Comentarios desactivados en Los Zebedeos (crónica de una conversión)
Mc 10, 35-45
«No sabéis lo que pedís».
Eran pescadores de Cafarnaún. Jesús los llamaba “los hijos del trueno” por su temperamento vivo y tumultuoso. Uno de ellos, Juan, conoció a Jesús a orillas del Jordán en el entorno del Bautista, y quedó tan fascinado por él, que muchas décadas después recordaba hasta la hora del encuentro: «Serían las cinco de la tarde» … De vuelta en Cafarnaún, Jesús les invitó a Juan, a su hermano Santiago, a Pedro y a Andrés a una aventura insólita, y le siguieron porque junto a él la vida prometía adquirir todo su sabor.
Ese mismo sábado, en la sinagoga, fueron testigos de su primera intervención pública y participaron del estupor de los asistentes al acto: «¿Qué es esto? ¿Una doctrina nueva y revestida de autoridad?» … Al día siguiente salieron a las aldeas próximas y comenzó la aventura. Recorrían mil caminos y visitaban docenas de pueblos y ciudades. Jesús atendía a los enfermos y necesitados y predicaba la buena Noticia del Reino por todos los rincones de Galilea. La gente le seguía entusiasmada.
Quizá fue cuando vieron que su fama se extendía y que muchos comenzaban a ver en él al mesías esperado, cuando empezaron a acariciar la idea de convertirse en jefes del pueblo. Así, cuando Jesús les hablaba del Reino de Dios, ellos entendían el reino de Israel –con trono y sin romanos–, y por mucho que Jesús lo negara, ellos seguían aferrados a ese sueño. Tras la multiplicación de los panes se les presentó la oportunidad esperada, y dado que Jesús tuvo que despacharlos en la barca a toda prisa, es probable que fuesen ellos los que estaban azuzando a la gente que quería proclamarle rey.
Pero no desfallecieron. Un día, de regreso a Cafarnaún, se enzarzaron en una agria discusión para acordar quien sería el primero en el nuevo reino, pero no llegaron a ningún acuerdo. Poco después, Santiago y Juan decidieron zanjar la cuestión hablando directamente con el Maestro, pero solo consiguieron exasperar a sus compañeros. Jesús insistía, una y otra vez, en que aquello iba a acabar mal, pero ellos le habían visto vencer tantas veces a quienes le acosaban, que no admitían un final que no fuese glorioso.
Subieron a Jerusalén y prendieron a Jesús. Ellos se atrancaron en casa de un amigo, y solo las mujeres fueron capaces de estar a la altura de la situación. Pedro tuvo un arranque de coraje… pero se rajó… Es probable que huyeran de Jerusalén entre la gente que regresaba de celebrar la Pascua; aterrados por miedo a las autoridades judías, desmoralizados por la muerte de su maestro y sumidos en angustiosas dudas de fe por este hecho. Pedro, Andrés y los Zebedeos volvieron a faenar en la mar.
Pero algo insólito ocurrió en sus vidas que les hizo renacer en la fe y presentarse de nuevo en el Templo, afirmando, y empeñando su vida en esta afirmación, que Jesús había resucitado. Todo había cambiado radicalmente, y si en el evangelio aparecen los discípulos anclados en lo antiguo, en Hechos aparecen ya «convertidos«, creyendo en Jesús por encima de todo mesianismo patriótico y de todas las tradiciones anteriores.
Ruiz de Galarreta resumía así el camino de su conversión: «Le conocieron, quedaron fascinados por él, le siguieron y solo al final creyeron»… Todo empieza por conocerle, y si el mundo no le conoce es imposible que crea en él.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Comentarios desactivados en Cáliz, bautismo y vida.
(Mc 10,35-45)
El cáliz representa -en muchas prácticas religiosas, filosóficas o iniciáticas- la vida entera. Beber del cáliz simboliza la participación en la vida y el destino de otra persona o de un grupo reunido alrededor de la mesa, cuanto menos a nivel ritual.
¿Pueden los amigos de Jesús beber el cáliz que beberá Jesús? Esta pregunta está en el centro del relato de Marcos 10,35-45.
El discurso había comenzado con una clara referencia escatológica en que los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, piden “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Se refieren a la “gloria” casi como repuesta al anuncio que Jesús había hecho de su muerte y su resurrección (relatado en los versículos previos a este relato).
Esta pregunta, que es más bien escatológica, no es respondida directamente, sino que da lugar a otra pregunta más simbólica y ritual en términos de el cáliz y el bautismo: “¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?”. Es decir, en lugar de dar una respuesta, Jesús cambia la pregunta. La respuesta afirmativa de los hermanos es corroborada por Jesús, pero este se niega a conceder los “puestos” de cercanía a él en la gloria.
Veamos un poco qué representan el cáliz y el bautismo. Participar del cáliz es participar en su vida. Como en muchas otras tradiciones, quienes están juntos a la mesa son del grupo del maestro y les espera su mismo destino. Bautizarse no es una novedad ya que existía el bautismo de Juan (y otros), pero bautizarse con el bautismo con el que Jesús se bautizará, sí que parece una construcción más inesperada. Jesús en el relato mateano ya ha recibido el bautismo de Juan. Le espera ahora otro bautismo: el del paso por la muerte hacia la vida.
Y así se unen la pregunta de los hermanos en términos de gloria con la respuesta de Jesús en términos sacramentales de presente orientado a eternidad: el presente se orienta al cáliz y al bautismo y así a la vida. Bautismo y Eucaristía resumen en este texto la participación en la vida, muerte y resurrección. No son ritos vacíos. No son meros momentos importantes en la vida. Por el contrario, manifiestan cómo la vida misma es fecundada en todos sus momentos, tanto los más conectados como los más dolorosos, por la gracia. Cada acontecimiento es la oportunidad para dar la vida por los demás. Y todo acontecimiento se vuelve oportunidad para servir (como se explica en los versículos siguientes).
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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario
20 octubre 2024
Mc 10, 35-45
Desde el momento mismo en que al niño se le hace ver, de manera expresa o tácita, que no es suficientemente adecuado, es decir, que no nos gusta tal y como es, empieza a grabarse en su mente el mensaje de que no basta con ser, sino que es preciso ser “alguien”.
Una vez instalada esa creencia-programa en nuestro cerebro, aprenderemos a leernos en clave de carencia y viviremos sometidos al empeño de ser alguien “especial”, en una carrera ansiosa en la que echaremos mano a todo aquello que pueda fortalecer nuestra imagen, para terminar girando en torno al tener, al poder y al aparentar.
Detrás de ese denodado y siempre insaciable esfuerzo, late la que fue nuestra necesidad primera: sentirnos reconocidos. Al no haberlo logrado satisfactoriamente, podemos pasarnos toda nuestra existencia persiguiendo aquel sueño que -imaginamos- algún día podría saciarnos por completo.
Se trata, obviamente, de un empeño destinado a la frustración. Porque equivale pedir una sensación de plenitud a un yo que, en último término, es vacío. Esa es la razón por la que el deseo es insaciable, por más que nos dediquemos a acumular bienes, poder o prestigio.
Todo cambia, sin embargo, al reconocernos en nuestra verdadera identidad: somos plenitud experimentándose en un yo carenciado. Al comprenderlo, cesa la búsqueda ansiosa. No buscamos más ser “alguien” u obtener no sabemos bien qué metas para lograr el aplauso ajeno. Hemos descubierto que basta con, sencillamente, ser. Y es justo en ese momento, al ser, cuando se produce un doble efecto: por una parte, saboreamos la paz anhelada e infructuosamente buscada; por otra, constatamos que fluye a través de nosotros la vida que se despliega en beneficio de los demás. La comprensión hace posible que dejes de vivir para el yo -y sus afanes- y, en ese mismo movimiento, posibilitas que la plenitud que eres se exprese de manera gratuita y desapropiada.
Comentarios desactivados en DOMUND: Dios no dice cosas doctrinales, se dice a sí mismo: bondad
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Domund: Día de las misiones.
En nuestro sentido cristiano misión es anunciar el evangelio de JesuCristo.
El mismo Jesús iba predicando la buena noticia por los pueblos y aldeas a todas las gentes. Jesús envió a los suyos a anunciar el Evangelio: Id por todo el mundo y predicad el evangelio.
El libro de los Hechos de los Apóstoles es como una historia breve historia de los primeros pasos de las comunidades cristianas y nos ofrece un reflejo de la misión de la iglesia por todos los pueblos del mar Mediterráneo.
S Pablo en tres grandes viajes misionales abrió el cristianismo de origen judío a los gentiles de cultura pagana (greco-romana) del Imperio romano.
Más adelante, en la Edad Media (siglos VI-VIII), el Evangelio fue impregnando el norte de Europa.
A partir de 1.500 el Evangelio se expande hacia la recién “descubierta” América Latina, hacia Oriente (India, China…) (Recordemos a nuestro San Francisco Javier. Jesuitas, Franciscanos, etc.). Más adelante en los siglos XVIII y XIX el Evangelio se va introduciendo en África, (Padres Blancos, Combonianos, Consolata). Las misiones diocesanas nacen a mediados del siglo XX, etc.)
02.- La iglesia no es una ONG.
El día de las misiones, domund, y otras jornadas misionales: misiones diocesanas, infancia misionera, clero nativo, etc. casi han quedado reducidas a la colecta que se hace para enviar un dinero, unos bienes a determinados lugares. Eso ya lo hacen -y bien- las diversas ong que existen hoy en día. Pero la Iglesia no es una ong. La Iglesia, el creyente misiona, evangeliza.
Una jornada misional en una comunidad cristiana es celebrar, disfrutar con gozo el evangelio que hemos recibido y transmitirlo en el modo y manera que nos sea posible.
El punto de partida de un día misional es la buena noticia de Jesucristo: el evangelio de salvación.
Siempre, pero más en una jornada misional es bueno, nos hace bien percibir el evangelio como la experiencia de sentirse amado por Dios. El evangelio del Señor es una alegría (salvación). Y porque es salvífica transmitimos la buena noticia.
Al mismo tiempo, una jornada misionera, es sentirnos en comunión de fe con los hermanos cristianos “dispersos” por toda la tierra. Es hermoso saber que personas de todo el mundo, de toda raza y cultura vivimos en la misma longitud de onda cristiana.
Somos hermanos de sencillas pero muy vivas comunidades africanas atendidas muchas de ellas por un catequista nativo africano. Muchas de estas comunidades no tienen sacerdotes, pero tienen evangelio y fe.
Comunidades en Latinoamérica alentadas por el espíritu eclesial vivido desde los pobres, (Teología de la Liberación) con el testimonio de tantos mártires.
Comunidades del lejano mundo oriental en cuyas tradiciones y religiones hay semillas de la Palabra también creen en el Señor.
Podemos sentirnos cercanos a los cristianos hermanos perseguidos en Nicaragua, China, en algunos países islámicos: son hermanos nuestros en la fe y en la esperanza.
Quizás conocemos alguna iglesia, alguna misión, tal vez conocemos a algunos misioneros familiares, compañeros, amigos…
En este día misional seamos solidarios en la fe. Nos une la misma fe. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, una misma esperanza…
03.- Procuremos misionar – Evangelizar
Una jornada misional nos recuerda a nosotros mismos la tarea de comunicar, de transmitir esa buena nueva.
El Evangelio es bueno y merece la pena comunicarlo.Pero, ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído?
Quizás nosotros mismos hoy en día hemos de ser evangelizados y lo hemos olvidado.
Allá por 1943 se publicó con gran escándalo un libro en Francia: Francia país de misión. Nos podemos aplicar la versión ¿Dónde queda la España católica? y el “euskaldun fededun”?
Hoy la misión, las misiones las tenemos en casa.
La misma vida pastoral de nuestra diócesis no es evangelizadora, misionera, sino ritualista, sacramentalista. En este sentido las sencillas iglesias y comunidades africanas son y viven más ágilmente que nosotros. No tienen clero (la iglesia nació sin curas) pero sus sencillos catequistas nativos convocan y mantienen como pueden pero con gran fe la comunidad cristiana.
¿No nos hace falta también a nosotros anunciar el evangelio de JesuCristo a nuestros niños, a los jóvenes, como consuelo a nuestros mayores y enfermos?
03.- La misión es una hermosa tarea eclesial.
Misionar es anunciar la bondad y la misericordia del Señor. El papa Francisco habla con alguna frecuencia de curar heridas y siempre habla de misericordia.
El Evangelio hace bien, en el evangelio se está bien. Pero no confundamos la buena noticia con los sistemas religiosos.
Demos gracias a Dios por el evangelio que hemos recibido y que guía nuestra vida.
Dejemos de lado lo que no sea evangelio, lo que no sea expresión de la misericordia de Dios.
Dice el profeta Isaías: ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el bien!
Comentarios desactivados en “ Un seguimiento en la lógica del servicio y no del poder”, por Consuelo Vélez
Comentario al evangelio del domingo XXIX del Tiempo Ordinario 20-10-2024
Jesús vuelve a explicar, a los suyos, en qué consiste su mesianismo: no es igual al de los señores del mundo que solo saben de poder y de oprimir a los otros, sino de servicio al mismo estilo de Jesús
No va por el camino de los ascensos, del prestigio, del honor, del poder. Va por la lógica del servicio y en eso consiste la grandeza de la comunidad del reino.
Es necesario revisar el tipo de seguimiento que vivimos para verificar si se inscribe en la lógica del servicio y, un servicio que comience por los más pobres
Se acercan a Él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo y le dicen:
– Maestro, queremos nos concedas lo que te pidamos.
Él les dijo:
+ ¿Qué quieren que les conceda?
