sacerdote no tiene sentido en el mundo sino es para perpetuar en éste el sacrificio de la Cruz y para morir con Cristo en la Cruz por amor de aquellos a quienes Dios quiere que el sacerdote salve” (1956).

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Thomas Merton
sobre el sacerdocio, en Los hombres no son islas
(Capítulo VIII, La vocación, páginas 133-135).

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Vocación

Viernes, 23 de febrero de 2018

Del blog Nova Bella:

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“Se trata justamente de vocación, de llamada: soledad y silencio son una forma de hacer vacío para permitir que advenga otro inesperado en el seno mismo del reino de nadie, que emerja una palabra inaudita, que se levante un soplo vivo en el hueco de la ausencia.”

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Sylvie Germain

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Merton y su último verano 1. “Aggiornamento”.

Martes, 25 de julio de 2017

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“3 de julio de 1968

(Anochecer). Por la mañana salí de casa temprano y terminé de cortar y podar los pinos jóvenes que seguían doblados desde las grandes ventiscas del pasado invierno. El límite de arbustos de mi jardincito, en dirección al bosque, está ahora relativamente despejado (¡aunque sigue apareciendo algún que otro zumaque a lo largo de la línea vallada!). Este trabajo ha hecho que mi espalda se haya resentido de nuevo. Así pues, he de tener cuidado. Por la tarde, llegué hasta el límite más lejano del campo de haba de soja en la granja de Linton y, mientras meditaba (Hatha y Yoga Vasishta), me quité la camisa para tomar el sol en cuello y espalda. Una tarde tranquila y provechosa ¡Dios sabe lo mucho que lo necesito! ¡Cuánto tiempo y energía he malgastado en los tres últimos años haciendo cosas que no tienen nada que ver con mis metas reales y que únicamente han servido para frustrarme y confundirme…! Es un verdadero milagro que no haya perdido mi vocación a la soledad con tantas bagatelas y evasiones.

Una cosa está perfectamente clara: no todo lo que pasa por aggiornamento es necesariamente bueno y saludable. Hemos de seguir siendo muy críticos e independientes frente a todas las ideas. Sacar las propias conclusiones partiendo de la experiencia personal directa y sincera. En mi opinión, tanto los conservadores como los progresistas abundan en el mismo tipo de intolerancia, arrogancia y actitud casquivana, y unos y otros están dominados por diferentes tipos de conformismo: en ambos casos, el pavor de sentirse excluidos del propio grupo de referencia. Personalmente, tengo que recorrer mi propio camino en términos de necesidades que para mí son fundamentales: necesidad de vivir una vida de oración, necesidad de autoliberarme de mis propios «cuidados» y
necesidad «única» de una auténtica soledad (y no solamente privacidad) monástica; y necesidad también de alcanzar una comprensión real y utilizar algunas de las intuiciones asiáticas en materia religiosa.”

*

Thomas Merton.
Diarios. (1960-1968)

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“Sí, soy homosexual, y vivo mi llamada al sacerdocio desde la castidad acogida con alegría”

Domingo, 9 de julio de 2017

estu_560x280¿Qué significa eso de que “Sí, soy homosexual”… ” pero no considero la homosexualidad una tendencia profundamente arraigada pues, afortunadamente, no domina toda mi vida.” ???

Alfonso Ruiz de Arcaute estudia Teología en la Facultad de Vitoria

Carta al Papa de Alfonso Ruiz de Arcaute, vetado por Elizalde para el sacerdocio

“La orientación sexual es la que es. La vida, la vocación y el compromiso también es el que es”

(Jesús Bastante).- Alfonso Ruiz de Arcaute vive en Vitoria, acaba de cumplir 50 años y preside la celebración de la palabra en su comunidad de Santa Teresa de Jesús. Con 14 años, sufrió abusos por parte de un religioso. Lejos de perder la fe, continúo participando en la vida parroquial. Desde hace unos años, siente con fuerza la llamada al sacerdocio.

Así se lo contó a su obispo, Juan Carlos Elizalde, a quien “le conté los abusos sufridos, la experiencia en la Orden de Predicadores, mi trabajo pastoral posterior, mi etapa de pareja con un chico hace ya bastantes años, y mi compromiso eclesial actual en la parroquia y en el estudio de la teología”. De hecho, estudió hace años en San Esteban (de los dominicos en Salamanca), y ahora concluye Teología en la Facultad de Vitoria.

El obispo, sin embargo, “ve inviable el camino hacia el sacerdocio” por su tendencia homosexual, pese a que “llevo varios años viviendo desde la castidad acogida con alegría al poner en mi compromiso eclesial el centro de mi vida”.

comunidad-de-santa-teresa-en-vitoriaUn aparente callejón sin salida (Elizalde sólo le ofrecía que, si lo tenía tan claro, buscara un obispo que le ordenase), para el que Alfonso propuso una solución: escribir una carta al Papa Francisco, contando su desgarradora -y esperanzadora- historia. El obispo se comprometió a entregar en mano a Bergoglio. Semanas después, se le ha solicitado que vuelva a enviarla, por otro conducto.

