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3 de cada 10 jóvenes españoles afirman que la Iglesia es la institución en la que menos confían.

lunes, 13 de noviembre de 2017
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jovenes-de-san-t-egidio-por-la-paz_560x280La confianza de los jóvenes españoles en las instituciones religiosas está bajo mínimos. Según el último Barómetro 2017 de ProyectoScopio elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la FAD, un 32,8% de los jóvenes de nuestro país de entre 15 y 29 años consideran que las religiosas son las instituciones en las que menos confían.

La Iglesia es, según esta encuesta, la segunda institución que genera menos confianza entre los jóvenes españoles. Los partidos políticos, sin duda alguna, son los instrumentos sociales menos valorados. Así, dos de cada tres (64%) no confían en la política. En el siniestro tercer lugar del pódium, el sistema financiero, en el que no confían el 28,9% de los jóvenes.

El Barómetro pone especial énfasis en dos preguntas. En primer lugar, cuál es la institución en la que menos confían los jóvenes. En segundo término, cuál es la que más. En lo negativo, las instituciones religiosas están en segundo lugar. En términos positivos, sólo un 3,5% de los encuestados considera a la Iglesia como la institución que les genera mayor confianza.

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Con todo, el nivel de confianza de los jóvenes en otras instituciones es bajísimo, hasta el punto de que el 40% dice no confiar en ninguna. Desde el punto de vista evolutivo, podríamos señalar que a lo largo de estos años se ha producido un deterioro en la confianza en muchas instituciones, sobre todo en los partidos políticos.

Sin embargo, y a pesar de esta distancia entre la mayoría de esos jóvenes y las estructuras de la política formal, el estudio constata su interés creciente por los temas políticos. En 2008, no llegaban al 27% los jóvenes muy o bastante interesados por la política. En 2014 se supera el 41%.

Estos resultados, afirma el estudio, muestran claramente una crisis del modelo social imperante y la apuesta por el poder de la ciudadanía para transformar el estado actual de las cosas.

Esta confianza quebrada de la juventud en los partidos políticos, en las estructuras formales de participación política, se ve también reflejada en la utilidad que perciben en distintas formas de participación.

No llega a la mitad del colectivo quienes consideran útil y se implican en el voto cuando toca (47%) y poco más de un tercio en la firma de peticiones de apoyo. Alrededor de la cuarta parte dice implicarse en acciones de huelga (24,4%) y en la asistencia a manifestaciones o concentraciones (23%).

Tampoco son proclives a colaborar u opinar sobre política, solamente el 3,8% ve de utilidad pertenecer o colaborar en un partido político y solo el 11% se implica en debates sobre estos temas.

En cuanto a su implicación en los mismos, solamente el 3,9% dicen pertenecer a un partido político y el 73,3% de jóvenes manifiestan no pertenecer a ninguno y no tener intención de hacerlo en el futuro.

Los jóvenes se muestran convencidos de que no basta con acudir a las urnas, sino que es necesario responsabilizarse y protagonizar la acción política. Las afirmaciones «Si los ciudadanos se organizan es posible cambiar las cosas» o «el verdadero poder lo tiene la ciudadanía si es capaz de comprometerse» son compartidas por más de siete de cada diez jóvenes españoles de 18 a 25 años.

Jesús Bastante

Fuente Religión digital

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¿Dónde estaba la Iglesia durante la Revolución Bolchevique?

martes, 7 de noviembre de 2017
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olga-shirnina-colorized-photograph-soviet-russialeninLa Familia Imperial y Lenin…

El 7 de noviembre, según el calendario gregoriano, se cumplen 100 años de la Revolución Bolchevique. También es conocida como la Revolución de Octubre, debido a que, según el calendario juliano, los hechos ocurrieron el 25 de octubre de 1917.

Dicho acontecimiento marcó definitivamente la caída de la Rusia zarista. Previamente, en febrero de 1917, había sido derrocado el zar de Rusia, instalándose un gobierno provisional. Posteriormente, en octubre de ese mismo año, el gobierno provisional también fue derrocado para instalar el gobierno comunista dirigido por Vladimir Lenin. Comienza así una cruenta y larga guerra civil que culminó con la instalación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922.

Fue un acontecimiento mundial de gran impacto, que cambió radicalmente el curso de la historia.

Alrededor de 80 años después, el gran teólogo y sacerdote belga, José Comblín, volvía a recordar la Revolución Bolchevique para despertar la conciencia de la Iglesia Pueblo de Dios, en torno a una pregunta incisiva y fundamental. Con tal cuestionamiento quería desentrañar dónde estaba el corazón de la Iglesia institucional, frente a un gran acontecimiento de la historia. En este caso, la institucionalidad eclesial quedaba remitida a la Iglesia Ortodoxa rusa, que para el discernimiento era un perfecto símil de su par católica.

1russNormalmente, las instituciones y las personas, en su lenguaje discursivo, buscan convencer a los demás respecto de la nobleza, bondad y rectitud de sus intenciones. Sin embargo, los hechos muchas veces contradicen tales declaraciones y se convierten en la prueba irrefutable de las motivaciones reales que se ocultan detrás de sus actos.

Jesucristo, buen conocedor del corazón humano, enseñaba -a sus seguidores- criterios de discernimiento sencillos, para ayudarlos a desentrañar estas ambigüedades que asaltan a la conciencia humana. En ese contexto les dijo aquella frase inconfundible: «donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21).

Con ese mismo prisma, José Comblín, teniendo presente los acontecimientos de la Revolución Bolchevique, ayuda a desentrañar dónde estaba el corazón de la Iglesia en tales circunstancias históricas:

Tal vez no sea mera casualidad que el ateísmo más virulento, el ateísmo que predica una verdadera mística de la negación de Dios, el ateísmo destructivo, esto es, el ateísmo del comunismo ruso, haya nacido justamente en el país en que la visión contemplativa del mundo y el cristianismo oriental de la transfiguración estaban más desarrollados. Tal contemplación de la transfiguración aparece finalmente como un inmenso escándalo: ¿cómo pueden dejar de ver lo que acontece en la realidad? A la negación del mal del mundo, el ateísmo responde por una negación de su transfiguración.

Hay episodios cargados de significado. El día en que en San Petersburgo, Lenin invadía el Palacio Imperial y destruía el Imperio ruso, los obispos estaban reunidos a poca distancia para discutir algunas reglas litúrgicas. Es todo un símbolo. («O Espiritu Santo no mundo«, Páginas 100-101, Paulus 2009. Traducido por Juan Subercaseaux).

contogeorgeosO sea, que mientras el mundo parecía caerse a pedazos, los obispos estaban mirándose el ombligo, preocupados de la «rúbrica», o sea de las reglas de la liturgia.

Los hechos descritos por Comblín tienen una sorprendente actualidad. Hoy, 100 años después de la Revolución Bolchevique, entre muchos signos de esperanza y fuertes signos de muerte, a ratos, el mundo también parece caerse a pedazos.

La realidad global muestra el registro de guerras cruentas en distintas partes del mundo; la amenaza de nuevos mega conflictos que involucran a grandes potencias; gigantescos desplazamientos humanos que escapan del hambre, de la sequía y de la muerte; la mantención de graves conflictos tribales en amplios sectores de Africa; el resurgimiento de movimientos fascistas en diferentes latitudes; la expoliación económica y cultural que sufren numerosos pueblos originarios; el terrorismo y la violencia de Estado; la preocupante densidad de catástrofes naturales; el descontrolado avance del cambio climático; la multiplicación de la pobreza; el desbordamiento del narcotráfico; la corrupción y una larga lista de lacras sociales describen parte del panorama mundial actual.

Siendo ésta una realidad global objetiva, resulta desconcertante una Iglesia que, mirándose el ombligo, se divida entre si dar o no la comunión a separados y divorciados vueltos a casar; que se empecine en marginar de la mesa eucarística a los más hambreados y sedientos de Dios; que consuma su energía eclesial en reorganizar sus estructurales curiales y feudales; que se atrinchere en moralismos añejos para hostigar precisamente a quien, como Papa, busca precisamente reconectar a la Iglesia con los verdaderos problemas del mundo.

Resulta vergonzoso que habiendo tanto por hacer, aparezca ante los ojos del mundo, esa Iglesia enajenada de una realidad que la interpela a desplegar toda su capacidad de servicio, para multiplicar esperanza y testimoniar que el verdadero tesoro de la Iglesia no es el poder, sino su capacidad de servir a los más pobres de un mundo que los abandonó, porque en medio de los pobres y sufrientes es donde debe estar el corazón de la Iglesia.

Marco Antonio Velásquez Uribe

Fuente Religión Digital

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«La misa en latín, ¿qué representa?», por José Mª Castillo

viernes, 6 de octubre de 2017
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"misa-en-latDe su blog Teología sin censura:

Es bien sabido que en la Iglesia hay gente, seguramente más de la que imaginamos, que añora la misa en latín. Y conste que, entre los añorantes del latín eclesiástico, no faltan numerosos obispos e incluso importantes cardenales. Según parece, así muestran estos “latinistas” su fidelidad a la tradición cristiana. Y, de paso, parece que pretenden situarse de frente – o en contra – del papa Francisco.

No estoy hablando de un tema intranscendente. La cosa tiene más enjundia de lo que seguramente imaginamos. Por lo menos, así pensaba san Pablo, ya desde los primeros años en que los cristianos empezaron a reunirse en sus incipientes reuniones litúrgicas. Mucha gente, que se considera culta, no sabe que, en la Antigüedad, concretamente en el s. I, en no pocas regiones del Imperio (en Roma, por ejemplo), se hablaban dos lenguas, el griego y el latín. En Rom 1, 14, Pablo se dirige a “ellenes kai bárbaroi”, los que entendían el griego y los que no lo entendían, lo que significaba “los que eran cultos y los que no lo eran”. Por eso el término “bárbaros” se aplicaba a quienes hablaban una lengua que no se entendía. Era el tipo extraño, con el que no había modo de comunicarse.

Pues bien, así las cosas, san Pablo no duda en hacer afirmaciones muy duras contra los que, en las reuniones litúrgicas, se ponen a hablar contra los que, cuando la comunidad está reunida, ellos utilizan una lengua que no entiende nadie. Pablo es claro y tajante: “Por tanto, si se reúne toda la comunidad en el mismo lugar y todos hablan en lenguas (extrañas), y entran en ella personas no iniciadas o no creyentes, ¿no dirán que estáis locos?” (1 Cor 14, 23).

Sabemos que finalmente y después de tres siglos, terminó por imponerse el latín como lengua común de la Iglesia, ya que era la lengua común en el “tardo-Imperio”. Pero, con el paso del tiempo, ocurrió “lo que tenía que ocurrir”. Y fue sencillamente que, a medida que el clero fue creciendo y se fue imponiendo, el “clero” terminó por equipararse con la Iglesia. En el siglo nueve, autores como Amalario y Floro no tuvieron reparo en afirmar que “la Iglesia designa principalmente al clero”. O bien, “la Iglesia que consiste sobre todo en los sacerdotes”.