Ellos le respondieron:
– Concédenos que nos sentemos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Jesús les dijo:
+ No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo voy a beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?
Ellos le dijeron:
– Sí, podemos.
Jesús les dijo:
+ La copa que yo voy a beber, si la beberán y también serán bautizados en el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado.
Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice:
+ Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos.
(Mc 10, 35-45)
La segunda parte del evangelio de Marcos se estructura en base a los tres anuncios de la pasión, anuncios que no son comprendidos por los suyos. El evangelio de hoy, está precedido por el tercer anuncio que Jesús hace a los suyos subiendo a Jerusalén en el que les dice que el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán y a los tres días resucitará(Mc 10, 33-34). Y en ese contexto Santiago y Juan se acercan a Jesús para pedirle que les conceda el estar a su derecha y a su izquierda.
Situados en todo el contexto se entiende con más fuerza la incomprensión de los discípulos del camino de Jesús y la diferencia de valores que tienen en su horizonte de seguimiento. Una vez más Jesús les explica por donde va la lógica del discipulado y para eso se sirve de los símbolos de la copa y del bautismo para explicarles, de nuevo, que él va morir en rescate por muchos, como se dirá al final de este evangelio. Es decir, una muerte vicaria en el que Jesús se entrega por los suyos. Cabe anotar que el término “muchos”, en la cosmovisión de ese tiempo se entiende como “todos”, es decir, realmente Jesús se entrega por toda la humanidad
Pero visto que los discípulos no logran entender la lógica del reinado de Dios anunciado por Jesús y las consecuencias que Jesús va a vivir por dicho anuncio, Jesús llama a sus discípulos -los cuales ya estaban indignados por la postura de Santiago y Juan- y les vuelve a explicar en qué consiste su mesianismo: no es igual al de los señores del mundo que solo saben de poder y de oprimir a los otros, sino de servicio al mismo estilo de Jesús. La lógica del reino no va por el camino de los ascensos, del prestigio, del honor, del poder. Va por la lógica del servicio y en eso consiste la grandeza de la comunidad del reino. El que quiera ser el primero ha de ser el servidor de todos.
No es difícil entender el mensaje del evangelio de hoy, pero sigue siendo difícil vivirlo en la iglesia actual. Justamente la experiencia del sínodo de la sinodalidad invita a caminar juntos, a ser una comunidad donde la única dignidad sea la del bautismo y en la que todos los ministerios se entiendan en clave de servicio. Pero no está siendo fácil practicar esa otra manera de ser iglesia porque son demasiados siglos de clericalismo, de estructura piramidal, de honor eclesial, de dignidad sacerdotal o episcopal, de títulos honoríficos para quienes están en los niveles de decisión, de ejercicio del poder entendido como superioridad y no como servicio.
El papa Francisco desde el inicio de su pontificado ha criticado el clericalismo -que no solo es vivido por los clérigos sino también por los laicos que apoyan con sus actitudes esa manera piramidal de ser Iglesia. También Francisco se refirió a los pastores con olor a oveja y a cómo deben caminar no solo delante sino en medio y detrás de la porción del pueblo de Dios que se les ha encomendado.
Conviene, entonces, revisar el tipo de seguimiento que vivimos para verificar si se inscribe en la lógica del servicio y, un servicio que comience por los más pobres.
(Foto tomada de: https://es.zenit.org/2020/01/23/venezuela-sacerdotes-con-zapatos-rotos/)
«Jesús era un revolucionario, que no se convirtió en extremista, ya que no ofreció una ideología, sino a sí mismo. También era un místico, que no usó su relación íntima con Dios para evitar los males sociales de su tiempo, sino que sorprendió a su entorno hasta el punto de ser ejecutado como rebelde…
Todo revolucionario real es desafiado a ser un místico de corazón, y el que camina por el camino místico es llamado a desenmascarar la calidad ilusoria de la sociedad humana. El misticismo y la revolución son dos aspectos de un mismo intento de provocar un cambio radical. Ningún místico puede evitar convertirse en crítico social, ya que en la auto-reflexión descubrirá las raíces de una sociedad enferma. Del mismo modo, ningún revolucionario puede evitar enfrentarse a su propia condición humana, ya que en medio de su lucha por un nuevo mundo encontrará que también está luchando contra sus propios miedos reaccionarios y falsas ambiciones.»
Comentarios desactivados en “Pensar la vida, cantar la fe”, por Juan Masiá, sj
De su blog Vivir y pensar en la frontera:
Vosotros viviréis, porque yo vivo.
Vivir, pensar y creer, con Velázquez y Unamuno
| Juan Masiá, SJ
Hace tiempo que, en vez de los salmos del Breviario, me siento en silencio de Zen ante el Cristo de Velázquez y saboreo, como Kôan del Espíritu, instantáneas del poema de Unamuno. Degustemos una muestra.
No me verá dentro de poco el mundo, mas sí, vosotros me veréis, pues vivo y viviréis… te prenden los ojos de la fe en lo más recóndito del alma.
CV I (1)
Gran acierto del poeta al comenzar el poema con un texto evangélico cardinal (Jn 14, 19). “Dentro de poco el mundo no me verá”. Anticipo de oscuridad mortal, pero «seguido de doble promesa: me veréis, porque estoy vivo, y me veréis porque mi Espíritu os dará los ojos de la fe para verme«.
Me veréis porque soy El Que Vive, y esa es la razón de que vosotros no podáis morir, viviréis al morir, muriendo viviréis, viviré en vosotros y vosotros en mí. Es promesa de vivir para siempre.
Me veréis cuando aparezca resucitado en medio de vosotros, porque el Espíritu os dará los ojos de la fe para ver que estoy vivo y lo lleno todo, os envuelvo desde el horizonte infinito de la Vida verdadera y moro en el centro íntimo de vuestro ser profundo.
Los niños y niñas de siete años que escuchaban la homilía entendieron las apariciones del resucitado mejor que algunas personas mayores propensas a literalismos, fisicalismos y fundamentalismos. La sensibilidad infantil está más preparada para escuchar el lenguaje poético de la Biblia. Les preguntó el predicador:
– Si Pedro o Juan tuvieran como vosotros un teléfono móvil, querrían hacerse un selfie con el Resucitado, ¿verdad? Pero… ¿qué creéis que ocurriría? ¿Saldría bien la foto?
Dos niñas y un niño, en un grupo de once, atinaron respondiendo:
– No, el Resucitado no sale en la foto. Al Resucitado no se le puede ver con los ojos de la cara, solo se le ve con los ojos del corazón, con los ojos de fe.
Mi situación ante el Cristo de Velázquez no es distinta de la de los discípulos ante la presencia de El Que Vive. (Es un error pensar que ellos tuvieron más suerte que yo porque comieron con el resucitado. No, ellos necesitaron lo mismo que nosotros que el Espíritu les diera ojos iluminados del corazón para poder verle).Ellos pasaron por dos momentos de tinieblas y luz. El primero, la oscuridad de la noche: “Si no lo veo con mis ojos y toco con mis manos no pruebo que está vivo”. El segundo, cuando amanece el alba: El Que Vive les hace ver desde dentro y comprender que El está vivo, ellos viven porque Su Vida les vive.Y dicen: “Señor mío, Dios mío”.
En mi caso, ante el Cristo de Velázquez, sentado a practicar una hora en silencio de Zazen, se reproducen los mismos dos momentos de Juan o de Tomás . En ese cuadro el fondo negro brilla a veces como mármol y otras veces el cuerpo blanco del muerto vivo palidece hasta confundirse con el fondo negro por efecto de la melena del nazareno que parece querer extenderse hasta los pìes y confundirse con el fondo oscuro del cuadro.
He mirado demasiado con los ojos de la cara y se ha producido un efecto óptico de tinieblas, que duró varios minutos. Hubo unos escasos segundos en que miré desde dentro y me pareció sentir que el cuerpo blanco de luna del Hombre muerto que vive proyectaba tal resplandor al resto del cuadro que desaparecía la noche oscura del fondo negro. Podemos decir con Tomás: Señor mío y Dios mío…
Para el pensador poético la fe es querer creer. Para el creyente poético, creer es ser hecho creer por el Espíritu de El Que Vive. En mi sintonía con el poeta, tras esas primeras líneas del poema con la frase clave joannea: “viviréis porque vivo”, presiento el enigma filosófico del sentido de la vida y el misterio de fe: la Vida de la vida que me vive
Con razón el poeta agradece al pintor que con su pincel hiciera que “veamos hoy en carne esa vida que hace nueva la nuestra”… y agradecemos a Unamuno la ayuda de su pensamiento poético para pensar la vida y vivir la fe.
De las cartas de Pablo se desprende que Lucas fue médico (Col 4,14) se desprende asimismo que Pablo le quería mucho, dado que le facilitó la actividad apostólica en calidad de colaborador suyo (Flm 24). También las llamadas ‘secciones-nosotros’ de los Hechos de los apóstoles -ésas en las que Lucas emplea el pronombre de la primera persona del plural, con lo que deja entrever su presencia junto a Pablo en el ejercicio de su apostolado- dicen que Lucas es uno de los responsables de la acción misionera de los primeros tiempos cristianos.
Como es bien conocido, Lucas es el único de los evangelistas que sintió la necesidad de escribir, además de un evangelio, también los Hechos de los apóstoles, en una obra unitaria que deja aparecer la concepción teológica de la historia propia de Lucas: una historia que une, íntimamente, a Jesús con la Iglesia, y a la Iglesia con Jesús.
***
En aquel tiempo, el Seńor designó a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar.
Y les dio estas instrucciones:
+ La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.
No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.
Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos; si no, se volverá a vosotros.
Quedaos en esa casa y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa.
Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan.
Curad a los enfermos que haya en él y decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios.
*
Evangelio: Lucas 10,1-9
***
En la Iglesia de Lucas se hablaba de Jesús no sólo al hilo de los relatos históricos, sino que también se le anunciaba con la finalidad de que su recuerdo suscitara en los oyentes la fe en él. Para responder a cada una de estas finalidades -la memoria histórica y el anuncio ordenado a la fe-, Lucas compuso un evangelio en el que figurar la parte de historia que sirve para conectar fe con el acontecimiento-Cristo y la parte de teología que capta en la historia el mensaje que suscita la fe.
A pesar de ciertas alusiones a la historia (1,5; 2,1 ss; 3,lss), Lucas no es propiamente un historiador; tampoco puede decirse que sea propiamente un teólogo. Lucas es más bien un Ťhombre de Iglesiať que, al final de los tiempos apostólicos, pretende asegurar a la Iglesia Ťla solidezť (1,4) de la tradición evangélica, que él recibe y al mismo tiempo transmite. Lucas es un recolector de recuerdos evangélicos; también es ordenador de los mismos, a fin de que éstos asuman todo su propio valor: el de ser fuentes v fundadores de la fe de la Iglesia. En un tiempo en el que, por la evaporación en las brumas del tiempo de las raíces de las tradiciones originarias presentes en las Iglesias judeocristianas y etnicocristianas, la realidad físico-histórica de Jesús empezaba a ser objeto de discusión por ciertas teologías ambiguas configuradas en la primera carta de Juan (4,1-6) y que conducirán, a comienzos del siglo II, al docetismo -cuyos defensores están marcados a fuego por san Ignacio de Antioquía (siglos l-ll) como ‘sepultureros’ de Cristo (A los esmirniotas, 5,2)-, y cuando la realidad mistérica de Jesús empezaba a ser diluida por las especulaciones judeo-helenísticas-cristianas vigorosamente combatidas por las cartas a los Colosenses (2,8-23) y a los Efesios (3,4-12), Lucas fijó el carácter real de Jesús componiendo un evangelio que salía garante de la realidad histórica de la verdad teológica de Jesús para todas las Iglesias.
La intención que guiaba a Lucas en la redacción de sus escritos era dar consistencia al pasado de Jesús en el presente de la Iglesia. Para conseguirlo Lucas estableció una serie de conexiones en las que intervienen de manera sinérgica la historia, la fidelidad a la tradición, la experiencia de fe, el anuncio de Jesús llevado a cabo mediante la Palabra y su puesta por escrito.
El Colectivo Teresa de Cepeda y Ahumada celebra su décimo aniversario
«Teresa, una palabra que invita, seduce y aún resuena fuerte en la asamblea y fuera de ella, a pesar de oposiciones e incomodidades por ser mujer»
«El poder de esta palabra suya está en la experiencia: Teresa no habla desde silogismos, palabras elevadas o esotéricas. Todo en ella es fuego, pues es lo que habita dentro de su pecho, lo que vive, lo que hace necesario ‘dar voces'»
«Su espiritualidad tan cotidiana, tan de ‘los pucheros’ es la que hizo que las monjas Descalzas Reales de Madrid, durante su visita en 1569, exclamaran: ‘¡Bendito sea Dios, que nos ha dejado ver una santa a quien todas podemos imitar, que come, duerme y habla como nosotras, anda sin ceremonias!'»
«Con motivo del décimo aniversario de su fundación, el Colectivo Teresa de Cepeda y Ahumada celebraron una misa en la casa de las hermanas Carmelitas Misioneras de Santa Teresa, quienes destacan por su cercanía con las comunidades católicas LGBT+ de México»
| Colectivo Teresa de Cepeda y Ahumada*
“Teresa de Ávila interpela la memoria universal. Después de sus hermanas y hermanos carmelitas, y mucho más allá de la Iglesia Católica […] convoca a las feministas, interroga a filósofos, historiadores y psicoanalistas, fascina a artistas escritores. Teresa invita al mundo secularizado a revaluar, sin descanso y sin prejuicio, la necesidad de creer que subyace al deseo de saber”, Julia Kristeva.
