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“Ucrania, Gaza, Líbano, Valencia…. ¿el fin del mundo?” Domingo 33. Ciclo B

domingo, 17 de noviembre de 2024
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En el siglo I, sobre todo en las décadas en las que se escribieron los evangelios, ocurrieron cosas parecidas. Un terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche (año 61). Otro terremoto en Pompeya y Herculano (año 63). Incendio de Roma (año 64). Rebelión de los judíos contra Roma, guerra que durará hasta el año 70 y terminará con el incendio de Jerusalén y de su templo. Nuevo terremoto en Roma (año 68). Guerra civil, con tres emperadores en un solo año: Otón, Vitelio y Vespasiano (año 69). Erupción del Vesubio (año 79).

            Estos fenómenos provocaron en muchos sectores cristianos la certeza del fin del mundo. Y los tres evangelistas sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) consideraron fundamental incluir un largo discurso de Jesús a propósito de este tema. Su idea fundamental es tranquilizar los ánimos, y consolar anunciando la vuelta de Jesús. Este convencimiento de que la vuelta de Jesús era inminente recorre todo el Nuevo Testamento, desde su primer escrito, la carta de Pablo a los Tesalonicenses, hasta el último, el Apocalipsis, que termina con las palabras: «Ven, Señor Jesús».

El fragmento de Marcos seleccionado para este domingo se centra en las señales que precederán al fin del mundo y el momento en el que tendrá lugar, insistiendo en que lo fundamental es la vuelta de Jesús. Aquí radica el punto débil de las lecturas de hoy. En el siglo I, algunos cristianos podían estar convencidos de que el fin del mundo y la vuelta de Jesús eran inminentes. Hoy día, salvo los Testigos de Jehová (y ellos mismo han tenido que actualizar sus cálculos), nadie lo cree.

Por consiguiente, cabe el peligro de convertir la homilía en una conferencia sobre la mentalidad cristiana del siglo I a propósito de las grandes desgracias. Sin embargo, en medio de ese lenguaje anticuado, las lecturas encierran gran dosis de esperanza y consuelo, muy necesarias hoy día.

Tres años terribles (169-167 a.C.) y el comienzo de la apocalíptica

            Los años 169-167 a.C. fueron especialmente duros para los judíos. El 169, Antíoco Epífanes, rey de Siria, invadió Jerusalén, entró en el templo y robó todos los objetos de valor, después de verter mucha sangre. El 167, un oficial del fisco enviado por el rey mata a muchos israelitas, saquea la ciudad, derriba sus casas y la muralla, se lleva cautivos a las mujeres y los niños, y se apodera del ganado. Al mismo tiempo, Antíoco, obsesionado por imponer la cultura griega en todos sus territorios, prohíbe a los judíos ofrecer sacrificios en el templo, guardar los sábados y las fiestas, y circuncidar a los niños [como si a nosotros nos prohibieran celebrar la eucaristía y bautizar a los niños]; y manda contaminar el templo construyendo altares y capillas idolátricas, y sacrificando en él cerdos y animales inmundos.

          IMG_8610  Estos acontecimientos provocaron dos reacciones muy distintas: una militar, la rebelión de los Macabeos; otra teológica, la esperanza apocalíptica, que encontramos reflejada en la 1ª lectura de hoy.

            Apocalipsis significa “revelación”, “desvelamiento de algo oculto”. La literatura apocalíptica pretende revelar un secreto escondido, que se refiere al fin del mundo: momentoen que sucederá, señales que lo precederán, instauración definitiva del Reino de Dios. Es una literatura de tiempos de opresión, de lucha a muerte por la supervivencia, de búsqueda de consuelo y de unas ideas que den sentido a su vida. La única solución consiste en que Dios intervenga personalmente, ponga fin a este mundo malo presente y dé paso al mundo bueno futuro, el de su reinado.

… y la respuesta del libro de Daniel (1ª lectura)

En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones. En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todo los que se encuentren inscritos en el Libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horno eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.

            Se anuncia al profeta que habrá un tiempo de angustia como no lo ha habido nunca; pero, al final, se salvará su pueblo, mientras que los malvados serán castigados. Todo esto no puede ocurrir en este mundo, el autor está convencido de que este mundo no tiene remedio. Ocurrirá en el mundo futuro, cuando unos resuciten para ser recompensados y otros para ser castigados. Entre los buenos el autor destaca a los doctos, a los que enseñaron a la multitud la justicia, que brillarán como las estrellas, por toda la eternidad. Con ello deja clara su opción política y religiosa: la solución no está en las armas, como piensan los Macabeos.

Una década fatal (60-70 d.C.)…

            Además de los datos que hemos indicado al comienzo, la comunidad cristiana sufre toda clase de problemas. Unos son de orden externo, provocados por las persecuciones de judíos y paganos: se les acusa de rebeldes contra Roma, de infanticidio y de orgías durante sus celebraciones litúrgicas; se representa a Jesús como un crucificado con cabeza de asno. Otros problemas son de orden interno, provocados por la aparición de individuos y grupos que se apartan de las verdades aceptadas. La primera carta de Juan reconoce que “han venido muchos anticristos”, no uno solo (1 Jn 2,18), y que “salieron de entre nosotros”.

… y la respuesta del evangelio de Marcos

            En este ambiente tan difícil, el evangelio de Marcos también ofrece esperanza y consuelo mediante un largo discurso (capítulo 13). La lectura de este domingo ha seleccionado algunas frases del final del discurso, a propósito de los interrogantes principales de la apocalíptica: las señales del fin del mundo el momento en el que ocurrirá. En medio, la gran novedad: la venida gloriosa del Señor.

Las señales del fin y la venida del Señor

Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

            Las señales no acontecen en la tierra, sino en el cielo: el sol se oscurece, la luna no ilumina, las estrellas caen del cielo. Pero lo que ocurre no provoca el pánico de la humanidad. Porque la desaparición del universo antiguo da lugar a la venida gloriosa del Señor y a la salvación de los elegidos. Indico algunos detalles de interés en estos versículos.

            1) A Dios no se lo menciona nunca. Todo se centra, como momento culminante, en la aparición gloriosa de Jesús.

            2) De acuerdo con algunos textos apocalípticos judíos, se pone de relieve la salvación de los elegidos. Esto demuestra el carácter opti­mista del discurso, que no pretende asustar, sino consolar y fomentar la esperanza, aunque no encubre los difíciles momentos por los que atravesará la Iglesia.

            3) A diferencia de otros textos apocalípticos, que conceden gran importancia a la descripción del mundo futuro, aquí no se hace la menor referencia a ese tema, como si pudiera descentrar la atención de la figura de Jesús.

            El momento del fin

«De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Pero de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.» 

            La parte final contiene tres afirmaciones distintas: 1) vosotros podéis saber cuándo se acerca el fin (parábola de la higuera); 2) el fin tendrá lugar en vuestra misma generación; 3) el día y la hora no lo sabe más que Dios Padre.

            La segunda es la más problemática. Si se refiere a la caída de Jerusalén no plantea problema, porque tuvo lugar el año 70. Pero, si se refiere al fin del mundo, no se realizó. A pesar de todo, es posible que así la interpretasen muchos cristianos, conven­cidos de que el fin del mundo era inmi­nente. Así pensó Pablo en los primeros años de su actividad apostólica.

Una omisión incomprensible

            El discurso no termina ahí. Añade una exhortación capital: «¡Atención, estad despiertos!». Lo importante no es discutir o calcular, sino mantener una actitud vigilante, esperando contra toda esperanza. Los miles de personas que están ayudando de forma muy sacrificada a las víctimas de Ucrania, Gaza, Líbano, Valencia… nos enseñan cómo debemos responder a las múltiples tragedias de nuestro mundo.

 

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Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. 17 de Noviembre de 2024

domingo, 17 de noviembre de 2024
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“Aprended lo que os enseña la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca”

(Mc 13, 24-32)

Estos textos de tono apocalíptico son más bien oscuros y difíciles de comprender. La mente se nos va a esas películas que nos muestran el fin del mundo sin regatear en imaginación. Grandes cataclismos, invasiones de extraterrestres, cualquier cosa puede valer para explicar que esta materia, que este mundo, tal cual lo conocemos, puede terminar.

El fin de lo conocido nos aboca a las grandes preguntas, nos enfrenta con el sentido de la vida.

Pero en realidad, que el mundo continúe o no, es más bien secundario. Sin embargo, nuestra condición finita nos inquieta. De la misma manera que un día recibimos el aliento y estrenamos la vida en este mundo, un día entregaremos un último aliento y dejaremos esta realidad.

Si coincide con el fin de este mundo o no, no tiene tanta importancia porque para quien muere termina.

Pienso que estos textos quieren ayudarnos a tomar conciencia de que la vida pasa. Esta vida que conocemos y respiramos cotidianamente terminará y eso en principio no es injusto ni cruel, solamente es parte de la vida.

Podríamos decir que no tenemos la vida en propiedad, solo en usufructo. Se nos da por un tiempo para que la disfrutemos y la cuidemos. Después tendremos que devolvérsela a su dueño y Él nos dará otra.

Aquí las palabras y las comparaciones se quedan cortas, pero nos ayudan. La higuera con sus ramas tiernas anuncia la primavera que significa el fin del invierno. Una realidad que pasa y da inicio a otra. Lo mismo cada uno de nosotros. Un día moriremos y ese mismo día empezará algo nuevo. La vida en plenitud.

Oración

Quítanos el miedo a la muerte, Trinidad Santa. Enséñanos a mirarla como parte de la vida. Que nos dejemos transformar en brotes tiernos de vida resucitada.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Dios no tiene futuro, es un eterno presente en el aquí y el ahora.

domingo, 17 de noviembre de 2024
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For Lawrence 4DOMINGO 33º (B)

Mc 13,24-32

Estamos en el c. 13 de Marcos, dedicado todo él al discurso escatológico. Este capítulo hace de puente entre los relatos de la vida de Jesús y la Pasión. Los tres sinópticos proponen un discurso muy parecido, lo cual hace suponer que algo tiene que ver con el Jesús histórico. Pero las diferencias entre ellos son tan grandes, que presupone una elaboración de las primeras comunidades. Es imposible saber hasta qué punto Jesús hizo suyas esas ideas. Tampoco debe sorprendernos que admitiera el común sentir.

Estamos ante una manera de hablar que no nos dice nada hoy. No se trata solo del lenguaje, como en otras ocasiones. Aquí son las ideas las que están trasnochadas y no admiten ninguna traducción a un lenguaje actual. Tanto en el AT como en el NT, el pueblo de Dios está volcado sobre el porvenir. Israel se encuentra siempre en tensión hacia la salvación que ha de venir… y nunca llega. Desde Abrahán, a quien Dios dice: «sal de tu tierra«, pasando por el éxodo hacia la tierra prometida; y terminando por el Mesías definitivo, Israel vivió siempre esperando de Dios la salvación que le faltaba.

