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Archivo para domingo, 3 de agosto de 2025

Carpe Diem versus codicia.

domingo, 3 de agosto de 2025
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¿En qué consiste esto al fondo vivir plenamente las horas de su existencia?

No retrasarse a lo que contradice la plenitud del instante; no contrariar ni a la naturaleza, ni a su propia naturaleza; cazar las nubes amenazadoras de las dudas, el viento contrario de las adversidades, la degradación de las predisposiciones positivas y benévolas; desbordar los territorios apretados de la rutina abriéndose en horizontes más amplios.

El Carpe Diem de Horacio nos invita a recoger el día como una fruta llena de jugo. “Nada es más precioso que este día” decía a Goethe para celebrar el el esplendor de lo inédito que brota de la ganga ordinaria de los días.

Abordar mañana por la mañana, y cada mañana, en su frescura aperitiva, en su candor inaugural.

Encontrar la fuente pura de los comienzos, el apetito constante de los descubrimientos y de los encuentros fundacionales, el fervor no comenzado frente a un destino que hay que dar a luz.

Recuerda que hoy es el primero de los días que te quedan por vivir …

*

François Garagon

***

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:

“Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.”

Él le contestó:

“Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”

Y dijo a la gente:

– “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.

Y les propuso una parábola:

“Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.”

Y se dijo:

“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.”

Pero Dios le dijo:

“Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? “

Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.”

*

Lucas 12, 13-21

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La primera lectura y el evangelio nos ofrecen estímulos no sólo para la meditación y la oración, sino también para obtener una visión más amplia de las cosas en Dios.

El drama de la «vanidad» consiste en el hecho de que las cosas tienen su belleza y su bondad, que atraen el ojo y el corazón del hombre, el cual, en un segundo momento, experimenta con decepción su falacia. De este proceso habla el autor del libro de la Sabiduría. Para él, está claro el principio fundamental: «Por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre, por analogía, a su Creador» (13,5). Sin embargo, los hombres corren el riesgo de mostrarse miopes: «Se dejan seducir por la apariencia» y «maravillados por su belleza, las tomaron por dioses». De ahí el reproche: «Verdaderamente necios…» (13,1.3.6.7). El espíritu humano, «si se libera de la esclavitud de las cosas» (GS 57), puede pasar de una manera expedita de la admiración por ellas a la contemplación del Creador: «Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad» (Rom 1,20).

El Dios creador es el mismo Dios salvador que nos ha enviado a su Hijo. En el evangelio de hoy, meditado a la luz de su contexto inmediato y el del capítulo siguiente (16), Jesús nos abre de una manera gradual los ojos hacia un horizonte cada vez más extenso, un horizonte que nos introduce en la visión de Dios y de su plan sobre el hombre. Si Qohélet se inclinaba a equiparar a hombres y bestias -«No ha superioridad del hombre sobre las bestias, porque todo es vanidad» (3,19)-, Jesús nos revela, en cambio, que existe una gran diferencia: «La vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido.. y vosotros valéis mucho más que los pajarillos» (12,23ss). Nos muestra sobre todo que la administración de esta vida, aunque esté revestida de fragilidad, es decisiva para la futura: «Enriquecerse ante Dios» significa tratar con desprendimiento los bienes de la tierra para hacernos «un tesoro inagotable en los cielos» (12,33). Jesús no nos pide que despreciemos las riquezas de este mundo, sino que las valoremos en relación con un bien inmensamente mayor: la vida eterna.

Dios nos ha mostrado que la vida del hombre es preciosa a sus ojos al dejar que su Hijo diera su vida por nosotros. De este modo, el Hijo ha liberado de la «vanidad» a los hijos de Dios y a toda la creación, indicando su sentido último (cf. Rom 8,19-25). Al bordar con «las obras buenas» el tejido de las frágiles realidades humanas, nos preparamos una «feliz esperanza» (Tit 2,13ss). Ahora bien, el arco iris que une la vida presente con la futura sólo es visible para quien cree en el Señor Jesús, muerto y resucitado: el Padre «por su gran misericordia, a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable» (1 Pe l,3ss).

Realizar la experiencia de la contemplación a partir de las lecturas de hoy, tras haber meditado y orado sobre ellas, significa, por tanto, pasar de la reflexión sobre la Palabra de Jesús, que nos ilumina sobre la necia y la prudente administración de los bienes, a la visión de la «extraordinaria riqueza de la gracia» de Dios preparada «para nosotros en Cristo Jesús» (Ef 2,7).

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“De manera más sana”. 18 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,13-21)

domingo, 3 de agosto de 2025
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«Túmbate, come, bebe y date una buena vida»: esta consigna del hombre rico de la parábola evangélica no es nueva. Ha sido el ideal de no pocos a lo largo de la historia, pero hoy se vive a gran escala y bajo una presión social tan fuerte que es difícil cultivar un estilo de vida más sobrio y sano.

Hace tiempo que la sociedad moderna ha institucionalizado el consumo: casi todo se orienta a disfrutar de productos, servicios y experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: «Date una buena vida». Lo que se nos ofrece a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad, naturalidad, poder, bienestar, felicidad. La vida la hemos de alimentar en el consumo.

Otro factor decisivo en la marcha de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la historia de los pueblos corrientes y gustos fluctuantes. Lo nuevo es el «imperio de la moda», que se ha convertido en el guía principal de la sociedad moderna. Ya no son las religiones ni las ideologías las que orientan los comportamientos de la mayoría. La publicidad y la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, la familia o la escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir y a satisfacer las «necesidades artificiales» del momento.

Otro rasgo que marca el estilo moderno de vida es la seducción de los sentidos y el cuidado de lo externo. Hay que atender al cuerpo, la línea, el peso, la gimnasia y los chequeos; hay que aprender terapias y remedios nuevos; hay que seguir de cerca los consejos médicos y culinarios. Hay que aprender a «sentirse bien» con uno mismo y con los demás; hay que saber moverse de manera hábil en el campo del sexo: conocer todas las formas de posible disfrute, gozar y acumular experiencias nuevas.

Sería un error «satanizar» esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar las diversas dimensiones del ser humano y para desarrollar una vida integral e integradora. Pero no sería menos equivocado dejarnos arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a puro bienestar material. La parábola evangélica nos invita a descubrir la insensatez que se puede encerrar en este planteamiento de la vida.

Para acertar en la vida no basta pasarlo bien. El ser humano no es solo un animal hambriento de placer y bienestar. Está hecho también para cultivar el espíritu, conocer la amistad, experimentar el misterio de lo trascendente, agradecer la vida, vivir la solidaridad. Es inútil quejarnos de la sociedad actual. Lo importante es actuar de manera inteligente.

