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Jairo del Agua: ¿Qué haces con tus muertos? Lo importante es lo que «vive en ti» del que se fue y no el funeral o la tumba.

miércoles, 29 de marzo de 2023
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0C7CC904-8841-4BA7-89F6-7F41A63FD16CLos muertos que te duelen son aquellos con los que tienes un vínculo de afecto, muy particular o generalizado por tu compasión humana.

La separación definitiva de ese «ser querido» es lo que duele. A la «aceptación y cura» de ese dolor lo llamamos duelo.

Es ancestral el «culto a los muertos» y la arqueología lo ha demostrado con creces. Es el intento de conservar los vínculos con el que se fue. La raíz de esa reacción humana ante la muerte está en el amor (esencia del hombre).

Por eso nos preocupa si sufrió o no, si estaba acompañado y asistido, dónde y cómo murió. Por eso queremos estar, ver, acompañar, tocar, despedir… Algo que a tantísimos miles de personas se les está negando en estos días.

En nuestro corazón el silencioso deseo de que todo sea o haya sido como lo hubiéramos querido para nosotros. Es la expresión más cristiana del amor: «amar al prójimo como a uno mismo».

¿Y cómo es el «culto a los muertos» en nuestra práctica católica? Pues paradójicamente al revés, echando sal en la herida: Cargamos al muerto de cadenas, deudas y pecados para convertirnos en «salvadores», que pagan por su rescate, y así sentirnos aliviados. Es decir, acudimos a «ritos funerarios externos» que, según la ideología que nos inculcaron, son remedio santo para aliviar al muerto. Y a los vivos sufrientes que los zurzan, que se conformen con el rito y paguen.

La fuerza real de un funeral (de cualquier religión) es el «acompañamiento» a los vivos y las «muestras de afecto». Es el «acto social y fraterno» lo que vale, el rito no vale nada, solo es el motivo para coincidir con los que lloran.

Es decir, la respuesta religiosa ante la muerte no solo es insuficiente y desenfocada, además es incoherente. Se limita a «pedir a Dios» que sea bueno con el muerto y le proporcione la paz cuanto antes. Lo que es absurdo, porque Dios no puede ser más que Bondad y Paz infinitas. Es tanto como pedirle a la luz que ilumine.

Se perdió la ocasión de ocuparse de los vivos, de consolar su llanto, de reconocer la «presencia silenciosa del Abba de Jesús» abrazando a los sufrientes como ya ha abrazado al que pasó a la eternidad. Él sí estuvo presente en su lecho de muerte y en todo momento. Puedes relajar tu ansiedad y el dolor de tu ausencia en el último suspiro: Estuvo siempre acompañado y amado.

Se perdió la ocasión de recordarnos que ante el «misterio de la muerte» no cabe más que ACEPTAR nuestra limitación, nuestro «no saber». No se nos ha revelado cómo es el desembarco. Solo sabemos -por revelación y certeza interior- el destino: Amor Infinito en el que «somos, nos movemos y existimos» (He 17,28), también tras la vida física.

Hay demasiada ficción novelada y siniestra imaginación sobre la muerte y los muertos. Todos los cuentos míticos sobre purgatorios e infiernos son incoherentes con el Abba revelado por Cristo. Lo único que sabemos es que no sabemos nada sobre el viaje al otro lado y los horizontes luminosos de la eternidad. Nadie volvió para contarlo. Y las llamadas apariciones y revelaciones particulares no son más que proyecciones de lo que esas personas ya tenían dentro por aprendizaje o imaginación.

El gran consuelo para los que sufren es la SEGURIDAD de la ESPERANZA que mana del Padre amante del que nos fiamos por fe y experiencia interior. Pero nuestros ritos funerarios discurren por la incoherencia de la «obsesión por los pecados y la necesidad de expiarlos», herencia del judaísmo que no hemos conseguido superar. Por eso insisten en pedir y pedir perdón y un buen destino para el viajero, a quien ya abrazó el Padre en la «Estación Termini».

Quienes hablan de los «méritos de Cristo», aplicados en la Misa al rescate del muerto, no saben lo que es amor. Hablan teóricamente del amor divino, su misericordia, su ternura… Y olvidan su esencia: la GRATUIDAD, sin la cual NO hay verdadero amor.

Por eso sobran las indulgencias (qué pretensión tan necia de «ser como dioses»), los sufragios, responsos, sacrificios y expiaciones que nos hemos inventado para minorar el temor ante un justiciero «jefecillo tribal», figura humanoide a la que hemos reducido al Abba.

Si crees que me equivoco, cógete el Evangelio y relee pasajes como los de la «adúltera», el «hijo pródigo», la «oveja perdida», el «perdón a los enemigos», etc. Y escucha a Pablo: «Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza…» (1Tes 4,13).

No, no hay que preocuparse por los muertos. Pasado el umbral de la eternidad ya están en brazos de la Misericordia y la Paz. No hay oraciones ni rescates que aplicar y muchísimo menos si son de pago (puro pecado de simonía).

Son los vivos, son las personas que sufren las que nos deben preocupar. ¿Y qué mejor remedio para el dolor que saber que tu ser querido ya llegó a la resurrección y la paz?

Los funerales deberían ser para los «vivos» que sufren el desgarro de la despedida, sobre todo si fue inesperada. El apoyo firme sería la ESPERANZA cierta que acabo de describir.

Deberíamos empezar por convencernos de que la muerte, para los cristianos, es una liberación, una meta, una pascua, el paso a la tierra prometida. NO un motivo de tristeza y, menos aún, de penitencia reparadora. Los que mueren, mueren para vivir.

¿Podemos hacer algo por los difuntos? ¿Ellos pueden hacer algo por nosotros? La respuesta es un rotundo NO. La eternidad es inalcanzable para nosotros y ellos tampoco pueden alcanzarnos porque viven en el Amor Infinito que no necesita influencias ni intermediarios porque lo llena todo con su Plenitud.

Las «preces» por los difuntos y la mayoría de nuestras «oraciones de petición» no son más que un intento infantil de alumbrar con linternitas el sol o las estrellas.

La acción de los difuntos sobre nosotros se reduce a la «vida de ellos» que permanece en nosotros. El único y universal remedio, lo que realmente puedes hacer «aquí y ahora» es: «Vencer el mal con abundancia de bien» (Rom 12,21) con el impulso y experiencia de los que partieron. Únicamente puedes ensanchar el bien que pugna por inundar tu vida.

Te propongo estos tres avances como los tres efectos de un funeral cristiano:

1. Rectificar los malos funcionamientos que heredaste, muy sutiles a veces, porque suelen ser subconscientes y no nos hemos parado a concienciarlos.

2. Perdonar, perdonar de corazón las posibles heridas que te causaron, hasta que no quede ni rastro de resentimiento. No porque necesiten tu perdón, sino porque ese perdón es la medicina que necesitan tus heridas.

Y recuerda: Perdonar NO es apretar los dientes y olvidar el dolor de tus heridas. Perdonar es comprender y desistir de vengarte (hay terribles venganzas sicológicas contra los muertos). Comprendiendo tu propia fragilidad (conociéndote a ti mismo) entrarás en la comprensión de la limitación de los que te hirieron y se fueron sin aliviar tus heridas.

3. Imitar el buen ejemplo que te dejaron. Es la mejor forma de amar y honrar a tus difuntos. Tiene sentido nombrarles en la santa Misa para sentirnos orando «CON ellos», pero NO «POR ellos», para seguir sintiendo su aliento y ejemplo de vida, para concienciar que pertenecen a tu misma Iglesia y siguen viviendo en ella.

Amar es admirar y admirar nos lleva a imitar lo que admiramos. Si admiramos (amamos), es que esa persona nos atrae. Si nos atrae, es porque ya tenemos en nosotros algo de eso que admiramos.

La «presencia interior» de tus difuntos (más que su recuerdo cerebral) estimulará eso que pugna por crecer en ti. Esa sería la gran finalidad de honrar a los muertos.

¿Qué admiraste y qué sigues amando en tus difuntos? Si no hay amor, solo queda sensiblería, obligación mental o rutina externa. Nada de su «vida» te ha quedado, solo recuerdos muertos.

Si lo que te queda es amor, es un disparate hacer cambalaches con el Cura o con Dios. Tus difuntos no necesitan estipendios. Ya han desembarcado en las manos del Padre. Dedica tus dineros a los pobres vivos o a las necesidades de la Iglesia caminante. Los que ya pasaron no los necesitan.

Lo que ellos desean -con toda seguridad- es que aproveches bien su buen ejemplo y rectifiques sus errores, que sigas tu camino y despliegues todos tus dones. ¡Eso es lo urgente, realista y espiritualmente eficaz! Lo otro, los negocios clericales y el «dios negociador», son pura idolatría.

Jairo del Agua

Fuente Fe Adulta

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Jesús de Nazaret, indignado con el patriarcado

sábado, 25 de marzo de 2023
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Mujeres-Iglesia_2537456278_16434143_660x371La mayoría de las religiones nunca se ha llevado bien con las mujeres -tampoco hoy-, que son las eternas olvidadas y las grandes perdedoras, consideradas subalternas y convertidas con frecuencia en sirvientas de los dirigentes religiosos

Sin el testimonio y la experiencia de la Resurrección por parte de las mujeres, quizá no hubiera nacido la Iglesia cristiana. Ellas se encuentran en los orígenes y en el primer desarrollo del cristianismo

Las mujeres jugaron un papel determinante en la expansión del movimiento de Jesús fuera de las fronteras de Israel.

La mayoría de las religiones nunca se ha llevado bien con las mujeres -tampoco hoy-, que son las eternas olvidadas y las grandes perdedoras, consideradas subalternas y convertidas con frecuencia en sirvientas de los dirigentes religiosos. Sus cuerpos y sus mentes son colonizados. No se les reconoce como sujetos morales, religiosos y teológicos porque en las religiones impera la masculinidad sagrada patriarcal.

Llevan razón la intelectual feminista Mary Daly cuando en su libro Más allá de Dios Padre afirma que “Si Dios es varón, el varón es Dios”, y la feminista de la tercera ola Kate Millet, quien en su libro Política sexual, dice que «el patriarcado tiene a Dios de su parte”. Pero no porque el Dios cristiano sea misógino, machista y patriarcal, sino porque esa es la imagen que ofrece de él el patriarcado religioso, en alianza con los otros patriarcados.

 Una actitud oculta durante siglos

Muy distinta fue, sin embargo, la actitud de Jesús de Nazaret, que mostró su indignación de manera especial con la sociedad y la religión patriarcales de su tiempo. El cristianismo histórico ha mantenido oculta esa actitud durante muchos siglos, ya que las iglesias cristianas se han configurado patriarcalmente y necesitaban legitimar dicha configuración a través de una imagen igualmente patriarcal del propio Jesús, de su mensaje y su práctica.

mary_dalyLa pensadora americana Mary Daly

Tampoco la exégesis y la teología fueron capaces de descubrir esa indignación, ya que han operado casi siempre, hasta muy recientemente, con métodos histórico-críticos androcéntricos, que resultaban patriarcales en la comprensión de la realidad, en la traducción e interpretación de los textos y en las imágenes que ofrecían de Jesús en la predicación, la catequesis, los tratados de teología y los libros de piedad.

Hoy, gracias sobre todo a la hermenéutica y a la teología feministas de la sospecha y a los estudios de antropología cultural y de sociología del Nuevo Testamento, del cristianismo primitivo y del Jesús histórico, se está poniendo de manifiesto la centralidad de la indignación de Jesús contra el patriarcado religioso, político, social y jurídico de su tiempo.

Jesús reconoce a las mujeres la dignidad que el judaísmo ortodoxo les negaba en todos los órdenes

Jesús reconoce a las mujeres la dignidad que el judaísmo ortodoxo les negaba en todos los órdenes. Pone en cuestión las leyes penales que condenaban con más severidad a las mujeres que a los varones, como la lapidación por adulterio y el libelo de repudio. En la escena evangélica de la mujer adúltera hay dos elementos a tener en cuenta en la conducta de Jesús: a) echa en cara a los acusadores su doble moral; b) perdona a la mujer, eximiéndola del castigo que le imponía la ley.

Creyentes-Criticas-Feministas_2329277069_15459398_667x375Creyentes, Críticas y Feministas

Valora muy positivamente el gesto generoso de la mujer que se presenta en casa del fariseo Simón, donde estaba Jesús comiendo, y derrama sobre él un frasco de perfume, lo que demuestra cercanía, e incluso ternura, hacia Jesús y reconocimiento simbólico de su mesianidad. En otra ocasión, Jesús osa afirmar, con harto escándalo para las autoridades religiosas, que las prostitutas, los pecadores y los publicanos precederán en el reino de los cielos a los fieles cumplidores de la ley.  Tal modo de actuar entra en conflicto con los guardianes de la ley.

Movimiento igualitario

Pone en marcha un movimiento igualitario de hombres y de mujeres, donde el sexo no es motivo de discriminación, ni de reconocimiento especial. El elemento común a hombres y mujeres dentro del grupo es el seguimiento del Maestro, que exige: compartir su estilo de vida pobre, acoger su enseñanza y anunciar el reino de Dios como buena noticia de liberación para las personas y los colectivos empobrecidos y marginados. Así lo pone de manifiesto un texto del evangelio de Lucas que se refiere a las mujeres que acompañaban a Jesús, algo que resultaba insólito entre los rabinos judíos: Lc 8,1-3.

La actitud integradora e inclusiva de Jesús provocó necesariamente conflicto, constituyó un desafío a las estructuras patriarcales del judaísmo

Jesús reconoce a las mujeres la dignidad y la ciudadanía que les negaban la religión, la sociedad y el Imperio romano. La actitud integradora e inclusiva de Jesús provocó necesariamente conflicto, constituyó un desafío a las estructuras patriarcales del judaísmo y a su discurso androcéntrico e implicaba un cambio revolucionario no solo en el terreno religioso, también en el político y el social.

Las mujeres jugaron un papel determinante en la expansión del movimiento de Jesús fuera de las fronteras de Israel. Así parecen indicarlo dos relatos evangélicos pertenecientes a dos tradiciones diferentes: el de la Samaritana, difusora de la Buena Noticia de Jesús en medio de un pueblo heterodoxo a los ojos de los judíos (Jn 4), y el de la Sirofenicia, mujer pagana que pide a Jesús la curación de su hija, poseída por un espíritu inmundo (Mc 7, 24-30; Mt 15, 21-28) y consigue vencer sus iniciales resistencias.

Primeras testigos del Resucitado

Pero donde se rompen todos los esquemas patriarcales de la sociedad y la religión judías es en los relatos de la Resurrección. Las mujeres, cuyo testimonio carecía de valor, aparecen como las primeras testigos del Resucitado. Los Doce aparecen como testigos indirectos que acceden al conocimiento de la resurrección a través de las mujeres. La actitud de aquellos ante el testimonio de las mujeres concuerda con el comportamiento adoptado durante el proceso de Jesús: si entonces huyeron, ahora se muestran reticentes y desconcertados. Como judíos misóginos, no creen a las mujeres.

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Magdalena, con Jesús, de Giovanni Bellini

Pablo de Tarso excluyó a las mujeres de la lista de las apariciones, sustituyéndolas por los Doce apóstoles y a María Magdalena por Pedro (1 Cor 15, 3-8). Pero ello no fue óbice para que el mismo Pablo reconociera la igualdad entre los hombres y las mujeres (Gálatas 3,26-28) y para que éstas tuvieran responsabilidades directivas en las comunidades paulinas. Coincido con Suzanne Tunc: «¡Ellas (las mujeres) son el eslabón indispensable de la transmisión del mensaje evangélico, e incluso el eslabón esencial para nuestra fe en Cristo resucitado!«.

