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«Espíritu vivificante», por Juan Masiá sj

lunes, 25 de mayo de 2015
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glbt_dove_tshirt-p235260188737991058q6vb_400De su blog Vivir y Pensar en la Frontera:

(Homilía en la Vigilia de Pentecostés)

El Espíritu desvelador de la Verdad os guiará por el camino
hacia la plenitud de la verdad (Jn 16, 13).

Espiritualidad es despertar a la vida. Espiritualidad cristiana es despertar a la realidad del Espíritu de Vida, que manifiesta a Jesús como Rostro y Símbolo de Abba, el Dios Padre y Madre.

El Espíritu transforma nuestra conciencia para reconocer por fe a Jesús, El Que Vive y hace vivir.

El Espíritu desvelador de la Verdad os guiará por el camino hacia la plenitud de la verdad (Jn 16, 13). Nos encaminará a la totalidad de la verdad, porque todavía no estamos en ella. Ninguna expresión social e histórica de espiritualidad puede arrogarse la exclusiva del Espíritu de Verdad.

Para la fe católica, la presencia del Espíritu “subsiste” (sub-sistit: está latente) también en la propia iglesia, pero sin que la Iglesia tenga monopolio sobre ella.

¿Creer en el Espíritu? Más bien, “creer desde el Espíritu”. ¿Creer a la Iglesia? Más bien, “creer en Dios, estando en la iglesia, comunidad reunida por el Espíritu, transmisora del mensaje de Jesús.

Nos santiguamos desde arriba hacia abajo: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu”; originalmente, la fórmula era ascendente: desde el Espíritu, por Jesús, al Padre: In Spiritu per Filium ad Patrem.

El Espíritu es símbolo de la presencia continua y activa en el mundo de la Fuente Creadora de la Vida. Ese Espíritu hace creer y orar diciendo: ¡Abba, Padre, Madre! (Rom 8, 15).

Espiritualidad , , ,

Lo que se requiere de tí.

martes, 19 de mayo de 2015
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Del blog de la Communion Béthanie:

2014 con Dios llama y Vivir por el Espíritu +

En 1932, dos mujeres entregan su existencia a Dios y reciben en su oración, día día, palabras de Vida. Dos libros van a nacer de este compañerismo con Cristo, que te proponemos descubrir a lo largo de este año.

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«Lo que se requiere de tí,

es revelar a los otros lo que es la vida del ser humano

cuando éste permite que el poder de mi Espíritu

lo inspire todo,

y es también la Alegría que resulta de ello

y que transforma su vida. «

*

15 de mayo, Vivir por el Espíritu.

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Ama

sábado, 16 de mayo de 2015
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Ama.
Ámame.

Si me amas, déjame escapar.
Si amas a tus allegados, déjales partir.
Si amas a tus hijos, déjales levantarse.
Si amas a tus mayores, déjales irse.

Ama.
El alejamiento no impide la proximidad.
La ausencia no suprime la presencia.
La diferencia no prohíbe la alianza.
La soledad no rechaza la solidaridad.

Ama.
El silencio no interrumpe la palabra.
La sombra no apaga la luz.

Amaos unos otros.
Aliviaos unos otros.
Inventaos unos otros.
Elévate.
Crece.

Ama,
Y darás fruto.

Ama,
Y saborearás la paz.

Ama,
Y morirás la muerte.

Ama,
Y vivirás la vida.

Ama,
Y mi alegría vendrá a acariciarte.
Y esta alegría, te digo,
Nadie podrá quitártela.

*

Gabriel Ringlet

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«Hablar de la vida», por Gema Juan, OCD

domingo, 10 de mayo de 2015
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17111265399_19b8f04161_mDe su blog Juntos Andemos:

Hablar de la vida ante la muerte es arriesgado. Hay que hacerlo, porque lo merecen los perdidos y todos los que sufren la pérdida. Y porque el mundo está levantado sobre unos andamios que tienen tramos falsos y resquebrajados, que hay que transformar.

¿Cómo hablar de la vida ante cuatrocientas personas muertas en el mar, mientras intentaban alcanzar una vida mejor? ¿Y ante las enormes cifras que se han vuelto a sumar, convirtiendo el mediterráneo en una triste fosa común? ¿Cómo hacerlo tras la masacre de Kenia o de Nigeria o de…? ¿Cómo hablar ante tanta muerte sin sentido?

Un comunicado de Cáritas española decía que todos estos muertos no son anónimos, que «tenían nombre, familia. Eran dueños de su propia historia y de sus sueños. Eran seres humanos como nosotros, únicos e irrepetibles». Así es: no existen personas anónimas, no hay latitud en la que se carezca de nombre y rostro.

Jesús habló de la vida ante la muerte. Tuvo el valor de hacerlo, porque se ofreció como vida. Decía que tenía que anunciar una buena noticia en medio del sufrimiento, que para eso había sido enviado. Por eso, curaba y devolvía el aliento, cuando era posible. Pudo consolar y devolver la confianza, lo mismo a una mujer de un pueblecillo que a un jefe de la sinagoga. Y, en ambos casos, usó la fuerza de su bondad para aliviar el dolor.

Algo de eso animó a otra mujer, siglos después de que Jesús se pusiera a disposición de los sufrientes de la tierra, para aliviarles y mostrarles otra vida posible. En una pequeña ciudad francesa, Teresa de Lisieux –Teresita– escribía que su «deseo de salvar almas creció de día en día», desde que entendió que eso era lo que hacía el amor de Jesús.

Seguía los pasos de su Madre, Teresa de Jesús, que hablaba de la «caridad de los que verdaderamente aman este Señor y conocen su condición». Esos –decía– «¡Qué poco descanso podrán tener si ven que son un poquito de parte para que una alma sola se aproveche y ame más a Dios, o para darle algún consuelo, o para quitarla de algún peligro!».

Teresita había comprendido bien la vocación que Teresa de Jesús abrió en la Iglesia. Y había reconocido a Jesús como la vida misma. Había experimentado aquellas palabras del Viviente: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».

Comprendió que la fe –como decía Jesús– puede mover montañas. Que la confianza mueve el mundo y el amor sostiene las fuerzas que trabajan por el bien. Y, cuando se veía impotente ante el sufrimiento del mundo, ante las pérdidas humanas, decía: «Sufriendo se puede salvar almas».

¿Acaso creía Teresita en un Dios al que se podía satisfacer o conquistar con sufrimientos? En absoluto. Sentía muy vivo al Padre de Jesús, como Dios de bondad y misericordia, por eso decía: «Comprendo tan bien que fuera del amor no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que es el amor el único bien que ambiciono».

Lo que entendía es que unirse al Cristo vivo era seguir su camino y que lo que podía crear resurrección, en medio de los dolores del mundo, era dejar el propio descanso para cuidar a los demás. Sin ingenuidades ni heroísmos de hojalata, porque su experiencia profunda la privó de cualquier credulidad y ensoñación sobre la santidad.

Cuando Teresita diga que se sienta a la «mesa de los pecadores», será una proximidad verdadera la que tenga con los sufrientes del mundo. Ella que escribió: «Nunca hubiera creído que se pudiese sufrir tanto» sintió, también, que su descanso sería seguir trabajando por la vida de todos.

