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«Por una Iglesia sinodal», por José Mª Castillo

domingo, 15 de marzo de 2015
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300px-Saint_10De su blog Teología sin Censura:

El profesor Alvaro Restrepo, jesuita colombiano, compañero mío en los años de estudio en la universidad Gregoriana de Roma, escribió esto en el Anuario de los jesuitas del año 2014: “El Vaticano es una isla. Por eso, cuando tanta gente de buena voluntad dice que la Iglesia necesita un buen Papa, no se refiere a que el nuevo Pontífice sea conservador o progresista, de derechas o de izquierdas. Lo que importa es que sea un hombre libre y decidido. Necesita un hombre tan apasionado por el Evangelio, que desconcierte a todos cuantos en el papado buscan un hombre de poder y mando. El Papa debe resultar desconcertante. El día en que el Vaticano sea el “punto de encuentro” de todos los que sufren, ese día la Iglesia habrá encontrado el buen Papa que necesita” (José María Castillo antes de la elección del Papa Francisco)”.

Han transcurrido dos años desde el día en que el jesuita Jorge Mario Bergoglio fue elegido para suceder al dimitido Benedicto XVI. Y todo el mundo está viendo que el nuevo papa no se ajusta al modelo convencional y tradicional de ejercer el papado que se había impuesto en la Iglesia desde tiempo inmemorial. Como es lógico, cuando se produce un cambio tan importante, en una institución tan enorme como la Iglesia, hay gente que está de acuerdo con el cambio. De la misma manera que hay también muchísimas personas que no están de acuerdo con ese cambio. En cualquier caso, hay algo que resulta incuestionable. Me refiero a que, si el papa Francisco dura unos años más, y si logra configurar el número de cardenales electores de forma que el futuro papa prolongue las incipientes reformas, que Francisco está poniendo en marcha, lo más seguro es que la Iglesia que tenemos, dentro de una o dos décadas, será muy distinta de como es ahora mismo.

No se trata de que, ni este papa ni los que vengan después, vayan a cambiar lo que ningún papa puede cambiar. Un papa no puede modificar a su antojo los dogmas de fe, las verdades de “fe divina y católica”, sobre las que descansa la estabilidad y el ser mismo de la Iglesia. Eso no va a suceder. Pero lo que sí sucede es que en la Iglesia hay mucha gente que, por ignorancia o por fanatismo, piensa que son dogmas de fe muchas cosas que no lo son. Y si se trata de cosas que no son dogmas de fe, un papa las puede cambiar. Todo lo que son costumbres, tradiciones (no la “Tradición”), normas, cuestiones jurídicas y legales, etc, etc, un papa puede modificarlas. Y algunas (o bastantes) de ellas, no sólo “puede”, sino que “debe” hacer lo que esté a su alcance, en los asuntos que van a redundar en bien para la Iglesia y para muchas gentes en el mundo.

Por poner un ejemplo. Puede ocurrir que un papa sea menos “teológico-especulativo” que sus antecesores. Pero, si ese déficit se suple con el hecho de que el papa es más “pastoral-cercano” a la gente, sobre todo a la gente sencilla (enfermos, ancianos, niños, pobres…), ¿por qué vamos a hacer un problema de semejante cambio en la forma de ejercer el papado? Es más, ¿no se podría pensar que un papa cercano a los más sencillos y gente humilde es, por eso mismo, un hombre evangélico? ¿Y nos vamos a escandalizar de eso? Es más, ¿se puede asegurar tranquilamente que Jesús – el Jesús que presentan los evangelios – no hizo teología? Lo que pasa es que en el Nuevo Testamento nos encontramos con dos modos (o modelos) de hacer teología. Una cosa es la “teología especulativa” de Pablo. Y otra cosa es la “teología narrativa” de los evangelios.

Esto supuesto, lo que está ocurriendo ahora mismo en la Iglesia es que el papa Francisco está recuperando, con su sencilla espontaneidad y su forma de vivir, la fuerza enorme que tiene el relato (la teología narrativa). Sobre todo cuando ese relato responde a los anhelos, carencias, necesidades y búsquedas de la gente más sencilla, la que no sabe de teologías ni alcanza a seguir las especulaciones de los grandes maestros del pensamiento.

Pues bien, como es lógico, lo que acabo de apuntar tiene tantas y tantas aplicaciones a lo que viene ocurriendo en la Iglesia y en el mundo, que resulta imposible abarcar todas las consecuencias que de lo dicho se siguen. Por eso, yo me voy a limitar a una de esas posibles consecuencias. Porque me parece que así tocamos uno de los temas más importantes (y más urgentes) en el empeño por renovar la Iglesia. Me refiero al tema de la “sinodalidad de la Iglesia”.

Y es que, en los ambientes cercanos a la Curia Vaticana, se habla ahora con frecuencia de un proyecto capital que está resultando determinante en el gobierno de la Iglesia, tal como lo entiende el papa Francisco. Se trata de la “reforma del papado” o, para decirlo con más precisión, de la llamada “conversión del papado” (Marco Politi, Francesco tra i lupi. Il segreto di una rivoluzione, Bari, Laterza, 2014, 146). Esta reforma tendrá, como componente esencial, el proyecto de recuperar para el gobierno de la Iglesia, la “sinodalidád”. Así lo había ya indicado el mismo Francisco en la entrevista que concedió al director de “la Civiltà Cattolica” (19. 09. 2013).

¿Qué es una Iglesia sinodal? Como es bien sabido, esta expresión no se refiere al hecho de que, cada dos años, el papa convoque un sínodo en Roma para debatir un tema teológico más o menos importante. “Iglesia sinodal” fue la Iglesia de los siglos III al IX, que estuvo gobernada de tal manera que las Iglesias locales (o nacionales) se auto-gobernaban por sí mismas mediante los sínodos o concilios locales o nacionales. Sínodos que eran presididos por los obispos de cada región o de cada país. La teología de esta forma de gobierno de la Iglesia fue sabiamente formulada por san Isidoro de Sevilla en el Ordo de celebrando concilio, redactado por el mismo Isidoro, para el IV concilio de Toledo (a. 633), un texto que tuvo una amplia difusión en Occidente (Y. Congar, L’ecclésiologie du Haut Moyen-Age, Paris, Cerf, 1968, 131-138). Es más, sabemos que hubo obispos y teólogos, ampliamente reconocidos en la Iglesia de aquellos siglos, como es el caso de Hinkmaro, Benedictus Levita o el autor de las Seudo-Decretales, para quienes el papa incluso estaba obligado a observar los cánones de los sínodos y a ejercer su autoridad de acuerdo con las decisiones de dichos sínodos (K. F. Morrison, The two Kingdoms. Ecclesiology in Carolingian political thought, Princeton, 1964, 71-98).

Lo que acabo de indicar puede parecer extraño o incluso escandaloso a no pocos católicos, que sólo conocen de la Iglesia y del papado lo que se ve y se oye en los últimos tiempos. Pero las cosas no fueron siempre así. Voy a poner un solo ejemplo que es elocuente por sí mismo. En el otoño del año 254, el gran obispo de Cartago, que fue san Cipriano, tuvo que resolver, en un sínodo, reunido en el mismo Cartago, el problema que habían planteado los fieles de tres diócesis españolas. Se trataba de las diócesis de León, Astorga y Mérida. En estas diócesis, los obispos había flaqueado en la persecución de Diocleciano. Los tres prelados no habían confesado su fe y, ante tal cobardía, las comunidades los habían depuesto de sus cargos. Uno de estos obispos, un tan Basílides, acudió a Roma, al papa Esteban, seguramente con una información no del todo objetiva. El papa lo repuso en su cargo. Lo que indignó a los fieles, que acudieron a Cipriano. Éste reunió un concilio local para resolver el asunto. La resolución está perfectamente documentada y nos ha llegado en la carta 67 de Cipriano, que además está firmada por los 37 obispos que asistieron al concilio. Parece, por tanto, esta forma de gobierno de la Iglesia estaba ya bastante extendida y aceptada en el s. III.

Así las cosas, lo que aquí interesa es saber que la carta sinodal de aquel concilio de Cartago afirma tres cosas: 1) El pueblo tiene poder para elegir a sus ministros, concretamente al obispo (Cipriano, Epist. 67, IV, 1-2). 2) El pueblo tiene poder para quitar al obispo cuando éste se comporta de manera indigna (Cipriano, Epist. 67, III, 2). 3) El recurso a Roma no debe cambiar la situación, porque ese recurso se ha hecho sin atenerse a la verdad y sinceridad que requieren estas decisiones (Cipriano, Epist. 67, V, 3) (cf. José M. Castillo, La alternativa cristiana, Salamanca, Sígueme, 1978, 192-193).

Es evidente que todo esto indica una mentalidad según la cual la Iglesia tenía su centro, más en la comunidad del pueblo creyente, que en el clero y en la jerarquía. Es importante saber que, en el tiempo de los Padres y en toda la alta Edad Media, los sínodos repetían frecuentemente el criterio que formuló el papa Celestino I: “nullus invitis detur episcopus”: “ningún obispo se les imponga a quienes no lo aceptan”. Para nombrar a un obispo se requería la aceptación y el deseo del clero y del pueblo: “Cleri, plebis et ordinis, consensus ac desiderium requiratur” (Celestino I, Epist. IV, 5. PL 50, 434 B). Y conste que este criterio estuvo en vigor hasta el s. XI, como consta en el Decreto de Graciano (c. 13, D. LXI. Friedberg, 231. Cf. J. A. Estrada, La identidad de los laicos, Madrid, Cristiandad, 1990, 128).

Por supuesto, la Iglesia nunca perdió la idea y el sentimiento del primado papal. De forma que el obispo de Roma intervenía en la solución de los asuntos más graves o que no podían decidirse a nivel local. Además, siempre se tuvo el convencimiento según el cual “el papa tiene la autoridad de Pedro si tiene la fe, la justicia y las costumbres de Pedro”. Una convicción mantenida y difundida por los papas, obispos y teólogos del Alto Medievo (Y. Congar, o. c., 162-163.

A partir de estos criterios, y mediante eta forma de gobierno, la Iglesia de aquellos siglos se mantuvo fiel a la fe en Jesús el Señor, fiel al Evangelio y fiel a su misión en el mundo. Y mientras se mantuvo así, pudo influir decisivamente en la cultura, en las costumbres y en la vida de los pueblos y las gentes de aquellos tiempos. Fue una Iglesia que tuvo una presencia y una fuerza que hoy ya no tiene. Una presencia y una fuerza que el papa Francisco quiere, a toda costa, recuperar. No para ganar poder y prestigio, sino para ayudar a humanizar el “mundo desbocado” (A. Giddens) que tenemos en este momento.

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Las tentaciones de Jesús y de la Iglesia (F. Dostoievski)

sábado, 28 de febrero de 2015
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img-gen7He tratado varias veces de las tentaciones de Jesús según Mateo y Lucas. Los eruditos saben, desde antiguo, que ellas no exponen un dato externo, que deba tomarse al pie de la letra, como algo que pasó a Jesús un día, pero que definen el sentido de identidad mesiánica, y marcan desde la historia concreta de los hombres.

Esas tentaciones no pasaron externamente así, aunque es muy probable que, iniciando su mensaje, Jesús haya debido superar alguna prueba, como expresión del conflicto permanente de su vida y de su obra. Más aún, gran parte de los hombres y mujeres de su tiempo (y en especial del nuestro) habrían aceptado la oferta Diablo, que tenía muchas más “razones” que Jesús, como vio certeramente Dostoievsky:

Si hubo alguna vez en la tierra un milagro verdaderamente grande fue aquel día, el día de esas tres tentaciones. Precisamente, en el planteamiento de esas tres cuestiones se cifra el milagro. Si fuese posible idear, sólo para ensayo y ejemplo, que esas tres preguntas del Espíritu terrible se suprimiesen sin dejar rastro en los libros y fuese menester plantearlas de nuevo, idearlas y escribirlas otra vez, para anotarlas en los libros, y a este fin se congregase a todos los sabios de la tierra… ¿piensas tú que toda la sabiduría de la tierra reunida podría discurrir algo semejante en fuerza y hondura a esas tres preguntas que, efectivamente, formuló entonces el poderoso e inteligente Espíritu en el desierto?… Porque en esas tres preguntas aparece compendiada en un todo y pronosticada toda la ulterior historia humana y manifestadas las tres imágenes en que se funden todas las insolubles antítesis históricas de la humana naturaleza en toda la tierra (Los hermanos Karamásovi, en Obras completas, III, Aguilar, Madrid, 1964, 208).

Texto

‒ En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó, diciendo: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
‒ Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
‒ Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían. (Mt 4, 1-11; cf. Lc 4).

Contexto

El Diablo que “tienta” a Jesús no es un “espíritu” cualquiera, sino “el espíritu del mundo”, aquel que ha dirigido y que dirige los grandes poderes del mundo: la economía “real”, la “Realpolitik” y la ideología de los grandes mass-media. Son esos los poderes que hablan a Jesús y que le dicen aquello de debía ser su mesianismo para triunfar sobre la tierra:

‒ Le dicen que utilice su poder de “hijo de Dios” (ser poderoso) para que las piedras se hagan pan, pues el hambre muerde y quema a muchísimas personas. Simplemente tiene que “pedir rescate”, firmando el documento que le extienden.

‒ Le dicen que se sume a la máquina del poder, porque es grande la opresión de los gobiernos pervertidos, especialmente el imperial de Roma; que suba al carro de los poderosos, que pacte con ellos, y que así podrá triunfar.

‒ Le dicen que realice milagros externos de tipo religioso, al lado del gran templo, para que los hombres superen su angustia y puedan lograr seguridad sobre la tierra; que utilice así la religión para dominar a los demás.

1º. Tentación, venderse por dinero. El dilema de Grecia.

La inmensa Grecia de los filósofos y sabios antiguos ha quedado reducida a la pequeña Grecia de los sucesores de los coroneles, que no tienen más remedio que pedir dinero/pan al Diablo.

«Si eres hijo de Dios di a esas piedras que se vuelvan alimento» (cf. Lc 4, 3). Así argumenta el Diablo, con lógica perfecta: si Dios nos ha creado y sacado de Egipto (esclavitud) es evidente que debe alimentarnos. Son millones los hambrientos: si hay Dios, debe resolver su problema. Jesús ha respondido que «no sólo de pan viven los hombres» (Lc 4, 4), sino, y sobre todo, del don creador de la gracia y de la libertad, es decir, de unas nuevas relaciones humana. Dostoievsky ha interpretado así la razón del Satán, con palabras de un Inquisidor de Sevilla:

«Tú quieres irle al mundo, y le vas con las manos desnudas, con una ofrenda de libertad que ellos, en su simpleza y su innata cortedad de luces, ni imaginar pueden… porque nunca en absoluto hubo para el hombre y para la sociedad humana nada más intolerable que la libertad. ¿Y ves tú esas piedras en este árido y abrasado desierto?… Pues conviértelas en pan, y detrás de Ti correrá la Humanidad como un rebaño, agradecida y dócil. Pero tú no quisiste privar al humano de su libertad y rechazaste la proposición, porque ¿qué libertad es esa -pensaste- que se compra con pan?» (Ibid 208-209).

Sabemos en tiempo de Jesús el problema del hambre resultaba intolerable. Él mismo pertenecía a la clase de los campesinos sin tierra, de los artesanos precarios, hallándose cerca de los mendicantes y mendigos de diverso tipo. ¿Qué significaba en ese contexto conseguir comida, convertir las piedras del desierto en pan? Los terratenientes y terratenientes se habían convertido en dueños de un pan que ellos empleaban para imponerse así sobre los pobres. Pues bien, Jesús no quiere asumir ese camino, resolviendo desde arriba el problema del pan, pues con ello acabaría construyendo un nuevo tipo de imposición, más perversa que todas las anteriores.

