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Con tu pan y copa en mis manos

jueves, 13 de abril de 2017
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Con tu pan y copa en mis manos

quiero recorrer los caminos y sendas

menos frecuentados de nuestra tierra.

Con tu pan y copa en mis manos

me siento invitado a ser buena noticia

entre mis hermanos y ciudadanos.

Con tu pan y copa en mis manos

comparto lo que tengo y soy

con alegría y sin pedir nada a cambio.

Con tu pan y copa en mis manos

salgo del cenáculo en el que estamos

a proclamar tu entrega y la Pascua que llega.

Con tu pan y copa en mis manos

quiero seguir horneando la vida entera

y compartirla antes que anochezca.

Con tu pan y copa en mis manos

levanto mesas para que nadie quede fuera

del banquete y fiesta que esperamos.

Con tu pan y copa en mis manos

quiero acercarme a los hambrientos de siempre

y saciar un poco sus necesidades más urgentes.

Con tu pan y copa en mis manos

no me importa el escándalo de compartir

y hacerme pobre siguiendo tus pasos.

Con tu pan y copa en mis manos

lavo y abrazo cuerpos desechos por nuestra avaricia

para ungirlos con tu perfume de resurrección y vida.

Con tu pan y copa en mis manos

las fronteras se vuelven tienda de encuentro

y el grito de los excluidos tu evangelio más claro.

Con tu pan y copa en mis manos

buscamos cenáculos a quienes andan perdidos

y revivimos tu vida y mensaje casi olvidados.

Con tu pan y copa en mis manos

anunciamos y denunciamos lo que hemos visto y oído

y nos sentimos dichosos de ser discípulos y hermanos.

Con tu pan y copa en mis manos

sentimos la presencia de tu reino que viene

como primicia gratuita y tarea urgente.

Con tu pan y copa en mis manos

no queremos perderte de vista aunque te vayas

y anhelamos comulgarte en todo hermano.

*

Florentino Ulibarri

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

Un obispo pide a la Iglesia de Brasil abrir el debate para que los laicos puedan presidir la Eucaristía

viernes, 3 de marzo de 2017
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images«Ojalá los obispos propongan ya soluciones valientes, que nos alejen del clericalismo»

Dom Demetrio Valentini, ante el problema de las comunidades sin Eucaristía y la corresponsabilidad

(Emilia Robles, Proconcil, con información de A12).- Nos ha llegado una interesante exhortación del obispo Dom Demetrio Valentini, con motivo de la reunión de la Asociación Nacional de Presbíteros de Brasil en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida. En ella, entre otras cuestiones, se retoma el problema de las comunidades sin Eucaristía y de la necesidad de incorporar a los laicos a una nueva forma de ministerio presbiteral. Hemos trabajado mucho sobre la propuesta del obispo Fritz Lobinger, que ustedes recordarán y que guarda una estrecha relación con lo que les exponemos a continuación.

Dom Demetrio Valentini es una de las figuras más valientes del episcopado brasileño, desde que era el obispo encargado de la Pastoral Social y presidente de Cáritas Brasileña. Ahora, como obispo emérito, está  libre para abordar temas congelados, proponer medidas de revisión  sobre disciplinas que se están volviendo obsoletas y  ser fiel a la evolución de la doctrina, como indicaba el gran John Henry Newman. Vive proféticamente en tiempos Francisco, el nuevo clima de una iglesia «semper reformanda». Así nos lo cuenta Elisangela Caballero

El obispo emérito de Jales, Dom Demetrio Valentini , dijo durante su homilía en el Santuario Nacional de Aparecida, en la mañana del martes (14) que la Iglesia en Brasil necesita reflexionar sobre la cuestión de los católicos que no tienen acceso a la Eucaristía con frecuencia. El obispo sugirió para resolver este problema la elección de laicos comprometidos en la vida de la comunidad para asumir esta tarea de presidir la Eucaristía. El obispo estaba en el santuario debido a la celebración del 25 aniversario de la Asociación Nacional de Presbíteros de Brasil.

«¿Somos una Iglesia que comparte el  pan, o una iglesia que somete a  sus comunidades a la escasez que lleva a su debilidad y a la propia disolución eclesial?», dijo el obispo, que hizo memoria de un discurso del Papa emérito Benedicto XVI en Aparecida durante el CELAM.

«Sin Eucaristía no hay comunidad cristiana. Así fue afirmado solemnemente aquí en esta basílica por el Papa Benedicto XVI en la apertura de la 5ª Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe. Sin Eucaristía no hay comunidad cristiana. Entonces, hace falta ahora comprobar qué consecuencias prácticas extraemos de esta verdad tan importante afirmada por el Papa. Y entonces entra de lleno, de nuevo, la cuestión presbiteral «, instó el obispo emérito.

En el centro de su reflexión, el obispo habló sobre la necesidad de la Iglesia para reflexionar sobre la realidad que afecta a muchas comunidades eclesiales, no sólo en Brasil, sino en muchos lugares del mundo: la falta de presbíteros para presidir la Eucaristía.

«Hoy en día la iglesia necesita escuchar las llamadas de las comunidades que expresan sus necesidades que deben ser atendidas, y ahí entra de nuevo en juego el tema presbiteral. Éste  necesita ser resuelto correctamente y para ello es urgente restaurar la visión ministerial del Vaticano II, «dijo.

El asunto ya fue  discutido por los Obispos de Brasil en la Asamblea y por el papa Francisco, pero necesita una mayor implicación y atención por parte de los miembros de la Iglesia, según el obispo, que fue categórico al dar su opinión sobre el tema.

«El  papa Francisco con su valor y, al mismo tiempo, prudencia,  solicitó la CNBB que  presentara un proyecto; sería una motivación para que se realizara con rapidez y dedicación. Personalmente, me permito aquí  expresar mi posición, muy consciente del poco peso que puede tener. La vida enseña a relativizar las aspiraciones personales y situarlas en el ámbito más amplio de la historia. No importa si no vemos realizados todos nuestros sueños, sobre todo ahora que como obispo emérito no mando nada. Pero no envío  a otros a decir. Me tomo la libertad de pedir a  la CNBB que agilice la discusión del problema , para que  la  cuestión de poder contar con presbíteros de la comunidad pueda  ir definiendo sus detalles, de manera que podamos organizar y poner en práctica la disposición del papa  Francisco de dar curso a  esta medida,  para que en este asunto que involucra profundamente la vida de la Iglesia, el Papa no se vea tal vez obstaculizado por la fuerza eclesial interna, sino que cuente con el apoyo claro de la CNBB, y en particular de los presbíteros de Brasil representados aquí hoy por la Asociación Nacional de Presbíteros de Brasil «, dijo.

Dom Demetrio llamó a estos laicos «presbíteros de la comunidad, en contrapartida de los «presbíteros diocesanos».

(Traducción: Emilia Robles)

Agradecemos a Dom Demetrio esta valiente aportación, con la esperanza de que su llamada tenga eco y siga ayudando a generar consensos y a abrir caminos. Y ahora, una reflexión que recoge inquietudes de muchas personas de esta red y que guarda relación con la cuestión de los ministerios

NO HAGAMOS DIFÍCIL LO QUE ES SENCILLO

En la última conferencia de Aparecida (Brasil), organizada por la  Comisión Episcopal de obispos de Latinoamerica y Caribe (CELAM) la llamada de Dios se hace sentir muy claramente.

Estamos llamados a ser discípulos misioneros. Si somos misioneros, pero no somos discípulos, seguidores de Jesús, seremos misioneros proselitistas, de algún conjunto de dogmas momificados (no actualizados), pero no nos sentiremos enviados por Aquel que vino a liberar a los pobres, a hacer que los ciegos vean, que los tullidos echen a andar…

Si somos de verdad discípulos (o al menos lo queremos ser) necesariamente seremos misioneros de una sola Misión: Anunciar el Evangelio, no ninguna doctrina ajena a este.

Desde esta perspectiva todo se aclara y se vuelve sencillo, lo pueden entender hasta los niños.

El Evangelio se vive en una doble dimensión: Jesús de Nazareth y la comunidad que se reúne en SU NOMBRE (no en el de los que dicen «Señor, Señor, sino en el de los que quieren que se haga la Voluntad de Su Padre, así en la Tierra como en el Cielo)

En esta perspectiva, los ministerios también están muy claros. Hay un ministerio principal que es la Diakonía (el servicio) con un ojo en el Evangelio, en el Reino que ha de venir y que de alguna manera ya está aquí y el otro ojo puesto en el pueblo de Dios, en la comunidad concreta.  Todos somos llamados a ese gran ministerio de servicio, que desemboca  en una actitud;  y de aquí se derivan todos los demás ministerios, basados en los dones y carismas que el Espíritu reparte y que siempre tienen que tener una referencia en las demandas y necesidades de la comunidad. Algunos serán ordenados por el obispo y otros serán no ordenados, pero no por ello menos importantes.

Esta comunidad ha de hacerse Eucaristía, en la vida cotidiana y en la celebración. Y ninguna comunidad cristiana puede serlo sin invitarse a vivir a diario y sin celebrar la Eucaristía.

Junto a este gran acontecimiento eucarístico que da centralidad al Misterio de la Vida- Muerte y Resurrección de Jesús y lo conecta con nuestras vidas,  hay otros ministerios que no son sólo de culto, sino que giran en torno a la Palabra, a la Caridad, al acompañamiento comunitario…

El Espíritu reparte sus dones entre los miembros de la comunidad y estos han de ponerse al servicio de la misma. No es posible que haya comunidad sin servidores inspirados por el Espíritu. Por lo tanto, la Iglesia de Jesús es una Iglesia «toda ella ministerial».

Si bien Jesús fue varón, (también fue judío, en una sociedad de hace 2000 años, hablaba en arameo, usaba sandalias, fue crucificado…) Pablo nos dice que en Cristo no hay hombre ni mujer, célibe ni casado, judío ni gentil… ¿Servirá esto para que de una vez por todas, no se siga discriminando a las mujeres y a los casados en su representación de Cristo, en el que quedan superadas todas las dualidades y limitaciones espacio-temporales?

¿Será que todas las Iglesias cristianas, menos los católicos romanos van a entender esta superación del espacio geográfico- histórico- temporal en el que vivió Jesús de Nazareth?  Iglesia católico romana, que -curiosamente, tan literal en algunos aspectos- no obliga al Papa a casarse y a tener suegra como San Pedro, pero limita el acceso de la mujer a la representación de Cristo, porque alegan que  Jesús fue varón.

A este respecto sólo una consideración. ¿Jesús, fue varón porque Dios se siente más representado a través de los varones, (nos morimos de pena, por la chapuza entonces de nuestro imperfecto Bautismo…) o es que, si hace 2000 años, en Judea, Dios se hubiera encarnado en una mujer, esta hubiera sido excluida y lapidada sólo poner su experiencia en conocimiento de sus convecinos (y no se habrían podido escribir los evangelios)? Sin embargo  Jesús se hace acompañar de su madre, de Magdalena, de María Salomé, es amigo de Marta y María… ¿No son acaso ellas servidoras de la comunidad como los varones, verdaderas discípulas misioneras, como es palpable en el anuncio de la resurrección que hace María Magdalena?

¡Cuidado, con esto, a pesar de nuestro énfasis que peude parecer descarado, fruto de nuestra convicción profunda, respetamos profundamente a quienes hoy dentro de la Iglesia piensan – legítimamente- de otra manera. Durante siglos hemos sido formados así…Y no hacemos una llamada a la desobediencia a lo que la Iglesia disponga en un momento histórico concreto, sino que invocamos el derecho de seguir pensando en voz alta lo que el Espíritu nos inspire; y hacemos una llamada a los teólogos y a las teólogas, biblistas y pastoralistas,  para que sigan legítimamente investigando y reflexionando!

Es legítimo y necesario urgirse a la reflexión crítica, porque ¿de quién es el mandato de  que las comunidades se han de quedar sin poder celebrar la Eucaristía, porque no se encuentran suficientes ministros que quieran ser célibes, imitando supuestamente a Jesús, que – por otros lado- no fue sacerdote del Imperio Romano, era un laico y celebró una única Eucaristía en su vida coincidiendo con su entrega a la Muerte por causa de la Vida más plena para todos, cuya Memoria celebramos ahora en nuestras Eucaristías?

El problema puede ser más acuciante en Brasil, pero también afecta a Europa. ¿Quién ha dicho que se tengan que estar cerrando parroquias en Europa e importando presbíteros de África, insertándose en una cultura y lenguajes que les son extraños y enajenándose de los problemas y necesidades de sus tierras de origen, porque envejecen y se acaban los curas célibes autóctonos?

¿Es que el Espíritu Santo ya no suscita vocaciones de presbíteros y diáconos en las comunidades, como en los tiempos de Pablo, o es que su acción pasa porque en que la Iglesia Católica Romana nos enfrentemos a nuestras propias contradicciones y miserias?

Ojalá los obispos propongan ya soluciones valientes, inspiradas en el Evangelio a la falta de Eucaristía en las comunidades, soluciones que nos alejen del clericalismo y nos ayuden a transitar por los caminos de una Iglesia más participativa y servicial.

Ojalá en el próximo Sínodo, sobre los jóvenes y su discernimiento vocacional, podamos escuchar con más libertad la voz del Espíritu, que derive en una Iglesia verdaderamente renovada, carismática y eucarística. Y algo, muy importante en este camino que es verdaderamente conciliar: que sepamos encontrar consensos, tender puentes, buscar lo que nos une antes de lo que nos divide y ser suficientemente libres para hacer caso al Espíritu más que a nuestras ideologías, temores particulares, o búsquedas de poder y de control.

