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“Harari: ¿somos libres?”, por José Arregi

Miércoles, 6 de febrero de 2019

31886670787_9e6bb1a74d_zLeído en su blog:

Yuval Noah Harari, brillante historiador y escritor judío, es también un pensador clarividente, muy informado de los últimos avances científicos y tecnológicos.

En cada uno de sus libros (Homo Sapiens, Homo Deus, 21 Lecciones) exhibe una extraordinaria capacidad de análisis y de síntesis de la historia de nuestra especie y de nuestros retos de futuro, enormes, inminentes retos. Es un centinela atento que enciende señala peligros y las alarmas: ¿qué queremos que sea nuestra especie humana dentro de 50 o de 100 años?

Uno de nuestros mayores retos es la libertad. Pero ¿qué es la libertad? Casi siempre la identificamos con el “libre albedrío”, entendido como capacidad de tomar decisiones sin estar determinado por nada.

Desengañémonos, esa libertad del libre albedrío es una quimera, insiste Harari, y todos los datos –psicológicos, sociológicos, biológicos, neurológicos– me inclinan a darle la razón en eso. Tiendo a pensar, como él, que todas nuestras decisiones son producto de mecanismos bioquímicos, de una cadena de reacciones químicas que determinan el desarrollo de un organismo vivo.

Cuando en la cabina de los colegios electorales, a solas y sin testigos escogemos la papeleta de un partido y la introducimos en un sobre que nadie podrá identificar, pudiera parecer que lo hacemos por libre albedrío. No es así.

Nuestro voto es en realidad el resultado de infinitos factores –ideas, sentimientos, hormonas y todas nuestras decisiones anteriores– que hacen que mis neuronas se inclinen por este partido más bien que por otro. Lo que no equivale a decir, cosa que Harari no explicita, que nuestras decisiones se reduzcan a mecanismos bioquímicos o a una serie de operaciones matemáticas llamadas algoritmos.

Pero esa es otra historia: cómo todo lo que emerge es más que las condiciones –átomos, moléculas, neuronas, hormonas…– de las que emerge. De menos sale más, aunque el menos y el más son categorías nuestras más que discutibles. Digamos que de lo viejo brota lo nuevo, y así sucede sin fin.

Pues bien, todos los vivientes toman decisiones, y todas sus decisiones son el resultado de una complejísima red de causas, entre los que cuentan las decisiones anteriormente tomadas. Cada decisión es una especie de “efecto mariposa”, como lo es siempre el tiempo meteorológico, como esta fina lluvia fría que cae en Aizarna, efecto final del vuelo entrelazado de miles de millones “mariposas” o causas desde la Amazonía hasta el Cantábrico.

Así es como toma decisiones la bacteria, procesando la información que es capaz de recabar. En su aparente simplicidad, se trata de una operación muy compleja. Pero mucho más complejas son las decisiones que adopta el ciclamen fucsia de la ventana. Y muchísimo más las del petirrojo que viene a picar las migajas de la terraza. Y mucho más aun las del perro: puede ladrar, atacar, acercarse y jugar, o huir…. Decidirá según le dicte el cerebro de acuerdo al sinfín de informaciones que procesar en un instante.

Nuestras decisiones son incomparablemente más complejas todavía, pero nuestro libre albedrío como tal es tan irreal como el de la bacteria, el ciclamen, el perro o el chimpancé. Solo que nuestras decisiones dependen de un conjunto infinitamente mayor de factores que en buena parte no hemos elegido nosotros.

Yo no elegí a mis padres, ni mi ADN, ni a mis 13 hermanos, ni el caserío ni la tierra en que nací, ni la educación que recibí, ni una sola de mis neuronas, ni a ninguna de las personas cuya relación más me ha marcado, ni los pensamientos y emociones que brotan en mí mientras escribo esto. Mis 86.000 millones de neuronas conectadas a través de 430 billones de sinapsis procesan una ingente información en una fracción de segundo –es increíble– y “yo” decido; se puede decir que es mi cerebro, mi unidad central de información, el que decide.

No decido, ciertamente, por libre albedrío, aunque es verdad que también mis decisiones de hoy, al igual que actúan sobre mi cerebro y su organización concreta, determinan lo que soy y lo que seré, lo que decidiré mañana. ¿Por qué decidimos? Supongo que algún día se podrá construir el algoritmo matemático que da razón de cada decisión.

Solo por nuestro desconocimiento seguimos pensando al ser humano como dotado de libre albedrío, a diferencia de los demás animales, aunque no es así en verdad. Nos diferencia el grado de complejidad, si bien cada grado de complejidad constituye un salto de “cualidad”: del átomo a la molécula, de la bacteria a la planta, de la planta al animal, etc.