Jesús no quiere “convertir las piedras en pan”, sino cambiar a los hombres, para que ellos mismos compartan el pan, los de Grecia y Alemania, los del Sahel y los de China. El diablo de Dostoyevsky piensa que “sólo construye del todo el que da de comer” y dice a Jesús: “de haber optado por el pan habrías respondido al general y sempiterno pensar humano: ¿ante quién adorar?”. Leer más…

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Cuando la Iglesia escucha.

miércoles, 11 de febrero de 2015
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1_ba2bff6e49«Cuando la Iglesia escucha incansablemente, cura, reconcilia,  llega a ser lo que ella misma es en lo más luminoso de sí misma, una comunión de amor, de compasión, de consuelo, límpido reflejo del Cristo resucitado. Nunca distante, jamás a la defensiva, liberada de las severidades, puede irradiar la confianza humilde de la fe hasta en nuestros corazones humanos. «

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Hermano Roger de Taizé

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«Democracia y derechos humanos en la Iglesia», por José María Castillo

lunes, 2 de febrero de 2015
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mafalda_derechos_humanosLeído en su blog Teología sin Censura:

Para plantear, desde el primer momento, el tema que intento explicar, empiezo haciendo una pregunta: ¿Qué autoridad moral o qué credibilidad puede tener, ante los ciudadanos de nuestro tiempo, una institución (la Iglesia) que, tal como está pensada y organizada, no puede ser gobernada como una democracia, ni puede suscribir y poner en práctica los derechos humanos? Esta pregunta se nos hace más apasionante, y también más incómoda, si pensamos (al menos, por un instante) que la Iglesia pretende “evangelizar”, es decir, “transmitir el Evangelio”. Pero, ¿cómo va a intentar transmitir “lo más sublime” (el Evangelio de Jesús), si no puede ni cumplir “lo más elemental” (la democracia y los derechos fundamentales)?

Supuesta la pregunta que acabo de hacer, el punto de partida de mi reflexión es éste: la democracia en el gobierno de la Iglesia, así como la puesta en práctica de los derechos humanos en ella, son dos asuntos tan vitales y tan urgentes, que, de la correcta solución que se les dé a estos dos problemas, depende que la Iglesia pueda ser o no ser fiel a sus orígenes (o sea, al Evangelio). Lo mismo que, de la fidelidad a la democracia y a los derechos humanos, depende también que la Iglesia recupere la credibilidad que tanto necesita y pueda cumplir con la misión que tiene asignada en este mundo. Pienso, además, que la Iglesia (en su conjunto) no ha tomado aún conciencia de la importancia apremiante de lo que acabo de apuntar.

Y todavía, una observación, que para mí es vital: en esta conferencia voy a decir (ya las he apuntado) cosas que van a resultar desagradables para algunos. Si hablo de esta manera, no es por resentimiento o alejamiento de la Iglesia. Todo lo contrario. Digo estas cosas porque es mucho lo que me interesa la Iglesia y es muy fuerte el cariño que siento por la Iglesia. La Iglesia que tenemos, no la que yo pueda tener en mi cabeza. Porque en esta Iglesia he nacido. En ella vivo. Y en ella quiero morir. A la Iglesia le debo el conocimiento de Jesús y su Evangelio. Lo que pasa es que con frecuencia veo la distancia y hasta la contradicción, que palpa tanta gente, entre la Iglesia y el Evangelio. Ante esto no me puedo callar. En esto radica el contenido y la intención de lo que voy a decir aquí.

1. Punto de partida

El gran problema, que aquí afrontamos, no es el problema que consiste en precisar si la Iglesia puede o no puede ser democrática; debe o no debe ser democrática. Eso, por supuesto. Pero hay un problema previo al que nunca le hincamos el diente. Me refiero al problema de la estructura misma de la religión. Si hablamos de la relación entre Iglesia y democracia, entre Iglesia y derecho, nos metemos en un callejón sin salida, si previamente no afrontamos el problema de la relación entre la Iglesia y la religión. ¿Por qué? Porque la religión – tal como el hecho religioso nos es conocido y fuera de muy contadas excepciones – no consiste sólo en la “relación con Dios”, sino además de eso, es también “relación mediada”. Es decir, la religión consiste en una relación con Dios que se realiza por medio (relación “mediada”) de mediadores asociados a jerarquías que entrañan un sistema de ritos, rangos y poderes sagrados, que implican dependencia, obediencia, sumisión y subordinación a superiores invisibles (Cf. Walter Burkert, La creación de lo sagrado, Barcelona, Acantilado, 2009, 146). De ahí que el “sentimiento religioso” específico es el “sentimiento de veneración” y el consiguiente “sometimiento” (Jean Bottéro, La religión más antigua: Mesopotamia, Madrid, Trotta, 2001, 59-65). Sometimiento, no sólo a Dios, sino también sometimiento a los mediadores, que actúan de “puentes” (“pontífices”), entre los seres humanos y el Trascendente. Entre la “inmanencia” y la “trascendencia”.

Ahora bien, en la medida en que la religión se acepta así, se vive así y se mantiene así, es sencillamente contradictorio y, por tanto, imposible establecer una relación, que se pueda justificar y llevar a la práctica, entre religión y democracia, entre religión y derechos humanos. Y por eso también, es imposible una relación normal entre Iglesia y democracia o entre Iglesia y derechos humanos. Esta contradicción no suele ser “argumentada racionalmente” o discursivamente. Pero sí suele ser “vivida emocionalmente” por importantes sectores de la población, especialmente en los países más desarrollados. De ahí la frecuente conflictividad que se suele producir entre los ciudadanos y las jerarquías de la religión. Con frecuencia, esta conflictividad se suele explicar, en el caso de los jerarcas, echando mano de la pérdida de la fe, del relativismo moral, de la degradación de las costumbres… Y en el caso de los ciudadanos, se rechaza a las jerarquías religiosas por motivaciones culturales, sociales, políticas y éticas. En todo eso puede haber, sin duda, algo o mucho de verdad. Pero en nada de eso está la verdadera razón del eterno conflicto entre jerarcas y fieles, entre sacerdotes y laicos.

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Y es que, cuando nos quedamos en esas rencillas, inevitablemente nos ponemos a dar palos de ciego. Porque, si nos quedamos en esas discusiones y en esos enfrentamientos, verdaderamente unos y otros estamos ciegos. Por eso, los palos que damos son palos de ciego. Porque el ciego, ya sea el obispo, el teólogo o el laico, si se queda en lo superficial y no llega al fondo del asunto, sin más remedio va por la vida como un ciego. A mí, por lo menos, esto justamente es lo que me ha ocurrido demasiadas veces.

2. Libertad e igualdad

Para hablar con propiedad, sobre la democracia y los derechos humanos, hay que empezar, como es lógico, por donde empieza la Declaración Universal: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” (Art. 1). Por tanto, la libertad y la igualdad son los dos fundamentos básicos de la democracia y de los derechos fundamentales de los seres humanos. Por consiguiente, donde no hay igualdad y no hay libertad, no hay – ni puede haber – democracia. Porque precisamente la democracia es el sistema de gobierno y de convivencia que acaba con las desigualdades y los sometimientos. Donde hay desigualdades y sometimientos no puede haber democracia.

Ahora bien, lo más opuesto, lo radicalmente opuesto, a los dos principios que acabo de apuntar (la libertad y la igualdad), es la religión. Porque religión es jerarquía y obediencia. Por supuesto, jerarquía y obediencia a Dios. Pero no sólo a Dios. Sino jerarquía y obediencia a Dios a través de los “mediadores”, que son esenciales en la religión. Y que son los que constituyen las jerarquías constitutivas de la religión. Ahora bien, jerarquía es lo mismo que desigualdad (de rangos, dignidades, poderes, categorías…). Y jerarquía es lo mismo que sometimiento. de unos (los que obedecen) a otros (los que mandan). Sometimiento en dogmas, ritos, normas, tradiciones…). Por tanto, donde hay religión no puede haber libertad, ni puede haber igualdad. Lo cual no quiere decir que donde hay relación con Dios no pueda haber libertad, ni pueda haber igualdad. Una cosa es la relación con Dios. Y otra cosa es la relación con la religión de lo sagrado, con sus jerarquías y sus consiguientes desigualdades y sumisiones.

DERECHOS HUMANOS DignidadEnseguida hablo de esto. Pero antes es necesario aclarar otra cuestión importante.

3. Igualdad y diferencia

Una cosa es la desigualdad y otra cosa es la diferencia. La diferencia es un hecho. La igualdad es un derecho. Es un hecho que los hombres son diferentes de las mujeres, los blancos son diferentes de los negros, etc. Pero esto no quiere decir que los hombres tengan derechos que no pueden tener las mujeres. O que los blancos tengan derechos que no pueden tener los negros, etc. La “diferencia es un término descriptivo”. Mientras que la “igualdad es término normativo” (Luigi Ferrajoli, Derechos y garantías. La ley del más débil, Madrid, Trotta, 2001, 79). Las diferencias nunca pueden ser “factores de desigualdad” (o. c., 79-80). Porque cuando las diferencias se erigen en desigualdades, se pasa del ámbito de los “hechos” al ámbito de los “derechos”. Lo cual da pie a que, cuando uno es diferente (por el motivo que sea), ese “hecho” se constituya en un “derecho” o en una fuente de derechos que no están al alcance de los demás.

Este desplazamiento de los hechos a los derechos es mucho más frecuente de lo que imaginamos. Sucede en política, en el mundo empresarial y laboral, en el ámbito de la ciencia y el saber, en la sociedad en general…. Y de un modo muy especial, se produce – y reproduce – en las religiones, concretamente en la Iglesia: los hombres tienen derechos que no tienen las mujeres, los clérigos gozan de derechos que no pueden tener los laicos, etc, etc. Lo cual, para amplios sectores de la población, resulta sencillamente irritante. Especialmente en dos ámbitos de la vida a los que casi todos somos muy sensibles. Me refiero a todo lo relacionado con el dinero y con el sexo. Que la Iglesia es vista como una religión, es un hecho. Que este hecho se ha convertido en una fuente de derechos, que de facto son privilegios, es algo que está a la vista de todos. Esto ya, por sí solo, es indignante. Pero, si a esto se añade la opacidad de lo que se oculta, de lo que no se informa a la opinión pública…, entonces lo “indignante” llega a resultar “irritante”. Nadie sabe exactamente el dinero que ingresa la Iglesia. Nadie sabe de dónde proviene ese dinero. Nadie sabe en qué se invierte tanto dinero. Ni cómo se invierte. Es verdad que hay obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, que son ejemplares y hasta heroicos. Pero también es cierto que, por ejemplo, los privilegios fiscales de la Iglesia son importantes. Pero, ¿qué representa eso? ¿qué consecuencias tiene? Se sabe que esos beneficios eran, al menos los años del gobierno de Zapatero, mayores que los privilegios que tenía la Iglesia en tiempo de Franco (Cf. Julio Jiménez Escobar, Los beneficios fiscales de la Iglesia Católica, Bilbao, Desclée, 2002, 371). Y en cuanto al ámbito del sexo, baste con decir que, hasta el pontificado de Juan Pablo II, era el Vaticano el que prohibía severamente que se supiera nada de lo relacionado con los abusos de menores. Desde los tiempos de Pío XII, yo sabía de tales abusos. Como también sabía de las severas prohibiciones que Roma imponía en este asunto.

4. Jesús y la religión
Por todo lo que acabo de decir, impresiona más lo que representa la originalidad, la genialidad y la actualidad que tiene el Evangelio. Porque – lo digo ya desde ahora – ni el Evangelio es una religión (en el sentido que acabo de explicar), ni la Iglesia puede ser una institución que representa a una religión.

Me explico. Sabemos que Jesús fue perseguido, insultado, amenazado, juzgado, condenado y ejecutado por los representantes jerárquicos y mandatarios de la religión del templo, la religión de lo sagrado, la religión de la ley y de los ritos, la religión que amenaza con castigos y condenas. Los hombres de la religión, en tiempo de Jesús, se dieron cuenta de que lo que ellos representan y lo que representaba Jesús eran dos cosas incompatibles. Leer más…

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José María Castillo: «A Francisco le interesa más el Evangelio que la religión»

domingo, 1 de febrero de 2015
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la-foto-1_560x280El teólogo denuncia que «la Iglesia es una institución más religiosa que evangélica»

«Tenemos que insistir no sólo en los deberes de los fieles, sino en los derechos de todos los ciudadanos»

«Para mucha gente, lo importante son los rituales, no Dios. Que haya bodas y procesiones, pero no creen en Dios»

(Jesús Bastante).- Es uno de los teólogos españoles más respetados en España, Latinoamérica y, en los últimos tiempos -coincidiendo con el pontificado de Francisco-, también en Italia. El primero en consseguir un doctorado Honoris Causa por una Universidad Civil. José María Castillo ha intervenido este fin de semana en el Congreso de la Asociación de Teólogos Juan XXIII con una ponencia sobre la Iglesia, la democracia y los derechos humanos. Siempre es un lujo poder conversar con él.

«Francisco es considerado un bicho raro por buena parte de la Curia y del clero vaticano, porque a él le interesa más el Evangelio que la religión«, constata Castillo, quien se pregunta «¿qué autoridad moral o qué credibilidad puede tener, ante los ciudadanos de nuestro tiempo, una institución que, tal y como está pensada y organizada, no puede ser gobernada como una democracia ni puede suscribir ni poner práctica los derechos humanos?«.

«La Iglesia actual no puede transmitir lo más sublime -el Evangelio-, pues no puede cumplir lo más elemental -la democracia y los derechos fundamentales-. Y lo más grave es que la mayoría del mundo eclesiástico, ni la gente, no se dan cuenta de ello», sostiene el teólogo, quien en los últimos tiempos se ha visto rehabilitado por una institución que, en su opinión, «olvidó que lo fundamental es transmitir y vivir el Evangelio».

«La Iglesia necesita recuperar la credibilidad que tanto necesita para poder cumplir la misión que tiene asignada, y para ello ha de intentar vivir con fidelidad a la democracia y a los derechos humanos». En opinión de Castillo, el problema no está tanto en precisar si la Iglesia puede o no ser democrática, sino «afrontar la relación entre la Iglesia y la religión».

 

Para el teólogo, desde el momento en que la relación con Dios se realiza a traés de «mediadores asociados a jerarquías que entrañan un sistema de ritos, rangos y poderes sagrados, que implican dependencia, obediencia, sumisión y subordinación a superiores invisibles». «Sin eso -añade- no hay religión. Pero con eso, no hay derechos humanos, porque no se admite la igualdad ni la libertad. Lo primero no es Dios, sino los rituales».

«Para mucha gente, lo importante son los rituales, no Dios. Que haya bodas y procesiones, pero no creen en Dios», denuncia Castillo, quien contrapone religión, «que es jerarquía y obediencia» a Evangelio, que es «vida e igualdad«. «En la Iglesia, los hombres tiene derechos que no tienen las mujeres, los clérigos gozan de derechos que no pueden tener los laicos…, lo cual, para amplios sectores de la población, resulta sencillamente irritante».

«Ni el Evangelio es una religión, ni la Iglesia puede ser una institución que representa a una religión«, añade José María Castillo, quien insiste en que «Jesús fue perseguido, insultado, amenazado, juzgado, condenado y ejecutado por representantes de la religión del templo. Los hombres de la religión, en tiempo de Jesús, se dieron cuenta de que lo que ellos representaban y lo que representaba Jesús eran dos cosas incompatibles».

«Seamos claros: Jesús no fundó la Iglesia, Jesús no fundó una religión. Más bien, desplazó la religión, la sacó de ‘lo sagrado’ y la puso ‘en la vida'». Por ello, el Evangelio, «como forma de vida y principio organizativo para la Iglesia, se ha ido marginando», lo que lleba a que «la Iglesia hoy es una institución más religiosa que evangélica. Por eso la gente sabe que, cuando se habla de cristianismo y de la Iglesia, estamos hablando de ‘religión’, no de ‘Evangelio'».

Frente a ello, Castillo ofrece cuatro propuestas: «En primer lugar, mantener el papado como lo está intentando el Papa Francisco: ser fundamentalmente el obispo de Roma; en segundo lugar, recuperar el gobierno sinodal, con participación de los laicos, que estuvo vigente en la Iglesia durante el primer milenio; en tercer término, renovar y actualizar la praxis de los sacramentos, para que puedan ser practicados como símbolos de la fe; finalmente, la Iglesia tiene que insistir, no sólo en los deberes de los fieles, sino igualmente en los derechos de todos los ciudadanos«. Ojalá así fuera.

