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Miserabilismo y sumisión: neomovimientos pelagianos

miércoles, 30 de abril de 2025
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«Una Iglesia en la que las clases no comparten la mesa eucarística, acaba siendo una Iglesia clasista»

«La Nueva Era autoritaria ha extendido un nuevo fundamentalismo cristiano en el que conviven dos cosas: la retórica de la más extrema humillación y la reivindicación más supremacista de la cristiandad. Y se ha hecho a través de dos expresiones del pelagianismo: el poder de la miseria y la exaltación de la sumisión»

«La exaltación y exposición de la sumisión y la postración es una de las caras de este pelagianismo, que suele aparecer cuando crece la impotencia social. En el mundo ha crecido hasta niveles insoportables la impotencia de la gente común ante la desigualdad, la soledad, el militarismo, la tiranía, el populismo, etc.»

La Nueva Era autoritaria ha extendido un nuevo fundamentalismo cristiano en el que conviven dos cosas: la retórica de la más extrema humillación y la reivindicación más supremacista de la cristiandad. Y se ha hecho a través de dos expresiones del pelagianismo: el poder de la miseria y la exaltación de la sumisión. Mientras que la ascética del poder de la miseria ha surgido en clases precarias, entre la alta burguesía prospera la ascética de la sumisión.

La exaltación y exposición de la sumisión y la postración es una de las caras de este pelagianismo, que suele aparecer cuando crece la impotencia social. En el mundo ha crecido hasta niveles insoportables la impotencia de la gente común ante la desigualdad, la soledad, el militarismo, la tiranía, el populismo, etc. A la vez, por la alianza entre ultraderecha y religión ―y Trump es el máximo exponente actual como autocoronado rey divino― se ha quintuplicado desde la década de 1980 el ateísmo en todo el planeta. Y la gente demanda sinodalidad, superar el clericalismo, respeto a la libertad, personalización. La reacción del fundamentalismo religioso ha sido la ascética de la sumisión.

Necesitamos arrodillarnos y adorar solo a Dios, pero tras algunas prácticas de postración que han crecido en popularidad se puede estar colando una nostalgia del clericalismo, nostalgia del orden autoritario y exaltación de la humillación de la dignidad humana. Cuanto más pierde la alta burguesía la unión con el pueblo de Dios, más reivindica la ascética de la sumisión, y más desconfía de la sinodalidad. El problema es que la espiritualidad se ha despopularizado y una Iglesia en la que las clases no comparten la mesa eucarística, acaba siendo una Iglesia clasista. Y esa desvinculación es proporcional al auge y poder de los neomovimientos, y el abandono y desprestigio de la comunidad, pluralidad y sinodalidad parroquial y diocesana.

IMG_0746Trump reza en el Despacho Oval con sus consejeros 7 Margens

No es casualidad que esa ascética de la sumisión venga acompañada del hiperliderazgo del fundador líder perpetuo y el culto a su personalidad. Si el grado de postración de la gente es proporcional a la exaltación de su líder, hay que temer. La adoración de Dios nos libera de cualquier idolatría, y si, en vez de ello, produce idolatría del clero y su alzacuellos, la patria, la ideología, el poder, el orgullo identitario o el dinero, hay dentro una trampa que es necesario liberar.

El poder de la miseria

El pelagianismo también se expresa en los discursos del poder y la riqueza como camino de la esperanza: «si quiero, puedo», «si sueño, lo logro», «si encuentro mi talento, triunfo», «Cristo va a hacer que yo pueda todo», «tengo éxito, Dios está conmigo». Hace años en Kibera, el mayor suburbio pobre de África, me impresionó ver el nombre de una iglesia alzada en medio de toda aquella miseria: Los ganadores de Dios. No era irónico.

La ascética miserabilista busca llevar al sujeto lo más abajo posible, para luego levantarlo a lo más alto. Se insiste en la aniquilación de la persona: «no eres nada», «eres solo pecado», «eres malo», «el ser humano es una miseria», «eres un ser en manos del demonio». El mecanismo busca deprimir al sujeto haciéndole reconocer que es un miserable trozo de mal y nada, para luego, invocando la fuerza del Espíritu, prometerle el oro y el trono: «pero con Dios lo eres todo, lo lograrás todo, podrás todo, tendrás el poder de Dios».

