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Una Iglesia que fabrica ateos necesita conversión urgente.

sábado, 11 de mayo de 2019
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Puppeteers pulls cords as they animate giant puppets of a boy and a deep-sea diver as they are paraded through the streets of Le Havre, northwestern France, on July 7, 2017, during a performance by French mechanical marionette street theatre company Royal de Luxe. / AFP PHOTO / CHARLY TRIBALLEAU Foto Charly Triballeau

Del blog de Jairo del Agua:

¿Nuestro Dios es Dios? ¿Es ACTIVO, autónomo y libre? ¿O es un ser PASIVO al que manejamos con los hilos de la oración insistente para moverle a cumplir sus deberes?

¿Será un Padre volcado siempre por sus criaturas? ¿O será una «marioneta sagrada» a la que damos «bondadosas instrucciones» a través de los hilos de la oración?

Os invito a prestar atención a las oraciones litúrgicas y comprobar que la gran mayoría pretenden MOVER a Dios. Le tratan como a una Gran Marioneta omnipotente que, gracias a nuestros tirones, se moverá y actuará.

Ese es el mayor error de los creyentes. No nos han enseñado a identificar quién es y cómo es el Padre. Ni nos han motivado a buscarle en el interior, ni a ser fieles al Abba revelado por Cristo. Se conforman con que seamos fieles «al pie de la letra» a lo que manda el Clero. Y nos tienen sumidos en una «Iglesia infantil» que cree en los Reyes Magos, en los Santos milagreros o en las Vírgenes curanderas, etc.

Lo importante es que tengamos «fe», cuanto más irracional más grande es la «fe», no importa en qué o en quién. Todavía se exigen dos milagritos para canonizar a un santo. ¿Esa tacañería es la gran prueba de santidad? A los que nos atrevemos a pensar nos llaman «racionalistas», «incrédulos», «herejes»… Cuando el uso de la inteligencia es la mayor prueba de fidelidad al Espíritu Santo.

Me propongo demostrar en esta meditación -continuación de la anterior- que gran parte de nuestro CREER y nuestro ORAR son absurdos, es decir, irracionales. Son contrarios a la «inteligencia», que es un don del Espíritu Santo y nuestra principal herramienta humana.

En estos tiempos tan pragmáticos y racionales querer mantener una «fe mítica y sometida» es un gravísimo error. La existencia de Dios es evidente para cualquiera que sepa utilizar la cabeza y palparse la ropa. De la NADA no sale NADA.

Lo absurdo es seguir creyendo e imponiendo una «imagen de Dios» judía, bárbara, humanoide y contraria a la razón. La religión es para «religare», volver a unir a la criatura con su Fuente límpida, positiva, inagotable… Se les pedirá cuentas a los que la han reducido a un «método breve y ritual» de conseguir prebendas y anestesiar conciencias. Tendrán que convertirse, es decir, rectificar para no conducirnos a una religión momificada, inútil y residual.

Sin embargo la religión es esencial para el ser humano y forma parte de su ADN sicológico. Quien no ratifique esta afirmación que observe un poquito la Naturaleza o analice su fragilidad personal o se deje sentir sus profundas aspiraciones humanas.

Tenía razón san Agustín: «Nos hiciste Señor para ser tuyos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Por eso siempre he predicado una «religión humanizadora, positiva, luminosa y alegre». En «humanizadora» está incluido el «racional». Cada día estoy más convencido.

Meditemos un ratito. No tengas prisa. Es un tema muy importante. A los rígidos y tenedores de la «verdad absoluta» no les recomiendo que sigan leyendo.

A un Dios ACTIVO le hemos convertido en un dios pasivo y falso.

A un Dios Misericordia infinita le hemos transformado en un «dios distraído y cicatero». Prestad atención a las preces de la misa, por ejemplo. O comprobad con atención los «grandes logros» que conseguimos con rimbombantes preces en millones de misas diarias.

A un Dios infinitamente bueno le tratamos como a uno «malo y cruel» (iracundo, tacaño, vengativo, impositivo, celoso, amenazante, castigador, olvidadizo, ausente…). No hay más que oír bien los salmos de cada día, si la rutina nos permite estar atentos…

Un «dios incoherente» es rechazado espontáneamente por cualquier ser humano que piense un poco. Somos nosotros los que expulsamos de nuestra Iglesia a las personas, no es que ellas sean peores que nosotros.

Empecemos por escuchar los argumentos de los ateos frente a nuestra «fe irracional». Ellos ven los enormes males del mundo y dicen: «Si existiera un Dios bueno, no permitiría estos desmanes». Miran las catástrofes naturales y concluyen: «Imposible que exista un Dios mínimamente piadoso que no evite estos dramas».

Los que han suprimido a Dios de sus vidas o han abandonado toda religión lo han hecho con sentimientos y argumentos muy sólidos. No son tontos. Muchos son inteligencias eminentes. Los irracionales somos, a lo peor, muchos de los creyentes.

Además nos han observado. Y a la mayoría de los católicos nos han visto sometidos a una «clase clerical», que se atribuye una autoridad divina, cuando ellos -los ateos- defienden la «libertad humana» como parte de nuestra esencia. Y tienen razón.

No digo nada si han tenido ocasión de experimentar, directa o indirectamente, los muchos casos de prepotencia clerical, de mala educación, de contradicciones doctrinales y hasta la ausencia de moralidad natural y cívica

Para rematar el espectáculo, nos ven de rodillas pidiendo favores y milagros, que raramente llegan. Deben de creer -dicen- en un «dios indiferente, cicatero, avaro, rácano y malhumorado». Y el colmo les llega cuando nos ven tan complacidos con algún supuesto milagrito conseguido por una virgen o un santo que, por fin, han arrancado alguna dádiva a ese «dios tacañón».

Si la consecución del favor ha sido porque tenían una tía monja, un hermano fraile o algún otro enchufe, entonces las cosas se complican. El «dios tacañón» en que creen éstos -siguen diciendo- no solo es «roñoso» sino que es «manipulable» y solo atiende a los enchufados.

Luego no es Dios porque no es absoluto e inmutable, como se supone en simple lógica, que debe ser un posible Dios eterno y verdadero. Se trata de un «dios» relativizado, condicionado, influenciado y manipulado por sus criaturas.

Es pues un «dios imaginario y absurdo» -sucesor de los dioses del Olimpo- que no puede existir más que en la fantasía de esos creyentes ignorantes o fanatizados. En este mundo todo es consecuencia, confluencia y complejidad de las fuerzas de la naturaleza y su evolución -terminan diciendo-.

Henos aquí a los cristianos en general -no conozco otras religiones-, con sus Jefes al frente, convertidos en la mayor fábrica de ateos, agnósticos, indiferentes y contrarios a toda religión.

Un médico famoso, ateo y muy humano, me decía con total sinceridad: ¿Si yo pudiera hacer alguno de esos «milagros» que atribuyen a la oración o a la influencia de algún santo, tú crees que me limitaría a hacer «un solo milagro»? ¡Dejaría el Hospital más vacío que el desierto!

No puedo creer, es imposible creer, en ese «dios mezquino y manipulable», al que vosotros pedís continuamente sin resultado. Yo soy médico y busco el bienestar de las personas con total determinación. Es más, te aseguro que si yo pudiera hacer «milagros» o «curaciones inmediatas» no solo me volcaría por mis enfermos, curaría a todos, hasta el último rincón del mundo.

Es imposible que un Dios Todopoderoso sea menos misericordioso que yo. Por eso no creo en vuestro «dios» y SÍ en la capacidad, que tenemos todos los seres humanos, de evolucionar, de superarnos y de hacer el bien.

Amigo mío, estoy de acuerdo contigo -le contesté-. Pero NO es ese «dios» en el que yo creo. Por razones que desconozco, en parte por no haberse despegado del arcaico judaísmo, nuestros Jefes religiosos mantienen una imagen de Dios falseada:

Un «dios sordo, distraído, manipulable y pasivo», al que hay que MOVER con nuestras oraciones, al que hay que ARRANCAR los favores con continuas súplicas y sacrificios, al que hay que CONVENCER continuamente para que nos ayude.

Para mí es inexplicable que sigan formando a los fieles, conduciendolos y rezando con presupuestos absurdos y rígidos. Con tantos años de estudio, con tantas facultades, con tantas estructuras eclesiales, con tantas personas dedicadas al cuidado de los fieles, no puedo entender que sigan anclados -no todos- en unas tradiciones religiosas, ya denunciadas en el Evangelio.

Han olvidado el «principio de evolución» del ser humano -que se cita en el Evangelio- y me temo que no han dado la misma importancia a la oración personal y a la meditación como al estudio teórico o la mera erudición. Han olvidado aquella conclusión a la que llegó el gran teólogo Tomás de Aquino cuando, al final de una vida de estudio, confesó que «había aprendido más en la oración que en los libros».

Yo creo en un Dios ACTIVO y NO en el «dios pasivo, sordo y olvidadizo» (escúchanos, acuérdate, escucha y ten piedad) al que dedicamos la mayor parte de nuestros ritos y oraciones. Realmente le rebajamos a todo lo que tú dices.

Tampoco creo en un «dios intervencionista» que tiene que curarnos, alimentarnos, dirigirnos, castigarnos, conseguirnos metas, darnos regalos, etc.

Creo en un Dios Torrente, volcado sobre sus criaturas, que nos lo dio TODO desde el principio y que nos acompaña siempre. Pero que no interviene en el mundo directamente, ni hace milagritos, para lucirse de vez en cuando.

Nos dio la libertad con todas sus consecuencias y nos ha confiado la administración del mundo y de nuestra vida personal. Ese Dios no nos ha abandonado, NO, está presente en nuestro interior, en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en toda nuestra vida.

No hace falta llamarle para que baje. Está aquí, con nosotros. Lo que necesitamos es abrirnos a todas las capacidades que nos ha dado, cultivarlas, rentabilizarlas y administrarlas bien.

Nosotros somos los administradores de este mundo, Él permanece oculto tras la Creación, pero muy activo en nuestro interior, respetando siempre a sus hijos y sus decisiones.

Somos nosotros los que tenemos que discernir, decidir y actuar en el mundo, dirigidos por esa «inteligencia, energía y amor» que llevamos dentro y que es parte de la mismísima esencia de Dios. Somos «pequeños dioses» con los mismos genes de Dios.

Nosotros somos sus manos cuando actuamos desde ese «íntimo» de la persona en el que portamos todos sus dones, sus capacidades, sus luces, las que nos insertó al crearnos «a su imagen y semejanza». Y que van creciendo a medida que las cultivamos.

Ese es el «tesoro de los humanos», el «reino de Dios» del que habla el Evangelio. Somos nosotros lo que podemos y debemos hacerlo patente y actuante en este mundo.

No existe un Dios al que haya que «pedir piedad». No existe un Dios al que haya que «pedir la paz». La piedad y la paz ya residen en tu interior. Eres tú el que debe acrecentarlas y manifestarlas.

Por eso yo rezo en la Misa: «Señor Tú tienes piedad», «Señor Tú nos das la Paz». Eso me recuerda que ya me lo dio y lo llevo dentro. Y estoy llamado a acrecentarlo y manifestarlo, a parecerme a mi Padre, a vivir desde esa «central de energía» interior, a derramar por el mundo ese caudal.

Ese es un Dios muy racional, muy comprensible, muy admirable y deseable. Te ha creado con «sus poderes» dentro (lo puedes comprobar y lo puedes sentir si te sumerges). Te motiva continuamente a que los ejerzas, los manifiestes y los siembres a través del «dinamismo de crecimiento» que todos llevamos dentro (lo dice claramente el Evangelio, recuerda por ejemplo la «mostaza» o el «sembrador»). Vamos a la iglesia a fortalecer ese interior, a motivarnos, a salir iluminados, fortalecidos y crecidos. (Pero nos obligan a «pedir» a Dios que recuerde sus deberes, actúe, resuelva y nos saque las castañas del fuego).

En ese Dios ACTIVO y PRESENTE sí podrías creer amigo ateo y sí podrías confiar. Un Dios que te crea con «inteligencia, libertad y voluntad» (a su imagen) y te respeta, te deja conducir y te deja elegir tu destino. De lo contrario NO serías libre.

Fíjate lo que decía, ya al principio, nuestro apóstol Pablo: «Ya que lo que se puede conocer de Dios, ellos lo tienen a la vista, pues Dios mismo se lo ha manifestado. Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se pueden descubrir a través de la inteligencia. Hasta el punto que no tienen excusa porque, conociendo a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias; por el contrario, su mente se dedicó a razonamientos vanos y su insensato corazón se llenó de oscuridad» (Rom 1,19).

Y lo enseña el Evangelio. Lee, por ejemplo, lo que dice de la Luz el primer capítulo de Juan. Pero lo hemos olvidado. Y nos lo han cambiado por un «ídolo manipulable», que nosotros hacemos bailar al son de influencias. E «inmisericorde» puesto que no se prodiga.

El amor y todo lo que llevas dentro crece cuando lo manifiestas y entregas. Eres tú el «enviado de Dios» para construir un mundo nuevo y feliz.

