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La autonomía radical del discípulo de Jesús

Miércoles, 16 de octubre de 2019

Scene 07/53 Exterior Galilee Riverside; Jesus (DIOGO MORCALDO) is going to die and tells Peter (DARWIN SHAW) and the other disciples this not the end.

Lc 14,25-33
José Rafael Ruz Villamil
Yucatán (México).

ECLESALIA, 04/10/19.- “Caminaba con él mucha gente…”. Con esta acotación, Lucas precisa que los destinatarios tanto de las dos sentencias como de las dos parábolas del texto en cuestión, vienen a ser aquéllos que acompañan a Jesús de Nazaret en su subida a Jerusalén: gente que camina con él, simpatizantes pues de la causa del Reino de Dios pero que no le siguen, esto es, que no han decidido ser discípulos suyos y a quienes advierte que, para serlo, es necesaria la autonomía total para enfrentar al establishment hasta las últimas consecuencias.

 Y es que resulta más que probable que quienes quieran seguir como discípulos al Galileo encuentren un escollo harto difícil de remontar en su propia familia. Y es que en la Palestina del primer tercio del siglo I, la familia suele ser un núcleo compacto que, girando en torno al paterfamilias, viene a ser una unidad de producción en la que cada miembro es como un engranaje necesario para su funcionamiento. Se trata, pues, de familias extensas en las que los varones al contraer matrimonio raramente devienen en familias nucleares, sino que se agregan al grupo aumentando, además, la fuerza de trabajo con la esposa y los hijos. Se echa de ver fácilmente que el destino de las mujeres habrá de ser el integrarse a la familia del marido en su rol de madre y de cuidadora de todo cuanto forme el menaje y la dinámica interna de la casa, o, en caso de permanecer solteras, hacer otro tanto en la propia casa.

A cambio, la familia brinda a sus miembros la seguridad económica no tanto como un asunto meramente monetario cuanto un estado de bienestar integral, a más de una posición en la sociedad estable y aceptada, asunto no menor ya que habrá de permitirle al individuo todo tipo de relaciones: transacciones comerciales exitosas, ocupación de puestos significantes en la estructura social, un matrimonio ventajoso, y más.

Ahora bien, para recibir los beneficios arriba apuntados, el individuo habrá de someterse a las necesidades de del núcleo doméstico y a los roles que le sean asignados en función de cubrir dichas necesidades. Dicho de otro modo, la autonomía personal resulta prácticamente impensable, a menos que medie la decisión de desafiar el peso de una institución que, para su propia supervivencia, acaba siendo harto conservadora e inmovilista. Tal desafío produce una situación de rechazo no sólo familiar sino también social: bien lo sabe Jesús habiendo constatado el repudio tanto de su familia como de sus coterráneos cuando, después de abandonar su rol de tékton —trabajador manual de piedra, madera y metal— en un alarde de autonomía radical, regresa a Nazaret como predicador itinerante.

Es por todo lo anterior que Jesús de Nazaret habla de “odiar” a la propia familia de una manera tan radical cuanto chocante. No cabe, empero, escándalo si se considera que Lucas respeta el giro semítico derivado del arameo de Jesús que suele expresar por un contraste —brutal para la sensibilidad contemporánea— lo que nuestras lenguas dicen por un comparativo de preferencia.

En cuanto a la cruz puede decirse que, de un modo análogo al rechazo que experimenta quien toma distancia del núcleo familiar por abrazar un proyecto autónomo, es la manera con la que Roma, que domina la Palestina de entonces, castiga a quienes manifiestan su autonomía frente a los requerimientos del Imperio. Así, la cruz se convierte en el destino final de quienes el poder romano considera sediciosos, esto es, todo aquel judío —más aún si es galileo— que muestre su desacuerdo u oposición a la ocupación. Así, el hablar de libertad, dignidad, autonomía, igualdad, justicia, en una palabra, optar por la fidelidad a la voluntad del Yahvé de Israel, acaba siendo sinónimo de sedición y, por consiguiente, de muerte en cruz. Una vez más, la experiencia de Jesús, sabedor de las crucifixiones ejecutadas por el Imperio, le permite prever con objetividad cuál puede ser el horizonte existencial de él y de quienes le siguen.