Las consecuencias, que se siguieron de una Iglesia así pensada y sobre todo organizada con una presencia clerical tan avasalladora y totalizante, fueron de enorme importancia: el desarrollo creciente de las lenguas vernáculas no pudo impedir que la misa se siguiera diciendo en latín. Es más, a partir de aquellos tiempos, los sacerdotes empezaron a decir la misa de espaldas al pueblo, rezando en voz baja, se difundieron las misas solitarias, es decir, misas que decía el sacerdote solo y sin asistencia de fieles o, a lo más, un acólito. Además, el pueblo ya no aportaba las ofrendas al altar, sino que se pasaba el “cepillo” de las limosnas, etc.

Y así han estado las cosas en la Iglesia hasta el concilio Vaticano II. Pero la fuerza de aquellas tradiciones ha sido tan resistente, que ya estamos viendo lo que tenemos. Es evidente que el empeño por mantener el latín en la misa no es cuestión de fidelidad a la tradición, sino que lo que está en juego es la pasión por el mantener el poder del clero. En una Iglesia en la que el Papa se acerca más al pueblo sencillo que el clero, es inevitable que tengamos que ver a importantes cardenales defendiendo los privilegios de los clérigos. En ello se juegan su poder, su prestigio y su futuro, por más que eso aleje más a la gente de la Iglesia. O incluso sea. para no pocos, motivo de risa y burla.

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«Las fugas», por Gerardo Villar

viernes, 29 de septiembre de 2017
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86494553Ante la sequía y el miedo a quedarnos sin agua para beber, los ayuntamientos y las comunidades autónomas van revisando las tuberías de reparto del agua.

Y están apareciendo muchas fugas por las que se va gran cantidad de agua. Las tuberías son viejas y ya tienen defectos.

Con los arreglos se ahorra cantidad de líquido. En muchos pueblos más allá del veinticinco por ciento. Buena y necesaria labor.

¿Y si aplicamos esta operación a otras energías, a otros caudales? Sin duda evitaríamos que se vaya y se pierda mucha energía en nuestra vida.

Tenemos cada uno y la comunidad entera muchas posibilidades. Pero las dejamos perder, escapar: los conocimientos y experiencias de cada uno, las posibilidades musicales, artísticas, espirituales… Hay muchas tuberías en nuestra vida y en nuestra convivencia con falta de arreglo: cuántas fincas llecas, cuántos libros sin leer, cuanta formación posible.

Vemos que cuando se enfoca y se aprovechan esas posibilidades, surge la banda de música, las jornadas culturales, el arreglo de calles, las veredas, las marchas… Muchas actividades. Y eso que aún se nos escapa bastante agua, energía por los mil agujeros de la vida.

Con el arreglo de las roturas, vamos a ir creciendo en valores y tendremos mucha agua de amistad.

Está claro: se nos van los fieles de la comunidad cristiana, los jóvenes y niños no descubren la fe como aliciente en la vida. Los grupos van disminuyendo y sobre todo, se nos escapa el gran potencial de vida que es Jesús de Nazaret: no se le conoce ypor tanto, no se le vive. Hay una gran fuga de antiguos cristianos o quizás mejor, de personas religiosas.

Hay que hacer rápidamente un diagnóstico para ver las posibles causas de fuga, de escape. Sin duda, ahí tenemos el Evangelio y los hechos de los Apóstoles para diagnosticar. Y corregir.

Ananías y Zafira desaparecen, mueren a la comunidad porque no eran sinceros, porque no entregaron todo lo que tenían.

Muchos judíos se iban al escuchar a Jesús, y luego a Pedro y Pablo, la exigencia de descubrir al Maestro como el centro y sobre todo como la Vitalidad de la comunidad.

Estamos muy enfrascados en ritos, novenas, recuperar tradiciones y se nos olvida conocer y vivir a Jesús.

Siento que es momento de leer el Evangelio. Después vendrá el conocerle, el interiorizarle, el vivirlo. Siento la necesidad de un gran trabajo en anunciar a Jesús; y estar cerca de los pobres. Me parecen los dos pasos fundamentales en la planificación pastoral.

Y en cuanto a compartir, no podemos quedarnos en dar, sino que es preciso acoger, tratar con los pobres, vivir su estilo.

La fe se contagia, no se enseña. Cuando vayamos viviendo a Jesús y los pobres desde la interiorización, vamos no solo a detener las fugas de fe sino a enriquecer y acrecentar la comunidad cristiana.

Quizás, al purificar nuestra vivencia del evangelio, haya personas que se fuguen, pero los restantes, con su vitalidad, van a contagiar, interrogar, animar y atraer a otras personas.

Propongo que durante dos años, no hagamos otra cosa que, de mil formas, dar a conocer a tiempo y a destiempo a Jesús. Y empezar por la letra de los evangelios.  Pienso que sería bueno dar una copia de las lecturas del domingo. E incluso hacer un plan muy sencillo para leer dos veces el evangelio del domingo y si es preciso, sustituir, momentáneamente otras lecturas, para que quede el recuerdo y el mensaje de Jesús.

Y con los pobres, meternos, estar con ellos, acoger, no quedarnos en darles, sino vivir un tanto su amistad. Eso nos cambia.

Contra fugas, primero diagnosticar y luego buenas tuberías.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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«Deificación de la Iglesia, una cripto-herejía histórica», por Marco A. Velásquez.

miércoles, 27 de septiembre de 2017
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En esta fotografía proporcionada por el periódico del Vaticano L'Osservatore Romano, el papa Francisco celebra su primera misa como pontífice con los cardenales, en la Capilla Sixtina del Vaticano, el jueves 14 de marzo de 2013. (Foto AP/L'Osservatore Romano, ho) Hacer divino lo que no lo es

«Hoy, nuevamente, urge una reforma radical de la Iglesia»

Igualmente, si Dios es todopoderoso, la Iglesia, como celosa custodia de lo divino, debe ser poderosa como el mismo Dios. Esta pretensión humana la ha llevado a recorrer los caminos más sombríos de la historia

Deificación es una palabra de origen latino (deificatio – onis), que expresa el conjunto de acciones que inducen a hacer divino aquello que no lo es. En consecuencia, la deificación es objetivamente una herejía, porque atribuye a la naturaleza humana lo que es propio de Dios.

En el mundo de las herejías, están las que son abiertamente declaradas y combatidas, así como aquellas que no llegan a expresarse ni en la palabra ni en el pensamiento explícito y consciente, sino que están ahí, escondidas y agazapadas, en el plano de la comprensión vital, arraigándose en la creencia popular.

Éstas son las que Karl Rahner denominó como cripto-herejías. Entre ellas incluyó a la papolatría, para expresar esa divinización de la que ha sido objeto el papado; una idolatría ancestral que, en parte, ha sido derribada en años recientes, gracias al testimonio de humildad del papa Francisco.

Las cripto-herejías, a diferencia de aquellas abiertas y declaradas, han logrado cruzar el umbral de la razón, instalándose en una feligresía clericalizada, desprovista de autonomía y de formación.

En su génesis, hay una lógica deductiva que extrapola aquello que es propio de la naturaleza divina, para endosarlo a ciertas realidades terrenales, particularmente a lo eclesial. Estas desviaciones han experimentado una progresiva asimilación cultural en el devenir histórico, posicionándose en el inconciente colectivo, donde quedan blindadas frente a la corrosión natural que impone la evolución del pensamiento crítico. Sin contrapeso teológico, han sido fundamentales para sostener el andamiaje de la cristiandad, consolidando el poder religioso institucional. De ahí que no sean desmentidas ni corregidas.

Una de las frases más utilizada es referida a la santa Iglesia. Es una verdadera jaculatoria que invade todo el quehacer eclesial, desde El Credo hasta la liturgia, pasando por la pastoral. En rigor, se trata de un abuso lingüístico que el Catecismo ha querido precisar, reconociendo que la santidad le viene no por sus méritos, sino por ese vínculo esponsal con su fundador, Jesucristo.

Sin embargo, omite que Jesús no fundó una estructura institucional, sino que puso a Pedro a la cabeza de la ecclesía, que es la asamblea que congrega a sus seguidores. En la práctica, la realidad ha terminado derribando cualquier intento de sacralización de una institución que lleva la impronta de la virtud y de la debilidad humana y, que en su mejor expresión, está llamada a ser anticipo del Reino, en cuanto testimonie las virtudes de la vida cristiana.

maria_comunidaddiscipulos-maximino-cerezoAsí también, si el Hijo de Dios es la Verdad, entonces la Iglesia se atribuye esa obligación de establecer la verdad en el mundo. Nada más pretencioso que aquello, en cuanto la verdad es una búsqueda inacabada de la condición humana, donde las ciencias y las más variadas disciplinas, que actúan en el campo del saber, aspiran a perfeccionar la comprensión de esa realidad donde la verdad aparece como oculta, incluso bajo la forma de misterio. Esa vanidosa pretensión de ser portadora de la verdad, ha convertido a la Iglesia en una suerte de ghetto espiritual, porque, abandonando el carisma de la inclusión, se ha vuelto rigurosamente excluyente; condición que le ha impedido alcanzar la plenitud de su misión apostólica.

También, si Dios es justo, entonces la Iglesia se arroga la condición justiciera de la conducta humana. Es en este campo donde la Iglesia ha desviado su misión esencial de evangelizar, estrellándose frontalmente con la cultura. Ello, porque persiste en su afán de subordinar la Ley civil al mandato divino, en materia de convivencia social.

Prueba de ello es que, en el mundo occidental, la Iglesia no se ha resignado a asumir la independencia que el Estado supone de lo religioso. Esto es notorio en la era de la post-cristiandad, donde la tarea evangelizadora ya no se sostiene desde la comodidad que le garantizaba la acción coercitiva del miedo a la Ley. Ese afán eclesial de normar la conducta humana, desde la Ley civil, ha sido una poderosa causa de la desconfianza que la Iglesia despierta en el amplio espectro de la sociedad occidental.

Siguiendo la lógica tomista, si Dios es inmutable, entonces se deduce que la Iglesia también debe serlo. De ahí ese miedo intrínseco al cambio que compromete a todo lo eclesial. Así, nada es tan amenazante en la Iglesia como el cambio, terreno donde ésta despliega toda su energía vital para resistir cualquier intento de evolución y transformación. Prueba de ello, es que uno de los momentos de mayor esplendor eclesial, por su apertura a los signos de los tiempos, fuera ese aggiornamento que significó el Concilio Vaticano II, proceso que luego de una breve primavera entró en un severo invierno eclesial, involucionando todo signo de apertura y de inculturación.

