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Viajero en la noche

sábado, 23 de noviembre de 2024
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Del blog Foucauld Diálogos:

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Manera corta y fácil para hacer la oración de fe simple presencia de Dios, por Bossuet.

1.- Hay que acostumbrarse a alimentar el alma con una simple y amorosa mirada en Dios y en Jesucristo nuestro Señor; y para este efecto hay que separarla dulcemente del razonamiento, del discurso, y de la multitud de afecciones, para mantenerla en simplicidad, respeto y atención, y aproximarla así cada vez más a Dios, su único y soberano bien, principio primero y fin último.

2.- La perfección de este camino consiste en la unión con nuestro soberano bien; y cuanto más grande sea la simplicidad, más perfecta será la unión. Es por lo que la gracia invita a simplificarse interiormente a lo que quieren ser perfectos, de forma que sean capaces de transmitir la alegría del Uno necesario, es decir de la unidad eterna.

3.- La meditación es muy buena en su momento y muy útil al comienzo de la vida espiritual, pero no hay que pararse ahí, pues el alma, por su fidelidad a mortificarse y a recogerse, recibe de ordinario una oración más pura y más íntima, la cual puede llamarse de simplicidad, que consiste en una simple visión, mirada o atención amorosa en sí, hacia cualquier objeto divino, bien sea Dios mismo o alguna de sus perfecciones, o Jesucristo y alguno de sus misterios, o alguna otra verdad cristiana. Prescindiendo el alma de su razonamiento, se sirve de una contemplación dulce que la mantiene apacible, atenta y abierta a las obras e impresiones divinas que el Espíritu Santo le comunica.

4.- La práctica de esta oración debe comenzar al alba, con un acto de fe en la presencia de Dios que está en todas partes, y en Jesucristo, cuyas miradas no nos abandonan… Este acto es producido o de una manera sensible y ordinaria… o es un siempre recuerdo de la fe en Dios presente que sucede de una forma más pura y espiritual.

5.- No hay que diversificarse para efectuar otros actos o disposiciones diferentes, sino permanecer simplemente atento a esta presencia de Dios, expuesto a su divina mirada, continuando así esta devota atención o exposición, mientras que nuestro Señor nos dará la gracia, sin afanarse en realizar otras acciones que las que nos son inspiradas.

6.- Hay que conservarse puro y libre en el interior… uniéndose a Dios frecuentemente, en encuentros simples y amorosos, recordando que estamos en su presencia, y que no quiere que nos separemos en ningún momento de él y de su santa voluntad: es la regla más básica de este estado de simplicidad; es la disposición soberana del alma: hacer la voluntad de Dios en todas las cosas…

7.- En fin, se terminará la jornada animando con esta santa presencia del examen, la oración de la tarde y al acostarse; y se dormirá con esta atención amorosa, interrumpiendo su reposo, cuando nos levantemos durante la noche, algunas palabras fervientes… como tantas voces y gritos del corazón hacia Dios.

8.- No hay que olvidar que uno de los más grandes secretos de la vida espiritual es que el Espíritu Santo nos conduce no solamente a través de iluminaciones, dulzuras, consolaciones y gracias, sino también mediante oscuridades, ofuscaciones, insensibilidades, dolores, angustias, revoluciones de las pasiones y los humores: digo todavía más, que este camino de la cruz es necesario, que es bueno, que es el mejor, el más seguro y el que nos hace llegar más pronto a la perfección… …La mejor oración es aquella en la que el alma se abandona plenamente a los sentimientos y a las disposiciones que Dios mismo pone en el alma, y donde se le estudia con simplicidad, humildad y fidelidad para conformarse a su voluntad y a los ejemplos de Jesucristo…”

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Carlos de Foucauld.

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“Nuestro Dios en incómodo. Meditación ante Cristo Rey”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

sábado, 23 de noviembre de 2024
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imagePara que nos sirva, esta tarde, para meditar en este fin de año litúrgico.

Nuestro Dios es incómodo

Cerramos el año litúrgico con la página evangélica que parece poner fin a la experiencia terrena de Jesús. Sabemos bien que no es así, pero la percepción que tienen los líderes del pueblo es la de haberse liberado finalmente de un personaje inconveniente. Ignoran que, en realidad, será precisamente esa cruz la que iniciará todo, la que manifestará la potencia del amor de Dios e inaugurará el tiempo de esperanza eterna para cada hombre.

Sin embargo, Jesús sigue siendo un personaje incómodo, tanto ayer como hoy. El hecho de que en la Solemnidad de Cristo Rey del Universo se nos presente un Jesús sufriente y moribundo que nada tiene que ver con la pomposidad de la solemnidad de hoy, nos hace comprender qué tipo de cristianismo estamos llamados a profesar cada uno de nosotros. No una fe hecha de glorias, de exterioridad y de primeros lugares, sino una fe que hace capaz de donarse, de sacrificarse, de tener compasión, de saber perdonar y acoger. Vivir así la fe, dejarse interpelar por Jesús y su Evangelio es incómodo, y siempre lo será porque no tenemos un Dios cómodo ni acomodaticio, sino uno que prefirió la incomodidad de una cruz al consuelo de un trono. Y lo hizo por una sola razón: Amor.

El mayor poder del Rey del Universo es el Amor. Un Amor que Jesús nos enseñó llevando la corona de espinas en la cabeza y sentándose en el trono de la cruz. Es este Amor, más fuerte que la muerte, el que da sentido a nuestros días y que encontraremos esperándonos en el atardecer de la vida. Es este Amor el que continúa haciendo girar al mundo a pesar de nuestro egoísmo y codicia. Un Amor tan grande que nuestro pobre corazón por sí solo no puede sostenerlo. Por eso Amor es compartir, relación, encuentro con los demás. Si este inmenso amor de Dios no nos perturba en nuestras costumbres, en nuestro estilo de vida, no cambia nuestro modo de relacionarnos con la creación y con los demás, entonces seremos como el pueblo del Evangelio de hoy que «se quedó quieto» pasivamente.

Cuántas veces también los cristianos nos quedamos quietos y miramos, callamos ante las pequeñas o grandes injusticias de este mundo. Permanecemos impasibles ante la decadencia de la creación o ante las numerosas cruces de nuestra época, esperando que otros intervengan, resuelvan, se ocupen. Al contrario, con demasiada frecuencia somos los primeros en elogiar a la persona poderosa en cuestión, aquella de la que podemos beneficiarnos o que puede favorecernos de alguna manera, incluso en detrimento de los demás. Pero Dios siempre nos da una nueva oportunidad en la vida, siempre y hasta el final. Es significativo que el Evangelio nos informa que el primer santo que habitó el paraíso fue un ladrón. Hasta el final, Jesús nos enseña que no vino para los sanos sino para los enfermos, para aquellos que tienen la íntima conciencia de necesitar la misericordia del Padre.

También el hombre de hoy, por diversos motivos, está crucificado pero, precisamente a través de la cruz, tiene la posibilidad de encontrar a Jesús, igualmente crucificado. La cruz, entonces, se convierte en un instrumento para encontrar la mirada de Jesús, para poder sentirnos acogidos por esos brazos abiertos, incluso en el último momento de la vida. Todos nos vemos en el llamado «buen ladrón» y podemos, por tanto, hacer nuestra su oración: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino«. Sólo hay una manera de ser recordado por Jesús: amar. En varios pasajes del Evangelio, Jesús pronuncia una frase terrible hacia quienes quisieran entrar en su Reino pero no tienen derecho: «No os conozco«. Dios quiera o seguramente este no es el caso para nosotros. Al final de un año litúrgico estamos llamados a sacar conclusiones entre el Amor recibido y el Amor dado, a reflexionar si realmente hemos perdonado las deudas de nuestros deudores para merecer que el Padre las perdone igualmente a nosotros.

Nos preparamos para el Adviento. Hoy dejamos a un Jesús Rey del Universo y nos preparamos para la venida de un Niño Jesús, que no estará cómodo ni en el pesebre. Dejémonos perturbar por este Dios al que no le gusta la comodidad, para que podamos participar, cómodamente, en el banquete de su Reino.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

(Remitido por el autor)

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“U.S. Catholic” hace avanzar a los medios de la Iglesia en la exploración de la teología y la contemplación queer

sábado, 23 de noviembre de 2024
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IMG_8620¿Qué es la teología queer? ¿Cómo puede la espiritualidad queer contribuir a los católicos en general? ¿Por qué las personas LGBTQ+ encuentran esperanza en la iglesia? Si bien muchas publicaciones católicas siguen eludiendo la vanguardia del movimiento LGBTQ+, en los últimos años U.S. Catholic ha abordado nuevas preguntas e incluso ideas controvertidas con una apertura notable.

Este otoño, U.S. Catholic publicó dos podcasts y un ensayo sobre estos temas. A continuación, se incluye una breve información sobre cada uno de ellos con un enlace para escuchar y leer más.

Primero, en septiembre, U.S. Catholic entrevistó a Cassidy Hall, una académica LGBTQ+ y ministra de la Iglesia Unida de Cristo, que se centra en la espiritualidad y la contemplación queer. En el extenso artículo, Hall ofrece su enfoque de la espiritualidad queer, que se basa en el contenido de su nuevo libro, Queering Contemplation: Finding Queerness in the Roots and Future of Contemplative Spirituality . Hall explica:

“Tanto la vida contemplativa como los cuerpos queer viven en este tipo de espacio liminal”, dice. “Hay una profunda conexión con nuestro propio devenir, nuestra propia expansividad”. En su libro, explora cómo la homosexualidad y la contemplación se superponen e imagina cómo la aplicación de una perspectiva queer a la oración contemplativa puede enriquecer la espiritualidad…

La forma en que defino lo queer en el libro no solo está relacionada con mi sexualidad: es la forma en que inclino la cabeza para mirar el mundo. Creo que la contemplación y la vida contemplativa nos invitan a hacer lo mismo: inclinar la cabeza para mirar el mundo. Mirar con curiosidad, de manera diferente, más abierta y más expansiva.

“Una de las cosas hermosas de la homosexualidad y la contemplación es que ambas impregnan el mundo con esa rareza, rareza y extrañeza y le permiten florecer tal como es, sea lo que sea que eso signifique para nuestras propias vidas. Así que cuando hacemos queer la contemplación, le damos este amplio permiso y, a su vez, nos damos permiso a nosotros mismos para crecer y evolucionar hacia la plenitud”.

Hall también sostiene que el monacato es fundamentalmente queer desde este punto de vista, que el silencio en la contemplación a veces puede ser un silencio tóxico como a veces experimentan las personas LGBTQ+, y que una práctica contemplativa queer puede ser una forma de avanzar hacia comunidades acogedoras. También critica al monje trapense Thomas Merton, sobre quien una vez hizo una película, por su menosprecio de la homosexualidad. Al vincular la contemplación con la acción, incluida la defensa de los derechos LGBTQ+, concluye:

Lo que es crucial es que todos estos momentos me permitan discernir y moverme hacia quién soy como mi verdadero yo, lo que también significa a qué debo hablar y cómo debo mostrarme en el mundo. Así que tal vez eso me impulse a ir a la Cámara del Estado de Indiana para protestar contra el proyecto de ley antitrans más reciente. Tal vez signifique ir como voluntaria a Habitat for Humanity. O tal vez signifique escribirle una carta a un amigo o asegurarme de estar en contacto con mi comunidad de alguna manera. Pero, para mí, la contemplación siempre está ligada a la acción”.

En otro lugar, el podcast católico estadounidense, “Curious Spirits”, una colaboración con el Spirit Alive Institute patrocinado por las Hermanas de San José de Brentwood, invitó a un católico gay a hablar sobre su experiencia en la iglesia. Una descripción del episodio dice:

Matt Devine se une a Zoe esta semana para una conversación increíblemente importante sobre los católicos LGBTQ+ y la iglesia. Esta conversación está impulsada por la fuerza y el aplomo de Matt mientras ofrece ideas sobre su experiencia vivida como católico gay y cómo su mantra de “quedarse” lo ha servido en todas las áreas de su vida. En 2022, Matt publicó una charla testimonial en YouTube a través de la Stanford Business School, donde recibió su MBA. La charla de Matt obtuvo respuestas de muchos y fue el catalizador de esta gran conversación entre Zoe y Matt. Puedes escuchar esa charla aquí”.

En el podcast “Glad You Asked”, que ofrece introducción a la teología y la práctica católicas, las presentadoras Emily Sanna y Rebecca Bratten Weiss hablaron con Shannon Kearns, una autora transgénero y sacerdotisa de la Iglesia Católica Antigua, sobre la teología queer. Una introducción al episodio explicaba:

Para muchos católicos practicantes, términos como teología queer pueden parecer demasiado académicos o inútiles. ¿La teología queer se refiere a la teología hecha por y para personas LGBTQ+? ¿Se centra principalmente en defender la inclusión de las personas y las perspectivas queer en la iglesia? ¿O es algo arcano y académico, en la línea de la teoría queer? ¿Y por qué a las personas que no se identifican como queer debería importarles lo que significa?

“A algunos también les puede incomodar la idea de dividir la teología en grupos específicos. Si todos somos humanos en relación con Dios, ¿no debería ser suficiente la teología simple y corriente para todos? ¿Por qué preocuparse por la teología feminista, la ecoteología y la teología de la liberación, cuando uno podría simplemente hablar de Dios?

—Robert Shine (él), New Ways Ministry, 15 de noviembre de 2024

Fuente New Ways Ministry

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“Nuestro Credo”.

viernes, 22 de noviembre de 2024
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Del blog de Miguel Ángel Mesa 
Otro mundo es posible:

Creemos en Dios, la Diosa de la Vida, la Vida misma, Padre y Madre, cercana y amorosa,que siempre está a nuestro lado, aún más, muy dentro de nosotros y nosotras; es el fundamento de nuestra espiritualidad, nos hace libres y es la energía que mueve las estrellas, los planetas, nuestra Tierra, y la fuerza para trabajar por otro mundo posible.

Creemos en Jesús de Nazaret, hermano y maestro, profeta de su tiempo, guía y ejemplo de vida, que fue capaz de comprender lo que Dios le pedía: la igualdad, la liberación del sufrimiento, el amor a los demás, la solidaridad, la compasión… como modo de vida y así lo llevó a cabo hasta sus últimas consecuencias.

Creemos en el Espíritu y que su fuerza está dentro de nosotros y nosotras. Por eso debemos adentrarnos en nuestro interior para proyectar lo mejor de nosotros y nosotras hacia la sociedad y los demás. La espiritualidad es fruto y aliento profundo de esa Ruah.

