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En torno al “problema del mal” (VII), por Enrique Martínez Lozano.

Jueves, 12 de julio de 2018

58418. Lo decisivo es el “desde dónde

Ante lo que llamamos “mal”, la mente se queda sin respuesta. Ni lo sabe explicar ni sabe qué hacer ante él. Se ve incluso incapaz de aceptarlo. Por lo que, ante ello, solo le quedan dos salidas: hundirse en la desesperanza o instalarse en la resistencia que vive rebelada contra el “mal”.

La lucha contra el mal –aun vivida desde una actitud noble y compasiva– suele esconder motivaciones no tan limpias: desde la incapacidad de aceptar la realidad como es hasta la necesidad de paliar inconscientes sentimientos de culpabilidad, desde el afán de autoafirmación en un compromiso “noble” hasta la búsqueda de reconocimiento por parte de los demás.

Cuando tomamos distancia de la mente (del yo), todo se modifica. La comprensión no nos dirá qué tenemos que hacer, pero nos situará en la actitud y el “lugar” adecuado para que la acción que brote en cada momento sea también la ajustada.

Gracias a ella nos hacemos conscientes de que lo realmente decisivo es el desde dónde: desde dónde acojo el “mal” y desde dónde brota mi acción frente a él. Si estoy identificado con el yo, lo más probable es que, tanto mi percepción como mi acción (o mejor, reacción) no consigan otra cosa que incrementar el sufrimiento y, en último término, la locura del mundo.

Únicamente la comprensión de quién soy hará posible que me viva desde la Sabiduría que –aunque mi mente no lo entienda– rige todo el proceso. Es esa misma sabiduría la que nos muestra que somos Vida, Plenitud y Totalidad.

Eso significa, en primer lugar, que el “mal” nunca puede afectarnos decisivamente en lo que somos. Sentiremos dolor, miedo, tristeza, angustia…, porque somos seres sintientes y dotados de una rica sensibilidad. Pero, aun en medio de toda esa vorágine de sentimientos que parecen desbordarnos, lo que somos –Lo que es– se halla siempre a salvo.

Tal comprensión me capacita para acoger mi propio dolor desde la aceptación limpia, como oportunidad de aprendizaje, en una actitud equilibrada entre la resistencia estéril y la resignación paralizadora.

La misma comprensión me hace ver que todo sin excepción es la Totalidad misma desplegándose. Por lo que no caigo en la trampa de imaginar una Totalidad “al margen” o “más allá” de lo que en este mismo momento se está produciendo. Yo mismo soy –con todos los seres– esa misma Totalidad, también en este momento en que siento dolor, soledad, vacío… Todo, sin excepción, es la Totalidad una expresándose o manifestándose bajo todo tipo de “disfraces”. Carece de sentido querer encontrarme con la Totalidad después de que supere este sentimiento doloroso o aquella situación de injusticia: todo ello es ya, en este mismo instante, la Totalidad.

Lo que de ahí se deriva es una aceptación profunda, que no nace de algún tipo de voluntarismo, sino del hecho mismo de comprender que somos esa misma Totalidad. La aceptación es, sencillamente, alineación con lo Real, tal como han expresado los sabios en algunos textos que reproducía en una entrega anterior: “La esencia de la sabiduría –afirmaba Nisargadatta– es la total aceptación del momento presente”. “¿Cómo deberíamos vivir?” –se preguntaba la beguina Matilde de Magdeburgo–. Y ella misma respondía: “Vive dándole la bienvenida a todo”. San Juan de la Cruz apunta a esa misma clave: “Me parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es”. Y el propio Nietzsche, desde un marco ideológico aparentemente bien distante, expresa así en anhelo de su corazón: “«Amor fati»: ¡que ese sea en adelante mi amor!… Y, en definitiva, y en grande, ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí”. El sabio adopta la actitud que Ortega y Gasset expresara con estas palabras: “A ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante”.  Y vive la rendición lúcida que pregonaba Marco Aurelio: “Todo se me acomoda, oh Cosmos, lo que a ti se te acomoda”. La sabiduría es, por decirlo brevemente, amar lo que es.

