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“Una reflexión de causas y efectos”, por Gabriel María Otalora

Martes, 11 de octubre de 2022
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5BA6B816-C445-4B7B-A235-87CE1B03C5E2De su blog Punto de Encuentro:

Estamos desanimados, asustados, incluso decepcionados porque nuestra fe pierde peso social, nos defraudan y defraudamos, las convicciones se tambalean y las seguridades religiosas con las que creíamos contar, fallan. La crisis general en el marco de un gran cambio de era, en casi todos los frentes, nos hace daño e incrementa la desesperanza. Orar, a lo que tanta importancia dio Jesús, ya no resulta importante para nosotros. La causa del porqué hemos llegado a esta situación, al menos en nuestras comunidades eclesiales cercanas, es profunda y compleja, pero la falta de autocrítica y el corporativismo extremo, ayudan lo suyo. En este tiempo oscuro, pocos faros se mantienen firmes en la acogida y en la actitud de confianza en Dios como el Papa Francisco, que evangeliza como nadie. Y sin embargo, pocas personas están siendo denostadas tan abiertamente desde las propias filas católicas.

Podríamos resumir la situación católica en dos tendencias: la primera, con recorrido sociológico consolidado en el clericalismo, está afanada en reforzar ritos, dogmas, poderes legales y firmeza dogmática como escudo protector ante los desvaríos del mundo pretendiendo así defender lo esencial…  pero sin practicarlo de corazón, instalados en la zona de confort religiosa y legalista. Con frecuencia dejan aparte la actitud de humildad y caridad, ambas esenciales en quienes nos decimos cristianos. La consecuente falta de ejemplo incide en la falta de vivencia comunitaria fraternal que vacía los templos más que cualquier otra cosa. Los que seguimos, tendemos a hacerlo desde la pasividad, sin alegría. Al final, no sabemos si estamos defendiendo la causa de Jesús o la nuestra; ejemplos de esto abundan en el Evangelio.

La segunda tendencia entiende que Jesús no vivió entre seguridades ni apoyado en dogmas, más allá del dogma supremo del amor. Que expresamente, huyó de la vanagloria, el poder y el dinero para hacerse donación a todos. Y que trató a los pecadores con misericordia y a las flaquezas humanas con un proyecto ilusionante de cambio de vida interior, no formalista. No fueron el castigo, el miedo o la rigidez inmisericorde el plan de Jesús. Los que se encuentran en esta tendencia, entienden la evangelización como un mandato que se funda en el compromiso de vivir de una determinada manera, hacia dentro (oración, contemplación) y hacia fuera: acogida desde el corazón, escucha, compasión y ejemplo. Que el camino se hace al andar, buscando, no con el corazón anclado en certezas que anquilosan en lugar de abrir caminos. Para ellos, Cristo no es imposición ni adoctrinamiento, los malos no son tan malos y los buenos tampoco son tan buenos. Tratan de vivir la parábola del buen samaritano con actitud comprometida intentando hacer comunidad de fe.

Algunos me dirán que no se puede trazar una línea tan gruesa entre unos y otros, blanco o negro. Y tienen razón. Por eso hablo de tendencias, de las que todos participamos en mayor o menor medida, unos viviendo más cerca de la primera tendencia y otros tratando de vivir conforme a la segunda.

Aquellos convencidos de que enarbolando las seguridades religiosas de manera excluyente o denunciando cualquier deviación de la ortodoxia es el camino para capear el temporal, les diré que así es como se resiente el amor, piedra angular de todo, la actitud de Jesús. Él no rehuyó a nadie, escuchó y confraternizó con todos y todas manteniendo la firmeza solamente ante quienes pervertían el Mensaje de fondo. Se mantuvo en actitud de amor total, sin excepción, desde el ejemplo radical que transforma como jamás lo hará la tilde de la ley, por muy buena que esta sea. Y por retorcer la praxis legal injusta fue calumniado y asesinado para ocultar la primacía del Amor.

En otros tiempos, la Iglesia católica era creíble, pero en la medida que la institución ha sido más importante que el mensaje, no ha hecho falta que venga nadie de fuera para desacreditarla. Es terrible que haya podido incubarse durante tanto tiempo algo trágico como son los abusos clericales de menores y personas débiles, con medios para esconderlo y proteger a los culpables como un lobby poderoso cualquiera. El Papa Francisco se ha visto poco respaldado en su contundencia en aplicar “medidas concretas y eficaces” para desmantelar cualquier encubrimiento eclesiástico ante los abusos clericales. Ahí sigue el “caso Gaztelueta”, reabierto por el Papa.

