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“Adecentando al indecente”, por Carlos Osma

Lunes, 3 de febrero de 2020

soldado romanoDe su blog Homoprotestantes:

Hay veces que me pregunto cómo es posible que architeólogos y viceteólogas que se han estrujado el cerebro estudiando en las más prestigiosas facultades de teología con sello evangelical, se atrevan a decirnos que la única posibilidad de leer la Biblia es al pie de la letra y que todo lo demás son engaños de munditeólogos y femiteólogas liberales que no tienen otra cosa que hacer que engañar al personal. Y es que sinceramente considero que, sin necesidad de una formación teológica superior, únicamente sabiendo leer y teniendo un mínimo de sentido crítico, uno se da cuenta ojeando la Biblia de que ni siquiera sus propios autores le dieron demasiada importancia a eso de la literalidad.

Hay un milagro de Jesús en el evangelio de Juan que siempre me ha llamado la atención: la curación del hijo del oficial de Herodes Antipas[1]. Y no es por que tenga la extraña característica de ser un milagro a distancia (Jesús sana al hijo del oficial a 39 Km), sino porque cuando uno lee la misma historia en Mateo[2] o Lucas[3] las divergencias son tan notables que podemos llegar a dudar de que se trate del mismo hecho. La justificación que dan algunos especialistas es que Juan utilizó una tradición distinta del milagro que Mateo y Lucas. Vamos, que antes de que todo lo relacionado con la vida de Jesús se pusiera por escrito, sus enseñanzas, acciones, su vida y muerte, se fue transmitiendo de forma oral. Y esa tradición oral, además de diversa, no estaba tan interesada por la literalidad como nuestros hermanos y hermanas evangelicales, sino que su función era concretamente llevar el mensaje del evangelio (las buenas noticias) a cualquier persona.

En ocasiones al presentarnos a mi marido y a mí a alguien lo hacen diciendo: “Este es Manel y Carlos, su compañero”. La palabra compañero es un buen comodín, sirve para tantas cosas que en el imaginario de la persona que recibe la información puede querer decir que trabajamos en el mismo sitio, que somos amigos, o que estamos casados (por poner tres ejemplos). Otras veces, si quien presenta considera que está en territorio hostil nos definirá como “amigos”, que es bastante más vago, y difícilmente hará que se nos clasifique como un matrimonio. Y si por alguna razón nos presentan como “Manel y Carlos” a secas, puede que la otra persona acabe por preguntarnos: ¿Qué sois, hermanos? Con todo lo que tanta gente ha luchado por el derecho al matrimonio, y con lo que nos ha costado a nosotros, creo que no utilizar la palabra marido es una ofensa.

He explicado todo esto porque en el milagro del hijo del oficial pasa algo muy parecido, los evangelistas parece que tienen discrepancias a la hora de aclarar que relación tienen dos hombres. Mateo y Lucas no toman este relato del evangelio de Marcos que es el primero que se escribió y no lo contiene, sino que lo más probable lo hicieron de otra fuente que los especialistas llaman fuente Q. Mateo dice que quien pide el milagro a Jesús es un oficial romano (centurión), y lo pide para su criado (pais). El significado de esta palabra puede ser siervo, hijo, o amante, y teniendo en cuenta que generalmente las tropas romanas vivían lejos de su familia, quien lo escuchara pensaría que era su siervo y/o su amante. Que Lucas no era literalista, y que se dio cuenta de lo que significaba la palabra “pais”, queda claro porque intenta ser algo más ambiguo y la traduce como siervo (doulos), que carece de la connotación sexual. Sin embargo, quizás para mantener cierta ambigüedad, afirma que el centurión “amaba mucho a su siervo”. Pero, ¿qué es lo más escandaloso de esta historia? ¿qué Jesús sanara al amante de un centurión, un pagano al servicio del Impero Romano que oprimía a los israelitas? ¿o qué Jesús sanara al amante de otro hombre?

A la fuente de la que se sirvió Juan[4] para escribir su relato parece que le ponía más nerviosa lo segundo que lo primero. Por eso se salta la santa literalidad y decide convertir al “país” o al “doulos” en hijo (huios), y como los centuriones no vivían con su familia, pues el centurión pasa a ser un oficial de Herodes Antípas. De esta forma, haciendo que la relación entre los dos hombres sea familiar, se acababa cualquier connotación sexual. Que quien pide un milagro a Jesús sea un indecente pagano y que Jesús se lo conceda, tiene un pase, incluso una intención teológica que hace que el cristianismo pueda expandirse por todo el mundo, pero toda indecencia tiene un límite incluso para los indecentes. Y parece que un centurión que amaba a su siervo, superaba con creces los límites de algunos cristianos.

Sin embargo, todo este adecentamiento del milagro del centurión-oficial del rey chirría con el mensaje que Juan quiere dar con el milagro, y que pone en boca de Jesús: “Si no veis señales y prodigios, no creéis”. Y es que el protagonista del milagro, el oficial, es el ejemplo de una persona que tienen fe, que cree en Jesús, y por eso se acerca a pedir el milagro para quien ama. No necesita nada más, no exige ver para poder creer, él ya cree, y es exactamente eso lo que quiere destacar el evangelio de Juan de él para ponerlo como ejemplo para el resto de la comunidad cristiana. Si es la fe sola lo que pide Juan, creo que no hace falta adecentarlo un poco para que sea merecedor de la acción de Jesús. Y si es fe impulsada por el amor a un ser humano que sufre, no es necesario que ese amor sea decente a los ojos de los demás. No hacen falta señales, no es necesario aferrarse a la literalidad de los textos bíblicos para saber en qué creer. Nuestro centurión primero, y nuestro oficial después, son ejemplos claros de que lo importante es la fe, una fe cuyo origen es el amor a los seres humanos y la meta la manifestación del amor de Dios.

Carlos Osma

Notas:

[1] Jn 4, 43-54

[2] Mt 8, 5-13

[3] Lc 7,1-10

[4] Me refiero a la comunidad joánica.

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“Esclavos del Señor”, por Carlos Osma

Viernes, 29 de noviembre de 2019

construirDe su blog Homoprotestantes:

“Toda la congregación de Israel le dijo a Roboam: Tu padre agravó nuestro yugo. Alivia tú ahora algo de la dura servidumbre de tu padre y del pesado yugo que nos impuso, y te serviremos” [1].

Si preguntamos quién construyó el Templo de Jerusalén, cualquier persona que conozca mínimamente la Biblia nos responderá que fue el rey Salomón. No es que hoy en día tenga demasiado valor conservar en la memoria esta información, porque basta buscar en Google y en menos de cinco segundos tienes la respuesta: “El Primer Templo fue construido por Salomón” nos dirá Wikipedia, “El Primer Templo fue construido en el siglo X aNE por Salomón” afirmará una y otra vez cualquier página que consultemos. Pero la verdad es que lo construyeron treinta mil israelitas [2] que sintieron lo que el texto con el que he empezado refleja: que estaban siendo oprimidos para construir un templo que paradójicamente se dedicaba al dios que los liberó de la esclavitud.

Buscando un poco más de información en la Biblia sobre dicha construcción, sorprende saber que de estos trabajadores setenta mil llevaban las cargas, y ochenta mil eran cortadores en el monte [3]. No hace falta ser matemático para percatarse de que las cuentas no cuadran, y que setenta mil y ochenta mil hombres no dan los treinta mil israelitas a los que Salomón había obligado a realizar la construcción. Así que uno se pregunta: ¿quiénes eran esas decenas de miles de personas de más que tuvieron que construir el Templo? La respuesta puede descolocarnos un poco: esclavos. Sí, eran personas tan esclavas como las que movieron el corazón de dios en Egipto y fueron liberadas. Debe de ser duro ser el esclavo de un dios liberador. Creo que incluso más que de uno opresor, porque cuando uno ya no puede confiar en los dioses liberadores, entonces solo le queda la resignación o la desesperación.