José Antonio Pagola

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“Lo que has acumulado, ¿de quién será?”. Domingo 03 de agosto de 2025. 18º domingo del Tiempo Ordinario.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Colosenses 3, 1-5. 9-11: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Lucas 12, 13-21: Lo que has acumulado, ¿de quién será?.

La 1ª lectura nos enfrenta con preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez. El Eclesiastés pertenece a un grupo de libros que llamamos sapienciales. La “sabiduría” es un amplio concepto que puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para desenvolverse en la sociedad, la madurez intelectual… representa una actitud de personas y pueblos cuya finalidad es encontrar respuestas a los grandes interrogantes y misterios de la existencia humana.

Podemos calificar de contestatario al autor del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos, desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades (se puede traducir también por vaciedad, sin sentido…) todo es vanidad (1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8)

Éste parece un libro muy poco religioso. ¿Cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con esa respuesta tan materialista, tan poco optimista…? O esta otra conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (5,17) es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos…”

El autor recorre a lo largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte… buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra? ¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología, la educación, la política, los derechos humanos…? Breve es nuestra vida sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?”.

Con el autor, el lector sigue con fruición ese recorrido por la existencia humana, por el devenir Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar…

En la época del destierro se empezó a desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6; Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada. El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones, pero ninguna definitiva ni convincente: Job es invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes, tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano. Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no atisban nada más allá de la muerte.

No está mal que Qohélet nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la mentalidad de la postmodernidad: presentista, del carpe diem (aprovecha el día)… No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.

Evangelio: la vida no depende de los bienes

Va en la misma línea sapiencial que la 1ª lectura: el ser humano busca sin descanso la alegría y la felicidad, pero en torno a esta búsqueda planean serios peligros. Uno de ellos: poner la felicidad en la acumulación insaciable de bienes, la codicia.

A Jesús, como Maestro, se le acercan dos hermanos en litigio y le suplican que ponga orden, que haga justicia. Jesús sabe ponerse en su sitio: él no ha venido al mundo como juez jurídico, legal. Va más allá de lo externo: “Él sacará a la luz los pensamientos íntimos de los hombres” (Lc 2, 35b), va a la raíz de los problemas, que está en el corazón del ser humano. Para Él es más importante desenmascarar la codicia que nos domina, que hacer valer los derechos de cada uno. Con lo primero, se conseguirá lo segundo.

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3.08-25. Dom 18 TO. Ley de herencias, rico tonto (Lc 12, 13-21): Avaricia y Mamona

domingo, 3 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de este domingo consta de dos partes, que son de tipo sapiencial, propio de Lucas. No parece que provengan de Jesús, ni de la fuente original de Lucas  (que se distinguen por su radicalidad mesiánica (cf Magníficat y bienaventuranzas: Lc 1 y Lc 6 ) sino del sustrato sapiencial, propio de un judaísmo helenista, que aparece en el mensaje moral, no apocalíptico, de Juan Bautista (Lc 3, 10-14), que puede compararse con el  de Flavio Josefo y algunos rabinos sabios del nuevo judaísmo naciente, con los que Lucas dialoga.

 Estas son palabras propias de una ética convencional que sirve de vinculación entre el mensaje de Jesús y el moralismo judeo-helenista del entorno de Lucas, en la línea de los códigos domésticos de las Pastorales. Son buena doctrina, pero no  evangelio¸ son sabiduría humana, no mensaje radical de Cristo.

Sobre el mensaje de Jesús tratan las dos últimas partes de esta postal: Una sobre la avaricia, otra sobre la Mamona.

| Xabier Pikaza

Jesús no es juez de herencias (Lc 12, 13-15)

Este relato retoma ni motivo de sabiduría universal, importante en Israel (al menos desde Abrahán), que Jesús había planteado en la parábola de los viñadores homicidas, que matan al heredero (hijo del dueño), para quedarse con la herencia (cf. Mc 12, 1-12):

En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de la multitud: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le contestó: Hombre, ¿Quién me ha nombrado juez o árbitro sobre vosotros? Y les dijo: Mirad y guardaos de toda avaricia, pues aunque uno sea rico su vida no depende de las riquezas que él tiene (Lc 12, 13-15).

 Más que de ganancias, vivimos de herencias, esto es, de aquello que gratuitamente y/o según ley nos han en familia, sociedad o Iglesia: del amor que nos han ofrecido, del lenguaje que nos han enseñado para comunicarnos, de las tradiciones culturales y sociales que nos han legado, de la tierra que han cultivado previamente, de los animales que han domesticado etc. En ese sentido, la herencia o tradición) es necesaria y sin ella no se podría hablar de vida humana (por tradición recibimos genoma y cultura), pero si un tipo de herencia (sobre todo económica) define y fija el lugar de cada uno, en oposición a otros tipos de familia o grupo, destruimos la verdad del evangelio, que es buena “nueva”, ruptura y novedad frente a leyes que dividen y fijan a los hombres en lo ya sido.

Hubo sociedades, como la judía en tiempos de Jesús, que organizaron de manera minuciosa tradiciones y riquezas de tipo familiar y social, cultural, religioso y económico, de manera que la misma religión era tema de herencia y de práctica garantizada por los antepasados (los presbíteros), religión hecha de leyes y buenas posesiones, de manera que la tarea más importante de todos y en especial de  los maestros (escribas) era regular lo transmitido, para que pasara de padres a hijos, tradición, de forma ellos (escribas, maestros religiosos) eran, ante todo, jueces y expertos en herencias, como sigue mostrando la Misná, libro de repeticiones de los maestros rabínicos en el siglo II-III d.C.

Pero Jesús no aceptó ese esquema, al servicio de la gente rica en sabiduría antigua y posesiones (dueños de fortunas, tierras o bienes que pudieran transmitirse), porque pensó que se debía superar el etilo legal de esas herencias, al servicio de familias y grupos importantes en religión y dinero. En esa línea, él quiso abrir la Gran Herencia del Reino para todos, empezando por los pobres y excluidos de las posesiones del mundo, y por eso pidió al hombre que quiso seguirle que renunciara a la herencia  de su (que los muertos entierren a sus muertos: Lc 9, 60), lo mismo que al rico que quería alcanzar la vida eterna (Lc 18, 18-23; cf. Mc 10, 17-22).

La ley de herencias implicaba un tipo de discriminación, una forma de perpetuar el orden social clasista. Por eso, Jesús no quiso resolver por ley estas cuestiones, sino subir de plano y enseñar a compartirlo todo, de manera que no se pudiera hablar de transmisión cerradas de herencias particulares, desde unos presbíteros a sus sucesoras, sino de apertura y comunión de bienes, de todos con todos, para enriquecerse de esa forma unos a otros, conforme al modelo del mismo Jesús que da/regala su existencia (cuerpo y sangre) a modo de comida superior, eucaristía.