Es el negativo de la Teología de la prosperidad, el reverso del mismo fenómeno. Si no tienes ya el éxito para proclamar la riqueza como signo de santidad, haz de tu miseria y precariedad la vía de salvación

No tener éxito y riqueza se debería, entonces, a que uno no se ha denigrado suficiente para recibir el poder de Dios. Es una ascética del poder de la miseria y la miseria del poder: cuanto más te hayas denostado, más probable es que recibas los poderes de ser como Dios. El sujeto se deja caer en un antiéxtasis de la miseria, se lanza ebriamente a la minusvaloración de sí mismo, hay una mortificación masoquista: el desprecio de sí mismo, produce un sucedáneo de consolación. Ya no es la economía ni la política la que te hace de menos, sino uno mismo como vía de santificación, y se impulsa a que uno radicalice esa denigración. El sistema social sale no solo indemne, sino reforzado. En este mecanismo de depresión y enaltecimiento, hay mucho de ebriedad dionisíaca en la que el ser humano acepta ser animalizado y despedazado, para poder hacerse luego con el mérito de la salvación. Es el negativo de la Teología de la prosperidad, el reverso del mismo fenómeno. Si no tienes ya el éxito para proclamar la riqueza como signo de santidad, haz de tu miseria y precariedad la vía de salvación.

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En el fondo es un recurso mágico: cuanto más sacrifiques la autoestima, automáticamente se llenará lo vaciado con poder divino. Es un pelagianismo inverso: no lograrás la salvación con las conquistas de tu poder, sino con el poder de denigrarte y someterte. Paradójicamente, se usa la miseria como poder.

Y lo que siempre acompaña esta hiperhumillación es la exaltación del poder del pastor. Cuanto más empobrece moralmente a la gente, más poder (y dinero) se pone en sus manos como mediador de Dios. Uno debe infamarse más y someterse más al poder no solo de dios, sino también del líder, el clérigo o el predicador.

En vez de llevar a la gente a la lucha social, convierte la miseria en culpa del individuo, que aprende la indefensión

En Estados Unidos se generalizó entre las poblaciones afroamericanas más deprimidas como sublimación de su miseria social, y luego se ha extendido como un modo de consuelo y legitimación de la más obscena desigualdad del mundo. Bajo capa de humildad, se quiere llevar a la gente al poder que psicológicamente compense tanta precariedad. En vez de llevar a la gente a la lucha social, convierte la miseria en culpa del individuo, que aprende la indefensión, se humilla todavía más, ha denostado todavía más lo que en él hay de creación divina regalada, innata, permanente, inquebrantable.

Jamás el miserabilismo ni la sumisión han traído justicia ni paz. En los tiempos que vivimos, es necesario estar vigilantes porque una nueva cultura autoritaria está en posesión de los mayores poderes del mundo, sean pantallas, modelos educativos o tentadoras espiritualidades al servicio del crudo poder. Y siento tras escribir esto que la única vía para curarnos y permanecer atentos es profundizar en la espiritualidad eucarística de la mesa común extendida y abierta en la plaza del pueblo.

Fuente Religión Digital

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“ Jesús, ¿un coach para tu éxito?, ¿qué éxito?”, por Rubén Bernal

martes, 1 de febrero de 2022
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Todo gira en torno a la nueva imagen de Dios que se revela en la cruz de Jesús: una imagen paradójica que mostraba su fuerza en la debilidad (2Co 12,9-10), su sabiduría en la simpleza (1Co 1,23-35), su riqueza en la pobreza (2Co 8,9), su divinidad en la humillación (Flp 2,6-8). [1]

La teología evangélica sensible a la theologia crucis que no se deja seducir por el ángel de luz de la theologia gloriae apenas existe en el contexto devocional hispanohablante. Este contexto aún bebe mayoritariamente (con grandes excepciones) de los planteamientos triunfalistas de la versión evangelical de la american religion y sus libros de superventas traducidos a nuestra lengua. El triunfalismo, el éxito, el poder, la fuerza… todo lo contrario al camino de Jesús se presenta como el paradigma que la Iglesia debe seguir. Incluso eso de «negarse a uno mismo», no está permitido en estos modelos de importación.