La apocalíptica fue una actitud vital y un género literario. La palabra significa “desvelar”. Escudriñaba el futuro partiendo de la palabra de Dios. Nació en los ambientes sapienciales y desciende del profetismo. Desarrolla una visión pesimista del mundo, que no tiene arreglo; por eso, tiene que ser destruido y sustituido por otro de nueva creación. Invita, no a cambiar el mundo, sino a evitarlo. El futuro no tendrá ninguna relación con el presente. El objetivo era que la gente aguantara el chaparrón en tiempo de crisis.

Escatología, procede de la palabra griega «esjatón«, que significa “lo último”. Su origen es también la palabra de Dios, y su objetivo, descubrir lo que va a suceder al final de los tiempos, pero no por curiosidad, sino para acrecentar la confianza. El futuro está en manos de Dios y llegará como progresión del presente, que también está en manos de Dios, y es positivo a pesar de todo. Este mundo no será consumido sino consumado. Dios salvará un día definitiva­mente, pero esa salvación ya ha comenzado aquí y ahora.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva, iba a ser inminente. En este ambiente se desarrolla la predica­ción de Juan Bautista y de Jesús. También en la primera comunidad cristiana se vivió esta espera de la llegada inmediata de la parusía. Solamente en los últimos escritos del NT, es ya patente un cambio de actitud. Al no llegar el fin, se empieza a vivir la tensión entre la espera del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Se sigue esperando el fin, pero la comunidad se prepara para la permanen­cia.

Hasta aquí hemos afrontado la salvación desde una visión mítica que ha durado miles y miles de años. Ahora vamos a situarnos en el nuevo paradigma en el que nos movemos hoy. Al superar la idea del dios intervencionista, se nos plantea un dilema. Por una parte, sabemos que Dios no tiene pasado ni futuro, sino que está en la eternidad. Por otro lado, el hombre no puede entender nada que no esté en el tiempo y el espacio. Meter a Dios en el tiempo es un disparate. Sacar al hombre del tiempo y el espacio, es tarea inútil.

Los novísimos (muerte, juicio, infierno y gloria) son viejísimos conceptos mitológicos que hoy no nos sirven para nada. Sabemos con absoluta certeza que no puede haber conciencia individual sin la base de un cerebro sano y activado. ¿Cómo podemos seguir aceptando una salvación para cuando no quede ni una sola neurona operativa? Piensa por tu cuenta, no sigas tragando el pienso que otros han preparado para ti, no sin antes haberte puesto orejeras para que la realidad no te espante. La realidad supera toda posible expectativa humana. Dios se ha dado todo, a cada uno, desde siempre.

Hoy sabemos que el tiempo y el espacio son productos de la mente. ¿Qué sentido puede tener el hablar de tiempo y espacio cuando ya no haya mente? Hablar de un cielo o infierno más allá de este mundo no tiene ningún sentido. Hablar de un “día del juicio”, cuando no haya tiempo ni espacio, es un contrasentido. Hablar de lo que Dios ha hecho en el pasado o de lo que va hacer en el futuro, es proyectar sobre él nuestros anhelos. Dios es un eterno presente. En el aquí y ahora debemos descubrir lo que está siendo para nosotros siempre. En el aquí y ahora debemos hacer nuestra su salvación.

No esperes más a salir de una mitología que nos ha mantenido pasmados durante tanto tiempo. Salta de la pecera donde has estado confinado y descubre el océano. Ni Dios tiene que cambiar nada ni Jesús tiene que volver al final de los tiempos a rematar su obra. Esperar que el bien triunfe sobre el mal, supone, no solo que existe el mal y el bien (maniqueísmo), sino que sabemos perfectamente lo que es bueno y lo que es malo y pretendemos, como en el caso de Adán y Eva, ser nosotros los que decidamos.

Todos los seres humanos que han vivido una experiencia cumbre, han experimentado la verdadera salvación que consiste en una conciencia clara de lo que son. Para alcanzar esa plenitud no se necesita ningún añadido a lo que ya es el hombre ni quitarle nada de lo que tiene. Desde esta perspectiva no necesitaríamos un Ser supremo que nos quite lo que no nos gusta y nos dé todo aquello que creemos necesitar y no tenemos. Tú lo eres todo. Estás en la plenitud de ser y puedes vivir lo absoluto que hay en ti aquí y ahora.

No tienes que esperar ninguna salvación que te venga de fuera, porque ahora mismo estás absolutamente salvado. La plenitud está ya en ti. Solo tienes que tomar conciencia de lo que eres y vivirlo. Todo está en ti en el momento presente. Nadie te puede añadir nada ni quitar nada de lo que te es esencial. En ningún momento futuro tendrás más posibilidades de ser tú mismo que en este precioso instante. Eres ya uno con todo en el instante presente y no hay ningún otro instante mejor que este.

Todo miedo y ansiedad debe desaparecer de tu vida, porque todas tus expectativas están ya cumplidas sin limitación posible. Si echas en falta algo es que aún estás en tu falso ser y pesa más lo accidental que lo esencial. Ningún tiempo pasado fue mejor y ningún tiempo futuro puede ser mejor que el ahora. Lo que te ha pasado, lo que te pasa y lo que te pasará es lo mejor que te puede pasar. Deja de dar valor a las circunstancias positivas y deja de temer las adversas. Descubre lo que eres y vívelo.

Todo el que te prometa una salvación para mañana o para después de tu muerte te está engañando. Si alguien te convence de que eres una mierda y tiene que venir alguien a sacarte de tus miserias, te está engañando. Aquí y ahora puedes descubrir en ti una absoluta plenitud y alcanzar la felicidad sin límites. No esperes a mañana porque mañanas estarás en las mismas condiciones que hoy. Muchos seres humanos, a través de la historia lo han conseguido, ¿por qué no lo vas a conseguir tú?

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jesús, norma definitiva de vida

domingo, 17 de noviembre de 2024
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c9c8c92f-b049-4ed1-9508-b0fe5a64ec89Mc 13, 24-32

«Y entonces verán al Hijo del Hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria»

El mensaje que encierra el texto de Marcos es muy difícil de interpretar, pues está escrito en un lenguaje escatológico que no va con nuestro estilo y confunde a los especialistas. No obstante, vamos a tratar de extraer alguna conclusión en la línea en la que parece moverse al menos una parte de la exégesis actual, y que, además, no se quede en la mera erudición, sino que nos ayude a vivir con sentido.

La imagen de hecatombe universal que nos describe Marcos en el texto de hoy no nos interesa nada, pues nadie cuenta con vivir esa experiencia. Lo que nos interesa, porque nos atañe como ninguna otra cosa en el mundo, es que cada uno de nosotros camina hacia el final de su propio tiempo; que nuestra vida es camino; que por él nos dirigimos paso a paso hacia la muerte y que nada en la vida de un cristiano tiene sentido si no es mirando al final que le espera.

Somos caminantes que caminan hacia su destino, y el libro del Éxodo es una preciosa metáfora de nuestra vida: “Desde la cómoda esclavitud de nuestras pasiones, por el desierto de la vida, hacia la Patria; hacia la casa del Padre”.

Mientras dura el camino estamos sujetos a error; tenemos propensión a equivocarnos; a confundir lo que es mera apariencia con la verdad, y ese error nos mueve a elegir mal y echar a perder nuestra vida.

Y sobre esta base, lo que parece decirnos Marcos en el evangelio de hoy es que, al final de su vida, Jesús se proclama a sí mismo camino de Verdad”; nos alerta de que la Palabra está ahí para mostrarnos el camino; para no perdernos por otros caminos que mueren cuando acaba nuestra vida; para salvar nuestra vida de la banalidad y el desastre… Jesús nos urge con fuerza a optar por él; a optar por sus criterios; por su propuesta de vida.

«Yo soy el camino, la verdad y la vida», nos dice Juan en su evangelio. Pero Marcos no se expresa de una forma tan sencilla, sino que se vale de unas imágenes soberbias para presentarnos a Jesús como el juez supremo del bien y el mal; del acierto y el desacierto: «Y entonces verán al Hijo del Hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; y enviará a los ángeles…».

Nos cuesta mucho trabajo entender este lenguaje, nos resulta extraño, pero quizá pueda ayudarnos el recordar que el evangelio asocia siempre el final con un juicio, y lo hace usando una escenografía colosal que no debe confundirnos. Lo que significa ese juicio es que al final resplandecerá la Verdad; que al final, los seres humanos nos encontraremos con la revelación definitiva; y esa revelación es Jesús como norma definitiva de vida; que no aceptarlo así es equivocarse.

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

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Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos

domingo, 17 de noviembre de 2024
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ob_98e422_caytruilaMc 13, 24-32

DOMINGO 33º T.O. (B)

La sensación de crisis que padece la humanidad a causa del desmoronamiento de antiguas estructuras económicas feudales, injustas, de ideologías envejecidas, caducas, de formas de gobierno dictatoriales y de anquilosados esquemas normativos, es profunda y general. El subdesarrollo, entendido como retraso económico, social y político de los países del Tercer Mundo, las bolsas de pobreza y marginación del Cuarto Mundo en relación con el progreso de los países opulentos, es un problema global que afecta a toda la humanidad, ya que es consecuencia del despilfarro, la corrupción y la malversación de las sociedades pudientes, ricas.

La miseria, la incultura de los países y zonas subdesarrolladas, empobrecidas, no se corrige con la ayuda de los países capitalistas o autocráticos, sino con la creación de nuevas formas de producción y de convivencia en el mundo desarrollado que acaben con la dependencia y generen auténtica liberación. Hay demasiada dependencia a base de mecanismos de dominación y explotación no sólo de recursos sino también de personas. Esta dependencia no se rompe con reformismos y desarrollismos de poca monta de cara a la galería. Es preciso ir más allá de conveniencias e intereses fraudulentos y afrontar con valentía el restablecimiento de la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos.

Esa vivencia empieza en casa, en la escuela, creando espacios de entendimiento, intercambio de recursos creativos, solidarios, que nos hagan crecer y avanzar en humanidad, compartir la alegría, la bondad, el cuidado entre nosotros, la gratuidad, la gratitud, el respeto, la ayuda a quien más lo necesita. Poner límites a la excesiva dependencia de móviles, tabletas, consolas y redes sociales alienantes que están causando un gran problema a nuestros propios hijos/as, a los profesionales de la educación, pero también a nosotros/as, a los mismos padres que hacen un uso desmedido de esos mismos medios. Ya lo están advirtiendo educadores, médicos, psicólogos. Por desgracia, parece confirmarse que El Homo Sapiens es capaz de acabar con la civilización y la cultura que tanto le costó consolidar. Podríamos preguntarnos, ¿de verdad estamos evolucionando hacia adelante?, “¿es posible soñar con la promesa de una humanidad futura que sea mejor que la actual viviendo en un planeta maravilloso junto con el resto de especies con las que hemos co-evolucionado?” (J.L. Arsuaga).

