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«Pidamos por la reforma y conversión del Papado para ser una Iglesia sinodal», por Consuelo Vélez

domingo, 29 de junio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Fiesta de San Pedro y San Pablo, Apóstoles 29-05-2025

El evangelio de hoy expresa lo que Pedro será en la Iglesia católica: garante de unidad, de sucesión apostólica, de continuidad de la fe

A Pablo por su dedicación total a la predicación, su testimonio constante, se le considerara al mismo nivel que Pedro

Actualmente es urgente una reforma del Papado, como ya lo había señalado el papa Francisco y el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad, para que ese ministerio sea testimonio de servicio e inclusión, con menos señales de Iglesia imperial y más de Iglesia de Jesucristo

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

+ «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?».

Ellos le respondieron:

– «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

+ «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió:

– «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo:

– «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo»

(Mateo 16, 13-19)

Este domingo coincide con la fiesta de San Pedro y San Pablo a los que la Iglesia considera fundamentales en el despliegue de la Iglesia, cada uno con características propias. El evangelio de hoy se refiere a Pedro y su confesión de fe. Seguramente este texto es post pascual, es decir, Pedro confiesa a Jesús como Cristo después de la experiencia de la resurrección. Pero esto no significa que su protagonismo no se refleje en todos los evangelios desde el inicio de su seguimiento de Jesús, al ser, muchas veces, vocero de los Doce y ocupar el primer lugar en diversas circunstancias. Además, este evangelio expresa lo que Pedro será en la Iglesia católica: garante de unidad, de sucesión apostólica, es decir, de continuidad de la misma fe.

Por su parte Pablo no formó parte de los Doce, sino que tiene la experiencia de Jesús unos 3 o 4 años después de los acontecimientos pascuales. Pero su dedicación total a la predicación, su testimonio constante, hizo que con el tiempo se le considerara al mismo nivel que Pedro.

De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles dedica la primera parte a Pedro y la segunda parte a Pablo, y relata hechos similares de los dos, mostrando su importancia en el desarrollo de la Iglesia. Según los datos de este libro, se encontraron dos veces en Jerusalén y una en Antioquía, donde mostraron diferencias.

Se cree que Pedro fue asesinado en Roma por el año 64. De Pablo se dice lo mismo, aunque los datos no son muy precisos. Los primeros cristianos que conmemoraban a sus compañeros mártires, juntaron a Pedro y Pablo en la fiesta del 29 de junio, en el que se celebraba la inauguración del templo de Quirino, considerado fundador de Roma; para decir que Roma estaba fundada con la sangre de Pedro y Pablo. Lo interesante es que ellos son ejemplo de la unidad en la diversidad y así debería ser nuestra iglesia para que en verdad quepan “todos, todos, todos”, como decía el Papa Francisco y ha repetido el Papa León XIV.

Precisamente con la elección del nuevo Papa y las celebraciones litúrgicas a las que asistimos el mes pasado del inicio de este pontificado, hemos podido ver cómo se organiza la Iglesia católica y de qué manera el Papa es continuador de estos Apóstoles, piedras vivas, de la Iglesia. De todas maneras, está por realizarse una reforma del Papado, como ya lo había señalado el papa Francisco y el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad, para que ese ministerio fundamental sea testimonio de servicio e inclusión, con más descentralización, más sinodalidad, más austeridad, reflejando más el ardor misionero de los primeros apóstoles y menos el poder y organización de una iglesia con las mismas características del Imperio. Pidamos por la reforma del Papado y de la organización eclesial para ser verdaderamente una iglesia sinodal.

(Foto tomada de: https://corazoneucaristicodejesus.blogspot.com/2011/06/pedro-y-pablo.html)

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“Jesús se hace pregunta“, por Joseba Kamiruaga Meza CMF

domingo, 29 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

El episodio evangélico de la «confesión de Pedro» está situado por Mateo en los alrededores (literalmente «hacia las partes de») de Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la tierra de Israel, en las laderas del monte Hermón, donde nace el Jordán, cerca de aquella ciudad que en su propio nombre lleva las huellas de sus orígenes romanos y de su nobleza imperial. Cesarea es la Imperial. Fue llamada Cesarea precisamente por Felipe, el tetrarca, en honor al emperador.

Y es precisamente allí donde tiene lugar la confesión que proclama a Jesús como Mesías. Es interesante observar que estamos muy lejos de Jerusalén, prácticamente en el vértice geográfico, pero también simbólico, opuesto al lugar donde se encuentra la «ciudad santa».

Es en esta zona excéntrica, periférica y paganizada donde resuena la confesión mesiánica de Pedro. De hecho, con esta statio en las cercanías de Cesarea de Filipo, el itinerario que llevó a Jesús a Genesaret (14,34), luego a las cercanías de Tiro y Sidón (15,21), luego a lo largo del mar de Galilea (15,29) y a la región de Magadán (15,39), llega a su última etapa. Inmediatamente después, el camino de Jesús tomará otra dirección, dirigiéndose hacia Jerusalén: «Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén» (Mt 16,21).

En Cesarea de Filipo, Jesús interroga a sus discípulos. Y los interroga en dos ocasiones. Primero de manera indirecta, luego directa o, podríamos decir, sin escapatoria. Tras una primera pregunta genérica sobre quién dice la gente que es el Hijo del hombre, una pregunta que no interpela personalmente y no involucra demasiado a sus discípulos, les hace una pregunta de la que no pueden escapar: «¿Quién decís que soy yo?». Es más, el texto contiene un matiz adversativo: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Es decir, según Jesús, su condición de discípulos debería haberles llevado a un conocimiento diferente y más profundo de él, más allá de las habladurías y opiniones de la gente. No solo eso, en la primera pregunta, Jesús pregunta por la identidad del Hijo del hombre, quizás el título mesiánico más elevado (cf. Mt 9,6; 10,23; 16,27-28; 19,28; 24,27.30; 26,64; etc.), pero en la segunda pasa directamente al yo y la pregunta se vuelve personal, apremiante, incluso dolorosa.

Vosotros que habéis vivido conmigo, vosotros que habéis escuchado de cerca mis palabras, vosotros que habéis compartido conmigo un tramo de vida y de camino existencial, vosotros, ¿quién decís que soy yo? Jesús se hace pregunta por sus discípulos. Y Jesús nos alcanza como pregunta.

Él mismo es la pregunta que nos inquieta, que nos sacude, que no pide ser evadida con una respuesta ilusoriamente exhaustiva, sino que se repite cada día y en cada etapa de la vida. Incluso para el creyente, Jesús no es ante todo y únicamente una respuesta, o la respuesta, sino una pregunta, la pregunta.

Y precisamente este carácter interpelador de Jesús es vital, vivificante y dinamizador. Ciertamente, como una espina en la carne. Jesús es una pregunta a la que no es nada fácil responder. Como se desprende también de nuestro texto. Si a la primera pregunta de Jesús sigue una respuesta colectiva, de todos los discípulos: «Ellos dijeron» (Mt 16,14), a la segunda, que también está dirigida a todos ellos, responde solo uno, Pedro. Esta pregunta hace huir a muchos, deja mudos a muchos, opera una selección radical: esta pregunta pone a prueba a los discípulos que, antes de huir en el momento de la pasión, ya se desvanecen incapaces de decir nada. Excepto Pedro.

Pero antes de todo, los discípulos pasan revista a las identificaciones de Jesús que circulaban entonces entre la gente. El rasgo común de las diferentes identificaciones es el carácter profético atribuido a Jesús. En primer lugar, Juan el Bautista, a quien Jesús mismo reconocía como profeta, es más, como «más que un profeta» (Mt 11,9), como precursor del Mesías (Mt 11,10). Mateo señala que la multitud consideraba a Juan «un profeta» (Mt 14,5; 21,26). Ciertamente, al identificar a Jesús con el Bautista, se suponía que Juan había resucitado, ya que Herodes lo había condenado a muerte (Mt 14,3-12). Esta identificación era también la opinión de Herodes, que decía de Jesús: «Este es Juan el Bautista. Ha resucitado de entre los muertos y por eso tiene poder para hacer prodigios» (Mt 14,2).

En cuanto a Elías, la tradición bíblica lo consideraba precursor de la venida del Señor (Mal 3,23; Eclo 48,10) y Jesús lo identificó con el Bautista (Mt 11,14; 17,10-13). Solo en Mateo se encuentra la referencia a Jeremías. Este fue el profeta que vivió una verdadera pasión, sufriendo mucho a causa de la casta sacerdotal y padeciendo mucho en Jerusalén. Quizás, por tanto, en la referencia a Jeremías en relación con Jesús se esconde la alusión a la historia de contradicción y sufrimiento que esperará al Hijo del hombre en su camino, que encontrará en Jerusalén su etapa decisiva (cf. Mt 16,21).

Para otros, finalmente, Jesús es simplemente un profeta, un profeta como otro cualquiera. Pero todas estas palabras quedan en la superficie, y Jesús mismo no se conforma con ellas. Sobre todo, le interesa saber qué han comprendido de él sus discípulos.

A la segunda pregunta de Jesús, Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Pedro retoma la confesión de los discípulos que estaban en la barca: «Tú eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33); antepone la confesión mesiánica: «Tú eres el Cristo», y añade el adjetivo «vivo». Pedro retoma del Primer Testamento la expresión que define al Dios de Israel como el «Dios vivo» (cf. Dt 5,26; Os 2,1) y, unificando la confesión mesiánica y el reconocimiento de la divinidad, compone un título único, típicamente cristiano, en el que emerge la centralidad de Jesús como manifestación de la plenitud de la vida que viene de Dios.

Pedro reconoce en Cristo a aquel que da vida a Dios en su existencia. Pedro, la piedra que se hundía en las aguas del mar de Galilea, agobiado por la poca fe y las dudas sobre quién era realmente Jesús («Si eres tú»: Mt 14,28), ahora se convierte en piedra viva (cf. 1 P 2,5) gracias a la fe, y a una fe que es por gracia, por revelación, como Jesús mismo le declarará (Mt 16,17). Del «Si eres tú» al «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» se produce un paso que no se debe a una evolución de la inteligencia, sino al don de Dios.

De hecho, Jesús responde a Pedro proclamando su bienaventuranza como depositario de una revelación desde lo alto. Jesús reconoce que Pedro se ha convertido en receptáculo de la revelación de Dios. La confesión de Pedro está bajo el signo de la gratuidad, no del mérito. Y el hecho de que Jesús llame a Pedro con la expresión aramea que contiene el patronímico, «Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17), y luego utilice la fórmula hebrea «carne y sangre», indica que esta revelación se ha depositado sobre la debilidad humana de Pedro, sobre su humanidad frágil y pobre.

Como destinatario de la revelación divina, Pedro es uno de los pequeños objetos de la benevolencia y la complacencia divinas. La bienaventuranza dirigida a Pedro se hace eco de la alabanza dirigida por Jesús al Padre «porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños» (cf. Mt 11,25).

Esta proclamación dirigida a Pedro está en la base de la afirmación sobre la Iglesia (Mt 16,18). La Iglesia nace de la gracia y del don de Dios. Una gracia y un don que Pedro ha experimentado en primera persona. La firmeza de Pedro va acompañada de la conciencia de su fragilidad y debilidad, que ciertamente no le son quitadas, como se verá en el resto del relato evangélico: la última mención de Pedro en el primer Evangelio nos lo muestra entre lágrimas después de su triple negación (Mt 26,75).

Pedro, aquí gratificado -en sentido etimológico- con una bienaventuranza dirigida nominalmente a él, no volverá a ser mencionado por Mateo en los relatos de las apariciones del Resucitado. La figura de Pedro permanece con toda su ambivalencia, que lleva a Jesús a declararlo roca y piedra de escándalo, destinatario de la revelación del Padre y de Satanás (Mt 16,23).

La afirmación de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia expresa el hecho de que la Iglesia, obra de Cristo mismo y fundada sobre su resurrección, prolonga la vida de Jesús que, resucitado de entre los muertos, da esperanza a todos los hombres. La apertura al don de Dios permite a la Iglesia contrarrestar la acción de las fuerzas del mal, dando espacio al poder de Cristo mediante la fe. La Iglesia vive de la promesa de Cristo.