Me llamarán «enemigo de la Iglesia» por decir todo esto. Si esta misma mañana un periodista, muy católico, decía del Papa Francisco que «cabalga a lomos de un caballo cismático», qué puedo yo esperar…

Solo sé que el Espíritu Santo actúa e ilumina a todos los católicos de buena voluntad que buscan sinceramente. A esos pretendo ayudar. Los demás que me tiren a la papelera.

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Progresistas y conservadores

viernes, 3 de mayo de 2019
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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(Imagen Jim Ferringer)

«Junto con la gran obra del Concilio, ha habido un hecho concreto muy conturbador: el del endurecimiento de la división entre progresistas y conservadores. Esa división es algo más de lo que uno espera naturalmente donde hay hombres que, por temperamento y por sociología, tienden a alinearse a derecha e izquierda. La división es lo bastante profunda y agria como para que algunas personas muy sanas y responsables, obispos incluidos, mencionen incluso la posibilidad de cisma. Eso a primera vista parece increíble, pero he visto algunas cosas que se han escrito en ambos bandos, y no hay duda de que existen profundas incomprensiones, hondas divisiones, tercas negativas e incluso odios.

Por desgracia, nada de eso es nuevo. Tenemos la historia de la Iglesia y de la civilización cristiana para demostrar que eso tiene una larga genealogía. Pero no se puede despachar con ligereza.

En todo caso, uno de los grandes problemas después del Concilio será sin duda la división entre progresistas y conservadores, y eso puede resultar bastante feo en algunos casos, aunque quizá sea también una fecunda fuente de sacrificio para quienes están decididos a buscar la voluntad de Dios y no la suya propia. No hablo aquí de obispos, sino de sacerdotes corrientes, teólogos, laicos y todos los que manifiestan sus opiniones de un modo o de otro.

Por mi parte, no me considero ni conservador ni progresista extremado. Me gustaría pensar que soy lo que fue el papa Juan: un progresista con profundo respeto y amor a la tradición. Dicho de otro modo, un progresista que quiere conservar una continuidad muy clara y señalada con el pasado, sin hacer compromisos tontos e idealistas con el presente; pero estando completamente abierto al mundo moderno a la vez que conservando la posición claramente definida como tradicionalmente católica.

Los progresistas extremados me parecen, en lo que puedo juzgar dentro de la pobreza en mi información, apresurados, irresponsables y, en muchos sentidos, frívolos en sus entusiasmos exagerados y confusos. También me parecen a veces fanáticamente incoherentes, pero no percibo en ellos la heladora malicia y la bajeza que se nota en algunas expresiones de los conservadores extremados.

Lo que más me inquieta es el hecho de que los progresistas, aunque quizá sean mayoría, no parecen tener la dureza terca y concertada de los conservadores. Los conservadores extremados me parecen personas que se sienten tan amenazadas que están dispuestas a llegar a lo que sea con tal de defender su concepto fanático de la Iglesia. Este concepto no solo me parece estático e inerte, sino en completa continuidad con lo que es más discutible e incluso escandaloso en la historia de la Iglesia: Inquisición, persecución, intolerancia, poder papal, influjo clerical, alianza con el poder mundano, amor a la riqueza y a la pompa, etc. Esta imagen de la Iglesia ha llegado a ser un escándalo, y esos están empeñados en conservar el escándalo a costa de un escándalo aún mayor.

Para empezar, mientras que ellos son siempre los que más chillan sobre autoridad y obediencia, parecen sorprendentemente reacios a practicar la más elemental obediencia o a exhibir la más rudimentaria fe en que el Concilio esté guiado por el Espíritu Santo, en cuanto se decide algo que ellos no aprueban. Están tan convencidos de que ellos son la Iglesia que casi están dispuestos a declarar virtuales apóstatas a la mayoría de los obispos, antes que obedecer al Concilio y al papa. Al mismo tiempo, claro, su histerismo hace pensar que les cuesta algún trabajo arreglárselas con los remordimientos que esto provoca inevitablemente en ellos.

Por otro lado, la negativa de los progresistas extremados a prestar atención a alguna enseñanza tradicional que les diera una base común para la discusión racional con los conservadores es también escandalosa, sin duda: sobre todo cuando va unida a un arrogante triunfalismo propio y cuando no hace más que ridiculizar a toda oposición. Eso no solo es necio, sino que parece mostrar una seria falta de ese amor a que frecuentemente apelan para justificar su actuación. Aunque gritan continuamente sobre «apertura», uno les encuentra herméticamente cerrados a sus compañeros de catolicismo y al propio pasado de la Iglesia, y tiene alguna validez la acusación conservadora de que esos progresistas extremados a menudo están más abiertos al marxismo, al positivismo o al existencialismo que a lo que se reconoce generalmente como verdad católica.

Se ha observado con acierto que conservadores y progresistas de la Iglesia están tan preocupados con la victoria total, los unos sobre los otros, que cada vez se cierran más unos a otros. Si así es, uno se pregunta sobre el valor y la significación de la trompeteada «apertura» a los no católicos. Un ecumenismo que no empiece con la caridad dentro de la propia Iglesia sigue siendo discutible«.

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Thomas Merton
Conjeturas de un espectador culpable

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

«Rasgos del hombre nuevo «, por Ramón Hernández

miércoles, 24 de abril de 2019
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ninogNiño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo (1943), por Salvador Dalí

Audaz relectura del cristianismo. Por una forma de vida mejor. De su blog Esperanza radical:

Partiendo de que, quién más, quién menos, todos renegamos de las duras condiciones de la vida que nos toca vivir y aspiramos a mejorarla de alguna manera, solo como botón de muestra ofrezco hoy a los seguidores de este blog unas pinceladas con textos de fray Eladio Chávarri, O.P. para mostrarles la densidad y la frescura de un pensamiento, tan original e iluminador como seguro, para progresar en tan noble empeño. Es algo así como invitarlos a un exquisito menú de degustación para que saboreen de antemano lo que realmente encontrarían de asimilar ese fecundo pensamiento. De entrada, les ruego presten atención a la espléndida proclama que él mismo escribió, hace ya muchos años, en Perfiles de nueva humanidad sobre los esfuerzos reales, fácilmente constatables, que se realizan en nuestro tiempo en esa dirección.

“Ninguna forma de vida, ni siquiera la del HPC (hombre productor consumidor), absorbe como una gigantesca esponja todas las potencialidades y energías de la persona. Hay varones y mujeres, sin duda bastantes más de los que conocemos, que no viven de la experiencia básica de la explotación. Aunque aprecian en su justa medida los bienes biopsíquicos y económicos, sin embargo, fraguan fundamentalmente su existencia sobre otros valores. Prende sencillamente en ellos una nueva humanidad. La gran mayoría la van desplegando a nivel personal; tal vez en el seno familiar o en comunidades privilegiadas. Sintonizan fácilmente con los que demandan más humanidad. Creo que la experiencia básica de discernimiento y de reconocimiento palpita también con timidez a nivel social. En todas las formas de vida hay fermentos sociales, y quienes aspiran a un hombre nuevo han de estar muy atentos a su evolución. ¿No resuena acaso la experiencia del reconocimiento en las reivindicaciones ecologistas? ¿No hay finos discernimientos en la defensa de la identidad y de la dignidad relativas a edades, pueblos, culturas, sexos, lenguas y religiones? ¡Es magnífica la lucha por el pleno reconocimiento de la mujer! Tal vez resulten de ahí formas de vida menos bestiales”.

Espíritu de conversión

La fuerza que agita los comportamientos del nuevo hombre en gestación, como ya hemos dicho y repetido, es el espíritu de conversión: “la conversión entraña, sin más, mutaciones profundas. El apóstol Juan tachó de conversión el cambio del agua en vino en las bodas de Caná. Jesús protestó, blandiendo el látigo, contra los que trataban de convertir la Casa de su Padre en una cueva de ladrones. Nuestro punto de referencia no es el agua o el templo, sino la humanidad que habita en el HPC. ¿Qué mutación profunda ha de operarse en este viejo hombre para transformarse en nuevo?”.

“El nuevo espíritu fermenta todos los valores; da un inmenso salto cualitativo axiológico respecto del espíritu de lucro. El espíritu de conversión no abandona los valores biopsíquicos y económicos. Le interesa hondamente la calidad de la comida o de la salud, de las lavadoras y de las cazadoras. No se preocupa menos, sin embargo, de la pureza del saber, de la crítica, de la arquitectura, de la justicia, de la fraternidad, de las leyes, de la solidaridad y de las funciones públicas del poder político. Al agitar todo el ámbito de lo humano e inhumano, no es fácil que favorezca el desorden universal agresivo, un fenómeno inherente al espíritu de lucro”.

“El espacio interior posee la fuerza dinámica del principio de trascendencia, que lo he identificado sin más con el espíritu. Este principio, el espíritu, cobra las más variadas modalidades… En el HPC aparece como espíritu de lucro; en el hombre nuevo, bajo la figura de conversión, de la que he insinuado el salto cualitativo axiológico, sus cauces, su expresión profética y el impacto que produce en la vida. Todo ello implica que el espíritu de conversión es condición fundamental del hombre nuevo. La liberación de las potencialidades de esta nueva forma de vida depende de la conversión. Solo ella puede afectar de raíz a las perturbaciones producidas en las cuatro grandes trascendencias por el espíritu del HPC” (el espíritu de lucro).

Discernir y reconocer

Las experiencias básicas del hombre nuevo se rigen, frente a la experiencia de la explotación del HPC, por el discernimiento y el reconocimiento.  “Ordinariamente, pensamos en atributos absolutos, como opuestos a relaciones, que observamos en los entes. Esto comporta fácilmente la idea de individualidad aislada y de personalidad intocable, sobre todo cuando se le une el concepto de respeto. Pero, tal vez, las diferencias más interesantes son las específicas relaciones que un ser mantiene con los demás. La experiencia básica del discernimiento hace hincapié en ambas diferencias… El discernimiento pone sobre el tapete el abanico de las diferencias; el reconocimiento penetra en ellas. Ya no se trata simplemente de percibir con finura las características absolutas y relacionales de cada ser, sino que se experimenta la situación de cada uno en el concierto de todos. El reconocimiento a nadie margina… Si el discernimiento elimina la cosificación del ser, el reconocimiento invita a superar la posesión, el dominio y el desorden universal agresivo, generados por la experiencia básica de la explotación. Si para ello es necesario reprimir las diferencias agresivas, se afrontará la tarea con toda energía. No tolerará que ningún ente, ni siquiera bajo la figura de dioses, de héroes o de santos, avasalle a los demás, distorsionando la sinfonía del ser. El reconocimiento no acata la emancipación que fomenta linchamientos en cadena. En Europa se han experimentado demasiadas emancipaciones de este género”.

El clamor del Tercer Mundo

“La experiencia básica del hombre nuevo, por otro lado, dinamiza los movimientos pacifistas. Otro tanto ocurre con esos humildes gérmenes de producción alternativa, tendentes a cambiar la gran tecnología de la explotación. A las dimensiones individual y social de los que viven en el mismo interior del HPC, hay que añadir el clamor desesperado del Tercer Mundo. Hasta ahora, ha despertado en muchos la mala conciencia de estar inmersos en el HPC, conciencia que procuran acallar con crecientes dádivas. Pero, ante ningún Dios sensible al mal que subyuga al hombre se han podido borrar los pecados solo a base de ofrendas y sacrificios, al margen del compromiso y de la acción”.

Reflejo de una Iglesia ostentosa

Nuestras iglesias

El Evangelio es claramente el legado de Jesús de Nazaret, la figura primigenia de un cristianismo que, de suyo, tiene entablada una lucha a muerte en pro de la humanidad del hombre y en contra de su inhumanidad. El cristianismo está obligado a mirarse siempre en ese espejo. De ahí que Chávarri se pregunte: ¿Qué decir al respecto de las iglesias cristianas? ¿No se creen todas ellas engendradas e injertadas en la experiencia primigenia de Jesús de Nazaret? ¿Palpita efervescente en sus comunidades la llama viva del discernimiento y del reconocimiento? Estas iglesias se extienden por todo el mundo. Un juicio global sobre ellas resultará siempre erróneo e injusto, sobre todo con los que han caído en la lucha por la nueva humanidad. Pero, ¿no se dicen cristianos la mayoría de los gestores del HPC en la Europa rica y en los Estados Unidos? ¿Acaso piensan que la experiencia básica del discernimiento y del reconocimiento nada tiene que ver con el Gran Profeta? ¿Opinan otro tanto los cristianos adscritos a las infinitas comunidades parroquiales? ¿Con qué tipo de hombre están comprometidos? ¿Se ha colmado la esperanza cristiana intrahistórica en el HPC? Obviamente, la respuesta honesta a estos interrogantes nos lleva a descubrir con pesar que muchas veces esas iglesias no solo no se han esforzado por mejorar la humanidad inserta en el hombre productor consumidor de nuestro tiempo, sino también han fomentado los ramalazos de su tremenda inhumanidad.

