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“Salir de nuestras contradicciones “, por Gabriel Mª Otalora

Sábado, 20 de julio de 2019

bird_contradictions_finalDe su blog Punto de Encuentro:

De hecho, más que de costumbres se trata de rituales. Maneras de reconocerse. Con él, la vida es una perpetua celebración, salvo que nadie sabe qué se celebra. “Alex” (2011), Pierre Lemaitre

En estos tiempos revueltos abunda lo que G. Vattimo llama “pensamiento débil” que propugna una forma de nihilismo que no tiene añoranzas por las antiguas certezas ni deseo de nuevas ideologías. Esto colea desde Hegel, Niestzche y Heidegger, con variantes, como la muerte de Dios.

En La gaya ciencia, Niestzche cuenta que un loco, fuera de sí, entró en varias iglesias donde entonó su requiem aeternamdeo. Cada vez que le expulsaban y le pedían explicación de su conducta, respondía: “¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos fúnebres de Dios?”. Algo de esto estamos viviendo, cuando los cristianos somos vistos en bastantes ambientes como rara avis anacrónica que no empastamos con la sociología actual. Y en parte con razón al no ser ejemplo de buena noticia: lis templos se vacían y muchas de las celebraciones recuerdan a la descripción del loco que describe Niestzche.

La Iglesia católica no es ajena a las turbulencias de este tiempo convulso. Algunos se aferran a la institución más que al mensaje de Jesús, se angustian al ver que se está produciendo un avance de la increencia religiosa en nuestras sociedades secularizadas sobre las que ya domina la ausencia de Dios. Confunden autoridad (ejemplo) con poder (norma) y prefieren encastillarse en sus seguridades y tradiciones históricas. Pero esto, que era mayoritario hasta no hace mucho, ya tiene el contrapeso de la mirada evangélica de los que tratan de interpelar a este pensamiento débil generalizado desde la esencia evangélica. Es un pulso en toda regla, en el que dos maneras de entender la fe se enfrentan también a las nuevas creencias que tratan de suplantar a las tradicionales: ciencias ocultas, espiritualismos débiles y materialismos varios entre los que destaca el dios superior del dinero como un fin en sí mismo.

En todo este remolino está cambiando hasta la idea de Dios, yo diría que para bien. Y su principal impulsor es el Papa Francisco que no para de destacar todos los ángulos posibles del amor de Dios -Dios es amor- actuando desde el ejemplo como una invitación a que todos los seres humanos prueben de la verdadera Buena Noticia para encontrar el sentido pleno de sus vidas.

Lamentablemente, otros católicos se mantienen aferrados a la sociología de la religión dando mayor importancia a la institución que al mensaje y convirtiendo tantos medios estupendos en fines; más o menos como les pasó a los líderes religiosos coetáneos de Jesús, que fueron los que provocaron su asesinato porque no pudieron soportar la invitación amorosa a la necesaria conversión del corazón.

Es una realidad ver en muchos templos “no iglesias sino las tumbas y los monumentos fúnebres de Dios” por una vivencia demasiado formalista e individualista que huye del compromiso verdadero mientras mira con malos ojos o indiferencia condescendiente a quienes se juegan la vida defendiendo a los más vulnerables desde organizaciones humanitarias no católicas. A esto me refería líneas arriba cuando he dicho que está cambiando la idea de Dios para bien.

Ya lo dijo el Maestro, por sus hechos les conoceréis y vendrán quienes revitalizarán el evangelio sin tener siquiera experiencia de Dios (¿cuándo, Señor, te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? Mateo 25,31-46). Hans U. von Balthasar auguró, ya en 1956, que el futuro de la Iglesia estaba en los nuevos movimientos laicales. Y es cierto que algo se mueve ante el exceso de formalidades, normativas, tradiciones intocables y símbolos cada vez menos representativos que Cristo denunció sin ambages. Pequeñas comunidades llenas del Espíritu viven la realidad del Reino actuando en muchos lugares como luz para otros. No son noticia, pero si fermento, símbolos necesarios de una vida comprometida que dan sentido a la vivencia litúrgica y oracional ¡Ellas sí que celebran algo!

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“¿Después de Dios?”, por José Ignacio González Faus

Lunes, 24 de septiembre de 2018

nietzscheDe su blog Miradas Cristianas:

Que Dios está ausente de nuestra sociedad europea es un dato innegable, como profetizó Nietzsche. Pero Nietzsche no habló de inexistencia sino de muerte de Dios. Y, para dejar las cosas claras, añadió: “lo hemos matado nosotros”. La ausencia de Dios es, pues, una opción nuestra, no un dato previo a nuestro existir con el que nos encontramos. Las razones de esa opción serán diversas: para que el hombre pueda crecer y ser libre (Marx o Sartre), para liberarnos de ilusiones infantiles (Freud) o para explicar el escándalo del mal… Pero lo que parece claro es que, más que en la inexistencia, nuestra sociedad vive en “el exilio de Dios”, con expresión precisa de Lluis Duch.

Desde los orígenes lo divino parece haber sido percibido como un Poder Supremo al que debemos el ser y que actúa por encima de nosotros. En los grandes poemas homéricos, las acciones humanas (una batalla, una empresa o viaje) no tienen el resultado planeado por el hombre, sino el decidido por algún poder divino superior. Lo que sucede es que en el panteón homérico los dioses se pelean entre ellos y ayudan o hacen fracasar a los humanos sea para complacer a algún devoto (que le habrá hecho antes un buen regalo), o para fastidiar a otra divinidad que protegía a aquel devoto.

En el Antiguo Testamento bíblico pervive algo de ese modo primitivo de ver: no es el hombre el que triunfa o fracasa en su obrar, sino Dios el que produce ese resultado: “el hombre propone y Dios dispone”, dirá luego el refrán (bastante burdo en mi opinión). Pero el A. T. añade a ese modo de ver un matiz absolutamente nuevo: Dios da la victoria o la derrota, el éxito o el fracaso, no por simpatías o regalos recibidos, sino como recompensa o castigo por conductas éticas.

La gran aportación de Israel a la historia humana es esa vinculación profunda entre sentimiento ético y vivencia religiosa. Por eso, su gran batalla no es la lucha contra el ateísmo, sino contra la idolatría. Los ídolos se diferencian del Dios verdadero no en que sean dioses menores sino en que son, por así decir, “dioses sin ética”: no están para exigir bondad sino para darme la razón frente a los demás. Lenguajes como el de Trump o el Bush junior confirman esta observación por poco que se los analice.

Esa aportación del pueblo judío culmina en cómo revela a Dios Jesús de Nazaret. Aun siendo reconocido y confesado como la Manifestación plena de Dios, Jesús no enseña nada sobre Dios. Se limita a decir que podemos llamarle Abbá (Padre) y que eso nos exige un cambio de mentalidad que reclama la plena confianza en Él y la libertad-igualdad-fraternidad entre nosotros, como expresión y verificación de esa dignidad de hijos. A eso llamaba Jesús “reinado de Dios”.

Por eso (y en contraposición a otras teologías que ciñen la experiencia de Dios a la propia intimidad o a la naturaleza), la mística judeocristiana vivencia a Dios en la historia: allí donde parece más difícil encontrarle. Tan difícil que el mismo cristianismo relegó ese reinado de Dios al más allá de la historia, provocando así reacciones que prometían el reino de Dios para este mundo, aunque fuera con otros nombres (paraíso socialista, mayo 68 etc.), y que hoy, ante su fracaso, prefieren mirar resignadamente al propio ombligo o al Oriente.

En este contexto se comprende que el exilio de Dios antes evocado haya producido una sensación inconsciente de orfandad que el mismo Nietzsche describió como nadie (y quizá sólo él se atrevió a hacerlo): “¿dónde va ahora la tierra? ¿Caemos sin cesar? ¿Vamos hacia adelante, hacia atrás, hacia algún lado, erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Nos persigue el vacío? ¿Tendremos que convertirnos en dioses?”… Este tipo de preguntas sólo podía nacer en la tradición judeocristiana: en una cosmovisión donde la historia es un ámbito de creatividad y de progreso. No allí donde la historia es pura apariencia o eterno retorno, y el ser humano una simple parte de esa naturaleza.

Así, el exilio de Dios fue dando lugar primero a una “época del anhelo”, luego a una época del sinsentido y hoy a lo que cabría llamar época de “los placebos de Dios” que funcionan como un recurso terapéutico para sentirnos mejor: apelan a Dios “por el consuelo que nos produce, pero no esperan ser desafiados con Dios”, en fórmula feliz de un teólogo norteamericano. Quizá pues el peligro de nuestra hora actual no es que la gente no crea en Dios, sino que vaya creyendo en ídolos y convierta la laicidad en superstición.