Pero pensar que el grado de complejidad actual del Homo Sapiens es la cima de la evolución y la finalidad última de todo el universo es un simple prejuicio o una presunción. Lo que es cierto es que todo está abierto, que la evolución sigue y que algún día el Homo Sapiens quedará atrás, muy atrás. Y con él todo lo que pensamos sobre nosotros mismos, sobre la realidad en su conjunto o sobre Dios.

Que el Homo Sapiens es una forma pasajera me parece indiscutible. La cuestión es el modo como eso sucederá. ¿Quedará atrás, por ejemplo, como tantas víctimas de la historia o de la evolución han quedado atrás al haber sido cruelmente exterminadas por los más poderosos, o como tantos humanos han sido exterminados por los más poderosos de nuestra propia especie?

Aquí se plantea la tremenda cuestión sobre la que insiste Harari con mucha razón a propósito del libre albedrío: ¿qué pasará cuando alguna empresa o gobierno pueda disponer del algoritmo o del conjunto –aunque no sea absoluto– de las complejísimas operaciones que determinan mis emociones y decisiones?

Alguien o algo podría conocer los motivos más ocultos de todas nuestras decisiones, y podríamos acabar siendo meros títeres en manos de no sabemos quién o qué. ¿Lo vamos a consentir? ¿No está pasando ya que los fake news –difundidos por los grandes medios, elWhatsApp, Facebook…– están determinando como nunca hasta hoy la decisión de los electores y haciendo que sean presidentes enemigos de la libertad, la libertad y la fraternidad? He ahí nuestra responsabilidad humana epocal y global.

Ahora bien, ¿tiene sentido apelar a la responsabilidad si acabo de negar el libre albedrío? Me parece que sí, en la medida en que, como pienso, libre albedrío y libertad no son de ningún modo sinónimos. Harari tampoco explicita esta diferencia, aunque no la niega. Justamente, apelo a una libertad entendida como responsabilidad, independientemente del libre albedrío.

La libertad no consiste en decidir sin condicionamientos que nos determinen, sino en ir aprendiendo a decidir mejor: por la educación, la vida sana, la reflexión y la meditación, la música y el silencio, la transformación de las estructuras sociales, y también, ¿por qué no?, la neuroterapia y las pastillas…

La libertad no consiste en no estar determinado en nuestras decisiones, sino en ser conscientes –aunque sea parcialmente– de las condiciones que nos determinan, y en saber adoptar una buena decisión, “buena” en el sentido de aquella que nos permita ser más buenos y felices. La libertad no consiste en la facultad de elegir entre el bien y el mal sin determinismo, sino en querer y poder obrar el bien estando determinados.

La libertad consiste, diría San Agustín, en querer el bien y hacerlo porque lo queremos. La libertad no consiste en poder elegir entre el bien y el mal sin que nadie ni nada nos empuje o coaccione, gracias a un supuesto “libre albedrío” neutro o gracias, al menos, a un supuesto resquicio no condicionado de dicho libre albedrío: eso no existe.

Cuando deseamos algo pernicioso para nosotros mismos o los demás, no somos libres. Solo somos libres, seguiría diciendo con San Agustín, cuando deseamos lo bueno y el deseo del bien nos determina. Cuanto más positivamente estemos condicionados y determinados, más libres somos.

En conclusión, no poseemos el libre albedrío, pero podemos ser “libres”, no a pesar de los condicionamientos, sino a través de ellos. La libertad es la facultad de ser, de avanzar hacia la realización cada vez más plena de nuestro ser, nuestro ser bueno, en la incertidumbre y a tientas, en medio de todos los condicionamientos determinantes que ni siquiera conocemos.

La libertad es el poder de ser más plenamente desde los propios condicionamientos o, dicho de otra forma, sin libre albedrío. La libertad es el Espíritu o la energía material-espiritual que habita en todos los seres, también en nosotros, y nos mueve a guiar nuestra vida en medio de los innumerables condicionamientos que somos y que en una medida que también desconocemos podemos transformar, de modo que nos ayudemos a nosotros mismos y ayudemos a los demás a ser más libres, a ser más.

No poseemos, pues, libre albedrío, pero aspiramos a ser libres, a realizar cada vez más nuestro ser verdadero, es decir: a ser más felices siendo más hermanos, prójimos, buenos. Es un aprendizaje vital. Esa libertad es nuestra vocación, y nos va en ello la vida común de la humanidad y de todos los vivientes.

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Yuval Noah Harari, una historia diferente

Viernes, 12 de octubre de 2018

copy-yuval-noah-harari-1_1_630x630Si buscamos entre los grandes pensadores contemporáneos que están cambiando la visión que tenemos del mundo debemos pararnos a observar el trabajo del historiador israelí Yuval Noah Harari.

