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“La fe cristiana y su futuro. Perspectivas“, por José María Aguirre Oráa

sábado, 7 de junio de 2025
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Perspectivas de futuro Rikki Chan

«Todos los grandes relatos han entrado en crisis de alguna manera o están tocados»

«El cristianismo es precisamente la religión de la salida de la religión e incluso está en el origen de los valores de nuestras sociedades occidentales, entre los que hay que incluir la democracia y la separación de la Iglesia y del Estado»

«Esta es una perspectiva que defendemos abundantes filósofos, intelectuales y teólogos de enjundia cristiana: la fe cristiana es la instauración de la autonomía humana, no de la heteronomía servil. No tenemos un Dios que nos dicta lo que hay que hacer, sino un Dios que nos impulsa a pensar y experimentar la creación de un mundo humano que sea solidario, fraternal. No tenemos un plan establecido de trabajo. Tenemos una inteligencia para pensar y una voluntad para actuar: el único norte es la fraternidad»

| José María Aguirre Oráa

 1. El fenómeno de la secularización

Estamos en plena vorágine de un cambio cultural de proporciones incalculables y enormemente significativas. Más allá del debate y de la discusión de si hemos abandonado la Modernidad para abrirnos a otra nueva etapa histórica, la Postmodernidad, los análisis nos permiten descubrir que tras las intuiciones descriptivas de la postmodernidad se encuentran análisis valiosos sobre nuestra actual situación. Un punto importante, que hay que destacar, es que todos los grandes relatos han entrado en crisis de alguna manera o están tocados en tanto macrorelatos: marxismo, existencialismo, cientismo, religiones… Por ello los discursos y las concepciones absolutistas y fundamentalistas están en quiebra, aunque todavía de hecho en la realidad social tengan un poder social y político importante.

En este sentido está emergiendo en el marco de Occidente un fenómeno destacado de ateísmo y de agnoscitismo de masas, que no había ocurrido en otras etapas históricas. Una visión estrictamente intramundana de la historia y de la existencia humana está ganando terreno en ambientes maduros, intelectuales, jóvenes… Las visiones de transcendencia pierden vigor y sentido. No importa el más allá de la vida humana y del mundo, interesa el más acá concreto y vivo. Se diría que Nietzsche y su crítica del platonismo cristiano han adquirido una acreditación y un impacto contundentes.

Frente a esta realidad también hay que señalar que en otras latitudes del mundo crecen o se mantienen las fes religiosas de todo tipo, por lo que el fenómeno anterior no se extiende como una marea por todo el orbe. En una gran mayoría de países el fenómeno religioso sigue vivo y muy vivo, impregnando comportamientos colectivos e individuales con mucha fuerza. Por ello mi diagnóstico señalaría la radical pluralidad de situaciones que existen respecto al fenómeno de la religión a escala del universo. Las discusiones sobre la tan cacareda tesis del necesario proceso de civilización que avanza de la etapa religiosa hasta la etapa secular sigue animando la escena intelectual sociológica y filosófíca. La última etapa del pensamiento de Jürgen Habermas lo evidencia de manera ejemplar [i].

2. Secularización y fe cristiana

Sin duda ante esta situación la pregunta se antoja inevitable: ¿Qué pensar de la secularización? Para un sector importante de la jerarquía católica, de mentalidad conservadora, y para colectivos cristianos de esa misma línea, el proceso de secularización es interpretado como un fenómeno surgido de la impronta de la modernidad que cuestiona en su íntima esencia lo religioso y atenta en consecuencia contra el desarrollo de la religión y de la fe cristianas. Por ello se sitúan en una abierta oposición de combate frente al fenómeno de la secularización. La modernidad intelectual no es vista con muy buenos ojos, para ellos se trata de un disolvente explícito o tácito de la fe o de las convicciones religiosas. El hombre se hace mayor de edad en todos los ámbitos de la existencia humana, conquista su autonomía y rechaza al Dios todopoderoso de las religiones. Cuanto más aumenta la autonomía humana, más desaparece su relación y dependencia con Dios. También se produce este fenómeno en otras confesiones cristianas y evidentemente en otras religiones.

Para otras perspectivas teológicas y religiosas el juicio sobre la secularización es más matizado y consideran que la secularización no es inevitablemente antireligiosa o anticristiana

Sin embargo, para otras perspectivas teológicas y religiosas el juicio sobre la secularización es más matizado y consideran que la secularización no es inevitablemente antireligiosa o anticristiana. Incluso utilizan otra clave interpretativa de esta realidad. La secularización puede ser interpretada como un desenlace intelectual y práctico tremendamente enraizados en el Evangelio y en la lógica del pensamiento cristiano (y no solo cristiano moderno) de larga fecha. Si Dios aparece en la religión cristiana como Absoluto, esto significa y supone la desdivinización de lugares, tiempos, objetos, instituciones que se han considerado «sagrados». Para la fe cristiana lo único sagrado es la persona humana y su dignidad inalienable. A veces esto supone reafirmar la dialéctica entre religión y fe. La fe cristiana no presupone, como parece ser característica de la religión, una dependencia existencial y práctica de Dios. Precisamente la fe sostiene la autonomía del mundo y de la persona como la culminación del proceso de libertad humana: de la heteronomía a la autonomía. Habría que recordar aquí el lema «Etsi Deus non daretur», expresión de Dietrich Bonhöffer para señalar que Dios ha de ser pensado fuera de todo papel de tapaagujeros de la ignorancia o de la incapacidad humanas.

Parecería que el cristianismo y la modernidad fueran enemigos que libran una batalla secular, una última pugna de las «guerras de religión»: de un lado la fe, la idea aseguradora de una transcendencia; de otro lado el desencantamiento moderno que certifica y toma nota de la «muerte de Dios». ¿De un lado la tradición, la verdad, la autoridad; del otro la laicidad, el relativismo, la defensa de las libertades individuales? Lejos de oponer frontalmente estos dos campos, dos autores, René Girard y Gianni Vattimo recientemente fallecidos se esforzaron por el contrario en acercarlos.[ii] A partir de presupuestos filosóficos y de argumentos diferentes, los dos sostienen esta tesis aparentemente paradójica, pero de una profundidad intelectual y reflexiva destacable compartida por otros pensadores de perspectiva cristiana: secularización y laicidad son productos del cristianismo. El cristianismo es precisamente la religión de la salida de la religión e incluso está en el origen de los valores de nuestras sociedades occidentales, entre los que hay que incluir la democracia y la separación de la Iglesia y del Estado.

Marcel Gauchet señala igualmente que el cristianismo es la «religión de la salida de la religión». No hay que entender esta expresión «como si la gente ya no creyera en Dios. ¡Realmente no creían más en otros tiempos! […] La salida de la religión es la salida de la organización religiosa del mundo». Y sigue con su perspectiva: «Lo que es determinante en el caso cristiano es el propio Cristo. La idea de la encarnación no brilla por su racionalidad. La idea de un solo Dios parece incompatible con la idea de un Dios delegado que ejerza de intermediario. Es posible que [Dios] necesite un mensajero como Moisés en los judíos o Mahoma en el caso del islam, pero con Cristo se trata de otra cosa. Un Dios que toma la forma de hombre. Pero esta extraña idea tiene un efecto importante. La encarnación obliga a concebir una alteridad radical de Dios (del Dios extraterrestre de Yahvé y de Alá) ¿Qué (quién) es este Dios que nos habla desde el interior de nuestro mundo de los hombres y que, por lo tanto, aparece completamente exterior al Dios de Yahvé y de Alá?». «Cristo viene simplemente para testimoniar el interés del Padre por la salvación de los hombres. No nos dice inmediatamente lo que hay que hacer, sino que hay que pensar en otro mundo. La encarnación de Cristo es portadora de toda una serie de desarrollos potenciales que necesitarán siglos y siglos para expresarse, pero que permitirán, paso a paso, la emergencia de un mundo humano autónomo a partir del mundo religioso. No hay nada sorprendente, para un cristiano convencido, pensar, sin dejar de ser perfectamente cristiano, que los hombres hacen su ley, que las relaciones entre ellos son un área y que lo que conecta a cada individuo a Dios es otra».

Esta es una perspectiva que defendemos abundantes filósofos, intelectuales y teólogos de enjundia cristiana: la fe cristiana es la instauración de la autonomía humana, no de la heteronomía servil. No tenemos un Dios que nos dicta lo que hay que hacer, sino un Dios que nos impulsa a pensar y experimentar la creación de un mundo humano que sea solidario, fraternal. No tenemos un plan establecido de trabajo. Tenemos una inteligencia para pensar y una voluntad para actuar: el único norte es la fraternidad.

