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Javier Elzo: Los textos de la Iglesia son ininteligibles para la inmensa mayoría de creyentes. «

lunes, 30 de abril de 2018
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iglesiavacia-blog_imagen«¿Un Credo del siglo IV? ¿Salmos de hace treinta y más siglos?»

«La gente sencilla, sin estudios, no se reconoce en la Iglesia post-conciliar»

¿Hora de cambiar el lenguaje de la Iglesia?

Guillaume Cuchet es profesor de historia contemporánea en la universidad de Paris-Est-Creteil. Este libro («Comment notre monde a cessé d’être chrétien. Anatomie d’un effondrement«. Ed du Seuil, Paris, febrero de 2018) impacta por la erudición que muestra el autor, con conocimiento de casi todos, si no todos, los estudios socio-religiosos de Francia hasta el Concilio Vaticano II. Así como por los medios de los que dispuso para redactar su libro. Pura envidia, lo admito.

El libro se centra en Francia, pero muchas de sus realidades son aplicables entre nosotros.

Datos para Francia

Si hacia 1965 el 94 % de la población francesa estaba bautizada y el 25 % iban a misa todos los domingos, en la actualidad solamente el 2% va a misa (y la mayoría de edad avanzada) y no pasa del 30 % los menores de 7 años que están bautizados.

Una iglesia conservadora, de gente mayor, y de derechas. Los católicos de izquierda («les cathos de gauche», de hace dos o tres décadas) han desaparecido en la iglesia, o son una minoría muy minoritaria en medios urbanos e intelectuales, con casi nula capacidad de influencia social. Están ahora, secularizados, en las ONGs progresistas o en partidos claramente de izquierdas o verdes.

Su tesis de fondo: Más allá de mayo del 68 (fuera de la iglesia) y de Humanae Vitae (dentro de la Iglesia, el mismo año 1968, el 25 de julio), el Concilio Vaticano II, desencadena (más que impulsa o genera) el desplome del cristianismo en Francia. El año 1965 sería el año de inflexión.

Pero el tema viene de lejos. Desde la revolución francesa, dice Cuchet. Desde la Ilustración, digo yo. En mi opinión el tema de fondo es el derrumbe, no tanto del cristianismo, sino del Estado de cristiandad.

Chuchet apunta varias causas, razones o motivos de este derrumbe que yo completo con ideas propias.

En las páginas que siguen, en su mayor parte sigo el trabajo de Cuchet pero me permito, aquí y allá, insertar mis propias ideas o comentarios al texto y reflexiones de Cuchet. Distingo, por mi cuenta, argumentos extra-eclesiales e intra-eclesiales. A veces telegráficamente, a veces con cierta extensión, pero siempre breve. Habrá algunas, pocas, pero centrales, ideas repetidas.

1. Algunos factores socio culturales, más allá de la evolución interna de la Iglesia Católica

Las consecuencias de la Revolución Francesa. Marca la cartografía socio religiosa francesa todavía hoy en día.

La lectura de la ciencia como respuesta valida a determinadas prácticas religiosas (las rogativas) con efecto de arrastre a otras cuestiones.

Una sociedad que está terminando de salir del estado de cristiandad. Una sociedad que se dice secular (pero secular, añado yo, de lo religioso cristiano, pues aceptando otras sacralidades: políticas, deportivas, vestimentarias, alimenticias…).

En Francia al menos, (y creo que en España también) antes del Vaticano II se vivió el boom demográfico lo que hizo que, en los años del Concilio y hasta una década después en España, hubiera más niños y menores que hacía difícil percibir la caída de la práctica religiosa.

La transmisión en general, luego también la familiar en particular ha cambiado: se aplaude la moral autónoma sobre la heterónoma, incluso familiar (en el terreno religioso particularmente).

Transformaciones en las uniones familiares: del matrimonio canónico a las parejas de hecho.

Las relaciones sexuales más allá de la reproducción. Reivindicación del eros, por sí mismo.

Es capital tener en cuenta las diferencias socioculturales en general y socio-religiosas en particular a la hora de abordar la evolución de la religiosidad de la gente. Euskadi no es Andalucía, ni Oyarzun Irún.

Más allá de la infravaloración de la práctica religiosa por parte de determinadas corrientes en alza en la Iglesia católica dominante en los años del Concilio, también cambió la significación social y sociológica de la práctica religiosa. Básicamente, es mi hipótesis de fondo, porque se está dejando atrás el estado de cristiandad y se avanza, resueltamente hacia la era secular que diría Charles Taylor.

En ámbitos sociológicos, en muchos lugares de España y Francia, se hable del catolicismo sociológico, un catolicismo de herencia histórica, correspondiente a un momento en el que se era «naturalmente» católico.

En la sociología francesa, pensando en Europa Occidental en general y en Francia más en particular, suelen distinguir tres momentos en los cambios socioculturales después de la segunda guerra mundial (no quiero repentizar aquí, ahora, algo similar para España o Euskadi):

– 1945-1949, la reconstrucción en la inmediata postguerra

– 1950- 1960, modernización de los países

– De 1960 en adelante el gran cambio cultural con un punto álgido, en Francia, en mayo de 1968

2. Algunos factores socio culturales que contribuyeron, directamente, a la mutación socio-religiosa

El final de las reservas de la ruralidad religiosa por el éxodo hacia las ciudades. La religión católica, a diferencia de la protestante, es una religión de masas, comunitaria.

La caída de la natalidad, también, entre los católicos practicantes. En este aspecto me parece esencial recordar el papel clave, fundamental a mi juicio, que supuso la generalización de la píldora anticonceptiva que hacía, por primera vez en la historia de la humanidad, a la mujer dueña de la procreación. Que coincidiera, en el tiempo, con Humanae Vitae fue devastador para la Iglesia Católica.

Los efectos de la inmigración, aunque no suficientemente estudiados, han tenido consecuencias para los inmigrantes (a menudo con convicciones diferentes en la segunda generación y tercera generación de inmigrantes respecto de la primera) y en los países de acogida que, en principio, los recibían con recelo, pero no podían no preguntarse por el ardor religioso de algunos de los inmigrantes. El pluralismo religioso era más que una teoría: una realidad cotidiana, como insiste Peter Berger.

Estadísticamente se da una concomitancia entre el auge de la televisión en las familias y el desmoronamiento de la practica social de la religión. Algo similar cabe decir también del aumento del parque automovilístico y los desplazamientos de fin de semana y el desplome de la práctica religiosa. Pero de ahí no cabe concluir en una relación de causalidad pura. Veamos.

En el caso de la televisión, en Francia, ya desde los años 60, en un canal mayoritario (A2), las mañanas de los domingos estaban reservadas a las confesiones religiosas: judaísmo, iglesias de la reforma y la Iglesia católica con una misa mayor a las 11.00 que se podía presentar como «la primera parroquia de Francia» que logró «recuperar a una parte del público practicante desestabilizado por las transformaciones post-conciliares» a decir de Cuchet (p. 157), aunque no tengo el recuerdo de que esas celebraciones televisadas fueran pre-conciliares, en absoluto. Pero si es cierto que la misa era seguida, casi exclusivamente, por personas enfermas o de edad avanzada. Ya se había producido el desenganche de los más jóvenes.

La idea del derrumbe de la práctica dominical, en razón del auge del parque automovilístico y de los desplazamientos de fin de semana, fue sostenida durante un tiempo por el inmenso estudioso del fenómeno socio-religioso en Francia, el canónigo Boulard, heredero del pionero en estas lides, Gabriel Le Bras.

La influencia de estos dos estudiosos traspasó los límites de Francia. Recuerdo haberlos estudiado en Lovaina de la mano de Jean Remy, entre otros, que publicó un libro importante junto a Boulard. Pero la tesis de la correlación entre el auge de los desplazamientos de fin de semana con el derrumbe de la práctica religiosa dominical sufre un mentís rotundo al constatar que no son las clases pudientes, las que en mayor proporción pudieron comprarse un coche y utilizarlo para el recreo de los fines de semana, quienes en mayor proporción abandonaron la práctica religiosa dominical. (No continuo aquí en las correlaciones entre clase social y práctica religiosa, que me llevaría demasiado espacio. Baste decir que estas correlaciones varían en razón del lugar considerado y del transcurso del tiempo).

3. Algunos factores internos a la propia Iglesia (de forma telegráfica)

Una iglesia elitista cuando todavía era rural. Minusvaloración de la religiosidad popular. La gente sencilla, sin estudios, no se reconoce en la iglesia post-conciliar.

Un Iglesia marcadamente clerical y masculina, aun diciendo valorar al laico y a la mujer.

Infravaloración, por parte de la Iglesia, de las prácticas religiosas y de la dimensión cultual de lo religioso, tras el Vaticano II: la misa y la confesión, de entrada: no hace falta ir a misa para ser un buen cristiano, ni pasar por el confesonario. Después, de forma sorpresiva, no pensada ni querida, y sin solución de continuidad, caída del matrimonio religioso y del bautismo. Ahora ya los funerales: el último bastión.

Una teología y unos lenguajes de otros tiempos y contextos. Hoy obsoletos. Un Credo del siglo IV. Salmos de hace treinta y más siglos. Textos ininteligibles para la inmensa mayoría de creyentes.

Dificultad de la generación del Concilio Vaticano II en admitir que, al menos cronológicamente, haya coincidido con la caída espectacular de las prácticas religiosas. Además, admitirlo supondría dar la razón a la rama más conservadora y tradicional de la Iglesia que había quedado en minoría en el Vaticano II.

En algunos sectores y en algunos momentos en la Iglesia se vivía, como una necesidad, de ocultación o, al menos, de no excesiva visibilización de la matriz cristiana de determinadas obras, en cuya fuente u origen estaba la Iglesia. Lo viví el año 1986 en el Congreso Mundial Vasco, en la sección de drogodependencias, cuando un periodista nos preguntó por qué ocultábamos que «Proyecto Hombre» había venido a Gipuzkoa de la mano de la Iglesia, «Proyecto Hombre» donde, en su cuna en Italia, estaba la figura de un sacerdote. La argumentación era doble: la Iglesia no buscaba colgarse medallas, y, sobre todo, en las obras de la iglesia no se hacía acepción de personas. Además, visibilizar la marca iglesia en Proyecto Hombre podría retraer a posibles drogodependientes no creyentes.

Este rasgo de ocultación, de retraimiento se ha manifestado también en la dificultad para muchas personas de manifestar públicamente sus convicciones religiosas o, más simplemente, de ser tenido por católico. Todavía hoy en día, para muchos creyentes, es más fácil decirse cristiano que católico. Por muchas razones o motivos. Su connotación de retrogrado, en gran parte. Por considerar que se trata de algo íntimo y personal que no debe por qué tener visibilidad social, aunque habrá menos dificultad, o ninguna dificultad en decirse nacionalista (según donde), de izquierdas, progresista etc., etc. En otras palabras, ser católico no está en el aire del tiempo.

4. Primer avance de elementos para una hipótesis global

Durante los años del Concilio Vaticano II, los años anteriores y los inmediatos posteriores, en el interior de la Iglesia se impuso un modelo, digamos progresista, sobre otro minoritario, tradicional que se reflejó también en los propios documentos conciliares. La Iglesia estaba en ebullición, con planteamientos enfrentados. En pocos años se produce, en la cúspide de la Iglesia, un cambio radical: una serie de teólogos y pensadores católicos que habían tenido dificultades con el Santo Oficio, de pronto, se vieron reconocidos y aparecieron en Roma, durante el Concilio, como grandes asesores y redactores de algunos de los documentos que después refrendarían los obispos en el Aula Conciliar con sus votaciones.

En gran parte del catolicismo pensante de matriz progresista se vivieron aquellos años con auténtica efervescencia. Se miraba el futuro con esperanza. Se esperaba un renacer de la Iglesia y de su presencia en el mundo. Pero muy pronto, coincidiendo con la conclusión del Concilio, en 1965, se produce de forma brusca un cambio importante, una ruptura sobre lo de siempre que, sin embargo, cuesta ver, pues apunta a cambios imprevistos. Más todavía, a cambios en el sentido contrario a los previsto antes del inicio del Concilio. Algunas notas de esa ruptura serían las siguientes:

La caída en picado de las prácticas religiosas, particularmente de la eucaristía y de la confesión individual (aun me veo yendo de la escuela a la iglesia, todos a una, a confesarnos los primeros jueves de mes, de preferencia con D. Pedro, de avanzada edad, algo sordo, breve en sus prédicas y benévolo con la penitencia).

Cambios en la piedad: las novenas, las adoraciones al santísimo, los primeros viernes de mes (no puedo olvidar la iglesia llena de jóvenes en la misa de las 8.30 de la mañana en mi parroquia de Beasain), las imágenes de santos circulando de casa en casa, el rezo del rosario en familia y un largo etcétera, desaparecieron de la noche a la mañana quedando como residuos de tiempos pasados en algunos centros, como excepciones de otro modo de ver la piedad.

Cambios en las creencias religiosas empezando por la idea misma de Dios. Pasar del Jaungoikoa (El Señor de arriba) que todo lo ve, y todo lo juzga, al Dios de Jesus, amigo de los excluidos, azote de los poderosos, es un salto que no se da sin más ni más. Añádase el trastueque total que se ha vivido con el imaginario del más allá.