Desde que fray Juan de la Miseria pintó aquel verdadero retrato de santa Teresa de Jesús, allá por 1576, son muchas las representaciones artísticas que tenemos de ella, pero a lo largo de estos 10 años caminando a su lado, desde los márgenes, como Colectivo Teresa de Cepeda y Ahumada, la que más nos parece aglutinar todo lo que Teresa era es una pintura que resguardan las carmelitas de Toro. La vemos iluminada por el Espíritu Santo, en un estrado parecido a un púlpito, con un dedo apuntando al cielo mirando hacia una asamblea compuesta sólo por varones, que la ven con una mezcla de admiración, horror y complacencia.
Ésa es Teresa, una palabra que invita, seduce y aún resuena fuerte en la asamblea y fuera de ella, a pesar de oposiciones e incomodidades por ser mujer. Como bien apunta don Víctor García de la Concha: “En aquella época de prohibiciones en la que se decía que en el plano religioso a las mujeres les basta con oír sermones y oír alguna lectura mientras hilan, Teresa de Jesús alza la voz: ‘Querría dar voces para dar a entender qué engañados están’. Le llueven persecuciones y dicen que quiere enseñar en vez de aprender. Pero ella sigue su camino. Enemiga de todo rigorismo, quiere que el espíritu vuele libre en diálogo con el pensamiento. Por eso se hizo escritora. Necesitaba contrastar su propia experiencia interior, sus vuelos, y sentía necesidad imperiosa de asociar a todos a su fascinante aventura”.
El poder de esta palabra suya está en la experiencia: Teresa no habla desde silogismos, palabras elevadas o esotéricas. Todo en ella es fuego, pues es lo que habita dentro de su pecho, lo que vive, lo que hace necesario “dar voces”. Teresa no sólo se siente inundada de lo divino, ella se siente habitada por Dios. Ésta es la raíz de toda la doctrina teresiana, la base desde la cual deben leerse sus vivencias místicas, sus decisiones de vida y lo subversivo de su mensaje, en especial ante un sistema patriarcal, de castas, honras y dineros, al que Teresa planta cara diciendo que todas las personas sin excepción somos capaces de Dios, que somos “un paraíso adonde dice Dios que tiene sus deleites” (1M 1,1) y dotadas, por tanto, de toda dignidad.
Otra de las cosas que da fuerza a la palabra teresiana es su humanidad. Fue enemiga de hipocresías, de aparentar virtudes que no se tenían y de imponer rigores y disciplinas que coartaban la libertad, el proceso, o la salud de las personas. Ejemplo de esto está en la recomendación que hace a la priora del Carmelo de Soria sobre la dieta de la subpriora enferma: “Si hubiere menester siempre carne, poco importa que la coma, aunque sea en cuaresma, que no se va contra la regla cuando hay necesidad”(Cta. 428).
Su espiritualidad tan cotidiana, tan de “los pucheros” es la que hizo que las monjas Descalzas Reales de Madrid, durante su visita en 1569, exclamaran: “¡Bendito sea Dios, que nos ha dejado ver una santa a quien todas podemos imitar, que come, duerme y habla como nosotras, anda sin ceremonias!”. Más allá de todas las construcciones que a lo largo de la historia han hecho de la fundadora carmelita —que si excesivamente penitente, que si santa de la raza, que si extasiada a perpetuidad—, quienes la leen encuentran en ella una mujer de carne y hueso que descubre lo divino de lo cotidiano, que se sabe acompañada de un amoroso Jesús que le anima y conforta no sólo en la capilla, sino también en los caminos, en las peleas de los mesones donde debía quedarse y hasta en las persecuciones que en su contra orquestaban las buenas conciencias de su época, incluyendo a su amada madre, la Iglesia.
«Quienes la leen encuentran en ella una mujer de carne y hueso que descubre lo divino de lo cotidiano»
Estas líneas no son sólo para ensalzar a una mujer, una escritora, una mística… estas líneas son una invitación a leerla, a escucharla para ir al fondo de su Verdad que es el Cristo humano. Ella nos advierte que de nada sirven los rigorismos, las conversiones, la oración e incluso nuestras experiencias de lo divino si no ponemos a la persona en el centro: “Ande la verdad en vuestros corazones, como ha de andar por la meditación, y veréis claro el amor que somos obligadas a tener a los prójimos” (C,20,4). No basta con que Teresa siga la voz de su Amado: es de Él, su dechado, de quien aprende que la santidad no consiste en ritualismos, ascesis mortal o fenómenos extraordinarios. La santidad es relación, por eso: “Mientras más santas, más conversables” (C. 41,7).
Experiencia, humanidad y relación, así podemos resumir el carisma teresiano, uno que no se agota en sus carmelitas o en los institutos inspirados en su figura, también beben de ella colectivos de personas que, atraídas por su figura, luchan por llevar a cabo el sueño de su Jesús, el del gran banquete del Reino donde ninguna persona queda fuera, pues todas, sin importar su condición, su orientación o su situación de vida, tienen una inmensa dignidad y hermosura por ser moradas de Dios. Ojalá también nosotrxs podamos atender a esta invitación.
N. B.: Colectivo Teresa de Cepeda y Ahumada es un espacio de reflexión, liderazgo y defensa del lugar teológico de los grupos vulnerados. Desde su fundación, en 2014, se ha dedicado al acompañamiento espiritual de personas LGBTQ+, la promoción de la espiritualidad y reflexión teológica desde perspectivas queer y feministas, que hagan una crítica a los sistemas patriarcales y kiriarcales de dominación. Su objetivo es ser un centro de reflexión teológica y mística incluyente enraizado en una cultura y contexto específicos, que forme personas realmente comprometidas con su misión profética individual y comunitaria.
Con motivo del décimo aniversario de su fundación, celebraron una misa en la casa de las hermanas Carmelitas Misioneras de Santa Teresa, quienes destacan por su cercanía con las comunidades católicas LGBT+de México. Durante la homilía, Mons. Salvador González Morales, obispo auxiliar de México, refrendó el compromiso de la arquidiócesis por ser un lugar seguro para cualquier miembro de la Iglesia, independientemente de su orientación sexual o su identidad de género.
Comentarios desactivados en La sacramentalidad como despojamiento.
Del blog Amigos de Thomas Merton:
“Como Jesucristo permaneció desconocido entre los hombres, del mismo modo su verdad permanece, entre las opiniones comunes, sin diferencia exterior. Así queda la Eucaristía entre el pan común”
(Blas Pascal)..
«La cita de Pascal sugiere que existe una relación entre el despojamiento de la verdad y el despojamiento propio de la presencia sacramental. La falta de un resplandor llamativo de la verdad concuerda con la presencia invisible del Ungido en la eucaristía, el sacramento prototípico.
La analogía entre la eucaristía y la verdad se merece una mayor elaboración. En primer lugar hay que indicar según los testimonios bíblicos, que los discípulos con los que Jesús celebró su última cena formaban una comunidad desunida, en conflicto y confusa. Un punto de vista sacramental sobre la verdad sugiere por eso que encontrar la verdad creyente supone una verdadera unión con la ruptura, los conflictos y la confusión de las personas de hoy. La Iglesia no está ni por encima ni fuera de la historia, sino que tiene que redescubrirse si quiere realmente encontrar y anunciar la verdad, como el conjunto de discípulos alrededor de la mesa de la última cena: confundida, desesperada, preguntándose qué le espera a ella, a los suyos, y al mundo. Tiene que dejar que le quiten de las manos las supuestas respuestas de la tradición, tal como les fue quitada a Jesús y a sus discípulos la idea establecida sobre la fidelidad de Dios, y que no les quedaba sino la entrega. A fin de poder encontrar y presentar la verdad, tiene que enfrentarse a la pregunta sobre qué cuestiones liberadoras o auténticas quedan por decir en las circunstancias dadas de amenaza, miedo e inseguridad. Hablar sobre la verdad sólo puede nacer desde el silencio de la caótica confusión.
En segundo lugar hay que señalar que la verdad de los evangelios sobre la institución de la eucaristía es ante todo una verdad desprestigiada. Existe en la última cena –y los testimonios evangélicos sobre esto no andan con rodeos– traición, incomprensión, y malentendidos, y se percibe una gran hostilidad ante la única que parece entender lo que va a pasar: la mujer que unge los pies de Jesús. El pan que se parte en la eucaristía es el pan que nos alimenta, y también el pan que se produce con sudor y lágrimas y bajo condiciones injustas. El vino que se comparte es fuente de alegría y a la vez causa de adicción y violencia. De la misma manera que Jesús, según el himno que cita Pablo en su carta a los Filipenses, no sólo se despojó, sino que además se humilló hasta la muerte en la cruz, así la vida de sus discípulos no sólo se manifiesta en su común humanidad, sino mezclada con el mal. A consecuencia de esto la verdad que enseñan no sólo reside en una opinión cualquiera, sino que además está corrompida por la mentira, y peligra perderse en ella una y otra vez. Sea lo que sea, el anuncio de la verdad en sentido creyente y teológico implica en todo caso hablar libremente sobre este continuo desprestigio y la confesión de ser también culpables de él.
En tercer lugar cabe indicar que los testimonios evangélicos en torno a la última cena no dejan duda de que –en medio de la ambigüedad, la ruptura y la culpa– se busca alcanzar la salvación de todos y todo lo que abarca la salvación de los que participan en ella. Desde el ámbito cristiano se entiende que la verdad de la existencia humana es la verdad presente como una Ausencia, como lo que va a venir y lo que se puede y se debe alcanzar, pues todo está ya-siempre a la luz de lo que va a venir. Desde el punto de vista cristiano la verdad que se busca y se desea es la verdad que ya-siempre está empezando, sobre todo en esta búsqueda y en este deseo. Por eso la esencia de la verdad presente rompe la alternativa de presencia y ausencia, como escribió el teólogo alemán Eberhard Jüngel sobre Dios. El hecho de que la verdad está sacramentalmente presente significa que en su presencia siempre está a la vez ausente, sin embargo en su ausencia se mantiene ocultamente presente. Por eso nunca se la puede manejar como una propiedad, sobre todo de parte de la Iglesia, cuya misión es representarla».
*
Erik Borgman
La verdad como concepto religioso
Concilium # 314 (febrero 2006)
Comentarios desactivados en “Tres detalles sobre Juan XXIII”, por Gabriel Mª Otalora
De su blog Punto de Encuentro:
| Gabriel Mª Otalora
Cada 11 de octubre la Iglesia celebra la memoria del santo Juan XXIII. Una fecha importante para recordar a su figura extraordinaria. Bien mirado, enlaza con el liderazgo ecuménico de Francisco en torno al sínodo de la sinodalidad; y se parecen ambos, me parece, en que lo importante que para aquél era el concilio había empezado, sin importarle mucho si lo podría acabar él o su sucesor. Lo mismo que a este le ocurre con la apuesta de fondo de la sinodalidad.
Tres detalles pues, de la importancia de esta figura eclesial, un verdadero profeta de Dios. El primero, que también coincide la fecha del 11 de octubre, es la noche del llamado Discurso a la lunapor parte del Papa Juan XXIII. Al atardecer de aquél jueves, hace ahora 62 años, cien mil personas con antorchas se reunieron en la plaza de San Pedro del Vaticano. Los gritos de la gente convocada por Acción Católica llegaron hasta la habitación del Papa, ya enfermo, que impresionado se acercó a la ventana y desde allí les dirigió unas sentidas palabras a pesar de que le gustaba hablar poco.
Cuentan que aquella noche había luna llena; de ahí el nombre que ha pasado a la historia el contenido de sus palabras ahora resumidas: “Queridos hijitos, queridos hijitos, escucho vuestras voces. La mía es una sola voz, pero resume la voz del mundo entero. Aquí está representado todo el mundo. Se diría que incluso la luna se ha apresurado esta noche, observadla en lo alto, para mirar este espectáculo. Es que hoy clausuramos una gran jornada de paz; sí, de paz: Gloria a Dios y paz a los hombres de buena voluntad”.
“Es necesario repetir con frecuencia este deseo. Sobre todo cuando podemos notar que verdaderamente el rayo y la dulzura del Señor nos unen y nos toman, decimos: He aquí un saborear previo de lo que debiera ser la vida de siempre, la de todos los siglos, y la vida que nos espera para la eternidad. En estas palabras está la respuesta a vuestro homenaje”.
Él no necesitaba homenajes por ese aire fresco que imprimió desde el primer minuto de su pontificado. Lo cierto es que aquél gentío bajo su ventana significaba que había acertado. Y cada 11 de octubre lo recordamos.
El segundo detalle es recordar su implicación salvando judíos de la persecución nazi. Cuando estuvo destinado en Sofía (Bulgaria) representando a la Santa Sede, y en su destino posterior en Estambul (Turquía, miles de judíos salvaron la vida gracias a su mediación en lo que se llamó Operación Bautismo. Este plan para bautizar a judíos evitó que fueran enviados a los campos de concentración. Además, el que sería Juan XXIII emitía certificados de inmigración a través del correo diplomático del Vaticano. Según las investigaciones, alrededor de 24.000 judíos pudieron refugiarse en territorios neutrales como Turquía salvándose del Holocausto; algo similar logró con decenas de judíos en Grecia utilizando entonces visados de tránsito de la Delegación Apostólica vaticana.
El tercer detalle bien conocido, fue la convocatoria inesperada del Concilio Ecuménico del Vaticano II. El objetivo era reflexionar, a fondo, sobre la doctrina y adaptar la evangelización a la las exigencias de ese tiempo. Proporcionó una apertura dialogante con la modernidad ya postrera, con un nuevo lenguaje que se echaba en falta. El Concilio dejó muy claro que autoridad es un servicio y el obispo, un pastor más que un jerarca. Se abrió al ecumenismo, a la libertad religiosa, a vivir la Iglesia en común unión (comunión), sin olvidar el espinoso tema del papel del laicado que hasta entonces había sido secundario sin valorar su misión específica dentro y fiera de la Iglesia. Y así en otras muchas cuestiones capitales.