Por último, Jesús habla de las llaves del Reino entregadas a Pedro y de su poder de atar y desatar (Mt 16,19). Estas palabras designan a Jesús como aquel que determina los criterios de la acción eclesial. Las «llaves» designan la autoridad (cf. Is 22,22). Jesús es el Señor y las posee y las entrega a quien lo reconoce, confiándole así la autoridad para enseñar de acuerdo con su palabra.

Si los fariseos se llevaron la llave del conocimiento impidiendo la entrada al Reino a quienes querían entrar (cf. Lc 11,52), las llaves del Reino que Jesús entrega son esenciales para que todos los pueblos entren en el Reino: «Id y haced discípulos a todos los pueblos […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19).

El poder de las llaves va acompañado del poder de atar y desatar, es decir, de prohibir o permitir, en el ámbito disciplinario y doctrinal. Y se convierte, en particular, en el ámbito eclesial, en el poder de perdonar los pecados, verdadero poder que narra la potencia de la resurrección.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo de los Santos Pedro y Pablo, 29 de junio de 2025

1.- Jesús se hace pregunta.

2.- ¿Quién decís que soy yo?.

3.- El primado de la fe de Pedro.

4.- ¿Quién eres Señor?.

5.- La bienaventuranza de Pedro.

6.- Llaves que abren las hermosas puertas de Dios.

7.- Una pregunta que da vida.

8.- Confesión de fe.

 Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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“Aprended de mí, dice el Señor, a acoger y a incluir”, por Joseba Kamiruaga Meza.

sábado, 28 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Me gustaría proponer tres pasajes de la Biblia, de los Evangelios, que nos ayudan a arrojar luz sobre cómo la Iglesia puede trabajar con las personas LGBTQ+ porque entiendo que en todo esto, es necesario mirar a Jesús porque Jesús es el modelo para saber cómo tratar a todos en la Iglesia y cómo hacer cualquier cosa.

1.- En Cafarnaúm, Jesús es abordado por un centurión romano al mando de cien hombres.

Este soldado le dice que su siervo está enfermo. Jesús se ofrece a ir a su casa y el hombre le dice que no es necesario, porque basta con que Él lo diga y su siervo se curará. También le explica a Jesús que tiene muchas personas bajo su autoridad, que obedecen todas sus órdenes. Jesús se queda atónito y afirma que nunca ha visto una fe así en ningún lugar de Israel. Al final del pasaje, Jesús cura al siervo del hombre.

Para la mayoría de los cristianos, esta historia muestra el poder de Jesús, capaz de curar enfermedades con solo sus palabras. Pero hay otro significado que a veces se nos escapa…

El centurión romano es completamente ajeno a la sociedad judía. No es judío. No es monoteísta. No cree en un solo Dios. Probablemente es politeísta, cree en la religión de Roma. Sin embargo, Jesús no condena a este personaje, a pesar de que no es de cultura judía, ni le pide que se convierta antes de dirigirse a Él ni como condición para la concesión del favor que le solicita. Al contrario, le escucha y se encuentra con él. Le escucha atentamente y luego le hace un gran favor, curando a su siervo.

Esta es una primera indicación de cómo Jesús trata a las personas marginadas, y creo que es una gran lección para todos nosotros, en la Iglesia y en la sociedad, sobre cómo tratar a las personas que desean encontrar a Dios y que desean tener una relación con Dios. Es exactamente lo que quiere el centurión romano: al pedir su ayuda, declara que quiere una relación con Jesús. Y Jesús le ayuda, le trata con respeto, compasión y sensibilidad.

2.- La segunda historia es la de la mujer en el pozo, o la samaritana.

En la época de Jesús, los judíos y los samaritanos estaban enfrentados por motivos principalmente religiosos. Se tiende a interpretar la parábola del buen samaritano como una invitación a ser siempre buenas personas y a ayudar al prójimo, pero esa historia tiene un significado adicional para la gente de la época porque los samaritanos eran «los otros», el grupo odiado.

En el Evangelio de Juan, Jesús se encuentra en Samaria, la región donde viven los opositores al judaísmo, y al mediodía se encuentra con una mujer samaritana junto a un pozo. Más adelante en la historia, comprendemos por qué esa mujer estaba en el pozo al mediodía, a pesar del gran calor: se había casado varias veces y ahora vivía con un hombre que no era su marido. Probablemente, por lo tanto, había sido excluida por las otras mujeres y tal vez se sentía marginada. Jesús comienza a hablarle a pesar de ser una mujer samaritana. Y, en lugar de condenarla o criticarla, escucha su historia y los dos mantienen una de las conversaciones más largas de todos los Evangelios.

También en este caso, como en la historia anterior de Cafarnaúm, Jesús trata a una persona marginada —una mujer samaritana que vive con un hombre que no es su marido— con respeto, compasión y sensibilidad. La encuentra, la escucha, crea una intimidad revelándose a ella.

3.- La tercera historia, la última, es la historia de Zaqueo —invito a interpretar a este personaje como un ejemplo, un emblema de las personas LGBTQ+ en la Iglesia— y se encuentra en el Evangelio según Lucas.

Jesús está atravesando Jericó, una de las ciudades más grandes de la época. En Jericó vive un hombre llamado Zaqueo, que es el jefe de los publicanos, lo que en aquella época significaba ser el peor de los pecadores (ser jefe de los publicanos significaba estar confabulado con los romanos, y esto hace que Zaqueo se sienta extremadamente marginado). Zaqueo es descrito como un hombre de baja estatura y es descrito como incapaz de ver a Jesús debido a la multitud. En la historia, Jesús está pasando y Zaqueo se sube a un árbol para verlo. Ese era su deseo, y para intentar cumplirlo decide subirse a un árbol, porque entre la multitud no puede verlo. Y mientras Jesús atraviesa la multitud, no señala a un líder religioso, a un rabino o a uno de sus discípulos, sino que se dirige a Zaqueo y le pide que baje inmediatamente, porque quiere quedarse en su casa. Esta es una señal pública de acogida hacia alguien que está marginado. Zaqueo baja lleno de alegría. Zaqueo baja y le acoge en su casa.

Al ver la escena, todos murmuraban. Todos los que vieron a Jesús extender su gracia a una persona marginada se enfadaron, porque extender la gracia a los marginados siempre enfada a alguien. Pero Zaqueo permanece en su lugar y dice que dará la mitad de sus bienes a los pobres y que, si ha defraudado a alguien, le devolverá cuatro veces más. Por lo tanto, se convierte. Y con «conversión» no me refiero a una terapia de conversión, de la que algunos hablan en relación con las personas LGBTQ+, sino que hablo de conversión, en griego metanoeîn: un cambio en el corazón y en el pensamiento que el encuentro con Dios siempre produce. Zaqueo, después de haber sido acogido por Jesús, vive entonces una experiencia de conversión, y Jesús le dice que, ese día, la salvación ha entrado en su casa. Una vez más, Jesús no condena ni critica a una persona marginada, sino que le da una especie de bendición pública.

Para Jesús no existe un nosotros y un ellos. Solo existe un nosotros. Jesús quería desplazar y llevar a las personas del centro a los márgenes de las periferias y del exterior al interior. Este es el movimiento de Jesús, que quería crear un único nosotros. Un sentido cada vez más amplio y profundo del nosotros, de quiénes somos.

Y los cristianos católicos LGBTQ+ también forman parte de ese nosotros. Me parece, por tanto, que existen al menos dos posiciones posibles cuando pensamos en este ministerio en la Iglesia católica o en cualquier ministerio con personas LGBTQ+. Podemos estar con la multitud que murmura al ver que la gracia se extiende a los marginados, como en la historia de Zaqueo, o podemos estar con Jesús y dirigir amor, gracia y compasión tratando a los demás con respeto y sensibilidad.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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«Nada humano es indiferente al corazón», por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 27 de junio de 2025
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La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús también nos sitúa ante el corazón palpitante del Evangelio. A ese corazón radical pero en sentido etimológico: un Evangelio que brota de las raíces y permanece ligado a ellas; en otras palabras, un Evangelio más cristiano auténtica y valientemente evangélico. No hay verdadera fe cristiana y evangélica en la historia y en el mundo si no brota de una escucha radical de la Palabra, si no nace de captar y derivar la capacidad de leer el tiempo, de escuchar al Espíritu y, sólo entonces, indicar caminos y horizontes para el camino.

Cuando experimentamos un cansancio de la mirada -que seguramente es también un cansancio de la escucha- también porque a menudo hemos sumergido la raíz evangélica y la hemos enterrado progresivamente bajo nuestras fatigas, nuestras pérdidas, nuestras prerrogativas, nuestros razonamientos «correctos«, nuestros cultos, nuestras estructuras, nuestros miedos. Tal vez hemos ahogado la raíz porque le hemos puesto tanto material humano, confundiéndolo con divino, que le hemos impedido dar fruto. En nuestro afán y arrogancia por saber ya, hemos sido muy poco radicales, sustituyendo lo pasajero y no esencial por lo que está en el corazón del cristianismo: una buena relación con el Dios encarnado, una relación íntima y luego abierta al mundo, que gira en torno a Cristo resucitado.

El anuncio auténtico y genuino del Evangelio está llamado a seguir reproduciendo en el cristiano aquel corazón a corazón del encuentro con el Cristo del Evangelio. Hay, en el fondo, un corazón a corazón –cor ad cor loquitur, citando a San John Henry Newman- con el Cristo del Evangelio, con el corazón del Dios encarnado, muerto y resucitado, con el corazón del Año de Gracia del Reino de Dios. Esa es la verdadera fuente de la profecía que necesitamos, y de ahí viene la apertura al Espíritu, que luego se convierte en movimiento hacia el exterior. Nada en el mundo nos dará la bondad de Cristo, excepto Cristo mismo. Nada en el mundo nos dará acceso al corazón de nuestro prójimo si no hemos dado a Cristo acceso a nuestro corazón.

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es también una invitación, tan directa como saludable, a detenernos en la «radicalidad» de nuestro ser cristiano: que no es radicalidad de ideología ni de acción sino que es la radicalidad de acceso al corazón, es decir, la voluntad de hacernos y ser accesibles en nuestro corazón. Todo lo demás, me parece, es oropel, accesorio, secundario. Pero a menudo, en la vida cotidiana eclesial y en la espiritualidad cristiana, tendemos a confundir la floritura con la raíz de la fe.

Hace ya unos años, allá por noviembre de 2016, en una peregrinación a Tierra Santa presidí la celebración de la Eucaristía en la Iglesia del Dominus flevit. La denominación de aquella Iglesia recuerda el llanto de Jesús ante la ciudad de Jerusalén (episodio conocido como Flevit super illam es decir «El Señor lloró sobre ella» [la ciudad] en latín), como se menciona también en el Evangelio (cf. Lc 19, 41-44). El interior de aquella Iglesia está dominado por una gran ventana colocada a la altura del altar mayor desde donde se puede contemplar la ciudad de Jerusalén.

Un corazón que se conmueve y que también «puede llorar«. Para qué nos sirve un Señor… o una Iglesia así que «puede llorar«. Me pregunto tantas veces ¿para qué sirve la Iglesia? Para anunciar y dar testimonio del Evangelio en el mundo, ciertamente; pero ¿cómo? La idea que solemos tener de la Iglesia es una idea en la que solemos ver a la Iglesia esencialmente como custodia y proclamadora de verdades. Verdades que deben ser afirmadas y reafirmadas, so pena de fracasar en su misión. Y me pregunto, ante el Sagrado Corazón de Jesús, si ésta es realmente la auténtica visión de la tarea de la Iglesia. Y, sobre todo, me pregunto si éste es realmente el modo de ser fieles a la misión de Jesucristo, aspecto del que -estoy convencido- la Iglesia de todos los tiempos no puede prescindir. Es decir, a la forma en que entendió y llevó a cabo su ser Hijo de Dios.