La secularización remite a un proceso de gradual expulsión de las autoridades eclesiásticas del ámbito del dominio temporal, sobre el cual el Estado moderno […] alzaba una pretensión de monopolio

La secularización remite a un proceso de gradual expulsión de las autoridades eclesiásticas del ámbito del dominio temporal, sobre el cual el Estado moderno […] alzaba una pretensión de monopolio. Un filósofo canadiense, Charles Taylor, extrae las consecuencias sociales de esta pérdida del monopolio religioso de lo público y señala que lo que caracteriza la «era secular» es la desaparición de la adscripción religiosa basada en la tradición y el paso a una religión de elección: «Mi propia visión de la “secularización” que, confieso libremente, ha sido conformada por mi propia perspectiva como creyente (pero que, con todo, quisiera esperar ser capaz de defender con argumentos), es que ha habido ciertamente un “declive” de la religión. La creencia religiosa existe ahora en un campo de elección que incluye varias formas de objeción y rechazo; la fe cristiana existe en un campo en el que también hay un amplio abanico de otras opciones espirituales. Pero la historia interesante no es meramente la del declive, sino también la de un nuevo lugar de lo sagrado o espiritual en relación con la vida social e individual. Este nuevo lugar es ahora la ocasión para recomposiciones de la vida espiritual en nuevas formas, y para nuevas vías de existencia dentro y fuera de la relación con Dios»[iii]. La secularización es el orden social, jurídico y político que concibe como parte inextricable de la autonomía individual la libertad de los ciudadanos para religarse a través de confesiones organizadas o mediante un «bricolaje espiritual». El ejercicio individual y colectivo de la libertad religiosa no prejuzga el tipo de decisión que se toma. Lo que se enfatiza, en cambio, es el hecho de que se trate de elecciones propiciadas por un orden legítimo que no interfiera en las creencias a las que los ciudadanos se quieran vincular. Evidentemente el fenomeno de la secularización no tiene únicamente consecuencias políticas y jurídicas, sino que implica también «el declive de la influencia pública de la iglesia y de las religiones en la determinación directa […] del saber, de las normas, de las costumbres»[iv].

Llegados a este punto convendría indicar algo que ha puesto de relieve Habermas en sus últimos escritos sobre religión y que puede ayudarnos al restablecimiento de un respeto real y creativo a todas las personas precisamente en una sociedad secular y no secularista. Según Habermas, las limitaciones impuestas por el principio de separación de poderes o de ámbitos pueden conllevar un reparto desigual de las cargas de tolerancia que creyentes e increyentes deben soportar cuando se trata de apoyar la legislación existente o de argumentar a favor de una u otra postura. Mientras, según Habermas, a los increyentes o ciudadanos secularizados les basta con utilizar un lenguaje que es el mismo que rige en su fuero interno, los creyentes tienen que traducir su cosmovisión a un lenguaje secularizado para lograr que sus aportaciones a los debates públicos cumplan con unos requisitos mínimos de imparcialidad. Es incuestionable que los esfuerzos que impone la socialización o, en este caso, la participación en debates democráticos, no son los mismos para todos los ciudadanos. Cuando la línea que divide a unos de los otros se solapa con la que separa a ciudadanos seculares y religiosos, entonces tal vez se puede decir que el mayor esfuerzo que deben hacer los creyentes va en menoscabo de la libertad religiosa e incluso atenta contra la neutralidad liberal, pues supone una discriminación de algunos ciudadanos por motivos religiosos o ideológicos

3. La triple dimensión de la fe cristiana

Yo creo que la fe cristiana tiene tres componentes esenciales que no pueden contemplarse separados ni ser separados de hecho: conocimiento, actitud, sentimiento. Evidentemente hay concepciones ideológicas que conciben la fe cristiana en un solo sentido de los descritos anteriormente, con exclusión de los otros dos, pero a mi entender mutilan la globalidad de la experiencia cristiana. Para mí la unidad de estas tres perspectivas me resulta fundamental, porque quizás esta triple dimensión de la fe cristiana es su característica fundamental.

En primer lugar la fe cristiana supone una manera de conocer, al menos en dos aspectos esenciales de la vida humana. Un aspecto sería el sentido del universo: más allá de las explicaciones científicas y en consonancia con ellas el origen y el proceso del universo sugieren el postulado de una creatividad inmanente a la obra en el universo. Difícilmente esta creatividad radical puede verse como dimensión inmanente de la propia materia, sin apelar a una creatividad originaria inscrita en su seno e impeliéndola al movimiento continuo. La figura de un Dios Creador del universo y de la vida humana aparece como una «solución» adecuada al enigma del mundo y de su dinamicidad. Pero, es que, además, en esta misma lógica de la fe el hombre no aparece como el esclavo de Dios al servicio de lo que diga el señor, sino como el creador que continúa la obra de creación, el impulsor de una creatividad inscrita en la creatividad del universo.

Otro aspecto sería el relativo al sentido de la existencia humana. La antropología y la ética de la fe cristiana nos indican con claridad un componente fundamental para conocer la existencia humana y su sentido: la dinámica de la fraternidad. La persona humana no es un individuo aislado que puede llevar su lógica por sus solos recursos. Es un individuo intersubjetivamente constituido. La intersubjetividad forma parte intrínseca de nuestra existencia. Nos nacen, nos educan, nos hacen y nos deshacen. Nadie como la fe cristiana ha insistido tanto en la individualidad humana, en su respeto absoluto, en su sagrada e inalienable realidad. Pero a la vez, ha insistido en su componente intersubjetivo, en la radical fraternidad de las personas, en la visión de que todos los humanos somos hermanos, prójimos a los que acercarnos. La fe cristiana es radicalmente solidaria y fraterna. La fe cristiana no solo es una forma de conocer, es también una forma de actuar: la praxis de la fraternidad.

Lo dicho anteriormente comporta una dimensión ética insoslayable. Nuestro comportamiento no tiene más remedio que articularse de la misma manera: en clave solidaria y fraterna. La guía de acción debe ser el respeto absoluto a cada persona y a todas las personas. Nadie queda ni puede quedar excluído de la dinámica de la fraternidad. Y además la persona humana es siempre una posibilidad de libertad que debe crecer. Si nada ni nadie de lo mundano y de lo humano es Dios, si nada ni nadie nos indican los caminos de nuestra libertad, nuestra inteligencia y nuestra voluntad deben guiarnos en el complicado camino de nuestra libertad de acción. Tenemos perspectivas, pero no leyes, tenemos unas líneas generales, pero no el GPS detallado y ordenado de nuestra acción.

La compasión es el rostro sentido y volitivo de la fraternidad. Nuestro sentimiento motiva nuestro querer

Y hay una tercera dimensión de nuestra fe. La fe cristiana es también una manera de sentir y de querer. Estamos y nos sentimos amados por Dios, amados inmensamente por un Padre bueno que nos ha volcado a la vida y experimentamos un sentimiento de no sentirnos solos y abandonados en un mundo hostil y mortífero. Por consiguiente, nos inunda el sentimiento de com-pasión. Si experimentamos de alguna manera la compasión de Dios, transmitimos nuestra compasión a todos los humanos y a todo lo valioso de nuestro universo. La compasión es el rostro sentido y volitivo de la fraternidad. Nuestro sentimiento motiva nuestro querer. Queremos la compasión porque la sentimos buena para la existencia de todas las personas.

4. Perspectivas de la fe cristiana

La fe cristiana está en perfecta sintonía con la razón científica. Podríamos decir (como en aquella consigna nicaraguense tan repetida y acertada: «Entre cristianismo y revolución no hay contradicción») de manera contundente que entre ciencia y religión no hay contradicción. Ciencia y religión son complementarias. Oigamos a Max Planck: «No puede haber nunca una oposición real entre ciencia y religión, pues la una es el complemento de la otra. […] La religión y la ciencia natural luchan juntas en una incesante, indesmayable batalla contra el escepticismo y el dogmatismo, contra la increencia y la superstición. Por tanto ¡Adelante hacia Dios!»[v].

Incluso habría que decir más: la lógica científica en el campo de la física y en el de la biología nos encauza en la lógica de un designio inteligente, que se encuentra a la obra en la realidad del universo. Consideremos este texto de Anthony Flew, primeramente ateo declarado durante largo tiempo y que ha acabado reconociendo una perspectiva teísta: «La ciencia se basa en la presunción de que el universo es totalmente racional y lógico en todos sus niveles», escribe Paul Davies, que es probablemente el divulgador más influyente de la ciencia moderna en la actualidad. “Los ateos afirman que las leyes de la naturaleza existen porque sí y que el universo es en último extremo absurdo. Como científico, me resulta difícil aceptar esto. Debe haber un fundamento racional inmutable en el cual encuentre su raíz la naturaleza lógica y ordenada del Universo“. Los científicos que apuntan hacia la Mente de Dios no avanzan simplemente una serie de argumentos o un proceso de razonamientos silogísticos. Más bien, proponen una visión de la realidad que surge del corazón conceptual de la ciencia moderna y se impone a la mente racional. Es una visión que personalmente estimo persuasiva e irrefutable»[vi].