Espero y deseo que el tiempo nos muestre la hilazón profunda que entreveo entre el llamado Papa bueno y Francisco, líderes de servicio y verdaderos revolucionarios en el sentido de agentes transformadores de tantas inconsecuencias institucionales que apartan la Buena Noticia de millones de personas.
Posdata: mi recuerdo para la Iglesia de Bizkaia en el día de nuestra querida patrona, la amatxu de Begoña, que es también el 11 de octubre.
Comentarios desactivados en “El discípulo perfecto, será como su Maestro”
“El discípulo no es superior al maestro, cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro” (Lc 6,40). No busquemos ser más perfectos que Jesús, no busquemos practicar las virtudes mejor que él, no creamos que podemos hacer algo mejor que él. Imitémoslo en todo, ya que sin imitarlo haríamos menos bien que él. La perfección es hacer todo como el maestro, creer que podemos superarlo es una locura. La perfección es hacer todo como él: practicar las virtudes y hacer el bien como él. Nosotros queremos hacer todo con perfección, la perfección es hacer las cosas como el maestro.
No busquemos las más altas virtudes, sería una locura querer ser más perfecto que Dios…. Querer ser más manso que Jesús sería debilidad; más severo sería dureza; más austero sería tentar a Dios… Más perfecto en lo que fuere, sería inmenso orgullo insensato. La perfección es hacer las cosas como el maestro, creer que podemos superarlo es una locura y un pecado pensar que sea posible “¿Quién es como Dios?”. No busquemos ser más grandes que Jesús a los ojos de los hombres… (…)
Imitemos a Jesús en todo, ahí está la perfección: Jesús es Dios…Dios es perfecto… Jesús es la perfección en todo… Nosotros somos criaturas imperfectas, siempre y en todo. Jamás podríamos llegar a la perfección. ¡Solamente podríamos aproximarnos a la perfección al imitar en lo posible al que es desde siempre nuestro Dios, Jesús!
Comentarios desactivados en Madeleine Delbrêl (1904-1964)
PARA CONSTRUIR UNA IGLESIA MÁS AMABLE Y AMOROSA
Diego Fares,
Madeleine Delbrêl
Escribir sobre Madeleine Delbrêl es escribir sobre «una de las más grandes místicas del siglo XX», cómo dijo el cardenal Martini[1]. Y si es verdad lo que el mismo cardenal afirmó sobre la Iglesia – «La Iglesia está atrasada 200 años. ¿Cómo es posible que no se sacuda? ¿Tenemos miedo, miedo en lugar de coraje?»[2] -, releyendo la vida de Madeleine podemos decir que en esta hija suya, en su testimonio de vida y en su pensamiento, la Iglesia se adelantó 80 años.
Martini, al hablar del atraso, se refería principalmente a la Iglesia en Europa y al aspecto institucional. Decía: «La Iglesia está cansada en la Europa del bienestar y en Estados Unidos. Nuestra cultura está envejecida, nuestras Iglesias son grandes, nuestras casas religiosas están vacías y el aparato burocrático de la Iglesia está fermentando, nuestros ritos y nuestra vestimenta son pomposos. ¿Acaso estas cosas expresan lo que somos nosotros hoy? […] El bienestar pesa. Estamos ahí como el joven rico que se marchó entristecido cuando Jesús lo llamó para convertirlo en su discípulo. Sé que no podemos dejar todo fácilmente. Pero al menos podemos buscar hombres libres que estén más cerca del prójimo. […] ¿Dónde están esas personas llenas de generosidad como el buen samaritano?, ¿que tienen fe como el centurión romano?, ¿el entusiasmo de Juan Bautista?, ¿quién busca lo nuevo como Pablo?, ¿quiénes son fieles como María Magdalena? Aconsejaría al Papa y a los obispos que busquen doce personas fuera de lo común para los puestos de dirigencia. Hombres que estén cerca de los más pobres y que estén rodeados de jóvenes y que prueben cosas nuevas. Necesitamos enfrentarnos con hombres que ardan, de modo que el espíritu pueda difundirse por todas partes»[3].
Madeleine es una de esas grandes mujeres que reúnen en sí la fidelidad de María Magdalena, la audacia de Pablo, la generosidad del buen samaritano y la fe y el entusiasmo en y por Jesús de tantos personajes del Evangelio. Muchas, por no decir todas sus propuestas de vida cristiana en medio del mundo – especialmente en los lugares de periferia geográfica y existencial, como la Ivry marxista de hace 80 años – , son las que Francisco actualiza hoy en sus gestos y escritos oficiales.
Retrato
Madeleine Delbrêl nació el 24 de octubre de 1904 en Mussidan (Dordoña, Francia). Inesperadamente para sus más cercanos, falleció un 13 de octubre de 1964, en su casa de la Rue Raspail 11, en Ivry-sur-Seine, la «villa marxista» donde había elegido ir a vivir y a servir con sus compañeras de comunidad, 30 años antes.
Su amigo y propagador de sus obras, Jacques Loew, nos brinda su mejor retrato, escrito por Krystyna W., compañera de Madeleine, del que tomamos un fragmento: «Vista de lejos, daba el perfil de una mujer sutil, ágil y frágil, pero su porte, y cada gesto, trasuntaba la energía y la decisión de un viejo combatiente en quien el reflejo de estar preparado para entrar en acción siguiendo las órdenes recibidas ha dejado huellas indelebles. Si uno se acercaba a ella, aparecían sus ojos: grandes, luminosos, color marrón claro, que te miraban con atención. Incluso si no tenías ganas de hablar hasta ese momento, algo hacía que se entablara un diálogo, una conversación, en el sentido profundo, etimológico de la palabra. Si no eras capaz de hablar o si no tenías necesidad, todo podía limitarse a un estrechón de manos, a una mirada profunda. Pero, si dejándote atraer por la expresión de su rostro, te animabas a correr el riesgo de dejar entrever un poco de tu alegría o de tu pena, entonces todo su rostro se animaba, como si el viento hiciera temblar la superficie transparente del agua: las expresiones de la compasión, de la comprensión auténtica, del sufrimiento realmente sentido, permitían ver, como a través de una puerta entreabierta, el inmenso camino que había tenido que recorrer esta mujer para llegar a generar encuentros así»[4].
Hija única de Jules Delbrêl y de Lucile Junière, heredó de su padre, ferroviario, el dinamismo, el sentido de la organización y el don de la comunicación; y de su madre, la sensibilidad, la firmeza y el encanto cautivador. Debido a los traslados por el trabajo de su padre y a su salud frágil, Madeleine recibió una formación no convencional. A los doce años hizo su primera comunión, deseada y ferviente, pero a partir de entonces, el trato con amigos cultos y no creyentes de su padre ejercería en ella una fuerte influencia que la llevó a declararse atea a los 17 años. Marcó su vida el encuentro con Jean Maydieu, joven del que se enamora y que la corresponde, pero que la dejará para entrar en la orden dominicana en 1925.
En 1926, Dios se abre una brecha en su vida y Madeleine, deslumbrada, se convierte. Al reflexionar que no es rigurosamente imposible que Dios exista, decide tratarlo como una persona viva y, en consecuencia, comienza a rezar[5]. Según ella testimonia, el Evangelio, con el que el padre Jacques Lorenzo le enseñó a interactuar, «le explotó» en el corazón y la convirtió de atea de un Dios abstracto en creyente fiel del Dios vivo, una persona a quien se puede amar, como dice Santa Teresa.
En 1933, luego de haber obtenido el diplomado en enfermería y de ser admitida en la Escuela práctica de servicio social, junto a Suzanne Lacloche y Hélène Manuel ingresan para siempre en la comuna de Ivry, para vivir el evangelio entre la gente obrera y estar al servicio de la Parroquia de San Juan Bautista[6]. En 1943, visita su comunidad el padre Jacques Loew. Comienza entre ellos una colaboración y amistad estrecha. En diciembre del mismo año Madeleine publica Misioneros sin barca. Hasta 1946, en que decide dedicarse a tiempo completo a su comunidad, Madeleine desplegó una actividad incansable en el servicio social, primero privadamente y luego en cargos públicos, con diferentes administraciones, marxistas y anti-marxistas, siendo respetada y buscada por todos[7]. Madeleine resiste la «tentación marxista»: trabaja codo a codo con todos, pero desde su amor por Jesucristo y la Iglesia. Su fidelidad al Papa la lleva en agosto de 1952 a peregrinar a Roma con el fin de rezar en San Pedro por la renovación misionera que ha surgido en Francia, para que permanezca en la unidad de la Iglesia. En 1953, realiza una nueva peregrinación en medio de la crisis del movimiento de sacerdotes obreros, para interceder por ellos ante Pío XII. En 1961 abren una fraternidad en Costa de Marfil, adonde viajará a pesar de no encontrarse bien de salud. En 1962 se le pedirá un trabajo sobre las formas de ateísmo contemporáneo con vistas al Concilio. Madeleine envía un dossier sobre «Ateísmo y evangelización» pocos días antes de la apertura conciliar. Muere en 1964. En 1996 es declarada Sierva de Dios.
Madeleine y papa Francisco
Francisco confiesa no haber conocido en su juventud mucho de la vida y los escritos de Madeleine, pero lo que le impresiona de esta «gran mujer» es «cómo se metía en las barriadas más pobres»[8].
Dos breves menciones a la venerable. En el 2015, el papa Francisco y el resto de los miembros de la curia romana se reunieron en Ariccia, en la Casa Divin Maestro de los religiosos paulinos, para realizar los Ejercicios Espirituales. El retiro de Cuaresma estaba dedicado a la vida del profeta Elías; pero «junto a Elías, hubo una “compañera” de viaje en los ejercicios de la curia. En el programa preparado para la ocasión por la Prefectura de la Casa Pontificia, al lado de una imagen de un icono que representaba al profeta con su carro de fuego, hay un breve escrito de la mística francesa Madeleine Delbrêl. «La verdadera soledad», se lee, «no es la ausencia de los hombres, es la presencia de Dios», y continúa: «no hay soledad sin silencio. El silencio: a veces es callar, siempre es escuchar»[9].
El Papa también citó expresamente a Madeleine en la audiencia dirigida a los sacerdotes de la diócesis de Créteil, e invitó a rogar por su intercesión: «Pedid insistentemente al Espíritu Santo que os guíe e ilumine. Que os ayude, en el ejercicio de vuestro ministerio, a hacer que la Iglesia de Jesucristo sea amable y amorosa, de acuerdo con la bella expresión de la Venerable Madeleine Delbrȇl[10]. Con esta fuerza proveniente de lo alto, os sentiréis empujados a salir para estar más cerca de todos cada día, especialmente de aquellos que están heridos, marginados, excluidos»[11].
Madeleine Delbrêl es una de las Santas de la puerta de al lado de las que siempre habla el Papa; una mujer que situó su vida en medio de las barriadas pobres marxistas y ateas de Ivry. Es la mujer que, para escuchar a Dios, no se va al desierto de arena, sino al desierto de las multitudes, al medio de la calle, al metro, a los barrios más pobres: va con la actitud de la que quiere ser hermana de todos y servir a todos y, escuchando a cada uno, aprender a escuchar la voz de Dios, que habla siempre a través de los más pequeñitos y abandonados.
Escribir sobre Madeleine Delbrêl implica un continuo deshacer el camino andado hacia la literatura para reemprender el camino hacia el evangelio. En la corrección trabajosa de sus escritos se nota este empeño de Madeleine no de hacer literatura, sino de sacar todo lo que pueda quitar la palabra a Dios. En su meditación sobre el silencio hará notar que el silencio es activo: activa escucha de Dios. Que no lo impiden los ruidos normales ni las palabras normales de la vida. Lo impide la actitud del que con sus palabras le quita la palabra a Dios. El 15 de marzo de 1956 ella hace notar que no escribía por el gusto de escribir: «evitar caer un día u otro en la “literatura”, lo que me parecería el peor de los males»[12]. Por eso, cuando escribe, dice que no quiere hacer un trabajo de síntesis, sino dejar – siguiendo la vida – que se constituya un dossier sobre diversos aspectos de los temas.
Si Madeleine viviera hoy podríamos decir que cada exhortación apostólica y encíclica del Papa hubiera caído como anillo al dedo a su carisma y a sus aspiraciones. Al respecto, afirma don Luciano Luppi: «Cuando leemos hoy la Evangelii gaudium del papa Francisco, o Fratelli tutti, a la luz de muchos pasajes de la obra de Delbrêl, se observa una sorprendente consonancia entre los dos. Y, sin embargo, han pasado décadas desde entonces. ¿Por qué? Las motivaciones pueden ser múltiples. El papa Francisco y Madeleine Delbrêl tienen varias cosas en común: la cercanía a las enseñanzas espirituales de sanFrancisco y san Ignacio; una lectura del Evangelio que no es abstracta o espiritualista, sino preocupada de la adhesión profunda a lo concreto del Evangelio y de la vida; la voluntad de dejarse interpelar por el dolor de los pobres, escogiendo compartir la marginalidad y la pequeñez, el conocimiento vivo del Evangelio como el de una noticia sorprendente y decisiva, de la que el cristiano no puede sino sentirse en deuda con todos»[13].
