Lo que vieron los ojos fue un galileo entrando en las aguas del Jordán y siendo bautizado por Juan el Bautista. El cielo abierto, la paloma, la voz… son fruto de la fe de sus autores, y solo con los ojos de la fe pueden ser percibidos. Los evangelistas van a iniciar el relato de la vida pública de Jesús, y quieren dejar claro desde el inicio quién es su protagonista.
Las comunidades a las que va dirigido su mensaje definen a Jesús como “El hombre lleno del Espíritu”; una cristología muy prudente comparada con la de la comunidades de Juan, que se basa en el capítulo segundo del Génesis donde se describe así la creación del primer hombre: «Modeló Yahvé Dios al hombre de la arcilla y le sopló en el rostro aliento de vida»
Barro con aliento de Dios; con espíritu de Dios. Excelente definición de ser humano. En todo ser humano sopla el viento de Dios, su espíritu, aunque en algunos este soplo sea imperceptible, y en la mayoría de nosotros no pase de ser una brisa que solo en ocasiones pone de relieve nuestra humanidad.
Pero a lo largo de la historia, ese soplo, ese aliento, esa acción de Dios en definitiva, se ha manifestado de forma poderosa en muchos hombres y mujeres de cualquier tiempo, lugar o condición. Y no es preciso acudir a la biografía de los grandes santos para sentir el soplo de Dios en los seres humanos; basta con que miremos a nuestro alrededor para que lo veamos en ese pariente, o ese amigo, o aquel compañero de trabajo… Es muy difícil sustraerse a esta realidad si uno va un poco atento por la vida.
Ahora bien, por encima de todos, hay un hombre en quien el espíritu de Dios se manifiesta de una forma tan extraordinaria, que somos incapaces de entenderla o formularla; un hombre tan lleno del Espíritu que se le transparenta; al que basta con mirar para conocer el corazón de Dios y para conocer también al ser humano en plenitud; libre de la opresión del pecado.
En él, en Jesús, hemos visto cuáles son los frutos del espíritu de Dios. Hemos visto a un hombre compasivo en extremo; que toma siempre partido por los necesitados, que se le revuelven las entrañas ante el sufrimiento ajeno, que está siempre rodeado de enfermos, lisiados, pobres y pecadores, que se compadece de ellos, los sana, les enseña y les devuelve la esperanza que habían perdido… Que les dice que no son unos pobres desgraciados como todos aseguran, sino los más importantes a los ojos de Dios.
Y éste es nuestro modelo, y también es una excelente piedra de toque para analizar mi vida de cristiano, porque si me siento movido a compadecer, a servir, a sanar, a enseñar, a dar esperanza… será el espíritu de Jesús el que sopla en mí… y si no, será otro espíritu el que dirige mis pasos.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Comentarios desactivados en El bautismo de Jesús. Humanizar y buenear la vida.
12 de enero 2025
Lc 3,15-16.21-22
El Evangelio de este domingo nos narra el bautismo de Jesús y con ello el inicio de su misión, es decir, su decisión de comprometer su vida con las esperanzas de aquellos y aquellas que soñaban una realidad y una religión diferente, liberada de la opresión de las leyes injustas y de los valores del imperio, centrada en el amor, y la misericordia, Un proyecto vital basado, como nos dice la segunda lectura en “pasar por la vida haciendo el bien”. En buenear la vida, en humanizarla.
La primera frase con que se inicia el relato es muy importante, pues lo sitúa en un contexto de expectación, de anhelo de nuevas referencias y sentido, de esperanzas necesarias que no terminan por hacerse históricas, y por tanto también de frustraciones y desánimos. Jesús es hijo también de ese contexto, como nosotros hoy lo somos del nuestro, y acude al valle del Jordán movido por el interés a participar de los acontecimientos que allí están ocurriendo y el movimiento espiritual liderado por Juan Bautista.
Si el contexto es importante también lo es la referencia geográfica: el valle del Jordán es el lugar por el que el antiguo Israel entró en la tierra de la Promesa después de la esclavitud en Egipto. Un lugar por tanto que evoca, desde la memoria colectiva del pueblo, que las cosas pueden cambiar, que creer en Dios no es asumir la realidad resignadamente, sino ponerse en camino atravesando incertidumbres, sostenidos en una esperanza capaz de engendrar futuros inéditos y comprometida con la liberación del sufrimiento y la injusticia.
Pero si Jesús es atraído inicialmente por el movimiento reformador y el profetismo de Juan Bautista, Juan reconoce y proclama públicamente la novedad radical, el cambio de paradigma que encarna Jesús: El amor y la compasión como única ley, la projimidad como el culto que agrada a Dios más que que ningún sacrificio ni ofrenda. El Dios samaritano, todo cuidadoso e inclusivo que revela en sus palabras, gestos y prácticas. La Buena Noticia esperada por los más olvidaos y olvidadas.
Jesús queda afectado por lo que acontece en el Jordán, por la expectación del pueblo, por sus deseos de cambio, de búsqueda de una espiritualidad y una religión más auténtica, por el anhelo de justicia y liberación y como ellos, pide ser bautizado. El bautismo de Jesús es un también gesto con el que Jesús expresa su deseo de identificarse y sentirse pueblo y comunidad buscadora.
Pero también más allá de cualquier interpretación mítica el bautismo de Jesús constituye una de sus experiencias de filiación más significativas, en la que experimentó la fuerza de Dios en su vida: su Espíritu, reconociéndole y confirmándole en su deseo de ser cauce de su solidaridad amorosa con una humanidad ávida de otro mundo posible, de vida enabundancia, de vidas que merezcan el sentido y la alegría plena de ser vividas.
¿Dónde experimentamos nosotras y nosotros hoy la fuerza y la confirmación del Espíritu de Dios urgiéndonos y confirmándonos a humanizar y buenear la vida?
En la simbología mítica, la imagen del “cielo abierto” era una forma de expresar la comunicación entre los dioses y los humanos. Seguían siendo dos planos netamente diferenciados -cielo y tierra-, pero habían entrado en contacto. A partir de ahí, los humanos podían beneficiarse de los favores divinos.
En el relato de su bautismo, se da a entender que, para la creencia cristiana, el cielo “se abre” definitivamente con Jesús, que es confirmado como “el hijo amado, el predilecto”.
Desde nuestra comprensión, esas palabras van dirigidas a todo ser humano. Abrirse el cielo significa acceder a aquello que somos en profundidad, vivir en conexión con nuestra verdadera identidad. Y, al hacerlo, descubrimos que cada uno y cada una somos “hijos/as” amados, que equivale a decir que somos hijos e hijas del Amor, en cuanto naciendo del mismo y único Fondo de donde brota todo lo que es.
Al “abrirse el cielo” -al vivir conscientes de nuestra verdadera identidad y en conexión con ella-, todo se llena de luz, de gozo y de amor. Se siguen notando los límites y fragilidad de nuestra forma impermanente, pero también todo eso se vive desde la nueva comprensión.
Comentarios desactivados en Jesús no solamente se hizo hombre, sino que se hizo pecado (Bautismo de Jesús)
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01. relatos de revelación
El relato del Bautismo de Jesús (y después la Transfiguración) es la expresión de la experiencia que aquellos primeros cristianos tienen de que Dios nos habla por medio de Jesús, él es la Palabra: Éste es mi hijo amado, escuchadle.
02.- Bautismo de Jesús.
Siguiendo lo que nos dicen los evangelios, sobre todo S Lucas, Jesús fue creciendo en sabiduría, gracia… Por ello podemos pensar que Jesús creció también junto a Juan Bautista en los grupos que acudían a escuchar su predicación en el desierto.
Muy posiblemente en un momento dado, Juan Bautista bautizaría a Jesús ya adulto.
03.- Algunas consideraciones desde el bautismo de Jesús.
03.1 El que no tenía pecado se sumergió en las aguas del Jordán.
Jesús no tenía pecado, pero asumió el nuestro y descendió a las aguas bautismales del Jordán para liberarnos a todos. Jesús se sumergió en las “aguas turbulentas” de la humanidad.
Jesús no solamente se hace hombre, sino que se hace pecado. Durante toda su vida Jesús será amigo de pecadores y publicanos.
El agua es un símbolo bautismal. El agua purifica y da vida. En las aguas bautismales siempre queda sepultado el mal, el pecado: En las aguas del diluvio quedó sepultado el mal de la humanidad. En las aguas del Mar Rojo quedó sepultada la opresión del faraón, sus carros de combate… En las aguas del Jordán queda sepultado nuestro pecado.
03.2 Mientras oraba….
Jesús oraba. La luz y la consciencia brotan en la oración.
Orar es “estar en sí”: quietud, demorarse en el Señor. La oración es sosiego: Estando ya mi casa sosegada (S Juan de la Cruz).
Ya Santo Tomás hablaba de que no es buena la dispersión en las muchas realidades y actividades de la vida (spargi ad multa). La dispersión descentra, despista… Llenamos y nos llenan la vida de actividades y ansiedad: trabajos, reuniones sin fin, viajes, compras y no tenemos tiempo ni calma “para “estar en sí”.
Se trata de “estar en sí”. En castellano “estar en otro”: “enajenado” significa algo más negativo.
La luz y la lucidez amanecen cuando ponemos nuestra existencia en Dios, cuando en el fondo de nuestro ser nos ponemos en Dios. Los problemas, la ansiedad, la angustia, la salud-enfermedad, la muerte, el pecado encuentran paz y serenidad en el silencio con Dios.
03.3 Se abrieron los cielos
Los cielos “estaban cerrados” y por JesuCristo los cielos se abren para la humanidad.
Esto significa que se abrieron los cielos pero no solamente para después de la muerte, sino ya en esta vida. Hay veces que “se nos abren los cielos”
El ser humano sin Dios está cerrado, bloqueado: las grandes cuestiones no hallan salida. En el silencio cercano con Dios (oración), se abren los cielos y se intuye una salida definitiva a la vida y sus problemas: “se me han abierto los cielos”, ¡y es verdad!
03.4 Descendió el Espíritu de Dios
Los relatos del Bautismo de Jesús son narraciones que nos hablan de la presencia de Dios en JesuCristo: Este es mi Hijo amado.
Jesús vive en y del espíritu de Dios.
Bueno sería que el espíritu de Jesús configurara nuestra existencia, estuviera presente en la Iglesia, en la sociedad…
Decía el patriarca oriental Ignacio IV de Antioquía en el Consejo Ecuménico de Upsala 1968, decía con gran luci dez:
Sin Espíritu, Dios está lejos, Cristo permanece en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad un dominio, la misión una propaganda, el culto una evocación y el actuar cristiano una moral de esclavos.
Pero en el Espíritu, Cristo resucitado está aquí, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia significa la comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es un pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el actuar humano queda divinizado.
El espíritu de Jesús es bueno, es santo: el amor, el perdón, las bienaventuranzas, son un espíritu de vida, creativos. El espíritu es aliento vital, “ganas de vivir”, esperanza en el futuro.
Que el Espíritu de Dios, de JesuCristo, descienda a nuestras vidas.
Comentarios desactivados en “ Abrirnos a la acción del Espíritu para ser reconocidos también como predilectos del Padre”, por Consuelo Vélez
De su blog Fe y Vida:
Comentario a la Fiesta del Bautismo de Jesús 12-01-2025
El bautismo de Juan es con agua, el de Jesús con Espíritu Santo y fuego
El desafío estará en que la gente entienda el mesianismo de Jesús y sea capaz de acoger su novedad o se quede, en cierto sentido, “atrapado” en el bautismo de conversión predicado por Juan.
Estamos llamados a ser continuadores de la misma misión de Jesús para también ser, como Él, los hijos e hijas, predilectas del Dios Padre/Madre
Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban por dentro si Juan no sería el Mesías, Juan se dirigió a todos:
–Yo los bautizo con agua; pero viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno para soltarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego.
(…) Todo el pueblo se bautizaba y también Jesús se bautizó; y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y se oyó una voz del cielo:
–Tú eres mi hijo querido, mi predilecto.
(Lc 3, 15-16. 21-22)
La fiesta del bautismo de Jesús señala el comienzo de su vida pública. La primera parte del texto corresponde a la presentación de Juan el Bautista y la diferencia radicalentre el bautismo que él practica y el de Jesús. El de Juan es con agua, el de Jesús con Espíritu Santo y fuego. Esta aclaración resultaba necesaria porque el pueblo se preguntaba si el Mesías no era Juan. Pero este conoce su lugar y no se atribuye lo que no le corresponde. Él es solamente el precursor y no es digno de desatarle las sandalias a Jesús. El desafío estará en que la gente entienda el mesianismo de Jesús y sea capaz de acoger su novedad o se quede, en cierto sentido, “atrapado” en el bautismo de conversión predicado por Juan. Esto nos ayudaría a pensar en la praxis cristiana de muchos cristianos hoy que parece se quedan “atrapados” también de las formas externas, de los tradicionalismos, de las normas, del pecado y no logran entender la Buena Noticia de salvación que trae Jesús con la libertad que ella implica: una ley, una liturgia, una norma, una espiritualidad al servicio de la vida y no la vida al servicio de estas. Conviene discernir para entrar en la dinámica del reino de Dios anunciado por Jesús, abriéndonos a la novedad que Él nos trae.
Notemos que la segunda parte del texto que hoy consideramos, no dice que Juan bautice a Jesús, sino que él se bautiza con todo el pueblo -por supuesto se puede sobreentender que es Juan el bautizador- pero es interesante notar la diferencia entre los evangelistas y los énfasis que cada uno señala. Marcos y Mateo explícitamente dicen que Juan lo bautiza, mientras que Juan no habla del bautismo de Jesús. Esto tal vez se deba a que el bautizo de Jesús causó problemas en los primeros siglos del cristianismo porque surgía la pregunta de si era necesario que Jesús se bautizara, sabiendo que él no tenía pecado. En realidad, hay que ver este bautismo en solidaridad con el pecado del pueblo y, como ya dijimos, como inicio de su misión, más que en el sentido de conversión de pecados que claramente Jesús no tenía.
Otro dato interesante de Lucas es que presenta a Jesús en actitud de oración y es, precisamente estando en oración, que se abre el cielo, baja el Espíritu Santo y se oye la voz que confirma la identidad de Jesús como Hijo de Dios. El evangelio de Lucas nos invita en muchos momentos a esta actitud de oración o, en otras palabras, de apertura a la presencia del Espíritu Santo entre nosotros. La paloma significa la forma corporal de lo que está aconteciendo, la encarnación real del Hijo de Dios entre nosotros y la misión que comienza a realizar Jesús entre los suyos.
Estamos, entonces, llamados a acoger la misión de Jesús y a abrirnos a la acción del Espíritu, para ser continuadores de su misma misión, esperando que el Padre pueda decir también de cada uno de nosotros que somos sus hijos e hijas, predilectos de su corazón.
Comentarios desactivados en “Hijos en el Hijo”. El Bautismo del Señor, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Comentario a la lectura evangélica (Lucas 3, 15-16. 21-22) de la Misa del Bautismo del Señor – 12 enero 2025 –
La gente espera.
Confían, desean, esperan.
Porque la esperanza y el deseo forman parte de nuestra naturaleza profunda. Anhelo insuprimible de plenitud. Búsqueda inagotable de sentido que llene nuestros agotados días.
Confían. Esperan.
Una solución, una salida, algo de salud, algo de bienestar, algo de amor, el fin de…
(Todos esperamos). Y se preguntan, en sus corazones, si el Bautista no es la respuesta, el Mesías.
Alguien que resuelve. Que ofrece soluciones. Quien mágicamente nos ayuda a superar las muchas ataduras que nos impiden ser felices hasta el final.
La multitud no tiene el valor de explicitar ese pensamiento, de darle contenido. Es el Bautista quien responde, el gigantesco Bautista que podría aprovecharse de ese deseo, de esa ansiedad reprimida.
Es honesto, muy honesto. No se hace pasar por Dios. No juega a ser el Mesías.
Y habla utilizando tonos fuertes, propios del lenguaje profético.
Aquí viene alguien más fuerte, más decidido, más intransigente. Nada comparado con el rudo bautizador. Y usará el fuego para consumir a los culpables, para aniquilar a los réprobos.
Se equivoca, Juan, pero no lo sabe.
Sí, traerá fuego, el Mesías. Pero no el que castiga, sino el que enciende la abundancia del amor y el consuelo. Traerá el fuego arrollador de la pasión por Dios.
Si nuestra vida es la búsqueda obsesiva del dinero, al acercarnos al fuego, nos quemaremos.
Si nuestra vida es rendida y quejumbrosa, como la paja, el desperdicio del grano, arderemos.
Si nuestra vida es búsqueda, capas de cera, como las velas, nos encenderemos.
Todo el pueblo
La comunidad de Lucas ya ha recibido el bautismo, al igual que nosotros.
Y el evangelista, a diferencia de Marcos y Mateo, no relata el acontecimiento, lo da por supuesto. Al describir lo que hace Jesús después de recibir el bautismo, invita a su comunidad y al lector a imitarle.
Jesús recibe el bautismo junto con todo el pueblo. Penitente con los penitentes. Pobre con los pobres.
Ese primer gesto ya lo dice todo de él. De su estilo. De la salvación que vino a traer.
Jesús reza, después de haber recibido el bautismo. El primero de una larga serie de momentos de oración. No para enseñarnos a imitarle, sino para hacernos comprender que sólo en la pausa prolongada y silenciosa ante Dios podemos hacer florecer verdaderamente la semilla de eternidad depositada en nuestro corazón.
La oración es el ámbito privilegiado para hacer crecer en profundidad lo que somos.
Y los cielos se abren.
Esos cielos que Israel percibía cerrados y hostiles, como si Dios, ofendido o resignado por la dureza de corazón del pueblo, hubiera tirado la toalla. Largos siglos sin profecía, sin guía, sin palabras que vinieran directamente de Dios.
Ahora se abren los cielos y desciende una paloma en busca de su nido: Jesús.
Él es el lugar donde habita la plenitud del Espíritu Santo. Él es el lugar de su morada.
Él es el hijo que imita al Padre en todo, el amado, como Isaac para Jacob, el que da alegría al Padre.