Como ya he señalado en otro escrito, Jean Ladrière [1] [vii] defiende que la razón científica comporta en sí misma, en su propia lógica interna, la posibilidad de abrirse al sentido de la creatividad radical que opera en el cosmos y de todo lo que esta creatividad implica y de este modo abrirse al reconocimiento de la creación del Universo. El «logos» interno que anima la ciencia comporta en sí, de modo constitutivo, la posibilidad de reconocer aquello de lo que este logos es una huella. La realidad nos envía más allá de sí misma, aparece como habitada por un dinamismo constitutivo estructural que va en el sentido de una unión creciente con una subsistencia creadora.

Aquí aparece una consonancia posible, aunque no necesaria, entre la ciencia y la fe. La ciencia no proporciona por sí misma un acceso directo a la fe. La ligazón entre razón científica y fe cristiana no tiene una conexión lógicamente necesaria, ya que en este caso comportaría un carácter necesario que se impondría lógica y racionalmente. Esto no sucede así, lo sabemos muy bien. Sin embargo, la ciencia nos hace ver la creatividad que opera incesantemente en el mundo. A partir de esta visión de la ciencia, a partir de esta realidad de operatividad radical existe un relé filosófico que puede conducirnos a la idea de creatividad que permite el paso a la idea de creación y que incluso postula la idea de la creación. Las resonancias kantianas con sus postulados de la razón son clarísimas. La lógica reflexiva es similar o se asemeja a la perspectiva de Kant.

Otro aspecto importante que quisiera destacar lo constituye el horizonte de la fraternidad. La fe cristiana implica un compromiso claro, etico-político, de trabajo por la justicia en las coordenadas del mundo. El conjunto de los libros de la Biblia y sobre todo la predicación profética pone en boca de Dios la exigencia de justicia para los desamparados de la época, los pobres, los huérfanos y las viudas. Si algo señaló Jesús de Nazareth en su constante predicación es la exigencia de fraternidad universal. Y esto significa en román paladino establecer como criterio fundamental la compasión por una parte por el dolor de los pobres y por otra también  por sus esperanzas, porque son los que lo necesitan realmente, los que son asediados por la pobreza, la opresión, la esclavitud, la discriminación… Ellos son los primeros en la mente y en la preocupación de Dios, ellos son los primeros también en la nuestra.

Esto lo comprendió muy bien y lo impulsó el Concilio Vaticano II y de forma reiterada las Conferencias Episcopales Latinoamericanas. Se podría decir que no hay manera de honrar a Dios que no pase por la honra a los pobres y marginados. Las posturas que de hecho se salgan de este carril, son pura vaciedad de fe o declaraciones verbales religiosas estériles. Éste ha sido siempre el criterio fundamental de cercanía a las exigencias de Dios, de acceso a la fe en Él. Lo demás son palabras vacías y creencias sin fundamento. Esto nos lo enseñó de manera magistral y sin aspavientos un gran cristiano y un teólogo magnífico, Gustavo Gutiérrez, a quien le siguieron Leonardo Boff, Juan Luis Segundo, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino y muchos más que sería largo citar.

Quisiera traer a colación a Carlos Fernández Liria, un filósofo marxista y de izquierdas que tiene una perspectiva interesante sobre el cristianismo en la línea que estoy señalando. Según él, el cristianismo no es una religión como cualquier otra, porque las religiones siempre consisten en predicar un contenido cultural, decir es bueno esto o lo otro y que está prohibido esto o lo otro. Y el cristianismo es una religión muy extraña porque no defiende un contenido, sino una forma. Jesús (que por otra parte en el Evangelio de San Juan se define nada más y nada menos que como el logos hecho carne, es decir, como la razón hecha carne) no dice «tienes que hacer esto o lo otro». A Jesús le importa más bien una forma: «Hagas lo que hagas, hazlo de forma que estés seguro de que al hacerlo amas al prójimo como a ti mismo». Esto significa que te debes poner en el lugar del otro. Esto es el imperativo categórico de Kant, que hagas lo que hagas puedas querer que la decisión que estás tomando se torne ley universal. Este es el imperativo categórico kantiano y lo que dice Jesús es una formulación emotiva o mítica de lo mismo. En ese sentido, lo que predican los cristianos es la forma misma de la razón. El cristianismo en sí mismo es la religión más racional del mundo, tanto que San Juan puede decir que Jesús es la razón hecha carne.

Y en ese sentido, si el marxismo hubiera sido inteligente lo habría aprovechado. Este es el alegato de Carlos Fernández contra la tradición atea marxista y de izquierdas. Esta tradición regaló también el cristianismo al enemigo, con lo cual le regaló nada menos, como dijo Gramsci, que la organización de masas más potente que haya habido en la historia de la humanidad, la Iglesia católica. Nunca debió el marxismo regalar la Iglesia católica, debería haber luchado por conquistarla desde su interior. Fue un gravísimo error predicar el ateísmo.

Este concepto constituía el nervio central de la Teología de la Liberación y los que se ocuparon de pensarlo eran fundamentalmente curas, obispos, cristianos de base que estaban directamente comprometidos en cambiar un mundo injusto y criminal

En esta misma línea Carlos Fernández Liria indica (y llama mucho la atención) con énfasis que el concepto más interesante que se ha forjado en la reflexión ética y moral del siglo XX ha sido el concepto de «pecado estructural». Este concepto constituía el nervio central de la Teología de la Liberación y los que se ocuparon de pensarlo eran fundamentalmente curas, obispos, cristianos de base que estaban directamente comprometidos en cambiar un mundo injusto y criminal. Mientras ellos se jugaban la vida y daban de lleno en la diana del problema ético de nuestro tiempo, la filosofía académica de izquierdas y de derechas estaba completamente en la Luna. La verdadera cuestión moral es qué responsabilidad tenemos en que determinadas estructuras perduren y qué estaría en nuestra mano hacer para sustituirlas por otras. Es obvio que eso pasa por la acción política organizada y no por el voluntarismo moral que intenta inútilmente apartarse de la maquinaria del sistema. «No sé si se capta el mensaje: vivimos en un mundo tan inmoral que no tiene soluciones morales, aquí no valen más que soluciones políticas y económicas muy radicales. Y la única cuestión moral relevante que todavía tenemos sobre la mesa es la de qué tendríamos la obligación de estar haciendo políticamente para que el mundo dejara de jugar en este tablero económico genocida [viii]». Nuestra responsabilidad cristiana nos exige actuar con esta perspectiva de manera perentoria. No veo otra alternativa.

Un autor como Cornel West [ix] indica que el cristianismo tendría que suponer una auténtica revolución a partir de la moral que lo fundamenta. Las convicciones religiosas, además de sustentar los valores políticos, nos permiten ir más allá. Así, la aceptación de la solidaridad como valor político aunque necesaria, quizás resulte insuficiente y debería acompañarse por sentimientos como el amor a los demás y la disposición a celebrar con los desfavorecidos. Tras destacar lo que, en términos utilizados por Habermas, podemos denominar el potencial semántico de la religión, West invita a los creyentes también a tener oído para lo secular y a actuar con empatía e imaginación para adentrarse en la cosmovisión, también respetable, de los agnósticos y los ateos.

NOTAS

[1]

[i] HABERMAS, J.,  Israel o Atenas. Ensayos sobre religión, teología y racionalidad (2001) ¿Verdad o fe débil? Diálogo sobre cristianismo y relativismo (2005) Mundo de la vida, política y religión (2012), Una historia de la filosofía. 2 vol. (2019)

[ii] René GIRARD es el autor de ensayos como La Violencia y lo Sagrado (1972), Cosas ocultas desde la fundación de mundo (1978), Acabar Clausewitz (2007).De la violencia a la divinidad (2007) ¿Verdad o fe débil? Diálogo sobre cristianismo y relativismo (2007). Filósofo y hombre político italiano, Gianni VATTIMO escribió El fin de la modernidad (1987), La sociedad transparente (1990), Después de la Cristiandad. Por un cristianismo no religioso (2004), Dios: la posibilidad buena (2012).

[iii] TAYLOR Ch.,  Una era secular, Madrid, Gedisa, 2014. El futuro del pasado religioso, Madrid, Trotta, 2021.

[iv] MARRAMAO G., Cielo y tierra. Genealogía de la secularización, Barcelona: Paidós, 1998, p. 5.

[v] Citado en FLEW A., Dios existe, Trotta, Madrid, 2012, p. 98.

[vi] FLEW A. Dios existe, op. cit., p. 101. Este autor cita un texto de DAVIES P., «What Happened Before the Big Bang», en RUSSSEL STANNARD (Ed.), God for the 21ª Century, Templeton Foundatio Press, Filadelfia, 2000, p. 12.