Harari es profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Estaba especializado en historia militar hasta que asumió el liderazgo de una asignatura que ninguno de sus compañeros quería dar. De esa asignatura acabó surgiendo Sapiens, De Animales a Dioses, un best seller traducido a más de 45 idiomas y que lo convirtió en una celebridad en el mundo académic.

En Sapiens Harari repasa la historia de la humanidad desde un punto de vista diferente al habitual, como mínimo para aquellos que no somos historiadores. Mezclando historia, antropología y sociología intenta dar respuesta a preguntas como por qué el homo sapiens es el único homínido que ha llegado a nuestros días y qué cambios en nuestro comportamiento hemos tenido que introducir para llegar a la sociedad actual. Harari divide el libro en 4 revoluciones: la cognitiva, la agrícola, la unificación de la humanidad y la revolución científica.

Un pequeño trailer de lo que se cuenta en el libro lo podemos encontrar en esta charla TED (en las opciones del vídeo se pueden poner subtítulos en español):

Después del éxito de Sapiens Yuval Noah Harari publicó Homo Deus a modo de segunda parte, pero en este caso no se trata de un repaso histórico sino de un abanico de posibles futuros a los que nos enfrentamos. Como él mismo dice, no se trata de profecías, sino de un un análisis desde el punto de vista histórico y filosófico sobre como puede evolucionar nuestro devenir como sociedad.

Hace unas semanas Yuval Noah Harari ha publicado el que es su último libro hasta el momento: 21 lecciones para el siglo XXI en el que hace una reflexión sobre temas de actualidad como el cambio climático, la Inteligencia artificial, la globalización, la reaparición del nacionalismo, concentración de recursos por las élites, la postverdad o la educación. Siempre con la idea de hacer reflexionar al lector.

Pero Yuval Noah Harari también ha utilizado la fama y credibilidad que le han dado sus obras para hablar de la homosexualidad desde un punto de vista tanto personal como científico. Entre otras cosas Harari ha publicado un vídeo en su propio Youtube en el que explica cómo ser gay le ha dado herramientas para hacer mejor su trabajo. También utiliza la ciencia para desmontar las creencias religiosas por las que muchas personas atacan la homosexualidad.

Harari se ha convertido en uno de los académicos más influyentes surgidos en esta década. Sus libros no dejan a nadie indiferente y, aunque no te convenza de todas sus teorías, seguro que te hace pensar gracias a su original enfoque y aproximación a las ideas y conceptos que expone.

Más información | Yuval Noah Harari

Fuente AmbienteG

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“La tarea de la Iglesia en este momento”, por José Mª Castillo, teólogo

Sábado, 26 de mayo de 2018

dibujo-1_pequeoEs un hecho que estamos viviendo un tiempo demasiado convulso, inseguro, incierto. No hablo sólo de España. Me refiero a la cantidad de malas noticias que nos llegan a todas horas. Hasta el extremo de que cuando el progreso científico, tecnológico, industrial es mayor, también es mayor el desorden, el miedo, la inseguridad y, sobre todo, el sufrimiento que tienen que soportar millones de seres humanos, en este “mundo desbocado”, como lo definió el conocido sociólogo Anthony Giddens, al referirse al hecho patente de la “globalización”.

Así las cosas, yo me pregunto ¿cuál tendría que ser la tarea principal de la religión y, por eso, de la Iglesia en este momento?

Está visto que no basta con mantener las prácticas religiosas, las ceremonias sagradas, las normas y costumbres de siempre. Todo eso, hasta ahora, no ha servido para hacer más soportable – y menos aún para mejorar – la vida tan desagradable que la mayoría de la humanidad tiene que aguantar. Y hablo, no sólo de los pobres. De sobra sabemos que las clases medias se van debilitando y hasta los privilegiados de la sociedad se ven enfrentados a problemas y situaciones que, hace tan solo unos años, no se podían imaginar.

Insisto en lo que he dicho. La religión que se limita a perpetuarse no arregla este mundo. ¿Qué hacer, entonces?

Desde hace unos años, le vengo dando vueltas al proyecto en torno al “humanismo”, la “humanización” o simplemente la “humanidad”. Sobre estos temas, he publicado varios libros. Que me parece que son provechosos para no pocas personas. El cristianismo enseña que, para salvar al mundo, Dios “se humanizó”. Eso, y no otra cosa, es lo que los cristianos llamamos el Misterio de la Encarnación. Pero ¿basta con eso?