Creemos que todas y todos estamos llamados a ser profetas en el mundo que nos ha tocado vivir y, dentro de nuestras posibilidades y limitaciones, a crear una sociedad más fraterna, sororal y solidaria.

Creemos que la mejor forma de vivir la fe es en una comunidad abierta y acogedora; solo la vida comunitaria puede ayudarnos a salir de nuestra burbuja del egoísmo, para ir dando pasos en la búsqueda de la paz, la igualdad y la justicia, con esperanza y amor, sin desaliento, para el bien de los seres humanos, viviendo los valores que Jesús nos ha mostrado y siendo críticos y valientes contra aquellos contravalores que impone la sociedad para revertirlos.

Creemos en la sinceridad como un valor esencial para una convivencia saludable y feliz, en la necesidad de esforzarnos por ser mejores personas, creando espacios saludables de convivencia y para mejorar la vida de quienes más lo necesitan y son más desfavorecidos.

Creemos que otra humanidad será posible si no cejamos en nuestra lucha a favor del amor. Formamos parte de esa humanidad que puede cambiar a mejor, superando la desesperanza. Por eso nos aventuramos en las luchas, la bondad y los compromisos de tanta gente para construir otro mundo posible, más humano y unido a la Madre Tierra.

Creemos en el hombre y la mujer como seres espirituales, es decir, compasivos, fraternos, sororales y solidarios, desde múltiples expresiones, como parte del Universo y corresponsables de lo que en concreto ocurre en la Tierra; esto nos ayuda a mantener la esperanza, el entusiasmo por la vida, la paz, la armonía, el cuidado de la Naturaleza, para crear un mundo mejor.

Creemos en cada nuevo amanecer, en el trabajo bien hecho, en la poesía, la belleza, en la ternura que derramamos y en la que recibimos de las personas que queremos y nos acompañan en el camino de nuestra vida.

Creemos que la risa, los buenos momentos compartidos y la diversión son imprescindibles para ser felices y para llevar felicidad a quienes nos rodean. Por eso es necesario celebrar la vida y la fe todos y todas juntas.

Creemos en la Esperanza, más allá de todas las razones que haya para desesperar; una esperanza compañera fiel, como decía Pedro Casaldáliga, nunca etérea, sino concreta, que alimenta nuestra fe y nos impulsa a ayudar a los demás.

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(Comunidad cristiana de base de Canillejas – Madrid)

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“El silencio, la quietud del Espíritu”, por Pepe Sánchez Ramos

viernes, 22 de noviembre de 2024
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IMG_9896El silencio no es hijo de la superficialidad, sino de vivir desde la conciencia profunda. Pero esto exige un adiestramiento. Él nos ayuda a realizar el camino del silencio que termina en la quietud del corazón. Es lo que nos aporta este artículo.

Hace siglos, los Padres del desierto vivían conducidos por este principio de sabiduría: “Fuge, tace, quiesce”:”Huye calla y reposa”.

Desde la perspectiva de quienes queremos vivir la contemplación en medio de la vida diaria, creo que podríamos hacer esta traducción de aquel principio sabio: “Huye de la dispersión de la superficialidad, sosiégate, serénate, y serás conducido a la quietud del Espíritu”.

Para que el agua del Espíritu que mana dentro de nosotros pueda inundarnos e inundar todo lo que tocamos, necesitamos tener una actitud de sosiego, de serenidad y de quietud, en medio del mundo de relaciones y de acontecimientos en los que vivimos. No es fácil, pero es posible y es imprescindible, si queremos dejar al Espíritu del Padre hacer sus obras en nosotros.

Huyo de la dispersión, de la superficialidad.

Los grandes regalos que la civilización actual ofrece al hombre, entrañan una gran dificultad para vivir dentro y en reposo profundo.

Hay más posibilidades de moverse, existe un diluvio de información, nos llegan medios de presiones masivas, de estímulos de todo tipo en una sociedad rica, pluralista y libre, nuevas comodidades y objetos de todo tipo.

El uso indiscriminado de estas realidades está haciéndonos personas llenas de estrés, muy dispersas, personas nerviosas que viven fuera de sí, personas superficiales a caballo de la última novedad, personas poco silenciadas, que no viven a tope el presente, disfrutándolo; personas evadidas y desarmónicas. En El arte llamar de amar, Eric Fromm escribe: “Nuestra cultura lleva a una forma difusa y descentrada, que casi no registra paralelo en la historia. Se hacen muchas cosas a la vez… Somos consumidores con la boca siempre abierta, ansiosos y dispuestos a tragarlo todo. Esta falta de concentración se manifiesta claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos”.

Es tan fuerte esta situación que incluso se percibe en la vida de muchos sacerdotes y en las comunidades religiosas de vida activa, a quienes vemos estresados, sin tiempo para el encuentro personal, cogidos por horas de TV, sin espacios gratuitos y con un clima de parloteo que, a veces, son para preocupar.

Hemos de ser conscientes de esta situación quiénes queremos dejarnos conducir por el Espíritu hacia “el estado del hombre adulto, la madura es de la plenitud de Cristo” (Ef. 4,13). Así superamos positivamente la ambivalencia de la realidad actual en la que debemos vivir.

Es necesario vivir desde la profundidad.

No es posible que se dé en nosotros un nivel de conciencia mística, viviendo el nivel de conciencia superficial. Es necesario hacer fondo. Vivir desde lo hondo de nosotros, desde dentro, desde “la sustancia del alma”.

La vida del Espíritu es una sorprendente revelación de nuestra realidad fundamental y del Dios que vive en lo profundo de nosotros. Esto exige del creyente vivir desde su realidad esencial

Viviendo desde la profundidad, nuestra personalidad se armoniza Y cada pieza de nuestro puzle se va colocando en su sitio y aflorando nuestro rostro original.

Viviendo en ella, nos relacionamos con las personas desde una actitud de veracidad. Es mi yo verdadero quien sale a acoger al otro con quien me relaciono. Desde la profundidad puedo percibir los acontecimientos en su objetividad y puedo implicarme ycomprometerme con ellos en lo que desde mi verdadera realidad puede aportarles.

Desde la profundidad capto las ataduras, las distorsiones que desde mi falso yo están interceptando la relación verdadera con todo cuanto existe. Situo bien las tormentas de superficie que se dan en mí.

Por último solo desde la profundidad puedo valorar, puedo vivir en comunión con lo que es el Núcleo Esencial de cuánto existe, puedo ser introducido en el nivel de conciencia cristica para ir siendo unificado a Jesucristo.

Sosiégate, serénate.

Para poder vivir desde la hondura, es necesario no solo serenar la superficie, si no hacer todo el camino de sosiego que nos introduzca en la quietud del Espíritu.

Comencemos por cuidar el lugar donde vivimos. Muchos de los ruidos y de las tensiones que nos rodean son controlables. En tu casa, en el trabajo, en tu vida de relaciones pueden disminuirse los ritmos para ir construyendo un ambiente sereno, relajado, acogedor.

Una habitación ordenada, el detalle de una flor, el modo de caminar, tu manera de relacionarte con quienes vives, un tono de música apropiada, la hostilidad en los muebles y en los adornos de tu casa… son medios muy eficaces para vivir en un ambiente sereno y sosegado. Todos tenemos la experiencia de lugares que solo entrar en ellos nos sosiegan y no sitúan dentro de nosotros.

Otro paso es el sosiego de la persona. Soltar las tensiones musculares innecesarias, lograr un tono de relajación corporal que mantenga nuestro cuerpo en armonía. Hay que revisar nuestras costumbres en la comida, equilibrar más la tensión y el descanso, hacer un pequeño tiempo diario de ejercicio corporal. El cuerpo es la cara del espíritu, es la expresión sensible de la transcendencia es el templo de la divinidad… y debemos ayudarle para que puede transparentarla.

Llegamos así al sosiego psicológico.

IMG_2402Este es la armonía de todas nuestras dificultades. Fruto de ser señores de nuestro ser. De vivir conscientemente cada una de nuestras actividades, de estar aquí y ahora con aquellas dimensiones del ser que ahora necesitamos ejercitar.

La serenidad es el fruto de una adecuación del adentro con el afuera, en todo momento. La serenidad no es posible, además, sino en la medida en que nuestro mundo inconsciente vaya estando aclarado y descongestionado. Miedos, ansiedades, conflictos internos, influjos sutiles… todo debe irse limpiando para que haya también una adecuación entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. La serenidad es el fruto de esta adecuación.

San Juan de la Cruz nos dirá que para que “el entendimiento está dispuesto para la divina unión ha de quedar limpio del todo. Un entendimiento íntimamente sosegado y acallado puesto en la fe”. (2 S. 9,11).

Así llegamos al gran sosiego, a la serenidad fundamental, la serenidad del corazón. Es el silencio de las raíces del ser, de donde nace el desorden radical: “Lo que sale del corazón del hombre es lo que contamina al hombre. Porque de dentro del corazón de los hombres salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, enviada, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas prevaricaciones salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc. 7,20-23). Por eso Tony de Mello ha dicho que el silencio profundo es “la ausencia del egoísmo”.

La persona sosegada del todo es aquella que vive en la paz del corazón. La que domina sus apetencias, la que ha salido de si para vivir en el amor al Otro y a los otros, es la persona libre que tiene todo bajo sus pies, es el indiferente positivo de San Ignacio: “Igual muerte que vida, salud que enfermedad, riqueza que pobreza…”, Es aquel que ve todo solo desde el querer de Dios, es el pobre de corazón.

En esta desnudez halla la persona espiritual su quietud y descanso, porque no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime así abajo porque está en el centro de su humildad”, dice San Juan de la Cruz (1S.13, 13). En este silencio del corazón el que nos capacita para ver a Dios. “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Y nos capacita para ver al hermano desde la verdad, para acogerlo en su realidad, sin proyectar sobre él nuestras ilusiones o nuestras frustraciones, nuestras tentaciones del dominio. Este sosiego del corazón nos capacita para amar, un amor adulto y un amor teologal. Hace salir de nosotros la actividad verdadera, ese hacer ya que nos madura y hace crecer el Reino de Dios en la vida humana.

Necesidad de adiestramiento.

Todo este proceso de sosiego y de serenidad, impulsado en nosotros por el Espíritu, necesita de nuestra colaboración.

Hace falta todo un nuevo estilo de ascesis que deje crecer en nosotros la armonía y la unidad a la que somos llamados, en medio de un ambiente consumista y burgués en el que nos toca vivir.

Es necesaria una disciplina personal, comunitaria y ambiental. Jesús lo deja claro en el Evangelio: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No os preocupéis de la mañana: el mañana se preocupara de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propia dificultad” (Mt 6, 33-34). “El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33). “Venid a un lugar solitario para descansar un poco. (p. 31). Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba tiempo para comer” (Mc 6,31) “Si alguno quiere seguir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 16, 24-25).

Necesitamos incluso, alguna metodología que nos acompañe durante esta peregrinación hacia el sosiego del corazón, al menos durante las primeras etapas. Las diversas generaciones creyentes han ido ejercitando, en su época, el método popular adecuado que conduciría al sosiego y la serenidad del espíritu.

Hoy también se nos ofrece viejos y nuevos métodos para el silencio del ser. Cada uno ha de encontrar el que más le ayude. Urge también encontrar el espacio de soledad y el ritmo de soledad que cada uno necesita para crecer. Jesús armonizaba soledad y servicio. A veces de noche, otras de madrugada. A veces marchando a la montaña, otras internándose en el mar o en el huerto de un amigo. A veces, los pequeños momentos oracionales que cada día realizaba como un buen israelita, a veces la fidelidad a los momentos semanales en la sinagoga o las grandes semanas en las que subía a Jerusalén.

La soledad es imprescindible en dimensiones diversas y en equilibrio con la actividad y el tiempo dedicado a las relaciones fraternales. La actividad será motor de crecimiento de nosotros, si encontramos el ritmo adecuado de soledad y de presencia en la vida.

El abad Moisés dijo a el abad Macario: “Yo deseo estar en sosiego y serenidad, pero los hermanos no me dejan”. Él le contesto; “Me parece que tú eres de natural tierno y delicado y no eres capaz de deshacerte de un hermano inoportuno. Si realmente buscas el sosiego de corazón ve al desierto, bien dentro, a Petra, verás cómo allá encontrarás el reposo que buscas”. Así lo hizo y consiguió la paz”.

Cada uno según su modo de ser y las circunstancias en las que debe vivir, debe encontrar la medida de soledad que necesita para responder a las exigencias que Dios pone en su corazón.

Así entrarás en la quietud del espíritu.

El sosiego y la serenidad de toda la persona van introduciéndonos en una activa quietud que en su momento va siendo madurada por el don de la quietud del Espíritu.

La verdadera quietud es intensidad de amor. Es poner en dirección de Dios todas las fuerzas, todas las capacidades, todo el corazón. Es amar sin medida a quien nos ama desmesuradamente.

La quietud es como un enraizamiento en Dios; es tenerlo ahí como la única tierra en que hemos sido plantados, en la que crecemos y desde la que fructificamos. Va haciéndose nosotros en la medida que estamos cogidos por el único necesario. “Marta, Marta aún estás cogida por muchas preocupaciones y no te das cuenta que solo una es necesaria. María la ha encontrado y por eso, su quietud y su enraizamiento en la tierra auténtica” (Lc 10, 41-42).

Esta quietud es contemplación. Así define la contemplación San Juan de la Cruz: “La atención amorosa a Dios en paz interior y quietud y descanso” (2S. 13,4). Y también: “Es una quietud amorosa y sustancial” (2S. 14,4). Y en el mismo capítulo: “Poniéndose la persona delante de Dios, se pone en acto de noticia confusa, pacífica, amorosa y sosegada, en que está la persona bebiendo sabiduría, amor y sabor” (2S. 14,2).

La quietud es la paz de Dios que insufla en el fondo del corazón.

La quietud no es inactividad. Lo místicos han actuado, han hecho lo que tenían que hacer, pero desde ese núcleo sagrado y quieto de quien solo busca “la honra y la gloria de Dios”.

IMG_7149La quietud tampoco es ausencia de sufrimientos. No hay verdadera quietud sin buena cruz. Pero se puede sufrir mucho y crecer en la quietud. Algunas personas me han dicho: “Estoy sufriendo mucho desde esta situación sin salida, pero hay un núcleo dentro de mí que sigue inalterable, en total paz”.

Cuando este don de la quietud va asentándose en la persona de Dios siendo el único Maestro, el guía espiritual del ser humano. Ya no necesita otros medios y maestros que le conduzcan en su claridad oscuridad.

