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“Yo soy el Señor tu Dios, el que te sacó del armario”, por Carlos Osma

Jueves, 17 de octubre de 2019

cruzarDe su blog Homoprotestantes:

“¡Ordena a los israelitas que sigan adelante! Y tú, levanta tu bastón, extiende tu brazo y parte el mar en dos, para que los israelitas lo crucen en seco”

(Ex 14,15b-16).

En unas sociedades tan secularizadas como las nuestras es lógico que la Biblia no tenga nada que ver con la vida de la gran mayoría de la población. Si no tienes canas es difícil que sepas quienes eran por ejemplo Rut y Noemí, y si por alguna razón te suena el nombre de Sansón, es posible que lo confundas con uno de los cuatro fantásticos. Pero si has nacido en una familia cristiana y las historias bíblicas son para ti el pan nuestro de cada día, eso tampoco significa que tus experiencias se vean reflejadas, cuestionadas o interpeladas por ella. Quizás únicamente sea el lugar desde donde justificas legalmente si lo que haces es o no correcto, pero sin que haya ningún tipo de reinterpretación a partir de tu propia experiencia. Tampoco tiene por qué ser fuente de liberación, ya que quizás es como agua estancada en el pantano que otros construyeron, en vez de ser como aquella otra que avanza decidida hacia el mar por un cauce que, en ocasiones, no puede contenerla y acaba siendo rebasado. Sin embargo, hay personas para las que algunos pasajes bíblicos tienen tanto que ver con sus propias vivencias, que son incapaces de leerlos sin verse como protagonistas de lo que en ellos se relata.

La mayoría de personas LGTBIQ estuvimos durante mucho tiempo frente al Mar Rojo, atrapados entre unos poderes que nos querían sometidos y esclavizados, y el temor paralizante que nos generaba un mar que parecía ser el fin del mundo. La huida de Egipto es un texto que tiene tanto que ver con nosotras, que es difícil leerlo sin que algo dentro nuestro se remueva. Esa experiencia opresiva, de no saber hacia donde tirar, de creer que no hay escapatoria, que únicamente podemos elegir entre la esclavitud y la muerte, nos ha dejado una huella tan profunda, que cuando leemos textos como este, sentimos que nos conectamos no solo con quienes vivieron aquella situación hace miles de años -no entro en el debate sobre los hechos históricos que originaron y moldearon el texto-, sino con tantas y tantas otras que lo siguen viviendo hoy. ¿Recuerdas aquel dolor en el pecho, la falta de aire, el temor, la soledad, o el creer que incluso dios te había abandonado a tu suerte? Pues es similar al que tristemente siguen sintiendo hoy otras personas LGTBIQ que viven a nuestro alrededor. Personas que pueden no haber llegado siquiera a la adolescencia pero que, como nosotras no hace tanto, se debaten entre el poder LGTBIQfóbico esclavizante de Egipto y el de la muerte del Mar Rojo.

Podríamos intentar olvidarlo todo, hacer como que aquello no ocurrió, pero de manera inevitable volvemos continuamente a aquel lugar originario donde adquirimos una nueva identidad, la de ser hijos e hijas de un Dios liberador, porque allí recordamos que la dicotomía a la que se nos sigue obligando a escoger todavía hoy, entre esclavitud o muerte, es absolutamente falsa. La elección se da a otro nivel, creer a un dios fundamentalista que únicamente puede vernos como esclavos a los que es necesario someter y castigar por desear la libertad y la justicia, o en un Dios liberador que conoce el dolor de los seres humanos y se pone del lado de quienes lo padecen y en contra de quienes lo infringen. Y esa elección se repite y se repite constantemente en las decisiones que seguimos tomando en nuestro día a día, por eso es importante volver allí constantemente, frente al Mar Rojo, para recordar qué Dios fue el que nos liberó, y cuál el que quería esclavizarnos. “Yo soy el Señor tu Dios, el que te sacó del armario”, nos diría hoy, para después añadir: “No olvides por tanto al inmigrante, a la mujer maltratada, ni al niño vulnerable”. 

Y es que es verdad que la muerte no tiene la última palabra, lo sabemos por experiencia propia, el Mar Rojo puede parecer inmenso e infranqueable, pero el Dios liberador es capaz de partirlo en dos y dejar un camino de tierra seca por donde únicamente quienes anhelan la libertad pueden pasar. Por allí cruzamos, caminamos durante semanas, meses, años, maravillados de que la vida se abría paso de forma milagrosa. Y es importante compartir con quienes tenemos cerca que ese camino existe, que hay que atreverse a dar el paso y seguir hacia adelante, que el temor no puede ser la única forma posible para mantenerse con vida. Pero igualmente es importante que nosotros tampoco lo olvidemos nunca, porque las situaciones de opresión, aunque diferentes de aquella, siempre vuelven a repetirse. Vivir liberados exige constantemente decisiones valientes por el Dios liberador, y contra el dios de la opresión. La LGTBIQfobia no ha desaparecido, aunque ya no tenga el mismo poder sobre nosotros que cuando salimos de Egipto. Por eso cada día debemos seguir tomando decisiones valientes que hagan que nuestra vida no se rija por ella, sino por la liberación. Y es que el Señor no solo nos “sacó del armario”, sino que nos “saca de cualquier otro Egipto” cada día, y eso hay que afirmarlo, compartirlo, gritarlo, donde sea necesario.

Vivimos muchos tipos de éxodo a lo largo de la vida, cada uno con características bien diferentes. Pero es importante volver a poner nuestra mirada en aquel que nos cambió para siempre, el que nos proporcionó una existencia que no teníamos, el que únicamente fue posible por la intervención de un Dios que sintió nuestro dolor y actuó para liberarnos. Y al recordar ese éxodo que llevamos marcado a fuego dentro de nosotras, el resto de éxodos podemos afrontarlos de una manera más confiada. El Dios liberador está de nuestro lado. Sabemos que hay personas que todavía están frente al Mar Rojo atemorizadas, incapaces de dar un solo paso y sintiendo que no hay otra vida para ellas. Pero para las personas LGTBIQ que fuimos liberadas, en ese texto estamos nosotras mismas. No podemos leerlo sin ver delante nuestro al propio Moisés alzando su vara y partiendo en dos, por la gracia divina, aquel mar que nos paralizaba. Y en su actualización constante, afirmamos confiadamente que pase lo que pase: “Señor, con tu amor vas dirigiendo a este pueblo que salvaste; con tu poder lo llevas a tu santa casa”. (Ex 15,13).

Carlos Osma

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Biblia, Espiritualidad , , , , ,

“Recuerdo y olvido”, por Carlos Osma

Martes, 15 de mayo de 2018

balletmenDe su blog Homoprotestantes:

Es difícil para las personas LGTBI tenérnoslas que ver con el recuerdo y el olvido de las experiencias opresivas que un día sufrimos, sobre todo en nuestro entorno más cercano, cuando sentíamos que no había otra forma de sobrevivir que comportarnos como heterosexuales. O también todo aquel rechazo del que fuimos objeto por parte de personas a las que queríamos, y a las que siempre habíamos estado dispuestos a apoyar, cuando les dijimos que éramos LGTBI. Pero es difícil hablar de todo esto generalizando, pensando que todas y todos hemos pasado por los mismos lugares, y que hay una única manera de sobrevivir al daño que la heteronormatividad nos ha infringido. Por eso esta reflexión, aunque creo que puede ser compartida por otras personas LGTBI, es ante todo una reflexión personal sobre la dicotomía entre recordar y olvidar, a la que he tenido que enfrentarme para poder vivir libremente como un hombre gay.

La primera posibilidad es el olvido, siguiendo el consejo de Isaías: “No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a la memoria las cosas antiguas. He aquí yo hago cosa nueva; pronto saldrá a la luz, ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la tierra estéril[1]”. Escapar del infierno evitando por todos los medios mirar hacia atrás, tratar de impedir que todo aquello nos limite, que nos haga plantear nuestra existencia simplemente como una reacción a la opresión, sin liberación real, sin vida nueva. Se trataría de abandonar lo aprendido, las instituciones y los entornos que nos harían estar dando vueltas constantemente sobre lo mismo, impidiéndonos avanzar. Se trataría de romper la dinámica de la repetición, y salir en busca de algo nuevo… Rechazando instituciones como la familia o la religión, y buscando nuevos lugares y nuevas instituciones como la amistad, el asociacionismo, los grupos de autoayuda o espiritualidades alternativas para llenar nuestra vida de algo completamente distinto. Si pudiéramos olvidarlo todo, si fuéramos capaces de no actuar meramente de forma reactiva, si todo fuera nuevo, también nosotras y nosotros… Si pudiéramos padecer una amnesia selectiva, lograríamos ser quien realmente somos, y no lo que tanta opresión ha querido hacer con nosotras.

En el otro extremo nos encontramos con el recuerdo, haciendo lo que el Deuteronomio aconsejó al pueblo israelita: “te acordarás de que fuiste esclavo en Egipto y que de allí te rescató el Señor, tu Dios[2]”. Tener siempre presente de donde salimos es la mejor manera de saber dónde no queremos volver a estar, es la vacuna infalible para que la nostalgia no nos juegue una mala pasada. El recuerdo puede ser una denuncia de las estructuras opresoras, una exigencia para implicarse en la realidad y transformarla. Nos ayuda a poner las cosas en su sitio, nombrando las acciones que tantas personas a las que queríamos quieren negar. El recuerdo es el espejo que ponemos delante de nuestra familia, iglesia y sociedad; para que vean reflejada su verdadera naturaleza homófoba. Pero es también un intento de dar coherencia a nuestra vida, sin renunciar a nada, otorgándonos un relato de continuidad, y evidenciando que somos unos supervivientes, que logramos escapar de la opresión que, en algún momento gracias a Dios y a nuestra determinación por vivir en libertad, vencimos. Y si vencimos una vez, eso significa que la heteronormatividad no es todopoderosa, que tiene pies de barro, y que la podremos volver vencer si intenta otra vez someternos.

