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Marcella, Paola, Macrina, Melania la anciana y Olimpia… las ‘Madres de la Iglesia’ del siglo IV

Miércoles, 20 de marzo de 2024
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Ejercieron autoridad, se expresaron sobre importantes temas eclesiales, enseñaron a mujeres y hombres y dieron libremente testimonio de Cristo

La vida religiosa tal como la conocemos hoy, tanto la contemplativa como la activa, ha evolucionado a lo largo de dos milenios

En este tercer artículo de cuatro, Christine Schenk analiza la contribución de mujeres cristianas eminentes en el siglo IV, que con la fundación de monasterios sentaron las bases para la vida de las religiosas de hoy

(Vatican News).- La vida religiosa tal como la conocemos hoy, tanto la contemplativa como la activa, ha evolucionado a lo largo de dos milenios. En este tercer artículo de cuatro, Christine Schenk analiza la contribución de mujeres cristianas eminentes en el siglo IV, que con la fundación de monasterios sentaron las bases para la vida de las religiosas de hoy.

IMG_3430El siglo IV comienza con una dura persecución de los cristianos, especialmente en Oriente. Después de abrazar al Dios cristiano y después de una larga lucha por el poder, Constantino se convierte en emperador en el año 324 d. C. La Iglesia se eleva en esta época a niveles sin precedentes de poder terrenal y capacidad de influencia gracias al favor imperial de Constantino, sus hijos y su madre, Elena. Los hombres de la Iglesia reciben suntuosos beneficios de mujeres cristianas aristocráticas como Olimpia, Melania la anciana, Melania la joven y Paola. Las comunidades cristianas que hasta ese momento se habían reunido en grandes casas grandes, ahora se encuentran en espacios públicos suntuosos. Estos cambios exacerban las tensiones sobre el ministerio público de las mujeres cristianas.

Cómo cambia el papel de la mujer en la Iglesia

El siglo IV también vio nacer una peligrosa tendencia a asimilar, aunque simbólicamente, el género femenino a la herejía, a pesar de que tanto hombres como mujeres cristianos están involucrados en las más variadas interpretaciones del cristianismo, hasta el punto de ser definidos como herejes.

“Sobre todo las mujeres corren el riesgo de ser calificadas como heréticas y sospechosas de impureza, cuando asumen el papel de maestras”

Pero sobre todo las mujeres corren el riesgo de ser calificadas como heréticas y sospechosas de impureza, cuando asumen el papel de maestras. Este es el contexto eclesial en el que viven y testimonian su fe las “Madres de la Iglesia del siglo IV. Lo que sigue es una breve, pero significativa cronología de sus vidas y de la forma en que ellas -y sus comunidades- ejercen la autoridad eclesial en la Iglesia primitiva.

Textos escritos por mujeres

IMG_3433Noticias literarias sobre mujeres del siglo IV como Marcella, Paola, Macrina, Melania la anciana y Olimpia nos llegan básicamente de hombres de la Iglesia eruditos como Jerónimo, Gregorio de Nisa, Palladio y Juan Crisóstomo. Tenemos dos textos escritos por mujeres: Proba y Egeria.

Proba adapta un centenar de obras de Virgilio en prosa, tan querido en Roma, para contar la historia del cristianismo con el fin de evangelizar a los jóvenes aristócratas, creando un instrumento culturalmente transversal que influirá en hombres y mujeres cristianos durante generaciones.

Si bien a menudo se atribuye el nacimiento del monaquismo a Basilio en Oriente y a Jerónimo en Occidente, dos mujeres, Macrina y Marcella, comienzan a practicar este estilo de vida cristiano mucho antes que los hombres”

Egeria, en cambio, escribe un diario de viaje para sus hermanas, ilustrando su itinerario hacia los lugares sagrados del Este. Durante este viaje -escribe Egeria- en un momento se encontró con su “amiga muy querida, la santa diaconisa Marthana, que gobierna un monasterio doble cerca del Santuario de Santa Tecla (en Turquía). Marthana es un raro ejemplo de diácono-mujer que ejerce la autoridad de gobierno sobre hombres y mujeres cristianos. Si bien a menudo se atribuye el nacimiento del monaquismo a Basilio en Oriente y a Jerónimo en Occidente, dos mujeres, Macrina y Marcella, comienzan a practicar este estilo de vida cristiano mucho antes que los hombres.