La Iglesia también se encuentra en situación de profundos cambios. Junto a la crisis religiosa generalizada, consecuencia de la propia incoherencia de la estructura eclesial, el clericalismo, la discriminación de las mujeres y el escándalo de los abusos, entre otros, se vislumbran con timidez, esperanzas de conversión a través de signos y de señales manifiestos. Son los signos de la esperanza, de una Iglesia sinodal en salida, como dice el Papa Francisco, en la que caben tod@s, tod@s, tod@s. ¡Ojalá que no sea sólo un espejismo! y se aborden los cambios necesarios que están en la base del mismo evangelio.

Para los/as cristianos/as el horizonte de la auténtica esperanza se basa en el cumplimiento de las promesas de Dios, fin y meta de la historia. Más que del fin del mundo, los evangelios nos hablan hoy del fin de un mundo. Se indica el fin de lo viejo, lo caduco y la aparición de lo nuevo, de la novedad que persistentemente sigue abriéndose paso, aunque todavía no en su plenitud. La evangelización liberadora exige que se formule el mensaje en conexión con las aspiraciones de liberación o de justicia. La liberación no es exterior a la evangelización. Tiene una implicación personal y comunitaria ineludible. Acontece en nuestra interioridad, en el corazón de nuestras entrañas, en mi yo original que se va haciendo vida, camino, testimonio, compromiso, verdad. Y al mismo tiempo, va dejando caer las hojas muertas del ego, la opresión, la injusticia, la mentira, la ambición, en definitiva, el desamor…

Para el creyente cristiano todo lo que hay de catastrófico en el mundo tiene un sentido purificador y esperanzador: el alumbramiento de un mundo nuevo y de una nueva creación. Y se viven en el presente. Sin la cruz de Cristo es imposible soportar las adversidades de la vida ni vislumbrar dentro de las tinieblas la salvación del pueblo, de la humanidad. Pero la cruz cristiana no se reduce a un fracaso: es victoria sobre la tumba, el sinsentido, la muerte, el pecado.

Esto es lo esencial: la llegada triunfal de Jesús, la nueva historia, un nuevo comienzo: vivir todos/as eternamente con/en Dios. Cada día, en toda circunstancia. Así lo proclamó el gran profeta Isaías: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43,18)

¡Adelante a todos los damnificados por la Dana! ¡No estáis solos!

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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Lo único que permanece.

domingo, 17 de noviembre de 2024
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IMG_8557Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

17 noviembre 2024

Mc 13, 24-32

Con un lenguaje que hoy nos resulta extraño, el género apocalíptico trata de revelar o des-velar (el término “apocalipsis” significa quitar el velo, revelación o des-cubrimiento) lo realmente real, aquello que permanece cuando todo lo demás cambia.

Sabemos que todas las formas u objetos son impermanentes y que, en ese mundo, lo único constante es el cambio. Y sabemos también que la impermanencia es fuente de dolor y, con frecuencia, de intenso sufrimiento, cuando nuestro apego a las formas es fuerte.

Forma u objeto es todo aquello que puede ser observado. En cuanto tales, todos ellos son contenidos de consciencia, ocupan un “espacio” delimitado de lo real y, como acabo de indicar, no escapan a la llamada ley de la impermanencia.

En conclusión: todo aquello que podemos observar, por más importante que nos parezca y por más querido que nos resulte, un día desaparecerá. Lo cual es lo mismo que decir que todo lo que nace, morirá.

¿Hay algo que se salve de la impermanencia? Justamente aquello que no es objeto, lo sin-forma, la consciencia que sostiene todos los contenidos, la “espaciosidad” que contiene todas las formas.

Lo único que permanece es lo no-nacido: aquello -el único “sujeto”- que observa todos los objetos, pero que no puede ser observado; la consciencia que sostiene, contiene y, a la vez, constituye el “núcleo” de todos los contenidos; la “espaciosidad” o presencia consciente en la que aparecen y donde se mueven todas las formas. En definitiva, lo realmente real es aquello que no tiene forma ni nombre, dado que, al no ser objeto, no puede nombrarse adecuadamente. Tal como lo expresó bellamente José Saramago, “en todos nosotros hay algo que no tiene nombre; eso es lo que somos”.

El texto evangélico proyecta esa realidad -lo único permanente, lo realmente real- en Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. Pero quien sabe leer descubre que va más allá de la persona del Maestro de Galilea. Lo único que “no pasará” es la consciencia, el ser, la vida… -hacia ello es adonde apunta la palabra de Jesús-, y eso es lo que realmente somos.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Finita la commedia o la vida tiene sentido?

domingo, 17 de noviembre de 2024
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angelDel blog de Tomás Muro, La Verdad es Libre:

Domingo XXXIII per annum

01.- Nota previa: Apocalipsis

        La Palabra de este domingo, -último del año litúrgico-,  nos sitúa ante el final de la historia, de nuestra historia personal y de la humanidad.

        Las dos lecturas de hoy hablan del final, y lo hacen con un lenguaje muy extraño para nosotros: con un estilo literario que se llama apocalíptica (apocalipsis).

        ¿Qué es la apocalíptica? Apocalipsis significa: revelación.

        Cuando un judío sabía que había ocurrido o iba a acontecer algo muy importante, deja correr un poco la imaginación, abre la “caja de los truenos” y habla con palabras y signos que a nosotros nos resultan extraños: catástrofes, los astros caerán, los sepulcros se abrirán, etc.

        Por ejemplo: a la muerte de Cristo -acontecimiento trascendental- los evangelistas dicen que el cielo se oscureció”, “los sepulcros se abrieron”, “hubo como un terremoto”, etc. Semejante lenguaje emplean los evangelistas ante el final de la historia, hecho decisivo para la humanidad, el evangelista dice que “el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”.

        La apocalíptica es un modo de pensar y de escribir. Es como un observatorio drástico y radical tomado del ideario del AT

        Los fenómenos “angustiosos y trágicos” ni ocurrieron ni ocurrirán. Es un modo de subrayar por medio de símbolos los acontecimientos decisivos en la historia.

02.- El final.

El final del año litúrgico, el problema de la muerte, el final de la historia, el sentido de la vida, el fin del mundo nos emplazan ante la cuestión que siempre ha estado presente en la conciencia del ser humano: ¿Qué me cabe esperar en la vida?, (Kant). ¿Qué puedo esperar en la vida, si es que me cabe esperar algo?

        O si no: ¿Finita la commedia? La Ópera “Pagliaci-Payasos” de Leoncavallo termina con un terrible e irónico: finita la commedia: la comedia ha terminado. Cuando morimos: ¿finita la commedia? ¿La vida es una comedia?

        Lo decisivo no es que el mundo termine, sino que quien termina es el ser humano, ¿cuál será nuestro final? El problema no es que el planeta tierra o el universo concluyan, sino que el problema sigue en pie: ¿y cómo termina esto? ¿Cómo terminamos los seres humanos?

Esta cuestión nos sitúa ante la esperanza.

03.- Esperanza.

       espejo En la vida tenemos proyectos, esperanzas. Es bueno tener ilusiones en la vida que nos muevan a trabajar, a crear, a vivir.

        Habitualmente ponemos nuestra esperanza en la ciencia, en los logros políticos, sociales, tecnológicos, médicos, etc.

La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad. Los logros científicos, las buenas estructuras sociopolíticas ayudan, pero por sí solas no construyen el futuro absoluto.

        El hombre nunca va a ser redimido por la ciencia, ni por la política, ni por lo eclesiástico, desde afuera. El hombre no puede ser redimido por medio de la ciencia. Es pedir demasiado a la ciencia. Tal  esperanza es falaz.

04.- El final no es una conquista humana, sino un don de Dios

        En nuestra recámara de pensamiento vivimos como un caballo desbocado que corre hacia la conquista de un futuro mejor y pleno.

        El lenguaje apocalíptico dice que no. Este mundo, este estado de cosas tiene que terminar para que renazca la “nueva ciudad”. La apocalíptica es muy radical: “más de lo mismo, no”.

La “vieja ciudad”, los viejos sistemas políticos, la vieja condición humana caerán, como van cayendo todos los “imperios” de este mundo. Cada caída de un sistema opresor significa un triunfo  de lo humano sobre lo inhumano, de la nueva ciudad sobre la “vieja Jerusalén”.

Trump asegura que va a lograr una “nueva ciudad” (EEUU). Ni Trump ni ningún político son dioses, ni pueden construir la “nueva ciudad”

“La nueva ciudad” viene de Dios:

 Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de la presencia de Dios. La ciudad brillaba con el resplandor de Dios (Ap 21)

La “nueva ciudad baja del cielo”, no de la tierra. La “nueva ciudad” es un don de Dios, no una conquista humana. La salvación, el final del ser humano no está en nuestras manos. El final es un don,  un regalo de Dios.

La apocalíptica lo dice con símbolos: al final, en la “nueva ciudad” no habrá templos, porque Cristo será el centro. No habrá sol ni luna, por tanto no habrá tiempo, porque la luz es Cristo y seremos en la eternidad de Dios.

No vi ningún santuario en la ciudad, porque el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son su santuario.La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbren, porque la alumbra el resplandor de Dios, y su lámpara es el Cordero. (Ap 21, 22-23).

05.- Mis palabras no pasarán

        Jesús nos dice: Mis palabras no pasarán

¿Qué palabras son éstas?

Él mismo. Jesús es la Palabra.

Evoquemos en nuestro interior lo que Cristo, el Reino de Dios,  suponen para el ser humano: paz, serenidad, justicia, libertad, vida, fraternidad, amor. Tales son las palabras -realidades- que permanecerán en la “nueva ciudad”, en la Jerusalén celestial.

Ante el abismo y caos de la nada, el cristiano confía en el ser.

No es lo mismo saber que esperar. Los conocimientos más valiosos no son los científicos, sino los humanos: el sentido de la vida no es un saber científico, pero sí humano.

        Cuando ya no sabemos más, esperamos, lo cual infunde una gran serenidad a nuestra alma, a nuestra vida.

Mis palabras no pasarán.

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«Jesús nos invita a saber Interpretar los signos del reino en el hoy de nuestra historia «, por Consuelo Vélez

domingo, 17 de noviembre de 2024
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Jesus-invita-Interpretar-signos-historia_2724337540_17394473_660x371De su blog Fe y Vida:

Comentario al evangelio del domingo XXXIII del Tiempo Ordinario 17-11-2024

Las lecturas ponen énfasis en la venida de Jesús como consumador de todo lo creado, realización plena de la historia de la salvación

El lenguaje apocalíptico del texto pretende mostrar la novedad absoluta de lo esperado y no, el revelar acontecimientos futuros que sucederán

Jesús es la novedad absoluta que está poniendo en práctica los valores del reino

Saber interpretar los signos de los tiempos para identificar lo que es del reino y lo que lo contradice.