De este modo, la exigencia del Maestro de analizar y reflexionar antes de seguirle —tal como la propone en las parábolas de la construcción de la torre y de la guerra— muestran a un Jesús consciente de lo que supone ser discípulo suyo y que, lejos de engañar, invita al realismo. Y no vale pensar que lo hace con una invectiva contra la familia como si de un inadaptado social se tratase, ni mucho menos con un ofrecimiento de sufrimiento derivado de un masoquismo estéril. La decisión por el seguimiento de Jesús de Nazaret como discípulo trae consigo la propuesta —por demás seductora en cualquier caso de sometimiento— de la autonomía adulta a la que tiene derecho todo ser humano por el mero hecho de serlo, a pesar del costo que suponga la desaprobación y el rechazo de cualquier institución.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“Un manto, una caricia”, por Magda Bennásar.

Miércoles, 10 de julio de 2019

Hoy casi todos los términos del seguimiento están devaluados… ¡una pena! Somos muchas personas las que en estas fechas revivimos y renovamos años de entrega. En mi caso, estos días celebro mi entrada en una comunidad, como concreción de un seguimiento radical a Jesús y su misión, hace muchos años. Las sensaciones, los recuerdos, los sentimientos siguen vivos y muy presentes.

Mejor compartirlo desde su Palabra: Las lecturas de estos días nos hablan de un manto, el de Elías sobre Eliseo, y de “dejarlo todo por el Reino” en el NT. Todo habla de… para un@s de radicalidad difícil, para otr@s de Amor incondicional, de fidelidad, no fácil, pero gozosa porque lo que celebramos es que Dios es fiel y esta es la buena noticia.

Ese manto (1Reyes 19,19) lleva días acompañándome. En el contexto bíblico es un gesto simbólico de elección, de unción para la misión, de propiedad personal, no en un sentido posesivo sino de amor. Esa prenda es como una caricia. Simboliza una pertenencia abierta, rica, sagrada para una misión universal.

El manto capacita, empodera para ir a la otra orilla a aprender. Porque cuando sientes ese manto sobre tus hombros lo primero que comprendes es que se te invita a una tarea profética, y esa comunidad profética que te echa el manto, te invita a aprender a canalizar la llamada de Dios a que seas profeta en tu momento histórico, en tu contexto cultural y cultual.

El manto se convierte en ese abrazo de Dios que te empodera para cruzar el desierto, tantas ausencias, y siempre saberte y sentirte amada, elegida, enviada.

Muchos quieren quitarte el manto, pero no lo consiguen, porque por mucho que tiren de él no desaparece, ya que se va convirtiendo en tu propia piel. Alguien muy querido, una religiosa norteamericana con quien trabajé en pastoral universitaria, y que falleció el año pasado- mi homenaje a ella- me dijo una vez “tienes la vocación hasta en la médula de tus huesos”, gracias Kathleen; era un momento difícil, querían arrebatarme el manto: la fuerza y seguridad que me daba la llamada, sus palabras disiparon miedos, dudas sembradas por personas mediocres, ella tenía su manto muy dentro, y su vida marcaba, su manto era hermoso.

Otros quieren darte otro manto, más tal o cual… pero ¡no! el manto es tu propia vida, y no puedes sino mantenerte pegada a ella; lo otro sería morir en vida. Perder tu manto sería perder tu ser, tu tiempo de amar y vivir desde una experiencia única, en un momento histórico único, y sin saber con cuánto tiempo cuentas. Otro homenaje aquí a alguien, un querido amigo sacerdote que también ha fallecido hace dos meses, demasiado joven. John siempre defendió mi manto, defendió y canalizó la energía que el manto me daba. John protegía mi manto porque entendía el suyo, y lo amaba. Difícil creer que ambos, bastante jóvenes, se hayan ido. Pero dejaron una impronta increíble porque llevaban sus mantos con elegancia y sencillez. ¡Gracias!