[vii] Ver a este respecto LADRIÈRE J.,  L’articulation du sens, 2 Tomos, Paris, Ed. du  Cerf, 1984;  L’espérance de la raison, Leuven, Peeters, 2003; Le temps du posible, Leuven, Peeters, 2004; La foi chrétienne et le destin de la raison, París, Ed. du Cerf, 2004.

[viii] FERNÁNDEZ LIRIA C., Los diez mandamientos del siglo XXI , en Rebelión, 20 de Enero de 2009.

[ix] HABERMAS J.- TAYLOR Ch.- BUTLER J.- WEST C., El poder de la religión en la esfera pública,Trotta, Madrid 2011, 145 p.

Fuente Religión Digital

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Jesús Lozano Pino: El lugar de los débiles como mirada hermenéutica (II).

sábado, 9 de septiembre de 2023
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jesus19n-5-webConferencia en Ronda en el curso de verano de la UNED (26-30 de junio). 

[Nota aclaratoria: _continuamos nuestro artículo dejando claro que, aunque me estoy apoyando en el primer Heidegger para hacer notar de una manera más contundente el paso, el proceso de cambio que podemos vislumbrar de Heidegger a Vattimo, no es verdaderamente éste, el primer Heidegger (el de Ser y Tiempo) el que deslumbra a Vattimo y lo condiciona en su interpretación filosófica, ya que el discurso racional que Vattimo bebe del alemán es más el del 2º Heidegger, no el de Ser y Tiempo que pertenece a la 1ª etapa del pensador alemán y que en parte llenan estas páginas sino el de Tiempo y Ser, el de la Kehre, el del que llamamos «2º Heidegger». Así pues, en honor a la verdad, hay que insistir en que este giro filosófico está ya iniciado en germen en Heidegger y continuado, bajo mi punto de vista, llevado a su plenitud cristiana en Vattimo, dado su historia personal y trayectoria socio-política.  Sin el trabajo racional y espiritual previamente llevado a cabo por Heidegger (y las bases hermenéuticas legadas de Gadamer, su otro gran maestro del pensamiento) no podríamos hablar hoy del legado cristiano-hermenéutico de Vattimo. Una vez dicho esto continuemos nuestra exposición…]

“Para hacer las cosas bien hace falta:
Primero el amor; segundo, la técnica”.
(Antoni Gaudí)

Un nuevo espacio y tiempo en Gianni Vattimo

►Para Heidegger había dos formas de «estar-en-el-mundo», según el grado de adecuación a la estructura de fondo de la existencia humana (lo que Heidegger llama “existencia auténtica” y “existencia inauténtica”). Se trata de un acto de comprensión de sí mismo como «ser-en-el-mundo»: el hombre puede «conquistarse», ganarse a sí mismo o perderse en lo anodino y en lo impersonal. Esto último, decía Heidegger,  constituye la existencia inauténtica, que para Vattimo representa el modelo de sociedad consumista del capitalismo

En este tipo de sociedad, que se mueve por los hilos de la modernidad tecnológica y el consumo. Nos perdemos con facilidad a nosotros mismos, casi sin darnos cuenta, dada la superficialidad y la escasa interiorización que el neoliberalismo desalmado procura, pero también perdemos a los demás, a aquellos que también comparten nuestro ser-en-el-mundo, des-cuidando la mirada, entretenidos en vanidades y aniquilando el cuidado que hace posible el rescate de los pasados posibles y una espera solícita de un futuro mejor para todos.

Vattimo, como Heidegger, no cree que el hombre deba perderse al nivel de las cosas del mundo, al nivel de los entes viviendo en la falsa seguridad de lo cotidiano. Vattimo cree con Heidegger que el hombre puede, mediante un acto de libertad, dar un salto desde la trivialidad, la mediocridad y la inconsciencia de la existencia anónima al encuentro consigo mismo, pero añade también el encuentro con los demás, especialmente con los más débiles. Pues bien, podemos decir que allí donde Martin Heidegger bordea y limita el escarpado terreno filosófico señalando y distinguiendo “autenticidad” e “inautenticidad”, allí donde Heidegger limita, Vattimo milita con la “caritá” (con la caridad cristiana) abriendo un portal, un tajo (precioso como el de Ronda) en el que emerge un nuevo espacio y tiempo hermenéutico capaz de unir la tierra con el cielo, dando la posibilidad de que la vida, a pesar de su crudeza, pueda convertirse en una obra de arte donde no haya vencedores ni vencidos sino “fusión de horizontes”, cuyos propios interlocutores ponen en juego arrancándolos de toda posición de fuerza.

Por eso, la experiencia de la verdad es una experiencia, en cierto modo, estética, poética. Y donde hay fuerza opresiva, pensamiento único y falta de libertad, de luz y color, el juego del lenguaje naufraga y experimenta su propia muerte. De este modo, el ser no se da como algo que está más allá de la palabra ni como algo anterior e independiente de ella sino que se da precisamente en ella. Es por esto que sólo puede ser entendida en el lenguaje como una perspectiva alternativa y global del mundo, como una creación de mundos posibles, un dejar aparecer que oculta, alumbra y libera al mismo tiempo. ¿Qué poesía, qué arte o estética, por ejemplo, se puede dar en el fascismo?

Como tantas veces predica Teresa Oñate, la ontología hermenéutica es una ontología de las diferencias. Así, los otros pueblos y culturas, los otros marginados: homosexuales, mujeres, niños, indios, negros, pobres, enfermos, vencidos, locos, parados, drogadictos, viejos, refugiados… piden también hoy la palabra para ser escuchados. Para lograr esta tarea de recuperar los posibles pasados, santificar y rehabilitar el presente y acercar el futuro posible, las personas y pueblos crucificados han de ser desclavados de la cruz del eterno sufrimiento que padecen por la injusticia y la tozudez del hombre.

Nuestro Dios, según Gianni Vattimo, no puede ser un Dios sádico sediento de dolor. La Buena Noticia de Jesús se injerta, pues, en la historia del hombre dignificándolo, salvándolo de la esclavitud y liberándolo de falsos e institucionales pesos alienantes. Su propuesta y su programa es el Sermón del monte y las Bienaventuranzas: creyentes activistas en el amor, el perdón, la honestidad, la inclusión y el servicio para construir en la tierra un mundo de justicia.

Cuando con nuestras palabras y obras traducimos «Dios» por «Amor» los universos de comprensión de los interlocutores se conectan, y hay que agradecer que salga a la luz desde voces críticas menos clericales y ortodoxas, como es el caso de Vattimo. Ya san Juan nos dejó escrito de forma indeleble que «Dios es amor», y san Pablo clarificó y esclareció qué connotaciones conlleva hablar de amor, hablar de Dios. Este lenguaje, bien explicado, es todavía hoy universal y bien acogido. Por ello, lo que en principio pudiera parecer debilidad (en su sentido más negativo), se convierte, potencialmente en una preciosa oportunidad. ¿Por qué renegar de la postmodernidad, de esta época en la que nos ha tocado vivir y dar respuesta? ¿Por qué querer encontrarnos con tiempos pasados, si tampoco fueron ejemplares? Es una obligación de todos saber leer los signos de los tiempos y, sin traicionar la esencia del mensaje de Jesús, traducirlo adecuadamente a los oídos, las mentes y los corazones de las personas que habitan nuestro mundo. ¿O es que acaso la propuesta del amor y la justicia ya no tiene hoy la misma validez?

El punto de vista histórico actual, el que promueve Vattimo y algunos de los aquí presentes es un pensamiento que es ecologista, postcolonialista, multiculturalista, feminista, internacionalista… Un pensamiento de la diferencia que se muestra a favor de los más vulnerables.

No habrá horizonte alternativo posible para nosotr@s hasta que las izquierdas no se dejen modificar por su postmodernidad y delimiten su desmesura metafísica, aquella que no reconocen en ellas mismas. Pero eso pasa porque admitan el Retorno a los pasados y los bienes culturales espirituales posibles (inmanentes). Sin esa reflexión ₋afirma Oñate₋ no puede darse la comprensión de la urgencia a la crítica entre el vínculo eficaz de Modernidad y Capitalismo y Nihilismo. En una palabra: el totalitarismo y el pensamiento único no tiene ideología, sólo ascenso social,  patrimonio y guerra a repartir con los Débiles. No es social. Ni cristiana secularizada.