Mas por estos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. De la higuera aprendan esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sepan que el verano está cerca. Así también ustedes, cuando vean que sucede esto, sepan que Él está cerca, a las puertas. Yo les aseguro que no parará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre.

(Mc 13, 24-32).

El ciclo litúrgico está llegando a su fin y las lecturas ponen énfasis en la venida de Jesús como consumador de todo lo creado, realización plena de la historia de la salvación. El lenguaje utilizado es el apocalíptico el cual se sirve de figuras contrastantes para mostrar lo nuevo que va a suceder. En este caso, todo lo que el texto relata de los acontecimientos cósmicos que parece se darán ante la venida del hijo del hombre, tienen la finalidad de mostrar la novedad absoluta de lo esperado y no, el de revelar acontecimientos futuros que sucederán, así como se narran. Lamentablemente por un desconocimiento de los géneros literarios de la Biblia y de interpretaciones que se han hecho de estos textos en el pasado, todavía hoy se predican de manera literal, aprovechando ese lenguaje para causar miedo en los oyentes o para interpretar, por ejemplo, la crisis climática como el cumplimento de estos relatos, haciendo aparecer a Dios como castigador de la creación y del ser humano, cuando, Dios es cuidador de todo lo creado y es nuestra responsabilidad velar por su preservación.

Este texto lo que pretende, con este lenguaje apocalíptico, es mostrar la novedad absoluta que llegó con Jesús -al que se le aplica el título de hijo de Hombre (Dan 7, 13)-, novedad que se está cumpliendo con la puesta en práctica de los valores del reino.

El pasaje bíblico continúa con la figura de la higuera con la cual Jesús invita, haciendo la comparación entre el conocimiento del florecer de la higuera anunciando el verano lo que ellos deben hacer con el tiempo presente: interpretar lo que está sucediendo, la novedad que Jesús ha traído, de manera que se pueda llevar a feliz término la salvación anunciada por Él. Con los términos de hoy, podríamos decir, saber interpretar los signos de los tiempos, en una actitud vigilante que nunca ha de faltar para identificar lo que es del reino y lo que lo contradice.

Por lo tanto, el tiempo presente es una llamada a mantener la esperanza en el cumplimiento de las promesas hechas por Dios que ya se están realizando en nuestra historia, manteniéndose vigilante y actuando coherentemente porque, aunque no sabemos -ni debemos pretender saberlo porque ni los ángeles, ni el Hijo lo saben- cuando se dará la consumación definitiva de todo en Dios, ya están aconteciendo los valores del reino  y confiamos que llegarán a la plenitud en el tiempo propicio de Dios que solo Él conoce.

(Foto tomada de: Guía básica para el cultivo de la higuera | Agroempresario.com)

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“Y llegamos…” (Marcos 13, 24-32) del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

domingo, 17 de noviembre de 2024
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IMG_8600Comentario a la lectura evangélica (Marcos 13, 24-32) del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

Y llegamos.

Este es el fin. O el principio del fin. O más o menos.

Pero aquí estamos.

Al leer la página del Evangelio de hoy sentimos que se nos aprieta el corazón y nuestra mente empieza inmediatamente a proyectar imágenes de escenas catastróficas, de meteoritos que causan una destrucción total. E incluso los signos de los que habla Jesús parecen hacerse realidad.

Guerras interminables, miseria rampante, la otra pandemia… la de la injusticia que aún no ha sido derrotada, los pobres del mundo presionando para entrar en lo que creen que son tierras de fortuna, violencia, falta de respeto, agresividad, ira, oposición incluso dentro de la Iglesia y entre sus líderes…

Sí, yo diría que es esto: es realmente el fin del mundo.

Muy cierto. Es el fin de este mundo.

De un mundo construido sobre el engaño, el narcisismo, la chulería.

El fin.

Porque ya ha comenzado otra Historia, la verdadera, la que se esconde detrás de las cosas que nos parecen evidentes. Sólo es cuestión de saber leerla.

La comunidad de Marcos, el evangelista que nos ha acompañado este año, atraviesa graves dificultades: el Imperio Romano atraviesa una profunda crisis, parece estar en disolución. La situación es muy parecida a la que vivimos actualmente, de fin de imperio, de transición de era. Algunos exégetas afirman incluso que Marcos ha reabierto su obra terminada para incluir un nuevo capítulo, el decimotercero, creado precisamente para tranquilizar a los discípulos.

El lenguaje es el que se usaba en la época de Jesús, hecho de imágenes enigmáticas e hipérboles, que no hay que tomar al pie de la letra, sino interpretar correctamente. Y es un mensaje de esperanza que no asusta sino que tranquiliza: caen las estrellas, es decir, los astros venerados por las religiones paganas.

No habla del fin del mundo, sino del declive del paganismo, de una fe que ve en las estrellas una amenaza o una divinidad. Cae el imperio, ciertamente, pero también una visión superficial y supersticiosa de ver a Dios. Ya era hora.

La pequeña fe cristiana está protegida por su Señor, no tiene nada que temer.

Sus comunidades incipientes son el brote tierno de la higuera que por fin da fruto.

No como la estéril del templo. Sino la frondosa a cuya sombra escrutamos la verdad y la belleza de la Palabra.

La fe sigue ahí, ciertamente, pero a menudo superficial y emocional, mezquina y mundana, pendenciera y partidista.

Y atacada y asediada por otras formas de ver el cristianismo, a menudo como una amenaza o la pesada herencia de un pasado que hay que superar.

Con toda confianza, dice Marcos, lo que se derrumba son las estrellas, no la Iglesia.

Sí las Iglesias atrincheradas en sus posiciones…, no las comunidades que no reducen la fe a un legado social.

Incluso en nuestra fe, lo que se derrumba es lo que hemos añadido, a menudo apartándonos del Evangelio o incluso traicionándolo.

Derrumbar lo inútil. Permanece lo esencial y lo verdadero.

¿Y si todo lo que hemos vivido, el inmenso amor que hemos experimentado y volcado en nuestras acciones fuera para enfrentarnos ahora a esta oscuridad y no ceder al desánimo?

Más aún.

Los ángeles vienen de los cuatro puntos cardinales para reunir a los discípulos.

Y conocen a muchos, incluso a más de cuatro. Hombres y mujeres que viven en profecía, que animan, reúnen, motivan, socorren. Tantos que preceden y suscitan la venida del Hijo del Hombre, del Mesías en el que hemos creído y que sin duda volverá con gloria.

Ángeles que encontramos cada día, cada domingo, que reúnen, en lugar de dispersar, que construyen, en lugar de demoler. Ángeles que llenan.

Calma.

¿Cuándo sucederá? ¿Cuándo veremos volver al Señor? ¿Cuándo la penumbra que se desvanece en el mundo se convertirá en gloria y en la manifestación final de Dios?

No lo sabemos, no podemos saberlo, no debemos saberlo.

Sólo podemos mirar a la higuera, el último árbol que echa hojas, justo antes del verano.

La higuera, en la Escritura, llama siempre a la Palabra, a la Escritura que es dulce al paladar como el fruto de la higuera. Y Jesús llama a todos a acoger la Palabra que habita, que perdura.

Y nosotros, aquí, después de dos mil años, seguimos escrutando la Palabra, saboreándola, maravillándonos de ella, dejando que invada nuestros corazones, que invada nuestras mentes.

Permanece, fruto dulce a nuestro paladar, que nos habita y nos ilumina, que nos anima y nos espolea, que nos alivia y nos motiva, que nos acompaña para que podamos volar alto y ver. Ver la obra de Dios manifestándose, inexorable, en el despliegue del caos.

En otro lugar.

Jesús nos advierte: construir el Reino no es necesariamente sencillo, no es un pasaje de gloria en gloria, dejarse abrumar por el Evangelio e iniciar el camino del discipulado significa colocarse en una actitud de cambio perpetuo, luchar para hacer frente a las contradicciones de uno mismo y del mundo. El Reino sufre violencia, no se manifiesta con oleadas oceánicas y obras milagrosas.

En el signo de la contradicción, del cansancio, el Reino se manifiesta, entre el ya sí y el todavía no, alejándose de la lógica gerencial del éxito mensurable que, por desgracia, a veces se cuela incluso en la lógica eclesial.

Los ángeles reúnen a los discípulos de los cuatro puntos cardinales, se reúnen y sostienen a los que afrontan con serenidad la construcción del Reino.  Sólo la Palabra y la certeza de haber experimentado a Dios o sentido su presencia nos mantienen en pie en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios.

Necesitamos recordarlo, en este tiempo de recepción del Sínodo sobre la sinodalidad, salir de la lógica del mundo para asumir la mirada de Dios sobre nosotros mismos, sobre el mundo y sobre la historia.

No, los cristianos no hablamos del final del mundo, sino del sentido y de la meta del mundo.

Que es el de descubrirse amados.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Fuente: Remitido por el autor

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¡Si no vivo para ser evangelio! ¡No vivo para servir a mis hermanos!

sábado, 16 de noviembre de 2024
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Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

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| Alfonso Olaz

¡Si no vivo para ser evangelio!
  ¡No vivo para servir a mis hermanos!

Sí, entre las preciosas páginas del Evangelio del amor
tu nombre no logras ver.
Entre los amigos de Jesús
Ni entre la muchedumbre
Ni en el círculo de los pobres.
Será quizás porque no confías en él.

Si no te encuentras en las escenas del Evangelio.
¡Qué extraño es!
Todos nosotros estamos ahí.
Solo tienes que creer…

Cuando tu entendimiento, memoria y voluntad están tocados
Es quizás porque no estás haciendo lo que tu Padre quiere de ti.
Vivir de su total y absoluta confianza

Él te ha dado toda su fuerza, toda: para que vivas el evangelio, en alegría, paz y bien

No para que te desanimes por lo que es relativo,que casi todo es ya relativo.
Si no para que conozcas que lo único que vale la pena es él, lo absoluto.

Cuando en él confías y sigues leyendo, tu nombre aparece muy cerca de él, en todas las escenas del Evangelio

Padre
Tú siempre me escuchas.
Aun cuando atravieso el desierto, ahí estás tú.
En la noche oscura estás tú.
Tú jamás abandonas a tus hijos
No quieres que sufran en la injusticia

Padre
Te doy gracias por la noche oscura, por el desierto
Si no la tendría, no te amaría.
Si no te olvidaría por no tenerla
Y por no tenerla jamás olvidarte

Porque con la razón no volaré tan alto para darte alcance
Y en tu absoluto amor di caza a la caza para alcanzarte.

Padre
Siempre nos quieres alegres
Siempre nos quieres tranquilos
¡Siempre nos quieres en paz!

¿Entonces qué nos pides?