Macrina (327-379 d.C.) funda un monasterio en Annisa, en Asia Menor, que se convierte en el prototipo de la regla monástica escrita por su hermano Basilio. Si Basilio es definido más tarde como «padre del monaquismo», seguramente Macrina es su madre. Su autoridad como guía espiritual influye profundamente en sus hermanos Basilio y Gregorio, ambos teólogos, que elaborarán la doctrina de la Trinidad.

Marcella (325-410) reúne a las mujeres para estudiar las Escrituras y rezar en su villa aristocrática de la colina del Aventino más de 40 años antes de la llegada de Jerónimo a Roma. Cuando Jerónimo regresa a Jerusalén, los sacerdotes de Roma consultan a Marcella para aclarar ciertos pasajes de los textos bíblicos. Marcella interviene también en los debates públicos sobre la controversia origenista.

IMG_3432Paola Romana (347-404) funda dos monasterios en Belén: uno para mujeres y otro para hombres. El monasterio masculino lo confía a los monjes y es allí donde, gracias a su apoyo, Jerónimo completa su traducción de la Biblia del griego al latín. Girolamo nos cuenta que el conocimiento de Paola de la lengua hebrea superaba el suyo.

Melania la anciana (350-410) logra reconducir a un importante hombre de Iglesia (Evagrio) a su voto de celibato; enseña y convierte a muchos hombres. Es determinante en la resolución de un cisma que involucra a 400 monjes en Antioquía, «venciendo a todo hereje que reniegue del Espíritu Santo». Financia y cofundó un monasterio doble en el Monte de los Olivos, donde sus comunidades se dedican al estudio de las Escrituras, la oración y las obras de caridad.

Olimpia (368-408). Ordenada diaconisa en Constantinopla por el obispo Nectario, Olimpia utiliza la inmensa fortuna de su familia para sostener a la Iglesia y servir a los pobres. Funda un gran monasterio cerca de la basílica de Santa Sofía, donde también se ordenan diaconisas tres de sus parientes. Pronto se unen también mujeres de familias del Senado romano, y el número de monjas asciende así a 250.

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Estos son solo algunos ejemplos de mujeres del siglo IV cuyas comunidades son precursoras de la vida religiosa contemporánea. Su testimonio y autoridad eclesial influyen fuertemente en las comunidades cristianas de su época, pero también en las de los tiempos venideros. En épocas en las que algunos hombres de la Iglesia prohíben a las mujeres hablar o enseñar públicamente y prefieren que se queden en casa, hay pruebas de que en el siglo IV algunas mujeres cristianas ejercieron autoridad, se expresaron sobre importantes temas eclesiales, enseñaron a mujeres y hombres y dieron libremente testimonio de ese Cristo al que habían elegido vincularse.

El material utilizado para este artículo está tomado en gran parte del libro de la autora “Crispina y sus hermanas: mujeres y autoridad en el cristianismo primitivo(Fortress Press, 2017). En el cuarto y último artículo de esta serie, un análisis sobre las motivaciones que pueden haber empujado a las mujeres del cristianismo primitivo a ser contribuyentes activas a la edificación de la Iglesia.

“En épocas en las que algunos hombres de la Iglesia prohíben a las mujeres hablar o enseñar públicamente y prefieren que se queden en casa, hay pruebas de que en el siglo IV algunas mujeres cristianas ejercieron autoridad, se expresaron sobre importantes temas eclesiales, enseñaron a mujeres y hombres y dieron libremente testimonio de ese Cristo al que habían elegido vincularse”

Fuente Religión Digital

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Christine Schenk, CSJ: “Las primeras iglesias domésticas estaban dirigidas por mujeres”

Jueves, 29 de febrero de 2024
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IMG_2925Ellas fueron elementos clave de la expansión del cristianismo en Roma

El “movimiento de Jesús” se difundió rápidamente por todo el Imperio romano gracias en parte a la iniciativa de las viudas y de las mujeres en calidad de apóstoles, profetas, evangelistas, misioneros y jefes de iglesias domésticas

Las mujeres de estas comunidades no solo salvaban a los huérfanos y a las viudas pobres, sino que también profetizaban en las primeras reuniones de la Iglesia primitiva