La reforma de la liturgia. La desaparición del latín en la misa, celebrada de cara al público, sin boato alguno (desaparecen las campanillas, no se eleva la casulla al sacerdote cuando se arrodilla en la consagración, el incensario prácticamente desaparece, la comunión se hace mayoritariamente en la mano, etc., etc.,) modifican la antropología y la psicología religiosa del creyente. Una cierta aura del más allá, de lo radicalmente otro, se difumina, quedando una celebración más pedestre, más terrenal.

La dimensión mistérica de lo religioso queda suplantada por encuentros dominicales en los que lo racional impera sobre lo emocional. Esto último fue particularmente llamativo en la suplantación de cánticos populares, ciertamente de teología del siglo XIX, con modernas composiciones que no llegaban al corazón de los fieles. Cabría también hacer un inciso al intento de misas con guitarras, flautines etc., en un intento de animar a los más jóvenes a participar en las celebraciones dominicales.
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«Y ahora… ¿qué creo que creo? (III)», por Gonzalo Haya.

sábado, 28 de abril de 2018
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rosto-de-jesus-na-multidao(Ya he reflexionado sobre Dios y nuestras limitaciones, y sobre Jesús. Ahora trato un aspecto más concreto, su mensaje, el Reinado de Dios y, al concretar, las posibilidades de interpretación son más amplias y más circunstanciales; por lo tanto más versátiles y provisionales).

El término griego basileia significa reino o reinado, en el sentido que hoy diríamos gobernanza; un régimen social, un modo de relacionarse, establecido en un pueblo. El proyecto de Jesús era convocar a su pueblo para establecer voluntariamente unas relaciones de compartir en fraternidad como hijos de Dios. La opresión ejercida por los invasores romanos y por los epulones y el alto clero judío le urgía a liberar –redimir– a los marginados y anunciar la buena noticia a los pobres.

Jesús inició este proyecto “para las ovejas descarriadas de Israel” pero, al entrar en contacto con los pueblos vecinos, comprendió que el amor del Padre era universal, y su proyecto era anterior a cualquier religión porque procedía desde la misma creación. Marcos y Mateo escenifican esta universalización de Jesús -esta conversión- en el episodio de la mujer cananea (Mt 15,21-28); pero más ampliamente se muestra este universalismo, como ya he indicado, con los samaritanos, el publicano, el geraseno, y el centurión romano.

Este proyecto fue asumido por sus discípulos como cumplimiento de la promesa mesiánica, y fue denominado cristianismo por el término griego Khristós, ungido, Mesías. Sin embargo este término vuelve a ser reduccionista porque reduce la universalidad de Jesús -y del Dios de la creación- a una determinada religión.

No dudo que todos sus discípulos estuvieron impulsados por el Espíritu, pero este impulso se concreta de manera distinta en Isaías, en Jesús, en Pablo o en Santiago. También la electricidad que entra en mi casa produce efectos diferentes en las bombillas, en el radiador o en el televisor; y este escrito provocará diversas reacciones en cada uno de los que lo lean.

Para comprender ahora su proyecto universal conviene relacionarlo con algunos conceptos de nuestra cultura.

Religiones

Las religiones son elaboraciones humanas para socializar las tendencias espirituales inherentes a nuestra naturaleza. El desarrollo de nuestro cerebro ha roto de alguna manera el cerco espacio-tiempo, trasciende las sensaciones de placer-dolor, y se aventura por sentimientos irrenunciables de belleza, justicia, amor desinteresado, y ansias de infinito (vía intuitiva). Estos sentimientos -promovidos por nuestra naturaleza y fundamentados en Dios inmanente y trascendente- serían inútiles y crueles si no pudieran ser satisfechos de alguna manera. La noosfera nos ha abierto una ventana -”ya sí pero todavía no”– a una esfera espiritual; nuestra conciencia es como una interfaz que conecta con el “fundamento divino”.

Las religiones concretan esos sentimientos con las realidades diarias de una sociedad y establecen unas explicaciones comunes (creencias), unos preceptos, y unas expresiones simbólicas (mitos, ritos, bailes), dirigidos por una jerarquía (más o menos rígida).

Jesús partió de su religión judía, abrazó su creencia fundamental en un Dios amor que desea una convivencia feliz para todos sus hijos y ofrece un futuro trascendente; pero se desligó de “esas tradiciones vuestras” (Mc 7,5-13) porque se habían ido endureciendo en beneficio de la jerarquía dirigente. Él no fundó una nueva religión, solamente impulsó un movimiento para volver al fundamento espiritual -dignidad, justicia, amor- de toda religión. Ese movimiento espiritual y social era, y es, común con otras religiones. Jesús no trató de convertir a los “paganos” que acudieron a él, y hoy acogería lo que denominamos un pluralismo religioso o una laicidad éticamente responsable.

El Reinado de Dios no es exclusivamente para los cristianos, es un proyecto para toda la humanidad. Todas las religiones lo han descubierto en su fondo humano espiritual y lo han socializado -con más o menos acierto- mediante creencias, preceptos y ritos de su propia cultura.

Cristianismo

Las Iglesias cristianas tienen su origen en los seguidores de Jesús. Ellos tuvieron el mérito de creer en su mensaje divino a pesar de su fracaso humano, y trataron de concretar y socializar su movimiento en unas circunstancias desconcertantes.

Los pequeños grupos que acogieron el proyecto de Jesús eran fundamentalmente judíos y esperaban una inminente escatología; a medida que pasaba el tiempo se fueron estableciendo comunidades cristianas de orign pagano y de cultura greco-romana. Las creencias se formularon en conceptos griegos y las normas en términos del derecho romano.

El movimiento de Jesús fue perdiendo flexibilidad y se fueron acumulando tradiciones de creencias, preceptos y ritos, más preocupados por mantener la identidad del grupo que por alentar el compartir en fraternidad. Sería desmesurado el pretender analizar aquí, con los necesarios matices, esas creencias pero no puedo eludir referirme brevemente a lo que creo sobre las más significativas (reconociendo expresamente mis limitaciones culturales y personales).

De una manera general puedo adelantar que la formulación de las creencias, normas y ritos, en una sociedad adulta, deberían ser orientaciones para ayudar a discernir y mantener alguna cohesión entre las distintas comunidades, pero dejando la última palabra a la propia conciencia (y la coacción a las leyes civiles que deben garantizar la convivencia social).

Creo que lo importante no es ser cristiano, sino tratar de seguir el mensaje que recuperó y promovió Jesús; sin embargo me considero cristiano como todos los que reconocemos a Jesús como mensajero de Dios y nos sentimos en el ámbito de creencias expresadas en el Nuevo Testamento.

La iglesia no es la jerarquía sino el pueblo de Dios. La formulación de las creencias y preceptos no compete solamente a la jerarquía, sino también al sensus fidelium que debe recibir esas formulaciones y normas (y debería participar en su elaboración). Tanto las creencias como las normas son interpretaciones culturales -y por tanto evolutivas- de una percepción del amor y la justicia. La fe consiste en una adhesión confiada más que en unas explicaciones conceptuales.

Las creencias sobre el más allá rebasan nuestras limitaciones espacio-temporales, por tanto son un postulado, igual que la idea de Dios, y creo que pueden basarse en dos pilares. Por una parte somos seres abiertos a la trascendencia: justicia, amor, ansias de infinitud; por otra, las experiencias místicas han percibido -con más o menos intensidad en cada época y cultura- un atisbo de ese estado trascendente; en palabras de Raimon Panikkar, han tenido conciencia “de un contacto tangencial con la eternidad”.

La resurrección no se planteó en la religión judía hasta el siglo II a.C, ante la muerte heroica de los hermanos Macabeos, porque pensaban que Dios no podía abandonar definitivamente a los que habían muerto por defender su nombre. El principal argumento para muchos de nosotros se basa igualmente en que la justicia y el amor de Dios no abandona definitivamente a los que han sufrido la marginación y la crueldad de nuestra sociedad. Jesús, por su experiencia de Dios, sabía que Dios no es un Dios de muertos sino un Dios de vivos. En qué consista la resurrección, no lo sabemos; Jesús lo comparaba a lo que entonces se entendía como los ángeles de Dios; Pablo como un cuerpo espiritual. Si creemos en la existencia de Dios y en realidades como la justicia y el amor, podemos pensar que la resurrección puede ser un estado de plenitud en una esfera o ámbito espiritual.

Los ritos religiosos son expresiones simbólicas de nuestros sentimientos, y la mejor pedagogía para interiorizar las creencias; por eso se formularon según las creencias y la cultura de una determinada época, pero al cambiar las costumbres van perdiendo su poder de evocación, o incluso llegan a ser incomprensibles. Y los símbolos que no sugieren nada son como la sal que pierde su sabor; se los mantiene para asegurar la permanencia de esas creencias a pesar de los cambios culturales. Actualmente urge la renovación de nuestros símbolos religiosos,

A lo largo de la Historia se han producido brotes de vuelta al movimiento impulsado por Jesús -semejante al de los profetas de Israel- y felizmente rebrota también en estos momentos. Pero se está produciendo en un radical cambio cultural, que algunos consideran una nueva era axial. Quizás en la cultura occidental estemos pasando a una era posreligional. Estos cambios exigen una nueva socialización del mensaje de Jesús; espero que se desarrollen en una atmósfera de libertad y compromiso fraternal.

Conclusiones

Propongo unos mantras para mantener unos recuerdos útiles en el día a día.

· “Hay un asunto en la tierra / Más importante que Dios / Y es que nadie escupa sangre / Pa’ que otro viva mejor “ (Atahualpa yupanqui)

· “Hechos son amores, que no buenas razones”

· Dios es amor, y el verdadero amor nos identifica con él

· Tres parábolas de Jesús: el buen samaritano, la oración del publicano, y la del hijo pródigo

Y quiero terminar asumiendo lo que repetía mi estimado maestro Díez Alegría

Aunque sabemos que Dios no tiene manos,
me pongo en manos de Dios”

Gonzalo Haya

Fuente Fe Adulta

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«La Iglesia en la historia de España (y II)», por Saturnino Rodríguez.

viernes, 27 de abril de 2018
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hiszpanski1Un resumen hecho sobre un libro escrito por una persona de ideología conservadora por lo que hay que leer entre líneas…

Del siglo XVII al presente.

La Cuarta Parte, correspondiente a la España de la Ilustración, abarca un siglo, el XVIII, en el que seguimos la acción de la Iglesia desde el comienzo mismo; desde su actitud en la Guerra de Sucesión, que dividió a los españoles en austracistas y borbónicos, y que hizo que el nuncio Antonio Félix Zondadori, partidario del archiduque Carlos, fuera expulsado por Felipe V en 1709.

Era el primer conflicto con la Santa Sede del Reinado de Felipe V que se produjo en plena Guerra de Sucesión Española cuando el papa Clemente XI el 15 de enero de 1709 reconoció como rey al otro pretendiente a la Corona el Archiduque Carlos, presionado por el ejército imperial que había sitiado Roma tras derrotar al ejército borbónico francés en el norte de Italia.

En España, la Ilustración coincidió con los reinados de Fernando VI (1746-1759) y Carlos III (1759-1788. Pese a la decadencia profunda del país, el auge de algunas zonas geográficas y la actitud, desde el poder político, aunque tímida, facilitó la aparición de un buen grupo de ilustrados como Cadalso, Campomanes, Feijoo, Jovellanos o Mutis (nacido en Cádiz y enterrado en la Universidad del Rosario de Bogotá). Hecho condicionado por la preponderancia del pensamiento teológico tradicional, aunque había excepciones como el caso del monje benedictino Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), ensayista y polígrafo que llegaría a ser general de su Órden en España y Arzobispo de Otranto (Reino de Nápoles).

El reformista Campomanes, nombrado fiscal del Consejo de Castilla, trató de demostrar que los verdaderos inductores del motín de Esquilache habían sido los jesuitas, por lo que se decretó en 1717 su expulsión y sus dominios confiscados, pese a la oposición de sectores de la nobleza y las órdenes religiosas.

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sí, si el regalismo de los Austrias aparece como fruto de una concepción providencialista en la que los monarcas se autoconsideran brazo armado de la Iglesia, el borbónico, sobre todo desde Carlos III, fue un regalismo en cierto modo laicista y secularizado, que ya no se presenta como intromisión real en materias eclesiásticas, sino como un derecho inherente a la corona. En este clima, alentado por los reformistas ilustrados, se estudian las difíciles relaciones Iglesia-Estado, con un Concordato, el de 1737 genérico y difuso, y otro, el de 1753, entre Benedicto XIV y Fernando VI, más importante y preciso, que, entre otras cosas, reconoció a los reyes el derecho universal de «patronato».

En este clima, regalista e ilustrado, fue objeto de críticas el número y el nivel cultural del bajo clero, que entonces sobrepasaba la cifra de sesenta mil miembros, al cuidado de unas dieciocho mil parroquias, pero ese nivel mejoró en la segunda mitad del siglo al aplicarse el Concordato de 1753, con la creación de seminarios y la reforma beneficial.

Con Carlos III, habrá que registrar en la Iglesia española una serie de conflictos, desde el mayor, que condujo a la expulsión de los jesuitas en 1767, que suprimiría definitivamente Clemente XIV en 1773, a otros provocados por cuestiones menores que incluso se iniciaron fuera de España, según fue el caso del Monitorio de Parma o del Catecismo de Messenguy, publicado aquí por una Inquisición excepcionalmente antirregalista y que concluyó con el triunfo del poder civil y la claudicación del Santo Oficio. Los jesuitas serían expulsados en otras dos ocasiones, 1835 y 1932.