Si a veces, en el ámbito evangélico, quedan suficientemente desenmascarados aquellos rasgos de la teología de la prosperidad a los que no se debe sucumbir, por desgracia los planteamientos triunfalistas son todavía asumidos acríticamente. Estos vienen reforzados por personas famosas del mundo de la fe, cantantes, escritores, predicadores, locutores radiofónicos… ¿a caso van a estar equivocados tantos patrocinadores de productos de consumo espiritual?

¿Cuántos proyectos y modelos de «éxito» ajenos al seguimiento a Jesús tratan de venderle hoy a la Iglesia? ¿Cuántos proceden de esquemas del mundo empresarial definiendo el éxito por los resultados?, ¿cuántos asumen paradigmas piramidales?, ¿cuántos toman para la vida de fe patrones de dudosos libros de autoayuda?, ¿cuántos tienen ideas sobre el liderazgo que poco o nada tienen que ver con el Nazareno?, ¿cuántos toman elementos prescindibles de determinado tipo de coaching? Pensaba que eso era una moda de los años noventa y de la primera década del dos mil, pero estaba equivocado, sigue aunque con palabras nuevas.

Dios no entiende el éxito como lo entiende el mundo, los parámetros del reinado de Dios no son los mismos que la sociedad tiene como guía. No se debe olvidar que nuestra victoria consta en una cruz, en el Logos humanado que es ejecutado como un criminal. Tomar nuestras cruces y negarnos a nosotros mismos no es la vida de éxito que promocionan autores de blancas sonrisas, que anuncian haber descubierto secretos ocultos que casualmente nadie los conocía en todos estos años de cristianismo. Eso sí, en sus castillos de humo encontraremos algunos versículos por aquí y por allá, desanclados de sus contextos y empleados como recetas mágicas, como fórmulas de conquista bajo el eufemismo de «principios bíblicos».

Estos vendedores de éxito que quieren sacar «todo tu potencial» centran la atención mayormente en ellos, en la legitimidad y garantía que dan sus años de experiencia, su longevidad en el ministerio, sus logros, sus alcances, sus finanzas (¡cómo no!), su sonrisa… no hay centralidad en Cristo ni en su cruz. Son ellos los que tienen la receta para tu éxito personal. En tal caso, para restarse algo de protagonismo, aparece un Jesús amaestrado a capricho, un Jesús adiestrado como efecto de marketing para ratificar el producto, pero el resultado no deja de ser un éxito conforme el espíritu de este mundo.

Jesús Misionero 0001El programa de Jesús, su proyecto, no es capitaneado por el sistema de este mundo, su reinado «no es de este mundo», es más, consecuentemente, la Iglesia no debe funcionar desde paradigmas triunfalistas, ni descansar en el poder político, ni en el poder económico, ni en el poder de los medios de comunicación, ni en la fuerza bruta, ni promoverse desde palabras persuasivas de humana sabiduría, ni en la charlatanería, ni en el potencial humano de tu liderazgo, ni en las mejores luces de colores, ni en el mejor logotipo para pulseras y camisetas… Buscamos la excelencia, desde luego, hacer las cosas lo mejor posible y con la mejor calidad, pero tanto nuestro modelo como nuestra confianza están en Jesucristo.

El reinado de Dios, parece funcionar como un mundo al revés, va a la contra de lo que nuestra sociedad y cultura entiende como éxito (aunque para nosotros, los creyentes, sí sea un éxito). Reconocemos a Jesús como nuestro rey, pero él no tiene nada que ver con la forma en la que reinan los reyes de este mundo. Él mismo se desmarcó de ciertas suposiciones que la gente tenía sobre el mesianismo regio (davídico). Estas palabras de Jesús en el evangelio de Lucas son maravillosas:

Jesús les dijo: ―Los reyes de las naciones oprimen a sus súbditos, y los que ejercen autoridad sobre ellos se llaman a sí mismos benefactores. No sea así entre vosotros. Al contrario, el mayor debe comportarse como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque, ¿quién es más importante, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está sentado a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre vosotros como uno que sirve. (Lc 22,25-27)

Nuestro maestro, ¡nuestro rey! cambió los roles, y vivió como un sirviente porque el reinado de Dios es… como el mundo al revés.