Todo esto me ha hecho pensar en el dios que nos liberó a los cristianos LGTBIQ. Sí, ese que nos dio la valentía que no teníamos, las fuerzas, y las razones, para romper con el chantaje de la heteronormatividad, con la imposición de un género que no es el nuestro, o con la manera correcta de expresarnos para ser tomados en serio. Ese dios por el que dejamos todo atrás y nos lanzamos a la consecución de la justicia, de la dignidad para todas, del respeto a la diferencia, de la vida sin corsés ni camisas de fuerza. Y me pregunto si corremos el riesgo de haber caído de nuevo en la esclavitud, obligados a construir a nuestro dios liberador un templo para que pueda descansar. Un templo que sirva también para que la memoria de nuestro Salomón particular sea recordada para siempre. No creo que sea una pregunta estúpida, ni que seamos únicamente las personas LGTBIQ quienes nos la tengamos que hacer. Si hemos crecido rodeados de personas que eran verdaderas esclavas del dios liberador sin ni siquiera percatarse, ¿qué nos hace estar tan seguros de no estar corriendo la misma suerte?

Como cristianos, si hay un templo donde descansa nuestro dios, ese es Jesús. No en un edificio de piedra o en una institución. Espero que no se me malinterprete, no quito ningún valor a las comunidades cristianas, todo lo contrario, pero lo que hace que en ellas resida dios mismo, es que el evangelio sea su centro. Cuando nos sentimos oprimidos por un dios liberador, es porque quizás estamos construyendo un templo diferente de aquel que fue crucificado para darnos vida abundante. Porque Jesús no necesita esclavos que lo construyan, que hagan de él un templo aceptable, sino que es él mismo el que nos construye a nosotros, liberándonos y dándonos vida. Ese es el lugar donde dios reside, donde podemos encontrarlo, donde las personas LGTBIQ vivimos y compartimos la buena noticia con otros seres humanos.

Dice el evangelio que una vez que Jesús estaba frente al Templo de Jerusalén, les dijo a sus discípulos: “¿Veis todo esto? De cierto os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada” [4]. Y sin embargo, ¿cuántas veces nos descubrimos esclavizados intentando que no se caiga abajo? Hay muchos templos que necesitan de seres humanos humillados, utilizados, despersonalizados y heridos, para poder seguir en pie. Pero ese no es el templo de Jesús, aunque en él resida el dios que se autodefine como liberador. Nuestro templo es Jesús, un Jesús marica donde dios padre-madre se hace presente de una manera totalmente nueva. No es un gran templo, como aquel con el que Salomón mostró al mundo su poder, tampoco es fácil de localizar, ya que muchas veces lo confundimos con nuestros propios deseos, ni siquiera es hermoso, porque es en lo vil donde se hace presente. Pero es el único que puede hacer de nosotras personas realmente libres. El único que nos reveló a un dios de amor al que le conmueve de verdad la opresión de su pueblo, y está decidido a actuar para quitarles ese pesado yugo.

Carlos Osma

Notas:

[1] 1 R 12, 3-4

[2] 5,13

[3] 5,15-18

[4] Mt 24,2

***

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“A muchos cristianos les han robado sus hijos LGTBIQ”, por Carlos Osma

Sábado, 28 de septiembre de 2019

ROBOHIJODe su blog Homoprotestantes:

“¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?”
(Mt 7,9)

Si hubiera escuchado a Jesús lanzar esta pregunta, le hubiera respondido inmediatamente que en mi opinión estaba idealizando la paternidad, porque la realidad muestra -al menos la que conozco- que mucha gente ha tratado de forma injusta a sus hijos e hijas. Y es que, cuando una se convierte en madre, o en padre, no hay varita mágica que la transforme en alguien diferente. Quien es egoísta, violento, o intolerante, con casi toda seguridad lo seguirá siendo después de aumentar la familia. Y quien únicamente atesora piedras, no puede repartir pan.

Alguien podría pensar que esto que acabo de decir no entiende de identidades sexuales o de género y que, si te ha tocado un padre nefasto, no importa que seas hombre o mujer, lesbiana o heterosexual; te ha tocado un mal padre y punto. O que si has nacido en una familia cristiana el riesgo de recibir alguna pedrada materna es menor porque los cristianos hacen del amor su estilo de vida. Pero el mundo real y lo que pensamos no siempre coincide, y lamentablemente las personas LGTBIQ que han nacido en entornos cristianos son uno de los colectivos más maltratados por sus familias. Quienes se plantean la fe como una forma de construir murallas para alejarse de la realidad, es fácil que lancen las piedras con las que las construyeron cuando esa realidad aparece en su propia casa desmintiendo sus convicciones más profundas.

No todas las personas que actúan de forma tan inhumana, renunciando en la práctica a ejercer como padres o madres, son malas personas. Y eso siempre me ha generado un gran interrogante, sobre todo ahora, que me parece imposible que mis hijas puedan hacer algo que me resulte tan inaceptable como para dejar de actuar como lo que soy: su padre. Y es que no llego a entender por qué muchas personas no se hablan con su hijo trans desde hace años, pero serían capaces de cruzar un país para visitarlo en la cárcel si fuera un asesino, pero cis. O por qué otras que no han llegado a romper formalmente la relación, se sienten culpables cuando ven a su hija feliz junto a su amiga -con la que lleva casada varios años-, pero estarían orgullosas de ella si fuera heterosexual, aunque se dedicara a lanzar bombas desde un avión del ejercito sobre las casas donde duermen niños y niñas palestinos.

No pretendo justificar lo injustificable, ni necesito disfrazar un comportamiento incomprensible para difuminar responsabilidades, pero cada vez estoy más convencido de que a muchos padres y muchas madres cristianas les han robado a sus hijos LGTBIQ. Y en ese robo, lamentablemente las iglesias han colaborado, y siguen colaborando, de una forma activa. Si hace más de cuarenta años las Madres de la Plaza de Mayo comenzaron a reunirse para exigir a las autoridades la búsqueda de sus hijos e hijas desaparecidos e identificar a los responsables, de igual manera, delante de cada iglesia deberían reunirse todos los domingos las familias con hijos e hijas LGTBIQ para exigir el final de la LGTBIQfobia con la que han sido educadas, denunciar los discursos de odio que en ellas se realizan, y pedir el arrepentimiento público de quienes se han erigido en sus abanderados. Reconociendo, eso sí, que también ellas han colaborado en mayor o menor medida en el robo de quienes tenían que defender y proteger. La petición de perdón a las personas afectadas, no cambiará el daño sufrido, pero considero que los padres y madres pródigos necesitan también volver a la casa de sus hijas e hijos a los que negligentemente abandonaron, para dejarse abrazar por ellas.

Se por experiencia que no todos los padres y madres han sucumbido a la LGTBIQfobia, mi madre tuvo que luchar contra ella cuando supo que yo no cumpliría con sus expectativas. También cuando todo su entorno familiar y religioso le pidió que se alejara de mi y de mi marido. Pero ella no dejó que le robaran a su hijo, sino que ganó otro hijo más, y siempre me miró con orgullo. Como ella, hay muchas madres y padres cristianos que como Jocabed, la madre de Moisés, se han negado a abandonar a sus hijos y que, con las posibilidades que han tenido a su disposición, han luchado contra los poderes LGTBIQfóbicos para mantenerse cerca de ellos y poder protegerlos. Quizás no entienden de teología y, cuando alguien empieza a recitar textos de odio descontextualizados extraídos de la Biblia, solo aciertan a responderles que Dios es amor. Sin embargo, de lo que sí saben, es de empatía y responsabilidad.