La línea que va del recuerdo al olvido es larga, y cada persona transita entre ambos extremos. El olvido total es imposible, por mucho que lo pretendamos no podemos huir de nosotros mismos, porque somos en parte lo que anteriormente hemos sido. Hay tantas veces que saltan como resortes experiencias que pensábamos ya superadas, que no podemos negar las huellas que nos ha dejado la heteronormatividad y que siguen latentes debajo de nuestra piel, de nuestras emociones y comportamientos. Pero, por otro lado, sobre todo cuando hablamos con personas que actualmente están pasando por experiencias que nosotros hemos superado, nos percatamos de que el recuerdo tiene sus límites. Es difícil volver a tener el mismo miedo, la misma sensación de estar atrapado, que cuando vivíamos oprimidos por la heteronormatividad. El tiempo nos ha ayudado a olvidar parte de aquel infierno, y aunque las heridas pueden no haber cicatrizado del todo, es evidente que ya no están abiertas como antes. Huir de la opresión, solo es posible con la colaboración del olvido. Nuestra psicología es sabia, no podemos negarlo.

Cada cual podrá situarse hoy en un punto entre el olvido y el recuerdo, y mañana probablemente estará en otro. Sin embargo, me gustaría hacer dos breves observaciones sobre la manera de conjugar ambas dimensiones, teniendo en cuenta los dos textos bíblicos que he citado anteriormente. En el texto de Isaías sobre el olvido, en realidad está implícito el recuerdo; puesto que lo que el profeta quiere decir es que la liberación de las personas cautivas de Babilonia será mucho mayor que la que conocían por el relato de la salida de Egipto. Dicho de otra forma, no se debían limitar a lo ya vivido, a lo que habían recibido por tradición, porque siempre es posible una liberación mayor que no somos capaces de imaginar. El olvido por tanto en este texto, no es tanto la negación o el abandono del pasado, sino la denuncia de que ese pasado puede ser limitante. Es la llamada a la apertura, a la esperanza que siempre supera todo lo que anteriormente hemos vivido, al abandono de cualquier límite. Por otro lado, el texto del Deuteronomio habla del recuerdo poniéndolo en relación directa con el prójimo. Lo que pretende es un comportamiento ético justo hacia otras personas desfavorecidas como los extranjeros, huérfanos y viudas. No se trata de recordar para autoflagelarse, para vengarse, para victimizarse; sino que se hace una sociedad mejor cuando quienes hemos vivido oprimidos, al liberarnos, somos sensibles a otras opresiones con las que quizás estamos colaborando.

No olvidar el pasado, pero sin dejarse atrapar por él. No recordar lo vivido sin ponerlo en conexión con el presente, y con quienes tenemos cerca. Olvido y recuerdo tienen un difícil equilibrio para las personas LGTBI, pero estamos abocados a intentar encontrarlo. Siempre está latente la tentación de decantarse por uno u otro, pero es una tentación engañosa, no es posible tal cosa. La única posibilidad real es compatibilizarlos, y lo más inteligente, es hacerlo de manera que siempre estemos abiertos a nuevas liberaciones personales, pero también colectivas. Olvidar y recordar; en realidad tratar de ser felices y hacer felices a quienes tenemos cerca.

Carlos Osma

[1] Is 43, 18-19

[2] Dt 24, 18

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“Conquistar Canaán” por Carlos Osma

Martes, 5 de diciembre de 2017

guerrabibliaDe su blog Homoprotestantes:

Cristianos y cristianas lgtbi corremos los mismos riesgos que el resto cuando, decididos a apropiarnos de las palabras del texto bíblico, lo alejamos de tal forma de su sentido original que más que actualizarlo para que nos interpele, lo convertimos simplemente en una justificación de nuestros planteamientos previos. Aconseja el libro de Josué aquello de: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la Ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que está escrito en él, porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien[1]”. Algunos y algunas, decididos a prosperar y liberarnos de la ideología heteronormativa que nos ha pretendido robar el acceso a la Biblia, nos acercamos a ella de manera acrítica, repitiendo los mismos errores que cometen quienes la utilizan para deshumanizarnos y hacernos daño. Y cegados por nuestra voluntad inquebrantable de demostrar que somos fieles a lo que “nos dice la Biblia”, nos apropiamos de las promesas que supuestamente ella nos otorga: “Mira que te mando que seas valiente; no temas ni desmayes, porque el Señor, tu Dios, estará contigo donde quiera que vayas[2]”.

La primera vez que escuché los dos versículos que he citado anteriormente tendría unos quince o dieciséis años, fue en un encuentro de jóvenes cristianos que todo el mundo identificaba como heterosexuales. Para quienes allí estábamos, acostumbrados a ser una minoría insignificante en nuestro entorno, y llamados a evangelizar a toda persona que tuviéramos cerca, escuchar que Dios estaba del lado de nuestra pequeña minoría y que no nos abandonaría nunca; aunque parezca estúpido, nos otorgaba una identidad, un proyecto, y la falsa seguridad de que finalmente siempre tendríamos éxito. Al acabar el encuentro y volver a casa, busqué de nuevo estos textos y leí íntegramente el libro donde se encuentran. Allí descubrí que estas palabras fueron puestas en boca de Dios para decirle a Josué que, después de la huida de Egipto y de vagar durante años por el desierto, los israelitas tenían frente a ellos la tierra prometida donde podrían vivir en libertad. Para conseguirla bastaba con someter o expulsar a las personas que la ocupaban. No se hablaba de los sueños, de los sufrimientos, de la vida de quienes vivían en aquella tierra, eran simplemente personas que no formaban parte del pueblo de Dios y que no seguían la Ley; por tanto, eran susceptibles de ser eliminadas. Y así lo hicieron, en Jericó por ejemplo, “destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas y los asnos[3]”. Algo que repitieron en el resto de ciudades hasta finalmente conquistar la tierra: “tomó Josué todas las ciudades de aquellos reyes y los hirió a filo de espada[4]”. Me escandalizó lo que leí, y me resultó imposible identificarme con el Dios de Josué, y la fe de quienes eran sus ciegos seguidores. Pero con el tiempo descubrí que todo lo que este libro explica forma parte del ADN de muchas comunidades cristianas: la fe en un Dios que divide el mundo en nosotros y ellos, y que anima a utilizar cualquier estrategia, por inhumana que sea, para imponer su voluntad. Todo ello apelando a una ley revelada e incuestionable.

Bastantes años después, estudiando más profundamente la Biblia, descubrí que el Dios con el que me topé en el libro de Josué, era realmente el Dios del rey Josías, que reinó en Judá entre el 639 y el 608 a.C. O más bien, al que apeló para llevar a cabo su proyecto político que consistía en expandir Judá hacia el norte para reconquistar el territorio de Israel, que casi cien años antes había caído en manos del Imperio Asirio, centralizar el culto en el Templo de Jerusalén y crear un gran Estado. Este proyecto necesitaba lo que hoy llamaríamos un relato que fuera consistente y le diera legitimidad. El libro de Josué lo consigue relacionando los anhelos de Josías con una historia heroica y triunfal sobre los orígenes del pueblo israelita, y haciendo del Libro de la Ley la norma divina básica que regía la vida del pueblo. Un Libro de la Ley que supuestamente el sumo sacerdote había descubierto en el Templo[5] durante el reinado de Josías, pero que los especialistas creen que fue compuesto en aquella época[6]. A Josías le importaba bien poco la vida de las personas que vivían en Israel, y por esa misma razón, su Dios quería acabar con ellas y robarles lo que era suyo. Pero de la misma manera, no daba valor alguno a la vida de sus súbditos, porque únicamente eran soldados al servició de sus aspiraciones. Que el Dios de Josías no podía cumplir sus promesas lo atestigua que finalmente este rey aspirante a mesías murió en la batalla de Meguido contra el rey de Egipto[7]. Veinte años después Nabucodonosor destruyó el reino de Israel, la ciudad de Jerusalén y el Templo, dando lugar a la deportación y el exilio a Babilonia de gran parte de la población israelita.

Muchos cristianos y cristianas de hoy, acostumbrados a reflexionar su fe a partir de una lectura literal de la Biblia que reconocen como Ley, siguen al Dios de Josías. Para ellos las personas lgtbi no tenemos vidas, ni esperanzas ni familias; solo somos una amenaza para sus deseos de conquistar el mundo a golpe de Biblia. Sus posiciones siempre son de lucha y confrontación, de posesión de la verdad frente a los que vivimos en el engaño, de depositarios de la salvación frente a quienes estamos perdidos en nuestro pecado. Y llaman a la guerra, una guerra que produce víctimas, que hace sufrir a gente a la que no quieren poner ni voz ni rostro, porque su teología se basa en la deshumanización de los diferentes. Se aferran a una Ley que llaman divina, pero que apesta a inhumanidad e intolerancia. Generan muerte sí, pero como Josías, no tienen futuro, porque quien predica y sigue a un Dios de muerte, finalmente logrará su objetivo de encontrarse cara a cara con él. Además, como en el caso de Josías, su discurso es sólo un falso relato disfrazado de religiosidad, con el que engañan a millones de personas que necesitan formar parte de un ejercito que les diga lo que tienen que hacer, y les prometa un mundo que no existe.

Ya hemos hablado de ellos, de quienes siguen al Dios de Josías, pero la pregunta más importante es sobre nosotros, sobre si las personas lgtbi debemos olvidar las promesas de Dios a Josué, y arrancar este libro de nuestras Biblias. En mi opinión, no creo que debamos hacer algo diferente a lo que hicieron los primeros cristianos cuando leían sus textos bíblicos: releerlos a partir del evangelio, de su experiencia con Jesús de Nazaret, y del Dios Padre que éste les había revelado. Un Dios de amor que llamaba a la salvación de todas y todos, que no hacía diferencia entre seres humanos, y que siempre se oponía a cualquier lectura legalista que produjese víctimas. Por eso más que idealizar la entrada de los israelitas en Canaán al gusto de los poderosos, quizás deberíamos tener en cuenta que en realidad sus tribus entraron de manera pacífica en el curso de las trashumancias[8]. Lo que buscaban no era expulsar o asesinar a otras personas, sino encontrar lugares donde poder vivir mejor junto a sus familias. Cuando cristianos y cristianas lgtbi llegamos frente a la tierra prometida, huyendo de aquel lugar donde no éramos humanos, sencillamente carne al servicio del Faraón heteronormativo; cuando por fin, tras dar vueltas por el desierto de la tentación, nos damos cuenta que ahora depende de nosotras y nosotros dar el paso definitivo que nos situará en una tierra más justa; deberíamos atrevernos a hacerlo teniendo en cuenta dos cosas importantes: Que las personas que allí viven deben ver respetada su voluntad de ser felices, y que nuestro bagaje, nuestra experiencia de liberación, no debe ser impuesta, pero sí compartida.

