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“Cuando Dios y los hermanos saben dónde estoy”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Martes, 30 de agosto de 2016

maxresdefaultDe su blog Nihil Obstat

Según el primer libro de la Biblia, Dios, tras crear al ser humano, le ofrece una serie de indicaciones, pero no hay ninguna respuesta. Quizás porque no es necesaria. La primera respuesta se produce una vez que el ser humano ha roto las amistades con Dios. Entonces Dios se preocupa y le interpela: “¿dónde estás?”. Respuesta de Adán: tengo miedo, miedo de ti, por eso me he escondido. Grave error: un Dios temible es un falso Dios. Pero la pregunta por el dónde estás es significativa: lejos de Dios, no estamos en el buen lugar. La pregunta quiere hacer caer en la cuenta de cuál es el lugar en que estamos bien. Cuándo estamos mal, la pregunta por el dónde estás o por el qué te pasa, es una invitación a volver a estar bien.

La segunda vez que el humano entabla un diálogo con Dios es después de otra pérdida de amistades, en este caso entre los hermanos, que conduce a un asesinato. Dios vuelve a preocuparse: “¿dónde está tu hermano?”. Otra vez una mala respuesta: “No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Claro que sabes dónde está tu hermano: lejos de ti, porque tú lo has rechazado. Y sí, eres su guardián, no has sabido ser lo que eres. Las dos preguntas, dónde estás y dónde está tu hermano, son indisociables, como indisociable es la relación con Dios y la relación con el hermano. Cuando damos la espalda a Dios nos alejamos del hermano. Y cuando nos alejamos del hermano nos enemistamos con Dios. Uno y otro aspecto van unidos. Las dos preguntas, cómo me sitúo ante Dios y cómo me sitúo ante el hermano, son indisociables. La buena relación con Dios nos asegura una buena relación con los otros hombres. Y la mala relación con los otros humanos, es el síntoma más claro de la mala relación de Dios. Aunque esa mala relación con los otros se excuse, como a veces ocurre, en motivos religiosos: es un pecador.

El primer contrapunto a estas historias en las que se pierden las amistades, es la historia de Abrahán. Tras pasar por una serie de dificultades, de dudas, de incertidumbres, Dios interpela a Abrahán, le llama: “Abrahán, Abrahán”. Y de pronto aparece una respuesta distinta: “Aquí estoy” (Gen 22,1). En vez de esconderse, como Adán, o en vez de desentenderse del hermano, como Caín, Abrahán se fía incondicionalmente, se pone en manos de Dios. Esta respuesta de Abrahán anticipa otra respuesta, esta vez definitiva: “Aquí estoy, oh Dios, he venido para hacer tu voluntad”. Son las primeras palabras que Jesús pronunció al entrar en este mundo (según Heb 10,7).

Si la respuesta a la pregunta: ¿dónde estás?, es el silencio del que se esconde, y si la respuesta a la pregunta: ¿dónde está tu hermano?, es el odio del que no quiere hermanos, entonces estamos mal situados. Si la respuesta a la pregunta por el dónde estás es: “aquí estoy”, entonces estamos bien situados. Porque cuando Dios y los hermanos saben dónde estoy, es porque estoy dispuesto a encontrarme con ellos.

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¿Optimismo o esperanza?

Jueves, 28 de enero de 2016

Del blog de Henry Nouwen:

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“El optimismo y la esperanza son actitudes radicalmente distintas. El optimismo es la expectativa de que las cosas -el tiempo, las relaciones humanas, la economía, la situación política, etc.- mejorarán. La esperanza es confiar en que Dios cumplirá sus promesas para con nosotros y que, al hacerlo, nos llevará a la verdadera libertad. El optimismo nos habla de cambios concretos en el futuro. La persona con esperanza vive el momento con la conciencia y la confianza de que todo en la vida está en buenas manos.

Todos los grandes guías espirituales de la historia han sido personas con esperanza. Abraham, Moisés, Ruth, María, Rumi, Ghandi, Dorothy Day. Todos vivieron con una promesa en sus corazones que los guió hacia el futuro, sin necesidad de saber exactamente cómo sería. Vivamos nosotros también con esperanza”

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Henri Nouwen
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Vete de tu tierra y serás bendición”, por Carlos Osma

Jueves, 27 de agosto de 2015

Vete de tu casaDel blog Homoprotestantes:

“Un día el Señor dijo a Abram: “Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás bendición”. (Gn 12, 1-2).