La acción brotará también de esa misma comprensión, que me hace ver que todo otro soy yo. No será un yo que hace algo por los demás, sino la Totalidad que, en mí, se ofrece amorosa y servicial, comprometida y solidaria, a los demás. No sé lo que tendré que hacer, pero sé que se hará, a través de mí, en cada momento lo adecuado.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Integración

Jueves, 5 de julio de 2018

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«El hombre que ha logrado la integración final ya no se halla limitado por la cultura en la que ha crecido. Ha abrazado la totalidad de la vida… Ha experimentado las cualidades de todo tipo de vida: la existencia humana ordinaria, la vida intelectual, la creación artística, el amor humano, la vida religiosa. Trasciende todas esas formas limitadas, al tiempo que retiene todo lo mejor y universal que hay en ellas, “dando a luz finalmente un ser totalmente integral”. No sólo acepta a su propia comunidad, a su propia sociedad, a sus amigos y a su cultura, sino a toda la humanidad. No permanece atado a una serie limitada de valores, al punto de oponerlos a otros adoptando posturas agresivas o defensivas. Es totalmente “católico” en la mejor acepción de la palabra. Posee una visión y una experiencia unificadas de la única verdad que resplandece en todas sus diferentes manifestaciones, unas más claras que otras, unas más definidas y certeras que otras. No establece oposición entre todas estas visiones parciales, sino que las unifica en una dialéctica o en una visión interior de complementariedad. Con esta visión de la vida, puede aportar perspectiva, libertad y espontaneidad a la vida de los demás».

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Thomas Merton,
Acción y contemplación.

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Fin de año: “gracias” y “sí”, por Enrique Martínez Lozano.

Martes, 6 de febrero de 2018

young man and sunset El cambio de año suele ser época de balances y de propósitos: analizar y evaluar lo acontecido para programar el futuro o proponerse metas a alcanzar. En este sentido, podría hablarse de balances económicos, informativos, psicológicos, de imagen…

Sin negar la validez de cada uno de ellos en el campo en que se realice, la comprensión sabia de lo que somos –la “mirada espiritual” – otorga una visión de la realidad caracterizada por dos palabras: “Gracias” y “Sí”.

Son las palabras con las que terminaba el diario de un amigo, quien me lo entregó para que lo leyera días antes de que él mismo falleciera en un accidente de tráfico.

Tras hacer un recorrido por lo que consideraba más significativo de su existencia, este hombre joven cerraba su relato en esa fecha con estas palabras: “Por todo lo que ha sido, gracias; a todo lo que venga, sí”.

Esas expresiones revelan, a mi parecer, la comprensión de la que hablaba. El pasado ha sido exactamente como tenía que ser; del mismo modo, el futuro será como tenga que ser. De ahí que la actitud sabia no pueda ser otra que la aceptación profunda, que consiste en alinearse con lo que es. De esa actitud brotará siempre gratitud y aceptación.

Ahora bien, esto no es accesible para el yo ni para la lectura que la mente hace de los acontecimientos. La mente alberga siempre la pretensión de que las cosas sean como ella desea y el yo se afirma justamente en la resistencia a lo que es.

Y parece que, aun siendo conscientes de que aquella pretensión –“las cosas deberían ser diferentes de lo que son”– y aquella resistencia, generan siempre sufrimiento inútil, nos cuesta reconocer el error sobre el que se basan y seguimos manteniéndolas activas.

Una y otra se apoyan, en realidad, en una doble creencia errónea: que somos “algo” separado o desgajado de la vida (lo Real), y que llevamos las riendas de lo que sucede. Sin embargo –las mismas ciencias modernas apuntan en esta dirección– parece que no es cierto ni lo uno ni lo otro. No somos el yo separado que nuestra mente piensa, sino la Vida misma que se expresa en esta forma concreta que llamamos “yo” o “personalidad”. Y tampoco somos, por tanto, portadores de una supuesta libertad individual o libre albedrío, capaz de modificar la realidad a nuestro antojo.

Si nuestra verdadera identidad es una con la totalidad, es claro que somos libertad. Pero el sujeto de la misma no es el yo que, erróneamente, se cree libre, sino la misma totalidad que somos. Ni hay separación ni hay libre albedrío, aunque nuestra mente nos haga tener la sensación subjetiva de que es así.

Cuando comprendes que eres uno con la totalidad –la totalidad misma que se despliega en todas las formas y en lo que percibimos como secuencia espacio-temporal–, desde esa profunda unidad radical, y en la certeza de que aquello que eres está más allá de todas las formas y siempre a salvo de toda circunstancia, de tu interior solo pueden brotar dos palabras: por todo lo que ha sido, gracias; a todo lo que ha de venir, sí.

