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«Noemí y Rut, dos mujeres que confían en la fuerza del Amor», por Emma Martínez

martes, 25 de agosto de 2015
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11De su blog Poner letra a mi canto:

Publicado en Rev CONFER, Noviembre, 1998

1. El libro de Rut: estructura, composición, claves de lectura.

2. Un itinerario de fe y confianza en la fuerza del amor. Hitos significativos:
· Salir de la tierra, si es necesario, cuando los tiempos son malos.
· Saber acoger lo que la vida ofrece.
· Ante la desolación: no perder las raíces, ni la memoria creyente, para no perder la esperanza.
· Tomar iniciativas difíciles: decidir volver; salir; decir adiós; recuperar la libertad.
· Renunciar para poder elegir.
· Hacer elecciones arriesgadas movidas sólo por el amor.
· Ponerse en camino hacia una tierra que no es la propia, pero que uno elige hacer suya.
· Aprender a vivir en tierra extraña.
· Saber «vivir-con» y al tiempo buscar y definir la propia identidad.
· Convertir la cotidianidad en lugar de salvación y revelación.

3. Noemí y Rut dos mujeres que nos muestran un camino para descubrir nuestro lugar, como mujeres y varones, en la historia de salvación.
· Optar por vivir desde el amor solidario.
· Confiar en los otros y arriesgarse.
· Contemplar a Dios en lo cotidiano.
· Saber celebrar
· Creer que la historia de salvación se construye desde abajo.

dos-mujeres-virtuosas_560x280NOEMÍ Y RUT DOS MUJERES QUE CONFÍAN EN LA FUEZA DEL AMOR.

1- EL LIBRO DE RUT ESTRUCTURA Y COMPOSICIÓN.

Este libro bíblico es un drama ficticio o una novela de un gran valor artístico. Considerado una de las obras maestras de la literatura narrativa hebrea. Predomina el diálogo sobre la acción y esto permite el conocimiento directo de los personajes a través de lo que dicen y hacen.

No está clara la época de su composición final[1], la mayoría se decantan por situarlo en la época post-exilica [2] (en torno al 450?) [3]. Si así fuese, el libro, contiene una gran ironía crítica. A la vuelta del destierro en Babilonia, el pueblo está pasando por una situación crítica y los gobernantes buscan proyectos para resolver esa situación. Los libros de Esdras y Nehemías nos dan información al respecto.

Es importante para comprender la hondura y audacia del libro de Rut aproximarnos, muy someramente a los proyectos «salvadores del pueblo» en boga, en esa época.[4]

* Los proyectos de Zorobabel y Josué. (Esd.3,1-13) Éstos trataron de construir el templo de Jerusalén destruidos por Nabucodonosor (Esd.5,1-2). Estamos en torno al año 520 antes de Cristo, unos veinte años después de la vuelta del exilio. Se pensaba que el sufrimiento del pueblo era un castigo de Dios por haber abandonado el templo en ruinas (Ag.1,3-11). Zorobabel y Josué trataron de reconstruir al pueblo en torno al culto, altar, y templo.

* El proyecto de Esdras.(Esd.9,1-10; Neh.8,1-18). Esdras era un doctor de la ley, un escriba de gran prestigio, actuaba en nombre del rey de Persia (Esd.7,11-26). Visitó Jerusalén en el año 458. Esdras también creía que el sufrimiento del pueblo era un castigo de Dios. Echa la culpa de la situación difícil que atraviesa el pueblo, al pecado que han cometido casándose con mujeres extranjeras (entre ellas, las moabitas) y decreta su expulsión (Es. 9,1-2;10,2.10). También él trata de reconstruir al pueblo en torno a la observancia de la ley de Dios (Neh.8,13) y la pureza de la raza .Si, como apunta Carlos Mester, en este momento se escribe este libro, nos encontramos con una literatura crítica y alternativa. En él se presenta a Rut, mujer moabita, como modelo del amor fiel, revelación del amor de Jahveh (Hesed), que es introducida por Dios en la bendición y entroncada dentro de la descendencia davídica.

* El proyecto de Nehemías (Neh.5,1-19). Éste era gobernador de Judá, nombrado por el rey de Persia en el año 445, contemporáneo de Esdras. Era un gobernante sensible a los problemas del pueblo, se indignaba por la situación de explotación de los ricos sobre los mas pobres (Neh.5,1-5.15). Convocó al pueblo y, en nombre de Dios, les exigió que devolvieran a los pobres las tierras robadas y que les perdonasen las deudas acumuladas (Neh.5,7-13). Intentó reconstruir al pueblo en torno a la observancia de la ley del año jubilar. Cada cincuenta años, se rescindían las compras y ventas de la tierra (Lev.25,1-34; Dt.15,1-11). La reconstrucción del pueblo comenzaría por la iniciativa de los ricos, de devolver lo que les habían robado a los pobres.(Neh.5,9)

Una primera clave de lectura del libro puede ser la realidad de la que parte.

Ante la situación del pueblo que trasparenta el libro y los diversos proyectos para resolverlas, ¿por dónde apunta el proyecto salvador de esta narración?

a) Es interesante leer la historia de Rut, no solo por lo que dice, sino también por lo que no dice: nada dice del Rey, ni de los sacerdotes, ni del templo, ni del altar, ni de Jerusalén, ni de los sacrificios, ( su postura ante los proyecto de Zorobabel y Josué).

b) El centro de libro es una extranjera moabita. El libro llega a pedir a Dios en boca del pueblo que Rut sea como Raquel y Lía las dos madres que están en el origen le pueblo de Dios (Rut 4,11)

c) Quien toma la iniciativa para resolver el problema de estas dos pobres viudas, no es el pariente rico o «goel», sino ellas. Ellas lo planean todo, toman la iniciativa y llevan a cabo todo lo planeado. Booz pertenece a la clase social de los que habían sido interpelados por el gobernador Nehemías.

Es decir, no apunta la esperanza a partir de los grandes proyectos de los poderosos, sino que una vez más vendrá de abajo. De un «pequeño resto» de Israel; de dos pobres viudas, emigrante una y extranjera otra. Ellas son semilla de esperanza de la Salvación prometida.

Una segunda clave el lectura es la estructura del libro [5].

Nos encontramos en él una dramatización en cuatro escenas:

1. La situación inicial, es de hambre (1,1-5).
2. Se emprende el camino en busca de pan. Son caminos de ida y vuelta (1,6-3,18).
Un día en los rastrojos: la esperanza inesperada.
Una noche en la era.
3. En busca de la vida: los caminos de la ley (4,1-12).
4. Situación final, vida por generaciones( 4,1-18).
Apéndice: genealogía de David (4,18-22).

Una tercera clave de lectura puede estar en el sentido escondido de los nombres.[6].
Abundan en el libro de Rut los nombres “narrativizados”, la historia queda escrita en ellos. Cada personaje tiene, contenido en su nombre, su propia historia [7].

Cada nombre revela lo que la persona es y lo que hace en la historia:
* Elimélec, nombre del esposo de Noemí, significa “mi Dios es rey”.
* Noemí, significa «la dulce» o “gracia”, pero ella se quiere cambiar el nombre por Mara, «la amarga».
* Majlón, hijo mayor de Noemí, “dolencia”.
* Kilión, hijo menor de Noemí, «fragilidad”.
* Orfá, la primera nuera, «la que vuelve la cabeza, o la espalda».
* Rut, «la compañera” o «la amiga”.
* Booz, «el potente” o “la fuerza”.
* Obed, el hijo que nace “siervo”.

Quiere ser un libro de esperanza, quiere hacer entender al pueblo el sentido de su historia, el cómo actúa Dios en ella, el por qué de su situación actual (acaban de volver del destierro y las cosas están mal) y por dónde apunta en la historia los signos de esperanza.

Desde la clave de lectura de los nombres, nos fijamos en los cinco primeros versículos (1,1-5) [8].

Elimelec, “mi Dios es Rey”.

Es la profesión de fe del pueblo. Cuando el pueblo pide a Jahveh un rey, el libro de Samuel pone en boca de Dios estas palabras: “No te han rechazado a ti (Samuel) sino a mí, para que no reine sobre ellos” (1Sam.8,7). Tuvieron un rey y la historia fue desastrosa, pues eso acabó con la fe en Dios, Señor y Rey del pueblo, Elimelec murió.

Noemí y Mara, ”gracia y amargura”.

La gracia nace de amor y fidelidad de Dios para con lo que había escogido. Siendo fiel, el pueblo se convierte en “esposa graciosa de Dios” (Is 62,5). La ruptura de la Alianza por parte del pueblo le ha traído la desgracia, la amargura al pueblo, Noemi se llama Mara.

Maglón y kilion, “dolencia y fragilidad”.

Israel y Judá, los dos hijos nacidos de la alianza entre Dios y su pueblo, se olvidaron de que su Dios era el Señor y fueron tras otros dioses, por eso, se habían vuelto dolientes y frágiles y mueren. De hecho, Israel y Judá se habían extinguido como Reinos.

Este modo de presentar al pueblo la historia del pasado, que es la causa de su situación (este es el esquema Deuteronomista: pecado-castigo-conversión- nueva alianza), tiene dos caras; una criticar el gobierno de los reyes, y otra, desenmascarar la idolatría del pueblo que perdió la fe en Dios y por eso, se quedó sin futuro y sin fuerza. Noemí, Mara, sin hijos, sin marido,(sin Dios) sin tierra en país extranjero… es el pueblo.

Pero hay una esperanza y el autor lo quiere apuntar desde el principio.

“En el tiempo en que gobernaban los Jueces»…No es el tiempo en que se escribe el libro ni en el que acontecen los hechos, ¿que está queriendo decir el autor con ese recurso literario?. Lo mismo que en tiempo de los jueces, Dios suscitaba a algún juez que liberaba al pueblo, también, quizá ahora, suscite un salvador. Inscribe al pueblo en la historia de una esperanza. Igual que entonces nos liberó, hoy sigue liberando.

Noemí quedó “sola” (lo dice dos veces 1,3.5) el libro de Rut está recordando las profecías según las cuales un pequeño resto (Is.4,3; 10,21; 11,16; 37,3; Esd.9,8.15) será comienzo del pueblo. Noemí imagen del pueblo que sufre, es, al mismo tiempo, semilla de esperanza de una nueva nación.

Cuando dice “todos efrateos de Belén de Judá” (1,2). El libro está recordando la profecía de Miqueas (Miq.5,1). De este modo, sugiere que la promesa del Mesías se realizará por medio de esa errante y sufrida viuda de Belén, que es Noemí. La salvación vendrá de los pobres.

En el cuadro inicial, la historia de Rut (1,1-5), retrata el pasado, el presente y el futuro de esperanza. Pecado, sufrimiento, esperanza.

Una cuarta clave de lectura es el sentido teológico-espiritual del libro.

Es la clave que en este momento vamos a intentar esbozar.

2. EL LIBRO DE RUT UN «ITINERARIO DE FE»Y CONFIANZA EN LA FUERZA DEL AMOR. HITOS SIGNIFICATIVOS EN EL CAMINO.

Este libro ha sido llamado “el evangelio de la mujer». Hay tres personajes principales: Noemí, Rut y Booz, con preponderancia clara de los personajes femeninos, sobre todo de Noemí, que es la que lleva el hilo conductor de la trama y “al final, es ella quien recibe, como verdadera matriarca, a los nietos por los que suspiraba desde el comienzo de la obra”[9].

Descubrimos en este libro, un itinerario de fe válido para todos los tiempos.

· Salir de la tierra, si es necesario, cuando los tiempos son malos.

El libro de Rut nos muestra una situación muy cercana a los tiempos que vivimos, el hambre provoca emigraciones masivas de los pobres hacia tierras más ricas. Una familia, como millones en nuestro mundo, pone a la venta sus tierras y, empujada por el hambre, emigra a un país extraño; «hubo hambre en el país y un hombre emigró, con su mujer y dos hijos, desde Belén de Judá a la campiña de Moab» (Rut,1,1). Leer más…

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El problema no son los que se van, sino (también) los se quedan

lunes, 24 de agosto de 2015
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B86HQu4IEAABLeDDel blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de hoy (23.8.5) dice que, al escuchar la propuesta de Jesús en Cafarnaum, algunos se marcharon, dejaron de seguirle.

Les parecía quizá que el listón de Jesús era demasiado alto (o estaba mal colocado).

Otros se quedaron, posiblemente sin demasiado convencimiento; eran Pedro y los doce. Jesús les dice: ¿No os vais? Y ellos responden ¿Dónde vamos a ir, tú tienes palabras de vida eterna?

No parece que esa respuesta de Pedro y los Doce, tal la transmite el evangelio de Juan, sea simplemente irónica (como algunos exegetas han pensado). Pero, en esa línea, quien conozca este evangelio de Juan sabe que ella no es demasiado clara, pues Juan acepta la tarea de los Doce, pero sabe que hay Alguien más importante que esos Doce, el verdadero transmisor del mensaje de Jesús, que es el Discípulo Amado. Pues bien, como iré destacando esta postal, la revelación de Dios en Jesús, tal como la encarna el Discípulo amado, está unida a la mediación de Dios en los pobres y excluidos de la tierra.

Ésta es la única vez en que Juan habla de los Doce como Iglesia instituida; en todo el resto del evangelio muestra cierto recelo por ella. Desde aquí se entiende un comentario a la postal de ayer:

El principal enemigo del evangelio está en casa, o sea, en la iglesia que tiene miedo de Jesús… (Según ese comentario de F., el problema no sería el de aquellos que se van, sino el de aquellos que se quedan,traicionando el espíritu de Jesús).

El problema no es simple, y pueden darse diversas posibilidades:

— Algunos se van porque han conocido bien a Jesús… y no quieren seguirle, pero otros se van sin haberle conocido (sin que nosotros, los cristianos, hayamos mostrado de verdad su rostro).

— Otros se van porque el camino de su Iglesia, representada por los Doce que han quedado como dirigentes de ella se les hace estrecho e incluso equivocado.

— Unos se quedan en la Iglesia, pero sería mejor que se marcharan, y cuanto antes, porque desfiguran el rostro de Cristo en ella, buscando en el fondo su comodidad sus intereses.

— Otros se quedan, y está bien, pero deberían (deberíamos) cambiar mucho mucho, en línea de evangelio, para ser testigos de Jesús a quien dicen invocar y seguir.

— Hay, finalmente, otros que reflejan bien el rostro de Jesús…

En ese contexto, antes de ofrecer mi reflexión, quiero introducir yadaptar la cita famosa, de uno de los cristianos más significativos del siglo XIX:

La religión (=iglesia) contemporánea es una cosa bastante lamentable. La religión, entendida como principio rector, como centro de gravedad espiritual, no existe en modo alguno, y en su lugar hallamos la denominada religiosidad, un estado de ánimo particular, un gusto particular: unos gustan de ella, otros no, de la misma manera que hay quien ama la música y quien no… En lugar de ser todo de todo, la religión (Iglesia) se esconde en un pequeño y apartado rincón de nuestro mundo interior, aparece como uno más entre la multitud de intereses diversos que se reparten nuestra atención (V. Soloviev, Teohumanidad, Sígueme, Salamanca 2006, 18. Original del 1878).

En este contexto quiero reflexionar sobre la «unidad» de la iglesia, sobre aquellos que se van y sobre aquellos que se quedan.

Pedro respondió: ¿Dónde iremos…?

Pedro ha sido y sigue siendo un garante privilegiado de la unidad cristiana y en él se han vinculado de algún modo los judeo-cristianos y los pagano-cristianos, los de Pablo y los del Discípulo amado e, incluso, los de Santiago, el hermano del Señor. Pero no todos quedaron con él, no todos entendieron ni entienden a Jesús en la línea de Pedro. Por eso, desde la perspectiva de Mt 25, 31-46 y del conjunto del NT quiero poner a su lado (junto a Pedro) otra «piedra» de unidad eclesial, que es el mismo Cristo y su evangelio,dirigido a todos los pobres y excluidos del mundo.