“Sí, yo soy homosexual y cada día doy gracias a Dios por haberme creado tal como soy, con todas mis virtudes y todos mis defectos, con mi personalidad entera. Pero no considero la homosexualidad una tendencia profundamente arraigada pues, afortunadamente, no domina toda mi vida”, explica

Alfonso pide al Papa que acepte su vocación, pues “de esta forma se evitaría también la circunstancia tan injusta de que aquel que en su día abusó sexualmente de mí pueda seguir ejerciendo su sacerdocio mientras que yo, víctima de la situación, veo negado el acceso”.

Ésta es su carta al Papa Francisco:

Padre Francisco: jamás imaginé que iba a encontrarme escribiendo una carta al Papa. Mi nombre es Alfonso, tengo cuarenta y nueve años y vivo en Vitoria-Gasteiz, una pequeña ciudad en el norte de España donde siempre he desarrollado mi vida como agente de pastoral en ambiente parroquial.

Desde pequeño he participado en diversos grupos. Desgraciadamente a partir de los 14 años sufrí abusos por parte de un religioso de la parroquia. Sin embargo esto no me alejó de la comunidad sino que seguí participando en la vida parroquial hasta que decidí probar la vida religiosa con veinte años.

Aquello no fructificó pero seguí colaborando cada vez más activamente en la vida parroquial. Ahora mi trabajo pastoral se desarrolla en la Comunidad Parroquial Santa Teresa de Jesús, donde desarrollo diversos ministerios, incluido la presidencia de la celebración de la Palabra. Además participo activamente en la animación y planificación de toda la vida parroquial en comunión con Tasio, nuestro párroco.

El trabajo pastoral y el contacto directo y continuado con la comunidad ha hecho que a lo largo de estos dos últimos años haya vuelto a surgir de manera muy fuerte la llamada al sacerdocio. La oración, la búsqueda junto a personas muy significativas en mi vida, tanto seglares, como religiosos o sacerdotes, y el impulso y ánimo de una comunidad que desea y alienta mi compromiso eclesial, me ha llevado a pedir a mi obispo la admisión al seminario con vistas a la ordenación sacerdotal.

Con mi edad y trayectoria vital, consideré oportuno que el obispo conociera toda mi vida y circunstancias, con mayor razón todavía al ser recién nombrado y llegado a la diócesis. Por eso, con toda sinceridad, le conté los abusos sufridos, la experiencia en la Orden de Predicadores, mi trabajo pastoral posterior, mi etapa de pareja con un chico hace ya bastantes años, y mi compromiso eclesial actual en la parroquia y en el estudio de la teología.

Desgraciadamente, basándose en la instrucción del año 2005 sobre la admisión a las Órdenes Sagradas de las personas homosexuales, mi obispo ve inviable el camino hacia el sacerdocio. Yo, desde la lectura atenta del documento me hago varias preguntas que hoy quiero compartir con usted, Padre Francisco, para buscar luz en la respuesta a la llamada que cada vez siento con mayor fuerza.

El citado documento prohíbe la acogida a las Órdenes a aquellos que practiquen la homosexualidad. Creo que es algo evidente, igual que a aquellos que practiquen la heterosexualidad pues al sacerdote se le pide una vida entregada desde el celibato. Personalmente llevo varios años viviendo desde la castidad acogida con alegría al poner en mi compromiso eclesial el centro de mi vida.

De igual manera se prohíbe la acogida a aquellas personas que presentan una tendencia homosexual profundamente arraigada. Sinceramente creo que quien presente una tendencia heterosexual profundamente arraigada tampoco debería ser acogido al sacerdocio. Sí, yo soy homosexual y cada día doy gracias a Dios por haberme creado tal como soy, con todas mis virtudes y todos mis defectos, con mi personalidad entera. Pero no considero la homosexualidad una tendencia profundamente arraigada pues, afortunadamente, no domina toda mi vida.

Finalmente, también prohíbe la acogida a aquellas personas que defienden la cultura gay. Si por defender la cultura gay se entiende defender a los que sufren porque se ven marginados, atacados incluso físicamente o rechazados social, eclesial o familiarmente, sí me pongo a su lado, como al lado de los marginados de cualquier condición.

Y por todo ello, Juan Carlos, nuestro obispo, considera que no puedo ser admitido al sacerdocio. Sin embargo, humildemente, creo que se centra en la letra de la ley y no en su espíritu: se ha de exigir una madurez afectiva suficiente. Creo que el no esconderme y ser siempre sincero me ha ayudado a alcanzar esta madurez. Me gustaría que mi obispo hubiera consultado con aquellas personas que me conocen, aquellas con quien comparto mi vida académica en la facultad de teología, aquellos con los que he compartido fe y vida en la Orden de Predicadores o con las que comparto ilusiones y decepciones, alegrías y tristezas, preocupaciones, labor pastoral y sobre todo oración y celebración de la fe en mi comunidad. Quizá puedan dar cuenta de mi madurez afectiva y de mi vocación sacerdotal.