Igualmente, si Dios es todopoderoso, la Iglesia, como celosa custodia de lo divino, debe ser poderosa como el mismo Dios. Esta pretensión humana la ha llevado a recorrer los caminos más sombríos de la historia. Así, se institucionalizó el fundamento de la cristiandad, en cuyo acontecer se fue concibiendo a la Iglesia como el poder de Dios presente en el mundo. Tras esa viciada concepción, la Iglesia llegó a autocomprenderse como una societas perfecta, que desde el papa hasta el último laico pecador, estableció toda una estructura jerárquica y de santidad que perdura en el inconciente colectivo de muchos creyentes. Lamentablemente, esta concepción expuso a la Iglesia al juicio de la responsabilidad histórica de muchas aberraciones.

En la raíz de cada una de estas desviaciones hay el atisbo positivo de la perfección cristiana, sin embargo, los hechos demuestran que también está presente ese afán de sustentar la supremacía de la Iglesia como institución humana. Y curiosamente, así como la institución se arroga ciertas virtudes divinas que garantizan superioridad, aquellas otras virtudes divinas que expresan la kénosis del Hijo de Dios, como la misericordia, la ternura y el servicio, entre otras, no forman parte de ese abanico de virtudes eclesiales que debiera testimoniar la Iglesia de cara a la sociedad.

En resumen, en este largo proceso de deificación, la Iglesia asimiló aquellas virtudes que resaltan la grandeza innegable de Dios, pero no asimiló aquellas virtudes divinasque precisamente expresan la dimensión del amor divino y el abajamiento de Dios.

pontifice-angelo-sodano-vaticano-sixtina_lrzima20130312_0040_4Cuando han transcurrido 500 años de la Reforma, es posible identificar a este proceso de deificación de la Iglesia como la principal causa de la severa crisis que experimenta la institución eclesial en la era de la post cristiandad. Porque, una Iglesia que se arroga el mérito de la santidad, de la verdad, de la justicia, de la inmutabilidad y del poder, se hace acreedora de una justificada desconfianza social. En cambio, una Iglesia servidora y misericordiosa se convierte en signo anticipado de ese Reino que predica, haciéndose respetable, creíble y querida. No pocos cristianos son testigos de esta última dimensión eclesial que pone en evidencia lo más genuino del Evangelio.

Hoy, nuevamente urge una reforma radical de la Iglesia, pero no una reforma de las estructuras, que apuntan a cambios cosméticos y a fortalecer el andamiaje de poder; la gran reforma que la Iglesia necesita debe remover esas cripto-herejías que anclan a toda la institucionalidad a un pasado oscuro y sombrío, que lejos de ser reconocida como prójimo por los hijos e hijas de Dios, expresa una idea distorsionada de la dimensión más cercana de las virtudes sociales de Dios.

Marco A. Velásquez

26 de agosto de 2017

Fuente Religión Digital

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Ni da largas, ni pasa de largo III

sábado, 23 de septiembre de 2017
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entendiendolalevaduraYolanda Chaves; Mari Paz López Santos; Patricia Paz
Los Ángeles; Madrid; Buenos Aires.

ECLESALIA, 15/09/17.- Jesús iba siempre de camino, se abría a los encuentros y por medio de parábolas apostaba por abrir a la gente a la comprensión de lo que era el Reino. Aquel día se metió en harina y les dijo que “El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa” (Mt 13, 33).

En esta acción dinámica entre el reino de Dios, Jesús y la vida cotidiana, a las mujeres se nos reintegró la dignidad, la autoridad moral y la libertad que aún nos niegan las estructuras de poder. Con Jesús a las mujeres se nos reconocieron las capacidades religiosas, intelectuales y morales sin un hombre como intermediario entre estas dimensiones.

En la parábola de la mujer, la levadura y las medidas de harina, Jesús habla de “fermentar. Esa es la auténtica llamada a las mujeres en la misión de Dios hoy también. ¿Cómo podemos llevarla a cabo? ¿Cómo podemos ser fermento en la masa de la Iglesia?

Quien alguna vez ha trabajado con levadura sabe que para que la masa leve hace falta que la proporción entre los ingredientes, la temperatura y el tiempo de levado sean los adecuados. La levadura es condición necesaria, sin ella la masa no se transforma, pero no es condición suficiente. La Iglesia, la masa, tiene que poner su parte para el éxito de la gestión. Las mujeres desde siempre están haciendo lo suyo, desde lo pequeño, lo oculto, lo aparentemente sin importancia, sin ellas es obvio que la Iglesia no seguiría viva. Basta para confirmar esto darse una vuelta por cualquier parroquia.

Los ejemplos de la relación de Jesús con las mujeres trabajadas en artículos anteriores nos da la razón. Esta comunidad inclusiva de Jesús se fue perdiendo con el tiempo, así como se perdieron también muchas de sus enseñanzas. El Reino sigue siendo un sueño en el mundo, una utopía. Pero si cada una de nosotras acepta ser levadura, contribuiremos a la trasformación necesaria para que cada vez más el mundo se parezca al Reino.

A continuación proponemos algunas sugerencias:

  • Trabajar para recuperar el cristianismo inclusivo e igualitario del  primer siglo, hasta que lleguemos a acostumbrarnos a la dignidad, la capacidad intelectual y la autoridad moral de las mujeres, reconocida hace poco más de dos mil años por Jesús.
  • Salir de actitudes de subordinación, haciendo oír nuestras voces en las comunidades donde actuamos. Si queremos ser luz no podemos esconder la lámpara debajo de un cajón (Mt 5, 15). No se trata aquí de lucimientos personales, si no de construir comunidades inclusivas.
  • Trabajar juntos para superar falsos estereotipos con respecto a las funciones y aportes que tanto mujeres como varones pueden hacer en la Iglesia y en el mundo.
  • Recuperar la memoria de tantas mujeres que ejercieron un liderazgo dentro de sus comunidades, y que con sus acciones ayudaron a impulsar la historia de la Salvación.
  • Trabajar en nuestras iglesias locales para reconocer que en la Iglesia global todas y todos nos necesitamos, que lo que a una u otra comunidad le afecta, tarde o temprano afectará a la mía.

Hermanas, si todas nos tomamos en serio esa labor de “fermento” en nuestras comunidades eclesiales, estaremos dando un paso firme y definitivo, aún sin esperar a un reconocimiento expreso de las autoridades de la Iglesia… ¡Jesús ya lo hizo!

Con esa confianza tenemos que hacer efectiva la libertad nosotras mismas cada día, desde nuestra vida cotidiana. Así podremos proclamar junto a Pablo: “ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28)

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Ni da largas, ni pasa de largo II

viernes, 22 de septiembre de 2017
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anaYolanda Chaves; Mari Paz López Santos; Patricia Paz
Los Ángeles; Madrid; Buenos Aires.

ECLESALIA, 11/09/17.- Tampoco pasó de largo cuando una mujer cananea se postró a sus pies y le pidió que expulsara el demonio que atormentaba a su hija. Llama la atención, y escandaliza la respuesta de Jesús: “No está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros” (Mt 15, 26). La respuesta de la mujer no se hizo esperar: “Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños” (Mt 15, 27).

Jesús se abre al diálogo reconociendo en ella su perseverancia y su admirable capacidad de argumentación, reflejo de una entera confianza y conocimiento del contundente argumento que utiliza para convencerle que la atendiera, aun si esto significaba romper con los prejuicios culturales y religiosos de ese momento.

La mujer le ha dado a Jesús la oportunidad de mirarse en el tú diferente, y en el intercambio mutuo han construido una realidad nueva que los trasciende a ambos. Jesús ha asumido de manera real y concreta la responsabilidad de configurar su proyecto, afirmando el protagonismo de las mujeres e incluyendo a los gentiles (Elisa Estévez López, “Mediadoras de sanación”. Pág. 300.)

A diferencia de muchos otros diálogos, aquí Jesús no se queda con la última palabra, el argumento de la mujer le abre los ojos acerca de la universalidad de su ministerio y de cómo todos podemos disfrutar de la abundancia del Reino, que no se agota en ninguna religión y en ningún pueblo, sino que es un don para todos, sin distinción.

La confianza de la madre cananea reclama de Jesús una apertura al diálogo, con la misma seguridad de Abraham (Gn. 18:16-21) y Moisés (Ex. 33:13) certidumbre que es reflejo de una profunda fe en Dios y en el caso de ella, en el «Hijo de David», el mismo que irónicamente había sido rechazado en las ciudades (11:20-24), por los dirigentes que permanecían aferrados a su centro de poder.

¿Por qué nos extraña? En Jesús hasta la manera de irrumpir en la historia de la humanidad fue distinta; unas “mujeres que se inventan salidas” (Mercedes López Torres, “Mujeres que se inventan salidas” <Mateo 1,1-17>) fueron estratégicas para su venida al mundo, no es extraño que recurra a otra mujer “escandalosa” como la cananea, una vida hambrienta, para demostrarnos que solamente la fe profunda logra evidenciar la realidad del Reino de los cielos.

Decíamos que en los relatos bíblicos hasta los silencios hablan, y descubrimos que en el silencio de Jesús como primera respuesta al reclamo de la cananea, él pareciera estar ausente (¿dormido?) sin embargo, espera a que su comunidad, sus discípulos le pidan que hable, que la atienda, que calme esa tormenta en el mar (Mt. 8:23-27) de hostilidades físicas, malditas y demoníacas entre Israel y sus enemigos gentiles, y él lo hace “reduciendo la borrasca a susurro y enmudeciendo el oleaje del mar” (Sal. 107:29

Casi lo veo preguntando a los discípulos: ¿”Están seguros de lo que me piden”? Y tras su respuesta, libera a la hija de la madre cananea, de los odios ancestrales demoníacos con esta expresión final:

«Mujer, grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo». (Mt 15, 28ª)

Podríamos traducir este episodio a los tiempos actuales, porque la liberación de la hija de la cananea representa, de alguna manera la liberación de todas las mujeres, y la universalidad del Reino nos remite a la superación de las exclusividades religiosas para convertirnos en un solo Pueblo que a través de diferentes “ventanas” va buscando la Presencia Divina dentro de sí mismos y para sus comunidades.

También podemos leer aquí la relevancia que tenía para Jesús la palabra de la mujer, quien se convierte en maestra del Maestro. Esto nos debería hacer reflexionar acerca del lugar que la Iglesia les ha dado a las mujeres a través de los siglos. Estamos viviendo un tiempo bisagra en la humanidad, donde lo femenino emerge con fuerza para equilibrar siglos de patriarcado. Este movimiento no tiene vuelta atrás y creo que va a significar un salto de calidad en las relaciones humanas. La Iglesia puede leer “los signos de los tiempos” o encerrarse en sí misma de manera defensiva y resistir, o potenciar con sus enseñanzas y sus acciones un cambio que la humanidad está necesitando con urgencia. Esto último la pondría en sintonía con las enseñanzas y acciones de Jesús, que ya hace más de dos mil años nos mostró el camino. Ojalá que así sea

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Ni da largas, ni pasa de largo I

jueves, 21 de septiembre de 2017
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maxresdefaultYolanda Chaves; Mari Paz López Santos; Patricia Paz
Los Ángeles; Madrid; Buenos Aires.