En ese sentido, antes que la roca de Pedro está la roca de los pobres y de los aplastados por la vida y sociedad; ellos han sido primeros representantes de Jesús, ellos han de seguir siendo principio y fuente de unidad cristiana y humana, según el testimonio más antiguo de los evangelios, incluido el de Mateo. Así lo he puesto de relieve en mi libro sobre Pedro.

En esa línea debemos citar la Gran Oración de Jn 17, que es ya oración pascual (de Jesús resucitado) a favor de las iglesias divididas, en grupos petrinos, paulinos, juaninos y más juaninos, grupos de gnósticos y no gnósticos… Así completamos la ruptura del final de Jn 6 (Cafarnaum) con la llamada a la Unidad propia del Testamento de Juan (Jn 17(.

Allá, hacia el año 110 d. C., la herencia de Jesús corre el riesgo de dividirse y romperse, como su túnica bajo la cruz. En ese momento, el evangelio de Juan (Jn 21) pide también a Pedro que sea foco de unidad, vinculándose al Discípulo Amado (y viceversa).

De las divisiones de la Iglesia primitiva y de la unidad que se va formando en torno a Pedro (según los evanvelios de Mateo y de Juan) tendremos que seguir hablando. Pero como he dicho, antes de eso, en la misma vida de Jesús, tal como ha sido evocada por lo sinópticos, se ha planteado el problema de la unidad entre los hombres en general, entre los pobres y los ricos, los itinerantes y los sedentarios, los expulsados de la sociedad y los dueños de ellas. De esa unidad primaria queremos seguir hablando aquí.


La roca de los pobres

El grupo de Jesús se inicia a partir de los expulsados y/o marginados del nuevo des-orden social que se extiende en Galilea, especialmente entre aquellos que no caben en las estructuras de poder que triunfan desde las ciudades que ahora imponen su dominio (su ley comercial y social). Es como si ahora los portadores del movimiento de Jesús no fueran ya, en primer lugar, el papa, los obispos y los representantes de la sociedad establecida, sino los separados y alejados de ella: emigrantes e ilegales, pobres, rechazados, de la tierra.

Jesús ha rechazado aquel modelo de de sociedad de imposición ha invertido el orden normal de las instituciones: no quiere formar grupos de dominio, desde arriba, sino un movimiento de creatividad social (de comunicación humana) desde los más pobres. Por eso empieza ofreciendo salud a los enfermos e identidad humana a los posesos y enfermos (es decir, a las víctimas del sistema). Sin ese descubrimiento práctico del valor de los expulsados y oprimidos que debían ser (y son) hijos privilegiados de Dios no se puede hablar de un pueblo del Reino. Jesús empieza acogiendo y ayudando a los que hoy llamaríamos “itinerantes”, a los que no tienen casa, ni familia..

En este contexto podemos hablar de una nueva hipótesis (o descubrimiento) de Jesús, que puede compararse de algún modo con las “hipótesis” de la ciencia.

Cuando un “sistema” científico deja de explicar unos fenómenos se vuelve necesaria una nueva hipótesis, una ley distinta, que pueda aplicarse en esos casos no-explicados. Pues bien, Jesús descubrió que el sistema social imperante (romano/galileo) no “funcionaba” de manera humana, pues debía expulsar a muchos pobres, dejándole sin tierra ni lugar en la sociedad. Por eso tuvo que elaborar una nueva “hipótesis social”, un camino y modelo de vida distinto, que fuera capaz de ofrecer una esperanza a los expulsados del sistema. Así podemos presentarle como “inventor de humanidad”. Pero él no inició su movimiento de cero, sino desde toda la experiencia de Israel (recogida en la Escritura), que viene a situarle y le sitúa en el camino de las promesas de Israel.

Jesús no ha sido un pauperista ni un purista

Ciertamente, en contra de algunas tendencias “pauperistas” de su tiempo o de tiempos posteriores, Jesús no rechaza a los propietarios (sedentarios), dueños de casas y campos, en quienes se expresaba el ideal agrícola israelita, según el cual cada familia posee su heredad y vive en armonía (pacto) con otras familias del entorno, sino que cuenta con ellos.

En ese sentido, debemos añadir que él no ha sido un purista (que sólo acepta a “sus” pobres), sino que ha buscado (amado) también a los propietarios, a quienes anuncia el Reino (salud mesiánica), pidiéndoles que acojan (que no opriman) a los pobres, compartiendo con ellos casa y bienes. De esa forma “come y bebe” (cf. Mt 11, 19) no sólo en casa de Leví, el publicano (cf. Mc 2, 13-17), sino en las casas de otros propietarios pudientes, como recuerdan los evangelios (cf. Mc 14, 3-9; Lc 7, 36-50; 14, 1-24). Jesús no condena sin más a los “propietarios”, pero valora de un modo especial a los no-propietarios y más en concreto a los a los que llamamos itinerantes, sea por necesidad social, sea por opción evangélica.

Distinguimos dos tipos de itinerantes.

(1) Los que no tenían nada y que, por tanto, nada podían dejar: ni casa, ni familia estricta o propiedades. Ellos son los primeros destinatarios del mensaje de Jesús: pobres, enfermos, mendigos, itinerantes por necesidad o condición social, sin más hogar que el camino. Retomando el símbolo del Éxodo, Jesús supone que ellos caminan hacia la tierra prometida y les convierte en portadores de su mensaje de Reino, iniciando así un éxodo nuevo y universal.

(2) Hay otros que han podido hacerse itinerantes por vocación, porque Jesús les llama y ellos le siguen, dejando casa-familia-posesiones (o el trabajo de la pesca como los de Mc 1, 16-20). Éstos son los que “optan” por el estilo de vida de Jesús, es decir, por su mensaje y proyecto de Reino. Son los rompen con un tipo de familia establecida, vinculada al poder patriarcal, para iniciar una familia de Reino (familia de Jesús) abierta a los que no tienen familia en el sentido antiguo. En esa línea se sitúan algunos textos de ruptura familiar, que iremos evocando: Mc 1, 16.20; 3, 31-35; 10,29-30; Mc 13, 9-13 con Mt 10, 17-22 y Lc 21, 12-16; Mt 10, 34-36 y Lc 12, 51-53; Mt 10, 37-38 y Lc 14, 25-27; Mt 23, 8-10; Lc 9, 61-62 etc.

El éxodo de los pobres. Una inversión de la historia

De esa forma, destacando (en líneas distintas) el valor de unos y otros Jesús no ha establecido un esquema de oposición violenta (no quiere que los itinerantes-desposeídos ocupen el lugar de los sedentarios), sino que ha puesto en marcha un esquema de trasformación, partiendo precisamente de los desposeídos. No busca por tanto, una guerra, sino una simbiosis entre campesinos y propietarios, pero partiendo de los más pobres y retomando así dos modelos sociales que en la historia israelita se habían dado de forma sucesiva y separada.

(1) En un plano, Jesús asume el modelo de los propietarios agrícolas, autónomos y federados, que había instaurado el libro de Josué tras la conquista (cf. Jos 18-24) y que ratificó más tarde la ley del jubileo (Lev 25): esos propietarios autónomos de tierras parecían ser representantes del auténtico Israel y de esa forma los sitúa, simbólicamente, la misma legislación de la Misná en el centro de la identidad judía.

(2) Pero él conecta, sobre todo, con un tiempo anterior y así retoma la imagen de los itinerantes del principio de la historia israelita (que llenan la historia de Israel, desde el Éxodo hasta el Deuteronomio), viéndolos como portadores de la verdadera identidad del pueblo elegido. Pues bien, los equivalentes de aquellos hebreos del éxodo, que salieron de Egipto y vagaban por un desierto de muerte, en busca de tierra, son ahora los pobres y expulsados de Galilea, que así vienen a mostrarse como portadores itinerantes del Reino de Dios y de su curación, pero no para conquistar con violencia la tierra y hacerse dueños de ella (como los hebreos de los libros de Josué y de Jueces), sino para anunciar a todos el Reino y para curar a los mismos propietarios de la tierra, quedando así en sus manos (dejando que ellos les acojan).

Conclusión. El proyecto de unidad de Jesús, un lugar para todos:

Jesús instaura de esa forma un modelo nuevo de comunicación, a partir de los itinerantes (nuevos hebreos), pero sin conquista violenta ni expulsión (ni muerte) de los propietarios.

–Jesús nos lleva al comienzo de la historio israelita, al tiempo de la “conquista” de Palestina, que ha de llevar a la comunión y participación de todos los hombres y mujeres, en la única Madre Tierra, que es la tierra prometida de la Vida de Dios.

Los itinerantes de Jesús no hacen la guerra, ni matan a los “propietarios anteriores” (como pedían las leyes más duras del viejo Israel, cuando exigían la muerte de los “ricos cananeos”: cf. Ex 23, 23-33; 34, 11-16; Dt 7, 1-6 etc.), sino que les ofrecen salud y curación, trazando así para ellos y para todos los hombres un tipo de unidad más alta, la Unidad de los Hijos de Dios (de la que habla Jn 11, 52).

Mediación de la unidad. Jesús inicia con sus itinerantes un proyecto i de curación y gratuidad, en el que quepan todos, desde el Dios del amor, como quería Soloviev hace 150 años. Los enviados de Jesús nos vienen a matar (ni a condenar al infierno sin más) a los propietarios, sino a ofrecerles salud y curación, dialogando con ellos.

— Sin ese gran proyecto y camino de curación (descubrimiento del valor más alto y del gozo de Dios y de unión entre los hombres) carece de sentido este camino. En esa línea han de quedar con Jesús los Doce, pues tienen una gran tarea, como testigos de Jesús, enviado y presencia de Dios, en una humanidad que puede, de otra forma, dividirse y romperse para siempre.

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«¿Por qué nos quedamos». 21 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,60-69)

domingo, 23 de agosto de 2015
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21-852857Durante estos años se han multiplicado los análisis y estudios sobre la crisis de las Iglesias cristianas en la sociedad moderna. Esta lectura es necesaria para conocer mejor algunos datos, pero resulta insuficiente para discernir cuál ha de ser nuestra reacción. El episodio narrado por Juan nos puede ayudar a interpretar y vivir la crisis con hondura más evangélica.

Según el evangelista, Jesús resume así la crisis que se está creando en su grupo: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, algunos de vosotros no creen». Es cierto. Jesús introduce en quienes le siguen un espíritu nuevo; sus palabras comunican vida; el programa que propone puede generar un movimiento capaz de orientar el mundo hacia una vida más digna y plena.

Pero, no por el hecho de estar en su grupo, está garantizada la fe. Hay quienes se resisten a aceptar su espíritu y su vida. Su presencia en el entorno de Jesús es ficticia; su fe en él no es real. La verdadera crisis en el interior del cristianismo siempre es esta: ¿creemos o no creemos en Jesús?

El narrador dice que «muchos se echaron atrás y no volvieron a ir con él». En la crisis se revela quiénes son los verdaderos seguidores de Jesús. La opción decisiva siempre es esa: ¿Quiénes se echan atrás y quiénes permanecen con él, identificados con su espíritu y su vida? ¿Quién está a favor y quién está en contra de su proyecto?

El grupo comienza a disminuir. Jesús no se irrita, no pronuncia ningún juicio contra nadie. Solo hace una pregunta a los que se han quedado junto a él: «¿También vosotros queréis marcharos?». Es la pregunta que se nos hace hoy a quienes seguimos en la Iglesia: ¿Qué queremos nosotros? ¿Por qué nos hemos quedado? ¿Es para seguir a Jesús, acogiendo su espíritu y viviendo a su estilo? ¿Es para trabajar en su proyecto?

La respuesta de Pedro es ejemplar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna». Los que se quedan, lo han de hacer por Jesús. Solo por Jesús. Por nada más. Se comprometen con él. El único motivo para permanecer en su grupo es él. Nadie más.

Por muy dolorosa que nos parezca, la crisis actual será positiva si los que nos quedamos en la Iglesia, muchos o pocos, nos vamos convirtiendo en discípulos de Jesús, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida.

José Antonio Pagola

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«¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.» Domingo 23 de agosto de 2015. Domingo 21 º ordinario

domingo, 23 de agosto de 2015
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47-ordinarioB21 cerezoDe Koinonia:

Josué 24, 1-2a. 15-17.18b: Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Efesios 5, 21 – 32: Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
Juan 6, 60-69: ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

 Josué organiza la gran asamblea de Siquem, como la reunión constitutiva del pueblo de las tribus. Es el punto de partida de un movimiento nuevo que arranca del Éxodo. El pueblo debe aceptar su nueva identidad teológica, social, cultural. Es fundamental identificar al Dios del Éxodo: el que ve la opresión del pueblo, el que oye el griterío de dolor y conoce sus sufrimientos, el que está decidido a bajar para librarlo del poder de los opresores (Ex 3,7-8). El Dios de sus Padres, el Dios de la Historia.

Las tribus proceden de diferentes orígenes culturales, religiosos, étnicos, pero ahora se aglutinan, gracias a la fe en este Dios del éxodo, en un solo pueblo: Israel. Es la teología, la fe en Yahvé y no la sangre quien los compacta para una alianza tribal.

El corazón de esta alianza tribal es la fe común en este Dios de los pobres. Pero supone también, identificar a los dioses »extraños» a los dioses cananeos y egipcios, imágenes corrompidas de Dios, que generan esclavitud y muerte: un sistema de impuestos, una vida de esclavos, una religión opresora. Cambiar esos dioses por el Dios del Éxodo, fundando una sociedad de leyes para la vida, de reparto de la tierra, de culto nuevo basado en la pascua es el tema central de esta gran asamblea de Josué en Siquem.

Las tribus de Israel hacen un pacto de amor con este Dios de los pobres. Unos desposorios, como nos insinúa la carta a los Efesios. «Una Iglesia dócil al Mesías» «para hacerla radiante, sin mancha, ni arruga, ni nada parecido».

Las palabras de Jesús chocan con la mentalidad vigente. Hace veinte siglos parecía inadmisible que una persona pudiera comunicar un mensaje tan exigente y tan liberador. Hoy, seguimos en el mismo plan: tratamos de endulzar las palabras de Jesús para que no hieran nuestros prejuicios. Con frecuencia queremos convertir la palabra de Jesús en el ejercicio de un conjunto de ritos. Pero, la palabra de Jesús nos desestabiliza, nos desquicia y nos lleva a cuestionar la vida diaria. A veces, incluso, decimos como los discípulos. «Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso? No obstante, si queremos seguir a Jesús, la única respuesta posible es un «sí» rotundo, un «amén» decidido y generoso. Queremos seguirlo y queremos ser como él. No deseamos contentarnos con los laureles que nos ofrece el mundo, sino que anhelamos caminar con el Nazareno la difícil y tortuosa vía del pueblo de Dios en la historia.

¡Qué útil sería examinar nuestras eucaristías…! ¿Generan un «movimiento de Jesús» en dirección hacia la Utopía solidaria de lo que Él llamaba Reino? ¿Van cambiando nuestro modo de pensar y actuar? ¿Nos hacen capaces de identificar las otras presencias del Dios entre los desheredados de la vida? El mismo Jesús, en cuya boca Juan puso estas palabras: «Yo soy el Pan de Vida», según Mateo también dijo: «tuve hambre y me diste de comer, cada vez que lo hicieron con mis hermanos más pequeños, era conmigo mismo con quien lo estaban haciendo» (Mt 25,35).

Completamos nuestra reflexión con palabras de José Antonio Pagola que continúan las que citábamos la semana pasada, sobre la forma actual de celebrar la Eucaristía: Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?