Existe una relación entre la «muerte de Dios» (de Nietzsche) y el «final de la metafísica» (en Heidegger) que podemos relacionar con el dios débil de Vattimo y el amor como límite cristiano–hermenéutico. El nihilismo positivo y optimista es un producto de la secularización del cristianismo y no una pérdida de significado, sino la asunción del pensamiento heideggeriano. Ni la ciencia es la casa de la verdad ni la historia el camino del progreso hacia la emancipación, sino la cáritas. El amor cristiano supone y representa la no necesidad del relato violento y fuerte para que las cosas funcionen; en este sentido significa el fin de la modernidad. Así pues, la relación que existe entre ser y Dios es que la historia de la secularización sería para Vattimo parte de la historia de la salvación. El cristianismo cobra importancia histórica por haber aportado el punto de inflexión para la disolución metafísica que termina en el proceso de secularización como inicio del pensamiento contemporáneo. Vattimo crea entonces un nuevo significado de secularización: el «pensamiento débil». El regreso de la religión es ahora bienvenido desde el sentido débil de la cáritas. El mayor logro filosófico a raíz de la secularización consiste, pues, en el regreso de la experiencia religiosa pero basada necesariamente en el respeto, el amor y la caridad [nunca en la imposición de un argumento fuerte, metafísicamente impositivo].

Y, en medio de este retorno religioso al corazón de un cristianismo que podríamos llamar «hermenéutico», una ventana se abre en esta nueva construcción: aparece en escena el Papa Francisco. Bergoglio está siendo para nuestro autor un claro ejemplo de por dónde debe caminar la auténtica Iglesia de Jesús en su visión teológico–política y pastoral. Tanto es así que Vattimo declaró en Julio del 2018 en la sección digital del periódico La Stampa (que privilegia las noticias relevantes sobre el Vaticano), cito textualmente palabras de Vattimo: «Este Papa me quita la vergüenza de llamarme católico». El Papa Francisco, a través de un amigo en común: el humanista argentino Luis Liberman (director de la Cátedra del Diálogo y la Cultura), recibió una copia del último libro de Vattimo: Alrededores del ser. Francisco le devolvió la atención con una llamada telefónica donde mantuvieron una amena conversación sobre Iglesia y filosofía y la necesidad actual de zambullirse en el pensamiento heideggeriano. Este simple gesto de conversar un ratito con el Papa Francisco ha supuesto un salto cualitativo en su relación y actitud con la Institución.

No es la primera vez que la sencillez y cercanía de Francisco han logrado estrechar las relaciones y acortar distancias para favorecer el encuentro… Vattimo también hizo su parte y contribuyó de alguna forma a ello regalándole, con intención, su último libro. Lo más curioso es que Vattimo no sólo no se sintió juzgado sino, incluso, comprendido en la necesaria regeneración de la teología católica para llegar a dar una seria respuesta al mundo actual. Sentimiento muy diferente al que personalmente tuvo en otras ocasiones en el seno de la Iglesia católica en su difícil relación con los dos anteriores Pontífices. Para Vattimo, que siempre se sintió comunista católico, el Papa Francisco ha sido un bálsamo y confirmación de que vale la pena ser católico porque la buena noticia de Jesús vuelve a su sitio tras el estancamiento ocurrido después del ilusionante Concilio Vat. II. Una nueva primavera eclesial ha surgido de la mano de Bergoglio; es más, Vattimo entiende que Francisco ha salvado a la Iglesia de su propia autodestrucción, «del suicidio al que la estaban empujando sus antecesores en base a la lectura literal de las Sagradas Escrituras y los dogmas, lo que a fin de cuentas, históricamente sólo ha servido para alejar a la comunidad de la Iglesia». Y es que para Vattimo funcionamos como verdadera Iglesia cuando caminamos hacia una comunidad de hermanos más circular que piramidal, una Iglesia–asamblea basada en el servicio. Para él, la cuestión se debe jugar más en el campo de la conciencia comunitaria de sus miembros que de quiénes puedan dirigir con mayor o menor acierto la Institución. Es interesante aquí ver cómo Vattimo, al igual que el Concilio Vaticano II, desea una Iglesia más «Pueblo de Dios», más comunidad, menos jerárquica. El papa Francisco, que está potenciando la sinodalidad dentro de la Iglesia está, a su vez, acercando a Vattimo hacia la comunidad eclesial, aunque ya sabemos que el turinés no se deja atrapar, así como así, con simples clichés.

El debolismo kenótico–caritativo que propone Gianni Vattimo posee un compromiso efectivo con la realidad, con los pobres y con los pueblos crucificados, tal y como afirma la teóloga feminista protestante Dorothee Sölle. Es por ello que a Francisco se le ha señalado como marxista, aunque él —al hilo de una entrevista en EEUU donde le preguntaron con mucha intención sobre su continuo mensaje de igualdad y justicia— declaró que son los comunistas quienes piensan [en algunos aspectos] como los cristianos. En dicha entrevista sentenció: «Cristo ha hablado de una sociedad en la que decidan los pobres, los débiles y los excluidos. Para obtener igualdad y libertad debemos ayudar al pueblo, a los pobres con fe en Dios o sin ella, y no a los demagogos o a los barrabás». Nunca viene mal recordar aquellas palabras proféticas que sentenció Helder Cámara y que hoy podríamos perfectamente extender a Francisco, el  primer Papa latinoamericano:

«Cuando alimenté a los pobres me llamaron santo; pero cuando pregunté por qué hay gente pobre me llamaron comunista (…) Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista (…) Siempre que busqué defender a los pobres, la iglesia me acusó de hacer política (…) Los que tratamos de tomar la antorcha y seguir los pasos de Jesucristo, no debemos descansar hasta que los muros de la injusticia, la exclusión y la mentira caigan en nuestra preciosa tierra americana ancha y enajenada».

Así, el pensamiento débil en Vattimo es, a su vez, un pensamiento «de los débiles», y aquí también toca directamente con el corazón del mensaje cristiano: no sólo que el núcleo y la esencia del cristianismo es un Jesús humilde, kenótico, como bien muestran los pasajes de los Evangelios, sino también un Dios cercano a las mujeres y hombres, especialmente de aquellos que la sociedad y la política marginan. Esta es una clave significativa que Gianni Vattimo nos brinda para una propuesta filosófica en orden a construir un mundo mejor, que ayuda bastante a acercar posturas con la Iglesia, muy especialmente a partir de Francisco. Leer más…

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«El lugar de los débiles como mirada hermenéutica (I)», por Jesús Lozano Pino

viernes, 1 de septiembre de 2023
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jesus19n-5-webUn nuevo espacio y tiempo en Gianni Vattimo

Conferencia en Ronda en el curso de verano de la UNED (26-30 de junio). 

Decía Nietzsche, en Verdad y mentira en sentido extramoral, “No hay hechos, sólo interpretaciones”, y aunque nosotros podamos entender que hay interpretaciones mejores que otras (¿verdad?), partimos con Nietzsche de que la realidad no es una cuestión puramente objetiva (no todos viendo lo mismo vemos lo mismo), pero tampoco meramente subjetiva: la realidad, como nuestra felicidad, está ligada y relacionada con los demás, con quienes me rodean, con la sociedad en la que vivo y la humanidad a la que pertenezco. Y según como yo perciba la realidad, según cómo la comprenda y me sitúe ante los acontecimientos, así actúo.

– Es muy importante lo que hacemos, pero sobre todo “desde dónde lo hacemos y por qué lo hacemos”, y eso está conectado con la visión que poseemos de las cosas y el análisis de la realidad que tenemos.

Puedo ver un oleaje impecable en alta mar, con truenos y rayos y una oscuridad que se levanta en el cielo…, y dependiendo de donde me sitúe lo veré y sentiré de un modo u otro y actuaré de una manera diferente. Digamos que, salvo que seamos invidentes, todos veremos los truenos y los rayos y la lluvia y las olas…

Pero no sentiremos de la misma forma los acontecimientos si soy el marido o la mujer del marinero que está jugándose la vida en alta mar, o si soy el dueño de un chiringuito situado a la orilla de la playa, si soy un curioso turista o el mismísimo hombre del tiempo, ¿Por qué no? Como dice Heidegger, no es el mismo el significado para uno que para otro porque esa diversa significación deriva de una forma, también diversa, de preocupación o de interés. Es, por tanto, el Dasein quien da a las cosas del mundo su sentido y su inteligibilidad.

En cada una de estas situaciones, en cada uno de estos lugares de referencia la realidad es comprendida de forma diversa y ello está vinculado a la percepción que tenemos de las cosas, no sólo porque la realidad ilumina nuestra comprensión dejándome tocar por ella y descubriendo su impacto sobre mí -como decimos- de un modo único, sino porque también ilumina nuestras acciones transformadoras (nuestro compromiso con el mundo). Y esto es muy importante, porque según contemple la realidad, así votaré, por ejemplo, en las próximas elecciones, trataré a quienes trabajen conmigo, me comportaré con mis vecinos y me conmoveré o no por los cientos de muertos y desaparecidos en las aguas del sur de Grecia…

Como le ocurre a Vattimo y veremos seguidamente, el análisis que hace de la realidad configurará su modo de ser y estar en el mundo, pues éste mira la realidad y la traduce desde un espacio y tiempo que tiene como protagonistas a los perdedores, a los vencidos, a los ignorados y los silenciados de este mundo aquí y ahora. Y es que la visión de la realidad configura toda la vida personal y social del que mira… ¡Y, no me podéis negar que hay miradas que matan y miradas que aman, miradas que ilusionan y miradas vencidas, miradas individualistas y egoístas, que excluyen, y miradas compadecidas!