Y es que la idea de Dios molesta siempre: porque lo primero que sugiere es una experiencia de alteridad (dicho teológicamente: “a través del otro llegamos al Otro” en un resumen mínimo de lo cristiano). Pero la alteridad nos molesta y a veces mucho: por algo decía el Zaratrusta de Nietzsche: “todos somos iguales ¡ante Dios! Pero ahora ese Dios ha muerto”. Quizá por eso añadió Nietzsche que, muerto Dios, o nos convertimos en superhombres o seremos “los últimos hombres”. Iría bien no olvidar eso cuando le citamos: porque no parece que estemos consiguiendo la primera alternativa…

Por eso si los cristianos se dedicaran a denunciar y ridiculizar (como la Biblia) esos falsos dioses “obra de manos humanas” (el Dinero y la Nación entre los primeros), quizás harían un buen servicio a la laicidad. Porque desde un Dios auténtico se relativizan todos nuestros absolutos como se relativiza la diferencia entre el nivel del mar y el Everest, si la miramos desde un extremo del universo. Pero, para no olvidar la historia, eso hay que hacerlo siendo también aquello que Gloria Fuertes, con expresión genial, calificó como: “poetas de guardia”.

Quizá pues la muerte que anunció Nietzsche no sea la de Dios sino la de la llamada “civilización judeocristiana”. Eso puede traer más bien que mal: porque, por otro lado, Dios va reapareciendo hoy renovado, en algunas trayectorias personales difíciles y desconocidas, aunque dignas de ser mejor conocidas.

De momento, puede que la tarea del creyente de hoy no sea tanto anunciar a Dios, sino proclamar lo que K. Barth llamó el significado “del hecho absolutamente transformador de que Dios existe”. Otro día seguiremos por ahí.

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Desde el otro lado

Martes, 14 de febrero de 2017

nietzscheFriedrich Nietzsche

Gabriel Mª Otalora
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 20/01/17.- En 1910, Pío X no veía bien la educación escolar marianista empeñada en formar a una élite de católicos democráticos que “acepten nuestro tiempo tal cual es y simpaticen con la búsqueda sincera de la verdad, sea cual sea la doctrina de la que proceda” para ser alternativa a la disyuntiva de entonces entre ciencia y religión. En Francia, acababan de suprimir las asociaciones religiosas obligando a la dispersión; uno de los lugares en los que recalaron fue San Sebastián. En su colegio donostiarra recibió la primera educación el gran teólogo Xabier Zubiri.

Si algo resulta esencial en la educación, los marianistas en Donosti lo bordaron con sus pupilos: darles a conocer a fondo el terreno del adversario para fundamentar las propias afirmaciones, en lugar de descalificarlo. Cuando lo que arreciaba en el ambiente era un cristianismo incompatible con la ciencia, el progreso o la razón, que no formaba espíritus hechos para pensar, ellos vieron que no era la modernidad sino en la fragilidad católica frente a las ideologías imperantes antirreligiosas las que hacían el mensaje poco creíble. Por tanto, se pusieron manos a la obra ofreciendo una sólida formación religiosa impregnada de humildad junto al conocimiento de dichas ideologías y pensadores no cristianos para consolidar una fe madura alejada de las conciencias infantiles que tantas desafecciones produjeron… y producen.

Mi admiración a aquellos marianistas. Ellos fueron pioneros en quitarle el miedo a las razones del adversario. En este contexto, comparto una breve reflexión con los lectores desde el otro lado, en este caso al calor de Nietzsche, el creador de la máxima: “¡Dios ha muerto, viva el superhombre!”.

Nuestro tiempo es parecido a aquél en lo que a ciencia, razón y religión se refiere, excepto por la irrupción de la indiferencia actual. Creo que el filósofo alemán puede ayudarnos en la fe desde sus propios argumentos ateos. Me explico. Él fue el mayor ateo de todos, el más honesto por llevar su ateísmo hasta el final al fustigar al Dios cristiano como “la peor mentira de seducción que ha habido en la historia” porque no permite ser felices a los humanos. Tal fue su coherencia en su obsesión que predicó la inversión de todos los valores porque entendía lo moral como una construcción ideológica para dominar a los demás.

Pero si Dios no existe, entonces todo está permitido; no tiene sentido la moral ni los deberes éticos: la prohibición de robar o de matar tiene un soporte moral, y si Dios no existe -Nietzsche siempre se refiere al Dios cristiano- nada impide al “superhombre” ser amoral y despojarse del sentido de la existencia. La muerte de Dios es la victoria de la autonomía moral absoluta, el mensaje del deber desaparece, y todo puede ser relativizado hasta el punto de podernos preguntar: ¿Y si lo malo tiene un valor superior a lo bueno?

Dos conclusiones: la primera es que está probado que sus teorías influyeron directamente en el nazismo y en otros totalitarismos europeos del siglo XX. La segunda, que si llevamos su pensamiento hasta las últimas consecuencias, es difícil la existencia de un ateísmo radical y sin fisuras como fruto de la verdadera naturaleza humana: en primer lugar, en todas las épocas, incluidas las más monstruosas, no cabe la existencia de un malo perfecto y de por vida, natural al ser humano. Porque en el caso de que el amor resulta imposible manifestarse en algunas personas, sus patologías psiquiátricas dan razón del desequilibrio humano que padecen, no las razones supuestamente antropológicas del superhombre nietzschiano. Existen varios libros publicados por especialistas que lo atestiguan.

La tendencia universal muestra que, cuanta más bondad, mayor humanidad y desarrollo de las mejores potencialidades humanas; y a medida que crezca la maldad, en paralelo se producirá el desequilibrio. La maldad “total”, en fin, tiene más de enfermedad que de maldad. Si Dios es la pura y total bondad e inteligencia, esto tiene sentido, y el procurar ser buenas personas parece que es cosa de inteligentes. Nos vendrá bien tenerlo en cuenta ante lo que nos depare este año plagado de “superhombres” dirigiendo el mundo.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Vejez gay: El almanaque interior

Sábado, 20 de agosto de 2016

i-toni-dell-amore-614024Desde los años 70 se vienen realizando estudios que proponen desmantelar el estereotipo de la vejez gay condenada al patetismo, la soledad e incluso la violencia.

La mayoría de las imágenes sobre el envejecimiento gay resultan patéticas. Depresión, soledad, aislamiento y autoflagelación son atributos que no tardan en aparecer. Es claro que esto no viene de la nada, tiene una base en la realidad pero, de todos modos, es un error equipararlo con las representaciones que tienen los mismos gays que son viejos o están envejeciendo. Sensible a esta precaución, lo que voy a presentar a continuación es una tentativa de “abrir el juego” para pensar de forma plural cómo los gays pueden ver el envejecimiento gay.

La vejez gay es mejor que la heterosexual

En EE.UU., en los años 70, ya existían estudios que combatían el estereotipo de que la vejez gay representaba la contracara negativa de la vejez heterosexual. Por ejemplo, Douglas C. Kimmel sostenía que el envejecimiento gay no era traumático y sí lo era el de los heterosexuales.

Basándose en entrevistas en profundidad, elaboró la tesis de la “competencia en crisis”. Los varones homosexuales, a partir del turning point de la relevación de la orientación sexual, aprendieron a enfrentarse con distintas fuentes de rechazo social: desde la familiar, pasando por la escolar y la laboral. Esta circunstancia hizo de ellos precoces expertos en el manejo de crisis, administradores de la adversidad, campeones en el desarrollo de estrategias situacionales para salir airosos cuando todo el mundo quería aplastarlos.

Si miraban su ya larga vida, podrían apreciar cuánto habían logrado, a un punto tal que podrían dar crédito a aquellas famosas palabras de Friedrich Nietzsche: “aquello que no mata, fortalece” o “el veneno que hace perecer a las naturalezas más débiles, fortalece al fuerte.” Convertidos en “súper-hombres” de la vida cotidiana, la vejez no tendría chances de aparejar una crisis especialmente dramática puesto que todas ya las habían vivido y puesto que en su subjetividad yacía un stock de conocimientos de probada eficacia anti-cataclismos. La adversidad y el sufrimiento tempranos serían escuelas de vida decisivas para los gays viejos que Kimmel entrevistó en la segunda mitad de los años 70.

El experto en crisis no tiene que aprender en la vejez a vivir solo, ni a cocinar, ni a lidiar con las cuestiones del hogar. Quienes sí deben pasar por ese aprendizaje son los pares etarios heterosexuales, característicamente porque enviudan. Así, a contrapelo de los estereotipos de variada procedencia, se tendría que la homosexualidad per se no es un factor de mal envejecimiento. No escapó al autor que los testimoniantes señalaran una serie de desventajas, pero las mismas no son imputables a la homosexualidad: los problemas de salud, y/o los ingresos monetarios insuficientes, y/o la depresión por la jubilación y por la des-socialización creciente, son cuestiones transversales.

Este enfoque está presente en investigaciones más recientes que siguen destacando altas capacidades de resiliencia en gays y también de lesbianas. Las mismas, además, enfatizan la variable “capital social,” que parecería jugar un papel para el mantenimiento de la alta estima de sí. El capital social tiene dos indicadores: los “amigos” y, sobre todo, la “comunidad gay” la cual no solamente se reconoce sino que se visualiza como un lugar donde desarrollar actividades. En breve veremos cómo otro enfoque cuestiona seriamente este postulado.