Vivir en amistad fuerte contigo
Hacer oración de la vida
Para estar continuamente en tu presencia
Habiendo abandonado el ego
Viviendo ya solo para él

Sin importante el juicio del hombre.
Sin turbarte el juicio del mundo
Sin esperar nada de la higuera, que ya no da fruto

Entrar en su corazón que mendiga tu amor
Ser constantes en las tribulaciones
Como tú lo fuiste con tu padre
Solo vivir para ti y lo demás no vale nada, como una moneda falsa

Padre
Ya no me importará nada.
Solo estar en tu presencia
El mundo será lo relativo
Contigo ya nada me podrá dañar

Señor.
No permitas que la verdadera alegría se me convierta en tristeza por los acontecimientos de la vida

No permitas que las tinieblas entren en mi corazón y ensombrezca tu verdadera alegría.

Solo quieres que sea muy feliz
Llevar tu alegría, tus ganas de vivir, por donde pase cada día
Entre los caminos que tú me lleves

Aprender a desaprender
Para volver a comenzar
Comenzar a perdonarme para sanarme
Y perdonar a los demás para sanarlos para ti.

Para ser solo un pobre hermano franciscano
Con la alegría de la mujer que me has dado, con los hijos tuyos que me has prestado
Con la fraternidad universal que me has regalado

Para ser amigo tuyo y hermano de toda la fraternidad universal.

Del Evangelio a la Vida
De la vida al evangelio

*

Alfonso Olaz

***

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“El Paseo de la Fama y la indecencia”, por Alejandro Fernández Barrajón

sábado, 16 de noviembre de 2024
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IMG_7695De su blog Teselas:

He tenido la oportunidad en este verano de visitar la ciudad cosmopolita de Los Ángeles, la segunda más poblada de Estados Unidos, que fundara hace casi 450 años, en 1728, un franciscano jiennense de Bailén, Felipe de Neve, con un grupo de 43 españoles. Precisamente he estado en el lugar del origen de la ciudad, en la capilla dedicada a nuestra señora de los Ángeles. Es un lugar que aun conserva el encanto de lo que fue en sus orígenes. Se llama así porque los franciscanos fundadores quisieron perpetuar a santa María degli Angeli, la localidad italiana donde se encuentra la Porciúncula, un lugar muy emblemático para cualquier franciscano.

La ciudad, lejos de conservar su espíritu franciscano original, se ha convertido en la referencia de la grandeza y la fama. Allí habita la mayoría de las grandes fortunas y estrellas de Hollywood. Una colina cerca de la ciudad nos lo recuerda con un rótulo gigante visible a varios kilómetros. Muchos visitantes de esta ciudad no dejan de visitar en un Boulevard de esta ciudad el famoso Paseo de la fama donde hay más de 2700 estrellas en las aceras dedicadas nominalmente a cada uno de los grandes triunfadores, las celebridades que han logrado destacar en el cine, en la música o en las distintas facetas creativas. Una estrella que no es gratis, cada patrocinador escogido debe abonar unos 30.000 dólares. Hay ya nueve españoles que disfrutan de este reconocimiento.

Pero esto no es lo más llamativo: Pude ver en una de las aceras, abarrotadas de estrellas de famosos, a un pobre hombre, durmiendo en un banco, haraposo, sucio y, seguramente, hambriento. Y muy cerca de allí, en los jardines, aledaños al Paseo de la fama, grupos de indigentes que compartían el alimento y dormían bajo los árboles. Las gentes pasaban cerca de él buscando las estrellas de sus celebridades preferidas y apenas se percataban de la situación de este hombre vulnerable y tumbado al lado de la acera junto a las estrellas de las celebridades. Imaginé que para Dios este es el verdadero famoso, la auténtica estrella, el ignorado y despreciado por todos, como el caído a la orilla del camino entre Jerusalén y Jericó. En Los Ángeles hay muchas estrellas de la fama y también mucha indecencia que permite estas atroces desigualdades tan vergonzosas. Cuando pude ver desde lejos, porque ellos guardan con mucho escrúpulo su intimidad, las fachadas al mar de las viviendas de los más famosos y adinerados personajes de Los Ángeles, entendí que era necesaria una justicia divina ya que nosotros no vamos a ser capaces de lograr una justicia humana somera. No hay derecho, pensé, aunque algunos tengan consigo todas la de la ley.

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¡Libres!

viernes, 15 de noviembre de 2024
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Del blog Pays de Zabulon:

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He aquí  que me encuentro con una persona que dice ser cristiana y que se dedica a la labor pastoral. ¡Pastoral de jóvenes! Ella me dice rotundamente que la homosexualidad está prohibida en la Biblia.

Ni siquiera sé por qué me habla de esto, porque no es el tema de nuestro encuentro y ella no sabe que he estado trabajando en este tema, por así decirlo, durante años.

Pero ella está segura de sí misma. Ella afirma. Sin demostración pero con la convicción de que…¡da miedo!

No puedo creerlo. ¿Cómo es posible que en 2023 los agentes de pastoral sigan estando tan mal (in)formados? ¿Que la Biblia prohibiría la homosexualidad? Pero ella no habla de eso, no es su tema. La moralidad sexual no es nada en todos los escritos bíblicos. Por otro lado, la justicia social, oprimir o explotar a tu hermano, juzgarlo y condenarlo en lugar de ejercer misericordia o simplemente ocuparte de tus propios asuntos, eso está prácticamente en cada página.

¡Ah, el Levítico! Argumento anticuado siempre esgrimido: el Levítico que prohibiría la homosexualidad. Ya ni siquiera quiero responder. ¿Por qué este único versículo de un libro grande que contiene muchas prohibiciones que hoy ya no consideramos tendría más peso que los demás? Básicamente, dice más sobre la persona que esgrime la prohibición que sobre el libro bíblico, pero ¿cómo puedo decírselo amablemente, sin que ella se escandalice o grite al hereje que no respeta la palabra bíblica?

No, ya ni siquiera quiero discutir.

Sé una cosa que el apóstol Pablo nos enseña en su carta a los Gálatas (5:1) y en muchos otros lugares:“Hermanos, para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud”.

Gratis. Por lo tanto, está claro, ¿no? Libres para no respetar más las prohibiciones, libres para no dejarnos encerrar en juicios. Que cada uno viva lo que tiene que vivir y respete al hermano/a. Esta obsesión por querer impedir que otros acepten y vivan su orientación sexual es dolorosa. Es un verdadero contra testimonio del Evangelio que nos hace libres.

Pero de hecho me hace volver a publicar aquí. La pelea no parece haber terminado.

*

Z – 11/02/2023

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“Come del fruto y sal del Edén”, por Carlos Osma.

viernes, 15 de noviembre de 2024
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De su blog Homoprotestantes:

Los Dioses cisheteropatriarcales crean siempre al hombre, y después a la mujer, a su imagen y semejanza. Su soplo, con el que los trae a la vida, es un soplo limitado al binarismo que se presenta como complementariedad, pero que en realidad protege el privilegio de algunos hombres. Después les da un nombre: Adán y Eva, con el que los limita, predispone, obliga, y marca para siempre. Finalmente, los encierra en su jardín del Edén desnudos —pero ciegos para ver el color de su desnudez o la diversidad que alberga su cuerpo— y les arrebata el poder sobre su cuerpo y su deseo.

En el centro de todos y cada uno de los jardines que esos Dioses han creado hay plantados dos árboles al servicio de la protección del sistema cisheteropatriarcal: el árbol de la vida, y el árbol del conocimiento del bien y del mal. El primero es la promesa de lo imposible, la mentira de evitar la muerte. Es el anhelo por el que cualquier ser humano estaría dispuesto a todo, incluso a someterse al silencio, la negación, la doble vida, o una pseudoterapia reparativa. El segundo es una amenaza para las disidencias, para quienes necesitan conocer, para quienes se saben parte de un mundo donde el bien y el mal conviven sin saber a veces dónde termina uno y comienza el otro. Sin embargo, es también la puerta de salida de cada uno de los jardines del Edén a un lugar desconocido donde los dioses cisheteropatriarcales ya no son todopoderosos.

Es complicado liberarse de la amenaza del árbol de la vida, por eso les Noemí y las Jonathan que han sido colocados en esos jardines con un nombre que no es el suyo —Adán y Eva—, se afanan en alcanzar estos arquetipos totalmente inasumibles para elles. Y vagan y vagan por el jardín del Edén buscando su lugar, aprendiendo de serpientes silenciosas a arrastrarse sin ser descubiertas. Algunos creían que los Dioses cisheteropatriarcales luchaban por expulsarlas del Edén, pero no es cierto, necesitan a muchas Noemí y Jonathan sufrientes para —como el árbol de la vida— atemorizar a Adán y Eva. Necesitan redibujarlos, caricaturizarlos, hablar por elles, para que su Edén permanezca para siempre. Sin ese Edén, el Dios cisheteropatriarcal y sus adoradores, perderían todo sentido, por eso hay que protegerlo a toda costa.

No hay un único Edén, sino muchos, tantos como los Dioses cisheteropatriarcales necesitan, y cada uno de ellos se adapta para poder sobrevivir. Por eso hay Edenes en los que junto a Eva y Adán —o incluso prescindiendo de ellos— Noemí y Jonathan pasean tranquilas sonrientes. No hay expulsión, ni caricatura, sino selección de las Noemí y Jonathan que podrían pasar por Eva y Adán, reforzando así el estereotipo al que hay que adaptarse para que el Edén Rainbow no sea más que una copia del Edén de toda la vida. Y donde el árbol de la vida que está plantado en medio del jardín, a pesar de estar repleto de luces y banderas de colores, advierte de la muerte que les espera a las disidentes, a las que ya no quieren vivir en un lugar donde no son libres ni felices, donde no son elles mismes, sino caricaturas al servicio de algún Dios decadente.

También hay muchas Noemí, Jonathan, Alex, Fátima, invisibilizadas por los ventrílocuos de los Dioses patriarcales, porque van con todo el cuerpo, con su propio cuerpo tal y como elles lo viven y lo comprenden: tal como es. No se las quiere escuchar porque hablan con una voz propia y se explican son palabras que han creado ellas mismas porque no tenían otras a su disposición donde estuvieran incluides. Hay muches Isabella, Aimar, Cris, Noa, que quieren explicar su deseo, mostrar como aman, como sienten, pero ningún jardín del Edén se lo permite, porque no se someten, porque no refuerzan el poder de los Dioses cisheteropatriarcales. Hay también, incluso muchos Adán y Eva que están cansados de ser utilizados como el arquetipo de Adán y Eva, que no quieren ser ejemplos para nadie, sino vivir libremente con el resto, y que su identidad no sea utilizada contra la identidad de las demás.

Todes elles son una amenaza constante para el mantenimiento del jardín del Edén, y los Dioses cisheteropatriarcales están dispuestos a todo para silenciarlos. Pero jamás los expulsará, las prefieren controladas en el espacio que controlan. Como sabe cualquier El Padrino —cualquier Dios de la mafia— hay que mantener a los amigos cerca, pero a los enemigos aún más cerca. Parece que no hay escapatoria posible, que están condenades a vivir encerradas en esa llanura primigenia que jamás existió, pero cuya opresión es muy real. Y eso se debe a qué solo son capaces de pensar en los términos de la teología fundamentalista y cisheteropatriarcal. Pero para liberarse hay que repensarlo todo, mirarlo con ojos nuevos, atreviéndose a hacer lo que nunca antes habían hecho: atreverse a interpretar y habitar el mundo desde su necesidad de vida y liberación.