Yo voy más allá todavía: sin el testimonio y la experiencia de la Resurrección por parte de las mujeres, quizá no hubiera nacido la Iglesia cristiana. Ellas se encuentran en los orígenes y en el primer desarrollo del cristianismo. Por eso resulta inexplicable que siendo las mujeres el origen de la Iglesia, sufrieran pronto tamaña marginación que dura hasta hoy, sin visos de cambio, al menos institucionalmente. En las bases cristianas sí hay cambios importantes, que han dado lugar a la rebelión de las mujeres y al nacimiento de la teología feminista.

Fuente Religión Digital

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«Preparándonos para la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, también en la Iglesia», por Consuelo Vélez

miércoles, 8 de marzo de 2023
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Preparandonos-Dia-Internacional-Mujer-Iglesia_2537756242_16436162_660x371De su blog Fe y Vida:

«Dentro de la Iglesia, también se han de revisar los estereotipos femeninos y transformarlos»

«Los muchos feminicidios que siguen ocurriendo, muestran que en el imaginario patriarcal, la mujer es propiedad del varón y si no cumple con sus expectativas, él puede agredirla hasta matarla»

«La conmemoración del Día Internacional de la Mujer, cada 8 de marzo, no ha de pasarse de largo o banalizarse convirtiéndola en un día comercial en el que se tienen detalles con las mujeres»

«El esfuerzo de Francisco todavía es demasiado pequeño para desmontar la mentalidad patriarcal de clérigos y laicado que siguen entendiendo la iglesia como una pirámide, donde el clero manda y el pueblo obedece»

Muchas mujeres creen que por el hecho de tener oportunidades laborales o de que en la cotidianidad se vea a tantas mujeres actuando a nivel social en múltiples esferas y logrando tantas realizaciones personales y sociales, ya no hay discriminación hacia ellas. Pero eso no es así. Los muchos feminicidios que siguen ocurriendo, muestran que en el imaginario patriarcal, la mujer es propiedad del varón y si no cumple con sus expectativas, él puede agredirla hasta matarla. En Colombia se registraron más de 600 feminicidios el año pasado y en lo que va corrido de este año, ya van diez.

La violencia contra la mujer no se ejerce solo en los feminicidios. Hay demasiadas violencias en múltiples esferas. Todavía se oye decir que se prefiere un varón para muchas profesiones o se pone en tela de juicio lo que provenga del género femenino. Esto no significa que todo lo que las mujeres realizan esté bien. Habrá que descalificar a esta o aquella -con razones justificadas, por supuesto- pero no a todas las mujeres, como si fueran un grupo homogéneo, con las mismas cualidades -en la que se destaca el rol materno, servicial, cuidador- y con los mismos defectos -que se asocian, muchas veces, a querer salir del rol que la sociedad patriarcal les asignó- cuestionando cualquier intento de ser reconocidas en su igual dignidad con los varones y, por tanto, con los mismos derechos.

Por eso la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, cada 8 de marzo, no ha de pasarse de largo o banalizarse convirtiéndola en un día comercial en el que se tienen detalles con las mujeres. Ese día recuerda las largas y difíciles luchas que a lo largo de la historia se han dado para conseguir el reconocimiento de la dignidad de las mujeres, con los derechos que conlleva y, mientras esto no sea realidad en todas las circunstancias y en todos los lugares, es necesario seguir trabajando por ello.

A nivel social los movimientos feministas siguen defendiendo los derechos de las mujeres. Pero la pregunta que podemos hacernos es, si a nivel eclesial, hay una consonancia con esas luchas o, si por el contrario, la iglesia se desentiende de esa realidad e incluso la retrasa. Cada vez es más evidente que la práctica de Jesús en su tiempo, fue la inclusión de las mujeres en su círculo de discípulos y defendió su dignidad en múltiples ocasiones. Las mujeres que acompañaron a Jesús durante su vida pública (L 8, 1-3), entre las que se destaca María Magdalena, muestran que Jesús incluyó en su grupo a las mujeres y, ellas, dejando sus roles asignados por la sociedad, lo siguieron a la par con los discípulos.

Fue tal su protagonismo que, Jesús después de resucitado, se aparece a una mujer, María Magdalena, y le confía el anuncio de esa Buena Noticia (Jn 20, 11-18). Además, varios son los relatos de curación donde las mujeres dialogan con Jesús -cosa inaudita en la sociedad judía de ese tiempo-, entre ellos la mujer cananea que prácticamente “le exige” a Jesús que cure a su hija, aunque ella no sea judía (Mt 15, 21-28). La exégesis bíblica actual no tiene duda de la comunidad de varones y mujeres que surgió en torno a Jesús y la igualdad de roles y servicios que desempeñaron.

Sin embargo, la iglesia se acomodó a la sociedad patriarcal e introdujo dentro de ella, las mismas limitaciones que dicha sociedad establece para la mujer. Por eso, dentro de la Iglesia, también se han de revisar los estereotipos femeninos y transformarlos. No está bien que no se denuncie desde los altares, toda la violencia contra las mujeres. La justicia de género hay que impulsarla desde los púlpitos, no por moda o acomodo a la sociedad, sino porque es una de las buenas noticias del reino anunciado por Jesús. Pero también en los altares no debería haber ninguna discriminación contra las mujeres. Un ejemplo que sigue mostrando que no se acepta por igual la presencia de la mujer, es la actitud frente a las ministras de la comunión.

Los fieles que se acercan a recibir la comunión con ellas, son muy pocos; mientras que las filas de los presbíteros son interminables. Y no debería extrañarnos que cada vez más los altares, los púlpitos, las clases de teología, las homilías, las administraciones parroquiales y muchos otros ministerios, fueran ocupados por mujeres y su palabra y acción tuviera el mismo valor que la de los ministros ordenados. Aunque la mayoría de fieles que asisten a la liturgia y que realizan las pastorales parroquiales son mujeres, no son la mayoría de los que deciden, ni son reconocidas como tales en el servicio eclesial.

Francisco, desde el inicio de su pontificado, ha sido consciente de la necesidad de que las mujeres ocupen puestos de decisión en la Iglesia. Ha intentado hacer algunos cambios, nombrando a mujeres en la curia vaticana, en lugares que antes solo eran ocupados por clérigos. Pero su esfuerzo todavía es demasiado pequeño para desmontar la mentalidad patriarcal de clérigos y laicado que siguen entendiendo la iglesia como una pirámide, donde el clero manda y el pueblo obedece. La iglesia ha de ser “Pueblo de Dios”, donde todos han de ser corresponsables de su devenir y, ninguno, por cuestión de género, debe ser excluido o no reconocido en su protagonismo eclesial.

Por todo esto, la conmemoración del Día internacional de la mujer ha de permear también la vida eclesial y llevarnos a una revisión del lugar que ocupan las mujeres en la Iglesia; de los discursos y prácticas que de allí surgen con respecto a las mujeres y; sobre todo, del testimonio que la Iglesia da de que en la comunidad eclesial las mujeres ocupan un lugar igual con los varones y no existe ninguna discriminación en razón de su sexo. Esta es una difícil tarea por todos los cambios que habría que dar para hacerlo realidad, pero las transformaciones han comenzado y no podemos detenernos hasta conseguirlo.

(Foto tomada de: https://www.ippdh.mercosur.int/8-de-marzo-dia-internacional-de-la-mujer-avanzar-en-el-camino-de-la-igualdad-y-el-fin-de-la-discriminacion-por-motivos-de-genero/)

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‘Caminamos juntas por la igualdad y la dignidad en la Iglesia’: la Revuelta de Mujeres en la Iglesia se concentra ante la Almudena

sábado, 4 de marzo de 2023
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30013319-c1d9-0dbe-b786-759bca3fd07bEl 5 de marzo, a las 12 horas, acto simbólico y participativo 

La Revuelta de Mujeres en la Iglesia quiere recuperar una Iglesia donde las mujeres sean reconocidas como sujetos de pleno derecho, con voz y voto y valoradas por su talento

Las mismas reivindicaciones de los diferentes movimientos de mujeres de iglesias de Europa y del mundo como María 2.0, el Movimiento Internacional Voices of Faith o Tras las Huellas de Sofía, que hartas, claman “¡Basta ya!”

Esta convocatoria de actos públicos reivindicativos de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia-Alcem la Veu se llevará a cabo en otras 17 ciudades más del Estado: Barcelona, Bilbao, Burgos, Ciutadella, Córdoba, Granada, Huelva, Las Palmas, Logroño, Oviedo, Santander, Santiago de Compostela, Sevilla, Valencia, Vigo, Vitoria-Gasteiz y Zaragoza

«5M: Caminamos juntas por la igualdad y la dignidad« de Pepa Moleón en Alandar

El próximo domingo 5 de marzo a las 12:00 h, la Revuelta de Mujeres en la Iglesia de Madrid, bajo el lema ‘Caminamos juntas por la igualdad y la dignidad en la Iglesia’, se concentrará una vez más frente a la Catedral de la Almudena para seguir reivindicando estos derechos que la jerarquía niega a las mujeres católicas en el ya avanzado siglo XXI.

Las reivindicaciones, denuncias y logros conseguidos este año por la Revuelta de Mujeres en la Iglesia se presentarán en un acto simbólico y participativo acompañado de gestos, música y sonido, en el que denunciarán los abusos de poder, sexuales y de conciencia cometidos en la Iglesia, darán a conocer los talleres de teología feminista que imparten, presentarán la propuesta de buenas prácticas dirigida a las comunidades eclesiales, y expondrán las exigencias, preocupaciones, sueños y esperanzas recogidas en el Sínodo de Mujeres de todo el mundo.

El acto concluirá con la lectura del manifiesto que recoge sus reivindicaciones por la igualdad y la dignidad y las denuncias contra la discriminación de las mujeres en la Iglesia y sus múltiples formas de injusticia e invisibilidad. Manifestarán también, su implicación y trabajo para conseguir que la Iglesia recupere la circularidad, reconozca la teología feminista, la diversidad de familias, identidades y orientaciones sexuales y renuncie al sistema económico neoliberal que favorece la feminización de la pobreza y la explotación laboral y sexual de las mujeres.

La Revuelta de Mujeres en la Iglesia quiere recuperar una Iglesia donde las mujeres sean reconocidas como sujetos de pleno derecho, con voz y voto y valoradas por su talento. Las mismas reivindicaciones de los diferentes movimientos de mujeres de iglesias de Europa y del mundo como María 2.0, el Movimiento Internacional Voices of Faith o Tras las Huellas de Sofía, que hartas, claman “¡Basta ya!”.

La Revuelta de Mujeres en la Iglesia – Alcem la Veu dan un paso más y se manifiestan para que la Iglesia vuelva a ser una Iglesia de iguales y ¡hasta que la igualdad sea costumbre!

Esta convocatoria de actos públicos reivindicativos de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia-Alcem la Veu se llevará a cabo en otras 17 ciudades más del Estado: Barcelona, Bilbao, Burgos, Ciutadella, Córdoba, Granada, Huelva, Las Palmas, Logroño, Oviedo, Santander, Santiago de Compostela, Sevilla, Valencia, Vigo, Vitoria-Gasteiz y Zaragoza.

Fuente Religión Digital

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«¿Y si cuaresma fuera tiempo de una conversión eclesial «a fondo»? «, por Consuelo Vélez

jueves, 23 de febrero de 2023
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tiempo-cuaresma-conversion-eclesial-fondo_2535056508_16423374_660x371De su blog Fe y Vida:

«A nivel eclesial los cambios que se necesitan sí son ‘de fondo'»

«No hay duda de que los abusos sexuales por parte del clero son una de las causas que más provoca rechazo entre la gente, sobre todo por las actitudes eclesiales de no denunciar abiertamente, de no tomar medidas drásticas y, sobre todo, de no ponerse del lado de las víctimas»

«Se necesita urgente la conversión del modelo eclesial. De esa estructura piramidal y centrada en la figura del sacerdote, es necesario pasar a una estructura sinodal que, significa, una comunidad de hermanos y hermanas donde todos se disponen a caminar juntos»

«Esa actitud comprometida con todos los aspectos de la vida es la que llena de sentido la oración (liberándose del intimismo), la que da contenido a la liturgia (liberándola de ritos vacíos), la que, como se dice desde hace mucho tiempo -hace de la vida una oración y de la oración una vida-«

Comenzamos de nuevo el tiempo de cuaresma y convendría preguntarnos cómo no caer en un ciclo repetitivo de tiempos litúrgicos donde lo que cambia son los colores de los ornamentos litúrgicos y el tema de las predicaciones pero que no supone ninguna conversión significativa.

Podría decirse que no siempre tenemos que estar en conversión “a fondo porque la vida ya se ha enrutado por un camino y es suficiente con hacer algunos ajustes. Con seguridad hay momentos que se viven y así y, a nivel personal, cada uno sabrá si necesita ajustes serios o basta con avivar el entusiasmo y la entrega.

Pero a nivel eclesial los cambios que se necesitan sí son “de fondo”. Y como la iglesia no es un templo o una normativa sino, ante todo, somos las personas que la formamos, la conversión eclesial “a fondo”, nos implica a todos. Hay hechos que lo ameritan: los jóvenes cada vez están más distantes de la Iglesia, las vocaciones, como tantas veces se dice, disminuyen y la gente, en general, ya no se preocupa por lo que diga la iglesia a nivel moral, sino que tiene sus propias convicciones y actúa conforme a ellas. No hay duda de que los abusos sexuales por parte del clero son una de las causas que más provoca rechazo entre la gente, sobre todo por las actitudes eclesiales de no denunciar abiertamente, de no tomar medidas drásticas y, sobre todo, de no ponerse del lado de las víctimas.

Hasta el día de hoy se oye en muchas predicaciones que la culpa de ese alejamiento de las personas de la institución eclesial es el mundo secularizado, la increencia, los vicios, la liberación de la mujer, el desenfreno social, la dictadura del relativismo, etc. Es decir, muchas causas externas que nos afectan y nos alejan de Dios. Seguramente hay una parte de verdad en esa apreciación porque somos seres muy influenciables con lo que nos llega y el ritmo actual del mundo nos envuelve y no es fácil ser lo suficientemente libres para mantenerse en las propias convicciones. Pero la otra parte de verdad es lo que ocurre al interior de la misma Iglesia y esto es lo que podemos reconocer y buscar cambiar desde dentro en este tiempo de cuaresma.

Se necesita urgente la conversión del modelo eclesial. De esa estructura piramidal y centrada en la figura del sacerdote, es necesario pasar a una estructura sinodal que, significa, una comunidad de hermanos y hermanas donde todos se disponen a caminar juntos. Parroquias que dejen de ser templos fríos y silenciosos y se conviertan en casas donde los que van se sienten a gusto porque se les conoce, se interesan por sus vidas y donde pueden dar sus opiniones, sugerencias y, efectivamente, son escuchados. No quiere decir que no se hayan dado algunos pasos en varias comunidades cristianas. Pero cuaresma podría ser un buen tiempo para mirar la comunidad eclesial en la que se participa y preguntarse qué modelo eclesial se vive allí. Y dependiendo la respuesta, tomar las medidas efectivas para transformarlo de manera que se parezca mucho más a la Iglesia de los orígenes cristianos.

Se necesita urgente la conversión de la separación entre la vida de fe y el mundo de la vida. Ser cristiano no es sacar tiempo para la oración diaria, la eucaristía, alguna devoción, alguna limosna, algún sacrificio, alguna norma moral que se cumple. Ser cristiano es vivir las 24 horas del día “haciendo el bien”. Eso implica preocuparse por lo social, lo político, lo económico, lo cultural, lo familiar, es decir, todos los aspectos de la vida, buscando cómo hacer para que prime el bien común, para que todo funcione de la mejor manera para todos, especialmente para los más necesitados. Y esa actitud comprometida con todos los aspectos de la vida es la que llena de sentido la oración (liberándose del intimismo), la que da contenido a la liturgia (liberándola de ritos vacíos), la que, como se dice desde hace mucho tiempo -hace de la vida una oración y de la oración una vida-. Que en esta cuaresma nos podamos preguntar por la implicación de toda nuestra vida en el ser cristiano, sin la dicotomía entre lo sagrado y lo profano, entre los momentos mal llamados “espirituales” y la vida cotidiana con absolutamente todas sus aristas.