«En soledad vivía
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido

(Canción 35)

Es la sabiduría de Dios, la única sabiduría del que vive en esta quietud: “Sabiduría de Dios, secreta, escondida, en la cual, sin ruido de palabras y sin ayuda de algún sentido corporal ni espiritual, como en silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, enseña Dios cultísima y secretísimamente a la persona, sin ella saber cómo, lo cual algunos llaman “entender no entendiendo” (Canción 39,12).

Es el punto final de este largo camino del sosiego y la serenidad. “Hay personas que con sosiego y quietud van aprovechando“, (S. prologo 7).

Aventura maravillosa la que hemos descrito. Aventura esencial que va a lograr en nosotros la integración de toda nuestra persona, la fecundidad en su quehacer y el crecer sin cesar en esta tierra teologal del único Dios

Pepe SÁNCHEZ RAMOS.

Fuente https://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-083.pdf#page=24

Espiritualidad, Hinduísmo ,

En tonos de marrón franciscano, una lección sobre el arcoíris del amor

viernes, 22 de noviembre de 2024
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IMG_8483Hno. Tyler Grudi, OFM

La publicación de hoy es del colaborador invitado, el Hno. Tyler Grudi, OFM, (él/él). Tyler es un fraile franciscano que estudia misión y teología intercultural en la Unión Teológica Católica en Chicago. Anteriormente estudió periodismo en la Universidad St. Bonaventure y ha trabajado en una variedad de ministerios de extensión a los pobres y marginados en todo el país, como St. Francis Inn en Kensington, Pensilvania.

Cuando muchos frailes franciscanos se reúnen, inevitablemente alguien preguntará por qué todos nuestros hábitos son de diferentes tonos de marrón. La verdad es que no hay una razón oficial, como si un tono fuera mejor que el otro. Algunos hábitos están descoloridos por años de uso, mientras que otros varían ligeramente según la tela disponible en ese momento. Algunos hábitos, como el mío, son heredados de frailes que hace tiempo que se dejaron de usar, mientras que otros son nuevos y nítidos.

Sean cuales sean las razones, los tonos únicos de marrón reflejan algo hermoso sobre cómo los franciscanos abrazan a toda la familia humana. Al igual que nuestros variados hábitos, cada uno de nosotros llega a la Orden con un conjunto único de experiencias que nos hacen ser quienes somos. Mi historia con los franciscanos comenzó en el oeste del estado de Nueva York, en la Universidad de San Buenaventura, mientras vivía en una casa de discernimiento para hombres. A lo largo de tres años, viví con otras tres personas de identidades étnicas, políticas y sexuales diferentes entre sí mientras discerníamos nuestras vocaciones juntos. Vivir en la Casa Serra me permitió aprender y crecer con personas con las que tal vez no hubiera elegido vivir por mi cuenta.

Nuestra casa ofrecía un espacio para el autodescubrimiento y nos liberó de las expectativas de que tuviéramos que conformarnos con los roles tradicionales de género y sexualidad. Se nos permitió ser estudiantes normales y muchos de nosotros salimos y tuvimos novias o novios. A medida que discerníamos, los frailes nunca nos juzgaron. Nos aceptaron en cada paso del camino y pronto aprendí que los frailes no querían copias piadosas y exactas de San Francisco. Me querían como era, sin excepciones, porque eso era a lo que Dios estaba llamando.

Los franciscanos disfrutamos de la diversidad. Desde los matices de nuestros hábitos hasta las peculiaridades de nuestras personalidades, la variedad está en nuestro ADN. Según nuestras constituciones generales, cada fraile es un don de Dios a la fraternidad. Cada individuo debe ser recibido con gran reverencia, porque cada persona, a su manera, es un punto de contacto con el misterio de Dios. Esto se aplica no solo a los frailes, sino a todas las personas, especialmente a las personas LGBTQ+ que tan a menudo experimentan exclusión y daño por parte de otros en la iglesia. Como escribe Mary Beth Ingham en su libro Understanding John Duns Scotus, cuya fiesta la iglesia celebra hoy (8 de noviembre), “Dondequiera y cuando sea que amemos a las personas, criaturas y seres que nos rodean, allí los franciscanos identificamos la belleza”.

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Me inspiró leer los informes de las discusiones sinodales de New Ways Ministry con católicos LGBTQ+ que se sienten esperanzados de estar en la iglesia a pesar de experimentar marginación, pérdida de empleo y maltrato por parte de los pastores. Hasta donde yo sé, san Francisco nunca aborda explícitamente la cuestión de la sexualidad o de las cuestiones LGBTQ+, pero sí habla mucho sobre el amor y lo que se necesita para mantener vivo el amor en nuestras comunidades. Fue mi experiencia de amor fraternal en San Buenaventura y el énfasis de los franciscanos en la relación lo que me llevó principalmente a entrar en la Orden.

Francisco, como sus hermanos después de él, tenía un don para encontrarse con las personas en su situación actual. En una colección de advertencias a sus hermanos, Francisco atestigua que “lo que una persona es ante Dios, esa persona es, y nada más”. En otra carta, Francisco anima a sus hermanos a no esperar nada de nadie, desafiándolos a eliminar todo obstáculo que les impida amarse unos a otros. El tipo de amor que Francisco describió era un amor sin condiciones ni cláusulas; un amor que se manifiesta como servicio a todas las personas. “Ama”, dice Francisco, “más que a mí”.

Este enfoque franciscano es muy importante hoy en día, porque hay muchos en la iglesia que dicen amar a las personas LGBTQ+, y sin embargo, su amor a menudo tiene un costo. ¿Cuántas veces los católicos LGBTQ+ escuchan a la gente decir: “Por supuesto que te amo, pero…” con la expectativa de que nieguen su experiencia y se conformen al ideal de otro? Esto no es amor en el sentido franciscano ni en ningún sentido real. Si quisiera que alguien fuera una persona diferente, prefiero la fantasía de una persona en mi mente a la persona real que está frente a mí.

En un momento en que la Iglesia nos pide que prioricemos las realidades concretas sobre las ideas, San Francisco nos muestra una mejor manera de amar a nuestros hermanos que evita caer en abstracciones degradantes.

Primero, amar a alguien significa caminar con y entre ellos. El amor requiere relación. Si no estamos dispuestos a entrar en la vida de las personas y recorrer la vida con ellas, ¿podemos realmente afirmar que las amamos?

En segundo lugar, debemos dejar que las personas definan sus propias experiencias y confiar en que Dios ya está trabajando en sus vidas. Uno de mis formadores dijo una vez que debemos sostener las historias de los demás con uñas y dientes. Las historias son delicadas y requieren un toque suave. No debemos hurgar, diseccionar ni arañar las historias de los demás, buscando defectos o elementos que cambiar. En cambio, debemos permitirles ser lo que son, escuchando atentamente con un corazón abierto. ¿Quiénes somos para apropiarnos de la identidad de otra persona?

Y, por último, debemos aprender a dejar de lado nuestras reservas y amar sin pedir nada a cambio. En su carta a toda la Orden, Francisco anima a los hermanos ano reservarse nada de sí mismos para sí mismos”. Vivir en fraternidad me ha obligado a dar cada vez más de mí a mis hermanos. No es fácil y requiere un verdadero compromiso y esfuerzo. Pero cuando soy tan vulnerable con mis hermanos como ellos lo son conmigo, florecen la verdadera intimidad y la comprensión. Todos los días espero mostrar a la gente el mismo amor y afecto que los frailes y mis compañeros de casa en Bonaventura me mostraron. Me amaron por lo que era, no por la persona que deseaban que fuera.

¿Pueden más católicos aprender a amar a sus hermanos LGBTQ+, no a pesar de sus experiencias e identidad, sino por ellos? Tal vez si comenzamos a practicar estas cosas, nosotros también podamos ver a nuestros hermanos como Dios nos ve a todos, como creados de manera asombrosa y maravillosa.

Hno. Tyler Grudi, OFM, (él), 8 de noviembre de 2024

Fuente New Ways Ministry

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Libérame

jueves, 21 de noviembre de 2024
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Señor,
te lo suplico,
llámame a tu juicio.

Que tu juicio me libere,
que tu luz separe la luz de la noche,
que tu espada separe la vida de la muerte,
que tu Palabra me diga lo que eres
y lo que no eres,
que tu mirada aleje de mí lo que no eres tú.

Que tu fuego destruya, funda y queme
el mal entretejido en mí, que me martiriza;
el mal reprimido en mí en la raíz y en las fibras
de tu vida crucificada.

Que tu amor llame, suscite
mi rostro en el que puedo reconocer tu vida.

Señor,
te lo suplico,
libérame

*

M. Emmanuelle,

Caminos de lo invisible

Milán 1997, p. 95

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“¿Dos clases de víctimas?”, por José Ignacio González Faus

jueves, 21 de noviembre de 2024
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IMG_8197De su blog Miradas cristianas:

Viendo lo que pasa

Los humanos tenemos una gran capacidad para desfigurar las cosas más grandes.

la sacralidad y la opción por las víctimas es una de las cosas más serias que hemos conquistado

Pero a la hora de ponerla en práctica, solo pensamos en aquellas víctimas que no nos exigen ningún sacrificio:¿quién se acuerda hoy de Haití?

Y siguen otros ejemplos

Los humanos tenemos una capacidad inaudita de falsificar las cosas más grandes. Parece que últimamente habíamos conquistado el valor sagrado de las víctimas y su lugar primario en nuestro trabajo para los demás. La iglesia de los pobres, que decía Juan XXIII, el grito de Pablo VI ante los campesinos de Colombia (“vosotros sois Cristo para mí”), la teología de la liberación y hasta (sin que Marx se entere) la difusión de la palabra “proletariado” o, posteriormente “precariado”, habían ayudado a poner las víctimas en el centro de nuestra actividad social, como algo sagrado, para creyentes y no creyentes.

Pero luego parece que hemos ido buscando las víctimas que menos nos molestan y menos nos piden. ¿Quién se acuerda o hace algo por Haití? ¿Quién se preocupa por los millones que mueren como moscas en Sudán? ¿Quién reconoce el carácter de víctimas de todos los migrantes, a quienes acusamos ahora de envidiosos o delincuentes, y para los que pensamos construir monstruosos y disimulados “campos de concentración”, no dentro de nuestros territorios (como los de Hitler), sino fuera de ellos? En cambio ¡cómo nos preocupan y cuánto gritamos por todos aquellos maltratados que no nos exigen más esfuerzo que el de levantar la voz!

Y así, parece que no haya más víctimas que las de delitos sexuales: o que estas son las de primera división y las otras son solo “de categoría regional”: unas tienen mucha voz y otras casi no tienen voz. Y no sugiero de ningún modo que nos olvidemos de las unas, pero sí que apliquemos a las otras aquellas palabras de Jesús: “esto es lo que habría que hacer aunque sin olvidar lo otro”. Imaginemos qué pasaría, si ante uno de esos casos infames de violación repetida, de los que leemos noticias estos días, alguien exclamara: “bueno, ella se lo habrá buscado”, porque (como escribía Cela en La Catira) “a las mujeres eso también les gusta”… Imaginemos la que se armaría.

Pero ¡eso es exactamente lo que estamos haciendo con los inmigrantes!, algunos de ellos chavales y huérfanos. Y si es verdad que a veces hay sexualidades criminales, como estamos viendo cada día, también es cierto que hay, como dice un título de Amin Maalouf: “Identidades asesinas”.

Entre creyentes se habla con frecuencia de la necesidad de hacer algo de oración cada día; y no cabe duda de que eso te lleva a comenzar la jornada con un talante más pacificado y más benevolente. Pero ese mismo consejo puede servir también para los que no creen: cada mañana antes de comenzar el día, dedica al menos un cuarto de hora a pensar: hoy van a morir en Gaza o en el Líbano una serie de personas que aún no lo saben: unos perderán seres queridos y necesarios, otros quedarán heridos o mutilados para siempre; y otros en el mundo morirán de hambre o no probarán bocado en todo el día: de modo que si unos pocos pueden cada día comer “solomillo”, muchos otros no tienen más plato que “solo-tuyo”… Y perdón por el mal chiste.

En cualquier caso, quien procure comenzar así diariamente, verá cómo le puede resultar un poco incómodo al principio, pero acabará viviendo cada día de manera muy distinta a la habitual.

Y a la larga, quizás acabaremos comprendiendo otra lección muy sorprendente: más dignos de compasión son (¿somos?) los verdugos que las víctimas: porque si estas pierden la vida, aquellos pierden su humanidad, y nos deberían provocar mucha más pena que ira. Pues los cristianos sabemos que la vida se recupera en esa “otra vida” que esperamos y que es la verdadera vida: ya versificó A. Machado que “tras el pavor de morir – está el placer de llegar”. Pero la humanidad perdida es muchísimo más difícil de recuperar. Y Juan Crisóstomo ya decía hace más de quince siglos que el género humano puede dividirse en infrahumanos e inhumanos.

En este sentido quisiera decir, para terminar, una palabra sobre el señor Netanyahu: esa figura tan inhumana que se cree con derecho a dar órdenes a las Naciones Unidas, y que piensa que matar varios niños y mujeres es un medio justificado por el fin de eliminar a un líder enemigo. Me niego a creer que Netanyahu sea tan inhumano, sé que lo que está haciendo es una huida hacia adelante, que no busca la defensa de Israel sino la suya propia (porque sabe que el día que se acabe la guerra le espera seguramente un juicio y varios años de cárcel y a lo mejor evitaba eso apareciendo como un vencedor absoluto y constructor de un nuevo Israel). Prefiero pues creer que se ha vuelto loco y que se parece a aquel señor que entró en una autopista por la dirección contraria; y cuando comenzó a oír avisos oficiales que decían aquello de “cuidado, que hay un coche que va circulando en dirección contraria” se limitaba a exclamar: “¿uno? Pues yo veo que son muchos”…

En fin, quede al menos claro que esto de las víctimas es algo muy serio, y no podemos desfigurarlo. Y que en nuestra postura ante ellas nos jugamos el ser o no ser humanos.

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El Documento del Sínodo falló a las personas LGBTQ+. También incluye las herramientas para nuestra inclusión.

jueves, 21 de noviembre de 2024
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IMG_8540Robert Shine fotografiado durante la audiencia de New Ways Ministry con el Papa Francisco en octubre de 2024

A primera vista, el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, publicado a fines de octubre, parecía haber fallado a las personas LGBTQ+. Sin embargo, una lectura más atenta revela que incluye «las mismas herramientas que necesitamos para construir una iglesia acogedora que sea un hogar para todos«, según Robert Shine de New Ways Ministry.