La provisión de obispos, a su vez, se vio al principio condicionada por las circunstancias políticas (su posicionamiento en la Guerra de Sucesión y la consiguiente lealtad a Felipe V), y luego por la expulsión de los jesuitas, que marginó a quienes les eran afectos. En cuanto a los regulares, una consulta del Consejo de Castilla de 1769 preconizó la revisión de su excesivo número y de la corta edad con que profesaban, iniciándose así un expediente para la reducción de sus miembros que, entre otros, afectó a trinitarios, mercedarios, franciscanos, carmelitas y agustinos.

En la España del XVIII se estudia, en fin, la aportación de la Iglesia a la nueva cultura ilustrada, y el rumbo peculiar de una Inquisición convertida en tribunal de censura de libros que intenta contener la propaganda de la Revolución Francesa. Y en cuanto a esa Iglesia, que había acumulado propiedades como consecuencia del régimen señorial, pero que se veía objeto de exageradas críticas por parte de los ilustrados, el libro ofrece un estudio de su efectiva situación económica, es decir, de sus bienes, ingresos y rentas. Esta cuarta parte finaliza con la consiguiente referencia a la Iglesia española y América, y en concreto al Regio Vicariato Indiano.

La 5ª parte – El Siglo XIX

La Quinta Parte, dedicada al siglo XIX, ofrece de entrada un panorama cronológico de la historia de la Iglesia en las cuatro etapas principales de esa centuria: –Guerra de la Independencia y reinado de Fernando VII –Estado liberal entre 1833 y 1868 – Período revolucionario y Primera República y – Restauración desde 1874. Tras ese panorama y sus alternativas, se entra en un estudio pormenorizado de las principales reformas que afectaron a la Iglesia española y de la trama de las relaciones Iglesia-Estado.

Se consideran como grandes reformas eclesiásticas de esta época la abolición de la Inquisición, la desamortización y la exclaustración del clero regular. La primera de ellas tuvo lugar en las Cortes de Cádiz, a raíz de un monumental debate que concluye con un decreto de 1813 suprimiendo la Inquisición por inconstitucional. Restaurada luego y vuelta a suprimir en los siguientes períodos absolutistas y liberal, será definitivamente abolida en 1834. Según se advierte, si Roma se solidarizó con el Santo Oficio en la coyuntura de Cádiz, dejó de hacerlo después – por considerarla un instrumento en manos del Estado – cuando fue de nuevo suprimida al iniciarse el Trienio liberal en ese año 1834. Leer más…

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«La Iglesia en la historia de España (I)», por Saturnino Rodríguez.

martes, 24 de abril de 2018
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santiago-apostolUn resumen hecho sobre un libro escrito por una persona de ideología conservadora por lo que hay que leer entre líneas…

DEL SIGLO I AL SIGLO XVII

Esta presentación pretende hacer una síntesis de la presencia de la Iglesia en la historia de España, desde los orígenes, es decir, desde la predicación del Cristianismo (s. I), a nuestros días.

Hemos seguido los pasos de la magnífica obra -casi enciclopédica- del director-coordinador de la misma José Antonio Escudero titulada «Iglesia en la Historia de España». El título ya dice claramente que no se trata de una historia de la Iglesia sino de su actuación, papel e implicación en la historia de España a lo largo de 21 siglos.

El director-coordinador de «La Iglesia en la historia de España» es José Antonio Escudero López, (Barbastro, Huesca, 1936), doctor en Derecho, catedrático y jurista e historiador-investigador. Ha repartido su intensa actividad entre la docencia universitaria como catedrático en la Universidad española y profesor en varios países europeos y americanos y en la política como eurodiputado, desde el año 1987 hasta el 1999. Fue también senador por Huesca en la primera legislatura democrática de la Transición.

Actualmente es el Presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, y es miembro también de la Real Academia de Historia y del Consejo de Estado. Las dos dimensiones académica y política unidas a la de investigador le convierten en una referencia obligada tanto para gobernantes como para la sociedad.

 

hist-spain1Pinchad en la imagen para ampliarla

La religión en la península ibérica antes del cristianismo

Los pueblos preromanos en la península ibérica

La 1ª parte de «La Iglesia en la historia de España», correspondiente a la España antigua, estudia las dos etapas romana y visigoda, arrancando de una cuestión previa e importante: ¿En qué creían los pueblos primitivos de la Península Ibérica cuando llegó el mensaje cristiano? ¿Cuáles eran las religiones prerromanas? Abundan los trabajos que resumimos en pocas palabras.

Los investigadores aprecian una diferencia religiosa y cultural entre celtíberos y vacceos. Los antiguos vascones, en el área de Navarra, veneraban dos divinidades principales: Losa o Loxa, con cuatro dedicatorias y Larrahi con dos.

En el territorio lusitano-galaico que comprendía la región limitada al sur por el Tajo, al este por al actual frontera entre España y Portugal y al norte por la Sierra de la Estrella, recibían culto cuatro dioses que sobrepasaron el ámbito local: Bandua, Quangeius, Arentius y Reve, y otros cuatro posibles teónimos.

El panteón hispano presenta muy próximas afinidades al celta extrahispano, aunque hay algunas diferencias notables. Una síntesis de la religiosidad de los pueblos indoeuropeos hispanos, la compara continuamente con la de la deidad céltica Bandua, protectora de núcleos urbanos.

El dios indígena Bandua se asimiló en determinados casos con el Genio romano. Los Genios y los Lares romanos eran como las almas de los familiares difuntos que podrían tener esta misma característica.

Bandua es reconocido como un dios de la Vexillum y socio de Marte. Se trata de una posible divinidad indígena prerromana tartésica (s.IV aC), y la más antigua que se puede fechar. Los accitanos (de Acci, antiguo nombre de Guadix) veneraban a una deidad indígena de carácter solar asimilada a Marte con el Neito, palabra celtibérica.

1 – Romana y Visigoda

Los comienzos apostólicos

En aquellos primeros tiempos, a los que remiten las antiguas tradiciones todo es inaugural y primario: la predicación del apóstol Santiago, a quien según la tradición se aparece la Virgen (del Pilar) para alentarle en su tarea apostólica; el proyectado viaje de san Pablo en su carta a los Romanos, escrita desde Corinto (Carta a los Romanos 15,28) hacia el año 56 d.C. en donde dice «Saldré para España, pasando por vuestra ciudad (Roma), y sé que mi ida ahí cuenta con la plena bendición de Cristo». Y también los «siete varones apostólicos», tradición ésta que resumimos brevemente… Leer más…

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Dios es joven

jueves, 19 de abril de 2018
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jesus-hipster«Es formular, con otras palabras, el mensaje de Pascua»

(Víctor Codina sj).- Para muchos, Dios no existe. Algunos, siguiendo a Nietzsche, creen que el mayor acontecimiento presente es el anuncio de que Dios ha muerto. Otros consideran a Dios como un venerable anciano, bondadoso y con barba blanca.

Ahora Francisco, en una conversación con el periodista y escritor Thomas Leoncini, con motivo del próximo sínodo de obispos sobre los jóvenes, nos sorprende con la novedosa expresión de que «Dios es joven».

Quizás es un poco sensacionalista poner esta frase como título de un libro que contiene otras numerosas afirmaciones de Francisco sobre la generación joven: su centralidad y protagonismo en la historia, sus potencialidades, pero también sus tentaciones y riesgos; su marginación social y la importancia del diálogo entre las nuevas generaciones y los ancianos, etc. Pero esta afirmación sobre la juventud de Dios es sin duda lo más original de esta entrevista.

Francisco parte del texto del libro de Apocalipsis 21,5 donde se dice que Aquel que se sienta en el trono, convierte en nuevas todas las cosas. A partir de aquí, afirma Francisco:

«Así pues, Dios es aquel que lo renueva todo. ¡Dios es joven! Dios es el Eterno que no tiene tiempo, pero que es capaz de renovar, de rejuvenecerse continuamente y de rejuvenecerlo todo (…) Es joven porque «hace nuevas todas las cosas» y le gustan las novedades, porque asombra y le gusta asombrarse, porque sabe soñar y desea nuestros sueños, porque es fuerte y entusiasta».

Me imagino que esta afirmación de Francisco sorprenderá y tal vez escandalizará a los que tienen otra imagen de Dios. Pero afirmar que Dios es joven es retomar de modo novedoso atributos tradicionales de Dios: creador, vivificador, el que ha sido, es y será, el que hace pasar del no-ser a la existencia y resucita los muertos, el que con el Espíritu de Jesús rejuvenece la Iglesia y la lleva, junto con toda la humanidad, a su plenitud definitiva.

Todo esto tiene consecuencias: ver a la juventud como imagen de Dios y que los jóvenes-como les pidió Francisco en Chile- ayuden a que la Iglesia «no sea la santa abuela Iglesia».

Ante una sociedad en muchos sentidos decadente y envejecida, ante una Iglesia en muchos lugares parecida más a un geriátrico que a una comunidad viva y misionera que sale a la calle, ante la gerontocracia de muchos dirigentes eclesiales y unas comunidades con pocos jóvenes, y frente también a la tentación de convertirnos en profetas de calamidades al ver esta realidad, el grito de Francisco de que Dios es joven, es una señal de vida y de esperanza.

Es formular, con otras palabras, el mensaje de Pascua: Jesús ha resucitado y su Espíritu ha descendido sobre toda la creación. ¿Seremos capaces los adultos y ancianos de transmitir, sobre todo a las generaciones jóvenes, que el mayor acontecimiento de nuestro tiempo no es que Dios ha muerto sino que Dios es joven?

Fuente Religión Digital

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«Muchos de aquellos que buscan a Dios lo buscan lejos de las instituciones» por Manuel Mandianes

lunes, 2 de abril de 2018
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16_iglesias_5Antes, la sombra del campanario y el pulpito lo regulaban todo, hoy su sombra y su eco no van más allá del dintel de la sacristía. La desconfianza en las instituciones, incluida la Iglesia, pone el punto de mira en la transparencia y busca encajar con las nuevas tecnologías. El mundo se ha vuelto adulto y el sujeto se ha emancipado. El contexto de cada persona ha crecido y sigue creciendo de manera exponencial en los últimos años.

La muerte de las utopías y el debilitamiento de las ideologías lleva consigo la falta de una escala valorativa interna para decidir lo mejor; es el yo quien juzga de todo. El concepto de secularización va ocupando un lugar que hasta ahora no había tenido nunca. Nada dura, todo hay que cambiarlo, casi cada día, por lo nuevo, lo moderno.

Xavier Zubiri decía que los tres productos más gigantescos del espíritu humano son la metafísica, el derecho romano y la religión de Israel. Hoy puede añadírsele, en grandeza, la ciencia moderna. La Iglesia siempre ha manifestado un miedo, que le produce una parálisis fulminante, ante las novedades porque van contra la moral y la ética, olvidando que muchos principios no son más que normas, costumbres, tradiciones, conducta que convierte a la Iglesia en una institución que, a veces, parece anacrónica y desorientada, extranjera a su tiempo, custodia de un mensaje que ha perdido el significado para muchos contemporáneos.

La ciencia, más temprano que tarde, hará lo que sea capaz de hacer. Muchos preceptos y reglas no vienen a los cristianos de Jesús, sino que son costumbres adquiridas a lo largo de la historia. Los cristianos, en muchos casos como todo el resto de la humanidad, han dedicado más tiempo a construir refugios que a derribar muros y abrir ventanas lo que les ha permitido un confortable aislamiento. La ingeniería genética y otras ciencias, no se detendrán ante nada, y aquello de Horacio, virtutem doctrina parit, no es más que un deseo. Muchos sacerdotes, muchos fieles están convencidos de que el mundo actual es ateo, despreocupado de las cosas espirituales.

La gente de hoy busca experiencias, sentimientos y aún muchos de aquellos que buscan a Dios lo buscan lejos de las instituciones. Es por ello que surgen distintas, diferentes y muy variedades espiritualidades que generan sectas, movimientos, grupos de meditación, espiritualidad, prácticas religiosas, diversidad de relaciones con el misterio para responder al deseo y necesidad de absoluta, deseos de infinito, de religiosidad a la carta, «apertura» y «ordenación» a lo trascendente, diría Rahner. Experiencias que tratan de anular la distancia entre el yo y el absolutamente otro: lo divino, lo mistérico, lo sagrado.

efa89157a32f729a9a10c34cccf4c6bf24409e2944e440d38326ced9884c3d1eEn todo caso, la gente lo vive como una apertura personal a lo trascendente. Sin duda, muchas sectas siguen explotando la vulnerabilidad de la mente humana que es curiosa por naturaleza. El mundo de hoy se dedica a buscar tesoros escondidos o del pasado porque el presente, lo que tiene a mano, no le satisface. El mundo busca memoria, raíces, dioses o ídolos porque ha abandonado la tradición. El mundo desencantado busca un reencantamiento porque no puede vivir sin ilusiones, sin metas, sin proyectos, sin sentido. El narcisismo no le deja mirar más allá del número sus zapatos, manipular al otro en su debilidad se ha convertido en un arte. Las instituciones políticas, sociales, religiosas y los partidos políticos, están en crisis.