En esa línea, Jesús quiso que todos los bienes se hicieran regalo (al menos en ámbito de Reino), añadiendo en Lc 12, 15 un último verso, de hondo sentido antropológico: La vida del hombre es más que todo lo que él tiene, de manera que no por ser rico uno puede convertirse en dueño de ella. Lo que importa es la riqueza personal, que se comparte en gratuidad, en comunión, sobre un tipo de posesión individual (egoísta) y de transmisión igualmente particular de bienes,  en un contexto de familias contrapuestas, donde unos pueden tener mucho y otros no tienen nada [1].

Un tipo de judíos organizaban de manera minuciosa el legado familiar, social, cultural y religioso, y en esa línea la religión era para ellos “tradición”: mantener el buen depósito, una herencia garantizada por leyes apropiadas, normas de separación, posesiones familiares. Una tarea básica de la religión consistía en regular esas herencias, y en esa línea los escribas eran jueces y expertos en hacerlo (como indica la Misná, con leyes del tiempo de Jesús, aunque codificadas siglo y medio más tarde).

‒ Jesús no quiso regular herencias particulares, sino impulsar la comunión de todos.
Ciertamente, él admitió el código o signo principal de la herencia de Israel (la Escritura, la confesión de fe), pero pensó que se debía superar el “etilo legal” de herencias, al servicio de familias ricas. Por eso pidió al hombres que quiso seguirlo y que tenía muchos bienes, que los dejara (vendiera) los diera a los pobres, renunciando a su herencia para así acompañarle (Lc 18, 29-31; cf. Mc 10, 28-31).

 Ciertamente, él apeló a las tradiciones originarias (Abrahán, Éxodo), tanto en plano familiar, como social y religioso (matrimonio, dignidad humana), poniendo la vida de los hombres a la luz de la gracia de Dios Padre; pero, desde ese fondo, superó un nivel de herencias especiales, abriendo un camino de libertad personal y universalidad social, como indican los textos que siguen:

‒ Dejar padre-madre y familia… Para seguir a Jesús en aquel contexto debía superarse un tipo de estructura familiar, una herencia que servía para mantener la sociedad establecida, al servicio de los privilegiados. En esa línea (precisamente para conservar y recrear el don de Dios, y abrirlo a todos), Jesús debió trascender el esquema de una tradición cerrada en sí, de manera que sus seguidores debían “aborrecer” a su padre y a su madre, es decir, superar el sistema de herencias legales, que mantenían al hombre cerrado en la red de las tradiciones establecidas (cf. Lc 14, 26; cf. Mc 3, 31-35; 10, 28-31).

‒ Deja que los muertos entierren a los muertos… (Lc 9, 60; Mt 8, 22). La norma de la tradición es “cuidar” a los padres para recibir su herencia, manteniendo de esa forma el sistema de las separaciones… Pues bien, en contra de eso, Jesús pide a sus discípulos que abandonen ese sistema (al mismo padre como autoridad), para iniciar un camino de vida y hermandad universal. Sólo así, superando la ley de las herencias se puede y se debe cuidar en concreto a los padres necesitados como personas (Mc 7,10-12).

‒ Vende todo y sígueme… (Lc 18, 22; Cf. Mc 10, 17-22). Jesús dice al rico, propietario sin duda de gran herencia, que lo venda todo y que la dé a los pobres…, compartiendo de esa forma sus bienes con los necesitados, para seguirle a él, es decir, para crear una humanidad donde los bienes sean compartidos, donde la herencia se abra para todos, no para unas familias o grupos especiales [2].

El sistema particular de herencias resultaba a su entender injusto, pues mantenía la superioridad de unos sobre otros, en contra de la ley de jubileo (Lev 25), que proponía el reparto igualitario de las tierras. Ésta experiencia está al fondo de la Iglesia o comunidad de Jesús, que ha de entenderse en forma de gratuidad y comunión de bienes. No se trata, pues, de regular con un tipo de justicia legal las herencias, sino de superar ese nivel de justicia particular para crear una comunión de gratuidad, abierta a todos, empezando por los necesitados, en un mundo en el que Dios se expresa en el amor gratuito y en la comunión entre los hombres [3].

Rico tonto, que atesora para sí y no para Dios (Lc 12, 16-21)

 Este nuevo pasaje, expuesto en forma de parábola, es una continuación del anterior (Lc 12, 13-15: reparto de la herencia), cuya enseñanza retoma de un modo más concreto, como indica la conclusión, donde se habla de la locura del hombre que atesora para sí (con el riesgo de perderlo todo), y no para Dios, quien conserva y mantiene los bienes para siempre (Lc 12, 21):

Y les dijo una parábola: El campo de un hombre rico dio mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha? Y dijo: Esto haré, demoleré mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Goza, come, bebe, sé feliz. Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste ¿para quién serán? Así es quien atesora riquezas para sí, y no según Dios (Lc 12, 16-21) [4].

 Esta parábola no trata de una herencia, sino de un hombre que ha “heredado” y se ha hecho rico (plousios), tras haber recogido en su campo una cosecha inmensa. Éste nuevo rico no es comerciante, ni especulador, sino un propietario de un gran campo, que le ha dado lo suficiente para vivir sin preocuparse más, un hombre que se siente afortunado y no plantea preguntas éticas sobre la justicia de la adquisición y disfrute de sus propiedades. No tiene a la puerta de su casa un pobre Lázaro, como el epulón de Lc 16, 19-31, y así puede vivir sin problemas sociales, sin más ocupación que ocuparse de sí mismo, sin contar con otros, sin tener que luchar por hacerse más rico.

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Dos sabios ante la riqueza. Domingo 18 del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 3 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Un sabio pesimista (¿u optimista?): Qohélet (Eclesiastés 1,2; 2,21-23)

            El nombre de Qohélet le suena a muy pocas personas. Sin embargo, muchos han oído citar su famosa frase: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», con la que comienza la primera lectura de este domingo. Pero su enseñanza no se refiere hoy a la vanidad sino a la riqueza.

En el Antiguo Testamento, la riqueza se ve a veces como signo de la bendición divina (casos de Abrahán y Salomón); otras, como un peligro, porque hace olvidarse de Dios y lleva al orgullo; los profetas la consideran a menudo fruto de la opresión y explotación; los sabios denuncian su carácter engañoso y traicionero. En esta última línea se inserta la primera lectura de hoy, que recoge dos reflexiones de Qohélet.

            La primera reflexión afirma que todo lo conseguido en la vida, incluso de la manera más justa y adecuada, termina, a la hora de la muerte, en manos de otro que no ha trabajado (probablemente piensa en los hijos).

¡Vanidad de vanidades, dice Qohélet;

vanidad de vanidades, todo es vanidad!

Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto,

y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado.

También esto es vanidad y grave desgracia.

