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Razones para la esperanza.

sábado, 6 de octubre de 2018
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Un antiguo alumno mío, que se ha vuelto agnóstico, me repite a menudo: «La Iglesia ha llegado a la agonía, es inútil que usted se agote en poner dentro de la misma cesta los trozos que quedan». Pues bien, no […]. Mi vida dominicana me permite grandes espacios de silencio y de recogimiento. Son los momentos en que se deposita la memoria de las heridas, de los fracasos, de los arañazos, de los celos (el gran mal eclesiástico), de las inquietudes por el futuro, y en los que se hace más profunda la conciencia de la gracia de Dios. Siento entonces subir a mi espíritu algunos versículos de salmos, de relatos evangélicos, de la literatura joánea, de las cartas apostólicas, en particular de la carta a los Efesios.

Este flujo de versículos que pueblan mi memoria creyente se conecta con las palabras que el evangelio de Juan pone en labios de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos?». Desde hace dos mil años, hombres y mujeres de «toda pobreza», volviendo sobre esta confesión de fe, la han releído a la luz de su experiencia y de su deseo. La han considerado capaz de dar un sentido a su vida […]. Pedro da razón de su adhesión radical a Cristo: «Sólo tú tienes palabras de vida eterna». La respuesta de Pedro aparece de inmediato como el hilo conductor del destino de todos los grandes santos, heridos también ellos por la vida, atormentados también ellos por la vida […]. Por eso afirmo que mientras haya hombres y mujeres que buscan el sentido de su vida y otros que pronuncian el nombre de Cristo, sabiendo lo que significa, habrá cristianos […].

La Iglesia de Dios es, al mismo tiempo, revelación y actualización de su ternura, capaz de abrazar el destino humano en lo concreto de aquellas cosas que le hacen feliz, pero también – y tal vez sobre todo- en aquellas cosas que le hunden en la desesperación.

Dios no quiere que la humanidad carezca de esperanza, y la humanidad tampoco quiere estar sin ella. No sé qué es lo que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, está llamada a ser en los siglos futuros. Ahora bien, en mi fe, creo que en el día del Señor ella será sierva de la misericordia-fidelidad.

*

J.-M. R. Tillard,
«Razones para esperar»,
en Testimoni del 30 de noviembre de 2000.

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

«Reformular a la iglesia: un camino urgente y necesario», por Stefano Cartabia.

sábado, 6 de octubre de 2018
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60bf6-algunas-verdades-escenciales-de-la-iglesia¡A vino nuevo, odres nuevos!” (Mc 2, 22).

Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido viejo y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres, y ya no servirán más ni el vino ni los odres. ¡A vino nuevo, odres nuevos!” (Mc 2, 21-22).

Es este el ícono evangélico que –a mi manera de ver– mejor muestra la situación actual de la iglesia y del cristianismo. Por todos lados se pide renovación y desde muchos lugares surgen experiencias renovadoras o intentos de renovación. Es la frescura de la espiritualidad que se abre camino entre los senderos casi desiertos de una religión en agonía: ¡Es el vino nuevo que se hace presente para regalarnos el amor y celebrar la vida! Pero insistimos en poner este vino nuevo en odres viejos. Ese es el drama de la iglesia: aferrada a los odres de la doctrina y sus obsoletas estructuras no sabe aprovechar ni disfrutar del vino nuevo. A menudo no sabe qué hacer con este vino nuevo y se desperdicia.

Necesitamos odres nuevos para este vino espumante y gracioso, un vino lleno de vida y de burbujas, un vino de buen cuerpo y robusto. Un vino con tanta fuerza que va rompiendo sin piedad los odres desgastados y rajados.

Es el vino nuevo que pide reformular al cristianismo y a la iglesia.

Reformular a la iglesia”: propuesta un tanto atrevida y arriesgada. Fiel a mi sentir y mi conciencia siento también que es un camino necesario, urgente e imprescindible.

También porque, por un lado, ya se está dando. Se está dando naturalmente, a partir de la base, de la gente común, de los laicos. Y también por algunos que otros gestos del Papa Francisco.

Pero, en general, la jerarquía parece “no saber” o hacer la vista gorda. Así, también, la teología “oficial” y el magisterio.

Acompaño a muchas personas y grupos que ya no se sienten reflejados en esta iglesia. Muchos se alejan paulatinamente buscando otras fuentes de agua viva y no cisternas agrietadas (Jer 2, 13). Otros resisten e intentan el cambio desde dentro.

En fin: algo se mueve y se está moviendo, que la jerarquía lo sepa o no, lo quiera o no.

Quiero dar mi aporte en este sentido.

¿Por qué reformular? Me pareció el término más correcto: respetuoso del pasado y audaz con el futuro.

Hubiera podido usar “renovar”: pero hablar de renovación en muchos casos no tiene toda la profundidad necesaria. A menudo el “renovar” se esfuma y diluye como una simple mano de pintura sobre un revoque en ruina.

Reformular es más contundente: mantiene la esencia y a la vez permite enterrar definitivamente algunos aspectos y dar cabida a otros.

Unas premisas que me parecen importantes:

  • Escribo desde el amor a la iglesia. La iglesia me dio vida y me ayudó a crecer y a madurar. En la historia de la iglesia y del cristianismo hay una riqueza infinita que también contribuyó a alimentar grandes valores humanos: arte, literatura, poesía, educación, espiritualidad, arquitectura… Estoy muy agradecido por todo eso. Eso mismo me empuja a ser transparente, directo, incisivo en mis apuntes y mi compartir. Mis “criticas” (en realidad no quieres ser tales) –a veces contundentes– están formuladas con la intención de construir y aportar para que la iglesia sea realmente signo e instrumento del Reino de Dios en el mundo de hoy y vehículo de auténtica espiritualidad.
  • Uno de los ejes de mis críticas será la jerarquía y el nivel institucional de la iglesia. No tengo nada personal con ningún representante oficial de la jerarquía, más allá de no compartir a menudo posturas y modelos de iglesia; y a veces no puedo evitar esbozar una sonrisa frente a evidentes signos de búsqueda de poder y privilegios, incoherencias y apariencias. Nada personal con nadie, más allá de sentirme marginado y excluido no raras veces. Más aún: hacia la gran mayoría de sacerdotes y obispos que conozco tengo un profundo afecto y estima. Todas personas entregadas a sus ministerios, generosas, autenticas. El blanco de mis criticas es el “sistema” jerárquico e institucional. “Sistema” –dígase lo mismo por la sociedad civil– tanto más difícil de descifrar y desmantelar cuanto más invisible, oculto e impersonal es. “Sistema” difícil de quebrar cuanto más se ampara en una supuesta autoridad divina: nada más peligroso que el fanatismo religioso. La historia enseñó y enseña. Cada “sistema” está obviamente hecho y sostenido por personas concretas, pero va también más allá y se pierde en algo indefinido e intocable. Es la experiencia común cuando para un trámite civil te derivan de ventanilla en ventanilla sin que nadie pueda dar con un responsable y un rostro concreto. Experiencia común cuando en la iglesia te dicen “que siempre se hizo así” y nadie sabe fundamentar y dar respuestas coherentes.
  • Este compartir no deja de ser una reflexión abierta, sin ninguna pretensión ni intentos polémicos. Estoy feliz con mi silencio, feliz con mi gente amada y amante. Feliz con el Dios de la Vida que me sonríe en cada cosa. Sereno y en paz desde el Silencio que me habita. No busco aprobación ni aplausos. Simple y sencillamente comparto desde el Amor que es y que somos. Me gustaría que mi escrito fuera tomado así y que se pudiera leer sin prejuicios. Sin duda habrá varias cosas que a muchos les rechinarán: no hay problema. Solo invito a una simple operación, que vale por este escrito, como por todo: no tiren todo por uno o más puntos que no comparten. Sepan rescatar lo que si comparten. Tal vez empiecen por ahí, con actitud positiva y abierta. Anoten con humildad y sencillez los puntos que comparten y los que no.
  • Tal vez a algunos pueda surgir impetuosa la rebelde pregunta: ¿quién es este que se atreve a “reformular a la iglesia”? Pregunta lícita, tal vez. Respondo: nadie. Por eso me atrevo a hacerlo. Es la suprema libertad de la nada.

Mi propuesta para reformular a la iglesia pasa por siete caminos. Siete. Número no casual. Número de la plenitud que ya somos y a la cual estamos llamados.

  • Camino jurídico-institucional
  • Camino teológico-doctrinal
  • Camino interior-espiritual
  • Camino artístico-poético
  • Camino realista-antropológico
  • Camino ecuménico-dialógico
  • Camino pastoral-misionero

Camino jurídico-institucional

La iglesia institución es uno de los grandes obstáculos para el hombre moderno y, a menudo, también para el creyente. Las instituciones en general están en crisis y están mal vistas. Muchas veces con razón: toda institución con el pasar del tiempo pierde el espíritu originario que la suscitó y se enreda en una sinfín de incoherencias: “hacer carrera”, corrupción, fanatismo, exterioridad, legalismo. No es necesario poner ejemplos para la iglesia, me parece.

La institución iglesia va repensada y reformulada. Muchas veces se tiene la impresión que la iglesia sigue más el derecho canónico que el evangelio, se preocupa más de cumplir con sus reglas y normas que de atender al Espíritu, defender doctrinas que acompañar al ser humano en su búsqueda y dolor.

Con todo esto no se quiere negar que cierto nivel institucional y jurídico sea necesario, al contrario. Lo necesitamos por nuestra existencia concreta y frágil, marcada muchas veces por el egoísmo.

Pero no podemos permitir que lo institucional sofoque al genuino Espíritu –hecho muy recurrente lamentablemente–.

Repensar lo jurídico-institucional en la iglesia significa reformular sus propios fundamentos a partir de la evolución de la humanidad y de los logros de estos siglos en el campo de los derechos humanos, la antropología, la psicología, la sociología, la espiritualidad.

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Otro modo de ser Iglesia.

martes, 18 de septiembre de 2018
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iglesia-transparenteQuien haya leído mi último artículo –Dónde está la verdadera crisis de la Iglesia– puede haber quedado desesperanzado. Analizaba ahí la estructura de poder de la Iglesia, centralizada, piramidal, absolutista y monárquica. Este tipo de poder no favorece el ideal evangélico de igualdad, de fraternidad ni la participación de los fieles. Más bien cierra las puertas a la participación y al amor.

Es que tal tipo de poder, por su naturaleza, necesita ser fuerte y frío. Este modelo de Iglesia-poder se presenta como la Iglesia sin más, peor todavía, como querida por Cristo, cuando, como he mostrado, surgió históricamente y es solamente su instancia de animación y dirección, siendo menos del 0,1% de todos los fieles. Por lo tanto, no es toda la Iglesia sino solamente una mínima parte de ella.

Pero la Iglesia-comunidad como fenómeno religioso y movimiento de Jesús es mucho más que la institución. Aquella encuentra otras formas de organización mucho más próximas al sueño de su Fundador y de sus primeros seguidores. Sabiamente, los obispos brasileros en su reunión anual, celebrada en Brasilia del 4 al 13 de enero del presente año, confesaron: «sólo una Iglesia con diferentes modos de vivir la misma fe será capaz de dialogar significativamente con la sociedad contemporánea». Con esto  destruyeron la pretensión de una única manera de ser: la de la Tradición del poder. Sin negarla, hay muchas otras maneras: la de la Iglesia de la liberación, la de los carismáticos, la de los religiosos y religiosas, la de la acción católica, hasta la del Opus Dei, la de Comunión y Liberación y la de la Nueva Canción, para nombrar sólo las más conocidas.

Pero hay una forma toda especial y muy promisoria, nacida en los años 50 del siglo pasado en Brasil y que ha adquirido relevancia mundial, pues ha sido asimilada en muchos países: las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). Los obispos les dedicaron un animador «Mensaje al Pueblo de Dios sobre las CEBs». Curiosamente, ellas surgieron en el momento en que brotó en Brasil una nueva conciencia histórica. En la sociedad: el sujeto popular ansiando más participación política, y en la Iglesia: el sujeto eclesial, ansiando también más participación y corresponsabilidad eclesial. Las CEBs son otro modo de ser Iglesia, cuyo sujeto principal, aunque no exclusivo, son los pobres. Su estilo es comunitario, participativo e insertado en la cultura local. Los servicios son rotativos y la elección, democrática. Articulan continuamente fe y vida, son activas en el campo religioso, creando nuevos servicios y ritos, y activas en el campo social o político, en los sindicatos, en los movimientos sociales como en el MST (Movimiento de los Trabajadores sin Tierra) o en los partidos populares.

No sabemos exactamente cuántas son, pero se calcula unas cien mil comunidades de base en Brasil, involucrando a varios millones de cristianos. Los obispos constatan su alto valor innovador y anti-sistémico. El mercado eliminó las relaciones de cooperación y solidaridad mientras que en las CEBs se viven relaciones fundadas en la gratuidad, en la lógica del ofrecer-recibir-retribuir. Ellas han asumido la causa ecológica, por eso, se entienden también como CEBs = comunidades ecológicas de base. Han desarrollado una fuerte espiritualidad del cuidado de la vida y de la Madre Tierra. El resultado de todo ello ha sido más respeto, veneración y cooperación con todo lo que existe y vive.