El gran enemigo del Dios cisheteropatriarcal es la serpiente, por eso ella es para las disidentes la voz del dios liberador. Solo hay una forma de salir del jardín del Edén, comiendo del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Del fruto de ese árbol que no engaña, que revela la finitud del ser humano y, por tanto, la importancia de vivir plenamente cada instante. Del fruto de ese árbol que dejará desnudes a todes y les mostrará la realidad de su vulnerabilidad, y de la vulnerabilidad de les demés. Del fruto del árbol que les libera de unas normas inamovibles, eternas y universales, para llamarlas a la responsabilidad de vivir discerniendo en cada momento, en cada circunstancia, en cada cuerpo y deseo, que es lo bueno, y que es lo malo. Que es lo humano, y que lo inhumano.

Eva es el origen del pecado en el mundo cisheteropatriarcal, pero para nosotras es el origen de la liberación de quienes no queremos vivir en ese jardín. Ella se atrevió a seguir el consejo del dios liberador y desobedeció al Dios cisheteropatriarcal, en su desobediencia abrió la puerta de salida del Edén que no había escogido y donde había sido encerrada, pero no solo lo abrió para ella, sino también para Adán, Fátima, Cris, Jonathan… para todas nosotras. Además de la salida de su Edén particular, visibilizó que es posible dejar atrás los miles y miles de Edenes en los que hemos sido encerrados junto al resto de la creación. Debemos coger del mismo fruto para escapar, nuestro encierro no es eterno, hay una escapatoria posible que nos lleva a lugares en los que tendremos que construir los espacios donde nuestra vida y la de las demás puede ser vivida sin coacción, en libertad. Come del fruto y sal del Edén.

Carlos Osma

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El más difícil desafío.

viernes, 15 de noviembre de 2024
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IMG_7860No es de ley abusar del modo catarsis, si no se ofrece salida. No creo en la confesión que sólo ofrece derrota. Vinimos a la tierra con la buena y humilde intención de mostrar la salida de la cueva, de señalar la luz del día. No podemos volcar dolor en la plaza compartida sin ofrecer esperanza. Sólo me permito escribir sobre una frustración, para de alguna forma certificar que “nadie dijo que fuera a ser fácil...” y que, sin duda alguna, merece la pena intentarlo. Tenemos la vida en ello comprometida.

Me paso el día ponderando sobre una fraternidad que a menudo me veo en la dificultad de implementar. Acabo de entregar a la editorial el libro, sin lugar a dudas, más importante de mi vida. Lleva por  título “Mañana fraternidad. Hacia una nueva interpretación de la historia”. Acabo de rubricar con enorme ilusión las páginas del contrato, sellando de esa forma un esfuerzo de muchos años. En el libro vuelco el absoluto convencimiento de que ese alto ideal un día encarnará en nuestra querida tierra. Observo cómo hemos perseguido ese Ideal a lo largo de la historia, cómo todo el dolor que arrastramos de tanta y dura confrontación un día florecerá en enseñanza colectivamente interiorizada, en Reino de Dios por fin materializado.

El libro es mi aportación más sentida, constituye todo un testamento de un sentir y pensar. Una y otra vez, miles de veces he escrito la palabra “fraternidad” en mi ordenador y sin embargo a veces siento que soy el primero que, en la práctica, falta al Ideal. Me siento tan impotente, a menudo, para sacar la palabra de la pantalla, de llevarla al día a día a mi alrededor.  A menudo no soy capaz de gestar fraternidad en el círculo más cercano.

Visionamos las cumbres pero aún no podemos, por el lastre de nuestra personalidad, coronarlas. Nos faltan crampones, piolet, botas…, sobre todo ligereza de nuestro ser, desprendimiento de los egos, para sortear glaciares y desniveles, para alcanzar nuestro superior objetivo.

Me duele ese desfase entre lo que siento y lo que finalmente concibo en esta dimensión. Me pena esa distancia entre el Ideal y la vida cotidiana. A veces demasiado abismo entre lo que tecleo y lo que creo. Eso puede llegar a generar frustración. Pido al Dios para que ese abismo vaya poco a poco mermando, para que las más sonoras palabras puedan poco a poco encarnar sobre una tierra renacida y que cada quien podamos cumplir con nuestra parte.

En el verano, sobre los prados floridos de nuestros encuentros, con la ayuda de los cantos y la buena voluntad desbordada por todas partes es más fácil, pero en mitad del invierno… Estamos en ello. Con la ayuda de Dios no sucumbiremos. Lo seguiremos una y otra vez, siempre la autocrítica por delante, intentando. Al fin y al cabo, no en balde se trataba del reto más desafiante, aquél al que Jesús nos emplazó: lograr vivir como hermanos.

Koldo Aldai Agirretxe

Fuente Fe Adulta

Espiritualidad ,

Pensando la Fe.

jueves, 14 de noviembre de 2024
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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«Sigue demasiado vivo el fantasma de una omnipotencia abstracta, según la cual Dios podría hacer lo que quisiera, sin resistencias de ningún tipo. No nos damos cuenta de que por su parte no hay límites, evidentemente; en sí misma y en abstracto, su omnipotencia lo puede todo; pero, en su funcionamiento concreto, la omnipotencia dice relación al otro, y el otro tiene necesariamente límites: el círculo no puede hacerse cuadrado sin desaparecer, y la libertad finita no puede, sin quedar anulada, ser forzada a obrar bien  siempre. Dios, por lo que a Él respecta, lo puede todo y quiere lo mejor para nosotros; pero no todo es posible en sí mismo. El amor de Dios consiste en «estar siempre trabajando» (Jn 5,17), contra toda inercia y resistencia, por nosotros y por nuestra salvación».

«Acaso estemos empezando, por fin, a comprender, como de manera simbólica pero unívoca nos lo muestra la vida de Jesús, que, más que «señor«, Dios es «servidor» de sus criaturas; que jamás es el «verdugo» de sus sufrimientos, sino siempre, con ellas y a favor de ellas, la «víctima«. Empezamos a intuirlo con san Juan de la Cruz, como «océano de amor» que trata de inundarlo todo con su gracia y su gozo, que trabaja en todo, con todo y a través de todo: la tierra que nos sostiene, el aire que respiramos o el alimento que comemos, la mano amiga que nos acaricia o nos ayuda, el trabajo y la lucha de tantos por un mundo mejor… Si todo ello resulta posible es porque Dios lo creo así, en esa dirección y con esas capacidades, que Él está sosteniendo y apoyando a cada instante. Que se logre, es lo único que Él quiere y por lo que trabaja. Cuando no se logra, Él es el primer contrariado: el fracaso o la desgracia suceden contra Él en la misma e idéntica medida en que suceden contra nosotros».

«Lo malo que acontece nunca «estaba de Dios«, por la sencilla razón de que eso es justamente lo que Él no quería: lo soporta con nosotros y nos apoya en la lucha por superarlo; y cuando la superación inmediata no resulta posible, nos asegura que la derrota no es definitiva, que la última palabra palabra de nuestra existencia se llama salvación«.

*

Andrés Torres Queiruga,
Recuperar la creación.

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Prólogo de Timothy Radcliffe a ‘Adventus. El tesoro escondido’, de Jose Chamorro

jueves, 14 de noviembre de 2024
Comentarios desactivados en Prólogo de Timothy Radcliffe a ‘Adventus. El tesoro escondido’, de Jose Chamorro

2024_72026_PORTADA_Teselas-Adventus.inddEste trabajo de Jose Chamorro, más espiritual que teológico, es una invitación a dejar que la Navidad irrumpa en nuestro interior como algo que, en la medida en que se va realizando, nos va transformando

A lo largo de estas meditaciones y artículos sobre el Adviento –porque antes de todo nacimiento nos encontramos siempre la espera– y la Navidad, el autor nos invita a la apertura necesaria para que el Misterio, que es Dios, nos sorprenda, al reconocimiento de la Vida en la vida, al reconocimiento de un sentido que nos hermana, nos acerca y nos hace reconocernos humanos

Con la intención de que estos textos se puedan hacer vida en el lector, además de introducir una pregunta que nos ayude a cuestionarnos desde dónde vivimos estos tiempos, se incluyen también propuestas iconográficas y auditivas mediante un enlace con código QR

13.10.2024 | Fr. Timothy Radcliffe, op

Mientras subía la escalera,
me encontré con un hombre que no estaba allí.
¡Hoy tampoco estaba allí!
Ojalá, ojalá se mantuviera lejos.

William Hughes Mearns (1922)

Este podría haber sido un poema sobre un fantasma, pero también evoca nuestra incomodidad con las personas que de alguna manera no están allí, incluso si están físicamente presentes. Es como si en el centro de su ser hubiera una pérdida de interioridad. Un tema importante de este libro es la necesidad de recuperar esa interioridad que a menudo falta en la sociedad contemporánea. Esto significa que a menudo nos encontramos con personas sin la sensación de haberlas encontrado realmente.

Una razón por la cual tantos de nuestros contemporáneos no sienten la presencia de Dios es porque Dios reside en el núcleo mismo de nuestra interioridad, dándonos existencia en cada momento. Pero si somos «personas que no están allí», entonces es Dios quien parece ausente, aunque seamos nosotros mismos los que lo estamos. No mucho después de mi ordenación al sacerdocio, tuve esta sensación de perder a Dios. Volví a ser consciente de la cercanía de Dios en un lugar muy sorprendente, el Jardín de Getsemaní, donde Jesús debe haber soportado la sensación de la ausencia del Padre, como lo hizo en la cruz en los evangelios de Marcos y Mateo. Al abrazar esa sensación humana de abandono, la superó, como dice san Agustín.

La sensación de ausencia de uno mismo también fue la experiencia del propio san Agustín, citado por Jose Chamorro: «Tarde te amé y no me percaté de que tú estabas dentro de mí. En los momentos de dificultad estabas a mi lado, pero yo no lo notaba. Todo me alejaba de ti, pero, aun así, tú jamás me abandonabas. Me llamaste a tu presencia y curaste la ceguera que me impedía ver».

Esta ausencia no es lo mismo que un vacío que Dios está esperando llenar. Chamorro escribe que «ese hueco es el mismo que albergamos dentro, ese lugar donde Dios puede plantar su tienda pues, en última instancia, no somos más que criaturas a las que Dios da su existencia a cada momento». Así que deberíamos apreciar los espacios vacíos en nuestras vidas, el vacío hambriento, los lugares desérticos.