Una Iglesia que “se construye”
Un hecho singular en la vida de Madeleine ayuda a comprender su concepción de la Iglesia. En 1952 Madeleine hizo un viaje relámpago a Roma para rezar ante la tumba de Pedro. Había manifestado a sus compañeras la necesidad de rezar por la misión de Francia. Estaba convencida de que a los sacerdotes obreros les estaba faltando el fundamento de la oración de todos los cristianos y había sentido la necesidad de hacer una peregrinación a Roma para orar ante la tumba de San Pedro. Iba a pedir que la gracia del apostolado que le había sido dado a Francia no se perdiera, sino que se mantuviera en la unidad y que esta gracia fuera reconocida y fortalecida por la Iglesia. Sin embargo, alguien le susurró al oído que le parecía un poco caro hacer un viaje de ida y vuelta a Roma sólo para rezar unas horas en San Pedro.
Esa misma semana, una amiga sudamericana de Madeleine que había visitado la comunidad, no habiendo podido comprar flores para dejar de regalo, compró un billete de lotería. Lo dejó sobre la mesa y nadie le prestó atención, hasta que se dieron cuenta de que era un billete ganador. ¡Y exactamente de la suma que se requería para hacer un viaje como el que quería hacer Madeleine! Fue así como ella viajó dos días y dos noches, estuvo 12 horas casi ininterrumpidas rezando en San Pedro – «à cœur perdu… et à perdre cœur» – y luego regresó a su tierra. Toda esta peripecia la hacía sin saber que un tal Jean Guègen la estaba esperando ese 6 de mayo de 1952 en Termini, con un billete para una audiencia con Pío XII.
En el prólogo a su biografía de Madeleine, Guéguen cuenta que en marzo de 1952 una amiga de Madeleine, con la que se habían conocido estando ella de gira por Roma, le escribió pidiéndole que recibiera «a una amiga» que llegaría a Roma, a la estación de Termini. Guèguen no conocía el aspecto de Madeleine y no lograron encontrarse[14]. Al regresar a su casa, Jean puso el billete para la audiencia con el Papa Pío XII en una carta y se lo envió a Madeleine al nº 11 de la calle Raspail, en Ivry. Cuando Madeleine lo recibió, le escribió una carta al Papa pidiendo perdón y así comenzó la amistad con Jean Guèguen[15]. Al año siguiente, Guèguen le ayudará a obtener la entrevista. Este es quizá un bello ejemplo del desfase de tiempos entre lo que el Espíritu obra en el corazón de un miembro pequeño del pueblo fiel de Dios y lo que obra en la maquinaria oficial de la iglesia jerárquica. Lo interesante no es el desfase, sino cómo lo vive con buen espíritu la primera interesada. En su libro Noi delle strade, Madeleine cuenta que fue a Roma para rezar y no para pedir «luces», pero algunas cosas se le impusieron como una misión[16]. Una, que Jesús, que había hablado tanto del poder del Espíritu Santo y de su vitalidad a propósito de la Iglesia, dijo que la habría edificado sobre Pedro, que se había convertido en una piedra. «¡Una piedra a la que se le ha pedido que ame! Según el pensamiento de Cristo la Iglesia no debe ser sólo algo vivo, sino algo construido[17]».
Esta revelación, que se le impone sencillamente, del pensamiento de Cristo acerca de una Iglesia que debe ser «construida», resuena en todas las dimensiones y acciones de la vida de Madeleine. Destacamos cuatro. La primera, que para construir la Iglesia hay que «hacer lugar a Dios». No necesariamente un gran lugar. Basta dejar que Él se abra una brecha y entre en nuestra vida. Segundo: para construir la Iglesia hace falta situarse. No en cualquier lugar ni en todo el espacio, sino allí donde el Espíritu abrió su brecha. A veces hemos confundido el espíritu de ir a todos los pueblos con ocupar territorialmente todo el mundo, cuando de hecho, hay lugares donde hay que permanecer y otros de los que hay que sacudir hasta el polvo de las sandalias, al menos hasta que venga un tiempo favorable. En tercer lugar, para construir la Iglesia hay que profundizar. Profundizar en la oración y en la conversión. Por último, para construir la Iglesia hay que incluir a todos.
La brecha: permitir que Dios se haga lugar
Para construir la Iglesia hay que permitirle al Señor que se haga lugar. «A los veinte años – confesaría años despúes Madeleine – fui literalmente “deslumbrada por Dios”; lo que había encontrado en Él no lo había encontrado en nada. Fue el abad Lorenzo quien hizo estallar, para mí, el Evangelio… el cual se convirtió no sólo en el libro del Señor vivo, sino en el libro del Señor para ser vivido»[18].
Madeleine descubre a un Señor que está del lado de la vida. Un Dios que no niega la danza, la poesía, la música, la literatura, el teatro, la filosofía… Ahora que ve la vida de esta manera cada minuto adquiere una importancia singular. Gracias al abad Lorenzo Dios deslumbró a Madeleine, el Evangelio se abrió paso en su vida no como una luz que viene de lo alto y entra en la oscuridad de un bosque, sino como una luz que «estalla», como una onda expansiva de luz que se expande desde adentro hacia afuera. Así concebirá Madeleine la misión del cristiano, como la misión de dar vida y salud al que nunca la tuvo o ya no la tiene. Afirma: «Si los cristianos deben recibir la Gracia en ellos, rezar y sufrir para que la evangelización del mundo sea eficaz, para que los pecadores sean curados, esto no puede eximirlos de ser, cada uno en la frontera con el no creyente con el que confina = brecha para el Evangelio»[19].
Recibir la gracia en sí está en tensión con ser brecha para que la gracia llegue a los demás. No se trata solo de «ser» iluminados por el Evangelio, sino de, al mismo tiempo, ser «brecha» para que pase a los otros esta luz. Y no solo para que pase: importa también discernir dónde esta luz del Evangelio está ya operante: «Discernir en toda persona lo que es luz, incluso fragmentaria, incluso distorsionada. Ser conscientes de que es difícil arrancar la cizaña sin arrancar el trigo bueno. Buscar poner en toda persona siempre más y más grano bueno, sin ocuparse de la cizaña. Respetar a cada uno: no ensuciar su ideal a causa de sus desencantos o rencores. No combatir contra el mal, sino sembrar un poco de vida donde se encuentra el mal, ya que el mal es ausencia de bien[20].
Situarse
Para construir la Iglesia hay que situarse. Madeleine fue una mujer situada, que encontró su lugar en el mundo y allí echó raíces y fructificó. El lugar tiene que ver no solo con la construcción, sino con las cosas superfluas que se dejan de lado para que la vida crezca en lo esencial. Se va a vivir a las barriadas pobres porque la palabra, para ser experimentada y escuchada y entendida, necesita este espacio de la proximidad y cercanía.
Pero lo que maravilla es cómo se concreta esta concepción suya, que es a la vez la más simple y tradicional: la del mal como ausencia de bien. Se concreta en ir a vivir allí donde, más que «haber» mal, lo que hay es «ausencia de bien». Sin ocuparse de la cizaña, ir a sembrar un poco de bien y de vida donde falta. No se trata de ir a arrancar la cizaña sino a sembrar(se) como un poco de trigo bueno. Es todo lo contrario de alejarse del mundo e ir al desierto para vivir allí la propia santidad. Para Madeleine, es en medio de los hombres donde Dios ama estar. Se convierte así en la mujer que una y otra vez pone su vida como levadura en la masa. Madeleine como las santas de la puerta de al lado, se mete en medio de su pueblo para hacerle lugar a Dios en la acción y en la palabra.
La acción con la que Madeleine le hace lugar al obrar de Dios tiene que ver con el estilo de las bienaventuranzas. Afirma Madeleine en «Felices los mansos»: «Para cumplir tu obra sobre la tierra, tú Señor no tienes necesidad de nuestras acciones sensacionales, sino de un cierto volumen de acatamiento amoroso, de un cierto grado de obediente docilidad, de un cierto peso de ciego abandono, situado no importa donde en medio de la multitud de los hombres. Y si en un solo corazón se encontraran juntos todo este peso de abandono, este acatamiento amoroso y esta docilidad, el aspecto del mundo cambiaría, ciertamente. Porque este solo corazón te abriría el camino, se convertiría en la brecha para tu invasión, en el punto débil donde cedería la rebelión universal»[21]. La invasión de la que habla Madeleine recuerda lo que dice el papa Francisco acerca del «desborde de la Misericordia»: «Se trata de discernir el punto concreto – de apertura, de fragilidad, de abajamiento – que permite el desborde de Dios. Cuando decimos “punto concreto”, nos referimos al hecho de que el desborde puede ocurrir sea por medio de una intervención en el momento justo, sea por un cambio de tono, o quizás por un gesto de abajamiento y/o de acercamiento al otro, que desequilibria lo que bloqueaba la relación vital»[22].
Profundizar
Para construir la Iglesia es necesario profundizar. A partir de 1933, en que se establece en Ivry, Madeleine pasa de la idea de una «misión en extensión», con las consiguientes partidas a lugares lejanos, desarraigos y nuevas fundaciones, a lo que ella llama una «misión en profundidad»[23]. Lo expresa mejor que en ningún otro escrito en un breve retrato de Santa Teresita del Niño Jesús: «Quizás Teresa de Lisieux, patrona de todas las misiones, fue designada para vivir al comienzo de este siglo un destino en el cual el tiempo estaba reducido al mínimo, los actos reconducidos a lo minúsculo, el heroísmo indiscernible a los ojos que lo ven, la misión limitada a un metro cuadrado: y esto para que nos enseñase que ciertas eficacias se escapan a la medida del reloj, que la visibilidad de los actos no siempre los recupera, que a las misiones en extensión se estaban por agregar aquellas en intensidad (que van) al fondo de las almas humanas, las misiones en profundidad, allí donde el espíritu del hombre interroga al mundo y oscila entre el misterio de un Dios que lo quiere pequeño y despojado y el misterio del mundo que lo quiere poderoso y grande. Prueba evidente de que consolidar un compromiso misionero con el marxismo no es algo accesorio, un refuerzo artificial, sino un retomar las fuerzas vitales en el lugar mismo en que se quiere minar la fe»[24].
En una charla que dio a sus compañeras de comunidad en 1956[25], Madeleine hace unas reflexiones muy hermosas y prácticas acerca de saber aprovechar los momentos en que se nos vuelve cercano Jesús haciendo lugar a Dios en la profundidad. Su charla era sobre la oración, porque es en la oración donde se nos aproxima Jesús, donde maduran la apertura del Reino y nuestra capacidad para entrar en él. Madeleine afronta un problema muy actual: no tenemos ni espacios ni tiempos adecuados para rezar. No los tenemos tal como los imaginamos cuando pensamos cómo deberían ser un lugar y un tiempo de oración, según una imagen un poco idealizada de la vida contemplativa. Ella nos hace ver que la oración es encuentro con el Dios vivo: cuando rezamos «nos encontramos al Cristo vivo»[26]. Y para las personas vivas siempre hay tiempo y espacio, aunque no sea el ideal (y si no lo hay, las personas mismas se lo hacen).
Aquí, Madeleine hace una consideración muy interesante acerca de una cercanía que, si no se da «horizontalmente», siempre se puede dar «en profundidad»[27]. Recuerda que en la antigüedad, para obtener calor había que quemar madera o sacar carbón, lo cual requería trabajar sobre grandes extensiones de tierra. Hoy se «perfora» un pozo petrolífero y se obtiene un combustible aún mejor. La cuestión es que el deseo de calor y de energía es lo que mueve a buscar los medios. En la oración es igual: el deseo de Jesús – de su calidez y de su energía vital – es el que crea espacios de oración y hace que se encuentren momentos maduros dondesea que uno esté.
Escuchemos a Madeleine sobre los espacios y tiempos para rezar: «El retiro al desierto puede consistir en cinco estaciones del metro al fin de un día en el cual estuvimos perforando un pozo (profundizando con nuestro deseo de Jesús) hacia esos mínimos instantes que la vida nos regala. Y por el contrario, el desierto mismo puede ser sin “retiro” si hemos esperado a estar allí para empezar a desear el encuentro con el Señor. Nuestras idas y nuestros retornos – y no solamente aquellos que se hacen de un lugar a otro, sino también los momentos en los que nos vemos obligados a esperar – ya sea para pagar en la caja, para que se libere el teléfono o para que se haga un lugar en el micro, son momentos de oración preparados para nosotros en la medida en que nosotros nos hayamos preparado para ellos. A ver los momentos desperdiciados porque no estábamos listos, podemos considerarlos como aquello que son: un pecado venial. Pero si un día en nuestra relación con el Señor no se tratará más de considerar pecados, sino amor, quizá tomaríamos conciencia de haber sido ridículos amantes»[28]. «¡Ridículos amantes!» Qué bien captado lo esencial y qué bien expresado. El que ama aprende rápido de sus errores sin necesidad de que otro se los eche en cara.