Se necesita urgente la conversión hacia los temas más álgidos que por no enfrentarlos van creando ese muro de separación entre muchas personas y la Iglesia. Temas álgidos son la participación plena del laicado en la Iglesia y, con justa razón, de las mujeres. Es también la moral social y sexual que no parece caminar al ritmo de las comprensiones actuales que, no son relativismo, sino asumir la complejidad de lo humano y buscar diferentes salidas. Es también dar la cara por tantos abusos sexuales y de poder que han cometido miembros de la Iglesia y buscar reparar el dolor de las víctimas. En fin, en cada contexto salen temas complejos que no han de evadirse.

En definitiva, ojalá esta cuaresma nos confronte con la situación eclesial del momento y discernamos “a fondo” cómo convertirnos a una iglesia verdaderamente sinodal, una iglesia pobre y humilde, una iglesia “en salida” que no teme herirse, ni mancharse -como lo dijo el papa Francisco desde el inicio de su pontificado. Tal vez si asumimos una actitud de conversión eclesial, este tiempo de cuaresma dé abundantes frutos que alcancen a los que se han ido alejando y a los que nunca han estado en la Iglesia para que vuelvan a sorprenderse como lo hacían los contemporáneos de los primeros cristianos por la manera cómo vivimos, cómo nos amamos, cómo ayudamos a todos, motivándose así, a pertenecer a este grupo que no busca el poder sino el servicio, que sabe amar a todos y en todas las circunstancias.

(foto tomada de: https://www.eltiempo.com/vida/religion/miercoles-de-ceniza-2021-asi-podra-celebrarlo-en-medio-de-la-pandemia-covid-19-567317)

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“El habla De Dios”, por Ramón Hernández

viernes, 17 de febrero de 2023
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9838A8CC-3F33-44A7-9EB2-ADBB2B2F9B53De su blog Esperanza radical:

De tanques y tractores

Tremenda y muy arriesgada la reflexión que hoy se nos plantea debido a que podría llevarnos a conclusiones realmente revolucionarias. Porque, si decimos que hubo un tiempo en que Dios habló a su pueblo y que ahí están los libros que contienen su voz, emitida hace ya tantos siglos y recogida en las Escrituras, entonces es difícil entender una supuesta mudez suya actual, equivalente para algunos a su muerte, como si se hubiera ausentado para siempre de nuestras vidas y, dada la evolución radical de las costumbres y de los pensamientos humanos, como si se hubiera dado media vuelta y nos hubiera confinado en la más absoluta indigencia intelectual y afectiva. Pero la verdad palmaria de cada cosa y de cada acción humana, que tan claramente nos proyectan su presencia, hacen que su voz no se apague nunca. Un supuesto silencio actual suyo requeriría un cambio substancial en el ser y en el obrar de un Dios que, habiendo sido antaño tan celoso de su pueblo, se muestra hogaño indiferente a su postración y a su sufrimiento.

Pero si decimos que Dios sigue hablándonos a través de cuanto acontece en cada instante de nuestras vidas, entonces se desencadena la intriga de saber qué nos está diciendo y de si su palabra actual rubrica o descalifica la de tantos profetas que se erigen en portavoces suyos. Teniendo en cuenta lo esencial y partiendo del hecho de que Dios no puede desdecirse, que su voz es siempre la misma, porque no puede cambiar ni un ápice su forma de proceder, debemos confiar en que sigue vivo junto a nosotros y en que está interviniendo de alguna manera en cuanto somos y hacemos. De ahí que nuestra gran preocupación, en vez de fijarse en si nos sigue hablando, debe ceñirse a qué nos está diciendo realmente en nuestro tiempo y a discernir si sus supuestos portavoces nos transmiten realmente su voz o persiguen otros intereses. De hecho, la fe revierte siempre en una oración que es conversación amistosa con un Dios que nunca se cansa de hablar con nosotros.

No deja de ser curioso y hasta contradictorio que la Iglesia de nuestro tiempo, o más bien sus jerarcas y doctores, sostengan que la Escritura, que es la palabra de Dios, se cerró con el último libro canónico del Nuevo Testamento, pero que nosotros debemos estar atentos a los dictados actuales del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús que la sostiene y la guía. Pero no son las suyas revelaciones dictadas al oído, como algunos suponen que ocurrió con las Escrituras, sino mensajes que nos transmiten los llamados “signos de los tiempos”, ambigua denominación que, en boca de los aprovechados oportunistas de turno, lo mismo vale para un roto que para un descosido. Pero, en el fondo, nos queda la duda de si Dios habla o calla en nuestro tiempo.

De no hablarnos, puesto que el eco de su antigua voz es poco menos que indescifrable e incluso resulta imperceptible, estamos definitivamente perdidos, pues nunca seremos capaces de dar razón por nosotros mismos de nuestra propia vida y, lo que es más importante, de esbozar siquiera un horizonte que ilumine el recorrido humano. En otras palabras, por nosotros mismos no seremos capaces más que de decapitar la vida al confinarla en la sinrazón y la náusea. Pero si realmente nos habla, debemos apretarnos los machos, primero, para captar su voz y, segundo, para responder al diálogo que siempre provoca, sin olvidar en ningún momento que lo que hoy nos dice debe estar en completa armonía con lo que nos dijo ayer, habida cuenta en ambos casos de las circunstancias de lugar y cultura en que su voz toma cuerpo, pues la suya no puede ser más que una única palabra.

Si los cristianos decimos que esa palabra se llama Jesús de Nazaret, el judío que predicó en Palestina y el Cristo que sigue vivo entre nosotros, lo primero que debemos preguntarnos es qué es lo que realmente conserva de ese mismo Jesús la Iglesia de la que nos consideramos miembros. Para no entretenernos con menudencias e ir directamente a lo más determinante, cabría preguntarse a bocajarro si quien proclamó abiertamente que su reino no es de este mundo podría estar conforme con que hoy su Iglesia sea y se comporte como Estado, presidido por una especie de vicario-rey, rodeado de una corte de príncipes, y que dicha Iglesia esté formada por comunidades de seguidores establecidas en territorios gobernados por una especie de señores feudales. ¿Pudo Jesús sospechar siquiera o incluso temer que sus seguidores se organizarían en una estructura de poder tan férreo y atosigante como el que realmente ejercen los papas, los cardenales y los obispos sobre el pueblo de Dios? Si la respuesta es obviamente negativa y que todo ello ha obedecido a la necesidad imperiosa de ir acoplando el mensaje evangélico a los tiempos, la conclusión obvia sería que también hoy debemos seguir en esa línea, aunque sin las fijezas y fidelidades con que nos anclamos a costumbres y procedimientos forzosamente cambiantes y efímeros. Seguir en la misma línea requiere únicamente acoplar el mensaje cristiano a los tiempos actuales, tiempos en que, por ejemplo, las monarquías absolutas y las tiranías de cualquier pelaje están fuera de lugar, razón por la que son rechazadas de plano como sistemas válidos y legítimos de gobierno de los pueblos.

Si de las estructuras jerárquicas saltamos al lenguaje en sí mismo, deberíamos tener muy en cuenta que este evoluciona para no seguir grabando a fuego en la mente del cristiano terminologías hoy extrañas por obsoletas. ¿Seríamos capaces de entablar hoy una guerra por aquilatar conceptos tan complejos y distantes como los de “naturaleza” y “persona” a la hora de proclamar en nuestro Credo que el Dios de nuestra fe es Trinidad porque en él hay tres “personas”, pero que, a la postre, se trata de “un” solo Dios, porque sus tres personas tienen una única “naturaleza”? ¿Debe todo esto tener alguna repercusión en la vida de los cristianos de nuestro tiempo? Y, sin embargo, el “misterio” de la Trinidad, misterio que no debería serlo tanto al haber sido desvelado tan claramente por la inserción en él de los términos filosóficos de persona y naturaleza, sirvió en el pasado no solo para construir sobre él un emporio de dogmas y un baluarte de espiritualidad, sino también para ser utilizado como punta de lanza para pronunciar excomuniones y dictar condenas a morir en la hoguera.

Todavía no hace mucho, al discrepante y al contrincante se los tildaba fácilmente de “herejes”, igual que hoy se los tilda de “fascistas. ¿Qué lenguaje utiliza hoy el Espíritu de Jesús para hablarnos? Solemos decir que lo hace a través de “los signos de los tiempos”, pero la triste realidad es que los signos de nuestro tiempo apuntan claramente a la guerra, a la eliminación de los contrincantes y a la muerte por hambre de millones de seres humanos, procedimientos perversos que los cristianos debemos erradicar partiendo del hecho evidente de que vivimos en un mundo con recursos suficientes para que todos podamos llevar una vida digna, construida sobre la libertad y la justicia. De ahí que esos mismos signos tengan hoy un clamoroso timbre denunciador en demanda de conversión personal y de cambio de rumbo social.

Y, si del lenguaje pasamos a las costumbres, ¿condenaría hoy Jesús a las adúlteras de nuestro tiempo cuando en vida encontró la manera de perdonar a cuantas se cruzaron en su camino? El hambriento come, el leproso se cura, el ciego ve, el cojo anda y, en general, el pecador se arrepiente. Tales eran los signos y los prodigios con que él acreditaba su proceder mesiánico para implantar en la tierra el reino de Dios. ¿Acaso era Jesús un ser fantasmal venido de otro mundo o un filósofo sabio, un gran matemático, un sobresaliente general de algún ejército, un destacado constructor de templos o un rico comerciante de especias? Por fortuna para todos, no fue más que un sencillo judío devoto y fiel, ungido por la gracia de Dios, de quien recibía la fuerza con que obraba las maravillas con que justificaba su poder y su obra. Ateniéndonos a cuanto de él nos cuentan las  Escrituras, nos enseñó a cambiar nuestra forma de ver el rostro de un Dios que había sido, y aún sigue siéndolo para muchos en nuestro tiempo, duro como el pedernal, insaciablemente vengativo, terriblemente celoso y cruel más allá de todo lo imaginable, capaz de infligir terribles castigos “eternos” por nimiedades,  para contemplarlo gozosamente como un hacendoso hortelano, que cuida y mima los lirios del campo, o un bondadoso padre, que no desespera de que su hijo díscolo retorne un buen día al hogar paterno.

Aunque para el cristiano no haya otro camino que el de la cruz de Jesús, de seguir sus pasos, todo en su vida ha de volverse positivo por la fe que profesa creyendo en el Dios que él predica. Por muchas vueltas que le demos al hecho de ser cristianos, no hay más camino que el recorrido por el judío que todo lo hizo bien, generoso en el perdón y dedicado de lleno a mejorar la vida de cuantos le rodeaban y escuchaban. Incluso su muerte por sedición, en el seno de un pueblo atenazado por un poder extranjero y sometido al juego sucio de manipuladores de la ley, salvó realmente a “su” pueblo, pueblo del que los cristianos formamos parte. En vida y muerte, él cumplió la voluntad de su Padre y bebió hasta la última gota amarga de su cáliz en beneficio de su pueblo, de todo pueblo.

Sin la menor duda, el Espíritu Santo, el espíritu de Jesús, nos habla hoy a través de los acontecimientos que entretejen y cincelan nuestras propias vidas. Hay en este mundo nuestro muchas guerras y hambres a las que todos los cristianos, como una piña, debemos poner remedio sirviéndonos de cuantos recursos y fuerzas tengamos. De estar persuadidos de que esa es la voluntad que Dios nos manifiesta a través de los signos de nuestro tiempo, podemos llegar muy lejos en el logro de tan encomiable cometido. El tirano que subyuga a unos y el codicioso que imposibilita la vida de otros deberían ser denostados como se merecen en el seno de nuestras comunidades. Son precisamente ellos los que convierten esta hermosa vida nuestra en un purgatorio y, seguramente, en el único infierno que nos acecha o que de hecho nos engulle. Desde luego, no me cabe la más mínima duda de que el Espíritu de Jesús nos está gritando con fuerza, a través de los signos de nuestro tiempo, que es mucho mejor vivir amándonos que odiándonos y que nuestros mortíferos tanques deben “convertirse” en vivificadores tractores.

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«Tensión conflictiva en la Iglesia», por José María Castillo, teólogo.

miércoles, 15 de febrero de 2023
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Tension_2529957019_16398956_660x371De su blog Teología sin censura:

«La Religión está en declive creciente. Pero este declive no es una desgracia fatal»

«Es un ‘secreto a voces’ que en la Iglesia existe un profundo malestar. Esta situación, desagradable y peligrosa, se ha acentuado con motivo del fallecimiento del expapa Benedicto XVI… En la Iglesia, todos los papas representan la suprema autoridad. Pero no olvidemos que, en cualquier caso y sea quien sea, estamos hablando de la suprema autoridad ‘en la Iglesia'»

«En la Iglesia se ha producido una adulteración doble: desplazar el ‘seguimiento’ de Jesús a la ‘espiritualidad’, que es privilegio de selectos»

«Y la otra adulteración – la más determinante en la Iglesia – es la que brotó, ya en los primeros discípulos: Sin duda alguna, aquellos primeros apóstoles ‘seguían’ a Jesús. Pero ‘no habían renunciado al yo'»

«En este momento, estamos en el proceso de la transformación que urge recuperar lo que inició, quiso y quiere Jesús, tal como quedó patente en el Evangelio»

Es un “secreto a voces” que en la Iglesia existe un profundomalestar. Un malestar además que se ha destapado y es motivo de preocupación en los ambientes religiosos y eclesiásticos. Esta situación, desagradable y peligrosa, se ha acentuado con motivo del fallecimiento del expapa Benedicto XVI.

Por supuesto, los dos últimos papas, Joseph Ratzinger y Jorge Mario Bergoglio, han sido y son dos hombres muy distintos. Pero el problema no está en lo que han sido – o son – estos dos hombres. El problema está en lo que ambos representan.

Por supuesto, en la Iglesia, todos los papas representan la suprema autoridad. Pero no olvidemos que, en cualquier caso y sea quien sea, estamos hablando de la suprema autoridad “en la Iglesia”, que se tiene que ejercer “de acuerdo con lo que enseña el Evangelio”. Teniendo siempre en cuenta que, en la Iglesia, nadie puede tener autoridad para vivir o decidir “en contra de lo que enseña el Evangelio”. Por supuesto, en la medida y según las limitaciones inherentes a la condición humana.

Pues bien, esto supuesto, sabemos que Jesús les anunció a sus doce apóstoles, en tres ocasiones (Mc, 8, 31 par; 9, 30-32 par; 10, 32-34 par; J. Jeremias, Teología del NuevoTestamento. Salamanca, Sígueme, pg. 321-331), que en Jerusalén iba a ser condenado a la muerte más baja que una sociedad puede adjudicar: la de un delincuente ejecutado (Gerd Theyssen, El movimiento de Jesús, Salamanca, Sígueme, pg. 53).

c79437b55c5c9951dea9dd78facc22a7_XLAhora bien, a partir del momento en que los discípulos se enteraron de que el final de Jesús se acercaba, y todo aquello acabaría en un fracaso inimaginable, la conducta de aquellos apóstoles tomó un giro inesperado. Sencillamente, los que “siguiendo a Jesús”, habían abandonado todo lo que tenían (familia, trabajo, viviendas…) (cf. Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62), con una generosidad increíble, al ver que aquello llevaba al fracaso más cruel y vergonzoso, sin duda alguna y precisamente por eso, entonces fue cuando aquellos “seguidores” de Jesús se pusieron a discutir cuál de ellos era “el más grande” (meison) (Mc 9, 33-35, cf. 10, 43; Lc 22, 24-27) (cf. S. Légasse, Dic. Ex. N.T., vol.II, 207). Es decir, el que debía tener el máximo poder y tenía que aparecer como el más importante. Jesús, por el contrario, cambia semejante criterio radicalmente: el primero, entre sus discípulos, no ha de ser el más grande, sino al revés: el más pequeño, el que representa lo que es visto como un chiquillo (Mc 9, 37 par).