Y nosotros con él, hijos en el Hijo, conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (Ef 2,19).
En el exilio
Han pasado cuarenta años desde la deportación a Babilonia. Dios suscita un profeta, un gran profeta, discípulo del profeta Isaías. Este profeta mira lejos. Muchos, entre el pueblo, han olvidado Jerusalén, se han integrado, algunos incluso han hecho carrera con los babilonios. Ya ni siquiera les interesa regresar.
Como nos pasa a nosotros, ya integrados, acostumbrados, resignados.
Que sufrimos el pensamiento corriente que confunde compasión con bondad, que nos enseña a ser discípulos, que reduce el acontecimiento de la fe a una opción cultural o social, o política.
Nos resignamos a proceder sin demasiados sobresaltos.
E Isaías les llama y nos llama a atrevernos. A consolarnos. A volver a ser antorcha, nuevo camino hacia Dios, aunque sea en medio del desierto que divide físicamente Babilonia de Jerusalén, morada del Espíritu, para todos los que aún quieren esperar.
Porque ha aparecido el consuelo, la compasión, la gracia de Dios, como escribe Pablo a su fiel discípulo Tito. Y como hemos celebrado en estos intensos días de Navidad. Como hemos descubierto si, como los magos, sabemos perseguir nuestra curiosidad.
Por eso vivimos de otra manera. Porque estamos agraciados, es decir, habitados por la compasión.
Hijos en el hijo, nos hemos descubierto amados y queridos. Bien amados.
No amados despertando culpas, manipulando, chantajeando, como estamos acostumbrados a hacer.
El amor reducido a sentimiento impulsivo, a satisfacer nuestra necesidad de ser el centro de atención.
Bien amados. Con una libertad que nos hace libres.
Como sólo Dios sabe amar. Porque, en Cristo, nos sabemos amados.
Y nos descubrimos capaces de amar con la sobreabundancia del amor recibido.
Cristiano, conviértete en lo que eres
Hoy estamos llamados a recordar el momento en que fuimos injertados en Cristo. Una elección casi siempre inconsciente y sufrida. Pero que podemos hacer nuestra, hoy, día tras día.
Convertirnos en hijos en el Hijo.
Portadores del Espíritu.
Alimentados por la Palabra, en la oración, en la compasión.
No somos el Mesías, pero podemos ser habitados por él, inflamados por él.
Vivir en la consolación. Y convertirnos en consolación.
Comentarios desactivados en Navidad “El Bautismo del Señor. ”, por el pastor Rubén Bernal Pavón
Agentes de un mundo nuevo
Comentario del San Lucas 3:15-17, 21-22
Juan el bautista, la voz que “clama en el desierto” (Lc 3:4), agitaba las conciencias de las multitudes y promovía la conversión y la transformación del pueblo hacia una vida comprometida con el Reinado de Dios. Impulsaba una reorganización ética del mundo en la que de poco serviría tener el pedigrí de ser “hijos de Abraham” (Lc 3:8). Exponía que, en la justicia del Reinado de Dios, hay que compartir los bienes propios con quienes no tienen (Lc 3:11), y no se debe abusar ni explotar los recursos de otras personas como solían hacer los publicanos (Lc 3:13), ni extorsionar a la gente por medio de imposiciones violentas para extraerles beneficios, como acostumbraban hacer los soldados (Lc 3:14).
Juan, al igual que los profetas del Antiguo Testamento, reclamaba un cambio de actitud en la vida de la gente para que el compromiso con Dios se manifestara a nivel social en el trato con el prójimo. La forma externa de este cambio de vida se manifestaba con el bautismo. Seguramente no era visto con buenos ojos por parte de las autoridades religiosas que los judíos, “hijos de Abraham,” tuviesen que realizar este rito tan parecido al bautismo de prosélitos, es decir, los gentiles convertidos al judaísmo (Lc 20:4-6).1
Este bautismo se realizaba en el río Jordán porque fue el río que el pueblo cruzó para entrar en la tierra prometida (Jos 3). Efectuarlo allí implicaba de algún modo que, cada persona, sin perder de vista la dimensión comunitaria, debía realizar su propio éxodo tomando conciencia de la acción de Dios en la historia (y en su propia historia), y procurando acatar la voluntad divina.2(Aquí puede haber un fondo interesante para orientar el sermón).
El ministerio de Juan despertaba grandes expectativas y muchos suponían que era el mesías esperado. Para desmarcarse de esta confusión, Juan indicó que su bautismo (que solo era de agua) contrastaría con el bautismo de aquel que era más poderoso, un bautismo en Espíritu Santo y fuego (v. 16). La idea del fuego frente a la del agua era familiar en esta época (1 Hen 67:13); implicaba una purificación del mal en el imaginario de un fuego santo que destruye y produce una criba.3 Conllevaba la idea de un fuego que devora lo que no puede hallarse ante Dios,4 o el juicio venidero del que no hay escapatoria (Lc 3:7).5 En cualquier caso, desde una actitud poiménica (cura de almas) centrada en Jesús, en nuestro quehacer homilético conviene enfocarlo desde la comparativa del agua (que lava por fuera) y el fuego (que purifica lo más íntimo de cada uno de nosotros).6 Desde un enfoque pastoral podemos relacionarlo con la democratización del Espíritu en las lenguas de fuego en Pentecostés (Hch 2:1-4), y con la manera en que nuestro corazón arde de gozo por la salvación del Señor. Sin embargo, no hay que olvidar la dimensión purificadora de juicio, pues viene confirmada seguidamente en el v. 17. Aunque, si hemos de hablar de un “fuego consumidor” (Heb 12:29), que sea el que hace desaparecer las malas actitudes y pecados que anidan en nuestro interior.
Jesús aparece para bautizarse (v. 21). Eso significa que se identifica y solidariza con el pueblo7porque el pecado no se entendía de modo individual, sino en su dimensión socio-colectiva. Se trataba de algo que dañaba la sociedad, tanto a nivel relacional con Dios, como en los seres humanos entre sí.
En el bautismo, el Espíritu viene a Jesús (cf. Is 11:2); aparece con forma de paloma, un símbolo que representaba a Israel8 y que recuerda al ave que envió Noé tras el diluvio para indicar un nuevo comienzo. Como la de Noé, esta segunda paloma, indica otro comienzo, señala una era donde Dios por medio de Jesús se relacionará de un modo nuevo con su pueblo y con la humanidad.9 Sin dar pie al adopcionismo, quizá es interesante destacar que el bautismo fue un paso más en la conciencia mesiánica de Jesús, quien no nació sabiendo, sino que tuvo un proceso de crecimiento en sabiduría (Lc 2:40; 2,52). Podemos suponer que fue un momento en que se sintió confirmado en su vocación.10 La voz del Padre en esta escena trinitaria otorga reconocimiento a Jesús como su Hijo amado en el que se complace y da respaldo al ministerio que va a desempeñar.
Tal vez convenga recordar en nuestro sermón que nuestros bautismos remiten a que el Señor “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit 3:5) y que todas y todos hemos sido bautizados por un solo Espíritu, constituyendo un solo cuerpo que bebe de ese mismo Espíritu (1 Co 12:13). Por tanto, nuestro bautismo apunta al de Jesús, con quien somos conjuntamente crucificados/as, quien ha abierto un camino nuevo y por cuyo Espíritu nos hace participantes de su cuerpo. En el bautismo morimos y expresamos el nacimiento a una nueva vida en Cristo.
Gálatas 3:27 señala que por nuestra fe tenemos un bautismo distinto al que Juan realizaba; hemos sido bautizados/as en Cristo y eso nos lleva a ser también hijas e hijos de Dios ( Gá 3:26), con lo cual se nos otorga el verdadero linaje de Abraham (Gá 3:29). Participamos de una nueva y cálida relación filial con Dios y nos proyectamos, como nuevas criaturas (2 Co 5:17), hacia una nueva (re)creación. Somos agentes, aquí y ahora, del soñado mundo nuevo que anunciaba el bautista en el desierto.
Notas
En realidad se debate si el origen ritual del bautismo de Juan debe buscarse en las repetidas abluciones de los esenios (teniéndose en cuenta las similitudes de Juan con estos grupos), o si, por el contrario se encuentra en el ritual del único bautismo de prosélitos. Cf. J. DRANE, Jesús, 3ªed. (Estella: Verbo Divino, 1996), 34.
Cf. B. PÉREZ ANDREO, La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios (Madrid: PPC, 2018), 60.
Cf. B. PÉREZ ANDREO, Op. Cit., 30; R. P. MENZIES, The development of early Christian pneumatology with special reference to Luke-Acts (Sheffield: Academic Press, 1991), 135-145.
Cf. E. SCHWEIZER, El Espíritu Santo, 3ª ed. (Salamanca: Sígueme, 2002), 73.
Cf. H. KÖSTER, Introducción al Nuevo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1988), 576.
Cf. H. ALVES, Símbolos en la Biblia (Salamanca: Sígueme, 2008), 196.
Cf. G. E. LADD, Teología del Nuevo Testamento (Tarrasa: CLIE, 2002), 241. Cf. También M. GREEN, Creo en el Espíritu Santo (Miami: Caribe, 1977), 154, y J. DRANE, Op. Cit., 35.
J. DUNN, Jesús y el Espíritu (Salamanca: Secretariado Trinitario, 1981), 38.
Ibíd. 36.
Cf. J. M. CASTILLO, Símbolos de libertad. Teología de los sacramentos (Salamanca: Sígueme, 1981), 194.
Comentarios desactivados en “Con la vista en el Bautismo de Jesús, Amigo de pecadores”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Han pasado los días desde la Epifanía de Jesús a los Magos sabios, y la liturgia nos lleva en un salto cronológico que parece no atender al largo silencio sobre la infancia de Jesús. Según el Evangelio de San Mateo, transcurren treinta años y más desde Belén hasta su bautismo en el Jordán, sin que nos diga nada sobre sí mismo.
Nuestra curiosidad querría saber cómo vivió Jesús su juventud, quién le enseñó a leer y escribir, cómo llegó a ser un hombre maduro… Los Evangelios no nos dan respuestas. Sólo podemos decir que, en los años inmediatamente anteriores a su bautismo, Jesús fue discípulo del Bautista en el desierto de Judá, como nos atestigua el mismo Juan en su predicación mesiánica: «El que viene detrás de mí es más fuerte que yo» (Mt 3,11), por lo que Jesús bien puede contarse entre los discípulos del Bautista.
Y es precisamente como discípulo que Jesús pide a Juan, su rabino, recibir la inmersión en las aguas del Jordán, colocándose en la fila de los pecadores que desean profesar un deseo de conversión, un retorno a Dios. Es la presentación del Jesús adulto, su primer acto público. Él que es el Mesías, el Ungido del Señor, el Salvador de Israel, el Hijo de Dios que vino al mundo… se presenta en una fila con pecadores, una presentación que persigue ese rebajamiento, esa humilde sencillez que desde su nacimiento prefiere no exhibir sus prerrogativas divinas, o al menos lo que suponemos que son sus prerrogativas divinas.
Él, el Cristo de Dios que no necesita el bautismo para la remisión de los pecados, estando libre de pecado, no sólo está en la fila, a la cola, sino que pasará el resto de sus años siempre entre pecadores, hasta el último día en que incluso su muerte en la cruz será entre malhechores. Los fariseos le llamaban, no por casualidad ni mucho menos como un cumplido, «el amigo de los publicanos y de los pecadores» (Mt 11,19). Sin embargo, todavía hoy nos cuesta aceptar tal manifestación, basta pensar en los títulos con los que reconocemos a Jesús, su concepción, su nacimiento, sus naturalezas… ¡hasta «Cristo Rey»!
Es curioso que la tradición cristiana nunca haya pensado que «amigo de los pecadores» pudiera ser un título cristológico. Y, sin embargo, ésta es la primera salida pública que marca las intenciones del hombre, es decir, que dice su programa de vida.
Por eso Jesús es sumergido por Juan en el Jordán. Jesús hace un gesto pascual de descenso al río de una humanidad perdida, descorazonada, cansada, y luego se levanta, no se queda en esas aguas, sale de ellas, profecía de su resurrección a una vida nueva, y con Él nos arrastra a todos nosotros fuera de esa esclavitud, de ese miedo al pecado que siempre nos mantiene esclavizados.
En ese momento se abren los cielos, signo que en el lenguaje bíblico sugiere la reapertura de una comunicación entre Dios y la humanidad, y el Espíritu Santo desciende como una paloma, suavemente, sobre él y una voz proclama: «Este es mi Hijo, el Amado: yo le amo». Palabras que acompañan la vida como una caricia.
Y uno se da cuenta enseguida cuando una vida no ha sido acompañada por la caricia de la palabra que dice “te amo”. Es la historia de la humanidad, es la historia de Adán y Eva, de siempre… por eso en el relato el evangelista trata de evocar el comienzo, el principio, para decir que en Jesús se inaugura una nueva creación, Él es el nuevo Adán, el nuevo tipo de hombre, que es acariciado por el Espíritu, con toda la dulzura de la Palabra de Dios y sólo un hombre así será capaz de amar.
Consideremos cómo Jesús cambia profundamente el significado del bautismo. Hubo abluciones, baños purificadores antes de Él y habrá más después de Él, pero la transformación que tiene lugar en el Jordán es única: la Palabra de Dios transforma el bautismo de un acto de penitencia en una proclamación de amistad. En la inmersión en el Jordán, la penitencia deja paso a la declaración de un Dios que se hace nuestro amigo, nuestro compañero de viaje. Y la prueba viene del hecho de que los fariseos, cuando quieran criticar a Jesús y burlarse de él, le llamarán precisamente eso “¡Aquí hay un comilón y un borracho, un amigo de publicanos y pecadores!”, Sí, lo somos. Somos pecadores, pero en buena compañía, Jesús es nuestro amigo.
Cuando las primeras comunidades volvieron a proponer el bautismo a los nuevos cristianos, cada pila bautismal se convirtió de nuevo en una especie de Jordán, por cuyas aguas el adulto descendía al estanque, como Jesús había descendido al Jordán, para que le dijeran: te quiero de verdad, tú eres mi amigo, tú eres mi hijo.
El bautismo expresaba así el deseo de asociarse a Jesús, de sumergirse en este amor. Por eso nadie se bautiza a sí mismo. Se puede decir que se ama a Dios, que se ama a Jesús, que se hace esto y lo otro… pero el Bautismo se recibe -como los sacramentos de la Iglesia-, lo que dice una verdad tan importante como olvidada, que no somos nosotros los que entramos en la amistad y en la comunidad de Cristo, sino que el hecho de ser acogidos en la comunidad y en la amistad con Jesús, es un don, que por supuesto exige nuestra respuesta, pero al principio es la amistad de Jesús con nosotros, pobres y confundidos.
Es la misericordia de Dios la que viene a nosotros, no el despliegue de nuestros méritos lo que nos hace agradables a Dios. Y la Iglesia, si quiere ser fiel a la amistad de Jesús, está llamada a ser amiga de los pecadores, no para justificar sus pecados, sino porque Ella misma ha tenido la experiencia de que la Palabra, que transforma el agua del pecado en manantial de vida que regenera, es ser amada. Sólo el amor regenera al hombre nuevo.
Pasar de una idea de Iglesia a la que hemos estado acostumbrados durante siglos, y que a pesar del Concilio Vaticano II, de la colegialidad, de la sinodalidad,…, seguimos teniendo en la cabeza y en los hábitos como el modelo de Iglesia gregoriano y tridentino, no es fácil.
Tenemos en la mente un modelo fundado en tres pilares: seminario, sacramentos y catecismo, un modelo que privilegia precisamente la sacramentalización en detrimento de los itinerarios de formación bíblica; un modelo centrado en los niños y en la cura animarum y en la conducta moral de los adultos, y fundado en relaciones comunicativas unidireccionales: del clero a los laicos, del adulto al niño, del varón a la mujer… Un modelo enjuiciador porque se cree el único portador de valores, investido de la misión de moralizar la moral.
Si no cambiamos, en nuestro país, en pocas décadas la realidad subvertirá esa idea y figura de la Iglesia que se ha presentado durante siglos como una institución omnipresente, superorganizada, centralizada en sus procedimientos formativos y decisorios y rígida en sus formas rituales iguales en todas partes… y surgirá finalmente una figura de Iglesia más sinodal y dinámica.
No se trata tanto de un nuevo modelo al que hacer adherir la realidad, sino que se trata precisamente de relativizar todo modelo y, manteniendo un mínimo de estructura, dar vida a pequeñas comunidades capaces de verdadera fraternidad que compartan el Evangelio y sean capaces de expresar carismas y ministerios internamente, en el territorio donde viven.
No es trivial, pero una Iglesia con rostro amable, una Iglesia que sea capaz de decir palabras que acaricien la desesperación del mundo, que sumerja no todavía en un bautismo de purificación para renovar culpas, sino que sumerja en la estima, en el amor, en el valor que cada uno es y aporta… no se improvisa.
Mientras tengamos un laicado predominantemente pasivo, mal formado, desconocedor de sus derechos y deberes, dependiente del clero, y una teología débil marginada por dinámicas censoras o autocensuradoras…. Pero es sobre todo en torno a las figuras de Obispos y sacerdotes donde se coagulan las posibilidades y las resistencias al cambio: son los sujetos centrales de la Iglesia tridentina y quienes tienen el poder de cambiar, pero no tienen -normalmente- el sueño de lo alternativo que es el cambio y la novedad.
No es el modelo lo que nos interesa, es el proceso lo que cuenta, un proceso que parte de la inmersión en el Jordán, un proceso que, como escribe Pablo a los cristianos de Éfeso, sigue el ejemplo de Cristo, de aquel que derriba muros, que derriba esos muros construidos con culpas, con prescripciones, con juicios hipócritas.
Bendito será el día en que la gente, nuestros contemporáneos, dejen de decir que los cristianos son «los que van a misa»… para decir como se dijo de Cristo, ¡aquí están los amigos de los publicanos y de los pecadores!