Fuente Religion Digital

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«Escuchar lo que dice el Espíritu». El Bautismo del Señor – B (Marcos 1,7-11)

domingo, 11 de enero de 2015
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10_Bautismo_BLos primeros cristianos vivían convencidos de que para seguir a Jesús es insuficiente un bautismo de agua o un rito parecido. Es necesario vivir empapados de su Espíritu Santo. Por eso en los evangelios se recogen de diversas maneras estas palabras del Bautista: «Yo os he bautizado con agua, pero él (Jesús) os bautizará con Espíritu Santo».

No es extraño que en los momentos de crisis recordaran de manera especial la necesidad de vivir guiados, sostenidos y fortalecidos por su Espíritu. El Apocalipsis, escrito en los momentos críticos que vive la Iglesia bajo el emperador Domiciano, repite una y otra vez a los cristianos: «El que tenga oídos, que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias».

La mutación cultural sin precedentes que estamos viviendo, nos está pidiendo hoy a los cristianos una fidelidad sin precedentes al Espíritu de Jesús. Antes de pensar en estrategias y recetas pastorales ante la crisis, hemos de preguntarnos cómo estamos acogiendo nosotros el Espíritu de Jesús.

En vez de lamentarnos una y otra vez de la secularización creciente, hemos de preguntarnos qué caminos nuevos anda buscando hoy Dios para encontrarse con los hombres y mujeres de nuestro tiempo; cómo hemos de renovar nuestra manera de pensar, de decir y de vivir la fe para que su Palabra pueda llegar hasta los interrogantes, las dudas y los miedos que brotan en su corazón.

Antes de elaborar proyectos pensados hasta sus últimos detalles, necesitamos transformar nuestra mirada, nuestra actitud y nuestra relación con el mundo de hoy. Necesitamos parecernos más a Jesús. Dejarnos trabajar por su Espíritu. Solo Jesús puede darle a la Iglesia un rostro nuevo.

El Espíritu de Jesús sigue vivo y operante también hoy en el corazón de las personas, aunque nosotros ni nos preguntemos cómo se relaciona con quienes se han alejado definitivamente de la Iglesia. Ha llegado el momento de aprender a ser la «Iglesia de Jesús» para todos, y esto solo él nos lo puede enseñar.

No hemos de hablar solo en términos de crisis. Se están creando unas condiciones en las que lo esencial del evangelio puede resonar de manera nueva. Una Iglesia más frágil, débil y humilde puede hacer que el Espíritu de Jesús sea entendido y acogido con más verdad.

José Antonio Pagola

Ver en la página Web

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«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto». Domingo 11 de enero de 2015. Bautismo del Señor. Domingo primero ordinario-

domingo, 11 de enero de 2015
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20160WLeído en Koinonia:

Isaías 42,1-4.6-7: Mirad mi siervo, a quien prefiero.
Salmo responsorial: 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Hechos de los apóstoles 10, 34-38: Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
Marcos 1,7-11: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.

 Hoy, como comunidad de creyentes, celebramos el bautismo de Jesús y, junto con él, nuestro bautismo. Así pues, las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos que identifican el verdadero bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, la tarea de todo bautizado es testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos sin excepción. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de pasar por la vida “haciendo el bien”; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiesta la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: El cielo se abre, desciende el Espíritu y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios. Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es el hecho fundamental del ser cristiano, pues evoca la vida, la muerte y la resurrección de Cristo y la participación de todo cristiano en este misterio. El bautismo viene a significar en síntesis, y teniendo en cuenta los elementos descritos anteriormente, la entrega generosa a Dios y a los hermanos a ejemplo del mismo Cristo. Leer más…

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Dom 11. 1. 15. «Bautismo de Jesús, la primera Navidad cristiana»

domingo, 11 de enero de 2015
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theoph1Del blog de Xabier Pikaza:

Mc 1, 7-11. El primer evangelio que es Marcos no tiene un relato de Nacimiento de Jesús (como Lucas y Mateo), ni siquiera un discurso sobre el Origen Eterno del Logos de Dios (como Jn 1).

Si sólo hubiera Marcos no podría haberse celebrado la Navidad de Jesús Niño, porque a su juicio el verdadero Nacimiento mesiánico (divino y humano) aconteció más tarde, en el entorno de su experiencia bautismal .(cono seguiré indicando).

El evangelio de Marcos supone que Jesús nació a su “vida mesiánica” siendo ya adulto, al “convertirse” y asumir su propia llamada, por encuentro personal con Dios, tras el bautismo. En esa línea podemos añadir que la vida de cada ser humano no se encuentra “fijada y sellada” en el Primer Nacimiento (del que trataron de formas distintas Lucas y Mateo), sino en el Segundo, vinculado a la vocación y decisión de cada uno.

Esta experiencia nos sitúa ante la verdadera “navidad cristiana”, ante la forma de entender, asumir y promover nuestro “bautismo”, es decir, nuestro Nacimiento Mesiánico.

¿Bautismo de adultos?

Hasta hace poco en los países de tradición cristiana se daba por supuesto que los niños debían bautizarse pronto, poco después de haber nacido, para así se borrara su pecado original. Ahora son muchos los que no bautizan a sus hijos, quizá porque creen que merezca la pena (casi nadie entiende el pecado original, en el sentido antiguo), quizá porque no tienen buena “catequesis” (no saben o sienten lo que implica la pertenencia eclesial), quizá porque piensan que el bautismo implica un Re-Nadimiento de adultos.

El caso es que el bautismo se encuentra en fuerte crisis, que aquí no puedo plantear con detalle (ni mucho menos resolver). Pues buen, en esta situación es bueno “volver a la raíz”, retomar los rasgos principales del bautismo/nacimiento cristiano de Jesús, como podrá ver quien siga leyendo. Buen día del bautismo a todos.
(El texto está tomado básicamente de mi libro: Historia de Jesús).

Si nacemos de Dios ¿para qué bautizarnos?

Dios nos ha sellado con su ADN Personal, que es uno mismo para todos (es divino), y es distinto para cada uno con su nombre y apellido y con propia tarea o vocación, que es como un código de barras que debemos ir desarrollando a lo largo de la vida. Ese es el mensaje de fondo de Jn 1, 12-13 que he comentado al otro día.

Por eso, si nacemos de Dios (y en no en un tipo de estado ontológico de pecado, como a veces se ha dicho), en principio no necesitamos un bautismo o “sello” de pertenencia divina, pues estamos ya acuñados con sello de Dios, por el hecho de haber nacido, siendo cada uno “embajador” y plenipotenciario de ese mismo Dios sobre la tierra. No necesitamos que alguien venga y nos diga desde fuera lo que somos (como sabe 1 Juan).

No nacemos sin más en pecado, ni necesitamos que nos digan desde fuera lo que somos. Pero es bueno que nos lo recuerden, que nos ofrezcan un lugar de convivencia en la Iglesia, para que no olvidemos lo que somos, de manera que el “sello de Dios” se traduzca en la vida y compromiso “creyente” de cada uno, como el Jesús de Mateo, que nació a la vida mesiánica en el (después del) Bautismo.

Es bueno pues que la Iglesia nos bautice y confirme en el nombre de Dios (con Jesús, como a Jesús), para que seamos lo que somos, y así lo sepamos y podamos compartirlo. Éste es el primer “sacramento”, sello o símbolo cristiano, administrado por la Iglesia en cuanto tal, sin necesidad de ministros consagrados especiales (presbíteros u obispos), pues todos los cristianos en su comunidad sacerdotes o ministros del Bautismo.

Una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Cristo (Ef 4, 5), pero no al servicio de la separación (una secta más), sino de la vinculación de todos, pues a todos llama y enriquece Dios para la vida personal y para la experiencia de comunión, por medio del Espíritu de Dios (que es vida), en nombre de Jesús (signo y principio de una humanidad universal).

Este Bautismo de Jesús, que es signo y misión de vida universal (en riqueza interior, en apertura a todos) es la primera de todas las tareas de la Iglesia, como supo Pablo y como ha ratificado Jesús al final del evangelio de Mateo diciendo “Id y haced que todos compartan un mismo camino de humanidad (de discipulado), bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu” (Mt 28, 16-20), no por la fuerza, no por imposición, sino en libertad, por amor mutuo.

El bautismo ratifica por tanto eso que he llamado “el ADN de Dios”, y es principio de identidad de los cristianos, es distinto en cada uno, el mismo para todos. Este Domingo del Bautismo de Jesús nos lleva así de la Navidad (nacimiento de Dios) al nacimiento y vida de cada uno de los que creen en Jesús y forman parte de su comunidad, la Iglesia.

No es necesario el bautismo, como he dicho, por el sello de Dios lo llevamos (somos hijos suyos, con Jesús) por haber nacido. Pero es muy importante, porque expresa y ratifica la identidad mesiánico de los hijos de Dios. Somos hijos de Dios por nacimiento (antes de toda elección), pero somos cristianos de la Iglesia por opción, porque hemos querido bautizarnos (o hemos ratificado el bautismo que nos ofrecieron de niños en nombre de la Iglesia).

Entendido así, el bautismo es un don y una tarea. En general, nuestra Iglesia (y en un sentido extenso la sociedad occidental, que se llama cristiana) está bautizada, pero no ha recorrido el itinerario post-bautismal de Jesús, que hoy quiero presentar, con el evangelio del día, retomando algunos apuntes tomados de mi comentario a Marcos.

Texto: MARCOS 1, 7-11

(Entorno) En aquel tiempo proclamaba Juan: Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero el os bautiza con Espíritu Santo.

(Presentación… y Bautismo) Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.

(Post-bautismo) Y de pronto, saliendo del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: –Tú eres mi hijo amado, mi predilecto.

1. BAUTISMO. LO QUE JESÚS BUSCABA Y LO QUE HALLÓ

a. Lo que pudo buscar
historia jesús 45
No sabemos la razón interna por la que Jesús, nazoreo de Galilea, vino donde Juan, profeta del Jordán, pero fue, sin duda, porque aceptó su mensaje y porque tuvo la certeza de que el orden existente en Israel (y, en realidad, en todo el mundo) debía terminar y porque, en su forma actual (pecado general, imposición de la ciudad sobre el campo, de los ricos sobre los pobres, opresión…), este mundo resultaba inviable y no podía mantenerse. Sea como fuere, Jesús se hizo discípulo de Juan, con su terapia de choque, asumiendo un camino de conversión y recibiendo el bautismo, a la espera del juicio inminente (cf. Mt 3, 12 par.).

Jesús recibió sin duda el bautismo de Juan (cf. Mc 1, 9), a pesar del problema que ese dato pudo causar a la iglesia, como muestran las excusas del Bautista en Mateo (3, 14-15) y el hecho de que Lc 3, 21 y Jn 1, 29-34 no lo citen, pues decir que Juan le había bautizado suponía afirmar que dependía de él (que había sido su discípulo). Pues bien, en ese contexto, el evangelio de Marcos (1, 10) afirma que, después de haberse bautizado (¡no en el mismo bautismo!), Jesús recibió su nueva experiencia y llamada que le llevó a separarse del movimiento y escuela de Juan Bautista.

No podemos precisar el tiempo que pasó entre el bautismo (que selló la “conversión” de Jesús, es decir, su compromiso de Reino ) y su nueva experiencia de apertura del cielo, vinculada a la presencia del Espíritu Santo; ni sabemos si fue una experiencia especial y separada, que él tuvo en un único momento, como podría haber sido la de Pablo ante Damasco (cf. Gal 1, 15-17; Hch 9), o si se trató resultado de un proceso más largo de iluminación. Lo cierto es que el evangelio de Marcos (1, 10-11) la interpretó como experiencia de unión del cielo con la tierra y como descenso del Espíritu de Dios que le encargaba una tarea mesiánica de siembra y no de tala, de curación y no de ruina, quizá en la línea de lo que el mismo Juan habría prometido, anunciando la llegada del Más Fuerte: «Yo os he bautizado en agua; él os bautizará en Espíritu Santo» (Mc 1, 8).

Parece seguro que Jesús se sintió vinculado con ese Más Fuerte que iba a llegar, asumiendo su tarea y sintiéndose dispuesto a realizarla. Sólo así se explica el hecho de que, en un momento dato, tras haber sido discípulo de Juan, asumiera (de parte de Dios) una tarea distinta, que no era ya de anuncio y preparación del juicio, sino de siembra del Reino (cf. Mc 4, 3-9). Ésta ha sido la experiencia clave de Jesús que, cuando supone que el juicio de Juan ya se ha cumplido o se está cumpliendo, pero no en forma de condena, sino de nuevo nacimiento . Leer más…

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Bautismo de Jesús.

domingo, 11 de enero de 2015
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BAUTISMO DE JESUSDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La elocuencia del silencio

            Acabamos de celebrar la fiesta de la Epifanía, con Jesús niño de menos de dos años, y de repente lo vemos ya adulto, en el momento del bautismo. De los años intermedios, si prescindimos de la visita al templo que cuenta Lucas, no se dice nada.

     Este silencio resulta muy llamativo. Los evangelistas podían haber contado cosas interesantes de aquellos años: de Nazaret, con sus peculiares casas excavadas en la tierra; de la capital de la región, Séforis, a sólo 5 kms de distancia, atacada por los romanos cuando Jesús era niño, y cuya población terminó vendida como esclavos; de la construcción de la nueva capital de la región, Tiberias, en la orilla del lago de Galilea, empresa que se terminó cuando Jesús tenía poco más de veinte años. Nada de esto se cuenta; a los evange­listas no les interesa escribir la biografía de su protagonista.

            Para explicar este silencio se aduce habitualmente la humildad de Dios, capaz de pasar desapercibido tanto tiempo, sin llamar la atención, sin prisas por cambiar al mundo, a pesar de todo lo que tiene que decir. Esta interpretación es válida, y deberíamos sacar de ellas consecuencias personales que frenasen nuestras prisas y deseos de notoriedad. Pero quien viene del Antiguo Testamento percibe también otro motivo. Los grandes personajes que en él aparecen nunca son importantes en sí mismos, sino por lo que contribuyen al progreso de la historia de la salvación. De Abrahán, Moisés, Josué, Isaías, Jeremías, Ezequiel… nos faltan infinidad de datos biográficos. A veces conocemos detalles pequeños sobre su familia o infancia. Pero, en general, su biografía comienza con el momento de la vocación, cuando el personaje queda al servicio de los planes de Dios.

            En el caso de Jesús se aplica el mismo principio, para subrayar la importancia capital del bautismo como experiencia personal que transforma totalmente su vida. Todo lo anterior, aunque nos sorprenda, carece de interés. Es ahora, en el bautismo, cuando comienza la «buena noticia».

El bautismo de Jesús

            Es uno de los momentos en que más duro se hace el silencio. ¿Por qué Jesús decide ir al Jordán? ¿Cómo se enteró de lo que hacía y decía Juan Bautista? ¿Por qué le interesa tanto? Ningún evangelista lo dice. El relato de Marcos, el más antiguo, cuenta el bautismo con muy pocas palabras. Y ni siquiera se centra en el bautismo, sino en lo que ocurre inmediatamente después de él.

            En aquel tiempo, proclamaba Juan:

            ̶  Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

            Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:

            ̶  Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.

            Marcos destaca dos elementos esenciales: el Espíritu y la voz del cielo.

            La venida del Espíritu tiene especial importancia, porque entre algunos rabinos existía la idea de que el Espíritu había dejado de comunicarse después de Esdras (siglo V a.C.). Ahora, al venir sobre Jesús, se inaugura una etapa nueva en la historia de las relaciones de Dios con la humanidad.

            La voz del cielo. A un oyente judío, las palabras «Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» le recuerdan dos textos con sentido muy distinto. El Sal 2,7: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy», e Isaías 42,1: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero». El primer texto habla del rey, que en el momento de su entronización recibía el título de hijo de Dios por su especial relación con él. El segundo se refiere a un personaje que salva al pueblo a través del sufrimiento y con enorme paciencia. Marcos quiere evocarnos las dos ideas: dignidad de Jesús y salvación a través del sufrimiento. En este sentido, es importante advertir que la vida pública de Jesús comienza con el testimonio de la voz del cielo («Tú eres mi hijo amado, mi predilecto») y se cierra con el testimonio del centurión junto a la cruz: «Realmente, este hombre era hijo de Dios» (Marcos 15,39).