De esta forma se evitaría también la circunstancia tan injusta de que aquel que en su día abusó sexualmente de mí pueda seguir ejerciendo su sacerdocio mientras que yo, víctima de la situación, veo negado el acceso.

Por eso me atrevo, Padre Francisco, a pedirle mirar con ojos de misericordia y desde el discernimiento personal y no únicamente desde la legislación, cambiante por otra parte, las vocaciones sacerdotales y la mía en concreto. La orientación sexual es la que es. La vida, la vocación y el compromiso también es el que es. Ojalá el sábado no siga cerrando los caminos del hombre.

Daniel Ricardo, un joven preuniversitario venezolano que habitualmente confronta su vida de fe conmigo me escribía el otro día: “tu caso me recuerda a Fray Martín de Porres. En el seminario no le querían porque era negrito y eran racistas y le costó mucho que le admitieran. Pero mira ahora, él es santo y hemos logrado acabar con el racismo”. Esta frase ha sido uno de los mayores alientos para atreverme a escribirle.

Me he alargado mucho más de lo que era mi intención. Le agradezco profundamente el tiempo que me ha dedicado, pero le agradezco todavía mucho más el nuevo impulso e ilusión que está generando en nuestra Iglesia.

Desde el primer día que nos lo pidió en el balcón de San Pedro le he hecho caso y he rezado por usted y lo seguiré haciendo. Ahora, con emoción, le pido que rece también usted por mi.

En Jesús, nuestro hermano mayor, el Señor del sábado, un abrazo fraterno

N. de la R.: este escrito fue entregado en mano, hace unos meses, por el obispo de Vitoria, Juan Carlos Elizalde, al Papa Francisco. Hace unas semanas, se pidió al autor que lo hiciera llegar directamente al Pontífice.

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Fuente Religión Digital

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La paradoja de la compasión

Martes, 16 de mayo de 2017

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“Tenemos una vocación que no ha de verse turbada por el tumulto y los estragos de la gran fábrica de ilusiones.

Debemos sufrir de manera natural y, en alguna medida, sentirnos perdidos en la tempestad, pues no podemos quedar tranquilamente fuera de ella. Sin embargo, estamos dentro de ella por causa de Aquel que mora en nosotros. Pero, precisamente, en El y por El nos vemos profundamente concernidos por la compasión: una compasión que, no obstante, es inútil sin libertad.

Estoy seguro de que nuestro deseo de comprender esta paradoja y vivir en fidelidad a ella es el mejor indicio de que podemos contar con la gracia necesaria para hacerlo.

Pero nada de ello vendrá de nuestro yo (exterior).”

*

Thomas Merton

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¿Vocación? ¡Discípula!

Martes, 9 de mayo de 2017

marc3ada-magdalenaMagdalena Bennasar

Bilbao.

ECLESALIA, 01/05/17.- Aunque sigas mirando al sepulcro que te tiene atrapada, yo te llamo. Te elijo de nuevo y te empodero para que prediques la Buena Nueva.

Tendrás muchas, muchísimas dificultades, hoy y dentro de veinte siglos, pero tú no te calles, sigue anunciando el Evangelio. Confío en ti como el primer día.

Y hoy, el primer día de la semana, de la nueva creación, te llamo por tu nombre, en el jardín, como cuando todo empezó, y sólo tú estabas ahí, sola, llorando, desfondada.

Así llamé a Abrán y Sara para que salieran del sistema patriarcal que les atrapaba. También a Moisés y Miriam, les pedí que salieran de su vida organizada y tranquila para que utilizaran sus dones y talentos recibidos para liderar a la comunidad en un largo y penoso proceso de maduración. Tuvieron, como vosotras, que encarar sus múltiples sombras, disfrazadas  de “necesidades de ser necesitados”… para ser capaces de seguir la Promesa, la Luz.

La llamada personal a profetisas y profetas para que desbancaran el “ego” de personajes que se creían defender los derechos del pueblo utilizando la excusa de la guerra, la opresión, la religión para hacerse más fuertes, como hoy. Tarea de profetas, sólo posible, desde una experiencia de amistad y relación amorosa con el Dios que llama y envía.

En todas y todos ellos ibas viniendo tú, la discípula amada, la de las manos de partera y de panadera, capaz de ayudar a nacer y de alimentar esas comunidades incipientes que también hoy se forman cuando sobre todo discípulas, en mi nombre, libres de instituciones, dineros, papeleos… acercan mi presencia a sus vidas, con el don de la predicación que les he regalado.