Cuando Pedro reconoció a Jesús como el Mesías (Mt 16, 15-17), Jesús le indicó, junto al resto de discípulos, que su tipo de mesiazgo no se parecía en nada a lo que en la sociedad se esperaba. No iba a ser el mesías militar ni político que muchos ansiaban tener, por tanto, no impondría el reinado de Dios mediante el poder o la autoridad belico-política. Jesús se desmarcó de esa idea tan arraigada en el judaísmo de su época, pero muchos creyentes en la actualidad revisten (¡disfrazan!) a Jesús de esa falsa imagen mesiánica que el mismo rechazó. En las actuales tensiones políticas puede verse. Por su parte, Jesús propondría un camino alternativo, asumiría la vía del siervo sufriente expresada en Isaías (cf. Is 42,1-7; 49,1-9; 50,4-11; 52,13-53,12). Este modelo de Jesús es también modelo para su Iglesia.

En aquel momento, Jesús les siguió enseñando a sus discípulos que, en vez del prestigioso favor y apoyo de las autoridades religiosas (que lógicamente serían para la sociedad personas autorizadas y de renombre que darían públicamente garantías de su mesiazgo), lo que tendría de ellos sería su rechazo y feroz oposición, tal es así, que le conducirán a la muerte (Mt 16,21). ¿Es esto un modelo de éxito según el mundo?, ¿no sería considerado un fracaso? pues en este «aparente fracaso» está nuestra victoria. ¡Crux sola est nostra theologia!

A Pedro, a pesar de que había confesado un rato antes a Jesús como el Mesías, no le encajó esta enseñanza. Pedro ve que, lo que dice Jesús de sí mismo es muy duro, no se parece en nada a las expectativas mesiánicas triunfalistas que él, como judío, deseaba que Jesús cumpliera. ¿Cómo va a ser rechazado el Mesías? ¿Cómo va a ser llevado a la muerte? Por eso dijo: «Señor, ten compasión de ti mismo. ¡En ninguna manera esto te acontezca» (v.22). Lo que Pedro no sabía es que sus palabras estaban planteadas desde otro modelo de mesiazgo, uno cómodo, triunfalista, uno similar al que Satanás propone a Jesús en el relato de las tentaciones (Mt 4,1-11).

Aunque no me quiero extender aquí para desarrollarlo, la mayoría de especialistas entienden las tentaciones en el desierto como una forma seductora de enfocar el ministerio mesiánico de Jesús, una seducción a los medios políticos, económicos-materiales y religiosos. Tanto Satanás en Mt 4 como Pedro ahora, representan la idea de ambición y dominio que tienta a los seres humanos. Ambos tientan a Jesús a abandonar el modelo de siervo sufriente con el que se identifica y adoptar un camino fácil. No es casual que Jesús diga a Pedro: «apártate de mí, Satanás!» (v.23).

En el evangelio de Lucas, vemos que el programa de Jesús, su proyecto vital que anuncia en la Sinagoga de Nazaret (Lc 4,14-30), viene presentado justo después de las tentaciones en el desierto, para que de ese modo el programa satánico de poder y triunfalismo sea contrastado con el que Jesús toma de Isaías 61.

Cuando Jesús lee al profeta Isaías, presenta el modelo mesiánico que va a seguir, y ese modelo no es el de un líder de éxito, bajo el estilo de una vida fácil o el estilo de un dictador al que todos sirven. Él no vino para lucrarse, ni para escalar en grandes posiciones sociales, ni para ser servido, vino para servir y darse enteramente por amor (Cf. Mt 20,28).