¿Es la liturgia que nosotros venimos repitiendo desde siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús en aquella cena memorable donde se concentra, se recapitula y se manifiesta cómo y para qué vivió y murió? ¿Es la que más nos puede atraer a vivir como discípulos suyos al servicio de su proyecto del reino del Padre?

Hoy todo parece oponerse a la reforma de la misa. Sin embargo, cada vez será más necesaria si la Iglesia quiere vivir del contacto vital con Jesucristo. El camino será largo. La transformación será posible cuando la Iglesia sienta con más fuerza la necesidad de recordar a Jesús y vivir de su Espíritu. Por eso también ahora lo más responsable no es ausentarse de la misa, sino contribuir a la conversión a Jesucristo. Leer más…

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Dom 23.8.15. Y muchos le abandonaron… Motivos para seguir hoy a Jesús

domingo, 23 de agosto de 2015
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11880576_483175271859670_3202269138850833607_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 21, ciclo b. Con este evangelio (Jn 6, 60-69) termina el miniciclo eucarístico de Juan, sobre el “pan de vida”. Jesús ha presentado su proyecto de carne y compromiso humano) en Cafarnaúm, y muchos, quizá muy religiosos, le abandonaron, diciendo “duro es este camino”: otros le dejaron simplemente porque ya no les interesaba (no les daba de comer, como en las multiplicaciones).

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás
y no volvieron a ir con él.

Fue la gran crisis de Juan, el momento de ruptura entre un Jesús que encanta a muchos que quizá no han comprendido las implicaciones de su movimiento y un Jesús que empieza de nuevo con unos pocos (¡sólo aquí se habla de Doce!) que le siguen sin advertir del todo lo que él quiere, pero confiando en su palabra.

Ésta es una situación que se repite y multiplica en nuestro tiempo: Millones y millones de hombres y mujeres abandonan la práctica eclesial, al menos en el viejo Occidente cristiano. Jesús no multiplica ya los panes que nos interesan, e vacían las iglesias, marchan los de media edad, los jóvenes no vienen. ¿Qué podemos hacer en estas circunstancias?

‒ ¿Echar la culpa a Jesús, porque su mensaje está obsoleto y es hoy inviable?
‒ ¿Condenar a las “masas” de esta nueva sociedad, que no quiere ya consumo religioso?
‒ ¿Retomar el camino de Jesús como hicieron entonces Pedro y unos pocos?

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Jesús quedó en aquel momento casi sólo; muchos grupos que le habían seguido hasta entonces se marcharon fracasados, otros quedaron pero desnortados. Sólo algunos retomaron el camino de Jesús (como saben muy bien los investigadores del Evangelio de Juan?

‒ Esa “historia” de abandono de Jesús, que cuenta el evangelio de este domingo, sucedió hacia el año 90-100 d.C., cuando una parte de las comunidades cristianas entraron en crisis y pasaron a una especie “gnosis” pre-cristiana, o dejaron simplemente de creer…

‒ Ahora, casi dos mil años más tarde, sentimos que vuelve un tipo de crisis semejantes: miles y millones de creyentes abandonan a Jesús, no pueden o no quieren escuchar su mensaje, ni seguir camino ¿Qué se puede hacer?

‒ En esa situación, algunos como Pedro deciden quedarse, a pesar de las dificultades que implica la fe en Jesús. Ésta es quizá la más honda experiencia de Juan Evangelista, una iglesia mínima, abandonada por las mayorías. Con ella seguimos nosotros.

Con ese motivo quiero releer, reinterpretar, el evangelio, con la palabra cruzada de dos papas: Pablo VI (El anuncio del Evangelio: 1975) y Francisco (El gozo del evangelio: 2013). Buen día a todos, con el deseo de dar un paso hacia adelante.

Texto. Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?

El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. «Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

Gran desencanto¿ qué podemos hacer?

En la mayor parte de los países “avanzados”, y en amplias capas sociales, sobre todo urbanas, de América Latina se está produciendo una fuerte ruptura, una gran desilusión frente a los valores de un tipo de modernidad y cristianismo. Los grandes ideales de las revoluciones (sociales, económicas y culturales) no han llegado a cumplirse y muchos han perdido ya toda esperanza en la historia.

En este contexto, la fe religiosa que sostenía la vida de grandes capas de la población parece apagarse, y muchos (desde diversas perspectivas) afirman que no hay remedio, ni emancipación, ni redención posible.

‒ El primero de los males es la desintegración personal que crece allí donde, fallando los bienes tradicionales y el entorno afectivo, el hombre queda encerrado en sus propias limitaciones, sin saber qué hacer de sí mismo, y sin encontrar en Jesús una salida, en medio de una sociedad y un mercado de opulencia que ofrece mucho, pero que abandona a grandes masas y quita a muchos el deseo vivir.

‒ El segundo mal es el vacío de grandes masas que han perdido su arraigo su antiguo equilibrio “rural” (¡salimos del neolítico!), para quedar en manos de su propia inquietud personal, social, económica, en medio de un mundo de opulencia que parece prometerlo todo, pero que no cumple sus promesas. En ese contexto, lo que pide Jesús parece para muchos sin sentido.

‒ Hablaba J. Ortega y Gasset hace ya tiempo (1929) de la “Rebelión de las masas”, pero ahora, pasado casi un siglo, descubrimos que el tema no es ya la “rebelión” o independencia de las masas, sino el hecho de que esa rebelión ha fracasado. Las grandes multitudes no han logrado aquello que querían. Ni el capitalismo ni el marxismo han respondido a sus expectativas, de manera que han caído en manos de una impotencia que parece peor que la anterior, mientras que Jesús sigue ofreciendo su mismo mensaje: ¡Dura es este palabra, es decir, esklerós, que hoy podríamos traducir por esclerótica!

Pero algunos quedaron con Jesús, decididos a realizar con él la nueva travesía.

Los deseos de cambio de los últimos decenios (especialmente de los sesenta a los ochenta del siglo pasado), que tanto prometían, en línea de progreso y de liberación social, no lograron cumplirse, por diversas razones, y parecen habernos dejado tan mal o peor que antes, en medio de un mundo lleno de riquezas y de inmensas injusticias.

‒ Las utopías de diverso tipo han perdido su capacidad de convocatoria, por su propia violencia, sus errores y fracasos económicos, y también por la mayor capacidad de penetración del neo-capitalismo, con la adoración del Becerro de Oro. Leer más…

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Sínodo sobre la Familia. Jesús y su familia en los evangelios: Una relación conflictiva y superadora Evaristo Villar

domingo, 23 de agosto de 2015
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cuerpo CristoLeído en la página web de Redes Cristianas

En la cultura y espiritualidad cristiana domina, en general, el monolitismo referente a la familia. Se habla de la “familia cristiana” como institución unívoca que prolonga la familia modélica de Jesús. Pero, a la luz de los evangelios, ¿fue tan modélica la familia de Jesús?

1. El conflicto en la familia de Jesús

Entre la extrañeza por las obras que hace y el poco aprecio de sus paisanos por la humildad de su origen, los tres evangelios sinópticos dejan constancia de la familia nuclear de Jesús: “¿No es este el carpintero [Mt 13,55 dice “el hijo del carpintero, y Lc 4, 22, del “hijo de José”], el hijo de María y hermano de Santiago y José, de Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas con nosotros”, Mc 6,3?1

Como atestigua Lucas en el libro de los Hechos 1, 14, parte de esta familia se encuentra en la naciente Iglesia después de la pascua. Santiago, a quien se conoce como “hermano del Señor” (Gal 1,9), presidió la Iglesia madre de Jerusalén (Hch 15,13), y, junto a Pedro y Juan, “dio la mano” a Pablo y Bernabé cuando tuvieron que acudir a Jerusalén para dar cuenta de su predicación entre los gentiles (Gal 2,9). Este dato se mantiene también durante el s. II en la tradición extracanónica2.

Pero, contrariamente a esta aparente “armonía familiar”, los evangelios sinópticos, más pegados al tiempo real de Jesús, dan algunas noticias sobre el comportamiento de la familia de Jesús antes de la pascua. Y no son precisamente apologéticas. Reflejan grandes tensiones entre Jesús y sus familiares. Una relación nada armónica que va desde el escepticismo que refleja el evangelio de Juan (“es que ni siquiera sus hermanos creían en él”, Jn 7,5) hasta el conflicto, como veremos a continuación. El modo extraño de comportarse Jesús acaba rompiendo la armonía de la familia que llega a pensar que padece “trastorno mental”. Y, para salvar ante el pueblo su reputación, la familia se siente en la obligación de recluirlo.

La escena que cuenta Marcos Mc 3, 21-31, seguido de Mateo y de Lucas, es paradigmática. Jesús está en casa de Pedro y una multitud, descontenta con el sistema (“no podían ni comer”) se apiña a su entorno. Pero “al enterarse los suyos se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio… Llegó su madre con sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar”.

La fama de la familia, en especial de María, su madre, está en entredicho. “El hijo sensato, como rezaba el refrán popular, es alegría del padre, pero el hijo necio es pena para la madre” (Prov 10,1). En una sociedad agraria como aquella, el reconocimiento de la madre está en el número y valía de hijos varones; pero el fracaso de estos acarrea también el fracaso de la madre. Por esta razón han venido su madre y sus hermanos para retornarlo a la cordura familiar.

Entre la multitud, sentada en semicírculos a los pies de Jesús, alguien le pasa el aviso: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera”. Ni siquiera entran para no hacerse cómplices de sus extravíos. Sin inmutarse, Jesús reacciona con una pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” A nadie, y menos a su madre, le podía dejar buen estómago esta respuesta. Si no fuera por la aclaración que, después de observar la reacción del auditorio, él mismo hace, cabría pensar en una grave desconsideración con su familia y hasta de una humillación pública de su madre. Pero no parece ser esa la intención de Jesús. En su respuesta deja claro que lo que más profundamente vincula a los seres humanos no es el origen, sino la participación en el mismo proyecto. “Mi madre y mis hermanos, dice, son quienes se ponen en camino para hacer lo que Dios anhela”. La participación en el Reino de Dios, viene a decir, no se funda tanto en la sangre o la carne, representada allí por su madre, cuanto en el proyecto de fraternidad que constituye a la gente por igual en hermanos y hermanas.

Reforzando esta escena emblemática de la casa de Pedro —pero ahora sin la presencia de los familiares directos— está esta otra que narra exclusivamente Lucas en 11, 27-28. Para todo el mundo es notorio que el establishment judío no soporta de buen grado la transformación física y mental de la gente que sigue y oye los discursos de Jesús. El poder oficial le acusa de magia por la terapia que practica y le exige señales del cielo para acreditar el origen divino de sus poderes. En estas, una mujer que lo viene siguiendo y conoce perfectamente el bienestar y la esperanza que infunde en las masas, grita mirando a Jesús y contra la ceguera de los dirigentes: “dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús no la desmiente, pero aclara en seguida que la dicha, aun de esa madre afortunada, no está tanto en la vinculación natural con él, sino en la fidelidad de ambos al proyecto global de Dios: “Dichosos, mejor, los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen”.

Mantener estos datos conflictivos, contra la poderosísima tendencia de esa primera época cristiana a convertir a Jesús en leyenda y objeto de culto es, a juicio de Gerd Theissen, profesor de Nuevo testamento en Heidelberg, un buen indicio de su historicidad3.

2. Apuntando directamente a las causas

El extraño comportamiento de Jesús con su madre y sus hermanos apunta directamente a las causas: su modelo de familia, como luego veremos, no coincide con el que ellos representan. El de Jesús es justamente la alternativa a la familia patriarcal. Frente a la dependencia y sumisión de la primera, Jesús apuesta abiertamente por la autonomía y la igualdad en las funciones y en los sexos. Veamos algunos ejemplos paradigmáticos:

. El referente a la paz y la espada, en Lc 12 51-53: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino división. Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra”. La decisión a favor o en contra de Jesús está causando, en las comunidades de Lucas, una división profunda en el seno de las familias. No hay paz, sino guerra porque, en el fondo, se están enfrentando dos proyectos alternativos, el de la verticalidad patriarcal y el de horizontalidad del proyecto de Jesús. Y todo esto se manifiesta tanto en el conflicto generacional que enfrenta a los hijos con los padres como en el conflicto de género que rompe la dependencia de las mujeres frente a los varones.4

. Odiar a la propia familia (Lc 14, 26). La expresión, para nuestra sensibilidad, resulta hiriente. No nos está permitido odiar a nadie y menos a la propia familia. Tampoco, así como suena, encaja bien en el pensamiento real de Jesús. Este aparece más certeramente expresado en este dicho a propósito de los enemigos: “Os han enseñado que se mandó: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 43). Los paralelismos con otros lugares del Antiguo y Nuevo Testamento han inclinado a los exégetas a traducir el verbo griego “miseo” (odiar) por “amar menos” o “amar más” (como en Mt 10,37). Las nuevas Biblias castellanas5 entienden adecuadamente la opción alternativa por el seguimiento de Jesús al traducir este semitismo por “preferir”: ”Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre…”. Superado este semitismo, estamos, como en el dicho anterior sobre la paz y la espada, ante la doble ruptura generacional y de género. Ante el peligro de convertir la familia en gueto privilegiado y clasista, excluyente de los extraños y frecuente foco de egoísmo colectivo y posesivo, Jesús ofrece un proyecto de familia abierta, levantada sobre la gratuidad y la universalidad6.

. El divorcio o la igualdad del hombre y la mujer (Mc 10, 11; Mt 19, 8; Lc 16,18). Los tres evangelios sinópticos reflejan este dicho de Jesús. Pero, mientras Marcos lo acomoda a la mentalidad grecorromana, más liberal, Lucas se mantiene más pegado a la tradición androcéntrica judía: “Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada comete adulterio”. Como afirma Dominic Crossan7, Jesús no se opone directamente al divorcio, sino a la legislación judía que lo convierte en privilegio exclusivo del varón. En este contexto jurídico, contra el que Jesús reacciona, se rompe el proyecto ideal del Génesis 2, 24 que apunta a la constitución, desde el amor, de un solo ser sin sometimientos ni dominios en la pareja. La ley judía está siendo injusta porque deshumaniza a la mujer y a toda la familia sometiéndolos al capricho y dominio del patriarca. El conflicto, una vez más, surge entre la igualdad que propugna el Reino y el sometimiento que vige en la familia patriarcal, reflejo, a su vez, del dominio de la clase dominante sobre el pueblo.

3. La alternativa de Jesús o la familia Dei

Chris-Calvey-as-Jesus-Approving-of-GaysEl tipo de familia que propone Jesús es en definitiva una respuesta crítica y, a la vez, una propuesta alternativa al modelo patriarcal vigente. Surge como reacción espontánea a la provocación ética que está generando la realidad sociopolítica y religiosa de la Galilea de su tiempo. Una realidad impuesta desde el poder que está dejando fuera de las instituciones oficiales a mucha gente. No podía ser nunca bueno un sistema que ignora y excluye a la mayoría social. Y la familia androcéntrica y patriarcal, que reproduce en el espacio doméstico este mismo desajuste social, es, por este motivo, rechazable. La alternativa de Jesús apuesta por una forma de articulación social que, invirtiendo el (des)orden establecido por las instituciones oficiales del imperio y del templo, comienza desde abajo, desde las víctimas que estas mismas instituciones están creando. Su propuesta o tipo de familia que Jesús propone y pone él mismo en marcha se concentra en lo que él mismo consideraba la familia Dei8. En esquema, se reduce a las dos claves siguientes:

Frente a la familia patriarcal fundada sobre la propiedad de los bienes y de las personas que se convierte en un sistema cerrado, excluyente, y frecuentemente posesivo, el nuevo proyecto se levanta sobre la sociabilidad y la gratuidad de los bienes y las personas, abierto a la inclusión y la universalidad. Y frente a la verticalidad que se impone desde arriba y reproduce el viejo (des)orden de autarquía y sumisión, Jesús propone un nuevo tipo desde abajo que se levanta desde la autonomía e igualdad de todos los miembros. Al poder monárquico y absoluto de la figura del padre que todo lo somete y domina se opone la toma de conciencia de la igual dignidad desde la que todas y todos son hermanos: “vosotros, en cambio, no llaméis a nadie “padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro “Padre”: el del cielo” (Mt 23, 9).