Comentarios desactivados en “Pacto de las catacumbas: la Iglesia con identidad humilde y sencilla para los pobres”, por Julián Bedoya Cardona
«Nos urge la revolución de la ternura y del amor»
«Haciendo memoria al Pacto de las Catacumbas, hito de los obispos que en su radicalidad optan por los pobres y una vida austera. Esperando recuperar estas voces y matices de ser Iglesia «
«Para la ocasión, Gregoire Hadad, obispo de Beirut, redactó un texto de claro compromiso para la época posconciliar el 16 de noviembre de 1965»
«La conmemoración nos permite interpretarlo en una perspectiva no solo episcopal, sino también de historia y teología, abierta a todos los espacios de vida y misión de los cristianos en un mundo donde aflora la acumulación, los portentos y riquezas»
| Julián Bedoya Cardona
Durante el último año del Concilio llegó a formarse un grupo considerable de partidarios de una Iglesia humilde y sencilla. Estos querían que se aprobara un decreto especial por el que los padres conciliares se comprometieran a luchar en favor de la sencillez evangélica y en contra de las viejas tentaciones triunfalistas. Centenares de obispos se mostraron dispuestos a dar el paso. Pero el decreto no se aprobó. Lo que sí aprobaron los padres conciliares es el #8 de la constitución dogmática Lumen Gentium:
Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres. Cristo Jesús, «existiendo en la forma de Dios…, se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo» (Flp 2,6-7), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8,9); así también la Iglesia, aunque necesite de medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a «evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos» (Lc 4,18), «para buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10); así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo…
Gregoire Hadad, obispo de Beirut, quien había sido consagrado obispo en 1949 fue invitado por varios obispos de diversos países; redactó un texto de claro compromiso para la época posconciliar el 16 de noviembre de 1965, en él se reunía lo que se había elaborado en diversos equipos que no se conocían, pero que estaban animados por el mismo Espíritu.
Completado y aprobado por varios cardenales y obispos, se dirigió el texto a los padres conciliares, para que estudiaran, discutieran y tomaran posición frente a él, sirviendo de meditación y compromiso de conciencia. No se trataba sino de sugerencias, cuya aplicación páctica ha de ir dictada por las circunstancias de cada lugar y las llamadas que cada uno sienta a conciencia. Dicho documento recibió el título del esquema XIV.
Comparto parte del testamento del esquema XIV:
Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, habiendo sido iluminados sobre las deficiencias de nuestra vida de pobreza, según el Evangelio, animados mutuamente, de forma que cada uno quiere evitar las singularidades y la presunción, unidos a todos los hermanos en el episcopado, contando con la fuerza y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y presbíteros de nuestras diócesis respectivas, y colocándonos por el pensamiento y la oración ante la Santísima Trinidad, la Iglesia de Cristo, y los presbíteros y fieles de nuestra diócesis, en la humildad y en la conciencia de nuestra debilidad, pero también con toda determinación, y fuerza que Dios nos quiere conceder por su gracia, nos comprometemos a lo que sigue.
1.- Procuraremos vivir según la manera ordinaria de nuestra población, en lo que se refiere a la vivienda, alimentos, medios de transportes.
2.- Renunciaremos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en los hábitos (telas de calidad, colores vistosos), en las insignias de metales preciosos (deben ser evangélicas). El maestro vivió pobremente y debemos seguirlo en su pobreza.
3.- No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni cuentas bancarias a nombre propio. Si es preciso tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis o de las obras sociales o caritativas.
4.- Confiaremos siempre que sea posible la gestión financiera y material, en nuestra diócesis, a un grupo de laicos competentes y conscientes de su deber apostólico, para ser más pastores que administradores.
5.- Nos negamos a que se nos llame de palabra o por escrito con nombres y títulos que significan grandeza y poder (eminencia, excelencia, monseñor…). Preferimos el titulo evangélico de Padre.
6.- Evitaremos en nuestra conducta y relaciones sociales lo que puede parecer que da privilegios, prioridades, o incluso preferencias a los ricos y a los poderosos (banquetes ofrecidos y aceptados, clases en los servicios religiosos).
7.- Evitaremos igualmente animar o halagar la vanidad de cualquiera con vistas a recompensas, dones o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus ofrendas como una participación normal en la liturgia, en el apostolado y en la acción social.
8.- Daremos todo lo que sea necesario (tiempo, reflexión, corazón, medios…) para el servicio apostólico y pastoral de las personas, grupos de trabajadores, económicamente débiles y subdesarrollados, sin que esto sea un perjuicio para otros grupos y personas de la diócesis. Sostendremos a los laicos, religiosos, diáconos y presbíteros que el Señor llame a evangelizar a los pobres y a los obreros, compartiendo su vida y su trabajo.
9.- Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad y de sus relaciones mutuas, intentaremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales, basadas en la caridad y en la justicia, que tienen en cuenta de todo y de todas exigencias como un servicio humilde de los organismos públicos competentes.
10.- Procuraremos por todos los medios que los responsables de nuestros gobiernos y de los servicios públicos decidan y apliquen las leyes, estructuras e instituciones sociales necesarias para la justicia, igualdad y desarrollo armónico y total de los hombres, y se consiga así un orden social nuevo, digno de los hijos del Hombre y de los hijos de Dios.
11.- Ya que la colegialidad de los obispos encuentra su realización más evangélica en compartir la carga común de las mayorías en estado de miseria física, cultural y moral; nos comprometemos: a participar según nuestros medios en las inversiones urgentes de los episcopados en las naciones mas pobres, a requerir de forma conjunta a los planes de organismos internacionales, pero testimoniando el Evangelio, como Pablo VI en la ONU, la realización de estructuras económicas y culturales que no produzcan naciones proletarias en adelante en un mundo cada vez mas rico, sino que permitan a las mayorías salir de sus miserias.
12.- Nos comprometemos a compartir en la caridad pastoral nuestra vida con nuestros hermanos en Cristo, presbíteros, religiosos, laicos, para que nuestro ministerio sea un servicio verdadero. Nos esforzaremos a revisar nuestra vida con ellos; suscitaremos colaboradores para ser animadores según el Espíritu más que los jefes según el mundo; intentaremos estar presentes de la manera más humilde, acogiendo a todos; nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.
13.- Nos comprometemos a que, cuando regresemos a nuestras diócesis, haremos conocedores a nuestros diocesanos del compromiso que hemos tomado por los medios más discretos, pero, al mismo tiempo, más eficaces, pidiéndoles que nos exijan cuenta de los diversos puntos de este compromiso, y que nos ayuden con su comprensión, concurso y oraciones.
El Pacto de las Catacumbas quiso ser el texto y el compromiso concreto de un reducido número de obispos (no se sabe con exactitud, si fueron 39 o 40 obispos), que lo firmaron en su propio nombre, en el contexto del Concilio, pero no en el aula rica del Vaticano, sino en la catacumba pobre de Domitila, en un lugar donde se mantiene viva la tradición de la Iglesia de los perseguidos y marginados de la antigua Roma. La conmemoración nos permite interpretar el Pacto en una perspectiva no solo episcopal, sino también de historia y teología, abierta a todos los espacios de vida y misión de los cristianos en un mundo donde aflora la acumulación, los portentos y riquezas.
En el 2016 el Papa Francisco envió una carta a Julian Carrón donde pide un retorno a las raíces “en un mundo desgarrado por la lógica del beneficio que produce nuevas pobrezas y genera la cultura del descarte, no dejo de involucrar la gracia de una Iglesia pobre y para los pobres. No es un programa liberal, sino un programa radical”.
Muchos de los que hoy en la Iglesia optamos y realizamos la opción preferencial por los pobres nos miran como “bichos raros”, con desdén… debemos hacer el pacto de las catacumbas o renovarlo quedándonos bien grabadas las palabras de Jesús “a los pobres siempre los tendrán y podrán ayudarlos cuando quieran” (Mc 14, 7) “todo lo que hicieron a mis hermanos necesitados a mí me lo hicieron”. En ocasiones los pobres lo único que reciben es la indiferencia (pecado social). Como nos ha dicho el Papa Francisco en repetidas ocasiones: nos urge la revolución de la ternura y del amor.
Comentarios desactivados en “Nosotros somos el problema”, por Gabriel Mª Otalora
De su blog Punto de Encuentro:
| Gabriel Mª Otalora
Las dificultades ayudan al desarrollo humano. Preferiríamos que todo fuese más fácil, pero el esfuerzo de superación está contenido en el éxito. Aquellas no son “el problema”; tampoco lo son en la vida cristiana. El centro de nuestra crisis parece ser otro: hemos desenfocado la misión esencial cristiana de ser testigos luminosos de nuestra fe en Cristo. Ser luz para todos, Lumen Gentium en expresión feliz de uno de los documentos del Concilio Vaticano II que no ha perdido actualidad. Ser luz, buena noticia, es el objetivo fundamental de la evangelización.
Sin embargo, ocurre que la Iglesia se refuerza en lo institucional bastante más que en la vivencia del Mensaje. La consecuencia -o el origen- es un clericalismo que elude autocríticas y culpa de los males eclesiales a los demás, a los de afuera, es decir, a los predilectos del Evangelio. Qué paradoja. La sinodalidad llega en medio de una pasividad clamorosa, pero llega para quedarse como fermento que fructificará con el tiempo; es una apuesta a largo plazo, como los árboles más frondosos, que ha sido ninguneada porque exige un cambio de actitudes real. Es un proceso de conversión global para resetear nuestra actitud de humildad a la escucha del diferente caminando juntos en unidad, no en la uniformidad impuesta. Quienes están boicoteando esta iniciativa papal, solo viven el corto plazo. A Jesús le pasó algo parecido: él apuntaba a la luz divina, y no pocos de quienes le escuchaban se quedaron mirando a su dedo.
Los hechos no engañan sin que, repito, haya autocrítica alguna mientras se prima a la institucionalidad eclesial por encima de la Buena Noticia en un tiempo oscuro como el nuestro, qu es donde el Mensaje debiera calar mejor. Pero la institución eclesial parece cada vez más centrada sobre sí misma y sus problemas en lugar de ser un modelo de anuncio luminoso, tal y como propone el Adviento que ahora comienza. Desde luego que no ayuda la gestión de la pederastia por la CEE (con dos honrosas excepciones: las diócesis de Bizkaia y Madrid). Bajan las vocaciones en medio de la crisis de identidad sacerdotal y laical, YVde la desorientación pastoral en medio del desinterés general por vivir en cristiano, tal como refleja la deserción de fieles en las eucaristías y en las comunidades parroquiales.
Para colmo, algunos deciden encastillarse en las seguridades de la tradición con minúscula, tan superficial (siempre se ha hecho así) como sociológica (cumplimiento). El regalo de la experiencia de la fe, en este caso dilapidado a la manera de la parábola de los talentos. Admiro al Papa Francisco por el esfuerzo inmenso para enmarcar nuestro encuentro con Cristo en este tiempo tan difícil, porque las resistencias mayores que se encuentra cada día vienen de dentro.
Estamos en crisis de experiencia de Dios porque la institución eclesial es más importante que el Mensaje. Jesús no fundó la Iglesia, es la Iglesia la que se funda en Jesús. No nos dejó una estructura eclesial diseñada, sino una forma de vida (Cristina Inogés). Y sus seguidores somos el problema, cada vez que nos colocamos en uno de estos tres vértices: conformismo descomprometido, hiperactividad social desconectada de la vivencia transformadora como testigos de Alguien, no de algo. O clericalismo a ultranza, tal como lo ha definido y denunciado Francisco. Así es difícil que los que siembran adecuadamente, tengan relevancia suficiente.
Al final, los resultados no son una casualidad, sino el fruto de una enorme inconsecuencia. El Adviento como tiempo de espera, pero de espera activa, es la esperanza fundada en la siembra del amor servicial con la actitud que tanto impactó a Tertuliano en el siglo II al ver comportarse a los cristianos: “mirad como se aman”. Solo así el fruto llegará abundante.
Mientras tanto, nuestras pequeñas comunidades son el campo adecuado para germinar las semillas de la Buena Noticia a nuestro alrededor. Vivir el Adviento con esta determinación es caminar en la dirección adecuada. No es poca cosa.
Comentarios desactivados en “Aunque es de noche: El motivo de la noche oscura en San Juan de la Cruz”, por Mariano Delgado
«La crisis actual de Dios es una ‘crisis de fe'»
«La experiencia mística de Juan de la Cruz se entiende entonces como un camino a través de la noche oscura (activa y pasiva) de los sentidos, como un desprendimiento radical de nuestros apegos a las cosas de este mundo, como una dolorosa superación de nuestro egocentrismo, como una búsqueda de Dios sin forma, imagen ni figura»
«Juan de la Cruz toma esta relación amorosa como matriz para la verbalización poética de su experiencia mística, que le condujo a la unidad inseparable del amor a Dios y del amor al prójimo»
«La crisis actual de Dios es una «crisis de fe». Nos resulta difícil encontrar un camino de fe responsable entre la Escila del agnosticismo creciente de muchas personas de buena voluntad y la Caribdis del cristianismo-aleluya de evangélicos y carismáticos católicos»
| Mariano Delgado*
San Juan de la Cruz (1542-1591) es considerado el místico de la «noche oscura». En su estudio Saint Jean de la Croix et le problème de l’expérience mystique (París 1924), Jean Baruzi calificó la «noche oscura» como la creación más original e incluso el único auténtico símbolo de su mística. Muchos autores le han seguido. La experiencia mística de Juan de la Cruz se entiende entonces como un camino a través de la noche oscura (activa y pasiva) de los sentidos, como un desprendimiento radical de nuestros apegos a las cosas de este mundo, como una dolorosa superación de nuestro egocentrismo, como una búsqueda de Dios sin forma, imagen ni figura.
Tal interpretación se basa en parte en la prosa del propio Juan de la Cruz, que comparaba su experiencia de Dios con la ardua ascensión a una montaña por un camino angosto y oscuro. Una vez alcanzada la cima, uno se encuentra de frente con la absoluta NADA, porque Dios está ausente, oculto (Deus absonditus), pues es el completamente Otro para nuestros sentidos, que permanece oscuro y elude cualquier intento de comprenderlo o «aprehenderlo». Entonces sólo queda clamar: «¿Adónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido?»
Los comentarios en prosa pretenden encajar la experiencia mística, que es «simbólica» en sus poemas, en el lecho de Procusto de la teología escolástica y mística. No es de extrañar que Juan de la Cruz interrumpiera su obra tras comentar sólo dos de las ocho estrofas de su poema más famoso «En una noche oscura». Pues los comentarios oscurecen en parte el rayo divino que destella en los poemas. Su experiencia de la noche oscura parece más accesible si miramos los poemas. Pues como decía Hans Urs von Balthasar, san Juan de la Cruz fue elevado a la categoría de Doctor de la Iglesia más bien como poeta que como prosista.
¡Oh noche que juntaste…!
Su poema más famoso se caracteriza por la dinámica de un éxodo sereno y anhelante en una noche oscura hacia un encuentro estimulante que nos proporciona la experiencia de sabernos amados y nos hace olvidar todas nuestras preocupaciones. A primera vista, ésta es también la estructura de una relación amorosa humana feliz, razón por la cual el poema atrae a los lectores incluso sin una interpretación teológica. Juan de la Cruz toma esta relación amorosa como matriz para la verbalización poética de su experiencia mística, que le condujo a la unidad inseparable del amor a Dios y del amor al prójimo.
Él –que apenas llegaba a 150 cm de estatura a causa del raquitismo infantil, una enfermedad de los pobres– sabía que a partir de cierto momento de su vida fue «buscado», «tocado», «llagado» y «trocado» o transformado por Dios; y sabía que la iniciativa había partido del propio Dios, que nos amó primero (cf. Jn 15,16) y que nos busca mucho más intensamente de lo que nosotros podamos buscarle a él.
El poema habla de la «noche» de dos maneras. Por un lado, es la noche oscura de la salida «con ansias en amores inflamada … / estando ya mi casa sosegada». Por otro lado, es la noche del feliz encuentro, al que se acude «sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía». Este guía, metáfora en última instancia de la «fe» en la noche oscura de la vida, era, sin embargo, «más cierto que la luz del mediodía». El punto culminante del poema se encuentra en la quinta estrofa, en la que se alaba especialmente la noche oscura del encuentro:
«¡Oh noche, que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!»
Incluso en una época como la nuestra, en la que sólo quedan restos secularizados o culturales del antiguo simbolismo de la fe, debería ser comprensible de qué noche oscura se habla aquí. Es la noche de Belén, la noche de la Encarnación, en la que tiene lugar «el maravilloso trueque», del que hablan los Padres y el último Concilio en Gaudium et spes 22: Dios (el Amado) se unió con la naturaleza humana (el Amado) y así, en cierto sentido, con todo ser humano.
Para Juan de la Cruz, esta unión es algo así como la «condición de posibilidad» de nuestra vocación divina (deificatio). Por eso nos ha dejado esta sentencia de claridad meridiana: «Lo que pretende Dios es hacernos dioses por participación, siéndolo él por naturaleza, como el fuego convierte todas las cosas en fuego» (D 106). Esta transformación es un doloroso «proceso de purificación» que a veces conduce a experiencias de la noche oscura o de la ausencia de Dios. Pero el poema trata sobre todo del misterio de la Encarnación como «núcleo» de la fe cristiana y recomienda sólo ésta (sola fide) como camino hacia Dios.
Aunque es de noche
El segundo poema con la noche como Leitmotiv o hilo conductor trata de «la fonte que mana y corre», es decir de la que fluyen las «caudalosas corrientes» de la gracia divina, «aunque es de noche». No sólo riegan «cielos» y «las gentes», sino también los «infiernos», como dice Juan de la Cruz en una estrofa atrevida. El universalismo de la salvación en la experiencia mística también da que pensar a la teología dogmática.
«Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente», nos dice el libro de la Apocalipsis 21,6. San Juan de la Cruz estaba convencido de que Dios llama a todas las criaturas a hartarse de este agua, «aunque a oscuras porque es de noche». En la noche oscura de la vida, conoce esta fuente únicamente por la fe, que «que es una hábito del alma cierto y oscuro» (2S 3,1).