Así, llegará a decir: «Yo no puedo convertir mi cielo en una fiesta, no puedo descansar mientras haya almas que salvar», mientras haya seres humanos con nombre propio, sueños e historia que no pueden vivir a causa de unos andamios perniciosos, construidos por otros seres humanos.

Es necesario levantar otra estructura, para un mundo truncado por tantos cabos. Y, como decía Teresa y tan bien asimiló Teresita: «Cuando no puede con obras, con oración, importunando al Señor por las muchas almas que la lastima de ver que se pierden».

¿Se puede hablar de la vida? ¿Es posible vivir en la alegría? Sí, porque la fe en el amor puede ser más fuerte que todo el dolor y más tenaz que la persistencia del mal. Pero jamás –y así lo expresaba Teresita– habrá descanso ni gozo completo hasta que todos, sin excepción, encuentren el gozo y el descanso.

Espiritualidad , , ,

Debo decidirme, Señor.

sábado, 2 de mayo de 2015
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Días, semanas que reflexiono sobre eso,
Peso y sopeso los  diversos ingredientes,
Las ventajas y los inconvenientes.
Debo decidirme.

Lo que se dice de mí a veces,
Yo no soy de los que piensan, Señor,
Que tienes por anticipado la buena respuesta,
Y que me basta con buscarla.

Te tengo por demasiado respetuoso de nuestra libertad
Y cuidadoso de nuestra responsabilidad
Para decidir en nuestro lugar y sin nosotros.

Esto no significa que te desintereses de eso
Y no tengas opinión sobre la cuestión.
Los testigos de la Biblia y muchos de mis amigos
Están allí para recordármelo.

¿ La decisión que voy a tomar, Señor,
Corre el peligro de causar daño a los más débiles?
¿ Mi mirada no está limitada por lo inmediato,
Ciego a las consecuencias más lejanas?
¿ Carezco del valor  para asumir
lo que creo discernir como tu voluntad?

Tal es Señor mi debate interior.
Pacifícame. Simplifícame. Fortifícame.

Si la decisión tomada se revela mala,
dame la oportunidad de corregirlo.
Si se revela buena, dame lo necesario para asumirlo.

*

Michel Wagner,
Pastor de la Iglesia Reformada

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Creo

lunes, 27 de abril de 2015
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Del blog À Corps… À Coeur:

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Este discurso pronunciado por Martín Luther King en la recepción del Premio Nobel de la Paz de 1964 es un canto a la esperanza para todo hombre que cree en la fuerza liberadora del amor.

«Hoy, en la noche del mundo y en la esperanza de la Buena Nueva, afirmo con audacia mi fe en el futuro de la humanidad. Me niego a creer que las circunstancias actuales hagan incapaces a los hombres para hacer una tierra mejor. Me niego a creer que el ser humano no sea más que una brizna de paja azotada por la corriente de la vida, y sin tener posibilidad alguna de influir en el curso de los acontecimientos.

Me niego a compartir la opinión de aquéllos que pretenden que el hombre es, hasta un punto tal, cautivo de la noche sin estrellas, del racismo y de la guerra; que la aurora radiante de la paz y de la fraternidad no podrá nunca llegar a ser una realidad.

Me niego a hacer mía la afirmación cínica de que los pueblos irán cayendo, uno tras otro, en el torbellino del militarismo, hacia el infierno de la destrucción termonuclear.

Creo que la verdad y el amor sin condiciones tendrán la última palabra. La vida, aun provisionalmente vencida, es siempre más fuerte que la muerte. Creo firmemente que, incluso en medio de los obuses que estallan y de los cañones que retumban, permanece la esperanza de un radiante amanecer. Me atrevo a creer que, un día, todos los habitantes de la tierra podrán tener tres comidas al día para la vida de su cuerpo, educación y cultura para la salud de su espíritu, igualdad y libertad para la vida de su corazón. Creo igualmente que un día toda la humanidad reconocerá en Dios la fuente de su amor. Creo que la bondad salvadora y pacífica llegará a ser, un día, la ley. El lobo y el cordero podrán descansar juntos, cada hombre podrá sentarse debajo de su higuera, en su viña, y nadie tendrá ya que tener miedo. Creo firmemente que lo conseguiremos.»

*

Martín Luther King
en la recepción del Premio Nobel de la Paz, Octubre de 1964

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«La cultura capitalista es anti-vida y anti-felicidad», por Leonardo Boff, teólogo y filósofo

sábado, 25 de abril de 2015
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consumismo-y-capitalismoLeído en la página web de Redes Cristianas

La demolición teórica del capitalismo como modo de producción comenzó con Karl Marx y fue creciendo a lo largo de todo el siglo XX con el surgimiento del socialismo. Para realizar su propósito principal de acumular riqueza de forma ilimitada, el capitalismo agilizó todas las fuerzas productivas disponibles. Pero, desde el principio, tuvo como consecuencia un alto costo: una perversa desigualdad social. En términos ético-políticos, significa injusticia social y producción sistemática de pobreza.

En los últimos decenios, la sociedad se ha ido dando cuenta también de que no solamente existe una injusticia social, sino también una injusticia ecológica: devastación de ecosistemas enteros, agotamiento de los bienes naturales , y, en último término, una crisis general del sistema-vida y del sistema-Tierra. Las fuerzas productivas se han transformado en fuerzas destructivas. Lo que se busca directamente es dinero. Como advirtió el Papa Francisco en pasajes ya conocidos de la Exhortación Apostólica sobre la Ecología: «en el capitalismo quien manda ya no es el hombre, sino el dinero y el dinero vivo. La motivación es la ganancia… ganancia… Un sistema económico centrado en el dios-dinero necesita saquear la naturaleza para mantener el ritmo frenético de consumo que le es inherente».

Ahora el capitalismo ha mostrado su verdadera cara: estamos tratando con un sistema anti-vida humana y anti-vida natural. Y se nos plantea este dilema: o cambiamos o corremos el peligro de nuestra propia destrucción, como alerta la Carta de la Tierra.

Sin embargo, el capitalismo persiste como el sistema dominante en todo el globo bajo el nombre de macroeconomía neoliberal de mercado. ¿En qué reside su permanencia y persistencia? A mi modo de ver, reside en la cultura del capital. Eso es más que un modo de producción. Como cultura encarna un modo de vivir, de producir, de consumir, de relacionarse con la naturaleza y con los seres humanos, constituyendo un sistema que consigue reproducirse continuamente, poco importa en qué cultura venga a instalarse. Ha creado una mentalidad, una forma de ejercer el poder y un código ético. Como enfatizó Fábio Konder Comparato en un libro que merece ser estudiado A civlização capitalista (Saraiva, 2014): «el capitalismo es la primera civilización mundial de la historia» (p.19). El capitalismo orgullosamente afirma: «no hay otra alternativa».

Veamos rápidamente algunas de sus características: la finalidad de la vida es acumular bienes materiales mediante un crecimiento ilimitado producido por la explotación sin límites de todos los bienes naturales, por la mercantilización de todas las cosas y por la especulación financiera, realizado todo con la menor inversión posible, buscando obtener mediante la eficacia el mayor lucro posible dentro del más corto tiempo posible; el motor es la competencia impulsada por la propaganda comercial; el beneficiario final es el individuo; la promesa es la felicidad en un contexto de materialismo raso.