El filósofo francés Blaise Pascal dijo: «Hay un hueco con forma de Dios en el corazón humano que nada más puede llenar». Cuando cobremos vida, seremos cada vez más conscientes de ese vacío en el centro de nuestro ser. La tentación es llenarlo con alcohol, comida, sexo, poder o posesiones. Pero nunca nos darán lo que queremos, que es Dios.

Cuando sintamos un vacío en nuestros corazones que anhelamos llenar, debemos apreciarlo, porque es donde Dios mora

Dios siempre hace su hogar en el vacío. Cuando los israelitas viajaron al desierto, se le ordenó a Moisés que construyera un trono para Dios. Era solo un espacio vacío entre las alas de los querubines. Era pequeño, apenas el ancho de una mano. Dios no necesita mucho espacio. Y cuando Dios se hizo carne, entró en el pequeño espacio vacío del vientre de María. Cuando ese niño creció, fue clavado en una cruz y gritó llamando a su Padre, quien parecía estar ausente. Ese fue quizás el espacio más vacío de todos. Pero el domingo de Pascua, María Magdalena, Pedro y el discípulo amado encontraron el espacio vacío del sepulcro, con dos ángeles a cada lado, el trono de Dios.

Entonces, cuando sintamos un vacío en nuestros corazones que anhelamos llenar, debemos apreciarlo, porque es donde Dios mora. Es el útero vacío en nosotros que solo Dios puede llenar. En el Éxodo, Dios dice: «Todo lo que abre el útero es mío». Esta es la «dimensión femenina que hay en todo y en todos». Si queremos ser fértiles, entonces debemos tener en el centro de nuestro ser un útero vacío, esperando la fertilidad de Dios.

Jose Chamorro cita al Maestro Eckhart, quien escribe que «lo que Dios puede hacer en el alma es engendrar a su Hijo y es necesario que esto sea así. Es propio de Dios no poder dejar de engendrarse en mí y en todos». Esta es la fuente de alegría por la cual el mundo tiene sed, que, según Teilhard de Chardin, es el signo infalible de la presencia de Dios. Es esta alegría la que irradiaba de santo Domingo y de cada predicador del Evangelio. En nuestro mundo que está cada vez más crucificado por la violencia y la desigualdad, y amenazado por la catástrofe climática, es esta alegría la que nos da esperanza.

Fr. Timothy Radcliffe, op,

en Oxford,
25 de enero de 2024

Compra aquí ‘Adventus. El tesoro escondido‘, de Jose Chamorro (San Pablo)

O en tu librería habitual…

Fuente Religión Digital

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El Dios interior

miércoles, 13 de noviembre de 2024
Comentarios desactivados en El Dios interior

Del blog Pays de Zabulon:

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La Gracia, que es considerada por el hombre natural como un don que le llega de una Divinidad externa, es para el hombre iniciático el acceso a la conciencia del Dios interior, de su propio ser.

*

Karlfried Graf Durckheim,
(1896 – 1988),
místico y filósofo alemán,
La experiencia de la trascendencia.

***

Foto: Rene Capone (n. 1978) Niño azul, luz amarilla (en pookiestheone.tumblr.com)

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“El abismo del Sagrado Corazón de Jesús”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

miércoles, 13 de noviembre de 2024
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IMG_8445Sagrado Corazón de Jesús, Salvador Dalí

Todo me ha sido dado por mi Padre; nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos”. La invitación se dirige no sólo a los cansados y oprimidos, sino a todos, puesto que todos estamos cansados y oprimidos.

Es, incluso, un arrebato de emoción.

No dice «todos los que sois buenos».

No dice «todos los que sobresalís».

No dice «todos los que sois justos».

Si alguien queda excluido, son los «sabios y entendidos».

Tenemos derecho a ser primero invitados y luego acogidos por el Hijo, y más tarde admitidos a conocer al Padre, simplemente porque estamos «cansados y oprimidos».

¿Quién puede apreciar más la acogida de un refugio de alta montaña que quien llega allí exhausto al final de una jornada de marcha, tal vez bajo un sol abrasador o a través de una inesperada y machacona tormenta?

¿Quién puede apreciar más los brazos abiertos de un puerto que quien desembarca en él con su frágil embarcación, contra la que ha arreciado una tormenta más fuerte que sus mástiles?

¿Quién puede apreciar la sombra de un oasis más que el caminante que ha multiplicado los pasos inútiles por las pistas inciertas y sinuosas de una travesía del desierto?

¿Quién puede agradecer la sencillez del agua más que el sediento?

¿Quién puede saborear la modestia del pan más que el hambriento? ¿Quién la gratuidad de una mano tendida más que los oprimidos que sólo han conocido pies sobre sus cabezas?

Cansados y oprimidos: lo justo para ver la invitación de Jesús entregada en un sobre evangélico: «Venid a mí».

Es la acogida que Jesús extiende con los brazos abiertos a quienes sólo tienen el título de estar vivos y marcados por la «fatiga de ser hombres».

No es la recepción de una sala de urgencias, aunque sea de rescate.

No es la acogida de un campo de refugiados, aunque todos somos refugiados.

No es la acogida de la recepción de un hotel, aunque todos somos caminantes que vivimos en albergues temporales.

A nosotros, cansados y oprimidos, Jesús nos ofrece la acogida… bajo el mismo yugo.

Leyendo la invitación de Jesús sólo en esta dirección, podríamos sospechar que nos encontramos ante una emboscada, además orquestada contra los cansados y oprimidos: venid a mí… para recibir un yugo sobre vuestros hombros.

Invirtiendo el sentido de nuestra lectura, podemos comprender que Jesús nos invita a tomar sobre nuestros hombros el yugo que ya está sobre los suyos.

Él ya ha conocido el cansancio y las opresiones de la vida, que postran y secan las ganas de vivir.

No me pide que lleve el yugo en su lugar, sino que le ayude a llevar el suyo, aceptando hacerlo también mío.

Es la invitación a no querer llevar solos el yugo, corriendo el riesgo de morir, ni a pedir a otros que lo lleven por nosotros (colocándonos en la incómoda posición de deudores), sino a aceptar sumarnos bajo el que él ya lleva.

Es el yugo de la obediencia filial, que aprendemos del Jesús manso y humilde «de corazón». Él es el primero en llevar este yugo. Es Él quien lo hace dulce y ligero de peso, porque lo lleva con nosotros.

«El que guarda mis mandamientos y los observa, ése es el que me ama. El que me ama será amado por mi Padre, y yo también le amaré y me manifestaré a él».

El yugo, no siempre suave, de la obediencia nos manifiesta al Hijo y, a través de él, se nos da a conocer al Padre.

La mansedumbre y la humildad de corazón se resumen en el amor: «El que me ama será amado por mi Padre, y yo también le amaré y me manifestaré a él».

Es el amor el que nos permite conocer al Hijo por lo que es: hijo de un padre.

Es el amor el que nos permite conocernos y aceptarnos como lo que somos: hijos.

Es el amor lo que hace sagrado el Corazón de Jesús. Es el amor el que hace sagrado nuestro corazón. Participando, como llegamos a ser, del amor que hay en Dios, fuente de su santidad.

Creer en el corazón sagrado que nos es dado compartir con el Sagrado Corazón nos permite revalorizar la interioridad, la nuestra y la de todos.

Interioridad entendida no sólo como opuesta a la exterioridad, sino precisamente como fe-confianza en la bondad radical de cada uno. La mía y la de los demás hombres y mujeres que luchan por la vida.

Si el amor es nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón.

Para «adquirir» -si se puede llamar así- este tesoro estaré dispuesto a «vender» todo lo demás. Y seguir a Jesús, es más, tomar con Él su mismo yugo -la obediencia al amor- para caminar en esta vida hacia el Reino.

¿De qué me serviría poseer el mundo entero si perdiera mi corazón? ¿De qué me serviría poseer los reinos de este mundo si no encontrara el Reino de Dios, el Reino del amor?

La humildad de corazón, en la mansedumbre, está en el origen de toda fraternidad. Desde la de nuestras comunidades hasta la fraternidad universal. No es una virtud instrumental (para «llevarse bien»), sino una actitud fontal.

En la fraternidad compartimos nuestra riqueza, la del corazón, en lo más profundo.

De corazón a corazón, como el discípulo amado por Jesús, escuchamos y obedecemos su palabra.

Llevando el yugo de la obediencia mutua, soportando los unos las cargas de los otros, unidos en el Sagrado Corazón de Jesús cultivamos la viña del Señor, hacemos fructificar su palabra, su mandamiento, para que y hasta que venga el Reino de Dios.

El Sagrado Corazón.

El acceso privilegiado a los tesoros de la gracia en el Corazón de Jesús se abre ante nosotros si liberamos nuestra mirada sobre lo «sagrado» de las estrecheces de una perspectiva «sacral».

La historia de la teología, la espiritualidad e incluso la devoción han alimentado y cimentado una idea de lo «sagrado» como prerrogativa de lo totalmente otro, intangible e incluso incomunicable.

Todo intento de alcanzarlo se ha considerado una profanación. Todo intento incluso de poseerlo ha sido sospechoso de magia. Demasiadas mortificaciones en nombre del Santo, cuando el Santo quiere la vida para nosotros.

Jesús, el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre derriba el muro de separación entre nosotros y el Santo y convierte al Santo mismo.

Por su misma encarnación, antes incluso que por ninguna de sus palabras, Jesús transforma la distancia en proximidad, la separación en comunión, el recelo de ver o incluso tocar a Dios en «tomad y comed».

La vida de Jesús está entretejida de encuentros. Los propios Evangelios son esencialmente relatos de encuentros, empezando por el primer acercamiento en el anuncio a María, donde el Altísimo cubre con su sombra las profundidades de lo humano. María, la nueva arca, acoge no las palabras escritas en piedra, sino al Verbo hecho carne de su carne.

Aquel que habitaba en el Santo de los Santos, inaccesible salvo bajo la condición de un riguroso ritual despersonalizador, habita ahora en el seno de una mujer, espacio de acogida ofrecido a aquel que los cielos no pueden contener.

Los encuentros históricos de Jesús adulto revolucionan la categoría de lo sagrado y lo inaccesible.

En Jesús, el Santo no sólo se hace accesible, sino que, cuando encuentra a los hombres -no sólo a los humanos-, los envuelve con su gracia.

Jesús manifiesta su santidad -y, por tanto, la santidad de Dios- no como un espacio separado, infranqueable e inaccesible, sino como un espacio acogedor que atrae hacia sí y conduce a las profundidades de la Trinidad.

La santidad de Jesús se manifiesta en este espacio de acogida, en el que uno se hace partícipe de su santidad, que no es otra cosa que amor.

Y en este espacio emerge, florece, la santidad que ya está en la persona encontrada, por la imagen de Dios que la marca en lo profundo, indeleble de las faltas.

Y lo que florece no viene de fuera, de la acción de Jesús, sino del corazón de la persona misma. Jesús no añade: educa.