Hace poco más de dos años, el profesor Yuval Noah Harari, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, publicó un libro que se ha hecho famoso rápidamente: Homo Deus. Breve historia del mañana (Barcelona, Penguin, 2016). En este libro se propone el ideal del “humanismo. Pero el mismo autor reconoce los defectos que entraña este proyecto. Lo podemos ver “en las salas de los hospitales geriátricos. Debido a una creencia humanista intransigente en la sacralidad de la vida humana, mantenemos a personas con vida hasta que llegan a un estado tan lamentable que nos vemos obligados a preguntar: “¿Qué es exactamente tan sagrado aquí??” Debido a creencias humanistas similares, es probable que en el siglo XXI empujemos a la humanidad en su conjunto más allá de sus límites. Las mismas tecnologías que pueden transformar a los humanos en dioses podrían hacer también que acabaran siendo irrelevantes. Por ejemplo, es probable que ordenadores lo bastante potentes para entender y superar los mecanismos de la vejez y la muerte lo sean también para reemplazar a los humanos en cualquier tarea”.

Entonces, ¿qué tarea tenemos ante nosotros? Sin duda alguna, ante todo, remediar el sufrimiento, hacer más soportable esta vida, ser más humanos y buenas personas. Eso – en lo que pueda cada cual – está a nuestro alcance. ¿Por qué el Papa Francisco es un hombre tan importante, en un mundo que es cada día menos religioso? Sencillamente, porque en este Papa se juntan dos cosas, que están al alcance de todo el que se proponga hacerlas suyas y llevarlas adelante: 1º. Ser profundamente humano sobre todo con los más débiles y desgraciados. 2º. Ofrecer y contagiar esperanza. Una esperanza que quizá no sabemos definir. Pero es esperanza. Y la esperanza amplía siempre el horizonte del futuro.

A mí me parece que ésta es la tarea más importante de la Iglesia en este momento. ¿Qué no lo resuelve todo? Por supuesto. Pero, en todo caso, lo que no resuelve nada (o empeora las cosas) es quedarnos como estamos. O, a lo más, dedicarnos a discutir sobre el sexo de los ángeles.

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“Homo Deus”, por José Arregi

Viernes, 19 de enero de 2018

25466e1e6Leído en su blog:

Así se titula, como el lector seguramente conoce, el último libro de Yuval Noah Harari. Dos años después de su primera gran obra, Sapiens, que le encumbró a la fama, el joven historiador-pensador israelí publicó en 2016 esta segunda, Homo Deus, que concreta y analiza los inquietantes horizontes posthumanistas con los que concluía la primera: la divinización transhumanizadora –¿deshumanizadora?– de la especie humana. La vuelta de la Navidad con su mundo de motivos tan humano-divinos, tan conmovedores, puede ser un momento indicado para reparar de cerca en las previsiones que traza para el futuro y en las advertencias sobre los peligros que corremos.

El Homo Sapiens, nuestra especie, según los restos más antiguos hallados hasta hoy, apareció en Marruecos hace 300.000 años. Fue un simio más hasta que, hace 70.000 años –aquí arranca la historia de Noah Harari– tuvo lugar en la especie una extraordinaria revolución cognitiva, que le dio una capacidad “superior” de comunicación, entendimiento mutuo, colaboración y transcendencia simbólica, y le encumbró sobre las demás especies humanas y animales en general. La mejora de sus capacidades le convirtió en Homo Depredator y Exterminator. ¿Precio inevitable del progreso? ¿Pasos hacia la divinización? ¿Pero qué es divinización, qué es divinidad?

Hace 10.000 años tuvo lugar un segundo y decisivo salto –lo llamamos avance o progreso–: la revolución agraria y ganadera. El nacido de la Tierra se volvió su dueño y señor. El hijo de la Tierra sometió a su madre y la violó. Las heridas siguen abiertas. Y la paradoja es más sangrante que nunca: los señores de la tierra se esclavizaron los unos a los otros.

He ahí las consecuencias del poder humano, lo mejor y lo peor inseparablemente unidos. En esa sociedad agraria “avanzada” nacieron las grandes religiones, con sus múltiples divinidades de rasgos humanos, presididos por un Dios monarca absoluto, máximo garante del sistema de poder vigente, en lugar de instancia crítica suprema del sistema de poder. Las religiones institucionalizadas acabaron siempre sucumbiendo a la tentación del poder. Aunque la llama creadora originaria nunca pudo ser ahogada.

Esa llama espiritual poderosa y transformadora –permítaseme una breve digresión– prendió también en Jesús de Nazaret, el profeta hereje de Nazaret, el profeta de las Bienaventuranzas, radicalmente crítico de la religión y del Imperio, de la injusticia establecida y de la paz de los vencedores. Anunció el reinado de Dios, pero invirtió el sentido de la realeza divina, la convirtió en solidaridad desarmada y poderosa en favor de los sin- poder. Invirtió a Dios. Eso es Dios, se dijeron quienes lo comprendieron. Deus homo, confesaron. Dios es carne humana, hecha de tierra, hermana de todos los vivientes. Un Dios desendiosado. No hay otro ‘Dios’. No existe el ‘Dios’ del templo y del clero, ni el ‘Dios’ omnipotente del cielo.