Porque fuiste tú, discípula amada, la que fuiste convocada en el sepulcro, para que presenciaras la Vida y se la comunicaras a los hermanos escondidos y atrapados en sus cuevas ensombrecidas de traición, negación, abandono y miedo, mucho miedo a perder poder, protagonismo, bienes…

Ibas viniendo tú en la discípula elegida para anunciar la Resurrección. Y a pesar de que la historia se ha esforzado en mantenerte entre partos y panaderías, yo, el Resucitado, te sigo llamando por tu nombre.

A través de la Ruah, te levanto de tu tumba y tristeza y te encomiendo, de nuevo, la tarea de decirles que estoy Vivo y que mi proyecto es de Vida y de Comunidad de Iguales en toda la Creación, respetando la tierra y respetando a los más desfavorecidos, pero sobre todo respetando mi llamada a que fueran las mujeres las primeras enviadas a anunciar la Vida, y desde ellas los demás, no al revés (hoy da miedo decirlo, y resulta que es Evangelio puro, que a fuerza de torcerlo nos parece casi pecado).

Tendrás que enfrentar tu propio ego que querrá defenderse cuando los egos de los que se sienten especiales sientan amenazado su poderío. Pero tú no desfallezcas. La Ruah del Resucitado te levantará llamándote por tu nombre, día tras día.

El nombre que quisieran borrar de las páginas sagradas. Pero está ahí, recién pronunciado de nuevo en el corazón de personas que están atentas. Y es ese susurro en el hondón del alma lo que les pone en camino.

Esa llamada se hace efectiva cuando al transmitirla levanta a otras personas de sus tumbas y también se ponen en camino (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Es el camino de la comunidad de iguales. Quienes lo intentamos sabemos que si dejamos que sea su voz quien nos dirige, convoca, empodera, tenemos la Vida y en ella la respuesta al mal de la humanidad.

¿Cómo me atrevo? Porque cuando te llaman por tu nombre te cambian el corazón egoísta en corazón y pies y labios de discípula.

Feliz Tiempo Pascual.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

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“El futuro de la Iglesia”, por José Mª Castillo

Sábado, 4 de febrero de 2017

sacerdote02De su blog Teología sin Censura:

Tal como se han puesto las cosas, en el momento que vivimos, el futuro de la Iglesia da que pensar. Porque produce la impresión de que la Iglesia, tal como está organizada y tal como funciona, tiene cada día menos presencia en la sociedad, menos influjo en la vida de la gente y, por tanto, un futuro bastante problemático y demasiado incierto.

Cada día hay menos sacerdotes, cada semana nos enteramos de conventos que se cierran para convertirlos en hoteles, residencias o monumentos medio arruinados. El descenso creciente en las prácticas sacramentales es alarmante. Más de la mitad de las parroquias católicas de todo el mundo no tienen párroco o lo tienen nominalmente, pero no de hecho.

Hace pocos días, el papa Francisco decía en una entrevista: “El clericalismo es el peor mal de la Iglesia, que el pastor se vuelva un funcionario”. Y es verdad que hay curas, que se metieron en un seminario o se fueron a un convento, porque no querían pasarse la vida siendo unos “nadies” que no pintan nada en la vida. Esto sucede así, más de lo que imaginamos.

Pero, aunque se trate de personas generosas y decentes, ¿cómo no van a terminar siendo meros “funcionarios” unos individuos, que, para cumplir con sus obligaciones, tienen que ir de un lado para otro, siempre de prisa, sin poder atender sosegadamente a nadie? Y conste que me limito a recordar sólo esta causa de que en la Iglesia haya tantos “clérigos funcionarios”. No quiero ahondar en la raíz profunda del problema, que no es otra que la cantidad de individuos que se hacen curas porque, en el fondo, lo que quieren es tener un nivel de vida, una dignidad o una categoría, que no se corresponden ni con el proyecto de vida que nos presenta el Evangelio, ni con lo que de ellos espera y necesita la Iglesia.

Además – y esto es lo más importante -, ¿es la Iglesia una mera empresa de “servicios religiosos”? ¿cómo puede ser eso la Iglesia, si es que pretende mantener vivo el recuerdo de Jesús de Nazaret, que fue asesinado por los hombres del sacerdocio y del templo, los más estrictos representantes de los “servicios religiosos”?

Ya sé que estas preguntas nos enfrentan a un problema, que la teología cristiana no tiene resuelto. Pero hay cosas, que la Iglesia tuvo muy claras, en tiempos ya lejanos, y que hoy nos vendría muy bien recuperar. Me refiero en concreto a dos asuntos capitales: la “vocación” al ministerio pastoral y la “perpetuidad” de dicho ministerio.