Las conclusiones de estas investigaciones son óptimas. Pienso que tal vez por demás. En su afán de brindar una versión alternativa de la vejez, la teoría de la competencia en crisis, llegado un momento, corre el riesgo de crear formas de invisibilización de realidades específicas del envejecimiento gay.

33046_norma-castillo-ramona-cachita-arevaloLas investigaciones en salud, por ejemplo, llevan a que nos preguntemos si la competencia en crisis no culminaría cuando los viejos gays se enfrentan a entornos médicos y de cuidados de la salud. En un estudio, el 18 % de los gays manifestaron una valoración negativa de los servicios de salud puesto que sus efectores son insensibles frente a la orientación sexual. En tanto que un 25 % de los gays dijeron que directamente no manifestaron su sexualidad o raramente hablaron de ella. Aún personas gays mayores que habían logrado hacer el coming out frente a sus familias encontrarían un límite cuando se hallan expuestos ante la mirada médica, frente a la que quedarían paralizados, retrocediendo y haciendo un coming in en lo que a comunicación de la salud respecta. En estos casos, más que ante la competencia en crisis estaríamos ante la extraña “competencia” de evitar situaciones de crisis sentidas como embarazosas debido al peso del estigma.

Viejos antes de tiempo

Esta percepción del almanaque interior está presente en el humor gay, en las películas que han consagrado como de culto, en los argots de los ámbitos de prostitución masculina y en las etiquetas de los websites pornográficos. Una vez leí que un investigador publicó un aviso clasificado en distintos medios comunitarios gays a finales de los años 70. Buscaba varones homosexuales de los “más viejos” que le concediesen entrevistas. Se sorprendió de haber recibido un número importante de respuestas por parte de personas que estaban entre los 30 y los 40 años.

No creo que sea adecuado hacer frente a esta percepción diciendo que los y las heterosexuales también perciben el paso del tiempo con precocidad. Y esto a pesar de que a muchos lectorxs no pasarán inadvertidas las publicidades de ropa interior para personas con “incontinencia urinaria moderada”, que según los expertos publicitarios, comienza a manifestarse después de los 55 años. Tampoco lo expresado debería servir para afirmar que los gays tienen una lectura “errada” de la realidad. Tenemos que tratar de ver desde adentro: ¿qué factores propios de la historia de la homosexualidad incidirán en este ritmo acelerado? Quisiera presentar dos conjeturas.

Primera: los homosexuales que hoy son viejos fueron jóvenes en los años 60 y 70, por lo tanto, transitaron por entramados sociales, jurídicos y políticos adversos. Ya lo sabemos: era tal el nivel de represión y autorrepresión que muchos directamente se retiraban o no se involucraban en diversas oportunidades interaccionales por el miedo a ser descubiertos y ser masacrados por el descrédito. Recuerdo que en mis diálogos con viejos gays una de las expresiones que más surgía era “muerte civil”. Principalmente la familia era el lugar del que se pretendía huir. Ante semejantes retiradas de la vida social podemos plantear que, desde temprano, ellos sentían que se encontraban fuera de la historia o, por así decir, que la historia era algo que “les pasaba”, en tiempo y en experiencia, a los otros, es decir, a los heterosexuales. Por ejemplo, a sus hermanos y a sus hermanas que seguían cumpliendo con un conjunto de ritualidades dadoras de un sentido de que el tiempo transcurría.

Imposible no recordar a Iván (67 años): “¿Qué futuro podías esperar? No tenías nada ¡nada! por delante”. Si imaginariamente un almanaque funcionaba, ése era el de la sociedad heterosexual, el de ellos, el almanaque interno, estaba detenido. La vida era espectáculo obligado o algo semejante a un tren que veían pero no podían tomar. Los ritos de pasaje que vivenciaban los heterosexuales, como los de convertirse en padres, festejar la graduación de los hijos o, finalmente, ser abuelos, no eran vivencias “propias” de los homosexuales en aquellos contextos sociales y jurídicos.

Es probable que se encuentre allí parte importante de la clave de esta alteración de la temporalidad: aquellas personas habrían vivenciado las mismas etapas que los heterosexuales -habrían compartido la historia- pero sólo hasta la adolescencia, el momento del descubrimiento sexual y, en consecuencia, del subsiguiente ocultamiento y de la retirada de la corriente de las vivencias socialmente pautadas, las vivencias de quienes quedaban “adentro” de la historia. En estas condiciones, “jóvenes” solamente podrían ser los heterosexuales porque solamente ellos cumplían dentro de la “juventud” con los ritos socialmente convencionalizados. En cambio, los homosexuales, privados de estas posibilidades, “saltaban” directamente desde la adolescencia a la “madurez. El envejecimiento, en consecuencia, les quedaba mucho más cerca. Qué horror.

Segunda conjetura sobre el sentimiento de precocidad: ¿cómo no ponderar en este “gran” salto adelante la influencia del sentimiento de pérdida y duelo de la época del SIDA? Justamente estas generaciones de homosexuales la vivieron. En esa tremenda coyuntura también tuvieron que hacerse grandes aceleradamente, crecer de golpe, experimentando en plena juventud gigantescas pérdidas afectivas, esas pérdidas que sus pares heterosexuales muy por lo general comenzarían a experimentar en su vejez. Como vemos, nuevamente un proceso dramático llevaría a estas personas rápidamente hacia la vivencia de eventos propios de otra etapa de la vida. Otra vez, el horror. ¿Cómo, bajo estas condiciones, no sentirse maduro antes de tiempo? Este es el quid de la cuestión.

Una reflexión aparte, que puedo presentar mas no desarrollar aquí, es que esa percepción del tiempo varía según los entrevistados sean gays o lesbianas. El investigador Robert Schope dirigió una encuesta en la que preguntó cómo percibían que la “sociedad gay” y la “sociedad lesbiana” percibían el envejecimiento gay y lesbiano. Las respuestas tenían que ubicarse en una escala que incluía: “terrible”, “tolerable”, “aceptable”, “buena” y “fantástica”. En un porcentaje significativo los varones eligieron las opciones “terrible” y “tolerable”, en tanto las lesbianas las opciones “aceptable”, “buena” y “fantástica”. Luego, les preguntó cómo veían su propio envejecimiento. Aunque con menos énfasis, la tendencia general se mantenía: una visión bastante más negativa por parte de los varones.

Lugares que aún no existen

Existe una idea que no hemos explorado lo suficiente: el estrés en la vejez, en particular, el que pueden sufrir quienes pertenecen a grupos discriminados. Primero quiero presentar una definición, que tomo de Ilan Meyer: “el estrés puede ser definido como cualquier condición que tiene el potencial de despertar la maquinaria adaptativa de una persona. Utilizando el análisis de la ingeniería, el estrés puede ser descripto como una carga respecto a una superficie de apoyo. Al igual que una superficie se puede romper cuando el peso excede su capacidad para soportar la carga, el estrés psicológico ha sido descripto como un punto de ruptura a partir del cual un organismo puede llegar al “agotamiento”. Por un lado están los “estresores generales”, que son ubicuos y que todos somos candidatos a padecer, por ejemplo: la pérdida de seres queridos, situaciones crónicas como la falta de empleo o la aparición de una enfermedad crónica. Por otro lado, existen factores cuya incidencia no es ubicua porque afectan a los integrantes de grupos minoritarios catalogados negativamente. Son los “estresores de minorías”: el silencio, la invisibilidad, las agresiones, la indiferencia, etcétera. Si recordamos la pertenencia generacional de las personas cuyo envejecimiento queremos comprender, podemos decir que son candidatos con muchas chances de padecer lo que Meyer llama “estrés de minorías”.

Es interesante comparar esta visión con la de la “competencia en crisis”. Si ésta pone el acento en la “idoneidad”, cuando hablamos del estrés tenemos que la idoneidad es una de las respuestas posibles de la maquinaria adaptativa de las personas hundidas en contextos de discriminación. Pero no hay nada de necesario en ello. La otra respuesta de la maquinaria puede ser, justamente, una “no respuesta”, producto de la incapacidad de elaborarla. El estrés de minorías se produce tras el agotamiento subjetivo ante un conjunto de circunstancias (reales e imaginadas) que abruma a los viejos gays, atascándolos, en términos generales, respecto de la acción. Es a partir de entonces que afloran la depresión, el aislamiento, la soledad, el malestar.

Pero cuando pensamos el estrés de las minorías, es necesario explorar la idea de que pertenecer a una minoría puede tener un resultado positivo: justamente la pertenencia permitiría resolver el estrés y convertir a los gays mayores en sujetos “competentes” para enfrentar lo que tengan que enfrentar. Más allá de que podamos presentar miles de sospechas acerca de la noción sociológica de “minoría”, vale la pena seguir el argumento.

