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“Gnosticismo y pelagianismo o donde solo cuento yo”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Miércoles, 20 de febrero de 2019

cosmos-alienigenaDe su blog Nihil Obstat:

En el capítulo segundo de su exhortación Gaudete et exultate, el Papa Francisco se refiere a “dos sutiles enemigos de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo…, dos herejías que siguen teniendo alarmante actualidad… En los dos casos ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente”. O sea, en ambos casos sólo intereso yo.

¿Cómo traducir eso del gnosticismo? Se trata de una espiritualidad encerrada en uno mismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de conocimientos más o menos reconfortantes. Pero la perfección de las personas no se mide por sus experiencias intimistas o por profesar determinadas doctrinas, sino por la caridad. El encuentro con Dios no se realiza buscando en las profundidades de uno mismo (porque allí sólo se encuentra uno consigo mismo), sino saliendo de uno mismo y buscando el rostro de los hermanos necesitados, preguntándose qué puede hacer por ellos.

El gnóstico pretender tener respuestas a todas las preguntas y soluciones a todos los problemas. Se podría comparar a esos cristianos que recomiendan determinadas oraciones o prácticas piadosas como remedios infalibles que todo lo arreglan. Olvidan que Dios nos supera infinitamente, que siempre nos sorprende y que no se le puede manipular ni condicionar. “Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino”, dice el Papa. El gnóstico siempre “lo tiene todo claro”, sobre todo tiene claro dónde no está Dios. Se convierte así en juez de los demás. Y olvida que Dios está misteriosamente en la vida de todas las personas, aún cuando su existencia sea un desastre, o estén hundidas bajo el peso de vicios o drogas.

¿Cómo traducir eso del pelagianismo? Es la tentación de confiar sólo en las propias fuerzas, o de sentirse superiores por cumplir determinadas normas o por practicar un determinado estilo de ser católico. Olvida que no todos pueden todo, que en este mundo hay mucha gente débil y frágil. El pelagiano dice que confía en Dios, pero le falta humildad para reconocer su realidad concreta y limitada. “La gracia, precisamente porque supone nuestra naturaleza, no nos hace superhombres de golpe”. Porque tiene en cuenta nuestra naturaleza, la gracia puede parecer lenta. En realidad, actúa de forma histórica y progresiva.

El pelagiano pretende hacer valer sus buenas obras como merecedoras de la recompensa divina. Olvida que los santos evitan depositar la confianza en sus acciones: “En el atardecer de esta vida me presentará ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos”, decía Teresa de Lisieux. Todo lo que tenemos, empezando por la vida, es un regalo de Dios. Por eso, nada podemos alegar ante él. La buena actitud ante Dios es la acción de gracias y la admiración.

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“¿Somos pelagianos sin saberlo?”, por José Mª Castillo

Viernes, 4 de mayo de 2018

pelagioDe su blog Teología sin censura:

El papa Francisco, en su reciente Exhortación Apostólica “Gaudete et Exultate”, nos hace caer en la cuenta de que, quizá sin ser conscientes de lo que nos ocurre a muchos cristianos, en realidad estamos viviendo nuestro cristianismo a costa de recuperar y dar nueva vida a errores (y herejías), que fueron rechazados por la Iglesia, hace siglos. Pero resulta que ahora, aquellos errores de antaño se están rehabilitando, como si fueran las soluciones que necesitamos.

Por eso el Papa nos habla ahora del “pelagianismo actual”. Cualquier cristiano, medianamente cultivado, sabe muy bien que el pelagianismo es una herejía, que difundió el monje Pelagio, en el s. V. En pocas palabras, lo que enseñaba Pelagio es que no existe el pecado original y negaba la necesidad de la gracia de Dios. Porque el monje Pelagio entendía que la voluntad humana tiene un poder y una autonomía que le basta. De ahí que los pelagianos relativizaban o incluso negaban la necesidad de recibir sacramentos o de observar prácticas religiosas. Justamente lo que ahora piensa y hace mucha gente. Son los que no rezan ni van a misa. Porque ellos están persuadidos de que tienen voluntad y libertad para ser ciudadanos ejemplares. Otra cosa es que lo sean. Porque escandalosos y corruptos, los tenemos en abundancia.