La percepción y la relación de los fieles con la Iglesia han cambiado como han cambiado las relaciones de los ciudadanos con todas las instituciones y las del consumidor con las marcas y con todas las instituciones. Parece ser que el número de creyentes ha disminuido, en contrapartida los que siguen creyendo son más conscientes de su fe; en España, en ciertos ambientes, ser cristiano es revolucionario.

A todo ello corresponde una nueva relación del hombre con Dios. De momento no ha surgido ninguna solución definitiva. El fundamentalismo no es más que uno de estos intentos. Se rechaza todo lo dogmático y se valora todo lo que el hombre puede hacer. Muchos hombres creen que negando a Dios los atributos que siempre se le habían atribuido él se hace, e rechazo, dueño de ellos. En la mayoría de los casos no se niega a Dios, se le ignora y se prescinde de él. El «otro es tu hermano», del Evangelio, ha sido sustituido por el ego de Descartes.

La posmodernidad ha rescatado lo sagrado sin absoluto y sin rostro, hay un profundo deseo de espiritualidad, se han vulgarizado y popularizado los símbolos religiosos atribuyéndoles un significado muy diferente del original. Tal vez sean intentos de encontrar la certidumbre y llenar el vacío que existe en el núcleo de experiencia moderna. Algunos de estos esfuerzos representan un esfuerzo por crear una espiritualidad sin Dios y sin lo sobrenatural, pero en todo caso representan una intensa necesidad de lo espiritual, con frecuencia excluida, al menos marginada, de una sociedad laica. Como toda empresa creativa, la búsqueda de una fe moderna resulta ardua. A veces la teología se ha convertido en un fetiche de valor supremo en vez de un medio para llegar a una realidad inefable y misteriosa.

41801183El mundo creado no es sagrado pero el hombre que vive en él necesita el misterio, pero a diferencia de antes, la fe del carbonero, hoy la trascendencia está sometida a la crítica de la razón. Es hecho de no tener religión no significa incredulidad ni perdida de fe en una dimensión trascendental o ausencia de una determinada religiosidad sino autonomía en su gestión lo que supone, aunque no de manera consciente, una diferencia entre fe y religión, aunque lleva consigo formas de religión, aunque tengan poco que ver con las tradicionales. La posmodernidad está viviendo un estallido incontrolable, una efervescencia evidente y una seducción inexplicable de lo sagrado y de lo divino, un deseo ardiente e ilimitado de unión con lo ilimitado.

La Iglesia tiene que ponerse al día, seguir las tendencias en lo esencial; es decir, en la medida en que son mojones que indican por donde va a ir el futuro. La moda es pasajera, efímera, pero es una especie de comunicación, la búsqueda del misterio de la belleza por eso nunca se puede agotar, que puede llegar a muchos y para evangelizar hay que combinar la luz del pasado con la luz del futuro filtrada por el presente. La vida del creyente no debe de ser una recreación sino una revelación para que se enamoren de lo que revelamos. Hay que jugar con conceptos, trasgredir normas sin aferrarse a nada. Mucha gente desea huir del ruido, del fragor del día a día para, en silencio, encontrarse con lo perdurable. El silencio, como búsqueda de una espiritualidad, muchas veces, trasversal, se ha convertido en un bien escaso, difícil de encontrar para conectar con el yo más profundo y con lo otro, ¿Dios, lo sagrado, el misterio? A mucha gente le importa más el envoltorio que el regalo, pero la mayoría busca el regalo.

El gran reto es hacer que la humanidad vuelva los ojos al Jesús de Nazaret porque el ateísmo moderno no busca demostrar que Dios no existe sino la indiferencia, el olvido de Dios. Sus grandes dioses son los futbolistas porque a una tierna edad son famosos, ricos y «las mujeres se echan a sus pies», me dijo la madre de un niño que apuntaba maneras con el balón. La humanidad no puede vivir delante de un panteón vacío; ha sacado los viejos dioses y los ha llenado de otros nuevos. De todos modos, los nuevos dioses no vencen ni ocupan totalmente nunca a los viejos. Conoces como nadie, porque lo vives en carne propia, la relación entre fama y poder, la cantidad de poder que da la fama y lo mal o bien que a1uel se puede utilizar. Y como muchos lo utilizan para tener más poder o para amasar fortunas descomunales. Tu vida es como un homenaje a los héroes que encontramos en la vida diaria capaces de comportamientos extraordinarios en situaciones extremas. Sabes que la culpa de lo que pasa no es de Dios sino de los hombres que no secundan los de Dios sino sus intereses.

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Viéndote, oyéndote, veo atisbos de eternidad hasta en las cosas más pequeñas y me llevas a Charles Foucauld quien decía: «Por amor a Dios es lo mismo mondar patatas que construir catedrales». «La mística es algo que, en lugar de facilitar la huida del sufrimiento y de la muerte, de los problemas y conflictos, lleva a sumergirse dentro de ellos y a abrazarlos compasivamente, con un profundo deseo de solidaridad y comunión», escribe M. C. Bingemer en «El Misterio y el Mundo». La vivencia de la fe, tiene lugar dentro del momento que a cada uno toca vivir, es un paso por la historia. El cristiano no busca el sentido de su vida, el sentido de la vida es su fundamento.

Dios se revela al hombre en el fluido del tiempo, en lo que pasa y en lo que no pasa; en lo visible y en lo invisible. Das la impresión de que te sientes bien en todas partes, pero es seguro que en donde mejor te sientes es el medio de los últimos de la tierra. Jesús vivió, como hombre, su situación que no es la de ningún otro. Si nos dejamos mirar por Jesús, luego nos sentiremos lo que realmente somos: uno de tantos seres humanos que caminan, que suben montañas, que nadan, que comen, que aman, que sienten el fracaso, que se alegran, que ríen, que lloran. Y tu, Francisco, eres uno de esos, te sientes un hombre como los demás, aunque elegido para ser cabeza visible de la Iglesia. Leer más…

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«Acción y espiritualidad», por Carlos F. Barberá.

martes, 6 de marzo de 2018
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ayuda-help-fair-play-empatia-foul-solidaridadNo hace mucho estuve en una reunión con el cardenal de Madrid. En un momento tomé la palabra y me dirigí a él en estos términos: “Creo que los obispos vivís en un mundo aparte pero lo cierto es que mis amigos creyentes y críticos están ya hartos, cansados, aburridos de la Iglesia. Porque cuando no es un reportaje en la Sexta sobre un cura pederasta que se jubiló con todos los honores es un cardenal que dice que el independentismo no es compatible con la conciencia católica, cuando no es una diócesis que arrambla con todas las fincas que puede… Y es que de la Iglesia sólo vienen malas noticias, salvo las que proceden de Francisco. Mira: hace poco en una conferencia una persona muy seria contó una entrevista con el Papa: Santo Padre, le damos las gracias por las iniciativas que toma, por los pasos que da. La contestación fue: Sí, pero yo miro atrás y no veo que nadie me siga”.

Carlos Osoro contestó ensalzando las cosas buenas que hace la Iglesia y enumerando algunas en concreto. Y ahí se acabó el tiempo y el debate. Faltó, claro está, la réplica evidente: si la Iglesia hace tantas cosas buenas ¿por qué tiene tan mala imagen?

Pensando en ese episodio, se me ha ocurrido algo que tiene que ver a la vez con los 500 años de la Reforma que acabamos de conmemorar.

Como es sabido, Hans Küng ha utilizado muchas veces en sus obras el concepto de paradigma y lo ha aplicado en concreto al proceso de la ruptura de Lutero. Sostiene el teólogo suizo que el enfrentamiento de Lutero con la Iglesia oficial no fue provocado por la corrupción de la jerarquía sino por el choque entre dos paradigmas: frente al católico-romano medieval vigente en la Iglesia desde San Agustín, el fraile agustino formuló un nuevo paradigma mucho más acorde con los tiempos. De ahí su enorme éxito y su amplia y rápida disuasión. El espíritu de la época exigía un modelo nuevo y Lutero fue capaz de darle voz y palabra.

Pensando en todo esto me pareció encontrar una clave para dar razón del descrédito de la Iglesia católica. Paradójicamente, en comparación con los siglos anteriores, el catolicismo tiene una mejor teología, es más cercano al Evangelio, es mucho más libre, lleva a cabo en su seno una crítica permanente y sin embargo su declive es innegable. Creo que la razón estriba en que, salvo en el caso de Francisco, se empeña en mantener un paradigma que ya no responde al espíritu de este tiempo.

Los que nos iniciamos en la religión en los años cuarenta o cincuenta aprendimos un cristianismo que era ante todo doctrina y culto. En los colegios católicos se enseñaba la doctrina –condensada en el catecismo– y se obligaba a oír misa y rezar el rosario diariamente y a confesar de cuando en cuando. En esas dos palabras se encerraba todo: doctrina y culto. Cuando muchos pusieron en cuestión la doctrina –escolástica– y abandonaron un culto aburrido y repetitivo, no les quedó ya nada. El paradigma hijo de Trento era ya inservible.

¿Y cuál debería ser el nuevo paradigma para una Iglesia en un mundo multireligioso, multicultural y poscristiano? A mi modo de ver, lo definen también dos palabras: acción y espiritualidad. Por una parte, esta díada responde directamente al mensaje de Jesús, que decía: cambiad, el reino de Dios está en medio de vosotros. Y decía: dad la vida unos por otros. Es decir, contemplad la acción de Dios en todas las cosas y echad a los demonios del sufrimiento, de la soledad, del abandono, del hambre, de la opresión, de la falta de sentido.

Por otra parte este modelo responde a lo que vivimos en este tiempo. La espiritualidad es, como ahora suele decirse, una tendencia. Está en el ambiente, con variadas formas y caminos. Y la acción a favor del mundo y de los humanos es una necesidad imperiosa y urgente.

A mi modo de ver, este paradigma permitiría a la Iglesia ser más fiel a Jesucristo y más fiel al mundo a cuyo servicio está. Y le haría más fácil el diálogo con las otras confesiones, religiones y culturas.

¿Quiere esto decir que abandonemos la doctrina? Por supuesto que no, pero será una doctrina surgida de la experiencia, que ayude a formularla. ¿Y que abandonemos el culto? Sin duda que no, pero un culto que ayude a expresar la espiritualidad, que se dirija a nosotros y no a Dios, que no lo necesita.

Sólo una nota más para terminar. Al comienzo he evocado la figura de Francisco. Lo que ha llegado al pueblo de su actuación ha sido no la doctrina –como con Benedicto XVI– ni el culto multitudinario –como con Juan Pablo II– sino la espiritualidad que traslucen sus actuaciones y la acción multiplicada a lo largo del mundo. Sn duda por eso fue nombrado enseguida hombre del año por la revista Time. Vieron sin duda que encajaba en lo que necesitaba este mundo, que se acordaba con un mundo que necesita un paradigma nuevo para sobrevivir.

Carlos F. Barberá

Fuente Atrio

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“El Espíritu de Jesús”. El Bautismo del Señor – B (Marcos 1,7-11)

domingo, 7 de enero de 2018
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09_baut_bJesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban «cerrados». Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: «Ojalá rasgaras el cielo y bajases».

Los primeros que escucharon el evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de Dios, que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús, no con agua, sino con su Espíritu.

Sin ese Espíritu, todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece, la fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta, el amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.

Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu, la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias pastorales lo que solo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús.

No hemos de engañarnos. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual, tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.

José Antonio Pagola

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“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Domingo 07 de enero de 2017. Bautismo del Señor. Domingo primero ordinario-

domingo, 7 de enero de 2018
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20160WLeído en Koinonia:

Isaías 42,1-4.6-7: Mirad mi siervo, a quien prefiero.
Salmo responsorial: 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Hechos de los apóstoles 10, 34-38: Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
Marcos 1,7-11: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.

 Hoy, como comunidad de creyentes, celebramos el bautismo de Jesús y, junto con él, nuestro bautismo. Así pues, las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos que identifican el verdadero bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, la tarea de todo bautizado es testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos sin excepción. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de pasar por la vida “haciendo el bien”; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiesta la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: El cielo se abre, desciende el Espíritu y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios. Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es el hecho fundamental del ser cristiano, pues evoca la vida, la muerte y la resurrección de Cristo y la participación de todo cristiano en este misterio. El bautismo viene a significar en síntesis, y teniendo en cuenta los elementos descritos anteriormente, la entrega generosa a Dios y a los hermanos a ejemplo del mismo Cristo. Leer más…

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7.1.18. Bautismo de Jesús, una humanidad (¿una iglesia?) por bautizar

domingo, 7 de enero de 2018
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a1_teofania-jordanDel blog de Xabier Pikaza:

Terminó ayer (6 del 1) el tiempo de Navidad con la epifanía. De pronto, de un salto, la liturgia nos lleva hasta el Jesús adulto, bautizado por Juan, pasando de los magos sabios que buscan al niño-Dios nacido en Belén, al Jesús re-nacido en el Jordán, para iniciar su tarea de hombre-Dios.

El texto nos pone ante un hecho histórico (Jesús bautizado por Juan), pero el evangelio no narra un puro hecho material, sino la experiencia básica de re-nacimiento de Jesús, renacido del agua, para iniciar su taras mesiánica que culmina en la pascua.