Nuestra tierra, nuestra parentela, la casa de nuestro padre, el lugar del que procedemos cristianas y cristianos, está enfermo de homofobia. En el lugar donde nacimos, donde creamos nuestra identidad y se nos trasmitió la fe en un Dios de amor, se predica el odio y la discriminación hacia las personas LGTB. Puede hacerse de una forma descarada, utilizando la palabra de Dios contra el amor y la dignidad de quienes no son heterosexuales, o engañando con sermones inclusivos sobre el arcoíris que no se traducen jamás en nada real. No hay que darle más vueltas, el mundo del que nunca hubiésemos querido salir, donde viven nuestros seres más queridos, nos odia, y quiere que nosotras y nosotros nos odiemos también.

Algunas personas cristianas LGTB se engañan a sí mismas queriendo cambiar ese mundo para hacerlo realmente más evangélico y por tanto, más humano. Su vida se convierte en una batalla que pretende cambiar a quienes no tienen ninguna intención de hacerlo, a quienes se sienten a gusto con la homofobia porque la consideran divina. Es duro aceptar que tu hermano, que tu madre, que tu amiga de toda la vida te va a ver siempre como un enfermo, como una pecadora, como a alguien que arrastra una tara… o simplemente como alguien que tiene que aceptar y entender la discriminación que sufre. Es muy difícil vivir dentro de una comunidad cristiana donde en realidad no eres más que una prueba de su progresismo, o una muestra de su amor por los pecadores. Pero más difícil es abandonar ese mundo y quedarse sola o solo, sin nadie que de verdad te acompañe en el seguimiento de Jesús. Quizás sea esa la verdadera razón por la que estos cristianos y cristianas LGTB prefieren engañarse, porque no quieren salir de su mundo, el mundo del que proceden y al que siempre han pertenecido.

Pero no hay que engañarse, hay también otras razones, otras realidades que empujan a personas LGTB a permanecer dentro de comunidades y entornos familiares cristianos que predican la homofobia. Hay muchas personas LGTB que tienen responsabilidades, que son pastores, diaconas, que son directoras de alabanza, que llevan grupos de jóvenes.. hay cristianos y cristianas LGTB que viven de la iglesia, que su manutención y la de sus hijos e hijas dependen de los riesgos que estén dispuestos a correr. Hay muchas personas LGTB que son cómplices de la homofobia, y en su caso, doblemente culpables del sufrimiento de muchas personas. Demasiada gente que no quiere perder su estatus, o su dinero, o su poder… y que después dicen vivir atormentados por sus sentimientos. A todas ellas y a todos ellos, “más les valdría ser arrojados al fondo del mar con una piedra de molino atada al cuello” (Mt 18,6).

Las cristianas y cristianos LGTB que prefieren no autoengañarse, que son conscientes de que sus familias, sus iglesias, sus entornos, no les pueden ayudar en su deseo de tener una vida digna, pueden ver como el mandato que Dios dirigió a Abram se convierte en el único mandato posible que Dios les dirige hoy a ellas y ellos:“Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. No es fácil dejar el lugar del que siempre se ha querido formar parte, pero el sistema patriarcal no es un lugar seguro para nosotros. El miedo a lo desconocido paraliza, pero la única posibilidad real que nos queda si no queremos estar toda la vida sometidos, es la que Dios pone delante nuestro: salir hacia otros mundos posibles, construirlos si es necesario, para poder ser libres. Libres para a mar a Dios, amarnos a nosotros mismos y a nuestros prójimos tal y como son. Cada día que retrasamos esa decisión es un día perdido para la vida, para nuestra vida.

La promesa que Dios le hizo a Abram es que ese lugar, esa tierra prometida, no era sólo un lugar donde refugiarse, un lugar donde huir y esconderse. La tierra prometida era un lugar con una promesa: “Haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás bendición”. Nos movemos hacia espacios de inclusión para todas y todos, espacios que se harán reales en la medida que seamos capaces de construirlos. Podemos disfrutar de lo que otras personas han hecho, de su trabajo en momentos mucho más difíciles que el nuestro, pero no somos llamados a una tierra donde todo está hecho ya, vamos a una tierra “donde mana leche y miel”, pero tendremos que esforzarnos y ser valientes para hacerla nuestra. Así podremos ser bendición para los demás. Desde esos lugares, desde esas nuevas maneras de entendernos, de entender el mundo y a Dios, podremos ir transformando el resto del mundo para hacerlo más justo.