Preparándose para trabajar como voluntarios

Comunidad, democracia y gratuidad

En los capítulos 3 y 4 de Perfiles de nueva humanidad, Chávarri hace una exposición magistral, muy rica en contenidos, sobre cómo el hombre nuevo de nuestro afán se va insertando lentamente en la historia y en la naturaleza, cosa que va consiguiendo a base de contrarrestar los efectos nocivos de los muchos contravalores del HPC, de mejorar sus incuestionables valores y de recuperar el equilibrio esencial en el desarrollo de todas las vitalidades humanas. Recordemos que uno de los cometidos es respetar la necesaria autonomía de las ocho dimensiones humanas, liberando los valores de cada una del yugo a que los tienen sometidos los valores biosíquicos y económicos que dominan y vician nuestra vida actual.

A este respecto, son muy jugosas y reveladoras las exposiciones de Chávarri sobre la comunidad, la libertad (democracia), la autenticidad y la gratuidad (poder, justicia, fraternidad). Naturalmente, lo hace confrontando los comportamientos del HPC y con los que serían los propios de nuestro deseado hombre nuevo. En el primero predomina la experiencia de explotación y en el segundo debe imponerse la de discernimiento y reconocimiento;  al primero lo domina el espíritus de lucro  y al segundo debe removerlo el espíritu de conversión; la sensibilidad del primero es acuñada (cerrada y atrincherada) y la del segundo ha de ser abierta; la sabiduría del primero se ciñe al estado de bienestar  y la del segundo es axiológica, y, finalmente,  la razón soberana del primero es desarrollista y la del segundo debe regir el comportamiento del hombre nuevo,  un hombre muy diferente del actual pero que, cuando cuaje en la historia, desencadenará afortunadamente a su vez nuevos procesos de mejora.

Oasis

Quedémonos hoy con la satisfacción de descubrir un manantial de aguas frescas para aliviar la sed del atolondrado hombre de nuestro tiempo, empecinado en caminar descalzo por las ardientes arenas del desierto artificial fabricado por el afán de lucro del hombre productor consumidor.  El hombre nuevo en ciernes nos dirige, con una paciencia en la que no caben espejismo, hacia un hermoso oasis donde aliviar tantas penurias como padecemos. No necesito subrayar que, en lo referente a nuestra vertiente vital epistémica, el sistema de pensamiento de Chávarri es realmente un oasis en medio del barullo y del desconcierto del pensamiento actual, un camino de esperanza para cuantos están cansados y hastiados de los desmanes de todo orden producidos por el tipo de vida que llevamos.

Ramón Hernández Martín

Religión Digital

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Lucha entre luz y tinieblas.

viernes, 5 de abril de 2019
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cathedral_palencia_arcades_shadow_architecture_art_light_church-1124817.jpg!dTanta niebla que ya se nos ha olvidado cómo es el sol. Así que de tanto hablar de la pederastia, se nos ha olvidado hablar y recordar a un misionero español matado estos días en Burkina Faso. Y los misioneros y sacerdotes en su entrega y servicio normal. No podemos llegar a olvidar esa realidad muy fuerte: cuarenta misioneros han sido asesinados en el 2018. Es la otra cara de la verdad, muertos por defender a los pobres, por promocionar a los más débiles. Y eso solo en un año.

Os invito a pensar en cantidad de personas sencillas, que entregan su grandiosa vida al servicio del Evangelio: evangelizan, ayudan, sanan, curan, educan, promocionan,

Es bueno abrir los ojos. Cuando en ciertas partes dominan los intereses económicos de grupos, o de personas concretas, los misioneros y misioneras se oponen y trabajan por promover la justicia, el amor, la paz… Venezuela, Honduras, El Salvador…

Cada uno conocemos a personas así. Quizás son familia o amigos nuestros o por lo menos conocidos.

Es cierto que no quita un ápice del mal cometido, especialmente con los niños. Y esos merecen su castigo penal, ser depuestos de sus cargos, pedir realmente perdón… Aunque es imposible reparar el mal cometido.

Estoy en una duda: por un lado leo en Jesús «pero al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar» (Mt, 18,6 ss). Y por otro: “entonces Pedro, acercándose a él, dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”.

Pero es cierto que además de intentar poner remedio, hay que reconocer que es un tanto por ciento pequeño el que ha cometido esos horrores y que por desgracia, se da, también en otros ámbitos, escolares, deportivos, familiares.

Se nota más en un folio una mancha negra que una bella pintura suave (un servicio limpio). Prefiero recordar y traer a mi memoria los miles y millones de niños que han disfrutado sanamente en los campamentos, en las clases, en las catequesis.

El papa Francisco, con serenidad pero con firmeza; los padres, los jueces y los afectados ponen las cosas en su sitio, aunque no podamos quitar el dolor sufrido ya y el mal realizado.

Ojalá limpiemos del todo los cristales para que ya nunca veamos suciedad sino claridad; amor auténtico y servicio. Y es preferible encender una cerilla que maldecir la obscuridad.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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La homosexualidad como falta de respeto: «Las personas que van por la vida empeñados en ‘curar’ a los homosexuales deberían pensar que quienes necesitan curarse son ellos», por Antonio Castillo

viernes, 5 de abril de 2019
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Parejas_Gay

«Si la naturaleza nos ha hecho así a los seres vivientes, respetemos la realidad tal cual es. ¿No se han enterado todavía que no es lo mismo la “sexualidad” que la “genitalidad”?»

«Lo indignante es que ahora haya en la Iglesia no pocos clérigos que se parten la cara por limpiar la sociedad de homosexuales, al tiempo que se callan ante los corruptos»

Yo supongo que la firmeza, la insistencia y hasta la agresividad, con que no pocos “hombres de Iglesia” se oponen y hasta se enfrentan a las personas homosexuales, es una forma de pensar y de actuar que quienes se comportan así, no han pensado suficientemente el daño que le hacen a muchos seres humanos y, con demasiada frecuencia, también a la Iglesia.

Digo que les hacen daño a muchos seres humanos por la sencilla razón de que, en la sociedad en que vivimos, existe una mentalidad, bastante extendida, que ve en la homosexualidad una “perversión” o una “enfermedad”. Y ambas cosas relacionadas – sobre todo entre gente “chapada a la antigua” – como algo degradante, humillante y despreciable. Calificativos que destrozan, en su intimidad, a quienes los tienen que soportar.

Condenar a una persona, una canallada

Este destrozo se produce, sobre todo, porque el individuo, que se ve calificado como un “maricón” (o “maricona”), si es que quiere verse respetado y apreciado, no tiene más remedio que ocultar su propia identidad. Es decir, tiene que pasarse la vida entera fingiendo, ocultando y, en algunos casos (según las circunstancias y la manera de ser de cada cual), hasta mintiendo. Con la confusión, la oscuridad, las dudas y el desagradable sentimiento de verse rechazado e incluso despreciado hasta límites y en condiciones que seguramente no imaginamos. Evidentemente, es una “canallada” condenar a una persona a que viva así. Y bien sabe Dios que la religión y muchos de sus funcionarios tienen bastante responsabilidad en que las cosas estén como están, en lo que respecta a este problema.

Las personas que van por la vida empeñados en “curar” o “corregir” a los homosexuales deberían pensar en serio que, seguramente, quienes más necesitan curarse o corregirse son ellos mismos. De forma que, en vez de mandar a los otros al psiquiatra, tendrían que ser ellos los primeros en ir para que el psiquiatra los cure.

Porque, en realidad, el más desquiciado es el que emite un juicio negativo y dañino sobre seres humanos, que se tendría que emitir igualmente sobre los monos, los leones, las mariposas, el puerco espín y una notable variedad de especies animales, de las que se sabe con seguridad que viven con toda naturalidad lo mismo la heterosexualidad que la homosexualidad. Esto está estudiado al detalle. Y ha sido bien explicado por los especialistas más eminentes.

La sexualidad es variable

Sin duda alguna, la sexualidad es variable y se concreta en modalidades distintas, que, si se da y se reproduce, tanto en seres humanos como en otras especies de animales vivientes, lo más lógico es pensar que esta experiencia fundamental se puede vivir en concreciones y experiencias distintas. Si la naturaleza nos ha hecho así a los seres vivientes, respetemos la realidad tal cual es.

¿Cómo es posible que, sabiendo esto, haya gente tan trastornada que se obsesiona con la idea de que lo más urgente, en este momento, es curar a las personas homosexuales? ¿No se han enterado todavía que no es lo mismo la “sexualidad” que la “genitalidad”? Si no saben estas cosas tan elementales, ¿cómo se ponen a “pontificar”, aprobando a unos o rechazando a otros, sin saber lo que dicen?

Lo indignante es que ahora haya en la Iglesia no pocos clérigos que se parten la cara por limpiar la sociedad de homosexuales, al tiempo que se callan ante los corruptos, los embusteros y los que descaradamente nos quieren imponer una sociedad en la que unos pocos potentados se impongan a millones de criaturas que no pueden tirar de la vida ante tantas injusticias como las que estamos viviendo. Y hasta parece que hay quieren seguir haciendo lo que se ha hecho hasta ahora, aunque sea de forma más disimulada y hasta con buenas apariencias.

Fuente Religión Digital

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«La necesidad de un cambio», por Isabel Gómez-Acebo

jueves, 4 de abril de 2019
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basilica-ocotlanLeído en su blog:

Es un hecho comprobado que, como nuestra sociedad avanza de forma acelerada, hay mucha posibilidad de perder el tren de la modernidad. Todos los días vemos en las grandes ciudades el cierre de tiendas que han muerto ante el comercio por internet y en la educación los países son conscientes de que necesitan preparar a jóvenes para dar respuestas con nuevas técnicas a los retos de la modernización.

Educación, cambio, creatividad, preparación, innovación, emprendimiento…, son vocablos que se repiten una y otra vez pero que exigen tomar decisiones a la espera de que sean las correctas pues se hace camino al andar y nadie, en nuestros tiempos, conoce la ruta más corta o la más exitosa

Todo esto me ha hecho pensar en la Iglesia Católica. Hace unos días intuí que un obispo defendía la resistencia de la institución dentro de unas murallas, cada día más altas, pero es una postura que pudo tener éxito en su momento, pero ya no vale. Si son necesarios los cambios en todas las empresas para sobrevivir, más aún lo son en nuestra Iglesia que arrastra el polvo, como dijo Juan XXIII, del Imperio Otomano y que en estos momentos se encuentra con la disidencia de muchos fieles agravada, al día de hoy, por el pavoroso caso de la pedofilia clerical

Saber que tenemos un problema no basta pues hay que conocer el camino a seguir y es aquí donde no nos ponemos de acuerdo y no es fácil. Algunos sugieren eliminar el celibato para convertirlo en algo opcional pues defienden que sería una manera de eliminar la barrera entre el sacerdote y los fieles. Para otros, la solución está en que se permita a las mujeres ordenarse pues multiplicaría las eucaristías que son el centro de nuestra religión. Los hay que defienden la temporalidad de los cargos eclesiásticos como se hiciera en la Iglesia primitiva, olvidarse del sexo, recortes en la Ciudad del Vaticano, supresión de los nuncios… Pero tengo la impresión de que todos estos cambios, sin duda necesarios, son el chocolate del loro pues la Iglesia necesita un terremoto que le permita desembarazarse de las albardas con que la cargaron muchos siglos de cristianismo.

Al Papa se le exigen cambios, pero hay muchos clérigos que ponen el palo en su rueda para impedirlo y si se toman resoluciones son bienvenidas en algunos continentes y rechazadas en otros.

La verdad es que estoy sumergida en un mar de dudas y no basta con pedir al Espíritu Santo que actúe, tenemos que hacer algo para evitar el deslizamiento de la Institución hacia la nada. Pero siempre podemos hacernos la pregunta viendo lo que nos parecemos a las primeras comunidades cristianas ¿No será que el Paráclito quiere romper la baraja y empezar de nuevo?

Isabel Gómez Acebo

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«Monárquicos sin fronteras «, por Dolores Aleixandre

martes, 2 de abril de 2019
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amparojuandejuanes1523-1579-eccehomomuseodelprado-3De su blog Un grano de mostaza:

 Cuántas horas de lectura pura y dura de Evangelio nos hacen falta para curarnos de nuestros delirios de realeza

Tú eres el rey de Israel”  proclamó Natanael a espetaperro nada más conocer a Jesús: otro más que se apuntaba al colectivo “monárquicos sin fronteras” que puebla la Biblia y continúa activo en la liturgia. Da lo mismo que el imaginario profético sea tan rico, provocativo y novedoso: donde esté la imagen de rey, que se retiren  todas  las demás. Da lo mismo que el propio Jesús pusiera pies en polvorosa en cuanto querían endosarle el título. Da lo mismo que su corona fuera de espinas, su cetro de caña y su manto, un pingo  color  púrpura. Da lo mismo que la última burla de sus enemigos  fuera precisamente aquel letrero en su cruz.