El Hijo de Dios pasó treinta años de su vida en total clandestinidad, sin decir nada, sin proclamar ninguna verdad, sino sólo compartiendo la vida de todos. Seguramente, también educando y aprendiendo la inteligencia de un corazón que se emociona, se conmueve y llora. Lo esencial, tantas veces lo hemos dicho, es invisible a los ojos… si no son los ojos del corazón. El Hijo de Dios realizó un primer gesto público poniéndose en la fila de los pecadores para recibir el bautismo, pidiendo perdón por pecados que nunca cometió, con la única intención de hacerse semejante a los pecadores. Un Hijo de Dios que pasó por las aldeas de Galilea haciéndose cercano a los que encontraba con sus gestos de atención y de curación antes que con sus palabras. Ciertamente, es un Jesús que no retrocedía cuando había que levantar la voz contra la injusticia, contra la hipocresía, contra la mojigatería de quienes pretendían considerarse justos en detrimento de los demás; pero que ante el dolor y el sufrimiento, en todas sus formas y variantes, Jesús se quedaba sin palabras, conmovido, con el corazón traspasado, y lloraba. Él lloró, como lo ha hecho, lo hace y lo hará todo el mundo. Y actuaba y hablaba como sólo Él podía hacerlo, entregando amor y devolviendo la vida.

¿De qué sirve un Dios con un corazón que llora? ¿De qué sirve un corazón tan compasivo como tan impotente? Probablemente es la misma pregunta que se hacían, y respondían, los que gritaban bajo la cruz «¡Baja y te creeremos!«. Si quieres que te creamos, ¡baja de la cruz! Si quieres ser un dios útil, un dios que nos importe, ¡debes bajar de ahí! Debes decirnos la verdad frente a la muerte; no puedes dejarnos a merced de nuestro sufrimiento, de nuestro dolor. No podemos pensar que un Dios que muere, un Dios que llora, un Dios que grita ‘Padre por qué me has abandonado’, nos sirve realmente para algo.

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús me recuerda también que no siempre tenemos una palabra. Y que tampoco tenemos la «última» palabra –tamquam definitive tenendam– que explique y agote el misterio. Y, sin embargo, sí hay un corazón en el que cabe todo, alegría y dolor, risa y llanto,… Sí hay un corazón capaz de conmoverse mostrando un amor y compartiendo y comunicando vida.

El Sagrado Corazón de Jesús es para mí una imagen entrañable. Era la imagen querida de mi difunta madre, su devoción más devota, emocionada y sentida. Era la imagen que presidía el salón de la casa que hacía de lugar de encuentro familiar. Es la imagen que también me recuerda en otra forma de ser Iglesia. Porque coincide con la manera que Jesús eligió para ser el Hijo de Dios en la tierra. No un Dios que resuelve nuestros problemas, no un Dios que nos pone en la cara soluciones fáciles para ser creídas intelectualmente, sino un Dios que se hace compañero de itinerario, que no nos aparta del vacío, del sinsentido, del abandono que nos coge cuando nos toca la muerte, sino que nos tiende la mano para que los atravesemos no solos sino junto a Él; que los experimentó primero y por eso es creíble, incluso cuando nos susurra al oído que todo esto no es la última palabra. De un Hijo de Dios en el que todo lo humano encontraba eco en su corazón.

Y sigo soñando con una Iglesia así, no sólo de palabra: una Iglesia que sepa dejar entrada en su corazón aquello sublimemente humano y divino; que sepa ser compañera de viaje, presencia que comparte y comprende cada situación humana, con pocas verdades pero mucha compasión en el corazón y mucha esperanza en la mirada, en las manos, en los labios; que sepa no decir sino hacer experimentar a cada ser humano, preferiblemente con sus gestos y cuidados, lo que significa que Dios no abandona y que se hace compañero de cada itinerario porque todo encuentra eco en ese corazón sabio porque es un corazón abierto y traspasado.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Algunas reflexiones sobre el Sagrado Corazón de Jesús.

1.- El Maestro es el corazón.

2.- El corazón, lugar del combate espiritual.

3.- Nada humano es indiferente al corazón.

4.- A la medida del Sagrado Corazón de Jesús.

5.- Las fiestas del realismo de la encarnación… cuerpo… sangre… corazón.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Los Reyes de España aceptan la Presidencia de Honor del Top Líderes LGBTI+ 2025

viernes, 27 de junio de 2025
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Los Reyes de España homenajeando a los republicanos españoles deportados y asesinados en el Campo de Exterminio Nazi de Mauthausen

Según informa el diario El Mundo, los Reyes de España han aceptado la Presidencia de Honor del Top Líderes LGBTI+ 2025, una iniciativa impulsada por la revista Actualidad Económica y la Red Empresarial por la Diversidad e Inclusión LGBTI (Redi).

Es la primera ocasión en la que la Casa Real asume este papel en el marco de dicho reconocimiento, que distingue a profesionales y directivos que impulsan los derechos LGTBIQ+  dentro en el ámbito empresarial.

La edición de este año, la tercera, ha recibido más de 130 candidaturas, de las cuales se han seleccionado 45 perfiles. Estos se presentan en tres categorías: Dirección y Liderazgo, Impulso y Motor, y Personas Aliadas. Esta última se incorpora por primera vez para incluir a quienes promueven activamente la inclusión desde fuera del colectivo LGTBI+.

El jurado está compuesto por representantes de la CEOE, Fundación ONCE, Fundación IE, LinkedIn, la Organización Internacional de Directivos de Capital Humano, Actualidad Económica y el periodista Paco Tomás.

Además del listado, la publicación incluye entrevistas a responsables de compañías como Telefónica España y Hewlett Packard Enterprise, así como un análisis del contexto internacional en materia de diversidad e inclusión. También se presenta una selección de 25 empresas consideradas inclusivas por sus políticas corporativas. Es decir, empresas que apoyan la mencionada idelogía woke.

Según datos recogidos por Redi, solo el 38% de las personas LGBTI+ en España se sienten con libertad para mostrarse abiertamente en su entorno laboral. En este contexto, la organización subraya la importancia de las alianzas institucionales para avanzar en la inclusión dentro del mundo empresarial.

Fuente El Mundo

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La Eucaristía

jueves, 26 de junio de 2025
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Lc 9, 51-62

«El que echa mano del arado y sigue mirando atrás no sirve para el Reino»

Hoy, octava de la fiesta del Corpus Christi celebrada el domingo pasado, me van a permitir unas consideraciones sencillas respecto a la eucaristía.

Cuando Jesús dijo a sus discípulos: «Haced esto en memoria mía»… sabía muy bien lo que hacía, porque esa invitación iba a ser el motor que impulsase su obra una vez que a su muerte pasase a nuestras manos. Los primeros cristianos así lo entendieron, y dieron la máxima importancia a la Fracción de Pan o Cena del señor, que les hacía sentirse comunidad, escuchar a los Testigos, practicar la caridad, atender la misión y soportar las persecuciones. Sin ellas hubiese sido imposible lograr esa unión y esa motivación que les hizo sobrevivir y acometer la misión a la que se sentían llamados.

Pero el gran crecimiento del número de miembros de las comunidades cristianas hizo imposible mantener esta tradición, y desde la época apostólica la Cena del Señor fue sustituida por la eucaristía. Y ese cambio fue a peor; a mucho peor. La eucaristía perdió su carácter de asamblea de fieles y tomó un marcado sentido de sacrificio. Los fieles pasaron a la categoría de oyentes y aquella celebración se convirtió en un rito obligatorio so pena del infierno… Aquello parecía su fin, pero a pesar de ello, a pesar de que se celebraba en latín con el oficiante de espaldas al pueblo, a pesar de que en ella se introdujeron elementos míticos fruto de la insensatez de los teólogos, la eucaristía ha pervivido y ha sido la correa de trasmisión de la Palabra que ha hecho el milagro de hacerla llegar hasta nosotros.

Gracias a ella, hoy Jesús forma parte de nuestras vidas, y por eso nos atrevemos a afirmar que si unos la arrinconan porque ya no es obligatoria y han perdido el miedo al infierno, y otros porque no ven más allá del rito que la envuelve, los cristianos corremos el riesgo de convertirnos en grupos marginales en extinción que nada representen en la marcha del mundo.

En la eucaristía se reúnen los fieles, se confortan y se motivan mutuamente con su simple presencia, se sienten necesitados de Dios y lo manifiestan, escuchan la Palabra (posiblemente, el único sitio donde la escuchan), recuerdan el entrañable momento en que Jesús se sintió alimento del mundo poco antes de morir, rezan conjuntamente la oración que nos enseñó, comulgan con él y salen al mundo bien alimentados y bien motivados para proclamar el Reino; para ejercer de cristianos. José Enrique Ruiz de Galarreta al final de las eucaristías que él presidía solía decir: «Ya nos hemos alimentado, ahora a trabajar»… José Enrique trascendía el rito y la consideraba el corazón de las comunidades cristianas.

Sería estupendo que los cristianos nos sintiésemos necesitados de la eucaristía como nos sentimos necesitados del alimento; que al levantarnos el domingo por la mañana pensásemos ¡Que bien, hoy es domingo; hoy tengo eucaristía; voy a estar con el resto de mi comunidad, voy a escuchar la Palabra, voy a comulgar con Jesús; voy a coger fuerzas para afrontar la semana! Y esto no es una utopía irrealizable, sino la consecuencia en una eucaristía bien celebrada que trasmita la buena Noticia y nos comprometa con ella. Como decía Lope de Vega: «Quien lo probó, lo sabe»…

Por tanto la respuesta al estado catatónico de la eucaristía no es su paulatino abandono, sino el empeño de todos en trabajar para que resulte cada vez más valorada por los cristianos. Más imprescindible. Y hay muchas cosas que mejorar para que este deseo tome visos de realidad, empezando por la trasmisión fidedigna de la Palabra. Un buen predicador llena su iglesia cada domingo… pero hay muy pocos. Es lamentable ver la poca cultura evangélica que muestran muchos de quienes tienen la misión de trasmitirla, y si la jerarquía no cuenta entre sus clérigos con el suficiente números de ellos capaces de enganchar a los fieles con una interpretación fidedigna del evangelio, que eche mano de las laicas o los laicos que son capaces de hacerlo; que hay muchos. Y quizá sea éste el camino: la participación y el compromiso.

Termino. Mirando la historia, da pánico pensar que la eucaristía pueda acabar por desaparecer, porque su papel en la vertebración de la Iglesia y la trasmisión de la Palabra ha sido decisivo. Evitarlo es tarea de todos, y por eso se me ocurre pensar que hoy que está tan de moda la sinodalidad, se podría organizar un sínodo con este objetivo específico, pero con el mismo espíritu con el que se reúne el estado mayor de un ejército para plantear una batalla decisiva.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

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“Fondo y Forma”, por Gerardo Villar.

miércoles, 25 de junio de 2025
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Celebramos un relato simbólico, no un acontecimiento histórico”.

Me ha gustado esta frase tan corta y sencilla de Fray Marcos aplicada a la Ascensión de Jesús, pero que para mí es toda una explicación de la Ascensión y que se podría aplicar a muchas otras fiestas de la Iglesia. ¿No se entiende mejor así la Resurrección, la Asunción de María, Pentecostés…?

Si nos limitamos a entender esos pasajes al pie de la letra y como si fueran historia los acontecimientos, no sintonizamos con la concepción que tenía la primera comunidad.

Ellos partían de un mundo dividido en tres partes: cielo arriba, tierra, aquí y abajo Los infiernos… Concebían el mar como el lugar del mal y cualquier mota o signo en el rostro, como lepra….

En sus narraciones, tenían como trasfondo un RECUERDO del Antiguo Testamento como por ejemplo en la llegada de los Magos y en la estrella que les guía. En el monte de las bienaventuranzas se están acordando de Moisés y su mensaje en el Sinaí. Los doce apóstoles recuerdan y actualizan a las doce tribus de Israel.

La salvación que Jesús nos trae se identifica como el gran sacrificio de la Nueva Alianza. Y sin necesidad de morir en la cruz, su vida ya es un estilo y una Vida que se nos da. Y nos salva para la Vida Eterna.

Es muy importante distinguir entre el Mensaje que se nos transmite y el lenguaje literario como está expresado. No entendemos la ascensión como acción de subir, porque ellos pensaban que el cielo estaba arriba. Pero el Mensaje es de aclamación al triunfo de Jesús de Nazaret que está ya en la plenitud del Padre. Con nuestro lenguaje hasta decimos “a la derecha del Padre”.