Para este propósito se apropia de todo el tiempo de vida del ser humano, no dejando espacio a la gratuidad, a la convivencia fraternal entre las personas y con la naturaleza, al amor, a la solidaridad y al simple vivir como alegría de vivir. Como tales realidades no importan en la cultura del capital, pero son ellas las que producen la felicidad posible, el capitalismo destruye las condiciones de aquello que se proponía: la felicidad. Y así no es sólo anti-vida sino también anti-felicidad.

Como se deduce, estos ideales no son propiamente los más dignos para el efímero y único paso de nuestra vida por este pequeño planeta. El ser humano no posee solamente hambre de pan y afán de riqueza; es portador de otras hambres como hambre de comunicación, de encantamiento, de pasión amorosa, de belleza y arte, y de trascendencia, entre muchas otras.

¿Pero por qué la cultura del capital se muestra así tan persistente? Sin mayores mediaciones diría: porque ella realiza una de las dimensiones esenciales de la existencia humana, aunque la elabora de forma distorsionada: la necesidad de autoafirmarse, de reforzar su yo, de lo contrario no subsiste y es absorbido por los otros o desaparece.

Biólogos e incluso cosmólogos (citemos apenas a uno de los mayores: Brian Swimme) nos enseñan que en todos los seres del universo, especialmente en el ser humano, prevalecen dos fuerzas que coexisten y se tensionan: la voluntad del individuo de ser, de persistir y de continuar dentro del proceso de la vida; para eso tiene que autoafirmarse y fortalecer su identidad, su “yo”. La otra fuerza es la de integración en un todo mayor, en la especie, de la cual el individuo es un representante, constituyendo redes y sistemas de relaciones fuera de las cuales nadie subsiste.

La primera fuerza gira alrededor del yo y del individuo y origina el individualismo. La segunda se articula alrededor de la especie, del nosotros y da origen a lo comunitario y a lo societario. Lo primero está en la base del capitalismo, lo segundo, en la del socialismo.

¿Dónde reside el genio del capitalismo? En la exacerbación del yo hasta el máximo posible, del individuo y de la autoafirmación, desdeñando el todo mayor, la integración y el nosotros. De esta forma ha desequilibrado toda la existencia humana, por el exceso de una de las fuerzas, ignorando la otra.

En este dato natural reside la fuerza de perpetuación de la cultura del capital, pues se funda en algo verdadero pero concretizado de forma desmesuradamente unilateral y patológica.

¿Cómo superar esta situación que viene desde hace siglos? Fundamentalmente recuperando el equilibrio de estas dos fuerzas naturales que componen nuestra realidad. Tal vez la democracia sin fin sea la institución que hace justicia simultáneamente al individuo (al yo) pero insertado dentro de un todo mayor (nosotros, la sociedad) del cual es parte. Volveremos sobre el tema.

Traducción de Mª José Gavito Milano

Cristianismo (Iglesias), General , , , , , ,

No te equivoques…

martes, 7 de abril de 2015
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Del blog de la Communion Béthanie:

2014 con Dios llama y Vivir por el Espíritu +

En 1932, dos mujeres entregan su existencia a Dios y reciben en su oración, día día, palabras de Vida. Dos libros van a nacer de este compañerismo con Cristo, que te proponemos descubrir a lo largo de este año.

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«Haz de la vida un todo que te obligue.

Qué cada etapa de la vida sea aceptada

hasta que haya logrado plenamente su fin,

es decir para que te haya enseñado

la paciencia, la armonía interior y la paz.»

*
El 11 de marzo, Vivir por el Espíritu.

***

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«Jesús Nazareno», por José Ignacio González Faus

sábado, 4 de abril de 2015
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Axmk6dZCMAA35w4En este Sábado Santo en el que el Silencio lo cubre todo, meditemos ante el sepulcro acerca de quién era este Hijo de Hombre y el por qué está ahí, que le llevó a estar muerto, frío, yacente ante nuestras lágrimas y las de su Madre

Dios “hecho hombre”, pero no simplemente hombre, sino Dios hecho esclavo

Paladear la humanidad de Jesús el Nazareno

Los propietarios del “proyecto de Dios” que él anunciaba son sencilla y únicamente los pobres

De su blog Miradas Cristianas:

Hace 70 años, desde una cárcel de Hitler, en momentos de desesperación tras el holocausto y años en guerra, uno de los grandes profetas de nuestro futuro, escribió que hay una razón para seguir amando a esta tierra sin desesperar: y es que ha producido a Jesús de Nazaret. Parecerá una afirmación exagerada, pero sorprende por venir de alguien tan sobrio y contenido como D. Bonhoeffer. ¿Quién era pues ese tal Jesús?

De los primeros testigos de su paso por la tierra quedan dos rápidas pinceladas: “no buscó su propio interés”; “pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos”. De quienes recogieron recuerdos de su vida y los sistematizaron en forma de biografías-invitaciones a la fe, podemos destacar algunos rasgos:

Procedía de un pueblo pequeño casi desconocido. No tuvo estudios especiales, trabajó durante años en cosas de albañilería. Un buen día comenzó a recorrer su tierra anunciando que es posible otro mundo si nos decidimos a mirar a Dios con una palabra que, a la vez, denota el máximo de familiaridad y cercanía, pero también la imposibilidad de disponer de Él: pues, llámesele padre o madre, lo es de todos, no sólo mío. Otro de sus biógrafos presenta como programa de su vida unas palabras del profeta Isaías: “el Espíritu de Dios está sobre mí… para anunciar una buena noticia a los pobres y liberación a los oprimidos”.

En consonancia con este programa, solía comer públicamente con “gentes de malvivir”, desafiando una costumbre de su época de públicos banquetes ostentosos de las clases altas. Se le conoce amistad y cercanía con algunas prostitutas, a las que liberó de su esclavitud, pero de las que decía que estaban más cerca de Dios que sus oyentes. Defendió a las mujeres, rechazando el derecho al repudio que se atribuían los hombres de su época, y abriendo a la mujer el estudio de la “Ley de Dios”, que su sociedad reservaba a solos los machos.

Fue también un terapeuta innegable, pero provocativo: parece que prefería curar en días “de precepto”, como si quisiera mostrar que los enfermos tienen derecho a no esperar más, porque su salud es más importante que la guarda de preceptos cúlticos. Una de las expresiones que más se dicen de él es que “se le conmovieron las entrañas”.

Junto a esa práctica de misericordia tenía a veces un lenguaje duro y provocativo: enseñaba a no llamar a nadie padre ni señor: porque los hombres (aunque tengamos funciones diversas) somos todos hijos de un mismo Padre y tenemos un único Señor que es Dios. Armó una escandalera en el “vaticano” de su época, alegando que el culto a Dios no debe ser ocasión de comercio. Su visión de los hombres cabe en un palabra que sólo se ha conservado en sus labios: hipócritas (aunque esa acusación la dirigió sobre todo a los poderes religiosos). Pese a ello, exhortaba a ser misericordiosos como el Dios que Él anunciaba.

Su regalo era siempre la paz; y tenía una extraña concepción de la felicidad, que prometía a quienes opten por los condenados de la tierra desde una actitud de misericordia que genera hambre de justicia. Porque veía al mundo dividido entre pobres, hambrientos, llorosos y perseguidos, por un lado y, por el otro, ricachones hartos, que ríen y persiguen, los cuales son “malditos”.