De entre la multitud de gente que lo seguía, algunas personas se comprometen con el nuevo modelo. Provienen desde distintas situaciones. Un colectivo amplio lo constituyen los que nada tienen, víctimas del sistema; otros lo hacen por vocación.

El primer grupo lo constituyen los que Holl calificó de “malas compañías”, es decir, los pobres y mendigos, los sin hogar y sin tierra, desarraigados y siempre en camino. Entre los segundos se cuentan los que, por opción, han dejado casa, hacienda o familia. Unos y otros van creando en torno a Jesús círculos de pertenencia de forma espontánea., desde los “meros oidores de su palabra” y los discípulos y discípulas que lo siguen de forma itinerante entre las aldeas hasta los mismos labradores que ponen su casa y sus bienes a disposición de los que anuncia un nuevo estilo de vida, el del Reino de Dios.

Una reflexión final

Pretender trasladar la realidad de hoy al evangelio y querer descubrir en él la presencia explícita de todos y cada uno de los tipos de convivencia que hoy se dan, es, quizás, demasiado artificial. Pero tampoco sería correcto dejar tanta vida fuera del evangelio.

Hay, a mi modo de ver, dos instancias desde las que todos estos tipos de familia entran por la puerta grande en la nueva Familia de Jesús o Familia Dei: desde la situación de exclusión, rechazo y marginación de la que—si no jurídicamente en algunos países— están siendo objeto sociopolítica y religioso-culturalmente en la “buena sociedad” y en las viejas iglesias. Son ellos hoy aquellas “malas compañías” de las que quiso rodearse Jesús en su día. Esto en primer lugar. Y, luego, desde el principio del amor, omnipresente en todos los rincones de los evangelios9. También hoy se puede oír la propuesta de Jesús: “amadlos como yo los he amado”.

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Los cristianos no tienen templos ni celebran sacrificios

viernes, 21 de agosto de 2015
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the-last-supper-sarah-jenkinsDe Reflexión y Liberación:

 El espíritu está en la asamblea, no en la cabeza aislada. En la Iglesia no hay poder sino misión….
(José Ruiz de Galarreta, SJ).

La Cena del Señor, la Fracción del Pan, no nace en el templo sino en la Sinagoga. La Sinagoga Cristiana toma la estructura de la Judía, pero la modifica y la completa.

Su local no es el Templo, ni la preside un sacerdote (ni un doctor); en ella no se celebran sacrificios sino que se lee la palabra y se hace oración. La modifica, porque la palabra del AT se ve sustituida por los hechos y dichos de Jesús, no narrados y explicados por sabios doctores sino por los Testigos; y los participantes ponen en común lo que el Espíritu da a cada uno (profetas). La completa, porque termina con la Fracción del Pan, que no tiene precedente en el AT. En esa reunión no hay sacerdotes, ni aparece alguien que por oficio la presida, ni aparece por ninguna parte que se ofrezca un sacrificio, ni se nombre la palabra altar.

Nuestra pregunta tendrá que ser, necesariamente, ¿de dónde ha salido la interpretación sacrificial de la Eucaristía, llamada “el santo sacrificio de la Misa”, con todos sus ritos, su clericalización y la mera “asistencia y participación” de los “laicos”?

Esteban, hace un virulento ataque contra el Templo: “no se pueden hacer casas en el Altísimo”. Los primeros seguidores de Jesús no tienen Templos, lugares de presencia de Dios y de adoración. Pero más tarde fueron surgiendo. ¿Es un retorno al Antiguo Testamento, una traición a Jesús? La magnificencia de los templos cristianos ¿tiene que ver con Jesús o más bien con el Templo de Jerusalén?

Aquí llegamos a la conjunción de varias líneas que ya hemos tratado: el aumento del número, la progresiva crecimiento de la clase clerical, el cambio de teología, de banquete a sacrificio, la posesión de riquezas y la concepción de los templos como esplendorosos monumentos a la gloria de Dios, son un peligro mortal para la Cena del Señor.

Recordemos: Dios no necesita nada, solo que cuidemos de sus hijos. Todo el dinero que tenga la Iglesia es para los pobres. Sólo cuando nadie en el mundo padezca ninguna necesidad podremos dedicar dinero a la gloria de Dios.

El espíritu está en la asamblea, no en la cabeza aislada. En la Iglesia no hay poder sino misión. Hemos comprobado que, invariablemente, las decisiones importantes se toman en la asamblea, que aparece siempre como órgano supremo a la hora de decidir, aun cuando estén presentes los apóstoles y el mismo Pedro.

Esto sucede desde el principio, con la elección de Matías, hasta el final, con el que llamamos “Concilio de Jerusalén”, a cuyas autoridades se someten Pedro y Pablo, con reticencias de los de Santiago.

¿Cómo se tomarán las decisiones importantes en el futuro? El modo asambleario fue declinando, dejando paso al modo monárquico. ¿Cuándo comenzó esta sustitución? ¿Se parece algo este modo asambleario original al modo actual de ejercerse la autoridad del Papa, de los obispos y de los Concilios?

La función de los Doce, y muy especialmente de Pedro: “Nosotros nos dedicaremos a la oración y a la Palabra”, dejando la administración a otras, elegidas por la comunidad. Los Doce, y más tarde los apóstoles, tienen la misión de la Palabra, para cumplir la cual les es necesaria la oración. Eso les da autoridad, pero nunca aparece esta autoridad como un poder ni lejanamente semejante a poderes civiles, ni menos aún militares o económicos. El caso de Pedro es llamativo:

– toma iniciativas aceptadas por todos (elección de Matías (1,12);
– propone a la comunidad y a ésta le parece bien (ibid.);
– es enviado por la comunidad, junto con Juan, a la evangelización de Samaria (8,14);
– toma por su cuenta y riesgo de decisión de entrar en casa de paganos y bautizarlos (10,34);
– tiene que dar explicaciones a la comunidad de Jerusalén, cosa que hace con toda naturalidad (11, 1);
– opina, con autoridad pero sin carácter de decisión definitiva, en el “Concilio de Jerusalén” (15,7);
– recibe la reprimenda de Pablo (Gal. 2,11) “porque era digno de reprensión”.

Las formas de gobierno. Hemos comprobado que existen varias formas. La comunidad de Jerusalén parece regirse por un consejo de ancianos presididos por Santiago, “el hermano del Señor”.En otras comunidades aparecen sin más “los presbíteros”, que parecen ser también consejos de ancianos, unas veces espontáneos y otras nombrados por Pablo o algún otro apóstol. Finalmente aparecerán los epíscopos, que una veces son presidentes del consejo de ancianos y otras se presentan con autoridad más personal. De todas estas formas solamente ha subsistido en la Iglesia el episcopado, monárquico.

Tendremos que preguntarnos por qué declinaron las otras formas y también si no podrían existir hoy en la Iglesia sistemas de gobierno diferentes. Aparecen los diáconos, como encargados de temas económicos, como encargados de los aspectos físicos de la Fracción del Pan y como auxiliares de los epíscopos.

Tanto los epíscopos como presbíteros, los diáconos, y profetas son casados; más aún los textos no aparecen tolerarlo sino exigirlo. 1Tim 3,2-5: Es, pues, necesario que el epíscopo sea irresprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?

Incluso se habla de los apóstoles, y expresamente de Pedro, como “acompañados por una mujer cristiana” (1 Corintios 9,5). Solamente se habla de célibes refiriéndose a Pablo y Bernabé y no para ponerlos como modelos por su celibato sino precisamente para justificar su carácter excepcional… ¿De dónde ha salido el celibato sacerdotal obligatorio? Ha ido surgiendo más tarde en la Iglesia, puesto que no la encontramos en las primeras comunidades.

No hay más sacerdotes que los del Templo de Jerusalén. Las comunidades cristianas no tienen sacerdotes. ¿Cómo nacieron y qué significan? De todo esto se deduce algo muy claro. Todos estos modos de gobierno pueden ser convenientes o inconvenientes, eficaces o inútiles, pero nunca podrán decir que provienen de Jesús, y por tanto pueden modificarse. Pero lo sí es de Jesús, y resplandece en las primeras comunidades, es que se sienten responsables de sí mismas, que no hay división ninguna entre los que mandan y los demás, que no hay clase clerical, que nadie se siente con poderes divinos. Las formas pueden cambiar, pero si no cabían con el Espíritu de Jesús son traición y llevan al fracaso.

Las mujeres. Son muy importantes: lo fueron en la vida de Jesús y más aún en la Resurrección; son parte mayoritaria de la primera comunidad de Jerusalén y probablemente también de otras. Son citadas con mucha frecuencia en Hechos como magníficas colaboradoras, y aparecen ostentando los cargos de apóstoles, diaconisas y profetas. Incluso aparecen breves citas en que da la impresión de que es la pareja, el matrimonio, el que es sujeto de la misión.

Esto fue desapareciendo e la Iglesia. No desapareció su importancia real, pero sí toda la participación en cargos de las iglesias. ¿Cuál es la causa de su exclusión a lo largo del tiempo, y cuáles son sus reales y posibles funciones en la Iglesia hoy? Sería largo de explicarlo pero es fácil hacer una afirmación: su exclusión no viene de Jesús.

Al rechazar el sacerdocio para las mujeres se suelen aducir dos argumentos: que Jesús en la última cena ordenó sacerdote a solo varones; y que en la tradición de la Iglesia no ha habido nunca mujeres-sacerdotes. La respuesta a estos argumentos es muy sencilla: en los Hechos de Apóstoles aparece claramente que en las primeras comunidades no hubo sacerdotes, muestra evidente de que Jesús no ordenó de sacerdotes a nadie; pero en todos los servicios a la Iglesia que aparecen en esas comunidades, apóstoles, profetas, diaconisas… aparecen mujeres.

Convertíos: cambiar. El vino nuevo rompe los odres viejos. Si el Antiguo Testamento era fidelidad al pie de la letra a lo antiguo, lo formulado, inmutable, lo de Jesús va a ser muy diferente, y así se muestra en Hechos.

Las primeras comunidades no tuvieron inconveniente en cambiar: abandonaron el Templo, la circuncisión, las restricciones alimentarías, la prohibición de tratar con paganos, el modo de autoridad, la función de las mujeres…

Y se atrevieron a cambiar dos cosas que pasan desapercibidas y son radicalmente importantes: Cambiaron de idioma. Abandonaron el sagrado hebreo de las escrituras y el arameo en que se expresó a Jesús. Hablaron a la gente, tradujeron a Jesús al idioma de todo el mundo. Y es que no tenían un idioma sagrado, ni fórmulas sacras o mágicas.

En el mismo sentido, cambiaron de cultura. No hace falta ser judío, ni en idioma ni en costumbres ni en cultura para seguir a Jesús. Ni hace falta ser occidental, ni romano, ni en idioma ni en costumbres ni en cultura. Leer más…

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“Excomulgados” 1. Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa…

jueves, 20 de agosto de 2015
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20130914-214945Del blog de Xabier Pikaza:

Mientras llega el Sínodo 2 Sobre la Familia (Octubre 2015) sigue en altas esferas la batalla sobre los que deben ser admitidos a la comunión (no excomulgados). En las “bajas” esferas, parroquias e iglesias que conozco (a nos ser en algunas muy “cualificadas”) nadie pregunta al que comulga si es homosexual y si “practica”, o si está divorciado y tiene una nueva relación. El problema no es ese, el problema es si cree y si quiere creer, si está dispuesto a crear comunidad con otros seguidores de Jesús.

La cuestión se ha planteado porque el Papa Francisco ha dicho que los divorciados no son excomulgados (y que por tanto pueden comulgar), y que lo mismo piensa de los homosexuales. La cuestión, según el Papa, es si los que comulgan se identifican con el proyecto y camino de Jesús, desde la situación en que se encuentran

En ese contexto quiero empezar evocando un texto clave de la liturgia, la respuesta de los “fieles” al ofrecimiento e invitación del celebrante que dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo…”. Desde el siglo XI en ciertos lugares y desde el XVI en todas las iglesias, los que van a comulgar responden: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma quedará sana” (cf. J. Jungmann, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1953, 1060-1066).

Significativamente, esa son unas palabras que provienen de la “confesión y súplica” de un centurión pagano, de dudosa conducta, al que Jesús le dice “iré a tu casa/cuartel y curaré a tu amante/siervo enfermo”. El centurión tiene miedo de “dañar” la imagen de Jesús y le responde:

Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa (bajo mi techo),
pero di sólo una palabra y mi amante/siervo quedará sano (Mt 8, 8).

Pienso que no podían haberse escogido palabras mas adecuadas para indicar la “idoneidad” de aquel que quiere comulgar: No es mi dignidad la que me hace digno, sino la de Jesús que cura al «AMIGO» del centurión y que puede sanar también y perdonar a los comulgantes.

Ciertamente, hay diferencias en el gesto:
En el caso de centurión, Jesús cura a su siervo en cuerpo y alma, pues ambos son dignos de su Reino.
En caso del comulgante que suplica, Jesús cura “su alma”, le cura y sana, al ofrecerle su propia vida en comunión.

Desde ese fondo quiero ofrece una reflexión litúrgica y otra bíblica. Imágenes del Veronese: Domine, non sum dignus…

1. Reflexión litúrgica: El deseo de centurión pagano, la palabra de Jesús

La historia del centurión (Mt 8, 5-13), de la que he tratado alguna otra vez en este blog, es una historia de fe.

‒ Recordemos que el centurión es un ciudadano romano: un gentil, es decir, alguien que estaba excluido de las promesas que Dios había hecho a Israel, su pueblo escogido. Aun así, el centurión tenía fe en que Jesús podía sanar a su amigo/siervo.

Jesús quiere ir a casa del centurión, a pesar de que, con los criterios judíos, esta acción le dejaría impuro. Pese a ello, Jesús quiere ir a su casa… y aunque al fin no va físicamente (por respeto a la súplica del centurión) va en realidad, le acompaña y cura a su siervo/amigo.

La iglesia ha querido poner en labios de los comulgantes esta confesión (¡soy pecador!) y esta súplica (¡puedes sanar a mi amigo, me puedes sanar!) al comienzo de la comunión, pues, el celebrante retoma la palabra de Jn 1, 29 y dice, al ofrecer la eucaristía: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”.

‒ Ésta es una palabra central, que Jesús mismo asume y reinterpreta en el mismo evangelio de Mateo diciendo: “No he hallado una fe semejante en Israel (¡en la buena Iglesia!); por eso les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos “ (Mt 8,11-13).

‒ De esa manera, la liturgia nos invita a tener la misma fe, la misma convicción que el centurión romano tuvo en el poder sanador de Jesús…, una fe que muchos hoy, en la Iglesia del siglo XXI, que va quedando vacía de fieles antiguos no tienen (o no tenemos). En realidad, ninguno de nosotros somos dignos de la Eucaristía, pero el gesto del centurión homosexual romano y la respuesta de Jesús nos invitan a compartir la Cena del Señor, iniciando así un camino de transformación y reconciliación mesiánica

(He retomado y recreado parcialmente, introduciendo motivos nuevos que quizá el autor, D. Todd Williamson, no aprobaría del todo: http://www.pastoralliturgy.org/resources/1201ReproRsrcSP.pdf)

2. Reflexión bíblica. El centurión de Cafarnaúm y su siervo/amante (8, 5-13)

He presentado alguna vez este pasaje en mi blog, pero repito el tema de nuevo, para aquellos que quizá no lo haya leído. El centurión del puesto militara de Cafarnaúm tiene un siervo/amante enfermo (paralítico) y con grandes dolores, encerrado en “la casa/cuarten” (Mt 8,6)) y pide a Jesús que le cure. Viene el mismo centurión, porque su siervo/amante no puede venir, viene como autoridad “militar”, pero reconoce el poder “superior” (humano, religioso) de Jesús.