Por eso es preciso distinguir siempre entre las palabras y el género literario y el Mensaje. Miramos, por ejemplo de la genealogía de Jesús, en el significado del bautismo de Jesús.

¡Cómo cuesta a las personas sencillas penetrar en el contenido y no quedarse en el ropaje! Una gran tarea de la Iglesia hoy.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“El Orgullo LGTBI y la Iglesia”, por Miguel Sánchez Zambrano

miércoles, 25 de junio de 2025
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Solo cuando el hombre acepta íntegramente su propio ser, comienza a vivir por entero
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María Zambrano.

Una oración al final del día, experimentando que Dios es su refugio (…) Abrazos, entre una madre y una hija, entre un padre y un hijo aceptado (…) dan para celebrar historias de fe y amor LGTB. Personas que, superando el rechazo de sus padres y la crítica social y eclesiástica, apostando por su verdad, se han encontrado con un Dios a su lado. ¿Cuánto habríamos aprendido de la fe y del amor de Gabriela Mistral o de García Lorca si se hubiese mirado distinto?, escribe el Teólogo Pablo Romero Buccicardi, en su libro “Caminos de reconciliación. Diez historias de Fe y amor LGTBI.

Celebramos laSemana del Orgullo”. Orgullo de ser lo que se es y sentir lo que se siente como contrapeso a siglos de ocultación y vergüenza, celebrando las grietas que van abriéndose en el impenetrable muro de rechazo y exclusión que rodea a la Iglesia, respecto al Colectivo homosexual. Siglos de dolor y hasta de muerte, que Francisco quebró con aquel “quien soy yo para juzgarlos”.

La sexualidad (homo o hetero) no es elección humana. Es obra de Dios que quiso contemplarla en su diversidad creadora y es quesi la persona no elige ser gay, la atracción por el mismo sexo solo puede ser un regalo de Dios opina Cruz Santos, obispo brasileño. ¿Cómo es posible creer que Dios ha podido dotar a determinadas personas con identidad homosexual y a continuación negarles ejercer y vivir plenamente dicho don y condenados si lo hacen?

La Iglesia sostiene su condena en los versículos del Levítico, entre otros libros sagrados. En él, se afirma “no te acostaras con hombre como con mujer. Es una abominación. Son reos de muerte (Lv.18,22). Un libro destinado a regular la vida del pueblo judío hace 3.200 años, final de la Edad de Bronce. Un pueblo primitivo que ha de atravesar un desierto durante 40 años y con posible peligro de extinción, por lo que todo acto sexual que impida la procreación estará fuertemente sancionado y condenado por un Dios (Dios de Israel) que ha de proteger a su pueblo.

Igualmente, se condena la relación hetero en el periodo menstrual de la mujer o eyacular fuera de su cuerpo. O sea, todo acto no reproductivo se condena con la misma contundencia. Está claro que la sociedad actual no está en peligro de extinguirse y que la Iglesia ha olvidado rechazar los actos no procreativos entre un hombre y una mujer.

El principal escollo, para la plena aceptación, lo recoge el Sínodo de la Familia,que sigue definiendo que la función principal del acto sexual es la reproductiva. Olvida el Magisterio que el amor es la característica esencial con que Dios distingue al ser humano, con reproducción o sin ella, pues, en definitiva, el cristianismo no se reproduce por la biología, sino por la conversión y ahí tenemos a la Sagrada Familia (modelo de familia para la Iglesia): ella Madre soltera, embarazada de “Otro”, que se une a José que adopta a Jesús, pero no procrean. ¿Cómo entonces la Iglesia condena la relación que no engendra nueva vida? No lo hace con las parejas heteros que, amándose, son estériles, ¿Por qué entonces condena la relación de dos iguales que, igualmente, no pueden procrear, e igualmente se aman?

En resumen, la postura de la Iglesia sería: identidad homosexual, sí; comportamiento consecuente, no. O sea, imposibilidad de poder amar y entregarse a otra persona de igual género. Consecuencia: división en lo más profundo del ser humano y por tanto sufrimiento asegurado.

Desde su inicio, esta condena de la Iglesia ha creado en nosotros una relación herida que, durante siglos, se ha ido implementando en la sociedad, en su cultura y en las estructuras sociales que nos han oprimido.

La Iglesia se autodefine “madre” y a nosotros “sus hijos”, ¿Cómo es posible que nos haya tratado de este modo? La Iglesia y sus pastores (salvo excepciones) nos rechazan con sus palabras, pero es precisamente ella (es justo reconocer su honestidad) la que nos enseña que la Palabra (la de Dios) nos acepta y ama tal como Éste nos ha creado.

Pero una parte significativa de la Jerarquía rechaza este mensaje homófobo: así Christoph Schönborn, cardenal austriaco, opina “cuando el matrimonio pierde atractivo, parejas de igual sexo quieren casarse. Testimonian el matrimonio como bien importante”. Raúl Vera, obispo mejicano expresa “este banquete de la Eucaristía es para ustedes, que tantas veces saborean el desprecio y el odio. Brendan Leahy, obispo irlandés, comunicó en el Encuentro Mundial de las Familias 2018 “La familia está cambiando. Hagamos espacio para la diversidad de familias. Todos pueden venir y si alguien se siente excluido, dejaré 99 ovejas e iré a buscarlo”. Emocionan las palabras del Obispo norteamericano, ya jubilado, Thomas Gumbletonsalí del armario creyendo que mi homosexualidad la elegía yo y esto era pecado. Confieso los errores cometidos con este colectivo humano. Es un insulto que la Iglesia enseñe que la homosexualidad es intrínsecamente desordenada”.

La puerta se ha entreabierto y será difícil dar un nuevo portazo. El cambio ha comenzado y esperamos anhelantes la postura que tome León XIV en este tema.

Lo que nos duele no es el rechazo de los intransigentes, sino que personas honestas y muy influyentes, sabiendo que aquel se hace insostenible, sigan guardando un silencio cómplice.

Ni un solo versículo de la escritura condena el amor entre dos iguales. No puede hacerlo, pues al proclamar que Dios es amor, condenar a dos que se aman, sería condenar a Dios.

Es por lo que a los homosexuales cristianos nos queda proseguir trabajando para, desde dentro de la Iglesia, lograr la aceptación plena de dos de igual género que se aman. Es un reclamo de amor y justicia que debe ser atendido por la Iglesia y que solo ella puede hacerlo desde la Fe.

No nos marchamos de la Iglesia, para desde dentro seguir empujando sin descanso, pues al aceptarnos y estar orgullosos de como Él nos creó (¿Se imagina el/la heterosexual ser rechazado y rechazarse por lo que es y siente en el ámbito de su sexualidad?), nos transformamos, aceptándonos nosotros, influyendo así en la transformación de una sociedad que empieza a considerarnos en igualdad plena (matrimonio homosexual). Si la Iglesia logró implementar su rechazo en la sociedad, ahora tiene la oportunidad de dejarse imbuir por ésta, en la acogida y aceptación social que se abre camino, porque la aceptación total de las personas LGTB junto al sacerdocio femenino serán las claves para que nuestra Iglesia y su mensaje sean creíbles en este S.XXI.

Lo logrará cuando la identidad bautismal prevalezca sobre la identidad sexual que Dios ha querido dar a cada uno de nosotros, sus hijos, por lo que somos iguales ante Él. ¿Cómo no serlo en el seno de su Iglesia? Sí, nos sobran motivos para celebrar nuestro Orgullo.

Miguel Sánchez Zambrano.
Psicoterapeuta Familiar.
Autor del libro “Homosexualidad. Las Razones de Dios” (Ed. San Pablo).

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“Juan Bautista: Entre la entomofagia y la danza”, por Dolores Aleixandre.

martes, 24 de junio de 2025
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Qué ajeno estaba Juan Bautista cuando vivía en el desierto de Judea y bautizaba junto al Jordán después, de que con su dieta de langostas y miel silvestre (¿saltamontes aromatizados a la jalea real?), se estaba adelantando a la creciente moda de entomofagia (comer insectos), eso que ha sido por mucho tiempo algo “típico de otras culturas” y que algunos miraban con curiosidad y otros con cierto asco.

Pero no es la sobriedad alimenticia de Juan lo que hace atrayente su figura sino sus brincos de alegría en el vientre de su madre, dato de su etapa fetal que dice tanto de su personalidad como el de su actividad de bautizador.

Hay una frase del Maestro Eckart con la que presiento hubiera estado muy de acuerdo Juan de haberla conocido: “Hablando en hipérbole, cuando el Padre le ríe al Hijo, y el Hijo le responde riendo al Padre, esa risa causa placer, ese placer causa gozo, ese gozo engendra amor y ese amor da origen a las personas de la Trinidad de las cuales una es el Espíritu Santo”. Asociamos con total naturalidad al comportamiento eclesial lo serio, lo grave, lo solemne y lo circunspecto y se nos llena la boca (bueno, a quien se le llene) con los términos “sacrosanto”, “sagrado”, “digno” y “venerable” como si se diera por descontado que todo eso le es más agradable a Dios que la alegría, la jovialidad, la frescura, la risa y el humor. Y sin embargo, de alguien tan respetable en la tradición cristiana como Juan, lo primero que sabemos es que hacía algo tan gozoso, libre y espontáneo como bailar en el poco espacio que tenía disponible en aquel momento.

¿No podríamos deducir que era “Precursor” de Jesús también en esto? ¿No estaba abriendo el espacio para que irrumpiera por los caminos de Galilea la ráfaga de su libertad, su alegría de vivir en la presencia de su Padre, su capacidad de demostrar ternura, de hacerse amigos, de disfrutar comiendo y bebiendo en compañía?

Su llegada divide en dos la historia de la humanidad y, dentro de ella, la de Israel. Juan Bautista pertenece a la primera etapa, simbolizada en el tiempo anterior a la entrada en la tierra prometida. Ahora, la presencia de Jesús y el anuncio de su Reino se han convertido en la verdadera tierra prometida y todo aquel que lo acoja, es más grande que el Bautista porque se le ha concedido (se nos ha concedido…) vivir ya el tiempo del cumplimiento de las promesas.

La vida de Juan solo tuvo un sentido: ir delante de él preparándole el camino. ¿No somos también nosotros un pequeño “Juan Bautista”, encargado de allanar caminos para que otros puedan conocer a Jesús?

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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“Quemar virus e iluminar sombras”, por Juan Zapatero Ballesteros

martes, 24 de junio de 2025
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La pasada noche, miles de hogueras iluminaron la tierra… Recuperamos este artículo.

Juan Zapatero Ballesteros
Sant Feliú de Llobregat (Barcelona).

ECLESALIA, 18/06/21.- Después de quince meses de pandemia, la “oficial”claro, ha llegado una vez más el solsticio de verano. Y es que, por mucho que se empeñen los unos y los otros, los de aquí y los de allá, los de arriba y los de abajo, el ciclo vital es imparable; a pesar, desgraciadamente, de que a unos cuantos les gustaría dominarlo, controlarlo y doblegarlo a su antojo, sin ningún otro tipo de ley que la fuerza y la sinrazón. Cogido de la mano del solsticio ha llegado también san Juan, el santo con qué la Iglesia pretendió cristianizar desde muy pronto dicha efemérides, por si en ella pudiera haber algún resquicio de mundanidad y de paganismo.

El solsticio de verano nos invita siempre a hacer un canto a la luz y al fuego, como elementos esenciales de cara a posibilitar la vida del cosmos y de todo cuanto lo habita. San Juan Bautista, por su parte, irrumpe cada solsticio en nuestra historia, como veinte siglos atrás lo hizo en la del pueblo judío, con una fuerza inusitada, anunciando la necesidad de conversión y de cambio que hagan posible el comienzo de una manera de vivir nueva y renovada, en la que el amor, la igualdad, la verdad, la justicia, el perdón y la solidaridad, etc. sean los elementos constitutivos de la mejor de las vacunas de cara a conseguir una humanidad fraternal y un cosmos lleno de vida. Y esto, por cierto, no podía llegar de la mano de cualquier persona, sino de quien por el mismo Jesús de Nazaret fue considerado precisamente como “el mayor entre los nacidos de mujer” (Mt 11,11).