En el primero de una serie de cuatro ensayos, Christine Schenk, basándose en documentación literaria, nos habla de las mujeres en el cristianismo primitivo

¿La vida religiosa tal como la conocemos hoy -tanto contemplativa como activa- ha evolucionado a lo largo de dos mil años”

(Vatican News).- Cuando era una joven monja de San José tenía el gran deseo de entender quiénes habían sido nuestras antepasadas en la fe. A pesar de ser una apasionada de los textos bíblicos, a menudo me resulta difícil reconocerme en ellos porque los textos de nuestro leccionario casi siempre hablan de nuestros antepasados-hombres. Las devotas discípulas de Jesús -a excepción de María de Nazaret- son prácticamente invisibles.

Cuando comencé a estudiar para el máster en teología en el seminario local, devoré toda la información sobre las mujeres del cristianismo primitivo. En esta serie de cuatro ensayos quiero identificar las raíces históricas de las comunidades religiosas femeninas y tal vez ayudar a los lectores a comenzar a reconocerse en la historia de los primeros cristianos.

La difusión del cristianismo

El “movimiento de Jesús” se difunde rápidamente por todo el Imperio romano, en parte gracias a la iniciativa de las viudas y de las mujeres en calidad de apóstoles, profetas, evangelistas, misioneros y jefes de iglesias domésticas. Su crecimiento también se puede atribuir al apoyo financiero de mujeres empresarias cristianas como María Magdalena y Juana (cf. Lc 8, 1-3), Lidia (cf. Hch 16, 11-40), Febe (cf. Rom 16, 1-2), Olimpia, diaconisa del siglo IV, y otras. El Papa Benedicto XVI reconoció precisamente esto cuando, el 14 de febrero de 2007, dijo que «la historia del cristianismo habría tenido un desarrollo muy diferente si no hubiera habido la generosa contribución de muchas mujeres». “En el ámbito de la Iglesia primitiva, la presencia femenina” – anotaba de nuevo – “ha sido cualquier cosa menos secundaria”.

El “movimiento de Jesús” se difunde rápidamente por todo el Imperio romano, en parte gracias a la iniciativa de las viudas y de las mujeres en calidad de apóstoles, profetas, evangelistas, misioneros y jefes de iglesias domésticas

La iglesia doméstica

Las primeras iglesias domésticas estaban dirigidas por mujeres como Grapte, que en el siglo II era la cabeza de la comunidad de viudas que cuidaban de los huérfanos en Roma (fig. 1), y Tabità, viuda del siglo I “dedicada a obras buenas y actos de caridad” (cf. Hch 9, 36-43), que fundó una comunidad de iglesia doméstica en Jaffa. Fue a través de las iglesias domésticas que los primeros cristianos tuvieron acceso a las redes sociales que los pusieron en contacto con personas de diferentes clases sociales.

Cuando una mujer cabeza de familia, tal vez una viuda adinerada como Tabita o una mujer liberada de la esclavitud como Prisca (cf. Rom 16, 3-5), se convertía al cristianismo, los evangelistas cristianos como Junia (cf. Rom 16, 7) o Pablo tenían acceso no solo a su hogar sino también al grupo de personas que protegían y a su clientela, y esto significaba que sus esclavos, libertos, niños, familiares y personas que por razones profesionales estaban en contacto con estas mujeres también se convertirían. Así fue como cuando Pablo convirtió a Lidia (cf. Hch 16, 11-15) tuvo automáticamente acceso a una amplia gama de relaciones sociales y, por lo tanto, a un público potencialmente muy amplio (fig. 2). En la investigación titulada “A Woman’s Place“, Carolyn Osiek y Margaret Y. MacDonald demuestran cómo las mujeres cristianas de clases sociales más bajas podían iniciar pequeñas empresas gracias a su inserción en la red social cristiana y así adquirir cierta seguridad económica. Esto a su vez implicaba el acceso a una clase más alta y, por lo tanto, una mayor libertad de movimiento, en particular dentro de la familia ampliada de la antigüedad.