            El lector del evangelio podrá sentirse en algún momento escandalizado por las cosas que hace y dice Jesús, que terminarán costándole la muerte, pero debe recordar que no es un blasfemo ni un hereje, sino el hijo de Dios guiado por el Espíritu.

Los tres testigos: el Espíritu, el agua y la sangre (2ª lectura)

            La idea de la salvación a través del sufrimiento la encontramos también en la segunda lectura. Hablando de Jesús, dice: «Es el que vino con agua y sangre: no sólo con agua, sino con agua y sangre.» Clara referencia al bautismo y a la muerte.

            Al mismo tiempo, la lectura ha sido elegida por la referencia al Espíritu, que da testimonio de Jesús.

Todo el que cree que Jesús es el Mesías, es hijo de Dios; y todo el que ama al Padre ama también al Hijo. Si amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, es señal de que amamos a los hijos de Dios. Pues el amor de Dios consiste en cumplir sus mandatos, que no son gravosos. Todo el que es hijo de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién venció al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Es el que vino con agua y sangre: no sólo con agua, sino con agua y sangre. Y el Espíritu, que es la verdad, da testimonio. Tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres concuerdan. Si aceptamos el testimonio humano, más convincente es el testimonio de Dios.

Nuestro bautismo (1ª lectura)

            El bautismo de Jesús es un momento ideal para reflexionar sobre nuestro bautismo. Al parecer, eso es lo que pretendieron quienes eligieron la primera lectura. Demasiado larga para una misa (la mayoría de la gente no se enterará de nada), se presta sin embargo a una lectura tranquila en privado. Divido el texto en cuatro partes, con brevísimo comentario.

  1. Nos ayuda a vernos como personas con hambre y sed, que intentamos saciar con productos caros e inútiles, sin buscar el verdadero alimento.

¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta?, ¿y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos.

  1. El bautismo nos transmite las antiguas promesas y la alianza establecida por Dios con David. Nosotros somos el pueblo desconocido que corre hacia el Señor.

            Prestad oído, venid a mí, escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David: a él le hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones; tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti: por el Señor, tu Dios; por el Santo de Israel, que te honra.

  1. Si no corremos hacia él, debemos convertirnos, cambiar de camino, buscarlo; él es rico en perdón y se dejará encontrar.

Buscad al Señor mientras se deje encontrar, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos ‑oráculo del Señor‑.

  1. Y esto, que puede parecer una ilusión imposible, se realizará porque la Palabra de Dios fecundará nuestra vida como la lluvia y la nieve hacen germinar la semilla.

Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros y mis planes de vuestros planes. Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

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«Pederastia y masculinidad sagrada», por Juan José Tamayo, teólogo

domingo, 4 de enero de 2015
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1-599x275Leído en la página web de Redes Cristianas

Mi artículo El perverso juego de la pederastia (EL PERIODICO DE CATALUÑA, 14 de diciembre; REDES CRISTIANAS, 15 de diciembre; ATRIO, 16 de diciembre; AMERINDIA, 27 de diciembre), ha tenido numerosas reacciones, muchas de ellas favorables y con valiosas aportaciones, sobre todo de colectivos feministas, especialistas en estudios de género, algunos colegas teólogos y lectoras y lectores no identificados. Me han llegado también algunos denuestos, muy gruesos, por cierto, y, por ello, irreproducibles. Agradezco los primeros y lamento los segundos, no por las críticas, que siempre hay que acoger con respeto, sino por el tono insultante, que no facilita el debate. Respondo a unos y otros profundizando en los argumentos expuestos y aportando otros nuevos.

Ante tamaños e indignos delitos contra la dignidad de personas indefensas como los cometidos por los pederastas hay que indignarse, denunciar, tomar medidas, pedir justicia, exigir sanciones para que no reine la impunidad. Ojalá se hubieran producido estas reacciones desde el principio, cuando comenzaron a conocerse los casos de pederastia, y no se hubiera esperado a actuar cuando se habían dado ya miles y miles de agresiones y cuando muchos de los delitos habían prescrito.

Yo creo que las actitudes condenatorias, muy necesarias, no son suficientes, si se quedan en la mera denuncia. Pueden ser incluso un acto de cinismo si no se llega hasta el fondo del problema. Hay que ir a las raíces del fenómeno de la pederastia, mucho más extendido en la Iglesia católica que los casos que aparecen. Muchísimo más. Y en España también. Hasta ahora solo ha aparecido la punta del iceberg.

El valor del artículo, a mi juicio, no radica en hacer ver la gravedad del problema, que ya es conocido y que ninguna persona con un mínimo de racionalidad niega, sino en poner el dedo en la llaga, en haber señalado las causas de fondo de tan diabólico comportamiento: la masculinidad dominante convertida en sagrada, el poder igualmente sagrado de los varones consagrados a Dios sobre las almas y las conciencias, el poder fálico-sagrado sobre los cuerpos y el sistema patriarcal imperante en la Iglesia católica.

Mientras la masculinidad hegemónica se eleve a la categoría de sagrada y siga siendo la base del ejercicio del poder, mientras el patriarcado sea la ideología sobre la que se sustenta el aparato eclesiástico y la forma organizativa del mismo, volverán a producirse dichos comportamientos criminales contra las personas indefensas: niños, niñas, adolescentes, jóvenes, seminaristas, novicios, mujeres, personas discapacitadas, alumnos, alumnas, etc. Se buscarán métodos más sibilinos, pero las cosas no habrán cambiado

Y no me parece que haya voluntad, ni deseo, ni compromiso de cambiar las cosas a nivel institucional. Es verdad que con el papa Francisco se empieza a notar un cambio de prioridades, que ya no son el dogma, la moral sexual o la defensa de un único modelo de matrimonio calificado de “cristiano”. Las prioridades del papa argentino son la creación de una Iglesia de los pobres, el mensaje social liberador del cristianismo, la denuncia radical del actual modelo económico neoliberal. Francisco está demostrando un mayor respeto hacia las diferentes identidades y opciones sexuales que sus predecesores.

Pero, aun así y todo, en el organigrama eclesiástico siguen imperando la masculinidad hegemónica y el patriarcado homofóbico. No hay más que ver la organización jerárquico-patriarcal de la Iglesia católica: el papa, los cardenales, los arzobispos y obispos, las conferencia episcopales, los sacerdotes, los diáconos, el gobierno de la Iglesia (la Curia romana), los presidentes de las Congregaciones romanas, los responsables de la las instituciones judiciales, los miembros de la Comisión de cardenales nombrada por Francisco para la reforma de la Iglesia, los miembros del Sínodo de obispos sobre la familia con voz y voto, los que presiden y administran los sacramentos: ¡Todos hombres!

¿Y las mujeres? No son consideradas sujetos eclesiales, ni morales, ni sacramentales, son excluidas de los espacios de responsabilidad eclesial, del ámbito de lo sagrado, de los ministerios eclesiales, de la reflexión teológica “magisterial”, de la elaboración de la moral, de la representación eclesial. Los homosexuales son también excluidos de dichos espacios.

La organización patriarcal homofóbica no es una excepción o una desviación de la norma. Responde al más estricto cumplimiento y es la más escrupulosa aplicación de la legislación y de la actual normativa en la Iglesia católica, tal como se fija en el vigente Código de Derecho Canónico (promulgado por el papa Juan Pablo II, 25 de enero de 1983), que ha suplantado al Evangelio.

Más todavía: esta organización se pretende justificar teológica y bíblicamente apelando a los orígenes de la Iglesia, a su fundación divina, al orden jerárquico-patriarcal establecido por Jesús de Nazaret, conforme a la elección solo de hombres y al principio de la sucesión apostólica a la que solo tienen acceso los hombres. Por ello, al ser de origen divino y al responder a la voluntad del fundador, tal organización se considera inmutable e irreformable.

¿Dónde está la trampa de este razonamiento? En que no responde a los orígenes del cristianismo, ni al movimiento que puso en marcha Jesús de Nazaret, sino que es una reconstrucción ideológica dictada por el deseo de perpetuación de la hegemonía patriarcal en todos los campos dentro de la Iglesia: el doctrinal, el moral y el organizativo.

Estoy de acuerdo con las denuncias, con las condenas, con las sanciones, con la tolerancia 0 ante los numerosos casos de pederastia que se han producido y siguen produciéndose en todos los grados de la clerecía y en las diferentes instituciones católicas. Pero no es suficiente. Es necesario cambiar la actual estructura mental, organizativa y legislativa autoritaria de la Iglesia, que es patriarcal, homófoba y hegemónico-masculina, por otra que sea realmente igualitaria e inclusiva.

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Carlos Osma: Creyente, protestante, luchador contra la discriminación por razón de orientación sexual

lunes, 22 de diciembre de 2014
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Manuel LópezInteresante entrevista que hemos leído en el blog Homoprotestantes