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal

Fuente Fe Adulta

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“La religión abarca la totalidad de la vida”, por José María Castillo

Domingo, 22 de febrero de 2015

onfray3_thumb1Leído en su blog Teología sin Censura:

Esta mañana, como todas las mañanas, en cuanto me he tomado un café, he leído despacio el evangelio del día (Mc 6, 53-56). Y me he puesto a pensar despacio, sosegadamente, lo que cuenta el relato de Mateo. Las gentes de Genesaret, un amplia llanura en la parte occidental del lago de Galilea, seguramente ni creían en el mismo Dios, ni por tanto tenían la misma religión, que tenían los israelitas. Nosotros diríamos ahora que aquellas gentes eran paganos, infieles, laicistas, ateos…, ¿qué sé yo? Y sin embargo, “en la aldea o pueblo o caserío donde llegaba Jesús, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto y los que lo tocaban se ponían sanos” (Mt 6, 56).

¿Es esto histórico? ¿Sucedía realmente así? El Evangelio, antes que un libro de religión, es un proyecto de vida. De forma que realizando ese proyecto, y sólo mediante ese proyecto, podemos encontrar eso que llamamos Dios, el proyecto que da sentido a nuestras vidas. ¿Qué quiero decir con esto?

Quiero decir que es una lástima que los estudiosos de los evangelios hayan dedicado casi todo su tiempo a precisar los detalles de cada relato: dónde, cuándo, cómo por qué y para qué sucedió lo que narran los evangelios. Todo eso es interesante. Es importante. Es necesario. Pero nada de eso es lo que de verdad importa. Lo decisivo es la forma de vida que el Evangelio nos presenta. Una forma de vida que nos humaniza a todos. Y que a todos nos lleva a Dios. Y esa forma de vida no es otra cosa que la sintonía con el dolor humano, la sensibilidad con los que sufren, la bondad con todos y siempre, sea cual sea la forma de pensar o de vivir de cada cual. Esto es lo que nos hace ser religiosos según Jesús y al estilo de Jesús.

Esto, ni más ni menos, es lo que nos enseña el Evangelio en cada página, en cada relato, en cada episodio de la vida de Jesús. Lo cual quiere decir que Jesús modificó radicalmente la religión. En cuanto que entendió y vivió la religión como “totalidad” que abarca el total de la vida. El hecho religioso se suele entender y practicar de manera que se reduce a “lo ritual” y a “lo sagrado”. Ahora bien, en la medida en que la religión se identifica con lo ritual y lo sagrado, inevitablemente la religión se ve reducida a determinados tiempos, sitios, gestos… Por eso sucede, con tanta frecuencia, el hecho de que encontramos gente profundamente religiosa, que cumple con lo ritual y lo sagrado con toda exactitud. Pero, una vez que se ha despachado lo ritual y lo sagrado, cuando llega el momento de lo profesional, lo económico, lo político, lo lúdico, lo familiar, etc, etc, entonces da la cara el egoísta, el prepotente, el fanático, el ambicioso, etc, etc. Es la consecuencia inevitable de la “religiosidad parcializada”. En ese caso, “lo sagrado” se divorcia de “lo laico”. De la misma manera que “lo religioso” se divorcia de “lo ético”.

Así, hemos hecho de la religión un esperpento. Que lleva derechamente a la doble vida, a la hipocresía, a la mentira y al engaño. Sólo cuando entendemos y vivimos la religión como totalidad es cuando podemos asegurar que estamos en el camino del Evangelio. Lo demás, no es sino apariencia, farsa y engaño. No se trata de que vayamos por la vida haciendo milagros. De lo que se trata es de que, pasemos por donde pasemos, los demás vean, toquen y palpen en nosotros la sensibilidad y la preocupación por aliviar y hasta – si es posible – remediar el sufrimiento humano, el desamparo de los débiles y la injusticia canalla de los causantes de tanto sufrimiento.

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Escoger la vida

Jueves, 4 de septiembre de 2014

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Hay momentos en que  debemos escoger

entre vivir nuestra propia vida plenamente, enteramente, completamente

– o tirar a duras penas de una existencia falsa, vacía, degradante,

 que la sociedad nos exige en su hipocresía. “

*

Oscar Wilde.

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