Las CEBs muestran cómo la memoria sagrada de Jesús puede recibir otra configuración social, centrada en la comunión, en el amor fraterno y en la alegría de testimoniar la victoria de la vida contra las opresiones. Ese es el significado existencial de la resurrección de Jesús como insurrección contra el tipo de mundo vigente.

Humildemente los obispos declaran que ellas ayudan a la Iglesia a estar más comprometida con la vida y con el sufrimiento de los pobres. Más aún, interpelan a toda la Iglesia llamándola a la conversión, al compromiso para la transformación del mundo en un mundo de hermanos y hermanas.

Este modo de ser Iglesia puede servir de modelo para la inserción en la cultura contemporánea, urbana y globalizada. Si fuese asumido como inspiración para el proyecto del Papa Benedicto XVI de «reconquistar» Europa, seguramente tendría algún éxito. Podrían verse comunidades de cristianos, intelectuales, obreros, mujeres, jóvenes, viviendo su fe en articulación con los desafíos de sus situaciones existenciales. No pretenderían tener el monopolio de la verdad y del camino cierto, pero se asociarían a todos los que buscan seriamente un nuevo lenguaje religioso y un nuevo horizonte de esperanza para la humanidad.

Leonardo Boff

es autor de Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia, Record, 2008, Sal Terrae.

Fuente Koinonia

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Mary E. Hunt: «Todos los curas son cómplices de la crisis de abusos. Necesitamos un nuevo modelo de Iglesia»

lunes, 17 de septiembre de 2018
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pic-mary-huntLa teóloga pide «deshacernos de los obispos, del clero y tener una Iglesia dirigida por laicos»

«No creo que dentro de un año nadie extrañe a un obispo, y no creo que la mayoría de las parroquias extrañaran a un sacerdote»

«Los hombres están solos, a menos que vayan a abrir esto a nuevos modelos serios de comunidades dirigidas por laicos, no simplemente abiertas a ellos. Se acabó el tiempo para ellos»

(Cameron Doody).- Puede que la referente estadounidense de la teología feminista Mary E. Hunt no crea en la Iglesia institucional de abusos y encubrimientos, pero eso no quiere decir que no crea en Dios. Simplemente reconoce, con una lucidez poco habitual, que «estamos madurando en la posmodernidad hacia un tipo diferente de fe». Por eso -porque es fiel no solo al ejemplo evangélico de Jesucristo sino también a las personas– implora que, desde la jerarquía, se deje florecer a este nuevo modelo de catolicismo que ya ha empezado a brotar.

Sus impresiones, primero, sobre el Congreso de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII que acaba de finalizar.

Lo consideré muy interesante y coherente con el tipo de temas que el grupo ha venido tratando hasta aquí. Estuve aquí en el ’92, y por entonces también trabajamos en lo divino y este tipo de cosas. Creo que se puede ver el desarrollo, el pensamiento de las personas y las expectativas de las personas sobre lo que la religión puede proporcionar, viniendo de la tradición católica: las limitaciones de esa tradición y lo que podemos hacer creativamente para desarrollar otras opciones. Creo que todo esto fue evidente este fin de semana.

Creo que fue muy importante tener la presentación sobre la perspectiva sufí, que fue muy importante tener una persona más joven para la última ponencia… y que fue muy importante tratar tanto el contenido del misticismo como lo que podría significar para las personas. Hubo un hilo conductor, habitual en este grupo, de compromiso serio con la justicia social y también con la espiritualidad.

Yo probablemente nunca había enfocado en estos términos el misticismo o la contemplación o la meditación, se llame cómo se quiera llamar nuestra dimensión espiritual. Pensé que fue muy útil: lo encontré personalmente muy útil y conocí a mucha gente interesante. Las presentaciones me parecieron muy estimulantes.

¿Qué exactamente abordó usted en su presentación?

Le di un título bastante curioso: «El poder del silencio y el trabajo por la justicia». Cosas que normalmente no se yuxtaponen: o estás comprometido con la espiritualidad o estás haciendo el trabajo de la justicia. Pero mi punto de vista, mi experiencia y mi práctica son que tienen que ser ambos, al mismo tiempo, y traté de explicar, dada la triste situación del catolicismo institucional -y, viniendo de los Estados Unidos, la triste situación de nuestro gobierno- que muchas personas están muy descorazonadas, y es un momento difícil para no tener los recursos habituales a los que la gente suele recurrir en su espiritualidad.

Pero, ¿qué vamos a crear que sea nuevo? También con la Iglesia Católica en los Estados Unidos en ruinas, muchos católicos están buscando algo más, y creo que usando algunas de las raíces de nuestra tradición -Hildegarda de Bingen o Nancy Sylvester, por ejemplo (del Institute for Communal Contemplation and Dialogue)- podemos traer la práctica contemplativa al trabajo de justicia social, e incluir la justicia social en la práctica de la contemplación.

Es contemplación comunitaria: no es simplemente lo que uno hace mirándose al ombligo, sino lo que uno hace acompañado por otras personas tanto físicamente como no físicamente, y traté de describir algunas de las formas en las que eso ocurre.

Volviendo a la idea de la «Iglesia en ruinas». La crisis del abusos sexuales: ¿cómo llegamos aquí y cómo podemos salir de ella?

No tengo una forma mágica para que podamos salir de eso, pero entiendo cómo llegamos aquí. Creo que hay dos factores principales.

El primero, la duplicidad estudiada que ha sido rampante en la Iglesia Católica. Estoy hablando de la Iglesia en los Estados Unidos y la Iglesia Romana: no quiero decir nada sobre la Iglesia española, aunque considero que hay similitudes en esa situación.

La duplicidad ha crecido en torno a una falsa antropología, que es que de alguna manera hay una diferenciación, una diferenciación degradante, entre las personas.

Una vez que se comienza con una estructura con una división de clérigos-laicos, en la que los clérigos tienen todo el poder y los laicos tienen toda la responsabilidad de hacerla funcionar, y una vez que decidas que solo los hombres pueden ser parte del clero, que los homosexuales no pueden formar parte del clero… Lo que Rosemary Radford Ruether llamó «dualismos jerárquicos». Que a Dios está por encima del mundo. Que las personas están por encima de los animales. Hombres sobre mujeres. Los blancos sobre las personas de color. Personas heterosexuales sobre personas homosexuales … Una vez que estableces ese hábito de pensar, arrasa.

Elisabeth Schüssler Fiorenza le dio un nombre: «kiriarcado». Cuando tomas estructuras de racismo, sexismo, xenofobia, disparidades económicas, etc, las pones todo junto y se entrelazan -de modo  que una mujer pobre, negra y lesbiana se encuentre en una situación mucho peor que un hombre blanco heterosexual – una vez que se estructura eso, hay muy pocas salidas.

La relación entre ese «señorismo» y la crisis de abusos sexuales es doble: la ignorancia colosal y culpable de la mayoría de los clérigos sobre la sexualidad en general y los tipos de prohibiciones en la Iglesia. No a la anticoncepción, a la masturbación, a otras formas de sexualidad, a que los sacerdotes practiquen el sexo debido al voto de celibato… Se escenifica eso y los involucrados tendrán que buscar una salida, que en este caso ha sido sexo con niños. Pero es un vertiente solo.

Lo que estamos viendo ahora es el abuso de poder por parte de clérigos con quienes están a su cargo. Seminaristas y otros sacerdotes, como en el caso de Theodore McCarrick. Qué irónico y triste que lo peor que le pueda pasar a este es que se le «reduzca» al estado laical, al igual que el resto de nosotros.

Lo que salió del caso McCarrick fue que no solo estaba acostándose habitualmente con seminaristas, y que el trabajo y el futuro de estos seminaristas dependía de su cumplimiento, sino que todos lo sabían. ¿Cómo podía suceder que este tipo cometiera abusos y que, encima, se llegara a compensaciones extrajudiciales con algunas víctimas?

¿Por qué cree usted?

Es esa duplicidad de la Iglesia. Que la institución protege a los suyos y miente al respecto: hay una falta de transparencia. Y luego están los casos de pedofilia de McCarrick… Alguien tenía que saber algo.

Hay historias sobre McCarrick en Nueva York… Salía a cenar con hombres, los llevaba a un hospital católico donde tenía un piso…

O la casa de mar.

La casa de mar era otro lugar … ¿pero un hospital? Es extraordinario. Mucha gente debe haberlo ayudado a hacerlo, y mientras tanto él está subiendo puestos para convertirse no solo en arzobispo, sino en cardenal, y encima en Washington DC.

Se hizo muy cercano a los ricos y famosos y a la gente en política, y recaudó mucho dinero. Pero ahora, Viganò, el exnuncio papal, ha escrito su alegato… Es una situación complicada, porque hay factores en ambos lados: derecha e izquierda, pro-papa Francisco y anti-papa Francisco … Pero Francisco debe haber sabido algo… Está mintiendo o es estúpido, esas son las únicas dos opciones. Y ahora con la nueva carta de Sandriparece que todos mienten.

Lo que recojo de esto son dos cosas: una, que aparentemente todo esto es «aquí no pasa nada», todo normal. Si quieres subir de rango, lo haces acostándote con gente. Y dos, que este es un desastre que ha dejado a muchas personas -buenas personas, laicos- con enormes dificultades. Dificultades que se pueden achacar a personas concretas que no hicieron su trabajo correctamente, y que serían despedidos si se tratara de una organización secular. Despedidos y reemplazados, pero no con más obispos que fueron criados en el mismo sistema…

Considero cómplice a cada sacerdote: saben cómo funciona el sistema. Todos son espectadores cómplices en el mejor de los casos. ¡Necesitamos un nuevo sistema! Para deshacernos de los obispos, del clero y tener una Iglesia dirigida por laicos, donde las personas que tengan competencias en áreas particulares formen comités en cada región o diócesis. No creo que dentro de un año nadie extrañe a un obispo, y no creo que la mayoría de las parroquias extrañaran a un sacerdote.

Acabamos de salir de la liturgia final del Congreso, a cargo de la comunidad LGBTIQ … Muy, muy bien hecha, y el papel del sacerdote ordenado fue mínimo en el mejor de los casos. Toda la comunidad participó, y nadie echaba de menos a alguien que usaba túnicas similares a las de Halloween. Creo que estamos madurando en la posmodernidad hacia un tipo diferente de fe.

Pero, ¿por qué hay católicos que siguen resistiéndose a este nuevo modelo de Iglesia?

Creo que hay muchas personas que no piensan en estas cosas para ganarse la vida, como usted y yo, y lo toman como algo que aprendieron cuando eran niños, y para ellos la religión es lo que aprendieron en el colegio. Mucha gente lo deja allí. Y creo que muchas personas simplemente no tienen modelos…

Mi experiencia ha sido, especialmente a la luz de este escándalo -un escándalo de proporciones que no hemos visto antes- que aún no sabemos cuánto costará.

El informe de Filadelfia, un informe de trescientos sacerdotes abusadores y más de mil víctimas -y hecho por el Estado, y no por la Iglesia- dejó en claro que ni siquiera han salido la mitad de los crímenes. Y ahora tenemos 49 estados más que deben hacer sus informes.

Nueva York acaba de citar a todas las diócesis allí, y no creo que ninguna de ellas pueda resistir más. Es la ley que viene a por ellos. Es triste ver que una institución religiosa tenga que ser modificada por el sistema legal, pero vivimos en una sociedad donde la seguridad de los niños o de los trabajadores son ahora valores comunes. Así que mi sensación es que, aunque hay algunos que se resisten -como el Opus Dei y los grupos de extrema derecha que están instrumentalizando esto para sus propósitos, diciendo, por ejemplo, que los homosexuales tienen la culpa, lo cual no es cierto- muchas personas que están en contacto con los valores posmodernos están buscando algo más. Creo que la resistencia se erosionará, especialmente a medida que el panorama financiero se aclare.

No hay dinero en la Iglesia Católica de los Estados Unidos para pagar estos casos de abusos. Verdaderamente, cada diócesis deberá estar en bancarrota. No solo moralmente, sino también financialmente. Y la Iglesia es un negocio, al fin y al cabo. Cuando las personas se den cuenta de que cuando ponen dinero en el cepillo, un porcentaje de eso va a la diócesis, y eso es lo que paga los abogados, y las indemnizaciones a las víctimas… No querrán pagar los honorarios de esos abogados, y no querrán pagar para encubrir. Las personas no son estúpidas: están contentas de compartir, pero no quieren que se aprovechen de ellas.

Votarán con sus carteras.

Eso es.

Y esta Iglesia del futuro… ¿Será ecuménica? Interreligiosa?

Yo esperaría que sí.