La vocación. Se entiende por “vocación” un “llamamiento”, una llamada. Por eso decimos que se va al seminario o entra en el noviciado el que se siente “llamado” para eso. Pero llamado, ¿por quién? Desde hace siglos, se viene diciendo que el obispo “ordena de sacerdote” al que es “llamado por Dios”. Pero es claro que a cualquiera se le ocurre preguntarse: ¿y por qué será que ahora a Dios se le ocurre llamar a menos gente precisamente en los países más necesitados de buenos párrocos, teólogos, etc? No. Eso de que la vocación es la llamada de Dios, eso no hay quien se lo crea en estos tiempos. ¿Entonces…?

El mejor historiador de la teología de la Iglesia, Y. Congar, publicó en 1966 un memorable estudio (“Rev.Sc.Phil. ey Théol. 50, 169-197) documentado hasta el último detalle, en el que quedó demostrado que la Iglesia, desde sus orígenes hasta el s. XIII, no ordenaba (de sacerdote o de obispo) al que quería ser ordenado y alcanzar la dignidad que eso lleva consigo, sino al que no quería. La vocación no se veía como un llamamiento de Dios, sino de la comunidad cristiana, que era la que elegía y designaba al que la asamblea consideraba como el más capacitado para el cargo. Es lo que se venía haciendo en las primeras “iglesias” ya desde la misión de Pablo y Bernabé, que elegían “votando a mano alzada” (“cheirotonésantes”) (Hech 14, 23) a los ministros de cada comunidad.

¿No ha llegado todavía la hora de ir modificando la actual legislación canónica, para recuperar las sorprendentes intuiciones organizativas que vivió la Iglesia en sus orígenes?

La perpetuidad. Desde la tardía Edad Media, se viene repitiendo en teología que el sacramento del orden “imprime carácter”, un “signo espiritual e indeleble”, que marca al sujeto para siempre (Trendo, ses. VII, can. 9. DH 1609). El concilio no pretendió, en este caso, definir una “doctrina o dogma de fe”. Porque el tema del “carácter” fue introducido en teología por los escolásticos del s. XII. Y, en definitiva, lo único que se veía como seguro es que hay tres sacramentos, bautismo, confirmación y orden, que solo se pueden administrar una vez en la vida, es decir, son irrepetibles, como indica el citado canon de Trento.

Lo importante aquí está en saber que, durante el primer milenio, la Iglesia enseñó y practicó de manera insistente lo que repitieron y exigieron los concilios y sínodos de toda Europa. A saber: los clérigos, incluidos los obispos, que cometían determinadas faltas o escándalos (que detallaban los concilios), eran expulsados del clero, se les privaba del ministerio, perdían los poderes que les había conferido la ordenación sacerdotal y, en consecuencia, quedaban reducidos a la condición de laicos.

Este criterio se repitió tantas veces, durante más de diez siglos, que la Iglesia se comportaba, en aquellos tiempos, como cualquier otra institución que se propone ser ejemplar. Los responsables, que no son ejemplares, no son trasladados a otra ciudad o se les encierra en un convento. Se les pone de patas en la calle. Y que se busquen la vida, como cualquier otro funcionario, que no cumple con sus obligaciones.

Si la Iglesia quiere en serio acabar con los clérigos funcionarios y con los clérigos escandalosos no puede depender de los jueces y tribunales civiles. Tiene que ser la misma Iglesia la que les quite la llamada “dignidad sacerdotal” a los “trepas”, a los “vividores”, a los “aprovechados”, que se sirven de la fe en Dios, del recuerdo de Jesús y su Evangelio, para disfrutar de un respeto o de una dignidad que, en realidad, ni tienen, ni merecen.

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Tú eres como manantial de donde brota el río… Salmo 139

Sábado, 23 de julio de 2016

Del blog del  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa:

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Señor, tú me llegas hasta el fondo y me conoces por dentro.
Lo sé: me conoces cuando no paro o cuando no sé qué hacer.
Mis ilusiones y mis deseos los entiendes como si fueran tuyos.
En mi camino has puesto tu huella,
en mi descanso te has sentado a mi lado,
todos mis proyectos los has tocado palmo a palmo.
Tú oyes lo profundo de mi ser en el silencio,
cuando aún no tiene palabras para abrirse a ti.

Es increíble: me tienes agarrada totalmente.
Me cubres con tu palma y me siento tuya.
Como grano de arena en el desierto,
como gota de agua perdida en el mar,
así me encuentro ante ti.
Me digo y no sé responderme: ¿a dónde iré
que no sienta el calor de tu aliento?
¿ A dónde escaparé que no me encuentre con tu mirada?

Cuando escalo mi vida y lucho por superarme, allí estás tú.
Cuando me canso en el camino y me siento barro,
allí perdida en mi dolor, te encuentro a ti.
Cuando mis alas se hacen libertad sin fronteras
y toco el despertar de algo nuevo;
cuando surco los mares de mis sueños
y pierdo la arena pegadiza de mis playas,
allí está tu mano, y tus ojos, y tu boca…
allí, como Amigo fiel, de nuevo estas tú.