El periodismo evangélico en España de luto

La entrevista que a continuación podéis leer, la realizó hace ahora ocho años Manuel López (en la primera fotografía) para la revista Lupa Protestante. Una entrevista que dice mucho más de él que del entrevistado. En ella queda claro el interés de Manuel López por estar cerca de la realidad, su naturalidad para acercarse a experiencias diferentes a la suya y que en la mayoría de entornos evangélicos son todavía hoy tabú. Pero también su valentía para denunciar y desenmascarar a las entidades evangélicas más fundamentalistas.
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Esta madrugada ha fallecido en Dénia este fotoperiodista que con su cámara ha reflejado como pocos la historia reciente de nuestro país. También un articulista al que muchos hemos seguido desde hace años en diferentes medios de comunicación evangélicos, y que parecía no tener miedo a decir con absoluta claridad lo que pensaba.
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Echaremos de menos tus reflexiones.
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Nuestro más sentido pésame a su familia y a sus amistades…  
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IMG_0052Carlos Osma, (segunda fotografía) 33 años, licenciado en Ciencias Matemáticas y profesor de un instituto de secundaria en la provincia de Barcelona. Cristiano comprometido con el seguimiento de Jesús de Nazaret y miembro de una Iglesia Evangélica en Barcelona. Estudia teología en el SEUT y en este momento está realizando un posgrado en “Diálogo Interreligioso Ecuménico y Cultural”. Miembro colaborador y ex-vicepresidente de la Asociación Cristiana de Gays y Lesbianas (ACGIL).
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-¿Cuál es tu experiencia como creyente gay en tu iglesia local [Iglesia Evangélica de Barcelona-Centre]?
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Fue en esta comunidad donde yo descubrí por primera vez, lo que siempre me habían enseñado desde niño: que el evangelio era liberador. Hasta ese momento había sido para mí una especie de red tejida de innumerables versículos que servía para atrapar a las personas.
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Anteriormente había compartido escuela dominical, reuniones de jóvenes, alabanzas, oraciones…con personas a las que aprecio y de las que en muchos casos he aprendido mucho. Pero en aquel entorno cada vez me sentía más fuera de lugar, más rechazado, más obligado a callar… la iglesia, sin saberlo, me hacía daño.
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Lo que más me agradó de Tallers fue el mensaje actual, respetuoso y dialogante con la sociedad. Su intento de entender y ser luz en el lugar en el que esta. Pienso que este es el camino para poder dar una respuesta evangélica a la realidad que nos ha tocado vivir. Muchas comunidades optan por alejarse, por no ser de este mundo. Yo creo que eso no es evangelio.
Mi pareja y yo siempre nos hemos sentido parte de la comunidad. Apreciados y respetados como uno más. En ella podemos crecer y compartir con otros creyentes, podemos vivir en comunidad, cosa que al principio creíamos que iba a ser imposible.
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-¿Qué valoración te merece la decisión de la FEREDE de amenazar con retirar el carné de ministro a los pastores que oficien matrimonios religiosos evangélicos?
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Respecto a la reacción que ha tenido hasta ahora, te diré que me ha parecido bastante decepcionante.
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En primer lugar el comunicado consensuado entre FEREDE, la Conferencia Episcopal, las Comunidades Judías y el Vicario Ortodoxo de Madrid, el 19 de Abril del 2005 pidiendo protección para el matrimonio heterosexual fue, como poco, sorprendente. Con todo lo que ha ocurrido en nuestro país, con todas las reformas legales aprobadas en los últimos años, con la participación de nuestro país en una guerra…por primera vez en la historia de España, si no me equivoco, estas cuatro confesiones se unían para dar un comunicado conjunto.
Esto puede dar una idea de lo terrible que les parecía el matrimonio entre personas del mismo sexo. …
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Además, aunque el comunicado era muy respetuoso, el mismo título era ridículo: “protección del matrimonio heterosexual”. Como hoy día podemos observar su aprobación no ha perjudicado para nada al matrimonio tradicional. Pero ¿Por qué había de hacerlo? No encuentro la razón, por la que personas que tienen padres, hermanas, hijos, amigas…heterosexuales querrían perjudicarles.
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En segundo lugar, respecto a la amenaza sobre la que me preguntas, creo sinceramente que ha ido más allá de sus competencias y del sentido para el cual fue creada. La FEREDE no puede jugar a ser una Conferencia Episcopal Evangélica, que intenta imponer una visión determinada. Dentro de ella hay iglesias que tienen todo tipo de creencias, muchas de ellas discutibles, sobre diversos aspectos. Por poner un ejemplo, en muchas de estas comunidades la mujer sufre una verdadera discriminación eclesiástica.
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No creo que la decisión de casar a homosexuales atente contra ningún pilar básico de la fe evangélica, algunas iglesias europeas o americanas, con una antigua tradición y una enorme reflexión teológica, ya lo realizan desde hace años. Por lo tanto se entromete en la decisión que cada comunidad debe realizar en conciencia.
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Pienso que en la práctica esta amenaza quedará en nada. La mayoría de evangélicos españoles nos casamos primero por el juzgado y después realizamos la bendición en la iglesia. El matrimonio para el creyente evangélico no es un sacramento. Después de casarse por el juzgado cualquier pareja evangélica de nuestro país puede encontrar a un pastor o pastora que les realice una ceremonia particular en cualquier lugar que ellos deseen y se sentirán y estarán perfectamente casados, pese a quien pese.
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-Más dolorosa para vosotros, creyentes homosexuales, habrá sido sin embargo el Manifiesto homófobo de la Alianza Evangélica del pasado verano, ¿no?
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Considero que dicho manifiesto es doloroso para todos los evangélicos. La AEE hace una distinción perversa entre los que afirman la autoridad de la Biblia, que no podían ser otros más que ellos, y los que la rechazan, que son los que piensan diferente a ellos. Una mentalidad semejante a la religiosidad de siglos atrás, que condujo a graves problemas y enfrentamientos entre diferentes confesiones. Muestra del auge del fundamentalismo religioso que también está viviendo actualmente el cristianismo.
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Como mínimo debería tener respeto a las diferentes interpretaciones, respeto a los que intentan reflexionar sobre el tema, y no pensar, que por llegar a diferentes conclusiones, lo hacen de forma interesada. Existe una reflexión profunda y sincera sobre la interpretación de la Biblia desde hace siglos dentro de las iglesias cristianas.
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La AEE no tiene la posesión y la interpretación correcta de la Biblia, es lícito que defienda lo que cree correcto, pero para llegar a esta conclusión debe intentar ser objetiva. No se parte de una verdad y se pasa por encima de la realidad, sobre todo cuando esa realidad son personas de carne y hueso. Hay que partir de la situación concreta para interpretar la voluntad de Dios que contiene la Biblia, así lo hizo Jesús. “No está hecho el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”.
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Por otro lado deja claro su talante, no hay nada que debatir, nada de lo que hablar. Quizás pensaría diferente si tuviese la valentía de dejar hablar a todas las personas homosexuales que pertenecen a sus iglesias. Quizás les dirían que el silencio al que han sido obligados, que los matrimonios a los que han sido animados, que la renuncia a la afectividad que les han exigido, les ha producido mucho dolor, a ellos y a las personas que han arrastrado con ellos. ¿Cómo es posible que el evangelio haya destruido la vida de tantos evangélicos homosexuales? Sólo tienen que abrir los ojos, mirar dentro de sus propias comunidades. ¿Qué iglesia es esa en la que una persona homosexual no puede compartir sus sentimientos y tiene que fingir? ¿Dónde queda aquello de que la verdad nos hará libres? La AEE tarde o temprano, más bien parece lo primero, tendrá que mirar a todas estas personas y decirles que les ha engañado.
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-Una interpretación externa ecuánime de los datos dice, sin embargo, que la AEE es una entidad teocrática en el más estricto sentido fundamentalista y la FEREDE una entidad democrática de representación orgánica. Así, mientras el Manifiesto de la AEE habría sido elaborado por la dirección doctrinal de la entidad, FEREDE sometió a votación la propuesta de la Permanente. No falta quien interpreta como signo muy positivo el hecho de que el rechazo a la propuesta de retirada de carnés de la FEREDE haya sido rechazada por 243 sobre 1.118 votos representados, lo que viene a ser el 21,7% no del voto del pueblo evangélico, sino de los representantes de los distintos establecimientos eclesiásticos de federaciones de iglesias y organizaciones. ¿Qué lectura haces tú de este dato?
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No estoy tan seguro que en la práctica haya una diferencia real en como han actuado las dos. La propuesta de FEREDE no debería haberse presentado, está fuera de sus competencias. Invade la responsabilidad de las diferentes iglesias. Es un precedente que podría repetirse con muchos otros temas en el futuro y esto debería haberse tenido en cuenta.
Un 80% de los evangélicos no puede imponer al resto su opinión sobre un tema que no tiene que ver con la esencia de la fe evangélica. Vuelvo a repetir que en este momento ya hay, en Europa y América, varias iglesias históricas que realizan bendiciones de parejas del mismo sexo, y muchas otras están debatiendo y reflexionando sobre el tema.
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Tanto la FEREDE como la AEE han hablado, discutido o impuesto opiniones sin preguntar absolutamente nada a los homosexuales evangélicos. Nos han ignorado al igual que ellos dicen sentirse ignorados por el gobierno en muchos momentos. En mi opinión han perdido credibilidad. Los representantes de una iglesia que durante años vivió la falta de reconocimiento y la discriminación del Estado, reproduce este comportamiento en cuanto cree estar en una situación de superioridad.
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Como mínimo deberían haber mostrado empatía, seriedad y responsabilidad por las personas a las que representan. Entre ellos a muchos homosexuales evangélicos. Nosotros no funcionamos con porcentajes, funcionamos con personas reales, y ambas han intentado silenciarnos.
La Asociación Cristiana de Gays y Lesbianas (ACGIL) envió una carta a FEREDE pidiendo ser escuchados y tenidos en cuenta antes de tomar cualquier decisión. La FEREDE ni siquiera nos ha respondido, no ha querido recibirnos. Juega a negarnos, como han hecho siempre hasta ahora. Si hablase con nosotros tendría que reconocer que existimos. De todas formas, el simple hecho de amenazar a los pastores y a las iglesias que realicen matrimonios entre personas del mismo sexo, es una forma de reconocernos.
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-Si las estadísticas universalmente acepadas son no sólo buenas, sino que se extienden también al mundo de la religión, y concretamente a “nuestro pequeño mundo tan feliz” de las iglesias evangélicas, hemos de convenir que en una congregación de 100 miembros, once de ellos son homosexuales…
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No creo que sea importante entrar en una guerra de cifras y porcentajes… algunos dicen un 3% otros un 10%. Lo importante es saber que hay gente, que existen personas que pasan por esta u otra situación y que viven a nuestro alrededor, como creyentes podemos ignorarlos o podemos intentar entenderlos.
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La iglesia evangélica en general no ha sido un lugar de acogida para homosexuales, sino todo lo contrario. Los homosexuales evangélicos sólo hemos tenido dos posibilidades:
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La primera, vivir una doble vida, lo cual es muy doloroso para nosotros y para personas de nuestro alrededor. Hay muchos homosexuales dentro de las iglesias que se rechazan, que luchan contra su orientación, que intentan ser fieles a parejas que quizás quieran pero que no desean.
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La otra posibilidad, abandonar la iglesia, es la que tristemente más se está dando, se la identifica con opresión, con dolor, con mentiras, con intolerancia…la liberación que el evangelio nos promete la encontramos fuera de la iglesia. Por eso entre los homosexuales se está creando una verdadera fobia a todo tipo de religión, cada vez es mayor el rechazo de los homosexuales hacia la iglesia.
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Esto debería llevar a una reflexión, ¿Cómo es posible que una doctrina tan aparentemente clara, produce tanto dolor en la gente? ¿Por qué los no creyentes homosexuales son personas con una vida más plena que sus homólogos creyentes? ¿No está la iglesia alejando de ella a unas personas a las que en ningún momento ha intentado escuchar?
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-Una Historia de la Iglesia desde la perspectiva de género llevada a las últimas consecuencias, la orientación sexual de los hombres y, en mucha menor medida, mujeres que han dejado huella en el desarrollo del cristianismo a través de los siglos, todavía no está escrita, y no cabe duda que el tema tiene madera de “bestseller”. ¿Atribuyes esta laguna en la bibliografía de la religión cristiana a la autocensura o el pudor de autores que podrían investigar en esta línea, a la carencia de fuentes fiables, o acaso a la larga sombra de los despachos eclesiásticos?
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El tema de la homosexualidad ha sido un tabú dentro de nuestra sociedad Cristiana, la construcción de la propia identidad por parte de un homosexual ha sido casi un imposible hasta una época muy reciente. La autocomprensión que tenía una persona que se sentía atraída por personas de su mismo sexo y la que tienen los homosexuales actuales tiene muy poco que ver. Ha hecho falta una construcción del hecho homosexual, igual que se construyó de una determinada forma el heterosexual. Hacerlo dentro de una iglesia Cristiana es algo que todavía esta por conseguir.
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Por esto y muchas otras cosas más, el estudio de este tema dentro de iglesias o sociedades similares a la nuestra es difícil, aunque no imposible. Hay autores que lo han hecho y creo yo que con buen resultado. Un ejemplo sería John Boswell con dos obras muy recomendables: “Las bodas de la semejanza” (Barcelona. Editorial Muchnik, 1996) y “Cristianismo, tolerancia sexual y homosexualidad” (Barcelona. Editorial Muchnik, 1992). Por otro lado tenemos a Mc Neill con el libro: “La Iglesia ante la homosexualidad”. (Barcelona. Editorial Grijalbo, 1979). En nuestro país el Doctor Mirabet i Mullol escribió en el año 2000 “Homosexualitat a l’inici del segle XXI” (Barcelona. Editorial Claret), pero hay muchos más…
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-¿Qué receta tienes para “salir del armario” en las iglesias y el mundo religioso en general?
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Recetas ninguna, tengo muy claro que lo que me ha servido a mí puede que no le sirva a otro. Yo pensé que debía hacerlo, que debía ser sincero con mis sentimientos y con los demás. La mejor forma de decir que la iglesia a la que asistía y que los creyentes con los que compartía la fe, me importaban, era ser real, no esconderme.
No entiendo de otra forma el evangelio. No veo a Jesús diciéndoles a sus discípulos que recogiesen espigas el día de reposo pero que no se lo comentasen a nadie. Tampoco veo a Jesús escondiéndose cuando comía con prostitutas y publícanos. El cristiano debe intentar ser coherente con la realidad que Dios le ha dado. Debe vivir en luz, no en oscuridad, aunque nadie dice que esto sea fácil.
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De todas formas tengo que decir que al principio pensé que el ser sincero con la iglesia significaba perderla. Cuando tome la decisión lo hice teniendo en cuenta esto. Tenía muy claro sin embargo que un lugar donde tuviese que vivir el evangelio de forma represiva tampoco era el lugar más apropiado para vivirlo. También he perdido cosas o personas, pero he ganado otras que han superado con creces las que tenía antes. Sobre todo, con esta experiencia, se aprende mucho de lo que es y lo que no es importante. De la falsa religiosidad, de la hipocresía, del fariseísmo…pero también del amor y del cristianismo auténtico.
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-¿Qué aconsejarías a los creyentes gays o lesbianas que no se atreven a salir del armario” o han decidido no hacerlo?
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El enfrentarse al rechazo, el estar dispuesto a perder cosas que consideras básicas, el miedo de ver sufrir a otras personas….todo esto está en la mente de muchos gays. Ante esto yo no puedo decir nada, la decisión es personal.
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Sí que diré que la iglesia debería crear un contexto donde las personas no tuviesen que pasar por una situación de dolor como esta. Sería preciso construir un clima donde todos los creyentes se sientan acogidos y donde perciban el amor de Dios. Por la experiencia de muchos cristianos y la mía propia diré que esto en la mayoría de ocasiones no es así.
Hay un texto de Martin Luther King que a mí me ayudó mucho en estos momentos de soledad y dolor: “Cuando estamos rodeados de la oscuridad de algún Egipto opresor, Dios es la luz sobre nuestro camino. Nos proporciona la fortaleza necesaria para soportar las pruebas de Egipto y nos da el coraje y el poder de emprender el camino que se abre delante nuestro….Está con nosotros no solamente en el mediodía de la plenitud, sino también en la medianoche de la indefensión”.*
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Considero necesario para todos poder tener un lugar, una entorno donde poder abrirse tal y como son. El dolor de todos estos creyentes tiene también mucho que ver con el sentimiento de soledad. Mi consejo sería encontrar a unas personas con las que poder hablar de todo esto. El primer día que yo lo hice sentí dolor, una especie de sentimiento de derrota, pero también una liberación.
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Nuestra asociación ACGIL pretende ser un lugar donde cualquier homosexual puede encontrar cristianos que han pasado por una situación similar a la suya. A pesar de esto diré, que no hace falta ser gay para entender a un gay, lo que se necesita es amor para entender el sufrimiento de otro ser humano. Personas que son capaces de ponerse en el lugar del otro existen a nuestro alrededor, en general todos los creyentes deberíamos ser así.
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-La virulenta ofensiva desde entornos ultraconservadores del “modelo bíblico” de familia parece campar por sus respetos, dada la escasa o nula relevancia de las voces críticas de sectores liberales de la Iglesia. ¿Qué estrategia proponen los colectivos de creyentes homosexuales?
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¿El modelo bíblico de familia cuál es? Miente la persona o institución que diga que la Biblia propone un único modelo de familia, y sobre todo miente el que afirme que ese modelo es lo que nosotros llamamos familia tradicional.
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El cristianismo debería tener también en cuenta el modelo de familia que Jesús propuso. ¿Es este modelo la familia tradicional? ¿Se agota en ella o va más allá? No digo que esto tenga una respuesta clara, pero creo que es un tema que debe ser profundizado y tenido en cuenta. Halvor Moxnes lo hace en su libro: “Poner a Jesús en su lugar. Una visión radical del grupo familiar y del Reino de Dios” (Estella. Editorial Verbo Divino, 2005).
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El modelo de familia occidental que poco a poco se va imponiendo, aquel en el que la relación se establece en un plano de igualdad, y en el que el hombre ya no es dueño y señor de la casa, es evidentemente un modelo más justo. Gracias a esta nueva visión de iguales entre los elementos de la pareja, ha sido posible creo yo, que una relación entre dos personas del mismo sexo también se conciba como matrimonio. Y esto es bueno, porque en el fondo se está diciendo que es el amor, la ayuda mutua, el compartir…lo que constituye el núcleo del matrimonio y no la procreación o el sexo de los contrayentes.
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-Pero ahí está latente el riesgo de escandalazo público el día en que dos personas del mismo sexo se presenten en el culto principal de una iglesia cogidos o cogidas de la mano, declarándose novios amantes y pidiendo contraer matrimonio religioso evangélico… ¿Qué respondes a la pregunta-tipo de “Cómo explicar esto a los niños”?
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Las cosas pueden hacerse de otro modo, ya no es necesario, y creo que en general no queremos, montar espectáculos. El enfrentamiento no es el camino, a mí no me gustaría que el día de mi boda fuese un día de reivindicación o de lucha. Es un día de amor, con mi pareja, con mi familia. Evidentemente sin buscarlo se convierte en todo lo anterior, y esto frena un poco…pero este plus no se lo damos nosotros. Nosotros solo queremos vivir nuestro amor y nuestra fe como el resto de creyentes.
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En cuanto a lo de explicar esto a los niños, te diría que hay mucha hipocresía en todo este tema. No se trata de que podemos confundir a los niños, sino de una utilización de los niños para defender nuestra exclusión. No es una tarea difícil hablarlo con ellos, el amor es quizás una de las cosas que se percibe mejor en la niñez. Los homosexuales no somos entes abstractos que vivimos en otro mundo, somos mujeres y hombres que vivimos rodeados de hijos, hijas, sobrinos, nietas… la mayoría de ellos son capaces de apreciar nuestro amor.
Siempre me sorprende que las personas piensen en los niños como potencialmente heterosexuales y se olviden que un porcentaje de ellos serán homosexuales. Un mundo donde los niños no encuentren diferencias y vean las diferentes variantes de la sexualidad humana como algo enriquecedor, hará que muchos de ellos no tengan que enfrentarse al sufrimiento y la exclusión que les espera.
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-La normalización que ha llevado a cabo el gobierno Zapatero en este tema se ha “pasado un pueblo”, a decir de muchos, al llamar matrimonio a lo que una mayoría de la población no ve nada mal que se llamase “unión civil”. ¿No crees que el mismo reconocimiento jurídico, pero usando el término “unión civil” hubiese evitado crispación probablemente evitable?
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Durante años las asociaciones gays lucharon por mejorar las leyes de parejas de hecho en España. El gobierno del PP no quiso ni oír hablar de esto. Por otro lado en la gran mayoría de iglesias, la cosa estaba clara, los homosexuales no teníamos ningún tipo de derechos. Incluso éramos expulsados directamente y tratados como enfermos.
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Las situaciones extremas a las que llegaron muchas parejas homosexuales, cuando uno de ellos moría, cuando había separaciones, cuando tenían hijos, eran absolutamente ignoradas por el gobierno y ni que decir tiene, por la iglesia.
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Hoy son estos grupos los que se quejan de la utilización de la palabra matrimonio. Yo me pregunto: ¿Es la palabra el problema? En mi opinión, les ofende que se pongan al mismo nivel dos cosas que para ellos son tan diferentes. Es insultante para muchos heterosexuales que la relación entre dos mujeres o dos hombres se equipare a la suya. Probablemente no conocen ninguna de cerca, pero les ofende. Pero como cualquier observador objetivo puede ver, la unión entre dos personas no es diferente por el género de los que la forman, por tanto deben recibir el mismo nombre.
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La palabra matrimonio permite no sólo terminar con la discriminación legal, sino dar un paso hacia adelante para terminar también con la discriminación social.
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-La Biblia, esa temible arma arrojadiza en manos de los gurús del televangelismo fundamentalista, contiene pasajes ambiguos desde el punto de vista heterosexual, como la amistad de David y Jonatán. Obviamente, son temas que raramente salen a la luz -y cuando osas sacarlos a la luz, te crucifican-. ¿Qué estrategia razonable se te ocurre para una revisión de la Biblia desde el hecho de la sexualidad?
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No soy teólogo o especialista bíblico, pero hay una pregunta importante: ¿cómo entendemos la inspiración de la Biblia? Ese es el tema que realmente levanta ampollas. Si como algunos proponen debe ser leída literalmente, la cosa es complicada, no digo que imposible, y no únicamente para los homosexuales sino para muchas otras personas. En el fondo siempre hay una interpretación, se quiera aceptar o no. La Biblia contiene ideas y pasajes tan sumamente duros que tomados al pie de la letra nos llevaría a serias contradicciones con pilares básicos del cristianismo como por ejemplo el amor.
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Si escogemos el camino de la literalidad, deberíamos partir del hecho objetivo de que la Biblia no condena las relaciones entre dos personas del mismo sexo como las conocemos hoy. Los autores bíblicos desconocen el concepto de orientación sexual, dan por sentado que todo el mundo es heterosexual y por tanto las relaciones homosexuales son una desviación. Actualmente sabemos que esto no es así, y más aún, el sentido común nos dice que la desviación sería que una persona homosexual tuviese relaciones sexuales con otra de distinto sexo. Esto le sería ir contra natura.
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A nivel práctico diré que cuando una pareja heterosexual y occidental del siglo XXI se identifica con una pareja heterosexual, judía del siglo I d.C. o del siglo III a.C., está haciendo un ejercicio nada sencillo. Es capaz de entender que hay elementos que no comparte y que forman parte de la época y de otra cosmovisión distinta a la suya. A pesar de eso se identifica con el amor entre estas personas. ¿Por que una pareja homosexual no puede hacerlo? ¿Es más lícito que una mujer de nuestro país identifique su matrimonio con el de Raquel y Jacob? ¿Dónde pone a Lea?
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-“Mujer y hombre los creó”. ¿Cómo explicas desde el campo homosexual la lectura de este pasaje?
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Este texto sobre los orígenes del ser humano es interesante porque pone en pie de igualdad al hombre y a la mujer. Dios creo al ser humano en dos variantes: hombre y mujer. Muchas veces se olvida este primer texto y se hace más hincapié en el segundo: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea.”(Gn 2:18). Que suele interpretarse poniendo al hombre en el centro de la creación y a la mujer como una ayuda para él más perfecta que lo fueron los animales antes creados.
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No veo ninguna conexión directa entre este texto y la homosexualidad. El problema está más bien en pensar que un hombre sólo puede sentirse atraído por una mujer para ser verdadero hombre, o hacer el mismo razonamiento en el caso de las mujeres.
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La realidad nos muestra que una cosa es la identificación con el género masculino o femenino y otra la orientación sexual.
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Dios nos ha creado como mujeres y como hombres, altos y bajos, zurdos y diestros, rubios y pelirrojos, heterosexuales, homosexuales, bisexuales…. y nosotros debemos ser agradecidos de lo que Dios ha hecho en nosotros. Pero no sólo agradecidos, sino actuar con responsabilidad, creo que sería un gran error querer ser y vivir de forma diferente a como
Dios nos ha creado. Hay que ser coherentes con la realidad.
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-En tu opinión, ¿cuánto nos falta para superar los recelos, desde uno y otro campo?
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Recelo de los homosexuales hacia la iglesia existe y creo que es comprensible. En estos últimos años no ha habido otro colectivo en nuestro país que haya sido más veces insultado por las iglesias. Pero cada vez más, este recelo se dirige hacia los dirigentes, y menos hacia el resto de creyentes con los que conviven. Es aquí donde creo yo, estará el acercamiento en los próximos años. La convivencia real entre todos, homosexuales u heterosexuales, permitirá un conocimiento mutuo que hará caer todo tipo de prejuicios. No se verá al otro como enemigo, sino como prójimo. Las personas sinceras verán el amor que existe en una pareja de personas del mismo sexo, y los homosexuales el miedo equivocado de muchos creyentes, a no ser fieles a Dios.
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Es necesaria por tanto la valentía de algunas iglesias, como en nuestro país la IEE, que apuestan por al reflexión, por el encuentro y el conocimiento. Desde aquí le animamos a seguir por este camino nada fácil pero si justo y evangélico. Creo que con el tiempo muchos cristianos verán que la homosexualidad es únicamente una forma más de discriminación, y que es tarea de toda la iglesia luchar contra ella. Tendrán que reconocer otra vez más, que la sociedad ha sido más sensible a la injusticia que los propios creyentes.
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Por desgracia algunas comunidades no quieren saber nada de este diálogo, para ellos todo está claro. Actúan con miedo, como si la homosexualidad fuese una amenaza a la Biblia y al cristianismo. Son incapaces de verla como una oportunidad de tener un conocimiento más profundo de la creación y de la palabra de Dios.
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Me recuerdan en esto al cardenal Bellarmino que fue incapaz de mirar por el telescopio como Galileo le pedía. Tenía verdadero terror a que su visión sobre el cosmos, que el encontraba en la Biblia, fuese falsa.
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Carlos, muchas gracias por tus declaraciones a Lupa Protestante.
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Manuel López