Frente a estas ideas, el papa Francisco insiste, con toda razón, en que los pelagianos (antiguos y modernos) “en el fondo solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a los demás”. Con lo que, a mi modo de ver, los que piensan y viven así, cumplen al pie de la letra lo que dice el Papa. Ellos son los que tienen “la idea de que todo se puede con la voluntad humana”. Esto es lo que piensan y dicen. Pero ¿lo hacen?

Sabemos de sobra que la Iglesia ha ido cambiando en muchas cosas. Pero casi siempre con retraso. Y porque no ha tenido más remedio que cambiar. Por ejemplo, no hace mucho, el conocido historiador Frederic Lenoir nos recordaba que la Inquisición se abolió en el siglo XVIII, pero ¿por qué? ¿Acaso porque la institución tomó conciencia de su abominable comportamiento y decidió enmendarse? No. Simplemente porque ya no tenía los medios que necesitaba su voluntad de dominación. Porque la separación de la Iglesia y el Estado privó a la Iglesia del “brazo secular” en el que se apoyaba para quitarles la vida a los herejes (“El Cristo filósofo”, Madrid, Ariel, 29).

Pues algo parecido es lo que está ocurriendo ahora con esto del “pelagianismo actual”. Me explico. Mucha gente no ha pensado lo que sabiamente ha dicho Peter Sloterdijk: “sin una crítica de la verticalidad no podemos avanzar”. El “sistema vertical” ya no se sostiene. ¿Por qué? Mucha gente no ha caído en la cuenta del cambio seguramente más profundo que estamos viviendo. Un hecho que está cambiado la vida de la gente y que consiste en que el “poder opresor” está siendo sustituido por el “poder seductor” (Byung-Chul Han). Cuando yo veo la cantidad de gente que, por todas partes y a todas horas, va enganchada a la pantallita del móvil, y a eso le hacen más caso que a cualquier amenaza, me digo a mí mismo: ¡Esto es más serio y más determinante de lo que imaginamos!

La religión fue determinante mientras el poder opresor (el pecado, la culpa, el infierno…) tuvo la fuerza suficiente para influir en la vida de los creyentes. Ese poder y esa fuerza se han debilitado y cada día interesan menos y pueden menos. ¿Qué queda en pie? El poder seductor de lo que nos impresiona y nos atrae.

¿Por qué el papa Francisco atrae a tanta gente que ni tiene creencias religiosas? Por una razón muy sencilla. Porque tiene poder seductor. Es verdad que este papa tiene enemigos, sobre todo en los ambientes clericales y tradicionales. Por la sencilla razón de que esos ambientes han vivido, en gran medida, del poder opresor (de Dios, del obispo, del párroco, del pecado y del infierno). En la medida en que los “clericales” y “tradicionales” se quedan sin “poder opresor”, en esa misma medida se ven desarmados y tienen la impresión de que se hunden.

Por el contrario, si leemos y releemos las páginas de los evangelios, lo que allí se palpa es que Jesús tuvo un “poder seductor” irresistible. Lo más claro, en este sentido, es el poder que, en el Evangelio, tiene el “seguimiento” de Jesús. Basta una palabra, ”sígueme”. Eso es todo. Ni un programa de vida, ni un motivo, ni un ideal. Nada (D. Bonhoeffer). Y sabemos que, por la fuerza de esa palabra, la gente dejaba sus casas, sus familias, se olvidaba de comer, perdía toda seguridad…. La fuerza de la seducción era irresistible. Como insoportable fue, para los Sumos Sacerdotes y “hombres de la religión”, el poder seductor de Jesús. Hasta que decidieron matarlo (Jn 11, 47-53).

¿Pelagianismo actual? Como exactamente concluye Francisco, mientras “en cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado veamos presente la imagen misma de Dios”, y les tratemos en consecuencia, el futuro estará cada día más despejado. Una religión así, tiene y tendrá un poder irresistible.

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