En vez de un modelo exitoso conforme a los parámetros del mundo, vemos que su propuesta, vivida hasta las últimas consecuencias, va a tener mucho rechazo. Es un rechazo que vemos a lo largo de su ministerio, que le conduce a la cruz.

En este pasaje de Lucas donde Jesús presenta su programa en la sinagoga, vemos ya, en el v.29 que después de oírle, los asistentes quieren tirarle por un acantilado.

Ir contra viento y marea es duro, es incómodo. Ir a la contra del sistema y de los poderes de este mundo es gratificante cuando estamos en el camino de fe, pero es duro, te toca cargar con tu cruz en vez de vivir cómodamente sin complicarte. Y es que, quien quiera salvar su vida guardándose de complicaciones, viviendo para sí mismo, buscando acrecentar su potencial desde paradigmas de nuestro mundo, estará perdiendo su vida. En cambio, quien rechaza eso de vivir egoístamente, buscando el bien propio, quien rechaza salvar su vida para servir a la causa de Cristo y del reinado de Dios, habrá descubierto realmente la vida plena (Mt 16,25-26).

Según Lucas 4, después de sufrir las tentaciones triunfalistas de poder, riqueza, milagrería… el proyecto de Jesús es perfilado con claridad: le corresponde transitar un camino peligroso donde muchas veces tendrá que ir a la contra de los poderes del sistema humano. A nosotros, a su Iglesia, nos corresponde seguir a Jesús, pues somos, nada más y nada menos, que su cuerpo actuando en el mundo, que recibe las mismas tentaciones que él recibió, las cuales nos toca también superar.

Pido que tengamos criterio, discernimiento del Espíritu, para dejar de tragarnos modelos exitosos que nada tienen que ver con la dirección que debe tener la Iglesia según el propio programa marcado por Jesús.


[1] C. GIL ARBIOL; «El fracaso del proyecto de Pablo y su reconstrucción». Estudios Bíblicos LXXIII (2015), p.377.

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6987F026-6E11-4B89-B523-79246B737748Rubén Bernal Pavón (Málaga, España), es graduado en Teología por la Facultad de Teología SEUT (Madrid) con un máster en Teología Fundamental por la Universidad de Murcia. Ha realizado estudios teológicos en el Instituto Superior de Teología y Ciencias Bíblicas CEIBI (Santa Cruz de Tenerife). Tiene una diplomatura en Religión, Género y Sexualidad por UCEL/GEMRIP (Rosario, Argentina). Pastor de la Iglesia Protestante del Redentor de Málaga (IEE). Rubén es uno de los directores de Lupa Protestante.

Fuente Lupa Protestante

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¿Quién soy?

lunes, 17 de junio de 2019
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La pregunta que orienta, durante nuestra breve existencia, gran parte de nuestro comportamiento es la siguiente: «¿Quién soy?». Es posible que nos planteemos en raras ocasiones esta pregunta de modo formal, pero la vivimos de una manera muy concreta en las decisiones que hemos de tomar todos los días. Las tres respuestas que solemos dar, por lo general, son éstas: «Somos lo que hacemos, somos lo que los otros dicen de nosotros, somos lo que tenemos» o, con otras palabras: «Somos nuestro éxito, nuestra popularidad, nuestro poder».

Es importante que nos demos cuenta de la fragilidad de una vida que dependa del éxito, de la popularidad y del poder. Su fragilidad deriva del hecho de que los tres son factores externos, unos factores que podemos controlar de un modo bastante limitado. Perder el trabajo, la fama o la riqueza depende a menudo de acontecimientos que escapan por completo a nuestro control; ahora bien, cuando dependemos de ellos, nos hemos malvendido al mundo, porque somos lo que el mundo nos da. Y la muerte nos quita todo eso. La afirmación final se convierte en ésta: «Cuando muramos, estaremos muertos», porque cuando muramos no podremos hacer ninguna otra cosa, la gente ya no hablará de nosotros y ya no tendremos nada. Cuando seamos lo que el mundo hace de nosotros, no podremos ser después de haber dejado este mundo.