Pero no es esto lo más importante que enseñó Jesús a sus discípulos y apóstoles. Después del tercer anuncio de la pasión y muerte, cuando estaban ya subiendo a Jerusalén (Mc 10, 32 par), en vísperas del fracaso inminente, “los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan”, tuvieron el atrevimiento descarado de pedirle a Jesús que fueran para ellos los primeros puestos. A lo que Jesús respondió: “No sabéis lo que estáis pidiendo” (Mc 10, 34 par). Y sobre todo, el problema grave es que los demás discípulos se indignaron ante la petición de Santiago y Juan (Mc 10, 41). O sea, todos querían estar situados en los puestos de más importancia.

La respuesta de Jesús fue tajante. Los convocó a todos y les dijo que no podían apetecer lo que apetecen los “jefes de las naciones”. Tenían que apetecer y vivir como “doulei”, como “siervos y esclavos” de los demás (Mc 10, 42-45 par).

En la Iglesia se ha producido una adulteración doble. Ante todo, el Evangelio exigió el “seguimiento” de Jesús, que se realiza en el despojo de cuanto se tiene (Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-52). Es decir, no vivir atados a los bienes que nos privan de la libertad, para hacer posible la bondad sin límites. Pero lo que hemos hecho ha sido desplazar el “seguimiento” de Jesús a la “espiritualidad”, que es privilegio de selectos.

Y la otra adulteración – la más determinante en la Iglesia – es la que brotó, ya en los primeros discípulos, cuando Jesús les informó de que tenían que despojarse, no sólo “de lo que cada cual tenía” (dinero, propiedades, casa, familia…), sino además y sobre todo, “despojarse del yo” (Eugen Drewermann). Esto explica por qué cuando Jesús informó a los discípulos – por segunda vez – del final que le esperaba (Mc 9, 30-32 par), aquellos fieles hombres se pusieron a discutir “cuál de ellos era el primero y el más importante” (Mc 9, 34-35 par). A lo que Jesús respondió que, en su proyecto, el que quisiera “ser el primero” tenía que “hacerse como un chiquillo y ser el último” (Mc 9, 33-37 par).

202012shutterstock_567724573-scaled-2-745x475Sin duda alguna, aquellos primeros apóstoles “seguían” a Jesús. Pero aquellos seguidores de Jesús “no habían renunciado al yo”. Es decir, querían seguir a Jesús, pero siendo los primeros, los más importantes, los que mandan. Y la verdad es que, cuando apresaron a Jesús, para matarlo, Judas vendió a Jesús, Pedro lo negó tres veces y, por supuesto, “todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mc 26, 56).

Desde aquel momento, quedaron puestos los pilares de una Iglesia que vive en tensión conflictiva. En el siglo pasado, el papa san Pío X dijo en una encíclica famosa (Vehementer Nos): “En la sola jerarquía residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y, dócilmente, el de seguir a sus pastores” (cf. Y. Congar, Ministerios y comunión eclesial, Madrid, Fax, 1973, pg.14).

Así se veía a la Iglesia en los primeros años del siglo XX. Un siglo después – ahora – una Iglesia así es insoportable. En este momento, estamos en el proceso de la transformación que urge recuperar lo que inició, quiso y quiere Jesús, tal como quedó patente en el Evangelio. La Religión está en declive creciente. Este declive no es una desgracia fatal. Es el paso inevitable para que el centro de la vida de la Iglesia no se realice en conflictos clericales, sino en la recuperación del Evangelio.

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«A Dios, la iglesia le ha salido rana», por Pepe Mallo.

sábado, 21 de enero de 2023
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ranaLos “consumidores” de Dios defienden a ultranza los derechos divinos, pero se olvidan por entero de los derechos humanos

En la plenitud de la Historia, Dios se humaniza en Jesús de Nazaret

En el estudio del Dibujo, según su punto de fuga correspondiente, se definen dos perspectivas: “a vista de rana” (de abajo arriba) y “a vista de pájaro” (de arriba abajo). Términos que expresan fielmente la trayectoria de la mirada del espectador. Este concepto artístico se puede aplicar a infinidad de situaciones. Yo lo escojo para mi reflexión navideña.

Las religiones, especialmente las llamadas “del Libro”, cultivan metódicamente la perspectiva “a vista de rana”. Su mirada se eleva hasta el mismísimo Dios, ese ser mayor que el cual no puede existir otro, “id quo maius nihil cogitari potest”. Lo encumbran hasta el Olimpo, el Sinaí, Jerusalén o el Séptimo cielo y le atribuyen características soberanas. Se moldea su esencia:ser supremo, omnipotente, omnipresente y omnisciente; creador, juez, protector y providente, salvador del universo y de la humanidad. Una realidad eterna, trascendente, inmutable y última…  Esta fascinante visión teológica provoca, sin perseguirlo conscientemente, una oposición entre Dios y el hombre. Origina dos jurisdicciones, dos soberanías. ¿Dios o el hombre?

El autor o autores del relato del Génesis, pertenecientes a la casta sacerdotal judía, nos presentan ya enfrentados a los dos competidores. Según el mítico relato, Dios concedió al hombre el dominio sobre todos los seres creados y le había dotado de razón y de libertad. Sin embargo, cuando el hombre intenta ser libre, tomar sus propias decisiones, ahí está su creador para cortarle las alas. No admite desobediencias. Es como decirle: “Puedes ser libre, pero no te librarás de mí”. Y de hecho, a lo largo y ancho de los relatos bíblicos, vemos a un Dios intolerante y castigador del hombre. Incluso “se arrepiente” de haberlo creado. El hombre, que fue concebido como “dominador” de la Naturaleza, debe vivir bajo la dependencia de su creador. Su destino queda ligado  a la “fidelidad y acatamiento” de los mandatos divinos: Hágase tu voluntad “en la tierra” como en el cielo.

Esta dependencia, además, convierte a Dios en objeto único de adoración. Según las religiones, El se arroga el homenaje feudal y exclusivo frente a otros dioses: “No tendrás otro Dios más que a mí”, “Solo hay una divinidad, Alá”. Para centralizar este culto adorador, se erigen lugares sagrados (“Sancta sanctorum”) donde mora  la divinidad: monumentales templos, majestuosas catedrales, santuarios grandiosos y modestos, vistosos sagrarios, deslumbrantes y fastuosos ostensorios que procesionan por calles y plazas… En ellos, y solo en ellos, debe recibir Dios adoración perenne, incluida la “adoración nocturna” para que Dios no se sienta aislado en su sagrado confinamiento.

Como este Dios es insondable e inaccesible para el hombre, se instituye una casta sagrada, los “elegidos” por Dios mismo como sus representantes en la Tierra e intermediarios. Ellos, y solo ellos, hacen de puente y establecen, ordenan y coordinan la relación de lo humano con lo divino, protegiendo los derechos de adoración y culto a Dios y exigiendo los deberes de sumisión y acatamiento del hombre, bajo condenación eterna. Así, dan a Dios lo que es de Dios: pleitesía y adoración. Secuestran la verdadera cara de Dios a los hombres  porque ellos son quienes la dibujan con su perspectiva de renacuajo.

En contraste con esta terrestre visión de batracio, nos topamos con la divina mirada “a vista de pájaro”. Si expurgamos y tamizamos los escritos bíblicos, sin caer en una manipuladora ingeniería teológica, encontraremos que Dios jamás considera al ser humano como enemigo ni antagonista. Al contrario. Lo crea como el “alter ego”: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra” (Gen.2,26). La cuestión fundamental sobre el hombre en la Biblia es ¿quién es el hombre?, ¿qué piensa Dios del hombre? Por eso, el salmista se pregunta extasiado ante tanta grandeza: “¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que reciba tus cuidados? Lo has concebido apenas inferior a un dios, y has puesto en las suyas las obras de tus manos” (Sal.8,5-7).

La Biblia arroja una luz nada despreciable para entender el misterio del hombre. En los escritos bíblicos, el ser humano constituye una identidad propia ya que toda la manifestación bíblica es una historia entre un “yo” y un “tú”. La creación del hombre constituyó un enternecedor gesto de Dios que le configuró como padre-madre de su criatura.  Le dio vida no para que fuera su esclavo, sino su hijo con quien establece una relación directa y cercana. Son numerosos los pasajes veterotestamentarios, sobre todo en los profetas, en que Dios usa esta expresión filial para evocar su relación con el pueblo. Y en el Nuevo Testamento no son pocas las afirmaciones categóricas en este sentido. Y como amoroso padre, se preocupa de los hijos más débiles e indefensos. Cuando reprocha a Caín su culpa, no le echa en cara que le ha ofendido a Él, sino que le increpa: “La voz de la sangre de tu hermano grita desde la tierra hasta mi.” (Gen. 5,10) Y ante la esclavitud del pueblo judío, se sincera con Moisés: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores” (Ex. 3,7).

En el desempeño de su quehacer paterno-filial, le encomienda el cuidado de “nuestra casa común” que hay que mimar, como dice el papa Francisco. La Naturaleza es la “obra de Dios”. Dios ama su propia obra, y se la encomienda a su “otro yo” para que, en ella, se identifique con su Padre-Madre. (La primera deidad que veneró el hombre primitivo fue la “Madre Tierra”, la diosa Naturaleza). Y en la plenitud de la Historia, Dios se humaniza en Jesús de Nazaret. Dios se ha hecho un “selfie”, se ha autorretratado en el hombre Jesús. No solo se encarna, se “humaniza”. (Existen personas “encarnadas”, que viven en carne mortal, pero están “deshumanizadas”). Su identificación y solidaridad con los hombres y mujeres de su tiempo, le llevan a hacer la “opción por los pobres”, a establecer causa común con los indigentes, los postergados, lo apartados de la sociedad privilegiada, social y religiosamente: publicanos, pecadores, prostitutas, enfermos… Por eso fue incomprendido y perseguido por las autoridades religiosas, y por cuestionar la utilidad del templo, afirmando que a Dios hay que darle culto no en la mentira ni en el cumplimiento de la Ley vacío de contenido, sino en “el espíritu y en la verdad”. Los “usuarios” de de la religión proclaman el “temor de Dios”, Jesús nos habla del “amor de Dios”. No excluye a nadie ni margina a la mujer, a los curas casados, al colectivo “diferente”… Y fue repartiendo perdón, sin condena: “Yo tampoco te condeno”, “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Lo fundamental para él es devolverle al hombre su verdadero rostro. Cuando se niega esta identificación de lo divino con lo humano, se está poniendo en juego la verdad del hombre, el ser humano se estaría autodestruyendo.

¿Quién no percibe esta perspectiva de Dios en las parábolas del Hijo pródigo y del Samaritano?  Y para más inri, a la hora de “juzgar” la conducta humana respecto a Dios, no reivindica “porque amaste mucho a Dios y le adoraste sin cesar, de día y de noche, y le rendiste solemne culto y ostentosas celebraciones públicas”, sino “porque diste (o no) de comer, de beber, visitaste, acompañaste al hombre…” Los “consumidores” de Dios defienden a ultranza los derechos divinos, pero se olvidan por entero de los derechos humanos. Deshumanizan a Jesús. Nos señalan a Dios para que nosotros miremos a su dedo.

Tras mi reflexión sobre los dos respectivos puntos de vista, me invade el reconcomio de que, verdaderamente, a Dios, la Iglesia le ha salido “rana”.

Fuente Fe Adulta

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«En la Iglesia tiene más fuerza y es más determinante el machismo que el Evangelio», por José María Castillo.

viernes, 20 de enero de 2023
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De su blog Teología sin censura:

«Esta mentalidad machista esté privando de sus derechos a millones de fieles cristianos»

«Sabemos de sobra que “la ley del más débil” no se ha impuesto en nuestro mundo. Sabemos, por tanto, que, en la sociedad moderna y posmoderna, no se ha impuesto la igualdad»

«Las Religiones – entre ellas, la cristiana – han sido (y siguen siendo) responsables de las mil desigualdades que siguen causando tanto y tan enorme sufrimiento»

«Pasan los años y los siglos, al tiempo que la Iglesia sigue firme en su decisión de mantener la desigualdad de las mujeres respecto a los hombres»

Como es bien sabido, la “diferencia” no es lo mismo que la “desigualdad”. La diferencia es un “hecho”. La igualdad es un “derecho” (cf. Luigi Ferrajoli, Derechos y garantías, Madrid, Trotta, 2001, pg. 77-80). Por esto, si es que de verdad queremos que, en este mundo, se imponga la mayor igualdad posible, para alcanzar semejante ideal, no hay más camino – ni más remedio – que fomentar y potenciar “la ley del más débil”, que se hace realidad en los “derechos fundamentales”, proclamados en la Declaración de derechos de 1789 (L. Ferrajoli, o. c., pg. 76-78).

Por supuesto, sabemos de sobra que “la ley del más débil” no se ha impuesto en nuestro mundo. Sabemos, por tanto, que, en la sociedad moderna y posmoderna, no se ha impuesto la igualdad. Las desigualdades son asombrosas y crueles. Y los responsables somos los que no hemos tomado en serio ni hemos luchado, de corazón y de veras, por hacer realidad los derechos de los más débiles.

En estas condiciones y sin miedo a exagerar, se puede afirmar que las Religiones – entre ellas, la cristiana – han sido (y siguen siendo) responsables de las mil desigualdades que siguen causando tanto y tan enorme sufrimiento. No es posible – ni pretendo – describir y analizar las muchas desigualdades que la Iglesia mantiene y justifica. Desigualdades en la sociedad. Y desigualdades en la misma Iglesia. Con el agravante de los incontables silencios de la Iglesia ante las leyes de los más fuertes, en política, en economía, en Derecho, en tantas y tantas cosas, que serían muy distintas si los obispos (y el clero en general) levantaran su voz, como la levantan cuando se sienten amenazados en los intereses y libertades que favorecen o amenazan a la Iglesia y lo que importa de verdad al mundo clerical.

Esto supuesto, se comprende perfectamente cómo y por qué pasan los años y los siglos, al tiempo que la Iglesia sigue firme en su decisión de mantener la desigualdad de las mujeres respecto a los hombres. Una decisión intocable, que se mantiene al precio de miles y miles de parroquias que no pueden celebrar la eucaristía, ni atender a los fieles que necesitan un consejo, una ayuda y, sobre todo, no tienen quien les explique el Evangelio y les aporte luz en sus problemas de conciencia.

El Concilio Vaticano II, en su constitución sobre la Iglesia (LG, nº 37), dijo que “los fieles cristianos tienen derecho de recibir con abundancia … los auxilios de la palabra de Dios y de los sacramentos…”. Pero está visto que, para una notable mayoría de obispos, teólogos y gobernantes de la Iglesia, es más importante tener a las mujeres marginadas, que cumplir con los derechos que tienen los fieles cristianos.

Además, esto se hace a sabiendas de que, como consta en los Evangelios, el colectivo humano, con el que Jesús no tuvo el más mínimo roce o problema, fue precisamente el de las mujeres. Jesús las defendió siempre, aunque no siempre eran mujeres ejemplares. En su misión de anuncio del Evangelio, le acompañaron, no sólo “los Doce”, sino además “muchas mujeres”, no todas ellas precisamente ejemplares (Lc 8, 1-3). Es más, sabemos que, según los Evangelios de Marcos (10, 1-12) y Mateo (19, 1-12), Jesús antepuso el derecho de la mujer a lo establecido en favor del hombre, según se indica en Deut. 24, 1 (cf. Joel Marcus, (El Evangelio según Marcos, pg. 809; Cf. Ulrich Luz, El Evangelio según Mateo, vol. III, pg. 140-142).