La sociedad en la que vivimos, la iglesia a la que pertenecemos, puede ser Egipto, y en ese caso solo nos queda la posibilidad de la huida si queremos ser felices. Pero también puede ser Canaán, una tierra con sus propias costumbres, que no nos lo pondrá fácil para construir lugares inclusivos pero donde es posible abrir espacios para la convivencia. En ese caso, podríamos dejar de escondernos, de permitir que otros y otras decidan por nosotros, de pasar desapercibidos. No es fácil, hemos sido educados para sobrevivir sin levantar sospechas, con una enorme capacidad para el mimetismo. Sin embargo, creo que ahora, para poder vivir en Canaán, ya no podemos conformarnos con eso, nuestro reto pasa por esforzarnos y ser valientes, no tener miedo ni desmayar, y confiar que el Dios de amor de Jesús esté a nuestro lado para poder vivir y compartir anhelos, sueños, temores, experiencias o deseos, de forma pública. Compartir no para hacer una sociedad a nuestra imagen y semejanza, sino una sociedad más inclusiva para todas y todos. Necesitamos una tierra como Canaán, pero Canaán también nos necesita a nosotras y nosotros. No lo lograremos con ejércitos ni con espadas, será el espíritu del Dios de amor de Jesús quien nos guie hasta la victoria definitiva. Una victoria donde la única víctima será la injusticia.

Carlos Osma

[1]    1,8

[2]    Jos 1,9

[3]    6,21

[4]    11,12

[5] 2 R 22,8.

[6] Finkelstein, I. “La Biblia desenterrada” (Editorial Siglo XXI. Madrid, 2003). Pág. 309.

[7] 2 R 23, 28-30.

[8] Von Rad, G. “Teología del Antiguo Testamento Vol I” (Ediciones Sígueme. Salamanca, 1969). Pág. 372.

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Biblia, Espiritualidad , ,

“Job para la comunidad LGTBI+”, por Carlos Osma.

Miércoles, 20 de septiembre de 2017

en-tierraDe su blog Homoprotestantes:

Si los cristianos LGTBI+ hiciésemos una selección de libros de la Biblia donde escuchamos con más claridad la Palabra de Dios dirigiéndose a nosotras, con toda seguridad Job no faltaría. El autor de esta obra elige como protagonista a un hombre que no solo no era judío, sino que formaba parte de un pueblo, el edomita, percibido como enemigo por los israelitas. De hecho “Edom ha seguido siendo en el judaísmo el nombre que describe crípticamente a los estados o poderes que persiguen a los judíos(1). Y no hay más que escuchar hoy los mensajes de la ortodoxia cristiana, que hace de nosotras y nuestra supuesta ideología de género” el poder demoníaco que la amenaza, para entender que la experiencia del edomita Job refleja en buena parte la nuestra.

Comienza la obra con un Dios que se muestra satisfecho por la actitud y el comportamiento de su siervo Job: “Ciertamente no hay otro como él en la tierra: hombre justo y honrado(2), a lo que Satán, una especie de fiscal de la corte celeste, responde: “¡lánzale tu mano, toca lo que es suyo!, ¡a ver si no te maldice a la cara!(3). Y tras el permiso de Dios para que Job fuese puesto a prueba por Satán, con la condición de que no tocara su cuerpo, el tentador acabó con sus siervos, su ganado y finalmente con sus hijos e hijas. Cuando Job recibió la noticia de que lo había perdido todo, mostró su dolor: “se rapó la cabeza y se arrojó por tierra, prosternándose(4)” y exclamó: “¡Desnudo salí del vientre de mi madre y allí volveré desnudo! Dios dió, Dios quitó; ¡bendito sea el nombre de Dios!(5). De esta manera se mostró respetuoso ante la voluntad divina.

Nuestro protagonista es presentado en un estado de perfección paradisíaco, desde donde se erige como ejemplo a imitar, él es sin duda el ideal al que aspira el patriarcalismo. Digamos que Job es un hombre “como Dios manda”, un hombre de éxito y un ejemplo para la sociedad en la que vivía, su vida es la confirmación de la teología del momento: “quien asume su lugar en el mundo patriarcal, tiene éxito y todo le va bien”. Como indica con acierto Satán, desde esta posición es fácil ser íntegro, por eso el enviado de Dios le hace caer de la cúspide y le desposee de todo aquello que lo convierte en un modelo positivo de masculinidad. No parece importarle demasiado al autor cómo se siente Job por la pérdida de sus hijos e hijas, si fuera así podría haber escrito una obra entera para explicarnos sus sentimientos, pero prefiere centrarse en la situación de un hombre que ha recibido la afrenta de perder sus riquezas, y lo que es más importante, de no tener ya una descendencia que recuerde su nombre. Job de un plumazo, es expulsado del centro de poder heternormativo de su tiempo y es empujado a los márgenes de la sociedad, esa en la que vivían los perdedores, los pecadores.

Eso es lo que somos las personas LGTBI+ a ojos de la religiosidad legalista, personas desposeídas de la dignidad suficiente para ser ejemplo de cualquier cosa. Seres humanos lanzados por la heteronormatividad desde lo alto de la cúspide de la sociedad a lo más bajo e indigno justo en el momento en el que nos atrevemos a mostrarnos íntegros y agradecidos con la diversidad con la que Dios nos ha bendecido. Y al recibir la noticia de que hemos perdido todo aquello que nos hace respetables para nuestras iglesias, nuestras familias o amistades, tenemos la opción de comenzar a gritar y a revolvernos sobre nosotros mismos añorando volver al Edén perdido. Muchos hemos pasado por ahí durante años, implorando el perdón con cada una de nuestras acciones. También podemos renegar del Dios al que hemos seguido, porque quizás simplemente lo hacíamos por inercia cuando todo nos iba de maravilla. O finalmente podemos entender que nuestro seguimiento no depende del lugar donde el Satán de la homofobia, la bifobia y la transfobia nos haya colocado. Que desde cualquiera de los escalones de la pirámide social, aunque sea el último, podemos trabajar por la justicia, podemos servir a Dios. Porque la denuncia del Satán que nos humilla, de la transfobia, homofobia, bifobia, del machismo… se puede hacer desde cualquier lugar; pero no hay grito más constante, o acción más decidida, que la de aquellos y aquellas que ya no pueden descender más, y que se abandonan a la voluntad divina para destruir pirámides y construir un mundo nuevo donde todos los seres humanos tengan el mismo valor.

Ante la muestra de fidelidad de Job, Dios se alegra ante Satán: “Aún se aferra a su integridad, pese a que me incitaste contra él para que lo destruyera de balde(6). A lo que el destructor responde: “ponle la mano encima y tócale huesos y carnes…, a ver si no te maldice a la cara(7). Y tras recibir el permiso divino con la condición de que no le quitara la vida, Satán “hirió a Job con escoriaciones malignas de la planta del pie a la coronilla(8). Pero Job se mantuvo firme incluso cuando su esposa le incitaba a que maldijera a Dios y se muriese. Su respuesta contundente: “hemos de aceptar de Elohim el bien, y ¿acaso no hemos de aceptar el mal?(9).

La heteronormatividad, no sólo tiene un impacto en nuestras relaciones o en la manera que la que la sociedad nos percibe, también lo tiene sobre nuestro cuerpo. Sabemos exactamente como son los cuerpos que la heteronormatividad construye, y como deben expresarse dependiendo del género que se impone. Y para conseguir la aceptación muchas personas torturan su cuerpo en un gimnasio, toman vitaminas, anabolizantes, o se ponen silicona en cualquier parte del cuerpo. Otras van un paso más allá y entienden que la castración es la única posibilidad para hacer concordar su género y su sexo. La lucha por la aceptación tiene un precio muy alto en los cuerpos de quienes creen que es posible satisfacer las exigencias heteronormativas, y finalmente acaban por sucumbir, porque si hay algo efímero en nosotras, es nuestro cuerpo. Sí, ese cuerpo que es reducido a la capacidad de gestar en las mujeres, o a los genitales en los hombres gays. A un error de la naturaleza en el caso de las personas trans, a un objeto erótico en el de las mujeres lesbianas, o si hablamos de personas interesexuales, a un lugar de experimentación donde los divinizados doctores eligen cuál es el sexo más conveniente.

Quien no se haya percatado ya de que la ideología heteronormativa ha llagado nuestros cuerpos para hacerlos parecer enfermos y repugnantes, es que prefiere estar mirando hacia otro lado. Y cuando el autodesprecio a una misma y el rechazo al propio cuerpo es tan grande, quizás la tentación de maldecir a Dios y tirarlo todo por la borda se hace presente. Supongo que es la falta de autoestima, de respeto al propio cuerpo, lo que lleva a muchas personas a mantener relaciones sexuales sin protección, a buscar placer a través del dolor corporal, o a encomendarse a doctores sin escrúpulos ni preparación que les rajarán de arriba abajo. Sin embargo Job nos invita a rechazar dichas tentaciones. Incluso cuando la heteronormatividad se ceba con nuestro cuerpo, nosotras podemos mantener la dignidad y no lanzarnos en manos de la muerte. La desesperación puede ser muy fuerte, pero es posible resistirnos, esa es la única forma de acabar con ella. El Satán del libro de Job desaparece para siempre cuando éste se niega a rendirse y maldecir a Dios, ya no aparecerá de nuevo, serán otros los tentadores, pero es posible enfrentarse a ellos cuando una ha sabido sortear la muerte. Cuando ha elegido no maldecir y vivir, cuando ha decidido mirar hacia delante a pesar de todo, proponiéndose respetar el propio cuerpo y construyéndolo en consonancia con la propia identidad, no con la que la ideología del binarismo impone.

Job tiene razones para sentirse decepcionado con el Dios en el que cree, por mucho que diga acepar el dolor que cree que éste le está produciendo, es evidente que se siente dolido, ¿quién no lo estaría? Pero si no reniega de Dios y de la vida, es porque aún le queda alguna esperanza de que ese Dios sea realmente quien le ayude a alcanzar la justicia que como ser humano merece. Y esa es la misma esperanza que tenemos los cristianos y cristianas LGTBI+, lograr que ese Dios que un día creímos que era nuestra enemiga, se ponga de nuestro lado y nos traiga  justicia. No se trata de venganza, el libro de Job no habla de eso, sino de dignidad. Y de descansar en la promesa de que Dios está siempre del lado del oprimido, y que es nuestra obligación denunciar a quienes utilizan su nombre para imponer una ideología de odio y exclusión.