Si digo cansada: que la tiniebla me cubra,
si digo desalentada: que el día se haga noche sobre mí;
ni a tiniebla, Señor, es oscura para ti,
y la noche, Señor, es clara como el día.

Tú eres como manantial de donde brota el río,
como raíz donde arranca el árbol.
Tu vida se ha hecho vida en mis entrañas,
me has creado por amor y quieres que viva en plenitud.
Soy tuya: sólo tu amor da respuesta a mi sed.
Ese amor con el que me tejiste en el seno de mi madre
y desde el que me llamas a crecer y ser feliz.

Dios mío, tú me sondeas y me conoces,
comprendes como nadie mis sentimientos.
Que te sienta cerca en el camino de la vida.
Quiero desde lo hondo de mi ser vivir para ti.

*

(Autor/a desconocido/a)

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El Espíritu y mi vocación

Viernes, 27 de mayo de 2016

pentecostes-2016Hoy, un día más en mi vida, traigo este texto que refleja muy bien qué siento hoy, mirando hacia atrás,  al reflexionar en la llamada que hace ya tantos años me hizo Jesús… Hoy sigo queriendo ser fiel a “este amor primero” al que hace tan poco le he dado un SI definitivo…

Comparto contigo, si te animas a leer esto, que no concibo mi historia personal, más precisamente mi historia vocacional, sin la presencia insistente del Espíritu.

Cuando con 21 años me doy cuenta de que mi vida empieza a tomar un camino que para nada es el que yo deseaba, pongo todo mi empeño en volver los pasos hacia la senda que yo prefería. De una manera casi inconsciente se me estaba colando en la cabeza y, ¡peor aún!, grabando en las entrañas la posibilidad de ser monja en el monasterio de Suesa.

¿Quién quiere ser monja? Ciertamente muy muy muy muy pocas personas. Yo no quería serlo, desde luego. Ya sabía lo que quería ser, ya estaba dando pasos en esa dirección, ¿a qué santo surgía en mí esa posibilidad con una fuerza que no lograba dominar?

Fueron meses muy duros, de bastante soledad. Cuando empiezas a sentir una vocación de estas características, cuando alguien te plantea esa posibilidad, muchas veces ni siquiera le abres la puerta, no sea que lo que sospechas sea verdad y la “cosa se líe”.

Pero yo sentía de una manera casi física, el Espíritu de Dios colocado sobre mi hombro izquierdo, susurrándome tozudamente que aquello era lo mejor, que no tuviera miedo, que me atreviera, que, al menos, lo intentara y confiara. La situación era casi absurda, una especie de loro en mi hombro, como el pajarraco de Long John Silver en la novela de Stevenson “La Isla del Tesoro”.

Efectivamente, el Espíritu iba ganando terreno, poco a poco fui asumiendo que aquello que estaba viviendo era más fuerte que yo y que tenía que tomar una decisión. Me atreví, respondí al Espíritu de Dios que sí, que confiaba y me arriesgaba, que no podía continuar siempre con esa duda, con una vida a medio vivir.

Estoy de fiesta, Ruah santa, porque fuiste terriblemente cabezota conmigo y me empujaste con tu fuerza.

En este día de Pentecostés me siento en la obligación de poner en tu corazón la palabra vocación, entrega a Dios, monja. Es posible que no sea la primera vez que resuenan en ti estos términos. Te pido que los dejes bailar en tu interior al ritmo del Espíritu. Venga, ¿por qué no?, ¿por qué no vas a poder tú vivir como vivo yo?

Que sea como Dios quiera.

Espiritualidad , ,

La vida que no puede pararse …

Miércoles, 30 de marzo de 2016

Del blog Pays de Zabulon:

Thomas-Millet-Resurrection

El reino de Dios traspasa el mundo

Lo que quiero deciros,
ya lo sabéis como yo lo sé
pero no lo sabemos bastante ni vosotros ni yo.

Es lo que hace el fondo de nuestra vocación cristiana.

Lo que nos será recordado esta noche,
es que Cristo sobre la cruz nos ha dado su vida,
es que sabremos mejor esta noche que esta vida que él nos ha dado
es una vida que ha atravesado la muerte y la ha vencido,
que es la vida resucitada, que es la vida eterna.

Es que esta vida
es la misma que brota de Cristo para salvarnos
como brota sin cesar para seguir creándonos.

Es que esta vida no se puede parar
y, sumergidos por ella,
tenemos que salvar por ella, en ella, con ella.

Pero ya ves,
cuando el reino de los cielos quiere traspasar el mundo
cuando el amor de Dios quiere buscar a alguien que se perdió,
cuando ese alguien es una multitud,
lo que es mucho más importante,
esto es lo que somos, mucho más de lo que uno es;
cómo se hace, mucho más de lo que hacemos.