Meyer propone pensar la diferencia entre envejecer “individualmente” como gay y envejecer como “miembro” de la minoría gay; una distinción que trae rápidamente a la polémica la cuestión del “capital social” y el “capital institucional” de los sujetos discriminados. O mejor dicho, la cuestión de la “relación” entre ambos capitales, ya que sin el segundo no podría ni lograrse ni mantenerse el primero. El capital social refiere a la pregunta: ¿con qué personas puedo “capitalizarme”, enriquecerme subjetivamente?, en tanto que el capital institucional hace referencia a los medios instituidos que la gente dispone para lograr ese enriquecimiento. Concretamente, si estas personas viejas o en proceso de envejecimiento no tienen adonde ir ni en donde permanecer, se encuentran privadas de interacción y, en consecuencia, se volvería difícil construir y salvaguardar la estima de sí.

Por un lado, es muy probable que manejen en potencia nuevas ejes cognitivos referidos a la homosexualidad (imágenes suministradas por medios de comunicación que dejaron de demonizarlos). El problema es que sin un complemento (un “plug in”) que los ponga en funcionamiento esos ejes están destinados a convertirse en letra muerta. Ese plug in tiene que ser institucional.

Esto plantea un gran interrogante que desplaza el análisis hacia dimensiones de la cuestión que recién ahora están asomando en la política pública. ¿En dónde, en qué lugares estos gays podrán socializarse, encontrarse, reconocerse y desarrollar un sentimiento de pertenencia que neutralice las imágenes negativas de la vejez gay? La pregunta es significativa ya que -aunque hoy es necesario revisarlos- varios estudios demuestran que existe por parte de gays adultos y adultos mayores una tendencia a retirarse de los circuitos de socialización con propósitos socio-sexuales (bares, saunas, discotecas), circuitos que ven con un importante sentimiento de exterioridad y ajenidad, a lo cual habría que sumar la sensación de extrañeza derivada de la denominada “brecha digital”.

Pero no están solamente las cuestiones identitarias, también están las relativas a la salud y a los cuidados en general: ¿cuáles son esos lugares? ¿hay que crearlos? Y también: ¿cómo transformar los que ya existen en ámbitos que alienten la comunicación de los problemas de salud física y de malestar psíquico por parte de sus “nuevos” usuarios? Por último, un gran tema: ¿qué tendría que hacerse para que los efectores de salud aprendan a hablar sobre las cuestiones que suceden en ese mundo que su formación profesional no los alentó a visibilizar?

Para que se pueda envejecer acompañado de imágenes dignificantes hace falta un entramado institucional que aún no existe ni como “forma social pura” ni como parte de la agenda de un programa integral de política pública destinada a la vejez LGTB. Esa ausencia impediría poner a favor del envejecimiento gay la pertenencia minoritaria. En Argentina estamos empezando muy de a poco. La experiencia del Centro Cultural Puerta Abierta es interesante, primero, como iniciativa en sí misma y, luego, como indicio de que el tema está entrando en agenda.

Para cerrar, vale recordar que estas reflexiones se ciñeron a los varones homosexuales que en la actualidad son viejos o están en proceso de envejecimiento (y también a los que ya no están), es decir, a la vejez de “sobrevivientes” del silencio y la invisibilidad. No dudo que este artículo no podrá escribirse tal como se lo leyó cuando comiencen a envejecer los jóvenes de hoy.

Por Ernesto Meccia (Suplemento Soy), vía SentidoG

General, Historia LGTB, Homofobia/ Transfobia. , , , , , ,

Los Juegos Olímpicos: metáfora de la humanidad humanizada

Viernes, 19 de agosto de 2016

antorcha-olimpicaLeído en Koinonia:

(Leonardo Boff, en Koinonía).- Desde el día 5 de este mes de agosto Río de Janeiro es la sede de los Juegos Olímpicos de 2016. Se ha creado una inmensa infraestructura de arenas, estadios, nuevas avenidas y túneles que dejarán un legado inolvidable a la población carioca.

La apertura y la clausura son ocasión de grandes celebraciones, en las cuales el país que hospeda intenta mostrar lo mejor de su arte y singularidad. La apertura esta vez fue de un esplendor inigualable, a semejanza de los grandes desfiles de las escuelas de samba. Los efectos de luces y de imágenes proyectadas en pantallas enormes creaban una atmósfera de mágica y casi surrealista, provocando en muchos lágrimas de emoción.

El momento principal fue el desfile de las delegaciones de 206 países, un número mayor que el de los países representados en la ONU, que son 193. Cada delegación desfilaba con trajes típicos de sus pueblos, destacándose por sus colores vistosos y elegantes, los trajes africanos y asiáticos.

Sabemos que en todas las relaciones sociales e internacionales subyacen intereses y maniobras de poder. Pero aquí, en los Juegos Olímpicos, si existieron, fueron prácticamente invisibles. Predominaba el espíritu deportivo y olímpico por encima de las diferencias nacionales, ideológicas y religiosas. Aquí todos estaban representados, hasta un grupo, muy aplaudido, de refugiados que hoy inundan especialmente Europa.

Tal vez este evento sea uno de los pocos espacios en los cuales la humanidad se encuentra consigo misma, como una única familia, anticipando una humanización siempre buscada pero nunca definitivamente mantenida porque todavía no hemos avanzado en la conciencia de que somos una especie, la humana, y tenemos un único destino común junto con nuestra Casa Común, la Tierra.

Este tal vez sea el mensaje simbólico más importante que un evento como este envía a todos los pueblos. Más allá de los conflictos, diferencias y problemas de todo tipo, podemos vivir anticipadamente y, por un momento, la humanidad que finalmente se humanizó y encontró su ritmo en consonancia con el ritmo del propio universo. Este es uno y complejo, hecho de redes incontables de relaciones de todos con todos, constituyendo un cosmos en cosmogénesis, gestándose continuamente a medida que se expande y se complejiza. A este ritmo no escapa tampoco la humanidad.

 

Los Juegos Olímpicos nos invitan a reflexionar sobre la importancia antropológica y social del juego. No pienso aquí en el juego que se volvió profesión y gran comercio internacional como el fútbol, el baloncesto y otros, que son más bien deportes que juegos. El juego, como dimensión humana, se revela mejor en los medios populares, en la calle o en la playa o en algún espacio con hierba o con arena. Este tipo de juego no tiene ninguna finalidad práctica, pero lleva en sí mismo un profundo sentido como expresión de alegría de divertirse juntos.

En los Juegos Olímpicos impera otra lógica, diferente de la cotidiana de nuestra cultura capitalista, cuyo eje articulador es la competición excluyente: el más fuerte triunfa y, en el mercado, si puede, se come a su concurrente. Aquí hay competición, pero es incluyente, pues participan todos. La competición es para el mejor, apreciando y respetando las cualidades y el virtuosismo del otro.

La tradición cristiana desarrolló toda una reflexión sobre el significado transcendente del juego. Quiero concentrarme un poco sobre ella. Las dos Iglesias hermanas, la latina y la griega, se refieren al Deus ludens, al homo ludens e incluso a la ecclesia ludens (Dios, el hombre y la Iglesia lúdicos).

Veían la creación como un gran juego de Dios lúdico: hacia un lado lanzó las estrellas, hacia otro el sol, más abajo puso los planetas y con cariño colocó la Tierra, equidistante del Sol, para que pudiese tener vida. La creación expresa la alegría desbordante de Dios, una especie de teatro en el cual desfilan todos los seres y muestran su belleza y grandeur. Se hablaba entonces de la creación como un theatrum gloriae Dei (un teatro de la gloria de Dios).

En un bello poema dice el gran teólogo de la Iglesia ortodoxa Gregorio Nacianceno (+390): «El Logos sublime juega. Engalana con las más variadas imágenes y por puro gusto y por todos los modos, el cosmos entero». En efecto, el juguete es obra de la fantasía creadora, como lo muestran los niños: expresión de una libertad sin coacción, creando un mundo sin finalidad práctica, libre del lucro y de beneficios individuales.

«Porque Dios es vere ludens (verdaderamente lúdico) cada uno debe ser también vere ludens», aconsejaba, ya mayor, uno de los más finos teólogos del siglo XX, Hugo Rahner, hermano de otro eminente teólogo, que fue profesor mío en Alemania, Karl Rahner.

Estas consideraciones sirven para mostrar cómo puede ser sin nubarrones y sin angustia nuestra existencia aquí en la Tierra, al menos por un momento, especialmente cuando se vislumbra en la belleza de las diferentes modalidades de juegos la misteriosa presencia de un Dios lúdico. Entonces no hay que temer. Lo que nos bloquea la libertad y la creatividad es el miedo.

Lo opuesto a la fe no es tanto el ateísmo sino el miedo, especialmente el miedo a la soledad. Tener fe, más que adherirse a un conjunto de verdades, es poder decir, siguiendo a Nietzsche, “sí y amén a toda la realidad”. En lo profundo, la realidad no es traicionera, sino buena y bonita, alegre acogedora. Alegrarse por formar parte de ella lo expresamos en el juego, y, de forma universal, en los Juegos Olímpicos. Tal vez éste sea su sentido secreto.