¿Qué el texto de Mateo habla de  magos?  No importa,  ya nos encargamos nosotros de ascenderles  a reyes e inventarles un séquito de pajes, escuderos y abanderados.  ¿Que hay que hacer memoria de aquella cena en la que uno lavó lo pies de los otros? Vale, pero con jarra de plata y jofaina de porcelana de Limoges. ¿Qué el pan y el vino resultan demasiado corrientes? No pasa nada: el oro de los vasos sagrados y el humo del incienso se encargan de cubrir su normalidad. Cantemos el Gloria, pero que el orden de la invocación sea la adecuada: Rey celestial lo primero y  Padre después, añadiendo en seguida todopoderoso no sea que suene a  demasiado humano.

En caso de atenerse a nuestras fantasías, a María  no le quedaría tiempo para caminar junto a nosotros porque la reclamarían sus deberes de Celestial Princesa y de Reina de tantísima gente como proclaman las letanías. En todo caso, qué raras sus ideas sobre la monarquía: se pone a cantar  contentísima  a un  Dios poco interesado por los tronos y simpatizando claramente con plebeyos y gentuzas varias.  Qué disconforme con su trayectoria vital nuestra afición por coronarla una y otra vez, cuando lo que  a ella de verdad le salió bien fue educar a aquel hijo adicto al último lugar.

         Cuántas horas de lectura pura y dura de Evangelio nos hacen falta para curarnos de nuestros delirios de realeza.

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José María Castillo: «En la Iglesia preocupa más el esplendor de la religión que la fidelidad a Jesús»

viernes, 29 de marzo de 2019
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2379-large_defaultDe su blog Teología sin Censura:

El teólogo explica los entresijos de su ‘Evangelio marginado‘ (Desclée)

«Un ‘Dios falso’ ha llevado al mundo más avanzado al abandono de la religión»

«Jesús no quiso templo. No quiso sacerdotes. No quiso rituales. No quiso ceremonias sagradas. No quiso obediencia y sometimiento de nadie a él»

«Jesús no prescinde de la religión, sino que desplaza la religión: la arranca de ‘lo sagrado’ y la pone en el centro de ‘lo más plenamente humano'»

Jesús Espeja: «El ‘Evangelio marginado’ de Castillo, una exposición de gran valor para estos momentos de la Iglesia»

He escrito este libro porque he intentado explicar – en cuanto eso es posible – por qué la Iglesia se interesa más y se preocupa más por el “sometimiento a la religión” que por el “seguimiento de Jesús”. Creo que, sin miedo a exagerar, se puede afirmar que en la Iglesia preocupa más el esplendor de la religión que la fidelidad al seguimiento de Jesús.

El “sometimiento a la religión” dio resultado y fue eficaz hasta finales del s. XV. A partir del Renacimiento, la Reforma (s. XVI), la Ilustración (ss. XVII-XVIII), la Resistencia y la Restauración (s. XIX), la industrialización y la violencia (dos guerras mundiales), que marcaron el s. XX, y finalmente la Modernidad y la Posmodernidad, todos estos grandes fenómenos históricos y culturales, han hecho que la religión nos sirva para creer en El Dios falsificado (Thomas Ruster). Un “Dios falso”, que ha llevado al mundo más avanzado al abandono de la religión. O en otros casos (que abundan) nos ha conducido, sin darnos cuenta, a que “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no sea de fiar, porque nos remite a una falsa religión” (o.c., pg. 228).

La Iglesia de los dogmas, las normas y los ritos fue útil y tranquilizaba las conciencias mientras los “mitos”, los “ritos” y las “jerarquías” eran útiles y servían para explicar tantas cosas que los humanos no sabíamos cómo explicarlas o pensábamos que servían para darle sentido a la vida o tener una esperanza última, que suavizaba el hecho inevitable de la muerte.

Hoy todo eso ha perdido (sobre todo, en las generaciones jóvenes) su utilidad y su razón de ser. Hasta el extremo de que los adolescentes, apenas llegan a cumplir los doce o trece años, cortan con toda la “jerga” de temas, teorías y creencias, que enseña el clero, y sencillamente para ellos se acaba y ya no interesa más la “religión”. Y lo mismo que veo esto, pienso también que este problema (más grave de lo que mucha gente se imagina) no tiene más solución que lo que vio Lutero cuando, siendo todavía un monje joven, viajó a Roma. Y allí comprobó que lo que interesaba a la Iglesia era la sumisión al papa y los rituales (indulgencias…) que daban dinero (Lyndal Roper, Martín Lutero, p. 75-76).

«La religión no responde a lo que necesita el ser humano»

Mi convicción es que veinte siglos antes de lo que sienten las últimas generaciones, fue Jesús de Nazaret, el “personaje-centro” y central del Evangelio, quien se dio cuenta de que la “religión” del templo y de los sacerdotes, de los dogmas y de las normas, de los rituales y las observancias, del poder y del dinero, todo eso fue útil para las culturas de la Antigüedad, pero no responde a lo que necesita el ser humano como tal.  

Lo determinante, para el ser humano (lo que nos humaniza) no es satisfacer la “necesidad” de nuestras propias carencias (esto es lo que hace la “religión”), sino potenciar la “generosidad” para resolver las carencias de los demás (esto es lo que nos aporta el “Evangelio”).

Aquí es fundamental – incluso enteramente necesario – hacer una distinción clave. Hay dos formas de hacer teología y, por eso, hay “dos modelos de teología”: 1) La “Teología especulativa”, que se elabora a partir de “teorías”, que se basan en el pensamiento escolástico (con su “mortificante dependencia del pensamiento de Aristóteles”, según la acertada fórmula de Lyndal Roper) o tienen sus raíces en el pensamiento estoico (Pitágoras y Empédocles) (E. R. Dodds), en cuanto se refiere a la moral. 2)  La “Teología narrativa”, que se construye mediante relatos tomados de la vida diaria. El ejemplo más patente (de esta teología) lo tenemos en los evangelios. Se trata, en este caso, de narraciones en las que lo determinante no es la “historicidad”, sino la “significatividad”. En el caso concreto del Evangelio, ¿qué nos dicen esos relatos para nuestra forma de vivir, para ser fieles al “seguimiento de Jesús”?

Con toda razón y precisión, J. B. Metz escribió: “La teología no es hoy teología de profesores, no se identifica con la teología de oficio. Con mayor razón, pues, no debe la teología histórico-vital encerrarse en los esquemas de expresión de un lenguaje científico exacto y reglamentado…. De ahí que deba evitar a toda costa someterse incondicionalmente al vocabulario de la exactitud. Precisamente la teología no es – ni ha sido nunca – una ciencia natural de lo divino” (La Fe, en la Historia y en la Sociedad, p. 230).

En esta dirección tiene que girar la teología, la liturgia y el gobierno de la Iglesia. Como nos lo está indicando sabiamente el Papa Francisco. Yo sé que darle este giro a la vida no es posible, si nos atenemos a lo que da de sí la condición humana. Por eso me parece tan genial la fórmula que nos dejó I. Kant: “La praxis ha de ser tal que no se pueda pensar que no existe un más allá” (en Gesammelte Schriften, VII, p. 40). Sólo si tomamos en serio y aceptamos de verdad que Jesús de Nazaret fue (y es) un hombre en el que vemos a Dios” (Jn 1, 18; 14, 9-10; Mt 11, 27; Fp 2, 6-11; Col 1, 15; Heb 1, 2), es decir, solamente cuando sabemos y aceptamos que el Dios Trascendente se hizo presente en nuestra inmanencia mediante la vida, la forma de vivir y actuar, de Jesús de Nazaret, sólo así y en eso encontramos a Dios.

Ahora bien, lo que encontramos en el Evangelio es que la forma de vivir y de actuar de Jesús fue una vida marcada por una profunda espiritualidad (su oración frecuente y prolongada) y una constante preocupación por el sufrimiento humano.

Por eso Jesús no quiso templo. No quiso sacerdotes. No quiso rituales. No quiso ceremonias sagradas. No quiso obediencia y sometimiento de nadie a él. No mencionó para nada la división y la diferencia entre lo sagrado y lo profano. No habló nunca de orden (“ordo”) ni de ordenación. Intencionadamente curó a los enfermos cuando la religión prohibía curarlos. Rechazó con firmeza la observancia de rituales religiosos (Mc 7). Andaba frecuentemente con “malas compañías” (los pecadores, los samaritanos, los recaudadores de impuestos…). Nunca denunció las conductas criminales de los políticos (ni a Herodes, cuando degolló a Juan Bautista, ni a Pilatos cuando asesinó a los galileos que ofrecían sacrificios en el templo). Puso sus preferencias en los débiles, niños, mujeres, extranjeros…. La fe en Jesús fue un hecho solamente para el excomulgado por la religión: el ciego de nacimiento (Jn 9).

Conclusión: los cristianos tenemos una “religión” que cada día interesa menos. Porque cada día cobra más fuerza el rechazo al “poder vertical” (Peter Sloterdijk, Has de cambiar de vida, p. 151-153) y al “poder opresor” (Byung-Chul Han, Psicopolítica, p. 27-30). Lo que motiva a la mayoría de la gente es el “poder participativo” y el “poder seductor”. Si algo destacan los evangelios, es el poder seductor que mostró Jesús. No para hacerse él importante y famoso. Jesús fue así y se comportó así, para remediar el sufrimiento humano. Y mediante ese remediar el sufrimiento, así revelar lo que nosotros podemos saber de Dios; y cómo podemos relacionarnos con Dios: “Lo que hicisteis con uno de uno de estos hermanos míos tan insignificantes lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40). Jesús no prescinde de la religión, sino que desplaza la religión: la arranca de “lo sagrado” y la pone en el centro de “lo profano”, “lo laico”, “lo más plenamente humano”.

Lutero dijo: “El hombre es incapaz por naturaleza de querer que Dios sea Dios. Quiere ser Dios él mismo, no desea que Dios sea Dios” (Luther’s Works 31, 10; Martin Luthers Werke 1, 17, 225). Lo que hace el Evangelio es “dejar a Dios ser Dios, en cada ser humano”.

Para saber más acerca del libro, pincha aquí:

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«Sí, la Iglesia es de derechas. De derechas-derechas», por Antonio Aradillas

martes, 26 de marzo de 2019
Comentarios desactivados en «Sí, la Iglesia es de derechas. De derechas-derechas», por Antonio Aradillas

imagen_3755-590x372«La Iglesia, como tal, es de  derechas. El evangelio, como tal es, no obstante,  de izquierdas»

¿De cuántos cristianos, y de qué estamentos –movimientos- religiosos, se sabe ya que electoralmente levantarán, hasta enronquecer, su VOZ, en los aledaños de los templos católicos?

La Iglesia se “derechizó” en proporciones ciertamente impensables, tanto que al mismo Jesús le hubiera sido difícil su reconocimiento

España lidera la contrarreforma ultraconservadora en el sexto aniversario del papado de Francisco

Agustín Rosety, Delegado episcopal del obispo Zornoza para las Fundaciones, número 1 de VOX por Cádiz

Es sabido de todos,  que “derechización” es un  barbarismo, o “incorrección gramatical  que consiste en pronunciar o escribir  mal una palabra”, o “emplear vocablos impropios”. De todos es también sabido que, además  de ”igual, recto, seguido  y sin torcerse   a un lado ni a  otro, el término “derecha” es académica y popularmente aplicable con toda corrección  al “conjunto de personas  que profesan  ideas conservadoras referidas  especialmente  a las favorables y favorecedoras  de la continuidad en las vidas colectivas, y adversas  a los cambios  bruscos  y radicales”.

Así las cosas, las personas, actitudes y actividades, por lo que respecta sobre todo a la Iglesia, la tarea de entrenzar  unos cuantos comentarios, resulta fácil y asequible:

La Iglesia, como tal, es de  derechas. El evangelio, como tal es, no obstante,  de izquierdas. Con excepción de algunos de los tiempos eclesiales primeros, bíblicamente narrados con emoción, pundonor, veracidad, destreza y, por supuesto, comprometidos en ello sus miembros,  la Iglesia se “derechizó”  en proporciones ciertamente impensables, tanto  que al mismo Jesús le hubiera sido  difícil su reconocimiento.

La jerarquía no es el Pueblo de Dios

Pese al principio de la necesidad proclamada  casi dogmáticamente de que “Eclessia Semper reformanda”, primó  en la teoría y en la práctica, con mayor y ardorosa vigencia,  el de “Semper idem”, fundamentado en la convicción de su “sempiternidad” en esta vida y en la otra, como signo principal  de la imagen de Dios…

Resulta  obvio  ahorrarse  comentar,  que precisamente habría de ser la jerarquía, que no el pueblo de Dios,  la acaparadora  del singular, y para muchos, excesivo,  privilegio de inamovible  en esta vida y en la otra, hasta hacer depender de ello aún su propia identidad y fundación como entidad religiosa.   Con el “semper idem” como lema, jaculatoria, camino de vida  y de comportamientos, propios y ajenos,  la Iglesia se hizo, y todavía se sigue haciendo presente…

Por lo tanto, cuantos  cambios, y más  los “considerados bruscos y  radicales”, que pudiera registrarse en la Iglesia, habrían de cancelarse  “en el nombre de Dios”, condenados a perpetuidad, sin más consideración y escrúpulos,  y por mucha lógica  que, “con luz y taquígrafos”, aportaran el común de los fieles en los casaos extremos, a  no ser  que de ellos fueran sus beneficiarios  principales  los miembros de la jerarquía.