Con el Evangelio en una mano y la apertura de corazón en la otra, reflexionemos si estamos más cerca de una o de la otra tendencia. Y cómo vivimos la misión de evangelizar, mostrando a otros la Buena Noticia que nos ha sido revelada, cada cual desde lo que nos toca. Me preocupa que, sin darnos cuenta, no pocos escandalicemos con nuestro mediocre día a día.

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“¿Quién tiene la culpa de la homofobia?”, por Ramón Martínez

Lunes, 21 de septiembre de 2015
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tumblr_ljbb7pWDc71qezy3vo1_400Un buen artículo, como siempre, que hemos leído en Cáscara Amarga:

Últimamente, y no sin sorpresa, cuando me quejo de la suciedad que continúa impregnando los suelos y los cielos de Madrid o en aquellos momentos en que el servicio de BiciMad me exaspera por su característico mal funcionamiento, encuentro una respuesta habitual: se justifican estas y otras deficiencias de mi ciudad porque “la gente es muy guarra”, “hay gente que hace un uso indebido”, etc. Si bien es cierto que si nadie tirase papeles al suelo no estaría tan sucio, y si nadie tratara de robar bicicletas -y lo consiguiera- sería mejor el servicio -o no, porque es vergonzoso-, no dejo de plantearme hasta qué punto puede culparse a las personas, en tanto que individuos, de los problemas que hemos de padecer todos y todas. Del mismo modo me preocupa también cómo encontrar culpables de la homofobia -y bifobia y transfobia- con la intención, sobre todo, de conocer cuál puede ser el trabajo activista más adecuado para erradicar la discriminación contra las personas no heterosexuales.

Esta semana hemos conocido una investigación realizada en Italia en que se demuestra que la homofobia se relaciona con determinados rasgos de la personalidad, como la tendencia al psicoticismo y la presencia de unos mecanismos de defensa inmaduros. Existe, así, una “asociación notable entre los aspectos disfuncionales de la personalidad y las actitudes homofóbicas”, según señala Emmanuele A. Jannini, uno de los responsables del estudio. Y aunque resulta interesante saber que el odio hacia personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales puede tener un origen evitable con la adecuada medicación, no dejo de recordar uno de los gritos habituales en las manifestaciones contra la violencia de género: “No están locos, son asesinos”.

“Explicamos desafueros y maldades alegando que su causante ha perdido el uso de razón, o que es un sádico cuya enfermedad le hace cometer perversidades” dice Salvador Giner en su estudio sobre la sociodicea, la justificación de la sociedad tal como es, con sus males, o de un mal en particular por resultar necesario para otros fines o considerase inevitable. Parece así que este estudio contribuye de algún modo a la justificación de la homofobia: entendermos que las personas homófobas están enfermas, y entonces merecen nuestra lástima, nuestra preocupación por su mejora, no nuestra condena. Del mismo modo, ante el aumento de agresiones contra lesbianas, gais, bisexuales y transexuales que vemos en las noticias últimamente, no es extraño encontrarse con intentos de justificación del tipo “nuestra sociedad es así” o “siempre existirá la homofobia”. En ellas, cuando es una persona no heterosexual la que pronuncia dichas justificaciones, no puedo sino encontrar la asunción de planteamientos propios de la heterosexualidad dominante que Goffman anunciaba en su estudio sobre el estigma. Cuando es una persona heterosexual quien trata así de justificar el mal, por contra, es apreciable el intento de desinvidualizar la culpa, arrojándola de sí misma a la masa que componen todas las personas. Decir que la homofobia -y la bifobia y la transfobia- forma parte de nuestra cultura no es sino una forma de sociodicea a través de la que el individuo trata de limpiar su reputación arrojando toda sospecha a una entidad supuestamente superior en la que parece no participar. Se traslada del plano micro al plano macro, y se olvida que como individuos somos nosotros y nosotras quienes, con nuestras acciones, construimos una y otra vez esa cultura en la que todos participamos; que somos personas únicas pero estamos atravesadas por esos planteamientos de la masa que nos interrelaciona, como ha señalado Sloterdijk. Tratamos de dormir tranquilos con la excusa de la cultura y olvidamos que, dice Rapport, “culture is no excuse”.