Sin duda alguna, una notable mayoría de hombres del clero no están dispuestos a admitir la igualdad de derechos de las mujeres con los derechos del hombre. Aunque esto no se pueda demostrar con el Evangelio en la mano. Y – lo que es más grave – por más que esta mentalidad machista esté privando de sus derechos a millones de fieles cristianos. Incluso en detrimento grave de la misma Iglesia, que se está quedando si clero y con un futuro cada día más preocupante.

Sin duda alguna, en la Iglesia tiene más fuerza y es más determinante el machismo que el Evangelio. ¿Qué futuro nos espera a quienes seguimos queriendo lo mejor para la Iglesia y para la sociedad?

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, Iglesia Católica , , , , ,

El Relato Bíblico de la Creación: entre el Fundamentalismo y las Personas LGBT

viernes, 4 de noviembre de 2022
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Por Luís Corrêa Lima *
Oct 24, 2019

Uno de los principales pilares del credo Cristiano es la fe en Dios, el creador del cielo y la tierra. Esto incluye el mundo, la naturaleza y el ser humano como creación divina, el trabajo de un ser poderoso y bueno, diseñado para magnificar Su gloria y compartir Su vida. El relato bíblico de la creación, contenido en los primeros capítulos de la Biblia, marcó la tradición judeocristiana y la cultura humana. Al comienzo de todo no era el caos, sino Dios mismo. Por su palabra vienen la luz, las estrellas, las aguas, los continentes y la vida. La humanidad proviene del soplo divino sobre la materia, constituyéndose como la imagen y semejanza divina y guardiana de la creación. En este relato, muchas generaciones han encontrado sentido en la vida, la felicidad, la familia, la civilización, las normas que gobiernan la sociedad y también en el tratamiento del mal y la muerte.

Con el tiempo, han surgido cuestionamientos sobre ciertos puntos: la creación del universo en seis días, si es que la tierra surgió antes que el sol y las estrellas, el hombre salió directamente del polvo de la tierra o la mujer salió de la costilla del hombre. También se cuestionó la dominación masculina sobre la mujer (“te sentirás atraído por tu esposo y él te dominará” – Génesis 3:16).

En respuesta a estas preguntas, se generó un apego intransigente a la letra del texto bíblico, el fundamentalismo, a fines del siglo XIX y principios del XX. Se suponía que la Palabra de Dios, inspirada por Él, estaba libre de errores y debería interpretarse literalmente en todos sus detalles. Para aquellos que se atrevieron a cuestionarlo en nombre de la razón, el dilema se ha planteado durante mucho tiempo: “o crees o piensas”. Esta trampa ideológica ha alejado de la religión cristiana a muchas personas de buena voluntad.

Afortunadamente, la evolución de la ciencia y la sociedad también ha llevado a los cristianos a leer los textos sagrados de otra manera, liberándolos de este perverso dilema. Con el Papa Pío XII y más tarde con el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica asimiló los métodos científicos de interpretación de la Biblia, incorporando la ayuda de varias ciencias desde la arqueología hasta la literatura. El lector contemporáneo debe buscar el significado que los autores sagrados, en determinadas circunstancias, de acuerdo con las condiciones de su tiempo y cultura, pretendieron expresar mediante el uso de modos o géneros literarios que luego se utilizaron. Hay que tener en cuenta las formas adecuadas de sentir y narrar como validas en su momento, así como las formas en que se emplearon las relaciones entre los hombres en ese momento. Así es como la Palabra de Dios vino a nosotros: no dictada por Él, sino inspirada, llevando también las marcas de sus raíces históricas.

El fundamentalismo no dejó de existir y tuvo mucha fuerza. Pero hoy la Iglesia advierte de su riesgo: al rechazar cualquier cuestionamiento o investigación crítica, coloca en la vida de los fieles una certeza falsa, confundiendo las limitaciones humanas del mensaje bíblico con la sustancia divina de ese mensaje. Esto implícitamente invita a una forma de “suicidio de pensamiento”. Contra la evidencia, los cristianos fundamentalistas siguen afirmando que el mundo se hizo en seis días, la mujer salió de la costilla del hombre y que debe ser dominada por él.

Hoy surge otra pregunta: la realidad de las personas LGBT que se ha hecho visible en el mundo contemporáneo. Es necesario profundizar la reflexión sobre la creación del ser humano en la dualidad del hombre y la mujer. Sin negar esta dualidad original y su valor, debe tenerse en cuenta que no todas las personas son heterosexuales y no todas se identifican con el sexo que se les atribuye al nacer. Esta no es su elección, sino algo constitutivo de su ser, con componentes biológicos y psicosociales. Son caras de la compleja diversidad entre hombres y mujeres, que no puede simplificarse en una lectura superficial y aproximada. No se puede imponer a todos el que vivan como heterosexuales o se identifiquen con su sexo de nacimiento.

También en esta compleja diversidad, el ser humano sigue siendo creación divina, obra de un ser poderoso y bueno, destinado a magnificar Su gloria y participar en Su vida.

* Luís Corrêa Lima es un sacerdote jesuita y profesor en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Trabaja con investigaciones sobre género y diversidad sexual, y sobre el acompañamiento espiritual de las personas LGBT.

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Jesús Espeja: Fuera del mundo no hay salvación, y la Iglesia debe conectar con él, no imponerse.

sábado, 29 de octubre de 2022
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Fcm-0NiX0AMRf3-El dominico acaba de publicar ‘La eternidad en lo efímero. Evolución y esperanza’

El dominico Jesús Espeja pertenece a esa generación de teólogos que con los aires renovadores del Vaticano II. Acaba de publicar ‘La eternidad en lo efímero. Evolución y esperanza’

«Pensé que la mejor forma de narrar mi evolución como creyente cristiano a lo largo de varias décadas marcadas por muchos cambios, sería exponer de modo claro y sencillo mi comprensión actual sobre algunos temas centrales de la fe o experiencia cristiana»

En sus muchas publicaciones van inseparablemente unidos la experiencia de Dios revelado en Jesucristo y el apasionamiento por una sociedad fraterna. Es lo que deja claro en este libro de texto breve y de lectura fácil, síntesis al final su la andadura

Ya se puede adquirir el libro en la tienda RD

| RD

Acaba de salir el nuevo libro del dominico Jesús Espeja La eternidad en lo efímero. Evolución y esperanza. Jesús pertenece a esa generación de teólogos que con los aires renovadores del Vaticano II, ha seguido interpretando la fe cristiana en los cambios culturales y en los vaivenes de la Iglesia durante los últimos cincuenta años. En sus muchas publicaciones van inseparablemente unidos la experiencia de Dios revelado en Jesucristo y el apasionamiento por una sociedad fraterna. Es lo que deja claro en este libro de texto breve y de lectura fácil que viene a ser como una síntesis al final su la andadura.

– ¿Qué te propusiste al escribir este libro?

 – Pensé que la mejor forma de narrar mi evolución como creyente cristiano a lo largo de varias décadas marcadas por muchos cambios, sería exponer de modo claro y sencillo mi comprensión actual sobre algunos temas centrales de la fe o experiencia cristiana.

«La Biblia cuenta no tanto lo que ocurrió sino lo que está ocurriendo siempre»

– Perteneces a una generación de profesores que os formasteis en la teología escolástica y con la orientación del Concilio emprendisteis una renovación de la teología.Pero en los años de postconcilio ha cambiado el mundo y esos cambios han dejado su impacto en la Iglesia ¿No habrá que dar nuevos pasos en la reflexión teológica?

– Soy consciente del rápido y alborotado cambio cultural después del Concilio; incluso pienso que ya cuando se celebró, estaba irrumpiendo la postmodernidad a la que no responden los documentos conciliares. Es posible que, instalados en la reflexión teológica que se hizo por los años 70 del siglo pasado, pretendamos hacer una teología renovada repitiendo hoy sin más el discurso que pudo ser renovador en esa etapa de postconcilio.

– Entonces ¿qué sentido puede tener ahora esta síntesis que nos brindas?

– Veo el proceso de mi reflexión teológica en dependencia de los otros. En primer lugar de mis maestros que me dieron lo mejor que tenían; con su herencia, y escuchando lo nuevo que ha ido naciendo, he tratado de avanzar; por eso en el subtítulo del libro digo “evolución”. Los otros son también las nuevas generaciones que mejorarán los pequeños pasos adelante que mi generación ha dado; por eso en el subtítulo digo “esperanza”. También a los jóvenes vendrá bien conocer las visiones y apuestas de mi generación para beneficiarse de lo bueno, corregir nuestros errores y roturar nuevos caminos.

– Con brevedad pero con precisión hablas sobre Dios, sobre la vocación de la humanidad, sobre la Iglesia, y su relación con el mundo, los sacramentos, la Virgen María, la muerte y el más allá de la muerte ¿Cuál es la clave común de tu enfoque en estos temas?

– La clave es la encarnación. Jesucristo, revelación de Dios como Presencia de amor que continuamente se está dando, manifiesta plenamente la vocación de la humanidad que crece abriéndose libre y totalmente a esa Presencia. Y la encarnación continua de algún modo en todas las personas y en la evolución de la sociedad humana.

– Dices en el libro que “el teísmo puede ser tan nefasto e incluso más que el ateísmo para la identidad de Dios revelado en la conducta de Jesús” ¿Qué quieres decir?

– Entiendo aquí por teísmo la creencia en un ser supremo con poderes sobrenaturales que está fuera del mundo y arbitrariamente interviene para hacer su voluntad. Según el Evangelio, Dios es “Abba”, Presencia de amor en que todos y todo habitamos. No se impone desde arriba y desde fuera con su poder, sino que se da como amor desde dentro de la misma humanidad.

– Pero ¿la muerte de Jesús no fue un sacrificio para, en justicia, pagar y aplacar a la divinidad ofendida?

-Según la fe de la Iglesia, la muerte de Jesús fue la expresión del amor de Dios encarnado en la humanidad que, seducida por ese amor, es capaz de vivir y morir para hacer el bien a todos. Su muerte no fue obra de reconciliación que la humanidad ofrece a Dios airado sino la expresión incomprensible de Dios encarnado que manifiesta su poder en la misericordia.

– Algunos dicen que ya estamos salvados ¿Cómo escribes que “necesitamos ser salvados?”

Llamo salvación a tener buena salud, ser libres y felices. Pero nuestra libertad necesita ser liberada y nuestra salud es muy deficiente. La Biblia cuenta no tanto lo que ocurrió sino lo que está ocurriendo siempre. El relato bíblico sobre la caída de la primera pareja en el paraíso, evoca lo que sucede una y otra vez en la historia de la humanidad. Llevamos dentro el anhelo de una salud y liberación plenas; pero nos equivocamos si rompemos con el Creador cuya Presencia de amor nos constituye. Los cristianos creemos que en Jesucristo se abrió para todos el camino, y experimentamos que ya estamos salvados “en esperanza”.

«Llamo salvación a tener buena salud, ser libres y felices. Pero nuestra libertad necesita ser liberada y nuestra salud es muy deficiente»

– Cuando hablas sobra la encarnación de lo divino en lo humano, escribes: “Por eso nadie puede ser obligado a pensar y actuar en contra de su conciencia que no debe ser manipulada, coacciona o ignorada” ¿No te parece arriesgado hablar así ?

– Creo que ésta es la fe de la Iglesia proclamada en el Vaticano II y ratificada expresamente hoy por el papa Francisco que, según ha dicho, no se cree autorizado para juzgar a nadie. Sí, esto supone un cambio para la teología moral y para la conducta de muchos cristianos que, acostumbrados a lo que les manden, fácilmente abdican de su libertad y responsabilidad personales.

– Cuando hablas de la Iglesia dices: ”Solo avivando la fe cristiana como experiencia personal, es posible una Iglesia en salida con la que hoy sueña el papa Francisco” ¿Crees que esto es fácil?

Pienso que el sueño no se arregla solo con un “aggiornamento”. Es necesario un nuevo nacimiento del Espíritu para una constante conversión al Evangelio. Hay formas en las estructuras esenciales de la Iglesia que son antievangélicas y la impiden llevar a cabo su misión. Pero las cosas no se arreglan con unos cambios en esas formas a modo de barniz si nuestro corazón sigue instalado. Hay que avivar personal y comunitariamente la fe o experiencia cristiana como seguimiento de Jesús, recreando en la propia historia la conducta de aquel hombre a quien los cristianos confesamos Palabra e Hijo de Dios.

«El ‘aggiornamento’ no es suficiente. Es necesario un nuevo nacimiento del Espíritu para una constante conversión al Evangelio»

– ¿Puedes resumir la renovación que, siguiendo la orientación del Concilio, propones en la celebración de los sacramentos, la devoción mariana y la relación de la Iglesia con el mundo?

– En los sacramentos hay que pasar del ritualismo, a la celebración de unos símbolos que sean profesión pública de la fe comunitaria y personal. El Concilio no propuso una mariología de milagros y privilegios, sino que celebró a la Virgen María como primera discípula de Jesús e imagen purísima de lo que toda la Iglesia ansía y espera ser. En el Concilio la mirada de la Iglesia, aun reconociendo el lado oscuro de la humanidad con todas las realidades entre las que vive, fue de simpatía y de solidaridad, consciente de que el mundo sigue acompañado y bendecido por el Creador. Esa mirada permite concluir que fuera del mundo no hay salvación. En consecuencia la Iglesia no debe imponerse al mundo sino conectar con los anhelos, gozos y sufrimientos de la sociedad humana, hacerlos suyos, y ofrecer de modo creíble el Evangelio para el desarrollo integral de la humanidad.

– El capítulo final sobre la muerte y el más allá respira libertad y confianza ¿En qué te apoyas?

– Sencillamente me apoyo en la fe o experiencia cristiana de Dios, Presencia de amor que continuamente se está dando y nunca nos abandonará. Es verdad que nosotros, puestos en manos de nuestra propia decisión podemos cerrarnos a esa Presencia y fracasar definitivamente. Pero desde la fe o experiencia cristiana, es impensable que Dios tenga preparado un equipo de especialistas en tortura para castigar eternamente a los seres humanos obra de su amor.

«Hay que avivar personal y comunitariamente la fe o experiencia cristiana como seguimiento de Jesús»

Fuente Religión Digital

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«Contra el rosario», por José Ignacio González Faus

viernes, 28 de octubre de 2022
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El rosario fue un gran invento en una época en que la mayoría de la gente no sabía leer y estaban muy acostumbrados a las repeticiones por la falta de variedad de ofertas en la vida de entonces

En la sociedad actual, además de que casi todo el mundo sabe ya leer, las repeticiones de entrada nos distraen y nos cansan dado que nuestra vida está repleta de mil ofertas diversas (televisión, cine, literatura, espectáculos deportivos…).

Uno de los grandes errores del sector conservador de la Iglesia es convertir en recetas mágicas unas prácticas que solo son medios, no fines

El título es deliberadamente provocativo. Podría haber titulado: contra la absolutización del rezo del rosario hoy. Y eso es más fácil de explicar. El rosario fue un gran invento en una época en que la mayoría de la gente no sabía leer y estaban muy acostumbrados a las repeticiones por la falta de variedad de ofertas en la vida de entonces. En la sociedad actual, además de que casi todo el mundo sabe ya leer, las repeticiones de entrada nos distraen y nos cansan dado que nuestra vida está repleta de mil ofertas diversas (televisión, cine, literatura, espectáculos deportivos…). No se trata de discutir ahora qué mentalidad es mejor: se trata simplemente de que la oferta cristiana (y en concreto, la invitación a la oración) pueda llegar a las gentes de hoy.