Por eso eran provocativas sus palabras cuando entraba en el campo económico: los propietarios del “proyecto de Dios” que él anunciaba son sencilla y únicamente los pobres (vivió en una sociedad agobiada por las deudas, que llevaban a muchos a perder su terruño y dedicarse a la esclavitud, la prostitución o el bandolerismo). Enseñaba que es imposible que un multimillonario se salve, a menos que se produzca un milagro que sólo Dios puede hacer: que se desprenda de su fortuna (salvo aquello que necesite para una vida sobria y digna), poniéndola al servicio de las víctimas. Porque, según él, “es imposible servir al hombre y al dinero”.

La otra palabra que más se le aplica en los evangelios significa, a la vez, libertad y autoridad: “las gentes se maravillaban de la libertad-autoridad con que hablaba” y que no tenía nada que ver con lo que estaban acostumbrados a oír.

Sorprendentes vida y palabras. Pero más sorprendente es la reacción que desató: los responsables de aquella sociedad se hartaron de acusarlo de populista y terrorista. La conflictividad explotó cuando él puso de relieve que hablaba y actuaba así porque así es como actúa Dios. Entonces se le tachó de blasfemo, y los poderes religiosos y políticos dieron un respiro porque ya tenían algo claro por lo que condenarlo. Aun así, buscaron para él la muerte más ignominiosa y la condena más “ejemplar”

¿Es posible que haya existido un hombre así? preguntaba R. Attenborough en su película sobre Gandhi. Prescindiendo ahora del santo hindú (que se confesaba muy influido por Jesús), esa misma pregunta sigue vigente para nosotros hoy. Los cristianos confiesan que un hombre así fue posible porque era transparencia y calco del mismo Dios, revelado en la humanidad de aquel hombre. Dios “hecho hombre”, pero no simplemente hombre, sino Dios hecho esclavo.

Esa fe no se les exige hoy a todos. Pero lo que sí pueden (y deberían) todos hoy, es paladear la humanidad de aquel Nazareno. Y sacar consecuencias.

Biblia, Espiritualidad , , , ,

Todo rostro es único

sábado, 14 de marzo de 2015
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Por último, debes saber que cada rostro es un milagro. Es único.
Jamás encontrarás dos caras absolutamente idénticas.
Qué importa la belleza o la fealdad.
Son cosas relativas.
Cada rostro es el símbolo de la vida.
Toda vida merece el respeto.
Nadie tiene el derecho a humillar a otra persona.
Cada uno tiene derecho a su dignidad.
Respetando a un ser,
rendimos homenaje, a través de él,
a la vida en todo lo que tiene de bello,
de maravilloso, de diferente, de inesperado.
Se muestra el respeto a uno mismo
tratando los demás dignamente.

*
Tahar Ben Jelloun

 ¿Iguales?

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«La religión abarca la totalidad de la vida», por José María Castillo

domingo, 22 de febrero de 2015
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onfray3_thumb1Leído en su blog Teología sin Censura:

Esta mañana, como todas las mañanas, en cuanto me he tomado un café, he leído despacio el evangelio del día (Mc 6, 53-56). Y me he puesto a pensar despacio, sosegadamente, lo que cuenta el relato de Mateo. Las gentes de Genesaret, un amplia llanura en la parte occidental del lago de Galilea, seguramente ni creían en el mismo Dios, ni por tanto tenían la misma religión, que tenían los israelitas. Nosotros diríamos ahora que aquellas gentes eran paganos, infieles, laicistas, ateos…, ¿qué sé yo? Y sin embargo, “en la aldea o pueblo o caserío donde llegaba Jesús, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto y los que lo tocaban se ponían sanos” (Mt 6, 56).

¿Es esto histórico? ¿Sucedía realmente así? El Evangelio, antes que un libro de religión, es un proyecto de vida. De forma que realizando ese proyecto, y sólo mediante ese proyecto, podemos encontrar eso que llamamos Dios, el proyecto que da sentido a nuestras vidas. ¿Qué quiero decir con esto?

Quiero decir que es una lástima que los estudiosos de los evangelios hayan dedicado casi todo su tiempo a precisar los detalles de cada relato: dónde, cuándo, cómo por qué y para qué sucedió lo que narran los evangelios. Todo eso es interesante. Es importante. Es necesario. Pero nada de eso es lo que de verdad importa. Lo decisivo es la forma de vida que el Evangelio nos presenta. Una forma de vida que nos humaniza a todos. Y que a todos nos lleva a Dios. Y esa forma de vida no es otra cosa que la sintonía con el dolor humano, la sensibilidad con los que sufren, la bondad con todos y siempre, sea cual sea la forma de pensar o de vivir de cada cual. Esto es lo que nos hace ser religiosos según Jesús y al estilo de Jesús.

Esto, ni más ni menos, es lo que nos enseña el Evangelio en cada página, en cada relato, en cada episodio de la vida de Jesús. Lo cual quiere decir que Jesús modificó radicalmente la religión. En cuanto que entendió y vivió la religión como “totalidad” que abarca el total de la vida. El hecho religioso se suele entender y practicar de manera que se reduce a “lo ritual” y a “lo sagrado”. Ahora bien, en la medida en que la religión se identifica con lo ritual y lo sagrado, inevitablemente la religión se ve reducida a determinados tiempos, sitios, gestos… Por eso sucede, con tanta frecuencia, el hecho de que encontramos gente profundamente religiosa, que cumple con lo ritual y lo sagrado con toda exactitud. Pero, una vez que se ha despachado lo ritual y lo sagrado, cuando llega el momento de lo profesional, lo económico, lo político, lo lúdico, lo familiar, etc, etc, entonces da la cara el egoísta, el prepotente, el fanático, el ambicioso, etc, etc. Es la consecuencia inevitable de la “religiosidad parcializada”. En ese caso, “lo sagrado” se divorcia de “lo laico”. De la misma manera que “lo religioso” se divorcia de “lo ético”.

Así, hemos hecho de la religión un esperpento. Que lleva derechamente a la doble vida, a la hipocresía, a la mentira y al engaño. Sólo cuando entendemos y vivimos la religión como totalidad es cuando podemos asegurar que estamos en el camino del Evangelio. Lo demás, no es sino apariencia, farsa y engaño. No se trata de que vayamos por la vida haciendo milagros. De lo que se trata es de que, pasemos por donde pasemos, los demás vean, toquen y palpen en nosotros la sensibilidad y la preocupación por aliviar y hasta – si es posible – remediar el sufrimiento humano, el desamparo de los débiles y la injusticia canalla de los causantes de tanto sufrimiento.

Espiritualidad , , ,

Como Abraham

viernes, 13 de febrero de 2015
Comentarios desactivados en Como Abraham

Del blog de la Communion Béthanie:

Leyendo este texto de la vocación de Abraham, puedes oír al Señor llamarte, hoy.

 

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Del mismo modo que a Abraham, te pide ponerte en camino
Para ir donde no sabes,
para ir donde posiblemente no querrías ir …

¡Pero no te inquietes!
Porque el Señor te dará tu respuesta…
¡Te acompañará y jamás te abandonará!