Shine, un periodista con credenciales del Vaticano que cubrió la asamblea del Sínodo desde Roma, publicó un análisis del Documento Final en el National Catholic Reporter. Comienza el ensayo con la inmensa decepción que sintió cuando se publicó y se pregunta: «¿Vale la pena seguir siendo católico?» Shine continuó:

«Me sentí desanimado porque una vez más no se nombró a las personas LGBTQ+ y porque la ordenación de mujeres todavía era un puente demasiado lejano. En la conferencia de prensa del Vaticano, donde muchos celebraron este texto, quise preguntar a los cardenales panelistas: “¿Qué les dicen a los católicos queer como yo, que creímos en la sinodalidad e invertimos en este proceso, y sin embargo nos sentimos decepcionados o desilusionados?”

“No hice mi pregunta. Salí de la conferencia de prensa, entré a la Plaza de San Pedro y me encontré con una procesión del rosario a la luz de las velas acompañada de cantos en latín que resonaban por las columnatas. En los momentos en que estoy cansado y pierdo la esperanza, me viene a la mente un verso del poema de Mary Karr ‘The Voice of God’  (“La voz de Dios”): “baja esa pistola, necesitas un sándwich”. Entonces, compré helado para el camino a casa y dije que recogería todo por la mañana”.

Shine, editor en jefe de Bondings 2.0, relata que al día siguiente releyó el Documento Final en un parque de Roma y que la segunda lectura lo impactó “de una manera completamente diferente”. Explica:

“Salieron a la luz una amplia gama de cuestiones, propuestas concretas e incluso algunas secciones verdaderamente hermosas. Es un documento imperfecto, y sin embargo, percibo en él la fe católica que me ha consolado y animado. Existen focos de verdadera esperanza en la confusión de jerga y citas.

“Esta es la paradoja: la asamblea imagina una iglesia en la que me puedo ver a mí mismo, pero la visión de la asamblea no puede verme, como católico bisexual, ni a mis hermanos queer, en su visión de la iglesia. O, al menos, se negó a nombrarnos directamente en esa visión”.

Shine critica a aquellos comentaristas y participantes que afirman que la asamblea “implícitamente incluye a las personas LGBTQ+ en sus llamados a la bienvenida” o que se ha avanzado en cuestiones LGBTQ+ “porque el tono o las ‘vibraciones’ en la sala del sínodo fueron mejores que el año pasado”. Destaca que “al menos 35 grupos dispares tenían al menos unas pocas líneas, o a veces un párrafo, dirigidos a ellos”, incluidos “mujeres, personas discapacitadas, migrantes y refugiados, sacerdotes, otros cristianos, niños, lectores, los pobres, la Tierra y más”. Pero las personas LGBTQ+, o incluso la mención de la identidad de género y la orientación sexual”, estuvieron completamente ausentes. Sobre esta disparidad, comenta:

“Una buena redacción considera no sólo el mensaje que un autor quiere transmitir, sino también cómo lo recibirá la audiencia. Nombrar explícitamente a diferentes grupos, como los mencionados anteriormente, ayuda a esa recepción. Dice claramente: eres parte de todo este gran asunto y se desea tu participación. Por otra parte, el mensaje es bastante diferente cuando se invita a tantos otros grupos por su nombre y no a las personas LGBTQ+, especialmente cuando se nos reconoció tan a menudo en las etapas anteriores de este proceso sinodal, incluso por parte del Vaticano.

“De los muchos, muchos temas que la asamblea sinodal abordó durante dos años, incluidos algunos muy polémicos, parece que las personas LGBTQ+ son un tema tan singularmente difícil que ni siquiera pudimos ser nombrados, y mucho menos que se abordaran nuestras preocupaciones. Ese es un error que debe corregirse si se quiere que haya un futuro para una iglesia sinodal. El silencio y la omisión simplemente no son aceptables ni sostenibles”.

La exclusión, señala Shine, es una experiencia común para los católicos LGBTQ+ y sus aliados, y “puede colorear la forma en que se experimenta todo lo demás”. Esa dinámica es lo que sucedió en su primera lectura del Documento Final; la omisión de su identidad y comunidad le impidió ver aspectos más positivos. Pero al releer, Shine “optó por mirar más allá de estas emociones negativas para ver qué más estaba haciendo Dios a pesar de las deficiencias de la iglesia”. Desde esta perspectiva, concluye:

“Sigo creyendo en la sinodalidad como el camino para nuestra iglesia, y el documento final de la asamblea, que ahora es parte de la enseñanza magisterial del Papa Francisco, afirmó esa creencia. Incluso con sus graves defectos, ofrece innovaciones para generar un cambio real. Sin embargo, la sinodalidad no se realizará verdaderamente si la armonía y el consenso solo se pueden lograr manteniendo ciertos temas reprimidos (o enterrados en grupos de estudio).

“La omisión de la inclusión LGBTQ+ en el documento final indica que se trata de una de las conversaciones más difíciles para una iglesia global. Por eso, la cuestión debe estar en la agenda de la iglesia a medida que avanzamos hacia la implementación de la sinodalidad.

“¿Vale la pena seguir siendo católico? No puedo responder esta pregunta a nadie más, pero la respuesta para mí es “sí”. Esto es lo que les digo a los compañeros LGBTQ+ y a los católicos aliados que también se han sentido decepcionados y desilusionados: tómense unos días libres, busquen un banco en el parque y comiencen a leer el documento de nuevo. Encontrarán en él que Dios nos ha dado las herramientas que necesitamos para construir una iglesia acogedora que sea un hogar para todos”.

—Francis DeBernardo, New Ways Ministry, 9 de noviembre de 2024

Fuente New Ways Ministry

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Una oración por el Día Internacional del Recuerdo de las Personas Transgénero

miércoles, 20 de noviembre de 2024
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El 20 de noviembre, los defensores de los derechos LGBTQ+ conmemoran el Día Internacional del Recuerdo de las Personas Transgénero, un día para ayudar a honrar a las personas transgénero, no binarias y no conformes con su género que han muerto a causa de la violencia el año pasado, así como a aquellas personas que continúan trabajando por la justicia y la igualdad.

Para ayudar a conmemorar este día, New Ways Ministry ofrece la siguiente oración para uso individual o comunitario.

Nuestra esperanza es que esta oración no solo eleve y honre las vidas de nuestros hermanos trans, sino que nos aliente a todos a trabajar diariamente para poner fin a la violencia antitrans y por la búsqueda de justicia para todas las personas LGBTQ+.

La oración fue compuesta por Bernadette Donlon, Coordinadora Digital de New Ways Ministry.

Oración por el Día Internacional del Recuerdo de las Personas Transgénero

Dios compasivo,

Sabemos que a lo largo de todo lo que experimentamos, estás con nosotros. Hoy, nos tomamos un tiempo para honrar y elevar las vidas de nuestros hermanos transgénero que nos han precedido. Llevamos en nuestro corazón a quienes sufrieron violencia, discriminación y prejuicio. Recordamos y honramos las vidas que vivieron con valentía y resiliencia. Que sus recuerdos sean una bendición y un llamado a la acción.

Concédenos la fuerza para solidarizarnos con la comunidad transgénero y con todos los que enfrentan la opresión, para ser aliados y defensores en su lucha por la aceptación, la igualdad y la seguridad. Que podamos enfrentar los prejuicios y la ignorancia con comprensión y compasión, comprometiéndonos con la justicia en su nombre.

Oramos por la sanación de quienes lloran, por la paz en los corazones de quienes viven con miedo y por la sabiduría para nutrir un mundo donde cada persona sea celebrada, protegida y amada exactamente como la persona que Tú creaste que fuera.

En su memoria, que podamos crear un mundo que abrace a cada alma en su plenitud. Te pedimos que nos guíes para que nuestro amor sea más fuerte que el odio, nuestra esperanza más fuerte que la desesperación y nuestras acciones arraigadas en un profundo compromiso con un futuro donde cada vida pueda florecer con dignidad y orgullo.

Amén.

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***

Versión abreviada

Sabemos que a lo largo de todo lo que experimentamos, estás con nosotros. Hoy, nos tomamos un tiempo para honrar y elevar las vidas de nuestros hermanos transgénero que han fallecido. Llevamos en nuestro corazón a quienes sufrieron violencia, discriminación y prejuicio. Recordamos y honramos las vidas que vivieron con valentía y resiliencia. Que sus recuerdos sean una bendición y un llamado a la acción.

Concédenos la fuerza para solidarizarnos con la comunidad transgénero y todos los que enfrentan la opresión, para ser defensores en su lucha por la aceptación, la igualdad y la seguridad. Que podamos enfrentar los prejuicios y la ignorancia con comprensión y compasión, comprometiéndonos con la justicia en su nombre.

Amén.

—Robert Shine (él), New Ways Ministry, 13 de noviembre de 2024

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Fuente New Ways Ministry

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“El recuerdo del padre: Una figura inaccesible e inolvidable”, por Felisa Elizondo, teóloga

miércoles, 20 de noviembre de 2024
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IMG_8150«Hay ataduras que vinculan de por vida a un hijo con su padre»

«El de un hijo con el padre es un vínculo único y universal, tan profundo que resulta imposible de ignorar»

«El padre de Erri de Luca volvió de América lamentando no haberse unido a algún grupo de la Resistencia y que trabajó para dar a los suyos comida, educación y zapatos»

«En distintas páginas y con alusiones siempre breves, pudorosas, a modo de confidencias, Erri de Luca nos deja entrever la silenciosa figura de su propio padre: un hombre dado al trabajo y llevando la vida honrada de tantos buenos vecinos»

Si en la literatura –desde los despertares del feminismo– muchas páginas han tratado de la relación, tantas veces conflictiva, de hijas y madres, también la paterno filial ha encontrado un espacio considerable que deja advertir que es éste un lazo fundamental en la experiencia humana. Así, aunque en los años sesenta oímos hablar hasta el cansancio de un “corte generacional” y alguien a quien citaremos más abajo llega a decir que “el 1900 ha excavado abismos entre padres e hijos”, son bastantes las firmas de autores conocidos que se vienen interesando por esa figura que dejó marcas en la memoria de su infancia que es algo así como una patria. A pesar de que “una generación se levantó contra los padres” –como señala ese mismo autor– la ligadura ata a padres e hijos con un lazo que el olvido no llega a difuminar.

Ya hace unos pocos años, el escritor mejicano Héctor Aguilar Camín en Adiós a los padres, un libro dedicado a la historia familiar, aunque el suyo fue un padre ausente, dejó escrito que “los padres son inaccesibles al conocimiento de los hijos pero no a su imaginación” y que se da la paradoja de que siendo “los dioses cotidianos” de nuestra infancia pasan a resultarnos rutinarios en los años siguientes para ser, al fin, “nuevamente esenciales al final de la vida”. Una constatación que encontramos en otras historias personales, incluidas las de la generación que se levantó contra los padres en el emblemático 68.

El tema se repropone una y más veces porque el de un hijo con el padre es un vínculo único y universal, tan profundo que resulta imposible de ignorar. En este espacio nos ceñiremos a su aparición en las páginas de un escritor al que no faltan frescura y originalidad: Erri de Luca.

Recuerdos y lecturas que se entrelazan

IMG_8148A partir de entrevistas y de anotaciones que se encuentran en las solapas de su veintena de libros, se puede saber que Erri de Luca tiene sesenta y dos años, que nació y creció en la Nápoles del bullicio y la miseria de la postguerra.

Sabíamos que su padre volvió de América lamentando no haberse unido a algún grupo de la Resistencia y que trabajó para dar a los suyos comida, educación y zapatos. Algo que el muchacho sintió como un privilegio respecto a los niños de la calle cuyas penurias le hicieron sentir vergüenza y rabia. Sentimientos que ahora, en su madurez, quiere expresar con palabras a modo de “un ramo de flores sobre la fosa común de su infancia”. Aquella pobreza callejera le empujó a una rebeldía juvenil que comportó desoír a su padre y dejar la casa “para ir a ninguna parte”. A dejar de lado otros posibles y canalizar sus energías en la adscripción a Lotta continua, un grupo que ensayó el lanzamiento de los adoquines romanos en las manifestaciones callejeras del final de los sesenta.

De Luca trabajó como obrero en oficios que encallecen las manos y como camionero en ayuda de la maltrecha Bosnia durante la guerra de los Balcanes. Con la dignidad de quien vive de la fatiga y no del éxito, ha mantenido siempre una vida sobria aprendida de su madre que daba cinco liras (de las de entonces) a las manos vacías y no como mera limosna. Empeñado en gastar su tiempo y sus energías en el lado de los vencidos, en causas casi perdidas. Un empeño que se trasluce en su mismo modo de escribir. Así, en años recientes ha alzado la voz para que no queden sin nombre los que en un viaje de “sólo ida” encuentran su tumba en el Mediterráneo, sin tiempo de arribar siquiera a la pequeña isla de Lampedusa, y se ha sumado a la protesta popular por la apertura de un túnel bajo la cadena alpina.

Como en su recorrido, en su escritura y en párrafos cortos, casi entrecortados, asoma un fondo de convicciones firmes, la ética que ha sostenido sus peripecias, y que explica su estima de los gestos mínimos, los de las gentes que pasan sin ser notadas: “si quieres ser invisible, hazte pobre”, escribió la inteligente Simone Weil, y Erri no lo discutiría. Basta releer su poema sobre lo que considera valioso: Considero valore…

En el reciente A tamaño natural (Seix Barral 2022) ha reunido varias estampas con trazos que dibujan a su modo la relación de padres e hijos en relatos que saltan el tiempo desde el lejano Israel hasta los últimos meses de la Shoà. Son relatos y menciones que se entrelazan. Y en la trama se cruza su memoria personal, textos leídos y releídos, historias oídas y mirada detenida ante un cuadro excepcional de un pintor judío exiliado en París a comienzos del siglo XX.

En distintas páginas y con alusiones siempre breves, pudorosas, a modo de confidencias, Erri de Luca nos deja entrever la silenciosa figura de su propio padre: un hombre dado al trabajo y llevando la vida honrada de tantos buenos vecinos. Y el retrato de un hijo desobediente: “No por una colisión frontal, fue una lenta deserción, me fui dando bandazos sin dirección alguna […] a mí me alcanzó la llamada de una generación”.

Un padre nunca olvidado, aunque apenas habló con él más que del trabajo manual pero que le enseñó a encontrar agua bajo tierra con su bastón de fresno. Que no llegó a leer ninguno de sus libros aunque tampoco dejó de tenderle una mano sin preguntarle por sus andanzas y convicciones políticas cuando volvieron a darse momentos de cercanía.