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«Una Iglesia que no es perseguida no puede ser la Iglesia de Jesús», por Ignacio Ellacuría

domingo, 30 de noviembre de 2014
Comentarios desactivados en «Una Iglesia que no es perseguida no puede ser la Iglesia de Jesús», por Ignacio Ellacuría

ellacuria_1280x720_foto610x342Ignacio Ellacuría [1].

 “No es sólo que el mensaje cristiano tenga como término preferido a los pobres, es que sólo los pobres son capaces de sacar de ese mensaje su plenitud. Y esto es lo que afirma la teología de la liberación y esto es lo que condiciona su método de hacer teología”.

“No cualquier lucha por la justicia es la encarnación del amor cristiano, pero no hay amor cristiano sin lucha por la justicia cuando la situación histórica se define en términos de injusticia y de opresión; de ahí que la Iglesia como sacramento de liberación tenga la doble tarea de despertar y acrecentar la lucha por la justicia entre quienes no se han entregado a ella, y la de hacer que quienes se han entregado a ella lo hagan desde lo que es el amor cristiano. También aquí el ejemplo del Jesús histórico es decisorio: en su sociedad contrapuesta y antagónica, Jesús amó a todos, pero se situó al lado de los oprimidos, y desde allí luchó enérgica, pero amorosamente, contra los opresores”.

“Errarían los cristianos si buscaran solamente un tipo de liberación social. La liberación debe abarcar todo aquello que está oprimido por el pecado y por las raíces del pecado, debe abarcar tanto las estructuras injustas como las personas hacedoras de injusticia, tanto lo interior de las personas como lo realizado por ellas”.

“El carácter institucional de la Iglesia, derivado necesariamente de su corporeidad social, tiene exigencias claras que sólo idealismos anarquizantes pueden dejar de ver. Pero ese carácter institucional no tiene por qué configurarse, como a menudo sucede y ha sucedido, conforme a la institucionalidad que necesitan los poderes de este mundo para mantenerse en su condición de poderosos. Ese carácter institucional debe estar subordinado al carácter más profundo de la Iglesia como continuadora de la obra de Jesús”.

“La raíz última de por qué la Iglesia institucional puede convertirse en opresora de sus propios hijos no está en su carácter institucional, sino en su falta de dedicación a los más necesitados en seguimiento de lo que fue y de lo que hizo Jesús. Consiguientemente, sólo una puesta al servicio de los más pobres y necesitados puede desmundanizarla y, ya desmundanizada, dejará de caer en todos los defectos naturales de la organización y del poder cerrado sobre sí mismo”.

“Con las suavizaciones y espiritualizaciones de algunas partes del NT, se pretende no excluir a ninguna persona -todas están llamadas a la salvación, supuesta la debida y real conversión-, pero de ningún modo negar cuál era la preferencia real de Jesús. El peso masivo de la dedicación de Jesús a los pobres, sus ataques no escasos a los ricos y a los dominadores, la elección de sus apóstoles, la condición de sus seguidores, la orientación de su mensaje, dejan pocas dudas de cuál fue el sentir y la voluntad preferente de Jesús. Tanto es así que hay que hacerse pobre como él, aun con toda la historicidad que compete a la pobreza, para entrar en el Reino”.

“Consiguientemente, la Iglesia de los pobres no es aquella Iglesia que, siendo rica y estableciéndose como tal, se preocupa de los pobres; no es aquella Iglesia que, estando fuera del mundo de los pobres, les ofrece generosamente su ayuda. Es, más bien, una Iglesia en la que los pobres son su principal sujeto y su principio de estructuración interna; la unión de Dios con los hombres tal como se da en Jesucristo es históricamente una unión de un Dios vaciado al mundo de los pobres. Así la Iglesia, siendo ella misma pobre y, sobre todo, dedicándose fundamentalmente a la salvación de los pobres, podrá ser lo que es y podrá desarrollar cristianamente su misión de salvación universal. Encarnándose entre los pobres, dedicando últimamente su vida a ellos y muriendo por ellos, es el modo como puede constituirse cristianamente en signo eficaz de salvación para todos los hombres. El norte orientador de la constitución histórica de la misión de la Iglesia, por lo que toca a su destinatario primordial, no puede ser otro. No sólo se trata de que representen los pobres la mayor parte de la humanidad y, en este sentido, son lugar primario de universalidad; se trata, sobre todo, de que en ellos está especialmente la presencia de Jesús, una presencia escondida, pero no por eso menos real. De aquí que sean los pobres el cuerpo histórico de Cristo, el lugar histórico de su presencia y que sean los pobres la “base” de la comunidad eclesial”.

“Esto sitúa a la Iglesia latinoamericana en una posición difícil. Por un lado, le trae persecución, como le trajo persecución hasta la muerte al propio Jesús: La Iglesia latinoamericana y, más exactamente, una Iglesia de los pobres, debe estar convencida de que en un mundo histórico donde no se encuentre ella misma perseguida por los poderosos, no hay predicación auténtica y completa de la fe cristiana; pues, si no toda persecución es signo y milagro probatorio de la autenticidad de la fe, la falta de persecución por parte de quienes detentan el poder, en situación de injusticia, es signo, a la larga irrefutable, de la falta de temple evangélico en el anuncio de su misión.

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[1] Recopilación ofrecida por Jaume Flaquer para el 25 aniversario del asesinato de Ignacio Ellacuría y de sus compañeros jesuitas en el Salvador. Textos extraidos de un artículo suyo editado por la revista Selecciones de Teología: Ignacio Ellacuría, “La Iglesia de los pobres: sacramento histórico de liberación” en Selecciones de Teología, vol. 70 (1979).

Fuente Cristianismo y Justicia

Imagen extraída de: EITB

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Francisco, a José María Castillo: “Te perdí en los años 80, y ahora te vuelvo a encontrar”

domingo, 30 de noviembre de 2014
Comentarios desactivados en Francisco, a José María Castillo: “Te perdí en los años 80, y ahora te vuelvo a encontrar”

matecas_560x280De izquierda a derecha, Manuel Guerrero, José Manuel Vidal, José María Castillo y Reyes Mate

El teólogo granadino admite que el Papa le escribió, “de su puño y letra” el pasado mes de agosto

Sentido homenaje al padre de la “Teología Popular” en el Colegio Mayor Chaminade

«Me preocupa mucho la Iglesia porque la quiero con toda mi alma, en contra de los que me tachan, acusan y ofenden con exceso de hacerla daño»

(Jesús Bastante).- Fue la guinda al homenaje que tuvo lugar anoche en el Colegio Mayor Chaminade. El protagonista, el maestro José María Castillo, admitió, a preguntas de sus cercanos, que el pasado mes de agosto recibió «una carta del Papa, que está escrita, hasta el sobre, de su puño y letra». «Te perdí en los años 80, y ahora te vuelvo a encontrar», anunció, emocionado, el padre de la Teología Popular. Décadas después de ser condenado, sin pruebas ni juicio, por Doctrina de la Fe, el propio Pontífice es quien -como ha hecho recientemente con Gustavo Gutiérrez- aboga por su necesaria rehabilitación.

«Él me tenía que conocer cuando era provincial de los jesuitas en Argentina, y el pasado mes de abril, a través de la periodista Elisabetta Piqué, le mandé mi libro La Laicidad del Evangelio -explicó Castillo-. Un día, en agosto, me llegó una carta del Papa, que está escrita, hasta el sobre, de su puño y letra. Y allí me decía:Padre José María Castillo…‘. Eso se lo podía haber ahorrado, porque no hay más padre que Dios (bromeó). Y en la carta me dice: ‘Te perdí en los años 80, y ahora te vuelvo a encontrar’. Me dijo que le ha dado mucha alegría, y ‘te pido reza por mí como yo rezo por ti’, y acaba con un gran abrazo».

«Son unas letras breves, pero de su puño y letra. Eso, expresado de esa manera, para mí representa muchísimo. Por eso me gustaría poder hablar con él», subrayó Castillo, quien definió al Papa Francisco como «uno de los hombres más influyentes del mundo«, que utiliza esa influencia para cambiar las cosas para todos. «El mundo, a su vez, vislumbra por dónde va Francisco, que posee una humanidad, cercanía, saber estar y firmeza que nos sirve a todos como ejemplo«.

En cuanto al futuro de la Iglesia, Castillo reclamó, y creímos escuchar al mismo Papa, «recuperar cuanto antes un gobierno sinodal en la Iglesia, que toda la gestión del gobierno no esté centrada en Roma. Irle quitando poderes a la curia y dándoselos a las conferencia episcopales, y que éstas procedieran como en el primer milenio, hasta la reforma gregoriana, donde las decisionesla tomaban los sínodos».

«Cuanto antes se haga esto, ya está dando pasos que veo difícil que tengan retorno, muy decisivos. No es quitar poder al papado, sino redistribuir su poder, hacer la tarea más compartida, más internacionalizada…», insistió Castillo.

Tras la carta del Papa, el teólogo confesó que «me gustaría poder hablar con él un rato, aunque solo fueran diez minutos. Me pondría nervioso, pero le agradecería el bien que está haciendo y le pediría, en nombre de tanta gente que espera mucho de él, que no se canse, que siga adelante, todo el tiempo que su salud le permita. ¡Y que no venga con renuncias ahora!».

El acto arrancó con unas breves palabras del editor de Desclée, Manuel Guerrero, quien admitió que «a José María le conozco desde antes que él lo sepa: quedé prendado y enamorado por su mensaje», y presentó los últimos libros de su autor: La laicidad del Evangelio, Teología Popular, o La Religión de Jesús. «Estos libros te oxigenan, te echas para atrás tranquilo, en el asiento, te liberas…. Yo quiero de esto».

Por su parte, el director de Religión Digital, José Manuel Vidal, incidió en que «somos muchos los que admiramos, queremos, seguimos y debemos mucho a José María Castillo». En su intervención, el periodista, que se autodefinió como «seguidor, discípulo y amigo» del homenajeado, apuntó a Castillo con tres palabras: «Alimento, pontífice y primavera».

Alimento, porque Castillo es «un gran teólogo, que tiene una gran obra, pero que además sabe transmitirla». Y es que «su teología es capaz de dialogar de tú a tú, con los grandes pensadores, pero también la virtud de poder conectar con la gente sencilla. Una teología clara, fecunda, divulgativa y al alcance de cualquiera». «Ésta es la Teología de Francisco. Él no es teólogo ni divulgador. Ha bebido su teología de teólogos y pensadores como Castillo y otros muchos. El Papa ha leído a Castillo, y que ha estado muy cerca del Papa, y ha sido uno de sus referentes claros«, apuntó Vidal, antes de que el teólogo hablase de la carta del Papa. Leer más…

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La oración de la cabra

jueves, 27 de noviembre de 2014
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cabra

Decididamente, Señor
no tenemos buena prensa las cabras.
Falla alguien en su cordura mental,
rápido dicen que está como una de nosotras.
A nuestros cabritos y machos cabríos
les endosaron siempre los peores papeles.
Tú mismo, recuerda tu Juicio Final,
nos colocas a tu izquierda
con pasaporte directo a los infiernos.
¿No te parece demasiado?

Tú sabes que no nos hiciste ni mejores
ni peores que al resto de tus criaturas.
Que ni quisiste, ni pudiste hacernos…”malas”;
que nos hiciste simplemente… “distintas”.

Por eso nos arriesgamos
por senderos y trochas que nadie ha pisado.
Por eso mordisqueamos hierbecillas que nadie olfateó.
Por eso sentimos esa especie de alergia a “ir en rebaño”.
Por eso gozamos y sufrimos esa fama de “locas”,
porque sabemos que el mundo y que tu Iglesia
también necesita locos… ¡divinos locos!

¿Qué nos falta entonces?
Pastores, nada más que pastores.
Pero, ojo, Señor: ¡Pastores de cabras!
Pastores de los otros,
pastores de ovejas normales y sumisas,
más o menos los hay… De éstos, en cambio,
es muy difícil encontrarlos. Amén.

*

Revista orar. Nº142

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¡GRACIAS A TODOS! José Antonio Pagola se despide

domingo, 23 de noviembre de 2014
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jose-antonio-pagolaPor estos días se cumplen 34 años desde que comencé a escribir mi comentario semanal al evangelio de cada domingo. Primeramente, a través de la prensa y la radio de mi ciudad de San Sebastián (España). Luego, a través de internet por medio de la Red evangelizadora Buena Noticias. Siento que me ha llegado el momento de cerrar este ciclo, tan estimulante y enriquecedor para mí.