Muchos cristianos siguen enfrentándose todos los días al dilema de si tienen que tirar piedras a sus hijos o darles pan. Si se rinden ante el poder de la LGTBIQfobia que destruirá los lazos familiares, o al del amor que los fortalecerá para siempre. A esas personas Jesús les sigue interpelando: “¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?”. Mi madre, como afortunadamente cada vez más madres y padres, con su experiencia de exclusión por tener un hijo gay, reformularía la pregunta de Jesús de la siguiente manera: “¿Quién no estaría dispuesto a recibir pedradas por ofrecerle pan a sus hijos?”. E inmediatamente se respondería ella misma antes de que alguien pudiera añadir algo: “dejarse robar a una hija o un hijo por la LGTBIQfobia será siempre más doloroso, que luchar por impedirlo”.

Carlos Osma

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“Todo por la perla”, por Carlos Osma

Viernes, 6 de septiembre de 2019

perlasparahombre2De su blog Homoprotestantes:

“El Reino de los Cielos se parece a un mercader que busca perlas finas; al encontrar una perla de enorme valor, fue, vendió todo lo que tenía y la compró” (Mt 13, 45-46).

Durante estos últimos días varias personas han hecho que esta pequeña parábola, como las perlas a las que hace referencia, resuene dentro de mí. Lo de resonar dentro de mí queda como muy profundo y rimbombante, quizás sería mejor decir que la han puesto delante de mí para que me grite: “¡No ves, lo importante es comprar la perla!”. Mi primera respuesta fue la indiferencia y, por qué no decirlo, el menosprecio, ya que uno prefiere sentirse interpelado por parábolas de verdad como la del hijo pródigo o el buen samaritano. Parábolas con buenos y malos, con tramas interesantes y finales felices. Pero poco a poco, esta perla en mi zapato, se ha ido abriendo paso hasta llegar a dispararme a quemarropa la pregunta: “¿Cuál es la perla por la que dejarías todas las demás?”.

Si pudiésemos comparar al mercader con un hombre o mujer de negocios de la actualidad, concretamente con esa minoría que se enriquece hábil y honradamente, sacando el máximo beneficio a su trabajo y a su instinto -hay pocos, pero los hay-, la parábola no sería nada incómoda. Incluso las asociaciones cristianas de hombres y mujeres LGTBIQ de negocios la pondrían como ejemplo en sus encuentros anuales, o las de familias LGTBIQ evangélicas la utilizarían para motivar a sus hijas e hijos y convertirlas en personas de éxito. Pero lamentablemente, que yo sepa estas asociaciones no existen -animo a su creación-, y lo que es aún más importante para entender la parábola: los mercaderes tienen muy mala fama en la Biblia. Así que, si queremos dejarnos interpelar por ella, hay que ver en el protagonista a una persona más bien poco deseable. No hay que hacer cinco masters en teología bíblica para saber que los judíos que se dedicaban a hacer negocios, sobre todo con extranjeros, con personas no judías, eran vistos con recelo. El evangelio de Tomás, más o menos contemporáneo del de Mateo, aclara lo que estoy diciendo cuando afirma que “comerciantes y mercaderes no entraran en los lugares de mi Padre” (EvTom 64)

Por tanto, lo que nos estaría diciendo la parábola es que el Reino de los Cielos se parece a un indeseable que no puede entrar en los lugares de mi Padre. Será por eso que a las personas LGTBIQ cristianas que estamos hartas de que nos digan que no somos bien recibidas en los santos lugares, esta parábola puede parecernos poco atractiva. Y nos gustaría escuchar algo más inclusivo, cariñoso y empático. Pero las parábolas de Jesús son así, y en esta se nos invita a dejar a un lado todos nuestros discursos de justicia, las ansias de aceptación, el esfuerzo titánico por parecer cristianos perfectos, para identificarnos con un personaje abyecto. Y nos molesta, la verdad, porque cuando lo hacemos, reconocemos que en realidad en nosotras hay también una parte de comerciante y de mercader, y que no somos la imagen perfecta que tratamos de mostrar para poder ser merecedores de los lugares de mi Padre. Y entonces, nos planteamos que a lo mejor lo que puede querer decirnos esta parábola es que el Reino de los Cielos es para personas reales, que no se esfuerzan en parecer otra cosa, que no gastan sus energías en ser aceptados por los demás, sino que asumen quienes son, con sus virtudes y sus defectos, con los errores cometidos y también los aciertos, con los fracasos que arrastran y el amor que atesoran. Personas que jamás se atreverían a ponerse ellas mismas como ejemplo de lo que es el Reino de los Cielos.

Pero releyéndola, creo que he cometido el error de identificar el Reino de los Cielos con el personaje, y no tanto con lo que este hace. Es decir, me he quedado con la etiqueta de indeseable, olvidando que quizás en su comportamiento se nos puede estar dando la clave de lo que Jesús quería transmitir. Nuestro mercader buscaba perlas finas, joyas que la mayoría de la población no había visto, y que tenían un gran valor, superior incluso al de los rubíes. Así que no era un pequeño mercader, sino alguien acostumbrado a cruzar fronteras en busca de perlas finas. El Reino de los Cielos sería por tanto semejante a ese moverse, traspasar límites, buscar algún tesoro sin descanso hasta encontrarlo. Y la verdad es que, si eso es el Reino, si eso es lo que se nos pide, echando la vista atrás las personas LGTBIQ podemos estar tranquilas. Hemos traspasado límites como nadie, y entre las piedras que nos lanzaron mientras lo hacíamos, supimos encontrar las perlas más bellas para hacernos un collar con ellas. Collares que para muchos van contra los ideales del Reino: “Que las mujeres se contenten con un vestido decoroso, que se adornen con recato y modestia, no con peinados artificiosos, ni con oro, perlas o vestidos costosos” (1 Tim 2,9), pero que para Jesús, son la prueba de haberlo encontrado.

Sin embargo, el error de fondo de mi interpretación, es que todo lo dicho hasta ahora no interpela, o al menos no nos sitúa ante la necesidad imperiosa de tomar una decisión trascendental. Es únicamente palabrería con la que jugar para que la parábola diga lo que queremos escuchar: Os ha costado, pero lo habéis conseguido, tenéis las perlas, incluso os habéis hecho un collar con ellas, sois felices, no necesitáis nada más. Y es entonces cuando algunas personas con las que te encuentras te obligan a poner los ojos en la última frase, que es la que realmente desestabiliza: “al encontrar una perla de enorme valor, fue, vendió todo lo que tenía y la compró”. Un mercader lo deja todo por una perla, sus posesiones, e incluso su propia identidad, ya que su voluntad final no parece ser la venta de la perla, sino la perla misma. Ha encontrado aquello que tiene un valor enorme, más que el resto, y por esa razón no duda un momento en dejar atrás todo lo que tiene para conseguirlo. La parábola no dice que la perla de gran valor es el Reino, sino que más bien es la acción de este mercader la que nos intenta mostrar cómo es. Y quienes decimos querer construirlo, necesariamente tenemos que preguntarnos si sabríamos distinguir cual es la piedra de gran valor y si seríamos capaces de jugárnoslo todo por ella. ¿Qué es realmente lo que tiene valor? ¿Lo ponemos todo en juego para conseguirlo? ¿Estamos construyendo el Reino?

Noemí trabajaba en la iglesia el tema de la inclusividad de las personas LGTBIQ, pero su iglesia decidió que la inclusividad no era para ella prioritaria. Podría haber hecho como que no se daba por enterada y seguir disfrutando de las perlas que le ofrecía el puesto que ocupaba. Pero decidió salir de allí, involucrarse con un grupo de mujeres trans que vivían en situaciones de exclusión. Ellas son su perla de gran valor. Sergio es el primer pastor abiertamente gay de su iglesia, hubiera podido -como tantos- ocultarlo para evitarse más de un problema. Pero él dice que se siente como una cuña que mantiene abierto un espacio en la iglesia para que otras personas LGTBIQ puedan acceder a ella sin necesidad de engañar a nadie. Lo tiene muy claro, esa es su perla de gran valor. Andrés era un sacerdote tan querido como armarizado, hubiera tenido todas las piedras preciosas que quisiera: reconocimiento, cargos…, pero la dignidad y la honestidad consigo mismo y con los demás es su perla de gran valor. Por eso lo abandonó todo y fue en busca de ella. Julia dejó atrás, no solo su identidad como hombre, sino también la posibilidad de ordenarse como sacerdote. Hace unos días, mientras tomábamos un café, me preguntaba si en una iglesia protestante una mujer trans podría servir a los demás sin ser discriminada. Conoce como nadie la exclusión, pero tiene muy claro que el servicio a los demás, es su perla de gran valor.