Entre el rito externo (bautismo en agua) y la experiencia personal (bautismo en el Espíritu de Dios, nacer del Padre del cielo) hay una diferencia (son niveles distintos), pero también una profunda unidad, que el mundo actual puede y debe recuperar, si quiere renacer como cristiana. Estos son algunos de sus signos:

1. Nacemos del cosmos, es decir, del agua… Sin agua pura, con viento, con tierra y con fuego…, sin estrellas de cielo y galaxias no podemos nacer… De la tierra con agua brotamos, de un modo especial del agua. Sin bautismo de agua (de mundo) no somos humanos.

2. Nacemos de verdad si nos «nacen» (nos hacen nacer) unos iniciadores, que empieza siendo la madre y el padre, y, en nuestro caso,de un modo especial el profeta-bautista, aquel que nos dice «nace de Dios» (como una iglesia que nos dice: «renace del Padre, del Hijo y del Espíritu). Así bautizan,nos inician otros, haciendo que nos introduzcamos en el misterio, pues nadie renace sólo de sí mismo.

3. Pero tampoco hay bautismo real si no queremos “ser bautizados”, si no nos ponemos en manos del agua de Dios, por medio del “bautista”, en este caso Juan. No nos bautizamos si no dejamos que Dios nos “inmerja” (nos introduzca en su vida), de forma que en su vda vivimos, crecemos, nos movemos y somos, como Jesús (naciendo, al mismo tiempo del agua/vida cósmica y de la palabra del Bautista).

4. Finalmente, no hay bautismo si ese renacer en y por Dios (como Jesús), por el Espíritu, no nos pone (como a él) al servicio de la Vida de Dios, que es la salud y salvación de todos, la fraternidad en justicia, en gesto de amor activo, de compromiso por la libertad, de entrega por la llegada del Reino.

Desde aquí se plantea en la actualidad, año 2018, un gran tema.

1. En los países de vieja cristiandad, la iglesia y las familias han bautizado sin más a los niños, con la promesa de que ellos «asumirán» (aceptarán, desarrollarán) el sentido de este rito místico/social, naciendo de maduros a la vida del Dios de Cristo, al servicio de la comunión humana.

26168029_913501258827067_9096438164609043330_n2. Pero esa promesa bautismal tiende a diluirse…, de manera que apenas podemos asegurar que la iglesia (en esta sociedad, con estas familias…) educará al niño en el misterio del bautismo (que es nacer a la vida desde Dios).Hasta hace poco, el tema de bautizar o no bautizar a los niños era un tema de teoría…Ahora han terminado las puras teorías, pues va aumentando el número de aquellos que no bautizan a sus hijos, y aumentará sin duda, si las cosas no cambian muchísimo.

3. Empezamos a vivir en un mundo que está perdiendo el sentido y deseo del bautismo, en una sociedad que en general no siente la necesidad y el don de nacer de Dios, de renacer a la vida del “espíritu” (y que no bautiza sin más a sus hijos). Por eso se plantea el gran tema (¡tema sin respuesta fácil!) de cómo la iglesia y las familias pueden comprometerse hoy a bautizar a los niños si no tenemos la certeza de que de mayores asumirán el misterio y tarea del bautismo.

4. Pues bien, en esa línea, lo que para algunos es una pérdida (una fatalidad. ¡muchas familias no bautizan a sus hijos!), puede convertirse en una bendición y tarea más alta . Está llegando la hora de recuperar el bautismo como «sacramento original»: El sacramento y misterio de renacer (=nacer más intensamente), desde Dios, en la línea de Jesús. Nos hallamos ante una humanidad (y una iglesia) por bautizar, en invitación y gesto libre (¡en experiencia suprema!) de renacer desde la vida de Dios, retomando así el camino de Jesús, que hoy «comienza» (simbólicamente) a iniciar su tarea bautisma.

5. Evidentemente, no puedo resolver el tema, hoy día del bautismo de Jesús… Pero sé bien que el bautismo cristiano no es un papel administrativo, ni es un número de estadística eclesial, sino un compromiso de nacer y vivir desde (y en) el Dios de Jesús. A partir de aquí quiero desarrollar algunos elementos del evangelio de este domingo, como verá quien siga.

Imagen 1: Icono del bautismo de Jesús (en el agua madre, con Dios que le alumbra desde el «cielo», con Juan que le inicia, en un mundo de misterio, abierto a lo angélico, a la justicia y comunión de Vida (al Reino).
Imagen 2: Sencillo baptisterio medieval, de una humilde iglesia de pueblo (San Morales, Salamanca, mi parroquia). En una iglesia/edificio, el baptisterio es más importante que el retablo, más importante que el mismo altar). Buen domingo del bautismo a todos los amigos del blog.

Texto: Mc 1

En aquel tiempo, proclamaba Juan:
—«Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.
Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.
Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:
—Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.

Y fue bautizado por Juan, en el Jordán

No se dice nada sobre el posible tiempo de su estancia junto al río, ni se indica si fue discípulo de Juan, ni si realizó él también, por un tiempo, una tarea de “bautista”, como socio e incluso como “competidor” de Juan (conforme a la noticia el cuarto evangelio: cf. Jn 3, 23-27; 4, 1).

Marcos pasa por alto (silencia u omite) esos aspectos, de tal forma que da la impresión de que Jesús sólo vino a ser bautizado. Vino él (como digo), pero no para quedarse, sino para “ser bautizado” por Juan, quien toma así la iniciativa. Jesús no vino para disponer y hacer, sino para que “hicieran” con él, es decir, para “dejarse hacer”, para que Juan le introdujera en el agua de la confesión de los pecados, en la línea de la esperanza israelita.

De lo que pasa con este bautismo no se dice aquí nada, como suponiendo que fue un rito preparatorio, que pertenece a la fase anterior de Jesús, antes de ser proclamado por Dios como Hijo suyo e investido del Espíritu Santo. En ese sentido podríamos decir que el bautismo por Juan pertenece a la prehistoria mesiánica de Jesús, de manera que no se distingue por eso de las muchedumbres que venían y se bautizaban con Juan.
En este bautismo no pasa nada que pueda ser reseñado, pues todo pertenece al mundo antiguo, con el agua de las purificaciones y del perdón de los pecados, una historia que no es todavía mesiánica (no es la historia del Hijo de Dios, que empezará después, cuando Jesús salga ya del agua). Así culmina la historia de Jesús según la carne, como diría Pablo (cf. Rom 1, 2-3; 2 Cor 5, 16).

Hasta aquí, Jesús ha sido un israelita que podía situarse en la línea de las profecías o promesas de David, un Jesús artesano, un penitente de Juan. Desde aquí comenzará su nueva etapa, como Hijo de Dios que se revela y actúa sobre el mundo, como destinatario y portador del bautismo en el Espíritu Santo.

Vio: Cielos rasgados, Espíritu santo

El bautismo de Juan pertenecía a un plano anterior, de confesión y perdón de los pecados, en un nivel quizá mesiánico, pero previo al bautismo en el Espíritu Santo que iniciará Jesús. Sólo después, una vez que él ha salido del agua, dejando ya de estar en manos del Bautista, empieza el tiempo nuevo de la revelación de Dios, vinculada a la bajada del Espíritu y a la voz de Dios.
Ésta es la experiencia de Jesús, la experiencia que la Iglesia ofrece a todos los cristianos, que pueden y deben descubrirse llenos del Espíritu Santo.

− Y pronto, saliendo del agua…

Del bautismo como tal Mateo, bajo el agua del Jordán, Mateo no dice nada, quizá porque se trata de un rito de conversión “para perdón de los pecados” (1, 4), y lo propio de Jesús ha de ponerse en otro plano… Ciertamente, desde un punto de vista histórico se puede y se debe analizar el sentido que para Jesús pudo tener la experiencia anterior del bautismo de Juan, vinculado a la conversión y confesión de los pecados. Pero a Mateo no le importa y, por eso, aunque lo cita, lo ha dejado a un lado, para hablar sólo de aquello que Jesús vio y escuchó tras salir del agua, esto es, tras el bautismo de Juan, recibiendo su “bautismo en el Espíritu Santo”. Leer más…

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Bautismo de Jesús.

domingo, 7 de enero de 2018
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BAUTISMO DE JESUSDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La elocuencia del silencio

            Acabamos de celebrar la fiesta de la Epifanía, con Jesús niño de menos de dos años, y de repente lo vemos ya adulto, en el momento del bautismo. De los años intermedios, si prescindimos de la visita al templo que cuenta Lucas, no se dice nada.

     Este silencio resulta muy llamativo. Los evangelistas podían haber contado cosas interesantes de aquellos años: de Nazaret, con sus peculiares casas excavadas en la tierra; de la capital de la región, Séforis, a sólo 5 kms de distancia, atacada por los romanos cuando Jesús era niño, y cuya población terminó vendida como esclavos; de la construcción de la nueva capital de la región, Tiberias, en la orilla del lago de Galilea, empresa que se terminó cuando Jesús tenía poco más de veinte años. Nada de esto se cuenta; a los evange­listas no les interesa escribir la biografía de su protagonista.

            Para explicar este silencio se aduce habitualmente la humildad de Dios, capaz de pasar desapercibido tanto tiempo, sin llamar la atención, sin prisas por cambiar al mundo, a pesar de todo lo que tiene que decir. Esta interpretación es válida, y deberíamos sacar de ellas consecuencias personales que frenasen nuestras prisas y deseos de notoriedad. Pero quien viene del Antiguo Testamento percibe también otro motivo. Los grandes personajes que en él aparecen nunca son importantes en sí mismos, sino por lo que contribuyen al progreso de la historia de la salvación. De Abrahán, Moisés, Josué, Isaías, Jeremías, Ezequiel… nos faltan infinidad de datos biográficos. A veces conocemos detalles pequeños sobre su familia o infancia. Pero, en general, su biografía comienza con el momento de la vocación, cuando el personaje queda al servicio de los planes de Dios.

            En el caso de Jesús se aplica el mismo principio, para subrayar la importancia capital del bautismo como experiencia personal que transforma totalmente su vida. Todo lo anterior, aunque nos sorprenda, carece de interés. Es ahora, en el bautismo, cuando comienza la «buena noticia».

El bautismo de Jesús

            Es uno de los momentos en que más duro se hace el silencio. ¿Por qué Jesús decide ir al Jordán? ¿Cómo se enteró de lo que hacía y decía Juan Bautista? ¿Por qué le interesa tanto? Ningún evangelista lo dice. El relato de Marcos, el más antiguo, cuenta el bautismo con muy pocas palabras. Y ni siquiera se centra en el bautismo, sino en lo que ocurre inmediatamente después de él.

            En aquel tiempo, proclamaba Juan:

            ̶  Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

            Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:

            ̶  Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.

            Marcos destaca dos elementos esenciales: el Espíritu y la voz del cielo.

            La venida del Espíritu tiene especial importancia, porque entre algunos rabinos existía la idea de que el Espíritu había dejado de comunicarse después de Esdras (siglo V a.C.). Ahora, al venir sobre Jesús, se inaugura una etapa nueva en la historia de las relaciones de Dios con la humanidad.

            La voz del cielo. A un oyente judío, las palabras «Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» le recuerdan dos textos con sentido muy distinto. El Sal 2,7: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy», e Isaías 42,1: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero». El primer texto habla del rey, que en el momento de su entronización recibía el título de hijo de Dios por su especial relación con él. El segundo se refiere a un personaje que salva al pueblo a través del sufrimiento y con enorme paciencia. Marcos quiere evocarnos las dos ideas: dignidad de Jesús y salvación a través del sufrimiento. En este sentido, es importante advertir que la vida pública de Jesús comienza con el testimonio de la voz del cielo («Tú eres mi hijo amado, mi predilecto») y se cierra con el testimonio del centurión junto a la cruz: «Realmente, este hombre era hijo de Dios» (Marcos 15,39).

            El lector del evangelio podrá sentirse en algún momento escandalizado por las cosas que hace y dice Jesús, que terminarán costándole la muerte, pero debe recordar que no es un blasfemo ni un hereje, sino el hijo de Dios guiado por el Espíritu.

Los tres testigos: el Espíritu, el agua y la sangre (2ª lectura)

            La idea de la salvación a través del sufrimiento la encontramos también en la segunda lectura. Hablando de Jesús, dice: «Es el que vino con agua y sangre: no sólo con agua, sino con agua y sangre.» Clara referencia al bautismo y a la muerte.

            Al mismo tiempo, la lectura ha sido elegida por la referencia al Espíritu, que da testimonio de Jesús.

Todo el que cree que Jesús es el Mesías, es hijo de Dios; y todo el que ama al Padre ama también al Hijo. Si amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, es señal de que amamos a los hijos de Dios. Pues el amor de Dios consiste en cumplir sus mandatos, que no son gravosos. Todo el que es hijo de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién venció al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Es el que vino con agua y sangre: no sólo con agua, sino con agua y sangre. Y el Espíritu, que es la verdad, da testimonio. Tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres concuerdan. Si aceptamos el testimonio humano, más convincente es el testimonio de Dios.

Nuestro bautismo (1ª lectura)

            El bautismo de Jesús es un momento ideal para reflexionar sobre nuestro bautismo. Al parecer, eso es lo que pretendieron quienes eligieron la primera lectura. Demasiado larga para una misa (la mayoría de la gente no se enterará de nada), se presta sin embargo a una lectura tranquila en privado. Divido el texto en cuatro partes, con brevísimo comentario.

  1. Nos ayuda a vernos como personas con hambre y sed, que intentamos saciar con productos caros e inútiles, sin buscar el verdadero alimento.

¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta?, ¿y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos.

  1. El bautismo nos transmite las antiguas promesas y la alianza establecida por Dios con David. Nosotros somos el pueblo desconocido que corre hacia el Señor.

            Prestad oído, venid a mí, escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David: a él le hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones; tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti: por el Señor, tu Dios; por el Santo de Israel, que te honra.

  1. Si no corremos hacia él, debemos convertirnos, cambiar de camino, buscarlo; él es rico en perdón y se dejará encontrar.

Buscad al Señor mientras se deje encontrar, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos ‑oráculo del Señor‑.

  1. Y esto, que puede parecer una ilusión imposible, se realizará porque la Palabra de Dios fecundará nuestra vida como la lluvia y la nieve hacen germinar la semilla.

Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros y mis planes de vuestros planes. Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

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Domingo del Bautismo del Señor. 7 de enero, 2018

domingo, 7 de enero de 2018
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bautismo

“Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán”.

(Mc 1, 7-11)

Estas Navidades parece que las fiestas nos han venido con el 2 x 1. El cuarto domingo de Adviento fue a la vez Noche Buena y ahora la Epifanía y el Bautismo se dan la mano.

El Niño que estaba ayer en pañales y recibía la visita de los Magos es hoy el que se pone a la fila de los pecadores como uno más. El Dios desconcertante. El Dios que aparece donde menos le iríamos a buscar (¡en un establo!) y se escapa de todos nuestros templos y palacios.

Ese es el Dios que nos muestra Jesús. El Dios que rompe nuestros esquemas. Nosotros querríamos que se manifestara con su fuerza. Le invocamos como Dios Omnipotente, Señor de los Ejércitos, pero él viene a que le bauticemos.

Se pone en la fila sin anticipos ni privilegios. Como uno más, como el más corriente. Sin escolta sin anunciar su llegada sin tratos especiales.

Pero, ¿no te das cuenta, Dios Omnipotente, Señor del Cielo y de la Tierra, que así no impresionas a nadie? Déjate asesorar por nosotros. Te falta “marketing”, te falta “puesta en escena”. Hay que cuidar la imagen y medir las palabras. También sería bueno que elijas mejor a las personas con las que te rodeas. Busca a personas influyentes. Rodéate de gente con buena imagen…

¡No hay quien pueda Contigo! Sigues tercamente empeñado en ir por tus caminos y hacer las cosas a tu manera. ¿Qué esconden la vulnerabilidad y la pobreza? ¿Por qué vienes a que te bauticemos en lugar de bautizarnos tú a nosotros? ¿Qué haces tú en la fila de los pecadores?

Así es nuestro Dios encarnado en Jesús. Viene a “necesitarnos”. Primero en la fragilidad de un recién nacido. Ahora como uno más que desea ser bautizado. Vienes a necesitarnos, nosotros querríamos que vinieras a solucionarnos la vida.

Oración

Trinidad Santa, ayúdanos a descubrirte allí donde tú quieras manifestarte. En la cola del autobús, entre quienes cruzan la calle o jugando con los niños del parque. Que como Juan Bautista sepamos reconocerte allí donde hayas querido manifestarte.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús nace del agua y del Espíritu.

domingo, 7 de enero de 2018
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bautismo-jesusMc 1, 6-11

Estamos en el primer domingo del “tiempo ordinario”, pero no se trata de un cambio radical en la liturgia. Celebramos hoy una de las tres manifestaciones de Jesús que estuvieron durante los primeros siglos integradas en la fiesta de la Epifanía. Las dos lecturas nos preparan para entender el evangelio. Para Mc, este es el comienzo. El relato  es la clave para comprender todo su evangelio. No podemos dudar de la historicidad del hecho. Lo narran los tres sinópticos, y Jn más contundente, lo da por supuesto.

El bautismo de Jesús es el primer dato que se puede constatar históricamente por fuentes extra bíblicas. Es un relato que ningún cristiano se hubiera atrevido a inventar, porque compromete el altísimo concepto que tuvieron de su maestro. Si no hubieran creído en su importancia, seguramente se les hubiera olvidado. De ahí también la necesidad de dejar claras, en todos los relatos, las diferencias entre Jesús y Juan.

El mensaje teológico que se quiere trasmitir con el relato del bautismo de Jesús es de los más importantes de todo el NT. No fue un acto de humildad ni una comedia ante los demás, sino una actitud de búsqueda de su identidad. Resume toda su vida. Para aceptar este punto de vista, tenemos que admitir que fue verdadero hombre. Esto no es tan fácil, a pesar de que un concilio lo definió como dogma de fe. Un hombre al que le hicieron tantas “judiadas” y murió como murió, tiene que obligarnos a aceptar que fue hombre.

Los humanos no podemos aceptar racionalmente que una realidad sea a la vez, dos cosas contradictorias entre sí. Desde nuestra racionalidad, no podemos pensar en un ser que es a la vez hombre y Dios, porque tenemos una idea equivocada de lo que es Dios. Como no podemos pensar en una bola de billar que sea a la vez, blanca y negra. El listo de turno nos puede decir que podemos poner la mitad de pigmento blanco y la mitad negro; pero entonces resultaría una bola gris… Esto es lo que hemos hecho con Jesús.

A través de la historia del cristianismo, nos hemos visto “obligados” a pensar a Jesús como hombre, olvidándonos de lo divino o pensarlo como Dios, olvidándonos de lo humano. En una palabra, parece que no podemos hacer cristología sin caer en la herejía. Lo mismo que no podemos hacer teología sin hacernos un ídolo. Tenemos dos salidas: a) repetir las formulaciones, aceptándolas sin entender ni palabra. b) aparcar la razón y buscar la vivencia para superara la contradicción: Lo divino y lo humano ni se mezclan ni se excluyen. En Jesús está la plenitud de la humanidad y la plenitud de la divinidad.

Si aceptamos que Jesús es un ser humano, tendremos que admitir una trayectoria humana como la de cualquier hombre. No fue un extraterrestre, sino que tuvo que desarrollarse hasta alcanzar su plenitud. Desde esta perspectiva, podemos entender lo que sería para Jesús descubrir a Juan Bautista. Hacia cientos de años que no aparecían profetas en Israel; es natural que se sintiera atraído por esta figura y que intentara aprender de él. El hecho de que se bautizara, nos lleva mucho más allá de un encuentro fortuito. Jesús aceptó la predicación de Juan y se comprome­tió con ella.

Lo importante no es que narren lo que pasó, sino el cómo nos lo dicen para que descubramos el sentido espiritual del relato. La liturgia de hoy lo pone bien de manifiesto. Las tres lecturas nos hablan del Espíritu. El evangelio, para hablar del Espíritu, tiene que emplear una imagen sensible, como una paloma. No significa que vio una paloma que bajaba sobre él como normalmente se entiende y reflejan pinturas que representan la escena. Oseas 8,1, dice: Como un águila cae el mal sobre la casa de Israel… Quiere decir que el Espíritu cayó sobre Jesús como un ave se lanza “en picado” desde lo alto. En el principio de la Biblia se dice que el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas.

El Espíritu transforma interiormente a Jesús, y le capacita para llevar a cabo la difícil tarea que le esperaba. En el AT se ungía al rey para que el Espíritu lo capacitara para su misión.  Nos están hablando del nuevo nacimiento “del agua y del Espíritu”. Lo que Jesús pide más tarde a Nicodemo lo vivió primero él mismo. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. No se puede concebir a Jesús sin el Espíritu… Porque nacer de la carne es menos importante que nacer del Espíritu, lo que estamos celebrando hoy es más importante que lo que acabamos de celebrar en Navidad.

No debemos caer en la tentación de pensar en fenómenos aparatosos. La manera de narrar el hecho puede ser una trampa. Ni Espíritu visible, ni voz audible, ni cielo rasgado. Todos estos fenómenos no son más que imágenes para comunicarnos verdades teológicas que nos lleven a la comprensión de Jesús. El Espíritu actúa siempre de la misma manera, silenciosamente, desde dentro, sin ruidos, sin aspavientos, sin violentar la naturaleza porque actúa siempre de acuerdo con ella. «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha humeante no la apagará». (Isaías).

Aunque no tenemos datos suficientes para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación que desbordó todo lo conocido. Se atreve a llamarle “Abba” (papá); cosa inusitada en su época. Hace su voluntad: Le escucha siempre. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experien­cia de Dios. El único objetivo de su misión fue que nosotros lleguemos a esa misma experiencia. Toda esa relación de Jesús con Dios era con un Dios que es Espíritu. En el diálogo con la Samaritana lo dejó claro. Dios es Espíritu…

Tú eres mi Hijo amado. La experiencia de ser amado, es la base del verdadero amor. La comunicación de Jesús con su «Abba» fue a través de su ser profundo. Solo a través de la contemplación, el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. Lc, dice expresamente: “y mientras oraba…” El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de hombre. Dios como creador está en la base de todo ser, constituyéndolo en ser. Yo soy yo, porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está dando Él. Mi verdadero ser, es el mismo ser de Dios. Una cosa me diferencia de Dios; mis limitaciones.

El cielo rasgado, recuerda unas palabras de Is: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”. El cielo se había cerrado. Hacía siglos que no había aparecido un profeta; ahora se abre. La comunicación entre el cielo y la tierra queda abierta para siempre por medio de este ser humano que se siente identificado con Dios. Mc nos está trasmitiendo el descubrimiento de la vocación de Jesús y su conciencia de enviado del Padre.

Pedro nos ofrece el modelo: Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él. Dios también está contigo, solo falta que tú respondas como respondió él. La más importante tarea de tu vida es desplegar tus posibilidades de ser. Si despliegas solamente tus posibilidades biológicas, habrás desarrollado solo una parte de ti. Eres también Espíritu y si quieres alcanzar tu plenitud, tienes que desplegar el Espíritu.

Meditación

El Espíritu (Dios) no tiene que venir de ninguna parte.
Ya estaba en él desde siempre,
Como está en cada uno de nosotros.
Descubrir esa presencia es nacer del Espíritu.
Lo que nació de la carne, seguirá siendo carne,
Pero una vez nacido del Espíritu, la carne significará muy poco.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Hijos queridos.

domingo, 7 de enero de 2018
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3edadesEl límite de amar es amar sin medida (San Bernardo)

7 de enero.  Bautismo del Señor

Mc 1, 7-11

Tú eres mi hijo querido, mi predilecto

Uno de los personajes de la obra del Conde Lev Nikoláievich Tolstoi (1828-1910) -un estudiante-, le agradece cuanto ha hecho con ellos: “¿Quién, si no usted, nos ha enseñado, a ver la injusticia del reparto de todos los bienes humanos? Sólo usted con sus libros, ha emancipado nuestros corazones de un Estado, de una Iglesia y de un gobernante que protege la iniquidad que se comete contra los hombres, en lugar de amparar a la humanidad. Usted, y sólo usted, nos ha movido a dedicar toda nuestra vida a que ese falso orden sea definitivamente destruido”. Enseñanzas que todos los hijos queridos del Espíritu esperan recibir de él.

Gustav Klimt (1862-1918) nos muestra en una de sus geniales obras: Las tres edades de la mujer, en óleo sobre lienzo (Galleria Nationale d’Arte Moderna, Roma), el valor y transcendencia del amor a los hijosCristophe André, nos hace este análisis de la obra del pintor simbolista austríaco en su libro El arte de la felicidad“Observen el dedo meñique del niño, un poco separado como para captar mejor la dulzura tibia de la piel materna. La cabeza encajada en el hombro, para formar mejor un cuerpo con su madre. Obsérvese cómo la madre protege. Seguro que no le resulta demasiado cómoda, pero de ese modo ofrece una protección a su hijo, al que estrecha con un brazo grácil. Le alimenta de amor, corazón contra corazón, y también le transmite algo más, cabeza contra cabeza: ese niño es su pasado y su futuro.

Su pasado y su futuro para ella y para nosotros, garantizado por la generosa acogida que, en este caso hace el Padre, de todos sus queridos hijos, recordando las palabras de Mateo en 25, 34 con las que el Rey nos invita a heredar el reino que nos tiene preparado desde la fundación del mundo. Un “Venid benditos de mi Padre” al que el cineasta italiano Franco Zeffirelli puso música en su Película Jesús de Nazareth.

Heredad suficiente para colmar todas nuestras pretensiones, como nos pone de manifiesto el poeta y derviche sufí místico turco Yunus Emre (1240-1320) en el poema que este domingo ponemos como texto. Un paraíso, unos palacios y jardines para gozar del amor en esta vida y en la otra. En ellos, como dijo San Bernardo (1090-1153) fundador del Císter: El límite de amar es amar sin medida”. Otro místico, que soñaba con el amor y la entrega a los demás. Ya en el lecho de muerte, pronunció este memorable testimonio de donación a los demás: “Mi gran deseo es ir a ver a Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos me mueve a querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios haga lo que a Él mejor le parezca”

Todo lo cual nos lleva a la vivificante conclusión de que el “Tu eres mi hijo querido, mi predilecto” del evangelio de este domingo, también es para nosotros. Y lo es, porque como cantaba La Coral Divertimento de Hoyo de Manzanares el pasado 16 de diciembre en nuestra iglesia de Parquelagos entonando un clásico villancico alemán, Stille Nacht, es un lucero que con su resplandor nos hace ser como Jesús, hijos de Dios: Noche de paz, / noche de amor. / Todo duerme en derredor; / sobre el santo niño Jesús. / Una estrella esparce su luz, / brilla sobre el Rey”.