La cercanía o lejanía del Reino, en la cosmovisión de Delbrêl, es cuestión de amor. El que está enamorado profundiza todo el día en el deseo de encontrar a la persona amada y no se pierde la oportunidad de un encuentro porque sea breve; al contrario, si se trata de un encuentro casual, en el que se tiene poquísimo tiempo, se aprovecha mejor, y da una alegría más grande que si se hubiera planeado y se contara con todo el tiempo del mundo. Continúa Madeleine: «Harían falta muchísimos ejemplos para hacer comprender que en el Evangelio no es el tiempo o el lugar lo que más cuenta. Entre personas que se aman, el tiempo que han tenido para decírselo a veces ha sido brevísimo. Cada uno ha tenido tal vez que salir para su trabajo o para cumplir con una obligación. Pero ese trabajo y esa obligación no habrán sido ese día otra cosa que el eco de las pocas palabras dichas con amor en pocos minutos. Si hemos perdido a alguien a quien amamos y nos encontramos con una carta suya o con alguna nota que nos dicen un poco de su vida nos parece haber encontrado un tesoro. Y nuestro espíritu queda verdaderamente pleno con este tesoro. Y si por casualidad estas notas hablaran acerca de lo que esta persona amada pensaba de nosotros, lo que deseaba que nosotros hiciéramos, esas palabras se convertirían en nuestro pensamiento dominante. El Evangelio es un poco todo esto para nosotros o, al menos, debería serlo. Si lo queremos estudiar desde el punto de vista histórico o teológico el Evangelio requerirá tiempo. Pero si en el Evangelio buscamos algo del Señor vivo que todavía ignoramos: su palabra, su pensamiento, su modo de obrar, aquello que quiere de nosotros; en fin, algo de Él mismo, éste “Él mismo” que buscamos en todos los lugares donde Él nos dice que está, y que nunca encontramos tanto como querríamos, para esto, no es de tiempo que tenemos necesidad. Más exactamente: es de todo nuestro tiempo que, en un cierto sentido, tendremos necesidad. En efecto, vivir no exige tiempo: se vive todo el tiempo, y el Evangelio debe ser, antes de todo, vida para nosotros. Para que las palabras del Evangelio que hemos leído, rezado, y que quizá hemos estudiado, puedan realizar su trabajo de vida en nosotros, es necesario llevarlas con nosotros todo el tiempo que les es propio, para que la luz que les es propia nos ilumine y vivifique»[29].
Incluir
Un modelo actual de inclusión era para ella Charles de Foucauld. «Para estos hombres [como el padre de Foucauld] el amor a Jesucristo lleva al amor a todosnuestros hermanos. […] Sin esperar resultados, sin alterarse por su total fracaso; conserva su paz cuando, después de pasar toda su vida en el desierto, su único balance es la conversión – no muy firme – de un africano y de una anciana. Ama por amar, porque Dios es amor y está en él, y porque amando «hasta el extremo» a todos los suyos, imita – en la medida de lo posible – a su Señor” [30]. «Señor, haz que todos los humanos vayan al cielo», es la primera oración que se propone enseñar a los catecúmenos que nunca tendrá[31]. Para Madeleine, el Padre de Foucauld ha resucitado para nosotros «la figura fraterna de todos de Jesús en Palestina, que acoge en su corazón, a lo largo de los caminos, a obreros y sabios, judíos y gentiles, enfermos y niños, tan sencillo que a todos les resulta inteligible. Nos enseña que, al lado de los apostolados necesarios, en los que el apóstol debe impregnarse del medio que tiene que evangelizar y con el que casi tiene que desposarse, hay otro apostolado que requiere una simplificación de todo el ser, un rechazo de todo lo adquirido anteriormente, de todo nuestro yo social, una pobreza que da vértigo. Esta especie de pobreza evangélica o apostólica nos da una disponibilidad total para reunimos en cualquier sitio con cualquiera de nuestros hermanos, sin que ningún bagaje innato o adquirido nos impida correr hacia él. Al lado del apostolado especializado, se plantea la cuestión del todo a todos[32].
Reza Madeleine en su «Liturgia de los sin oficio», una noche entre 1945 y 1950, en que va con sus compañeras a un café y contempla a tantas personas que «solo están allí por no estar en otro sitio»: «Dilata nuestro corazón para que quepan todos; grábalos en ese corazón para que queden inscritos en él para siempre»[33]. Para construir la Iglesia hay que incluir a todos. La presencia de todos en el deseo básico, inicial, cotidiano, y el trabajo por hacer real esta inclusión de todos, uno a uno, será lo que dé la medida y las estructuras de la construcción. El uno a uno es un universal concreto: es por donde se desborda la misericordia de Dios.
M. Delbrêl, Noi delle strade, Milano, Gribaudi, 1969, 8-9, con la introducción de Jacques Loew, de 1957.↑
Cfr. Ibid., 17; M. Delbrêl, Ville marxiste, terre de mision, París, Editions du Cerf, 1957, 225. ↑
La caridad de Jesús fue el nombre que dieron a su comunidad de mujeres laicas Madeleine y sus primeras compañeras en 1933. El grupo no estaba ligado a ninguna organización, no preveía votos ni promesas oficiales. La vida común era muy intensa. El fin era unirse lo más posible a Cristo en pleno mundo, imitar su vida, obedecer al Evangelio y transmitirlo. Lo cual exigía una vida de oración fuerte y dejarse conducir por la caridad hacia una acción siempre concreta, viendo un hermano en el prójimo, tratándolo sin tacticismos, sino con todo el amor de Jesús (cfr M. Delbrêl, «Pedido de información a propósito de su modo de vida», en https://it.cathopedia.org/wiki/Anne_Marie_Madeleine_Delbrêl#La_Charit.C3.A9_de_J.C3.A9sus. ↑
En 1937 obtiene con la nota máxima el diploma de asistente social. Su tesis «Amplitud independencia del servicio social» es publicada inmediatamente. En 1938 publica «Nosotros, gente de la calle» en la revista Études Carmelitaines. El 21 de septiembre de 1939 es nombrada asistente social de la comuna de Ivry. En 1940, la administración comunista es destituida en Ivry y Madeleine coordinará todo el servicio social. Cuando regresen los comunistas, en 1944, continuará su trabajo colaborando con ellos. ↑
«L’Église, il faut s’acharner à la rendre aimable. L’Église, il faut s’acharner à la rendre aimante»: «Hay poner todo el empeño para volver amable a la Iglesia, hay que esforzarse al máximo para hacerla amable». (M. Delbrêl, Nous autres, gens des rues, París, Seuil, 1995, 137). ↑
Francisco, Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Créteil, 1 de octubre de 2018. ↑
M. Delbrêl, La alegría de creer, Santander, Sal Terrae, 1997, 22. ↑
L. Luppi, «Delbrêl, la mistica che ama le periferie come Bergoglio», en Credere, 15 de Marzo de 2015, 48-51. ↑
Cfr J. Guèguen, Madeleine Delbrêl. Una mistica nel mondo, Milano, Massimo, 1997, 6-8. ↑
«Jean se convierte en el hombre de confianza y el facilitador de los contactos cada vez que va a Roma. Este visita con frecuencia el 11 rue Raspail, en Ivry, y se vuelve un familiar de los “Equipes Madeleine Delbrêl”, bastante después de la muerte de Madeleine, el 13 de octubre de 1964» (G. François, «Décès du Père Jean Gueguen, premier postulateur de la cause en béatification de Madeleine Delbrêl» en Église catholique en Val-de-Marne [https://bit.ly/36qm5R7]. ↑
Le escribe Madeleine a Jean: «Cuatro personas que no conocía antes de estos últimos años me ayudaron sin motivo. Tú eres una de ellas y puedo decirte que las cuatro, en diferentes terrenos, me han dado incomparablemente más de lo que puedes imaginar» (M. Delbrêl, La alegría de creer, cit. 27). ¿De qué se había «hecho cargo» Madeleine cuando le escribió: «Lo que tengo como encargo, es, después de Dios, gracias a ti»? (traducción nuestra del francés). Tal vez, sin Jean Guéguen, Madeleine «sólo» habría ido a Roma a rezar. Para ella eso era lo esencial. Pero Jean la había «cargado» (con una misión) poniéndola en contacto con Pío XII y con el obispo Veuillot. A partir de entonces, Madeleine fue a Roma cada año durante los siguientes diez años. Guéguen la había ayudado a concretar ese «indispensable ir y venir entre la jerarquía y los fieles», sin el cual la misión no podría prosperar. Sobre todo y más allá de eso, Jean fue también el amigo inesperado durante los años más difíciles, de 1955 a 1958, cuando la «Caridad» estaba en crisis y el apoyo a Madeleine se había esfumado. Fueron entonces cuatro los que ayudaron a Madeleine «sin razón», cuatro personas providenciales mientras Madeleine vivía con gran dificultad este tiempo de gran dolor y aislamiento (cfr J. Guéguen, Madeleine Delbrêl. Una mistica nel mondo, cit., 66-67). ↑
Cfr D. Roccheti, «Madaleine Delbrêl, una donna di fuoco», cit. ↑
M. Delbrêl, «Lettera del 18 aprile 1951 a padre J. Loew», en Id., Insieme a Cristo per le strade del mondo, vol. 2: Corrispondenza 1942-1952, Milano, Gribaudi, 2008, 167. ↑
Fue un miembro del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica, entre 2015 y 2022. Ingresó a la Compañía de Jesús en 1976, se ordenó sacerdote en 1986: su padrino de ordenación fue el entonces Provincial de los jesuitas en Argentina, Jorge Mario Bergoglio. Tras graduarse en teología, obtuvo un doctorado en filosofía con una tesis sobre “La fenomenología de la vida en el pensamiento de Hans Urs von Balthasar” (1995). Antes de incorporarse a nuestra revista, fue profesor de Metafísica en la Universidad del Salvador (USAL), en Buenos Aires, y de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Entre los años 1995 y 2015 trabajó como Director de El Hogar de San José, para personas en situación de calle y pobreza extrema. El padre Fares falleció el día 19 de julio de 2022, dejando un valioso legado de escritos sobre diversos temas.
Comentarios desactivados en En el Sínodo, un cardenal estadounidense les dice a los católicos LGBTQ+ y a sus aliados: “No se vayan”
ROMA—Por primera vez desde que comenzó la asamblea sinodal de este mes, los oradores de una conferencia de prensa en el Vaticano abordaron directamente las cuestiones LGBTQ+. El mensaje de un cardenal estadounidense fue: “No se vayan”, haciéndose eco de las palabras de uno de los asistentes espirituales del Sínodo.
En la sesión informativa del viernes, los participantes del Sínodo fueron el cardenal Joseph Tobin, C.Ss.R., de Newark, el obispo Shane Anthony Mackinlay de Sandhurst, Australia, y la profesora Giuseppina De Simone, académica de Teología Fundamental en la Pontificia Facultad Teológica del Sur de Italia.
“Cardenal Tobin, en los EE. UU., usted es conocido por ser muy acogedor con los católicos LGBTQ. Las cuestiones LGBTQ demostraron ser muy polémicas en la asamblea del año pasado, y si bien este año no están en la agenda explícitamente, hay informes de que han surgido en las discusiones, a menudo como ejemplos. ¿Ha cambiado de alguna manera el tono y el enfoque de las cuestiones LGBTQ del año pasado a este año? También me interesaría escuchar lo que el obispo MacKinlay y el profesor De Simone tienen que decir sobre esta cuestión, dado que las cuestiones LGBTQ surgieron en sínodos anteriores y en el Consejo Plenario de Australia”.
Tobin respondió primero reconociendo que “las preocupaciones pastorales en torno al ministerio para y con las personas LGBTQ no son evidentes de una manera tan dramática como a algunos les gustaría, pero eso no significa que la gente no esté hablando de ello”. Continuó:
“La gente es consciente de varias cosas. Son conscientes de los desafíos y obligaciones particulares que una respuesta a la comunidad LGBTQ nos exige. También se dan cuenta de cómo este tema en particular se entiende de diferentes maneras en todo el mundo. Necesitamos trabajar juntos y no simplemente presumir que cualquier país tiene una claridad absoluta sobre el tipo de respuesta. Estoy muy feliz de ver que tal vez vincularlo con esta maravillosa meditación que el P. Timothy Radcliffe habló ayer sobre la mujer sirofenicia a la que Jesús ignoró primero, aparentemente, y luego le dio una expresión que sonó muy dura. Y ella respondió para ayudarlo a entender su dilema. Con suerte, eso es un paradigma. La forma en que Timothy terminó su meditación. Dijo: «Incluso si lo que más te preocupa en la iglesia no se responde satisfactoriamente hoy, no te vayas«.
Cardenal Joseph Tobin, C.SS.R.
Los otros panelistas también respondieron a la pregunta. El obispo McKinley dijo que estaba de acuerdo en que se estaban planteando cuestiones LGBTQ+ en la asamblea y que, en este sentido, «probablemente dos cosas han cambiado desde la sesión del año pasado«. Explicó:
«Una es que no estamos empezando desde cero. Tenemos cierta familiaridad entre nosotros y con cómo temas como este se dan en nuestras diferentes culturas. Me daría cuenta de que no es tan sorprendente que en las culturas occidentales los temas LGBTQ sean significativos y prominentes para las personas. De la misma manera, creo que a los occidentales no nos sorprende tanto que en otras partes del mundo se trate de un tema diferente y que tenga un tipo de prioridad diferente. Por ejemplo, algo de lo que no tenía ni idea cuando llegué a la sesión del año pasado, algo como la poligamia, tendría un perfil tan significativo.
“La otra cosa que ha cambiado es la publicación de Fiducia supplicans el año pasado, que es realmente un paso adelante bastante significativo y, en cierto modo, una respuesta a algunas de las discusiones que tuvieron lugar el año pasado. Como en muchas de las cosas que el Papa Francisco ha hecho durante el último año, no ha esperado al documento final. Ya ha actuado sobre cosas que estaban presentes en las discusiones y en el informe de síntesis del año pasado”.
El profesor De Simone, que también participó en el Sínodo sobre la Familia, resaltó la necesidad de “considerar la diferencia de los contextos culturales”. Ella rechazó la idea de que este proceso sinodal proporcionaría “soluciones que se apliquen a todos”, lo que, en su opinión, equivale a “una forma de imperialismo o colonización cultural, en cierto sentido”. Y, sin embargo, concluyó que sigue siendo esencial en este camino sinodal “que seamos capaces de acoger a todos en nuestra diversidad” y que “nadie debe quedar solo, marginado o excluido”.