Es un pagano (como indicará el texto que sigue) y además, no se siente digno de que Jesús entre en su “casa” (bajo mi techo, 8, 8), porque es un militar de “ocupación” y porque su conducta “moral” no parece clara; es como el leproso, al que no se “debía” tocar, porque manchaba (en el milagro anterior: Mt 8, 1-4). Desde ese fondo se entiende esta escena que ha sido elaborada por la tradición en un contexto de apertura eclesial a los paganos, aunque en su fondo hay un relato antiguo (transmitido al menos por el Q; cf. Lc 7, 1-10; Jn 4, 46b-54).

Este centurión no se considera digno de que Jesús entre en su “cuartel”, no por un tipo de humildad intimista, sino por un realismo fuerte y consecuente de soldado, que puede conquistar el mundo con las armas, pero que sufre por la enfermedad de su siervo/amante, y no quiere crear problemas a Jesús, haciéndole entrar en su casa (pues ello le enfrentaría con los puristas judíos de la zona).

Pues bien, este Jesús de Mateo no ha satanizado a los soldados, ni ha querido combatirlos con las armas, sino que ha descubierto en ellos un tipo de fe que no se expresa en la victoria militar, sino en la curación del amigo enfermo. Está dispuesto a entrar en su casa, pero entiende y atiende la razón del centurión y no lo hace, curando al “enfermo” desde lejos:

Mt 8,5 Cuando él (Jesús) entraba en Cafarnaúm, salió a su encuentro un centurión, que le rogaba diciendo: «Señor, mi siervo/amante (pais) está postrado en casa, paralítico, gravemente afligido». 6Jesús le dijo:«Iré yo mismo, y le curaré».

7Pero el centurión le dijo: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi siervo sanará, 8pues también yo soy hombre de autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este «ve» y va y al otro «ven» y viene; y a mi siervo «haz esto», y lo hace».

10Al oírlo Jesús, se maravilló y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. 11Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes». 13Entonces Jesús dijo al centurión: «Vete, y que se haga según tu fe». Y su amante quedó sano en aquella misma hora (Mt 8, 5-13).

Es un soldado con problemas, un profesional del orden y obediencia, en el plano civil y militar, un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Es capaz de dirigir en la batalla a los soldados, decidiendo así sobre la vida y la muerte de los hombres. Pero, en otro nivel, es un muy vulnerable, y así padece mucho por la enfermedad de su siervo/amante, y es muy respetuoso, pues no quiere crear problemas a Jesús haciéndole que entre en su casa, cosa que estaba más vista entre judíos, pues era la casa de hombres impuros.

Desde ese fondo es preciso que nos detengamos y preguntemos sobre la identidad del siervo/amante del centurión, a quien el texto griego llama país mou (8, 6). En principio, esa palabra (pais) puede tener tres sentidos: siervo, hijo y también amante (casi siempre joven), y en ese último sentido ella puede resultar escandalosa.

‒ El texto paralelo de Jn 4, 46b evita el escándalo y pone huios (hijo), en vez de pais; pero con ello tiene que cambiar toda la escena, porque los soldados no solían vivir con la familia ni cuidar sus hijos hasta después de licenciarse; por eso, convierte al centurión en miembro de la corte real de Herodes (un basilikós).

‒ También Lc 7, 2 quiere eludir las complicaciones y presenta a ese pais de Mateo como doulos, es decir, como un simple criado, al servicio de centurión. Con eso ha resuelto un problema, pero ha creado otro: ¿Es verosímil que un soldado quiera tanto a su criado?

‒ Por su parte, el texto de Mateo distingue cuidadosamente los matices, en este mismo pasaje: al enfermo amigo del centurión le llama país (8, 5-8), mientras al criado o soldado subordinado estrictamente dicho le llama doulos (8,9).

Por eso preferimos mantener la traducción más obvia de pais dentro de su contexto militar. En principio, el centurión podría ser judío, pues está al servicio de Herodes, en el puesto de frontera de su reino o tetrarquía (Cafarnaúm). Pero el conjunto del texto le presenta como un pagano que cree en el poder sanador de Jesús, sin necesidad de convertirse al judaísmo (o cristianismo), y Jesús le pone después como ejemplo de todos los paganos que vendrán a compartir el Reino de Dios, mientras los israelitas quedarán fuera (8, 11-12).

Pues bien, como era costumbre en los cuarteles de aquel tiempo (donde los soldados no podían convivir con una esposa, ni tener familia propia), este pasaje supone que aquel oficial (centurión) tenía un criado-amante, presumiblemente más joven, que le servía de asistente y pareja sexual. Este es el sentido más verosímil de la palabra pais de Mt 8,6 en el contexto de la escena, pues no se trata, como he dicho, de un doulos/siervo (palabra que aparece en sentido propio en 8, 9). Ciertamente, en teoría, podría ser un hijo (Jn 4, 46) o criado (7, 2) del centurión, pero es mucho más verosímil suponer que ha sido un amante homosexual (como han sentido Jn y Lc cambiando la palabra país).

En ese contexto, Mateo no presenta a Jesús como alguien que está preocupado por problemas morales de este tipo, sino como un mesías capaz de comprender las debilidades y enfermedades de los hombres, empezando por los soldados de ocupación, que con frecuencia eran homosexuales (al menos durante el servicio en un cuartal o campamento). De esa forma sabe él escuchar al soldado que le pide por su amante y se dispone a venir hasta su casa-cuartel (¡bajo su techo!), para ayudarle. Así lo supone Mateo, pero el oficial no quiere que se arriesgue, pues ello podría causarle problemas: no estaba bien visto entrar bajo el techo del cuartel/campamento de un ejército, no sólo porque era un lugar odiado, sino porque se pensaba que era escenario de una conducta moral “escandalosa”.

Por eso, el centurión pide a Jesús que no entre en su casa: le basta con que diga una palabra, pues él sabe lo que vale la palabra de un hombre de “poder”, como es él mismo, que manda a sus soldados y siervos, o como es Jesús que es capaz de mandar sobre la enfermedad desde la distancia, sin necesidad de tocar al enfermo, como en el caso del leproso (8, 3). Jesús respeta las razones del soldado, acepta su fe y le ofrece su palabra, al servicio de su país homosexual, penetrando de esa forma en la intimidad afectiva de un soldado homosexual, a quien admira por su fe y a quien ayuda a creer (8, 8-10).

Este es un milagro que nos introduce en la profundidad del mundo pagano, con su gran fractura interna, situándonos así ante un centurión con su siervo/amante enfermo. Más adelante encontraremos otro milagro semejante, el de la madre cananea/pagana, con su hija enferma (15, 21-28). En ambos casos destaca Mateo la “la fe”, que vincula a judíos con paganos, hombres y/o mujeres, en una línea de Pablo ha explorado con gran profundidad, en otro contexto (especialmente en Gal y Rom).

La fe del centurión comienza siendo una confianza en el poder de Jesús que hace milagros, tomándole así como una especie un santón judío. Pero, mirada en su radicalidad, esta es una fe que se muestra como expresión y anciticpo del reino que se acerca. «No he encontrado en Israel fe semejante» (8, 10)… Por eso de oriente y occidente, vendrán de todas partes a sentarse en el banquete de las bodas, mientras los hijos (los judíos) quedarán fuera, en las tinieblas exteriores.

Tal es el sentido del milagro del centurión y de su amante enfermo. Lo importante no es el hecho externo, certificar que el siervo (amante) del centurión quedó curado, sino lo que ese hecho significa, lo que transmite desde su trasfondo. En el espejo de este hecho se refleja el gran misterio de Dios que por su Cristo llama a todos, y lo hace de tal forma que su misma llamada a los gentiles (¡que vengan todos!) es de algún modo la razón o causa de que algunos judíos “prefieran” quedar fuera.

Esta fe del centurión homosexual, signo de la Roma pagana, aparece así como principio de salvación (¡vete, que se haga cómo has creído! 8, 13) de manera que la curación de su siervo/amante viene a presentarse como signo y garantía de la llegada del reino. Ésta es una curación/perdón en el doble sentido del término. (a) Es una curación doble (la fe del centurión “cura” a su amante, de manera que ambos puedan recorrer un camino de vida en ámbito de Reino). (b) Es una curación integral, que ha de entenderse en la línea de todo el evangelio, de manera que sólo puede interpretarse a la luz del despliegue de conjunto de Mateo, que culmina en el envío de los discípulos de Jesús a todas las naciones (28, 16-20).

Fiel a su estilo narrativo, Mateo no ha sacado las “conclusiones lógicas” de este relato en clave eclesial o jurídica, sino que deja que el mismo texto hable, abriendo un espacio de fe y curación para los gentiles de oriente y occidente (no sólo de oriente, como los magos de 2,1). De esa manera, este mismo centurión que es signo del poder romano (aunque puede estar al servicio inmediato de Herodes Antipas), puede interpretarse como un compendio de todos los males del Imperio (violencia militar, homosexualidad…), siendo, al mismo tiempo, un testimonio de mayor impotencia (enfermedad del país, siervo homosexual).

En contra de lo que piensan algunos en este tiempo (año 2015), este centurión homosexual es para Jesús un hombre, un hombre capaz de “comulgar”, como seguiré destacando en nuevas postales.

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«Un arte evangélico», por Gema Juan, OCD

miércoles, 19 de agosto de 2015
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19526704498_8317c69583_mDe su blog Juntos Andemos:

La discreción de María en los evangelios es llamativa y una nota importante para la fe. Porque no solo habla de quién es la madre de Jesús, sino también de Dios, de cómo es y cómo obra. En todo caso, como decía el profesor Cothenet: «La discreción sobre el papel de María pertenece también al depósito de la fe, consignado en las Escrituras».

Esa discreción es un «detalle» de la humildad, tal como la concibe el Nuevo Testamento, donde al humilde se le descubre por su fidelidad en lo pequeño y por la alegría de saberse amado sin merecerlo. La humildad evangélica habla de acogida y no lleva cuentas del bien que hace, porque se lo atribuye a otro: a Dios.

Esa es la humildad de María, que acoge la bondad de Dios y se alegra con Él. Pensando en ella, pedía Teresa de Jesús a sus hermanas que la siguieran «en alguna cosita». Y escribía: «Parezcámonos, hijas mías, en algo a la gran humildad de la Virgen Sacratísima… Siquiera en algo, imitemos esta su humildad».

El modo de aparecer María en los evangelios evoca un personaje de Dickens, en la novela David Copperfield, el doctor Chillip, que se movía de medio lado por las habitaciones para no ocupar más espacio del necesario y así, no estorbar a nadie.

Como escribía un crítico literario actual, recordando este personaje, el arte de no molestar, de no ocupar más espacio del necesario, no tiene nada que ver con la poquedad de carácter ni con el temor sino, sencillamente, con el deseo de cuidar a los demás, de no «agredir» la existencia de los otros. Y, sobre todo, con la preocupación de no ponerse en medio sino de facilitar el paso.

María parece haber elegido estar de medio lado en los evangelios, para facilitar el acceso a Jesús, para no quitar espacio al Único, para darle paso a Él. La presencia de María es insustituible y después de Jesús, es la primera para la fe cristiana, pero gran parte de su grandeza reside en ese dar paso.

Esa es la mujer que muestran los evangelios, una mujer que aparece así porque «estaba firme en la fe» –como explicaba Teresa– y que, por ello, tuvo el mayor valor: el de reconocer y acoger en sí el don de Dios mismo.

Von Balthasar decía que «en nuestra época, es especialmente necesario ver a María tal como se presenta, no tal como nos gustaría imaginarla… para no olvidar su papel en la obra de salvación y en la Iglesia». Porque comprender la verdad de María es reconocer quién es Dios: es el que ve lo escondido, ve y aprecia lo «discreto», lo que muchas veces no cuenta a los ojos humanos. Y Dios es el que obra allí donde es recibido, del único modo que puede hacerlo: amando, es decir, bendiciendo y salvando.

Teresa reconoció en María a la mujer que fue capaz de dejarse habitar por Dios y que eligió libremente albergarlo. María es, en definitiva, la mujer que revela que la presencia de Dios no rompe lo humano sino que lo hace capaz de lo mayor. Desde aquí se pueden entender, de nuevo, las palabras de Teresa, al descubrirse habitada por Él:

«A mi parecer, si como ahora con verdad entiendo que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan gran Rey, que no le dejara tantas veces solo; alguna me estuviera con Él y más procurara que no estuviera tan sucio. Mas ¡qué cosa de tanta admiración, quien hinchera mil mundos con su grandeza, encerrarse en cosa tan pequeña! Así quiso caber en el vientre de su sacratísima Madre. Como es Señor, consigo trae la libertad, y como nos ama, hácese a nuestra medida».

A quienes no acaban de creer en este Dios o dudan de la fuerza del Espíritu, Teresa los invita a mirar a María, para aprender la mejor sabiduría, la de fiarse de Dios. Y refiriéndose especialmente a los «letrados», a quienes «quieren llevar las cosas por tanta razón y tan medidas por sus entendimientos, que no parece sino que han ellos con sus letras de comprender todas las grandezas de Dios», escribirá: «¡Si deprendiesen algo de la humildad de la Virgen sacratísima!».

Aprender algo de la humildad de María es escuchar lo que dice y comprender su modo de vivir la fe, que es hacer sitio, dar paso y facilitar, pero sin dejar de involucrarse, sin echarse atrás. Es implicarse.

A las palabras de María en el evangelio de Juan: «No tienen vino… haced lo que Él os diga», Von Balthasar añadía una pregunta: «¿No son suficientes para caracterizarla como el arquetipo de la Iglesia que toma partido por los pobres, en su misma pobreza?».

María está presente, su humildad y su discreción la hacen brillar en medio de muchas oscuridades que siguen ensombreciendo el mundo. María apunta el camino de la luz: tomar partido por Jesús y por sus preferidos.

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«La fuerza de los rituales (II)», por José Mª Castillo, teólogo

martes, 18 de agosto de 2015
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el-rostro-de-dios1De su blog Teología sin Censura:

Lo primero, lo más elemental, en el problema planteado a propósito de los rituales religiosos, es tener muy claro que no es lo mismo hablar de Dios que hablar de la religión. Dios es el fin último que podemos buscar o anhelar los mortales. La religión es el medio por el que (y con el que) intentamos acercarnos a Dios o relacionarnos con él. Por tanto, Dios no es un elemento más, un componente más (entre otros) de la religión.

Por otra parte – si intentamos llegar al fondo del problema -, Dios y la religión no se pueden situar en el mismo plano. Ni pertenecen al mismo orden o ámbito de la realidad. Porque Dios es el Absoluto. Y el Absoluto es el Trascendente. Es decir, Dios se sitúa en el orden o ámbito de la “trascendencia”. Mientras que todo lo que no es Dios (incluida la religión) es siempre una realidad que se queda “aquí abajo, o sea en el ámbito de la “inmanencia”.

Todo esto quiere decir que “ser trascendente” significa “ser inabarcable” o “ser inconmensurable”. Es decir, Dios no está a nuestro alcance. Por tanto, Dios no es una realidad “cultural”. En tanto que la religión es siempre un producto de la cultura. Otra cosa es las “representaciones” que los humanos nos hacemos de Dios. Pero eso ya no es “Dios en Sí”, sino nuestra manera (culturalmente condicionada) de representarnos al Trascendente.