“Cuando Pablo convirtió a Lidia (cf. Hch 16, 11-15) tuvo automáticamente acceso a una amplia gama de relaciones sociales y, por lo tanto, a un público potencialmente muy amplio”

Mujeres evangelizadoras

Celso, conocido crítico de la Iglesia primitiva, tenía una escasa opinión de la evangelización hecha por las mujeres. Sin embargo, aunque de forma involuntaria, aportó pruebas independientes de la iniciativa de las mujeres en el cristianismo primitivo cuando afirmó que los cristianos convencían a las personas para que “abandonaran al padre y a los maestros y en su lugar fueran con las mujeres y los niños, compañeros de juego, a las casas de las mujeres, o a las curtidurías o a los talleres de los rumiantes”. (Orígenes, Contra Celso). La crítica de Celso coincide con afirmaciones en otros textos del cristianismo primitivo, según las cuales la evangelización se hacía de persona a persona, de casa en casa, por mujeres que llegaban a otras mujeres, niños, libertos y esclavos. Su crítica nos dice que las mujeres cristianas (y pocos hombres) tomaron iniciativas fuera de las reglas del patriarcado en función de su fe en Cristo.

“Su crítica nos dice que las mujeres cristianas (y pocos hombres) tomaron iniciativas fuera de las reglas del patriarcado en función de su fe en Cristo”

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Contribuciones específicas de las mujeres

Tres son las innovacionessignificativas que se producen en la sociedad romana entre los siglos I y IV y que pueden atribuirse a la evangelización y a los ministerios de guía de las mujeres cristianas. La primera, alrededor del siglo IV, es la libertad de elegir una vida celibataria, que derriba efectivamente un pilar del patriarcado, es decir, la obligación de contraer matrimonio. La segunda es que las viudas y vírgenes cristianas salvan, socializan, bautizan y educan a miles de huérfanos que de otro modo morirían por ser abandonados o serían destinados a la prostitución. La tercera es que las actividades de vinculación y evangelización de las mujeres desempeñan un papel determinante en la transformación de la sociedad romana de una cultura preeminentemente pagana a una cultura preeminentemente cristiana.

Conclusión

Se pueden reconocer elementos de vida religiosa no solo en las primeras comunidades de viudas, como la de Grapte o Tabita, sino también en aquellas mujeres que eligieron la vida célibe, como las cuatro hijas profetisas de Felipe (Hch 21,9) y las comunidades femeninas en Asia menor, de las que se habla en las Actas de Tecla (fig. 3). Las mujeres de estas comunidades no solo salvaban a los huérfanos y a las viudas pobres, sino que también profetizaban en las primeras reuniones de la Iglesia primitiva (cf. 1 Cor 11; Hch 21, 8-19). Su ejercicio contracultural de la autoridad en el contexto de la vida doméstica cotidiana es una de las claves a menudo silenciadas de la rápida difusión del cristianismo. La autoridad misionera y la guía profética de las mujeres en su amplia red social cambia el rostro del Imperio Romano.

Las mujeres de estas comunidades no solo salvaban a los huérfanos y a las viudas pobres, sino que también profetizaban en las primeras reuniones de la Iglesia primitiva

IMG_2926El material utilizado para este artículo está tomado en gran parte del libro de la autora Crispina y sus hermanas: mujeres y autoridad en el cristianismo primitivo (Fortress Pres, 2017). En su segundo artículo, que aparecerá próximamente, describe una investigación original sobre las primeras mujeres cristianas entre los testimonios arqueológicos en frisos de sarcófagos fechados entre los siglos III y V.

Fuente Religión Digital

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“Y ahora… ¿qué creo que creo? (III)”, por Gonzalo Haya.

Sábado, 28 de abril de 2018
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rosto-de-jesus-na-multidao(Ya he reflexionado sobre Dios y nuestras limitaciones, y sobre Jesús. Ahora trato un aspecto más concreto, su mensaje, el Reinado de Dios y, al concretar, las posibilidades de interpretación son más amplias y más circunstanciales; por lo tanto más versátiles y provisionales).

El término griego basileia significa reino o reinado, en el sentido que hoy diríamos gobernanza; un régimen social, un modo de relacionarse, establecido en un pueblo. El proyecto de Jesús era convocar a su pueblo para establecer voluntariamente unas relaciones de compartir en fraternidad como hijos de Dios. La opresión ejercida por los invasores romanos y por los epulones y el alto clero judío le urgía a liberar –redimir– a los marginados y anunciar la buena noticia a los pobres.