En la última pregunta de la conferencia de prensa, de Sebastian Gomes de America Media, se preguntó a los panelistas qué mensaje podrían enviar a los católicos comunes cuyas diócesis y parroquias no han participado en el Sínodo y, por lo tanto, podrían sentirse frustrados o desilusionados. El cardenal Tobin reiteró su deseo de que la gente siga participando, diciendo:
“Me hago eco de la sabiduría de [el padre] Timothy [Radcliffe] ayer. No se vayan. No se vayan. Quédense allí y hagan las preguntas. Las cosas cambiarán”.
Tobin se refería a una meditación que Radcliffe, quien fue nombrado cardenal el domingo pasado y tiene un historial LGBTQ+ altamente positivo, dio a la asamblea del Sínodo el jueves. Al predicar sobre el encuentro de Jesús con la mujer cananea que persiste en pedirle que sane a su hija, incluso a pesar de que él aparentemente la rechaza (Mateo 15:21-28), Radcliffe dijo que la historia ilumina «los procesos a través de los cuales la Iglesia cambia«. El teólogo dominico concluye su meditación:
“Nuestra tarea en el Sínodo es vivir con preguntas difíciles y no, como los discípulos, deshacernos de ellas… hay preguntas profundas que subyacen en muchas de nuestras discusiones…
“¡Muchas personas quieren que este Sínodo dé un Sí o un No inmediato sobre varios temas! Pero esa no es la forma en que la Iglesia avanza hacia el profundo misterio del Amor Divino… Habitamos con estas preguntas en el silencio de la oración y la escucha mutua. Escuchamos, como dijo alguien, no para responder sino para aprender. Abrimos nuestra imaginación a nuevas formas de ser la casa de Dios donde hay lugar para todos. De lo contrario, como decimos en Inglaterra, estaremos simplemente reorganizando las sillas de los escritorios del Titanic.
“A pesar de la recepción hostil de los discípulos, la mujer [cananea] se queda. No se da por vencida y se va. Por favor, quédense, sean cuales sean sus frustraciones con la Iglesia. ¡Sigan cuestionando! Juntos descubriremos la voluntad del Señor”.
—Robert Shine (él), New Ways Ministry, 12 de octubre de 2024
Comentarios desactivados en “Juntos andemos, Señor”… de la mano de Teresa de Jesús.
Hoy, el Carmelo Teresiano, la Iglesia Católica y muchos creyentes del mundo entero, recordaremos a esta genial mística castellana y española, Teresa de Jesús… Yo os recomiendo vivamente leer sus Obras completas, acercarse a alguna de las buenas biografías que hay en el mercado. Caminemos de la mano de esta mística de la Humanidad de Cristo, maestra de oración queen el capítulo ocho de su autobiografía nos recuerda que, “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5).
“Estando en la Encarnación el segundo año que tenía el priorato, octava de San Martín, estando comulgando, partió la Forma el Padre fray Juan de la Cruz, que me daba el Santísimo Sacramento, para otra hermana. Yo pensé que no era falta de Forma, sino que me quería mortificar, porque yo le había dicho que gustaba mucho cuando eran grandes las Formas (no porque no entendía no importaba para dejar de estar el Señor entero, aunque fuese muy pequeño pedacico). Díjome Su Majestad: «No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de Mí»; dándome a entender que no importaba. Entonces representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y dióme su mano derecha, y díjome: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía». Hízome tanta operación esta merced, que no podía caber en mí, y quedé como desatinada, y dije al Señor que o ensanchase mi bajeza o no me hiciese tanta merced; porque, cierto, no me parecía lo podía sufrir el natural. Estuve así todo el día muy embebida. He sentido después gran provecho, y mayor confusión y afligimiento de ver que no sirvo en nada tan grandes mercedes.”
*
Rel 35;Cfr 7M 2, 1).
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“Lo que pasa en la unión del matrimonio espiritual es muy diferente: aparécese el Señor en este centro del alma sin visión imaginaria sino intelectual, aunque más delicada que las dichas , como se apareció a los Apóstoles sin entrar por la puerta, cuando les dijo: «Pax vobis»“. Continúa diciendo sobre esta unión de Dios y el alma: “Es un secreto tan grande y una merced tan subida lo que comunica Dios allí al alma en un instante, y el grandísimo deleite que siente el alma, que no sé a qué lo comparar, sino a que quiere el Señor manifestarle por aquel momento la gloria que hay en el cielo, por más subida manera que por ninguna visión ni gusto espiritual“. *
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Moradas. 7, capítulo 2, núm 2,3
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”Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.”
*
(Libro de la Vida, capítulo 9,1)
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“Bendito seáis por siempre, que aunque os dejara yo a Vos, no me dejasteis Vos a mí tan del todo, que no me tornase a levantar, con darme Vos siempre la mano; y muchas veces, Señor, no la quería, ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo.
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(Libro de la Vida, capítulo 6,9)
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“Juntos andemos Señor.
Por donde vayas tengo que ir,
por donde pases tengo que pasar.”
*
(Camino de Perfección 21, 26)
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Entre los pucheros anda el Señor…
“No es sola esta persona, que otras he conocido de la misma suerte, que no las había visto algunos años había y hartos; y preguntándoles en qué se habían pasado, era todo en ocupaciones de obediencia y caridad. Por otra parte, veíalos tan medrados en cosas espirituales, que me espantaban. Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior.”
Si la máxima de Ortega, “yo soy yo y mis circunstancias” fuera cierta, no lo sería menos referida a la espiritualidad del ser humano. En cualquier circunstancia, una espiritualidad que diera la espalda a la realidad histórica estaría renunciando a un componente muy sustancial de su propia identidad, y, por eso mismo, estaría acumulando sobrados motivos para ser tachada de engañabobos. Pero, a su vez, una espiritualidad religiosa, cristiana, que renunciara a la tras”-des”-cendencia”y “calidez” del misterio, sería, cuando menos, imperfecta y difícil de entender. Uniendo ambas dimensiones, el papa Francisco, desde su llegada al obispado de Roma, no cesa de clamar contra la“cultura de la indiferencia” y de proponer como revulsivo “la revolución de la ternura”.
La espiritualidad en las religiones siempre ha estado tentada por el escapismo o la huida de la realidad, y por refugiarse en mundos imaginarios y fantásticos frecuentemente aberrantes. La historia, como se irá evidenciando en estas páginas, está cuajada de ejemplos en este sentido. Pero simultáneamente se ha venido desarrollando otro tipo de espiritualidad, generalmente incomprendida por las instituciones, que, desde tiempos inmemoriales, se ha ido haciendo cargo de las irritaciones y desafíos de la realidad. Las tradiciones bíblicas —desde los primeros capítulos del libro del Éxodo, pasando por los Salmos, Job y los profetas hasta Jesús de Nazaret— no han cesado de preguntarse, desde el lado oscuro de la historia, “¿dónde está tu Dios?”. Porque el Dios bíblico, descubierto como amor, es también Dios de justicia; siendo la justicia la mejor imagen que representa al Dios que es amor.
Desde el último cuarto del pasado siglo, el teólogo J. B. Metz ha venido calificando este tipo de espiritualidad, profundamente bíblico, como “Mística de ojos abiertos” (cfr. Por una Mística de los ojos abiertos. Cuando irrumpe la espiritualidad). Una espiritualidad samaritana que, en la terminología del mártir Ignacio Ellacuría, se hace cargo de, carga con, y se encarga de la realidad doliente. A juicio de este eminente teólogo de Münster, cofundador de la revista Concilium, se trata de una espiritualidad que, mirando de reojo al juicio evangélico de las naciones (Mt 25), asume como imperativo ético y político la centralidad y autoridad de las víctimas.
Pues la búsqueda incesante del ser humano por un más allá —que la teodicea reasume en la pregunta por Dios— solo se justifica plenamente desde el sufrimiento y la justicia debida a las personas que sufren y a las empobrecidas. Se trata entonces de una espiritualidad que sitúa en la encrucijada de la historia humana el conflicto entre la injusticia reinante (que proyecta el ser humano a una tarea mesiánica, liberadora) y la plenitud de la justicia que se espera del futuro.
Dedicamos estas páginas a Teresa de Ávila en el quinto centenario de su nacimiento. Es nuestro pequeño homenaje a esta mujer tan entrañablemente nuestra. Fue la suya una espiritualidad de “ojos abiertos”. Nos sigue cautivando aquel gracejo del que es ejemplo su disgusto ante el único retrato en su vida, que le hizo fray Juan de la Miseria: “Me habéis hecho fea y legañosa, fray Miseria, ¡Que Dios os lo perdone!”.
Nos sigue sorprendiendo la profundidad que una mujer “sin letras” —como ella misma se dice en el Libro de su Vida— llegó a cultivar su propio “huerto” y alcanzar una tal experiencia del ser humano y de la divinidad. Nos sobrecoge, sobre todo, su gran habilidad para moverse al filo de la censura doctrinaria de la institución y sortear las siempre amenazantes llamas de la Inquisición. La riqueza personal, de la que Teresa es plenamente consciente, la empuja a moverse con serenidad y sabiduría entre aquellas aguas turbulentas de la religión de su tiempo. El extraordinario temple de esta mujer singular se refleja plenamente en la confesión que le hizo a un fraile carmelita cuando ya rondaba los cincuenta años: “Sabed, padre, que en mi juventud me dirigían tres clases de cumplidos; decían que era inteligente, que era una santa y que era hermosa; en cuanto a hermosa, a la vista está; en cuanto a discreta, nunca me tuve por boba, en cuanto a santa, solo Dios sabe”.
Editorial del nº 127 de EXODO, espiritualidad: Teresa de Jesús, hoy
El 15 de octubre se celebra la fiesta de Santa Teresa de Jesús. Su vida y su obra mantienen actualidad porque ella fue una mujer que supo vivir en “su tiempo” y “adelantada a este”. Vivió en su tiempo y afrontó las circunstancias que su momento le deparaban, con naturalidad, confianza, intrepidez. Pero también vivió adelantada a su tiempo porque rompió moldes y estereotipos de su época, ganándose así enemigos y contradictores. Muchas cosas podríamos decir de ella para mostrar la actualidad de su legado. Recordemos algunas para celebrarla en su fiesta.
Fue una mujer a la que le importaba lo que pasaba y sentía la necesidad de implicarse en ello para dar alguna respuesta. Así lo expresa: “Está ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que, por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”. O, como también lo expresó: “Veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Por supuesto esta expresión refleja la comprensión sobre las mujeres de aquella época -y de aún hoy en ciertos sectores-. Pero para ella, aquellas que tildan de “débiles”, en realidad tienen “ánimos virtuosos y fuertes”.
Su mayor legado fue la experiencia de oración que supo vivir y enseñar, especialmente, a sus monjas. En tiempos donde no estaba permitida la oración mental para las mujeres, ella no duda en instar a sus hermanas que emprendan el camino de oración y que ante las críticas que puedan recibir de parte de los clérigos por tener la osadía de seguir ese camino, no les hagan caso porque, según ella, esas críticas –“son opiniones del vulgo”-; y también les recomienda que cuando les digan que dejen la oración, apelen a la regla que “manda a orar sin cesar”.
Dos cosas son centrales para ella en la oración: (1) la importancia del amor y (2)la humanidad de Cristo. Lo primero es muy significativo porque no es la oración por la oración, no la propone como una técnica, un ascetismo -como a veces se enseña hoy- porque lo que interesa es el amor: “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho, y así lo que más os despertare a amar, eso haced”. Lo segundo es definitivo: la humanidad de Cristo es el medio para la más subida contemplación, aunque sus contemporáneos lo negaban: “Y veo yo claro (…) para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita (…) He visto claro que por esta puerta hemos de entrar (…) Así que vuestra merced, señor(el P. García de Toledo) no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación, por aquí va seguro (…) y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y lo vemos con flaquezas y trabajos y es compañía”. Busca orientaciones sobre su propio proceso de oración, pero lo hace con personas “letradas” -porque sabe lo fácil que es caer en cualquier tipo de explicaciones falsas- pero, al mismo tiempo, para ella la oración es fuente de sabiduría porque “la verdad de Dios se nos entrega en la oración, en el trato amistoso con Él”. Por eso puede contradecir a quienes le dicen que no tiene razón.
Algo sorprendente son las fundaciones que hace. No hay dificultad humana que se lo impida porque su confianza es absoluta en Dios y sabe que, si ella pone todo de su parte, Dios no dejará la obra inconclusa. Sabemos que no solo funda conventos de mujeres sino también de varones. Y parece que no le tema a nada. Es capaz de enfrentarlo todo y no cesa de buscar soluciones a las dificultades que se le presentan. Actúa con astucia para conseguir lo que persigue y sabe ocultar sus intenciones para no ser reprobada por los superiores hasta que se realiza la obra: “Y así me determiné de hablar al gobernador, y me fui a una iglesia que está junto con su casa y le envié a suplicar que tuviese por bien de hablarme. Había ya más de dos meses que se andaba en procurarlo y cada día era peor. Como me vi con él, le dije que era recia cosa que hubiese mujeres que querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que los que no pasaban nada de esto, sino que se estaban en regalos, quisiesen estorbar obras de tanto servicio de nuestro Señor. Estas y otras hartas cosas le dije con una determinación grande que me daba el Señor; de manera le movió el corazón, que antes de que me quitase de con él, me dio la licencia.”
Gracias a sus escritos podemos hoy seguir profundizando en su legado. Una y otra vez se estudian, se meditan, se oran, se reflexionan sus obras y siempre se saca mucho provecho de ellas. En sus escritos también muestra su osadía y su estar adelantada a su tiempo. Más de una obra fue cuestionada y retirada, pero la fuerza de su experiencia permitió que se recuperaran y podamos seguir aprendiendo hoy de su inmensa hondura espiritual.