La fe es cierta porque sabe cómo es Dios y, por tanto, es la que mejor puede conducirnos a Él: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Juan 4,16). La fe es, pues, «maravillosa» para quien se atreve a creer, porque –como la nube oscura y tenebrosa en el peregrinar de los hijos de Israel por el desierto– «es noche oscura, da luz al alma, que está a oscuras» (2S 3,6).
Aunque la luz de la Encarnación «brilla en la tiniebla« (Juan 1,5), la fe también es «oscura»: porque aquí en la tierra, en las condiciones de finitud, «aún es de noche» (2S 3,5), pero también porque habla de cosas «que nunca vimos ni entendimos en sí ni en sus semejanzas, pues no la tienen» (2S 3,3). Esta oscuridad de la fe forma parte también de la noche oscura o de la experiencia de la ausencia de Dios en la propia historia vital y el sufrimiento del mundo.
Aventurarse en la fe oscura
La Carta Apostólica «Maestro en la fe» (14 de diciembre de 1990), con la que el Papa Juan Pablo II abrió las celebraciones del cuarto centenario de la muerte de san Juan de la Cruz en 1991, habla de la noche oscura colectiva de nuestro tiempo, caracterizada especialmente por la experiencia de la ausencia de Dios debido a las catástrofes humanitarias y a las guerras, así como al repetido holocausto de tantos inocentes. Ante el retorno de la religión que se observa desde mediados de los años 1980, teólogos como Johann B. Metz diagnosticaron no sólo una «crisis de la Iglesia», sino también y sobre todo de una «crisis de Dios», que es también una forma sutil de su ausencia: está escondido bajo el manto del anhelo religioso-esotérico del presente, pero también en la profundidad de la historia de esperanza y sufrimiento de la humanidad.
La crisis actual de Dios es una «crisis de fe». Nos resulta difícil encontrar un camino de fe responsable entre la Escila del agnosticismo creciente de muchas personas de buena voluntad y la Caribdis del cristianismo-aleluya de evangélicos y carismáticos católicos. San Juan de la Cruz nos recomienda asumir el riesgo de una fe «cierta», pero también «oscura» como camino hacia Dios. Ésta no es capaz de responder a preguntas como la que el teólogo Romano Guardini reservó para Dios mismo en la hora de su muerte: «¿Por qué, Dios, para la salvación los terribles rodeos, el sufrimiento de los inocentes, el pecado?»
En la noche oscura de nuestras vidas, el místico de Fontiveros, como quien dice uno de nosotros tocado por la gracia de Dios, nos invita a «confiar» en un Dios que es «amor» y que será justo con todos, combinando el amor y la misericordia.
* Mariano Delgado es Catedrático de Historia de la Iglesia y Director del Instituto para el Estudio de las Religiones y el Diálogo Interreligioso de la Universidad de Friburgo en Suiza así como Decano de la Clase VII (Religiones) de la Academia Europea de Ciencias y Artes de Salzburgo.
«Debemos defender la verdad a toda costa, aunque volvamos a ser doce» es la frase completa, tal como es posteada y reposteada por curas, youtubers e influencers de la pataleta cultural, que no alcanzan a ponerse de acuerdo en si la pronunció Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger o un judaizante de los que se infiltraron entre los gálatas en los días en los que Pablo no tenía inconveniente en escribir palabras malsonantes en sus cartas, sin anticipar que sus escritos serían considerados palabra de dios unos siglos después.
Hay varios inconvenientes con esta famosa frase, copy/paste preferido de los intolerantes de nuestros días: Empezando por el final, nunca «fuimos» doce. El número usado en los evangelios para el grupo de los apóstoles no es el número de los amigos de Jesús, ni de sus discípulos, ni siquiera es en sentido estricto el número de los «enviados». Tampoco es el número de los ungidos por Jesús para ninguna tarea jerárquica en una institución que no existía para el año 30, ni para el 60, ni para el 90, ni para el 180 después de Cristo. El 12 es un número simbólico, como tantos otros en la biblia – casi todos – que tiene una connotación ancestral, histórica en el sentido de identidad con las raíces. Le da al movimiento de Jesús una característica de continuidad respecto de Israel.
Si para el nuevo testamento decir que Jesús tuvo un grupo de 12 es una forma de decir que lo de Jesús era un «nuevo Israel», también ese número trae del antiguo testamento otra fuerte carga simbólica que hace referencia a la comunidad, a la tribu, al clan que se hace familia y sobre el cual, la religión del post-exilio fue elaborando una promesa: Por medio de esas tribus llegaría la luz y la misericordia del Señor a todos los pueblos de la tierra. Por eso luego, en la matemática cifrada del apocalipsis de ese cristianismo cautivo de finales del siglo I y comienzos del II, esa misma idea se expresaría bajo la cifra 144.000 que nos habla de una comunidad capaz de alcanzar al mundo entero.
Usar el doce como una cifra que expresa un grupo reducido, una pequeña porción de radicales fieles a lo que consideran su verdad, una élite de bienaventurados que se autodenominan perseguidos porque su obstinada religión excluyente los aleja de la comunión, no solo demuestra una lamentable manipulación del texto bíblico, sino una teología opuesta a la revelación, en la que dios no se ofrece a la humanidad, sino que se reserva a una porción a la que ellos, fieles y únicos capaces de comprender, pertenecen. El cristianismo no es ni puede ser jamás un movimiento de contracción porque nació como una expansión seductora e incluyente, que se extendió a fuerza de contagio y adaptación, pues de cada cultura hacia la que se esparcía la buena nueva la comunidad iba acogiendo formas, expresiones y preguntas que le hicieron nunca reducirse a un uniforme doctrinal, litúrgico ni moral de una única sede, al menos durante sus primeros doscientos años.
Luego está la expresión «a toda costa», que refleja muy bien el ánimo y la convicción de estos herederos de la cristiandad guerrerista e imperial, con sus summas y catecismos de teología monárquica y tiránica, en la que la buena noticia no tiene cabida porque el anuncio ha sido reemplazado por la imposición de un aparato doctrinal cerrado y unilateral, incapaz de ofrecer sentido sobre la realidad o arrojar luz sobre la incertidumbre de quienes la viven. Una imposición carente de humanismo, de ética, desde la que califican con absolutos las más variadas situaciones de la gente común, desde la que intentan que todos los creyentes sientan que son poca cosa, que son tontos y manipulables, que son confundidos desde todos los espectros de la vida, y que solo sus frases, sus clichés apologéticos, pueden salvarles. Ya no se trata solo de aquel exabrupto institucional: «fuera de la iglesia no hay salvación», sino que fuera de la facción tridentina, juanpablosegundista y catecismática, no hay ni salvación, ni redención, ni liberación; aunque dentro tampoco haya nada.
A toda costa implica justificar los medios porque el fin que persiguen es «la salvación de las almas», pues a esta gente 17 siglos de antropologías no han logrado moverlos un centímetro del platonismo de Agustín; y para lograrlo es permitido mentir sobre la historia de la iglesia, ocultar las inconsistencias de los últimos siglos de magisterio, tergiversar las cifras, los datos, los testimonios y las conclusiones de las investigaciones sobre abusos, porque aunque la Biblia sea escrita y pida ser leída desde la perspectiva de los marginados; el fin que persiguen les justifica convertirla en un vademécum de sus propios privilegios y soberbias.
No se puede hacer iglesia «a toda costa», ni se puede proponer la buena nueva «a toda costa». No sin traicionar la esencia de la misión y la propuesta de Cristo, que no quiso convertir una sola palabra de la escritura en dogma inalterable, sino que acercó a cada persona al dios que acoge las realidades y las repara, según lo que cada uno es y necesita, y que tejió con sus seguidores una moral de cercanía y proximidad. Una moral samaritana. No hay dos tratos iguales en los encuentros de Jesús en el evangelio. Tampoco hay imposiciones religiosas. No seguimos a un estratega del proselitismo que preparó a un ejército de apologetas, sino a un sanador de enfermedades que acercó a sus amigas y amigos al dolor del mundo, y los envió a curar ese dolor.
El tercer y más grave problema de esta mentalidad – reduccionista y maniquea – de la ortodoxia de nuestros días, es el asunto de «Defender la verdad». Una vocación ‘aristocrática’ que en principio entiende que la verdad es una afirmación, o un conjunto de afirmaciones que cumplen con las reglas de un aparato lógico aunque sus fundamentos consistan en olvidar toda lógica a la hora de literalizar el lenguaje mítico de los textos bíblicos o las analogías con las que los padres de la iglesia interpretaron ese lenguaje. Esa facción que con orgullo se autopercibe medieval, contrarrevolucionaria y guardiana de la tradición se precia de su rigidez y fundamentalismo en la defensa de la existencia del demonio – le tienen un cariño especial a ese oponente que su dios acusador no necesita – o del infierno, de la composición y taxonomía de los ángeles, de la metafísica aristotélica que hace posible la eucaristía (Para qué un Cenáculo teniendo un Liceo), de la necesidad inaplazable de un purgatorio dantesco, entre otros; pero a la vez se vuelve amplia, relativista y hermenéutica cuando se trata de las palabras del pentateuco sobre el derecho de propiedad, o las de los profetas sobre la primacía de las víctimas, o las de Jesús sobre el perdón o el dinero, o las de Pablo sobre lo que tendrían que hacer con sus prepucios los que no pueden deshacerse de sus prejuicios (también en Gálatas, versículo 12 del capítulo cinco, por cierto).
Hay que ver la cara de asco o de risita burlona que les sale a estos ‘defensores de la verdad’ cuando pronuncian la palabra «nefasto» o «intrínsecamente perverso» al referirse a las auténticas búsquedas desde las que las humanidades intentan resolver los desafíos heredados de épocas de segregación y exterminio. Hay que oír las lamentaciones y extensas quejas ante las experiencias que prueban las personas que no encuentran en esa facción repelente de la iglesia más que propuestas de piedad que nada tienen que ofrecer aparte de altas dosis de superstición. Que a los pueblos les cierren las fronteras, que tantos se ahoguen en deudas, que miles no sepan que hacer con su ansiedad, que, en fin, la vida no encuentre un asidero, no es importante para esta cofradía de curas, músicos, youtubers y «creadores de contenido», desde que las personas sepan que el comunismo es malo, que el feminismo es malo, que el ambientalismo es malo, que el modernismo es malo y que el actual Papa es demasiado comunista, feminista, ambientalista y modernista. La ‘verdad’, para ellos es antagonismo, oposición, negación, es fijación y petrificación, es el motor inmóvil, apagado y sin combustible. La verdad ortodoxa es sepulcro, blanqueado, no vacío.
La verdad en la escritura, en cambio, es una fuente de confianza en uno mismo, en la vida y en las manos que sostienen la existencia; es un asidero ante la crudeza de los tiempos, de las desigualdades y el desamor; es una posibilidad de autenticidad y libertad en medio de las tiranías y sus intentos por quitarnos lo más personal de nosotros mismos. La verdad de Jesús es dejar de postergar la cercanía de dios, que hace posible la paz, la alegría, la resistencia cuando azotan la tempestad o el vendaval. La verdad de Cristo no necesita ser defendida, porque no es susceptible a ataques ni sofismas, sino inspirada en el interior de las personas como una luz que se hace brújula y hoguera, y evidente en la forma de tejer vínculos que hacen posible que cada quien se descubra como un ser valioso, capaz de ofrecer lo suyo, con un enorme aporte para dar y con una auténtica familia a la cual acogerse. La verdad cristiana no es un contenido ante el cual debamos decir: «sí creo» y quedarnos tranquilos porque no negamos lo que dijeron unos señores eclesiásticos con pretensión de infalibilidad, sino un acto en el que una y otra vez dejamos ver que vivimos desde la confianza, que elegimos desde la cercanía, y que celebramos desde la autenticidad; y que intentamos nunca cederle el timón a la malicia, la sospecha, al escrúpulo o el prejuicio, aunque quienes los tienen por dogma los vendan con etiqueta de «Verdad».
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Marek Halter, escritor francés, escribió en 2021 un libro “Un monde sans prophètes”. En su obra postula recuperar el profetismo porque nos ayuda a actuar positivamente en este histórico período que hasta se muestra carente de puntos de referencia éticos.
Y es que se necesitan figuras que despierten a los hombres, que los devuelvan al camino correcto de la belleza, del bien, de la verdad, de…, que les recuerden el sentido de la justicia. Cuando estas personas no están, no sólo falta justicia sino que también faltan políticos capaces de responder a las preguntas del presente. La palabra «profeta», “nabi” en hebreo, proviene del término acadio “nabû”, que significa “grito”: son hombres que «gritan», informan, denuncian,…
En el año 1030 a.C., el último de los jueces, Samuel, tuvo que darle un rey al pueblo judío, el primer rey de Israel, Saúl. De hecho, los judíos querían ser como todos los pueblos «modernos«, tener un rey. Entonces el juez se lo dio. Al hacerlo, sin embargo, quería explicar que nunca existirá un poder verdaderamente justo. Un hombre con poder, observó, no celebrará referéndums todos los días, no siempre preguntará a la gente lo que piensa, pero tomará decisiones, por ejemplo, decidirá ir a la guerra, y muchos jóvenes morirán en una conflicto que ellos no eligieron, el pueblo será aplastado por los impuestos porque un rey necesita dinero… pero a pesar de estas advertencias los judíos siguieron queriendo un rey, como todos los demás. Cuando lo tuvieron, el juez Samuel dijo que sería necesario, en ese momento, limitar el poder totalitario del rey, crear un contrapoder, y así dio origen a la primera escuela de profetas, de la que ambos hombres y las mujeres eran parte. Les enseñó cómo atraer la atención de la gente – en ese momento no había radio, televisión, internet – estos informantes tenían que despertar sus mentes para no aceptar lo inaceptable. Así nació el concepto de profetas.
Los profetas en la antigüedad jugaban un papel esencial, eran quienes recordaban al rey que debía cumplir sus promesas y deberes; la mayoría de ellos fueron asesinados por ello. No era fácil ser profeta, transmitir la moralidad al pueblo, no era fácil ser una persona justa.
En cierto momento, la antigüedad llegó a su fin y comenzó otra época en la que la religión, el clero, tomó todo en sus manos. En Europa, primero fue la religión cristiana y, después, el Islam, retomaron el concepto de profetas. Imagino que no ha habido época sin profetas. Ciertamente no todos los profetas en la historia han sido personalidades religiosas, creyentes en Dios, pero sí han creído en la Humanidad.
El profeta es una persona carismática, que no tiene nada que ganar, que no tiene intereses políticos ni económicos, que sólo tiene una preocupación, la justicia. Por eso, por ejemplo, el profeta no quiere ser agradecido ni aplaudido. Eso no es lo que le interesa. Ésta es la fuerza del profeta y de su autoridad y credibilidad.
Hoy ¿qué profetas y qué profetismo puede despertarnos, darnos esperanza, una esperanza colectiva? ¿Hay alguien que pueda darnos esperanza? Nos asustaría que no hubiera nadie… ¿Seremos los adultos capaces de ofrecer una aventura y un sueño de esperanza a los jóvenes? ¿Serán las ideologías? ¿Serán las iglesias y las religiones las que puedan cumplir su papel de dar esperanza? ¿Habrá un rayo de esperanza como, por ejemplo, el de Juan Pablo II, cuando ante la multitud en la plaza de San Pedro, el 22 de octubre de 1978, hizo un llamamiento: «¡No tengáis miedo!»? ¿Qué instancias y referencias de profetismo y de esperanza tenemos?
Los judíos, se suele decir, tienen una salida a esto: los justos, que son una mujer como tú o un hombre como yo. No son santos, pero han hecho más bien que mal. Ellos han «reinventado» este término, ‘justos’ – puesto que ya estaba en la Biblia – para agradecer a los no judíos que salvaron a los judíos durante la guerra, se les llama “Justos de las Naciones”. Y cuando se pregunta a algunos de los que salvaron qué les impulsó a hacerlo, miran sorprendidos, «es normal«, suelen decir. Esto es lo extraordinario. En los “Jardines de los Justos” se realiza algo magnífico; en esos lugares se honra a hombres y mujeres «normales«, pero lamentablemente este tipo de normalidad hoy no se difunde por la televisión y los medios de comunicación. Sólo nos muestran violencia, maldad, muerte, es terrible… Vemos falsos profetas.
Puede ser verdad que en tantos países laicos o secularizados ya no se puede hablar de religión en las escuelas. Y, sin embargo, las religiones son parte de nuestras civilizaciones; por ejemplo, no podemos hablar de civilización judeocristiana o griega sin hablar de la Biblia, de Homero, de la Odisea… porque forma parte de nuestra historia y porque debemos educar a generaciones que no se sorprendan al ver un mundo diferente o cambiante, alternativo, contra-cultural, nuevo. Necesitamos entender que este momento de la historia puede ser un momento de profetismo sea creyente, o agnóstico, o ateo,…
La del profeta es una mirada que la Biblia llama «esperanzada». El profeta no es quien anuncia el futuro sino quien mira el mundo y la historia con los ojos de Dios sabiendo que quien se compromete a sembrar vida pasará por el tamiz de la desilusión. Pero eso no significa que se dé por vencido.
El profeta a veces cede, duda,… ¡Dios le pone tantas veces a la prueba! Tantas veces sus decepciones de multiplican. Sin embargo, es fácil imaginar que el profeta trata de superar la adversidad; que, para asegurar la victoria de tal pasión profética, es necesario hacer frente, resistir, luchar contra el desaliento. La vida encuentra la manera de expresarse con frutos sorprendentes, a menudo precisamente donde nunca lo hubiéramos esperado. El profeta es el que adelanta y prepara la primavera de los nuevos cielos y la nueva tierra. Los ojos y las manos del profeta trazan el camino del futuro y el compromiso en el presente.
Se necesita mucho coraje para no retirarse a la desolación del tiempo. Sintiendo y viendo la emoción de la vida bajo el polvo, sabiendo que en este aparente invierno se prepara una primavera. Sin embargo, para quien intenta la aventura de ser profeta, no hay otra historia que la de, testarudo y convencido, querer «plantar esperanza» incluso obstinadamente obligando a nacer el amanecer a pesar de todo.