            La segunda se refiere a la vanidad del esfuerzo humano. Sintetizando la vida en los dos tiempos fundamentales, día y noche, todo lo ve mal.

Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?

De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente.

También esto es vanidad.

            Ambos temas (lo conseguido en la vida y la vanidad del esfuerzo humano) aparecen en la descripción del protagonista de la parábola del evangelio.

Un sabio optimista (¿o pesimista?): Jesús (Lucas 12,31-21)

            En el evangelio de hoy podemos distinguir tres partes: el punto de partida, la parábola, y la enseñanza final.

El punto de partida

            En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:

            ‒ Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.

            El le respondió:

            ‒ ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?

            Y les dijo:

            ‒ Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

Si esa misma propuesta se la hubieran hecho a un obispo o a un sacerdote, inmediatamente se habría sentido con derecho a intervenir, aconsejando compartir la herencia y encontrando numerosos motivos para ello. Jesús no se considera revestido de tal autoridad. Pero aprovecha para advertir del peligro de codicia, como si la abundancia de bienes garantizara la vida. Esta enseñanza la justifica, como es frecuente en él, con una parábola.

La parábola.

Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?” Y se dijo: “Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”

A diferencia de Qohélet, Jesús no presenta al rico sufriendo, penando y sin lograr dormir, sino como una persona que ha conseguido enriquecerse sin esfuerzo; y su ilusión para el futuro no es aumentar su capital de forma angustiosa sino descansar, comer, beber y banquetear.

            Pero el rico de la parábola coincide con el de Qohélet en que, a la larga, ninguno de los dos podrá conservar su riqueza. La muerte hará que pase a los descendientes o a otra persona.

            La enseñanza final. Si todo terminara aquí, podríamos leer los dos textos de este domingo como un debate entre sabios.

Pesimismo, optimismo y realismo

            Qohélet, aparentemente pesimista (todo lo obtenido es fruto de un duro esfuerzo y un día será de otros) resulta en realidad optimista, porque piensa que su discípulo dispondrá de años para gozar de sus bienes.

            Jesús, aparentemente optimista (el rico se enriquece sin mayor esfuerzo), enfoca la cuestión con un escepticismo cruel, porque la muerte pone fin a todos los proyectos.

            Pero la mayor diferencia entre Jesús y Qohélet la encontramos en la última frase.

            Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.

Frente al mero disfrute pasivo de los propios bienes (Qohélet), Jesús aconseja una actitud práctica y positiva: enriquecerse a los ojos de Dios. Y este consejo es tremendamente realista porque no se fija en lo que ocurrirá al final de la vida, sino en lo que puedo y debo hacer desde ahora mismo.

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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. 03 agosto, 2025

domingo, 3 de agosto de 2025
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Maestro, dile a mi hermano que reparta
conmigo la herencia… “Tened mucho
cuidado con toda clase de avaricia; que
aunque se nade en la abundancia, la vida no
depende de las riquezas
”.

(Lc 12,13-21)

El Maestro trasciende esa petición. “Y añadió: tened mucho cuidado con toda clase de avaricia”, cambia de persona (del singular al plural), ya no es uno el que le ha expuesto la petición, son todos los que le escuchan: tened mucho cuidado. He aquí cómo Jesús nos sugiere lo necio que es un corazón ambicioso, un corazón que su única esperanza es “llenar sus graneros”, “nadar en la abundancia.

Lucas nos deja entrever que para Jesús las posesiones, el dinero, no tienen más valor que aquello que nos facilita una vida en paz. Una vida que nos ayude a crecer como personas, a descubrir la belleza de lo sencillo y lo pequeño.

Hoy, a ti y a mí, se nos ha ofrecido la novedad de una jornada para vivirla en toda su plenitud. ¡Y eso es una inmensa riqueza! Se nos ofrece la posibilidad de acercarnos a la persona necesitada y compartir con ella lo que tenemos y ella necesita. ¡Y esa es la mejor herencia!

Disfrutar de la inmensidad de la vida, del aire, de una amigable compañía. ¡Eso es la felicidad más intensa! No dejes que la envidia, la avaricia, el egoísmo o el rencor posean tu corazón. Deja que el Señor de tu existencia sea el Dios de la ternura, el dar y darnos, el amor sin medida. ¡Esa es la mejor posesión!

¡Y saberte vivida desde la comunión con Dios Trinidad! Escucha asombrada, desde el silencio como Jesús te dice: “con amor eterno te amo”. Eso desbordará tus “graneros” que nunca se vaciarán y compartirás, repartirás y siempre tendrás más para entregar.

Oración

Trinidad Santa, Tú que eres comunión, relación y entrega:

Hoy,
yo te pido en nombre de las personas pobres, marginadas,
de las perseguidas, de quienes te buscan:
Maestro, dile a mi hermana/o que reparta conmigo la herencia”,
que reparta tu amor, que reparta y comparta lo que le sobra
y así, construiremos un mundo más humano, más justo,
en el que todos cabemos y todos podemos tener espacio.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Acaparar los bienes necesarios para la vida de otro es causar muerte.

domingo, 3 de agosto de 2025
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DOMINGO 18 (C)

Lc 12,13-21

Es imposible hablar de riqueza y pobreza sin caer en demagogias simplistas. El problema no está solo en los ricos que acumulan a costa del trabajo de otro por un sueldo injusto. El problema está también en los pobres que alegando la justicia social pretenden vivir tan ricamente sin dar un palo al agua. No tener esto en cuenta también es demagogia.

Se trata de un mensaje muy sutil. El mismo relato insinúa que ni el que lo escribió lo tenía muy claro. En efecto. El rico no es necio porque lo que ha acumulado lo va a disfrutar otro. Sería igual de insensato si toda la riqueza acumulada pudiera disfrutarla él mismo.

Tampoco es válido el “debemos ser ricos ante Dios” ni “no acumuléis riquezas en la tierra”. Nos invitan a valorar las riquezas espirituales. Es una propuesta también descabellada, entendida como obligación de hacer obras buenas que se acumularían para garantizar una felicidad para el más allá proporcional a lo buenos que hayamos sido aquí abajo.

Este planteamiento que hemos mantenido durante dos mil años sigue siendo insuficiente, porque sigue proponiendo la necesidad de seguridades para el falso yo. No importa que sean seguridades espirituales y para el más allá, porque siguen siendo necesidad de seguridades que necesita el falso yo para subsistir y afianzarse. Jesús nunca pudo hacer esta propuesta.

Intentaré explicarme. Si necesito cualquier seguridad o echo algo en falta, es señal de que estoy planteando mi existencia desde mi falso ser (“creatural”, decía Eckhart). Mi verdadero ser es absoluto y no le falta nada. Este ser que soy ha existido siempre. Ni ha nacido ni puede morir. No debo echar en falta ni siquiera la vida que sería el aparente valor supremo.