En el Evangelio de Juan (1, 1-14) podemos disfrutar de la mejor definición de la expresión “Hijos queridos”, con la que hemos titulado nuestra colaboración de esta semana. El visionario de Patmos identifica nuestra filiación divina con la Palabra, que existía desde el principio, que era Dios y que nos hace dioses.

 TÚ ERES TODO LO QUE NECESITO

Tu amor me sacó de mí. Tú eres todo lo que necesito.
Ardiendo estoy día y noche. Tú eres todo lo que necesito.
Ni me contentan las riquezas, ni me asusta la pobreza.
Me basta con tu amor. Tú eres todo lo que necesito.

Tu amor disipa otros amores; los sumerge
en el mar del amor. Tú eres todo lo que necesito.
Tu presencia todo lo llena.
Tú eres todo lo que necesito.
He de beber el vino de tu amor, amarte como loco en el dolor.
Tú eres mi preocupación. Tú eres todo lo que necesito.
Eso que llaman paraíso, unos palacios, unos jardines,
a quien los quiera, dáselos. Tú eres todo lo que necesito.

Aunque tengas que matarme y dar al viento mis cenizas,
mi tierra seguirá diciendo: Tú eres todo lo que necesito.
Yunus, Yunus es mi nombre. Mi amor crece cada día.
En este mundo y en el otro, Tú eres todo lo que necesito.

Yunus Emre

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Nada especial, nada extraordinario: el equilibrio de Jesús.

domingo, 7 de enero de 2018
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10_Bautismo_B7 Enero, Bautismo del Señor: Mt 3,13-17

¿Qué es lo que la Tierra tenía que no estaba presente en los otros planetas? Nada especial: sólo el tamaño apropiado para permitir el equilibrio gravitacional y electromagnético. Nada extraordinario: simplemente una posición con respecto al Sol. Estas determinaciones de la materia permitieron al sistema solar evolucionar hacia la creatividad de la Tierra. Si esta cantidad particular de material estelar no se hubiera concentrado en dicha medida y lugar, probablemente el sistema solar habría continuado siendo un lugar sin vida a lo largo de sus miles de millones de años de existencia. Pero ese equilibrio y esas posibilidades emergieron,  y la Tierra se convirtió en una franja evolucionada del sistema solar. (Extracto T. Berry)

Pensaréis que me he equivocado de trabajo, pero no. Estoy tan fascinada ante el significado del Bautismo de Jesús, según lo he ido comprendiendo a lo largo de mi vida de fe, como lo estoy ante la maravilla de la formación de la Tierra.

Entiendo que la formación de la Tierra es posible por filigranas de equilibrio, y así entiendo la experiencia vital de Jesús en su Bautismo. Jesús logra el equilibrio entre lo que siente y piensa con lo que recibe y acoge en su interior “Hijo amado, complacencia del Padre”.

Su experiencia religiosa es tan potente que transforma el modo de entender y vivir a Dios para siempre. Jesús, frente a una religiosidad entendida como “cumplimiento”, con su experiencia, consigue establecer una línea de comunicación (cielo abierto) directa de la persona creyente con Dios, sin necesidad de la mediación de los “asignados” y sin necesidad de ofrecer “sacrificios” para comprar el favor de Dios.

Jesús devuelve el equilibrio al ser humano, liberándolo, con la autoridad que le otorga   su experiencia, de cargas que lo desequilibraban por injustas e inhumanas: sentido del pecado, de la enfermedad, del sacrificio, de la limosna, de las leyes de pureza e impureza…

Jesús encuentra en el interior de su experiencia la autoridad para devolver el equilibrio a la sociedad y religión que consideraba (y sigue considerando) a la mujer inferior. Este desequilibrio provoca que no se utilicen para el bien común y el bien eclesial, más de la mitad de las inteligencias y creatividad de la humanidad. Este hecho, tan obviado, provoca un desequilibrio en multitud de mujeres llamadas y ungidas para la misión de Jesús, con plenos derechos a tomar decisiones, a compartir responsabilidades y tareas. Igualmente a nivel social, en muchas culturas sigue siendo tan ninguneada que parece increíble. Nuestra religión no se libra ni un ápice. De ahí la “desertización” general.

Como consecuencia se da un desequilibrio en las decisiones que se toman porque falta la mitad de todo. El dominio de lo masculino convierte las cosas de por sí en desequilibradas, porque la ausencia de lo femenino en su justa medida, causa que a muchos niveles nos estemos “cargando la vida” en sus múltiples facetas.

Jesús al saberse y sentirse amado infinitamente por un Dios que le llama “Hijo amado” descubre en sí y para todos nosotros el eje de su equilibrio emocional y mental. El amor que experimenta en esa experiencia de su Bautismo se transforma en llamada vocacional, en investidura para una misión universal y liberadora.

Cesa el tiempo de la espera, se abre el cielo, se escucha la voz. Y el varón equilibrado por el Amor que experimenta en su interior, empieza a transformar las mentes desequilibradas por falsas religiosidades que producen temor y sumisión.

Jesús acoge la filiación que se le revela a través de la voz amorosa del Padre, y también de igual manera acoge el Espíritu que le da la fuerza para la tarea, la gran tarea del Reino: equilibrio puro entre diálogo con Dios y acción como consecuencia de ese encuentro que purifica el ego, desintoxica la mente de espejismos de seguridad y éxito para preparar a la persona, día a día, a que continúe la labor de crear equilibrio para seguir la evolución de una humanidad, sueño de Dios.

La pregunta para nosotros y nosotras creyentes podría ser ¿acojo el equilibrio que por Bautismo recibo como capacidad de encuentro con Dios y con ese amor, ir creando equilibrio, que sería otra manera de decir Reino?

Nada especial, nada extraordinario. Simplemente si estamos en el lugar adecuado, y utilizamos la medida idónea emergerá una Vida nueva, la de Dios en nosotros.

¿Cuál es el lugar? ¿Cuál la medida? he ahí el reto, sólo los que se sumergen en las aguas aparentemente de perdón, salen empoderados de Espíritu y filiación. Y van descubriendo el lugar, y también la medida para que la Vida viva.

Jesús recrea la historia a partir de una experiencia y un proceso asumido de evolución hacia devolverle a la humanidad su equilibrio perdido. Esa es nuestra tarea, esa es la fuerza que nos impulsa. Sé por experiencia que frenarla, reprimirla es mucho más difícil que dejar que trabaje en nosotras. Eso sí, de tan sencillo se nos escapa.

Si en esa fracción de segundo en el que todo coincidió para que la energía formara la materia, no hubiese estado todo atento y a punto, la vida según la conocemos no existiría. Tal vez sea esa la tarea, estar atentos y disponibles en la fracción de segundo que para muchos una vez en la vida el Espíritu de Dios nos cubre con su sombra.

Magdalena Bennásar Oliver

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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José María Castillo: «En la codificación de los derechos en la Iglesia, la mujer ni se menciona»

sábado, 30 de diciembre de 2017
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papa-mujer-iglesia_560x280«Jesús jamás prohibió a las mujeres actividad alguna en su comunidad»

«La violencia no tiene más solución que suprimir toda desigualdad en derechos»

(José M. Castillo, teólogo).- La desigualdad en derechos, dignidad y seguridad de las mujeres, respecto a los hombres, en España al menos, va en aumento. El dato aterrador de la cantidad creciente de mujeres, que son maltratadas, amenazadas y asesinadas por los hombres, en nuestro país, es elocuente y preocupante. Y conste que las religiones – y nuestra Iglesia en concreto – tienen una dosis importante de responsabilidad en este patético asunto.

Un dato sospechoso: he buscado en el «Índice de materias», del vigente Código de Derecho Canónico, la palabra «mujer» y resulta que, en la codificación de los derechos en la Iglesia, la mujer ni se menciona. ¿Es que la mujer carece de derechos en la Iglesia? Y si en la Iglesia, los derechos de la mujer son inferiores a los de los hombres, ¿con qué autoridad puede la Iglesia pedir a los poderes públicos que respeten a la mujer?

¿Qué pensó Jesús sobre este asunto? Para dar respuesta a esta pregunta importante, es necesario tener alguna idea sobre la situación social de la mujer en el pueblo y en la cultura en que nació y vivió el mismo Jesús.

Afortunadamente, contamos con abundante documentación histórica sobre este asunto. Uno de los mejores estudiosos del tema, el profesor Joachim Jeremias, se fija, más que en teorías, en hechos muy concretos. Por ejemplo: Cuando la mujer judía de Jerusalén salía de casa, llevaba la cara cubierta con un tocado que comprendía dos velos sobre la cabeza, una diadema sobre la frente con cintas colgantes hasta la barbilla y una malla de cordones y nudos; de este modo no se podían reconocer los rasgos de su cara (Billerbeck III, 427-434).

Es más, la mujer que salía sin llevar la cabeza cubierta, es decir, sin el tocado que velaba el rostro, ofendía hasta tal punto las buenas costumbres, que su marido tenía el derecho, incluso el deber, de despedirla, sin estar obligado a pagarle la suma estipulada, en caso de divorcio, en el contrato matrimonial (Kat. VII, 7).

Pero había algo peor. El sabio judío Filón de Alejandría nos informa de que «mercados, consejos, tribunales, procesiones festivas, reuniones de grandes multitudes de hombres, en una palabra: toda la vida pública, con sus discusiones y sus negocios, tanto en la paz como en la guerra, está hecha para los hombres. A las mujeres les conviene quedarse en casa y vivir retiradas» (J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, 372).

mujer-e-iglesiaY conste que lo más duro era el derecho matrimonial. Hasta la edad de doce años y medio una hija no tenía derecho a rechazar el matrimonio decidido por su padre, que podía incluso casarla con un deforme. Más aún, el padre podía incluso vender a su hija como esclava (Ex 21, 7).

Pues bien, así las cosas, los evangelios nos informan de que Jesús, en cuanto empezó su actividad pública, lo primero que hizo fue reunir un buen grupo de discípulos, que «le seguían» por caminos y pueblos. Lo notable es que era un grupo mixto, de hombre y mujer, como explica (con sus nombres y origen familiar) el evangelio de Lucas (8, 1-3). Una lista paralela a las demás listas de discípulos (Lc 6, 12-16; Hech 1, 13; Mc 3, 13-19; Mt 10, 1-4) (F. Bovon). Y conste que las mujeres, que enumera Lucas (con sus nombres, algunas de ellas), eran lo mismo personas de la mejor sociedad (B. Witherington), que mujeres de las que Jesús había tenido que expulsar «siete demonios» (Lc 8, 2).

Además, en una sociedad sin la justa libertad, Jesús creó, para él y para quienes le acompañaban, su propia libertad. De ahí que se dejó perfumar y besar por mujeres (Mc 14, 3-9; Mt 26, 6-13; Jn 12, 3), en algún caso personas de la peor fama (Lc 7, 38). Un tema que, con frecuencia, los predicadores eclesiásticos se han callado o lo han disimulado, como tantas otras cosas que indebidamente se suelen ocultar en ambientes clericales.

La llamativa confianza, que Jesús tuvo con una samaritana poco ejemplar (Jn 4, 4-30), con Marta y María (Lc 10, 38-41), con la Magdalena (Lc 8, 2; Jn 20, 11-18), el hecho de que, cuando los discípulos les habían abandonado en la pasión (Mc 14, 30), quienes iban junto a él llorando eran un grupo de mujeres (Lc 23, 27).

Además, se nos recuerda que hasta el mismo momento de la muerte, en el Calvario estuvieron un buen grupo de mujeres (Mc 15, 40-41). Y, para concluir este rápido recorrido de recuerdos evangélicos, no debemos olvidar que, en los relatos de apariciones del Resucitado, las mujeres tuvieron la más destacada preferencia (Mc 16, 1-8; Mt 28, 1-10; Lc 24, 1-12; Jn 20, 11-18).

la-mujer-y-cristoLa Iglesia naciente comprendió – y lo dejó testificado en la «memoria subversiva» de Jesús – que la «humanización de Dios», en Jesús (eso es el misterio de la Encarnación), solamente se acepta y se vive cuando el respeto y la puesta en práctica de la igualdad, en dignidad y derechos, del hombre y de la mujer, se hace, no meramente ley, no simplemente derecho, sino únicamente cuando eso es una realidad patente y palpable.

Una realidad que todas las autoridades, empezando por la de la Iglesia, luchan y se aferran al empeño por conquistar la plena igualdad, respetando (como es lógico) las diferencias inherentes a nuestra condición natural.

Mientras las mujeres no tengan los mismos derechos económicos que los hombres, la misma dignidad para cualquier trabajo, la misma libertad en las relaciones domésticas, profesionales, sociales y religiosas, habrá familias en las que la mujer aguanta lo que le echen encima, porque sabe que, si el marido la deja, ¿de qué vive? ¿cómo sale adelante? ¿qué hace con sus hijos? La «violencia de género» no se resuelve con un teléfono. Ni con alejar al violento doscientos metros. La violencia no tiene más solución que suprimir toda desigualdad en derechos, respetando las diferencias.