Jesús inició este proyecto “para las ovejas descarriadas de Israel” pero, al entrar en contacto con los pueblos vecinos, comprendió que el amor del Padre era universal, y su proyecto era anterior a cualquier religión porque procedía desde la misma creación. Marcos y Mateo escenifican esta universalización de Jesús -esta conversión- en el episodio de la mujer cananea (Mt 15,21-28); pero más ampliamente se muestra este universalismo, como ya he indicado, con los samaritanos, el publicano, el geraseno, y el centurión romano.

Este proyecto fue asumido por sus discípulos como cumplimiento de la promesa mesiánica, y fue denominado cristianismo por el término griego Khristós, ungido, Mesías. Sin embargo este término vuelve a ser reduccionista porque reduce la universalidad de Jesús -y del Dios de la creación- a una determinada religión.

No dudo que todos sus discípulos estuvieron impulsados por el Espíritu, pero este impulso se concreta de manera distinta en Isaías, en Jesús, en Pablo o en Santiago. También la electricidad que entra en mi casa produce efectos diferentes en las bombillas, en el radiador o en el televisor; y este escrito provocará diversas reacciones en cada uno de los que lo lean.

Para comprender ahora su proyecto universal conviene relacionarlo con algunos conceptos de nuestra cultura.

Religiones

Las religiones son elaboraciones humanas para socializar las tendencias espirituales inherentes a nuestra naturaleza. El desarrollo de nuestro cerebro ha roto de alguna manera el cerco espacio-tiempo, trasciende las sensaciones de placer-dolor, y se aventura por sentimientos irrenunciables de belleza, justicia, amor desinteresado, y ansias de infinito (vía intuitiva). Estos sentimientos -promovidos por nuestra naturaleza y fundamentados en Dios inmanente y trascendente- serían inútiles y crueles si no pudieran ser satisfechos de alguna manera. La noosfera nos ha abierto una ventana -”ya sí pero todavía no”– a una esfera espiritual; nuestra conciencia es como una interfaz que conecta con el “fundamento divino”.

Las religiones concretan esos sentimientos con las realidades diarias de una sociedad y establecen unas explicaciones comunes (creencias), unos preceptos, y unas expresiones simbólicas (mitos, ritos, bailes), dirigidos por una jerarquía (más o menos rígida).

Jesús partió de su religión judía, abrazó su creencia fundamental en un Dios amor que desea una convivencia feliz para todos sus hijos y ofrece un futuro trascendente; pero se desligó de “esas tradiciones vuestras” (Mc 7,5-13) porque se habían ido endureciendo en beneficio de la jerarquía dirigente. Él no fundó una nueva religión, solamente impulsó un movimiento para volver al fundamento espiritual -dignidad, justicia, amor- de toda religión. Ese movimiento espiritual y social era, y es, común con otras religiones. Jesús no trató de convertir a los “paganos” que acudieron a él, y hoy acogería lo que denominamos un pluralismo religioso o una laicidad éticamente responsable.

El Reinado de Dios no es exclusivamente para los cristianos, es un proyecto para toda la humanidad. Todas las religiones lo han descubierto en su fondo humano espiritual y lo han socializado -con más o menos acierto- mediante creencias, preceptos y ritos de su propia cultura.

Cristianismo

Las Iglesias cristianas tienen su origen en los seguidores de Jesús. Ellos tuvieron el mérito de creer en su mensaje divino a pesar de su fracaso humano, y trataron de concretar y socializar su movimiento en unas circunstancias desconcertantes.

Los pequeños grupos que acogieron el proyecto de Jesús eran fundamentalmente judíos y esperaban una inminente escatología; a medida que pasaba el tiempo se fueron estableciendo comunidades cristianas de orign pagano y de cultura greco-romana. Las creencias se formularon en conceptos griegos y las normas en términos del derecho romano.

El movimiento de Jesús fue perdiendo flexibilidad y se fueron acumulando tradiciones de creencias, preceptos y ritos, más preocupados por mantener la identidad del grupo que por alentar el compartir en fraternidad. Sería desmesurado el pretender analizar aquí, con los necesarios matices, esas creencias pero no puedo eludir referirme brevemente a lo que creo sobre las más significativas (reconociendo expresamente mis limitaciones culturales y personales).