Yo pertenezco a un grupo de mujeres-iglesia: «Iglesia de mujeres» (Women Church) es el nombre que se le da a los grupos feministas que se han estado reuniendo durante los últimos treinta años. Entendimos que la palabra ekklesia tiene que ver con la asamblea regular de ciudadanos masculinos libres, y dado que no éramos ciudadanos masculinos libres, solo cuando pones la palabra «mujer» junto a la de «Iglesia» puedes realmente tener algo inclusivo. Es una ironía.

Hemos tenido casas-iglesias pequeñas durante los últimos treinta años, y hay muchas comunidades eucarísticas intencionales … Nuestro grupo de Mujeres-Iglesia tiene mujeres judías, ministras protestantes … Comenzó como un grupo de monjas. Entonces creo que habrá muchas configuraciones nuevas y muchas nuevas formas de adoración.

En WATER, por ejemplo, donde yo trabajo – la Alianza de Mujeres para la Teología, la Ética y el Ritual – cuando tenemos rituales o meditaciones, no hay verificación de identificación en la puerta. Simplemente vienes. Así que esto ya está pasando, pero que la Iglesia Católica Romana como la conocemos vaya a transformarse en esto, nadie puede saberlo, y de todos modos probablemente no en mi vida. Pero la tendencia más general es en esta dirección.

Y su opinión acerca del Papa Francisco. ¿Ha traído aire fresco a la Iglesia? ¿O es más de lo mismo?

Bueno … Recientemente hice una presentación sobre el Papa Francisco desde la perspectiva feminista, en Brasil, en la conferencia de UNISINOS. Y yo era una voz minoritaria: la gente de la conferencia apoyó mucho al Papa, estando allí algunos de sus biógrafos y demás. Pero hice un caso muy fuerte, creo, por que al Papa Francisco se le deba considerar un regalo envenenado, en el mejor de los casos.

Creo que entró en una situación en la que el listón era muy, muy bajo, después de 37 años de Juan Pablo II y Ratzinger… Las personas progresistas, en particular, estaban tan desilusionadas que a Francisco se le veía como algo maravilloso.

Resulta que yo viví en Argentina durante dos años, viviendo y enseñando, en Buenos Aires, durante el tiempo en que él era el superior de la comunidad jesuita. Nunca me encontré con él, y tuvimos un grupo interreligioso, protestantes, judíos y católicos, que se reunieron regularmente para reflexionar sobre la Guerra Sucia: cómo apoyar a los jóvenes, especialmente, que eran parte de la resistencia a la Guerra Sucia… Pero yo nunca vi a un jesuita.

También le seguía [a Bergoglio] en Argentina con la cuestión del matrimonio entre personas del mismo sexo, y al final llegó a un equilibrio jesuítico al decir que tal vez estaría bien tener alianzas domésticas. Bueno, no, Bergoglio: queríamos el matrimonio. Y [Bergoglio] ha sido terrible con respecto a los problemas de las mujeres en todos los ámbitos; hace bromas sobre las suegras, y es en gran medida un producto de su entorno.

Su única fuente feminista es su abuelita Rosita, su abuela Rosa, que ha estado muerta desde hace mucho tiempo. Simplemente no tiene idea de cómo es la mitad de la Iglesia, o tal vez un poco más de la mitad.

Así que he estado decepcionada y frustrada con él desde esa perspectiva. Dicho esto, creo que su trabajo sobre el medio ambiente, sobre la lucha contra la pobreza, la pena de muerte…  en esas cosas estoy completamente de acuerdo con él. Pero en lo que respecta a las cuestiones de las mujeres, en particular – no solo la cuestión de la ordenación, sino también el control de la natalidad y el aborto – sobre cuestiones queer en general… Creo que su declaración «¿Quién soy yo para juzgar?» fue lamentable. A pesar de que la gente hizo lo imposible para elogiarlo.

«Quien soy yo para juzgar…?» Bueno, déjame decirte: tú eres el Papa, eres un católico, eres una persona, eres un pastor … Tu trabajo es juzgar: juzgar dónde está el amor. Así que estaba muy desilusionada con esa afirmación, a pesar de que la mayoría de la gente la veía como una apertura muy importante. Como persona, como católica, como feminista, como mujer, como lesbiana, no quiero la pregunta. Quiero la afirmación. No porque seamos nosotras -tengo una pareja y una hija- sino porque es el amor.

La otra cosa es que hacer esa declaración como jesuita es bastante hipócrita, porque en mi experiencia la Compañía es mayoritariamente gay. Por lo tanto, [Francisco] tiene muchos hermanos gay. Así que al menos podría ser honesto y decir: «Aquí tenemos un problema con la sexualidad, y tenemos que salir de eso».

No es mi problema, y no voy a arreglarlo para ellos … y de hecho soy muy escéptica de que las mujeres lleguen y sean ordenadas: no quiero ordenar a nadie. Soy muy escéptica de recurrir a personas que no han creado el problema. He visto que esto ya ha pasado: por ejemplo, en una universidad católica, con una presidenta y abogada, intentando arreglar el caso McCarrick. Es una pesadilla que sean estas mujeres las que la tienen que arreglar.

No tengo una solución, y no estoy buscando una solución, más allá de la de amor y cuidado hacia las víctimas y los sobrevivientes [de abusos]. Cualquier cosa que podamos hacer en su nombre es una solución, pero las preguntas institucionales … los hombres están solos, a menos que vayan a abrir esto a nuevos modelos serios de comunidades dirigidas por laicos, no simplemente abiertas a ellos.

Se acabó el tiempo para ellos.

Fuente Religión Digital

 

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Furgón de Cola

miércoles, 12 de septiembre de 2018
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tranvias-de-vigo-coche-no-50-en-la-linea-de-florida-c-1950Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

EL FURGÓN DE COLA Y LA IGLESIA.

En los trenes, en los aviones, incluso en los autobuses suele haber distinción de clases: los que pueden, viajan en primera, en premium, en bussines classe. La gente de a pie viajamos en segunda, en clase turista, cuando no en el “furgón de cola”.

En la Iglesia ocurre algo por el estilo. Los “cristianos de élite”, la jerarquía viaja y exige viajar por la vida en primera y en una perfección plena, en una santidad que toca el monte Tabor. Pero los que somos de la “peña” cristiana de San Felipe de Neri, que decía a los suyos: sed buenos si podéis, pues vamos como podemos en el “furgón de cola”

Y es que esto de la Iglesia, más bien de la jerarquía eclesiástica, es como las Olimpiadas. Citius, altius, fortius: más rápido, más alto, más fuerte. Para ir a la olimpiada de Moscú -o de donde fuere- hay que saltar 7 metros en pértiga y 2,5 metros en altura, hay que correr los 100 metros en 10 segundos. Pero claro, la gente saltamos y andamos lo que podemos y como podemos; por eso, todos caminamos por debajo de los listones establecidos y a la velocidad de nuestras posibilidades. Ahí vamos la “peña cristiana”.

Vamos como quienes iban los que seguían a Jesús: enfermos, cojos, pecadores, prostitutas, hambrientos, epilépticos, etc.

Sed buenos si podéis, aunque sea en el furgón de cola

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«La Iglesia y las mujeres», por José Mª Castillo, teólogo.

lunes, 3 de septiembre de 2018
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mujer-en-la-iglesiaDe su blog Teología sin censura:

«¿Los fieles abandonan la Iglesia, o es la Iglesia la que abandona a los fieles?» 

«La Iglesia va casi siempre rezagada para dar solución a los grandes problemas»

El «argumento teológico» para impedir el sacerdocio femenino también serviría para justificar la esclavitud

En una entrevista, que me hizo nuestro amigo Jesús Bastante, en RD, yo me preguntaba “por qué la Iglesia no permite que las mujeres puedan ser ordenadas como sacerdotes”. Ante esta pregunta mía, algunos comentaristas me han cuestionado con un reproche que, a primera vista, parece enteramente razonable: “Si el Evangelio no es una religión, ¿por qué tanta insistencia en ordenar a las mujeres como sacerdotes?

Agradezco sinceramente a quienes me han planteado esta pregunta. Porque me ofrecen una ocasión excelente para poder expresar algo que me parece importante. Me explico.

Una vez más, es conveniente repetir que no es lo mismo hablar de “igualdad” que hablar de “diferencia”. En pocas palabras, la “diferencia” es un hecho, mientras que la “igualdad” es un derecho. El hombre y la mujer son “diferentes” e “iguales”. Son distintos, pero tienen (o deberían tener) los mismos derechos.

Estos trasvases o desplazamientos (de un orden de cosas a otro) son frecuentes en la vida. Como he dio, es frecuente pasar, sin darse cuenta, del ámbito de lo “hechos” al de los “derechos”. Que son dos cosas completamente distintas. Pero, cuando se confunden, desembocamos en el lenguaje de las tonterías, las ignorancias o simplemente hacemos el ridículo.

Pues bien, por este procedimiento de los trasvases indebidos, ocurre también que, con bastante frecuencia, hacemos, de un “hecho sociológico”, una cosa que nunca se debería hacer, que consiste en montar o elaborar un “argumento teológico”. Es de sobra sabido que, en tiempo de Jesús, las mujeres, no sólo no tenían los mismos derechos que los hombres (Robert C. Knapp, “Los olvidados de Roma”, 67-145), sino que sobre todo no podían ser testigos oficiales de nada en ninguna causa (J. Jeremias, “Jerusalén en tiempos de Jesús”, 371-387). Este es el “hecho sociológico”.

Por eso Jesús, aunque siempre defendió la dignidad y la igualdad de las mujeres (Lc 8, 1-3; 7, 36-50; Mt 19, 1-12; Mc 10, 1-12; Jn 8, 1-11; 12, 1-8…), lo que no podía hacer es constituir a las mujeres como “testigos oficiales” suyos, en una sociedad que no admitía ni aceptaba tales testigos. Pero insisto en que esto es un “hecho sociológico” de aquellos tiempos y culturas. Lo doloroso (y sin sentido) es que, después de veinte siglos, seguimos pensando y diciendo que aquel “hecho social” de la Antigüedad es un “argumento teológico” para la Iglesia de la Modernidad. Esto es un disparate tan monumental como sería el disparate de empeñarse en que deben seguir existiendo los esclavos, por la sencilla razón de que san Pablo justificó que entre los cristianos de la Antigüedad los esclavos fueran obedientes a sus amos (Flm 16; 1 Cor 7, 21 s; Ef 6, 5; Col 3, 22; 1 Tim 6, 1 s; Tt 2, 9).

La Iglesia va casi siempre rezagada. Y por eso llega tarde cuando se trata de dar solución a los grandes problemas que se le presentan a la humanidad. Ahora nos encontramos con el problema de la falta creciente y galopante de sacerdotes. Son miles las parroquias que no pueden celebrar la eucaristía. Y estando las cosas como están, por lo visto, se piensa que es más importante mantener una “norma social” de la Antigüedad que dar la debida respuesta a un “derecho de los fieles cristianos”. No me estoy inventando este “derecho”. Lo dijo, con claridad, el Concilio Vaticano II, en la “Constitución Dogmática sobre la Iglesia”: “todos los fieles cristianos tienen derecho (“ius habent”) de recibir con abundancia de los sagrados pastores… los auxilios de la palabra de Dios y de los sacramentos…” (LG 37, 1).

Esta es la enseñanza solemne de la Iglesia. Pero parece que es más solemne el poder de los obispos y de los sacerdotes a enfrentarse incluso al Papa, al Concilio Ecuménico y a millones de fieles abandonados, con tal de mantener firme su poder, su dignidad, sus criterios y no sé si, en algunos casos, intereses inconfesables. ¿Y nos lamentamos de que los fieles abandonan la Iglesia? ¿No habría que decir, más bien, que es la Iglesia la que abandona a los fieles? Y si es que hablamos de los infieles…, entonces mejor es que nos callemos. O que gritemos todos al Cielo pidiendo misericordia. Que la necesitamos.

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¿Cómo ser Iglesia en la post-cristiandad?

martes, 24 de julio de 2018
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iglesiaEs una pregunta que no puede ser rehuida, más allá de las resistencias para aceptar el término de ese extenso ciclo histórico de la cristiandad. Sí, porque antes que los escándalos de la pederastia y su encubrimiento hiciera estragos, hay abundante evidencia que las sociedades han tomado un rumbo ajeno al anhelo eclesial. Y sí, porque la indiferencia religiosa, la increencia y el abandono de la fe de los padres es un hecho irrefutable y un signo de los tiempos.

Si bien se trata de un fenómeno universal, en una Iglesia en crisis como la de Chile, las decisiones y acciones que se emprendan desde Roma, así como su evolución, pueden dar luces para encontrar caminos de salida. En tal sentido, todo indica que la Iglesia chilena, con su particular debacle institucional y por su pequeño tamaño en el contexto universal, resulta propicia para probar decisiones ad experimentum.

Las búsquedas son confusas, mientras la feligresía experimenta esa suerte de enajenación bipolar, que trata de encontrar arraigos para una fe quebrantada. Sí, porque, en pleno caos eclesial, los fieles aun buscan referentes humanos inexistentes. En efecto, en un momento esa esperanza se depositó en los emisarios del Papa, pero con el pasar de los días aquello se ha esfumado. Y ahora, porfiadamente, vuelve a ponerse la esperanza del futuro de la Iglesia en los obispos.