La gente vino al desierto, donde se encontraba Juan, y le preguntaba:

– Entonces, ¿qué haremos?

Y respondiendo, les dijo:

– El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.

Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron:

– Maestro, ¿qué haremos? Él les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado.

También le preguntaron unos soldados, diciendo:

– Y nosotros, ¿qué haremos?

Y les dijo:

– No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestra soldada”.

(Lc 3, 10-14)

Se trata, pues, de un proyecto que supone un transformaciónesencial y profunda que llegará a partir, no precisamente de un cambio de estructuras, sino de un giro radical, de arriba abajo, de vida de cada persona, dependiendo del estado y la situación personal que cada uno/a puede estar viviendo; también a nivel de grupos e instituciones. No se trata, pues, de barnices ni de pinturas, sino de destruir el edificio viejo y edificar uno nuevo, basado en cimientos fuertes y sólidos capaces de aguantar ante cualquier tipo de amenazas y embates, “pareciéndose a aquel hombre prudente que edificó sobre roca y aguanta, por ello, a pesar de que venga lluvia, se desborden los ríos y soplen vientos fuertes” (Mt 7, 24-25). Juan no habla a la gente que acude a escucharle de una nueva religión que exija un culto diferente, sino de una nueva forma de vivir que llene verdaderamente de sentido la propia existencia y marque las pautas definitivas que hagan posible que la relación con los demás hombres y mujeres sea realmente fraterno-sororal, junto al respeto, mimo y cuidado del entorno natural, de cerca y de lejos, que nos rodea.

Justamente en la doble línea que cada año nos recuerda el solsticio de verano: el fuego y la luz. El fuego que queme y destruya, o como mínimo purifique, toda serie de virus malignos y venenosos, tales como el consumo feroz, el odio y la violencia, que no hacen sino destruir el cosmos y el universo y las personas que lo habitan. El virus del egoísmo que ya hace tiempo comenzó a propulsar a la humanidad a una escalada salvaje de un gastar, comprar, tener, poseer, etc., más que desenfrenado a costa de degradar sin piedad el planeta y todo su entorno. El virus de la injusticia que produce desigualdades entre las personas y los pueblos, provocando que unos pocos sean los amos de los bienes del mundo que debieran ser propiedad de todas y de todos, mientras una inmensa mayoría carece de lo más elemental y necesario. El virus de la explotación y del abuso de los más pobres y débiles, especialmente de los niños y de las niñas, convirtiendo sus vidas en un mercado de relaciones totalmenteabusivas e indignas. El virus de las guerras que matan personas de manera indiscriminada,enfrenta a naciones entre sí y aniquilan todo lo que encuentran a su paso; sin otro fin que el de destruir y hacer de ellas instrumento de ganancias escandalosas y pingües negocios. El virus del machismo de muchos varones que considera a la mujer un ser inferior sin ningún tipo de argumento ni razón que no sea la diferencia sexual y/o bilógica, hasta el extremo aberrante de concebirla, por parte de algunos, como un objeto único de placer y de deseo; también el machismo a nivel institucional por parte de ideologías, partidos políticos, grupos culturales y deportivos, instituciones religiosas, etc.; y lo que aún es más grave: el virus del machismo elevado a la máxima expresión de la violencia de género. El virus que convierte a los más débiles e indefensos, especialmente los niños y niñas, en presa apetecible y fácil de sus instintos más primitivos.

Junto a esta quema de virus, la explosión de luz que ilumine tantas oscuridades y sombras que nos impiden avanzar con claridad por la vida, repletos de optimismo y esperanza. La luz que desvele para siempre los lados oscuros de la honestidad y la honradez que no tienen otro resultado, a la postre, que el de condenarnos a vivir enfangados en medio de hipocresías estériles y relaciones putrefactas. La luz que destape de una vez por todas las mentiras y patrañas que nos llevan a denominar con frecuencia amor todo aquello que es pura y simplemente egoísmo disfrazado. La luz que clarifique los puntos oscuros, o como mínimo poco claros, de nuestras verdades a medias y de nuestras mentiras “pseudogenerosas” o justificadoras de bondad y/o altruismo desinteresado. La luz, en definitiva, que rompa para siempre las tinieblas producidas por dogmas estériles y verdades impuestas; pues unos y otras no hacen sino convertirnos en obedientes sumisos y en marionetas manipulables al antojo de vete tú a saber quiénes.

Son “virus de pandemias no oficiales”, pero no por ello menos nocivos, incrustados muchas vecesen lo más hondo del universo y de las personas, que vienen reclamando desde hace tiempo “vacunas eficaces” capaces de aniquilarlos para siempre y aportar toda la luz necesaria que haga posible una vida abundante y en verdad de las personas y de todo el entorno que habitan.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Cuando nuestra esperanza es tan pequeña como cinco panes y dos peces

lunes, 23 de junio de 2025
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La reflexión de hoy (22 de junio de 2025) es del coordinador de contenido digital de Bondings 2.0, Jeromiah Taylor.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Domingo 12º del Tiempo Ordinario, Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo (Corpus Christi),  se pueden encontrar aquí.

Hoy celebramos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es, siempre ha sido y siempre será la esencia de nuestra esperanza. La Iglesia insiste en que el Señor Eucarístico es la fuente y cumbre de nuestra fe, y Cristo mismo insistió en que quien comiera y bebiera la verdadera comida y bebida de su Cuerpo y Sangre tendría vida eterna.

Sin embargo, la esperanza no es fácil de alcanzar. De hecho, la Iglesia nos enseña que es una virtud teologal: inalcanzable mediante el esfuerzo humano, otorgada como gracia solo por Dios. El Catecismo cita a Abraham como ejemplo de esperanza (1819) porque esperó más allá de toda esperanza convertirse en el padre de muchas naciones cuyos enemigos, nos dice la primera lectura litúrgica de hoy, fueron entregados en sus manos por el Señor.

La esperanza de Abraham fue puesta a prueba, como lo es toda esperanza cristiana. Porque la esperanza no se basa en la evidencia, es revelada por Dios y debemos aferrarnos a ella, reafirmarla y esperarla con paciencia. El triunfalismo de nuestra primera lectura y la gloria del verso de Melquisedec transmiten el fin de la esperanza cristiana: el cumplimiento de las promesas de Dios. Sin embargo, como seres humanos que vivimos aquí y ahora, rara vez se nos permiten vislumbrar la victoria; toda nuestra vida parece un Sábado Santo, caracterizado por una espera tensa y traumatizada.

Como católicos LGBTQ+, como personas de buena voluntad, como personas que, por injustos que seamos, «tienen sed de justicia«, podemos sentir que la esperanza se nos escapa, que siempre está fuera de nuestro alcance. El Evangelio de hoy ofrece una refutación a nuestra desesperación. Consideremos la escasez, la ridícula insuficiencia del Evangelio: las patéticas probabilidades de cinco panes y dos peces contra el hambre de 5.000 personas. Suena bastante similar a las probabilidades que detectamos ahora, donde la bondad se ve superada por todos lados: en Los Ángeles, Gaza, Líbano, Myanmar, Washington D. C., Nueva York. En Estados Unidos, nuestra jerarquía católica apenas comienza a despertar de su letargo y a condenar los males de la xenofobia de nuestro actual presidente, y sin embargo, sigue sin defender los derechos civiles de las personas LGBTQ+. Y aunque ya no tenemos tiempo para mitigar los peores efectos de nuestra crisis ecológica, la plutocracia sigue innovando con nuevas amenazas para el bienestar humano.

En el Evangelio, los discípulos le dicen a Cristo que no hay forma de alimentar a esta gente y que deben ser despedidos. No albergan ninguna esperanza. Siguiendo la prudencia, identifican los problemas y proponen soluciones. Según la sabiduría popular, esta estrategia puede no ser errónea: los recursos disponibles son insuficientes. Pero están en compañía de Cristo y sus opciones ya no se limitan a lo mundano. Las herramientas de Dios se han añadido a su repertorio, y deben aprender a pensar de una manera nueva. Este nuevo camino, sin embargo, es tan antiguo como su antepasado Abraham, quien, tras creer en la promesa de Dios de hacer lo imposible, acepta sacrificar la recompensa misma de su fe: su hijo Isaac.

Esas herramientas de Dios son las virtudes teologales, que son «la prenda de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano», que nos hacen «capaces de actuar como hijos de Dios y de merecer la vida eterna» (CIC, 1813).

Cuando lo poco que tenemos para dar (por insuficiente que sea) se infunde de fe, esperanza y amor, habitamos en el cuerpo de Cristo, y nuestras ofrendas serán suficientes para realizar sus obras, para colmar nuestra esperanza. Él tomó su cuerpo sobre sí, nos dio su cuerpo, nos dejó su cuerpo y nos unió a su cuerpo. Hoy celebramos nuestra pertenencia, nuestra participación en su Cuerpo, y damos gracias por no necesitar ser, tener o hacer lo suficiente: porque nos alimentamos de Él y, por lo tanto, vivimos para Él (cf. Jn 6, 57).

En Laudato Si’, el Papa Francisco nos advirtió que no permitiéramos que las policrisis de nuestro tiempo nos arrastraran a la desesperación. Su regalo de despedida fue el Año Jubilar de la Esperanza, mediante el cual nos dio una clara instrucción: convertirnos en Peregrinos de la Esperanza. Solía ​​pensar que ser un Peregrino de la Esperanza significaba que, sostenido por la esperanza, uno seguía adelante, cada paso dado gracias al tenue pero persistente destello de la luz de la esperanza. Ahora, empiezo a pensar que una Peregrinación de la Esperanza no se realiza a través de la esperanza, sino hacia la esperanza: ad spes. Como Abraham, que esperó más allá de toda esperanza, quizás baste con que empecemos no con esperanza, sino con la esperanza de la esperanza, y con la fe en que un don tan pequeño es suficiente para que nuestro Dios obre con él. Suficiente incluso para alimentar al mundo entero.

—Jeromiah Taylor, Ministerio Nuevos Caminos, 22 de junio de 2025

Fuente New Ways Ministry

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Hacia un idolatría de la Eucaristía.

domingo, 22 de junio de 2025
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[…] El mismo Cristo  debe asfixiarse en nuestros ostensorios de oro, en nuestros cálices incomparables, en nuestros copones incrustados de joyas, Él quiso sólo la paja del Pesebre o la madera de la cruz. El culto exagerado de la Eucaristía tiende a hacer de nuestras iglesias templos paganos.

*

Louis Evely

***

Condúceme de lo irreal a lo real, condúceme de las tinieblas a la luz, condúceme de la muerte a la inmortalidad.

*

Brihadaranyaka Upanishad

***

Una liturgia sin compromiso místico

Los faraones de Egipto han sido divinizados y los monumentos no dejan de representar su investidura divina. Cuando, más tarde, Alejandro el Grande conquistó Egipto, no creyó que pudiera asegurar su dominación sobre las colonias sin hacerse reconocer como Dios. Del mismo modo los emperadores romanos, para consolidar la unidad de su imperio, aceptaron, luego finalmente impusieron, esta divinización de Roma y de su persona.

Pero esta divinización del faraón provocaba también, casi necesariamente, la “faraonización” de dios. Había una simbiosis, una suerte de comunidad de vida en la que las reacciones eran recíprocas y, finalmente, la imagen de la divinidad se amoldaba a la del faraón divinizado.

¿Hasta qué punto esta situación ha sido reproducida a lo largo de los siglos, incluso en el pensamiento de Israel? ¿En qué medida nuestra liturgia no guarda vestigios de este intercambio ambiguo entre la realeza terrestre y la realeza divina? ¿Hasta qué punto incluso el concepto de la realeza divina no es simplemente una emanación de la realeza humana?

¿En qué medida, en Bizancio, la liturgia de Palacio y la liturgia de Santa Sofía no coincidían en una misma imagen, donde la realeza divina y la realeza humana se confundían de nuevo?

Y en qué medida nuestra liturgia no es todavía una supervivencia de las liturgias reales que no comprometen nunca el fondo del alma? ¿No podemos pensar, a veces, que en nuestra misma liturgia, se trata de rendir homenaje a un soberano, de procesiónar alrededor de su altar, de erigirle un santuario dedicado a él, y una vez hecho esto, queda con Dios, todo esto que puede realizarse y celebrar sin ninguna especie de compromiso místico?