De una manera general puedo adelantar que la formulación de las creencias, normas y ritos, en una sociedad adulta, deberían ser orientaciones para ayudar a discernir y mantener alguna cohesión entre las distintas comunidades, pero dejando la última palabra a la propia conciencia (y la coacción a las leyes civiles que deben garantizar la convivencia social).

Creo que lo importante no es ser cristiano, sino tratar de seguir el mensaje que recuperó y promovió Jesús; sin embargo me considero cristiano como todos los que reconocemos a Jesús como mensajero de Dios y nos sentimos en el ámbito de creencias expresadas en el Nuevo Testamento.

La iglesia no es la jerarquía sino el pueblo de Dios. La formulación de las creencias y preceptos no compete solamente a la jerarquía, sino también al sensus fidelium que debe recibir esas formulaciones y normas (y debería participar en su elaboración). Tanto las creencias como las normas son interpretaciones culturales -y por tanto evolutivas- de una percepción del amor y la justicia. La fe consiste en una adhesión confiada más que en unas explicaciones conceptuales.

Las creencias sobre el más allá rebasan nuestras limitaciones espacio-temporales, por tanto son un postulado, igual que la idea de Dios, y creo que pueden basarse en dos pilares. Por una parte somos seres abiertos a la trascendencia: justicia, amor, ansias de infinitud; por otra, las experiencias místicas han percibido -con más o menos intensidad en cada época y cultura- un atisbo de ese estado trascendente; en palabras de Raimon Panikkar, han tenido conciencia “de un contacto tangencial con la eternidad”.

La resurrección no se planteó en la religión judía hasta el siglo II a.C, ante la muerte heroica de los hermanos Macabeos, porque pensaban que Dios no podía abandonar definitivamente a los que habían muerto por defender su nombre. El principal argumento para muchos de nosotros se basa igualmente en que la justicia y el amor de Dios no abandona definitivamente a los que han sufrido la marginación y la crueldad de nuestra sociedad. Jesús, por su experiencia de Dios, sabía que Dios no es un Dios de muertos sino un Dios de vivos. En qué consista la resurrección, no lo sabemos; Jesús lo comparaba a lo que entonces se entendía como los ángeles de Dios; Pablo como un cuerpo espiritual. Si creemos en la existencia de Dios y en realidades como la justicia y el amor, podemos pensar que la resurrección puede ser un estado de plenitud en una esfera o ámbito espiritual.

Los ritos religiosos son expresiones simbólicas de nuestros sentimientos, y la mejor pedagogía para interiorizar las creencias; por eso se formularon según las creencias y la cultura de una determinada época, pero al cambiar las costumbres van perdiendo su poder de evocación, o incluso llegan a ser incomprensibles. Y los símbolos que no sugieren nada son como la sal que pierde su sabor; se los mantiene para asegurar la permanencia de esas creencias a pesar de los cambios culturales. Actualmente urge la renovación de nuestros símbolos religiosos,

A lo largo de la Historia se han producido brotes de vuelta al movimiento impulsado por Jesús -semejante al de los profetas de Israel- y felizmente rebrota también en estos momentos. Pero se está produciendo en un radical cambio cultural, que algunos consideran una nueva era axial. Quizás en la cultura occidental estemos pasando a una era posreligional. Estos cambios exigen una nueva socialización del mensaje de Jesús; espero que se desarrollen en una atmósfera de libertad y compromiso fraternal.

Conclusiones

Propongo unos mantras para mantener unos recuerdos útiles en el día a día.

· “Hay un asunto en la tierra / Más importante que Dios / Y es que nadie escupa sangre / Pa’ que otro viva mejor “ (Atahualpa yupanqui)

· “Hechos son amores, que no buenas razones”

· Dios es amor, y el verdadero amor nos identifica con él

· Tres parábolas de Jesús: el buen samaritano, la oración del publicano, y la del hijo pródigo

Y quiero terminar asumiendo lo que repetía mi estimado maestro Díez Alegría

Aunque sabemos que Dios no tiene manos,
me pongo en manos de Dios”

Gonzalo Haya

Fuente Fe Adulta

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