El manto te cubre, te protege, te envuelve. Está en forma de presencia que acompaña siempre. Está en la noche y en el día. Está dentro y fuera. Es como el aire sin el que no puedes vivir porque impulsa el latido de todo.

Y ¿Cuál es la tarea para la que te capacita esa presencia, ese aliento y caricia? No quiero ser ni ingenua ni optimista. Sí sincera, desde mi perspectiva y con sencillez, abierta al diálogo y al cambio, creo que la respuesta está en colaborar con el nuevo paradigma al que somos abocados.

¿Sus bases? No luchar contra lo que tenemos sino invertir toda la sabiduría y fuerza en crear un nuevo estilo de vida, basado en una nueva historia: la historia de un Dios que echa el manto sobre las personas y sobre el planeta y nos dice “amaos” “convivid”, tenéis la misma vocación, la vocación a la vida, a ser vida, a dar vida.

El tiempo de verano puede ser también tiempo de reflexión en diálogo con la naturaleza. Escucharla para entender sus heridas causadas en gran parte por nuestra generación. Nuestro estilo de vida ha herido la Vida en todo. Las consecuencias las estamos palpando todos, pero sobre todo las sufren los que menos las causaron. Ante esta injusticia el “manto profético” nos suplica que busquemos soluciones reales porque Dios está en la Vida y en los, las y lo que sufre.

Ojalá el manto nos permita danzar con los pies descalzos sobre la hierba de la creación, fresca, recién estrenada, y todos veamos que “es muy bueno”. Su caricia está en todo.

Gracias por echar tu manto sobre mis hombros. ¡Es un honor!

Magda Bennásar Oliver

Fuente Fe Adulta

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El empeño (o tozudez) del discipulado

Miércoles, 19 de septiembre de 2018

empeno-del-discipulado
Levantarse de nuevo, ponerse las zapatillas y caminar con el empeño cariñoso de recuperar algunos fragmentos de épocas pasadas.

El discipulado del Maestro es algo que apasiona (dice X. Quinzá que lo que apasiona “se padece”), y no siempre se logra con puños, a cabezazos contra la noche.

Pero sí es empeño avanzar por el camino, con zapatillas o descalza, a oscuras o alumbrada. El amor y la entrega (sinónimos la mayor parte de las veces) necesita de nuestra tozudez para avanzar, o para salir a flote.  Difícilmente se termina aquello que renuevas con frecuencia, aquello que alimentas o llenas de vigor.

Aun en la indiferencia y el anonimato pesa el hecho de permanecer en la decisión. Ya llegará el momento en el que fragüe el cemento que ha estado tiempo dando vueltas. Necesita rocas vivas que unir.  Argamasa que vincula piedras y construye edificios, vidas,…

¿Dónde está el equillibrio entre la gracia, el regalo, y la tozudez del amor? ¿En qué momento hay que ceder, dejarse llevar, aceptar? ¿En qué otro es necesario actuar hasta cansarse, aun sin resultados sensibles?

Primero es la pregunta, cierto, pero el acto de dar la respuesta es libre, es de cada cual.

El deseo despierta este cuerpo

levemente fatigado.

No es tiempo, no son horas para el descanso.

Pero tú apremias: ¡vamos, levántate!, ¡te aguardo!

Silencio alrededor.

Silencio, cuánto, en el interior.

Un encuentro en la noche que no ha muerto.

Un espacio lleno de vida acoge otra presencia.

¿Quién busca a quién?

Ya no hay cabida para ese verbo.

Hay espera,  hay confianza.

Simple compañía disfrazada de ausencia.

Dos viejas conocidas:

tu entrega y la mía.

    (A.A)

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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