La cristiandad acondicionó a la feligresía a esa dependencia humana, en circunstancias que el verdadero Salvador resulta esquivo para quienes necesitan experimentar la fe desde lo concreto, donde lo único sensible son la perplejidad y el hastío.

En ese mundo de lo concreto, las antípodas de la realidad jerárquica aparecen graficadas por Iglesia chilena y la Iglesia de Roma. Mientras una ha sido convertida en el chivo expiatorio de la maldad eclesial universal, la otra aparece ocupada de los grandes problemas de la humanidad. Mientras una encarna el anti testimonio cristiano, la otra la coherencia evangélica. Así, pareciera haber dos Iglesia, una desvirtuada y otra servidora. Sin embargo, ambas son parte de una misma realidad, la cristiandad.

Atisbando respuestas

Las respuestas espontáneas intentan hacer un control de daños para emprender la reconstrucción ficticia de un anhelo superado e imposible de revertir. Otros, aprovechando los espacios que deja una jerarquía cuestionada, tratan de llenarlos con propuestas que permitan ganar posiciones. Al final, pareciera que no se dimensiona la gravedad de los efectos estructurales de la debacle pastoral, porque aún persiste esa reminiscencia de la cristiandad, donde algunos intentan reafirmar el poder jerárquico, y otros compensarlo con alguna cuota de poder laical.

Entonces sigue sin respuesta esa pregunta fundamental: ¿cómo ser Iglesia en la post-cristiandad?

Para intentar una respuesta seria habría que comenzar por abandonar esa introspección eclesial que conduce a diagnósticos y miradas autorreferentes de la realidad. En las actuales circunstancias habría que ser audaces y dejarse auscultar por los pulsos de la sociedad, particularmente por la mirada de quienes no comparten la propia fe, más específicamente por el juicio crítico de quienes no son cristianos, que en última instancia son los destinatarios de la misión esencial de la Iglesia.

Esto tiene particular importancia en la crisis de la Iglesia chilena, donde los escándalos conocidos han derribado todo tipo de expectativas sociales respecto de la jerarquía, ello porque ésta se ha vuelto irrelevante en el amplio espectro de los problemas de interés social. En esto, hay que reconocer que el interés local de los escándalos eclesiales tiene más importancia mediática que una auténtica preocupación por el bien común comprometido en tal crisis.

En el presente, el juicio social aparece graficado abundantemente en los medios de comunicación social, que se expresan en todas las formas existentes y en todos los idiomas, con realismo y también con aversión. Ahí están la prensa, la televisión, la radio, las redes sociales y los más variados foros de análisis de la realidad. Ahí, la conclusión es lapidaria e incuestionable: la cristiandad ha defraudado todas las expectativas de servir al bien común de los pueblos.

Sin embargo, en la historia, la mejor crónica de la influencia de los cristianos en la sociedad la ofrece la carta de un pagano escrita a un amigo suyo, llamado Diogneto. Con una data histórica, muy probablemente del segundo siglo de la era cristiana, reproduce la admiración del mundo pagano por la coherencia que los cristianos expresan en su modo de vida. Como crónica, la Carta a Diogneto tiene un valor histórico, en cuanto resume cómo la fe de los cristianos es percibida en la cultura, y cómo ello afecta la conciencia pagana.

Dicha carta hace un extenso y pormenorizado relato de las conductas privadas y públicas de los cristianos, destacando su coherencia y contrastándolas con la cultura imperante. Destaca que los cristianos no imponen sus costumbres, sino que al practicar sus convicciones provocan el cuestionamiento de la conciencia ajena y de las tradiciones paganas. Y con solemne admiración describe cómo los seguidores de Jesucristo respetan la ley vigente para todos, pese a tener una ley interior no escrita, que los mueve hasta el límite del martirio cuando son puestos ante el dilema de claudicar a sus principios.

Como dice esa maravillosa carta: “Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo.” (Carta a Diogneto, de autor anónimo).

Aquella misiva es una verdadera apología del auténtico cristianismo, y por contraste se convierte en una prueba contundente del fracaso de la cristiandad. Surge así la evidencia de la fecundidad apostólica que produce la radicalidad evangélica, sentando el precedente histórico que los tres primeros siglos del cristianismo dieron frutos más visibles y abundantes en la historia de la humanidad, que los últimos diecisiete siglos de cristiandad.

Junto a la coherencia y sencillez de los primeros cristianos, revelada en la Carta a Diogneto, aparece implícito un elemento clave que hoy, más que nunca, es necesario explicitar. Sólo así podrá será posible reencontrar el camino que ponga a la Iglesia en la senda del Evangelio, para servir a la cultura y a la sociedad.

Dualismo entre lo imperial y lo servicial

La cristiandad, fiel heredera de su alcurnia imperial, desplegó sus mejores esfuerzos y fatigas tras el objetivo de imperializar la fe cristiana en el extenso concierto universal. Se expresa así la catolicidad, en cuanto ha perseguido el objetivo de cristianizar a todos los pueblos, universalizando el cristianismo. Así, la Iglesia de la cristiandad se orientó tras la lógica de los grandes números, con lo que el éxito pastoral se mide con el criterio proselitista de la cantidad.

Con esa lógica, la cristiandad actualmente parece exitosa, al cobijar la pretenciosa cantidad de mil trescientos millones de católicos en el mundo, que representan el 18% de la población mundial.

Sin embargo, la realidad cualitativa demuestra que la incoherencia es la característica de esa cristiandad, que por defecto perdió un rasgo esencial de la virtud cristiana original, su fecundidad. De esta manera, los éxitos cuantitativos quedan frustrados por los resultados empíricos, que dejan al descubierto una flagrante esterilidad apostólica.

El germen de corrupción de la Iglesia de la cristiandad está precisamente en esa lógica de los grandes números, porque para conseguir tales resultados, la Iglesia institución ha debido fortalecer su estructura de poder, quedando expuesta a graves contradicciones evangélicas, donde la credibilidad resulta seriamente comprometida.

Cuando la Iglesia se imperializó, la cristiandad asumió una opción fundamental que terminó siendo nefasta. Optó porque ser cristiano fuera una opción de mayorías; en circunstancias que desde sus orígenes, ser cristiano ha sido siempre una opción de minorías. En esto, no deja de ser interesante el aporte de la Iglesia latinoamericana, que en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla le dio a esa opción preferencial un contenido específico, como fue el de ese foco estratégico de los pobres y sufrientes.

Ahí está el núcleo de la contradicción fundamental de la cristiandad, porque la lógica de las numerosas feligresías no es ni puede ser un objetivo del ámbito religioso, ésa es tarea esencial, propia y necesaria del quehacer político, completamente ajeno a la religión. Ese es el gran pecado de la cristiandad.

No hay que olvidar que en los orígenes del cristianismo, Dios puso su mirada en ese “resto de Israel”, representado por los “anawim”, los pobres de Yahveh, cuya única riqueza era que tenían a Dios en su corazón. Hay ahí una clave escatológica en la decisión divina de elegir a María como la madre virginal del Hijo de Dios. Una mujer vaciada de sí, pero llena de Dios, proveniente de esa condición de los pobres de Yahveh, fue el instrumento escogido para realizar su plan de salvación universal.

Es en esa realidad, presente en muchos ámbitos silenciosos de la Iglesia actual, donde la fecundidad apostólica es elocuente, donde existe esa esperanza que no defrauda y donde las Bienaventuranzas son una realidad cotidiana entre quienes todo lo esperan de Dios.

Es ahí donde esos sencillos signos evangélicos de la sal, de la levadura y de la luz, adquieren consistencia apostólica, porque actuando en lo poco consiguen dar sabor, esponjar la cultura e iluminar las más oscuras realidades ensombrecidas por el pecado. Es ahí donde los cristianos actúan, no por saturación, sino osmóticamente por su poquedad, consiguiendo alentar la esperanza de otros que no necesariamente comparte la misma fe.

Sólo así, los caprichos cederán a los fundamentos, la vanidad a la esencia, lo superficial a lo intrínseco, lo exterior al fuero interno, los privilegios a los peligros, la comodidad a la audacia, la pasividad a la acción, la imposición al servicio, el dogma a la convicción, la rutina a la celebración, los cálculos a la parresía, la certeza a los riesgos, los fieles a los necesitados, la jerarquía al pueblo, la desconfianza al amor, la obligación a la misericordia, el secretismo a la justicia, la oscuridad a la verdad, la conquista a la paz y el dinero a Dios.

Asumiendo esta dinámica como un imperativo moral propio del ser cristiano, recién ahí tendrá sentido lucubrar en “dilemas pastorales en tiempo de crisis eclesial”.

Marco A. Velázquez Uribe

Funte Fe Adulta

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Salvado por tu Iglesia

lunes, 23 de julio de 2018
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“Perdóname, Señor, por tu Cruz y tu Pasión y tu Resurrección. Enséñame a ver lo que significa el haber sido salvado por tu Iglesia. Enséñame, como sacerdote que soy, cómo he de llevar a otros al conocimiento de Ti y de tu Reino y a la salvación. Enséñame a vivir en Ti con genuino desvelo de pureza de la fe, con el entusiasmo de la verdadera esperanza, y con la auténtica y objetiva caridad para con mis hermanos, para la gloria del Padre. Amén”.

*

Thomas Merton,
Diálogos con el silencio, página 103.

***

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Los fue enviando

domingo, 15 de julio de 2018
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YO, PECADOR Y OBISPO, ME CONFIESO

Yo, pecador y obispo, me confieso
de haber llegado a Roma con un bordón agreste;
de sorprender el Viento entre las columnatas
y de ensayar la quena a las barbas del órgano;
de haber llegado a Asís,
cercado de amapolas.

Yo, pecador y obispo, me confieso
de soñar con la Iglesia
vestida solamente de Evangelio y sandalias,
de creer en la Iglesia,
a pesar de la Iglesia, algunas veces;
de creer en el Reino, en todo caso
-caminando en Iglesia-.

Yo, pecador y obispo, me confieso
de haber visto a Jesús de Nazaret
anunciando también la Buena Nueva
a los pobres de América Latina;
de decirle a María: «¡Comadre nuestra, salve!»;
de celebrar la sangre de los que han sido fieles;
de andar de romerías…

Yo, pecador y obispo, me confieso
de amar a Nicaragua, la niña de la honda.
Yo, pecador y obispo, me confieso
de abrir cada mañana la ventana del Tiempo;
de hablar como un hermano a otro hermano;
de no perder el sueño, ni el canto, ni la risa;

de cultivar la flor de la Esperanza
entre las llagas del Resucitado.

*

Pedro Casaldáliga,
Todavía estas palabras. 1994

*

 

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió:

– “Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.”

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

*

Marcos 6, 7-13

***

El mensaje y la actividad de los mensajeros no se distinguen en nada de la de Jesucristo. Han participado de su poder. Jesús ordena la predicación de la cercanía del Reino de los Cielos y dispone las señales que confirmarán este mensaje. Jesús manda curar a los heridos, limpiar a los leprosos, resucitar a los muertos, expulsar los demonios. La predicación se convierte en acontecimiento, y el acontecimiento da testimonio de la predicación.

Reino de Dios, Jesucristo, perdón de los pecados, justificación del pecador por la fe, todo esto no significa sino aniquilamiento del poder diabólico, curación, resurrección de los muertos. La Palabra del Dios todopoderoso es acción, suceso, milagro. El único Cristo marcha en sus doce mensajeros a través del país y hace su obra. La gracia real que se ha concedido a los discípulos es la Palabra creadora y redentora de Dios.

        Puesto que la misión y la fuerza de los mensajeros sólo radican en la Palabra de Jesús, no debe observarse en ellos nada que oscurezca o reste crédito a la misión regia. Con su grandiosa pobreza, los mensajeros deben dar testimonio de la riqueza de su Señor. Lo que han recibido de Jesús no constituye algo propio con lo que pueden ganarse otros beneficios. «Gratuitamente lo habéis recibido». Ser mensajeros de Jesús no proporciona ningún derecho personal, ningún fundamento de honra o poder. Aunque el mensajero libre de Jesús se haya convertido en párroco, esto no cambia las cosas. Los derechos de un hombre de estudios, las reivindicaciones de una clase social, no tienen valor para el que se ha convertido en mensajero de Jesús. «Gratuitamente lo habéis recibido». ¿No fue sólo el llamamiento de Jesús el que nos atrajo a su servicio sin que nosotros lo mereciéramos? «Dadlo gratuitamente». Dejad claro que con toda la riqueza que habéis recibido no buscáis nada para  vosotros mismos, ni posesiones, ni apariencia, ni reconocimiento, ni siquiera que os den las gracias. Además, ¿cómo podríais exigirlo? Toda la honra que recaiga sobre nosotros se la robamos al que en verdad le pertenece, al Señor que nos ha enviado. La libertad de los mensajeros de Jesús debe mostrarse en su pobreza.