 

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“Esperanza contra natura”, por Carlos Osma

Martes, 15 de diciembre de 2015

hopeDe su blog Homoprotestantes:

La esperanza siempre es mayor en quien más tiene, e intenta escapar de quienes no la conocen para alcanzar el cielo de los esperanzados, de los que sueñan con imposibles porque han nacido en lugares donde es posible conseguir los sueños. La esperanza se eleva, jamás desciende, ese es su desplazamiento natural. Abajo deja el mundo que no es mundo, que no necesita nada ni merece nada. Sólo los escogidos, quienes nacieron con alas, pueden seguir el movimiento de la esperanza.

No todas las esperanzas son iguales, también éstas están graduadas, y crean a su alrededor espacios donde cada una de ellas puede ser vivida, y a la vez donde jamás podrán vivirse. La esperanza divide, recoloca a cada cual en su sitio, le enseña desde la infancia que es lo máximo a lo que puede aspirar, con quien puede uno compartirla y con quien no, que se merece y que se debe padecer. Las esperanzas no igualan, sino que perpetúan las diferencias de todos los tipos. Para cada esperanza hay un sueño posible, un discurso correcto y un comportamiento acertado. Cada esperanza tiene unas alambradas, unos mares, una legislación, una educación… un mundo entero diferente al que crea otra esperanza distinta.

Las ideologías que se imponen tratan de negar que quien más tiene más espera, y más puede esperar. Y así buscan conseguir una paz social basada en el atontamiento de los desesperados. Todos somos iguales, todos podemos esperar lo mismo, todos podemos tocar el cielo repiten una y otra vez. Y aunque la realidad niegue el mantra de quienes más esperan, los desesperados no alcanzan a soñar un mundo donde la esperanza iguale y no divida. Donde la esperanza sea una, y no muchas: “la misma dignidad para todos los seres humanos”.

Hay quienes han aprendido a encender la llama de la esperanza en quienes jamás habían disfrutado del calor que ésta produce, construyendo cinturones de esperanzas nuevas que transforman el cuerpo de los esperanzados en bombas de muerte para quienes vivían en algún mundo distinto de esperanza anestesiada. Y hay otros cuya esperanza hace saltar por los aires la razón, buscando imponer sus límites arbitrarios y caprichosos como límites absolutos para todos. Son las esperanzas de la muerte y del odio, que nacen de la herida, del darse cuenta que hay otras esperanzas injustas que les excluyen del cielo de los dioses. Son las esperanzas del rencor y la ignorancia, de la verdad y el resentimiento. No son esas las que construirán una misma esperanza para todos.

“Lo que en otro tiempo no era más que algo enfermo se ha convertido hoy en algo indecente, es indecente ser hoy cristiano. Y aquí comienza mi nausea [1]”. Es indecente hablar hoy de esperanza cristiana cuando ésta sigue la lógica del resto de esperanzas que “llaman bueno a todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo del hombre”; y llaman malo “todo lo que procede de la debilidad[2]. Es indecente utilizar la esperanza del más allá para mantener en pie a quienes no tienen ninguna esperanza real, y tratar de convencerles de que nada pueden hacer para alcanzarla. Es indecente el buenismo de quienes acallan su conciencia con limosnas que perpetúan la división de la esperanza; son mucho más honestos quienes asumen que “los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres. Y además se debe ayudarlos a perecer [3]”. Esta es la lógica de la esperanza que en la práctica aceptamos.

Pero también podemos hablar de la esperanza cristiana que nace de la fe en un Dios contra natura que se hizo hombre. Una esperanza que no se eleva, sino que desciende, que no desquebraja la esperanza humana en multitud de esperanzas distintas. Sino que afirma con rotundidad que no pueden haber unas esperanzas por encima de otras, y que no hay unos seres humanos que merezcan más que otros. La voluntad de ser feliz y vivir en libertad y plenitud, necesita de una esperanza común que respete la dignidad de todo ser humano. ¿Es posible todavía esa esperanza hoy? ¿Lo ha sido en algún momento? ¿Puede este Dios contra natura transformarnos de depredadores de la esperanza a constructores de una esperanza contra natura?

¿Dejaremos en algún momento de ver personas huyendo del sufrimiento, caravanas de seres humanos en busca de esperanza? ¿Se acabará alguna vez el ocultamiento del dolor y el sufrimiento de quienes no tienen ni esperanza? ¿Será el mar algún día un lugar que nos trae la vida y no cuerpos que la perdieron para huir de la muerte en la que nacieron? ¿Renunciaremos pronto a imponer nuestra esperanza sobre los cuerpos, la libertad, el deseo y la dignidad de otras personas? ¿Será real, podremos vivir algún día envueltos en esa esperanza que crea un mundo contra natura? ¿Podemos todavía darle la vuelta al mundo, a nuestras vidas?

Espero que sí, y que la esperanza en “esa imperiosa revelación de otro sentido posible, más profundo que la injusticia o el dolor” no sean “sencillamente la gratificación furtiva del burguesito en rebeldía [4], sino que esté fundada en el seguimiento de Jesús. Una esperanza contra toda evidencia, contra toda realidad… Una esperanza imposible… Una esperanza contra natura.

Carlos Osma

[1] Nietzsche, F. “El Anticristo”. (Alianza Editorial. Madrid, 1999). Pág. 75

[2] Ibíd. 32

[3] Ibíd. 32

[4] Gil de Biedma, J. “Volver. Poema: Ampliación de Estudios”. (Ed. Cátedra. Madrid, 2010). Pág. 66.

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“¿Espiritualidad v. Religión?”, por Antonio Gil de Zúñiga

Domingo, 22 de febrero de 2015

C6AEnviado a la página web de Redes Cristianas

Alguien me relató, no sé si desde su experiencia o de la de otro, que, visitando una iglesia de pueblo, se encontró allí a un niño de unos 9 años sentado en un banco de la iglesia. Después de hacer un recorrido visual por la iglesia se sentó también en un banco no lejos del niño. Allí estuvo un rato envuelto en el silencio. Tras unos minutos, entró el cura y viendo al niño, a quien debía de conocer, se dirige a él y le pregunta: “¿Qué haces aquí?”. El niño sin inmutarse le responde: “Nada”. Entonces el cura le dice: “Reza un avemaría”. El niño, obediente, reza el avemaría y se marcha.

El relato tiene un corolario inmediato: el cura (la religión) con su avemaría vocalizado interrumpe el sosiego espiritual de ese niño que, arropado por la penumbra y el silencio de la iglesia, está y vive la presencia del Misterio. Y que una vez rezado el avemaría considera que ha cumplido con su deber de orar a Dios y se marcha.

R. Panikkar nos dice que las “religiones son caminos, o mejor, proyectos de caminos para la plenitud humana”; o lo que es lo mismo, potenciar en el creyente, desde su libertad, la espiritualidad, es decir, la experiencia personal de sentir a Dios dentro de sí, para que se realice lo que bellamente escribía S. Bernardo: “A mayor interioridad, mayor dulzura”.

Pero las religiones, al menos la cristiana y las otras del Libro (la judía y el islam), a mi modo de ver, están lejos de ser proyectos de caminos para la plenitud humana, no porque en ellas se dé aquel dicho universitario, “quod natura non dat, Salmantica non praestat”; todo lo contrario, las enseñanzas y la vida de Jesús de Nazaret son factores vivenciales extraordinarios y vigorosos para alimentar una espiritualidad en plenitud. Pero nuestra religión cristiana se ha estructurado en torno a tres ejes cartesianos: el sacerdote, la norma y el rito. Y a lo largo de la historia más que ser creadores y potenciadores de espiritualidad en plenitud se han caracterizado por todo lo contrario: asfixiar la vida espiritual de los creyentes. Valga como ejemplo, aquel movimiento eclesial de espiritualidad intensa protagonizado por las beguinas, que se frustró desde la institución clerical y terminó llevando a la hoguera a algunas de sus protagonistas. A estas mujeres no se les permitió personalizar su fe con libertad y así poder experimentar el Misterio

Una religión que se nucleariza en torno a la norma y al rito, teniendo como centinela escrupuloso al sacerdote, no puede ser “proyecto de caminos para la plenitud humana”. La norma lleva a la condena, a la prohibición, al anatema. Nuestros obispos en el concilio Vaticano II se quedaron con el pie traspuesto, pues no entendían que un concilio no condenara a alguien o a alguna doctrina. En este sentido es lamentable la actuación, en sesión conciliar, del entonces obispo de Canarias quien apostrofando sobre los presentes en el hemiciclo conciliar les espetó: “¡Ojalá se derrumbe sobre nosotros la cúpula de S. Pedro, si se llega a aprobar el Decreto sobre Libertad religiosa”. No es de extrañar que Nietzsche considerara al cristianismo y a los cristianos como “agobiados de convicciones

Cuando Max Weber nos habla de dos tipos de religión: la profética y la mística, la religión cristina se sitúa históricamente más en el territorio profético que en el místico; pero es preciso señalar que con más frecuencia de la deseada se escora al lado más perverso, como es el de concretar en normas y ritos el anuncio de la promesa y del kairós de la plenitud humana. De ahí hay un paso a presentarnos a Dios como un Ser omnipotente y todopoderoso (judaísmo y cristianismo) o Alá es grande (el islam). Y entonces el fundamentalismo está a la vuelta de la esquina. La experiencia histórica de ello es dolorosa, como la recientemente vivida en Francia con el semanario de humor Charlie Hebdo. Llama poderosamente la atención que aún en nuestros días se rece o cante en la liturgia de las horas (1ª semana) el salmo 149, donde el poeta bíblico invita a que se alabe el nombre de Yavé con danzas y que los piadosos se regocijen con “vítores a Dios en sus gargantas”, teniendo en “sus manos la espada de dos filos, para tomar venganza de las gentes y castigar a los pueblos”.