El Señor te llama, hoy,

Para que vayas más lejos en tu relación con él,
Incluso aunque no sepas hasta dónde te hará ir…

Entonces por supuesto, para ir más lejos,
deberás dejar costumbres, prejuicios, maneras de vivir …

Pero no debes quedarte en el verbo «dejar»…, ni tener miedo …
Porque el Señor te invita a venir más cerca de él

Él te llama para que te dejes amar por Él.

¡Y es Él, el Señor, quien hará en ti lo que es necesario
para que puedas responder a esta llamada!
Puede que debas dejar algo,
pero es siempre para ir hacia más amor.

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El Maestro

viernes, 6 de febrero de 2015
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«Lo esencial no es nunca lo que dice el maestro, sino cómo lo dice. El destello no brota de sus argumentos, sino del Ser del que argumenta, y porque ha vivido la experiencia de lo que dice. Por eso el maestro no tiene comportamiento pedagógico.  No intenta analizar, instruir o dar consejos. Su única misión es disponer a su discípulo para la llamada de lo esencial, sentirlo y amarlo partiendo de su propia profundidad… El ejemplo del maestro nunca se propone como imitación.  Su figura es original, única e inimitable, como la propia Vida que incorpora. «
*
K.G.Dürckheim
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«Por la paz y la vida», por Gema Juan OCD.

jueves, 5 de febrero de 2015
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15072592446_a0761b50bd_mLeído en su blog Juntos Andemos:

«Un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro y angosto. El suelo me pareció de un agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor… Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho».

Estas podrían ser las palabras de un prisionero de guerra o las de un soldado, conducido por un túnel que lleva a otro puesto de combate. También las que siguen:

«Los dolores corporales tan incomportables… y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar… Y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor».

Y estas, las de muchos recluidos o desplazados que no han tenido la suerte de ir a dar en un campo de refugiados, en condiciones humanas mínimamente dignas:

«Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en este como agujero hecho en la pared. Porque estas paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo ahoga. No hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se ve».

No es agradable leer estas palabras. Desde los lugares donde se vive con paz y seguridad, resultan exageradas y tal vez malsonantes, como si de alguna manera quisieran robar la tranquilidad y alterar las conciencias, sin necesidad.

Sin embargo, estas palabras no pertenecen a ninguna guerra, a ningún soldado o prisionero, a ningún refugiado. Las escribió una monja del s. XVI, Teresa de Jesús. Están escritas en un libro –Libro de la Vida– donde ella cuenta su historia de fe, su experiencia íntima de la salvación.

Desde Ucrania hasta Irak, pasando por Gaza o Siria, Honduras o Sudán… la lista de países donde está desatada o instaurada la violencia es demasiado larga para un mundo que cree ser civilizado. Las guerras, y el reguero que dejan, son infiernos y la ingente masa humana que desplazan vive el suyo particular.

Las duras palabras de Teresa relatan su experiencia del infierno. Impresiona hasta qué punto penetró en el misterio del mal. Esa vivencia la acompañará el resto de su vida y le llevó a decir: «Todo me parece fácil en comparación de un momento que se haya de sufrir lo que yo en él allí padecí». Quedó impreso en ella el horror que el ser humano puede vivir.

Teresa vivió esa experiencia como una de las mayores gracias recibidas, porque la visión del infierno abrió su vida a la compasión y al compromiso, de manera definitiva. Se asomó al sufrimiento humano desde los parámetros de la religiosidad de su tiempo, de modo que no podía ver refugiados o prisioneros, ni otras mil cosas, pero sí seres humanos que se perdían sin solución y no podía soportarlo.

Por eso, decía: «De aquí también gané la grandísima pena que me da las muchas almas que se condenan… y los ímpetus grandes de aprovechar almas, que me parece, cierto, a mí que, por librar una sola de tan gravísimos tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana».

El choque interno que sentía entre la inmensa misericordia que rodeaba su vida y la que parecía faltar en tantas otras, no le permitió quedarse quieta. No dudaba que la misericordia de Dios envuelve todo, pero sabía que los caminos humanos son muchas veces tortuosos y rompen la paz, hasta despojar de ella a otros.

Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad puede acercarse al infierno. Cerrar los ojos, hacer como que no pasa nada, no deja de ser algo inhumano. Teresa escribió que «en cosa que tanto importa, no nos contentemos con menos de hacer todo lo que pudiéremos de nuestra parte. No dejemos nada».

Es necesaria una respuesta. Desde unos mínimos, que ella no calla: «No me acuerdo vez que tengo trabajo ni dolores, que no me parece nonada todo lo que acá se puede pasar, y así me parece en parte que nos quejamos sin propósito». Sería abrir la conciencia y ser consecuente.

Hasta acciones y elecciones vitales. Porque Teresa es la fundadora del Carmelo descalzo y ese Carmelo nació tras esta experiencia. Al darse cuenta de la inmensa necesidad humana que hay en el mundo, se dijo a sí misma: «Pensaba qué podría hacer por Dios. Y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese».

El compromiso cotidiano: orar, crear hermandad, hacer lo que está al alcance y vivir conforme a lo que se cree. Decir, como Teresa, «cueste lo que costare… aquí está mi vida». Todo, con tal de disminuir un poco los infiernos del mundo y de abrirlos al Dios de la vida, a quien ella decía: «No matáis a nadie -¡vida de todas las vidas!- de los que se fían de Vos y de los que os quieren por amigo; sino sustentáis la vida del cuerpo con más salud y daisla al alma».

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«Lo que está en juego», por Gema Juan OCD

domingo, 1 de febrero de 2015
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14864561961_c9c3871a36_mDe su blog Juntos Andemos:

«Vivo, luego espero», decía Laín Entralgo. La esperanza es movimiento, un movimiento vital. Laín, como Juan de la Cruz, entendió que la esperanza es uno de los grandes motores de la vida. Al hablar de ella, Juan dirá que su oficio es enseñar a mirar en la mejor dirección, que es la salud de la persona, que da viveza, ánimo y levanta hacia lo bueno.

La esperanza tiene tanto de don como de responsabilidad. Está unida por un cabo a la confianza y por otro al amor. Desde la fe, se abre a lo mayor y así, de un Dios que es misericordia sin límites, dice Juan que «cuanto más espera el alma, más alcanza». Como también dirá que es el amor el que hace fuerte la esperanza.

Esperanza es ver como posible aquello que se desea. Juan define el deseo como el anhelo de «poder ser hijos de Dios», de lograr ser lo que somos y llegar a la «igualdad de amistad [con Dios, donde] todas las cosas de los dos son comunes a entrambos». Ahí puede verse, fácilmente, que no hay dualismo. Explicará que «divino y humano, aquí se juntan» para alcanzar lo que se desea. Lo divino atraviesa lo humano, para potenciarlo y llevarlo a lo mejor de sí, y lo humano da cuerpo y raíz.

La esperanza une a Dios –dice– y habla de una esperanza purificada que, al mismo tiempo, purifica. Es un don que apremia cuando se acoge. Así, al escribir que «toda posesión es contra esperanza», toca todas las fibras de la persona, de su vida, de su presencia y actividad en el mundo y traspasa lo que Laín llamaba el «inconformismo revolucionario».

Vivir con esperanza provoca al presente porque no permite dejar aparcadas las cosas que no marchan. Produce rupturas evangélicas. Esperanza y liberación están completamente unidas. En este sentido, esperar será siempre liberar y liberarse. Tomar la realidad y no conformarse con lo que hay, porque la promesa de Jesús choca con el estado de las cosas en el mundo. Y esa promesa debe sostener y animar el trabajo por el cambio necesario. Personal y socialmente.