Carlos Osma

Recuerda que puedes dejar tu opinión sobre este artículo aquí mismo.

Si deseas leer un artículo relacionado: Teología de la opresión en el libro de Job.

Notas:

  1.  J. Trebolle, S. Pottecher. Job(Madrid; Editorial Trotta, 2011), p.102
  2.  Job 1,8
  3.  1,11
  4.  1,20
  5.  1,21
  6.  2,3
  7.  2,58
  8.  2,7
  9.  2,11

Artículo publicado originalmente en la revista Locademia de Teología

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“Teología de la opresión en el libro de Job”, por Carlos Osma

Jueves, 20 de julio de 2017

womensDel blog Homoprotestantes:

Dice el libro de los Proverbios que “Ir tras la justicia conduce a la vida, pero ir tras la maldad conduce a la muerte1”, una afirmación que si se lee en dirección contraria, “la vida es el premio a la justicia y la muerte a la maldad” nos permite aproximarnos a la teología de la retribución, que durante siglos gozó de aceptación incondicional en el judaísmo, y que todavía se mantiene en el imaginario de muchos cristianos, o incluso en personas que se reconocen ateas o agnósticas. Algo difícil de entender si uno es sensible a lo que ocurre a su alrededor, pero lamentablemente, la teología se hace a menudo intentando no entrar en contacto con realidades que puedan desmentirla. Por eso se las expulsa antes de que puedan expresarse, antes de que puedan desenmascarar que nuestras verdades teológicas son simplemente puntos de vista parciales y a menudo al servicio de poderes nada divinos.

Las cosas no suelen ser como parecen, y la imagen que nos muestra el libro de Job de éste revolcándose en el suelo entre cenizas para intentar aliviar el picor que las escoriaciones le producían en el cuerpo, mientras sus tres amigos se sentaban alrededor y se arrojaban sobre la cabeza polvo para mostrar el dolor que decían sentir2; puede ser una de las escenas más hipócritas que encontramos en la Biblia. Siempre he dicho que las personas LGTBI+ no somos tan especiales, y que muchos seres humanos antes que nosotras han tenido que enfrenarse con la hipocresía religiosa de quienes dicen amar al ser humano pero no su pecado. Un pecado que previamente ellos han construido artificialmente en laboratorios teológicos al servicio de alguna ideología de la exclusión que pretende divinizar a un colectivo por encima del resto. En nuestro caso el de las personas heterosexuales, o concretamente el de los hombres heterosexuales que son fieles a los roles de género que el patriarcalismo impone.

Muchos teólogos ya han indicado que en el libro de Job “la conjunción de poesía y prosa parece delatar la existencia previa de dos obras independientes3”. Quizás esto explique también la diferencia de actitud entre el Job de la prosa, sumiso completamente a la voluntad divina, y el de la poesía, que no sólo se niega a asumir algún tipo de culpa por lo que le ocurre: “Me aferro a mi inocencia, no cederé libre de reproche hasta el último de mis días4”, se revuelve contra las acusaciones de sus religiosos amigos: “¿Hasta cuando me haréis mal, me aplastaréis a palabras5?”, e incluso dirige duras acusaciones contra Dios: “Contra mí atiza su ira, me considera su enemigo6”. Una actitud, esta última, que suele resultar poco ortodoxa en el cristianismo, sobre todo en aquellas y aquellos que parecen seguir a un Dios de piedra, pero que como nos recuerda Johan Baptits Metz, no es así en el judaísmo: “Cuando se cree en Dios, se le puede decir todo. Se puede estar furioso con Él, se le puede alabar, se le pueden exigir cosas. Sobre todo, se le puede exigir que sea justo7”. Y parece ser que es éste el drama al que se enfrenta Job, al de un Dios injusto, y a la incomprensión de la teología y la cosmovisión de su tiempo que defienden a capa y espada quienes se suponen son sus amigos.

¿Cuántas cristianas y cristianos LGTBI+ no hemos gritado alguna vez a Dios para decirle porqué nos ha hecho así? ¿Porqué nos ha convertido en sus enemigos sin que hayamos hecho nada para merecerlo? Cuantas veces, aferrados a la cosmovisión heteropatriarcal de la divinidad, no hemos creído que Dios era un fiscal que nos declaraba culpables de una manera tan injusta. Por eso el libro de Job habla tan directamente a nuestra experiencia, porque también nosotras hemos chocado con el Dios cruel que la teología de la opresión heteronormativa ha construido, esa que nos desnudaba y hacía enfermar nuestro cuerpo, que lo marcaba y exhibía para provocar a nuestro alrededor desprecio y vergüenza. Esa que nos hacía sentir culpables por ser, sentir o amar de una forma no normativa. Pero hoy, podemos humillarnos, como nos piden desde los púlpitos más homófobos a los que dicen ser más gayfriendly, o podemos como Job negarnos a asumir la culpa y gritar hasta que nuestros gritos derrumben la teología de la opresión en la que hemos sido educadas. Aún desnudos, enfermas y arrojados en un charco de cenizas, podemos mantener nuestra dignidad y decir que son ellos quienes cooperan con el Satán que nos ha traído hasta aquí.

En la época en la que fue escrito el libro de Job, la doctrina tradicional de la retribución, esa que encontramos en otros lugares de la Biblia y que viene a decir que a quienes les van bien las cosas es porque son fieles a la voluntad de Dios, y a quienes les van mal es porque no lo han sido; había entrado en crisis. Los amigos de Job son los defensores de esa teología y por eso, a pesar de lamentarse por la situación de su amigo, están convencidos de que se merece lo que le ocurre. Su buena acción, consiste en hacer descubrir a Job su error, que acepte su pecado y que pida perdón. No se habla de amor por ningún lado, pero parece que es el amor lo que les mueve para ir a socorrer a su amigo. Sin embargo tras rascar un poco, lo que el libro de Job nos dice es que Elifaz, Bildad, Sofar y Elihú más que estar preocupados por su amigo, lo están por su teología, y que más que defender la acción de Dios, están intentando aferrarse a una teología que hacía aguas delante suyo. Y así los encontramos, intentando hablar desde la teoría, desde la abstracción, desde las palabras y reflexiones de los sabios, pero sin que en ningún momento su discurso tenga en cuenta la experiencia de Job. Están delante suyo, pero no lo ven. O mejor dicho, no lo quieren ver, no sea que ese pecador, ese desecho de la naturaleza, pueda poner en jaque todo aquello en lo que hasta ahora habían creído. Se aferran a su mundo, y para eso, necesitan que Job reconozca que es un pecador.

También la teología de quienes pretenden culpabilizar a las personas LGTBI+ está tocada de muerte. Esa teología que diviniza el literalismo, la bibliolatría, que se vanagloria de ignorar las aportaciones de las ciencias o que pretende borrar la experiencia del ser humano de cualquier reflexión. Y aunque es evidente que no está amenazada únicamente por la experiencia de las personas LGTBI+, son ellas las que actualmente visibilizan con más claridad las carencias que esta teología posee para responder a la realidad del mundo en el que vivimos. Los fundamentalistas, literalistas, tradicionalistas e integristas, son nuestros cuatro amigos que dirigen sus condenas hacia nosotras esperando que nos rindamos, que pensemos con las categorías de su ideología de la opresión y nos declaremos culpables para así mantener indemne su mundo heteronormativo. Decía Bertrand Russell que “el poder es desnudo cuando los que están sometidos a él lo respetan únicamente porque es poder y no por otra razón8, pero en el libro de Job se dice de manera certera que ese poder que ha puesto nuestro cuerpo a la intemperie, puede dejar de ser un poder desnudo para nosotras. Ya no lo necesitamos, debe haber algún error en esa teología, en ese Dios que nos han enseñado. Es necesario desprendernos de ella y hablar con Dios directamente, como Moisés, como Abraham, o como Job; para que desde la experiencia con Dios de las travestis, los transexuales, gays, bisexuales, de las lesbianas, de las personas queer, de las desheredadas; podamos construir una teología nueva que sea más humana.

Es cierto que el libro de Job parece no dar una respuesta clara a las preguntas que propone, probablemente su valor reside en saber cuestionar una teología que genera sufrimiento sin la seguridad de poder ofrecer una alternativa. Podemos entender el libro de Job como un primer paso para la huida de un mundo opresivo, ese que se da por dignidad, por supervivencia, por respeto a una misma, sin saber exactamente cuál será el siguiente paso a seguir. Serán otros libros escritos posteriormente quienes sí darán respuestas a las preguntas que esta obra había dejado en el aire. Sin embargo las palabras de Dios en la última parte del libro dejan muy clara la seguridad de que quienes defendían la teología dominante de su época estaban equivocados :”Después de haber hablado Dios con Job, se dirigió a Elifaz, el Temaní, para decirle: Encendido estoy de ira contra ti y tus dos amigos por no haber dicho verdad sobre mí, al contrario que Job, mi siervo9”. Y es que de lo que no podemos dudar es de que a Dios le ofende profundamente los discursos de odio que las comunidades cristianas dirigen a las personas LGTBI+ con el agravante de mentir diciendo que las aman, cuando simplemente tienen miedo a sentirse perdidas en un mundo donde su teología no ofrece una respuesta global satisfactoria. Millones de cristianos y cristianas LGTBI+ pueden no saber que responder a las condenas de la ortodoxia, pero no deberían mantenerse calladas ni conformarse con la queja continua, sino que pueden “salir de sí mismas y convertir su trono de estiércol en una cátedra de sabiduría” desde donde expresar que hay una profunda contradicción entre la enseñanza y la praxis de Jesús y la de sus seguidores homófobos.