A este respecto recuerdo cómo un amigo que vivía en una comunidad me contaba una anécdota significativa que traigo ahora aquí para ilustrar la importancia de la mirada y, en definitiva, de la hermenéutica: en uno de los sitios que vivió, un compañero suyo siempre estaba quejándose de otro, éste era mayor, enfermo (tenía una bolsa externa por la que hacía y  depositaba sus necesidades, y además se le caía de la boca muchas veces la comida. Bueno, Miguel se llamaba…). Pues bien, me contaba que este otro compañero suyo expresaba pública y continuamente su queja mostrándole a Miguel el malestar que le causaba el mal olor de la bolsa y el asco que le producía la comida salpicada que se le caía. A ver, Miguel era el mismo compañero de ambos pero, mientras el otro no hacía más que quejarse y despreciar a Miguel, mi amigo veía en él a un pobrecito enfermo de cáncer, a una persona mayor necesitada de cariño, de cuidados… Bastante tenía Miguel con seguir dándole sentido a su vida como para encima aguantar insultos o incomprensiones. Miguel no era sólo su enfermedad, su limitación.

La realidad es más compleja, quiero decir: más rica de lo que habitualmente una mirada distraída o egoísta capta. No es simplista, es exigente porque es multiforme y plural. Me llama mucho la atención cómo, por ejemplo, ante las circunstancias sociales tan complejas, los medios de comunicación, los partidos políticos, las tertulias, incluso alguna filosofía pretenden que veamos todo desde una perspectiva dicotómica: blanco/negro, bueno/malo…, “si p, entonces q”… olvidando que la vida está llena de perspectivas, de miradas, de colores y tonalidades, también grises. Comprender la realidad depende de la complejidad de los hechos y su  interrelación con otros hechos, pero también de la subjetividad del sujeto que interpreta la realidad. Para comprender la realidad tenemos que tener en cuenta todos los aspectos personales que intervienen en ella (experiencias, vivencias, historia, ideología, personalidad…), si no queremos quedarnos sólo con una parte. Esto lo que nos muestra es que la compresión de la realidad no es neutra. No existe la neutralidad ante la realidad.

Por un lado estamos diciendo que la realidad es compleja, pero también que la comprendemos, la desciframos, la traducimos desde un lugar y un espacio concreto. Y en esto los hermeneutas son como los músicos que tocan Jazz: dominan todos los géneros musicales y son capaces de salirse de la escala establecida. En la música clásica existe una partitura con las notas musicales escritas por el compositor y el que la ejecuta debe obedecer y no tocar otras diferentes. Para el jazz esto se queda corto. Podemos decir que supera esta visión. Así, el gran maestro Louis Armstrong decía que «el jazz es una música de intérpretes».

En un mundo que se muestra hostil a las humanidades y frente a un pensamiento estereotipado que los mercados de la filosofía nos viene vendiendo para poder sobrevivir, me gustaría aquí hacer un hueco a uno de los grandes, uno de los mejores hermeneutas del siglo XX (seguro que de lo que llevamos del XXI) que supo nadar a contracorriente e interpretar a gigantes del pensamiento, como Nietzsche, Heidegger o Gadamer, pero generando un nuevo pensamiento, a la vez que rescataba de la fosa del olvido a un cristianismo hermenéutico no doctrinal.

Éste, sin lugar a dudas, es Gianni Vattimo. El italiano va a partir de unas claves de comprensión de la realidad que se construye desde el lugar del que sufre, de la persona excluida, rota… y lo hace sin conformarse, rompiendo los estereotipos, lo convencional, orientándose siempre para todos, sin olvidar a las minorías y a los olvidados, sobre todo no desligando medios de fines, al contrario de lo que hacen habitualmente las ideologías fuertes. Desde la empatía y la caridad, poniéndose en el lugar del otro, desde la comprensión y el diálogo, sabiendo que a veces hay que ceder pero sin justificar sus propios intereses al analizar la realidad y, especialmente, desterrando toda forma de violencia (¡y hay tantas!), siendo capaz de diferenciarse y también de “señalarse” como un modo de pensamiento no fuerte, abierto, dialogante pero en modo alguno relativista porque no lo es, ya que a Vattimo la realidad le interroga, le duele y le exige tomar partido. -Como él mismo reconoce en una entrevista concedida a la UCA (la Universidad católica del Salvador, donde mataron a Ignacio Ellacuría y a otr@s compañer@s allá por los años 80), él se dirigía hacia una crítica de la modernidad ilustrada pero también del comunismo marxista soviético que dejó 70 millones de muertos porque éste se convertía en un pensamiento único (Vattimo no tenía por qué dejar de ser comunista, cosa que no ha dejado de serlo aunque de un comunismo débil, pero debía hacer una crítica de él, si traspasaba unos límites, porque un hermeneuta no firma un cheque en blanco a nada ni a nadie, a ninguna ideología, institución o persona.

Vattimo es un intérprete de la realidad. Fue Gadamer y, especialmente, Heidegger quienes lo dirigieron hacia su escuela más significativa, aquella que ponía en el centro de la realidad la interpretación. Así, la escuela hermenéutica posmoderna desde la cual él responde declarando débil al pensamiento es -como él mismo dice- una historia de debilitación, de reducción de los absolutos, de reconocimiento de los que son golpeados, apartados, excluidos por las políticas y estrategias más intransigentes y dogmáticas (se llamen como se llamen).

Si observamos el título de esta presentación hablamos de un espacio, de un lugar de referencia que ilumina la mirada de Vattimo y toda su comprensión de la realidad. Este espacio, como decimos, es el lugar de los débiles.  A su vez, la comprensión de la que parte Vattimo y la lectura iluminadora de la realidad que su mirada posee se entreteje, filosóficamente hablando, con el concepto de temporalidad heideggeriana. Decía Heidegger que el hombre consiste en un poder ser todas esas posibilidades que tiene “a mano”. Pero no todas las posibilidades que el hombre puede ser se realizan: hay que elegir… y se elige según un proyecto. El hombre, desde su libertad, eligiendo entre sus posibilidades, proyecta –dice Heidegger- lo que ha de ser. Quizá sea ésta una de las concepciones más luminosas y enriquecedoras del pensamiento contemporáneo sobre el hombre. El hombre no es un ser completo, acabado, sino que tiene que «hacerse».

Vattimo nunca dejó sus intereses religiosos y políticos, no. De hecho, el pensamiento débil (aunque de una forma crítica) le da una lectura al tema de la religión. No podemos olvidar que el cristianismo siempre ha sido fundamental en su discurso; él siempre ha sido un “catocomunista”, un comunista católico porque –como él mismo afirma- si no fuera cristiano (si no fuera católico), no tendría la tentación de ser comunista. La única razón por la que él se siente comprometido con una política del socialismo es el amor al próximo que aprendió en el Evangelio, especialmente el amor por los débiles. Traduciéndolo para que en la calle también se pueda entender: a Vattimo no le da igual 8 que 80. Vattimo tiene muy claro su opción preferencial: la misma mirada que le hace escuchar a todos y dialogar con todos, le otorga una lucha incansable nada titubeante por la justicia, llegando a comprender -como también lo hicieron Sócrates o Jesús- que es preferible padecer la injusticia a causarla, al tiempo que defiende y pone voz a los intereses y necesidades de los que no tienen voz o no tienen fuerza para ejercerla. ¡cuántas veces tuvo que lidiar Vattimo con el recién fallecido y magnate Silvio Berlusconi! *El pensamiento débil  no es un pensamiento acomodaticio sino, más bien, un pensamiento a favor de los débiles.

Pero este «hacerse» no tiene un sentido estrictamente biológico, de puro desarrollo somático, no se trata de un desarrollo de las puras virtualidades, de un hacerse por  sí mismo, sino de un hacerse a sí mismo, decidiendo, eligiendo lo que se quiere ser. El hombre está, pues, embarcado en la ardua tarea de hacer su propia vida, lo quiera o no, decía Heidegger. Arrojado en el mundo sin ninguna opción por su parte, sin haber sido consultado, el Dasein se encuentra sintiendo que es y teniendo que ser en un perpetuo inacabamiento. De aquí que toda elección que el hombre realiza sea una determinación creadora de su ser porque lo va configurando.