Las reformas, ¿condenables?

Llegar a la inhóspita  conclusión  de que exactamente los  responsables máximos  de la institución y estructura eclesiástica, en sus diversos niveles personales e institucionales, fueron, son y prefieren seguir siendo  inamovibles,  -es decir,”de derechas”–  es tan fácil, como triste y doloroso.  La reforma –las reformas-  siempre son condenables. Aquellos papas, y más quien se  permitió “el lujo”,  de apellidarse Francisco- sin números cardinales identificadores, no tienen futuro y  el hipotético ascenso ulterior “al honor de los altares” no es- no será- tan claro, como en otros casos….

Sí, la Iglesia es de derechas. De derechas-derechas. Tal condición se percibe,  experimenta y padece  en la mayoría de sus –ámbitos, con admirables y raras excepciones, canonizables en determinadas personas. movimientos  y estamentos mayoritarios que se dicen “religiosos”. Santos- santos  siguen siendo en la actualidad declarados y reconocidos como tales, no pocos de  quienes antes fueron anatematizados, ensambenitados  y hasta quemados  en hogueras inquisitoriales y de las otras …

La Iglesia, en campaña electoral

En vísperas electorales ya en España, el crecimiento de posiciones  y actitudes derechistas  en personas y grupos,  se percibe con facilidad dentro de la Iglesia y  sobre todo en sus líderes, con mitras o sin ellas. Son muchos más los que piensan  y actúan “en y por la Iglesia”, que “en y por el evangelio”.  Los programas electorales de los de derechas, son  más sustantivamente  canónicos y  “eclesiásticos”, que “evangélicos”, tales como los referidos a la asignatura de la Religión, a diversos privilegios y a las  “inmatriculaciones” de bienes, de los que por cierto hay que referir que, después del Estado,  su más rica propietaria en España es precisamente la Iglesia.

¿No tendrán que ser y votar  “a las derechas” quienes vivan en palacios”, por muy episcopales que sean?. ¿Dependerá la falta de claridad, de decisión, de justicia y de audacia  del episcopado español en relación con abusadores y pederastas, por acción u omisión,  precisamente a su “adscripción “, al menos sentimental, a ideas y movimientos inamovibles y conservadores, con el “ultra”, o sin él por delante? ¿Por qué hay tantos o más santos canonizados, de derechas, que de izquierdas?

¿De cuántos cristianos, y de qué estamentos –movimientos- religiosos, se sabe ya  que electoralmente levantarán, hasta enronquecer, su VOZ, en los aledaños de los templos católicos? ¿Cuál será la opción electoral mas frecuentada, y recomendada, -con discreción o sin ella- por nuestros obispos? ¿Acaso la “somnolencia  de los buenos” –fieles y obispos-   caracterizará el proceso electoral actual, sin ejemplares referencias a comportamientos eclesiásticos, de por sí antidemocráticos?

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José María Castillo: «Lo que Jesús enseñaba a sus discípulos no fue religión, fue el Evangelio»

miércoles, 20 de marzo de 2019
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jesus-de-nazaret«No existe el demonio. Es una figura mítica para describir en aquellos tiempos el mal»

“La Iglesia se ha centrado más en la religión, y ha marginado el Evangelio»

(Diario Jaén).- Es sacerdote en excedencia, lo que le deja las manos libres y tiempo para dedicarse a lo que le gusta, que es escribir y participar activamente, desde hace años, en proyectos solidarios con Mensajeros de la Paz. Tiene publicados varios libros. El último, «El Evangelio marginado«, lo presenta hoy (el pasado día 1 de marzo), a las 19:00 horas, en la Sala 75 Aniversario de Diario JAÉN

¿Por qué ese título, El Evangelio marginado?

 La tesis central del libro parte de la idea de que el cristianismo es una religión y de que la Iglesia es la gestora de esa religión. Gira en torno al hecho del fenómeno religioso. Pero hay algo que es previo a todo eso, que es el Evangelio. Es una recopilación de relatos breves en torno a una figura singular, Jesús de Nazaret.

Hay dos cosas a tener en cuenta, la religión y el Evangelio. Jesús nació en un pueblo muy religioso, el pueblo judío, y por tanto fue educado en una religión. Pero cuando se separó de su familia, de su casa y se puso a recorrer Palestina, que era una colonia romana del imperio, lo que Jesús representa no fue la religión, fue el Evangelio.

¿En dónde está el problema?

El libro gira en torno a la religión y el Evangelio. El problema está en que la vida pública de Jesús la conocemos, la privada en los años que vivió en Galilea, no. Él era un trabajador humilde en Nazaret. Un buen día dejó su casa, su familia, su trabajo y después de estar cerca de Juan Bautista se rodeó de un grupo de discípulos, de compañeros y de mujeres que iban con él.

¿Qué les predicaba?

Lo que Jesús les enseñaba no fue religión, fue el Evangelio.

Scene 07/53 Exterior Galilee Riverside; Jesus (DIOGO MORCALDO) is going to die and tells Peter (DARWIN SHAW) and the other disciples this not the end.

¿Cuál es la diferencia?

La diferencia está en que la religión es un conjunto de prácticas y observancia de normas, de creencias que giran siempre en torno al espacio sagrado que es el templo y son gestionadas por una jerarquía de sacerdotes, que en otras religiones tienen sus equivalentes, en cada cultura les llaman de una manera. Pero siempre hay los profesionales de la religión, con un lugar separado y aparte del templo que es un lugar sagrado, que viven, por ejemplo, en un palacio episcopal.

Quiere decir que esa práctica no figura en el Evangelio.

Jesús no hizo nada de eso. Vivió, habló y actuó de tal manera que no tiene que ver con la religión. Si leemos los Evangelios, el conflicto entre el Evangelio y la religión es constante, casi desde el principio hasta el fin. Y va en aumento, con la Pasión.

Al final, aquello acabó de la peor manera posible y es que la religión era incompatible con Jesús y el Evangelio. Por eso lo juzgaron, lo condenaron y lo ejecutaron de la peor manera que se podía ejecutar en aquel momento a un subversivo, crucificándolo. Esa era la manera más cruel de matar en aquel tiempo.

El Evangelio marginal es, por tanto, su visión de lo que ha pasado en la Iglesia.

Lo que Jesús enseñó fue el Evangelio, en conflicto con la religión. ¿Ve el contraste? Jesús no fundó un templo, no fundó un sacerdocio, no instituyó rituales. Jesús era un predicador ambulante, en el que resaltan tres cosas, su preocupación por curar enfermos, por la salud, curaba a un ciego, un manco, un paralítico… Jesús curaba a todo el que podía. Incluso hay un caso que resucitó a un muerto. Pero estos relatos no se pueden tomar al pie de la letra.

En aquella cultura creo que esos hechos no ocurrieron así tal cual. Es una manera de decir que Jesús, donde veía sufrimiento, lo aliviaba. La primera gran preocupación del Evangelio es la salud. Es lo que más nos preocupa a todos. La segunda es el hambre. Se habla de comidas, pero siempre son compartidas, de alimentación compartida.

Y en tercer lugar, su preocupación eran las relaciones humanas, que fuesen lo mejor posible, con perdón, sin venganzas, siendo bueno con todos, respetando a todos, aunque sean gente que no piensa como tú, aunque sean extranjeros o lo que sean.

Así las cosas, lo extraño es que lo que ha predominado en la Iglesia no ha sido todo esto, aunque es verdad que la Iglesia hace mucho de todo esto. Pero la estructura del sistema organizativo y de gestión de la Iglesia es la religión. La Iglesia tiene catedrales, templos, los obispos viven en palacios. La gente de Iglesia, hombres y mujeres, tienen su vida asegurada.

¿Y la figura del demonio y las tentaciones?

No existe el demonio. Es una figura mítica para describir en aquellos tiempos el mal.

Fuente Religión Digital

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Actitudes ante la Iglesia

lunes, 18 de marzo de 2019
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quieres-ganar-mas-dinero-cambia-tu-actitud_ampliacionPedro Zabala
Logroño.

ECLESALIA, 25/02/19.- La célebre frase que Cervantes puso en boca de Sancho Panza “con la Iglesia hemos topado”, sirve muy bien para describir las diversas actitudes que se dan respecto a la Iglesia católica -mejor dicho, a su jerarquía- en nuestro país y… aun fuera de él. E incluso dentro de los mismos seguidores de Jesús en la actualidad.

Están los anticlericales. No hace mucho, se decía que los españoles se dividían en dos bandos: los que iban sumisamente detrás de los clérigos con un cirio encendido y los que se dirigían a su encuentro con garrotes para apalearlos. “Acabar como el rosario de la aurora” es un dicho popular, parece que nacido de los altercados que se producían en Valencia entre devotos marianos y blasquistas (grupo político inspirado en el novelista Blasco Ibáñez).

Hoy siguen existiendo anticlericales. Quizá no sigan usando el garrote. Aunque no faltan en todo el mundo templos incendiados y algunos sacerdotes asesinados por el hecho de serlo. Pero más bien, se usan medios de comunicación y redes sociales para atacarlos. Algunas veces con razón, (como en los abominables casos de pederastia, tanto por los hechos en sí, como por su encubrimiento). Y otras sin ella.

Están también los antirreligiosos. Su oposición es frontal, en muchos casos a cualquier religión, pero sobre todo a la católica. En nombre de la ciencia la acusan de oscurantismo. Y apelando a la autonomía del poder civil, ven en ella un contrapoder que intenta dominar a la sociedad. O viendo el fanatismo de algunos facciones religiosas, creen que es un factor de división, de violencias e incluso de guerras. Dentro de esa mentalidad, hay quienes -ateos fanáticos- no dudan en intentar proscribirlas, convirtiendo en delito la pertenencia a alguna de ellas. La mayoría, sin embargo, se contenta con reducirlas al ámbito de las conciencias, excluyendo su pretensión de incidir en el área pública.

Quizá se está extendiendo hoy mayoritariamente una tercera postura: el pasotismo de la indiferencia. Preocupados exclusivamente por su bienestar individual, no se plantean la cuestión de la trascendencia, ni la existencia de las religiones: las ven como algo totalmente lejano a su vida.

La pluralidad de posturas se da también dentro de las Iglesias. En la católica, a la que pertenezco y creo conocer un poco, se dan los integristas que defienden a capa y espada la rigidez doctrinal, normativa y litúrgica. En esta corriente, se encuentran los lefebrianos -si siguen siendo católicos- y los que dudan de la ortodoxia del pastor Francisco por sus gestos y su tímida apertura. No faltan en sus filas eminentes purpurados, nombrados por Juan Pablo II. Ponen el derecho canónico y el catecismo de la Iglesia por encima del Evangelio.

Luego estamos los cristianos de la periferia, recogedores del espíritu del Concilio Vaticano II, que intentamos seguir a Jesús y llevar a nuestras vidas y a la sociedad su Mensaje. Nos duele esta Iglesia de muros cerrados, aferrada al “fuera de la Iglesia no hay salvación”, a la división entre docentes y discentes, de clérigos sabios y legos ignorantes. Soñamos con una comunidad de hermanas y hermanos, superadora de la discriminación secular de la mujer, de una visión deformada de la sexualidad y de la alianza con el poder político. Creemos en una organización no piramidal, sino sinodal de comunidades erigidas de abajo arriba, con ministerios temporales, en función de los diversos carismas existentes en la misma y de sus necesidades.

Conseguir esta mudanza no es fácil, exigirá tiempo. ¿Lo tenemos? Una consigna recorre hoy la Iglesia: salir a las periferias. Algunos ya estábamos. Dentro de las filas de anticlericales y antirreligiosos hay muchos que antaño fueron miembros sumisos de esa jerarquía. Al convertirse en adultos se fueron. ¿Les atraerá hoy otra Iglesia, pobre y débil, que sólo ponga su esperanza en seguir a Jesús y que ofrezca sin imposiciones su mensaje radical de que los últimos son los preferidos del Señor?.

El diálogo respetuoso es el único camino válido. Primero, entre todos los que nos decimos seguidores de Jesús para restablecer la unidad perdida y acabar con el escándalo de nuestra secular división. La figura del sucesor de Pedro puede ser, en esa vía, un obstáculo si se empeña en imponer la uniformidad y el acatamiento, o un cauce de unión si sostiene la diversidad en la caridad.

Diálogo con las otras religiones, empezando por las otras monoteístas -Judaísmo e Islam- y con las demás para trabajar conjuntamente por la paz. Y diálogo con todas las personas de buena voluntad en defensa de los Derechos Humanos y de la Casa Común que habitamos.

¿No es la hora de la escucha y de aprender unos de otros?. ¿No debemos aportar la alegría de la esperanza y la tenacidad en el trabajo por todos los seres vivientes y de las futuras generaciones?

