Norma Castillo, por Gala Abramovich. Imagen: Archivo
Una historia de amor, convicciones, exilios y orgullo.
A los 83 años, Norma Castillo repasa una vida marcada por la militancia, el exilio y un amor inolvidable: su compañera Cachita. Fue la primera lesbiana en casarse en América Latina y hoy, desde un hogar en Chacarita, sigue luchando por la memoria y el futuro. Su historia llega ahora en forma de libro.
Por Lía Ghara
Tiene 83 años, un recorrido joven por la política de los ’70, la historia de un exilio a cuestas y lleva también el orgullo de haber sido la primera lesbiana en casarse en América Latina. Su compañera, Cachita, fue el amor de su vida, con quien recuerda cada beso. “Creo que hasta el último segundo de vida me voy a acordar de esas palabras: ‘Sí, quiero‘”. Desde Corrientes a Barranquilla, desde Montoneros hasta la militancia LGBT+, y hoy su enorme preocupación por la ecología, así transcurre la vida de Norma Castillo.
¿Cómo fue tu recorrido en la política?
–Yo siempre fui evitista, te diría, más que peronista. No tenía ni 10 años cuando ella murió y me acuerdo cómo la lloré. A esa edad ya podía ver y entender las cosas que hacía Eva, y cómo nos cambiaron la vida. Después, más grande, empecé a militar. Me gustaba ir a las marchas, a las actividades, participar. También mucho desde la facultad. Ahí, donde estudiaba yo, se puso muy mal la cosa después del ‘76. Cuando empezó la dictadura en La Plata, se oían tiros toda la noche. No te dejaban dormir, y lo peor era no saber si era un compañero tuyo. La verdad es que ligué poco porque figuraba poco, no estaba en la cúpula. Pero sí me secuestraron dos veces, estuve detenida en un galpón, en el medio del campo, durante dos días. Sospecho que fue entre Magdalena y La Plata. La violencia fue terrible. Después de eso, no nos quedó otra que el exilio. Yo no me quería ir, me faltaba entregar la tesis para recibirme. Ahí, en el Hospital de Niños de La Plata, era un hervidero de compañeros: médicos, enfermeros, enfermeras. Hoy la mayoría están muertos. En La Plata fue una masacre.
Norma junto a Ramona «Cachita» Arévalo, el gran amor de su vida. Foto. S. Freire
Norma, artista plástica, estudió zoología en la ciudad de La Plata, donde comenzó su militancia en el peronismo. La dictadura fue un golpe duro que la obligó a dejar la carrera y, al poco tiempo, la ciudad.
¿Cómo era tu vida en ese momento?
–Yo me había casado con Julio, mi marido de entonces. Tendría unos 32 años cuando decidimos irnos. Trabajaba, estudiaba y hacía cosas que me gustaban. Es gracioso porque, por esa época, fue la primera vez que conocí a Cachita, pero yo estaba tan segura de mi sexualidad que ni siquiera pensaba eso. Si alguien me hubiera dicho que me iba a casar con esa mujer… no sé qué me habría pasado.
«Ser lesbiana es lo más hermoso que me pasó en la vida. Le agradezco a la vida que, aunque un poco tarde, apareció Cachita. Porque yo estaba ciega».
¿Y cómo te diste cuenta de que eras lesbiana?
–Y… como se da cuenta uno cuando salta de una pesadilla. Parece de película. Yo me estaba subiendo al tren con Julio. Nos escapamos por tierra, fuimos subiendo hasta llegar a Colombia, donde nos esperaba la familia de Julio. Cuando me estaba subiendo al tren, Teresa, una amiga cercana, vino a despedirme. Me abrazó y me dijo: “Vos me querés a mí”. ¿Viste cuando te explota la cabeza? No vi más ni tren, ni estación, ni quién era yo. Lo único que sentí fue eso. Empecé a llorar. Julio me gritaba desde el tren. Corrí y me subí. Lloraba, pero con la claridad de que lo que me pasaba era que yo quería enamorarme de una mujer
¿Te habías enamorado de Teresa?</strong
–No, de Teresa no, pero ella fue quien despertó el pensamiento. Me ayudó a darme cuenta de lo que me pasaba. Lo sufrí bastante, no sabía qué hacer, sentía que me iba a volver loca. Aproveché el viaje para llorar. Parecía que estaba triste por la despedida, pero la verdad es que no sabía qué hacer.
La historia de Norma y Cachita nació en el exilio. Cachita también estaba casada, con Pablo, y tenían un niño de dos años. Vivían en Pivijay, Colombia. Dato clave: Pablo, el marido de Cachita, y Julio, el marido de Norma, eran primos.
¿Cómo fue la llegada y el reencuentro con Cachita?