«Vete, tu fe te ha salvado» es el resultado frecuente de los encuentros.

Es lo que me gusta pensar cuando hablamos del Sagrado Corazón de Jesús: el espacio íntimo, central, profundo de la persona de Jesús que cobija en sí a quien encuentra y hace florecer en él lo más sagrado de su corazón: confianza, vida, amor.

La «cordialidad» de los encuentros con Jesús no es, pues, sólo afectiva, sino efectiva. No es sólo un buen sentimiento -por mucho que lo sea-, sino una ‘buena acción’ de Dios. Una cre-ación.

En este sentido, el milagro que florece en muchos de los encuentros con Jesús no es extra-ordinario, sino intra-ordinario, como si estuviera en la naturaleza de las cosas o más bien de las personas, como está en la naturaleza de las cosas que de la rama brote el capullo, luego la flor, luego el fruto.

En esto consiste nuestra acogida. No es regalar la semilla, no es regalar el fruto, sino ofrecer un espacio hospitalario, una tierra buena, en la que quien es acogido por nosotros pueda cultivar y hacer florecer esa semilla que ya lleva.

Nuestra acogida se sustancia hoy en el Sagrado Corazón de Jesús, y en este sentido es cordial. Es el corazón de nosotros mismos, el centro de nuestra persona y de nuestra existencia que se ofrece como espacio acogedor que permite florecer al otro.

La cordialidad no es sólo un rasgo de creacionalidad. Es más bien una dimensión fundamental de la criatura que, acogida en el Sagrado Corazón de Dios mismo, se hace acogedora y bendiciente hacia Dios y hacia sus hermanos y hermanas.

El Sagrado Corazón de Jesús es el espacio eucarístico en el que Él se hace pan para la vida, para toda vida, para que toda vida sea consagrada.

El Sagrado Corazón de Jesús, ya para siempre en la Trinidad, hace que la Trinidad sea puramente acogedora. Cóncava como un vientre, y como un vientre no pasivo, sino fecundo.

Envueltos en el amor de Dios, acogidos en el ‘sint unum’ que hay en la Trinidad nos hacemos corazón sagrado, espacio santo, espacio eucarístico porque tenemos vida y la tenemos en abundancia. La que nos ha regalado la Vida gracia tras gracia.

¡Dios, qué abismo de generosidad! (Rm 11, 33ss).

Fuente: Remitido por el autor

Espiritualidad ,

“¿Deberíamos borrar definitivamente el nombre del Abbé Pierre?”, por José Arregi

miércoles, 13 de noviembre de 2024
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14/09/2024

La federación mundial cambiará de nombre tras el escándalo

Emaús Suiza se desvincula del Abbé Pierre y no utilizará su imagen de ahora en adelante

El borrado ha comenzado: la Fundación Abbé Pierre ha decidido cambiar de nombre. Emaús ha cerrado el monumento que le estaba dedicado en Esteville, cerca de Rouen, y va a cambiar su logotipo. Pero más allá de eso, se ha lanzado un vasto movimiento de cambio de nombre en todo el país. ¿Es necesario? ¿Es posible hacer otra cosa?

Pues el Abbé Pierre ha dejado su nombre – o el de su nacimiento Henri Grouès – en unas 300 calles, 150 carreteras, una veintena de plazas y parques, escuelas y colegios, paradas de autobús, placas conmemorativas… ¡en casi 600 lugares de Francia!

En Alfortville, en las afueras de París, donde el fundador de Emaús pasó los últimos años de su vida, el alcalde no ha tardado: la plaza Abbé Pierre se llamará Joséphine Baker. Y el busto del sacerdote será sustituido por una estatua de la cantante.

Tal como van las cosas, el nombre y el rostro de una de las figuras francesas más importantes de la posguerra habrán desaparecido por completo en unos meses.

Sic tránsito gloria mundi. Así pasa la gloria del mundo.

¿Hemos visto alguna vez un movimiento de desafección así?

Nunca. Esto no tiene precedentes. El mariscal Pétain tuvo algunas avenidas durante su vida, rebautizadas como De Gaulle o Libération, una vez que el ocupante fue derrotado. Además, otro mariscal perderá su avenida en París: Bugeaud, sanguinario conquistador de Argelia.

Pero nada que ver con la figura generosa y popular del Abbé Pierre, gran general en la guerra contra la pobreza. Roland Barthes en sus Mitologías de 1957, escribe que su rostro, su barba y su corte de pelo se asemejan a los de la santidad. Se le compara con Francisco de Asís. Fue coronado como la personalidad favorita de los franceses durante 16 años. Lo celebramos y lo conmemoramos. RTL lo convierte en motivo de orgullo por su llamamiento del invierno de 1954 en Radio Luxemburgo.

Hace menos de un año, más de 800.000 espectadores quedaron cautivados por el segundo largometraje dedicado a este hombre excepcional, que entregó su vida a los pobres. Una vida de lucha, así se titulaba. El personaje interpretado por Benjamín Lavernhe dejaba claro que la castidad le resultaba difícil. Pero…

Pero eso fue antes de que se revelara su verdadero rostro. Antes de que descubramos que el héroe es un bastardo. O más precisamente, que el héroe también es un bastardo. Que el hombrecito bueno convivía con un gran asqueroso. La abundancia de pruebas y testimonios, los de una veintena de mujeres, no deja lugar a dudas.

Lo terrible es que el Abbé Pierre fue también un gran luchador de la resistencia y un salvador de los judíos. Y que porque era un icono fue por lo que pudo cometer horrores quedando impune. Intocable y abominable.

Entonces, ¿debería borrarse del espacio público?

Desgraciadamente, ¿qué otra cosa cabe hacer? Esto no significa fingir que no existió. El Abbé Pierre sigue siendo un personaje histórico, admirable en muchos aspectos. Pero ya no puede ser honrado, ya no puede ser modelo, él mismo ha mancillado el nombre que en adelante no aparecerá en ningún frontispicio. Lo cual es afortunado para las víctimas. E infinitamente triste para nuestra historia común.

(“L’édito politique” de Patrick Cohen, en la cadena de radio FRANCE INTER, 12 de septiembre de 2024)

Suscribo el comentario desde la primera hasta la última palabra. No quitaría nada, pero me atrevo a añadir dos breves notas al pie:

1) Me pregunto si una sola de las grandes figuras de la humanidad a lo largo de la historia podría ser presentada como modelo si conociéramos “toda su verdad”. Más triste todavía para nuestra historia común.

2) No obstante, no puedo dejar de recordarme una vez más aquello que decía de sí el Hermano Francisco de Asís, según cuenta su primer biógrafo, Tomás de Celano, que lo conoció en persona: “Me parece que soy el más grande de los pecadores, porque, si Dios hubiese tenido con un criminal tanta misericordia como conmigo, sería diez veces más espiritual que yo”. Donde dice pecador, pon, si quieres: delincuente, violador, asesino… o enfermo. Y donde dice Dios, pon, si quieres: vida, casualidad, necesidad, destino… Pero decir Dios es para mí una forma de afirmar que ni la humanidad ni nada en el mundo está condenado.

 

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“ La justicia y la paz se besan”, por Miguel Ángel Mesa.

martes, 12 de noviembre de 2024
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De su blog Otro mundo es posible:

«Puesto que no basta con contemplar la miseria y pedir ayuda, puesto que es necesario obtener justicia como condición de paz, que cada uno empiece examinando si está en paz con la justicia o si está cometiendo injusticias»
(Hélder Cámara).

Dicen los medios que, a fecha de hoy y día a día, aumentan los problemas sociales, la delincuencia en las calles, la violencia contra las mujeres, el consumo y tráfico de drogas, la proliferación de actos fascistas, la violencia terrorista, las guerras interminables y un aumento cada vez mayor de los gastos militares, junto con la venta y tráfico de armamento… Y ante esta avalancha de sucesos que dificultan, oscurecen a impiden una vida y una cultura de paz, las personas se aíslan, se cierran, se protegen, buscan seguridad, un momento de paz entre tanto dolor y barbarie: «A mí dejadme tranquilo, ¡que nadie me moleste!, no quiero problemas, dejadme en paz. No quiero complicaciones de ningún tipo».

Sería la falsificación de la paz, pues lo que se desea es evitar los conflictos personales y sociales, la paz que va matando el interior de las personas, la paz de los muertos que todavía viven, la paz de los hombres y mujeres que delimitan los afectos, que van perdiendo poco a poco las pulsiones del corazón aunque, de vez en cuando, siente algún dolor, alguna ternura; la falta de deseos por transformar la propia vida, la vida de los demás, las situaciones que impiden la paz en la sociedad, en nuestro mundo: «Por dejar de comer yo, no van a comer los demás; por ir a una manifestación o firmar un escrito no voy a salvar a nadie; por compartir parte de mi sueldo no voy a sacar de la pobreza a tantos muertos de hambre; por participar en actos solidarios no voy a cambiar nada; si doy algo de dinero a una ONG para paliar los efectos de una catástrofe, se quedará en el bolsillo de alguno…».

Sería la paz de los que desean mantener a salvo el buen orden en la sociedad, la paz impuesta, pese a quien pese. «Con tal de que haya paz» se da un cheque en blanco para que hagan lo que deseen quienes tienen que mantener la paz; se mantienen situaciones injustas para evitar el conflicto; se calla ante hechos cotidianos y violentos para no romper una relación imposible; no se denuncian los malos tratos, por los hijos, por la seguridad económica, por ver si cambia… para que vivamos en paz, aunque sea una falsa paz, una paz imposible.

En cambio, para la verdadera paz hay que firmar un compromiso ineludible y personal con la verdad, para llegar a caminar por sendas de concordia, de diálogo, de sinceridad. Sabiendo y anunciando con la propia vida que la justicia y la paz van siempre e indisolublemente unidas.

Con el ejemplo de Jesús, Francisco de Asís, Gandhi, Martin Luther King, Helder Cámara, Berta Cáceres, Dorothy Day, Aung San Suu Kyi, Carmen Magallón, Rigoberta Menchú…   y de otros muchos profetas y profetisas de la paz, podremos vivir cada día la lucha no-violenta superando discordias, resolviendo enfrentamientos. Para ello hay que apartar del propio corazón las semillas del odio, de la ofensa, del miedo.

La paz auténtica no evita los conflictos, sino que los enfrenta de otra manera, por eso deja a un lado la indiferencia, la tibieza, y se sumergen en el compromiso por la justicia, a costa muchas veces de persecuciones y sufrimientos.

Unidos siempre conseguiremos alcanzar mayores y mejores metas. Para ello, antes hay que valorar, reflexionar y optar en común por acciones para conseguir una paz basada en la sinceridad, la equidad, el entusiasmo, la esperanza y la solidaridad.

«Felices quienes en su lucha por la paz, no abandonan la ternura, la cercanía, la intimidad, la atención personalizada, una mirada y una sonrisa plena de cariño».

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