El que Marcos y Lucas se diferencien de Mateo en la enumeración de las cosas que están prohibidas o permitidas llevar a los discípulos no permite sacar distintas conclusiones.

Jesús manda pobreza a los que parten confiados en el poder pleno de su Palabra. Conviene no olvidar que aquí se trata de un precepto. Las cosas que deben poseer los discípulos son reguladas hasta lo más concreto. No deben presentarse como mendigos, con los trajes destrozados, ni ser unos parásitos que constituyan una carga para los demás. Pero deben andar con el vestido de la pobreza. Deben tener tan pocas cosas como el que marcha por el campo y está cierto de que al anochecer encontrará una casa amiga, donde le proporcionarán techo y el alimento necesario.

Naturalmente, esta confianza no deben ponerla en los hombres, sino en el que los ha enviado y en el Padre celestial, que cuidará de ellos. De este modo conseguirán hacer digno de crédito el mensaje que predican sobre la inminencia del dominio de Dios en la tierra. Con la misma libertad con que realizan su servicio deben aceptar también el aposento y la comida, no como un pan que se mendiga, sino como el alimento que merece un obrero. Jesús llama «obreros» a sus apóstoles. El perezoso no merece ser alimentado. Pero ¿qué es el trabajo sino la lucha contra el poderío de Satanás, la lucha por conquistar los corazones de los hombres, la renuncia a la propia gloria, a los bienes y alegrías del mundo, para poder servir con amor a los pobres, los maltratados y los miserables? Dios mismo ha trabajado y se ha cansado con los hombres (Is 43, 24), el alma de Jesús trabajó hasta la muerte en la cruz por nuestra salvación (Is 53,11).

Los mensajeros participan de este trabajo en la predicación, en la superación de Satanás y en ¡a oración suplicante. Quien no acepta este trabajo, no ha comprendido aún el servicio del mensajero fiel de Jesús. Pueden aceptar sin avergonzarse la recompensa diaria de su trabajo, pero también sin avergonzarse deben permanecer pobres, por amor a su servicio.

*

Dietrich Bonhoeffer,
El precio de la gracia. El seguimiento,
Sígueme, Salamanca 1999, pp. 136-138.

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Iglesia verdadera

martes, 10 de julio de 2018
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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Al escribir acerca de la santidad en uno de sus libros, y tratar la dimensión comunitaria del compromiso cristiano, Thomas Merton hace una distinción importante e iluminadora: cuando hablamos de Iglesia, una cosa es el “andamiaje” y otra “el verdadero edificio”. Dice:

“Demasiado a menudo, las personas que se toman en serio la vida espiritual malgastan sus esfuerzos en el andamiaje, haciéndolo cada vez más sólido, permanente y seguro, sin prestar atención al edificio en sí”.

Esto tiene que ver con el temor y la búsqueda de seguridad, una especie de miedo inconsciente, dice, a las verdaderas responsabilidades humanas. A esto, opone lo contrario:

“El verdadero edificio de la Iglesia es la unión de corazones en amor, sacrificio y trascendencia personal. Y la solidez de este edificio depende de hasta qué punto toma el Espíritu Santo posesión del corazón de cada persona, no de la medida en que nuestra conducta exterior es organizada y disciplinada por el sistema oportuno».

Esta comparación que hace Thomas Merton entre “andamiaje” y “edificio verdadero” vale para expresar un aspecto importante de la santidad cristiana. La verdadera santidad es aquella que apunta al edificio verdadero, mientras que hay otros elementos “santos” y una “santidad” que busca más sostener el andamiaje, es decir lo estructural, lo secundario. Hay modelos de santidad que buscan canonizar la estructura eclesial más que la Iglesia misma. No es el caso de Merton.

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Ha muerto la cristiandad.

miércoles, 4 de julio de 2018
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postsecularismo(Marco Antonio Velásquez).- En el último tiempo la Iglesia ha sido remecida en toda su estructura jerárquica. En ello, la Iglesia chilena pareciera sintetizar todas sus bajas pasiones. Luego, es innegable que algo significativo está ocurriendo a la mirada del mundo entero.

Cuando pareciera que ya nada podría ser igual, se despliegan enormes energías humanas para viabilizar una crisis de grandes proporciones. Pero cuidado, hay que detenerse y contemplar los hechos para discernir qué hay en las profundidades de un caos impresionante, porque en la vorágine del proceso no es perceptible.

En esa perspectiva, cabe intentar búsquedas honestas, libres y desapasionadas, para encontrar respuestas ineludibles. En tal sentido, la presente reflexión es parte de una secuencia en cuatro etapas que busca ofrecer una mirada, con la pretensión ambiciosa de balbucear qué podría estar construyendo Dios en esta circunstancia histórica.

Orígenes de la cristiandad

Si bien la cristiandad refiere al conjunto de pueblos cristianos dispersos en la amplia geografía del planeta, existe una acepción que define una época en la historia, donde la fe cristiana se instala en la cultura con el apoyo del poder político, de manera que todo el ámbito social resulta cristianizado por la fuerza de la ley, incluyendo las costumbres y la educación.

Se trata de un largo ciclo de la historia, que abarca desde el s. IV d. C. hasta el año 1965, cuando concluye el Concilio Vaticano II.

constantinoSus orígenes se remontan a la conversión al cristianismo de santa Helena Augusta – madre del emperador Constantino el Grande. Sin embargo, el hecho decisivo data del año 380 d.C., cuando el emperador Teodosio declara al cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Aquello queda consagrado en el código teodosiano, que concede a la dimensión trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la creencia imperial de los llamados «católicos cristianos», siendo todos los demás declarados «herejes».

Surge así un cristianismo amparado en el poder político, por coacción, y no en la convicción libre de la persona humana, con lo que la fe queda expuesta en el terreno de una contradicción fundamental.

Así, en el ocaso del Imperio Romano, el pueblo cristiano pasa de ser perseguido a perseguidor de otras creencias. Con ello se instala, desde la religión, ese germen de corrupción y violencia que tendrá variadas desviaciones a través de la historia, siendo la más compleja su configuración como un poder religioso.

Pese a ello, en ese largo ciclo de la historia de la cristiandad, ha habido también abundante virtud cristiana genuina, como una manifestación elocuente de la acción del Espíritu Santo que, en última instancia, demuestra que Dios no abandona a su pueblo.

Han debido transcurrir diecisiete siglos para superar un error histórico-teológico de gran magnitud. Sí, porque recién en el año 1965, el Concilio Vaticano II trajo a la Iglesia de vuelta a sus orígenes, superando esa auto-comprensión como societas perfecta. Con ello, la Iglesia retorna a esa dimensión servidora, que aún dista de ser realidad plena, precisamente por ese lastre histórico de la cristiandad, que ha sido su mayor tropiezo.

Debilitamiento de la cristiandad

Esta verdadera perversión del cristianismo ha resistido todos los embates de la historia, hasta las más virulentas y enconadas animadversiones. Ni la Reforma protestante, ni la Ilustración, ni la Revolución Francesa, ni los más recientes ataques del laicismo y del secularismo han podido derruir las bases de la cristiandad.

Aun así, no han faltado signos de debilidad, ni menos estertores de agonía. Tal vez, el más elocuente de ellos se dejó sentir con la muerte del Papa Juan Pablo II. En efecto, el 18 de abril de 2005, el cardenal Ratzinger lo expresaba con singular nitidez, en la entrada al cónclave que lo elegiría papa. Ese día, en la homilía de la Misa Pro Eligiendo Pontífice, el cardenal Ratzinger decía:

«¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc.

Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta del fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.» 

Con esas palabras, Ratzinger reconocía la incapacidad de la Iglesia para guiar los destinos del mundo. Asumía, en la práctica, la ineficacia de la cristiandad para influir en la cultura y en la sociedad postmoderna; mientras esa falta de dinamismo y vitalidad la atribuía, más que a un fenómeno endógeno, a una causa externa, la «dictadura del relativismo».

Y así, ya siendo papa, Benedicto XVI le dio a la cristiandad una renovada vitalidad, reanimando nostalgias y esperanzas, que terminaron por disiparse con su intempestiva renuncia.

papasLuego, con la llegada de Francisco, la cristiandad se benefició del carisma personal de Bergoglio, que le devolvió al papado esa autoridad universal que había perdido. Gestos, acciones y palabras le han dado contenido y coherencia al ícono de la cristiandad, la Iglesia de Roma; mientras las iglesias locales han acentuado ese abismo de incomprensión recíproca con la sociedad de cada pueblo a la que han sido llamadas a acompañar y servir.

Lo que no consiguió ninguna de aquellas fuerzas antagónicas a esa Iglesia desvirtuada, vino desde sus propias entrañas, nada menos que desde la misma jerarquía.

Así fue como la pederastia dañó severamente los fundamentos de la cristiandad. Pero lo que terminó por socavar su estructura, fue el encubrimiento y la complicidad que se fraguó desde la alta jerarquía, particularmente desde el episcopado. Con ello, la credibilidad y la confianza institucional quedó gravemente comprometida, privando a la Iglesia de esa condición esencial para llevar a cabo su misión evangelizadora.

Ocaso de la cristiandad

Se ha producido así un verdadero colapso institucional, que ha venido a configurar la muerte de la cristiandad.

Si bien, en cada continente y en diferentes latitudes, esa certeza es una realidad en desarrollo, es más evidente en la Iglesia chilena, donde se ha desencadenado con una nitidez impresionante. Pero no hay que confundirse, lo que en apariencia se presenta como un problema local, en la práctica tiene alcance universal.

Ya será tarea de otros identificar por qué Chile ha jugado tal protagonismo en este proceso de colapso institucional de la Iglesia jerárquica, ícono de la cristiandad. Sólo como esbozo, habría que señalar la conjunción de algunos factores muy particulares, como la rápida transformación cultural, el surgimiento de una gran masa de población ilustrada, un acelerado proceso de secularización, el apogeo de una sociedad de consumo e importantes fracturas sociales no resueltas, que han derivado en la conformación de una sociedad contestaria y renuente a cualquier manifestación de poder, donde la libertad, la transparencia y la equidad han llegado a ser paradigmáticas.

En ese contexto, la intervención de la Iglesia chilena tramada en Roma en la década de los 80, con el propósito de contrarrestar su parresía profética de los 70, imponiendo nombramientos episcopales ajenos a los intereses de la Iglesia local, fueron el sustrato que hizo de la Iglesia institucional una verdadera caldera de pasiones humanas que terminaron por estallar con la evidencia y el encubrimiento de crímenes abominables.

Entonces, es necesario caer en la cuenta que «ha muerto la cristiandad», porque sin esta convicción nada del oscuro presente será provechoso, sino será el anecdotario de una sórdida crónica roja, el epílogo de una fatalidad largamente temida.

Se abre así un nuevo capítulo de la historia de la Iglesia, la era de la post cristiandad.

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En este nuevo ciclo de la historia habrá que esperar un largo proceso de transición, donde las expectativas de grandes cambios podrían ser defraudadas. Luego, con más mesura, y no menos esperanza, porque algo bueno y necesario está pasando, será necesario responder a una cuestión fundamental, cual es: ¿Cómo ser Iglesia en la post-cristiandad?

Fuente Religión Digital

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«¿Quiso Jesús un clero como el que tenemos?», por José Mª Castillo

sábado, 16 de junio de 2018
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clero-brasil-escolaDe su blog Teología sin censura:

Es un hecho, suficientemente conocido, que el papa Francisco, está encontrando numerosas y, a veces, fuertes resistencias que provienen, no de los tradicionales enemigos de la Iglesia, sino precisamente y de manera sorprendente de sectores importantes del clero. Resistencias que inevitablemente se contagian a no pocos seglares, que se distancian de la Iglesia o desconfían del papa Francisco y sus enseñanzas.

Sea lo que sea de este asunto, no cabe duda que las relaciones del papa Francisco con el clero no son siempre fluidas y sencillas. Este papa ha criticado no pocos comportamientos de hombres del clero, sin reparar en cargos, dignidades y comportamientos de los “hombres de Iglesia” que, en no pocos casos, han puesto al descubierto asuntos turbios o incluso escandalosos. ¿No sería mejor ocultar – o intentar ocultar – determinadas conductas que, al hacerse públicas, escandalizan a la gente y hacen daño a creyentes y no creyentes?

No cabe duda que este papa quiere cambiar muchas cosas. Como el mismo papa ha dicho, hace pocos días, “esto va en serio”. Hasta llegar a donde sea preciso. Hasta las últimas consecuencias

Y ¿cuál sería la última de esas consecuencias? Pues, si es que vamos hasta el fondo y sin miedos, creo que ha llegado el momento de afrontar una pregunta que posiblemente nos asusta: ¿estamos seguros de que Dios quiere que en la Iglesia exista un clero como el que tenemos?