Estas, y otras muchas personas, han puesto la parábola frente a mí de una manera nueva a como la había entendido antes. Esperamos y queremos colaborar en la construcción del Reino, o al menos eso creemos. Pero para ello es necesario tener primero claro qué es lo que debemos hacer, preguntándonos qué es lo que realmente tiene valor. Y cuando tengamos la respuesta -que la mayoría de las veces ya sabemos cuál es-, entonces debemos valorar si E019B877-C5AB-4A73-9603-A97C044EA350estamos dispuestos a hacerlo, a dejarlo todo por la perla. Ese es el mensaje de la parábola, que el Reino es el abandono de lo que parece valioso, de todo lo que tenemos y nos puede dar seguridad, por algo que a algunos les puede parecer pecaminoso, pero que nosotras sabemos que es lo que en realidad tiene valor. Yo estoy ante esta decisión, e imagino que muchas otras personas que me leen estarán igual que yo, valorando si vale la pena dejarlo todo, por la perla de enorme valor. Difícil decisión.

Carlos Osma

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“La pirámide gay”, por Carlos Osma.

Martes, 9 de octubre de 2018

802e5a50-e33e-4f33-a276-c20738061aa1De su blog Homoprotestantes:

“…los primeros serán últimos y los últimos, primeros…[1]

Como tiene que haber de todo, hay personas que creen que no es así y que la suya es la única posibilidad de existencia, pero para quienes entendemos que la diversidad es, junto al amor, el regalo más preciado que se nos ha dado, sabemos que en cualquier lugar donde no se trabaje todos los días por hacer copias de no sé qué ser humano ideal; las personas somos, para lo bueno y lo malo, irrepetibles. Y esto evidentemente ocurre también dentro del colectivo LGTBIQ, no existen dos mujeres trans iguales, ni dos intersexuales. No hay dos bisexuales idénticos, con los mismos sueños, la misma forma de ver la vida y enfrentarse a ella… Y no hay, y sobre nosotros va esta reflexión, dos hombres gais calcados o salidos de la misma cadena de producción.

Cierto es que las cadenas de producción de hombres gais existen y tienen mucho éxito, sobre todo con aquellas cosas que tienen que ver con nuestro cuerpo. Pero hay que reconocer que, a pesar de eso, uniformizarnos es una tarea tan titánica como imposible. Será por eso, y porque muchos de los que se llenan la boca del valor de la diferencia en el fondo la(se) detestan, que se opta a veces por hacer una jerarquización, un arriba y un abajo, de la categoría hombre gay. Y la sor-presa que encontramos arriba de esta pirámide social tan nuestra, es el hombre que cumple con las expectativas de género, o más bien aquel que logra pasar desapercibida (perdón, quería decir desapercibido) como hombre gay. Si no fuera por que le gusta el sexo con otros hombres, se podría decir que en la parte más elevada de la pirámide gay, la que está más cercana a la divinidad, se sienta a levantar pesas y enseñar músculo el varón patriarcal de toda la vida. En la base de esta estructura rainbow no hay sor-presa ninguna, allí están las que salieron femeninas desde el seno de su madre o las que se hicieron femeninas por causa de la justicia.

Pues sí, después de dar durante años la tabarra, algunos hombres gais han logrado ser considerados hombres (sin ninguna aclaración más). Han conseguido dar el salto de la cima de nuestra pirámide multicolor que decían adorar, al paraíso de la masculinidad. Y bueno, el aterrizaje a ese mundo anhelado que rebosa testosterona, no ha sido el que muchos esperaban. Se han dado de bruces con aquello que Jesús explicaba diciendo: “Los primeros serán los últimos”. Y para saber quienes son los últimos en el Edén de los machos, utilizo una expresión que he oído decir a mis alumnos adolescentes cuando quieren poner a prueba su masculinidad: “maricón el último”. Es verdad que algunos han preferido despertar de la pesadilla sin necesidad de que un príncipe azul venga a darles un casto beso para sacarles de patriarcalandia, y se han negado a colaborar con tanta injusticia. Así que han hecho de nuevo su maleta, esta vez poniendo los zapatos de tacón, y se han vuelto por donde habían venido. Una vez allí, han decidido seguir bajando escalones en la pirámide gay hasta alcanzar una zona en la que no haya más sor-presas. Pero no vamos a negar que muchos otros han dado por bueno que les hayan perdonado sus pecados de la carne, si con eso pueden permanecer en virilandia. Músculo, una voz grave, actitud enérgica y pelo, mucho pelo… ¡Que nada les delate!, que la sorpresa aparezca en la cara de quienes se enteran de que son gais, esa es la victoria a la que aspiran. Esa que evidencia la homofobia interiorizada que hay en la homonormatividad que se pretende imponer, esa que rebosa misoginia por todos lados y que está dispuesta a cualquier cosa por permanecer en la cumbre, en la categoría hombre, en quienes se han erigido en la medida de todas las cosas.

Como no podía ser de otra forma, me he dejado para el final a esos hombres feliz o tristemente afeminados que cortocircuitan lo que se espera de cualquier hombre como Dios manda. Es ridículo e incluso gracioso (si no fuera por el patetismo que transmiten) observarlas en un compromiso familiar, en su puesto de trabajo, o en la iglesia los domingos, intentando ser fieles al rol de género que les impusieron quienes al nacer vieron un pene entre sus piernas. Pero sería añadir más leña al fuego echárselo ahora en cara, porque el rechazo a ser como son lo desayunaban ya con la leche y las galletas en la cocina de casa cuando tenían cuatro años. Y en esas últimas, y en quienes no se toman demasiado en serio el papel masculino que les ha tocado en esta telenovela que es la vida, y que tampoco están dispuestas a reírles las gracias a los gais de diseño, resuenan las palabras de Jesús: “y los últimos, (serán) primeros”. A nuestras reinas hormonadas, a nuestros señores de traje y corbata que se pasan todo el día diciendo que no todas somos iguales, hay que explicárselo todo, y decirles que lo que Jesús prometía con estas palabras no era un ascensor social, un quítate tú para ponerme yo. Nada más lejos de la realidad.

Los últimos son los primeros en visibilizar que es necesario hacer saltar por los aires el patriarcado. Y esas últimas que se niegan, o que no pueden, ser domesticadas por los machos, son las primeras en hacerles un jaque. En advertirles que su voluntad es acabar con sus privilegios, para redistribuirlos entre todas. Cuando una de las nuestras subvierte el rol de macho con sus manos, su voz, su deseo… con toda ella; el mundo que anhelamos está más cerca. Ese mundo donde el trans y el cisgénero pacerán juntos; los homosexuales, bisexuales y heterosexuales se alimentarán de justicia, y en el que las imposiciones de género morderán el polvo. Si la identidad gay es asimilada no será útil para nada de todo esto, y tendremos que dejar atrás este capullo de seda para poder volar como mariposas, más alto. Si algunos hombres gais prefieren arrastrarse como gusanos, ¡allá ellos! Los maricones, los últimos, estamos aquí para otra cosa. Lo nuestro es lo humano, la igualdad y el respeto de la diferencia. Lo nuestro es una gran fiesta, un banquete de boda queerinterminable, donde todo el mundo está invitado. Y las masculinidades que quieren defender sus privilegios y se consideran demasiado buenas para asistir: ¡que ardan en el infierno!