Un padre al que –sin decirlo expresamente– parece dedicar la frase que el autor pone en boca de su admirado poeta Chagall y que suena como su propia confesión: “en la deuda de la gratitud se halla el remordimiento de haber dejado indefenso al padre árbol”. En más ocasiones, Erri ha repetido con acento que suena sincero que, de por vida, sigue siendo hijo.

Releyendo la akedà de Isaac

IMG_8146El sacrificio de Isaac, de Andrea Mantegna

Sin considerarse creyente, aprendió el hebreo antiguo, además del yidish, para leer las Escrituras en su lengua original: tanto aprecia su “sabiduría antigua” y aquellos relatos que se pierden en el tiempo. De ahí que entre los textos aparezcan unos cuantos nombres y episodios bíblicos.

Ya en Hora prima anotó su manera de leer el Libro: «Cada mañana, con la cabeza despejada y serena, acojo las palabras sagradas. He llegado a entender que acogerlas no significa aferrarlas, sino ser alcanzado por ellas, estar tan tranquilo que me deje agitar por ellas, tan indiferente y sin planes personales previos que pueda recibirlos de ellas, tan soso que me deje salar por ellas. Así he hospedado en mi casa las palabras de la Escritura sagrada”.

De ahí también que su “exégesis” resulte tan original como la que desplegó hace unos años en En el nombre de la madre releyendo el Evangelio de Lucas. En A tamaño natural nos sorprende al traducir y detenerse en el relato tradicionalmente conocido como “El sacrificio de Isaac” –que prefiere titular akedà siguiendo el original hebreo– en el que encuentra “la más severa historia entre padre e hijo” que narra la “atadura” irrompible que liga a un hijo con su padre. El traductor y lector que es Erri advierte que la Voz que arrojó a Abraham fuera de su tierra, pide ahora que “tome” nada menos que al hijo único y habido en la vejez de Sara: “la Divinidad –escribe– quiere verificar si basta con una invitación para desencadenar la obediencia de su oyente”.

En la lectura del extraño pasaje, con ayuda del Talmud, nuestro autor compara la enemistad y ruptura de Abraham con su propio padre, Teràn, con la sumisión máxima de Isaac, que no huye ni se defiende del suyo, aunque al caminar hacia el monte donde espera su final llore lágrimas que no brotan precisamente de “los manantiales de alegría” y “los pasos pesen plomo en la cuesta del Moria”.

Con este gesto extremo, Isaac, que ni se rebela ni defiende, “da peso a su padre”, que es como decir que le honra al máximo. Así supera a sus mayores por el extremo de la obediencia. Lo hace –cuida de anotar también De Luca– antes de que la Voz dicte en el Sinaí el mandato/deber de honrar al padre. Y para nuestro exégeta, este antiquísimo relato viene a mostrar que el nudo con que el hijo está atado al padre no es desatable, por lo que le resulta mucho más conforme con el original hablar no ya de “sacrificio” sino de “ligadura de Isaac.

Un cuadro de Chagall

IMG_8139En París, en el Museo de Arte e Historia del judaísmo, Erri de Luca descubrió el impresionante retrato a tamaño natural que en 1910 Marc Chagall hizo de su padre, al que había dejado en las lejanas orillas del Daugava, en Bielorrusia, donde levantaba cargas pesadas y removía arenques en salmuera con sus manos heladas.

Pocas descripciones conmueven como ésta, que se alarga saltando páginas y enlazando con otras, en la que Erri se detiene en el pincel de Marc Chagall, el hijo pintor que en la noche honra con un cerco rojo los ojos quemados del padre. Y con capas superpuestas de pintura negra sus ropas viejas oliendo a pescado y a sal:Para Marek –nombre original de Marc– el futuro está sobre el lienzo. Para un artista el futuro es terreno ya sembrado […] Marek en París absorbe, filtra, apesta a pintura […] Es el amanecer, el cuadro está terminado. Su padre está allí, frente a él ¿Puede un retrato equilibrar la brecha entre la obra del padre y la noche de gratitud de un hijo?”.

Y De Luca no olvida recordar que, en el siglo de promesas y masacres, el hijo, ahora asentado en las orillas del Sena, como quien nada río arriba, cumple con el deber imperioso de pintar el lugar donde llegó al mundo. Y vuelve con la memoria a la ribera de otro río para retratar a una figura que reúne toda su gratitud: la de un hombre vestido de negro, dibujado a tamaño natural. Se trata de Zakhar Chagall, su lejanísimo padre, el de las manos heladas y olientes: “es la culminación que alcanza la nostalgia”.

Las manos heladas no besadas –observa Erri– no están presentes: Marek/Marc no se atrevió a representarlas porque de aquel olor había huido y representaban algo de lo que no se enorgullecía. Las capas de color responden –añade el escritor que contempla en el museo la impresionante figura del padre lejano– “a un remordimiento y a una gratitud tardía”.

No es atrevido pensar que esos sentimientos que encontramos en esta cadena de recuerdos son los de muchos más hijos que reconocen, pese a todo lo pasado o silenciado en sus historias personales, que hay ataduras que vinculan de por vida a un hijo con su padre.

Fuente Religión Digital

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Noche y día, alba y aurora…

martes, 19 de noviembre de 2024
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(Imagen de la película Yentl de Barbra Streisand, que se estrenó el 18 de noviembre de 1983)

Hay un antiguo cuento judío sobre un rabino que pregunta a sus alumnos: “¿Cómo sabemos cuándo ha terminado la noche y ha comenzado el día?”.

Los alumnos ofrecen varias respuestas: cuando hay suficiente luz para saber dónde termina mi propiedad y comienza la propiedad de mi vecino; cuando hay suficiente luz para poder distinguir mi casa de la casa de mi vecino; cuando hay suficiente luz para poder distinguir entre un caballo y una vaca.

Ninguna de estas respuestas satisfizo al rabino. Les dijo que todas sus respuestas se basaban en destacar las diferencias y las divisiones. La respuesta correcta, les dijo, era que la noche se convierte en día cuando hay suficiente luz para mirar a la cara a alguien que está a tu lado y ver a esa persona como un miembro de la familia o un amigo.

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Muy cerca de este sentido, nuestra María Zambrano utiliza los términos alba y aurora de manera intercambiable. Ambos nos remontan al instante en el que empieza a clarear, tras la montaña o el mar, más allá de la línea del horizonte. Denotan el intervalo en el que deja de ser de noche, sin ser tampoco de día; el instante en el que empezamos a intuir el sol sin que asome aún.

En El hombre y lo divino, Zambrano nos habla de la aurora y del alba, en clara contraposición a esa luz cegadora de la razón ensoberbecida. Así, nos presenta la aurora y el alba como metáforas para una razón conciliadora. Frente a luz deslumbrante de la razón occidental, totalizadora y absolutista, la aurora aparece como una luz humilde, libre de soberbia, desde la que esforzarse por entrever una realidad que solo poco a poco se va desvelando… en el hermano que camina a nuestro lado.

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“¿Bendecir o no bendecir las parejas homosexuales?”, por P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 19 de noviembre de 2024
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matrimoniogay1Trato de comprender bien y aprecio firmemente las intenciones de apertura que el Papa Francisco quiso fijar como objetivo para las Congregaciones – Dicasterios especialmente de fe y de culto.

Pero para realizar verdaderamente un giro pastoral, una apertura real, es necesario comprender y fundamentar las intenciones en un nivel sistemático, institucional y jurídico. Porque cuando «formas de vida» están implicadas en una disposición magisterial, el reconocimiento formal se convierte en parte constitutiva y decisiva de bienvenida y de carta de ciudadanía. Una acogida sin reconocimiento es una contradicción.

Sin embargo, si se accede a una pastoral que adopta esta forma «no oficial«, el punto de inflexión no alcanza su objetivo, porque siempre y sólo actúa «bajo la superficie«: es decir, no adquiere realmente el concepto de «pastoral» que el Concilio Vaticano II introdujo con nueva autoridad. Una “bendición pastoral” que no profundiza en la elección que “Tametsi” hizo hace casi 500 años en otro mundo, sino que sigue siendo víctima de ella, está condenada al fracaso.

¿Qué es una bendición que no tiene espacio, tiempo, forma ni circunstancias? ¿Qué es una “pastoral” que se reduce casi a un ejercicio casi clandestino del ministerio ordenado? Una «tradición» que no puede «hacer tradición«, porque no deja ni puede dejar ninguna huella escrita de sí misma, corre el riesgo de convertirse en una mistificación, no en una verdadera realidad pastoral. Tener el coraje de «otra oficialidad» (con toda la prudencia geográfica e histórica, pero también con toda la determinación necesaria) es el camino obligado para orientar verdaderamente la conciencia común y la conciencia individual.

La tarea de la acogida pastoral requiere, por tanto, la elaboración de al menos dos prioridades:

1.- Desarrollar una nueva definición de «formas de vida de relación (incluida la sexual)» respecto de las cuales podamos ejercitar el discernimiento de la bendición: sin estandarizar diferentes situaciones, pero dando reconocimiento a cada condición por lo que cada relación logra en términos de «bien«.

Éste es el modo de poder bendecir, en formas diferenciadas, un espectro de situaciones más amplio de lo que la «institución sacramental» puede prever. La identificación entre litúrgico y sacramental y la falta de «articulación litúrgica» de la acción eclesial son aquí las cuestiones que siguen cansando o completamente bloqueadas a nivel doctrinal. Dar reconocimiento a las formas de vivencia del bien relacional no es sólo una posibilidad, sino una tarea eclesial. Aquí la Iglesia no se enfrenta a una eventualidad accesoria, sino a una tarea original y esencial.

2.- Salir de la sombra de una «competencia exclusiva» de la Iglesia en materia de matrimonio, de relaciones de pareja, de comunión de vida implica una precisa diferenciación de las identidades entre bautismo y matrimonio, lo que exige escapar doctrinalmente a los automatismos que “Tametsi” asumió desde las posiciones teológicas de la época, y que luego cristalizaron en la rigidez decimonónica contra el Estado liberal, primero con Pío IX, luego a través del Código de 1917 hasta el código de 19831.

Esta línea doctrinal ofrece todavía una reconstrucción directa e inmediata de la relación entre bautismo y matrimonio, que ya no permite leer otras «formas de vida«. En esencia habrá que llegar, eclesialmente, al reconocimiento de formas de unión entre bautizados que no son sacramento del matrimonio, tal como la doctrina supo reconocer incluso después de 1563, al menos hasta el siglo XIX y antes del CJC que impuso jurídicamente lo que hoy se puede discutir pastoral y teológicamente. La ley no está por encima de la teología, sino por debajo. Imponer teológicamente una norma jurídica no siempre es un signo de fidelidad a la tradición (como efectivamente dice Amoris Laetitia 304).

Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano. Ruego encarecidamente que recordemos siempre algo que enseña santo Tomás de Aquino, y que aprendamos a incorporarlo en el discernimiento pastoral: «Aunque en los principios generales haya necesidad, cuanto más se afrontan las cosas particulares, tanta más indeterminación hay […] En el ámbito de la acción, la verdad o la rectitud práctica no son lo mismo en todas las aplicaciones particulares, sino solamente en los principios generales; y en aquellos para los cuales la rectitud es idéntica en las propias acciones, esta no es igualmente conocida por todos […] Cuanto más se desciende a lo particular, tanto más aumenta la indeterminación». Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma. Ello no sólo daría lugar a una casuística insoportable, sino que pondría en riesgo los valores que se deben preservar con especial cuidado” (Amoris Laetitia 304).

Estos dos frentes no resueltos convergen en una condición, por lo menos, paradójica:

a.- por una parte, no se desea traducir de ningún modo la doctrina, que sigue construida de tal modo que asegura una definición de la «condición de las relaciones homosexuales» como condición de pecado;

b.- por otra parte, se desea abrir un espacio de maniobra de carácter pastoral, pero sin elaborar una noción de bendición que no sea una especie de «oficialización» y de «regularización». Así, la «bendición pastoral», si ha de existir, debe protegerse tanto del objeto de la bendición como del instrumento que emplea.

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Es evidente que, en estas condiciones, una «bendición pastoral» ni siquiera es concebible como «ente de razón». Sin una debida elaboración tanto del juicio eclesial sobre las «formas de vida» como de los instrumentos con los que la Iglesia toma iniciativas pastorales, la finalidad de la intervención puesta en marcha por “Fiducia Supplicans” puede fácilmente resultar sin efecto sustancial.

Si alguien quisiera ‘ungir a los enfermos‘ en secreto, inmediatamente estaríamos dispuestos a censurarlo. Algo parecido ocurre hoy con esta «bendición», captada, por una parte, por una comprensión unilateral de la Iglesia como «garante del orden establecido», privada así de toda profundidad profética. Por otra, obligada a cultivar y practicar sólo casi «a escondidas» formas de «cercanía» manchadas de paternalismo clandestino.

Fuente: Remitido por el autor.

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Aquí estoy, Señor, ¡tú sabes cómo!

lunes, 18 de noviembre de 2024
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Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo,
entre estremecida, asustada, aturdida,
expectante… enamorada,
percibiendo cómo avivas en mi pobre corazón
los rescoldos del deseo de otros tiempos.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo,
sintiendo cómo despiertas, con un toque de nostalgia,
mi esperanza que se despereza y abre los ojos,
entre asustada y confiada,
deslumbrada por el agradecimiento.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu casa,
enfrentada a las paradojas de esperar lo inesperable,
de amar lo caduco y débil,
de confiar en quien se hace humilde,
de enriquecerse entregándose.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu casa,
con la mirada clavada en tus ojos que me miran
con el anhelo encendido y el deseo en ascuas,
luchando contra mis miedos,
queriendo entrar en las estancias.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo y casa,
medio cautiva, medio avergonzada,
a veces pienso que enamorada,
queriendo despojarme de tanto peso, inercia y susto…
para entrar descalza en este espacio y tiempo de gracia.

Aquí estoy, Señor,
¡tú sabes cómo, mejor que nadie!,
intentando traspasar la niebla que nos separa,
rogándote que enjugues tú mis lágrimas,
queriendo responder a tu llamada con alegría
y salir de mí misma hacia el alba.

Aquí estoy, Señor,
orientando cuerpo y alma
hacia el lugar de la promesa que no veo,
aguardando lo que no siempre quiero,
lo que desconozco,
lo que, sin embargo, es mi mayor certeza y anhelo.

Aquí estoy, Señor,
en el umbral de tu tiempo y casa.
¡No te canses de llamar, Señor!
¡No te canses de llegar!
¡No te canses de venir, Señor!
Yo continuaré aquí confiado en tu Palabra.

*

Florentino Ulibarri

***

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Un tiempo sin igual en la angustia

lunes, 18 de noviembre de 2024
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IMG_8630La reflexión de hoy es del colaborador de Bondings 2.0, Michaelangelo Allocca.