Como siempre, quedamos abiertos a comentarios y sugerencias sobre el tema.

Fuente Religión Digital

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La comensalidad de los discípulos de Jesús

sábado, 23 de julio de 2016
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«Jesús se convierte en altar, víctima y sacerdote»

«El sacrificio de Jesús sostiene la celebración actual»

(Benjamín Forcano y Rufino Belasco).- Al comenzar este tema, confesamos que nos acompañan dos sentimientos importantes: primero, que no vemos que dentro de la cristiandad haya una disponibilidad general a entender la Cena de Jesús -que hoy llamamos Misa o Eucaristía- tal como El la vivió y nos la quiso transmitir. Y segundo que, de ser esto verdad, el reto que se nos plantea es enorme: cómo reintroducir en los ámbitos de la vida cristianas la visión originaria de Jesús.

Si uno está un poco familiarizado con la liturgia eucarística verá enseguida dos cosas: que es tema obsesivo el del sacrificio y el de que Jesús se convierte en altar, víctima y sacerdote. La Ultima Cena se reduce a «sacrificio», siendo Jesús la víctima santa e inmaculada , que nos redimió del pecado original y queda, por tanto, como víctima preparada por el Padre para la Iglesia.

Creemos que transcurre por ahí el meollo de la cuestión: la ideología de sacrificio. Y la pregunta inevitable entonces es ésta: ¿Si la Ultima Cena no es sacrificio, por qué y cómo se ha reducido históricamente a esa categoría? ¿Qué significa propiamente esa reducción? ¿Cómo habría que entenderla y qué reformas serían necesarias?

Cuatro consideraciones previas

1.La Cena pascual de Jesús

La pascua judía coincide con aquel mes de Nissan (Marzo-Abril) en que la naturaleza se libera de las cadenas del invierno y que el israelita asimila con la esclavitud , cadenas que los padres tuvieron que soportar en Egipto durante siglos.

Esclavitud y liberación son, pues, las piedras fundantes de Israel, una experiencia que requiere una continua travesía , de manera que ninguno olvide la alianza que Dios quiso establecer con un pueblo de esclavos. La cena pascual es la madre de todas las fiestas. El Exodo de Egipto indica la necesidad de una liberación permanente.

Jesús, en su pueblo de Nazaret, revivía cada año en familia esta fiesta de la liberación del Faraón. La celebran en casa, sentados, en torno a una mesa con parientes y amigos, con los elementos que les llevan a recordar la historia de la liberación. Tal comida no se celebraba en la sinagoga ni el templo, ni contaba con sacerdotes, ni con lecturas estandarizadas, gestos ritualmente definidos, hábitos o útiles «sagrados».

Hoy, sin embargo, la Eucaristía presenta una articulación estricta y meticulosa según el canon de cuanto en ella se desenvuelve. Y esto de manera uniforme, una y mil veces, por uno y mil sacerdotes, en todos los rincones de la tierra, y aunque se trate de una variedad infinita de personas, edades. situaciones, pueblos y culturas distintas.

La manera monóloga y ritualizada de entender la Eucaristía explicaría el hecho de que después de millones de Misas celebradas semanalmente en los cinco continentes, no acaezca nada nuevo en la sociedad, mientras la cena pascual de Jesús, teóricamente idéntica, ha marcado una vertiente en la historia de las religiones.

2.El Sacrificio de Jesús en el rito, clave de bóveda que sostiene el modo celebrativo de la Eucaristía actual

El concepto de sacrificio aplicado a la Eucaristía, subyace como base de un proceso histórico de la Iglesia, que condiciona la desigualdad entre sus miembros con la división entre clérigos y laicos y la sacralización de un poder destinado a mantener un orden y clases sociales.

Basta con recordar algunos textos del Magisterio elesiástico hasta el concilio Vaticano II: La comunidad de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales» (Constitución sobre la Iglesia, Vaticano I, 1870). – Por su misma naturaleza, la Iglesia es una sociedad desigual con dos categorías: la jerarquía y la multitud de fieles; sólo en la Iglesia Jerarquía reside el poder y la multitud no tiene más derecho que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores» (Pio X, Vehementer, 12.)

Estas ideas han arraigado profundamente en la cristiandad. Tan profundamente que aún hoy son guía y criterio de muchos.

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La Cena del Señor centro de la liturgia de la Iglesia

1º) La Cena de Jesús como sacrificio

El concepto de sacrificio reaparece como centro de la oración de la liturgia. He aquí tan sólo unos textos: -«Oh Señor, que te sea agradable nuestro sacrificio que hoy se cumple delante de ti» .-«Padre clementísimo, te suplicamos que aceptes estos dones, este santo e inmaculado sacrificio».- «En este sacrificio, oh Padre, nosotros tus ministros y tu pueblo santo, celebramos el memorial de la santa pasión del Cristo tu hijo». -«Mira con amor, oh Dios, la víctima que tú mismo has preparado para la Iglesia» (SC, 7).»Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios Padre todopoderoso».

El mismo concilio Vaticano II recoge esta tradición, aun cuando luego la modifique y enriquezca profundamente: «Nuestro salvador, en la última Cena, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con que perpetuara por los siglos , hasta su vuelta, el Sacrificio, memorial de su muerte y resurrección, y así confiara a su esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección; signo de unidad, vínculo de caridad , banquete pascual, en el cual se come a Cristo» (SC, 47).

2º) La interpretación dada a la Cena como sacrificio

Admitamos que la Ultima Cena sea un Sacrificio, ¿pero en qué sentido?
La historia de lo que le ocurrió a Jesús es muy simple: El es un profeta, se opone a toda ley inhumana, repudia el rumbo exhibicionista de una religiosidad interesada en las apariencias, propone una nueva imagen de Dios como Bondad sin fín y sin discriminaciones, ataca el objeto más sagrado para el israelita, el Templo, asociado a mercado y cueva de bandidos, hace el bien en modo y tiempos no oficiales, atestigua con autoridad que en el Reino del Padre entran primero los samaritanos que los fariseos, las prostitutas primero que los justos, los que han padecido primero que los que han gozado, los bondadosos de corazón primero que los poderosos, los operadores de la paz y de la justicia primero que los mojigatos que sacrifican animales.

Ciertamente, Jesús no dice que va a morir por los pecados del mundo, sino que es espiado, perseguido y condenado por blasfemo y sedicioso. Se ha hecho hijo de Dios y es un revolucionario político que pone en peligro la legitimidad del Gobenador romano. Y, para estos casos, las autoridades reservan la crucifixión.

3º) El sacrificio de los fieles

La ideología del sacrificio deforma ciertamente la figura histórica de Jesús y también de los congregados en su nombre en la asamblea de los fieles.

En la Cena última, Jesús trata de que los discípulos aprendan a hacer lo que él hizo, volviéndose disponibles y serviciales para que otros se beneficien. Es una cena pedagógica, internamente estimuladora.

La Eucaristía de hoy es, por lo general, impositiva, hay que limitarse a escuchar, repetir y hacer mecánicamente cuanto está reglamentado. La relación entre el sacerdote y la asamblea es vertical. Un único actor en escena, varón y ordenado, célibe, sentado sobre un trono, separado de los «súbditos», y detrás del altar sacrificial, incapaz de intercambiar con los otros sus experiencias, por lo que lógicamente acaban por sentirse extraños los unos a los otros. La imagen del celebrante arriba y de los fieles abajo, visibiliza la separación de ambos polos. A través del rito se sanciona, en nombre de Dios, la disyunción irreparable entre quien retiene el poder de la palabra y quien está privado de ella; entre quien ordena y obedece; entre quien está sobre y quien está abajo; entre quien está sentado en un trono y quien es siervo.

5º) ¿Tran-sustanciación del pan o de los cristianos?

Primero. El concilio de Trento es taxativo: «En la Eucaristia, después de la consagración del pan y el vino, Jesucristo se contiene verdaderamente, realmente y sustancialmente bajo la apariencia de esas cosas sensibles».

Son dos las condiciones para que Jesús descienda a la Asamblea: 1.Que esté la materia (pan y vino de uva). 2.Y que haya un celebrante (ordenado, célibe y varón).

Si el sacramento no es administrado por un sujeto «ordenado» tal sacramento no se da. Paradójicamente, la Misa es nula si se celebra por una comunidad reunida en nombre del Señor pero sin un sacerdote. Y es válida si se celebra por un célibe «consagrado» de una forma absolutamente privada. Leer más…

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Plegaria para la comunión.

viernes, 1 de julio de 2016
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plegaria

Padre nuestro, te damos gracias una vez más por el don de la vida
y por la fe que nos inspira Jesús de Nazaret,
el hombre que más fielmente nos habla de ti

Jesús nos enseña a alabarte, a reconocerte en cada pequeña cosa, en lo más cotidiano como compartir nuestro tiempo, nuestro pan, nuestro techo.

Él nos recuerda que Tú, Abba, estás cerca, y que la confianza en ti es la llave de la puerta para entrar en la Vida. Sabemos que tu reinado ya ha comenzado a gestarse en nuestra historia humana y en nuestras vidas personal y comunitaria.

Nos reunimos para celebrar, para encontrarnos contigo, dejarte hacer en  nuestras vidas ese proyecto, ese sueño con el que comenzó tu creación. Todos en todos, para todos, y con todos, en una Comunión sin fisuras que nos permite gozar la vida que tú nos regalas cada día.  ¿Qué es la vida, Abba, sino este encuentro?

Es Jesús quien nos anuncia el camino de la Verdad, la vida plena y bienaventurada de quien es pobre, quien llora ante las injusticias, quien tiene un corazón de niño, humilde y pobre, confiado y limpio.

Jesús nos impulsa con su vida a servir como Él, a amarnos como Él nos ha amado, a cuidarnos unas personas a otras. Es con su Presencia entre nosotras como saltamos por encima de nuestro egoísmo y nuestra mediocridad para entregar la vida en el silencio, en lo oculto, en el anonimato de su corazón. Por eso traemos su cuerpo hecho Pan entregado, que nos fortalece y nos llena de vida abundante.

(Canto que invite a abrirnos a su Presencia)

Ante Ti Jesús se nos desprende el miedo que nos paraliza, que nos bloquea o aísla porque tú eres la Vida. Con tu entrega hasta el final refuerzas nuestra fe a veces vacilante en la vida más allá de la muerte. Ante ti lo oscuro se hace claro y la tormenta se vuelve calma y serenidad. Ante ti se desvelan las injusticias, esas que hacen daño a nuestros hermanos. Contigo buscamos los nuevos caminos que nos invitas a recorrer.

Desde esta comunidad que se ha reunido en tu Nombre, tenemos presentes a las personas sencillas que creen en Ti, esas que son tus favoritas. También  a quienes se comprometen en tu servicio, a quienes se preocupan por animar las comunidades creyentes, al obispo de Roma.

Llevamos en el corazón a las personas perseguidas por creer en Ti, quienes sufren burla, tortura, o muerte.

A todos, haznos pacientes en la esperanza, para no desfallecer;
lúcidos en la fe, para evitar el fanatismo;
y bondadosos en la acción, porque sólo el amor nos salvará.

Y ahora te alabamos con un solo corazón diciendo:

POR CRISTO……

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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«Renovar la Iglesia es hacer actual el «recuerdo peligroso» de Jesús», por José Mª Castillo

jueves, 9 de junio de 2016
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IGLESIA FANOLeído en su blog Teología sin Censura:

Si la Iglesia quiere renovarse en serio y a fondo, una de las primeras cosas que tendría que hacer es renovar en serio y a fondo el recuerdo de Jesús. No meramente recordando lo que sucedió cuando Jesús andaba por el mundo. Sino actualizando lo que ocurrió entonces. Es decir, la liturgia tiene que celebrarse de tal manera que se haga presente, en lo que vivimos ahora, lo que Jesús vivió, hizo y decidió cuando estaba en esta vida. Concretamente lo que ocurrió la noche aquella en que cenó, por última vez, con el grupo de personas que le acompañaron y compartieron lo que él vivió y cómo lo vivió. En aquella ocasión, Jesús dijo: “Haced esto en recuerdo mío” (1 Cor 11, 24. 25; Lc 22, 19). Lo cual quería decir: “Haced esto para que me tengáis presente”, como en seguida explicaré.

Lo que acabo de indicar se basa en un presupuesto previo: la última cena de Jesús con sus discípulos no fue un ritual religioso. El ritual de la “cena pascual” que celebran los judíos, con motivo del pèsaj, la fiesta del cordero, que marcó el punto de partida de la liberación de los judíos esclavos en Egipto (Ex 12). Por supuesto, sabemos que, según los evangelios sinópticos, la última cena fue la cena de Pascua (Mc 14, 12; Mt 26, 17; Lc 22, 7). Pero el evangelio de Juan, que se escribió después que los sinópticos, puntualiza este dato capital indicando que la cena se celebró antes de la Pascua (Jn 13, 1; 18, 28), de forma que Jesús murió el día de la Preparación de la Pascua (Jn 19, 14; cf. 19, 31. 42). Y san Pablo, que nos ha conservado el recuerdo más antiguo de la cena, ni menciona la Pascua (1 Cor 11, 23). Además, en ninguno de los relatos de la Cena se menciona el cordero pascual, ni se habla de las hierbas amargas, ni hay alusión alguna a los mazzen, ni de la haggadà, ni del primer hallel, ni se mencionan las cuatro copas que eran esenciales en el ritual judío de la Pascua. No hay, pues, traza ni indicio alguno de que allí se estuviera celebrando un ritual sagrado (Ulrich Luz, El evangelio según san Mateo, vol. IV, Salamanca, Sígueme, 2005, 138-139).