Para vivir y seguir al Señor Jesús
en las circunstancias de la gente de hoy
hacen falta las mismas cosas esenciales que en todos los tiempos,
sólo es diferente el choque producido entre estas cosas y el mundo.

Puede ser un comerciante de pescado o farmacéutico o empleado de banco;
puede ser un hermanitoo del padre de Foucauld o hermanita de la Asunción;
puede ser guía o jocista …  cada uno en su sitio …
Pero es un lugar al que no se puede cortar, que es para todos nosotros:
– Servir al Señor en primer lugar como un Dios que lleva el mundo;
– Amar al Señor más que nada como un Dios que ama a los hombres;
– Amar a cada ser humano hasta el final;

– Amar a todos los hombres hasta el final porque el Señor los ama y como Él ama.

Y en este sitio, si no somos ingratos… ni idiotas… acostumbrarnos a esta posibilidad prodigiosa que es la nuestra: creer en el Dios vivo que nos ama y poder amarLe amando a los demás como Él nos ama.

*

Madeleine Delbrêl
(a los jóvenes, en el curso de una vigilia pascual)

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Fuente texto: Association des amis de Madeleine Delbrêl
Fuente foto:Thomas Millet – Sans gravité (auto-portraits)

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“Jesús no haría la pastoral vocacional de la Iglesia”, por Rufo González

Martes, 26 de agosto de 2014

21c6d7de73fe003fccf425df1812c02d_620x412Leído en la página web de de Redes Cristianas

¿“Llamaría” hoy Jesús como “llama” la Iglesia?

Cuando se trata de reclutar vocaciones para el Clero, la propaganda eclesiástica también utiliza medias verdades: “le espera un sueldo fijo, un trabajo gratificante y un buen hogar”.
Si esto fuera la verdad completa, la colas del paro se trasladarían de las Oficinas de Empleo a los seminarios o a los palacios episcopales (¡si Cristo lo viera! Mt 11,8; Lc 7,25). Basta preguntar dónde está ese chollo, para desvanecer toda esperanza. Lo primero: olvídate del “hogar”. No puedes casarte, hacer una familia, engendrar hijos, combate toda tu vida los instintos primarios, etc. Leamos la reflexión del buen amigo de este Blog, de Pepe Mallo, que nos obsequia con este artículo veraniego. Gracias.

Escribe Pepe Mallo:

“MUCHOS SON LOS LLAMADOS…” (¿En busca de las vocaciones perdidas?)

Si no lo leo no lo creo

Hace unos días (17 de julio), la Redacción de Religión Digital se destapó con este titular: “En busca de las vocaciones perdidas” y comienza su reseña con este texto:

“El más pequeño del grupo del seminario menor de Sevilla tiene 13 años, si continúa estudiando, le espera un sueldo fijo, un trabajo gratificante y un buen hogar. El sacerdocio ofrece una vida “diferente”, que no quiere decir “rara”, como afirma el rector del Seminario Metropolitano de Sevilla, Antero Pascual. Cuando el pequeño alumno termine sus estudios obligatorios y el bachillerato, si su fe es fuerte y siente la vocación, se ordenará sacerdote tras seis cursos de estudios teológicos y filosóficos.”

Un ilusionado futuro

En tiempo de crisis, tanto económica como eclesial, viene bien este eco publicitario de la Institución como reclamo. Se ofrece generosamente un ilusionado futuro, con un trabajo gratificante (sin riesgo de paro), un sueldo fijo, y sobre todo, un buen hogar (sin hipoteca); o sea, el sacerdocio como “medio de vida”. Para lo cual, sabiamente, se saca a los adolescentes de su hogar familiar, de su entorno escolar, de su ambiente de amigos y amigas y se le interna en un seminario donde el contacto con la familia y la sociedad será escaso o nulo. Con esta expectativa, comienza una vida de incertidumbre para los muchachos “llamados” en plena pubertad. Si después de acabar los estudios secundarios y el bachillerato, tras otros seis años de cursos filosóficos y teológicos, “siente la vocación, será ordenado sacerdote”. ¡¡¡Cuán largo me lo fiáis, Comendador!!!

“Comerciales” deDios

Hace pocos años, al comienzo de la crisis económica, ya la Iglesia española lanzó esta misma campaña el día dedicado al Seminario, casi con las mismas palabras que ha empleado este rector de Sevilla. Y digo yo. ¿La vocación la tiene ya el “aspirante”- lógicamente infundida por Dios- o le va a germinar en el “seminario” (que ya la palabra indica su función)? Si la vocación es una “llamada de Dios”, ¿por qué no “llama más”? Da impresión que Dios tiene poco poder de convocatoria, a pesar de ser todopoderoso. Claro, resulta que es que Dios no llama directamente, sino a través de… O sea que Dios, como cualificado empresario del culto, tiene sus “comerciales” que le simplifican y facilitan la labor de reclutamiento. Y además, son ellos mismos quienes realizan el casting y resuelven infaliblemente quién es realmente llamado por Dios y quién no. Así interpretan la frase “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”.