Las lecturas litúrgicas de hoy del 33.º Domingo del Tiempo Ordinario están disponibles aquí.

Revelación completa: me encantan las lecturas de hoy porque incluyen una de las pocas veces que mi nombre aparece en las Escrituras: “En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo…” (Daniel 12:1).

Una revelación completa más importante: aunque estás leyendo esta publicación después del 5 de noviembre, la estoy escribiendo antes de las elecciones. Cualquiera sea el resultado, creo que podemos llamar con seguridad a este período “un tiempo sin igual en la angustia”, en palabras de la primera lectura de hoy. Incluso las personas más irritantemente plácidas que conozco han estado operando en niveles máximos de estrés desde aproximadamente el Día del Trabajo. Aunque muchos, además de nosotros, la comunidad LGBTQ, tenemos motivos para alarmarnos, hay mucha verdad en una cita que he visto muchas veces en las últimas semanas: “Si no entiendes por qué tu amigo gay está preocupado ahora mismo, no tienes un amigo gay: simplemente conoces a una persona gay”.

Y aunque cuando leas esto sabrás si tu estrés estaba justificado o no, y si se ha aliviado o no, el estado de ánimo ansioso contemporáneo sobre los acontecimientos venideros es totalmente consonante con las lecturas típicamente apocalípticas del cierre del año litúrgico a medida que nos acercamos al Adviento.

Las visiones apocalípticas compartidas hoy tanto por el profeta Daniel en la primera lectura como por Jesús en el evangelio son relevantes e instructivas. La ubicación de estas lecturas en el leccionario al final de lo que llamamos “Tiempo Ordinario” (que termina el próximo domingo, la fiesta de Cristo Rey) nos enseña sobre el final literal de nuestro “tiempo ordinario”. El “reino de Dios” enseñado por Jesús no se refiere sólo a un futuro que sigue a nuestro presente, sino a la llegada del tiempo especial de Dios, kairos, para reemplazar el tiempo “ordinario” del calendario/reloj, chronos. Y por eso las imágenes perturbadoras siempre contienen también promesas brillantes: es el trabajo de la profecía hablar de esperanza en el horror, hacer que la eternidad se estrelle contra lo cotidiano.

La belleza de las promesas esperanzadoras en las Escrituras es que no son “simplemente ten paciencia con tu presente desagradable: recibirás un pastel en el cielo cuando mueras”. Prometen que en el tiempo real de Dios (kairos), la justicia ya vista en los profetas es la señal de la victoria de Dios. Daniel deja en claro que los justos entre nosotros son ahora nuestra luz y esperanza: “Pero los sabios brillarán como el esplendor del firmamento, y los que conducen a la multitud a la justicia serán como las estrellas para siempre”. Cualquiera que sea el mal y la opresión que ahora oscurecen nuestra vista, en kairos, Marsha P. Johnson brilla intensamente; Harvey Milk es como el esplendor del firmamento; y el padre Mychal Judge, OFM, es como las estrellas eternas.

En la predicación apocalíptica que se encuentra en el evangelio de hoy, Jesús continúa y se hace eco de la visión profética de Daniel, de una manera vívidamente personal. Su declaración “el Hijo del Hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria” cita al profeta, y apunta tanto hacia atrás como hacia adelante: de regreso a la escritura que invoca, y hacia adelante a su propio “tiempo de tribulación”. Es un recordatorio de que el kairos no es como nuestro tiempo ordinario. Podemos asumir razonablemente que cuando predicó estas palabras, Jesús sabía lo que vendría muy pronto para Él. Estas palabras subrayan Su conocimiento y aceptación de lo que estaba por venir: durante Su juicio, cuando se le preguntó si Él era el Mesías, dijo que sí, y luego repitió esta cita de Daniel, sabiendo muy bien que sellaría Su sentencia de muerte.

También podemos suponer que Él fue fortalecido por la promesa profética que pronuncia, que “… entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus escogidos de los cuatro vientos” (de nuevo, en el kairos de Dios, no en nuestro chronos). Dispersos a los cuatro vientos como podrían estar en este momento, hay elegidos (Mychal, Harvey, Marsha, Bayard Rustin, bell hooks, James Baldwin y muchos otros, tanto conocidos como anónimos), y Dios enviará ángeles para reunirlos.

La última parte desconcertante de la promesa en las palabras de Jesús hoy es “En verdad os digo: no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. La verdad en estas palabras no es literal sino verdad profética, y nuevamente, se refiere al kairos, no al chronos. Hubo mucha confusión en la Iglesia primitiva cuando la gente tomó esas palabras literalmente: algunas de las cartas de Pablo transmiten la clara sensación de que él y sus congregaciones esperaban que Jesús regresara a la hora del almuerzo el próximo martes. Pero la verdad en las palabras de Jesús es que el “día y la hora” del tiempo de Dios es ahora, dondequiera que los justos brillen como las estrellas, no en algún “más allá” o “dulce más allá”. Recordemos siempre eso, ya sea que estemos viendo tribulaciones o triunfos en los titulares diarios.

—Michaelangelo Allocca (él), New Ways Ministry, 17 de noviembre de 2024

Fuente New Ways Ministry

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El día y la hora nadie lo sabe…

domingo, 17 de noviembre de 2024
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Oda a la Higuera

Como la higuera joven
de los barrancos eras.
Y cuando yo pasaba
sonabas en la sierra.

Como la higuera joven,
resplandeciente y ciega.

Como la higuera eres.
Como la higuera vieja.
Y paso, y me saludan
silencio y hojas secas.

Como la higuera eres
que el rayo envejeciera.

*

***

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La Higuera

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste…

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:

¡Hoy a mí me dijeron hermosa!

*

Juana de Ibarbourou

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***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.

Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.”

*

Marcos 13, 24-32

***

 

Nos encontramos una vez más teniendo que decidir: debemos escoger si queremos limitar la fe al ámbito del sentimiento y orientar nuestros pensamientos según los de todos, o bien si pretendemos ser cristianos también en el modo de pensar. El juicio es el último acto de Dios, y lo lleva a cabo aiquel que sigue siendo durante toda la historia el «signo de contradicción», el momento de la decisión tanto para el individuo como para los pueblos. ¿Cómo se lleva a cabo este juicio? En un primer momento, podemos suponer que el objeto del juicio deben ser las acciones y las omisiones del hombre. Veremos, en cambio, que todo está fundido en una sola entidad: el amor. Pero ¿cómo ha sido fijado y se aplica el criterio del amor? Aquí es donde se manifiesta el carácter extraordinario del anuncio cristiano del juicio: el criterio según el cual seremos juzgados es nuestra actitud respecto a Cristo. El bien definitivo es él, Cristo, y obrar bien significa amar a Cristo. En definitiva, «la verdad» o «el bien» no son ideas o valores abstractos, sino alguien, Jesucristo. Toda buena acción va hacia Cristo y es un bien para él, así como toda acción mala, sea cual sea su finalidad, es en el fondo un ataque contra él. La más real de todas las realidades es alguien: el Hijo de Dios hecho hombre. Y nosotros conocemos la tarea que se nos impone al hacernos cristianos: ver a Cristo en su universalidad, conservar en nuestro corazón su imagen con toda su potencia, para que pueda atravesar los confines del mundo, de la historia y de la obra humana.

*

Romano Guardini,
Le cose ultime,
Milán 1997, pp. 92-96, passim.

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“Plantearnos las grandes cuestiones”. 33 Tiempo ordinario – B (Marcos 13,24-32)

domingo, 17 de noviembre de 2024
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IMG_8389Al hombre contemporáneo no le atemorizan ya los discursos apocalípticos sobre «el fin del mundo». Tampoco se detiene a escuchar el mensaje esperanzador de Jesús, que, empleando ese mismo lenguaje, anuncia sin embargo el alumbramiento de un mundo nuevo. Lo que le preocupa es la «crisis ecológica». No se trata solo de una crisis del entorno natural del hombre. Es una crisis del hombre mismo. Una crisis global de la vida en este planeta. Crisis mortal no solo para el ser humano, sino para los demás seres animados que la vienen padeciendo desde hace tiempo.

Poco a poco comenzamos a darnos cuenta de que nos hemos metido en un callejón sin salida, poniendo en crisis todo el sistema de la vida en el mundo. Hoy, «progreso» no es una palabra de esperanza como lo fue el siglo pasado, pues se teme cada vez más que el progreso termine sirviendo no ya a la vida, sino a la muerte. La humanidad comienza a tener el presentimiento de que no puede ser acertado un camino que conduce a una crisis global, desde la extinción de los bosques hasta la propagación de las neurosis, desde la polución de las aguas hasta el «vacío existencial» de tantos habitantes de las ciudades masificadas.

Para detener el «desastre» es urgente cambiar de rumbo. No basta sustituir las tecnologías «sucias» por otras más «limpias» o la industrialización «salvaje» por otra más «civilizada». Son necesarios cambios profundos en los intereses que hoy dirigen el desarrollo y el progreso de las tecnologías. Aquí comienza el drama del hombre moderno. Las sociedades no se muestran capaces de introducir cambios decisivos en su sistema de valores y de sentido. Los intereses económicos inmediatos son más fuertes que cualquier otro planteamiento. Es mejor desdramatizar la crisis, descalificar a «los cuatro ecologistas exaltados» y favorecer la indiferencia.

¿No ha llegado el momento de plantearnos las grandes cuestiones que nos permitan recuperar el «sentido global» de la existencia humana sobre la Tierra, y de aprender a vivir una relación más pacífica entre los hombres y con la creación entera?

¿Qué es el mundo? ¿Un «bien sin dueño» que los hombres podemos explotar de manera despiadada y sin miramiento alguno o la casa que el Creador nos regala para hacerla cada día más habitable? ¿Qué es el cosmos? ¿Un material bruto que podemos manipular a nuestro antojo o la creación de un Dios que mediante su Espíritu lo vivifica todo y conduce «los cielos y la tierra» hacia su consumación definitiva?

¿Qué es el hombre? ¿Un ser perdido en el cosmos, luchando desesperadamente contra la naturaleza, pero destinado a extinguirse sin remedio, o un ser llamado por Dios a vivir en paz con la creación, colaborando en la orientación inteligente de la vida hacia su plenitud en el Creador?

José Antonio Pagola

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“Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.”. Domingo 17 de noviembre de 2024. Domingo 33º del tiempo ordinario

domingo, 17 de noviembre de 2024
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60-ordinarioB33 cerezoLeído en Koinonia:

Daniel 12, 1-3: Por aquel tiempo se salvará tu pueblo.
Salmo responsorial: 15: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Hebreos 10, 11-14. 18: Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.
Marcos 13, 24-32: Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.

Cercanos ya al final del año litúrgico, la liturgia de hoy nos presenta a través de la lectura del libro de Daniel y del evangelio, textos relativos al final de los tiempos. En efecto, el pasaje de Daniel anuncia la intervención de Dios a favor de sus fieles a través de Miguel, el ángel encargado de proteger a su pueblo. Estas palabras de Daniel hay que enmarcarlas en el marco amplio de todo el libro cuyo género y estilo corresponden a la corriente apocalíptica bastante popularizada a finales del período veterotestamentario. Todo el libro de Daniel es un llamado a la esperanza, característica principal de toda la literatura apocalíptica. No se trata tanto de una revelación especial de lo que sucederá al final de los tiempos, cuanto la utilización de imágenes que invitan a mantener viva la esperanza, a no sucumbir ante la idea de una dominación absoluta de un determinado imperio. El texto que leemos hoy es subversivo para la época, pues invita al rechazo del señorío absoluto de los opresores griegos de aquel entonces que a punta de violencia se hacían ver como dueños absolutos de las personas, del tiempo y de la historia.

Por su parte el evangelio nos presenta una mínima parte del «discurso escatológico» según san Marcos. Un poco antes de comenzar la narración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, los tres sinópticos nos presentan palabras de Jesús cargadas de sabor escatológico.

El pasaje de hoy hay que leerlo a la luz de todo el capítulo 13. Es más, conviene que en casa o en el grupo lo leamos completo y, de ser posible, leamos también el discurso escatológico de Mateo y de Lucas, eso nos ayudará a ver mucho mejor las semejanzas y las diferencias entre los tres y, por otro lado, nos facilitará una mejor comprensión del sentido y finalidad que cada uno quiso darle a esta sección.

Tengamos en cuenta que en ningún momento hablan los evangelistas del «fin del mundo», en sentido estricto, esa es una interpretación equivocada que no ha traído los mejores resultados ni a la fe del creyente ni a su compromiso con el prójimo y con la historia. No es éste, con palabras sacadas de aquí y de allá, el «fundamento» bíblico o teológico de las «postrimerías del hombre» de que nos hablaba el «catecismo del padre Astete», o de los «novísimos» que nos enseñaba la teología… O, por lo menos, no se debe reducir a eso.

Jesús no predica el fin del mundo, ése no era su interés. Las imágenes de una conmoción cósmica descrita como estrellas que caen, sol y luna que se oscurecen, etc., son una forma veterotestamentaria de describir la caída de algún rey o de una nación opresora. Para los antiguos, el sol y la luna eran representaciones de divinidades paganas (cf. Dt 4,19-20; Jr 8,2; Ez 8,16), mientras que los demás astros y lo que ellos llamaban «potencias del cielo», representaban a los jefes que se sentían hijos de esas divinidades y en su nombre oprimían a los pueblos, sintiéndose ellos también como seres divinos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Pues bien, en línea con el Primer Testamento, Jesús no pretende describir la caída de un imperio o cosa por el estilo, para él lo más importante es anunciar los efectos liberadores de su evangelio; y es que el evangelio de Jesús debe propiciar, en efecto, el resquebrajamiento de todos los sistemas injustos que de uno u otro modo se van erigiendo como astros en el firmamento humano.

Jesús es consciente y sabe que la única forma de rescatar, redireccionar el rumbo de la historia por los horizontes queridos por el Padre y su justicia, es haciendo caer los sistemas que a lo largo de la historia intentan suplantar el proyecto de la justicia querido por Dios, con un proyecto propio, disfrazado de vida pero que en realidad es de muerte. Esta tarea la debe realizar el discípulo, el que ha aceptado a Jesús y su proyecto. Recordemos la intencionalidad teológica y catequética de Marcos: a Jesús, el Mesías (cuyo «secreto» se mantiene a lo largo de todo el evangelio), sólo se le puede conocer siguiéndolo; y bien, el seguimiento implica no sólo ir detrás de él, implica además, tomar el lugar de él, asumir su propuesta como propia y luchar hasta el final por su realización.