Ahora bien, si aquello no fue un “ritual sagrado”, sino una “cena”, en la que se vivieron una serie de experiencias muy fuertes, cuando Jesús les dice a sus “amigos” (Jn 15, 14-15): “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 25) o sea,”Haced esto para que me tengáis presente”, sin duda alguna, el término “esto” (toûto) engloba la cena entera, no únicamente el pan, sino el conjunto de experiencias vividas allí aquella noche (François Bovon, El evangelio según san Lucas, vol. IV, Salamanca, Sígueme, 2010, 282-283). Hacer lo que allí dijo Jesús no es repetir rutinariamente un ritual, sino actualizar (hacer presente y operante hoy) lo que allí se vivió aquella noche. El “recuerdo”, la “anamnêsis”, según la raíz original zkr, quiere decir “hacer presente el pasado” (H. Patsch, en Diccionario Exegético del Nuevo Testamento, vol. I, Salamanca, Sígueme, 2005, 251-254).

Pero, ¡atención!, estos datos no son meras matizaciones – por lo demás, muy elementales – de erudición. Nada de eso. Aquí se juega el ser o no ser de la autenticidad o del fracaso de lo que Jesús quiso. Sabemos que Jesús no fue amante, ni practicante de ritos, ceremonias, altares y templos. Jesús centró sus preocupaciones en tres cosas: el “sufrimiento humano” (curaciones), la “alimentación compartida” (comidas y comensalía, sobre todo con pobres y pecadores), las “relaciones humanas” (sermón del monte, en Mt, o de la llanura, en Lc). Al proceder así, Jesús desplazó la religión: la sacó del templo, la disoció de los “rituales” y la puso en el centro y en el conjunto de la “vida”.

Aquí y en esto está la clave y el secreto de todo lo demás. ¿Por qué? Porque hoy está sobradamente demostrado que los ritos constituyen un factor tan importante en la pervivencia de las sociedades humanas, que, desde hace incontables generaciones, los ritos (religiosos, políticos, sociales…) son decisivos en la integración o exclusión del individuo en la sociedad y, en general, en el sistema establecido (Walter Burkert, La creación de lo sagrado, Barcelona, Acantilado, 2009, 60 ss; ID., Homo necans, Barlona, Acantilado, 2013, 50-61). Pero no se trata de esto solamente. Porque los ritos integran al sujeto en el sistema de tal forma, que, al mismo tiempo que el sujeto hace suyos los valores del sistema, por otra parte, esos mismos ritos no modifican la conducta del sujeto que los cumple. Concretamente, un piadoso creyente se puede pasar cuarenta años comulgando a diario, y al cabo de ese tiempo sigue teniendo los mismos defectos que tenía el día que inició su comunión diaria. Y es que el ritual, por sí solo, no solamente no modifica la conducta, sino que además tiene la virtualidad de tranquilizar la conciencia del observante.

Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando afirmó en la Cena: “Haced esto en memoria de mí”? No se refería simplemente a repetir lo que llamamos ahora “las palabras de la consagración”. Porque esta referencia al recuerdo o memoria (anamnêsis) lo introdujo san Pablo (1 Cor 11, 24. 25), del que depende el relato de Lucas (22, 19), para motivar a la comunidad de Corinto, al decirles a aquellos cristianos que lo que ellos hacían – y tal como lo hacían -, en realidad aquello ya no era la Cena del Señor. Literalmente: “eso ya no es comer la Cena del Señor” (“oúk éstin kyriakòn deipnon phagein”) (1 Cor 11, 20) (H. Patsch, o. c., 252-254). O sea, en Corinto, realizando exactamente el rito, realmente no celebraban la eucaristía. ¿Por qué? Porque la comunidad de Corinto estaba dividida. No por ideas teológicas, sino por la forma de vida que llevaban. Concretamente, porque allí había ricos y pobres. Y cuando se reunían para la eucaristía, los ricos comían hasta emborracharse, mientras que los pobres se quedaban con hambre (1 Cor 11, 21). Es decir, lo que pasaba en Corinto es que allí se repetían las palabras del Señor, pero allí no había una comunidad unida en la que quienes tenían dinero y comida lo compartían con los demás. Cada cual iba a lo suyo. Y Pablo afirma: donde hay división entre ricos y pobres, por mucho y muy bien que se repitan las palabras de Jesús, en realidad la memoria de Jesús está ausente. No se recuerda a Jesús. En esas condiciones, se dirá misa, pero allí no está Jesús. (J. D. Crossan, J. L. Reed, En busca de Pablo, Estella, Verbo Divino, 2006, 398-405).

Conclusión: la Eucaristía no consiste en “decir misa”, observando exactamente lo que manda la Sagrada Congregación de Ritos (o del Culto divino). Se puede hacer eso y no celebrar la Cena que quiso Jesús. Y tal como la quiso Jesús: haciéndonos esclavos unos de otros (Jn 13, 12-15), queriéndonos unos a otros, como él nos quiso (Jn 13, 33-35), mojando todos en el mismo plato, como él lo hizo (Jn 13, 20). Celebrar la Eucaristía no es repetir literalmente un “ritual”. Eso es una misa que nos tranquiliza (incluso nos da devoción). Pero eso no es lo que instituyó y quiso Jesús: el “recuerdo peligroso” (J. B. Metz, La Fe en la historia y en la sociedad, Madrid, Cristiandad, 1979, 100-102; 210-211), que hace actual la subversión de esos presuntos valores que se sostienen repitiendo los ritos. Lo que instituyó Jesús fue un “proyecto de vida”, que se expresa simbólicamente y que hace presente la persona y la vida de Jesús, en nuestras vidas y en nuestra sociedad. El día que resulte más “peligroso” ir a misa que acudir a una manifestación, ese día empezará a ser cierto que celebramos la Cena del Señor, en la que los cristianos vivimos la presencia, en el recuerdo vivo, de aquel Jesús que “aceptó la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado” (G. Theissen, El movimiento de Jesús, Salamanca, Sígueme, 2005. 53). Entonces será cierto y la gente palpará que la misa no es un mero “rito”, sino un “recuerdo peligroso”.

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La plenitud humana consiste en darse

martes, 31 de mayo de 2016
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8461417851_acfffa0646_zEscrito por 

Lc 9, 11-17

Es muy difícil no caer en la tentación de decir sobre la eucaristía lo políticamente correcto y dispensarnos de un verdadero análisis del sacramento más importante de nuestra fe. Son tantos los aspectos que habría que analizar, y tantas las desviaciones que hay que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto el mensaje original del evangelio, que lo hemos convertido en algo totalmente ineficaz para llevarnos a una verdadera vida espiritual. Para recuperar el sacramento debemos volver a la tradición. Lo malo es que para algunos acaba en Trento.

Lo último que se le hubiera ocurrido a Jesús, es pedir que los demás seres humanos se pusieran de rodillas ante él. Él sí se arrodilló ante sus discípulos para lavarles los pies; y al terminar esa tarea de esclavos, les dijo: “vosotros me llamáis el Maestro y el Señor. Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros tenéis que hacer los mismo”. Esa lección nunca nos ha interesado. Es más cómodo convertirle en objeto de adoración, que imitarle en el servicio y la disponibilidad para con todos los hombres.

Hemos convertido la eucaristía en un rito puramente cultual. En la mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que, si pudiéramos, nos quitaríamos de encima. Se ha convertido en una ceremonia rutinaria, que demuestra la falta absoluta de convicción y compromiso. La eucaristía era para las primeras comunidades el acto más subversivo que nos podamos imaginar. Los cristianos que la celebraban se sentían comprometidos a vivir lo que el sacramento significaba. Eran conscientes de que recordaban lo que Jesús había sido durante su vida y se comprometían a vivir como él vivió.

El mayor problema de este sacramento hoy, es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente la esencia de la eucaristía, que es precisamente su aspecto sacramental. Con la palabreja “transustanciación” no decimos nada, porque la “sustancia” aristotélica es solo un concepto que no tiene correspondencia alguna en la realidad física. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son ritos mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

El signo.- Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda la capacidad de comunicación, que los seres humanos hemos desplegado, se realiza a través de signos. Todas las formas de lenguaje no son más que una intrincada maraña de signos. Con esta estratagema hacemos presentes mentalmente las realidades que no están al alcance de nuestros sentidos. Ahora bien, todos los sonidos, todos los gestos, todos los grafismos, que sirven para comunicarnos, son convencionales, no se pueden inventar a capricho. Si me invento un signo que no dice nada a los demás, será solo un garabato.

El primer signo es el Pan partido y preparado para ser comido, es el signo de lo que fue Jesús toda su vida. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El pan se parte para re-partirlo, y comerlo, es decir, el signo está en la disponibilidad de poder ser comido de inmediato. Jesús estuvo siempre preparado para que todo el que se acercara a él pudiera hacer suyo todo lo que él era. Se dejó partir, se dejó comer, se dejó asimilar; aunque esa actitud tuvo como consecuencia última que fuera aniquilado por los jefes oficiales de su religión. La posibilidad de morir por ser como era, fue asumida con la mayor naturalidad. Esto indica la calidad de su actitud vital.

El segundo signo es la sangre derramada. Es muy importante tomar conciencia de que para los judíos, la sangre era la vida misma. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. Tenían prohibido tomar la sangre de los animales, porque como era la vida, pertenecía solo a Dios. Con esta perspectiva, la sangre está haciendo alusión a la vida de Jesús que estuvo siempre a disposición de los demás. No es la muerte la que nos salva, sino su vida humana que estuvo siempre disponible para todo el que lo necesitaba. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial. Se trata de una connotación secundaria que no añade nada al verdadero significado del signo.

La realidad significada.- Se trata de una realidad trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Por eso tenemos necesidad de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí, porque no tenemos otra manera de acceder a esas realidades. Esas realidades son eternas y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios como don. En el don total de sí mismo descubrimos a Dios que es Don absoluto y eterno.

El primero y principal objetivo al celebrar este sacramento, es tomar conciencia de la realidad divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Toda celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este objetivo, se convierte en completamente inútil. Celebrar la eucaristía pensando que me añadirá algo (gracia) automáticamente, sin exigirme la entrega al servicio de los demás, no es más que un autoengaño. Nos hemos conformado con realizar el signo sin tener en cuenta que un signo que no nos lleva a lo significado, es un garabato.

En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR. El Amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total, Amor total, sin límites. Al comer el pan y beber el vino consagrados, estoy completando el signo. Lo que quiere decir es que hago mía su vida y me comprometo a identificarme con lo que fue e hizo Jesús, y a ser y hacer yo lo mismo. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando “como a Jesús”, sino cuando me dejo comer, como hizo él.

El ser humano no tiene que liberar o salvar su «ego», a partir de ejercicios de piedad, que consigan de Dios mayor reconocimiento, sino liberarse del «ego» y tomar conciencia de que todo lo que cree ser, es artificial y anecdótica y que su verdadero ser está en lo que hay de Dios en él. Intentar potenciar el “yo”, aunque sea a través de ejercicios de devoción, es precisamente el camino opuesto al evangelio. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestra religiosidad que solo pretende acrecentar el yo, y no solo aquí y ahora sino para siempre.

La comunión no tiene ningún valor si la desligamos del signo sacramental. El gesto de comer el pan y beber el vino consagrados es el signo de nuestra aceptación de lo que significa el sacramento. Comulgar significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que ES Jesús. Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me pueda necesitar. Es una pena que en estos días en que se celebran tantas primeras comuniones, hagamos pensar a los niños que lo importante es comulgar, sin hacerles ve que lo importante es celebrar la eucaristía en la que por primera vez, van a participar plenamente.

Todas las muestras de respeto hacia las especies consagradas están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia. A Jesús hay que descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquél a quien puedo ayudar a ser él mismo, sabiendo que esa es la única manera de llegar a ser yo mismo.

Meditación-contemplación

La Única Realidad es el Amor (Dios) que está en ti.
Los signos son solo medios para llegar a la realidad significada;
Pero son indispensables para nosotros los humanos.
Lo esencial es descubrir esa Realidad y vivirla.
……………………

Si descubro que ese AMOR me identifica con Él,
mi verdadero ser ya no soy yo sino Él.
Mi actuar no será ya mío, sino el de Él.
Solo por ese camino entraré en la dinámica del amor.
………………

En cada eucaristía que celebre,
debo sentir dentro de mí, lo que se significa en el rito.
Al comulgar, manifiesto y fortalezco la intención
de ser como Jesús, pan que se deja comer.
………………

Fray Marcos

Fuente Fe adulta

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Eucaristía

lunes, 30 de mayo de 2016
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Del blog de la Comunidad Anawin:

Padova pride Village 3

Amor de Ti nos quema, blanco cuerpo;
amor que es hambre, amor de las entrañas;
hambre de la Palabra creadora
que se hizo carne; fiero amor de vida
que no se sacia con abrazos, besos,
ni con enlace conyugal alguno.
Sólo comerte nos apaga el ansia,
pan de inmortalidad, carne divina.
Nuestro amor entrañado, amor hecho hambre,
¡oh Cordero de Dios!, manjar te quiere;
quiere saber sabor de tus redaños,
comer tu corazón, y que su pulpa
como maná celeste se derrita
sobre el ardor de nuestra seca lengua:
que no es gozar en Ti; es hacerte nuestro,
carne de nuestra carne, y tus dolores
pasar para vivir muerte de vida.
Y tus brazos abriendo como en muestra
de entregarte amoroso, nos repites:
«Venid, comed, tomad: éste es mi cuerpo!»
¡Carne de Dios Verbo encarnado encarna
nuestra divina hambre carnal de Ti!