La religión cristiana lleva en sus entrañas lo verdaderamente profético y lo verdaderamente místico, como para que el creyente (cualquier ser humano), despojado de todas las connotaciones del templo, que nos lleva al sacerdote, a la norma y al rito, desarrolle en su interior el deseo óntico de sentir a Dios en su interior, de vivir en su presencia, ya que, como dice J.P. Sartre, “ser hombre significa ser Dios”; o la experiencia profundamente espiritual del poeta bíblico (Salm. 27,8): “Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”.

La vivencia de la presencia del Misterio, que es el núcleo de la espiritualidad, tiene su origen, como he referido antes, en el anhelo óntico de cualquier hombre y mujer, que, como bien escribió Platón, el deseo es hijo de la indigencia, de la penuria. De ahí ese hambre de espiritualidad, que nos remite a la nostalgia de nuestro origen contingente y, por ende, al deseo de plenitud.

Ahora bien, si, como nos indica J. Habermas, “el pensamiento que no se decapita a sí mismo acaba desembocando en la Trascendencia”, la vivencia en nuestro interior de la presencia del Misterio, de la Deidad, que es lo que constituye la espiritualidad, ha de llevar a cabo una profunda y vigorosa transformación en el interior del ser humano. Es lo que JL Aranguren llama el para qué de la mística. La verdadera espiritualidad radica en estos dos rasgos inseparables: sentir, de una parte, el silencio del Misterio en lo profundo de uno mismo, hasta el punto de que, como nos trasmite Unamuno, “sólo perdido en Ti, es como me encuentro/… pues eres Tú más yo que soy yo mismo”; y, de otra, mirar alrededor, a la realidad circundante; hacerse “cargo misericordiosamente de la realidad”, como nos aconseja I. Ellacuría, mediante el compromiso personal, que conlleva una transformación liberadora de esa realidad histórica.

La espiritualidad, sea dentro o fuera de una religión, ha de vivenciar al unísono el Tú trascendente y el tú del otro. El Tú trascendente, como “huella de una ausencia, que sólo a través de ella se hace presencia”, según J. Martín Velasco, ha de vivenciarse desde el silencio, desde el mirar hacia dentro. El silencio de lo trascendente sólo se puede captar desde el silencio. Verdaderamente uno vive esta espiritualidad si experimenta un profundo cambio tanto en su ser como en su obrar, pues lo “importante, advierte Ibn Hazim, no es lo que una persona dice de su fe, sino lo que esa fe hace en esa persona”

Febrero 2015

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“Carisma y carismáticos: ¿qué energía es esa?”, por Leonardo Boff, teólogo

Martes, 3 de febrero de 2015

mg_2992Leído en la página web de Redes Cristianas

Carisma, carma, Crishna, Cristo, crisma y caritas poseen la misma raíz sánscrita kri o kir. Significa la energía cósmica que acrisola y vitaliza, penetra y rejuvenece todo, fuerza que atrae y fascina los espíritus. La persona no posee un carisma, es poseída por él. La persona, sin ningún mérito personal, se ve tomada por una fuerza que irradia sobre otras, haciendo que queden estupefactas: si están hablando, se callan; si están entretenidas en alguna cosa, pasan a prestar atención a la persona carismática. El carisma es algo sorprendente. Está en los seres humanos, pero no viene de ellos. Viene de algo más alto y superior. Nietzsche cuenta que cuando paseaba por los Alpes se sentía poseído por una fuerza que le hacía escribir. Era otro que se servía de él. Tomaba su cuaderno y en él escribía lo mejor de sus intuiciones.

Los antropólogos introdujeron una palabra sacada de la cultura de Melanesia: mana. La personalidad-mana irradia un poder extraordinario e irresistible que, sin violencia, se impone a los demás. Atrae, entusiasma, fascina, arrastra. Es el equivalente de carisma en nuestra tradición occidental.

¿Quiénes son los carismáticos? En el fondo, todos. A nadie le es negada esa fuerza cósmica de presencia y de atracción. Todos cargamos con algo de las estrellas de donde venimos. La vida de cada persona está llamada a brillar, según dice un cantor, a ser carismática de una u otra forma. Bien decía José Martí, pensador cubano de los más agudos de América Latina: hay seres humanos que son como las estrellas, generan su propia luz, mientras otros reflejan el brillo que reciben de ellas. Algunos son sol, otros, luna. Nadie está fuera de la luz, propia o reflejada. En fin, estamos todos en la luz para brillar.

Pero hay carismáticos y carismáticos. Hay algunos en los cuales esta fuerza de irradiación implosiona y explosiona. Son como una luz que se enciende en la noche. Atraen todas las miradas me valen las dos. Se podía hacer desfilar a todos los obispos y cardenales delante de los fieles reunidos, podía haber figuras impresionantes en inteligencia, capacidad de administración y celo apostólico, pero todas las miradas se fijaban en Dom Hélder Câmara cuando todavía estaba entre nosotros, portador eminente de carisma. Su figura era insignificante. Parecía el siervo sufriente sin belleza ni adorno. Pero de él salía una fuerza de ternura que unida al vigor de su palabra se imponía suavemente a todos.

Muchos pueden hablar, y hay buenos oradores que atraen la atención. Pero dejen hablar al obispo emérito de São Félix do Araguaia. Su voz es ronca y a veces casi desaparece. Pero en ella hay tanta fuerza y tanto convencimiento que la gente queda boquiabierta. Es la irrupción del carisma que hace que un obispo frágil y débil parezca un gigante. Hoy sin casi poder hablar a causa de un fuerte Parkinson, sus escritos y poemas tienen la fuerza del fuego. Es un eximio poeta.

Hay políticos hábiles y grandes administradores. La mayoría maneja el verbo con maestría. Pero hagan subir a Lula en la tribuna delante de las multitudes. Empieza hablando bajo, asume un tono narrativo, va buscando el mejor camino para comunicarse. Y lentamente adquiere fuerza, irrumpen conexiones sorprendentes, la argumentación adquiere su armazón adecuada, el volumen de voz alcanza altura, los ojos se incendian, los gestos modulan el habla, en un momento dado todo el cuerpo es comunicación, argumentación y comunión con la multitud que de bulliciosa pasa a silenciosa y de silenciosa a petrificada, para, en el punto culminante, irrumpir en gritos de aplauso y entusiasmo. Es el carisma haciendo irrupción. Poco importa la opinión que podamos tener de sus ocho años de gobierno. En él no se puede negar la presencia del carisma.

No sin razón Max Weber, estudioso del poder carismático, lo llama «estado naciente». El carisma parece que hace nacer, cada vez que irrumpe, la creación del mundo en la persona carismática o personalidad-mana. La función de los carismáticos es la de ser parteros del carisma latente dentro de las personas. Su misión no es la de dominarlas con su brillo, ni seducirlas para que los sigan ciegamente, sino despertarlas del letargo de lo cotidiano. Y, despiertos, descubrir que lo cotidiano guarda en su interior secretos, novedades, energías ocultas que siempre pueden despertar y dar un nuevo sentido de brillo a la vida, a nuestro corto paso por este universo.

Que cada cual descubra la estrella que dejó su luz y su rastro dentro de él. Y si fuera fiel a la luz, brillará y otros lo percibirán con entusiasmo.

Página de Leonardo Boff en Koinonía

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“Lo importante no es el bien, es la bondad”, por José María Castillo, teólogo.

Lunes, 19 de mayo de 2014

francisco-jovenLeído en su blog Teología sin Censura:

Es un hecho que el actual obispo de Roma, el papa Francisco, con las cosas que hace y con las que no hace, está desconcertando a mucha gente. Y, por supuesto, no faltan los que pasan del desconcierto al desengaño, a la desilusión o incluso a la indignación. ¿A qué viene, por ejemplo, canonizar el mismo día a Juan Pablo II y a Juan XXIII? Si no estaba de acuerdo con subir a los altares a uno de ellos, ¿ha equilibrado la cosas subiendo también al otro? ¡Estos “apaños”!, piensa la gente, se notan mucho. Y terminan por no contentar a nadie.

Con una consecuencia ulterior, que nos deja más inquietos. Porque es fatal. Ya que, con estos vaivenes – de pronto una cosa y a renglón seguido casi la contraria – son muchos los que se preguntan: “pero este hombre, ¿a dónde nos lleva?” Más aún, ¿sabe siquiera, a ciencia cierta, a dónde tenemos que ir? Si, no hace mucho, recibió a Gustavo Gutiérrez y aplaudió su Teología de la Liberación, ¿cómo se explica que ahora reciba a Kiko Argüello y apruebe con todas sus bendiciones el Camino Neocatecumenal?