Discípulas y discípulos están entonces comprometidos en ese final de los sistemas injustos cuya desaparición causa no miedo, sino alegría, aquella alegría que sienten los oprimidos cuando son liberados. Ésa debiera de ser nuestra preocupación constante y el punto para discernir si en efecto nuestras tareas de evangelización y nuestro compromiso con la transformación de lo injusto en relaciones de justicia está causando de veras el efecto que debe tener el evangelio, o si simplemente estamos ahí a merced de las corrientes del momento esperando quizás que se cumpla lo que no ni siquiera pasó por la mente de Jesús. Leer más…

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17.11.24 Entonces verán al Hijo del Hombre (Mc 13, DOM 33 TO)

domingo, 17 de noviembre de 2024
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IMG_8633Del blog de Xabier Pikaza:

Este sol y esta luna no se apagarán para que el mundo quede a oscuras, sino para que pueda brillar y brille el Hijo del Hombre a quien todos verán, viniendo con gran gloria, con su luz más alta, alumbrándoles con ella. En ese sentido se puede afirmar que al final no hará falta sol o luna porque el Hijo del Hombre (Dios y su Cordero: cf. Ap 21, 23; 22, 5) serán directamente luz y vida para todos los elegidos.

Venida del Hijo del hombre (13, 24-27)

La señal que los cuatro habían pedido a Jesús (13, 4) era la Abominación de 13, 14, pues ella está vinculada, de un modo general, al cumplimiento de “todas estas cosas” (13, 4), que aluden sobre todo a la caída del templo de Jerusalén. Pero, en sentido más profundo, la señal definitiva será el Hijo de Hombre que viene, como culmen del evangelio.

 (a. Tiempo) 24 Pero en aquellos días, después de aquella tribulación,

(b. Des-astre) el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor; 25 las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán;

(c. Hijo del hombre) 26 y entonces verán al Hijo del humano viniendo en nubes con gran poder y gloria.

(d. La gran reunión) 27 Y entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo.

Ésta es la afirmación central de la escatología de Marcos, una palabra que, unida al camino de muerte y resurrección de Jesús, constituye el eje de su evangelio. Podían decirse y se decían (o se dirán) palabras semejantes sobre la venida del Hijo del hombre en otros lugares del judaísmo de aquel tiempo, partiendo de Dan 7, 13-14 (como en la tradición de Henoc y en la de Esdras), pero sólo los cristianos identifican al Hijo del hombre con Jesús crucificado y le interpretan en ese contexto.

            Significativamente, este Hijo de Hombre viene “después de aquella tribulación”, de manera que no tiene que combatir directamente contra el Anticristo o contra el Diablo (o contra alguna otra figura satánica). No tiene rasgos guerreros, ni vence luchando a sus enemigos. Por eso, su venida no puede entenderse en forma de violencia, como resultado de algún tipo de guerra, sino como triunfo de la gracia sobre la violencia. Éste es el centro de la “teodicea” cristiana, la defensa de Dios, la manifestación suprema de su poder y gloria, como salvación de los elegidos[1].

 13, 24a. Tiempo final, en aquellos días

24 Pero en aquellos días, después de aquella tribulación,

             La escena empieza con un corte: pero (alla). Frente a todo lo anterior surge algo nuevo, distinto. Éste es el pero de Dios, que se alza y revela como divino frente a todas las cosas de los hombres, desde la altura suprema (o desde el final) de la historia, no para condenar a nadie (no hay ninguna condena), sino para mostrarse divino y salvar a los “elegidos” (a los suyos), desde los cuatro extremos del orbe. Significativamente, aquí no se dice nada de infierno, en contra del esquema dual (buenos y malos, salvados y condenados) que aparece en otros textos significativos de la Biblia (como Dan 12, 1-3 o Mt 25, 31-46)[2]. Tampoco se habla aquí de Gehena, como en Mc 9, 43-47, sino sólo de la salvación de los elegidos, como seguiremos viendo.

           − En aquellos días (en ekeinais tais hêmerais) es una frase hecha que se emplea en las narraciones simbólicas (fábulas y cuentos) para indicar un tiempo indeterminado, pero de gran importancia. Es una frase que aparece con frecuencia en el Nuevo Testamento (desde Mt 3, 1 hasta Ap 9, 6; y dentro de Maros en 1, 9; 8, 1), y que denota un tiempo indefinido que no quiere o no puede especificarse más. De todas formas, aquí se vincula, de manera más concreta, al período que empieza con la Abominación de la Desolación (13, 14), un período que 13, 19 ha definido como tiempo de la crisis más grande de la historia.

Después de aquella tribulación, señalada de un modo especial en 13, 19, tras “el despliegue” de la Abominación de 13, 14 y de la gran lucha que sigue… Según eso, el tiempo de la Abominación y el del Hijo del Hombre no coinciden, ni ellos (el Abominable y el Cristo) luchan entre sí, sino que el “tiempo” del Hijo de Hombre (si es que puede interpretarse como tiempo) viene “meta”, es decir, después que se han agotado y terminado los días de la Abominación.

             Se trata, por tanto, de un tiempo que es próximo (como he venido mostrando la dinámica del evangelio, desde 1, 14-15 hasta 9, 1), pero que, por otra parte, se abre de un modo indefinido, que está marcado por la misión del evangelio en todo el mundo (13, 10; 14, 19).

De esa forma, el Jesús de Marcos libera a sus oyentes de la angustia vinculada a la inmediatez apocalíptica (¡no se puede decir que el fin viene ya, en un tiempo prefijado, pero muy cercano!), para ofrecerles una tarea de misión universal. En esa línea debemos añadir que el tiempo de la misión del evangelio es tiempo de prueba (de gran tribulación), que se extiende y abre, trazando un camino de seguimiento de Jesús y de creación de comunidades. Puede ser un tiempo “largo”, pero no es tiempo sin fin, sino que culminará con la gran manifestación del Hijo del Hombre, vinculada a los signos de un desastre cósmico.

 13, 24b-25. Des-astre, el sol se oscurecerá

el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor; 25 las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán;

             Tomo esa palabra (des-astre) en su sentido fuerte, como destrucción del orden astral donde se sustenta (o refleja) la vida de la tierra y la historia de los hombres. Como la Biblia sabe y dice, desde su perspectiva cósmica (Gen 1, 14-19, el día cuarto), en el centro de su gran Semana creadora, Dios ha fijado el orden de la bóveda celeste, con el sol, luna y estrellas, por “encima” de la tierra, para iluminarla y hacer así posible que exista vida en ella. Por eso, el fin de la historia actual viene marcado con la destrucción de ese orden, es decir, con el gran des-astre, algo que sólo Dios puede realizar.

            Los fenómenos anteriores, incluidos en la gran tribulación, sucedían antes en el plano de la tierra (terremotos, hambre), y en el plano de la historia de los hombres (guerras, persecuciones, abominación, engaños, huída…), aunque en ella viniera a proyectarse la sombra de Satán, a quien hemos visto luchando contra Jesús desde 1, 13 (pasando por 3, 23-26 y 4, 15). Ahora, al final, interviene otro agente, que es Dios, que aparece como causa del gran des-astre, con sus dos vertientes. (a) La destrucción del orden cósmico actual. (b) La creación de un orden nuevo de salvación, centrado en el Hijo del hombre (y no en este sol, luna y estrellas).

            El primer motivo (destrucción del orden astral) aparece en la Biblia desde antiguo y puede vislumbrarse ya su “riesgo” en Gen 7, cuando se supone que Dios abrió las “compuertas” que cierran y regulan la caída de las aguas del gran mar que se extiende sobre la bóveda celeste, amenazando con inundar y ahogar toda forma de vida sobre la tierra. Pero Dios se “arrepintió”, cerró luego las compuertas, dejó que la tierra se secara e inicio un nuevo camino de historia prometiendo a los hombres que “mientras dure la tierra” seguirá habiendo frío y calor, verano e invierno, noche y día, con los astros regulando la vida desde arriba (cf. Gen 8, 1. 20-22). Pues bien, Mc 13, 24 supone que ha llegado ya el fin para el orden de la tierra.

            En esa línea, siguiendo una antigua tradición, que no sólo es judía sino que aparece en relatos míticos (cosmogónicos) de muchos pueblos, desde la India hasta Grecia (e incluso en la América pre-colombina), 2 Ped 3, 6-7 asegura que el primer mundo fue destruido por el agua (en tiempos de Noé) y que este mundo actual (el último) lo será por el fuego, a través de una gran conflagración o incendio cósmico, que se vincula de algún modo con el infierno. Pues bien, este pasaje de Marcos no introduce ni evoca esos motivos (del agua y del fuego). Ciertamente, Marcos recuerda, en otro contexto, el fuego sin fin de la Gehena (9, 43-47); pero aquí, al final de todo, no hay fuego ninguno ni incendio, sino sólo el apagamiento del orden astral de la actualidad.

            Este des-astre ha sido evocado, de un modo más poético que “científico”, en diversos textos del Antiguo Testamento, muy semejantes al nuestro (tejido con citas de Is 13, 10; 34, 4; Joel 2, 10. 31; 3, 15). En ellos se supone un gran oscurecimiento (y también un derrumbamiento). Según la cosmología de aquel tiempo, el orden actual de la tierra (y la historia humana) existe porque hay luz de sol y de luna, y porque las estrellas están “fijadas” en el cielo, sin caerse. La manera más sencilla de imaginarse el fin es un gran “apagamiento” del sol y de la luna, que dejan de emitir su luz, dejando todo a oscuras. No hacen falta más terrores, sólo una gran oscuridad, con los astros cayendo como meteoritos sobre la faz de la tierra.

            De esa forma, Marcos ha compuesto un texto apocalíptico de gran sobriedad y de profundo efecto simbólico, sin apelar a ningún tipo de terrores, limitándose a recordar la fragilidad de un orden cósmico que surge de Dios y que Dios puede abandonar. Marcos sabe que los grandes y pequeños astros no son divinos, ni eternos, sino que pueden apagarse y que, de hecho, se apagarán un día (que él relaciona con el pecado de los hombres y en especial con la Abominación, evocada en 13, 14). No ha tenido que vincular de un modo más preciso esos momentos (la maldad de los hombres, la Abominación histórica, el oscurecimiento de los astros), aunque supone que están relacionados. Pero más que esa relación destructora (que algunos han visto en el Apocalipsis de Juan), Marcos ha destacado la relación positiva que existe entre el fin de este mundo y la reunión salvadora de los elegidos.

            Estrictamente hablando, como seguiremos viendo, los astros no se apagan para castigar y condenar a los impíos (a los seguidores de la Abominación), que quedan así a oscuras y sufriendo un horror insufrible, como los perversos de Sab 17, 1−18, 4 en Egipto, sino para salvar a los elegidos. Este sol y esta luna no se apagarán para que todo quede a oscuras, sino para que pueda brillar y brille el Hijo del Hombre a quien todos verán, viniendo con gran gloria, es decir, con su luz más alta, alumbrándoles con ella. En ese sentido se puede afirmar que al final no hará falta sol o luna porque el Hijo del Hombre (Dios y su Cordero: cf. Ap 21, 23; 22, 5) serán directamente luz y vida para todos los elegidos.

 13, 26. El Hijo del Hombre

26 y entonces verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria.

             Atrás queda el signo de la Abominación (el Abominable), elevándose allí donde no debe (13, 14). Significativamente, Marcos no ha dicho qué ha pasado con el Abominable, ni siquiera una palabra evocando su ruina, aunque supone que su intento de dominio (de elevarse frente a Dios, ocupando su lugar) ha sido vano. En esa línea debemos añadir que, según Marcos, no ha existido (no se ha dado) una batalla apocalíptica, sino sólo un intento frustrado (el Abominable no ha logrado aquello que quería), con el triunfo final del Hijo del hombre, que viene cuando Dios quiere, sin necesidad de batalla ninguna (a diferencia de lo que aparece en 4 Esd 13, donde se dice que el Hijo del Hombre aniquilará a los enemigos con el aliento de su boca; cf. también Ap 19, 21).

Introducción, Hijo del Hombre. Como sabemos ya, el Hijo del hombre tiene poder de perdonar sobre la tierra, para que todas las cosas (incluso el sábado) se pongan al servicio de los hombres (cf. 2, 20.28). Su mismo gesto de perdón y su manera de entender-superar la ley le han llevado a dar la vida en gesto de servicio hacia los otros, como temáticamente ha indicado 8, 31. Pues bien, ese mismo Hijo de hombre (implícitamente vinculado siempre con Jesús), que empieza perdonando-ayudando a los demás, y sufre por ello, es quien ha de venir al fin en la gloria de su Padre, rodeado de los ángeles santos (cf. 8, 31 y 8, 38). Esa unión de sufrimiento y gloria subyace en este pasaje, vinculando la entrega de los discípulos (13, 8-13) y la venida final del Hijo del hombre glorioso, para recoger a los elegidos de los cuatro extremos de la tierra y conducirles a su Vida (13, 27)[3].

La novedad de este pasaje (Mc 13, 24-279, en su conjunto, no está en la promesa de la venida final del Hijo del hombre (cosa que puede encontrarse ya en Dn 7), ni tampoco en su posible función de juez final (que han desarrollado más las Parábolas de 1 Henoc, en contexto no cristiano), sino en que identifica al Hijo del hombre que viene (es culminador cósmico o juez final) con el mismo hombre Jesús que ha perdonado los pecados, ha superado la vieja ley del sábado y ha sido entregado, ofreciendo su vida a favor de los demás (cf. 10, 45).

La tradición judía conocía la figura del Hijo del hombre, pero sus rasgos en Marcos (poder sobre la tierra, entrega y culminación escatológica) sólo han podido vincularse en concreto desde la experiencia cristiana, que presenta a Jesús como encarnación personal y realización histórica de la figura antes dispersa, multiforme o puramente evocativa de ese Hijo del hombre, tanto en Dn 7 (donde aparecía tras el juicio) como en 1 Henoc 37-71 y 4 Esdras 13 (donde venía también al fin de la historia).

Marcos ha sido el primero que ha escrito la historia humana de Jesús Hijo del Hombre, presentándola en su evangelio de una forma personal, encarnada y coherente. Desde ese fondo ha escrito la historia de Jesús, Hijo del Hombre, cuya figura se centra en tres momentos. (a) Es sembrador de reino: perdona los pecados y supera la vieja ley (sábado), en gesto de amor liberador que se dirige a los pobres y perdidos de la tierra (2, 10.28). b) Es aquel que sufre y entrega la vida por el reino, como hemos señalado de una forma programada en el camino de subida a Jerusalén (8, 31; 9, 31; 10, 33). (c) Por último, Hijo del hombre es aquel que ha de venir en la gloria final (8, 31; 13, 26; 14, 62), en gesto de culminación que asume y lleva a su pleno desarrollo los rasgos anteriores.