*

Miguel de Unamuno

050319090901

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Hacia un idolatría de la Eucaristía.

domingo, 29 de mayo de 2016
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lidolatrie-de-leucharisrie[…] El mismo Cristo  debe asfixiarse en nuestros ostensorios de oro, en nuestros cálices incomparables, en nuestros copones incrustados de joyas, Él quiso sólo la paja del Pesebre o la madera de la cruz. El culto exagerado de la Eucaristía tiende a hacer de nuestras iglesias templos paganos.

Louis Evely
*

Condúceme de lo irreal a lo real, condúceme de las tinieblas a la luz, condúceme de la muerte a la inmortalidad.

Brihadaranyaka Upanishad
*

Una liturgia sin compromiso místico

Los faraones de Egipto han sido divinizados y los monumentos no dejan de representar su investidura divina. Cuando, más tarde, Alejandro el Grande conquistó Egipto, no creyó que pudiera asegurar su dominación sobre las colonias sin hacerse reconocer como Dios. Del mismo modo los emperadores romanos, para consolidar la unidad de su imperio, aceptaron, luego finalmente impusieron, esta divinización de Roma y de su persona.

Pero esta divinización del faraón provocaba también, casi necesariamente, la “faraonización” de dios. Había una simbiosis, una suerte de comunidad de vida en la que las reacciones eran recíprocas y, finalmente, la imagen de la divinidad se amoldaba a la del faraón divinizado.

¿Hasta qué punto esta situación ha sido reproducida a lo largo de los siglos, incluso en el pensamiento de Israel? ¿En qué medida nuestra liturgia no guarda vestigios de este intercambio ambiguo entre la realeza terrestre y la realeza divina? ¿Hasta qué punto incluso el concepto de la realeza divina no es simplemente una emanación de la realeza humana?

¿En qué medida, en Bizancio, la liturgia de Palacio y la liturgia de Santa Sofía no coincidían en una misma imagen, donde la realeza divina y la realeza humana se confundían de nuevo?

Y en qué medida nuestra liturgia no es todavía una supervivencia de las liturgias reales que no comprometen nunca el fondo del alma? ¿No podemos pensar, a veces, que en nuestra misma liturgia, se trata de rendir homenaje a un soberano, de procesiónar alrededor de su altar, de erigirle un santuario dedicado a él, y una vez hecho esto, queda con Dios, todo esto que puede realizarse y celebrar sin ninguna especie de compromiso místico?

Algo extremadamente peligroso

Es evidente que, si el hombre de la calle es tan a menudo completamente extraño a lo que pasa en nuestras iglesias, es porque no pasa allí ningún acontecimiento susceptible de tocarlo aunque sea un poco. El no se siente allí de ninguna manera alcanzado y concernido a lo más íntimo de él mismo.

Hay una religión aparente que  no asume compromiso profundo. Esto es extremadamente grave, y podemos preguntarnos hasta qué punto esto no es a causa de la Eucaristía que llegamos a una confusión tan radical sobre la esencia misma del mensaje de Jesús.

Una especie de materialismo religioso, el peor de todos; puede trágicamente establecerse alrededor de la Eucaristía; tenemos un catalizador de paladio, un pararrayos celeste, sobre la casa, podemos dormir tranquilo, Dios está allí en su cajita y lo tenemos constantemente a nuestra disposición.

¿Nos hemos cuestionado suficientemente sobre  el valor de nuestras comuniones? ¿sobre el valor de esos niños? ¿Qué producen? ¿Qué cambian?

En las comuniones sin compromiso, donde se cuenta con el opus operatum (un efecto producido infaliblemente por el hecho de que se recibe el sacramento), en las comuniones donde mecánicamente se debe ser santificado porque se abrió la boca o se tendió la mano para recibir la hostia: hay allí algo extremadamente peligroso porque no se ve en absoluto toda la exigencia que está en la base de una conversión verdadera, y que supone a un nuevo nacimiento; no vemosen absoluto la exigencia de la comunión que implica esta transformación radical donde se pasa del mí posesivo al mi oblativo. Incluso, ¿cuántos sacerdotes  que celebran la misa cada día todavía pueden, quizá, estar todavía allí?

Resituar la Eucaristía en la perspectiva evangélica

Debemos pues resituar la Eucaristía, hay que situarla allí dónde la vida de la Iglesia debe encontrar su unidad, hay que situarla en su sitio, es decir en la perspectiva evangélica que se nos impone en los últimos encuentros del Señor con sus discípulos.

La última consigna que resuena en todas las páginas delrelato joánico, es que os améis unos a otros como yo os he amado. Y esta consigna es también el criterio que hace reconocer a los discípulos de Jesús: ” en esto os reconocerán que sois mis discípulos, si os amais los unos a los otros.

Y para dar una lección a sus discípulos, Jesús les lavó los pies. “Esto es lo que es amar a tu prójimo: lo que he hecho es para que hagáis vosotros lo mismo los unos a los otros».

Por extraño que pueda parecer, la Eucaristía parece haber desaparecido, ni siquiera se nombra en este lugar, ¿por qué? Debido a que está implícita en esta mandato (lavatorio de los pies). Está implícitamente contenida en el mandato y en la consigna final del Señor: “Amaos los unos a los otros”, ya que es exactamente la misma cosa.

“Os conviene que yo me vaya “

Recordemos las trágicas palabras de Jesús en el discurso después de la Última Cena: “Es bueno que yo me vaya porque, si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo, no vendrá a a vosotros”. ¿Cómo no ver en estas palabras la confesión de un fracaso? Jesús nunca convirtió a nadie … ¡a nadie! Ni la muchedumbre, ni los sacerdotes, ni las autoridades, ni Herodes ni sus discípulos, ni incluso el discípulo amado que se dormirá como los otros enseguida en el Jardín de la Agonía: no ha convertido a nadie.

Y la llamada suprema que les dirige  a sus discípulos en el lavamiento de los pies se quedará sin eco: no comprenden que el reino de Dios está dentro de ellos mismos.

No comprenderán que es para hacer nacer este reino interior que Jesús se arrodilla delante de ellos para lavarles los pies, y no comprenden  que es para arrancar la piedra de nuestros corazones que Jesús muere sobre la cruz. Y la última pregunta que le harán a Jesús justo antes de la Ascensión será significativa de esta total  incomprensión.

¡La humanidad de Jesús debe pues desaparecer! Y es sólo en lo invisible, en el fuego del Pentecostes, como encontrarán a su Maestro como una presencia interior, no lo verán en lo sucesivo ya más delante de ellos sino dentro de ellos, y es en aquel momento cuando lo reconocerán. ¿Podemos desde entonces imaginar un solo instante que Nuestro Señor nos haya dado la Eucaristía para que refabriquemos con este sacramento un culto idolátrico, para que pudiéramos poseerlo allí, al alcance de nuestra mano, encerrándole en una caja para que nos pertenezca? ¿ Podemos concebir un materialismo igual por parte del Señor? ¿Cómo podemos imaginar que les hubiera robado su presencia visible a los Apóstoles para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si pudiéramos disponer de Dios como el resultado de un objeto? Es absolutamente imposible, es exactamente lo contrario que sucede cuando Jesús nos da la Eucaristía.

*

Maurice Zundel

La Rochette, 1963

(Fuente)

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En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

«Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado

Él les contestó:

«Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron:

«No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.»

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

«Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron.

Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

*

Lucas 9, 11b-17

***

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Jueves Santo: Memoria de Jesús, amor concreto (lavar los pies, dar de comer…)

jueves, 24 de marzo de 2016
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hospederia-monasterioDel blog de Xabier Pikaza:

Jueves Santo es el día de la Memoria de Dios, que se ha hecho presente en Jesús, aquel que habiendo amado a los suyos les amó hasta el extremo, es decir, hasta el fin, como dice Jn 13, 1. Así lo recoge la liturgia de este día, centrada en tres signos:

Primera memoria: Lavatorio de pies, servir a los demás. No es sólo acogerles en casa y enseñarles (en la línea de la tercera obra de misericordia de Mt 25, 31-36: acoger al extranjero, vestir al desnudo), sino también servirles, para que así puedan estar limpios, con vestido digno, esto es, con dignidad. Cuando estos días nos llegan las imágenes de las mil pateras perdidas en los mares, con el barrizal de Idoumene, recordamos lo que significa acoger, lavar los pies, la memoria de Jesús…

Segunda memoria: Cena fraterna… Esto es mi Cuerpo… Lavados los pies, acogidos en casa, los hermanos pueden comer… como hace Jesús con sus amigos, abriendo una mesa que empieza siendo de Doce, porque doce son todo el mundo, todas las tribus de Israel y de la tierra. Este día recordamos algo muy especial: La comida ha de ser de pan y vino, es decir, de alimentos materiales…(conforme a las dos primeras obras de misericordia de Mt 25, 31-46: Dar de comer, dar de beber…).Pero Jesús añade algo todavía más especial, que tendemos a olvidar: Sólo podemos dar de comer dando algo que es nuestro, nuestro propio cuerpo, nuestra propia vida. No podemos cenar Jesús, con Jesús, como Jesús si no convertimos nuestro cuerpo y nuestra sangre en comida para los demás.

Tercera memoria: Haced esto en memoria de mí, los hombres y mujeres del recuerdo… Es decir, lavaos los pies, acoger a los demás, dar de comer. Conforme a la tradición de la Iglesia, instituyendo la acogida (lavatorio de pies) y la comida fraterna (dar de comer, el propio cuerpo), Jesús instituyó la nueva gran función cristiana: Los hombres y mujeres de la memoria…, aquellos que mantienen vivo, de un modo especial, el recuerdo y la tarea de Jesús.

Esos hombres y mujeres de la memoria son en un sentido los presbíteros y obispos, pero lo son, de un modo aún más directo todos aquellos que acogen y visten, que lavan, cuidan y alimentan a los demás, realizando así la tarea de Dios sobre la tierra. Así lo indicaré brevemente este Jueves, gran día del recuerdo de Cristo:

1. Esa memoria de Jesús la mantiene en un plano la iglesia ministerial llamada “jerárquica”, los obispos y presbíteros, aquellos que hoy presiden de un modo especial la Eucaristía del Amor Fraterno, en los cuatro extremos de la Iglesia. Hombres de memoria son, se les tiende a llamar sacerdotes, gran función siguen teniendo, gran tarea, abierta al lavatorio de pies, a la acogida y comida fraterna… Por ellos empezamos rogando este día.

2. Esa memoria de Jesús la cultivan también los hombres y mujeres de la interioridad, de la contemplación profunda de Jesús, misterio de Dios… No hace falta que sean contemplativos “oficiales” (monjes, monjas…), aunque es bueno que algunos lo sean… Todos hemos de ser hoy contemplativos, para descubrir por dentro y cultivar el gran misterio de la vida que es don, que es regalo, que es presencia. Memoria de Dios somos en Cristo, memoria compartida, es bueno que lo separamos y lo cultivemos, en un mundo que corre el riesgo de convertirlo todo en puro espectáculo externo. Por estos hombres y mujeres de memoria seguimos hoy rogando.

82854873. La memoria de Jesús la imprimen en sus manos y en su espalda, de un modo muy concreto, los “costaleros”, aquellos que llevan las imágenes del Cristo por las calles de mil ciudades del mundo, especialmente en lugares como España…Esos costaleros llevan hoy la imagen de Jesús, pero no pueden olvidar que la verdad de Jesús no está en su imagen, sino en su verdad: es decir, en los pobres y excluidos de la vida, los hambrientos y enfermos, los extranjeros y desnudos.

4. Pero hoy recordamos, de un modo aún más concreto y universal, a los verdaderos costaleros de Dios, hombres y mujeres de la memoria de Jesús, los que siguen haciendo de un modo directo lo que él hizo; éstos son los hombres y mujeres de la caridad, aquellos que abren cauces y caminos de servicio mutuo, dar de comer, dar de beber, acoger, vestir… en nombre de Jesús, el nombre de la humanidad. Así lo seguiré indicando de un modo más concreto en las reflexiones que siguen.

La primera imagen (con la última) ofrece un detalle y la visión de conjunto del Gran Mosaíco de Mahourrek, que presidía nuestro comedor conventual de Poio, Pontevedra, donde he comido y conversado largos años.

Las otras imágenes recogen el recuerdo de esa reunión de algunos voluntarios de la memoria de Jesús reunidos en pasado 16, en torno al tema central del Jueves Santo, que es compromiso de la Memoria de Jesús, es decir, de las obras de misericordia, que definan la vida y tarea su Iglesia en el mundo.

Hombres y mujeres de la Caridad, Memoria de Jesús, anticipación del Jueves Santo

En los largos años que vengo publicando este blog, Jueves Santo tras Jueves Santo, he venido poniendo de relieve otros aspectos de la memoria de Jesús, en especial los más celebrativos: Eucaristía, procesiones… Así podrá verlo quien quiera buscar en postales anteriores, desde el año 2007.

Este año, con ocasión del “café conversado” que tuvimos en Madrid, el pasado 16, hombres y mujeres de la “memoria activa de Jesús”, quiero recoger esta experiencia. Ellos, hombres y mujeres de Caritas, de Manos Unidas, de la HOAC… y de tantos otros servicios cristianos, en la línea de Jesús, son los verdaderos celebrantes del Jueves Santo. Leer más…

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Jesús nos invita a descentrarnos

jueves, 24 de marzo de 2016
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imagen14Fernando Torres Pérez, Fundación Luz Casanova,
Madrid.