Pero lo que más me encanta de Teresa es lo que un nuncio del Papa, afirmó de ella: «…femina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de la clausura, contra el orden del Concilio Tridentino y Prelados: enseñando como maestra, contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen”. Precisamente esas palabras muestran todo lo que ella fue en su tiempo, saliéndose de los moldes establecidos porque en realidad amaba a la Iglesia y no se resignaba a que en ella no se viviera la radicalidad del evangelio.
Personas como Teresa son las que necesitamos en este tiempo en que se está realizando el sínodo de la sinodalidad como una concreción de la “reforma” de la Iglesia que Francisco propuso al inicio de su pontificado. Lamentablemente el coraje y audacia de Teresa no parecen presentes en los padres y madres sinodales que, atrapados en la estructura pesada y casi inmóvil de la Iglesia, van desarrollando lo estipulado en el proceso, pero dejando de lado muchos de los aspectos que salieron en la etapa de escucha. Se invocan muchas razones: no es el momento, no está suficientemente maduro, hay que tener paciencia, mejor lograr poco que no lograr nada, etc. Ojalá Teresa inspirara otra manera de actuar en la Iglesia: la del profetismo y la valentía para empujar caminos que rompen moldes y estrenan horizontes distintos e inéditos, aquellos que en verdad vienen del Espíritu, aquél de quien afirmamos que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5)
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Recuperamos este texto que ya publicamos al comienzo del V Centenario de su nacimiento y de mucha actualidad ahora que partidos negacionistas como la entente PP/VOX están retrocediendo, allí donde gobiernan juntos, en derechos de las mujeres y la defensa contra la Violencia de Género
El V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús muestra la imagen más revolucionaria de la fundadora de las carmelitas descalzas.
“El mundo nos tiene acorraladas”, escribió Santa Teresa de Jesús refiriéndose a las mujeres
Ana Flotats
Santa Teresa de Jesús fue probablemente la primera mujer feminista de la Iglesia Católica. En pleno siglo XVI, la fundadora de las carmelitas descalzas se despachó en diversos libros contra la desigualdad que observaba en las decisiones de la jerarquía eclesiástica. “El mundo nos tiene acorraladas”, “aunque las mujeres no somos buenas para consejo, alguna vez acertamos” o “no son tiempos de desechar ánimos fuertes, aunque sean de mujeres” son algunas de las afirmaciones que esta religiosa, doctora de la Iglesia Católica, dejó escritas en un momento en que las mujeres eran prácticamente invisibles, tanto en esta religión como en la sociedad civil.
Santa Teresa fue una mujer libre, independiente y con una fuerte determinación para emprender grandes reformas. Pero esa no es la imagen que se tiene de ella. Ni siquiera la serie que protagonizó Concha Velasco en los ochenta mostró, según los expertos, la verdadera cara de Teresa de Ávila. El V Centenario del nacimiento de Santa Teresa Jesús, que se conmemora a partir del año que viene, busca precisamente actualizar su figura. “Teresa apostó por la mujer en su condición de dignidad, para ser oída y no sólo oyente“, explica a Público Máximo Herraiz, ex vicario general, doctor en Teología y uno de los mayores expertos en el estudio de Teresa como mujer y escritora.
De hecho, precisamente para que su voz fuera escuchada, en el libro Camino de perfección la religiosa critica a los inquisidores por prohibir libros y, a su vez, a los sacerdotes que lo toleran, a quienes llama “falsos profetas” y “medios letrados”. En este texto dedicado a 12 mujeres que inician la fundación del nuevo Carmelo —llevado a cabo por Teresa—, la religiosa escribe: “No son tiempos de creer a todos, sino a los que viereis van conforme a la vida de Cristo” (…)”. Y exhorta a sus hermanas: “No hagan caso de la opinión del vulgo [el gremio sacerdotal].
Santa Teresa no quiere que ningún hombre ejerza de superior en los conventos. “Desea que las monjas sean independientes, autónomas, y de hecho, acaban eligiendo a sus superioras cada tres años, lo que supone una auténtica revolución“, insiste Herraiz. Después de la primera asamblea electiva y legislativa de los carmelitas, en marzo de 1581, Teresa insta a sus comunidades de carmelitas a que envíen su opinión sobre las constituciones que quieren y ella escribe: “En nuestras cosas no hay que dar parte a los frailes”.
Santa Teresa quiere que sus monjas intervengan activamente en la elaboración de sus leyes. La clausura, explica Herraiz, “no es para que no puedan salir, sino para que nadie entre a gobernarlas”. “Esto es lo que temen mis monjas: que han de venir prelados pesados que las abrumen mucho”, escribe. La religiosa acusa a los sacerdotes de “malos cristianos” y “negros devotos” que “destruyen los conventos femeninos” por prohibir libros a las mujeres.
De hecho, sus obras fueron ampliamente censuradas y en 1559, cuando se publica el Índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés, los inquisidores —siguiendo sus instrucciones— desvalijan la pequeña biblioteca que Santa Teresa tenía en el monasterio de la Encarnación. La Inquisición mandó requisar su obra El libro de la Vida, pero Santa Teresa se quedó con una copia del manuscrito. “No se paró ni ante la Inquisición”, remarca Herraiz, “y se enfrentó también al arzobispo de Toledo y al de Burgos“.
Como dice el director del Centro Internacional de Estudios Teresianos de Ávila y vicepresidente de la Fundación V Centenario, Javier Sancho, “la fe cristiana ayudó a Santa Teresa a ser más mujer”. La religiosa, que creó 17 convenios en España y dos colegios para la formación de las niñas, defendió siempre su dignidad como mujer. Herraiz recuerda una anécdota: “Un día que Teresa fue a visitar las obras del primer monasterio, en Ávila, un albañil dijo a un compañero al ver pasar a Teresa: “¡Qué lástima, una mujer tan guapa y que sea monja!“. Teresa lo oyó, volvió sobre sus pasos y le dijo al piropeador: “A ti te da igual porque nunca me hubiera casado contigo”.
Parte de los pensamientos de Teresa de Jesús, además, pueden leerse ahora en el libro Estudios Teresianos. Autógrafos de Santa Teresa de Jesús en Europa y América, que supone una fotografía global de la existencia de las 500 cartas recuperadas en España, Italia, Portugal y América Latina. Sus autores, Tomás Álvarez y Rafael Pascual, han tardado cinco años en publicar esta obra, dadas las dificultades por encontrar a los depositarios de las cartas.
Y al cabo de unos años, más o menos,
tras una buena dosis
de aventura y desengaño,
volvemos a encontrarnos cara a cara,
porque queremos y aún soñamos,
con el Maestro que nos miró con cariño
aunque no seguimos su camino.
Y es que sus cuatro palabras
tan claras, suaves e imperativas
-ve, vende, da, sígueme-
se nos quedaron tatuadas en el alma
y no hemos podido borrarlas,
a pesar de sumergirnos en otras ofertas y baños,
después de tantas etapas vividas.
Volvemos, nos acercamos, soñamos.
Y el Maestro, que no acostumbra a cambiar,
nos mira con viva esperanza,
y nos presenta nuevamente su alternativa
a contrapelo de la cultura que se estila:
vender, dar, no almacenar, vaciarse…
y seguirle olvidándose de ser héroes.
Tantas heridas y marcas portamos ya
que, aunque sea a regañadientes,
le damos crédito y le aceptamos.
Y, al fin, empezamos a vivir la vejez,
a pesar de las pérdidas y disminuciones,
como un camino de vida plena,
confiando a fondo perdido en su propuesta.
Y es que, según la sabiduría evangélica,
Él no nos salvó por su poderío y fuerza
sino por su vaciamiento y pobreza.
Por eso, en este momento de decrecimiento
le dejamos a Él el volante y la brújula,
el mapa de carreteras y las preguntas,
para ver cumplido nuestro sueño y su promesa.
Comentarios desactivados en Las bendiciones de Dios caen en manos abiertas
La reflexión de hoy es de Ariell Watson Simon, colaboradora de Bondings 2.0..
Las lecturas litúrgicas de hoy para el vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
Recuerdo vívidamente los cálculos mentales que precedieron a mi declaración pública. ¿Qué amigos perdería? ¿Qué miembros de mi familia? ¿Qué carreras profesionales me serían vedadas? ¿Qué significaría esto para mi capacidad de mantenerme trabajando en el ministerio? Durante ese tiempo de ansiedad, calculé el costo de lo que significaría salir del armario y, poco a poco, hice las paces con lo que estaba arriesgando. Aunque esperaba y rezaba para que mi comunidad me aceptara y me apoyara, tenía que prepararme para la pérdida. Estaba cambiando mi seguridad social y profesional por la promesa de una vida integrada compartida con mi pareja.
En la lectura del Evangelio de hoy, Jesús se encuentra con una persona que expresa un deseo sincero de realización espiritual. El texto nos dice que esta persona tiene mucho a su favor en términos de riquezas mundanas. Me imagino que entró en la conversación con Jesús esperando un “buen trabajo” por su excelente historial religioso y moral.
Pero a pesar del currículum religioso del hombre, Jesús le dice: “Te falta una cosa”. Curiosamente, Jesús no dice directamente qué es esa “única cosa”. En cambio, Jesús parece dar instrucciones sobre cómo obtenerla: “Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme”. Sea lo que sea esa “única cosa”, es algo que sólo se puede obtener intercambiando lo que uno tiene y reinvirtiéndolo en el reino de Dios.
Este tema de intercambiar bienes mundanos por bienes eternos hace eco de la primera lectura del libro de la Sabiduría, que proclama un deseo de sabiduría, incluso a costa de lujos y poder. En conjunto, estas lecturas sugieren que la única manera de obtener la plenitud espiritual es dejar ir todo lo demás.
En mi trabajo como capellán, a menudo uso la imagen de cada bendición mundana como un objeto, sostenido en la palma de la mano. Si cierro los dedos, apretándolos con fuerza, mi mano ya no está abierta para recibir nada más. Dios está esperando ofrecer el don mayor de la vida eterna y abundante, pero no tengo espacio para agarrar mientras tengo el puño cerrado. Imagino que por eso la Escritura dice del hombre rico que “Jesús, mirándolo, lo amó”. Jesús deseaba bendecir amorosamente a esta persona, pero sabía que no tenía espacio para aceptar la bendición de la vida eterna, porque su corazón se aferraba demasiado a las cosas buenas de este mundo.
El proceso de salir del armario me mostró a qué cosas me aferraba con más fuerza y, poco a poco, me enseñó a soltarlas. De hecho, la única forma de hacer espacio para la abundante gracia de Dios es abrir los dedos y sostener las cosas de este mundo (mis relaciones, mi cuenta bancaria, mi trabajo y mi reputación) con una mano abierta.
Por supuesto, salir del armario nunca termina realmente. Ya sea que me esté delatando a la cajera del supermercado o a un nuevo supervisor en el trabajo, siempre llevo en el fondo de mi mente la misma pregunta: ¿Qué podría perder? Trabajamos y oramos por un mundo en el que salir del armario como LGBTQ+ no implique una sensación de riesgo personal. Sin embargo, en el mundo en el que vivo hoy, cada vez que salgo del armario, se corre algún riesgo en cuanto a reputación, conexiones o incluso seguridad. Con cada vez que salgo del armario, aflojo mi control sobre estas cosas y, a su vez, encuentro una mayor libertad espiritual.
Al mirar atrás a esos cálculos mentales asociados con mi primera salida del armario, puedo ver que muchas de las relaciones y objetivos que estaba dispuesta a arriesgar no se pusieron en peligro en última instancia. Los sostuve con una mano abierta y allí permanecieron. Siento que Dios me los devolvió y que tengo una perspectiva más saludable sobre ellos por estar dispuesta a dejarlos ir.
Otros «bienes» que arriesgué al salir del armario, de hecho, me los arrebataron. Como muchos de mis hermanos LGBTQ+, he perdido amigos, conexiones familiares, oportunidades laborales (¡y más que un poco de sueño!) por la homofobia. Sin embargo, cuando pienso en esas pérdidas, encuentro las palabras de Cristo resonando en mi mente:
“En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras por mi causa y por el evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones, y la vida eterna en el siglo venidero” (Marcos 10).
Experimento los primeros frutos de esta promesa cuando miro a mi alrededor y veo mi vida actual, llena de familia y familia elegida, trabajo significativo y ministerio gratificante. En esos cálculos iniciales que hice antes de salir del armario, no preví estas bendiciones inesperadas.
También sigo aprendiendo a regalar otros bienes con mayor libertad por el bien de los demás. Por ejemplo, salir del armario me ha enseñado a ser más libre al arriesgar mi reputación por el bien de una buena causa. Así como Jesús invitó al hombre rico a compartir su riqueza con aquellos que eran materialmente pobres, mi fe me llama a aprovechar mi privilegio como persona blanca y cisgénero para amplificar las voces de los miembros más marginados de nuestra comunidad.
Tal vez esa “única cosa” que le faltaba al hombre rico era la libertad: la libertad que surge al saber qué es lo más valioso en la vida y estar dispuesto a alejarse de todo lo demás. La libertad es el regalo inesperado que el hecho de salir del armario le ha dado a mi vida espiritual. Rezo para que cada uno de nosotros siga viviendo en el riesgo de la autenticidad y crezca en libertad con cada salida del armario. Que podamos confiar en las bendiciones de Dios que caen en manos abiertas.
—Ariell Watson Simon (ella), New Ways Ministry, 13 de octubre de 2024
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