No me retiro de mi actividad evangelizadora ni de mi oficio de escritor, pero, a mi edad, necesito más tiempo y sosiego para poder trabajar con otro ritmo en proyectos que todavía puedo llevar adelante. Mientras tenga fuerzas, quiero vivir mis últimos años contribuyendo al impulso de esa renovación de la Iglesia a la que nos está llamando el papa Francisco. En concreto, quiero seguir promoviendo de diversas maneras la conversión a Jesús, a su Evangelio y a su proyecto humanizador del reino de Dios.

Este será pues mi último envío. Sin embargo, también en el futuro seguiréis recibiendo, desde grupos de Jesus, comentarios míos de cada domingo, seleccionados de los muchos que he escrito. También los podréis encontrar en la Web buenanoticia.net. Por otra parte, sabed que una selección muy completa de mis comentarios están ya publicados en cuatro pequeños volúmenes: en español (Ed. PPC); en catalán (Ed. Claret); en italiano (Ed. Borla); en brasileiro (Ed. Vozes). Y se están publicando los primeros volúmenes en inglés y en euskara.

En estos momentos solo siento un agradecimiento grande a todos. En primer lugar, a la querida comunidad del Carmelo de Hondarribia, que con tanta entrega y generosidad os habéis encargado de enviar el comentario de cada semana, superando a veces no pocas dificultades. Luego, a los traductores/as que, con vuestro trabajo oculto y gratuito, habéis hecho posible la difusión del Evangelio en diferentes lenguas.

Quiero también agradecer a quienes a través de páginas Web, servicios y periódicos digitales, radios, revistas, multicopias… habéis hecho llegar mi comentario evangélico hasta los lugares más insospechados de la Tierra. Siento un agradecimiento especial a tantos cientos de personas que, desde vuestro ordenador personal lo habéis enviado a misioneros, a personas mayores o enfermas, a gentes alejadas…

Esta red evangelizadora que hemos formado entre todos a lo largo de estos años no debe romperse. Vamos a utilizar los comentarios que nos irán llegando o los textos que tenemos en nuestros ordenadores para seguir difundiendo cada semana la Buena Noticia de Jesús. No perdamos nunca la confianza en él. Jesús renovará nuestra fe y salvará a su Iglesia de esta crisis.

José Antonio Pagola

Enlaces de internet donde encontrareis los nuevos servicios:

buenanoticia.net

http://www.buenanoticia.net

Grupos de Jesús

http://www.gruposdejesus.com/buenanoticia

Correo de contacto  coordinador para los  grupos de Jesús y buenanoticia.net

coordinador@gruposdejesus.com

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La Iglesia que yo amo

miércoles, 19 de noviembre de 2014
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beso-gay-iglesia

La Iglesia que yo amo es así:

Es la iglesia que prefiere tener siempre sus puertas abiertas, aunque pueda colársele algún intruso, por miedo a que pase de largo un sólo mensajero del Espíritu que venga a enriquecerla;
La que está convencida y lo demuestra que el puerto es Cristo y que ella es sólo el faro que señala: el puerto está allí;

La que prefiere ser sembradora de esperanzas que espigas de miedo;

La que me dice honradamente, sin soberbia: “somos un pueblo en camino, hacia una meta común y necesitamos ir cogidos de la mano, beber en la misma fuente y tantear los mismos peligros”:

La que demuestra al mundo que se puede conciliar el máximo de libertad humana con la obediencia al Creador;

La que tenga tal instinto para el amor que sepa descubrirlo incluso donde nadie lo advierte;

La que escucha con más seriedad y con mayor esperanza la voz de los pobres y de los débiles que la de los ricos y poderosos, porque sabe que son más libres, menos comprometidos, más abiertos al Dios que llama siempre;

La que tiene más vocación de defensora de cualquier derecho humano que de protectora de privilegios propios o ajenos;

La que cree en Cristo más que en los bancos y en la diplomacia;

La que acaba venciendo no con el poder, sino con la fuerza misteriosa y santa de su “debilidad”;

La que ante cada nuevo problema que me presenta la vida sabe darme no “su” respuesta, sino la de Cristo, y en caso de ignorarla me llama a colaborar en ella en una búsqueda común;

La que me habla más de Dios que del diablo, del cielo que del infierno, de la belleza que del pecado, de la libertad que de la obediencia, de la esperanza que de la autoridad, del amor que de la inmoralidad, de Cristo que de ella misma, del mundo que de los ángeles, del hambre de los pobres que de la colaboración con los ricos, del bien que del mal, de lo que me está permitido que de lo que me está prohibido, de lo que aún está abierto a la búsqueda que de lo ya conquistado, 
 del hoy que del ayer;

La que me ofrece un Dios tan semejante a mí que puedo jugar con Él, y tan distinto que puedo encontrar en Él lo que ni puedo soñar;

La que es más madre que reina, más abogada que jueza, más maestra que policía;

La que tiene el fogón siempre encendido para todos los fríos y todas las soledades; el pan caliente preparado para todas las hambres y la puerta abierta, la luz encendida y la cama hecha para cuantos van de camino, cansados, en busca de una verdad y de un amor que aún no han encontrado.

A otros podrá gustarles la Iglesia con otra cara.

Yo a la Iglesia la amo así, porque es de este modo como mejor me asegura la presencia viva de Cristo, el Cristo amigo de la vida, el que vino no a juzgar, sino a salvar cuanto estaba perdido.

*

Adaptado y abreviado de “El Dios en quien no creo”, de Juan Arias (Sígueme 1969)

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«La Iglesia y los carismas según San Pablo», por José Combin, teólogo

domingo, 12 de octubre de 2014
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carismas01Leído en la página web de Redes Cristianas

Las cartas de Pablo revelan lo que era la Iglesia en las comunidades fundadas por él más o menos 20 años después de la muerte de Jesús. La comunidad cristiana está comenzando y tiene todos los privilegios de la infancia.

Debemos considerar las epístolas que son realmente de s. Pablo: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, 1 Tesalonicenses, Filipenses, Filemón. Las otras fueron escritas después de la muerte de él y varias fueron escritas 30 ó 40 años después de la muerte de él por discípulos de él. Pero estos discípulos cambiaron la eclesiología, con certeza porque las mismas comunidades habían cambiado. El principal cambio es la presencia de ministros permanentes encargados de dirigir la comunidad, presbíteros y diáconos que no fueron establecidos por s. Pablo. De la misma manera los Hechos de los Apóstoles presentan a un Pablo bien diferente del Pablo de las cartas. Es el Pablo al cual se atribuyen todos los cambios que ocurrieron entre la muerte de él y la redacción de los Hechos. El autor de los Hechos no conoció a Pablo ni las cartas de él. Acepta tradiciones populares y agrega discursos y episodios que representan la teología de él y no la teología de Pablo.

1.- El pueblo de Dios

Debemos mantener que el concepto básico de la eclesiología de Pablo es el concepto de pueblo de Dios. El concepto de pueblo no es sociológico. Consulté tratados de sociología y pude ver que en la sociología no se trata del pueblo porque pueblo no es categoría sociológica, no es algo que se pueda observar. Pueblo es una categoría teológica porque es un ideal proyectado como promesa hecha a Abrahán.

Para Pablo los discípulos de Jesús son la continuación del pueblo de Israel. Los jefes de Israel traicionaron las promesas hechas a Abrahán y abandonaron el verdadero Israel. El verdadero y definitivo Israel está en las comunidades de discípulos de Jesús, judíos y gentiles. Pues las promesas de Abrahán no se dirigen a una pequeña porción de la humanidad separada del resto. La descendencia de Abrahán debía envolver todo el mundo siendo innumerable. Los judíos levantaron barreras e impidieron la entrada de todas las comunidades étnicas separadas de los judíos. Todo eso está en los cap. 9 a 11 de Romanos, exposición fundamental de la eclesiología de Pablo.

Pablo no pretende convertir individuos, quiere extender el pueblo de Dios hasta la extremidad del mundo porque ese es el plan de Dios revelado a Abrahán. Jesús vino para realizar ese plan de Abrahán. Por eso fue muerto. Pero después de él los discípulos rompieron las barreras y fueron al mundo entero y el pueblo de Dios contiene judíos y no judíos. Jesús no vino para salvar almas sino para refundar la descendencia de Abrahán, rompiendo las barreras y asumiendo él mismo la dirección de ese pueblo.

Un pueblo envuelve la totalidad de la vida humana. Jesús no vino para enseñar una religión o una sabiduría, sino para cambiar toda la vida. Todo forma parte del pueblo: economía, política, cultura, vida corporal, desde la comida hasta el uso de los recursos naturales. Todo eso forma el pueblo. Los discípulos tienen por misión inaugurar ese pueblo que será el pueblo de Dios, integrando todos los otros pueblos en la unidad del proyecto de Abrahán. Hay lugar para todos porque no hay más barreras. Jesús suprimió todas las barreras que procedían de una cultura, de una porción de la humanidad, de un modo de vivir, de algunos jefes de los judíos cerrados en sí mismos y separados de los otros pueblos. Los jefes de Israel hacían casi imposible la entrada de los paganos porque levantaban obstáculos casi intransponibles. Ahora el pueblo está abierto y Pablo piensa que en poco tiempo va a envolver a la humanidad entera.

Las comunidades paulinas y los otros discípulos llamados por otros apóstoles constituyen el inicio de este pueblo ahora libre y abierto. Numéricamente son insignificantes pero la fe de Pablo consiste en esto: ver en ellos el comienzo de una nueva humanidad reunida en una única convivencia en que toda la diversidad se une en el amor y en la solidaridad..

2. La “ekklesía” (Iglesia).

En el inicio, los discípulos de Jesús no creían necesario dar un nombre a su reunión. Eran judíos, miembros del pueblo elegido de Israel. Dentro de Israel ellos eran los seguidores del camino de Jesús. Esperaban el reino de Dios anunciado por Jesús. El reino no vino. Apareció más distante que lo previsto. El concepto de reino de Dios fue transferido para el día en que se realizaría realmente el fin de este mundo y el advenimiento del nuevo, esperado como gran milagro de Dios. Aparecía un tiempo intermediario. Los discípulos no podían esperar simplemente ese día bastante distante. Vivían en la tierra, la vida terrestre continuaba. Fue necesario darse un nombre sobretodo cuando entraron paganos convertidos y los discípulos se distanciaron de la ortodoxia judaica.

Pablo dio a sus comunidades un nombre que era común a todas y expresaba la unidad entre todas. Pablo adoptó el nombre de”ekklesía”. Era genial porque esa palabra era muy significativa.

La palabra “ekklesía” tenía un solo significado. Era la asamblea del pueblo reunido, del “demos”, para gobernar la ciudad. No tenía otro significado. Tomando esa palabra Pablo sabía muy bien lo que hacía. No escogió ningún nombre religioso. Había asociaciones religiosas de diversos tipos en aquel tiempo en las ciudades griegas. Pero Pablo sabía que no venía a establecer en la ciudad una religión, un culto. La religión, el culto no interesaban. Para Pablo el culto de los discípulos de Jesús era su vida. Pablo venía para llamar a todos para formar un pueblo. Las comunidades de una ciudad representaban un pueblo, el pueblo de Dios en esa ciudad. Eran el verdadero pueblo, formando el verdadero “demos” aunque fuesen todavía una minoría insignificante. Pero Pablo miraba lejos con una fe invencible. Allí estaba el pueblo, en esa asamblea de los discípulos que era la asamblea del pueblo.

Las comunidades eran un pueblo que formaba “ekklesía”, esto es se gobernaban a sí mismos, sin jefes, sin personas que mandaban. Era la verdadera realización del ideal griego de ciudad. Los discípulos formaban entre ellos una auténtica “democracia” realizando el ideal nunca alcanzado por los griegos que admitían la esclavitud y la división de clases.

La verdadera traducción de “ekklesía” debía ser “democracia”. En cada ciudad los discípulos de Jesús forman una democracia. Sin embargo no hubo traducciones: en latín tomaron la palabra griega que perdió su sentido: “ecclesia”, lo que en castellano fue transformado en “iglesia”. La palabra “iglesia” no significa nada, no dice nada. Se transformó en el nombre de una institución.

Quien está en la Iglesia católica puede percibir hasta qué punto nos alejamos de los orígenes cristianos. Hoy quien considera que la Iglesia es y debe ser una democracia, será condenado como hereje. Estamos exactamente en el extremo opuesto de las comunidades cristianas primitivas.

En la “democracia” cristiana todos eran iguales, todos podían hablar, todos podían intervenir en las decisiones tomadas por la asamblea. Era realmente el advenimiento de la libertad, el núcleo de un nuevo pueblo, de una nueva humanidad. Las comunidades no se reunían para hacer un culto, para practicar una religión, sino para convivir unos con los otros en la fraternidad de un pueblo de iguales. Vivir juntos era la razón de esas reuniones. Había naturalmente una comida en común porque vivir juntos es comer juntos.

Lo que más se aproxima a la “ekklesía” de los orígenes, fueron las llamadas comunidades eclesiales de base, una realización de la cual no se tenía más noticia desde la edad media aunque fuese realizada en ciertas iglesias reformadas, sobretodo en los Estados Unidos.


3.- Los dones del Espíritu en las comunidades

La Iglesia, esa “democracia” forma una unidad, un solo cuerpo porque es el cuerpo de Cristo. Cada uno es un órgano de Cristo. El propio Cristo reúne todos sus miembros. Él une todos esos miembros por medio de los dones del Espíritu que son diversos. Cada uno recibe un don del Espíritu. El don es una capacidad para servir. Todos sirven a todos, todos están el servicio de todos. Así es la unidad. La unidad es hecha por el Espíritu.

Pablo dejó tres listas de dones o servicios que llama carismas. Las listas no son las mismas. No había catálogo oficial. Las comunidades no debían ser la copia de un modelo uniforme.

1 Corintios 12, 8-10: “A uno, el Espíritu da el mensaje de sabiduría; a otro, la palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro el mismo Espíritu da la fe; a otro todavía, el único y mismo Espíritu concede el don de las curaciones; a otro el poder de hacer milagros; a otro la profecía; a otro, el discernimiento de los espíritus; a otro el don de hablar en lenguas; a otro, el don de interpretarlas.”

1 Corintios 12, 28-30: “Aquellos que Dios estableció en la Iglesia son, en primer lugar, apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, doctores. Vienen enseguida los dones de los milagros, de las curaciones, de la asistencia, del gobierno y de hablar diversas lenguas”.

Romanos 12, 6-8: “Quien tiene el don de profecía, que lo ejerza según la proporción de nuestra fe; quien tiene el don de servicio, lo ejerza sirviendo; quien el de enseñanza, enseñando, quien el de exhortación, exhortando. Aquel que distribuye sus bienes, que lo haga con simplicidad; aquel que preside, con diligencia; aquel que ejerce misericordia, con alegría.”

No necesitamos aquí investigar cuál era el contenido concreto de cada uno de esos dones. Lo que nos importa es que todos los miembros tienen un papel en la comunidad. Si alguien preside, no es para mandar, sino para reunir. En las comunidades paulinas nadie manda, nadie impone. Se realiza lo que dijo don Helder cuando llegó a Recife: aquí dos palabras son prohibidas: mandar y exigir. Leer más…

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John Shelby Spong, obispo americano retirado, casado y padre de cinco hijos: “La Iglesia católica se arrepentirá de haber atacado a los homosexuales” .

viernes, 3 de octubre de 2014
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54627_N_22-10-12-12-56-46Lo hemos leído en la página de la  felgtb

La Iglesia católica se arrepentirá de haber atacado a los homosexuales

John Shelby Spong, obispo americano retirado, casado y padre de cinco hijos, afirma que el clero “no siempre tiene el conocimiento adecuado de las cosas que condena”
John Shelby Spong (Carolina del Norte, EEUU, 1931) viste americana negra, jersey lila, alzacuellos y un colgante con la cruz cristiana. Cuando ve aparecer a su mujer, Christine, la saluda con un beso en los labios. Padre, abuelo, obispo retirado y profesor de la universidad de Harvard, está de visita en España para participar en una conferencia en la V Jornada de Filosofía Clásica organizada por el Ateneo de Madrid, pero antes ha pasado por la sede de la Federación Española de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB).