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Éxodo 147: «Aportaciones de las mujeres a la transformación de la Iglesia»

viernes, 8 de marzo de 2019
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4e36806613d049431e9e8084794b1c28Éxodo 147 con la colaboración de Isabel Gómez Acebo, Silvia Martínez Cano, Neus Forcano Aparicio, Paula Depalma, Pilar Yuste, Raquel Lara Agenjo, María Isabel Herrera Navarrete, Carmen Soto Varela, Montserrat Escribano Cárcel, María José Arana, Evaristo Villar, Juanjo Sánchez.

Escribir de forma crítica sobre la Iglesia católica, rebasando la apologética, siempre corre el riesgo de caer en el infierno. A la conciencia cristiana le será difícil olvidar etapas de especial oscurantismo contra la razón… censuras de libros, excomuniones,  suspensiones “a divinis”, etc. Todo el mundo solemos tener algún momento de locura en la vida. Y la Iglesia católica, en su larguísima historia, tampoco se ha visto libre de esta amenaza. No siempre ha tenido en cuenta el sabio aserto de Erns Bloch, forjado en el contexto del diálogo cristiano-marxista –surgido en el pasado siglo a raíz de las encíclicas Pacem in Terris (Juan XXIII), Ecclesiam Suam (Pablo VI) y, sobre todo, el Vaticano II y la Teología de la Liberación–. Dijo entonces Bloch, a la vista del discurso cristiano sobre el momento cultural que estaba atravesando el mundo occidental: “solo un ateo puede ser un buen cristiano”; (lo que el teólogo Moltmann completó en forma lapidaria: “solo un cristiano puede ser un buen ateo”). Bien entendido, separando adecuadamente la fe de su siempre frágil y liquido envoltorio, hubiera evitado muchos infiernos a tanto “hereje” y “heterodoxo” que, finalmente, suelen acabar siendo acreditados por la misma Iglesia que antes los condenó. ¿Se podría afirmar hoy, nos preguntamos,  algo semejante sobre la Iglesia católica a la vista de la situación que está atravesando? ¿Nos expondremos a caer una vez más en el infierno?

Viene a cuento esta reflexión por cuanto la Iglesia católica, como todo aquello en que los humanos ponemos nuestras manos, siempre ha tenido y sigue teniendo un haz y un envés. Su lado más brillante y positivo pegado al otro que ya no lo es tanto. Y con el agravante de que, en ocasiones como la actual y en este país,  su lado oscuro es el que más se quiere ver. Reconocerlo es un signo de salud mental y no tiene porqué demonizar la otra cara que, durante más de dos milenios –¡solo la eternidad de antes duraba tanto!–,  ha aportado talento y contenido de conciencia a la experiencia  humana.

Misterio y visibilidad, promesa e historia a la vez, a la Iglesia católica le resulta difícil evitar el drama que, como manifestación de su propia experiencia, dejó reflejado Unamuno en el mito de Prometeo y el buitre: ante el afán de inmortalidad, los picotazos del buitre en las entrañas que  sujetan a la historia y te impiden levantar el vuelo. ¿Se necesita ser crítico en la Iglesia de hoy para defender lo defendible de su historia y abrir brecha hacia el futuro?

Porque los picotazos del buitre en las entrañas están en el ambiente, no es preciso inventarlos. Pretender cerrar los ojos ante la pederastia y las inmatriculaciones, la subvención estatal y la clase de religión en la escuela pública, las vinculaciones con ideologías anacrónicas y éticas partidistas que rompen la dignidad de todos los seres humanos… sería una ceguera rayana en la locura. No querer ver el  vaciamiento de los templos, la ausencia de horizontalidad entre los fieles, la falta de igualdad con el varón  en las posibilidades de las mujeres y del sector LGTBI supondría un fideísmo eclesiástico que nada tiene que ver con la ética del Evangelio. Guardar silencio ante la corrupción y la mentira en que algunos líderes populistas están convirtiendo la política,  la defensa de la democracia y la Memoria Histórica es un signo de debilidad moral y una pérdida de credibilidad ante el pueblo.

Afortunadamente en este monográfico de Éxodo sobre “Las mujeres y su aportación a la transformación de la Iglesia”, hecho enteramente por ellas, sin dejar de lado los picotazos del buitre, van a presentarnos  otra imagen de Iglesia, la que podría haber sido y la que puede llegar a ser Iglesia de Jesús desde sus aportaciones de antes y de ahora; de su esfuerzo intelectual y práctico en la edificación de la comunidad cristiana, de la riqueza que supone la comprensión de género en la Iglesia; nos hablarán también de la necesidad del cambio en los símbolos y del mismo leguaje y hasta de su aportación a la economía responsable y participativa en la Iglesia. ¡Vamos a disfrutar con sus aportaciones!

Fuente Redes Cristianas

 

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«Profesión y vocación», por José Mª Castillo

jueves, 7 de marzo de 2019
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índiceDe su blog Teología sin Censura:

Como es bien sabido, en su clásico estudio sobre “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Max Weber explicó con claridad cómo y por qué la palabra alemana “profesión” (“Beruf”) tiene un importante matiz religioso, en cuanto que nos lleva a la idea de “una misión impuesta por Dios”. O sea, según la mentalidad de Lutero, el más noble contenido de la propia conducta moral consiste en sentir como un deber el cumplimiento (lo más perfecto posible) de la tarea que entraña nuestra tarea profesional en el mundo. En otras palabras, la vocación que Dios le impone a cada cual, en esta vida, consiste en que se comporte como un buen profesional en su trabajo.

Ahora bien, supuesto lo que acabo de indicar, no hay que ser un lince para darse cuenta de que este planteamiento de la ética protestante ha sido más decisivo de lo que imaginamos en el desigual desarrollo económico de Europa. Los datos son bien conocidos. Mientras que los países del Norte de Europa, más influenciados por la “ética protestante”, son países más ricos y más desarrollados, los países del Sur, desde Turquía a Portugal, son más pobres y soportan economías más desiguales y atrasadas.

Sin duda, en la desigualdad que acabo de apuntar, son determinantes otros factores que no viene al caso estar aquí desentrañando. De este asunto se vienen ocupando sociólogos y economistas desde hace más de medio siglo (cf. J. Matthes…). En todo caso – si nos limitamos a lo que ocurre en Europa – es un hecho que, por lo general, los países de mayoría protestante han alcanzado un nivel y un equilibrio económico del que carecemos en los países en los que predomina una religiosidad más tradicional.

Así pues, es indudable que existe una relación profunda y determinante entre “profesión” y “vocación”. No es lo mismo llevar el trabajo y la profesión como una carga pesada para ganarse la vida, que ver en la propia profesión la tarea a la que Dios me llama y en la que veo el destino trascendente de mi vida. En este caso, la tarea profesional se funde con el sentido más profundo de la existencia humana y genera un etilo de sociedad y de convivencia que no se queda encerrada en los templos, sino que está presente (consciente o inconscientemente) en la familia, en el trabajo, en la gestión política, en la vida entera.

Esto supuesto – y tal como se han puesto las cosas en todo cuanto se refiere a la religión – dada la creciente escasez de sacerdotes, ¿no podemos decir que se acerca el momento en el que lo más razonable sería darle un giro nuevo a la organización y gestión de la Iglesia? Quiero decir: ¿no es ya hora de pensar en serio que, en la Iglesia, clérigos y laicos tenemos todos que pensar y vivir nuestra pertenencia a la Iglesia de otra manera?

Quiero decir lo siguiente: cuando Jesús llamó a los primeros apóstoles, no fundó un “oficio”, una “profesión, una “carrera” en la que la “vocación” era una “profesión” para ganarse la vida. Aquellos hombres eran los responsables en las primeras comunidades. Pero no eran funcionarios profesionales. San Pablo vivía de su trabajo, que era duro y le dejaba huella en las manos (Hech 20, 33-34). Y los pescadores a los que llamó Jesús, siguieron pescando y bregando noches enteras, como lo habían hecho toda su vida (Jn 21, 1-10). Incluso sabemos que, en el movimiento cristiano primitivo, encontramos muchas mujeres que fueron muy activas en todos los ministerios y responsabilidades eclesiales (R. Aguirre).

Es evidente, por tanto, que la “profesión” y la “vocación” se fundían, en la Iglesia naciente, en su actividad, sus reuniones, su apostolado. Y conste que este estado de cosas es el original y el que duró hasta el siglo tercero. No es una cuestión de fe que la Iglesia tenga que seguir siendo gestionada, dirigida y sometida sólo al “clero”. Ni el “clero” tiene por qué seguir siendo una “profesión” que acumula poderes y privilegios. La Iglesia es la comunidad de los “seguidores de Jesús”, que puede y debe organizarse y gestionarse en fidelidad al Evangelio, no en sometimiento a un clero que acumula poderes, dignidades y dinero.

La Iglesia somos todos. Y en todos los creyentes en Jesús, “profesión” y “vocación” se funden en una tarea que es común a todos, en comunión con los Apóstoles y sus sucesores, presididos por el Papa. ¿No tendrían que tener todo esto muy en cuenta los presidentes de las Conferencias Episcopales ahora, cuando se reúnen con el Obispo de Roma, para limpiar y renovar esta Iglesia a la que tanto debemos por tantos motivos?

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Fundación Pablo VI: Liderazgo y mujer, tema del Foro de Encuentros Interdisciplinares

jueves, 7 de marzo de 2019
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Liderazgo-proximo-Foro-Encuentros-Interdisciplinares_2100099975_9826605_660x371Hoy, 7 de marzo, en la Fundación Pablo VI,  Liderazgo y mujer, tema del Foro de Encuentros Interdisciplinares.

En nuestro Foro de Encuentros Interdisciplinaresel 7 de marzo, hablaremos de Liderazgo y Mujer con cuatro mujeres destacadas en el ámbito de la empresa, la comunicación, la política y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Participarán Rosa García, ex presidenta de Siemens, Premio a la Mujer Directiva y a la Conciliación de la Vida Laboral, Familiar y Personal en la categoría de Directivos; Gloria Lomana, periodista, experta en liderazgo femenino, comunicación y análisis político; Ana Oramas, portavoz de Coalición Canaria en el Congreso de los Diputados; y Silvia Gil, comandante de la Guardia Civil y Premio Mujer Líder 2018.
Se celebrará en el horario habitual, entre las 14 y las 16 horas, en la sede de la Fundación Pablo VI, Paseo Juan XXIII, 3, con un cóctel de bienvenida. La asistencia es libre hasta completar aforo.
Para saber más, pincha aquí:
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La renovación de los ministerios

jueves, 28 de febrero de 2019
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Grantchester-el-cluedo-del-sacerdote-mas-sexy-de-InglaterraMucho más allá del celibato opcional

Emilia Robles
Madrid

ECLESALIA, 11/02/19.- Vi en su día, a la vuelta del papa de la JMJ lo que decían algunos periodistas sobre sus palabras en el avión de camino a Roma, entre otras cuestiones sobre el celibato opcional (que el no aprobaría en su pontificado, desde su intención actual) y también otras reflexiones en positivo sobre la propuesta del obispo Fritz Lobinger (de que se pudieran aceptar otros ministerios ordenados) en lugares como la Amazonía u otros. Difícil abordar este tema de la renovación de los ministerios -que necesitaría varios libros y recoger diferentes aportaciones de diversos sectores de Iglesia- en un avión. Imaginé que lo publicado iba a suscitar reacciones y ya las estoy viendo. Unas con satisfacción y otras con mucha inquietud.

Entiendo bien, por un lado y me parece legítimo, que el papa quiera diferenciar entre lo que pueda ser reflexionado y aprobado en el Sínodo de la Amazonía: ordenación de personas (el especifica que varones) probadas en comunidades vivas y corresponsables, que puedan colaborar con los sacerdotes actuales, trabajado en consenso en las diócesis, frente a lo que muchos podrían entender como que el papa vaya a aprobar que “los curas se puedan casar” que es otra cuestión. Y también entiendo y comparto que diga que el celibato opcional no es la solución a la pederastia. No dio para entrar en la eclesiología que es básica para abordar el tema de los ministerios. Pero… bueno, el papa dijo lo que el pensaba en ese momento.

Es normal también que se haya suscitado agitación. Está el contexto, que tal vez no era el más adecuado para explicitar ciertos temas (aunque a veces no se pueda evitar) o cómo los periodistas transcriban ciertas cuestiones, máxime cuando hay teología de por medio. Y luego, lo que a cada cual le remueve. Me hago cargo de la desazón que ha producido la transcripción de las palabras del Papa, no sólo entre los movimientos de reforma de la Iglesia que defienden el celibato opcional, sino entre teólogas y teólogos y pastoralistas que justifican su necesidad, e incluso entre mucho cristiano de base, que, en las encuestas de opinión llevan años apoyando el cambio de la norma que obliga a que exista un único modelo de presbítero célibe (sin entrar en muchas más cuestiones eclesiológicas, sino solo guiándose de su sentido común).