La tortura de Job terminó cuando intercedió por sus amigos10, por aquellos que con su discurso le habían hecho sentirse abandonado y solo. Dejando claro que no había voluntad de venganza, sino de mantener los brazos fraternos. Resuena en esta acción el evangelio de Jesús, la teología del amor, esa que finalmente logrará responder a las preguntas que Job dejó en el aire. Y es quizás esa teología la que puede ayudarnos a entender mejor a Dios, y saber que no es nuestro enemigo, que nunca lo ha sido. Que está de nuestro lado, de la justicia, y no de quienes han tratado de hacernos daño. Pero una teología que no quiere vencedores ni vencidos, sin negar las responsabilidades que cada cuál haya tenido por situarse en el lado de la injusticia o en el lado del prójimo discriminado. Si hay una salida a la discriminación que infringe la teología de la opresión de nuestros hermanos y hermanas fundamentalistas, esta debe ser para todas y todos. Una salida que esté basada en una teología del amor, del perdón y la reconciliación. Una teología profundamente evangélica enraizada en la empatía, en el situarse siempre del lado del ser humano discriminado incluso antes que en el de Dios. No vaya a ser que como muchas veces ocurre, ese Dios sea simplemente el garante de los privilegios de quienes ostentan el poder. En nuestro caso, el poder heteronormativo.

Carlos Osma
NOTAS:
 
1Pr 11, 19
2Job 2, 7-12
3 J. Trebolle, S. Pottecher. Job (Madrid; Editorial Trotta, 2011), p.113.
4Job 27,6
519,2
619,11
7J.B. Metz, E. Wiesel. Esperar a pesar de todo. (Madrid; Editorial Trotta, 1996), p.97.
8B. Russell. El Poder. Un nuevo análisis social. (Barcelona; Editorial RBA, 2010), p.91.
9Job 42,7.
1042,9

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“Mejores son tus amores que el vino”, por Carlos Osma

Jueves, 21 de abril de 2016

FUERTECOMOLAMUERTEESELAMORDe su blog Homoprotestantes:

El libro del Cantar de los Cantares es una joya incómoda dentro de la Biblia, su inclusión dentro del Canon generó más discusiones y enfrentamientos que el actual debate sobre la inclusión de las personas LGTBI dentro de la Iglesia. Quizás sea por eso que nos encanta, que le tenemos cariño, que lo consideramos uno de los libros “más nuestros”, más Queer, y por tanto más frescos y transgresores. “Mi amado es mío y yo soy suyo”, y por mucho que se les atragante a algunas y algunos, abrimos bien la boca para decir: “A su sombra deseada me siento y su fruto me es dulce al paladar”.

Intentos de domesticar y adecentar el Cantar ha habido siempre, quizás el más burdo e infantil lo encontramos todavía en algunas traducciones como la Reina-Valera 1995 donde a los amantes se les etiqueta como esposo y esposa. Y es que no es decente eso de que una joven Sulamita se lleve al amado a la habitaciones de su madre, y le invite a comer lo frutos exquisitos de su jardín sin antes haber pasado por el altar. El precio que tuvo que pagar el cantar para ser aceptado como un libro tan inspirado como los demás, fue el de la obligatoriedad de ser interpretado alegóricamente. Y de interpretaciones alegóricas y absurdas sobre nuestros deseos y afectos sabemos mucho las personas LGTBI. Tras relaciones que nuestro entorno etiquetaba como “amigos como hermanos”, “solteronas que comparten piso”, “compañeros de seminario” o “primas inseparables”; se escondían dulces caricias, besos que saben a miel, ropas que caían al suelo, y pasión en lugares inconfesables. Por eso el Cantar es  nuestro, porque habla de nuestra experiencia, de cómo nuestros deseos tan fuertes y reales como los del resto, fueron desdibujados o directamente borrados para que pudiésemos seguir formando parte de los entornos donde nacimos.

Si los defensores del conservadurismo heteropatriarcal más recalcitrante imponen lecturas literales y homófobas de la Biblia, en el Cantar de los Cantares se rinden a los encantos de la alegoría. Una muestra más de que son unos reprimidos sexuales en toda regla, incapaces de entender el sexo y el placer como un verdadero regalo divino. Y es que el Cantar nos habla de eso, de dos personas que quieren estar juntas,  que se buscan para disfrutar de todos los placeres posibles sin la necesidad de que la religión, la ley, la procreación, o la sociedad les dé su visto bueno. Dos personas libres y adultas que quieren disfrutan del sexo y del amor plenamente, y que saben, como todas aquellas personas que han decidido dejarse abrasar por el deseo, que la pasión es insaciable como el abismo y que ni las aguas más caudalosas pueden apagar el amor.

“Bésame con esos besos tuyos, son mejores que el vino tus caricias” le dice la Sulamita a su amado. Y nos encanta escucharle decir eso, porque el resto de mujeres que aparecen en la Biblia no dicen cosas así. La Sulamita es una de las nuestras, no es la mujer virtuosa que claudica a los roles de género que le imponen en su sociedad. No está al servicio de la procreación, de la generación de mano de obra para que la economía familiar prospere. No se somete al varón, ella es libre y habla con su amado tratándole de tú a tú; su amor se da entre iguales. Y si él no quiere pasar la noche entre sus pechos, quizás ella decida irse tras los rebaños de sus compañeros, porque es como una yegua en medio de los sementales que tiran del carro del Faraón.

Jamás he leído o escuchado a nadie insinuar que el Cantar fuera escrito por una mujer, la autoría masculina es la posición unánimemente aceptada. Pero cuando se habla de autoría se está pensando siempre en el redactor del Cantar, en la persona que recogió los distintos poemas procedentes de contextos, épocas y lugares distintos e intento componer con ellos una obra con cierta coherencia. ¿Hay en esos poemas anteriores rastros de voces que no encontramos en otros libros de la Biblia? ¿Hay huellas de deseos no normativos? ¿Podremos escuchar tras la Sulamita la voz de quienes no tienen voz en la Biblia?

La respuesta a todas esas preguntas entran en el campo de la teología-ficción, la misma teología-ficción con la que algunos respetables rabinos, y posteriormente teólogos, dijeron ver tras los enamorados al pueblo de Israel y a Yahvé, a la Iglesia y a Dios, a Cristo y la Iglesia, a Cristo y el alma, a Dios y María… Una lista inacabable de identificaciones que no se resentirá si le añadimos una más, una que esté basada en nuestra experiencia como personas LGTBI en busca de liberación. Porque hay veces que uno casi sin proponérselo, cree ver tras la amada la experiencia de muchas mujeres que vivieron oprimidas hace miles de años, mujeres a las que se intentó silenciar pero que supieron abrirse paso en un mundo patriarcal para decir que querían ser libres, que deseaban tener relaciones en pie de igualdad con el hombre al que amaban, y que no querían ser simples objetos a merced de los deseos y necesidades de su amo. Pero hay otras veces, en la que tras los versos del Cantar escuchamos la experiencia de mujeres que amaban a otras mujeres pero no pudieron nombrar lo que deseaban y fueron obligadas a vivir mintiendo bajo una máscara heterosexual para no levantar sospechas. Mujeres que con su manera descarada y atrevida de dirigirse a los hombres, se revelaron para decir que ellas no seguían la norma, que a pesar de todo, no se sometían completamente al poder heteropatriarcal.

Me resisto a ver tras la Sulamita sólo una proyección de los deseos de hombres heterosexuales, y es por eso que quizás ingenuamente intento encontrar también la voz de hombres que se pusieron en el lugar de las mujeres que habían amado para entender que sentían y cuales eran sus deseos. Hombres que se enamoraron de mujeres libres que les decían lo que pensaban, lo que les gustaba y lo que no, lo que les hacía gozar y lo que les aburría. Me niego a creer que tras los versos del Cantar no se almacena alguna de estas experiencias. Pero me parece evidente también, que hace miles de años los hombres que se enamoraban de otros hombres podían escribir versos como: “Ven, amor mío, corramos al campo a pasar la noche bajo los mirtos”. Y para poder expresar sentimientos como estos algunos tuvieron que pagar el precio de negar su identidad. Hombres que buscaron subterfugios para dejar constancia de lo que sentían, de la pasión que albergaban. Hombres que buscaron caminos de liberación y se preguntaron cómo era posible “despreciar a quien da por amor cuanto tiene”. Que buscaron por las noches en sus camas al amor de su vida, y por el día se hicieron pasar por hermanos para poder besarse y abrazarse sin que los culparan. Hombres que pidieron a sus amados que les pusieran como un sello sobre su corazón, y que reconocieron que su pasión era tan insaciable como el fuego divino.

Leer el Cantar de los Cantares es abrirse al deseo de liberación que muchos seres humanos tienen y han tenido a lo largo de la historia. El pueblo judío lee este libro en público durante la fiesta de Pésaj que recuerda su salida de Egipto, su liberación de la esclavitud por parte de Yahvé. Y para las personas LGTBI el libro del Cantar puede ser también un lugar de liberación que nos invita a expresar nuestros deseos libremente y dejar atrás los tabús para vivir y disfrutar con las personas que amamos. Porque aunque los guardias que patrullan nuestras iglesias y teologías no quieran decirnos donde está nuestro amado, aunque se atrevan a agredirnos por no seguir sus normas y leyes, el Cantar nos anima a levantarnos y gritar a quienes nos escuchan, que si encuentran a nuestro amado le digan: que estamos enfermos de amor.

Carlos Osma

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“Una reflexión de Éxodo 14, 15-31”, por Carlos Osma

Lunes, 22 de febrero de 2016

EmigrantDe su blog Homoprotestantes:

  1. Primera Lectura del Texto. Los israelitas entre dos Dioses.

¿Quiénes eran los israelitas?

El libro del Éxodo nos explica que los israelitas eran esclavos en Egipto, allí construían las pirámides para el Faraón. En alguna de esas pirámides este semidios sería enterrado y resucitaría para vivir eternamente entre los Dioses. La divinización del Faraón necesitaba de la negación de la dignidad de los israelitas que no eran considerados seres humanos, sino más bien, objetos que se podían compra y vender. Muchos historiadores no creen que el trato que los esclavos padecían en Egipto fuese tan duro como estamos acostumbrados a ver en las decenas de películas que se han hecho sobre esta historia. En realidad, aunque los esclavos estaban en la parte más baja de la pirámide social, ese espacio donde habían sido ubicados les permitía no quedarse en la nada, les daba cierta seguridad. Como esclavos podían alimentarse a ellos y a sus familias; revelarse ante la opresión del Faraón era situarse en lo abyecto, en una zona inhabitable donde la vida no era posible.