ECLESALIA, 23/03/16.- El Jueves Santo es el Día de la Caridad. Yendo a lo que se ve, a lo más aparente, es el día en que la colecta de la misa se hace en favor de Caritas parroquial. ¿Sólo eso? Es una pena que nos quedemos ahí. Porque el Jueves Santo es el día en que celebramos la institución de la eucaristía. El Jueves Santo nos habla de una mesa común y de los hermanos y hermanas compartiendo el mismo pan. El Jueves Santo nos habla del amor fraterno. Y la caridad no es más que otro nombre del amor fraterno. El Jueves Santo nos habla de una eucaristía que es mesa abierta en la que nadie es excluido y donde los más débiles tienen un lugar de preferencia. El Jueves Santo nos recuerda la despedida de Jesús, la última cena con sus discípulos pero también las muchas comidas que celebró con sus amigos y con los pecadores y con los que se encontraba por los caminos de Galilea. Porque una comida es siempre encuentro de familia, fraternidad, amistad, acogida… Pasa que nuestras eucaristías son demasiadas veces un ritual frío, y en algunas ocasiones una parodia burlesca, más que el signo de un verdadero encuentro entre hermanos, presidido por el hermano mayor que es Jesús, en el que todos nos sentamos a compartir el pan de la palabra y el pan de la vida para alimento de todos.

En la eucaristía, por definición, la preocupación no se centra en mi bienestar sino en el bien de la comunidad, de los hermanos, de los otros. En la eucaristía los excluidos son acogidos, los débiles reciben los primeros puestos. En la eucaristía el servicio mutuo es el arquitrabe que hace posible seguir construyendo la familia del reino. La caridad fraterna es la argamasa que mantiene unidos a los que somos muchos y diferentes y hace de todos una familia, la de los hijos e hijas de Dios. La eucaristía por eso es, debería ser, signo del reino, catarsis de nuestros mejores sueños, que se convierten por un momento en realidad y, a la vez en promesas de plenitud. Y que, por eso mismo, nos anima al compromiso por hacer de esa fraternidad, de la eucaristía, una realidad, no sólo en el momento de la celebración sino en la vida diaria y cotidiana.

Pero éste es un planteamiento que mucha gente de hoy no entiende. Porque culturalmente la emergencia del yo, del individuo, ha convertido a éste en el centro del universo. Y, como los planetas giran alrededor del sol, también el individuo entiende que todo lo que está en torno a él son materiales que debe utilizar para conseguir sus objetivos personales: su propia plenitud y felicidad, consideradas siempre desde el punto de vista de mi “yo”. Y cuando digo todo es que todo se pone al servicio del “yo”. Todo: la amistad, el estado, los bienes materiales, los derechos y el derecho, la pareja, la familia y hasta el clima.

Hace unas semanas leía en la revista semanal de un periódico un artículo sobre el perdón. El articulista, un psicólogo profesional, desvinculaba, por supuesto, su tema de cualquier tipo de relación con el aspecto religioso del perdón. Nada que ver. Lo suyo era un comentario totalmente laico sobre los beneficios psicológicos del perdón. Eran dos páginas dedicadas a enumerar esos beneficios que se producían sobre todo, casi exclusivamente me atrevería a decir, en la persona que perdona. Por supuesto, dejaba claro que no se trataba de olvidar. El objetivo del perdón era sobre todo que la persona supuestamente ofendida lograse encontrar la paz, la serenidad, la armonía necesarias para vivir. Olvidar la ofensa podría suponer el volver a establecer una relación que podría ser peligrosa para el sujeto. Pero perdonar era condición necesaria para superar la herida.

Desde esta perspectiva, el centro es el “yo” y el bienestar del yo. El perdón no es algo que se oriente a la recreación de las relaciones sociales rotas sino que se dirige básicamente a facilitar el bienestar del yo, que se sitúa en el centro del universo. Es lo más importante.

El artículo me hizo recordar un libro de un sociólogo español, Javier Elzo, sobre la juventud. No recuerdo ahora el nombre del libro pero si un párrafo que me llamó la atención. Hablaba de los jóvenes y la familia y el matrimonio. Y decía Elzo que el mundo de hoy la familia se ha convertido en una prótesis añadida a la persona. Sí, en una prótesis. La persona se sitúa de tal modo en el centro del universo que todo gira en torno a ella. Si no me funcionan los ojos correctamente, para ver bien utilizo una prótesis artificial: las gafas. Si no me funciona el oído, para oír bien utilizo un audífono. Si no me funcionan las piernas, para moverme utilizo una silla de ruedas. Todo se hace para que la persona tenga su funcionalidad plena. Si estoy solo, para tener compañía me busco una pareja. Gracias a él/ella encuentro compañía, familia, etc. Pero como las gafas o los audífonos u otras prótesis llegan un momento en que se estropean y se cambian por otras, también la familia, si se estropea, se cambia por otra –lo de arreglar o reparar no entra en una cultura que se ha acostumbrado al usar y tirar-.

Es decir, el mismo mecanismo que nuestra cultura ha aplicado al uso de los bienes materiales se ha terminado aplicando a la búsqueda de la plenitud personal, de la felicidad. Yo tengo que ser feliz. Tengo derecho a la felicidad. A mi felicidad. Para eso me sirvo de todo lo que está a mi alrededor, ya sean cosas o personas. La pareja me sirve en cuanta me hace sentirme feliz y bien conmigo mismo. Los conflictos, cualquier tipo de conflicto, se ve como un fracaso, una quiebra de ese derecho a ser feliz. El juguete se ha roto y lo que hay que hacer es cambiarlo por otro. Si la pareja no me ayuda a ser feliz, entonces hago lo mismo que con las gafas. Voy al oculista y la cambio por otras. En el caso del matrimonio se va primero al juzgado y luego se busca una nueva pareja. O no. Quizá por un tiempo el “yo” prefiera estar solo y sin compromiso. Los hijos se pondrían en la misma línea. Tener hijos ayudan a sentirse bien. Esa es la gran motivación. Valen en tanto en cuanto. Y nada más.

Así pues, en nuestra cultura hay una ideología o forma de pensar que se sitúa en la línea que acabamos de comentar: “yo” estoy en el centro del mundo. Todo lo que me rodea está para contribuir a mi felicidad. Lo que no sirve para ese objetivo es desechable, carece de interés. De alguna manera, no existe. Es posible que desde esa motivación se busque la fraternidad. Se hace porque en ese ambiente fraterno el “yo” se siente mejor, más arropado, más cálido. Siente menos la soledad. Pero no hay que olvidar que el centro sigue siendo el “yo”. Leer más…

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«Respondiendo a Munilla, obispo de San Sebastián», por Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

jueves, 12 de noviembre de 2015
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obispo-munilla_560x280Leído en la página web de Redes Cristianas

En Religión Digital aparece hoy un artículo con este título: Munilla: “Es imposible que los divorciados vueltos a casar puedan comulgar”, y con este sobre título, «Nosotros quiénes somos para rectificar la Palabra de Jesucristo». Como quiero ser fiel a las palabras del obispo, y solo al final exponer brevemente mi opinión, organizaré hoy mi artículo de otra manera. Irán varios párrafos seguidos de monseñor Munilla, siempre en cursiva, y entre comillas. A veces introduzco una introducción para acortar las citas. Después yo colocaré mi breve comentario en escritura normal.

Monseñor Munilla:

“Algunos pensaban que iba a venir el Sínodo e iba a decir que los divorciados vueltos a casar pueden comulgar. Eso no ha sido y es imposible porque es contradecir la fe de la Iglesia. Si para comulgar hay que estar en gracia de Dios y el divorcio y las nuevas nupcias es adulterio, ¿nosotros quienes somos para rectificar la palabra de Jesucristo?. Es imposible que el Sínodo pudiera decirlo y que el Papa pueda decirlo porque no tenemos autoridad sobre la palabra de Dios”.

en todo el documento ni se menta el tema de la comunión a los divorciados” sino que se habla del acompañamiento de los sacerdotes a estas personas para que estén más integradas en las comunidades cristianas “evitando toda ocasión de escándalo”.

El único caso en que se podría permitir la comunión a los divorciados y vueltos a casar sería aquel en que se constata “que es humanamente imposibleque los cónyuges separados vuelvan a juntarse” y siempre que estos “asuman el compromiso de vivir en continencia absteniéndose de los actos propios de los esposos”.

Y sobre los homosexuales, “”La Iglesia sabe que tienen dentro una cruz”, señala Munilla. Además, pide que “por favor no se compare una unión homosexual con una unión entre hombre y mujer” y pone de relieve la denuncia que hace el Sínodo a las “presiones de organismos internacionales que condicionan ayudas financieras a la inclusión en las leyes del matrimonio entre personas del mismo sexo”.

Y por fin un último párrafo que deja bien clara la mentalidad de Munilla: “Si usted está a favor de la anticoncepción, ha asumido la ideología de género, el homosexualismo, usted no va a conjugar la verdad moral con la caridad, sino que va a manipular la misericordia y la caridad para negar la verdad moral”

Ante estas afirmaciones dogmáticas y apodícticas, que no por ser hechas por un obispo son “ipso facto” verdaderas, sino en el caso presente, auténticamente embarazosas, complicadas, y, en mi opinión, escandalosas, me limito a recordar unos puntos esenciales que he tocado varias veces en este blog:

No es verdad que Jesucristo opinara algo sobre la comunión en pecado mortal, o no. Este concepto, el de pecado mortal que excluye de la comunión, no aparece ni una vez en el Evangelio, y era difícil que Jesús, que era judío, y estaba acostumbrado a celebrar la Pascua como una liberación, pensara que el pecado, el que fuese, debería impedir la recepción de la comunión. De hecho, según el Evangelio dio de “comulgar” a Judas, el Iscariote. Habría que decir a monseñor Munilla que no intente ser más “cristiano que Cristo”.

Como he repetido decenas de veces, Jesús no nos dejó la Eucaristía como una especie de don para los “buenos”, o como un privilegio, sino como un mandato: tomad, comed, bebed, haced. Todas las palabra en imperativo. De hecho, Santo Tomás de Aquino enseña que la Eucaristía es una de las maneras más preclaras de perdonar el pecado, también el mortal. En tiempo de Jesús no existía la confesión auricular, ni había ese rígido control que después impusieron algunos moralistas en la Iglesia. La pregunta se la devolvemos al obispo: ¿Cómo se atreven algunos en la Iglesia a corregir la plana meridianamente clara que nos legó el Señor?

Mandar asistir a la Eucaristía como precepto de la Iglesia, todos los domingos y fiestas de guardar, y negar la comunión, es, con toda evidencia, desconocer las esencia y el centro de la misma, pues el Señor nos la dejó como un banquete, en el contexto de una cena, que hasta puedo ser la Cena Pascual. Obligar a asistir a un banquete y prohibir comer en él no solo es una tortura kafkiana, sino una aberración.

Ni el obispo Munilla, ni ningún obispo o grupo de obispos tiene competencia para arrogarse autoridad moral para definir, o marcar, o describirla, por encima de la conciencia de cada individuo. ¿Con qué autoridad afirma el señor obispo de San Sebastián, –¿qué habrá hecho esta bella ciudad, Señor?-, que los que aceptan la anticoncepción, asumen la ideología de género, o el homosexualismo, niegan la verdad moral, y manipulan la misericordia y la caridad? (Esto último parece un obús en la línea de flotación de las ideas de Francisco. Pero, gracias a Dios, no hay ningún peligro de que la inmensa mayoría de los fieles de la Iglesia siga al obispo donostiarra antes que al sabio papa argentino).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Sínodo 2015: El problema no es la homosexualidad o el divorcio, sino la Eucaristía.

domingo, 25 de octubre de 2015
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12108956_510659295777934_6883277195880141532_nEl problema no es la familia, aunque pueda haber discusiones sobre su estructura sacramental. Nadie rechaza en serio a los homosexuales, ni la posibilidad de que establezcan «un tipo de matrimonio», ni condena a los divorciados o separados.

A mi modo de ver, el problema del Sínodo es la Comunión: Si divorciados y homosexuales pueden compartir la eucaristía oficial de la Iglesia Católica.

Éste es el problema serio, pues afecta a la misma identidad de la Iglesia centrada más en la Eucaristía, con sus ministros canónicos («sacerdotes»), que en la Palabra (en línea protestante). Es aquí donde escucho, día a día, las protestas de los que quieren mantener la identidad «tradicional» (iba a decir post-trindentina) de la Iglesia.

Se trata, por un lado, de un problema banal, resuelto de hecho por la praxis ordinaria de los «fieles», pues en la inmensa mayoría de las iglesias y parroquias no te preguntan antes de comulgar si eres gay activo o divorciado vuelto a casar… pues los ministros no conocen a fieles, y si les conocen no hacen caso esos temas.

Pero es, en otro plano, el problema clave de la Iglesia: ¿Es ella capaz de crear verdaderas comunidades eucarísticas, en las que se comparta de verdad la palabra, y la experiencia de fe… y el camino cristiano? Ésta es la cuestión, en esto hay que insistir.

Éste es, finalmente, el problema real del Evangelio y de la Iglesia: La existencia de verdaderas comunidades, con ministros que broten de ella ¿qué pasa cuando un párroco tiene ocho y doce parroquias?, con verdadera identidad y autonomía. Ciertamente, el tema de las parejas gays es importante, lo que mismo que el divorcio, pero en línea eclesial viene en un segundo plano.