«Al menos sabrán que hay un profeta entre ellos«: esta frase, que abre el libro -y la vocación- de Ezequiel, nos puede acompañar a lo largo de este Adviento y a las puertas del Jubileo de la Esperanza. Porque estoy convencido de que nuestro tiempo necesita urgentemente profecía, necesita miradas, palabras y gestos que puedan indicar un horizonte posible de un buen futuro y así infundir esperanza, ayudándonos a no escapar del hoy, a no desperdiciar energías y tiempo en debates estériles y controversias interminables, mientras el mundo corre y no espera.
Necesitamos la profecía para entender algo sobre nuestro tiempo, sus cambios y sus fracturas, sus recursos y sus límites. Necesitamos hombres y mujeres que, con coraje y parresía, arriesguen una palabra incómoda pero generativa y fructífera, al menos en intuición, pensamiento, provocación, sueño.
Queremos creer que todavía hay profetas, por supuesto, y sin embargo, parece que su escucha es más limitada, menos abierta, menos acogida, porque hoy nos cuesta dar espacio a una palabra que nos molesta en nuestras certezas y hábitos. Evidentemente, lo sabemos, siempre ha sido así, desde los tiempos de Israel, pero hoy, tal vez, en una desorientación general, se está extendiendo nuevamente la sed de profecía verdadera y humana; tal vez sentimos la necesidad de profecía, pero con demasiada frecuencia no sabemos de dónde sacarla.
El tiempo de Adviento es también propicio para la profecía, porque la Palabra nos empuja hacia la Navidad invitándonos a escuchar a los profetas que se han movido e indicado caminos viables para una humanidad en camino; es un tiempo necesario para evitar quedar sumergidos, cada año más, en la religión del consumo y la controversia, mientras los acontecimientos actuales golpean indomables con su pesado olor, asfixiando lo bueno que queda.
Necesitamos tiempos de silencio y de reflexión, de oración y de inmersión en uno mismo, de docilidad al Espíritu y de «ayuno» de demasiadas charlas vacías. Necesitamos tiempos para superar las resistencias, para reconstruir la confianza, para revivir el seguimiento apasionado. Necesitamos maestros y discípulos, esencialidad y sustancia de la vida, desestimando, en la medida de lo posible, lo que aturde y pesa. Puede que sea el momento que dirija un “kairos” hacia la Navidad para redescubrir la sed de profecía. El tiempo de Adviento nos guía, a través de la Palabra, a entrenar nuestro oído y nuestra vista, nuestro corazón y nuestra razón, para ver destellos de profecía que puedan, paso tras otro, ayudarnos a vivir el hoy y a gestar y alumbrar el mañana.
Deteniéndonos en lo esencial, tendiendo hacia el futuro en la fe de un Espíritu que salvaguarda, también hoy, nuestro camino, como humanidad entera y como comunidad cristiana. Atreverse a tener el coraje de escuchar, de conmoverse, a partir de la Palabra y de quienes, creyentes o no, ofrecen una declinación de ella para el siglo XXI, superando las inercias que inmovilizan, paralizan y alimentan los miedos.
“La fe, la verdadera, está enteramente hecha para conducirnos desde el tiempo, para hacernos vivir del tiempo hacia la eternidad, en la vida eterna. Pero no podemos acceder a la vida eterna mediante la fe más que en el tiempo y para el tiempo, ya que la fe misma es temporal”: escribió en 1961 una mujer profética como Madeleine Delbrêl.
Tenemos sed de profetas que nos ayuden a vivir la fe en los tiempos de hoy. Que esta gracia del profetismo nos sea dada a todos.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF (Remitido por el autor)
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Esta frase, atribuida a Jesús de Nazaret, me lleva a pensar en otra de igual contundencia y realidad: el que no avanza, retrocede. Y me pregunto una vez más ¿qué pasa con la Iglesia Católica que se niega a avanzar como se lo exige su imprescindible necesidad de diálogo con la sociedad en que se mueve? La Iglesia padece esclerosis, definitivamente. Hay muchos síntomas de que esto es así. ¿Qué podemos hacer quienes creemos que vivir según la propuesta de Jesús, exige hacerlo desde una comunidad que no sólo apoye sino que confronte?
Veamos algunos ejes de esta parálisis eclesial:
Recién realizado el Vaticano II, aún en medio de confrontaciones y fuerzas contrarias, la mayoría de las parroquias vivieron un renacimiento en muchos ámbitos que animó los sueños de mujeres y hombres eclesiales. Las mujeres participaron como acólitas, lectoras, ministros de la comunión de los enfermos, tomaron parte en la predicación de la palabra… Mujeres y hombres laicos administraron los bienes parroquiales e hicieron parte de sus juntas de orientación y de gobierno. Se esperaron transformaciones más radicales de un lado, mientras se negaban de otro.
Pasadas unas décadas este entusiasmo se mermó y lo más grave: Nuevas generaciones de seminaristas que no vivieron los aires del Concilio, se formaron en paradigmas más tradicionales y apegados a fórmulas antiguas. Hoy, muchas de esas parroquias, han retomado prácticas conservadoras y los nuevos creyentes se manejan como si nunca hubiera habido búsquedas diferentes, definitivamente volvemos hacia atrás: comunión de rodillas, mujeres lo más lejos posible del altar en funciones significativas, nada que ver en los destinos reales de las parroquias…
Por otro lado se convoca el Sínodo de la sinodalidad… del que muchos esperaban un cambio rezagado por siglos. Pero el cambio no llega y el Sínodo no alcanza siquiera a maquillar la ceguera de siglos. La realidad realmente es muy dura.
Un hombre como Francisco, el Papa, capaz de vislumbrar muchas de las necesidades del mundo y de escribir encíclicas sobre las urgencias que nos exige la naturaleza o los reclamos de fraternidad, de corazón y amor que nuestras sociedades necesitan… parece no escuchar muchos clamores al interior de su propia comunidad eclesial y no se toma en serio la urgencia de transformación como condición imprescindible para no perder vigencia en un diálogo que el mundo de hoy no tolera sino desde igualdades reales y profundas. Este Papa, al que admiro por muchas de sus palabras y actitudes… no lo alcanzo a entender cuando se trata del tema femenino… ¿qué le pasa? ¿qué le pasa a la iglesia?
Ya antes de iniciarse la reunión sobre la sinodalidad, Francisco mismo veta cualquier acercamiento a lograr en la iglesia dignidad para la mujer: el tema del diaconado femenino no está maduro para debatirse… ¿Qué significa estar maduro y quién lo determina? No basta que lo pidan iglesias nacionales enteras (la de Alemania por ejemplo), no importa que lo pidan los órganos que coordinan las comunidades religiosas femeninas, no importa que lo pidan teólogos y teólogas o comisiones… No está maduro todavía… ¿Y sí madurará en medio del silencio y la omisión?
Más allá del asombro y la protesta me pregunto de fondo: ¿Qué defiende la iglesia con esta negación a moverse? ¿Qué es lo que cree que teme perder? Porque no pienso realmente que a estas alturas del desarrollo de los estudios bíblicos y de la conciencia crística se pueda defender que no se hace tal cosa porque Jesús no la hizo. Desde lo más hondo de mí tengo que pensar que lo único que pasa y que temen, es que los hombres pierdan el monopolio del poder.
Todas las organizaciones en Occidente y la mayoría de las iglesias cristianas ya han abierto sus puertas a las mujeres. ¡Hasta el ejército! Pero la iglesia católica, no… ni siquiera permite discutirlo. Yo creo que este asunto reviste gravedad. Me resulta difícil además resolverlo -en el caso de Francisco, no de la mayoría de los varones eclesiales- con la respuesta del poder. No creo por todo lo que muestra en el conjunto de su pontificado que Francisco tema perder poder… ¿De qué está preso entonces en el tema del diaconado y la ordenación femenina?
Todavía en la Iglesia Católica los hombres tienen temores al “oscuro universo de la mujer”, es la única conclusión que se me ocurre. Todavía tal vez de manera inconsciente piensan que su “impureza” contamina el ámbito sagrado… No creo poder hallar razones diferentes en estos momentos de la discusión y claridad teológico-bíblica. Y esto sin abordar en estas reflexiones el problema inmensísimo de la pedofilia y de los abusos sexuales por parte de los sacerdotes…
Percibo además, un miedo indiscriminado al futuro. Como si el porvenir sólo exigiera desviaciones y caminos errados. La vida en abundancia, que prometió el Maestro no se puede encontrar con los ojos cerrados al mañana. La vida no está atrás en el retrovisor… la vida está adelante.
El evangelio nos habla claramente:
“He venido para que tengan vida…
En esto conocerán que son mis discípulos…
Los que hagas a un pequeño de estos, me lo harás a mí…
Hay que perdonar al hermano setenta veces siente…
Poner la otra mejilla…
Sanar a los heridos y enfermos…”
No hay chance de perderse… entonces ¿por qué tantos temores de romper cadenas y ensayar pasos nuevos?
Ojalá la fuerza del Espíritu irrumpa, expulse los temores y haga abrir las ventanas. De lo contrario, un diálogo con mundos del mañana resultará imposible.
Comentarios desactivados en Tomáš Halík imagina una nueva Iglesia y envía cartas a un futuro papa que se le aparece cuando duerme
Herder publica ‘Desde el reino de los sueños‘, la nueva obra de una de las voces más influyentes del cristianismo actual
Tomáš Halík es una de las voces más influyentes del cristianismo actual. De ahí la importancia de lo que tenga que decir sobre el futuro del cristianismo, y, por lo tanto, de su último libro, ‘Desde el reino de los sueños’
Se trata de una recopilación de doce cartas que Halík envía a un futuro papa que se le aparece en sueños con el nombre de Rafael, que en hebreo significa «medicina que sana» o «Dios sana»
Para Halík, la Iglesia necesita una transformación profunda, no una purga superficial. Una de las razones por las que el autor cree que la sociedad se ha alejado de la Iglesia es por su apariencia de cosas anacrónica, y sobre todo, por su verticalidad jerárquica
La cuestión no se reduce a creyentes frente a ateos. Halík nos recuerda que una parte considerable de la población no se reconoce como «religiosa», pero sí como «espiritual»
(Herder editorial).- Tomáš Halík es una de las voces más influyentes del cristianismo actual. Juan Pablo II lo nombró asesor del Consejo Pontificio para el Diálogo con los no Creyentes en 1992, Benedicto XVI le concedió el título de Monseñor y Prelado de honor de Su Santidad en 2009, ha recibido distinciones como el Premio Comenius y el Templeton, y sus libros han sido traducidos a más de veinte idiomas. De ahí la importancia de lo que tenga que decir sobre el futuro del cristianismo, y, por lo tanto, de su último libro, Desde el reino de los sueños.
Se trata de una recopilación de doce cartas que Halík envía a un futuro papa que se le aparece en sueños con el nombre de Rafael, que en hebreo significa «medicina que sana» o «Dios sana». Desde esa aparición, el papa Rafael se convierte en un interlocutor continuo con el que Halík intercambia ideas y meditaciones acerca del estado actual y futuro de la Iglesia.
El autor deja claro que en ningún momento el papa Rafael sustituye al papa Francisco. Cada cual tiene responsabilidades distintas, ámbitos particulares. El del papa Francisco es la realidad; el del papa Rafael, la imaginación. El segundo es un punto intermedio entre el padre terrenal y el divino, y, como bromea Halík, el papa Rafael tiene la ventaja de estar más disponible que el papa Francisco.
Hacia una Iglesia renovada, acogedora, universal
Ni los peores ni los mejores vaticinios sobre el futuro (nuestro presente) de la Iglesia se han cumplido. Por el momento, ni la Iglesia ni su comunidad de fieles se encuentran en peligro de extinción, aunque tampoco se ha producido la expansión que algunos pronosticaban. Es innegable, eso sí, que atraviesa un momento de crisis. El número de creyentes ha venido reduciéndose, y la imagen de la Iglesia ha quedado muy gravemente mancillada a partir del desvelamiento de los casos de abuso.
Para Halík, la Iglesia necesita una transformación profunda, no una purga superficial. Una de las razones por las que el autor cree que la sociedad se ha alejado de la Iglesia es por su apariencia de cosas anacrónica, y sobre todo, por su verticalidad jerárquica.
La cuestión no se reduce a creyentes frente a ateos. Halík nos recuerda que una parte considerable de la población no se reconoce como «religiosa», pero sí como «espiritual». Tiene unas inquietudes, unas intuiciones, unos sentimientos que tradicionalmente se han canalizado, ordenado y explicado a través de la religión, pero que ya, en esos casos, no es así. Y no porque no les convenza el mensaje de la Iglesia, sino porque, con la mala imagen que tienen de ella, rechazan instintivamente todo cuanto suene a eclesiástico.
La opinión de Halík es que la Iglesia debe abrirse y acercarse a la sociedad, no como una instancia superior reguladora, sino como un hogar. San Pablo ya advertía que la fe vive en el espíritu, no en la letra, pero Halík ve un peligro igual en considerar que solo emana de las palabras de los hombres de Iglesia. Siempre guiados por los maestros, cada cual ha de ahondar en su propia experiencia religiosa para vivirla con la máxima profundidad posible.
Extracto del libro
La revelación de Dios tiene el carácter de un misterio inagotable; por eso, siempre hay que dejar espacio para una búsqueda ulterior y una comprensión más profunda. Ciertamente, necesitamos guías y maestros, intérpretes eruditos y mistagogos, que nos inspiren y animen a profundizar en el camino de la búsqueda. Pero, del mismo modo que no podemos fijarnos en la letra, tampoco podemos fijarnos en el maestro; no podemos eximirnos de toda responsabilidad por nuestra propia búsqueda delegando esa responsabilidad únicamente en el magisterio. La escucha del Espíritu que, en el proceso de maduración de la fe, conduce al creyente individual y a toda la Iglesia a profundizar progresivamente en el conjunto de la verdad no puede ser sustituida por la mera obediencia a los portadores de la autoridad eclesial. Nuestra Iglesia católica, en particular, ha estado sometida a esta tentación durante siglos. La palabra creer se ha entendido a menudo como «aceptar obedientemente lo que los dirigentes de la Iglesia me presentan». El arte de escuchar al Espíritu fue así sustituido por la virtud de la obediencia, la lealtad a la institución. La autoridad eclesiástica tampoco tiene el monopolio exclusivo de la plena comprensión del Espíritu; también debe escuchar al Espíritu hablar de otras maneras: también a través de la experiencia y la práctica de la fe de todo el pueblo de Dios como sensus fidelium, y a veces a través de las voces solitarias e incómodas de los profetas. Los portadores de la autoridad eclesiástica se han mostrado a menudo poco dispuestos a escuchar y a tomar en serio las voces proféticas de quienes veían de lejos lo que se avecinaba y ante lo que muchos ocultaban su rostro.
El autor
Tomáš Halík (Praga, 1948) es profesor de sociología de la Universidad Carolina de Praga, presidente de la Academia Cristiana Checa, vicepresidente del Consejo de Investigación en Valores y Filosofía de Washington y sacerdote de la Parroquia Académica de Praga en la iglesia de San Salvador. Durante el régimen comunista, fue ordenado sacerdote en Érfurt (Alemania Oriental) de forma clandestina y, más tarde, estuvo trabajando en la iglesia underground checa.
Tras la caída del régimen comunista en 1989, fue nombrado secretario general de la Conferencia Episcopal Checa y consejero del presidente Václav Havel. El papa Juan Pablo II lo nombró asesor del Consejo Pontificio para el Diálogo con los no Creyentes en 1992, y el papa Benedicto XVI le concedió el título de Monseñor y Prelado de honor de Su Santidad en 2009.
Ha recibido numerosos reconocimientos internacionales, entre ellos, el premio Romano Guardini, el premio al Mejor Libro de Teología de Europa por su obra Paciencia con Dios, el título honorífico Hombre de Reconciliación por el diálogo entre cristianos y judíos, la medalla Per Artem ad Deum, otorgada por el Consejo Pontificio de la Cultura, así como el Premio Comenius y el premio Templeton. Sus libros habían sido traducidos a 20 idiomas.
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De María Luisa Paret García
Gema Segoviano, Grupo de Fe y Espiritualidad de FELGTBI+, feyespiritualidad@felgtb.org
SEGOVIA
ECLESALIA, 14/10/24.- La novela de María Luisa Paret (Editorial San Pablo) nos transporta a uno de los momentos más mitificados pero a la vez desconocidos como son las primerísimas comunidades cristianas. La voz de Pablo es la que ha recogido más testimonios, pero alrededor de su figura aparecen hombres y mujeres de gran valía que vivieron la Palabra y la evangelizaron.
Una de estas mujeres es Tecla de Iconio. Apenas era una muchacha cuando escuchó a Pablo hablar en contra de su familia y pasó por una prueba de la que salió indemne, tal y como relatan los documentos que han llegado hasta nuestra época. Mujer valiente que tuvo que soportar que, a pesar de todo el trabajo que las mujeres realizaban en esas comunidades, sus voces se fueran silenciando para no molestar a los poderes laicos de esa época. Una analogía que recuerda todos esos momentos que viven las mujeres en la actualidad, donde, en muchos ámbitos, se mantiene aquello de “calladita, mejor”. Una pérdida de voces y de diversidad de dones que todavía se percibe en demasiados ambientes eclesiásticos, que a la vez se quejan de la poca asistencia a los templos.
Puede que los momentos de reflexión que acompañan a este relato novelado ayuden a arrojar algo de luz en algunas comunidades y que no se repita el error de minimizar las voces de las mujeres.
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(Imagen Ilustrativa Infobae)
En la Iglesia se sigue manteniendo que las relaciones homosexuales son condenadas en la Sagrada Escritura como graves depravaciones y presentadas, incluso, como la consecuencia desastrosa de un rechazo de Dios. Pero seguramente esta doctrina de la Iglesia está construida sobre cimientos muy frágiles. Y tarde o temprano llegará a comprender que, a los ojos de Dios, ningún hombre debe ser llamado profano o impuro.