Pero muy pronto el movimiento de Jesús se convirtió en religión jerárquica, clerical y patriarcal, en religión imperial, aliada y esclava del poder, y enseñó que la salvación consiste en volverse divino, es decir, inmortal y omnipotente como el Dios del templo judío o como el Zeus del Olimpo griego. El cristianismo volvió a ser una más de las antiguas religiones del ser humano en busca de inmortalidad y dominio, seducidas por el viejo señuelo: ‘Serás como Dios”. Ése ha sido el fracaso del cristianismo.

Volvamos a Noah Harari. La revolución científica del Homo Sapiens, iniciada hace 500 años, gracias a la biotecnología, las neurociencias, la informática y la inteligencia artificial, parece cada vez más cerca de colmar los deseos de la especie y de cumplir las promesas de sus viejas religiones: la curación –bendita curación– de todas las enfermedades y la conquista de los atributos divinos: amortalidad, omnisciencia, omnipotencia. El Homo Sapiens está mutándose en Homo Deus, en forma de organismo mejorado, de ciborg o de robot más inteligente que el Sapiens.

Nos hallamos ante la mayor mutación que la evolución de la vida en nuestro planeta ha conocido hasta ahora, y ya no debida al azar, sino a la acción directa del propio ser humano. La especie humana, gracias a las ciencias, está llegando a poseer las llaves de la evolución, y esto está muy bien a condición de que sea para bien. La pregunta es: ¿será para beneficio propio y ajeno o será para desgracia propia y ajena, para bendición o para condena? Homo Deus. Pero ¿qué significará para el Homo llegar a ser Deus?

¿Seguiremos llamando “Dios” a esa quimera hecha de nuestras grandes ambiciones, que no son sino el reverso de nuestros grandes miedos? Se cuenta que un día, hace mucho tiempo, el primer humano se sentía desgraciado con su ser y acudió a Dios con una demanda: “Cambiemos los papeles por un solo día: yo seré Dios y tú serás un humano. Solo por un día”. Dios le pregunto: “¿No te da miedo?”. El humano respondió: “A mí no. ¿Y a ti?”. Dios aceptó. Pero cuando el primer ser humano se vio Dios, se negó a volver a su condición humana. Y así hasta hoy. Desde entonces, Dios y el ser humano se encuentran con sus papeles invertidos, y ni el uno ni el otro encuentra su paz o su ser verdadero. El humano divinizado se aferra a su conquista; el Dios humanizado lamenta su pérdida. Ambos son desdichados.

¿Qué es, pues, ser humano y ser divino? ¿Encontrará nuestra especie la felicidad que busca mientras la busque en la conquista del poder? Y aun suponiendo que lo conquiste, ¿a quién beneficiará? Ahora bien, es imposible que, en la pugna por el poder, lo alcancen todos. ¿Quién lo alcanzará, pues, y qué será de quienes no lo alcancen? ¿Quién accederá al privilegio divino de la vida sin fin, a la posesión de toda la información y al ejercicio de todos los poderes? ¿Y qué hará con el resto esa élite “divina” omnipotente? ¿Qué pasará si el Homo Deus hace con nuestra especie lo que nosotros hemos hecho con todas las demás? Certificaría el definitivo fracaso evolutivo del Homo Sapiens. El horizonte me aterra.

Tal vez he trazado una historia y un futuro del Homo Sapiens de tintes demasiado pesimistas. No obstante, creo profundamente en la potencialidad inagotable que alberga la materia, y creo en las posibilidades ilimitadas de la evolución. También en sus riesgos. Cada posibilidad está acompañada de un riesgo. Las posibilidades y los riesgos de la evolución en la Tierra dependen hoy, como nunca hasta ahora, de esta especie maravillosa y contradictoria que somos. Y creo firmemente que lo mejor puede prevalecer sobre lo peor, pero solo si aplicamos en ello todas nuestras energías.

Las ciencias serán indispensables para hacer que la vida sea mejor, e incluso para mejorar nuestra especie (salud, memoria, armonía, paz, humildad, bondad, felicidad…), para mejorar nuestra especie física, psíquica, espiritualmente. Buena falta nos hace.

Pero las ciencias no bastarán, pues siempre dependerá de quién las controle y a quien sirvan. Para que todas las mejoras lo sean de verdad, será también indispensable una espiritualidad profunda, que consiste en aprender a vivir la única humanidad divina, siendo más felices con menos, aceptando gustosos decrecer para ser en comunión solidaria con todos los vivientes empezando por los últimos, en el Corazón Divino desendiosado de todo lo Real. El Espíritu de La vida nos llama a hacer lo que podamos para que los seres posthumanos que vayamos a crear, cosa que parece segura, sean de verdad “divinos”, es decir, desendiosados. Es nuestro máximo reto espiritual y político, y lo debemos intentar aun en el caso de que sea tarde.