El evangelio nos está diciendo que tener más no nos hace más humanos. La posesión de bienes de cualquier tipo no puede ser el objetivo último. La trampa está en que cuánta mayor capacidad de satisfacer necesidades tenemos, mayor número de nuevas necesidades desplegamos; con lo cual no hay posibilidad alguna de alcanzar la meta definitiva.

El hombre tiene necesidades biológicas, que debe atender. Pero descubre que eso no llega a satisfacerle y anhela acceder a otra riqueza que está más allá. Esta situación le coloca en un equilibrio inestable. O se dedica a satisfacer los apetitos biológicos, o intenta trascender y desarrollar su vida espiritual, manteniendo en su justa medida las exigencias biológicas.

Es muy difícil mantener un equilibrio. Podemos hablar de la pobreza muy pobremente y podemos hablar de la riqueza tan ricamente. No está mal ocuparse de las cosas materiales e intentar mejorar el nivel de vida. Jesús no está criticando la previsión, ni la lucha por una vida más cómoda. Pero rechaza que lo hagamos a costa de las carencias de los demás.

Se trata de desplegar una vida plenamente humana que me permita alcanzar una plenitud. Solo esa Vida plena puede darme la felicidad. Se trata de elegir entre una Vida humana plena y una vida repleta de sensaciones, pero vacía de humanidad. La pobreza que nos pide el evangelio no es ninguna renuncia. Es simplemente escoger lo que es mejor para mí.

La clave está en mantener la libertad para avanzar hacia la plenitud humana. Todo lo que te impide progresar en esa dirección, es negativo. Puede ser la riqueza y puede ser la pobreza.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El sentido de la vida.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Lc 12, 13-21

«¡Necio! Esta misma noche te van a exigir la vida»

Tradicionalmente el ser humano ha sentido la necesidad de encontrarle algún sentido a su vida y habitualmente lo ha buscado en Dios, pero en la actualidad ya no ocurre así, y es creciente el número de personas que pasan por la vida sin preguntarse siquiera qué pintan en este mundo o si están aquí para algo.

También es creciente el número de personas que buscan el sentido de su vida fuera de Dios, pero el gran obstáculo que tienen para encontrarlo es la muerte, porque el reto de dar sentido a una vida sin Dios y con muerte no es trivial. A pesar de ello, es indudable que hay personas que ni creen en Dios ni en la trascendencia y que son capaces de hallar un sentido profundo a una vida que acaba en la muerte… aunque da la impresión de que la mayoría de personas es incapaz de hacerlo y su única salida es banalizar su existencia; es decir, reducir sus expectativas a pasar por la vida sin mayores sobresaltos; sobrenadándola sin osar zambullirse de lleno en ella.

Pero quizá no se pueda hablar del sentido de la vida sin considerar un hecho evidente, y es que hay personas que buscan el sentido en Dios y fracasan, y las hay que lo buscan fuera de Dios y también fracasan. Y este hecho nos lleva a formular una consideración que quizá sea la clave de todo: Si convenimos que la esencia de lo humano es la humanidad –es decir, ese sentimiento que nos mueve a compadecer y ayudar–, la única forma de dar sentido a la vida será a través de su práctica.

Y esto puede ser independiente de las creencias o increencias de cada uno, pues cualquier actitud vital que genere humanidad es portadora de sentido, y cualquiera otra que no lo haga provocará un vacío imposible de llenar con actividades mundanas o con prácticas religiosas.

Entonces ¿cuál es la diferencia?… Pues la diferencia está en que la capacidad de la religión (en su acepción más noble) para motivar a comportamientos humanitarios es muy superior a cualquier otra. De hecho, la praxis del cristianismo se asienta en el amor fraterno; en la humanidad, y ello nos puede llevar a entender a Jesús como el que da sentido a mi vida.

Hay momentos difíciles en que nos sentirnos arrojados al mundo sin referencias para vivir; condenados a elegir nuestro camino sin normas ni valores eternos que nos lo muestren y con el riesgo permanente de equivocarnos. Momentos en que sentimos la necesidad de encontrar un asidero firme donde aferrarnos para no ser engullidos por el lado oscuro de la vida, y es entonces cuando podemos encontrar a Jesús que nos dice: No eres un animalillo condenado a morir y desaparecer, sino que tienes una misión en la vida; la misión de hacer realidad el proyecto de Dios; el sueño de Dios, y disfrutar más allá de la muerte de lo que has creado”…

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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De andar sobrados a ser ricos para Dios.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Lc 12,13-21

Jesús iba adquiriendo fama, la gente que iba a escucharlo percibía que era un hombre justo y sabio. Sus palabras sonaban a verdad. Quizás por eso tuvo que encontrarse en situaciones como las que hoy nos relata Lucas: “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo”.

Los escribas realizaban ese oficio. Ellos conocían las leyes y eran expertos en herencias y repartos. “Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”. Jesús no quiere realizar ese papel porque, entre otras cosas, eso presupone ya un modo de situarse ante la vida diferente al propuesto por Él, un modo en el que los bienes materiales adquieren una relevancia singular en la vida de la persona. Jesús propone, en cambio, una vida alejada de la búsqueda de esa seguridad que se sostiene en lo que poseemos, más que en lo que somos.

Su propuesta la expresa a través de la parábola que relata a continuación. No se trata de no tener bienes, sino del valor que les damos, la importancia que les adjudicamos y la dependencia que nuestra vida tiene de ellos. “Mirad, guardaos de toda clase de codicia”, nos dice Jesús, “pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.

Aunque uno ande sobrado… Podemos preguntarnos de qué andamos sobrados nosotros. Seguramente de posesiones, de “por si acasos, de pertenencias… Quién de nosotros no tiene más de lo que necesita para vivir. Quién de nosotros no ha pensado alguna vez que hay cosas que guarda y que nunca utiliza. Quienes hemos experimentado en alguna ocasión, aunque sea por un breve tiempo (una experiencia solidaria en otro país, unos días de campamento, un viaje en plan mochilero…) que no necesitamos tanto para vivir −y vivir felices− podemos volver a esa experiencia para confirmar que este evangelio no es solo verdad para quienes creemos, sino para todos los que han descubierto que lo esencial en la vida no está en lo que tenemos.