Carlos Osma

[1] Mt 20,16

El título original de este artículo era “Maricón el último”, pero Facebook no permite la promoción del artículo con este título. Por eso el título actual.

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“La mentira os dará poder”, por Carlos Osma

Viernes, 21 de septiembre de 2018

6219452d-b169-4a8d-bec4-1088c69e98f5De su blog Homoprotestantes:

Aunque uno de los textos más conocidos del evangelio afirma que “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres[1], la historia muestra una y otra vez que las iglesias han preferido el “aprenderéis a mentir, y la mentira os dará poder”. Y es que, como cualquier otra institución, las iglesias se han sentido muchas veces amenazadas por personas, ideologías o cosmovisiones; y ante esa supuesta amenaza han respondido a menudo de forma poco evangélica, poco humana. Esa es nuestra historia, esconderla sería faltar a la verdad y un impedimento para liberarnos.

Es difícil encontrar instituciones que controlaran mejor la utilización del relato con fines represivos. Antes de entrar a humillar, discriminar, someter e incluso asesinar a un grupo de personas, las iglesias sabían que era necesario crear un relato que diera legitimidad a su barbarie. Los judíos, por ejemplo, fueron los que asesinaron a Jesús; eran sucios, olían mal, eran criminales, avaros y maestros del engaño. Las mujeres que se negaron a poner su cuerpo y su capacidad reproductiva al servicio de poder, fueron denominadas brujas: depravadas sexuales capaces de asesinar a niños, o desenterrarlos de sus sepulturas, para comérselos en los banquetes de sus aquelarres. Los negros eran los descendientes de Cam, que había avergonzado a su padre Noé, y habían sido castigados con la maldición divina de ser siervos de sus hermanos[2]. Las personas negras no tenían la inteligencia del resto de seres humanos, eran sanguinarias, ladronas, supersticiosas e indignas de confianza. Los dirigentes de la Iglesia católica, eran para los protestantes, los representantes del poder del Anticristo y la Prostituta de Babilonia de la que habla el Apocalipsis. Sus seguidores, personas incultas, idólatras y supersticiosas. Los protestantes fueron, para los católicos: herejes, herramientas diabólicas contra la Iglesia, mentirosos, comunistas y masones.

Me parece evidente que las iglesias deberían ser abanderadas de la lucha por la justicia y la dignificación de las personas que son oprimidas en nombre de la heteronormatividad, el binarismo de género y el patriarcado. Sin embargo, para muchas de ellas, estas tres ideologías han sido disueltas de tal manera en sus estructuras, que las confunden con el evangelio mismo y son incapaces de extirparlas de su seno por miedo a perder su esencia. Hago aquí un inciso para indicar lo perverso que ha llegado a ser un cristianismo que entiende que estas tres ideologías son parte esencial del evangelio, y está dispuesto a pasar por encima de la vida de tanta gente para defenderlo. Ante esta visión completamente alejada del evangelio de Jesús, estas iglesias perciben a las personas LGTBIQ, a los colectivos que las apoyan, y a los poderes políticos que legislan en favor de toda la población (también LGTBIQ), como una amenaza.

Como han hecho casi siempre, ante la sensación de amenaza, han decidido contraatacar. La fórmula clásica del silencio, de no nombrar y expulsar a la marginación, ya no es suficiente para someter y humillar a las personas LGTBIQ en Occidente. Así que para hacerlo ahora con éxito, son conscientes de que necesitan un relato que haga de estas personas un peligro para la sociedad, y sobre todo para las iglesias (que se convertirían en objetivo prioritario de las personas LGTBIQ). Si hacemos un repaso a titulares de algunas páginas cristianas conservadoras observaremos como intentan construir dicho relato: ¿Podemos salvar el Encuentro Mundial de las Familias del lobby gay? (infoCatólica), El estado se está sometiendo a la ideología de género (Protestante Digital), Expertos alertan que los medios de comunicación estimulan la transexualidad de los niños (Bibliatodo Noticias), Cristiano podría ser condenado a 2 años de prisión por decir que la homosexualidad es pecado (Noticia Cristiana),  Activista reconocida LGBT abandona su estilo de vida, se rinde a Jesús (Mundo Cristiano), Condenaron a panaderos por negarse a hacer un pastel pro-homosexual (La Gaceta Cristiana), FEREDE reitera su preocupación y posicionamiento crítico por las leyes antidiscriminación “solo para gais” tras la aprobación de la ley andaluza (Actualidad Evangélica), Un pediatra augura en el futuro una “oleada de suicidios” debido a la ofensiva trans en los niños (Religión en Libertad)…. No importa que el relato de persecución del cristianismo por parte del supuesto lobby LGTBIQ sea falso, lo esencial es construirlo y hacerlo creíble para mantener el poder y la influencia en todas las facetas de la sociedad y de la vida privada del mayor número posible de personas.

Pienso que el cristianismo no está llamado a ejercer poder, sino a liberar(se), y para ello debería cambiar la mentira por la verdad. No me estoy refiriendo a una verdad absoluta, Dios me guarde, sino a conocer la realidad a la que se enfrentan las personas LGTBIQ, también las que son cristianas, antes de crear un clima de confrontación. Estaría bien que, en vez de hacer oídos sordos a las críticas de muchas personas por la experiencia sufrida dentro de las iglesias a raíz de los discursos homobófobos y tránsfobos que en ellas se realizan; se sentasen a dialogar y se dejaran interpelar por sus palabras, y por qué no, aclararan aquellas que han podido ser malinterpretadas.  La única razón por la que se niegan a hacerlo es porque son conscientes de que su discurso no tiene nada que ver con la vida y la realidad, sino con el poder, y con la incapacidad de repensar su fe de una manera que sea liberadora (¿a qué Jesús está siguiendo este cristianismo?). Es incomprensible que sigan negando la humillación que padecen los cristianos LGTBIQ que hay dentro de sus iglesias, y sean incapaces, no digo ya de empatizar, sino de escuchar, de tratarles como seres humanos. También a las personas que ya no forman parte de sus comunidades porque fueron maltratadas y expulsadas.

Que un país tenga una educación que respete las diversidades y que no trate de imponer la heteronormatividad por la fuerza, que existan leyes (que se pongan en práctica) que condenen a quienes agreden a las personas LGTBIQ, que todo el mundo tenga el mismo derecho a formar y ver reconocida su familia, que de la diversidad y la igualdad de derechos se haga bandera, que haya justicia para quienes padecieron represión por su diversidad sexual o de género, que nadie tenga que renunciar a su fe o a la comunidad de la que forma parte por ser LGTBIQ, que una persona trans y su familia sean acompañadas de manera no invasiva pero sí empoderadora, teniendo todos los recursos que necesitan a su alcance de manera ágil… Y podríamos seguir y seguir enumerando las necesidades y las luchas de las personas LGTBIQ (y de una sociedad -y pocas iglesias- que ha hecho suyas sus reivindicaciones). Y al enumerarlas, no aparece ninguna de las amenazas que el discurso cristiano fundamentalista ha generado para hacerse pasar por una víctima, en vez reconocer y arrepentirse por su colaboración y promoción de la LGTBIQfobia. Se puede seguir mintiendo, pero me parece ofensivo que se haga en nombre de Dios, y que no haya más voces cristianas que hagan una denuncia rotunda del burdo relato que se está intentando construir. Porque el evangelio, Jesús mismo, llama a la verdad, y la verdad no tiene nada que ver con el relato que pretenden imponer. La única forma de aproximarse a esa verdad, es sentarse en la misma mesa con las personas LGTBIQ para dialogar e intentar comprender sus demandas. Y después, mantenerse con el discurso del antievangelio del poder, como tantas y tantas veces, o decidirse por el evangelio de la liberación.