ECLESALIA, 08/09/17.- Se sentó junto al pozo, estaba cansado de andar (Jn 4, 6), no le importó estar en territorio hostil.

Observó a una mujer que se acercaba al pozo con paso cansino, el sol estaba en el punto álgido del mediodía. Se notaba en su actitud que estaba haciendo lo de todos los días: coger el cántaro, echarse a andar, llegar al pozo, llenarlo de agua y desandar el mismo camino de vuelta a casa. Aquella mujer no esperaba nada nuevo que pudiera hacerle salir del automatismo de lo cotidiano.

Le dijo a la mujer: “Dame de beber”(Jn 4,7), y en ese instante empezó una conversación profunda, tan conocida a través de los siglos que podríamos decir que es de las más famosas del Evangelio. Queremos pararnos aquí en el brocal del pozo.

Jesús entra en la realidad cotidiana de la mujer y le pide el agua que ella tiene y él necesita para calmar la sed del duro camino bajo el sol.

¿Por qué no sucede lo mismo en la Iglesia? ¿Por qué no se adentran en la vida cotidiana de las mujeres? ¿Por qué no se sientan con Jesús en el pozo de la Vida solicitando colaboración, ayuda, alimento, creatividad, etc. abriéndose a recibir a ese cincuenta por ciento que falta en la milenaria vida de la Iglesia?

¿Por qué no miran a las teólogas como sujetos activos con voz y voto, no como meras espectadoras en las reuniones, conferencias, sínodos, etc… y empiezan a considerarlas como iguales en la gestión eclesial?

¿Por qué no miran a las religiosas de vida activa y a la monjas contemplativas exactamente igual que a los religiosos y monjes?

¿Por qué no miran a los millones de mujeres sin recursos en países subdesarrollados, no como sujetos pasivos de ayuda humanitaria o caritativa, sino como sujetos activos que tienen palabra y necesidad de tomar las riendas de sus vidas… y las de sus hijos (ellas son las que atienden a la familia)?

¿Por qué no miran como iguales a las campesinas, migrantes, refugiadas; a las que sufren abandono, violencia, guerras, enfermedades… y se implican con ellas en la defensa de todo tipo de violencias contra la mujer?

No sucede lo mismo en la Iglesia “porque habla de nosotras pero no con nosotras” según dice Lucetta Scaraffia en su libro Desde el último banco. Las mujeres en la Iglesia.

Tantas veces sentimos que se da por hecho cómo somos, qué queremos, qué podemos aportar, etc. Tantas veces sentimos que se nos mira como un prototipo universal creado por intereses.

Casi siempre se nos ve como madres y esposas; pero antes somos mujeres, y las hay que no necesariamente son o serán madres y esposas. Quizás cuando algo se mira como prototipo, aglutina pero no compromete.

Si soy mujer, o mejor dicho, persona que puedo aportar armonía, no sólo será en la familia, también en todos los espacios sociales y eclesiales.

Si soy mujer, o mejor dicho, persona con capacidad de evangelizar a mis hijos y mis nietos, también lo seré en otros espacios sociales y eclesiales.

Si soy mujer, o mejor dicho, persona con creatividad y preparación para desarrollar cualquier actividad profesional para la que me preparé a nivel social, por qué no a nivel eclesial.

¿Por qué en la Iglesia parece que siempre hemos de ser tuteladas?

La mujer del cántaro pidió explicaciones a Jesús. No entendía como un judío hablaba con alguien de Samaría, y más tratándose de una mujer.

Jesús  miró a la mujer que tenía delante, no a un estereotipo. Jesús mira siempre a la persona y le pide lo que puede dar. Jesús ni da largas, ni pasa de largo.

¿Por qué no sucede lo mismo en la Iglesia? Quizás porque la Iglesia, como institución, no cree tener necesidad de lo que la mujer puede aportar.

Menos mal que a Jesús lo seguimos encontrando junto al Pozo, pidiendo lo que necesita y podemos dar, y dando de beber del agua que “convierte al que la bebe en fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4, 14). Nuestra vida espiritual está a salvo y nos fortalece para seguir insistiendo por nosotras y por las que nos sigan.

La mujer va a seguir teniendo sed en la Iglesia mientras no sea considerada como persona adulta, creyente y comprometida con la expansión del Reino. Y la Iglesia seguirá teniendo sed mientras no pida a las mujeres el agua que ellas pueden dar

 (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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«Elogio de la transparencia», por José Mª Castillo

sábado, 16 de septiembre de 2017
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iglesia-transparenteDe su blog Teología sin Censura:

«Si un cristiano no es transparente, no bastan creencias y observancias»

«Donde no hay plena transparencia no puede estar presente ni el Espíritu ni el Evangelio»

«Solamente donde se vive este ideal es posible afirmar con verdad que se ama a la Iglesia»

Según el Diccionario de la RAE, el término “transparencia” se deriva del adjetivo “transparente”, que, en sentido figurado, indica lo que es claro y evidente. Esto supuesto, siempre me ha llamado la atención la enseñanza insistente de Jesús en los evangelios sobre la importancia de la transparencia en nuestras vidas, especialmente en la vida de los cristianos. Así como la necesidad de evitar el ocultamiento de tantas cosas, que no queremos en modo alguno que se sepan.

Debo advertir, ante todo, que el problema, que se nos plantea a los cristianos con el tema de la transparencia, no es simplemente el problema de la sinceridad, sino algo mucho más serio. Lo que está en juego, cuando se trata de este asunto, es el problema de nuestra autenticidad. Un cristiano auténtico es una persona transparente. Y si no lo es, por el motivo que sea, es que deja de ser cristiano. Así de serio y de fuerte es el tema y el problema de la transparencia, en el caso del que dice que cree en Cristo y que, por tanto, es cristiano a carta cabal. Si no es transparente, con las creencias y las observancias religiosas, eso no basta.

¿Por qué digo esto? Jesús afirma que los cristianos somos “la luz del mundo” (Mt 5, 14). La luz no se enciende para ocultarla, sino para que la vean todos. Para que vean, ¿qué? “Vuestras buenas obras” (Mt 5, 16). Es decir, vuestra conducta. Con lo que Jesús viene a decir: que no tengáis nada que ocultar en vuestra vida. O sea, que vuestra vida entera sea transparente.

Por esto precisamente, lo curioso y extraño es lo que el mismo Jesús afirma que los cristianos tenemos que ocultar. ¿Nuestra honradez y nuestra bondad? No. Eso lo ve todo el mundo. Lo que tenemos que ocultar son las limosnas que damos (Mt 6, 2-4), los rezos que hacemos (Mt 6, 5-6) y los ayunos o privaciones piadosas que nos impongamos (Mt 6, 16-18). O sea, es justamente lo contrario de lo que tantas veces se hace en la Iglesia. La honradez y la honestidad pisoteadas, se tapan todo lo posible. Porque “los trapos sucios de la madre-Iglesia) se lavan en casa”, no se airean. Y con este argumento, tan poderoso y “evangélico”, se han ocultado, durante siglos, auténticos delitos, que a veces no podemos ni imaginar.

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No me quiero hacer pesado. Pero hay un hecho que no me puedo callar. Cuando el evangelio de Juan relata la pasión del Señor, nos recuerda que el sumo sacerdote le preguntó a Jesús qué era lo que había enseñado (“tes didachês autou”) (Jn 18, 19), la respuesta de Jesús fue inmediata y contundente: “ego parresía leláleka tô kósmo”, “He hablado abiertamente al mundo” (Jn 18, 20). La clave es el término “parresía”, que es la libertad para decir todo (“pan, rêsis”). Es la libertad de la que gozan los ciudadanos libres (Demóstenes, Or 111, 3 s). O sea, decir todo lo que hay que decir. Y decirlo con total libertad, sin callarse nada. Es lo que hacían los primeros cristianos de Jerusalén cuando recibían el Espíritu (Hech 4, 28. 31).

Donde no hay plena transparencia no puede estar presente y operante el Espíritu de Dios. Ni, por tanto, en un ambiente así puede estar presente el Evangelio de Jesús. Ni su Iglesia verdadera. Es más, solamente donde se vive este ideal o se lucha por conseguirlo, es posible afirmar con verdad que se ama a la Iglesia, y se sufre por ella y para ella.

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¡Qué fácil es criticar, qué difícil corregir! Domingo 23 Ciclo A.

domingo, 10 de septiembre de 2017
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med-2Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

1. Los peligros del discípulo:

* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)

2. Las obligaciones del discípulo:

* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)

3. El desconcierto del discípulo:

* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La corrección fraterna

Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

Así dice el Señor: A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
― Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad:

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales.

Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los “grandes” sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los “grandes”, que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea. (…)

Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos en Qumrán

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscri­tos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los gran­des.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castiga­do durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los “grandes” será castigado treinta días».

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Deborah Chapman: «Hasta ahora el sacerdocio no ha integrado a la humanidad en toda su plenitud»

sábado, 9 de septiembre de 2017
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36912359596-bc38532fba-b_560x280La sacerdote anglicana interviene en el Congreso de la Juan XXIII

«La Iglesia ha relegado a las mujeres a una posición menos que humana», denuncia

(Cameron Doody).- «El modelo de lo que la Iglesia católica debe abrazar a la hora de asegurarse la plena participación de mujeres en la Iglesia». De esta forma elogió la tarde de este jueves Juan José Tamayo, en el Congreso de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, a Deborah Chapman, sacerdote anglicana que actualmente desempeña sus labores en parroquias en Cataluña y Andorra. Un cumplido la veracidad del cual Chapman ha demostrado de sobra esta mañana en su intervención en el congreso, que ha versado sobre «Las Mujeres en la Iglesia Anglicana: Humanizando el Sacerdocio».

«El sacerdocio, tal como ha sido entendido por los cristianos de todo el mundo durante la mayoría de la historia de la Iglesia cristiana, no ha integrado a la humanidad en toda su plenitud», ha arrancado Chapman en su ponencia, y solo ha intensificado a partir de allí sus críticas a la desigualdad de género de la Iglesia. Institución que, ha afirmado, «ha favorecido pensar de Dios como masculino, relegando a las mujeres a una posición de seres menos que humanos», con nada más que la excusa de que Jesús se encarnó en forma masculina.

Pero como ha observado la sacerdote, el ser masculino no abarca la totalidad del ser humano, y he aquí una razón importante que explica la dificultad tremenda que están sufriendo todas las Iglesias a la hora de comunicar la fe en los tiempos y espacios en los que vivimos actualmente.