Por supuesto, yo sé que este papa ha puesto en marcha un estilo de ejercer el papado, que poco o nada tiene que ver con los usos y costumbres de los papas anteriores, incluido Juan XXIII, que todavía se dejaba llevar subido en la silla gestatoria y coronado con la tiara, que era la guinda sobre el pastel de la pompa y el boato del papado a la antigua usanza. Eso ya, gracias a Dios, se acabó. Pero es evidente que (como piensa mucha gente) con cambiar el estilo de aparecer en público – y eso sólo hasta cierto límite – con tal cosa nada más no vamos a llegar muy lejos. De ahí que ya son demasiados los que cada día se reafirman más en su convicción de que este papa no aporta a la Iglesia lo que más necesitamos en este momento y tal como han llegado ponerse las cosas en nuestro mundo. Y en la religión.

No pretendo, como es lógico, presentar aquí la solución al problema que acabo de indicar. Entre otras razones, porque yo no sé dónde está esa solución. De todas maneras, tenemos un hecho, que está a la vista de todos, y que a mí, por lo menos, me da mucha luz. Esto es lo que quiero explicar a continuación.

Para empezar, será útil caer en la cuenta de que no es lo mismo “lo bueno” que “la bondad”. Ya Nietzsche, en “La genealogía de la moral” (I, 2), nos hizo caer en la cuenta de que el concepto “bueno” entraña un fallo radical: “¡el juicio “bueno” no procede de aquellos a quienes se dispensa “bondad”! Antes bien, fueron “los buenos” mismos, es decir, los nobles, los poderosos, los hombres de posición superior y elevados sentimientos quienes se sintieron y se valoraron a sí mismos y a su obrar como buenos, o sea como algo de primer rango, en contraposición a todo lo bajo, abyecto, vulgar y plebeyo”. ¿A dónde nos lleva todo esto? Muy sencillo. Tan sencillo como patético.

Es “bueno” y está “bien” lo que les conviene a los que tienen el poder de fijar lo que es bueno y está bien. Por ejemplo, lo que es bueno y está bien en una dictadura, no lo es en una democracia. Por eso, las leyes, los derechos, los privilegios…, todo eso cambia según las conveniencias del que tiene la sartén por el mango. Y si me apuran, en una democracia, no es lo mismo que mande la izquierda como que mande la derecha. Como tampoco es igual, gobernar en democracia desde la mayoría absoluta, que teniendo que recortar las decisiones para alcanzar y mantener los pactos con quien puede aportar los votos que hacen falta para sacar adelante una ley determinada. Todo esto es bien sabido. Pero mucha gente no se da cuenta de que esto muestra a las claras hasta qué punto el “bien” y el “mal” dependen del que tiene el poder necesario para decidir e imponer lo que es bueno y lo que es mal.

La “bondad” es otra cosa. La bondad es siempre “relacional”. Es en la relación con los demás, sobre todo en la relación con los que menos me pueden dar a mí, donde más y mejor se detecta quien actúa, no por conseguir el “bien”, sino porque le brota de las entrañas la “bondad”. Lo he dicho y lo repito: “el espejo del comportamiento ético no es la propia conciencia, sino el rostro de quienes conviven conmigo”. Y conste que, al menos tal como yo veo este asunto, la “bondad” no es lo mismo que el “buenismo”. Porque una bondad que no está edificada sobre la verdad, la justicia, la honradez, la sinceridad y la transparencia, eso no es bondad, sino hipocresía pura y dura.

Por eso, exactamente por lo que acabo de decir, en un libro que he publicado hace unos días, “La laicidad del Evangelio”, he puesto lo siguiente: “la genialidad de Jesús y su Evangelio estuvo en desplazar el centro del hecho religioso. La vida de Jesús, y el culmen de aquella vida, que fue su muerte, constituyeron el desplazamiento del hecho central y determinante de la religión. Este hecho que, desde sus orígenes, fue el sacrificio “ritual”, quedó transformado por el sacrificio “existencial”.

Jesús, en efecto, ni durante su vida, ni en su muerte, ofreció “rito” alguno. Lo que Jesús ofreció fue su propia “existencia”, que fue, en todo momento, una existencia para los demás. Por eso se puede (y se debe) afirmar, con todo derecho, que Jesús desplazó el centro de la religión. Ese centro dejó de ser el ritual sagrado, con sus ceremonias, su templo, su altar y sus sacerdotes y pasó a ser el comportamiento ético de una vida que, desde la propia humanidad, contagia humanidad, y desde su propia felicidad, contagia felicidad. De esta manera, la bondad ética sustituyó al ritual religioso”.

Nada más – y nada menos – que esto, es lo que nos ha quedado de la religión. Y en esto es en lo que se tiene que centrar la tarea de la Iglesia. A mi manera de ver, esto exactamente es lo que ha puesto en marcha el actual obispo de Roma, el papa Francisco. Y por esto, porque el camino que ha emprendido es tan nuevo como desconcertante, yo me pregunto si es que no lo entendemos porque, en el fondo, lo que no acabamos de entender (y nos da miedo entenderlo) es la laicidad del Evangelio. El obispo Francisco no cree en “el bien”. Su proyecto de vida, de Iglesia y de futuro es “la bondad”. Porque sólo la bondad es digna de fe. En definitiva: la bondad no es nada más – y nada menos – que vivir de tal manera que quienes viven conmigo, sean quienes sean, se sientan bien. Esta es la bondad que yo anhelo.

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¿Hubo un solo Cristiano, y ése murió en la Cruz (Sábado Santo)?

Sábado, 19 de abril de 2014

1623688_275679805942552_3583716925642603531_nDel blog de Xabier Pikaza:

Ésta es una de las frases más famosas sobre Jesús, y la escribió F. Nietzsche en su Der Anti-Christ (El Anticristiano, mejor que El Anticristo), frase que bien leída podría convertirse en una apología de Cristo, en este comienzo del siglo XXI.

Murió un Viernes preguntando: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?, y así hizo suyo el grito de la humanidad entera. Pero desde tiempo antiguo muchos cristianos han pensado que ese grito decía: ¡Iglesia mía, Iglesia mía! ¿por qué me has abandonado?

Más que abandono de Dios habría, según eso, un abandono de la iglesia, que parece haberse olvidado de Jesús, convirtiendo su evangelio en un sistema de creencias, o en un simple folclore, como sigue diciendo una pintada de azul, que apareció al comienzo de esta semana (15.4.14), en el gran pórtico de San Trokas/Torcuato de Abadiño. El grafito decía y dice:

Kristautasune ezin leike teoria ona izan, iñok ez dau ta praktikara erueten
(El Cristianismo no puede ser buena teoría, pues nadie lo ha practicado)

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Su mensaje se parece al de Nietzsche. Más que a Cristo critica a los cristianos o, mejor dicho, a un cristianismo interpretado como “teoría sacral o eclesial”, en el pórtico de una Iglesia significativa de Euskadi, como lema de Semana Santa.

Éste me parece un tiempo bueno para meditar en su sentido, en este hondo tiempo vacío de liturgia cristiana, lleno de interrogantes y promesas, que va de la Celebración del Viernes Santo (de la que venimos) a la gran Vigilia Pascual (a la que iremos mañana a la noche). Buen día a todos.

Una pintada distinta, en tierra de pintadas

Mi tierra (Euskadi) ha sido en los últimos cincuenta años un “paraíso” de pintadas, pero ésta es distinta. Así me escribió el pasado martes mi hermano Natxo:

“En mis 64 largos años es la primera llamada de atención mediante el sistema de “pintada o grafito” que he visto respeto a la práctica del cristianismo en nuestro entorno… Es curioso puesto que en el campo político es uno de los sistemas de comunicación más habitual. El grafito ha aparecido esta mañana 15 de Abril del 2014 en el pórtico de la iglesia parroquial de Abadiño. Los cada día menos cristianos/católicos practicantes alguna o mucha responsabilidad debemos de tener, dado que la mayoría de nuestros hijos y familiares han dejado de practicar esta religión. Te adjunto unas fotos…”.

Este “sistema” de pintadas “anticristianas” es muy antiguo, pues quizá el primer testimonio gráfico cristiano que conservamos es un burro crucificado del siglo II d.C., que apareció en un cuartel romano del Palatino, representando a un cristiano llamado, al parecer, Alexamenos, a quien un soldado listo comparó con el Cristo/Burro.