Hecha esta disquisición, que me parece indispensable, tocamos ya las cuestiones que nos interesan más directamente en esta reflexión. Ante todo, es importante saber que, en la larga historia y prehistoria de la religión, lo primero no fue el conocimiento y la experiencia de Dios, sino la práctica de rituales de sacrificio (así, por lo menos, desde E. O. Wilson, incluso ya antes Karl Meuli). De forma que abundan los paleontólogos que defienden que, desde el paleolítico superior, hay huellas claras de este tipo de prácticas rituales (W. Burkert, H. Kühn, P. W. Scmidt, A. Vorbichler).

Si bien hay quienes piensan que los rituales religiosos relacionados con la muerte se inician a partir del mesolítico (Ina Wunn). En todo caso, se acepta la convicción que ya propuso G. Van der Leeuw: “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (K. Lorenz, W. Burkert). Lo que es comprensible, si tenemos en cuenta que Dios nos trasciende y no está a nuestro alcance, como lo están los rituales religiosos.

Así las cosas, es un hecho que los rituales religiosos, en sus más variadas formas, están más presentes en cada ser humano, ya desde la infancia, que la claridad y la profundidad en la relación con Dios. Dicho más claramente, creo que no es ninguna exageración afirmar que, tanto en los individuos como en la sociedad, están más presentes los rituales y sus observancias que Dios y sus exigencias.

O sea, en la vida de muchos (muchísimos) creyentes, están muy presentes los rituales religiosos y la observancia de los mismos. Mientras que la firmeza, la cercanía y la fiel escucha de Dios es un asunto que son también muchos (muchísimos) los creyentes que no tienen eso resuelto debidamente. Lo que lleva consigo, entre otras cosas, una consecuencia de enorme importancia. Una consecuencia que consiste en que, con demasiada frecuencia, en la conducta de muchas personas se divorcian la observancia de los ritos sagrados, por una parte, y la fidelidad a la honestidad, la honradez y la bondad ética, por otra parte.

Y entonces, nos encontramos con un hecho que lamentamos muchas veces. Me refiero al hecho de tantas personas que son fielmente observantes y religiosas, pero al mismo tiempo son personas que dejan mucho que desear en su conducta ética.

¿Cómo se explica esto? El comportamiento religioso consiste en la fidelidad a la observancia de los rituales sagrados. Pero ocurre que los ritos son acciones que, debido al rigor de la observancia de las normas, se constituyen en un fin en sí (G. Theissen, B. Lang, W. Turner). Y, entonces, lo que ocurre es que el fiel observante del ritual se tranquiliza en su conciencia, se siente en paz consigo mismo, se libera de posibles sentimientos de culpa o de miedos que adentran sus raíces en el inconsciente, al tiempo que la conducta ética, con sus incómodas exigencias queda desplazada.

Y el sujeto se siente en paz con su conciencia, con sus semejantes y con Dios. En lo que he intentado explicar aquí, radica (según creo) la clave para comprender el conflicto de Jesús con los hombres más religiosos y observantes de su tiempo. Es notable que, por lo que narran los relatos evangélicos, Jesús no tuvo enfrentamientos ni con los romanos, ni con los pecadores, los samaritanos, los extranjeros, etc. Los conflictos de Jesús se produjeron precisamente con los más fieles cumplidores de la religión: sumos sacerdotes, maestros de la Ley y fariseos.

¿Por qué precisamente con estas personas y no con los alejados de la religión y sus rituales? Jesús fue un hombre profundamente religioso. Pero Jesús vio el peligro que entraña la fiel observancia de los ritos de la religión. ¿Qué quiere decir esto? Jesús no rechazó el culto religioso. Lo que Jesús hizo fue desplazar el centro de la religión. Ese centro no está ni en el templo y sus ceremonias, ni en lo sagrado y sus rituales.

El centro de la experiencia religiosa, para Jesús, está en hacer lo que hizo el mismo Dios, que se “encarnó” en Jesús. Es decir, Dios se humanizó en Jesús. Dios está presente en cada ser humano, sea quien sea, piense como piense, viva como viva. Sólo reconociendo esta realidad sorprendente y viviéndola, como la vivió el propio Jesús, sólo así estaremos en el camino que nos lleva al centro mismo de la religiosidad que vivió y enseñó Jesús.

¿En qué consiste, entonces, el culto a Dios? La carta a los hebreos lo dice con tanta claridad como firmeza: “No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios” (Heb 13, 16). Que no es sino la fórmula tajante que plantea el autor de la carta de Santiago: “Religión pura y sin tacha a los ojos de Dios Padre, es ésta: mirar por los huérfanos y las viudas en sus apuros y no dejarse contaminar por el mundo (Heb 1, 27).

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«La fuerza de los rituales religiosos», por José Mª Castillo, teólogo

lunes, 17 de agosto de 2015
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ritualDe su blog Teología sin Censura:

Es un hecho que Jesús instituyó la eucaristía en una cena. Y es también un hecho que los cristianos celebramos la eucaristía en una misa. Una cena es una experiencia humana. Una misa es un ritual religioso. Lo que nos está diciendo, en un asunto tan central como éste, que – en el cristianismo, al menos, y sin duda alguna -, cuando está en juego nuestra relación con Dios, los rituales religiosos han tenido (y siguen teniendo) más fuerza que la experiencia humana, incluso cuando se trata de una experiencia tan importante como es la experiencia de comer y beber. Comer y beber compartiendo mesa y mantel con quienes decimos que son nuestros “hermanos”. Esto no es una teoría. Es un hecho.

¿Por qué, en un asunto que es capital para personas creyentes, los rituales religiosos se superponen a la experiencia humana y son más determinantes que lo humano, incluso más decisivos que la vida misma, en tantos casos y en tantos asuntos que son fundamentales para la felicidad o la desgracia de muchas personas? Y conste que, al hacer esta pregunta, no estamos imaginando situaciones extravagantes ni sucesos poco frecuentes. Nada de eso. Esta cuestión se refiere a cosas tan normales y tan presentes en la vida de cualquiera, que, si empezamos por los evangelios, los constantes conflictos, que tuvo Jesús con los dirigentes religiosos de su tiempo, se referían casi todo ellos, de una forma o de otra, precisamente a este problema. Si curaba a los enfermos en sábado, si comía con gente de mala fama, si dejaba de observar los ayunos que imponía la religión, si no practicaba los rituales purificatorios antes de las comidas, si no mantenía la debida compostura y respeto en el templo, en definitiva, en todos estos casos nos encontramos siempre con el mismo asunto. Un asunto que Jesús formuló en la tremenda pregunta que hizo cuando, un sábado, curó a un manco en la sinagoga: ¿Qué está permitido en sábado, hacer bien o hacer daño, salvar una vida o matar? (Mc 3, 4). O sea, ¿qué es lo primero: someterse al ritual del sábado o hacer feliz la vida de un enfermo? En definitiva, ¿lo más importante es el ritual religioso o la experiencia humana?

Y no pensemos que este tipo de historias se presentaron en la vida de Jesús y, con Jesús, se acabaron tales historias. Todo lo contrario. Con el paso del tiempo, el problema se fue agigantando. Entre otras cosas, porque sabemos que este asunto está presente en todos los rincones del mundo. Donde hay religión y, con ella, hay dirigentes religiosos, allí está el problema. En la historia del cristianismo, el desastre ha sido brutal. Desde las guerras de religión, las cruzadas y la inquisición, pasando por el colonialismo y acabando con el integrismo de los fundamentalistas, católicos o herejes, cristianos o musulmanes, a fin de cuentas lo mismo da. Además, el mismo problema está presente todos los días y por todas partes: en los matrimonios divorciados que no pueden acercarse a comulgar, en los homosexuales que se ven despreciados hasta en su propia casa, en los matrimonios rotos, en los amores imposibles, en la vida sexual de tantas gentes, ¿qué sé yo?

Esto es una historia interminable. Y siempre tropezamos en la misma piedra. La piedra de algún extraño ritual religioso, que, en el fondo, lo que nos está recordando es que, por encima de lo humano, hay algo que es más fuerte que lo humano, y a lo que lo humano – nos guste o no nos guste – se tiene que someter siempre. Y si no te sometes, te atienes a las consecuencias. Unas veces, porque tendrás que arrastrar, durante toda tu vida, el pesado lastre de la mala conciencia. Otras veces, porque te verás rechazado por la familia, los amigos, la sociedad…. Y en otros casos, porque, a fuerza de pasarlo mal, terminarás siendo carne de confesionario o del despacho de un psiquiatra, teniendo además (tantas veces) que ocultar celosamente en el armario lo que resulta socialmente impresentable.

¿Hay derecho a que la vida sea así? ¿Es tolerable que, por estas cosas, nos llevemos frecuentemente como perros y gatos, teniendo que ocultar en nuestra intimidad secreta muchas cosas que nos hacen sufrir inútilmente y sin pies ni cabeza?

Y como es lógico, siempre acabamos en lo mismo: si Dios es Dios, ¿cómo permite estas cosas? ¿cómo puede querer estas cosas? ¿cómo y por qué no hace aguantar estas cosas?

Seguiré con el tema. Pero, antes de seguir con este desagradable asunto, sólo un par de preguntas: ¿Es Dios el que quiere, provoca o permite todo este asombroso embrollo de oscuridades, miedos y tormentos? Y si no es Dios, ¿son sus representantes en la tierra (curas y rabinos, imanes y bonzos, chamanes y profetas…) los que lo provocan porque les conviene?

Continuaremos con el tema.

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«Lo decisivo es tener hambre». 20 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,51-58)

domingo, 16 de agosto de 2015
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20-852856El evangelista Juan utiliza un lenguaje muy fuerte para insistir en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo. Solo así experimentaremos en nosotros su propia vida. Según él, es necesario comer a Jesús: «El que me come, vivirá por mí».

El lenguaje adquiere un carácter todavía más agresivo cuando dice que hay que comer la carne de Jesús y beber su sangre. El texto es rotundo. «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

Este lenguaje ya no produce impacto alguno entre los cristianos. Habituados a escucharlo desde niños, tendemos a pensar en lo que venimos haciendo desde la primera comunión. Todos conocemos la doctrina aprendida en el catecismo: en el momento de comulgar, Cristo se hace presente en nosotros por la gracia del sacramento de la eucaristía.

Por desgracia, todo puede quedar más de una vez en doctrina pensada y aceptada piadosamente. Pero, con frecuencia, nos falta la experiencia de incorporar a Cristo a nuestra vida concreta. No sabemos cómo abrirnos a él para que nutra con su Espíritu nuestra vida y la vaya haciendo más humana y más evangélica.

Comer a Cristo es mucho más que adelantarnos distraídamente a cumplir el rito sacramental de recibir el pan consagrado. Comulgar con Cristo exige un acto de fe y apertura de especial intensidad, que se puede vivir sobre todo en el momento de la comunión sacramental, pero también en otras experiencias de contacto vital con Jesús.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar desde lo más profundo encontrarnos con él. Abrirnos a su verdad para que nos marque con su Espíritu y potencie lo mejor que hay en nosotros. Dejarle que ilumine y transforme zonas de nuestra vida que están todavía sin evangelizar.

Entonces, alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio; interiorizar sus actitudes más básicas y esenciales; encender en nosotros el instinto de vivir como él; despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores para hacer de él el centro de nuestra vida. Sin cristianos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio.

José Antonio Pagola

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«Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida». Domingo 16 de agosto de 2015. Domingo 20º ordinario

domingo, 16 de agosto de 2015
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46-ordinarioB20 cerezoDe Koinonia:

Proverbios 9,1-6: Comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado:
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Efesios 5,15-20: Daos cuenta de lo que el Señor quiere.
Juan 6,51-58: Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

Esta primera lectura de hoy es como un anuncio de lo que Jesús, sabiduría del Padre, va a decir en el evangelio que leemos en este domingo. Jesús, Sabiduría encarnada, ha preparado para nosotros su banquete, ha mezclado el vino, y ha puesto la mesa eucarística, y despacha a sus evangelizadores a todos los sitios a invitar a las gentes a su Eucaristía. Y nos sigue diciendo a todos nosotros: «vengan a comer mi pan». El pan y el vino que la sabiduría ofrece, son el pan y el vino que nos ofrece Jesucristo, Sabiduría eterna, son su Cuerpo y su Sangre. En estos pocos renglones es fácil descubrir la figura de Cristo. La Sabiduría es figura y representación del Hijo de Dios. En el evangelio de San Mateo (22,4) se leen unas palabras de Jesús muy parecidas a estas: «»vengan, que mi banquete está preparado». Este banquete es para todos, para sabios e ignorantes, para prudentes e imprudentes. Es lo que dirá San Bernardo: «si eres imprudente, acércate al que es Fuente de toda Sabiduría, y El te dará la prudencia que necesitas». Para algunos parece que la vida no nos hubiera enseñado nada. Como que no somos capaces de sacar lecciones de nuestras amargas experiencias. No saber sacar lecciones provechosas de las experiencias de la vida es la «inexperiencia». La lectura de hoy nos invita a dejar la inexperiencia y a adquirir la «prudencia», que es la virtud por medio de la cual cuando tenemos que escoger entre dos cosas, escogemos la que mejor nos aproveche para nuestra vida. Los entendidos dicen que por inexperiencia se entiende aquí el no saber gobernar y dirigir la propia vida.

En la segunda lectura de hoy encontraremos una frase muy parecida a esta que acabamos de comentar en el libro de los Proverbios, cuando la carta a los Efesios nos invita a no ser insensatos, sino sensatos. Este texto distingue tres exhortaciones. La primera se concreta en una doble llamada a aguzar la inteligencia para orientar la propia vida como corresponde al momento especial que se está viviendo y que, por el hecho mismo de poder vivirlo es de suyo el mejor. Lo que debe preocupar al cristiano es en realidad saber en cada momento, y en medio de la maldad dominante, qué es lo que Dios quiere realmente de él. La segunda exhortación es concreta: no emborracharse. Refleja las llamadas de los sabios a tener cuidado con el vino, pero también puede ser que se piense en los cultos paganos a Dionisios, donde el vino era el medio para unirse más estrechamente a la divinidad. Por último, la exhortación es a la alabanza, que el creyente debe dirigir siempre a Dios Padre en nombre del Hijo y a impulsos del Espíritu, y con sentimientos de gratitud por todos sus dones.

Juan desarrolla el tema de la «incomprensión» para adentrarnos de forma didáctica en el conflicto entre los practicantes de la religión judía y los cristianos. La eucaristía desató sospechas entre israelitas, romanos y griegos. No podían entender como una comunidad de creyentes podían celebrar con gozo y entusiasmo la muerte de su Señor y Maestro. Sin embargo, lo que en realidad no entendían era el misterio pascual. Jesús había resucitado, superando el cerco de una muerte violenta e injusta, y ahora vivía en medio de sus seguidores. Él se había convertido en principio de vida para aquellos que yacían inermes bajo la opresión de una religión agobiada por un sinnúmero de preceptos o por una religión que adoraba al déspota de turno. La presencia de Jesús liberaba a sus seguidores del caos informe de religiones mistéricas que abundaban en el mundo antiguo y de las rígidas disposiciones de una religión étnica.

Jesús era el pan vivo, bajado del cielo, para alimentar a una muchedumbre que añoraba una vida de paz y plenitud. Para ellos la verdad no residía en un sistema abstracto de proposiciones o en la adecuación lógica de la ideología a la realidad. Para ellos la verdad era una praxis de vida que transformaba al ser humano y lo habilitaba para vivir en comunión con sus congéneres y con el universo.

Hace unos meses, José Antonio Pagola, reconocido especialista en cristología, se publicaba estas reflexiones en torno a la eucaristía:

Los estudios sociológicos lo destacan con datos contundentes: los cristianos de nuestras iglesias occidentales están abandonando la misa dominical. La celebración, tal como ha quedado configurada a lo largo de los siglos, ya no es capaz de nutrir su fe ni de vincularlos a la comunidad de Jesús.