Lo de “andar sobrados” debe ser bastante similar a ese “guardar la vida” que el evangelista narra en otro pasaje: “quien guarda la vida, la perderá” (Lc 9,24). Andamos sobrados… y no solo de bienes materiales. A la codicia, más o menos disimulada en nuestra vida, suele acompañarle el egoísmo, la insolidaridad, la injusticia… Andamos tan sobrados que hasta se han inventado nuevos términos como “infoxicación”. Andamos “infoxicados”, sobrados de una información que nos acerca la realidad del mundo pero que nos deja insensibles ante ella… Andamos sobrados de redes sociales, de pantallas, de tiempos perdidos en cosas inútiles…

Sobrados… Cada uno de nosotros podemos pensar hoy de qué “andamos sobrados” porque, si a nosotros nos sobra, seguro que a otros les falta. Y porque si nos sobra algo, seguro que también nos falta alguna otra cosa importante. Pues si nos sobra, por ejemplo, orgullo, carecemos de humildad… si nos sobra autosuficiencia, carecemos de esa confianza en el otro y en el Otro necesarias para abandonarnos y no agarrarnos a las seguridades falsas… si nos sobran miedos, nos falta valentía…

Sobrados… ¿De qué ando sobrada? ¿de qué ando sobrado?

Ojalá podamos despojarnos de todo lo que nos encierra en nosotros mismos y nos hace guardarnos la vida en lugar de darla por el Reino, compartiendo lo que somos y tenemos con quienes más lo necesitan. Por eso la invitación es a ser ricos para Dios”, ricos en generosidad, en solidaridad, en amor, en compartir…Si cada uno de quienes hoy oramos con este texto lo hiciéramos, no cabe duda de que eso repercutiría en bien de nuestro mundo. Jesús termina su parábola diciendo “necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado? Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios”.

El Señor, con sus palabras, nos ayuda a pasar de “andar sobrados” a “ser ricos ante Dios”. Ahora nos toca a nosotros hacer nuestra parte. ¡Ánimo con ello!

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Cuando somos necios.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 3 agosto 2025

Lc 12, 13-21

Habitualmente, se utiliza el término “necio” como sinónimo de “estúpido”. De hecho, esa es una de las acepciones que presenta el Diccionario de la RAE. Sin embargo, en su etimología, alude directamente a la ignorancia más radical.

En latín, “nescio” es la primera persona del indicativo del verbo “nescire”, que significa no saber o ignorar. En consecuencia, el significado del término, en la parábola de Jesús, es obvio: quien se hace daño a sí mismo o hace daño a los demás es necio –“nescius”, en latín-, es decir, profundamente ignorante.

En nuestro medio cultural, por diferentes motivos, han terminado instalándose varias creencias completamente erróneas y de consecuencias funestas. Entre ellas, pueden destacarse tres: la creencia en la culpa, en la necesidad del castigo y en la maldad connatural al ser humano. Esta última -que hunde sus raíces también en otra creencia, nefasta en sus consecuencias: la del llamado “pecado original”- ha culminado en la extendida convención cultural de que el ser humano obra el mal porque es malo. De ese modo, se viene a concluir que el mal que percibimos a diario, en nosotros mismos y en los demás, y que llega a ser literalmente monstruoso en ocasiones, es fruto de la maldad humana.

Frente a esta creencia, las tradiciones sapienciales han afirmado que el ser humano se halla constitutivamente orientado hacia el bien. Y que cada persona, en todo momento, hace lo mejor que sabe y puede, de acuerdo con su mapa mental. El mal, por más grave que sea, es siempre hijo de la ignorancia, entendida esta en su sentido más radical y profundo, que hace referencia, no solo a no saber lo que se hace, sino a no saber lo que somos. De ahí que aquellas conocidas palabras que el evangelista Lucas pone en boca de Jesús crucificado, refiriéndose a sus verdugos -“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”-, significan, en realidad, perdónalos porque no saben lo que son”. Esta es la ignorancia que nos hace vivir de manera necia, generando daño y sufrimiento, en nuestras relaciones interpersonales y en las relaciones entre países y pueblos, con tomas de decisiones crueles, inhumanas e incluso genocidas.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La mortaja no tiene bolsillos.

domingo, 3 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Introducción.

El evangelio de este domingo nos sitúa ante la cuestión del dinero, de la riqueza.

Y como prisma de visión de la cuestión del dinero pudiera ser la primera lectura (Eclesiástés) de hoy: en la vida todo es Vanidad de vanidades y todo es vanidad. Y la cuestión del dinero cuando sobrepasa el cubrir las necesidades humanas, también es vanidad y puro cuento.

También podemos pensar este asunto de la riqueza desde la perspectiva de San Pablo (Colosenses: 2ª lectura): aspirad a los bienes de arriba, a los bienes definitivos.

El problema de la riqueza no plantea tanto la cuestión de la salvación después de la muerte. Ese es un planteamiento distorsionado del cristianismo y de la moral.

La cuestión de fondo es si siendo rico, teniendo codicia y avaricia, se puede uno realizar como persona, Siendo rico ¿Puede uno ser feliz, honrado, justo, libre?

Jesús dice, claramente no.

Pero vayamos por partes.

02.- Vio Dios lo que había creado y era muy bueno. (G 1,31.)

El pensamiento cristiano entiende que los bienes materiales son buenos porque han sido creados y regalados por Dios al ser humano. Vio Dios que era bueno cuanto había creado (Gn 1,31). Todo lo creado y toda criatura de Dios es buena. (1Tim 4,4).

El primer criterio bíblico y cristiano es que la vida, la creación, los bienes materiales son no buenos sino excelentes.

Dios nos ha regalado la vida y el universo para que disfrutemos. Dios constituyó al hombre como dueño y señor de la tierra (Gn 1,28ss).

03.- De este principio se derivan algunas consecuencias.

         3.1   Puesto que los bienes temporales son buenos, estamos llamados a disfrutar de ellos con gozo (1Tim 4,4).

(Jesús no fue un asceta, un monje, Jesús vivió y tenía fama de ser comedor y bebedor).

        3.2   Si los bienes han sido creados por Dios, el hombre no tiene un derecho absoluto sobre ellos. Una cosa es que podamos disfrutar de la vida y de la naturaleza y otra cosa es que abusemos, explotemos y expropiemos la naturaleza y el universo. (1Cor 7,29-31). Esto tiene repercusiones ecológicas. No podemos destruir la naturaleza como lo estamos haciendo.

       3.3   Desde un punto de vista cristiano es muy difícil hablar de propiedad privada, mientras exista el estado de cosas mundial en el que vivimos. Mientras exista tanta hambruna en el mundo, mientras exista Gaza y situaciones similares no sé si se puede hablar de propiedad privada.

                        1Jn 3,17  El que tiene bienes en este mundo, y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus entrañas ¿cómo podemos decir que es cristiano?

       3.4   El cristiano vive agradecido y agradeciendo a Dios la vida, el alimento, los logros de la ciencia, de la medicina. Un cristiano agradece la vida, no la explota.

        3.5   Los bienes son signos que apuntan a bienes superiores. El cristiano no se pierde, ni se despista en los bienes, sino que mira a los bienes últimos.