¿Cuál es nuestro contexto -nuestro lugar y nuestro tiempo- que necesitan que la Iglesia los evangelice? En primer lugar, ha afirmado Chapman, asistimos a «una seria desintegración estructural de la más básica de las relaciones: la que existe entre un hombre y una mujer en la comprometida relación de toda la vida». Desintegración para sanar la cual el sacerdocio femenino tiene algo importante que ofrecer, ya que la unidad en el matrimonio ofrece un modelo para «traer unidad al pueblo cristiano, y por medio de ello a la sociedad en general».

«Mi propia experiencia de ser diácono y luego sacerdote dentro de la Iglesia de Inglaterra ha sido la de llegar a ser la persona que Dios creó, cumpliendo con su voluntad para mi vida». Tras trazar en breve la historia de las mujeres ordenadas en la Iglesia anglicana –la cual se remonta hasta 1944– Chapman ha explicado que en el anglicanismo que le ha dado la oportunidad de vivir su vocación «es posible», teológicamente hablando, «retornar a periodos de la historia de la Iglesia antes de que se formularan algunas tradiciones, y allí encontrar conocimientos bíblicos que podrían parecer nuevas revelaciones de la voluntad de Dios en nuestro mundo, simplemente porque… nuestra conciencia no ha sido lo suficientemente aguda para observarlos» hasta un determinado punto en la historia.

Y ha sido esta perspicacia eclesial, ha añadido la sacerdote, la responsable de que haya ahora en su Iglesia «un sacerdocio que une tanto a los hombres como a las mujeres en una ordenación que modela y facilita lo que ha llegado a ser conocido como ‘el sacerdocio de todos los creyentes’«.

Pero no solo está en juego ‘el sacerdocio de todos los creyentes’ en la ordenación de mujeres: también lo está la unidad de las Iglesias. «Cuando cada persona considera que su propio punto de vista es tan válido como el de cualquier otra persona, la unidad que resulta de la reflexión en común y del consenso parece casi imposible de lograr», ha lamentado Chapman. Una desunión que se puede achacar a una teología preeminente que se ha basado sobre todo en culpar a la mujer por la caída de Adán y Eva del jardín de Edén, como si este episodio de la Biblia presentara el programa definitivo para las relaciones entre hombres y mujeres in secula seculorum.

«Gracias a Dios», no obstante, la caída no es el final de la historia, con lo que «nosotros también tenemos una decisión que tomar: entre vivir a la luz de la caida y sus consecuencias, o vivir a la luz de la redención de Dios en Cristo Jesús».

«Los cristianos somos llamados a vivir, y esa vida la tenemos a la luz de lo que Jesucristo ha logrado para nosotros en la cruz, y no en la oscuridad de las consecuencias de la caida», ha terminado diciendo Chapman. «¡Esto sí que es revolucionario!», ha aplaudido, porque «trastoca nuestro pensar acerca de la relación entre hombre y mujer», y «afirma el valor co-igual de personas creadas en la imagen de Dios». El punto de partida, ha concluido -el de la igualdad de hombres y mujeres- para que consigamos finalmente «humanizar el sacerdocio».

Movimientos de mujeres alrededor del mundo y cuerpos, sexualidades y derechos

Aparte de la intervención de Chapman, sobre las mujeres en la Iglesia anglicana, el congreso de la Asociación Juan XXIII también se ha acercado esta mañana a fenómenos tan diversos como los movimientos feministas en el mundo musulmán o las realidades de las mujeres en América Latina, África y España.

La programación del congreso continuó ayer con discusiones acerca de políticas corporales, tales como son los vientres de alquiler, la prostitución o la diversidad y disidencia sexual, este último fenómeno siendo una novedad, según Juan José Tamayo, en los congresos de la Juan XXIII. Esta previsto que la tarde terminó con la segunda ponencia magistral del programa, que trató de «Cuerpos, sexualidades y derechos de las mujeres» y que correrá a cargo de Justa Montero, de la Asamblea Feminista de Madrid.

Fuente Religión Digital

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Tamayo arremete contra el «discurso androcéntrico» y la «moral machista» de la religión organizada

sábado, 9 de septiembre de 2017
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congreso_560x280Inaugurado el Congreso de la Juan XXIII «Las mujeres y la religión»

Las religiones «siguen instaladas en un patriarcado homófobo», denuncia

«Salvo excepciones, en las religiones no se han dado pasos en dirección a la igualdad. Todo lo contrario: se ha producido un estancamiento o, peor aún, un retroceso»

(Cameron Doody).- Las mujeres son, sin duda ninguna, las heroínas de la religión organizada. Las heroínas, pero también las mártires, porque no ha habido otro colectivo en la historia de la humanidad que haya atestiguado de forma tan lamentable a la crueldad de hombres que pensaban seguir los «mandatos de Dios».

Un sufrimiento infernal por el que la Asociación de Teólogos Juan XXIII se ha propuesto expiar con el Congreso «Las mujeres y la religión: de la discriminación a la igualdad de género», que esta tarde ha echado a andar en Madrid, con un minuto de silencio por las víctimas del atentado en Barcelona y de la violencia de género.

El secretario general de la Juan XXIII, Juan José Tamayo, ha sido el encargado de presentar el Congreso, y eso lo ha hecho situándolo en el contexto del décimo aniversario este 2017 de la aprobación de la Ley de Igualdad. Diez años en los que se han producido importantes avances en la causa de la igualdad de hombres y mujeres, ha reconocido, pero también importantes retrocesos. La persistencia de los micro- y macro-machismos, por ejemplo, o los feminicidios, que como Tamayo ha alertado «alcanzan cuarenta y siete y el año pasado, en todo el mundo, llegaron a sesenta mil».

Hechos todos que demuestran que el patriarcado sigue más «vivo y activo» que nunca, y que continúa cebándose con «los sectores más vulnerables de la sociedad». Y eso en conjunto con los otros poderes opresores de nuestros días: el neocolonialismo, el capitalismo neoliberal, el agronegocio o los fundamentalismos religiosos.

Pero no es que las cosas estén mejor en las religiones más socialmente aceptadas, que lejos de haber dado pasos «en dirección a la igualdad», ha lamentado Tamayo, más bien han sido las responsables de «un estancamiento» en esta causa. Suficiente es, para darse cuenta de ello, la presencia en la religión de un «patriarcado homófobo basado en la masculinidad sagrada» que margina no solo a las mujeres sino también a todo aquél que no se identifique con la heteronormatividad o binariedad sexual. A todas estas personas la religión les considera «inferiores, subalternas y dependientes», ha deplorado el teólogo, y lo que es peor, no les reconoce como «sujetos morales ni religiosos«.

Por todas estas realidades urge el análisis que proponen en este Congreso los teólogos de la Juan XXIII. Una mirada pormenorizada a fenómenos tales como los derechos sexuales y reproductivos, la diversidad y disidencia sexual, y los movimientos feministas que luchan contra toda traza de discriminación sexista, sea dentro o fuera de las instituciones religiosas.

«No podíamos analizar dichos movimientos en todas las religiones del mundo», ha lamentado Tamayo, pero el Congreso, ha dicho, reunirá a expertos que indagarán sobre las luces y sombras que se proyectan sobre las mujeres en tres tradiciones en particular: el catolicismo, el islam y el anglicanismo. Y eso con las herramientas de un amplio abanico de ciencias sociales y políticas.

Más que suficiente para un exitoso Congreso que se interesará por el «paradigma de igualdad de género en la sociedad y en las religiones», y que tratará de construir «otras religiones posibles»: religiones que sean «igualitarias, paritarias y fraterno-sororales«.

El texto completo de la intervención de Juan José Tamayo

Queridas amigas, queridos amigos:

Inauguramos hoy un nuevo Congreso de Teología, ¡el 37!, con un tema que no podíamos demorar: «Mujeres y religión: de la discriminación a la igualdad de género». Su celebración coincide -y no es casual- con el décimo aniversario de la aprobación de la Ley Orgánica de 22 de marzo de 2017 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, pionera en el reconocimiento de la igualdad de derechos de hombres y mujeres, si bien la propia ley era consciente de que quedaba mucho camino por recorrer hasta su consecución, y así se expresaba en el texto de la misma.

De entonces para acá se han producido avances, y muy importantes, pero también retrocesos, como demuestran, entre otros fenómenos:

– la persistencia de los micro- y macro-machismos;
– el inferior salario de las mujeres por igual trabajo;
– el retroceso en educación para la igualdad;
– la violencia machista, los feminicidios, que este año, a fecha de hoy, alcanzan cuarenta y siete y el año pasado, en todo el mundo, llegaron a sesenta mil.

Estos hechos demuestran que el patriarcado sigue vivo y activo en todos los campos y mantiene su poder opresor sobre las mujeres, las niñas, los niños y los sectores más vulnerables de la sociedad, en complicidad con otros sistemas de dominación: el colonialismo en su verso neocolonial; el capitalismo, en su versión neoliberal; la depredación de la naturaleza en la versión científico técnica de la modernidad; los fundamentalismos sobre todo en su versión más extrema, el terrorismo, ejercido por algunos colectivos de manera blasfema en nombre de Dios.

En materia de igualdad de género las cosas están todavía peor en las instituciones religiosas -sobre todo, en sus dirigentes, la mayoría varones-, que siempre se han llevado mal con las mujeres. Salvo excepciones, en las religiones no se han dado pasos en dirección a la igualdad. Todo lo contrario: se ha producido un estancamiento o, peor aún, un retroceso.

Las religiones, con frecuencia:

– Siguen instaladas en un patriarcado homófobo, basado en la masculinidad sagrada, que margina a las mujeres, a quienes considera inferiores, subalternas, dependientes y no reconoce como sujetos morales ni religiosos.
– Discriminan y excluyen a gais, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales, e imponen en sus propias instituciones, pero también en la sociedad, una moral religiosa heteronormativa y defensora de la binariedad sexual;
– Elaboran un discurso androcéntrico y una moral machista, poseen una estructura patriarcal y transmiten una concepción homófoba de las relaciones humanas, en clara oposición a las leyes igualitarias y a la creciente conciencia feminista.

Inaugurará el Congreso Soledad Murillo, profesora de Sociología de la Universidad de Salamanca, consultora de la ONU e impulsora de la Ley de Igualdad de 2007, quien hará un análisis crítico de la sociedad patriarcal. A continuación abriremos las siguientes líneas de reflexión y análisis:

– Los derechos sexuales y reproductivos y el cuerpo de las mujeres sometido a mercancía a través de los cuerpos de alquiler y de la prostitución.
– La diversidad y la disidencia sexual -LGTBI
– Los movimientos de mujeres en la sociedad que luchan por la conquista de las reivindicaciones feministas, la concientización de género y la denuncia de la discriminación sexista, que suele ir acompañada de otras discriminaciones: por disidencia sexual, clase, cultura, etnia, religión, etc., en diferentes áreas geoculturales: África, América Latina y España.