Lo sorprendente es que estamos dejando que la misa «se pierda» sin que este hecho apenas provoque reacción alguna entre nosotros. ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana? ¿Cómo podemos permanecer pasivos, sin capacidad de tomar iniciativa alguna? ¿Por qué la jerarquía permanece tan callada e inmóvil? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación con más fuerza y dolor?

La desafección por la misa está creciendo incluso entre quienes participan en ella de manera responsable e incondicional. Es la fidelidad ejemplar de estas minorías la que está sosteniendo a las comunidades, pero ¿podrá la misa seguir viva solo a base de medidas protectoras que aseguren el cumplimiento del rito actual?

Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?

Reflexiones para hacer nos pensar a todos, principalmente a los responsables de la inmovilidad de la liturgia de la Iglesia. Leer más…

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Dom 16. 8. 15. Carne somos, de carne vivimos: Un escalón en la vida de Dios

domingo, 16 de agosto de 2015
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10547169_672471736219787_269985049_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 20, tiempo ordinario. Juan 6, 51-58. En el estadio actual de evolución somos inviables, no podemos resolver nuestros problemas económicos y ecológico, sociales y espirituales (culturales): o ascendemos a un nivel distinto de humanidad o terminamos matándonos y muriendo todos.

Éste es un diagnóstico cada vez más extendido, éste el problema, hic Rhodus, hic salta (¡aquí esta Rodas, aquí es preciso dar el salto!), como decía Esopo y repitieron muchos pensadores del siglo XIX. Pues bien, en este nivel nos sitúa hoy el Evangelio de Juan, culminando el gran sermón de los domingos anteriores.

‒ Juan nos lleva al límite infranqueable de una “gnosis” en la que sólo importa la vida interior de cada creyente, una experiencia de identificación con lo Absoluto, un Jesús espiritual como símbolo de vida, con un grupo de amigos también espirituales, formando una comunidad de liberados vivos en la tierra. Pues bien, en ese límite, sin más salida, la vida humana muere sin remedio.

‒ Pues bien, ese mismo paso al límite infinito (in-humano) le ha obligado a formular, por contraste, la exigencia suprema de comunión inter-personal, como experiencia del Dios de Cristo, en línea de comunicación nueva y más alta, en la frontera donde se unen lo material y lo espiritual, allí donde un hombre (varón o mujer) es carne y sangre de otros hombres, en gesto y tarea, en éxtasis y gozo de nueva comunión
ESCRITO 28
‒ Necesario es el pan de trigo que los hombres han de compartir, necesaria la justicia para que ellos vivan sin matarse. Necesaria, por tanto, es también la eucaristía de pan y vino, por la que ellos reciben, regalan y comparten los bienes materiales (y en especial la comida) como signo del Dios que es Comunión en Cristo.

‒ Pero más necesario es el pan de la carne humana, la misma vida que se da y recibe de un modo gratuito. El hombre es el único viviente conocido que puede regalar su vida, viviendo de esa forma en unidad de amor con otros, el único que puede dar su sangre, siendo así sangre de los otros.

‒ Por eso dice Jesús “el que bebe mi sangre tiene vida eterna”, el que la bebe y comunica, sabiendo así que somos cada uno por sí y todos unidos la savia de Dios, como ha vuelto a desarrollar el mismo Juan en el capítulo diez de su evangelio.

Comer la carne de Cristo y beber su sangre significa convertir la propia vida en alimento para los demás. Aquí, en esta más alta montaña de la Vida humana, escalada por Jesús por todos (para todos) recibe su sentido y tendrá futuro la existencia humana, superando la violencia de muerte que actualmente nos domina.

Buen domingo a todos, domingo de comunión mesiánica, de vida compartida. Frente a un «capital» que nos divide (unos comen y destruyen a los otros), Jesús ofrece el ideal de una vida que une, en amor y entrega mutua.

Texto: Juan 6,51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que como este pan vivirá para siempre.

Un contrapunto, Antiguo y Nuevo Testamento

Al antiguo testamento le resulta escandaloso todo intento de buscar una comunión con Dios, pues él es trascendente y nadie puede introducirse en su misterio. Dios es lejanía de poder, grandeza y fuerza, de manera que ningún viviente puede acompañarle en su existencia. Sin embargo, dicho eso, tras haber negado toda posibilidad de unidad de naturaleza con Dios, Israel ofrece los cimientos para una nueva experiencia de comunión con Dios en términos de alianza.

En ese contexto nos introduce Jesús, pues como dice Heb 2, 14, el mismo Dios ha decidido «comulgar» con los hombres, entrando en de tal forma en nuestra historia que participa de la carne y de la sangre de los hombres (cf. también 2 Ped 1, 4: estamos en comunión con la naturaleza divina).

No se trata de restablecer sin más el mito antiguo del parentesco del hombre con Dios, en la línea de los dioses, semidioses, héroes y santones de casi todos los pueblos, sino de aceptar la gracia del Dios que ha querido comulgar con nuestra carne y nuestra sangre, hacerse mundo en nuestro mundo, historia en nuestra historia.

Sólo porque nos fundamos esta primera koinonia (comunión) incarnatoria, sólo porque Dios asume en Cristo, Logos-hijo, nuestras «especies humanas» (carne y sangre), de una vez y para siempre, nosotros − simples hombres – tenemos un acceso en comunión a lo divino, podremos comulgar con Dios por medio de la carne y de la sangre de Jesús, que es nuestro Cristo, comulgando así los unos en y con los otros.

Ésta es la experiencia de fondo de1 Jn 4,10: En esto consiste el misterio, no en que nosotros hayamos conseguido sin más la comunión con lo divino sino en que Dios, el santo, haya querido comulgar con nuestra historia, haciéndose así Vida compartida entre los hombres. Fundado en esta experiencia, Pablo puede definir a los cristianos como aquellos que «han sido convocados a vivir en koinonia con Jesucristo, Hijo de Dios» (1 Cor 1, 9). Éste es el sentido de fondo del sermón del pan de vida de Jn 6 que hoy comentamos.

Comulgar unos de (con) otros

Comulgar significa participar en Cristo: aceptar su palabra, seguir su camino, revestirse de su muerte, incorporarse a su resurrección, transformarse con su gloria, de manera que podemos ser así (por él) los unos en los otros:

— Convivimos y con-sufrimos con él;
— somos con-crucificados, con-sepultados, co-resucitados, con-glorificados;
— con él coheredamos y co-reinamos
(cf. Rom 6, 4-8; 8, 17; 2 Cor 7, 3; Gál 2, 19; Col 2, 12-13; Ef 2, 5-6; 2, 2).

Toda nuestra existencia de creyentes se interpreta a manera de comunión de vida y muerte, de camino y esperanza con el Cristo. Por eso, la comunión «en lo santo» significa «participación en la santidad de Dios», a través de Jesucristo. Leer más…

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Sábado15 de Agosto de 2015. La Asunción

sábado, 15 de agosto de 2015
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SSCC DelegacioPlata7

1ª LECTURA

Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab

Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de la alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios. Se oyó una gran voz en el cielo: “Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.”

Salmo responsorial: 44

De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Hijas de reyes salen a tu encuentro,

de pie a tu derecha está la reina,

enjoyada con oro de Ofir. R.

Escucha, hija, mira: inclina el oído,

olvida tu pueblo y la casa paterna;

prendado está el rey de tu belleza:

póstrate ante él, que él es tu Señor. R.

Las traen entre alegría y algazara,

van entrando en el palacio real. R.

2ª LECTURA

1Corintios 15,20-27a

Primero Cristo como primicia; después todos los que son de Cristo

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.

EVANGELIO

Lucas 1,39-56

El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludo a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

– “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.”

María dijo:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.”

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

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Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy (15 de Agosto de 1977)

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15 VIII. La Asunción fiesta de España y de medio mundo católico: Santa María del Cuerpo

sábado, 15 de agosto de 2015
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490px-Tizian_041Del blog de Xabier Pikaza:

Asunción, fiesta de la mitad de los pueblos de España y de de medio mundo católico. Es el día de la «Subida» de María en «cuerpo y alma» al «cielo», el día de la plena humanidad corporal de Dios, simbolizada y celebrada en la madre de Jesús

El 15 de Agosto ha sido y sigue siendo la fiesta de la Asunción de María en «cuerpo y alma» al «cielo», es decir, a la plena humanidad corporal de Dios . Es, pues, fiesta de Santa María del Cuerpo, porque el alma sola, en sentido abstracto y separado ni muere, ni sube, ni entra ni sale (o, quizá mejor, no existe).

Éste es la fiesta de María-Cuerpo en su sentido más hondo y personal, es decir, la fiesta del Cuerpo de Dios.

Así decimos que María, recorrido su camino, ha sido y es «asunta» al cielo como «cuerpo» (véase el cuadro de Tiziano), expresando el despliegue más hondo del hombre, ser humano, el ascenso/plenitud de todos a los que Dios ama y acoge en Cristo, como amó y acogió a María (de manera que podemos hablar, al mismo tiempo, de de la humanización de Dios.

Siendo fiesta de «ascenso», no es principio de evasión u olvido, sino de encarnación intensa, de plena humanidad del Dios de Cristo, que es Dios se encarnación y pascua, es decir Trinidad:

— es «ascenso» del cuerpo humano de María que «resucita», en comunión personal (cuerpo y alma) que la vincula con todos los creyentes;
— es «encarnación «(no quiero decir «descenso», pues se entendería mal) del cuerpo divino de Dios, que se expande en la humanidad y que acoge en su Vida a María, a quien la Iglesia mira como signo de todos los creyentes.

( El «icono» de Oriente que cierra esta postal «dualiza» de algún modo este misterio, distinguiendo el cuerpo externo que es cadáver para tumba y el cuerpo interno/profundo acogido y culminado en Dios por Cristo).

No digo en esta fiesta ¡viva María!, sino de manera mucho más humilde ¡vive María!, en Dios en y en los amigos de Jesús, que la recordamos con cariño, haciendo cuerpo, haciendo humanidad (que es cuerpo y alma en el lenguaje del dogma antiguo).

1. Un preámbulo casi judío

El hombre es un ser que nace por misterio de Dios y de la Vida, y que parece morir por múltiples razones (condición biológica, experiencia biográfica, asesinato y violencia…). Sea como fuere, sólo el hombre muere, pues él es el único que nace.

Las restantes plantas y animales ni nacen ni mueren, sino que se transforman, pues forman parte de un continuo biológico, sin identidad personal. Cada hombre, en cambio, es auto-presencia, se identifica consigo mismo desde Dios, es único en el mundo y en la historia.

Por la muerte, por el miedo a la muerte empieza el conocimiento del Todo… Todo lo mortal vive en la angustia de la muerte; cada nuevo nacimiento aumenta en una las razones de la angustia, porque aumenta lo mortal.

Así comenzaba Rosenzweig judío su libro más inquietante y luminoso de antropología (La Estrella de la Redención).Pues bien, al celebrar la fiesta de la muerte/redención/ascensión de María podemos añadir:

La muerte puede entenderse también como expresión del amor de Dios, como momento culminante de una experiencia personal de encuentro con Dios y de apertura a los demás, como culminación del «cuerpo».

Muchos filósofos y pensadores han querido engañar a los hombres con la mentira piadosa de que son inmortales por sí mismos, añadiendo que la muerte es una pura apariencia (pues todo se transforma, muere y revive de nuevo). Pues bien, ese consuelo no sirve. Ninguna respuesta compasiva puede aquietar a los hombres, que nacen y mueren de un modo distinto al de los animales (pues son individuos estrictos, personas), ninguna “teoría teórica” puede responder a la pregunta de su vida: ¿por qué he nacido, por qué muero?

11846785_727968660664828_621745402675485459_nAnte la muerte personal (la mía, la tuya, la nuestra, no la del género humano…) sólo existe la respuesta del Dios de la Vida, que se expresa por la entrega del hombre a los demás, en «cuerpo y alma» es decir, en el camino y el don de la muerte, no en contra de ella.

Sólo se puede superar el dolor de la muerte aceptándola con Alguien, es decir, con Aquel nos está dando su Vida en este cuerpo de muerte, para que seamos en él, como «dioses corporales», es decir, terrenos.

— Ésta es la fe que los judíos creyentes siguen poniendo en manos del Dios en quien esperan…
— Ésta es la fe que los cristianos descubrimos y proclamamos en la resurrección de Jesús quien, al morir por los demás, ha desvelado y realizado por su pascua el don de la Vida de Dios en el «cuerpo» de la vida humana.

En esta línea se entiende el dogma de Asunción de María, que Pío XII definió en 1950, poniendo de relieve la vinculación de la Madre con su Hijo Jesucristo, diciendo: que «la Inmaculada Madre de Dios… cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial» (Denzinger-Hünermann 3903).

La antropología helenista, dominante en la iglesia, ha venido afirmando que el alma de los justos sube al cielo tras la muerte (porque ella es inmortal), pero que el cuerpo tiene que esperar hasta la resurrección del fin de los tiempos.

En contra eso, situándose en otro camino de experiencia antropológica y culminación pascual, este dogma afirma que María ha culminado su vida en Dios, por medio de Jesús, en cuerpo y alma, es decir, como carne personal o, mejor dicho, como persona histórica.Por eso podemos llamarle Santa María del Cuerpo (de la Carne de Dios).

2. Un dogma católico: Asunción en cuerpo y alma.

Como he dicho ya, Pío XII definió este «dogma» el 1 del XI de 1950 «por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra…» (Denzinger-Hünermann 3903).

Estrictamente hablando, esto «dogma» no era necesario, pues católicos y ortodoxos lo aceptaban sin necesidad de definiciones ulteriores. Hoy (año 2015) no se habría proclamado, pues los «sentimientos e intereses» de la iglesia van por otro lado.

Pero es bueno que entonces (¡hace sólo 65 año, yo lo recuerdo!) se hubiera proclamado, para evocar así la culminación el misterio personal (cuerpo/carne) de la Madre del Señor, según la experiencia gozosa de muchos cristianos. Este dogma vincula, pues, a María con la Resurrección y Ascensión de Jesús en el cuerpo, y es una protesta en contra de todo espiritualismo descarnado de aquellos que separan la vida de Dios del camino de la historia.

Una tendencia helenista, dominante en la iglesia, había venido afirmando que el alma de los justos sube al cielo tras la muerte, pero que el cuerpo tiene que esperar hasta la resurrección final.

En contra de eso, este dogma afirma que María ha culminado su vida en Dios, por medio de Jesús, en cuerpo y alma, alcanzando de esa forma el cielo pleno. Según eso, el evangelio no es una experiencia de pura intimidad sino de transformación integral, en cuerpo y alma.De esa manera, los católicos afirmamos que la resurrección de Jesús se está expresando ya y cumpliendo en los hombres, como muestra el signo de María.

3. Primera cristiana. Un dogma abierto históricamente.

Conforme a la visión de millones de cristianos, María aparece como la primera salvada completa, pues la vemos en Jesús y por Jesús como primera de los resucitados. En su nivel de plenitud no existe posible separación de cuerpo y alma: ambos unidos forman la carne de María, su historia personal abierta a la resurrección o eternidad de Dios por Cristo.