Un texto fantástico, una lucha entre dos dioses…

Cuando leemos el texto de Éxodo 14, 15-31 es fácil observar que estamos ante una historia fantástica, ante una lucha entre dos dioses. El primero Yahvé, que se muestra tan cercano que casi parece un ser humano más; y el segundo el Faraón, un hombre tan poderoso y temido que parece un Dios. En esta batalla épica Yahvé utiliza lo imposible, lo peligroso, el mar amenazante, para convertirlo en un lugar de salvación para un pueblo de esclavos. Cuando todo estaba perdido, cuando no había salvación posible, Yahvé actúa en medio de la naturaleza y de la historia.

Finalmente las olas del mar que amenazaban la vida de los israelitas y ante las que los egipcios les habían acorralado, se convierten en las murallas entre las que pudieron pasar para liberarse de la opresión. No hay una lucha entre los israelitas y los egipcios, sino una en la que Yahvé lucha por los israelitas, y los egipcios luchan por el Faraón. El vencedor es Yahvé, y por su victoria los israelitas creen en Él y lo escogen como Dios. Un Dios que ha actuado en su vida, en su historia.

Es absurdo intentar defender la historicidad de todo lo que se cuenta en este relato. Sólo el fanatismo nos podría llevar a creer lo que aquí se nos cuenta letra por letra.

Entonces este texto, ¿no nos puede decir nada?.. ¿ha perdido el mensaje “divino” que tantas personas han encontrado durante siglos en él? Os invito a ver el siguiente vídeo…

La huída de la opresión, de la muerte, sigue estando presente en la historia. Millones de sirios viven atrapados en su país y sólo una pequeña parte puede huir, atravesando desiertos, el mar, y esperando que las alambradas europeas se abran para poder llegar a su tierra prometida., al lugar donde creen que junto a sus familias podrán tener una vida que no esté amenazada constantemente por la muerte.

¿Son seres humanos? Por una parte el “presidente” Asad y Rusia no los trata como tal, para ellos lo importante no es la población siria, sino los intereses económicos y estratégicos. Han deshumanizado a la población siria y los han convertido en objetos, moneda de cambio. Sin embargo en su huída, buscando la dignidad que todo ser humano necesita, se han encontrado con otros poderes e intereses: los de Occidente. Para los poderes políticos europeos la población siria tampoco merece un trato humano, son más bien un peligro para la seguridad, y por tanto cada país defiende sus intereses por encima de la dignidad de estas personas. Una pequeña parte de la población siria ha conseguido huir, atravesar el desierto y el mar, pero se han encontrado con las alambradas que Europa ha puesto en sus fronteras.

Aún así algunas personas sirias han logrado llegar a Europa, se habla de más de medio millón, y para ellas, que mayoritariamente son musulmanas y profundamente religiosas, es Dios el que les ha ayudado a pasar el desierto, el mar y las alambradas para llegar a un lugar donde esperan poder vivir con la dignidad de un ser humano. Para estas personas, el texto del Éxodo que acabamos de leer sí puede tener sentido, sí refleja su experiencia, sí muestra como Dios ha intervenido en su historia para liberarlas, para dignificarlas y darles vida.

Pero en este éxodo sirio no todas las personas han sido liberadas, muchas de ellas han muerto atravesando el mar o el desierto y no han podido alcanzar su sueño, no han logrado poder ser tratadas como seres humanos. Podemos negar lo evidente, espiritualizar el mundo para no enfrentarnos a la realidad, pero hay muchas veces en las que el mar no se abre, en las que la liberación no alcanza a producirse, en la que Dios parece no estar presente en el mundo o incluso no existir. No se trata de culpabilizar a Dios por lo que están produciendo los intereses egoístas que están claramente delimitados, pero el interrogante que nos genera tanta frustración y sufrimiento, si queremos ser coherentes, no podemos negarlo: ¿Porqué Dios no ha actuado en la vida de tanta gente inocente que buscaba la liberación? Para mí aquí se genera un gran silencio.

  1. El anhelo por volver a nuestros orígenes, a nuestra tierra.

¿Dónde y porqué surgió este texto?

Podemos ahora preguntarnos por la génesis de este texto, de esta historia. La liberación de Egipto formaba parte de la historia del pueblo israelita antes de que se pusiera por escrito. Los especialistas piensan que es posible que un pequeño grupo de personas escaparan en algún momento de la esclavitud en Egipto, y que entendieran esa liberación como una intervención milagrosa por parte de Yahvé. Durante los reinos de Israel y Judá, ese relato se elaboró como una epopeya nacional para llamar a la unidad nacional frente a las amenazas de los grandes imperios. Es probable que Josías utilizará este relato para un fin militar y político con la intención de volver a recuperar los territorios perdidos del Reino de Israel. El texto les hablaba de un nuevo comienzo y un renacimiento nacional. Sin embargo no fue hasta el exilio Babilónico que el texto que hoy hemos leído tomó su forma definitiva.

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“La esposa de Yahvé”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 29 de enero de 2016

1092asherahDe su blog Nihil Obstat:

Seguro que el título a muchos les sonará extraño. Sobre todo si piensan que el pueblo de Israel creía de forma firme, y ya desde sus comienzos, en un solo y único Dios. No debemos olvidar que esta fe israelita (y en general, el conjunto de la revelación judeo-cristiana) es histórica. Una de las primeras consecuencias de la historicidad es la gradualidad. La revelación es procesual. No es extraño, por tanto, que en el Antiguo Testamento aparezcan restos de politeísmo. Más interesante aún: restos de un diosa, esposa de Yahvé.

Algunos especialistas piensan que el culto a la diosa madre, a una gran diosa, soberana universal, es mucho más antiguo que el culto a los dioses. De hecho, los restos arqueológicos más antiguos son de estatuas que representan a diosas. Seguramente esto tiene motivos antropológicos: durante mucho tiempo fueron las mujeres las que aseguraban la alimentación, porque ellas se ocupan de recoger los alimentos que proporcionaba la tierra. Solo cuando aparece la agricultura, con la necesidad de manejar instrumentos pesados como el arado o de construir canales de riego, se sobrevalorará la fuerza masculina y al varón por encima de la mujer. La consecuencia religiosa-cultural es que los dioses cobraron más importancia que las diosas.

La diosa que aparece en el Antiguo Testamento es Asera. Ella era la diosa de la fertilidad vegetal y su representación era una estaca o tronco de árbol clavado en el suelo. Si no se conoce este dato, no se comprenden algunos textos del libro de los Jueces, del libro de las Crónicas o del libro de los Reyes. Estos textos muestran gran interés en que desaparezca no solo el dios Baal, sino el tronco que representa a su esposa. Desde esta clave invito a leer: Jueces 6,25-30; 2 Reyes 13,6; 2 Cro 31,1; 33,3 o 2 Reyes 23,4-7 en donde explícitamente aparece el nombre de Asera. De nuevo aparece esta diosa en el libro de Jeremías (44,15-19), bajo el nombre de “Reina de los cielos”. Según este texto el pueblo se revela contra Jeremías, y la deja bien claro que seguirán ofreciendo incienso a la diosa Reina de los cielos, como han hecho desde antiguo sus padres, sus reyes y sus jefes. El gran argumento del pueblo es que mientras han dado culto a la diosa les ha ido bien, cosa que no ha sido tan clara cuando han dado culto a Yahvé. Las evidencias arqueológicas corroboran este culto: en vasijas del año 800 a.C. se encuentran inscripciones como estas: “seas bendecido por Yahvé y su Asera”.

Me ha parecido interesante ofrecer estos datos, por poco conocidos. Lo cierto es que no fue fácil para Israel creer en el “Dios único”. Probablemente esto empieza a ocurrir de forma clara y definitiva a partir del exilio de Babilonia. En cualquier caso, los datos son una prueba bien concreta, aunque poco conocida, de un aspecto definitivamente adq

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“La religión puede hacer el bien mejor y también el mal peor”, por Leonardo Boff

Miércoles, 11 de noviembre de 2015

9713576-principales-religiones-del-mundo--cristianismo-islam-el-judaismo-el-budismo-y-el-hinduismo_560x280 Leído en Koinonia:

Todo lo que está sano puede enfermar. También las religiones y las iglesias. Hoy particularmente asistimos a la enfermedad del fundamentalismo contaminando a sectores importantes de casi todas las religiones e iglesias, inclusive de la Iglesia Católica. A veces hay una verdadera guerra religiosa. Basta seguir algunos programas religiosos de televisión especialmente, de tendencia neopentecostal, pero también de algunos sectores conservadores de la Iglesia Católica, para oír que condenan a personas o de grupos de ciertas corrientes teológicas o satanizan a las religiones afrobrasileras.

La mayor expresión del fundamentalismo guerrero y exterminador es el representado por el Estado Islámico que hace de la violencia y del asesinato de los diferentes, expresión de su identidad.

Pero hay también otro vicio religioso, muy presente en los medios de comunicación de masas especialmente en la televisión y en la radio: el uso de la religión para reclutar gente, predicar el evangelio de la prosperidad material, sacar dinero a los feligreses y enriquecer a sus pastores y auto-proclamados obispos. Tenemos que ver con religiones de mercado que obedecen a la lógica del mercado que es la competencia y el reclutamiento del mayor número posible de personas con la máxima acumulación de dinero líquido posible.

Si nos fijamos bien, en la mayoría de estas iglesias mediáticas el Nuevo Testamento raramente es mencionado. Lo que predomina es el Antiguo Testamento. Se entiende el por qué. En el Antiguo Testamento, excepto los profetas y otros textos, se resalta especialmente el bienestar material como expresión del agrado divino. La riqueza gana centralidad. El Nuevo Testamento exalta a los pobres, predica la misericordia, el perdón, el amor al enemigo y la solidaridad ilimitada con los pobres y caídos en el camino. ¿Dónde se oye, hasta en los programas católicos, las palabras del Maestro: “Felices vosotros, pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”?

Se habla demasiado de Jesús y de Dios como si fuesen realidades disponibles en el mercado. Tales realidades sagradas, por su naturaleza, exigen reverencia y devoción, silencio respetuoso y unción devota. El pecado que más se da es contra el segundo mandamiento: “no usar el santo nombre de Dios en vano”. Ese nombre está pegado en los vidrios de los automóviles y en la propia cartera del dinero, como si Dios no estuviese en todos los lugares. Y Jesús para acá y Jesús para allá en una banalización desacralizadora irritante.