Carlos Osma

Notas:

[1] Mt 8,32

[2] Gn 9,18-28

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad , , , , , , , ,

“Caminos torcidos “, por Carlos Osma

Miércoles, 9 de mayo de 2018

caminos-torcidosDe su blog Homoprotestantes:

“Jesús le dijo: Sígueme. Mateo se levantó y le siguió[1]

Recuerdo que cuando era pequeño algunas tardes mi madre iba a tomar café a casa de unos amigos y nos llevaba con ella a mis hermanos y a mí. La tarde por lo general se hacía interminable, escuchando sus conversaciones sobre Dios, y teniendo que merendar unas galletas que me parecían venenosas. Por eso, a menudo me levantaba con la excusa de ir al baño y tiraba las galletas por el váter. En el pasillo que separaba el comedor del baño había un cuadro donde se representaban dos caminos: uno amplio que recorría la mayoría de la gente con sonrisas y tranquilidad, pero que llevaba al infierno, y otro estrecho por el que caminaba con cuidado y esfuerzo muy poca gente hasta llegar al cielo. Al volver al comedor, y sabiendo que acababa de recorrer un tramo de ese “camino amplio”, ponía una cara sonriente y me volvía a sentar en la silla a la espera de que la visita terminara lo antes posible para poder ir a jugar con mis amigos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que aquel “camino estrecho” lo toman algunas personas libremente, pero otras hemos nacido dentro de él. Y si fuéramos nosotras las que lo tuviésemos que pintar, quizás añadiríamos alguna que otra policía con porra para que no nos desviemos, alambradas electrificadas para hacer imposible la huida, y varios francotiradores sonrientes y buenos cristianos, dispuestos a darnos un tiro en la frente si finalmente decidimos abandonar el “camino estrecho” para siempre. Afortunadamente hemos logrado escapar de aquel tortuoso caminillo y ahora nos encontramos, parafraseando a Machado, sin camino… pero haciendo camino al andar.

Supongo que antes de que Jesús lo llamara, Mateo también tenía un buen “camino estrecho” que lo llevaba a algún cielo. Imagino que su religión, su familia, la sociedad en la que vivía, le marcaba cuál era el comportamiento que de él se esperaba. Es muy probable que aquello de ser un cobrador de impuestos para Herodes Antipas no debía de generarle muy buena prensa entre algunas personas, pero indudablemente muchas otras verían que ocupaba un lugar importante y necesario para la economía y la estabilidad de su país. También Jesús tenía trazado desde su nacimiento el “camino estrecho” que debía recorrer: ser un buen judío, un buen artesano como su padre José, o ocuparse de la casa familiar y de su madre María cuando ésta enviudó. Y podríamos decir algo similar de todas las personas que aparecen en el Nuevo Testamento y que en algún momento de su vida decidieron seguir a Jesús: María Magdalena, Marcos, Pedro, Priscila, Pablo, Febe… Seguro que para ellas, también había un “camino estrecho” trazado por las buenas costumbres y la buena voluntad de las personas que las rodeaban y las querían.

Pero si algo deja claro el Nuevo Testamento, es que todos esos hombres y mujeres que decidieron seguir a Jesús, torcieron su “camino estrecho” en busca de otra vida y de otro cielo. Y si decidieron torcerlo no puede haber otra razón que la insatisfacción, la vacuidad, o el sufrimiento que aquel buen camino les producía. Vivían atrapados en senderos que no eran los suyos, o al menos que no les proporcionaban el suficiente sentido a sus vidas. Al salirse de lo preestablecido, se convirtieron en discípulas y discípulos de Jesús, pero también en personas con una forma de vida torcida, desviada y queer. Todas ellas y todos ellos no eran respetables, ni ejemplares. No se ajustaban a lo que se esperaba de un hombre y una mujer de la sociedad de su tiempo, más bien se las consideraba una amenaza y un peligro. Por eso se las persiguió, y por eso se las asesinó.

Sigue habiendo muchos cristianos y cristianas LGTBI que gastan toda su energía en intentar seguir el “camino estrecho” para demostrar que son buenos cristianos, para pedir que les perdonen, o simplemente porque creen que son merecedores del sufrimiento que le produce seguir un camino que es de otros. Pero olvidan que el cristianismo, y el seguimiento de Jesús, comienzan siempre abandonando el “camino estrecho” en busca de otro que desconocemos, pero que se va trazando en el seguimiento, tras errores, tras fracasos, tras aciertos y victorias. El seguimiento de Jesús siempre tuerce el camino del ser humano, y lo lleva hasta un lugar nuevo donde se encuentra con otras personas que también han torcido el suyo. Buscar la bendición y el reconocimiento de otros cristianos, es una actitud comprensible, muy humana por otra parte, pero no es aquí donde nos convertimos en cristianos, sino cuando somos capaces de transformarnos en “pecadores y sodomitas” a ojos de los demás, torciendo el “camino estrecho” en busca de una vida real y plena.

Algunas tradiciones dicen que Mateo, aquel hombre que se levantó y dejó su vida atrás para seguir al maestro, fue martirizado en Etiopía. El cuadro de los dos caminos, que siempre me paraba a observar cuando era niño, me advertía que quien se sale del “camino estrecho” al final paga por ello. Supongo que eso fue lo que pensó también la familia de Mateo cuando se enteró de su muerte, y la de Jesús al verlo colgado de la cruz. Y la de cada uno y cada una de las personas que aparecen en el Nuevo Testamento y que murieron quemadas, crucificadas, traspasadas con espadas, o lanzadas a los leones. Ninguno de los seguidores de Jesús vio satisfecha su esperanza de ver la vuelta de su Mesías. Aunque murieran ancianos y en su propia cama, su final no fue el que esperaban. A ojos de todo el mundo, mejor les hubiese ido si hubiesen seguido la senda que desde el principio estaba marcada para ellas y ellos. Su final hubiera sido más feliz si se hubiesen resignado a seguir el “camino estrecho”.

También para mucha gente que nos mira a lo lejos desde esa vereda tan fina en la que cada vez caben menos personas, el final de las personas LGTBI hace patente su fracaso. Y lo creen porque son conscientes de que no alcanzamos la esperanza que teníamos depositada en Jesús cuando decidimos torcer nuestro camino para seguirle. No logramos cambiar toda la injusticia que nos rodea con una sola vida, con nuestra vida. Y no vemos el Reino de Justicia que perseguíamos y que nos dio la fuerza necesaria para apartarnos del “camino estrecho”. Pero no saben que ese camino torcido que hemos seguido durante años en busca de vida plena, ya justifica toda una eternidad lejos de su infierno imaginario. Que solo el instante en que nos atrevimos a comenzar a caminar sobre la nada, tras las huellas del maestro, vale más que toda una vida sobre un camino perfectamente trazado sobre nuestra negación y sufrimiento. No lo conseguiremos solos, no lo conseguiremos en una sola vida, hará falta mucha gente junto a nosotros, y después de nosotras, que se atreva a trazar nuevas sendas. Pero al final, si Dios quiere, caminar fuera del “camino estrecho” siguiendo a Jesús nos llevará hacia un mundo más justo y más humano, donde el valor de cada una y de cada uno no resida en su capacidad de ceñirse a una ley, a una letra, o una norma… sino al amor que ha sido capaz de compartir.

Carlos Osma

[1] Mt 9,9

Espiritualidad , ,

“Huyendo de José”, por Carlos Osma

Martes, 27 de diciembre de 2016

ending-violence-against-women-featureDe su blog Homoprotestantes:

Un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:-Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo-. José se levantó, tomó al niño y a su madre y salió de noche con ellos camino a Egipto1”.

El evangelio de Mateo describe como el temor de un hombre a perder su poder desencadenó la muerte de todos los niños menores de dos años que había en Belén. Una dura historia narrada justo en el lugar en el que el evangelio nos habla de la llegada de la salvación. No es difícil encontrar similitudes con otro pasaje bíblico escrito cientos de años antes; me refiero al enfrentamiento entre dos masculinidades poderosas, la de Yahvé y el Faraón de Egipto, que acabó con la victoria del primero cuando éste asesinó a todos los primogénitos egipcios para que los esclavos israelitas pudieran liberarse de la opresión a la que estaban sometidos.