José Arregi

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“Nosotros” y “Ellos” (y III), por Enrique Martínez Lozano

Viernes, 30 de junio de 2017

colores-300x225El esquema de la Intolerancia y el Fanatismo

“La intolerancia es la angustia de no tener razón”
(Andréi Sajarov, físico nuclear y Premio Nobel de la Paz 1975).

La intolerancia cae en trampas tan elementales que son fácilmente perceptibles, excepto para la propia personalidad intolerante. Esta –a veces sin ser consciente- proyecta constantemente en otros sus propios “demonios interiores” o sombra no reconocida; se escuda cómodamente en la supuesta culpabilidad ajena y, de ese modo, evita asumir las propias responsabilidades frente a todo lo que le sucede; ignora que el sufrimiento –no hablamos de “dolor”- nace siempre de uno mismo y, en concreto, de la propia mente no observada; permanece en la creencia errónea que le hace pensar que somos “yoes separados” y que esa separación pertenece a nuestra identidad…

      Si tenemos en cuenta que la intolerancia y el fanatismo son hijos de la inseguridad afectiva y de la ignorancia original acerca de quienes somos, parece que solo podremos superarlos si damos pasos en estas cuatro direcciones: crecimiento en autonomía y seguridad personal, gracias a un trabajo psicológico hecho de autoacogida y autoaceptación; comprensión adecuada de la verdadera identidad, que trasciende por completo nuestra “personalidad” o la idea del “yo” que se ha hecho nuestra mente; vivencia de la no-separación radical –no dualidad es amor-, más allá de las diferencias, en la certeza de que no somos iguales, pero somos lo mismo, lo cual implica pasar de la consciencia mítica a la consciencia transpersonal; capacidad para comprender los errores propios y ajenos, como frutos de la ignorancia y, en último término, de la inconsciencia.

         Hace unos años, en un pequeño libro en el que trataba de plantear la relación entre “religión” y “espiritualidad”, escribía: “La intolerancia –que es directamente proporcional al sufrimiento psíquico no elaborado, a la inflación del ego y a un estadio de consciencia mítico- se nutre de la necesidad de tener razón y de la voluntad de poder, y se manifiesta como descalificación del otro”[i].

         Si esto es así, el camino de liberación pasa por la vivencia de la espiritualidad en su sentido más genuino. Porque, como ha escrito el estudioso Jorge Ferrer, “la espiritualidad consiste principalmente en un proceso transformador básico en el que descubrimos y nos desprendemos de nuestro narcisismo para entregarnos al Misterio a partir del cual todo se está manifestando constantemente… [Toda transformación espiritual auténtica] implica despojarse del narcisismo, del egocentrismo, del estar aislado en uno mismo, del interés por uno mismo[ii].

          Así entendida, la espiritualidad es abierta, flexible, pluralista, dialogante, incluyente, universal. No conoce el juicio, la condena ni la intolerancia. Nos sitúa en el camino de la experiencia y la búsqueda. Es coherente con nuestra condición humana, respetuosa con los otros y humilde ante el Misterio inefable. Y nos coloca en la actitud adecuada, porque nos capacita para acceder a nuestra verdadera identidad, que supera y transciende tanto el mito –entendido literalmente- como la inseguridad. Aquella identidad una y compartida, donde se revela la falsedad de la dicotomía básica –“nosotros” frente a “ellos”-, que, aunque sea inconsciente, es el origen de todo enfrentamiento. La dicotomía remite a una visión tribal de la vida –los “nuestros” son siempre los de la propia tribu-; la sabiduría, por el contrario, nos hace ver que lo único que hay es “nosotros”, ya que todos compartimos, no solo la misma suerte, sino la misma identidad profunda.

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[i] E. MARTÍNEZ LOZANO, La botella en el océano. De la intolerancia religiosa a la liberación espiritual, Desclée De Brouwer, Bilbao 2009, p. 41.

[ii] J.N. FERRER, Espiritualidad creativa. Una visión participativa de lo transpersonal, Kairós, Barcelona 2007.

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“Nosotros” y “ellos” (II), por Enrique Martínez Lozano

Jueves, 29 de junio de 2017

colores-1-300x300El esquema de la Intolerancia y el Fanatismo

“La intolerancia es la angustia de no tener razón”
(Andréi Sajarov, físico nuclear y Premio Nobel de la Paz 1975).

En cierto modo, la intolerancia –aunque injustificable- es “comprensible”, tanto desde el punto de vista cultural como desde el psicológico. Entre otras cosas, es un pre-juicio –en el sentido más literal del término-, y sabemos que todo prejuicio es inconsciente, lo que hace muy difícil, si no imposible, trabajar sobre él.