Nuestro grafitero de Abadiño (hijo y nieto de cristianos) ya no compara a los creyentes que celebran la Semana Santa en su iglesia con “burros orejudos tontos y además crucificados”, sino que les presenta (quizá con pena) como farsantes listos, que han construido grandes iglesias, con pórticos inmensos (hechos para jugar de niños, como hacíamos nosotros allí mismo, hace sesenta año, o para celebrar juntas de mayores, tras la misa)…

Pues bien, esos pórticos de iglesia parecen haber quedado vacíos de niños y de cristianismo…. Nadie ha cumplido el mensaje de Jesús, dice el grafito, no puede ser verdad, sigue diciendo. ¿Quién ha hecho mal las cosas, comenta mi hermano? ¿Qué puede decirse ante ese dato? Hay, al menos, tres posibilidades que debemos meditar estos días:

‒ ¿Ha hecho mal el grafitero al escribir esta leyendo en el atrio de la Iglesia, para que la lean todos los que pasan a celebrar el Jueves, Viernes y Sábado Santo? La respuesta estaría en mandar al alguacil o al policia, encontrar al culpable y meterlo por un tiempo en la cárcel, por manchar iglesias.

‒ ¿Hemos hecho mal los cristianos de Iglesia por ser incapaces de decir lo buenos que somos? Sería un problema de trasmisión de la fe o, mejor dicho, de vida cristiana. Nuestros antepasados, hace cuatro o cinco siglos, elevaron inmensas iglesias con pórticos para ferias, reuniones y juegos, mostrando así que eran buenos cristianos. Nosotros ya no sabemos decir lo que somos, si es que somos de verdad cristianos.

‒ ¿O el problema es, de verdad, que ya no practicamos el cristianismo, que nunca lo hemos practicado, que hemos camuflado a Jesús desde el principio? Así podríamos pensar con F. Nietzsche que “hacemos” misas y organizamos procesiones precisamente para olvidarnos de Jesús.

Una cuestión que planteaba F. Nietzsche

Esa cuestión del grafito de Abadiño 2014 no la planteó sólo Nietzsche, sino que había sido elevada de mil formas en toda la Edad Moderna. Recuerdo sólo dos ejemplos importantes, para citar al fin su texto:

M. Lutero, el gran cristiano reformador (al que cita Nietzsche en su texto)… tiene una visión semejante, pues al hablar del Sermón de la Montaña afirma que su doctrina (no juzgar, perdonar al enemigo, poner la otra mejilla, no exigir el pago de las deudas…) no puede cumplirse. Entonces ¿por qué dijo Jesús esas cosas?.

‒ Porque las cumplió él por nosotros, y eso era suficiente. Sólo Jesús fue de verdad cristiano.
‒ Nosotros, los demás, sólo somos cristianos “por fe y por humildad”. Creemos que lo Jesús hizo y dijo es verdad; sabemos que no podemos cumplirlo, y así (al escuchar esas palabras) nos humillamos y pedimos perdón a Dios.
‒ Eso significa que para Lutero y para un tipo de Reforma protestante, en el fondo, el cristianismo de verdad es imposible. Por eso tenemos que dejar este mundo en manos de los “poderes fácticos”, que no son cristianos.

F. Dostoiewsky, cristiano de gran fuerza (al que Nietzsche tiene presente en esa cita) piensa (y así lo dice en el poema del Gran Inquisidor), que la iglesia católica (precisamente la de Sevilla, que ahora está sacando a sus vírgenes y cristos por la calle) ha optado por seguir al Diablo, en vez de a Jesús. Lo que Jesús hizo y dijo es imposible de cumplir, y por eso le mataron. Jesús fue en el fondo el único cristiano. Entonces ¿qué ha pasado?

‒ Los demás, la Iglesia católica, hemos seguido hablando de Jesús, y diciendo que cumplimos sus mandamientos y ejemplos, según el Sermón de la Montaña, pero en la práctica hemos dejado nuestra vida en manos del Diablo (representado por el Gran Inquisidor).
‒ Eso significa que el Diablo domina y dirige de hecho este mundo. Las iglesias han sido buenas, para tener domada a la gente, en tiempos en que era necesaria la doma… pero ahora deben cambiar, si quieren seguir a Jesús.

Éste es el reto del grafito de Abadiño

Yo que no soy Lutero, ni Dostoiewsky (ni Nietzsche), pienso que ese grafito es bueno, engañoso y exigente, al mismo tiempo:

‒ En un sentido es verdad lo que dice el grafito. Hablando con toda sinceridad, en este Viernes Santo, al situarnos ante la Cruz de Jesús, debemos confesarnos pecadores, como quería Lutero. De un modo u otro, todos los cristianos hemos abandonado a Jesús, hemos dejado sólo al Hijo de Dios, que no ha venido para castigarnos, sino para morir por (con) nosotros.

‒ En otro sentido, ese grafito en engañoso, pues desde Jesús hasta el día de hoy han existido cientos y miles de cristianos que han querido seguirle y le han seguido, dando la vida por los demás, de un modo generoso, perdonando, amando. Ese grafitero tiene los ojos ciegos si no sabe o no quiere ver todo el germen de humanidad que ha sembrado y sigue sembrando la iglesia de Jesús.

‒ Finalmente, ese grafito es muy exigente, no para los otros, sino para nosotros, los cristianos, como muestra el mismo Dostoiewsky en su poema del Gran Inquisidor, que es un canto al verdadero cristianismo que vive del perdón y de la libertad, el cristianismo del Cristo que sigue caminando (curando, animando, queriendo…) por las calles de la misma Sevilla, sin que los inquisidores de turno puedan apagar su voz.

Una reflexión final

Quiero dejar para el final el texto entero de F. Nietzsche, que es una de las mayores alabanzas que conozco a Cristo y a los verdaderos cristianos, el año 1885, cuando él pensó que empezaba la nueva era de la humanidad:

a. Lo propio del cristianismo no es una teoría sobre Dios, ni un tipo de fe puramente interior, sino una forma de vida gozosa y arriesgada: únicamente la práctica cristiana, el vivir como vivió el que murió en la cruz es lo cristiano”. Ante el reto de esa práctica seguimos, un día como hoy, nosotros los cristianos.

b. El cristianismo es posible y necesario hoy, como sigue diciendo el mismo Nietzsche, con una inconsecuencia (¿?) genial: “Aun hoy, tal vida (como la de Jesús) es posible para ciertos hombres, y hasta necesaria: el verdadero, el originario cristianismo será posible en todos los tiempos. No una creencia, sino un obrar, sobre todo, un no hacer muchas cosas, un ser de otro modo”. No se trata por tanto de hacer muchas cosas, sino de ser de otra manera.

c. Voy a dejar para el final la cita entera de Nietzsche. Pero antes quiero dar grafitero de Abadiño, pueblo de mi infancia. En ese portal jugué a la pelota o al fútbol en tardes de lluvia (cuando frontón y plaza estaban mojados…). Por allí entré a la Iglesia muchas veces… Por eso me parece bueno que los que vayan a pasar mañana para la vigilia pascual lean lo allí dicho con humor y con amor. Un buen grafito no tiene por qué ser verdadero en su forma externa, pero debe ser provocador. Y éste me ha provocado.

d) Hasta el día de pascua os dejo a todo, con este grafito, dando gracia a Natxo por haberlo fotografiado y mandado. Sigue parte del texto de Nietzsche.

F. Nietzsche, El Anticrist(ian)o 39

Retrocedamos y contemos la verdadera historia del cristianismo.

Ya la palabra cristiano es un equivoco: en el fondo no hubo más que un cristiano, y éste murió en la cruz. El Evangelio murió en la cruz. Lo que a partir de aquel momento se llamó evangelio era lo contrario de lo que él vivió; una mala nueva, un Dysangelium. Es falso hasta el absurdo ver la característica del cristiano en una fe, por ejemplo, en la fe de le redención por medio de Cristo; únicamente la práctica cristiana, el vivir como vivió el que murió en la cruz es lo cristiano

Aun hoy, tal vida es posible para ciertos hombres, y hasta necesaria: el verdadero, el originario cristianismo será posible en todos los tiempos. No una creencia, sino un obrar, sobre todo, un no hacer muchas cosas, un ser de otro modo … Los estados de conciencia, por ejemplo, una fe, un tener por verdadero -toda sicología sobre este punto- son perfectamente indiferentes y de quinto orden, comparados con los valores de los instintos; hablando más rigurosamente, toda la noción de causalidad espiritual es falsa.

Reducir el hecho de ser cristianos, la cristiandad, al hecho de tener una cosa por verdadera, a un simple fenomenalismo de la conciencia, significa negar el cristianismo. En realidad, jamás hubo cristianos. El cristiano es simplemente una psicológica incomprensión de sí mismo. Si mira mejor en él verá que, a despecho de toda fe, dominan simplemente los instintos, ¡y qué instintos!

La fe fue en todos los tiempos, por ejemplo, en Lutero, sólo una capa, un pretexto, un telón, detrás del cual los instintos desarrollaban su juego; una hábil ceguera sobre la dominación de ciertos instintos … le fe -ya la he llamado yo la verdadera habilidad cristiana-: se habló siempre de fe, se obró siempre por sólo el instinto … En el mundo cristiano de las ideas no se presenta nada que tanto desflore la realidad; por el contrario, en el odio instintivo contra toda realidad reconocemos el único elemento impelente en la raíz del cristianismo. ¿Qué es lo que se sigue de aquí? Se sigue que también in psychologysis el error es radical, o sea determinante de la esencia, o sea de la sustancia.

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