Lo que más duele y escandaliza verdaderamente es que se use el nombre de Dios y de Jesús para fines estrictamente comerciales. O peor, para encubrir desfalcos, robo de dineros públicos y blanqueo de dinero. Hay quien tiene una empresa cuyo título es “Jesús”. En nombre de “Jesús” se amasan millones en sobornos, escondidos en bancos extranjeros y otras corrupciones que atañen a los bienes públicos. Y esto se hace con el mayor descaro.

Si Jesús estuviera todavía entre nosotros, sin duda haría lo que hizo con los mercaderes del templo: tomó el látigo y los puso a correr además de derribar sus puestos de dinero.

Por estas desviaciones de una realidad sagrada, perdemos la herencia humanizadora de las Escrituras judeocristianas y especialmente el carácter liberador y humano del mensaje y la práctica de Jesús. La religión puede hacer el bien mejor pero también puede hacer el peor mal.

Sabemos que la intención original de Jesús no era crear una nueva religión. Había muchas en aquel tiempo. Tampoco pensaba reformar el judaísmo vigente. Quería enseñarnos a vivir guiados por los valores presentes en su mayor sueño, el reino de Dios, hecho de amor incondicional, misericordia, perdón y entrega confiada a un Dios, llamado “papá” (Abba en hebreo) con características de madre de bondad infinita. Él puso en marcha la gestación del hombre nuevo y de la mujer nueva, eterna búsqueda de la humanidad.

Como lo muestra el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Cristianismo inicialmente era más movimiento que institución. Se llamaba el “camino de Jesús”, realidad abierta a los valores fundamentales que él predicó y vivió. Pero a medida que el movimiento fue creciendo, se convirtió inevitablemente en una institución con reglas, ritos y doctrinas. Y entonces el poder sagrado (sacra potestas) pasó a ser el eje organizador de toda la institución, ahora llamada Iglesia. El carácter del movimiento fue absorbido por ella. Por la historia sabemos que allí donde prevalece el poder, desaparece el amor y se desvanece la misericordia. Eso es lo que por desgracia pasó. Hobbes nos advirtió de que el poder sólo se asegura buscando más y más poder.

Y así surgieron iglesias poderosas en instituciones, monumentos, riquezas materiales e incluso bancos. Y con el poder la posibilidad de corrupción.

Estamos presenciando algo nuevo que hay que saludar: El Papa Francisco nos está recuperando el cristianismo más como movimiento que como institución, más como encuentro entre las personas y con el Cristo vivo y la misericordia sin límites que como disciplina y doctrina ortodoxa. Ha puesto a Jesús, a la persona en el centro, no el poder, ni el dogma, ni el marco moral. Con eso permite que todos, aun los que no se incorporan a la institución, puedan sentirse en el camino de Jesús en la medida en que optan por el amor y la justicia.

*Leonardo Boff, columnista del JB online y teólogo.

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“David y Goliat “, por Carlos Osma

Martes, 20 de octubre de 2015

David y GoliatDel blog Homoprotestantes:

“Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. El Señor te entregará hoy en mis manos, yo te venceré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo entregaré tu cuerpo y los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra, y sabrá toda la tierra que hay Dios en Israel. Y toda esta congregación sabrá que el Señor no salva con espada ni con lanza, porque del Señor es la batalla y él os entregará en nuestras manos[1]”.

¿Quién no conoce la historia de David y Goliat? ¿Quién no ha escuchado eso de que el débil con la ayuda de Dios puede vencer al fuerte? ¿Cuántas veces cuando todo estaba en contra nuestra nos hemos acordado del joven y valiente David y nos hemos puesto a recoger simples piedras para acabar con los gigantes filisteos que querían destruirnos?

Pero sería absurdo leer esta leyenda como si todavía fuésemos niños de siete años y estuviésemos en una escuela dominical. No hay que ser muy inteligente para entender que esta historia surgió como propaganda al servicio de la casa real de Israel. El mensaje era muy claro; El Dios de Abraham, Isaac y Jacob estaba con la monarquía davídica, y lo estuvo desde el principio, así lo atestiguan grandes gestas como la batalla entre David y Goliat. Y si Dios estaba con el rey de Israel, ¿quiénes eran el resto de mortales israelitas y no israelitas para negar su legitimidad? La historia de David y Goliat no tuvo su origen en un campo de batalla donde el más débil venció al más fuerte, sino en un palacio donde el más fuerte estaba decidido a someter a los débiles.

“El Dios de los ejércitos” daba legitimidad a la monarquía, al poder de su tiempo, y estaba dispuesto a imponerse sobre quien se atreviese a cuestionarla incluso de forma violenta. La promesa de la eliminación de los enemigos, por gigantes que pudieran ser, era la garantía de que la divinidad estaba del lado de los monarcas. ¿Qué tenía que ver una construcción al servicio del poder como “el Dios de los ejércitos” con el Dios de Abraham, “el Dios de la promesa”? Probablemente nada, pero el Templo de Jerusalén, el centro religioso levantado por el poder de la monarquía como forma de control social, cobijó durante mucho tiempo a este ídolo para que los israelitas le dirigiesen sus Salmos. Quien posee a Dios, siempre es un héroe, y se le permite e incluso se le alienta a que dirija sus piedras hacia la frente de quienes quieren acabar con su poder. Demasiadas veces tras la afirmación de que Dios es poderoso hay una advertencia: Dios es de los poderosos, mejor no enfrentarse a ellos.

Como gais y lesbianas sabemos que la heteronormatividad adora a un “Dios de los ejércitos” dispuesto a acabar con nosotros. Su voluntad es destrozarnos con cinco piedras en forma de versículos que lanzan a nuestras cabezas. Si consiguen alcanzarnos, si son capaces de envenenar nuestra mente con sus lecturas homófobas, con su manera cruel de ver el mundo, entonces nos habrán vencido, y cuando caigamos heridos a sus pies, no habrá para nosotros misericordia. Una espada separará nuestro cuerpo de nuestra mente para que muramos definitivamente. Ese es el Dios cristiano del siglo XXI que entroniza la heterosexualidad obligatoria en sus templos y que obliga a los creyentes a adorarle. Ese es el Dios que bendice el exterminio de cristianos y cristianas que apoyan la diversidad de Dios y el respeto a la diferencia… el Dios de Israel, el Dios de David, “el Dios de los ejércitos”.

Podemos seguirles el juego, apropiarnos de los textos bíblicos que nos han robado, y encarnarnos en el joven David. Tenemos razones más que justificadas para hacerlo, a nadie se le escapa que este valiente adolescente descubriría poco tiempo después los placeres de amar y ser amado por otro hombre. Tenemos a nuestros pies todas las piedras con las que han intentado impedir que avanzásemos, las conocemos casi desde que nacimos y sabemos el daño que son capaces de producir. Podemos cogerlas, y pintarlas de colores para que sean nuestras, y después lanzárselas directamente y sin misericordia a la cabeza. ¡Que sufran lo que nosotros hemos sufrido! Podemos robarles a su “Dios de los ejércitos” , quitarle ropa y ponerle músculo, para que nos acompañe en nuestra batalla por el poder. Tenemos en nuestras manos la capacidad de hacer saltar por los aires los sesos fundamentalistas de tantos adoradores del Dios patriarcal, y además lo haríamos en defensa propia. Con la espada de doble filo con la que quieren partirnos por la mitad, podríamos nosotros quitarles la vida para siempre. Sería fácil, y estaríamos en nuestro derecho. No se trata de ojo por ojo y diente por diente, sino de arrancar la cabeza al fundamentalismo homófobo que tanto odio y sufrimiento han producido a millones de personas. Sería la victoria de la justicia y la igualdad, la victoria del “Dios de los ejércitos”. Nuestra acción liberadora, como en el caso de David, también tendría un Dios que la justificase.

Pero los cristianos, independientemente de nuestra orientación sexual o de género, tenemos como modelo al “Hijo de David” , a Jesús. Y el Dios de Jesús no es el “Dios de los ejércitos” sino el “Dios Padre” que nos recuerda que la lucha no es contra un enemigo, sino contra un hermano. No se trata tanto de dar muerte al homófobo, sino darle vida, acercarle el evangelio de salvación, para que también él pueda sentir la salvación que produce el respeto a la diversidad en su propia vida. Estoy convencido de que la homofobia no sólo intenta ocultar y acabar con la diversidad de las personas LGTBI, sino también con las que no lo son. La homofobia nos limita a todos y todas.

El “Dios Padre” llama al arrepentimiento, al seguimiento de Jesús, a poner al ser humano por delante de la Ley, ese es el Dios en el que creemos. Un Dios que no utilizamos para conseguir poder y justificar quienes somos. Un Dios al que seguimos sin saber donde nos lleva, que nos interpela, que no podemos controlar, que nos ama a nosotros pero también a los Goliats que quieren destruirnos. Un Dios que puede dejarnos morir, que quizás no nos ayude a ganar todas las batallas, pero en el que confiamos para que un día acabe con el dolor que la homofobia ha producido en tantas vidas, así como el resto de sufrimientos que producen los “Dioses de los ejércitos”. Creemos en el “Dios Padre” que hace de David y Goliat dos amantes y no dos enemigos. En la victoria de la justicia, pero no de la violencia. Creemos en el Dios de Jesús que destapa la hipocresía pero que invita siempre al arrepentimiento y a caminar juntos. Creemos en el Dios del amor, de la fraternidad, y de la paz para todas y todos. En el Dios que perdió a su hijo para reconciliarnos con Él. Creemos en “Dios Padre” , no en el “Dios de los ejércitos”.

“Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo me acerco a ti en el nombre del Dios Padre, el Dios Jesús, a quien tú también sigues. El Señor te entregará hoy en mis manos, y a mí en las tuyas, para abrazarnos. Y hoy mismo hablaremos sobre como amamos, como sentimos, como soñamos; y nos alegraremos de la diversidad que Dios Padre ha puesto en medio de su creación. Y sabrá toda la tierra que hay un Dios de amor en el mundo. Y quienes le siguen, quienes le adoran, sabrán que Dios Padre no salva con espada ni con lanza, porque Él nos ama y unirá nuestras manos para siempre”.