La palabra “clero” no aparece en el Nuevo Testamento. Ese término lo introdujeron algunos escritores cristianos seguramente, en el s. III. Como es sabido, la palabra clero viene del griego kleros, que significa “lote”, en el sentido de “herencia”. De ahí que “clero” se entendió como grupo o conjunto de personas “privilegiadas” o exentas de cargas fiscales y otras obligaciones, que se concedieron a la Iglesia, sobre todo a partir del año 313, con motivo de la llamada conversión del emperador Constantino (Peter Brown, Por el ojo de una aguja, Barcelona, Acantilado, 2016, 103-104). En concreto, los “privilegiados” fueron los dirigentes de la Iglesia. Dicho brevemente, el “clero” se volvió distinguido porque era privilegiado. Así ha sido desde el s. IV. Y así lo sigue siendo.

Sin embargo, si algo hay claro en los evangelios, es que Jesús no quiso ni privilegios, ni privilegiados, en su comunidad de “seguidores” y discípulos. A esto se opuso Jesús, de forma tajante, cuando dos de sus discípulos, Santiago y Juan, pretendieron los primeros puestos (Mc 10, 35-46; Mt 20, 20-28). Y, sobre todo, en la Cena de despedida, Jesús les impuso a sus apóstoles el ejemplo de vida que tenían que llevar: lavar los pies a los demás (Jn 13, 12-15). Lo que era decirles que tenían que ir por la vida, no precisamente como privilegiados, sino como esclavos al servicio de los otros.

Pero ocurrió que, con el paso del tiempo, las cosas cambiaron. Fue entre los siglos IV y VI, cuando obispos y clérigos alcanzaron posiciones de privilegio, enormes riquezas y condiciones que llevaron a aquellos hombres a ser los grandes señores de Occidente. Al decir esto, no pretendo ni insinuar que los clérigos de hoy sean “grandes señores”. No lo son. Pero sí ocurre, no pocas veces, que encuentra uno “hombres de Iglesia” que en realidad lo que buscan en la vida es más “instalarse” en este mundo que “seguir a Jesús”, con todas sus consecuencias.

¿Se puede asegurar que Jesús quiso una Iglesia dividida y separada en dos categorías de cristianos, “clérigos” con poderes y dignidades los unos, “laicos” sumisos y profanos, los otros? Por supuesto, así se ha mantenido sólidamente la religión, sus templos y sus liturgias. Pero, a partir de semejante división, ¿hemos vivido y vivimos mejor el Evangelio? ¿Somos así mejores “seguidores de Jesús”?

El “clero”, tal como lo tenemos y tal como funciona, no fue un invento de Jesús el Señor. Lo inventó el egoísmo humano. Ni pertenece a la “Fe divina y católica” que la Iglesia tenga que estar dividida así. En la Iglesia puede haber ministros del Señor, testigos del Evangelio y personas responsables de las comunidades cristianas, que cumplan tales funciones sin necesidad de ser los “privilegiados” y “consagrados”, como lo vienen siendo desde la Antigüedad tardía.

¿No se podrían ir introduciendo cambios, que el pueblo creyente sea capaz de ir asimilando, para preparar una Iglesia del futuro, que sea menos “clerical”, pero más “evangélica»? ¿O es que nos va mejor con la Religión que con el Evangelio?

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«¿Existe el infierno?», por José Mª Castillo, teólogo

jueves, 14 de junio de 2018
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infiernoDe su blog Teología sin censura:

Hablo del Infierno porque lo que estamos viviendo se parece a eso, a un infierno. Pero, es claro, cuando se habla de este asunto, lo primero que a mucha gente se le ocurre es la pregunta que siempre asusta y preocupa: ¿existe el infierno?

La respuesta – para empezar – es rápida y firme. Si la palabra “infierno” se refiere a la condenación eterna, al fuego eterno y a toda esa jerga que, durante siglos, han usado machaconamente los curas en sus sermones para asustar y someter a la gente, entonces lo digo con toda seguridad: No existe en infierno. No puede existir. Porque si existe el infierno, tal como lo explican los predicadores de la represión, entonces el que no existe es Dios. El Dios del infierno no puede ser verdad.

Y lo explico. El infierno, entendido como explican los clérigos, es un castigo. Un castigo eterno, que por tanto no tendrá nunca fin. Lo cual quiere decir que el infierno eterno sólo tendrá una finalidad: hacer sufrir. Pero, si Dios es Bueno y es Bondad, ¿puede hacer ese Dios una atrocidad tan espantosa y repugnante? Un castigo (todo castigo), se justifica “como medio”, para conseguir algo que es bueno (educar, evitar males mayores, humanizarnos…). Un castigo que no es, ni puede ser, sino un “fin en sí”, eso no puede provenir nada más que de la maldad. Si existiera el infierno, el que no puede existir, ni ser verdad, sería Dios. El Dios-Bondad sería, en realidad, el Ser más cruel y vengativo que se haya podido inventar.

Por otra parte, la Iglesia no ha definido nunca, como dogma de fe, la existencia del infierno. Lo que la Iglesia ha enseñado es que, si alguien muere en pecado mortal, ése se condena. Pero lo que la Iglesia nunca ha definido es que alguien haya muerto en pecado mortal. Ni la Iglesia puede definir semejante cosa. Porque todo lo que trasciende este mundo (por ejemplo, a partir de la muerte), eso ya no está al alcance de todo lo que es inmanente, incluida la misma Iglesia.

Esto supuesto, el Evangelio dice: “Si tu mano te hace caer, córtatela… Si tu pie te hace caer, córtatelo… Y si tu ojo te hace caer, sácatelo…” (Mc 9, 40-49). ¿Qué quiere decir aquí Jesús? La respuesta es clara. La integridad ética es tan central e importante en la vida, que se tiene que anteponer a la integridad corporal. Lo que es la ponderación más fuerte, que se puede hacer, de la honradez y la honestidad.

Estamos en tiempos, en los que abunda tanto la degradación y la corrupción, que tenemos que ser más tajantes que nunca en este problema capital. Hay que estar dispuestos, a perder no sólo ganancias, posesiones y caprichos, sino incluso a quedarnos mancos o tuertos, incluso a que nos arranquen la piel (si es necesario), con tal de no incurrir en la mentira, el engaño o la “doble vida”, para ganar dinero, ser importantes o alcanzar puestos de poder y mando.

Es una vergüenza lo que estamos viendo y viviendo. ¿Cómo es posible que la riqueza global de nuestro país aumente cada año y, al mismo tiempo, cada año haya más gente desesperada porque no puede llegar a fin de mes? ¿Dónde se mete y se acumula tanta riqueza a costa de tanta gente pasando necesidades extremas?

Y confieso que lo que más me indigna, en este vergonzoso asunto, es que sean los grupos sociales más religiosos, los partidos políticos más católicos, los amigos de los obispos y hasta los mismos obispos, quienes utilizando unos sus paraísos fiscales, otros manejando hábilmente sus silencios, y otros con los brazos cruzados porque no quieren meterse en líos, entre todos, hemos hecho un mundo insoportable. ¿Qué tenemos que hacer (unos por lo que hacemos, otros por nuestra pasividad) para que se nos caiga la cara de vergüenza? Por lo menos – digo yo – “tener vergüenza”.

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En el dolor, un nuevo templo.

miércoles, 13 de junio de 2018
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catedral-del-buen-pastorCarolina Abarca
Buenos Aires (Argentina).

ECLESALIA, 02/10/17.- El año pasado viajamos con mi familia a Europa a visitar a mi hermana, quien se encontraba viviendo allá con su marido. Recuerdo que llegamos a Madrid el domingo de Pascua y fuimos a misa juntos, a una iglesia cerca del Templo de Debod, en donde habíamos estado horas antes viendo el atardecer. Me acuerdo con sorprendente nitidez la sensación que tuve en esa misa. La homilía triste, seca y vacía que pronunció un cura entrado en años, contrastaba con el esplendor de la Iglesia en la que estábamos. Sentí que alguien tenía que avisarle al sacerdote y a las imágenes que poblaban la iglesia que era Pascua y estábamos festejando la resurrección de Cristo. A veces, nuestra religión parece olvidarse algo que la sana espiritualidad mantiene presente: Dios está vivo, cerca y presente.

Después de algunos días en Madrid, alquilamos un auto y emprendimos un roadtrip en el que recorreríamos Galicia y Asturias. Durante los diez días que duró, visitamos no solo ciudades emblema como Santiago de Compostela o Bilbao, sino también una innumerable cantidad de pueblitos. Y uno no puede creer que sean tan increíbles y estén ahí, silenciosos, aparentemente perdidos en el camino. No podría especificar con certeza la cantidad de iglesias que visitamos durante esos días, pero vale decir que fueron realmente muchas. Quizás influenciada por el sinsabor que me había dejado la misa de Pascua, no pude dejar notar que en todas ellas había demasiadas imágenes lúgubres y Cristos crucificados.

Recuerdo haber pensado dos cosas. Lo primero fue que difícilmente un niño se sienta a gusto dentro de esas iglesias, lo cual, como mínimo, me genera suspicacia. Cada vez confío más en el criterio de los niños que, en su inocente sabiduría, parecen saber más que los adultos sobre las cosas importantes. Lo segundo fue una pregunta con aire a reclamo: ¿cómo puede ser? ¿No hemos podido, en todos estos años de Iglesia, encontrar espacios, imágenes y signos que representen mejor al Dios de la Vida, de la Misericordia, del Amor y del Perdón? ¿No estamos subrayando demasiado exageradamente un renglón de la historia de Cristo y quitando luz a los demás que le dan sentido? A pesar de mi personalidad ansiosa, ya he aprendido que, si estamos atentos, más tarde o más temprano, Dios responde nuestras preguntas. Y esta no fue la excepción.

Cuando llegamos a San Sebastián, uno de nuestros últimos destinos, el usual ritual de conocer las iglesias de la ciudad nos llevó a la Catedral del Buen Pastor. Entré esperando encontrarla igual a todas las que ya habíamos conocido pero, para mi sorpresa, al terminar de recorrer la nave central noté que detrás del altar, en lugar de la tradicional cruz, se encontraba una escultura de Jesús Buen Pastor. Confieso que me conmovió ver esa imagen de Jesús manso, con su cayado, mirando y acariciando a su oveja. Me pregunté qué tipo de mella habrá hecho en nuestra fe y espiritualidad tanta imagen de Dios sufriente y muerto, y tan poca de buen pastor. Me senté a rezar contemplando esa imagen y, luego de unos minutos, pude casi escuchar a Dios diciéndome: “Mirá Caro, hubo alguien que se animó a construir un templo diferente donde hoy te estás encontrando conmigo. ¿No podés vos también hacer lo mismo?”.

Debo decir que este recuerdo no viene hoy casualmente hasta mí. Este ha sido un año difícil. Un año de pérdidas. El cáncer se llevó en el mismo puñado de meses a mi madrina y a la mamá de una de mis mejores amigas, a quien quería muchísimo. Uno cree que sabe algunas cosas, que es fuerte, que tiene fe, pero cuando la muerte o la pérdida toca de cerca, todo se vuelve difuso y parece quedar patas para arriba. Creemos conocer algunas respuestas por haber reflexionado sobre ellas, pero cuando toca sostener en un abrazo a una mejor amiga desarmada en lágrimas que, con la fe quebrantada pregunta sobre el cielo y dice que extraña tanto los abrazos de su mamá que daría cualquier cosa por tener uno más, todo lo que uno cree saber se vuelve silencio.

Hoy, mientras escribo estas líneas, mi madrina estaría cumpliendo 62 años. Tengo una mezcla de emociones que no logro terminar de procesar. Pienso en mi abuela, que perdió a su hija. En cómo mis primos estarán extrañando a su mamá y mi tío a su mujer. Pienso en mi propia mamá, que durante los meses de enfermedad de su hermana eligió acompañarla incondicionalmente y mantuvo la esperanza hasta el último minuto. Se me escapan algunas lágrimas que no dejan lugar para elucubraciones racionales y, sin tregua, interpelan mi fe. ¿Hay consuelo? Y si lo hay, ¿dónde está?

Lo que me viene una y otra vez al corazón en este momento está lejos de las lúgubres imágenes de Dios que todavía pueblan gran parte de nuestras iglesias, o de lo que algunos años de estudio me hicieron conocer sobre la religión. Hoy el alma me trae las palabras que me regaló una amiga hace algunas semanas al verme los ojos tristes y notar la fuerza que hacía para que no se notara tanto. Me dijo:  “Carito, no le tengas miedo al dolor, a la tristeza… Tranquila, dejate acompañar. Ya va a pasar y, si te lo permitís, te va a convertir en una mejor persona. Te va a hacer más sensible, menos omnipotente y más sabia. Te va a transformar en alguien mejor”. Me dijo esto, se paró y así, sin que se lo pidiera, me abrazó en silencio.

Es loco, pero nos alejamos de Dios al dejar de encontrarlo en las iglesias, o por dejar de identificarnos con las imágenes que tenemos de Él, sin ser conscientes de que quizás esa crisis es Dios mismo diciéndonos que ya no entra en ellas, que han quedado obsoletas y quiere darnos más. Si ante el dolor y la pérdida nuestra fe no encuentra consuelo, quizás no se trate de que hemos perdido la fe, sino de que ha llegado el momento renovarla. Si es eso lo que sentimos, quizás aún esté vigente la pregunta que, sentí, me hizo Dios en San Sebastián: ¿vas a quedarte al margen, mirando los templos vacíos, o vas a animarte a construir uno nuevo donde podamos encontrarnos?