La culpa de la homofobia -y bifobia y transfobia- es una culpa compartida. Si bien es cierto que estamos socializados en una cultura que presenta como convencionales determinadas acciones que entrañan consideraciones negativas sobre la Diversidad Sexual y de Género, depende de todos nosotros, a nivel particular, decidir si seguimos esos supuestos mandatos culturales o no lo hacemos. La cultura se compone de dos cajas de herramientas -buenas y malas- que usar frente a un estímulo, y nos es posible empezar a escoger las buenas. Si nuestra autonomía fuera imposible todo el mundo estaría agrediendo a personas heterosexuales, y todos los maridos matarían a sus mujeres. Si en lugar de justificar los males sociales como la intolerancia nos comprometemos en lo particular y desarrollamos micropolíticas que se opongan a lo “tradicional”, será posible una revolución que erradique el machismo, el toro de la Vega y, por supuesto, la homofobia -y bifobia y transfobia-. Ésa es la parte de trabajo que corresponde a los individuos. “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”, dice la frase falsamente atribuída a Gandhi. A los poderes públicos hemos de demandarles las políticas macro que propicien, entre otras muchas cuestiones, nuestro compromiso en lo micro. Y así será más sencillo limpiar Madrid, porque lo habremos manchado menos, o que funcione BiciMad porque lo estemos usando mejor -quizá, no estoy seguro-, o que se erradique cualquier forma de discriminación.

Tan fácil como dejar de justificar el mal y no volver a insultar a un compañero de clase porque no es gay, lesbiana, bisexual o transexual. Tan fácil como que un instituto cuelgue un cartel fomentando el respeto hacia la Diversidad Sexual y de Género. De eso trata la magnífica campaña de Arcópoli Al Insti igual que tú. Porque si conseguimos que exista un solo adolescente LGTB libre, puede salvarnos a todos; puede salvar nuestra Cultura.

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“Para ser dama de beneficencia, de lo propio y de lo ajeno”, por Ramón Martínez

Sábado, 4 de octubre de 2014
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1401280111279Un contundente artículo de Ramón Martínez en su blog Observatorio rosa

Desde la emisión del documental El sexo sentido, que abordaba los distintos problemas a los que se enfrentan los menores trans en España, la cuestión de la transexualidad en la infancia y la juventud se ha convertido en una cuestión de actualidad.

Gracias al enfoque que ofrece el vídeo, difundido en Televisión Española y en diversas presentaciones en colectivos, la ciudadanía ha empatizado con la situación de chicos y chicas transexuales, aun a pesar de algunas declaraciones dudosas de cargos de la Comunidad de Madrid que, como sabemos, controlada férreamente por el Partido Popular, se opuso este mayo a la aprobación de una Ley Integral de Transexualidad propuesta por el Partido Socialista y apoyada por Izquierda Unida y UPyD, en contra de la promesa de votarla a favor.

Como consecuencia de ello, el trato que reciben por parte de las administraciones públicas los menores trans es muy diferente según en qué comunidad autónoma residan, de suerte que afrontar la problemática de la transexualidad en la infancia se ha convertido en un objetivo principal del activismo.

Así, hace una semana tuve la oportunidad de asistir a la presentación de la Fundación Daniela, destinada a generar conocimientos y compartir experiencias en torno a la transexualidad infantil, iniciativa de lo más necesaria y que contará con la colaboración de grandes profesionales, además de la atención de una gran mujer, África, vicepresidenta e impulsora de la Fundación. No obstante, durante la presentación algún detalle que paso a referir me hizo reflexionar sobre el tema al que dedico estas líneas: ¿cómo debemos gestionar las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales las alianzas con personas heterocisexuales?

Porque sucede que una organización que está llamada a revolucionar el modo en que la ciudadanía entiende la transexualidad fue acompañada en su presentación por algunos personajes de lo más inquietante: Santiago Miláns del Bosch, sobrino del tristemente célebre golpista y relacionado con la extrema derecha en los años 80; Jesús Fermosel, consejero de Asuntos Sociales; y Carmen Pérez Anchuela, directora general de Servicios Sociales de la Comunidad de Madrid. Esto es: las mismas personas que colaboraron activamente para que la Ley Integral sobre Transexualidad presentada por la diputada socialista y activista transexual Carla Antonelli no saliera adelante, y que incluía la administración a menores trans de bloqueadores hormonales, ahora se personan en un acto en que se crea una Fundación que persigue, entre otras muchas cosas, reconocer el acceso a esos bloqueadores como un derecho para la infancia trans. Una asombrosa paradoja que empaña el buen fin para el que se crea esta Fundación.

Al salir del acto comentaba con dos buenos amigos que la iniciativa era maravillosa y muy necesaria, porque gracias a la influencia de esta organización un sector declaradamente tránsfobo de nuestra ciudadanía, el más conservador, podría acercarse a la realidad de las personas transexuales y empatizar con ellas, empezando así a posicionarse como posible defensor de sus derechos; pero al mismo tiempo nos saltaron las alarmas: ¿qué influencia podrían ejercer esas personas sobre el discurso del activismo trans?