Carlos Osma

[1] 1 Sm 17, 45-47

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“Entre el sacrificio y la esperanza”, por Carlos Osma

Lunes, 20 de julio de 2015

sacrificioisaacDel blog Homoprotestantes:

Cuando los primeros rayos de sol rompieron la oscuridad en la que vivía empezó a caminar para satisfacer la voluntad divina. Estaba decidido a entregarlo todo y acabar con lo que más quería, lo que le hacía feliz, lo que en realidad era. El mismo dios se lo pedía, se lo ordenaba, y aunque podría haberse negado no tuvo coraje para hacerlo. ¿Quién pude enfrentarse a un dios que lo exige todo? ¿Quién puede huir de un dios sediento de sangre? Más que una petición, había recibido una orden, y se sintió incapaz de escapar a otro mundo en el que la divinidad respetase el amor que sentía. Por eso no hubo fe en su decisión, no hubo una voluntad libre que optó por confiar. Se levantó, sí, y se puso a andar, pero resignado y atemorizado.

Mientras caminaba cabizbajo junto a sus dos siervos y un asno cargado de esperanzas rotas, recordó el día en el que Dios le invitó a mirar al cielo para contar sus sueños. El día en el que le llamó para que dejase atrás lo que se esperaba de él y se dirigiese hacia lo imposible. Se preguntaba una y otra vez donde había perdido a aquel Dios que no quería sangre, ni sacrificios humanos, ni dolor; aquel Dios que le llamaba únicamente a confiar, a creer, a tener fe, y a caminar felizmente hacia la promesa. Si cerraba los ojos e intentaba evadirse de lo que estaba viviendo ahora, todavía resonaban suavemente en su interior las palabras: “Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra[1]”.

Cuando su deseo, su esperanza y su vida, le preguntó qué quería ofrecerle a Dios, levantó la cabeza y le miró a los ojos. Y en aquellas pupilas se descubrió derrotado, sometido y humillado… así que no supo que contestarle y le mintió: “Dios proveerá el cordero para el holocausto”. Sabía que estaba a punto de renunciar a lo irrenunciable, de cometer un acto contranatura, de acabar con el amor que sentía para no desobedecer el mandamiento divino. ¡Que dolor tan profundo seguir a un dios así!, se decía, pero ¿hay otro dios acaso? Hacía tanto tiempo que no caminaba hacia la promesa, que se había acostumbrado a vivir bajo el sacrificio.

No quería pensar ni dejarse llevar por la compasión, por el amor, así que al anochecer, sin titubear levantó el altar del sacrificio y puso sobre él la leña. Miró a su alrededor y descubrió millones de altares más a los que trepaban los seguidores del dios legalista que se opone a la vida. Después se subió al suyo, se puso allí, porque cuando uno pone sus entrañas, sus sueños, su vida y su deseo de amar encima del altar del sacrificio, se está poniendo todo él a disposición del cuchillo que le destrozará para siempre. Y levantó el brazo destructor para acabar consigo mismo, para arrancarse el corazón que su dios anhelaba.

Pero fue el Dios de su juventud, el Dios de los sueños y de la esperanza el que le agarró del brazo para que no acabara con la promesa. Notó perfectamente su fuerza exigiéndole el fin del sacrificio, y su suave voz que le volvía a llamar a la fe, al seguimiento hacia la vida. Y se bajo del altar, aquel no era su sitio, lo veía claro ahora. No había sido escogido para inmolarse en nombre de un dios justiciero y verdadero sediento de sangre, sino para caminar, para caer y volverse a levantar, para cansarse y casi desesperar, pero con la confianza y la fe puesta en el Dios de lo improbable, de lo diverso, de lo imposible, de la debilidad, de quienes se sitúan fuera de la ley, de los que no hacen lo que dios quiere.

No hay fe divina en el ser humano que pueda liberarse completamente de las convicciones más profundas, y a menudo más injustas y crueles, con las que ha sido educado. No hay fe verdadera, o si la hay, es una fe humana e imperfecta. Por eso no tardó en preguntarse qué debía sacrificar. Si no era su propia vida, ¿quién debía ser la víctima? Y buscó otra vida con menos valor que la suya para entregar su sangre al dios del sacrificio. Y lo hizo rápido y sin pensar, sin sentir remordimiento pero tampoco perdón ni satisfacción alguna. Lo hizo porque era lo que se tenía que hacer, las vidas que valen menos que la propia, son el sacrificio perfecto para quienes creen que es necesario pagar por la salvación y la liberación divina. Quienes no viven de la gracia, se alimentan de la ley.

Y al amanecer, sin dolor por la sangre derramada en el altar del sacrificio, bajó la montaña de nuevo hacia su casa, hacia su hogar. Llevaba el amor a su lado, en el asno del que tiraba con la cabeza bien erguida mirando las últimas estrellas que todavía se vislumbraban en el cielo. Y las contaba, y miraba a la promesa y volvía a sentirse feliz, con una fe indestructible. No sabia todavía que la fe tiene que romperse todos los días para reconstruirla de una forma más humana, no sabía tampoco que la fe se pierde a veces y se vuelve a encontrar de una forma totalmente nueva. Era todavía muy pronto para entender que la fe puede morir y resucitar al tercer día. Pero ahora todo eso no importaba demasiado, tenía el amor a su lado, podía tocarle, abrazarle y besarle… Y cuando el amor va a tu lado, la fe es indestructible y la esperanza es capaz de abrirse a lo imposible.

Carlos Osma

[1] Gn 12,3

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“La túnica de José”, por Carlos Osma

Martes, 5 de mayo de 2015

Diego_Velázquez_065Del blog Homoprotestantes:

El libro del Génesis termina narrándonos la historia de José, hijo de Raquel y Jacob. Amores, odios, venganza y perdón, recorren a partes iguales esta perla de la literatura universal, en la que cientos de generaciones han visto reflejadas sus experiencias con otros seres humanos y con Dios. Como siempre se han levantado voces apropiándose de la lectura correcta y verdadera, obligando al resto a ponerse en su piel y en sus ojos, antes que en los propios. Muchos han caído en este engaño y los han creído, olvidando que Dios puede hablarles también a ellos a través de ese joven y guapo José, a quien sus hermanos despreciaban.No sé si José se sabía diferente antes, pero el regalo que le hizo su padre a los 17 años, dejaba bien claro que no era igual que el resto de sus hermanos. Una túnica de colores puso al descubierto que su padre sentía un profundo amor por él. Todas aquellas tonalidades, que a partir de entonces adornaban su cuerpo, mostraban de una forma llamativa al resto del mundo que Jacob estaba al lado de José. No había que esconder los matices del rojo, el verde, el rosa o el negro que recorrían aquella túnica. Eso hubiera sido un desprecio inaceptable para quien con aquel trozo de tela quería decirle a su hijo que lo amaba.José tenía sueños, era capaz de mirar al futuro, pero al principio no se creyó autorizado para interpretarlos sólo. Por eso los compartió con los que tenía más cerca, con su padre y sus hermanos. Quizás era demasiado joven aún para darse cuenta de que no todo el mundo tiene sueños, y de que los suyos invertían el orden establecido en la familia por las tradiciones más ancestrales. José no era ni el padre, ni el hermano mayor, por lo tanto era él quien debía inclinarse ante ellos. Pero los sueños de José no tenían su origen en lo establecido socialmente, sino en la libertad de elección de Dios. Era Yahvé el que lo había escogido, y el que finalmente escribiría rectamente, los renglones que sus hermanos trataron de torcer.

Dentro de la cisterna no había agua, eso fue lo que salvó a José de morir ahogado al instante, sin embargo, allí dentro, la muerte lo amenazaba constantemente. Sus hermanos lo habían lanzado al pozo para esconderlo, dentro de esa oscuridad los colores de su túnica eran imposibles de distinguir. Estaba sólo en aquellas profundidades casi demoníacas, pensando quizás, que era lógico que Benjamín no se hubiera atrevido a defenderle. Eran diez contra uno, estaba en minoría, y además era el menor de todos. Y aunque en ningún momento dudaría del amor de su hermano, sabría que a Benjamín le había faltado la fe; si hubiera confiado más en Dios que en su estrategia, hubiera estado preparado como él, para ser testigo de la salvación de Dios.

Mientras se alejaba de su familia y de su mundo, José echaría de menos la túnica que sus hermanos le arrancaron antes de venderle a los ismaelitas. Con ellos, que mucho tiempo antes habían sido desterrados por no respetar la leyes de la familia que situaban a Isaac como heredero legal antes que a Ismael, se dirigía hacia el día del cumplimiento de sus sueños. Probablemente encadenado, y pensando en su padre, llegó a Egipto. Allí ya no pidió a los demás la interpretación de sus sueños, sino que se atrevió él mismo a ponerles palabras, a los suyos y a los de los demás. Gracias a eso, y a la voluntad divina, volvió a vestirse con otra túnica de fino lino que expresaba al mundo entero cual era la identidad a la que Dios lo había llamado.

Sus hermanos utilizaron la sangre de un cabrito para esconder su odio hacia él, era la coartada perfecta para esconder sus inseguridades más profundas, con ella justificaron su cruel acción. Pensaron que manchando la túnica de colores con la sangre del sacrificio podrían dormir tranquilos, la mentira les protegería de la ira de su padre. Pero esto no fue así, por mucho que lo intentaron. Cada día que miraban a los ojos a su padre Jacob, escuchaban la voz de Dios dentro de ellos preguntando: “¿dónde está José tu hermano?” Y aunque ellos respondían que no lo sabían, una voz enérgica les decía: “la voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (1).

Con ese temor, que durante años escondieron en su interior, se encontraron con José años más tarde. Pero si había algo que había aprendido José, era que él no era nadie para buscar venganza. Así que prefirió disfrutar junto a ellos de la nueva oportunidad que Dios les daba, en vez de mantener el odio que hubiese acabado a la larga con todos ellos. Le bastaba saber que: “vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encamino a bien, para hacer lo que veis hoy (2)”. Por eso se dejó llevar por sus sentimientos, por eso cuando vio a su hermano Benjamín se echó sobre él, lo abrazó y lloró. Y por eso, quizás, esta es una suposición mía, cuando Jacob revivió al reencontrarse con su hijo, le entregó la túnica de colores manchada con la sangre del sacrificio de un cabrito, que desde hacía años tenía guardada.

Carlos Osma

(1) Gn 4, 9-10

(2) Gn 50, 20

Fuente: Lupa Protestante

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