Antes de que el húngaro Karl-Maria Kertbeny acuñara el término homosexualidad en 1869, la Iglesia no hablaba de homosexuales, sino de sodomitas, en referencia al episodio legendario narrado en el Libro del Génesis. Sodoma, la ciudad principal de la pentápolis cananea, florecía «como el jardín de Yahvé» (Gén 13,10) y por ello fue elegida por Lot cuando se separó de Abraham (Gén 13,12). Pero “los hombres de Sodoma fueron malvados y pecaron grandemente contra Yahvé” (Gén 13,13). El profeta Ezequiel, para quien los pecados de Sodoma fueron «orgullo, avaricia y ociosidad indolente», acusa a los habitantes de la ciudad de no extender la mano a los pobres e indigentes, de haberse vuelto orgullosos y de cometer lo que es abominable hacia Yahvé. ” (Ez 16,49-50); en el Libro de la Sabiduría es precisamente el incumplimiento del deber sagrado de la hospitalidad el motivo del castigo divino: «No habían acogido a los extranjeros que llegaron… habrá juicio porque acogieron a los extranjeros hostilmente» (Sab 19,14.15).
Al no lograr encontrar ni siquiera diez justos en esa ciudad (Gén 18,31), Yahvé decidió borrarla de la faz de la tierra. La gota que colmó el vaso de la ira del Dios de Israel fue cuando una noche Lot recibió a dos ángeles. Los hombres de la ciudad, al enterarse de esto, «se agolparon alrededor de la casa, jóvenes y viejos, todo el pueblo», y pidieron a Lot que dejara salir a sus invitados para poder insultarlos (Gén 19,4-5). Lot no quiso aceptar, no tanto por una cuestión de moralidad, sino porque el huésped es sagrado y el dueño de la casa es responsable de su seguridad incluso a costa de su propia vida (Sal 23,5). Lot está dispuesto a ceder ante los deseos de los habitantes de Sodoma, sus «dos hijas que aún no han conocido a varón; déjame sacarlos a ti y hacer con ellos lo que quieras, de modo que tú no les hagas nada a estos hombres, porque han venido bajo la sombra de mi techo» (Gén 19,8). Pero la multitud intentó derribar la puerta. Afortunadamente los ángeles intervinieron y se llevaron a Lot y a todos sus familiares, dándole luz verde a Dios para que desatara su ira mortal, de hecho «Yahweh hizo llover desde el cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego provenientes de Yahweh. Destruyó esta ciudad y todo el valle con todos los habitantes de la ciudad y la vegetación del suelo” (Gén 19,24-25).
Un episodio similar se puede leer en el Libro de los Jueces y se refiere a la ciudad de Guibeá, cerca de Belén (Jueces 19,11-30). Un levita que viajaba con su concubina y uno de sus sirvientes, al no encontrar alojamiento, aceptó la hospitalidad de un anciano generoso. También aquí, como en Sodoma, algunos hombres de la ciudad, al saberlo, rodearon la casa y pidieron al dueño de la casa: «Saca al hombre que entró en tu casa, porque queremos abusar de él». El anciano, apelando al sagrado deber de la hospitalidad, se negó, pero dijo que estaba dispuesto a entregarles tanto a su hija, que era virgen, como a su concubina, diciéndoles: «viólalas y hazles lo que quieras, pero no cometáis contra aquel hombre tal infamia» (Jueces 19,24). La situación fue resuelta por el levita, que tomó a su concubina y la entregó a los hombres que sitiaban la casa, quienes «la violaron toda la noche hasta la mañana», hasta que murió (Jueces 19,25). Incluso en este episodio la transgresión no afecta a la sexualidad sino al deber sagrado de la hospitalidad. La conclusión espantosa del episodio es que el levita luego desgarró el cuerpo de la mujer en doce pedazos con un cuchillo que envió como advertencia por todo el territorio de Israel… Es sorprendente que en el episodio de Guibeá, a diferencia del de Sodoma, no, no hay castigo divino para los violadores sino sólo la venganza de los israelitas, que evidentemente habían aprendido bien de Yahvé y ahora actuaban en su nombre, con una terrible masacre que dejó veinticinco mil cien muertos en el campo (Jueces 20,35.46).
A partir de estos episodios, que pertenecen a la leyenda y no a la historia, la Iglesia católica desarrolló una teología que llegó a calificar la sodomía como uno de los peores pecados, mereciendo, como la ciudad de Sodoma, ser castigada con fuego. Como este juicio no puede basarse en las enseñanzas de Jesús, que no dice nada al respecto, los únicos frágiles fundamentos de la Sagrada Escritura sobre los que la Iglesia construyó su doctrina contra los sodomitas fueron un par de versículos del Libro del Levítico, donde leemos: “No te acostarás con un hombre como se acostará con una mujer: es abominación” (Lev 18,22); “Si alguno tiene relaciones sexuales con un hombre como con una mujer, ambos han cometido abominación; tendrán que ser ejecutados; su sangre será sobre ellos” (Lev 20,13). Es elocuente la ausencia de una condena similar hacia las mujeres: las prohibiciones no están en relación con la sexualidad, sino con la procreación, ya que contraviene el mandamiento divino «Fructificad y multiplicaos» (Gen 1,28). Según este juicio de la Escritura… da fe que los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados y que en ningún caso pueden recibir aprobación alguna, la cultura de la época, de hecho, era el varón quien engendraba al niño, mientras que la mujer era sólo el recipiente que acogía la semilla para luego dar a luz a su debido tiempo, pero no metió nada propio (Cf Is 45,10).
También se ha intentado justificar la prohibición de las relaciones entre personas del mismo sexo basándose en lo escrito en la Carta a los Romanos, donde Pablo arremete tanto contra las mujeres que «han cambiado las relaciones naturales por otras contra natura», como contra los varones, quienes «dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en deseo unos por otros, cometiendo actos ignominiosos varón con varón» (Rom 1,26-27). Dado que la noción de homosexualidad, o la atracción normal que una persona puede tener hacia otra del mismo sexo, no existe, Pablo vio este comportamiento como una desviación, basada en lo que él creía que era la «relación natural». Sus opiniones al respecto tienen el mismo valor que cuando afirma que «es la naturaleza misma la que nos enseña que no es decoroso que el hombre se deje crecer el cabello» (1 Cor 11,14), identificando el concepto de naturaleza con el de cultura que varía según las poblaciones.
Sobre estos débiles cimientos se construyó la doctrina represiva de la Iglesia que, tras alternar períodos de tolerancia y represión, con el pontificado del Papa Pío V (1568) alcanzó formas inhumanas hacia los sodomitas, que fueron encarcelados, torturados, quemados, por aquello que el propio Pío V definió como un «crimen horrible» que debe ser reprimido con el mayor celo posible. No pocas medidas represivas se referían «a los clérigos culpables de este crimen atroz y que no temen la muerte de sus almas«, para quienes el Papa decide «que sean entregados a la severidad de la autoridad secular, que aplica el derecho civil… para ser sometido a torturas, como prescribe la ley apropiada que castiga a los laicos hundidos en este abismo» (Pío V, Constitución Horrendum illud scelus, del 30 de agosto de 1568, en Bullarium Romanum, t. IV, c. III, p. 33).
La obediente autoridad secular puso en práctica la voluntad del Papa condenando y quemando en el fuego a personas culpables sólo de haber amado, pudiendo contar con el apoyo de la predicación fanática del clero que creía en el atroz castigo de la hoguera querido por el mismo Jesús cuando, hablando de la vid, dijo que todo sarmiento que no diera fruto debía ser cortado, arrojado y quemado en el fuego (Jn 15,6). Si para Bernardino de Siena (1380-1444) no había pecado más grave en el mundo «que el de la sodomía maldita» (Predica XXXIX), para Girolamo Savonarola (1452-1498) era necesario quemar en el fuego a los sodomitas como un sacrificio de agradable olor a Dios.
Hoy en día ya no se asa a los sodomitas, pero la Iglesia sigue manteniendo que las relaciones homosexuales «están condenadas en la Sagrada Escritura como depravaciones graves y presentadas, incluso, como consecuencia fatal de un rechazo de Dios» (Declaración Persona humana de la Congregación para la doctrina de fe, 29 de diciembre de 1975) y que “los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados. Son contrarias al derecho natural” (Catecismo, art. 2357).
Tarde o temprano la Iglesia, en la medida en que se convierta a la Buena Nueva de Dios para cada hombre, dejará de cargar «cargas pesadas y difíciles de llevar sobre los hombros de los hombres» (Mt 23,4; Hch 15,10) y llegará a entender que a los ojos de Dios «ningún hombre debe ser llamado profano o impuro» (Hch 10,28), ya que sólo están sus criaturas a quienes ama incondicionalmente y a quienes no pedirá cuentas de quienes a quiénes han amado bien sino si han amado bien.
(Adelfopoiesis: San Sergio y san Baco con Jesús en medio)
Si fuera posible suspender a alguien ‘a divinis’, ninguno de nosotros (consagrados o laicos) tendría esperanza alguna de salvarse. Y, en consecuencia, a ninguno de nosotros le interesaría cultivar la fe en un Dios o pertenecer a una comunidad eclesial capaz de suspender ‘a divinis’.
Nuestro Dios no suspende a nadie. El Dios encarnado en Jesús y revelado por Jesús eligió la ‘kénosis’, eligió rebajarse a nosotros. Se hizo niño y murió como un criminal precisamente para hacernos comprender que ninguna fragilidad, ningún sufrimiento y ninguna culpa podrán separarnos jamás de Él. Puede atraer a todos hacia sí precisamente porque resucitó de la tierra, asumiendo sobre sí todo el peso y la pasión de nuestra humanidad. En Cristo y en su cruz estamos ‘suspendidos’ para siempre de los brazos del Padre.
En Cristo nadie puede ser suspendido ‘a divinis’, es decir, excluido de la comunión con Dios y con los hermanos. Nadie puede ser privado de la dignidad de ser humano, de ser hijo de Dios.
Comentarios desactivados en “Una aportación sobre la homosexualidad”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Un amigo sacerdote me ha invitado a detenerme en esta distinción entre «ir contra la naturaleza» y «trascender la naturaleza» porque hay quien considera la homosexualidad como una enfermedad y, de hecho, la considera un pecado o, por lo menos, un desorden moral.
Y me parece que este razonamiento esconde graves tergiversaciones tanto de la homosexualidad, como de la sexualidad y del deseo humano. Y una pobre comprensión de lo que son la naturaleza, la cultura y la trascendencia.
La homosexualidad es el deseo de intimidad con personas del mismo sexo. Es un fenómeno presente en todas partes (no sólo en la especie humana), en cada período de la historia y en cada cultura. El hecho de que no sea la orientación mayoritaria de los seres humanos es totalmente secundario. La mayoría no establece ni establecerá nunca (¡afortunadamente!), en el ámbito moral, una «norma» o «normalidad» a seguir.
Esta universalidad del fenómeno debería hacernos comprender, si es que alguna vez era necesario después de casi ciento cincuenta años de estudios en el campo de la psicología, el psicoanálisis y la antropología social, que la sexualidad es mucho más que una función biológica ligada a la fisiología y procreación. ¡Y esto sería muy liberador incluso para aquellos que somos heterosexuales! La sexualidad es un deseo fundamental del ser humano, que a pesar de tener rasgos comunes es al mismo tiempo una de las cosas más íntimas y personales que cada uno de nosotros posee. Y, como enseñó Sigmund Freud, hasta puede ser que gran parte de las creaciones humanas más importantes nazcan del deseo particularmente en los campos artístico y cultural.
El deseo es un componente maravilloso de nuestra humanidad. Cada uno de nosotros tiene sus propios deseos, que nunca deben ser reprimidos o negados a priori, pero que requieren criterios de orientación y canalización, tanto en beneficio propio como del prójimo.
En la tradición bíblica judía y cristiana, el deseo en sí nunca es condenado. En el Decálogo, por ejemplo, no se dice no desear mujeres/hombres o cosas, pero sí no hacerlo si pertenecen al otro. Como bien entendió Emmanuel Levinas, el ‘otro’ es el criterio fundamental de la moral judeocristiana.
Si hay un elemento fundamental de nuestra antropología, este sí «natural«, es el deseo humano. Y si eres creyente, a menos que optes por una visión profundamente sombría y triste de la naturaleza humana «caída» -una visión que sitúa a los creyentes en una posición automáticamente no dialógica, sino de pura confrontación con el mundo-, la verdadera cuestión es cómo “evangelizar” nuestros deseos, no juzgarlos a priori en función de criterios externos al propio Evangelio.
Volviendo al tema de la naturaleza, la cultura y la trascendencia, sólo quisiera señalar que la naturaleza es constantemente trascendida por la cultura, en una tensión continua. Decir que sólo la gracia de Dios trasciende la naturaleza es una simplificación indebida, que además de dificultar el diálogo con los no creyentes, en realidad no tiene en cuenta que el Espíritu de Dios, desde la perspectiva del creyente, siempre y en cualquier caso actúa en la historia a través de nuestras facultades humanas, como nuestra racionalidad y nuestra libertad, y por tanto en última instancia a través de la cultura a la que damos vida y a través de nuestros deseos.
Mi amigo sacerdote me hace una pregunta incómoda. Pero ¿por qué nos molesta tanto la homosexualidad? ¿Por qué queremos reservar la palabra «bondad, matrimonio, moralidad, normalidad, santidad» sólo para determinadas categorías y orientaciones sexuales?
A menudo tengo la impresión de que detrás de estas tendencias contra la homosexualidad, que en realidad surgen en todas partes de la historia y de las culturas humanas, independientemente de las creencias religiosas, se esconde simplemente una inquietud por lo diferente, por lo no homologable. Los clichés son mucho más cómodos para nuestra mente que las verdades abiertas. El otro siempre es incómodo, «peligroso» para nuestras pseudo seguridades.
Una segunda razón, aparentemente más noble para los cristianos, es el deseo de «proteger una especificidad» de los ataques de culturas consideradas hostiles. Pero ¿qué es, en profundidad, lo específico cristiano: la sabiduría de la cruz (Pablo), el mandamiento del amor (Sinópticos y Juan), o la manera de ejercer la sexualidad? Si realmente queremos defender la «diferencia cristiana«, debemos defender la primacía del amor y de la misericordia, ni más ni menos.
Si volvemos a poner el Evangelio en el centro, el cristianismo volverá a identificarse con las enseñanzas del Maestro que practicó y enseño este camino de vida, en lugar de ser visto como una doctrina a menudo afectada por la sexofobia, la homofobia (y la misoginia). Y volveremos a ayudar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a evangelizar su deseo, incluido también el deseo sexual.
Porque, y estoy convencido, el mundo moderno está, en su incertidumbre y confusión, muy ansioso de escuchar el mensaje tan humano de vida, de misericordia y de esperanza de Jesús de Nazaret. Entonces, volvamos a él y echemos una mirada crítica seria a nuestros clichés prejuiciosos y a nuestras creencias y tradiciones religiosas, incluso si están arraigadas en la noche de los tiempos. Porque, como dicen que dijo san Cipriano, «la antigüedad sin verdad no es más que un error empedernido«.
Comentarios desactivados en Madeleine Delbrêl (1904-1964)
PARA CONSTRUIR UNA IGLESIA MÁS AMABLE Y AMOROSA
Diego Fares,
Madeleine Delbrêl
Escribir sobre Madeleine Delbrêl es escribir sobre «una de las más grandes místicas del siglo XX», cómo dijo el cardenal Martini[1]. Y si es verdad lo que el mismo cardenal afirmó sobre la Iglesia – «La Iglesia está atrasada 200 años. ¿Cómo es posible que no se sacuda? ¿Tenemos miedo, miedo en lugar de coraje?»[2] -, releyendo la vida de Madeleine podemos decir que en esta hija suya, en su testimonio de vida y en su pensamiento, la Iglesia se adelantó 80 años.
Martini, al hablar del atraso, se refería principalmente a la Iglesia en Europa y al aspecto institucional. Decía: «La Iglesia está cansada en la Europa del bienestar y en Estados Unidos. Nuestra cultura está envejecida, nuestras Iglesias son grandes, nuestras casas religiosas están vacías y el aparato burocrático de la Iglesia está fermentando, nuestros ritos y nuestra vestimenta son pomposos. ¿Acaso estas cosas expresan lo que somos nosotros hoy? […] El bienestar pesa. Estamos ahí como el joven rico que se marchó entristecido cuando Jesús lo llamó para convertirlo en su discípulo. Sé que no podemos dejar todo fácilmente. Pero al menos podemos buscar hombres libres que estén más cerca del prójimo. […] ¿Dónde están esas personas llenas de generosidad como el buen samaritano?, ¿que tienen fe como el centurión romano?, ¿el entusiasmo de Juan Bautista?, ¿quién busca lo nuevo como Pablo?, ¿quiénes son fieles como María Magdalena? Aconsejaría al Papa y a los obispos que busquen doce personas fuera de lo común para los puestos de dirigencia. Hombres que estén cerca de los más pobres y que estén rodeados de jóvenes y que prueben cosas nuevas. Necesitamos enfrentarnos con hombres que ardan, de modo que el espíritu pueda difundirse por todas partes»[3].
Madeleine es una de esas grandes mujeres que reúnen en sí la fidelidad de María Magdalena, la audacia de Pablo, la generosidad del buen samaritano y la fe y el entusiasmo en y por Jesús de tantos personajes del Evangelio. Muchas, por no decir todas sus propuestas de vida cristiana en medio del mundo – especialmente en los lugares de periferia geográfica y existencial, como la Ivry marxista de hace 80 años – , son las que Francisco actualiza hoy en sus gestos y escritos oficiales.
Retrato
Madeleine Delbrêl nació el 24 de octubre de 1904 en Mussidan (Dordoña, Francia). Inesperadamente para sus más cercanos, falleció un 13 de octubre de 1964, en su casa de la Rue Raspail 11, en Ivry-sur-Seine, la «villa marxista» donde había elegido ir a vivir y a servir con sus compañeras de comunidad, 30 años antes.