La esperanza moviliza y da consistencia. Juan dirá que ella es la que hace correr sin desfallecer, e insiste en que se asienta en la desposesión, que también llama «sobriedad». Pues bien, practicar esa sobriedad hace fuerte y libre, y lleva a la paz. Así lo explica, al hablar de la «noche», que es donde se hace esta experiencia y apunta: «La que mueve y vence es la esperanza porfiada».

Por eso, Juan –y con él, los místicos de todas las épocas– reprueba el espiritualismo y, al mismo tiempo, lo que Häring llamaba «acomodarse en el lamento y la crítica». Invita a algo más profundo y comprometido, precisamente porque abre la puerta a la experiencia de Dios. Ofrece una experiencia muy intensa, donde «con más fuerza es atraída el alma y arrebatada de este bien que ninguna cosa natural de su centro».

Moltmann advirtió, hace años, de que el cristianismo solo cumple realmente su misión si contagia de esperanza a los hombres. Está en juego realizar el deseo que Jesús confió a sus amigos. Para cumplirlo, es indispensable conocerle y estar con Él. «Estar en lo que Cristo enseñó», dirá Juan. Reconocer en Él la esperanza.

«Dejarse entusiasmar por Cristo» es la clave, decía Häring. Juan pedirá no cansarse de buscar en Él, porque su vida, sus palabras y sus gestos enseñan a vivir: Cristo es «como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, [siempre hay] nuevas venas de nuevas riquezas».

La esperanza mueve a no conformarse y no abandonar. Por ello, a Juan le preocupan los tibios, «que entienden que basta cualquiera manera de retiramiento y reformación en las cosas», porque la cuestión no está en eso, sino en reconocer «el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios».

Por esa puerta se entra en una experiencia que transforma la vida, que la llena de agradecimiento y frescura, no porque no se conozca el cansancio de trabajar y la desazón en los fracasos, sino porque se reconoce en medio de todo «la ternura y verdad de amor con que el inmenso Padre regala y engrandece».

Ahí se apoya una esperanza inconfundible, que puede sostener en todas las circunstancias de la vida y que prepara para asumir actitudes y acciones que son alabanza de Dios en verdad, es decir, alegría para Él, vida para uno mismo y salud para los demás.

Decir con Pablo que Jesús es «nuestra feliz esperanza», compromete la vida. Lo que está en juego es mostrar que seguir los pasos de Jesús humaniza y fraterniza. Está en juego facilitar el acceso a Jesús y hacer visible que vivir desde el evangelio, crea y contagia esperanza.

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2015, bajo el signo de la confianza

jueves, 1 de enero de 2015
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sous-le-signe-de-la-confiance

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.
Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo.

*

Salmo 22 (23)

***

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«Festejar es afirmar la bondad de la vida», por Leonardo Boff, teólogo

jueves, 1 de enero de 2015
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celebracionbajaVoces. Leonardo Boff. [Koinonia] El tema de la fiesta es un fenómeno que ha desafiado a grandes nombres del pensamiento como R. Caillois, J. Pieper, H. Cox, J. Motmann y al propio F. Nietzsche. Y es que la fiesta revela lo que todavía hay de mítico en nosotros en medio de la fría racionalidad. Cuando se realizó la Copa del Mundo en Brasil en junio y julio del presente año, se hicieron grandes fiestas en todas las clases sociales, verdaderas celebraciones. Incluso después de la humillante derrota de Brasil frente a Alemania, las fiestas no decayeron. En Costa Rica, que no fue campeona del mundo, pero mostró excelente fútbol, hasta el presidente salió a la calle a celebrar. No fue diferente en Colombia. La fiesta hace olvidar los fracasos, suspende la terrible cotidianidad y el tiempo de los relojes. Es como si, por un momento, participásemos de la eternidad, pues en la fiesta no percibimos el tiempo que pasa.

La fiesta en sí está libre de intereses y finalidades, aunque haya fiestas de negocios donde la fiesta se transforma en beber, comer y negociar. Pero en la fiesta que es fiesta, todos están juntos no para aprender o enseñar algo unos a otros, sino para alegrarse, para estar ahí, uno para el otro comiendo y bebiendo en amistad y concordia. La fiesta reconcilia todas las cosas y nos devuelve la saudade del paraíso de las delicias, que nunca se perdió totalmente. Platón sentenciaba con razón: «los dioses hicieron las fiestas para que pudiésemos respirar un poco». La fiesta no es solo un día de los hombres sino también «un día que el Señor hizo» como dice el Salmo 117, 24. Efectivamente, si la vida es un caminar trabajoso, necesitamos a veces parar para respirar y, renovados, seguir adelante.

La fiesta es como un regalo que no depende ya de nosotros y que no podemos manipular. Se puede preparar la fiesta, pero la festividad, es decir, el espíritu de la fiesta, surge gratuitamente. Nadie la puede prever ni simplemente producir. Solamente podemos prepararnos interior y exteriormente y acogerla.

A la fiesta más social (bodas, aniversario) pertenecen la ropa festiva, el adorno, la música y el baile. ¿De dónde brota la alegría de la fiesta? Tal vez Nietszche encontró la mejor manera de formularlo: «para alegrarse de alguna cosa, hay que dar la bienvenida a todas las cosas». Por tanto, para poder festejar de verdad necesitamos afirmar positivamente la totalidad de las cosas: «Si podemos decir sí a un único momento entonces habremos dicho sí no sólo a nosotros mismos sino a la totalidad de la existencia» (Der Wille zur Macht, libro IV: Zucht und Züchtigung, nº 102).

Ese sí subyace a nuestra decisiones cotidianas, en nuestro trabajo, en la preocupación por la familia, en la convivencia con los colegas. La fiesta es el tiempo fuerte en el cual el sentido secreto de la vida es vivido incluso inconscientemente. De la fiesta salimos más fuertes para enfrentarnos a las exigencias de la vida.

La grandeza de una religión, cristiana o no, reside en gran parte en su capacidad de celebrar y de festejar a sus santos y maestros, los tiempos sagrados, las fechas fundacionales. En las fiesta cesan los interrogantes del corazón y el practicante celebra la alegría de su fe en compañía de hermanos y hermanas que comparten sus mismas convicciones, oyen la misma palabra sagrada y se sienten próximos a Dios.

Viviendo de esta forma la fiesta religiosa, percibimos cuan equivocado es el discurso que sensacionalistamente anuncia la muerte de Dios. Se trata de un trágico síntoma de una sociedad saturada de bienes materiales, que asiste lentamente no a la muerte de Dios, sino a la muerte del hombre que perdió la capacidad de llorar, de alegrarse por la bondad de la vida, por el nacer del sol, por la caricia entre dos enamorados.

Nuevamente volvemos a Nietzsche que entendió mucho de la verdad esencial del Dios vivo, sepultado bajo tantos elementos envejecidos de nuestra cultura religiosa y de la rigidez de la ortodoxia de las iglesias: «la pérdida de la jovialidad, es decir, de la gracia divina (jovialidad viene de Jupter, Jovis) es la consecuencia fundamental de la muerte de Dios» (Fröhliche Wissenschaft III, aforismo 343 y 125).