Un ejemplo: el alimento es un bien que apunta a valores superiores a la mera ingestión de una comida. La mesa del ser humano es acogida, encuentro, fraternidad, celebración, amor despedida, etc…

04.- La riqueza tiene sus peligros

Los bienes o las riquezas tienen peligros para el ser humano. Es lo que nos dice el evangelio de hoy.

La riqueza ejerce un enorme atractivo y poder sobre el ser humano. Y el poder del dinero es una idolatría.

Por eso dice Jesús que  «no se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24 / Lc 16,13). Es muy difícil que los ricos entren en el Reino de los cielos (Mc 10,23-27). Lo cual no significa que no se vayan a salvar. Aquí nos salvamos todos porque para Dios no hay nada imposible y nos quiere a todos porque es bueno.

Desde el pensamiento cristiano, desde Jesús es imposible ser rico y ser feliz.

No es que Jesús amenace a la humanidad: insensato hoy te van a pedir la vida… Lo que Jesús nos está diciendo es que amando la riqueza no viviremos ni contribuiremos nunca a la paz, ni seremos felices.

Ya sé que no estaréis de acuerdo con esto, pero lo dice Jesús y creo que es una gran verdad:

  1. El joven rico no le sigue a Jesús, porque era rico. (Lc 18,18-23).
  2. Del rico epulón dice el evangelio que fracasó en la vida no porque fuese malo, sino porque era rico. (Lc 16,19-31).
  3. María, la Virgen, dice que los ricos terminan vacíos en la vida. (Lc 1,52-53).
  4. Por eso es tan imposible que los ricos sean felices como que un camello pase por el ojo de una aguja. (Lc 18,24-27).

La riqueza no nos llevará a una vida serena y amable.

05.- Codicia y avaricia

        El Diccionario de la Real Academia dice:

                Avaricia:  Afán desmedido de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.

                Codicia:   Afán excesivo de riquezas.

Cuando ponemos nuestra confianza (fe) en el dinero, en la riqueza, ésta genera codicia y avaricia. Es lógico, porque nunca el dinero es bastante.

        El dinero como -el placer- nunca son suficientes…

El rico sustituye a Dios por el dinero.

La carta de Santiago recrimina con fuerza la avaricia de los terratenientes preocupados únicamente por ganar dinero:

St 5,1-6   Vuestra riqueza está podrida  … El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor …

La avaricia no es un pecado, sino que es una forma de idolatría. El avaro cree que el dinero da seguridad, salud, ancianidad, poder… Por eso el amor al dinero no cree ni en Dios ni en los hombres. La avaricia muestra un corazón y un alma miserable.

06.- Conclusión

Termino volviendo al evangelio que hemos escuchado: «almacena y guarda millones: necio, hoy -o mañana- o cuando sea, nos van a pedir la vida.

Recuerdo, recordemos, lo que decía con ironía el papa Francisco: Nunca se ha visto que un camión de mudanzas vaya detrás de un coche fúnebre.

Hay muchas cosas en esta vida que merecen la pena y no defraudan: Las de allá arriba, como nos dice S Pablo hoy:

Buscad los bienes de allá arriba’.

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“ Administrar los bienes de la tierra para el bien común”, por Consuelo Vélez

domingo, 3 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario 3-08-2025

Jesús no pretende dar una respuesta a la situación que le plantea el hombre sobre la herencia sino que ofrece una reflexión más amplia sobre los valores del reino

En el Reino de Dios, los bienes no son lo primero y fundamental sino el compartir y que nadie pase necesidad.

Ante la muerte, los bienes no tienen ninguna importancia. Lo que interesa es atesorar o cultivar la amistad y comunión con Dios

Jesús invita a «guardarse de la codicia«, actitud que hace que los ricos de este mundo no logren entender el mensaje del reino

En nuestro mundo consumista y ávido de acumular tesoros, Jesús nos invita a poner el corazón en lo fundamental: la justicia y el bien común

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:

– «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».

Él le dijo:

+ «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?»

Y les dijo:

+ «Miren: guárdense de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes»

Y les propuso una parábola:

«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
-“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”.
Y se dijo:
-“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo:
-“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

(Lucas 12, 13-21)

El evangelio de hoy nos trae la pregunta que un hombre le hace a Jesús sobre la herencia que su hermano no le quiere compartir. Recordemos que en Israel la mitad de la herencia le correspondía al primogénito, pero, a su vez, este ha de hacerse cargo, en caso de que fallezca su hermano, de la viuda y de sus hermanos solteros. Posiblemente en este caso, el hermano no está cumpliendo con sus deberes morales y el que se acerca a Jesús pretende encontrar en él, una respuesta que le ayude a recuperar sus derechos. Posiblemente por eso le llama “maestro”.

Sin embargo, en este caso concreto, Jesús no pretende dar una respuesta a una situación determinada sino ofrecer una reflexión más amplia sobre los valores del reino. De hecho, no se dirige al hombre que le había hecho la pregunta sino a toda la multitud. Lo que pretende mostrar es la lógica del reino, tan distinta a lo que muchos viven. En el Reino de Dios, los bienes no son lo primero y fundamental sino el compartir y que nadie pase necesidad. Para esto, Jesús relata una historia en la que un hombre rico, dialogaba con él mismo -lo cual enfatiza su propia cerrazón-, haciendo planes de cómo seguir atesorando sus riquezas. La historia señala que, ante la muerte, los bienes no tienen ninguna importancia. Lo que interesa es atesorar o cultivar la amistad y comunión con Dios y esto se hace mediante la vivencia de la fraternidad/sororidad y la misericordia para con todos.

La advertencia de Jesús “guárdense de toda clase de codicia” y el hecho de hablar de un hombre “rico” van en consonancia con las advertencias que Jesús hace a los ricos y que Lucas expresa tantas veces en su evangelio: en las Bienaventuranzas dice “Ay de ustedes los ricos” (6,24); también señala que no hay que invitar a los ricos a los banquetes porque ellos pueden devolver la invitación (14, 12); el pasaje del llamado joven rico que rehúsa vender sus bienes para seguir a Jesús (18,23) y otros pasajes, muestran que los ricos son incapaces de recibir el reino porque su corazón ha optado por otros valores.

Por todo esto, en nuestro mundo consumista y ávido de acumular tesoros, seguridades, honores, las palabras de Jesús nos invitan a poner el corazón en lo fundamental: el amor a Dios y al prójimo y la manera cómo ese amor debe administrar los bienes de la tierra para el bien común. Necesitamos buscar los valores del reino y vivirlos con autenticidad, creyendo que su puesta en práctica será capaz de generar la justicia social tan necesaria y urgente.

(Foto tomada de: https://www.ministerioscosecha.org/devocionales/inversion-recompensa)

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“ ¡Cuidado! – San Lucas 12, 13-21 – ”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 3 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Ten cuidado y aléjate de la codicia, que es el deseo que nunca se sacia, porque tu vida no depende de lo que posees.