A diferencia del evangelio de Lucas, el de Mateo sitúa a José como protagonista principal de la historia del nacimiento de Jesús, relegando a María a simple receptáculo que traerá al Hijo de Dios al mundo. Una mujer que no habla, que no da su conformidad para que su cuerpo sea puesto al servicio de Dios, sino que simplemente es un objeto pasivo movido de aquí para allá por los deseos masculinos de Dios, Herodes, pero también de José. Aunque esta historia sea una leyenda, creo que narra con verdadera precisión el mundo en el que se movían y se han movido las mujeres a lo largo de la historia.

Un ángel trae un mensaje divino para José: que coja lo que es suyo y huya a un lugar seguro si quiere conservarlo. Y José sigue el consejo y se marcha con su mujer y su bebé a Egipto. No hay ninguna pregunta para saber que quiere María, ella no cuenta en esta relación, su voluntad y su deseo están supeditados completamente a los de su marido. Algo muy distinto a como actuó Jonathan para salvar a David cuando su padre Saúl planeaba matarlo: “Ven conmigo. Salgamos al campo2, le pidió, y allí tramaron un plan y “Jonathan hizo un pacto con David3.” O a cuando Noemí decidida a volver sola a Judá, para librar su vida y la de sus nueras de la pobreza y la mendicidad, le pidió a Rut que no la siguiera. Rut sí tuvo voz en su relación: “¡No me pidas que te deje y me separe de ti! Iré a donde tú vayas y viviré donde tú vivas4”.

El pasado sábado por la noche, cuando estaba a punto de subir al coche para volver a casa, se me acercó una chica bastante joven con un bebé en brazos. Llevaba un pañuelo de colores sobre la cabeza pero la cara descubierta, así que enseguida me pude dar cuenta de que alguien la había golpeado. No hablaba muy bien castellano, y estaba llorando, sin embargo entendí que me decía que su marido quería matar a su hija. Intenté llamar por teléfono a la policía pero los nervios no me permitieron recordar el número, así que le dije que me acompañara hasta una comisaria próxima. En ese momento se tiró al suelo detrás del coche para esconderse y me dijo que su marido estaba por allí cerca, estaba completamente aterrorizada. Como pude conseguí que se levantara con su bebé y entramos en un bar cercano donde llamé a la policía que vino en cinco minutos. Allí le explicó a uno de los agentes que su marido le había dado puñetazos en la cara y que quería matar a su hija. Rápidamente la policía, después de tomarme declaración, subió a esta joven y a su bebé en el coche y se las llevaron.

Hay veces que María no tiene que huir sólo de Herodes, sino también de José. En ocasiones Israel no es un lugar seguro, ni la Iglesia, ni la familia, ni tu pareja. Y por eso hay que huir a un lugar como Egipto, a un lugar extraño, que siempre hemos interpretado como opresivo, pero que hoy puede ser nuestra única salvación. La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual por parte de un hombre. Y que la mitad de las que han sido asesinadas, lo fueron a manos de sus maridos o compañeros sentimentales. En muchos países un tercio de las de adolescentes reconoce que su primera relación sexual fue forzada. Pueden parecer datos que no se corresponden con nuestra realidad, pero no es así, en la Unión Europea la mitad de las mujeres dicen haber sufrido acoso sexual en algún momento de su vida. Y gran parte de ese acoso, en un entorno familiar.

En Navidad cristianas y cristianos celebramos que Dios no utiliza el poder ni la fuerza para salvar al mundo, sino que se sitúa a nuestro lado y se hace una de nosotras, uno de nosotros. No es el poder masculino tradicional, sino el que muchas mujeres han ejercido durante siglos para sobrevivir. Ese que es interactivo, horizontal, incluyente, compartido… Ese que es más humano.

Quizás el ángel del Señor quiera aparecerse esta Navidad a todas aquellas mujeres que están en peligro para decirles que salgan huyendo. Que cojan a su hijo en brazos y corran, que no esperen a que quien debería amarlas y respetarlas acabe con su vida. Eso es lo que hizo la chica con la que me encontré el sábado pasado, decir basta a la opresión, a la violencia y al terror. No creo que para ella fuese fácil pedir ayuda a alguien que no había visto nunca, estar delante de varios policías a los que no entendía bien, o subir a un coche que le llevaría a un lugar desconocido. Pero quizás por amor a su hija tuvo la valentía suficiente para hacerlo, y eso puede haberles hecho salvar la vida.

Supongo que este año no celebrará la Navidad sentada en una mesa junto a su familia, pero es en actitudes como la suya donde la salvación se hace presente, donde se encarna la voluntad de un Dios que ama la vida, y que nos pide que huyamos cuando nosotros y nuestros seres más queridos estamos en peligro.

Carlos Osma

Notas:
1Mt 2,13-14
21 Sm 20,11
31 Sm 20,16.
4Rt 1,16

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“María y José: Decisiones y sueños en las familias lesbianas y gays”, por Carlos Osma

Domingo, 27 de diciembre de 2015

paternidad1De su blog Homoprotestantes:

María y José no tenían conciencia de su orientación sexual, al menos como la tenemos hoy en día, ya que vivían en un mundo con categorías muy distintas a las nuestras. Por eso cuando nos aproximamos a ellos a través de los evangelios es tan absurdo insinuar que eran homosexuales como dar por sentada su heterosexualidad. Sin embargo, sorprende ver como las reacciones de María y José ante el ángel de Dios que les anuncia que tendrán un hijo, reflejan muchos de los miedos e inseguridades que las personas LGTBI tienen a la hora de ser madres o padres.

Cuando en el relato de la Anunciación[1], el ángel Gabriel le dice a María: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús”, ella responde lo que muchas mujeres lesbianas han interiorizado desde niñas: “¿Cómo será esto?, pues no conozco varón”. La maternidad parece estar ligada inevitablemente a la necesidad de un hombre, de una experiencia heterosexual, por lo que el reconocimiento de la homosexualidad lleva asociado en no pocos casos la renuncia a la maternidad.

Hay muchas mujeres que son conscientes muy pronto de los límites imaginarios con los que el patriarcalismo pretende anularlas, y otras aprenden a reconocerlos cuando deciden tomar ellas mismas la iniciativa, cuando pretenden escoger, elegir lo que desean, lo que quieren ser. En el relato de la Anunciación la divinidad elige a María y le propone ser madre, pero es María la que decide serlo. Es ella la que dice sí al ángel, la que voluntariamente y sabiendo que su decisión la enfrentará a una sociedad que le hará pagar caro su atrevimiento, elige ser madre de una forma poco convencional, poco heterosexual.

“Nada es imposible para Dios”, nada es imposible para quien decide ser madre. El hijo de Dios según la tradición no nació por un accidente, por un impulso sexual irrefrenable; nació como los hijos e hijas de las mujeres lesbianas, de una decisión libre, meditada y consciente. Nació, mirado con los ojos de la fe, del amor que Dios puso en el corazón de María, y que sigue poniendo hoy en el corazón de tantas y tantas mujeres lesbianas. Un amor para el que no hay imposibles y donde se hace presente, se encarna, Dios mismo. La salvación no vino a este mundo por vía heterosexual, sino por la voluntad de una mujer que se saltó esa lógica y eligió ser madre.

En el evangelio de Mateo[2] encontramos la reacción de José cuando el ángel le anuncia que iba a tener un hijo. Para empezar se resiste a acatar la ley[3], lo que estaba establecido, como miles y miles de hombres gays que se niegan a cumplir unas leyes patriarcales que tratan de impedir que sean padres. Tampoco quiere proteger su honor, su nombre manchado por el qué dirán. Se mueve con la determinación de quien quiere conseguir su sueño: “Quería ser padre y tener hijos, ¡mis hijos! Fue un impulso tal que la idea de vivir mi vida sin hijos fue imposible de imaginar[4]”.