Algo extremadamente peligroso

Es evidente que, si el hombre de la calle es tan a menudo completamente extraño a lo que pasa en nuestras iglesias, es porque no pasa allí ningún acontecimiento susceptible de tocarlo aunque sea un poco. El no se siente allí de ninguna manera alcanzado y concernido a lo más íntimo de él mismo.

Hay una religión aparente que  no asume compromiso profundo. Esto es extremadamente grave, y podemos preguntarnos hasta qué punto esto no es a causa de la Eucaristía que llegamos a una confusión tan radical sobre la esencia misma del mensaje de Jesús.

Una especie de materialismo religioso, el peor de todos; puede trágicamente establecerse alrededor de la Eucaristía; tenemos un catalizador de paladio, un pararrayos celeste, sobre la casa, podemos dormir tranquilo, Dios está allí en su cajita y lo tenemos constantemente a nuestra disposición.

¿Nos hemos cuestionado suficientemente sobre  el valor de nuestras comuniones? ¿sobre elvalor de esos niños? ¿Qué producen? ¿Qué cambian?

En las comuniones sin compromiso, donde se cuenta con el opus operatum (un efecto producido infaliblemente por el hecho de que se recibe el sacramento), en las comuniones donde mecánicamente se debe ser santificado porque se abrió la boca o se tendió la mano para recibir la hostia: hay allí algo extremadamente peligroso porque no se ve en absoluto toda la exigencia que está en la base de una conversión verdadera, y que supone a un nuevo nacimiento; no vemosen absoluto la exigencia de la comunión que implica esta transformación radical donde se pasa del mí posesivo al mi oblativo. Incluso, ¿cuántos sacerdotes  que celebran la misa cada día todavía pueden, quizá, estar todavía allí?

Resituar la Eucaristía en la perspectiva evangélica

Debemos pues resituar la Eucaristía, hay que situarla allí dónde la vida de la Iglesia debe encontrar su unidad, hay que situarla en su sitio, es decir en la perspectiva evangélica que se nos impone en los últimos encuentros del Señor con sus discípulos.

La última consigna que resuena en todas las páginas delrelato joánico, es que os améis unos a otros como yo os he amado. Y esta consigna es también el criterio que hace reconocer a los discípulos de Jesús: ” en esto os reconocerán que sois mis discípulos, si os amais los unos a los otros.

Y para dar una lección a sus discípulos, Jesús les lavó los pies. “Esto es lo que es amar a tu prójimo: lo que he hecho es para que hagáis vosotros lo mismo los unos a los otros”.

Por extraño que pueda parecer, la Eucaristía parece haber desaparecido, ni siquiera se nombra en este lugar, ¿por qué? Debido a que está implícita en esta mandato (lavatorio de los pies). Está implícitamente contenida en el mandato y en la consigna final del Señor: “Amaos los unos a los otros”, ya que es exactamente la misma cosa.

“Os conviene que yo me vaya “

Recordemos las trágicas palabras de Jesús en el discurso después de la Última Cena: “Es bueno que yo me vaya porque, si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo, no vendrá a a vosotros”. ¿Cómo no ver en estas palabras la confesión de un fracaso? Jesús nunca convirtió a nadie … ¡a nadie! Ni la muchedumbre, ni los sacerdotes, ni las autoridades, ni Herodes ni sus discípulos, ni incluso el discípulo amado que se dormirá como los otros enseguida en el Jardín de la Agonía: no ha convertido a nadie.

Y la llamada suprema que les dirige  a sus discípulos en el lavatorio de los pies se quedará sin eco: no comprenden que el reino de Dios está dentro de ellos mismos.

No comprenderán que es para hacer nacer este reino interior que Jesús se arrodilla delante de ellos para lavarles los pies, y no comprenden  que es para arrancar la piedra de nuestros corazones que Jesús muere sobre la cruz. Y la última pregunta que le harán a Jesús justo antes de la Ascensión será significativa de esta total  incomprensión.

¡La humanidad de Jesús debe pues desaparecer! Y es sólo en lo invisible, en el fuego del Pentecostes, como encontrarán a su Maestro como una presencia interior, no lo verán en lo sucesivo ya más delante de ellos sino dentro de ellos, y es en aquel momento cuando lo reconocerán. ¿Podemos desde entonces imaginar un solo instante que Nuestro Señor nos haya dado la Eucaristía para que refabriquemos con este sacramento un culto idolátrico, para que pudiéramos poseerlo allí, al alcance de nuestra mano, encerrándole en una caja para que nos pertenezca? ¿ Podemos concebir un materialismo igual por parte del Señor? ¿Cómo podemos imaginar que les hubiera robado su presencia visible a los Apóstoles para restituirnos en la hostia un foco de idolatría, como si pudiéramos disponer de Dios como el resultado de un objeto? Es absolutamente imposible, es exactamente lo contrario que sucede cuando Jesús nos da la Eucaristía.

*

Maurice Zundel

La Rochette, 1963

(Fuente)

***

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

“Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.”

Él les contestó:

“Dadles vosotros de comer.”

Ellos replicaron:

“No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.”

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

“Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.”

Lo hicieron así, y todos se echaron.

Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

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Lucas 9, 11b-17

***

El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde en el pueblo de Dios se escucha la Escritura cuya exégesis mesiánica nos proporcionó Jesús, y, por consiguiente, allí donde se respeta la Escritura y se obedece su Palabra, que encuentra su expresión actual en la asamblea de la comunidad.

Eso significa: allí donde se vive la vida cotidiana bajo el lema de la voluntad de Dios […]. El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se celebra el banquete mesiánico, al que Jesús quiso invitarnos precisamente a todos, a los justos y a los pecadores, a los sanos y a los enfermos, a los invitados de la primera hora y a los que se quedan mirando los toros desde la barrera, es decir, allí donde se ha hecho posible, a continuación, la integración y la unanimidad de aquellos que quieren ponerse al servicio ae la construcción del pueblo de Dios. Eso significa: allí donde al convivium, o sea, al banquete de la eucaristía, le corresponde de nuevo el convivir, o sea, la convivencia de los creyentes que precede y sigue a la eucaristía, y encuentra su síntesis festiva en la celebración de semana en semana, de una fiesta a la otra.

El milagro de la multiplicación de los panes tiene lugar allí donde se vuelve vital la fe en que el hombre no vive sólo de pan, sino que vive, en primer lugar, de la Palabra de Dios, de su promesa y de la voluntad de aquel que se ha creado un pueblo al que debe llevar a una tierra que mana leche y miel. Eso significa que el milagro tiene lugar asimismo allí donde los creyentes se atreven a dar pruebas de su propia fe y a ponerla a prueba.

*

R. Pesch,
El milagro de la multiplicación de los panes. ¿Hay solución al hambre mundial?,
Brescia 1997, pp. 182ss, passim.

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“Compartir lo nuestro con los necesitados”. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – C (Lc 9,11-17)

domingo, 22 de junio de 2025
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Dos eran los problemas más angustiosos en las aldeas de Galilea: el hambre y las deudas. Era lo que más hacía sufrir a Jesús. Cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar, a Jesús le salieron desde muy dentro las dos peticiones: «Padre, danos hoy el pan necesario»; «Padre, perdónanos nuestras deudas, pues también nosotros perdonamos a los que nos deben algo».

¿Qué podían hacer contra el hambre que los destruía y contra las deudas que los llevaban a perder sus tierras? Jesús veía con claridad la voluntad de Dios: compartir lo poco que tenían y perdonarse mutuamente las deudas. Solo así nacería un mundo nuevo.

Las fuentes cristianas han conservado el recuerdo de una comida memorable con Jesús. Fue al descampado y tomó parte mucha gente. Es difícil reconstruir lo que sucedió. El recuerdo que quedó fue este: entre la gente solo recogieron «cinco panes y dos peces», pero compartieron lo poco que tenían y, con la bendición de Jesús, pudieron comer todos.

Al comienzo del relato se produce un diálogo muy esclarecedor. Al ver que la gente tiene hambre, los discípulos proponen la solución más cómoda y menos comprometida; «que vayan a las aldeas y se compren algo de comer»; que cada uno resuelva sus problemas como pueda. Jesús les replica llamándolos a la responsabilidad; «Dadles vosotros de comer»; no dejéis a los hambrientos abandonados a su suerte.

No lo hemos de olvidar. Si vivimos de espaldas a los hambrientos del mundo, perdemos nuestra identidad cristiana; no somos fieles a Jesús; a nuestras comidas eucarísticas les falta su sensibilidad y su horizonte, les falta su compasión. ¿Cómo se transforma una religión como la nuestra en un movimiento de seguidores más fiel a Jesús?

Lo primero es no perder su perspectiva fundamental: dejarnos afectar más y más por el sufrimiento de quienes no saben lo que es vivir con pan y dignidad. Lo segundo, comprometernos en pequeñas iniciativas, concretas, modestas, parciales, que nos enseñan a compartir y nos identifican más con el estilo de Jesús.

José Antonio Pagola

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“Comieron todos y se saciaron”. Domingo 22 de junio de 2025. Festividad del cuerpo de Cristo

domingo, 22 de junio de 2025
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Leído en Koinonia:

Génesis 14, 18-20: Sacó pan y vino:
Salmo responsorial: 109, 1. 2. 3. 4: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
1Corintios 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor.
Lucas 9, 11b-17: Comieron todos y se saciaron.

La primera lectura (Gen 14,18-20) es un antiguo texto legendario, originalmente quizás de naturaleza política-militar, en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un poco de pan y vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis teológica oriental.

El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto ofrecen una nueva luz sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de Melquisedec”.

La segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más pobres. Pablo aprovecha la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena eucarística, ya que el desprecio, la humillación y la falta de atención a los pobres en las asambleas estaban destruyendo de raíz el sentido más profundo de la Cena del Señor.

Se coloca así en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia (cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc 7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el Señor “entregó” su cuerpo y su sangre en la cruz por “vosotros”.

Esta lectura paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que cuales el Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor 11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de comunión entre Dios y los hombres.

La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz (pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia “en memoria mía” (1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su regreso glorioso, “hasta que él venga” (1 Cor 11,26) (futuro). El misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni hipocresías.

El evangelio de hoy relata el episodio de la multiplicación de los panes, que aparece con diversos matices también en los otros evangelios (¡dos veces en Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un cierta base histórica (no necesariamente milagrosa), sino que también es fundamental para comprender la misión de Jesús.

Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.

Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).

La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) es un recurso literario para poner en destaque la misión de los discípulos. Éstos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús, preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16; 2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos. Leer más…

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22.6.25. Fiesta del Corpus: Jesús brinda con nosotros, invitándonos al vino del Reino

domingo, 22 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Antes que Cuerpo/Sangre de Cristo, el Corpus es brindis y promesa de Cristo, invitándonos a su Vino Nuevo en el Reino

Actualmente, el Corpus es una procesión Eucarística por el entorno del templo, venerando al Cristo que Pan Compartido y Vino de alianza de los hombres con Dios en Cristo. Pero en principio, la eucaristía fue una fiesta de vino compartido de Jesús con sus compañeros y amigos, una fiesta en la que Jesús, que va a ser condenado a muerte toma vino con ellos y brinda diciendo. ¡La próxima copa la tomamos en el Reino!.

Así lo muestra el texto más antiguo de la institución eucarística (Mc 14, 25) que proviene del mismo Jesús y que ha sido interpretado, recreado y reformulado por las iglesias cristianas en dos textos esenciales, uno de Pablo (1 Cor 11, 23-26) y otro de Mc 14, 22-24, que la iglesia actual interpreta como propios del Cristo de la Pascua (no del Jesús histórico).

He dedicado al tema 10 ó 12 trabajos histórico/teológicos, recogidos básicamente en Fiesta del pan, fiesta del vino  y Gran Diccionario

| Xabier Pikaza

Antes que Cuerpo/Sangre de Cristo, el Corpus es brindis y promesa de Cristo, invitándonos a su Vino Nuevo en el Reino

Actualmente, el Corpus es una procesión Eucarística por el entorno del templo, venerando al Cristo que Pan Compartido y Vino de alianza de los hombres con Dios en Cristo.