Su amigo y propagador de sus obras, Jacques Loew, nos brinda su mejor retrato, escrito por Krystyna W., compañera de Madeleine, del que tomamos un fragmento: «Vista de lejos, daba el perfil de una mujer sutil, ágil y frágil, pero su porte, y cada gesto, trasuntaba la energía y la decisión de un viejo combatiente en quien el reflejo de estar preparado para entrar en acción siguiendo las órdenes recibidas ha dejado huellas indelebles. Si uno se acercaba a ella, aparecían sus ojos: grandes, luminosos, color marrón claro, que te miraban con atención. Incluso si no tenías ganas de hablar hasta ese momento, algo hacía que se entablara un diálogo, una conversación, en el sentido profundo, etimológico de la palabra. Si no eras capaz de hablar o si no tenías necesidad, todo podía limitarse a un estrechón de manos, a una mirada profunda. Pero, si dejándote atraer por la expresión de su rostro, te animabas a correr el riesgo de dejar entrever un poco de tu alegría o de tu pena, entonces todo su rostro se animaba, como si el viento hiciera temblar la superficie transparente del agua: las expresiones de la compasión, de la comprensión auténtica, del sufrimiento realmente sentido, permitían ver, como a través de una puerta entreabierta, el inmenso camino que había tenido que recorrer esta mujer para llegar a generar encuentros así»[4].
Hija única de Jules Delbrêl y de Lucile Junière, heredó de su padre, ferroviario, el dinamismo, el sentido de la organización y el don de la comunicación; y de su madre, la sensibilidad, la firmeza y el encanto cautivador. Debido a los traslados por el trabajo de su padre y a su salud frágil, Madeleine recibió una formación no convencional. A los doce años hizo su primera comunión, deseada y ferviente, pero a partir de entonces, el trato con amigos cultos y no creyentes de su padre ejercería en ella una fuerte influencia que la llevó a declararse atea a los 17 años. Marcó su vida el encuentro con Jean Maydieu, joven del que se enamora y que la corresponde, pero que la dejará para entrar en la orden dominicana en 1925.
En 1926, Dios se abre una brecha en su vida y Madeleine, deslumbrada, se convierte. Al reflexionar que no es rigurosamente imposible que Dios exista, decide tratarlo como una persona viva y, en consecuencia, comienza a rezar[5]. Según ella testimonia, el Evangelio, con el que el padre Jacques Lorenzo le enseñó a interactuar, «le explotó» en el corazón y la convirtió de atea de un Dios abstracto en creyente fiel del Dios vivo, una persona a quien se puede amar, como dice Santa Teresa.
En 1933, luego de haber obtenido el diplomado en enfermería y de ser admitida en la Escuela práctica de servicio social, junto a Suzanne Lacloche y Hélène Manuel ingresan para siempre en la comuna de Ivry, para vivir el evangelio entre la gente obrera y estar al servicio de la Parroquia de San Juan Bautista[6]. En 1943, visita su comunidad el padre Jacques Loew. Comienza entre ellos una colaboración y amistad estrecha. En diciembre del mismo año Madeleine publica Misioneros sin barca. Hasta 1946, en que decide dedicarse a tiempo completo a su comunidad, Madeleine desplegó una actividad incansable en el servicio social, primero privadamente y luego en cargos públicos, con diferentes administraciones, marxistas y anti-marxistas, siendo respetada y buscada por todos[7]. Madeleine resiste la «tentación marxista»: trabaja codo a codo con todos, pero desde su amor por Jesucristo y la Iglesia. Su fidelidad al Papa la lleva en agosto de 1952 a peregrinar a Roma con el fin de rezar en San Pedro por la renovación misionera que ha surgido en Francia, para que permanezca en la unidad de la Iglesia. En 1953, realiza una nueva peregrinación en medio de la crisis del movimiento de sacerdotes obreros, para interceder por ellos ante Pío XII. En 1961 abren una fraternidad en Costa de Marfil, adonde viajará a pesar de no encontrarse bien de salud. En 1962 se le pedirá un trabajo sobre las formas de ateísmo contemporáneo con vistas al Concilio. Madeleine envía un dossier sobre «Ateísmo y evangelización» pocos días antes de la apertura conciliar. Muere en 1964. En 1996 es declarada Sierva de Dios.
Madeleine y papa Francisco
Francisco confiesa no haber conocido en su juventud mucho de la vida y los escritos de Madeleine, pero lo que le impresiona de esta «gran mujer» es «cómo se metía en las barriadas más pobres»[8].
Dos breves menciones a la venerable. En el 2015, el papa Francisco y el resto de los miembros de la curia romana se reunieron en Ariccia, en la Casa Divin Maestro de los religiosos paulinos, para realizar los Ejercicios Espirituales. El retiro de Cuaresma estaba dedicado a la vida del profeta Elías; pero «junto a Elías, hubo una “compañera” de viaje en los ejercicios de la curia. En el programa preparado para la ocasión por la Prefectura de la Casa Pontificia, al lado de una imagen de un icono que representaba al profeta con su carro de fuego, hay un breve escrito de la mística francesa Madeleine Delbrêl. «La verdadera soledad», se lee, «no es la ausencia de los hombres, es la presencia de Dios», y continúa: «no hay soledad sin silencio. El silencio: a veces es callar, siempre es escuchar»[9].
El Papa también citó expresamente a Madeleine en la audiencia dirigida a los sacerdotes de la diócesis de Créteil, e invitó a rogar por su intercesión: «Pedid insistentemente al Espíritu Santo que os guíe e ilumine. Que os ayude, en el ejercicio de vuestro ministerio, a hacer que la Iglesia de Jesucristo sea amable y amorosa, de acuerdo con la bella expresión de la Venerable Madeleine Delbrȇl[10]. Con esta fuerza proveniente de lo alto, os sentiréis empujados a salir para estar más cerca de todos cada día, especialmente de aquellos que están heridos, marginados, excluidos»[11].
Madeleine Delbrêl es una de las Santas de la puerta de al lado de las que siempre habla el Papa; una mujer que situó su vida en medio de las barriadas pobres marxistas y ateas de Ivry. Es la mujer que, para escuchar a Dios, no se va al desierto de arena, sino al desierto de las multitudes, al medio de la calle, al metro, a los barrios más pobres: va con la actitud de la que quiere ser hermana de todos y servir a todos y, escuchando a cada uno, aprender a escuchar la voz de Dios, que habla siempre a través de los más pequeñitos y abandonados.
Escribir sobre Madeleine Delbrêl implica un continuo deshacer el camino andado hacia la literatura para reemprender el camino hacia el evangelio. En la corrección trabajosa de sus escritos se nota este empeño de Madeleine no de hacer literatura, sino de sacar todo lo que pueda quitar la palabra a Dios. En su meditación sobre el silencio hará notar que el silencio es activo: activa escucha de Dios. Que no lo impiden los ruidos normales ni las palabras normales de la vida. Lo impide la actitud del que con sus palabras le quita la palabra a Dios. El 15 de marzo de 1956 ella hace notar que no escribía por el gusto de escribir: «evitar caer un día u otro en la “literatura”, lo que me parecería el peor de los males»[12]. Por eso, cuando escribe, dice que no quiere hacer un trabajo de síntesis, sino dejar – siguiendo la vida – que se constituya un dossier sobre diversos aspectos de los temas.
Si Madeleine viviera hoy podríamos decir que cada exhortación apostólica y encíclica del Papa hubiera caído como anillo al dedo a su carisma y a sus aspiraciones. Al respecto, afirma don Luciano Luppi: «Cuando leemos hoy la Evangelii gaudium del papa Francisco, o Fratelli tutti, a la luz de muchos pasajes de la obra de Delbrêl, se observa una sorprendente consonancia entre los dos. Y, sin embargo, han pasado décadas desde entonces. ¿Por qué? Las motivaciones pueden ser múltiples. El papa Francisco y Madeleine Delbrêl tienen varias cosas en común: la cercanía a las enseñanzas espirituales de sanFrancisco y san Ignacio; una lectura del Evangelio que no es abstracta o espiritualista, sino preocupada de la adhesión profunda a lo concreto del Evangelio y de la vida; la voluntad de dejarse interpelar por el dolor de los pobres, escogiendo compartir la marginalidad y la pequeñez, el conocimiento vivo del Evangelio como el de una noticia sorprendente y decisiva, de la que el cristiano no puede sino sentirse en deuda con todos»[13].
Una Iglesia que “se construye”
Un hecho singular en la vida de Madeleine ayuda a comprender su concepción de la Iglesia. En 1952 Madeleine hizo un viaje relámpago a Roma para rezar ante la tumba de Pedro. Había manifestado a sus compañeras la necesidad de rezar por la misión de Francia. Estaba convencida de que a los sacerdotes obreros les estaba faltando el fundamento de la oración de todos los cristianos y había sentido la necesidad de hacer una peregrinación a Roma para orar ante la tumba de San Pedro. Iba a pedir que la gracia del apostolado que le había sido dado a Francia no se perdiera, sino que se mantuviera en la unidad y que esta gracia fuera reconocida y fortalecida por la Iglesia. Sin embargo, alguien le susurró al oído que le parecía un poco caro hacer un viaje de ida y vuelta a Roma sólo para rezar unas horas en San Pedro.
Esa misma semana, una amiga sudamericana de Madeleine que había visitado la comunidad, no habiendo podido comprar flores para dejar de regalo, compró un billete de lotería. Lo dejó sobre la mesa y nadie le prestó atención, hasta que se dieron cuenta de que era un billete ganador. ¡Y exactamente de la suma que se requería para hacer un viaje como el que quería hacer Madeleine! Fue así como ella viajó dos días y dos noches, estuvo 12 horas casi ininterrumpidas rezando en San Pedro – «à cœur perdu… et à perdre cœur» – y luego regresó a su tierra. Toda esta peripecia la hacía sin saber que un tal Jean Guègen la estaba esperando ese 6 de mayo de 1952 en Termini, con un billete para una audiencia con Pío XII.
En el prólogo a su biografía de Madeleine, Guéguen cuenta que en marzo de 1952 una amiga de Madeleine, con la que se habían conocido estando ella de gira por Roma, le escribió pidiéndole que recibiera «a una amiga» que llegaría a Roma, a la estación de Termini. Guèguen no conocía el aspecto de Madeleine y no lograron encontrarse[14]. Al regresar a su casa, Jean puso el billete para la audiencia con el Papa Pío XII en una carta y se lo envió a Madeleine al nº 11 de la calle Raspail, en Ivry. Cuando Madeleine lo recibió, le escribió una carta al Papa pidiendo perdón y así comenzó la amistad con Jean Guèguen[15]. Al año siguiente, Guèguen le ayudará a obtener la entrevista. Este es quizá un bello ejemplo del desfase de tiempos entre lo que el Espíritu obra en el corazón de un miembro pequeño del pueblo fiel de Dios y lo que obra en la maquinaria oficial de la iglesia jerárquica. Lo interesante no es el desfase, sino cómo lo vive con buen espíritu la primera interesada. En su libro Noi delle strade, Madeleine cuenta que fue a Roma para rezar y no para pedir «luces», pero algunas cosas se le impusieron como una misión[16]. Una, que Jesús, que había hablado tanto del poder del Espíritu Santo y de su vitalidad a propósito de la Iglesia, dijo que la habría edificado sobre Pedro, que se había convertido en una piedra. «¡Una piedra a la que se le ha pedido que ame! Según el pensamiento de Cristo la Iglesia no debe ser sólo algo vivo, sino algo construido[17]».
Esta revelación, que se le impone sencillamente, del pensamiento de Cristo acerca de una Iglesia que debe ser «construida», resuena en todas las dimensiones y acciones de la vida de Madeleine. Destacamos cuatro. La primera, que para construir la Iglesia hay que «hacer lugar a Dios». No necesariamente un gran lugar. Basta dejar que Él se abra una brecha y entre en nuestra vida. Segundo: para construir la Iglesia hace falta situarse. No en cualquier lugar ni en todo el espacio, sino allí donde el Espíritu abrió su brecha. A veces hemos confundido el espíritu de ir a todos los pueblos con ocupar territorialmente todo el mundo, cuando de hecho, hay lugares donde hay que permanecer y otros de los que hay que sacudir hasta el polvo de las sandalias, al menos hasta que venga un tiempo favorable. En tercer lugar, para construir la Iglesia hay que profundizar. Profundizar en la oración y en la conversión. Por último, para construir la Iglesia hay que incluir a todos.
La brecha: permitir que Dios se haga lugar
Para construir la Iglesia hay que permitirle al Señor que se haga lugar. «A los veinte años – confesaría años despúes Madeleine – fui literalmente “deslumbrada por Dios”; lo que había encontrado en Él no lo había encontrado en nada. Fue el abad Lorenzo quien hizo estallar, para mí, el Evangelio… el cual se convirtió no sólo en el libro del Señor vivo, sino en el libro del Señor para ser vivido»[18].
Madeleine descubre a un Señor que está del lado de la vida. Un Dios que no niega la danza, la poesía, la música, la literatura, el teatro, la filosofía… Ahora que ve la vida de esta manera cada minuto adquiere una importancia singular. Gracias al abad Lorenzo Dios deslumbró a Madeleine, el Evangelio se abrió paso en su vida no como una luz que viene de lo alto y entra en la oscuridad de un bosque, sino como una luz que «estalla», como una onda expansiva de luz que se expande desde adentro hacia afuera. Así concebirá Madeleine la misión del cristiano, como la misión de dar vida y salud al que nunca la tuvo o ya no la tiene. Afirma: «Si los cristianos deben recibir la Gracia en ellos, rezar y sufrir para que la evangelización del mundo sea eficaz, para que los pecadores sean curados, esto no puede eximirlos de ser, cada uno en la frontera con el no creyente con el que confina = brecha para el Evangelio»[19].
Recibir la gracia en sí está en tensión con ser brecha para que la gracia llegue a los demás. No se trata solo de «ser» iluminados por el Evangelio, sino de, al mismo tiempo, ser «brecha» para que pase a los otros esta luz. Y no solo para que pase: importa también discernir dónde esta luz del Evangelio está ya operante: «Discernir en toda persona lo que es luz, incluso fragmentaria, incluso distorsionada. Ser conscientes de que es difícil arrancar la cizaña sin arrancar el trigo bueno. Buscar poner en toda persona siempre más y más grano bueno, sin ocuparse de la cizaña. Respetar a cada uno: no ensuciar su ideal a causa de sus desencantos o rencores. No combatir contra el mal, sino sembrar un poco de vida donde se encuentra el mal, ya que el mal es ausencia de bien[20].
Situarse
Para construir la Iglesia hay que situarse. Madeleine fue una mujer situada, que encontró su lugar en el mundo y allí echó raíces y fructificó. El lugar tiene que ver no solo con la construcción, sino con las cosas superfluas que se dejan de lado para que la vida crezca en lo esencial. Se va a vivir a las barriadas pobres porque la palabra, para ser experimentada y escuchada y entendida, necesita este espacio de la proximidad y cercanía.
Pero lo que maravilla es cómo se concreta esta concepción suya, que es a la vez la más simple y tradicional: la del mal como ausencia de bien. Se concreta en ir a vivir allí donde, más que «haber» mal, lo que hay es «ausencia de bien». Sin ocuparse de la cizaña, ir a sembrar un poco de bien y de vida donde falta. No se trata de ir a arrancar la cizaña sino a sembrar(se) como un poco de trigo bueno. Es todo lo contrario de alejarse del mundo e ir al desierto para vivir allí la propia santidad. Para Madeleine, es en medio de los hombres donde Dios ama estar. Se convierte así en la mujer que una y otra vez pone su vida como levadura en la masa. Madeleine como las santas de la puerta de al lado, se mete en medio de su pueblo para hacerle lugar a Dios en la acción y en la palabra.
La acción con la que Madeleine le hace lugar al obrar de Dios tiene que ver con el estilo de las bienaventuranzas. Afirma Madeleine en «Felices los mansos»: «Para cumplir tu obra sobre la tierra, tú Señor no tienes necesidad de nuestras acciones sensacionales, sino de un cierto volumen de acatamiento amoroso, de un cierto grado de obediente docilidad, de un cierto peso de ciego abandono, situado no importa donde en medio de la multitud de los hombres. Y si en un solo corazón se encontraran juntos todo este peso de abandono, este acatamiento amoroso y esta docilidad, el aspecto del mundo cambiaría, ciertamente. Porque este solo corazón te abriría el camino, se convertiría en la brecha para tu invasión, en el punto débil donde cedería la rebelión universal»[21]. La invasión de la que habla Madeleine recuerda lo que dice el papa Francisco acerca del «desborde de la Misericordia»: «Se trata de discernir el punto concreto – de apertura, de fragilidad, de abajamiento – que permite el desborde de Dios. Cuando decimos “punto concreto”, nos referimos al hecho de que el desborde puede ocurrir sea por medio de una intervención en el momento justo, sea por un cambio de tono, o quizás por un gesto de abajamiento y/o de acercamiento al otro, que desequilibria lo que bloqueaba la relación vital»[22].
Profundizar
Para construir la Iglesia es necesario profundizar. A partir de 1933, en que se establece en Ivry, Madeleine pasa de la idea de una «misión en extensión», con las consiguientes partidas a lugares lejanos, desarraigos y nuevas fundaciones, a lo que ella llama una «misión en profundidad»[23]. Lo expresa mejor que en ningún otro escrito en un breve retrato de Santa Teresita del Niño Jesús: «Quizás Teresa de Lisieux, patrona de todas las misiones, fue designada para vivir al comienzo de este siglo un destino en el cual el tiempo estaba reducido al mínimo, los actos reconducidos a lo minúsculo, el heroísmo indiscernible a los ojos que lo ven, la misión limitada a un metro cuadrado: y esto para que nos enseñase que ciertas eficacias se escapan a la medida del reloj, que la visibilidad de los actos no siempre los recupera, que a las misiones en extensión se estaban por agregar aquellas en intensidad (que van) al fondo de las almas humanas, las misiones en profundidad, allí donde el espíritu del hombre interroga al mundo y oscila entre el misterio de un Dios que lo quiere pequeño y despojado y el misterio del mundo que lo quiere poderoso y grande. Prueba evidente de que consolidar un compromiso misionero con el marxismo no es algo accesorio, un refuerzo artificial, sino un retomar las fuerzas vitales en el lugar mismo en que se quiere minar la fe»[24].