–El día que llegué, mi suegra hizo una fiesta e invitó a todos los parientes. Ahí la conocí, o mejor dicho, la volví a ver. Como era uruguaya, enseguida estuvimos a los abrazos. Pero yo en ese momento nada. Disimulaba, pero estaba muy mal. Nos hicimos muy amigas. Cachita era cerrajera y tenían una cerrajería en el pueblo. Yo daba clases en el colegio. Lo mejor era que teníamos un grupo de mujeres con quienes nos juntábamos siempre a jugar a las cartas.
Norma y Cachita, después de dar el «sí«. Foto: Sebastián Freire
¿Eran timberas, digamos?
–(Ríe) Timberas, todos los días. Además, cuando era el cumpleaños de alguna, una rumba. Meta ron, caña, cumbia y caderazos. ¡Qué lindo! La pasé demasiado bien. Aunque también estaba muy conflictuada, porque me iba enamorando de Cachita. Estábamos todo el día juntas, encontrábamos momentos para estar solas. Ya había algunos ademanes… de apretarse, de abrazarse, pero no delante de la gente.
¿Cuál de las dos hizo el primer movimiento?
–Fui yo. En una de esas noches de timba, al despedirnos, le di una mordidita suave en la oreja. Ella se fue sin decir nada. Al otro día me dijo que quería hablar conmigo… qué nervios. Aunque no la veía enojada. Pasaron unos días y, cuando nuestros maridos no estaban, quedamos para vernos. Ella, que siempre era tan segura, esa tarde me habló con un hilito de voz: “¿Harías lo mismo que la otra noche?” Y bueno, ahí empezó todo. Después fue una comedia de disimulo.
La salida del clóset fue difícil. En Pivijay, además, estaban rodeadas por la trama familiar. Poco después, Norma enviudó y Cachita se separó. Se mudaron juntas a Barranquilla, donde abrieron el primer bar gay, vivieron su amor de manera abierta, apostaron por la visibilidad y el orgullo, y construyeron una nueva familia dentro de la comunidad.
¿Cómo fue la vida con Cachita?
–Estando con ella, me atrevía a cualquier cosa. Ella era una muñeca, pero bien aguerrida. Pasamos los mejores años haciendo el amor. Nunca bajó el volumen del amor, de la necesidad de estar cerca. Querernos tanto… eso fue lo mejor de la vida.
¿Cómo viviste ese casamiento histórico?
–Era como un sueño. Los acontecimientos no te dejaban mucho tiempo para pensar. Nosotras luchamos mucho para estar juntas y que se nos reconozca. Ese momento fue vivir el presente, disfrutarlo. Parecía que el mundo se había transformado en comprensión, en logros, en amistad. Venía gente mayor a visitarnos, y cuando veían quiénes eran las novias, no podían creer que eran dos viejas. ¡Yo tenía 67 años! Un dato gracioso: nuestro padrino fue Luis D’Elía. Fue algo maravilloso, indescriptible. El impacto de saber que estábamos casadas, que las mujeres teníamos derechos. Eso fue una época muy linda. Dos o tres presidencias con Cristina y Néstor, donde se pudo luchar, manifestar. No como ahora, que estamos en un momento tan difícil.
¿Te resulta difícil como jubilada?
–Lo más triste que puede haber. No por un mequetrefe que ponga un gobierno autoritario (ya hubo varios), sino porque la gente joven no participa. Somos muy pocos y siempre los mismos los que luchamos. Desde que lo vi, supe que este tipo iba a ganar. A los presidentes como él los pone el poder. Y algo que no se habla mucho: el tema ambiental. Están vendiendo nuestros recursos, respiramos veneno. Muy pocos levantan la voz.
¿Por qué luchás y seguís luchando, Norma?
–Lo hacemos por la gente que viene atrás y por los que quedaron. Desde que me di cuenta de que era lesbiana, nunca quise estar en el clóset. A veces quieren hacernos odiar a nosotros mismos, y a eso hay que ganarle.
¿Estás contenta de ser torta?
–Es lo más hermoso que me pasó en la vida. Le agradezco a la vida que, aunque un poco tarde, apareció Cachita. Porque yo estaba ciega.
¿Qué consejo le darías a la juventud?
–Que le muerdan suavemente la oreja.
Las historias que tiene para contar Norma Castillo son infinitas. Desde el hogar para ancianos donde vive ahora, en el barrio de Chacarita, te recibe con un té y la charla no cesa. Acompañada por amistades históricas, reconocida por la militancia, amada por su compañera, Norma, a sus 83 años, está por lanzar un libro que ya se encuentra en preventa. Son también las memorias de Latinoamérica atravesadas por un amor, por las convicciones, la política y el orgullo. Por dos viejas que se amaron y dejaron un camino para los que vendrán.
En noviembre lanzará su autobiografía. De manera exclusiva, SOY ofrece a sus lectores este anticipo:
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Fuente Página12
General, Historia LGTBI
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