El reto puede dar vértigo, pero es la única posibilidad que nos queda y que realmente puede traernos vida. Salir del mundo en el que nacimos y que no nos quiere, para ir hacia otro mundo donde poder disfrutar de la dignidad que Dios nos ha dado como hijos e hijas suyos. Hay que ser muy valientes y enfrentarse a los miedos que nos atormentan cada día, pero Dios nos ofrece una promesa, él nos bendecirá, nos engrandecerá y nos permitirá ser de bendición para otras personas. El evangelio no se vive en la casa de nuestros padres, y eso lo sabemos muy bien, si queremos seguir la promesa de Dios tenemos que abandonarla. Si queremos vivir, hay que ponerse hoy mismo a caminar, con la esperanza puesta en la promesa de Dios. Quienes confiaron antes que nosotros en Dios, no han sido defraudados.

Carlos Osma

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Como Abraham

Viernes, 13 de febrero de 2015

Del blog de la Communion Béthanie:

Leyendo este texto de la vocación de Abraham, puedes oír al Señor llamarte, hoy.

 

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Del mismo modo que a Abraham, te pide ponerte en camino
Para ir donde no sabes,
para ir donde posiblemente no querrías ir …

¡Pero no te inquietes!
Porque el Señor te dará tu respuesta…
¡Te acompañará y jamás te abandonará!

El Señor te llama, hoy,

Para que vayas más lejos en tu relación con él,
Incluso aunque no sepas hasta dónde te hará ir…

Entonces por supuesto, para ir más lejos,
deberás dejar costumbres, prejuicios, maneras de vivir …

Pero no debes quedarte en el verbo “dejar”…, ni tener miedo …
Porque el Señor te invita a venir más cerca de él

Él te llama para que te dejes amar por Él.

¡Y es Él, el Señor, quien hará en ti lo que es necesario
para que puedas responder a esta llamada!
Puede que debas dejar algo,
pero es siempre para ir hacia más amor.

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“Ser creyente es ser forastero”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Domingo, 28 de diciembre de 2014

16406_14261Leído en su blog Nihil Obstat:

Según la carta a los Hebreos ser forastero es consustancial al ser creyente. El más acabado modelo de fe, Abraham, es presentado como el que sale de su tierra, viviendo como extranjero, “peregrino y forastero sobre la tierra”, porque iba en busca de otra patria, de una “ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor era Dios” (Heb 11, 8.9.13.14.10). A la vista de un texto como este, se puede ver en el extranjero un sacramento, o sea, una señal de lo que uno como creyente debería ser. Y si el extranjero me recuerda lo que soy o debo ser, ¿cómo no alegrarme de su presencia?

Los cristianos, cada vez que celebramos la Pascua (o sea, la Eucaristía dominical), recitamos el Credo. También el israelita, en cada Pascua, recitaba su profesión de fe, su Credo, confesando: “mi padre era un arameo errante”, y emigró a Egipto, viviendo allí como un trabajador extranjero, sometido a dura esclavitud. Y pasados unos años volvió a emigrar, salió de Egipto y entró en otra tierra, que ya estaba ocupada, y allí se estableció, encontrando prosperidad y paz (cf. Dt 26,5-9). No es extraño que a lo largo del Antiguo Testamento se le recuerde a Israel algo que no debe olvidar: “recuerda que tú también fuiste extranjero”. ¿La razón de este recordatorio? Tienes que tratar bien al extranjero, tienes que ser para él lo mismo que Yahvé ha sido para ti: “al forastero que reside entre vosotros, lo miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis forasteros en la tierra de Egipto” (Lv 19, 34). O sea, ama al inmigrante, porque es como tú. Y si es así ¿amarle no es amarse a sí mismo?

La emigración es un fenómeno tan antiguo como la humanidad. Es incluso el motor del progreso y de la evolución. Es posible remontarse a lo que ocurrió hace 100.000 años, cuando unos humanos dejaron Africa y se establecieron en Europa, y de estos antepasados africanos venimos nosotros. Pero no hace falta llegar ahí. La mayoría de los lectores españoles seguro que tienen parientes, quizás hermanos de sus abuelos o de sus padres, que durante la primera mitad del siglo XX emigraron a América. O que desde los años 40 a los años 70 del siglo pasado buscaron trabajo en Suiza o en Alemania. Hace unos años, en plena euforia desarrollista, los nietos de aquellos que fueron a América regresaron a España, en una situación parecida a la de sus padres cuando llegaron a América. Y se han quedado. Ahora que el trabajo es precario no caigamos en la tentación (como pretende hacer el primer ministro británico) de decirles que se vayan. ¿Cómo se van a ir si son un sacramento? Además, ¿no vemos en ellos a nuestros propios abuelos?

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