Así pues, el «ser-ahí» vive anticipándose a lo que va a ser. El futuro, pues, pertenece al sentido del ser. Pero aquí “futuro” hay que entenderlo no tanto como lo que aún no es pero será, sino como posibilidad de existir. Es, por lo tanto, una dimensión estructural de la existencia humana. Heidegger la llama “futuridad”. Este ser anticipándose hace resaltar lo que en el Dasein es ya. Así, y esto es algo más que interesante, el futuro (como posibilidad de ser) implica el pretérito, puesto que se es desde lo ya sido, desde donde se plantea nuestra posibilidad de ser. El pretérito, el pasado es, así, otra dimensión estructural del «ser-ahí».

Pero es que la comprensión desde nuestras posibilidades de lo ya sido determina la comprensión de lo que actualmente somos. El presente, pues, aparece envuelto por la relación entre futuro y pasado. Estas tres dimensiones -pasado, presente y futuro- constituyen la unidad del ser y recibe el nombre de “temporalidad”. El ser del hombre es, por consiguiente, temporalidad. Y éste es, en realidad, el tiempo originario, a diferencia del tiempo cósmico, incluso del tiempo vulgar. Pero, entiéndase bien, no es que el hombre esté en el tiempo ₋dice Heidegger₋ sino que él mismo es temporalidad. La temporalidad, pues, es la estructura concreta del Dasein, su sentido último porque está como «entretejido de tiempo». El tiempo es la textura más profunda del «ser-ahí». Es, por lo tanto, aquello desde lo cual él comprende e interpreta. Es el horizonte de la comprensión del ser.

Pero, claro, el mundo no es sólo el mundo de las cosas, de los útiles. Además de con las cosas, el Dasein se relaciona con otros Dasein. Si el análisis del «ser-en-el-mundo» reveló que «jamás se da un mero sujeto sin mundo,… a la postre tampoco se da inmediatamente un yo aislado de los otros». Y es precisamente al relacionarse con el mundo de las cosas como el Dasein descubre al otro. Es decir, las mismas cosas que son útiles a la mano para mí me aparecen como siendo también «a la mano» para los otros. Y en razón de este concomitante «ser-en-el-mundo», el mundo es ya siempre en cada caso aquel que comparto con los otros.

Ahora bien, los otros no son útiles, ni son para mí sólo objeto de preocupación. Los otros son como yo y, como yo, coexisten conmigo en el «estar-en-el-mundo«. Esto determina un modo nuevo de relación ₋que llama Heidegger₋ la «solicitud». Si la actividad del hombre con respecto a las cosas se llama «preocupación, la forma de relacionarse con los otros se llama «solicitud«. Curiosamente en alemán ambas palabras tienen la misma raíz, que significa  «cuidado». El cuidado pertenece, por consiguiente, a la estructura ontológica fundamental de la existencia humana y ese cuidado se traduce  de dos maneras: (1) como preocupación por las cosas y (2) como solicitud por los otros. Si Sartre hablaba del choque, la hostilidad y el enojo y de que “el infierno son los otros”, haciendo referencia a las relaciones conflictivas que tenemos en nuestras vidas, Heidegger va a  hablar de solicitud hacia el prójimo como forma del cuidado. Y ese cuidar, esta solicitud hacia los demás puede ser positiva, indiferente o negativa. Tal relación determina la convivencia, pero no es más que una relación informe, mientras no se estructura políticamente. Y es aquí donde Vattimo milita como catocomunista, como pensador contra dogmático y de izquierdas y, a la vez, seguidor del Evangelio. Y es que a Vattimo le ocurrió lo que ya alguien dijo, que “de tanto mirar al mar se le volvieron los ojos azules…”

[CONTINUARÁ…]

Jesús Lozano Pino

Fuente Fe Adulta

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Jesús Lozano Pino: El último Vattimo. ¿Puede un filósofo ser homosexual, de izquierdas, posmoderno y, a la vez, católico?

martes, 23 de mayo de 2023
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vattimoGianni Vattimo es conocido por ser el «padre» del llamado “Pensamiento débil” y uno de los filósofos de la Postmodernidad. Como sabemos, fue discípulo de Hans-Georg Gadamer y es un gran conocedor de la filosofía de F. Nietzsche y M. Heidegger. Ejerció varios años como eurodiputado sumergiéndose en los entresijos de las políticas europeas y sus reivindicaciones sociales como crítico comunista y anticapitalista han sido más que evidentes en las redes sociales.

Aunque se le den todos estos calificativos, es oportuno observar que no es Vattimo un autor que se deje atrapar fácilmente por clichés simplistas. Las cosas siempre son tan complejas que cuestan dejarse encerrar por definiciones excluyentes. Admirado por muchas personas con distintas sensibilidades e ideologías, se le ha querido encorsetar bajo el palio de un pensamiento arquetípico, por ejemplo, como un simple autor ateo, marxista, excluyendo otras posibilidades que, a priori, parecen contradictorias… No han faltado quienes han intentado mediante preguntas insidiosas dejar en evidencia y atrapar al filósofo cuando éste ha comunicado algo difícil de aceptar para una mente estereotipada y cerrada, especialmente cuando ofrecía interpretaciones occidentalizadas y cristianizadas. Pero hábilmente ha logrado escabullirse una y otra vez dando respuestas abiertas para que el que tenga oídos interprete, sin huir, pero tampoco dejándose reducir a meros esquemas preconcebidos.

Ahora bien, ¿cuál, dentro de su trayectoria como pensador, podríamos decir es el “último Vattimo”? Lo que muchos desconocen (y otros olvidan) es que Vattimo, que por supuesto incluye al comunista, al posmoderno, al debolista y hermeneuta y al activista por los derechos de los homosexuales fue un militante católico cristiano en su juventud. Llegó a ser presidente de Acción Católica, testigo que, curiosamente,  recogió de un tal Umberto Eco. Curiosidades de la vida, por más que alguno se sorprenda…

Gianni, siempre crítico ante toda estructura de poder y especialmente atento para desenmascarar cualquier restricción a una posible nueva pregunta que necesita ser respondida (lo que podríamos definir como “dogma”) fue distanciándose poco a poco de una praxis eclesial que proclamaba un mensaje institucional rancio, a base de adoctrinamientos huecos que no lograban ser buena noticia para el pueblo ni motivo de esperanza para los caídos. No comprendía la actitud no acogedora de la Iglesia hacia el diferente, especialmente hacia los homosexuales.

Pero ocurre que, tras unos años de separación y desconexión «religiosa», se produce un punto de inflexión en el pensamiento de nuestro autor: hacia el año dos mil, en concreto a finales de los años 90, la filosofía hermenéutica de Gianni Vattimo da un giro explícito hacia el cristianismo. Tal y como afirma Teresa Oñate en El retorno griego de lo divino en la Posmodernidad, a partir de Historia de salvación, historia de la interpretación Vattimo comienza a ir gestando «un paso que se opera sin titubeo- hacia un retorno de lo divino plural». A raíz de aquí, su posición será cada vez más sugerente y polémica, como se traduce en las mil y una discusiones filosófico-hermenéuticas que sostiene con teólogos y filósofos en gran parte de su obra. Podemos afirmar que estamos en una de las épocas más ricas de su pensamiento aunque la historia aún no se lo haya reconocido: Credere di credere (Creer que se cree),   Después de la cristiandad y –El futuro de la religión, esta última escrita junto a Richard Rorty, son un legado inmejorable para la postmodernidad y una nueva interpretación religiosa para el siglo XXI que no cierra respuestas sino que más bien propone y suscita preguntas.

Desde entonces Vattimo supo escarbar en lo más hondo de la cristiandad: la kénosis. Esta, en cierto modo, le vale de punto de partida para una filosofía política debolista: expuesta pero activamente encarnada, hecha de pequeños gestos pero universalmente posible. Vattimo plantea que la kénosis de Dios en la encarnación es la única manera de hablar de Dios en la posmodernidad, en la edad de la comunidad del espíritu.

Jesús es la encarnación tan esperada del amor, porque como reza el título de mi artículo publicado en 2018 en Pensamiento al margen (Revista sobre las ideas políticas) y en la pág. 2 de mi obra de 2015 El amor es el límite, si Dios existe, es amor (1 Jn 4,8) y, si no, merece que lo matemos…

Para el turinés el secreto está en saber leer los signos de los tiempos y el proceso de secularización, no necesariamente como una negación y oposición al verdadero espíritu de Dios que se contrapone al mundo (como si el mundo siempre fuera el enemigo), sino más bien como parte del proceso de la pedagogía divina –a través de la tradición occidental cristiana.

Es, precisamente, la oportunidad de la kénosis, de un Dios humano y débil y de una religión libre de dogmas que expone su máxima en el amor y servicio al hombre, la que se expresa como bandera en los nuevos tiempos como única y posible alternativa racional a la violencia metafísica. Sólo desde ahí tendrá futuro la religión. Sólo si es capaz de hacer de ella una verdadera historia de salvación humana.