         Por lo que se refiere al aspecto cultural, parece innegable que uno de los estadios de la consciencia –el llamado “nivel mítico”, que abarcaría al menos 10.000 años, desde el Neolítico hasta nuestra era, y que sigue presente en nuestras neuronas- se caracteriza por el etnocentrismo.

         En su último libro, Adolf Tobeña, catedrático de Psiquiatría de la Facultad de Medicina y del Instituto de Neurociencias de la UAB, propone el recurso a la psicobiología y las neurociencias para entender los nacionalismos[i]. En esa clave señala “el gregarismo, el etnocentrismo y la xenofobia, como resortes primordiales de los nacionalismos de base identitaria, pese a que se presenten con una impecable y engañosa modernidad”. Lo que –inconscientemente- persigue todo nacionalista es el sueño de “la república perfecta habitada por individuos perfectos”, algo, según él, no difícil de explicar a partir del estudio del cerebro y de la psicobiología.

    Para quien se halla en el nivel mítico de consciencia, su propio grupo es el depositario de la verdad en todos sus aspectos. Para ellos es claro que solo existe un modo correcto de pensar. Los otros se convierten automáticamente en seres equivocados y, por tanto, “inferiores”. Quedan descalificados de raíz. Ante ellos solo cabe una de estas posturas: convencerlos –“traerlos a la verdad”: el proselitismo de todo signo se asienta en esta creencia-, ignorarlos, conquistarlos o eliminarlos.

         Desde un punto de vista psicológico, es claro que la intolerancia y el fanatismo son hijos directos de la inseguridad afectiva. Quien padece inseguridad busca aferrarse a cualquier cosa que alivie su angustia, son frecuencia sin ser consciente de que la raíz de la misma se halla en un pasado lejano y tiene un componente esencialmente afectivo. No es exagerado afirmar que el fanatismo esconde la ausencia de vínculo seguro con la figura materna, que se halla en el origen de la inseguridad que resulta insoportable.

     La personalidad fanática o intolerante puede creerse en posesión de la verdad absoluta, como un modo de obtener una cierta sensación de seguridad. Ahora bien, como tal sensación es sumamente precaria e inestable, será incapaz de tolerar la discrepancia, porque la mera existencia de opiniones diferentes a la suya lo introducirá en una duda que no podrá afrontar. La personalidad insegura es incapaz de permanecer en la incertidumbre y de convivir en la diferencia.

   Sobre estas bases, es comprensible que la intolerancia y el fanatismo se hagan presentes en cualquier ámbito de la existencia humana: relacional, laboral, político, religioso… Hasta el punto de que, incluso en religiones que hacen del amor y de la unidad su primer mandamiento, conviven personalidades intolerantes y fanáticas que, no solo culpan de sus males a los otros, sino que en ocasiones llegan incluso a desear acabar con ellos.

    La historia sociopolítica y religiosa está llena de posturas dualistas y maniqueas que consideran a “los otros” como causantes de “nuestros” problemas. A partir de este diagnóstico no queda sino una acción hostil que trate de eliminar o, al menos, reducir y silenciar al diferente, en comportamientos xenófobos de todo tipo.

   En cierto modo, podría decirse que, en esos planteamientos dualistas, un componente básico de la identidad del “nosotros” consiste justamente en la oposición a “los otros”. Hasta el punto de que un “enemigo” común más fuerte es capaz de unir en una misma lucha a enemigos que parecían irreconciliables entre sí. A este respecto, Yuval Harari, el historiador israelí ya citado, cuenta que el día del desfile gay en Jerusalén, organizado por la comunidad LGTB, es “el único día de armonía en la ciudad”: religiosos judíos, cristianos y musulmanes se ven poderosamente unidos en una causa común; todos se enfurecen a la vez y con la misma intensidad contra dicho desfile.

     Con el grito, reiterado y cansino, de “America first”, Donald Trump no hace sino intentar construir una identidad sobre la base de la oposición o incluso el rechazo de “los otros”, a quienes se culpa de todos los males propios.

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[i] A. TOBEÑA, La pasión secesionista. ¿El ímpetu secesionista nació a partir de un enamoramiento colectivo?, ED Libros, Barcelona 2017.

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“Nosotros” y “ellos” (I), por Enrique Martínez Lozano

Martes, 27 de junio de 2017

isla-300x200El esquema de la Intolerancia y el Fanatismo

“La intolerancia es la angustia de no tener razón”
(Andréi Sajarov, físico nuclear y Premio Nobel de la Paz 1975).