Con el trabajo que le ha costado al activismo trans que la despatologización se convierta en un objetivo fundamental no deja de preocuparme que estos señores y señoras que ahora se nos ofrecen como colaboradores en nuestra lucha puedan ahora desvirtuar los contenidos de una reivindicación desarrollada por las propias personas trans. Y como digo esto desde mi propia identidad cisexual no dejo de preguntarme ¿estoy cometiendo yo mismo el error que recrimino? ¿Cómo puede participar y colaborar una persona que no está atravesada por una determinada realidad en las reivindicaciones de las personas que sí lo están?

Hablo de la necesidad de espacios propios y de las formas de vinculación con ellos de las personas ajenas a la reivindicación, y como siempre el feminismo es el mejor sistema de pensamiento del que tomar ideas. Cualquier reivindicación sobre los derechos de las mujeres debe ser acordada, en su contenido y su estrategia, por las propias mujeres, y luego podemos llegar los hombres a defender sus demandas junto a ellas, codo a codo.

En el feminismo los hombres somos compañeros de lucha, pero es evidente que nuestra participación debe ser limitada, porque no experimentamos la discriminación que precisamente los hombres ejercemos sobre las mujeres. Con las personas transexuales sucede lo mismo, ¿cómo va a poder una persona cuyo sexo biológico y género sentido se corresponden, una persona cisexual, entender la situación de las personas trans? Dejemos que sean las personas trans las que construyan su discurso y decidan cuáles son sus necesidades más urgentes, y apoyemos sus demandas como si fueran las nuestras propias, porque dentro de cualquier reclamación de derechos se ven comprometidas todas las reivindicaciones de Derechos Humanos.

Pero es preciso mostrar toda la cautela posible a la hora de afrontar nuestra cooperación con las exigencias que nos son ajenas, porque es demasiado fácil convertirnos, de compañeros de lucha, en damas de beneficencia, esto es, personas cuya colaboración con la reivindicación que no les afecta la toman como una forma de caridad, en su tercera acepción según el diccionario de la RAE, “limosna que se da”. Es decir, según nuestra actitud podemos ser cooperadores necesarios y comprometidos, que afrontan la petición de derechos ajenos como si les fueran propios, o personas que aceptan “rebajar” su estatus en mayor o menor medida para empatizar con una discriminación que no les afecta; personas que dan y que no comparten, que regalan y no sienten, que aceptan manchar sus limpísimas manos sin reconocer que pueden tenerlas tan sucias como cualquiera.

Y esto empeora porque la actitud de beneficencia acostumbra verse recompensada socialmente y permite una limpieza de imagen. El pinkwashing, que hace olvidar con una forma muy particular de colaboración los errores de un pasado oscuro. Tan oscuro como un apellido.

Pero en una semana donde, aunque recibimos la grandiosa noticia de que Gallardón, el ya exministro de Justicia e Inquisidor General contra el feminismo, abandona la política, gracias al trabajo de miles de mujeres progresistas que no han dejado de gritar su derecho a decidir sobre su propio cuerpo, hemos tenido que escuchar las palabras del excéntrico obispo de Alcalá, que acusaba al Partido Popular, al hilo de la retirada de la Contrarreforma de la ley del aborto, de estar ideológicamente influido por el feminismo e infectado por el “lobby” LGTBQ, que ya quisieran ellos –y sin olvidar la caradura que demuestra un representante de una entidad infectada por la pedofilia al otorgarse el derecho a señalar cualquier tipo de “infección”, a no ser que sea la que su organización ayuda a propagarse por África, con la obsesión con predicar en contra del uso del preservativo–.

Y las del impresentable Duran i Lleida, que mezcla independentismo con discriminación hacia personas lesbianas, gais, transexuales y bisexuales al oponerse tajantemente a la aprobación de una ley catalana contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género, después de haber defendido hace un tiempo las terapias “reparativas” de la homosexualidad, y haber defendido la necesidad de derogar el matrimonio igualitario; en esta semana que una sola alegría se ha visto tan empañada por la actitud de tanto fanático, no dejo de preguntarme si no es urgente y necesario incorporar a la defensa de los derechos de todas las personas a cuanta gente sea posible, y hacerles comprender la necesidad y urgencia de tantas y tantas reivindicaciones, tratando por todos los medios que no ocupen los espacios propios que nos son necesarios para poder desarrollar libremente nuestro pensamiento.

Yo, por mi parte, invitaré siempre a quien quiera a participar de mis reivindicaciones propias, y ofreceré todo mi apoyo a las luchas que me sean ajenas, porque indirectamente también me son propias, siempre intentando caer en los vicios de la canción de Nacha Guevara que da título a esta columna, Para ser dama de beneficencia, porque para participar de una lucha no hay que querer ayudar: hay que creérsela.

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