En la foto unos soldados argentinos comulgando antes de la batalla de las Malvinas donde, al parecer, algunos generales poco conscientes les mandaron a morir. No sé si Jesús hubiera dado la comunión a unos soldados «voluntarios» para el campo de batalla…A éstos quizá sí. ¡Ellos no tenían la culpa!

Ocho proposiciones.

images1. La eucaristía constituye la culminación de la experiencia cristiana. Pero, en sí misma, no es una experiencia solamente cristiana, sino que se encuentra vinculada a la experiencia universal de comer y comer juntos, dándose la vida unos a otros y comprometiéndose a compartirla. En ese sentido, lo que está en el fondo de la eucaristía es el sacramento de la comunicación universal y concreta de los hombres y mujeres. Por eso, en un plano, es importante vincular la eucaristía cristiana con otras experiencias religiosas y sociales de amor y vida compartida.

2. Históricamente, Jesús ha podido decir en la última cena las palabras centrales de la eucaristía, en la forma en que las ha conservado la tradición de la iglesia: Esto es mi Cuerpo… Ésta es mi sangre (la nueva alianza en mi sangre). Pero el dato histórico externo puede ser discutido, pues los estudiosos no están de acuerdo sobre la forma externa de la última cena. Sea como fuere, esas palabras centrales de la eucaristía condensan de forma admirable lo que ha sido la vida de Jesús, expresada como anuncio de Reino, amor que cura y pan compartido, vino de Reino.

Por eso, sin referencia al Jesús histórico, la eucaristía «cristiana» (confesional) pierde su sentido. Sólo aquellos que quieren ser seguidores de Jesús pueden asumir con sentido la eucaristía. No se les debe pedir otra cosa, sino si quieren estar en comunión con Jesús.

3. Tal como han sido recogidas, transmitidas y celebradas por la Iglesia, esas palabras eucarísticas han sido y siguen siendo pronunciadas por el Cristo Pascual. Ellas definen y actualizan su presencia: son la herencia que él ha dejado a sus discípulos, a todos los cristianos: Decid y Haced esto en memoria de mí. Pero esas palabras sólo son del Cristo en la medida en que las dicen con su propio “yo” los mismos cristianos, el conjunto de la iglesia.

Esas palabras son el “dogma” central, la vida de la Iglesia. En esa línea, podemos añadir que sólo son cristianos conscientes y maduros, en sentido activo, los que pueden ofrecer a los demás su cuerpo y su vida (como Cristo, con Cristo, en Cristo) diciendo: ¡tomad, esto es mi cuerpo…!

4. El Cuerpo de Cristo, es decir, la Eucaristía es ante todo la Iglesia, la comunidad de los creyentes reunidos, que recuerdan a Jesús y se comprometen a seguir realizado su obra. Ellos, los cristianos reunidos y en gesto de misión, son la “res”, la realidad del Sacramento. No son los hombres y mujeres para el pan eucarísico; es el pan para los hombres y mujeres. Por eso, el pan y vino son signo-sacramento real de la presencia de Cristo y de la comunicación entre los cristianos.

Esa presencia es “real”, siendo sacramental, una “presencia materializada”, no es puro encuentro de ideas o afectos intimistas… sino encuentro total de amor en unos signos económicos/alimenticios, que expresan el compromiso de dar y recibir, de compartir la vida. La realidad de la eucaristía es, por tanto, la comunión/comunicación de vida de todos los cristianos. La eucaristía no es algo que unos (los sacerdotes) hacen en nombre de todos, sino un gesto/don de amor que hacen y son todos los cristianos.

5. Una pequeña historia. A lo largo de los siglos, las Iglesias han organizado la eucaristía de Jesús conforme a los modelos sociales y sacrales de cada tiempo. Lo han hecho bien, han conservado la eucaristía. Lo han hecho bien: han precisado el sentido “dogmático” de la celebración y de la vida cristiana, dentro de su contexto cultural, tanto en los diversos documentos de la Edad Media latina como en el Concilio de Trento.

Esa historia sigue siendo normativa para los cristianos, pero no para encerrarse en ella, sino para seguir caminando desde ella, retomando el impulso eucarístico de Jesús, cuya primera eucaristía se celebró a campo abierto (multiplicaciones), sin preguntar a nadie si era judío o no judío, sin entrar en temas matrimoniales o de homosexualidad, sino sólo si quería bendecir a Dios y compartir el pan con los hermanos.

6. La celebración solemne de la eucaristía, de un modo oficial, seguirá estando presidida por un ministro debidamente «ordenado», que en el momento actual, en la iglesia católica, es un obispo o presbítero varón. Ese tipo de celebración seguirá siendo normativa para la Iglesia oficial, hasta que ella misma no cambie sus normas. En esa línea, es importante recordar y actualizar el pasado, un pasado definido por la organización y celebración jerárquica de una eucaristía donde los celebrantes principales sólo han sido varones y varones consagrados de un tipo especial.

Esa historia ha sido positiva, pero es necesario completarla y actualizarla, desde el evangelio, desde la experiencia actual de la vida y desde el encuentro con las restantes religiones y culturas sociales. Eso significa que puede y debe haber otras formas de celebración de la eucaristía, partiendo del evangelio y de la misma realidad de las comunidades, que nombran sus ministros, para que presidan la celebración realizada por todos, de manera que la Iglesia, siendo católica y apostólica, no está ya ligada necesariamente a obispos varones y a presbíteros célibes.

7. Volver al principio, abrir caminos. Lo que importa es la palabra-experiencia de Jesús y de la Iglesia, donde hombres y mujeres comparten el cuerpo y la sangre: la vida… Esa no es una experiencia de algunos cristianos especiales, sino de todos… Esa tiene que ser una experiencia integradora, en tres niveles.

(a) Nivel particular. Cada comunidad cristiana puede y debe organizar su eucaristía, sabiendo que todos los cristianos son ministros de ella, por el hecho de estar bautizados (ser cristianos). Todos los cristianos, varones y mujeres, pueden y deben decirse “esto es mi cuerpo… tomad…”; todos son sacerdotes por don de Cristo.

(b) Nivel de catolicidad. Las eucaristía cristianas han de estar vinculadas, formando un “cuerpo universal”, católico, mesiánico, de humanidad. En ese sentido, las eucaristías de las diversas iglesias han de estar conectadas entre sí. La función del Papa y de las autoridades centrales de la iglesia no está en imponer un tipo de eucaristía, sino en mostrar y potenciar la unidad de todas las eucaristías.

(c) La eucaristía es, finalmente, signo de apertura misionera: la Iglesia (el conjunto de iglesias) tienen que ofrecer al mundo la experiencia y realidad mesiánica del amor y del pan compartido; la misma eucaristía se expresa y traduce en forma de misión, tal como lo han puesto de relieve los textos evangélicos de las multiplicaciones de los panes y los peces.

8. La familia «normativa» de la Iglesia es la comunidad eucarística, de la que participan todos los que quieren seguir a Jesús y crear comunión en su nombre. Por eso, el problema no es que quien comparta la eucaristía pueda estar divorciado (y vuelto a casar) o sea gay activo… El problema es que se sienta vinculado a Jesús y quiera formar iglesia con los restantes hermanos, en camino de conversión y solidaridad.

Dicho esto quedan abiertos otros problemas… Problema es el divorcio: que una pareja de cristianos se rompa, por las razones que fuere; es un problema que debe tratarse con gran delicadeza, respeto y compromiso creyente… pero sin expulsar al divorciado de la eucaristía. Problema puede ser en ciertos lugares y circunstancias el matrimonio gay… pero no para expulsar a los gays de la eucaristía, sino para recorrer con ellos el camino de Jesús, que es ancho y largo.

APÉNDICE: EUCARISTÍA, AMOR MESIÁNICO

(Breve teología eucarística)

images1Conforme al evangelio de Marcos, los discípulos piden a Jesús que celebre la pascua Judía (cf. Mc 14, 12). Evidentemente, quieren sacrificar el cordero pascual, para formar con Jesús una comunidad limpia, de puros observantes, retomando así el amor del Dios del Éxodo, que liberó a los hebreos de su cautiverio. Jesús, en cambio, asumiendo su raíz israelita, quiere celebrar una cena distinta, una comida de Reino, expresando así, en su despedida, el sentido del amor que movido todo su camino y que ahora culmina, en un contexto de muerte cercana. De esa forma ha interpretado la Cena Jn 13-17, presentándola como diálogo de amor.

En este contexto han introducido los sinópticos y Pablo la experiencia del amor eucarístico de Jesús, que se despide de los suyos diciendo que beban en su honor la copa, pues “ya no beberé del fruto de la vida… hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios” (cf. Mc 14, 25 par). Jesús se despide sabiendo que el amor del Reino llega y así lo expresa, conforme al testimonio de la iglesia, en los signos del pan y del vino, como indican los relatos paralelos de Marcos y Pablo:

El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo (dado) por vosotros. De igual modo la copa, después de cenar, diciendo: Esta Copa es la Nueva Alianza en mi Sangre (1 Cor 11, 24-25).
Y estando ellos comiendo, Jesús tomó pan, bendijo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi Cuerpo. Tomó luego una copa y, dando gracias, se lo dio y bebieron todos de ella. Y les dijo: Ésta es la Sangre de mi Alianza, derramada por muchos (Mc 14, 22-24).

Ambos textos reflejan la autoridad mesiánica de Jesús, que anticipa en su vida y entrega personal la plenitud escatológica del Reino, identificándose con el pan y vino compartido en su nombre. Lógicamente, su gesto y palabra sobre el pan ha de verse en la línea de todo su mensaje, en especial de sus multiplicaciones (cf. Mc 6, 30-44; 8, 1-10): su autoridad más alta es y será el pan compartido, que ahora se vincula al vino del banquete final, y no a los peces de alimento diario de las multiplicaciones. Leer más…

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«La fuerza de los rituales religiosos», por José Mª Castillo, teólogo

lunes, 17 de agosto de 2015
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ritualDe su blog Teología sin Censura:

Es un hecho que Jesús instituyó la eucaristía en una cena. Y es también un hecho que los cristianos celebramos la eucaristía en una misa. Una cena es una experiencia humana. Una misa es un ritual religioso. Lo que nos está diciendo, en un asunto tan central como éste, que – en el cristianismo, al menos, y sin duda alguna -, cuando está en juego nuestra relación con Dios, los rituales religiosos han tenido (y siguen teniendo) más fuerza que la experiencia humana, incluso cuando se trata de una experiencia tan importante como es la experiencia de comer y beber. Comer y beber compartiendo mesa y mantel con quienes decimos que son nuestros “hermanos”. Esto no es una teoría. Es un hecho.

¿Por qué, en un asunto que es capital para personas creyentes, los rituales religiosos se superponen a la experiencia humana y son más determinantes que lo humano, incluso más decisivos que la vida misma, en tantos casos y en tantos asuntos que son fundamentales para la felicidad o la desgracia de muchas personas? Y conste que, al hacer esta pregunta, no estamos imaginando situaciones extravagantes ni sucesos poco frecuentes. Nada de eso. Esta cuestión se refiere a cosas tan normales y tan presentes en la vida de cualquiera, que, si empezamos por los evangelios, los constantes conflictos, que tuvo Jesús con los dirigentes religiosos de su tiempo, se referían casi todo ellos, de una forma o de otra, precisamente a este problema. Si curaba a los enfermos en sábado, si comía con gente de mala fama, si dejaba de observar los ayunos que imponía la religión, si no practicaba los rituales purificatorios antes de las comidas, si no mantenía la debida compostura y respeto en el templo, en definitiva, en todos estos casos nos encontramos siempre con el mismo asunto. Un asunto que Jesús formuló en la tremenda pregunta que hizo cuando, un sábado, curó a un manco en la sinagoga: ¿Qué está permitido en sábado, hacer bien o hacer daño, salvar una vida o matar? (Mc 3, 4). O sea, ¿qué es lo primero: someterse al ritual del sábado o hacer feliz la vida de un enfermo? En definitiva, ¿lo más importante es el ritual religioso o la experiencia humana?

Y no pensemos que este tipo de historias se presentaron en la vida de Jesús y, con Jesús, se acabaron tales historias. Todo lo contrario. Con el paso del tiempo, el problema se fue agigantando. Entre otras cosas, porque sabemos que este asunto está presente en todos los rincones del mundo. Donde hay religión y, con ella, hay dirigentes religiosos, allí está el problema. En la historia del cristianismo, el desastre ha sido brutal. Desde las guerras de religión, las cruzadas y la inquisición, pasando por el colonialismo y acabando con el integrismo de los fundamentalistas, católicos o herejes, cristianos o musulmanes, a fin de cuentas lo mismo da. Además, el mismo problema está presente todos los días y por todas partes: en los matrimonios divorciados que no pueden acercarse a comulgar, en los homosexuales que se ven despreciados hasta en su propia casa, en los matrimonios rotos, en los amores imposibles, en la vida sexual de tantas gentes, ¿qué sé yo?

Esto es una historia interminable. Y siempre tropezamos en la misma piedra. La piedra de algún extraño ritual religioso, que, en el fondo, lo que nos está recordando es que, por encima de lo humano, hay algo que es más fuerte que lo humano, y a lo que lo humano – nos guste o no nos guste – se tiene que someter siempre. Y si no te sometes, te atienes a las consecuencias. Unas veces, porque tendrás que arrastrar, durante toda tu vida, el pesado lastre de la mala conciencia. Otras veces, porque te verás rechazado por la familia, los amigos, la sociedad…. Y en otros casos, porque, a fuerza de pasarlo mal, terminarás siendo carne de confesionario o del despacho de un psiquiatra, teniendo además (tantas veces) que ocultar celosamente en el armario lo que resulta socialmente impresentable.