– Los movimientos de mujeres en las religiones vinculados a los movimientos feministas y al LGTBI, que cuestionan las desigualdades de género en el seno de las instituciones religiosas y reivindican derechos iguales y paridad en los puestos de responsabilidad y de representación. No podíamos analizar dichos movimientos en todas las religiones del mundo. De estos movimientos hemos elegidos tres, correspondientes a otras tantas tradiciones religiosas: catolicismo, islam e iglesia anglicana.

– Cuatro cuestiones teológicas que están en el centro del debate en el seno del cristianismo: las diferentes actitudes ante las identidades sexuales, la teología de la liberación desde la perspectiva de género en América Latina en la perspectiva decolonial; el ministerio eclesial de las mujeres; el patriarcado religioso y el ejercicio del poder en las Iglesias; la urgencia de una espiritualidad política.

Los temas serán tratados desde diferentes disciplinas: ciencias sociales y políticas, filosofía, teología, teoría feminista, ética, pero no en abstracto, sino articulando reflexión y activismo -ambos inseparables, – y vinculándolos con las prácticas de emancipación y los movimientos sociales. Es, por tanto, un Congreso abierto a todas las personas y colectivos interesados en la propuesta del paradigma de igualdad de género en la sociedad y en las religiones.

El tema nos afecta a todas y a todos. Por eso, todas y todos estamos llamados a participar en este Congreso y a construir Otras Religiones Posibles igualitarias, paritarias, fraterno-sororales en sintonía con el lema de los Foros Sociales Mundiales: Otro Mundo es Posible.

Muchas gracias.

Fuente Religión Digital

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«Mirad cómo se aman»

martes, 5 de septiembre de 2017
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Familia homoparental

En su ambiente [Jesús] chocaba con muchas almas acostumbradas que creían conocer a Dios porque habían oído hablar mucho de él. La gran paradoja de la historia cristiana consiste en esto: cuando Dios se manifestó al pueblo que se estaba preparando desde hacía dos mil años, casi nadie le reconoció, le recibió y le siguió hasta el final. Creían desde hacía tanto tiempo que ya no creían. El hábito de creer se había ido cambiando, de una manera insensible, en el hábito de no creer. Rezaban desde hacía tanto tiempo que ya no hacían otra cosa más que recitar oraciones. Esperaban desde hacía tanto tiempo que ya estaban seguros de que nada vendría a descomponer esa costumbre de esperar que se había ido convirtiendo, poco a poco, en una costumbre de no esperar nada.

Hay en esto una advertencia terrible para todos aquellos que, como nosotros, se creen familiarizados con las cosas divinas, piensan que están garantizados por su ascendencia o por su educación, se imaginan que la frecuentación de las iglesias o la práctica de los sacramentos constituyen un testimonio seguro de su pertenencia a Dios.

Nadie puede poner su confianza en las estructuras religiosas […]. Ahora bien, todo el problema consiste en saber si somos nosotros quienes servimos a estas estructuras, las conservamos, las respetamos, o si, en cambio, nos servimos de ellas de una manera activa y personal. Ninguna estructura, por muy santa que sea, puede salvar por sí misma. Las estructuras son indispensables. A buen seguro, repugna una institución sin inspiración, pero toda inspiración engendra una institución. No hay matrimonio sin amor, pero un verdadero amor crea un verdadero matrimonio. No hay Iglesia sin Espíritu vivificador, pero el Espíritu se muestra visible y activo sólo en una comunidad fraterna: «Mirad cómo se aman».

*

Louis Evely,
Meditaciones sobre el Evangelio, Asís 1975, pp. 224-226).

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La Iglesia que hiere…

viernes, 1 de septiembre de 2017
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Del blog de Henri Nouwen:

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“Con frecuencia la Iglesia nos hiere en lo más vivo. Las personas con autoridad religiosa nos hieren a menudo con sus palabras, o actitudes y exigencias. Precisamente porque nuestra religión nos pone frente a cuestiones relativas a la vida y a la muerte, nuestra sensibilidad religiosa puede sentirse herida con extrema facilidad. Los ministros y los sacerdotes raramente se dan perfecta cuenta de cómo una observación crítica, un gesto de rechazo, una muestra de impaciencia pueden ser recordados de por vida por aquellos a quienes fueron dirigidas.
Es tal la necesidad de dar un sentido a la vida, de confortación, de dar consuelo, de perdón y reconciliación, de restablecimiento y salud, que a cualquiera que tenga un poco de autoridad en la Iglesia se le debería recordar de forma permanente que la mejor palabra para caracterizar a la autoridad religiosa es la palabra compasión.

Mantengamos nuestra mirada en Jesús, cuya autoridad se expresa en la compasión.»

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Henri Nouwen

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La vida en peligro en la Iglesia.

viernes, 1 de septiembre de 2017
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francisco-con-los-obispos1. Si por “vida en peligro” se entiende la amenaza que pesa sobre la vida física, estaríamos volviendo a etapas, creo, ya superadas en la Iglesia. Al menos en la mundo Occidental. No, felizmente hoy las cosas han cambiado. La Iglesia ya no hace autos de fe en las plazas públicas, ni quema brujas y herejes en grandes pilas de leña, ni tampoco deja pudrirse en inhumanas mazmorras a los/as “sospechos/as” y disidentes. Pero la amenaza o el peligro de la vida en la Iglesia ¿es solo cosa de antes?

Aunque hay nuevos signos que, viniendo del papa Francisco, nos invitan al optimismo, se trata de gestos excepcionales, más expresivos porque chocan con la tendencia general. Su llamada a una “Iglesia en salida” (EG 26-27) señala indirectamente otra Iglesia que es mayoritaria y que vive ensimismada y de espaldas al mundo. Ya en el consistorio del 9 de marzo de 2013 —en el que entró siendo cardenal y salió como obispo de Roma— lo dijo con claridad: “La iglesia debe salir de sí misma, rumbo a las periferias existenciales. Una Iglesia auto-referencial amarra a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir. Es una Iglesia mundana que vive para sí misma”.

2. La amenaza a la vida en la Iglesia es hoy más sutil. Se trata de un enclaustramiento en una ideología poderosa que impide el desarrollo natural de la vida. El indio Amartya Sen, premio nobel de economía 1998, ve la pobreza, en el marco del desarrollo humano, como una “quiebra de las libertades sustanciales”, es decir, de la capacidad de producir y realizar el potencial productivo de la propia vida. Un fenómeno similar al que afectó al pueblo judío en tiempo de Jesús y que el evangelista Marcos interpretó como enfermedad. Enfermedad, tan metida en el cuerpo eclesiástico de hoy día, que necesitará también de todo un milagro para curarse.

Este encerramiento o quiebra se manifiesta en múltiples formas. Una de ellas es el centralismo que aparece en el nombramiento de obispos, hasta el mismo obispo de Roma. Un centralismo patriarcal que entrega todo el poder a los clérigos y excluye a los laicos y, en especial, a las mujeres. Frente al pueblo de iguales y la colegialidad que propugnaba el Vaticano II, esta reducción a la cúpula causa un debilitamiento creciente en las iglesias locales y en la misma conferencia episcopal.

También el discurso único que se impone tanto en el modo de pensar (obsesión por la ortodoxia) como en el modo de sentir y celebrar (ortopraxis) es otra forma de amenaza a la vida. Es paradigmático ese mono-tono discurso sobre la moral sexual y reproductiva (celibato, matrimonio, anticonceptivos, homosexualidad) y el freno a la teología crítica y a la misma teología de la liberación, fruto más logrado del Vaticano II. Se trata de un discurso que enmudece las voces proféticas y empobrece la vida eclesial.

Por citar otros fenómenos que amenazan la variedad y frescura de la vida en la Iglesia, no se puede disimular fácilmente el alineamiento de gran parte de la jerarquía con gobiernos conservadores, ultraconservadores y hasta dictatoriales; la imagen que proyecta a veces más preocupada por la conservación de atávicos privilegios que por la defensa de los derechos humanos y de los pobres; la falta de diálogo con la modernidad, la ciencia y las religiones; o su difícil aceptación de la opinión pública y el disenso. Todos estos fenómenos, que vienen directamente de la jerarquía, acaban afectando a la mentalidad del cuerpo social de la Iglesia y hasta a la buena salud de las personas.

Es difícil no acordarse, a este propósito, de aquello de que “quien se mueve no sale en la foto”. Por pensar de otro modo, lo que antes se llamaba herejía, se te excluye de los centros eclesiales de enseñanza, poder y decisión. Por querer y sentir de otra manera se te aparta del ritmo normal de la comunidad. ¿Quién puede ignorar a estas alturas, la fría e inmisericorde postura de la jerarquía ante las personas que han dejado el sacerdocio o la vida religiosa, los divorciados y divorciadas que han vuelto a casarse por lo civil, los gays y lesbianas por ejemplo? Por ponerte al lado de los laicos, librepensadores y ateos, lo que llaman “espíritu mundano”o “socialización del descreimiento”, se te mira con desconfianza, como persona no-fiable y anticlerical.

Y ¿qué decir de quienes manchan las manos y embarran los pies entre los “descartados” como los llama el papa Francisco? Me refiero a quienes realizan su vida en “malas compañías” y entre “gentes de mal vivir”: drogadictos y sin techo, migrantes y refugiados, etc. ¿Cuánto tiempo tienen que esperar y qué otros méritos tienen que hacer para llegar a ser reconocidos como hijos e hijas predilectos de la Iglesia?

¡Qué terrible contraste! Resulta que Jesús, a quien la Iglesia dice seguir, ¡fue matado por realizar su vida justamente entre estas personas! Con qué facilidad han olvidado las gentes que están en el poder en Iglesia aquella ternura del dueño del campo que, antes de arrancar la cizaña, prefirió dejarla crecer junto al trigo. ¡No sea que el diablo, por despiste, llegue a arrancar el trigo junto con la cizaña (Mt 13, 30).

3. La amenaza a la vida en la Iglesia se entiende entonces como el peligro que afecta a todo aquello que es distinto en el modo de sentir y pensar, querer, recordar y olvidar, creer y crear… amar. Este modo alternativo de vivir rompe con tradiciones de viejo arraigo que siguen siendo intocables para quienes están en el poder.

Entre nosotros, y como paradigmas bien expresivos de lo que está ocurriendo en la iglesia española, quiero citar escuetamente dos ejemplos: La parroquia universitaria Santo Tomás de Aquino, ahora comunidad, y la parroquia San Carlos Borromeo, ahora Centro de pastoral.

Cada una con su propio estilo, consecuencia de su lugar social de arraigo, han dedicado largas décadas de su vida a llevar la buena noticia del evangelio a quienes buscan otra cosa y a los/as perdedores e indignados de este mundo (expresos y drogadictos, migrantes y refugiados, etc.). Su herejía ha consistido en querer transformar la parroquia en comunidad de iguales y en hacer de la liturgia una fiesta de los fieles. Pero estas prácticas no han tenido acogida en las leyes rutinarias de la jerarquía y ambas experiencias han sido desacreditadas y olvidadas.