De seguro, no me siento capaz de responder a todas las preguntas a las que nos enfrenta el dolor de las pérdidas pero, aún así, tengo la irracional certeza de que mientras escribo estas palabras Dios está cerca, pidiéndome que haga lugar para él y ensanche una vez más mi tienda.

Si el dolor ha enfriado nuestra fe y sentimos que Dios se ha convertido en alguien lejano y obsoleto, quizás la clave esté en recordar lo que el alma sabe desde siempre: el Dios verdadero hace nuevas todas las cosas y el templo en donde quiere encontrarse con nosotros, no es ya un lugar físico. Sospecho que tiene mucho más que ver con encuentros como el que tuve con mi amiga ese día en el café de un aeropuerto. En la escena no había ni rastros de lo que tradicionalmente llamamos “templo” pero cuánto tuvo de sagrado: con su abrazo me tocó el alma y no recuerdo la última vez que sentí a Dios tan cerca

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Las tres tentaciones del ministerio.

martes, 29 de mayo de 2018
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Del blog de Henri Nouwen:

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He dedicado tiempo a la lectura y estudio de algunos libros de Henri NOUWEN que hablan acerca de los ministerios en la Iglesia, desde una perspectiva espiritual; ahora caigo en la cuenta, tras una reelectura, que otro título, el último que compré de este autor hace ya un tiempo, también va en esa misma línea. Me refiero a “El estilo desinteresado de Cristo. Movilidad ascendente y vida espiritual” (Sal Terrae, Breve, 2007). Lo compré hace mucho, pero no lo leí en profundidad, o tal vez no en el momento apropiado para que me aprovechara bien; el libro tiene tres capítulos: el primero habla de la movilidad descendente como elemento fundamental de la vocación cristiana (Vs. Movilidad ascendente); el segundo, acerca de la tentación (ser competentes, ser espectaculares y ser poderosos); el tercero, las diversas disciplinas para la formación espiritual (la disciplina de la Iglesia, la disciplina del Libro y la disciplina del corazón). Son los temas habituales que encontramos en Nouwen, pero siempre enriquece volver a ellos desde una perspectiva diferente.

Así aparece resumido al final de este libro: “Vocación, tentación y formación han sido las tres palabras clave en estas reflexiones sobre la íntima relación existente entre ministerio y vida espiritual. Somos llamados a seguir a Cristo por el camino de la movilidad descendente, sintiendo siempre la tentación de elegir el camino ancho del éxito, la fama y la influencia, y desafiados a someternos a disciplinas espirituales para conformarnos, poco a poco, a la imagen de nuestro Señor Jesucristo. La vocación, la tentación y la formación son desafíos que duran toda la vida. No somos llamados una sola vez, sino día a día, y nunca sabremos con certeza a dónde somos llevados. Somos tentados en cada momento del día y de la noche, y nunca sabremos con precisión dónde van a aparecer nuestros demonios. Esta tensión entre vocación y tentación, que se prolonga durante toda la vida, pone ante nosotros la difícil tarea de escuchar: a la Iglesia, al Libro y nuestros corazones, descubriendo así la presencia real del Espíritu de Dios en nuestro interior y en medio de nosotros”.

LAS TRES TENTACIONES:

1. La tentación de ser competente: de hacer algo necesario y que pueda ser valorado por la gente; la tentación de hacer de la productividad la base de nuestro ministerio. Esta tentación incide en el centro mismo de nuestra identidad. Se nos hace creer de mil maneras que somos aquello que producimos, lo cual nos hace preocuparnos por el producto, por los resultados visibles, por los bienes tangibles y el progreso (Convertir las piedras en pan… pero no sólo de pan vive el hombre).

2. La tentación de ser espectaculares: Es la tentación de forzar a Dios a responder acudiendo a lo inusual, lo sensacional, lo extraordinario, lo inaudito… y así obligar a la gente a creer. Actuamos como si la notoriedad y la visibilidad fueran los principales criterios de valor de lo que hacemos (Lánzate del alero del templo… pero, no tentarás a Dios).

3. La tentación de ser poderosos: Creemos que la lucha por el poder y el deseo de servir son, a efectos prácticos una misma cosa; buscamos posiciones de influencia porque así serviremos mejor por el bien del Reino. Olvidamos que nuestra fuerza está en nuestra debilidad y nuestra impotencia (Todo esto te daré si te postras ante mí, pero solo ante tu Dios te arrodillarás).

Frente a estas tentaciones, las tres disciplinas.

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Henri Nouwen

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«La tarea de la Iglesia en este momento», por José Mª Castillo, teólogo

sábado, 26 de mayo de 2018
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dibujo-1_pequeoEs un hecho que estamos viviendo un tiempo demasiado convulso, inseguro, incierto. No hablo sólo de España. Me refiero a la cantidad de malas noticias que nos llegan a todas horas. Hasta el extremo de que cuando el progreso científico, tecnológico, industrial es mayor, también es mayor el desorden, el miedo, la inseguridad y, sobre todo, el sufrimiento que tienen que soportar millones de seres humanos, en este “mundo desbocado”, como lo definió el conocido sociólogo Anthony Giddens, al referirse al hecho patente de la “globalización”.

Así las cosas, yo me pregunto ¿cuál tendría que ser la tarea principal de la religión y, por eso, de la Iglesia en este momento?

Está visto que no basta con mantener las prácticas religiosas, las ceremonias sagradas, las normas y costumbres de siempre. Todo eso, hasta ahora, no ha servido para hacer más soportable – y menos aún para mejorar – la vida tan desagradable que la mayoría de la humanidad tiene que aguantar. Y hablo, no sólo de los pobres. De sobra sabemos que las clases medias se van debilitando y hasta los privilegiados de la sociedad se ven enfrentados a problemas y situaciones que, hace tan solo unos años, no se podían imaginar.

Insisto en lo que he dicho. La religión que se limita a perpetuarse no arregla este mundo. ¿Qué hacer, entonces?

Desde hace unos años, le vengo dando vueltas al proyecto en torno al “humanismo”, la “humanización” o simplemente la “humanidad”. Sobre estos temas, he publicado varios libros. Que me parece que son provechosos para no pocas personas. El cristianismo enseña que, para salvar al mundo, Dios “se humanizó”. Eso, y no otra cosa, es lo que los cristianos llamamos el Misterio de la Encarnación. Pero ¿basta con eso?

Hace poco más de dos años, el profesor Yuval Noah Harari, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, publicó un libro que se ha hecho famoso rápidamente: Homo Deus. Breve historia del mañana (Barcelona, Penguin, 2016). En este libro se propone el ideal del “humanismo. Pero el mismo autor reconoce los defectos que entraña este proyecto. Lo podemos ver “en las salas de los hospitales geriátricos. Debido a una creencia humanista intransigente en la sacralidad de la vida humana, mantenemos a personas con vida hasta que llegan a un estado tan lamentable que nos vemos obligados a preguntar: “¿Qué es exactamente tan sagrado aquí??” Debido a creencias humanistas similares, es probable que en el siglo XXI empujemos a la humanidad en su conjunto más allá de sus límites. Las mismas tecnologías que pueden transformar a los humanos en dioses podrían hacer también que acabaran siendo irrelevantes. Por ejemplo, es probable que ordenadores lo bastante potentes para entender y superar los mecanismos de la vejez y la muerte lo sean también para reemplazar a los humanos en cualquier tarea”.

Entonces, ¿qué tarea tenemos ante nosotros? Sin duda alguna, ante todo, remediar el sufrimiento, hacer más soportable esta vida, ser más humanos y buenas personas. Eso – en lo que pueda cada cual – está a nuestro alcance. ¿Por qué el Papa Francisco es un hombre tan importante, en un mundo que es cada día menos religioso? Sencillamente, porque en este Papa se juntan dos cosas, que están al alcance de todo el que se proponga hacerlas suyas y llevarlas adelante: 1º. Ser profundamente humano sobre todo con los más débiles y desgraciados. 2º. Ofrecer y contagiar esperanza. Una esperanza que quizá no sabemos definir. Pero es esperanza. Y la esperanza amplía siempre el horizonte del futuro.

A mí me parece que ésta es la tarea más importante de la Iglesia en este momento. ¿Qué no lo resuelve todo? Por supuesto. Pero, en todo caso, lo que no resuelve nada (o empeora las cosas) es quedarnos como estamos. O, a lo más, dedicarnos a discutir sobre el sexo de los ángeles.

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Algunas ideas de Thomas Merton que aparecen en sus cartas a Jean Leclercq

viernes, 18 de mayo de 2018
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Del blog de Amigos de Thomas Merton:

Luego de defender a capa y espada su vocación de solitario, le escribe Merton a Leclercq el 3 de diciembre de 1955:

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“¡Resulta que ahora soy maestro de novicios! De hecho, soy más cenobita de lo que suponía. Pueden suceder cosas muy extrañas en la vocación de cada uno… ¿Me concederá Dios algún día llevarme después de todo a la perfecta soledad? No lo sé. Una cosa es segura, he hecho tantos esfuerzos en esa dirección como uno puede hacer sin traspasar los límites de la obediencia. Mi única tarea ahora es mantenerme en calma, abandonado, y en las manos de Dios. He encontrado una sorprendente soledad interior entre mis novicios, y hasta cierta soledad exterior que no esperaba… Por eso doy gracias a Dios por colmar mucho de mis deseos cuando parecía ignorarlos. Sé que estoy muy cerca de él, y que todas las pruebas y dificultades pasadas este año forman parte de sus planes. Estoy en paz con su voluntad… y my feliz explicando a Casiano. Aunque no puedo vivir como el Abba Isaac, Nesteros o Poemén, siento que son mis padres y mis amigos”.

Luego continúa hablando de su nueva experiencia en una carta del 6 de febrero de 1956:

Mi nueva vida como maestro de novicios progresa cada día. Es una existencia poco habitual, en la que tengo aun dificultades de adaptación. A veces me siento abrumado de puro horror por tener que hablar tanto y aparecer ante los demás como un ejemplo. Pienso que Dios está probando la calidad de mi deseo de soledad, en el cual quizá había un componente de escapar de responsabilidades; con todo, el deseo sigue siendo el mismo, el conflicto está ahí, aunque yo no puedo hacer nada sino ignorarlo y mirar hacia adelante para cumplir lo que es evidentemente la voluntad de Dios. He abandonado completamente toda escritura por el momento. Pida, por favor, al Señor que me guíe en la nueva etapa de desierto que Él ha abierto delante de mí”.

LECLERCQ le escribe a Merton el 26 de octubre de 1963:

Por todas partes he encontrado jóvenes que le deben a usted su vocación”.

Merton, el 11 de mayo de 1965:

En muchos aspectos mi vida y mi trabajo son ciertamente muy equívocos, y si alguien quisiera medirme con parámetros normales sería muy fácil descubrir que me faltan requisitos, como a cualquier otra persona, porque, a la larga, ¿cuáles son los parámetros normales, y quién los satisface, salvo superficialmente? Y, por supuesto, también yo soy un Geheimnis [misterio] incluso para mí mismo. Y he dejado de esperar cualquier otra cosa. Tampoco abrigo ninguna secreta esperanza de encontrar pleno sentido a mi existencia, que debe seguir siendo paradójica. Así, pues, a fin de cuentas, debo hacer lo que todo el mundo hace y acogerme a la misericordia de Dios y tratar, en la medida en que me sea posible, de no defraudarle en su amor por mí. Ciertamente, si tratase de agradar a todos, le defraudaría, y si lo que quiero es agradarle, inevitablemente debo desagradar a mucha gente seria y bienpensante. Continúo pues, haciendo esto sin escrúpulos”.

LECLERCQ a MERTON, desde el continente africano (Tanzania):

Usted es muy conocido aquí, como en todas partes
(29 de mayo de 1965).

Trappist Father Thomas Merton, one of the most influential Catholic authors of the 20th century, is pictured in an undated photo. Devotees of the monk, who died in 1968, have planned various observances of the 100th anniversary of his birth, Jan. 31. (CNS photo/Merton Legacy Trust and the Thomas Merton Center at Bellarmine University) See MERTON Jan. 28, 2015.

MERTON a LECLERCQ, el 17 de febrero de 1967:

Con Roma, siendo como es, la renovación será siempre una lucha lenta… Las ideas muertas continuarán un tiempo usurpando el lugar de las que pertenecen a la vida… Vamos todos a confiar en que podremos manejar las cosas de modo que seamos al mismo tiempo obedientes y libres. No es fácil. Pero Dios es fiel, y es mi única esperanza”.