Y para terminar, ¿dónde está dicho que las mujeres no pueden ser sacerdotes o no pueden ejercer cargos de gobierno en la Iglesia? La respuesta a esta pregunta no pertenece a la fe. Es un asunto cultural. Jesús jamás prohibió a las mujeres actividad alguna en su comunidad. Y se enfrentó a los fariseos cuando le plantearon la pregunta sobre el privilegio unilateral del varón para repudiar a la mujer (Mt 19, 1-12; cf. Deut 24, 1).

Como se enfrentó igualmente a letrados y fariseos cuando le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 1-11). ¿Y el individuo que estaba adulterando con aquella mujer no tenía responsabilidad en aquello? ¿No tendrían que haberlo traído a él también? ¿O es que aquel hombre tenía derecho a quedar oculto, mientras que a la mujer había que matarla? ¿Por qué quiénes somos religiosos, seremos, a veces, tan hipócritas?

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«Iglesia y política», por Gabriel Mª Otalora

sábado, 2 de diciembre de 2017
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anunciodelevangelioGabriel Mª Otalora
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 06/11/17.- En la Asamblea Plenaria de la Comisión Pontifica para América Latina que tuvo lugar en el Vaticano el año pasado, Francisco hizo algunas llamadas de atención dirigidas al epicentro de nuestras conciencias. Acostumbrados a vivir una Iglesia de ritos y cumplimientos, el profetismo de Francisco nos va modelando en las verdaderas realidades del evangelio.

En dicha Asamblea se refirió a construir la “cultura del encuentro” que ayude a superar los diferentes puntos de vista, las tensiones y discrepancias. Y sobre todo nos sorprendió cuando pidió a los mandatarios que no crearan leyes para organizar la sociedad sino para resolver los problemas de injusticia. por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida y de humanidad, de dignidad. Busquen superar la injusticia estructural y sigan apostando por la reconciliación y la paz”.

La dicotomía entre religión y política es uno de los temas más espinosos que tenemos los seguidores de Cristo ¿Qué es entrar en política? Quizá deberíamos matizar de entrada el concepto “política”, ya que una cosa es la política partidista como ejercicio necesario para la gobernabilidad de un país, y otra muy diferente la llamada denuncia profética de las injusticias ante las que un seguidor de Cristo no puede quedarse indiferente, o lo que sería peor, directamente cómplice. Cristo fue partidario de contar con seguidores que hiciesen  política defendiendo al perseguido por leyes injustas, en nombre de Dios. Se les llama profetas y sus invectivas a la par de su coherencia deberían seguir siendo el modelo para todos.

Jesús de Nazaret entró de lleno en esta segunda categoría de política hasta el punto de que lo mataron porque llegó demasiado lejos con su ejemplo. Él mismo zarandeó las estructuras injustas legales religiosas ocasionadas por las prácticas viciadas de las leyes del Pentateuco. Y sus seguidores más directos hicieron exactamente lo mismo. Ninguno entendía la política convencional de alianzas estratégicas ni de espacios de poder. Tampoco estaban capacitados para administrar el funcionamiento del día a día, lo que los romanos llamaban res publica. Pero no dejaron de incomodar a las autoridades judías por sus graves inconsecuencias hasta convertirse en una molestia peligrosa para los dirigentes judíos y romanos (en cuanto tuvieron un seguimiento social que perjudicaba a sus intereses).

Si miramos la historia, la Iglesia de Cristo se ha metido en política en ambas direcciones. Muchos profetas y comunidades enteras han mantenido su coherencia en la fe, la esperanza y el amor a pesar de los peores pesares. Los mártires no son cosa del pasado si tenemos en cuenta que las mayores matanzas y persecuciones de la historia por seguir el ejemplo del Maestro se están dando ahora mismo, sin que la mayoría de creyentes en Jesús apenas levantemos la voz en el Primer Mundo, ni clérigos ni laicos.

En el corazón de Europa tenemos una estructura de poder clerical político de verdad que se sustenta en un verdadero Estado en torno a la sede petrina de Roma desde el siglo XIII, y con una historia poco edificante de verdadera lucha territorial que se cierra en 1929 con Mussolini y la configuración actual del Estado Vaticano con sus 44 hectáreas de extensión; una estructura con sus ministros de Asuntos Exteriores (nuncios) e inmunidades diplomáticas. Una realidad Iglesia-Estado que ha sido visto como la cosa más normal del mundo por muchas generaciones de católicos. Resulta increíble que el Estado Vaticano aún no haya firmado la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. No puede argumentar que no es miembro de pleno derecho, puesto que ha suscrito otros convenios muy importantes. Quizá la razón hay que buscarla en el artículo 1 de la misma cuando señala que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, dotados como están de razón y conciencia, que deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” Si el Estado Vaticano firmase, debería acabar, entre otras cosas, con la discriminación milenaria con las mujeres; y también con la estructura no democrática perpetuada en el tiempo.

De nuevo, el Papa Francisco nos recuerda una vez más con la mejor política cristiana posible: proponer la cultura del encuentro como base para resolver los problemas de la injusticia. Empezando cada uno con el ejemplo en lo cotidiano, claro  

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Reconocer a Dios

miércoles, 15 de noviembre de 2017
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Advierte un teólogo alemán: «no podemos decir que cuando vamos a la iglesia, también Dios viene con nosotros» (Noordmann).  ¿Cómo es eso?. Yo te puedo dar la explicación, aunque no soy teólogo.:

           Escúchame. Si te has distraído fuera. Si no has querido, sabido, reconocer a Dios en la calle. Si le has desatendido fuera. Si te has manifestado indiferente cuando él te ha llamado porque tenía necesidad de ti, ¿cómo puedes hacerte ilusiones de que él tenga el placer de encontrarte y estar contigo en la iglesia? ¡Figúrate qué gusto para Dios oír las oraciones del sacerdote y del levita que pasaron junto al herido sin pararse en el camino de Jericó… Aquellas, para él, eran blasfemias no oraciones.

             Cuando el astronauta soviético Gagarin salió con aquella cantinela memorable según la cual, a pesar de haberse tragado decenas de miles de kilómetros en su viaje espacial, no se había encontrado con el buen Dios, un sacerdote de Moscú, le replicó:  -Es natural. Si no lo habéis encontrado en la tierra, jamás lo encontraréis en el cielo…

             Lo mismo se nos puede decir a nosotros. Si no sabemos reconocer y establecer un contacto con Dios cuando aparece como uno de nosotros, tenemos bien pocas posibilidades de encontrarlo de otra manera. Y de todos modos, difícilmente lograremos soportar la mirada de un eventual, inquietante «cara a cara».  Las negligencias fuera, se pagan inevitablemente con la ausencia de Dios en la iglesia. Lo mismo que la escasa atención prestada a Dios, en la iglesia, provoca trágicas distracciones en la calle. O estás disponible al encuentro en la calle, o peligras de encontrarte solo en la iglesia. Dios, en efecto, ha permanecido allí, a la espera. Donde tú no le has advertido.

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«Salir hacia afuera», por Gerardo Villar.

miércoles, 15 de noviembre de 2017
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la-sal-de-la-tierra-por-cortesRepetimos mucho esta frase con el papa Francisco: salir a las periferias…

Me parece que hay algo más sencillo que salir: los que somos iglesia vivamos fuera; estemos fuera. Por eso, cuando hoy se levanta la voz porque la iglesia nos vamos quedando con muchas menos personas, fuera de las estadísticas, lo veo como un hecho a valorar.

Cuando la iglesia no tengamos medios, ni dinero, ni poder… eso va a ser una riqueza inmensa: estaremos de veras en la periferia. Es muy distinto estar fuera que intentar acercarnos a las periferias. No será una opción, sino una realidad impuesta.

Hablamos de llevar a Jesús a los demás. Más bien será descubrir a  Jesús, que ya está en ellos.

Nos agarramos y defendemos las posesiones, los derechos a la enseñanza… Qué bien el día que carezcamos de todo eso. ¿No decimos que los mártires son siembra de cristianos? Pues cuanto menos pintemos, más cerca estaremos de Jesús

Necesitamos una gran purificación: no pintar, no tener poder, experimentar el vacío y la pobreza. Mientras sigamos siendo una institución con grandes poderíos, celebraciones, números, edificios, concordatos…, nos va a resultar muy difícil vivir como Jesús.

Llego a un pueblo como cura y tengo casa, salones, luz, agua, teléfono… Eso no lo tiene nadie que llega a una localidad, sino que lo tiene que ganar, pagar… ¿Se han olvidado los curas obreros?

Jesús nos dice en qué condiciones hemos de ir fuera: “no llevéis alforja, ni sandalias, ni dos túnicas”. Necesitamos pasar por una purificación de hábitos, seguridades, posesiones, títulos.

Un grupo de personas, unas ciento cincuenta, han ido hoy a las oficinas del obispado pidiendo que les borren de los libros de bautismo donde constan como cristianos. Si no tienen conciencia de cristianos, ¿qué pintan al ser considerados y contados como tales? Todos los años me piden el número de personas bautizadas, casadas, enterradas… En estos pueblos, cercano a cero.

Nuestra fuerza está en la debilidad. Cuando soy débil, soy fuerte como seguidor de Jesús.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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La Iglesia es la institución en la que más confían los latinoamericanos.

martes, 14 de noviembre de 2017
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mapa-de-america-latinaChile y Uruguay rompen la media y son los que menos confían en ella

Honduras, Paraguay y Guatemala, los tres países donde la institución eclesial es más creíble

La Iglesia es la institución que goza del mayor grado de confianza, con un 65%, en casi todos los países de Latinoamérica (menos en Chile y en Uruguay), seguida de las Fuerzas Armadas, la polícía o la institución electoral. Honduras, Paraguay y Guatemala, los tres países donde la institución eclesial es más creíble. Chile y Uruguay, los que menos confían en ella. En 16 países sobre 20, la confianza en la Iglesia es superior a la mitad de la población

Entre las instituciones en las que menos confían los latinoamericanos figuran el poder judicial, el Gobierno, el Congreso y, por último, los partidos políticos.

Por establecer una comparación, mientras el 65% de los latinoamericanso confían en la Iglesia, sólo el 15% confía en los partidos políticos, la institución menso creíble para los latinoamericanos.

Según el Latinobarometro, la confianza en la iglesia ha tenido una evolución con tres altos y bajos desde 1995. En total bajando de un 76% en 1995 a 65% en 2017, con sus puntos más bajos de 62% en 2003 y de 64% en 2011.

Históricamente la ‘Iglesia’ ha tenido los grados más altos de confianza en los países de Centroamérica. Esto se confirma en 2017, comenzando con Honduras donde la Iglesia alcanza un 78% de confianza muy por encima del promedio regional. Sólo en el caso de El Salvador con 62%, tiene la Iglesia una confianza por debajo del 70% en Centroamérica. Hay en total 10 países con más del 70% de confianza. Luego observamos seis países con confianzas entre 55% y 69%.

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Finalmente, dos países con baja confianza: Uruguay y Chile con 41% y 36% respectivamente son los dos países con la menor confianza, que se explica por el alto porcentaje de agnósticos, ateos, y personas sin religión que tienen esos dos países (superior al 25% de la población).

Como vemos la confianza en la Iglesia que esconde el promedio de 65% está influenciado por dos países donde hay un indicador muy por debajo del promedio, sin embargo, en los otros diez y seis países, la confianza es superior a la mitad de la población.

El caso de Chile

Para Jaime Coiro, portavoz de la Conferencia Episcopal, los resultados de Chile tienen que ver con un declive generalizado en la confianza hacia las instituciones. «En las décadas de los 70, 80 y parte de los 90, la Iglesia Católica era una de las instituciones en las que más confiaban los chilenos, sin embargo, han transcurrido procesos de cambios culturales», dijo Coiro.

Añadió que «hoy las instituciones son menos respetadas y cualquier situación que toque a sus autoridades tiene un impacto muy peculiar en el respeto, adhesión y la confianza que tiene la gente con ellas».

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Pese a que la pregunta abarca a todas las iglesias, en el caso particular de la Iglesia Católica en Chile, el vocero de la Conferencia Episcopal señaló que «probablemente, la desconfianza tiene que ver con el impacto que han tenido aquí, más que en otros países, los casos de abuso sexual que han involucrado a sacerdotes. Eso podría demostrar la baja tan radical en Chile».

No obstante, Coiro sostuvo que hay una diferencia «entre la confianza en la Iglesia como institución versus la expresión de fe de las personas, la que puede ir desde expresiones individuales hasta manifestaciones masivas, como lo son, por ejemplo, las visitas a santuarios». Añadió que la futura visita del Papa «apunta a una renovación de la fe de los creyentes».

En otro orden de cosas, siete de cada diez latinoamericanos consideran que hay que darle prioridad a la lucha contra el cambio climático sin importar sus consecuencias negativas en el crecimiento económico, según los resultados del Latinobarómetro 2017 difundidos el viernes.

Latinobarómetro es una encuesta cara a cara con muestras nacionales de la población de 18 años y más de 18 países de la región (Centroamérica, Suramérica y México) representativas de la población de 600 millones de habitantes de América Latina.

Esta vigésima medición se realizó entre el 22 de junio el 28 de agosto pasado, con la aplicación de 20.200 cuestionarios, y sus resultados tienen un margen de error alrededor del 3%. Además del cambio climático, en esta encuesta se midieron percepciones respecto a asuntos como la democracia, la economía, la confianza, la corrupción y la seguridad.

José Manuel Vidal

Fuente Religión Digital, 29 octubre 2017

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