Por haber perdido la jovialidad, gran parte de nuestra cultura no sabe festejar. Conoce la frivolidad, los excesos de comer y beber, las palabrotas groseras, y las fiestas montadas como comercio, en las cuales hay de todo menos alegría y jovialidad.

La fiesta tiene que ser preparada y solamente después celebrada. Sin esta disposición interior corre el riesgo de perder su sentido alimentador de la vida que llevamos. Hoy en día vivimos en fiestas. Pero por no saber prepararnos ni prepararlas, salimos de ellas vacíos o saturados cuando el valor de las mismas era llenarnos de un sentido mayor para llevar adelante la vida, siempre desafiante y para la mayoría, trabajosa.

Imagen extraída de: Caro Celis

Fuente Cristianismo y justicia

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«¿Un Sínodo para eso?», por José Arregi

martes, 9 de diciembre de 2014
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presidenciaLeído en su blog:

Hace un mes finalizó en Roma la primera fase del Sínodo católico sobre la familia, que abrió un año de reflexión eclesial hasta octubre del 2015. Entonces tendrá lugar el Sínodo General propiamente dicho. Seguimos, pues, en sínodo, palabra griega que significa “camino en compañía”. Eso es ser Iglesia: ser compañeros de camino, seguir a Jesús juntos y libres. Eso es la vida: un viaje compartido.

“Que cada uno hable con libertad, y escuche con humildad”, dijo el papa Francisco en la víspera de la inauguración. Así sea. Así quiero hacer, pues lo que vale para los obispos ha de valer para todos los que somos Iglesia, compañeros de viaje.

Fueron 253 partícipes, la mayoría obispos, venidos de todo el mundo, alojados en Roma durante más de dos semanas. ¿Era necesario? ¿No bastaban el correo electrónico, la videoconferencia o las reuniones online? Tantos obispos célibes hablando de la familia, perorando sobre cuestiones que la inmensa mayoría de la gente, incluidos católicos y curas de siempre, resolvieron hace tiempo… ¿Merecía la pena?

De ningún modo diré que la familia sea un asunto menor. Ella nos engendra y moldea. Merecería la pena reunir en el Vaticano no solo a 200 obispos, sino a miles de hombres y mujeres de todos los pueblos y culturas, y gastar lo que fuera para poner remedio a las grandes heridas que la aquejan: el paro y la pobreza, la falta de vivienda, la violencia y la desigualdad de género, el miedo al futuro, el fracaso del amor…

Pero no fueron ésos los temas que más interesaron a los padres sinodales. Ni se oyeron apenas voces para reclamar una seria reflexión eclesial sobre los profundos cambios culturales que están afectando a las estructurales tradicionales de la familia. Ningún apunte crítico sobre la cuestión del “género”, es decir, la construcción social de roles del varón y de la mujer. Ninguna alusión a la desvinculación entre relación sexual y procreación, hecho nuevo y transcendental en la historia de la humanidad.

Ninguna referencia al gravísimo problema demográfico, y sí duros juicios condenatorios de la “mentalidad antinatalista”. Ningún atisbo de reconocimiento de la santidad y del valor sacramental del amor homosexual. Ninguna insinuación de un posible replanteamiento de la doctrina tradicional de la indisolubilidad del matrimonio. Ninguna sugerencia sobre la necesidad de revisar la doctrina de la Humanae Vitae de Pablo VI (1968), que prohíbe bajo pecado mortal toda medida o método anticonceptivo que no sea la continencia sexual (condenan todo lo que no sea “natural”, pero toman pastillas “no naturales” para la gripe o el colesterol). Y ni rastro de autocrítica en nada.

A pesar de todo, muchos han saludado esta primera fase sinodal y el documento emanado de ella como el preludio de una explosión primaveral, como el inicio imparable de una profunda transformación doctrinal. ¡Ojalá lo sea, y esté yo equivocado, y se me conceda la gracia de verlo! Pero hoy no lo veo.

Preveo, sí, que el papa Francisco, tras el Sínodo General del año próximo, dé tres tímidos pasos, a saber: 1) Invitación a acoger con misericordia a los homosexuales (como si fueran enfermos o pecadores); 2) Posibilidad de que algunos divorciados con nueva pareja puedan comulgar, a condición –humillante condición– de que se confiesen culpables de su fracaso matrimonial y se comprometan a no reincidir (Jesús no humilló a nadie de esta manera); 3) Agilización y abaratamiento del proceso de nulidad matrimonial (un artificio para no reconocer algo muy simple: que dondequiera que haya amor hay sacramento de Dios, y que solo hay sacramento mientras hay amor). Eso será todo. ¿Hacía falta tanta alforja para ese viaje? Ésos son problemas de obispos, no de la gente. La gente sufre por otros motivos. Escuchen a la gente, escuchen a la vida.

La Vida sigue pujando en el pequeño corazón latiente de los hombres y mujeres de hoy, creyentes o no. El Espíritu y el Amor habitan en los matrimonios que los obispos llaman “irregulares”, en los diferentes tipos de familias con sus alegrías y angustias de cada día, en las personas que fracasaron en su amor y rehacen su vida con otra pareja. Ellos no fueron ni serán llamados al Sínodo, pero la Vida los guía.

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«Religión y sexualidad», por José Arregi

lunes, 3 de noviembre de 2014
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Dulce-Mortificacion-por Eny-Roland-Hernandez-gestas-el-ladron“¿Sexualidad y religión forman buena pareja?”. Así se anunciaba un debate en el que participé el pasado mes de agosto en Larzac, bellísimo altiplano de Occitania (Francia), donde pastan miles de ovejas y se fabrica queso Roquefort.

Podría decirse, siguiendo con el símil, que sexualidad y religión se llevaron bien al principio, durante mucho tiempo, hasta que la segunda quiso someter a la primera. La sexualidad se sentía habitada por el Misterio Sagrado: la presencia del otro, el placer del encuentro, el milagro de la nueva vida que nace. Pero también se sentía rodeada de amenazas: no hay relación sin conflictos ni hay vida sin muerte.

El conflicto y la muerte son el precio de ese maravilloso invento de la Vida –maravillosa aventura– que es la sexualidad en orden a crear nuevas formas y especies de vida cada vez más complejas; las células que se multiplican reproduciéndose a sí mismas son inmortales, pero nunca pasan de ser perpetua repetición de lo mismo. Y la Vida busca novedad y evolución, pero también desea la difícil armonía de las partes, y no quiere ser devorada por la muerte. Así pues, como la vida misma, la sexualidad está rodeada de misterio y de peligros. Y ambos la llevaron a acercarse a la religión.

¿Y la religión? La religión fue “al principio” una fuente de aliento, más que un sistema religioso. Un ámbito sagrado de comunión, un horizonte de confianza, un camino amplio y libre para acceder a los bienes más excelsos que la Vida intuía en el fondo de su aventura sexual: la dicha de la relación y la plenitud de la vida sin fin. Cuando digo “al principio”, no me refiero a un tiempo, sino a la hondura de la Vida.