En una charla que dio a sus compañeras de comunidad en 1956[25], Madeleine hace unas reflexiones muy hermosas y prácticas acerca de saber aprovechar los momentos en que se nos vuelve cercano Jesús haciendo lugar a Dios en la profundidad. Su charla era sobre la oración, porque es en la oración donde se nos aproxima Jesús, donde maduran la apertura del Reino y nuestra capacidad para entrar en él. Madeleine afronta un problema muy actual: no tenemos ni espacios ni tiempos adecuados para rezar. No los tenemos tal como los imaginamos cuando pensamos cómo deberían ser un lugar y un tiempo de oración, según una imagen un poco idealizada de la vida contemplativa. Ella nos hace ver que la oración es encuentro con el Dios vivo: cuando rezamos «nos encontramos al Cristo vivo»[26]. Y para las personas vivas siempre hay tiempo y espacio, aunque no sea el ideal (y si no lo hay, las personas mismas se lo hacen).
Aquí, Madeleine hace una consideración muy interesante acerca de una cercanía que, si no se da «horizontalmente», siempre se puede dar «en profundidad»[27]. Recuerda que en la antigüedad, para obtener calor había que quemar madera o sacar carbón, lo cual requería trabajar sobre grandes extensiones de tierra. Hoy se «perfora» un pozo petrolífero y se obtiene un combustible aún mejor. La cuestión es que el deseo de calor y de energía es lo que mueve a buscar los medios. En la oración es igual: el deseo de Jesús – de su calidez y de su energía vital – es el que crea espacios de oración y hace que se encuentren momentos maduros dondesea que uno esté.
Escuchemos a Madeleine sobre los espacios y tiempos para rezar: «El retiro al desierto puede consistir en cinco estaciones del metro al fin de un día en el cual estuvimos perforando un pozo (profundizando con nuestro deseo de Jesús) hacia esos mínimos instantes que la vida nos regala. Y por el contrario, el desierto mismo puede ser sin “retiro” si hemos esperado a estar allí para empezar a desear el encuentro con el Señor. Nuestras idas y nuestros retornos – y no solamente aquellos que se hacen de un lugar a otro, sino también los momentos en los que nos vemos obligados a esperar – ya sea para pagar en la caja, para que se libere el teléfono o para que se haga un lugar en el micro, son momentos de oración preparados para nosotros en la medida en que nosotros nos hayamos preparado para ellos. A ver los momentos desperdiciados porque no estábamos listos, podemos considerarlos como aquello que son: un pecado venial. Pero si un día en nuestra relación con el Señor no se tratará más de considerar pecados, sino amor, quizá tomaríamos conciencia de haber sido ridículos amantes»[28]. «¡Ridículos amantes!» Qué bien captado lo esencial y qué bien expresado. El que ama aprende rápido de sus errores sin necesidad de que otro se los eche en cara.
La cercanía o lejanía del Reino, en la cosmovisión de Delbrêl, es cuestión de amor. El que está enamorado profundiza todo el día en el deseo de encontrar a la persona amada y no se pierde la oportunidad de un encuentro porque sea breve; al contrario, si se trata de un encuentro casual, en el que se tiene poquísimo tiempo, se aprovecha mejor, y da una alegría más grande que si se hubiera planeado y se contara con todo el tiempo del mundo. Continúa Madeleine: «Harían falta muchísimos ejemplos para hacer comprender que en el Evangelio no es el tiempo o el lugar lo que más cuenta. Entre personas que se aman, el tiempo que han tenido para decírselo a veces ha sido brevísimo. Cada uno ha tenido tal vez que salir para su trabajo o para cumplir con una obligación. Pero ese trabajo y esa obligación no habrán sido ese día otra cosa que el eco de las pocas palabras dichas con amor en pocos minutos. Si hemos perdido a alguien a quien amamos y nos encontramos con una carta suya o con alguna nota que nos dicen un poco de su vida nos parece haber encontrado un tesoro. Y nuestro espíritu queda verdaderamente pleno con este tesoro. Y si por casualidad estas notas hablaran acerca de lo que esta persona amada pensaba de nosotros, lo que deseaba que nosotros hiciéramos, esas palabras se convertirían en nuestro pensamiento dominante. El Evangelio es un poco todo esto para nosotros o, al menos, debería serlo. Si lo queremos estudiar desde el punto de vista histórico o teológico el Evangelio requerirá tiempo. Pero si en el Evangelio buscamos algo del Señor vivo que todavía ignoramos: su palabra, su pensamiento, su modo de obrar, aquello que quiere de nosotros; en fin, algo de Él mismo, éste “Él mismo” que buscamos en todos los lugares donde Él nos dice que está, y que nunca encontramos tanto como querríamos, para esto, no es de tiempo que tenemos necesidad. Más exactamente: es de todo nuestro tiempo que, en un cierto sentido, tendremos necesidad. En efecto, vivir no exige tiempo: se vive todo el tiempo, y el Evangelio debe ser, antes de todo, vida para nosotros. Para que las palabras del Evangelio que hemos leído, rezado, y que quizá hemos estudiado, puedan realizar su trabajo de vida en nosotros, es necesario llevarlas con nosotros todo el tiempo que les es propio, para que la luz que les es propia nos ilumine y vivifique»[29].
Incluir
Un modelo actual de inclusión era para ella Charles de Foucauld. «Para estos hombres [como el padre de Foucauld] el amor a Jesucristo lleva al amor a todosnuestros hermanos. […] Sin esperar resultados, sin alterarse por su total fracaso; conserva su paz cuando, después de pasar toda su vida en el desierto, su único balance es la conversión – no muy firme – de un africano y de una anciana. Ama por amar, porque Dios es amor y está en él, y porque amando «hasta el extremo» a todos los suyos, imita – en la medida de lo posible – a su Señor” [30]. «Señor, haz que todos los humanos vayan al cielo», es la primera oración que se propone enseñar a los catecúmenos que nunca tendrá[31]. Para Madeleine, el Padre de Foucauld ha resucitado para nosotros «la figura fraterna de todos de Jesús en Palestina, que acoge en su corazón, a lo largo de los caminos, a obreros y sabios, judíos y gentiles, enfermos y niños, tan sencillo que a todos les resulta inteligible. Nos enseña que, al lado de los apostolados necesarios, en los que el apóstol debe impregnarse del medio que tiene que evangelizar y con el que casi tiene que desposarse, hay otro apostolado que requiere una simplificación de todo el ser, un rechazo de todo lo adquirido anteriormente, de todo nuestro yo social, una pobreza que da vértigo. Esta especie de pobreza evangélica o apostólica nos da una disponibilidad total para reunimos en cualquier sitio con cualquiera de nuestros hermanos, sin que ningún bagaje innato o adquirido nos impida correr hacia él. Al lado del apostolado especializado, se plantea la cuestión del todo a todos[32].
Reza Madeleine en su «Liturgia de los sin oficio», una noche entre 1945 y 1950, en que va con sus compañeras a un café y contempla a tantas personas que «solo están allí por no estar en otro sitio»: «Dilata nuestro corazón para que quepan todos; grábalos en ese corazón para que queden inscritos en él para siempre»[33]. Para construir la Iglesia hay que incluir a todos. La presencia de todos en el deseo básico, inicial, cotidiano, y el trabajo por hacer real esta inclusión de todos, uno a uno, será lo que dé la medida y las estructuras de la construcción. El uno a uno es un universal concreto: es por donde se desborda la misericordia de Dios.
M. Delbrêl, Noi delle strade, Milano, Gribaudi, 1969, 8-9, con la introducción de Jacques Loew, de 1957.↑
Cfr. Ibid., 17; M. Delbrêl, Ville marxiste, terre de mision, París, Editions du Cerf, 1957, 225. ↑
La caridad de Jesús fue el nombre que dieron a su comunidad de mujeres laicas Madeleine y sus primeras compañeras en 1933. El grupo no estaba ligado a ninguna organización, no preveía votos ni promesas oficiales. La vida común era muy intensa. El fin era unirse lo más posible a Cristo en pleno mundo, imitar su vida, obedecer al Evangelio y transmitirlo. Lo cual exigía una vida de oración fuerte y dejarse conducir por la caridad hacia una acción siempre concreta, viendo un hermano en el prójimo, tratándolo sin tacticismos, sino con todo el amor de Jesús (cfr M. Delbrêl, «Pedido de información a propósito de su modo de vida», en https://it.cathopedia.org/wiki/Anne_Marie_Madeleine_Delbrêl#La_Charit.C3.A9_de_J.C3.A9sus. ↑
En 1937 obtiene con la nota máxima el diploma de asistente social. Su tesis «Amplitud independencia del servicio social» es publicada inmediatamente. En 1938 publica «Nosotros, gente de la calle» en la revista Études Carmelitaines. El 21 de septiembre de 1939 es nombrada asistente social de la comuna de Ivry. En 1940, la administración comunista es destituida en Ivry y Madeleine coordinará todo el servicio social. Cuando regresen los comunistas, en 1944, continuará su trabajo colaborando con ellos. ↑
«L’Église, il faut s’acharner à la rendre aimable. L’Église, il faut s’acharner à la rendre aimante»: «Hay poner todo el empeño para volver amable a la Iglesia, hay que esforzarse al máximo para hacerla amable». (M. Delbrêl, Nous autres, gens des rues, París, Seuil, 1995, 137). ↑
Francisco, Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Créteil, 1 de octubre de 2018. ↑
M. Delbrêl, La alegría de creer, Santander, Sal Terrae, 1997, 22. ↑
L. Luppi, «Delbrêl, la mistica che ama le periferie come Bergoglio», en Credere, 15 de Marzo de 2015, 48-51. ↑
Cfr J. Guèguen, Madeleine Delbrêl. Una mistica nel mondo, Milano, Massimo, 1997, 6-8. ↑
«Jean se convierte en el hombre de confianza y el facilitador de los contactos cada vez que va a Roma. Este visita con frecuencia el 11 rue Raspail, en Ivry, y se vuelve un familiar de los “Equipes Madeleine Delbrêl”, bastante después de la muerte de Madeleine, el 13 de octubre de 1964» (G. François, «Décès du Père Jean Gueguen, premier postulateur de la cause en béatification de Madeleine Delbrêl» en Église catholique en Val-de-Marne [https://bit.ly/36qm5R7]. ↑
Le escribe Madeleine a Jean: «Cuatro personas que no conocía antes de estos últimos años me ayudaron sin motivo. Tú eres una de ellas y puedo decirte que las cuatro, en diferentes terrenos, me han dado incomparablemente más de lo que puedes imaginar» (M. Delbrêl, La alegría de creer, cit. 27). ¿De qué se había «hecho cargo» Madeleine cuando le escribió: «Lo que tengo como encargo, es, después de Dios, gracias a ti»? (traducción nuestra del francés). Tal vez, sin Jean Guéguen, Madeleine «sólo» habría ido a Roma a rezar. Para ella eso era lo esencial. Pero Jean la había «cargado» (con una misión) poniéndola en contacto con Pío XII y con el obispo Veuillot. A partir de entonces, Madeleine fue a Roma cada año durante los siguientes diez años. Guéguen la había ayudado a concretar ese «indispensable ir y venir entre la jerarquía y los fieles», sin el cual la misión no podría prosperar. Sobre todo y más allá de eso, Jean fue también el amigo inesperado durante los años más difíciles, de 1955 a 1958, cuando la «Caridad» estaba en crisis y el apoyo a Madeleine se había esfumado. Fueron entonces cuatro los que ayudaron a Madeleine «sin razón», cuatro personas providenciales mientras Madeleine vivía con gran dificultad este tiempo de gran dolor y aislamiento (cfr J. Guéguen, Madeleine Delbrêl. Una mistica nel mondo, cit., 66-67). ↑
Cfr D. Roccheti, «Madaleine Delbrêl, una donna di fuoco», cit. ↑
M. Delbrêl, «Lettera del 18 aprile 1951 a padre J. Loew», en Id., Insieme a Cristo per le strade del mondo, vol. 2: Corrispondenza 1942-1952, Milano, Gribaudi, 2008, 167. ↑
Fue un miembro del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica, entre 2015 y 2022. Ingresó a la Compañía de Jesús en 1976, se ordenó sacerdote en 1986: su padrino de ordenación fue el entonces Provincial de los jesuitas en Argentina, Jorge Mario Bergoglio. Tras graduarse en teología, obtuvo un doctorado en filosofía con una tesis sobre “La fenomenología de la vida en el pensamiento de Hans Urs von Balthasar” (1995). Antes de incorporarse a nuestra revista, fue profesor de Metafísica en la Universidad del Salvador (USAL), en Buenos Aires, y de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Entre los años 1995 y 2015 trabajó como Director de El Hogar de San José, para personas en situación de calle y pobreza extrema. El padre Fares falleció el día 19 de julio de 2022, dejando un valioso legado de escritos sobre diversos temas.
El 15 de octubre se celebra la fiesta de Santa Teresa de Jesús. Su vida y su obra mantienen actualidad porque ella fue una mujer que supo vivir en “su tiempo” y “adelantada a este”. Vivió en su tiempo y afrontó las circunstancias que su momento le deparaban, con naturalidad, confianza, intrepidez. Pero también vivió adelantada a su tiempo porque rompió moldes y estereotipos de su época, ganándose así enemigos y contradictores. Muchas cosas podríamos decir de ella para mostrar la actualidad de su legado. Recordemos algunas para celebrarla en su fiesta.
Fue una mujer a la que le importaba lo que pasaba y sentía la necesidad de implicarse en ello para dar alguna respuesta. Así lo expresa: “Está ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que, por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”. O, como también lo expresó: “Veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Por supuesto esta expresión refleja la comprensión sobre las mujeres de aquella época -y de aún hoy en ciertos sectores-. Pero para ella, aquellas que tildan de “débiles”, en realidad tienen “ánimos virtuosos y fuertes”.
Su mayor legado fue la experiencia de oración que supo vivir y enseñar, especialmente, a sus monjas. En tiempos donde no estaba permitida la oración mental para las mujeres, ella no duda en instar a sus hermanas que emprendan el camino de oración y que ante las críticas que puedan recibir de parte de los clérigos por tener la osadía de seguir ese camino, no les hagan caso porque, según ella, esas críticas –“son opiniones del vulgo”-; y también les recomienda que cuando les digan que dejen la oración, apelen a la regla que “manda a orar sin cesar”.
Dos cosas son centrales para ella en la oración: (1) la importancia del amor y (2)la humanidad de Cristo. Lo primero es muy significativo porque no es la oración por la oración, no la propone como una técnica, un ascetismo -como a veces se enseña hoy- porque lo que interesa es el amor: “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, y así lo que más os despertare a amar, eso haced”. Lo segundo es definitivo: la humanidad de Cristo es el medio para la más subida contemplación, aunque sus contemporáneos lo negaban: “Y veo yo claro (…) para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita (…) He visto claro que por esta puerta hemos de entrar (…) Así que vuestra merced, señor(el P. García de Toledo) no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación, por aquí va seguro (…) y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y lo vemos con flaquezas y trabajos y es compañía”. Busca orientaciones sobre su propio proceso de oración, pero lo hace con personas “letradas” -porque sabe lo fácil que es caer en cualquier tipo de explicaciones falsas- pero, al mismo tiempo, para ella la oración es fuente de sabiduría porque “la verdad de Dios se nos entrega en la oración, en el trato amistoso con Él”. Por eso puede contradecir a quienes le dicen que no tiene razón.
Algo sorprendente son las fundaciones que hace. No hay dificultad humana que se lo impida porque su confianza es absoluta en Dios y sabe que, si ella pone todo de su parte, Dios no dejará la obra inconclusa. Sabemos que no solo funda conventos de mujeres sino también de varones. Y parece que no le tema a nada. Es capaz de enfrentarlo todo y no cesa de buscar soluciones a las dificultades que se le presentan. Actúa con astucia para conseguir lo que persigue y sabe ocultar sus intenciones para no ser reprobada por los superiores hasta que se realiza la obra: “Y así me determiné de hablar al gobernador, y me fui a una iglesia que está junto con su casa y le envié a suplicar que tuviese por bien de hablarme. Había ya más de dos meses que se andaba en procurarlo y cada día era peor. Como me vi con él, le dije que era recia cosa que hubiese mujeres que querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que los que no pasaban nada de esto, sino que se estaban en regalos, quisiesen estorbar obras de tanto servicio de nuestro Señor. Estas y otras hartas cosas le dije con una determinación grande que me daba el Señor; de manera le movió el corazón, que antes de que me quitase de con él, me dio la licencia.”
Gracias a sus escritos podemos hoy seguir profundizando en su legado. Una y otra vez se estudian, se meditan, se oran, se reflexionan sus obras y siempre se saca mucho provecho de ellas. En sus escritos también muestra su osadía y su estar adelantada a su tiempo. Más de una obra fue cuestionada y retirada, pero la fuerza de su experiencia permitió que se recuperaran y podamos seguir aprendiendo hoy de su inmensa hondura espiritual.
Pero lo que más me encanta de Teresa es lo que un nuncio del Papa, afirmó de ella: «…femina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de la clausura, contra el orden del Concilio Tridentino y Prelados: enseñando como maestra, contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen”. Precisamente esas palabras muestran todo lo que ella fue en su tiempo, saliéndose de los moldes establecidos porque en realidad amaba a la Iglesia y no se resignaba a que en ella no se viviera la radicalidad del evangelio.
Personas como Teresa son las que necesitamos en este tiempo en que se está realizando el sínodo de la sinodalidad como una concreción de la “reforma” de la Iglesia que Francisco propuso al inicio de su pontificado. Lamentablemente el coraje y audacia de Teresa no parecen presentes en los padres y madres sinodales que, atrapados en la estructura pesada y casi inmóvil de la Iglesia, van desarrollando lo estipulado en el proceso, pero dejando de lado muchos de los aspectos que salieron en la etapa de escucha. Se invocan muchas razones: no es el momento, no está suficientemente maduro, hay que tener paciencia, mejor lograr poco que no lograr nada, etc. Ojalá Teresa inspirara otra manera de actuar en la Iglesia: la del profetismo y la valentía para empujar caminos que rompen moldes y estrenan horizontes distintos e inéditos, aquellos que en verdad vienen del Espíritu, aquél de quien afirmamos que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5)
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