Y, estando así las cosas, uno se pregunta, ¿qué hacer con el mensaje de Jesús ante las transformaciones socioculturales que la nueva tecnociencia, la secularización y las nuevas religiones están abriendo a diario? ¿Cuál es el lugar de este mensaje subversivo y alternativo en una sociedad cada día manifiestamente más plural y diversa? ¿Es el evangelio solo para los ricos y la sociedad burguesa y bien instalada? ¿No hay una contradicción flagrante entre el modo de realizar Jesús su vida y la praxis de la Iglesia que dice ser su prolongación en el tiempo?

En definitiva, la amenaza a la vida en la Iglesia no está en quienes pretenden traducir y encarnar el Evangelio en las nuevas y cambiantes culturas, sino en quienes impiden la libertad sustancial de desarrollar el potencial creativo de la vida humana.

Evaristo Villar

Publicado en el nº 102 de la revistautopia.org

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«Humanizar la Iglesia», por José Mª Castillo, teólogo

jueves, 24 de agosto de 2017
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clip_image00210De su blog Teología sin Censura:

Entiendo que haya personas que, nada más que leer el título de este breve artículo, sientan un cierto recelo o quizá experimenten desconfianza o incluso un abierto rechazo. Porque a muchos de nosotros nos han educado en el convencimiento de que “lo humano” se contrapone a “lo divino”. Y eso, llevado hasta sus últimas consecuencias, desemboca – sin más remedio – en la idea fija de que “a más humanidad, menos divinidad”. O sea que “humanizar la Iglesia” equivaldría a robarle o recortarle su condición sagrada, sobrenatural y divina.

Sin embargo, me atrevo a decir que humanizar la Iglesia”, no sólo es lícito, sino sobre todo es enteramente necesario y urgente. Si es que este asunto se piensa desde la fe y la mentalidad cristiana. Porque vamos a ver, según nuestras creencias, ¿qué es lo que hizo Dios, para traer solución y salvación al mundo?

Los cristianos decimos que esa pregunta tiene su respuesta a partir del misterio de la Encarnación de Dios en Jesús. Lo que, traducido a un lenguaje más sencillo, quiere decir la Humanización de Dios en un modesto galileo que se llamaba Jesús el Nazareno. San Pablo lo explica diciendo algo muy fuerte: “Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Fil 2, 6-7).

Desde hace más de diez años, me viene preocupando lo que esto entraña y representa. He publicado cuatro libros y cantidad de artículos sobre el tema. Ahora quiero dar un paso más, que me parece urgente y decisivo. Porque, si lo que acabo de indicar es indispensable para entender el cristianismo, ¿no va a ser tanto o más urgente y necesario para entender la Iglesia? Lo que equivale a hacerse esta otra pregunta, quizá más incómoda para algunos: Si Dios se rebajó y se humanizó, para traer salvación a este mundo, ¿por qué la Iglesia no se despoja también de sus rangos, dignidades y privilegios, de forma que de ella podamos decir que se ha humanizado? Y lo peor de todo es que, como sabemos (y con frecuencia), los “hombres de Iglesia” mantienen sus rangos, privilegios y dignidades a base de “deshumanizarse” en no pocos asuntos que tocan asuntos de los más fuertes que tenemos que afrontar los humanos. Por supuesto, Dios no es la religión. Ni Dios es la Iglesia. Pero, en todo caso, los caminos de Dios, de Jesús, ¿no tendrían que ser los caminos de la Iglesia?

Me da mucho que pensar lo que está ocurriendo con el papa Francisco. Sus numerosas manifestaciones de humanidad y espontaneidad lo hacen odioso para un sector importante del clero. ¿Por qué será esto así?

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Pequeño rebaño.

jueves, 3 de agosto de 2017
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jesus-cerezo-599x275Me ha impresionado. Un misionero que ha estado en el Japón muchos años. Y su labor ha sido acompañar a una comunidad de 10 personas. El tiempo lo ha dedicado a recoger cartones por la calle y enviar el dinero a Filipinas para los empobrecidos. Asimismo recogía muñecas y juguetes. Y ha estado muchísimos ratos entrenando al fútbol a los chavales de colegios. Y haciéndoles magia. Eso sí, que en cada sesión lanza un mensaje de Jesús

Me hace que pensar. Dice el evangelio que no importa el número. Que no tratamos de conquistar personas, fieles para nuestra causa. La verdad que merece la pena pensarlo. Yo estoy en unos pueblos de 50 y 200 habitantes. Y lo más importante: “estoy”.

Hoy que andamos en la Iglesia dando vueltas a cómo anunciar el evangelio y conseguir que las personas participen en la comunidad cristiana. Igual lo importante no es conseguir adeptos, sino vivir: Vivir el Evangelio. Y ser testigos de Jesús. Me turba mucho el número. Pero lo importante es ser luz, reflejar, transmitir y ser testigos del Evangelio de Jesús, de su Buena Noticia.

Me choca lo poco que se habla en la misa del Reino y lo mismo en las actividades eclesiales. Y resulta que Jesús es lo que anuncia y lo que proclama. Las parábolas son formas de encontrar y construir ese Reino con sus características.

Siento que necesitamos pasar por un desierto con pocas personas para purificar, para vivir la experiencia de Jesús, sobre todo en la segunda parte de su vida.

Os confieso que cuento las personas que participan en las misas: Cosa por otro lado, muy fácil, pues somos muy pocos. Pero tengo que superar la confianza en la cantidad e ir purificando mi fe en la viveza. Siempre recuerdo un misionero que me impresionó mucho. Había estado en un país musulmán y su tarea era acompañar a ser buenos musulmanes.

Pienso muchas veces en Jesús que se queda solo al final de su vida. Solo unas mujeres. Esto para mí es un misterio enorme. Me recuerda a Foucauld.

Cuando veo multitudes en torno al papa, en grades concentraciones, me interrogo ¿cómo es que Jesús se fue quedando solo?

Siento como un empeño en volver a las mayorías y un desgarro porque vamos quedando muy pocos. ¿Será que va por ahí el Evangelio? Porque además es incuestionable que aunque seamos pocos, pero esa luz, ese calor se transmite y extiende su amor a los demás. Recuerdo la película “De dioses y hombres”. Igual estamos empezando a calar en el evangelio vivido como Jesús.

Me ha tocado llegar al pueblo el día de Navidad o Año nuevo y no haber ninguna persona en misa. Me pongo en el centro de la plaza y grito la Felicidad a todos los que no están.

Me va suponiendo mucho el ir aprendiendo a estar con pocos, a ir desapareciendo, a estar con cada persona… A veces se habla de suprimir eucaristías o hacerlas con seglares y siempre se piensa en pueblos pequeños.  Me pregunto ¿Y por qué no se puede hacer eso en las grandes iglesias, en las catedrales?  Porque una persona sola es tan importante para Jesús como las multitudes.  Lo percibo como cuestión de Evangelio. “Te doy gracias Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla”.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Todos los domingos

martes, 25 de julio de 2017
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mesa-compartida…y fiestas de guardar.

Es gordo y serio. El juez me obliga a ir a visitar a mi madre “x” días a la semana.  Algo no funciona. Y no funciona fundamentalmente el amor.

De siempre me ha resultado muy preocupante el que la Iglesia haya puesto como mandamiento y obligación el “oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar”.  Ya en principio, chirria eso de “oír”. Preferiría “celebrar”. Y el tenerlo que hacer ciertos días por obligación, indica que algo no funciona en nuestra fe, en nuestra vivencia de Jesús Resucitado, en nuestro sentido de comunidad. Si realmente estoy enamorado de Jesús, no hace falta que me lo manden, sino que espontáneamente acudiré y participaré con la comunidad en “el recuerdo de Jesús” y en su vivir su presencia.

Y ¿eso de entera? ¿Es que se puede “cumplir” estando solo en la consagración?

En esta línea, me extraña enormemente el que nos obliguen a comulgar por lo menos en “Pascua Florida”. ¿Es que estamos en otoño o en invierno lo restante del año?  No entiendo una eucaristía sin participar en la comunión “Tomad y comed todos”. Es una celebración gozosa y en ella no puede faltar ninguna parte esencial.

Se ha metido la idea de que hay que confesarse antes de comulgar, pero yo creo que es más la idea de “cumplir”, de “oír” lo que nos penetra y así nos quedamos viendo y oyendo: “Ya hemos cumplido”.

Es cierto que si todos hiciésemos caso, tendríamos unas celebraciones de toda la comunidad.  Pero, dado el giro y la evolución de la sociedad, ¿no sería preferible el fomentar que cada día sea una celebración viva sin esperar al domingo?

Porque los niños están el fin de semana con los deportes y los padres con las salidas fuera. Una misa entre semana, bien vivida, ¿no podría ser el futuro? Es más, cuando cada vez va a haber menos eucaristías los domingos por falta de clero?

Avancemos más hacia la celebración aunque perdamos la obligación. Todo esto me surge al ver que vamos perdiendo la fe y dejando la costumbre y esa también la olvidamos.

Es preciso preparar mejor las eucaristías, más vivas, más participadas, más comunitarias.  Y eso irá creando sentido de celebración gozosa caminaremos hacia la celebración de la primitiva comunidad

Es curioso eso de “fiestas de guardar”, porque se van cambiando y haciendo laborables, fiestas que antes se celebraban religiosamente.

Cuando la sociedad avanza hacia la secularización, podemos trabajar ese día pero a la vez celebrar la Eucaristía…  Y no con menor devoción. Porque hay un aspecto del Misterio de Jesús que celebrar… Y sin duda, es más importante ese Misterio que la fecha del calendario.

Lo importante, me parece, es que nuestras eucaristías sean vivas, participativas, asamblearias. Que salgamos todos entusiasmados a continuar nuestra misión de cristianos que nos ha propuesto la Palabra de Dios.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Empecemos por el tejado

viernes, 14 de julio de 2017
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avalon18Las casas se empiezan a derribar por arriba, por el tejado.

Me viene a cuento esto, porque veo que aunque los cristianos de base, planteen y vivan unos valores evangélicos, la multitud, lo que vemos es lo de arriba. Si las manifestaciones que vemos no son evangélicas, nos escudamos ahí y no nos convertimos al evangelio. La importancia que tienen los edificios, ropajes, manifestaciones… eso da la imagen del cristianismo y lleva a pensar en valores poco cristianos.

Es preciso derribar, desmontar esos grandes signos. Ya es tópico, pero difícilmente me empuja a seguir a Jesús pobre, si cuando están transmitiendo la misa del gallo, a la vez que leemos y escuchamos las palabras de “dio a luz a su hijo y lo colocó en un pesebre”, mientras tanto las cámaras me transmiten alguna de las obras de arte del vaticano o de otro templo… Si cuando el papa dice que los cardenales no son primados de la iglesia, aparecen vestidos con telas rojas y un gran séquito, incluidos poderes políticos…, es difícil verlos como animadores de la fe en la comunidad.