Sin embargo José no fue en la dirección correcta, no se dirigió hacia el lugar donde estaba su futuro hijo, sino que huyó. No entendió en aquel momento que la paternidad no viene establecida por la sangre o el ADN, sino por el cuidado, la responsabilidad y el amor. Y mientras intentaba escapar de la voluntad divina, mientras corría hacia el lugar donde le habían dicho que era posible tener hijos, se cansó, se quedó dormido y soñó. Y en sus sueños descubrió que los hijos no se tienen, sino que se reciben, y que Dios iba a darle uno para que lo amase y le acompañase hasta que se convirtiera en un salvador.

Al despertar José se levantó y fue en busca de su hijo, como miles y miles de hombres gays que hoy van en busca de sus hijas, de manera incansable, con temor, pero con determinación. Y al final la encuentran, y ella sale disparada y se lanza en sus brazos, como si les “estuviera esperando desde que entró en el centro, esperando a alguien que la quisiera, esperando a su familia[5]”. Y ellos se dan cuenta de que hace ya mucho tiempo que Dios mismo les había hecho padre e hija.

El cristianismo nos explica que la heterosexualidad no tuvo nada que ver con el nacimiento de la salvación. Dios decidió explorar otra posibilidad para ser madre, para ser padre: el camino del amor y la libertad. El mismo camino que mujeres y hombres LGTBI escogen todos los días para hacer realidad su deseo de ser madres y padres. Y es que cuando creemos al mensajero de Dios, y cuando somos capaces de seguir nuestros sueños, la navidad es posible.

Carlos Osma

[1] Lc 1,26-38

[2] Mt 1,18-25

[3] Dt 22,23-24

[4] Borrás, V. “Familias también” (Ediciones Bellaterra. Barcelona 2014), Pág. 187.

[5] Ibíd. 113

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“¿Qué nos hace cristianas y cristianos?”, por Carlos Osma.

Martes, 10 de junio de 2014

CristianaDel blog Homoprotestantes:

Podemos poner todas las condiciones que queramos a esto de ser cristianos: formar parte de una iglesia, cumplir una moral determinada, ser heterosexual, leer la Biblia e intentar vivir bajo una de sus interpretaciones. Podemos poner el listón tan alto o tan bajo como se nos antoje, intentando buscar el perfil de cristiana y/o cristiano que nos parece más sublime, más divino, más cercano al superhombre o la supermujer por la que Jesús murió en la cruz.

 Pero muy poco, o incluso nada de todo eso, tiene que ver con lo que en realidad nos ha hecho seguidoras y seguidores de aquel perdedor que no formó nunca parte de una iglesia, que tuvo conflictos con la moral de su tiempo, que jamás afirmó que la heterosexualidad era condición necesaria para construir el Reino de Dios; que no leyó la Biblia de manera literal, o que incluso se atrevió a reinterpretarla para que las mujeres y los hombres de su alrededor fueran más felices.

 Lo que nos ha hecho cristianas y cristianos es sencillamente la respuesta afirmativa a la llamada de Jesús:

 “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres [1]

 Es cierto que no todo el mundo ha escuchado esta llamada al seguimiento, incluso habiendo nacido en una familia cristiana. Y cuando digo escuchado no me refiero a que lo hayan oído, sino que no ha resonado dentro de su corazón las palabras de Jesús: “Ven en pos de mí”, exigiéndole una respuesta.

 La persona cristiana ha oído con claridad que Jesús la llama, como Simón y Andrés en el mar de Galilea, y entiende que se la invita a dejar su entorno, su vida y su mundo, para adentrarse en el seguimiento de aquel que la está llamando, sin saber exactamente hacia donde va. El cristianismo es por tanto seguimiento, es movimiento, no estancamiento. Un constante desplazamiento que no tiene su razón de ser en una meta en el más allá o en el más acá, sino que se justifica exclusivamente por el seguimiento constante del maestro, de Jesús de Nazaret. Él es el que en cada momento da sentido al lugar en el que estamos. Es hacia él que nos movemos, es sólo hacia él que deseamos aproximarnos.

 Por eso el conservadurismo cristiano no tiene sentido, por eso la bibliolatría es absurda, por eso las estructuras religiosas corren siempre el peligro de convertirse en un freno al cristianismo. Por eso quienes intentan poner cláusulas extras al seguimiento de Jesús lo hacen en nombre propio saltándose lo más básico del evangelio.

 Es también significativo que el llamamiento no se hace de manera individual, no es una voz del cielo que nos habla en lo más profundo y recóndito de nuestra alma. Sino que es una voz que escuchamos junto a otras personas y que nos invita a un seguimiento comunitario. La respuesta final es evidentemente individual, pero mucho tiene que ver nuestro entorno en todo esto. Es evidente que debemos actuar tal y como nuestra conciencia nos indique, por mucho que a muchos cristianos y cristianas les cueste respetar la libertad de conciencia, pero no debemos nunca olvidar que no somos llamados a una relación personal con Jesús, sino a una relación comunitaria con él. No siempre se puede ser cristiano y vivir en comunidad, la experiencia lo demuestra en multitud de ocasiones, pero la vocación cristiana no es un alejamiento del hermano y la hermana, sino una llamada a caminar juntos tras los pasos de Jesús.

 La persona cristiana no sólo escucha sino que responde a la invitación de Jesús dejándolo todo y poniéndose en marcha. No es una respuesta teórica, no es necesario repetir un determinado credo, no hay que cumplir ciertas normas, sólo hay que dejar las redes, bajar de la barca, y ponerse a caminar. Y digo sólo de manera muy rápida, porque para muchas personas ese seguimiento ha significado y significa ponerse en una situación de vulnerabilidad, de riesgo, de peligro, o simplemente de marginalidad. A veces no entendemos lo que significa dejar las redes, el sustento, la seguridad… y nos montamos un pseudoevangelio que busca seguridades; es como si todavía siguiésemos pescando en el mar de Galilea y fuésemos incapaces de bajar de nuestra barca para seguir al maestro. Y desde allí gritamos y condenamos a quienes se han puesto en marcha tras las buenas noticias de Jesús. Pero sólo hay una respuesta posible al llamado de Jesús que nos convertirá en sus seguidores, dejarlo todo, y seguirle, sin nada más que el hermano y la hermana que viene a nuestro lado.

 Tenemos muchas destrezas y habilidades, quizás tengamos una gran formación intelectual o destaquemos por nuestra enorme simpatía. Pero nada de todo esto sirve en principio en nuestra nueva vida cristiana. Lo que debemos hacer, hacia donde debemos ir, nuestra tarea inmediata, viene únicamente determinada por la voluntad del maestro. Él nos hará… no nos hace en un momento, no es un llamamiento mágico, sino un llamado que nos trasformará, que nos hará personas nuevas. Quizás después, mientras somos transformados nuestros dones se puedan poner a disposición del evangelio, o quizás no. El seguimiento transforma, o dicho más radicalmente, sólo el cristiano y la cristiana que siguen a Jesús van siendo transformados a la imagen del maestro.

 Jesús nos hará, junto a otros cristianos, nunca de manera individual o aislada, nuevas personas. En la comunidad seremos transformados, en una comunidad de seguimiento, no de estancamiento. En una comunidad que tienen su única razón de ser en el llamado de Jesús, no en cualquier otra característica humana. Las comunidades de heterosexuales no son comunidades cristianas, tampoco las comunidades lgtb o las de personas de un nivel social determinado… las comunidades cristianas son comunidades de personas diversas que han escuchado la llamada de Jesús y han decidido ir tras él. El resto de condicionamientos o características de una determinada comunidad son absolutamente secundarios. Sólo seguir a Jesús nos hace cristianos. Leer más…

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad , , , , , , , ,

Recordatorio

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