El psiquiatra y estudioso de la mente Daniel Siegel, en uno de sus libros, cuenta un antiguo chiste judío, que bien puede servir de pórtico a las reflexiones que siguen. Cuando fue rescatado, un hombre que había estado veinte años viviendo en una isla desierta, preguntó a los rescatadores si les gustaría ver las estructuras que había construido. Les enseñó su modesto hogar en un pequeño valle, una biblioteca, un templo en lo alto de la colina, una zona para hacer ejercicio al pie de la misma, y otro templo cerca de la playa. Cuando los rescatadores le preguntaron por qué había construido dos templos siendo el único habitante de la isla, la respuesta fue inmediata: “¡Porque nunca sería miembro de otro templo!”[i].

El guión que rige cualquier actitud intolerante es sumamente simple: consciente o inconscientemente, divide a la humanidad en dos grupos que considera radicalmente enfrentados. De una parte, estaríamos “nosotros”, que nos hallamos en la verdad y somos merecedores de atención y cuidado, de respeto e incluso admiración; de la otra, se encontrarían “ellos”, quienes están forzosamente equivocados porque pertenecen a un grupo que no tiene arreglo.

Con frecuencia aparecen campañas en las que esta dinámica se muestra con total claridad. Nombraré solo dos hechos recientes que han producido un eco notable en la sociedad.

La asociación “Hazte Oír” sacaba a la calle un autobús en el que, bajo apariencia de “neutralidad” biológica –“los niños tienen pene, las niñas tienen vulva” –, transmitía un rechazo condenatorio a lo diferente, sin ser conscientes del dolor que tal rechazo provoca en personas transexuales. Como si todo aquello que atenta contra las propias creencias o posicionamientos fuera erróneo y hubiera que descalificarlo y eliminarlo. En el fondo, lo que late es muy simple: “puesto que «nosotros» estamos en la verdad, «ellos» están en el error”.

Por las mismas fechas, en un desafortunado e incluso torpe programa de EiTB (Euskal Irrati Telebista, la cadena de radiotelevisión pública vasca), se hablaba despectivamente de “los españoles” –a quienes se tachaba de “fachas”, “paletos”, “chonis” y “atrasados”, además de “mongolos” –, en contraposición con “nosotros” –los “privilegiados” miembros de un pueblo “superior” –. Bastaría un mínimo de distancia para observar, no solo que tales percepciones únicamente pueden nacer de una consciencia mítica (tribal), sino que, irónicamente, se proyecta –y, por tanto, se percibe– en los otros justamente aquello que se da –reprimido e inconsciente– en uno mismo. Siempre ha sido un recurso fácil el del “chivo expiatorio” para condenar fuera lo que no se quiere aceptar como propio. Una vez más, la misma dinámica: “ellos” frente a “nosotros”.

Por lo que se refiere al campo religioso, tendría que alertar el hecho de que cada grupo asume la convicción de que cree en la “verdad”, mientras que son solo todos los demás los que creen en supersticiones. De ese modo, lo que para una comunidad religiosa es una verdad incuestionable, para otra no pasa de ser una superstición insostenible. Hasta ahí llega el etnocentrismo mítico.

En un marco más amplio, resulta profundamente significativo que en muchas culturas se haya reservado el término “humanos” para referirse exclusivamente a los miembros del propio grupo o etnia. Los otros eran no-humanos o menos humanos, por lo que se justificaba de entrada cualquier acción que se pudiera emprender en su contra. La posible empatía quedaba de ese modo cortada de raíz.

A este propósito, el historiador israelí Yuval Noah Harari, en un libro sumamente interesante, escribe:

“La evolución ha convertido a Homo sapiens, como a otros animales sociales, en un ser xenófobo. Instintivamente, los sapiens dividen a la humanidad en dos partes: «nosotros» y «ellos». Nosotros somos personas como tú y yo, que compartimos idioma, religión y costumbres. Nosotros somos responsables los unos de los otros, pero no responsables de ellos. Siempre hemos sido distintos de ellos, no les debemos nada. No queremos ver a ninguno de ellos en nuestro territorio, y nos importa un comino lo que ocurra dentro de sus fronteras. Ellos apenas son humanos. En el lenguaje de los dinka del Sudán, «dinka» significa sencillamente «personas». Los que no son dinka no son personas. Los enemigos acérrimos de los dinka son los nuer. ¿Qué significa la palabra «nuer» en el idioma de los nuer? Significa «personas originales». A miles de kilómetros de los desiertos del Sudán, en las frías y heladas tierras de Alaska y el nordeste de Siberia, viven los yupik. ¿Qué significa «yupik» en el lenguaje de los yupik? Significa «personas originales»[ii].

 

Enrique Martínez lozano

 


[i] D.J. SIEGEL, Viaje al centro de la mente, Paidós, Barcelona 2017, p.226.

[ii] Y.N. HARARI, Sapiens: De animales a dioses. Breve historia de la humanidad, Debate, Barcelona 2014, p.219-220.

Fuente Fe Adulta

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