LECLERCQ a MERTON, el 21 de enero de 1968:

La Iglesia le necesita a usted para progresar y que pueda compartir su experiencia con otros, no sólo escribiendo. Su propia personalidad (y algunos dicen lo mismo de mí, pero, por supuesto, yo no soy un gigante) es un testimonio de libertad en Cristo, y esto debe ser mostrado”.

MERTON A LECLERCQ:

Tengo un gran problema para seguir viviendo en América (USA), lo mismo que para seguir identificado con una sociedad que me parece está bajo el juicio de Dios y en cierto sentido bajo una maldición por los crímenes de la guerra de Viet Nam. Pero otra parte, tampoco me parece que sea muy honesto dejar el país… Si es que esta sociedad está bajo el juicio de Dios, yo también me debería quedar y aguantarlo como todo el mundo, puesto que después de todo yo no soy muy diferente de los demás”.

LECLERCQ a MERTON:

Acabo de regresar de una gira por los monasterios ingleses. En Caldey [monasterio de Gales] y en otras partes, una sola voz: ¡Tráiganos a Tom! No hay nadie que no haya sentido su influencia”.

El 23 de junio de 1968 Merton se prepara para su viaje a Asia y escribe a LECLERCQ:

La vocación del monje en el mundo moderno, especialmente el marxista, no es supervivencia sino profecía. Estamos demasiado ocupados tratando de salvar nuestro pellejo”.

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Jean Leclercq y Thomas Merton

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La Iglesia es femenina

jueves, 10 de mayo de 2018
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mujeres-sacerdotesGabriel Mª Otalora
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 16/04/18.- Lo ha dicho el Papa Francisco: “la Iglesia es femenina”. Y eso que los que siguen las reformas de este gran pastor afirman que no es precisamente en este campo donde más avances se han producido durante su pontificado. Se han dado algunos pasos pero con un andar más despacio que en otras realidades. La situación eclesial de la mujer no es evangélica si lo pensamos honestamente, es decir, poniendo el acento en cómo Jesús les trataba, sin considerarles en minoría de edad eclesial y después de tantos siglos desdichados para ellas en todos los órdenes, no solo dentro de la Iglesia. Todavía no pueden ser ordenadas sino que sufren el ninguneo como mujeres en la participación en las responsabilidades de la Iglesia. El suplemento mensual Mujeres Iglesia Mundo de L’Osservatore Romano (marzo 2018) ha publicado la denuncia de “la explotación generalizada de las monjas con trabajos sin paga o sueldos muy bajos”, reclamando que la jerarquía eclesiástica debería dejar de tratarlas como simples sirvientes.

¿Sólo han existido cuatro mujeres con méritos -y ninguna laica- en la historia de la Iglesia para ser declaradas doctoras? Además de constatar la presencia única de los varones en las demás instituciones eclesiales o ministerios eclesiásticos (cardenalato, episcopado, sacerdocio, diaconado…).

Las monjas y religiosas son mujeres que se han consagrado a vivir radicalmente el testimonio evangélico y sin embargo, con el Código de Derecho Canónico en la mano, su discriminación si cabe, es más grave que la de las mujeres laicas. El 22 de julio de 2017, el Vaticano dio licencia a la hermana Pierrette Thiffault para celebrar una boda en una diócesis de Quebec, debido a la escasez de sacerdotes forzando el capítulo V del Código de Derecho Canónico que afirma lo siguiente: “Donde no haya sacerdotes, ni diáconos, el obispo diocesano, previo voto favorable de la Conferencia Episcopal y obtenida licencia de la Santa Sede, puede delegar a laicos para que asistan a los matrimonios”. Y en otro lugar se afirma que el obispo y el párroco pueden delegar en sacerdotes y en diáconos la facultad de asistir a los matrimonios; pero en ninguno canon se menciona a las religiosas ni a las monjas.

Quizá la verdadera razón la dio Dolores Aleixandre: existe un temor en la Conferencia Episcopal, como si cualquier mujer que defiende sus derechos estuviera reclamando la ordenación. Pero no se trata de eso, sino de que el Evangelio empuja de abajo a arriba, porque habla de una comunidad circular en la que alguien tiene la presidencia, pero en la que todos somos hermanos y hermanas. Me pregunto por qué tenemos tanto miedo al sueño circular y fraterno de Jesús; creo que tenemos mucha confusión entre autoridad y poder.

Y a pesar de todo, la mayor parte de quienes asisten a los actos religiosos son laicas mientras los que tienen responsabilidades en la Iglesia son varones. Francisco está impulsando una presencia mayor de seglares en la curia romana pero su reforma se enfrenta a una desigualdad poco acorde con los tiempos e injustificable por la esencia de los textos evangélicos. La Iglesia es femenina, sí, aunque de momento solo en el género sustantivo gramatical.

Toda la Iglesia necesita incorporar las aportaciones de mujeres a la experiencia comunitaria cristiana; no es un problema de laica o consagrada, sino de estatus de dignidad personal como seguidoras de Cristo. Las monjas de Estados Unidos, por ejemplo, llevan años en el ojo del huracán de la Curia romana pidiendo una Iglesia que no discrimine a las mujeres, que han seguido a Jesús desde Galilea (Mc 15,41; Mt 27,55), algo que confirma Lucas (8,1-3) con otras fuentes. Ellas fueron las que recibieron la noticia de la Resurrección. Por tanto podemos creer que han acompañado a Jesús en su predicación del reino, aceptando su misma vida desinstalada, asistiendo a su enseñanza y a sus curaciones, No le abandonan cuando está en la cruz y fueron las testigos del Resucitado. Aun sin ser mencionadas  explícitamente, algo propio del lenguaje inclusivo, estas mujeres están presentes en el  grupo de discípulos reunidos a los que el Resucitado confía la misión y entrega el Espíritu.

En cuanto a Pablo, se encuentra a cristianas en sus lugares de misión y él las respeta, a la vez que reconoce y admira su labor. Pablo defiende el matrimonio ante las posturas ascéticas que comenzaban a surgir (1 Cor 7,5) y lo concibe como una relación de  reciprocidad e igualdad entre varón y mujer, haciéndose eco de las tradiciones de Jesús (1 Cor). Pablo menciona a Febe, a quien llama “diácono” o “presidente” de la  iglesia de Cencreas (Rom 16,15). “Ya no hay hombre ni mujer…” (Gal 3, 28).

Por los escritos extracanónicos y por los Hechos apócrifos de los apóstoles, se puede  ver la resistencia que pusieron las mujeres para no perder protagonismo, sobre todo en Asia  Menor ante el movimiento general de patriarcalismo que se dio en lglesia. Cuando a las casadas se las sometió al marido, optaron por  permanecer célibes, lo que les daba una mayor posibilidad de participación eclesial. Sin embargo, muy pronto también estos grupos de mujeres célibes fueron controlados por varones.

No se puede encontrar en boca de Jesús un dicho o palabra que minusvalore o justifique la subordinación de la mujer. El comportamiento patriarcal de la Iglesia posterior con la  mujer no pudo basarse ni en Jesús ni en su actitud sino en razones más humanas Sin embargo, la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis de Juan Pablo II afirma que “este tema atañe a la misma constitución divina de la Iglesia”, que “la Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este dictamen debe ser considerado como definitivo”. Pero no es dogma de fe.

El biblista Xabier Pikaza es claro: Jesús no quiso algo especial para las mujeres. Quiso para ellas lo mismo que para los varones. La singularidad de la visión de Jesús sobre las mujeres es la “falta de singularidad”: no buscó un lugar especial para ellas, sino el mismo lugar de todos, es decir, el de los hijos de Dios.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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«¿Somos pelagianos sin saberlo?», por José Mª Castillo

viernes, 4 de mayo de 2018
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pelagioDe su blog Teología sin censura:

El papa Francisco, en su reciente Exhortación Apostólica “Gaudete et Exultate”, nos hace caer en la cuenta de que, quizá sin ser conscientes de lo que nos ocurre a muchos cristianos, en realidad estamos viviendo nuestro cristianismo a costa de recuperar y dar nueva vida a errores (y herejías), que fueron rechazados por la Iglesia, hace siglos. Pero resulta que ahora, aquellos errores de antaño se están rehabilitando, como si fueran las soluciones que necesitamos.

Por eso el Papa nos habla ahora del “pelagianismo actual”. Cualquier cristiano, medianamente cultivado, sabe muy bien que el pelagianismo es una herejía, que difundió el monje Pelagio, en el s. V. En pocas palabras, lo que enseñaba Pelagio es que no existe el pecado original y negaba la necesidad de la gracia de Dios. Porque el monje Pelagio entendía que la voluntad humana tiene un poder y una autonomía que le basta. De ahí que los pelagianos relativizaban o incluso negaban la necesidad de recibir sacramentos o de observar prácticas religiosas. Justamente lo que ahora piensa y hace mucha gente. Son los que no rezan ni van a misa. Porque ellos están persuadidos de que tienen voluntad y libertad para ser ciudadanos ejemplares. Otra cosa es que lo sean. Porque escandalosos y corruptos, los tenemos en abundancia.

Frente a estas ideas, el papa Francisco insiste, con toda razón, en que los pelagianos (antiguos y modernos) “en el fondo solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a los demás”. Con lo que, a mi modo de ver, los que piensan y viven así, cumplen al pie de la letra lo que dice el Papa. Ellos son los que tienen “la idea de que todo se puede con la voluntad humana”. Esto es lo que piensan y dicen. Pero ¿lo hacen?

Sabemos de sobra que la Iglesia ha ido cambiando en muchas cosas. Pero casi siempre con retraso. Y porque no ha tenido más remedio que cambiar. Por ejemplo, no hace mucho, el conocido historiador Frederic Lenoir nos recordaba que la Inquisición se abolió en el siglo XVIII, pero ¿por qué? ¿Acaso porque la institución tomó conciencia de su abominable comportamiento y decidió enmendarse? No. Simplemente porque ya no tenía los medios que necesitaba su voluntad de dominación. Porque la separación de la Iglesia y el Estado privó a la Iglesia del “brazo secular” en el que se apoyaba para quitarles la vida a los herejes (“El Cristo filósofo”, Madrid, Ariel, 29).

Pues algo parecido es lo que está ocurriendo ahora con esto del “pelagianismo actual”. Me explico. Mucha gente no ha pensado lo que sabiamente ha dicho Peter Sloterdijk: “sin una crítica de la verticalidad no podemos avanzar”. El “sistema vertical” ya no se sostiene. ¿Por qué? Mucha gente no ha caído en la cuenta del cambio seguramente más profundo que estamos viviendo. Un hecho que está cambiado la vida de la gente y que consiste en que el “poder opresor” está siendo sustituido por el “poder seductor” (Byung-Chul Han). Cuando yo veo la cantidad de gente que, por todas partes y a todas horas, va enganchada a la pantallita del móvil, y a eso le hacen más caso que a cualquier amenaza, me digo a mí mismo: ¡Esto es más serio y más determinante de lo que imaginamos!

La religión fue determinante mientras el poder opresor (el pecado, la culpa, el infierno…) tuvo la fuerza suficiente para influir en la vida de los creyentes. Ese poder y esa fuerza se han debilitado y cada día interesan menos y pueden menos. ¿Qué queda en pie? El poder seductor de lo que nos impresiona y nos atrae.

¿Por qué el papa Francisco atrae a tanta gente que ni tiene creencias religiosas? Por una razón muy sencilla. Porque tiene poder seductor. Es verdad que este papa tiene enemigos, sobre todo en los ambientes clericales y tradicionales. Por la sencilla razón de que esos ambientes han vivido, en gran medida, del poder opresor (de Dios, del obispo, del párroco, del pecado y del infierno). En la medida en que los “clericales” y “tradicionales” se quedan sin “poder opresor”, en esa misma medida se ven desarmados y tienen la impresión de que se hunden.

Por el contrario, si leemos y releemos las páginas de los evangelios, lo que allí se palpa es que Jesús tuvo un “poder seductor” irresistible. Lo más claro, en este sentido, es el poder que, en el Evangelio, tiene el “seguimiento” de Jesús. Basta una palabra, ”sígueme”. Eso es todo. Ni un programa de vida, ni un motivo, ni un ideal. Nada (D. Bonhoeffer). Y sabemos que, por la fuerza de esa palabra, la gente dejaba sus casas, sus familias, se olvidaba de comer, perdía toda seguridad…. La fuerza de la seducción era irresistible. Como insoportable fue, para los Sumos Sacerdotes y “hombres de la religión”, el poder seductor de Jesús. Hasta que decidieron matarlo (Jn 11, 47-53).

¿Pelagianismo actual? Como exactamente concluye Francisco, mientras “en cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado veamos presente la imagen misma de Dios”, y les tratemos en consecuencia, el futuro estará cada día más despejado. Una religión así, tiene y tendrá un poder irresistible.

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En todo

miércoles, 2 de mayo de 2018
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Del blog Nova Bella:

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«Aquél que anda por buen camino tiene a Dios en todos los lugares: en la calle y en medio de toda la gente exactamente lo mismo que en la Iglesia, o en el desierto, o en la celda, o en la plaza”

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Maestro Eckhart

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , , ,

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