“El reino de Dios se identifica con la vida, así que cuestionará el racismo que devalúa la vida de la gente de color. Cuestionará el patriarcado que devalúa la vida de las mujeres. Cuestionará la homofobia consciente e inconsciente que devalúala vida de los homosexuales, las lesbianas, los transexuales”. Este fragmento de su libro Un nuevo Cristianismo para un nuevo mundo resume la esencia de su mensaje, tras casi 20 años de experiencia como obispo en varias parroquias estadounidenses.

“Cuando me hicieron obispo, era homófobo. Tenía 44 años”, reconoce Spong antes de exponer su teoría. Este obispo, hoy a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, confiesa que siempre tuvo una posición liberal sobre la homosexualidad: “Aunque no conocía a ningún gay, pensaba que la homosexualidad era una enfermedad o una maldición y que, por tanto, los gays tenían que curarse o convertirse”. Cuando se trasladó a una parroquia de una zona “abierta de miras” de Nueva York, algunos de los curas más representativos de su Diócesis le confesaron que eran gays. “Y yo no los veía enfermos ni depravados. Me di cuenta de que no encajaban con mis estereotipos y que no sería un buen obispo si no afrontaba mis prejuicios”.

Spong recibió 16 amenzas de muerte por permitir ser sacerdotes a personas homosexuales

En ese momento, se puso en contacto con un grupo de médicos y quiso saberlo todo sobre la orientación sexual. “Aprendí que la homosexualidad y la heterosexualidad son moralmente neutrales y que no es posible decidir la orientación sexual, igual que yo no decidí a los 12 años que me empezaban a interesar las niñas de mi clase. Descubrí que los homosexuales no eran enfermos ni perversos, sino simplemente, una minoría. Mis ideas cambiaron y cuando las ideas cambian, el corazón debe seguir a esas ideas”, explicó ayer.

Spong actuó de acorde a lo que había aprendido y estableció que en su Diócesis los homosexuales pudieran ser sacerdotes. Recibió 16 amenazas de muerte por ello. “No de gente atea, ni budista. Sino de los que recitan la Biblia y creen que son los mejores cristianos. Mucha homofobia proviene de gays reprimidos que no quieren ser descubiertos”, puntualiza. En 1989 ordenó al primer sacerdote homosexual en su Diócesis, por lo que buena parte del clero le dio la espalda y acabó yéndose.

Spong está convencido de que la homofobia de la Iglesia Católica en España no durará para siempre “Llegará un día en que la Iglesia se arrepentirá y pedirá perdón por haber tratado mal a los homosexuales. Y pasará mucho antes de lo necesario para que los obispos estén preparados”, sentencia. “La Iglesia no siempre actúa con el conocimiento adecuado cuando condena”, explica Spong, que cita ejemplos como los zurdos, a los que el clero trataba de convertir en diestros porque desconocían por qué no lo eran, o las personas que se suicidan, a las que negaban el funeral por desconocer las enfermedades mentales o la depresión. “Hoy no harían nada de todo eso y la homosexualidad seguirá el mismo camino”, asegura. “Cuando algo se debate públicamente, el debate está ganado porque el prejuicio de lo que es normal está bajo ataque”.

Artículo publicado por Público

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«El futuro del Evangelio», por José María Castillo, teólogo.

sábado, 27 de septiembre de 2014
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9788433027146_04_mDe su blog Teología sin Censura:

La estimación comúnmente aceptada entre los expertos sitúa los orígenes del ser humano en torno a los cien mil años (Ernst Mayr, Bioastronomy News, 7, 3 (1995). De esos cien mil años, unos siete mil nos son suficientemente conocidos, ya que es en el tercer milenio (a. C.) donde se sitúa el “nacimiento de la civilización”, cuando en Oriente Medio (Mesopotamia) aparecieron la agricultura, la metalurgia y la escritura (Jean Bottéro, Mésopotamie, Paris, 1987, 8). Nacieron así las primeras “ciudades-estado”, con su organización, sus jerarquías y las consiguientes desigualdades sociales. Y fue entonces cuando dieron la cara dos grandes fenómenos culturales que han crecido sin cesar hasta el día de hoy: la evolución de la tecnología y la evolución social. Pero ahora caemos en la cuenta de que estos dos grandes fenómenos, que han marcado la historia de la humanidad, han crecido en sentido opuesto: la evolución tecnológica como progreso imparable, la evolución social como degradación inhumana que ahonda cada día más y más las desigualdades, las humillaciones y el sufrimiento de los mortales. (María Daraki, Las tres negaciones de Yahvé, Madrid, 2007, 8).

¿Qué papel ha desempeñado el Evangelio en esta apasionante y amenazante historia de la humanidad? Por los datos más fiables que nos proporcionan los cuatro evangelios, sabemos que Jesús tenía muy claro el peligro que representan, en la historia de los mortales, el dinero de los ricos y el poder de los grandes. De ahí que “servir al dinero” y “servir a Dios” son dos cosas incompatibles (Mt 6, 24). Como “mantener riquezas” y “seguir a Jesús” son igualmente incompatibles (Mc 10, 17-31). Y en cuanto al asunto del poder de los grandes de este mundo, Jesús fue tajante: lo que hacen es “dominar” y “tiranizar” (Mt 20, 25). Por eso, el mismo Jesús cortó en seco las apetencias de poder y mando que ya asomaron en los primeros apóstoles (Mt 20, 26; Lc 22, 25-26). Y el ejemplo supremo lo dio el propio Jesús cuando, al despedirse de sus discípulos, hizo con ellos el oficio de un esclavo (Jn 13, 1-15).

Más aún, las tres grandes preocupaciones de Jesús, un hombre profundamente religioso (por su relación con el Padre y su frecuente oración), no fueron de orden religioso, sino preocupaciones laicas, comunes a todos los humanos: la salud de los enfermos (relatos de curaciones), compartir mesa y mantel con toda clase de personas (relatos de comidas), y las mejores relaciones humanas de todos con todos (sermón del monte, (Mt 5-7), o de la llanura, Lc 6, 12-49). Pero sabemos que Jesús realizó todo esto de tal manera, que entró en conflicto con los dirigentes de la religión (José M. Castillo, La laicidad del Evangelio, Bilbao 2014, 121-137). Hasta el extremo de tener que aceptar “la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado” (Gerd Theissen, El movimiento de Jesús. Historia de una revolución de valores, Salamanca, 2005, 53).

¿En qué ha quedado todo esto? En un programa heroico y raro, para pocas personas. ¿Y para la Iglesia? Es imposible contarlo en un breve artículo. Pero el hecho es que, con el paso de los tiempos, en la Iglesia terminó por imponerse más la Religión (con sus jerarquías, sus poderes, sus rituales, sus dogmas…) que el Evangelio (con las convicciones tan claras que Jesús transmitió). Como igualmente es un hecho que la cultura de Occidente, tan marcada por la Iglesia, ha sido una cultura de guerras y violencias, colonizaciones y poderes, a los que la misma Iglesia se ha tenido que acomodar, a los que la Iglesia “legitima” y de los que la Iglesia recibe, tantas veces, dinero y privilegios. Es cierto que en Occidente se han elaborado los derechos humanos (que, por cierto, no han sido aún suscritos por el Vaticano). Pero no es menos verdad que Occidente representa el ideal del desarrollo tecnológico (con su contrapartida de degradación social), la cuna del capitalismo, y el mantenedor de las más brutales desigualdades entre los pueblos y entre los seres humanos.

¿Se puede decir que el futuro de la Iglesia es el futuro del Evangelio?
Lo será, en la medida en que la Iglesia se ajuste al Evangelio. Pero, ¡atención!, el Evangelio no es una doctrina, ni es una organización. El Evangelio es un proyecto de vida. De manera que quien viva ese proyecto, ése será el que se entere de lo que es el Evangelio. Y de lo que debe ser, y cómo debe ser, la Iglesia de Jesús. La Iglesia del Jesús de la vida, no de la religión que ha discutido con las demás religiones para ver cuál de ellas es la verdadera; o para buscar a las otras religiones, con el buen deseo de ver si, por fin, nos ponemos de acuerdo.

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Grupos de Jesús: Una experiencia de conversión

lunes, 22 de septiembre de 2014
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20130220cnsbr14035-300x199Ideados por José Antonio Pagola, buscan volver a Él recuperando la frescura del Evangelio

Miguel Ángel Malavia.

Lo dijo el propio Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y lo recuerda constantemente el papa Francisco, siendo muy clarificador este párrafo de su exhortación La alegría del Evangelio:

Necesitamos lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales.Banner-jose-antonio-Pagola-Grupos-Jesus

Respondiendo a esta necesidad, comienzan a surgir diversas iniciativas y procesos de conversión y renovación. Entre ellos, con una presencia significativa tanto en España como en América Latina, están naciendo los llamados Grupos de Jesús.

Su impulsor es José Antonio Pagola, reconocido biblista y teólogo, autor de numerosos libros. En el último, titulado precisamente Grupos de Jesús (publicado ahora por PPC), ofrece los materiales básicos para nutrir los encuentros de los miembros de estas comunidades. Como explica Pagola:

El objetivo principal es vivir juntos un proceso de conversión individual y grupal a Jesucristo, ahondando de manera sencilla en lo esencial del Evangelio. Queremos poner a Jesucristo en el centro de nuestras vidas y de nuestras comunidades. Esto es lo primero y decisivo: hacer juntos un recorrido que nos lleve a conocer mejor a Jesús, a reavivar nuestra adhesión total a su persona y a seguirlo colaborando con Él en el proyecto humanizador del Reino de Dios.

Con esta intuición, el sacerdote vasco ha ideado una dinámica basada en la sencillez. Se trata simplemente de grupos abiertos (que pueden ir desde creyentes practicantes más o menos maduros en su fe hasta no creyentes que, sin embargo, se sienten atraídos por la figura de Jesús) que, en un proceso que puede ir de cuatro a cinco años, se reúnen periódicamente para orar y reflexionar sobre unos materiales que constan de un total de 40 temas (los mismos que ahora se recogen articulados en el libro). Como apunta Pagola, no se trata de lo que entendemos por catequesis, sino de otra cosa:

Estamos en otro plano: es un proceso de conversión a Jesús, directamente, de vuelta a Él. Con todos y entre todos, en un camino comunitario, directo, vivo.

Siempre articulado en torno al Evangelio, a cada tema se le dedican dos reuniones, aunque puede haber más de considerarse necesario:

La mayoría de los miembros son laicos.

  • En la primera, el fin principal es ahondar en el propio texto evangélico, buscando captar la totalidad de su mensaje, por lo que lo leen en un clima de silencio, escucha atenta y reflexión.
  • En la segunda cita, a través de la conversación pausada, participativa y constructiva, tratan de seguir avanzando en un camino que lleve a la conversión personal de cada uno y a fortalecer el compromiso de todo el grupo en el proyecto de Jesús.

Igualmente, tal y como empiezan todo encuentro escuchando la Palabra, lo concluyen orando el Padrenuestro, de pie y con las manos unidas, formando un círculo. Antes de terminar, todos se dan un abrazo de paz.

Fruto de su experiencia en dinámicas de trabajo con laicos y jóvenes, Pagola se muestra convencido de que los Grupos de Jesús pueden ser un camino eficaz para que, en un futuro próximo, haya cada vez más comunidades enraizadas en la persona de Jesucristo, con más verdad y más fidelidad”. La clave, por tanto, está en que todos los miembros sean participativos y aporten sus principales cualidades, progresando así todos a través del enriquecimiento común. Especifica:

En esta situación crítica, dada la ausencia vocacional, es normal que los laicos lleven el protagonismo principal en el impulso de estos grupos.

El ejemplo malagueño

El espíritu de conversión marca a todos los Grupos de Jesús de manera muy variada, como se ejemplifica en los dos que se desarrollan en Málaga. Uno cuenta con seis miembros y el otro con ocho, siendo en su mayoría mujeres y seglares. Fede Pinto, que recuerda que los pusieron en marcha hace dos años tras un encuentro con Pagola en Granada, cuenta que se reúnen en una casa particular una hora y media los lunes y en un colegio, dos horas, los sábados.

Gracias a la implicación de todos, los escasos esquemas previos acaban olvidados:

Comenzamos con la oración del Espíritu Santo y compartimos experiencias personales que hayan sucedido desde la última reunión. Aunque empezamos hablando sobre las preguntas que hemos preparado antes en casa, siempre acaba saliendo todo lo inesperado, ya que, al ser un grupo muy vivo y comprometido en la parroquia y en distintas obras sociales, las experiencias son muy nutritivas para todos. Hay días en que las reuniones están tan llenas de sentimientos que lo preparado brilla por su ausencia. Así son nuestros Grupos de Jesús, cuyos encuentros definiríamos como muy esperados, sencillos, alegres, profundos, emocionantes y participativos.

Pese a su, por ahora, corto camino (el primer grupo surgió hace dos años y el segundo apenas hace uno), esta laica malagueña asegura con emoción que es mucho lo que todos han recibido ya:

Estamos descubriendo una nueva forma de ver, sentir y vivir el mensaje de Jesús de Nazaret en lo pequeño y sencillo de la vida. Es algo que no puedo comunicar con palabras, pero sí digo que todos los días doy gracias a Dios por permitirme compartir estos momentos con el grupo, que convive en un proceso fuerte y verdadero de sencillez y comprensión.

Albacete

Ese mismo espíritu es el que se vive en otros dos Grupos de Jesús que, también desde hace dos años, celebran sus encuentros en Albacete. Paco Gil, sacerdote y misionero, trabaja con ambos, que son algo diferentes en su modo de acción respecto a los de Málaga: compuestos por 16 y 11 personas, respectivamente, se juntan una vez cada quince días, como mínimo durante una hora, y dedican a cada tema normalmente tres reuniones. Como manifiesta Paco, se trata de un tiempo de trabajo más pausado al tratarse de “personas de diferente cultura y formación”, pero eso es, precisamente, lo que hace más rica a la comunidad:

No deja de llamarme la atención que personas no acostumbradas a hablar en público lleguen a contar su propia experiencia vital, y lo hagan sin miedo, con total confianza y creando un ambiente entrañable. Al final, resulta gozoso ver cómo el texto evangélico, pasado por el tamiz de la experiencia personal de los diferentes miembros, se convierte en un mensaje lleno de Buena Noticia, de noticia que es motivo de alegría y esperanza.

Una fraternidad y una fe que expresan, una vez al mes, con la celebración de una Eucaristía compartida, “que hace que el encuentro con Jesús sea también sacramental”.

Con el fin de que los distintos Grupos de Jesús que hay repartidos en distintos países puedan conectar entre sí y enriquecerse compartiendo sus particulares experiencias, se ha creado la web www.gruposdejesus.com. Sería un paso más en un camino que aún está empezando, pero que ya infunde mucha esperanza.

Una reacción necesaria

José Antonio Pagola está convencido de que el futuro de la Iglesia pasa por el impulso de pequeñas comunidades vivas, que “serán las que construirán una Iglesia renovada”. Y no es una forma de hablar, sino que ve realmente “urgente” actuar, pues tiene la certidumbre de que estamos ante un cambio de paradigma histórico:

Vivimos en un presente de gran crisis religiosa, pero parece que todavía no estamos aprendiendo apenas nada de ella y no vemos aún urgente la necesidad de volver a Jesús, y de hacerlo con más verdad y fidelidad, de un modo radical. Por lo general, hoy no estamos trabajando con perspectiva de futuro, pero, probablemente, dentro de unos años, en la Iglesia ya sí se sentirá con fuerza esta necesidad de Jesús. Será cuando la crisis nos vaya despojando de poderes, privilegios, costumbres, tradiciones, lenguajes… Cosas que nos distancian del Evangelio. Pero hay que tener esperanza. Creo firmemente que Jesús salvará a su Iglesia de esta crisis, pues solo Él posee la fuerza renovadora que atrae a las personas. Ahí es donde entran en juego comunidades y proyectos como los Grupos de Jesús, que, desde su modesta contribución, pueden impulsar en el interior de la Iglesia un clima de conversión a Jesucristo. Todavía Jesús puede dar verdaderas sorpresas en la historia de la Iglesia. Tenemos que tener esperanza”.

Fuente: En el nº 2.909 de Vida Nueva

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