Pero está muy bien diferenciar las cosas. La propuesta del obispo emérito Fritz Lobinger (ante los miles de comunidades sin Eucaristía en el mundo por falta de sacerdotes y por su inadecuada distribución) es que, en comunidades bien probadas, activas y corresponsables, se ordene a personas laicas, integradas desde hace años en las comunidades, para presidir la eucaristía y para realizar otras tareas que habitualmente estaban asignadas al cura célibe en el formato que venimos conociendo desde la Edad Media. Y que esto se haga en un consenso en las diócesis que lo comunican a Roma para su aprobación. Exige por tanto, un proceso desde las diócesis. Y creo que lo que el papa dice -si he sabido leer bien entre líneas- es que lo que se puede y se quiere debatir en el Sínodo de la Amazonía es esto y no otra cosa.

En Proconcil hemos explicitado, difundido y profundizado en esta propuesta del obispo Lobinger (recogida en castellano en dos libros que tiene además incluida una aportación teológica), por su enorme interés, por la eclesiología en la que se basa y por lo bien desarrollada que está desde principio a fin. Eso no quiere decir que, en su desarrollo no puedan surgir problemas o contradicciones que habrá que solucionar en el contexto. Tampoco quiere decir que vaya a resolver todos los problemas que tiene la Iglesia en relación a los ministerios. Pero este tema no lo voy a tocar, porque necesita mucha amplitud y ya lo haré en su día en un espacio más adecuado.

La principal finalidad (aunque no la única) de estas nuevas formas ministeriales, a las que el papa alude que se podrían permitir, es que no haya comunidades sin Eucaristía. Y ahí es donde el papa cita a Henry de Lubac (aunque el periodista no lo nombre, no sé si el Papa lo nombró o no) hablando de la importancia de la Eucaristía que construye a la Iglesia y se hace en ella. De manera que la Eucaristía es esencial en la Iglesia y es un bien mayor que una ordenación jurídica que reduce la potestad de presidir la Eucaristía a un modelo de presbítero como el que conocemos. Y esto es lo que, según el Papa, justificaría que en lugares “recónditos” se admitan nuevas formas de ministros ordenados (o no ordenados, pero, en cualquier caso, reconocidos por Roma) que atiendan a las necesidades de las comunidades y en particular a la celebración eucarística, siempre desde su pertenencia a ellas.

Hay personas, sobre todo en la Jerarquía, pero también en algunas comunidades que tienen mucho miedo a que desarrollar una propuesta de renovación de los ministerios sea dar pie a “que los curas se casen” y a cuestionar el sacerdocio célibe de los actuales curas. Y el papa hace bien, desde mi punto de vista en salir al quite de esos temores. Porque el mismo Lobinger se esfuerza mucho en que los sacerdotes actuales no vean estas nuevas formas ministeriales, alguna de ellas ordenada, como una competencia amenazadora hacia los actuales sacerdotes, o un rebajar su “don celibatario” (que se supone que defienden como libremente aceptado) Ese es un aspecto, que seguramente el Papa ha logrado con esta comunicación.

Pero tampoco es de recibo que la palabra del Papa produzca desazón en aquellos que buscan una renovación de los ministerios. Y seguramente no ha sido esa su intención. Lo que ocurre es que en la comunicación no bastan las intenciones para garantizar los resultados (porque es un proceso mucho más complejo en el que intervienen muchos factores: instrumentos, personas, lenguajes, contextos, imágenes culturales, etc.). Hay otro problema añadido que está en la recepción de la palabra del papa (de este y de otros) y es el valor que se le da a la palabra de un papa sin diferenciar mucho en qué contexto se dice esta palabra. No es igual hablar en una entrevista (como sucede con el libro de Fernando Delgado) que hablar en un avión, que hablar en un documento menor, o hablar en una Encíclica…

Y una consideración más. La palabra de un papa sobre una disciplina como la que durante estos últimos siglos nos ofrece un único modelo de presbítero, célibe y formado en los seminario como los conocemos ahora (y esto Francisco lo sabe bien) y máxime este tipo de palabra (breve) en este contexto (de una entrevista en un avión) no es la palabra de la Iglesia. En el tema de ministerio presbiteral que es clave para la Iglesia y cuya regulación jurídica no es un dogma de fe sino una cuestión disciplinar, tienen que hablar las comunidades y tienen que hablar los teólogos, los pastoralistas y otros expertos acreditados, además de otros obispos, en un clima de conciliaridad y sinodalidad. Y desde mi punto de vista no centrar el tema en el celibato, porque el tema de los ministerios hay que abordarlo desde otro enfoque.

Me parece magnífico que el papa cite a Henry de Lubac como teólogo, hablando de la primacía de la Eucaristía sobre los formatos ministeriales y a un pastoralista y además obispo, como Lobinger, lo que muestra su preocupación y su investigación sobre el tema. Espero también en la Iglesia la fuerza de una teología que sitúe los dos grandes pilares de la Iglesia en Jesus de Nazareth y la comunidad, en vez de centrarse tanto en los ministros ordenados que deben ser servidores de comunidades verdaderamente eucarísticas.

Confío también en que se siga profundizando (ya lo hacen muchos teólogos) y se difunda ampliamente una teología del Espíritu Santo que acompaña a las comunidades y reparte sus dones en ellas, sin ningún tipo de discriminación, de manera que no queden desatendidas en ningunas de sus necesidades y que no se pierdan dones y carismas. Y en que sepamos alcanzar consensos que agrupen y no dividan a las comunidades. Mientras esto no se entienda y se practique, de poco valdría que un papa aprobara el celibato opcional. Y el día en el que esto se practique de forma extensa, no habrá un papa que detenga una verdadera renovación de los ministerios. Si alguno lo intentara se expondría a cometer un gran pecado y probablemente a provocar un gran cisma, porque no se puede asfixiar al Espíritu.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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«Con pecado concebida», por Emma Riverola

viernes, 15 de febrero de 2019
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mujeres-en-la-iglesia-catolicaEl colectivo religioso femenino está en una situación de especial vulnerabilidad, con menor formación que sus compañeros hombres, sin bienes materiales que les dote de independencia y con un gran sentido de la servidumbre

Quizá a veces fue santa (especialmente cuando se escribe con minúsculas), pero la Santa Madre Iglesia siempre ha sido padre, un padre castrador y opresor con las mujeres que la integran. Rebusquemos en las imágenes del Vaticano. En la pompa de sus cónclaves, en la representación de la autoridad. Esas vestimentas que ya no tienen tiempo ni lugar, solo la constancia de un poder milenario ostentado, ¿cómo no?, solo por hombres. ¿Dónde están las mujeres de la Iglesia?

Están en las escuelas, en los hospitales, enclaustradas en sus conventos y, por supuesto, arrodilladas ante el poder de los hombres. Silenciosas. Invisibles. Sirvientas de lujo que viven en la pobreza. Otra imagen: Barcelona, 2010. Visita del Papa Benedicto XVI a la ciudad y misa de consagración de la Sagrada Familia. En su homilía, exaltación de la familia. La Iglesia “apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar”. Por si hay dudas de cuál es ese orden natural: “que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado”. Y, en un intento de ilustrar aún más la posición de las mujeres, cuando el acto ya se acercaba a su segunda hora, apareció la actuación estelar femenina. Un puñado de monjas, de negro riguroso, se entregaron a la tarea de limpiar el altar. Frotaban y se agachaban para limpiar las gotas caídas al suelo ante la complacida mirada de 150 cardenales, obispos y el mismo Papa, todos vestidos de blanco, que seguían las labores de limpieza desde una perspectiva más elevada.

Ellas limpian, cocinan y sirven la comida a los hombres

Un artículo publicado el pasado marzo en la revista femenina ‘Donne Chiesa Mondo’ de L’Osservatore Romano, periódico de la Ciudad del Vaticano, denunciaba el trabajo de las hermanas al servicio de obispos y cardenales. Sirvientas sin horarios, tratadas como ciudadanas de segunda, sin apenas remuneración. Ellas limpian, cocinan y sirven la comida a los hombres y, después, se retiran a la cocina a comer los restos. Esa es la vida cotidiana de las monjas en buena parte del mundo. ¿Y ya está? No, la servidumbre es mucho más profunda. Y dolorosa.

El #MeToo ha llegado a la Iglesia. Religiosas de Chile, Italia, Perú, India, Congo o Kenia están alzando la voz para derribar el último gran tabú de la Iglesia católica: los abusos sexuales de sacerdotes ejercidos sobre monjas. Resulta difícil aventurarse a cuantificar la magnitud del fenómeno y las posibilidades de conocerlo. Estamos hablando de un colectivo en una situación de especial vulnerabilidad. Con menor formación que sus compañeros hombres, sin bienes materiales que les dote de independencia y con un sentido de la servidumbre calado hasta el alma. Hablamos de un triple abuso: de poder, sexual y espiritual.

¿Es un caso que atañe solo a monjas y sacerdotes? Desgraciadamente, es posible que buena parte de sus males se queden silenciados tras sus gruesos muros de silencio, pero todo lo que atañe a su pensamiento tiene eco en el resto de la sociedad. Hablamos de una institución que, durante siglos, ostentó un poder absoluto -directo o indirecto- en buena parte del mundo. No solo es evidente su actual capacidad para influir en el poder, sino que aún forma parte de ese poder. Su voz es la que resuena en las bancadas conservadoras de los parlamentos cuando pretenden regular la vida íntima de los ciudadanos, sus relaciones y sus cuerpos.

La institución nos quiere ignorantes y serviles 

En España, según datos del CIS de enero de 2019, el 66,9% de españoles se declara católico. A pesar de que la mayoría no es practicante habitual, algo más de la mitad de los niños son bautizados. Casi el 20% de los alumnos no universitarios españoles cursan en colegios de orientación católica, lo que son 1,5 millones de niños, en 2.600 centros. La Iglesia recaudó 256,2 millones de euros en la Declaración de la Renta 2017, correspondiente al IRPF de 2016. 7,1 millones de declaraciones fueron a favor de la Iglesia, 8,5 millones teniendo en cuenta las conjuntas.

La sociedad, por creencia o por querencia, otorga ingresos y la responsabilidad de educar a la Iglesia católica. Es decir, asegura su pervivencia y la influencia de su pensamiento. Perpetúa esa voz que tan airada se levanta para criticar el colectivo LGTBI, el aborto, la fecundación en vitro o lo que ellos llaman “ideología de género” (sí, la misma expresión que utiliza la ultraderecha) y que tan queda se muestra a la hora de condenar la violencia machista o, especialmente, para pedir disculpas por todo el dolor que han provocado, por todos los abusos que han perpetrado.

¿Cómo puede dar lecciones de moral una entidad infectada hasta el tuétano? ¿Cómo pueden colocarse esos obispos frente el atril y lanzar sentencias sobre a quién debemos amar o sobre cómo debe comportarse una mujer? Ignorantes, dependientes y serviles, así nos quiere la institución eclesial. Sumisas amas de casa, transmisoras del yugo patriarcal. Como aquel 2010, pasando el paño ante las miradas complacientes de los obispos.

Emma Riverola

Fuente : El Periódico

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«Imaginemos», por Dolores Aleixandre

lunes, 4 de febrero de 2019
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46700709612_e1647af65dDe su blog Un grano de Mostaza:

Imaginemos que un par de meses antes del Sínodo les hubiera llegado esta encuesta a todos los convocados (Patriarcas, Jerarcas de las Iglesias Católicas Orientales, Arzobispos, Obispos, Vicarios, Jefes de Dicasterios vaticanos, Prelados, religiosos representantes de la Unión de Superiores Generales, expertos, auditores, miembros de nombramiento pontificio y jóvenes:

1. ¿Estaría Vd. (o Emmo, Rvdm, Excmo, Ilmo o comoquiera que sea el tratamiento canónicamente correcto para dirigirse a ellos) de acuerdo en afirmar que la dignidad de un cristiano reside en su bautismo?

2. ¿Estaría de acuerdo en afirmar que lo esencial de una persona y más aún de un bautizado, no depende de cómo va vestido, incluyendo colores, texturas, botonaduras, esclavinas, cordoncillos, mitras, birretes o solideos?

3. ¿Ha sido informado de la existencia de esta cita evangélica: “No llaméis a nadie padre, ni maestro ni jefe…, todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8)?

Imaginemos respuestas mayoritariamente afirmativas (las negativas revelarían un grave problema teológico en sus defensores…) que posibilitaran la promulgación de esta normativa ad experimentum:

“Todos entrarán en el aula sinodal con la vestimenta normal adecuada a su edad y usada por los hombres o mujeres de su país. Todos llevarán una sencilla cruz de madera al cuello y una tarjeta identificativa en la que conste cuál es su condición y servicio en la Iglesia. Se dirigirán unos a otros llamándose “hermano” o “hermana” utilizando el nombre recibido en su bautismo”.

¿Habría cambiado algo esencial? No, un poco de desconcierto al principio, pero luego esa alegría que nace del Evangelio vivido. Nada accesorio distrayendo las miradas, menos atención a la dualidad clérigos/laicos, varones/mujeres, gobernantes/gobernados, un trato de cordial fraternidad.

¿Qué suena a provocación populista? Pues prepárense, porque las reformas de la Episcopalis Communio de Francisco pretenden afectar con mayor radicalidad al modo de ejercer la autoridad en la Iglesia. Y sin tocarle a nadie ni un pelo dela ropa.