 Ya hace años comencé a encontrarme con gentes que me decían que el rosario les resultaba aburrido porque de tanto repetir avemarías, se distraían mucho. Solía dar entonces la siguiente respuesta: el objetivo del rosario es eso que decimos ante cada decena de avemarías: “en contemplación de este misterio”. Lo que importa es contemplar, no repetir. Por tanto: reduce cada misterio a solo un padrenuestro y un avemaría y, en cambio, párate un par de minutos intentando contemplar: a María visitando a Isabel, a Jesús azotado, a los apóstoles transformados por la presencia del Espíritu etc.; mira de empaparte un poco de esa escena y luego basta con un pater y un ave.

Cuento todo esto a propósito de un episodio que acaba de ocurrir, este mismo mes, en un lugar de España de cuyo nombre no quiero acordarme: un colegio católico decide imponer a chavales adolescentes el rezo diario del rosario. Un cura lo dirige; y quizás intuyendo que aquello podía serles un poco aburrido decide que cada muchacho rezará en alta voz la primera parte de las avemarías. La cosa discurre más o menos monótona hasta que a un chaval (quizás ya un poco harto) se le ocurre gritar, cuando le toca a él, la canción de David: “Ave María, mañana serás mía”…

Es fácil imaginar la que se armó: carcajada general, el rosario se interrumpe, escándalo oficial, y el muchacho castigado y seguramente expulsado del colegio. Mi reflexión al conocer la anécdota fue más o menos esta: ese muchacho mañana será ateo. Ya tenemos un ateo más en esta España anticlerical, fruto quizás de aquella advertencia de Isaías, que repiten san Pablo y el Vaticano II: “por culpa vuestra es blasfemado el nombre de Dios entre las gentes”…

Por supuesto, el chaval cometió una tontería (cosa por otra parte muy de esperar a esa edad). Pero hay añadir también que la dirección del colegio fue en parte causa de esa tontería. Sin conocerle, me atrevo a decir desde aquí a ese cantor improvisado: “te has pasado muchacho; pero quiero decirte que, como cristiano, estoy de tu parte”.

Porque de lo que se trataba es de enseñar a la gente a orar. Y hoy, con la cantidad de medios que hay para eso (en lecturas, en las redes…) el camino para enseñar a orar a nuestra gente es otro. Hasta se puede añadir que Jesús ya avisó: “cuando oréis no habléis demasiado”; y 50 avemarías parece que son demasiado. Por supuesto, esos otros caminos exigirán mucho más esfuerzo al acompañante. Pero en ningún lugar está dicho que evangelizar sea algo así como hacer propaganda de la Cocacola. Sí que está visto en cambio que, cuando ya de joven, una persona es bien introducida en el cultivo de su interioridad y del Misterio que la habita, eso puede configurarla para toda su vida futura.

Uno de los grandes errores del sector conservador de la Iglesia es convertir en recetas mágicas unas prácticas que solo son medios, no fines. Olvidando que los medios han de ser aptos para la meta que se pretende; cuando no lo son hay que buscar otros. En vez de eso se convierten en fines lo que solo son medios, se les sacraliza de manera supersticiosa (las tres avemarías, los cinco primeros sábados, los primeros viernes, oraciones a san Antonio para los objetos perdidos…). No tengo nada contra esas prácticas: a quien de veras le ayuden que las siga practicando; pero que no las imponga como medio de evangelización. Porque eso es una forma de crear futuros increyentes.

En esta España, descristianizada reactivamente y anticlerical visceralmente, el anuncio de la fe exige una inculturación muy profunda. Pero vale la pena ese esfuerzo porque llevamos entre manos una buena noticia impresionante. Como suelo decir a veces: yo ya me voy, pero rezo para que los cristianos del futuro sean, a la vez, enormemente fieles y enormemente modernos. No como aquellos judaizantes contra los que gritaba Pablo en su carta a los gálatas, tras anunciar la libertad cristiana, mientras ellos pretendían, por así decir, “comprar a Dios” con una serie de viejas prácticas sacralizadas (como la circuncisión y demás). Permítanme que les repita: “¡oh insensatos gálatas!”

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“We, the People”

miércoles, 19 de octubre de 2022
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B8EC5BF4-F93C-49E8-96B6-3A74126E1911Leído en el blog de Isabel Gómez Acebo:

02.10.2022

Recientemente me ha llegado por Whatsapp una antigua frase del expresidente, Ronald Reagan, de los Estados Unidos. Su pequeña charla se puede resumir en tres palabras y una metáfora. Las palabras We, the People (nosotros el pueblo) hacen alusión al sujeto en torno al que debe girar la vida política y la metáfora habla de un coche, cuya propiedad es del pueblo que deja como conductor al gobernante de turno tras unas elecciones y un programa de gobierno para cuya ejecución ha sido elegido

            Es bueno recordar este hecho ya que muchos gobernantes se consideran dueños y señores de la silla que ocupan y con frecuencia no miran al bienestar de la gente sino al suyo propio. Hacen nombramientos entre sus familiares y conocidos a los que llenan los bolsillos y tratan de perpetuarse en el poder. Hay algunos que hacen fraude en las elecciones o incluso fuerzan el cambio de las constituciones para que no haya límites temporales al ejercicio del cargo. Todo vale para conseguirlo por lo que el pueblo, ese sujeto que es el propietario del poder, no se atreve a levantar la voz por miedo a represalias.

Todos somos conscientes de que la democracia está muriendo por una lenta enfermedad de las instituciones que pueden frenar al ejercicio despótico del poder, ya sean los jueces, los fiscales o los medios de comunicación a los que se ponen constantes trabas que llegan incluso al asesinato

¿Y qué pasa en la Iglesia? Nuestra institución no es una democracia, pero vive en un mundo cambiante que influye en el pensamiento eclesial cuando la cultura ambiente difiere, o parece diferir, de las certezas eclesiales. La primera reacción es cerrarse en banda algo imposible ya que no hay más que ver la presión que ejercen las mujeres para alcanzar puestos de poder y los colectivos LGTB que piden ser reconocidos. El concilio Vaticano II pidió que se tuvieran en cuenta estos signos de los tiempos pues eran una realidad que con frecuencia nuestra Iglesia no había tenido en cuenta o les había dado la espalda. No había ayudado en este empeño de apertura del pensamiento la declaración de infalibilidad pontificia que hizo el concilio Vaticano I.

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Pero no estoy hablando de algo nuevo, aunque estaba dormido que es el sentido de los fieles, sensus fidei, que significa la comunión de todos los fieles invadidos por el Espíritu en pos de la verdad. El cardenal Newman habló de tres magisterios en la Iglesia: los obispos, los teólogos y el pueblo, los dos últimos muchas veces silenciados ya que el que levantaba la voz sufría las consecuencias que alcanzaban desde la excomunión hasta la pérdida de empleos o cátedras. Aquí destaca como algo novedoso la teología del laicado, la teología de un creyente cuya vida está inmersa en las realidades temporales y en su situación la revelación del Espíritu puede adquirir connotaciones distintas. De aquí la necesidad de que la jerarquía escuche a todos los fieles

La Gaudium et Spes nos dijo que era propio de todo el pueblo de Dios, pero especialmente de los pastores y los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la Palabra divina, a fin de que la Verdad pueda ser mejor percibida y entendida

Veo con esperanza el proceso sinodal donde la voz de todas las parroquias del mundo va a estar presente. También creo que algunos miembros de la jerarquía, que no están acostumbrados a escuchar, van a poner todos los palos en la rueda que puedan con la intención, que nunca confesaran, que descarrile el movimiento, pero poco a poco, la Iglesia se va abriendo y hace camino al andar

Fuente Religión Digital

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«Santa Teresa: mujer, andariega, inquieta, doctora de la Iglesia…», por Consuelo Vélez

sábado, 15 de octubre de 2022
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santa-teresa-avilaDe su blog Fe y Vida:

Cada 15 de octubre se recuerda en la Iglesia a Santa Teresa de Jesús (1515-1582), monja carmelita, reformadora de su orden, fundadora de 16 conventos, escritora, mística, maestra de oración. En 1970, Pablo VI, la reconoce como la primera mujer, Doctora de la Iglesia. Es muy importante este título porque solo se ha otorgado a 4 mujeres (Santa Catalina de Siena, Santa Teresita del Niño Jesús e Hildegarda de Bingen, frente a más de 30 varones) pero, sobre todo, porque esa proclamación supone reconocer que puede ser maestra de fe para todo el Pueblo de Dios.

Santa Teresa de Jesús supo enseñar sobre la vida de oración con la bella imagen de “Las moradas o Castillo Interior” y también con el huerto regado por el agua de cuatro maneras distintas -que ella reconoce como los cuatro grados de oración-. En los dos casos, la oración no supone un rezo convencional de repetir palabras, sin saber lo que se dice, o de pedir favores convirtiendo a Dios en un dispensador de milagros, sino en un diálogo “con quien sabemos nos ama”, más aún, con el mismo Jesús, tan humano, como el Jesús de la historia, con el que ella puede conversar y experimentar que “Solo Dios Basta”.

Pero esa doctrina sencilla sobre la oración como diálogo, como encuentro, como conocimiento personal, como donación mutua, algunos pretenden identificarla con prácticas de meditación más al estilo oriental -válidas para quien encuentre en ello dominio de sí y vaciamiento de toda distracción- pero que no tienen que ver con la enseñanza de Teresa. Los cuatro grados de oración no son una escala ascendente que la persona puede alcanzar por medio de prácticas de respiración u otro tipo de ascesis corporal, tampoco las moradas son una línea recta de habitaciones a la que se va subiendo paso a paso. En los dos casos, Teresa avisa que todo es gracia divina y la persona no deja de experimentar su humanidad con las faltas de amor que vive -y esa es la humildad que brota del conocimiento propio que da la oración- y tampoco puede, por sus propios méritos, alcanzar la gracia de regar el jardín sin el más mínimo esfuerzo de su parte, porque el encuentro con Dios es pura gracia, puro don, puro regalo.

Para Teresa la oración no se queda en el acto mismo de orar sino en los frutos que produce en la persona: “la oración no es tanto pensar mucho, sino amar mucho”, de ahí que decía a las religiosas que, aquello que más las llevara a amar, eso es lo que debían hacer. Otra manera de explicarlo era decir que “Dios estaba entre los pucheros”. Es decir, la oración no es solamente el momento explícito en que la persona se dispone a orar, sino que toda la vida ha de ser oración, incluidas las cosas más pequeñas, más básicas, más cotidianas.

Asombra también de Teresa que en tiempos en que el acceso a la Biblia era prácticamente imposible y menos por parte de las mujeres, ella aprovecha los libros de espiritualidad que podía leer para tener contacto con los pasajes de los evangelios que allí encontraba. Ella, sin tener demasiada formación, es capaz de ir a las fuentes de la revelación y nutrirse de ellas. Claro que, ante la dificultad de acercarse mucho más al texto sagrado, también entiende que el mismo Jesús con el que conversa en la oración, es la Palabra Viva a la que puede tener acceso. Y, efectivamente, el cristocentrismo de su experiencia de fe la lleva a decir que Teresa es de Jesús y Jesús de Teresa”, usando sus propias palabras en lugar de las de Pablo en la carta a los Gálatas: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (2, 20).

Finalmente, Teresa muestra que el feminismo no es cosa de algunas mujeres desadaptadas -como algunos lo catalogan en el presente-, sino que es un movimiento que, sin haber tenido ese nombre en épocas anteriores, si denuncia la discriminación que han sufrido las mujeres y la forma como se les niegan sus derechos. Santa Teresa así lo expresaba quejándose ante Jesús del clero de su tiempo: “Confío yo, Señor mío, en estas siervas tuyas que aquí están, que veo y sé no quieren otra cosa ni la pretenden sino contentarte (…). Pues tu no eres, Creador mío, desagradecido para que yo piense que les darás menos de lo que te piden, sino mucho más, porque no aborreciste a las mujeres cuando andabas por el mundo, antes las favoreciste siempre con piedad y hallaste en ellas tanto amor y más fe que en los hombres (…) ¿No basta Señor, que nos tiene el mundo acorraladas (…) que no hagamos cosa que valga nada por ti en público, ni osemos hablar de algunas verdades que lloramos en secreto, para que no vayas a oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, de tu bondad y justicia, que eres justo juez y no como los jueces del mundo, que como hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa (…) porque veo los tiempos de manera, que no hay razón para desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Teresa vive en el contexto donde las cosas de mujeres no se valoran y se desechan, pero ella no puede imaginar, de ninguna manera que Dios se porte igual que los jueces de este mundo, a los que con una fina ironía describe como “hijos de Adán y, en fin, todos varones”. Este párrafo fue borrado del manuscrito original y descubierto hace relativamente poco, porque en su época la censura no podía permitir una acusación tan directa, como hoy tampoco se acepta fácilmente prefiriendo desacreditar cualquier voz que se levanta denunciando este mundo patriarcal en el que todavía vivimos.

Celebrar a Santa Teresa no es solo recordar su memoria sino recibir su legado y llevarlo a la práctica. Efectivamente, en estos tiempos recios, como los que ella vivió, sigue siendo urgente que las mujeres de fe trabajemos por la igualdad fundamental de mujeres y varones en la sociedad y en la iglesia y por vivir una espiritualidad transformadora, por fidelidad al reino de Dios anunciado por Jesús, donde la oración sea fuente de vida y compromiso y, en ningún momento, alienante y desentendida del mundo que vivimos.

(Foto tomada: https://alfayomega.es/la-santa-andariega-que-fascino-al-papa-caminante/)

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Gerardo Villar: Ocupados, no preocupados.

viernes, 14 de octubre de 2022
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DBF602C4-D066-4B98-AD6C-B2998EBC0E9ALos problemas son muchos. Las realidades difíciles son muy variadas. En la sociedad, en la política, en la economía, en la iglesia, en el mundo de las guerras… Y ante tanto problema y dificultad nos paramos a pensar qué hacemos. Podemos dedicar el tiempo a ver las dificultades, a lamentarnos, a comentar todo ello. Me gustó mucho cuando ayer nos decían en una charla que “lo importante era ocuparnos en resolverlos, no pasar la vida preocupados”; “estar ocupados, no preocupados”. En todo problema hay siempre algún escape de solución, alguna vía alternativa. Y lo importante será dedicar nuestro tiempo, nuestros esfuerzos entregados a resolverlo.

Por supuesto que necesitamos conocer, estudiar, planear la actuación. Pero no dediquemos el tiempo a darle vueltas. Entremos en la acción, tal y como la vemos.

Se trata de entregarnos en cuerpo y alma a trabajar en los caminos que veo posibles y mejores. Esto nos lo decía un presbítero de una república sudamericana: siempre hay posibles vías de actuación.

Son precisas las orientaciones, las cartas, los escritos, los manifiestos, las encíclicas. Pero hay que llegar a la práctica y arremeter con la realidad. Cuanto más nos impliquemos en la acción, mejor.

Siento que sobran discursos, palabras, escritos, manifiestos… y que hacen falta hechos, compromisos… Siento que en nuestra iglesia hay muchos pronunciamientos y que es hora de pasar a los hechos.

¿Qué ha pasado de cualquiera de las encíclicas, de los documentos eclesiales? Quizás salen demasiados pronunciamientos sin haber trabajado lo suficiente los anteriores y nos quedamos envueltos en un mar de escritos.

Hace 20 años trabajamos a fondo un sínodo en nuestra diócesis y salieron unas conclusiones estupendas, pero ahí se quedaron. Ahora hemos vuelto a realizar otro sínodo como preparación al Sínodo episcopal del 2023. Me da miedo que se queden las conclusiones en propuestas que ahí nacen y ahí mueren.