Nuestro hábil pensador de izquierdas retoma, pues, la experiencia cristiana que andaba en él siempre  latente, pero incorporando una nueva perspectiva: la que proporciona interpretar y mirar desde el final de la metafísica y la caída de los grandes relatos. Esta pre comprensión, junto a su pasado en continua evolución como creyente, dan como resultado una interpretación del mundo y de la Palabra de Dios novedosa e impactante cuyos reflejos teológicos y políticos en el mundo actual mantienen una especial relación con el Concilio Vat. II, la teología de la liberación y, en los últimos años, con el nuevo e ilusionante Pontificado que ha abierto el Papa Francisco.

Pero aunque nuestro filósofo ha aportado muchos datos respecto a su posición cristiana y ha mostrado desde el principio cierta curiosidad y simpatía por el nuevo Papa argentino, no es hasta hace muy poco que Vattimo está mostrando claramente una postura en su pensamiento que podríamos aceptar, creo, reconocidamente cercana a Francisco en su dimensión teológico-política, que, bajo mi criterio, es definitoria del último proceso existencial del filósofo. Bergoglio ha rescatado al Vattimo cristiano y ha dado respuesta a la mayoría de las dudas que la Iglesia suscitaba en el  maestro. Recuerdo que, aunque tuve el honor de contar con él en mi tribunal de tesis, era quizá algo precipitado allá por el año 2013-14 conectar a Gianni Vattimo con el recién llegado por aquellas fechas a la Cátedra de Pedro y, por supuesto, hilvanar conexiones interpretativas teológicas, filosóficas y políticas.

Fue un atrevimiento por mi parte tomar cartas en este asunto pero cada día veo más claramente que fue una sabia intuición. Mi único mérito fue dejar hablar a cada uno de ellos y unir los puntos. Sabía que un día haría oficial Gianni su cristianismo débil, que no su débil cristianismo. Sabía que algún día podría decir en un único y distinto sentido “gracias a Dios soy (puedo ser, si quisiera,) ateo” (¿qué otra «religión» que no sea la del amor, la de Jesús, es capaz de ofrecer tanta libertad como para poner a la persona por delante de la institución?). Sabía que haría explícito lo que andaba implícito en su manera de concebir el mundo, porque para Vattimo – no podemos decirnos no cristianos. Y así se atreve a proclamar que “Francisco es una gran ocasión para la renovación y transformación de la Iglesia (…) es una amenaza para la Iglesia tradicionalista”, como afirmó en 2019 en Religión Digital. Jorge Mª Bergoglio «es uno que recorta, que purifica un poco, que hace cosas no necesariamente placenteras». No, señores, Gianni Vattimo no es ateo, es cato-comunista… Se sale de nuestros clichés, de nuestros esquemas, pero hoy por hoy vuelve a sentirse «católico«, a pesar de tantas cosas que no comprende o que haría de otro modo. Gianni Vattimo cree en una nueva Iglesia fuertemente débil que vuelva su mirada hacia la caridad y la misericordia. En gran medida, el mérito de Bergoglio está en dar respuesta a aquellos que andaban sin esperanza de encontrarla. Cuando ya parecía que los estamentos eclesiales se situaban en la estratosfera de Gianni Vattimo, de la teología de la liberación, y de tantos enfadados con la Institución, aparece el obispo argentino para tender una mano. Son muchos los que piensan que Francisco ha conseguido preservar a la Iglesia de su propio e imparable proceso de autoexclusión y desaparición.

Lo dije al comienzo, Vattimo no juega al despiste sino que no se deja fácilmente encasillar por estereotipos o clichés. Así pues, siendo consecuente con ello no puedo creer que mi conclusión sea definitiva y mucho menos que contente a tod@s. Pero, por ahora, hoy por hoy y hasta que alguien no muestre lo contrario, este es el “último Vattimo”. Este Vattimo no excluye a los anteriores pero propone un necesario andamiaje hermenéutico-cristiano que todo filósofo debe tener en cuenta, si quiere ser fiel en su acercamiento al maestro.

Así pues, si partimos de que cayeron los grandes relatos y decimos, con Nietzsche, que “no existen hechos, sólo interpretaciones”, ésta, la mía, será simple y débilmente eso: una interpretación. No esperes más. Como dice Vattimo, “nosotros somos únicamente intérpretes de un hilo conductor”.

Algunas fechas señaladas en la trayectoria de G. Vattimo: 

http://www.giannivattimo.es/crono/

Algunos datos y obras de Vattimo y sobre Vattimo: 

https://es.wikipedia.org/wiki/Gianni_Vattimo

 

Jesús Lozano Pino

Fuente Fe Adulta

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«Salir de nuestras contradicciones «, por Gabriel Mª Otalora

sábado, 20 de julio de 2019
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bird_contradictions_finalDe su blog Punto de Encuentro:

De hecho, más que de costumbres se trata de rituales. Maneras de reconocerse. Con él, la vida es una perpetua celebración, salvo que nadie sabe qué se celebra. «Alex» (2011), Pierre Lemaitre

En estos tiempos revueltos abunda lo que G. Vattimo llama “pensamiento débil” que propugna una forma de nihilismo que no tiene añoranzas por las antiguas certezas ni deseo de nuevas ideologías. Esto colea desde Hegel, Niestzche y Heidegger, con variantes, como la muerte de Dios.

En La gaya ciencia, Niestzche cuenta que un loco, fuera de sí, entró en varias iglesias donde entonó su requiem aeternamdeo. Cada vez que le expulsaban y le pedían explicación de su conducta, respondía: “¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos fúnebres de Dios?”. Algo de esto estamos viviendo, cuando los cristianos somos vistos en bastantes ambientes como rara avis anacrónica que no empastamos con la sociología actual. Y en parte con razón al no ser ejemplo de buena noticia: lis templos se vacían y muchas de las celebraciones recuerdan a la descripción del loco que describe Niestzche.

La Iglesia católica no es ajena a las turbulencias de este tiempo convulso. Algunos se aferran a la institución más que al mensaje de Jesús, se angustian al ver que se está produciendo un avance de la increencia religiosa en nuestras sociedades secularizadas sobre las que ya domina la ausencia de Dios. Confunden autoridad (ejemplo) con poder (norma) y prefieren encastillarse en sus seguridades y tradiciones históricas. Pero esto, que era mayoritario hasta no hace mucho, ya tiene el contrapeso de la mirada evangélica de los que tratan de interpelar a este pensamiento débil generalizado desde la esencia evangélica. Es un pulso en toda regla, en el que dos maneras de entender la fe se enfrentan también a las nuevas creencias que tratan de suplantar a las tradicionales: ciencias ocultas, espiritualismos débiles y materialismos varios entre los que destaca el dios superior del dinero como un fin en sí mismo.

En todo este remolino está cambiando hasta la idea de Dios, yo diría que para bien. Y su principal impulsor es el Papa Francisco que no para de destacar todos los ángulos posibles del amor de Dios -Dios es amor- actuando desde el ejemplo como una invitación a que todos los seres humanos prueben de la verdadera Buena Noticia para encontrar el sentido pleno de sus vidas.

Lamentablemente, otros católicos se mantienen aferrados a la sociología de la religión dando mayor importancia a la institución que al mensaje y convirtiendo tantos medios estupendos en fines; más o menos como les pasó a los líderes religiosos coetáneos de Jesús, que fueron los que provocaron su asesinato porque no pudieron soportar la invitación amorosa a la necesaria conversión del corazón.

Es una realidad ver en muchos templos “no iglesias sino las tumbas y los monumentos fúnebres de Dios” por una vivencia demasiado formalista e individualista que huye del compromiso verdadero mientras mira con malos ojos o indiferencia condescendiente a quienes se juegan la vida defendiendo a los más vulnerables desde organizaciones humanitarias no católicas. A esto me refería líneas arriba cuando he dicho que está cambiando la idea de Dios para bien.

Ya lo dijo el Maestro, por sus hechos les conoceréis y vendrán quienes revitalizarán el evangelio sin tener siquiera experiencia de Dios (¿cuándo, Señor, te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? Mateo 25,31-46). Hans U. von Balthasar auguró, ya en 1956, que el futuro de la Iglesia estaba en los nuevos movimientos laicales. Y es cierto que algo se mueve ante el exceso de formalidades, normativas, tradiciones intocables y símbolos cada vez menos representativos que Cristo denunció sin ambages. Pequeñas comunidades llenas del Espíritu viven la realidad del Reino actuando en muchos lugares como luz para otros. No son noticia, pero si fermento, símbolos necesarios de una vida comprometida que dan sentido a la vivencia litúrgica y oracional ¡Ellas sí que celebran algo!

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