¿Hay derecho a que la vida sea así? ¿Es tolerable que, por estas cosas, nos llevemos frecuentemente como perros y gatos, teniendo que ocultar en nuestra intimidad secreta muchas cosas que nos hacen sufrir inútilmente y sin pies ni cabeza?

Y como es lógico, siempre acabamos en lo mismo: si Dios es Dios, ¿cómo permite estas cosas? ¿cómo puede querer estas cosas? ¿cómo y por qué no hace aguantar estas cosas?

Seguiré con el tema. Pero, antes de seguir con este desagradable asunto, sólo un par de preguntas: ¿Es Dios el que quiere, provoca o permite todo este asombroso embrollo de oscuridades, miedos y tormentos? Y si no es Dios, ¿son sus representantes en la tierra (curas y rabinos, imanes y bonzos, chamanes y profetas…) los que lo provocan porque les conviene?

Continuaremos con el tema.

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Así mi cuerpo os doy como alimento…

domingo, 16 de agosto de 2015
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«Corpus Christi»

Todo fue así: tu voz, tu dulce aliento
sobre un trozo de pan que bendijiste
que en humildad partiste y repartiste
haciendo despedida y testamento.

«Así mi cuerpo os doy como alimento…»
¡Qué prodigio de amor! Porque quisiste,
diste tu carne al pan y te nos diste,
Dios, en el trigo para el sacramento.

Y te quedaste aquí, patena viva;
virgen alondra que le nace al alba
de vuelo siempre y sin cesar cautiva.

Hostia de nieve, nube, nardo, fuente;
gota de luna que ilumina y salva.
Y todo ocurrió así, sencillamente.

***

Sencillamente, como el ave cuando
inaugura, de un vuelo, la mañana;
sencillamente, como la fontana
canta en la roca, agua de luz manando:

sencillamente, como cuando ando,
como cuando Tú andabas la besana,
cuando calmabas sed samaritana
cuando te nos morías perdonando.

Sencillamente. Hora de paz. ¡Qué leves
tus manos para el pan, para el amigo!
Cena de doce y Dios. Noche de Jueves.

Y era en Jerusalén la primavera.
Y era blanco milagro ya aquel trigo.
Sencillamente: «Éste es mi cuerpo«. Y era.

***

Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que sólo un soplo de aire le sostiene.

Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni limites, no cesa
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un aro de aire se contiene.

Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma onduleante;
las torres en tropel, campaneando.

Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
-poco de pan, copo de pan- pasando.

*

«Corpus Christi», de Antonio Murciano (España, 1929) y Carlos Murciano (España, 1931)

***

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En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo

Disputaban los judíos entre sí:

– «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?«

Entonces Jesús les dijo:

«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre

*

Juan 6, 51-58

***

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«Atracción por Jesús». 19 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,41-51)

domingo, 9 de agosto de 2015
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19-852855-300x266El evangelista Juan repite una y otra vez expresiones e imágenes de gran fuerza para recordar a todos que han de acercarse a Jesús para descubrir en él una fuente de vida nueva. Un principio vital que no es comparable con nada que hayan podido conocer con anterioridad.

Jesús es «pan bajado del cielo». No ha de ser confundido con cualquier fuente de vida. En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una esperanza, un aliento vital… que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es «el pan de la vida».

Por eso, precisamente, no es posible encontrarse con él de cualquier manera. Hemos de ir a lo más hondo de nosotros mismos, abrirnos a Dios y «escuchar lo que nos dice el Padre». Nadie puede sentir verdadera atracción por Jesús, «si no lo atrae el Padre que lo ha enviado».

Lo más atractivo de Jesús es su capacidad de dar vida. El que cree en Jesucristo y sabe entrar en contacto con él, conoce una vida diferente, de calidad nueva, una vida que, de alguna manera, pertenece ya al mundo de Dios. Juan se atreve a decir que «el que coma de este pan, vivirá para siempre».

Si, en nuestras comunidades cristianas, no nos alimentamos del contacto con Jesús, seguiremos ignorando lo más esencial y decisivo del cristianismo. Por eso, nada hay pastoralmente más urgente que cuidar bien nuestra relación con Jesús el Cristo.

Si, en la Iglesia, no nos sentimos atraídos por ese Dios encarnado en un hombre tan humano, cercano y cordial, nadie nos sacará del estado de mediocridad en que vivimos sumidos de ordinario. Nadie nos estimulará para ir más lejos que lo establecido por nuestras instituciones. Nadie nos alentará para ir más adelante que lo que nos marcan nuestras tradiciones.

Si Jesús no nos alimenta con su Espíritu de creatividad, seguiremos atrapados en el pasado, viviendo nuestra religión desde formas, concepciones y sensibilidades nacidas y desarrolladas en otras épocas y para otros tiempos que no son los nuestros. Pero, entonces, Jesús no podrá contar con nuestra cooperación para engendrar y alimentar la fe en el corazón de los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola

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«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo». Domingo 9 de agosto de 2015 Domingo 19º de tiempo ordinario

domingo, 9 de agosto de 2015
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44-ordinarioB19 cerezoDe Koinonia:

1Reyes 19,4-8: Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios.
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Efesios 4,30-5,2: Vivid en el amor como Cristo.
Juan 6,41-51: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios.» Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

La narración del primer libro de los Reyes está sumamente cuidada y llena de detalles que hacen de esta simple huida algo más profundo y simbólico. Para empezar, las alusiones al desierto, a los padres, a los cuarenta días y cuarenta noches de camino, al alimento, al monte de Dios, son demasiado claras y numerosas como para no reconocer en el camino de Elías el camino inverso al que realizó Israel en el éxodo. No se trata sólo de una huida; también hay una búsqueda de las raíces que terminará en un encuentro con Dios. También los grandes héroes como Elías y Moisés (cf. Num 11,15) han sentido nuestra debilidad. Elías, desanimado del resultado de su ministerio huye porque «no es mejor que sus padres» en el trabajar por el reino de Dios y es mejor reunirse con ellos en la tumba (v.4). Cuando el hombre reconoce su debilidad, entonces interviene la fuerza de Dios (2Cor 12,5.9). Con el pan y el agua, símbolos del antiguo éxodo, Elías realiza su propio éxodo (símbolo de los cuarenta días, v.8) y llega al encuentro con Dios. Tal como está narrado este episodio de Elías nos habla del camino, de los empeños, de las tareas demasiado grandes para hacerlas con las propias fuerzas y de la necesidad de caminar apoyados en las fuerzas del alimento que nos mantiene.

La segunda lectura es la continuación de esta exhortación apostólica que desciende a detalles hablando de aquello que el cristiano debe evitar (aspecto negativo) o debe hacer (aspecto positivo). Así, el cristiano puede trabajar en la edificación de la iglesia y no entristecer al Espíritu rompiendo la unidad (4,25-32a; 4,3). Este modo de vivir encuentra su fundamento en aquello que Cristo ha realizado o el Padre ha cumplido por Cristo. Vivir de manera cristiana y vivir en el amor como Cristo y el Padre (cf. Mt 5,48). Como el Padre perdona, así debe hacer el cristiano (v. 32b); Mt 6,12.14-15). Como Cristo ama y se dona en sacrificio, así hace el cristiano. La unidad es fruto del sacrificio personal. El tema de la imitación de Dios, consecuencia y expresión de ser hijos suyos, revela la referencia evangélica de esta exhortación de Efesios (cf. Mt 4,43-48). El Espíritu es el elemento determinante del comportamiento cristiano. En línea con otros pasajes paulinos sobre el Espíritu, en éste su recepción se vincula (indirectamente) al bautismo y se le considera como sello/marca que identificará en la parusía a cuantos pertenecen a Cristo.

El evangelio de Juan que hoy leemos comienza con el escándalo que se produce en los judíos porque Jesús se equipara al pan; pero más aun porque dice que ha “bajado del cielo”. Para ellos esto no tiene explicación, puesto que conocen a Jesús desde su infancia y saben quiénes son sus padres. Para ellos su vecino Jesús, visto en su sola dimensión humana, no guarda relación alguna con las promesas del Padre y con su proyecto de justicia revelado desde antiguo.

Juan utiliza esta figura del escándalo y del no poder ver más allá de la dimensión humana de Jesús, para dar a conocer la dimensión que encierra la persona y la obra del Maestro. En primer lugar, la adhesión a Jesús es obra también de Dios; es él mismo quien suscita la fe del creyente y lo atrae a través de su hijo.

Conocer a Jesús es apenas un primer paso en el cual se encuentran sus paisanos; pero adherir la propia fe a él es el siguiente paso, que exige un despojarse totalmente para poder encontrar en él el camino que conduce al Padre. Sólo este segundo momento permite descubrir que Dios se está revelando en Jesús tal cual es; esto es, un Dios íntimamente comprometido con la vida del ser humano y su quehacer.

Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material.

Así pues, el conocimiento y aceptación de la propuesta de Jesús alimenta esa dimensión trascendente del ser humano, que es la entrega total y absoluta a la voluntad del Padre; y la voluntad del Padre no es otra que la búsqueda y realización de la Utopía de la Justicia en el mundo en todos los ámbitos (Reinado de Dios), para que haya «vida abundante para todos» (Jn 10,10). Leer más…

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Dom 9.8.15. Es el hijo de José, y su Comunión va más allá del Mar Mediterráneo

domingo, 9 de agosto de 2015
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 19 tiempo ordinario. Juan 6, 41-45. Sigue el tema del domingo anterior: Jesús es «pan», su vida es alimento, es comunión que nosotros compartimos y ofrecemos, unos a los otros, siendo de esa forma Eucaristía.

Este evangelio de la comunión, según el libro de Juan, empezó en Cafarnaum, donde Jesús se definió a sí mismo como Eucaristía, pan compartido, comunicación de Vida, junto al mar de Galilea, según dice Juan este domingo.

— Pero hoy (7.7.15) nosotros hacemos que la comunión acabe en el Mar Meditarráneo, en cuyas aguas terminan de morir, ahogados y con hambre, varios cientos de seres humanos sin más delito que tener hambre y buscar pan en la Europa llamada Cristiana.

Donde mueren de esa forma los que mueren (viniendo por pan a una tierra que se dice cristiana) no se puede hablar de Eucaristía, pues sin pan compartido en nombre de Jesús no hay cristianismo, como sabe y proclama la Escritura y el Dogma de la Iglesia.

a) Éste es el sentido de la creación, cuando Dios ofrecía a Adán y Eva los frutos del jardín, diciendo así que son los hombres y mujeres los que han de hacerse pan, unos en los otros y para otros, para que no venga la Serpiente, que como pan aparte (no se hace Eucaristía, Gen 2).

images2b) Ésta es la verdad del Éxodo judío, en el que Dios mismo regalaba maná (pan del camino) para hombres y mujeres, por igual a todos, de manera que ninguno acaparara en contra de los otros, sino todos tenían lo bastante/suficiente para comer, amarse, alimentarse (cf. Ex 16; Núm. 11).

c) Ésta es la verdad del evangelio, leyendo y aplicando a los cristianos (y a los hombres y mujeres), aquello que Jesús dice de sí mismo, porque él es Eucaristía y porque compartimos su vida, para hacernos comunión de vida, para que no acabe nuestra patria en el Mar Mediterráneo, pues todos somos hijos de José, pan de Eucaristía

Texto,

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios». Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

f) Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Juan 6, 41-51).

a)Trasfondo sinóptico: Enseñar, dar de comer

En un determinado momento Jesús quiso que sus discípulos descansaran. Han compartido su tarea han comenzado a enseñar y curar sobre la tierra (cf. Mc 6, 30), están cansados. Jesús les lleva a reposar, pero la gente les ha visto y aún les necesita. Sobre el cansancio de los discípulos (de la iglesia) está el vacío y angustia de los hombres que llaman y que buscan.

La misericordia de Jesús vence al cansancio y así sigue enseñando. Se hace tarde, están en un lugar muy apartado ¿Qué pueden hacer? Los discípulos (¿la iglesia?) quieren que los hombres y mujeres se marchen, cada uno a su camino, conforme a sus propias posibilidades (a pie o en patera de mar, buscando comida). Pero Jesús no les puede enviar así vacíos, y pregunta:

¿Cuántos panes tenéis? ¡Mirad bien! Y mirando respondieron cinco panes y dos peces. Y les mandó sentarse en grupos sobre la hierba verde. . . Y tomando los cinco panes y los dos peces miró hacia el cielo, dijo la bendición y partió los panes y los fue dando a sus discípulos, para que los repartieran a la gente. Y tam¬bién repartió los dos peces para todos. Y comieron todos y se hartaron (Mc 6, 38 42).

Este es el relato, simple y terso, con sus dos elementos centrales (a) Jesús enseña, comparte la palabra. (b) Jesús da de comer, hace que los hombres que le siguen compartan la comida

b) Una novedad mayor hacerse comida

Dando un paso más en esta línea, el evangelio de Juan ha descubierto y desvelado un gran misterio: Jesús no sólo enseña y da de comer, sino que se convierte él mismo en comida. Ésta es su novedad “teológica”, su novedad humana, la verdad más honda de la Eucaristía: compartiendo el pan de Jesús (en recuerdo de su vida y de su muerte), sus discípulos descubren que él mismo en comida, de tal forma que ellos han de hacerse comida unos para los otros.

Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí no tendrá hambre.
El que crea en mí ya no tendrá más sed (Jn 6, 35).

Estas palabras deben entenderse desde el fondo del milagro precedente los discípulos comparten su comida (el pan y vino, los panes y los peces) con todos los hombres de la tierra. Sólo sobre esa base, con el nuevo espíritu de Jesús, con la confianza que ofrece su camino, ellos descubren una forma nueva de existen¬cia, en la que el mismo Cristo es pan de Dios para los hombres, de manera que en él y por él tienen que hacerse pan unos para otros.

c) Un hombre cualquiera ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?

Los “judíos” critican a Jesús porque dice que es “el pan bajado del cielo”. Le critican porque saben que es “un hombre cualquiera”, como todos ellos: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

Éste es el tema. Los “judíos”, es decir, aquellos que no logran comprender el misterio del pan compartido conocen bien a Jesús y saben que no es un ángel del cielo, ni siquiera es un hombre de alcurnia. Saben de dónde viene: de José y de María… ¿De dónde le han salido las ínfulas que tiene para presentarse como “pan del cielo”. Es un hombre como los demás, como sabe el himno de Flp 2.

Éste es el tema: la salvación de Dios (el pan del cielo) forma parte de nuestra propia historia. Jesús no es pan del cielo por ser un tipo de “monstruo” o prodigio celeste, sino, simplemente, por ser un hombre, un simple ser humano. No hace falta más para ser presencia de Dios, pan del cielo.

(d) El Padre me ha enviado… La atracción de Jesús.

Ha nacido de José y María y, sin embargo, al mismo tiempo, ha venido de Dios, porque el mismo le ha enviado. Es un hombre normal y, sin embargo, Dios mismo se expresa en su vida y en la vida de aquellos que le buscan (atraídos por Dios). Jesús, como hombre, es según eso la revelación y presencia de Dios, el auténtico alimento, de manera que en su vida y en la vida de aquellos que le escuchan viene a revelarse el misterio de la VIDA DE DIOS. De esa forma se vinculan los cuatro rasgos de un único misterio, es decir, de la Eucaristía. Leer más…

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«Un problema: nuestras liturgias», por José Agustín Cabré

domingo, 2 de agosto de 2015
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topiceucaristia-720_270x250De su blog El catalejo del Pepe:

Una buena parte de los católicos que acuden a los templos el día domingo son adultos mayores. Pueden recordar, por lo tanto, la sorpresa y el alivio que les significó en su experiencia religiosa, hace 50 años, los cambios que el Concilio Vaticano realizó en la liturgia de los sacramentos y de la misa: se les invitó a pasar de “asistentes” a “participantes en los ritos y el culto. Se pasó de “oír misa” a “celebrar la misa”.

Con el paso del tiempo se ha podido comprobar que esas reformas no fueron tan completas como se esperaba: los católicos siguen asistiendo a misas como a un espectáculo en donde ellos son el público y los actores son otros: el cura, los acólitos, los ministros, los lectores, el coro…todo distribuido en un espacio acomodado como un teatro: un público que mira a cierta distancia la actuación de unos disfrazados que están en el escenario.

De la Eucaristía, la gran acción de gracias a Dios por el don de la vida, mediante la experiencia humana de Jesús de Nazaret, con su vida, pasión, muerte y resurrección…en realidad queda bien poco.

Un lenguaje desconocido.

Hubo algunos cambios, es cierto: se pasó del latín- que nadie entendía- al idioma de cada país. Pero no se cambió el nefasto sistema de la lectura continuada de la biblia. En el afán de que el pueblo escuche alguna vez toda la biblia, se han mantenido en la misa las lecturas (antiguo y nuevo testamento más evangelios) leyendo de corrido desde el Génesis al Apocalipsis en un período de tres años; la idea, si alguna vez fue buena, ha fracasado en la práctica. Con este sistema el pueblo católico tiene que escuchar lo que toque leer ese día, sea cual sea la experiencia vital que esté viviendo. Aún son pocos los pastores que abandonan ese sistema y se atreven a buscar las lecturas más apropiadas para cada ocasión; esto exige tiempo de preparación, buen criterio de discernimiento y capacidad de diálogo con los equipos laicales. También puede exigir entereza para ir a dar explicaciones al obispo que necesariamente defenderá el otro esquema impuesto desde Roma.

Pero no es el único cambio para que la misa sea realmente Eucaristía. Si como dice la catequesis, con más poesía que seguridad, se trata de una comunidad a modo de familia que celebra su fe, alimenta su esperanza y vive la caridad, la misa debiera contar con un ambiente atractivo y con signos entendibles y didácticos.

En uno de sus textos incisivos pero veraces, el periodista Raúl Gutiérrez, que se considera un cristiano de base y de mentalidad amplia y pluralista, escribió:

Las improvisaciones.

La sensación que a uno le queda con frecuencia al salir de alguna misa dominical es la improvisación, como si el sacerdote y los encargados de la ceremonia no estuvieran demasiado convencidos de la importancia y la solemnidad del acto.

En pocos templos los fieles son acogidos en la puerta por el sacerdote o laicos que los saluden y entreguen una hoja con los textos bíblicos que se leerán en la celebración. Como la mayoría llega atrasada, es frecuente que la misa se inicie en presencia de una exigua concurrencia, que terminará de engrosarse recién durante la homilía.

La improvisación del equipo encargado de la misa se advierte en los cuchicheos entre el guía y los lectores, e incluso entre el celebrante y sus acólitos, actitudes que sumadas a desplazamientos nerviosos y aparatosos de estos personeros en torno al altar y hacia la sacristía distraen a la comunidad.

Dejando de lado toda consideración o exigencia de carácter estético, cabe señalar que la mayoría de los coros maneja un estilístico repertorio de canciones litúrgicas, lo que explica que con frecuencia entone algunas que guardan escasa o ninguna relación con la fiesta que se trata o la enseñanza básica del Evangelio de ese domingo. Dejar los coros, por llamarlos de alguna manera piadosa, a la buena de Dios, demuestra una escasa comprensión del significado de la música como medio universal de comunicación, sobre todo en el caso de los jóvenes”.

Una liturgia que no convence.

Resultan interesantes las anotaciones del periodista. Pero, lamentablemente, deberá pasar todavía mucho agua bajo los puentes antes que la liturgia católica se haga comprensible, celebrativa, compartida, santificadora de la vida. Se está hablando de la gran tarea de evangelizar al siglo XXI, de comprometerse con la misión permanente, de hablar un lenguaje de palabras y signos entendibles al mundo de hoy. Pero no se nota ningún cambio hacia delante; mas bien se advierten muchos retornos al pasado: algunos llegan a la paranoia de querer volver al latín, de colocar aún más colgajos en las vestiduras de los clérigos, de incorporar de modo permanente el incienso en las liturgias…

El mundo del siglo XXI los mira, se ríe y sigue su camino buscando, casi a la desesperada, quién lo acompañe en su caminar por la vida. Los grandes valores del Reino de Dios, los que nos humanizan, siguen sin ser descubiertos porque se les quiere poner demasiados trapos encima.

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Corpus 3. Sangre de Dios, no Grial. Síntesis de la Eucaristía

jueves, 11 de junio de 2015
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image_thumb6Del blog de Xabier Pikaza:

He presentado en días pasados la fiesta del “Corpus”, el “cuerpo de Cristo”. Pues bien, ese Cuerpo sólo puede formarse, en dimensión humana, allí donde hombres y mujeres regalamos la, ofrecemos nuestr a favor de los demás.

Culmino así el motivo anterior insistiendo, desde lo dicho ayer, en el “vino de Jesús”, la sangre compartida, que es la fiesta mesiánica de la humanidad.

La Iglesia de Jesús es comunión “de sangre”, pero no de sangre racial (de un grupo de elegidos), sino de “sangre abierta a todos”, de solidaridad universal, concreta, amorosa, capaz de crear un compartir el don supremo de la Vida.

Éste es el verdadero grial (sangre real, de Dios, de los hombres). que muchos andan buscando por novelas y montes de fantasía (¿de engaño?), siendo que está muy cerca, al alcance de la mano, allí donde los hombres y mujeres se hacen padres/madres y hermanos de sangre.

Muchos hemos buscado alguna vez, al menos en la imaginación, el Santo Grial en alguna cueva/caverna remota… Pero no hay que buscarlo, lo tenemos al alcance de la mano. Más aún, como dice un viejo himno del Grial del siglo XIX, si alguna vez lo encontramos… es que él nos ha encontrado a nosotros.

Termino así estas tres postales sobre el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofreciendo al final una síntesis bíblico/teológica de la Eucaristía.

1. Sangre de Cristo, ser humano. El verdadero Grial.

Cierta teología ha recreado la muerte de Jesús en perspectiva de Pascua judía, ha interpretado su sangre en línea de liberación sacrificial: los judíos, perseguidos en Egipto debían sacrificar el cordero “rociando con su sangre el dintel y las jambas de la casa”, para que el Dios del exterminio pasara de largo, sin matarles (cf. Ex 12, 7.13): también Jesús habría derramado su sangre para liberar a los humanos de la ira. Pues bien, la tradición más antigua del Nuevo Testamento ha interpretado la muerte de Jesús en clave de alianza y perdón de los pecados.

La Sangre de la Alianza (Nueva Alianza) de Jesús, no es líquido ritual de sacrificios violentos, pues él ha transcendido ese nivel al vincularse a Dios. Ciertamente, él ha asumido el simbolismo pactual, con la sangre que sirve para social altar de Dios y pueblo, vinculándolos así en un pacto de (cf. Ex 23, 8). Pero él no emplea ya la sangre de animales, sino su propia vida, entregada en favor de los excluidos de Israel y de la tierra y expresada en el signo del vino. Con los excluidos come, en favor de ellos ha muerto, no para pagar a Dios un precio o rescate, sino para regalar su vida en gratuidad, por todos. De esa forma, con la copa de vino en la mano, culmina su gesto:

El vino es sangre de la alianza, que no es Nueva porque haya quedado sin valor la antigua, sino porque es la verdadera: Alianza plena de Dios con los humanos en el Cristo, como habían anunciado los profetas.

– No es sangre separable de la carne, como aquella con la que Moisés rociaba altar y pueblo, sino la vida entera que Jesús ofrece y que los suyos “beben” como signo de alianza, bebiendo el vino bendecido.

– Es sangre de la Alianza de una vida regalada y compartida, que viene a expresarse precisamente en el lugar de máxima violencia de la tierra, allí donde los sacerdotes y soldados matan a Jesús.

— Es Sangre que crea vida. Jesús no establece un sacrificio especial, separado del conjunto de la vida, como el de Moisés (Ex 23-24) o los sacerdotes de Jerusalén, sino que su Vino (=Fiesta de Dios) es aquel que comparten gozosos los humanos y su Alianza es su propia vida, desplegada en fidelidad ante Dios, en amor a los humanos. Todo es sagrado en su vino (y pan), siendo todo totalmente humano o laical, si se prefiere esta palabra.

2. Pequeña teología de la sangre

Jesús no establece un rito especial, separado de la vida, como un alimento que sólo sirve para Dios (pan quemado sobre el altar, vino vertido sobre el fuego), sino que su rito es la misma vida, culminada en gesto de amor y expresada en el signo del vino. Todo es divino en su gesto, siendo todo humano. Así puede afirmar:

– Es la sangre derramada por muchos (=es decir, por todos los hombres) o por vosotros (=por los que celebran la fiesta de Jesús), conforme a la versión de Marcos/Mateo o de Lucas. La mujer del vaso de alabastro derramó su perfume en la cabeza de Jesús porque ella quiso, sin que nadie le obligara (cf. Mc 14, 3). Jesús, en cambio, ha derramado su sangre porque le han matado con violencia, en palabra que puede recordar los sacrificios animales, con libaciones de la sangre. Sin embargo, en un sentido más profundo, podemos y debemos afirmar que él mismo ha regalado su vida por el reino, como indica el gesto del vino: “tomó una copa y se la dio…”. Así como se ofrece un buen vino, en amor generoso, así ha regalado él su vida a todos loshombres y mujeres.

– Para perdón de los pecados. Con estas palabras interpreta Mateo la afirmación antigua, según la cual Jesús ha derramado su sangre hyper pollôn, en favor de muchos (=todos; cf. Mc 14, 24). En este contexto podemos recordar el relato de los zebedeos, a los que Jesús ofrece su copa en bebida (cf. Mc 10, 38), afirmando que ella implica dar la vida como redención por muchos (anti pollôn: Mc 10, 45). Derramar la sangre es dar la vida, en palabra de anticipación profética que debe interpretarse a la luz de los anuncios de la pasión (8, 31; 9, 31; 10, 32-34). Frente al ritual de muerte de animales, detallado por Lev 1-9, superando el pacto de sangre de novillos (cf. Ex 24, 8), el rito del cordero pascual que tiñe las puertas de la casa para protegerla (Ex 12, 1-13) y la sangre de la expiación nacional con que se ungía el altar y santuario (cf. Lev 16, 14-19), Jesús ha expresado el sentido de la auténtica sangre o vida que vincula en alianza de amor (de perdón) a todos los humanos. Leer más…

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Este es mi cuerpo. Esta es mi sangre.

domingo, 7 de junio de 2015
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Mi cuerpo es comida

Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

*

Pedro Casaldáliga

***

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»

Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

«Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?» Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.«

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

– «Tomad, esto es mi cuerpo.»

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo:

«Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios

Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

*

Marcos 14,12-16.22-26

***

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