No, no es la frase pegajosa y bienintencionada del sermón del moralista de siempre. Es la propia experiencia de Jesús. Que hoy añadiría: ten cuidado porque tu felicidad no depende del juicio de los demás, de los me gusta, de la fama, de tu aspecto. Ten cuidado porque tu felicidad depende de descubrirte amado, de elegir amar.

Y no, el Evangelio (incómodo) no es el sermón veterocatólico habitual de quienes escupen sobre la riqueza porque, en la Biblia, la riqueza es siempre un don de Dios. Pero la pobreza es siempre responsabilidad del rico que no utiliza sus bienes para ayudar a los demás a vivir con dignidad.

Y no, el hombre rico de la parábola no es condenado ni juzgado, sino amonestado porque se preocupa por administrar bien su riqueza y sus negocios (y hace muy bien), pero no invierte ni un ápice de tiempo e inteligencia en ocuparse de su alma.

Y no, Jesús no nos ha explicado en detalle cómo construir un mundo justo y solidario, del que la Iglesia debería (podría) ser profeta. Se niega a entrar en las disputas de los dos hermanos que se enfrentan ferozmente por cuestiones de herencia.

Así, el Evangelio nos sacude del aturdimiento para ayudarnos a vivir mejor, con sabiduría, no con necedad.

A prestar atención, a razonar en la dirección correcta. 

Dile a mi hermano

El simpático discípulo sabe algo de esto, ya que, esperando obviamente que Jesús le dé la razón, le involucra para convencer a su hermano de que le dé su parte de la herencia. He visto familias destrozarse por cuestiones de herencia. Quitarse las máscaras por unos pocos miles de euros (y antes fueron por pesetas). Entonces gana el prepotente, cede el débil y el conciliador.

Pero Jesús no se deja meter en el juego.

Somos capaces de entender por nosotros mismos lo que es justo.

No, gracias

Jesús rechaza la invitación a tomar partido.

No, gracias: podemos entender perfectamente por nosotros mismos lo que es justo hacer.

No, gracias: Dios nos ha creado lo suficientemente inteligentes como para resolver cualquier cuestión práctica.

No, gracias: dejemos de pedirle a Dios que haga lo que podemos hacer perfectamente por nosotros mismos.

No, gracias: Dios nos trata como adultos, evitemos considerarlo como un director que nos resuelve los problemas.

No, gracias: Dios no nos ata los zapatos, ni nos limpia la nariz como a los niños pequeños, ni nos resuelve los problemas que podemos resolver perfectamente por nosotros mismos.

El mundo tiene su propia armonía, su propia lógica, sus propias leyes que, en última instancia, dependen de Dios, pero que funcionan por sí mismas.

Dios no se levanta por la mañana para dar una vuelta a la manivela para que el mundo se ponga en marcha, lo creó lleno de inteligencia y belleza, y nos corresponde a nosotros descubrir sus leyes intrínsecas.

La actitud de la Biblia, a este respecto, es adulta y madura: reconoce en Dios el origen de todas las cosas, pero deja al hombre la capacidad de gestionar la creación. No es necesario hojear las Escrituras para saber qué es bueno para la economía, la justicia, la paz, la solidaridad, basta con escuchar nuestro corazón, nuestra conciencia iluminada. 

Codicia

Jesús aprovecha la pregunta para recordar a los dos hermanos, y a nosotros, una verdad incómoda: la codicia nos domina. El deseo de poseer, de controlar, de contener. Un deseo desenfrenado, loco, bulímico.

Poseer dinero, objetos preciosos, cosas de las que presumir, llamar la atención, hacerse ver, despertar interés, envidia.

Pero también poseer y controlar a las personas. Esposas, maridos, hijos, padres.

La codicia corre el riesgo de infectar nuestra visión del mundo. De hundirnos en la ansiedad, en el insomnio, como señala sabiamente el Qohélet, en la preocupación.

El mecanismo de la posesión es sutil.

Nunca he conocido a nadie, ni lo haré, que me diga explícitamente que vive para acumular. Siempre tenemos mil justificaciones: un nivel de vida más alto, la vejez, los imprevistos…

Y está bien, es comprensible.

Jesús no es un pobretón, no está en contra de los ricos, no es envidioso. 

Nos advierte: cuidado, discípulo, la riqueza promete lo que no puede cumplir. La felicidad. 

Solo Dios llena nuestro corazón. Solo Dios. 

Jesús, paradójicamente, es muy libre al respecto: no dice que la riqueza sea algo sucio. 

Solo dice que es peligrosa. Porque nuestro corazón está forjado para el infinito y solo el infinito, al final, puede satisfacerlo.

Despertemos, amigos. 

El pobre rico

Mirad al pobre hombre de la parábola: un gran trabajador, no se nos describe como deshonesto ni codicioso, al contrario, nos conmueve su preocupación por hacer fructificar bien sus ganancias para luego disfrutarlas en paz… Su muerte no es un castigo, sino un acontecimiento posible, siempre dentro del orden de la autonomía de las cosas mencionadas anteriormente.

Quién sabe: tal vez el exceso de estrés, el exceso de trabajo, el exceso de cigarrillos sean la causa de su muerte repentina, y no la acción de Dios.

Jesús nos advierte: la riqueza nos engaña haciéndonos creer que poseer servirá para llenar nuestro corazón.

Como leemos en la ácida reflexión del Qohélet también nosotros constatamos que es inútil afanarse por acumular riquezas que otros disfrutarán. Aceptando la invitación de Pablo, si realmente hemos encontrado a Jesús, el orden de nuestras prioridades ha cambiado profundamente.

La Palabra nos propone un gran examen de conciencia colectivo, sin hacernos sentir culpables, proponiéndonos la esencialidad en la gestión de las cosas de la tierra, la absoluta rectitud para quienes, en las comunidades, deben administrar el dinero al servicio del anuncio del Reino.

Vayamos a lo esencial, como nos pide el Señor, dejemos que sean las cosas importantes las que guíen nuestra vida, nuestras elecciones. 

Nuestro corazón no necesita dinero, sino otras riquezas muy diferentes, bienes inmensos, tesoros infinitos. La ternura de Dios.

Descubrir que somos amados por el Señor, y capaces de amar.

  1. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 3 de agosto de 2025

1.- La riqueza que nace del compartir.

2.- La riqueza que nace de la donación.

3.- Solo somos verdaderamente ricos en lo que damos.

4.- Pobreza y libertad: el bagaje de la vida.

5.- Si los bienes ahogan las relaciones.

6.- Ilusionados por los bienes, se pierde la vida verdadera.

7.- ¡Cuidado! – San Lucas 12, 13-21 –.

***

 Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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