¿Se intenta hacer futuro de un pasado frustrado?

Allá por los años cincuenta del siglo pasado, delegados de seminarios y congregaciones religiosas peinaban los pueblos en busca de vocaciones sacerdotales. (Me tocó vivir esa época). El sacerdote entonces gozaba de gran autoridad y prestigio. Muchos de aquellos chavales pueblerinos buscaban en el seminario una salida a su futuro, para muchos de ellos única alternativa para resolver su vida; comenzaba la crisis del campo y el éxodo rural. Y así se llenaron los seminarios, que llegaron a convertirse en “ciudades-convento”. Una década después, durante los años sesenta, aquellos muchachos estaban estudiando Teología, muchos de ellos sin una clara definición vocacional. En plena transición motivada por el Concilio Vaticano II, la figura del sacerdote va decayendo, los jóvenes se replantean su “proyecto de vida” y comienzan los abandonos. Y los seminarios fueron despareciendo, y sus espléndidas y magníficas construcciones se venden o cambian de cometido.

¿Se trata, pues, de volver hoy, quizás con rabiosa nostalgia, a aquellos añorados, prósperos y florecientes años ya desvanecidos? ¿Se intenta hacer futuro de un pasado frustrado? No lo quiera Dios.

Es evidente que, en este siglo XXI, la vocación sacerdotal no responde a las expectativas de éxito postuladas por la sociedad. La mentalidad y sensibilidad de las jóvenes generaciones crea un estilo juvenil, en general, muy ajeno a las in­quietudes vocacionales. Digámoslo claramente: ser cura no entra hoy como una posibilidad real dentro de las perspectivas vitales de la inmensa mayoría de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. No constituye ni siquiera una alternativa que se considere atenta­mente, aunque sea para descartarla. Es una propuesta que ni siquiera se plantea.

¿Qué convocatoria haría Jesús?

Por eso, a la hora de “convocar”, la respuesta a tal llamamiento dependerá de la diversidad de la oferta. Se habla de seminarios florecientes y de seminarios precarios. Yo creo que todo depende de la forma con que se presente esta convocatoria. Podríamos poner unos ejemplos sugerentes:

Propuesta de seminario: “Joven, Cristo te llama para ser “su elegido”, entre los más dignos de entre todos los cristianos. Serás “hombre de Dios”, instrumento en las manos de Dios. Vas a ser “consagrado” sacerdote, como Cristo, Sumo Sacerdote. Te llamarán padre y (mon)-señor; te harán reverencias y ocuparás los primeros puestos en las celebraciones. Cuando tus manos sean ungidas con el óleo sagrado, signo del Espíritu Santo, serán destinadas a servir al Señor como sus manos en el mundo de hoy. Y las palabras sagradas que pronunciarás serán capaces de transustanciar el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, el gran sacramento de nuestra fe. El celibato será signo de tu entrega total absoluta y exclusiva a los demás sin sentirte atado por otros lazos que no sean los de Cristo. Tú, como elegido y pastor de almas, impondrás las leyes en tu “feudo”. Atarás y desatarás. Quien te alabe y te pelotee será bendito. Quien te critique y censure será arrojado a las tinieblas exteriores… Y serás dignísimo sacerdote “in aeternum”. ¿Qué respondes a esta oferta?”

Propuesta evangélica: “Joven, Cristo te llama para “servir a la comunidad”, no tanto para servir a Dios ni a los ritos, sino a las personas. El que quiera ser el más importante que sea el “esclavo de todos”. No te dejes llamar padre ni (mon)señor. Y en los acontecimientos solemnes ocupa siempre los últimos puestos. No busques ser alabado. Tampoco lo vas a conseguir dado como está la sociedad. Más bien estarás en boca de todos como objeto de murmuración. No desees prebendas ni privilegios. Eres llamado a ser pastor, a ir tras la oveja perdida… No impongas más cargas sobre las espaldas de las personas; al contrario, echa una mano para aliviar las que ya soportan. Acoge a todos aunque no piensen como tú. No especules tanto en salvaguardar los derechos divinos, como en promover los derechos humanos, porque ante Dios todas las personas son iguales y no establece distinción ni por la raza, ni por el sexo ni por la ideología… Más que “hacer teología” vive el evangelio… Más que hombre de Dios (que lo serás), sé hombre de hombres. ¿Esperamos tu respuesta?” Leer más…

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Una historia de vocación.

Sábado, 1 de febrero de 2014

Del blog À Corps… À Coeur:

une-histoire-de-vocation

” Deberemos responder bien a nuestra verdadera vocación

 que no es producir y consumir

hasta el fin de nuestras vidas,

sino amar, admirar y ocuparse de la Vida

bajo todas sus formas. “

*

Pierre Rabhi

***

 

 

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