Si llegásemos a realizar en los hechos lo que decimos en las oraciones y cantos… Un camino cristiano que Jesús nos planteó: “hacer lo que decimos y creemos”. Ocupados más que preocupados.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“Una reflexión de causas y efectos”, por Gabriel María Otalora

martes, 11 de octubre de 2022
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5BA6B816-C445-4B7B-A235-87CE1B03C5E2De su blog Punto de Encuentro:

Estamos desanimados, asustados, incluso decepcionados porque nuestra fe pierde peso social, nos defraudan y defraudamos, las convicciones se tambalean y las seguridades religiosas con las que creíamos contar, fallan. La crisis general en el marco de un gran cambio de era, en casi todos los frentes, nos hace daño e incrementa la desesperanza. Orar, a lo que tanta importancia dio Jesús, ya no resulta importante para nosotros. La causa del porqué hemos llegado a esta situación, al menos en nuestras comunidades eclesiales cercanas, es profunda y compleja, pero la falta de autocrítica y el corporativismo extremo, ayudan lo suyo. En este tiempo oscuro, pocos faros se mantienen firmes en la acogida y en la actitud de confianza en Dios como el Papa Francisco, que evangeliza como nadie. Y sin embargo, pocas personas están siendo denostadas tan abiertamente desde las propias filas católicas.

Podríamos resumir la situación católica en dos tendencias: la primera, con recorrido sociológico consolidado en el clericalismo, está afanada en reforzar ritos, dogmas, poderes legales y firmeza dogmática como escudo protector ante los desvaríos del mundo pretendiendo así defender lo esencial…  pero sin practicarlo de corazón, instalados en la zona de confort religiosa y legalista. Con frecuencia dejan aparte la actitud de humildad y caridad, ambas esenciales en quienes nos decimos cristianos. La consecuente falta de ejemplo incide en la falta de vivencia comunitaria fraternal que vacía los templos más que cualquier otra cosa. Los que seguimos, tendemos a hacerlo desde la pasividad, sin alegría. Al final, no sabemos si estamos defendiendo la causa de Jesús o la nuestra; ejemplos de esto abundan en el Evangelio.

La segunda tendencia entiende que Jesús no vivió entre seguridades ni apoyado en dogmas, más allá del dogma supremo del amor. Que expresamente, huyó de la vanagloria, el poder y el dinero para hacerse donación a todos. Y que trató a los pecadores con misericordia y a las flaquezas humanas con un proyecto ilusionante de cambio de vida interior, no formalista. No fueron el castigo, el miedo o la rigidez inmisericorde el plan de Jesús. Los que se encuentran en esta tendencia, entienden la evangelización como un mandato que se funda en el compromiso de vivir de una determinada manera, hacia dentro (oración, contemplación) y hacia fuera: acogida desde el corazón, escucha, compasión y ejemplo. Que el camino se hace al andar, buscando, no con el corazón anclado en certezas que anquilosan en lugar de abrir caminos. Para ellos, Cristo no es imposición ni adoctrinamiento, los malos no son tan malos y los buenos tampoco son tan buenos. Tratan de vivir la parábola del buen samaritano con actitud comprometida intentando hacer comunidad de fe.

Algunos me dirán que no se puede trazar una línea tan gruesa entre unos y otros, blanco o negro. Y tienen razón. Por eso hablo de tendencias, de las que todos participamos en mayor o menor medida, unos viviendo más cerca de la primera tendencia y otros tratando de vivir conforme a la segunda.

Aquellos convencidos de que enarbolando las seguridades religiosas de manera excluyente o denunciando cualquier deviación de la ortodoxia es el camino para capear el temporal, les diré que así es como se resiente el amor, piedra angular de todo, la actitud de Jesús. Él no rehuyó a nadie, escuchó y confraternizó con todos y todas manteniendo la firmeza solamente ante quienes pervertían el Mensaje de fondo. Se mantuvo en actitud de amor total, sin excepción, desde el ejemplo radical que transforma como jamás lo hará la tilde de la ley, por muy buena que esta sea. Y por retorcer la praxis legal injusta fue calumniado y asesinado para ocultar la primacía del Amor.

En otros tiempos, la Iglesia católica era creíble, pero en la medida que la institución ha sido más importante que el mensaje, no ha hecho falta que venga nadie de fuera para desacreditarla. Es terrible que haya podido incubarse durante tanto tiempo algo trágico como son los abusos clericales de menores y personas débiles, con medios para esconderlo y proteger a los culpables como un lobby poderoso cualquiera. El Papa Francisco se ha visto poco respaldado en su contundencia en aplicar “medidas concretas y eficaces” para desmantelar cualquier encubrimiento eclesiástico ante los abusos clericales. Ahí sigue el “caso Gaztelueta”, reabierto por el Papa.

Con el Evangelio en una mano y la apertura de corazón en la otra, reflexionemos si estamos más cerca de una o de la otra tendencia. Y cómo vivimos la misión de evangelizar, mostrando a otros la Buena Noticia que nos ha sido revelada, cada cual desde lo que nos toca. Me preocupa que, sin darnos cuenta, no pocos escandalicemos con nuestro mediocre día a día.

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Juan Zapatero: “De la silla gestatoria a la silla de ruedas.”

viernes, 30 de septiembre de 2022
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0A388C0C-ED37-4715-B318-FF323199660EC20D94B4-DE7C-43C9-BE91-846B8F86F513No se trata de un tema de sillas sin más, sino del significado que, en algunos casos, puede llegar a tener la forma de las mismas y la manera de utilizarlas.

Todos sabemos que su finalidad en general no es otra que la de servir de asiento y favorecer el descanso. Ahora bien, el transcurrir de la historia nos enseña que no siempre la silla ha tenido semejante finalidad ni mucho menos; y, por tanto, no era ni es precisamente el descanso lo que se buscaba ni se busca muchas veces cuando alguien se sentaba y se sienta en ella; y si no que se lo pregunten a emperadores, reyes, príncipes y soberanos en el mundo secular, y también a papas, cardenales, arzobispos, obispos y abades en el ámbito eclesial.

En ambos casos, muchas veces o la mayoría de ellas, la silla junto a la posición de la misma, para ser más precisos, denotaba siempre, lo digo en pretérito porque lo hacía de manera más incisiva entonces, una situación de privilegio, pero también desde una capacidad de poder y de influencia. Para ello la silla del mandatario solía estar en posición más elevada que la de la persona «vulgar«, en el caso que esta la tuviere, claro, porque lo propio es que estuviera de pie o de rodillas ante el «señor» o ante la «dignidad eclesiástica» de turno.

Pues bien, dejando de lado lo relativo al «mundo» en este tema, quiero plasmar en estas líneas algunos de mis sentimientos sobre la evolución, y de qué manera, experimentada en algunos casos, que no en todos por desgracia, por parte de la silla en la Iglesia. Claro que, todo hay que decirlo, para justificar ciertas actitudes de predominio, poder o influencia sobre los fieles se ha dotado a la silla de un sentido de sacralidad de donde emana la verdadera doctrina que proviene de lo «alto«; aplicándola, para ello, el concepto de «cátedra«.

Sólo cuarenta y cuatro años separan a dos sillas en la Iglesia, que son como dos paradigmas totalmente diferentes en cuanto a la manera de ver y de entender la propia Iglesia. Digo «sólo» porque, si tenemos en cuenta la duración de la misma hasta hoy, en cuanto al tiempo, tendríamos que retrotraernos al siglo primero de nuestra era para datar el origen, a pesar de que fuera en el siglo cuarto cuando quedó verdaderamente institucionalizada, supone ciertamente una nimiedad, temporalmente hablando.

En primer lugar, he vuelto a visionar, repasando hemerotecas del pasado, imágenes muy llamativas de un Papa de por sí ya hierático y majestuoso, en su actuar y en su porte exterior, como fue Pío XII. Si no he leído mal, algunas de dichas imágenes hacen referencia a un momento muy importante, a nivel de Iglesia, del año mil novecientos cincuenta, concretamente al uno de noviembre, cuando definió el dogma de la Asunción. Como bien sabemos, hablar de dogmas es hablar de palabras mayores, pues significa dar por zanjado de manera definitiva cualquier tipo de duda, discusión y menos aún negación, respecto a lo definido por el Papa. No puedo por menos de pensar que, cuando el contenido es de una enjundia tal, el boato y la apariencia exterior que acostumbran a acompañar al Papa ayudan mucho a que todo lo anterior quede zanjado de raíz y para siempre. ¿Cómo se le puede discutir a un Papa cuando dice hablar en nombre de Dios y representar de manera directa a Jesucristo en la tierra? Más aún, ¿cómo discutirlo cuando el boato con que aparece le sitúa en un estatus inmensamente superior al que pudiera poseer la más alta dignidad humana? Un boato representado principalmente en la tiara como signo de poder, pero sobre todo en la silla gestatoria como signo de dignidad que, a su vez, es portada por hombres que consideran estar realizando la tarea más excelsa que puede llegar a hacer cualquier ser humano en la tierra.

Si bien es cierto que otrora su poder temporal fue inmenso, no lo es menos el hecho que, a nivel moral y de dominio de las conciencias en los años del pontificado al que me refiero, permanecía casi intacto. Eran tiempos anteriores al concilio que convocaría su sucesor, Juan XXIII; una iglesia de cristiandad, donde lo jurídico prevalecía sobre lo pastoral, siendo a su vez la jerarquía la única poseedora de la verdad revelada; era una Iglesia, en definitiva, en la que al pueblo y a los laicos solo les quedaba escuchar y obedecer; una Iglesia cuyo cabeza visible era identificada más con un jefe de estado que con el pastor de un rebaño. La silla gestatoria no solo estaba más que justificada en un contexto semejante, sino que incluso se veía como algo propio y, si se me permite, casi necesario de tal dignidad.

En el viaje que el Papa Francisco hizo a Canadá en el mes de julio de este año (peregrinación penitencial, como él mismo calificó), pudimos ver a un hombre, a pesar de llevar en sus espaldas la condición de jefe de estado (seguro que, maldita la gracia! según él) humilde interiormente y en actitud de pedir perdón; a nivel exterior las imágenes eran elocuentes: un anciano dolido, con los achaques propios de la edad y necesitado de que alguien empujase la silla de ruedas en la que iba sentado para poder trasladarse de un lugar a otro; vaya con las mismas carencias físicas que muchas otras personas de su edad.

Francisco no iba como poseedor de la verdad única, pues la misión principal del viaje residía en el hecho de pedir perdón a los indígenas por todo el mal que la Iglesia, entre otros, les había causado. Francisco no fue a imponer una manera de vivir como la única y verdadera; fue a decirles que los abusos padecidos por sus antepasados constituyeron una grandísima ofensa contra el Dios que ama la vida.

Y todo ello desde su debilidad física y su necesidad interior de escuchar a otros hermanos con maneras diferentes de vivir, pero, no por ello, menos cercanas a la manera que Jesús enseñó y testimonió.

Se trata de otra manera de hacer Iglesia que busca ofrecer en vez de imponer, que busca dialogar en vez de dictar sentencia, que se sabe necesitada en vez de considerarse autosuficiente y poderosa; una Iglesia, en definitiva, que se esfuerza por estar más cerca del Evangelio y más alejada del Derecho Canónico.

Es la Iglesia de un Papa en una silla de ruedas que necesita, por ello, a otra persona para que lo lleve hasta donde se encuentran los últimos, los preferidos de Dios, sabiendo que solamente de esa manera puede llegar hasta ellos.

Juan Zapatero Ballesteros

Fuente Fe Adulta

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Hay que recuperar el protagonismo de la Comunidad Cristiana.

viernes, 23 de septiembre de 2022
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comunidadfeDel blog de Rufo González Atrévete a orar:

La transformación de la Iglesia en comunidad viva sólo viene desde comunidades adultas

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (2)

La degeneración eclesial se ha ido evidenciando también en el protagonismo del clero. Los bautizados, la mayoría en nuestros países sin consentimiento personal, se han ido desvinculado poco a poco de la comunidad cristiana. La Iglesia se ha identificado con el clero y grupos sujetos directamente a él. Con excepciones personales, los bautizados, por el hecho de estar bautizados, no se sienten parte activa de la Iglesia, ni siquiera “Iglesia”.

Mientras siga el sistema de monarquía absoluta, con los tres escalones -papa, obispo, párroco- como únicos poderes decisivos, no es posible recrear las comunidades cristianas que surgieron del movimiento de Jesús. La Iglesia está en contradicción constante. Papa infalible y todopoderoso cediendo a la presión de unos y otros. Es la condición de todo poder absoluto, y más, concentrado en una sola persona. Acude a rodearse de leyes, ritos, instituciones, cargos, dinero… para imponerse. Instituciones organizadas digitalmente, sin control comunitario, vitalicias, fuentes de abusos y prepotencia. Se realiza la vivencia que Jesús critica: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros” (Mc 10,42-43a). No basta que el Papa sea persona sencilla, sobria, dialogante. El modelo de pirámide clerical implica la tiranía y la opresión. Se habla contra el clericalismo, pero no se cambia el código que lo ampara e impone. La comunidad evangélica se hace imposible.

El Evangelio no quita a las comunidades la libertad de elegir a quienes mejor puedan desempeñar las diversas funciones comunitarias. Lo entendieron y lo practicaron los primeros cristianos (He 6, 3; 15, 22ss). El Código clerical lo impide. La vida de una comunidad evangélica no puede depender de un dirigente cuasi vitalicio, inamovible, que no se reúne, ni dialoga, ni razona ni toma decisiones con la comunidad si no quiere. Es el caso -entre muchos- de la parroquia de un amigo. Tras muchos años trabajando con los sacerdotes, participando en los Consejos parroquiales y en diversas tareas, en 2004 llega un párroco nuevo y decide no contar con Consejo alguno. Ante su protesta, le prohíbe participar en toda actividad parroquial, excepto asistir al culto. Pueden leer su comentario en mi Blog (RD: “Atrévete a orar”. 20.02.2016): “Hablas de los Consejos Parroquiales. ¡¡¡Qué pena!! Llevo 38 años como feligrés… A partir del año 1978, tuvimos Consejo Parroquial presidido y orientado por los diversos párrocos… Bien conocida es la activa participación de los seglares en las diversas áreas de la pastoral. Y conocido también el efecto destructor del párroco nombrado en 2004. En un año, su falta de visión pastoral, su autosuficiencia y jactancia, unidas a su autoritarismo, han dado al traste con los Consejos. Y la parroquia ha quedado como un “supermercado de sacramentos”. Llegó a decir en uno de los últimos Consejos: “La parroquia es una empresa y yo soy el jefe”… Es lo que ocurre cuando en una parroquia falta la “comunión” entre sacerdotes y seglares. Sería un “gesto sorprendente” que los nuevos párrocos -nombrados para sustituirle, más jóvenes- restauraran los Consejos de la parroquia. Pero lo dudo… En dos años  no han movido ni un dedo. Ellos… a lo suyo: “SU” parroquia”.

El Espíritu, que sopla donde quiere (Jn 3, 8), no deja de suscitar comunidades, dignas del movimiento de Jesús. Comunidades de Base (Documento de Aparecida, n. 178-189), Comunidades Populares, Comunidades pequeñas dentro o fuera de la parroquia… Las diócesis y otros grupos piden al Sínodo sobre la sinodalidad reformas cuyo denominador común es recuperar el protagonismo de la comunidad.