El texto de la definición no dice cómo murió María (ni siquiera si murió) ni el modo externo de su ascensión-resurrección, de tal manera que se han dado y pueden darse en este campo varias hipótesis. Leer más…

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«Una misa no es una cena», por José Mª Castillo, teólogo

lunes, 10 de agosto de 2015
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cena-del-corderoDe su blog Teología sin censura:

Jesús instituyó la eucaristía en una cena, no en una misa. Es decir, Jesús instituyó la eucaristía en una comida compartida, no en un ritual religioso. Y sabemos que Jesús añadió: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24. 25; Lc 22, 19 b). O sea, el recuerdo de Jesús está inseparablemente unido al hecho de realizar lo que realizó Jesús. Y cualquiera que lea los evangelios sabe que, exactamente en los evangelios y en 1 Cor 11, 23-26, la eucaristía está asociada a la comida compartida. En los seis relatos de la multiplicación de los panes, especialmente en la del evangelio de Juan (c. 6), y en la última cena de Jesús con sus apóstoles, eucaristía y comensalía son realidades vinculadas la una a la otra. Es decir, la eucaristía está vinculada al hecho de compartir con otros lo que se tiene para comer. La eucaristía no está vinculada – ni solamente ni principalmente – a un ritual sagrado que se observa exactamente según lo establecido en las normas.

Pero ocurrió que, con el paso del tiempo, la eucaristía se convirtió en un ritual sagrado y dejó de ser una cena compartida. No es posible saber con exactitud cuando sucedió esto. Parece ser que ocurrió en el s. III. El hecho es que así, una vez más y en un asunto de tanta importancia como éste, la Religión se sobrepuso al Evangelio. Un desafortunado cambio, que ha ocurrido demasiadas veces en la Iglesia. Y que es la causa de un fenómeno muy frecuente y del que tantas veces ni nos damos cuenta. Porque seguramente somos más fieles a la Religión que al Evangelio. Y eso que – como estamos viendo – la religiosidad está en crisis. Lo cual es verdad. Tenemos arrumbada la Religión. Pero tenemos más arrumbado el Evangelio. A fin de cuentas, misas, bodas, bautizos, comuniones, cofradías, curas y obispos seguimos teniendo. Pero, ¿y las enseñanzas de Jesús sobre la honradez, la justicia, la sinceridad, sobre el dinero y la riqueza, sobre la sensibilidad ante el sufrimiento humano, sobre la libertad ante los poderes que oprimen y dominan a la gente más débil y desamparada?

Si digo aquí estas cosas, no es porque yo pretenda ingenuamente que sustituyamos las misas por cenas. Ni eso es posible. Ni eso arreglaría las cosas. El problema más serio, que tenemos ahora mismo, es que vemos que la economía mejora, pero no tenemos políticos que sepan gestionar las cosas de manera que esa mejoría sirva para todos, sobre todo para quienes más lo necesitan. Y las cosas se han encanallado hasta el extremo de preferir – o consentir – que nuestros mares sean un inmenso cementerio de desesperados, con tal que esos desesperados no vengan a molestarnos. Aquí no hablo sólo de España o de Europa. Hablo del mundo entero.

Por supuesto, que hay gente buena. Mucha más de la que imaginamos. Ante el fracaso de la economía, de la política, de las más avanzadas tecnologías, incluso también ante la incapacidad de las religiones para remediar tanto dolor, crece y crece el número de personas que a esto no le ven otra solución que la búsqueda de nuestra más profunda humanidad. Lo que nos va a salvar es la honradez, la honestidad, la trasparencia, la justicia, la bondad. La espiritualidad profunda, que respeta por supuesto la misa, pero que encuentra vida y futuro en la cena. Como dijo san Juan de la Cruz: “la cena que recrea y enamora”.

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«Atracción por Jesús». 19 Tiempo Ordinario – B (Juan 6,41-51)

domingo, 9 de agosto de 2015
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19-852855-300x266El evangelista Juan repite una y otra vez expresiones e imágenes de gran fuerza para recordar a todos que han de acercarse a Jesús para descubrir en él una fuente de vida nueva. Un principio vital que no es comparable con nada que hayan podido conocer con anterioridad.

Jesús es «pan bajado del cielo». No ha de ser confundido con cualquier fuente de vida. En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una esperanza, un aliento vital… que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es «el pan de la vida».

Por eso, precisamente, no es posible encontrarse con él de cualquier manera. Hemos de ir a lo más hondo de nosotros mismos, abrirnos a Dios y «escuchar lo que nos dice el Padre». Nadie puede sentir verdadera atracción por Jesús, «si no lo atrae el Padre que lo ha enviado».

Lo más atractivo de Jesús es su capacidad de dar vida. El que cree en Jesucristo y sabe entrar en contacto con él, conoce una vida diferente, de calidad nueva, una vida que, de alguna manera, pertenece ya al mundo de Dios. Juan se atreve a decir que «el que coma de este pan, vivirá para siempre».

Si, en nuestras comunidades cristianas, no nos alimentamos del contacto con Jesús, seguiremos ignorando lo más esencial y decisivo del cristianismo. Por eso, nada hay pastoralmente más urgente que cuidar bien nuestra relación con Jesús el Cristo.

Si, en la Iglesia, no nos sentimos atraídos por ese Dios encarnado en un hombre tan humano, cercano y cordial, nadie nos sacará del estado de mediocridad en que vivimos sumidos de ordinario. Nadie nos estimulará para ir más lejos que lo establecido por nuestras instituciones. Nadie nos alentará para ir más adelante que lo que nos marcan nuestras tradiciones.

Si Jesús no nos alimenta con su Espíritu de creatividad, seguiremos atrapados en el pasado, viviendo nuestra religión desde formas, concepciones y sensibilidades nacidas y desarrolladas en otras épocas y para otros tiempos que no son los nuestros. Pero, entonces, Jesús no podrá contar con nuestra cooperación para engendrar y alimentar la fe en el corazón de los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola

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«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo». Domingo 9 de agosto de 2015 Domingo 19º de tiempo ordinario

domingo, 9 de agosto de 2015
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44-ordinarioB19 cerezoDe Koinonia:

1Reyes 19,4-8: Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios.
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
Efesios 4,30-5,2: Vivid en el amor como Cristo.
Juan 6,41-51: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios.» Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

La narración del primer libro de los Reyes está sumamente cuidada y llena de detalles que hacen de esta simple huida algo más profundo y simbólico. Para empezar, las alusiones al desierto, a los padres, a los cuarenta días y cuarenta noches de camino, al alimento, al monte de Dios, son demasiado claras y numerosas como para no reconocer en el camino de Elías el camino inverso al que realizó Israel en el éxodo. No se trata sólo de una huida; también hay una búsqueda de las raíces que terminará en un encuentro con Dios. También los grandes héroes como Elías y Moisés (cf. Num 11,15) han sentido nuestra debilidad. Elías, desanimado del resultado de su ministerio huye porque «no es mejor que sus padres» en el trabajar por el reino de Dios y es mejor reunirse con ellos en la tumba (v.4). Cuando el hombre reconoce su debilidad, entonces interviene la fuerza de Dios (2Cor 12,5.9). Con el pan y el agua, símbolos del antiguo éxodo, Elías realiza su propio éxodo (símbolo de los cuarenta días, v.8) y llega al encuentro con Dios. Tal como está narrado este episodio de Elías nos habla del camino, de los empeños, de las tareas demasiado grandes para hacerlas con las propias fuerzas y de la necesidad de caminar apoyados en las fuerzas del alimento que nos mantiene.

La segunda lectura es la continuación de esta exhortación apostólica que desciende a detalles hablando de aquello que el cristiano debe evitar (aspecto negativo) o debe hacer (aspecto positivo). Así, el cristiano puede trabajar en la edificación de la iglesia y no entristecer al Espíritu rompiendo la unidad (4,25-32a; 4,3). Este modo de vivir encuentra su fundamento en aquello que Cristo ha realizado o el Padre ha cumplido por Cristo. Vivir de manera cristiana y vivir en el amor como Cristo y el Padre (cf. Mt 5,48). Como el Padre perdona, así debe hacer el cristiano (v. 32b); Mt 6,12.14-15). Como Cristo ama y se dona en sacrificio, así hace el cristiano. La unidad es fruto del sacrificio personal. El tema de la imitación de Dios, consecuencia y expresión de ser hijos suyos, revela la referencia evangélica de esta exhortación de Efesios (cf. Mt 4,43-48). El Espíritu es el elemento determinante del comportamiento cristiano. En línea con otros pasajes paulinos sobre el Espíritu, en éste su recepción se vincula (indirectamente) al bautismo y se le considera como sello/marca que identificará en la parusía a cuantos pertenecen a Cristo.

El evangelio de Juan que hoy leemos comienza con el escándalo que se produce en los judíos porque Jesús se equipara al pan; pero más aun porque dice que ha “bajado del cielo”. Para ellos esto no tiene explicación, puesto que conocen a Jesús desde su infancia y saben quiénes son sus padres. Para ellos su vecino Jesús, visto en su sola dimensión humana, no guarda relación alguna con las promesas del Padre y con su proyecto de justicia revelado desde antiguo.

Juan utiliza esta figura del escándalo y del no poder ver más allá de la dimensión humana de Jesús, para dar a conocer la dimensión que encierra la persona y la obra del Maestro. En primer lugar, la adhesión a Jesús es obra también de Dios; es él mismo quien suscita la fe del creyente y lo atrae a través de su hijo.

Conocer a Jesús es apenas un primer paso en el cual se encuentran sus paisanos; pero adherir la propia fe a él es el siguiente paso, que exige un despojarse totalmente para poder encontrar en él el camino que conduce al Padre. Sólo este segundo momento permite descubrir que Dios se está revelando en Jesús tal cual es; esto es, un Dios íntimamente comprometido con la vida del ser humano y su quehacer.

Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material.

Así pues, el conocimiento y aceptación de la propuesta de Jesús alimenta esa dimensión trascendente del ser humano, que es la entrega total y absoluta a la voluntad del Padre; y la voluntad del Padre no es otra que la búsqueda y realización de la Utopía de la Justicia en el mundo en todos los ámbitos (Reinado de Dios), para que haya «vida abundante para todos» (Jn 10,10). Leer más…

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Dom 9.8.15. Es el hijo de José, y su Comunión va más allá del Mar Mediterráneo

domingo, 9 de agosto de 2015
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 19 tiempo ordinario. Juan 6, 41-45. Sigue el tema del domingo anterior: Jesús es «pan», su vida es alimento, es comunión que nosotros compartimos y ofrecemos, unos a los otros, siendo de esa forma Eucaristía.

Este evangelio de la comunión, según el libro de Juan, empezó en Cafarnaum, donde Jesús se definió a sí mismo como Eucaristía, pan compartido, comunicación de Vida, junto al mar de Galilea, según dice Juan este domingo.

— Pero hoy (7.7.15) nosotros hacemos que la comunión acabe en el Mar Meditarráneo, en cuyas aguas terminan de morir, ahogados y con hambre, varios cientos de seres humanos sin más delito que tener hambre y buscar pan en la Europa llamada Cristiana.

Donde mueren de esa forma los que mueren (viniendo por pan a una tierra que se dice cristiana) no se puede hablar de Eucaristía, pues sin pan compartido en nombre de Jesús no hay cristianismo, como sabe y proclama la Escritura y el Dogma de la Iglesia.

a) Éste es el sentido de la creación, cuando Dios ofrecía a Adán y Eva los frutos del jardín, diciendo así que son los hombres y mujeres los que han de hacerse pan, unos en los otros y para otros, para que no venga la Serpiente, que como pan aparte (no se hace Eucaristía, Gen 2).

images2b) Ésta es la verdad del Éxodo judío, en el que Dios mismo regalaba maná (pan del camino) para hombres y mujeres, por igual a todos, de manera que ninguno acaparara en contra de los otros, sino todos tenían lo bastante/suficiente para comer, amarse, alimentarse (cf. Ex 16; Núm. 11).

c) Ésta es la verdad del evangelio, leyendo y aplicando a los cristianos (y a los hombres y mujeres), aquello que Jesús dice de sí mismo, porque él es Eucaristía y porque compartimos su vida, para hacernos comunión de vida, para que no acabe nuestra patria en el Mar Mediterráneo, pues todos somos hijos de José, pan de Eucaristía

Texto,

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios». Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

f) Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Juan 6, 41-51).

a)Trasfondo sinóptico: Enseñar, dar de comer

En un determinado momento Jesús quiso que sus discípulos descansaran. Han compartido su tarea han comenzado a enseñar y curar sobre la tierra (cf. Mc 6, 30), están cansados. Jesús les lleva a reposar, pero la gente les ha visto y aún les necesita. Sobre el cansancio de los discípulos (de la iglesia) está el vacío y angustia de los hombres que llaman y que buscan.

La misericordia de Jesús vence al cansancio y así sigue enseñando. Se hace tarde, están en un lugar muy apartado ¿Qué pueden hacer? Los discípulos (¿la iglesia?) quieren que los hombres y mujeres se marchen, cada uno a su camino, conforme a sus propias posibilidades (a pie o en patera de mar, buscando comida). Pero Jesús no les puede enviar así vacíos, y pregunta:

¿Cuántos panes tenéis? ¡Mirad bien! Y mirando respondieron cinco panes y dos peces. Y les mandó sentarse en grupos sobre la hierba verde. . . Y tomando los cinco panes y los dos peces miró hacia el cielo, dijo la bendición y partió los panes y los fue dando a sus discípulos, para que los repartieran a la gente. Y tam¬bién repartió los dos peces para todos. Y comieron todos y se hartaron (Mc 6, 38 42).

Este es el relato, simple y terso, con sus dos elementos centrales (a) Jesús enseña, comparte la palabra. (b) Jesús da de comer, hace que los hombres que le siguen compartan la comida

b) Una novedad mayor hacerse comida

Dando un paso más en esta línea, el evangelio de Juan ha descubierto y desvelado un gran misterio: Jesús no sólo enseña y da de comer, sino que se convierte él mismo en comida. Ésta es su novedad “teológica”, su novedad humana, la verdad más honda de la Eucaristía: compartiendo el pan de Jesús (en recuerdo de su vida y de su muerte), sus discípulos descubren que él mismo en comida, de tal forma que ellos han de hacerse comida unos para los otros.

Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí no tendrá hambre.
El que crea en mí ya no tendrá más sed (Jn 6, 35).

Estas palabras deben entenderse desde el fondo del milagro precedente los discípulos comparten su comida (el pan y vino, los panes y los peces) con todos los hombres de la tierra. Sólo sobre esa base, con el nuevo espíritu de Jesús, con la confianza que ofrece su camino, ellos descubren una forma nueva de existen¬cia, en la que el mismo Cristo es pan de Dios para los hombres, de manera que en él y por él tienen que hacerse pan unos para otros.

c) Un hombre cualquiera ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?

Los “judíos” critican a Jesús porque dice que es “el pan bajado del cielo”. Le critican porque saben que es “un hombre cualquiera”, como todos ellos: «No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

Éste es el tema. Los “judíos”, es decir, aquellos que no logran comprender el misterio del pan compartido conocen bien a Jesús y saben que no es un ángel del cielo, ni siquiera es un hombre de alcurnia. Saben de dónde viene: de José y de María… ¿De dónde le han salido las ínfulas que tiene para presentarse como “pan del cielo”. Es un hombre como los demás, como sabe el himno de Flp 2.

Éste es el tema: la salvación de Dios (el pan del cielo) forma parte de nuestra propia historia. Jesús no es pan del cielo por ser un tipo de “monstruo” o prodigio celeste, sino, simplemente, por ser un hombre, un simple ser humano. No hace falta más para ser presencia de Dios, pan del cielo.

(d) El Padre me ha enviado… La atracción de Jesús.

Ha nacido de José y María y, sin embargo, al mismo tiempo, ha venido de Dios, porque el mismo le ha enviado. Es un hombre normal y, sin embargo, Dios mismo se expresa en su vida y en la vida de aquellos que le buscan (atraídos por Dios). Jesús, como hombre, es según eso la revelación y presencia de Dios, el auténtico alimento, de manera que en su vida y en la vida de aquellos que le escuchan viene a revelarse el misterio de la VIDA DE DIOS. De esa forma se vinculan los cuatro rasgos de un único misterio, es decir, de la Eucaristía. Leer más…

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