Pero en principio, la eucaristía fue una fiesta de vino compartido de Jesús con sus compañeros y amigos, una fiesta en la que Jesús, que va a ser condenado a muerte toma vino con ellos y brinda diciendo. ¡La próxima copa la tomamos en el Reino!.

Así lo muestra el texto más antiguo de la institución eucarística (Mc 14, 25) que proviene del mismo Jesús y que ha sido interpretado, recreado y reformulado por las iglesias cristianas en dos textos esenciales, uno de Pablo (1 Cor 11, 23-26) y otro de Mc 14, 22-24, que la iglesia actual interpreta como propios del Cristo de la Pascua (no del Jesús histórico).

He dedicado al tema 10 o 12 trabajos histórico/teológicos, recogidos básicamente en Fiesta del pan, fiesta del vino  y Gran Diccionario

PUNTO DE PARTIDA. Parece evidente que Jesús celebró con sus discípulos una Cena de solidaridad y despedida, asumiendo y superando los rituales de la pascua nacional judía —centrada en el cordero—, para insistir en el signo del pan compartido (como en las «multiplicaciones»). No sabemos cuál ha sido la forma primera de la bendición del pan, que Jesús ha utilizado en su Cena, pero debe ir en la línea de las palabras de bendición de las multiplicaciones, y de las comidas judías.

Es probable que esa Cena tuviera un carácter dramático, y marcara una ruptura entre el ideal/camino de Jesús y la propuesta «real» de sus discípulos. En ese contexto histórico puede y debe situarse el logión escatológico del vino (Mc. 14:25), que marca el rasgo distintivo de la esperanza de Jesús, centrada en la ofrenda del vino (que no se identifica todavía con su sangre). Según ese “logion del Vino”, la cena de Jesús estuvo centrada en la promesa Reino de Dios, más que en su persona.

 PRIMER EUCARISTÍA, BRINIS DE VINO.(Mc 14,25). Este pasaje ofrece la primera versión eclesial e histórica de la eucaristía como bendición) gozosa del vino, entendido como signo del Reino de Dios, sin referencia directa a la muerte de Jesús —no se dice que el vino sea su sangre— y sin vinculación al pan. Esta palabra constituye el «testamento» de la vida y obra de Jesús, que ratifica así, en el momento final, lo que ha dicho a lo largo de su ministerio (anunciando la llegada del Reino) y lo que ha hecho (ofreciendo a los suyos el pan multiplicado).

  • En verdad os digo:
  • no volveré a beber del fruto de la vid hasta
  • el día aquel en que lo beba nuevo en el reino de Dios (Mt 14, 25)

 Este logion vincula dos elementos: (1) Jesús hace un voto de renuncia, comprometiéndose a no tomar más vino mientras siga existiendo el mundo actual. (2) Jesús hace un voto de abundancia: Promete a los suyos el vino del Reino. El texto comienza de un modo elevado (en verdad os digo…), y sigue con una triple negación(que ya no beberé: ouketi ou mê…), que debe interpretarse como juramento o voto sagrado, en el que el mismo Dios actúa como testigo, en fórmula que podría traducirse: «así me haga Dios en el caso de que…».

En el momento más solemne y decisivo de de su vida, rodeado por sus discípulos, tomando con ellos la última copa, Jesús se compromete a no beber más hasta que llegue en plenitud el día  Reino que él ha prometido a sus discípulos iniciado (cf. Mc 9, 1; 13, 30) [1]. Este juramento puede interpretarse como voto de abstinencia escatológica, en línea nazirea, de tal manera que, de ahora en adelante, Jesús puede presentarse como nazireo del reino.

El vino (con el pan) ha sido un signo importante de su vida y esperanza. Lógicamente, al acercarse el momento decisivo, Jesús proclama que ya no beberá más vino en este mundo viejo, en este orden de cosas (pues podrán matarle), pero añade que llega (se está acercando de inmediato) el reino [2]. De todas formas,  estrictamente hablando, estas palabras  no son un voto de abstinencia, sino una promesa de culminación futura de su reino. Jesús no ofrece su cuerpo a Dios como expiación por el pecado de los hombres, ni entiende su sangre como reparación por los pecados del pueblo (en la línea del Yom Kippur de Lev 16, sino que toma con sus discípulos y amigos una copa de solidaridad y promesa de vida, asegurándoles que la próxima la tomará con ellos en el reino.

El centro y sentido de esta copa final de final de Jesús no es su muerte¸ él no dice como en el relato post-pascual de su eucaristía “esta copa es mi sangre entregada por vosotros”, sino  esta copa que ahora tomamos es anuncio y promesa del Vino nuevo, que he  de beber muy pronto en el reino (¡la próxima copa en del Reino!)

Conforme a esta palabra, esta copa de vino que Jesús bebe con sus amigos y compañeros no es signo de la sangre que él derrama por ellos (como sacrificio de expiación ante Dios,  sino que es signo de vida y de fiesta. (a) Es la copa que él bebe y comparte con ellos, alegrándose de su compañía. (b) Bebiendo esta copa con ellos él les promete que la próxima copa la beberán de nuevo juntos, en la fiesta suprema del reino que llega.

Ésta es por tanto una copa de fiesta doble: La fiesta que ellos celebran ahora, en este mundo, despidiéndose como compañeros y amigos; la próxima copa que ellos beberán juntos, de nuevo, en el reino de Dios. El signo que une está fiesta en el mundo (en la última cena) y la próxima copa en el reino de Dios es la “copa de vino”, no una oración que rezan juntos (eso también). No un simple abrazo, un apretón de manos, sino una copa de vino que todos comparten.

Ciertamente, Jesús les invita al reino de Dios, a ellos, en concreto,  pero les invita con una copa de vino de fiesta. El elemento distintivo del reino de Dios como fiesta será una copa compartida de vino. Aquí en el mundo el vino viejo, antiguo, de la vida. En el reino de Dios el vino nuevo de la vida culminada. Hay otros signos del reino  (vestidos nuevos, visión beatífica: 1 Cor 13). Pero, según este pasaje, el signo determinante y decisivo es una copa de vino nuevo compartido.

 En ese sentido, esta copa de vino que Jesús bebe con sus amigos no es expresión de un voto abstinencia, sino todo lo contrario: Es una promesa de continuidad, de compañía, de plenitud. Ésta es su última copa en este mundo. La siguiente será en el reino. En un sentido, ésta es la última en este mundo antiguo; pero, en otro sentido, se puede interpretar como principio de la nueva como copa en reino de Dios, que así aparece simbolizado por el vino.

Jesús promete abstenerse de beber vino “hasta que beba (con vosotros) el vino nuevo del Reino”. No se trata de una “abstinencia ascética) por rechazo del vino de solidaridad o de alegría,  sino de una abstinencia mesiánica. Porque llega la próxima como en el Reino de Dios que así aparece como vino compartido.

Eso significa que ha puesto su destino al servicio de la viña de Dios, es decir, de la plenitud de vino en el mundo de Dios. Con el “vino de este mundo”, en la fiesta de su despedida (se despide porque van a prenderle y matarle, se despide dándoles su vida como vino compartido, prometiéndoles el “vino nuevo” de la nueva cosecha del Reino.

Esta promesa final de vino del reino aparece así como culminación de todo el camino de Jesús con sus discípulos. Ha sido un camino fuerte como indicaremos, un camino  de condena (van amatarle), pero un camino que puede condensarse en una copa de vino compartido.

Jesús ha ofrecido su mesa (pan y peces) a los marginados y pobres, a los publicanos y multitudes. Ahora, en el momento final, asumiendo y recreando la mejor tradición israelita, él declara y proclama delante de sus amigos que ha cumplido la misión que Dios le ha enconmendado, ha terminado su tarea: sólo queda pendiente la respuesta de Dios, el vino del “año nuevo”, la fiesta del Reino.

Así pasa del “vino antiguo” de esta fiesta de despedida (que el ritual  posterior de la institución eucarística interpretara como copa de alianza: Mc 14, 23-24) al “vino nuevo” de la promesa de culminación mesiánica. Al beber así la última copa (copa antigua, que termina en la muerte) puede y debe interpretarse como  promesa y comienzo de la copa nueva del reino, Jesús les está invitando a tomar la “nueva copa” del Reino, es decir, en la copa de la vida plena de Dios para siempre. Entendido de esa forma, este logion desborda el nivel de los elementos centrales de la pascua judía (pan sin levadura, hierbas amargas o cordero sacrificado), abriéndose a la nueva tierra y vino del Reino [3].

Recordando esa palabra sobre el vino, la tradición evangélica sabe que Jesús se ha mantenido fiel a su proyecto de Reino, hasta la muerte. Sin esa “fidelidad” hubiera sido imposible el camino posterior del evangelio (el nacimiento de la Iglesia). Pues bien, esa fidelidad se inscribe en un contexto de “negación” de los discípulos que, en el momento decisivo, no han querido (o no han podido) aceptar el proyecto de Jesús, abandonándole y dejándole a solas con la muerte. En este mismo contexto se sitúa el relato posterior de Marcos la “fundación eucarística” posterior de la iglesia (Mc 14, 22-24 par).

En ese ambiente de tensión ha situado el evangelio la “crisis” de los discípulos que, al ponerse ante las últimas consecuencias del gesto de Jesús, no acaban de aceptarlas. Ellos no son protagonistas pasivos de una historia externa, espectadores de algo que sucederá con Jesús, sino que forman parte de su entrega de Reino y, llegado el momento final, no la aceptan, al menos en la forma en que Jesús la acepta y la proclama.

La nueva copa  la tomarán en el Reino, maten a Jesús o no le maten. Jesús supone así que llega de inmediato el Reino, tanto por su vida (si triunfa, y Dios trae ya ese Reino), como por su muerte (si muere, su muerte será para el reino), en una línea que puede compararse a la de Pablo en Flp 1:21-24.

En este contexto define al vino  «fruto de la vid» (genêma tês ampelou) en imagen que Jn 15 ha expandido en rico simbolismo: Como la vid se expresa por su fruto de vino, así Jesús ratifica el don de su vida con una copa compartida del fruto de la vid. Entre la última copa con sus discípulos en la Cena y el vino nuevo del Reino de Dios se establece una profunda conexión que da sentido a todo el evangelio, convirtiendo el recuerdo de Jesús en anticipación escatológica.

Entre esta última copa de Jesús y la llegada del Reino se abre, según Marcos, todo el tiempo de la Iglesia, fundada precisamente en este gesto de Jesús y en lo que ese signo significa (el compromiso concreto de entrega, y la entrega concreta de la vida). Éste es, según Marcos, el signo definitivo del proyecto de Jesús, centrada en sus discípulos, abierto a todos los hombres y mujeres: La copa de vino nuevo del Reino que él ha anunciado (preparado) y que ahora promete a los suyos, desde el borde de la muerte.

Marcos sólo ha empleado la palabra «nuevo», gr. kainos, en contextos especiales de ruptura y recreación: habla de «enseñanza nueva», didakhê kainê, como título y nota principal del evangelio (1:27); de «nuevos odres», askous kainous, para el vino «joven», neon, con el sentido de kainon, del banquete nupcial del mesías (2:21-22). Desde ese fondo ha de entenderse la alusión al vino nuevo del Reino de Dios, que los seguidores de Jesús podrán compartir con él. Así se vinculan comida de Jesús con los pecadores en Mc 2,13-17 (vino nupcial, que toman al casarse, de una copa, novio y novia: Mc 2:21-22), cena con los discípulos (gesto de la copa) y banquete escatológico del vino del reino.

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Jesús alimenta, la comunidad recuerda. Fiesta del Corpus Christi Ciclo C

domingo, 22 de junio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

            En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

1ª lectura. ¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20)

Melquisedec ofrece pan y vino a Abrán

El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, el rey de Salén (Jerusalén), que es sacerdote del Dios Altísimo, «le ofreció pan y vino» y lo bendijo. En respuesta, Abrán le da el diezmo del botín recuperado.