Creo mayoritarias, y aceptables evangélica y culturalmente hoy, estas afirmaciones:

  1. El modelo actual de organización eclesial (clero-pueblo), procedente del medioevo, no es aceptado hoy como evangélico. Más aún: se le valora negativamente en orden a la implantación del reino de Dios (fraternidad universal), que proponía Jesús. El clero se ha convertido en obstáculo para el anuncio creíble del Evangelio.
  2. Hoy no se acepta la exclusiva de los sacerdotes en la enseñanza y en las decisiones de la Iglesia. Los bautizados exigen participar en la generación de doctrinas no evangélicas y decisiones importantes de su comunidad, respetando, por supuesto, el Evangelio y la Tradición conforme con el Evangelio. Ahí está el caso de la encíclica “Humanae vitae”: no ha sido recibida por gran parte de la Iglesia. Es una doctrina impuesta por parte del clero. Perjudica, sin duda, la extensión del mensaje de Jesús a muchísima gente.
  3. Igualmente se rechaza el estamento clerical que se elige a sí mismo, y no quiere dar cuenta de su gestión a la comunidad. Obispos y presbíteros se creen “elegidos” por el Espíritu Santo, como si el Espíritu de Dios no pudiera elegirlos a través de la comunidad.
  4. La Iglesiaasamblea del Pueblo de Dios, se realiza en comunidades de creyentes que viven en comunidad de hermanos. Cada vez se ve más imposible la fraternidad con leyes, instituciones, tradiciones… impuestas en una época determinada, y que hoy se ve claro que no proceden del Evangelio: Estado Vaticano, Curias que imponen leyes sin consenso eclesial, Clero como grupo dominante, separado y privilegiado con distinciones titulares y ornamentales… Hoy los católicos piden cambio estructural, que restablezca el original protagonismo de la comunidad.
  5. La Encarnación, exigencia básica del mensaje cristiano, pide aceptar toda cultura que no contradiga el Evangelio: autonomía de la razón en su campo, dignidad de los seres humanos con derechos y deberes “universales e inviolables”, libertad religiosa y civil… Sin respeto a esta cultura no podemos ser testimonio aceptable de Jesucristo.
  6. La experiencia enseña que la transformación de la Iglesia en comunidades vivas sólo viene desde comunidades adultas, capaces de reunirse libremente, unirse, dialogar con argumentos y tomar decisiones corresponsables. Clero dominante y pueblo infantilizado, acostumbrado a oír, callar y obedecer, a recibir servicios religiosos, a pagarlos… es una degeneración eclesial, cada vez más intolerable. Piénsese en el rechazo cada vez más acusado de los servicios religiosos. Estos días se conocía la situación en Barcelona: “los bautizos no llegan al 35% , los matrimonios por la Iglesia el 11%, funerales católicos el 31%. Imagínense qué números nos deparará el futuro, cuando… sean mayoritarias las generaciones que han crecido en la ignorancia y la indiferencia religiosa” (Oriol Trillas: El auge de los funerales laicos. Agosto 19/2022. Redes Cristianas).
  7. Ya existen en la Iglesia comunidades adultasNo se les puede ignorar y menos perseguirlas. Hay que impulsarlas. Son grupos de dimensiones adecuadas para conocerse, vivir en igualdad fraterna, en corresponsabilidad. Por su madurez pueden vivir la cultura actual, decir su fe en lenguaje comprensible y dar respuesta a sus necesidades. Deben ser libres en la libertad de los hijos de Dio y creativas desde la fe.
  8. Es conforme con el Evangelio aceptar que estas comunidades puedan elegir a las personas para las diversas tareas o ministerios, sin distinción de sexo ni de estado. Se supone discernimiento que tiene en cuenta “personas de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría” (He 6,3). Reunidos, dialogando, compartiendo la Palabra y la misión de Jesús, se revela el Espíritu y manifiesta la voluntad divina. Eso sucedía en el principio (He 6, 3; 15, 22ss) y puede suceder hoy.

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“Obispos muy ricos“, por Antonio Aradillas

miércoles, 14 de septiembre de 2022
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rouco_vader«Son quienes nos legaron la Iglesia que tenemos y que Francisco pretende reformar»

 «Es posible que la aseveración y conformación de que los obispos -nuestros obispos- son ricos -muy ricos-, a no pocos seglares -ellos y ellas- les parezca una apreciación infeliz y exagerada»

«Pero es lo que hay y, por lo visto, lo que quieren los Nuncios que haya, pese a denodados esfuerzos del papa Francisco por encontrar y seguir caminos que también presupongan elementos sagradamente democráticos»

«Los obispos pobres carecen de presente y de futuro en la Iglesia.Los sacerdotes “episcopables”, que no sean proclives a ejercer de ricos en su día, difícilmente serán seleccionados»

«Los obispos son ricos. Riquísimos. Son fieles exponentes de la riqueza que define a los obispos los palacios en los que residen. ¡Papa Francisco, facilite caminos de “episcopalidad” a obispos que sean y ejerzan de pobres!»

Es posible que la aseveración y conformación de que los obispos -nuestros obispos- son ricos -muy ricos-, a no pocos seglares -ellos y ellas- les parezca una apreciación infeliz y exagerada, propia de tiempos extintos anticlericales, enemigos de la Religión, con inclusión de la que incluye los nombres de Jesús, la Virgen , santos y santas..

Esto no obstante, y efectuados estudios y encuestas de carácter abiertamente científico, los resultados de que multitud de personas están convenidas de que los obispos, por obispos, son ricos, es de dominio público y hasta de “sentido común,” aún después de que el Concilio Vaticano II y posteriores denuncias y revelaciones del papa Francisco las avalen. Este, el papa “franciscano”, no se ahorra la condena de los ricos – y más de los obispos- , con las debidas exigencias penitenciales del propósito de enmienda y reparación, dentro de lo posible y de lo que cabe.

Es de destacar cuanto antes que la expresión “rico-riqueza” (de origen etimológico germánico), incluye no solo los conceptos gramaticales de “acaudalado, abundancia de bienes y recursos económicos”, sino además y en proporciones idénticas, los de poder, autoridad, mando, dominio, señorío e influencia”.

Desde perspectivas tan complejas, pero todas ellas significativas y reales, en las que lo divino se entremezcla episcopal y semi dogmáticamente con lo humano, tanto en esta vida como en la otra, no cabe la mínima posibilidad de cuestionar, ni rechazar, que la condición de obispos habrá de llevar consigo la condición y calificación de “ricos para todos los que fueran nombrados- que no elegidos-, para tal menester-ministerio en la Iglesia, y todavía en gran parte y proyección en la sociedad en la que vivimos.

Es lo que hay y, por lo visto, lo que quieren los Nuncios que haya, pese a denodados esfuerzos del papa Francisco por encontrar y seguir caminos que también presupongan elementos sagradamente democráticos.

Del colectivo de sacerdotes “episcopables, tanto del clero diocesano como del regular, que no sean proclives a ejercer de ricos en su día, ya desde el primer momento de su “toma de posesión de la catedral”, puede asegurarse que seguirán pernoctando en la terna vaticana curial casi a perpetuidad. Difícilmente serán seleccionados.

Tampoco lo serán quienes tengan vocación de mártires por su testimonio de vida y consagración al evangelio, en cuyos versículos más decisivos y veraces, los pobres, y solamente los pobres, tienen asegurada su sede, es decir, su rinconcito. Mons. Romero es modelo y patrono. También lo son aquellos obispos quienes, al comprobar que tenían que ser y ejercer de ricos, optaron por dimitir cuanto antes y refugiarse en la Amazonía y sus alrededores, o ser y ejercer de capellanes de monjas de clausura, tal y como refieren las crónicas en relación con la “vida y milagros” de un par de obispos españoles actuales.

Saber de buena tinta y comprobar con los propios ojos, que ciertos “episcopables” tomarán y vivirán en serio el evangelio siendo obispos, no facilitará su acceso a la mitra y ni siquiera a la ex “primada”. La misma CEE -Conferencia Episcopal Española- relegará a algunos de estos “pobres” a acólitos o auxiliares a Comisiones de tercer orden y “por los siglos de los siglos”.

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Obispos pobres, y lisa y llanamente preocupados y ocupados en el santo Evangelio, dejando ahora y aquí de lado, lo de “Sucesores de los Apóstoles”, carecen de presente y de futuro en la Iglesia, y más en la española. Los obispos “pobres” molestan, crean problemas, estorban y hasta son tildados de “infieles”, aunque el papa Francisco se muestre tan empeñado en reeducar a la Iglesia “oficial” con criterios y pedagogía sinodales, avalados con los sacrificios que le proporcionan su rodilla y las limitaciones de la edad, aun cuando no lo parezca, y sepa ocultarlo.

Los obispos son ricos. Riquísimos. Las catedrales -inmatriculadas o no-, son de la Iglesia. Es decir, propiedad del obispo. En ellas fueron, y serán., enterrados, sin ahorrarse los futuros turistas las visitas y la admiración de los mausoleos de algunos, verdaderas obras de arte, que compiten en majestuosidad y asombro con los de los reyes, emperadores y señores feudales, todos, y por igual, a la espera de la resurrección de los muertos y del perdón de sus pecados.

 Son fieles exponentes de la riqueza que define a los obispos los palacios en los que residen, avecindados todos ellos en las calles llamadas “del Obispo”, algunas de tan nobles casas palaciegas, directamente comunicadas con los templos catedralicios mediante arcos suntuosos, de una sola dirección y sin posibilidad de uso para el resto del pueblo, que no por eso deja de ser “pueblo de Dios”, sino todo lo contrario. Los obispos creen ser ricos por poder relacionarse solo y directamente con Dios, siempre y en última e inapelable instancia.

El argumento frondoso de que, a lo que más llegan los obispos es a ser administradores de los bienes de la Iglesia, pero no ricos, no tiene validez, si se piensa que los terrenales no son eternos y no les acompañaran a sus poseedores “por los siglos de los siglos”, aun equipados con los documentos legales de su pertenencia.

¡Papa Francisco, facilite caminos de “episcopalidad” a obispos que sean y ejerzan de pobres!. Los obispos ricos, tal y como refieren con datos y pruebas las historias de los episcopologios, son quienes nos legaron la Iglesia que tenemos, y que usted, con el santo Evangelio y sinodalmente, pretende reformar lo antes posible.

Fuente Religión Digital

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«Una Iglesia que fomente el diálogo y el encuentro «, por Consuelo Vélez

viernes, 9 de septiembre de 2022
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dialogo_cDe su blog Fe y Vida:

«Es urgente liberarnos de esa perspectiva binaria que clasifica la realidad en buenos y malos»

«Esas palabras seguro decepcionaron a muchos porque esperaban que el Papa condenara a unos y defendiera a los otros»

«Es urgente liberarnos de esa perspectiva binaria que clasifica la realidad en buenos y malos. Más aún, liberarnos de la idea de que la verdad solo está de un lado y que hay que acabar a toda costa con los puntos de vista contrarios que se consideran falsos»

Ante la multitud de situaciones que vivimos, muchos piden que el Papa Francisco se pronuncie sobre esos problemas. Recientemente se esperaba que hablara de lo que está sucediendo en Nicaragua y, finalmente lo hizo, en el Ángelus del domingo 21 de agosto: “Sigo desde cerca con preocupación y dolor la situación creada en Nicaragua que involucra a personas e instituciones. Quisiera expresar mi convicción y deseo que por medio de un diálogo abierto y sincero se pueda aún encontrar las bases para una convivencia respetuosa y pacífica. Pidamos al Señor por la intersección de la Purísima que inspire en los corazones de todos tal concreta voluntad”.

Esas palabras seguro decepcionaron a muchos porque esperaban que el Papa condenara a unos y defendiera a los otros. Pero Francisco se expresó en los términos que nos brindó en su última Encíclica social, Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social. Se refirió al diálogo abierto y sincero para encontrar las bases de una convivencia posible en esa realidad.

Como cristianos, es necesario plantearnos, una y otra vez, cuáles son las actitudes que debemos proponer y sostener. Y “desde dónde” debemos hacerlo. Para el primer aspecto, es urgente liberarnos de esa perspectiva binaria que clasifica la realidad en buenos y malos. Más aún, liberarnos de la idea de que la verdad solo está de un lado y que hay que acabar a toda costa con los puntos de vista contrarios que se consideran falsos.

La Iglesia, muchas veces, ha caído en esa lógica y, al final, resulta apoyando lo más contrario a los valores del evangelio. No es gratuito que algunos sectores eclesiales hayan resultado, décadas atrás, aliados con dictaduras o, para no ir muy lejos, que no hayan apoyado los Acuerdos de Paz en Colombia.

Para el segundo aspecto, qué importante es para los cristianos mirar la realidad “desde dónde Dios la mira”. La praxis de Jesús de Nazaret nos mostró del lado del que Dios se coloca. Su anuncio del Reino se sitúa siempre desde abajo, desde los pobres, desde los últimos (Lc 4, 18-19). En esto el papa Francisco también es bastante explícito al hacer la llamada a colocarnos del lado del pueblo, entendiendo su sentir, solidarizándonos con sus luchas, alegrándonos con sus conquistas.

Algunos pasajes de la Fratelli tutti nos ayudarán a comprender más este llamado de Francisco al diálogo: “Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo esto se resume en el verbo ‘dialogar’. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar (…). El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta” (n. 198). Además, en la misma encíclica, Francisco dice que los medios de comunicación muchas veces instalan noticias que hacen imposible el diálogo, descalificando al adversario, promoviendo intereses egoístas que no favorecen para nada el bien común (n. 201).

Esto es innegable. Muchos titulares de los periódicos y muchos mensajes de las redes sociales desvirtúan la realidad. Así resultamos defendiendo posturas falsas y repitiendo slogans que todo hacen menos que contribuir a la solución de los problemas. La realidad es mucho más compleja y se necesita una información más completa para hacer juicios y tomar posturas. De nuestra parte, necesitamos discernir cuáles son los medios que leemos y hasta qué punto podemos creerles, para no contribuir a divulgar mentiras, instalándolas en el imaginario colectivo. Otras afirmaciones contundentes de la Encíclica sobre el diálogo invitan a reconocer que el otro puede tener convicciones e intereses legítimos y que las diferencias son creativas, crean tensión y en la resolución de una tensión está el progreso de la humanidad (n. 203).

Con respecto al “pueblo”, Francisco lo relaciona con la cultura del encuentro: “Hablar de cultura del encuentro significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos. Esto se ha convertido en deseo y en estilo de vida. El sujeto de esta cultura es el pueblo, no un sector de la sociedad que busca pacificar al resto con recursos profesionales y mediáticos” (n. 216). Refiriéndose a la paz social, Francisco dice: “Esto no se consigue agrupando sólo a los puros, porque aún las personas que pueden ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Tampoco consiste en una paz que surge acallando las reivindicaciones sociales o evitando que hagan lío, ya que no es un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. Lo que vale es generar procesos de encuentro, procesos que construyan un pueblo que sabe recoger las diferencias. ¡Armemos a nuestros hijos con las armas del diálogo! ¡Ensenémosles la buena batalla del encuentro! (n. 217).

Pensando en la realidad colombiana, no parece que algunos sectores -incluso eclesiales- entendieran estas propuestas de diálogo y encuentro. Sus comentarios, predicaciones y actitudes desdicen de los esfuerzos de tantos sectores sociales que trabajan por el bien común (líderes sociales, movimientos sociales, movilizaciones juveniles, etc.). Con esa actitud no es de extrañar que cuando el pueblo celebra los pasos en favor de la vida, muchas veces, la gran ausente es la institución eclesial.

Asimilar mejor lo que dice la Encíclica Fratelli tutti nos ayudaría a situarnos de otra manera frente a la realidad social, política, cultural y religiosa que vivimos. Y esto es urgente para lograr ser estos abanderados de los valores del reino que siempre cuestionan la lógica humana de buenos y malos, de verdad y mentira, de gracia y pecado y que parten de los seres humanos concretos en donde ninguna ley es superior a la dignidad de la persona y donde ninguna situación se resuelve con la ley del más fuerte. Hemos de sentir preocupación y dolor por las situaciones que se viven en tantos lugares del mundo y hemos de levantar nuestra palabra frente a ellas. Pero que ojalá sean palabras de evangelio que alimenten la esperanza y no palabras hostiles que impiden el diálogo y hacen muy difícil la convivencia social.

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Recordatorio

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