Jesús vino a anunciarnos que una identidad basada en el éxito, en la popularidad y el poder es una falsa identidad: es una ilusión. Jesús dice alto y fuerte: «No seáis lo que el mundo hace de vosotros, sino hijos de Dios»

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H. J. M. Nouwen,
Vivir en el Espíritu,
Brescia 19984, pp. 131s

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¿Éxito?

jueves, 18 de enero de 2018
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Del blog de Henri Nouwen:

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«Existe una gran diferencia entre tener éxito y ser fructífero.

El éxito es producto de la fuerza, del control, de la respetabilidad. La persona de éxito posee la energía necesaria para crear algo, controlar su desarrollo y difundirlo masivamente. El éxito proporciona muchas recompensas y, frecuentemente, la fama.

Los frutos, sin embargo, nacen de la debilidad y la vulnerabilidad. Y los frutos son únicos. Un niño es un fruto concebido en la vulnerabilidad, la comunidad es el fruto de la desunión compartida y la intimidad es el fruto que crece gracias a compartir nuestras heridas.

La verdadera alegría nace de dar fruto, no del éxito.»

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Henri Nouwen

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La figura del crucificado es extraña…

miércoles, 27 de julio de 2016
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Crucificado

La figura del juzgado y crucificado es extraña y, en el mejor de los casos, digna de compasión para un mundo en el que el éxito es la medida y justificación de todas las cosas. El mundo quiere y debe ser vencido por el éxito. No son las ideas o los sentimientos sino las acciones los que deciden. Sólo el éxito justifica la injusticia realizada. La culpa cicatriza en el éxito. […] Ningún poder de la tierra osará atribuirse con tanta libertad y autonomía el principio de que el fin justifica los medios, como lo hace la historia. […]

Allí donde la figura de alguien exitoso se hace especialmente visible, la mayoría comete el pecado de la idolatría del éxito. Se convierte en ciega ante el derecho y la injusticia, verdad y mentira, decencia e infamia. La mayoría sólo ve la acción, el éxito. La capacidad de juicio ético e intelectual se mella ante el brillo del éxito y ante el deseo de participar de algún modo de este éxito. Hasta se llega a ignorar que la culpa cicatriza con el éxito, precisamente porque ya no se conoce la culpa. El éxito es el bien sin más. Esta actitud es excusable y auténtica sólo en el estado de embriaguez. Después de haberse impuesto la lucidez se la puede adquirir solamente en el caso de una profunda mendacidad interna, de un consciente autoengaño. Entonces se llega a una corrupción interna de la que es muy difícil lograr la curación. […]

La figura del Crucificado desvirtúa totalmente todo pensamiento orientado en el sentido del éxito, pues es una negación del juicio. Ni el triunfo del exitoso ni el odio amargo del fracasado contra el exitoso podrán vencer al mundo. Jesús no es ciertamente abogado de los exitosos en la historia, pero tampoco dirige la insurrección de las existencias fracasadas contra los que tuvieron éxito. En él no se trata de éxito o fracaso, sino de la aceptación voluntaria del juicio de Dios. Sólo en el juicio se da la reconciliación con Dios y entre los hombres. A todo pensamiento en torno al éxito y fracaso Cristo contrapone al hombre juzgado por Dios, tanto exitoso como fracasado. Dios juzga al hombre porque por puro amor quiere que el hombre siga existiendo ante él. Se trata de un juicio de gracia, que Dios en Cristo trae a los hombres. Frente al exitoso, Dios muestra en la cruz de Cristo la santificación del dolor, de la bajeza, del fracaso, de la pobreza, de la soledad, de la desesperación. No como si todo esto tuviera valor en sí mismo, sino que todo ello se santifica por el amor de Dios, que lo toma sobre sí a modo de juicio. El sí de Dios a la cruz es el juicio sobre el exitoso. […] El que precisamente entonces la cruz de Cristo, es decir, su fracaso en el mundo, conduzca nuevamente al éxito histórico es un misterio del gobierno divino del mundo, del que no puede establecerse regla alguna, pero que se repite una y otra vez en los sufrimientos de su comunidad.

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Dietrich Bonhoeffer
Etica, Ed. Trotta, págs 77-79

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