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«La miseria de la excelencia o la falsa excelencia en la Iglesia», por Jesús Urío Ruiz de Vergara.

viernes, 1 de febrero de 2019
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1409398620670canizares fotogalc4Este es un tema que merece, y prometo hacerlo, mejor y más amplio desarrollo.

Me refiero a lo siguiente: se tiene de pequeño, yo por lo menos lo tuve, una sensación de respeto y confianza por las personas con cargos relevantes, a quienes voy a llamar desde ahora revestidas de “excelencia”, maestros, sacerdotes, el alcalde del pueblo (el mío, Olite, es ciudad, y tiene su categoría), alguaciles, ministros, y no digamos los que ya por protocolo son oficialmente “excelencias”, como los obispos, cardenales, etc. Meto a todos en el mismo saco porque así los veía yo de pequeño. Ese reconocimiento casi automático infantil se incrementaba con la peculiar educación de la época franquista, en que cualquier autoridad la ejercía sin críticas ni cortapisas. ¡Cualquier uniformado te podía montar un pollo!

Así que aun de joven, con la estricta, pero muy buena, educación que recibimos en el noviciado y el escolasticado (estudios de filosofía y teología), esa tendencia al respeto y al reconocimiento de la “excelencia” en la autoridad, sobre todo en la Vida Religiosa (VR) y en la Iglesia, persistió, y se fue manteniendo mucho más tiempo del que se podría esperar, y, desde luego, del que sería de desear. Hasta que, ya bien metidos en la faena pastoral, uno pudo ir apreciando los puntos flacos, a veces, flaquísimos, de superiores, provinciales, generales, y otras altas autoridades. Pero voy a dejar de lado el tema de la VR, con las fuertes implicaciones de los votos, especialmente de obediencia.

Y me paso al mundo de la pastoral en la Iglesia, en general. Al mundo de los cardenales, obispos, vicarios, arciprestes, y todo el escalafón jerárquico eclesiástico, de arriba abajo o de abajo arriba. Sin excluir ningún escalón. (También sería ese asunto de amplia aplicación en la vida política civil, con la evidente miseria de muchos “excelentes”, pero el sistema de libre elección supone una posible corrección posterior). El caso es que en el mundo eclesiástico –excluyendo de él la VR- , en las altas esferas no conocemos otra elección que la de Papa, por los cardenales. Pero ésta se ve lastrada por una evidente endogamia, y en la Historia de la Iglesia ha habido papas deleznables, en muchos de los cuales la miseria ha tapado la posible excelencia debida al cargo.

Está demasiado, y sangrantemente claro, que en la Iglesia actual funciona con descaro el “dedómetro”, con todo lo que ello conlleva: subjetivismo, lucha por los favores de los que deciden, halagos y peloteo generalizados, pavor a quedar mal o a la crítica valiente hacia los más influyentes, desvío de las nobles actitudes que se debería suponer en un pastor, más preocupación por los mayorales que por las ovejas, ambiente enrarecido para la opinión clara, respetuosa pero valiente, terreno abonado para la adulación, la simulación y el enchufismo. El resultado es lo que yo llamo un alto índice, muchos más del deseado y previsible, de “miseria” en la Excelencia. ¡Ojo!, no digo pecado, que es inherente a la condición humana, sino a un tipo de pecado que debería ser impedido lo más posible por la propia Institución y sus reglas, pero que, desgraciadamente, es alentado e incentivado.

Y los últimos acontecimientos deleznables, desde el punto de vista moral, sociológico, psicológico, y no digamos, cristiano y evangélico, de tantos curas, obispos, arzobispos, y hasta cardenales, en los que queda patente, ridícula y grotesca la contradicción entre los títulos pomposos y rimbombantes, como excelencia, eminencia, reverendísima, y los comportamientos escandalosos, no solo inadecuados, sino hasta delictivos y execrables, que nos han sumido a todos, en la comunidad eclesial, en lodos de vergüenza y desolación. Y no me refiero exclusivamente a la lacra horrible e inaceptable desde todos los puntos de vista, de la pederastia, sino también a actitudes improcedentes de prelados, y ayudantes señalados, del tipo que he comentado en mi anterior blog, sobre el abuso del poder, que según la opinión de un obispo de la Baja Sajonia está ya instalado en el ADN de la Iglesia, y que yo me atrevo a corregir que no, que no se encuentra en la Iglesia, sino en aquella parte de la Iglesia en la que tratamos a sus miembros como excelentes, reverentes y eminentes, es decir, en la Jerarquía.

Jesús Urío Ruiz de Vergara

Fuente www.reflexionyliberacion.cl

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«La Iglesia es femenina… en teoría», por Gabriel María Otalora

jueves, 31 de enero de 2019
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mujer-iglesia«Mujeres religiosas y laicas piden que el gobierno de la Iglesia sea más corresponsable»

«Las mujeres reivindican una Iglesia que no discrimine a la mujer, libre, sin poder ni privilegios»

«El comportamiento patriarcal de la Iglesia posterior con las mujeres no pudo basarse ni en Jesús sino en razones más humanas menos confesables»

Como dice Francisco, «la Iglesia es femenina». Y tiene razón, aunque sea una realidad por venir como ya ocurre en otras parcelas de la sociedad. La situación eclesial de la mujer no es ejemplar si nos fijamos en cómo Jesús les trataba, sin considerarles en minoría de edad como fueron tratadas entonces y durante todos estos siglos desdichados para ellas en todos los órdenes, no solo dentro de la Iglesia. Y a pesar de todo, la mayor parte de quienes participan en la vida eclesial son laicas. ¿Por qué?

Porque no tardaron en darse cuenta que Jesús es mucho mejor partido que ciertas autoridades eclesiásticas. La diferencia de cómo les consideraba Jesús y los expertos religiosos era abismal, más de lo que se ha querido reconocer. A los hechos me remito en este principio de año que, como todos, trato de verlo con esperanza; que llegue con estas líneas incluso a quienes han dejado de tenerla por nuestras inconsecuencias.

Las mujeres siguieron a Jesús desde el principio como atestigua con profusión el evangelio. Le acompañaron en su testimonio de Buena Noticia aceptando su misma vida desinstalada y aceptaron su enseñanza. Tampoco le abandonaron cuando estuvo en la cruz y fueron solo mujeres las testigos del Resucitado como lo resaltan los cuatro evangelistas.

No se puede encontrar en su boca un dicho o palabra que minusvalore o justifique la subordinación de la mujer. El comportamiento patriarcal de la Iglesia posterior con las mujeres no pudo basarse ni en Jesús sino en razones más humanas menos confesables. El biblista Xabier Pikaza es claro: Jesús no quiso algo especial para las mujeres. Quiso para ellas lo mismo que para los varones. La singularidad de Jesús sobre las mujeres es la «falta de singularidad: no buscó un lugar especial para ellas, sino el mismo lugar de todos, es decir, el de los hijos de Dios.

Jesús rompió con los tabúes de una sociedad donde los varones rezaban así por las mañanas: «Te doy gracias, Señor, por no haberme hecho mujer». Pero a Él nadie le atribuyó algo que pudiera resultar lesivo, marginador ni discriminatorio contra las mujeres. Nunca se refiere a ellas como algo malo ni como personas inferiores. Tampoco aparece en los evangelios ninguna acusación ni rastro de ser un mujeriego que les cosifica.

A Jesús de lo que le acusaron fue de transgresor de la Ley y blasfemo, de agitador político, endemoniado, de estar perturbado y loco, precisamente por su amor lleno de ternura, compasión y misericordia infinitas que irradiaba también con las mujeres en su empeño por implantar una fraternidad verdadera. Les trata por igual y con total naturalidad, con la misma dignidad y categoría que el hombre. Les defiende cuando son injustamente tratadas y no duda en mantener una relación cercana con muchas de ellas. Como dice Ermes Ronchi, únicamente entre las mujeres no tuvo enemigos Jesús.

Contra todo pronóstico socio-religioso, Jesús les acoge sin reservas, forzando a interpretar adecuadamente las tradiciones culturales y religiosas de su tiempo desde el verdadero significado que Dios quería. De hecho, no quiso bendecir la sociedad patriarcal de su época: puso en marcha un movimiento de varones y mujeres en contra de los rabinos, que no admitían a las mujeres en sus escuelas.

De todo esto se ha contado poco, de lo que suponía social, legal y religiosamente que Jesús les acogiera, escuchase y dialogara con ellas. Al final, fueron las discípulas más ejemplares, incluso en la crucifixión, cuando casi todos los varones abandonan al Maestro. Ellas le fueron fieles hasta el final desde su experiencia de un Jesús profundamente inclusivo.

Se ganó el corazón de las mujeres al abrir para ellas nuevos horizontes de realización personal: les hizo portadoras de amor, de esperanza y de paz, en un mundo en el que estaban denigradas. Todo el trato de Jesús con ellas es una buena noticia por la defensa pública de su igualdad y dignidad.

Hoy muchas mujeres religiosas y laicas piden que el gobierno de la Iglesia sea, como ya exigió el Concilio Vaticano II, más corresponsable. Reivindican una Iglesia que no discrimine a la mujer, libre, sin poder ni privilegios al servicio de los más necesitados y esperanza de los desvalidos. Que viva, ore y se comprometa con la justicia profética. Esta es la esperanza por hacer en este nuevo año: una Iglesia que sea femenina, más allá del género sustantivo gramatical.

Extracto del libro La revolución pendiente. Editorial San Pablo, 2018.

Gabriel María Otalora

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«Hablar con libertad es peligroso», por José Mª Castillo

martes, 22 de enero de 2019
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46724551251_dfd8a42716_zLeído en su blog Teología sin censura:

En el relato de la pasión y muerte de Jesús, el evangelio de Juan recuerda un episodio tan humillante como elocuente. La primera bofetada que un guardia le pegó a Jesús, delante del sumo sacerdote Anás (Jn 18, 22).

¿Por qué semejante desprecio allí y en aquel momento? Sencillamente porque Jesús le dijo a aquel personaje sagrado que él había “hablado al mundo con libertad”; y no había “dicho nada en secreto” (Jn 18, 20). Aquí es importante destacar que el texto griego del Evangelio no utiliza la palabra “libertad”, sino el término “parresía”, que significa exactamente “libertad para decirlo todo” y sin callarse nada (“pán”, “résis”).

Está claro: Jesús no soportaba los secretismos y los ocultamientos. En la misma medida en que el tribunal sagrado no soportaba tampoco la libertad de quienes dicen toda la verdad, sin callarse nada en absoluto, aunque les cueste el cargo y la propia dignidad. Y (si es preciso) hasta la misma vida.

Si la Iglesia fuera fiel a esta conducta de Jesús, sin duda alguna, habría tenido que soportar, no una sino muchas bofetadas. Bastantes más de las que ya ha soportado. Así lo dejó dicho el propio Jesús (Mt 10, 16, 32 par).

Más aún, Jesús llegó a decir: “Se acerca la hora en que todo el que os dé muerte se va a figurar que le da culto a Dios” (Jn 16, 2). Sin duda alguna, “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no es de fiar, porque nos remite a la falsa religión” (T. Reuter, “El Dios falsificado”, Madrid, Trotta, 2011, 228).

¿Qué quiero decir con esto? Muy sencillo: cree en Dios el que no se calla ante el sufrimiento de los que son peor tratados por la vida y por los poderes públicos, sean del color que sean, ya sea que estén a la derecha, en el centro o a la izquierda.

Esto supuesto, lo que a todos nos tendrían que preocupar, sobre todo, son los silencios de la Iglesia. Los silencios del clero. Y los silencios de quienes decimos que somos creyentes en Cristo. Silencios en tantas cosas que claman al cielo. Pero ahora mismo – y sobre todo – en dos asuntos de enorme gravedad y de apremiante urgencia.

Empezando por el silencio ante tantos y tantos escándalos clericales de “hombres de Iglesia”, que han abusado de menores. Abusos delictivos que las autoridades eclesiásticas han ocultado. Porque así lo imponía el Vaticano, para que el prestigio de la Iglesia no se viera dañado. Ha tenido que venir el papa Francisco, que ha “tirado de la manta”, para que todo se sepa y se haga justicia.

Lo más penoso y preocupante es lo que este papa tiene que estar soportando, por la resistencia del clericalismo fanático, que no soporta la transparencia que ha dejado al descubierto la desvergüenza de no pocos sectores del mundo clerical.

Y para terminar, el otro silencio preocupante, que estamos viviendo en España y en otros países de Europa y América. Me refiero al silencio de obispos y clérigos, en general, que inexplicablemente se callan ante políticos y gobernantes que, con sus decisiones, son responsables del sufrimiento de miles y miles de criaturas inocentes, al tiempo que permiten y fomentan que el capital mundial se concentre, más y más cada día, en menos personas.

En el Evangelio quedó patente que Jesús no soportaba el sufrimiento de pobres, enfermos, marginados y extranjeros. Como tampoco soportaba el desprecio o la desigualdad de las mujeres. Las preocupaciones de nuestra Iglesia y nuestros obispos, ¿coinciden con las de Jesús? Una vez más queda patente que hablar con libertad es muy peligroso.

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