Este breve pasaje está plagado de misterios que no podemos tratar aquí. Pero contiene dos datos que explican su elección para esta fiesta; 1) Melquisedec no es solo rey, es también sacerdote, 2) Lo que ofrece a Abrán no es una comida normal (un cabrito o un ternero) sino pan y vino; además, lo bendice.

Siglos más tarde, el autor de la Carta a los Hebreos estableció un paralelismo entre Melquisedec y Jesús. Con estos elementos, no es raro que los Padres de la Iglesia vieran en esta escena un anuncio de la Eucaristía y que los artistas plasmaran esta idea. Lo mejor que Melquisedec pudo ofrecer a Abrán es pan y vino. Lo mejor que Jesús nos ofrece es su pan y su vino.

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y bendijo a Abrán, diciendo: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.» Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

2ª lectura. “En recuerdo mío” (1 Corintios 11,23-26)

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

            Dos veces insiste Pablo en que esto hay que realizarlo «en memoria mía». Me evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega un foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». En mi opinión, lo que pide Jesús es que lo recordemos en todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer todo lo que hemos recibido de Jesús. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

            Pablo escribe estas palabras por los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Segundo anuncio de la Eucaristía (Lucas 9,11b-17)

            Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primera anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo.

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

            ‒ «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó:

                + «Dadles vosotros de comer.»

 Ellos replicaron:

               – «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.»

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

                 + «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

 Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

            Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

            Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

            ¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

            Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

            Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

            Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (a unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

            Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

            El trasfondo del Antiguo Testamento

            Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

            En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

            Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

            ¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

            Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed… tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

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Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo C. 22 de junio, 2025

domingo, 22 de junio de 2025
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Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.”

(Lc 9, 11b-17)

Así empieza el evangelio que la liturgia nos propone para la fiesta de hoy: Jesús hablando del Reino y curando. Y ese es el núcleo fuerte de la eucaristía: ser un tiempo y un espacio para el encuentro sanador con Dios y con los hermanos.

Jesús era único en el arte de saber perder el tiempo a favor de la debilidad humana. Los evangelios nos lo muestran una y otra vez, aquí y allí, en público y en privado, entablando conversaciones, haciéndose comida y también agua viva.

Para esto he venido” llegará a decir. Ha venido para comunicarnos la Buena Noticia de que Dios es Bondad y Amor.

El pan y el vino son la bondad y el amor de Dios derramados, derrochados sin cálculo ni medida. La medida la ponemos con nuestra hambre y nuestra sed.

¿Cómo iríamos a la Eucaristía si estuviéramos convencidas de que vamos a encontrarnos con la Bondad y el Amor de Dios?

Es cierto que tantos años de historia y una buena capa de rito, en ocasiones nos dificulta el encuentro con lo más esencial, pero no es excusa. Podemos hacer el esfuerzo por escarbar hasta encontrar el tesoro. Tenemos la responsabilidad de buscarlo, de encontrarlo y compartirlo.

Como personas cristianas tenemos la misión de ser “otros Cristos”, estamos aquí para la misma tarea en la que se ocupó Jesús: anunciar la Bondad y el Amor de Dios.

Y lo mejor de todo es que él mismo nos acompaña, nos anima y nos alienta. Él se hace pan pequeño y cotidiano para fortalecernos y vino alegre y abundante para devolvernos la esperanza. Nos quiere embriagadas para ser capaces de vivir el reino en el que siempre se oye música de fiesta.

Oración

Sácianos, Trinidad Santa, con tu pan y embriáganos con tu vino, para que también nosotras seamos parte de tu Cuerpo y tu Sangre. Amén.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Los signos no son la realidad significada.

domingo, 22 de junio de 2025
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CORPUS 2025 (C)

Lc 9,11-17

Es muy difícil hablar de este sacramento. Serían tantas las desviaciones que habría que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto este sacramento que lo hemos convertido en algo ineficaz.

Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual que se desarrolla fuera de nosotros y al que asistimos pasivamente. Nuestra tarea debe ser volverlo a cargar de humanidad. Dios es la Realidad que está en nosotros siempre y no tiene que hacer nada. El sacramento lo necesitamos nosotros para descubrirlo.

El problema de este sacramento es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda comunicación entre seres humanos se realiza a través de signos. El signo no es el pan sino el pan partido, preparado para ser comido. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El signo está en la disponibilidad para ser comido.

El segundo signo es el vino servido, preparado para ser bebido. Es muy importante tomar conciencia de que, para los judíos, la sangre era la vida. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Esa realidad es eterna y no se puede ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Si celebrar la eucaristía no me lleva a descubrirla, es que se ha convertido en garabato.

El principal objetivo de este sacramento es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía re-significamos el amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total sin límites. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él.

Todas las muestras de respeto hacia los signos están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia.

 Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Parábola del Pan y del Vino.

domingo, 22 de junio de 2025
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Lc 9, 11-17

«Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo…»

Hoy, día del Corpus Cristi, no me resisto a incluir aquí una preciosa reflexión de José E. Ruiz de Galarreta sobre el sentido profundo de la fiesta que celebramos.

Dice así:

En la fiesta de hoy, la Iglesia no conmemora propiamente la eucaristía; es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la fiesta del pan y del vino. Muchas veces, los cristianos centramos la celebración en la adoración de la presencia real de Cristo en el pan (el vino suele brillar por su ausencia). Nos perdemos lo mejor. Lo mejor está, como siempre, en las parábolas, en el sentido parabólico de las expresiones. Vamos a explicarnos. Igual que Jesús al hablar del Reino decía: ¿A qué compararemos el Reino?… “El Reino se parece ade esa misma manera, podemos decir que el cuerpo y la sangre de Cristo son como el pan y el vino. Vamos a meditarlo desde esa óptica.

El pan, nacido de granos de trigo sembrados, muertos, multiplicados, molidos, amasados, fermentados por la levadura, para ser alimento de muchos, para convertirse en los que lo comen. Los granos de uva, milagros de la vida en la vid, machacados también y estrujados, que también fermentan en la oscuridad para ser bebidos y dar fuerza y alegría a los que beben. El grano de trigo, los granos de uva, el pan y el vino enlazan con lo mejor y más profundo de las parábolas.

Podemos imaginar a Jesús contemplando la resurrección de los granos de trigo enterrados en otoño. El grano olvidado en el granero está muerto. El grano que muere en la tierra resucita en los verdes brotes que serán espigas, portadoras de muchos granos… Asistiendo a la fiesta de la vendimia en su pueblo de Galilea. Los racimos arrancados de la vid, pisados sin piedad, estrujados, exprimidos, fermentados en la oscuridad de las cubas. El milagro del vino…

Imaginemos la casa de Cafarnaúm al atardecer. El grupo de Jesús alrededor de la mesa. Compartiendo la Palabra y el pan. El pan, los granos de trigo molidos, amasados, abrasados al horno. El pan va a morir. Lo comen y ya no existe. El triunfo del grano de trigo es desaparecer para que el que lo come tenga vida. La copa de vino que corre de mano en mano. El vino que alegra el corazón de todos. El triunfo de los granos de uva que mueren para ser alegría.

El pan y el vino tuvieron el honor de ser elegidos como la parábola de las parábolas, en la cena de despedida de Jesús. Muchas cosas habría encima de la mesa en aquella cena. Cordero (si es que fue una cena pascual), verduras, salsas, candelabros para iluminar la estancia… Muchas de ellas habían sido ya elegidas como símbolos del mesías: el cordero inmolado, la luz que resplandece en las tinieblas. Pero aquella noche, los ojos de Jesús se fijaron en signos más sencillos, el pan y el vino. Jesús se sintió pan, se sintió grano de trigo enterrado y muerto para ser fecundo, hogaza fermentada por el viento de Dios para que muchos tuvieran alimento. Se sintió grano de uva estrujado y exprimido, fermentado hasta ser vino generoso que enciende el espíritu del que lo bebe.

Y se sintió pan y vino compartido por muchos, alrededor de una mesa de hermanos que, al compartir el pan y el vino con él mismo, se sentían más hermanos, compartían con él su entrega para ser pan y vino para muchos.

Jesús no fue un grano de trigo conservado en un viril para ser adorado. Jesús no fue un frasco de vino precioso reservado por su dueño para admirar a los huéspedes. Jesús no fue pan y vino desde aquella cena de despedida. Jesús leyó durante la cena su vida entera, como se lee la vida en la inminencia cierta de la muerte, y se interpretó a sí mismo con la más bella de todas las parábolas.

Así, la cena de despedida de Jesús coronó todas sus comidas y cenas con pecadores, en las que se sembraba y se derramaba con riesgo de su prestigio y de su vida. Aquellas comidas que expresaban con perfección toda su forma de vivir: sembrarse en cualquier terreno, aunque estuviera lleno de piedras y de cardos, a voleo, generosamente, sabiendo que sería pisado, ahogado por las zarzas, rechazado por la tierra endurecida por la sequía. La cena de despedida resumió en el pan y en el vino la vida entera de Jesús, su estilo, su concepción del Reino, el modo de proceder de los que quisieran seguirle, su imagen de Dios.

Por eso los que se atrevieron a seguirle, los que después de verle morir en la cruz vencido y humillado se atrevieron a proclamar que Dios estaba con él, significaron también toda su fe y su modo de vida compartiendo el pan y el vino en un recuerdo que hacía presente a Jesús; que invitaba a la comunión con él y con todos los que se reunían alrededor de la mesa. Y allí, alrededor de la mesa, cada uno presenta y ofrece su grano de trigo y se presenta a sí mismo como grano de trigo entregado con Jesús y como Jesús, para que haya más vida en el mundo.

Es estremecedor pensar en la profundidad de la imagen del pan y del vino y su enorme superioridad sobre la idea de sacrificio ritual de una víctima sustitutoria. El verdadero sacrificio de Jesús no fue solamente ser cordero inmolado en la cruz, sino ser grano de trigo sembrado desde que se dejó llevar del Espíritu, allá en el Jordán, desde el entorno del bautista.

El cordero es una imagen sangrienta, espectacular y momentánea. El grano de trigo es una imagen cotidiana, desapercibida, constante. El sacrificio del templo es oficiado por el sacerdote y contemplado por los demás. El grano enterrado es cada uno, todos los días, como sacerdote de su propio sacrificio que es toda su vida.

Y no es bueno que se mezclen, porque el sacrificio del cordero inmolado por el sacerdote tiene el atractivo de los espectáculos cultuales, y sus resplandores hacen olvidar fácilmente al grano cotidiano, enterrado en silencio.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Una fiesta llena de plenitud

domingo, 22 de junio de 2025
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El espacio natural y fecundo descrito en Lucas 9, 11-17 parece mostrar que el Reino de Dios -del que habla Jesús (v. 11)- finalmente está presente en un tiempo y en un lugar. Jesús reúne a la gente, multitud sanada que lo sigue a donde vaya (v. 11) que ni siquiera parece preocuparse de su alimento (v. 12). Posiblemente tengan razón. A diferencia de los apóstoles que se preocupan por el alimento de todos (v.12), ellos viven un presente sin preocupación. Casi como siguiendo la recomendación de no preocuparse por lo que van a comer o vestir (cf. Mt 6,25), todo lo reciben, el alimento, la compañía, la salvación… hasta saciarse (v.17). Un, tiempo colmado de presente, un espacio cargado de relaciones.

El relato está plagado de connotaciones eucarísticas. Jesús toma el pan y el pescado, levanta los ojos al cielo, da gracias, lo parte y lo da… (v. 16). No hay connotaciones sacrificiales ni nada que empañe la plenitud del momento. Ciertamente, la multitud (a diferencia de los discípulos) conoce a Jesús y confía.

Este relato, leído en la celebración de la Iglesia del Corpus Christi, nos recuerda la verdad de la vida sacramental: la transparencia de la presencia de Jesús en medio de la vida, su presencia curativa y plenificadora, su amor cuidadoso y atento. Es una fiesta de plenitud de la vida más elemental, y por ello mismo, más llena de Dios. Es la fiesta de la abundancia y de la confianza radical en que todo viene de Dios y todo depende de su providencia. Como afirma Teresa de Lisieux, y la multitud que siempre sigue a Jesús bien sabe, “la confianza, solo la confianza, es la que debe conducirnos al amor”.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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