La religión fue infiel a sí misma: se olvidó de ser atención, cuidado, aliento, y se volvió sistema. Las religiones se volvieron fortalezas de poder patriarcal, guardianas del orden, autoritarias y celosas. Quisieron controlar la sexualidad y someterla a sus creencias y supersticiones, a sus normas y tabúes, y reducirla a simple función de la reproducción, mirando con recelo, cuando no condenando, todo placer sexual que no se orientara a la reproducción. “Entonces”, la sexualidad rompió con la religión y la expulsó de su casa –su templo de carne–. Y así es en nuestros días. Todavía hoy, cuando la sexualidad se ha liberado incluso de la función reproductiva, las religiones se empeñan por todos los medios en seguir ejerciendo el control sobre ella, pero ya no lo consiguen más que en reductos marginales de un mundo pasado. La sexualidad ha roto con los sistemas religiosos, porque los sistemas religiosos han roto con la vida.

En el debate de Larzac se proyectó primero el film israelí Kadosh. Narra la tragedia de dos hermanas del barrio judío ultraortodoxo de Jerusalén. La mayor, Rivka, está casada con Meir, y no tienen hijos; el rabino decide que la Torah obliga a Meir a repudiar a su esposa, dando por sentado que la esterilidad es cosa de la mujer y que una mujer estéril es un cántaro rajado, inútil. La pequeña, Milka, está enamorada de Jakob, pero es obligada a casarse con Joseph, un joven rabino. Dos mujeres rotas. Solo podrá sobrevivir la que se rebele contra ese orden religioso fundamentalista, asfixiante.

“Me ahogo”, dice Milka. Deja la familia, sale de Jerusalén. Al fondo se divisa la conocida vista panorámica: la explanada del antiguo templo judío, la Cúpula Dorada y la mezquita Al-Aksa, las torres de las basílicas cristianas. ¿Qué es, pues, realmente Kadosh, santo? Es aquello que permite respirar. Es el amor, con transgresión incluida.

¿Pero cómo es que las religiones han acabado queriendo someter la sexualidad hasta asfixiarla, declarándola impura? “Al principio” no fue así, sobre todo en las grandes religiones monoteístas. ¿No leemos en la Biblia judía el Cantar de los Cantares, tan bello y desinhibido y tan poco “religioso”? ¿No ha reconocido el cristianismo en el amor carnal un sacramento de “Dios”? ¿No han exaltado los poetas musulmanes el erotismo más refinado en los tonos más líricos?

Pero no basta con apelar a los orígenes o a los textos sagrados, pues en los orígenes de todas las grandes religiones y en sus textos sagrados están presentes también el machismo, la homofobia y la repulsa del sexo. Las religiones deben eliminar esos y otros residuos de un mundo pasado, aunque “esté escritos” en sus textos sagrados. Solo así podrán volver a su verdadero “origen”, inspirarse en la Vida e inspirar vida.

José Arregi

Fotografía: Dulce Mortificacion, por Eny Roland Hernandez, Gestas el ladrón

Fuente Humus

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«Los invitados a la mesa del Señor», por Óscar Fortín, Québec, Canadá

domingo, 2 de noviembre de 2014
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15088939370_b127e8a731Leído en la página web de Redes Cristianas:

Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. »

Hace poco, cinco cardenales, juntos a unos teólogos, escribieron un libro en contra de que los divorciados vueltos a casar puedan comulgar. Los comentarios no se hicieron esperar, la mayoría cuestionando las conclusiones de estos doctores de la ley. Yo hice un breve comentario que quiero desarrollar un poco mas en el presente articulo.

¿Qué decía mi comentario?

“Hay dos lógicas, la de la doctrina y la de la fe. Las lógicas de una y de la otra no son las mismas. La primera anda con la lógica cartesiana y la segunda con la lógica del corazón. La primera se pierde en las lógicas de la compasión, de la misericordia, de la acogida, de la reconciliación generada por el amor. Jesús no vino a sanar a los que se piensan y se dicen en salud, sino a los enfermos, a los que piensan y sientan que necesitan ser sanados. 

Estos cinco cardenales y los unos teólogos que les acompañan, ilustran muy bien la salida de Jesús en contra los fariseos y doctores de la ley que nos cuenta el evangelista Mateo en el capitulo 23. Estos cardenales no encontraron la lógica de la fe, de la salvación, tampoco la del juicio final de que nos habla también Mateo en el capitulo 25. 

En lo que nos corresponde, basta que sepamos que el corazón de Jesús nos dice a todos y a todas Yo soy el pan de vida: el que á mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá jamás sed.”

La Fe no es una doctrina sino una vida

Me parece muy importante poner de relieve el hecho de que la fe no es una doctrina que se adquiere por conocimientos basados en razonamientos sino una gracia que nace de por adentro y que transforma nuestra vida. La fe es ante todo un principio de vida que se alimenta a una fuente que está encima de todos los conocimientos. En este sentido ella está accesible a todas las personas de buena voluntad poco importa el nivel de sus conocimientos.

En mi comentario yo hablo de las dos lógicas, la de la razón y la de la vida. La primera sirve a ordenar las doctrinas y las leyes, dándoles una coherencia interna. Los jueces del mundo se dejan guiar por ella para enjuiciar a los que no la respetan. La segunda lógica queda pendiente tanto de la vida que nos sorprende a cada paso que por la acogida que le damos. Se trata, en este ultimo caso, de la lógica del encuentro, del corazón, de la compasión, de la solidaridad, de la misericordia, de la verdad, de la justicia, del amor gratuito, del don absoluto y también de la esperanza.

A base de la lógica cartesiana es evidente que los doctores de las doctrinas no pueden entender esa lógica de la vida, del vivir. Su mundo en que se reconocen es mas el del saber que del ser. Todo tiene que encuadrarse en la coherencia de una lógica cartesiana.

Jesús se pone a la defensa de los pecadores

El discurso que dirige Jesús a los fariseos y doctores de la ley (Mt. 23) así que el juicio final (Mt.25) constituyen las referencias principales de su pensamiento sobre el uso de las dos lógicas.

Con los doctores de la ley que le buscan trampas Jesús les habla así:

Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de los Cielos! Ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran.

Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello

¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!

Por eso, yo voy a enviarles profetas, sabios y escribas; ustedes matarán y crucificarán a unos, azotarán a otros en las sinagogas, y los perseguirán de ciudad en ciudad.

Con el juicio final nos dice lo que es mas importante

«Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,
Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver»

«Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo«

A los otros dirá

Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron».

Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.

Conclusión

Ya vemos que el juicio final no se refiere a ningún pecado relacionado a la doctrina sino a los comportamientos humanos. Hay los que supieron responder a la solidaridad humana y los otros que se quedaron encerrados en sus doctrinas, en si mismos. La ley fundamental es la del amor fraternal. La lógica de esta ultima se encuentra en el dialogo de los unos con los otros y, fundamentalmente, con el Espíritu de Jesús que distribuye sus dones como bueno lo entiende. La lógica del Espíritu Santo supera todas las otras lógicas.

“No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. » Mc. 2:17

Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. » Jn. 6:35

El Jesús de la Ultima Cena no pone ni una condición a quien quiere acercarse para compartir en la fe el pan de la vida. Su pan lleva salud, animo, comprensión, humildad, confianza y amor renovado. No hay que cerrar la puerta a nadie. Jesús sabrá arreglárselo con sus visitantes.

Oscar Fortin

El 17 de septiembre 2014

http://blogs.periodistadigital.com/humanismo-de-jesus.php

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