Siento urgente que debemos desmontar esos signos poderosos. Necesitamos signos liberadores. Qué bien cuando antes de la eucaristía televisada, nos acercan testimonios de servicio y entrega con los empobrecidos, en el programa de “Pueblo de Dios”.

No tengo la menor duda de que las jerarquías y las instituciones poderosas sirven a los pobres, pero eso hay que demostrarlo y presentarlo así, quitando todo signo y señal de poder, de riqueza, de grandeza ¿Ha llegado el momento de dejar las custodias y los palios para los museos y presentar a Jesus en la Eucaristía, con los carteles de Cáritas?

Hay un montón de signos a cambiar. Yo, que soy cura en unos pueblos muy requetepequeños, recibo cartas que me dicen “rvdo. sr. cura párroco…” Demasiadas albardas.

Y es que lo que vemos y lo que nos catequiza son los signos externos, lo que presenta la tele y los medios, lo que suena y tiene renombre. Tengo la suerte de que aquí no soy nadie, no pinto nada, no tengo ningún título ni categoría. Estoy convencido que el poder que tienen los obispos y sus declaraciones no son el camino de evangelización.

La mayor parte de manifestaciones de la Iglesia en los medios, no son precisamente signos de sencillez ni de humildad, sino más bien están rodeados de poder, de prestigio, de títulos.

Creo que sobran ropajes, cargos, condecoraciones, obras artísticas, afirmaciones contundentes. Mejor, sugerencias, escuchas, humildad, verdad.

Aunque para ello haya que derribar los tejados, las cúspides, los poderes. Y los altos edificios se derriban o con grúas desde los mismos poderes, (decretos, menos cargos, menos apariencias…) o con labor de termitas, destruyendo poco a poco desde abajo ese montaje.

Últimamente estamos escuchando hechos poco edificantes de cardenales. Muy frecuentes signos de poder… Creo que el Evangelio va a llegar a los débiles por otros caminos. Cada uno podemos desmontar nuestros propios tejados y vivir en la sencillez del evangelio.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Evangelio de Juan, iglesia fundada en el Discípulo Amado

lunes, 10 de julio de 2017
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16730391_815494078627786_3326558179560114559_nDel blog de Xabier Pikaza:

Al principio no hubo una iglesia, sino varias, cada una con su autoridad fundacional (Santiago, Pedro, Pablo, Discípulo Amado). Pudo haber otras (entre ellas quizá una dirigida o animada por mujeres), pero no se conserva apenas su memoria.

Entre aquellas cuya memoria se mantiene, junto a la de Pablo (cuya memoria he recogido el 30.6.17, según la carta a los Efesios) y la de Pedro (cuya memoria he recogido también el 39.6.17, siguiendo el evangelio de Mateo), destaca la del Discípulo Amado, con el grupo de sus seguidores, amigos de Jesús.

El Discípulo amado fue, sin duda, un personaje histórico, a quien llamaron así (discípulo amado de Jesús, cf. Jn 21, 24), aunque él no quiso imponer su autoridad, sino la del Espíritu Santo, que Jesús había prometido y ofrecido (cf. Jn 14, 16; 15, 16; 16, 13).

Pues bien, hacia el final del siglo I dC, esos «amigos de Jesús», los creyentes de esta comunidad animada por el Discípulo Amado, corrieron el riesgo de perder su identidad, entre disputas internas y tensiones de tipo gnóstico (impulsadas por un espiritualismo que podría separarles del Jesús de la historia), y para evitarlo algunos de ellos (quizá una mayoría) se integraron en la Gran Iglesia, donde la memoria de Pedro, era garantía de fidelidad cristiana y unidad eclesial, pero sin olvidar ni negar la la autoridad fundadora del Discípulo Amado, que cumple así una función semejante a la de Pablo en Efesios y a la de Pedro en Mateo.

Discípulo amado, fundador y clave de su Iglesia

La comunidad del Discípulo amado mantenía también el recuerdo de otros discípulos de Jesús (Felipe, Tomás, Natanael, los Zebedeos…), y especialmente el de Pedro (cf. Jn 1, 40; 6, 68; 11, 6-9; 20, 1-17), como muestra Jn 21, un capítulo añadido quizá al final de la redacción del evangelio, para trazar las relaciones históricas e institucionales entre Pedro (Iglesia organizada y misionera) y el Discípulo amado (iglesia centrada en el amor mutuo de sus miembros).

Pues bien, este capítulo (Jn 21), escrito en forma de parábola, afirma que Pedro salió a pescar en la barca, con otros seis discípulos, como queriendo recordar que la misión fundadora de la iglesia, en su apertura a los pueblos, fue decisión y tarea de Pedro, que fue a pescar con otros seis (no de los Doce, ni con Pablo).

Pero al lado de Pedro, inseparable y necesaria, destaca la figura del Discípulo amado, como testigo de la verdad del evangelio y fundador de una Iglesia entendida en forma de comunión de «amigos» (Jn 15, 15).

En el centro de esa iglesia no está ya Pablo, ni Pedro, sino este Discípulo Amado que expresa la esencia del movimiento de Jesús. Ciertamente, este evangelio del Discípulo Amado reconoce la función de Pedro, que había sido ya anunciada en Jn 1, 42, cuando Jesús le decía: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa Pedro, quizá ya en el sentido de cimiento de la iglesia (como suponía Mt 16, 17-18).

Por eso, la comunidad del Discípulo Amado (que condensa su más honda experiencia en el Paráclito) debe dialogar con la iglesia institución, aceptando al fin (Jn 21) la autoridad y estructuras eclesiales representadas por Pedro (en una línea semejante a Mt 16, 16-19) .

Pero la autoridad y fundamento de esa Iglesia no es la de Pedro, sino la del Discípulo Amado, quien marca así la identidad del cristianismo. De esa forma aparecen unidos, Pedro y el Discípulo amado, como una especie de diarquía, autoridad doble. Mt 16, 16-19 y Lc 22, 31-32 habían entendido la función de Pedro como algo del pasado, que se había ya cumplido ya al principio de la iglesia. Pues bien, en contra de eso, el evangelio de Juan insiste en la permanencia de los signos del Discípulo Amado y de Pedro. Por eso, Jesús pide a Pedro que le ame intensamente, cuidando de esa forma a sus ovejas.

En esa línea, más que un individuo particular, cuya tarea no puede transmitirse a otros (misioneros, presbíteros u obispos, varones o mujeres), Pedro aparece aquí signo de todos aquellos que realizan tareas misioneras (de pesca) y pastorales (de cuidado) dentro de la iglesia, con la autoridad del amor que anima y cuida.

En ese contexto debemos añadir que el Discípulo amado debe aceptar el ministerio de Pedro.

Por su parte, Pedro ha de aceptar la autoridad del discípulo amado, que aparece al fin de Jn 21 como expresión suprema de la vida de la Iglesia: “Éste es el discípulo que da testimonio de todas estas cosas, aquel que las ha escrito y sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21, 24).

Con estas palabras ratifica el redactor final del evangelio la autoridad del Discípulo Amado, presentándole como garante de la vida de la Iglesia.

Ese autor de Juan sabe que existen otras cosas vinculadas con Jesús, que pueden escribirse en otros libros, como puede ser el de Mateo (Jn 21, 15), pero éstas, las que han sido fijadas por escrito en este libro (cf, Jn 20, 30-31) son las más importantes. El Discípulo Amado aparece, según eso, como el más hondo fundamento de la Iglesia, aunque Pedro tengo a su lado una función de pescar y apacentar a las ovejas. Eso significa que, a diferencia de la Iglesia de Mateo, la autoridad suprema de de la Iglesia en el evangelio de Juan no es Pedro, sino el Discípulo Amado:

‒ El evangelio de Mateo no separa ni distingue las dos autoridades (Pedro y Discípulo Amado), sino que sólo conoce una, que es la de Jesús, tal como ha sido interpretada de un modo universal por Pedro. Tampoco tiende a separar o distinguir dos iglesias, una interna y otra externa (la del Discípulo amado y la de Pedro), pues a su juicio la misma iglesia externa es la interior y viceversa. Así quiere establecer desde Antioquia, hacia el 85 d.C., un programa y camino de expansión universal del evangelio, como seguiré indicando.

‒ El evangelio de Juan, escrito en un momento posterior (hacia el año 100/110), probablemente en Éfeso, acepta la autoridad misionera y organizativa de Pedro, pero añade que hay una más honda: La del Discípulo Amado. Quizá pudiera hablarse en ese contexto de una diarquía (Pedro y el Discípulo Amado), pero la autoridad más alta en ella es la del Discípulo Amado, que transmite la revelación de Jesús: «Que todos sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17, 21), no en unidad de imposición, sino en conocimiento interior y comunión dialogal de amor. Esta visión nos ayudará a interpretar mejor el evangelio de Mateo.

Conclusión. En la Iglesia de Pedro, un fundador mayor que Pedro

Ciertamente, según el evangelio de Juan, Pedro ha sido el promotor de una misión universal cristiana. Pero, aunque él dirija la faena de la “pesca” (misión) de la iglesia, él no conoce aún a Jesús, no le distingue en la mañana, cuando vuelven con la red llena de peces, a diferencia del Discípulo amado que debe decírselo (Jn 21, 6-7). Eso significa que, para realizar su función, Pedro ha de hacerse como el Discípulo Amado, amando así a Jesús (cf. Jn 21, 15-17).

Recordemos en este contexto que, según la tradición bíblica, hay pastores bandidos y mercenarios, que dicen guardar el rebaño, pero lo dominan a su antojo, para su provecho (como puede verse desde Ez 34 hasta las Visiones o Sueños de 1 Henoc 83-90; cf. Jn 10, 10. 12-13). Pues bien, en contra de esos pastores bandidos, Jn 10, 7-13. ha presentando a Jesús como pastor-amigo de hombres con quienes comparte su existencia. En esa línea, Jesús quiere que Pedro se vuelva también amigo, como el discípulo amado. No es que él deba cumplir «por amor» una tarea que en sí no es amor, sino que toda su tarea consiste en animar en amor a los creyentes, en la línea del Discípulo.

Entre los comentarios, cf. J. Beutler, Comentario de Juan, Verbo Divino, Estella 2016.

Además de comentarios cf. R. E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica, Sígueme, Salamanca 1987; A. Destro y M. Pesce, Cómo nació el cristianismo joánico: antropología y exégesis del Evangelio de Juan, Sal Terrae, Santander 2002; C. H. Dodd, La Tradición histórica en el cuarto Evangelio, Cristiandad, Madrid 1977; Interpretación del cuarto evangelio, Cristiandad, Madrid 1978; S. Vidal, Los escritos originales de la comunidad del Discípulo “amigo” de Jesús, Sígueme, Salamanca 1997; K. Wengst, Interpretación del evangelio de Juan, Sígueme, Salamanca 1988; K. Wengst, Interpretación del evangelio de Juan, Sígueme, Salamanca 1985.

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