Esos tres momentos ofrecen el perfil mesiánico de Jesús, como implícitamente indica Marcos cuando reinterpreta el título de Cristo en términos de Hijo del hombre, tanto en 8, 29-31 como en 14, 61-62 (como veremos en su lugar). Por eso, este pasaje (Mc 13, 26. 27) que anuncia la venida final del Hijo del hombre, que envía a los ángeles y reúne a los elegidos, ha de verse a partir de todo el evangelio. Aquel que vendrá tras el oscurecimiento del sol y la luna, y la caída de la estrellas (13, 24-25), no es un ser divino indeterminado, un ángel supremo, ni tampoco un mediador al estilo de aquellos que aparecen en Daniel, 1 Henoc o 4 Esdras, sino el mismo Jesús que ha realizado sus signos de reino en la tierra y que ha muerto por cumplir con fidelidad lo que ellos exigían.

Venida final. Ahora podemos comentar ya el texto, señalando que su visión de la venida del Hijo del hombre ha de entenderse a la luz de la experiencia pascual (cf. 16, 6-7), que es una anticipación y primer cumplimiento de la culminación escatológica, que no se identifica con la gran crisis (13, 21-23), sino después de ella (13, 13, 24-27), como sucedía ya al principio de la historia mesiánica de Jesús que no empezaba en el bautismo, sino después, cuando Jesús había salido del agua (cf. 1, 10- 11). Entonces le verán no sólo los cuatro testigos de 13, 2, sino los jueces de 14, 61-62, de una manera, gloriosa, definitiva, inapelable.

 − Verán al Hijo de hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria. Este pasaje es una cita de Dan 7, 13-14, pero ahora ya no es sólo el profeta el que “ve” al Hijo de Hombre, sino que le verán (opsontai) un grupo indeterminado de personas, que se identifican sin duda con todos los hombres y mujeres de la historia final (y quizá, de un modo más preciso, con aquellos que han perseguido a los cristianos). No se dice más, simplemente que “le verán”, en medio de la gran noche (pues sol y luna se han oscurecido y los astros han caído). Eso significa que él viene como gran luz, como nuevo “cielo de Dios”, realizando de manera más alta (salvadora) la función que antes realizaban sol y luna. Significativamente, el joven de la tumba vacía utiliza esa misma palabra para decir a las mujeres que ellas y los discípulos verán (opsesthe) a Jesús resucitado en Galilea, de esa forma se identifican la venida del Hijo del Hombre y la experiencia pascual de Jesús. Leer más…

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17.11.24. Miguel o Jesús ¿Quién resucita? ( Daniel 12, 1-3, Dom 33 TO).

domingo, 17 de noviembre de 2024
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IMG_8619Del blog de Xabier Pikaza:

Muchos cristianos prefieren la resurrección de Miguel/Daniel que la de Jesús, empezando por las  historias apocalípticas made in USA. Será bueno plantear el tema, tal como lo hace  la primera lectura de la misa de este Dom 33 TO  (17.11.24), que puede compararse con la profecía de  Isaías II, de la que traté hace dos días.

Jesús conocía los dos temas, Isaías II y Daniel. En sentido externo parece más cerca de Daniel, en sentido interno está  más cerca de Isaías, aunque no todos aceptarán mi opinión

Ése es el tema: Si resucitamos y cómo lo haremos. En este contexto leeré y comentaré brevemente el texto de Daniel, ofreciendo después una interpretación más extensa, para quienes quieran seguir pensando. Se trata de relacionar la resurrección angélica de los sabios de Daniel (por obra de Miguel Arcángel) y la resurrección humana (divinamente humana) de Jesús, por amor de Dios Padre, empezando por los pobres, enfermos y excluidos de la la tierra (conforme al Adviento cristianos, que vamos a preparar dentro de dos semanas). Buen domingo a todos. Tomo lo que sigue de La Palabra se hizo carne.

Daniel 12, 1-3

Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, para toda la eternidad.

BREVE LECTURA DE DANIEL

En aquel tiempo, entonces…  Es el tiempo de la gran crisis antioquena/Macabea (165-162 a.C.). Los helenistas de Antioquía, con el rey Antíoco de Siria persiguen a los judíos piadosos (yahvistas). Será tiempo difícil, está en riesgo la existencia de Israel como pueblo de Yahvé, de Jerusalén como ciudad de Dios.

Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo.  No hay posible salvación humana, ni por guerra (como quieren algunos macabeos), ni por martirio y testimonio de vida (como quieren otros judíos del entorno macabeo). La única solución es que intervenga Miguel, el ángel guerrero de Dios… La nueva humanidad surgirá por intervención “angélica”, a través de un tipo de “guerra de galaxias”, en contra del mensaje de Jesús

Muchos de los que duermen en el polvo despertarán  No hay más solución que una resurrección de los muertos…  por obra de Dios, a través de  Miguel, ángel guerrero, capitán de las milicias de Dios. No se dice cómo será.. Pero ha de entenderse como “recreación” angélica de la humanidad….. Dios hará surgir  una humanidad distinta, pero no desde la nada, como al principio (Génesis 1),  sino desde lo que ha sido la vida anterior de los hombres, a través de una intervención angélica, dirigida por Miguel.

El salvador no es Cristo/hombre (no hay encarnación),  ni evangelio de Navidad, ni muerte en Cruz de Cristo, ni amor hasta la muerte por los demás… El Mesías/Salvador es el ángel guerrero/juez de Dios, Miguel. Dios no redime a los hombres por amor, no se encarna en ellos para enseñarles amor, sino que les manda el ejército, para matar a los malos y salvar a los buenos.  No se dice si han muerto todos/todos…. Y si se trata de una muere y resurrección particular de algunos…

Unos para la vida eterna (vida sin muerte). Es evidente que son resucitados para la vida eterna son los justos mártires… Los sabios, que  brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, para toda la eternidad.

Este no es un cielo para guerreros, ni para pobres, sino para sabios… Es un  cielo para los sabios de la República de Platón, para filósofos elitistas como los de Qumrán…

  • (a) Resucitan los sabios (maskilim): Los que han mantenido en buen conocimiento Serán como estrellas del cielo (se supone que los sabios son como ángeles bajados  del cielo… que volverán al cielo, como estrellas de Dios)
  • (b) Entre los sabios sobresalen los maestros… Los que han enseñado la buena justicia, la sabiduría). Un cielo de sabios, de maestros…Un cielo de privilegiados un cielo de ángeles, un cielo de estrellas lucientes, no de pobres, enfermos, excluidos del mundo como los amigos de Jesús. Los no sabios… los ignorantes, los malos judíos… serán avergonzados… Vivirán una vida de “ignominia·.
  • Diferencia de Jesús. La resurrección y cielo no viene por guerra, ni por obra de Miguel, sino por el testimonio de vida (amor mutuo, servicio a los pobres y enfermos de Jesús).La salvación no es una transformación astral (los salvados no serán estrellas del firmamentos, sino nueva humanidad)

ESTUDIO EXEGÉTICO. LECTURA  DE CONJUNTO DEL LIBRO DE DANIEL 

 El libro de Daniel consta de dos partes principales.

(a)  Dan 1-6 presenta a Daniel como asceta (vegetariano) y vidente, intérprete de sueños, testigo de Dios entre los poderosos del mundo.

(b) Dan 7-12 le presenta como profeta sabio y resistente judío, en el contexto de la guerra de los macabeos. En su forma actual (sin los añadidos de LXX Dan 1. 24‒90 y Dan 13‒14), ha sido fijado en tiempos de Antíoco IV (167‒164 a.C.), en el contexto de la profanación del templo y de la persecución contra los judíos fieles a su ley y tradiciones, en un momento en que el rey pagano abre su boca y profiere insolencias contra Dios (Dan 7, 8.11. 25), suprimiendo las ofrendas y sacrificios de templo y colocando sobre el altar de Yahvé la “abominación de la desolación” (Dan 9,27; 12,11; cf. Mt 24,15; Mc 13,14).

DANIEL 2. CUATRO IMERIOS  

 [Estatua] Tú, oh rey, has tenido esta visión: una enorme estatua, de extraordinario brillo, de aspecto terrible, se levantaba ante ti. La cabeza de esta estatua era de oro puro, su pecho y sus brazos de plata, su vientre y sus lomos de bronce, sus piernas de hierro, sus pies parte de hierro y parte de arcilla.

[Piedra] Tú estabas mirando… cuando una piedra se desprendió, sin intervención de mano alguna, y dio a la estatua en sus pies de hierro y arcilla…, pulverizando todo: hierro, arcilla, bronce, plata y oro… Y la piedra que había golpeado la estatua se convirtió en un gran monte que llenó toda la tierra.

[Interpretación. Cuatro reinos] Tú, oh rey, rey de reyes… eres la cabeza de oro. Después de ti surgirá otro reino, inferior a ti, y luego un tercer reino, de bronce, que dominará la tierra entera. Y habrá un cuarto reino, duro como el hierro, como el hierro que todo lo pulveriza y machaca: como el hierro qué aplasta, así él pulverizará y aplastará a todos los otros. Y lo que has visto, los pies y los dedos, parte de arcilla de alfarero y parte de hierro, es un reino que estará dividido…

[Quinto reino] En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo suscitará un reino que jamás será destruido, y no pasará a otro pueblo… sino que subsistirá eternamente… (Dan 2, 31-44).

  Interpretación   

Entendida así, la Estatua es el Gran Ídolo, el Antidios, la humanidad elevada como poder imperial, que quiere dominarlo y controlarlo todo. Pero Dios hace que descienda contra ella una piedra que parece inútil (cf. Sal 118, 22; Mc 12, 10), pues «no viene de manos humanas», ni forma parte del edificio de la humanidad divinizada, pero que proviene del Monte de Dios, que es Sion con el templo, destruyendo así la estatua de los cuatro imperios opresores.

Según eso, hay cuatro imperios sucesivos, que forman una única estatua idolátrica, una “humanidad de violencia”, que va del oro al hierro (Dan 2, 31-44). Pero vendrá una quinta edad (quinta-esencia), que no es ya resultado de una acción de hombres (que elaboran los metales y construyen imperios), sino que se inicia con una “piedra” sobrenatural, que proviene de Dios…

DANIEL 7. Cuatro bestias y juicio de Dios

 Los metales de Dan 2 se vuelven animales/bestias que brotan del mar grande. No son una expresión del poder vital del cosmos (como los vivientes de Ez 1 y Ap 4-5), ni portadores del trono, sino antagonistas de Dios. En la estatua de Dan 2 los cuatro parecían semejantes. Por el contrario, en Dan 7 la cuarta bestia se distingue por su maldad de las tres anteriores: El león alado es Babilonia. El oso es en principio el imperio de los medos, pero se aplica después a los persas. El rápido leopardo es Alejandro Magno. El cuarto viviente no es ya un animal (águila o toro), sino un monstruo, sin rostro ni figura que sirva de comparación, con un cuerno que profiere insolencias (Dan 7, 7-8). Se trata, sin duda, de Antíoco Epífanes, rey perverso, que representa el pecado total contra Dios:

Seguía mirando y vi que colocaron unos tronos y un Anciano de Días se sentó. Su vestido era blanco como la nieve, el cabello de su cabeza como lana blanquísima. Su Trono era llamas de fuego, sus ruedas fuego abrasador… El Tribunal tomó asiento el tribunal y se abrieron los libros. Yo seguí mirando, a causa de las palabras insolentes de aquel cuerno; estaba mirando, hasta que mataron a aquel viviente, lo descuartizaron y lo echaron al fuego. A los otros vivientes les quitaron el dominio, pero les dieron una prolongación de vida hasta un tiempo y hora (determinados) (Dan 7, 9-12).

La historia bíblica aparece condensada en esta cuarta fiera que, conforme a Dan 7,25, se ha elevado contra Dios y ha blasfemado, de forma que Dios mismo debe manifestarse y responderle, pero no lo hace de un modo militar sin estrictamente judicial: Se abrieron los libros y comienza el juicio. No se exponen los cargos de la acusación, ni se transcribe la sentencia, pero resulta claro que ese Cuerno (Antíoco) ha sido condenado, pues lo matan para descuartizarlo y echarlo al fuego. Y después:

Yo seguí mirando, en mi visión por la noche, y he aquí un como Hijo del Hombre viniendo en las nubes del cielo, llego hasta el Anciano de Días y se acercó a su presencia. Y a él se le dijo dominio y gloria y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominio será dominio eterno, no cesará, su reino no será destruido (Dan 7, 13-14) [4].

 Frente a los vivientes/bestias, que se alzaban contra Dios (brotando del mar/caos), surgirá el ser humano, en las nubes del cielo, en la altura divina, como creación perfecta, revelación de Dios, reverso de las bestias destructoras, el pueblo mesiánico de los Santos del Altísimo, ángeles u hombres, como indicaremos al tratar al tratar de Jesús, Hijo de hombre (cf. cap. 15).

  Dan 12, 1‒3. Resurrección de los muertos

Con la destrucción del destructor (Antíoco IV) comenzará el tiempo final, de manera que al Hijo de hombre “se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dan 7, 14). Un pasaje posterior identifica ese Reino del Hijo del Hombre con el “pueblo de los santos del Altísimo, que pueden ser ángeles o israelitas triunfantes. Lo único seguro es que su Reino será eterno y todos los imperios le servirán y le obedecerán (Dan 7, 27) [5].

Por otra parte, la tradición judía, tal como aparece en algunos textos de Qumrán, habla de un Mesías de Leví (vinculado al templo, con el sacerdocio) y de un Mesías de David (en línea regia), de manera que podemos hablar de cuatro o cinco tipos de esperanza mesiánica (sacerdotal, política, angélica, de todos el pueblo israelita) [6]. El libro de Daniel deja ése y otros temas abiertos, pero insistiendo al final en la imagen más poderosa de la resurrección de los muertos, con la que puede empalmar la destrucción de las bestias, y en especial de la cuarta:

 En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está para servir a los hijos de tu pueblo. Será tiempo de angustia, como nunca lo hubo desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será liberado tu pueblo, todos los que se hallen inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua. Los sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas, para siempre (Dan 12, 1-2).

 Éste es el final más significativo del libro de Daniel: Queda a un lado la purificación escatológica del templo (realizada el 164 a.C., tras la victoria de Judas Macabeo) y la venida del Hijo del hombre (con un Reino que sustituye a los anteriores). Leer más…

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